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Title: Actas del III Congreso de la Internacional Comunista (1921)
Description: El protocolo del III Congreso de la Internacional Comunista, reunido en Moscú del 22 de junio al 12 de julio de 1921, sesión por sesión: el informe de Trotski sobre la crisis económica mundial, el balance del Ejecutivo y la escisión italiana, el KAPD, el gran debate sobre la táctica tras la Acción de Marzo con las intervenciones de Lenin, la cuestión sindical, la política del Partido Comunista de Rusia, los jóvenes, las mujeres, las cooperativas, la organización de los partidos y la cuestión de Oriente.
Author: III Congreso de la Internacional Comunista
Date: 1921-07
URL: https://marxismo.school/archivo/congresos/1921%20Actas%20del%20III%20Congreso%20de%20la%20Internacional%20Comunista
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*III Congreso de la Internacional Comunista, Moscú, 22 de junio a 12 de julio de 1921. Traducido del protocolo alemán publicado por la propia Internacional,* Protokoll des III. Kongresses der Kommunistischen Internationale (Moskau, 22. Juni bis 12. Juli 1921) *(Bibliothek der Kommunistischen Internationale, XXIII), Hamburgo, Verlag der Kommunistischen Internationale, 1921, pp. 3-1071, según la reimpresión facsímil de Feltrinelli (Milán, 1967) digitalizada en [Internet Archive](https://archive.org/details/protokolldeskong03comm); el texto alemán se ha establecido sobre dos lecturas OCR combinadas y puede conservar alguna errata. El alemán fue una de las lenguas de trabajo del congreso; las intervenciones en ruso, francés, inglés u otras lenguas se dan en la versión alemana del protocolo. Se omiten la lista de delegados y los índices finales. Los documentos aprobados no se repiten: una línea en cursiva remite a la [página del congreso](https://marxismo.school/archivo/congresos/1921%20III%20Congreso%20de%20la%20Internacional%20Comunista), donde están también las tesis y resoluciones que el protocolo no reproduce. Completamos con el día de la semana los títulos de las sesiones. Traducción de la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/congresos/originales/1921%20Protokoll%20des%20III.%20Kongresses%20der%20Kommunistischen%20Internationale).*

## El III Congreso de la Internacional Comunista (resolución del Comité Ejecutivo de la IC, abril de 1921)

El Ejecutivo de la Internacional Comunista ha decidido convocar el III Congreso Mundial de la Internacional Comunista para el 1 de junio de 1921. El Ejecutivo de la Internacional Comunista ha aprobado provisionalmente el siguiente orden del día:

1. Informe del Ejecutivo de la Internacional Comunista.

2. La crisis económica mundial y las nuevas tareas de la Internacional Comunista.

3. Táctica de la Internacional Comunista durante la revolución.

4. Período de transición (reivindicaciones parciales, acción parcial y lucha revolucionaria final).

5. Lucha contra la federación sindical amarilla de Ámsterdam.

6. El Consejo Internacional de los Sindicatos Rojos y la Internacional Comunista.

7. Estructura organizativa de los partidos comunistas, métodos y contenido de su trabajo.

8. Estructura organizativa de la Internacional Comunista y sus relaciones con los partidos adheridos.

9. Cuestión de Oriente.

10. El Partido Socialista Italiano y la Internacional Comunista (apelación del Partido Socialista de Italia contra la decisión del Ejecutivo).

11. El KAPD y la Internacional Comunista (apelación del VKPD contra la decisión del Ejecutivo de la Internacional Comunista). 12. Movimiento femenino.

13. Movimiento juvenil.

14. Elección del Ejecutivo de la Internacional Comunista y determinación de su sede.

15. Varios.

Moscú, abril de 1921.

G. Zinóviev.

## Ante el III Congreso Mundial de la Internacional Comunista (carta del Comité Ejecutivo de la IC a todos los partidos proletarios que pertenecen a la Internacional Comunista o desean adherirse a ella)

La apertura del III Congreso Mundial de la Internacional Comunista en Moscú está fijada para el 1 de junio de 1921. Hemos convocado el congreso dos meses antes de lo que prevén los estatutos de la Internacional Comunista. Pero estamos convencidos de que los partidos que pertenecen a la Internacional Comunista coincidirán con nosotros en que los intereses de nuestra causa exigen este adelanto.

En los nueve meses transcurridos desde el II Congreso Mundial de la Internacional Comunista se ha desarrollado en toda una serie de partidos una amplia discusión sobre todas las cuestiones de principio que planteó el II Congreso. En varios países el deslinde ha avanzado ya tanto que se ha producido la ruptura abierta entre los comunistas y los partidarios del centro. En Alemania, Francia, Inglaterra, Suecia, Noruega, Rumanía, Yugoslavia, Grecia, Suiza, Bélgica y otros países, la escisión entre los comunistas y los partidarios de la Internacional Dos y Media es un hecho consumado. En otros países, como Checoslovaquia, la escisión es cosa del futuro próximo. En Italia los comunistas han fundado su propio partido independiente. Del actual Partido Socialista, que agrupa a reformistas declarados y a revolucionarios vacilantes, irán saliendo poco a poco los elementos proletarios sanos, que se adherirán abiertamente a la Internacional Comunista. En América la unificación de todos los grupos comunistas ya no es más que cuestión del futuro más inmediato.

La Internacional Comunista tiene que tomar en consideración el conjunto de todos estos acontecimientos en los partidos citados. Durante este tiempo el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista ha tenido que tomar decisiones de la mayor importancia, y de esas decisiones debe rendir cuentas ante toda la Internacional Comunista. El III Congreso tiene que examinar ante todo en qué medida cada partido perteneciente a la Internacional Comunista ha cumplido efectivamente todas las condiciones que planteó el II Congreso de la Internacional Comunista. Pues llega a su término un período importante de la actividad de la Internacional Comunista. Hasta su I Congreso, la Internacional Comunista pasó por su etapa inicial, el período de preparación. Entre el I y el II Congreso se sitúa el período inicial de agitación. En aquella época la Internacional Comunista no era todavía una organización internacional completa: era solo una bandera, solo una consigna. El período entre el II y el III Congreso es el de la separación nítida, cada vez más acentuada, y de la formación de verdaderos partidos comunistas. El III Congreso hace balance de todo el trabajo realizado y da a la Internacional Comunista una organización acabada y una táctica pulida.

El orden del día previsto para el III Congreso lo ha elaborado el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista y se ha publicado en la prensa.

El primer punto de este orden del día es el informe del Comité Ejecutivo. En los nueve meses transcurridos desde el II Congreso, el Comité Ejecutivo ha tenido que intervenir en las luchas y escisiones que se han producido en una serie de partidos. Como es natural, a raíz de ello se han alzado aquí y allá protestas contra el Comité Ejecutivo. Si ha aplicado correctamente las directrices fijadas por el II Congreso, lo decidirá el III Congreso. Pero, en cualquier caso, la Internacional Comunista tiene que establecer un orden firme y preciso: el Comité Ejecutivo está subordinado al congreso mundial siguiente y le debe rendir cuentas. Ante él se puede apelar contra tal o cual decisión del Comité Ejecutivo. Pero de congreso a congreso la dirección entera está en manos del Comité Ejecutivo. Sus decisiones tienen que cumplirse. Sin esto es imposible que la Internacional Comunista exista como organización internacional centralizada y disciplinada. Si la Internacional Comunista no quiere llamarse en vano la Internacional de la acción, esta organización internacional de combate tiene que tener un estado mayor y la confianza de que ante ese estado mayor reinará la disciplina, no solo de palabra, sino también en los hechos.

El segundo punto del orden del día es «La crisis económica mundial y las nuevas tareas de la Internacional Comunista». Los «teóricos» de la Internacional Dos y Media, Otto Bauer, Hilferding,[^1] Kautsky y compañía, sostienen que, terminada la guerra imperialista, el capital logrará ahora restablecer cierto equilibrio económico, y que Europa, sobre la base de un ajuste pacífico del renovado sistema «capitalista», entrará en una fase de enérgico desarrollo organizativo. De ahí sacan los dirigentes de la Internacional Dos y Media —y ya ni hablamos de los representantes de la II Internacional, abiertamente traidora— determinadas conclusiones prácticas. De ahí resulta todo el desvergonzado paso de todos estos partidos, como los independientes alemanes o los longuetistas franceses, al campo de la contrarrevolución abierta. Al III Congreso Mundial le incumbe la tarea de mostrar a los trabajadores del mundo entero, sobre la base de un examen preciso de los hechos y tras un análisis cuidadoso de la crisis económica, con su paro y su empobrecimiento de las masas nunca vistos, la enorme falsedad de las ilusiones reformistas y la impotencia de quienes creen en el porvenir del capitalismo renovado y predican al proletariado internacional la política pequeñoburguesa de renovación del mundo.

En tercer y cuarto lugar figura en el orden del día la táctica de la Internacional Comunista durante la revolución y el período de transición: reivindicaciones parciales, acciones parciales y lucha revolucionaria definitiva. En un período de transición como el que estamos viviendo ahora en el movimiento revolucionario surgen inevitablemente dos tendencias. Si estamos en vísperas de la revolución, ¿para qué plantear todavía reivindicaciones parciales?, dicen unos; si podemos plantear reivindicaciones parciales, ¿para qué repetir cada vez el programa entero?, dicen otros. No vamos a desperdiciar nuestras fuerzas en acciones parciales; vamos a reunirlas para la última lucha final y decisiva, dicen unos. Aprovecharemos cada ocasión para «actuar», dicen otros. El III Congreso Mundial tendrá que sopesar con cuidado las experiencias concretas de los camaradas rusos antes de la revolución y las experiencias de los obreros alemanes y de los proletarios de los demás países. El III Congreso tiene que trazar para los partidos comunistas una línea táctica nítida, que se mantenga alejada tanto del sectarismo como de la caza de éxitos pasajeros, pero que conduzca a establecer el vínculo más sólido entre los partidos comunistas y las amplias masas proletarias y a mantener la firmeza de carácter en los principios y la fidelidad a las teorías del marxismo revolucionario.

Los puntos quinto y sexto están dedicados a la valoración del movimiento sindical internacional: «La lucha contra la Federación Sindical de Ámsterdam y el Consejo Internacional de los Sindicatos Rojos». Este es uno de los puntos más importantes del orden del día del III Congreso. La lucha en el campo del movimiento sindical está en pleno apogeo. Su desarrollo decide el desenlace de la lucha entre la II y la III Internacional, es decir, entre el capital y el proletariado. En los sindicatos están agrupados hoy millones de proletarios. Se trata de ganar al proletariado para nuestro lado. La táctica de formar células comunistas dentro de los sindicatos, fijada por el II Congreso, ha logrado éxitos dignos de consideración en Alemania, Francia, Inglaterra y otros países. La federación amarilla de Ámsterdam ha recibido los primeros golpes duros. Los dirigentes amarillos de Ámsterdam vacilan y se tambalean: hoy están dispuestos a hacer concesiones, y mañana expulsan de los sindicatos a los partidarios de la Internacional Comunista. Es un signo seguro de su próxima bancarrota completa. El III Congreso hará balance de la lucha contra la federación amarilla de Ámsterdam y la sistematizará para el futuro. Pero lo principal es que el III Congreso se verá obligado a determinar con precisión las relaciones mutuas entre la Internacional Comunista y el Consejo Internacional de los Sindicatos Rojos. Tendrá que decidir si serán dos organizaciones internacionales paralelas, en las que el papel dirigente correspondería a la Internacional Comunista, o si tendremos una sola Internacional Comunista que agrupe no solo a los partidos políticos, sino en general a todas las organizaciones proletarias que se sitúan en el terreno de la Internacional Comunista, entre ellas también los sindicatos rojos. En este último caso, el Consejo Internacional de los Sindicatos no sería más que una sección de la Internacional Comunista única. Se podrían aducir muchos «pros y contras» a favor de cada una de estas dos soluciones. De que este problema se resuelva de un modo o de otro dependerá muchísimo para la construcción del movimiento obrero internacional. Todas las organizaciones que pertenecen a la Internacional Comunista tienen que estudiar esta cuestión por todos sus lados y con cuidado, y presentar al III Congreso su decisión, formulada con precisión.

Los puntos séptimo y octavo tratan cuestiones de organización como estas: estructura organizativa de los partidos comunistas, métodos y contenido de su actividad; estructura organizativa de la Internacional Comunista y su relación con los partidos adheridos a ella. Aquí hay que discutir dos grupos de cuestiones. El primer grupo trata de cómo tiene que estar construido cada partido comunista. En Europa occidental se observa, incluso entre los partidos comunistas, que casi no existe una organización de partido que funcione de modo permanente. Solo durante las elecciones y en casos parecidos entraban en acción todos los miembros del partido de manera unitaria. Los partidos no tienen células comunistas de forma determinada que funcionen con regularidad en las fábricas y talleres, en las minas y en los ferrocarriles, en las aldeas y en las empresas, en los sindicatos y en las cooperativas. No existe un sistema estricto de subordinación de esas células a las centrales del partido. Y no existe ninguna organización ilegal digna de consideración que pueda completar la legal. Hay que poner fin a esta situación. De ello se ocupará el III Congreso. El segundo grupo de cuestiones de organización que el III Congreso tiene que tratar se refiere a cuáles son los límites de la autonomía de cada partido respecto al Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, a cómo tiene que estar construida la organización proletaria internacional centralizada que sea realmente capaz de dirigir la lucha internacional del proletariado, a qué hay que hacer para mejorar el enlace internacional de los distintos partidos comunistas entre sí y, en conjunto, con el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista, para que este esté en condiciones de cumplir las tareas que le incumben y que crecen de día en día.

El punto noveno trata una cuestión importante. La Internacional Comunista puede registrar los primeros éxitos de su trabajo entre los pueblos de Oriente. El Congreso de los Pueblos de Oriente de Bakú[^2] tiene sin duda una gran importancia histórica. También el Congreso de los Pueblos del Extremo Oriente, que se está preparando, desempeñará un papel nada pequeño. El III Congreso tendrá que abordar la cuestión de Oriente no solo en teoría, como ocurrió en tiempos del II Congreso, sino también en la práctica. Sin revolución en Asia no hay victoria de la revolución proletaria mundial. Esta idea tiene que convertirse en patrimonio intelectual de los proletarios comunistas. Solo entonces estarán los obreros comunistas suficientemente armados en el terreno de las ideas contra el oportunismo europeo de los señores Hilferding y demás héroes de la Internacional Dos y Media, que para los pueblos sojuzgados de Oriente no tienen más que una sonrisa.

De enorme importancia será el punto décimo del orden del día, que se refiere al Partido Socialista Italiano. El Partido Socialista Italiano pertenecía antes a la Internacional Comunista; pero, bajo la influencia de la agitación «centrista» del grupo de Serrati, el congreso de este partido en Livorno[^3] se negó a llevar a la práctica las 21 condiciones que el II Congreso de la Internacional Comunista planteó a todos los partidos. El grupo de Serrati, al que se sumó la mayoría del congreso, quería imponer a la Internacional Comunista a agentes del capital tan notorios como los viejos reformistas Turati, Modigliani, D'Aragona, Treves[^4] y compañía, es decir, los Dittmann, Bernstein y Longuet[^5] italianos.

Unidos a estos reformistas, que en el congreso de Livorno tenían 14.000 votos, los dirigentes del «centro» italiano, encabezado por Serrati, rompieron con 58.000 proletarios comunistas. Serrati ha sido infiel a los acuerdos adoptados por el II Congreso. En Livorno los verdaderos vencedores morales sobre el «centro» fueron los reformistas, con Turati a la cabeza. Los obreros comunistas fundaron un Partido Comunista independiente. En estas circunstancias, el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista consideró que era su deber reconocer como única sección de la Internacional Comunista en Italia al joven Partido Comunista de Italia y excluir de la Internacional Comunista al partido de Serrati, que de hecho ha renegado de los acuerdos del II Congreso. El Partido Socialista Italiano protestó contra esta decisión del Ejecutivo y apeló al congreso ordinario de la Internacional Comunista. Todo partido tiene un derecho indudable a esa apelación. Por eso el Comité Ejecutivo deja de muy buen grado este litigio a la decisión del III Congreso.

El Comité Ejecutivo, que conoce los usos y costumbres de los dirigentes «centristas», amigos de esquivar las respuestas claras a las preguntas difíciles, comunicó al Comité Central del Partido Socialista Italiano, en una carta especial, lo siguiente:

1. Os invitamos a participar en el III Congreso y exigimos que vuestros delegados al III Congreso de la Internacional Comunista dispongan de todos los poderes necesarios para dar al III Congreso respuestas definitivas.

3. Exigimos que respondáis con claridad y precisión si estáis de acuerdo con la expulsión del partido y de la Internacional Comunista del grupo de la *Critica Sociale*,[^6] es decir, de Turati, Treves y compañía, pues esa es la única causa del litigio.

La cuestión italiana ha adquirido importancia internacional. En Alemania, el grupo de Levi,[^7] que desde hacía tiempo buscaba crear algo así como un ala derecha de la Internacional Comunista, se aferró al litigio italiano y aseguró que el Ejecutivo de la Internacional Comunista había cometido errores «tácticos» en esta cuestión, que el Ejecutivo predicaba escisiones «mecánicas», y cosas por el estilo.

El III Congreso aportará plena claridad en esta cuestión, la elevará a la altura de principio necesaria, la depurará de todo lo mezquino y accidental y dirá a todos y a cada uno que quien no cumpla de hecho las 21 condiciones no puede ser miembro de la Internacional Comunista.

La insurrección de marzo de los comunistas alemanes[^8] provocó graves desavenencias en el VKPD. Levi fue expulsado del partido, y el Ejecutivo de la Internacional Comunista aprobó esa expulsión. Sin duda al III Congreso le corresponde la tarea de ocuparse de los problemas tácticos que ha planteado la insurrección de marzo.

En el orden del día del III Congreso figura además la cuestión de la actitud ante el KAPD. Este partido tiene que decir de una vez por todas si se somete o no a la disciplina internacional.

Y, por último, figuran en el orden del día del III Congreso las cuestiones del movimiento femenino, del movimiento juvenil, etc.

Finalmente, el Ejecutivo de la Internacional Comunista decidió incluir en el orden del día del III Congreso, de una u otra forma, la cuestión sumamente importante de la política económica y de la situación general en la Rusia soviética, la primera república en la que el proletariado ha conquistado el poder.

Rogamos a todos los partidos y federaciones que pertenecen a la Internacional Comunista o desean adherirse a ella que organicen de inmediato la discusión más amplia posible, tanto en la prensa como en las asambleas, sobre las cuestiones del orden del día del III Congreso. Rogamos además que pongan ya desde ahora en primer plano la cuestión de la elección de delegados a este congreso. El Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista ha decidido por unanimidad proponer a todos los partidos que

1. las delegaciones al congreso sean, en lo posible, bastante numerosas;

2. un tercio de los delegados pertenezca a la Central del partido, y los otros dos tercios sean designados por las mayores organizaciones locales, que están en contacto permanente con las masas obreras. A esto último le damos gran importancia.

Es necesario que acudan al congreso tantos obreros como sea posible, que expresen del modo más directo la voz de la masa obrera.

El trabajo preparatorio, las valoraciones previas, etc., no son menos importantes que el congreso mismo. Las decisiones del III Congreso tienen que ser preparadas y debatidas por los obreros en muchos cientos de asambleas. Queda poco tiempo; así que ¡manos a la obra!

¡Con saludos comunistas!

El presidente del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista:

G. Zinóviev.

Los miembros:

Rusia: Lenin, Trotski, Bujarin, Rádek.

Francia: Rosmer.

Inglaterra: Quelch, Bell.

Austria: Steinhardt.

Hungría: Béla Kun, Rudnyánszky, Varga.

Polonia: Walecki.

Bulgaria: Dimitrov, Popov, Shablin.

América: Wm. Haywood,[^9] John Cresby.

Finlandia: Kuusinen, Manner, Rahja.

Holanda: Jansen.

Noruega: Friis.

Suiza: Itschner.

Georgia: Tsjakaia.

Letonia: Stučka.

Persia: Sultán-Zade.

Federación Internacional de la Juventud: Shatskin.

El Ejecutivo ruega a todos los partidos y federaciones que envíen con sus delegados informes escritos detallados sobre la actividad de los partidos en el año transcurrido. Ruega además a todos los partidos que designen entre sus miembros ponentes sobre los distintos puntos del orden del día del congreso y que presenten proyectos de tesis y resoluciones sobre esas cuestiones.

## Ante el III Congreso de la Internacional Comunista (acuerdo del Pequeño Buró del Comité Ejecutivo de la IC)

El Pequeño Buró del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista ha decidido:

El III Congreso Mundial empezará sus trabajos en Moscú no más tarde del 2 de junio de 1921.

El Ejecutivo publica la presente lista provisional de las organizaciones invitadas al congreso. El Ejecutivo advierte que esta lista solo es aproximada y muy incompleta.

También tienen derecho a enviar delegados al congreso las organizaciones comunistas que por cualquier motivo no figuren en la lista.

Rusia: Partido Comunista. Alemania: Partido Comunista Unificado. Partido Comunista Obrero (con voto consultivo). Francia: Partido Socialista de Francia. Minoría revolucionaria de los sindicatos. Italia: Partido Comunista. Unione Sindacale. Sindicato Ferroviario. Federación de la Gente de Mar. Partido Socialista (con voto consultivo). Bulgaria: Partido Comunista. Polonia y Galitzia Oriental: Partido Comunista Obrero de Polonia. Partido Comunista de Galitzia Oriental. Bund de los obreros judíos (con voto consultivo). Checoslovaquia: Partido Comunista de la Bohemia alemana. Izquierda marxista de los socialistas checos. Partido Socialista de Eslovaquia (con voto consultivo). Partido Socialista Internacionalista de la población rutena (con voto consultivo). Inglaterra: Partido Comunista Unificado. Izquierda del Partido Laborista Independiente (ILP). América: Partido Comunista (Unificado). Trabajadores Industriales del Mundo (IWW). Austria: Partido Comunista. Hungría: Partido Comunista. Yugoslavia: Partido Comunista, Partido Socialista del territorio autónomo de Pécs. Ucrania: Partido Comunista. Finlandia: Partido Comunista. Suecia: Partido Comunista. Noruega: Partido Laborista. España: Partido Comunista. Confederación del Trabajo (Confederación de los Trabajadores). República del Extremo Oriente: Partido Comunista. Japón: grupos comunistas. Argentina: Partido Comunista. Federación Obrera Comunista (con voto consultivo). Azerbaiyán: Partido Comunista. Armenia: Partido Comunista. Georgia: Partido Comunista. Grecia: Partido Comunista. Bélgica: Partido Comunista. Holanda: Partido Comunista. Dinamarca: Partido Comunista. Suiza: Partido Comunista. Federaciones obreras de las ciudades suizas (con voto consultivo). Rumanía: Partido Comunista. Letonia: Partido Comunista. Estonia: Partido Comunista. Socialdemocracia Independiente. Persia: Partido Comunista de Irán. Australia: Partido Comunista. Canadá: grupos comunistas. Cuba: grupos comunistas. México: Partido Comunista. Centroamérica: grupos comunistas. Uruguay: Partido Socialista. Chile: Partido Socialista. Java: Partido Comunista. Sudáfrica: Liga Socialista Internacional. Lituania: Partido Comunista. Portugal: grupos comunistas. Luxemburgo: Partido Comunista. Irlanda: grupos comunistas. Islandia: Partido Comunista. Turquía: Partido Comunista. Jiva: Partido Comunista. Bujará: Partido Comunista (con voto consultivo). Palestina: Partido Comunista (con voto consultivo). India: grupos comunistas (con voto consultivo). China: Partido Socialista de Izquierda (con voto consultivo). Grupos comunistas (con voto consultivo). Corea: Partido Comunista (con voto consultivo). Partido Socialista Revolucionario (con voto consultivo).

El Ejecutivo de la Internacional Comunista invita además a los siguientes grupos afines a enviar delegaciones al III Congreso de la Internacional Comunista en Moscú, para asistir a las sesiones del Congreso Comunista Mundial a título informativo, como grupos interesados.

Partido Socialista Obrero de Finlandia; Confederación General del Trabajo de Italia; Federación de Obreros Rusos de Sudamérica; Confederación General del Trabajo de Grecia; Secretariado Nacional del Trabajo de los Países Bajos; Unión de los Sindicatos de Oposición de Dinamarca; Partido Socialista de Izquierda de Bélgica (Federación de Bruselas); Federación de los Anarcocomunistas de Holanda.

## Primera sesión, miércoles 22 de junio de 1921 (7 de la tarde)

*(Apertura del III Congreso Mundial de la Internacional Comunista en el Teatro Bolshói de Moscú, con los delegados, el Soviet de Moscú y los representantes de los trabajadores; discursos de saludo de Zinóviev, Kámenev, Vaillant-Couturier, Frölich, Hewlett, Kolárov, Burian, Gennari, Tommasi y Takeguchi.)*

**Presidente Zinóviev.** En nombre del Ejecutivo de la Internacional Comunista declaro abierto el III Congreso Mundial de la Internacional Comunista. *(Vivos aplausos. La orquesta toca la Internacional.)*

**Presidente Zinóviev.** ¡Camaradas! Como en todas las asambleas proletarias internacionales, también esta vez nuestra primera palabra ha de estar consagrada a aquellos de nuestros hermanos que han caído en la lucha por el comunismo. A los nombres que en los últimos años han quedado inscritos en los anales de nuestra lucha, los nombres de Karl Liebknecht, Rosa Luxemburg y otros, se han sumado en el año transcurrido no pocos nombres igual de ilustres. Hemos perdido a nuestro querido camarada John Reed,[^10] el mejor dirigente del proletariado americano. Hace poco, los obreros de Berlín enterraron a uno de sus dirigentes, Sült,[^11] asesinado por los verdugos de la burguesía alemana. Un grupo de comunistas turcos, con nuestro camarada Suphi[^12] a la cabeza, que participó en el I Congreso de la Internacional Comunista, cayó hace poco a manos de asesinos. En el curso de este año hemos perdido a toda una serie de camaradas en las inmediaciones de la Rusia soviética. Así, en estos días, la burguesía letona ha fusilado a un grupo de nuestros valientes camaradas, entre los cuales los camaradas Schief y Berents habían tomado la parte más activa en nuestra lucha. Ejecuciones semejantes se han producido en Lituania. En Italia no pasa una semana sin que nuestros camaradas pierdan a alguno de los suyos en la lucha contra los agentes a sueldo del capital italiano. En Alemania, en las jornadas de marzo, perecieron cientos de los mejores camaradas alemanes. Faltan algunos camaradas que estuvieron entre los delegados del II Congreso Mundial. Todos recordáis la trágica muerte de tres de nuestros mejores camaradas franceses, Raymond Lefebvre, Lepetit y Vergeat,[^13] que perecieron en el mar. De la misma trágica muerte ha muerto, en el camino de Rusia a su patria, un grupo de comunistas griegos, como el camarada Alexakis y otros. Por la causa del proletariado ha caído también nuestro camarada finlandés Iván Rahja con un grupo de sus amigos. En este tiempo ha muerto nuestra camarada Inessa Armand, que participó tan activamente en el II Congreso Mundial de la Internacional, y hace poco hemos dado sepultura a la camarada Samóilova.[^14] En el sur de Europa y en Yugoslavia, las olas del terror blanco que allí reina han arrancado de nuestras filas a decenas de camaradas. Antes de empezar nuestro trabajo, invito al III Congreso Mundial de la Internacional Comunista a ponerse en pie en honor de los camaradas caídos y fallecidos.

*(La orquesta toca la marcha fúnebre.)* *Los asistentes se ponen en pie.*

**Zinóviev.** En nombre del III Congreso Mundial de la Internacional Comunista saludamos a los muchos miles —quizá sean decenas de miles— que se encuentran ahora tras las rejas de las cárceles en diversos países. En Alemania hemos perdido durante las jornadas de marzo a cientos de camaradas: cuatrocientos camaradas han sido condenados en las últimas semanas a cárcel o a presidio, y unos 7000 languidecen en prisión. Sabemos además que las cárceles de la república húngara no están vacías, igual que no se vacían las de Finlandia. En las más democráticas de las repúblicas burguesas, como por ejemplo en América, hay miles de comunistas en la cárcel. En Inglaterra se encuentra ahora tras las rejas de la cárcel uno de los dirigentes de nuestro joven partido, junto con varios otros camaradas ingleses, que se dirigieron a los obreros ingleses con palabras comunistas. En Checoslovaquia hay encarcelado un número nada pequeño de obreros, y entre ellos los combatientes comunistas de Checoslovaquia que bien conocéis: Muna, Zápotocký,[^15] Zatocký, Hula y otros, que están ahora en espíritu con nosotros y nos envían sus saludos desde detrás de los muros de la cárcel. Estamos convencidos de que no está lejano el tiempo en que todas las cárceles capitalistas sin excepción serán destruidas por el pueblo sublevado y nuestros hermanos, los mejores hijos de la clase obrera internacional, estarán libres y se pondrán a la cabeza de la masa proletaria que toma por asalto el capitalismo. Este año no ha sido fácil en la historia de la Internacional Comunista. Durante este tiempo hemos tenido lucha armada en toda una serie de países. En algunos de esos países la lucha creció hasta convertirse en grandes batallas. Recordaréis que apenas habíamos tenido tiempo de clausurar el II Congreso de la Internacional Comunista cuando en Italia, el país que entonces estaba más cerca de la revolución proletaria, comenzó un movimiento proletario de masas que empleó nuevas formas de lucha. Los obreros de Italia exigieron la entrega de las fábricas y talleres y los mantuvieron en sus manos durante dos semanas; organizaron un ejército rojo y estaban dispuestos a llevar más lejos su lucha.

En aquel momento los reformistas italianos, los mismos que nos honraron con su visita y que querían pertenecer a la Internacional Comunista, se mostraron en el campo de la burguesía y traicionaron la causa de la clase obrera. La Confederación del Trabajo italiana, con oportunistas experimentados a la cabeza, hizo en el momento decisivo todo lo posible por disolver el movimiento obrero. Los centristas italianos, con Serrati a la cabeza, en quien todavía se confiaba el año pasado, no encontraron nada mejor que hacer que presentar el gran movimiento proletario como un movimiento sindical, pacífico, tradeunionista. Los obreros italianos tuvieron que pasar por la dolorosa experiencia de comprobar que algunos de sus dirigentes no eran más que saboteadores de su lucha.

En diciembre de 1920 tuvimos una insurrección del proletariado checoslovaco, en parte armada, que abarcó a más de un millón de personas; un movimiento que no estaba suficientemente organizado y que fue aplastado enseguida, pero que templó al proletariado checoslovaco y le dio la posibilidad, la escuela necesaria, para formar un partido comunista de masas, que aquí está representado entre nosotros por primera vez.

Y en la primavera de este año tuvimos la insurrección del proletariado alemán, que arrastró consigo a no menos de cientos de miles, y que, aunque también fue aplastada, desempeñó un papel nada pequeño en la historia del movimiento revolucionario alemán y, al templar al proletariado, dio lugar a un nuevo movimiento comunista de masas y, pese al fracaso, se inscribió con letras de oro en la historia de la lucha de liberación del proletariado alemán. Junto a estos grandes movimientos tuvimos una serie de insurrecciones menores de los proletarios de diversos países. Todas estas insurrecciones han templado a nuestros jóvenes partidos comunistas, les han dado lecciones impagables y les han ayudado a reconocer sus debilidades y a evitar en el futuro los errores que no deben repetirse; al mismo tiempo contribuirán a infundir en nuestro partido el espíritu de lucha y la consciencia de que no podemos contentarnos con la propaganda pacífica, sino que nuestros partidos tienen que librar una lucha tras otra y un asalto tras otro contra nuestros enemigos capitalistas. Nuestros enemigos señalan precisamente estos movimientos de masas para sacar la conclusión de que la Internacional Comunista no ha sufrido en el curso de este año más que derrota tras derrota.

Desde luego, esa gente corta de vista que no ve más allá de sus narices puede considerar los movimientos italiano, checoslovaco y alemán como derrotas nuestras. Sabemos que toda la cadena de luchas del proletariado internacional está hecha de esas derrotas. Sabemos que también el proletariado ruso sufrió toda una serie de derrotas semejantes antes de conquistar la victoria. Estamos convencidos también de que la lucha que se ha librado en Italia, en Checoslovaquia y en Alemania, y que no condujo a la victoria del proletariado internacional, ha de valorarse no obstante como un paso de gigante en el camino de forjar nuestra unidad.

Cuando se reunió nuestro II Congreso Mundial, parecía que el capital mundial vivía una especie de auge. Ahora, cuando se reúne nuestro III Congreso, es un hecho cotidiano que el capitalismo mundial atraviesa una crisis grave y prolongada. Tenemos millones de parados en Europa y América, y una multitud de trabajadores que solo trabajan media semana. Vemos cómo crece la miseria en toda una serie de países. Observamos la admirable huelga de los mineros ingleses,[^16] que es sin duda uno de los acontecimientos más importantes en la historia de la revolución internacional. Esta huelga es admirable por su tenacidad y su heroísmo. Y lo es tanto más cuanto que los dirigentes de las viejas trade-unions, como corresponde a esos señores, traicionaron a los obreros ingleses en el momento decisivo. Y pese al apoyo insuficiente de otras capas proletarias, rodeados de enemigos por todas partes, los mineros aguantan ya desde hace semanas en esta huelga sin precedentes en la historia del movimiento obrero inglés. Hoy, cuando abrimos nuestro congreso, recibimos nuevas noticias del desarrollo del movimiento revolucionario en Italia: la huelga de los ferroviarios y de los empleados de correos y telégrafos. Es evidente que Italia entra de nuevo en un período de grandes luchas. Alemania, donde aún no se ha apagado el eco de las últimas sentencias de los tribunales blancos, ha vivido en estos días una huelga general de tres días. Baviera se encamina de nuevo hacia luchas revolucionarias. En Francia hierve la lucha dentro del movimiento sindical, una lucha que en las federaciones sindicales más importantes termina con la victoria de la tendencia revolucionaria sobre la oportunista.

Nuestros partidos han crecido extraordinariamente en el curso de un año. Mirad solo los países principales. En el II Congreso solo teníamos un pequeño grupo de partidarios nuestros de Francia, que actuaban entonces como propagandistas y animadores de los primeros grupos comunistas de Francia. En la presente asamblea tenemos representantes del partido de Francia, que cuenta 120.000 miembros y que ha derrotado brillantemente al viejo partido oportunista, pasado ahora al campo de la Internacional Dos y Media. Mirad Checoslovaquia. En el II Congreso teníamos la representación de un pequeño grupo de propagandistas comunistas. En el III Congreso tenemos representantes de un partido comunista organizado que cuenta más de 400.000 obreros organizados, contando a los camaradas checos y alemanes. Mirad Inglaterra: en tiempos del II Congreso veíamos la representación de ocho grupos aislados relativamente pequeños, que a menudo se combatían entre sí; en el III Congreso, en cambio, la representación de un partido que cuenta 10.000 miembros, que elaboran su posición política y están dispuestos a llevar una influencia comunista consciente a ese magnífico movimiento proletario de masas que ha empezado ahora en Inglaterra.

Tomad América. En el II Congreso solo teníamos una débil representación de grupos aislados. Durante este año hemos unificado todas las fuerzas comunistas de América en un partido único; este partido es perseguido, trabaja en la ilegalidad, pero conquista una influencia cada vez mayor sobre el movimiento proletario de masas que está despuntando en América. Así pues, camaradas, en todos los países, en todas partes, nuestro partido se ha fortalecido. El terror blanco, que intentó aniquilar a nuestro partido en Yugoslavia, no pudo conseguirlo, pese al apoyo de los partidarios de la II Internacional y de la Internacional Dos y Media. Pero al mismo tiempo hemos tenido también pérdidas. En el II Congreso estaba representado el partido italiano, unido y numeroso; en el III Congreso, en cambio, solo tenemos la representación del nuevo y joven partido comunista, que cuenta actualmente, con la juventud, unos 100.000 miembros. Los filisteos opinan que la Internacional Comunista ha perdido muchísimo en Italia, que ha sufrido una gran derrota. Nosotros somos de otra opinión: en Italia hemos perdido algunas ilusiones, algunas magnitudes negativas, aquellos elementos que solo pertenecieron a la Internacional Comunista por un malentendido; hemos perdido aquellos grupos que creían que se podía pertenecer a la Internacional Comunista sin asumir obligaciones serias. Tanto mejor para la Internacional Comunista que haya perdido ese lastre. A los obreros de Italia que aún no se han adherido a la Internacional Comunista los llamamos a nuestras filas, los llamamos con pasión y estamos convencidos de que no está lejos el día en que todos los obreros italianos, con su magnífico temperamento revolucionario, estarán en nuestras filas. Pero esos señores que traicionaron entonces al movimiento obrero italiano, cuando los obreros italianos se apoderaron de las fábricas y talleres, esos señores que miran de reojo con un ojo a Moscú y con el otro a Ámsterdam, a esa gente no la necesitamos. No creemos que sea una derrota para nosotros que las magnitudes negativas nos hayan abandonado. En Italia tenemos un joven partido comunista formado por miembros conscientemente entregados a la revolución proletaria, un partido joven que todavía no es bastante numeroso; pero estamos firmemente convencidos de que el futuro pertenece a este partido y de que no está lejos el día en que este joven Partido Comunista de Italia reunirá a su alrededor todo lo que hay de honrado y revolucionario en el proletariado italiano. *(Aplausos.)*

Actualmente se ha producido a escala internacional la agrupación de los elementos que nos son hostiles. El año pasado vinieron a nosotros los representantes de los independientes de derecha alemanes y de grupos afines a ellos; querían adherirse a la Internacional Comunista para sabotear después el movimiento proletario, como hacen en todas partes sus correligionarios. No los admitimos. Ahora se han unido a escala internacional, se han consolidado y han formado la Internacional Dos y Media. No tenemos motivo para lamentarnos por ello. Todos los elementos pequeñoburgueses inconsistentes, oportunistas y semioportunistas se han unido en un punto, en la Internacional Dos y Media, y nos han librado de los elementos incapaces de resistir, poco fiables y vacilantes. La Internacional Comunista no hace más que ganar con que esos elementos no le pertenezcan, sino que se concentren en otro lugar, en otro polo. Mirad en qué se ha convertido la II Internacional. En tiempos de nuestro II Congreso, hace un año, todavía se podía dudar de cuál sería la suerte de la II Internacional; pero ahora sabemos, camaradas, que el destino de su venerable presidente, Thomas,[^17] simboliza mejor que nada el destino de esta Internacional. Cuando empezó la huelga de los mineros, ese Thomas, presidente de la II Internacional y figura más destacada de la Internacional de Ámsterdam, traicionó a los mineros. La traición fue tan vergonzosa y la indignación de los obreros tan grande que tuvo que marcharse por un tiempo a América.

Y no hace mucho leímos que este presidente fugitivo de la II Internacional, este venerable colaborador de Ámsterdam, fue recibido al desembarcar en América con una manifestación hostil del proletariado revolucionario americano. ¿No es esto un signo, camaradas, del estado de la II Internacional, podrida hasta las raíces y convertida en una organización abiertamente hostil al proletariado? Nuestra lucha principal la libramos actualmente contra la Internacional de Ámsterdam, que une a la II Internacional y a la Internacional Dos y Media. Es aquí donde se libra ahora la batalla principal.

Después de nuestro congreso se celebrará en Moscú el I Congreso Mundial de los Sindicatos Rojos. Este congreso tendrá una importancia enorme, porque en esa ocasión uniremos por primera vez a los sindicatos que emprenden conscientemente la lucha contra Ámsterdam, que quieren destruir el último baluarte del capitalismo. El Consejo Sindical Internacional, fundado durante el II Congreso Mundial, ha reunido durante este año a 15 millones de obreros organizados sindicalmente. En el próximo congreso daremos a esta organización un fundamento todavía más sólido.

A nuestro congreso, camaradas, le espera un trabajo de principio, teórico, enorme: una vez más tendrá que examinar por todos sus lados la situación económica y política mundial; una vez más tendrá que sopesar y poner a prueba nuestra táctica, curtir a todos nuestros partidos para una lucha más eficaz contra todo oportunismo, contra toda tibieza y contra todo centrismo, que por desgracia penetran también en nuestras filas, incluso en países tan probados del movimiento obrero clásico como Alemania. Nuestro congreso encontrará en sí, en este sentido, la fuerza para oponer barreras de hierro a todas las corrientes que intentan socavar desde dentro la férrea unidad comunista.

Nuestro congreso encontrará la fuerza de ánimo necesaria para hacer frente con dureza a todos los que intentan introducir el veneno del centrismo y del semicentrismo en nuestro joven partido comunista, se llamen como se llamen y por grandes que hayan sido sus méritos en el pasado.

Nuestro congreso trazará una vez más, de manera mucho más detallada y concreta, la línea clara y nítida que tiene que estar calculada tanto para un ritmo más rápido de la revolución proletaria como para uno más lento, si resultara que la revolución toma este camino, menos deseable para nosotros.

Nuestro congreso debe dar a la Internacional Comunista una estructura más acabada, pues precisamente ahora se plantea ante cada partido y ante la Internacional Comunista en su conjunto toda una serie de cuestiones de organización de la mayor importancia; nuestro congreso rendirá cuentas del trabajo realizado este año.

