Una victoria pírrica en una fortaleza asediada

La idea de que el estado obrero nacido de la revolución pudiera tener opciones a crear una economía socialista había sido, durante los primeros años de la revolución, una ilusión más o menos frecuente en algunos sectores del proletariado y, seguramente, fuera de Rusia, pero desde luego no entre los bolcheviques y sus dirigentes.

Ningún comunista ha negado tampoco, a mi parecer, que la expresión «República Socialista Soviética» significa la decisión del Poder soviético de llevar a cabo la transición al socialismo; mas en modo alguno el reconocimiento de que el nuevo régimen económico es socialista.

Lenin. La tarea principal de nuestros días, 1918

Lenin, Trotski y Voroshilov rodeados de soldados del Ejército Rojo en 1919.
Porque la realidad es que el poder de los soviets tuvo que enfrentarse desde el primer momento a la guerra civil y la invasión de potencias extranjeras. Perdiendo en cada momento más bases económicas y siendo cada vez más dependientes de una revolución mundial que, aun destellando, no alcanzó el triunfo en ningún otro lugar, la única opción era ganar tiempo y para ello ganar la guerra, aunque para ello hubiera que organizarse «como un cuartel» en lo que se llamó popularmente «comunismo de guerra». E igual que el «comunismo de guerra» no fue visto más que como una imposición de las circunstancias, el fin de la guerra civil y la ocupación de las potencias no se percibieron como un triunfo sino como solo una derrota evitada, pues la desolación y el aislamiento en la que quedó el país obligaba, tras ella, a un nuevo pacto con la pequeña burguesía, la NEP («Nueva Política Económica»).

Lo que quedó de Irkust, importante centro industrial y de transportes, en mitad de la guerra civil.
¿Quien puede sorprenderse de que Rusia, este campo de batalla y plaza fuerte asediados, haya tenido que vivir como un cuartel? Mientras los soldados de la revolución sufrían hambre y miseria, ¿podían éstos dejar la másp pequeña parcela de poder, algún privilegio, a la clase que, con la ayuda de la Entente, los bombardeaba sin cesar?

Las necesidades de la guerra, las necesidades de la lucha se transformaron en la mente de las masas, en religión del comunismo. Y cada una de nuestras medidas, incluso cuando servíann fines muy limitados y transitorios, fue integrada e imbricada en un sistema general del comunismo. (…) ¿Por qué se ha hablado de comunismo? (…) La revolución no solo engendra la frialdad de los razonamientos, sino también las ilusiones que no son «errores», sino que impulsan a la ofensiva, le dan la fuerza y la conducen hasta los objetivos que le han sido asignados históricamente. Sería ridículo negar que hemos cometido muchos errores en la lucha, que hemos llevado una política errónea; de la misma manera que sería ridículo negar que la ideología, convertida en autónoma, no ha transformado muchas veces las medidas provisionales y transitorias en un sistema que influyó a su vez en las medidas y las prolongó más allá de lo necesario. (…)

Hemos vencido al adversario, hemos hecho fracasar sus objetivos y hemos impedido nuestra derrota; de este modo hemos creado las condiciones que permiten intentar concluir un compromiso con él, lo cual es necesario para la reconstrucción del país.

Carlos Radek. Las vías de la Revolución Rusa, 1921

ONGs obreras americanas alimentan niños rusos durante la guerra civil.
El punto de partida de la NEP no era otro que el reconocimiento de que la guerra había destruido las bases materiales del proletariado ruso, empezando por el intercambio con la gran masa campesina, pequeñoburguesa, de bienes industriales -casi inexistentes ya- por alimentos.

