Prólogo (marzo de 1945)
Comencé Fascismo y gran capital en 1934, poco después del 6 de febrero, y apareció en las librerías en julio de 1936. ¿Qué hacer? ¿Reeditarlo tal como se publicó, o hablar de todos los acontecimientos que se han producido en estos años?
Sin duda, la fecha en que terminé mi trabajo era prematura. El fenómeno fascista estaba entonces en plena evolución (sobre todo en Alemania) y algunas de sus características no se traslucían lo suficiente. Hubiera sido necesario llegar más lejos.
Pero este afán de perfección presentaba también sus inconvenientes. El objeto de este libro es, en cierto modo, el estudio del fenómeno fascista en estado puro. Ahora bien, a partir de 1939, dicho fenómeno empezó a confundirse con la guerra imperialista. Nada se parece más a un país en guerra que otro país en guerra. Los rasgos característicos del fascismo quedan así en parte -aunque no por completo- borrados por los del militarismo omnipotente y la economía de guerra. Sin duda la explicación materialista de la guerra es una tarea tan importante1 por lo menos como la explicación materialista del fascismo. Pero quien mucho abarca, poco aprieta. Por eso preferí limitarme al estudio del fenómeno fascista exclusivamente.
Se me puede objetar que fascismo y guerra son una misma cosa y que la guerra no es, sino el producto monstruoso del fascismo. Y yo responderé que no estoy de acuerdo, aunque exista sin duda un vínculo entre guerra y fascismo, aunque uno y otra sean productos de la misma descomposición, la del capitalismo decadente. Ambos nacen de la contradicción fundamental del sistema: la incompatibilidad entre el formidable desarrollo de las fuerzas productivas y a) la propiedad privada de los medios de produción y b) la división del mundo en Estados nacionales. Uno y otra tratan, con medios diferentes, de romper el anillo de hierro de estas contradicciones en las que el sistema se encuentra encerrado, y los dos tienen por objeto restaurar el beneficio capitalista amenazado.
Además de estas relaciones generales, en los casos de Alemania e Italia encontramos una relación más directa entre guerra y fascismo: como ambos países carecen de materias primas y de mercados, como pueden calificarse de naciones hambrientas en comparación con otras potencias capitalistas, la crisis en que se debate el sistema capitalista en su conjunto tiene en sus casos un carácter sobremanera agudo y por eso, al contrario que aquellos otros países, o antes que ellos, edifican el Estado fuerte. Como quieren arrebatar a las naciones ricas una parte de su botín, y obtener con las armas un nuevo reparto del mundo, su comportamiento es agresivo, mientras sus adversarios, que se oponen a un reparto, que habría de ser en su detrimento, aparecen como potencias pacíficas.
Así pues, el vínculo entre guerra y fascismo existe, pero no es casual. Aunque desaparezca el fascismo no se suprimirán las causas de las rivalidades y de las guerras imperialistas. Durante cuatro años, de 1914 a 1918, dos grupos de grandes potencias se disputaron con las armas en la mano el mercado mundial. En ninguno de los dos campos había potencias fascistas. En realidad, el fascismo y la guerra son dos fenómenos diferentes que tienen la misma causa, y aunque se entremezclen y a veces parezcan confundirse (y tendenciosamente se trate de confundirles), tienen una existencia distinta y han de estudiarse separados.
¿Lo ocurrido después de 1939 aclara el fenómeno fascista? Prefiero pasar por presuntuoso o inmovilizado en mis viejas posiciones, pero creo que los acontecimientos de estos últimos años no modifican de modo sustancial las conclusiones de este libro. La única cosa que el fascismo ha aportado, después de 1939, ha sido la prueba renovada y múltiple de su barbarie. Pero nadie que recuerde cómo aplastó al proletariado italiano y alemán, antes de asolar Europa, puede asombrarse.