La lista provisional que tengo delante muestra que en nuestro congreso están representados cuarenta y tres países; probablemente serán cincuenta en total. Nuestra asamblea de hoy es en realidad un gigantesco congreso mundial del proletariado comunista. Tendremos la posibilidad de aprovechar las experiencias que nuestros hermanos han reunido en toda una serie de países. Uno de los puntos principales del orden del día de nuestro congreso es la caracterización de la situación exterior e interior de la República soviética, el único país hasta ahora en el que el poder está en manos del proletariado, que tantos sacrificios ha hecho en esta lucha y tantas penalidades ha pasado. Estamos obligados —y lo hacemos con la mayor buena voluntad— a contar todos nuestros padecimientos a nuestros hermanos, que han venido a nosotros de todos los países del mundo, a darles a conocer la situación real de las cosas, a mostrarles nuestros puntos fuertes y débiles, a ofrecerles un cuadro de la lucha heroica del proletariado que libra, por encima de sus fuerzas, la lucha por el poder de la clase obrera. Los camaradas llegados de todos los países saben bien que la revolución rusa representa una gran parte, si no la mitad, de la revolución proletaria mundial. Todos comprenden lo importante que es para los obreros de todos los países que el poder del proletariado en nuestro país permanezca intacto y que ahora, tras el fin de la guerra civil y la desmovilización del Ejército Rojo, podamos por fin pasar a la construcción económica pacífica.

Camaradas, nuestro congreso, ya ahora, antes incluso de haber empezado su trabajo, está rodeado por el odio ciego de la burguesía mundial. En toda la prensa burguesa circula sobre nuestro congreso un mar de mentiras y calumnias. Me han contado que la prensa burguesa polaca publicó, llena de alegría por el mal ajeno, la noticia de que solo diecisiete delegados habían llegado a Moscú; pero vosotros sabéis que están reunidos casi mil representantes de las organizaciones obreras del mundo entero. Todavía se inventarán muchas patrañas; pero aun así tenemos derecho a afirmar que, por otra parte, nos apoyan los elementos más avanzados, más honrados y más revolucionarios del mundo entero. Estamos seguros de que, siguiendo el ejemplo del II Congreso, que elaboró los estatutos de la Internacional Comunista y los principios elementales de nuestra táctica, nuestro III Congreso pulirá la táctica y la organización de la Internacional Comunista y ayudará a los partidos hermanos de países como Inglaterra y América, donde se alza un fuerte movimiento obrero pero el comunismo es todavía débil, a penetrar en las masas; que nuestro congreso ayudará a los partidos que, como el checoslovaco, el búlgaro y otros, cuentan ya con el apoyo de grandes masas, a concentrar sus fuerzas para las batallas más gloriosas; estamos seguros de que nuestro congreso abrirá los ojos a los demás partidos sobre sus errores y debilidades y les ayudará a enderezar su línea, a depurar el partido de todos los elementos oportunistas y a templarlo, de modo que en cada país exista, como ya deseó el II Congreso, una sección del partido comunista mundial, único y fraternal. *(Vivos aplausos.)*

Doy la más cordial bienvenida a todos los camaradas que han venido a nosotros, y en especial a las delegaciones de los países del Próximo y del Extremo Oriente. *(Nuevos aplausos y ovación.)*

¡Camaradas! En toda la historia del movimiento obrero no ha habido todavía ningún congreso que contara con tantos representantes del Próximo y del Extremo Oriente. Recordáis el congreso de Bakú, que se celebró después del II Congreso; desde entonces la influencia de la Internacional Comunista en los países del Próximo y del Extremo Oriente se ha reforzado, y esa influencia crece de día en día. La presencia de las numerosas delegaciones de los países del Próximo y del Extremo Oriente en nuestro congreso es una prueba de que nuestra organización no es solo europea, no es solo una unión internacional de los obreros de Europa, sino del mundo entero. La presencia de estas delegaciones prueba que nos espera no solo una revolución europea, sino una revolución mundial en el verdadero sentido de la palabra. Por eso los representantes de los partidos proletarios avanzados de Europa y América tienen que dedicar una atención especial a estos representantes del Próximo y del Extremo Oriente, prestarles el mayor apoyo, formar con ellos una alianza fraternal y mostrar al mundo entero que somos capaces de unir no solo a los proletarios avanzados de Europa y América, sino también a los numerosos pueblos del Próximo y del Extremo Oriente.

Damos la bienvenida a todas las delegaciones con el grito: ¡Viva la revolución mundial, viva la Internacional Comunista! *(Aplausos tempestuosos y prolongados, y ovación.)*

Camaradas, como algunos discursos tienen que traducirse a diversas lenguas, ruego a los camaradas que no conozcan la lengua que guarden silencio para no molestar a los demás. El discurso anterior lo traducirá el camarada Rádek.

**Zinóviev.** El congreso pasa ahora a la elección del presidium.

**Frölich.**[^18] Camaradas, para preparar los trabajos del congreso el Comité Ejecutivo se ha ampliado con representantes de todos los partidos aquí presentes. Este Comité Ejecutivo ampliado os propone para el presidium a los camaradas siguientes. Como presidente, a nuestro camarada Zinóviev. *(Viva aprobación.)* Como vicepresidentes, a los camaradas Kolárov (Bulgaria), Gennari (Italia), Loriot (Francia) y Koenen (Alemania).[^19] *(Viva aprobación.)*

**Zinóviev.** Camaradas, esta lista ya se ha discutido en el Comité Ejecutivo ampliado. Pregunto si hay otras propuestas. Como no hay objeciones, declaro aprobada la lista. Quedan, pues, elegidos al presidium los camaradas mencionados. *(Aplausos tempestuosos.)*

**Frölich.** Camaradas, os ruego que decidáis que el congreso elija como presidentes de honor a nuestros muy queridos camaradas Lenin y Trotski. *(Aplausos tempestuosos.)*

**Rádek.** En nombre del buró de la delegación rusa proponemos nombrar también presidentes de honor a los camaradas encarcelados Muna, Inkpin y Brandler.[^20] *(Aprobación tempestuosa.)*

**Zinóviev.** Para saludar en nombre del CC del PCR y del Soviet de Moscú tiene la palabra el camarada Kámenev.

**Kámenev.** En nombre del Partido Comunista de Rusia saludo al mayor acontecimiento mundial de este momento: el congreso mundial de los comunistas de todos los países. Me alegro de poder añadir a este saludo de nuestro partido el saludo de la clase obrera y de todos los trabajadores de la ciudad de Moscú. Estamos orgullosos de que por tercera vez se reúnan dentro de los muros de nuestra vieja ciudad los representantes de la revolución mundial, y de que puedan discutir y decidir aquí tranquilamente las cuestiones de la revolución mundial, bajo la protección de las manos encallecidas del proletariado. Nos alegramos de que la ciudad administrada por el Soviet de Moscú se haya convertido en el símbolo del movimiento proletario mundial y de que la lucha contra la burguesía mundial y contra la traición mundial de los oportunistas se libre bajo la consigna «Por Moscú».

¡Camaradas! La historia ha querido que el congreso mundial de los comunistas se reúna en la antigua residencia del peor despotismo, del mayor imperio, en un país en el que 150 millones de obreros y campesinos sojuzgados eran gobernados por una camarilla a cuya cabeza estaba el zar. El poder soviético triunfa ya por cuarto año. La gente frívola y los portadores de la influencia burguesa nos critican desde el punto de vista de que no podemos desplegar por completo el orden comunista. Intentan socavar la influencia de la revolución comunista y de las ideas comunistas señalando que, al cuarto año del paso del poder a manos de los obreros y campesinos entregados al comunismo, ese comunismo todavía no se ha llevado a la vida tan plena y enteramente como deseamos.

A este reproche, a esta crítica malintencionada, respondemos simplemente indicando que ningún partido comunista, ningún proletariado, por valiente que sea, es capaz de hacer realidad sobre las ruinas del orden capitalista, en el curso de un año o de 3 o 4 años, ese mundo nuevo en el que no ha de haber explotados ni explotadores, ese mundo nuevo con el que los trabajadores han soñado durante siglos y cuya realización exige esfuerzos increíbles de la clase obrera. Sí, no podemos mostrar a los camaradas aquí reunidos de todo el mundo un orden comunista acabado. Aquí en Moscú, en nuestra república obrera, encontrarán las ruinas del viejo orden y verán cómo de esas ruinas brotan los gérmenes *de la nueva* sociedad comunista. Hemos derribado y vencido al viejo poder, pero todavía luchamos por erigir, en el solar arrancado a la burguesía, un nuevo templo de la sociedad comunista.

Los camaradas que se han reunido aquí de todo el mundo nos encuentran en un período de lucha tenaz, en el que tenemos ante nosotros muchas tareas difíciles. Y no vamos a embellecer la situación: esas grandes tareas que nos esperan no podemos resolverlas solos, y no nos comprometemos a resolverlas solos. Desde el momento en que la clase obrera rusa, la primera del mundo, lanzó la consigna de una república administrada por el proletariado, la consigna de una república de la dictadura proletaria, desde ese momento tuvimos ante nosotros dos tareas. Nuestra primera tarea era demostrar que la clase obrera, que había derribado a la burguesía, podía mantener su poder aunque el mundo entero se armara contra ese poder. Esta primera tarea preparatoria *la hemos cumplido*. *(Aplausos.)* Podemos decirlo con orgullo. Hemos demostrado ante el mundo entero, ante el proletariado y ante nuestro enemigo mortal, la burguesía, que la clase obrera de Rusia, después de tomar el poder, defendió ese poder con las armas en la mano durante tres años y que venció en esa lucha. Obligó a su enemigo a deponer las armas y existe ahora como un Estado obrero y campesino independiente y libre que prosigue la construcción comunista. Hemos unido bajo el gobierno de los soviets a 135 millones de trabajadores. Desde el océano Glacial Ártico hasta el mar Negro, *desde el mar Báltico hasta* el océano Pacífico, hemos *extendido el poder del trabajo* y plantado la bandera de la Internacional Comunista. Esta posición se la ha arrancado al capitalismo mundial el obrero y el campesino ruso.

Y ahora tenemos ante nosotros la segunda tarea. ¿Podremos demostrar, después de haber vencido en el frente militar, que el poder que tenemos en nuestras manos es capaz de trastocar las relaciones económicas y de construir una sociedad comunista sobre la base del orden capitalista destruido? ¿Nosotros, que hemos podido con la agresión de doce Estados, podremos con el espíritu pequeñoburgués, con los hábitos de la propiedad capitalista que se le han inculcado al pueblo a lo largo de siglos? Ahora hemos cambiado el fusil por el martillo, hemos ido a los bancos de trabajo, hemos tomado los arados en la mano y comenzamos la nueva tarea: mostrar al mundo entero cómo la clase obrera de Rusia, pese a todas las destrucciones que trajo consigo la guerra de siete años —primero la imperialista, después la civil—, puede restablecer la economía, *que la clase obrera no solo sabe arrancar el poder de las manos del imperialismo*, sino que es también capaz de llevar a la práctica un nuevo orden económico. *(Vivos aplausos.)*

En este trabajo nos encuentra el Congreso Internacional. No tenemos ningún juez por encima de nosotros, ni arriba ni abajo; solo hay un juez supremo sobre todo lo que la clase obrera de Rusia ha hecho y hará bajo la dirección de su Partido Comunista, y ese juez es el Congreso Mundial de la Internacional Comunista. *(Aplausos.)* Ante este juez los obreros rusos y todos los trabajadores de Rusia, con el proletariado de Petrogrado y de Moscú a la cabeza, pueden presentarse con la cabeza bien alta y decir: nos hemos batido *durante* cuatro años en las primeras líneas del frente de toda la humanidad; esperamos ayuda, esperamos con firme certeza que *las masas proletarias del* mundo entero seguirán nuestra lucha y en la hora decisiva alzarán la bandera *que nosotros sostenemos, y coronarán la revolución proletaria* mundial, cuyos cimientos ha puesto la clase obrera rusa.

¡Vivan nuestros queridos huéspedes! En sus personas saludamos a los trabajadores del mundo entero, a los proletarios de todos los países, a toda la humanidad que participa con nosotros en la gigantesca lucha que se extiende por el mundo entero. ¡Viva la revolución mundial! *(Aplausos.)*

**Zinóviev.** ¡Camaradas! De acuerdo con los distintos grupos de delegados, los demás discursos solo los traduciremos al ruso. Damos ahora la palabra a los delegados que quieren saludar al Ejército Rojo y a los obreros de nuestro país. Tiene la palabra el representante de la delegación francesa, el camarada Vaillant-Couturier.

**Vaillant-Couturier**[^21] (Francia). ¡Camaradas! En nombre de la delegación francesa traigo a nuestros compañeros del Ejército Rojo de la Internacional el saludo de los comunistas franceses. *(Aplausos.)* Camaradas, yo, como millones de otros jóvenes franceses, como millones de otros hombres del mundo entero, como también muchos de vosotros, estuve movilizado en otro tiempo en el ejército capitalista. Durante meses y años luchamos por una causa que no era la nuestra, luchamos verano e invierno, tomamos parte en las ofensivas de primavera y en las campañas de invierno, y cuando volvimos tuvimos que comprobar que los vencidos de la guerra éramos nosotros y que los capitalistas eran en todas partes los vencedores. Los capitalistas se despedazan entre sí porque creen poder eliminar con el hierro las diferencias que existían entre ellos, las diferencias por la conquista de la tierra; pero lo que han conseguido es que en el corazón de los proletarios, que durante mucho tiempo estuvieron adormecidos por el cebo que se les ponía delante con las nociones de democracia y parlamentarismo, se haya criado el odio a la burguesía. *(Aplausos.)* ¡Camaradas! Vosotros, que estáis en el Ejército Rojo, sois el primer ejército en el que no solo se aprende a odiar, sino también a amar. Amáis a vuestros hermanos que sufren en todas partes de la tierra, no os importan los mojones fronterizos, amáis en todas partes de la tierra a los que sufren, sea un obrero francés o un obrero alemán. Ellos saben que en vosotros laten por ellos corazones fraternos al mismo compás; saben que estáis dispuestos a seguir defendiéndolos, como habéis defendido la revolución mes tras mes, marchando descalzos, mal alimentados y mal vestidos, igual que los soldados franceses de 1793, que también lucharon descalzos en defensa de sus derechos. *(Aplausos.)*

Camaradas del Ejército Rojo, sois ahora los soldados de la Internacional Comunista; ella os saluda como tales y os dice: sois la gran fuerza; todos vosotros, apoyándoos unos a otros, proletarios rusos, campesinos pobres, obreros de fábrica que después de la lucha vuelven al trabajo, héroes del ejército, todos vosotros sois la fuerza en la que ponemos nuestra confianza. Os decimos: aguantad todavía, no ha llegado aún el momento de deponer las armas. Nuestra siembra en Oriente y en Occidente todavía no ha madurado; los pueblos empiezan apenas a moverse, a armarse, a levantar barricadas; y vosotros, a quienes la revolución ha puesto en las avanzadillas, montad una guardia vigilante, con el dedo en el gatillo, estad alerta y no dejéis de vigilar al enemigo capitalista, al enemigo capitalista que tenemos delante. Nos organizamos, nos preparamos, pronto vendremos a ayudaros; pero todavía tenemos que superar muchas dificultades que nos amenazan; todavía tenemos que acabar con ese pacifismo que nació entre nosotros antes de la guerra imperialista. Hemos reconocido demasiado bien el pacifismo como arma del oportunismo. Ahora sabemos lo que significa, pues no se puede decir: hay que hacer la paz, todos los hombres tienen que ser hermanos, lo cual no es más que un espejismo de la doctrina cristiana. El pacifismo nos ha enseñado que solo podemos trabajar con la punta de las bayonetas, como lo habéis hecho vosotros y como lo haremos también nosotros. *(Aplausos.)*

Mantened las armas en la mano, y si tenéis que sufrir por la espera, soportad los sufrimientos todavía por un tiempo. Es duro tener que deciros esto, pero contaremos a todos nuestros hermanos franceses: allí sufren. No les diremos: todo es magnífico, todo es admirable, hay muchas instituciones excelentes que habéis creado. Eso ya lo saben. Pero les diremos: han sufrido; daos todavía más prisa, venid, venid, venid, el Ejército Rojo os espera. El día de una nueva batalla, de una nueva revolución, nosotros, que somos hijos de la primera gran revolución, la de Robespierre, Danton y Marat, un día, cuando estemos a punto de retroceder, entonces, camaradas, nos volveremos hacia vosotros, agitando la bandera roja sobre estas últimas barricadas, y diremos: os llamamos en nuestra ayuda, camaradas del Ejército Rojo, ¡venid! Sabemos que vendréis.

¡Viva el Ejército Rojo de Rusia!

¡Viva el Ejército Rojo Internacional! *(Aplausos atronadores y prolongados.)*

**Zinóviev.** Tiene la palabra el representante del Partido Comunista Unificado de Alemania, uno de los fundadores de la Liga Espartaco, con el que ya nos encontramos en otra ocasión, en los primeros intentos de unión internacional en Zimmerwald y Kienthal:[^22] el camarada Paul Frölich.

**Frölich.** ¡Camaradas! Los comunistas alemanes saludan a la Internacional. Saludan a la Rusia soviética, el firme baluarte de la revolución, que resiste desde hace cuatro largos años de luchas duras. Saludan al Ejército Rojo, la espada afilada y pesada de la revolución.

¡Camaradas! Venimos del país que en otro tiempo marchaba a la cabeza del movimiento obrero. Venimos del país en el que el socialismo vivió su caída más profunda, en el que la bandera de la II Internacional quedó cubierta de barro del modo más sucio. Venimos del país en el que la vieja socialdemocracia, en el que muchos hombres que crecieron sobre los hombros del proletariado, se han convertido en los más sangrientos verdugos de la clase obrera.

¡Camaradas! Alemania es actualmente el país que está inmediatamente ante la gran acción revolucionaria del proletariado que ha de traernos la victoria. Venimos del país que hoy convierte toda sacudida del mercado mundial, todo choque entre los pueblos del orbe, en una crisis política interior. Venimos del país que desde hace años está sacudido por terribles guerras civiles, en las que la clase obrera ha hecho muchos miles de víctimas. ¿Qué esperamos del congreso de la Internacional Comunista? Esperamos de él una cosa: que prosiga la línea que emprendió en el II Congreso. Hoy podemos constatar que el II Congreso ha tenido una importancia enorme para el desarrollo revolucionario de Alemania. El II Congreso separó en Alemania a los elementos revolucionarios conscientes y lúcidos de la clase obrera de los dirigentes cobardes y miserables que no son capaces de encontrar el valor para la responsabilidad, para la gran responsabilidad que la lucha revolucionaria exige a cada uno de sus dirigentes. Lo acertada que fue la decisión del II Congreso se ha visto en la historia de nuestro partido, en este medio año que llevamos a nuestras espaldas como Partido Comunista Unificado. Se ha visto que pudimos reunir a los elementos de la clase obrera alemana, a todos los que están dispuestos a luchas duras y grandes como avanzadilla de la revolución alemana, de la revolución internacional. Y por otra parte se ha visto que era necesario que la revolución los escupiera a ellos, a los dirigentes que hasta ahora están a la cabeza del Partido Independiente. Pues la consecuencia de que la parte revolucionaria se separara de ellos ha sido que se han hundido cada vez más hondo en el fango del oportunismo; que el partido que todavía hoy declara que es el único, el verdadero partido revolucionario, se ha convertido hoy en el más firme sostén del gobierno alemán manchado de sangre; que este partido, junto con los sindicatos, en los que ya solo él se apoya, es el único puntal que todavía sostiene el edificio del capitalismo alemán. Un puntal que declara abiertamente: sí, somos nosotros quienes queremos sostener el capitalismo alemán; sí, apoyamos a este gobierno con nuestras fuerzas; sí, lo apoyamos incluso cuando arroja a miles y miles de proletarios al presidio y a la cárcel.

Camaradas, los frutos de esta política no se hacen esperar. Vemos en Alemania cómo en los sindicatos cruje por todas partes. En Alemania se nota actualmente una fuerte radicalización revolucionaria de los sindicatos. Y no puede ser de otro modo, pues una traición sigue a otra.

Para mantener el régimen capitalista, la burocracia sindical se ve obligada a hundir cada vez más a la clase obrera y a traicionarla una y otra vez. Eso significa que la toma de consciencia de la clase obrera, que la radicalización revolucionaria del proletariado hace día a día progresos cada vez mayores. La situación económica entre nosotros es tal que nos vemos empujados a luchas grandes y violentas. Los comunistas de Alemania han demostrado que son capaces de luchar y que tienen voluntad de hacerlo, y los obreros de Alemania comprobarán cada vez más que tienen que luchar junto con el partido comunista. La burguesía presiente lo que le espera. Teme al proletariado, intenta intimidarlo con el terror blanco. Este año ha vuelto a asesinar a cientos y cientos. Ha creado tribunales de excepción, tribunales de excepción que tienen que trabajar a galope y que hoy ya, tras dos meses de trabajo, pueden presentar un balance aterrador: 400 condenados con un total de 1500 años de presidio, 600 obreros condenados con un total de 800 años de cárcel, 8 camaradas condenados a presidio perpetuo y 4 camaradas enviados a la muerte por sentencia judicial. Y eso no basta. Han encontrado un método nuevo para crear mártires del proletariado. Matan a tiros a nuestros camaradas «en la huida» y han inventado todo un sistema para estos asesinatos «en la huida». Pero si creen que así van a doblegar al proletariado alemán, se equivocan. La clase obrera alemana ha aprendido a hacer sacrificios en una medida inmensa. Seguirá luchando, a pesar de todas estas pruebas, a pesar de los enormes sacrificios, y luchará hasta la victoria. *(Aplausos tempestuosos.)*

Vosotros, compañeros rusos: un grito de auxilio nos ha llegado a nosotros, revolucionarios alemanes. Conocemos vuestros sufrimientos, intentamos medir los enormes sacrificios que habéis hecho por el proletariado. Sabemos lo difícil que os resulta mantener la posición que ocupáis en la primera línea de la lucha. Os aseguramos, camaradas de la Rusia soviética, que pondremos en tensión todas nuestras fuerzas, que no nos cansaremos y que *marcharemos* unidos con toda la Internacional hacia delante hasta llegar a vuestro lado, a vuestra posición, y allí proseguiremos la lucha, hombro con hombro con vosotros, hasta *la victoria de la* revolución mundial. *(Aplausos tempestuosos y ovación.)*

**Hewlett** (Inglaterra). ¡Camaradas! En nombre del Partido Comunista Británico traigo a la III Internacional nuestros más cordiales saludos; quisiera daros las gracias de todo corazón, en nombre de los mineros ingleses, por el excelente apoyo que vosotros, y en particular los mineros rusos, les habéis enviado durante su huelga. Probablemente en Inglaterra tengamos menos posibilidades de llevar a cabo un levantamiento revolucionario abierto en el sentido de los partidos europeos, pero aun así, como miembro del Partido Comunista, me siento muy orgulloso de su actividad. Prometo a los camaradas comunistas reunidos en este congreso que no dejaremos ningún medio sin probar, que no nos arredrará levantar una a una todas las piedras de Inglaterra, para poner de rodillas a *la más peligrosa* clase imperialista del mundo. Nadie me contradirá si afirmo que no hay en el mundo entero partido más poderoso que el imperialismo inglés. Tenemos ante los ojos la contradicción que ha engendrado la guerra; se nos dijo que conduciría a la destrucción del imperialismo; pero ahora vemos que, en lugar de eso, en Inglaterra solo ha llevado al fortalecimiento del imperialismo. Esta contradicción se hace notar en todo el aparato del Estado británico; estamos seguros de que Inglaterra, tarde o temprano, vivirá la misma catástrofe que el imperialismo ruso; pero en este momento se cierne sobre nosotros el peligro de que el imperialismo británico reúna y concentre sus fuerzas hasta el punto de no solo amenazar la paz del mundo, sino de romperla.

Solo venciendo una gran vergüenza hablo de este hecho ante los comunistas rusos. Porque vengo precisamente de ese país que es famoso por su reacción imperialista. Con vergüenza e ira recordamos, ante esta asamblea, la conducta de Churchill, Balfour y Lloyd George con respecto a la mayor revolución del mundo, la revolución de la Rusia soviética. Solo un hecho ofrece un débil consuelo. Aunque todas las acciones contra la revolución rusa, desde 1917, las ha dictado siempre Inglaterra, esta ha conquistado sin embargo una gloria que no alegrará a los imperialistas. Ha suministrado involuntariamente la ropa a los soldados rusos, y eso es para los comunistas británicos un consuelo, aunque pequeño.

Los últimos tres años han sido un periodo de actividad febril por parte del imperialismo británico para aplastar la nueva vida de Rusia, y si, como he dicho antes, todavía no estamos preparados para esperar ahora una revolución como la que hubo aquí en 1917, debo hacer constar, sin embargo, que los comunistas británicos han sido capaces y responsables de impedir una guerra contra la Rusia soviética que iba a empezar Polonia y que el imperialismo británico y el francés debían apoyar, y solo por eso queda justificada la actividad de los comunistas británicos.

Se espera que hable más de una guerra que se libra ahora en Inglaterra y de la situación general. En 1914 se les construyeron a los obreros ingleses toda clase de castillos en el aire. Se les exigió que se vistieran de color caqui y prosiguieran una guerra para que el mundo quedara a salvo para la democracia. Desde las tribunas militares se les prometió, una vez acabada la guerra, un mundo nuevo y todo lo que hace que la vida merezca la pena. Ahora los obreros conscientes de su clase saben que las mayores promesas de entonces se revelaron como las mayores mentiras que haya dicho nunca la burguesía.

¿Qué vieron los obreros? ¿Habían construido esas gentes un mundo nuevo? Solo quiero daros brevemente una imagen. El 31 de marzo empezó la mayor lucha de la historia de la clase obrera británica. Nos prometieron muchas cosas que algunos de nosotros nunca esperábamos conseguir, pero incluso nosotros nos asombramos cuando el 31 de marzo medio millón de personas fueron arrojadas a la calle y excluidas del trabajo por la burguesía británica. Dijeron al país al que habían prometido la nacionalización, pues habían prometido de todo a los obreros, que esta enorme rebaja de los salarios tenía que hacerse para volver a poner en pie el capitalismo. Camaradas, quiero que sepáis que en Inglaterra tenemos 2.600.000 obreros en las minas, y que las minas pertenecen solo a 9.000 personas de nuestro pueblo de 40.000.000. A algunos de vosotros os interesará conocer estas cifras. En la sesión de la comisión para la nacionalización de las minas se hizo constar que en los cinco años de 1913 a 1918 los propietarios de las minas de carbón de Inglaterra ganaron no menos de 260 millones. Pese a esas grandes ganancias, a esa gente le era una necesidad vital destruir Rusia, y todavía intentan aplastar a las masas en lucha, e incluso atacan a los revolucionarios de Alemania. Es necesario que los camaradas aquí presentes comprendan la importancia mundial de Inglaterra en la política y en el movimiento revolucionario. Hay que darse cuenta de qué adversario gigantesco tienen enfrente los obreros ingleses y de cuánto dependemos de los obreros de los demás países.

Sin la unión de los obreros europeos y de los de todo el mundo, sin una unión más estrecha con los obreros británicos, el imperialismo inglés levantará la cabeza con más osadía y se afianzará más que antes. Para comprenderlo plenamente, basta con tener en cuenta que Inglaterra es una isla y que la cuestión colonial es para Inglaterra una cuestión de mayor importancia que para cualquier otro país. El imperialismo británico ha abarcado todos los rincones del mundo: la India, Irlanda, Egipto, África y todos los demás países coloniales, y solo si tenemos en cuenta estas relaciones internacionales se puede entender plenamente la importancia del movimiento comunista en Inglaterra. Inglaterra es una isla que solo puede servir al movimiento comunista teniendo en cuenta la cuestión colonial, igual que el Imperio británico no puede existir sin las colonias. Así como los comunistas ingleses no pueden vencer solos, tampoco pueden servir al movimiento comunista sin la ayuda del resto del mundo; por eso los delegados ingleses ponen sumo empeño en que se tenga en cuenta este punto y en que, dado el carácter de lucha de la situación mundial, se aspire en todas partes a la unión y a una unidad más estrecha de los comunistas.

Quiero hablar todavía brevemente de la actividad del Partido Comunista. Existe desde hace apenas doce meses, y en ese tiempo han detenido a muchos de nuestros camaradas para que cumplan penas de prisión de seis meses o más. Eso no admite comparación con lo que vosotros tuvisteis que sufrir en Rusia antes de la revolución. Pero si tenemos en cuenta desde cuándo existe el partido y miramos luego sus resultados, nos sentimos orgullosos de nuestra actividad. Una de las grandes tradiciones de Inglaterra es la existencia milenaria de un Parlamento, y esa es una de las enormes fuerzas con las que tiene que medirse el Partido Comunista. Pero esta lucha se acerca a un desenlace.

Quiero añadir aún unas palabras sobre la «gran traición»[^23]. El Partido Comunista tenía en Inglaterra cierto número de miembros a los que consideraba sus mejores trabajadores. Tenía una alta opinión de su labor y les dio puestos de confianza. Trabajaban en medio de la gran lucha. Algunos de esos camaradas, que el año pasado fueron agasajados en Rusia, nos traicionaron. Mencionaré solo a Thomas, Williams[^24] y Macdonald, y me avergüenza tener que decir que dejaron solos a los mineros en la lucha, que les dejaron librar una lucha perdida. Las últimas noticias dicen, eso sí, que los mineros siguen luchando y que seguirán luchando. Me alegré, camaradas, cuando supe que nuestros compañeros norteamericanos le dispensaron a Thomas un recibimiento frío durante su estancia allí. Pero todos esos mencheviques y socialpatriotas, y todos los que engañaron al movimiento, serán extirpados de las filas del proletariado consciente de su clase.

Para terminar, camaradas, prometo, y lo promete el Partido Comunista de Gran Bretaña, que considerará su tarea más sagrada preparar a las masas revolucionarias para la revolución mundial; prometemos que el Partido Comunista Británico trabajará sin descanso ni tregua hasta que se gane la batalla, hasta que la revolución proletaria triunfe en el mundo entero. ¡Viva *la revolución rusa*, viva el movimiento comunista y el proletariado del mundo entero! *(Aplausos tempestuosos.)*

**Kolárov** (Bulgaria). En todo el mundo capitalista hace estragos el terror blanco. No solo en Hungría, Finlandia y Baviera, donde al breve triunfo de la dictadura proletaria siguió la derrota, los magnates y capitalistas enfurecidos se vengan sangrientamente de las masas obreras.

No solo en los países balcánicos, donde los métodos despóticos y bárbaros han sido siempre la esencia del sistema de gobierno de las clases dominantes, las masas trabajadoras están privadas de toda protección legal y los partidos comunistas y los comunistas están expuestos a las persecuciones y los malos tratos más brutales. También en los países donde la «civilización» está en un grado más alto y la «democracia» está desarrollada, en Italia, Alemania, Francia, Inglaterra, los Estados Unidos, en todos los llamados países cultos, la burguesía dominante pisotea sin reparo sus propias leyes y se arroja sin miramientos sobre el movimiento revolucionario para ahogarlo ya en germen.

Hubo un tiempo en que la burguesía misma era una clase revolucionaria. Proclamó los derechos del hombre y del ciudadano y se puso, en nombre de la libertad, la igualdad y la fraternidad, a la cabeza de la lucha contra el despotismo y la falta de derechos. Sus estadistas y filósofos fundaron la teoría de la democracia política, que debía asegurar para siempre la libertad política y el progreso general.

Pero cuando la burguesía hubo vencido al despotismo y conquistado el Estado, la democracia política resultó ser la mejor forma de su poder explotador y político. Además, en los momentos de peligro para su dominación, no dejó pasar ninguna ocasión de suspender el orden legal y ajustar cuentas del modo más bárbaro con los enemigos de su poder.

El proletariado recuerda muy bien la justicia sangrienta contra la Comuna de París.

Hoy todo el mundo capitalista atraviesa una crisis aguda e incurable. Las poderosas fuerzas revolucionarias nacidas en su seno se acumulan, se organizan y se levantan, y bajo su embate todo el edificio capitalista tiembla hasta los cimientos.

La clase capitalista está presa del pánico.

Con un miedo mortal al monstruo comunista que crece con rapidez, pierde el juicio, cae en el frenesí y derriba con sus propias manos su orden legal secular.

Como en otro tiempo Thiers[^25], la burguesía de todos los países grita hoy: «La légalité nous tue», «La legalidad nos mata», y, pisoteando sus propias leyes, organiza las fuerzas de la contrarrevolución.

En Inglaterra, el país clásico de la legalidad y del *habeas corpus*, la burguesía libra una guerra bárbara contra el pueblo irlandés, organiza fuerzas enormes para ajustar cuentas a sangre con las masas proletarias hambrientas y en huelga, condena a los dirigentes comunistas por su actividad comunista y los arroja sin miramientos a las cárceles.

En Francia, la patria de la libertad política, la banda dominante de los banqueros asalta, a los sones del viejo himno revolucionario, las manifestaciones de los obreros, maltrata a los proletarios que protestan, detiene en nombre de la libertad, la igualdad y la fraternidad a los dirigentes comunistas, irrumpe brutalmente en las sedes del partido y en los locales sindicales, y se esfuerza por impedir con la violencia la guerra comunista que se avecina. Los descendientes de los viejos luchadores contra la tiranía, que hace cien años llevaron por todo el mundo, en la punta de sus bayonetas, los principios de la libertad política, pisotean hoy a millones de proletarios y campesinos y ayudan en todos los rincones del mundo a las potencias oscuras, a la reacción más negra.

En los Estados Unidos, ese país de la gran democracia, fruto de una revolución y de una guerra civil, reina la poderosa y cínica dictadura del dólar. La lucha espontánea de los obreros se ahoga en sangre, se persigue todo movimiento revolucionario, toda organización revolucionaria, y miles de comunistas languidecen en la cárcel.

En Alemania, ese país de la república más moderna y refinada, hija legítima del socialpatriotismo, los sabuesos del capitalismo provocan sin cesar a las masas obreras empobrecidas, tienden trampas a los dirigentes obreros, los detienen, los fusilan por «intento de fuga», instituyen tribunales de excepción e implantan en todo el país el dominio de la Orgesch[^26] y del terror blanco.

En Italia, los fascistas celebran las orgías más salvajes. Bajo la protección del gobierno y del capital saquean los centros obreros y las imprentas de los periódicos comunistas y les prenden fuego, matan a los dirigentes obreros y aterrorizan a las masas hambrientas y desorganizadas de las ciudades y los pueblos.

En los Balcanes, la burguesía declara fuera de la ley a los partidos comunistas y a las organizaciones revolucionarias y los disuelve, cierra los centros obreros, prohíbe la publicación de los periódicos comunistas y somete a los dirigentes del comunismo a persecuciones inauditas, a crueldades y a malos tratos infames. En estos países la dictadura capitalista adopta, como en Italia, las formas más cínicas y salvajes. Aquí se han suprimido incluso todas las garantías de la vida humana; aquí las clases dominantes predican y libran abiertamente la guerra civil más bárbara.

Así se hacen añicos, en la cruel y sangrienta lucha de clases, todas las ilusiones democráticas, y se desvanecen como un espejismo todos los programas y las teorías reformistas sobre la renovación gradual y pacífica de la sociedad capitalista.

La sociedad capitalista está en estado de agonía. Los traidores al socialismo acuden en todos los países a salvarla. Pero no han logrado detener el movimiento revolucionario. En manos de la burguesía solo se han convertido en un instrumento contra las masas obreras que luchan por su emancipación, y se han manchado las manos con su sangre.

Hoy el abismo entre las clases dominantes y las masas trabajadoras es todavía más hondo. Por eso también la lucha entre ellas se hace cada vez más violenta.

El capitalismo reúne rápidamente sus fuerzas y pone el mundo entero bajo el signo del terror blanco.

Pero con la misma rapidez se movilizan y organizan las fuerzas de la revolución. En todos los países las masas se agrupan rápidamente bajo las banderas desplegadas de los partidos comunistas y de la Internacional Comunista.

Los choques son inevitables. La humanidad trabajadora se librará de la pesadilla del terror blanco y, con el derrocamiento violento de las clases dominantes y la instauración de la dictadura del proletariado, creará las garantías de su desarrollo libre y armonioso.

La revolución proletaria es hoy el único factor del progreso histórico.

¡Viva la revolución mundial!

¡Viva la dictadura proletaria!

**Zinóviev.** Camaradas: ya he dicho que en el congreso de hoy están presentes por primera vez los representantes de uno de los partidos proletarios más poderosos, el Partido Comunista de Checoslovaquia. Su representante, el camarada Burian[^27], tiene la palabra.

**Burian** (Checoslovaquia) saluda a los obreros revolucionarios rusos y a la III Internacional Comunista expresando la gratitud de los obreros comunistas checos por los servicios que se les han prestado. Los dos grandes fenómenos históricos, la revolución social rusa y la Internacional Comunista, han obrado entre nosotros un gran milagro. Hace todavía dos años y medio, la clase obrera checoslovaca estaba bajo la dirección de los socialpatriotas y ayudó a la burguesía checoslovaca a fundar un Estado capitalista. Gracias a la existencia de la revolución rusa se ha logrado llenar de un espíritu nuevo a la gran mayoría de los obreros checoslovacos. Nuestra clase obrera es hoy la mejor amiga de la revolución rusa. Todavía no hemos librado batallas como las de los comunistas alemanes y rusos, pero la lucha de diciembre de los obreros checos[^28] fue, con todo, una gran lucha revolucionaria contra el capitalismo. Fue la primera prueba de fuego de nuestras masas obreras.

Mucho mejor nos ha salido la conquista de las almas de la clase obrera checoslovaca. La mayoría de los obreros checoslovacos es hoy comunista. Somos un gran partido; por el número, venimos detrás de los comunistas rusos y alemanes. Estamos orgullosos de este logro, que en ningún otro país ha salido tan bien. Sobre esta base queremos seguir construyendo. Haremos entre nosotros una propaganda comunista ferviente. Llenaremos todas las luchas de la clase obrera checoslovaca de espíritu comunista y de consignas comunistas. Somos conscientes de nuestra magnitud, y nuestra energía va en aumento. Pero no queremos *solo luchar, queremos vencer*. Entre nosotros tiene que llegar un día la hora de la decisión, aunque no tan pronto como esperan algunos camaradas, y será también el día de la victoria, el día en que lanzaremos a la cara de nuestros capitalistas el gran grito de guerra de la revolución rusa: ¡Todo el poder a la clase obrera comunista revolucionaria checoslovaca! *(Aplausos tempestuosos y ovación.)*

**Zinóviev.** Creo que este discurso no necesita traducción. La mayoría de los camaradas han entendido el sentido y el contenido del discurso de nuestro camarada de Checoslovaquia. La palabra siguiente es para el representante del Partido Comunista Italiano, que necesita especialmente la ayuda fraternal de la Internacional Comunista y que también la merece en su honrada lucha contra los traidores.

**Gennari**[^29] (Italia) saluda al III Congreso Mundial de la Internacional Comunista en nombre del Partido Comunista Italiano y recuerda que en el II Congreso estaba representado todo el Partido Socialista Italiano, incluidas gentes como Serrati[^30], que ahora han abandonado la causa de la revolución comunista y se han ido de la III Internacional. Pero el puesto de Italia no ha quedado vacío. Lo ocupa ahora el joven Partido Comunista, que, *lleno de fuerza*, está dispuesto a llevar *al proletariado italiano* a la lucha final. La III Internacional debe condenar con la mayor dureza a los traidores de Italia y ayudar al Partido Comunista de Italia a arrancar la máscara a quienes engañan a una parte del proletariado. Este gesto enérgico de la III Internacional obligará a casi todo el proletariado de Italia a volverse de nuevo hacia el Partido Comunista. Por eso el orador se considera autorizado a traer a los obreros rusos el saludo no solo de los comunistas de Italia, sino de todo el proletariado italiano.

¡Viva la III Internacional! *(Aplausos tempestuosos.)*

**Zinóviev.** Todos constatamos con la mayor satisfacción la victoria de los camaradas franceses en el movimiento sindical. Daremos ahora la palabra a uno de los mejores militantes del movimiento sindical, al camarada que, con un grupo de compañeros suyos, ha sido capaz de ganar para nuestro partido a los sindicatos del departamento del Sena. Tiene la palabra el camarada Tommasi.

