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Title: Colectividades y colectivizaciones en la Revolución Española
Description: Textos sobre las colectivizaciones y las colectividades durante la Revolución Española
Author: Fomento Obrero Revolucionario (FOR)
URL: https://marxismo.school/archivo/1947-72%20Colectividades%20y%20colectivizaciones%20en%20la%20Revoluci%C3%B3n%20Espa%C3%B1ola
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# Colectividades y colectivizaciones en la Revolución Española

## La Propiedad (1947)

>El término del proceso del trabajo será la ejecución de lo que ya existía al principio en la idea. 
>Carlos Marx: El Capital. 


El  carácter  de  la  propiedad  determina  la  naturaleza  de  la  sociedad  y  sus  superestructuras  políticas.  La  posta histórica  de  la revolución se  endereza a cambiar el sistema  de propiedad capitalista por el  de propiedad socialista. Es la  gran  ruta  por  la  que  se  incorporará  a  la  civilización  la  inmensa  mayoría  de  la  población  mundial,  reducida  hasta ahora  a  condiciones  de  completa  o  semi-esclavitud.  Pero  ahí  termina  el  problema,  no  empieza;  para  quienes  la apelación «comunista» o «socialista» no es una falsa enseña, empieza en cómo practicar y asegurar la transformación de la propiedad en socialista.

¿Basta apoderarse de la propiedad para que surjan como de tierra fértil superestructuras sociales en acuerdo con el socialismo, o, a la inversa, las superestructuras deberán encarrilar la formación y desarrollo de la estructura socialista? ¿Qué determina a qué? ¿Cuál es el factor decisivo? Cruel, costosísima, la derrota de la revolución española ha dado a esas preguntas una respuesta elocuente. 

Secundado  el derrumbe general  del Estado capitalista, la propiedad privada cayó por tierra al día siguiente del 19 de Julio.  Un solo  golpe hizo  dos  muertos.  Asestado al Estado de la clase propietaria, su destrucción se prolongó, tan naturalmente  como  la  caída  de  un  meteoro,  en  la  destrucción  de  la  propiedad  misma.  Fábricas,  tierras,  comercio, transportes,  minas,  quedaron  en  manos  de  obreros  y  campesinos.  Apenas  silenciado  el  tiroteo  en  las  ciudades,  el sistema económico español reanudaba su marcha sobre una nueva base. La gestión de la economía por y para la clase burguesa había cesado. Nacía un nuevo sistema económico, el sistema socialista. Cualesquiera que sean las vicisitudes por  que  atraviese  aun  el  proletariado  español,  el  recuerdo  de  su  gestión  económica  en  los  meses  siguientes  al  19  de Julio, será, más que un recuerdo enorgullecedor, una obra a continuar y perfeccionar. En éste como en otros aspectos, Julio  fue  demasiado  grandioso  para  que  las  masas  españolas  lo  echen  en saco  roto.  Por  muchos  frenos,  obstáculos  y zancadillas que stalinianos y reformistas les deparen, —ya reanudan sus triquiñuelas— los movimientos de las masas española se orientarán con irresistibilidad magnética a alcanzar y superar lo hecho en Julio de 1936. El  proletariado  y  los  campesinos  españoles  hicieron  lo  que  debían  apoderándose  los  unos  de  las  industrias  y  el comercio, lo otros de las tierras. Aunque sus detractores, precisamente los dirigentes «comunistas» y «socialistas», se han  esforzado  en  denigrar  la  obra  de  ambos,  la  experiencia  de  las  colectividades  fue  un  gran  ensayo  completamente positivo  hasta  los  límites  donde  pudo  desarrollarse.  Cualquier  otro  comienzo  de  economía  socialista  se  iniciará necesariamente de la misma manera; pero deberá completarse y perfeccionarse para no sufrir la anulación y el fracaso del anterior.

Incautada  la  industria,  sin  más  excepción  que  la  de  pequeña  escala,  los  trabajadores  la  pusieron  en  marcha organizados  en  colectividades  locales  y  regionales  por  ramas  de  industria.  Fenómeno  que  contrasta  con  el  de  la revolución  rusa  y  evidencia  la  intensidad  del  movimiento  revolucionario  español,  la  gran  mayoría  de  los  técnicos  y hombres  especializados  en  general,  lejos  de  mostrarse  renuentes  a  la  integración  en la  nueva  economía,  colaboraron valiosamente desde el primer día con los trabajadores de las colectividades. La gestión administrativa y la producción resultaron beneficiadas; el paso a la economía sin capitalistas se efectuó sin los tropiezos y la pérdida de productividad que  el  saboteo  de  los  técnicos  infligió  a  la  revolución  rusa  de  1917.  Muy  al  contrario,  la  economía  regida  por  las colectividades realizó rápidos  y  enormes progresos. El  estímulo  de una revolución  considerada triunfante,  el  gozo  de trabajar  para  un  sistema  que  substituiría  a  la  explotación  del  hombre,  su  emancipación  del  yugo  de  la  miseria asalariada,  la  convicción  de  aportar  a  todos  los  oprimidos  de  la  Tierra  una  esperanza,  una  oportunidad  de  victoria sobre  sus  opresores,  realizaron  maravillas.  La  superioridad  productiva  del  socialismo  sobre  el  capitalismo  quedó luminosamente demostrada por la obra de las colectividades obreras y campesinas, mientras la intervención del Estado capitalista regida por los atorrantes políticos del frente popular no rehizo el yugo destruido en Julio.

Solamente  en  el  futuro,  cuando  los  documentos  que  hayan  podido  ser  salvados  de  la  destrucción  empiecen  a  ser publicados, se  conocerán todos  los  datos acreditativos  de  los progresos realizados por las colectividades  obreras y de los perjuicios causados a la producción por la intromisión del Estado capitalista, creciente a  medida que stalinianos y socialistas se imponían. Sin embargo, se conocen ya suficientes datos para dar una base documental a la afirmación. Y aunque no existiera ni uno sólo, aunque por lo rudimentario de una economía proletaria rodeada de un poder político y una  organización  estatal  que  se  reconstituían,  el  rendimiento  de  las  colectividades  hubiese  sido  insatisfactorio,  los trabajadores y los revolucionarios seguiríamos insistiendo en la superioridad del socialismo sobre el capitalismo. Pero no es así. Existen cifras, siquiera incompletas, altamente favorables a la obra económica de los trabajadores. Rápidamente se inició en Cataluña la fabricación de pertrechos bélicos, industria casi totalmente desconocida en la región.  Las  pocas  fábricas  de  guerra  existentes  en  España  antes  de  la  guerra  civil,  habían  sido  cuidadosamente colocadas fuera de Cataluña. La burguesía centralista española, desconfiada siempre del catalanismo,  encontró desde principios  de siglo  un  motivo  mucho  más  serio  de desconfianza  en  el  proletariado  catalán.  Hubo  de  recurrirse  a  una adaptación  precipitada  de  industrias  y  a  la  improvisación  de  otras.  Obreros  y  técnicos  rivalizaron  en  intensidad  de jornadas  y  en  abundancia  de  iniciativas,  satisfechos  de desarrollar  una  industria  socialista  y  anhelosos  de  producir  el material necesario para asegurar el triunfo de la nueva sociedad. Pronto arrojó ese esfuerzo a los frentes gran cantidad de material de guerra, buena parte de él fabricado por primera vez en el país, la totalidad por primera vez en Cataluña. Salieron de las nuevas industrias todos los calibres necesarios de proyectiles para cañón, mortero y artillería naval; mosquetones, fusiles ametralladores de diversas categorías y pistolas; piezas de recambio para los mismos, bombas de mano  de  todas  las  clases,  bombas para aviación,  granadas  y  lanzagranadas,  trues  para transporte  de  cañón,  trenes  de aterrizaje  de  aviación,  diversas  clases  de  espoletas,  piezas  de  recambio  para  cañones  antiaéreos  y  para  motores  de aviación,  piezas  para  ametralladoras  de  diversas  marcas,  caretas  antigás,  y  toda  clase  de  elementos  y  utensilios necesarios a las fortificaciones militares, como alambre de púas y estacas, picos y palas, mazas, azadones y hachas de acero, rastros, etc. Se construyeron camiones de diversos tipos y motores de avión, así como toda clase de cartuchería; también proyectores eléctricos de gran voltaje para la vigilancia antiaérea nocturna. La  fabricación  de  maquinaria  satisfizo  rápidamente  las  más  urgentes  necesidades.  De  manos  de  los  obreros  y técnicos  catalanes  salieron  prensas  y  tornos  para  diversos  trabajos,  fresas,  taladradoras,  máquinas  rectificadoras, limadoras para enderezar cañones, para esmerilar el interior de los mismos, para recortar y ranurar vainas de máuser y de pistola, máquinas de encastar balas y máquinas verificadoras de cartuchos.

