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Title: Congreso de Bruselas de la I Internacional. Actas oficiales (1868)
Description: El acta oficial del III Congreso de la Asociación Internacional de los Trabajadores, sesión por sesión: los informes de las secciones y los debates sobre la guerra, las huelgas, las máquinas, la enseñanza integral, el crédito, la propiedad colectiva del suelo, la jornada de trabajo y la cooperación, con las cartas recibidas y la lista completa de los delegados.
Author: III Congreso de la Asociación Internacional de los Trabajadores
Date: 1868-09
URL: https://marxismo.school/archivo/congresos/1868%20Actas%20oficiales%20del%20Congreso%20de%20Bruselas%20%28I%20Internacional%29
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*Congreso celebrado en Bruselas, en la sala del Cisne (sesiones de los delegados, por la mañana) y en el Teatro Nacional del Circo (sesiones públicas, por la noche), del 6 al 13 de septiembre de 1868. Traducimos el acta oficial publicada en catorce entregas, del 6 al 30 de septiembre de 1868, como suplemento del diario de Bruselas* Le Peuple belge*:* Troisième Congrès de l'Association internationale des travailleurs. Compte rendu officiel*, Bruselas, imprenta de L. Lemoine, 1868 (ejemplar digitalizado por Google Books). La damos entera, con su apéndice (sesiones administrativas, banquete, cartas y telegramas, lista completa de los delegados, correcciones); omitimos solo la tabla de materias final, que remite a las páginas del suplemento. Por acuerdo del congreso, de las sesiones de la mañana (las impares) solo se publicó lo que se dice aquí. Los textos aprobados que ya están en la página del congreso, [1868 Congreso de Bruselas (I Internacional)](https://marxismo.school/archivo/congresos/1868%20Congreso%20de%20Bruselas%20%28I%20Internacional%29), y los de Karl Marx publicados aparte no se repiten: una línea en cursiva remite a ellos. Los títulos de las sesiones son nuestros. La crónica de J. Ph. Becker en* Der Vorbote *está en [Actas del Congreso de Bruselas (I Internacional)](https://marxismo.school/archivo/congresos/1868%20Actas%20del%20Congreso%20de%20Bruselas%20%28I%20Internacional%29). Traducción de la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras, salvo las marcadas «(Nota del* Compte rendu*.)». [Texto original en francés](https://marxismo.school/archivo/congresos/originales/1868%20Compte%20rendu%20officiel%20du%20Congr%C3%A8s%20de%20Bruxelles%20%28AIT%29).*

## Primera sesión, sala del Cisne, domingo 6 de septiembre de 1868

Se abre la sesión a las diez y media.

Se verifican los poderes de los siguientes delegados:[^A1]

Hins,[^A2] Brismée,[^A3] sección de Bruselas.

Charles Maetens, de los Tintoreros de pieles (Brus.)

Spehl, de los Mecánicos, Sociedad l'Union.

Joseph Henri, de los Balancistas (París).

Léopold Verheggen, de los Mecánicos del ferrocarril del Luxemburgo.

César De Paepe,[^A4] del Cercle d'émulation (Bruselas).

Léon Fontaine, de los Solidaires (Bruselas).

Prosper Voglet, de los Libres-Penseurs (Brus.).

Nicolas Coulon, del Cercle populaire (Bruselas).

Léon Verrycken, de la Fourmi, asociación cooperativa.

Charles Cranshoff, de la Ruche, asociación cooperativa.

Eugène Steens, del Peuple, asociación de política militante.

Jean Pellering, de l'Affranchissement, asociación racionalista.

Mermillod, Perron,[^A5] Quinet, Graglia, secciones de Ginebra.

Adrien Tordeur, de los Impresores de Bruselas.

Brodenhorst, de los Carpinteros de Amberes.

Charles Devarrewaere, sección de Marcinelle.

Pierre-François Fluse, de los Obreros de Verviers.

Édouard Lallemand, sección de Ensival.

H.-J. Leclerq, de la sección de Pepinster.

J.-B. Frère, de Jumet.

Ernest Planson, de los Marmolistas de Amberes.

Honoré Saillant, del Cercle des conférences.

Lucraft,[^A6] de los Fabricantes de sillas; Consejo General de Londres.

Jacques Maes, de los Pasamaneros (Generalidad Obrera, Générale ouvrière).

Shaw,[^A7] del Consejo General de Londres.

H. Yung,[^A8] del Consejo General de Londres.

Cowell Stepney,[^A9] delegado de la Reform League[^A10] (Inglaterra).

Sarro Magallán,[^A11] de la Legión Ibérica (sociedad obrera de Cataluña).

François Herremans, de los Carpinteros de Bruselas.

Klein, de la Asociación de los Cuchilleros de Solingen (Prusia).

Ph. Coenen, del Volksverbond de Amberes.

Maximilien Tricot, de los Mineros del carbón de Gilly.

Nicolas Dubois, delegado de la sección de Dampremy.

Cohn,[^A12] delegado de la Asociación de los Cigarreros de Londres.

Eberhard, delegado de la Asociación de los Sastres de Bruselas.

Serranne, delegado de los Tejedores de Gante.

Fr. Vanden Berghe, delegado de la sección de Brujas.

Potelsberg, delegado de la Asociación de los Sastres de Gante.

Vanschaftingen, delegado de la Asociación de los Cardadores (kamslagers) de Gante.

Elsbach, delegado de la Liga Obrera de Enseñanza Mutua.

Dupont,[^A13] delegado del Consejo General y de las Sociedades obreras de Nápoles (Italia).

Philippe Matens, delegado de la rama francesa de Londres.

Fr. Lessner,[^A14] delegado de las ramas alemanas de Inglaterra.

Joseph Romain, sección de Montigny.

J.-B. Louis, sección de Oubois.

Cassiau, Maréchal, sección de Lieja.

Alfred Herman, sección de Montegnée.

Alexandre Lemonnier, sección de Marsella.

L. Aimé-Grimaud, sección de Lyon.

Henry, mecánico, delegado de los Grifeteros de París (comisión obrera de la Exposición).

Eugène Tartaret,[^A15] ebanista (comisión obrera de la Exposición).[^A16]

Flahaut, delegado de los Marmolistas de París.

Maximilien Maljean, arrabal de Charleroi.

Émile Dosbourg, delegado de los estampadores de tejidos de París.

Noël Embise, sección de Marchiennes.

Waller-Lepourque, de los Mineros de Seraing.

Irénée Dauthier, de los Guarnicioneros-talabarteros de París.

Murat,[^A17] de los Mecánicos de París.

Ticque, de los Pintores de Bruselas.

Alphonse Delacour, de los Encuadernadores de París.

Gabriel Ausel, de la Sociedad Cerámica de París.

Louis Pindy,[^A18] de los Pintores de brocha gorda de París.

Gustave Durand, de los Joyeros de París.

Édouard Roussel, de los Hojalateros de París.

Albert Theisz,[^A19] de los Broncistas de París.

**De Paepe** pide a los delegados presentes que entreguen a la mesa sus mandatos de delegación; propone nombrar la mesa provisional antes de dirigirse al Circo, y dejar para mañana el nombramiento de la mesa definitiva, ya que la sesión de esta tarde solo está destinada a hacer la historia de lo que se ha hecho en las secciones del extranjero y del país.

**De Paepe** expone el objeto de esta sesión, y pide que la Asamblea decida que se nombren dos miembros por nacionalidad (Aprobado).

El compañero Englebert, agrimensor, pide ser admitido como representante de los trabajadores de Péruwelz, organizados solo de manera provisional. A propuesta de Tolain,[^A20] la discusión de esta petición se aplaza a mañana.

Son nombrados para la mesa provisional:

Jung, miembro del Consejo General de Londres, presidente.

Lemonnier, Tolain, por Francia.

Shaw, Lucraft, por Inglaterra.

J.-B. Frère, de Jumet, Maréchal, de Lieja, por Bélgica.

Magallán Sarro, de Barcelona, por España.

Klein, de Solingen, por Alemania.

Coenen, de Amberes, y Serranne, de Gante, por Bélgica.

Mermillod, de Ginebra, y Quinet, de Ginebra, por Suiza.

## Segunda sesión, Teatro Nacional del Circo, domingo 6 de septiembre

Se abre la sesión a las tres.

Los delegados toman asiento en la mesa.

El compañero Jung ocupa la presidencia de la mesa; luego se procede a pasar lista a los delegados. El compañero Jung toma la palabra.

Tengo que desempeñar funciones difíciles; estoy cansado de un largo viaje y no estoy acostumbrado a presidir asambleas tan numerosas como esta; por suerte, mi tarea será breve.

Cada delegado dará cuenta de la marcha de la sección a la que pertenece.

Por mi parte, no diré más que unas palabras sobre el nacimiento de la Asociación.

Hace cuatro años, unos obreros franceses llegados a Londres se unieron a obreros ingleses para echar las bases de una asociación internacional de trabajadores. Nombraron un Comité.

Este Comité dedicó algún tiempo a redactar unos estatutos.

El primer objeto de la Asociación era unir a los trabajadores de los diferentes países; estos, en efecto, a causa del elevado precio de los viajes, se conocían muy poco. Hoy ya no es así: los intereses de los trabajadores de todos los países son idénticos, y esos intereses son opuestos a los de los capitalistas.

El patrono vive de los beneficios que saca del trabajo de los obreros; desde su punto de vista es lógico que esos beneficios sean lo más considerables posible, pero es lógico por parte de los trabajadores no dejarse explotar; hay, pues, inevitablemente guerra entre el obrero y el patrono, del mismo modo que el librecambio ha creado una guerra a ultranza entre los capitalistas. Es una prueba de que hay que introducir cambios en la sociedad actual. Armonizar los intereses de todos: ese es el objeto de la Asociación Internacional.

En la sociedad actual, los obreros son víctimas de la guerra que se hacen los patronos. En efecto, ¿qué ocurre en realidad? Los obreros belgas, por ejemplo, en una industria dada, ganan menos que los obreros ingleses, que por lo demás son bastante desgraciados. Los patronos ingleses dicen a sus obreros que no pueden hacer la competencia a los belgas. Los patronos belgas dicen lo mismo a sus obreros. En uno y otro país, los patronos concluyen que hay que bajar el salario.

La Asociación Internacional, al dar a conocer lo que pasa en cada país, ha querido poner fin a este estado de cosas.

El obrero debe hoy llegar a ser su propio dueño. Para ello tiene que combatir a los patronos. Tiene que combatir también a ciertos partidos políticos que han querido servirse de la Internacional.

Sea como fuere, el objeto de la Asociación Internacional no es elevar, por medio de huelgas o de otro modo, el salario de los obreros: su objeto es destruir el salariado.

El obrero asalariado es tan desgraciado como lo era antes el negro de América o el siervo de Rusia. Lo es incluso más, porque al siervo y al negro se los compraba, y el amo los conservaba después de haberlos gastado en el trabajo, mientras que arroja a los inválidos del salariado. (Aplausos.)

La Asociación Internacional ha progresado rápidamente. En América, los obreros se han organizado y afiliado a la Internacional. Cuentan con apoderarse pronto del poder legislativo, que pertenece actualmente a los burgueses. Al fin y al cabo, estos están en minoría, y no es justo que una minoría esté en el poder.

En Inglaterra la lucha de clases ha comenzado también y prosigue con éxito.

Las ideas que defiende la Asociación Internacional se abren camino también en Italia. Para convencerse de ello basta con leer los manifiestos que nos envían los obreros italianos. Saben cuáles son sus males y qué remedios hay que ponerles.

En Suiza se crean numerosas sociedades cooperativas. También allí los obreros sienten la necesidad de agruparse. Desde luego, no pretendo que se pueda resolver el problema social por medio de la cooperación; pero esta puede servir para mejorar la suerte del obrero.

En Alemania la Asociación Internacional progresa igualmente. En ese país hay numerosas asociaciones obreras, todas con muchos miembros.

Ciento veinte de esas sociedades están reunidas en este momento en Núremberg. La primera cuestión que han puesto en su orden del día es su afiliación a la Asociación Internacional. Es, pues, probable que dentro de pocos días tengamos aquí delegados de Núremberg.[^A21]

Los obreros de la Alemania del Norte se han reunido también en congreso. Por desgracia, el pueblo prusiano, desde Sadowa,[^A22] ha perdido muchas de sus libertades. Es verdad que se ha cubierto de gloria: hay compensación (risas). El gobierno prusiano ha prohibido a sus súbditos afiliarse a asociaciones extranjeras. Toda adhesión a este congreso es, pues, imposible para las asociaciones obreras de la Alemania del Norte; pero, si no forman parte oficialmente de la Internacional, forman parte de corazón y están dispuestas a actuar con nosotros.

Los obreros italianos están en la misma situación que los obreros prusianos. Hay que observar, en efecto, que los gobiernos, después de sus victorias, ponen trabas a la libertad de los trabajadores, mientras que los gobiernos vencidos, como el gobierno austriaco, dan libertades al obrero.

Los obreros italianos están reunidos en este momento en Génova. No cabe duda de que en el Congreso de Génova se mostrarán simpatías por el Congreso Internacional de Bruselas.

En cuanto a España, se encuentra actualmente en una situación anormal: está, por decirlo así, continuamente en estado de sitio. Por lo demás, los delegados españoles os dirán ellos mismos lo que pasa en su país.

Los delegados de los diferentes pueblos representados en este Congreso os harán también, rápidamente, la historia de las asociaciones obreras que existen en sus países.

En resumen, la Asociación Internacional se encuentra en una situación excelente. Pero no olvidemos que nació ayer. En nuestros congresos anteriores hemos examinado diversas cuestiones sobre todo desde el punto de vista teórico. Hoy tenemos que estudiar los medios de llevar a la práctica las resoluciones que hemos tomado: tenemos que actuar. (Aplausos prolongados.)

**Brismée**. — No haré la historia de la Sociedad Internacional en Bélgica; solo os diré unas palabras sobre nuestros últimos trabajos en Bélgica.

Desde los últimos desastres de Charleroi,[^A23] la Asociación ha hecho rápidos progresos; se han formado veinte secciones nuevas, algunas de las cuales cuentan hasta ochocientos miembros.

Para llegar a ese fin, hemos tenido que descuidar el resto de Bélgica.

Solo en último lugar fuimos a Pâturages, donde, como siempre, tuvimos que destruir las acusaciones pérfidas que no se producen más que en nuestra ausencia. En un solo día se inscribieron cerca de cuatrocientos nuevos adherentes.

Juzgad por ello los progresos que tenemos derecho a esperar.

**Tolain**, de París. — Vengo al Congreso como delegado de los Balancistas de París. Pero debo hablaros sobre todo de hechos relativos a la asociación francesa entera. Dos comisiones de la Federación parisina han sido condenadas sucesivamente por el tribunal correccional y en apelación, una a multa, la otra incluso a prisión, por delito de asociación no autorizada.[^A24] Después de la sentencia del Tribunal de París, la imposibilidad más absoluta impedía nuevas reuniones; hemos tenido que confiar a tres liquidadores el cuidado de arreglar los asuntos de la Asociación en Francia. Porque, ¡ay!, la Asociación ha muerto en Francia con deudas. A falta de mejor mandato, los liquidadores me han enviado a vosotros para daros cuenta de nuestra situación y explicaros las dificultades que han impedido delegaros un mayor número de miembros.

El papel de la Asociación siempre ha sido muy difícil en París. Encontrábamos adversarios por todas partes y, en todas partes, por lo menos desconfianza. Hemos necesitado mucha prudencia, en un país donde no existen ni libertad de prensa, ni libertad de reunión, ni libertad de asociación, para vivir cuatro años y desempeñar un papel activo durante las huelgas de los broncistas,[^A25] de los obreros de Roubaix y de Ginebra.

La acusación nos ha reprochado hacer política. A eso hemos respondido: si la política consiste en cambiar ministros, reyes, presidentes de república, no, no la hemos hecho ni queremos hacerla; pero si consiste en ocuparse de las cuestiones sociales, en luchar contra el sistema de los ejércitos permanentes, en sostener las huelgas, sí, la hemos hecho y estamos dispuestos a volver a empezar, porque no podemos dejar de ocuparnos de ello.

Hace un momento he oído un lamento, o quizá un murmullo, cuando he dicho que la Asociación ha muerto en París. Pero si ya no existe oficialmente, si ya no podemos tener allí una existencia colectiva, todos seguimos siendo miembros de la gran Asociación, aunque tengamos que afiliarnos a ella individualmente, en Londres, en Bruselas o en Ginebra.

Para terminar, solo os hablaré de una cuestión, y aquí soy el portavoz no solo de los que me envían, sino de todos los obreros de Francia: protestamos contra la guerra, y esperamos que de este Congreso salga una resolución solemne, una protesta de los trabajadores de todos los países contra la guerra, que nunca se ha hecho sino en provecho de los tiranos y contra la libertad de los pueblos. (Aplausos.)

**Murat** (París). Las persecuciones han hecho que se envíen a este congreso más delegados que a Lausana, pues los obreros de los diversos oficios de París han aprobado la conducta de la Internacional.

**Jung** traduce al inglés lo dicho por Tolain y Murat.

**Lessner** lo traduce al alemán.

**Vanden Berghe** lo traduce al flamenco.

(A partir de este momento, los discursos pronunciados en una de estas tres lenguas se traducen o se resumen sucesivamente en las otras tres.)

**Tartaret** (París) representa la reunión de obreros formada en la Exposición Universal de 1867. También ellos han estudiado las cuestiones especiales y han reconocido que las asociaciones debían abarcar todo el universo. Criados, se ha dicho, bajo el ala de la tolerancia, nunca han perdido de vista la libertad. Porque han sido calumniados han querido estar representados, para probar que entre los obreros no hay dos campos, sino uno solo: el de la solidaridad y la paz universal.

**Lucraft** (Londres). — Mientras los trabajadores permitan la ociosidad, mientras haya millones de ociosos de toda categoría, los trabajadores serán pobres. Los ejércitos no sirven más que para despilfarrar todo lo que producimos y para destruirnos.

Mientras los obreros, abrumados por la faena, no tengan tiempo para reflexionar e instruirse, serán explotados. — No es partidario de las sociedades de resistencia; piensa que los obreros deben apoderarse del poder político, pero no por la violencia; deben procurar llegar a las Cámaras para cambiar las leyes, como los ingleses empiezan a hacerlo.

El ciudadano Jung toma la palabra para explicar la posición que el ciudadano Lucraft ha ocupado en la Reform League, de la que ha sido uno de los promotores más ardientes.

**Graglia** (Ginebra). — Hace unos seis meses tuvimos una huelga terrible;[^A26] tenemos ante todo que dar las gracias a todos los que nos sostuvieron, sobre todo a los parisinos, porque sin ellos estaban perdidos. La huelga ha hecho bien. Los burgueses, aunque sea una república, han sido más malvados que en otras partes; los obreros han resistido. Antes de la huelga no eran más que dos secciones; ahora son veinticuatro secciones en Ginebra, con cuatro mil miembros. (Secciones: Sección central. — Sección de Carouge. — Sección alemana. — Oficios: Montadores de cajas de reloj. — Joyeros. — Ebanistas. — Carpinteros. — Albañiles. — Carroceros-herreros. — Yeseros barnizadores. — Carpinteros de armar franceses. — Carpinteros de armar alemanes. — Grabadores. — Estucheros. — Zurradores y curtidores. — Fabricantes de muelles. — Techadores. — Peones de tierra. — Hojalateros. — Fabricantes de piezas de música. — Tipógrafos. — Cerrajeros-mecánicos. — Sastres de lanas.) Lo que se pide sobre todo al Congreso es práctica.

**Dupont** (Consejo General) habla en nombre de varias sociedades italianas de las que ha recibido delegación. — Los obreros italianos han sufrido el contragolpe de Mentana.[^A27] Los que no cayeron en el campo de batalla han sido encarcelados. Se les ha retirado el derecho de reunión. Pero, no pudiendo enviar delegados, han transmitido al menos informes. Por mucho que hagan los déspotas, no impedirán que los trabajadores se entiendan; no impedirán que se cumpla la revolución social.

**Klein** (Solingen). — Desde el Congreso de Lausana han formado una sociedad de producción de cuchillería. Son ya veintisiete y desde hace un año están liberados de su patrono.

**Bredenhorst**, carpintero de Amberes, ofrece el agradecimiento de los carpinteros de Amberes a todos los miembros de la Internacional; luego expone que los ociosos de toda especie no tienen derecho a la vida, y que solo la desaparición de los ociosos puede traer el bienestar del obrero. A este propósito traza un sombrío cuadro de la sociedad actual, dividida en dos cuerpos enemigos, los empleadores y los obreros.

El mismo orador da lectura a un discurso en flamenco del que solo podemos dar la sustancia. Da las gracias, en nombre de la Asociación de los carpinteros que representa, a todos los miembros de la Internacional.

Insiste en la guerra a ultranza que hay que hacer a los capitalistas: son, dice, seres inútiles, que no producen nada, consumen mucho y dejan en la más completa indigencia a los proletarios, que, por el contrario, trabajan en lugar de consumir.

**Sarro Magallán**, de Barcelona. — Encadenadas desde hace mucho tiempo por un poder despótico, las sociedades obreras de España envían un saludo cordial a sus hermanos del resto de Europa. El momento presente no es muy favorable para las asociaciones. Sin embargo, *sotto voce*, en Cataluña y en Andalucía, las asociaciones obreras se desarrollan poco a poco. Se intentó detener a los obreros que estaban al frente de esas sociedades; pero cada día se nombraban doce delegados nuevos. Tanto es así que el poder, cansado de encarcelar, tuvo que detenerse en ese camino y dejarlos libres. Los obreros españoles están dispuestos a luchar con sus hermanos contra esa formidable asociación del ejército, el trono y el altar, para asentar por fin sobre bases sólidas la paz, la justicia y el trabajo. (Aplausos.)

**Coenen**, de Amberes. — Los Francs Ouvriers de Verviers y el Volksverbond de Amberes persiguen el mismo fin que la Asociación Internacional, es decir, no buscan más que mejorar la posición del obrero. Si una guerra se hace inevitable, conjuro a los obreros a que no disparen unos contra otros; que las grandes potencias lleguen dentro de poco a una guerra encarnizada, y todos los obreros, el pueblo en una palabra, deberán desbaratar el espantoso despotismo de los que nos gobiernan. En definitiva, todos somos hermanos, y ningún motivo puede empujarnos a ir a matar a semejantes a los que nunca hemos visto ni conocido. El único medio de desconcertar a esos escandalosos déspotas es fraternizar y presentar la culata del fusil en señal de paz, en lugar de disparar contra hermanos inofensivos.

**Serranne**, de Gante. — Compañeros, es triste observar que en este país, que se cree tan libre, la libertad no existe ni siquiera para el obrero. Las leyes no son para él; incluso están contra él. Basta una sola prueba: la reciente confirmación de una ley que concede a la simple palabra del amo más crédito que al juramento del obrero.[^A28]

**El presidente** da cuenta de una carta de Schweitzer,[^A29] de Hamburgo, presidente de la Federación de las Sociedades obreras de la Alemania del Norte, en la que asegura al Congreso de Bruselas su simpatía y anuncia su probable llegada tras la clausura del Congreso de Núremberg.

El señor Titus, abogado, de Hof, envía por telegrama al Congreso sus votos de éxito.

**El presidente** da cuenta de una carta de Coudrai, secretario de la sección de Pâturages. El comité de esa localidad envía al Congreso su testimonio de simpatía y de admiración, y termina diciendo: «Lo más aflictivo que presenta la sociedad es la desigualdad ficticia que divide a los hombres en dos clases, una de las cuales está condenada a la corrupción moral y la otra a la desdicha física. Trabajemos con valor para destruir el despotismo, la servidumbre y la desigualdad».

**Vanden Berghe** lee una carta y da una traducción abreviada. En esa carta, Boldingh anuncia la fundación de una sección en Ámsterdam, el acuerdo de esa sección con las sociedades obreras de los tipógrafos, de los pintores y de los carpinteros, y la creación de un periódico socialista neerlandés titulado *Volksblad* (*Periódico del Pueblo*).

**Pellering**, de l'Affranchissement de Bruselas. — La sociedad que representa es la primera sociedad democrática fundada en este país; fue creada para luchar contra las dos especies de tiranía: la tiranía de los curas y la tiranía de los gobiernos. Enterramos a nuestros miembros sin asistencia del clero, al que combatimos de todas las maneras.

He visto en el programa del Congreso esta cuestión: ¿qué habría que hacer si todos los tiranos se coaligaran contra los pueblos?...

**El presidente Jung** observa que esa cuestión no está en el orden del día y ruega al orador que se limite hoy a dar una breve historia de la marcha de su sociedad.

**Pellering** termina renovando la protesta contra la guerra y exhorta a los pueblos a ayudarse mutuamente y no a destruirse unos a otros.

**Maréchal**, de Lieja, lee el siguiente discurso:

Los adherentes de Lieja a la *Asociación Internacional de los Trabajadores* trataron de constituirse en sección hacia finales del año 1867.

Eran veintisiete, y tuvieron algunas reuniones en las que se discutió y aprobó un proyecto de reglamento.

Después de publicar ese reglamento y nombrar un Comité provisional compuesto de cinco miembros, quisieron afirmar su existencia y convocaron dos mítines contra los ejércitos permanentes.

Por desgracia, se dejaron desbordar por los partidos políticos, y una coalición clerical-radical sustituyó pronto a la Internacional en el movimiento contra el militarismo, pero limitando la lucha a los solos abusos de la quinta. Se instituyó con ese fin una *Liga*, y todos los beneficios de la propaganda hecha por la *Internacional* los recogió esa Liga, y en modo alguno los que habían tomado la iniciativa de aquel movimiento.

Demasiado débiles para luchar con ventaja en aquel momento, desanimados quizá por el fracaso de esta primera tentativa, los miembros de la sección de Lieja dejaron de reunirse.

El Comité provisional suspendió sus sesiones, y el único acto que realizó durante los cuatro primeros meses del año 1868 fue el envío de dos delegados a los mítines organizados por los Francs Ouvriers en Verviers.

Aparte de eso, puede decirse que la sección no volvió a dar señales de vida.

Pero los acontecimientos sobrevenidos en las cuencas hulleras de Charleroi y la matanza de obreros organizada por el ejército permanente sacudieron un poco en todas partes a los dormidos: el manifiesto de la Federación de Bruselas acabó de despertarlos del todo.

Dos miembros intentaron entonces reconstituir la sección de Lieja y se apresuraron a convocar una asamblea general.

Como esta primera llamada no había recibido una publicidad suficiente, apenas fue oída, y solo cuatro asociados respondieron a ella.

No se dejaron desanimar, pero les era imposible tomar por sí solos ninguna decisión. Resolvieron, sin embargo, convocar una nueva asamblea general y procurar, en el intervalo, conseguir el mayor número posible de adherentes.

Este segundo intento tuvo más éxito que el primero. La segunda asamblea general, fijada para el 7 de mayo, reunió, además de una quincena de los antiguos miembros, a una veintena de estudiantes y de obreros deseosos de afiliarse a la Asociación. De la primera sección, a consecuencia de las dimisiones, no quedaban más que 24 miembros: ese día se inscribieron 36 adherentes nuevos, que elevaron la cifra de los miembros a 60.

Abrieron inmediatamente una lista de suscripción en favor de las víctimas de Charleroi. La sección de Bruselas envió otras listas. — Estas últimas ya se han recogido.

Entregamos hoy unos cuarenta francos recaudados por ese concepto, y de aquí a pocos días haremos llegar el resto de las suscripciones.

Los primeros asociados habían descuidado por completo federarse con las demás secciones establecidas en Bélgica y no tenían, por así decirlo, ninguna relación con Londres.

Esta vez, comprendiendo mejor los deberes de la Asociación, decidieron que debían federarse inmediatamente con las secciones belgas, y enviaron a la Federación de Bruselas un delegado encargado de entenderse con ella sobre este punto.

Esa gestión tuvo pleno éxito y así se anudaron los primeros lazos de fraternidad.

La sección de Lieja, instruida por la experiencia, y no queriendo ya dejarse desbordar por los partidos políticos, reanudó inmediatamente sus intentos de propaganda, pero situándose en adelante en el terreno económico.

El 7 de junio se organizó un gran mitin.

Tenía como orden del día:

La Asociación Internacional de los Trabajadores, su fin y sus medios de acción.

Se enviaron delegados a las secciones de Bruselas y de Verviers para asegurarse su concurso. Lo prometieron y cumplieron plenamente su promesa.

Ese mitin, en el que las cuestiones sociales se plantearon y debatieron al margen de toda preocupación de partido, procuró nuevos adherentes a la Asociación Internacional, y desde entonces la sección de Lieja ha visto crecer, de semana en semana, el número de sus miembros, que casi se ha cuadruplicado en tres meses.

Sin embargo, este resultado parecerá quizá mezquino para una ciudad industrial que encierra un número tan grande de obreros.

Unas palabras sobre las circunstancias que hacen tan difícil nuestra propaganda bastarán para demostrar cuán poco responsables somos de ello.

Hemos tenido que luchar, en primer lugar, contra las calumnias de los periódicos, que lo han hecho todo para desnaturalizar el fin de nuestra Asociación.

Unas veces se nos hacía pasar por aquella coalición electoral que fue la primera en asestar un golpe tan rudo a nuestro desarrollo; otras, se nos señalaba como una banda de revolucionarios que establecían la violencia como principio; otras, en fin, se nos calificaba de ateos fanáticos que querían derribar por la fuerza los principios religiosos, cualesquiera que fuesen.

Los patronos y los industriales, por su parte, nos hacían una guerra desleal, ya prohibiendo a sus obreros afiliarse a la Internacional, ya expulsando de sus talleres a los que ya formaban parte de ella. — Podemos citar, entre otros, tres obreros fundidores despedidos por ese motivo.

Por último, la policía misma intentaba arruinar nuestra Asociación e intimidar a quienes se ponían al frente del movimiento; así, un miembro del Comité provisional fue llamado a la comisaría por haber tomado la palabra en nuestro mitin. — Se negó a acudir, y la policía, temiendo fracasar por ese lado, empleó ciertos medios que recuerdan las peores épocas del soplonaje despótico.

Unos agentes fueron en varias ocasiones a informar a un comerciante de nuestra ciudad de que uno de sus empleados estaba afiliado a la Internacional. Afortunadamente fueron mal recibidos y no obtuvieron lo que esperaban: el despido del empleado.

Estas cobardes y pérfidas maniobras explicarán suficientemente por qué somos tan pocos en comparación con las demás secciones.

Pero todo ese andamiaje de calumnias, de presiones y de bajas maquinaciones empieza a derrumbarse.

La actitud tranquila y digna que no hemos dejado de mantener y la actividad real que hemos desplegado empiezan a dar sus frutos, y podemos anunciar como una esperanza cierta la próxima afiliación de varias asociaciones obreras a nuestra sección.

Estamos en negociaciones con varias de ellas y creemos estar a punto de tener éxito.

Tal es, en resumen, nuestra situación. Digamos ahora unas palabras sobre nuestros trabajos.

Deseosos de no dejarnos arrebatar más el fruto de nuestros esfuerzos, y sabiendo cuán deprisa desaparecen las sociedades cuyos miembros no están en relación continua, decidimos que se convocaría una asamblea general todos los lunes. — Desde el 7 de junio, todas esas asambleas se han celebrado regularmente y han atraído cada vez a un número considerable de miembros.

Quisimos primero poner nuestro reglamento de acuerdo con el programa de la Asociación Internacional y hacerlo más conforme con el espíritu que la dirige.

Se dedicaron varias sesiones a la discusión de ese reglamento, en el que por fin se inscriben de un modo pleno y entero los principios de federación y de mutualidad.

Ese reglamento, del que adjuntamos un ejemplar a este informe, se establece sobre las mismas bases que los de las demás secciones belgas.

Se dedicó una sesión al nombramiento del Comité definitivo.

Tomamos parte después en el Congreso preparatorio convocado en Bruselas, y dos de nuestros miembros fueron encargados especialmente de representarnos en él.

Desde esa reunión, todas nuestras sesiones se han dedicado a la discusión, en asamblea general, de todas las cuestiones puestas en el orden del día del Congreso.

Cinco informes que tratan del crédito, de la instrucción, de las máquinas, de las huelgas y de los agravios de los trabajadores han sido leídos por las diferentes comisiones encargadas de elaborarlos y aprobados por la asamblea general.

Esos informes se presentan al Congreso.

Hemos hecho también algunos intentos de propaganda en los alrededores de la ciudad.

Con ese fin se han dado dos mítines en la localidad de Montegnée: el primero con el concurso de los de Bruselas y de Verviers, el segundo por los miembros de la sección de Lieja solos. A raíz de esos mítines, una treintena de miembros se unieron en Montegnée y están organizando una nueva sección.

Por último, en una de nuestras últimas asambleas generales hemos decidido que, en cuanto termine el Congreso, comenzaremos una serie de mítines en todos los barrios de la ciudad y en algunos pueblos industriales de los alrededores, donde se nos pide nuestro concurso.

Además, los miembros de la Asociación darán cada semana, en el local de nuestra sección, una conferencia sobre las cuestiones sociales.

No podemos terminar este informe sin dar las gracias calurosamente a las secciones de Bruselas y de Verviers por el ardiente concurso que no han dejado de prestarnos.

Esperamos estar pronto en condiciones de ayudarlas a nuestra vez en su tarea y corresponder así a lo que han hecho por nosotros.

Esperamos también que en el próximo Congreso podamos deciros que nuestros esfuerzos no han sido superfluos y que nuestra sección habrá conseguido ponerse a la altura de las que sostienen con tanto valor y tanta firmeza la bandera de la justicia y de la fraternidad. (Aplausos prolongados.)

**J.-B. Frère**, de Charleroi. — Los periódicos han referido los acontecimientos de Charleroi. Se sabe cómo condujeron los obreros su huelga y qué trato sufrieron. Esas desgracias provienen de la falta de organización de los obreros, pero no volverán a presentarse. Desde que periódicos amigos revelaron la existencia y el fin de la Internacional, y desde que delegados de Bruselas vinieron a explicarla a los trabajadores, se han formado numerosas secciones, y este movimiento va por el camino más próspero.

**Fluse**, de Verviers, lee el siguiente informe:

La Asociación de los Francs Ouvriers data de noviembre de 1867. Aislada al principio, antes de federarse con la Asociación Internacional de los Trabajadores, tuvo que luchar en su propio seno contra varios de sus miembros animados de ese espíritu burgués que tiende más bien a transformar la servidumbre que a hacerla desaparecer; pero gracias a las publicaciones de la Asociación Internacional de los Trabajadores hemos llegado a comprender los medios que nos quedan para liberarnos del yugo que el capital hace pesar sobre el trabajo.

Desde ahora tenemos en Verviers una sección de la Asociación Internacional de los Trabajadores que cuenta en su seno 400 miembros y tiene por órgano el *Mirabeau*, periódico que publicamos mensualmente, cuyo primer número se tiró a mil ejemplares en diciembre de 1867; el segundo, en enero de 1868, a dos mil ejemplares; el tercero, en febrero, a cuatro mil ejemplares, y así continuamos nuestra publicación.

Así, desde hoy podemos avanzar resueltamente por el camino que nos hemos trazado, sin tener que temer ni la debilidad de unos ni la codicia de otros.

A ejemplo de nuestros compañeros de Bruselas, que nos dieron las aclaraciones y el impulso que necesitábamos, ya no tenemos que temer ningún obstáculo que pueda detenernos. Es verdad que no somos todavía muy numerosos para una ciudad que cuenta más de 30.000 habitantes, pero también es verdad que, a pesar de la cobarde indiferencia de la mayor parte de los obreros, entre nosotros el valor suple al número.

Trabajando por una causa sagrada, la libertad y la solidaridad de los trabajadores de todos los países, el porvenir es nuestro; todo nos hace prever que triunfaremos. Nuestros medios de acción son los mítines, las sociedades de socorros mutuos, de crédito, las sociedades cooperativas de consumo y de producción, que tienen por base el mutualismo, es decir, que prestan servicio por servicio y toman la reciprocidad como base de las relaciones sociales.

Eso es lo que distingue la marcha de nuestra sección durante el año transcurrido.

No hemos llegado todavía a realizar en la práctica lo que desarrollamos en teoría, pero estamos dispuestos a hacerlo: en Verviers, en Ensival y en Pepinster, buen número de miembros de nuestras diferentes secciones han entrado en las sociedades llamadas cooperativas de esas localidades con el único fin de llevarlas a un principio basado en la equidad y la justicia; si, pues, por ahora no venimos a representar más que ideas, dentro de poco, para el próximo Congreso de la Asociación Internacional de los Trabajadores, todo nos hace esperar que vendremos a presentar resultados prácticos.

**Stepney**, de Londres. En Inglaterra, como en todas partes, hay dos clases, los explotadores y los explotados, que se hacen una guerra encarnizada; yo soy desde hace mucho tiempo del partido de los desheredados.

**El presidente** añade que el orador pertenece a la más alta aristocracia, que es pariente cercano de un ministro que tuvo que abandonar su cartera por demasiado reaccionario. Empezó siendo filántropo burgués y se ha convertido, a pesar de su gran fortuna, en uno de los adeptos más ardientes del partido socialista avanzado.

**Maximilien Tricaut**, de Châtelineau, dice unas palabras sobre los tristes acontecimientos de L'Épine y señala la reciente fundación de las secciones de Gilly, de Châtelineau y de otros puntos de la cuenca hullera de Charleroi.

**Perron**, de Ginebra. — Encuentro incompleto lo que se ha dicho antes sobre las secciones de Ginebra. Falta en ese programa la separación de la Iglesia y el Estado, la instrucción obligatoria en todos los grados y el impuesto único sobre las sucesiones. Suiza contiene dos campos: el de los católicos y el de los protestantes; nosotros queremos formar nuestro partido independientemente de esas dos sectas.

Estamos cansados de esos movimientos inútiles que no hacen más que sustituir una tiranía por otra.

**El presidente** da lectura a una carta de Sainte-Pélagie.[^A30]

Ciudadanos:

La Oficina de París se encuentra en la imposibilidad de hacerse representar en el Congreso a consecuencia de la sentencia que conocéis.

Nosotros, miembros de la última comisión, detenidos en este momento en la cárcel de Sainte-Pélagie, creemos deber aprovechar la reunión del Congreso para dirigir a todos los miembros de la Asociación Internacional una protesta contra la arbitrariedad que pesa sobre nosotros y nos impide rendir cuentas de nuestra gestión.

No tenemos que daros detalles sobre las circunstancias en que fuimos llamados a la administración de la Oficina de París: los debates de nuestro proceso os han informado suficientemente.

Aun lamentando no poder tomar parte en vuestros trabajos, seguiremos con interés las discusiones sobre las diversas cuestiones del programa, cuya solución interesa en el más alto grado a toda la clase trabajadora.

Nos hemos enterado con satisfacción de que gran parte de las sociedades obreras parisinas se hacen representar en el Congreso; las persecuciones de que ha sido objeto la Asociación Internacional han contribuido sin duda alguna a ese resultado.

La prontitud con que esas sociedades vienen a aportar su concurso y su apoyo moral a nuestra obra social es una prueba de que nuestra propaganda no ha sido estéril y de que las ideas de la Asociación Internacional han penetrado profundamente en la población obrera.

En cuanto a nosotros, seguimos firmemente resueltos a continuar nuestra obra individualmente, puesto que ahora nos es imposible actuar colectivamente.

Os enviamos todas nuestras simpatías con la seguridad de nuestros sentimientos más fraternales.

(*Firmado*): A. Combault; E. Varlin; E. Landrin; Humbert; B. Malon; Charbonnaud; Mollin, G.; A. Bourdon; L. Granjon.[^A31]

Cárcel de Sainte-Pélagie, 4 de septiembre de 1868.

(Aplausos prolongados.)

**Vanden Berghe**, de Brujas. — Hace unas semanas se ha constituido una sección en Brujas; todavía necesitamos, para prosperar, el concurso de los demás países. Hay pocas ciudades, en efecto, donde tengamos que sufrir más del fanatismo religioso y de la tiranía del capital.

**Henri**, de Patignies. — Los cultivadores son más desgraciados que los obreros de las ciudades; pero en las Ardenas empiezan a comprender que también ellos deben organizarse y hacer todos sus esfuerzos para destruir la anarquía social actual; lo único que han podido hacer hasta ahora ha sido fundar una biblioteca popular. Envían a los obreros de las ciudades su saludo fraternal.

**Robert**, de Suiza, da lectura a una carta de Coullery,[^A32] de La Chaux-de-Fonds, que envía un recuerdo a sus compañeros del Congreso de Lausana.

**De Paepe** da cuenta de una carta de Bakunin,[^A33] el socialista ruso, que envía a la Internacional su saludo fraternal y lamenta que sus ocupaciones le impidan asistir al Congreso.

Se levanta la sesión a las siete menos cuarto.

## Tercera sesión, en el Cisne, lunes 7 de septiembre

Se abre la tercera sesión a las diez menos cuarto.

Queda constituida definitivamente la mesa.

Se toman diversas disposiciones de orden, de las que solo indicamos la siguiente:

Todas las mañanas, de nueve a doce, en el Cisne,[^A34] Grand'Place, sesiones particulares, en las que se tratarán las cuestiones financieras y administrativas, que solo interesan a los miembros de la Sociedad.

Por la tarde, de siete a once, en el Teatro Nacional del Circo, sesión pública.

Publicaremos mañana el acta de la sesión.

### Rectificaciones y añadidos a la reseña de las sesiones del 6 de septiembre

Error en los nombres de los delegados.

Donde dice Joseph Henri, de los Balancistas de París, léase Henri Tolain.

Donde dice Léon Verrycken, léase Laurent Verrycken.

Donde dice Brodenhorst, léase Bredenhorst.

Complétese: P.-F. Fluse, de los Francs Ouvriers de Verviers.

Complétese: J.-B. Frère, de los Mineros del carbón de Jumet.

Complétese: Sarro Magallán, Sociedades obreras de Cataluña.

Donde dice L.-A. Grimaud, sección de Lyon, léase Grinand.

Donde dice G. Ausel, léase Ansel.

Donde dice Yung, léase Iung, presidente.

Delegados omitidos:

Joseph Henri, de los Cultivadores de las Ardenas, provincia de Namur.

Louis Marenne, de los Cultivadores de Warmifontaine (Luxemburgo).

Grégoire Paulus, de los Mineros del carbón de Châtelineau.

Nuevos delegados llegados durante la segunda sesión:

Scheppler, de la sección de Maguncia.

Becker,[^A35] del Consejo Central de las secciones alemanas.

Fritz Robert, de las secciones de La Chaux-de-Fonds, de Le Locle, del valle de Saint-Imier, de Biel, de Morat y de Moutier-Grand-Val (Suiza).

Adolphe Catalan, delegado de la Asociación del Sou para la emancipación del individuo y del pensamiento, sección de Ginebra.

Albert Richard,[^A36] delegado de las Comisiones de iniciativa de Lyon y de Neuville.

Émile Aubry,[^A37] de la sección de Ruan.

André Larondelle, de los *Francs Ouvriers* de Hodimont-lez-Verviers.

Debroux, de los *Francs Ouvriers* de Dison.

Adolphe Teirlinck, de la sección de Gante.

Englebert, de la sección de los Trabajadores agrícolas de Péruwelz (Brabante).

Volvemos a dar *in extenso* el discurso de Graglia, de Ginebra:

Atendiendo a la observación del presidente de no alargar el debate, seré breve.

No tenía intención de tomar la palabra en esta sesión, pero, vistas las circunstancias, es mi deber decir unas palabras.

Hace unos seis meses estallaba en Ginebra una huelga terrible, y en nombre de las secciones de Ginebra tengo que dar las gracias a todos los que vinieron en nuestra ayuda, y sobre todo a los parisinos; porque apelo a mis colegas: sin los parisinos, estábamos perdidos; quiero declararlo en presencia del Congreso. En Ginebra, los burgueses, durante nuestra huelga, aunque estemos en una república, fueron quizá más malvados que en otras partes; nos calumniaron; pero, a pesar de ello, los obreros resistieron, y eso que había tres mil obreros en la calle. Respetamos nuestras leyes, porque queremos ser respetados, porque somos republicanos y amamos a nuestro país. Procuramos evitar un conflicto muy lamentable; por lo demás, la huelga nos ha sido favorable: nos ha unido; hoy somos veinticuatro secciones; antes de la huelga no éramos más que dos. (Siguen los nombres de las secciones.)

Compañeros, termino: lo que los obreros de Ginebra reclaman al Congreso es práctica, nada más que práctica.

**Perron**, de Ginebra. — La reunión de hoy es notable en esto: los discursos de los diferentes oradores le han dado en cierto modo el carácter de una profesión de fe de la Asociación Internacional de los Trabajadores.

No habría tomado la palabra si, al tocar las cuestiones políticas, no hubiera parecido admitirse que el programa de reformas políticas que podría adoptar nuestra Asociación debía limitarse a inscribir la abolición de la guerra.

Las secciones de Ginebra, que tampoco quieren ya los antiguos partidos políticos, pero que lucharían de buena gana por introducir en las leyes de su país las reformas sociales y políticas indispensables para la emancipación del proletariado; las secciones de Ginebra, digo, piensan que esas reformas deben comprender la separación de la Iglesia y el Estado, la instrucción obligatoria en todos los grados, el impuesto único sobre la riqueza y algunos otros puntos importantes que se desarrollarán en el curso de las discusiones del Congreso.

Donde dice Robert, de Suiza, da lectura..., léase: el presidente da cuenta...

### Acta de la tercera sesión (7 de septiembre de 1868)

(Acta.)

(Presidencia del ciudadano Brismée, de Bruselas.)

Se abre la sesión a las diez.

Se procede inmediatamente al nombramiento de la mesa definitiva.

Son elegidos por unanimidad:

Presidente: Jung, de Londres.

Vicepresidentes: Dupont, de Londres; Becker, de Alemania.

Secretarios: Coenen y Maetens, por Bélgica; Grinand y Theisz, por Francia; Klein y Scheppler, por Alemania, y Shaw, por Inglaterra.

Jung ocupa la presidencia de la mesa.

**Brismée** pide que se decida ante todo el lugar de reunión de las sesiones siguientes; preferiría que se eligiera con ese fin la sala del Circo, dada la estrechez de la del hotel del Cisne. La asamblea podría celebrarse públicamente por la tarde, de modo que pudiera asistir un gran número de trabajadores de Bruselas.

**Tolain** observa que quizá sería inoportuno tomar una sala demasiado grande para el reducido número de delegados; en cuanto al público, la sesión de la víspera, celebrada en día de descanso sin atraer por ello una gran concurrencia de oyentes, le hace temer que sea poco numeroso.

**Hins** replica que en Bélgica los días laborables son los mejores para reunir gente, ya que los obreros dedican los domingos sobre todo a las distracciones y al paseo. Apoya las reuniones públicas, que deberán servir mucho a la propaganda que la Asociación Internacional se ha impuesto para cumplir la tarea que le incumbe en las cuestiones sociales, al permitir a todos los trabajadores de Bruselas asistir a nuestros debates, que les interesan en tan alto grado.

**Tartaret** apoya la petición de Hins.

**El presidente** recuerda a los miembros de la Asociación Internacional presentes en la sesión sin ser delegados que no pueden tomar parte en la discusión ni en las votaciones que seguirán; para los puntos que desearan tratar no tendrán más que remitirse a sus mandatarios.

**Robert** propone que el Congreso celebre sus sesiones particulares en el local del hotel del Cisne, todas las mañanas, de nueve a una, y las sesiones públicas en el teatro del Circo, todas las tardes, de seis a once.

**Tartaret** enmienda la propuesta fijando la apertura de las sesiones de la tarde a las siete. Insiste en la necesidad de fijar las horas de clausura para no dejar a una minoría los medios de tomar resoluciones que podrían comprometer al Congreso entero.

**Robert** acepta la enmienda. La propuesta se aprueba por unanimidad. Se conviene en que las sesiones de la mañana se dedicarán a las cuestiones administrativas y que solo serán admitidos en ellas los delegados de secciones o de sociedades.

Se formulan a continuación varias propuestas para dar publicidad a esta resolución.

**Spehl** pide que se impriman y se fijen inmediatamente avisos con ese fin y que se distribuyan circulares en los talleres de Bruselas y en la cuenca de Charleroi.

**Fontaine** desearía que se imprimieran 300 carteles y se fijaran inmediatamente en Bruselas.

**Lemonnier** propone que se encargue a tres miembros de toda la publicidad, para ahorrar a la Asamblea un tiempo que debe reservar a cuestiones más importantes.

**Brismée** cree inútil la formación de ese comité; pide que se peguen sobre los primeros carteles unas bandas con el aviso de la nueva resolución y que se aprovechen inmediatamente todos los medios de publicidad, por la vía de los periódicos y por la de los anuncios ambulantes en las calles de Bruselas.

La propuesta del ciudadano Lemonnier se rechaza por 29 votos contra 22; la del ciudadano Brismée se aprueba por unanimidad menos 3 votos. Se encarga de ejecutarla al ciudadano Delesalle, de la oficina de Bruselas.

**Perron** pide que se limite el tiempo de cada uno de los oradores; el autor de toda propuesta conservaría, como excepción, el derecho de réplica.

**Murat** es partidario de la libertad completa de los oradores, aunque conservando el presidente el derecho de interrumpirlos a petición de la Asamblea.

**Perron**, de acuerdo con los ciudadanos Catalan, Mermillod y Robert, propone:

En todo lo que concierne a la celebración de las sesiones, el Congreso se atendrá a las decisiones del Congreso de Lausana sobre este punto.

La propuesta se aprueba por unanimidad.

Se procede a pasar lista.

**Murat** pide que la lista se sustituya por hojas de asistencia que firmarán los delegados, reservando al presidente el derecho de pasar una segunda lista si lo creyera urgente, como se hizo en Lausana.

**Hins** da cuenta de la resolución tomada por la oficina de Bruselas de admitir como delegados a ciudadanos a los que sus mandantes, poco iniciados en los reglamentos del Congreso, no habían entregado los mandatos necesarios.

Se conviene en que la sección de Bruselas aceptará a esos delegados bajo su responsabilidad y sin que ello siente precedente.

Se abre la discusión sobre el orden del día que ha de fijarse para las sesiones siguientes.

**Tolain** pide que se proceda ante todo a la lectura de los informes de las diferentes sociedades y que después se aborde la discusión siguiendo el orden indicado por el programa.

**Perron** se extraña de no ver figurar en el programa la cuestión de la igualdad política, económica y social, propuesta al Congreso de Lausana por el ciudadano Chemalé; desearía también que toda la parte teórica de las cuestiones se tratara en las sesiones de la tarde, reservando la parte práctica para las reuniones de la mañana.

**De Paepe** se esfuerza en demostrar que la igualdad integral de que se habla no es propiamente una cuestión, sino el conjunto de todas las cuestiones sociales. Desearía que la discusión versara ante todo sobre las cinco cuestiones propuestas por el Consejo General de Londres.

**Richard** se extraña de que se haya hecho desaparecer del programa belga la importante cuestión de la cooperación, que figuraba en él al principio.

Le apoyan los delegados ingleses.

**Coenen** propone como primera cuestión que debe tratarse: la actitud de los trabajadores en caso de conflicto entre las grandes potencias europeas. (Cuestión planteada por las secciones alemanas.)

**Tolain** apoya esta propuesta; cree que la discusión será breve: como los trabajadores de todos los países están sobre este punto en comunión de ideas, apenas quedará más que formular una resolución.

**Lucraft** es igualmente de la opinión de que, antes de ocuparnos de las cuestiones de salarios, debemos pronunciarnos contra los que nos sustraen todo nuestro salario, nos arman a unos contra otros y se aprovechan de ello para vaciar nuestros bolsillos mucho más deprisa de lo que podríamos llenarlos.

La propuesta se somete a votación y se aprueba por 27 votos contra 17.

Para el segundo punto, Eugène Tartaret propone las cuestiones de la huelga o de la resistencia, que, por el mantenimiento de los salarios, será lo único que permita crear sociedades de producción, de consumo o de crédito.

**De Paepe** lamenta que una cuestión de esta importancia haya desaparecido del programa del Consejo General de Londres; recuerda las resoluciones del Congreso de Lausana y las comunicaciones hechas desde entonces a las diversas secciones de la Internacional, y concluye de ello que el programa belga se ha esforzado en conservar el espíritu de esas diversas decisiones.

**Coenen** dice haber recibido en marzo una carta de Londres que concuerda con las declaraciones del Comité belga. Propone que, a continuación de la cuestión de la guerra, se pongan en estudio los cinco puntos del programa belga y que, terminada su discusión, se aborden las que han propuesto los ingleses, si el tiempo lo permite. — Aprobado.

Se conviene en celebrar una reunión en el Cisne, a las cinco, para formar las comisiones para el estudio de las cuestiones del programa.

Orden del día: cuestiones que han de estudiarse además de las indicadas por el programa;

Nombramiento de las comisiones.

Se levanta la sesión a la una.

## Cuarta sesión, Teatro Nacional del Circo, lunes 7 de septiembre

**Dupont**, de Londres, lee el siguiente informe del Consejo General:

*Sigue en el acta el texto del informe del Consejo General, en la versión francesa leída en el congreso; véase el [Cuarto informe anual del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1868%20Cuarto%20informe%20anual%20del%20Consejo%20General%20de%20la%20Asociaci%C3%B3n%20Internacional%20de%20los%20Trabajadores), redactado por Karl Marx.*[^A38]

**El presidente** da a conocer algunos despachos telegráficos de Ámsterdam, de Pest y de Ginebra que envían al Congreso votos de éxito y testimonios de simpatía; da lectura al siguiente pasaje de una carta dirigida desde Marsella a uno de los delegados:

«Estoy autorizado a decirte que la democracia obrera de Marsella concede un vivo interés a lo que vuestras deliberaciones deben poner de manifiesto, y te rogamos colectivamente que hagas saber a nuestros hermanos de todos los países que estamos en medio de vosotros...».

**El presidente**. — Se abre la discusión sobre la cuestión: cuál debería ser la actitud de los trabajadores en caso de guerra entre las potencias europeas. Tiene la palabra Catalan.

**Catalan**, de Ginebra. — Siento un gran embarazo al tomar el primero la palabra en esta asamblea. Aunque el objeto de la Asociación Internacional no sea ocuparse de las grandes cuestiones políticas que dividen actualmente a Europa, se comprende que nuestros amigos de Alemania, recientemente probados por esa plaga, le tengan un horror tan grande que nos pidan contra ella una gran protesta. Esa protesta debemos hacerla, y, para darle más valor, debemos añadir algunas indicaciones y buscar los medios prácticos, si no de hacerla del todo imposible, al menos de ponerle grandes trabas y de preparar la época en que ya no se pueda pensar en hacer la guerra.

Digo, en primer lugar, que la guerra no depende de la opinión pública; en 1866, por ejemplo, en todas partes se protestaba contra ella: periodistas, hombres de pensamiento, burgueses, negociantes y trabajadores eran unánimes; y, sin embargo, tuvimos una guerra más terrible que las de los tiempos antiguos.

¿Por qué? Porque por encima de la opinión pública hay instituciones que la quebrantan. Hay voluntades superiores a la del pueblo, que disponen solas del derecho de guerra o de paz: esa es, en las circunstancias actuales, la verdadera causa de la guerra.

Así pues, para impedirla hay que suprimir a sus fautores, y para ello cada cual debe ocuparse de ello en su propio país. Hoy un gran número de hombres tiene miedo, se queda tranquilo y procura crearse, en medio del estado social general, un pequeño estado social particular en el que encuentra una apariencia de paz. Quieren salir del apuro con pequeños medios, sin intentar sacar con ellos a los demás trabajadores de la gran anarquía social.

Ahora bien, esa acción de esos hombres es y será siempre insuficiente. Lo que hay que hacer es sustituir la educación engañosa de hoy —esa educación que crea el antagonismo de los intereses y el odio entre los individuos— por la verdadera ciencia social, la que enseña que el interés individual y el interés general están íntimamente ligados y que la garantía mutua de la existencia de cada individuo y de cada pueblo debe ocupar el lugar de la competencia entre los individuos y entre las naciones.

Estemos todos contra la guerra, pero no solo en teoría: sobre todo en la práctica. Que cada uno de nosotros y la Asociación Internacional entera hagan la guerra a la guerra, empleando todas sus fuerzas contra los hombres que tienen el derecho de hacer la guerra, contra las instituciones que crean ese derecho y contra la ignorancia que le permite perpetuarse. (Aplausos.)

**Henri**, de París. — Al tomar la palabra necesito, para hacer cesar ciertas calumnias dirigidas contra nuestra delegación parisina, exponer nuestro principio y nuestro fin en la cuestión de la guerra y en las demás cuestiones sociales.

Diré, pues: la cuestión, tal como está planteada, me sugiere una observación: ¿no son todas las clases las que deben discutir esta cuestión? Es universal, porque interesa a todo el mundo, y no podemos hacer aquí una distinción de clases; ya no hay distinción de clases; hay que plantear esta cuestión desde el punto de vista de todas las clases y de todos los países.

Es verdad que es el productor el que paga los gastos de la guerra: todo lo que se gasta, la sangre que vertemos, lo suministra el obrero. Las guerras son perjudiciales para todo el mundo, para los vencedores como para los vencidos. La de Crimea costó 1.500 millones, la de México 1.200. ¿Qué tenemos de más por ello? La sangre vertida de nuestros hermanos, ¿para qué ha servido? Para dar satisfacción a un hombre que dispone de 40 millones de almas. Así pues, nadie quiere la guerra; pero, en la práctica, ¿cómo impedirla? Creo que hay que elegir en las próximas elecciones a hombres que traigan un cambio de instituciones, o incluso...

En mi calidad de francés no podré decir todo mi pensamiento; pero, si no puedo pedir la transformación del gobierno, pediré al menos la de nuestras instituciones. En suma, desde el punto de vista político, debemos llegar, por las elecciones y las manifestaciones populares, por la propaganda socialista y política, a la transformación de los gobiernos personales, que pueden disponer de la vida, de la fortuna y de la paz de 40 millones de hombres.

**De Paepe**, de Bruselas. — La guerra es un mal evidente para todos nosotros. Pero, además de nuestra eterna protesta, se nos pide que procuremos intervenir prácticamente para suprimirla.

Para ello hay dos métodos. El primero consiste en atacar directamente la guerra por la negativa al servicio militar... (aplausos) o, lo que viene a ser lo mismo, puesto que los ejércitos necesitan consumir, por la negativa al trabajo. El segundo no interviene directamente: pretende llegar a la supresión de la guerra resolviendo la propia cuestión social; tal es el método que la Internacional, con su desarrollo, está destinada a hacer triunfar. (¡Bravo!)

Empleando la primera manera, siempre hay que volver a empezar. Solo la segunda destruye el mal en su misma fuente.

Se ha intentado atribuir la causa de la guerra a individualidades; es un error: los reyes y los emperadores no son más que accidentes, instrumentos. La única causa verdadera de la guerra está en nuestras instituciones sociales. Y la prueba es que Estados que no tienen soberanos se hacen también la guerra. ¿Qué había en la guerra de América sino una cuestión de trabajo? Los burgueses del Sur necesitaban a sus esclavos negros; los Estados del Norte querían la abolición de esa esclavitud para sustituirla por la esclavitud moderna, quizá más dura todavía que la antigua, porque el esclavo negro cuesta algo y el esclavo blanco no cuesta nada; para sustituirla, digo, por el proletariado.

La causa primera de toda guerra es el hambre. Al principio, el salvaje se come simplemente a su enemigo vencido; más tarde, el resultado se complica en apariencia, pero en el fondo sigue siendo el mismo: el vencedor quita al vencido la tierra, los instrumentos de trabajo, los resultados del trabajo mismo, y con ello satisface sus necesidades.

Esa guerra de Oriente que costó tanta sangre, ¿qué otra cosa es sino una lucha por apoderarse de una salida para los productos de Oriente, una verdadera lucha social, comercial?

Resumo: los trabajadores no pueden intervenir eficazmente en la cuestión de la guerra más que continuando su obra social y llegando, por la organización del trabajo, a la supresión del pauperismo, única causa de la anarquía moderna. (Aplausos prolongados.)

**Hins**, de Bruselas. — Casi no tengo nada que añadir al discurso de De Paepe. Observaré que, aunque todo el mundo se declara contra la guerra, en realidad muchos siguen siendo partidarios de ella sin saberlo. Vosotros, burgueses, que queréis gobiernos fuertes para mantener en la obediencia pasiva a las masas laboriosas, cámaras para dar a sus actos una apariencia de sanción de justicia; que cerráis los ojos ante una deplorable situación económica, declaráis detestar la guerra y queréis conservar todo lo que la hace nacer. (¡Bravo!)

Como prueba de que el capricho de algunas individualidades no es la única causa de la guerra, recordad 1848. Creyendo establecer una república eterna, pacífica, se suprimió un rey, y no se consiguió más que hacer un emperador.

Los obreros mismos han sido a veces, en sus dolores, partidarios de la guerra como derivativo de su miseria. Todavía en 1848, ¿no gritaban: «¡Vivir trabajando o morir combatiendo!»?

La cuestión social se impone siempre cuando se trata de paz o de guerra. El año pasado, en el Congreso de la Paz de Ginebra, se había empezado a hablar de hacer la guerra a la guerra por los pequeños medios que De Paepe ha combatido tan justamente. Pero después de que el Congreso de los Trabajadores pusiera como condición de su adhesión al Congreso de la Paz la subordinación de la cuestión de la guerra a la cuestión económica, la discusión se situó en su verdadero terreno.

Y este año, dentro de pocos días, va a abrirse en Berna el Congreso de la Paz y de la Libertad, que, según las tendencias indicadas en su programa, que todos tenéis ahí, diferirá muy poco del nuestro.[^A39]

Una palabra más. ¡Ah, si nos entendiéramos lo bastante con los trabajadores de todos los países para decidirlos a negarse al servicio militar, ese día los decidiríamos a muchas otras cosas, y la cuestión de la guerra ya no existiría! (Aplausos prolongados.)

**Spehl**, de Bruselas. — De Paepe y Hins han establecido que la fuente de la guerra está en la cuestión económica. Hay, pues, para nosotros, trabajadores, un motivo directo para ocuparnos de la guerra. La negativa al trabajo es un medio de protestar. Las protestas contra la quinta, que entrega al proletario al azar y es la prenda de su desigualdad, son otro medio. Hay que llevar luego a todas las secciones de la Internacional las protestas que hacemos aquí, para darles la mayor resonancia y provocar contra la guerra la conjuración del pueblo trabajador entero.

**Pellering**, de Bruselas. — Esta cuestión, aunque inagotable, ha sido bien tratada. Observemos, sin embargo, que, si la causa de la guerra no está toda entera en los déspotas, a menudo son ellos los que la determinan. Desarrollan sin cesar el espíritu de nacionalidad en lugar del de fraternidad. Tienen como apoyo a los hombres que aún están en las tinieblas, que creen que la guerra es el resultado de una ley divina, útil para impedir el exceso de crecimiento de la población. Concluyo, pues, diciendo: por todos los medios posibles, ¡guerra a la guerra!

**Lucraft**, de Londres. (Este discurso se pronunció entre los de Spehl y Pellering, y debe restituirse a ese lugar.) — Aborrezco igualmente la guerra, que no procede más que de la avaricia y de la codicia de la burguesía y no sirve más que para enriquecer a los ricos; pero creo que no será vencida definitivamente, y con ella los ejércitos permanentes, más que por el triunfo de los principios que la Asociación Internacional se ha dado la misión de propagar. Os recuerdo la opinión de Montesquieu, que en *El espíritu de las leyes* había previsto la influencia desastrosa que adquirirían los ejércitos permanentes sobre la situación de un país. He aquí también, según una obra del doctor Larroque, de París, el importe de las pérdidas anuales que provoca tal sistema: 2.975 millones como gastos de mantenimiento, 3.300 millones por la pérdida del trabajo de los hombres sustraídos a la industria y a la agricultura, 800 millones por el interés de esos capitales despilfarrados: en total, 7.075 millones que salen anualmente del bolsillo de los trabajadores. Así, en Francia, la deuda, que en 1851 ascendía a 5.100 millones, se eleva hoy a 12.300 millones. Lo mismo ocurre en Italia, y así será mientras no se tome la resolución de reducir los ejércitos permanentes, mientras no se comprenda que el que no produce no tiene derecho a vivir.

**Tolain**, de París, presenta, en nombre de varios delegados parisinos, las resoluciones siguientes (en favor de la paz):[^A40]

El Congreso, considerando que la justicia debe ser la regla de las relaciones entre los grupos naturales, pueblos y naciones, lo mismo que entre los ciudadanos;

Que la guerra nunca ha sido más que la razón del más fuerte, y no la sanción del derecho;

Que no es más que un medio de sometimiento de los pueblos por las clases privilegiadas o por los gobiernos que las representan;

Que fortalece el despotismo y ahoga la libertad (como prueban las últimas guerras de Italia y de Alemania);

Que, al sembrar el luto y la ruina en las familias y la desmoralización en todos los lugares donde se concentran los ejércitos, mantiene y perpetúa así la ignorancia y la miseria;

Que el oro y la sangre de los pueblos nunca han servido más que para mantener entre ellos los instintos salvajes del hombre en estado de naturaleza;

Que, en una sociedad fundada en el trabajo y la producción, la fuerza solo puede ponerse al servicio de la libertad y del derecho de cada uno; que solo puede ser una garantía y no una opresión, aunque sea para un solo miembro útil del cuerpo social;

Que, en el estado actual de Europa, los gobiernos no representan los intereses legítimos de los trabajadores;

El Congreso de la Asociación Internacional de los Trabajadores, reunido en Bruselas,

Declara que protesta con la mayor energía contra la guerra.

Invita a todas las secciones de la Asociación, cada una en su país, a sumarse a su resolución —así como a todas las sociedades obreras y grupos de obreros, sean cuales sean—, a actuar con la mayor actividad y la mayor energía para impedir, por la presión de la opinión pública, una guerra de pueblo a pueblo, que hoy no podría considerarse más que como una guerra civil, porque, hecha entre productores, no sería más que una lucha entre hermanos y ciudadanos.

**Fontaine** pide que se cierre la discusión de la cuestión, alegando la necesidad de no dedicar más que una tarde a cada punto del programa.

**Perron** lamentaría que esta cuestión, que debe suscitar réplicas entre los diferentes oradores que han emitido apreciaciones diversas, pareciera enterrada antes de haber sido resuelta por completo.

**Tartaret** apoya la propuesta del ciudadano Fontaine.

**Tolain** propone que se nombre una comisión para recibir los argumentos que no se han podido desarrollar en esta sesión y que, tras estudiar la cuestión, saque de ellos unas conclusiones que someterá al Congreso en una de sus últimas sesiones.

Esta propuesta se aprueba por unanimidad menos tres votos.

Se levanta la sesión a las once.

## Quinta sesión, en el Cisne, martes 8 de septiembre

La Asamblea decide que los trabajos de la mañana no se publicarán.

## Sexta sesión, en el teatro del Circo, martes 8 de septiembre

Se abre la sesión a las siete y media de la tarde.

Se lee y aprueba el acta de la sesión.

**El presidente Dupont**. — Pongo en discusión la cuestión de las huelgas.

**De Paepe**, de Bruselas. — La comisión ha decidido la lectura de tres informes elaborados por las secciones de Ginebra, de Lieja y de Bruselas.

**Graglia**, de Ginebra, lee el siguiente informe:

### Informe de las secciones de Ginebra, en respuesta a la cuestión de las huelgas y de los árbitros

Ciudadanos:

Aun reconociendo que las huelgas son contrarias a los principios económicos, creemos, sin embargo, que mientras la sociedad tenga su organización actual, mientras el capital sea a la vez juez y parte y el trabajador esté sometido a los caprichos de quien lo explota, sería peligroso para la clase de los trabajadores no tomar medidas enérgicas para poner al menos un freno a la baja continua de la mano de obra.

Creemos que, si la Asociación propagara el principio de la solidaridad por medio de una organización que uniera a todas las secciones de la Asociación Internacional de los Trabajadores, prestaríamos un servicio eficaz a los principios que todos tenemos a pecho defender enérgicamente.

Si examinamos atentamente el pasado, reconoceremos sin esfuerzo cuán difícil y onerosa ha sido la posición del productor entregado a sus propias fuerzas.

Así pues, si queremos evitar en el futuro los enojosos efectos del aislamiento que todo trabajador ha sufrido más o menos, es preciso ante todo que cada corporación de la Asociación Internacional se forme en varios haces para constituir la verdadera solidaridad, la única eficaz y fecunda, mediante la creación de cajas centrales de previsión.

Su creación es tan sencilla como práctica, como nos lo ha demostrado muy bien la caja central obrera que existe en Ginebra desde hace unos quince años, compuesta solamente de tres sociedades, con unos cuatrocientos socios.

Son las sociedades de los Joyeros-orfebres, de los Obreros grabadores y la de los Obreros estucheros.

Con una cotización mensual de 25 céntimos, ha tenido que soportar cuatro huelgas terribles: la de los joyeros en 1856, que ocasionó un gasto de 4.800 francos; la de los estucheros en 1858 y 1867, 4.580 francos; la última, la de los grabadores, 5.600 francos.

A pesar de todas esas luchas sucesivas, siempre ha sido dueña de la situación. Gracias al principio de solidaridad que siempre ha reinado entre sus miembros, en nuestra última huelga, que tanto ha probado a la sociedad de los obreros de la construcción, nos fue de gran ayuda, al poner a su disposición la suma de tres mil francos. Y, sin embargo, todavía tiene en caja 3.000 francos.

Comprenderéis sin esfuerzo qué ventaja habría en extender a todas las secciones de la Internacional una organización semejante. Quizá se nos objete que un sistema así sería favorable a las huelgas y las fomentaría; nos será fácil probar lo contrario. Hoy una huelga se declara casi siempre sin control, y muy a menudo injustamente; pero con las cajas centrales tendréis un control, tendréis los comités de las diversas secciones, que juzgarán el litigio, y por este solo hecho se convertirán en los árbitros y juzgarán en última instancia.

Entonces tendréis confianza cuando se os haga un llamamiento, porque podréis estar seguros de que se habrá hecho todo para evitar un conflicto, que siempre es lamentable. No, no nos gustan las huelgas; pero, como son la única arma que posee el obrero, busquemos un medio para servirnos de ella lo mejor que podamos. En cuanto a nosotros, tenemos fe en el porvenir, tenemos fe en nuestra gran asociación; pero lo decimos francamente: una organización general es indispensable.

Si queremos que la Asociación prospere, unámonos, y nuestros adversarios se lo pensarán dos veces antes de atacarnos. Debemos ser previsores si queremos poder resistir a los que quieren arrebatarnos el fruto de nuestro trabajo. Sí, ciudadanos, unámonos y añadamos una nueva fórmula a nuestra divisa: «No más derechos sin deberes, no más deberes sin derechos». Añadamos: «¡Quien toca a uno toca al otro!».

**Maréchal**, de Lieja, lee el siguiente informe:

### Sección de Lieja. Quinta cuestión: De las huelgas, de la federación entre las sociedades de resistencia y de la creación de un consejo de arbitraje para las huelgas eventuales

Para ser completo, un trabajo sobre la huelga debe examinarla necesariamente en todos sus aspectos.

La estudiaremos primero en lo que tiene de malo y de contrario al fin que queremos alcanzar; diremos después en qué casos debe emplearse y cómo se pueden atenuar los perjuicios que rara vez deja de causar.

La huelga es una consecuencia fatal del antagonismo que existe hoy entre el trabajo y el capital, y no hace más que acrecentar ese antagonismo.

Surge necesariamente de una organización social injusta y conserva en sí el germen de la injusticia. Hay ahí un círculo vicioso del que tenemos que salir a toda costa.

En el estado social actual, estado que condenamos pero que debemos soportar mientras no estemos en condiciones de sustituirlo por otro, la libre competencia es la única garantía que puede existir entre el productor y el consumidor.

Ahora bien, la huelga destruye esa garantía, puesto que estorba toda libertad de transacción y pone la violencia y la coacción donde debería haber acuerdo y reciprocidad.

La competencia, lo sabemos, es una garantía insuficiente, pero precisamente por eso hay que realizar una reforma radical y transformar por completo la organización social.

La huelga es una lucha. Acrecienta, pues, los fermentos de odio arrojados entre el pueblo y la burguesía y separa cada vez más a dos clases que, por el contrario, deberían fundirse y reunirse.

La coalición, venga de los patronos o de los obreros, tiene el mismo principio como punto de partida: cada uno busca agrandar su parte en detrimento del otro; tiene el mismo resultado como consecuencia final: produce arbitrariamente una baja o un alza en el valor de los productos, desnaturaliza así la ley de la oferta y la demanda y pone la desconfianza y la coacción donde es necesario que haya confianza y mutualidad.

En efecto, la coalición que viene de los patronos puede tener como resultados:

1.º Darles un monopolio que les permita imponer sus productos en condiciones onerosas.

2.º Simular una escasez ficticia y aumentar con ello el valor de un producto, cuando se unen para despedir a una parte de los obreros y detener así la producción.

Y, viniendo de los obreros, ocasiona el mismo encarecimiento, ya reclamen un aumento de salario, ya pidan una disminución del número de horas de trabajo y aprovechen su fuerza para imponer sus condiciones.

Por ambos lados hay una violencia real que destruye por completo el libre contrato.

Ahora bien, como dice Proudhon, el productor tiene derecho a un pago remunerador del producto de su trabajo, pero el consumidor tiene derecho a no pagar ese producto más que lo que realmente vale.

Hoy el único medio de llegar a ese resultado consiste en la libertad completa de las transacciones, y la huelga pone trabas a esa libertad.

Más adelante, por medio de la asociación libre de los trabajadores, que pondrá en práctica la mutualidad del cambio y la solidaridad de los grupos, se creará una garantía real, tanto contra el riesgo de ver a los productores demasiado poco remunerados como contra el riesgo contrario de tener que pagar los productos demasiado caros. — La huelga será entonces inútil e incluso imposible. — En nuestros días lleva por un camino deplorable en el que es difícil detenerse.