Lo que sí es cierto es que la guerra y la ocupación alemana, al permitirnos observar el fenómeno desde cerca, nos ha enseñado claramente algo que ya sospechábamos, que el régimen fascista, pese a sus pretensiones totalitarias, no es homogéneo. Nunca consiguió fundir en una aleación única los diversos elementos que le componían. Sus mecanismos funcionaban defectuosamente, y aunque Hitler trató durante años de encontrar una fórmula para poner de acuerdo al partido y al ejército, la Wehrmacht por un lado, la Gestapo y las S. S. por otro, colaboraban como el perro y el gato. Detrás de este conflicto hay en cierto modo una tensión entre clases. El régimen fascista, a pesar de las apariencias, no ha dominado a la burguesía. Cuando hace años dije que el fascimo no es, sino un instrumento al servicio del gran capital, se me respondió que Italia, y sobre todo en Alemania, el gran capital obedecía al partido. Nada más falso.
La burguesía capitalista se ha conservado como una fuerza autónoma en el Estado totalitario. Hizo que otros se vistieran con la camisa parda, pues las bandas hitlerianas le hacían falta para aplastar al proletariado, pero cuando ella lucía el uniforme lo hacía para la galería. Hermann Rauschning fue quien difundió la tesis de que la clase dirigente había sido eliminada por los plebeyos nazis, gentes sin ley ni honor, verdaderos nihilistas2. Es cierto que algunos burgueses fueron perseguidos u obligados a expatriarse. Pero el gran capital, en su conjunto, no fue devorado por la marea parda, sino todo lo contrario.
El ejército es, en todo tiempo y lugar, el instrumento por excelencia de la clase dirigente. La relativa independencia del ejército respecto al régimen, su negativa a dejarse nazificar por completo, expresan la autonomía del gran capital (y de los terratenientes) respecto al régimen fascista, su negativa a dejarse encuadrar por él. Las depuraciones que Hitler se ha visto obligado a hacer en el ejército son precisamente una prueba de esta resistencia. Tras el 20 de julio de 1944, con motivo del atentado contra Hitler, fueron ahorcados o fusilados varios generales, grandes burgueses o miembros de la nobleza. Lo que ocurrió ese día en Alemania, lo mismo que en Italia el 25 de julio de 1943, es una prueba bien clara de que la clase dirigente no había desaparecido en el llamado Estado totalitario. Después de haber subvencionado y alzado al poder al fascismo, la burguesía toleró, pese a ciertos inconvenientes secundarios, que la plebe nazi se adueñara del Estado: tenía interés en hacerlo. Pero cuando los inconvenientes del régimen le parecieron mayores que las ventajas, no dudó en tratar de arrojarlo por la borda, con el apoyo del ejército.
Ya en 1936, en las conclusiones de este libro, presente esta hipótesis como plausible. El golpe que triunfó en Italia, fracasó en Alemania. Pero después de la bomba del 20 de julio, Hitler está virtualmente muerto. El gran capital y las altas esferas del ejército no están ya con él. Desde este atentado, escribe un periodista norteamericano, Hitler sabe que (...) la nobleza y la casta militar, los grandes industriales y los banqueros (...) están en contra suya. Sobrevive artificialmente, gracias a un terror inimaginable que la policía y las S.S. de Himmler ejercen sobre el conjunto de la población incluso en el interior del ejército. Sobrevive, porque la clase dirigente teme desencadenar una guerra civil en plena guerra mundial. Lo único que esto demuestra es que, gracias al instrumento de represión que forjó, el fascismo puede mantenerse algún tiempo, aunque el gran capital le haya abandonado ya. El plomo destinado a los obreros puede matar también a algunos burgueses. Pero es una situación que no puede durar mucho.
Ningún régimen político puede gobernar contra la clase que detenta el poder económico. A pesar de lo que puedan creer algunos ingenuos, las viejas leyes que han regido siempre las relaciones entre las clases siguen siendo válidas. El fascismo no las ha suprimido, y entre éste y el gran capital el vínculo es tan estrecho que, cuando el gran capital le retira su apoyo, llega el principio del fin de aquél.
En las conclusiones de este libro insisto sobre la extraordinaria capacidad del fascismo para mantenerse. La tenacidad desesperada con la que aún resiste en estos momentos, aunque tiene que darse cuenta de que ha perdido la partida, es aún mayor de todo lo que se podía esperar hace unos años. Sin embargo, nada más comprensible, si tenemos en cuenta que el fascismo no es solamente un instrumento al servicio del gran capital, sino al mismo tiempo, una rebelión mística de la pequeña burguesía empobrecida y descontenta. Aunque gran parte de los miembros de las clases medias que llevaron el fascismo al poder están hoy completamente desengañados, no ocurre lo mismo con los militantes. En el enorme aparato burocrático del Estado fascista hay mucho arribista y corrupto, pero también hay verdaderos fanáticos. Estos no defienden a través del régimen, única y exclusivamente su posición social o su vida, sino también un ideal en el que creen con fe ciega y hasta la muerte. (Digamos de paso, que no serán la fuerza ni las bayonetas extranjeras lo que desintoxicar los cerebros).