Antes  de  que  finalizara  el  año  1936  habían  sido  construidas  y  puestas  en  marcha  diversas  fábricas,  donde  se producían importantes productos químicos para la guerra, de rara obtención incluso en los países más industriales. En estas  fábricas  se  producía  tetraetilano  de  plomo  puro,  cloruro  de  etilo,  octano,  natamita,  pólvora  para  fusil  y  cañón, mechas diversas, ácido pícrico, dinitronaftalina, mononitronaftalina, trinitrotoluol amónico, tatralita. La  enumeración  de  productos  es  incompleta.  El  folleto  de  donde  la  he  tomado  Documentos sobre la  industria  de guerra en Cataluña[^1] es fragmentario tanto  en  los índices  de producción como en  los  materiales. No tiene en  cuenta más que la producción de fábricas controladas por la Generalidad. La documentación completa sobre las industrias de guerra  y  civiles,  tanto  en  Cataluña  como  en  el  resto  de  España,  permitirá  apoyar  en  datos  abundantes  el  hecho fundamental  de  su  evolución:  progreso  y  alza  en  los  primeros  meses,  aún  en  el  primer  año;  caída  después.  La  curva económica sigue la curva política. Los poseedores de estos datos tienen el deber de darlos a la publicidad. Las  industrias  civiles  progresaron  igualmente  al  pasar  a  manos  del  proletariado.  Se  inició  la  transformación  de fibras textiles, operación totalmente desconocida en España, se crearon establecimientos para algodonizar el lino, para utilizar  el  cáñamo,  el  esparto,  la  paja  de  arroz;  hubo  pronto  fábricas  de  celulosa  trabajando  con  materia  prima indígena.  Haciendo  planes  para  el  futuro,  en  algunas  fábricas  de  Cataluña  se  tenían  ya  preparados  los  planos  para iniciar la construcción de tractores agrícolas y otros implementos, tan pronto cesaran las necesidades de guerra. En  fin,  no  por  insuficiencia  de  datos  concretos  se  carece  de  lo  indispensable  para  poder  enjuiciar  seriamente  la evolución de la propiedad y de la producción durante la guerra civil. El hecho fue tan evidente, que las cifras, para la masa obrera y campesina, no pueden tener sino el valor de una ratificación precisa. Lo que se ha vivido y sufrido está demostrado  por  ese  hecho  mismo.  Que  los  enemigos  de  la  revolución  digan  lo  contrario  y  lo  propalen  en  su  prensa mendaz.  La  verdad  pagada  con  el  sacrificio  y  la  derrota  de  la  clase  trabajadora  será  siempre  superior  a  la  mentira impresa. 

[^1]: Publicado por las ediciones del Servicio de Propaganda España. Buenos Aires, agosto 1939.

Al hablar de la situación política resultante del triunfo revolucionario en Julio de 1936, la definí como atomización del  poder  político  en  mano  del  proletariado  y  el  campesinado.  Otro  tanto  puede  decirse  del  poder  económico.  Se pulverizó tanto en la ciudad como en el campo. Ese fue el movimiento de las colectividades. Y lo mismo que el poder político atomizado, incapaz de aglutinarse nacionalmente, completando y formalizando la destrucción de su contrario, dio  lugar  al  renacimiento  del  Estado  capitalista,  así  la  atomización  del  poder  económico,  obstruido  en  su  desarrollo natural hacia la planificación a escala, nacional, fue forzado a ceder paulatinamente terreno a la restauración del poder económico capitalista.

La  expropiación  del capitalismo por  obreros  y  campesinos  tienen  necesariamente  que  iniciarse,  como  en  España, por  la  toma  de  posesión  por  los  trabajadores  de  los  grupos  económicos  tal  cual  existan.  En  el  campo,  carente  de  la aglutinación  celular  de  la  industria,  la  agrupación  se produce  espontáneamente sobre  la  base  de pueblos  y  comarcas que poseen una cierta unidad. Es el punto de partida de la propiedad socialista, pero no la propiedad socialista misma. Se  trata  de  la  propiedad  de  grupo.  Ese  fue  el  defecto  principal  de  las  colectividades,  que  aprovechó  la  combinación reaccionaria de stalinistas, reformistas y burgueses, para expropiar al proletariado.

Las  colectividades  se  extendieron  a  todo  el  país  en  el  campo  y  la  ciudad,  inmediatamente  después  de  Julio. También  contra  ellas,  los  enemigos  de  la  revolución  no  iniciaron  el  ataque  hasta  sentirse  protegidos  por  suficientes fuerzas  armadas.  La  propiedad  obrera  y  campesina  fue  reconocida  generalmente  como  un  hecho  consumado.  El gobierno  de  la  Generalidad,  presionado  por  la  C.N.T.  y  el  P.O.U.M.,  dio  un  decreto  reconociendo  y  legalizando  las colectividades.  El  gobierno  central  no  lo  hizo  nunca,  y  pudo  recuperar  más  pronto  la  ofensiva  contra  las  masas.  De Madrid y de Valencia no salió ninguna ley atentatoria a la propiedad privada, nada que satisfaciera las necesidades del proletariado.  Su  decreto  más  radical  fue  el  de  expropiación  de  las  fincas  pertenecientes  a  los  sublevados.  Ni  el «izquierdista» Caballero  ni  el «comunista»  Uribe,  ministro  de agricultura, legalizaron  la  muerte  de los  latifundios,  lo que  basta  para patentizar  cuán  reaccionarios  eran,  sobre  todo  por  relación  a  las  condiciones  reinantes.  Mucho  menos iban a legalizar la muerte del capitalismo. Se limitaron a dejar hacer a obreros y campesinos lo que no podían impedir, preparándose  mientras tanto para atacar las colectividades por los  mismos  medios que atacaron los Comités-gobierno y el armamento proletario. De una manera u otra, el hecho era que en toda la extensión de la zona roja fábrica y tierras estaban en poder de obreros y campesinos.

La  mayor  virulencia  en  el  ataque  provino,  como en  el  dominio  político,  del  partido  stalinista.  Desde  los  primeros días  de  la  guerra  civil,  su  prensa  insistía  frecuentemente  en  que  la  desconfianza  de  los  «gobiernos  democráticos» debíase a «ciertas medidas» tomadas en  nuestra zona. Quería significar con  ello la expropiación  de la burguesía. Así, la  contrarrevolución  rusa,  que  guiaba  los  pasos,  las  lenguas  y  las  plumas  del  stalinismo  español,  coincidía  con  el imperialismo mundial en devolver al tipo capitalista la propiedad incautada por los trabajadores españoles. Pero lo de «ciertas  medidas»  era  todavía  un  lenguaje  embozado,  porque  la  nueva  contrarrevolución  no  sentía  el  terreno  firme bajo sus pies. Unos meses más y el ataque a la propiedad socialista será directo.

En efecto, a principios de 1937, coincidiendo con la disolución de las Milicias de Retaguardia, la militarización de las  Milicias  de  Combate,  y  la  salida  a  la  calle  de  los  cuerpos  coercitivos  capitalistas  rehechos  y  pertrechados  con armas  rusas,  stalinismo,  Gobierno  y  reformismo  emprendieron  el  ataque  en  regla  y  abierto  a  las  colectividades.  El inmundo  Comorera,  al  mismo  tiempo  que  calificaba  de  «tribus»  las  Milicias  que  habían  salido  a  combatir  las  tropas fascistas,  clamaba  por  detener  la  colectivización  y  llamaba  ladrones  a  sus  autores.  Fue  la  señal  de  una  campaña  de vastas  proporciones  en  la  que  intervinieron  desde  el  saboteo  gubernamental  a  las  colectividades,  hasta  la  calumnia sistemática en la prensa stalinista, reformista y burguesa, y la propalación de bulos malévolos sobre la administración del  dinero  por  los  comités  obreros.  La  población  pequeño-burguesa  y  los  mismos  fascistas  servían  de vehículo  a  las calumnias  stalinistas,  al  mismo  tiempo  que  ayudaban  a  pedir  «menos  comités  y  más  pan»,  «todo  el  poder  para  el Gobierno»  y  «todas  las  armas  al  frente».  Con  el  designio  especial  de  luchar  contra  las  colectividades,  el  stalinismo catalán  organizó  en  un  sindicato,  el  famoso  G.E.P.C.I.,  a  todos  los  comerciantes  y  propietarios  pequeños  y  medios, más algunos grandes disfrazados de pequeños. Fue su base de operaciones y su columna volante contra el proletariado socialista. Si  el  fascismo  moviliza  contra  la revolución  a  la  pequeña  burguesía,  caldeando  en  ella,  a  manera  de  ideal superior, las añagazas reaccionarias sobre la patria, el  supremo interés social por encima de  las clases, la salvaguarda del  Estado,  la  unión  nacional,  etc.,  otro  tanto  hizo  el  stalinismo,  y  por  eso  su  obra  se  confunde  con  la  de  una organización fascista.

De  todos  los  males,  faltas  y  deficiencias  fueron  culpadas  las  colectividades.  El  chisme  y  el  chiste  de  intención reaccionaria inundaron la calle por oleadas, sobre todo después de la derrota obrera de Mayo, cuando, encarcelados  o perseguidos  los  revolucionarios,  sus  enemigos  se  atrevieron  a  salir  de  los  escondites  o  del  silencio  a  que  estaban reducidos  desde  las  jornadas  de  Julio.  La  pequeña  burguesía,  los  comerciantes  y  especuladores,  los  católicos,  los fascistas  mismos,  excitados por  el stalinismo, se vengaban así del terror que meses antes les inspirara la certidumbre del  triunfo  revolucionario.  Y  nada  es  tan  despreciable  y  vil  en  sus  reacciones  como  esos  estratos  sociales  sin  norte político  fijo  ni  interés  histórico  determinado.  Adulones  y  serviles  con  la  revolución  cuando  ella  triunfa,  se  vuelven furiosamente  contra  ella  tan  pronto  como  la  consideran  vencida.  La  fusión  entre  ellos  y  la  política  stalino  reformista fue  perfecta.  Los  habitantes  de  Barcelona,  Madrid  y  otras  ciudades,  han  visto  a  los  mismos  estratos  sociales  que secundaban  la  campaña  contra  las  colectividades  y  el  poder  obrero,  levantar  entusiásticamente  el  brazo  y  gritar «¡Arriba España!», a la entrada de las tropas fascistas.