[El sistema de requisas del «comunismo de guerra»] fue originado por la extrema penuria, por la desesperada situación. Ustedes saben que, durante varios años después del triunfo de la revolución obrera en Rusia, tuvimos que hacer frente a la guerra civil, después de la guerra imperialista, y ahora se puede decir sin sin exageración que entre todos los países que fueron arrrastrados a la guerra imperialista incluso aquellos que más padecieron porque se luchó en su territorio, Rusia fue la que más sufrió, por cuanto tras una guerra imperialista de cuatro años soportamos tres años de guerra civil que trajo más estragos, destrucciones y empeoramiento de las condiciones de producción que cualquier guerra externa, porque se libró en el centro del Estado. Esta terrible devastación es la causa fundamental por la cual al principio, durante la guerra -especialmente cuando la guerra civil nos aisló de regiones cerealistas como Siberia, el Cáucaso y todo Ucrania, y de nuestras fuentes de carbón y petróleo, y redujo la posibilidad de obtener otros tipos de combustible-, solo hayamos podido sostenernos, en una fortaleza asediada mediante el sistema de contingentación, o sea, requisando todos los excedentes a los campesinos, tomando a veces no solo los excedentes sino también una parte de lo que el campesino necesitaba, a fin de mantener la capacidad combativa del ejército e impedir el desmoronamiento total de la industria.(…)

Jamás la clase obrera padeció tal subalimentación, tal hambre como en los primeros años de su dictadura. (…) No se podía pensar en restablecer la industria sin asegurar un mínimo de víveres y de combustible. Conservar los restos de la industria para que los obreros no acabaran de dispersarse y mantener el ejército: esta era la tarea que nos planteábamos.

Lenin. Informe sobre el impuesto en especie, 9 de abril de 1921.

Complejo industrial de Tampere, Finlandia, destruido durante la guerra civil finesa (extensión de la rusa).
En ese panorama desolador, en el que la industria, y con ella la clase obrera que había hecho la revolución ha desaparecido no es en absoluto negado ni exagerado. Es aceptado como parte de una situación históricamente anómala que se mantiene en la esperanza de que un cambio de las condiciones externas.

Ustedes saben mejor que nadie, porque lo observan en la vida diaria, lo que nos ha quedado de nuestra gran industria, que ya de por sí era débil. Por ejemplo, en la cuenca del Donets, base fundamental de nuestra gran industria, ha habido tantas destrucciones en la guerra civil y han pasado por el poder tantos gobiernos imperialistas (¡Cuantos no habrá conocido Ucrania!) que de nuestra gran industria no quedan mas que restos insignificantes. (…)

Escenas de la hambruna durante la guerra civil.
Existiendo la gran industria a escala mundial, es indudable que se puede pasar directamente al socialismo, cosa que nadie podrá negar, como tampoco negará que esta gran industria o bien se congestiona y da lugar al paro forzoso en los países vencedores más prósperos y ricos, o bien no hará sino fabricar proyectiles para el exterminio de seres humanos. Y si en nuestro país, dadas las condiciones de atraso en que estábamos, al hacer la revolución, no existe hoy el necesario desarrollo industrial, ¿qué debemos hacer? ¿Renunciar al camino emprendido? ¿Desanimarnos? No. Emprenderemos una labor ímproba, porque el camino iniciado es certero. Indudablemente, el camino de la alianza de las masas popullares es el único que conduce a que el trabajo de los campesinos y el de los obreros sea un trabajo para ellos mismos y no para los explotadores. Mas, para llegar a esto en nuestra situación, necesitamos entablar las únicas relaciones económicas posibles: las relaciones a través de la economía.

Esa es la causa de nuestro repliegue. Esa es la razón de que debamos replegarnos hacia el capitalismo de Estado, hacia la explotación de empresas en régimen de concesión, hacia el comercio. Sin eso, dado el actual estado de ruina, no podremos restablecer los debidos nexos con el campesinado. (…) Una tal política está dictada por nuestro estado de miseria y de ruina y por el tremendo debilitamiento de nuestra gran industria. (…)

En vez de eso, lo que se hace es escribir flamantes resoluciones sobre las materias primas y decir que somos los representantes del Partido Comunista, de los sindicatos, del proletariado. Perdonen que les diga: ¿Qué es el proletariado? Es la clase ocupada en la gran industria. ¿Y dónde está la gran industria? ¿Qué proletariado es este? ¿Dónde está su industria? ¿Por qué está paralizada? ¿Por qué no hay materias primas? ¿Pero han sabido conseguirlas? No. Escriban resoluciones para conseguirlas y harán el ridículo.

Lenin. Informe de gestión al IX Congreso de los Soviets de toda Rusia, diciembre 1921.