Después de la huelga para aumentar los salarios o disminuir el número de horas de trabajo, se llega a las coaliciones para impedir al patrono tomar aprendices, para prohibirle emplear a extranjeros o servirse de procedimientos nuevos. Y como el odio y la injusticia llaman a la injusticia y al odio, los obreros acaban por hacerse la guerra entre sí después de habérsela hecho a sus patronos.

La huelga, mala en su principio, es casi siempre funesta en sus resultados. — Es un arma de doble filo que a menudo hiere a quienes se sirven de ella.

Sin hablar del dinero gastado en sostenerla y de la pérdida de producción que resulta del paro (pérdida de producción que se traduce siempre en un encarecimiento general que todo el mundo tiene que sufrir), ¿no tiene a menudo como conclusión:

1.º El sometimiento oneroso de los trabajadores, que no pueden luchar mucho tiempo por falta de capitales.

2.º El llamamiento que hace el patrono a obreros extranjeros, que vienen a hacer una competencia desastrosa a los primeros.

3.º El cierre de los talleres o, al menos, el despido de una parte de los obreros.

4.º La quiebra del patrono y, por consiguiente, los obreros sin pan y sin trabajo, obligados a ir a su vez a hacer competencia a los trabajadores de los demás talleres y a determinar ellos mismos esa baja del salario contra la que se alzaban?

Por último, la huelga termina a menudo en motín, y a la violencia moral viene a sumarse la violencia física; la fuerza sustituye al derecho, y el obrero indefenso es ametrallado en nombre del orden y de la legalidad.

Pero, se dirá, si la huelga es mala, ¿hay que abolirla lo antes posible?

Evidentemente.

¿Hay que dejar entonces al obrero a merced de un patrono que le ofrece un salario irrisorio a cambio de un trabajo exorbitante, que llega a menudo a catorce y quince horas diarias?

— ¿Quién ha pretendido nunca tal cosa?

Reconocemos que la huelga, resultado de la anarquía, la produce a su vez, y que cada una es el complemento de la otra. No se puede, pues, abolir la una sin la otra, y el único medio de suprimir la huelga es llegar a un estado social basado en la justicia, donde la mutualidad sustituya al antagonismo.

Para ello es preciso que los obreros se unan, se asocien y sustituyan los talleres donde cien individuos son explotados por uno solo por talleres donde cien asociados se ayuden mutuamente y repartan equitativamente entre sí los beneficios así obtenidos.

Los talleres constituidos de esta manera deben, según los principios de solidaridad, garantizarse la reciprocidad del cambio y la gratuidad del crédito.

Por último, los trabajadores tienen que completar su instrucción y su educación, de manera que puedan sustituir en todo a la clase de los patronos, de los sabios y de los capitalistas, y tomar ellos mismos la dirección de sus asuntos. Se sustraerán así al poder de los que especulan con su miseria y su ignorancia.

Todos comprenden que en ese estado social que debemos esforzarnos por alcanzar la huelga será cosa imposible. No procuremos, pues, acostumbrarnos a considerarla como el único remedio de nuestros males.

Esforcémonos, por el contrario, en mostrar todo lo que tiene de malo, de contrario al derecho y a la libertad, y, si la necesidad nos obliga a veces a servirnos de ella, sepamos al menos que no debemos emplearla sino con precaución, después de haber reflexionado detenidamente y sopesado largamente las consecuencias que lleva consigo.

Sin embargo, puesto que reconocemos nosotros mismos la fatal necesidad de la huelga, puesto que constatamos su existencia, no debemos limitarnos a declararla mala y a esperar, confiados, un porvenir mejor.

Si se supiera que el cólera ha de desaparecer un día, ¿habría que procurar menos combatirlo en el presente y atenuar sus tristes efectos?

¡Insensato quien lo creyera!

Nuestro deber es, pues, por el momento, procurar aminorar las fatales consecuencias de la huelga y determinar los casos en que hay que resolverse a emplearla.

Por otra parte, la huelga, injusta en su principio a causa de la anarquía misma de la que forma parte, encuentra en ciertos casos una imperiosa necesidad que la erige momentáneamente en un derecho que conviene oponer a una explotación demasiado grande.

Puede, en tal circunstancia, realzar la dignidad del obrero, cuando los patronos quieren inmiscuirse en su vida privada y prohibirle tal opinión, tal asociación, tal manera de organizarse.

La huelga de los broncistas de París basta para probarlo.

Puede incluso restablecer hasta cierto punto la equidad en la ley de la oferta y la demanda, cuando, por la competencia desenfrenada que se hacen los patronos, haciéndola pesar únicamente sobre los trabajadores, consiguen, por la disminución gradual de los salarios, entregar un producto cualquiera por debajo de su valor real.

Por último, ofrece además un carácter evidente de justicia cuando, aun vendiendo los productos por lo que realmente valen, el patrono saca del precio de esos productos un beneficio exorbitante que vuelve a hacer ilusorio el salario.

En gran número de casos la huelga puede, pues, recobrar, junto a la injusticia mayor de los explotadores, un cierto lado justo que no hay que desdeñar y que permite servirse de ella como de un medio de lucha momentáneo.

Pero para ello es preciso que esté organizada definitivamente, de manera que ofrezca todas las probabilidades de éxito a quienes se ven reducidos a servirse de ella.

Pero la huelga es múltiple.

De un país a otro, de un oficio al oficio vecino, puede diferir enteramente, tanto en el fin como en la forma.

Es, pues, imposible formular preceptos completos que sirvan en todas las circunstancias y tengan la misma eficacia en todas partes.

Aquí comienza el papel de la Internacional.

Por su influencia colosal y los capitales de que dispone, solo ella puede procurar a los obreros los medios de luchar con ventaja contra los patronos y los capitalistas.

Por sus ramificaciones en todas las comarcas, puede impedir que los obreros de un país vayan a hacer la competencia a los coaligados de otro.

Por su encuesta sobre los salarios y las condiciones del trabajo en cada localidad, puede a menudo evitar la huelga, proporcionando a los obreros amontonados en un lugar, que se hacen una competencia desastrosa por el exceso de brazos, la información y el crédito necesarios para desplazarse.

Así, los salarios, al no ser ya disputados por una cantidad demasiado grande de trabajadores, recobrarán su tasa normal, y los proletarios comprenderán que el acuerdo y la reciprocidad tienen una influencia mucho más benéfica sobre su condición que la lucha y el egoísmo individual.

Por último, la Internacional, que cuenta en su seno con trabajadores de todas las profesiones, está mejor situada que nadie para tomar en sus manos la defensa de sus intereses.

Ocurre a menudo, por ejemplo, que un oficio, al ponerse en huelga, causa por eso mismo una huelga forzosa entre los obreros cuyo oficio depende del primero.

La huelga de unos pocos hecha a costa de muchos otros ya no podrá hacerse, pues, a ciegas, puesto que, llamados todos los oficios a pronunciarse, cada uno discutirá su interés, y naturalmente prevalecerá el interés general.

Para resumir:

La huelga debe estar organizada;

Debe poder contar con un capital que le permita luchar el tiempo necesario; debe estar segura de que no vendrán extranjeros a arruinarla con una competencia desastrosa;

Debe ser unánime y respetar los derechos de cada uno;

Por último, debe estar regida por un consejo de arbitraje compuesto de miembros que pertenezcan a todas las naciones y a todos los oficios, y que reconozcan y pongan en práctica los principios de justicia y de solidaridad.

Solo la Asociación Internacional está en condiciones de presidir esa organización.

A ella le incumben el derecho y el deber de tomar en sus manos la causa de los trabajadores.

No faltará a esa tarea.

Estamos reunidos en este Congreso como en una vasta consulta médica. Somos, en efecto, los médicos de las enfermedades sociales, y nuestro deber es no disimularnos su gravedad.

Pero, hecha esa constatación, todos nuestros esfuerzos deben dirigirse al remedio.

El remedio de los males del momento consiste en la sabia organización de la huelga, pero recordemos que el remedio definitivo está en la justicia y en la mutualidad.

**De Paepe**, de Bruselas, lee el siguiente informe:

### De las huelgas, de las sociedades de resistencia, de la afiliación de esas sociedades en el seno de la Internacional y de la creación de un consejo de arbitraje para las huelgas eventuales. Informe de la sección de Bruselas

Debemos declarar ante todo que, a nuestros ojos, la huelga no es una solución, ni siquiera parcial, del gran problema de la extinción de la miseria, pero creemos que es un instrumento de lucha cuyo empleo conducirá definitivamente a la solución de ese problema. Por eso creemos deber reaccionar contra los cooperadores exclusivos que, fuera de las sociedades de consumo, de crédito y de producción, no ven ningún movimiento serio entre los trabajadores y consideran en particular la huelga como inútil, e incluso como funesta para los intereses de los trabajadores. Creemos que sería necesario aquí distinguir entre huelga y huelga, tanto desde el punto de vista de la organización de la huelga como desde el punto de vista del fin que persigue; pero, antes de llegar a ello, queremos responder a dos objeciones que se han hecho contra las huelgas en general.

Y, en primer lugar, encontramos la objeción de Adam Smith, objeción tan a menudo repetida por los economistas y por los socialistas. Los primeros, en efecto, se han servido de ella para apartar a los obreros de toda lucha con los patronos y para inducir a los trabajadores a someterse a la inflexibilidad de las leyes económicas; los segundos se han servido de ella como de un arma contra el orden social actual, en el que pretenden que el proletario no puede romper en absoluto ninguno de los eslabones de su larga cadena.

He aquí esa objeción: «En esta clase de disputas», dice Adam Smith, «los amos pueden aguantar mucho más tiempo. Un propietario, un arrendatario, un maestro fabricante, un comerciante, pueden por lo general vivir un año o dos de los fondos que tienen en su poder, sin emplear a un solo obrero. La mayoría de los obreros no podrían subsistir una semana, muy pocos el espacio de un mes, y casi ninguno el espacio de un año, sin trabajar. A la larga, el amo no puede prescindir del obrero más de lo que el obrero puede prescindir de él, pero la necesidad que tiene de él no es tan urgente».[^A41]

Los que repiten hoy estas palabras del padre de la economía política parecen no haber visto nada de la inmensa evolución económica que se ha cumplido desde la época en que escribía Adam Smith; el estado económico en medio del cual vivía Adam Smith ya no es del todo idéntico a aquel en que vivimos nosotros. Por una parte, a la lucha individual, aislada, del asalariado contra el capitalista ha sucedido la lucha colectiva de las asociaciones obreras. Por otra parte, en gran número de industrias, al empleador, al patrono, al maestro fabricante, lo ha sustituido la asociación de los capitalistas, sea en forma de sociedad anónima, sea en cualquier otra forma, y esta eliminación del empleador es incluso una de las tendencias más marcadas y más notables del período económico que atravesamos en este momento. Ahora bien, en el primer aspecto, si es verdad que un obrero aislado, entregado a sí mismo, rara vez puede pasar una semana sin trabajar, y más raramente todavía un mes, ya no ocurre lo mismo cuando se considera una asociación obrera que se ha concertado con mucha antelación y que puede contar no solo con su propia caja, sino también con la ayuda de las demás asociaciones obreras. En el segundo aspecto, si es verdad hasta cierto punto que en tiempos de Smith un propietario, un arrendatario, un maestro fabricante, podía por lo general pasar un año o dos sin hacer trabajar a sus obreros, ya no ocurre lo mismo cuando se considera una sociedad anónima, cuyos capitales se retirarían muy pronto si dejaran durante algún tiempo de producir de manera absoluta intereses; y, por lo demás, incluso respecto del empleador o del capitalista que se encuentra personalmente al frente de una industria, puede decirse que lo que dice Adam Smith no es exacto, puesto que ese patrono o ese capitalista no solo tiene que vivir de los fondos que pueda tener en su poder, sino que debe hacer frente también a sus compromisos, tanto con sus acreedores y proveedores de materias primas como con su clientela. Ved también cómo los hechos dan un mentís cada vez más rotundo a las observaciones de Smith a medida que los intereses de un establecimiento industrial se encuentran más estrechamente ligados a los intereses de los demás, y a medida que se generaliza el concierto y el entendimiento entre los obreros. Si todavía se pueden citar muchas huelgas en las que los patronos se impusieron a las reclamaciones de los obreros, por millares se pueden citar aquellas en que los obreros acabaron por vencer la oposición de los patronos.

Ciertos adversarios de la huelga, que son las más de las veces hombres teóricos y no prácticos, han hecho contra la huelga otra objeción general. Deploran el tiempo que pierden los obreros en huelga; eso, dicen, es detener la producción, ¡como si los productos faltaran! Añaden también que, cuando el obrero pasa ocho o quince días inactivo, no por ello consume menos. Este lenguaje es sencillamente ridículo si se piensa que hay en la sociedad hombres que en toda su existencia no han producido nada en absoluto, es decir, ni un cuarto de hora de trabajo. ¿Han pensado un solo instante esos contradictores en el número de horas que hacen cada día los productores? Así, podemos afirmar, con la certeza de no ser desmentidos, que la mayor parte de los obreros no trabajan una jornada por día, sino una jornada y media. Citemos a los mineros, que bajan al pozo a las cinco de la mañana para no salir hasta las diez de la noche. Si la observación de esos hombres fuera fundada, se llegaría a reprochar al trabajador el tiempo que pierde cuando la enfermedad lo retiene en cama, donde sigue consumiendo, pero no produce.

Pero desearíamos saber si el trabajo que no se ha hecho no queda por hacer. Los adversarios de la huelga podrían responder a esta observación si les fuera dado probar que los productores no se ven a veces obligados a parar sin que dependa de su propia voluntad. ¿Se ignora que en casi todas las profesiones existe lo que se llama la temporada muerta? Y, aparte de las temporadas muertas, ¿no tenemos regularmente paros debidos simplemente a una sobreproducción, a un atasco de productos no vendidos? Pero, aunque las observaciones de nuestros contradictores fueran fundadas, eso no debería impedir a los obreros hacer la huelga, por la sencillísima razón de que más vale pasar por un mal camino que caer en un precipicio.

En efecto, suponiendo que en una huelga hecha porque los patronos quieren disminuir el salario o aumentar las horas de trabajo, o bien porque los obreros quieren hacer aumentar el salario o disminuir las horas, el productor pierda su tiempo y su dinero, ¿no recupera lo uno y lo otro cuando la huelga triunfa? Aunque no obtenga más que una disminución de una hora de trabajo, ¿no le supone eso por lo menos 300 horas al año? Un hecho es constante: las profesiones que no tienen una organización duradera para la huelga, ni sociedades de resistencia, están en un estado deplorable, mientras que en aquellas donde eso existe los obreros no solo son más felices desde el punto de vista de la ganancia, sino que también son tratados con menos dureza.

Decíamos que era necesario distinguir entre huelga y huelga, tanto desde el punto de vista de la organización de la huelga como desde el punto de vista del fin que persigue.

Situándonos en el primer punto de vista, el de la organización que exige la huelga, nos parece evidente que toda huelga mal combinada y mal dirigida, ya porque falte el acuerdo entre los trabajadores, ya porque los recursos no hayan sido bien calculados, ya porque la estación no sea favorable, tiene muy pocas probabilidades de triunfar; ahora bien, toda huelga que fracasa es para el trabajador un desastre inmenso, porque es una pérdida de capitales a causa de los gastos que requiere y del paro que ocasiona, porque es un desaliento para todas las tentativas ulteriores, porque, en fin, empequeñece al hombre y quita al trabajador algo de su orgullo y de su dignidad. Pero precisamente por eso creemos que la huelga debe dejar de ser una guerra al azar, un combate de trabajadores, y debe estar bien organizada, debidamente meditada de antemano y preparada con mucha antelación.

Situándonos en el segundo punto de vista, es decir, en lo relativo al fin particular que la huelga puede proponerse alcanzar, encontramos que todavía hay materia de distinción. En efecto, la huelga puede tener como fin: o una petición de aumento de salario, o la negativa a aceptar una disminución del salario, o una petición de disminución de las horas de trabajo, o la negativa a aceptar un aumento de las horas de trabajo, o la abolición de reglamentos de taller que atentan contra la dignidad del trabajador, o la mejora de las condiciones de salubridad y de seguridad de ciertos talleres o de ciertas minas, o la negativa a trabajar con un herramental defectuoso o con materias primas de mala calidad cuyo empleo puede constituir una pérdida para el obrero, o el propósito de oponerse a la violación de los contratos celebrados con los patronos (como ocurrió hace un año en la huelga de los tintoreros de algodón de Amiens), o el proyecto de desbaratar las maquinaciones de los jefes de industria contra la existencia misma de la asociación obrera (como ocurrió en la última huelga de los broncistas de París y en la huelga de los estampadores de tejidos de Roubaix), o también la oposición a la introducción de un número demasiado grande de aprendices en los talleres.

Cuando la huelga tiene como fin un aumento de salario, sabemos todo lo que se le puede objetar. A esta clase de huelgas se les hacen ordinariamente dos objeciones. He aquí la primera:

Ricardo, MacCulloch y muchos otros economistas pretenden que la tasa del salario está fijada invariablemente por el precio de los objetos de primera necesidad. Cuanto más caros sean los víveres, más altos serán también los salarios; cuanto más baratos sean los víveres, más bajos serán los salarios.

Tal es la ley inflexible que, según esos economistas, rige la tasa de los salarios, y las reclamaciones y los esfuerzos de los obreros nada pueden contra la fatalidad de esa ley. «Que el pan baje 5 céntimos el kilogramo», dice el señor Michel Chevalier, «y, con la constitución actual de la industria, no harán falta seis meses para que los salarios hayan sufrido una reducción muy aproximadamente equivalente». Y no son solo los economistas los que han afirmado la existencia de esa ley ineludible: la mayor parte de los escritores socialistas, Vidal, Pecqueur, los dos De Potter, Colins, etc.,[^A42] la reconocen igualmente, no, es verdad, considerándola como una ley eterna (eso sería incomprensible en unos socialistas), sino como una consecuencia inevitable del orden social actual. «Hoy», dice Vidal, «el mínimo de subsistencia es la tasa normal de los salarios. Los salarios gravitan hacia ese mínimo fatalmente, como el líquido hacia su nivel: es la ley».

Quizá sería este el momento de decir una palabra sobre la pretendida inflexibilidad de las leyes económicas; pero hablaremos de ello más adelante, a propósito de otra objeción. Sea como fuere, muchos economistas, Adam Smith, Stuart Mill, Dunoyer, Carey, Bastiat, Baudrillart, etc., niegan la supuesta ley de MacCulloch y de Ricardo, y nos parece que tienen toda la razón. No decimos que el precio de los víveres no tenga absolutamente ninguna influencia sobre la tasa del salario, pero sostenemos que esa influencia se da unas veces en la relación expresada por la ley de MacCulloch y otras en una relación diametralmente inversa. Expliquémonos: cuando el precio de los víveres aumenta, hay ordinariamente una disminución de la actividad de una multitud de industrias, porque el dinero de los consumidores se dirige entonces ante todo a los objetos de primera necesidad, y si puede ocurrir entonces que el obrero, al pedir un aumento de salario porque ese salario ya no guarda relación con el precio de los víveres, obtenga el aumento pedido, también puede ocurrir que la disminución de la actividad industrial, la falta de pedidos, haga precisamente que los patronos puedan prescindir de buena parte de sus obreros. Por el contrario, cuando el precio de los víveres disminuye, la industria se reanima, y entonces ciertamente puede existir en los patronos el deseo de disminuir el salario, pero, al producirse la demanda de brazos, el obrero está más en condiciones que nunca de hacer aumentar su salario, lo cual es precisamente lo contrario de la ley de MacCulloch. Y eso es lo que ocurre en efecto; pero, bien entendido, cuando los obreros se entienden y se coaligan, porque, si tuvieran que esperar el aumento de salario del libre juego de las leyes económicas, esperarían quizá mucho tiempo.

Por lo demás, una simple ojeada a los hechos basta para demostrar que la dependencia del fenómeno de la tasa de los salarios respecto del precio de los víveres es poco estrecha.

Ejemplo: el salario del trabajo apenas ha variado desde hace diez o veinte años en multitud de oficios, mientras que en otros el salario ha bajado constantemente. El precio de los víveres varía por lo general de un año a otro, e incluso de un mes a otro, y, tomando la sucesión de los años, puede decirse incluso que el precio de los víveres no deja de encarecerse.

Otro ejemplo: en muchas industrias hay una diferencia entre el salario de verano y el salario de invierno; como en esas industrias los negocios se reanudan a menudo hacia el verano, el salario es más alto en verano; y, sin embargo, a causa del mayor gasto de calefacción, de luz, de vestido y de alimento en invierno que en verano, el salario debería ser más elevado. De todo ello se puede concluir que la ley de MacCulloch es falsa, y que ni siquiera merece el nombre de ley económica, puesto que no solo no es la generalización de un hecho constante, sino que ni siquiera expresa una simple tendencia; ni siquiera es una ley límite. Por eso el buen sentido popular nunca la ha tenido en cuenta.

He aquí ahora la segunda objeción. El precio de un producto cualquiera, se dice, se compone de dos cosas: por una parte, del salario de los trabajadores; por otra, de las detracciones del capital (es decir, intereses, dividendos, beneficios de los patronos, ganancia de los intermediarios, etc.). Ahora bien, al elevarse uno de los dos factores del producto, el producto mismo se eleva, y, por consiguiente, cuando los salarios se elevan, se eleva el precio de los objetos de consumo; después, el otro factor del producto se eleva pronto a su vez, porque, al hacer subir el salario, la huelga ha encarecido el precio de los objetos de consumo; ese encarecimiento trae como contragolpe una elevación del precio de los alquileres, de los arrendamientos y de los capitales, y esa subida de los alquileres, de los arrendamientos y de los intereses trae a su vez un nuevo encarecimiento de los productos, puesto que los beneficios del capital forman, como se ha dicho más arriba, junto con la retribución concedida al trabajo, el precio de todo producto. Así, se dice, la distancia entre el valor del salario y el precio de los objetos de consumo no es menor después que antes de la huelga. De ello se concluye, en fin, que la huelga por aumento de salario es por lo menos inútil, aun cuando triunfe.

Desde luego, estamos lejos de disimularnos la gravedad de esta objeción; incluso reconocemos que es justa en gran número de casos; pero las conclusiones que de ella se sacan nos parecen demasiado absolutas.

No impugnaremos esa especie de ley económica en virtud de la cual se pretende que, cuando un elemento del precio de un producto se eleva, el precio total del producto tiende a elevarse. Pero haremos observar que esa ley no es, como las demás leyes económicas, más que una ley tendencial, es decir, que se ve detenida en la práctica por una multitud de causas modificadoras. En efecto, cada ciencia tiene sus leyes particulares, y esas leyes se acercan tanto más a lo absoluto cuanto más simple es la ciencia y menos complicados son los fenómenos que han de observarse.

En mecánica, por ejemplo, las leyes científicas se identifican casi con la expresión misma de los hechos; pero en biología, y sobre todo en ciencia social, hay que tener en cuenta una masa de variaciones que dependen de los medios y de las circunstancias. Lo mismo ocurre con la célebre ley de la oferta y la demanda, que estamos lejos de impugnar, pero que sin embargo queda neutralizada por una multitud de hechos económicos; y lo mismo ocurre igualmente con la ley relativa a los precios de los productos que examinamos en este momento.

Si nos trasladamos a una sociedad en la que no hubiera más que trabajadores, sin intermediarios ni capitalistas, ciertamente todo aumento del precio de la mano de obra traería un aumento de los precios del producto, ya que el trabajo sería en ese caso el único elemento del valor. Si nos trasladamos a una sociedad en la que ya no hubiera intermediarios entre los trabajadores y los capitalistas, en la que todo el capital estuviera representado por acciones sin intereses ni dividendos y todo el trabajo por la mano de obra que da salario, la ley económica que examinamos ya no encontraría una realización tan próxima a la verdad absoluta como en el caso anterior, pero se alejaría de ella menos que hoy. En efecto, si en ese caso los salarios aumentaran en una industria cualquiera, habría una tendencia marcada a la elevación de los intereses y dividendos del capital, porque sin ello los capitales se dirigirían pronto hacia industrias en las que el alquiler de los capitales estuviera mejor pagado, ya que los capitales son ciegos por naturaleza y no tienen más preferencia por una industria que por otra.

Pero hoy no ocurre así. Tomando la organización actual de la sociedad, decimos que el hecho del encarecimiento de los productos tras la subida del salario no es en modo alguno un hecho general, y vamos a citar algunos ejemplos en apoyo de lo que afirmamos:

1.er ejemplo: la competencia que el patrono se ve obligado a sostener no siempre le permite aumentar sus beneficios en proporción al aumento de los salarios, y entonces el encarecimiento de los productos no se produce; en ese caso la subida del salario sale de los beneficios del patrono, que disminuyen otro tanto. Se comprobó y se publicó en *L'Étoile belge*,[^A43] con ocasión de la huelga de los sastres, que un patrono de segundo orden obtenía, año tras año, un pequeño beneficio de 36.000 francos. Se convendrá en que ese señor, contentándose después de la huelga con el sueldo de un ministro belga, que no pasa de la cifra de 21.000 francos, podía pagar un poco mejor al obrero sin encarecer los productos.

2.º ejemplo: aparte de los beneficios que sacan los patronos, ocurre con frecuencia que los corredores, o incluso los que no hacen más que procurar el pedido, reciben el 5, el 10, el 15, el 20 y hasta el 25 por ciento sobre la venta.

Establézcase después de esto, de manera clara y neta, que el precio de un producto deberá recargarse porque se haya aumentado en algunos céntimos el jornal del obrero, ¡como si en ese caso el aumento de salario, aun sin salir de los beneficios de los patronos, no pudiera salir de una parte del tanto por ciento de los corredores y demás intermediarios!

3.er ejemplo: cuando el aumento de salarios se produce en una industria que goza de un monopolio (legal o natural, poco importa), y en la que, por consiguiente, los beneficios del capital son muy elevados por falta de competencia, puede ocurrir que, a pesar de la subida de los salarios, esos beneficios sigan siendo más elevados en esa industria que en cualquier otra; entonces los capitales no se dirigirán a otra parte, y puede ocurrir que el patrono no haga subir el precio de los productos por temor a que esa subida haga disminuir el consumo y, por consiguiente, la venta, conforme a esta ley económica: «Cuando el precio de un producto se eleva en progresión aritmética, el consumo de ese producto tiende a disminuir en progresión geométrica»[^A-cr1].

4.º ejemplo: cuando la subida del salario coincide con una disminución de los gastos de producción, esta, que sin esa subida no habría hecho más que aumentar los beneficios del patrono, podrá redundar exclusivamente en provecho de los obreros, si la subida del salario es estrictamente proporcional a la economía obtenida, o a la vez en provecho del obrero y del patrono, si la economía de gastos es superior a la subida del salario: en uno y otro caso no hay aquí motivo para que se eleve el precio de los productos.

En cuanto a la huelga hecha para oponerse a la introducción de aprendices en los talleres, es una cuestión de las más delicadas. Hay profesiones en las que los trabajadores se oponen sistemáticamente a formar aprendices, por el temor que tienen de ver a esos aprendices, convertidos a su vez en obreros, hacerles competencia en el mercado de trabajo; comprendemos ese temor, pero no podemos aprobar la medida que ha dictado a ciertas corporaciones: los hijos del pueblo, rechazados así de ciertas industrias, se repliegan sobre otras; y entonces, de dos cosas una: o esas industrias los reciben, y se encuentran un buen día atestadas de brazos; o bien los rechazan, y entonces ¿dónde aprenderá el niño a trabajar?

Si es justo que el obrero tenga un salario equitativo, que tenga el derecho de vivir trabajando, el aprendiz tiene también derecho a aprender a trabajar para vivir.

No queremos el monopolio, venga de donde venga, y protestaremos lo mismo contra los trabajadores que quieren monopolizar en sus manos el trabajo que contra los ociosos que han monopolizado en sus manos los capitales y la propiedad. Nuestra divisa es: «Justicia ante todo y para con todos».

Pero si es justo que el hijo del pueblo pueda aprender un oficio, ¿es justo que lo haga en detrimento de aquel mismo, es decir, del obrero? No, evidentemente. Pues bien, aquí está el nudo de la cuestión. Actualmente, en muchas profesiones, ocurre con los aprendices como con las máquinas, que, al funcionar exclusivamente en provecho de los patronos, perjudican a los trabajadores; es decir, la máquina suprime brazos, y los aprendices, después de haber aprendido bajo la mirada y con los consejos de los compañeros, hacen el trabajo a un precio inferior al que exigen los obreros formados. Ese es el mal de que se queja el obrero.

Para nosotros, esta cuestión del aprendizaje no encontrará su solución definitiva más que en la solución de otra cuestión que figura igualmente en el orden del día del presente Congreso: nos referimos a la enseñanza integral, que comprende la enseñanza completa y simultánea de las ciencias y de los oficios. Aparte de la enseñanza mutua, otra solución de esta cuestión de los aprendices reside quizá en la generalización de las asociaciones de producción, asociaciones en las que los aprendices, en lugar de constituir un beneficio para el patrono como hoy, trabajarían por cuenta de los trabajadores asociados, del mismo modo que la máquina, que hoy constituye igualmente una ventaja para el patrono, funcionaría igualmente para los trabajadores asociados. Pero, entretanto, ¿no podrían las sociedades de resistencia llegar a una solución completamente actual e inmediata de esta cuestión?

¿No se podría conseguir que el patrono contara el trabajo del aprendiz como si lo hubieran hecho los obreros? Estos, después de pagar al aprendiz lo que le corresponde, ingresarían la diferencia en beneficio de la sociedad de resistencia. En varias profesiones está ya en uso un sistema análogo. Citemos como ejemplos a los cigarreros, que tienen cada uno un aprendiz a su cargo, y a los sastres, que tienen una expresión muy particular para calificar el suyo: lo designan con el apodo de *buey*.

Si pudiera admitirse este sistema, resultaría evidentemente que el obrero, no teniendo ya que temer la competencia del aprendiz, dedicaría más tiempo a indicarle la manera de ejecutar el trabajo y acabaría muy probablemente por hacer de él un trabajador más perfecto que los que salen de la organización actual. Sería, pues, a la vez una ventaja para el compañero y para el aprendiz.

Para terminar sobre este punto, concluimos: 1.º que la huelga hecha con miras a oponerse sistemáticamente a toda introducción de aprendices no es legítima; 2.º que la huelga hecha con miras a oponerse a la introducción de aprendices que vienen a hacer a bajo precio la faena de los obreros puede considerarse legítima, pero que entonces se trata, no obstante, de buscar una combinación que permita al hijo del pueblo aprender su oficio sin lesionar los intereses del obrero formado.

En cuanto a las huelgas que tienen como fin aliviar un trabajo embrutecedor de quince a dieciséis horas diarias, que mata literalmente al trabajador en su cuerpo y en su inteligencia, y en cuanto a las que tienen por objeto la supresión de reglamentos que atentan contra la dignidad, o recordar a los patronos sus compromisos, u oponerse a la coalición de los amos contra el derecho de asociación del trabajador, ¿quién se atrevería a impugnar su perfecta legitimidad y su alta moralidad? En ese caso, el cese del trabajo no nos parece solo un derecho: es un deber.

La huelga puede, pues, ofrecer ventajas incontestables; creemos haberlo demostrado suficientemente. Pero, a nuestro juicio, las huelgas deben someterse a ciertas condiciones, no solo de justicia o de legitimidad, sino también de oportunidad y de organización. Así, en cuanto a la cuestión de oportunidad, es fácil comprender que tal estación, por ejemplo, puede ser más favorable que tal otra para el éxito de la huelga. En cuanto a la cuestión de organización, creemos que la huelga debe ser conducida por sociedades de resistencia. Sin ello, aun siendo a veces necesarias, las huelgas correrán sin cesar el riesgo de ir en contra de los intereses de los trabajadores y deberán casi siempre desembocar en disturbios, a los que, con intención malévola, se da más vulgarmente el título de motines.

¿Y cómo podría ser de otro modo? La ley prohibía a los trabajadores reunirse en torno a los establecimientos donde ha cesado el trabajo, y como los obreros no han podido ponerse de acuerdo de antemano para elegir delegados que reúnan las cualidades que requiere una gestión ante los patronos (es decir, la corrección, el saber estar que da no la instrucción, sino la educación, la perspicacia y la firmeza de carácter que son el resultado del conocimiento del derecho y de la justicia), los obreros, decimos, se concentrarán frente a los establecimientos o a la casa del patrono y formarán, se haga y se diga lo que se quiera, una reunión tumultuosa que los patronos no querrán escuchar. De ahí las persecuciones; en una palabra, la represión, que con una sabia organización de sociedades de resistencia se podría evitar fácilmente. Eso es lo que han comprendido los mineros de la cuenca de Charleroi: después de haberse dejado arrastrar tantas veces a huelgas no organizadas y, por consiguiente, al motín, acaban de entrar resueltamente en un camino nuevo, es decir, en la creación de sociedades de resistencia, y la cuenca de Charleroi se cubre ya de esa clase de sociedades.

La huelga sin sociedad de resistencia ofrece además numerosos inconvenientes y grandes injusticias desde el punto de vista de la reciprocidad y de la dignidad. En efecto, sin organización, ¿dónde puede residir la certeza de ver, en caso de huelga por parte de una categoría de trabajadores que haya contribuido a sostener una huelga de otra categoría, la certeza de ver, decimos, establecerse esa mutualidad de una manera justa y equitativa?

Hacer la huelga fuera de la sociedad de resistencia es querer emprender una lucha desigual; los patronos, como son poco numerosos, favorecidos por la fortuna y protegidos por el poder, se entenderán siempre fácilmente. Es, en una palabra, hacer la guerra sin táctica ni municiones.

Sin embargo, que nadie se engañe sobre el alcance de nuestras palabras: a pesar de todo lo que acabamos de decir contra la huelga no organizada por una sociedad de resistencia, sostenemos que es justa, legítima y necesaria cuando el empleador viola los convenios, y que entonces puede intentarse pese a las probabilidades de fracaso. ¿No es siempre grande y hermoso ver al esclavo protestar contra medidas bárbaras e inhumanas? ¿Y qué medida puede ser más bárbara y más inhumana que la que consiste en recortar sin cesar la ración de quienes ya no viven más que de privaciones?...

Ante la mínima cuantía de los salarios en ciertas industrias (en las grandes manufacturas y en las minas de carbón, por ejemplo), ante la gran centralización de los capitales, que hace que los capitalistas estén allí en coalición permanente para reducir a los trabajadores al último extremo, ante el capital enorme que necesitarían esos trabajadores para explotar por sí mismos vastas fábricas o minas de carbón, y en ausencia de toda organización del crédito que pudiera facilitar la creación de asociaciones de producción en esas industrias, preguntamos: ¿qué otra arma que la huelga, aunque sea sin organización, se ha dejado a esos proletarios contra la baja indefinida del salario? ¿Vale más que mueran de hambre en el trabajo sin dejar escapar un grito de indignación y sin hacer ningún esfuerzo por levantarse? Pues bien, aunque se probara como que dos y dos son cuatro que en ese caso la huelga no puede dar a los trabajadores ninguna mejora, al menos habría que aceptarla como la protesta suprema del desheredado contra los vicios de nuestra organización social.

Dijimos al comienzo de este informe que la huelga puede ser útil y necesaria; que, por consiguiente, somos partidarios de las sociedades de resistencia, con miras a dar a las huelgas medios y una dirección sabia y enérgica. Sí, a pesar de nuestro deseo y de la certeza que abrigamos de ver un día el orden social completamente transformado, es decir, sustituida la explotación del hombre por el hombre por el cambio igual entre los productos y la reciprocidad entre los productores, sostenemos que es necesario establecer sociedades de resistencia mientras existan categorías de trabajadores cuya emancipación completa es hoy imposible. Por ejemplo, los mineros, cuyo instrumento de trabajo o materia prima apenas puede adquirirse; los peones de tierra, que necesitarían capitales enormes para efectuar su transformación, etc. Sostenemos además esa necesidad porque, aun fundando asociaciones de producción, cada una de las diferentes profesiones necesitará, con la organización actual del crédito, mucho tiempo antes de poder adquirir los instrumentos de trabajo que podría requerir el empleo de muchos brazos, y porque, durante el tiempo que se tardara en crear los capitales indispensables, los explotadores podrían reducir el salario de tal manera que el trabajador, en lugar de poder ahorrar lo necesario para su aportación de fondos, caería en la situación de un hombre que no sabe hacer frente a sus compromisos.

La sociedad de resistencia es necesaria además porque inspira cierto temor al explotador. Este, cuando no está más o menos seguro de triunfar, se guardará mucho de infringir los convenios, sabiendo que perdería autoridad en caso de fracaso de su tentativa arbitraria. Esta observación es tan cierta que puede aplicarse a los explotados. En efecto, los trabajadores que se ven obligados a reanudar el trabajo que primero habían rechazado porque su precio iba a disminuirse sienten mucho mejor la autoridad que ejerce sobre ellos el explotador desdeñoso cuando la necesidad los obliga a volver, con las orejas gachas, a ese presidio que debería ser, para el hombre laborioso, un lugar de felicidad y de satisfacción, puesto que de él salen la vida, la riqueza y el bienestar.

La sociedad de resistencia es de una necesidad incontestable mientras dure la explotación del hombre por el hombre, mientras los ociosos detraigan lo que sea del trabajo ajeno. Es necesaria no solo por lo que hemos dicho, sino también porque solo gracias a ella los patronos y los obreros sabrán con quién tratan en la persona de quien viene a pedir trabajo. La asociación da a cada uno de sus miembros un certificado de moralidad y de honradez. El patrono y el obrero sabrán que la asociación no conserva en su seno más que trabajadores exentos de toda mancha.

Una de las causas de la baja constante del precio de la mano de obra, la señalamos también, es que los trabajadores desocupados van de casa en casa ofreciendo sus brazos, y dan así al explotador la idea de que hay una abundancia de hombres sin trabajo mayor de la que realmente hay. Con la asociación, las peticiones de obreros deberían hacerse directamente a los comités, que podrían además no enviar obreros más que allí donde se deja sentir la necesidad.

Por último, aparte de su utilidad para las huelgas, la colocación de los trabajadores, etc., la sociedad de mantenimiento de precios es útil también por una de las instituciones complementarias que debe contener: nos referimos a la caja de seguro contra el paro, complemento indispensable de la caja de resistencia propiamente dicha. En efecto, si es necesario que la asociación reúna fondos para atender a la existencia de sus miembros en los casos de huelga, es decir, de paro a consecuencia de un litigio con los patronos, es por lo menos útil que haga otro tanto para los casos de paro imprevistos, debidos a crisis industriales más o menos pasajeras.

Si las huelgas, para triunfar, necesitan ser hechas y dirigidas por sociedades de resistencia, a su vez las sociedades de resistencia no serán serias más que cuando estén todas federadas, no solo dentro de un oficio y de un país, sino de país a país y de oficio a oficio: de ahí la necesidad de una federación internacional.

No estará fuera de lugar dar aquí una palabra de explicación sobre este asunto. Así, se comprenderá fácilmente que una sociedad de resistencia, aun habiendo conseguido en una localidad atraerse a todos los obreros de una misma profesión, no habrá hecho nada estable y saludable hasta que el patrono no pueda encontrar ni en las localidades vecinas, ni en el país, ni en el exterior, los trabajadores que pueda necesitar para reemplazar a los que hayan suspendido el trabajo por una causa legítima. Ya, sin hablar de las *trade unions* (sindicatos ingleses), entre las cuales la federación existe desde hace mucho tiempo, buen número de oficios han comprendido la necesidad de federarse de una ciudad a otra dentro de un mismo país; citemos, en Bélgica, las asociaciones tipográficas, que se han federado todas con la Asociación Libre de los Cajistas-Tipógrafos de Bruselas; citemos también a los carpinteros, que acaban de entrar muy recientemente en ese camino. El mismo motivo que ha impulsado a las sociedades de resistencia de un mismo oficio a entenderse entre sí las impulsará a entenderse con los demás oficios. Es lo que ha comprendido la federación de los carpinteros de Bruselas, de Amberes, de Pepinster, etc., que está afiliada en bloque a la Internacional, y es lo que han comprendido desde hace mucho tiempo las sociedades tipográficas de Suiza, afiliadas igualmente en bloque.

Pero que nadie se equivoque: los patronos tienen todavía un medio de salir del paso, al que la federación puede poner fácilmente obstáculo; ese medio consiste en hacer confeccionar fuera lo que no se ha conseguido hacer confeccionar en el país. En ese caso, las asociaciones federadas podrían negarse a ejecutar el trabajo, sabiendo que por parte de los patronos eso no puede ser más que un arrebato que durará muy poco. Decimos arrebato porque a nadie se le puede ocurrir pretender que un producto suministrado en esas condiciones pueda hacer la competencia al trabajo en general. Basta para ello pensar en los gastos de toda clase que acarrearía semejante sistema.

Aparte de lo que acabamos de señalar, puede haber algo serio en esa manera de hacer trabajar en el exterior. Es cuando los explotadores eligen los lugares donde la mano de obra se da a precios excesivamente bajos. También ahí será la federación, y nada más que la federación, la que podrá remediar el mal, haciendo que, tarde o temprano, el trabajo se pague en todas partes a un precio poco más o menos uniforme. Es decir, que se trata de llegar a cierta proporcionalidad entre la tasa de los salarios en un país cualquiera y el precio de los víveres en ese mismo país.

Hay además otras razones que deben inducir a las asociaciones a la federación internacional; para demostrar su necesidad nos limitaremos simplemente a citar solo dos hechos de los que harán bien en penetrarse los trabajadores: cuando los broncistas de París tuvieron que abandonar su trabajo porque sus patronos les habían exigido la disolución de su asociación, los obreros no vencieron esa pretensión más que con la ayuda de sus hermanos los ingleses; 20.000 francos salieron de Londres y obligaron a los patronos franceses a arriar bandera.

A su vez, los obreros de Ginebra salieron triunfantes de la lucha emprendida contra los empleadores porque los obreros de Francia, de Inglaterra, de Alemania y de Italia acudieron en su socorro. Como la Asociación no estaba todavía más que en sus comienzos, las cosas no pudieron hacerse según las reglas estrictas de la solidaridad organizada; así pues, las diferentes secciones de la Asociación Internacional de los Trabajadores organizaron una vasta suscripción, y la oficina de París, por sí sola, reunió en quince días una suma de 10.000 francos, en la que una sola sociedad obrera, la de los obreros tipógrafos, figura con 2.000 francos. Ese dinero contribuyó sin duda a dar la victoria a los obreros de Ginebra.

Estos dos hechos bastarán, creemos, para demostrar la necesidad de la federación internacional.

En cuanto a la última propuesta, que se refiere al consejo de arbitraje, se presentan a nuestro espíritu dos modos. Es ante todo, y naturalmente, el que estaría constituido mitad por personas pertenecientes a la burguesía o clase explotadora y mitad por obreros o explotados. Como esas dos clases de hombres están interesadas en el litigio, es necesario que cada una de ellas encuentre en él a su defensor o su representante. Pero veamos hasta qué punto ese modo presenta, para una de las dos partes, las garantías de imparcialidad sin las cuales ningún juicio podría dictarse según la equidad. Un consejo de arbitraje constituido de esa suerte nos parece la contrapartida de lo que hoy se llama los consejos de *prud'hommes*,[^A44] y ya se sabe cómo se dictan en ellos los fallos. Esos consejos están presididos de ordinario por un patrono, que ejerce sobre la reunión cierto ascendiente por la facilidad de palabra y por la posición que ocupa en la sociedad, es decir, por su independencia personal.

Notemos que la influencia que acabamos de atribuir al presidente, aparte de la que le da la presidencia, existe para todos los demás miembros de su categoría; nadie, estamos seguros, negará el prestigio que ejercen sobre gran parte de nuestros hermanos, siempre a merced de los que detentan los instrumentos de trabajo y el capital, las cualidades que hemos atribuido al presidente. Uno de los medios poderosos de esos señores consiste, ante todo, cuando están reunidos con obreros, en invitarlos a especies de banquetes donde uno se permite el consumo de vino; como el trabajador no puede permitirse ese lujo con su mísero salario, la cuenta la pagará el capitalista, como bien puede pensarse. Lo que señalamos no es nada en comparación con lo que queda por decir sobre la dependencia de los obreros respecto de los patronos; estos, estrechamente ligados por diferentes razones que sería superfluo enumerar, podrían tener en cuenta al obrero de carácter sus veleidades de independencia cuando la necesidad, es decir, la falta de trabajo, le obligara a ir a solicitar a casa de uno de ellos un empleo cualquiera. Lo que no sería menos peligroso sería confiar el juicio a jefes de taller que, salvo honrosas excepciones, no son con demasiada frecuencia, como se dice vulgarmente, más que pelotilleros que procuran hacer disminuir el salario de los obreros para ver aumentar sus propios sueldos.

No queda, pues, a nuestro juicio, más que un modo de creación de un consejo de arbitraje, que nos hacemos un deber en someteros.

La Federación, sección de Bruselas de la Asociación Internacional de los Trabajadores, al establecer en su seno un Consejo Federal (que no puede dejar de establecerse en cada una de las secciones de dicha Asociación), nos ha sido de una utilidad incontestable para la idea que vamos a emitir sobre la organización del consejo que es objeto de nuestro estudio. En efecto, fundando un Consejo Federal por medio de tres delegados de cada una de las corporaciones, como se practica en la Federación, será fácil encontrar en esa reunión de hombres los elementos necesarios para constituir el consejo de arbitraje cuya utilidad reconocemos tanto como su necesidad.

Si el Consejo Federal está y debe estar en condiciones de juzgar la necesidad y la oportunidad de las huelgas que surgen a propósito de una baja de salario, no podría ocurrir lo mismo con una multitud de litigios que pueden producirse, ya entre patronos y obreros, ya entre obreros solamente.

Podríamos extendernos aquí sobre todo acerca de los deberes de los obreros para con los aprendices, pero eso nos llevaría a explicaciones demasiado largas. En todos los casos, en fin, en que el Consejo Federal deba retirarse para dejar sitio al consejo de arbitraje, los miembros del Consejo Federal podrían designar para formar parte del consejo de arbitraje a un miembro de cada una de las delegaciones que componen su Consejo; y, cuando los miembros que constituyen el consejo de arbitraje no llegaran a un acuerdo sobre una decisión que tomar o sobre la legitimidad de un acto que realizar, les quedaría el recurso supremo de agregarse tres, cinco o siete de esos trabajadores que se llaman independientes, es decir, ciudadanos que no son ni patronos ni obreros asalariados, sino obreros que trabajan por su propia cuenta. Estos últimos, a causa de su independencia relativa respecto de unos y otros, serían considerados como terceros árbitros y zanjarían definitivamente la cuestión que hubiera podido dividir al consejo de arbitraje.

Por último, diremos para terminar este asunto que, si somos tan grandes partidarios de las sociedades de mantenimiento de precios, como se dice en Bélgica, de las sociedades de resistencia, como se dice en Francia, de las trade unions, como se dice en Inglaterra, no es solo por las necesidades del presente, sino también por el orden social del porvenir. Expliquémonos: no consideramos únicamente esas sociedades como un paliativo necesario (notad que no decimos como remedio); no, nuestras miras son mucho más altas. Desde el fondo de este caos de lucha y de miseria en que nos agitamos, elevamos nuestra mirada hacia una sociedad más armónica y más feliz. Entonces vemos en esas sociedades de resistencia los embriones de esas grandes compañías obreras que reemplazarán un día a las compañías de capitalistas que tienen a sus órdenes legiones de asalariados, al menos en todas las industrias donde se pone en juego la fuerza colectiva y donde no hay término medio entre el salariado y la asociación. Ya en las principales huelgas que han estallado en estos últimos años empieza a dibujarse con bastante claridad una tendencia nueva: la huelga debe desembocar en la sociedad de producción. Ya se dijo con ocasión de la huelga de la Asociación de los Carpinteros de Gante, de los Carpinteros y Carpinteros de armar de Gante, como con ocasión de la huelga de los sastres de París. Y se hará, porque está en la lógica de las ideas y en la fuerza de las cosas. Es inevitable que los trabajadores lleguen a hacerse este pequeño razonamiento: «Pero mientras estamos en huelga, porque los patronos se niegan a atender nuestras reclamaciones, los consumidores están ahí pidiendo a voz en grito los productos de nuestra industria; puesto que nuestra inactividad no procede de la falta de demanda, sino solo de la obstinación de nuestros patronos, ¿por qué no trabajaríamos directamente para el público? El dinero que nuestra caja gasta en mantener a los trabajadores desocupados a causa de la huelga podría dedicarse a la compra de la materia prima y del herramental». Una vez comprendida esa idea, se realizará muy pronto.

Solo que hay que observar (y es un punto importante) que esas asociaciones de producción que resultarán de la transformación de las sociedades de mantenimiento de precios no serán de esas asociaciones mezquinas como la mayoría de las que existen actualmente; estas últimas, excelentes como ejemplo y como enseñanza, lo admitimos, no nos parecen tener realmente ningún gran porvenir social, ningún papel que desempeñar en la renovación de la sociedad, porque, compuestas solo de unas pocas individualidades, no pueden conducir, como dice el doctor Büchner[^A-cr2][^A54], más que a crear, junto a la burguesía o *tercer estado*, un *cuarto estado* que tendría por debajo de sí un *quinto estado* más miserable que nunca. Por el contrario, las asociaciones productoras surgidas de las trade unions abarcarán oficios enteros, invadirán la gran industria y formarán así la *corporación nueva*: corporación que los economistas burgueses confundirían de buena gana (lo sabemos) con la antigua maestría, aunque esta estuviera organizada jerárquicamente, fundada en el monopolio y el privilegio y limitada a un cierto número de miembros (igual que nuestras pequeñas asociaciones de producción actuales), mientras que la primera estará organizada igualitariamente, fundada en la mutualidad y la justicia, y abierta a todos.

Ahí se nos aparece el porvenir real y positivo de las trade unions, porque la huelga, lo confesamos, no es útil más que a título provisional; la huelga perpetuada sería la eternización del salariado, y nosotros queremos la abolición del salariado; la huelga perpetuada sería la lucha sin tregua ni fin entre el capital y el trabajo, y nosotros queremos, no precisamente lo que en nuestros días se ha llamado la asociación del trabajo y del capital (combinación híbrida en virtud de la cual el capitalista, que adelanta los fondos, se entiende con obreros para eliminar al patrono, sin dejar de sacar intereses y dividendos del trabajo), sino la absorción del capital por el trabajo; porque el capital, siendo trabajo acumulado que no debe tener más que un simple valor de cambio igual al valor del trabajo que ha costado, no puede entrar en cuenta, por ello mismo, en el reparto de los productos; producto del trabajo, el capital no puede ser sino propiedad del trabajador; no puede ser su asociado.

Entonces, al hacerse esa transformación de las sociedades de resistencia no solo en un país, sino en todos, o al menos en los que están a la cabeza de la civilización; en una palabra, al intervenir todas esas asociaciones de todos los países federadas, primero para la lucha, y al aprovechar esa federación para aplicarla al cambio recíproco de los productos a precio de coste, el cambio mutuo internacional reemplazará a la vez al proteccionismo y al librecambio de los economistas burgueses. Y al coincidir esa organización universal del trabajo y del cambio, de la producción y de la circulación, con una transformación inevitable y necesaria de la organización de la propiedad territorial y, al mismo tiempo, con una transformación intelectual que tenga como punto de partida la instrucción integral dada a todos, la regeneración social se habrá operado en el doble dominio material y mental. Y, basada en adelante en la ciencia y en el trabajo, en lugar de estar basada, como hoy, en la ignorancia y en la dominación del capital, la humanidad, avanzando de progreso en progreso en todas las ramas de las artes, de las ciencias y de la industria, cumplirá pacíficamente sus destinos.

**Tartaret**, de París. — Me declaro partidario de las ideas emitidas por De Paepe en su informe, pero hace observar que su aplicación debe ajustarse a los medios prácticos de cada país. Establece que en derecho los trabajadores deben encontrar en el producto de su trabajo no solo la satisfacción de sus necesidades más imperiosas, sino también un excedente que les permita aprovechar la instrucción que tanto necesitan para su emancipación; hay, pues, que buscar los medios de garantizar nuestro salario. El patrono, que tanto cuidado pone en el animal y en la herramienta que emplea para su explotación, apenas se preocupa del obrero, y, sin embargo, ¿merece la herramienta humana menos miramientos que el caballo o que la máquina?

¡Se opone a las reclamaciones del productor su pretendida incapacidad, sus defectos! Pero, con las cualidades que se nos exigen, ¿cuántos patronos hay que serían dignos de ser obreros?

Sin duda la huelga es deplorable desde el punto de vista económico, pero es necesaria, porque permite al trabajador defender no solo su salario, sino también y sobre todo su dignidad, y le da además una garantía contra el uso de materias primas nocivas; ¡tenemos, pues, que ocuparnos de su aplicación! En Francia, aunque el acuerdo previo esté prohibido por la ley, los esfuerzos intentados por algunos obreros para extender los beneficios de la solidaridad han obtenido ya algunos resultados; incluso han influido de manera bastante notable en la supresión del artículo 1781 del Código Napoleón,[^A45] que creaba una desigualdad entre el patrono y el obrero. Pero para dar a su acción la seguridad deseable ha habido que esforzarse por volver a la legalidad, y de ahí ha surgido la idea de las cámaras sindicales, llamadas a reemplazar a los *prud'hommes*, con demasiada frecuencia incompetentes para decidir en los conflictos que se les someten, y que garantizan al obrero derechos idénticos a aquellos de que los patronos gozan desde hace mucho tiempo. Esta idea, basada en un principio de igualdad incontestable, ha sido aceptada por los ministros franceses. La cámara sindical puede prestar al trabajador los mayores servicios: no solo garantiza el mantenimiento de su salario, sino que además está llamada a ejercer una gran influencia moral en las cuestiones de educación profesional, de máquinas, etc., y prepara la emancipación de los trabajadores.

**Catalan**, de Ginebra. — Es bien evidente que las huelgas son tan perjudiciales para el obrero como para los demás miembros de la sociedad, puesto que interrumpen la producción. Pero también hay que decirse que, por el momento, es uno de los únicos medios, por no decir el único, que tiene el obrero para hacer oír sus reclamaciones y conseguir que se atiendan; y, puesto que ese medio es el único, no podemos permitir que se impugne la legitimidad de la huelga.

La cuestión, para mí, no está ahí: está en saber en qué circunstancias puede producirse la huelga con más éxito.

El ejemplo de lo que ocurrió en Ginebra con ocasión de la huelga de los obreros de la construcción puede servirnos de criterio. En Ginebra nos encontramos con cerca de 3.000 obreros en la calle durante quince días. Tuvimos asambleas populares muy numerosas y muy apasionadas; los organizadores de la huelga pudieron incluso actuar en la calle para la creación y el mantenimiento de la resistencia sin que se produjera ninguna colisión violenta con la autoridad. Y, al fin y al cabo, los obreros de la construcción obtuvieron una hora de reducción del trabajo y un aumento de salario.

Si, a pesar de la gravedad que revisten entre nosotros las luchas públicas, no hemos tenido que lamentar ninguna desgracia; si, por el contrario, la huelga ha producido una mejora real en la suerte de los obreros de la construcción, es porque nuestras instituciones políticas garantizan a todos los ciudadanos por igual los derechos de reunión, de discusión y de prensa, y permiten incluso la acción en la calle, acción sin violencia, pero eficaz.

Mientras que en otros países, donde esas instituciones no son las mismas, donde la libertad no existe y donde se niega a los obreros la igualdad de derechos, ocurre a menudo que la huelga queda sin efecto, cuando no sirve a los gobiernos de la burguesía de pretexto para carnicerías humanas, como acaba de ocurrir en Charleroi.

De donde concluyo de nuevo que, en materia de huelgas como en materia de guerra, la reivindicación de las libertades políticas es de absoluta necesidad, y que no se ha hecho nada mientras esa reivindicación esté por hacer.

**Tolain**, de París. — Confirmo la observación hecha por Catalan sobre la declaración del Congreso de Lausana. En cuanto a la coalición que se imputa como crimen a los trabajadores, ¿no se encuentra en el estado social actual? La insolidaridad es tal que todos los intereses están en guerra: el campesino vive en la abundancia sin ocuparse del trabajador de las ciudades que muere de hambre, y recíprocamente; el uno es indiferente a la miseria del otro, e incluso se alegra de ella en algunas circunstancias; es, pues, contra esa insolidaridad contra lo que debemos luchar, y la resistencia nos ofrece actualmente los medios: es la transacción entre la organización actual y la organización futura.

La huelga es una coalición, se dice; ¿luego es condenable? Pero ¿por qué los industriales no la condenan igualmente entre banqueros, comisionistas y exportadores, que sin embargo pesan sobre todas las relaciones comerciales? La huelga es la guerra; pero, junto a la guerra mala, injusta, hay la guerra para defender los propios derechos, y esa es la guerra santa.

En cuanto a las cámaras sindicales apoyadas por un delegado de París, no les encuentra autoridad suficiente para hacer prevalecer su juicio; cree, pues, que sería preferible trabajar por la federación de las sociedades de resistencia y dejar a esa federación el cuidado de decidir el apoyo que deberían prestar a los trabajadores atacados, cuando una investigación hubiera justificado el valor de su reclamación.

**Graglia**, de Ginebra. — No tomo la palabra más que para ocuparme de los medios prácticos. Sobre la cuestión que tratamos en este momento, permitidme desarrollar el informe que he presentado. Las secciones de Ginebra creen que, propagando lo más que podamos las cajas de previsión, doblaríamos nuestras fuerzas; y nada nos sería más fácil que asociarnos, aun reconociendo a cada una de las cajas de resistencia su autonomía.

Me explico: lo que querríamos es que en cada ciudad, en cada pueblo, en fin, en todas partes donde hubiera secciones de la Internacional, estas se formaran en grupos para poder, en un momento en que se quisiera atacar a una o varias secciones, estar siempre en posición de resistir con probabilidades de éxito. Digo más: si estamos unidos desde ese punto de vista, las huelgas serán imposibles, porque los patronos no podrán sostenerse contra una organización semejante. Y ahora, si nos quedamos sin organización, ¿qué ocurrirá? Que los patronos se asociarán, como ya lo han hecho en Ginebra.

Permitidme daros algunos detalles sobre nuestra última huelga, la de Ginebra. Los obreros de la construcción, después de tener algunas entrevistas entre ellos, resolvieron enviar una propuesta a sus jefes de taller, haciéndoles saber que su situación se volvía demasiado difícil; les pedían que se entendieran con ellos. Los obreros enviaron cuatro cartas; los patronos no respondieron. Después de eso, dos secciones, los obreros albañiles y canteros y los carpinteros de armar, se declararon en huelga. ¿Qué hicieron los patronos? Declararon también la guerra a los obreros, y seis días después decidieron cerrar todos sus talleres. Así, ya lo veis, no tardaron mucho en entenderse para resistir a las justas reclamaciones de los obreros.

Que se tenga cuidado, porque, si no queremos ser explotados todavía más, hay que ponerse a la obra sin demora: no dentro de un año, no dentro de un mes, sino hoy mismo. Que cada delegado, al volver a su casa, haga todo lo que pueda para propagar el principio de solidaridad.

Compañeros, estad seguros: si nosotros no queremos asociarnos, los patronos se asociarán, como ya lo han hecho en Ginebra.

No creáis que la solidaridad no existe entre ellos.

Termino, compañeros: dígase lo que se quiera, solo la solidaridad puede mejorar nuestra situación; sin la solidaridad no haremos absolutamente nada. La huelga de Ginebra triunfó porque la burguesía creía que recibíamos fondos considerables de Inglaterra, de Francia y de Bélgica. Pero tened cuidado: podríamos no tener siempre tanto éxito.

**Shaw**, de Londres. — En el 7.º informe anual de la Sociedad Unida de Carpinteros y Ebanistas, de diciembre de 1865 a diciembre de 1866, he escogido un ejemplo para dar una idea de la remuneración del trabajo:

En Market Drayton, nuestros camaradas trabajan 61 horas por semana, por las que reciben 20 chelines (25 francos); en Oldham trabajan 52 horas por semana por 1 libra y 9 chelines (36,25 francos). Unos reciben, pues, 4 *farthings* (20 céntimos) por hora; los otros, 6 3/4 *farthings* (33 céntimos); unos, 3 chelines y 4 *farthings* (3,95 francos) por día; los otros, 4 chelines y 10 *farthings* (5,50 francos); eso supone una diferencia en favor de Oldham de 2 3/4 *farthings* (13 céntimos) por hora, 1 chelín y 6 peniques (1,85 francos) por día, 9 chelines (11,25 francos) por semana con nueve horas menos de trabajo, o una diferencia de tiempo y de dinero que asciende a 14 chelines (17,50 francos) por semana.[^A46]

**Brismée**, de Bruselas. — No basta con que el obrero se gane la vida y llegue, como quiere Tartaret, a tener algunos ratos libres para instruirse. Hace falta incluso que, como el patrono, esté en condiciones de formarse un pequeño peculio para poder comer cuando ya no esté en condiciones de ganarse la vida.

Querría también que no se confundieran las palabras centralización y federación. La primera es el arma del despotismo; la segunda es un contrato concluido entre hombres libres. Con ella se pueden obtener buenos resultados.

Querría que los miembros de las sociedades de resistencia, en lugar de colocar sus fondos al 3 o al 4 por ciento en cajas de burgueses que les hacen producir el 10 o el 12 por ciento, se sirvieran de ellos para facilitar el desarrollo de las sociedades de consumo y de producción. He dicho también de consumo, porque no me parece menos útil librarse de la explotación de los tenderos que de la del patrono.

**Dupont**, de Londres, lee el siguiente extracto de la reseña del congreso de Ginebra:

*Sigue en el acta el texto del punto 6 de las instrucciones del Consejo Central al Congreso de Ginebra («Sociedades obreras (trade unions): su pasado, su presente, su porvenir»), redactadas por Karl Marx; véase [Instrucciones para los delegados del Consejo Central Provisional, 6](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1866%20Instrucciones%20para%20los%20delegados%20del%20Consejo%20Central%20Provisional#6-los-sindicatos-su-pasado-su-presente-y-su-futuro).*[^A47]

**Dupont** añade:

La sociedad actual está compuesta de dos clases: el capitalista y el productor. El capitalista, que posee el poder social, explota sin descanso al trabajador. Esa hostilidad produce la guerra social. En esta situación, el trabajador no se defenderá de las invasiones del capital más que por la resistencia. Uno de los medios más eficaces es la huelga, arma terrible, es verdad, pero no de doble filo, como se ha dicho, porque todos sus golpes caen sobre el capital. Consideramos la huelga no solo como un arma, sino también como el mejor medio de organizar las fuerzas de la clase obrera. Porque, además del lazo de solidaridad universal que establece, los obreros se preparan para el ejercicio de sus derechos sociales y políticos y poseerán la forma más sencilla de administración el día en que estén lo bastante unidos para arrancar el poder social de las manos de los explotadores.

La huelga es también uno de los auxiliares del sistema cooperativo. La de los cesteros (*Basket Makers*) de Londres lo prueba. Los patronos habían ido a buscar con grandes gastos a obreros flamencos; pero, gracias a nuestra Asociación, estos comprendieron que combatían contra sí mismos y volvieron a Bélgica con indemnizaciones pagadas por las trade unions. Entretanto, los cesteros se constituían en sociedad cooperativa; los pedidos, que no podían ejecutarse en casa de los patronos, afluyeron a ella. Y ese éxito se debe incontestablemente a la huelga, gracias a la organización de los obreros en sociedad.

**Brismée** lee las siguientes resoluciones presentadas por la comisión:

Vistas las consideraciones expuestas en los informes elaborados por diferentes secciones de la Internacional, la comisión nombrada en la sesión administrativa de esta mañana para el estudio de la cuestión de las huelgas y de las sociedades de resistencia propone al Congreso la aprobación de las resoluciones siguientes:

*Sigue en el acta el texto de la resolución sobre las huelgas propuesta por la comisión, que es el de la resolución aprobada; véase [Resolución sobre las huelgas y las sociedades de resistencia](https://marxismo.school/archivo/congresos/1868%20Congreso%20de%20Bruselas%20%28I%20Internacional%29#resolucion-sobre-las-huelgas-y-las-sociedades-de-resistencia).*[^A48]

(Añadido propuesto por Graglia):

5. El Congreso recibirá cada año un informe sobre las cajas de resistencia, procedente de cada grupo o de cada sección, para darse cuenta de sus progresos.

Se levanta la sesión a las once.

## Octava sesión, en el teatro del Circo, miércoles 9 de septiembre

Se abre la sesión a las siete y cuarto.

Se lee y aprueba el acta de la sexta sesión.

**El presidente**. — Se da la palabra al ponente de la comisión de las máquinas.

**Steens** lee el informe de la sección de Bruselas:

### El efecto de las máquinas sobre la situación de los trabajadores. Sección de Bruselas

Las leyes que rigen la vida del hombre y de la sociedad son la transformación y la revolución.

En el universo, las transformaciones se operan por cataclismos; en la sociedad, por revoluciones, y en el hombre, por crisis. Cuando todo se descompone y las instituciones vacilan a nuestro alrededor, en vísperas de una transformación social que formulará los progresos parciales y sucesivos que la han precedido, el hombre que cree en el advenimiento del día de la justicia se debe por entero a la humanidad; debe profundizar en la ciencia, elemento iniciador de su emancipación moral y material, trabajar para resolver el problema del porvenir por el desarrollo integral de las fuerzas sociales y lanzarse a la refriega cuando la revolución, en sus demoliciones continuas, reclama su concurso. Tal ha sido, creemos, el móvil que ha guiado el genio de los grandes reformadores de las faenas embrutecedoras y de los trabajos manuales. Impotentes para hacer la felicidad de los hombres, la sociedad trata de demoler las instituciones opresivas de otra época y tiende a establecer la armonía de las necesidades y de las fuerzas.

Gracias a los conocimientos humanos, que escapan en nuestros días a toda compresión autoritaria y política, la vieja organización se desarregla.

De día en día la ciencia proyecta luces más vivas sobre los puntos más tenebrosos del problema social e impulsa la marcha irresistible del viejo mundo hacia su disolución.

Así, vemos extenderse la llaga social en razón directa de los inventos y de los descubrimientos; en efecto, ¿no observamos que las mejoras introducidas por la fuerza motriz del vapor, los telares mecánicos y el perfeccionamiento de las herramientas y de los mecanismos, aunque alivian las penas del trabajo, hacen bajar los salarios y dan lugar a crisis sucesivas y a perturbaciones periódicas?

Para formular un juicio más o menos neto sobre el bien y el mal que las máquinas ejercen sobre la situación del obrero, creemos que hay que considerarlas bajo el triple aspecto de las fases siguientes: su introducción en la industria; la época de transición; su papel en el porvenir.

La introducción de las máquinas en la industria manufacturera, comercial, agrícola y extractiva sembró el desconcierto en el viejo sistema del trabajo; el carácter de las manifestaciones a favor y en contra de las máquinas no dejó ninguna duda sobre la justa apreciación de los interesados. El antagonismo entre los monopolistas y los explotados, base del orden actual, se hizo más vivo y más encarnizado. Los explotadores, arrobados de admiración al calcular los inmensos beneficios que iban a realizar y la disminución considerable de sus gastos generales, colmaron de bendiciones al inventor de una maravilla tan propicia para sus especulaciones; los obreros, consternados al ver el vapor suplantar a la fuerza humana y las máquinas suprimir a millones de trabajadores, entregaron a la execración el genio infernal que agravaba su miseria en la sociedad presente, y a la destrucción esos instrumentos de luto y de explotación.

El porvenir justificó en parte esos gritos de alegría y esos ruidos de alarma. Patronos y obreros fueron conscientes del papel transformador de esos nuevos ingenios de producción y de consumo inmensos: el equilibrio se rompió y la crisis fue general.

Ahora bien, esas agitaciones y esas aprensiones, que removieron de la base a la cúspide el cuerpo social y sembraron la perturbación en el medio que se vio afectado, tenían su razón de ser.

Basta una cifra para dar a conocer la prodigiosa economía de brazos y de gastos que el empleo de la máquina de vapor permite realizar en las operaciones industriales de las que es el alma.

Según el señor Arago, un celemín de carbón quemado en la máquina de vapor de Cornualles produce el trabajo de veinte hombres que trabajan diez horas. Ahora bien, como un celemín de carbón cuesta unos noventa céntimos, el industrial puede reducir el precio de una jornada de hombre de diez horas a menos de cinco céntimos.

Tras semejante resultado, sorprende menos saber que, según estadísticas auténticas, las máquinas de vapor que existen hoy en Inglaterra reemplazan por sí solas el trabajo de treinta a treinta y cinco millones de obreros.

Esta simple exposición, clara, precisa e irrefutable, está por encima de todos los agravios de los obreros contra las máquinas. Demuestra hasta la última evidencia que, monopolizada en manos de los patronos, la máquina es el agente supremo de la prodigiosa y rápida elevación de su fortuna y la causa de la espantosa disminución del salario.

Lo que se añade a esos efectos desastrosos es que, a medida que las máquinas se perfeccionan, la competencia se redobla y se vuelve más desenfrenada. Los jefes de industria que no han adoptado la nueva máquina, o no han podido adquirirla, recurren a la rebaja de los salarios para sostener una lucha imposible, y obligan así al poseedor de la máquina perfeccionada a rebajarlos igualmente.

Esa es evidentemente una de las causas más alarmantes del pauperismo moderno y de la utopía de los motines tan fatales para el obrero.

¿Y esa competencia entre los poseedores de las viejas máquinas perfeccionadas no se extiende hasta las naciones? Durante mucho tiempo, Bélgica y Francia, ante la superioridad de las máquinas inglesas y de sus productos, y asustadas por la inmensa centralización de los capitales ingleses, gravaron con un derecho de entrada relativo los productos manufacturados de Inglaterra, para cerrarles toda salida en sus mercados. En nuestros días ese proteccionismo exclusivo existe todavía en parte, para mayor bienestar de nuestros especuladores y en detrimento de la prosperidad del trabajo.

Pero la supresión de algunos millones de brazos no entraña un peligro de muerte social inmediata. La crisis momentánea, intensa como era al aparecer el vapor en la industria, se conjuró a la larga gracias a una serie de compensaciones que el obrero, en sus primeros momentos de terror, no había previsto.

De las necesidades indispensables de las máquinas de vapor nació una reacción remuneradora. Industrias hasta entonces desconocidas vieron la luz; otras tomaron un impulso nuevo y rápido. Los ferrocarriles, la fabricación de mecanismos y de máquinas, la industria del hierro, la extracción hullera, etc., reclamaron en parte los brazos sacrificados por las máquinas de vapor; pero esas compensaciones no son más que ilusorias. Los mismos fenómenos estallan en esas industrias nuevas; allí como en todas partes, gracias a las máquinas, el asalariado sufre una disminución desproporcionada con sus necesidades.

En vano se esfuerzan los economistas por convencernos de que, con el concurso de las máquinas, se han introducido en pocos años mejoras incalculables en la suerte y en las condiciones de existencia de las clases pobres; de que la vida es más dulce y la faena menos agotadora, con el especioso pretexto de que los productos industriales de toda clase están a disposición de los menos favorecidos: vemos que los hechos cotidianos desmienten esas afirmaciones pretenciosas. Motines periódicos y frecuentes como no se vieron en ninguna época no tienen más que una sangrienta ironía para confundir semejantes afirmaciones.

Desde luego, desde la invención de las máquinas de vapor, la baratura está a la orden del día. Los productos del trabajo han bajado notablemente de precio: es una de las mejoras que invocan los economistas; seríamos felices si pudiéramos aplaudir semejantes resultados, si las leyes económicas no nos demostraran que es estrujando el salario, convertido en materia prima, como se establece la baratura y se mantiene la competencia.

Es, pues, un error absoluto afirmar que la abundancia de los productos y su precio ventajoso, en comparación con el pasado, constituyen un bienestar nuevo para el trabajador.

Lo verdadero es lo contrario, y basta la simple razón para demostrarlo. En efecto, ¿qué le importa al obrero la baratura de los productos de su trabajo, y qué satisfacción puede sacar de ella, si la rebaja del precio de los productos se deriva directamente de la rebaja de su salario? Evidentemente ninguna; su situación será incluso más precaria que nunca si la subida de los artículos alimenticios coincide con las disminuciones sucesivas que se imponen a su salario. Así pues, ¿cómo pretender que disfrute de la ventaja de la baratura de los productos si el salario apenas le basta para reponer las fuerzas que ha gastado en el trabajo? En una palabra, ¿cómo queréis que se vista convenientemente cuando no tiene con qué alimentarse? Después de eso, pretender, como quieren los economistas burgueses, que el obrero gana en el consumo lo que pierde en la producción es una broma amarga.

Sin embargo, a medida que el obrero avanza en la carrera, modifica sus impresiones primeras sobre sus temibles rivales, y sus terrores se calman con el progreso de las luces.

Se ha cumplido una revolución en sus ideas como en los hechos; iniciado hoy en los misterios de la renovación social, considera las máquinas desde el punto de vista de sus resultados en el porvenir; reconoce el gran alivio que han aportado a los trabajos más penosos con la inmensidad de sus recursos y de su fuerza; en fin, el obrero se retempla en la transformación nueva.

Es la huida del pasado hacia el porvenir; de suerte que esas crisis fatales y peligrosas engendradas por las máquinas en la época de las transiciones son fenómenos que aprovechan para el porvenir la experiencia del pasado.

El día en que las máquinas de vapor dejen de ser el monopolio exclusivo del capital y pasen, con todos los demás instrumentos de trabajo, a manos de los obreros constituidos en asociaciones agrícolas e industriales, ese día el trabajador estará emancipado, la paz concluida y la justicia reinará.