**Tommasi**[^31] (Francia). Camaradas, los oradores que me han precedido eran representantes de organizaciones que ya han dado pruebas de su capacidad de lucha. Nosotros, los sindicalistas franceses, estamos en otra situación. Tenemos una historia muy larga, pero en los últimos años esa historia no tiene que mostrar al movimiento obrero más que tristezas; solo podemos traeros nuestro saludo. Los sindicalistas nos organizamos en los últimos tiempos no solo contra los socialpatriotas de nuestro propio país, sino también contra esa Internacional que reúne a los renegados del mundo entero. La Internacional de Ámsterdam ha encendido nuestro odio; se parece a una madre vieja y cruel que quiere mucho a sus hijos, tanto que, para ahorrarles sufrimientos, de vez en cuando entrega a esos hijos a los latrocinios capitalistas, prefiere que las intrigas capitalistas se diriman en el campo de batalla y que estos se batan por los intereses del capital, que jamás de los jamases pueden ser los nuestros. Hay que agarrar por el cuello a nuestros sindicalistas nacionalistas. Los señores Jouhaux[^32] y compañía tienen que dejar libre el terreno que han ocupado ya demasiado tiempo. Pero se dirigen a nosotros, los obreros, y nos dicen: quedaos en vuestro terreno económico; no habéis tenido la posibilidad de ir a las escuelas superiores, de adquirir la instrucción necesaria para la carrera política; dejad, pues, la política a los que se han criado en esas escuelas, dejadles el derecho de decidir por vosotros. Tened la seguridad de que, si formáis una masa firme y organizada, eso basta, y entonces no tendremos más que levantar un dedo para obligar a la burguesía a retroceder. Ahora tenemos la prueba de que este argumento no se sostiene. Tenemos la prueba, tras más de cincuenta meses de derramamiento inútil de sangre por un derecho, una justicia y una libertad problemáticos, que siempre se pisotean porque solo son accesibles para la burguesía mundial. Tenemos la prueba *de que para* la clase obrera no hay más que un medio de emancipación, y ese medio se llama violencia.

La burguesía se une para masacrarnos; nuestros camaradas españoles ya no pueden salir a la calle sin que les apunten las bocas de los revólveres; nuestros camaradas italianos se han visto obligados a batirse en retirada y a esperar tiempos más propicios, a pesar de los brillantes progresos de los últimos años; nuestros camaradas alemanes hicieron sonar en marzo aquel grito de guerra en el que tanta esperanza poníamos. Y vosotros, camaradas de Rusia, habéis puesto una piedra sobre otra para dar forma a nuestra obra.

Ya ha pasado el tiempo en que era posible «atiborrar el cráneo a los obreros», como se decía durante la guerra; demasiado tiempo se les ha alimentado con las bonitas palabras de democracia, etc.

Lo tenemos muy difícil. Tras siglos de esclavitud se nos dijo que éramos libres, que por fin empezaba el reinado de la democracia, y ahora sabemos que la lucha vuelve a encenderse.

Nos ponemos a disposición de las fuerzas que emplean los únicos argumentos que necesita la camarilla burguesa. Nos agrupamos en torno a la Internacional de Moscú para preparar la unión de las masas revolucionarias para la revolución que viene. De nuestra vieja abuela haremos nuestra más humilde servidora; ha vivido demasiado. Intentaremos destituirla de modo que no tenga tiempo de aliarse con nuestros enemigos. Dirigiremos nuestro partido sindicalista de manera que nuestros dirigentes «sindicalistas» sientan temblar el suelo bajo sus pies, que se deslicen poco a poco cada vez más hacia la derecha; mañana llamarán a sus adversarios de ayer, nuestros enemigos de siempre, y sellarán la unión sagrada a espaldas de los sindicalistas revolucionarios.

Pero nosotros nos ponemos del lado de Moscú y levantamos la bandera que vosotros habéis llevado durante cuatro años con tanto espíritu de sacrificio. Camaradas de Moscú, camaradas de Rusia, estamos con vosotros en la más hermosa de las obras: la obra de la revolución. *(Aplausos.)*

**Takeguchi** (Japón). ¡Os hablo en nombre del Grupo Comunista Japonés, camaradas y delegados!

Me ha costado no poco esfuerzo llegar al tercer congreso de la Tercera Internacional de los proletarios de los distintos países del mundo. Ahora, camaradas, quisiera deciros unas palabras sobre la situación en Japón. Las condiciones actuales en Japón, con su gobierno, sus asociaciones obreras y las masas de los obreros japoneses, son muy malas. Pero nuestros camaradas han logrado crear grupos de obreros conscientes de su clase. En este momento Japón ofrece la mejor ocasión para la propaganda. En los últimos meses el Partido Comunista Japonés ha creado una base sólida para la propaganda y la agitación. Pero, camaradas, al mismo tiempo el capitalismo japonés y los partidos burgueses son hostiles a Rusia, el primer gobierno soviético del mundo. El imperialismo japonés no solo ha penetrado en Siberia, sino que ha llegado hasta el Asia central. Los comunistas japoneses hemos actuado con dureza contra los ataques capitalistas a los obreros de Siberia y seguiremos protestando e interviniendo activamente. Los comunistas japoneses solos pueden hacer poco, pero nuestra posición es clara, y estoy seguro de que nuestro gobierno imperialista acabará tomando en serio nuestras protestas y nuestra indignación, sobre todo si sabe que tenemos detrás al comunismo internacional. Quiero terminar mi discurso con un saludo a Rusia.

¡Viva la Rusia soviética, el gobierno soviético, la Internacional Comunista! *(Vivos aplausos.)*

**Presidente Zinóviev.** El camarada Heckert[^33] tiene la palabra para hacer una comunicación.

**Heckert.** La comisión de verificación de mandatos desea que mañana a las 11 de la mañana las delegaciones envíen a una persona de entre ellas con una lista de los camaradas provistos de mandato. Mañana a las 6 de la tarde debe empezar la primera sesión plenaria del congreso. Hasta ahora no se han entregado todavía todos los mandatos a la comisión de verificación de mandatos. Sobre algunos mandatos hay que pedir aún información a las delegaciones de cada país. Para que mañana a las 5 de la tarde todos los camaradas tengan el mandato, sin el que no pueden entrar en el Kremlin, es absolutamente necesario que a las 11 en punto os hagáis representar por un camarada que pueda informar a la comisión de verificación de mandatos y que los mandatos se entreguen mañana a las 11. Los camaradas que no hayan entregado la lista antes de las 11 no podrán participar en la primera sesión.

**Presidente Zinóviev.** Declaro clausurada la primera sesión del III Congreso.

*(Se levanta la sesión a las 10 y media de la noche.)*

## Segunda sesión, jueves 23 de junio de 1921 (7.50 de la tarde)

*(Informe de L. Trotski: La crisis económica mundial y las nuevas tareas de la Internacional Comunista.)*

**Presidente Zinóviev.** Declaro abierta la segunda sesión del congreso mundial.

Ante todo tenemos que elegir un secretariado. El Ejecutivo, de acuerdo con varias delegaciones, ha decidido conceder un secretario a cada uno de quince partidos. Se leerá la lista, y pedimos al congreso que la confirme.

El camarada **Kun** lee la lista siguiente: Inglaterra, Smythe; Polonia, Kamocki; Finlandia, Sirola; Yugoslavia, Milkić; Checoslovaquia, Handlíř; Austria, Koritschoner; Hungría, Hajdur; Ucrania, Manuilski; América, Marshall; Letonia, Stučka; Escandinavia, Friis; Extremo Oriente, Shumiatski; Oriente Próximo, Sultán-Zadé; Mujeres, Nikoláieva; Juventud, Münzenberg.

**Presidente Zinóviev.** Lo someteré a votación si no hay protestas. Ruego a los camaradas que entienden el alemán y se sientan junto a los camaradas rusos que les traduzcan lo dicho. Se vota ahora. ¿Protesta alguien contra esta lista? No parece ser el caso. Queda confirmada la lista. Ruego, pues, a los camaradas que se reúnan y designen a tres camaradas para cada sesión.

¡Camaradas! El orden del día es de todos conocido y lo ha confirmado el Ejecutivo ampliado. El presidium pide al congreso que apruebe el orden del día sin debate. ¿Hay alguna objeción? *(Una voz: ¡Que se empiece puntualmente!)* Se ruega a los delegados que tomen muy en serio esta observación, igual que lo hará el presidium. Se propone, pues, aprobar el orden del día sin debate. ¿Hay alguna objeción?

**Tommasi.** En nombre de la delegación sindical francesa pedí en la sesión anterior del Comité Ejecutivo de la Tercera Internacional que el congreso tratara en primer lugar la cuestión que nos interesa en especial, a saber, la relación entre los sindicatos y el comunismo. Y pido que no se deje de lado esta propuesta; es de gran importancia para los delegados franceses, que tienen que volver a casa a más tardar el 10 de julio para el congreso de Lille[^34].

**Presidente Zinóviev.** Declaramos a este respecto lo siguiente: por ahora solo se trata de confirmar el conjunto de las cuestiones, no el orden. Consideramos justa la petición de la delegación francesa y procuraremos tratar la cuestión sindical entre las primeras. En el orden del día que proponemos, esta cuestión va inmediatamente después de la cuestión táctica. También será posible debatir en el orden dado. El asunto, pues, no llegará demasiado tarde.

Así que vamos a votar. Pedimos al congreso que apruebe la lista. ¿Hay alguien en contra? No es el caso; queda, pues, confirmado el orden del día.

Ahora tenemos que fijar el reglamento. Hoy hemos dado a conocer a los delegados, en el periódico *Moskau*, que se publica en tres lenguas, un proyecto de nuestro reglamento. Creemos que el congreso podría aprobar también este reglamento sin debate. Vamos a votar. Ruego a quien esté en contra que levante la mano. Queda, pues, confirmado el reglamento.

Podemos empezar ya nuestro trabajo. El Ejecutivo ha pensado que lo mejor es empezar por la cuestión: La crisis económica mundial y las nuevas tareas de la Internacional Comunista.

Tiene la palabra el ponente, el camarada Trotski.

**Trotski.** ¡Camaradas! En el Primer y el Segundo Congreso de la Internacional Comunista caracterizamos la situación mundial en llamamientos y en manifiestos, sin entrar en un debate más detenido sobre ella. Entonces se trataba de caracterizar con rasgos generales y precisos la nueva situación tal como la había creado la guerra, y de grabarla en la consciencia de la clase obrera. Ahora la misma cuestión se nos plantea de un modo mucho más complicado. El tercer año de la posguerra toca a su fin. Se han producido fenómenos importantísimos de carácter económico y político. El capital sigue sentado en el trono en casi todo el mundo, y tenemos que aclararnos sobre si nuestra orientación en conjunto, la orientación hacia la revolución mundial, sigue siendo justa en las condiciones dadas. Se ha producido un cambio en la relación de fuerzas que no se puede negar. La cuestión es solo si ese cambio descansa en desplazamientos más profundos de la relación de fuerzas o si es más bien de naturaleza superficial. Si nos trasladamos al estado de ánimo que reinaba en 1919, que fue el año más crítico para el capital después de la guerra, y comparamos luego la situación psicológica, el estado de ánimo de las clases, de los partidos, del poder del Estado, etc., con los fenómenos correspondientes de hoy, tendremos que constatar que la burguesía se siente todavía fuerte hoy. Ayer quizá era todavía más fuerte, pero en todo caso hoy se siente mucho más fuerte de lo que se sentía en 1919. He reunido una carpeta de publicaciones de los periódicos de referencia, etc., sobre el peligro mundial comunista, revolucionario, y voy a leer en seguida unas cuantas de estas citas, muy instructivas.

La *Neue Zürcher Zeitung*, un periódico burgués suizo, muy conservador y bastante inteligente, que sigue con gran interés y con cierta comprensión la evolución política de Alemania, Francia e Italia, decía de la Acción de Marzo en Alemania, el 26 de marzo (por desgracia no he podido volver a encontrar ese número y tengo que retraducir al alemán desde mi traducción rusa, pero el sentido se conserva). Dice:

«La Alemania de 1921 es muy distinta de la de 1918. La consciencia del Estado se ha fortalecido de tal modo que los métodos comunistas tropiezan con resistencia en todas las capas del pueblo, aunque la fuerza de los comunistas, que en los días de la revolución no eran más que un puñado de gente decidida, se ha multiplicado desde entonces por más de diez.»

El 28 de abril, cuando ambas partes se preparaban para la fiesta del Primero de Mayo, encontramos en *Le Temps* las manifestaciones siguientes:

«Basta con considerar el camino recorrido desde hace un año para quedar plenamente tranquilos: el año pasado, el Primero de Mayo debía marcar el comienzo de aquella huelga general que debía ser, a su vez, la primera etapa de la revolución. Hoy la confianza es absoluta en el esfuerzo de la nación para superar todas las crisis consecutivas a la guerra.»

La misma *Neue Zürcher Zeitung* escribe sobre la situación en Italia, también en abril de este año:

«1919: los partidos burgueses en plena descomposición, cediendo terreno, en una dispersión impotente y una resignación suicida, a la acometida compacta de las masas bien disciplinadas del ejército rojo; 1921: las huestes burguesas, unidas en una coalición firme, entran en la lucha seguras de la victoria, mientras los bolcheviques, divididos y desanimados, apenas se atreven a dejarse ver. El mérito corresponde al fascismo.»

Tomo luego un ejemplo de una esfera muy distinta, a saber, una cita de una resolución de nuestro partido hermano comunista polaco. Si no me equivoco, celebró esta primavera una conferencia del partido en la que se decidió participar en las elecciones parlamentarias. La justificación dice:

«Después de que en el invierno de 1919 la lucha se inclinara a favor de la burguesía, que luego construyó su aparato de Estado; después de que el gobierno, gracias al PPS[^35], estrangulara a los consejos obreros, el partido está obligado a aprovechar la campaña electoral y la tribuna parlamentaria.»

No se puede hablar, desde luego, de que el Partido Comunista Polaco haya pretendido cambiar su orientación de principio. Solo que valora la situación actual de otro modo que en 1919.

La situación objetiva de los partidos socialdemócratas respecto al Estado y respecto a los partidos burgueses también ha cambiado en consonancia. A los socialdemócratas se les desplaza en todas partes del gobierno. Solo de manera pasajera se les vuelve a meter en los gobiernos, como ocurrió en Alemania bajo la presión exterior. El partido independiente ha dado un giro completo a la derecha, también bajo la presión de esta nueva situación o del reflejo psicológico de esta nueva situación, cuya importancia sobrestima. En los sindicatos encontramos lo mismo. Se ha producido una consolidación; los independientes de todos los países y los socialdemócratas de todos los países, cuya oposición era tan grande hace un año o año y medio, se han acercado unos a otros por mediación de Ámsterdam.

La antigua oposición de la socialdemocracia vive ahora en bigamia con la II Internacional y con la Dos y Media, y las dos damas no están nada disgustadas por ello. Este matrimonio a tres caracteriza ahora mejor que nada la desaparición de las tendencias de oposición al Estado que en 1919 y 1920 se mostraban también entre los independientes.

Estos tres años de posguerra han sido el tiempo de los mayores movimientos de masas que el mundo haya visto jamás. Rusia, como primer país, el que más y más hondamente había sufrido en la guerra, entró en la corriente de la revolución con la revolución de marzo de 1917.

Ya en 1917 se desarrollaron en Inglaterra las grandes huelgas de masas de carácter económico. A finales del mismo año el proletariado ruso tomó el poder. Entonces, no os lo ocultaré, el camino de nuestra toma del poder aquí a la toma del poder en los países de Europa central y occidental nos parecía mucho más corto de lo que ha resultado ser. Este hecho también forma parte del examen de la situación mundial. En 1918 tuvimos grandes huelgas en los países neutrales y, a finales de año, provocada por el hundimiento militar, la revolución en Alemania y Austria-Hungría. El movimiento de masas proletario, bastante caótico, de carácter económico, se extendía cada vez más. En 1919 tenemos en Alemania las sangrientas jornadas de enero y de marzo. A finales de 1919, en los Estados Unidos, las grandes huelgas de los mineros y de los ferroviarios. Y luego la furia desatada de la burguesía, el exterminio de las organizaciones obreras, las detenciones, etc. En 1920 vivimos en Alemania el putsch de Kapp[^36] y luego las grandes luchas de los obreros armados y la campaña de venganza de la «democracia». Para la clase obrera de Francia, el momento más crítico es el Primero de Mayo y las huelgas generales de los ferroviarios y de otros obreros que lo siguen. En Rusia, el Ejército Rojo intenta una ofensiva contra Varsovia, que en ciertos aspectos estaba también ligada a las expectativas y esperanzas puestas en la situación internacional. La acción fracasó, como también la gran acción de masas de septiembre de 1920 en Italia, donde los obreros ocuparon las fábricas, pero el partido falló por completo. El movimiento despertó a la burguesía de su desmoralización y, directamente por la conducta del partido obrero, la empujó al ataque; y si el señor Turati dice que este movimiento fracasó supuestamente porque los obreros italianos no estaban lo bastante maduros para ocupar las fábricas y hacerse cargo de la producción, tiene razón en la medida en que los obreros italianos no habían limpiado hasta ese momento sus filas de Turati y de los serratianos.

La huelga general checoslovaca tiene lugar en diciembre de 1920. En 1921 tenemos las luchas de marzo en Alemania, la huelga minera en Inglaterra, la huelga general en Noruega: las mayores luchas que el mundo haya visto. Como resultado de estas luchas, y eso es lo principal, la burguesía sigue arriba. Y el señor Otto Bauer, el teórico de la Internacional Dos y Media, dice que *el hecho* de que la burguesía *siga conservando el poder* significa la bancarrota de la III Internacional. Porque nosotros habríamos contado siempre con que la revolución mundial tendría lugar en la última época de la guerra o inmediatamente después de la guerra. Pues bien, *esta valoración*, o profecía, o esperanza, es completamente falsa y está fuera de lugar. No hemos cerrado con la II Internacional ninguna apuesta que nos obligara a llevar a término la revolución justo al acabar la guerra. Por eso tampoco nos sentimos obligados a pagar lo apostado, es decir, a entregar la dirección del proletariado a la Internacional Dos y Media. No se trataba ni se trata de un hecho puramente objetivo, independiente de nosotros, que se prevé y se profetiza como un fenómeno astronómico y en el que se ha cometido un error de cálculo; se trata de un hecho, la toma del poder, que tienen que realizar los hombres.

Ese es el objetivo al que aspiramos, y si no lo hemos alcanzado en una fecha determinada, eso no significa la bancarrota de la III Internacional.

Solo hace falta examinar con más precisión la situación económica y política mundial y nuestra orientación de principio hacia la revolución. ¿Por qué durante la guerra, y ya antes *de la guerra, en el congreso de Stuttgart*[^37] de la II Internacional, relacionamos la revolución proletaria internacional con la guerra? Porque la guerra, que entonces solo se preveía, representaba un fenómeno que tenía que desequilibrar todo el edificio económico de la sociedad. La cuestión es si ese hecho se ha producido y si, en caso de que así sea, la burguesía, la clase dominante, el capital, ha sido capaz ya en el transcurso de los tres años de posguerra de restablecer el equilibrio quebrantado y socavado.

¡Camaradas! Valorar la situación económica es una cosa sumamente complicada. La estadística siempre va a la zaga. La estadística económica en *la sociedad capitalista* es sumamente inexacta, a consecuencia de la anarquía de la propia economía, y probablemente seguirá siéndolo. Luego vino de hecho la guerra, que sacó por completo de quicio no solo la economía, sino todo su aparato de Estado, estadística incluida. Las cifras, que voy a citar en bastante número, no son del todo exactas. Lo señalaré siempre en cada caso. Pues bien, las cifras inexactas tienen que servirnos precisamente para hacernos una idea aproximada de la situación.

En los últimos años operamos siempre con miles de millones por aquí y miles de millones por allá, sin darnos cuenta en realidad de lo que eso significa desde el punto de vista de la economía nacional o mundial. Empezaré por los hechos más sencillos y elementales, por la producción de bienes del mundo. Empecemos primero por la agricultura. Si comparamos la cosecha del último año, 1920, con la media de los últimos cinco años anteriores a la guerra, vemos que la cosecha mundial sigue siendo más o menos la misma: es unos 20 millones de quintales métricos menor.

Pero si se deja de lado América, el cuadro cambia por completo. La cosecha de los países beligerantes de Europa fue un 37 % menor que antes de la guerra. En los países neutrales quedó casi igual que antes de la guerra. En los países de ultramar fue un 21 % mayor. Sin contar a Rusia. Rusia participaba antes de la guerra en el mercado mundial con unos cien millones de quintales métricos de media. Este año, después de los años de guerra, el mercado mundial ha tenido que renunciar a unos 120.000.000 de quintales métricos. Entre los granjeros norteamericanos encontramos todavía hoy reservas bastante grandes de cereales que, por la caída de los precios en el mercado mundial, no se pueden vender.

Si tomamos la ganadería, encontramos casi literalmente el mismo cuadro. La cabaña ganadera del mundo es casi la misma que antes de la guerra. La de los países beligerantes europeos ha disminuido considerablemente, la de los países neutrales se ha quedado en el nivel de antes de la guerra, la de los países de ultramar ha aumentado bastante. Pero resulta que los precios de la carne en la bolsa de Chicago, que es la bolsa de la carne que marca la pauta en el mundo, son hoy más bajos que antes de la guerra. En el transcurso de los años de guerra se ha exterminado a tanta gente, y sin embargo hay ahora más que antes de la guerra: hay ochenta millones de personas más. La cosecha para el mercado es 120 millones de quintales menor que antes de la guerra; hay reservas de carne y de cereales y no se pueden comprar. Eso significa que el mundo se ha vuelto más pobre y más hambriento. Este es el primer hecho sencillo.

Si analizamos la producción mundial de carbón, encontramos casi el mismo cuadro, pero todavía más marcado. La producción de carbón del mundo entero representó en 1920 el 97 % de la producción de carbón de 1913, es decir, menos que antes de la guerra. De ella, Europa suministró un 18 % menos y Norteamérica un 13 % más que antes de la guerra. En el algodón, etc., resulta una proporción parecida. El rendimiento total de toda la producción ha bajado algo o mucho; Europa ha decaído, América ha subido.

Tomemos ahora la riqueza nacional; no la renta, sino la riqueza que poseen hoy las naciones. Las cifras de la estimación de la riqueza nacional son del todo inseguras y oscilantes. Pero nos bastan para poder encajar esa economía de miles de millones, esa economía de cifras astronómicas, en un marco económico material sólido. Antes de la guerra se estimaba la riqueza nacional de las potencias beligerantes en 2.400.000 millones de marcos oro, es decir, dos billones cuatrocientos mil millones de marcos oro, y la renta nacional de esos mismos países en 340.000 millones de marcos oro, como renta anual en el punto más alto del desarrollo económico. ¿Qué consumió y destruyó la guerra? La suma la han estimado de distinto modo distintos economistas. Pero se puede suponer más o menos que la guerra destruyó y consumió unos 1.200.000 millones de marcos oro. No es una exageración. Eso da, si contamos cuatro años de guerra, 300.000 millones de marcos oro al año. La riqueza nacional de los países beligerantes antes de la guerra ascendía, pues, a 2.400.000 millones de marcos oro. La guerra consumió y destruyó exactamente la mitad de esa suma. Ahora bien, la guerra no solo destruyó una parte de la riqueza nacional, sino también mucho de la renta anual. La renta anual ascendía en el punto culminante del desarrollo a 300.000 millones de marcos oro, de los que (no intentaré demostrarlo aquí, pero podéis aceptarlo como una constatación aproximada) no se podía destinar a la guerra más de un tercio, es decir, 100.000 millones de marcos oro. Porque la sociedad seguía existiendo y tenía que consumir, y también el aparato productivo tenía que mantenerse normalmente a cierto nivel. Así pues, de la renta nacional se pudieron consumir para la guerra, en el transcurso de esta, 400.000 millones de marcos oro. Pero la guerra consumió en total unos 1.200.000 millones de marcos oro, 800.000 millones también de la riqueza nacional. Eso significa que se destruyó un tercio de la riqueza nacional anterior, y que la riqueza nacional de los países beligerantes después de la guerra ya no ascendía a 2.400.000 millones, sino a 1.600.000 millones de marcos oro. Otra comparación. Europa tenía invertido capital en las formas más diversas en otras partes del mundo: de 150.000 a 200.000 millones de marcos oro. Así pues, el capital total que Europa empleaba directamente para explotar las otras partes del mundo ascendía a entre 150.000 y 200.000 millones de marcos oro; el consumo de la guerra fue, como he dicho, de seis a siete veces mayor.

Consideremos ahora la circulación de billetes. Antes de la guerra había en el mundo entero, expresado en marcos, 28.000 millones en billetes. Ahora los hay por valor de 250.000 a 280.000 o quizá 300.000 millones, es decir, diez veces más. ¿Qué significa eso? Este hecho tiene una importancia muy grande para lo que voy a exponer después. El fundamento de la sociedad capitalista en los países beligerantes de Europa se ha hundido cada vez más. Los países se han empobrecido. Al mismo tiempo se ha formado una superestructura de billetes que también se llama capital. Porque todos esos billetes, esos títulos de la deuda pública, todo eso se llama capital. Pero este capital es, por un lado, el recuerdo del capital destruido y, por otro, una esperanza en el que se ha de ganar, pero no el representante del capital que existe realmente. Sin embargo, funciona como capital, como dinero, y con ello se deforma la imagen de toda la sociedad, de toda la economía. Cuanto más pobre se vuelve la sociedad, más rica se ve a sí misma en el espejo de este capital ficticio.

Ahora bien, la creación de semejante capital ficticio significa también, como veremos más adelante, el desplazamiento de la parte que corresponde a las clases en esa renta y esa riqueza que disminuyen sin cesar. Así pues, la renta nacional ha disminuido, pero no en la misma medida que la riqueza nacional. Esto se explica sencillamente porque se ha quemado la vela de la economía capitalista por los dos extremos, porque se ha financiado la guerra y la economía de posguerra no solo con la renta nacional, sino también con la riqueza nacional.

Es comprensible, pues, que quien se acerca a la ruina dirija su atención ante todo a hacer solo lo inmediatamente necesario, y no a levantar los cimientos de la economía privada. Así se explica el fenómeno de que la economía europea, en el terreno de la producción de bienes de consumo, y en general de la producción corriente, rinda en conjunto más de lo que corresponde al nivel real de su aparato productivo, es decir, que se destinen fuerzas de trabajo insuficientes al mantenimiento y desarrollo del aparato productivo para que el empobrecimiento producido no se manifieste en toda su magnitud.

Este hecho, que el aparato productivo se quebrante mucho más que la producción corriente, forma parte de la experiencia fundamental más importante de la sociedad viva. Es verdad que no se nota que no se construyan edificios fabriles, o se construyan muy pocos, y que tampoco se mantengan en buen estado los viejos. No se nota porque ahora estamos en una crisis grave y porque tampoco se es capaz de aprovechar los medios de producción existentes. Pero en las viviendas se nota muy bien, porque la población sigue creciendo, también en tiempos de crisis. Esas personas necesitan viviendas, y se siente la falta de viviendas en el mundo entero. Harían falta muchos miles de millones para ello. He intentado mostrároslo, pero no quiero aburriros con estas cifras. Harían falta, pues, muchos miles de millones para aliviar la clamorosa escasez de viviendas. Eso es la prueba del quebranto, de la decadencia de todo el aparato productivo, del fundamento de la sociedad, que no es tan fácil de evaluar en cifras.

Este empobrecimiento no se reparte por igual entre todos los países. Entre los países beligerantes encontramos a Rusia en un polo. La excluimos porque no pertenece al mundo capitalista. De Rusia habrá que hablar en otro contexto.

También dejamos de lado Austria, porque la economía austriaca tampoco se presta ya a un análisis sencillo.

Empecemos, pues, por Alemania. Alemania, por un lado, e Inglaterra, por otro, son los dos extremos de la cadena de los países beligerantes. Para caracterizar la situación económica de Alemania partiré de lo que expone el señor Richard Calwer[^38] en su folleto, bastante interesante, sobre la bancarrota del Estado. Esta cuestión de la bancarrota del Estado se ha vuelto hoy bastante importante para la economía alemana, y con razón. Richard Calwer estima el conjunto de la producción de bienes en Alemania. Estimarla por la simple cantidad es bastante inseguro, porque se trata también de la calidad de las mercancías correspondientes, etc. Él sigue otro camino, que no hay que desdeñar. Mediante cálculos bastante plausibles llega a la conclusión de que la producción de bienes en 1907 equivalía al trabajo de 11,3 millones de personas ocupadas. Desde entonces las condiciones de trabajo han cambiado por completo. La jornada de trabajo se ha acortado, la intensidad del trabajo ha bajado, etc., etc. Y llega a la conclusión de que ahora en Alemania, si lo expresamos en unidades de 1907, no tenemos más que el trabajo de 4,8 millones de fuerzas de trabajo equivalentes, es decir, no más del 42 %.

Para la agricultura, Calwer llega al mismo resultado. «También aquí», dice, «llego a la conclusión de que la producción de bienes en la agricultura, por la cantidad y por la calidad, ha descendido ya muy por debajo de la mitad del nivel de tiempos de paz.»

La deuda pública de Alemania asciende a 250.000 millones de marcos. Cómo está la moneda alemana es cosa que sabe todo el mundo. La circulación de billetes asciende ahora a unos 80.000 u 81.000 millones. De ellos, solo unos 5.000 millones son dinero bueno.

Así pues, Calwer llega a la conclusión de que el valor interior del marco es de unos 6 o 7 pfennigs. Se ha querido explotar el hecho de que Alemania fuera «el Estado más victorioso» en el mercado mundial en 1919 y 1920, precisamente gracias a su mala divisa, y he guardado una cita del periódico francés *Le Temps* del 29 de abril, donde dice literalmente:

«Esta enorme ventaja, que se debe ante todo a la depreciación del marco, Alemania habría podido aprovecharla para saldar poco a poco la deuda de las reparaciones.»

Esa enorme ventaja, que consiste en la cotización del marco alemán, podría aprovecharla Alemania para hacer frente a sus deudas. Como he dicho antes: por el empobrecimiento, que se refleja en la imagen deformada del capital ficticio y con el que la sociedad se engaña sobre sí misma, se llega a esta concepción completamente de manicomio de que Alemania tiene la enorme ventaja de poseer una divisa completamente depreciada, y de que con ello está en condiciones, a costa del empobrecimiento de toda la economía, del aparato productivo, de vender sus mercancías a bajo precio a los franceses y a los ingleses en una competencia de saldo.

Calwer llega, tras su análisis, a la conclusión siguiente, que leeré literalmente:

«Pero este final de la funesta política monetaria y financiera tendrá que ser hoy violento, pues, dado el estado general de la economía nacional, está completamente descartado un retorno gradual a una situación ordenada del mercado de dinero y de las finanzas públicas. Y el final violento de esta evolución no es, al fin y al cabo, otra cosa que la bancarrota formal del Estado, que por fin manifiesta también exteriormente la insolvencia efectiva del Estado, producida hace ya mucho tiempo.»

Así pues, la bancarrota del Estado. Si lo expresamos a su vez en magnitudes materiales, llegamos a la conclusión siguiente: Alemania poseía antes de la guerra 225.000 millones de marcos oro de riqueza y 40.000 millones de marcos oro de renta. Ese era el punto culminante. Así lo estimó, si no me equivoco, Helfferich[^39], apoyándose en estudios estadísticos. Ahora la riqueza alemana se estima en cien mil millones de marcos, y la renta en 16.000 millones de marcos. Todo esto, por supuesto, solo es aproximadamente exacto, pero basta para darnos una imagen de la realidad. Si seguimos el desarrollo económico alemán, encontramos que la renta nacional alemana, en el último periodo de *Sturm und Drang* del desarrollo económico antes de la guerra, desde mediados de los años noventa hasta el comienzo de la crisis de 1913-1914, aumentó cada año unos mil millones.

En efecto, la renta de Alemania ascendía a mediados de los años noventa a 22.000 millones de marcos oro, y antes de la guerra a 40.000 millones de marcos oro, lo que en el transcurso de 28 años significaba de media un aumento anual de 4.000 millones de marcos; y Alemania se ha visto devuelta, por supuesto con otras consecuencias sociales, a la situación en la que estaba antes del último periodo de *Sturm und Drang* del capital alemán, que hizo de ella la Alemania moderna. En las condiciones dadas está muy claro que Alemania no será capaz de pagar las cargas de la deuda y las llamadas obligaciones de reparaciones, y un economista tan de derechas como Calwer ha proclamado la bancarrota del Estado como absolutamente inevitable. Y ahora podéis leer bastantes libros alemanes sobre la bancarrota del Estado desde el punto de vista de la filosofía, de la moral, del derecho, etc. Con moral o sin moral, esos señores tendrán que hacer la bancarrota del Estado.

Francia es un país que, según afirman sus periódicos burgueses, se está curando las heridas. Es indiscutible que Francia puede mostrar algún que otro éxito en ciertos terrenos en la posguerra. Pero sobrestimar esos éxitos sería cometer un gran error. Reunir las cifras de la economía francesa es muy difícil, porque allí se oculta mucho más que en otros países. Así lo hace la burguesía francesa, así lo hace el Estado francés. Hay que decirlo: en la prensa capitalista de Francia es donde más se miente, y quizá también en la estadística económica. Por ejemplo, hasta ahora no he podido encontrar en los periódicos franceses los datos sobre la producción de hierro colado en 1920. Pero si comparamos las cifras disponibles, vemos que Francia se ha empobrecido en la agricultura, en el terreno de la ganadería. En 1913 tenía unos 15 millones de cabezas de ganado vacuno, ahora 12,8 millones; caballos, en 1913, 7 millones de cabezas, ahora 4,6 millones.

La producción de trigo era en 1913 de 86 millones de quintales métricos, ahora de 63 millones. En 1913 la extracción de carbón era de 41 millones de toneladas; ahora, con Alsacia-Lorena y la cuenca del Sarre, solo 35,6, y sin esos territorios recién adquiridos, 25 millones de toneladas, es decir, no mucho más de la mitad de 1913, etc. Hay que tener en cuenta además que Francia no se cura las heridas con la reorganización de la economía, sino ante todo con el saqueo de Alemania y de las colonias. Así pues, la mejora de la situación en Francia no significa el levantamiento de la economía en su conjunto, sino solo el traslado de bienes de Alemania a Francia, con la particularidad, y eso es lo más importante, de que Alemania pierde de una vez y media a dos veces lo que Francia recibe.

La balanza comercial de Francia de 1919 muestra un déficit de 24.000 millones de francos, que es el excedente de las importaciones sobre las exportaciones. En 1920 fue de 13.000 millones. Así pues, en estos dos años de mejora, de reconstrucción, Francia ha acumulado en su comercio exterior un déficit de 37.000 millones de francos. Lo que eso significa para la divisa francesa es fácil de entender. Es verdad que en el primer trimestre del año en curso, 1921, Francia ya no presenta déficit en su comercio exterior, y en la prensa, y también en el Parlamento, reina un gran júbilo porque en los tres primeros meses de 1921 la importación francesa casi iguala la exportación. Pero el periódico francés más inteligente, *Le Temps*, dice el 18 de mayo de este año lo siguiente:

«La mejora de nuestra balanza comercial se debe sobre todo a la disminución de las entradas de materias primas, y esa disminución se traducirá sin duda dentro de pocos meses en un descenso sensible de las salidas de objetos fabricados.»

Así pues, lo que ha hecho más favorable la balanza comercial no es el levantamiento de la economía y de la exportación, sino la disminución de la importación, de las materias primas, es decir, la reducción de la producción de mañana. La deuda pública de Francia asciende a 303.000 millones, diez veces más que en 1913. A ello se añaden los costes de reconstrucción, que se intenta cargar a las espaldas de Alemania, por un importe de 180.000 millones de francos; en total, medio billón. La circulación de billetes en junio de 1915 era de menos de 3.000 millones de francos, y en julio de 1920 de casi 39.000 millones de francos, es decir, siete veces mayor.

El presupuesto francés ofrece la imagen del quebranto completo, del quebranto sin esperanza de la economía francesa. Asciende para el año en curso a 23.000 millones de francos de gastos ordinarios, 5.500 millones de francos de gastos extraordinarios de ocupación y 23.000 millones de francos de gastos de reparaciones, en total más de 51.000 millones de francos. ¿Y qué da el contribuyente francés? Hasta ahora ha dado tanto que los ingresos ordinarios se estiman en 17.000 millones de francos.

Así pues, del presupuesto del Estado hay que pagar cada año 15.000 millones de francos para la amortización de las deudas y 5.000 millones de francos para el ejército y la burocracia, en total 20.000 millones de francos solo para los intereses de la deuda y para el mantenimiento del aparato del Estado; y eso solo está cubierto en parte, con 17.500 millones, por los ingresos ordinarios. El déficit ordinario asciende, por tanto, a 5.500 millones de francos, sin tener en cuenta las famosas obligaciones de reparaciones. Si tomáis el principal periódico financiero francés, *L'Information*, y leéis allí los artículos de su director, Léon Chavenon, encontraréis lo siguiente:

«Hay que mantener el acoplamiento de la financiación del Estado con la máquina de imprimir billetes, es decir, seguir fomentando la inflación, la impresión de papel moneda.»

No oculta las causas; dice: «Solo se escapará a la inflación mediante la bancarrota abierta.»

La alternativa es esta: o cubrir los gastos con ese papel moneda, es decir, que el Estado siga siendo el estafador que engaña al mundo entero con la falsificación de moneda, con dinero falso, o hay que reconocer abiertamente la bancarrota y declarar públicamente: «Solo se escapará a la inflación mediante la bancarrota abierta».

El principal periodista financiero de Francia y el socialdemócrata de derechas (no sé exactamente si es de los de derechas o no) llegan al mismo resultado: no hay más salida que la bancarrota abierta del Estado o seguir tirando a trancas y barrancas con la máquina de imprimir papel moneda. Así están las cosas en la Francia victoriosa, que tiene ahora en sus manos, sin discusión, la dirección de Europa.

Inglaterra aparecía durante la guerra como el país que se había beneficiado incluso de la guerra. En el excelente folleto del camarada Varga[^40], con quien os presentamos juntos las tesis, encontramos una caracterización de la situación inglesa muy prudente, que los hechos y las cifras publicados después obligan a corregir en el sentido de que la situación de Inglaterra, desde el punto de vista del capitalismo, es más desesperada de lo que parecía hace poco. La agricultura inglesa se levantó durante la guerra gracias a enormes subvenciones del Estado. Ahora vuelve al nivel de antes de la guerra. En la producción de carbón, Inglaterra tenía el monopolio; ascendía en 1913 a 287 millones de toneladas y en 1920 a 233 millones de toneladas, es decir, el 80 % de la extracción de 1913; hierro colado, 10,5 millones de toneladas en 1913 y 8 millones de toneladas en 1920, es decir, también más o menos el 80 % de la producción de 1913. Cómo están las cosas en 1921 es bien sabido. A causa de la huelga de los mineros y de sus efectos, la producción de carbón bajó en enero a 19, en febrero a 17 y en marzo a 16 millones de toneladas.

La exportación de carbón, la exportación más importante de Inglaterra, sobre la que siempre se basó la exportación en general, fue en 1913 de 73 millones de toneladas y en 1920 de 25 millones de toneladas, es decir, el 34 %, más o menos un tercio de la exportación de 1913.

En los cinco meses del año en curso la exportación asciende a cerca del 48 % de la exportación de los cinco primeros meses de 1920. El comercio exterior en su conjunto, si se lo estima por los bienes y no por sus sombras en los precios, fue en 1920 un tercio menor que en 1913. Para el mes de mayo, el último número de la principal publicación económica, la revista *Economist*, nos trae los datos siguientes:

La exportación fue en mayo de 1920 de 119 millones, y en 1921 de 43 millones. Eso ya no está expresado en mercancías, en bienes, sino en precios; es decir, una disminución del 64 %, provocada por la crisis general. En el presupuesto inglés, en la deuda pública, vemos el mismo fenómeno, solo que no tan acusado. La deuda pública inglesa ascendía antes de la guerra a 700 millones de libras esterlinas, y ahora, el 4 de junio de 1921, ni más ni menos que a 7.709 millones de libras esterlinas. Eso significa once veces más que antes de la guerra. Solo el presupuesto del ejército y la flota ascendía antes de la guerra a 86 millones, y ahora a 237 millones de libras esterlinas, es decir, casi el triple. Y si seguís los informes de los principales administradores de los bancos y de la industria de los meses de marzo y abril, encontraréis la constatación de que la riqueza nacional de Inglaterra es ahora un tercio o un cuarto menor que antes de la guerra. Si un tercio o un cuarto, es difícil de establecer. La moneda inglesa es la expresión más elocuente de la decadencia inglesa. La libra esterlina inglesa ya no es la vieja libra esterlina. Ya no es lo que dice su pasaporte para viajar por el mundo. Dice en él que no es más, hoy o ayer, que el 76 % de lo que pretende ser. Y esto caracteriza mejor que nada la falta de estabilidad en esta época, en la que la cosa más estable, más absoluta y más indiscutible del mundo, el *sovereign* inglés, que lleva también el nombre de «soberano», ha perdido su antigua posición y se ha convertido en una magnitud relativa. En una época en que en Alemania se ocupan tanto de la relatividad en la filosofía, me refiero a la filosofía de Einstein, quizá haya que entender como desquite de la filosofía alemana frente a la economía inglesa que la libra esterlina inglesa se haya vuelto relativa: los alemanes, en tiempos de su miseria económica, siempre se han desquitado filosóficamente.