Las colectividades tenían defectos, el proletariado no lo ignora. El primero de ellos, fuente de los demás, consistía en no ser más que eso, colectividades. Cada grupo de obreros incautado de una unidad económica, la hacía funcionar y la administraba independientemente. De ahí surgían numerosas dificultades. Había colectividades ricas y colectividades  pobres;  unas  en  las  que  se  pagaban  salarios  o  reparto  de  utilidades  crecidos  y  otras  que  difícilmente podían sostenerse pagando los salarios anteriores al 19 de Julio. En  la producción, careciéndose de plan  de  conjunto, se  creaban  desproporciones,  desorganización  e  incluso  caos.  Lo  mismo  en  la  distribución  de  materias  primas.  Unas colectividades disfrutaban más de lo necesario mientras otras no llegaban al mínimo o se quedaban muy por debajo de él. En unos sitios abundaba la materia prima, en otros faltaba.

A  las  dificultades  forzosamente  creadas  por  esta  organización  vino  a  sumarse  el  saboteo  gubernamental.  Desde Madrid  y  Valencia  primero,  después  desde  la  Generalidad  catalana,  se  pusieron  en  práctica  una  serie  de  medidas destinadas a ahogar las colectividades,  obligarlas a reconocerse  incapaces de continuar y a ponerse por consecuencia en manos del Gobierno. Ya el gobierno de Largo Caballero hacía al extranjero sus pedidos de ropa para el ejército, en lugar  de  hacerlos  a  las  colectividades  textiles  catalanas.  Las  colectividades  no  encontraban  más  que  dificultades  en todas las gestiones que requerían el apoyo o la ayuda del Gobierno, en cuyas manos estaba el capital financiero. Bien pronto, la nacionalización de los transportes les asestó un fuerte golpe. El acarreo de materias primas y el transporte de mercancías  les  resultaron  problemas  casi  insolubles.  El  paro  obrero,  a  pesar  de  la  absorción  de  hombres  cada  vez mayor  por  la  guerra,  se  introdujo  en  todas  las  industrias  no  directamente  ligadas  con  las  necesidades  del  frente.  Al principio, las colectividades continuaron pagando el jornal a los obreros parados, pero sus fondos eran limitados y sus negocios  no  llevaban  camino  de  mejorar.  No  habiendo  incautado  el  capital  financiero,  las  colectividades  tenían  que vivir  de  su  propio  capital.  La  mayoría  de  ellas  necesitaron  préstamos,  siempre  negados  por  el  Gobierno.  Así,  éste podía  dar  pábulo  a  la  idea  de  la  incapacidad  productiva  y  administrativa  de  las  colectividades,  e  ir  creando  en  los trabajadores  la  predisposición  a  entregar  las  industrias  al  Estado.  En  efecto,  paulatinamente  fueron  capitulando  las colectividades, empezando  por  las más pobres.  En  las  regiones del  centro y  Andalucía,  siendo más débil el proletariado  y  más  fuertes  el  stalinismo y  el  reformismo,  la  lucha  se  decidió  pronto  a  favor  del  Gobierno.  Con  poca resistencia,  las  industrias  pasaron  a  su  dependencia.  En  Cataluña  la  lucha  fue  más  larga  y  obstinada,  pero  el  Estado capitalista salió también triunfante.

La  propiedad  de  grupo  no  puede  ser  más  que  un  momento  en  la  transformación  socialista  de  la  producción.  Es imposible  que  se  conserve  sino  el  tiempo  mínimo  necesario  para  que  los  trabajadores  en  posesión  de  las  antiguas empresas capitalistas  articulen toda la producción y  el  consumo a  escala nacional. La intención  del proletariado  y los campesinos al  expropiar a la burguesía, no fue  en manera alguna la de  convertirse  ellos  mismos en propietarios, sino crear la economía socialista. La experiencia propia de las colectividades les llevó a comprender que éstas deberían ser el  punto  de  partida  de una  organización  a  escala  nacional  de la  producción  y  la  distribución.  La  economía  socialista debe plantearse siempre dos objetivos principales: satisfacer las necesidades de la población pobre y aprovechar hasta el máximo todos los recursos naturales y posibilidades técnicas. Lo segundo constituye la base de la satisfacción de las necesidades  de  la  población  pobre  y,  desarrollado  en  escala  internacional,  ha  de  crear  las  condiciones  para  la desaparición  completa  de  las  clases  y  del  Estado.  Tarea  irrealizable  sin  planificar  la  economía,  faltando  lo  cual  ni siquiera  es  posible  aprovechar  toda  la  productividad  que  permite  la  técnica  moderna.  La  incautación  y  puesta  en marcha de los centros productores por los trabajadores respectivos era un primer paso obligado. Quedarse en él debía resultar funesto.

El  impulso  revolucionario  que  tan  rápidamente  había  hecho  progresar  la  producción,  no  pudo  encontrar  su prolongación  y  perfeccionamiento  en  la  coordinación  planificada  de  la  nueva  economía.  Las  imperfecciones  y pérdidas resultantes de las iniciativas inconexas y de las múltiples administraciones independientes fueron reconocidas por  las  propias  colectividades.  La  idea  de  la  unificación  se  presentaba  por  sí  sola  y  surgió,  en  efecto,  incluso  en  las propias colectividades agrícolas Pero  ya el poder político burgués superviviente  empezaba a tomar la ofensiva contra el socialismo. También él  habló  de coordinar, mejorar y aumentar la producción  en beneficio  de la guerra. Pidió  que los comités de fábricas y las direcciones de las colectividades se le sometieran aceptando su control; después, aspiró a nacionalizar y dirigir él mismo las industrias, dejando a los obreros el cometido de colaboradores de las disposiciones gubernamentales.  Desde  el  mes  de  agosto  de  1936,  la  Generalidad  hacía  esfuerzos  para  introducir  su  control  en  las industrias  expropiadas.  Chocó  con  la  oposición  de  «aquellos  comités  que  desde  el  primer  momento  se  habían apoderado  de  las  fábricas»[^2].  Sin  embargo,  con  perseverancia,  salió  triunfante.  Su  intento  era  facilitado  por  los hombres de la C.N.T. y el P.O.U.M. que colaboraban en el gobierno catalán. Ocupando puestos de mando del Estado, ¿qué  inconveniente  podían  ver  en  que  ese  mismo  Estado  adquiriera  la  gestión  industrial? Sólo  veían  ventajas,  por  lo que naturalmente debilitaban la instintiva resistencia de los obreros al intento de la Generalidad.

[^2]:Carta de Companys a Prieto. Folleto citado.

Al  principio,  la  intervención  del  Estado  se  limitó  a  una  simple  fisga.  Ni  los  obreros  hubieran  permitido  más  ni  él estaba suficientemente rehecho para permitirse imposiciones o bravatas. En la mayoría de los casos, su intervención se ejercía  a  través  de  los  elementos  obreros  más  ligados  al  poder  político.  El  proletariado  seguía  considerando  la economía suya, y definitivamente  ido  el capitalismo. Las consecuencias funestas  en  el terreno  de la producción no se hicieron  sentir  hasta  después.  Pero  el  Estado  capitalista  se  reconsolidaba  progresivamente;  más  aún,  adquiría  la convicción  de  que  podía  intentarlo  todo,  seguro  de  que  el  proletariado  no  encontraría  apoyo  alguno,  y  que  incluso sería  condenado  por  sus  propias  organizaciones,  caso  de  que  intentara resistir.  La  fisga  gubernamental  se  transformó en  control,  el  control  en  dictadura  y  ésta  en  saboteo  directo  y  descarado  de  las  colectividades,  hasta  que  la  industria pasó toda a poder  del Estado. El proceso  no se  cumplió  vertiginosa, sino paulatinamente.  Va  desde  los  meses finales de 1936 hasta principios de 1938, cuando puede considerarse completo el triunfo gubernamental.