Destinadas en su origen al beneficio exclusivo de los patronos, esas gigantescas máquinas de la producción han ocupado su lugar, desde hoy, entre los medios saludables de precipitar la descomposición social; ejercerán una influencia extraordinaria en la prosperidad del porvenir; multiplicando en una proporción incalculable la suma de la riqueza pública, harán la vida más agradable y más dulce mediante una disminución amplia y constante de las horas de un trabajo que se habrá vuelto atractivo; el mal ya no existirá, una vez puestas las máquinas a disposición de todos, como fatal compensación de un bienestar perdido, y desde ahora mismo empujan ya a la emancipación integral del obrero.

**Fluse**, de Verviers, lee el informe de la sección de Lieja:

### Informe sobre los efectos de las máquinas sobre el salario y la situación de los trabajadores. Sección de Lieja

La sociedad considerada en su conjunto ganaría con la introducción de las máquinas, que le permiten producir más trabajo con el mismo número de brazos y en el mismo espacio de tiempo.

Pero el fenómeno ocurre en una sociedad compuesta de dos grupos en estado de antagonismo perpetuo, uno muy considerable, los explotados, el otro relativamente pequeño pero todopoderoso, los explotadores, entregados ambos a la competencia.

La introducción de una máquina en un centro industrial da siempre lugar al despido de cierto número de trabajadores que, al encontrarse sin recursos, se ven obligados a cambiar de oficio, cosa penosa a cierta edad, a vivir de la caridad pública o a morir de hambre y de las enfermedades que esta engendra.

Por lo demás, aun cuando consiguieran todos volver a encontrar trabajo inmediatamente, no sería sino ocasionando un excedente de brazos que, por la competencia, es siempre una causa de rebaja del salario para los demás trabajadores.

Podría objetarse que, como por la competencia los productos se venden más baratos, los obreros son los primeros en aprovechar la introducción de las máquinas.

Es fácil refutar ese argumento: los obreros sin pan difícilmente pueden aprovechar una baja que es siempre la menor posible y que no equivale a los salarios de que se les priva. Además, los productos fabricados son a menudo de los que el obrero no consume nunca.

La clase obrera no gana nada con esa baja, puesto que es ella sola la que soporta su coste y la mayor parte de los beneficios vuelve a sus explotadores.

Si, como afirman los economistas, los trabajadores aprovecharan siempre esa baja del precio de los productos, ocurriría necesariamente que, reemplazando en todas partes en cierta proporción a los obreros por máquinas, no podrían sino ganar con ello. Ahora bien, vemos, por el contrario, que en ese caso todos los obreros reemplazados correrían gran riesgo de morir de hambre o, por lo menos, verían aumentar su miseria.

Es verdad que, al cabo de cierto tiempo de baja, la demanda tiende por lo general a aumentar, pero ese fenómeno no se produce más que poco a poco y no llega a un resultado real sino mucho tiempo después.

Los obreros despedidos deberían, pues, esperar a menudo años antes de volver a encontrar trabajo y quedarían naturalmente entregados, sin medios de existencia, a la miseria más profunda.

Si la introducción de las máquinas ocasiona un despido considerable de trabajadores, se comprende que la esperanza de aprovechar un aumento de la producción se vuelve del todo quimérica, porque la miseria del gran número de consumidores impediría a esa producción tomar la extensión de que es susceptible.

En resumen, con la introducción de las máquinas hay, para los explotadores, adquisición de una fracción de los salarios por el despido de los obreros y la competencia que estos se hacen, rebaja de los precios de los productos que pueden comprar, aumento de beneficios por el aumento de la demanda; para los explotados, pérdida de una fracción de los salarios por el despido y la competencia de sus compañeros, disfrute parcial de la rebaja del precio de los productos, compensación parcial con el tiempo por un aumento de la demanda que la miseria del gran número retrasa.

Podemos, pues, concluir que en la sociedad actual la introducción de las máquinas es perjudicial para el gran número y favorable a la explotación de los trabajadores.

En una sociedad compuesta de asociaciones federadas y solidarias, en la que el capital, que representa el trabajo acumulado, no fuera una fuente de explotación, sino simplemente un auxiliar en el cambio, las máquinas, lejos de engendrar la miseria, aumentarían el bienestar de todos.

No pudiendo servir ya para explotar, representarían, como cualquier otro trabajo, un valor que el inventor obtendría vendiéndola a las asociaciones obreras federadas.

Estas sacarían de ella un provecho inmenso, que se traduce en menos horas de trabajo para ganar su jornal habitual y en la facultad de producir mucho más.

La introducción de máquinas e inventos nuevos se convertiría en el interés de todos los investigadores de genio, que, lejos de ser detestados por sus camaradas, serían alentados en todas partes y por todos.

El hombre privado de su pan, recompensado de sus sudores con la expulsión de los talleres, hacía mal en maldecir las máquinas: su odio y su cólera debían apuntar más alto.

La anarquía social es la causa del mal; la justicia en las relaciones sociales es su remedio.

Removamos, pues, el viejo mundo, pongamos fin a la explotación del hombre por el hombre.

El porvenir pertenece a los principios de solidaridad y de fraternidad, a la Internacional de los trabajadores.

**Delacour**, de París, lee el informe elaborado por los encuadernadores de París:

### De los efectos de las máquinas sobre los salarios y sobre la situación de los trabajadores

Las máquinas, al reducir la suma de esfuerzos necesarios para la producción, deberían tener como resultado la mejora de la suerte de todos. La actividad que aportan a la producción debe traer una reducción del valor del producto y, por consiguiente, ponerlo al alcance de un mayor número de consumidores, al mismo tiempo que la disminución de esfuerzos que trae consigo puede permitir una disminución de la faena exigida al trabajador.

Tal sería su efecto en una sociedad basada en el cambio igual de los productos.

En la sociedad presente, en la sociedad anárquica y de competencia en que vivimos, ocurre muy de otro modo. Como los medios de producción, los instrumentos, herramientas, máquinas, materias primas y capitales de toda clase están monopolizados en unas pocas manos, cada invención de nuevas máquinas viene a aumentar todavía más el poder del capital y a permitirle aplastar más al obrero que solo vive de su salario diario.

Hemos dicho que las máquinas debían hacer disminuir el valor del producto al reducir la mano de obra; ese resultado se obtiene por lo general cuando hay competencia entre los fabricantes: para hacerse con el mercado, bajan su precio de venta; pero, cuando la competencia no existe, en ciertas industrias en las que los fabricantes son dueños de la plaza, ya por una liga establecida entre ellos, ya por la abundancia de la demanda, entonces solo el capitalista aprovecha la máquina.

En el primer caso, cuando la competencia hace bajar los precios de venta, podría creerse, a primera vista, que esa baja va a ser provechosa para el obrero en su calidad de consumidor, puesto que le permitirá comprar el producto más barato.

Por desgracia, casi siempre los patronos abusan del mayor poder de acción que les dan las nuevas máquinas para bajar los salarios de los obreros, ya reemplazándolos por peones, ya haciéndolos pasar hambre con el paro.

En lugar de disminuir la faena de cada uno, como decíamos más arriba, reducen su personal, y, para no ser despedidos o después de haber sufrido algún tiempo de paro, los obreros aceptan con demasiada frecuencia una reducción de salarios.

Ante este orden, o más bien este desorden social, que pone a la mayoría de los ciudadanos a merced de unos pocos capitalistas y hace que solo estos últimos aprovechen todos los inventos del genio humano, cuando esos inventos no se vuelven en detrimento de los trabajadores; ante este estado social, debemos, nosotros, trabajadores, unirnos, solidarizarnos, no solo para defender nuestros salarios, sino también para exigir nuestra parte en cada progreso de la industria, aumentando nuestro salario y disminuyendo nuestra faena.

**El secretario Theisz** lee las conclusiones de la comisión del Congreso:

Considerando que la introducción de las máquinas siempre ha sido un medio de explotación del obrero en provecho del capitalista;

Considerando que las máquinas no prestarán verdaderos servicios hasta que estén en manos de los obreros;

Concluimos que solo por medio de las asociaciones cooperativas podremos llegar a un resultado práctico, a condición de que hayan desaparecido los obstáculos económicos.

**Lessner**, de las ramas alemanas de Londres. — Cuando se habla de máquinas, hay que ser circunspecto para no dar lugar a aplicaciones funestas. No es contra la máquina contra lo que deben rebelarse los obreros, sino contra la organización social que las pone en manos de un pequeño número de explotadores. Se habría podido creer que las máquinas se habían creado en provecho del obrero, cuyo tiempo de trabajo disminuirían. Ha ocurrido lo contrario. Hasta el punto de que la legislación inglesa ha tenido que intervenir.

El orador cita luego extractos de la obra de Karl Marx publicada el año pasado, *Crítica de la economía política*, en la que esta cuestión se trata a fondo.[^A49]

**Coulon**, de Bruselas. — Estamos todos de acuerdo, creo, sobre la importancia del papel que desempeñan las máquinas en la organización actual de la sociedad. En efecto, esos poderosos instrumentos de producción, destinados y llamados a prestar inmensos servicios, a acrecentar con menos trabajo y menos pena la suma de los productos, se encuentran, por el más odioso de los monopolios, en manos de los explotadores y traen un aumento de miserias y de sufrimientos entre los trabajadores.

Este estado de cosas debe tener un término; es una necesidad social que esos soberbios ingenios funcionen en provecho de todos; hoy es incontestable.

Los obstáculos que se oponen a la realización de ese principio son de diversa naturaleza: económica y política, no lo olvidemos. Por ese motivo propongo intercalar la palabra *política* en las resoluciones que nos presenta la comisión.

Todas las cuestiones son complejas; la emancipación del estómago debe marchar a la par con el desarrollo de la inteligencia, para que el ciudadano sea completo, libre y digno.

**Tolain**, de París, propone las conclusiones siguientes:

Considerando que la máquina no es otra cosa que una herramienta, un instrumento de trabajo;

Que este instrumento en sí mismo no puede ser puesto en causa, puesto que es un medio de aumentar la producción;

Que los diferentes informes constatan que el efecto desastroso que la máquina produce hoy no depende más que de las condiciones económicas que la Asociación tiene como fin cambiar;

El Congreso declara que sobre esta cuestión no tiene ninguna resolución que tomar.

Firmado: Tolain, Hins, Fontaine.

**Tolain**, de París. — No hay ninguna resolución que tomar porque, en una nueva organización, establecido el crédito mutuo, el salariado tenderá a desaparecer cada día y dará la herramienta al obrero. Las sociedades de resistencia pueden obtener transitoriamente algunos resultados, pero, ante todo, lo que hace falta es cambiar el sistema actual, y entonces, en lugar de ser un motivo de miseria para el trabajador, la máquina se convertirá en una causa de mejora y de progreso.

**Pellering**, de Bruselas. — Es una fatalidad que las máquinas hagan al principio daño al obrero; pero este no puede declararse contra lo que más tarde le será útil. Por ejemplo, es bien cierto que los ferrocarriles hacen vivir hoy a más trabajadores que antes.

Gracias a las máquinas, la producción se hace mayor y un número más grande puede usar los productos de la industria.

El orador concluye como Lessner: no contra la máquina, sino contra la organización social.

**De Paepe**, de Bruselas. — Para atacar esta cuestión hay, como para la cuestión de la guerra, dos medios: uno directo y otro indirecto. El primero consiste en que las sociedades de resistencia se opongan a la introducción de las máquinas o le pongan condiciones. El segundo se dedica a transformar el orden social: se ataca a la causa misma del mal.

Si para la guerra no hemos creído deber aceptar el primer medio, que no es más que un paliativo, no ocurre lo mismo con las máquinas. Aquí la lógica fría del hombre de gabinete ya no puede satisfacer al trabajador. En vano se le habla de progreso, de utilidad para el porvenir: ve que la máquina lo echa del taller, y tiene tiempo de morirse antes de que la máquina haya producido un progreso en la condición de sus hermanos.

El trabajador se entenderá, pues, para luchar contra la pretendida ley de las máquinas, como lucha contra la ley de la oferta y la demanda por medio de las huelgas.

Combato, pues, la contrarresolución de Tolain, que predica la abstención, y me alegra ver al mismo Tolain admitir la intervención de las sociedades de resistencia.

Propongo, pues, las conclusiones siguientes:

El Congreso declara: 1.º Que las máquinas, como todos los demás instrumentos de trabajo, deben pertenecer a los trabajadores mismos y funcionar en su provecho;[^A50]

2.º Que, no obstante, en el estado actual, procede que los trabajadores constituidos en sociedades de resistencia intervengan en la introducción de las máquinas en los talleres, para que esa introducción no se haga sino con ciertas condiciones de garantías o de compensación para el obrero.

**Eccarius**,[^A51] de Londres, apoya con algunos ejemplos las conclusiones siguientes:

Que, si por una parte las máquinas han sido uno de los más poderosos instrumentos de despotismo y de absorción en manos del capitalista, por otra su desarrollo crea las condiciones necesarias para la sustitución del sistema actual del salariado por un sistema verdaderamente social de cooperación.[^A52]

**Scheppler**, de Maguncia. — Sin máquina el hombre no puede nada, es incapaz de hacer lo que sea para satisfacer sus necesidades. Me atengo, pues, a las conclusiones que dicen que hacen falta máquinas, pero que deben pertenecer a los obreros mismos.

**Cohn**, de Londres, se queja de la mala organización que actualmente hace de la máquina un instrumento de opresión contra el trabajador; cita los numerosos ejemplos que ve cada día en Inglaterra y que ha vuelto a encontrar en Bélgica en una exposición donde hasta niños se ven reducidos al papel de máquinas; admira al inventor que ha dedicado toda su inteligencia a la creación de su obra, pero debe ante todo constatar la situación miserable que se hace a los trabajadores por el estado inorgánico que crea su antagonismo.

**Hins**, de Bruselas. — No pienso, como Eccarius, que las máquinas sean instrumentos de despotismo. Las han impuesto los acontecimientos. La sociedad emancipada por el gran movimiento del siglo pasado necesitaba nuevos medios de producción y de comunicación.

Se las puede volver, es verdad, contra el obrero; pero ¿no ha ocurrido siempre así con los instrumentos de trabajo, cualesquiera que fuesen, y no era el siervo más desgraciado que el obrero de hoy?

Diré incluso de esos inventos de la guerra moderna que han sido útiles para la causa de la fraternidad humana. Las guerras no son hoy más mortíferas que antes, porque duran mucho menos.

Pienso, contrariamente a De Paepe, que debemos rechazar el primer paliativo; que, si hubiera que considerar las máquinas desde ese punto de vista, no es más que una cuestión de detalle que se refiere a las huelgas, y que aquí, como en todas partes, hay que repetir la misma conclusión y atacar la cuestión social misma.

**Steens**, de Bruselas. — Estamos de acuerdo: el instrumento de trabajo debe pertenecer a los obreros; solo diferimos en la línea de conducta que hay que seguir para llegar a ese resultado.

La guerra desaparecerá el día en que el hombre reciba el precio íntegro de su trabajo; pero, en la situación presente, la solución propuesta no podría ser suficiente: apelamos al derrocamiento de esas instituciones tiránicas de los gobiernos. Apelamos a la guerra social.

Solo a la revolución corresponde resolver por completo la cuestión; hasta entonces, nuestros esfuerzos serán puramente negativos.

**Tolain** replica que nunca ha pensado en abandonar la lucha sobre este punto, como algunos han parecido creer, sino que solo ha afirmado que la cuestión no podía resolverse más que por la transformación completa de las relaciones del trabajo y del capital; cuenta con las sociedades de resistencia para preparar esa transformación neutralizando las causas del pauperismo. Hace su propuesta para no dar pie a las calumnias que no dejarían de producirse para atribuir a nuestras resoluciones un carácter de reprobación de la máquina, considerada generalmente como una causa de progreso.

**Brismée**, de Bruselas, para mostrar la oposición de las sociedades de resistencia a los inventos nuevos, cita el componedor mecánico, que nunca ha podido introducirse en la práctica.

**De Paepe**, de Bruselas, afirma y explica las ideas desarrolladas anteriormente.

**Murat** apoya las conclusiones de De Paepe citando el ejemplo de la huelga de Roubaix,[^A53] debida a la introducción de máquinas nuevas; esa huelga, dice, se transformó en motín, en incendio, lo que no habría ocurrido con sociedades de resistencia bien organizadas.

Tras algunas explicaciones nuevas entre Tolain, De Paepe y Tartaret, el secretario Theisz vuelve a leer todas las conclusiones, cuya votación se aplaza a la sesión administrativa de mañana por la mañana.

**El presidente**. — Tiene la palabra Hins para dar cuenta de los trabajos de la sección sobre la instrucción integral.

**Hins**, de Bruselas. — Hay que examinar dos puntos. ¿Cuál será la instrucción? ¿Quién dará la instrucción?

El orador entra aquí en detalles que son la explicación de los informes que siguen, y luego añade:

Los partidarios de la enseñanza por el Estado y sus adversarios están de acuerdo cuando se entienden sobre la definición de la palabra Estado, que debe ser la colectividad de los padres de familia.

Hay divergencia en la cuestión de la obligatoriedad, ya tratada en los congresos anteriores.

Dando por resuelta la reducción de la jornada de trabajo, se debe tender sobre todo a la propagación de los cursos y conferencias públicos de ciencias, incluida sobre todo la sociología.

La comisión de la instrucción presenta, pues, las conclusiones siguientes:

Considerando que por el momento es imposible organizar una enseñanza racional, el congreso invita a las diversas secciones a establecer cursos públicos en los que se remedie en lo posible la insuficiencia de la instrucción que los obreros reciben actualmente.

Considera la reducción de la jornada de trabajo como una medida preparatoria indispensable.[^B2]

### Informe de la sección de Bruselas sobre la enseñanza integral

La sociedad presenta hoy dos clases de hombres: unos a los que solo se les ha ejercitado, con más o menos habilidad, el cerebro; otros cuyo cuerpo es lo único que trabaja, y sin medida, mientras su cerebro permanece casi completamente inactivo.

A los primeros se los considera los dichosos del mundo; a los segundos, los desdichados; pero, si se deja a un lado un número muy pequeño de privilegiados, se encontrará entre los trabajadores de la inteligencia tanta miseria como entre los trabajadores manuales, y quizá, guardadas las proporciones, más.

¿Debe ser eterna esta diversidad de cultivo, o procede considerar a los hombres de estas dos castas como seres incompletos y buscar un nuevo sistema de educación que cultive a la vez, en el mismo individuo, el espíritu que concibe y la mano que ejecuta?

Para unos socialistas, plantear esta cuestión es resolverla.

Desde el punto de vista del hombre aislado, importa que todas sus facultades se desarrollen armónicamente. Desde el punto de vista de la colectividad, importa que la educación tenga para todos las mismas bases racionales y científicas: 1.º para que todos los hombres, adoptando los mismos grandes principios, ya no puedan dividirse más que en cuestiones de detalle poco importantes, incapaces de producir esas espantosas querellas que han detenido y detienen todavía los progresos de la humanidad; 2.º para que los azares del nacimiento, de la fortuna y de las circunstancias exteriores dejen de ejercer su funesta influencia sobre el reparto del trabajo, y para que este se haga de manera que se aprovechen todas las facultades del individuo.

#### I

El niño no llega bruscamente al estado de hombre, sino gradualmente. Importa, pues, no aplicar a las diversas épocas de su vida regímenes bruscamente diferentes. La ciencia, la justicia y la libertad son las nuevas bases de las relaciones entre los hombres; deben sustituir también al viejo principio de autoridad en lo que se refiere a la educación del niño.

El hombre es a la vez un ser aislado, un todo completo, y un órgano de la colectividad. Considerado desde el primer punto de vista, es consumidor y tiene derechos; desde el segundo, es productor y tiene deberes.

Al principio es incapaz de producir: solo consume; no tiene todavía más que derechos, derechos al desarrollo físico e intelectual. La buena educación, higiene del espíritu, exige que se satisfaga el apetito moral, la curiosidad, que se la pique, que se la excite si hace falta, y no que se atiborre al niño, a la buena de Dios, de alimentos indigestos. Hay, pues, una ciencia de la educación individual, cuyo fin es lograr que se adquieran los conocimientos útiles lo más deprisa y lo mejor posible.

Pero un poco más tarde el hombre empieza a tener deberes que cumplir; aparece la posibilidad de producir, y va aumentando sin cesar. En ese momento hay que ejercitar el órgano de la colectividad de manera que sea capaz cuanto antes de desempeñar en el mundo una función determinada, o, mejor, cierto número de funciones.

La instrucción integral tiene por fin acercar al hombre lo más posible a la perfección desde estos dos puntos de vista.

#### II

Conocimiento de las grandes leyes científicas y de los métodos de investigación que han llevado a descubrirlas, idea general de la industria y de sus procedimientos modernos, estudio teórico y práctico de las principales herramientas, desarrollo del sentimiento artístico, estudio práctico de la justicia en el trato diario: tal es, en pocas palabras, el plan de la enseñanza individual.

Acostumbrar desde temprano al hombre a adquirir una gran superioridad en una o varias especialidades restringidas: tal es la segunda parte del fin que se ha de alcanzar.

#### III

Bien definido el fin, pasemos a los medios.

Dejemos a un lado todo prejuicio, todo resto de respeto anticuado a la autoridad, toda concepción metafísica; atengámonos solo a la experiencia: comprobamos que, si el niño tiene esa curiosidad insaciable que se aplica a todos los detalles, es del todo incapaz de fijarse en una sola cuestión, de estudiarla a fondo, de concebir visiones de conjunto; mientras que, por el contrario, cuando ya mayor posee cierto número de hechos aislados, siente la necesidad de encontrar su vínculo sintético, de enlazar los secundarios con los principales y de abarcar así el conjunto de los conocimientos humanos.

Esta observación impone en la educación integral una gran división. En la primera época la acumulación de conocimientos será del todo espontánea: cierto número de hechos científicos se irán acumulando al azar en el cerebro del niño.

La observación individual, la experiencia, las conversaciones de los alumnos pequeños entre sí, o con los directores o con los alumnos mayores, serán a la vez los estimulantes de la curiosidad y los medios de enseñanza.

Bastarán unas pocas indicaciones de los directores para que los niños lleguen sin dificultad a organizar sus juegos y sus conferencias; a establecer entre ellos jueces para sus diferencias, administradores para conservar su material, obreros para mantenerlo, repararlo y mejorarlo, presidentes para mantener el orden en sus discusiones, guías para dirigir sus paseos. Y cada uno de estos funcionarios tendrá en el ejercicio de sus funciones toda la libertad y la autoridad deseables, no solo porque se apoyará en el sufragio universal sincero, sino también y sobre todo porque su responsabilidad será entera, porque ningún obstáculo podrá impedir que sus actos se sometan al juicio de la colectividad, la acusación y, según el caso, la destitución o la reelección.

En esta organización es fácil ver ejercicio del cuerpo, fuerza, habilidad, presteza; ejercicio de la inteligencia, de la voluntad, hábito de la práctica de la justicia, preparación seria para la comprensión de la moral positiva y para la vida pública.

Rara vez y brevemente, al menos al principio, y solo sobre temas escogidos, accesibles a la inteligencia de los niños, los directores podrán retomar en el orden racional ciertos hechos ya conocidos, completarlos, mostrar sus relaciones y preparar así para la enseñanza de la época [siguiente].

En esta se sitúa la enseñanza dogmática de las ciencias de las que los niños han adquirido ya nociones elementales, pero justas.

Adoptando el orden jerárquico de Auguste Comte, la perfecta demostración que da de la subordinación de los fenómenos de las ciencias más complejas y más particulares a los fenómenos de las ciencias más simples y más generales, y convencidos por ello de la necesidad de haber asimilado bien las leyes fundamentales y los procedimientos de estudio de cada una de estas últimas antes de abordar otra, admitimos con él, contra los usos establecidos, que las ciencias —matemática, astronomía, física, química, biología, sociología— deben enseñarse sucesivamente y no simultáneamente.

Sin dar reglas absolutas, indicamos con el padre de la filosofía positiva la edad de doce a catorce años como la época en la que se puede empezar el estudio de la matemática; dos años para la duración de este estudio, y un año para cada una de las ciencias siguientes, en el orden indicado.

Recordemos bien que la enseñanza dogmática de una ciencia no se dirige a inteligencias incultas, sino a espíritus que poseen un gran número de hechos que ya solo se trata de enlazar y completar.

Por lo demás, mientras no se haya llegado, en una ciencia determinada, a su enseñanza dogmática, su adquisición espontánea seguirá por los medios indicados más arriba.

#### IV

Si hoy debemos considerar indispensables para la enseñanza dogmática buenos profesores especialistas, aunque suficientemente filósofos, todo hace creer que, tras un buen desarrollo espontáneo de los niños y la creación de buenas obras, la lectura en común de esas obras y las discusiones a que dé lugar en conferencias entre los propios estudiantes disminuirán mucho la importancia del profesor y lo reducirán, en la mayoría de los casos, al simple papel de consejero.

Ni que decir tiene que la policía de las reuniones, en los casos ordinarios, esté presente o no el profesor, corresponde a los propios alumnos. Como los hombres, en efecto, los niños están tan dispuestos a someterse a la autoridad que han establecido voluntariamente en su propio interés como a sublevarse contra la que se les impone arbitrariamente y a menudo contra toda justicia.

#### V

Hablemos ahora de la segunda parte de nuestro tema: la enseñanza de los oficios o aprendizaje.

Durante la época espontánea, la necesidad de reparar o mejorar el material de sus juegos y el instinto de modificación, que se traduce de ordinario en destrucción, pero que el ejemplo de los alumnos mayores y algunos consejos encauzarán convenientemente, habrán iniciado al niño en el manejo de las principales herramientas. El taller será administrado, como todo lo demás, por funcionarios elegidos por los interesados, que a la vez mantendrán el material, enseñarán a servirse de él y evitarán el doble peligro que presenta el manejo de las herramientas por manos inexpertas.

Ya en este periodo se habrán formado asociaciones temporales con el fin de realizar ciertos proyectos, y eso será un encaminamiento hacia la organización de la industria moderna y de las especialidades.

Durante la segunda época, guiado por sus gustos particulares, por las necesidades del grupo en que vive y, llegado el caso, por algunas indicaciones sensatas que la fuerza nunca deberá respaldar, el joven adoptará con pleno conocimiento de causa una o varias especialidades, en las que procurará adquirir la mayor superioridad posible.

#### VI

Algo muy propio para estimularle a este resultado es la emulación..., pero reorganizada científicamente. ¿Qué es, en efecto, hoy en la enseñanza esa palanca? Una comparación absurda entre individuos de edad, naturaleza y facultades del todo diferentes; muy a menudo, aun dejando aparte estas consideraciones generales, injusta en sus detalles, y siempre fuente de rivalidades, envidias y odios. Habría, pues, que tener en cuenta al menos, en las comparaciones entre sujetos diferentes, multitud de puntos que hoy se descuidan. Pero, si solo concedemos un valor secundario a la comparación en este caso, le atribuimos uno inmenso cuando se trata de poner a un individuo frente a sí mismo en las diversas épocas de su vida. Será, pues, útil llevar cuenta de los gastos y de los trabajos, del consumo y de la producción de cada alumno. Así tendrá continuamente una idea real de sus progresos y podrá saber en todo momento hasta qué punto ha saldado su deuda con la humanidad. Por lo demás, no queremos hoy más que rozar esta parte del todo material de la cuestión que nos ocupa, por razones que indicaremos enseguida.

Como la enseñanza teórica, la enseñanza práctica, dada primero oralmente por especialistas, por hombres hechos, se transmitirá cada vez más de los alumnos mayores a los más jóvenes, y se servirá además de la ayuda cada vez más eficaz de las indicaciones escritas. La enseñanza por los hombres se reducirá entonces a algunas raras conferencias y a la visita de talleres o fábricas de fuera.

#### VII

Es fácil hacer entrar en el sistema del que acabamos de dar una idea la enseñanza de las bellas artes y de la literatura, consideradas como medio de transmitir las ideas que tienen su origen en la ciencia y en el sentimiento. Es imposible insistir en estos detalles en un informe breve.

#### VIII

Solo mencionamos la enseñanza de las lenguas muertas para excluirla completamente de la educación integral de la juventud. Consideramos su estudio como una de las ramas concretas de la sociología, que se vincula a la historia de cada pueblo, a su medio físico y moral y a su época.

Admitiremos simplemente, según las diversas circunstancias, el estudio práctico de ciertas lenguas vivas, dejando todo aspecto filológico durante todo el periodo de iniciación, y reservándolo, junto con el estudio de las lenguas madres, para quienes quieran, tras haber recorrido la serie de las ciencias abstractas, conocer a fondo una de sus curiosas aplicaciones.

#### IX

Todo lo que acabamos de decir se aplica a los dos sexos.

Para no salir de las generalidades permitidas en un primer estudio, debemos dejar a un lado la cuestión de la mezcla de los sexos en la escuela, resuelta negativamente en el viejo mundo y positivamente en el nuevo, y esta otra: ¿quiénes son más aptos para las funciones de la enseñanza, las mujeres o los hombres?

Estas cuestiones volverán a plantearse por sí mismas cuando se trate en general de la mujer, cuya cuestión solo se ha examinado en un informe anterior desde un punto de vista restringido.

#### X

Quedaría por hablar de la posibilidad de realizar, desde el punto de vista financiero, un primer establecimiento de enseñanza integral, tronco de muchos otros semejantes; pero esta cuestión merece por sí sola todo un informe y vendrá más a propósito cuando nos hayamos puesto de acuerdo sobre las bases científicas de esta enseñanza. En consecuencia, si, como deseamos, se pone en el orden del día de un próximo congreso el proyecto de un establecimiento de instrucción integral con arreglo a unas bases determinadas, nos proponemos hacer sobre este asunto un trabajo largamente meditado.

#### XI

No debemos terminar este informe sin decir una palabra sobre algunas consecuencias probables de la generalización de la enseñanza integral.

Toda profesión llamada liberal tiene por origen y por sanción una profesión manual. Las concepciones del médico las ejecuta el enfermero; las del ingeniero, el obrero; el administrador tiene escribientes, trabajadores manuales si los hay; el oficial de marina manda a marineros. Dejamos a un lado una excepción, el abogado, cuya utilidad se irá restringiendo de día en día con el desarrollo de la moral pública y de la habilidad oratoria de cada hombre, y con la simplificación de las leyes.

Ahora bien, todo médico empezará por ser enfermero, todo ingeniero, obrero; abolidos los privilegios de nacimiento y de fortuna, y siendo la facilidad de instrucción igual para todos, nada determinará de antemano si el joven y sabio obrero, enfermero o marino debe ejercer toda su vida su honrosa función o llegar al grado más honrado de ingeniero, de médico o de comandante. Si un día se le confían estas funciones, nada obliga de antemano a que sean inamovibles. Los servicios prestados en una circunstancia por un hombre encargado de una alta misión rara vez son tan grandes como para valerle un derecho vitalicio al descanso, una autoridad eterna sobre colegas que a menudo podrán superarle, ni para que pueda llegar a ser un obstáculo para la capacidad de concepción de sus colegas. Y si, por lo demás, los trabajadores manuales juzgan excepcionalmente conveniente mantener por encima de ellos a un verdadero amo, que sea por efecto de su voluntad, siempre discutible y revocable.

Estas ideas pueden parecer terriblemente subversivas a quienes piensan que la humanidad, que hasta ahora ha debido a los grandes hombres la mayor parte de su desarrollo, debe progresar eternamente de la misma manera.

Reconocemos como todos esta verdad para el pasado; pero hay que reconocer también que la superioridad de los grandes hombres especialistas solo se debía al rebajamiento de los demás hombres, por una parte, y, por otra, a la exageración de una o de algunas de sus facultades en detrimento de todas las demás. Aun admitiendo que esta disposición de las inteligencias ha podido ser muy útil para el descubrimiento de los principios y la constitución positiva de los conocimientos humanos, debemos estar bien persuadidos de que la continuación de la existencia de estas verdaderas monstruosidades morales no podría ser sino perjudicial, hoy que los grandes principios están establecidos y que las ciencias, en general, ya no tienen que esperar más que desarrollos de detalle.

#### XII

El trabajo colectivo debe sustituir al trabajo aislado. Solo las compañías sabias libres pueden, dividiendo entre sus miembros los diversos capítulos de una ciencia, desarrollarla todavía, y sobre todo divulgarla. Esta división del trabajo, practicada con tanta ventaja en la industria material, se hace de día en día más indispensable para el estudio de las ciencias de toda clase. Y observemos que el temor de embrutecerse con una especialidad científica restringida ya no puede existir para quienes hayan recibido la instrucción integral cuyas bases hemos indicado.

Los libros mismos ya no serán una espantosa maraña en la que se hace imposible distinguir la perla del estiércol, fruto las más de las veces de la vanidad de un autor rico o de la propaganda de las camarillas, sino obras de sociedades sabias que se esforzarán por no repetir lo que se ha dicho cien veces; y así, siendo menos numerosos pero siempre buenos, tendrán asegurados los lectores, y los lectores tendrán asegurado encontrar los libros que desean.

No afirmamos que la organización y el desarrollo de la instrucción integral hayan de tener por resultado llevar a la igualdad *absoluta* de las inteligencias; eso, por lo demás, no tiene ningún sentido para unos positivistas; pero pensamos que debe establecer la armonía en el desarrollo de las diversas funciones de cada individuo y suprimir entre los hombres las espantosas desproporciones de todo género que hoy observamos.

Tras este resultado tendremos, o más bien tendrán nuestros descendientes, todos los elementos para resolver la gran cuestión que hoy apenas puede plantearse, y sobre la cual no hemos hecho más arriba sino emitir una hipótesis científica:

*De la equivalencia de las funciones.*

### Educación de las clases obreras. — Instrucción integral que comprenda el estudio de las ciencias y el aprendizaje de los oficios

*Informe elaborado por los encuadernadores de París.*

El Congreso de Lausana puso en el orden del día del congreso de este año el estudio de un programa de instrucción integral, tras haber decidido, al cabo de una larga discusión, que la enseñanza debía ser obligatoria, pero a cargo de los padres, salvo admitir la gratuidad en favor de las familias necesitadas.

No podemos resolvernos a abordar el estudio de ese programa sin volver a poner en cuestión la resolución del año pasado, que no nos parece conforme a los principios de la Asociación Internacional.

En efecto, la Asociación Internacional quiere para todos *la justicia*: derechos iguales, no beneficencia; y, sin embargo, la resolución de que se trata consagra la desigualdad y acepta la caridad como paliativo inevitable.

Digamos ante todo que por *derechos iguales* no queremos decir que soñemos con una sociedad en la que se distribuiría a cada uno una parte igual de goces materiales; no. No queremos fundar nada sino sobre la libertad, condición primera e indispensable del bienestar, y rechazamos absolutamente toda idea de organización centralizadora que tenga por objeto una dirección del trabajo y un reparto cualquiera de la producción general entre los ciudadanos.

Lo que entendemos por *derechos iguales* es que todos los individuos tienen derecho a disfrutar de medios de acción iguales para satisfacer sus necesidades. Los dejamos, por supuesto, libres de usar a su antojo esos medios que la naturaleza y la sociedad deben poner a su disposición, con tal de que no reclamen más de lo que hayan producido.

Uno de los medios de acción más poderosos, tanto para la sociedad presente como para la futura, es y será la instrucción. No nos detendremos a demostrarlo; el hecho lo admiten todos: economistas, políticos, socialistas; y el Congreso de Lausana lo reconoció tan bien que declaró que la instrucción debía ser obligatoria.

Reconocida la necesidad de la instrucción y admitida su obligatoriedad, queda por saber quién soportará sus cargas. Hay dos sistemas frente a frente: uno afirma que incumben naturalmente al padre de familia; el otro pide que las soporte la sociedad entera. Este último sistema suele llamarse *enseñanza gratuita*.

Se ha hablado mucho de la gratuidad de la enseñanza, y creemos que todavía no se la ha mostrado a su verdadera luz. Sus adversarios dicen: La gratuidad no existe realmente, la gratuidad no es más que una ficción; cuando pretendéis que el Estado pague la instrucción, olvidáis que el Estado no tiene nada por sí mismo; sus recursos se los damos nosotros; si paga, es con el dinero de los contribuyentes, y, a fin de cuentas, son siempre los ciudadanos quienes tienen que pagar como contribuyentes, si no como padres de familia. No hay, pues, por qué poner nuestros fondos en manos del Estado para recibir luego de él, como una generosidad, la enseñanza gratuita. Más vale pagar directamente nosotros mismos a nuestros profesores y hacer instruir a nuestros hijos como nos parezca.

Pues bien, todo este razonamiento, que a primera vista puede sorprender al espíritu, se desvanece si se lo examina seriamente.

La gratuidad no existe, son siempre los ciudadanos quienes pagan: es verdad, *en total*. Pero cuando se pide la gratuidad no se pide no pagar; se pide simplemente un reparto diferente, un reparto más justo del gasto.

Si los gastos de la enseñanza han de soportarlos los padres, recargamos considerablemente la tarea de los padres de familia y no podemos asegurar la igualdad de instrucción; porque, con la mejor voluntad del mundo, los ciudadanos cargados de hijos nunca podrán gastar en cada uno de ellos tanto como quienes solo tengan uno o dos.

Y aquí solo razonamos sobre ciudadanos que disponen de recursos iguales, cosa que no existe en la sociedad presente ni existirá jamás mientras queramos salvaguardar la libertad individual; porque los hombres fuertes, valerosos, inteligentes y activos podrán siempre sacar mejor partido de unos medios de acción perfectamente iguales que los hombres débiles, perezosos, torpes o indolentes.

Hay, pues, que añadir a la desigualdad causada por el número de hijos la desigualdad de holgura de los padres.

Así, podemos decir que con este sistema no solo habrá desigualdad de instrucción entre los niños, sino que algunos de ellos se verían privados de ella por la incapacidad en que se encontrarían sus padres si la sociedad no interviniera en su favor. El Congreso de Lausana lo reconoció perfectamente, puesto que juzgó oportuno añadir el paliativo que consiste en admitir la gratuidad en favor de las familias necesitadas.

No hacía falta ser socialistas para quedarse en el sistema preconizado hasta hoy por los burgueses filántropos, que, acostumbrados a basarse en la desigualdad, se ven obligados a hacer intervenir constantemente la caridad para paliar las diferencias demasiado grandes, los vicios demasiado grandes de su orden social.

Si queremos regenerar el mundo, tenemos que tomar por base un terreno bien llano, para no tener que calzar con un paliativo la primera piedra de nuestro edificio.

Con el sistema de la gratuidad, es decir, de la enseñanza a expensas del Estado o de los contribuyentes, que es lo mismo, el gasto se reparte entre los ciudadanos, no ya en razón del número de sus hijos, sino en razón de su capacidad contributiva. Ahí pagan todos los ciudadanos, tengan o no tengan hijos, ya no los tengan o no los tengan todavía, y cada uno según su fortuna (si la hay) o sus medios.

Es fácil comprender que esta carga, hace un momento tan pesada para algunos, se vuelve ligera repartida entre todos. Además, nuestro fin se alcanza: todos los niños tienen asegurada una instrucción igualmente completa, y los hombres, al entrar en el mundo, podrán desarrollar enteramente todas sus facultades.

Nos queda responder a algunas objeciones, de poco valor, es cierto, pero que quizá podrían presentarse. ¿Es justo hacer soportar a la sociedad las cargas de la enseñanza, hacer pagar a hombres que no tienen hijos la instrucción de los hijos de los demás? A eso respondemos: es la sociedad, no los padres de familia, quien se beneficia de la instrucción; cuanto más instruidos son los hombres, más útiles son y más servicios prestan a sus semejantes: luego es justo que pague la sociedad.

En cuanto a los ciudadanos sin hijos, que no olviden que al nacer contrajeron una deuda con la naturaleza; ella los creó, y deben devolvérsela reproduciéndose; y, si no pueden, que se den por dichosos de que, en virtud de la solidaridad que nos une, otros se encarguen de saldarla por ellos. Pagando solo la instrucción, salen del paso con poca cosa. Además, como miembros de la colectividad, les interesa que se forme una generación fuerte, instruida e inteligente que les proporcione productos y servicios cuando la edad los haya dejado sin fuerzas para satisfacer sus propias necesidades: luego es justo que participen en los gastos que exige la generación que les sigue.

¿Es justo que la participación sea proporcional a la fortuna o a la holgura de los ciudadanos? Sí, porque el rico, en la sociedad presente, y, en la sociedad futura, el hombre dotado de mayor capacidad productiva, como necesitan una suma de productos y servicios mucho más considerable, deben contribuir en mayor parte a la educación de los productores e intercambiadores.

Concluimos:

La instrucción pública es de interés general; el gasto debe pasar a los gastos generales de la nación.

### De la enseñanza integral. Informe de la sección de Lieja

No intentaremos exponer un sistema completo de educación universal; nos limitaremos a establecer las condiciones que creemos que debe cumplir esta educación y a discutir quién puede organizarla.

Para llegar con seguridad a los resultados que nos proponemos, tomaremos como punto de partida el fin y la necesidad de la instrucción para los trabajadores.

Y, ante todo, el pueblo no puede esperar su advenimiento si no tiene una comprensión sana de sus intereses, si no tiene la inteligencia. Ahora bien, la inteligencia necesita, como la fuerza muscular, ejercicio para desarrollarse; el cerebro, igual que los demás órganos humanos, necesita su gimnasia.

Pero, admitida desde este punto de vista la necesidad de la instrucción en general, ¿cuál debe ser la instrucción del trabajador?

Si es verdad que la impotencia del trabajador individual frente al capital es una de las causas principales de su explotación, también es cierto que su ignorancia contribuye a ella no menos considerablemente. Incapaz de instalar en buenas condiciones un motor industrial cualquiera, incapaz de dirigir de principio a fin un trabajo cualquiera, incapaz de calcular con exactitud las probabilidades de éxito de una empresa cualquiera; ignorante, en una palabra, de lo que es necesario para su propio oficio, el trabajador queda entregado a la explotación de los más hábiles, a los que necesita, mientras que ellos apenas pueden considerarlo más que como una máquina sin inteligencia.

Importa, pues, si los obreros quieren sustituir el salariado por la asociación, que sean aptos para ejercer ellos solos su profesión; importa que no separen del aprendizaje del oficio la educación científica necesaria para el ejercicio completo de ese oficio.

«Separar —dice Proudhon—, como se hace hoy, la enseñanza del aprendizaje, y, lo que es aún más detestable, distinguir la educación profesional del ejercicio real, útil, serio y cotidiano de la profesión, es reproducir bajo otra forma la separación de los poderes y la distinción de las clases, los dos elementos más enérgicos de la tiranía gubernamental y de la subordinación de los trabajadores.

»¡Que lo piensen los proletarios!

»Si la Escuela de Minas es otra cosa que el trabajo de las minas acompañado de los estudios propios de la industria minera, la escuela no tendrá por objeto formar mineros, sino jefes de mineros: aristócratas.

»Si la Escuela de Artes y Oficios es otra cosa que la práctica del arte y del oficio, ya no tendrá por fin formar artesanos, sino directores de artesanos: aristócratas.

»Si la Escuela de Comercio es otra cosa que la tienda, la oficina, el mostrador, no servirá para formar comerciantes, sino barones del comercio: aristócratas.

»Si la Escuela Naval es otra cosa que el servicio efectivo a bordo, incluido en ese mismo servicio el de grumete, la Escuela Naval no será más que un medio de distinguir dos clases en la marina: la clase de los marineros y la clase de los oficiales.

»Así es como vemos pasar las cosas en nuestro régimen de opresión política y de anarquía industrial. Nuestras escuelas, cuando no son establecimientos de lujo o pretextos para sinecuras, son los seminarios de la aristocracia. No es para el pueblo para quien se fundaron las escuelas Politécnica, Normal, de Saint-Cyr, de Derecho, etc., etc.: es para mantener, fortalecer y aumentar la distinción de las clases, para consumar y hacer irrevocable la escisión entre la burguesía y el proletariado.»

(P.-J. Proudhon, *Idée générale de la révolution au XIXe siècle*.)[^B3]

Tras haber concluido en favor de la enseñanza integral, pasemos a discutir esta cuestión: ¿cómo y por quién se establecerá esta enseñanza?

A este respecto, creemos que debemos ponernos en guardia contra ciertos sistemas revestidos de una apariencia de democracia y muy alabados hoy. Unos demócratas, verdaderos o falsos, afirman que el remedio de los males de la clase obrera está en lo que llaman la instrucción gratuita y obligatoria por el Estado, cosa que en realidad no puede ser obligatoria, no es gratuita y, casi íbamos a decir, no es instrucción.[^B4]

Decíamos primero: *no puede ser obligatoria*. ¿A qué sanción, en efecto, podría recurrirse contra los padres de familia que declarasen querer instruir ellos mismos a sus hijos, o bien contra los que, necesitando el trabajo de los suyos, no pudieran enviarlos a la escuela? ¿No es justo no obligar a nadie a una cosa sino después de haberle dado la posibilidad de cumplirla?

Decimos: *no es gratuita*. ¿Hace falta demostrarlo? ¿Qué puede haber de gratuito en lo que da el Estado? Lo que el Estado suministra tiene que pagarlo, y lo que tiene que pagar lo pide al impuesto, es decir, al consumidor, es decir, al pueblo entero. Hablar de gratuidad en este caso es pura fantasmagoría: así los directores de talleres que descuentan a diario una retención del salario de sus obreros para formar una caja de socorros les hacen dar, en caso de enfermedad, medicamentos que también llaman gratuitos.

Añadimos aún: *no es instrucción*. Se trata, en efecto, para los preconizadores del sistema, de la instrucción primaria. Ahora bien, ¿creerá alguien que para instruir al pueblo basta con enseñarle a leer, escribir y contar, y añadir incluso, si hace falta, el estudio del catecismo y de la historia sagrada so pretexto de moral? No; lo que hoy pedimos ya no es ese simulacro de educación que ni siquiera consigue disfrazar la jerarquía de las clases y el sometimiento del trabajador; «es una educación seriamente liberal, a la altura del sufragio universal, y que concurra con las instituciones de mutualidad y de garantías, con la asociación obrera y la federación de los municipios y provincias, a mantener cierto nivel entre las corporaciones, las condiciones y las fortunas. Fuera de eso, el niño enviado a las escuelas nunca será más que un joven siervo amaestrado para la servidumbre, en beneficio de los intereses y de la seguridad de las clases superiores; y nosotros queremos trabajadores civilizados y libres».

Lo que hoy nos hace falta es, ya lo hemos dicho, la enseñanza integral, que comprenda a la vez el aprendizaje y la ciencia.

Ahora bien, ¿se ha pensado bien cuando se quiere encargar al Estado semejante misión? ¿Hacer al Estado depositario de todas las enseñanzas, e incluso, como algunos proponen, juez de las vocaciones? ¿Ver a todos los jóvenes instruidos por el Estado, las ciencias por el Estado, las profesiones por el Estado; el Estado médico, maestro de obras, carpintero, agricultor; los ciudadanos instruidos constitucionalmente, trabajando constitucionalmente, sin hacer ya nada que no esté constitucionalmente reglamentado; el hombre dejando de ser hombre para convertirse en un engranaje de la gran máquina social; una sola voluntad imponiéndose a todos, la de una mayoría de gente reunida por el azar? ¿No sería eso el asesinato del individuo, es decir, de la esencia de la humanidad?

Desde el punto de vista económico, los resultados de este sistema serían igual de detestables.

¿Quién no ve que la centralización administrativa, sobre todo en una materia tan compleja, conduciría directamente al parasitismo de la clase gubernamental y al aumento enorme del presupuesto por el crecimiento del número de intermediarios?

Calculemos además con Proudhon lo que costaría la instrucción de toda la juventud: llegamos a una suma de 1.600 millones en Francia y de 150 a 200 millones en Bélgica. ¿De dónde sacaría el gobierno, en el estado social actual, semejante suma?

Si resumimos este punto de la instrucción por el Estado, llegamos a estas conclusiones:

La instrucción por el Estado, lejos de ser gratuita, cuesta más cara;

Desde el punto de vista de la justicia, no se tiene derecho a imponerla;

Desde el punto de vista humanitario, destruiría toda espontaneidad individual.

Si hay que renunciar a la intervención del Estado por medio del impuesto, ¿cómo se podrá hacer universal la instrucción?

Responderemos:

1.º No puede ser sino por la asociación libre.

Es preciso que las asociaciones obreras, comprendiendo que su interés es dar a cada uno de sus miembros, presentes o futuros, la mayor suma posible de instrucción, funden ellas mismas los establecimientos necesarios para el desarrollo de esa instrucción. El papel de la Federación o de la Asociación Internacional es ayudar en esta obra a las asociaciones particulares.

2.º Lo que en el estado actual es de una imposibilidad absoluta se vuelve realizable en un sistema basado en la asociación libre y el mutualismo. Que las escuelas obreras, al mismo tiempo que son focos intelectuales, sean centros productivos; que los jóvenes, al mismo tiempo que se instruyen, se empleen —y esto forma parte de su aprendizaje— en trabajos útiles cuyo producto cubra sin dificultad los gastos necesarios, y el problema queda resuelto, y esa enseñanza que hacían imposible los enormes gastos que exigía ya no le cuesta un céntimo ni a la familia, ni a la colectividad social, ni a la asociación misma que se ha encargado de ella.

Una última palabra en apoyo de estas conclusiones. Leemos en los Estatutos generales de la Internacional: «Considerando que la emancipación de los trabajadores debe ser obra de los trabajadores mismos...». Estas palabras son para nosotros significativas. La instrucción de los trabajadores, el medio más poderoso, e incluso, diremos, el único de su emancipación, ya no puede confiarse a otras manos que las suyas. Es hora de que renuncien a esos simulacros de instrucción que les arrojan gentes cuyo interés es engañarlos y mantenerlos sometidos; es hora de que renuncien a esa irrisoria enseñanza primaria para tomar la educación vigorosa del hombre libre; es hora de que, dándose la mano si individualmente no pueden hacerlo, trabajen por adquirir esa instrucción necesaria para el fin que persiguen: la igualdad.

### De la instrucción y de la educación de las clases obreras. Círculo de Ruan

Si hay un capítulo importante en el marco de los estudios económicos, es sin duda el de la instrucción, y sobre todo el de la instrucción popular. En una época en que el sufragio universal, es decir, el gobierno de todos por todos, tiende a extenderse cada vez más por el suelo europeo, la educación del pueblo pide que se la tome en seria consideración. Cuando decimos la educación del pueblo, queremos hablar sobre todo de la del trabajador, de la educación de la clase que desempeña un papel tan importante desde el punto de vista de la producción y del consumo y que, sin embargo, cuenta tan poco en la dirección del mecanismo político y social. Y, sin embargo, esta clase que, como dijo un poeta, trabaja con los brazos, los pies y las manos, es quizá diez veces más numerosa que la que la tiene bajo tutela y disfruta tan a sus anchas del fruto de sus penosas fatigas. ¿A qué se debe, pues, que con una fuerza material tan considerable, con el privilegio exclusivo de producir todo lo útil, todo lo indispensable para el hombre, el trabajador se vea reducido a una impotencia tan grande? A nuestras instituciones, primero, que nunca han sido francamente favorables a los intereses del mayor número; luego, a los abusos, a los excesos nacidos de esas mismas instituciones en manos de quienes siempre las han dirigido. Pero la primera causa de este gran mal, la causa más influyente, la que no se le escapa a nadie hoy que las mallas de la red política se han ensanchado y permiten al trabajador tomar parte en la acción gubernamental, es la falta de instrucción, es la falta de luces. Y, sin embargo, sin eso, nada; sin eso, todo lo que se emprenda en favor de la emancipación del trabajo fracasará siempre o se quedará en un esbozo muy imperfecto. La instrucción es a la liberación del obrero lo que la herramienta de que se sirve es al trabajo que realiza cada día. Solo con ayuda de este instrumento podrá poner útilmente en juego las facultades de que dispone. El minero, para guiarse en las profundidades subterráneas y arrancar a la tierra las riquezas que encierra, necesita una lámpara que alumbre sus pasos; para guiar al trabajador en la conquista de sus derechos y de su legítima independencia, le hace falta la luz de la inteligencia, le hace falta la instrucción.

No hace falta trazar aquí la historia detallada del trabajo para establecer que en todos los tiempos el trabajo material, el trabajo propiamente dicho, ha sido el lote de la clase condenada a la ignorancia, que siempre ha constituido un estado de inferioridad respecto de las demás ocupaciones y que por eso mismo se ha convertido en materia de explotación por parte de la clase más favorecida. Para convencerse basta con representarse la esclavitud de los tiempos antiguos, el siervo de la Edad Media y, aunque nos cueste decirlo, el trabajador de nuestros días.

Contar los males, las calamidades de toda clase que la ignorancia ha atraído sobre el mundo y que han alcanzado principalmente a la clase trabajadora sería también cosa superflua. Ahí están las páginas siniestras de la historia para atestiguar los terribles efectos del fanatismo, de la superstición, del absolutismo político y del absolutismo religioso, que a veces se combaten, pero que las más de las veces se prestan mutuo auxilio para impedir la manifestación de la idea, para hacer las tinieblas en torno al punto donde la luz parecía querer abrirse paso: azotes todos que tienen su razón de ser en la ignorancia. Por eso no hay conquista intelectual de alguna importancia que no esté señalada en el camino del progreso por la sangre más pura.

No es posible distinguir las huellas de la instrucción del pueblo a través de los tiempos pasados; corresponde de ordinario a su estado político y social: fue nula o casi nula hasta nuestra revolución de 1789.

En aquella época de renovación social, en que la explosión de las fuerzas hasta entonces comprimidas se producía con tanta potencia y el movimiento se comunicaba a todos, hubo que ocuparse de la instrucción del pueblo trabajador, que por su número podía pesar tanto en las deliberaciones públicas. La Convención, digámoslo en su honor, quiso establecer la enseñanza popular sobre las bases más amplias; por desgracia, sus planes no los siguieron quienes heredaron el poder después de ella. Se fue mezquino con la instrucción del pueblo, del trabajador, porque de él se trata siempre aquí. En las nuevas instituciones ya no tenía ningún papel que desempeñar; se juzgó que podía dejársele en su ignorancia nativa; hasta parecía necesario.

La enseñanza en general, tal como la organizó el primer Imperio y se ha mantenido hasta nuestros días, es de naturaleza esencialmente aristocrática. Hablo aquí sobre todo de la llamada enseñanza secundaria en Francia: la instrucción que abre las carreras llamadas liberales, carreras que solo se puede recorrer tras exhibir un diploma de bachiller en letras o en ciencias, es una instrucción que cuesta bastante cara y que solo es accesible a las fortunas ya bastante considerables. Para criar a un joven en los establecimientos de instrucción secundaria no hay que contar con menos de 10.000 francos, sobre todo si el padre de familia no vive en la localidad y tiene que poner a su hijo de pensionista. Y si tiene varios hijos, júzguese el gasto. Está claro que el hijo del obrero no tiene nada que hacer ahí. Está exactamente en la condición del villano, del plebeyo, respecto de la clase de la nobleza antes de 1789.

Hubo un tiempo, antes del segundo Imperio, en que todavía era posible a las familias de fortuna mediana hacer participar a sus hijos de las ventajas de la enseñanza secundaria: era cuando el número de colegios municipales era aún lo bastante considerable para que esos jóvenes pudieran encontrar la instrucción en el lugar, sin salir de su localidad. Hoy solo queda un gran establecimiento de enseñanza secundaria por departamento. Hay todavía aquí y allá algunos pequeños establecimientos, pero de ordinario no están provistos ni del personal ni del material necesarios para preparar a los jóvenes para las pruebas que tienen que pasar para obtener los diplomas.

Como se ve, siempre hay una parte reservada a los privilegiados de la fortuna; aún sería un mal del que podríamos consolarnos si esa clase, por la superioridad de su instrucción y por la riqueza de que dispone, no llegara a los empleos y a las altas funciones y no contribuyera a perpetuar la especie de antagonismo que existe entre el trabajador, por una parte, y quienes, so pretexto de dirigirle y hasta de ayudarle, cobran sobre él la más fácil y la más provechosa de las rentas.

En cuanto a la enseñanza primaria, desde hace unos treinta años ha tomado, hay que reconocerlo, algún desarrollo, pero está lejos de poder responder a todas las necesidades de la clase trabajadora.

En primer lugar, esta enseñanza es muy restringida y ha variado según los regímenes bajo los que ha vivido. Bajo el reinado de Luis Felipe su programa tenía cierto carácter de independencia y cierta amplitud. Hoy depende en parte del sacerdote y se inspira en el espíritu que anima al propio sacerdote. Los pobres maestros municipales, bajo la mirada despótica del cura, mal retribuidos por lo demás y reducidos a enseñar poca cosa, desempeñan un papel bastante triste al lado de los señores de la enseñanza secundaria, y más aún de la superior. Tales son en Francia los educadores del pueblo, los encargados de iniciar al trabajador, sea de la industria, sea de la tierra, en los conocimientos indispensables en la vida y en sus deberes de ciudadano.

En las ciudades son los hermanos de la doctrina cristiana quienes ayudan a los maestros en esta tarea.

Las hijas, las hijas del trabajador —no hablamos de las del burgués, que van a buscar la educación en establecimientos especiales, en internados—, las hijas del trabajador, decimos, reciben la instrucción de las monjas, provistas muy a menudo de una simple carta de obediencia, es decir, de una autorización escrita del prefecto que les permite ejercer. Ni que decir tiene que estas monjas, que están ahí para inculcar ante todo las ideas religiosas, suelen ir provistas de una dosis bastante fuerte de ignorancia que no escapa ni a los menos perspicaces. Esas son las maestras de la hija del trabajador, esas las encargadas de hacer de ellas madres de familia, de preparar en ellas la emancipación de la tutela religiosa, de llevarlas a esa vida superior que la mujer necesita para guiar como es debido los primeros pasos del niño, del futuro ciudadano, por el sendero de la vida.

Si al menos esta enseñanza primaria, por mala e insuficiente que sea, no dejara escapar a nadie de su acción; si todos los niños sin excepción aprendieran a leer, a escribir y a contar, quizá aún podríamos consolarnos de su exigüidad con la idea de que esos niños, provistos una vez de las primeras nociones, se verían atraídos —al menos en las ciudades, y es ahí, en efecto, donde el mal es mayor— a esos medios de instrucción donde los jóvenes deseosos de aprender encuentran una enseñanza más amplia y conocimientos más variados y más adecuados a sus necesidades y a sus gustos. Pero no es así: todavía se encuentra un número bastante considerable de jóvenes ciudadanos a los que, sea por la desidia, sea por la extrema pobreza de sus padres, no se envía a la escuela. La estadística comprueba que en 1867, de cada 100 quintos, había todavía en Francia 23 por término medio que no sabían leer ni escribir, y que de cada 100 contrayentes que se presentaban en la alcaldía, había 33 que no sabían firmar el acta de matrimonio.

La mención de estas cifras no redunda ciertamente en gloria de nuestro país, pero no estamos aquí para hacernos ilusiones sobre nuestros propios males. Por lo demás, no somos nosotros sus autores. El enfermo que se siente afectado de un mal temible y quiere curarse descubre sin vacilar la parte del cuerpo atacada y, si hace falta, la presenta resueltamente al fuego o al hierro que deben hacer desaparecer ese mal. Es lo que hacemos en este momento, y no creemos por ello obrar como malos ciudadanos.

Todo lo que acabamos de decir sobre la instrucción debe entenderse desde el punto de vista francés: no cabe duda a este respecto. Nos ha parecido útil, e incluso necesario, dar a conocer a nuestros colegas los diversos modos de enseñanza practicados en nuestro país. Nos enteraríamos con la mayor satisfacción del estado de la instrucción y de la manera en que se distribuye en las demás comarcas de Europa que han enviado aquí a sus delegados. Instamos encarecidamente a los presentes a que se ocupen de esta grave cuestión a su regreso y a que la traten de manera amplia e independiente en el próximo congreso. Mediante el intercambio mutuo de estos datos particulares podremos levantar una especie de estado general de nuestras necesidades y sentar las bases de una enseñanza democrática ampliamente concebida.

Ahora que hemos tratado de la instrucción desde el punto de vista particular, permitidnos entrar en consideraciones generales y señalar a vuestra atención un movimiento de la mayor importancia que amenaza con invadir Europa entera, empezando por sus partes más civilizadas.

El progreso, sea cual sea su forma, es fatal. Tiene que producirse tarde o temprano. Resulta, en efecto, de un encadenamiento de hechos rigurosamente lógicos cuya marcha apenas era posible determinar en el punto de partida, pero de los que es fácil darse cuenta una vez cumplidos los acontecimientos. La instrucción popular está en este caso. Frente a la superioridad, en este aspecto, de Alemania, de Suiza y de toda la península escandinava, Francia y los demás gobiernos que se habían quedado atrás han comprendido que, para no decaer del rango que ocupaban, tenían que apropiarse el elemento que les falta, el elemento que constituye la fuerza más vital de una nación: la instrucción desde abajo, como se ha dicho, la instrucción del pueblo.

Hoy Inglaterra, y este mismo país de Bélgica, donde encontramos una generosa hospitalidad para la manifestación de nuestros principios y de nuestras ideas cuando todavía se nos niega en tantos otros, estos dos países, y sin duda también otros que no conocemos, rivalizan en celo con Francia para propagar la instrucción en las masas.

El impulso está dado; se comunicará, no lo dudemos, incluso a las naciones cuyo modo de gobierno parece más opuesto al desarrollo de las luces. Así es como los ferrocarriles, la navegación a vapor, los telégrafos eléctricos, todos esos medios de transmisión, por así decir instantánea, del pensamiento en todas sus formas, todos esos elementos de libertad y de emancipación, se han establecido y se siguen estableciendo todos los días, como por encanto, en el seno de los gobiernos más absolutos y que parecen más refractarios al progreso. Lo mismo ocurrirá con la instrucción del pueblo, que es como su cortejo y su acompañamiento necesario. ¿Quién se atrevería incluso a afirmar que la actividad febril con que los dinastas de todo cuño convocan hoy al arte y a la ciencia a crear los ingenios de destrucción más potentes, las armas más mortíferas, para ponerlas luego en manos de los pueblos, de los trabajadores —pues son ellos también quienes hacen siempre en gran parte la faena militar— y lanzarlos después unos contra otros en abominables matanzas, quién se atrevería, decimos, a afirmar que esa actividad de los poderosos de la tierra no se convertirá en un elemento más de instrucción para esos mismos pueblos? Quizá se necesitará una dosis mayor de inteligencia en el hombre llamado a gobernar la fuerza destructiva. ¿Quién sabe también si esas mismas fuerzas destructivas, acrecentadas en proporciones formidables, no acabarán haciendo retroceder de espanto a quienes las manejen, y si, inspirándose en ideas más sanas, las naciones no preferirán darse la mano y trabajar de común acuerdo en la obra de emancipación general, en lugar de desgarrarse como bestias brutas, de ahogarse unas a otras como energúmenos, como insensatos, en luchas fratricidas y criminales?

Hermanos delegados, la instrucción de los pueblos está a la orden del día: es una de las necesidades de la época. Aprovechemos el viento favorable y naveguemos hacia un porvenir mejor. Que la instrucción se convierta para nosotros en cosa de primera necesidad. ¿Cómo podrían los trabajadores, cooperadores naturales en el hecho y en la idea, llegar a comprender la grandeza y la importancia de las ideas económicas que tanto deseamos difundir y realizar, si no poseyeran los conocimientos necesarios para esta clase de estudios? ¿Cómo interesarlos en la solución del gran problema que ha de darles la vida y la libertad, si antes no se les ha puesto en condiciones de apreciar en su justo valor los grandes resultados que de ella deben derivarse?

En previsión de las eventualidades del porvenir, y sin dejar nunca por ello de trabajar, con los recursos de que podemos disponer, en la emancipación intelectual de aquellos cuyo espíritu está aún velado a la luz, nos ha parecido razonable dejar constancia de ciertos hechos primordiales, proclamar ciertos principios basados a la vez en la justicia y en el interés del mayor número, y esbozar luego el programa de una enseñanza francamente democrática acorde con las necesidades de nuestra época.

Permitidme someter este trabajo a vuestra apreciación. La mayor parte de los principios que en él se enuncian son los vuestros, no lo dudamos; pero adquirirán como una consagración nueva si les dais vuestra aprobación.

La ciencia en general es el resultado acumulado de las observaciones y de las experiencias de los siglos pasados, que la generación actual tiene en depósito. Esta riqueza intelectual, adquirida a costa de los mayores sacrificios y de las penosas fatigas de quienes nos han precedido, es hoy patrimonio de todos.

Todo ser humano que viene a la luz tiene derecho a este alimento del espíritu con el mismo título que tiene derecho al alimento del cuerpo.

El deber del cuerpo social es, pues, repartir al recién llegado el beneficio de la instrucción, el pan de la inteligencia, como se dice, en la proporción más amplia posible.

Todo cuerpo social que no cumple este deber es culpable del crimen de lesa humanidad y, por consiguiente, ya no tiene derecho al respeto y a la consideración de los pueblos.

En consecuencia, y como deducción de lo que se acaba de decir:

Todo miembro del cuerpo social, sin distinción de origen ni aun de sexo, tiene derecho, según sus aptitudes y sus gustos, a adquirir los conocimientos que componen el dominio del saber público.

Nada debe cerrarle el paso: es incluso un deber de todos concurrir a despejar el camino de los obstáculos que podrían detener su marcha. La sociedad entera, en efecto, tiene un gran interés en no dejar que se anule en ningún punto el despliegue y la manifestación de la fuerza intelectual, venga de donde venga.

El hombre es una fuerza compleja armonizada: la vida pensante no debe tender a absorber la vida material, ni a la inversa; la suma del trabajo intelectual debe equilibrarse con la suma del trabajo material. En otros términos, la fuerza humana, para mantenerse en estado normal, debe ejercerse por igual por el cuerpo y por el espíritu, ya que nos vemos obligados a proceder por abstracción y a escindir en dos partes un todo único.

El exceso de trabajo perjudica al desarrollo de la inteligencia, y el ejercicio de la inteligencia llevado demasiado lejos perjudica al vigor y a la salud del cuerpo.

Hay que aplicarse a realizar el precepto del satírico latino, de modo que se tenga un espíritu sano en un cuerpo sano (*mens sana in corpore sano*).

De la instrucción se deriva necesariamente la educación, y sobre todo la educación moral; o, más bien, la una no puede ir sin la otra.

La moral considerada desde el punto de vista moderno —y que esta palabra no os extrañe, porque el código moral está todavía por escribir en gran número de partes y por reformar en muchas otras—, la moral, decimos, no es otra cosa que la ciencia de las relaciones sociales, es decir, de las relaciones que deben existir entre los hombres con vistas a su elevación al estado de grandeza y de dignidad que comporta su naturaleza.

El instrumento, la facultad que percibe estas relaciones, es la inteligencia —conciencia moral, en la palabrería filosófica—. La inteligencia captará tanto mejor estas relaciones cuanto más cultivada esté, y el fondo moral será tanto mejor cuanto más abundante y más rico.

Es evidente, según esta definición de la moral, que se basa enteramente en la persona humana y que no admite otra fuente.

Los problemas insolubles no nos conciernen; es locura atacarlos.

El conjunto de las verdades sociales percibidas por la inteligencia o la razón forma una ciencia que es una para todos: es la misma para todas las comarcas del globo, como todas las demás ciencias. Si hay sociedades, e incluso pueblos, que parecen hacer excepción a la regla, es que aún no están iniciados en la verdad: su tiempo llegará, y hay que apresurarlo lo más posible; es deber de todos.

La ley moral es superior a la ley civil, que no es más que transitoria y a menudo solo es su expresión muy incompleta; es superior a las leyes religiosas, sean cuales sean, porque estas no descansan en absoluto sobre la base científica, porque proclaman como verdadero aquí lo que proscriben como falso más allá, porque son las más de las veces causas de disidencia y desunión entre los hombres en lugar de acercarlos: verdaderas concepciones poéticas, hoy insuficientes para conducir y dirigir a la humanidad en su camino, condenadas a decaer del lugar que ocuparon en el pasado y a desaparecer con el tiempo.

Una de las prescripciones morales que se imponen en primer lugar es la obligación de trabajar por hacer desaparecer ese espíritu de rivalidad rencorosa, ese antagonismo pueril que los dinastas de todos los países procuran mantener entre los pueblos para consolidar mejor su autoridad y su poder. Debemos poner todo nuestro cuidado en preparar la alianza de las diversas patrias para no tener ya más que una que nos sea común a todos.

Otra verdad no menos importante es que el trabajo es una ley eminentemente obligatoria para el hombre social: quien no trabaja de una forma u otra comete un robo contra la sociedad, que, ella sí, trabaja necesariamente para él.

Hay, sin embargo, un trabajo que no merece ese nombre: el que se apropia para sí o para los suyos una parte injusta de la riqueza social, el que despoja sin pudor a los miembros del cuerpo del que forma parte en lugar de ayudarlos. Este género de trabajo es inmoral. El trabajo, en efecto, se define a nuestro juicio así:

Un ejercicio, sea del cuerpo, sea del espíritu, o de ambos a la vez, con el fin de procurar a quien se entrega a él los medios de atender a sus necesidades y a las de los suyos, concurriendo al mismo tiempo en justa medida al bien del cuerpo social, es decir, al bien común.

Un principio del que también hay que estar bien penetrado, y que está fundado en la naturaleza misma de la especie, es que el hombre, ser débil al comienzo de la vida, trae consigo derechos: tiene derecho a la existencia en todas sus formas, física e intelectual. Estos derechos que reivindica, o más bien que el cuerpo social reivindica para él, constituirán más tarde sus deberes hacia quienes se encuentren, sea al comienzo, sea al declinar de la vida, sea en el espacio intermedio, débiles e impotentes como lo fue él mismo.

Saber obliga: si debemos levantar a nuestro hermano, e incluso a nuestro enemigo, caído en el camino, ¿no es igualmente un deber para nosotros hacer la luz en su espíritu y salvarle de los escollos donde podrían naufragar su inteligencia y su dignidad de hombre?

Al que sabe le toca enseñar al que no sabe. El mismo que enseña podrá llegar a ser enseñado por otro que sepa más que él. Hay que considerar la instrucción como un préstamo que se está obligado a devolver a otro distinto del que nos lo hizo.

La vida, por lo demás, no es más que una larga instrucción.

Es uno de los errores más funestos pensar que el cultivo de las letras y de las ciencias, que el estudio, vuelve inhábil e incluso impropio para los trabajos manuales; lo que debe ocurrir es todo lo contrario. Basta con dar a cada cosa lo suyo. Ora la pluma, ora la herramienta en la mano: he ahí el verdadero ciudadano, he ahí el hombre fuerte, el hombre del porvenir. Si, pese al progreso de las ideas modernas, todavía hay quienes —y por desgracia los hay— sienten, por su saber, por grande que sea, alejamiento y repugnancia por el trabajo manual, esos sufren las consecuencias de una mala educación; es un prejuicio más que tienen que hacer desaparecer.

Para llegar a corregir este defecto en los hombres, importa aplicarse a divulgar el saber, a despojarlo de ese carácter de cosa maravillosa con que de ordinario se le rodea, a mostrar que no hay más milagro en tener el espíritu cultivado que en tener dos brazos y dos piernas vigorosamente constituidos, que el estado contrario constituye una invalidez, que el hombre que no posee los conocimientos esenciales requeridos para vivir a la altura de su siglo es un elemento social imperfecto, un hombre incompleto.

Si estas verdades se apreciaran y, sobre todo, se pusieran en práctica, todos los pequeños genios que hoy nos asedian y nos ahogan, que propagan la baja literatura y las ideas triviales a 5 céntimos el número, volverían pronto a la multitud cuyo instinto de curiosidad y cuya simplicidad explotan a la vez; solo quedaría en pie el verdadero genio, el genio útil, el que dota a la humanidad de beneficios reales.

Hay además preceptos que el trabajador no debe descuidar: que forme temprano a sus hijos en las buenas costumbres; que en un cuerpo viril ponga un alma viril; que dé a la sociedad miembros que la honren y que contrasten felizmente con esos degenerados de la época a los que con razón se ha bautizado con un nombre acorde con sus tristes costumbres.

Que el hijo del trabajador se instruya, pero que se condene al trabajo; que no abdique alegremente de su independencia yendo imprudentemente a inscribirse en el número de los habituales del presupuesto, a engrosar la multitud de los lacayos del funcionarismo. Hacer depender voluntariamente la propia vida, la existencia propia y la de los suyos, del capricho de un poderoso es consentir en el rebajamiento, exponerse a la envilecedora necesidad de velar, de desnaturalizar las propias convicciones; es abdicar de la dignidad de hombre.

Que tampoco entre en el laberinto tenebroso de la chicana, en el que los propios maestros tienen mucho trabajo para orientarse. La balanza de Temis oculta trampas pérfidas a las que los sencillos van a buscar justicia, pero donde las más de las veces dejan alguna pieza importante de su haber.

Quedémonos, pues, en el trabajo, en el trabajo realmente útil.

El trabajo, ese vilipendiado, ese infamado de los tiempos pasados, ha obtenido al fin su rehabilitación: honra, y entrega al mismo tiempo al desprecio a quienes no lo honran.

El cetro pertenecerá en el porvenir al trabajo ilustrado y moralizado: esa es la más alta expresión a la que puede elevarse el tipo humano.

Tras los principios vienen, con toda naturalidad, los medios prácticos.

Permitidnos, pues, exponeros ahora brevemente los modos de aplicación de estos principios, los medios que a nuestro juicio parecerían más adecuados para realizarlos.

El niño queda bajo la tutela del padre y de la madre, pero sobre todo de la madre, que en sus primeros tiempos es su directora natural, hasta la edad de ocho años. Aprende a leer, a escribir, a contar, etc. No entra en nuestro plan decir aquí todo lo que se puede enseñar a un niño hasta los ocho años; pero, sin fatigarle, sin aburrirle siquiera un instante, se puede, si se hace bien, nutrir esa joven inteligencia con una instrucción ya muy sustanciosa. Pero guárdese mucho de hacerle aprender nunca nada que antes no haya comprendido perfectamente. Es en los primeros años cuando se depositan en el corazón del niño los gérmenes de los grandes principios que deben fructificar más tarde y hacer de él un verdadero ciudadano.