Pero también hay países que han subido. Y son, en primer lugar, Norteamérica y, en segundo lugar, Japón. Tenemos aquí un hecho de importancia histórica mundial que hay que tener siempre presente cuando se intenta valorar la situación mundial. El centro de gravedad de la economía ya no está en Europa, sino en los Estados Unidos. Europa ha decaído y, en conjunto, decae cada vez más. Los Estados Unidos se han desarrollado enormemente en este tiempo. El aumento de la cabaña ganadera, caballos y ganado vacuno, no es muy considerable. En caballos, el incremento va de 20 a 22 millones de cabezas; en ganado vacuno, de 62 a 68 millones. Si tomamos el carbón, encontramos en 1913 una extracción de 517 millones de toneladas y en 1920 de 580 millones de toneladas, un aumento bastante considerable. Petróleo, 248 millones de barriles en 1913 y 442 millones en 1920. Un ascenso enorme. En algodón y hierro, casi el nivel de antes de la guerra. En la construcción de buques, un ascenso inmenso. En 1913 se construyeron buques por 276.000 toneladas de arqueo, en 1919 por 4.075.000 toneladas y en 1920 por 2.746.000 toneladas. Con esta construcción naval los Estados Unidos han conquistado la posición de potencia dirigente en este terreno. Si antes de la guerra Inglaterra poseía más de la mitad del tonelaje mundial y los Estados Unidos solo el 5 %, la proporción ha cambiado por completo. Ahora Inglaterra no posee más del 35 % y los Estados Unidos el 30 % del tonelaje mundial. En la industria del automóvil, cosa bien sabida, se fabricaron en 1913 algo menos de 900.000 automóviles al año, y en 1920, 2.350.000. Ahora los Estados Unidos poseen 8,5 millones de automóviles, es decir, un automóvil por cada doce habitantes. Todo el resto del mundo posee 1.400.000. La exportación se ha hecho dos veces y media mayor que antes de la guerra. Se ha producido un gran desplazamiento y una gran transformación interna en la exportación que tienen la mayor importancia para la economía mundial. En efecto, antes de la guerra, en 1905, los Estados Unidos exportaban un tercio de productos manufacturados y dos tercios de alimentos y materias primas. Ahora la proporción se ha invertido: se exporta un 60 % de productos manufacturados y un 40 % de alimentos y materias primas. Eso significa que los Estados Unidos se han convertido en el principal país exportador de productos industriales. En el transcurso de los últimos seis años, de 1915 a 1921, el excedente de exportación de los Estados Unidos asciende a 18.000 millones de dólares. Y si nos representamos ahora la participación de los Estados Unidos en la economía mundial, podemos caracterizarla con las cifras siguientes: los Estados Unidos tienen el 6 % de toda la población del mundo y el 7 % de la superficie de la Tierra; en la producción suministran el 20 % del oro, el 25 % del trigo, el 30 % de los buques mercantes, el 40 % del hierro, el 40 % del plomo, el 50 % del cinc, el 45 % del carbón, el 60 % del aluminio, el 60 % del cobre, el 60 % del algodón, el 66 % del petróleo y el 85 % de los automóviles.

Esto se expresa en el papel dirigente del dólar norteamericano en el mercado financiero mundial. La deuda de Europa con los Estados Unidos, de 18.000 millones de dólares, aumenta cada día en 10 millones de dólares por el impago de los intereses y por los nuevos créditos. La cuestión de la deuda europea con los Estados Unidos es una de las cuestiones más importantes de la política mundial.

Japón se ha beneficiado bastante, por un lado, del mercado de guerra y, por otro, de la desaparición de los países industriales europeos del mercado mundial. Ni de lejos tanto como los Estados Unidos, desde luego, porque su aparato productivo es menor. No leeré las cifras; solo daré una, la de la extracción de carbón, que en 1913 era de 56 millones de toneladas y en 1920 de 76 millones, es decir, un 36 % más. Otras ramas de la industria han adoptado un ritmo de desarrollo de invernadero, como la industria del vidrio. Pero ahora, cuando los países europeos vuelven al mercado mundial, los capitalistas japoneses se muestran incapaces de conservar la posición conquistada. En Japón tenemos ahora no menos de 2.376.000 obreros en la industria, de los que 270.000, es decir, el 12 %, están organizados en sindicatos, lo que para un país atrasado, con relaciones semifeudales todavía existentes, significa mucho. Lo que significa esta cifra del proletariado lo entenderá todo el que haya entendido el papel del proletariado ruso.

Antes de pasar, camaradas, al punto central de la cuestión, a saber, si este cuadro cambia con la evolución en el sentido del restablecimiento del equilibrio, quiero hacer una breve observación. Los estadísticos y los economistas del capitalismo, sus ministros, pueden decir que la economía de Rusia tampoco se ha levantado en este tiempo. Sobre la situación económica de Rusia informará el camarada Lenin. Yo quiero decir unas palabras sobre esta cuestión en un contexto muy distinto. El secretario de Estado norteamericano, el señor Hughes[^41], ha escrito en una carta al tristemente célebre señor Gompers[^42] que no tiene sentido entablar relaciones económicas con Rusia, porque Rusia es ahora un vacío gigantesco. Y no se puede atribuir el empobrecimiento, la decadencia de la economía rusa al bloqueo y a la guerra civil, opina el señor Hughes, porque también han retrocedido las ramas de la industria que antes de la guerra se sostenían por sí solas, y porque la guerra civil no movilizó ni de lejos a tanta gente como la gran guerra. Pues bien, este último argumento (que el señor Hughes me perdone) es muy ingenioso, porque en la decadencia de la economía rusa también está incluida la movilización rusa. Pero el argumento es falso en otro aspecto, porque en la gran guerra imperialista el zarismo dejó en las fábricas a la fuerza de trabajo cualificada más importante. No la necesitaba para la guerra como nosotros. Tenía su nobleza, sus oficiales adiestrados. Nuestro aparato de guerra, en el peor momento, se componía ante todo de los obreros cualificados, a los que primero tuvimos que formar como soldados. Este secreto puedo revelarlo ahora, porque estamos en plena desmovilización. En la época en que teníamos que atender a cuatro frentes, teníamos 5.300.000 hombres en el ejército y, de ellos, no menos de medio millón de obreros cualificados. Y eso significa para la economía la pérdida más grave e insoportable. Por otro lado, el señor Hughes olvida por completo que la Rusia capitalista formaba parte del capitalismo mundial y participaba en la división del trabajo del mercado mundial. Todavía hoy sufrimos la falta de los objetos relativamente más insignificantes y minúsculos, que antes de la guerra no podíamos producir y cuya producción nos fue completamente imposible organizar durante el bloqueo y la guerra civil. Los amigos que dirigen nuestra economía han dado algunos ejemplos de este tipo. Por ejemplo, necesitamos cables metálicos redondos y planos para las minas. Nunca se han producido aquí. Las minas de la cuenca del Donets sufren muchísimo por la falta de cables metálicos. Todo el mundo sabe que los tamices metálicos necesarios para la fabricación de papel, que siempre se importaban de Alemania y de Inglaterra, no se hacían aquí. Así pues, también las ramas de la producción que antes de la guerra se sostenían por sí solas sufren muchísimo. Ahora bien, es evidente, y es muy posible demostrarlo, que ningún otro régimen, en las condiciones dadas, después de la primera guerra imperialista, sobre la base del quebranto completo del antiguo ejército y de la economía capitalista, ningún otro régimen habría podido en el transcurso de tres años librar una nueva guerra, abastecer al ejército, armarlo, etc., sin hundirse por completo; solo el régimen soviético pudo hacerlo. Por supuesto, no tengo la intención de negar nuestros grandes errores en este terreno.

Camaradas, tenemos que responder, con todo, a la cuestión principal. Pues bien, si decimos que todo eso puede ser muy cierto y que es indiscutible que el aparato productivo de Europa, a pesar de la instalación de algunas fábricas, ha decaído en conjunto, que la riqueza nacional de los países beligerantes es un tercio menor que antes de la guerra, etc., ¿qué? Pero después de la guerra ya hemos observado un retorno de la vida económica normal. Hubo la gran prosperidad de 1919 y de comienzos de 1920. Luego vino la crisis; así que eso es casi ya una señal de que todo va por buen camino. Es el automatismo de la economía capitalista, que vuelve y con ello pone en equilibrio la economía capitalista. Esa es la cuestión principal. Primero caracterizaré brevemente esta época de la coyuntura, que de paso, sin decirlo, ya he caracterizado en los datos al exponer la producción de los dos últimos años.

La gran prosperidad empezó en la primavera de 1919. Todo el mundo capitalista esperaba la gran crisis y tenía un santo temor a las consecuencias de esa crisis. Se preparó para esa crisis y pasó de la coyuntura de guerra a la prosperidad de posguerra casi sin tropiezos visibles. La burguesía estaba muy animada. Los precios subían febrilmente en 1919 y 1920. La especulación hacía los mejores negocios. Pero con la producción las cosas eran muy distintas. Se ve en los ejemplos de Inglaterra, de Francia y sobre todo de Europa oriental y central, donde la decadencia no conoció ninguna pausa en la época de la llamada gran prosperidad. En los Estados Unidos esta prosperidad tampoco se registró en todas las ramas, porque había que reconvertir la industria de guerra en industria de paz, es decir, en la producción de carbón, petróleo, automóviles y buques. ¿Y tuvo la industria una gran prosperidad? Fue precisamente una prosperidad comercial y sobre todo especulativa. Eso también es fácil de explicar. La gran prosperidad de posguerra tuvo dos causas: una económica y otra político-financiera. La causa económica consistió en que, al terminar la guerra, los mercados de alimentos cobraron importancia. Los precios habían subido enormemente, y los capitales acumulados por los especuladores de la guerra se lanzaron a ese terreno del comercio y de la especulación y sacaron beneficios enormes.

Eso fue posible por el hecho de que el Estado, que tenía el mayor miedo al paso a las condiciones de paz, simplemente mantuvo las condiciones de guerra también en tiempo de paz. También en tiempo de paz se continuó con la inflación, es decir, con la emisión de papel moneda, con la concesión de subsidios del Estado a los salarios, con el control de la exportación y la importación, etc. Y la censura militar y la dictadura de la soldadesca dieron igualmente buen resultado después de la guerra. Así la coyuntura especulativa de guerra se convirtió en una coyuntura de posguerra, sin que por ello se levantara realmente la producción. Al contrario, en algunos Estados la producción sigue arruinándose. En cuanto a la inflación, la caracteriza mejor que nada el que en Francia la suma de los billetes de banco haya subido de 30.000 a 38.000 millones, en Alemania de 2 a 63, en Italia de 9.000 a 22.000 millones, etc. Si tomamos Berlín, París, Londres y Nueva York y lo consideramos como el nivel de la economía antes de la guerra, obtendremos más o menos, de manera puramente esquemática, desde el punto de vista de las cifras (quería expresarlo también en cifras, pero eso llevaría un tiempo enorme), el mismo nivel que antes de la guerra. Ahora, después de la guerra y de la época de prosperidad especulativa, tenemos este nivel: Alemania se ha empobrecido, el aparato productivo es mucho más pobre que antes de la guerra. Francia se ha empobrecido menos, Londres todavía menos; Nueva York, los Estados Unidos, se han enriquecido. Si tomamos ahora en consideración los precios (consideremos los precios y, si queréis, también la circulación de billetes), en Alemania los precios se han multiplicado por siete en el transcurso de esta prosperidad; en Francia, menos; en Inglaterra, todavía menos; en los Estados Unidos, mucho menos. Así pues, la diferencia entre la producción y su superestructura por efecto de los precios es aquí pequeña, y en Alemania enorme. Cuanto más pobre es el país, más rico pretende ser, si se consideran como valores reales sus valores ficticios, sus deudas públicas, sus billetes de banco, etc. Ese es el cuadro real de la última coyuntura, que fue una prosperidad especulativa. Pero esta prosperidad ficticia, que en el fondo llevó a un mayor empobrecimiento de los países beligerantes, desempeñó un papel político real. Se dice, y lo escribe con detalle un profesor inglés que ha publicado un artículo muy interesante en la revista anual del *Manchester Guardian*, que el momento más peligroso para nosotros, es decir, para la clase dominante, fue el año 1919. Porque, dice, las gentes que volvieron de la guerra estaban muy impacientes por la situación económica, «and the impatience of men fresh from battlefields is dangerous» (y la impaciencia de los hombres recién llegados de los campos de batalla es muy peligrosa). Y entonces, añade, nos preparamos para ese peligro poniendo en movimiento mucho dinero, siempre nuevos millones. El Estado siguió siendo el mayor mercado artificial. Los obreros recibían ciertos subsidios del Estado al salario en diversas formas, y así el capitalismo se salvó a través de esa peligrosa época de la desmovilización militar. Así pues, esta prosperidad ficticia ayudó al capitalismo a mantener su posición.

Pero ahora tenemos que preguntar: esta gran prosperidad ha hecho este trabajo; en distintos terrenos ha levantado, con todo, la producción, lo que demuestra que esta es capaz de seguir levantándose. ¿No habrá que entenderlo en el sentido de que, en el momento en que, después de los intentos revolucionarios o de las revoluciones fracasadas, empieza la gran prosperidad, la revolución ha terminado ya? Para ello se apoyan en los conocidos razonamientos de Marx y Engels de 1850-1851. Creo que en nuestra vida política la Internacional Comunista tendrá que ocuparse mucho de esta cuestión en el próximo periodo, sobre todo si entramos ahora en una coyuntura nueva y mejor, lo que no está descartado. Leeré la cita. Engels dice aquí de Marx: «A él, a Marx, se le hizo del todo claro, a partir de los hechos, que la crisis del comercio mundial de 1847 había sido la verdadera madre de las revoluciones de febrero y de marzo, y que la prosperidad industrial, que había vuelto poco a poco desde mediados de 1848 y alcanzó su pleno florecimiento en 1849 y 1850, fue la fuerza que dio nueva vida a la reacción europea, otra vez robustecida. Eso fue decisivo.»[^43]

Y en el otoño de 1850 escribieron Marx y Engels:

«… Una nueva revolución solo es posible como consecuencia de una nueva crisis. Pero es tan segura como esta.»[^44]

Pues bien, también ahora algunos camaradas (también en la comisión que ha nombrado el Ejecutivo se habló de ello) se apoyan en que la crisis es la madre de la revolución y la prosperidad es, por así decir, la sepulturera de la revolución. Si llega una gran prosperidad, se acabó la revolución. Pues bien, camaradas, la cita que he leído tiene la mayor importancia, y en estas palabras no está formulada del todo con exactitud. En la profecía es falsa, y el propio Engels reconoce que no se cumplió. La crisis no fue la causa de la revolución, y también la crisis de 1847 fue la madre de la revolución solo en un sentido condicional de la palabra. La revolución de 1848 nació del empuje del capitalismo, que chocaba con las relaciones estamentales y luchaba contra ellas. La revolución de 1848 acabó en buena medida con el régimen de los gremios, con los restos de la servidumbre, y dio con ello al capitalismo nuevas posibilidades de desarrollo. En esas condiciones, y solo en esas condiciones, la gran prosperidad de 1849-1850 y de los años siguientes podía significar un punto final en el desarrollo de la revolución. Así pues, la crisis fue el último impulso de la revolución, que había brotado de las relaciones sociales, del desarrollo del capitalismo en un marco feudal, y la gran prosperidad fue el último impulso para el fin de la revolución, una vez que esa revolución había cumplido su tarea inmediata más importante, barrer el régimen de los gremios, etc. Si se pasa esto por alto, se malinterpreta por completo la cita.

Y en general el desarrollo del capitalismo no se agota en estos ciclos, que significan la gran prosperidad, luego la tensión, la depresión, la crisis, luego su distensión gradual, etc. El desarrollo del capitalismo no se agota en ello ni queda caracterizado así en toda su amplitud histórica. Porque el capitalismo tiene dos clases de movimiento. El movimiento primario es el que consiste en el desarrollo de las fuerzas productivas. La curva va hacia arriba, y esa subida se produce con fluctuaciones, con oscilaciones, que son las fluctuaciones de las crisis y de la gran prosperidad. Si tenemos un desarrollo estancado, digamos, en el transcurso de cincuenta años, podremos constatar de todos modos los ciclos. Pero no serán tan precisos como en un país capitalista de vida febril. Si consideramos un capitalismo que se desarrolla hacia arriba, encontramos las mismas fluctuaciones, solo que la curva va hacia arriba. Si observamos una sociedad capitalista en decadencia, la curva va hacia abajo, pero el desarrollo se mueve siempre con estas fluctuaciones.

Por la tabla del número de enero del *Times* vemos la época de 138 años que va desde las guerras por la independencia de Norteamérica hasta el día de hoy. En el transcurso de ese tiempo hemos tenido, si no me equivoco, 16 ciclos, es decir, 16 crisis y 16 periodos de gran prosperidad. A cada ciclo le corresponden unos 8⅝ años, casi 9 años. Y esos son los movimientos en zigzag.

De la tabla se desprende un movimiento general ascendente. Empieza con 2 libras esterlinas, es decir, 24 marcos oro por habitante de la población inglesa. En este periodo la población se multiplica aproximadamente por cuatro, pero el comercio exterior mucho más, de modo que llega a 30½ libras esterlinas por habitante, y aquí, en 1920, en todo caso expresado en dinero y no en valores reales, asciende a unas 65 libras por habitante. En la producción de hierro bruto vemos un desarrollo parecido. Las dos líneas son más o menos paralelas en estas épocas. Lo vemos al principio, en 1851, que es el año del que acabamos de hablar, el comienzo del periodo de *Sturm und Drang* del desarrollo capitalista después de la revolución de 1848, cuando la producción de hierro bruto es de 4½ kilos por habitante. Esta cifra sube hasta 46 kilos en 1913. Luego sigue un movimiento de retroceso.

Este es el balance general, el resultado general de este desarrollo de 138 años. Pero si se analiza con más detalle esta curva, se ve que se divide en cinco partes. De 1781 a 1851 el desarrollo es muy lento; durante décadas, incluso estancado. Luego, desde 1851, desde mediados de siglo, un movimiento ascendente. Ahí se ve cómo en el transcurso de sesenta años el comercio exterior ha subido de 2 a 5 libras esterlinas por habitante. Luego, en el transcurso de 22 años, sube de 5 a 21 libras esterlinas, y el hierro bruto, en ese tiempo, de 4½ kilogramos por habitante a 13 kilogramos. Luego, a partir de 1873, que es el gran crac, empieza una época de depresión. De 1873 a 1894 aproximadamente vemos en el comercio exterior inglés un estancamiento, e incluso, si se considera el comercio exterior real, no los beneficios políticos, lo que los extranjeros dejaban en Inglaterra, los intereses de los capitales en el extranjero, un descenso de 21 libras a 17,4 libras esterlinas en el transcurso de 22 años. Luego un auge, hasta 1913, de 17 a 30 libras. Ahora, la época de la guerra y de la posguerra. Aquí, lo mismo. El primer tramo va hacia arriba. De 1913 a 1917 ha subido muy poco. Luego, de 1917, a 46. Esto, camaradas, es muy importante para comprender la situación actual y la situación que ahora se abre.

El desarrollo del capitalismo se caracteriza, pues, por un movimiento primario y por esos movimientos secundarios que se producen siempre sobre el fondo de ese movimiento primario. El ascenso, el declive o el estancamiento: sobre esa línea se dan las fluctuaciones, es decir, la mejora de la coyuntura y la crisis, que no nos dicen nada de si el capitalismo se desarrolla o decae. Esa fluctuación es lo mismo que el latido del corazón en un hombre vivo. El latido del corazón solo prueba que vive. Por supuesto, el capitalismo todavía no ha muerto, y como vive, tiene que inspirar y espirar, es decir, tiene que producirse la fluctuación. Pero así como en un moribundo la inspiración y la espiración son distintas de las de un individuo en pleno desarrollo, así ocurre también aquí. Es muy peligroso apoyarse en la cita de Engels y desatender por ello estos hechos fundamentales. Porque precisamente después de 1850, cuando Marx y Engels hicieron sus constataciones, no sobrevino una coyuntura normal, corriente y ordinaria, sino el periodo de *Sturm und Drang*, después de que la revolución de 1848 hubiera ensanchado el terreno del capitalismo. Eso es lo decisivo. Ese periodo de *Sturm und Drang*, en cuyo transcurso la prosperidad, el auge, fue siempre muy fuerte y la crisis tuvo un carácter superficial y breve, ese periodo precisamente puso fin a la revolución. Ahora hay que preguntarse no si es posible una mejora de la coyuntura, sino si esa fluctuación de la coyuntura se mueve sobre una línea ascendente o descendente. Eso es lo más importante de toda la cuestión. Pues bien, aquí volvemos a los hechos más elementales que hemos expuesto: que Europa se ha arruinado, que el aparato productivo de Europa está ahora muy por debajo de lo que estaba antes de la guerra, que el centro de la economía ha pasado a América, no en un desarrollo paulatino, sino por la explotación del mercado de guerra europeo por parte de América y por la eliminación de Europa del mercado mundial. Es una situación histórica que no se había dado nunca y que no volverá jamás, una situación en la que Europa empeñó en la guerra, a lo largo de cuatro años y medio, toda su fuerza, y no solo la fuerza viva actual, sino la acumulada, una generación de obreros, toda la fuerza que sirvió luego de base al desarrollo, al progreso, al ascenso de América. Ese hecho, digo, hizo posible el vuelco completo de América en un breve periodo de tiempo. Ahora bien, se trata de un hecho que no puede repetirse. Porque Europa, antes de su declive, había creado para América un mercado completamente artificial, un mercado que no se puede sustituir, y luego, después de haber creado con su declive ese mercado para América, Europa le ha fallado por completo como mercado. Antes de la guerra el mercado europeo representaba para América más de la mitad, el 60 %; durante la guerra fue todavía más, y la exportación norteamericana se triplicó en comparación con la de antes de la guerra. Después de la guerra resulta que Europa queda como un continente completamente empobrecido, sin posibilidad de seguir comprando mercancías a América, porque Europa no puede darle nada como equivalente, no tiene posibilidad de entregar la contrapartida en oro o en mercancías.

Y de ahí se explica también la crisis que comenzó en el Japón y en América. Tras la época, la breve época de ese auge, que duró año y medio, llegó la crisis completamente real, que ante todo le grita a Europa: eres pobre, estás arruinada, ajústate a lo que tienes, ya no puedes importar nada de América. Y la misma crisis le grita a América: te has enriquecido porque podías chupar la sangre de Europa, y eso duró los cuatro, cinco, seis años de la guerra. Pero se acabó la gloria. Los países de allí están arruinados, su aparato productivo tiene que construirse y restablecerse de nuevo, tiene que producirse una nueva división del trabajo dentro de cada nación. La economía de Francia, la economía de Alemania, sigue todavía andando automáticamente, impulsada por el empuje de la preguerra y de la guerra. Pero Alemania tiene que hacer un movimiento de retroceso para establecer la proporción, el equilibrio de su aparato. Así como en la guerra se organizó la escasez, habrá que seguir haciéndolo si no llega la revolución. Si el movimiento sigue desarrollándose, habrá que introducir la proporción en ese empobrecimiento. La relación entre las numerosas ramas de los medios de producción y de los medios de consumo, en primer lugar. Es decir, mediante crisis, mediante mejoras parciales, tendrá que irse elaborando la relación necesaria, si no llega la revolución. Lo mismo en Francia, en toda Europa, en esta época de retroceso de la economía, de nivelación del frente en los países capitalistas y en las ramas de la industria de esos países que más han sufrido, que más se han empobrecido. En el curso de esa nivelación, América tendrá que echar de menos también su mercado mayor y más importante en la medida de antes. Eso significa que la crisis tampoco es para América una crisis pasajera y normal, sino el comienzo de una larga época de depresión. Si volvemos a nuestra tabla, donde caracterizamos los distintos periodos, una época de estancamiento que duró 70 años y luego una época de ascenso de 22 años, de 1851 a 1873, vemos lo siguiente: esos 22 años de ascenso impetuoso tuvieron dos crisis y dos auges. Pero aquellos auges fueron realmente altos y las crisis fueron crisis muy débiles. Luego viene, de 1873 a mediados de los años noventa, otra vez el estancamiento o el desarrollo muy lento. Luego, otra vez, el enorme ascenso. Es la adaptación, la nivelación. Cuando el capitalismo choca en un país con la incapacidad de absorción de su mercado, tiene que adaptarse a otros mercados que hay que procurarse. El carácter de esos periodos, sea estancamiento, ascenso o declive, lo determinan grandes acontecimientos históricos, crisis económicas, revoluciones, etc., etc. Eso es, pues, lo más importante en el desarrollo del capitalismo.

Ahora bien, el capitalismo ha entrado en una época de depresión larga y profunda. En realidad esta época quizá tendría que haber comenzado ya —ahora se dice retrospectivamente; es muy difícil profetizarlo— en 1913. No habría sido imposible, tras los veinte años de desarrollo impetuoso que nos habían dado la Alemania moderna, en 1913, cuando el mercado mundial se había vuelto ya demasiado estrecho para el capitalismo desarrollado de Alemania, Inglaterra y Norteamérica. Así es también en el fondo, porque esos frutos gigantescos del desarrollo capitalista se dieron cuenta de ello. Se dijeron: para eludir esta larga depresión de decenios, provocaremos la crisis aguda de la guerra, aniquilaremos al adversario y nos apropiaremos como un monopolio de este mercado mundial que se ha vuelto demasiado estrecho. Pero la guerra duró demasiado. No provocó solo una crisis aguda, sino una crisis larga, arruinó por completo el aparato de la economía capitalista en Europa, hizo posible con ello ese desarrollo febril de América, causó el agotamiento de Europa y llevó así a esta gran crisis de América. Ahora tenemos la misma depresión que se quería evitar, solo que elevada a la máxima potencia por el empobrecimiento de Europa.

Esto es, camaradas, lo más importante que, a mi juicio, puede decirse para caracterizar la situación económica. Hemos dejado de lado la revolución entera. El capitalismo sigue en pie, sigue desarrollándose, tenga o no posibilidad de ascenso. En 1919, creo, tras los primeros signos de ese auge, fue cuando un inglés, creo que se llama Paish[^45], propuso reunir un empréstito internacional de 2.000 millones de libras esterlinas, es decir, más de 40.000 millones de marcos oro, para llevar a cabo las reparaciones. Por entonces la gente se imaginaba la cosa de este modo: si se lograba un empréstito internacional de esa magnitud y luego se emprendía el trabajo de reparación, se alcanzaría la mayor prosperidad de la historia universal. Es decir, esa imagen deformada del capitalismo extravió a la gente hasta el punto de que se dijeron: hemos destruido tanto, ciudades, agricultura, ferrocarriles, hemos hundido tantos vapores, que si emitimos la imagen de lo destruido en títulos del Estado y escribimos encima «40-50.000 millones de marcos oro», nos haremos de golpe terriblemente ricos. Esa mecánica repugnante de la sociedad capitalista extravía, pues, a los propios capitalistas. Luego se ha visto que no es así en absoluto. Ahora hay que restablecer los ferrocarriles y llevarlos a un nivel que es mucho más bajo que antes de la guerra, y eso en medio de la completa desorganización social.

Con esto llegamos a la cuestión del equilibrio social. Porque se dice siempre —y esa es en realidad la idea rectora no solo de un señor Cunow[^46], sino también de Hilferding— que el capitalismo restablece automáticamente su equilibrio sobre una nueva base. Ese automatismo del desarrollo es para el oportunismo la característica más importante. Pues bien, el restablecimiento del equilibrio del capitalismo se produciría, naturalmente, si los factores sociales de la lucha de clases no entraran en ese juego cruel. Si la clase obrera de Europa, como la del mundo, se deja someter a todos los experimentos del capitalismo para restablecer sus relaciones internas normales, eso significa que en el curso de veinte o treinta años se hundirán en la miseria en Europa de 20 a 30 millones de obreros y obreras, porque con la emigración a América ya no hay nada que hacer. América tiene 5 millones de parados y tendrá todavía más en los próximos años, y quizá decenios. Se acabó la emigración como válvula de seguridad. Porque en América esa cuestión del paro seguirá siendo, como he dicho, una cuestión estable durante largos años. Una generación de obreros se consumirá y se formará un nuevo equilibrio capitalista del mundo, con América como potencia rectora del mundo, y Europa frente a América como España frente a la Inglaterra de ayer.

Imaginaos la civilización europea consumida en el marco de ese nuevo capitalismo restablecido. Teóricamente hablando, ese estado es posible. Si dejamos de lado el instrumento de la lucha de clases, el automatismo de la sociedad capitalista conducirá a él, y tengo a este respecto unas declaraciones muy interesantes de un reaccionario alemán muy listo, el profesor Otto Hoetzsch[^47]. Escribe sobre la situación económica y dice que ahora tendremos que llegar a las reducciones de salarios en todo el mundo. Los obreros no querrán aceptarlo tranquilamente, se pondrán en huelga. Es un desarrollo inevitable, ya queramos llamarlo automatismo capitalista o explotación capitalista. Pues bien, no da lo mismo que tengamos ante nosotros un automatismo capitalista, tal como se lo imaginan los oportunistas, para quienes solo la voluntad de la clase capitalista está objetivamente dada. Para esos señores la voluntad de la clase revolucionaria no existe, y por eso todo el desarrollo capitalista se les vuelve automático. El señor Hoetzsch dice que podemos llamarlo automatismo o explotación. Es decir: se convierte en automatismo cuando la clase obrera está dirigida por los reformistas, se convierte en rebelión contra la explotación cuando la clase obrera está dirigida por el partido comunista vivo.

Con ello este proceso de restablecimiento del equilibrio capitalista adquiere un aspecto completamente nuevo. En esta etapa tiene una importancia esencial que Europa haya retrocedido, que Alemania sea tan pobre como lo era a mediados de los años noventa. Pero la estructura social de Alemania no ha retrocedido, al contrario. La agudización de los antagonismos sociales debida al desarrollo de los veinte años anteriores a la guerra se ha acentuado todavía más con el desarrollo de la guerra y de la posguerra, tanto en la época de prosperidad como en la de crisis. Así pues, tenemos el descenso de la base económica, de la riqueza y de la renta de la nación, y al mismo tiempo la agudización de los antagonismos de clase. Eso no significa otra cosa que la agudización de la lucha de las clases interesadas por su parte en esa renta nacional que disminuye.

Y ahí está el problema de esa descripción esquemática del restablecimiento del equilibrio que tienen en la cabeza un Heinrich Cunow y otros. Todo lo que el capitalismo se ve obligado a hacer para dar un paso adelante en la dirección del restablecimiento del equilibrio lo desorganiza todavía más e impulsa con más fuerza aún a la clase obrera a la lucha.

La primera tarea para alcanzar el nuevo equilibrio es poner en orden el aparato productivo. Para ello hace falta la acumulación de capital. Para esa acumulación hay que aumentar la productividad del trabajo. ¿Por qué medio? Por la explotación aumentada, mayor, de la clase obrera, porque la disminución de la productividad de la fuerza de trabajo es el hecho manifiesto de la posguerra en el curso de estos tres años. Para restablecer la economía mundial sobre base capitalista hay que volver a tener el equivalente mundial, la moneda oro. Sin esa moneda oro la economía capitalista no puede existir. Porque cuando los precios bailan su danza de la muerte, subiendo y bajando un 100 % en el curso de un mes, como suele ocurrir en Alemania en función de las oscilaciones de la divisa alemana, no hay producción. Al capitalista no le interesa la producción, porque la especulación le hace señas desde lejos, más tentadora, con los grandes beneficios que el desarrollo más lento de la producción.

¿Qué significa *el restablecimiento de la divisa*? Significa para Francia y Alemania la declaración de la bancarrota del Estado. Pero la declaración de la bancarrota del Estado significa el gran desplazamiento de las relaciones de propiedad de la nación. Y a los Estados que hayan declarado la bancarrota se les presenta la nueva lucha por la parte en la nueva riqueza nacional. Es, pues, un paso poderoso hacia la lucha de clases. Todo eso significa inmediatamente la pérdida del equilibrio social y político, es decir, un movimiento revolucionario. Pero con la declaración de la bancarrota del Estado no se llega todavía al restablecimiento del equilibrio, sino que siguen de nuevo la prolongación de la jornada de trabajo, la supresión de la jornada de ocho horas, la intensidad aumentada de la explotación. Y con ello, naturalmente, se tropieza enseguida con la resistencia de la clase obrera, porque se tiene la explotación capitalista, por decirlo con el señor Hoetzsch. En una palabra: el restablecimiento del equilibrio capitalista es, en abstracto y teóricamente hablando, posible. Pero no se realiza en un espacio vacío social y políticamente, sino que solo puede realizarse a través de las clases. Ahora bien, cada paso hacia el restablecimiento del equilibrio de la vida económica, aun el más pequeño, significa un golpe contra el lábil equilibrio social de las clases en el que estos señores se sostienen todavía hoy. Eso es lo más importante.

De ello hay que sacar la conclusión de que el desarrollo, sea más lento o más rápido —sobre el ritmo del desarrollo no podemos discutir, después de que la historia nos ha engañado tan infamemente en la cuestión del ritmo—, conduce a la revolución. No tenemos en Europa central y occidental una dictadura proletaria victoriosa. Pero si se tiene el atrevimiento de decir, como hacen los reformistas, que en este tiempo se ha restablecido solapadamente el equilibrio económico del mundo capitalista, es la mentira más desvergonzada y a la vez más estúpida; porque eso no lo dicen ni siquiera los reaccionarios más reaccionarios que tienen de verdad algo en la cabeza, como ese mismo señor Hoetzsch. Este dice en su revista del año, más o menos, que 1920 no ha llevado a la victoria a la revolución ni ha restablecido la economía mundial capitalista. Sería un equilibrio lábil, muy limitado en el tiempo. El señor Chavenon[^48], al que he citado, dice: en Francia, por ahora, solo tenemos la posibilidad de una mayor desorganización de la economía capitalista por las finanzas del Estado y la inflación de la circulación de billetes, con la bancarrota abierta. Lo que esto significa me he esforzado por explicarlo. He descrito la crisis más aguda que haya visto nunca el mundo capitalista. Hace tres o cuatro semanas se notaba en la prensa capitalista algo así como un soplo de mejora próxima, de una época de prosperidad cercana. Ahora resulta que ese soplo de primavera era prematuro. En la situación financiera se ha producido cierta mejora, es decir, no está tan tensa como hasta ahora. En el comercio los precios han bajado, pero eso no significa una reanimación del comercio. Las bolsas están muertas y en la producción sigue todavía el movimiento descendente. En la metalurgia norteamericana vemos ahora que solo está en marcha un tercio de la capacidad de producción. En Inglaterra se han apagado ahora los últimos altos hornos. Sigue habiendo, pues, un movimiento descendente.

Ese movimiento descendente no significa que vaya a seguir indefinidamente a este ritmo. Eso está excluido. El organismo capitalista tendrá que inspirar. Pero tendrá que inspirar un aire algo más fresco, mediante cierta mejora que sería prematuro llamar prosperidad. Se abrirá una nueva fase para eliminar la contradicción entre esa superestructura de riqueza ficticia y la miseria de la base. Así seguirá habiendo convulsiones semejantes del cuerpo económico. Todo esto, como he dicho, nos dará el cuadro de una profunda depresión económica.

Sobre la base de esa depresión económica la burguesía se verá obligada a presionar cada vez con más fuerza sobre la clase obrera. Lo vemos ya ahora en las reducciones de salarios, que han comenzado en los países capitalistas de sangre más vigorosa: en América, en Inglaterra y luego en toda Europa. Eso conduce a grandes luchas salariales. Extender esas luchas salariales, ampliarlas con la comprensión de la situación económica, es nuestra tarea. Eso está completamente claro. Pero la cuestión es si esas grandes luchas salariales, de las que nos da un ejemplo clásico la huelga de los mineros en Inglaterra[^49], tienen que transformarse automáticamente en la revolución social, en la guerra civil final y en las luchas por la conquista del poder político. Plantear así la cuestión, sin embargo, no sería marxista. No tenemos semejante garantía automática del desarrollo.

Pero si esta crisis deja sitio a un auge pasajero, ¿qué significa eso para nuestro desarrollo? Más de un camarada dice que, si en esta época se produjera una mejora, sería una fatalidad para nuestra revolución. De ningún modo. Porque no existe en absoluto esa conexión automática entre el movimiento revolucionario de la clase obrera y la crisis. Aquí no hay ninguna conexión automática, solo hay una acción recíproca dialéctica. Y comprender eso es lo más importante.

Consideremos las condiciones de Rusia. La revolución de 1905 fue aplastada. Los obreros sufrieron grandes pérdidas. En 1906 y 1907 se produjeron las últimas convulsiones revolucionarias. En el otoño de 1907 estalló la gran crisis mundial. La señal se dio en la Bolsa de Nueva York, un viernes negro. En 1907, 1908 y 1909 reinó la crisis más terrible también en Rusia. El movimiento en Rusia quedó completamente aniquilado por la crisis, porque los obreros habían sufrido tanto en las luchas que esa depresión solo podía tener un efecto abrumador. Entre nosotros se discutía si la crisis conduciría a la revolución o al auge, y más de uno de nosotros defendía entonces el punto de vista de que el movimiento revolucionario ruso solo podía reanimarse mediante un nuevo auge. Y eso es lo que ocurrió. En 1910, 1911 y 1912 tuvimos la mejora y el auge. Y ese auge volvió a reunir a los obreros desmoralizados, debilitados, que habían perdido el ánimo. Volvieron a reconocer su importancia para la producción. Y entonces pasaron al ataque en el terreno económico y luego en el político. Casi en vísperas de la guerra teníamos a la clase obrera, fortalecida por esa prosperidad, en condiciones de pasar al ataque. Y si ahora, en este tiempo de gran agotamiento de la clase obrera por la crisis y por las luchas, no llegáramos tampoco a la victoria, lo cual es posible, el cambio de la coyuntura, el alza de la prosperidad, no será perjudicial para la revolución, sino que, por el contrario, tendrá la mayor importancia positiva. Solo podría ser perjudicial en un caso: si ese auge significara el comienzo de una larga época de prosperidad. Y una época de prosperidad larga presupondría que se creara una ampliación del mercado. Pero eso está excluido. La economía capitalista abarca toda la tierra. El empobrecimiento de Europa y el afortunado ascenso de América sobre el poderoso mercado de guerra autorizan a suponer que esa prosperidad no podrá restablecerse mediante el desarrollo capitalista en China, Siberia o Sudamérica, donde, desde luego, el capitalismo norteamericano encuentra y crea un mercado, pero en dimensiones que no pueden guardar proporción alguna con el mercado europeo. Así pues, estamos ante la época de la depresión; eso no puede discutirse.

En esta perspectiva, una mejora de la crisis no significaría que se aniquilara la revolución, sino solo una posibilidad de respiro para la clase obrera, para reorganizar sus filas y comenzar un nuevo ataque sobre una base superior. Esa es una de las posibilidades. La otra consiste en que la crisis pase de aguda a lenta, se agrave y dure todavía años. Nada de eso está excluido. Que en esta situación la clase obrera reúna sus últimas fuerzas y, escarmentada por la experiencia, conquiste el poder del Estado en los países capitalistas más importantes: esa posibilidad sigue abierta. Lo que sí está excluido es el restablecimiento automático del equilibrio capitalista sobre una nueva base y el ascenso capitalista en el curso de los próximos años. Eso es completamente imposible a causa de todo el estancamiento económico.

Pero tenemos que tomar en consideración un factor más. Es la situación internacional del mundo, la relación entre los Estados capitalistas. Ya os he quitado demasiado tiempo. Me esforzaré, pues, por ser lo más breve posible. En todo caso, como resultado de la guerra, en este terreno, en el terreno de las relaciones mundiales, se ha producido lo contrario de lo que la guerra debía crear. ¿Qué significa la guerra? La guerra es el imperialismo armado, el imperialismo que emplea sus armas. ¿Qué es el imperialismo? Es el impulso del capitalismo a acabar con los pequeños Estados. Pequeño Estado no quiere decir solo Suiza, no: Francia, Alemania, etc. El capitalismo quiere crear un imperialismo mundial para las fuerzas productivas capitalistas. Ese es el sentido del desarrollo imperialista. Quien expresó esta tendencia del modo más contundente y más agudo fue Alemania. Alemania dijo: ¡toda Europa bajo nuestro control! Francia quiso desde el principio dividir a Alemania. Francia, o bien Inglaterra, dijeron: el espíritu del capitalismo francés ha impreso su sello a la configuración de Europa. Tenemos ahora en Europa pequeños Estados como no los teníamos antes de la guerra. Donde estaba Austria-Hungría hay ahora diez líneas aduaneras. Europa, según la expresión bastante usada, ha quedado completamente balcanizada.

Los antagonismos y roces que condujeron al crecimiento del militarismo no se han eliminado: ahora actúan con mucha más fuerza que antes. Antes de la guerra, en 1914, los ejércitos del mundo (exceptuada Rusia) sumaban 5.152.000 hombres; ahora son 7.014.000, según el cálculo de la primera mitad de este año; el militarismo, pues, ha crecido. Si tomamos a Rusia en el momento de mayor desarrollo de su ejército, esta segunda cifra aumenta todavía más. También en Europa central y en el sudeste de Europa, región completamente agotada y empobrecida, se observa un crecimiento del militarismo, precisamente por los muchos Estados nuevos y pequeños, cada uno de los cuales tiene su línea aduanera, su frontera, su ejército. Con la construcción naval ocurre lo mismo. Este militarismo es también el obstáculo más fuerte para el desarrollo de la economía. Porque una de las causas más importantes de la guerra fue la idea de que la economía europea ya no podía soportar la paz armada. Más vale un final espantoso que un espanto sin fin. Pero ahora se ha visto que ese final no es un final, que el espanto se ha vuelto después del final más espantoso que antes del espantoso final, es decir, de la última guerra.