Lenin en el X Congreso del PCRb, marzo de 1921
Lenin se dirige en este último párrafo a los sindicalistas del partido, a los que acusa de hablar en nombre de una clase realmente inexistente en ese momento. El debate viene de tan solo unos meses antes. Tras acabar la guerra civil, a principios de marzo, hay una ola de huelgas en las fábricas de Petrogrado. Es cierto que los trabajadores que quedan en esa magra industria ya no son los que hicieron Octubre, sino campesinos migrados a la ciudad por las destrucciones de la guerra, igual que en ejército y en buena medida en los nuevos miembros de un partido que ha multiplicado su militancia de 114.000 afiliados en 1918 a casi seis millones en 1920 -más que el número total de proletarios en Rusia 1917- absorbiendo de paso a miles de cuadros «expertos» provenientes de la burguesía y la pequeña burguesía urbana.

En esas condiciones el Partido celebra su X Congreso donde la «oposición obrera» presentará sus tesis. Tesis que eran en muchas de sus respuestas toscamente «obreristas» pero que en sus cuestionamientos señalaban los problemas reales que la larga y devastadora guerra había dejado instalados en los soviets, el propio partido y por supuesto las fábricas, de cuya destrucción y sus resultados -la dispersión o disolución de buena parte del proletariado- se parte como base en todo el argumento.

Alejandra Kollontai, mirando a la cámara, junto a Clara Zetkin.
Teniendo en cuenta el hundimiento total de nuestras industrias, respetando el sistema capitalista de producción (remuneración del trabajo con dinero, escala de salarios según el trabajo realizado) los dirigentes del partido, desconfiando de las capacidades creadoras de las colectividades obreras, buscan la salvación para salir del caos industrial, pero ¿dónde? Entre los discípulos de los antiguos hombres de negocios, técnicos, burgueses capitalistas cuyas capacidades creadoras en la producción están sometidas a la rutina, a las costumbres y a los métodos de la producción y de la economía capitalistas. Son ellos los que introducen la idea, ridículamente ingenua, de que es posible construir el comunismo por medios burocráticos. Son ellos los que “decretan” dónde es necesario ahora crear e impulsar la investigación.

Cuanto más se desvanece el frente militar ante el frente económico, más urgentes se hacen nuestras necesidades, más se acrecienta la influencia de este grupo que no es sólo intrínsecamente extraño al comunismo, sino absolutamente incapaz de desarrollar las cualidades necesarias para la introducción de nuevas formas de organización del trabajo, de nuevas motivaciones para aumentar la producción, de nuevas maneras de afrontar la producción y la distribución. Todos estos técnicos, hombres prácticos, experimentados en los negocios, que aparecen ahora en la superficie de la vida soviética, presionan a los dirigentes de nuestro Partido en el interior de las instituciones soviéticas por la influencia que ejercen en la política económica. (…)

No puede haber actividad autónoma sin libertad de pensamiento y de opinión, pues la actividad autónoma no se expresa sólo en la acción y el trabajo, sino también en el pensamiento independiente. No damos ninguna libertad a la actividad de la clase, tenemos miedo de la crítica, hemos dejado de apoyarnos en las masas. Por eso está entre nosotros la burocracia. Por eso la Oposición obrera considera que la burocracia es nuestro enemigo, nuestra peste y el peligro más grave para la existencia futura del Partido comunista mismo. Para expulsar la burocracia que se alberga en las instituciones soviéticas, es necesario desembarazarse primero de la burocracia en el Partido mismo. Es ahí donde debemos afrontar la lucha inmediata contra el sistema. Desde el momento en que el Partido, no en teoría sino prácticamente, reconozca que la actividad autónoma de las masas es la base de nuestro estado, entonces las instituciones soviéticas volverán a ser automáticamente esas instituciones vivas encargadas de aplicar el programa comunista y dejarán de ser las instituciones del papeleo, los laboratorios de decretos nacidos muertos en que han degenerado muy rápido.