En este primer periodo de su educación se habrá hecho mucho por sus desarrollos ulteriores si no se le ha atiborrado de todos los cuentos de la mitología religiosa, cosa de la que una madre sensata deberá guardarse siempre muy bien.

A partir de los ocho años, el niño pasaría al dominio de la enseñanza en común.

Habría pequeños concursos que servirían ya para establecer el valor comparativo de la instrucción dada por las familias. Estos concursos se rodearían de toda la publicidad posible. Sería un estímulo para los niños y para los propios padres.

En cuanto a los miembros encargados de inculcar la ciencia, formarían una vasta corporación, la corporación de los miembros de la enseñanza, subdividida, por supuesto, en diversas categorías según las materias de enseñanza. Estos miembros, estos profesores, se reclutarían entre los ajenos a la corporación; su admisión la harían los propios miembros de la corporación docente, a la luz del día, en concursos a los que se daría siempre toda la publicidad posible. Los elegidos de esta corporación solo recibirían su mandato y su consagración de sus pares; no dependerían en absoluto del Estado, sino de su orden y de sus estatutos; solo responderían de sus actos ante la opinión pública. Por eso habría que dejar a esa opinión pública, además del derecho de control, el derecho, observando ciertas formalidades y ateniéndose a ciertas prescripciones, de detener al profesor en su marcha y aun de condenarle al silencio si su enseñanza fuera mala. Es fácil ver el principio: no tenemos la pretensión de trazar *a priori*, con todos sus detalles, los procedimientos que habría que emplear para impedir el abuso.

No hemos hablado del papel que desempeñarían las mujeres en la corporación docente. Nada impediría que estuvieran sometidas a un régimen análogo al de los hombres. Si la instrucción de la mujer no abarcara todos los estudios impuestos al hombre, debería ser siempre muy amplia y muy sustanciosa, ya que a cada madre de familia se la considera, como se ha visto, la primera maestra, la maestra natural de sus hijos.

En la corporación docente tal como la hemos descrito, los jóvenes estudiarían primero:

Las lenguas, como medio de preparar a los pueblos para el buen entendimiento, para la fusión de las ideas. Es sobre todo en la edad temprana, cuando los órganos tienen todavía gran flexibilidad, cuando conviene aprender las lenguas. Por lo demás, se aprenden fácilmente con los extranjeros, procediendo de la misma manera que con la lengua materna.

Nosotros, delegados de diversos países que hablamos idiomas diferentes, estamos mejor situados que nadie para apreciar la ventaja de poder expresar el propio pensamiento en varias lenguas.

Se hace estudiar simultáneamente al niño su propia lengua. Se le acostumbra desde temprano a poner orden en sus ideas y a hablar ante varias personas, porque, notémoslo de paso, la enseñanza deberá ser siempre pública. Nada de enseñanza a puerta cerrada, entre cuatro paredes heladas. A los jóvenes les hace falta la vida, el movimiento. La presencia del público, y sobre todo de las familias, es un estímulo, y a veces incluso un freno, para el profesor; forma a los niños en la compostura y la discreción, y los familiariza desde temprano con la vista de las reuniones, con la vida pública a la que estarán llamados más tarde.

La ocupación principal sería luego el estudio de las ciencias positivas: las matemáticas, la física, la química, las ciencias naturales, al menos en sus generalidades.

Ni que decir tiene que, además de estos conocimientos, se adquirirían otros no menos indispensables. La higiene figuraría en primer lugar: los medios de preservar el organismo humano de multitud de accidentes a los que está expuesto todos los días y de ponerlo en guardia contra los excesos que podría cometer imprudentemente son, junto con el estudio fisiológico de la propia máquina humana, conocimientos de la mayor utilidad, aunque no tuvieran otro efecto que librarnos un poco de la charlatanería ruinosa de la medicina con patente.

La historia, o el relato de los acontecimientos pasados, considerados en sus diversos aspectos, proporcionaría útiles lecciones para la conducta y la dirección de la vida, sobre todo si el relato de esos acontecimientos se presentara sin reticencias, sin segundas intenciones y con toda la independencia de gentes que no tienen ningún interés en velar la verdad.

Todos los niños sin excepción pasarían seis años en estos estudios, de los ocho a los catorce años.

Se multiplicarían las corporaciones docentes en el mayor número posible de lugares, para ahorrar a los jóvenes los desplazamientos a gran distancia y el reproche de especulación con los víveres, con la comida, que se hace a la mayoría de los establecimientos actuales.

A los catorce años terminaría la instrucción común. Entonces se interrogarían las aptitudes. Cada uno seguiría durante dos años la carrera por la que sintiera más inclinación. Se abrirían concursos para comprobar el mérito y la valía de cada uno y para poder recoger a los más capaces de figurar un día a la cabeza de los grandes establecimientos, de las grandes empresas de utilidad pública.

La vida de estudios, como se ve, ya no se prolongaría, como ocurre con los privilegiados de la fortuna, hasta el tercio de la vida y a veces más allá. Esto tendría por resultado librar las calles de una multitud de ociosos que, so pretexto de estudios, cultivan con todas las extravagancias la vida de jolgorio y de placer, y eso en detrimento, y demasiado a menudo en deshonra, ¿de quién?... La respuesta no hace falta darla. El hijo de familia que echa mano a todo lo que le conviene, sin miramientos, sin respeto por lo que es débil y demasiado a menudo está sin tutela, sin guía, es el colmo de la torpeza moral. El estudiante de larga carrera y el militar, otro ocioso, verdadero parásito social: he ahí las dos llagas, los dos azotes de las familias pobres.

Pero volvamos.

No hemos hablado hasta ahora del modo de retribución de las corporaciones docentes. Pensamos que, para conservarles toda su independencia frente al Estado, deben ser retribuidas por los particulares agrupados, sea por municipios, sea por circunscripciones más extensas; si hay un cuerpo que deba conservar su autonomía y su independencia más completa, es sin duda el cuerpo docente.

Ahora bien, ¿cabe esperar ver realizarse algún día un programa así? ¡Eh!, ¿por qué no? ¡El hombre ha derribado ya tantos abusos! Si no es mañana, será en el porvenir. Desde hoy es posible aplicar algunas de sus partes. El fin está marcado, la dirección está trazada. Un día u otro aparecerán pioneros audaces que pondrán resueltamente manos a la obra y harán una parte de la tarea. Otros reanudarán el trabajo y lo llevarán a término, con modificaciones sin duda, pero ¿qué importa, si es el mismo espíritu? Así es como se han realizado con el tiempo muchas concepciones que en su origen se calificaban de sueños, de utopías. Cuando una idea es justa y verdadera, es muy raro que no triunfe con el tiempo. Empecemos, pues, por inscribir en nuestra bandera, de un lado, instrucción y trabajo, y del otro, moralidad e independencia del pensamiento, y no desesperemos nunca ni del presente ni del porvenir.

### Informe de las secciones de Ginebra sobre la cuestión de la enseñanza

#### Prólogo.

Encargados por el Comité de Ginebra de la Asociación del Sou para la Emancipación del Pensamiento y del Individuo[^B5] de hacer un informe sobre la cuestión de la instrucción obligatoria, hemos admitido esta verdad incontestada e incontestable: que, para los pueblos como para los individuos, la instrucción es una causa de bienestar, y que una nación es tanto más próspera cuanto más elevado es su nivel intelectual.

De ello hemos deducido que, puesto que la nación está directamente interesada en su prosperidad, la obligatoriedad de la instrucción en todos los grados es legítima, que es una medida de interés general, de orden público.

Sin embargo, como la obligatoriedad de la instrucción puede convertirse en fuente de una gran iniquidad, hemos tenido que admitir —para obviar este inconveniente, que haría imposible la ley de obligatoriedad—, hemos tenido que admitir, decimos, no solo la gratuidad de la enseñanza[^B-cr1], sino también el principio de que el Estado[^B-cr2] debe atender a los gastos de manutención de toda la juventud mientras dure la instrucción de cada uno, en todos los grados.

Además, nos hemos visto llevados a reconocer que no hay mejora radical posible del estado social sin esta medida.

Una palabra más.

Las conclusiones que ponemos al frente de este informe son diametralmente contrarias a las ideas establecidas y, a primera vista, a la mayoría le parecerán erróneas, cuando no escandalosas o absurdas.

Respetamos estas diversas maneras de juzgar nuestro modesto trabajo y reconocemos a cada uno el derecho de decir a este respecto todo lo que quiera, pero con una condición: que sea después de habernos leído. Dicho de otro modo, pedimos que no se rechacen nuestras conclusiones antes de haberse tomado la molestia de examinar si son lógicas.

#### I. Consideraciones generales.

Ya apenas se atreve nadie a poner en duda el estado vicioso de la organización social, o más bien la existencia del desorden anárquico en el seno de la sociedad. Esas crisis violentas que, con el nombre de revoluciones, han ensangrentado y ensangrentarán todavía a la humanidad, ¿no son una prueba de que ese desorden existe? «Toda revolución —dice Proudhon— se plantea primero como una queja del pueblo, una acusación contra un estado de cosas vicioso cuyo dolor sienten antes que nadie los más pobres.»

En efecto, es un error creer que las revoluciones son obra de unos cuantos individuos, de unos cuantos *agitadores*, como se los llama; son los sufrimientos del pueblo los que le hacen agitarse y los que hacen estallar la crisis, la revolución.

Ahora bien, ¿se producirían esos sufrimientos si en la sociedad reinara el orden? Evidentemente no, porque el cuerpo social, como el cuerpo del hombre, solo puede sentir dolor a consecuencia de un desorden orgánico. Así pues, puesto que nuestra civilización ve estallar crisis violentas, es que el pueblo sufre, y, puesto que el pueblo sufre, es que en nuestra sociedad existe el desorden. Es elemental.

Y hay aquí un hecho que los conservadores, los enemigos de todo cambio, en fin, quienes niegan la necesidad de emancipar a todo lo que sufre, deberían meditar: que las revoluciones violentas, esas manifestaciones del desorden social, seguirán produciéndose mientras ese desorden subsista; es decir, mientras uno se limite, como se ha hecho hasta ahora, a intentar atajar los efectos del mal en lugar de hacer desaparecer su causa, a poner emplastos sobre los chancros del cuerpo social en lugar de poner remedio al vicio constitucional que los produce.

Así pues, reconocer la fuente del mal: tal es lo primero de que tenemos que ocuparnos.

#### II. De las causas del desorden social.

El desorden social se traduce en efectos inmediatos que dependen de una causa primera, y de los que los principales, señalados desde hace mucho tiempo, son:

1.º La *guerra*, que favorece el desarrollo del despotismo y hace correr la sangre humana, las más de las veces sin provecho para el vencedor, pero cuyos efectos regulares son paralizar, aun antes de que estalle, el comercio y la industria, ocasionando así un aumento de miserias y de ruinas incluso entre quienes son ajenos a la lucha.

2.º El *pauperismo*, que hace al niño expósito, al mendigo, al ladrón y a la prostituta.

3.º La *Iglesia*, que condena la razón, legitima la guerra y consagra el despotismo y el pauperismo.

Limitemos a estos tres puntos la enumeración de los efectos inmediatos del mal, los cuales, como queremos demostrar, no son en realidad sino los efectos de un vicio social orgánico.

La *guerra*, resultado de los ejércitos permanentes, que son una necesidad del despotismo, el cual tiene por causa la necesidad de mando, de dirección, que siente todo grupo de hombres que vive en la *ignorancia*.

El *pauperismo*, resultado del proletariado, que es a su vez la consecuencia del mal estado de las relaciones económicas y de la enajenación en favor de unos pocos del suelo y de los capitales acumulados por las generaciones pasadas, enajenación que tiene por causa la *ignorancia*.

Por último, la *Iglesia*, resultado de una organización poderosa y hábil, cuyos grandes recursos financieros los proporciona directa o indirectamente el pueblo, porque todavía cree en la necesidad de la Iglesia, porque tiene prejuicios. Ahora bien, ¿cuál es la causa de todo prejuicio? ¡Siempre y otra vez la *ignorancia*!

¡La *ignorancia*: he ahí el vicio social orgánico, la causa primera del desorden! Ahí es donde hay que golpear, y golpear fuerte; porque, si se hace desaparecer esa lepra, la verdadera, la última revolución quedará cumplida.

Así pues:

Para poner fin al desorden social es preciso que la instrucción se generalice, porque *el desorden social es la ignorancia de todos o de algunos en un grado cualquiera*, y *el orden social es la instrucción completa de todos*.

#### III. La cuestión de la instrucción considerada como medio de reunir los diversos elementos revolucionarios.

Es un hecho de todos los tiempos que los privilegiados se defienden con encarnizamiento contra las usurpaciones de la libertad y de la razón, como si el progreso hubiera de serles fatal. Gracias a este error, la esclavitud, la servidumbre y tantas otras instituciones de los privilegiados solo han podido terminar en la sangre. Hay que esperar, pues, ver al despotismo, a la burguesía y a la Iglesia oponerse con todas sus fuerzas a la generalización de la instrucción, que tendría por resultado suprimir para siempre los privilegios que sus poseedores juzgan indispensables para su felicidad.

Y, sin embargo, ¿qué ser razonable lo bastante afortunado para tener una existencia independiente consentiría hoy en vivir exactamente en las mismas condiciones que los señores de la Edad Media? ¿Qué ser razonable, cuando la generalización de la instrucción haya dado todos sus frutos, querría consentir —aunque fuera posible— en vivir exactamente en las mismas condiciones que el hombre más abundantemente provisto de los privilegios de nuestra triste época?

A las generaciones futuras les costará comprender por qué extraña aberración la humanidad pudo tanto tiempo no entender que el interés individual bien entendido es el interés de todos, y que el interés de todos bien comprendido es la felicidad de cada uno.

El principio de la generalización de la instrucción, considerado desde el punto de vista de la renovación social, exigiría, para desarrollarlo según su importancia, un trabajo completo y mucho más considerable de lo que permite el marco restringido que hemos tenido que trazarnos. No obstante, los desarrollos que damos aquí bastarán sin duda para alcanzar el fin que nos hemos propuesto: la indicación de un medio práctico para llegar *sin reacción* al establecimiento del orden real en la sociedad mediante la emancipación de todos los individuos.

Pero antes permítasenos hacer preceder esta rápida exposición de algunas reflexiones que nos sugiere la tendencia que tienen casi todos los hombres del partido avanzado a querer hacer prevalecer tal cuestión a la que están más particularmente apegados a expensas de tales otras que, sin embargo, también tienen su importancia.

Que no se olvide, pues, de una vez por todas, que el progreso es uno, y que no hay nada hecho mientras quede algo por hacer.

La cuestión de la instrucción, resuelta tan radicalmente como nosotros la entendemos, trae consigo paralelamente la solución de todas las que agitan nuestra época; es una gran ventaja que estas no tienen. Además, el derrocamiento del despotismo y la abolición de los ejércitos permanentes, la modificación de las relaciones económicas y la separación de la Iglesia y del Estado son progresos que, realizados aisladamente, no pueden establecer la igualdad ni, por tanto, producir el orden social; y, realizados simultáneamente, solo pueden ofrecer garantía y estabilidad en la medida en que la reacción ya no tenga por palanca la ignorancia general, lo que equivale a decir que todas las reformas solo serán completas y estables si la instrucción está absolutamente generalizada.

La forma republicana de gobierno no suprime el pauperismo: ¡ved Suiza! ¡Y ved si en los Estados Unidos de América, que sin embargo están separados de la Iglesia, el individuo está emancipado material e incluso intelectualmente! ¿Darán las relaciones económicas modificadas la separación de la Iglesia y del Estado, la emancipación del pensamiento, la forma democrática del gobierno? Puede ponerse en duda; en todo caso, estos progresos no traen forzosamente consigo la realización inmediata de todos los demás.

Estas reformas parciales pueden, pues, obtenerse sin que por ello desaparezca el desorden social; mientras que la instrucción *no puede* generalizarse si no se resuelven paralelamente las cuestiones política, religiosa, económica, etc.

Además, como veremos más adelante, la generalización de la instrucción presenta la inestimable ventaja de poner todas esas reformas, y el nuevo orden de cosas que las haya establecido, al abrigo de toda maniobra reaccionaria.

Por estas consideraciones, y por otras que vamos a enumerar, no podríamos compartir la opinión de quienes ven en la institución de los ejércitos permanentes el principal obstáculo a todo progreso, lo que significa, para cualquiera que entienda a medias palabras, que todo irá bien cuando los diferentes países de Europa, de monárquicos que son hoy, se hayan vuelto republicanos.

No somos nosotros quienes queremos poner en duda que la forma republicana de gobierno sea en todos los aspectos muy superior a la forma monárquica; pero lo que no es menos indudable es que el gobierno republicano no hace necesariamente iguales a los ciudadanos y puede dejar subsistir las causas del desorden social, el proletariado, por ejemplo.

En Suiza, en esta antigua república, ¿está el pueblo más avanzado que en los países monárquicos? Muchos lo piensan, ¡pero qué grande es su error! Estos fieros republicanos, como nos llaman quienes solo nos conocen por los relatos incomparablemente orgullosos y patrioteros de los historiadores suizos, están sometidos, incluso en los cantones llamados avanzados, a aristocracias de todas las formas y de todos los colores. ¿No marchan con disciplina al mando de un jefe, libremente elegido, es cierto, el cual puede llegado el caso —se ha visto más de una vez— hacer cometer a su ejército todos los errores de que se siente capaz? ¿No van a la iglesia estos hombres libres, no veneran la autoridad militar, no están enamorados de la gloria por lo menos tanto como el último súbdito del primer imperio que se presente? ¿No pulula la horrible miseria, y son menos necesarias las cárceles en Suiza que en los Estados monárquicos? ¿No se ha visto hace poco al pueblo de los pequeños cantones hacer grandes esfuerzos por mantener la pena de los bastonazos y la prohibición a los israelitas de residir en su territorio?

Los ejemplos abundan, pero los que acabamos de citar prueban sobradamente que la supresión de los ejércitos permanentes y la forma republicana de gobierno no traen necesariamente consigo el establecimiento de todos los progresos.

Hacemos las mismas reservas respecto de los librepensadores que quieren la separación de la Iglesia y del Estado: pensamos que esta cuestión no puede primar sobre las demás, porque no trae necesariamente consigo su solución. Ya hemos dado la prueba citando a los Estados Unidos de América.

Se habrá realizado un gran progreso cuando el Estado deje de sufragar los gastos de los cultos, eso es a nuestros ojos indiscutible; pero, en el fondo, ¿qué importancia real puede tener esta reforma en una población europea que en sus nueve décimas partes es absolutamente ignorante? ¡Y qué arma para la reacción, qué peligro para el nuevo orden de cosas, si el pueblo, que sigue privado de instrucción, ve en esta separación una persecución dirigida contra la religión, contra la Iglesia que le han enseñado a venerar! En fin, ¿qué se quiere alcanzar separando la Iglesia del Estado? La emancipación del pensamiento, ¿no es así? Entonces reivindicad la generalización de la instrucción y reclamad el empleo de los medios adecuados para obtenerla de manera completa.

Por último, del mismo modo que los políticos a propósito de la supresión de los ejércitos permanentes, y que los librepensadores a propósito de la separación de la Iglesia y del Estado, los socialistas quieren antes que cualquier otra cuestión —cuando no con exclusión de toda otra cuestión— la reforma que les es cara. Ven una panacea universal en la reforma de las relaciones económicas.

Sabemos que, mientras esta cuestión no esté resuelta, no habrá igualdad posible; pero es también de toda evidencia que ninguna reforma radical de este género es compatible con el despotismo y que, mientras este siga en pie, habrá que renunciar a toda esperanza de resolver el problema económico de otro modo que en teoría.

Por eso se introdujo la cuestión política en el Congreso de los trabajadores de Lausana, y, convencido de que la caída del cesarismo era indispensable, aquel congreso declaró:

«Que la privación de las libertades políticas es un obstáculo para la instrucción social del pueblo y para la emancipación del proletariado» y «que el establecimiento de las libertades políticas es una medida primera de absoluta necesidad».

Por los mismos motivos, aquella misma reunión de obreros decidió:

«Adherirse plena y enteramente al Congreso de la Paz».[^B6]

Mientras la mayoría no sepa leer ni escribir, mientras la inmensa mayoría de los trabajadores ignore no solo qué es la cuestión económica, sino incluso que hay una cuestión económica, será muy difícil, si no imposible, resolverla.

Lógicamente, para los socialistas como para los librepensadores y los políticos, la cuestión de la generalización de la instrucción se impone, y todos deben aceptarla tanto más de buena gana cuanto que es fácil comprender que la vuelta de un césar que restableciera el orden de cosas del que tienen que quejarse no es cosa imposible si la instrucción, difundida a raudales, no pone al pueblo en guardia contra la reacción.

El cesarismo, la Iglesia y la burguesía son los resultados de una instrucción egoísta, monopolizada en beneficio de un pequeño número de privilegiados; instrucción que hace de ellos en realidad una raza superior, fuerte, a cuyos ojos la dirección y la explotación de la masa ignorante aparecen con toda naturalidad como cosa justa, legítima, inevitable.

Que la instrucción científica se dé a cada uno en todos los grados y, por la fuerza de las cosas, la explotación en todas sus formas, política, religiosa, financiera, etc., desaparecerá[^B-cr3].

El soldado, el beato, el proletario tienen su razón de ser: son la manifestación de la ignorancia del pueblo. Derribado el cesarismo, separada la Iglesia del Estado, modificadas las relaciones económicas, todas las reformas, en fin, si no se completan con la instrucción del pueblo, no impedirán que el soldado, el beato y el proletario reaparezcan bajo otra forma, quizá, pero nada más: el fondo será el mismo, la desigualdad y el desorden social subsistirán.

En el siglo XVI comienza la era de las revoluciones; moralmente se da un paso inmenso en el camino del progreso; pero, al no estar generalizada la instrucción, todo queda más o menos en el mismo estado: el fondo subsiste, solo cambia la forma; el sacerdote toma otro uniforme y otro nombre, el sermón sustituye a la misa y el beato se queda.

En el siglo pasado, el feudalismo nobiliario muere en el cadalso; pero, al no ser la instrucción accesible a todos, el feudalismo tiene que reaparecer forzosamente. Es, en efecto, lo que ocurre: surge el feudalismo financiero, más ávido quizá que su primogénito a la hora del reparto del botín. El siervo, liberado pero no instruido, no hace más que cambiar de nombre: hoy se llama proletario.

Así pues, ya que el establecimiento del régimen republicano en toda Europa, la separación de la Iglesia y del Estado y las modificaciones de las relaciones económicas no devolverían el orden a la sociedad si esos grandes progresos no se completaran con la generalización de la instrucción, ¿no es un deber y un acto de razón para toda asociación que aspira a regenerar a la humanidad poner a la cabeza de su programa la generalización de la instrucción?

#### IV. De la gratuidad de la enseñanza.

Como la instrucción del pueblo es de interés general, se ha admitido casi en todas partes el principio de la gratuidad para la enseñanza que da el Estado, al menos para la enseñanza primaria.

Con este régimen, el impuesto cobrado a los ciudadanos sufraga la instrucción pública, y los más pobres entre los más pobres, como pagan el impuesto directa o indirectamente, contribuyen a los gastos que acarrea la instrucción dada a los hijos de quienes disfrutan de un bienestar relativamente lo bastante grande para aprovechar las ventajas que ofrece la gratuidad. Nos explicamos: se cree comúnmente que todos, sin excepción, pueden enviar a sus hijos a las escuelas primarias; es un error. Aunque la mayoría pueda aprovechar las escuelas primarias, la puerta no deja de estar cerrada para muchos. Contad los padres para quienes su posición de fortuna —de miseria, estaría mejor dicho— hace obligatorio el trabajo, e incluso la mendicidad, de los hijos, que, si entran en la escuela, solo pueden dedicarle un tiempo insuficiente[^B-cr4].

La injusticia creada por la gratuidad actual de la enseñanza primaria es aún más llamativa en el caso de la enseñanza secundaria y de la superior, porque un número más considerable de ciudadanos no puede llegar a ellas, aunque esa instrucción se dé a expensas de todo el mundo. Es evidente, puesto que la matrícula que pagan los alumnos privilegiados no cubre los gastos de esa instrucción, que el Estado —es decir, todos los ciudadanos— tiene que completar.

La iniquidad es flagrante, pero no es todo. Esta instrucción superior, pagada por quienes están excluidos de ella, tiene por efecto crear una categoría de ciudadanos que, hechos superiores por su desarrollo intelectual, explotarán en grados diversos a quienes semejante sistema mantiene en la ignorancia. Se sabe que la ignorancia hace al bruto, al débil, al que necesariamente explotan los inteligentes, los fuertes: los que han recibido instrucción[^B-cr5].

Pagar las varas con que a uno le pegan: ¡eso es lo que ocurre bajo el régimen de la gratuidad de la enseñanza que se nos ha otorgado!

¿Hay que concluir de esto que esta gratuidad, aun tal como existe hoy, deba suprimirse? No, sin duda, porque buen número de quienes disfrutan de las ventajas de la instrucción primaria, secundaria y superior se verían privados de ellas, lo que tendría por resultado rebajar el nivel del desarrollo general de la sociedad y, por consiguiente, disminuir el bienestar social en el que todos están interesados. Pero lo que debe concluirse es que, siendo la injusticia una causa de malestar y de desorden, hay que buscar los medios de hacerla cesar.

Así, hemos reconocido:

Que mantener la gratuidad de la enseñanza tal como la tenemos sería perpetuar una iniquidad y, por consiguiente, el desorden social.

Y que suprimir esa misma gratuidad sería una necedad que tendría por efecto una disminución del bienestar general relativo actual, seguida de un aumento del desorden social.

Para salir de este círculo vicioso no vemos más que un medio: hacer la instrucción pública accesible a todos. Y a eso solo es posible llegar mediante la obligatoriedad de la instrucción lógicamente instituida.

#### V. De la obligatoriedad de la instrucción.

¿Debe ser la instrucción obligatoria, sí o no? Tal es la cuestión, todavía controvertida, que vamos a examinar, haciendo notar que solo admitiremos esta ley de obligatoriedad en la medida en que sea conforme a la justicia, es decir, en que no lesione ni el interés y el derecho de todos ni el interés y el derecho de cada uno.

Ahora bien, el interés y el derecho de la sociedad son su conservación y su desarrollo, que solo son posibles con el orden social; y el interés y el derecho del individuo son también su conservación y su desarrollo, ya sea el derecho a vivir como especie, es decir, materialmente, ya sea el derecho a vivir como ser sociable, es decir, intelectualmente.

Así, la obligatoriedad solo podrá considerarse una ley justa y útil si se somete a estas tres condiciones:

1.º Respetar el interés y el derecho de la colectividad, o sea, el orden social.

2.º Respetar el interés y el derecho del individuo como hombre, o sea, el derecho a vivir materialmente.

3.º Respetar el interés y el derecho a vivir del individuo como ciudadano, o sea, el derecho a vivir intelectualmente.

Ya hemos establecido en la primera parte de este informe que el orden, condición absoluta de existencia de toda sociedad, solo era posible en adelante mediante la generalización de la instrucción. Se sigue de ello que, puesto que todos estamos interesados en alcanzar este resultado, y en alcanzarlo cuanto antes, y puesto que la obligatoriedad es el único medio radical que puede emplearse para ello, la sociedad tiene fundamento en derecho para hacer la instrucción obligatoria para cada uno de sus miembros; porque dejar al padre la facultad de instruir o no instruir a su hijo es retrasar indefinidamente esta generalización que se ha vuelto indispensable, es «poner el interés de todos a merced de la individualidad»[^B-cr6]. La sociedad no puede ni debe consentirlo.

Así pues, la primera condición para reconocer la justicia y la utilidad de la obligatoriedad de la instrucción queda cumplida, porque es conforme al interés y al derecho de la sociedad.

¿Ocurre lo mismo en cuanto al interés y al derecho del individuo, y ante todo en cuanto a su derecho a vivir materialmente?

Todo el mundo sabe que, en las condiciones económicas en que vivimos, el obrero padre de familia, por lo general, no puede con su escaso salario —cuando lo tiene— alimentar y mantener a sus hijos. En la sociedad moderna, en efecto, el niño solo consigue más o menos vivir dedicando la totalidad de sus jornadas a la producción, de modo que, cuando la obligatoriedad de la instrucción lo retenga en los bancos de la escuela, le será imposible ganarse la vida... ¿Quién le alimentará, le vestirá, le alojará entonces? El padre no puede materialmente soportar esa carga, ya lo hemos visto, sobre todo si tiene varios hijos.

La obligatoriedad expone, pues, a quien afecta a morir de necesidad: el interés individual queda lesionado, el derecho a vivir desconocido, y en estas condiciones la obligatoriedad se convierte en una ley inicua y odiosa a la que hay que renunciar, sean cuales sean, por lo demás, las ventajas que sacarían más tarde la sociedad y el individuo si este consiguiera vivir, sea de la mendicidad, sea de cualquier otro modo, mientras esa ley pesara sobre él.

Así pues, la segunda condición para reconocer la justicia y la utilidad de la obligatoriedad de la instrucción no queda cumplida, porque no es conforme al interés y al derecho del individuo.

En resumen, el orden social solo puede existir mediante la generalización de la instrucción.

La generalización solo es posible mediante la obligatoriedad, y la obligatoriedad es imposible porque lesiona el interés y el derecho del individuo, fuente de desorden social.

Estamos de nuevo en un círculo vicioso del que solo se puede escapar si la sociedad reconoce al individuo el derecho a vivir mientras está sujeto a la ley necesaria para la conservación y la prosperidad general; lo que equivale a decir que la sociedad debe, so pena de desorden y de ruina, comprometerse a proporcionar a cada uno los medios de existir mientras duren sus estudios.

Permítasenos repetir aquí lo que hemos demostrado rigurosamente:

Que el desorden social solo puede cesar mediante la generalización de la instrucción, la cual solo es posible mediante la obligatoriedad; que esta obligatoriedad solo es materialmente exigible en la medida en que la colectividad reconozca el derecho a vivir a la juventud sujeta a esa ley, y que, en consecuencia, el Estado debe, en interés de todos, encargarse, como de un servicio público, de atender a los gastos de alimentación y manutención de la juventud mientras duren sus estudios.

De este modo, al no desconocerse ya el derecho a vivir, la segunda condición para reconocer la justicia y la utilidad de la obligatoriedad de la instrucción queda cumplida, porque es conforme al interés y al derecho del individuo.

La tercera condición, como se recordará, exigía el respeto del derecho del ciudadano, o sea, el derecho a vivir intelectualmente. Esta tercera condición no nos detendrá mucho, porque salta a la vista que la obligatoriedad de la instrucción, lejos de trabar la vida intelectual, es lo único que puede asegurarla a cada uno.

Así pues, la tercera condición para reconocer la justicia y la utilidad de la obligatoriedad queda cumplida, porque es conforme al interés y al derecho del individuo.

En nuestra época, el orden social solo es posible mediante la obligatoriedad de la instrucción y la manutención completa, por la sociedad, de los individuos sujetos a esta ley.

Esto es lo que tenemos por absolutamente adquirido; y, por tanto, hay que elegir entre estas dos alternativas: o el orden social, es decir, la obligatoriedad de la instrucción con las consecuencias que acarrea, o el rechazo de esas consecuencias y, por ende, el mantenimiento de la ignorancia general y del desorden social actual.

No se puede salir de ahí.

Lo confesaremos: no sin satisfacción hemos visto a la lógica llevarnos a plantear la cuestión en términos tan precisos, porque obligará sin duda a los hombres políticos a definirse claramente. Quienes explotan su reputación de revolucionarios, de hombres avanzados, para trabar el movimiento social se verán quizá al fin obligados a ocupar abiertamente el lugar que les asigna su oposición más o menos disimulada a los progresos que reclama la juventud y, en general, a todas las ideas nuevas que se alejan del círculo en el que han circunscrito su vida pública.

#### VI. De las objeciones contra la obligatoriedad de la instrucción.

Aunque hemos demostrado la necesidad de la obligatoriedad de la instrucción, quizá no sea inútil, para tranquilizar del todo a ciertas personas, refutar algunas objeciones, muy débiles, es cierto, que se hacen comúnmente a este progreso.

La libertad individual, se dice —ahora es costumbre servirse de esta palabra contra toda reforma social—, ¿no asegura al padre el derecho de educar a su hijo como le parezca? Podría admitirse si el hijo hubiera de pertenecer siempre al padre, pero no es así: el niño llegará a ser miembro de la sociedad, que le exigirá, a cambio del bienestar que le da, la garantía de que no lo menoscabará, e incluso de que lo desarrollará en la medida de sus fuerzas. Y como esta garantía consiste en la posesión individual de un conjunto de conocimientos determinados, el padre no puede tener la facultad de dejar que su hijo los ignore[^B-cr7].

«Así como el hombre, en virtud de la ley humana y en virtud de la ley de la naturaleza, que es más alta todavía, no tiene derecho a matar a su hijo, tampoco tiene derecho a matar la inteligencia de su hijo con una falsa educación o con la ignorancia»[^B-cr8].

Otra objeción es esta: vosotros, colectividad, no podéis imponer a mi hijo un programa de estudios que no me conviene. A eso responderemos que el programa de estudios exigido por la sociedad solo puede componerse de elementos de ciencia. «Ahora bien, la ciencia, sea cual sea su objeto, físico o moral, sea cual sea su nombre, matemáticas, historia, gramática, retórica, lógica, moral, no puede inquietar a la familia. Como solo contiene verdades exactamente comprobadas o rigurosamente demostradas, y elimina de su dominio todo lo que es objeto de fe o de creencia, no contradice ni hiere ninguna doctrina, sea religiosa, sea filosófica. La ciencia es buena para todos, como la verdad, de la que es la expresión pura e imparcial. Si hay familias que llevan la pasión, el prejuicio y el fanatismo hasta el punto de ver en ella un enemigo de sus creencias, de sus doctrinas, de sus intereses, es una desgracia que no hace sino más legítima y más necesaria la intervención del Estado. Los individuos tienen derecho a huir de la luz, pero no a sustraer de ella a sus hijos»[^B-cr9].

#### VII. Del grado de la instrucción general.

La obligatoriedad de la instrucción debe extenderse a todos los grados, porque la posesión de los conocimientos necesarios para hacer imposible toda explotación solo se adquiere después de haberlos recorrido. El conjunto de estos conocimientos, la ciencia, es un capital que, como todos los acumulados por las generaciones pasadas, debe repartirse entre todos los miembros de la sociedad, es decir, debe pertenecer a la propiedad colectiva, a fin de que todos sean por igual sus propietarios. Lo que la sociedad ha tenido que admitir poco a poco, sin darse cuenta, por la fuerza de las cosas, respecto de los caminos, los edificios públicos, los paseos públicos, etc., ¿por qué no lo admitiría para el capital científico, puesto que de todos los que la humanidad ha constituido es el más importante? Y es tanto más necesario cuanto que, si los demás capitales pueden asegurar la existencia material de nuestra especie, solo la ciencia puede hacerla prosperar. Con la posesión de aquellos el hombre puede seguir siendo un bruto; solo por la ciencia puede tener la plenitud de sus facultades.

Ahora bien, como solo es posible hacer entrar este capital en la propiedad colectiva obligando a cada miembro a poseer los conocimientos que da la instrucción superior, la obligatoriedad es, lo repetimos, necesaria en todos los grados.

Queremos responder de antemano a una objeción que no dejarán de hacernos: la propiedad colectiva, es decir, el reparto igual de la ciencia, es una utopía, se nos dirá. ¿Cómo queréis que quienes abandonen su estudio después de haber cumplido con la ley de obligatoriedad tengan una parte igual a la de quien consagra su vida a ese mismo estudio? Su parte será igual, afirmamos, y he aquí por qué: los estudios superiores ponen en posesión de los conocimientos generales necesarios para el desarrollo de cada uno, e ir más allá en el dominio científico es abrazar una especialidad productiva conforme al gusto del individuo, pero que no le hará superior en nada a quienes se dediquen a las especialidades artística, agronómica, industrial, etc. Gracias a la posesión de los conocimientos generales, incapaces tanto los unos como los otros de tolerar la explotación, el intercambio de los productos solo podrá hacerse ya sobre la base de la equivalencia de las funciones.

En resumen, el orden social exige que la obligatoriedad de la instrucción comprenda lo que hoy se llama estudios primarios, secundarios y superiores.

#### VIII. Indemnización escolar o manutención de la juventud de las escuelas por el Estado.

Si la gratuidad, tal como la tenemos hoy, es insuficiente para generalizar la instrucción, puede considerársela como un primer paso hacia la gratuidad tal como debemos tenerla, es decir, completa —entendemos por gratuidad completa que la instrucción no sea tan onerosa para los ciudadanos que la mayoría de ellos tengan que privar de ella a sus hijos—. La gratuidad actual, traída también por la fuerza de las cosas, es un encaminamiento inconsciente hacia el servicio público de la indemnización escolar, de modo que esta indemnización no es en el fondo más que una simple extensión del principio de gratuidad tan generalmente admitido en nuestros días: es su consecuencia inevitable.

Si se reconoce, pues, que la gratuidad de la enseñanza es buena en sí, no se puede, sin faltar a la buena fe o a la razón, desconocer la legitimidad de la manutención de la juventud de las escuelas por el Estado.

Es, por lo demás, el abecé de la justicia, y eso debería bastar para que se aceptara aunque no supiéramos, por otra parte, que el interés de todos nosotros lo exige. Así, durante los estudios, ricos y pobres de ambos sexos deberán recibir del Estado una suma, variable quizá, pero siempre suficiente para que cada alumno pueda vivir —tanto en alimentación como en alojamiento, vestido, etc.— en condiciones perfectamente higiénicas.

No hemos hablado solo de los pobres porque no debe hacerse distinción de ninguna clase entre los ciudadanos en los servicios públicos, que por su naturaleza misma deben funcionar de manera igual para todos[^B-cr10].

El servicio de correos o el de telégrafos[^B-cr11] no le cuesta más al rentista que al mendigo, y el disfrute de los paseos públicos es gratuito para el uno como para el otro.

Y además, ¿cuántos podrían hacer cursar estudios completos a sus hijos sin pedir la ayuda del Estado? Casi ninguno. No vale, pues, la pena tener dos pesos y dos medidas. Por otra parte, exigiendo a todos los mismos deberes y no concediendo a todos los mismos derechos se comete una injusticia, y no debe haberla allí donde ha de reinar el orden social.

Se comprende que la generalización de la instrucción, instituida tan radicalmente, acarrearía grandes gastos: no solo habría que atender a la manutención de los hijos de la república durante cierto número de años[^B-cr12], crear un gran número de escuelas y sufragar la adaptación a este uso de las iglesias, templos, etc., que la separación de los cultos y del Estado dejaría disponibles, sino que habría que aumentar mucho el número de profesores y más que duplicar, e incluso triplicar, los sueldos que reciben hoy[^B-cr13].

Los recursos actuales de los gobiernos no bastarían para hacer frente a tantas exigencias, aun admitiendo la supresión de los presupuestos de la guerra y de los cultos. Deberíamos hacer aquí el cálculo de las sumas necesarias para sufragar un servicio público tan costoso, y habría que buscar también dónde se pueden encontrar los recursos para cubrirlo sin aplastar a las poblaciones con impuestos; pero nos ahorra este trabajo de índole especial el que prepara uno de los miembros de nuestra *Asociación del Sou*, que llevará por título *Del impuesto*.

#### IX. Impotencia de la reacción.

Hemos afirmado que la reacción contra la obra de la revolución social se volvería imposible si esta tuviera cuidado de generalizar la instrucción.

He aquí por qué creemos en la impotencia reaccionaria, pese a las lecciones del pasado.

Observemos ante todo que la reacción saca su fuerza principal del desapego del pueblo hacia la revolución que ha hecho, porque, como esta no pone fin a sus miserias como él esperaba —la razón es que todas las revoluciones pasadas no han alcanzado la causa primera de las miserias sociales, la ignorancia—, le resulta bastante indiferente que un golpe de Estado derribe las instituciones nuevas, que no han sabido cambiar nada de su situación. Si, por el contrario, se supone destruida la causa primera de los sufrimientos del pueblo por la generalización de la instrucción, la reacción se vuelve imposible y el porvenir ya no es sino el desarrollo permanente del progreso. Pero reconocemos que esta generalización no se hará de un día para otro; hará falta para ello cierto tiempo, durante el cual podría producirse la vuelta del pasado, con ayuda de la ignorancia todavía existente, si las poblaciones no tuvieran un interés *directo, inmediato*, en sostener con todas sus fuerzas el régimen que hubiera inaugurado la indemnización escolar.

Es preciso que la futura república, más sensata en esto que sus predecesoras, que nunca se pusieron en guardia contra los antiguos partidos, imite al despotismo, que asegura su existencia por la fuerza material. No queremos decir con esto la fuerza de las armas; pero ¿no hay en nuestra época una fuerza mucho mayor, la del interés? Esa es la que debe asegurar la existencia de la obra del progreso.

Con la indemnización escolar, el padre de familia recibirá una suma de dinero para la manutención de cada uno de sus hijos en edad de seguir los cursos públicos. Figúrense a los campesinos más ignorantes, más beatos, más imperialistas posibles, recibiendo por cada hijo, en Francia, supongamos, una suma media de 500 o 600 francos al año, y a los que se fuera a predicar el derrocamiento de un orden de cosas que, no contento con haber suprimido los impuestos que tanto les pesan, la quinta, etc., pagara además, y con largueza, la manutención de los hijos. ¡¡¡Pero esos beatos, esos imperialistas, os lo juro, agarrarán por el cuello a los que inciten al odio y al desprecio de la República democrática y social y, si hace falta, se dejarán hacer pedazos por ella!!!

He ahí una fuerza que bien vale la de las bayonetas, sin contar con que, hasta en las aldeas, la idea nueva tendrá defensores enérgicos en la persona de los maestros primarios y secundarios de ambos sexos[^B-cr14], que, bien pagados y, por tanto, independientes, no tendrán que contemporizar con ningún prejuicio y ya no serán los muy humildes servidores del sacerdote, suponiendo que quede alguno cuando los habitantes tengan que costearlo individualmente.

Estas son las razones por las que creemos imposible la reacción si se instituye la indemnización escolar.

En el momento de desaparecer para siempre, sería justo que la ignorancia —hasta ahora enemiga del progreso— quedara constituida en ejército defensor de la instrucción y de la igualdad.

#### XII. Conclusión.[^B7]

El primer periodo de la historia de la civilización toca a su fin: es el periodo de la ignorancia, es decir, de la desigualdad social, que las sucesivas medias revoluciones engendradas hasta hoy por los sufrimientos del pueblo no han sabido cerrar, y al que debe suceder el periodo del conocimiento, es decir, de la igualdad social.

¿Les corresponde quizá a las generaciones presentes cerrar esta larga serie de siglos de miserias?...

¿Qué más natural, en efecto, que admitir que los congresos de Bruselas y de Berna tendrán la virilidad suficiente para prepararse a dar, fijando de común acuerdo el programa de la revolución social, la señal de esta gigantesca evolución? ¿No tienen asegurada la simpatía y la entrega de las clases oprimidas, así como el apoyo de todas esas asociaciones que imprimen a nuestro siglo su carácter de especialidad, notable en que tiende a sustituir el principio de las nacionalidades por el de la humanidad: *a la antinomia, la solidaridad*?

No forzaremos, pues, la situación si decimos que depende de los pocos hombres reunidos en esas asambleas adelantar la época que pondrá por fin término a la anarquía que pesa sobre los pueblos desde tan lejos como alcanza su memoria, reivindicando la generalización de los bienes acumulados por las generaciones pasadas, entre los que figura el capital científico.

La generalización de este capital encierra implícitamente la solución del problema social; opera necesariamente la verdadera revolución; por eso no hemos vacilado en desprender esta verdad de todo lo que podía distraer la atención del lector del punto esencial al que hemos querido atraerla.

Por lo demás, despojados como hemos sido, como todos los obreros, de nuestra parte de instrucción, apenas podíamos esbozar nuestro tema; no estando todavía suficientemente preparados, hemos preferido no abordar las cuestiones secundarias que se relacionan con la generalización de la instrucción, como la libertad de enseñanza, el papel del municipio en este servicio público, la enseñanza profesional, el programa de los estudios para los dos sexos, etc., etc.[^B-cr15], cuestiones sobre las que pueden cometerse errores de juicio, porque admiten divergencias de opinión, y que no pueden demostrarse matemáticamente como la indemnización escolar.

Si hemos dicho unas palabras sobre el orden social actual, que tantas susceptibilidades despierta tanto entre los radicales demócratas como entre los conservadores, es porque era indispensable para nuestra demostración.

No tenemos por qué lamentarlo: ¿de qué sirve, en efecto, ocultar lo que salta a la vista de los mismos que gritan muy alto —para aturdirse, sin duda— que todo va bien? ¿De qué sirve fingir que se ignora que el trabajador no quiere seguir siendo esclavo, y que de esta voluntad surgirá una crisis violenta?

La revolución del siglo pasado estaba contenida en estas palabras: «¿Qué es el tercer estado? Nada. ¿Qué debe ser? Todo».[^B8] Del mismo modo puede decirse hoy, para resumir el movimiento revolucionario: ¿Qué es el trabajador? Nada. ¿Qué debe ser? Todo.

El trabajador lo será todo por la instrucción.

Y entonces todos serán trabajadores, lo que no es posible en la organización actual, en la que, aunque no todos producen, falta trabajo para los brazos que querrían ocuparse.

Porque ese es un fenómeno que hay que cargar en la cuenta de nuestra pretendida organización: dado este axioma, que el producto del trabajo es una riqueza de la que todos disfrutan, ¡¡la creación de esa riqueza de la que todos disfrutan es a veces materialmente imposible!!

Todo el mundo sabe que los obreros están parados y mueren de necesidad. Sería risible si no fuera estúpidamente monstruoso.

No exageramos nada: uno de los más ilustres defensores del orden presente, J.-B. Say, lo confiesa con todas sus letras: «Todos los años —dice— una parte de la población *tiene que* morir de miseria, incluso en el seno de la nación más próspera».[^B9]

¡He ahí el total que da la suma de los principios de la economía política!

¡He ahí adónde llegan sus apóstoles cuando tienen el valor de formular las consecuencias de los principios sentados por su ciencia!

¡He ahí lo que aceptan su escuela y todos los que no quieren una renovación social, todos los que, en fin, rechazan la indemnización escolar!

¡He ahí la moralidad de ese orden social que se nos acusará de querer perturbar!

Después de todo, los enemigos del progreso harán lo que juzguen oportuno; nosotros tenemos, mientras no se pruebe lo contrario, por verdades exactamente demostradas:

1.º Que el orden social solo puede alcanzarse mediante la generalización de la instrucción en todos los grados;

2.º Que esta solo puede obtenerse mediante la obligatoriedad de la instrucción;

3.º Y, por último, que la obligatoriedad de la instrucción solo es admisible con la indemnización escolar.

Que, en consecuencia:

En nuestra época no hay orden social posible sino mediante la institución de esa indemnización.

De donde concluimos que para la sociedad no hay más que dos alternativas:

O aceptar la indemnización escolar, que inaugura una civilización nueva;

O resignarse a soportar indefinidamente los males que engendra nuestra raquítica civilización.

Así pues, cuando a quienes quieren el establecimiento del orden real les sea posible introducir un cambio en el estado actual de los asuntos públicos en Europa, toda consideración, sea del orden que sea, deberá borrarse ante esta imperiosa necesidad de difundir a toda costa la instrucción completa, la única que puede asegurar el establecimiento del bienestar en el seno de la humanidad.

**Richard**, de Lyon. — No insistiré en la necesidad de la instrucción, sería inútil aquí, sino que estudiaré esta cuestión desde el punto de vista de los medios que hay que emplear para acelerar la emancipación moral de las clases obreras, y de lo que debe ser la enseñanza para que los ciudadanos en general y los obreros en particular lleguen a poseer las nociones de moralidad y de dignidad que son la base del verdadero civismo. Para acelerar la emancipación moral de los trabajadores, solo podríamos recurrir a la asociación, que los inicia en el movimiento económico y los impregna poco a poco de la excelencia del mutualismo. Pero la asociación encuentra en ciertos países, y especialmente en Francia, obstáculos poderosos en la privación de la libertad de prensa, de la libertad de palabra y del derecho de reunión. Sin embargo, no soy de la opinión de quienes querrían que se derribara un sistema político solo para reconquistar dichas libertades; soy de los que piensan que, cuando se derriba un viejo edificio para construir uno nuevo, no hay que dejar los cimientos agrietados del viejo para asentar el nuevo.

Las conferencias y los cursos públicos y gratuitos se han convertido en un excelente medio de instrucción para los obreros, que los siguen con mucha asiduidad. Lyon, entre otras, y como delegado de esta ciudad estoy orgulloso de hacerlo constar, se distingue en esto. La creación de bibliotecas prestaría grandes servicios, pero no habría que dejar que intervinieran en ella los senadores; que se coman sus rentas, que es el único sacerdocio que les conviene.[^B11]

Y ahora, ¿cuáles son las reformas que debemos reclamar en el sistema de educación y de enseñanza que se sigue hoy? He ahí una cuestión importante que me alegra ver tratada por obreros. ¡Ah, señores sabios en *-us*!, ¿habéis podido creer que toleraríamos siempre que nos reglamentarais a vuestro antojo nuestro alimento intelectual? Para encauzar bien la educación de los niños, hay que oponer al estudio inmoral de la Biblia el de la historia de los hombres útiles; hay que enseñarles a conocer sus deberes y sus derechos, a discernir lo justo de lo injusto; al estudio de las lenguas muertas convendría también sustituirlo por el de las lenguas vivas, como el inglés, el alemán, el italiano, etc., para que puedan aplicarse a estrechar los lazos que deben unir a los pueblos; deberemos también apartar al sacerdote, cambiar el modo de enseñanza de los profesores laicos y establecer la instrucción gratuita y obligatoria. Y, sobre todo, recuérdese bien que sin la revolución social que concilie los intereses la educación nunca tendrá el carácter que deseamos, porque habrá gente interesada en embrutecer a los demás para tiranizarlos.

**El secretario Theisz**. — Las conclusiones leídas por Brismée[^B13] al final de la sexta sesión quedan aprobadas por el congreso.

Se levanta la sesión a las once.

## Rectificaciones y complementos

1.ª *sesión*. — Complétese: A. Delacour, de los encuadernadores de París (sección de la Internacional).[^B14]

Donde dice P. F. Fiusc, léase: P. Flusc.

Donde dice Pindy, delegado de los pintores de edificios de París, léase: Pindy, delegado de la Unión Sindical de los obreros de la construcción de París.

Donde dice Daulhier, léase: Dauthier.

Donde dice Tollain, léase: Tolain.

Donde dice Coene, de Amberes, léase: Coenen.

Delegados llegados el martes por la mañana (5.ª *sesión*):

G. Eccarius, del Consejo General y de la Asociación de los sastres de Londres.

Moses Hess, de las secciones de Colonia y de Basilea.[^B18]

Camille Standaert, de la Asociación de los guanteros (Generalidad Obrera [*Générale ouvrière*] de Bruselas).

Frédéric Dean, de los herreros de Hull (Inglaterra).

John Forster padre, de las sociedades cooperativas de Hull (Inglaterra).

John Forster hijo, de las sociedades cooperativas de Hull (Inglaterra).

6.ª *sesión*. — Al haberse marchado Jung, se nombró presidente a Dupont y vicepresidente a Murat.

Reproducimos de nuevo, *in extenso*, el discurso de Steens[^B22] pronunciado en la octava sesión:

Os he dado lectura hace un rato del informe de la sección de Bruselas sobre la influencia de las máquinas en el salario y la situación del obrero; se os han leído también otros informes, y no ha surgido la menor objeción para combatirlos.

Ante una adhesión tan general, me parece inútil entrar en nuevos desarrollos.

Así pues, solo tomo la palabra para oponerme a las conclusiones del ciudadano Tolain. Estas conclusiones me parecen contrarias a la lógica y al espíritu de la Internacional; no tienden a nada menos que a sacarla del camino que se ha trazado, cosa que me parece deplorable. En efecto, cuando se nos planteó la cuestión de la guerra, ¿qué resoluciones tomamos? Convencidos de nuestra impotencia, ¿no afirmamos que todo medio práctico de oponerse al principio de la guerra solo sería posible el día de un acuerdo unánime y, aplazando nuestros deseos hasta que la Internacional se haya convertido en una potencia capaz de desafiar a los gobiernos, nos limitamos a no tomar ninguna resolución? Evidentemente, no: la Internacional decidió combatir con toda protesta moral el caporalismo de la época, que consiste en lanzar a los pueblos unos contra otros en nombre de la gloria y por el vano placer de un déspota.

Es que la Internacional es una asociación militante. Aunque busque en los paliativos los medios de combatir la miseria, no puede consagrarse a la inacción en ninguna cuestión que le interese. Lleva el porvenir en sus entrañas y no se le pueden reprochar sus tentativas de emancipación.

Blanco de una explotación incesante, abrumado de deberes y privado de derechos, ¿ha podido jamás el obrero declarar la guerra? Siempre a la defensiva, sus huelgas, lejos de ser una declaración de guerra, no son sino la manifestación misma de una legítima defensa. Teníamos, pues, algo mejor que hacer que ocuparnos de la guerra: deberíamos haber planteado francamente la cuestión y haber averiguado cuál sería el papel que desempeñaría la Internacional si una revolución política llegara a sorprenderla en medio de sus trabajos.

La revolución, evidentemente, no puede surgir sino de la burguesía: ella la fomenta y la desea; todo hace prever que los antiguos partidos, hoy coaligados contra el Imperio, se alzarán pronto. Pues bien, ¿habrá que intervenir o habrá que quedarse de brazos cruzados? ¿No está en la revolución la salvación del proletariado? Los déspotas, ellos sí, saben tomar sus medidas a tiempo, cada vez que una crisis económica anuncia la revolución, para detenerla en su marcha y conjurarla: disponen de un derivativo, la guerra, y, para provocarla, se buscan querellas en su exclusivo provecho. Debemos, pues, luchar y actuar.

Las huelgas también las hemos aceptado como una necesidad social inevitable, de resultados ilusorios; sin embargo, para mantener el espíritu de lucha, de fraternidad y de agitación, hemos consagrado su principio en nuestras conclusiones como una insurrección sagrada para mantener nuestro salario y reivindicar nuestros derechos.

Siendo así, ¿cómo se nos propone no tomar ninguna resolución sobre las máquinas? ¿Queréis entonces dejarlas a merced de los patronos? ¡Vamos! Seamos lógicos y concluyamos por lo menos que, en derecho, las máquinas deben pertenecer exclusivamente a los trabajadores.

## Décima sesión, en el teatro del Circo, jueves 10 de septiembre

Presidencia de Dupont.

Se abre la sesión a las siete y media de la tarde.

Lectura del acta.

El ciudadano Shaw, de Londres, protesta por la omisión en el acta de su discurso sobre las huelgas.

Había dicho que había que atacar los monopolios y los privilegios por todos los lados, según los medios de que se disponga: unos por la política, otros por las sociedades de resistencia, y otros desarrollando las sociedades de instrucción.

Se aprueba el acta.

**Dauthier** lee el discurso siguiente:

No haré ningún preámbulo; iré directamente al grano.

La instrucción es tan necesaria, tan indispensable como el alimento del cuerpo; es su complemento para el espíritu; este beneficio es el único capaz de darnos la paz, la unión y la libertad. El programa que está en el orden del día se resolvería pronto, pero la instrucción tiene sus puntos negros, que son nuestros enemigos vestidos de ese color.

Hay dos clases de instrucción: la buena y la mala, la verdadera y la falsa; la mala, la de los apagavelas, y por eso no la queremos; la buena, la verdadera, la única capaz de emanciparnos, es decir, la instrucción libre, democrática y social, es la que deseamos.

Nosotros, los franceses, tenemos dificultades que vencer: nuestros enemigos tienen en este momento demasiada influencia y demasiados privilegios; se diría que son ellos quienes nos gobiernan; si no se detiene pronto a este partido retrógrado, Francia será la última de las naciones en instrucción; ya ha descendido al nivel de España. Conozco el medio radical para acabar con esto; vosotros también lo conocéis; entonces habrá hombres libres, ciudadanos, mientras que en caso contrario habrá ilotas, fanáticos.

En todo tiempo la instrucción ha dado miedo a los tiranos; así, César decía, hablando de Casio: «Ese hombre de rostro macilento y pensativo lee mucho; es peligroso». Hoy el temor es el mismo, porque hay muchos Casios.

En los tiempos antiguos, toda la instrucción del pueblo estaba confiada a los sacerdotes, y tras dieciocho siglos de su enseñanza el pueblo todavía no sabía leer. Es verdad que su método no es breve: siempre han dado prueba de tanta lentitud para la instrucción como de viveza para el crimen. Llegó el 89 a poner fin a estas miserias, aunque no hayan desaparecido todas. Su principio es mejor, a juzgar por la instrucción y los progresos de cada día, aunque todavía queda mucho por hacer, ya que hoy, en la Francia que posee tantos pantalones rojos,[^B24] de cada 100 quintos 28 no saben leer ni firmar con su nombre. Es verdad que para matar a un semejante no hace falta saber leer: basta con saber cargar y disparar.

Según una nueva estadística, se cuenta entre los que no saben absolutamente nada, otros que solo saben firmar con su nombre y, por último, una tercera categoría que sabe leer y escribir un poco, de 60 a 62 por cada 100 habitantes.

¿No es vergonzoso pensar que con tantos ignorantes se atrevan a ir a civilizar otros países, por ejemplo México, etc.? Quizá en el lenguaje despótico destrucción de hombres y de ciudades signifique civilización. Si lo que puede traerse en los furgones de una artillería y repartirse por el cañón de un chassepot[^B25] es lo que ellos llaman hacer maravillas, deseo no conocer nunca ese género de maravillas.

En lugar de construir tantos cuarteles, haced escuelas; en lugar de herramientas para destruir, herramientas para instruir; que la pluma haga temblar al sable, y la razón sabrá vencer a la brutalidad. Del mismo modo que se obliga a los hombres a ser soldados, a aprender a manejar el arma para matar por principio, yo invierto la frase y pido que se obligue a los hombres a instruirse y a hacer instruir a sus hijos, porque tarde o temprano la instrucción matará la guerra y su séquito.

Concluyo diciendo: agrupémonos, asociémonos; que los más sabios nos instruyan y nosotros instruiremos a los que no tienen nuestros conocimientos. Siendo nuestra divisa: «No más deberes sin derechos, no más derechos sin deberes», así quedaría aplicada, porque es nuestro derecho instruirnos y es nuestro deber instruir. La instrucción debe decir guerra a la guerra, guerra a la miseria, ayuda y apoyo entre hermanos. Establezcamos escuelas democráticas y nos libraremos del naufragio que amenaza con tragarnos; y, aunque soy enemigo encarnizado de la guerra, digo guerra a la ignorancia, para destruir a los ignorantinos.[^B26]

**Elsbach**, de Bruselas. — Enviado por la Liga Obrera,[^B27] no haré política, sino que abordaré la cuestión práctica.

En 1867 Frenay fundaba la Sociedad para instruirse en las diversas ciencias; hemos fundado bibliotecas y conferencias, pero nuestros cursos eran verdaderos desiertos: no había nadie. En cuanto a la enseñanza, el orador cree que el profesor parece demasiado el enemigo del niño: es él quien lo castiga. El alumno no aprende a respetar a su maestro, y este olvida con demasiada facilidad su deber. Poco le importa: le paga el Estado.

Aquí mismo hay profesores que llevan a los alumnos a herborizar y los traen de vuelta borrachos. Para mí, la mejor moral para los niños es la Biblia, diga lo que diga un orador en la sesión anterior: solo en ella pueden beberse las verdaderas nociones del derecho.

Quisiera ver también —dice— mucho más cultivada la lengua flamenca, nuestra lengua materna; se piensa en crear orfeones, pero pocos grupos científicos. Apelo a los padres, que deben vigilar los estudios de sus hijos y enseñarles a respetar a sus profesores. ¡No hay que darles demasiada libertad, para que no la usen en vagabundear por las calles! ¡Demasiada libertad perjudica! Más vale poner más cuidado en su instrucción. En la escuela de Bruselas, por ejemplo, ni siquiera se les enseña a escribir cartas comerciales. En Bélgica se cuenta un 37 por ciento de instruidos y un 47 por ciento de completamente ignorantes, y ese número se saca siempre del pueblo, que no tiene medios para adquirir la instrucción. Carlomagno, en su tiempo, iba a visitar las escuelas; pero ahora apenas se ocupan de ellas: se sacrifica todo al ejército. Concluyo, pues, diciendo que la instrucción es la fuente del bien general.

**Murat**. — Comprendo que los obreros hayan desertado de los cursos abiertos bajo los auspicios de una moral que adopta la Biblia como base. La Biblia es el código de la inmoralidad, y tanto para el niño como para el hombre debe dejar de formar parte de la instrucción. (Aplausos prolongados.)

**Magallán**. — Pido rectificar la apreciación del ciudadano Dauthier sobre el nivel de la instrucción en España. Si en política parece de las peor paradas, se encuentran en ella elementos de estudio más completos de lo que parece creerse. Hay diferentes asociaciones de enseñanza que practican los ejercicios del cuerpo junto con los del espíritu, cosa que no he visto ni en Francia ni en Bélgica; el obrero adquiere así el desarrollo intelectual al mismo tiempo que el físico. Es, pues, en otros países, en Roma entre otros, donde había que buscar un ejemplo; pero lo que mantiene este error es que el gobierno cierra la puerta a las relaciones exteriores, de modo que el extranjero puede creer que España sigue siendo el país de la Inquisición.

**Becker**, de Londres.[^B29] — Ciudadanos, se ha hablado mucho de la educación, pero aún quedan algunas lagunas por llenar. Seré breve, porque pienso como mis compatriotas, a quienes les gustan el salchichón, la salchicha larga y los sermones cortos.

Cuando se habla de instrucción, ni que decir tiene que a los niños no hay que enseñarles más que cosas positivas, naturales, nada sobrenatural, nada de metafísica; que todas esas ideas de paraíso, de vida futura, de cielo, contra el cual se libran letras de cambio no aceptadas y no aceptables, deben desterrarse de la instrucción. Estas especulaciones deben desaparecer tanto de la ciencia y de la filosofía como de la economía social.

Veamos ahora qué relación hay entre la instrucción y la educación:

Una instrucción racional no es más que la preparación para una educación racional; pero no son ni la escuela ni la familia las que hacen la educación del hombre tal como será en la vida. Esa educación la recibe en la vida pública, en el taller, en el despacho, en los cafés; en suma, la sociedad en la que se mueve da al hombre la educación definitiva. Es el producto de su siglo, de sus relaciones sociales, de todas sus costumbres y de todos sus prejuicios.

La instrucción racional, por consiguiente, solo puede dar pocos frutos mientras las instituciones políticas y sociales no estén conformes con ella, sino en contradicción con ella.

¡Cuántos hombres hay que olvidan forzosamente todo lo que han aprendido, puesto que no saben qué hacer con ello! ¿Qué uso puede hacer el proletario de lo que ha aprendido, él, que está atado de la mañana a la noche a trabajos embrutecedores? He conocido a algunos que en su infancia frecuentaron buenas escuelas y que lo han olvidado todo, hasta escribir y contar. Se han convertido en trabajadores, ¿y qué tiene que contar el proletario?

Para dar una educación integral hay que armonizar la vida con la instrucción.

Desde hace miles de años se ha predicado la moral: «Ama a tu prójimo como a ti mismo», y he aquí que estamos en medio de la guerra de todos contra todos.

Está escrito también: «No robarás», ¡y ahí tenéis al trabajador saqueado y explotado todos los días, y eso con el Código en la mano!

Está escrito: «No mentirás». Pero hoy todo el mundo miente, desde los príncipes y los ministros hasta los comerciantes y los campesinos.

Quien hoy no roba ni miente en la vida práctica pasa por tonto y se convierte en el bufón de su vecino.

Está escrito también: «No matarás», y, sin embargo, se diría que se nos ordena lo contrario, la matanza. Miles son sacrificados por los alimentos adulterados, cientos de miles por el hambre y las enfermedades que la siguen, por no hablar de la gran carnicería de hombres adiestrados para ser máquinas de destruir hombres.

Concluyo que las escuelas deben armonizarse con la vida política y social; que lo uno no va sin lo otro; y que si nuestra generación tuviera la capacidad de cambiar como es debido las condiciones de la instrucción y de la educación, tendría también la capacidad de establecer instituciones políticas y sociales conformes a una educación racional. Así pues, es preciso que nuestra Asociación trabaje en estas dos direcciones.

**Lessner**, de las ramas alemanas de Inglaterra. — Solo tengo unas palabras que añadir a todo lo que se acaba de decir. La instrucción, prenda de todo producto social, es indispensable para el obrero; pero, para que dé fruto, hay que dejar de entregar la enseñanza al clero; porque es solo el Estado, es la colectividad quien debe dar la instrucción al pueblo para el mayor provecho de la sociedad. Así desaparecerá esa ignorancia estúpida que se mantiene entre nosotros para asegurar nuestra inferioridad; así se despoblarán las cárceles; porque una sociedad verdaderamente moral solo es posible con la instrucción.

**Catalan**,[^B31] de Ginebra. — La cuestión de la enseñanza se presenta bajo dos caras que no se han señalado suficientemente; la primera: ¿quién dará la enseñanza en un estado social perfecto? La segunda: ¿qué enseñanza se dará en él? En la organización que reclamamos los hombres serán libres, pero les incumbirá una suma de deberes para asegurar la igualdad de las relaciones; no se puede admitir hombres que no sean capaces de trabajar. La instrucción debe ser, pues, obligatoria e integral; debe comprender la enseñanza científica, libre de toda idea metafísica y religiosa, y la enseñanza profesional destinada a dar a cada uno los medios de trabajar. Pero, como ese estado perfecto aún no se ha realizado, apoyo la resolución presentada por la comisión. Tenemos todo por hacer en Suiza, como en otras partes. Si nuestro país está mejor parado desde el punto de vista político, me veo obligado a reconocer que la instrucción no se trata en él como convendría. A los niños se les da una enseñanza religiosa y militar, se cultivan las ideas patrioteras y se rechaza a aquellos a los que sus padres quieren sustraer a las prácticas clericales. Lo que debemos reclamar ante todo es, pues, la separación de la Iglesia y del Estado y la supresión de la teología, aun a riesgo de privar a Ginebra de su academia, que cada año produce setenta u ochenta pastores y ministros; pero, hasta entonces, debemos tomar la iniciativa de cursos de enseñanza mutua que difundirán por todas partes la instrucción.

**Henri**, de París. — Trataré la cuestión solo desde el punto de vista de la enseñanza primaria. Si las naciones están privadas de las libertades a las que tienen derecho, se lo deben sobre todo a la falta de instrucción. Gracias a la ignorancia se mantienen en el campo supersticiones que aseguran la influencia del partido reaccionario y clerical; al decir clerical, no pretendo atacar la religión; librepensador, no puedo pensar en tocar el pensamiento de los demás, pero ataco al partido que se escuda tras ese nombre para hacer de él un instrumento de dominación.

¿Quién ha tenido hasta ahora en sus manos la instrucción, quién ha hecho de ella un apoyo para el derecho divino, sino el clero? Por eso el derecho divino le devuelve bien en servicios el poder que de él ha recibido; solo sirve a los intereses de quienes nos oprimen. Y, sin embargo, sus consejos siempre han sido funestos para las monarquías. Los sacerdotes han justificado, como decía Jung hablando de los acontecimientos de 1793, los odios populares desencadenados por su opresión; y, a pesar de ello, los gobiernos mantienen los mismos errores.

Se gastan cada año en Francia 500 millones en el ejército; hemos tenido que pagar además 500 millones por México, 26 millones por la nueva Ópera, y nada para la instrucción.

Cuando la instrucción esté difundida, gracias a una enseñanza gratuita y obligatoria, pronto veremos desaparecer ese lujo desenfrenado que aplasta al productor y esos ejércitos permanentes, fuentes de perpetuos disturbios, para dar paso a la paz y al bienestar de todos.

**Coenen**,[^B32] de Amberes, en nombre de Bredenhorst, delegado de los carpinteros de Amberes, lee el discurso siguiente:

El trabajador desea la enseñanza de las ciencias tanto como la de los oficios, porque hoy los sabios, lejos de ayudarle, solo buscan sacar partido de su ignorancia.

Según los economistas, no hay ningún medio de remediar la condición miserable, la ignorancia del obrero. Consideran una fatalidad insuperable todos los males que le abruman. Muchos discursos, incluso salidos del trono, nos hacen promesas; esperamos los hechos.

En vano los periódicos de doble cara intentan desnaturalizar nuestras tentativas: nuestra obra es eterna, y sabremos defenderla contra todos nuestros enemigos.

Así pues, hermanos, una instrucción en todas las ciencias, acompañada de una buena instrucción en la religión, depurada de toda explotación, es uno de los mejores principios de la educación. Por ella se poseerán la felicidad y la prosperidad para mantener y respetar el buen orden.

Pongamos esto a los pies del trono, para que conozca nuestro verdadero carácter y no nos acuse de querer derribar la sociedad, que no es nuestro sentir.

**Tartaret**. — Ciudadanos, soy partidario de la enseñanza obligatoria para todos, pero libre, es decir, al margen del Estado, porque es preciso que cada uno comprenda el alcance de los deberes que le incumben. Pero la cuestión que quiero tratar aquí es la de la enseñanza profesional, que es de un interés primordial para los trabajadores, y en la exposición de esta cuestión entra inmediatamente el aprendizaje de los oficios.

Hasta ahora uno se ha preocupado demasiado de reglamentar este punto, lo que parece un paso hacia la vuelta de las corporaciones. No porque un hombre haya pasado diez años en un oficio lo conoce por entero. En Francia se toman aprendices para sacarles provecho y no para iniciarlos en el conocimiento de la profesión, y así se rebaja la inteligencia, lo que impide establecer la solidaridad.

¿No podría someterse esos estudios a una vigilancia favorable al niño como al obrero? Y con el obrero me refiero también a la obrera, puesto que la organización actual obliga a la mujer a trabajos que parecen destinados solo al hombre. La enseñanza profesional debe ser completa para dar buenos resultados en el aprendizaje. Por enseñanza profesional no entiendo esa enseñanza rutinaria que se atiene a los medios puramente materiales del oficio, sino el estudio de las ciencias que se relacionan especialmente con él y que permiten discernir en la elección de las materias primas que se han de emplear.

Se organizan cursos, pero ¿qué servicios pueden prestar a los productores, si no tratan ninguna de las relaciones que existen entre la ciencia y el trabajo? Es preciso, pues, que la ciencia se ponga al alcance de todos. El niño, para aprender su oficio, debe aprender sus principios primordiales en el taller y añadir a ellos los estudios más elevados que adquiriría en cursos públicos dados por hombres competentes; obrando así, se formarían hombres capaces de cooperar con conocimiento de causa en asociaciones. Invito, pues, al congreso a manifestar su simpatía por semejante reforma.

**Durand**,[^B34] de París, lee un discurso escrito. — Para destruir el feudalismo territorial e industrial, para luchar contra la influencia de las máquinas y llevar a cabo todas las reformas sociales, el pueblo necesita una educación superior; es preciso que asambleas deliberantes elegidas por el propio pueblo dirijan la navegación, el gran comercio; en una palabra, el Estado en todas sus formas.

Se nos ofrece, es cierto, la instrucción elemental gratuita y obligatoria, como si, en el estado actual, esa instrucción reglamentada por el clero pudiera cambiar en algo aquello de que nos quejamos. Por lo demás, no hay nada gratuito; y con la instrucción elemental el obrero nunca podrá tener la alta mano en los asuntos del Estado. Puesto que reconocemos que la fuente de todas nuestras miserias está en la constitución misma de la propiedad en todas sus formas, inmobiliaria, territorial e industrial, y que la propiedad está constituida por la legislación y la jurisdicción, es evidente que el estado de sometimiento en que nos encontramos durará mientras el obrero no sea legislador y jurisconsulto, sin salir por ello de la condición común de todos los obreros.

Lo que se nos ofrece actualmente como instrucción obligatoria no es más que el abrigo que el viajero arroja a la fiera que le persigue: mientras ella se entretiene en desgarrarlo, él gana una ventaja que le mantendrá a distancia todavía por mucho tiempo. La instrucción primaria obligatoria, en las condiciones actuales, es a lo que necesitamos lo que la sombra a la presa...

Nunca podremos salir de nuestra condición mientras el obrero no pueda recibir una educación completa: así pues, no es al Estado al que tenemos que dirigirnos para ello; ni siquiera está en condiciones de dar a cada uno la instrucción elemental.

Solo podemos llegar a ello por la enseñanza profesional, combinada con una alta enseñanza científica.

Termino diciendo que me sumo a la idea del ciudadano..., que dice que debemos instruirnos los unos a los otros, y que es preciso que nuestra educación y nuestra instrucción estén libres de toda idea clerical, de toda influencia administrativa; que sea, en una palabra, completamente democrática.

**Tolain**, de París. — En este punto hay que estar bien persuadidos de que el fin que se ha de alcanzar es la enseñanza integral y no la enseñanza primaria, siempre insuficiente y además pervertida hoy por las nociones llamadas de religión y de moral, lo que equivale a nociones de tal o cual sacerdote, de tal o cual Estado. No sé que los pueblos hayan tenido hasta ahora motivos para felicitarse de este sistema; pero ¿cómo sustraerse a él sin recursos? Pedírselos al ciudadano, cuyo salario es ya inferior a sus propias necesidades y al que ya exprime el impuesto, que se emplea en cualquier otra cosa, no sería posible. ¿Qué medio transitorio podemos emplear? ¿Debe ser la instrucción libre, o gratuita y obligatoria? ¿Debe darla el Estado o la familia? Esa es una de las cuestiones que hay que resolver. Los congresos de Ginebra y de Lausana negaron la gratuidad, que no es más que un engaño, puesto que la retribución se hace en forma de impuesto, pero afirmaron la obligatoriedad como un deber para el individuo, que debe estar a la altura del medio social en que vive. Pero el derecho del padre de familia es inviolable; solo él puede regular las condiciones de la educación, y solo en caso de impotencia o de incapacidad debe intervenir la colectividad para restablecer el equilibrio roto en detrimento de la infancia. Para delimitar estos derechos del padre y de la colectividad, el Congreso de Lausana había pedido que se estudiara un programa para el congreso siguiente; pero, como ese programa no se ha cumplido, pido que la cuestión se aplace al año próximo. Pido que se ponga en estudio la formación de la escuela-taller, que permitiría al niño ganar sus gastos de escolaridad y desarrollaría su inteligencia en la práctica de los oficios.