El antagonismo entre Francia e Inglaterra se hace cada vez más fuerte. Basta con seguir la prensa oficiosa francesa. Pero el antagonismo entre Inglaterra y América ha llegado a convertirse realmente en un crecimiento automático —aquí tenemos precisamente el automatismo— del choque de mañana, en un acercamiento automático al sangriento choque de mañana. Porque cuáles son los resortes motores de ese antagonismo, eso lo sabe todo el mundo. Lo hemos visto también en la estadística económica. Inglaterra ha sido desplazada del mercado mundial como potencia económica dominante. La industria inglesa se hunde. Dos obreros norteamericanos producen tanto como cinco ingleses. Así lo confirma la estadística norteamericana e inglesa, la mejor revista económica inglesa. Dos obreros norteamericanos rinden, gracias a una organización mejor, tanto como cinco obreros en el cuerpo sumamente conservador de la economía inglesa. En el terreno de la exportación de carbón Inglaterra ha sido desplazada. América produce, como he dicho, el 70 % del petróleo, que se ha convertido ahora en el factor internacional más importante. Pues bien, los norteamericanos acusan a Inglaterra. Inglaterra habría comprado en este tiempo los yacimientos de petróleo del mundo entero y poseería ahora aproximadamente el 90 % de los yacimientos de petróleo de todo el mundo. Esos yacimientos no son todavía más que yacimientos en potencia. Son, por así decirlo, de naturaleza subterránea. Allí, en América, se explota ese 70 % del petróleo y se lanza al mercado interior y exterior. En el caso de Inglaterra se trata de yacimientos de petróleo comprobados geológicamente, pero para ponerlos en explotación hacen falta capitales que no existen. Ahora bien, si fuera cierto que Inglaterra dispone de ese 90 % de los yacimientos de petróleo y que los yacimientos de América empiezan a agotarse, si eso fuera cierto, sería un argumento más para que América acelerara la lucha decisiva. Los norteamericanos dicen, para fundamentar sus pretensiones en México y en Mesopotamia: dentro de 10 o 15 años, con nuestra economía del automóvil, nos quedaremos sin petróleo.

Nos quedaremos en seco. Pues bien, si fuera cierto, es precisamente una razón más para entrar en la guerra antes de que llegue ese tiempo terrible. Y eso es lo más agudo, lo más preciso, lo más automático.

En 1924 el tonelaje de la flota norteamericana, según el programa establecido, será considerablemente mayor que el de la flota inglesa y la japonesa juntas. El principio rector de Inglaterra ha sido hasta ahora que su flota fuera más fuerte que las dos flotas más poderosas después de ella juntas. Ahora Norteamérica obtiene una flota más fuerte que la de Inglaterra y la del Japón juntas. Muchos norteamericanos del Partido Demócrata gritan: en 1923, quizá ya a finales de 1922, seremos tan fuertes como Inglaterra. Pero en todo caso, el *memento mori* para Inglaterra está escrito aquí en el calendario: si dejas pasar este momento, estás perdida.

Antes de la guerra teníamos la paz armada. Se decía: hay dos trenes que corren el uno hacia el otro por la misma vía; tienen que chocar. Pero no se sabía en qué estación, la hora no estaba marcada en el calendario. Aquí lo tenemos sobre el papel, en el calendario mundial de la historia. Tendrá que ocurrir en 1923 o en 1924. O Inglaterra dice: me apartan a un lado y me convierten en una potencia de segundo orden, o Inglaterra tiene que lanzar ahora a ese juego cruel toda la fuerza que ha heredado de su gran pasado y jugarse todo su destino a esa carta en un plazo muy limitado.

Todas las relaciones, vínculos y agrupaciones entre las distintas potencias de segundo o tercer orden están subordinadas a esta cuestión principal del destino del mundo capitalista y giran en torno a ese eje. Y es un factor que realmente no es apto para restablecer el equilibrio capitalista. Eso está completamente claro desde el punto de vista de las clases dominantes, y también para las clases obreras, no solo de esos dos países, sino del mundo entero. Así pues, el desarrollo social, los antagonismos, se han agudizado. La base económica ha descendido y en un futuro previsible no podrá elevarse en absoluto, o solo de modo muy insignificante. En diversos países, en ramas importantes, tendrá que descender. La estructura social se agudiza. Las relaciones internacionales también, precisamente porque el mundo se ha empobrecido. Así ocurre tanto en las relaciones nacionales de las clases capitalistas entre sí como en las relaciones de las clases entre sí.

Si tomamos las clases, tenemos la burguesía de los trusts, que, gracias a su posición monopolista, explota el empobrecimiento y se enriquece, y la burguesía ajena a los trusts, que se empobrece absoluta y relativamente. Sus beneficios disminuyen, se arruina y su parte en la renta nacional se hace porcentualmente cada vez menor. Luego, el campesinado; en la primera época de la guerra parecía que se iba enriqueciendo cada vez más. Acumuló mucho papel moneda y pagó hipotecas. Sobre eso los apologistas del capitalismo edificaron la afirmación de que la economía capitalista se había consolidado. Pero, como dicen nuestras tesis, la agricultura no consiste en pagar las hipotecas, sino en cultivar la tierra. Y en este aspecto el campesinado ha llegado, por la industria que se hunde, a la situación más difícil. Vemos el empobrecimiento de los granjeros de América, del Canadá, de Australia, de Sudáfrica. En el Japón observamos un gran movimiento de los arrendatarios. En toda Europa la gran masa del campesinado se encuentra en apuros cada vez mayores. La llamada nueva clase media, en cuya estabilidad tanto los conservadores como los reformistas se esforzaron por cifrar grandes esperanzas, esa nueva clase media se hundirá cada vez más por los efectos del empobrecimiento general y en especial por la miseria de la divisa, y de factor de conservación del Estado la clase campesina pasa a ser un factor de agitación y de rebelión.

Esto crea para la clase obrera una situación que, en conjunto, es muy favorable desde el punto de vista de la revolución, pero al mismo tiempo sumamente complicada. Porque no tenemos ante nosotros el asalto caótico, elemental, cuya primera etapa pudimos observar en Europa en 1918-1919. Nos parecía posible, con cierto derecho histórico, en aquel tiempo de desorganización de la burguesía, que ese asalto avanzara en olas cada vez más altas, que con ello se aclararan también las ideas de las capas dirigentes de los obreros y que los obreros llegaran así al poder del Estado en el curso de uno o dos años. Era una posibilidad histórica. Pues bien, no se ha realizado. La historia, con la colaboración de la buena o mala voluntad de la propia burguesía, de su astucia, de su habilidad, de su organización y de su instinto de poder, le ha concedido a la burguesía un respiro bastante largo. No se han producido milagros, lo destruido, lo quemado, lo desorganizado no ha vuelto a la vida, pero la burguesía ha sabido orientarse mucho mejor en ese medio empobrecido, ha restablecido su aparato de Estado y ha sabido aprovechar la debilidad de la clase obrera. La situación se ha vuelto más complicada, pero es favorable desde el punto de vista de la perspectiva revolucionaria. Quizá podamos decir ahora con más seguridad que la situación es, en el fondo, completamente revolucionaria. Pero la revolución no es tan obediente, tan mansa, que se la pueda llevar de la mano, como nos lo habíamos imaginado. Tiene también sus altibajos, sus crisis y sus auges. Eso está condicionado por circunstancias objetivas y también por la estratificación interna, subjetiva, de la propia clase obrera. Nos encontramos ahora, después de la guerra y de estos tres años de posguerra, ante una clase obrera completamente nueva. No es la clase obrera de antes de la guerra, que creció de modo regular y se organizó industrial, sindical y en parte políticamente en el conocido desarrollo de la preguerra, con los prejuicios y también con las virtudes de la época pasada. Tenemos ahora una clase obrera nuevamente crecida, que febrilmente, a partir de la pequeña burguesía arruinada, del campesinado, de las mujeres de los obreros que eran amas de casa y se han hecho obreras —sobre todo en Francia y en el Japón es considerable la incorporación de la mujer al proletariado como asalariada—. Esa nueva clase obrera, por un lado con la vieja capa de los sindicalistas, de los viejos burócratas del partido, de los obreros cualificados de la preguerra, formados en los sindicatos, que siempre tenían presente pagar sus cuotas para crecer así, a través de los sindicatos, hacia un orden mejor, y por otro lado la juventud obrera, que despertó a la vida bajo el trueno de la guerra: todos ellos son arrastrados, lanzados, arrojados a la lucha política por este gran desarrollo y estos grandes acontecimientos. Una capa no hace sus experiencias al mismo tiempo que la otra. Una se ha quemado los dedos y será algo más prudente; la otra, precisamente en este momento, está deseosa de lucha, sin prever las consecuencias de esa lucha. Eso nos explica por qué el desarrollo es mucho más complicado. Naturalmente, si la burguesía hubiera fallado desde el principio, solo después educaríamos a los obreros. Si estuviéramos en el poder, se podría educar a las capas rezagadas. Pero la burguesía ha conservado en sus manos el aparato del Estado, ofrece una resistencia terrible, y nosotros rebotamos contra esa resistencia, es decir, una capa de la clase obrera tras otra. Y aquí se convierte en la tarea más importante del partido comunista soldar sobre esta base las distintas capas, intelectual, política y organizativamente, en la lucha contra el capital. La lucha más importante es ahora ganar y soldar a esas masas. Y hay que saber combatir a la cabeza de esas masas, en estas relaciones de clase complicadas. El campesinado es ahora para nosotros un medio mucho más favorable de lo que era antes de la guerra.

Es posible que en el momento de la lucha decisiva la nueva clase media se agarre al seno materno, a la burguesía. Pero en el momento de la lucha creciente se ha hecho posible neutralizar políticamente a esa clase media, paralizarla con nuestra acción, es decir, lograr que no pueda combatir contra nosotros. Vemos la lucha de la burguesía. No nos esforzaremos, como hacen los oportunistas, por convertirnos en representantes de la burguesía ajena a los trusts. Tenemos que agrupar a la clase obrera a nuestro alrededor y tenemos que ir poniendo pie cada vez más en el campesinado y en la clase media. Así agudizamos la lucha entre la burguesía de los trusts, que en Francia y en Inglaterra libran ahora su lucha decisiva por el poder.

En una palabra, la situación ahora, en tiempos del III Congreso de la Internacional Comunista, no es la misma que en tiempos del Primero y del Segundo. Entonces nos trazamos la gran perspectiva y dibujamos la gran línea, y dijimos: sobre esta línea, bajo este signo, ganarás al proletariado y vencerás en el mundo. ¿Ha seguido siendo correcto? ¡Por completo! En esta gran escala ha seguido siendo completamente correcto. Solo que no habíamos trazado de antemano los movimientos de ascenso y descenso de esa línea, y ahora los notamos. Los notamos por nuestras derrotas y nuestras decepciones, y también por nuestros grandes sacrificios, así como por nuestras acciones erróneas, que se han dado en todos los países, en Rusia en gran escala. Solo ahora vemos y sentimos que no estamos tan inmediatamente cerca del objetivo final, de la conquista del poder, de la revolución mundial. Entonces, en 1919, nos decíamos: es cuestión de meses, y ahora decimos: es cuestión quizá de años. No lo sabemos con exactitud, pero sabemos tanto mejor que el desarrollo va en esa dirección y que durante este tiempo nos hemos hecho mucho más fuertes en el mundo entero.

Todavía no tenemos con nosotros a la mayoría de la clase obrera del mundo entero. Pero tenemos una parte mucho mayor que la que teníamos hace uno o dos años. Una vez que analicemos también tácticamente esta situación, lo cual es una tarea importante del congreso, tenemos que decirnos: la lucha será quizá larga, no avanzará tan febrilmente como sería deseable, la lucha será sumamente difícil y costará muchos sacrificios. Las experiencias acumuladas nos han escarmentado. Sabremos maniobrar en esta lucha y mediante la lucha. Sabremos emplear para la línea puramente revolucionaria no solo la línea matemática única, sino también la situación cambiante. Sabremos maniobrar también en la descomposición de la clase capitalista, siempre para concentrar las fuerzas de los obreros para la revolución social. Creo que nuestros éxitos, así como nuestros fracasos, han demostrado que la diferencia entre nosotros y los socialdemócratas y los independientes no consiste en que nosotros hayamos dicho que haríamos la revolución en 1919 y ellos nos hayan respondido que la revolución vendría mucho más tarde. No es esa la diferencia. La diferencia consiste en que la socialdemocracia y los independientes apoyan a la burguesía contra la revolución en cualquier situación, mientras que nosotros estamos dispuestos, y seguiremos dispuestos, a aprovechar cualquier situación, se configure como se configure, para el ataque revolucionario y para la conquista del poder político. *(Aplausos tempestuosos.)*

**Presidente Zinóviev.** ¡Camaradas! Antes de pasar a la traducción del discurso del camarada Trotski, quisiera hacer una comunicación sobre el orden de los trabajos. Somos de la opinión de que hoy debemos limitarnos a las traducciones. Se ruega a los camaradas franceses que permanezcan en esta sala; los camaradas ingleses tengan la bondad de pasar a la sala contigua. Mañana o pasado mañana por la mañana esperamos tener las actas taquigráficas. La próxima sesión plenaria se celebrará mañana a las 6 de la tarde, porque por la mañana llega todavía un nuevo grupo de 33 delegados.

En la lista de oradores se han inscrito tres camaradas: el camarada Brand y los camaradas Sachs[^50] y Seemann[^51], del KAPD.

**Koenen.** Mañana a las 10 de la mañana se reúne la comisión de cooperativas.

**Rádek.** Camaradas: la comisión de verificación de mandatos se reúne mañana a las 11. En primer lugar tendrá que ocuparse del reparto de los votos. Por eso os pedimos que enviéis a esa reunión representantes de todas las delegaciones. Un buen número de delegados no han entregado todavía sus mandatos, y por eso no han podido verificarse. Por esa razón esos delegados no han obtenido acceso al congreso. Pedimos a todas las delegaciones que nos comuniquen si todos los delegados tienen sus mandatos.

**Presidente Zinóviev.** Se levanta la sesión.

*(Se levanta la sesión a las 11 y 20 de la noche.)*

## Tercera sesión, viernes 24 de junio de 1921 (7.50 de la tarde)

*(Debate sobre el informe de Trotski. Oradores: Brand, Sachs, Seemann, Pogány, Thalheimer, Bell, Clara Zetkin, Roy, Koenen. Trotski: resumen final.)*

**Presidente Kolárov.** Comenzamos el debate sobre el informe del camarada Trotski. Tiene la palabra el camarada Brand.

**Brand**[^52] (Polonia). Camaradas: el capitalismo hace desde hace dos años intentos siempre nuevos de reconstruir la economía desorganizada de Europa. Ahora se encuentra en la mayor crisis de su historia. Esta crisis va acompañada de una poderosa ofensiva contra toda la clase obrera. Esta crisis y esta ofensiva son el síntoma de que se ha convertido para el capitalismo en una tarea inaplazable llevar a cabo el saneamiento de la base de su economía. A ese saneamiento se oponen obstáculos poderosos.

Precisamente el carácter de esos obstáculos permite ver los rasgos nuevos de esta crisis, los rasgos que la distinguen de todas las demás crisis del capitalismo. La economía no está colgada en el aire: se asienta sobre el suelo, en el marco de los Estados capitalistas. Y ese marco en el que debe reconstruirse ahora la economía es el marco de la paz imperialista de Versalles. La Paz de Versalles, como todos sabéis, ha creado una serie de Estados artificiales, todos ellos incapaces de vivir y que andan continuamente a la greña. Este marco político está en crasa contradicción con las necesidades de la reconstrucción. Hace chocar continuamente la necesidad de la reconstrucción económica con la posición política, con las tradiciones políticas de las clases dominantes. Eso nos explica la política imperialista insensata de Francia, de Polonia, etc., esa política que destruye la economía de Europa y no permite el comienzo de la reconstrucción. La reconstrucción exige la paz, la unión de todos los Estados capitalistas.

La Conferencia de financieros de Bruselas[^53], en julio del año pasado, declaró solemnemente que así no se podía seguir, que todavía se gastaba el 20 % de todos los gastos en fines bélicos, y que mientras no llegara la paz la economía no podría reconstruirse. Lloyd George clamó en noviembre contra la gente que siembra el incendio y la devastación por Europa, que va de un lado a otro con un barril de petróleo y atiza el fuego. Pero el mismo Lloyd George se ve obligado a encadenar por la fuerza Irlanda a Inglaterra, a arrancar por la fuerza los intereses de Egipto, la India y Mesopotamia. Y al mismo tiempo Francia se ve obligada a arrancar por la fuerza sus contribuciones a Alemania, y Polonia se siente igualmente obligada a apoderarse por la fuerza de la Alta Silesia. La violencia se ha convertido en una necesidad del capital. Los Estados capitalistas no pueden seguir viviendo sin violencia.

Todas las crisis anteriores se superaron mediante la destrucción de medios técnicamente imperfectos, sobre una base más amplia, en un grado superior de la técnica. Esta crisis ha de superarse sobre una base reducida. Pero eso significa también un retroceso de la técnica, significa un retroceso económico de Europa, significa que millones de personas no tienen trabajo ni medios de vida, que toda la economía se atrofia. Significa que el pauperismo tendrá que ser durante decenios un fenómeno permanente en Europa; significa, según las palabras de Rosa Luxemburg, una recaída en la barbarie. Al final de la crisis no está el desarrollo del capitalismo, sino la putrefacción.

El obstáculo más importante para la superación de esta crisis es su raíz social. Tenemos que figurarnos que la guerra ha destruido valores de millones; pero esos valores existen todavía todos, existen idealmente, en créditos por intereses, en títulos del Estado, y los intereses tienen que pagarse: es el primer principio del capitalismo. El trabajo de la generación actual tiene, pues, que pagar intereses no solo por todo el capital, sino también por toda la guerra. Es la cuestión de las deudas de guerra. Aquí salen a la luz. ¿Qué se sigue de ello? Si hay que pagar intereses por todo el aparato capitalista de producción y por todo el capital ficticio, la plusvalía arrancada a la clase obrera tiene que ser mucho mayor que antes de la guerra. ¿Cómo es eso posible? Inglaterra pudo soportar las cargas de las guerras napoleónicas porque desarrolló su técnica y con ello sus fuerzas productivas. Pero nosotros no tenemos en Europa progresos técnicos, sino solo retrocesos. Quizá se quiera elevar la producción aumentando el número de obreros. No. Vemos una reducción del número de obreros. Se quiere, pues, alcanzar el objetivo aumentando la tasa de explotación. Es una necesidad del capitalismo aumentar la tasa de explotación para seguir obteniendo beneficios. Pero ¿qué hicieron los capitalistas al final de la guerra? Dieron, tuvieron que dar a los obreros la jornada de ocho horas, tuvieron que conformarse con el relajamiento de la disciplina del trabajo, tuvieron que conformarse con la disminución del rendimiento, porque no podían hacer otra cosa. En los primeros meses después de la guerra la administración de los ferrocarriles alemanes admitió en los talleres ferroviarios el doble de obreros, solo para dar sustento a los parados, para no crear un ejército todavía mayor de la revolución. Los capitalistas se vieron obligados, para salvar su poder político, su poder de Estado, a hacer provisionalmente a los obreros concesiones incompatibles con la economía del beneficio e insostenibles también a la larga. Toda la actividad socialreformista de los gobiernos capitalistas, que pagaban subvenciones al precio del pan, que establecían limitaciones de los alquileres, todas esas medidas que alaban los socialistas reformistas, son incompatibles con la reconstrucción del capitalismo. Eso salió a la luz muy pronto en las finanzas del Estado, en el presupuesto, y por eso no es casual que hayan sido los financieros los primeros en notar que así no se podía seguir. La Conferencia financiera de Bruselas, que quería examinar las cuestiones monetarias, tuvo que ocuparse de estas cuestiones para lograr un saneamiento de la situación financiera.

Esa situación financiera es una expresión, un síntoma del mecanismo interno de la sociedad. Si la situación financiera está enferma, eso significa una enfermedad del organismo. Los financieros querían eliminar el síntoma, y palparon con mucha razón las raíces más importantes. La Conferencia de Bruselas se dirigió a todos los gobiernos no solo para impedir los armamentos, sino que exhortó también a los gobiernos a abandonar todas las medidas económicas contrarias al «libre juego de las leyes económicas». Eso significa la explotación ilimitada de los obreros.

Mientras la crisis solo se había manifestado en la hacienda del Estado, en el erario, en el presupuesto, el capitalismo no pasó abiertamente a la ofensiva. Solo cuando la crisis llamó a la puerta de cada capitalista, cuando ya no pudo colocar su mercancía, se dio cuenta de que ya no bastaba con rebajar los salarios, de que tenía que recurrir a medios más duros, pasar a la ofensiva abierta.

Esta ofensiva está solo en sus comienzos. No basta con reducir los salarios. No basta con poner en la calle a muchos obreros. Es necesario explotar todavía más a los obreros que siguen en las fábricas. Lo importante es exprimir todavía más a esos obreros que producen plusvalía. Y por eso es una necesidad prolongar la jornada de trabajo. Tendremos una ofensiva contra la jornada de ocho horas; se querrá pasar a la jornada de nueve horas, quizá incluso a la de diez. Esa ofensiva es inminente. Vamos, pues, hacia una fase de luchas ofensivas contra la clase obrera. Tenderán a una rebaja inaudita de todo el nivel de vida y de la posición social de los obreros. Esa es la raíz de la crisis.

Aquí no se trata de si el capitalismo se reconstruye o se hunde; aquí se trata de si podemos permitirle reconstruirse o si le cerramos el paso. En esta lucha pueden llegar también derrotas. Pero precisamente en estas luchas nosotros, los comunistas, estaremos a la cabeza de la clase obrera. En estas luchas nos mostraremos a los ojos de la clase obrera como los defensores de sus intereses. Durante dos años los Scheidemann de todos los países lograron ser los mediadores entre la burguesía y la clase obrera. Lo lograron porque la burguesía deseaba apaciguar a la clase obrera, porque todavía tenía la posibilidad de hacer concesiones a los obreros. Ayudaron al capitalismo a pasar los dos años más difíciles. Ayudaron a construir en esos dos años un aparato de Estado con el que estafaban a los obreros con esas reformas aparentes; en Polonia, entre nosotros, los socialpatriotas crearon ellos mismos ese aparato de Estado. Ese papel lo han desempeñado, pero el moro ha cumplido su tarea, el moro puede irse[^54]. La burguesía todavía puede servirse de los Scheidemann, pero ya no tiene nada que dar a los obreros. La consigna de la burguesía ya no es comprar a la clase obrera, sino aplastarla, ponerla de rodillas. Y si los socialreformistas se ponen todavía ahora, en estas luchas, del lado de la burguesía —y lo harán, no pueden hacer otra cosa—, tendremos que desenmascararlos a los ojos de las grandes masas no solo como traidores a la tarea histórica de la clase obrera, sino también como traidores a las necesidades vitales de la clase obrera.

En estas luchas los comunistas queremos aparecer a los ojos de las masas más amplias como los defensores de esas necesidades vitales absolutas del pueblo. Tenemos que ser conscientes de esa tarea, y a esa tarea tenemos que adaptar toda nuestra táctica. Tenemos que convertirnos en los defensores de los intereses vitales de los obreros. A partir de estas luchas defensivas llevaremos realmente a la clase obrera a la ofensiva. Así ocurrió en Italia en pequeña escala. El año pasado los industriales metalúrgicos italianos quisieron reducir los salarios. Los obreros respondieron no con la huelga, sino con la ocupación de las fábricas[^55].

Ahora libramos una lucha defensiva. En esta lucha podemos sufrir todavía derrotas, pero no puede hablarse de un florecimiento del capitalismo. Solo puede tratarse de una putrefacción del capitalismo, y de esa putrefacción tenemos que sacar a los obreros. No tenemos la tarea de profetizar los detalles del desarrollo; tenemos la tarea de intervenir en el curso del desarrollo; no tenemos la tarea de demostrar la revolución, sino de llevarla victoriosamente a cabo. Y por eso celebro que el informe económico lo haya presentado ante el congreso el jefe del Ejército Rojo. Eso dirá a nuestros enemigos, a la Europa burguesa, que la Internacional Comunista no los combatirá con estadísticas, sino con la espada. *(Aprobación.)*

**Sachs** (Partido Comunista Obrero de Alemania). Camaradas: las observaciones que tengo que hacer no se refieren solo al discurso de ayer del camarada Trotski; se refieren naturalmente también, o todavía más, a las tesis que él y el camarada Varga[^56] han presentado conjuntamente. A mí y a los amigos de mi partido nos parece que estas tesis no pueden ser el documento adecuado para exponer cómo considera hoy la Internacional Comunista la situación económica mundial y, en conexión con ella, la situación política mundial. Creemos que estas tesis necesitan una refundición a fondo si han de salir al mundo con el nombre y bajo la responsabilidad de la Internacional Comunista. Aunque el punto de partida de estas tesis viniera dado, como hay que reconocer sin más, por la necesidad de polemizar contra los reconstructores, contra los reconstructores de la II Internacional y de la Internacional Dos y Media, eso no quiere decir todavía que haya sido una idea acertada en los hechos y afortunada en la polémica limitarse a hacer suya la alternativa de los reconstructores. Esta alternativa, a saber, la cuestión de si es inminente una reconstrucción del capitalismo o una descomposición, un hundimiento del capitalismo, se ha recogido al menos en el planteamiento introductorio de estas tesis. Ayer oímos, es verdad, con todo detalle cómo se representa el camarada Trotski —y creo que todos estamos en esto de acuerdo con él— la conexión de las pequeñas crisis cíclicas y de los periodos de auge momentáneos con estos problemas del ascenso o el declive del capitalismo, considerados en grandes periodos de tiempo. Sin duda todos estaremos de acuerdo en que la gran curva ha ido hacia arriba y ahora va inconteniblemente hacia abajo, y en que dentro de esa gran curva, tanto en el ascenso como ahora en el descenso, hay oscilaciones.

Pero lo que no ha encontrado expresión en estas tesis, lo que no ha encontrado en ellas una formulación plástica, es precisamente el carácter radicalmente distinto de esta época de declive frente a aquella época pasada de ascenso del capitalismo, tomado en su conjunto. Las tesis parten en su exposición, en su análisis económico de la situación, principalmente de la cuestión de la riqueza nacional, o bien de la riqueza en bienes del mundo, y de la cuestión de la productividad. Son, sin duda, puntos de vista importantes y decisivos para el bienestar de los hombres, de las masas obreras. Pero para el análisis que tenemos que hacer ese punto de vista no basta. Necesita un complemento, diría incluso una superación, mediante el punto de vista superior de que la economía hoy, más que nunca, no está orientada a la producción, sino al beneficio, de que la producción solo es el resultado final fortuito, solo el medio para el fin del beneficio. Lo característico de esta época descendente del capitalismo, considerada en su conjunto y prescindiendo de sus oscilaciones particulares, es que el carácter de economía del beneficio, el carácter de lucha de clases de esa misma economía, vuelve a manifestarse diez veces agudizado respecto a la época de florecimiento, en la misma medida en que se manifestó en su tiempo, cuando el capitalismo empezaba a construirse. Y si se quiere expresar este hecho de modo exagerado y aguzado para la agitación, pero en cambio claramente reconocible, hay que decir ya hoy que el capital se reconstruye a sí mismo, que salva su beneficio, pero a costa de la productividad. El capital construye su poder mediante el desmantelamiento de la economía. Esta reconstrucción del poder del capital, que es algo distinto, casi lo contrario de la reconstrucción de la economía, este aumento de la coyuntura del poder del capital, naturalmente no puede pagarlo nadie más que las grandes masas de la población. Porque lo que se reconstruye es solo el núcleo fuerte del capital, son en última instancia los grandes monopolistas de las materias primas.

Son en última instancia los grandes monopolistas de las materias primas quienes ocupan la fortaleza más fuerte del capital, porque de sus suministros dependen más o menos todos los demás capitalistas, todas las demás industrias. Para el núcleo más fuerte del capital, con el fin de salvar el beneficio, ya no se trata hoy de producir con regularidad, de rotar el capital en la marcha lenta y regular del periodo normal de producción y obtener así el beneficio; se trata para ellos, esencialmente, del beneficio de monopolio. Esa es la segunda característica de la situación económica en el descenso del capitalismo. El beneficio de monopolio se ha vuelto decisivo. El proletariado paga los costes de esta reconstrucción del núcleo más fuerte de la formación capitalista. Sin duda participan también en este pago, en esta carga de los costes, círculos más amplios de la burguesía: los industriales que dependen de los suministros de materias primas, que no se someten a los monopolios de materias primas de los Stinnes[^57], Thyssen, etc., o en cuya industria esos monopolios de materias primas no encuentran una valorización provechosa. Así se cierran fábricas y se obliga a las empresas a la jornada reducida. Pero aunque el capitalista individual muy a menudo no pueda escapar a la ruina y sea, pues, hundido, sabemos sin embargo que el capital siempre puede escapar mientras la forma capitalista de economía siga en pie en sus formas fundamentales. Pero quien en última instancia no puede escapar es el proletariado. Y si miramos las cifras de paro que tenemos ahora en Alemania, Inglaterra y América, tenemos que reconocer, creo, que aquí ya no se trata del ejército industrial de reserva de otros tiempos. El paro ha adoptado hoy otro carácter. En la expresión «ejército industrial de reserva» iba incluida para la época anterior la idea de que esas masas de parados serían reincorporadas por el capital, llegada la ocasión, al proceso de producción. En parte para presionar sobre los salarios de los que todavía trabajaban. Pero con las cifras actuales de parados esa idea es absurda. Las masas no están en paro como ejército de reserva; están en paro para extinguirse poco a poco en gran parte, para morir de hambre, y no solo ellas, sino también su descendencia. Eso no ocurre en la forma de dejarlas morir de hambre abiertamente, sino en la forma velada, atenuada, que se ha inventado con el subsidio de paro, el subsidio de paro del que antaño se esperaba que ejercería un efecto destructor contra el capital. Este subsidio de paro se ha convertido hoy en un medio de encubrir la situación real y, con ello, en una protección del capital.

A propósito del subsidio de paro quisiera señalar que en las tesis casi no se tiene en cuenta un punto muy esencial. Es el papel que desempeña hoy el aparato financiero del Estado, y hoy, una vez más, más que antes. El aparato financiero del Estado, que hoy, en gran parte de su actuación, está montado para crear un rodeo, una serie de bastidores, tras los cuales el despojo de las masas obreras y en general de las grandes masas populares por los señores del monopolio resulta menos visible. Sin duda hay impuestos, ciertos impuestos, que no pueden trasladarse. Al menos así ha sido hasta ahora. Habría que investigar todavía si las viejas determinaciones teóricas sobre la traslación de los impuestos siguen siendo válidas hoy en todos sus detalles, con el actual predominio de las tendencias monopolistas. Pero en todo caso, aunque haya impuestos que no puedan trasladarse, el hecho es que el aparato financiero sirve hoy en sus tres cuartas partes al fin de llevar a cabo, mediante rodeos, mediante encubrimientos, mediante bastidores, el saqueo de las grandes masas populares por el monopolio capitalista, para evitar los caminos directos, más difíciles. Y cuando el camarada Trotski dijo que los Estados más arruinados tendrán que declararse en bancarrota tarde o temprano, y cuando la perspectiva de la bancarrota del Estado se expone también en las tesis en términos muy claros, creo que es un error muy grande. ¿Quién podría tener interés en la bancarrota del Estado de los países más débiles, de los países hundidos, de los países que peor están financieramente? ¿Quiénes son los deudores, quiénes son los acreedores? Hay dos grupos de acreedores. Unos son los capitalistas privados que tienen en sus manos los títulos del Estado, y los otros son los gobiernos que quieren indemnizaciones de guerra. Los capitalistas privados no tienen ningún interés, absolutamente ningún interés, en ninguna bancarrota del Estado. Porque la bancarrota del Estado abriría —como dicen también las tesis— una lucha por el nuevo reparto de la propiedad nacional. Los capitalistas que dominan, o al menos controlan, la mayor parte de la propiedad nacional no tienen interés en desencadenar esa lucha; tienen interés en sofocarla. Y además encuentran la satisfacción de sus pretensiones de otra forma. No, desde luego, por el importe íntegro de las cifras que figuran en los libros en el debe y el haber. Y es un punto que quisiera oponer al camarada Brand. Desde luego, todas las pretensiones de intereses que existen hoy, como créditos del Estado o como créditos privados, no pueden pagarse hasta el último céntimo tal como figuran en los libros a izquierda y derecha. No es eso lo que importa. El capitalismo ya no se encuentra hoy en el estadio en que tuviera que atenerse a las cifras absolutas, que llegan hasta el infinito. Se encuentra hoy en el estadio en que para él todo se concentra en conservar el poder, aunque sea solo relativamente, y en poder satisfacer sus pretensiones mientras las pretensiones de las grandes masas populares quedan precisamente sin satisfacer.

Y aunque haya que hacer rebajas en la cuenta y no se pueda obtener todo, ni mucho menos, y haya que aplazar los créditos, a los capitalistas que hoy tienen la sartén por el mango eso no les importa en absoluto, les es completamente indiferente; solo les importa sostener victoriosamente la lucha de clases, la economía como lucha de clases. Por eso creo que, si los capitalistas privados no tienen interés en una bancarrota del Estado, y no lo tendrán, tampoco la habrá. Porque ¿acaso van a tener interés en ella los ministros y los consejeros privados? No será así. Y los Estados acreedores, esos quizá tengan interés en ella. Pero tampoco ellos son a su vez los Estados —que, desde el punto de vista económico, casi no existen—; tampoco son los Estados los que tienen que decidir, sino los capitalistas de los Estados acreedores, si se ha de empujar a la bancarrota a los Estados deudores, Alemania y Austria, o no. Pero es muy dudoso que esos capitalistas vayan a tener interés en la bancarrota del Estado. El camarada que hablará después de mí mostrará que los capitalistas obtienen la satisfacción de sus pretensiones por un camino completamente distinto.

Si he dicho que el capital, en el terreno de la política interior, se reconstruye económicamente, es decir, salva su beneficio en un núcleo concentrado del poder capitalista, quisiera añadir que el poder del Estado tampoco desempeña ya hoy frente al capital el papel de antes. De eso podrá hablar más el camarada Seemann, porque estas cosas se muestran con más claridad en el marco internacional que en el nacional.

**Seemann** (Partido Comunista Obrero de Alemania). Camaradas, la intervención del camarada Sachs y la crítica de las tesis que hemos de aprobar han mostrado que empieza a abrirse una nueva era. La cuestión, para los capitalistas, es sencillamente esta: nos encontramos en una crisis económica mundial catastrófica; ¿cómo conseguir frenar esta crisis, que no tiene precedentes, y llegar a una estabilización y reconstrucción del aparato económico mundial capitalista? Y resulta que estos hechos nuevos, los hechos de unas relaciones económicas nuevas como no se habían conocido nunca, han encontrado también su forma nueva. Resulta que el capitalismo ha comprendido plenamente la dificultad de la tarea y de la lucha, y se nos enfrenta con nuevos medios de lucha que debemos analizar con exactitud para poder hacer lo que Trotski pide cuando dice, al comienzo mismo de sus tesis: «Hemos de decidir si las circunstancias no han hecho necesaria una revisión del programa o de la táctica de la Internacional Comunista». Pues vemos, como hecho por desgracia irrefutable, que el capitalismo ha vuelto a hacerse dueño de la situación en todas partes, y no solo a escala nacional, sino también a escala internacional, en un entrelazamiento ya de la escala nacional y la internacional. La red de la Paz de Versalles empieza a desenredarse, empieza a reducirse a sus posibilidades realizables. ¿Cómo se las arregla, pues, el capital? Sabemos perfectamente que el capitalismo no puede superar este proceso de esquilmación de los últimos cinco años si no es a costa de las masas trabajadoras. Este hecho está en el punto de partida de la táctica capitalista de reconstrucción. El capitalismo ha comprendido que todas las barreras nacionales, todo el chovinismo nacional y el imperialismo que le son, por así decir, connaturales, deben dejarse de lado por el momento, que hay que combatir unidos al enemigo, y precisamente al enemigo que es el proletariado y que tiene en los comunistas su parte más avanzada y activa. Naturalmente, es del todo cierto, y lo seguirá siendo siempre, que la economía capitalista ha de hundirse un día, antes o después. No necesitamos detenernos en esta verdad evidente. Eso significaría no hacer otra cosa que lo que hacen también los independientes y los socialistas mayoritarios. Para eso no necesitamos un congreso comunista mundial. Tenemos que actuar con decisión en esta cuestión: cómo quebramos el capitalismo, cómo provocamos este proceso, cómo lo provocamos de modo que el proletariado conserve en él las riendas. Los capitalistas, pues, han comprendido que el enemigo principal no es el competidor, sino el proletariado. Han comprendido que la comunidad de intereses entre los Estados capitalistas es tan grande que también la táctica de los capitalistas debe estar determinada por ella. Y eso ya ha ocurrido, en el plano internacional, por el entrelazamiento de la economía. En primer lugar, por el hecho de que capital inglés, francés y norteamericano está invertido en grandísima medida en los trusts alemanes en los que el capital nacional alemán ya se ha fusionado. Las cosas han avanzado ya tanto que el capitalista francés y el inglés tienen, objetiva y subjetivamente, interés en que la reconstrucción capitalista de Alemania salga bien. Cuando uno es socio de un negocio en un 30 o un 25 %, tiene interés en que ese negocio se ponga en pie. Ahora bien, es cierto que todo proceso de concentración capitalista, internacional y nacional, lleva en sí el germen de su muerte, a saber, en ese hecho que es el fundamento mismo de la economía capitalista: en el hecho de que en la base de toda economía privada están los intereses egoístas del beneficio. Pues también esta concentración descansa en un conjunto abigarrado de intereses privados egoístas. Que el próximo conflicto de política mundial se dirimirá entre Inglaterra y Norteamérica, también nosotros, con Trotski, lo tenemos por lo probable. Solo que no creemos que esa vaya a ser la etapa más inmediata. En ningún caso como para poder decirlo ya con certeza de calendario. Lo cierto es, para empezar, que la cuestión de guerra o no guerra depende siempre de imponderables que intervienen de manera decisiva en el último momento, de casualidades que hoy no se pueden reconocer todavía. Pero, sobre todo, este choque no vendrá todavía por una razón muy distinta. No es todavía aquello en lo que los comunistas debemos fijar la vista. Aquello es, más bien, la lucha que se libra contra el proletariado.

Lo que dirige la economía capitalista, entrelazada en una economía de intereses comunes, es el hecho de que cada cual quiere ganar bastante. Esta presión que pesa sobre aquellos capitalistas, sobre aquellos capitalistas coaligados, busca sus válvulas. Entre esas válvulas está Rusia. Y nos parece que en las tesis no se tiene suficientemente en cuenta. La válvula que nos parece más inmediata es Rusia: ese es el problema para los Estados de Europa occidental. El capital de Europa occidental quiere llevar a cabo la reconstrucción de Rusia. Y Rusia es, de momento y por un tiempo, la válvula bienvenida donde la necesidad capitalista de mercados se abrirá paso.

Nuestra tarea es estudiar cómo llega Rusia a la reconstrucción. Rusia tiene el derecho moral de llevar a cabo la reconstrucción con ayuda de los Estados capitalistas, aunque solo sea porque el proletariado la ha dejado en la estacada durante tres años. Hay que estudiar cómo lograr una síntesis entre Rusia, su justa necesidad vital, y la tarea de que, al abrir así mercados al capital, no se cause ningún daño a la idea revolucionaria, al progreso. Sería ir demasiado lejos decirlo aquí, en el pleno, en una gran asamblea, y también en este lugar. En todo caso, que la tendencia de los capitalistas coaligados apunta a ese objetivo es un hecho del que tenemos pruebas. La existencia de una comunidad de intereses de grandes industriales ingleses, que se han coaligado bajo el protectorado del gobierno inglés, es un ejemplo de ello. Lo mismo las negociaciones, ya concluidas, entre destacados capitalistas ingleses y magnates de los trusts alemanes. El tema de este trabajo común ya está fijado. El tema es la Rusia soviética. De ello se hablará más detalladamente en otro lugar.

Señalo que las tesis tienen que hacer una cosa, la que el propio Trotski dice al principio pero no toca al final: examinar con nitidez y claridad la táctica de la Internacional Comunista a partir de esta base de lucha económica. Naturalmente, no es la tarea de este trabajo hablar de la táctica, pero en este informe hay que dar al menos aproximadamente la orientación. Habría tenido que tomar en consideración el hecho de que el capital ha encontrado en su lucha contra el proletariado formas nuevas en las que aparentemente se adapta al proletariado; por ejemplo, los consejos de fábrica, la elección de consejos de fábrica para el consejo de administración, cosas en las que hace unos años nadie pensaba todavía. El control de la producción será la próxima consigna del capital. A este nuevo método de lucha del capital hay que oponer también, por parte del proletariado, nuevas formas de organización, nuevas formas de lucha contundentes que neutralicen el golpe que se asesta contra el proletariado.