Alejandra Kollontai. Documento presentado al X Congreso del Partido Comunista (bolchevique), 1921

Marinos insurrectos en 1921.
Mientras está celebrándose el Congreso van llegando a los delegados los rumores y las noticias de las huelgas de la insurrección de los marinos de la base naval de Cromstadt, un símbolo de las revoluciones del 17. La prensa de los soviets, los sindicatos y el partido, poniendo la lógica propia de un periodo de guerra por encima de la de los comunistas frente a la clase, intentan ocultar y difuminar lo que está pasando. Como consecuencia los rumores se esparcen y empeoran la situación. Cromstadt se radicaliza y de la solidaridad con los huelguistas, a los que cree brutalmente reprimidos, pasa a reivindicar elecciones a los soviets y libertad de propaganda para todos los grupos obreros -libertad que también había sido prohibida durante la guerra, convirtiendo de hecho al Partido Comunista en el único legal.

La verdad se filtraba poco a poco, hora a hora, a través de la cortina de humo de la prensa, literalmente dedicada a la mentira. Y era nuestra prensa, la prensa de nuestra revolución, la primera pren­sa socialista, es decir incorruptible y desinteresada del mundo. Había utilizado antes alguna demagogia, apasionadamente sincera por lo demás, y alguna violencia con respecto a los adversarios. Esto podía ser legítimo, comprensible en todo caso. Ahora mentía sistemáticamente. El Pravda de Leningrado publicó que el comisario ante la flota y el ejército, Kuzmin, que había sido hecho prisionero46 en Cronstadt, había sido apaleado y había escapado apenas a una ejecución sumaria, ordenada por escrito por los contrarrevolucionarios. Yo conocía a Kuzmin, de oficio profesor, soldado enérgico y laborioso, gris de la cabeza a los pies, del uniforme al rostro arrugado. Se «escapó» de Cronstadt y re­gresó a Smolny. «Me cuesta trabajo creer –le dije– que hayan que­rido fusilarlo. ¿Vio usted verdaderamente la orden?» Vaciló, confuso. «¡Oh!, siempre se exagera un poco, hubo algún papel conminatorio…» En resumen, había pasado un buen susto, nada más. Pero mientras Cronstadt sublevado no había vertido una gota de sangre, no había detenido más que a algunos funcionarios comunistas, tratados con miramientos (la gran mayoría de los comunistas, varios centenares, se habían adherido al movimiento, lo cual mostraba bastante la ines­tabilidad de la base del partido), se creaba una leyenda de ejecu­ciones fallidas. Los rumores, en todo ese drama, desempeñaron un papel funesto. Como la prensa oficial ocultaba todo lo que no era éxito y alabanza del régimen y la Cheka actuaba en las tinieblas absolutas, nacían a cada instante rumores desastrosos. A consecuencia de las huelgas de Petrogrado, había corrido el rumor en Cronstadt de que detenían en masa a los huelguistas y de que la tropa intervenía en las fábricas. A grandes rasgos, era falso, aunque la Cheka, como de costumbre, había procedido sin duda a arrestos estúpidos y generalmente de corta duración. Yo veía casi todos los días al secretario del comité de Petrogrado, Serguei Zorin, y sabía cuánto lo inquietaban las perturbaciones, cuán resuelto estaba a no utilizar la represión en los medios obreros, y que la agitación le parecía la única arma eficaz en esas circunstancias: para reforzarla, conseguía vagones de víveres. Me contó riendo que había ido a caer él mismo en un barrio donde los socialistas revolucionarios de derecha lograban hacer gritar a la gente: «¡Viva la Constituyente!» (traducción clara de «¡Muera el bolchevismo!»). «Anuncié –me dijo– la llegada de varios vagones de víveres e invertí la situación en un abrir y cerrar de ojos.» En todo caso la insubordi­nación de Cronstadt comenzó por un movimiento de solidaridad con las huelgas de Petrogrado y gracias a rumores de represión, falsas en conjunto. (…)

Con muchas vacilaciones y una angustia inexpresable, mis amigos comunistas y yo nos pronunciamos finalmente por el partido. He aquí por qué. Cronstadt tenía razón. Cronstadt iniciaba una nueva revolución liberadora, la de la democracia popular. «¡La III revolución!», decían algunos anarquistas atiborrados de ilusiones infantiles. Pero el país estaba completamente agotado, la producción casi detenida, no quedaban ya reservas de ninguna clase, ni siquiera reservas nerviosas en el alma de las masas. El proletariado de elite, formado en las luchas del antiguo régimen, estaba literalmente diezmado. El partido, engrosado por la afluencia de los que se adherían al poder, inspiraba poca confianza. De los otros partidos sólo subsistían cuadros ínfimos, de una capacidad más que dudosa. Podían sin duda reconstituirse en algunas semanas, pero incorporando a millares de amargados, descontentos, exasperados –y ya no como en 1917 entusiastas de la nueva revolución. La demo­cracia soviética carecía de impulsos, de cabezas, de organizaciones y sólo tenía tras de sí masas hambrientas y desesperadas.