**Ansel**, de París. — Aun apoyando las conclusiones presentadas por la comisión, lamento que se haya omitido en ellas la gran cuestión de la instrucción de las mujeres. Así parece que no se han tenido en cuenta las causas que mantienen la influencia del sacerdote en la vida social, influencia que solo debe a la ignorancia a la que hasta ahora parece haber estado condenada la mujer. He sabido que en Bruselas existen sociedades de librepensadores; les pregunto si no se han visto a menudo trabados por la influencia de las mujeres en la realización de sus actos puramente civiles.

Se da lectura a las conclusiones de la comisión, redactadas así:[^B35]

Reconociendo que por el momento es imposible organizar una enseñanza racional,

El congreso invita a las diferentes secciones a establecer cursos públicos en los que se remedie en lo posible la insuficiencia de la instrucción que los obreros reciben actualmente. Bien entendido que la reducción de la jornada de trabajo se considera una condición previa indispensable.

Enmienda de Tartaret. El congreso cree además que urge animar a los trabajadores a recurrir a los artistas y a los hombres de ciencia para organizar cursos libres, mutuos e industriales.

Propuesta de Tolain. La cuestión se aplaza para su estudio al año próximo en la forma siguiente: Programa de enseñanza científica, profesional y productiva, es decir, enseñanza integral. Proyecto de organización de la escuela-taller.

Propuesta de Henry. El congreso declara que, puesto que el impuesto lo pagan los ciudadanos, la instrucción debe pagarla el Estado y debe ser gratuita y obligatoria.

La votación de estas propuestas se aplaza a la sesión del día siguiente por la mañana.

Se da lectura a las conclusiones aprobadas sobre la cuestión de las máquinas. Estas conclusiones están redactadas así:

*Sigue en el acta el texto de la resolución sobre las máquinas; véase [Resolución sobre las máquinas](https://marxismo.school/archivo/congresos/1868%20Congreso%20de%20Bruselas%20%28I%20Internacional%29#resolucion-sobre-las-maquinas).*[^B36]

**El presidente** da lectura a la comunicación siguiente:

«El congreso de los obreros alemanes reunido en Núremberg el 7 de septiembre, compuesto por 116 delegados que representaban a más de 200 sociedades obreras (50.000 miembros), ha votado la adhesión a la Asociación Internacional de los Trabajadores.[^B37]

»El Consejo General había enviado a él un delegado.»

**El presidente** pone en discusión la cuestión del crédito mutuo entre trabajadores.

**Richard**, de Lyon, lee las conclusiones:[^B38]

«Considerando:

»1.º Que el interés del capital, sea cual sea la forma en que se presente, es un valor detraído del trabajo de hoy en beneficio de aquel a quien el trabajo de ayer ya ha enriquecido, y que este, si tiene derecho a acumular, no tiene derecho a hacerlo a expensas de los demás;

»2.º Que, por consiguiente, el interés del capital es una fuente permanente de injusticia y de desigualdad, y que las asociaciones cooperativas que lo conservan no hacen sino pasar de la individualidad a la colectividad el principio de egoísmo, que es el gusano roedor de la sociedad actual;

»3.º Que creaciones políticas y económicas como la deuda consolidada y los privilegios concedidos a sociedades financieras o a compañías de ferrocarriles, de seguros, etc., acrecientan en una proporción espantosa la facultad expoliadora del interés del capital y hacen solidarios los intereses de los gobiernos y los de los capitalistas;

»4.º Que el agiotaje lleva la acción del interés del capital hasta los últimos excesos de la inmoralidad;

»5.º Que la aplicación en gran escala del principio de la solidaridad por los trabajadores es el único medio práctico de que pueden disponer actualmente para luchar contra el feudalismo financiero;

»La comisión propone la fundación de un banco que tenga por fin hacer el crédito democrático e igualitario y simplificar las relaciones entre el productor y el consumidor, es decir, sustraer el trabajo a la dominación del capital y devolver a este a su papel natural y legítimo, que es el de agente del trabajo.»

**Richard**. — Sobre esta cuestión se nos han presentado algunas ideas, y, entre otras cosas, hemos contado con el apoyo del general Cluseret,[^B39] que, en una carta dirigida al congreso, nos ha transmitido su opinión sobre este punto. Agradecemos al general su concurso, que todavía puede sorprender a aquellos a quienes les parece que estas cuestiones no las estudia un militar; pero ¿no tendremos quizá, en cambio, que ocuparnos un día de estrategia? El crédito es sin duda uno de los resortes más poderosos de la organización social: determina el vínculo entre la producción y el consumo y crea un aumento de riqueza. Pero gracias a la plusvalía detraída del salario, con la que el interés enriquece a unos pocos para empobrecer a la colectividad, se fundan privilegios para algunas poderosas compañías o sociedades financieras, y el agiotaje parece agotar todas las fuerzas vitales de una nación.

**Fontaine**.[^B40] — No puedo admitir las conclusiones presentadas por la comisión, y había esperado que de sus deliberaciones saliera un trabajo más completo y mejor concebido. Os someto, pues, el informe de la sección de Bruselas:

### Informe sobre el crédito

#### El crédito mutuo.

No menos importante que el fenómeno de la división del trabajo, con el que está en estrecha correlación, el fenómeno del intercambio y de la circulación de los productos abarca, por así decir, todo el mundo económico, al que da el movimiento y la vida. Sin la división del trabajo, sin el intercambio, sin la circulación, las diversas fuerzas sociales, aisladas e inertes, se habrían detenido en su evolución histórica en la forma primitiva y tosca del patriarcado; la necesidad de dividir las funciones económicas y, por consiguiente, la de intercambiar los diversos productos de su trabajo agrupó a los hombres, desde el origen hasta nuestros días, en forma de Estados, de soberanías políticas; hoy se trata de encontrar las verdaderas leyes del intercambio y de las relaciones sociales; una vez conocidas y realizadas estas leyes, al Estado, siempre más o menos despótico, lo sustituirá la Sociedad industrial, basada en el contrato libre redactado según el conocimiento más o menos perfecto de las verdaderas leyes sociales.

Buscar las leyes de la circulación es como quien dice buscar las leyes que deben presidir la vida de relación de los productores y de los consumidores; es casi plantear la cuestión social entera, porque, una vez resuelta esta cuestión, una vez conocida y practicada la ley del intercambio, ¿qué quedará por hacer? Solo quedará buscar el modo de organización más conveniente y más provechoso para la producción y el consumo, ya sea que la producción y el consumo juntos, o el uno o el otro por separado, deban realizarse en forma comunitaria o individualista, ya sea que deban practicarse mediante una combinación que dé igual satisfacción al comunismo y al individualismo. En todo caso, no es más que una cuestión de forma y de organización que, al no tener el carácter de ley social como la ley del intercambio, variará necesariamente según los tiempos, los lugares, los diversos géneros de industrias y aun los gustos individuales de los productores-consumidores, y cuya elección, por consiguiente, nos parece que debe reservarse a las libres preferencias de los individuos y de las asociaciones.

El problema del intercambio del trabajo es, pues, el problema fundamental; el de la organización del trabajo viene en segundo lugar, contrariamente a la opinión de varias escuelas socialistas que, haciendo de ciertos absolutos económicos el objeto de sus ataques, olvidan que el espíritu humano solo tiene el derecho y el poder de ocuparse de las relaciones que existen entre las cosas, y no ven que, siendo la circulación y el intercambio el fenómeno, la relación más general del mundo económico, basta con regularizar esta relación para hacer desaparecer de un golpe y relegar a su nada metafísica los abusos económicos, como la propiedad, por ejemplo, que solo tienen a nuestros ojos una apariencia de realidad por el desconocimiento de las relaciones verdaderas de la economía social. Así es como, en otro orden de ideas, el absoluto metafísico que adoramos o maldecimos con el nombre de Dios solo existe gracias a la perversión de la ley jurídica, y se desvanece en cuanto esta es reconocida.

El origen histórico y lógico del crédito es el intercambio, el trueque. El intercambio se hace primero directamente: es su punto de partida, bastante poco importante desde el punto de vista social. El intercambio solo se convierte en una cuestión social a partir de la aparición de la división del trabajo. Del advenimiento de esta fuerza económica, llevada hoy a sus consecuencias más rigurosas, datan el trastorno y la perversión de las leyes verdaderas del intercambio; desde ese día el trabajo tuvo amos; tras haber tardado siglos en emanciparse de la tiranía de la naturaleza y de los elementos, el hombre cayó bajo la tiranía del hombre; el trabajo fue esclavo de la moneda, signo del intercambio, centralizada en adelante en manos de los propietarios y de los capitalistas.

Pero la inmovilidad, la inercia, no son de la esencia de la naturaleza humana; ninguna institución es hoy lo que era ayer ni lo que será mañana, y la idea, así como el hecho, nacen y se desarrollan sucesivamente de la idea y del hecho, y desembocan por lo general en la idea y el hecho contrarios, de donde resulta para el hombre la necesidad de resolver lo que la filosofía llama las contradicciones sociales.

Del uso de la moneda, diferente según los países, resulta la necesidad del cambio: ese fue el origen de los bancos. El cambio tuvo por consecuencia el agio: ese fue el origen de la especulación y de las grandes fortunas, así como de los grandes desastres de los judíos de antaño y de hoy. De ahí al banco de depósito no había más que un paso, como del banco de depósito al banco de préstamo; con este último, la usura o, como se dice hoy, el interés del dinero se convirtió en una institución social; a partir de ese momento se generalizó la división de la sociedad en holgazanes y trabajadores, y hasta el siglo XIV, aproximadamente, la moneda metálica rigió sin rival la vida económica de Europa.

En Venecia, en 1171, nace el primer banco de depósito y de préstamo, bajo el dux Vitale Michiel,[^B41] a raíz de un empréstito forzoso impuesto a los ciudadanos más ricos de la República. Los prestamistas se constituyeron en una cámara a la que el gobierno encargó repartir entre los derechohabientes el interés del 4 por ciento que debía pagar el gobierno. Esta cámara se convirtió en el banco de Venecia. Abría a los depositantes créditos hasta el importe de sus depósitos. A comienzos del siglo XV este banco de depósito y de préstamo se convirtió en un banco de giro.

El giro fue el primer golpe asestado al despotismo monárquico de la moneda metálica; a partir de ese día una nueva soberanía hace su entrada en el mundo, el papel, y con el papel la soberanía del pueblo, porque también hacia esa época se alzan las primeras reivindicaciones serias en nombre de la soberanía del pueblo.

La letra de cambio se coloca desde el primer momento a la par del oro y de la plata.

La letra de cambio trae consigo los bancos de descuento, luego el billete de banco y, por último, los bancos de emisión y de circulación.

Hoy la soberanía del papel, al igual que la soberanía del pueblo, realizadas de hecho, han dado, o poco menos, todo lo que podían dar: la soberanía de uno solo ha desembocado en el reinado no menos tiránico de las mayorías, cuya fórmula última es el sufragio universal e indiviso; en cuanto a la soberanía del oro, ha tenido por consecuencia la soberanía democrática del papel; la igualdad y la libertad políticas no existen más que la igualdad y la libertad económicas. ¿Será que la humanidad ha seguido un camino equivocado, o será que persigue un fantasma inasible? Ni lo uno ni lo otro. La evolución que la humanidad ha realizado, en política, partiendo del despotismo de uno solo o de unos pocos para desembocar en el despotismo de las mayorías, y en economía política, partiendo de la tiranía del oro para desembocar en la tiranía del papel, era necesaria para la educación del espíritu humano, que no sabe nada *a priori* y cuya experiencia resulta únicamente de las evoluciones de su propia historia.

Hoy, gracias a esta evolución tanto política como económica, solo hoy y no antes, el hombre ha podido por fin reconocer a su único y verdadero enemigo: en política, ese enemigo se llama la ley, simbolizada por el monarca; en moral, Dios, simbolizado por los lamas, los popes y los papas; en economía política, la desigualdad de las condiciones, simbolizada por el crédito.

¿Qué es, pues, el crédito? El crédito, en la hora en que vivimos, es la dominación del trabajo por el capital; es la división de la sociedad en prestamistas y prestatarios, en capitalistas y asalariados, en pobres y ricos; es el Banco, es el Monte de Piedad.

El Estado nos ha legado el Banco, la Iglesia nos ha legado el Monte de Piedad: no queremos ni el uno ni el otro.

Es preciso que el crédito, que tuvo por punto de partida el intercambio, vuelva al intercambio; el intercambio es el único título que conviene a una institución que en adelante solo debe funcionar entre iguales; la palabra crédito, que implica siempre un individuo que presta y un individuo que toma prestado sin reciprocidad alguna, debe descartarse por no estar ya en consonancia con el banco que queremos: un banco mutuo de cambio a precio de coste.

En adelante no queremos bancos libres, como tampoco bancos privilegiados.

Todo banco, libre o privilegiado, basado en el mito de la productividad del capital, es un mal; bajo el régimen del privilegio propietario y capitalista, el banco libre es necesariamente también un privilegio.

No queremos ya esos bancos que se supone que dan crédito, cuando somos nosotros quienes les damos crédito a ellos al aceptar sus billetes.

No queremos ya esos bancos que en tiempos prósperos elevan su descuento hasta hacerse inabordables y solo lo bajan en tiempos de crisis, cuando nadie recurre a sus servicios.

No queremos ya esos bancos que nos han rehecho un feudalismo peor que el antiguo.

No queremos ya esos bancos que, como el Banco Nacional de Bélgica, ni siquiera cumplen las condiciones de su privilegio.

Queremos un banco que sea simplemente el órgano de los intercambios entre productores y consumidores, sin intervención de propietarios, capitalistas ni accionistas.

La mutualidad en el crédito, o, por decirlo todo, la abolición del crédito y su sustitución por el intercambio directo y a precio de coste: eso es lo que reclama toda la clase obrera, en la que incluimos a todos los que viven trabajando. La lógica y la historia lo quieren, los publicistas más eminentes del siglo empujan hacia ello y, cosa rara, el gran comercio y la gran industria verían con buenos ojos la reorganización del crédito que queremos; quizá, es cierto, no comprendan sus consecuencias.

Sea como sea, ninguna revolución ha sido más legítima, porque ninguna ha sido más necesaria; ninguna ha sido más practicable, porque ninguna ha sido más conforme al deseo general.

Basta con que las clases obreras se pongan de acuerdo para llevarla a cabo, y nadie, salvo algunos miles de capitalistas, los más directamente interesados, opondrá resistencia.

Los estatutos de un banco de cambio que sometemos a discusión pública están sacados en su mayor parte de las publicaciones de Proudhon, un obrero y, por tanto, él mismo uno de los signos elocuentes de los tiempos; responden también a los deseos expresados en el informe presentado al Congreso de Lausana y en varios órganos de la prensa democrática; podemos decir que son la obra misma de la democracia obrera.

#### Estatutos.

**Artículo primero**. — Son miembros de la Sociedad comercial del crédito a precio de coste todos los que firmen los presentes estatutos.

No se cobra ningún derecho de entrada. No se exige ninguna aportación de capitales ni de valores de ninguna clase.

**Art.** 2. — Para dejar de formar parte de la sociedad basta una simple declaración escrita y la liquidación de las obligaciones recíprocas de la sociedad y del miembro dimisionario.

**Art.** 3. — Los socios se comprometen a aceptar en pago, en todas sus transacciones, el papel social que el banco pone en lugar del numerario.

**Art.** 4. — El banco no tiene encaje metálico, y el papel del banco no es reembolsable en metálico.

**Art.** 5. — La emisión del papel del banco nunca será superior al valor de las obligaciones que ese papel representa.

**Art.** 6. — El banco no cobra intereses ni obtiene beneficio en ninguna forma.

**Art.** 7. — Los gastos de administración, así como el riesgo de impago de los efectos o pagarés, se cubren con una prima o comisión fijada provisionalmente en un uno por ciento, pero que se determinará en adelante de la manera más exacta posible.

**Art.** 8. — El banco solo se sirve de moneda metálica para los saldos.

#### Del descuento.

**Art.** 9. — El banco admite al descuento todos los efectos, billetes o pagarés que representen negocios serios; admite también los pedidos y facturas aceptados.

**Art.** 10. — El banco no cobra por este concepto ningún interés; solo percibe la prima ordinaria por los gastos de administración y los riesgos de impago.

**Art.** 11. — El banco descuenta a cualquier vencimiento, con una o varias firmas, según se juzgue prudente.

#### De los créditos en descubierto.

**Art.** 12. — El banco abre créditos en descubierto con o sin fianza; los fiadores son solidariamente responsables.

#### De la comandita.

**Art.** 13. — El banco fomenta con sus anticipos a todos los productores, y especialmente a las asociaciones obreras, a las que facilita la adquisición de las grandes explotaciones industriales y comerciales. Sin emprender nada por sí mismo, favorece todas las empresas y comandita todos los inventos sin discutir él mismo su valor, siempre que el reembolso de sus anticipos le esté seriamente garantizado por cierto número de firmas.

#### De los créditos hipotecarios.

**Art.** 14. — El banco abre créditos hipotecarios a los propietarios de fincas; en caso de impago de sus anticipos, se reserva el privilegio de comprar su propiedad según tasación contradictoria.

**Art.** 15. — Provisionalmente sirve también de intermediario entre los cultivadores, arrendatarios agrícolas e inquilinos y sus propietarios para la adquisición de sus tierras y viviendas. Los anticipos hechos por el banco con este motivo son reembolsables por anualidades y sin intereses, salvo la prima de costumbre para los gastos.

**Art.** 15.[^B42] — El banco se ofrece igualmente como intermediario, en las mismas condiciones, para el reembolso de la deuda hipotecaria.

**Art.** 16. — Conserva la hipoteca sobre los bienes adquiridos o liberados hasta el importe del capital anticipado y hasta su reembolso íntegro.

**Art.** 17. — Si en el plazo convenido no se reembolsan los anticipos, el banco, en la medida en que no juzgue conveniente prorrogar el plazo, tendrá derecho, con preferencia a cualquier otro, a comprar la propiedad por su valor según peritaje contradictorio.

**Art.** 18. — El banco se ocupará de la explotación de los bienes adquiridos de este modo, contratando en lo posible con los miembros de la sociedad.

#### De las cuentas corrientes y de los pagos y cobros.

**Art.** 19. — El banco hace gratuitamente para todos los socios los pagos y cobros en la plaza y fuera de ella. Abre a cada uno de sus miembros una cuenta corriente y efectúa así sus pagos recíprocos mediante una simple transferencia.

#### Artículos adicionales.

**Art.** 20. — El banco fomenta y facilita el establecimiento de sucursales allí donde lo reclame la iniciativa de los productores, consumidores e intercambiadores.

**Art.** 21. — Trata con los demás bancos libres para la aceptación recíproca del papel de las diversas sociedades y trabaja por su federación para llegar a la unificación del papel moneda.

**Art.** 22. — El banco es completamente independiente del Estado; tratará con este para la aceptación del papel del banco en las cajas públicas.

**Art.** 23. — El Estado puede hacerse socio como cualquier otro individuo y en las mismas condiciones.

#### Administración del banco.

**Art.** 24. — La administración del banco se confía a un consejo compuesto por cierto número de socios elegidos por la asamblea general.

**Art.** 25. — El consejo de administración está constantemente sometido a la vigilancia de un comité compuesto por un representante de cada oficio elegido directamente por sus representados.

**Art.** 26. — La asamblea general se compone de todos los socios; se reúne en fechas fijas o a convocatoria de un administrador, de un miembro del comité de vigilancia o de un número de miembros de la sociedad que se determinará.

**Art.** 27. — La asamblea general regula sin apelación todo lo que es de interés general.

**Art.** 28. — El consejo de administración publicará periódicamente una exposición completa de la situación del establecimiento.

**Art.** 29. — El sueldo de los administradores y de los empleados de cualquier clase se fija en asamblea general, sin que pueda nunca superar el valor medio de un presupuesto obrero. Se les reembolsarán los gastos hechos en nombre y en interés de la sociedad.

He aquí ahora, en pocas palabras, las consecuencias de un banco de este género para la sociedad.

La primera, la más importante, es la abolición de la renta en todas sus formas. Abolida la renta, la deuda hipotecaria, que en Bélgica pasa de mil millones, se reembolsaría por anualidades, y lo mismo la deuda quirografaria. Con ello, por esta medida no menos favorable al campo que a las ciudades, hacemos del primero la vanguardia del progreso, cuando hasta ahora ha sido el apoyo de todas las reacciones. El campesino que hoy toma prestado al 14 por ciento, gastos incluidos, no echará de menos el antiguo régimen.

Todo pago hecho por el inquilino o el arrendatario le hace poseedor de una parte del suelo que cultiva y de la casa que habita.

La sociedad entera se reorganiza según el modelo del banco; se federa por grupos y oficios; de política se hace industrial; el impuesto se convierte en un intercambio de servicios entre los asociados y su sociedad; lo recauda gratuitamente el banco, sin dar lugar a los enormes gastos de recaudación que hoy acarrea.

La sociedad trabaja igualmente en la liquidación de la antigua deuda legada por el Estado; abolida la renta de hecho y de derecho, imputa al principal de su deuda los millones que hoy se dedican al servicio de los intereses.

Al mismo tiempo se realiza el equilibrio económico, tanto en el interior como en el exterior: las aduanas pueden suprimirse impunemente.

La guerra y los ejércitos, consecuencias del desequilibrio social, ya no tienen razón de ser.

El trabajo se convierte no solo en un derecho, sino en una necesidad; los improductivos, agotando insensiblemente su capital, se transforman en productores so pena de muerte.

La propiedad, al convertirse en posesión, entra en adelante en la circulación.

A partir de ese día, la sociedad, que ha fijado definitivamente la ley de sus relaciones, trabaja en buscar el mejor modo de organización del trabajo. El progreso se convierte en su tendencia invariable. Sale para siempre de la era de las revoluciones y de las reacciones. ¡Avanza!

**Murat** da lectura al informe de la sección de Lieja:

### Informe sobre el crédito. Sección de Lieja

La cuestión de las relaciones que deben existir entre el trabajo y el capital no ha podido estudiarse en la sección de Lieja de la Asociación Internacional de los Trabajadores de manera muy completa, por su importancia y por el poco tiempo que nos dejaban las ocupaciones inherentes a toda sociedad en vías de organización.

En este informe solo podemos dar a conocer los principios admitidos por la unanimidad de los miembros de nuestra sección y, por tanto, repetir lo que se ha demostrado tan a menudo y desde hace tanto tiempo.

El trabajo, análogo a la fuerza creadora, es la necesidad primordial de la sociedad, la unidad que debe medir y proporcionar los valores, el principio de la riqueza. Solo él debe pagarse e intercambiarse; el capital no es más que trabajo acumulado.

Valiendo el trabajo de hoy lo que el de ayer, el reembolso de un capital mediante un trabajo equivalente es todo lo que el capitalista puede exigir; si no, el crédito no es más que mentira: en lugar de ser el proveedor del trabajo, lo exprime y lo mata.

No repetiremos todas las razones perentorias que se han dado para demostrar la inmoralidad de los beneficios que el capitalista obtiene del trabajo mediante el préstamo de capitales. Las razones que daríamos, y que hemos debatido en el seno de nuestra sección, ya no ilustrarían a nadie; todos lo sabemos: la idea de usura encierra todo préstamo que, bajo la apariencia de un beneficio, pone a sus anchas al benefactor y lleva a la perdición al prestatario al que había que aliviar.

En Lieja, como en todas partes, los trabajadores conscientes de sí mismos han negado la legitimidad del interés y han reclamado, como un primer paso hacia la organización definitiva del trabajo, la creación de bancos para el intercambio directo de los productos a su precio de coste.

Tal es, compañeros, el espíritu que anima a la unanimidad de los miembros de nuestra sección; al dároslo a conocer, nuestro fin ha sido probaros que nos ocupábamos de la importante cuestión puesta en el primer lugar de vuestro orden del día.

Se levanta la sesión a las once menos cuarto.

## Duodécima sesión, en el teatro del Circo, viernes 11 de septiembre

11 de septiembre de 1868.

Presidencia de Dupont.

Tras pasar lista en esta sesión, se lee y aprueba el acta.

Longuet,[^B43] de Caen, ha llegado para esta sesión.

**Richard**, de Lyon. — En el informe que se os ha leído y en los desarrollos que lo han acompañado se pide la supresión del privilegio del oro y de la plata. Eso me parece vago. Sabemos que el interés del dinero es la base del sistema financiero actual. La causa de este estado de cosas es triple: el agiotaje, los privilegios y los empréstitos consolidados. Se habla de emancipar el trabajo sin romper las instituciones actuales. Yo solo creo posible el éxito tras la supresión de las trabas puestas a la cooperación. Hay una conexión íntima entre la cuestión social y la cuestión política, y son menos los negocios de capitales que las ideas los que hacen las revoluciones.

**Fontaine**, de Bruselas. — La cuestión no es atacar en particular estos tres males, sino el capital en general, sea cual sea su forma. Aquí las protestas no significan nada; lo que hace falta es un remedio práctico. Vuelvo a leer la conclusión de la comisión.

Estoy de acuerdo en principio con el ponente. Los dos formulamos los mismos deseos que se expresaron en Lausana y ayer en Bruselas sobre la creación de un banco de cambio a precio de coste, para sustraer el trabajo a la tiranía del capital.

Pero hasta ahora no se han aportado soluciones prácticas a ninguna de las cuestiones; uno se ha contentado con leer resoluciones teóricas sin importancia, contra las que siempre he votado.

Otra vez, en la cuestión del crédito, oigo hablar de diversos sistemas que desembocan todos en reconstituciones de nuevos capitales; estos vendrán, como los antiguos, a contribuir a la explotación de la clase obrera. Protesto contra esos sistemas deplorables. La sección de Bruselas aporta una solución práctica muy clara y demuestra muy bien que es imposible salir del atolladero actual sin la constitución del banco de cambio a precio de coste.

La base fundamental de este sistema la desarrolló Proudhon. El doctor Büchner explicó en el Congreso de Lausana cómo, si se siguen buscando medios de transición, no se logrará más que constituir por debajo de los burgueses un cuarto estado, formado por los obreros un poco emancipados, y por debajo de estos un quinto estado, más desgraciado que nunca. Y eso será todavía una nueva revolución por hacer.

**Fontaine** vuelve a leer las conclusiones de la comisión, ya leídas por Richard.

Rechazo, pues, los artículos 3 y 4 de estas conclusiones de la comisión y pido en el 5.º la modificación siguiente: en lugar de Banco Obrero Internacional, póngase Banco de Cambio a Precio de Coste.[^B45]

Añado que basta la voluntad de unos cuantos hombres que producen para llegar rápidamente a un resultado serio y fundar el banco de cambio que ha de hacer desaparecer a todos los demás.

**Eccarius**, de Londres. — En Alemania, en Inglaterra y en los Estados Unidos se sabe poco de esa teoría del crédito gratuito, y en la práctica nadie se ocupa de ella. En América, el pueblo de los trabajadores quiere que los bancos particulares sean sustituidos por un solo banco explotado por el Estado en provecho de todos, del mismo modo que los ferrocarriles, los correos y los telégrafos.

Pero aquí parece que se teme enormemente al Estado (risas); ya hemos observado lo mismo a propósito de la educación; pero el Estado no siempre ha sido ni será siempre como hoy. Los sistemas actuales se remontan a unos tres siglos.

La Reforma fue la expresión abstracta de ideas que tuvieron por resultado práctico conducir al predominio de la burguesía, incluso en los países donde parecen reinar el despotismo y el feudalismo; porque, en realidad, los déspotas apenas hacen otra cosa que ejecutar el programa de la burguesía.

Pero cuando, como deseamos, el Estado sea la expresión sincera de la voluntad de los trabajadores, entonces ya no habrá nada que temer. Explotará los bancos, como todo lo demás, para el bien público.

Consideramos, pues, del todo ajeno al fin de la Internacional ocuparse de teoría pura, como el crédito gratuito, y pedimos sobre todo que se ocupe de cuestiones prácticas.

**Hins**, de Bruselas. — Después de lo que ha dicho el informe de Bruselas, no se pueden dar más que algunas explicaciones. La emancipación del trabajo sigue dos corrientes de ideas.

Los unos quieren innovar: se les tacha, como decía en otro tiempo Bonaparte, de ideólogos.

Los otros quieren simplemente rebajar al nivel del pueblo lo que existe para los ricos, hacer en pequeño lo que se hace en grande: hacer bancos populares. El señor Schulze-Delitzsch[^B46] es en Alemania uno de los principales promotores de este sistema. Todo eso no es, en verdad, más que una gran fantasmagoría sobre el papel. A fin de año se exhibe gran número de capitales, gran número de asociados, y en realidad se reduce a nada. El obrero consigue en ellos, sencillamente, tomar prestado a interés el dinero que ha depositado, o el dinero de algunos compañeros que tienen confianza personal en él y le avalan.

Como son los más ricos los que ingresan más dinero y los más pobres los que más toman prestado, también ahí se forman dos categorías, los prestamistas y los prestatarios; unos obreros se vuelven contra sus hermanos y, por unos francos de interés, se convierten en explotadores de su miseria.

Tenemos lo mismo en multitud de cajas de ahorro creadas en las tabernas de Bélgica...

Y aun todo eso no está al alcance del trabajador que solo gana lo estrictamente necesario. Con el sistema del interés, los llamados bancos populares tienen los mismos inconvenientes que todos los demás.

¿Por qué impugnar el interés del capital, se dice? ¿No es el capital trabajo acumulado?

Quiero creer que no ha habido cambios injustos en la propiedad de los capitales, que estos están en manos de quienes verdaderamente los crearon (risas); pero ¿vale el trabajo de hoy menos que el de ayer?

Supongamos una propiedad transmitida directamente durante siglos en una sola línea de herederos. El abuelo trabajó, es verdad, pero los descendientes no han hecho nada y han vivido del trabajo de los demás. ¿Es eso justo?

Eccarius,[^B47] descartando completamente la cuestión fundamental del crédito a precio de coste, solo os ha hablado del banco único del Estado. Ya tenemos, según el antiguo sistema, el Banco Nacional, y sabemos para qué sirve.

Pero supongamos incluso que nuestro banco de cambio a precio de coste estuviera en manos del Estado: pues bien, no es eso lo que querríamos.

Si preconizamos nuestro banco es para sustituir al Estado. El Estado establece por vía autoritaria un equilibrio ficticio entre los diversos intereses en lucha, y nosotros queremos el banco que lleve al máximo la circulación de los valores. ¿Para qué sirve entonces el Estado?

Pero vuestro banco, se dice, será a su vez el Estado.

El banco centraliza, es cierto; pero con la diferencia de que no tiene ni impuestos ni presupuestos. Es una institución fundada por quienes se sirven de ella; es la circulación, la sangre misma de la sociedad comercial e industrial, mientras que el Estado es la cadena de la sociedad esclava.

No queremos banco del Estado, puesto que no queremos Estado.

**Tartaret**, de París. — Es difícil, después de los elocuentes discursos que acabamos de oír, llevar la cuestión a un punto de vista más inmediato y, por eso mismo, más práctico; sin embargo, voy a intentarlo, porque estoy convencido de que solo esforzándonos por propagar las sociedades de crédito mutuo, contando con la organización actual, lograremos que se beneficie de ellas la generalidad de los trabajadores, mientras que solo una minoría podría adherirse a ese banco de cambio, que para muchos se quedaría en estado de teoría.

En París, durante mucho tiempo, el crédito mutuo solo lo emplearon pequeños comerciantes, y buen número de obreros todavía no pueden participar en él. El trabajador, obligado a tomar prestado porque su producto no siempre le da los medios de vivir, está en la imposibilidad de reembolsar a los vencimientos; hay que asegurarle, pues, ante todo un salario suficiente.

Sin duda comprendo que el interés no es más que un valor detraído de la producción; sin duda comprendo que las acciones no constituyen más que un trampantojo, un crédito ficticio, y que el día en que hubiera que liquidar la situación francesa no se encontraría más que la quiebra; pero con la supresión completa del interés es la revolución, y una revolución total. ¿Y creéis que la burguesía no combatiría semejante transformación? Por el momento, pues, no podemos ocuparnos más que de facilitar la creación de sociedades obreras para preparar ese cambio, y para ello debemos procurar establecer el crédito entre los trabajadores.

**Longuet**, de Caen. — Se acaba de decir que la reforma que reclamamos es una revolución; pero es precisamente una revolución lo que deseamos, y eso es lo que la Asociación Internacional comprendió cuando en Ginebra afirmó la gratuidad, porque de sus consecuencias nacerá la igualdad social. Puede ser, como decía Tartaret, que al principio solo se beneficie de ella un pequeño número. Creo incluso, teniendo en cuenta el fracaso que sufrió el banco de Proudhon,[^B48] creado en condiciones más favorables que las que hoy nos rigen, que un banco creado según nuestro programa no tendría éxito en la actualidad; pero ¿es esa una razón para abandonarlo? ¿Habrá que sacrificar siempre la teoría, que mañana será la práctica? ¿No debemos, por el contrario, propagarla y preparar la revolución económica, para que, cuando haya penetrado en los espíritus, pueda entrar en los hechos mediante una transformación pacífica, como ha ocurrido en ciertos momentos de la historia?

**Cohn**, de Londres. — No puedo sino apoyar las ideas expuestas por el ciudadano Eccarius. El crédito gratuito no es todavía más que una teoría, y una teoría discutible; antes de hacerla funcionar habría que haber transformado la organización social. ¿Y cómo haríais, por el momento, para llevar a buen término esas empresas colosales, como el telégrafo transatlántico, por ejemplo? ¿Dónde encontraríais los capitales necesarios con un préstamo sin interés? Si se presta dinero, es solo para sacar provecho; no veo, pues, realizable la ejecución de vuestra reforma, y por eso no votaré las resoluciones.

**Tolain**, de París. — Cuando se examina esta cuestión, se advierte que hay que pensar a la vez en las necesidades del día y en el fin futuro. Para el presente se organizan las sociedades de resistencia, luego las de crédito y, por último, el intercambio igual que asegura servicio por servicio. Pero, obligados a inmovilizar nuestros recursos por la falta de solidaridad de nuestra organización, hemos tenido que considerar el ahorro como una virtud; y, sin embargo, en una sociedad perfecta esa virtud se convertiría en un vicio que perjudicaría a la colectividad. Y, en efecto, si en la sociedad llegada a las instituciones armónicas que pedimos unos trabajadores que producen 5 solo gastan 4, al día siguiente la producción, que responde a las necesidades del consumo, ya no será más que de 4, y, al generalizarse esto, se llegaría a una situación grave que desembocaría en la negación.

El fin está, pues, bien indicado, y ya, cuando la confianza se haya afianzado entre los trabajadores, la federación de las sociedades de resistencia, más numerosas, permitirá no guardar ya en caja los capitales hoy necesarios para la garantía de cada una de ellas, porque un simple llamamiento bastará para hacer surgir los recursos necesarios para la lucha, y eso sin tener un céntimo en caja.

Los trabajadores, por el momento, colocan sus fondos en bancos que atraen también el dinero de los pequeños industriales, y por el *drenaje* metálico todos los recursos se monopolizan en manos de grandes compañías que dan 5 para tomar 20, 30 y más todavía.

Se ha hablado de las sociedades de crédito mutuo que funcionan en Francia; pero, gracias a la especulación actual, algunos socios han podido tomar prestadas sumas bastante considerables al 3 por ciento para prestarlas al 5, transformándose así ellos mismos en capitalistas.

Es, pues, contra la acumulación del capital contra lo que debemos actuar, y desde ahora mismo el banco de cambio podría establecerse entre quienes crean productos intercambiables. Esta reforma, que solo puede extenderse paso a paso, realizará la emancipación del trabajo, porque, como dijo Proudhon en un lenguaje un poco rudo, «quien habla, para organizar el trabajo, de recurrir al gobierno o al capital, ha mentido».

**Moses Hess**, de Colonia y de Basilea. — Todos estamos de acuerdo en hacer la guerra a la explotación, en reconocer que el capital debe pertenecer al trabajador. Pero hay muchos medios para combatir y conquistar el capital; guardémonos de emplear para ello un ser imaginario, el crédito gratuito. Solo una pequeña secta adopta esa teoría, impugnada por los más grandes economistas. (*Interrupción*.) Remito sobre esta cuestión a la obra de Karl Marx *Miseria de la filosofía*, que opuso a la *Filosofía de la miseria* de Proudhon.[^B50] No debemos entrar en esa vía, sino buscar algo del todo práctico.

**Brismée**, de Bruselas, piensa que los medios indicados en el informe de Bruselas solo pueden llevarse a la práctica cuando toda la sociedad esté organizada para ello. Queremos establecer instituciones de crédito, no entre particulares, sino entre asociaciones de productores. Si esta organización hubiera existido, los obreros de una profesión en la que los pedidos escasean en un momento dado no se verían obligados a morirse de hambre trabajando a mitad de precio, como les ha ocurrido hace poco a los obreros armeros de Lieja.

Lo práctico por el momento es que las sociedades de previsión y de socorros mutuos que existen, en lugar de llevar su dinero a las cajas de ahorro fundadas por burgueses, se sirvan de él para ayudar a sus hermanos a crear asociaciones de producción.

(Este discurso, que solo hemos podido resumir, se ve interrumpido por frecuentes aplausos.)

**Pellering**,[^B51] de Bruselas. — En nuestra sociedad todo es privilegio, todo es autoridad, todo es injusticia. Es preciso que la sociedad nueva se funde en la verdad y la justicia.

Brismée ha dicho cosas buenas, pero también ha dicho otras viciosas. Todo lo que el obrero quiere emprender solo sirve para crearle enemigos. Hemos hecho muchos experimentos y no hemos tenido éxito. Más vale dejar las cosas como están que hacer reformas semejantes. Por ejemplo, habíamos fundado una panadería en asociación: al principio marchaba bien, luego peor, y al final ya no marchaba en absoluto. El que estaba en la panadería no cuidaba su negocio, nos engañaba. Siempre será así. (Vivas protestas, siseos, aplausos.)

Hemos intentado también hacer comunidades: no ha habido más que desgarramientos y querellas. No se puede llegar a nada si no se cambian de arriba abajo las bases de la sociedad.

**El presidente** lee una conclusión presentada por Hins, Longuet y De Paepe:

Considerando que no es posible pronunciarse inmediatamente sobre el valor práctico de una cuestión tan complicada como la del establecimiento de un banco de cambio,

El congreso, aun manteniendo la afirmación teórica del crédito recíproco, propone que el proyecto de estatutos presentado por la sección de Bruselas se envíe a todas las secciones para que sea objeto de una discusión a fondo y para que el próximo congreso pueda tomar una decisión al respecto.

**El presidente**. — Tiene la palabra De Paepe para la lectura del informe sobre la propiedad.

**De Paepe**, de Bruselas. — Solo tenemos dos informes, uno de Ruan y uno de Bruselas. La comisión se ha puesto de acuerdo sobre la propiedad de las minas, de los canales y de los caminos. Ha quedado en desacuerdo sobre la del suelo cultivable.

Pide que se lea primero el informe de Ruan, más corto que el de Bruselas.

El vicepresidente **Murat** lee, en lugar del delegado de Ruan, el informe siguiente:

### Sobre la propiedad de la tierra

La ciencia, que juzga fríamente las cosas, no se preocupa de si tales o cuales prejuicios existen desde hace tantos siglos. Pisoteando los errores, la mentira y la tiranía, sea cual sea la organización que los produzca, analiza, escruta y, después de haber examinado minuciosamente todas las partes del objeto cuya configuración exacta y cuya composición debe dar, pronuncia su fallo.

La cuestión a la que vamos a tratar de responder encierra uno de esos objetos que tocan por muchos lados prejuicios envejecidos por antecedentes seculares; quizá vamos a levantar un clamor general, pero, sea cual sea la repugnancia de unos y la cólera de otros, tocaremos sin miedo esa arca santa del monopolio más terrible, porque parece el más robusto: en efecto, ¿qué hay más sólido que el globo sobre el que hormiguea nuestra raza, que se arroga su propiedad y se proclama su dueña absoluta?

En esa raza, ¿cuántos poseen una parcela? Francia, se dice, es el pedazo más dividido; por eso se repite que será la última de las naciones que consienta en aceptar el fallo de la ciencia económica. Mal que le pese, sin embargo, de grado o por fuerza tendrá que inclinarse ante la razón, que dice: ¿qué es la tierra?, y que responde: es la materia indispensable, como el aire y el agua, dada gratuitamente por la naturaleza al hombre para que ejerza su inteligencia y haga surgir de ella todo lo que necesite. Pero entonces, si la tierra fue dada al hombre, ¿por qué la ha transformado este en posesión absoluta en provecho de unos pocos? ¿Puede esta *alma mater* de los humanos ser así acaparada a costa de la gran mayoría, cuando no tiene valor real más que por el producto que se saca de ella? ¿Por qué apropiarse, en detrimento de las ocho décimas partes, una propiedad que no se puede adquirir, puesto que uno se la encuentra al nacer y que es ella misma la que nos trae al mundo? ¿Se percibe la monstruosa anomalía del hijo que declarara a su madre propiedad absoluta, sobre la que solo él tiene derechos? ¿Quién ha podido dar nacimiento a un derecho tan tiránico? La historia responde: el derecho del primer ocupante, derecho bárbaro, inicuo, anticivilizador, que se ha perpetuado con ayuda de otro derecho conocido con el nombre de *aubaine*,[^C3] que no es otra cosa que la prelibación del señor sobre el siervo de la gleba, como la prelibación financiera y mercantil sobre el siervo de la industria.

Habiendo negado la legitimidad del segundo, no podemos consagrar el primero. En consecuencia, declaramos la posesión intrínseca y absoluta de la tierra por el individuo antijurídica, tan anormal como la posesión del producto por la prelibación bancocrática; y aún esta última tendría una excusa que alegar, pues podría argumentar, y en efecto lo hace, que gasta cierta suma para ejercer su detracción, mientras que la primera no puede invocar otro título que el de la posesión por derecho de conquista. Revolucionaria o bárbara, ¡qué importa!, ¡si las cuatro quintas partes de la humanidad están despojadas de su propio bien!

La ciencia económica no reconoce más propiedad que la adquirida por el trabajo; es incluso el argumento que invoca la burguesía cuando el derecho divino político le reprocha haberlo despojado violentamente de sus títulos catorce veces seculares. Por desgracia para esta dueña del día, su argumento es falso, porque ella no crea nada; al contrario, vive del trabajo de los demás, y es ella la que posee el suelo fecundado por la labor de aquellos a los que se complace en mirar como sus subalternos *in sæcula sæculorum*, exactamente como pensaba su predecesora.

La ciencia, repetimos, dice: la tierra, que fue dada gratuitamente al hombre, no puede ser más que una propiedad colectiva común; la única propiedad verdaderamente adquirida es el producto de los cultivos, resultado del trabajo que el hombre ejerce sobre el suelo para fertilizarlo, las construcciones que levanta en él y los materiales que extrae de él, porque todas esas manifestaciones constituyen una actividad, un trabajo que puede evaluarse según la cantidad de horas empleadas en su ejecución.

De acuerdo con la lógica, declaramos que la apropiación por unos pocos del instrumento gratuito de producción que se llama tierra es un rapto de primer orden, que excluye a la colectividad humana del derecho natural de llegar a ser propietario individual del producto de su trabajo obtenido con ayuda de su inteligencia; es decir, que el trabajador, por ese odioso monopolio territorial, queda privado del goce absoluto que debería tener sobre la materia convertida en valor de utilidad y, por consiguiente, intercambiable gracias a la transformación que él le ha hecho sufrir.

Por ese inicuo uso, el trabajador está perpetuamente condenado a la servidumbre, y por muchos esfuerzos que haga para conquistar su emancipación, si no derriba o transforma ese terrible privilegio, nunca será más que la bestia de carga de los poseedores absolutos del más importante instrumento de emancipación común.

El progreso de las ciencias no podría permitir que la humanidad siguiera degenerando porque a unos centenares de privilegiados les plazca arrogarse el uso exclusivo de una propiedad que pertenece a la colectividad humana; nuestros estudios y nuestros esfuerzos deben tender continuamente a emanciparnos del feudalismo inmobiliario, como de su hermano menor, el feudalismo industrial; ambos no tienen otro fin que la explotación del hombre por el hombre, y no conocemos otro medio de conquistar pacíficamente nuestra emancipación, desde el punto de vista de la posesión de la tierra, que hacer intervenir en todas las administraciones públicas el elemento obrero mediante el sufragio universal, dirigido por las corporaciones agrícolas e industriales; de ese modo, las administraciones municipales, compuestas, como debería ser, de la élite de la clase obrera, se pondrían inmediatamente en condiciones de hacer restituir al municipio el suelo que ocupa, fijando un tipo de reembolso basado en la media de las rentas inmobiliarias nacionales, y considerarían esa media como una anualidad *au denier* veinte o treinta,[^C4] que representaría el período destinado a indemnizar a los actuales poseedores. Ninguno de estos podría clamar contra un despojo violento, puesto que todos recuperarían, al cabo de veinticinco o treinta y tres años, la suma que ellos o sus abuelos hubieran podido desembolsar para adquirir un instrumento de producción que nunca debió ser apropiado.

Es verdad, señores, que esta manera de hacer volver la tierra al dominio público se parece mucho al rescate de la libertad que empleaban los siervos de la Edad Media, y que muchos de nosotros estarían más bien dispuestos a decretar, en nombre de la justicia económica, la restitución inmediata de la cosa pública, mil veces pagada por nuestros padres y por los contemporáneos, como podría decirse de las deudas llamadas públicas, para las cuales la extinción pacífica podría hacerse como el rescate del suelo, por anualidades que representaran lo que hoy se llama renta o rédito.

Como vosotros, pensamos que es cruel reembolsar una propiedad colectiva, liquidada miles de veces desde la invasión de los godos, visigodos, francos y otras razas de ladrones de pueblos; es duro, después de haber liquidado en 1789 a una parte de los antiguos poseedores, verse obligado de nuevo a reembolsar a los actuales.

Pero creemos que las transformaciones sociales que se operan por vía de conciliación tienen más seguridad de cumplirse, porque así proceden los sabios cuando tratan, mediante la observación, de descubrir los secretos de la naturaleza. A nuestro juicio, solo habría que obrar enérgicamente si la parte que, sin saberlo, ha arrebatado el derecho más importante del ser colectivo se negara a rendirse a la evidencia y a aceptar la indemnización generosamente ofrecida por la parte despojada desde tiempo inmemorial. Es de esperar que los ejemplos del pasado hagan aceptar los medios transitorios que la economía social pone al servicio de los hombres que comprenden su época.

Razonando en la hipótesis de una realización por los medios antes enunciados, la tierra se convertiría, pues, al cabo de veinticinco o de treinta y tres años, en propiedad colectiva del municipio, del departamento y, finalmente, de la nación o de grupos de pueblos federados, y la organización de las corporaciones se haría tanto en la agricultura como en la industria; de ahí se seguiría que la compañía obrera de agricultura ejercería sobre el suelo municipal su trabajo de producción según el derecho otorgado por el municipio, el único que podría regular su ejercicio desde el punto de vista del interés general; es de suponer que no podría abusar de él, puesto que el consejo de administración estaría siempre compuesto por los delegados de todas las corporaciones, es decir, por los verdaderos interesados; en una palabra, el trabajo, al dirigir la producción, nunca podría convertirse en un obstáculo para sí mismo.

En cuanto a las construcciones, el municipio concedería igualmente a las compañías obreras de albañiles el derecho a edificar en el suelo municipal según la nueva legislación, cuya creación coincidiría con la organización económica que tratamos de realizar.

Para los caminos, canales o ferrocarriles declarados de utilidad pública que hubieran de atravesar el municipio, este reclamaría como indemnización el perjuicio que esas vías causarían a la producción, sobre el terreno o en estado de preparación, evaluando exactamente la media anual de las cosechas, incluidas todas las labores de mullido del suelo, es decir, todos los gastos generales que exige la naturaleza de los terrenos.

Para las construcciones, es superfluo explicar la indemnización que habría que reclamar: ejecutadas y vendidas a precio de coste, la indemnización se haría según el valor del edificio, deducido el uso.

A menudo, hablando del producto casa, se ha invocado un obstáculo respecto de su venta a los individuos a quienes la naturaleza de su profesión obliga a ser nómadas, y se ha dicho: les será completamente imposible adquirir una vivienda; ¿cómo se hará entonces para darles satisfacción?; ¿no os veréis obligados a volver al contrato de alquiler? No vemos en ello ninguna oposición, con tal de que el alquiler represente exactamente el valor de uso, que siempre se calculará según el equilibrio de las fuerzas económicas.

Como veis, queridos colegas, la famosa cuestión de la *propiedad de la tierra* encuentra fácil solución gracias a la ciencia social: por sus leyes, la tierra vuelve a su propietario natural, el hombre colectivo, la sociedad; y, por la aplicación de esas mismas leyes, el hombre individuo se convierte en propietario exclusivo de los productos que él mismo ha confeccionado, y el parasitismo legal de la economía política desaparece para siempre de la humanidad.

**De Paepe** lee el informe siguiente:

### Informe de la sección de Bruselas sobre la cuestión de la propiedad territorial

*El suelo cultivable, los bosques, las minas, las hulleras, los canales, los caminos, los ferrocarriles, ¿deben ser en la sociedad futura propiedad individual o propiedad colectiva?*

Como esta cuestión es sumamente vasta y encierra puntos cuya solución quizá sea diferente, no hemos podido, por falta de tiempo, presentar informe más que sobre uno de ellos, el de la propiedad territorial agrícola, que consideramos el más importante y que es a la vez el más controvertido.

No queremos indagar si la apropiación individual del suelo ha sido y es todavía legítima desde el punto de vista de lo que se llama derecho natural, ni si los diferentes orígenes que se atribuyen al derecho de propiedad sobre el suelo (como la primera ocupación, la prescripción, la consagración legal, el consentimiento universal o el trabajo) justifican el mantenimiento de esa institución. No; nos limitaremos a observar los fenómenos económicos que se producen ante nuestros ojos, para conocer las tendencias económicas que nos arrastran y saber si, en una época más o menos próxima, esas tendencias no harán del mantenimiento o de la abolición de la propiedad territorial individual una necesidad social; luego, en la medida en que nos es dado intervenir en el juego de las leyes económicas, tendremos, como Asociación Internacional de los Trabajadores, que obrar, o bien en el sentido de esas tendencias económicas, para acelerarlas, si son favorables al trabajador, o bien en contra de ellas, para neutralizarlas, si le son desfavorables. En una palabra: observar para saber, saber para prever y prever para proveer; esa es la divisa de la escuela positivista, y es también la nuestra.[^C5]

Por lo demás, pensamos que Proudhon ha demostrado suficientemente, en su *Primera memoria*,[^C6] que la propiedad territorial no puede legitimarse en su principio, y que ninguno de los orígenes que le asignan los juristas, los economistas y los filósofos justifica la propiedad. Así, la primera ocupación no expresa más que un hecho, pero no confiere un derecho eterno sobre la cosa; ese hecho puede ser muy respetable mientras queden a los demás hombres tierras que ocupar, pero no da licencia para rechazar a los últimos en llegar y desheredarlos del suelo. — La prescripción no puede adquirirse en favor de la propiedad, porque hay derechos que no pueden prescribir: el hombre no puede renunciar al trabajo más de lo que puede renunciar a la libertad, y reconocer la apropiación del suelo por unos pocos es renunciar al trabajo, puesto que es abdicar de su medio; contra el error nunca hay prescripción. — La ley civil, si es ella la que ha establecido la propiedad individual del suelo, puede también abolirla: ¿sería la primera vez que la humanidad aboliera lo que antiguas leyes habían instituido? — El consentimiento universal no prueba más en favor de la legitimidad de una institución social que en favor de una idea sobre el mundo físico, y ha podido equivocarse en materia de propiedad como se equivocó sobre el movimiento relativo del sol y los planetas; además, nunca ha habido consentimiento universal sobre la justicia de la apropiación individual del suelo, puesto que en todo tiempo ha habido no solo escritores y filósofos comunistas, sino sociedades comunistas, protestas permanentes contra el propietarismo. — El trabajo, lejos de poder ser el origen de la propiedad territorial, la presupone por el contrario; además, el trabajo no puede dar derecho de propiedad más que sobre los productos del trabajo; de ese principio puede concluirse que el cultivador tiene derecho sobre su cosecha; puede concluirse también que quien ha roturado una tierra tiene derecho a una compensación, y que esa compensación debe consistir preferentemente en el privilegio de sembrar esa tierra durante un tiempo dado; puede irse más lejos y decir que cada año de cultivo, al implicar mejoras nuevas, entraña para el colono una compensación nueva; pero todo eso no nos da todavía la propiedad; esta es un hecho nuevo que excede el límite del derecho del trabajador sobre su obra; el trabajo no crea el suelo, y el dominio territorial no puede, pues, salir de ahí.

Proudhon, que no podía admitir la legitimidad de la apropiación individual del suelo considerándola en los orígenes que le asignan la jurisprudencia y la economía política, trató, en su obra póstuma titulada *Teoría de la propiedad*,[^C7] de legitimar esa institución por su fin, por sus objetivos, por su destino social. Veremos dentro de un momento si el destino social que Proudhon asigna a la propiedad es real; pero, sea como sea, aceptamos el punto de vista en que se ha situado el gran pensador; ese punto de vista no es en el fondo otro que aquel en que declarábamos, al principio de este estudio, querer situarnos nosotros mismos. Si la propiedad individual del suelo es necesaria para la existencia de una sociedad nueva, de una sociedad basada en la justicia y en el equilibrio económico, entonces la propiedad individual del suelo será legítima y permanecerá a pesar de todas las antipatías y de todos los planes comunistas. Si, por el contrario, la propiedad individual del suelo es incompatible con esa misma sociedad nueva, la propiedad individual del suelo dejará de ser legítima y desaparecerá a pesar de todas las simpatías y de todas las ideas que le son favorables.

Pero ¿cuál es para Proudhon esa misión social de la propiedad territorial individual? Servir de garantía de independencia y de libertad al individuo frente a la sociedad, frente al Estado. Ahora bien, hay que observar que, para que esa garantía dada a la libertad individual no sea ilusoria, es preciso que el derecho del propietario sobre su tierra sea lo más absoluto posible; es preciso que el Estado no pueda nunca, por causa de utilidad pública por ejemplo, poner restricción alguna a ese derecho de propiedad; de lo contrario, ¡al diablo la garantía! Pero, al querer establecer una garantía tan fuerte de independencia individual, ¿qué garantía se da a la sociedad frente al absolutismo propietarista?

Además, en una sociedad basada en la justicia, sería preciso que esa garantía de independencia individual existiera para todos y que, por consiguiente, cada uno tuviera su parte de propiedad territorial, lo cual no es admisible en una sociedad como la nuestra, en la que junto a la industria agrícola existen las industrias extractiva, de transportes, comercial, manufacturera, etc. Cada uno podría, es verdad, tener su parte de la propiedad territorial, a condición de que las partes quedaran indivisas y formaran una propiedad colectiva; pero frente a la tesis sostenida esta hipótesis es contradictoria.

Se nos dirá tal vez que no se trata de proporcionar a cada individuo una garantía de independencia frente al Estado atribuyéndole el dominio eminente sobre una porción del suelo, sino de crear un gran cuerpo social, el de los campesinos propietarios, que, en virtud de su derecho de propiedad sobre el suelo, pueda contrapesar la influencia del Estado; se trata, en una palabra, de hacer de la propiedad territorial una especie de función política desempeñada por el cuerpo de los cultivadores propietarios. Pero a esto puede replicarse que la independencia de ese gran cuerpo social no exige necesariamente la apropiación individual del suelo, y se aviene igual de bien con la apropiación colectiva del suelo por asociaciones agrícolas o incluso por todo el conjunto de los grupos de trabajadores rurales; en todo caso, hay que añadir entonces que, al quedar así atribuida la propiedad territorial casi absoluta a un cuerpo por eso mismo privilegiado y preponderante, el Estado, la sociedad entera, podría muy bien quedar entregada sin piedad a ese cuerpo todopoderoso.

No es, pues, en la existencia de la propiedad individual del suelo donde buscaremos una garantía de independencia y de libertad individuales; a nuestro juicio, esa independencia relativa de cada uno frente a todos solo puede resultar de la dependencia relativa, mutua, de cada uno respecto de todos (es decir, de la solidaridad de cada individuo de un grupo cualquiera con sus compañeros del mismo grupo, y de cada grupo con los demás grupos), y no de la independencia completa de un cuerpo cualquiera frente al resto de la sociedad.

Por consiguiente, tampoco es en la existencia de esa garantía de independencia individual donde vemos el papel social de la propiedad territorial, su fin o su función. Tratemos, pues, de desentrañar de la historia de la propiedad territorial el fin que la humanidad ha perseguido con la creación de esa institución. Para ello, escuchemos la enseñanza de los maestros de la ciencia social.

Escuchemos primero a Carey[^C8] (tomo I, cap. 4): «Miremos hacia donde miremos, veremos que el hombre empezó viviendo como cazador, subsistiendo del botín de su caza y dependiendo por completo de los dones espontáneos proporcionados por la tierra, y que así fue en todas partes esclavo de la naturaleza. Más tarde lo encontramos en estado de pastor, rodeado de los animales que ha domesticado y de los que depende para sus provisiones de alimento, a la vez que saca de esos mismos animales las pieles que lo protegerán en invierno contra los rigores del frío. En semejante estado de cosas, solo puede existir una débil capacidad de asociación; se calcula que entonces son necesarios 800 acres de tierra para que un cazador obtenga tantos medios de subsistencia como podría obtener de medio acre de cultivo. Liebig[^C9] nos explica así la razón: “Una nación de cazadores, dice, diseminados en un espacio restringido, es completamente incapaz de crecer más allá de cierto límite, que pronto se alcanza. El carbono necesario para la respiración debe obtenerse entonces de los animales, y de estos solo puede vivir un número limitado en el espacio que suponemos.

»Los animales reciben de las plantas las partes constitutivas de sus órganos y de su sangre, y a su vez las transmiten a los salvajes que solo viven de la caza. Estos reciben igualmente ese alimento, que ya no contiene los compuestos no nitrogenados que, durante la vida de los animales, servían para mantener el mecanismo de la respiración. En esos individuos que se limitan a una alimentación animal, es el carbono de la carne y de la sangre el que debe sustituir al almidón y al azúcar. Pero quince libras de carne no contienen más carbono que cuatro libras de almidón; y mientras que el salvaje, con un solo animal y un peso igual de almidón, podría mantenerse vivo y sano durante cierto número de días, se vería obligado, si se limitara a alimentarse de carne, a consumir cinco animales semejantes para procurarse el carbono necesario para la respiración durante el mismo espacio de tiempo”» (*Química animal*, 1.ª parte, 14). — Para que la sociedad crezca es, pues, indispensable que el hombre pueda procurarse mayores cantidades de alimentos vegetales, y solo puede hacerlo con ayuda del cultivo. Ahora bien, el cultivo no es posible sin la toma de posesión de la tierra por el colono; al principio no hay más que simple ocupación, pero pronto, a medida que los pueblos se asientan más en el suelo, se ve cómo la ocupación se transforma en propiedad; la necesidad de fijar límites a las intrusiones de unos colonos sobre otros y de establecer entre ellos cierta igualdad produce esa evolución.

Ahora escuchemos sobre ello a Proudhon:

«La agricultura fue el fundamento de la posesión territorial y la causa ocasional de la propiedad. De nada servía asegurar al labrador el fruto de su trabajo si no se le aseguraba al mismo tiempo el medio de producir: para proteger al débil contra las intrusiones del fuerte, para suprimir los despojos y los fraudes, se sintió la necesidad de establecer entre los poseedores líneas de demarcación permanentes, obstáculos infranqueables. Cada año veía multiplicarse el pueblo y crecer la avidez de los colonos; se creyó poner freno a la ambición plantando mojones a cuyo pie la ambición vendría a estrellarse. Así, el suelo fue apropiado por una necesidad de igualdad indispensable para la seguridad pública y para el pacífico disfrute de cada uno. Sin duda el reparto nunca fue geográficamente igual; una multitud de derechos, algunos fundados en la naturaleza, pero mal interpretados y peor aplicados aún, las sucesiones, las donaciones, los intercambios, y otros, como los privilegios de nacimiento y de dignidad, creaciones ilegítimas de la ignorancia y de la fuerza bruta, fueron otras tantas causas que impidieron la igualdad absoluta. Pero el principio no dejó de ser el mismo: la igualdad había consagrado la posesión; la igualdad consagró la propiedad» (*Primera memoria sobre la propiedad*).

Por un lado, la necesidad completamente material de acrecentar la producción, en una palabra, las exigencias de la agricultura; por otro, el deseo de establecer cierta igualdad entre los colonos: tales parecen ser los motivos por los que se instituyó la propiedad territorial individual. En otros términos, alimentar al género humano y hacer reinar la igualdad entre los hombres: tal nos parece el fin con el que la humanidad hizo pasar espontáneamente el suelo del estado de no apropiación en que se encontraba al principio (como sigue estándolo hoy en algunos pueblos) al estado de propiedad individual. Así pues, dar al hombre el pan y la igualdad: ese es el destino, la función, en una palabra, el papel social de la propiedad territorial.

Para llegar a ese fin, la humanidad fundó la propiedad, y con ella la sociedad civil, bajo el modo individualista, es decir, en forma de propiedad individual. Solo nos queda ver si hoy los mismos motivos que determinaron entonces la apropiación del suelo en forma de propiedad individual exigen todavía el mantenimiento de esa forma tan primitiva o no reclaman, más bien, la aplicación de una nueva forma de apropiación.

Para que la tierra proporcione a los hombres su máximo de productos, es necesario aplicar al trabajo agrícola todos los conocimientos adquiridos sobre la repoblación forestal de las montañas, la roturación de los eriales, la desecación de las tierras pantanosas, el riego de las tierras áridas, las rotaciones de cultivos, las enmiendas, los abonos y los prados tanto naturales como artificiales. Ahora bien, la aplicación de esos conocimientos solo es posible con el cultivo en grande. Así, por no hablar más que de las rotaciones, hoy se sabe que cada planta, o al menos cada familia de plantas, toma del suelo una o varias sales particulares; la borraja y las solanáceas toman sobre todo salitre o nitrato de potasa, las leguminosas yeso o sulfato de cal, y así sucesivamente; es lo que se ha llamado la *selección vegetal*. Se sabe también que las excreciones de ciertos vegetales son favorables a otros vegetales; que, por ejemplo, las excreciones de las leguminosas son muy favorables al buen crecimiento de los cereales: ¿qué cultivador ignora que un campo que haya dado trébol es muy a propósito para dar una buena cosecha de trigo? En esos datos experimentales, explicados por lo demás por la fisiología botánica, se basa la teoría de las rotaciones; pero esa teoría no puede aplicarse al pequeño cultivo, porque el pequeño cultivador está obligado a plantar en su campo lo que necesita más inmediatamente, cereales y patatas, y luego patatas y cereales; no puede alternar esos cultivos con los de nabos, turnips y plantas forrajeras, que no le sirven de nada.

Y lo que decimos de las rotaciones es verdad también de los abonos. Los rebaños de bueyes y de ovejas, a la vez que proporcionan con su carne uno de los alimentos esenciales del hombre, y con su cuero o su lana vestidos útiles, devuelven además a la tierra su estiércol, que es una de las principales materias primas de la agricultura. Ahora bien, los rebaños exigen grandes prados naturales y artificiales, es decir, el gran cultivo.

Considerad así por separado cada una de las grandes necesidades de la agricultura moderna y veréis además que su satisfacción es imposible con el pequeño cultivo, y que este conduce directamente, pese a todo el valor y toda la energía del campesino, a la esterilización del suelo. Quienes duden de estos hechos, lean los hermosos estudios comparativos del señor Léonce de Lavergne[^C10] sobre la economía rural de Inglaterra, donde dominan la gran propiedad y el gran cultivo, y sobre la economía rural de Francia, donde dominan la pequeña propiedad y el pequeño cultivo.

Además, solo el gran cultivo puede dar lugar a valiosos ahorros de terreno, de tiempo y de trabajo, mientras que el pequeño cultivo ocasiona un gran desperdicio de recursos. Por ejemplo, el pequeño cultivador propietario de varias parcelas de tierra, diseminadas entre los campos de los vecinos, se ve obligado a perder gran parte de su tiempo trasladándose de una parcela a otra por caminos excesivamente multiplicados. Así, en los países de pequeña propiedad y de pequeño cultivo, los pasos y servidumbres, junto con los setos, muros y cercas tras los que se atrinchera el propietario receloso y huraño, se llevan una gran porción del suelo. Es lo que los fisiócratas habían comprendido muy bien, y es en ellos, al parecer, donde Fourier tomó en parte sus ideas sobre las ventajas de un cultivo de conjunto: «Que las tierras dedicadas al cultivo —dice Quesnay[^C11]— se reúnan en grandes granjas, pues hay menos gastos para el mantenimiento y la reparación de los edificios y, en proporción, muchos menos costes en las grandes empresas de agricultura que en las pequeñas».

Eso no es todo. Uno de los hechos dominantes de la fase económica que atravesamos es la aplicación cada vez más extensa de dos grandes fuerzas económicas a la producción, en todos los trabajos en que esas fuerzas pueden aumentar la suma de los productos: nos referimos a la fuerza colectiva y a la máquina. Ante esa tendencia irresistible (sobre la que volveremos más adelante), hemos visto ya en la industria propiamente dicha a una multitud de pequeños patronos y de hombres establecidos desaparecer ante la competencia de grandes empresarios o de asociaciones de capitalistas, los únicos que pueden emplear los grandes ingenios mecánicos y aprovechar el exceso de producción que proporciona el manejo concertado y unitario de una legión de trabajadores asalariados que combinan sus esfuerzos. Ahora bien, si hay una industria en la que la aplicación de la fuerza colectiva es necesaria, esa es sin duda la agricultura: ciertos trabajos agrícolas, como la roturación, la vendimia, la siega o la henificación, son incluso los tipos por excelencia de la aplicación de esa fuerza. Y si hay también una industria en la que la introducción de la máquina es necesaria y se hará de modo invencible, es también la agricultura. Pero la aplicación en vasta escala de esas dos grandes fuerzas económicas a los trabajos agrícolas apenas es posible con el pequeño cultivo parcelario, mientras que con el gran cultivo nada es más fácil.

Por eso la agricultura inglesa es la única que hasta ahora se ha servido de manera general de los nuevos ingenios mecánicos. «La tierra no pide solo abonos y enmiendas —dice el señor de Lavergne—; necesita además ser cavada, mullida, nivelada, escardada, saneada, trabajada en todos los sentidos, para que el agua la atraviese sin estancarse en ella, para que los gases atmosféricos la penetren, para que las raíces de las plantas útiles se hundan y se ramifiquen en ella con facilidad. Se ha inventado una multitud de máquinas para darle esas diversas labores. Por el espacio que ocupaba en la Exposición Universal se ha podido comprobar la inmensa importancia de la industria de las máquinas agrícolas en Inglaterra y de los mercados que encuentra allí: se contaban cerca de trescientos expositores de esta categoría, venidos de todos los puntos del Reino Unido, y entre ellos los hay, como los Garrett y los Ransome[^C12] del condado de Suffolk, que emplean a miles de obreros y hacen cada año millones en negocios».

El gran cultivo va ordinariamente a la par con la gran propiedad territorial, y el pequeño cultivo con la pequeña propiedad; decimos ordinariamente porque hay, en efecto, notables excepciones a esta regla. Si, por un lado, Inglaterra propiamente dicha nos ofrece en general el espectáculo de grandes propietarios que arriendan sus tierras a un número bastante restringido de arrendatarios, y si, por otro, Francia (con excepción de ciertas regiones, en particular de Normandía) nos presenta en general el espectáculo de pequeños propietarios que cultivan ellos mismos un suelo excesivamente fragmentado, otras comarcas nos ofrecen ejemplos diametralmente opuestos. En Irlanda encontramos la gran propiedad con el pequeño cultivo: el propietario territorial arrienda el suelo por parcelas a pequeños cultivadores o *cottagers*, cuya situación no puede ser más precaria. En cambio, en Bélgica, donde se encuentran a la vez el pequeño cultivo con la pequeña propiedad, como en el país de Waes por ejemplo, y la gran propiedad con un cultivo mediano, como por ejemplo en las tierras del duque de Arenberg, del príncipe de Chimay, etc., se encuentran también ejemplos de una combinación de la pequeña propiedad con el gran cultivo o, más bien, con un cultivo mediano: en algunas de nuestras provincias se ve a veces a un gran arrendatario tomar en arriendo las tierras de varios pequeños propietarios.

Sea lo que sea de esta coexistencia de la pequeña propiedad con el gran cultivo y *viceversa*, lo cierto es que casi en todas partes pequeña propiedad entraña pequeño cultivo, y que, en el caso excepcional de un gran cultivo que coincida con pequeñas propiedades, tenemos ahí una combinación que podemos admitir[^C13] desde el punto de vista de la economía social, porque nos da a la vez el salariado agrícola y la renta pagada a particulares no cultivadores.

Y, por lo demás, tiene eso en común con la combinación en la que la gran propiedad individual coexiste con el gran cultivo, como en Inglaterra. Ahora bien, si esa gran propiedad individual unida al gran cultivo es hoy lo mejor para la economía rural, porque satisface las exigencias de la agricultura moderna y se ajusta así al fin puramente material que los hombres persiguieron al apropiarse el suelo, es decir, procurar al género humano el máximo posible de alimentación, va directamente en contra del otro destino de la propiedad territorial, pues crea entre los hombres un estado de desigualdad y de subordinación sin igual. En efecto, ¿qué estado más contrario a la igualdad que esa jerarquía de tres grados, compuesta por unos cuantos *landlords* ociosos, que gozan de rentas fabulosas y tienen cada uno bajo su dependencia a algunos grandes arrendatarios o señores de segundo orden, los cuales a su vez dominan sobre toda una plebe de criados, mozos de granja, jornaleros y asalariados agrícolas?

Por el contrario, la propiedad francesa, fragmentada y cultivada personal y aisladamente por el campesino propietario, sistema absurdo desde el punto de vista agronómico y que, por ello, falta igualmente al papel social de la propiedad de la tierra, establece al menos, por su generalización, una igualdad relativa entre los trabajadores rurales, y es, desde ese punto de vista, muy superior a la gran propiedad inglesa.

Como se ve, cada uno de estos dos sistemas presenta una laguna.

¿Qué buscar? ¿Vamos a hacer eclecticismo? ¿Vamos a adherirnos a algún sistema híbrido, sea el de la gran propiedad con el pequeño cultivo, sea el del gran cultivo con la pequeña propiedad? ¿Vamos a preconizar la propiedad mediana con el cultivo mediano, es decir, el sistema del arrendatario propietario o del arrendatario que toma la tierra en arriendo a algún propietario mediano, pero que tiene en todo caso a sus órdenes asalariados agrícolas? ¿O vamos, con un economista francés, el señor Baudrillart,[^C14] a caer en un eclecticismo de otro género, pronunciándonos por una situación que tome a la vez un poco del sistema francés y un poco del sistema inglés, haciendo existir esos dos sistemas uno al lado del otro en un país, y pensar así que hemos corregido los inconvenientes del uno yuxtaponiéndole los inconvenientes del otro, como si 1 y 1 pudieran dar 0?

No; dejaremos hacer a la humanidad, le dejaremos realizar el doble ideal que perseguía cuando engendró la propiedad. Ahora bien, cuando la humanidad tiene que resolver antinomias como las de la pequeña y la gran propiedad, la de la igualdad para todos y el pan para todos, nunca procede por vía de eliminación ni por vía de eclecticismo, sino por vía de síntesis. Realizará, pues, una forma de apropiación que sea tan favorable (incluso más favorable) a la igualdad como la pequeña propiedad individual, y tan favorable (incluso más favorable) a la producción agrícola como la gran propiedad individual; una forma de apropiación que resuma a la vez en sí la pequeña y la gran propiedad. Pensamos que esa síntesis será precisamente la propiedad colectiva o, si se quiere, la copropiedad. En ella, en efecto, cada copropietario es propietario con el mismo título que los demás y, por tanto, igual a los demás: se acabó el salariado agrícola y se acabó el propietario que vive ociosamente de la renta de la tierra, a la que no tiene más derecho que cualquier otro. En ella también, y mejor aún que con la gran propiedad inglesa, podrán aplicarse al cultivo las máquinas, la fuerza colectiva, todos los procedimientos científicos y los preceptos de la agronomía.

Quien examine con un poco de atención lo que viene ocurriendo desde hace cierto número de años no tarda en advertir, en medio de los hechos incoherentes que chocan y entrechocan en el caos del mundo económico, dos grandes movimientos bien marcados, muy regulares, uno inconsciente y el otro consciente, que cada día adquieren mayores proporciones y que, aunque antagónicos en este momento, deben sin embargo desembocar en un resultado común.