Como todos los  crímenes cometidos  en España, éste de la  expropiación  de las colectividades se hizo también  «en interés  de  la  guerra»,  pero  1agtierra  resultó  gravemente perjudicada,  porque  la  producción  bajó  y  desaparecieron  las iniciativas  y  la  inventiva  de  que  habían  dado  muestras  los  trabajadores  en  los  meses siguientes,  al  19  de  Julio.  En  la carta  citada  de  Companys  a  Prieto,  confiesa  el  primero  que  la  producción  de  las  industrias  de  guerra  catalanas  había disminuido  considerablemente.  Companys  da  por  comenzada  la  baja  en  el  mes  de  junio  de  1937,  pero  otros  dados indican que se había iniciado en marzo. En todo caso, a fin de año la disminución era de un 35 a un 40%. En su carta, Companys  no  trata  de  defender  la  gestión  obrera  de  una  industria  socialista,  sino  la  gestión  de  su  gobierno  regional, frente  al  gobierno  nacional.  Desde  antes  de  los  acontecimientos  de  Mayo,  el  gobierno  central  había  intervenido  en algunas industrias catalanas, como la Elizalde y la Hispano-Suiza. Tras numerosos intentos fallidos de dirigir el todo, la  derrota  de  los  trabajadores  en  Mayo  le  dio  oportunidad  para  decretar  la  intervención  general.  Los  pequeño- burgueses  republicanos,  «socialistas»  y  stalinistas  anticatalanes  quedaron  satisfechos.  La  producción  industrial  bajó del  35  al  40%,  pero  ellos  habían  satisfecho  sus  furores  centralistas,  que  en  ese  momento  eran  esencialmente antiproletarios,  porque  era  en  Cataluña  donde  más  se  había  desarrollado  la  revolución.  Y  conviene  recordar  que  en aquel momento el stalinismo y Prieto estaban íntimamente unidos contra las colectividades. En fin, para que no admita dudas el efecto real de la política stalino-reformista gubernamental, he aquí una cita tomada del discurso pronunciado por Comorera, en un pleno stalinista de guerra celebrado en Lérida, en enero de 1938: «La situación de las industrias de guerra hay que confesar que no ha mejorado suficientemente y que en algunos casos, incluso ha empeorado». Y en el III Congreso de  la U.G.T. catalana, Rodríguez Vega admitió que  en algunas industrias el rendimiento  obrero había disminuido a la mitad del normal. En lenguaje claro todo eso quiere decir: estamos saboteando la guerra pero como la saboteamos en nombre de la democracia burguesa, bien saboteada está.

En  este  aspecto,  como  en  el  aspecto  político,  la  obra  del  gobierno  central  representa  una  prolongación  natural  y acentuada  de  la  del  gobierno  de  la  Generalidad.  El  factor  principal  de  la  baja  de  la  productividad  y  de  la  producción global,  era  la  política  antisocialista  ejercida  desde  el  poder.  Debido  a  la  correlación  de  fuerzas  más  favorable  al proletariado  en  Cataluña,  el  gobierno  central  iba  delante  del  regional,  pero  éste  seguía  la  misma  dirección.  Sus intervenciones  tenían  idéntica  naturaleza;  la  de  provenir  de  un  Estado  capitalista.  ¿Qué  efecto  podía  producir  y  qué objeto  podía  tener  el  control  del  viejo  Estado  sobre  una  economía  recién  expropiada,  socialista  por  principio  y  por necesidad  de  desarrollo?  Efecto  desorganizador,  objetivo  restaurador  de  las  relaciones  capitalistas.  Ambas  cosas totalmente confirmadas en el curso de la guerra civil. La Generalidad desbrozó el camino al gobierno central. Antes de que  éste  interviniera  libremente  en  Cataluña,  el  proletariado  había  comprendido  que  la  Generalidad  le  estaba arrebatando  sus  conquistas.  Ya  en  lo  político,  la  reconstitución  de  las  fuerzas  coercitivas  burguesas  y  el  desarme  del proletariado  fueron  altamente  significativos.  En  seguida  llegó  el  turno  a  lo  económico.  La  intervención  de  la Generalidad  había  logrado  provocar  bastante  desorganización  y  disgusto  entre  los  trabajadores  para  hacer  bajar  la producción, antes de que Valencia decretara el paso de las industrias a su dependencia. La producción empezó a bajar en  el  mes  de  marzo  de  1937.  Fecha  reveladora.  En  diferentes  puntos  de  nuestro  territorio,  las  fuerzas  armadas gubernamentales  recién  constituidas  habían  sido  lanzadas  contra  los  trabajadores  y  los  campesinos,  causando  entre éstos muertos y heridos. La campaña contra las colectividades y contra todo lo que respirara la revolución socialista se desplegaba  ya  a  tambor  batiente.  Los  revolucionarios  empezaban  a  entrar  de  nuevo  a  la  cárcel.  Las  masas  pobres tenían  la  plena  sensación  de  que  se  las  traicionaba.  Inmediatamente  llegaron  los  acontecimientos  de  Mayo.  Derrota espantosa  para  la  revolución,  inicio  verdadero  de  la  pérdida  de la  guerra.  En  toda  nuestra  zona,  a  partir  de  entonces obreros  y  campesinos tuvieron la  convicción completamente  justificada  de  que se les habla arrebatado la revolución.

Ningún  esfuerzo  de  organización  sobre  base  capitalista  lograría superar  los  resultados  productivos  que  era  permitido esperar de una economía y  de un poder político socialistas. Los esfuerzos  gubernamentales  no lograron siquiera, cual ya se ha visto, igualar el realizado por las colectividades, con todos sus defectos de economía en estado de transición.

El Estado regionalista no puede gloriarse de haber sido más efectivo en la gestión económica que su hermano mayor, el  Estado  central.  La  caída  general  de  la  producción  y  de  la  productividad  obrera  llega  al  máximo  después  de  los sucesos de Mayo, cuando para ningún obrero admite dudas que una nueva reacción se ha instalado en el poder. Antes, la  intervención  de  la  Generalidad  era  considerada  por  los  obreros  catalanes  como una  impertinencia  que  sus  propias organizaciones  les  obligaban  a  aceptar,  pero  de  la  cual  podrían  desprenderse  con  una  simple  sacudida  de  hombros.

Sólo en las proximidades de Mayo empezaron a ver que la impertinencia iba convirtiéndose en dogal. Pero al tratar de romperlo, la propia Generalidad llamó en su auxilio al gobierno central. La Generalidad no defendía frente al gobierno central otra cosa que los privilegios de la burguesía regional, mejor dicho, del Estado regional, puesto que la burguesía como  tal era inexistente.  Frente  a las necesidades  y  aspiraciones de la clase  trabajadora,  gobierno central  y Generalidad hacían uno solo. El Estado regional echando a un lado lo secundario, reclamaba el auxilio de la burguesía central, en lo político, en  lo  militar y en lo  económico, con tal de someter al proletariado. En Mayo repitiose  una vez más  lo  que  ya  había ocurrido repetidas veces  en  la historia de  las luchas sociales  españolas. Las fanfarronadas de  los regionalistas  se  transforman  en  súplicas  de  intervención  al  gobierno  central.  Como  en  el  terreno  internacional,  en  el terreno regional español el único lema verdadero es clase contra clase. Desgraciadamente, hubo, anarquistas, e incluso poumistas, que se eximieron de apelar al proletariado depositando su confianza en el regionalismo del presidente de la Generalidad, Companys.

El triunfo sobre el proletariado obtenido en Mayo por stalinismo y Gobierno, lanzó a éste, siempre inspirado por el primero,  a  un  curso  abierto  de  restauración  capitalista.  El  poder  político  ya  pertenecía  indisputadamente  a  la contrarrevolución  populista;  los  últimos  organismos  de  poder  obrero  fueron  destruidos  en  mayo  o  poco  tiempo después.  Sin  embargo,  la  economía,  en  unas  partes  total  y  en  otras  parcialmente,  seguía  en  manos  de  obreros  y campesinos.  Gobierno,  frente  popular  y  su  fuerza  de  choque,  el  stalinismo,  pusieron  proa  a  la  restitución  de  la propiedad  capitalista.  Pero  encontraron  una  dificultad  grave:  no  había  sino  escasos  capitalistas.  Estando  la  mayoría huidos  a  territorio  de  Franco  (muchos  con  protección  del  frente  popular),  habiendo  sido  ajusticiados  otros  por  los trabajadores  después  del 19  de Julio, los filo-burgueses frente-populistas  encontráronse con  que no tenían sino pocos «honrados»  capitalistas  a  quienes  restituir  sus  propiedades.  Pero  la  dificultad  era  obviable.  Si  el  conjunto  de  los capitalistas se da como administrador y gendarme un Estado propio, es evidente que esa concreción colectiva de todos sus intereses particulares puede desempeñas las funciones generales del capitalismo, si por azares de la lucha de clases llegan a faltar los capitalistas individuales. Fue el caso de nuestra zona.

El hediondo stalinista catalán, Comorera, entonces hombre de las mayores intimidades con las cumbres del G.P.U. se expresaba así en el Pleno ya mencionado de Lérida (enero 1938):

> Los  sindicatos  no  pueden  ser  apartados  de  la  dirección  económica  del  país.  En  primer  lugar,  porque  el  Gobierno  no  tiene aparato  económico  bastante  bien  montado  aún  para  tomar  él  solo  toda  la  responsabilidad  de  la  dirección.  Por  otra  parte, Cataluña es un país de arraigada y antigua tradición sindical. Nosotros no podemos quemar las etapas ni violentarlas. Hoy es absolutamente necesario que las centrales sindicales intervengan en la dirección económica del país. (Subrayado por mi).

El  mecanismo  de  la  contrarrevolución  en  su  aspecto  económico  está  claramente  expuesto  aquí  por  Comorera.  Se trata de algo  nuevo, como veremos  después. Por una parte,  el Estado capitalista, en  cuyo  nombre  habla  el  orador, no tiene aún  el aparato necesario para eliminar toda intervención  obrera, por otra, las tradiciones sindicales  de  Cataluña, después  de  un  19  de  Julio  y  a  pesar  de  un  Mayo  del  37,  siguen  siendo  lo  suficientemente  fuertes  para  no  dejarse eliminar  por  voluntad  de  Comorera  y  sus  semejantes.  En  consecuencia,  la  única  táctica  posible  con  vistas  a  los intereses  del  sistema  es  que  el  Estado  se  sirva  del  control  obrero  o  sindical  en  las  fábricas  para  salvar  los  intereses colectivos  del capitalismo,  mientras prepara el aparato económico  que le permita prescindir por completo  del control obrero, y devolver las fábricas a los burgueses o retenerlas completamente como propiedad del Estado.