Por eso proponemos que no cerremos aquí todavía las tesis, en el curso del debate de hoy o de mañana, sino que devolvamos estas tesis a la comisión. Quizá sea posible que el camarada Trotski asista a la sesión, para que hagamos algunos complementos a este trabajo, un trabajo que no solo queremos criticar, sino que, al contrario, ofrece un material excelente sobre el conjunto de la situación económica. Sabemos cuánta laboriosidad genial hay en este trabajo. Quizá la comisión competente pueda ocuparse una vez más de estas tesis. Pido que se apruebe esta moción.

**Pogány**[^58] (Hungría). Camaradas de partido, las tesis que ha defendido aquí el camarada Trotski con su informe ejemplar contienen, a mi juicio, una contradicción y una laguna. Quisiera leer dos frases de estas tesis; en primer lugar, en la página 4 se dice: «Una de las causas principales de que la burguesía conservara, a pesar de todo, su posición dominante fue el hecho de que, pocos meses después de la guerra, no sobrevino la crisis que parecía inevitable, sino un auge económico».

Luego, en la página 14: «El proletariado, rechazado en el curso de la crisis actual por la embestida del capital, pasará de inmediato al ataque en cuanto llegue una coyuntura mejor».

Las tesis constatan, por tanto, que el proletariado de Europa no pudo conquistar el poder político porque después de la guerra se produjo una prosperidad, un auge económico. Luego, las mismas tesis constatan que la crisis económica que hoy reina impide al proletariado conquistar el poder político en Europa. Así pues, una vez fue el auge económico, y otra vez, en cambio, la crisis económica lo que impidió al proletariado hacerse con el poder político. Ya planteé esta contradicción en la comisión. El camarada Trotski polemizó contra estas observaciones y dijo que no había que concebir de modo tan mecánico la relación entre el avance revolucionario del proletariado y la crisis económica. En general, dijo el camarada Trotski, ocurre que la crisis tiene un efecto revolucionario, pero no siempre. Nos citó como ejemplo la historia del movimiento obrero ruso: un proletariado que había estado en la revolución y que luego fue diezmado y destrozado por el terror blanco recobró fuerzas precisamente porque sobrevino un auge económico. Este ejemplo quiere aplicarlo ahora el camarada Trotski a escala mundial, al decir que el proletariado, que hoy ha sido empujado a la defensiva por la crisis, solo podría volver a pasar a la ofensiva gracias a una coyuntura nueva y mejor. Ante todo quisiera dejar sentado que, a mi juicio, este ejemplo ruso no es en realidad un buen ejemplo. Pues es evidente que un proletariado que entra diezmado en una crisis, y que además está aislado en el mundo entero, necesita realmente, para empezar, una prosperidad económica para volver a poner en orden sus propias filas, para volver a aumentarlas.

Podría citar aquí un pequeño ejemplo que demuestra justo lo contrario. El proletariado húngaro fue aplastado por la contrarrevolución, por el terror blanco; sus filas fueron diezmadas. ¿Y qué vemos ahora en la clase obrera húngara? ¿Se recuperó el proletariado húngaro durante la prosperidad que siguió a la caída de la dictadura? No, al revés. Ahora, al comenzar la crisis económica, vemos de nuevo en Hungría un movimiento obrero nuevo y cada vez más poderoso.

Pero en realidad creo que ninguno de los dos ejemplos se ajusta a la situación actual de Europa. Pues el proletariado ruso fue derrotado en 1905, el proletariado húngaro fue derrotado en 1919, pero el proletariado europeo no ha sido derrotado hasta ahora en ninguna parte. No es verdad que el proletariado europeo esté diezmado, que las organizaciones del proletariado europeo estén destrozadas. Al contrario, vemos que durante el período de prosperidad el proletariado de Europa se ha dotado de poderosas organizaciones sindicales en una amplitud nunca vista hasta ahora, de modo que hoy casi toda la clase obrera de Europa está realmente organizada, en diversas organizaciones de lucha. Y vemos que, al comenzar la crisis económica, este proletariado no ha sido humillado, no ha sido abatido, sino que, al contrario, precisamente gracias a la crisis industrial incipiente se han formado en Alemania, Francia y Checoslovaquia poderosos partidos comunistas de masas. No fue casualidad que los partidos comunistas de masas no se formaran durante el período de prosperidad, sino al contrario: hizo falta la primera desilusión de la crisis económica para que las corrientes comunistas existentes en Alemania, Francia y Checoslovaquia se convirtieran realmente en partidos comunistas de masas organizados. Así pues, ya aquí podemos constatar que la crisis no tiene en absoluto un efecto tranquilizador, que la crisis no actúa en absoluto de modo que reine la calma en Europa, que la clase obrera no pueda moverse, que vaya a soportar o quiera soportar en silencio lo que los capitalistas le exigen.

Creo, en general, que las tesis están demasiado orientadas hacia una futura guerra mundial y no lo bastante hacia la crisis económica que hoy reina. Pues, dentro de la gran crisis económica, están demasiado orientadas hacia el período de prosperidad y no hacia el período de crisis que hoy predomina, es decir, hacia la crisis dentro de la gran crisis. Creo que esta crisis económica no traerá la calma a Europa. No puede traerla, porque la crisis significa precisamente que la burguesía lo emprende todo para abatir al proletariado, para diezmarlo, para someterlo de nuevo por completo al capital. En segundo lugar, como el proletariado no se somete voluntariamente (no puede someterse voluntariamente, porque tenemos el Partido Comunista, que, quiera o no, mientras sea Partido Comunista, tiene que defender de algún modo al proletariado en esta situación), la crisis significa que la burguesía, por necesidad natural, emplea contra el proletariado, en esta crisis, el poder del Estado en medida cada vez mayor. Y creo que precisamente el papel de la violencia desnuda, extraeconómica, no se tiene suficientemente en cuenta en estas tesis.

¿Qué significa la violencia, el papel de la violencia extraeconómica en la situación actual? Nada menos que la guerra civil. Creo que tampoco el papel de la guerra civil se tiene suficientemente en cuenta en estas tesis. Puede constatarse que la violencia desempeña hoy el mismo papel que desempeñó durante el período de la llamada acumulación originaria del capital. En el período de contracción del capital desempeña un papel igual que en la acumulación originaria del capital. ¿Cuál era ese papel? En primer lugar, la separación de los productores de los medios de producción; en segundo lugar, el encadenamiento de los proletarios así creados a las nuevas condiciones de trabajo, al capital. ¿Y cuál es el papel actual de la violencia extraeconómica? Vemos el mismo proceso: por un lado, la separación de los productores proletarios de los medios de producción capitalistas mediante el paro, la jornada reducida, los cierres patronales; y, por otro, vemos el encadenamiento violento de las masas proletarias al capital. Vemos el restablecimiento de la disciplina de trabajo, la prolongación de la jornada; vemos los planes fantásticos, y sin embargo realistas, de Ludendorff[^59] sobre un trabajo obligatorio general sobre la base del servicio militar obligatorio general. Vemos cómo los planes de Escherich y de la Orgesch[^60] se adoptan oficialmente en Alemania.

**Presidente Kolárov.** Advierto al orador de que su tiempo de intervención ha terminado.

**Pogány.** Camaradas, quisiera pedir una prórroga del tiempo de intervención, porque deseo presentar una enmienda *(Aprobación.)*. ¡Camaradas! Tengo que plantear la cuestión, y esta es la laguna que contienen las tesis del camarada Trotski: ¿qué trae al proletariado esta crisis, la crisis económica que cabe esperar en el futuro próximo? ¿Qué cuestión plantea esta crisis a los partidos comunistas y a la Internacional Comunista? Quizá muchos camaradas digan que, si queremos saberlo con tanto detalle, tendríamos que profetizar, y que siempre es malo presentarse como profetas, porque podríamos equivocarnos fácilmente. Yo creo que la crisis misma es su propio profeta. Ya vemos qué hechos, qué acciones ha creado esta crisis. No voy a examinar los dos hechos más importantes, solo a mencionarlos. El primer hecho es la huelga minera de Inglaterra; el segundo, la insurrección de Alemania central. ¿Cuál fue, dejando de lado los acontecimientos externos, el contenido social de estas luchas gigantescas en Inglaterra y en Alemania? Nada más que una lucha defensiva contra la rebaja de salarios de la burguesía. ¿Y cuál fue la forma de las luchas? La forma fue también la misma en todas partes. En todas partes se alzó contra los obreros todo el poder del Estado.

En Alemania ya lo habíamos visto; en Inglaterra, quizá nunca en tal escala. Los ministros ingleses tenían razón cuando declararon que Inglaterra no había vivido jamás una crisis semejante a la de la huelga minera. ¿Y cuál fue el resultado de los dos movimientos? Podemos constatar sin optimismo que en Inglaterra, por la traición de la burocracia sindical, se han creado las condiciones fundamentales para la revolución, para un partido comunista de masas. ¿Y cuál es el resultado en Alemania? En primer lugar, que el partido comunista de masas se ha convertido realmente en un partido revolucionario, y que vemos que dentro del Partido Socialdemócrata Independiente se ha formado de nuevo una llamada ala izquierda; es decir, que nuestro partido está hoy menos aislado en Alemania que antes de la gran lucha de Alemania central.

Vemos, sin necesidad de ser profetas, que en estas luchas se manifiesta ya de modo muy nítido, muy concreto, no solo el contenido social de las luchas, sino incluso los límites hacia los que conducen. Vemos que la verdadera aspiración de la burguesía en estas luchas es rebajar, mediante el poder del Estado, el nivel de vida de la clase obrera al nivel de vida de la época anterior a los sindicatos. Así vemos que en Inglaterra, ante la amenaza de huelga de la llamada Triple Alianza[^61], se suspendieron todos los derechos sindicales. Vemos que en Alemania, tras el aplastamiento de la insurrección de Alemania central, no solo se aplastó el movimiento político, sino que también los derechos sindicales fueron sencillamente recortados y en parte destrozados.

Así pues, puede constatarse que al final del capitalismo y en su comienzo aparecen los mismos fenómenos. Tanto al comienzo de la línea ascendente como durante la línea descendente, durante la guerra y la revolución, vemos no solo robo, bigamia, hurto; no solo separación de los productores de los medios de producción, sino también toda la brutalidad de la legislación sanguinaria y el terror blanco, que al comienzo de la economía capitalista desempeñaron un papel tan grande como hoy en su final. Si Marx tenía razón cuando dijo que el capital vino al mundo chorreando sangre y lodo por todos los poros, de la cabeza a los pies, podemos decir que ahora vemos al capital reventar chorreando sangre y lodo, igual que vino al mundo.

Pues bien, camaradas, si examinamos esta crisis —y caracterizar la economía actual es, a mi juicio, lo principal de estas tesis—, vemos tres rasgos principales. Vemos la ofensiva económica de la burguesía contra el proletariado en toda la línea. Vemos, en segundo lugar, luchas defensivas del proletariado, pero luchas defensivas económicas de tal índole que por necesidad natural se convierten siempre en luchas políticas, porque, en tercer lugar, la burguesía emplea ahora contra el proletariado, de modo cada vez más abierto, más general y más amplio, su poder del Estado, que reorganizó en todas partes durante el período de prosperidad. Pues bien, si esto es así, la tarea principal de la Internacional Comunista y de todos los partidos comunistas es, a mi juicio, sacar las consecuencias de esta caracterización. Y las consecuencias son que en esta crisis tenemos un período de guerras civiles, y que lo tendremos en medida creciente, mayor que hasta ahora. No podemos ni debemos tomar como leitmotiv la prosperidad y la futura nueva segunda guerra mundial, sino, al contrario, tenemos que hablar de la crisis y de las nuevas guerras civiles. Rádek ha dicho que hay que tener un oído político fino. Yo digo que, si se tiene ese oído político musical, lo que se oye en estas tesis es: nueva guerra mundial y prosperidad. Creo que, en la acústica de esta sala, en la acústica de la situación mundial de hoy, tras los debates sobre la cuestión checoslovaca, sobre el asunto francés, sobre la cuestión alemana, nuestros leitmotivs deberían ser no la prosperidad y la nueva guerra mundial, sino las nuevas guerras civiles y las crisis.

Tras estas consideraciones, camaradas, quisiera presentar la siguiente enmienda. Solo quiero citar una frase que, a mi juicio, es la frase principal de estas tesis. Las tesis dicen, al final de la página 14:

«El proletariado, rechazado en el curso de la crisis actual por la embestida del capital, pasará de inmediato al ataque en cuanto llegue una coyuntura mejor».

Propongo suprimir esta frase y poner en su lugar lo siguiente:

«El proletariado es empujado ahora a la defensiva por la economía de crisis. En esta defensiva tendrá que librar grandes luchas defensivas. Estas luchas se convierten naturalmente en luchas políticas, porque la burguesía lanza contra ellas, en medida cada vez mayor, el poder del Estado. La crisis económica representa la época acrecentada de la acción política de las guerras civiles. Si el proletariado no libra estas luchas defensivas con el espíritu necesario, la burguesía rebajará el nivel de vida de los obreros al nivel de la época que precedió a la formación de los sindicatos». *(Aplausos.)*

**Thalheimer**[^62] (Alemania). Las tesis del camarada Trotski sobre la situación mundial y la crisis mundial tienen sin duda una importancia extraordinaria para la orientación táctica de la Internacional Comunista. En cierto modo anticipan ya, en una parte determinada, esa orientación táctica. Por eso es muy necesario que examinemos estas tesis y la orientación en que se basan con mucha exactitud, con ojo muy crítico. En este examen me ha interesado especialmente un pasaje del discurso del camarada Trotski en el que dice: «En los años 1918 y 1919 vimos venir los desarrollos revolucionarios». Dijo, si no recuerdo mal, que entonces calculábamos en meses la posibilidad de la transformación revolucionaria en Europa, y que ahora tenemos que calcularla en años. Tengo la impresión de que, si entonces se apuntó demasiado corto, ahora se apunta algo demasiado largo. No en el sentido de que quisiera decir que quizá no pasen años hasta que la situación esté lo bastante madura en uno de los principales países de Europa para conquistar el poder. Tiene poco sentido extenderse sobre fechas y plazos. Lo digo en el sentido de que, a mi entender, el contenido revolucionario del período de crisis en que nos encontramos no se expresa con suficiente nitidez, de que el carácter de crisis no se subraya con suficiente nitidez. Estas tesis nos dan mucho la impresión de que este período de crisis será, por así decir, un período de decadencia tranquila del capital, y de que el verdadero enemigo principal del proletariado mundial —visto en conjunto— experimentará un nuevo movimiento ascendente temporal, una recuperación. Esta orientación me parece muy necesitada de corrección, y sobre todo porque, aunque exteriormente parezca haberse establecido cierto equilibrio social, y también en la situación internacional, en la situación mundial, se muestre cierto equilibrio, este equilibrio tiene, sin embargo, un carácter sumamente lábil, sumamente vacilante, de tal modo que basta un impulso relativamente pequeño para hacer tambalear este equilibrio y desencadenar las crisis políticas y sociales.

El camarada Trotski ha aducido como perturbación relativamente próxima en este momento, para la crisis de política mundial, sobre todo la agudización del conflicto anglo-norteamericano. Yo veo una serie de otros factores semejantes de agravación, factores que perturbarán el equilibrio. Uno de los más importantes es, a mi juicio, la relación entre Alemania y Francia. Es un factor perturbador que me parece todavía más próximo que el factor perturbador anglo-norteamericano.

El camarada Trotski ha expuesto de manera excelente por qué vía económica, con qué medios económicos ha sabido la burguesía superar los primeros peligros posteriores a los años 1918 y 1919, continuar en cierta medida los métodos de la economía de guerra (aumento de la inflación, aumento de la deuda pública, etc.). Todo eso lo ha expuesto el camarada Trotski en su discurso. Solo que me parece que la conclusión estratégica que saca de estas premisas de la economía mundial no concuerda del todo con ellas. Estas conclusiones que hay que sacar deben subrayarse, a mi juicio, con más nitidez de lo que se hace en las tesis, a saber: que el período de crisis en que nos encontramos ha producido un equilibrio sumamente inseguro, y que este período de crisis lleva en sí los gérmenes de una agudización del conflicto social y de una agudización del conflicto imperialista. Esto está sin duda apuntado en las tesis del camarada Trotski, pero no se expresa en ellas con suficiente nitidez ni claridad. Ciertamente, nadie puede predecir hoy con alguna seguridad que este período de crisis será un período de guerras civiles, es decir, qué formas adoptará la agudización de los conflictos sociales e imperialistas. Si se quiere ser prudente, y hay que serlo, hay que decir que es probable tal agudización de los conflictos sociales e imperialistas, pero también hay que decirlo con nitidez y claridad. *(Aprobación.)*

**Bell**[^63] (Inglaterra). El problema que trata el camarada Trotski en estas tesis se divide en dos partes. En primer lugar, la cuestión de cómo quiere el capitalismo internacional restablecer su equilibrio y, en segundo lugar, la relación del movimiento revolucionario con estos esfuerzos del capitalismo. A eso parecen orientarse, en líneas generales, los discursos. Pero yo deseo llamar la atención sobre una tendencia más general. Quiero dirigir la atención hacia el movimiento que se está produciendo ahora y que, hablando en general, tiende a restablecer el capitalismo en las formas de dependencia financiera que existían antes de la guerra. Antes, antes de la guerra, era una opinión muy extendida, que encontró buena expresión en el libro de Norman Angell[^64] *The Great Illusion*, que las guerras eran imposibles a causa de la dependencia financiera de los países capitalistas entre sí. Esta idea de la dependencia financiera mutua de los distintos países capitalistas debe ponerse en relación con el movimiento socialista internacional. Los oportunistas de la II Internacional aceptan en general esta idea, y su táctica y las líneas principales de su política están dictadas en gran medida por ella. Pero no debemos caer en el mismo error suscribiendo la fórmula: o una guerra próxima, o una prosperidad creciente, o incluso la guerra civil. No debemos suscribir ninguna fórmula que frene el crecimiento y el desarrollo de nuestro movimiento revolucionario de hoy. Nuestra tarea es investigar y analizar los antagonismos sociales y las fuerzas sociales que de tiempo en tiempo se ponen en movimiento. Con la guerra se produce un reagrupamiento en las más diversas relaciones capitalistas. Había dos grupos, las potencias centrales y la Entente, y estos grupos provocaron una perturbación del equilibrio de fuerzas. Pero al mismo tiempo sobrevino una inestabilidad política provocada por la guerra, y esta es una de las fases del desarrollo del capitalismo que debemos tener presentes: con la paz se ha impuesto una tendencia a volver a la organización de anteguerra de la dependencia mutua de los distintos países capitalistas, lo cual puede influir de manera importante en nuestro movimiento revolucionario. Es una parte sumamente importante de nuestra tarea estratégica y táctica reconocer la razón de estos movimientos, de modo que seamos capaces de dirigir nuestra atención a los centros más importantes y prevenir así el restablecimiento del antiguo orden. En Europa se han encontrado muchas vías nuevas para estabilizar el capitalismo: en primer lugar, la penetración del capital norteamericano. Se dice que en Europa hay invertidos 18 millones de dólares de capital norteamericano, de ellos 2 millones en parte en Inglaterra, Francia, Italia y otros países que en este momento no recuerdo. Otros cuatro millones se han adelantado como créditos comerciales a diversos Estados europeos más pequeños; esta penetración del capital norteamericano tiene un efecto colosal en el afán del capital de Europa por estabilizarse, un afán que existe en toda Europa. Además, el planteamiento de la cuestión de las reparaciones alemanas tiene igualmente un gran efecto en la situación del capitalismo en Europa. El pago de indemnizaciones, la exportación de carbón y hierro desde Alemania tienen un efecto estabilizador no solo en Alemania, sino que actúan, dentro de ciertos límites, sobre todo el capitalismo. La mejora del nivel de vida del proletariado por el aumento de la producción —aunque los salarios bajen— es también un punto importante. Además, la situación del mercado naval tiene muchísima influencia. Hay un movimiento en marcha que quiere volver a vender a ese imperialismo alemán los barcos alemanes que en su día le fueron arrebatados, en vista del efecto que se espera en la industria naval británica, en la que trabajan miles de obreros, y en ello se reflejan los esfuerzos que hace el capitalismo para estabilizarse. Se ha llegado ya a comprender que Norteamérica, Francia, la Entente en general, no pueden aislarse de las potencias centrales. Todos estos son factores importantes en el intento del capitalismo de reconstruirse, aunque no puede haber una consolidación definitiva del capitalismo. Encontramos además que el desarrollo de los Estados bálticos y fronterizos desempeña un papel importante. Todos estos Estados cumplen funciones de policía al servicio de Inglaterra.

La manera en que se procedió contra el proletariado alemán y austríaco, el modo en que se anduvo operando en el Báltico, significan la extensión a Europa de los métodos del militarismo prusiano y del imperialismo alemán, que, por cierto, supuestamente fueron combatidos y abatidos en la guerra mundial. Con todas las fuerzas se intentó así restablecer la vieja fortaleza. Estos intentos de estabilizar la situación en Europa han tenido efectos muy interesantes en la situación inglesa. Este intento de reconstrucción sobre la vieja base es uno de los factores que contribuyen también por su parte a hacer más insegura la situación en Inglaterra. La burguesía inglesa atrae así sobre su propia cabeza a la Némesis vengadora, la venganza histórica. Pues en la medida en que el capitalismo se desarrolla en esos países mencionados, provoca paro, conflictos industriales y guerra civil en Inglaterra; a esta situación debemos dedicar sin falta nuestra atención y nuestros preparativos. El desorden en los mercados mundiales y el ajuste mutuo que se ha producido desde la paz habían desplazado el equilibrio comercial de Alemania en favor de Inglaterra y luego, a la inversa, de nuevo en favor de Alemania. Al mismo tiempo, este desarrollo significa la victoria de la política del puño acorazado. En Inglaterra no ha habido desde 1914 ninguna huelga a la que no se respondiera con una demostración militar, y el respaldo militar de la burguesía aparecerá una y otra vez en cada lucha mientras exista el capitalismo. Quisiera citar como un hecho que las fuerzas de policía han sido un factor importante en la intimidación de las *trade unions*, a las que el camarada Trotski acusa de haber engañado a las masas revolucionarias. Trotski dijo que los dirigentes engañaban a las masas. Yo afirmo que existía el deseo de acciones verdaderamente revolucionarias, pero que las demostraciones militares movieron a los dirigentes obreros a cerrar compromisos políticos y a dejar en la estacada al movimiento revolucionario. Por eso es sumamente necesario, a diferencia de lo que se hacía antes, concentrarse en el futuro cada vez más en Inglaterra. En la medida en que el movimiento revolucionario de Inglaterra se vuelve cada vez más comunista, la revolución se extiende también cada vez más en Europa. Inglaterra se convierte en el foco de todas las fuerzas que persiguen la restauración de Europa, porque estamos cerca de Alemania y de los demás países de Europa central de economía capitalista muy desarrollada. Por eso propongo remitir esta cuestión a una comisión para que la siga elaborando; no hay que fiarse exclusivamente, como hasta ahora, de la probabilidad de la guerra civil o de otras fórmulas, sino que hay que concentrarse en la ayuda liberadora de las fuerzas sociales que solo produce el movimiento revolucionario del proletariado que se desarrolla en Inglaterra.

**Clara Zetkin.** ¡Camaradas! Se ha reprochado aquí al discurso del camarada Trotski y a las tesis que anticiparían hasta cierto punto nuestro debate sobre la táctica. No puedo compartir esta crítica. Mi opinión es que podemos estar agradecidos al camarada Trotski porque ha dado, de una manera muy profunda, amplia y objetiva, los fundamentos de nuestra discusión táctica y no ha hecho más que prepararla. Y lo ha hecho como verdadero discípulo de Marx, descendiendo a las profundidades de todo el acontecer social, de todas las luchas sociales.

No quiero entrar en detalles de su informe, sino solo subrayar con nitidez lo que me parecen sus rasgos fundamentales y también los rasgos fundamentales de las tesis. No puedo librarme de la sensación de que tanto el informe del camarada Trotski como las tesis se consideran demasiado a la luz de la disputa de tendencias sobre la táctica, y no según su significado y su tendencia puramente objetivos y científicos.

¿Cuál es esa tendencia? El camarada Trotski ha mostrado y aclarado todas las diversas tendencias dentro de la economía capitalista actual; ha demostrado el carácter diferente, esencialmente distinto, que existe entre las crisis anteriores del capitalismo y la crisis actual. Y todas sus exposiciones han culminado en la conclusión, a mi parecer convincente, de que, siga el desarrollo este camino u otro, la economía capitalista está y sigue condenada. Choca con las barreras que, por su propia esencia, no puede rebasar. Tiene que ser destrozada, tiene que ser sustituida por el comunismo. Frente a los intentos de la sociedad capitalista de reconstruir el capitalismo a pesar de la descomposición actual, el camarada Trotski ha subrayado con suficiente nitidez el papel del poder del Estado para ese fin. Es, en efecto, un fenómeno internacional tan llamativo, y nadie puede sustraerse a su impresión, que los capitalistas usan y abusan del poder del Estado en grandísima medida para reconstruir la economía capitalista. No puedo suscribir sin más la opinión del camarada Thalheimer de que probablemente la posibilidad de un conflicto franco-alemán está más próxima que la de un conflicto anglo-norteamericano. Veo que la posibilidad de tal conflicto existe sin duda, pero por otro lado veo también tendencias contrarias que trabajan para lograr, en el conflicto de las camarillas explotadoras francesa y alemana, un entendimiento a costa del proletariado. En este momento parecen haber obtenido la preponderancia esas tendencias. Mi opinión es que precisamente tal entendimiento de la burguesía alemana y la francesa no solo se hace a costa del proletariado alemán, sino que, en el plano internacional, repercute también a costa del proletariado francés, de modo que encierra peligros todavía mucho mayores que una crisis aguda y rápida. Que precisamente el peligro de tal entendimiento impone al proletariado alemán, al proletariado francés, al proletariado mundial las más graves exigencias de una comprensión mayor y acrecentada, pero también de una actividad y una capacidad de lucha acrecentadas.

El camarada Trotski ha subrayado, a mi juicio con toda razón, que no debemos confiar en un desarrollo automático de la economía capitalista que conduzca inevitablemente a su hundimiento. No: el factor social, la voluntad del proletariado combatiente, tiene que intervenir de manera decisiva, acelerando la marcha del desarrollo histórico. Pero el camarada Trotski ha señalado también, a mi juicio, que precisamente sobre esta base económica tiene que desarrollarse la actividad revolucionaria de los partidos comunistas como dirigentes del proletariado; que por eso sería erróneo, por un lado, orientarse hacia una rápida agudización en una crisis aguda que se descargue, por así decir, en un único rayo; que por eso no debemos limitarnos unilateralmente a ello, ni creer que la creciente esclavización y pauperización del proletariado bastarían por sí solas como factor extraordinariamente decisivo. Si la pauperización y la esclavización desempeñaran ese papel, habríamos tenido que ver la lucha decisiva de las masas proletarias ya durante la guerra. También entonces se esperó que, con la creciente pauperización del proletariado, tendría que estallar la explosión contra la guerra de rapiña del imperialismo mundial. Y no llegó.

¿Y qué vemos en Alemania ante el paro colosal? A pesar de todos los esfuerzos por ganar el alma de los parados, para convertirlos en vanguardia de la lucha revolucionaria, hasta ahora hemos tenido la experiencia de que no han entrado en la lucha en la medida esperada.

No quiero seguir hablando de esta cuestión, porque a mi parecer pertenece a la cuestión de la táctica. Además, tenemos una prueba muy grande de que no debemos esperar demasiado solo del aumento de la pauperización y la esclavización. Pensad en la espantosa situación del proletariado de Austria. ¿Dónde está allí la indignación revolucionaria y, sobre todo, la voluntad revolucionaria de actuar de las más amplias masas que sufren esa miseria? Soy la última en cerrarme a la comprensión de que los parados, en determinadas condiciones, pueden desempeñar realmente un papel muy destacado en la lucha, de que debemos valorar plenamente su importancia y aprovecharla también activamente. Pero igualmente necesario es, camaradas, que contemos con que, como expuso el camarada Trotski, pueden llegar todavía épocas pasajeras de mejora de la coyuntura. Y entonces se trata de no desanimarnos, de no temer que esté por llegar la consolidación del capitalismo, sino de mantener también entonces nuestra firme convicción de que no es más que un florecimiento engañoso del capitalismo, y de que en ese período lo que importa es hacer eficaces, revolucionarias, toda la energía, toda la voluntad, toda la fuerza de los partidos comunistas. En el discurso del camarada Trotski he oído el rechazo más rotundo de cualquier pasividad del Partido Comunista y de las masas proletarias. Al contrario. Siga el desarrollo este camino o aquel, para el proletariado, para el Partido Comunista, solo hay en todas las circunstancias un camino: el camino recto hacia la conquista del poder político, hacia la instauración de la dictadura proletaria, intensificado hasta la máxima actividad en todos los terrenos, con la disposición a luchar en cualquier hora y en cualquier circunstancia. *(Vivos aplausos y ovación.)*

**Roy**[^65] (India). Camaradas, cuando debatimos sobre la situación económica mundial y la crisis que atraviesa hoy el sistema de producción capitalista, no debemos limitarnos a Europa y Norteamérica. Tenemos que dejar atrás las fronteras de estos países, porque el capitalismo, que sin duda tiene su centro en los países mencionados, se ha extendido por las más diversas partes de la Tierra y ha sometido a su influencia a los grandes países no europeos. Este afán de expansión imperialista y colonial ha dominado durante largo tiempo a todos los pueblos y quizá siga desempeñando su papel durante mucho tiempo todavía, porque presta una valiosa ayuda al orden capitalista en su afán de seguir existiendo. Sin duda, el capitalismo se encuentra hoy en una crisis muy peligrosa y, al parecer, no sabe encontrar una salida; pero sería un error creer por ello que el capitalismo abandonará su posición sin gran lucha. Los capitalistas hacen los mayores esfuerzos por encontrar una salida a estas dificultades y librarse de esta crisis. Como el proletariado mundial puede aprovechar esta crisis para provocar la revolución mundial y destruir el sistema capitalista, se ven obligados a movilizarlo todo para encontrar una salida, si es que todavía hay alguna posibilidad de que el sistema capitalista vuelva a estabilizarse.

La guerra mundial ha dejado dos centros capitalistas, a saber, los Estados de Inglaterra y Norteamérica. El mundo está hoy de hecho repartido entre estos dos Estados. Los Estados Unidos se han anexionado todo el Nuevo Mundo, mientras que todo el continente asiático y el africano están bajo influencia británica. Las demás potencias del continente europeo han descendido en realidad a la condición de Estados que dependen económicamente de una u otra de estas enormes formaciones estatales imperialistas, y por eso hemos de considerar la posibilidad de que estos dos grandes Estados vuelvan a consolidar su edificio capitalista, puesto que hoy ocupan una posición dominante en el capitalismo. La ruina de Alemania y de la industria alemana ha influido en gran escala en la situación de la industria inglesa, y también en la industria de los Estados Unidos. Antes de la guerra, Alemania abastecía a Inglaterra, a los Estados Unidos y a otros países de enormes cantidades de productos industriales. Después de la guerra, estos mercados han sido ocupados por los Estados Unidos, Inglaterra y el Japón, y así estos países se vieron indemnizados en gran parte, con la ocupación de los mercados alemanes, por las pérdidas que les había causado el hundimiento económico de Alemania.

Los grandes Estados capitalistas van comprendiendo poco a poco lo absurdo del Tratado de Versalles. Poco a poco han tomado consciencia de que las condiciones del Tratado de Versalles no solo destruirían Alemania, sino que probablemente acarrearían también su propio hundimiento, y por eso intentan ahora sacar la cabeza de este lazo que tendieron en su miopía; hacen esfuerzos por restablecer y estabilizar la economía y la industria de Alemania. Si Inglaterra tuviera que apoyarse solo en sus propios recursos, le sería imposible llevar a cabo su programa, el restablecimiento de Alemania, porque la estructura económica e industrial actual de Inglaterra es tal que, sin los vastos recursos de sus inmensas posesiones coloniales, a la metrópoli le sería imposible tanto apoyar a Alemania como restablecerla. Inglaterra encuentra hoy los pilares de su poder no solo en su propia estructura económica, sino también en sus grandes posesiones coloniales y extranjeras, y así, para restablecer el capitalismo internacional, el afán de expansión imperialista y colonial va de la mano del capitalismo mundial. Hasta la guerra, la política de Inglaterra consistía en no quitar a los grandes países coloniales su carácter agrario, porque así se creaba un mercado receptivo para sus productos industriales y, por otro lado, una buena fuente de materias primas. Pero ahora esta política se ha abandonado, porque con la apertura industrial de grandes países como la India y China se encontraron enormes mercados para los productos industriales de Inglaterra. La sobreproducción, determinada por el sistema industrial de Inglaterra, resulta hoy, al menos por ahora, funesta.

Los países coloniales desarrollan industrias, y la consecuencia es la mejora del nivel de vida de una parte creciente de la población, porque, por bajos que sean los salarios en todos los países industriales, el nivel de vida es sin duda mejor que en los demás países, mientras avanza el desarrollo industrial de estos países que aparecen ahora en el mercado mundial; y al mismo tiempo se observa un aumento de la capacidad de consumo de la población indígena. Pues la crisis industrial, que es en gran parte el resultado del excedente de la sobreproducción, absorbe enormes sumas de capital nacional, y si los capitalistas no encuentran manera de invertir provechosamente este capital, las consecuencias son desastrosas, porque entonces el capital tiene que colocarse en otros países industriales. Se produce el traslado constante de capital de la metrópoli a otros países para participar en su desarrollo. Para ello se mantienen grandes fuerzas militares, fuerzas militares temibles, y el gobierno usa estas fuerzas militares para aterrorizar al movimiento obrero, y los grandes beneficios se emplean para pagar y sobornar a dirigentes obreros y también para mantener sujetas las fuertes energías revolucionarias que dormitan en las masas de parados, pagándoles altos subsidios de paro, pensiones, etc. Por eso propongo que se introduzca en las tesis una cláusula que señale el importante papel que desempeñan las posesiones coloniales en el intento de estabilizar el capitalismo internacional. Habría que expresar con ella que es tarea de la Internacional hacer una labor de esclarecimiento sobre el hecho de que el sistema capitalista puede aprovechar para su restablecimiento los recursos que representan las posesiones coloniales.

**Koenen**[^66] (Alemania). ¡Camaradas! El curso del debate hasta ahora ha traído el interesante fenómeno de que casi solo se han criticado las directrices y las tesis, y de que se ha llegado incluso a desviaciones de izquierda bastante considerables. No me siento en absoluto movido a polemizar contra estas desviaciones de izquierda, puesto que últimamente sabemos que el camarada Trotski sin duda desplegará en este terreno suficiente contundencia. Pero me extraña que las desviaciones de derecha, a saber, la enmienda francesa a las tesis, por desgracia no se fundamenten públicamente. Creo que, en el curso de la discusión sobre este punto del orden del día, la tarea no era tanto demostrar que la revolución es una necesidad ineludible y presentar al Partido Comunista como un instrumento necesario para ella. La cuestión que se nos plantea de manera mucho más concreta desde los distintos países es: ¿qué conclusiones sacamos de la situación mundial para el próximo año? La cuestión es: ¿qué posibilidades ofrece la situación mundial para agudizaciones políticas y económicas hasta el próximo congreso? Y por eso deberíamos hablar hoy de cómo podrían ajustarse las tesis de manera mucho más concreta. Es importante trazar la gran línea que lleva hasta el año 1923 o 1924 y nos muestra allí que, más o menos por esa época, casi, como dice el camarada Trotski, con puntualidad de calendario, llega el gran choque nuevo. Pero el fuerte énfasis final en esta gran línea y en esta lucha futura que se librará entre Inglaterra y Norteamérica hace que nos desviemos demasiado de la lucha concreta. Es muy necesario que se corrijan un poco estas desviaciones, de modo que en las tesis se hable mucho más de las tareas de la Internacional Comunista en el próximo año que de la guerra futura, y se pongan de relieve las agudizaciones económicas y políticas de algún modo posibles en los próximos años. En lo esencial estoy de acuerdo con las exposiciones de Pogány y de Thalheimer, y creo que la enmienda de Pogány era en lo esencial acertada.

Critico además que tanto el discurso del camarada Trotski como las tesis consideran la situación actual demasiado desde el punto de vista ruso-alemán. No tienen un carácter suficientemente internacional. Naturalmente, es cierto que se desarrollará el gran conflicto entre Inglaterra y el Japón, por un lado, y Norteamérica, por otro. Pero este gran conflicto se ha aplazado demasiado lejos, y las horas y los días actuales mostrarán que habrá una gran cantidad de agudizaciones económicas y políticas de actualidad. Incluso nos encontraremos ante sorpresas. Las tesis dirigen demasiado la mirada a lo lejos. Las situaciones concretas ya se han examinado.

La cuestión de la Alta Silesia[^67] sigue siendo de actualidad, la ocupación del Ruhr sigue amenazando, la cuestión del desarme no está zanjada todavía, y tampoco está liquidada la cuestión económica. Igualmente puede volver una agudización brusca. El orador anterior ya ha señalado otras tensiones en el Oriente Próximo, y en este momento vemos que tales tensiones estallan en Asia oriental. ¿Qué significa el nuevo golpe que se asesta allí, qué postura debemos adoptar ante él? En los últimos años hemos vivido luchas intensas, en Polonia, en Italia, la repercusión de la cuestión de la Alta Silesia; hemos vivido duras luchas en Checoslovaquia, una gran represión en los Balcanes, una gran huelga en Noruega; la huelga inglesa ya se ha tratado brevemente. Además, vemos que en Italia vuelve a crecer ahora un movimiento. Vemos aquí que se da una agudización de lo más aguda. Es necesario tomar posición ante estas situaciones. El desplazamiento del dominio en el Mediterráneo —ya que hablo precisamente de Italia— es igualmente una cuestión de la mayor importancia. En el Oriente Próximo hemos visto con claridad este giro. Francia, con Grecia, combatiendo casi sola contra repúblicas de Asia Menor; Norteamérica, que se asegura una fuerte influencia en Italia; Inglaterra, que se vuelve demasiado débil para manejar a estos países como marionetas, queda fuera de juego.

Ahora unas observaciones sobre un punto de las tesis que, a mi juicio, tampoco está elaborado con suficiente claridad. El camarada Trotski habla de bancarrota del Estado, pero no de una forma clara y tangible. Ahora que el camarada Trotski nos presenta la línea descendente del capitalismo, habría sido oportuno mostrar con claridad que una bancarrota del Estado no es un fenómeno económico con el que se pueda liquidar esto y aquello, sino que ahora ya no puede hablarse en absoluto de una bancarrota del Estado en ese sentido. Una bancarrota del Estado, por ejemplo en Alemania, significa revolución, y para eso tenemos que prepararnos cuando tomemos posición ante estas cosas.