Es primero ese movimiento irresistible que empuja sin cesar a la sustitución de la pequeña industria por la grande, del esfuerzo individual por la fuerza colectiva, de la producción en pequeño y a brazo de hombre por la producción en grande y con ayuda de las fuerzas de la naturaleza: la gravedad, el calor, la electricidad. Ese movimiento, muy bien descrito por Georges Duchêne[^C15] en una serie de artículos del *Courrier français*,[^C16] tiene por consecuencias actuales la asociación de los capitales, el aplastamiento del pequeño capital por el grande y, por tanto, la concentración de las riquezas; nacido de la competencia anárquica, del *laissez-faire* de los economistas, desemboca en el monopolio, negación de la competencia. Y el monopolio, creciendo sin cesar, hinchándose, hinchándose siempre hasta abarcar el mundo, tiene necesariamente, según la expresión de Proudhon, que acabar reventando. ¡Entonces, cuidado con la gran debacle social!

Pero a ese movimiento se opone otro: es ese movimiento, igualmente irresistible aunque consciente, que empuja a los trabajadores a crearse poco a poco todo un sistema de garantías mutuas que Fourier[^C17] había entrevisto ya vagamente y que bautizó con el nombre de *garantismo*. Ese movimiento empieza por las simples sociedades de socorros mutuos para los casos de enfermedad, penetra luego en el terreno propiamente dicho de la industria con las cajas para los casos de paro fortuito, resucita el *compagnonnage*,[^C18] instituye las sociedades de mantenimiento de precios y de resistencia, organiza la huelga y la somete a reglas, se ensaya en la producción con las sociedades cooperativas, establece por medio de la Internacional, entre los trabajadores del mundo entero, informaciones regulares sobre la oferta y la demanda de brazos y, lo que es más, quiere permitir a los brazos presentarse allí donde se les pide; hace solidarios entre sí a los diversos grupos obreros, como antes había hecho solidarios dentro del grupo a los trabajadores individuales. Ese movimiento, siguiendo su pendiente natural, debe en breve enlazar entre sí las sociedades de producción ya fundadas, perfeccionar sus estatutos, crear otras nuevas por todas partes y luego, mediante el Banco de Crédito Mutuo, llevar al intercambio recíproco de los productos entre todos esos grupos industriales, permitir a los trabajadores emplear a su vez en su provecho las máquinas y la fuerza colectiva, y herir en el corazón la centralización capitalista y el monopolio. Nacido de una idea de intervención colectiva de los trabajadores en el juego de las leyes económicas, idea opuesta al *laissez-faire* de los economistas, ese movimiento desemboca en el mutualismo, es decir, en la verdadera competencia, que exige que los competidores estén provistos de armas iguales para el combate.

Esos dos movimientos, que se dibujan tan nítidamente en la industria propiamente dicha, apenas son perceptibles en la agricultura. Y eso no debe extrañarnos, pues la industria agrícola siempre ha ido rezagada respecto de sus hermanas. Sin embargo, en Inglaterra, al mismo tiempo que las riquezas mobiliarias se concentran en pocas manos, la propiedad territorial sigue el mismo camino, aunque por causas algo diferentes. Los registros del censo de 1861 demuestran que el número de propietarios territoriales se ha reducido allí de 16 934, que eran en 1851, a 15 066 en 1861; la concentración ha aumentado así en un 11 % en diez años.

«Si la concentración de la propiedad territorial en manos de un pequeño número —dice a este respecto un manifiesto de los trabajadores ingleses— sigue progresando igual, la cuestión de la propiedad territorial quedará singularmente simplificada, como lo estaba en el Imperio romano cuando Nerón dejó vagar por sus labios una sonrisa feroz al saber que la mitad de la provincia de África pertenecía a seis caballeros. Llegada a ese grado extremo de concentración, la cuestión de la propiedad de la tierra apenas puede ofrecer dificultades en Inglaterra, y debe resolverse allí irrevocablemente en el sentido de la propiedad colectiva del suelo, porque el pueblo inglés, habituado al gran cultivo con todas sus ventajas desde el punto de vista agrícola —las rotaciones, las máquinas, las enmiendas, los prados, los abonos animales—, no puede volver a la fragmentación agrícola con sus consecuencias: el barbecho, el cultivo a la azada, la falta de abonos, la supresión del ganado y, por tanto, de la carne; y porque, además, según confiesa Stuart Mill, la idea misma del campesino propietario individual del suelo parece ser ajena al espíritu inglés y no penetra en él fácilmente» (Stuart Mill, *Economía política*, libro II, cap. VI, § 1).[^C19]

En Bélgica, la propiedad territorial tiende también a concentrarse, aunque en una progresión infinitamente menor que en Inglaterra, donde la existencia del derecho de primogenitura favorece enormemente esa concentración. Recorred nuestros municipios rurales y casi siempre encontraréis en ellos un gran propietario territorial al que pertenecen casi todas las tierras del pueblo; las más de las veces ese gran propietario de tierras manda como amo en el pueblo, porque casi siempre es no solo el principal propietario de las tierras de labor, sino propietario de las casas, burgomaestre y jefe de industria: es un verdadero señor feudal. Cuando por casualidad sale a la venta una parcela que había quedado libre, es el señor quien la adquiere a precio vil, porque nadie se atrevería a hacerle la competencia en esa compra.

De ello resulta poco a poco una verdadera concentración de la propiedad territorial en pocas manos. Sin embargo, mientras en ciertos puntos se opera la concentración, en otros la propiedad de la tierra se fragmenta. Esa fragmentación se da sobre todo en el Luxemburgo,[^C20] y no puede dejar de tener allí consecuencias funestas, porque a los inconvenientes ordinarios de la parcelación añade otros muy particulares: nos referimos a la destrucción de los bosques, destrucción cuyos efectos son tan perniciosos para la abundancia de los manantiales, las cualidades del suelo, la temperatura del aire y su estado higrométrico, la dirección y la fuerza del viento, etc.

Pero es en Francia donde la fragmentación de la tierra va a todo tren. He aquí lo que dice a este respecto Proudhon en su nueva *Teoría de la propiedad*: «Creo recordar que en Francia los 25 millones de hectáreas de tierras de labor, en las que no están comprendidos, por consiguiente, ni bosques, ni prados, ni viñas, ni huertas, etc., y que forman cerca de la mitad del territorio, están divididos en 290 o 300 millones de parcelas, lo que da una media de menos de una décima de hectárea por parcela». Las hay mucho más pequeñas. Se concibe el perjuicio que esta fragmentación causa a la nación... Una de las causas de la inferioridad de la agricultura en Francia es esa excesiva fragmentación, que no existe en Inglaterra, país de tenencia feudal. Se ha tratado de prevenir esa parcelación facilitando los intercambios de parcelas, para recomponer las heredades divididas. La fragmentación sigue su curso sin que se pueda impedir, a menos de una ley de utilidad pública que atentara contra la propiedad.

Leemos en un artículo del *Courrier français* del 28 de febrero de 1868 que el número de parcelas de tierra en Francia era entonces de más de 140 000 000. Las cuotas de la contribución territorial, que reúnen las parcelas que cada contribuyente posee en un mismo municipio, eran en 1858 13 118 723, y en 1866 se habían elevado a 14 123 117.

Y al mismo tiempo que la fragmentación continúa y el suelo se desmenuza, la hipoteca viene a gravar cada vez más la parcela del campesino, de modo que el campesino a menudo no es más que el propietario puramente nominal del rincón de tierra que cultiva penosamente con la azada y del que sus esfuerzos apenas logran arrancar con qué pagar el interés del capital tomado en préstamo para comprar la tierra. Hoy todavía, como en tiempos en que Michelet escribía *Le Peuple*,[^C21] puede decirse que, cuando su campo le rinde 2, la usura le pide 8; es decir, que la usura combate contra él como cuatro hombres contra uno, y que cada año de interés le quita cuatro años de trabajo. En cuanto a la hipoteca, se sabe que cerca de 12 000 millones están hipotecados sobre el suelo francés, que vale 48 000.

Considerando esta pulverización del suelo francés, este empobrecimiento de la tierra, esta invasión de la hipoteca, esta insaciabilidad de la usura, puede decirse que el suelo se le escapa al campesino, que la tierra se le escurre de las manos y que la propiedad huye ante él como una sombra. Y he aquí que al mismo tiempo se manifiesta un fenómeno nuevo: la asociación de los capitales aplicada a la compra del suelo, el anonimato agrícola; es la constitución de un nuevo feudalismo territorial análogo al feudalismo industrial. No hace mucho, el señor Hubert-Delisle[^C22] hacía en plena sesión del Senado francés esta entusiasta declaración, cuyo verdadero alcance probablemente ignoraba: «Llega el momento en que el capital francés ya no se gastará más que en Francia; el dinero vuelve al suelo. Así, en la Gironda se acaban de comprar propiedades por 12 millones, y casi todos los compradores son grandes nombres de las finanzas. Hay tantos millones como propietarios».

Y los hechos de este género se multiplican. Unos años más, y los jefes feudales de las finanzas habrán vuelto a ser los jefes feudales del territorio francés. Contra la competencia que va a hacerle la industria agrícola en grande, el pequeño cultivador propietario no puede luchar; tiene que desaparecer, como ha desaparecido ya de la industria extractiva el pequeño propietario de yacimientos hulleros y de canteras, y como desaparece cada día de la industria manufacturera el pequeño patrono o el trabajador independiente. Con todo, quizá le quede también a él, como a los trabajadores urbanos, una última tabla de salvación: la asociación. Vemos ya los primeros destellos de asociación en el seno de las poblaciones rurales de Francia: son algunas sociedades para la compra en común de abonos o de herramientas perfeccionadas. Si una nueva organización del crédito agrícola pudiera favorecer ese movimiento, todo nos lleva a creer que, pese al espíritu rutinario del campesino, la asociación se extendería pronto a objetos cada vez más importantes: la necesidad hace ley. Pero la asociación agrícola, si quiere realizar todas las ventajas de la gran propiedad y luchar contra ella, tiene que aplicar sin falta al cultivo nuestros conocimientos sobre las rotaciones, los riegos, la cría del ganado, los prados artificiales, los abrigos, las construcciones rurales, etc. Ahora bien, para ello es preciso que las parcelas de tierra se reúnan en un dominio más o menos vasto, es decir, que la pequeña propiedad fragmentada deje sitio a la propiedad colectiva. Eso lo reconoce perfectamente Proudhon; solo que, para Proudhon, la propiedad colectiva ya no es la propiedad. «Sería preciso —dice— que el pequeño propietario pudiera aprovechar todos los descubrimientos de la ciencia, para sostener la competencia de las grandes explotaciones; pero eso solo puede hacerse reuniendo las pequeñas propiedades, lo que equivale de hecho a volver a la posesión eslava».

Desaparece entonces, es verdad, ese deseo de posesión exclusiva y de libre y absoluta disposición que se dice tan profundamente innato en el corazón del campesino francés y que Michelet trató de poetizar llamándolo «el matrimonio místico del hombre y la tierra»; pero ante la ley imperiosa de la necesidad, el campesino francés acabará olvidando esa utopía; se sentirá feliz, en suma, de haber cambiado su vano título de propietario exclusivo y su derecho de goce egoísta y solitario (si puede llamarse goce a una labor sin descanso sobre un suelo agotado) por la ventaja de ser copropietario de un suelo cuyos productos se habrán multiplicado por veinte con un trabajo veinte veces menos penoso.

Nos está, pues, permitido plantear este dilema:

O bien el campesino francés se impondrá al nuevo feudalismo territorial que empieza a constituirse, y entonces tiene que aceptar la asociación agrícola y, por tanto, la propiedad colectiva.

O bien no se impondrá a ese feudalismo, volverá a caer en el salariado agrícola, y entonces la concentración de la propiedad territorial en unas pocas manos traerá, tarde o temprano, en Francia como en Inglaterra, como en Alemania, una liquidación social de la que saldrán la asociación agrícola y la propiedad colectiva.

Así pues, desde cualquier lado que consideremos la cuestión, ya nos situemos en el punto de vista económico de una mejor producción de las riquezas o en el punto de vista socialista de una mejor distribución de las riquezas, en el punto de vista agronómico o en el igualitario; ya hablemos de la gran propiedad territorial o de la pequeña, de la concentración del suelo en pocas manos o de su fragmentación, de la enajenación del suelo a unas cuantas familias privilegiadas o de su movilización; ya sea con la voluntad o contra la voluntad del propietario, como con la voluntad o contra la voluntad del campesino, lenta o bruscamente, pacífica o violentamente, llegamos invariablemente a la propiedad colectiva. Nuestras tendencias económicas nos empujan a ella, la lógica de los hechos nos lleva a ella. La propiedad colectiva: esa es, pues, la forma que revestirá la apropiación territorial en la sociedad futura. Eso es lo que la observación atenta e imparcial de los fenómenos sociales nos permite prever.

Pero ¿cómo hay que concebir esa propiedad colectiva? ¿Hasta dónde se extenderá esa colectividad? ¿Se referirá solo a los grupos agrícolas, o se referirá a la sociedad entera? En otros términos, el suelo puede pertenecer colectivamente a una asociación agrícola independiente; puede pertenecer de forma indivisa a todo el conjunto de los grupos agrícolas, de una nación primero y luego de una federación de naciones; o bien puede pertenecer a la sociedad entera y ser cedido condicionalmente a las asociaciones agrícolas y, aun, en espera de que se creen esas asociaciones, a los arrendatarios actuales. Es difícil, si no imposible, en las circunstancias actuales, afirmar *a priori* que la propiedad colectiva existirá de tal manera más bien que de tal otra; nada, en la observación de los fenómenos económicos, nos muestra que la sociedad tomada en su conjunto tienda hacia tal modo más que hacia tal otro; a lo sumo podría decirse que tal modo conviene mejor al espíritu y a las tradiciones de tal raza.

Aquí es, pues, ante todo, cuestión de razonamiento. Por eso es aquí donde se muestran las diversas opiniones, las escuelas y los sistemas. La mayoría de esas opiniones tienen sus partidarios en el seno de la sección de Bruselas; por eso, y con el único fin de ilustrar los debates del congreso en esta materia, que por lo demás no es cuestión de aplicación inmediata, sino más bien cuestión de porvenir, hemos creído que debíamos limitarnos a citar las principales hipótesis presentadas en las discusiones de nuestra sección, con los principales motivos que se alegan en favor de cada una de ellas.

Y en primer lugar, el sistema más elemental, el de la propiedad territorial perteneciente a asociaciones agrícolas libres e independientes, invoca sobre todo en su favor las dos ventajas siguientes:

1.º Coloca al trabajador agrícola, copropietario de una gran explotación rural, en la misma condición que, en la sociedad nueva, será la de los trabajadores de la industria, copropietarios de la fábrica o del taller;

2.º Sustrae la asociación a toda influencia del Estado o del poder municipal, influencia que podría ser fuente de privilegio y de despotismo.

En este sistema, la renta de la tierra ya no existiría o, al menos, se confundiría con el reembolso de los adelantos hechos a la tierra por el cultivador; es decir, que el producto neto y el producto bruto se confundirían.

Como la palabra *asociación* es muy vaga, puede uno preguntarse a este respecto en qué escala debería existir esta clase de propiedad colectiva del suelo. Es evidente que eso debe variar según las calidades de los terrenos, el número de asociados, etc. Puede, para empezar, aplicarse solo a una granja ordinaria de unas cuantas hectáreas, y extenderse hasta abarcar todo un municipio rural. Se sabe que Fourier calculaba que la superficie normal de una explotación agrícola, provista de las industrias de primera necesidad que comporta y dotada de todos los medios mecánicos, debería ser de una legua cuadrada aproximadamente, atendida por una población de 1500 a 1800 personas de toda edad y de ambos sexos. Ese cálculo fue lo que le dio la idea de su falansterio.

El segundo sistema nos presenta un estado de propiedad colectiva del suelo establecido en una escala mayor: consistiría en atribuir toda la propiedad del suelo cultivable, prados, etc., al conjunto de las asociaciones agrícolas de la nación o de una confederación de naciones, y en centralizar la alta dirección de la explotación territorial en manos de un consejo nombrado por las diversas asociaciones de cultivadores. Ofrecería la ventaja de permitir mejor todavía que el primer sistema los grandes trabajos de desecación, de roturación, de canalización y de riego. A ese estado tendía Proudhon cuando, en 1848, propuso decretar por ley que, cuando el propietario hubiera recuperado por la acumulación de las anualidades el valor de su inmueble, aumentado en una prima del 20 % a título de indemnización, la propiedad revirtiera a la Sociedad Central de Agricultura, encargada de centralizar la explotación del territorio y de proveer, mediante la creación de compañías agrícolas locales, a la organización de la agricultura.

En este sistema, o bien se abolía la renta de la tierra, como en el anterior, o bien podría mantenerse y pagarse, no al Estado, ni al municipio, ni a los grupos industriales, sino al conjunto de los grupos agrícolas representados por su Consejo Central; la renta serviría entonces para sufragar los gastos de gestión de ese consejo, o quizá incluso para pagar los grandes trabajos de utilidad general emprendidos por él.

Por lo demás, es fácil prever que el primer sistema, el de la propiedad territorial en manos de asociaciones independientes, tendería poco a poco a establecer entre esas diversas asociaciones toda una serie de instituciones —seguros mutuos, intercambio de servicios, acuerdo para la colocación de los productos y de los productores, solidaridad para los grandes trabajos que haya que emprender en común— y desembocaría así, finalmente, en un estado análogo a aquel en que el segundo sistema pretende entrar de golpe.

Pero aquí es donde intervienen los partidarios de una tercera clase de propiedad colectiva, establecida en una escala más elevada que las dos anteriores. Con los dos sistemas que acabamos de examinar, siempre hay enajenación del suelo a uno o varios grupos; con aquel del que vamos a hablar, hay inalienabilidad del suelo.

Partiendo del hecho de que el suelo es, directa o indirectamente, la materia prima de todos los productos, la fuente pasiva de todas las riquezas, los partidarios de este último sistema temen que la propiedad territorial, en manos del conjunto de los grupos agrícolas o en manos de asociaciones distintas, pero entre las cuales es fácil establecer una coalición, constituya un monopolio peligroso para el resto de la sociedad. Supongamos, dicen, que la tierra solo está habitada por dos familias, una de las cuales posee todo el suelo mientras la otra está desheredada de él: ¿no está claro que la familia propietaria, que tiene a su disposición la fuente permanente de todas las riquezas mobiliarias e inmobiliarias, podrá en caso necesario prescindir de los servicios de la familia no propietaria, mientras que esta, que solo tiene a su disposición capitales que desaparecen con el uso, solo podrá prescindir durante muy poco tiempo del suelo o de los productos que salen de él? ¿Y no puede decirse, por tanto, que la familia propietaria tiene en sus manos la suerte de la que no tiene parte alguna en el suelo? Ahora bien, sustituid nuestras dos familias por dos clases, la de los cultivadores propietarios y la de los trabajadores que han quedado fuera de la propiedad territorial, y tendréis, respecto de esas dos clases, la misma situación que teníamos respecto de nuestras dos familias.

A eso se responde que, si el trabajador industrial necesita los productos del agricultor, este a su vez necesita los productos que le proporciona el trabajador industrial, es decir, vestidos, muebles, herramientas, etc. Pero se replica que el propietario cultivador, una vez provisto de herramientas, de vestidos, de muebles, etc., puede en caso necesario pasarse toda la vida sin renovarlos, mientras que el trabajador industrial no puede pasarse un solo día sin los productos de la tierra; además, se añade, para la confección misma de esas herramientas, vestidos y demás objetos útiles al agricultor, el trabajador industrial depende ya de quien detenta la materia prima absolutamente indispensable de esos objetos, es decir, el suelo.

Partiendo de este orden de ideas, se tiende a concluir que el dominio eminente sobre el suelo debería atribuirse a la sociedad entera (la nación y luego la confederación de naciones), bajo la gestión del Estado o del municipio; y luego que la concesión del suelo debería hacerse a las diversas asociaciones agrícolas, asegurando a esas asociaciones el derecho al producto de su trabajo y el derecho a la plusvalía que hayan dado al suelo, pero mediante ciertas garantías dadas a la sociedad, por ejemplo garantías relativas al modo de cultivo, al precio de venta de los productos, etc.

De este modo, las asociaciones agrícolas ya no tendrían más que la simple ocupación del suelo. Esa ocupación deberían tenerla a título de concesión gratuita según unos (es el sistema de los *anti-renters* de América[^C23] y de la posesión eslava de Herzen y de Bakunin[^C24]), a título de arrendamiento según otros (es el sistema admitido por la escuela de Colins y de Louis De Potter).

En este último caso, la renta de la tierra se pagaría a la sociedad; se consideraría un instrumento de igualdad para establecer una compensación entre los grupos agrícolas que ocupan tierras de fertilidad desigual o de situación topográfica más o menos favorable, y podría sustituir total o parcialmente al impuesto.

El principal reproche que se hace a este sistema de la propiedad colectiva atribuida a la sociedad entera (y es un reproche grave) es que, por querer salvaguardar a la sociedad contra la coalición de los propietarios cultivadores, coloca a los trabajadores rurales, y con ellos a toda la sociedad, bajo el yugo del Estado, y abre la puerta a la autocracia gubernamental más espantosa. Hay que observar, sin embargo, que ninguno de los partidarios de este sistema pide su entronización en la sociedad actual y con el Estado tal como hoy está constituido. Esperan a que el Estado, de puramente político como es hoy, se haya vuelto económico, es decir, ya no sea más que la federación de los diversos grupos de trabajadores representados por sus delegados. Y, por lo demás, esa gran transformación de la propiedad territorial es para ellos inseparable de toda una serie de otras reformas económicas relativas al capital o propiedad mobiliaria, y de una reforma radical en el estado de los espíritus.

Tales son, esbozadas a grandes rasgos, las diferentes formas de apropiación colectiva del suelo, cada una de las cuales tiene sus partidarios en nuestra sección de Bruselas. En cuanto a la pequeña propiedad fragmentada, está condenada en nombre de la ciencia; y en cuanto a la gran propiedad individual, está condenada en nombre de la justicia. Para nosotros no hay, pues, término medio: la tierra debe ser propiedad de trabajadores rurales asociados, o debe ser propiedad de la sociedad entera. El porvenir decidirá.

El vicepresidente **Murat** anuncia que en la sesión de esta mañana se ha decidido que el Consejo General siga teniendo su sede en Londres el año próximo, reconociendo a la vez el principio, admitido ya en los congresos anteriores, de que ese lugar puede cambiarse.

La asamblea ha designado la ciudad de Basilea para celebrar en ella el próximo congreso.

Se levanta la sesión a las diez y tres cuartos.

Delegado llegado el viernes (12.ª sesión):

Hubert, de los impresores de papeles pintados (Suiza).

## Decimocuarta sesión, en el teatro del Circo, sábado 12 de septiembre

12 de septiembre de 1868.

**Dupont**, presidente.

Se abre la sesión a las siete y media de la tarde.

Se lee y aprueba el acta.

**Aubry**,[^C27] de Ruan, lee el informe siguiente:

### Informe del grupo de Ruan. Cuestión de la reducción de las horas de trabajo

Antes de entrar en materia, el grupo de Ruan desea precisar bien que en economía social profesa las ideas más amplias y que en principio tiene por nulas las reformas que deben emancipar al proletariado si no tienen por fin llegar a la determinación relativa del valor de los productos, sin la cual ningún intercambio será justo ni equitativo.

La mayoría de vosotros, ciudadanos, en particular nuestros hermanos de Bruselas y de París, habéis planteado y reconocido francamente la ilegitimidad del interés, que sabemos que es la sola y única causa de todas nuestras miserias; sobre este punto, el grupo normando no podría discutir esa verdad económica, puesto que desde hace quince años hace de ella la condición indispensable de toda reforma social digna de ese nombre, y con pesar se ha visto obligado a no poder prestar su concurso a los ensayos de sociedades llamadas cooperativas que se han hecho desde hace algunos años, porque todas esas tentativas se cobijaban bajo el pernicioso manto de la prelibación del capital; por eso había afirmado, desde sus comienzos, que esas sociedades estaban llamadas a sucumbir; la experiencia ha demostrado que no nos habíamos equivocado y, hay que decirlo, desearíamos, en interés de la emancipación general, que no hubiera sido de otro modo.

En efecto, un grupo de obreros que forma una sociedad de producción u otra, basada en el préstamo a interés, solo puede llegar a cubrir las cargas de la prelibación sacando un beneficio del producto vendido o entregado al consumidor, y como solo el que trabaja entrega o compra ese producto, se sigue que sobre él recae toda la carga de los beneficios que hay que pagar. Ese impuesto que el capital cobra al trabajo es calificado con razón de robo por la ciencia social, puesto que gracias a él el prestamista, que centraliza el fruto de la prelibación, encuentra el medio fácil de crearse, para sí y sus descendientes, una vida de ociosidad que no tarda en producir los vicios más espantosos que deshonran a la humanidad, y hace surgir la miseria pegándose, como un parásito, a los flancos de la producción, de la que extrae para su mantenimiento la parte más rica, es decir, la mejor confeccionada, aquella, en una palabra, que encierra la sustancia intelectual más perfecta puesta en la materia por el productor.

No creemos, ciudadanos, que ningún código, ninguna doctrina de jurisprudencia, ninguna moral, en fin, puedan en un mundo civilizado justificar semejante manera de hacer el intercambio de los productos, después de la demostración científica; es imposible que un ser racional pueda sancionar que un producto que encierra una suma de horas de trabajo equivalente a 4 se cambie a 5 o a 6, etc., etc.; de lo contrario, habría que reconocer que quien devuelve 3 cuando se le han prestado 4 es un perfecto hombre honrado.

Nuestros adversarios nos gritan todos los días que es el resultado de la oferta y la demanda, y que el que tiene más tiene derecho a explotar al que tiene menos. Pero, ciudadanos, si esta manera de excusar el rapto estuviera llamada a reinar perpetuamente sobre la humanidad, esta no sería más que una raza de filibusteros y no tendría derecho a legislar, pues el hombre que desvalija a un viajero en un camino real con el pretexto de que sus beneficios no bastan para satisfacer sus necesidades debería ser declarado exento de toda sanción penal.

No; si la humanidad, en su período de alumbramiento, ha necesitado blandir la espada para alejar el crimen de sus moradas, si se ha visto obligada a emplear, con el nombre de emulación, la oferta y la demanda para producir la organización del trabajo, no puede ocurrir hoy lo mismo, cuando las ciencias tratan en todas partes de inspirar el amor del equilibrio, es decir, la justicia.

Esto en cuanto a la teoría.

Pero para llegar a poner en práctica las leyes que deben establecer la paz entre los productores, ¿cuáles serán los medios que nos permitirán aplicar esta verdad económica, que todos consideramos la piedra angular del edificio nuevo que tratamos de levantar, y los más capaces de llevarnos al fin?

En las respuestas que vamos a tratar de dar a las diferentes cuestiones que se nos han planteado y que venimos todos a discutir aquí se encontrarán quizá esos medios que, para Francia, creemos posible aplicar; medios que nos permitirán descubrir primero la media verdadera de los salarios y luego, como consecuencia, el valor exacto de los productos y, por su parte, la aplicación de la abolición del préstamo a interés, que permitirá crear el intercambio igual.

#### Sexta cuestión, refundida con la segunda y la primera, que consideramos dependientes la una de la otra

#### De la reducción de las horas de trabajo

Con la declaración que precede, nos abstendremos de desarrollar aquí la filosofía del trabajo: todos aquellos ante quienes tenemos el honor de hablar han ido como nosotros a la escuela práctica del trabajo; todos sabemos que el consumo es la antítesis natural de la producción y *viceversa*, y que la síntesis consiste en equilibrarlos el uno por la otra; ahí está la solución del problema social.

Si logramos responder lógicamente a esta primera cuestión, habremos resuelto de antemano la mayor parte del programa, porque, una vez claramente definida esta, las demás vienen a confundirse con ella, ya que encierra por sí sola toda la revolución social: instrucción, educación, crédito, preponderancia del trabajo sobre el capital, solo podrán recibir solución a condición de haber determinado cuál debe ser la duración del trabajo físico para permitir al hombre desarrollar las fuerzas morales que la naturaleza le ha legado.

Desde el punto de vista fisiológico como desde el punto de vista intelectual, creemos que el hombre debe un cierto número de horas de trabajo o de actividad, que es lo mismo, en armonía con sus necesidades físicas y morales, para satisfacer unas y otras; la economía social está en esto de acuerdo con las ciencias naturales: quiere que todo hombre encuentre en sí mismo el medio de satisfacer sus necesidades disminuyendo lo más posible el gasto de fuerza física, de modo que nunca vaya en perjuicio de las fuerzas que posee el cerebro para desarrollar ampliamente la inteligencia que encierra, puesto que el hombre solo es realmente algo por la suma de ideas que puede poner al servicio de los suyos.

Pero ¿cómo llegaremos, en el mundo económico-burgués que nos rige, a equilibrar esas fuerzas, cuando las llamadas económicas están en manos de una fracción de la sociedad que dispone de ellas a su antojo, y a menudo caprichosamente, en virtud del privilegio que se ha dado por el solo poder del interés o prelibación en sus formas de descuento, beneficio, alquiler, impuesto, etc., etc., que vulgarmente se llama capital, y que no es otra cosa que la reserva de los productores detentada por aquellos mismos que no producen nada? No necesitamos decir aquí que no atacamos en modo alguno, en esa fracción social ordinariamente llamada los capitalistas, a quienes individualmente la componen; declaramos la guerra al principio que le ha dado nacimiento, pero no a los hombres que la constituyen y que en su mayoría aprobarían nuestra reivindicación si no fuera por los prejuicios con que los alimenta el medio en que viven.

¿Qué hacer, frente a una organización opuesta a las leyes de la equidad, para reducir las horas de trabajo, cuyo número exagerado nos asimila casi siempre al papel de una máquina?

La jornada de trabajo en Francia es por término medio de 10 horas en París, por un salario de unos 5 francos, y de 12 horas en los departamentos, por 3,50 francos. Si, para permitir a la instrucción extender sus beneficios, disminuimos el trabajo en dos horas, golpeamos inmediatamente el salario con una rebaja del 20 % para unos y del 16 % para otros, y en el acto hacemos disminuir otro tanto el consumo. Pero, se nos dirá, ¡los brazos desocupados encontrarán empleo! ¡Momentáneamente, sí! Por desgracia, como el consumo seguirá disminuyendo, la producción se detendrá; por consiguiente, nuevo aumento de brazos desocupados, y el obrero cuyo salario disminuya en una quinta o una sexta parte solo podrá consumir el valor del producto de su jornada de trabajo.

Si, por el contrario, disminuimos las horas de trabajo conservando el mismo salario, ¿no llegaremos a mantener el equilibrio que buscamos? Por desgracia, tampoco eso es posible, pues si Pedro, empresario, fabricante, manufacturero, entrega cada día cien piezas de calicó que le fabrican cien obreros trabajando diez horas, y vende cada pieza a 45 francos, ¿no está claro que, si sus obreros ya no quieren trabajar más que ocho horas por el mismo precio, tendrá que aumentar el de su calicó, puesto que, contando cada pieza de cien metros de largo, tendrá 20 metros menos por obrero, que, repetidos cien veces, le darán 2000 metros o 20 piezas? Y suponiendo que sus obreros tengan un salario de cuatro francos por diez horas, o 40 céntimos por hora, resultará, en razón de la disminución de las horas, que estas serán de 50 céntimos, y, repartiendo esos aumentos sobre el total de la producción, llegamos a encontrar que Pedro solo podrá entregar cada día 80 piezas en lugar de 100, y que cada pieza saldrá aumentada en 1 franco, sin contar los gastos generales del establecimiento, que tendrán que soportar las 80 piezas, cuando la víspera se repartían entre 100. Hagamos intervenir, como ocurre, al intermediario, al que llamaremos Pablo, que será el distribuidor de Pedro: ocurrirá indudablemente que, comprando más cara la producción de este, la revenderá lógicamente más cara, y como solo el productor puede pagar el producto, porque nada se hace de nada, se seguirá que el obrero comprará también más caro el calicó necesario para confeccionar los vestidos de su familia; y luego, extendiendo la reducción de las horas de trabajo a todas las industrias, el trabajador no comprará más; al contrario, vista la subida de los productos indispensables para sus necesidades, se verá obligado a disminuir su consumo. Consecuencias: paro de la producción, desocupación, exactamente como en el primer caso.

Como se ve, la reducción de las horas de trabajo o el aumento del salario, que son verdaderos sinónimos, producen los mismos resultados sin mejorar la situación del productor; hace mucho que la economía social ha demostrado que el aumento de los salarios era un engaño para los obreros, porque tenía por equivalente el aumento del valor del producto, sin aumentar en nada su cantidad ni su calidad.

A causa de esta aparente imposibilidad de resolver el problema de la instrucción de las masas sin perjudicar a los intereses generales de la producción, bajo el régimen capitalista, los Basilios[^C28] de la economía política exclaman que Dios, al que siempre tienen cuidado de meter en el asunto, ha querido que así sea, y que en su sabiduría infinita ha dicho por la boca sagrada de sus intérpretes: «He elegido a Cam para alimentar a Jafet y a Sem para distribuir la producción de Cam, que será la bestia de carga de sus hermanos; lo he construido y destinado para ese empleo». ¡Triste, muy triste manera de entender la solidaridad!

Por fortuna, la economía social, que no es divina, juzga que debe ser de otro modo; ella, que apoya sus razonamientos en las leyes inmutables que mueven los mundos con precisión matemática, proclama y afirma que todo hombre que quiera tener derechos al consumo debe cumplir sus deberes para con la producción; en otros términos, quien quiera consumir debe producir; y, sintetizando las dos antinomias, enseña a los interesados que, si quieren llegar a establecer el equilibrio entre las dos palancas de toda manifestación humana, producir y consumir, es preciso que establezcan la solidaridad no solo en la desgracia, sino también en el bienestar, respetando la libertad de todos, como la naturaleza, que, en su admirable organización, da a los cuerpos una forma determinada dejando a las moléculas que los componen su entera libertad de acción, según la función que están llamadas a cumplir.

El Círculo cree que la solución práctica de la reducción de las horas de trabajo, que preocupa tan legítimamente a los obreros de todos los países con el fin de dedicarse a la instrucción, solo es posible mediante la constitución de cada oficio en corporación, porque piensa que no hay otro medio de llegar a vencer la omnipotencia del capital que oponerle la omnipotencia del trabajo, mediante la solidaridad de los intereses, que reside por entero en la organización sabia de las fuerzas económicas de la producción, regularizándose por la adopción de un salario medio cuyo patrón debe tomarse siempre del conjunto de los salarios de los demás oficios, nacionales primero y luego continentales, si las relaciones lo permiten. A nuestro juicio, sería preciso que los esfuerzos de todas las sociedades obreras que constituyen la Internacional se concentraran en un solo pensamiento: llegar, por medio del derecho de coalición, hoy consagrado en toda Europa, a formar la corporación según una ley económica indicada por la ciencia social, que no es otra que la constitución del valor por la media de los salarios debida y equitativamente buscada; de modo que nuestros adversarios no puedan acusarnos de querer perturbar la producción y, para parar los golpes que pudieran asestarnos, fundar en cada oficio o corporación una caja de previsión sostenida por una sociedad de producción, que con el tiempo deberá convertirse en la compañía obrera que sustituya a los capitalistas mediante la venta de los productos a precio de coste; abandonar sin restricción alguna la engañosa esperanza de reparto de dividendo, intereses, beneficios, etc., etc., que compone el bagaje de la economía política con el que siempre nos ha estrangulado; de lo contrario, si persistimos en esos errores, nos precipitaremos unos contra otros, arrastrando en nuestra ruina todo el trabajo realizado con tantas penas, desde hace algunos años, en las filas de nuestra clase, y si por casualidad algunas sociedades obreras se salvaran del naufragio, se convertirían, como decían hace un año los delegados franceses,[^C29] en semilleros de obreros que constituirían una nueva aristocracia, tanto más rapaz cuanto más le hubiera costado llegar; hay que fundar a toda costa la solidaridad corporativa para escapar a esa catástrofe.

Fundar corporaciones con cajas de previsión, talleres de refugio, embriones de compañías obreras de producción, facilitando a todos los miembros de la corporación llegar a ser copropietarios del establecimiento productor; evitar la centralización, que haría renacer muy pronto el despotismo de las corporaciones de la Edad Media, respetando escrupulosamente la autonomía de cada corporación en cada localidad; en una palabra, aplicar la federación industrial corporativa.

El Círculo insiste sobre todo en la formación de tarifas por cada oficio para obtener el salario medio, a fin de llegar a la determinación relativa del valor; como dice más arriba, cree no equivocarse al afirmar que, fuera de esta organización, apenas es posible, a su juicio, resolver el problema social de la emancipación del proletariado; desearía también, y no ve por qué habría de ser imposible, que las cajas de previsión cooperativas centralizaran una parte de sus fondos en establecimientos especiales que podrían tomar el título de bancos cooperativos, capaces de dar crédito a los talleres cooperativos que se formaran, y que más tarde sustituirían la moneda metálica por un papel de crédito susceptible de ser aceptado por las corporaciones que contrajeran compromisos entre sí; ni que decir tiene que, según nuestros principios, ese crédito, en papel o en metal, se haría en las mismas condiciones que la venta de los productos, es decir, a precio de coste: el establecimiento acreedor solo cobraría una simple comisión que representara sus gastos generales.

Las corporaciones así organizadas no tardarían siquiera, desde sus comienzos, en poder reducir las horas de trabajo, porque se esforzarían por dotar sus talleres de máquinas que les permitieran luchar contra los capitalistas burgueses, que todavía tendrían a su servicio a los pocos obreros que no hubieran comprendido nada de la solidaridad y que, por eso mismo, serían víctimas de su ignorancia, puesto que sobre ellos se volverían los capitalistas para poder luchar contra las compañías obreras que trabajaran a precio de coste; y como es probable que se cansaran muy pronto de ese triste y miserable papel, sabiendo sobre todo que la cooperación les aseguraría un asilo seguro, la lucha no podría ser entonces de larga duración, relativamente hablando.

Como veis, queridos colegas, en esta sexta cuestión pueden confundirse la segunda y la primera, así como la relativa a la cooperación, porque se explican la una por la otra; el principio de mutualidad o solidaridad se encuentra ampliamente aplicado: mutualidad de los salarios, mutualidad de los intercambios mediante el crédito.

Falta quizá a nuestra exposición, para cada una de las cuestiones citadas, una explicación analítica de los terribles efectos que produce la prolongación de las horas de trabajo en las filas de aquellos de nosotros que están expuestos a ella; del mismo modo, habría sido preciso exponer la situación del obrero sometido a la influencia deletérea de las máquinas en manos de los capitalistas. Creemos que todos los que asisten a este congreso no necesitan que se despliegue ante sus ojos el triste y desolador espectáculo del asalariado empleado en las fábricas de la gran industria como subalterno de la máquina y confundido con los engranajes de los que se reconoce que forma parte integrante.

Esa terrible organización nos es demasiado conocida para presentar de nuevo su cuadro; por otra parte, nadie aquí, creemos, ha venido a hacer sentimentalismo, sino, muy al contrario, a instruirse mutuamente y a encontrar los medios científicos y prácticos de hacer desaparecer lo antes posible las plagas que la economía política ha creado —sin saberlo, queremos creer— y que afligen a la parte de la humanidad a la que pertenecemos.

En cuanto a la organización del crédito, hemos pensado que era inútil repetir lo que los congresos anteriores habían analizado. Explicar el papel que desempeña la moneda en la economía de las sociedades modernas sería superfluo: nuestro amigo De Paepe, experto en esta materia, lo hizo comprender demasiado bien el año pasado en Lausana para permitirnos volver sobre ello. Todos sabemos, y eso basta, que el crédito está hoy organizado con vistas a desarrollar o, más bien, a hacer renacer un nuevo feudalismo financiero y mercantil que sueña ya con los pergaminos de aquel que nuestros padres le ayudaron a derribar, cuando estaba subordinado, en aquel tiempo en que pactaba con todos los partidos que podían prestarle apoyo para ayudarlo a conquistar lo que a nuestra vez buscamos: la independencia política, acrecentada con la emancipación económica que trata todos los días de negarnos. Queremos que el crédito, expresión más alta de una organización social, sea la imagen de la que soñamos, como su nombre indica; es preciso que cada uno de nosotros tenga confianza en el trabajo de los demás y que un signo, aunque fuera abstracto, si eso fuese posible, sirva para el intercambio de nuestros productos, porque para nosotros la riqueza no está en la cantidad de metal guardada en los sótanos de un banco, sino en la cantidad de productos puesta cada año en circulación para ser consumida por aquellos mismos que los han confeccionado; y nosotros no conocemos valor ficticio, porque no comprenderíamos que un ser humano se entretuviera en producir cosas que no pudieran intercambiarse.

Producir, intercambiar, consumir sin intermediario alguno: así es como querríamos y como comprenderíamos que pueda existir una sociedad de trabajadores, de hombres, en fin.

Es inútil, pues, entrar en el mecanismo del intercambio, puesto que cada uno de vosotros, ciudadanos, conoce todos sus engranajes; lo esencial es llegar a poner en práctica los principales movimientos de lo que llamaremos el reloj de la riqueza. Creemos haber indicado un medio; otros indicarán quizá uno mejor: lo deseamos y estamos dispuestos a aceptarlo.

**Tartaret**, de París, lee el informe siguiente:

### Informe de la comisión para la reducción de las horas de trabajo

Las garantías que la organización económica de la sociedad da al trabajador no le permiten aprovechar las ventajas de la producción. Y esa desigualdad del que produce frente al que posee ya ha sido amplia y justamente señalada en la discusión y en los informes de la comisión de las huelgas. No podríamos volver sobre ello sin exponernos a repeticiones, y no podríamos aumentar la convicción que tenemos de que los intereses del trabajo están enteramente sacrificados a los del capital. La desorganización del trabajo es completa; la anarquía reina donde debería existir la armonía; la explotación triunfa, y ya habéis decidido que había que ponerle pronto remedio mediante la organización de la resistencia, garantizada y asegurada por la solidaridad de los diferentes grupos y por su federación en las secciones de la Asociación Internacional de los Trabajadores.

La reducción de las horas de trabajo tiene por fin asegurar el desarrollo material e intelectual de los obreros y permitirles el libre ejercicio de sus derechos civiles y políticos.

Admitido el principio de las sociedades modernas, el trabajo ya no debe ser una pena, una servidumbre, una marca de indignidad: debe ser un deber impuesto a todos los ciudadanos.

Para que el trabajo sea verdaderamente el ejercicio de un deber común, es preciso que se haga en condiciones que garanticen a los obreros la salud, la satisfacción de todas sus necesidades y de las de su familia, y el seguro contra las penas y las miserias de la vejez y de las enfermedades.

En las condiciones actuales, ¿responde el trabajo al fin que se propone la Internacional? — No.

El trabajo, tal como se practica por la necesidad de la competencia, es una lucha a muerte de los trabajadores, de pueblo a pueblo, de individuo a individuo; en todas partes la explotación produce el antagonismo, la servidumbre de los obreros.

La producción soporta cargas enormes, impuestas por el exceso de los impuestos, para pagar sueldos exorbitantes a funcionarios cuya principal ocupación es tratar de mantener a los trabajadores bajo la sujeción del capital.

La explotación, que ayuda y sostiene la competencia rebajando los salarios, exige de los obreros un trabajo prolongado. En ciertos oficios muy penosos, la construcción, los movimientos de tierras, etc., etc., los trabajadores se gastan muy deprisa y no reciben ninguna instrucción.

En todas partes, en fin, donde la duración del trabajo no está limitada, el trabajador se agota corporal e intelectualmente. De un ser, de un ciudadano destinado a instruirse, a cumplir deberes, a ejercer derechos civiles y políticos, se hace un paria, un esclavo indiferente al progreso e incapaz de aprender nada; cansado de su miseria y de su pena, soporta la explotación y la servidumbre sin atreverse a protestar contra semejante injusticia. ¿Y cómo iba a ilustrarse, cómo iba a resistir?

No tiene tiempo.

Este primer punto de vista de la reducción de las horas de trabajo es, pues, indispensable; pues sin ello habría que desesperar de organizar la solidaridad internacional que se propone la Asociación.

Sin embargo, se objetará que la reducción de las horas de trabajo producirá un aumento del salario y, por consiguiente, un aumento del precio de los objetos fabricados. — Hoy no siempre es verdad que el intermediario entre el productor y el consumidor rebaje los productos en proporción a los precios de hechura pagados. Pero si la explotación procediera así con la producción, si no tuviera más que ese medio de competencia, se tendría derecho a tacharla de incapaz. La baja de los salarios y el aumento de las horas de trabajo ya no tendrían límites; se invocaría sin cesar la necesidad de la competencia.

Pero esa competencia es inicua, porque se hace en provecho de unos pocos mediante la explotación del mayor número.

Puesto que hay necesidad de aumentar la producción para asegurar el desarrollo del consumo, ese aumento de los objetos producidos y la disminución de su precio de coste deben ser el resultado del empleo de materias primas ventajosas, de la instrucción profesional de los obreros y, en fin, del empleo juicioso de los medios mecánicos.

Pero la intervención de las máquinas viene a complicar todavía más la desgraciada situación de los trabajadores, porque las máquinas son privilegio exclusivo de los que poseen el capital.

Se objeta a veces que el trabajador, ante la máquina, desempeñará un papel pasivo y ya no será más que el conductor de la máquina. Se dice también que en ciertos oficios el obrero ya no hará más que operaciones uniformes y regulares que causarán grave perjuicio a sus conocimientos industriales. — Pero en vano se quiere asustarnos con semejante resultado.

La máquina es inerte y es obra del hombre; no podría funcionar útilmente sin su concurso y sin dirección inteligente.

Si la función industrial del hombre se ve disminuida en cuanto a la duración del tiempo que ha de dar al trabajo, es justicia, porque el hombre no solo tiene trabajo que producir: tiene una familia que mantener, hijos que instruir, derechos civiles y políticos que ejercer. Si la máquina causa en el momento de su introducción un daño considerable a los obreros, por la producción exagerada, un paro forzoso que aumenta la miseria de los trabajadores, es también, como ha reconocido la Internacional, porque no es propiedad del trabajador, que solo puede adquirirla por la solidaridad.

La máquina, fruto de la inteligencia del hombre, debe servirle de medio de emancipación y no ser una causa de ruina. Si produce demasiado, debe trabajar menos tiempo, y el hombre que la guía se beneficiará de la reducción de la duración del trabajo.

Esa disminución de las horas de trabajo debe procurarle bienestar, inteligencia y libertad.

Por consiguiente, esta cuestión en estudio debe considerarse en esos diferentes aspectos, y por esa razón la comisión invita al congreso a adherirse a las resoluciones propuestas por Eccarius.

*Sigue en el acta el texto de la resolución propuesta por Eccarius en nombre del Consejo General sobre la limitación de la jornada de trabajo; véase [Proyecto de resolución sobre la limitación de la jornada de trabajo](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1868%20Proyecto%20de%20resoluci%C3%B3n%20sobre%20la%20limitaci%C3%B3n%20de%20la%20jornada%20de%20trabajo).*[^C32]

**El presidente** da lectura de las conclusiones votadas en la sesión de la mañana sobre las cuestiones de la instrucción y del crédito.

#### Cuestión del crédito mutuo entre trabajadores

Considerando: 1.º Que el interés y los beneficios de toda clase adquiridos por el capital, sea cual sea la forma en que se presenten, son un valor detraído del trabajo de hoy en provecho de aquel a quien el trabajo de ayer ya ha enriquecido, y que este, si tiene derecho a acumular, no tiene derecho a hacerlo a costa de los demás;[^C33]

2.º Que, por consiguiente, el interés es una fuente permanente de injusticia y de desigualdad, y que las asociaciones cooperativas que lo conservan no hacen más que trasladar de la individualidad a la colectividad el principio del egoísmo, que es el gusano roedor de la sociedad actual;

3.º Que la aplicación en vasta escala del principio de la solidaridad por los trabajadores es el único medio práctico de que pueden disponer actualmente para luchar contra el feudalismo financiero,

El Congreso concluye que deben fundarse bancos de cambio basados en el precio de coste, con el fin de hacer el crédito democrático e igualitario y de simplificar las relaciones entre el productor y el consumidor, es decir, de sustraer el trabajo a la dominación del capital y de hacer que este vuelva a su papel natural y legítimo, que es el de agente del trabajo.

Considerando, además, que no es posible pronunciarse inmediatamente sobre el valor práctico de una cuestión tan complicada como la del establecimiento de bancos de cambio,

El Congreso, sin dejar de mantener la afirmación teórica del crédito recíproco, pide que el proyecto de estatutos presentado por la sección de Bruselas se envíe a todas las secciones para que lo discutan a fondo y para que el próximo congreso pueda tomar una decisión al respecto.

#### Cuestión de la instrucción

*Sigue en el acta el texto de la resolución sobre la instrucción; véase [Resolución sobre la enseñanza integral](https://marxismo.school/archivo/congresos/1868%20Congreso%20de%20Bruselas%20%28I%20Internacional%29#resolucion-sobre-la-ensenanza-integral).*

**El presidente** lee las resoluciones siguientes sobre el *envío de delegados al Congreso de la Paz en Berna*:

*Sigue en el acta el texto de la resolución sobre la Liga de la Paz, con dos llamadas de nota, en las palabras «creen» y «a unirse a ella»; véase [Resolución sobre la Liga de la Paz y de la Libertad](https://marxismo.school/archivo/congresos/1868%20Congreso%20de%20Bruselas%20%28I%20Internacional%29#resolucion-sobre-la-liga-de-la-paz-y-de-la-libertad).*[^C-cr1][^C-cr2]

**Robert**, de La Chaux-de-Fonds, da cuenta de la correspondencia recibida por el congreso.

Cartas recibidas por el Congreso de los Trabajadores en las sesiones del 9, 10, 11 y 12 de septiembre de 1868.

Carta de una sociedad de resistencia de París, firmada por Émile Coutant, que expresa sus votos por el éxito del congreso y su pesar por no haber podido hacerse representar en la asamblea.

Carta de Vogt,[^C34] que contiene una invitación a los trabajadores para que asistan al segundo Congreso de la Paz y de la Libertad, convocado para el 22 de septiembre de 1868 en Berna. — He aquí esa carta:

«Señor presidente:

»La Liga Internacional de la Paz y de la Libertad, constituida en el congreso de 1867 en Ginebra, no quiere dejar pasar el Congreso de los Trabajadores, reunido en este momento en Bruselas, sin expresarle sus profundas simpatías y transmitirle sus ardientes votos por el éxito de la reforma social, fin elevado de la Asociación Internacional de los Trabajadores.

»¡Valor, amigos! Y todos juntos rompamos tanto las barreras que los prejuicios y unas instituciones injustas han levantado entre las diversas partes del cuerpo social como las barreras de odio en nombre de las cuales se ha lanzado hasta ahora a unos contra otros a pueblos hechos para respetarse y amarse mutuamente.

»Le rogamos, señor presidente, que sea intérprete de nuestros sentimientos ante los miembros del Congreso de los Trabajadores y que los invite a nuestro segundo congreso, que se abrirá en Berna el 22 de septiembre próximo.

»Aprovechamos esta ocasión para enviarle nuestros cordiales saludos.

»En nombre de la Mesa de la Liga:

»El presidente,

»G. Vogt».

(Véase más arriba la decisión al respecto.)

A esa carta se adjuntaba el programa del segundo Congreso de la Paz y de la Libertad, que proponía a la discusión las cuestiones siguientes:

1.ª cuestión. ¿Cuáles son, en relación con la paz y la libertad, las ventajas de la abolición de los ejércitos permanentes y las del sistema de las milicias nacionales, o incluso del desarme nacional?

2.ª cuestión. ¿Cuáles son las relaciones de la cuestión económica o social con la de la paz y la libertad?

3.ª cuestión. ¿Cuáles son, en relación con la paz y la libertad, las ventajas de la separación de la Iglesia y el Estado?

4.ª cuestión. ¿Cuáles podrían ser las aplicaciones del principio federativo en los diversos países, y cuál podría ser la constitución de los Estados Unidos de Europa?

Carta del general Cluseret, preso en Sainte-Pélagie,[^C36] que manifiesta toda su simpatía al congreso. El general expone varias ideas sobre el crédito gratuito, la propiedad, etc. Esta carta se ha comunicado a la comisión encargada de estudiar el crédito, y el ponente la menciona.

Carta del ciudadano Leloge (Francia), que discute la organización política, federativa y social de un Estado. La comisión encargada de estudiar esta cuestión la ha tenido en cuenta en su informe.

Carta del ciudadano Henry, en nombre de los campesinos de las Ardenas. Hace al congreso una exposición terrible del triste estado de esos campos. El cura y el maestro de escuela son allí dos plagas de las que hay que librarse. — Desesperado, su única resolución es esta: que se ha hecho necesaria una gran emigración de los pueblos a América. Esta carta se ha remitido a la comisión encargada de elaborar los cuadernos del trabajo.

Carta de Coullery, de La Chaux-de-Fonds (Suiza), que pide una organización bien establecida del intercambio entre las diferentes sociedades cooperativas de producción y de consumo.

Segunda carta de Coullery, de La Chaux-de-Fonds (Suiza), que dirige al congreso sus sentimientos de fraternidad y pide formar parte de la delegación que el congreso enviará al Congreso de la Paz y de la Libertad en Berna.

Carta de un padre de familia de París, que manifiesta su íntima adhesión a nuestras ideas. Nos envía además su correspondencia con un jefe de casa comercial, al que exponía una teoría que permitía al obrero hacer ahorros aun cobrando solo 3 libras al día.

Una carta sin firma que pide los medios prácticos de impedir que las sociedades anónimas dejen explotar al hombre por sus empleados, y de hacer pasar la industria a manos de los obreros.

Una carta del presidente de la federación de las sociedades obreras de la Alemania del Norte, «Schweitzer, de Hamburgo», que nos anuncia su llegada probable al congreso, tras la clausura del de Núremberg. Nos dice que, aunque los alemanes no decidieran adherirse en bloque a la Internacional, no por eso dejan de estar unidos a nosotros de corazón y de pensamiento.

Una carta firmada por Wilhelm Angerstein, que expone al congreso la situación de los obreros de la ciudad de Viena (Austria). Un gran número de sociedades obreras reúnen allí a varios miles de afiliados; pero lo que hace tan difícil establecer la unión entre todos es la falta absoluta de un periódico popular.

Una carta de la señora Goegg,[^C39] de Ginebra, que pregunta si la Asociación de Mujeres existente en Suiza podría adherirse a la Internacional. Se le responderá que el congreso es favorable a la petición de la señora Goegg.

Una carta firmada por el comité del partido de la democracia social de Viena, en la que se nos dice que los acontecimientos políticos de los últimos años son el origen de una prohibición formal a las sociedades obreras de relacionarse con las de otros países, y que por consiguiente no han podido enviar a nadie al congreso.

Una carta de la Oficina Nacional, Labor Union,[^C40] procedente de Washington, que invita al congreso internacional a enviar delegados a Nueva York, al congreso americano que empieza el lunes 21 de septiembre. Esa reunión estrecharía con más fuerza los lazos íntimos entre los obreros de los dos continentes.

Se le responderá que el tiempo ya no permitiría a delegados europeos trasladarse a Washington, pero que los trabajadores del viejo mundo están de corazón con los del nuevo.

El programa de la democracia socialista rusa, publicado por Bakunin en Ginebra,[^C41] cuyos puntos principales son estos:

En nombre de la emancipación intelectual de las masas populares; en nombre de la emancipación económica y social del pueblo, queremos:

1.º La abolición del derecho de propiedad hereditaria;

2.º La equiparación completa de los derechos políticos y sociales de la mujer con los del hombre;

3.º La abolición del matrimonio en cuanto institución religiosa, política, jurídica y civil.

Toda organización política no deberá ser en el futuro más que una libre federación de libres asociaciones, tanto agrícolas como industriales.

Una carta firmada por Hébert, parisino residente en Bruselas, que nos insta a estudiar, antes que todas nuestras cuestiones, la de los medios que hay que emplear para conquistar la libertad. Ve ese medio en el sufragio universal.

Una carta firmada por Charles Buls,[^C42] secretario de la Liga de la Enseñanza de Bruselas, que nos envía cien ejemplares de un folleto dirigido a Dupanloup[^C43] en respuesta a los ataques de los que esa liga ha sido objeto por parte de monseñor. Esta liga se ha dado por tarea acabar con la rutina y los abusos en el terreno de la enseñanza.

Una carta que anuncia los aplausos frenéticos con que se acogen en París las crónicas del congreso.

Una carta de la sección de Lausana que se excusa de no poder enviar un delegado a causa de los gastos, demasiado considerables, y encarga a los demás delegados suizos que reclamen sobre todo el examen y la indicación de los medios prácticos de mejorar inmediatamente la suerte del obrero.

Una carta de Londres, firmada por J. Chevoe, impresor cooperativista, y W. Danes, sastre cooperativista. — Contiene el informe de una reunión de los Amigos de la Cooperación celebrada en agosto, e invita a las sociedades de producción de Inglaterra y del extranjero a presentar al congreso muestras de sus respectivas manufacturas.

Una carta firmada por Adrien-Jacques Nieuwenhuis, dirigida especialmente a la comisión encargada de estudiar la reducción de las horas de trabajo. Este ciudadano propone, como él dice, endomingar la semana, es decir, repartir las horas de descanso del domingo entre todos los días de la semana.

Una carta de Alemania, firmada por F. Puck, de Neumünster, en Holstein, en nombre de los lassalleanos demócratas socialistas, que lamenta no poder asistir al congreso. Deseamos, dice, que vuestros esfuerzos aprovechen a la «Joven Europa».

Una carta de la «Arbeiter-Bildungs-Verein»,[^C44] reunida en Núremberg, que nos confirma su voto de adhesión a la Sociedad Internacional de los Trabajadores y nos delega al ciudadano Frédéric Bütter, de Ginebra.

Un telegrama de Ensival que nos envía saludos fraternales.

Un despacho telegráfico de Spier, con testimonios de simpatía de parte de los demócratas socialistas reunidos en Wolfenbüttel para la fiesta de fundación de su sociedad.

Telegrama de Titus, abogado en Hof, con saludos fraternales en su nombre y en el de sus amigos. (Ya citado.)

Telegrama de Kirchner, del Congreso de Núremberg, que nos anuncia que los delegados reunidos han decidido su adhesión a la Internacional.

Telegrama del ciudadano Martiné, abogado de Kaukehmen, en Prusia, con testimonios de simpatía.

Telegrama de simpatía firmado por Pierre Coullery, en nombre de la sección de La Chaux-de-Fonds, reunida en asamblea general.

Una carta del secretario general de la Liga de la Enseñanza, firmada por Charles Buls, que nos envía un centenar de ejemplares de informes publicados por esa liga sobre la organización de cursos y conferencias para los trabajadores.

**El presidente**. — Queda abierta la discusión sobre la cuestión de la propiedad.

**Tolain**. — Como los miembros de la comisión encargados de estudiar esta importante cuestión no han podido ponerse de acuerdo sobre las conclusiones que se os han presentado, voy a esforzarme por daros a conocer los motivos que han determinado a la minoría.

Puesto que el pasado no nos da a conocer las fuentes de la propiedad, tenemos que ocuparnos de las condiciones que deben regirla en el futuro, rodeada de instituciones que determinen su influencia. Nuestro fin está inscrito en una frase de Rousseau que reclama para las instituciones una forma capaz de proteger el bien general garantizando a la vez la libertad de cada uno; sin duda el medio es difícil de encontrar, pero por eso mismo debe ser el objeto de todas nuestras investigaciones. En la propiedad colectiva, el ciudadano está sometido a ese ser abstracto que se llama el Estado y que antepone a todos los intereses particulares, a toda libertad individual, el provecho de la mayoría, de modo que un ciudadano puede ser, según se encuentre entre el gran número o en las filas de la minoría, alternativamente opresor y oprimido, realizando así la igualdad en la tiranía.

Ciertamente, al defender la propiedad individual, no pensamos aceptar ninguna solidaridad con la organización actual; hoy la propiedad es privilegiada y opresiva. Pedimos, al contrario, cambiar sus condiciones y generalizar sus efectos, porque vemos en la propiedad individual una extensión del yo y en la propiedad colectiva una disminución del individuo. Todo debe tender, a nuestro juicio, a garantizar la libertad individual, que, por medio de la federación, puede llegar a servir al interés general. Pero las relaciones de cada ciudadano implican ciertos deberes comunes a todos, y por eso solo reconocemos como propiedad de la colectividad los servicios públicos, como canales, minas, ferrocarriles, etc., debiendo recaer las cargas sobre los ciudadanos según el uso que hayan hecho de ellos.

Se dice que la tendencia es hacia el gran cultivo, que es mucho más provechoso, y que de ahí nacerá la propiedad colectiva. Pero ¿excluye la pequeña propiedad el gran cultivo? No lo creo: el cultivador puede encontrar en la cooperación los medios de comprar la herramienta y de trabajar la tierra conservando su derecho sobre el rincón de tierra que le pertenece y, movido por su interés particular, trabajará más y dará una producción más abundante que la que daría al servicio de la colectividad. En la industria, por ejemplo, se había creído mucho tiempo en la necesidad de la asociación, pero desde entonces esa opinión ha dejado paso a la idea cooperativa, que conserva el lado bueno de la unión colectiva manteniendo a la vez a cada uno su libertad de producción y de venta; lo mismo ocurre con la agricultura, que puede encontrar un poderoso auxilio en el intercambio y en el establecimiento de almacenes generales. Y, por lo demás, aunque el rendimiento fuera inferior, no habría que vacilar ante la cuestión de la libertad.

Se han citado, según Lavergne, las maravillas de la agricultura inglesa, pero no hay que concluir de ello contra la pequeña propiedad; y si hay casos en que es difícil fragmentar, ¿no se puede, dejando la propiedad indivisa, determinar su posesión mediante un papel de cambio que conserve al propietario su derecho de vender o empeñar la plusvalía del suelo, que quedaría así movilizado?

Por la herencia, el suelo se desmenuza igualmente; pero gracias a la movilización esa división puede hacerse sin peligro; gracias también a un impuesto territorial que restablecería la igualdad entre las tierras fértiles y las de valor mediocre, el propietario cuyos terrenos estuvieran separados podrá hacer fácilmente un intercambio y reunir en un todo los valores dispersos. Se ha dicho también que la propiedad individual daría derecho a dejar terrenos baldíos; pero, con el sistema de intercambio, ¿cómo podrá comer el que no trabaje?, ¿cómo podrá pagar el impuesto territorial? Se ha expresado igualmente el temor de una opresión de los propietarios del suelo sobre los industriales; pero eso apenas es posible, ya que la agricultura solo se retribuiría en condiciones equivalentes a las de la industria, que tendría también asegurada su materia prima a precio de coste. Por último, para hacer soportar el fastidio de la organización colectiva, la disciplina y la jerarquía que crea, se ha respondido que el hombre más instruido sabría hacerse cargo de las necesidades; pero no puede haber necesidades que determinen semejante abandono de su libertad.

Concluyo, pues, a favor de la propiedad individual, porque, gracias al banco de cambio y al impuesto territorial, se reducirá la propiedad a las proporciones que corresponden aproximadamente a cada familia; de donde nacerán la federación de los intereses y la organización de una sociedad compuesta de elementos libres.

**Pellering**,[^C46] de Bruselas. — De Paepe os ha hecho un informe muy sabio, pero yo quiero hablaros de la propiedad de una manera más inteligible y sustituir la ciencia por el sentido común.

El suelo debe pertenecer a la colectividad humana. Se os ha dicho cómo se fundó la propiedad. Habría sitio para todo el mundo si todo no hubiera sido repartido por una minoría.

Los primeros propietarios fueron expulsados violentamente por otros, o reducidos a la esclavitud. Tenemos ejemplos de ello en nuestra propia Bélgica. Los primeros propietarios fueron sojuzgados por los romanos y luego por las hordas del Norte.

Así pues, al principio la propiedad era colectiva. La minoría que la robó la retiene, la vende, la da contra toda justicia.

En el 93 no se comprendió la cuestión. Se habían recuperado los bienes de la comunidad, y se revendieron porque se necesitaba dinero; no se tenía así derecho a disponer de lo que pertenece al porvenir.

Una generación no tiene derecho a enajenar en favor de unos pocos lo que debe seguir siendo eternamente propiedad de la humanidad entera, presente y futura.

Si el Estado empezara a no vender ya los bienes que le corresponden a falta de heredero directo de los propietarios, en unos cuantos siglos la cuestión estaría resuelta.

Hay hoy en la sociedad dichosos y desdichados; no somos de los que pueden desear mal a sus enemigos: queremos la felicidad de todos. Los mismos dichosos lo serán todavía más, porque su felicidad tendrá una garantía de duración. El hombre más rico hoy, ¿podría en efecto asegurar que dentro de cien años, o aun de veinte, sus descendientes no estarán en la más profunda miseria?

**Longuet**, de Caen. — No vengo a combatir a mi predecesor, porque en verdad no sé si no soy de su opinión. Su crítica de la propiedad está perfectamente justificada, pero de ahí no se sigue que la propiedad deba ser colectiva.

Mi tesis ya la ha desarrollado magistralmente Tolain; solo tengo que añadir algunos argumentos accesorios. El consentimiento universal no me parece una prueba de la justicia de una institución, pero la humanidad no puede abolir así, de manera absoluta, una de sus concepciones. Siempre queda algo de ella.

Hay un malentendido entre nosotros y el ponente. Si la mayoría hubiera comprendido bien el banco de cambio, no habría llegado ciertamente a otras conclusiones que las nuestras.

La propiedad no es un hecho principal de la sociedad; ni siquiera existe ya realmente, dominada como está por el fenómeno del intercambio. Ya no hay, como en el origen, propietario que se encierre entre los muros de su tierra y cuya familia se suceda en ella durante varias generaciones. Eso ha desaparecido por el crédito, el intercambio, la libertad, los desplazamientos.

El ponente afirma que la explotación individual no vale lo que la explotación colectiva. Nos falta tiempo para responder especialmente a cada argumento especial; respondemos solo que a menudo el pequeño cultivo presenta tantas ventajas como el grande.

Recordemos el viejo proverbio que dice: tanto vale el hombre, tanto vale la tierra.

El ponente nos presenta tendencias que examinar. Nos muestra el gran cultivo tendiendo a la propiedad colectiva; pero yo pregunto: ¿en qué excluye nuestra manera de ver el gran cultivo?

Concluyo pidiendo que no se tome ninguna resolución inmediata, porque no podemos decidir antes de haber hecho una investigación seria entre las poblaciones agrícolas, y que esta cuestión tan grave, tan importante, cuya solución no es posible hoy, se reserve para otro congreso.

**Coulon**, de Bruselas. — Estoy de acuerdo con las últimas palabras de Longuet. — Propondré que se vuelva a poner esta cuestión a estudio, pero en una forma más amplia:

De la comunidad de bienes.

Que se busque la organización del sistema comunitario de acuerdo con la libertad y la independencia del ciudadano.

Esto es aplicable tanto a la propiedad del suelo cultivable como a cualquier otra. Hay que poner remedio al antagonismo entre la industria y la agricultura, y basar sus relaciones en el derecho y la justicia.

Ahora bien, pensamos que no puede haber justicia y bienestar más que en el sistema de la propiedad colectiva. El comunismo, se ha dicho, es la igualdad en la tiranía. ¿Y quién prueba que no pueda haber en él tanta libertad como en otras partes? Se ha tomado por tipo de la organización comunitaria lo que existe en los conventos. A partir de los absurdos reglamentos de ciertos jefes de escuela, se ha concluido contra el comunismo en general, sin examinar si era justo aplicar a un principio la crítica merecida por un vicio de detalle.

Invito a todo el mundo a estudiar eso de cerca, sin dejarse arrastrar por las palabras de escritores eminentes como, por ejemplo, Proudhon, que demolió mucho pero nunca supo crear nada, ni siquiera su famoso Banco del Pueblo. (Aplausos; protestas: «¡Al menos, no fue culpa suya!».)

**Eccarius**, de Londres. — Me declaro contra la propuesta de aplazamiento de esta cuestión, que ya se aplazó el año pasado. Lo que se ha dicho en favor de la pequeña propiedad me parece muy discutible: la pequeña propiedad solo ha servido para hacer al cultivador esclavo de la miseria y del usurero.

En Inglaterra, salvo unos cuantos ociosos, nadie perdería con que la tierra se convirtiera en propiedad colectiva; pertenece actualmente a grandes propietarios, y para que aprovechara a la generalidad de los ciudadanos bastaría con apartar a esos pocos hombres, y el arrendatario, en lugar de pagar la renta al amo, se la pagaría al Estado.

Pero en Francia, donde la propiedad está fragmentada, semejante transformación encontraría grandes dificultades.

Los campesinos, pequeños propietarios en su mayoría, rechazan la asociación y obedecen a un sentimiento retrógrado; matarán la revolución y crearán la ruina, mientras que la gran explotación por el Estado, al unir las fuerzas colectivas y poner la máquina al alcance de todos, engendrará la abundancia. Para mostrar los supuestos beneficios de la propiedad individual, no tengo más que citaros Alemania, donde campesinos ya bastante acomodados están mucho peor alimentados que los obreros ingleses.

**Murat**, de París. — La cuestión, cuyo aplazamiento al próximo congreso pido de acuerdo con mis amigos, no figuraba en el programa de Lausana, donde solo se planteó incidentalmente; no se aplazaría más que por primera vez, y creo que la cuestión bien merece la atención de varios congresos.

Además, nos encontramos desarmados ante un largo informe estudiado con cuidado, ya que la supresión de la oficina de París[^C49] nos ha impedido elaborar esta cuestión y sacar de ella las conclusiones filosóficas que comporta.

**Lessner**, de Londres. — No puedo responder más que una cosa a todos los argumentos que se han opuesto a las conclusiones de la comisión: el suelo pertenecerá a la colectividad. En Francia, el arrendatario convertido en propietario solo piensa en su propio interés, que ve además desde un punto de vista estrecho, porque, al negarse a prestar su concurso a la acción común, se niega los medios de producción más abundantes que le ofrece la máquina. En Inglaterra, por el contrario, la propiedad del suelo, reconocida en derecho al Estado, no deja más que unos cuantos grandes poseedores de sus productos, y mediante una transformación fácil volverá a su verdadero dueño: la sociedad.

**Hins**, de Bruselas. — Los adversarios de la propiedad individual le atribuyen inconvenientes que no están en ella misma, sino fuera de ella. En lo que dice Eccarius sobre Inglaterra veo los males de la usura, no los de la propiedad. Si hay propietarios alemanes que son a la vez ricos y miserables, hay que atribuirlo a la mala organización del intercambio: cada cultivador no puede ocuparse de producir todo lo que necesita sin faltar al principio esencial de la división del trabajo, y si solo produce ciertas sustancias, debe saber intercambiarlas según un sistema racional.

Del mismo modo que queremos ver a cada obrero industrial propietario de sus herramientas, de su parte de fábrica, queremos que el salariado desaparezca de la agricultura como de todas partes.

Se ha dicho también que era de temer que los cultivadores se pusieran de acuerdo para elevar el precio de las materias primas.

Pero eso es imposible, porque, puesto que un cultivador no produce todo lo que necesita, sería el primer robado cuando quisiera adquirir lo que le falta.

Voy a criticar a mi vez la propiedad colectiva. Haré observar primero que se nos presenta en diversas formas.

Unos quieren la propiedad del suelo cultivable para el municipio. O bien cada uno tendría derecho a elegir el municipio que le gustara, o bien se exigirían ciertas garantías para la entrada. En el primer caso, la desigualdad del valor de los diversos terrenos, al menos al principio, haría que los trabajadores abandonaran los municipios pobres y afluyeran a los territorios más favorecidos por la naturaleza. En el segundo, ¿dónde estarían la igualdad, la justicia, la libertad?

Otros atribuyen la propiedad al Estado. Aquí también hay dos clases de opiniones. La primera le atribuye solo el suelo cultivable; la segunda, más lógica, le atribuye también las fábricas, las máquinas y las propiedades particulares. El primer sistema refuerza entre el obrero agrícola y el obrero industrial esa lucha ya tan difícil de conjurar; somete el primero al segundo, que tiene, además de la parte de fábrica de la que el otro carece, un derecho de dirección de la colectividad. En el segundo sistema tenéis un Estado más centralista que nunca. La renta que queremos suprimir a los particulares subsiste en favor del Estado.

No queremos ser oprimidos ni por el individuo ni por la colectividad. Así, al cabo de cierto número de años, ¡los habitantes de una casa se la habrán pagado al Estado diez o veinte veces! Además, a menos que el Estado prohíba a los albañiles edificar y a los mecánicos construir máquinas, está obligado a comprar todo lo que se fabrique, puesto que lo que se defiende es la propiedad colectiva.

¡Pero eso es una centralización espantosa! Ya sean elegidos los delegados que constituyan el poder por un tiempo más o menos largo, no dejarán de tener un poder exorbitante; habrá funcionarios corrompidos o, por lo menos, corruptibles, presupuestos enormes, ¡presupuestívoros! Al lado de ese Estado, el Estado moderno no es más que un rey Leño.[^C52] (Aplausos.)

Me adhiero, pues, a la petición de aplazamiento de Tolain y de Longuet, primero porque no hay aquí bastantes obreros agrícolas, y luego porque esta cuestión es demasiado importante para votarla a paso de carga. Hace falta tiempo para que todos adquieran la ciencia, y para que toda la Internacional pueda llegar a una opinión única sobre un asunto ante el que han retrocedido los más grandes pensadores. Por último, las resoluciones sobre la propiedad pueden ser diferentes según el país, y sería muy imprudente votar inmediatamente.

**Fontaine**, de Bruselas. — Me adhiero a la propuesta de Tolain. Señalaré todavía una laguna en el tan extenso informe de Bruselas. La propiedad no se ha considerado en él desde el punto de vista filosófico. Invitaré a este respecto al ponente a releer los últimos capítulos de las *Contradicciones económicas* de Proudhon;[^C53] comprenderá que así crea una propiedad nueva, peor que la antigua, que reconstituye la hipótesis de Dios en provecho de la propiedad.

La propiedad del suelo no es para nosotros, como dice el Código, el derecho de usar y abusar, sino solo el de cultivar en la medida de nuestros medios.