Un  gobierno  revolucionario,  lejos  de  pensar  en  prescindir  de  la  intervención  obrera  en  la  dirección  económica, debe  aumentarla  continuamente  hasta  la  desaparición  del  Estado  y  el  establecimiento  del  sistema  administrativo comunista,  de  componentes  iguales  económicamente.  Cuando  Comorera  hablaba,  la  mayoría  de  las  colectividades industriales, sistemáticamente empobrecidas por el boicot gubernamental, habían capitulado poniéndose en manos del Estado. El reconocimiento expreso hecho por el hombre de. Stalin, de la incapacidad técnica del Estado, es una prueba adicional de lo poco que importaban los intereses de la producción, de los que la guerra dependía estrechamente, a él y a todos los nuevos reaccionarios con él coaligados. No se trataba de otra cosa que de consumar, costase lo que costase, la  expropiación  del  proletariado.  Después,  el  Estado  expropiador  devolvería  «sus  legítimas  propiedades»  a  los burgueses individuales, o  bien  seguiría poseyéndolas  como  propiedad nacionalizada.  Pero en  ambos casos  la revolución quedaba destruida y el capitalismo como siempre salvado.

Es  ése  el  elemento  nuevo  que  la  contrarrevolución  en  España,  fundamentalmente  stalinista,  aporta  al  acervo ideológico  del  proletariado  mundial.  La  nacionalización  se  reveló  un  arma  reaccionaria  de  expropiación  de  los productores, y el control obrero de la producción algo susceptible de ser empleado en el mismo sentido, paralelamente a la nacionalización y gracias al oportunismo de las direcciones sindicales. En la obra de nuestros gobiernos, sea el de Caballero,  el de  la Generalidad  o  el  de Negrín  más acusadamente,  concurrían  dos factores. Por un parte,  necesitaban quitar  la  economía  al  proletariado,  pues  debían  probar  a  todas  las  capitales  raccionarias,  desde  Washington  hasta Moscú,  que  estaban  haciendo  recular  la  revolución,  y  como  por  lo  general  no  había  capitalistas  a  quienes  devolver propiedades,  el  único  recurso  para arrancarlas  al  proletariado  era  nacionalizarlas. Por  otra parte,  es  en  una  economía nacionalizada donde la burocracia surgida  de la clase  obrera encuentra una función  más útil y permanente al servicio del  Estado  capitalista.  Entre  ella  y  el  Estado  se produce  una  fusión  que  cambia  por  completo  el  papel  desempeñado hasta  ahora  por  la  burocracia  obrera.  De  oposición  de  izquierda  dentro  del  sistema  capitalista,  pasa  a  convertirse  en uno  de  sus  estamentos,  con  lo  que  se  abre  una  nueva  perspectiva  de  solución  reaccionaria  a  la  vieja  y  decadente sociedad.

Siguiendo  pues  los  intereses  de  la  reacción  mundial,  los  burócratas  stalinistas  y  reformistas  no  dejaban  de contar con  los  suyos  particulares.  A  cambio  de.  destruir  la  revolución  procuraban  adquirir  un  puesto  permanente  dentro  del Estado  y  del  mecanismo  económico  capitalista,  tal  vez  aligerado  de  propietarios  individuales,  pero  no  menos reaccionario  y  opresor.  El  capitalismo  no  desaparece  porque  la  industria  deje  de  ser  propiedad  individual,  pues  su característica esencial es la privación de los instrumentos de trabajo en que mantiene a los trabajadores, cuya fuerza de trabajo  compra  como  una  mercancía  cualquiera.  Por  eso  la  nacionalización  en  nada  cambia  el  sistema,  si  es  que  no refuerza  sus  rasgos  opresores,  y  en  momentos  de  revolución  se  presenta  como  el  mejor  medio  de  expropiación  del proletariado.

El  éxito de  esa profunda maniobra reaccionaria, cuando  empezó a ser puesta en práctica, inmediatamente antes  de las jornadas de Mayo  y  después  más  generalmente,  dependía  en sus tres cuartas partes de  la actitud  que adoptasen  la C.N.T.  y  la  U.G.T.,  las  dos  centrales  sindicales.  La  partida  estaba  de  antemano  perdida  para  el  proletariado  y  la revolución  del  lado  de la U.G.T., bien  habituada como  estaba a someterse al Estado. No así  del  lado  de  la C.N.T., la cual, con altibajos, oportunismos y aventurismos, había sido, hasta la guerra civil, una central sindical combativa y en general fiel a la lucha de clases. Pero, una vez que los dirigentes anarquistas prefirieron la colaboración con el Estado capitalista a la lucha por un poder -proletario, y sobre todo, después de su actitud en Mayo, ¿por qué iban a oponerse a que  el Estado  nacionalizase  las industrias? Mientras tuvieron armas, los  obreros  habían rechazado  la nacionalización, despidiendo con cajas destempladas a los representantes gubernamentales que se presentaban en las fábricas. Todavía después de Mayo hubieran logrado retener la industria si hubiesen contado con el apoyo de sus organizaciones. Mas la C.N.T. consintió en sumarse a la U.G.T. para prestarse al. control sindical que pedía Comorera. Y el Estado capitalista tuvo por gestores económicos a dirigentes sindicales de las dos centrales.

Tanto  en  la U.G.T. como  en  la C.N.T. el capitulacionismo  dirigente  halló resistencia  en  la base,  mucho  más  en  la segunda que en la primera. Pero en ninguna de las dos la oposición logró encontrar una expresión orgánica idónea. En la  U.G.T.  a  lo  más  que  se  llegó  fue  a  la  famosa  escisión,  que  aún  dura,  entre  Largo  Caballero  y  los  elementos staliniano-negristas.  Caballero  no  tenía  ninguna  divergencia  de  principio  con  la  política  gubernamental.  Sólo  era opuesto a la preponderancia stalinista en el Gobierno  y  el ejército. Sus ideas respecto al  destino  de la  economía  eran idénticas a las del  gobierno Negrín-Stalin:  nacionalización  y  control por  el Estado. Durante  el  gobierno de Caballero empezó  a  quitarse  industrias  a  los  trabajadores  en  Madrid,  Valencia  y  otros  sitios.  Sin  embargo,  la  oposición  de Caballero hubiese podido desempeñar aún un importante papel revolucionario lanzándose a fondo contra el stalinismo.

Pretextando  intereses  de  guerra,  Caballero  renunció  a  la  lucha,  cuando  precisamente  el  interés  máximo  de  la  guerra exigía la lucha. En realidad no tenía ninguna política revolucionaria que oponer. Pero el oportunismo no deja nunca de encontrar pretextos de apariencia honorable. Con ello, la oposición caballerista, nacida del descontento de los mejores elementos ugetistas y socialistas, fue desvirtuada, castrada y devuelta al tradicional remanso reformista.

En la C.N.T. surgió desde antes de Mayo, la oposición denominada «Amigos de Durruti». Por causas ya dichas en otro capítulo, no logró madurar con la rapidez necesaria a pesar de contar con la simpatía de la inmensa mayoría de los afiliados. Después  de Mayo,  la policía colaboraba muy  eficazmente con  los altos  dirigentes  derechistas  de  la C.N.T., en  la  persecución  de  los  «Amigos  de  Durruti».  A  más  de  esto,  los  burócratas  pseudoanarquistas  hubieron  de  vencer casos particulares de oposición suscitados ya directamente por la base, ya por los comités medios e inferiores o por las Juventudes Libertarias.  Pero  con  ayuda  de la  represión  gubernamental,  toda  oposición  sindical  fue rota  o  reducida  a proporciones  insignificantes.  Los  capitostes  de  la  U.G.T.  y  de  la  C.N.T.  pudieron  llegar  a  concretar  en  un  pacto  su política de auxilio a la contrarrevolución económica, por medio de la nacionalización.

La significación verdadera del pacto firmado entre las dos centrales sindicales fue convertir oficialmente la C.N.T. en  organismo  auxiliar  del  Estado  capitalista;  la  U.G.T.  ya  lo  era  antes.  Todo  el  pacto  era  beneficio  para  s  y reformismo.  En  él  se  materializaban  las  palabras  citadas  de  Comorera:  puesto  que  el  Estado  no  dispone  ahora  de elementos suficientes  y los  obreros aún son algo fuertes, las centrales sindicales deben colaborar en  los designios del Estado.  En  efecto,  el  pacto  no  se  comprometía  a  pedir  la  legalización  de  la  expropiación  de  la  burguesía  y  de  los grandes terratenientes,  mucho  menos  a  liquidar  el  capitalismo.  Se  limitaba  a  pedir  «la  nacionalización  de  las  minas, ferrocarriles,  industria  pesada,  navegación  de  altura,  banca  y  de  aquellas  otras  industrias  que  se  consideren  de necesidad para la reconstrucción nacional, después de aprobada aquella por los organismos competentes del Estado».