Para eso tenemos que prepararnos. Estoy convencido de que, si se quiere movilizar a los obreros en el próximo año, si se quiere prepararlos con la toma de posición actual del congreso, si se quiere ponerles en la mano unas tesis, esas tesis no deben tomar posición tanto sobre la guerra de 1923-1924 como sobre los conflictos actuales del año 1921. Espero que el trabajo de la comisión nos traiga naturalmente en este sentido una serie de mejoras sustanciales, para que con los trabajos del congreso podamos salir mejor parados fuera, en el país, que así. *(Vivos aplausos.)*

*(Resumen final.)*

**Trotski.** ¡Camaradas! Como primer orador del debate, el camarada Brand pronunció un discurso muy interesante en el que no quiero detenerme, sobre todo porque estoy de acuerdo en líneas generales con su contenido. Solo tengo que responder a su observación final, porque creo que, como el presidente le metía algo de prisa, tuvo que expresarse de manera demasiado escueta, de modo que esa observación suya podría dar lugar a malentendidos. Brand dijo que combatiremos a la burguesía no con la estadística, sino con la espada, y trató de subrayarlo aún más por el hecho de que fuera yo quien interviniera aquí como ponente. Pues bien, tengo que declarar con toda franqueza que he tenido que ver mucho más con la estadística del Ejército Rojo que con la espada. *(Risas.)* Si el camarada Brand y otros camaradas creen que, por así decirlo, he participado espada en mano en los combates del Ejército Rojo, esos camaradas tienen ideas demasiado románticas de mi función. Me he ocupado mucho más del número de botas, de pantalones y —os pido perdón— también de calzoncillos *(Risas.)* que de la espada. Creo, en general, que no hay contradicción entre la espada y la estadística, pues la estadística de la espada desempeña en la guerra un papel muy grande. Napoleón decía: «Dieu est toujours avec les gros bataillons», «Dios está siempre del lado de los batallones numerosos». Y la estadística, como sabéis, se ocupa también del número de batallones. El camarada Brand recordará sin duda que nos equivocamos algo en la estadística cuando avanzamos demasiado en dirección a Varsovia sin medir con exactitud las distancias ni sopesar con más exactitud la fuerza, la resistencia del enemigo. Así pues, una espada bien afilada y una buena estadística de la espada y de todo lo que pertenece a la espada se avienen muy bien. *(Aplausos.)*

El camarada Seemann recogió una observación del camarada Brand y la subrayó con más fuerza todavía, al decir: no tenemos que demostrar la revolución, sino hacerla. Eso es en parte cierto, pero en cierto sentido no lo es. A los obreros tenemos que demostrarles la revolución, su posibilidad, su necesidad, su carácter ineludible; frente a la burguesía, en cambio, tenemos que hacerla por la fuerza. Y creo que el camarada Seemann y los demás camaradas que hablaron en el mismo sentido se equivocan un poco cuando piensan que el análisis objetivo del desarrollo económico, que demuestra el carácter ineludible de la revolución, como creo que se expresó el camarada Sachs o el camarada Seemann, solo nos demuestra que la revolución es inevitable en algún punto del desarrollo histórico. Eso lo han repetido siempre también los socialdemócratas de la II Internacional. Eso no nos interesa más. Tenemos que fijarnos un objetivo y alcanzarlo mediante la organización y la táctica correspondientes. Sí: así como no se puede oponer la espada a la estadística, tampoco se pueden oponer los factores subjetivos de la historia, la voluntad revolucionaria, la consciencia revolucionaria de la clase obrera, a las condiciones objetivas. Pues si los oportunistas, los Hilferding, Kautsky y los kautskianos, automatizan el proceso histórico al inscribir en su gran estadística histórica solo el factor objetivo, la voluntad de la clase enemiga, que para nosotros es un factor objetivo, y excluyen casi del todo el factor subjetivo, la voluntad revolucionaria e impulsora de la clase obrera; si con ello falsifican el marxismo, hay también otra manera de organizar metódicamente la revolución. Hay, en efecto, una variante del pensamiento revolucionario cuyos representantes hemos podido observar abundantemente precisamente en suelo ruso. Son nuestros socialistas revolucionarios[^68], y en particular su ala izquierda. Estos se han burlado siempre del pensamiento objetivo, del análisis del desarrollo económico y político, de su tendencia objetiva o, hablando filosóficamente, inmanente, y ellos, que se tienen por buenos marxistas, han opuesto el libre albedrío, las acciones revolucionarias de la minoría. Si separamos el momento subjetivo del objetivo, esta filosofía conduce, naturalmente, a la pura aventura revolucionaria.

Y creo que en la gran escuela marxista hemos aprendido a unir dialéctica y prácticamente lo objetivo con lo subjetivo, es decir, hemos aprendido a basar nuestra acción no solo en la voluntad subjetiva de uno u otro, sino en la convicción de que la clase obrera tiene que seguir esta voluntad subjetiva nuestra y de que la voluntad de acción de la clase obrera está determinada por la situación objetiva. Así pues, algo tendremos que demostrar mediante el análisis económico, y también mediante la estadística, para poder determinar luego con exactitud nuestro propio camino y avanzar por él con toda energía con la espada.

El camarada Sachs dijo que las tesis no son un documento adecuado para la Internacional Comunista, porque en ellas no se describen con suficiente nitidez la decadencia y el movimiento ascendente. Me limito a remitir a la página 9 de las tesis, donde esto se expone con toda exactitud. Además, el camarada dijo que el proletariado es precisamente un factor revolucionario subjetivo de la historia y que las tesis no han subrayado este punto de vista subjetivo. Creo que el camarada Sachs, que se distingue en sus tendencias de la mayoría de los oradores, tiene en común con algunos camaradas que han tomado hoy aquí la palabra una tendencia: la de no haber leído las tesis. En el punto 34 decimos con toda exactitud: «La cuestión de la reconstrucción del capitalismo sobre las bases descritas significa en esencia lo siguiente: ¿Querrá la clase obrera, en las condiciones nuevas e incomparablemente más duras, hacer los sacrificios...» —eso es bastante subjetivo— «...necesarios para restablecer las condiciones estables de su propia esclavitud, más concentrada y más cruel que la que reinaba antes de la guerra?». Más adelante se desarrolla la idea de la necesidad de la acumulación, de la acumulación reforzada, de la necesidad de sanear la divisa, etc. Y en todas partes se expresa la misma idea. El equilibrio económico no es un equilibrio abstracto, mecánico; solo puede restablecerse por la acción de las clases. Pero las clases descansan sobre la base de la economía. La burguesía ha logrado mantener el equilibrio en el curso de los tres años de posguerra. Es un hecho. La burguesía sigue de momento al timón. ¿Por qué medios? Como ya he dicho antes, mediante nuevas emisiones, concediendo en Italia, Francia y Alemania, a cargo de unas finanzas públicas arruinadas, subvenciones a los salarios en forma de pan abaratado, de alquileres rebajados. Cada pieza de mercancía alemana que se lanza al mercado inglés significa una parte no pagada de una vivienda alemana que está arruinada, la parte de una casa alemana que no puede renovarse. Así pues, para restablecer el equilibrio de clases hay que arruinar la economía; si se quiere restablecer la economía, hay que perturbar el equilibrio de las clases. Ese es el *circulus vitiosus* en el que se encuentra la economía con su superestructura. Esa es la idea principal de las tesis. A quien no haya leído esta idea en las tesis tengo que rogarle que vuelva a leerlas con atención.

El camarada Seemann dijo que la Rusia soviética podría servir de válvula al capitalismo y perturbar así quizá el desarrollo de la revolución mundial. Bueno, las cosas no están todavía tan peligrosas como para que el capital europeo o el norteamericano se lancen sobre Rusia para salvarse de la situación en que los ha puesto el enorme paro. La situación está todavía muy lejos de ser tan peligrosa, y nuestro país, por desgracia, está demasiado arruinado para atraer hacia aquí el capital en tal medida que pudiera resultar peligroso para el desarrollo de la revolución en Norteamérica y en Europa. Eso está absolutamente descartado.

Paso ahora a las exposiciones del camarada Pogány. Encontró en las tesis una contradicción y una laguna, concretamente en la página 4 y en la página 14. La contradicción consiste, a su juicio, en que una vez decimos que la prosperidad debilitó, atenuó los estallidos revolucionarios, y luego decimos que la prosperidad artificial no detendrá la revolución, sino que en cierto sentido la favorecerá. Sí, la pasada prosperidad aparente y la futura prosperidad aparente se valoran de manera muy distinta, y Pogány ve en ello una contradicción. Sin embargo, aquí no hay contradicción. Pues consideramos la prosperidad en el entorno histórico concreto del mundo internacional y de cada uno de los Estados. El pensamiento del camarada Pogány es, al menos en esta cuestión, algo automático y metafísico, para hablar con la vieja fraseología, pues cree que la crisis desencadena siempre la misma tendencia, y lo mismo la prosperidad. Eso es completamente falso. En primer lugar, presentar así la orientación de las tesis induce por completo a error. Dice que las tesis quieren dos cosas: primero, esperar la guerra anglo-norteamericana; segundo, esperar la prosperidad. Como si yo hubiera incorporado, por así decir, la prosperidad a nuestra táctica, como si le hubiera abierto las puertas a la prosperidad y hubiera dicho: que venga la prosperidad y cambie la situación. No hay nada de eso. ¿Qué dicen las tesis? Dicen: tenemos una crisis profunda y aguda; esta crisis ha conducido a la gran ofensiva de la clase capitalista contra el proletariado. El proletariado está en todas partes a la defensiva. Nuestro deber es generalizar, profundizar esta lucha defensiva del proletariado en el terreno económico, aclarar las condiciones de la lucha mediante constataciones muy exactas, darle forma política y ampliarla hasta convertirla en una lucha por el poder político. Esa es, desde luego, nuestra tarea evidente. Dije además en mi informe, y decimos con el camarada Varga en nuestras tesis: pero si dentro de 2 o 3 meses, o de medio año, se produce una mejora de la situación, de ello solo puede hablarse, naturalmente, en el supuesto de que la revolución no estalle entretanto. Si estalla, el camarada Pogány y nosotros no nos opondremos a ese fenómeno: participaremos en él con todas nuestras fuerzas. Pero nos planteamos la pregunta: ¿qué ocurrirá si eso no sucede, camarada Pogány? ¿Si en lugar de la revolución sobreviene la mejora de la situación económica? El camarada Varga ha señalado en su folleto más de un síntoma de esa mejora. E incluso en el caso de que ahora no pueda hablarse de una mejora, en todo caso hay que constatar que el ritmo del empeoramiento se ha moderado. Eso es seguro. Los precios ya no caen tan vertiginosamente como antes. El mercado financiero está mucho menos tenso, y aquí y allá se notan fenómenos de mejora muy diminutos, superficiales, también en la producción. Pero es completamente insignificante; es muy posible que se trate solo de un pequeño zigzag y que luego vuelva a ir cuesta abajo. Pero también es posible que sobrevenga una mejora mayor. Eso no depende ni de mí, ni del camarada Pogány, ni de las resoluciones del congreso. Es realmente un fenómeno automático, independiente de nuestra voluntad, dado desde fuera. ¿Significa esto realmente, desde el punto de vista de la táctica, el comienzo de la época de un nuevo desarrollo económico? En ningún caso. Según la concepción del camarada Pogány, si dentro de tres meses el mercado inglés, la exportación, la producción se animan, habría que abandonar la esperanza en el desarrollo directo de la revolución, en la conquista del poder político. Nosotros creemos que no es así. Hay una gran diferencia entre la prosperidad inmediatamente posterior a la guerra y la prosperidad que ahora viene. Pues después de la guerra la clase obrera estaba todavía llena de ilusiones. La clase obrera estaba desorganizada, igual que la burguesía. Reinaba una desorganización general de las clases. Solo una pequeña minoría de la burguesía tenía claro su objetivo, y del mismo modo solo una pequeña minoría de la clase obrera, el grupo comunista, era consciente del objetivo. Las grandes masas vacilaban, y en esa situación tenía la mayor importancia que el obrero que volvía de la guerra quedara en paro o recibiera enseguida un salario bastante decente, que tuviera pan más barato o más caro, pues frente a todas estas circunstancias pone sus esfuerzos y los sacrificios de sangre del campo de batalla. Entretanto, la burguesía creó, con grandes sacrificios financieros, con la ruina ulterior de la base económica, una situación que estabilizó durante dos años ese estado de ánimo confuso de las grandes masas. Naturalmente, se fueron desprendiendo cada vez más capas enteras de obreros; pero, en todo caso, el régimen pudo mantenerse hasta el día de hoy. Ahora el paro ha traído una gran pauperización a las masas. El partido comunista se ha formado, la desilusión, el desengaño de las masas han hecho grandísimos progresos, y ahora luchamos sobre la base de la crisis y lucharemos sobre esa base. No está excluido que, sobre la base de estas luchas, de esta crisis, lleguemos al poder en uno u otro Estado. Pero si esta lucha no llevara a un resultado positivo, a la victoria, entonces —y eso dicen las tesis— la prosperidad aparente no tendrá en modo alguno un efecto apaciguador sobre los obreros. Al contrario. A los primeros indicios de prosperidad, cada obrero recordará todos los desengaños que ha sufrido, todos los sacrificios que ha hecho, y exigirá desquite por todo, también por las reducciones salariales, por la crisis. Eso tiene fundamento histórico, económico y psicológico. En cuanto a la música que el camarada Pogány pretende haber oído en mi discurso, que yo espero una nueva guerra y la prosperidad, no sé si mi voz no es lo bastante musical, si el oído del camarada Pogány es poco musical o si la acústica es mala. *(Risas.)* En todo caso, entre mi órgano de la voz y el órgano del oído del camarada Pogány hay un malentendido. Yo no propongo a nadie que espere la guerra entre Inglaterra y Norteamérica.

Y si hubiera sabido que esa cifra, el año 1924, podía inducir a alguien a la tentación, habría renunciado por completo a esa maldita fecha. Pues no desempeña papel alguno en mis exposiciones. La cité solo a modo de ilustración. Me ocupé del equilibrio económico y pregunté: ¿qué pasa con el equilibrio de las relaciones internacionales entre los Estados? Y dije que en 1914 teníamos la paz armada, que se preparaban para la guerra. Pero nadie pensaba en un ritmo tan rápido y nadie contaba con la seguridad del choque ineludible en dos, tres, cuatro años. Y este choque ineludible no es un punto matemático en este desarrollo histórico: actúa también sobre la agrupación actual de los Estados en Europa.

El camarada Thalheimer repitió la misma acusación: que yo quería, por así decir, reservar la energía revolucionaria del proletariado para el caso de la guerra de 1924, lo cual suena algo extraño. Luego dice que mi orientación desemboca, por así decir, en la descomposición pacífica del capitalismo. Dijo claramente que la orientación de las tesis apunta a la descomposición pacífica del capitalismo. También aquí remito al punto 34, donde se dice lo contrario. Allí se dice que, si dependiera de la descomposición automática del capitalismo, el equilibrio se formaría; pero que la formación de ese equilibrio se produce precisamente a través de las clases en lucha, y por eso no se formará. Así está escrito aquí.

También se ha tratado en este contexto la cuestión de las indemnizaciones. Se ha dicho que las indemnizaciones de Alemania sirven a la Entente como medio de estabilizar el capitalismo. Muy cierto, pero las indemnizaciones hay que pagarlas. Para que se paguen, el proletariado alemán tiene que producir no solo para sí, no solo para los beneficios de su burguesía, para su Estado, sino también para estas indemnizaciones. Eso significa la explotación elevada a la enésima potencia, y eso significa la agudización de la lucha de clases, pero no el restablecimiento del equilibrio.

La pregunta que algunos camaradas plantean de manera completamente abstracta, de si es la pauperización o la prosperidad lo que empuja a la revolución, es completamente falsa en esta formulación. Eso ya intenté demostrarlo en mi informe. Un camarada español me dijo en una conversación privada que en España fue precisamente la prosperidad creada por la guerra para la industria española lo que condujo al movimiento obrero revolucionario a gran escala, pues antes había reinado en España, en este aspecto, el estancamiento. Así pues, no un ejemplo ruso, sino uno español, un ejemplo del extremo opuesto de Europa. Camaradas: ni la pauperización ni la prosperidad como tales pueden conducir a la revolución, sino la alternancia de la prosperidad y la pauperización, de la crisis; lo no estable, la falta de estabilidad es el factor revolucionario impulsor.

¿Por qué se ha vuelto tan conservadora la burocracia del movimiento obrero? En su mayoría son tipos modestos, de vida moderada, que no se permiten grandes lujos, pero están instalados en la estabilidad de la vida. No temen el paro mientras este se mantenga dentro del marco de la vida normal del partido y del sindicato. Eso influyó también en la psicología de una amplia capa de obreros mejor situados, en esos burócratas. Pues bien, ahora se acabó esa gloria, la estabilidad de las condiciones. La pauperización ha ocupado el lugar de la prosperidad artificial. Los precios saltan un 100 %, los salarios cambian en proporción o no en proporción con los cambios de la divisa. Se tienen los saltos de la divisa, los saltos de los salarios, y luego esa alternancia de la coyuntura febril y ficticia y de las crisis profundas. Esta falta de estabilidad, de cualquier seguridad para la vida privada de cada obrero, es el factor más revolucionario de la época en que vivimos ahora. Y eso se dice también con toda exactitud en las tesis. Nos remitimos aquí a la crisis como tal y también a la prosperidad. Decimos en la página 13: «La inestabilidad de las condiciones de vida, que refleja la inestabilidad general de las condiciones de la economía nacional y mundial, es hoy uno de los factores más importantes del desarrollo revolucionario».

Y eso conserva su importancia tanto para la época de crisis como para la época de prosperidad. Y se refiere también a las condiciones políticas en que vive la clase obrera. La clase obrera, antes de la guerra, se había acostumbrado al régimen prusiano. Era un marco de hierro, pero era un marco seguro. Se sabía que se podía hacer esto y no se podía hacer aquello. Ahora ha desaparecido también ese régimen de la estabilidad prusiana. Antes de la guerra se cobraban 3 marcos diarios, pero eran marcos contantes y sonantes, con los que se podía comprar algo. Ahora se cobran, no sé, 20, 30, 40, 50 marcos al día, pero se saca muy poco de ellos. Se tenía, sí, al emperador alemán, pero se sabía que no le mataban a uno en la calle por hacer una huelga; se sabía que, como mucho, le encarcelaban. Ahora uno no sabe si, paseando por la calle como libre ciudadano de la República, no le van a pegar un tiro. Esta falta de seguridad saca de su equilibrio al obrero más tranquilo. Ese es el factor revolucionario impulsor. Lo que se ha dicho aquí, que yo, y también las tesis, nos concentramos en el conflicto entre Inglaterra y Norteamérica y dejamos de lado los demás conflictos, es completamente falso. También figura en ellas lo que Koenen dijo sobre la relación entre Alemania y Francia: se trata aquí con todo detalle. Incluso la última capitulación y todo lo relacionado con ella se examinan en la página 10. Allí se dice: «La capitulación de Alemania en mayo en la cuestión de las indemnizaciones significa, no obstante, una victoria pasajera de Inglaterra y le garantiza la continuación de la decadencia económica de Europa central, sin excluir, sin embargo, la ocupación de la cuenca del Ruhr por Francia en un futuro inmediato».

Y todo lo que ha dicho el camarada Koenen lo encontraréis, en principio, en las tesis. Naturalmente, en la cuestión de la política internacional no podemos concentrar nuestra atención solo en el año venidero de 1924. Tenemos que observar con los ojos abiertos cada eventualidad, cada día, y prepararnos con todo rigor. Y creo que precisamente en el terreno internacional tenemos las mayores perspectivas de ganar al proletariado para nosotros, y eso sigue siendo lo principal. Antes de conquistar el poder, la fuerza, hay que ganar al proletariado. ¿Cómo están, pues, la II Internacional y la Internacional Dos y Media en este terreno? Quiero llamar la atención sobre un pequeño ejemplo, la polémica entre el *Vorwärts* y el periódico belga *Le Peuple*[^69]. No sé si en Alemania se ha aprovechado lo suficiente. Esta polémica entre estos dos órganos de partido, que pertenecen a la misma II Internacional, sobre la cuestión más actual y vital, la cuestión de las reparaciones alemanas, es sumamente instructiva para todo obrero alemán, belga y francés. En el momento en que Briand[^70] había amenazado con ocupar la cuenca del Ruhr, *Le Peuple*, ese periodicucho socialista belga, hizo las siguientes preguntas a los camaradas alemanes: «Vimos —escribe *Le Peuple*— que los obreros alemanes supieron comportarse con mucha valentía en los días de Kapp[^71]. ¿Por qué callan ahora? ¿Por qué no expresan hoy las organizaciones obreras, de un extremo a otro de Alemania, de manera inequívoca, su voluntad de ahorrar a la cuenca del Ruhr la ocupación y el trabajo bajo vigilancia militar?».

Es decir: como mi gobierno, el belga, igual que el francés, te estrangulará a ti, obrero alemán, en caso de que tu gobierno no pague al francés las indemnizaciones en la cuantía exigida, tu deber, obrero alemán, es hacer la revolución contra tu burguesía, obligarla a pagar las indemnizaciones, para que mi burguesía no se vea obligada a estrangularte. *(Risas.)* Eso significa jugar a la pelota con el deber revolucionario, como hacen los payasos en el circo. Tu deber es someter tu burguesía a la mía, para que yo no esté obligado a luchar contra tu burguesía. *(Aprobación.)*

El *Vorwärts* respondió: «Cada una de estas preguntas la devolvemos íntegra a las organizaciones obreras belgas. No son nuestros ejércitos los que hay que detener». Eso lo dice el mismo *Vorwärts*, la misma dirección socialdemócrata que en su día apoyó la paz de Brest-Litovsk. De esos tipos hay que hablar ante la clase obrera belga, ante la francesa y también ante la alemana con el látigo en la mano.

¡Camaradas! La revolución tiene tres cauces, y el camarada Roy nos ha recordado uno de ellos. El primer gran cauce del desarrollo revolucionario es la Europa decadente. El equilibrio social de Europa, de Inglaterra en primer lugar, se basó siempre en la posición preponderante de Inglaterra y de Europa en el mundo. Esa base para Inglaterra: su posición preponderante y dominante en el mundo. Eso se acabó. Pueden producirse fluctuaciones, pero la posición preponderante de Europa se acabó, la posición preponderante de la burguesía europea, y también la del proletariado europeo. Ese es el primer gran cauce de la revolución.

El segundo: el desarrollo febril de Norteamérica, ese gran ascenso febril, creado por condiciones que nunca pueden estabilizarse ni repetirse; es decir, un gran ascenso tras el cual sobreviene inevitablemente la gran crisis, la depresión. Este subir y bajar, este subir y bajar nunca visto de una gran nación, de una gran sociedad, es un poderoso factor revolucionario, y no está excluido que el desarrollo revolucionario en los Estados Unidos de América adopte ahora un ritmo norteamericano.

El tercero son las colonias. Durante la guerra, cuando los países europeos estaban excluidos del mercado mundial, se desarrollaron con bastante fuerza en dirección capitalista. Eso no tiene una importancia económica especialmente grande para el mercado mundial. En él, el capitalismo indio, el chino y también el japonés no desempeñan un papel decisivo ni grande. Pero para el desarrollo revolucionario en el Japón, China y la India, el desarrollo del capitalismo, el grado alcanzado por este desarrollo, desempeña un papel decisivo. En la India hay ahora un proletariado atrasado; pero qué papel le corresponde al proletariado en un país así, con condiciones agrarias semifeudales, podéis verlo en toda la historia reciente de Rusia. El proletariado desempeñará allí un papel que no guarda proporción con el grado de desarrollo del capitalismo, ni tampoco con el número de obreros. Pues para el campesinado de la India o de China no hay otra posibilidad, otro centro de concentración, que el joven proletariado dispuesto a la lucha.

Así pues, la lucha en las colonias es el tercer cauce importante del movimiento revolucionario. No hay que oponerlos entre sí. Pues el movimiento discurre en paralelo por estos tres cauces, influyendo unos en otros, y no se sabe dónde se hará más agudo en uno u otro momento. Pero el conjunto está dispuesto de tal modo que las condiciones objetivas, eso que hay de automático en la historia, trabajan magníficamente para nosotros. Espero que tampoco mis exposiciones frenen lo subjetivo, como temen algunos camaradas, sino que lo objetivamente revolucionario y lo subjetivamente revolucionario actúen juntos y hagan un trabajo excelente.

Se ha propuesto que el congreso devuelva las tesis a la comisión. Es sin duda necesario que las tesis vuelvan a pasar por la comisión, para que esta las revise sobre la base de los debates celebrados. Pero pido al congreso que apruebe en principio nuestras tesis como base antes de que vayan a la comisión. *(Vivos aplausos y ovación.)*

**Presidente Koenen.** Se ruega a los delegados que permanezcan aquí, porque después de las traducciones votaremos en principio sobre las tesis.

**Presidente Kolárov.** Pasamos ahora a la votación.

**Rádek.** ¡Camaradas! Propongo lo siguiente: que aprobemos las tesis de los camaradas Trotski y Varga y las remitamos a la comisión como base para las enmiendas que se presenten. Mi segunda propuesta es que el congreso encomiende a la comisión la redacción de un manifiesto sobre las próximas luchas que la clase obrera de toda Europa y de América ha de librar contra la ofensiva del capitalismo.

En apoyo de ambas mociones aduzco lo siguiente: aquí no se ha formulado ninguna objeción de principio contra las tesis. Eso debemos expresarlo aprobando estas tesis, pues solo puede tratarse de pequeñas correcciones. En cuanto a la segunda moción, señalo que la tarea del ponente era aquí, ante todo, dar un análisis objetivo de la situación. Ese análisis constituye el punto de partida de nuestras decisiones políticas y tácticas. La primera decisión que debemos tomar tras un informe así es un llamamiento a la clase obrera a luchar en el terreno de la ofensiva capitalista que se está produciendo ahora.

**Trotski.** Me sumo a las dos mociones del camarada Rádek, aunque con una pequeña modificación. El llamamiento, el manifiesto, debería a mi juicio remitirse no solo a la comisión económica, sino también a la comisión de táctica, porque se trata también de una cuestión táctica. Y debo revelar un pequeño secreto, ya que también se ha reprochado que en las tesis no haya nada táctico. Al principio sí lo había, pero el camarada Rádek, que es el ponente de la cuestión de la táctica, me hizo notar que me había extraviado en un terreno ajeno. Semejante tendencia es, sin embargo, ajena a mi carácter, a pesar de todo lo que se escribe sobre mí a este respecto. *(Risas.)* En consecuencia, he eliminado de mi informe todas las cuestiones tácticas. Propongo, pues, que se confíe la redacción de estos manifiestos a ambas comisiones. *(Aprobación.)*

**Rádek.** Estoy de acuerdo con la propuesta del camarada Trotski y retiro mi moción inicial.

**Frölich.** En nombre de la delegación alemana ruego al congreso que no proceda a la votación en principio sobre las tesis. Vemos en semejante votación una atadura para la comisión que no podemos desear. La consideramos una formalidad del todo superflua. Podrían surgir peligros en cuanto al alcance de la votación, en la medida en que podría decirse que el congreso está de acuerdo con la línea de las tesis. Puede surgir una disputa sobre qué se entiende por línea de las tesis, y deseamos que la comisión conserve plena libertad para tratar el material.

**Rádek.** Camaradas, permitidme, aunque no soy el ponente de esta cuestión, hacer constar que la delegación alemana, en su crítica del informe de Trotski, ha demostrado cualquier cosa menos que posea algún principio que pueda oponer al camarada Trotski. Lo que hemos oído ha sido una crítica, justificada o no, de partes concretas del informe del camarada Trotski. Puesto que remitir las tesis a la comisión después de una discusión que ha durado toda la velada solo tiene sentido si el congreso da a la comisión una línea clara —de lo contrario tendremos la repetición de todo el debate en la comisión y luego un segundo debate otra vez en el pleno—, solo puedo suponer una cosa: que el camarada Frölich no tiene claro el significado de la palabra principio.

La moción de la delegación alemana hace necesaria la siguiente medida:

Como la moción pone en cuestión el trabajo realizado, tenemos que votar por delegaciones. Por esta razón, si se mantiene la moción, pido que se interrumpa inmediatamente el debate general, porque para votar tenemos que recibir antes el informe de la comisión de verificación de mandatos.

**Trotski.** ¡Camaradas! La moción de nuestro amigo Frölich es bastante curiosa. Porque solo puede haber dos posibilidades. O existen diferencias de principio o no existen. Si no existen, como cree el camarada Rádek y como tenemos derecho a creer después de haber oído aquí a los camaradas, no hay absolutamente ningún motivo para no pronunciarse a favor de las tesis. Pero supongamos que hay diferencias de principio: entonces tenemos diez veces más motivo para votar sobre las tesis. Porque, si en un congreso luchan dos tendencias, no habremos conseguido nada devolviendo las tesis a la comisión. Si el congreso no es capaz de orientarse, ¿cómo va a serlo la comisión? ¿No significa eso que el congreso se declara incapaz de resolver esta cuestión de principio?

La propuesta del camarada Frölich es curiosa también porque el camarada Frölich es miembro de la comisión que ha elaborado estas tesis, y en esa comisión el camarada Frölich no planteó ninguna objeción de principio. Otros camaradas lo hicieron, pero el camarada Frölich estaba allí sentado muy a gusto y se afanaba con diligencia en corregir el texto. Ahora dice que no debemos atar a la comisión. Si en la comisión hay miembros que primero elaboran un texto y luego dicen que no lo votan, ruego que se ate a esos miembros antes de mandarlos a la comisión. *(Risas y aprobación.)*

**Frölich.** No queremos que en la comisión haya una disputa sobre si tal o cual cuestión que allí se plantee se considera o no una cuestión de principio. Queremos que el trabajo de la comisión se despache con rapidez. Sobre qué se reconoce como principio se puede dudar mucho aquí. Si se trata de si debe reconocerse como acertada la línea del desarrollo económico contenida en las tesis, de si debemos pronunciarnos en principio por ella, por la línea que demuestra que los intentos del capitalismo de restaurarse tienen que fracasar, estamos de acuerdo. Si se trata de las conclusiones tácticas que de ahí se han sacado, en el debate se han hecho aquí toda una serie de observaciones críticas y de sugerencias. Y entonces decimos que en la comisión tiene que haber plena libertad para tratar esa cuestión. Esa es la cuestión decisiva y no otra. *(Aprobación.)*

**Schaffner** (Suiza). Camaradas, me sumo a las últimas palabras del camarada Frölich. Porque en la discusión se ha visto realmente que hay una divergencia de principio al menos sobre un punto, el punto 39, donde se dice: «El proletariado, rechazado durante la crisis actual por el asalto del capital, pasará inmediatamente al ataque en cuanto se produzca una coyuntura mejor». Creo que frente a esto está justificada la enmienda del camarada Pogány. En todo caso, el texto original puede ser aprovechado contra el congreso y contra la III Internacional por la burguesía y por todos los socialpatriotas de la II Internacional y de la Internacional Dos y Media. Por eso tenemos todos los motivos para no dejar en este sentido la redacción definitiva a la comisión. Estoy completamente de acuerdo en que aprobemos en general las tesis del camarada Trotski, tal como están aquí, en sus líneas directrices; pero entonces tenemos que exigir o bien que el congreso, después de que la comisión —que hasta ahora no ha tenido realmente ocasión de hacer un trabajo a fondo— haya depurado las cuestiones sobre la base de estas tesis, vuelva a ocuparse de ellas, o bien que votemos ya aquí al mismo tiempo las enmiendas. Propongo que aprobemos las líneas directrices, pero que en cuanto al fondo —será un asunto breve para el congreso— el congreso vuelva a ocuparse de las tesis que presente la comisión. Porque las tesis no pueden salir al mundo como obra de los camaradas Trotski y Varga y de la comisión, sino que salen como obra de la III Internacional.

**Rádek.** Se nombra una comisión y esta prepara las bases para una deliberación pública. No expresa todavía la correlación de fuerzas en el congreso; prepara bases, y luego el asunto pasa al pleno. Aquí se fundamenta. Si en la comisión surgieran oposiciones de principio, se expresarían en tesis contrapuestas.

La comisión se ha reunido. Los camaradas han dicho que no ha trabajado a fondo. Los principios que aparecen en un congreso son, desde luego, resultado de un trabajo a fondo, pero no resultado del trabajo de una comisión. Al congreso se viene con principios.

El camarada Frölich y otros camaradas de la delegación estaban en la comisión. Allí no presentaron ninguna apreciación de fondo contraria de la situación. Intervinieron aquí. Hemos oído a Thalheimer y a Koenen. Sus exposiciones se referían a ciertas consecuencias tácticas que Trotski no ha contradicho. El congreso ha trabajado y ha comprobado que no hay oposiciones de principio. Ahora este trabajo pasa a la comisión para dar a la resolución el último pulido. Las mociones que se han presentado aquí se incorporan o no. Sobre la base del trabajo realizado hasta ahora en el pleno y sobre la base de la conformidad del congreso con los principios de las tesis. Si no es así, tenemos que continuar la discusión en el pleno hasta que Frölich encuentre principios que oponer a las tesis. Si no es así, aquí no caben remiendos. Oigo una propuesta: no aprobamos las tesis como principio, sino como base, porque todavía no hay otras tesis. O tenéis otras tesis o no las tenéis. No hay tercera posibilidad. Pido, pues, que se vote.

El camarada Schaffner ha dicho: sí, aquí había una diferencia de principio entre Trotski y Pogány. Trotski decía: cuando llegue la prosperidad, los obreros pasarán al ataque; Pogány defiende el otro punto de vista: ya ahora pueden atacar.

El congreso ha encargado a Trotski que redacte un manifiesto, y él lo ha aceptado. Camaradas, en un congreso internacional hay que tomarse las cosas un poco más en serio. *(Aplausos.)*

**Presidente Kolárov.** El debate queda cerrado; nadie más ha pedido la palabra.

**Rádek.** Estamos en una situación difícil. Las votaciones sobre cuestiones de principio no deben hacerse alzando las tarjetas, sino por delegaciones, representando cada delegación un número determinado de votos. Sobre el reparto de los votos acabamos de decidir ahora en la comisión de mandatos, pero aún no en el pleno. Propongo, por tanto, hacer una votación de prueba con las tarjetas. En caso de duda habrá que disponer lo necesario. Si el resultado no deja lugar a dudas, podemos conformarnos con la votación por tarjetas. *(Aprobación.)*

**Presidente Kolárov.** Pasamos a la votación. Primero tenemos que decidir si aprobamos la moción de que hoy votemos con los mandatos. Quien esté a favor de votar alzando los mandatos, que levante la mano. *(Así se hace.)* Votamos, pues, alzando los mandatos.

Sigue ahora la votación de la moción del camarada Rádek de que las tesis de los camaradas Trotski y Varga, con las que el congreso se declara de acuerdo en principio, se remitan a la comisión. Quien esté a favor, que alce su tarjeta. *(Así se hace.)* Hago constar que la aplastante mayoría está a favor de la moción. *(Gritos: ¡Contraprueba!)* Ordeno la contraprueba. Quien esté en contra, que alce su tarjeta. *(Así se hace.)* Minoría. Se vota ahora la segunda propuesta, la de dirigir a los obreros del mundo un manifiesto en el que se les llame a la lucha contra la ofensiva de los capitalistas, naturalmente con la enmienda del camarada Trotski de que el manifiesto se encomiende para su elaboración a ambas comisiones. El congreso así lo acuerda.

**Koenen.** El presidium propone confirmar para este trabajo a la comisión que ha trabajado hasta ahora por encargo del Ejecutivo, pero dejando a las delegaciones la posibilidad de sustituir a algunos miembros de esta comisión por otros. Además, se invita a todas las delegaciones a enviar un representante a esta comisión, si todavía no estuvieran representadas en ella. *(Aprobado.)*

**Presidente Kolárov.** Antes de levantar la sesión, quiero fijar el orden del día de la sesión de mañana. La sesión de mañana empieza a las 11 en punto, y el camarada Zinóviev presentará al congreso el informe del Ejecutivo.

*(Se levanta la sesión a la 1 de la madrugada.)*

## Cuarta sesión, sábado 25 de junio de 1921 (12.25 del mediodía)

*(Rádek: Informe de la comisión de verificación de mandatos. — Zinóviev: Informe sobre la actividad del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista. — Declaración por Max Hölz.)*[^72]

**Presidente Koenen.** El camarada Rádek informará sobre los resultados de la comisión de verificación de mandatos.

**Rádek.** ¡Camaradas! La comisión de mandatos no ha podido examinar todavía todos los mandatos, porque hasta ahora no se le han remitido todos. Hasta el momento hemos reconocido 291 mandatos con voto deliberativo y 218 mandatos con voto consultivo, y hemos podido dar tarjetas de invitado a unos 100 camaradas extranjeros. Los delegados proceden de 48 países; a ellos se añaden los delegados de la Internacional Juvenil y de las mujeres. Se ha admitido con voto consultivo a Poale Sion[^73] y, además, al Bund judío obrero[^74] que actúa en Polonia. También hemos concedido votos consultivos al Buró del Cercano y del Lejano Oriente.

En la comisión de mandatos tuvimos que resolver una serie de cuestiones que no eran de carácter puramente formal y sobre las que debo dar aquí explicaciones. En primer lugar, hemos rechazado dos solicitudes de dos grupos búlgaros que pedían ser admitidos en el congreso con voto consultivo. Se trata del llamado «Partido Comunista Obrero de Bulgaria» y de un segundo grupo que se denomina grupo de los comunistas de izquierda. La comisión de mandatos ha podido comprobar que ninguno de los dos grupos tiene un arraigo serio. Uno de ellos, el del llamado Partido Comunista Obrero, surgió de un grupo que existía dentro del partido socialpatriota y se escindió en 1919; aquí en Moscú se presentó acusando al Partido Comunista de Bulgaria de ser demasiado poco radical, pero en su órgano publica fragmentos del libro de Kautsky *Terrorismus und Kommunismus*. Este pequeño hecho nos bastó para comprobar que difícilmente se trata de un grupo de izquierda. La mayoría de este grupo pertenece ahora al Partido Comunista de Bulgaria. El segundo grupo, el de los llamados comunistas de izquierda, no puede mostrar ninguna actividad, y no nos pareció oportuno, allí donde tenemos un gran Partido Comunista, premiar los intentos de división dándoles voto consultivo. El grupo ha protestado porque rechazamos su solicitud sin oírlo. El Ejecutivo de la Internacional Comunista ha examinado las acusaciones formuladas contra el partido búlgaro.

Esta comisión del Comité Ejecutivo, sobre la base de todo el material y de largos memorandos de todas las partes, aprobó una resolución antes de la apertura del congreso. Esa resolución ha sido la base de las decisiones de la comisión de verificación de mandatos, a la que también hemos convocado al Partido Comunista de Bulgaria.

La segunda explicación se refiere a Rumanía. Como sabéis, el partido rumano no era miembro de la Internacional Comunista. En el partido rumano actúan en la ilegalidad grandes grupos de comunistas que trabajan por la adhesión a la Internacional Comunista y que también hacen por su cuenta agitación y propaganda comunistas. A la cabeza de estas organizaciones estaba el «Centro de Enlace». Poco antes del congreso, el partido rumano declaró su adhesión a la Internacional Comunista. Pero, después de hacerlo, la dirección del partido y varios centenares de camaradas rumanos dirigentes fueron detenidos directamente en el congreso por orden del gobierno rumano.[^75] Hemos recibido el informe de un camarada búlgaro que llegó a Bucarest después de estas detenciones. Los camaradas declararon que el partido no estaría en condiciones de enviar una representación oficial al congreso, pero esperaban que algunos camaradas que actúan en la ilegalidad lograsen llegar al congreso. De hecho, vinieron representantes de la organización ilegal, y todos son miembros del partido. Para nosotros, en la comisión, la cuestión era si reconocer a una pequeña parte de los camaradas rumanos como representación del partido no se interpretaría como que excedíamos nuestros derechos, como que dábamos la representación no a un partido, sino a un grupo. Los camaradas de los Balcanes declararon que no era así. Hemos reconocido aquí a los representantes del partido rumano como representación provisional, sin menoscabar en modo alguno el derecho del partido rumano. Lo hicimos por solidaridad con los camaradas rumanos encarcelados.

Un tercer grupo de cuestiones se refiere a la presencia, con voto consultivo, de partidos que todavía no pertenecen a la Internacional, pero que han entablado negociaciones con ella, como por ejemplo el Partido Independiente de Estonia, el Bund judío obrero de Polonia y la Unión Mundial Poale Sion. La comisión de verificación de mandatos declara que la admisión de estas organizaciones en el congreso con voto consultivo no significa en modo alguno la admisión de estos partidos. Corresponderá al congreso, a sus comisiones y al Ejecutivo comprobar, en negociaciones con estos partidos, en qué medida han cumplido las condiciones de adhesión a la Internacional Comunista y en qué medida hay que imponerles condiciones nuevas. Creemos no haber tratado a estos partidos de manera distinta que al Partido Independiente alemán, al que también, mientras negociaba con nosotros, dimos el derecho de estar aquí y exponer su punto de vista. Ruego que se aprueben las decisiones de la comisión de verificación de mandatos. *(Aprobación.)*

**Presidente Koenen.** Se abre la discusión sobre el informe de la comisión de verificación de mandatos. Pregunto si se formula alguna objeción contra las propuestas de la comisión.

Hago constar que no se ha presentado ninguna objeción contra las propuestas de la comisión y que, por tanto, el informe queda recibido y las propuestas aprobadas.

Pasamos ahora a fijar la proporción de votos de las distintas delegaciones. Tiene la palabra el camarada Rádek.

**Rádek.** Hemos decidido proponer al congreso que se divida a las delegaciones en cinco grupos. Naturalmente, no hemos podido establecer un principio único que sirviera de base a esta división, porque el número de afiliados de los partidos no puede ser por sí solo decisivo. Tenemos partidos que son muy débiles, pero que, por toda la situación de su país, desempeñarán con el tiempo un papel decisivo, y por eso no podemos agrupar aquí a estos partidos solo por el número de afiliados que ya han conseguido. Por esta razón hemos combinado, por un lado, la cuestión del número de afiliados; luego, la importancia política del país, y como tercer criterio, las posibilidades de desarrollo del movimiento obrero y del movimiento comunista en el país de que se trate.

Proponemos formar cuatro grupos. El primer grupo, que dispondrá aquí de 40 votos, está formado por los siguientes países: Alemania, Francia, Italia, Rusia, Checoslovaquia y, por último, la Internacional Juvenil, que tiene 800.000 miembros. El segundo grupo, que dispone de 30 votos, está formado por Inglaterra, los Estados Unidos de América del Norte, Polonia, Ucrania, Noruega, Yugoslavia y Bulgaria. Los dos partidos anglosajones no son todavía, por desgracia, grandes partidos de masas, pero están convencidos de que, dada la situación actual de su país, llegarán a serlo en breve, y, por la importancia del movimiento en esos países, les hemos dado asiento en el segundo grupo con 30 votos cada uno. El tercer grupo, con 20 votos, lo forman España, Finlandia, Rumanía, Letonia, Suiza, Hungría, Austria, Holanda y Bélgica. El partido belga es hasta ahora pequeño. Sabéis que, tras la escisión del grupo de Jacquemotte,[^76] tenemos todas las perspectivas de contar allí con un buen partido comunista. El cuarto grupo, de 10 votos, es el de los países pequeños con un viejo movimiento obrero o de aquellos países imperialistas en los que ya tenemos un movimiento comunista. A este grupo pertenecen Azerbaiyán con Bakú, donde desde hace veinte años tenemos un buen movimiento obrero, Georgia, Lituania, Estonia, Dinamarca y Luxemburgo. A ellos se añaden Persia y Turquía.