La propiedad colectiva que quiere el informe nos lleva de nuevo al comunismo, a ese comunismo que tan bien se ha calificado de religión de la miseria. Queremos trabajar por una sociedad mejor, por la sociedad del porvenir, que ya no tendrá la religión de la miseria, sino la de la fortuna.

(Pellering se levanta y protesta vivamente; tumulto de corta duración; se llama al orden al interruptor.)

Termino declarando que apoyo la propuesta de Tolain.

**Coenen**, de Amberes. — Me asombra que algunos miembros de la Internacional se alcen con tanta fuerza contra el comunismo, cuando es cierto que ningún producto es creación puramente individual del trabajador. Todo producto es una obra colectiva, porque ha exigido el trabajo no solo de la generación presente, sino de las generaciones pasadas. Ningún producto debería, pues, ser propiedad individual, salvo los objetos de uso, que lo son de hecho por la asimilación que el individuo hace de ellos.

El compañero Tolain se equivoca cuando cree que la propiedad individual del suelo es una condición de la libertad individual; sin propiedad colectiva, la libertad individual no puede existir más que para los fuertes; ahora bien, queremos que exista para todos; por tanto, es preciso que la propiedad, sobre todo la del suelo, origen de todas las demás, sea de todos; es, pues, al contrario, la propiedad colectiva la que es una condición de la libertad de los individuos. Y es que, para mí, la libertad del individuo termina allí donde podría resultar perjudicial para el bienestar de la sociedad.

Se ha hablado mucho de la situación precaria del trabajador agrícola. No todo el mundo puede ser agricultor, es evidente; hacen falta otras muchas industrias. Pero una cosa es cierta: hay hoy toda una clase de ociosos y, además, un gran número de profesiones perfectamente inútiles. Toda esa gente consume y vive, en definitiva, a costa del trabajador agrícola, que es verdaderamente el padre que alimenta al género humano. Como el campesino tiene que producir para todos esos seres inútiles y aun dañinos, no es de extrañar que él mismo se vea reducido a la porción congrua. Para levantar la agricultura hay que levantar al campesino, y para levantar al campesino hay que suprimir a los ociosos, así como las industrias de lujo que solo existen para los ociosos. Ahora bien, eso exige una reforma social radical.

Entonces la agricultura será la más honrada de las artes y la base material del orden social.

**De Paepe**, de Bruselas. — La tarea que me incumbe es difícil después del elocuente discurso de Tolain. Tengo, sin embargo, que responder a los diversos argumentos que se nos han opuesto. Y en primer lugar, no hacemos más que extender a la propiedad agrícola lo que Tolain y los demás adversarios de la propiedad colectiva del suelo admiten muy bien para las minas, los ferrocarriles, los caminos, los canales, etc. No hay, pues, aquí partidarios absolutos de la propiedad individual; todos somos, pues, más o menos comunistas, si es que las consideraciones de la comisión pueden mirarse como comunismo. En efecto, no pedimos que el Estado se haga cultivador o pague salario a obreros agrícolas, como tampoco se pide que el Estado se haga minero y pague salario a los obreros de las minas, sino que queremos que el suelo se conceda a grandes compañías agrícolas, como las minas, los ferrocarriles, etc., a grandes compañías obreras.

¿Por qué obrar de manera diferente con la mina o campo de abajo y con el campo propiamente dicho, que no es más que una mina en la superficie del suelo, una mina de la que se extraen vegetales en lugar de piedras, mármol, minerales o carbón? Creemos ser más lógicos que nuestros adversarios: como el suelo y el subsuelo han sido dados ambos gratuitamente a la humanidad por la naturaleza, reivindicamos su propiedad para la humanidad entera y pedimos su explotación por asociaciones. Pero aquí se nos detiene desde el principio, discutiendo la necesidad de esas compañías agrícolas.

Me ha extrañado mucho oír a los compañeros Tolain y Longuet decirnos que el pequeño cultivo era quizá superior al grande, cuando en Francia se alzan quejas generales contra la fragmentación y el cultivo parcelario. El propio Proudhon reconoce la superioridad necesaria del gran cultivo y denuncia la fragmentación como la llaga de la agricultura francesa. (Véase su nueva *Teoría de la propiedad*.)

Pero, se dice, el gran cultivo es compatible con la pequeña propiedad, porque las máquinas pequeñas, de las que cada campesino sería poseedor, harían tanto como las grandes máquinas empleadas hoy en Inglaterra. Evidentemente, la aplicación de las fuerzas mecánicas al cultivo no exige la copropiedad, pues, sin hablar siquiera de las máquinas pequeñas, se puede muy bien imaginar a varios pequeños cultivadores que emplean por turno una gran máquina, ya haya sido adquirida por asociación, ya sea objeto de una empresa particular; por eso el informe de la sección de Bruselas no dice que el empleo de las máquinas agrícolas sea imposible con la pequeña propiedad, sino solo que es más fácil con la grande. La principal ventaja del cultivo en grande no es el empleo de los ingenios mecánicos, sino la posibilidad de las rotaciones, la abundancia de los abonos, los prados, el ganado, etc. Ahora bien, si puede concebirse la máquina con la pequeña propiedad, es preciso necesariamente (para que tal tierra que hoy haya dado cereales se convierta mañana en prado artificial de alfalfa, de leguminosas, etc.), es preciso que las diversas parcelas se reúnan. La falta de abonos esteriliza igualmente la tierra; ahora bien, los abonos suponen grandes rebaños, luego grandes prados, luego la reunión de las parcelas actuales. Imposible salir de ahí: el cultivo en grande y de conjunto exige la reunión de las parcelas en una vasta explotación agrícola.

Aquí se nos detiene: se pueden reunir las parcelas haciendo que cada uno siga siendo propietario individual de su parcela. Perdón: desde el momento en que las parcelas se reúnen en una explotación común, cada uno ya no tiene, como hoy, la libre disposición de su campo; esa libre disposición, que es la esencia misma de la propiedad, se transfiere entonces al grupo; es este, por tanto, el que se convierte en propietario; hay, pues, lisa y llanamente copropiedad, propiedad colectiva. Después de eso, cada uno es libre de llamarse propietario individual de su parte indivisa: es una pequeña vanidad que no tiene nada de peligroso, pero de hecho ya no hay entonces propietario individual.

Podría concebirse, en el peor de los casos, que a fuerza de cuidados y de energía el pequeño cultivador llegara a obtener una producción vegetal equivalente a la del gran arrendatario; pero el hombre no vive solo de vegetales: la carne se ha convertido para nosotros en una necesidad. Ahora bien, aquí es donde el pequeño cultivo es impotente, porque es incompatible con la cría de grandes rebaños de bueyes y de ovejas; por eso vemos que la carne falta cada vez más en los países de fragmentación, como Francia, mientras que no ocurre lo mismo en Inglaterra.

Porque el gran cultivo es superior en rendimiento triunfará infaliblemente en todas partes; y poco importa entonces que el campesino tenga más o menos libertad individual que con el cultivo parcelario: la necesidad es más fuerte que la libertad. Ahora bien, gran cultivo exige gran propiedad individual o gran propiedad colectiva; no hay término medio. La gran propiedad individual sería la vuelta a la Edad Media, y no se remonta así la corriente de los siglos; queda la propiedad colectiva. Solo que sin duda se llegará a esta nueva forma de apropiación por vías diferentes según los países. En Francia, la propiedad colectiva de la sociedad irá precedida sin duda por la formación de asociaciones agrícolas; decretar hoy la entrada del suelo en la propiedad colectiva de la sociedad sería una locura, sobre todo en Francia, donde el campesino se aferra a la tierra con obstinación; era posible en el 89: si la revolución no hubiera sido ante todo burguesa, no habría vendido las tierras confiscadas al clero y a la nobleza, y se habría contentado con hacer de ellas una concesión temporal y condicional a los trabajadores rurales.

En Inglaterra puede preverse que la marcha será muy distinta; allí, como en Rusia, el pueblo no mira la tierra como propiedad de un particular, sino como el bien de la nación, del que los propietarios actuales no son más que los depositarios. Stuart Mill, aunque favorable a la pequeña propiedad, reconoce que la idea del campesino propietario a la francesa no entra en el espíritu inglés. Ahora bien, gracias sobre todo al derecho de primogenitura, la propiedad territorial se concentra en Inglaterra muy rápidamente en pocas manos, y puede preverse el tiempo en que el pueblo inglés, al pedir que se le devuelva su propiedad, solo tenga ante sí unos pocos *landlords*, de los que no le será difícil deshacerse violentamente si se niegan a tratar con él de buen grado. Allí puede preverse que la propiedad del suelo revertirá a la nación inglesa entera, y no primero a la colectividad más restringida de las asociaciones agrícolas.

Pasemos al compañero Hins; creo haber tomado nota de sus principales argumentos. Es preciso, dice, que el trabajador sea propietario de su herramienta, luego que el campesino sea propietario de su arado y de su tierra.

Que el trabajador sea propietario individual de su herramienta mientras se trate de un martillo, de una paleta, etc., lo admito; pero cuando, partiendo de esa idea, se la quiere extender a las grandes herramientas, como la máquina, el taller, la fábrica, se cae evidentemente en el absurdo. Esas grandes herramientas, que exigen la fuerza colectiva, solo pueden ser propiedad de los trabajadores a condición de ser propiedad colectiva, ya de un grupo particular de trabajadores, ya de la sociedad entera compuesta únicamente de trabajadores. Para las máquinas, los talleres, etc., la propiedad colectiva restringida a la asociación industrial nos parece suficiente; pero cuando se trata del suelo y del subsuelo, queremos la propiedad colectiva en una escala más vasta, porque ya no son simples herramientas para una categoría especial de trabajadores, sino una materia prima para la humanidad entera. Por lo demás, haremos observar que, si fuera cierto que la materia prima y el instrumento, fueran los que fuesen, debieran ser propiedad individual del trabajador (o al menos propiedad colectiva de los obreros asociados), quienes piden que las minas, los ferrocarriles y los canales sean propiedad de la sociedad son tan culpables como nosotros y caen bajo el golpe de sus propios argumentos.

Hins ha dicho también que, al impedir a los cultivadores ser propietarios de la tierra mientras otros trabajadores serían propietarios de su utillaje, constituimos dos castas. Esas dos castas (si castas hay) no somos nosotros quienes las constituimos: es la naturaleza de las cosas; admitimos muy bien que una asociación agrícola sea propietaria de sus arados, máquinas, etc.; pero no es culpa nuestra si la tierra es una herramienta de naturaleza muy particular, cuya propiedad, por causa de necesidad social, no puede enajenarse a individuos o a grupos restringidos, porque esos grupos o individuos detentarían así la fuente de todos los objetos de consumo y, por consiguiente, la vida de todos. Por lo demás, si el hecho de que los campesinos no se apropien el suelo hace de ellos una casta aparte, diremos que lo mismo ocurre con la no apropiación de la mina por los mineros, del canal por los barqueros, del bosque por los leñadores, de la línea telegráfica por los telegrafistas, etc. Pero el hecho es que en todo eso no hay ni sombra de casta: la sociedad pide garantías a la vez que las da; hay ahí un contrato mutuo, eso es todo.

El compañero Hins dice que es difícil combatir a los partidarios de la propiedad colectiva del suelo porque hay tantos matices diferentes; están, por ejemplo, los que reclaman la propiedad para el municipio y los que la reclaman para el Estado. Por mi parte, declaro que no puedo admitir la propiedad del municipio, porque eso nos daría entre los municipios una desigualdad análoga a la que existe hoy entre los propietarios individuales; el suelo debería ser propiedad de la nación, al menos transitoriamente, es decir, hasta que, por la federación de los pueblos o la desaparición de las nacionalidades, se convierta en propiedad de la humanidad. Creo, por lo demás, que quienes, como los trabajadores de Ruan, piden que el suelo pertenezca al municipio, quieren decir simplemente con ello que la propiedad territorial sería administrada por el municipio; es decir, por ejemplo, que, cuando unos cultivadores expresaran el deseo de explotar cierta porción del suelo, se dirigirían a los administradores municipales.

Pero entre los partidarios de la entrada del suelo en la propiedad de la sociedad hay una divergencia real y fundamental de la que Hins no ha dicho nada: unos piensan que el suelo debería concederse a las compañías agrícolas a título gratuito, y otros a título de renta. Todo lo que Hins ha dicho sobre la injusticia y el peligro de la renta pagada al Estado no vale, pues, para los primeros. — En cuanto a mí, no creo en la abolición de la renta, y sin embargo pido la abolición de toda prelibación sobre el trabajo. Y es que, a mis ojos, la renta de la tierra no es, como el interés del capital y los beneficios de los intermediarios, una detracción sobre el trabajo. Sea cual sea el origen de la renta, es un hecho que hay tierras de fertilidad desigual a igualdad de trabajo, y que la renta puede servir para expresar la plusvalía natural de tal tierra sobre tal otra; esa plusvalía procede de las cualidades del terreno, de su situación respecto de las montañas, los bosques y los cursos de agua; ahora bien, toda esa plusvalía no es obra del trabajo del campesino, sino del trabajo de la naturaleza, si así puede decirse; además, los terrenos reciben otra plusvalía por su proximidad a los grandes centros de población, etc., y esa plusvalía tampoco es obra del campesino, sino de la sociedad. Esa doble plusvalía constituye la renta, no quizá tal como es hoy, sino tal como debe ser racionalmente. Hoy esa renta va ordinariamente a propietarios no cultivadores: es un robo; en una sociedad en la que todo cultivador fuera propietario de una porción de tierra, y en una sociedad en la que el suelo se concediera gratuitamente a compañías agrícolas, los más favorecidos gozarían de una renta que no es fruto de su trabajo: seguiría habiendo usurpación y desigualdad; por el contrario, allí donde se pagara a la colectividad social un arrendamiento proporcional al valor del terreno, esta no haría más que recuperar lo que se debe al trabajo colectivo de la sociedad humana y al trabajo de la naturaleza; así, la renta, a la vez que sustituiría total o parcialmente al impuesto, se convertiría en la salvaguardia de la igualdad. Soy igualitario ante todo.

Según Hins, esa renta pagada al Estado sería más peligrosa que la renta pagada hoy a particulares. Eso depende de la noción que uno se haga del Estado. — Hoy el Estado es la burguesía, y los propietarios rentistas son precisamente la burguesía, es decir, el Estado: luego hoy pagar la renta al Estado o a los propietarios es poco más o menos lo mismo para el proletario. Pero el Estado tal como lo concebimos en una organización nueva es la sociedad misma, es la federación de los diversos grupos de trabajadores. En él, la renta pagada al Estado se dedicaría al bien de todos y no ya de uno solo; en él, la renta disminuiría otro tanto el impuesto; en él, por lo demás, cada uno tendría algo que decir sobre el uso de la renta-impuesto; mientras que hoy el impuesto, cobrado siempre en última instancia sobre nuestro trabajo, solo sirve a la burguesía, y la renta, embolsada por el propietario, está perdida para siempre para nosotros.

En cuanto al argumento del ciudadano Fontaine, confieso humildemente que no entiendo nada; quizá tengo el espíritu demasiado obtuso para captar esas sublimes verdades sobre las relaciones metafísicas del buen Dios y la propiedad; si fuera cierto, sin embargo, que la propiedad colectiva debiera traer consigo un nuevo culto, pienso que quienes, como mis adversarios, admiten la propiedad colectiva de las minas, los ferrocarriles y muchos otros objetos no son del todo inocentes en el asunto.

Se levanta la sesión a las once.

## Decimosexta y última sesión, en el teatro del Circo, domingo 13 de septiembre

13 de septiembre de 1868.

Se abre la sesión a las dos y media bajo la presidencia de Murat.

Se pasa lista; se lee y aprueba el acta.

**Scheppler** lee la resolución siguiente, presentada por Becker en nombre del grupo de la sección de lengua alemana:[^C56]

Considerando que la causa última de la incertidumbre del mantenimiento de la paz se encuentra en las instituciones económicas actuales, desprovistas de toda justicia y de toda previsión, que consagran la guerra de todos contra todos en la base misma de la sociedad;

Que el militarismo no solo ofrece un apoyo para perpetuar ese estado de cosas, sino que lo empeora todavía;

Que, si es cierto que existe en el seno de la burguesía el mismo deseo de mantener la paz que anima a todas las clases trabajadoras, los poseedores de los capitales prosiguen sin embargo la guerra económica y buscan en el poder, basado en el militarismo, una protección que lo lleva a conservar los ejércitos permanentes, causas de las guerras internacionales;

Que, por consiguiente, las guerras se hacen no solo por intereses dinásticos, sino también por intereses llamados nacionales, en provecho de las clases reinantes;

Que son exclusivamente los trabajadores aquellos cuyo interés en la abolición definitiva de toda guerra, tanto económica como política, tanto individual como nacional, es evidente y lógico, puesto que son ellos, en definitiva, los que siempre tienen que pagar con su sangre y con su trabajo las cuentas que han de saldarse entre los beligerantes, sea cual sea el lado de la victoria o de la derrota;

Que toda guerra europea, y en particular una guerra entre Francia y Alemania, debe considerarse hoy una guerra civil, que a lo sumo aprovecharía a Rusia, cuyo estado social no está todavía a la altura de la civilización moderna;

Que la Asociación Internacional de los Trabajadores, representante de las clases trabajadoras, reconoce en su programa la necesidad de apoderarse de la dirección política como medio de alcanzar su fin social, y debe en adelante tener también su programa político en todos los asuntos del mundo civilizado;

Se pide

Que el congreso internacional tome las resoluciones siguientes:

1.º Que todos los órganos de la Asociación inciten a los trabajadores de todos los países a pronunciarse enérgicamente contra la guerra, a oponerse a ella con los medios a su alcance y a negar toda cooperación al asesinato de los hombres y a la destrucción de los productos del trabajo;

2.º Que se difundan escritos entre las poblaciones para ilustrar a los trabajadores, y sobre todo a los que están alistados a la fuerza en los ejércitos, sobre sus derechos y sus deberes humanos;

3.º Que el Consejo General tome todas las medidas conformes al espíritu de esta resolución y apropiadas al tiempo y a las circunstancias particulares.

Presidencia de Dupont.

**Longuet**, de Caen, lee las resoluciones siguientes sobre la guerra, aprobadas en sesión administrativa:

*Sigue en el acta el texto de la resolución sobre la guerra; véase [Resolución sobre la guerra](https://marxismo.school/archivo/congresos/1868%20Congreso%20de%20Bruselas%20%28I%20Internacional%29#resolucion-sobre-la-guerra).*

El vicepresidente **Murat** lee los nombres de los miembros del Consejo General nombrados para este año:[^C57]

Applegarth (Robert).

Cohn.

Copeland.

Dell (William).

Dupont (Eugène).

Eccarius (Georg).

Fox (Peter).

Hales.

Jung (Hermann).

Johannard.

Lafargue (Paul).

Lucraft (Benjamin).

Lessner (Friedrich).

Limburg.

Marx (Karl).

Milner (George).

Maurice (Zévy).

Odger (George).

Shaw (Robert).

Stepney (Cowell).

William.

Weston.

Walton (Alfred).

Zabicki.

Bernard.

Howell.

**Murat** da lectura de las conclusiones sobre la cuestión de la propiedad de la tierra, aprobadas en sesión administrativa.

*Sigue en el acta el texto de la resolución sobre la propiedad, con la nota sobre la votación; véase [Resolución sobre la propiedad (13 de septiembre de 1868)](https://marxismo.school/archivo/congresos/1868%20Congreso%20de%20Bruselas%20%28I%20Internacional%29#resolucion-sobre-la-propiedad-13-de-septiembre-de-1868).*

**Murat** anuncia que las resoluciones anteriores solo se han aprobado por una mayoría muy escasa y con un gran número de abstenciones, y que otras conclusiones que tendían al aplazamiento de la cuestión se han rechazado por una mayoría de solo 5 votos.

**Tolain** pide explicar el voto de la minoría leyendo una declaración.[^C-cr3]

**Lemonnier**, de Marsella, no concibe que se venga a protestar aquí contra un voto emitido en otra parte.

**Tolain**. — No es una protesta, sino una explicación.

**Dupont**. — La mayoría también querrá protestar.

Tras un breve debate, Dupont consulta a la asamblea para saber si la minoría tiene derecho a explicar su voto.

Se pide votación nominal. Su resultado es el siguiente:

18 sí, 31 no, 2 abstenciones.

Se rechaza la propuesta.

**Grinand**, ponente, lee el informe elaborado en la comisión de la cooperación:[^C58]

El carácter eminentemente económico de esta cuestión solo exige una simple comprobación de hechos existentes y puestos en práctica y la exposición pura y simple de los medios que la comisión cree propios para su demostración.

En estos últimos años, los obreros imaginaron que había algo que hacer para aliviar la horrible llaga del pauperismo que los roe; no contando ya con los gobernantes ni con los salvadores de la humanidad, quisieron buscar por sí mismos la solución de esas cuestiones económicas y no tardaron en lanzar su grito de «guerra al capital».

Pero, inexpertos al principio y entregados a los apetitos de lucro y de goces que siempre anidan en el corazón del hombre cuando el sentimiento del derecho y de lo justo no viene a contrapesarlos, se crearon sociedades de producción y de consumo en las que unos obreros, sin dejar de protestar contra los estrangulamientos del capital, se esforzaron por crearse uno a su vez y por percibir beneficios. Constitución en sus manos de un capital, cobro de dividendos a costa de los consumidores, sentimientos conservadores y apetitos de goces, constitución de rentas: esos son los pensamientos y los deseos que desarrolló semejante concepción de las sociedades, legitimando así todas las acusaciones que los trabajadores lanzan a diario contra los poseedores de capitales. Semejantes prácticas llegan muy pronto a crear una cuarta clase burguesa e inmovilista que, el día de la reivindicación, los arrojará a las filas de la reacción y rechazará una vez más a los desdichados que no hayan podido atesorar.

Las asociaciones tal como las comportan los principios de la Internacional no tienen otro fin que arrancar de las manos de los capitalistas los instrumentos de la producción y devolverlos a las de sus legítimos propietarios, los trabajadores productores.

Es al estrangulamiento por los intereses del capital a lo que la Internacional quiere hacer la guerra; la vieja sociedad está asentada en el antagonismo de los intereses: es la guerra; pues bien, ¡sea!, ¡haremos la guerra! Uniremos nuestras fuerzas, y de esa colectividad de esfuerzos saldrá quizá una humanidad menos lamentable que aquella cuyo largo cortejo despliegan ante nosotros los tiempos presentes. Les arrancaremos esos instrumentos de muerte, las máquinas, para hacer de ellos instrumentos de vida; aplastaremos esas instituciones de las que, de un metal inerte, sale una renta, una fortuna, toda una vida ociosa. Vivir libre y trabajar libre: ese es nuestro derecho; dejar vivir libre y dejar trabajar libre: ese es nuestro deber. La Internacional no faltará a su tarea: los obreros se organizarán.

¿Cómo se establecerán esas asociaciones sin despertar en los hombres el deseo de poseer sin trabajar? Creándolas de modo que nunca pueda percibirse un interés de dinero. Como todo precio pedido más allá del precio de coste del trabajo es un robo, es preciso que todo interés percibido vuelva al trabajo, al consumidor. — ¿Qué es una asociación cooperativa? Una asociación en la que todos los miembros que la componen solo venden y trafican entre sí. Hay que ensanchar el círculo, hay que vender a todo el mundo, pero sin percibir nunca otro salario que la indemnización del trabajo entregado. De lo contrario, si se sacan del mercado todos los beneficios que las transacciones dan a los capitalistas, no hay nada que distinga la asociación de pequeños capitales obreros de las de los empresarios, directores y escamoteadores de empresas actuales.

Que los obreros reúnan las migajas que les quedan, que se agrupen y que creen en el acto esas asociaciones de consumo, que no requieren grandes capitales; más tarde podrán crearse asociaciones de producción, y tendremos entonces en nuestras manos todos los recursos de la riqueza de la humanidad.

La comisión de la asociación cooperativa propone que se tomen las resoluciones siguientes:

Toda sociedad basada en los principios democráticos rechaza toda detracción en nombre del capital, sea cual sea la forma en que se presente, renta, interés o beneficio, y deja así al trabajo todo su derecho, toda su justa remuneración.[^C59]

Así, poco a poco, el obrero, por la disminución de las horas de trabajo, por la justa remuneración del fruto de sus penas, por la instrucción que la seguridad de su vida le habrá permitido adquirir, por la desaparición de aquellos que, vampiros sin entrañas, lo estrangulaban; entonces el obrero, el obrero libre, el obrero por sí mismo, él solo, habrá cambiado la faz del viejo mundo.

**Verrycken**, de Bruselas. — No haré un largo discurso. Trataré solo de exponeros algunas ideas prácticas sobre las asociaciones de producción.

El trabajador es explotado. El patrono cobra un beneficio del 10, del 20, del 30 % y aún más sobre los productos de su trabajo. Esa detracción es la que hay que hacer volver al trabajador.

Sabemos que es difícil establecer asociaciones de producción. Para ello hacen falta capitales, que en general faltan a los obreros. Pero si estos consiguen muy bien procurarse el dinero necesario para crear sociedades de canto, de música, etc., etc., con mayor razón deben tratar de encontrarlo cuando se trata de entrar en lucha con sus patronos, aunque para ello tuvieran que reunir los capitales de sus sociedades recreativas.

Las asociaciones de producción pueden constituirse de diferentes maneras.

No seríamos partidarios de ver establecerse otras nuevas semejantes a las que ya existen en Bruselas, que, al exigir un derecho de entrada de cien o doscientos francos, excluyen así a los obreros que no poseen nada.

Queremos, por el contrario, que todo trabajador, sea quien sea, aproveche él solo los beneficios de su trabajo y pueda, por consiguiente, formar parte de esas asociaciones.

Para llegar a ese resultado hay varios medios; nos limitaremos a citar algunos:

1.º Tenemos hoy un gran número de sociedades de resistencia. Esas sociedades podrían transformarse en sociedades de producción, y como todas poseen capitales, la generalidad de sus miembros podría formar parte de ellas. Incluso hay varias que engloban al oficio entero; no habría, pues, exclusión posible.

2.º Podrían fundarse nuevas sociedades por suscripción, con el fin directo de producir.

Se empezaría primero por los oficios en que los obreros están mejor retribuidos. Así, los vidrieros de Charleroi, que tienen un jornal bastante alto, han conseguido reunir una suma de 3000 francos que les ha permitido constituirse en sociedad de producción.

Los obreros podrían pagar su cuota según sus medios, en partes de 5, 3, 2 o 1 franco, lo que dejaría la puerta abierta a quienes no pudieran entregar de una vez su parte entera.

Se tendría además otro medio de llegar a ese resultado con ayuda de las sociedades de crédito mutuo allí donde existen, y creándolas en las localidades que todavía carecen de ellas.

Todas las asociaciones de Bruselas tienen capitales. Que establezcan entre ellas una caja de crédito mutuo, y pronto estarán en condiciones de constituirse en sociedades de producción.

No todas las sociedades podrán, es verdad, tomar prestados a la vez de esa caja los capitales que necesitan, pero se empezaría por las que menos dinero necesitan para establecerse, y estas, al entregar a la caja una parte de sus beneficios, permitirían pronto a las demás seguir su ejemplo.

Se hacen, lo sabemos, varias objeciones a la creación inmediata de las sociedades de producción.

Establecerlas en nuestro estado social actual, se dice, es sustituir patronos individuales por patronos colectivos; pero si, como reclamamos, todo el mundo puede formar parte de ellas, esa queja dejará de existir.

Por otra parte, se nos piden medios prácticos para llegar a un estado social basado en la justicia y la mutualidad.

Las asociaciones de producción y de consumo no son, lo sabemos, más que un medio parcial, pero ese medio no estorbaría en nada nuestra marcha hacia el fin definitivo.

Los delegados deberían, pues, propagar esa idea, que nos será de tan gran utilidad en la sociedad futura.

Gracias a ella, los trabajadores obtendrán ya una parte mayor de los beneficios de su trabajo.

No habremos aniquilado todavía toda especie de explotación (el Estado, por ejemplo, seguiría cobrando su parte), pero será siempre un paso adelante en el camino que seguimos.

**Hins**, de Bruselas. — La cuestión es esta: hacer de esas sociedades cooperativas un medio de emancipación para la clase obrera. Pero eso depende de la organización de esas asociaciones, que, según la manera en que están constituidas, se convierten a menudo en una plaga en lugar de ser un remedio.

Además, solo algunos oficios permiten establecer en seguida esa clase de asociaciones; en otros muchos es totalmente imposible.

Y digámoslo de entrada:

Si las asociaciones cooperativas se establecen en forma de privilegio, tienden a hacer nacer un quinto estado más miserable todavía que el cuarto.

Varias de esas sociedades se crearon mediante cuotas muy pequeñas, pero, llegado el éxito, los miembros se encontraron bastante numerosos y se apresuraron a inscribir en sus estatutos y a exigir a los nuevos asociados un derecho de entrada enorme; conocemos una en la que ese derecho es de 600 francos.

Esos obreros constituyen entonces una nueva casta, tanto más peligrosa cuanto que tiene un pie en el campo de los burgueses y el otro en el campo de los trabajadores y, en definitiva, no hace más que perpetuar la explotación de estos.

En todas las asociaciones cooperativas fundadas entre obreros es preciso que el reparto se haga según el trabajo realizado y en modo alguno según el capital aportado.

Que se fije primero una suma que alcanzar, pero que se conceda la facultad de pagarla de una vez o por partes, y, una vez completada la suma, que cada uno tenga derecho a la totalidad de los beneficios producidos por su trabajo.

Por último, esas asociaciones, como hemos dicho, no podrán extenderse mucho y se limitarán fatalmente a ciertos oficios cuyo establecimiento sea poco costoso. En cuanto a las minas, las hulleras, etc., etc., habrá que empezar por cambiar la organización social entera, ya estableciendo la propiedad colectiva, ya haciendo gratuito el crédito.

La cooperación no es, pues, un medio de llegar a la emancipación total de la clase obrera. Solo puede considerarse el tipo del taller del porvenir, cuando, con el patronato, las demás causas de explotación hayan quedado definitivamente abolidas.

**Cohn**, de Londres. — El obrero busca primero trabajo y luego la garantía de ese trabajo. ¿Lo tiene hoy y, cuando lo tiene, está seguro de seguir teniéndolo al día siguiente?

Al sistema actual de la opresión y la intimidación hay que oponer el principio nuevo de la cooperación. No hay que examinar si creará o no un quinto estado, sino ver si gracias a ella el público puede aprovechar la supresión de los intermediarios, y el obrero tener un trabajo garantizado y convenientemente remunerado.

**Larondelle**. — Tampoco nosotros creemos que las asociaciones cooperativas puedan sustraer realmente al obrero a las miserias de su condición. Las hay que, lejos de venir en su ayuda y pese al éxito que han obtenido, no han conseguido todavía más que perjudicarle.

En Verviers, por ejemplo, conocemos asociaciones de consumo en las que cada socio debe ante todo formarse una acción de 200 francos.

Comprenderéis que el trabajador necesita un tiempo considerable antes de llegar a reunir esa suma. Si al menos no se hiciera ninguna retención sobre los productos de su trabajo, lo conseguiría todavía con bastante facilidad. Pero se concede al capital un interés del 9 %.

Sería bueno que los miembros de la Asociación Internacional pudieran entrar en masa en esas sociedades, de modo que hicieran triunfar en ellas las ideas que defendemos y llegaran a abolir en ellas el interés del capital.

En cuanto a disolverlas, no hay que pensarlo.

Los patronos han entrado en ellas, y es fácil adivinar con qué fin. Pagan su acción completa, de modo que cobran inmediatamente el 9, el 10 o el 12 % de interés vinculado al capital. No es esa mínima suma lo que les atrae, lo sabemos. Pero, protegiendo la existencia de esas sociedades, atraen a ellas poco a poco a sus obreros, que ignoran que hay ahí un medio de explotarlos más todavía.

Los trabajadores obtienen, es verdad, un beneficio de 20, 25 o 30 céntimos al día comprando allí lo que consumen; pero los patronos aprovechan pronto eso para rebajarles otro tanto el salario, de modo que, a fin de cuentas, son solo los patronos los que se benefician del asunto.

Los delegados de Verviers han presentado una nueva resolución para añadirla a las de la comisión. Hela aquí:

Hacer entrar al mayor número posible de obreros en las asociaciones existentes para hacer triunfar en ellas los principios de la Internacional y destruir el interés del capital.

**Brismée**, de Bruselas. — Precisamente por eso pido que hagamos sociedades de consumo. Si no nos apoderamos de ese movimiento, los burgueses lo escamotearán, como ya han hecho con otros. Hay, pues, que crear sociedades de toda clase, pero sin la ayuda del burgués. Hay quienes, se dice, ayudan a esas fundaciones con donativos. ¡Nada de esos patronazgos! Si esos señores fueran verdaderamente honrados, pagarían mejor el trabajo de sus obreros, sin humillarlos con sus pretendidas limosnas.

Se dice que esas sociedades formarán una nueva aristocracia entre los obreros, como si no hubiera ya una. Basta con hacer las asociaciones de modo que no se excluya a nadie de ellas, y ese inconveniente no se presentará.

Recuerdo lo que dije de la sociedad cooperativa fundada por los obreros vidrieros, que están relativamente muy bien pagados, en favor de sus hermanos los hulleros, que son mucho más desgraciados. Así, a los obreros que se han emancipado primero corresponde tender la mano a los demás para sacarlos de apuros.

**Durand**, de París. — Para mostrar un medio práctico de conseguir hacer sociedades de producción, voy a deciros lo que han hecho los joyeros de París.

Hace dieciocho meses, los diversos obreros del oro, del dorado y del chapado, estampadores, cinceladores y doradores, se federaron. En sus estatutos se propusieron primero mantener el máximo de diez horas para la jornada de trabajo y el precio del trabajo a destajo; luego se ocuparon de fundar una sociedad cooperativa de producción y entregaron para ello 25 céntimos por semana.

Pero a ese paso, para alcanzar la cifra suficiente, habría habido que esperar muchos años; he aquí, pues, lo que han hecho. La caja de previsión y de resistencia, perfectamente distinta de la de la sociedad cooperativa, vino en su ayuda y le prestó sin interés, pues los beneficios deben repartirse exclusivamente según el trabajo. No hay, pues, en nuestra organización nada para el capital: todo es para el obrero.

Un grupo de obreros nos hacía mucho daño: los joyeros que trabajan por encargo (*à façon*) en su casa. Cuando el trabajo no apremia, los patronos les ofrecen obra a precio reducido, y esos desgraciados, obligados a aceptar, hacen trabajar, para resarcirse, a sus mujeres y a sus hijos, y contribuyen así al envilecimiento del precio del trabajo.

En lugar de luchar contra los trabajadores por encargo, les hemos dicho: «Estad con nosotros, reunid vuestros productos en nuestros almacenes de venta, y tendréis vuestra parte equitativa de beneficio en lugar de ser explotados por patronos que se aprovechan de todas las circunstancias». Así, en lugar de enemigos, hemos hecho de ellos aliados.

Para evitar el inconveniente de formar en la clase obrera dos categorías, una dichosa y otra del todo miserable, hemos querido que todo cooperador forme parte de la sociedad de resistencia. Es, pues, esta la que prima sobre la otra.

Hemos fundado además un centro común de herramental grande, lo que supone un gran ahorro. Y también para eso los capitales que necesitábamos se los prestó la caja de resistencia, madre de la sociedad cooperativa.

Una organización semejante es sin duda impracticable en las grandes fábricas; pero hemos querido presentaros un tipo de lo que es practicable en cierto número de pequeñas industrias. (Aplausos.)

**Murat** anuncia que los cigarreros de Bruselas se han afiliado a la Internacional después de conferenciar con Cohn, delegado de los cigarreros de Londres.

**De Paepe** anuncia igualmente la afiliación de cierto número de sociedades inglesas y alemanas, y de una sociedad cooperativa de Bruselas, así como de otras sociedades.

**Murat** lee el añadido a las resoluciones propuesto por Larondelle, Fluse y Lallemand:

El Congreso invita a todos los miembros de la Asociación Internacional de los Trabajadores a entrar en las diversas sociedades cooperativas, con el fin de intentar por todos los medios posibles que adopten los principios reconocidos por el Congreso en las resoluciones del informe sobre el mejor modo de cooperación.

Se aprueba este añadido.

**El presidente**. — Queda abierta la discusión sobre la cuestión: «Los cuadernos del trabajo».

**Hins**, de Bruselas. — He aquí los motivos que han llevado a la Asociación Internacional a inscribir esta cuestión en el orden del día de su congreso.

Cuando en 1789 se convocaron los Estados Generales, los municipios se reunieron para recoger todas sus quejas y hacerlas presentar por sus delegados en la Asamblea Nacional. El conjunto de sus agravios se llamó los cuadernos de los estados.

Hoy el cuarto estado prepara a su vez sus cuadernos. No sabemos si tendrá su revolución, pero al menos sus agravios serán conocidos.

Esta obra es vasta y no esperamos verla resuelta este año. La cuestión se planteó solo dos meses antes del congreso, y ese tiempo apenas ha bastado, pues los cuadernos del trabajo deben comprender todos los pequeños detalles sobre los que descansan los planes de conjunto.

Mientras eso no se haga de una manera bien completa, todas nuestras discusiones no servirán de nada.

El Congreso de Ginebra había pedido a todas las secciones que dieran informaciones completas sobre la situación de los trabajadores en cada país;[^C63] pero todos estamos en vías de formación y nos ha faltado tiempo.

Sin embargo, se han presentado varios informes: los de la Federación de Bruselas, de los carpinteros de Bruselas, de las secciones de Lieja, Verviers y Gante y de los cultivadores de las Ardenas. Por mi parte, me limitaré a presentaros algunas observaciones sobre la condición de los trabajadores.

Me extenderé particularmente sobre los mineros de la cuenca de Charleroi, a los que hemos frecuentado a menudo en estos últimos tiempos.[^C64]

Pocos oficios son tan duros como el suyo, y pocos trabajadores están tan expuestos. Su vida está continuamente en peligro.

Vemos en la exposición decenal de 1850-1860 que hubo 5000 obreros muertos o heridos durante ese período.

Como la vida de un minero es por término medio de cuarenta años, puede concluirse que de cada cuatro mineros uno, con toda seguridad, morirá o resultará herido.

El propio ejército no ofrece más riesgos. Naturalmente, esos riesgos deberían pagarse; pero también podrían disminuirse, y casi siempre es la tacañería lo que impide preverlos.

Así, hace poco todavía, 57 obreros murieron por el grisú en Jemappes.

Los obreros pretenden que el accidente habría podido evitarse. Se anunció una investigación, pero todavía la estamos esperando.

En la administración de los ferrocarriles, el menor accidente va seguido inmediatamente de una investigación severa, y los culpables, activamente buscados, siempre son castigados; es verdad que son desgraciados empleados.

Pero en las minas y hulleras, ante los altos barones del carbón,[^C65] ante los que disponen de los electores y pueden enviaros a la Cámara, uno se arrodilla.

¡Ah, si tuviéramos la legislación inglesa!

Pero aquí son los procuradores del rey los que deben iniciar las diligencias, y esos señores se ocupan demasiado de leer los periódicos para encontrar en ellos delitos de prensa, y ya no tienen tiempo de pensar en los trabajadores.

En Inglaterra, todo hombre puede constituirse en acusador. Al hacerlo, no se ejerce una profesión pagada: se cumple un deber.

En Jemappes, un capataz (*porion*) presentó su dimisión un mes antes del accidente, porque preveía y anunciaba el peligro.

Por lo demás, la investigación, si es que llega a hacerse, no ofrecerá ninguna garantía. Se echará la culpa a uno de los desgraciados muertos, en la seguridad de que no volverá para reclamar. Pero el hecho de ese capataz es una prueba manifiesta de que la desgracia estaba prevista, y de que a menudo podría evitarse que se repitiera y disminuir las causas de inseguridad.

Hemos dicho que esa parte de vida debía pagarse. Sin embargo, no hay nada de eso.

Hay gentes que vienen a deciros que los mineros ganan todos montones de dinero y beben champán todos los días. Algunos, los capataces, ganan, es verdad, seis o siete francos al día, y se pretende que lo mismo ocurre con los demás.

¡Es como si se afirmara que, como los ministros tienen un sueldo de 21 000 francos, todos los empleados del ministerio cobran los mismos emolumentos!

Volvamos un momento a la realidad y veamos qué hay de esos salarios elevados.

De 1851 a 1860, la media de los salarios era de 3 francos al día para los que trabajaban en el interior y de 1,75 para los que trabajaban en el exterior. Y desde entonces esos salarios han disminuido todavía.

Pero eso no es todo: los mineros no trabajan todos los días, y los paros son largos. Así, en el asunto de L'Épine, los hulleros solo trabajaban 4 días por semana; en el Borinage, en la misma época, solo trabajaban 3 y luego 2 días por semana. Ved después de esto si se puede beber champán todos los días.

Tanto más cuanto que, junto a esas reducciones del salario, existen otras que proceden de la mala fe. Están las discusiones sobre la obra producida, las multas, las rebajas, etc., ¡y las multas llegan a veces a 10 francos en una quincena!

Además, los directores tienen derecho a hacer reglamentos de taller, y los hacen como les place. Contienen naturalmente un montón de artículos vejatorios, y tienen capataces para hacerlos respetar.

Los capataces desempeñan la tarea de los carceleros; pero no los acusemos: esos desgraciados no son más que instrumentos de tiranía, y los patronos se sirven de ellos contra los obreros. Son ellos los que espían y los que tienen por misión hacer lo mayor posible la parte del capital. Por último, tienen tienda y taberna, y los obreros están obligados a ir a abastecerse en ellas si no quieren hacérselos enemigos. De modo que, tras la explotación del amo, el obrero queda todavía entregado a la del contramaestre.

¡Cuántos detalles más! Hace seis semanas el obrero aún podía comprar él mismo la pólvora que utiliza en sus trabajos, y la compraba donde quería. Ahora, en la mina de carbón de Amercœur, se obliga a los obreros a comprar la pólvora a la sociedad, y la pagan un cincuenta por ciento por encima de su precio.

¡Ah, si pedimos los cuadernos del trabajo, no es sin motivo!

Queremos mostrar que no es únicamente por teoría, sino por un millón de hechos que claman y se alzan contra la explotación.

¿Qué son además las cajas de previsión, las sociedades de taller, etc., sino los productos de esa idea de beneficencia tan cara a nuestros patronos, con tal de que siempre les aproveche a ellos?

Nuestros buenos filántropos se han dicho: el obrero llega a veces a la vejez, y es una desgracia, porque hay que alimentarlo. Le ocurre a veces resultar herido, y es también molesto, porque la opinión nos obligaría quizá a pasarle una pensión. Inventemos, pues, cajas de previsión.

Puesto que son los patronos los que sacan la mayor ventaja de esas cajas, deberían ser ellos, naturalmente, los que aportaran los fondos. No hay absolutamente nada de eso.

La caja de previsión de la cuenca de Charleroi tiene por base un real decreto; está fundada entre los propietarios con el dinero de los obreros. La dirige un consejo de administración compuesto de 15 miembros: 2 comisarios de distrito; luego vienen los patronos, representados por 8 propietarios, y por último 5 capataces.

Se supone que los capataces representan a los obreros. Los obreros no tienen, pues, nada que ver con la administración de una caja cuyos fondos aportan y que se supone que ha de atender a sus necesidades. Ni siquiera saben cuándo tienen una reclamación que hacer. Se les ocultan los estatutos, y la caja se convierte así en un medio de recompensar a los dóciles y castigar a los demás.

Esa caja solo existe para los casos de vejez y de accidentes duraderos. Para los pequeños accidentes, los obreros tienen una caja particular en la que entregan otros tantos por ciento, y esta vez sin firma. Esas cajas no rinden cuentas.

¡Se dirá que hacemos mal en desconfiar! Pero no es sin razón.

Hace algún tiempo se declaró en quiebra a la compañía Pauwels por algunos millones; desde hacía varios años, 1500 obreros pagaban retenciones a la caja de previsión; pues bien, en el momento de la quiebra no se encontró rastro alguno de ellas, ¡y el dinero de los obreros sirvió para pagar las deudas!

Tenemos, pues, razón cuando llamamos a esas cajas cajas de previsión... para los acreedores.

Rogamos, pues, a todas las secciones que recuerden las conclusiones tomadas en el Congreso de Ginebra. Es necesario que lleguemos al próximo congreso con informes completos. Los obreros de los mismos oficios deben unirse para presentar un trabajo común, a fin de evitar repeticiones.

Mientras tanto, debemos seguir recibiendo las quejas de los obreros perjudicados y haciéndolas imprimir, para que los patronos, si no retroceden por conciencia, retrocedan al menos por vergüenza.

### Informe del Consejo Federal de Bruselas

El Consejo Federal, al que encargasteis estudiar la 8.ª cuestión planteada por la sección de Bruselas para que se discutiera en el congreso de la Internacional, lamenta vivamente no poder más que rozar esta gran cuestión: los agravios de los obreros. El tiempo no le ha permitido hacerlo de manera más profunda, pero espera poder daros en un futuro próximo una satisfacción mayor. Según diversos informes particulares que se le han hecho sobre diferentes oficios, resulta que los obreros tienen en general que quejarse de los mismos agravios:

1.º Junto a la carestía de los productos alimenticios y el aumento progresivo de los alquileres, la disminución continua de los salarios y el paro;

2.º La introducción de las máquinas en la industria y la competencia que se hacen entre sí los grandes y los pequeños patronos, sin contar la preferencia que estos últimos dan a los aprendices sobre los obreros;

3.º Las cajas llamadas de previsión, que, lejos de venir en ayuda de los obreros, solo sirven las más de las veces para enriquecer a quienes las detentan, cuando no para dotar a algunos establecimientos religiosos, en detrimento de los que, privados ya de lo necesario, se sacrifican de nuevo para dejar su tanto por ciento, y que ni siquiera pueden reivindicar sus derechos proporcionales cuando, por el más leve pretexto, son despedidos;

4.º La brutalidad ordinaria de la mayoría de los patronos con sus obreros tampoco puede pasarse en silencio, porque atenta contra su libertad y su dignidad;

5.º Por último, el trabajo de las mujeres y de los niños en las manufacturas, convertidas por esos medios en focos de corrupción y de inmoralidad.

Para remediar semejante estado de cosas, ¿qué hace falta ante todo? La instrucción y la asociación.

La instrucción, fuerza moral, nunca la tendremos si la esperamos de la buena voluntad de los gobernantes, sino por medio de la asociación, en cuyo seno cada uno de nosotros discutirá u oirá defender nuestros intereses.

La asociación, fuerza material, por medio de la cual las diversas corporaciones podrán capitalizar y, por consiguiente, emanciparse del yugo de los patronos, y la afiliación de estas a la Asociación Internacional de los Trabajadores.

He aquí algunos agravios especiales:

Los oficiales panaderos se dividen ordinariamente en tres categorías: los obreros a sueldo, los de jornal con comida y los de jornal sin comida; en la 1.ª categoría hay también tres clases: 1.º los maestros obreros, que trabajan de 12 a 13 horas y ganan 30 francos por semana; 2.º los obreros de segundo orden, que trabajan de 13 a 14 horas y ganan 22 francos; 3.º los aprendices, que trabajan de 14 a 15 horas y ganan 16 francos. Por lo que acaba de decirse, se encuentra poca diferencia entre la organización gubernamental y la organización burguesa, puesto que el que más trabaja es el que menos recibe. Los obreros de jornal ganan ordinariamente 1,50 francos por día de 12 horas, más la comida, y aun así están parados aproximadamente un tercio del tiempo. Los empleados de las panaderías económicas ganan ordinariamente 2,50 francos, sin comida, por el mismo número de horas.

Los zapateros trabajan las más de las veces a destajo y ganan ordinariamente de 20 a 25 céntimos por hora.

Los guanteros ganan por término medio 4 francos al día, a razón de 2 francos por docena de guantes; los que trabajan en su casa y fuera de horas pueden añadir 1 franco, y a veces 2, a su jornal; ¿de dónde viene ese error de que los guanteros estarían mejor retribuidos que los demás oficios?

Además de la introducción de las máquinas, que suprimen un gran número de brazos, abren la puerta al paro y favorecen la competencia, los carpinteros tienen que sufrir un largo aprendizaje, proporcionar sus herramientas y repararlas, desplazarse a menudo sin compensación de gastos y, además, pagar la luz de la noche. Trabajan ordinariamente 12 horas y ganan 30 céntimos por hora.

Los marmolistas y los escultores ganan de 35 a 45 céntimos la hora, mientras que los pulidores solo ganan 22 céntimos.

Los obreros droguistas y los que trabajan en los productos químicos ganan unos 2,50 francos al día, sin tener mucha fatiga; pero, en cambio, es un trabajo nocivo y muy peligroso.

Los albañiles trabajan 10 horas y ganan por término medio 2 francos.

En cuanto a los mecánicos, su salario varía de 3 a 5 francos, según su saber o según trabajen a jornal o a destajo. Si este último acuerdo parece a primera vista más provechoso para el obrero, puesto que a veces llega, a fuerza de trabajo y empujado por la necesidad, a doblar sus jornales, es, a fin de cuentas, mucho menos lucrativo y más defectuoso, en el sentido de que el obrero se mata por sacar más, y los patronos aprovechan esa circunstancia para rebajar los precios y, por consiguiente, sacar del obrero el mayor trabajo posible por el menor dinero posible; de modo que el obrero, agotado de fatiga, se ve obligado a recurrir al trabajo a jornal, y como le es imposible sostener un trabajo que lo extenúa, se le rebajan proporcionalmente los jornales. Así, lejos de mejorar su suerte, el trabajo a destajo no redunda más que en su perjuicio.

### Agravios de los tejedores de Gante

Uno de los principales agravios de los obreros de Gante es que, en la mayoría de los talleres o fábricas, los maestros obreros tienen despachos de licores, carnicerías, tiendas de comestibles, almacenes de telas, etc.; los obreros están obligados a gastar en ellos su salario, so pena de verse perseguidos por sus maestros obreros.

Algunos de estos, a la vez que tienen tiendas, prestan dinero a los trabajadores y tratan así de encadenarlos. Pueden entonces verse obligados a trabajar contra su voluntad, incluso a precios muy bajos.

Los obreros se quejan también del artículo 1781,[^C66] en relación con el consejo de *prud'hommes*. Piensan que el gobierno haría mucho mejor ocupándose de esos agravios que arrancando del seno de su familia a un hijo que es su sostén para aumentar su ejército.

Por último, creen que, si el gobierno no se preocupa de los agravios del pueblo, habrá que emanciparnos nosotros mismos por medio de la liga formidable, extendida por todas partes, que es la Internacional.

**Richard**, de Lyon. — Las secciones de Lyon y de Neuville habían presentado dos informes, sobre el número de horas de trabajo y sobre los cuadernos del trabajo; pero, vista la correlación que existe entre esas dos cuestiones y el poco tiempo que nos queda, hemos hecho un resumen que basta para motivar las conclusiones con que terminaban esos dos informes.

Tres cosas, en Lyon, estorban sin detenerlo el desarrollo de la idea democrática y social e impiden de manera casi absoluta la aplicación de las pocas resoluciones prácticas inmediatas que de ella se desprenden.

Son estas: primero, la prolongación desmesurada de la duración de las jornadas de trabajo, que no deja al obrero agobiado el tiempo necesario para trabajar por su emancipación, ni la disposición de ánimo indispensable para intentar una empresa que exige un ejercicio continuo de las facultades intelectuales; luego, la miseria excesiva, que abate a los hombres más resueltos y los hunde en una apatía vecina de la desesperación; por último, el estado de dependencia forzosa en que se encuentra la mayoría de los obreros respecto de los patronos y demás capitalistas.

Los obreros de la seda son los más afectados por el sistema de la prolongación de las jornadas de trabajo, así como por el paro, que es su consecuencia natural.

Hay en Lyon miles de tejedores que trabajan dieciséis horas al día para ganar tres francos y que con eso tienen que alimentar a su mujer y a sus hijos. Hay otros que, so pena de morir de hambre, se ven obligados a trabajar en piezas con las que es imposible ganar más de un franco y 25 céntimos. Pero los que trabajan de continuo están todavía muy favorecidos, porque cerca de la mitad de esos obreros pierden en paros al menos cuatro meses de trabajo al año.

En las grandes fábricas de tintes hay un gran número de obreros que trabajan de noche, y hay fábricas de esas reglamentadas de tal manera que se les da este nombre característico: el Presidio. Allí el obrero no tiene ni independencia ni dignidad; está verdaderamente reducido al estado de máquina.

Ante esta situación, y considerando por otra parte que el sistema político y el sistema económico actuales están estrechamente ligados y que la centralización capitalista, con ayuda de su organización sancionada por las leyes actuales, aspira, por así decirlo, regularmente la producción, la opinión que predomina en nuestra sección es que, si deben fundarse asociaciones cooperativas, de crédito, de producción y de consumo, es para hacer la educación económica de los trabajadores y prepararlos para aprovechar circunstancias mejores; pero que, para emancipar el trabajo, habría que hacer decretar la reforma radical del sistema económico actual, reforma que no sería ciertamente la coronación de nuestra obra, sino simplemente la supresión de todas las trabas puestas a la libertad y a la actividad humanas.

**Maréchal**, de Lieja, resume verbalmente el informe siguiente:

### Cuadernos del trabajador. Resumen de los agravios particulares de cada oficio

Nuestra sección, todavía naciente, no ha podido dar a este cuaderno toda la extensión que merecía. No nos faltan compañeros dispuestos a formular sus agravios y los de sus hermanos, pero solo hemos podido dedicar muy poco tiempo a recoger sus trabajos. Los informes de los que hemos hecho aquí un resumen fiel han venido a menudo, por la uniformidad de sus quejas, a confirmar de manera clamorosa su exactitud.

Lo que sigue solo dará un cuadro muy incompleto de los medios de explotación y degradación empleados, pero bastará para mostrar que ya es más que hora de sacudir el yugo embrutecedor de los explotadores.

Uno de los medios más usados para matar la independencia del trabajador, reducirlo al estado de autómata y hacer degenerar el sagrado deber del trabajo en una amarga servidumbre es el derecho dado a los superiores de imponer multas de manera completamente arbitraria y caprichosa.

En los talleres de construcción mecánica se castigan los retrasos, las ausencias, las palabras cruzadas entre compañeros y faltas mucho menos graves con multas que van de una décima de jornal a un número indeterminado de jornales; y cuanto más elevado es el rango que ocupa el empleado o el explotador en la jerarquía industrial, más considerables son las multas que impone. Las multas de un director son el doble de las de un jefe de taller. Esas sumas arrancadas así a los trabajadores en forma de multas solo sirven para crear en provecho de los capitalistas fondos de reserva sobre los que los primeros no tienen derecho alguno.

Sin embargo, a fin de año se da una gratificación irrisoria de un jornal y medio a quien, por una conducta excepcional, haya escapado a diez multas. (Informe de un compañero mecánico.)

Los moldeadores en tierra y en arena se ven privados de su jornal y pagan una multa aun cuando el fracaso de su trabajo no les sea en absoluto imputable. (Informe de un compañero fundidor.)

En unas hilaturas, ninguna de las multas cobradas sirve para formar una caja de socorros. Un reglamento da a los superiores un derecho de castigo casi ilimitado; les permite castigar las ausencias con una multa igual al salario que la obrera habría podido ganar durante ese lapso de tiempo.

A las obreras mal vistas se les dan materias primas tan malas que permiten a las superioras imponerles cada vez multas por trabajo fallido.

Se obliga a todo el mundo a suscribirse para ayudar a enfermos, pero los obreros raramente conocen el empleo y el destino de esas sumas.

Cuando se quiere sustituir a las obreras y quedarse con sus telares para vendérselos a las recién llegadas, se las grava con multas repetidas, impuestas a raíz de falsos informes, robos, etc., y luego se las echa.

Hay obreras que trabajan a menudo en casa y para la superiora, que tiene buen cuidado de hacerles jornales artificiales quitando obra a las más detestadas.

La benevolencia de las señoras superioras se compra con numerosos regalos, que dan lugar a rifas obligatorias.

El día del santo de la superiora se le ofrecen regalos comprados mediante una suscripción obligatoria.

Las señoras superioras y las vigilantes piden muy a menudo dinero prestado a las obreras, que nunca se atreven a reclamar nada.

Por último, para colmo, las vigilantes se permiten castigar a las obreras que no se prestan a sus deseos.

Esto recuerda a los fabricantes de armas que solo dan trabajo a los trabajadores que envían a buscarlo a una esposa hermosa o a una hija hermosa.

La complicidad de las vigilantes, señoras obreras superioras, haría inútil y peligrosa toda queja por parte de las víctimas. (Informe de un compañero armero según los datos de un trabajador de una hilatura.)

Los oficiales sastres y cortadores se ven obligados a trabajar casi por nada durante una parte del año; se quejan de la rebaja de sus salarios.

Las costureras y gorreras han visto en ciertos talleres, en un espacio de dos años, bajar sus salarios en la proporción de 2,50 francos a 1,50 francos.

Los patronos solo han podido llegar a ese resultado sustituyendo poco a poco a las obreras bien pagadas por otras nuevas que trabajaban a precio reducido.

Los fundidores se quejan de un abuso tan común que se ha convertido en costumbre en las fundiciones.

Las jornadas, que deberían acabar a las 7, se prolongan a menudo más allá de las 9 y las 10, sin que se les conceda la menor compensación. (Informe de un compañero fundidor.)

Los armeros se quejan de los patronos y empleados que les quitan no solo multas, sino todo o casi todo su salario, obligándolos a tomar en sus almacenes y en sus tabernas materias primas, comestibles y bebidas, todo ello más caro y peor que en ninguna otra parte. A menudo esos trabajadores se ven obligados a revender esas mercancías a mitad de precio para pagar el alquiler.

De los hechos siguientes resulta un robo manifiesto de trabajo, convertido en todas partes en costumbre:

Cañones supuestamente no aceptados en el control, cajas de fusil a las que no les falta nada o les basta una ligera modificación, o que tienen defectos de la madera, no se pagan a los obreros y, sin embargo, se retienen y luego los fabricantes los venden como buenos, o bien arreglados y empleados para calidades inferiores.

El armero que tiene que trabajar en piezas complejas y en parte acabadas debe pagar por el menor defecto no solo el precio de la parte estropeada, sino también todas las demás, que pueden servir para otros fusiles.

Los armeros son a menudo engañados y despojados de su salario; bastan algunos hechos para mostrar hasta qué punto ciertos patronos pueden carecer de vergüenza.

Un obrero tenía la costumbre de reparar fusiles viejos después de la jornada. Como un día entregó más obra que de costumbre, se vio tratado de ladrón. El patrono no podía concebir tanta obra hecha fuera de su casa. Se privó al obrero de todo el salario al que le daban derecho largas y laboriosas veladas.

Un guarnecedor de cañones, toda cuya obra había sido declarada buena en el control, recibió, pese al testimonio de su cartilla, veinticuatro francos de los cuarenta que se le debían, por cañones rechazados.

Se ha comprobado, con ayuda de contramarcas debidamente puestas, que se borraban las marcas de los obreros y se sustituían por otras falsas para facilitar los fraudes. (Informes de varios compañeros armeros.)

Unos compañeros que trabajan en las minas de carbón escriben que los accidentes de las hulleras, atribuidos siempre a los que nunca desmienten, a los muertos, se deben a la incuria y la imprevisión de los superiores; que, si se sustituyera a los llamados inspectores por una responsabilidad severa que pesara sobre los empleados y los accionistas, los accidentes serían más raros. Como esa responsabilidad no existe, los accionistas y los empleados se dejan guiar por su sed de beneficios, y la vida de los trabajadores se expone a cada instante para hacer economías.

En la mayoría de las minas de carbón, los obreros y empleados tienen que abrazar las opiniones políticas y religiosas de los patronos; de lo contrario, se exponen a vejaciones y humillaciones.

Las sociedades mineras hacen construir cuarteles, llamados también irónicamente casas obreras. Dado el número considerable de inquilinos que se amontonan en ellas, los explotadores, aunque alquilan barato sus tugurios, consiguen hacer grandes beneficios y asegurarse cierto número de obreros. Cuando estos dan muestras de querer trabajar en otra parte o de estar descontentos, se les echa sin piedad.

Los obreros laboriosos e inteligentes no son los mejor pagados; lo serían, por el contrario, los que se hacen criados de los empleados, los que los colman de regalos y los que frecuentan asiduamente las tabernas y las tiendas de los capataces, etc.

Las cartillas de los obreros,[^C68] que a menudo son completamente inútiles, dan lugar a frecuentes abusos por parte de los patronos.

Privilegio envilecedor de la clase productora, más bien debería exigirse a los explotadores. (Extracto de varios informes.)

Los obreros carpinteros y ebanistas están explotados como nadie. ¿Quién creería que sus patronos pagan la hechura de un hermoso ropero de roble a 12 francos?

Todas las torpezas de los contratistas las pagan en parte los carpinteros de armar, mediante reducciones de salario.

A menudo se les obliga por contrato a compromisos; se les pone en la imposibilidad de cumplirlos, y se les obliga a dejar su obra abandonando su salario.

Los carpinteros modelistas son los mejor pagados, pero están sometidos a los reglamentos de fábrica y a las aportaciones obligatorias a las cajas de socorros.

Un obrero que hubiera pasado su vida en un taller con caja de socorros perdería, al dejarlo, todos sus derechos sobre las sumas que hubiera aportado.

Hombres caducos han sido expulsados por patronos que querían evitar el pago de su pensión.

Hay que trabajar quince años en los talleres para tener derecho a una pensión o a ese innoble desenlace.

Los trabajadores no tienen ningún derecho de control sobre las cajas de socorros, que se convierten para los patronos en cajas de reserva de las que sacan de vez en cuando sumas considerables. (Informe de un compañero carpintero modelista.)

En la administración de las cajas de socorros, la arbitrariedad siempre pasa por delante de la equidad; los obreros no tienen nada que ver en ella: el patrono fija la cuota y el modo de retención, el valor de una herida o de una enfermedad, las pensiones; es él quien elige a los médicos y a los farmacéuticos.

Estos ponen una lentitud y una irregularidad criminales en el cumplimiento de sus deberes. A un enfermo con una herida incurable se le dejó durante meses sin ningún socorro, sin ninguna visita del médico; y había aportado dinero toda su vida a las cajas de socorros. (Informe de un compañero empleado en una mina de carbón y de un hullero.)

Fondos pertenecientes a las cajas de socorros de los obreros de diversas minas de carbón han sido desviados para entrar en el comercio y para obras piadosas.

Catorce mil francos de una caja de socorros de una mina de carbón sirvieron para construir en otra localidad un convento en el que las hermanas de San Vicente hacen trabajar a obreras a razón de 60 céntimos por semana. Los productos se venden en provecho del establecimiento. (Informe de un compañero que trabaja en una hullera.)

Cuarenta mil francos se sustrajeron de una caja de previsión en provecho de los hermanos de la Doctrina Cristiana.

La sección de Lieja se adhiere a los compañeros que en sus informes han expresado el deseo de ver formarse en el seno de la Internacional cajas de socorros y de previsión federadas, y de secundar a los trabajadores el día en que reclamen sus cajas a sus explotadores, que hasta hoy han usurpado impunemente el derecho de administrarlas, de usar y abusar de ellas e incluso de saquearlas.

Hay fábricas que proporcionan a los trabajadores trabajo, alojamiento y comida; hay almacenes que devuelven en forma de libreta de caja de ahorros una parte de los beneficios.

Los trabajadores caídos en esas trampas pierden por completo su independencia. Si se negaran a trabajar, si se coligaran, serían expulsados de sus alojamientos, privados de trabajo, de alimentos y de sus ahorros; si pidieran un aumento de salario, se les reirían en la cara mostrándoles el título de sus ahorros.

He ahí, pues, las hermosas instituciones de los filántropos economistas sirviendo para la sujeción completa del obrero. En esa forma, es decir, en manos de explotadores, debemos combatirlas. (Informe de un compañero que trabaja en un establecimiento metalúrgico; folleto de la Unión Comercial de Seraing.)

¡Ojalá reconozcan pronto los trabajadores que ellos, el gran número, los explotados, fuente de la fuerza y de la riqueza social, pueden, asociándose y entrando en nuestra Asociación madre, destruir para siempre la explotación e inaugurar en el mundo el reinado tardío pero seguro del trabajo, de la justicia y de la verdad!

**Fluse**, de Verviers, lee el informe siguiente sobre la cuestión de los cuadernos del trabajo.

#### De la cartilla

La cartilla es, por así decirlo, el diploma del obrero; sirve para indicar su entrada y su salida de los talleres de los patronos con quienes ha trabajado; sirve también para inscribir las deudas que pudiera contraer con el patrono. Estos pueden retener la cartilla a un obrero, ya por falta de pago, ya por un defecto en el trabajo, que se paga ordinariamente con una multa. Si ocurre que el obrero, por estar mal retribuido un trabajo, no quiere terminarlo, la cartilla sirve entonces de fianza al patrono; un trabajador sin cartilla no encontrará trabajo en ninguna parte, y no le quedará más recurso que tender la mano a los transeúntes.

Hay patronos que solo miran a los obreros como seres abyectos; los hay incluso que no querrían dirigirles la palabra. Si un obrero pide un aumento de salario o un consejo para facilitar la ejecución de su tarea, ni siquiera le responderán.

O bien tienen palabras de un egoísmo sin límites. La más habitual de sus respuestas al obrero es decirle: «Si no te conviene, vete»; es decir: vive o revienta, me da igual.

#### De las cajas de previsión

Las cajas de previsión son para los obreros una garantía en caso de enfermedad.

Se retiene sobre el salario de cada uno el 1 o el 2 %. El socorro que recibe el obrero enfermo es de seis o siete francos por semana, más la farmacia y el médico. Nunca patrono alguno ha mostrado a sus obreros el estado de la caja de previsión.

Además, hay patronos que retienen el dos por ciento y no conceden más que los que solo retienen el uno por ciento; tiene que haber entonces especulación.

En estos tiempos de crisis industrial, hay muchos patronos que han bajado los salarios; hoy en día el obrero se siente dichoso cuando tiene su pedazo de pan para mojar en un poco de café mezclado con achicoria. Digo dichoso porque hay muchos que pasan hambre. En nuestras fábricas más importantes se ha despedido a obreros, sobre todo a muchos viejos que tenían derecho a la caja de retiro por el número de años que habían sido explotados por el mismo patrono. Los veis por las calles ir de puerta en puerta mendigando un pedazo de pan; algunos han encontrado sitio en los hospicios. Hay incluso un obrero padre de cuatro hijos, despedido así de repente por su patrono, que se volvió loco de dolor y de hambre al ver a sus hijos pedirle un pan que no podía darles. El patrono que le negó trabajo por causa del estancamiento de los negocios es varias veces millonario.

No basta todavía con que los obreros tengan que sufrir por parte de sus patronos; los contramaestres, que conocen todos los malos procedimientos, tienen también su método para explotar a su vez a los obreros que tienen bajo su mando. Los contramaestres tienen a menudo una tienda de las más concurridas; tienen buen cuidado de vender sus mercancías mucho más caras que los demás tenderos; los obreros están obligados a ir a comprar a precio altísimo lo que necesitan en casa de su contramaestre. Si, por ejemplo, un obrero fuera a comprar lo que necesita en otra parte que en casa de este, el contramaestre encontraría pronto el medio de despedirlo, ya condenándolo a pagar multas por cosas fútiles, ya dándole artículos que confeccionar con los que le fuera imposible ganarse la vida. Es un sistema empleado por casi todos los contramaestres.

Un obrero padre de ocho hijos se fracturó el brazo en una máquina. Su patrono tuvo a bien darle la suma de treinta francos por las seis semanas que estuvo sin trabajar. Cinco francos justos por semana para un hombre, su mujer y ocho hijos, gastos de médico y todo lo demás.

Un obrero tejedor que tenía queja sobre el metraje de su pieza llevó a su patrono ante el consejo de *prud'hommes*: el artículo se pagaba al obrero por metro, pero el metro del patrono contaba ciento diez centímetros, de modo que de cuarenta metros había treinta y seis para el tejedor.

Se condenó al patrono a pagar los cuatro metros al obrero. No se tuvieron en cuenta todas las piezas tejidas por este y por los demás obreros; si hace diez años que el patrono procede de esa manera, ¿cuántos metros no habrá robado a los obreros? Pero el consejo de *prud'hommes* solo tuvo en cuenta la última pieza tejida. Si un obrero robara cien gramos de lana a su patrono, iría derecho a la cárcel: ahí está la diferencia.

**Fluse** termina dando algunos detalles nuevos sobre agravios particulares de los obreros de Verviers.

**Ansel**, de París. — No hemos tenido conocimiento de la cuestión de los cuadernos del trabajo hasta llegar aquí. Por eso venimos con las manos vacías.

Los obreros de la cerámica sufren mucho en Francia; están aplastados por la competencia extranjera, a causa del librecambio con países en los que el obrero puede contentarse con un salario menor.

En lugar del librecambio, lo que pedimos es el intercambio igual.

El librecambio no puede existir en cuanto hay dos países, uno de los cuales está aplastado de impuestos y en él la vida es cara, mientras que el otro, mejor dotado, ofrece a un precio más moderado lo necesario para la vida.

He sabido con vivo placer que las sociedades alemanas se han adherido a la Internacional; de ese país, sobre todo, nos venía la competencia más aplastante.

Este vaso, que en París vale un franco, nos llega de Alemania al precio de 25 céntimos, porque los obreros alemanes pueden vivir con cuatro veces menos ingresos que nosotros.

Por eso pedimos el intercambio igual basado en la equivalencia de los salarios.

El obrero que puede ganar cinco francos debe ganarlos en Alemania como en Francia.

Compañeros, pedís los cuadernos del trabajo. Os he dicho por qué este año venimos con las manos vacías, pero el año próximo os traeremos tantos y tan voluminosos que el congreso difícilmente tendrá tiempo de recorrerlos: tan numerosos y profundos son nuestros males.

Un delegado de Lieja añade algunas palabras a los agravios denunciados por el compañero Maréchal:

Cuando se rechaza un arma, el patrono se beneficia fácilmente de una veintena de francos, porque sigue siendo de su propiedad y las piezas buenas sirven para confeccionar otras armas.

Las mujeres de Lieja piensan también en organizarse en sociedades de resistencia; las gorreras ya se han constituido y van a afiliarse a la Internacional.

### Agravios de los cultivadores de las Ardenas

*(Este discurso estaba destinado a leerse en sesión; el tiempo solo ha permitido resumirlo.)*

He querido que una voz, por débil que sea, se haga oír aquí en favor de una categoría de ciudadanos de la que nadie se ocupa y que están como aislados, como abandonados. En ninguna tribuna, en ningún libro ni en ningún periódico he visto nunca tratar seria y sinceramente la situación de los obreros del campo, de los trabajadores de la tierra, situación que, sin embargo, es quizá peor que la de los obreros de las ciudades. Hay, con todo, esta diferencia: que estos, en general más ilustrados, sienten más sus privaciones, su miseria; saben que son explotados, mientras que los otros creen que su situación resulta de un orden de cosas establecido por unos seres, o más bien por un ser infalible, eminentemente justo e infinitamente sabio.

Esa situación de los trabajadores del campo, de los proletarios de las Ardenas, por ejemplo —y solo de estos tengo que hablaros—, esa situación es de las más tristes y miserables.

Trabajo incesante y a menudo excesivo, alimentación siempre grosera y a menudo insuficiente, comestibles de mala calidad y a precios exorbitantes, privaciones de toda especie, suciedades de todo género; ¡los viejos abandonados, los niños descuidados! — Y no hay ni guarderías, ni hospicios, ni hospitales en las Ardenas, como no hay órganos que denuncien allí las injusticias de la justicia, las iniquidades y las torpezas que se consuman tranquilamente y en la sombra, exactamente como en un *in pace*.[^C69] Ahí tenemos al hombre sin energía, a la mujer degenerada.

La mujer, esa hermosa mitad del género humano, cuyas ocupaciones deberían estar en consonancia con sus inclinaciones y su organización, está aquí ocupada la mayor parte del tiempo en los rudos y penosos trabajos del campo, y obligada así a descuidar las labores de la casa y sus deberes de esposa y de madre. — Con la mirada extraviada, la voz ronca, la piel áspera, el cuerpo deforme, se ha convertido en un objeto capaz de inspirar cualquier cosa menos esas dulces emociones, esos sentimientos agradables que debería saber hacer nacer y que saben dulcificar la existencia del hombre; pero esa pobre criatura ya no es una mujer, ni una amiga, ni una amante, ni una esposa: es una hembra, una arpía, una mula, una necia, un biberón perfeccionado, una nodriza barata, ¡pero ya no es una madre!

Privada de la instrucción suficiente para criar a sus hijos, se convierte en su verdugo. Maltratada por el hombre, se ha convertido en el tirano de su perseguidor; desconocida, abandonada, va quizá a aniquilar la sociedad. ¡Triste vuelta de las cosas, terrible venganza, inexorable lógica!

¿Os hablaré de la situación de nuestros campesinos en tiempo de enfermedad, esa terrible plaga de las familias? Hace unos años la disentería hizo estragos en la provincia; en un pueblecito de 300 a 400 almas hubo 60 personas atacadas, y de esas 60, ¿adivináis cuántos muertos? ¡20! Esa gente no quería médico, pero hacía novenas y peregrinaciones, consecuente con su principio de que el hombre no puede nada sin la gracia de Dios. Ahora bien, Dios quería su muerte, y morían; se les hacían las ceremonias de uso en el país, y todo estaba dicho.

¡Pobre humanidad! ¡Pobre sociedad, hundida como estás en un abismo de miserias y sufrimientos que se saben apreciar tanto mejor cuanto más ha sufrido uno mismo!