El  punto  siguiente  (número  7  del  párrafo  «Industria»),  recalcaba:  «Para  la  puesta  en  marcha  de  este  plan  de nacionalización  industrial,  así  como  para  la  organización  y  planificación  general  de  la  producción,  la  U.G.T.  y  fa C.N.T. propugnan la formación inmediata de un Consejo Superior de Economía, dentro del Estado y con participación de  las  dos  centrales  sindicales».  Y  a  continuación:  «El  Gobierno  legislará  en  materia  económica  de  acuerdo  con  el Consejo  Nacional  de  Economía.  El  Consejo  Nacional  de  Economía  establecerá  un  servicio  de  inspección  del trabajo en  todas  las  manifestaciones  productivas».  Y  el  pacto  terminaba  con  una  adición  en  que  la  U.G.T.  declaraba  no  ser contraria a la incorporación de  la C.N.T. al Gobierno, y juntas prometían  estudiar el problema de  la incorporación  de la C.N.T. al frente popular. Es sabido que la cosa terminó  efectivamente  con la incorporación  oficial  de  la C.N.T. — práctica  desde  Julio  de  1936—  a  la  traidora  táctica  proclamada  por  Dimitrov  en  el  VII  congreso  de  la  Internacional Comunista.

El Estado, el Estado, el Estado; he ahí el término último y verdadero de todos los problemas. Si la C.N.T. hubiese discernido  la  naturaleza  de  clase  del  Estado  existente  en  España  seguramente  no  habría  aportado  su  importantísimo socorro al triunfo de la contrarrevolución. Antiestatal antes de la guerra, ésta le hizo hincar la cabeza en un stalinismo plenamente capitalista. No necesito volver a demostrar que el Estado destruido por la insurrección de Julio, y rehecho por  el  frente  popular  con  la  colaboración  de  las  demás  organizaciones  obreras,  era  de  carácter  capitalista.  Su intervención  en  el  ejército,  en  la  guerra,  en  la  política,  en  la  economía,  llevaba  el  sello  de  su  carácter  de  clase.  La nacionalización, que C.N.T. y U.G.T. pedían al Estado, era precisamente lo que éste necesitaba para impedir la marcha de los obreros al socialismo. Stalinistas y socialistas, más conscientes que el anarquismo de los caracteres de clase del Estado, y  determinados a cortar el paso a la revolución proletaria, no podían  ver  en  las peticiones  del pacto  sino una excelente  garantía  antirrevolucionaria,  la  mejor  posible  en  vista  de  la  ausencia  casi  general  de  los  burgueses individuales.  El  Estado  burgués  debía  representarles;  las  centrales  sindicales  auxiliarle.  La  C.N.T.  era  temida  por stalinistas,  reformistas  y  burgueses  en  general  por  su  antigua  tradición  revolucionaria  y  por  el  arraigo  que  entre  las masas  tenía.  Sujetarla  al  círculo  capitalista  del  frente  popular  daría  por  doble  resultado  desarticularla  como  fuerza revolucionaria  y  comprometer  la  dirección  a  luchar  contra  las  tendencias  revolucionarias  de  base.  Ese  proceso  de sujeción empezó, de hecho, aún antes de Julio de 1936, aumentó inmediatamente después de él y se completó tras las jornadas  de  Mayo.  El  pacto  C.N.T.  U.G.T.  no  hacía  más  que  rubricar  y  dar  estado  legal  al  hecho  consumado paulatinamente desde la constitución del frente popular.

Lejos  de  ayudar  a  los  obreros  a  conservar  y  defender  sus  posiciones  económicas,  el  pacto  prestaba  a  la  nueva reacción  el auxilio  indispensable para consumar completamente la  expropiación  de los trabajadores, sobre  la  base  de un  capitalismo  de  Estado.  El  cerco  en  torno  a  las  colectividades  se  acentuó.  Una  tras  otra,  las  colectividades industriales  iban  capitulando  y  entregándose  al  Estado.  Las  propias  colectividades  agrícolas,  que  por  su  naturaleza podían  defenderse  mucho  mejor,  sintieron  las  consecuencias  del  sabotaje  gubernamental.  También  ellas  estaban destinadas a ser asfixiadas o a reducirse a la categoría de organizaciones cooperativas, como tantas otras existentes en diversos  países  dentro  del  sistema  capitalista  de  propiedad.  La  C.N.T.  lo  reconocía  así  implícitamente  cuando  en  el pleno  económico  celebrado  en  Valencia  proyectó  la  creación  de  un  Banco  Confederal.  La  idea  carecía  por  completo de sentido si la economía en su conjunto se hubiera orientado en sentido socialista. Todo el capital financiero español habría estado a la disposición de la organización económica proletaria. En manos del Estado, ese capital se aplicaba a destruir  las  incipientes  formas  socialistas  de  propiedad.  Las  proposiciones  mismas  del  pleno  citado  lo  reconocían  al querer subsanar la falla del  capital financiero con un  capital financiero  de uso  exclusivo de la C.N.T. Como  remedio era disparatado, tan disparatado como si  el proletariado, para acabar con  el  capitalismo, se propusiera hacer negocios por  su  cuenta  con  el  intento  de  apoderarse  de  todas  las  empresas.  Pero  como síntoma  político,  más  que  disparatado. era  una  renuncia  expresa  a  la  expropiación  general  del  capitalismo,  y  una  carta  de  crédito  a  la  contrarrevolución frentepopulista para que continuara sin temor de oposición su labor restauradora.

No se nos enfaden los anarquistas; al menos los anarquistas verdaderos quienes seguimos considerando revolucionarios,  si  bien  torcidos  en  cuan  se  refiere  al  apoliticismo  y  al  Estado.  Durante  la  guerra  civil,  cuando  la expropiación  general  de  la  burguesía  era  un  hecho  consumado,  el  único  paso  revolucionario  que  podía  dar  el proletariado  era  la  organización  planificada  de la  economía  que tenía  en sus  manos.  Para  ello  necesitaba  apoderarse también del capital financiero, que no llegó a estar en sus manos ni siquiera inmediatamente después de Julio. Ponerse a  hacerle  concurrencia,  cual  pretendía  la  proposición  de  Banco  Confederal,  equivalía  a  reconocerle  el  derecho  a  la existencia  independientemente  del  proletariado,  es  decir  como  tal  capital  financiero.  No  exagero  pues  un  ápice,  al escribir que la C.N.T. renunciaba a la expropiación general del enemigo, conformándose con adquirir un cierto rango económico dentro del sistema general capitalista. La C.N.T. se comporté como una organización corporativa, pero en manera alguna como una organización que tiene por objeto único, obsesivo, la destrucción del capitalismo y el triunfo de  la  revolución  socialista.  Cito  sólo  el  ejemplo  de  }a  C.N.T.  porque,  a  pesar  de  todo,  seguía  siendo  una  central sindical más radical que la U.G.T. No quiere decir en manera alguna que no condene yo terminantemente la actitud de ésta.  Significó  únicamente  que  si  la  actitud  de  la  organización  sindical  más  izquierdista,  la  convirtió  en  cómplice consciente o inconsciente del restablecimiento capitalista en España, la U.G.T. fue el cebo con cuya alianza (sindical, «apolítica» y otras zarandajas con que los anarquistas se dejan impresionar), se hizo tragar a la C.N.T. el anzuelo de la colaboración. La verdad estricta obliga a decir que la C.N.T. fue durante la guerra civil un instrumento del capitalismo de  Estado,  aspiración  suma  de  la  reacción  stalino-reformista.  Los  militantes  que  han  dado  a  esa  central  sindical energías,  entusiasmo  y  fe  inquebrantable  durante  años,  se  indignarán  quizás  al  leer  lo  anterior.  Me  veo  obligado  a reafirmarlo pensando particularmente en el valor revolucionario de la militancia confederal. Y no precisamente, como pensarán ingenuos o truculentos apolíticos, con la intención de destruir la C.N.T., sino con la de salvarla como central sindical revolucionaria.

Volvamos a las palabras iniciales de  este capítulo. ¿Lo determinante  en la sociedad  es  el poder político o  el poder económico?  No  creo  que  haya  un  solo  obrero  revolucionario  español,  entre  quienes  han  vivido  la  experiencia  de  la guerra civil, que pueda dudar a este respecto. Y al escribir esto me refiero muy especialmente a los anarquistas. Con  toda  certidumbre,  puede  asegurarse  que  las  intenciones  íntimas  de  los  dirigentes  anarquistas  no  eran  dar  el triunfo  al  capitalismo  ni  renunciar  a  la  revolución  socialista.  Durante  el  primer  semestre  de  1937,  cuando  la  lucha entre la revolución y la contrarrevolución estaba todavía decidiéndose, los dirigentes de la C.N.T. sacaron a relucir una consigna:  «Todo  el  poder  económico  al  proletariado».  Y  se  quedaron  satisfechos  como  una  parturienta. Su  intención subjetiva, concorde con sus ideas, era ésta: Que los políticos hagan lo que quieran; nosotros vamos a apoderarnos de la economía, como apolíticos que somos, y así haremos la revolución proletaria. Sus falsas nociones teóricas les llevaban a  considerar  la  economía  y  la  política  como  dos  mundos  diferentes,  sin  ninguna  relación  entre  sí.  Pero  la  política, quisiéranlo  o  no,  se  les  metía  por  todos  los  poros  a  los  dirigentes  anarquistas.  Allí  estaban,  particularmente,  los políticos  stalinistas,  reformistas  y  republicanos,  pidiendo  ayuda  a  los  apolíticos  para rehacer  el  desvencijado  Estado. Al  ver  los  apolíticos  tas  funestas  consecuencias  de  su  ayuda,  dieron  la  consigna:  «Todo  el  poder  económico  al proletariado», pero sin dejar ellos de colaborar con el Estado capitalista. En realidad los líderes anarquistas no trataban más  que  de  aligerar  su  conciencia  con  esa  consigna,  pues  siendo  grata  a  las masas,  desviaba  la  atención  de  ellas  del verdadero  problema.  ¿Quiénes  eran  enemigos de  la  economía  socialista  sino  el  Estado  y  los  hombres  con  quienes  la C.N.T. colaboraba? Si realmente la C.N.T. hubiese estado decidida a defender el poder econ6mico del proletariado, se habría  planteado  necesariamente  la  necesidad  de  luchar  contra  el  poder  político  capitalista.  Ya  entonces  sabía  por experiencia  cuán  imposible  es  rehuir  el  problema  del  poder.  Junto  a  su  consigna  económica  habría  aparecido,  como coronamiento indispensable, esta otra: «Todo el poder político al proletariado».