El fascismo, en aquellos países en que ha conseguido instalarse, puede dejar también secuelas por una razón: tanto en el momento de su decadencia como en el de su nacimiento, le ayuda mucho la complacencia de sus adversarios. El Estado democrático que le sucede está tan infectado del virus fascista como el Estado democrático que le precedió. La depuración no es más que una comedia, pues para desinfectar realmente al Estado burgués, haría falta vaciarle por completo de su contenido y destruir sus mecanismos. La alta administración, el ejército, la política y la magistratura siguen llenas de complices auxiliares del régimen anterior; muchas veces los mismos que entregaron al fascismo las llaves del poder. En Italia el mariscal Badoglio es el hombre que puso antaño a disposición del fascismo los oficiales y los medios materiales del ejército. No es extraño que el sucesor de Mussolini haya dejado escapar tan fácilmente a éste de su prisión. Bonomi es el hombre que, en 1921 y 1922, abrió el camino al fascismo. Tampoco es extraño que, bajo su gobierno, con la complicidad de sus funcionarios, el general fascista Roatta haya conseguido evadirse.
En las conclusiones de este libro hay un punto en el que acaso no he hecho suficiente hincapié: la continuación subterránea de la lucha de clasas bajo la losa del fascismo. Forzosamente tenía que insistir sobre los terribles métodos empleados por los regímenes totalitarios para disolver y atomizar el movimiento de la clase obrera, para descubrir científicamente, si se me permite esta expresión, y aplastar en germen, toda forma de oposición. Pero a medida que la losa fascista se va alzando, vemos que, debajo, la lucha de clases que los reaccionarios creyeron extirpada para siempre, no interrumpió en ningún momento su camino. En el momento en que escribo estas líneas, aún no se ha liberado el norte de Italia, pero ya llegan a nosotros los ecos del espíritu revolucionario que anima a los trabajadores de Milán, de Turín, de las grandes aglomeraciones industriales que izaron en 1920 la bandera roja. Más de veinte años de dictadura fascista no han conseguido cambiar al obrero italiano.
En Alemania, el control del régimen y el terror policíaco han sido infinitamente mayores. Pero a pesar de la mordaza que pusieron en la boca del pueblo alemán, se manifiesta ya la supervivencia de una vanguardia revolucionaria, en especial en los campos de concentración y en las prisiones. El fascismo no ha podido detener la marcha de la Humanidad hacia su emancipación. No ha conseguido más que suspenderla temporalmente, o sobre el papel.
Puede que algunos piensen que no es muy necesario reeditar este libro en el momento en que el hundimiento de Hitler y de Mussolini ha de desmoralizar forzosamente a su émulos de otros países, y que más que actual, este libro sólo puede tener un valor retrospectivo. Sin embargo, al releerlo he tenido la impresión que su tema es más el socialismo que el fascismo. Pues, en el fondo ¿qué es el fascismo, sino el producto directo de la carencia del socialismo? Detrás del fascismo la sombra del socialismo está siempre presente, y yo estudié al primero en relación con el segundo. Más de una vez, a lo largo de estas páginas, el fascismo me ha servido de contraste, permitiéndome de esa manera definir mejor ciertos aspectos esenciales del socialismo. El día en que, como esperamos, el fascismo no sea sino un mal ecuerdo, lo que quede de este libro será una tentativa para situar el socialismo en relación con lo que fue, en un momento, su más temible adversario. Quizás gracias a eso, Fascismo y gran capital conserve una cierta actualidad.