La contrarrevolución popular traducía la reivindicación de los sóviets libremente elegidos por la reivindicación de los «sóviets sin comunistas». Si la dictadura bolchevique caía, era a corto plazo el caos, a través del caos el desbordamiento campesino, la matanza de los comunistas, el regreso de los emigrados y finalmente otra dictadura antiproletaria por la fuerza de las cosas. Los cables de Estocolmo y de Tallin mostraban que los emigrados contemplaban las mismas perspec­tivas. Entre paréntesis, esos cables confirmaron a los dirigentes en su voluntad de reducir pronto a Cronstadt, costase lo que costase. No razonábamos en lo abstracto. Sabíamos que había, tan sólo en la Rusia europea, unos cincuenta focos de insurrecciones campesinas. Al sur de Moscú, el institutor socialista-revolucionario de izquierda Antonov, que proclamaba la abolición del régimen soviético y el restablecimiento de la Constituyente, disponía en la región de Tambov de un ejército per­fectamente organizado de varias decenas de millares de campesinos. Había negociado con los Blancos. (Tujachevski redujo a esa Vendea a mediados del año 1921.) En estas condiciones, el partido debía ceder, reconocer que el régimen económico era intolerable, pero no abandonar el poder.

A pesar de sus faltas y de sus abusos –escribí–, el partido bolchevique es en este momento la gran fuerza organizada, inteligente y segura en la que, a pesar de todo, hay que confiar. La revolución no tiene otro andamiaje y no es susceptible de renovarse a fondo.

Víctor Serge. Memorias de un revolucionario, 1951

Cartel de propaganda anti-anarquista presentando a los marinos insurrectos como parte de la reacción zarista.
Pero el Partido en su conjunto, como se verá en el X Congreso, solo entiende a medias la situación. Sigue en la lógica de sitio, de fortaleza sitiada, temeroso ante la contrarrevolución blanca que hasta unas semanas antes y aun en aquellos momento organizaba ejercitos campesinos contra lo que quedaba de proletariado y sus instituciones.

Al mismo tiempo que ponían a los anarquistas fuera de la ley inmediatamente después de la victoria común, la Cheka, a fines del otoño o a principios del invierno, había puesto fuera de la ley a los social-demócratas mencheviques, acusados por ella, en un texto oficial simplemente escandaloso, de «conspirar con el enemigo, organizar el sabotaje de las vías férreas», y otras enormidades de este odioso género. Los dirigentes mismos se ruborizaban de ello; se encogían de hombros: «¡Delirio de la Cheka!», pero no rectificaron nada y se limitaron a prometer a los mencheviques que no habría arrestos y que todo se arreglaría. (…)

A principios de marzo, el Ejército Rojo desencadenó sobre el hielo un ataque contra Cronstadt y la flota. La artillería de los navíos y de los fuertes abrió fuego contra los asaltantes. El hielo se rajó en algunos lugares bajo la infantería que avanzaba por oleadas de asaltos, los hombres revestidos de sudarios blancos. Enormes carámbanos se vol­tearon, arrastrando hacia las ondas negras su carga humana. Comienzo del peor fratricidio.

El X Congreso del partido, reunido entre tanto en Moscú, abolía, a propuesta de Lenin, el régimen de las incautaciones, es decir el «co­munismo de guerra», y proclamaba la Nueva Política Econó- mica; ¡todas las reivindicaciones económicas de Cronstadt quedaban satisfechas! El Congreso coartaba así las oposiciones. La Oposición Obrera fue cali­ficada de «desviación anarco-sindicalista incompatible con el partido», aunque no tuviese nada que ver con el anarquismo y reclamase única­mente la administración de la producción por los sindicatos (un gran paso hacia la democracia obrera). El Congreso movilizó a sus miem­bros –y entre ellos a muchos opositores– para la batalla contra Cronstadt. El ex marino de Cronstadt Dybenko, de extrema izquierda, y el líder del grupo de la «centralización democrática», Bubnov, escri­tor y soldado, vinieron a pelear sobre el hielo contra unos insurgentes a los que en su fuero interno daban la razón. Tujachevski preparaba el asalto final. Lenin, en esas jornadas negras, dijo textualmente a uno de mis amigos:

Esto es Termidor. Pero no nos dejaremos guillotinar. Haremos nuestro Termidor nosotros mismos

Víctor Serge. Memorias de un revolucionario, 1951

Cromstadt no fue la contrarrevolución como siguen clamando los anarquistas… pero si la constatación de que la guerra civil, producto exclusivo de la reacción y el imperialismo, se había cobrado una baja importantísima: la democracia soviética. Solo el partido quedaba como garante del estado obrero ruso, en espera de una extensión de la revolución mundial, pero el mismo partido había quedado malherido por la guerra y sobre todo por la debilidad general de una clase obrera en práctica desbandada industrial.

Una idea que era reiterativa en las plataformas de las fracciones que se acababan de prohibir y que buscaban renovar la base de clase del Partido impulsando cosas tan básicas como la elección democrática de los cargos

Cuanto más fuerte se hace la autoridad soviética, mayor es el número de elementos de la clase media, a veces incluso abiertamente hostil, que se unen al Partido. La eliminación de estos elementos debe ser completa (…)

La Oposición obrera propone registrar todos los miembros que no son obreros y que se han unido al Partido después de 1919, y reservarles el derecho de recurrir en un plazo de tres meses contra las decisiones que se tomen, de manera que puedan volver al Partido. (…)

El Partido debe volver al principio de la elegibilidad de los responsables. Los nombramientos no deben tolerarse más que a título de excepción; recientemente han comenzado a convertirse en la regla. El nombramiento de los responsables es una característica de la burocracia; sin embargo, actualmente esta práctica es general, legal, cotidiana, reconocida. El procedimiento de nombramiento crea una atmósfera malsana en el Partido y destruye la relación de igualdad entre sus miembros por la recompensa de los amigos y el castigo de los enemigos, así como también por otras prácticas no menos dañinas en la vida del Partido y de los Soviets. El principio del nombramiento disminuye el sentido del deber y la responsabilidad ante las masas. Los que son nombrados no son responsables ante las masas, lo que agrava la división entre los dirigentes y los militantes de base. De hecho, toda persona nombrada está por encima de todo control, pues los dirigentes no pueden vigilar en detalle su actividad, mientras que las masas no pueden pedirle cuentas y revocarlo, si fuese necesario. Como regla, todo responsable nombrado se rodea de una atmósfera de oficialidad, de servilismo, de subordinación ciega que infecta a todos los subordinados y desacredita al Partido. La práctica de los nombramientos se opone completamente al principio del trabajo colectivo; alimenta la irresponsabilidad. Es necesario, pues, acabar con los nombramientos por los dirigentes y volver al principio de la elegibilidad en todos los niveles del Partido. Sólo las conferencias y los Congresos deben elegir los candidatos que puedan ocupar puestos administrativos responsables.

Alejandra Kollontai. Documento presentado al X Congreso del Partido Comunista (bolchevique), 1921

Soldados rojos cargan en el hielo contra los rebeldes de Cronstadt.
Pero si resultaban claras y razonables muchas de las quejas de Kronstadt y de hecho eran compartidas por muchos en el Partido, el paso a revuelta y el horizonte que abría una posible derrota bolchevique tras cuatro años de guerra civil y con un proletariado desarticulado y desbandado por la propia guerra exigía poner fin cuanto antes a la revuelta. Aunque las formas y alcance de la represión dejaran ver las propias derivas y carencias del estado obrero y del Partido en el nuevo marco posbélico.