La economía había estado en manos del proletariado y los campesinos durante meses. La consigna de la C.N.T. era entonces un hecho. Cuando la puso en circulación, vísperas de Mayo y después, ya empezaba a dejar de serlo. Por eso no se la puede  considerar más que como una concesión  verbal arrojada a la angustia del proletariado. Bien pronto, la dirección  cenetista  olvidaría  su  propia  consigna,  como  tantas  otras  frases  revolucionarias  que  en  medio  de  su colaboración hizo, para limitarse a pedir la organización del capitalismo de Estado en el Pacto C.N.T. - U.G.T... y una cartera en el malhadado gobierno Negrín. En una palabra, la posesión por el proletariado de la economía no impidió a la  nueva  contrarrevolución  triunfar  en  todos  los  aspectos,  porque  para  impedírselo  era  también  necesaria  la  posesión del poder político, factor decisivo en la transformación económica revolucionaria.

No menos clara aparece la relación entre lo político y lo económico si se contempla lo acaecido en España desde el punto  de vista del capitalismo. Puede decirse  que al principio  de  la guerra civil  el poder económico  estuvo  en  manos del  proletariado,  puesto  que  el  propio  capital  financiero  no  podía  usarlo  el  Gobierno  sino  por  consentimiento  de  los líderes obreros. Al capitalismo no le quedaba más que una sombra de poder político representado por el stalinismo y el reformismo.  Sólo  eso,  le  bastó  para  reconstituir  todas  las  relaciones  sociales  capitalistas,  desde  el  gendarme hasta  la propiedad.  Ya hemos  visto por qué  medios  y con ayuda de  quiénes. Igual  que para la revolución, el poder político  es decisivo para la contrarrevolución capitalista.

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Las colectividades agrarias constituyen una de las más positivas experiencias hechas en España. El proletariado industrial es socialista por imperativo de la función, que desempeña. Su lucha contra la clase capitalista le conduce inmediatamente a la socialización de los medios de producción. No ocurre lo mismo con el campesinado, ni aun siquiera con los jornaleros agrícolas, tan numerosos en todo el sur de España. La emancipación económica les aparece inmediatamente como un problema individual, a resolver convirtiéndose en propietarios de tierra. Particularmente en los países atrasados, donde la masa campesina no ha hecho aún la experiencia de la pequeña explotación, ni existen medios técnicos suficientes para convertir la labor en una gran operación industrial, la masa pobre agrícola es empíricamente empujada a buscar la solución individual, más que la socialista. Pero la educación revolucionaria contrarrestó poderosamente en España las tendencias individualistas del campesino, induciéndolo desde el primer momento a la solución socialista.

La revolución rusa, una vez pasado el período de entrega de la tierra a los campesinos, encontró en éstos graves dificultades. Carentes de una educación socialista, tendían naturalmente a la acumulación privada mediante sus respectivos lotes. El gobierno revolucionario tenía que contrarrestar esa tendencia al mismo tiempo que se esforzaba en crear medios técnicos y una educación susceptible de preparar la socialización del agro y de asegurar la colaboración inmediata entre éste y la ciudad proletaria. Agravado el problema por el monopolio stalinista del poder, la contradicción o desnivel entre proletariado y campesinado condujo a la deportación de millones de campesinos, a la destrucción de aperos de labranza y al degüello de millones de cabezas de ganado como oposición a la colectivización forzada que el gobierno stalinista impuso.

Después de la experiencia de las colectividades agrícolas, puede asegurarse que la revolución española no tropezará con esas dificultades. La mayoría del campesinado se reveló socialista desde el primer momento; prefirió trabajar en colectividad a poseer su propio terreno. La alianza entre la ciudad y el campo se situaba así en un terreno superior al circunscrito por la consigna: la tierra a los campesinos, posibilitando el empleo de esta otra: socialización del agro. En ese terreno, obreros y campesinos adquieren una base económica común, su vínculo de alianza es socialista y no está limitado sino por las dificultades técnicas para industrializar el campo y hacerlo pasar de la etapa de las colectividades o propiedad de grupo, a la etapa de la socialización en escala nacional. Cuando la agricultura sea convertida en rama de la industria y los trabajadores agrícolas en proletarios, la revolución no tendrá que temer ningún termidor. El grado de educación socialista de que dieron pruebas los campesinos españoles por medio del movimiento de las colectividades promete obviar muchas dificultades a la revolución triunfante. 

El movimiento de las colectividades tuvo mucha mayor importancia y significación porque, como todo el mundo sabe, fue impuesto por los campesinos contra la voluntad, las maniobras, el boicot y el terror gubernamental. Desde el Ministerio de Agricultura el stalinista Uribe se esforzaba en crear condiciones económicas que probaran el fracaso de las colectividades, organizaba sindicatos agrícolas reaccionarios, paralizaba el transporte de productos o impedía que las colectividades se abastecieran en una región de lo que les faltaba en la propia. Las colectividades agrícolas siguieron su marcha. Aunque debido a éstas y otras dificultades la gestión económica de algunas no era muy brillante, la idea socialista privaba sobre el resultado material inmediato. ¡Hecho de gran valor revolucionario! No se olvide que si la base objetiva para el triunfo de la revolución debe ser dada por la evolución material, el elemento humano o subjetivo es lo decisivo. Que este último hubiera penetrado hasta el campo en el grado en que penetró en España, constituye una verdadera hazaña y una promesa grandiosa. Stalinismo y Gobierno, levantando las tendencias individualistas y reaccionarias del campesino, nada o muy poco pudieron contra sus sentimientos socialistas. De haber sido ayudados por un gobierno revolucionario, los campesinos hubiesen socializado pronto toda el área cultivable del país.

Llevando hasta el extremo máximo posible su designio antisocialista, el gobierno Negrín quiso acabar militarmente con las colectividades agrícolas en la región donde eran más numerosas y fecundas, en Aragón. Para ese cometido repugnante se eligió a un hombre adecuado. Fue el cretino stalinista Lister —dogo humilde de Contreras, el «comandante Carlos», importante jefe de las bandas asesinas de la G.P.U.—, el encargado de obligar a los campesinos aragoneses a convertirse en propietarios capitalistas. Con la bestialidad distintiva del stalinismo, Lister irrumpió en Aragón con sus tropas, cual si se tratara de país enemigo, disolviendo por la fuerza las colectividades y obligando a los campesinos, pistola en mano, a adquirir la propiedad de la tierra. Hasta ahora, la historia conoce millones de casos en que la propiedad individual ha sido defendida o adquirida con las armas en la mano, pero no conocía ningún caso en que se hubiera tratado de hacer propietaria a toda una clase, obligándola con amenaza de muerte. Para verlo ha sido necesaria la presencia del stalinismo.

Quizás el stalinismo llegó a creer que los campesinos eran realmente enemigos del socialismo y que el partido de la G.P.U. alcanzaría gran popularidad entre ellos distribuyéndoles la tierra. Sólo logró aumentar su ya muy extendida impopularidad. La mayoría de los campesinos eran enemigos de la propiedad privada por convicción. Apenas se alejó Lister de territorio aragonés, las actas de propiedad fueron rotas y reconstituidas la mayoría de las colectividades. Este constituye, junto con las jornadas de Mayo, uno de los episodios más ejemplares de la revolución española. Los campesinos aragoneses hicieron una nueva afirmación de sus ideas socialistas a pesar del terror gubernamental y del organizado boicot económico de que fueron objeto. La importancia de la educación revolucionaria reveló su decisividad. Si el campesino español se hubiese encontrado al mismo nivel de desarrollo ideológico que el ruso, la labor de un Lister y del stalinismo en general habría encontrado un apoyo sólido en el campo, en detrimento del proletariado urbano. En su primera etapa, la contrarrevolución ha tomado siempre pie en el campo contra la ciudad. El espíritu revolucionario de los campesinos españoles en general, vivamente manifestado por los aragoneses, obligó a la contrarrevolución a buscar sus apoyos en otra parte: la pequeña burguesía urbana y rural, los oficiales de los cuerpos armados anteriores a Julio, los burócratas políticos y sindicales, los reaccionarios y fascistas amedrentados. Fueron estas colaboraciones las que dieron el triunfo a la contrarrevolución frente-populista.