Pero, además ¿es seguro que la epidemia fascista ha perdido definitivamente su virulencia? Lo deseo con todo corazón, pero no estoy muy seguro. Todo el mundo piensa que con la derrota del Eje se ha terminado el fascismo en el mundo, pero me temo que sea una peligrosa ilusión. Las grandes democracias nos ocultan buena parte de la verdad. Cuando se enfrentaron con Hitler no lo hicieron, como pretenden actualmente, a causa de la forma autoritaria y brutal del régimen nacionalsocialista, sino porque el imperialismo alemán, en un momento dado, trató de disputarles la hegemonía mundial. Muchos han olvidado que Hitler subió al poder con el beneplácito de la burguesía internacional. Durante los primeros años de su reinado, el capitalismo anglosajón, desde Gran Bretaña a Henry Ford, le apoyó. Era, para ellos, el hombre fuerte, el único capaz de restablecer el orden en Europa y de preservar al continente del bolchevismo.
Sólo mucho después, la burguesía de los países democráticos, al sentir amenazados sus intereses, sus mercados y sus fuentes de materias primas por la irresistible expansión del imperialismo alemán, empezó a predicar contra el nacionalsocialismo y su carácter inmoral y anticristiano. E incluso entonces hubo burgueses y príncipes de la Iglesia que, más precavidos contra el peligro rojo que contra el peligro nazi, conservaron ciertas simpatías por el gendarme de Europa.
Hoy, las grandes democracias se proclaman antifascistas. No hablan de otra cosa que de antifascismo. Y en efecto, el antifascismo les ha sido muy necesario para vencer a su rival alemán. No hubieran podido obtener la plena adhesión de las masas populares sólo con la explotación del patriotismo, pues a pesar de las apariencias, la hora de las guerras nacionales ha terminado. Nuestra época es la de la lucha de clases, la época de la guerra social. Las masas obreras no se hubieran lanzado a liberar Europa si los gobernantes no hubieran sabido despertar en ellas el ansia de otro orden social, si no hubieran apelado a sus instintos de clase. Charles de Gaulle, que empezó su carrera política como discípulo de Maurras, no ha tenido escrúpulos en dar la mano a Stalin.
Pero el día de mañana, las grandes democracias quizás releguen el antifascismo al cuarto de los trastos. Incluso ahora, esa palabra mágica, que hizo levantarse a los trabajadores contra el hitlerismo, empieza a ser sospechosa cuando sirve de bandera a los adversarios del capitalismo. En Bélgica o en Grecia, los aliados no han dudado en tratar sin contemplaciones a aquella misma Resistencia cuyos servicios acababan de utilizar alborozados. Para restablecer el orden, como han hecho ya en Grecia, tarde o temprano tratarán de establecer sus puntos de apoyo en el seno de las poblaciones liberadas, sosteniendo, en contra de la vanguardia popular, a formaciones más o menos fascistas. Naturalmente que las bautizarán, como lo está haciendo ya con otros nombres, pues la palabra fascismo ha quedado definitivamente inutilizable. Pero veremos reaparecer con nuevas etiquetas la vieja mercancía. El fascismo, sea cualquiera el nombre que le den, seguirá siendo el arma de reserva del capitalismo decadente.
Los últimos acontecimientos han confirmado la conclusión esencial de este libro; es decir, que el fascismo, fruto de la carencia del socialismo, no le puede ser combatido eficazmente, ni vencido definitivamente, más que por la Revolución proletaria. Todo antifascismo que rechace la Revolución proletaria es pura charlatanería. Pero desgraciadamente hemos dejado que los demócratas burgueses se apoderen del antifascismo. Estos temen el látigo fascista, pero nunca más que lo que temen al poder obrero. Para conciliar ambos temores han inventado una solución bastarda, la de los frentes populares. Los defensores se guardan muy bien de tomar medidas radicales para extirpar sus raíces. A pesar de sus discursos demagógicos contra las doscientas familias o los trusts, se guardan muy bien de hacer nada contra el capitalismo y, lo que es mucho peor, agravan, con su política económica y social, las causas de fricción entre el proletariado y las clases medias, empujando a éstas hacia el fascismo del que pretenden alejarlas.
La amenaza fascista hizo descubrir a muchos el problema de las clases medias. Antaño, los partidos de izquierdas no veían en ellas sino una clientela electoral fácil, fiel y estable. Pero cuando se vio que sus oscilaciones, ampliadas por la crisis económica, podían empujarlas al campo enemigo, que podían verse dominadas por una especie de locura colectiva que les hiciera vestir camisas de diversos colores, esos mismos partidos no tuvieron otra preocupación que la de retenerlas.