Había que terminar antes del deshielo. El asalto final fue desencadenado por Tujachevski el 17 de marzo y terminado por una audaz victoria sobre el hielo. No disponiendo de buenos oficiales, los marinos de Cronstadt no supieron utilizar su artillería (había sin duda entre ellos un ex oficial llamado Kozlovski, pero no hacía gran cosa y no ejercía ninguna autoridad). Una parte de los rebeldes pasó a Finlandia. Otros se defendieron con encarnizamiento, de fuerte en fuerte y de calle en calle. Se dejaban fusilar gritando «¡Viva la revolución mundial!». Hubo algunos que murieron gritando: «¡Viva la Internacional Comunista!». Centenares de prisioneros fueron traídos a Petrogrado y entregados a la Cheka que, meses más tarde, los fusilaba todavía por pequeños paque­tes, estúpidamente, criminalmente. Esos vencidos pertenecían en cuerpo y alma a la revolución, habían expresado el sufrimiento y la voluntad del pueblo ruso, la NEP les daba la razón, eran, en fin, prisioneros de guerra civil, y desde hacía mucho tiempo el gobierno había prometido la amnistía a sus adversarios, si se adherían a él. Dzerzhinski decidió o permitió esa larga matanza. (…)

Cronstadt abrió en el partido un periodo de consternación y de duda. En Moscú un bolchevique que se había distinguido durante la guerra civil, Paniushkin, abandonaba demostrativamente el partido para intentar fundar una nueva organización política, el «Partido Soviético», creo. Abría un club en una calle obrera. Lo toleraron un momento, luego lo detuvieron. Unos camaradas vinieron a pedirme que intercedie­se por su mujer y su hijo, expulsados del alojamiento que ocupaban; se guarecían ahora en un pasillo. No pude hacer nada útil. Otro viejo bolchevique, Miasnikov, un obrero, insurgente del alto Volga en 1905, personalmente ligado con Lenin, exigía la libertad de prensa «para todo el mundo, de los anarquistas a los monárquicos». Rompía con Lenin, después de un encendido intercambio de cartas, y pronto habrían de deportarlo a Eriván, en Armenia, de donde pasó a Turquía. Lo encontré veinte años más tarde en París. La «Oposición Obrera» parecía orientarse hacia la ruptura con el partido.(…)

La mayoría de los dirigentes y de los militantes del partido, revisando sus ideas sobre el comunismo de guerra, llegaban a considerarlo como un expediente económico aná­logo a los regímenes centralizados que se habían creado durante la guerra en Alemania, en Francia, en Inglaterra, y que eran llamados «capitalismo de guerra». Esperaban que, una vez llegada la pacifica­ción, el estado de sitio desaparecería por sí mismo y que regresaríamos a cierta democracia soviética sobre la que nadie tenía ya ideas claras. Las grandes ideas de 1917 que habían permitido al partido bolchevique arrastrar a la masa campesina, al ejército, a la clase obrera y a la intelligentsia marxista, estaban evidentemente muertas. ¿No proponía Lenin una libertad soviética de prensa70, tal que cada agrupación sostenida por diez mil voces pudiese editar su órgano a cargo de la comunidad? (1917). Había escrito que en el seno de los sóviets los desplazamientos de poder de partido a partido podrían realizarse sin conflictos agudos. Su doctrina del Estado soviético prometía un Estado totalmente diferente de los antiguos estados burgueses, «sin funciona­rios ni policía distintos del pueblo», en el cual los trabajadores ejercerían directamente el poder por sus consejos elegidos y mantendrían ellos mismos el orden gracias a un sistema de milicias. El monopolio del poder, la Cheka, el Ejército Rojo no dejaban ya subsistir del «Estado-comuna» soñado sino un mito teórico. La guerra, la defensa interior contra la contrarrevolución, el hambre, creadora de un aparato burocrá­tico de racionamiento, habían matado a la democracia soviética. ¿Cómo renacería? ¿Cuándo? El partido vivía con el sentimiento justificado de que el más mínimo abandono del poder daría ventajas a la reacción.

Víctor Serge. Memorias de un revolucionario, 1951

Todas esas condiciones adversas seguirían en pie mientras la revolución mundial no se extendiera y solo podían revertirse si esta triunfaba, al menos en uno o dos países del centro capitalista. Pero si la revolución quedaba en impassse, el peligro era, en realidad, todavía mayor: el vaciamiento final de los soviets y la irremediable burocratización del Partido.

En la siguiente entrega de este curso, estudiaremos el ambiente y el estado del proletariado y los soviets en la Rusia del primer año de la NEP.