Ni instrucción ni recreo; nunca conversaciones científicas ni pláticas serias; ni libros ni periódicos: el *Catecismo de Malinas*, el *Écho du Luxembourg*.[^C70] Esa gente ignora las maravillas de la ciencia, no comprende nada de las bellezas de la naturaleza ni de los juegos de los gobernantes. No saben cómo es que se vuelven cada vez más pobres, igual que no saben cómo es que la savia sube o el barómetro baja. Para ellos, la tierra es algo así como una gran mesa redonda con un lado de arriba y otro de abajo, y no un astro; los astros son pequeñas claridades, estrellas que, como otras tantas lamparitas, están colgadas de esa gran bóveda de un hermoso y gran palacio llamado cielo o paraíso, habitado por los que han sufrido mucho con paciencia por amor de Dios y han sido muy obedientes con todos sus superiores. La lluvia es agua que el buen Dios nos envía de allá arriba y que deja escapar como a través de una gran criba cuando la tierra la necesita; el trueno es un ingenio de destrucción de una sustancia desconocida para el hombre, que el Dios de venganza nos arroja cuando está furioso «como una osa a la que le hubieran quitado sus crías»,[^C71] ingenio que los buenos católicos pueden apartar de sí santiguándose a tiempo; la materia es algo que viene de la nada y que debe volver a la nada, etc.

Aquí reinan el egoísmo, la codicia, la falta de franqueza, de dignidad y de abnegación; los vecinos se llevan como el perro y el gato; los hermanos son como otros tantos Atreos y Tiestes; no se oyen más que chismes, riñas conyugales, los gritos de los búhos y de los cuervos y los lamentos de las viejas; nunca hiere el oído una voz melodiosa. Siempre gritos agudos, aullidos, bramidos. Alimento de la bestia, placer del bruto.

Lo que serían los campesinos de las Ardenas si se les hubiera dejado con sus jabalíes, sus retamas y sus brezos, sin iglesias y sin escuelas, no lo sé; pero sé que tienen mucho más de vicios y de miseria que de otras cosas.

Y sin embargo poseen, o al menos se supone que poseen, casi todos, cierta extensión de ese suelo que debe pertenecer a la colectividad y hacer vivir a todo el mundo; por eso se nos considera en general privilegiados, señores. Sí, somos propietarios de ese suelo que cultivamos, pero son otros los que disfrutan de sus productos; ¡y además, qué suelo el suelo de las Ardenas!: no produce bastante para vivir y produce demasiado para morir, y rinde más al fisco que al propietario.

En el municipio que habitamos hay quizá un millar de hectáreas cultivadas, con una población de unas 800 almas, que no tiene con eso para vivir la mitad del año. Hay además 1500 hectáreas de bosques, parte de cuyo producto queman los habitantes, y la otra, la más importante, que sirve no se sabe para qué; me dicen que sirve para pagar los impuestos, sin duda, porque no es de suponer que vaya a parar a los bolsillos de los administradores. Pero el impuesto es entonces una bestia bien voraz e insaciable, puesto que, después de haberse tragado, como tentempié, ese gran pedazo que se le da en nombre de la comunidad, cada habitante tiene todavía que proporcionarle su contingente respectivo; todo eso junto debe de formar una bonita masa, pero se va, se escurre por vías tan tortuosas, tan ocultas, que nuestros buenos campesinos no lo notan, por así decirlo, y es como si no hubiera nada, puesto que no se ve.

Me diréis que los ardenenses podrían mejorar su sistema de cultivo, su suelo y, por consiguiente, su situación. ¿Mejorar su situación? Es imposible con el estado actual de las cosas. Y además tenemos que vérnoslas con sujetos recalcitrantes, con gentes hostiles al progreso, adversarias de las asociaciones, con gentes que se atienen más a las decisiones de la Providencia que a las deducciones de la ciencia, con gentes tan dispuestas a inclinarse ante sus explotadores como a sublevarse contra sus bienhechores.

Los ardenenses no son adversarios de toda clase de asociación. La de Nuestra Señora Auxiliadora y los comicios agrícolas cuentan allí con numerosos adheridos; pero si formamos allí una sociedad libre de cultivadores, se envía plomo a los cristales del presidente y se dirigen al secretario despachos redactados en estos términos:

N.º 1066. … de junio de 18…

«Señor maestro:

»Le ruego que me proporcione la prueba *por escrito* de que ha dejado de pertenecer a la sociedad llamada de los *Cultivadores de las Ardenas*. Ese documento, que firmarán los señores burgomaestre y concejales, se me remitirá en un plazo muy breve.

»El inspector de la 4.ª circunscripción, X.»

Otro:

N.º 13. … de octubre de 18…

«Señor: por su despacho del 20 de septiembre último, el señor ministro del Interior informa al señor gobernador de la provincia de que *usted no puede ser autorizado a acumular* con sus funciones las de secretario de la sociedad llamada de los *Cultivadores de las Ardenas*.

»Al rogarme que ponga lo que precede en su conocimiento, el señor gobernador me encarga que le dirija en su nombre una reprimenda *severa* por la ligereza de su conducta en todo lo relacionado con el asunto objeto de la presente.

»Le ruego, señor maestro, que se presente en mi casa el martes próximo, 7 del corriente, a la una de la tarde.

»El inspector de la 4.ª circunscripción, X.»

¿Nos formamos una biblioteca popular? Monseñor D. señala nuestros libros como lo más infame y lo más execrable que hay.

¿Repudiamos ciertos errores y prejuicios para conformarnos a los preceptos del derecho, de la razón y de la justicia? Nuestros allegados nos tiran piedras, un cristiano dice que Dios ordena matarnos, y se nos dirigen y recibimos amenazas por todas partes.

He mostrado el mal que roe a nuestros propietarios de las Ardenas y amenaza su existencia, a fin de llamar sobre su situación la atención de este gran congreso internacional, reunido aquí para buscar y aplicar los medios de mejorar la suerte de los trabajadores. Podría preguntárseme cuáles son los medios que preconizo para ello; voy, pues, a decíroslos.

Lo que hace falta es otra cosa que teorías vagas y sentimentales; otra cosa que recetas filosóficas y soporíferas; otra cosa que la panacea de ciertos reformadores. Para mecernos continuamente con vanas esperanzas y locas ilusiones, más valdría habernos dejado la esperanza del paraíso. «Larga esperanza hace vivir, pero larga espera hace morir», se dice en nuestra tierra. Antes de reformar las ideas de nuestros campesinos, habría que llenarles el estómago. En cuanto a mí, humilde y oscuro empírico, voy a comunicaros mi receta, aunque mi voz hubiera de ser ahogada por gritos y abucheos; por lo demás, aquí, si no se me aprueba, tampoco se me insultará, y menos aún se pensará en perseguirme.

Arrancar al explotado de las garras del explotador, arrancar a nuestros campesinos de las Ardenas de su suelo ingrato para enviarlos a una tierra fecunda, donde el trabajo esté ampliamente remunerado, donde el trabajador goce entera, pacífica y libremente del producto de su labor; sacar a esos desgraciados de los Estados desunidos de Europa para implantarlos en los Estados Unidos de América: ese es mi solo y único remedio, y esa es también mi conclusión.

**Murat** vuelve a leer las conclusiones relativas al envío de delegados al Congreso de Berna, que algunos periódicos han reproducido de manera inexacta. (Una nota de la página 40 ha explicado el origen de ese error.)[^C72]

El presidente **Dupont**, de Londres. — Ciudadanos, he aquí terminados los trabajos del congreso; pero nuestra tarea no ha concluido. Debemos trabajar sin descanso para propagar los principios que hemos afirmado aquí y para llevar a la práctica las resoluciones votadas.

Antes de separarnos, quiero responder a algunos ataques dirigidos contra nuestra asociación. Se nos acusa de exclusivismo. Nada más falso. Hemos querido ser nosotros mismos.

La Liga de los Pueblos,[^C73] fundada en Inglaterra antes que nuestra asociación, aunque se proponía el mismo fin, ha muerto, mientras que nosotros prosperamos; ¿sabéis por qué? Porque la Liga de los Pueblos tenía a su cabeza a los lores semiliberales de Inglaterra, mientras que nuestra asociación afirma que la emancipación de los trabajadores debe ser obra de los trabajadores mismos. No solicitamos a nadie; nuestras filas están abiertas a todos los hombres consagrados a nuestros principios, y contamos entre nosotros a buen número de personas que pertenecen a la clase burguesa, pero nunca aceptaremos ningún patronazgo.

Otro reproche que los republicanos avanzados hacen a la Internacional es que solo se ocupa de cuestiones ociosas y que retrasa así la revolución.

Responderé que no es así. Si los obreros desdeñan la política tal como la entienden quienes nos hacen esos reproches, es porque, después de haber hecho dos revoluciones sin ver mejorar su situación, han buscado la causa y han visto que 1830 y el 48 no fueron más que revoluciones de forma y no de fondo, que había que cambiar el fondo mismo de la sociedad, y que el verdadero terreno de la revolución es la cuestión social.

De Paepe nos decía ayer que los reyes y los emperadores son accidentes; decía verdad. Todos los gobiernos actuales están en estado transitorio. Lo que queremos derribar no es solo al tirano: ¡es la tiranía!

Por último, los clericales dicen: «Ved ese congreso: declara que no quiere ni gobierno, ni ejército, ni religión». Dicen verdad: no queremos más gobierno, porque los gobiernos nos aplastan de impuestos; no queremos más ejércitos, porque los ejércitos nos asesinan; no queremos más religiones, porque las religiones ahogan la inteligencia.

Viendo perdida su influencia en las ciudades, se vuelven hacia los campesinos y nos dicen: «Sois una minoría, y nosotros tenemos con nosotros el número». No es el número lo que hace su fuerza, sino la ignorancia; esperan sembrar la división entre nosotros y nuestros hermanos. Pero declaramos aquí solemnemente que la emancipación de los obreros de las ciudades es inseparable de la de los obreros del campo. Porque lo que todos queremos aquí es *el derecho a la vida para todos*, es decir, la justicia en la humanidad. (*Aplausos prolongados.*)

Declaro clausurado el III Congreso de la Asociación Internacional de los Trabajadores.

Llegó el viernes 11 de septiembre:

Bastin, de los vidrieros de Goy-Sart.

Llegaron el domingo 13 de septiembre por la mañana:

Clément Dethier, de los hulleros de Gilly.

Ch. Morizot, ídem.

Louis Swolfs, hullero, de los *Affranchis* de Jumet.

## Apéndice. Sesiones administrativas

Las sesiones de la mañana, de 9 a 1, se dedicaron al ajuste de las cuentas del Consejo General de Londres y de las diversas secciones, a las modificaciones que había que introducir en los estatutos, a las elecciones, a la fijación de la sede del Consejo General y del próximo congreso, a la votación de las resoluciones presentadas en las sesiones públicas, etc.; en una palabra, a todas las propuestas relativas a los asuntos y a la administración de la Asociación Internacional.

He aquí, sin embargo, algunas resoluciones tomadas en esas sesiones y destinadas a publicarse:

En la sesión del miércoles por la mañana, el delegado de la rama francesa de Londres dio lectura a una larga memoria de sus mandantes. Además de varias propuestas de orden administrativo, esa memoria da una larga serie de cuestiones económicas que la Internacional debe estudiar y resolver. La Asociación tomará en consideración esas cuestiones para componer el orden del día de los congresos de los años siguientes.

En la sesión del viernes, los delegados alemanes recomiendan a todos los trabajadores la lectura y la traducción de la gran obra de Karl Marx titulada *Das Capital, Kritik der politischen Œconomie*.[^D1] Es el alegato científico más hermoso en favor de la emancipación del proletariado que haya producido hasta hoy la escuela socialista alemana.

*Sigue en el acta el texto de la resolución; véase [Resolución sobre «El capital» de Karl Marx (11 de septiembre de 1868)](https://marxismo.school/archivo/congresos/1868%20Congreso%20de%20Bruselas%20%28I%20Internacional%29#resolucion-sobre-el-capital-de-karl-marx-11-de-septiembre-de-1868).*[^D2]

Una resolución semejante se aprobó en los congresos de los obreros alemanes celebrados en Hamburgo y en Núremberg;[^D3] uno de los miembros más activos del Congreso de Núremberg, *Liebknecht*,[^D4] diputado de la Dieta de la Alemania del Norte, redactor jefe del «*Semanario Democrático*»,[^D5] uno de los principales órganos de la clase obrera, ha denunciado pública y directamente a los economistas burgueses por querer tramar la conspiración del silencio en torno a esta obra, que les es imposible refutar.

Se votó también en la sesión del viernes:

1.º Que se cumpla la decisión tomada por los congresos de Ginebra y de Lausana sobre las cotizaciones que hay que pagar al Consejo General;

2.º Que, para poder participar y tener derecho a tomar parte en las conclusiones de los congresos venideros por medio de sus delegados respectivos, las secciones deben atenerse a la resolución de los congresos de Ginebra y de Lausana;

3.º Que todos los comités centrales de los diferentes grupos de secciones estén obligados a enviar cada trimestre al Consejo General un informe sobre la administración y el estado financiero de las secciones situadas en su demarcación.

En la sesión del sábado por la mañana, el congreso decidió, por unanimidad de los miembros presentes, protestar contra ciertas insinuaciones malévolas, contenidas en un artículo del periódico *la Cigale* contra la delegación parisiense y los delegados que en el congreso habían tratado la cuestión de la guerra exclusivamente desde el punto de vista de la economía social.

En cuanto a las sesiones de la tarde, de 3 a 6, se celebraron en el local del *Cisne* y se dedicaron a las reuniones de las diversas comisiones de estudio nombradas para elaborar informes y redactar resoluciones sobre las nueve cuestiones del orden del día.

### Banquete

El domingo por la noche, a las 8, un banquete fraternal reunió en el foyer del teatro del Circo a los diputados del Trabajo. Se brindó poco: una vez por los delegados extranjeros, que respondieron con otro brindis por los trabajadores belgas. Ya se ve: aquí como en otras partes, los obreros han tenido el buen sentido de no sacrificar a personalidades influyentes que tarde o temprano hacen pagar cara su protección. Se brindó luego por la Fraternidad, por la Libertad, por la Igualdad, y la velada terminó con canciones democráticas.

## Cartas y telegramas

Como se ha podido ver por el resumen de la correspondencia leído en sesión pública, el congreso recibió de diferentes países numerosas cartas de adhesión o de fraternidad, tanto individuales como colectivas. Publicamos aquí algunas de esas cartas, procedentes de grupos importantes de trabajadores.

### Carta de los impresores litógrafos de París

París, 7 de septiembre de 1868.

Señores:

El Comité de Resistencia y de Solidaridad de los Impresores Litógrafos de París, que ha sufrido retrasos en el nombramiento de un delegado al Congreso de Bruselas, viene a expresarles su gran pesar por no poder estar representado entre ustedes este año; pero estén persuadidos, señores, de que todos nuestros esfuerzos tenderán a acercarnos lo más posible a una meta tan grande como la que ustedes persiguen.

Sin embargo, señores, aunque nuestra sociedad no esté representada, pueden contar con el celo del comité, que se empeña en mantenerse al corriente de los progresos de su sociedad.

Por eso, señores, les pedimos que tengan a bien considerarnos como asistentes, no en persona, sino de corazón.

Reciban nuestros sentimientos fraternales.

Por el comité:

El secretario,

Émile Coutant.

### Carta de la sección de Lausana

Lausana, 7 de septiembre de 1868.

A los señores presidente y miembros del congreso, en Bruselas.

Señores:

Lamentamos mucho que nuestra situación nos impida enviar un delegado al congreso; pero estamos persuadidos de que tendrán a bien tomar en consideración las cuestiones y peticiones que nuestro delegado (si hubiéramos podido enviar uno) les habría sometido.

*Primera cuestión.* — Ante todo, estamos persuadidos de que los congresos europeos son algo necesario para el avance de la emancipación de la clase obrera y para unir entre sí a las secciones de la Sociedad Internacional.

Pero permítannos, señores, hacerles observar una cosa que, nos tememos, no se ha estudiado lo bastante. ¿No sería ventajoso para todos celebrar antes de cada congreso europeo congresos nacionales que tuvieran por objeto tratar primero las cuestiones desde el punto de vista nacional? No hay que olvidar que cada país tiene costumbres y leyes diferentes. Hay tales o cuales cuestiones que, aunque igualmente ventajosas para todos, por el momento solo pueden aplicarse en Suiza, porque tenemos ya cierta libertad que nos permite ponerlas en práctica inmediatamente. Pues bien, tratar esas cuestiones desde el punto de vista de Francia sería completamente inútil, puesto que allí no podrían llevarse a cabo antes de un cambio de gobierno que lo permitiera.

Concluimos, pues, que los congresos nacionales tendrían una inmensa ventaja, tanto nacional como europea; que en esos congresos parciales se nombren delegados para el gran congreso europeo, que informarían de las resoluciones tomadas por el país que representan. El delegado podría entonces ocuparse, sin perjuicio para su país, de las grandes cuestiones de otras naciones que todavía no están tan adelantadas como Suiza en cuanto a la libertad de prensa y el derecho de reunión. Y con otras naciones ocurre lo mismo: tal país tiene tales o cuales leyes que le permiten hacer más o menos progresos que otro.

Recomendamos mucho esta cuestión.

*Segunda cuestión.* — Nos parece que en los congresos celebrados hasta ahora no se ha prestado bastante atención a los medios de instrucción para la clase obrera.

A este respecto, señores, no hay que olvidar que sin instrucción, por muchos congresos que hagamos, no llegaremos a nada sólido ni duradero. Ocúpense seriamente, por favor, de esta cuestión, que debe ser la base de nuestra reorganización.

*Tercera cuestión.* — Hemos discutido los medios por los que llegaríamos más deprisa a la emancipación de la clase obrera, y no hemos encontrado otro medio práctico que la cooperación y el crédito. En primer lugar, la fundación de un banco de crédito y de ahorro, que puede hacerse perfectamente y con toda facilidad allí donde haya sociedades obreras.

Estos bancos son la pieza sin la cual es imposible avanzar; ante todo hay que partir del principio de que, si el obrero quiere su emancipación, debe contar solo consigo mismo y crearse, con su ahorro solidario y cooperativo, una garantía con la que pueda crear asociaciones cooperativas de producción; los bancos obreros de crédito y de ahorro son el único medio actual de emancipación. Aquí en Lausana tenemos uno, que ya ha hecho muchísimo bien a la clase obrera; tiene por objeto favorecer, en la medida de lo posible, las asociaciones cooperativas de producción; estos días pasados ha hecho un adelanto bastante considerable a una asociación cooperativa de obreros sastres de la que formamos parte, para que pudieran abrir una tienda y un taller, con su simple garantía moral; vamos a abrir nuestra tienda el 16 o el 18 de septiembre, y fíjense, señores, en que no poseíamos nada, ni los unos ni los otros: el banco nos lo ha proporcionado todo; nuestros reglamentos están hechos de modo que, cuando la expansión del trabajo nos obligue a ser más, todos los que entren serán socios y no obreros.

¿Por qué no habría de hacerse lo mismo en otras partes? Señores, ocúpense seriamente de estas cuestiones, que son la base fundamental de nuestra emancipación, y dejen para más adelante cuestiones que solo pueden resolverse con el tiempo y la instrucción. No solo los obreros europeos, sino todos los obreros del mundo tienen los ojos puestos en ustedes. Esperan con ansiedad para ver si de una vez se quiere atender a sus necesidades actuales y a su emancipación por el trabajo, la cooperación y el crédito, o si se quiere seguir ocupándose de cuestiones que no mejoran en nada su situación, cada vez más precaria.

Señores, debo decirles que se está formando en Lausana un Comité Central de las Sociedades Obreras, del que formo parte; les enviará una carta: tómenla en consideración.

Con la esperanza de que tendrán a bien ocuparse seriamente de las cuestiones que les hemos expuesto, les saludamos fraternalmente.

Por la sección de Lausana,

Joseph Waehry, adjunto. — El vicepresidente, H. Chevallier.

### Carta de la sección de La Chaux-de-Fonds (cantón de Neuchâtel, Suiza)

La Chaux-de-Fonds, 4 de septiembre de 1868.

Al comité del congreso.

*La sección de La Chaux-de-Fonds, reunida en asamblea general, les ha votado un saludo fraternal.*

Nuestra sección les envía además algunos relojes de su fábrica cooperativa.

Todas nuestras tentativas serán infructuosas si las clases obreras, si las asociaciones, si la Internacional no quieren apoderarse del comercio de consumo.

No entendemos el Banco Internacional de otro modo. Para nosotros es, o debe ser, una casa de comercio que haga y reciba los pedidos de las sociedades, de los almacenes, de los bazares de consumo de toda clase.

Quitemos el comercio al capital, y entonces tendremos salidas. El capital ya no podrá especular con el trabajo.

El banco debe ser una casa central de pedidos y de intercambio.

Pero, ante todo, organicemos en los grandes centros los almacenes bajo la protección y la responsabilidad de las sociedades obreras, de la Internacional.

¡Vivan la libertad y la justicia!

F. Coullery.

### Carta de los Hijos del Trabajo de Catania (Sicilia)

Esta carta iba dirigida al señor Eugène Dupont, en Bruselas; por la insuficiencia de las señas, no nos llegó hasta después de veintidós días de viaje y de estancia en diversas oficinas de correos.

Sociedad democrática: los Hijos del Trabajo de Catania (*traducción*).

N.º 326. — *Asunto: mensaje al Congreso internacional de los obreros.*

Catania, 28 de agosto de 1868.

Hermanos obreros:

En el momento en que el hombre, desengañado del pasado y del presente, huye de la esclavitud bajo cualquier nombre y cualquier hipocresía y condena el sistema individualista, corruptor y de medias tintas que quita a las instituciones actuales todo su valor, los obreros deben acoger con alegría, y como aurora de un porvenir mejor, todas las reuniones que tienen por objeto organizar la lucha contra la tiranía del monarca, del sacerdote y del capital, llegar a la resurrección de la humanidad y dar a todos la felicidad a cambio de la miseria y el hambre a que hasta ahora han estado condenados.

Hermanos obreros reunidos en Bruselas, aceptad nuestro saludo, nuestra adhesión y nuestra promesa de contribuir a los trabajos que tienden a preparar la emancipación del proletario y a reunir a la humanidad bajo la bandera de la democracia; así estaremos con vosotros ahora y siempre.

El secretario, Vincent Parisi. — El presidente, Salvatore Neltone.

A esta carta iba adjunto un extracto de la resolución, tomada por unanimidad en la sesión del 27 de agosto de 1868 por los *Hijos del Trabajo*, de delegar en el congreso al doctor Saverio Frisica, con la facultad, si no podía acudir en persona, de hacerse sustituir por otro miembro de la sociedad.

### Telegrama del Congreso de Génova (traducción)

Génova, 6 de septiembre.

*Al Congreso de la Asociación Internacional.*

El Congreso de los obreros de Liguria saluda fraternalmente a los miembros del Congreso de Bruselas. Espera que por una y otra parte se tomen las mismas resoluciones en interés de la clase de los trabajadores.

Stampa Caressa.

### Carta de América (traducción)

*Oficina de la National Labor Union.*[^D8]

Washington, 1 de agosto de 1868.

*Al Congreso internacional obrero en Bruselas.*

Compañeros trabajadores:

Conforme a los estatutos de la *National Labor Union*, su próximo congreso anual se celebrará en Nueva York el tercer domingo de septiembre (21 de septiembre) y comenzará a las 11 de la mañana. Se les ruega encarecidamente que envíen delegados a esta importante asamblea de trabajadores, reunida para establecer reformas sociales y difundir las que ya se han hecho en interés de las masas trabajadoras. Quiere establecer relaciones recíprocas entre las diversas organizaciones obreras, para que unan sus esfuerzos a fin de protegerse a sí mismas, luchar contra la usurpación por el capital de los derechos del trabajo y ayudar a la legislación que debe mejorar su condición y hacerlas avanzar por la vía del progreso y de la inteligencia.

Aunque este año no hemos podido enviar delegados al Congreso de la Asociación Internacional de los Trabajadores, por un retraso inesperado en nuestra correspondencia, esperamos ver a los trabajadores del viejo continente representados en el congreso de los trabajadores americanos.

Saludo fraternal.

*Por la unión nacional de los trabajadores de los Estados Unidos:*

William Jessup, *vicepresidente.* — Gibson, *secretario.*

### Carta de Ámsterdam (traducción)

*A la Asociación Internacional.*

Ámsterdam, 29 de agosto de 1868.

Señores:

Como verán por los periódicos adjuntos, hemos fundado aquí, desde el mes de julio, una hoja semanal titulada *Journal du Peuple*, de Ámsterdam, destinada a dar a conocer las aspiraciones y las necesidades de la clase obrera.

Su llamamiento a la gran reunión obrera de Bruselas nos ha causado una inmensa alegría; solo por esos medios puede mejorarse realmente la condición de los trabajadores.

De acuerdo con algunas asociaciones obreras, en particular las de los tipógrafos, los pintores y los carpinteros, muy conocidas en este país, nos sería especialmente grato recibir comunicación de sus deliberaciones para difundirlas en nuestro país. De este modo podremos apoyarles en sus esfuerzos y defender más directamente los derechos del obrero neerlandés.

Ed. Bolding.

### Cartas de Austria (traducción)

Viena, 5 de septiembre de 1868.

*Al corresponsal de la Asociación Internacional de los Trabajadores en Bruselas.*

Señor:

Tanto en nombre de mis colegas como movido por mis propios sentimientos, le dirijo, con ocasión del Congreso internacional de los Trabajadores, las pocas líneas que siguen:

Los trabajadores de Austria han seguido con la más viva simpatía los esfuerzos de la Asociación Internacional, se han declarado siempre abiertamente partidarios suyos y de buena gana se habrían adherido formalmente a su gran Unión si no se lo hubiera impedido la ley austriaca. Al decir esto de los trabajadores de Austria, me refiero naturalmente solo a los que hasta ahora han tomado parte activa en el movimiento obrero. Su número es, sin embargo, muy grande, tan grande que se cuentan por millares.

Como en la vida pública del Estado austriaco en general, Viena va también a la cabeza del movimiento obrero, pero muchas ciudades de provincias tienen también sus sociedades obreras, con tendencias socialistas muy marcadas. Sin embargo, los enemigos y los indiferentes son todavía más numerosos que nuestros correligionarios. Casi toda la prensa está en poder de los enemigos de los trabajadores; en toda Austria no existe más que una hoja, la *Allgemeine Volkszeitung* (la Gaceta Popular Universal) de Viena, que se haya pronunciado sin reservas por las ideas socialistas. A pesar de los ataques que se nos hacen, ya abiertamente, ya a veces bajo la máscara hipócrita de la amistad, nuestra causa hace sin embargo de día en día nuevos progresos y nuestras ideas ganan terreno de hora en hora.

La Asociación Internacional de los Trabajadores ganaría muchísimos adherentes si las leyes de los diferentes Estados permitieran a los obreros ingresar en ella. Pero lo que me parece más importante que el número de los miembros efectivos es que sepan ustedes que en todas partes hay partidarios y amigos de la causa común. Asegurarles esto de parte de sus amigos de Viena: tal es el objeto de estas líneas, que le ruego tenga a bien publicar.

¡Sinceros deseos al congreso por el éxito de sus esfuerzos, y a todos sus miembros un cordial apretón de manos!

¡Le saludo como hermano y como demócrata socialista!

*Por diversas sociedades obreras,* Wilhelm Angerstein, *redactor jefe de la Allgemeine Volkszeitung de Viena.*

A los representantes de la Asociación Internacional reunidos en Bruselas.

Hermanos:

Los vigorosos esfuerzos que hemos hecho en Austria (este país no posee sino desde hace unos meses un mezquino derecho de asociación y de reunión), y que han dado por resultado que no solo formemos un partido poderoso, sino incluso el único partido organizado de Austria, han requerido en cierto modo todas nuestras fuerzas y hacen que, por el momento al menos, no podamos tomar parte en los combates de fuera.

En consecuencia, con gran pesar nuestro, no estamos en condiciones de enviar al congreso, que se reúne actualmente en Bruselas, representantes que puedan deliberar con ustedes sobre nuestros intereses comunes. No obstante, nos unimos a ustedes en espíritu, porque sus principios son también los nuestros, y consagramos todos nuestros esfuerzos al triunfo de esos principios. Creemos también poder asegurarles que Austria, y sobre todo Viena, donde estos días, con ocasión de la fiesta conmemorativa en honor de Ferdinand Lassalle,[^D10] unos diez mil hombres del pueblo han jurado sobre la bandera de la democracia europea, sobre la bandera roja, que Austria, decimos, no se quedará atrás en el combate por la libertad y los derechos del hombre.

Al tiempo que expresamos la esperanza de que sus deliberaciones lleguen a buen término, les enviamos en nombre de nuestro partido saludos y apretones de manos.

Viena, 3 de septiembre de 1868.

El comité del partido socialdemócrata:

Doctor Hippolyte Tanschinski, presidente; doctor J. Metall y Franz Fischer, vicepresidentes.

### Carta del Congreso de Núremberg (traducción)

7 de septiembre de 1868.

*Al Congreso internacional de Bruselas.*

El Congreso de las Asociaciones Obreras Alemanas, reunido en Núremberg, os saluda fraternalmente. Vuestro programa es el suyo. ¡Adelante, pues, hermanos! Os seguimos, y triunfaremos juntos sobre nuestro enemigo común: el capital.

Nuestro congreso ha votado la afiliación de 50.000 trabajadores alemanes a vuestra gran Asociación. Os envía, en señal de alianza, al compañero Friedrich Bütter, con plenos poderes para representarnos ante vosotros.[^D11]

H. Böhm, C. Bull, presidente. Dr. Kirchner.

### Carta de Holstein (traducción)

Neumünster, 5 de septiembre de 1868.

Señor Becker:

Lamentando no poder tomar parte de palabra y de obra en los trabajos del congreso, nuestro corazón vuela tanto más amistosamente a su encuentro. Deseamos un feliz éxito a sus esfuerzos, que interesan a la joven Europa.

En nombre de nuestros demócratas socialistas lassalleanos,

F. Puetz; Schleusberg.

### Telegrama de Brunswick (traducción)

Al presidente del Congreso de la Asociación Internacional en Bruselas.

Wolfenbüttel, 6 de septiembre de 1868.

Muchos demócratas socialistas de Brunswick, reunidos en Wolfenbüttel para celebrar el aniversario de su fundación, envían sus saludos al Congreso de la Internacional en Bruselas y apoyan la resolución de la asamblea general celebrada en Hamburgo de marchar de acuerdo con todas las sociedades obreras democráticas socialistas de todos los países.

En su nombre: Spier.

### Telegrama de Hungría (traducción)

Pest, 7 de septiembre de 1866 [*sic*].

*Al Congreso internacional de Bruselas.*

¡Honor a vosotros, valientes campeones del proletariado! ¡Luchad sin tregua por los derechos de la masa trabajadora! Somos de los vuestros.

La Asociación Obrera de Pest.

## Lista completa de los delegados al congreso

### Inglaterra

Lucraft, sillero, delegado del Consejo General y de la Asociación de Fabricantes de Sillas, de Londres.

Shaw, pintor de brocha gorda, delegado del Consejo General y de la Asociación de Obreros Pintores, de Londres.

G. Eccarius, sastre, delegado del Consejo General y de la Asociación de Sastres, de Londres.

H. Jung, relojero, delegado del Consejo General, de Londres.

Cowell Stepney, redactor del *Social-Économist*, delegado de la *Reform League*.

Cohn, cigarrero, delegado de la Asociación de Cigarreros, de Londres.

Ph. Matens, mecánico, delegado de la Rama francesa de Londres.

Fr. Lessner, sastre, delegado de las Ramas alemanas de Inglaterra.

Frederick Dean, herrero, de los Herreros de Hull.

John Forster, padre, carpintero, delegado de las Sociedades Cooperativas de Hull.

John Forster, hijo, mecánico, delegado de las Sociedades Cooperativas de Hull.

### Alemania

Klein, cuchillero, delegado de la Sociedad de Obreros del Hierro y del Acero (asociación de producción), de Solingen.

Moses Hess, colaborador del *Social-Demokrat* de Berlín, delegado de la sección de Colonia.

Ph. Becker, fabricante de escobas, excoronel del ejército revolucionario alemán, delegado del Comité Central del Grupo de secciones alemanas.

Scheppler, carpintero, delegado de la sección de Maguncia.

Fr. Bütter, delegado por el Congreso de Núremberg.

### Francia

Alexandre Lemonnier, sastre, delegado de la sección de Marsella.

Henri Tolain, grabador, delegado de la Asociación de Balancieros de París.

Murat, mecánico, delegado de la Asociación de Mecánicos, de París.

Albert Theisz, broncista, delegado de la Asociación de Broncistas, de París.

Édouard Roussel, hojalatero, delegado de la Asociación de Hojalateros, Torneros y Repujadores, de París.

Gustave Durand, joyero, delegado de la Asociación de Joyeros, de París.

Louis Pindy, carpintero, delegado de la Unión Sindical de los Obreros de la Construcción, de París.

Gabriel Ansel, porcelanista, delegado de la Sociedad Cerámica, de París.

Alphonse Delacour, encuadernador, delegado de la Asociación de Encuadernadores, de París (sección de la Internacional).

Irénée Dauthier, guarnicionero, delegado de la Asociación de Talabarteros y Guarnicioneros, de París.

Émile Dosbourg, impresor, delegado de la Asociación de Estampadores de Tejidos, de París.

Flahaut, marmolista, delegado de la Asociación de Marmolistas, de París.

Eugène Tartaret, ebanista, delegado de la Comisión Obrera de la Exposición, de París.

Henry, mecánico, presidente de la Comisión Obrera de la Exposición y delegado de la Asociación de Grifereros, de París.

Aimé Grinand, tejedor, delegado de la sección de Lyon.

Albert Richard, tejedor, delegado de las secciones de Lyon y de Neuville-sur-Saône.

Émile Aubry, impresor tipógrafo, delegado de la sección de Ruan.

Ch. Longuet, periodista, delegado de las secciones de Caen y de Condé-sur-Noirot [*sic*].

### Suiza

Mermilliod, montador de cajas de reloj; Graglia, ídem; Quinet, cantero; Perron, pintor esmaltador: delegados de las 24 secciones reunidas de Ginebra y de Carouge.

Catalan, delegado de la Asociación del Sou, por la emancipación del pensamiento y del individuo.[^D12]

Hess, delegado de la sección de Basilea (ya nombrado).

Fritz Robert, profesor, delegado de las secciones de La Chaux-de-Fonds, Le Locle, el valle de Saint-Imier, Biel, Morat y Moutier-Grand-Val.

Hébert, delegado de los obreros del papel pintado.

### Italia

Eugène Dupont, obrero luthier, miembro del Consejo General, delegado de las asociaciones obreras de Nápoles.

N. B. — El doctor Saverio Frisica, delegado de Catania (Sicilia), no pudo llegar a tiempo al congreso por falta de indicaciones suficientes.

### España

Sarro Magallán, mecánico, delegado de la *Legión Ibérica del Trabajo* y de las asociaciones obreras de Cataluña.

### Bélgica

Eug. Hins, profesor; D. Brismée, impresor: delegados de la *Federación*, sección bruselense de la *Internacional*.

Tique, pintor de brocha gorda, delegado de la Asociación de Pintores, de Bruselas.

Walthère Lepourque, minero, delegado de la Asociación de Mineros de Seraing.

Modeste, minero; Noël Embyse, minero: delegados de las secciones de Marchienne-au-Pont y de Monceau-sur-Sambre.

Maximilien Maljean, minero, delegado de la sección de Charleroi.

Cassian Maréchal, joyero, delegado de la sección de Lieja.

A. Herman, escultor, delegado de la sección de Montegnée.

J.-B. Louis, sastre, delegado de la sección de Oubois.

Joseph Romain, minero, delegado de la sección de Montigny-sur-Sambre.

Elsbach, profesor, delegado de la Liga Obrera de Enseñanza Mutua, de Bruselas.

De Paepe, tipógrafo, delegado del Cercle d'Émulation, sociedad obrera de estudio y de propaganda socialistas.

Vanschaftingen, cardador, delegado de la Asociación de Cardadores (*Kamslagers*), de Gante.

Potelsberg, sastre, delegado del *Werkersbond* y de la Asociación de Sastres, de Gante.

Fr. Vandenberghe, tipógrafo, delegado de la sección de Brujas.

J. Serane, tejedor, delegado de la Asociación de Tejedores, de Gante.

Eberhard, sastre, delegado de la Asociación de Sastres de Bruselas.

Nicolas Dubois, vidriero, delegado de la sección de Dampremy.

Maximilien Tricot, minero, delegado de la sección de Gilly.

Grégoire Paulus, minero, de la sección de Châtelineau.

Ph. Coenen, zapatero, delegado del *Volksverbond*, sección de Amberes de la Internacional.

Labaer, grabador en metales, delegado del *Volksverbond*, sección de Amberes de la Internacional.

Spehl, relojero, delegado de l'Union, asociación de los obreros que trabajan el hierro y el cobre, de Bruselas.

François Herremans, carpintero, delegado de la Asociación de Carpinteros y Ebanistas, de Bruselas.

Bredenhorst, carpintero, delegado de la Asociación de Carpinteros y Ebanistas de Amberes.

Cammaert, zapatero, delegado de los Zapateros, de Bruselas.

Ch. Maetens, tintorero, delegado de la Asociación de Curtidores de Pieles Finas y Tintoreros de Pieles, de Bruselas.

Jacques Maes, pasamanero, de la Asociación de Pasamaneros, delegado de la Générale ouvrière de Bruselas.[^D14]

Camille Standaert, guantero, de la Asociación de Guanteros, delegado de la Générale ouvrière de Bruselas.

Honoré Saillant, delegado del Cercle des Conférences, de Bruselas.

Adrien Tordeur, prensista, delegado de la Asociación de Impresores Tipógrafos, de Bruselas.

Ernest Planson, marmolista, delegado de la Unión Protectora de los Marmolistas, de Bruselas.

Léon Fontaine, periodista, delegado de los *Solidaires* (sociedad racionalista y de socorros mutuos).

J. Pellering, zapatero, delegado de l'*Affranchissement*, sociedad racionalista.

Prosper Voglet, músico ambulante, delegado de la sociedad les *Libres Penseurs*.

J.-B. Frère, minero, delegado de los *Affranchis*, sección de Jumet.

Louis Swolfs, minero, delegado de los *Affranchis*, sección de Jumet.

H.-I. Leclercq, tejedor, delegado de la sección de Pepinster (l'*Alliance des prolétaires*).

Édouard Lallemand, tejedor, delegado de la sección de Ensival.

P. Fluse, tejedor, delegado de los *Francs ouvriers* de Verviers.

Ch. Devarewaere, minero, delegado de la sección de Marcinelle.

Eug. Steens, viajante de comercio, delegado del *Peuple*, asociación de la democracia militante.

Ch. Granshoff, comerciante, delegado de la *Ruche*, asociación cooperativa de consumo.

Laurent Verryken, obrero panadero, delegado de la *Fourmi*, asociación cooperativa de consumo.

Nicolas Coulon, sastre, delegado del Cercle populaire de Bruselas.

Léopold Verheggen, mecánico, delegado de la Asociación de Obreros Mecánicos del Ferrocarril de Luxemburgo.

André Larondelle, tejedor, delegado de los *Francs ouvriers* de Hodimont-lez-Verviers.

Debroux, tejedor, delegado de los *Francs ouvriers* de Dison.

Adolphe Teirlinck, maestro, delegado de la sección de Gante.

Englebert, agrimensor, delegado de la sección de los trabajadores agrícolas de Perwez (Brabante).

Dethier, mecánico; Morizot, minero: delegados de los *Francs ouvriers* de Gilly.

Bastin, vidriero, delegado de los vidrieros de Goy-Sart (Jumet).

Louis Marenne, agricultor, delegado de los agricultores de Warmifontaine (provincia de Luxemburgo).

Joseph Henry, agricultor, delegado del Círculo de los Campesinos de Patignies (provincia de Namur).

*N. B.* — Un gran número de delegados de las secciones belgas y de las asociaciones obreras de Bélgica solo pudieron tomar parte en las sesiones del domingo 6, el lunes 7 y el domingo 13 de septiembre.

## Correcciones y adiciones

Para las correcciones de los nombres y títulos de los delegados, véase la lista general de arriba.

Página 5, final de la 2.ª columna. Las previsiones de Hins se han confirmado. Durante todas las sesiones públicas de la noche, la gran sala del Circo estuvo llena. (*Nota de los secretarios.*)[^D15]

Página 11, 3.ª columna, línea 41 contando desde arriba, en lugar de «travailleurs» (trabajadores), léase «tirailleurs» (tiradores).

Misma columna, línea 12 contando desde abajo, en lugar de «Roubaix», léase «Puteaux».

Página 12, 2.ª columna, línea 15 contando desde abajo, en lugar de «sans intérêt» (sin interés), léase «donnant intérêt» (que da interés).

Página 15, 2.ª columna, línea 29 contando desde arriba, suprímase «interviendront» (intervendrán).

Página 22, 2.ª columna, líneas 15 y 16 contando desde abajo: estas líneas, que empiezan por la palabra «n'est» y terminan en «instruction», deben colocarse después de la línea 19, a continuación de la palabra «obligatoire».

Página 31, 3.ª columna, línea 15 contando desde arriba, en lugar de «différents, sections», léase «différentes sections».

Misma columna, línea 53 contando desde arriba, en lugar de «la production» (la producción), léase «le producteur» (el productor).

Página 42, 2.ª columna, modifíquense así las dos últimas líneas: «… Proudhon, que prestó inmensos servicios a la Revolución como demoledor, pero que nunca fue más que un pobre organizador, como lo prueba el famoso Banco del Pueblo, que nació muerto en 1848».

Página 44, complétese así la lista de los miembros del Consejo General de Londres:

Miss Law.[^D16]

James Burckly.

En el informe sobre la cooperación: página 45, 2.ª columna, línea 16 contando desde abajo, en lugar de «les rejettera», léase «se rejettera».

Misma página, 3.ª columna, línea 3 contando desde arriba, léase «leurs légitimes propriétaires» (sus legítimos propietarios, de ellos), en lugar de «ses légitimes propriétaires» (sus legítimos propietarios, de él).

Misma columna, línea 15 contando desde arriba, en lugar de «desquelles» (de las cuales), léase «grâce auxquelles» (gracias a las cuales).

Página 52, 3.ª columna, corríjase «Grimaud, dibujante» en «litógrafo».

[^A-cr1]: (Nota del *Compte rendu*.) Esta ley del señor Molinari está lejos de ser exacta. Para multitud de productos el encarecimiento no tiene una influencia enorme sobre el consumo: tales son los productos de primera necesidad, el pan, las patatas, la carne, etc. La ley del señor Molinari no expresa, pues, ella tampoco, más que una simple tendencia; pero en todo caso hay que despojarla de la forma matemática con que se la ha revestido y que no conviene apenas a las leyes económicas.

[^A-cr2]: (Nota del *Compte rendu*.) Autor de *Fuerza y materia* y de *Ciencia y naturaleza*. Véase la carta que este médico filósofo dirigió a nuestra Asociación Internacional en los periódicos *Courrier international*, órgano de la sección inglesa, o *Tribune du Peuple*, órgano de la sección belga, n.º del 31 de julio de 1867.

[^A1]: Corregimos las grafías evidentes de los nombres (De Paepe por Depaepe, Coenen por Coene, Dauthier por Daulhier, Theisz por Theiss, Sarro Magallán), pero dejamos como las imprime el acta las que ella misma rectifica más abajo, en la tercera sesión: Joseph Henri (Henri Tolain), Léon Verrycken (Laurent Verrycken), Brodenhorst (Bredenhorst), L. Aimé-Grimaud (Grinand), Ausel (Ansel) y Yung (Jung).

[^A2]: Eugène Hins (1839-1923), profesor, de la sección de Bruselas.

[^A3]: Désiré Brismée (1822-1888), impresor de Bruselas.

[^A4]: César De Paepe (1841-1890), tipógrafo y después médico, la figura principal de la Internacional en Bélgica.

[^A5]: Charles Perron (1837-1909), pintor esmaltador de Ginebra.

[^A6]: Benjamin Lucraft (1809-1897), ebanista y sillero, miembro del Consejo General.

[^A7]: Robert Shaw (m. 1869), pintor de brocha gorda, miembro del Consejo General.

[^A8]: Hermann Jung (1830-1901), relojero suizo establecido en Londres, secretario corresponsal del Consejo General para Suiza. El acta escribe su nombre «Yung», «Iung» y «Jung».

[^A9]: William Frederick Cowell Stepney (1820-1872), aristócrata inglés, miembro del Consejo General. El acta imprime «Cowell, Stepney», como si fueran dos personas.

[^A10]: Asociación británica por el sufragio universal masculino (1865-1869), en cuya dirección estaban varios miembros obreros del Consejo General.

[^A11]: Seudónimo de Antoni Marsal i Anglora, delegado de la Legión Ibérica del Trabajo de Barcelona, el primer obrero español que asistió a un congreso de la Internacional.

[^A12]: James Cohn, cigarrero, miembro del Consejo General.

[^A13]: Eugène Dupont (h. 1831-1881), fabricante de instrumentos musicales francés, secretario corresponsal del Consejo General para Francia.

[^A14]: Friedrich Lessner (1825-1910), sastre, antiguo miembro de la Liga de los Comunistas y miembro del Consejo General.

[^A15]: Eugène Tartaret, ebanista de París.

[^A16]: Las comisiones obreras elegidas por los oficios de París para la Exposición Universal de 1867.

[^A17]: André Murat, mecánico de París.

[^A18]: Louis Pindy (1840-1917), carpintero de París, más tarde miembro de la Comuna.

[^A19]: Albert Theisz (1839-1881), broncista de París, más tarde miembro de la Comuna.

[^A20]: Henri Tolain (1828-1897), cincelador de París, uno de los fundadores de la Internacional y portavoz de los mutualistas proudhonianos. El acta escribe su nombre «Tolain», «Tollain» y «Tollin».

[^A21]: El V Congreso de la Federación de Asociaciones Obreras Alemanas, reunido en Núremberg del 5 al 7 de septiembre de 1868, aprobó por 69 votos contra 46 la adhesión al programa de la Internacional.

[^A22]: La batalla de Sadowa (Königgrätz), del 3 de julio de 1866, que decidió la guerra austro-prusiana.

[^A23]: La huelga de los mineros de la cuenca de Charleroi en marzo de 1868, en la que la tropa disparó contra los huelguistas y hubo varios muertos. La Internacional sostuvo a las familias y defendió a los detenidos, a los que el jurado absolvió.

[^A24]: Los dos procesos de 1868 contra las comisiones de la Internacional en París: en marzo, contra la de Tolain, y en mayo, contra la de Varlin; los tribunales declararon disuelta la Asociación en Francia y condenaron a sus miembros a multas y, en el segundo proceso, a tres meses de cárcel.

[^A25]: La huelga de los broncistas de París de febrero y marzo de 1867, que los obreros ganaron con el dinero que las trade unions inglesas les enviaron por medio de la Internacional.

[^A26]: La huelga de los obreros de la construcción de Ginebra en la primavera de 1868, que la Internacional sostuvo con colectas en varios países.

[^A27]: El 3 de noviembre de 1867, en Mentana, las tropas pontificias y francesas derrotaron a los voluntarios de Garibaldi que marchaban sobre Roma.

[^A28]: Probablemente, el artículo 1781 del Código civil, vigente también en Bélgica, según el cual, en las disputas sobre la cuantía y el pago del salario, el amo era creído bajo su palabra.

[^A29]: Johann Baptist von Schweitzer (1833-1875), presidente de la Asociación General de Trabajadores Alemanes, fundada por Ferdinand Lassalle en 1863.

[^A30]: Cárcel de París, en la que cumplían condena los miembros de la segunda comisión parisina de la Internacional.

[^A31]: Los miembros de la segunda comisión de París, condenados en mayo de 1868 a tres meses de cárcel; entre ellos, Eugène Varlin (1839-1871), encuadernador, y Benoît Malon (1841-1893), tintorero, más tarde miembros de la Comuna.

[^A32]: Pierre Coullery (1819-1903), médico de La Chaux-de-Fonds, que había fundado la Internacional en el Jura suizo. El acta escribe «Chaudefonds».

[^A33]: Mijaíl Bakunin (1814-1876), entonces todavía miembro de la Liga de la Paz y de la Libertad; en julio de 1868 había ingresado en la sección central de Ginebra de la Internacional.

[^A34]: La Maison du Cygne, en la Grand-Place de Bruselas; en ella se había reunido en 1847-1848 la Asociación Obrera Alemana de Bruselas, a la que pertenecían Marx y Engels.

[^A35]: Johann Philipp Becker (1809-1886), director de *Der Vorbote* y presidente del Comité Central del Grupo de secciones de lengua alemana.

[^A36]: Albert Richard (1846-1925), de la sección de Lyon.

[^A37]: Émile Aubry, de la sección de Ruan, una de las más activas de la Internacional en Francia.

[^A38]: Lo redactó Marx en alemán y el Consejo General lo aprobó el 1 de septiembre de 1868. El acta registra las reacciones del público: risas tras la petición de Rouher de que el manifiesto de los parisinos diera las gracias al emperador; aplausos prolongados tras la frase sobre el «subemperador» Rouher, y aplausos tras la sentencia que declaraba el Imperio incompatible con una asociación de proletarios que proclamaba la verdad, la justicia y la moral, tras el pasaje sobre las coqueterías del Imperio con la clase obrera, tras la frase sobre los pequeños Estados como asilo de la libertad, tras la negativa de los obreros de Ginebra a abandonar la Asociación y, prolongados, al final de la lectura.

[^A39]: La Liga de la Paz y de la Libertad celebró su primer congreso en Ginebra en septiembre de 1867 y el segundo en Berna del 21 al 25 de septiembre de 1868. El Congreso de Lausana de la Internacional (1867) había condicionado su adhesión al congreso de Ginebra a que se reconociera que la guerra solo desaparecería con una transformación social.

[^A40]: Es el proyecto de los delegados parisinos, no la resolución aprobada. Esta, que la comisión redactó fundiéndolo con otras propuestas, añade los considerandos sobre la falta de equilibrio económico como causa de la guerra y sobre el cese de la producción como medio de impedirla, y recomienda a los trabajadores cesar todo trabajo si estalla una guerra; véase la [resolución sobre la guerra](https://marxismo.school/archivo/congresos/1868%20Congreso%20de%20Bruselas%20%28I%20Internacional%29#resolucion-sobre-la-guerra).

[^A41]: *La riqueza de las naciones* (1776), libro I, capítulo VIII. Citamos según la versión francesa que da el informe.

[^A42]: François Vidal y Constantin Pecqueur, socialistas franceses de los años cuarenta; Louis de Potter y su hijo Agathon, y el barón Jean-Guillaume de Colins, teóricos belgas del llamado «socialismo racional».

[^A43]: Diario liberal de Bruselas.

[^A44]: Tribunales de oficios, compuestos de patronos y obreros, que juzgaban los litigios del trabajo.

[^A45]: Según este artículo, en las disputas sobre la cuantía y el pago del salario el amo era creído bajo su palabra; la ley francesa del 2 de agosto de 1868 lo derogó.

[^A46]: El acta dice «farthings» (cuartos de penique) donde las cuentas piden peniques; damos las cifras como las imprime.

[^A47]: El acta da la versión francesa que publicó la reseña del Congreso de Ginebra (1866).

[^A48]: El texto del acta solo difiere del publicado en detalles: dice «cajas de seguro contra el paro» donde aquel dice «caja, seguro contra el paro».

[^A49]: Se trata del primer tomo de *El capital*, aparecido en Hamburgo en septiembre de 1867 con el subtítulo *Crítica de la economía política*; su capítulo «Maquinaria y gran industria» trata la cuestión. El acta escribe «Carl Marx» y «Critiques d'Économie politique».

[^A50]: La [resolución aprobada](https://marxismo.school/archivo/congresos/1868%20Congreso%20de%20Bruselas%20%28I%20Internacional%29#resolucion-sobre-las-maquinas) recoge casi literalmente el segundo punto de De Paepe, pero sustituye el primero por la declaración de que solo por las asociaciones cooperativas y una organización del crédito mutuo puede el productor llegar a poseer las máquinas, y le antepone dos considerandos que proceden de las conclusiones de Eccarius.

[^A51]: Johann Georg Eccarius (1818-1889), sastre, secretario general del Consejo General.

[^A52]: Es la versión francesa del [proyecto del Consejo General redactado por Marx](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1868%20Proyecto%20de%20resoluci%C3%B3n%20sobre%20las%20consecuencias%20del%20empleo%20de%20las%20m%C3%A1quinas%20por%20los%20capitalistas). La conservamos porque difiere del texto publicado, traducido de la versión alemana: dice «absorción» donde aquel dice «explotación» («Aussaugung»), «del capitalista» y no «de la clase capitalista», y habla de un sistema verdaderamente social «de cooperación» y no «de producción».

[^A53]: En marzo de 1867 los tejedores de Roubaix se amotinaron y destrozaron máquinas contra un reglamento que les obligaba a atender dos telares a la vez.

[^A54]: Ludwig Büchner (1824-1899), médico y filósofo materialista alemán, autor de *Kraft und Stoff* (*Fuerza y materia*, 1855). El acta escribe «Buchner».

[^B-cr1]: (Nota del *Compte rendu*.) Hay escuelas que pertenecen al Estado en las que los alumnos solo son admitidos pagando una matrícula; el particular paga esta matrícula tantas veces como hijos hace instruir en esa misma escuela. Es lo que llamamos la no gratuidad de la enseñanza. Hay otras escuelas del Estado en las que el particular puede hacer instruir a uno o varios hijos sin que le cueste más que si no hiciera instruir a nadie. Es lo que llamamos la gratuidad de la enseñanza. No sabemos si en este caso la palabra gratuidad es un contrasentido, como afirmaron en el Congreso de Lausana los ciudadanos Tolain y Longuet; lo cierto es que la expresión no es del todo exacta, puesto que el impuesto cobrado a los ciudadanos sufraga esa enseñanza. No obstante, seguiremos empleándola a falta de encontrar otra más exacta para definir el segundo modo de sufragar el servicio público que hemos citado.

[^B-cr2]: (Nota del *Compte rendu*.) Con la palabra Estado no entendemos el poder de uno solo o de una casta, sino la sociedad misma.

[^B-cr3]: (Nota del *Compte rendu*.) Más aún: cuando la instrucción esté completamente difundida, la mayor parte de los pensamientos generosos a los que demasiado a menudo se llama utopías podrán entonces utilizarse para la felicidad de la humanidad.

[^B-cr4]: (Nota del *Compte rendu*.) Compárese, como prueba, el número de alumnos del primer y del último grado en todas las escuelas públicas.

[^B-cr5]: (Nota del *Compte rendu*.) Se objetará que hay gentes sin instrucción que explotan a obreros, e incluso a veces a hombres instruidos. Eso es el accidente, la excepción; hablamos desde un punto de vista general y solo nos dirigimos a quienes saben separar un razonamiento de conjunto de tal o cual hecho particular.

[^B-cr6]: (Nota del *Compte rendu*.) *Examen de quelques questions sociales* [Examen de algunas cuestiones sociales]. Publicación del Círculo de Emulación de Bruselas.

[^B-cr7]: (Nota del *Compte rendu*.) El único derecho que debe reconocerse al padre es el de hacer dar a su hijo por quien le parezca la instrucción científica exigida.

[^B-cr8]: (Nota del *Compte rendu*.) Carter, de Londres, en el Congreso de los Trabajadores de 1867.

[^B-cr9]: (Nota del *Compte rendu*.) J. Jolissaint, *L'enseignement des ordres religieux en présence du droit, de la liberté et de l'éducation démocratique dans la république de Berne* [La enseñanza de las órdenes religiosas ante el derecho, la libertad y la educación democrática en la república de Berna].

[^B-cr10]: (Nota del *Compte rendu*.) La Iglesia es una excepción a la regla; ello se debe a varias causas que no tenemos por qué examinar aquí. Dicho sea de paso, este servicio público no puede durar mucho, porque la ley que lo regula es injusta, puesto que lesiona los intereses de todos y de cada uno. Sería fácil demostrarlo, como también respecto de la ley que hace del servicio militar un servicio público. Son gastos improductivos que deben suprimirse por el solo hecho de ser improductivos.

[^B-cr11]: (Nota del *Compte rendu*.) Servicio que ya es hora de hacer gratuito, así como el de los ferrocarriles, que son los grandes caminos de nuestra época y deberían pertenecer al Estado.

[^B-cr12]: (Nota del *Compte rendu*.) Menor, sin embargo, de lo que hoy hace falta para llegar al final de los estudios superiores, porque es de esperar que se introduzcan grandes cambios en el programa de los estudios y en la manera de enseñar, y que así pueda ahorrarse mucho tiempo empleado inútilmente.

[^B-cr13]: (Nota del *Compte rendu*.) Es preciso, al menos, que los maestros puedan comprarse libros, si se quiere exigirles conocimientos extensos.

[^B-cr14]: (Nota del *Compte rendu*.) Suponemos que la instrucción superior exigirá la concentración de los alumnos en las ciudades.

[^B-cr15]: (Nota del *Compte rendu*.) Otras tantas cuestiones que el Congreso de los trabajadores y las demás asambleas revolucionarias deberían poner en estudio para el año próximo.

[^B2]: Son las conclusiones provisionales de la comisión. Las que se leyeron en la décima sesión (véase más abajo) y la [resolución aprobada](https://marxismo.school/archivo/congresos/1868%20Congreso%20de%20Bruselas%20%28I%20Internacional%29#resolucion-sobre-la-ensenanza-integral) tienen otra redacción.

[^B3]: *Idea general de la revolución en el siglo XIX* (1851), de Pierre-Joseph Proudhon. El impreso dice «J. Proudhon».

[^B4]: En el impreso, la línea «no es gratuita y, casi íbamos a decir, no es instrucción» aparece desplazada al párrafo siguiente, en medio de la frase «¿A qué sanción podría recurrirse […] contra los padres de familia…?»; la devolvemos a su sitio en los dos textos.

[^B5]: Sociedad librepensadora de Ginebra; según la lista de delegados, la representaba en el congreso Adolphe Catalan.

[^B6]: El Congreso de Lausana de la Internacional (septiembre de 1867) aprobó estas declaraciones sobre las libertades políticas y su adhesión al Congreso de la Paz reunido aquel mismo mes en Ginebra, del que salió la Liga de la Paz y de la Libertad.

[^B7]: El impreso pasa del apartado IX al XII: no hay apartados X ni XI.

[^B8]: Las palabras con que se abre el folleto de Emmanuel-Joseph Sieyès *¿Qué es el tercer estado?* (1789).

[^B9]: Jean-Baptiste Say (1767-1832), economista francés. No hemos localizado la cita.

[^B11]: Alusión probable a los debates del Senado francés de 1867 sobre las peticiones contra los libros «impíos» (Voltaire, Rousseau, Renan…) de la biblioteca popular de Saint-Étienne.

[^B13]: Las conclusiones que leyó al final de la sexta sesión eran las de la comisión sobre las huelgas; véase la [resolución sobre las huelgas y las sociedades de resistencia](https://marxismo.school/archivo/congresos/1868%20Congreso%20de%20Bruselas%20%28I%20Internacional%29#resolucion-sobre-las-huelgas-y-las-sociedades-de-resistencia).

[^B14]: Alphonse Delacour, de los encuadernadores de París; leyó en la octava sesión el informe de su sociedad sobre las máquinas.

[^B18]: Moses Hess (1812-1875); el impreso escribe «Moritz».

[^B22]: Eugène Steens, delegado de *Le Peuple*, asociación política de Bruselas.

[^B24]: Los pantalones rojos del uniforme de la infantería francesa.

[^B25]: El fusil Chassepot, reglamentario en el ejército francés desde 1866.

[^B26]: «Ignorantins»: apodo burlón de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, con juego de palabras con «ignorancia».

[^B27]: Según la lista de delegados, la Liga Obrera de Enseñanza Mutua (*Ligue ouvrière d'enseignement mutuel*).

[^B29]: Así en el impreso. En la lista de delegados solo figura un Becker, del Comité Central de las secciones alemanas: Johann Philipp Becker (1809-1886), de Ginebra, director de *Der Vorbote*.

[^B31]: Adolphe Catalan, delegado de la Asociación del Sou de Ginebra.

[^B32]: Philippe Coenen, de la sección de Amberes.

[^B34]: El impreso escribe «Durant»; en la lista de delegados figura Gustave Durand, de los joyeros de París.

[^B35]: La [resolución aprobada](https://marxismo.school/archivo/congresos/1868%20Congreso%20de%20Bruselas%20%28I%20Internacional%29#resolucion-sobre-la-ensenanza-integral), votada en la sesión siguiente, une a estas conclusiones la fórmula de la propuesta de Tolain: invita a las secciones a establecer cursos públicos «según un programa de enseñanza científica, profesional y productiva, es decir, enseñanza integral».

[^B36]: El texto del acta coincide con el publicado, salvo dos detalles: dice «en manos del capitalista» (y no «de los capitalistas») y, en el punto 1.º, «la producción» en lugar de «el productor».

[^B37]: El V Congreso de la Federación de Asociaciones Obreras Alemanas, reunido en Núremberg del 5 al 7 de septiembre de 1868, aprobó por 69 votos contra 46 la adhesión al programa de la Internacional. El delegado del Consejo General fue Eccarius.

[^B38]: Compárese con la [resolución aprobada](https://marxismo.school/archivo/congresos/1868%20Congreso%20de%20Bruselas%20%28I%20Internacional%29#resolucion-sobre-el-credito-mutuo), que recoge con otra redacción esta propuesta de la comisión y la de Hins, Longuet y De Paepe leída al final de la duodécima sesión.

[^B39]: Gustave Cluseret (1823-1900), general francés que había combatido en la guerra de Secesión norteamericana; más tarde delegado de guerra de la Comuna.

[^B40]: Léon Fontaine, delegado de la sociedad *Les Solidaires* de Bruselas.

[^B41]: Vitale II Michiel, dux de 1156 a 1172; el impreso escribe «Vitalis Michaël».

[^B42]: Así en el impreso: dos artículos llevan el número 15.

[^B43]: Charles Longuet (1839-1903), periodista, más tarde miembro de la Comuna y yerno de Marx.

[^B45]: Las conclusiones de la comisión, tal como las reproduce el acta, no llevan artículos numerados ni hablan de un «Banco Obrero Internacional».

[^B46]: Hermann Schulze-Delitzsch (1808-1883), promotor de las cooperativas de crédito en Alemania. El impreso escribe «Schultze-Delitch».

[^B47]: El impreso dice «Accarius».

[^B48]: El banco de crédito gratuito que Proudhon fundó en París a comienzos de 1849 y que no llegó a funcionar: él mismo lo liquidó en abril de ese año, tras ser condenado a prisión.

[^B50]: *Miseria de la filosofía* (1847), la respuesta de Marx a *Sistema de las contradicciones económicas o Filosofía de la miseria* de Proudhon.

[^B51]: Jean Pellering, delegado de *L'Affranchissement*, asociación racionalista de Bruselas.

[^C3]: El *droit d'aubaine* era en el derecho feudal el del señor a heredar los bienes del extranjero (*aubain*) muerto en sus tierras; Proudhon llamó así, en *¿Qué es la propiedad?* (1840), al derecho del propietario a cobrar sin trabajar renta, alquiler o interés.

[^C4]: *Au denier vingt ou trente*: a razón de la vigésima o la trigésima parte del capital por año (el 5 o el 3,33 %).

[^C5]: Variante de la fórmula de Auguste Comte, fundador del positivismo: «ver para prever».

[^C6]: *¿Qué es la propiedad? Primera memoria* (1840), de Pierre-Joseph Proudhon (1809-1865).

[^C7]: *Théorie de la propriété*, publicada en 1866, al año siguiente de la muerte de Proudhon.

[^C8]: Henry Charles Carey (1793-1879), economista estadounidense, proteccionista; la cita procede de sus *Principles of Social Science* (1858-1859), traducidos al francés en 1861.

[^C9]: Justus von Liebig (1803-1873), químico alemán. La obra citada es *Die Thierchemie* (1842), conocida en francés como *Chimie organique appliquée à la physiologie animale*.

[^C10]: Léonce de Lavergne (1809-1880), economista agrario francés, autor del *Essai sur l'économie rurale de l'Angleterre, de l'Écosse et de l'Irlande* (1854) y de *L'Économie rurale de la France depuis 1789* (1860).

[^C11]: François Quesnay (1694-1774), médico, cabeza de la escuela fisiocrática.

[^C12]: Las casas Garrett, de Leiston, y Ransome, de Ipswich, fabricantes de máquinas agrícolas. El acta escribe «Garett» y «Ransonne».

[^C13]: Así en el impreso; por el sentido, debe de faltar la negación: «que no podemos admitir».

[^C14]: Henri Baudrillart (1821-1892), economista liberal francés.

[^C15]: Georges Duchêne (1824-1876), publicista proudhoniano, colaborador de Proudhon en *Le Peuple* y *La Voix du peuple* (1848-1850). El acta escribe «Duchênes».

[^C16]: Semanario republicano y socialista de París dirigido por Auguste Vermorel (1866-1868), próximo a la Internacional.

[^C17]: Charles Fourier (1772-1837), socialista utópico francés.

[^C18]: Las antiguas asociaciones francesas de oficiales artesanos (*compagnons*), con sus ritos y su red de alojamiento para la vuelta a Francia.

[^C19]: John Stuart Mill, *Principles of Political Economy* (1848).

[^C20]: La provincia belga de Luxemburgo, en las Ardenas.

[^C21]: Jules Michelet (1798-1874), historiador francés; *Le Peuple* es de 1846.

[^C22]: Henri Hubert-Delisle (1811-1881), senador del Segundo Imperio. El acta escribe «Hubert Delisle».

[^C23]: Los arrendatarios del valle del Hudson (Estado de Nueva York) que en 1839-1846 se negaron a pagar las rentas a los grandes terratenientes.

[^C24]: Alexandr Herzen (1812-1870) y Mijaíl Bakunin (1814-1876), que veían en la comuna campesina rusa (*obschina*) el germen de una sociedad socialista. El acta escribe «Bakounine».

[^C27]: Émile Aubry, organizador de la Internacional en Ruan y delegado del Círculo de Estudios Económicos de esa ciudad.

[^C28]: Don Basilio, el calumniador hipócrita de *El barbero de Sevilla* de Beaumarchais; el acta escribe «Bazile».

[^C29]: En el Congreso de Lausana (1867).

[^C32]: La conclusión de la comisión es el texto del proyecto redactado por Marx y aprobado por el Consejo General en agosto de 1868, con dos diferencias de redacción: quien «es de opinión» es el congreso y no el Consejo, y se pide a todas las secciones «agitar esta cuestión» dondequiera que esté establecida la Asociación, sin la fórmula del proyecto «como cuestión práctica».

[^C33]: La resolución publicada en la [página del congreso](https://marxismo.school/archivo/congresos/1868%20Congreso%20de%20Bruselas%20%28I%20Internacional%29#resolucion-sobre-el-credito-mutuo), tomada de Guillaume, da solo las dos conclusiones. El acta trae además los tres considerandos iniciales y el considerando que separa las dos conclusiones; por eso la traducimos entera.

[^C-cr1]: (Nota del *Compte rendu*.) Algunos periódicos que publicaron estas conclusiones pusieron en lugar de esta palabra: *declaran*.

[^C-cr2]: (Nota del *Compte rendu*.) Y aquí: *a disolverse*. Las verdaderas conclusiones votadas son las que damos. Por error se leyó en sesión pública un manuscrito en el que se había olvidado modificar estas dos expresiones, que iban más allá del pensamiento de la comisión.

[^C34]: Gustav Vogt (1829-1901), profesor en Berna, presidente de la Liga de la Paz y de la Libertad.

[^C36]: Cárcel de París.

[^C39]: Marie Goegg-Pouchoulin (1826-1899), fundadora en Ginebra, en julio de 1868, de la Asociación Internacional de Mujeres.

[^C40]: La National Labor Union, federación obrera de los Estados Unidos fundada en 1866; su congreso de 1868 se reunió en Nueva York.

[^C41]: El programa del periódico *Naródnoie Delo* (*La Causa del Pueblo*), cuyo primer número publicaron Bakunin y Nikolái Zhukovski en Ginebra en septiembre de 1868.

[^C42]: Charles Buls (1837-1914), orfebre, secretario de la Liga de la Enseñanza de Bélgica y más tarde burgomaestre de Bruselas.

[^C43]: Félix Dupanloup (1802-1878), obispo de Orleans, adversario de la enseñanza laica.

[^C44]: «Asociación de Formación Obrera»: la Federación de Asociaciones Obreras Alemanas, cuyo congreso de Núremberg (5-7 de septiembre de 1868) aprobó por 69 votos contra 46 la adhesión al programa de la Internacional.

[^C46]: Jean Pellering, zapatero de Bruselas, uno de los fundadores de la sección belga.

[^C49]: La comisión de París de la Internacional, disuelta por los tribunales en los dos procesos de marzo y mayo de 1868.

[^C52]: El rey Leño (*le roi Soliveau*) de la fábula de La Fontaine «Las ranas que piden rey»: un rey inofensivo.

[^C53]: *Sistema de las contradicciones económicas o Filosofía de la miseria* (1846).

[^C56]: Proyecto del grupo de lengua alemana. Lo que el congreso aprobó fue la resolución sobre la guerra que se lee a continuación.

[^C57]: El acta imprime «Capeland», «Del (Williams)», «Eccarius (Georges)», «Iung», «Lessner (Frédéric)», «Milner (Georges)», «Maurice (Zeog)», «Odger (Georges)», «Zabincki» y «Howel»; corregimos las grafías y los nombres de pila. «William» y «Weston» van en dos líneas en el impreso.

[^C58]: El acta escribe «Grignant».

[^C59]: Esta frase es la única que da la resolución publicada en la [página del congreso](https://marxismo.school/archivo/congresos/1868%20Congreso%20de%20Bruselas%20%28I%20Internacional%29#resolucion-sobre-la-cooperacion), tomada de Guillaume. El acta trae a continuación un segundo párrafo, que la comisión propone con ella; por eso traducimos aquí la propuesta entera. Más abajo se leen además los añadidos de los delegados de Verviers y de Larondelle, Fluse y Lallemand.

[^C63]: Es el apartado 2 de las [Instrucciones para los delegados del Consejo Central Provisional](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1866%20Instrucciones%20para%20los%20delegados%20del%20Consejo%20Central%20Provisional), redactadas por Marx y aprobadas en Ginebra: una investigación estadística sobre la situación de las clases obreras de todos los países, hecha por las propias clases obreras.

[^C64]: La Internacional había defendido a los mineros de la cuenca de Charleroi tras la huelga de marzo de 1868, en la que la tropa disparó contra los huelguistas.

[^C65]: *Barons de la gaillette*: la *gaillette* es en Bélgica la hulla en trozos.

[^C66]: El artículo 1781 del Código civil (vigente en Bélgica, que conservaba el código napoleónico) disponía que, en las disputas sobre el salario, se creyera al patrono bajo su palabra.

[^C68]: El *livret d'ouvrier*, cartilla obligatoria en la que el patrono anotaba las entradas y salidas del obrero y sus deudas; sin ella no podía cambiar de empleo.

[^C69]: Calabozo de convento en el que se encerraba de por vida a un religioso.

[^C70]: El catecismo de la archidiócesis de Malinas y un periódico católico de la provincia de Luxemburgo.

[^C71]: Imagen bíblica (Oseas 13, 8; 2 Samuel 17, 8).

[^C72]: La nota del *Compte rendu* a la resolución sobre la Liga de la Paz, en la decimocuarta sesión.

[^C73]: Probablemente la People's International League, fundada en Londres en 1847 por Giuseppe Mazzini y radicales ingleses.

[^C-cr3]: (Nota del *Compte rendu*.) Como esta declaración ha sido reproducida por varios periódicos, la damos aquí a título de información: «Considerando que, a nuestro juicio, la cuestión de la propiedad solo se puso en el orden del día en la última sesión; que solo se ha estudiado desde el punto de vista general de manera del todo insuficiente, y desde el punto de vista agronómico de manera incompleta; que, ante la afirmación de cierto número de delegados que declaran no estar suficientemente informados, era natural remitir la cuestión a un próximo congreso; los delegados cuyos nombres siguen, que se han abstenido o han votado en contra, declinan así la responsabilidad del voto». (*Siguen las firmas.*)

[^D1]: El primer tomo de *El capital* de Karl Marx se había publicado en Hamburgo en septiembre de 1867.

[^D2]: La propuso el grupo alemán y se votó en la sesión administrativa del viernes 11 de septiembre.

[^D3]: La asamblea general de la Asociación General de Trabajadores Alemanes (lassalleana), en Hamburgo, a finales de agosto de 1868, y el V Congreso de la Federación de Asociaciones Obreras Alemanas, en Núremberg, del 5 al 7 de septiembre de 1868.

[^D4]: Wilhelm Liebknecht (1826-1900), antiguo miembro de la Liga de los Comunistas, diputado del Reichstag de la Confederación de Alemania del Norte desde 1867; al año siguiente fundó con August Bebel el Partido Obrero Socialdemócrata (Eisenach). El acta escribe «Liebknecth».

[^D5]: El *Demokratisches Wochenblatt*, que el acta traduce «Démocrate-hebdomadaire»: semanario de Leipzig dirigido por Liebknecht (1868-1869), que en 1868 publicó una reseña de *El capital* escrita por Engels.

[^D8]: El acta escribe «National Labour Union».

[^D10]: Ferdinand Lassalle (1825-1864), fundador de la Asociación General de Trabajadores Alemanes, muerto en duelo el 31 de agosto de 1864.

[^D11]: El acta escribe aquí «Bütter» y en la lista de delegados «Butter».

[^D12]: El *sou*, la moneda de cinco céntimos: sociedad librepensadora de Ginebra.

[^D14]: La Générale ouvrière, federación de asociaciones obreras de Bruselas.

[^D15]: Las páginas que citan estas correcciones son las del suplemento de *Le Peuple belge*, numeradas a mano por el lector según el aviso de la tabla de materias.

[^D16]: Harriet Law (1831-1897), conferenciante librepensadora, miembro del Consejo General de 1867 a 1872.