Por desgracia, ni comprendieron (o no quisieron comprender), ni comprenden el problema. Lamento no haber podido tratar en este libro una cuestión tan importante, pero mi objeto no era tanto hacer ver cómo el socialismo hubiera podido atraer a esas clases medias que engrosan el fascismo, como exponer de qué modo consiguió éste conquistarlas. Por eso me permitiré una breve digresión.
Las clases medias y el proletariado tienen intereses comunes contra el gran capital, pero su anticapitalismo no coincide por completo, y si la burguesía utiliza, agravándola en lo posible, esa divergencia de intereses, no la inventa. Por eso es imposible reunir a la pequeña burguesía y al proletariado en torno a un programa común que satisfaga a ambos. Uno de los dos tiene que hacer concesiones. El proletariado puede hacer algunas, es cierto. Debe de procurar que sus ataques contra el gran capital no dañen al mismo tiempo a los rentistas modestos, a los artesanos, a los comerciantes individuales o a los agricultores que labran su propia tierra. Pero en ciertos puntos esenciales no puede transigir, pues, si para no enfrentarse con las clases medias, lo hiciera, renunciaría al mismo tiempo a herir de muerte al capitalismo.
Y además, ha sido precisamente cuando ha fallado en su misión de destruir al capitalismo, siempre que ha retrocedido cuando las clases medias, comprimidas entre un gran capital implacable y una clase reivindicativa, se han inclinado por el fascismo.
En definitiva, no se trata de que el proletariado atraiga a las clases medias renunciando a su propio programa socialista, sino de convencerlas de que es capaz de conducir a la sociedad por un nuevo camino, con la fuerza y la seguridad de su acción revolucionaria. Esto es precisamente lo que los inventores de los frentes populares se niegan a comprender. Su única idea es hacer que las clases medias piquen en su anzuelo, y su habilidad es tanta, que finalmen te las rechazan hacia el cebo del fascismo.
Sólo triunfará el antifascismo cuando deje de ir a remolque de la democracia burguesa. Hay que desconfiar de los anti, siempre insuficientes porque son puramente negativos. Un principio sólo puede ser vencido por otro principio superior. El mundo de hoy, en medio de sus convulsiones, no sólo busca una forma de propiedad que corresponda al carácter colectivo y a la gigantesca escala de la producción moderada, busca también una forma de gobierno capaz de sustituir el caos por el orden racional, liberando al hombre. El parlamentarismo burgués sólo le ofrece una caricatura de la democracia, cada vez más impotente y putrefacta. Decepcionado y asqueado, puede caer en la tentación del Estado fuerte, del hombre providencial, del führerprinzip3.
Desde el punto de vista ideológico, sólo podremos desarraigar total y definitivamente el fascismo cuando presentemos a la Humanidad y hagamos triunfar prácticamente, una nueva forma de gobierno de la sociedad, una democracia auténtica, total, directa, que asocie a todos los productores en la administración de las cosas. Este nuevo tipo de democracia no es una utopía, un producto de la imaginación. En la gran Revolución francesa se oyeron sus primeros sonidos. La Comuna de 1871 fue la primera tentativa de llevarla a la práctica, como reconocieron Marx y Lenin. Los soviets rusos de 1917 propusieron su modelo al mundo. Luego, la democracia soviética ha sufrido, en la misma URSS, por razones que no podemos exponer aquí, un largo eclipse, y este eclipse ha coincidido en el tiempo con la ascensión del fascismo.
Hoy, el fascimo tiene sus días contados. Pero sólo le venceremos definitivamente demostrando con nuestros actos que la verdadera democracia, la de la Comuna o de los soviets de 1917, es posible y que es superior a cualquier otra forma de gobierno humana. Lenin dijo, todo el poder a los soviets y Mussolini, caricaturizando esta consigna, fabricó el lema del Estado totalitario: Todo el poder al fascismo.
El Estado totalitario es un monstruo moribundo, pero no conseguiremos librarnos de su cadáver si no hacemos triunfar su antitesis: la república de los consejos obreros.