La derrota no quita valor al ejemplo dado por los campesinos. Hasta ahora, la alianza de éstos con el proletariado, particularmente en los países con restos de organización agraria feudal, planteábase en un terreno desigual. En el terreno industrial y urbano, expropiación de la burguesía (medidas socialistas); en el campo, distribución de la tierra a los campesinos (medidas democrático-burguesas). La revolución española ha revelado que puede plantearse, al menos en España, la alianza del proletariado y los campesinos sobre una base socialista. Las insuficiencias técnicas del país pueden ser suplidas provisionalmente por la suficiencia revolucionaria del campesinado.

La lucidez socialista de los campesinos aragoneses llegó hasta comprender la necesidad de una coordinación económica entre sus colectividades y las colectividades industriales del proletariado. Del campo vino la primera iniciativa en ese sentido, proponiendo un solo sistema de producción y administración para todas las colectividades. Por propia experiencia, la idea se impuso también a las colectividades industriales. Pero era absolutamente irrealizable sin la posesión íntegra del poder político por el proletariado y los campesinos. Cuando la idea llegó a ser más o menos clara, ya el Estado capitalista expropiaba al proletariado y el armamento, los órganos de poder y la energía revolucionaria de éste habían sido destruidos en Mayo.

Por una parte, la sumisión de las organizaciones obreras al Estado capitalista destinaba las colectividades a la muerte; por otra parte, la inercia socialista de las colectividades llevaba consigo la necesidad de destrucción del poder político existente. Pero en él se incluían «socialistas», «comunistas» y «anarquistas», las tres tendencias a las que pertenecían la casi totalidad de los obreros integrados en las colectividades. Había una contradicción flagrante entre las necesidades de la colectivización, y la actitud de las organizaciones a las que pertenecían los colectivizadores.

Resumiendo, el proletariado cometió un error dejando a las colectividades producir y administrarse independientemente unas de otras, y no expropiando también el capital financiero, savia del sistema capitalista. Debió unir todas las colectividades en una sola, con una caja única y una administración central democráticamente elegida por la totalidad de las unidades productoras. Así, organizada la economía en un solo sistema, hubiera podido plantear la producción para satisfacer lo mejor posible las necesidades de la guerra, y las de la futura expansión de la industria y del consumo de la población. La planificación socialista debe combinar necesariamente el desarrollo industrial con el consumo de las masas y su libertad política. Sin esa condición no puede verificarse la unión de los productores con los instrumentos de trabajo, meta de la revolución social. Habiendo cometido el error de no pasar a la planificación socialista, el proletariado español condenaba las colectividades a la desorganización, a los abusos en su interior, y daba a los enemigos de la revolución argumentos para combatirlas en nombre del capitalismo.

Pero el origen de ese error, y lo que más tarde impidió al proletariado pasar de las colectividades a la planificación socialista, fue el no haber tomado para sí todo el poder político, destruyendo por completo el Estado capitalista. En factor político es, con mucho, el decisivo en épocas revolucionarias. Si el proletariado hubiera tomado en sus manos firmemente el poder, todos los errores y pérdidas ocasionados por la dispersión económica de las colectividades se habrían subsanado positivamente, porque la idea de la planificación se presentaba como una consecuencia necesaria de la situación.

Así como frente a los Comités-gobierno se erguían stalinistas y reformistas como representantes del viejo Estado, así aparecieron también como representantes de la propiedad capitalista frente a las colectividades. Aprovecharon sus defectos e inventaron calumnias contra ellas, con el único fin de restituir la propiedad a los moldes capitalistas.

Habiendo logrado afirmarse como poder capitalista, se afirmaron también como guardadores de la propiedad capitalista. La nacionalización practicada por ellos era la revancha económica de la contrarrevolución; el control obrero que a las centrales sindicales pedían, un instrumento de la misma; y la planificación de que gustaban hablar como señuelo, era una economía capitalista dirigida, prenda de su fusión permanente con el decadente sistema actual de producción y distribución. El proletariado mundial encontrará en la experiencia de la revolución española importantes advertencias contra la futura labor reaccionaria del stalinismo y el reformismo. ¡Alerta contra su nacionalización y su control obrero!

Ya triunfante, después de Mayo, la nueva reacción acaudillada por el stalinismo, ésta empezó a devolver propiedades a los antiguos capitalistas, en prueba de que su representación estatal había sabido ser efectiva. Pero Negrín se veía obligado a dar cada vez más garantías a la reacción mundial. No bastaban algunas decenas de propietarios restituidos. Era necesario establecer un principio general. En consecuencia, el mes de octubre de 1938, el gobierno Negrín (primero en Europa a las órdenes de Stalin) promulgó un decreto garantizando la devolución de sus bienes a los antiguos propietarios y el respeto a los derechos de todo el mundo, es decir, a los derechos de los herederos de los capitalistas ajusticiados por el proletariado. Y en un acto de ostentación de unidad nacional, el decreto se comprometía a devolver propiedades a cuantos las reclamaran directamente o por intermedio de persona debidamente autorizada. Desde la zona franquista, todos los propietarios que habían poseído fábricas, tierras, minas, capitales en acciones o en metálico, podían recuperarlos otorgando poder a cualquier persona radicada en nuestra zona o en otro país.

¿Qué puedo decir como comentario, sino recordar las consignas que permitieron llegar a semejante resultado? Helas aquí: «Menos comités y más pan», «todo el poder para el Gobierno», «todas las armas al frente», «alto a la colectivización», «guerra de independencia nacional», «nacionalización de la industria», «los trotskistas, y los anarquistas que hablan de revolución social, son agentes de Franco», etc., etc. 

## Carta de protesta a la revista «Autogestion et Socialisme» (1972)

Paris 14 octubre 1972

Camaradas: 

Daniel Guerin me pidió publicar en vuestra revista el capítulo sobre las colectividades españolas de mi libro «Jalones de derrota: promesa de victoria», habiendo puesto yo por condición la publicación simultánea de un texto sobre la autogestión aparecido en un número de Alarma que le adjunté a mi respuesta. Y le expresé mi deseo de permanecer al margen caso de que no aceptarais la proposición,

Se justificaba esa actitud, porque siendo mi pensamiento opuesto a la autogestión, sin que el capitulo en cuestión se exprese al respecto, por razón evidente de asincronismo entre la época de su redacción y la época en que empezó a hablarse de autogestión, su publicación en vuestra revista induciria cualquier lector a situarme entre los partidarios de la autogestión, al revés de la verdad.

He ahí que lo habeis hecho en vuestro número. 18-19, enero abril, del que he tenido conocimiento por casualidad y con retraso, pues no habéis tenido a bien mandármelo, Ocho páginas de la revista son extraídas del capitulo, sin reproducirlo íntegramente. ¿Qué equívoco o qué idea os ha permitido obrar así?

Lo ignoro, pero confío en que no os parecerá excesivo que os reclame la publicación de esta carta y en particular las líneas que siguen en el proximo número de vuestra revista:

1. La autogestión es para mi uno de los desatinos mas turbios que
haya sido introducido en las filas obreras, sin perjuicio de la honradez
de los revolucionarios que la toman por un descubrimiento. Abundan las personas y tendencias a todas luces no revolucionarias -reformistas y burgueses- e incluso contrarrevolucionarias -stalinistas y jefes de Estados policíacos- hacen también suya. Y para nada sirve atribuirles un abuso de la fórmula o intenciones mistificadoras,
2. Las colectividades de 1936-37 en España no son un caso de autogestión antes del nombre. Algunas organizaron una especie de comunismo local sin otras relaciones mercantiles que hacia el exterior, precisamente como las antiguas sociedades de comunismo primitivo, Otras eran cooperativas de oficio o de pueblo, cuyos miembros se distribuían los antiguos beneficios del capital. Todas abandonaron más o menos la retribución de los trabajadores según las leyes del mercado de la fuerza de trabajo, así - como, unas más que otras, según el trabajo necesario y el sobretrabajo de donde el capital saca la plusvalía y toda la substancia de su organización social. Además, las colectividades hicieron a las milicias de combate dones en especies tan abundantes como reiterados. No se puede pues definir las colectividades sino por sus características revolucionarias, en suma, por el sistema de producción y de distribución en ruptura con las nociones capitalistas de valor (de cambio necesariamente), siendo la autonomía de gestión mera forma en contradicción con su contenido profundo. Tanto, que esa fué no sólo causa de sus dificultades, sino lo que permitió al stalinismo y al gobierno a él infeudado, combatirlas y finalmente destruirlas. La autonomía de gestión fue pues la negación de las colectividades. Ellas mismas se dieron cuenta, pero demasiado tarde.
3.  Vuestra revista me presenta como trotzkista ortodoxo, sin maligna intención, pero a contrasentido de la realidad. Para un pensamiento dialéctico, ortodoxia y revolución se excluyen reciprocamente. Yo seguiré siendo revolucionario, no ortodoxo de lo que sea. Rompí formalmente con la IVª Internacional en 1948 —como Natalia Sedova-Trotzky hizo posteriormente- pero eso no me impedira levantar la mano como trotzkista frente a los calumniadores policiacos de Moscú o de Pekin, o frente a ese tercera categoría de sujetos, factura XXº Congreso, que se regodean ahora con los errores de Trotzky, cual si pudieran justificar sus conchabanzas con la contrarrevolución stalinista.

Saludos.

G. Munis

PS. Una errata, sin duda obsesiva, en vuestra traducción, página 166: «extremando su designio auto-socialista, el gobierno Negrín...» etc. Hay que leer: su designio anti-socialista.