Al quinto grupo, que dispone de 5 votos, pertenecen la organización sudafricana, Islandia, las organizaciones mexicana, armenia, argentina, australiana y neozelandesa y el grupo de las Indias Holandesas.

Hemos dado voto consultivo a una serie de países donde el movimiento no está todavía consolidado en absoluto, como, por ejemplo, China, donde vemos el comienzo de un movimiento obrero y donde los comunistas no están organizados todavía, sino solo los sindicatos; además, a países en los que el movimiento es más revolucionario que políticamente comunista: Turquestán, Jiva, Bujará, Mongolia. En cuanto a Japón, debe tener voto deliberativo. Allí existe un fuerte movimiento obrero.

Los camaradas japoneses aquí presentes nos han declarado con modestia que solo representan en parte a organizaciones obreras japonesas de Corea y a obreros japoneses en América, y que por eso no podían reclamar para sí un voto deliberativo. Más tarde hemos recibido la noticia de que una representación en regla del Japón ha salido hacia el congreso. Si llega aquí, recibirá naturalmente voto deliberativo. La representación japonesa que está aquí es una representación personal con voto consultivo.

Estas decisiones de la comisión de verificación de mandatos se han tomado por unanimidad, y os ruego que las aprobéis.

Una palabra más sobre el modo de votar. Hemos tomado como base el resultado de las votaciones del año pasado, con una modificación. Proponemos que las votaciones se hagan de tal manera que, en todas las cuestiones políticamente decisivas, los representantes elegidos de las delegaciones emitan los votos de las delegaciones. Si hay opiniones divididas, corresponderá o bien a las propias delegaciones repartir los votos, o bien, en casos especialmente difíciles, ponerse de acuerdo con el presidium. Una serie de camaradas que han sido invitados precisamente porque tienen otra opinión recibirán del presidium, con independencia de la delegación, la posibilidad de tomar aquí la palabra. No les corresponde el derecho de voto. *(Aprobación.)*

**Presidente Koenen.** El camarada Rádek ha informado sobre el modo de votar. Puesto que la comisión somete esta propuesta por unanimidad al pleno y aquí no se formula ninguna objeción, entendemos que el congreso la suscribe también por unanimidad. Pasamos ahora a nuestro orden del día de hoy. Tiene la palabra el presidente del Comité Ejecutivo, camarada Zinóviev, para el informe sobre la actividad del Comité Ejecutivo.

**Zinóviev.** ¡Camaradas! Nuestra Internacional Comunista existe ya desde hace tres años. El Ejecutivo, en cambio, solo actúa como institución verdaderamente internacional desde hace un año, desde el Segundo Congreso. Del Primero al Segundo Congreso, la Internacional Comunista tuvo una dirección que, en conjunto, se reclutaba solo entre un grupo de camaradas rusos. Al final del II Congreso no fue fácil convencer a los partidos de que delegaran a sus representantes en el Ejecutivo por un año entero. Los camaradas que participaron en el Segundo Congreso recordarán que, por ejemplo, los representantes del partido alemán, y también los de otros partidos, se opusieron a que aquí en Moscú se designasen delegados de los distintos partidos para el Ejecutivo y a que esos delegados trabajasen aquí todo el tiempo. Se deseaba más bien dejar sencillamente la dirección de los asuntos, como hasta entonces, a los camaradas rusos. Solo cuando protestamos e insistimos de manera categórica en nuestra exigencia, el congreso acordó la delegación en el Ejecutivo también de los partidos no rusos. Diez de los partidos hermanos enviaron después efectivamente sus delegados al Ejecutivo. Aun así, tenemos que decir que tampoco durante este año han cumplido todos los partidos su deber para con la Internacional. Algunos partidos cumplieron solo deficientemente sus obligaciones organizativas, y por eso las relaciones fueron en parte bastante flojas. En este aspecto, nadie está menos satisfecho del trabajo del Ejecutivo que el propio Ejecutivo. Pedimos que en el Tercer Congreso se tomen todas las medidas para que tengamos un Ejecutivo de composición verdaderamente internacional, un Ejecutivo que se encargue de todo el trabajo cotidiano y organice también de manera verdaderamente internacional toda la dirección política.

Tenemos que discutir la actividad del Ejecutivo con claridad y sin miramientos. El trabajo del Ejecutivo presenta deficiencias. Se han cometido errores, y seguiremos con atención las discusiones y recibiremos las indicaciones de los partidos.

En el aspecto organizativo, tenemos que decíroslo de entrada, el trabajo ha sido bastante deficiente y a veces incluso malo. Sin embargo, camaradas, creo que podemos constatar con satisfacción que, a pesar de todo, este año hemos tenido por primera vez en la historia del movimiento obrero moderno, a través del Ejecutivo, una dirección verdaderamente internacional. En la Segunda Internacional, el Buró Socialista Internacional no era ni una dirección política ni tampoco una institución que llevara a cabo el trabajo práctico cotidiano. El Buró se reunía una vez cada tres meses, casi siempre solo para lucirse. En los dos primeros años de la Internacional Comunista, su dirección tampoco era todavía del todo internacional; solo durante este año, podemos decirlo ahora con satisfacción, vemos los comienzos de una institución compuesta por representantes de al menos diez o doce partidos y que, por lo menos, ha intentado dirigir también de manera internacional el movimiento obrero comunista, en virtud de la composición de la dirección. Creo, camaradas, que esto es una gran conquista para el movimiento obrero internacional. Y si todos estamos de acuerdo en que nuestra Internacional siga desarrollándose en esta dirección, si no escatimamos sacrificios y todos ayudamos lo mejor que podamos, pronto tendremos una dirección internacional verdaderamente buena.

Hemos convocado este congreso algo antes de lo que exigen los estatutos, conscientes de la gran responsabilidad que tiene el primer Ejecutivo verdaderamente internacional en un periodo en que en muchos países, en los países decisivos del movimiento obrero moderno, se han producido y se siguen produciendo procesos de desarrollo muy importantes. Los estatutos establecen que, de un congreso a otro, el Ejecutivo de la Internacional tiene el poder decisivo. Pero también opinamos que nuestro Ejecutivo, cuando surgen grandes cuestiones y existe la menor posibilidad, debe apelar siempre al propio congreso, que es la fuente de todas nuestras decisiones. Y como en una serie de países teníamos que resolver problemas muy importantes, pensamos, sobre todo porque existía la posibilidad, que era nuestra obligación y nuestro deber convocar el congreso mundial lo antes posible para que él mismo decidiera estas cuestiones cruciales.

Primero comunicaré a los camaradas algunas cifras sobre la actividad de nuestro Ejecutivo. Desde el II Congreso no han pasado todavía once meses completos. Durante este tiempo el Ejecutivo ha celebrado 31 sesiones, en las que se trataron 196 cuestiones. De ellas, 128 eran de naturaleza puramente política y las demás de naturaleza organizativa.

La mejor relación la tuvimos con Alemania. En Alemania fue también más importante el desarrollo dentro del movimiento obrero. Durante el año del informe, el Ejecutivo se ocupó veintiuna veces de Alemania; Italia figuró doce veces en el orden del día, América doce veces, Inglaterra nueve, Rumanía doce, Checoslovaquia diez, Francia siete, Bulgaria siete y el Lejano y el Cercano Oriente diez. Luego vienen otros países que se trataron dos, tres o cuatro veces en las sesiones del Ejecutivo. Debo señalar a este respecto que, como casi todos vosotros sabéis, además del Ejecutivo ha funcionado un Pequeño Buró, compuesto últimamente por siete camaradas, que se ha reunido todavía con más frecuencia que el propio Ejecutivo, aproximadamente el doble de veces. Durante este año hemos tenido toda una serie de visitas de los más diversos países. En este aspecto no podemos quejarnos como tuvimos que hacerlo el año pasado. Las posibilidades de viajar a Rusia eran mucho más favorables, y una serie de partidos las han aprovechado ampliamente.

¿Cuál fue el contenido político de nuestro trabajo durante este año? Naturalmente, ese trabajo político estuvo determinado por las decisiones del Segundo Congreso. ¿Cuál fue, pues, en conjunto, el trabajo del Segundo Congreso?

Ya lo dijimos entonces: el Segundo Congreso fue en el fondo el primer congreso, el congreso constituyente de la Internacional Comunista. Porque el congreso que llamamos primero no fue más que la reunión de un número muy reducido de grupos. El Segundo Congreso fue, por tanto, el verdadero congreso constituyente. Ese congreso elaboró los estatutos de la Internacional Comunista. Nos dio las resoluciones fundamentales sobre el papel de los partidos; definió a grandes rasgos la táctica de la Internacional Comunista.

¿Cuál fue la línea del Segundo Congreso? En el Segundo Congreso libramos una lucha en dos frentes. Tuvimos que combatir a aquellos de nuestros camaradas que, como una parte de los camaradas ingleses, italianos y norteamericanos, se sentían frente a nosotros una oposición llamada «de izquierda». Recuerdo, por ejemplo, la cuestión de la participación de los camaradas ingleses en el Labour Party. El Segundo Congreso tuvo que discutirla dos días. Nuestros camaradas ingleses estaban en contra casi por unanimidad. Les parecía que participar en el Labour Party era oportunismo. Nuestros camaradas norteamericanos, el difunto camarada Reed y sus amigos, los apoyaron en esto. Nosotros nos opusimos. Opinamos que precisamente en Inglaterra, en un país donde el movimiento de masas crece de manera tan espléndida, pero donde la influencia del partido comunista aumenta tan despacio, precisamente en un país así estamos absolutamente obligados a participar en toda organización de masas que abarque a cientos de miles y millones de proletarios, para organizarnos dentro de esas organizaciones, formar células y ganar de ese modo influencia sobre ellas. En este aspecto teníamos del Segundo Congreso una indicación muy clara: participar en esas organizaciones de masas e imponer a todos nuestros jóvenes grupos comunistas el deber de participar en organizaciones como el Labour Party y en los sindicatos. Decíamos a los camaradas: tenéis que organizaros ahí, tenéis que luchar dentro de los sindicatos contra la burocracia sindical, contra la política socialista reformista. Tenéis que saber dar influencia al comunismo en esas organizaciones.

Por otra parte, durante el Segundo Congreso tuvimos que combatir también a la llamada izquierda en la cuestión del parlamentarismo. Recordaréis que el camarada Bordiga[^77] —de quien ahora podemos decir con toda tranquilidad que es uno de nuestros mejores hombres en Italia y en toda la Internacional Comunista, uno de los revolucionarios más sinceros que tenemos—, que el camarada Bordiga y su grupo nos declararon en esta sala la lucha, una lucha de principio contra el parlamentarismo. Los apoyaba una serie de camaradas suizos y belgas. Combatimos esta concepción e hicimos aprobar una decisión del congreso en el sentido de que los comunistas no deben renunciar al parlamentarismo revolucionario. El punto de vista era el mismo que había sido determinante en la cuestión de la actividad en el Labour Party o en los sindicatos. Esa fue una indicación del congreso.

La segunda indicación se expresó en los famosos 21 puntos. Esta segunda decisión, que fue todavía mucho más determinante para toda nuestra actividad del año pasado, iba dirigida contra el oportunismo, contra los elementos centristas y semicentristas.

Mientras que a la izquierda no teníamos enemigos, sino amigos, aunque de ánimo sectario, que todavía no habían comprendido muchas cosas de las condiciones concretas de la revolución, a la derecha se alzaba frente a nosotros toda una muralla de enemigos peligrosos. Recordaréis que en tiempos del II Congreso la situación general en Europa y América era tal que entonces se puso de moda adherirse a la Internacional Comunista. Todo centrista medianamente astuto quería pertenecer a la Internacional Comunista. De América nos llegó incluso una representación del partido de Hillquit,[^78] aproximadamente de la misma tendencia que el USPD de derecha o los Scheidemann en Alemania. Esa delegación se extrañó mucho de que no la acogiéramos con hospitalidad. Recordaréis que Dittmann y Crispien, que ahora participan de manera no oficial en los gobiernos burgueses, estuvieron aquí y pretendieron ser admitidos en la Internacional Comunista. Recordaréis además que los reformistas italianos, entre ellos D'Aragona,[^79] que ahora se revelan como saboteadores completamente declarados de la lucha proletaria, estuvieron aquí y daban por sentado que debían pertenecer a la Internacional Comunista.

Por otra parte, la situación era todavía tan confusa y las relaciones tan insuficientes que también nosotros, los camaradas rusos, que acabábamos de salir del bloqueo, estábamos muy mal informados. Fuimos tan ingenuos que al principio recibimos fraternalmente a señores como D'Aragona. Todavía me avergüenzo cuando recuerdo que tengo la culpa de que decenas de miles de espléndidos proletarios de Petersburgo llevaran a esos señores, en el sentido literal de la palabra, en brazos por nuestras calles revolucionarias de Petrogrado. Se creía que habían venido a nosotros verdaderos hermanos.

Ya durante el propio II Congreso la situación se aclaró bastante. El congreso adoptó frente a la derecha una posición tajante e inequívoca. A la derecha teníamos verdaderos enemigos. Éramos muy conscientes de que esa gente astuta se lo tragaría todo con tal de colarse en la Internacional Comunista, a la que luego querían sabotear desde dentro. El resultado de esta lucha nuestra contra los centristas fueron los 21 puntos. Y estas indicaciones se volvieron determinantes para toda nuestra actividad posterior.

Después del II Congreso, la situación en Alemania era tal que allí solo pertenecía a la Internacional Comunista la Liga Espartaco[^80] —una organización de pasado glorioso, pero una organización que entonces todavía no era un partido de masas—. Además, teníamos en Alemania el USPD, con un ala izquierda cuyos elementos obreros eran asimismo revolucionarios. La tarea que el Ejecutivo recibió del congreso fue sacar del USPD a las mejores fuerzas, las verdaderamente comunistas, y unirlas con los espartaquistas.

Tareas parecidas se nos habían encomendado también respecto de otros países.

Camaradas, si ahora, tras un año de actividad, volvemos a las decisiones del Segundo Congreso, tenemos que preguntarnos: ¿quién tenía razón en las cuestiones en litigio con nuestros amigos de izquierda y nuestros enemigos de derecha? Tomemos la cuestión de la participación de los comunistas ingleses en el Labour Party. Como sabéis, el propio Labour Party, a iniciativa de Henderson y MacDonald, decidió no admitir en él a nuestros camaradas. Creo que esta es la mejor prueba de que la razón la teníamos nosotros y no los camaradas ingleses, que temían perder su inocencia comunista si entraban en el Labour Party. Los oportunistas percibieron enseguida el peligro; se dieron cuenta enseguida de que, si los comunistas se organizaban en el Labour Party e intentaban ejercer influencia desde dentro, eso significaría un gran peligro para ellos. Serrati, de quien todavía tendremos mucho que hablar, también estaba en esta cuestión del lado de la izquierda. Decía entonces: ¿cómo es posible entrar en un Labour Party? Ahora escribe en un artículo: ved la inconsecuencia de la Internacional Comunista: en Italia exige la expulsión de Turati, y en Inglaterra pide que los comunistas entren en el Labour Party. Serrati no es un niño tan ignorante que no pueda comprender que aquí hay una pequeña diferencia. Ha intentado conscientemente engañar a los obreros italianos. Creo que nuestros amigos ingleses nos reconocerán hoy que en esta cuestión no tenían razón ellos, sino el Segundo Congreso, cuando dijimos: no fuera, sino dentro del Labour Party, para luchar desde dentro por el comunismo, para desenmascarar desde dentro a los dirigentes traidores. *(Aprobación.)*

En la cuestión del parlamentarismo no podemos registrar todavía, en el año transcurrido, un gran éxito. Hay que reconocerlo abiertamente. En todas las escisiones se ha visto que en los grupos parlamentarios se sientan los elementos más vacilantes, más moderados y peores. Se ha visto en Francia, en Italia, en Alemania y también en Suiza. Dondequiera que hemos tenido escisiones durante este año, encontramos en ellas las mismas circunstancias.

Y si me preguntáis cuál de las 21 condiciones se ha cumplido peor durante este año, tengo que responder: la condición que exige la plena subordinación del grupo parlamentario al partido y un parlamentarismo verdaderamente revolucionario. Pero, aunque en este terreno no hayamos conseguido todavía mucho durante este año, creo que ahora estará completamente claro para todo camarada que también en esta cuestión la mayoría del Segundo Congreso tenía razón. Al fin y al cabo, hemos conseguido unirnos todavía mejor con las masas en este aspecto. En algunos países podemos mostrar ya los primeros éxitos de un parlamentarismo revolucionario, e insistiremos en que el III Congreso haga todo lo necesario para empujar también en esto a nuestro partido hacia adelante.

Así pues, camaradas: ¿qué legado ha recibido el Ejecutivo del II Congreso, qué consigna? La consigna consistía en poner en contacto con las masas, en unir estrechamente con las masas, a los camaradas ingleses, a los norteamericanos, a los camaradas de los países donde el comunismo era todavía débil, pero donde existe un gran movimiento obrero y una clase obrera numerosa. Teníamos que hacer todo lo posible para que no se quedaran al margen, para que no se convirtieran en una secta, sino que participaran en ese movimiento de masas.

Nuestra otra tarea decía: puesto que se pone de moda pertenecer a la Internacional Comunista, el Ejecutivo tiene que hacer todo lo posible para desenmascarar a esos diplomáticos superlistos del campo centrista, para desenmascararlos ante las masas, sacar de entre ellos a los mejores elementos y ganarlos para el movimiento comunista. Estas fueron las grandes tareas políticas, y también organizativas muy importantes, que nos confió el II Congreso. Hoy debemos juzgar en qué medida el Ejecutivo, en la situación dada, ha cumplido estas tareas.

Cronológicamente, las cosas se desarrollaron de tal manera que el congreso de los independientes alemanes en Halle[^81] fue el hito más importante en el desarrollo del último año. Pero, políticamente, para la Internacional Comunista no fue tan decisiva la cuestión alemana como la italiana, tanto por las dificultades que tuvimos que superar en ella como porque en esta cuestión se manifestaron los primeros indicios de cierta crisis en la Internacional Comunista. Por eso me ocuparé con detalle de la cuestión italiana.

Ya lo he dicho: cuando la delegación italiana llegó a Moscú, las comunicaciones eran todavía tan malas que no sabíamos que habían venido reformistas. Teníamos plena confianza en Serrati y también confianza en la gente que había traído consigo. Pensábamos que eran elementos todavía no del todo claros, pero que estaban sinceramente con la revolución proletaria. Y sufrimos una enorme decepción. Precisamente en estos días han aparecido en alemán, por desgracia con gran retraso, las actas del II Congreso. Espero que el aparato técnico funcione ahora mejor, de modo que tengamos las actas del III Congreso en un mes aproximadamente. Al menos los camaradas alemanes podrán leer ahora las actas del II Congreso. Quien lea hoy esas actas y se fije en la actitud de los camaradas italianos y de Serrati tiene que hacerse una pregunta: ¿cómo podíamos tener todavía alguna ilusión, cómo podíamos esperar todavía que Serrati fuera de los nuestros?

Las actas contienen una lista que indica cuántas veces han hablado los oradores. Serrati tomó la palabra cuatro veces sobre cuestiones de principio: sobre la cuestión nacional, sobre la cuestión agraria, sobre la cuestión de las 21 condiciones y sobre la cuestión de las tareas fundamentales de la Internacional Comunista. Como veis, las cuatro figuran entre las cuestiones más importantes del congreso. Sobre todas ellas Serrati hizo una declaración que venía a decir que en realidad votaba en contra o se abstenía. Además, solía contar diez minutos de anécdotas, pero el contenido de todas sus exposiciones sobre estas cuatro cuestiones decisivas iba dirigido contra el congreso. Pensábamos entonces que quizá no fueran más que malentendidos e hicimos todo lo posible por convencerlo. La evolución nos ha mostrado que nos equivocamos gravemente. Hemos tenido que publicar un libro especial sobre la cuestión de las relaciones del Partido Socialista Italiano con la Internacional Comunista.

El libro se compone, en conjunto, de artículos, declaraciones y resoluciones del propio Serrati. Por eso tiene la mayor importancia objetiva. Lamentamos mucho tener que exponer hoy esta cuestión en ausencia de los representantes del Partido Socialista Italiano. Pero hemos hecho todo lo posible para traerlos aquí. Hace tres meses y medio les comunicamos que los invitábamos y les pedimos que se presentaran a tiempo. Cuando el primer grupo de camaradas italianos llegó a Moscú hace dos semanas, enviamos otro telegrama pidiéndoles que vinieran a tiempo. Sin embargo, los miembros del partido no se han presentado hasta ahora, aunque desde el 1 de junio, día para el que se había fijado originalmente la apertura del congreso, han pasado tres semanas y desde entonces han llegado aquí unos mil delegados de toda clase de países. Eso significa que los camaradas italianos no quieren venir. Me veo obligado, por tanto, a intentar aclarar el problema italiano en ausencia de los representantes del Partido Socialista Italiano.

El primer artículo que Serrati publicó en el *Avanti!*[^82] inmediatamente después de su regreso no contenía otra cosa que un intento de desacreditar el congreso de la Internacional Comunista. Tendré que citar mucho, y ya desde ahora pido paciencia a los presentes. Es que opino que la cuestión italiana es decisiva para la actividad política del Ejecutivo durante el año transcurrido. Serrati escribe, pues, en su primer artículo:

Primero: «El II Congreso comenzó en las circunstancias siguientes: la mayoría de los delegados se trasladó a Rusia cuando las 21 condiciones todavía no se conocían en sus países, y por eso solo tenían poderes de carácter general y personal».

La primera frase de Serrati, la primera falsedad de Serrati. Luego sigue diciendo:

Segundo: «Varios puntos del orden del día no se habían discutido previamente en los distintos partidos, y por eso algunas cuestiones nada desdeñables les eran completamente desconocidas».

Debo declarar que, si comparo los preparativos del II y del III Congreso, he de constatar sin la menor duda que los preparativos del II Congreso fueron mucho más cuidadosos que los del III. Las tesis estaban listas semanas antes, y sobre todas las cuestiones importantes habíamos tenido con el USPD grandes discusiones ya meses antes.

Así pues, la segunda frase, la segunda falsedad.

Tercero: «La lejanía del lugar de reunión del congreso respecto de los países del movimiento proletario, las dificultades de comunicación, el bloqueo tan prolongado, la falta casi total de control por parte de los obreros, que habrían debido asistir a los debates, y por parte de la prensa, que habría podido informar de inmediato al gran público, todo ello dio a las sesiones el carácter de una reunión a puerta cerrada, sin relación alguna con el mundo exterior».

Esto lo escribió Serrati unos días después del congreso, unos días después de haber ocupado su asiento en el presidium. Ningún control de los obreros, ningún control de la prensa. Era una conspiración secreta.

Cuarto: «Los miembros del congreso se conocían bastante mal entre sí» —(eso es verdad: por lo menos a Serrati lo conocíamos demasiado mal)— «y desconocían los movimientos respectivos, las fuerzas reales que representaba tal o cual delegado, los medios de que disponían; no conocíamos la influencia que ejercen en la política internacional».

Naturalmente, tampoco esta afirmación de Serrati se corresponde con la verdad.

Quinto: «El congreso se celebró bajo la protección de un gran gobierno revolucionario...» —(¿quizá tampoco esto le gustó al señor Serrati?)— «...en el mismo momento en que sus fuerzas armadas tenían que librar una lucha a vida o muerte con las fuerzas de la reacción, mientras el gobierno comunista se veía obligado —como lo está todavía hoy— a llevar contra el capitalismo internacional y nacional una política propia de defensa y de ataque».

Aquí empiezan ya las insinuaciones infames de Serrati. Más adelante se dice en este quinto punto:

«Una política que, al ayudar a la república soviética, tiene que ser indiscutiblemente provechosa también para el conjunto del proletariado, pero que, al mismo tiempo, quizá no responda a las necesidades tácticas de un Estado que se encuentra en el periodo crítico de su propia revolución todavía latente».

Quisiera rogar a los camaradas del KAPD que se interesen por este quinto punto de Serrati, porque en esta cuestión Serrati se adelantó a la izquierda del KAPD, que ahora se sirve de la pluma de Herman Gorter.[^83]

Sexto: «Había una evidente desproporción entre las cualidades de los distintos delegados, y en un grado como nunca hasta entonces en un congreso internacional. Esta fue una causa esencial de las muy comprensibles dificultades, vacilaciones y concesiones en la discusión».

Que lo entienda quien quiera y quien pueda. Yo, en todo caso, no entiendo qué quiere decir eso de «cualidades distintas en un congreso comunista internacional». Creo que quería decir lo mismo que Crispien: «¡Qué clase de comunistas son estos!».

Séptimo: «El reparto de los votos entre los distintos Estados no se hizo de acuerdo con la importancia real y efectiva, política y moral, de los diversos partidos, sino según la importancia capitalista del Estado representado. Así, Francia recibió tantos votos como Italia, aunque los delegados franceses solo eran representantes de una minoría completamente insignificante, tanto del partido como de la Confederación».

Serrati no ha omitido, pues, nada para comprometer al II Congreso.

Luego, octavo: «La lejanía del lugar de reunión del congreso y la dificultad de las comunicaciones fueron un obstáculo para la difusión de noticias sobre sus decisiones, en un grado todavía mayor que para su preparación. Basta señalar que algunos partidos, dos meses después del congreso, todavía no habían podido recibir ningún informe sobre él, porque el texto definitivo de las decisiones tomadas no se conoció hasta más de un mes después de la clausura del congreso», etc., etc.

Como vemos, ya unas semanas después de la clausura del II Congreso, en septiembre de 1920, Serrati emprendió todo lo posible y lo imposible para rebajar el congreso a los ojos de los proletarios italianos y presentar las cosas como si el congreso no hubiera sido ni comunista ni internacional. Por desgracia, nosotros mismos carecíamos todavía entonces de la debida cautela y seguíamos abrigando la esperanza de que Serrati fuera un hombre que quería la Internacional Comunista.

La situación en Italia era tal que Serrati tuvo que poner a mal tiempo buena cara. Primero, en cuanto a las 21 condiciones. Declaró, y tenía que declararlo, que estaba a favor de las 21 condiciones. En el artículo citado declaró: «Aceptamos las 21 condiciones, que se han presentado en forma demasiado tajante a los socialistas de todos los países, pero solo con dos condiciones:

1. No deben hacerse concesiones superfluas a quienes, contagiados durante la guerra por el vértigo nacionalista, traicionaron del modo más vergonzoso al proletariado y ahora declaran con la misma facilidad que se someten a la estricta disciplina prescrita por Moscú; mañana volverán a traicionarnos. En el camino que sigue el proletariado nos encontramos ya con demasiados Pablos como para poder creer que todos sean realmente del todo sinceros. Y si el juicio moral sobre el pasado de un hombre no tiene gran importancia en la lucha revolucionaria, hay en todo caso un criterio político sobre la inmoralidad de ciertas transformaciones, y el proletariado tiene que atenerse inexorablemente a ese criterio si no quiere criar traidores en su propio seno.

2. A los partidos que forman parte de la Internacional Comunista debe concedérseles —bajo su propia responsabilidad— el derecho de realizar la operación necesaria para depurar sus filas de manera que la cohesión del movimiento proletario, así como la propia revolución, que en Moscú se cree tan cercana, no sufran daño».

Así pues, al principio Serrati se envolvió en la toga de hombre de izquierda y de revolucionario y declaró que la primera condición que ponía era que se fuera más severo con la derecha, especialmente con los camaradas franceses. Contra los camaradas franceses Serrati parece tener en general un odio especial. No sé por qué motivo. Intentó desempeñar ante los obreros italianos el papel de un ortodoxo que exige gran severidad contra la derecha. Con este fin planteó además una 22.ª condición. Dijo que se había aprobado una 22.ª condición contra los masones, pero que, aunque esta condición se había aprobado, Zinóviev se la había metido en el bolsillo y ahora ya no existía. Con semejantes cuentos ha ido Serrati por Italia muy en serio. ¿Qué pasó con esos masones? Había una moción de los camaradas italianos. Nos pareció evidente aprobar esa moción, pero dijimos que a la Internacional Comunista le era imposible publicarla. Y Serrati presentó muy en serio el asunto a la clase obrera italiana como si yo fuera probablemente masón y como si también la mayoría hubiera votado a favor de esos masones.

La segunda condición que planteó Serrati apareció al principio en una forma muy vaga. Debe hacerse una depuración, pero de manera que no sufra por ello la cohesión del movimiento proletario. Más tarde encontró otras formulaciones, a saber: «depuración, pero junto con autonomía», es decir, que la depuración debe dejarse al partido de que se trate. El Comité Central del partido italiano deliberó a fondo sobre estas cuestiones. Hubo allí dos resoluciones, una del camarada Terracini[^84] y otra del camarada Baratono, amigo de Serrati. El camarada Terracini pedía el reconocimiento incondicional de las 21 condiciones; el camarada Baratono pedía el reconocimiento de las 21 condiciones, pero el partido debía reservarse su interpretación. En la votación del Comité Central el camarada Terracini obtuvo la mayoría y Serrati fue derrotado. Serrati, para intimidar a la gente, había declarado que dimitía como director del *Avanti!*. Nuestros camaradas italianos, en lugar de aceptar con entusiasmo esa dimisión, declararon que no podía ser, que Serrati tenía que quedarse. Nuestros camaradas han reconocido ahora ellos mismos su error, y no queremos echar sal en la herida. Pero cometieron el error y dejaron a Serrati en su puesto de director, naturalmente en el supuesto de que llevaría a la práctica las decisiones del Comité Central. Serrati conservó la dirección del *Avanti!*, el gran periódico influyente con una tirada de 200.000 ejemplares, pero hizo cualquier cosa menos llevar a la práctica las decisiones del Comité Central. Empezó a llevar contra el Ejecutivo una campaña inaudita, que poco a poco se convirtió en una polémica sucia. Más tarde os leeré lo más importante.

Luego vino el congreso de los reformistas en Reggio Emilia.[^85] Allí los reformistas se unieron en una «fracción de concentración». Se concentraron. En la conferencia participaron Turati y D'Aragona. Esta gente es astuta y sabe también que a los obreros italianos no se les puede decir directamente que uno está contra la Internacional Comunista. Por eso declaran en su resolución lo siguiente: «Las divergencias en la valoración del periodo histórico que estamos viviendo no pueden considerarse motivo suficiente para la escisión del partido. La coexistencia en el partido de varias escuelas socialistas, que siempre han existido en él, no fue en el pasado un obstáculo para su poderoso desarrollo y tampoco impedirá en el futuro el fraterno trabajo común. Este trabajo será tanto más fecundo cuanto más respeto mutuo muestren las distintas partes del partido y cuanto más muestren la voluntad general de mantener la libertad de opinión respecto de cualquier situación y de observar la más estricta disciplina en las más diversas formas de desarrollo de la lucha de clases».

Esta es la cumbre de la diplomacia reformista. Turati, Treves y D'Aragona entienden de esta diplomacia. Todavía serán unos ministros brillantes. ¿Qué hicieron? Tomaron la siguiente decisión: «La fracción de concentración confirma la adhesión del partido a la Internacional Comunista, así como la interpretación unitaria de los 21 puntos, que han de aplicarse de acuerdo con las circunstancias de cada país. Declara del modo más categórico que los grupos anarquistas y sindicalistas, así como los elementos masónicos, deben ser excluidos de las secciones de la Internacional». Con ello repitieron lo que Serrati les había susurrado: están a favor de cumplir los 21 puntos, pero los 21 puntos de acuerdo con las circunstancias del país; a favor del partido unitario, pero contra los sindicalistas y los anarquistas. A nuestros camaradas comunistas, en cambio, los tacharon de sindicalistas y de elementos masónicos. Eso no cuesta mucho. La decisión de la fracción de concentración no podía dejar de decir también algo sobre la dictadura del proletariado. Declaraba lo siguiente: «La dictadura del proletariado, entendida en sentido marxista» —¡Turati y D'Aragona como intérpretes del marxismo!— «no es una reivindicación programática obligatoria, sino una medida temporal, cuya necesidad viene provocada por condiciones especiales».

Declaran astutamente que «no están contra la dictadura en sentido marxista». Es cierto que la dictadura no es una necesidad eterna, sino pasajera. Pero ellos ven las cosas como si la dictadura estuviera liquidada de antemano, y por eso afirman que una revolución en Italia de forma violenta y destructiva, con la implantación inmediata del régimen soviético según el modelo ruso, como desean los elementos extremistas, estaría condenada a un rápido fracaso si no se asegurase, en el periodo de la inevitable decadencia económica, un apoyo activo de carácter económico y político por parte del proletariado de alguno de los Estados más maduros.

Ahí veis ya las enseñanzas de estos señores reformistas: no desean una forma violenta y destructiva de la revolución en Italia, y tampoco desean la implantación inmediata del gobierno soviético según el modelo ruso. Bueno, nosotros también habríamos estado de acuerdo con un régimen soviético según el modelo italiano. *(Risas.)*

Esta pequeña declaración se hizo junto con la prolija resolución sobre la masonería.

Ese era el credo del grupo reformista de Reggio Emilia. Ese es el verdadero rostro de este grupo; ahí lo tenéis bajo la lupa. Aquí teníamos que actuar, a estos elementos teníamos que expulsarlos. Toda la disputa gira precisamente en torno a este grupo, que está contra la dictadura del proletariado, contra la revolución y contra el régimen soviético «según el modelo ruso». Después de todas estas declaraciones, Serrati tuvo la desfachatez de decir que en Italia no había ningún reformista. Que él estaba por la expulsión de los reformistas, que era más severo que nosotros; que solo había que mostrarle quiénes eran los reformistas. El pobre Serrati no sabe dónde viven los reformistas en Italia.

Recordaréis que, cuando el camarada Lenin se dirigió a él con una carta abierta y planteó, como es natural, la exigencia de que se expulsara a los reformistas, Serrati escribió un artículo titulado «Respuesta de un comunista italiano al camarada Lenin». En ese artículo se dice: «“¿Pueden tolerarse reformistas en las filas del partido?” Permítame responder a esta pregunta suya con otra pregunta: “¿Quién es reformista?” Si, como puede deducirse de su carta, son reformistas quienes aspiran a una colaboración de clases, quienes quieren compartir el poder con la burguesía, quienes realizan un trabajo contrarrevolucionario y pueden convertirse en cualquier momento en los Scheidemann o los Noske de nuestro país, entonces tiene usted razón, y yo, igual que usted, estoy por su expulsión». Y ahora Serrati intenta demostrar que Turati, Treves, etc., no son reformistas. Dice: «Son las personas a las que uno de sus representantes en Italia, Vodovózov, pidió hace dos meses, por encargo de su gobierno, que en nombre del grupo parlamentario presionaran a Giolitti[^86] para obtener algunas concesiones».

Este es el método de Serrati. Si se habla de cuestiones de principio, sale con chismes menudos, con el dinero para el *Daily Herald*,[^87] etc., etc. Pero no da una respuesta clara sobre si quiere ir con los reformistas o está contra ellos.

Serrati declara además en un artículo del *Avanti!* del 24 de octubre: «Pero ¿qué debemos hacer? Solo hay dos caminos definidos: o llegar al poder por la vía legal o hacer la revolución. ¿Llegar al poder para quién? ¿Y cómo? ¿Y por qué? Con la ruina existente, el único resultado de tomar el poder sería que la responsabilidad que pesa sobre la burguesía pasaría al partido socialista».

Esto se escribió en octubre de 1920. ¿Qué clase de declaración es esta? Es lo mismo que decían Dittmann y Crispien: tememos tomar el poder, incluso allí donde podemos, porque no queremos asumir la responsabilidad de la ruina de las condiciones económicas causada por la guerra. La conclusión es sencillamente esta: hay que esperar, pues, a que mejoren las condiciones económicas, a que el capitalismo se haya fortalecido otra vez gracias a nosotros, y solo entonces se puede hacer la revolución. Hasta ahora eso solo lo había dicho Kautsky, cuyo punto de vista es: primero elevar la producción y solo después luchar por el poder, porque de lo contrario no será más que un socialismo de consumidores. Este punto de vista kautskiano lo defiende abiertamente el «comunista» Serrati en octubre de 1920.

Camaradas, este es el verdadero meollo de la cuestión. Durante el II Congreso la opinión general era que Italia era el país más cercano a la revolución proletaria. Eso tuvo que admitirlo también Serrati. Pero si hay algún ejemplo en la historia de un partido que haya dejado pasar una situación y causado con ello un daño directo al movimiento, es el ejemplo italiano. Es un error inaudito que un partido deje pasar una situación como lo hizo el italiano.

Hace un año la clase obrera de Italia estaba dispuesta con entusiasmo a luchar y mejor organizada que en ninguna parte. La burguesía estaba abatida. Los militares, en gran número, simpatizaban con el proletariado, igual que el campesinado. Luego vino el espléndido movimiento de septiembre, en el que los obreros italianos encontraron una nueva forma de lucha con la toma de posesión de las fábricas. La burguesía estaba completamente desorganizada. El propio Giolitti declaró que en septiembre no habría podido hacer nada. Cuando le preguntaron: ¿por qué no enviasteis tropas en septiembre para limpiar las fábricas?, Giolitti declaró: no tenía poder para ello; primero tuve que emplear remedios homeopáticos y solo más tarde ayudarme con la cirugía. Con ayuda de Serrati y compañía, primero ahogó el movimiento con la homeopatía, y ahora se ha pasado a la cirugía. Los fascistas son muy buenos cirujanos; hacen su trabajo de matarifes con la clase obrera italiana de manera muy concienzuda y a fondo.

La culpa del partido, y en especial de Serrati, consiste en que dejaron pasar el momento favorable para la lucha y entregaron objetivamente la clase obrera a la burguesía. Se dio a la burguesía un año de tiempo para que se recuperara a gusto, se organizara mejor y llevara a cabo el paso de la homeopatía a la cirugía; entretanto, la clase obrera se corrompía y su unidad se fragmentaba.

Luego vino el congreso italiano. Camaradas, como sabéis, el Ejecutivo se esforzó por enviarnos a mí y a Bujarin al congreso. No obtuvimos permiso de entrada, y el partido italiano, en especial Serrati, no movió un dedo para hacer posible nuestra presencia en el congreso. Tuvimos que componer la delegación de otro modo y enviamos como representantes nuestros al camarada búlgaro Kabakchiev[^88] y al camarada húngaro Rákosi. En la prensa internacional se han escrito muchas tonterías y muchos chismes sobre la actuación de estos dos camaradas. El autor es Serrati; es su método. Hay buenos camaradas que creen que en Livorno todo habría sido quizá muy distinto si Kabakchiev y Rákosi se hubieran comportado con más astucia y diplomacia. Se ha intentado presentar a Kabakchiev como un dictador salvaje. Quien lo conoce sabe que eso es pura invención. Es uno de los marxistas más cultos y un camarada muy tranquilo, que no tiene nada de las pasiones que le ha atribuido Serrati; es un camarada que durante años ha luchado como teórico en el partido búlgaro; de él solo se pueden decir cosas buenas.

Los camaradas que estuvieron allí nos contarán ellos mismos lo que pasó en Livorno. Allí se hizo del congreso, en el sentido más literal de la palabra, un circo. Cuando intervino el camarada Kabakchiev, se gritó y se alborotó: «¡Viva el papa!». Se soltó una paloma y se produjeron diversas escenas chovinistas inauditas. Y luego se dijo que la culpa la tenía el camarada Kabakchiev.

Después de todas estas declaraciones de septiembre y octubre, no quedará en esta sala ni un solo optimista. No se trata del discurso del camarada Kabakchiev, sino de la regresión de un partido revolucionario de izquierda, al menos de sus capas dirigentes, a un simple y vulgar partido socialdemócrata. Eso es lo que vivimos en Italia: una regresión bajo la presión de toda una serie de circunstancias, una regresión de la dirección a socialdemócratas declarados. Tengo que decir —eso se lo debo— que los independientes de derecha, en Halle, se comportaron con los comunistas de manera mucho más decente que Serrati y su gente en Livorno.

Serrati se presentó en el congreso con su grupo con una resolución propia. Propuso que el partido se llamara partido socialista comunista, que aceptara las 21 condiciones, pero que se reservara las manos libres. De escisión no se hablaba. Turati, el único que pronunció un discurso de principio, fue recibido con ovaciones. Él es el verdadero espíritu dirigente del partido. Declaró abiertamente que estaba contra la violencia, que todo debía hacerse por vía pacífica. Y se intenta echar la culpa de la escisión al Ejecutivo. ¿Qué otra opción tenía el Ejecutivo? Está completamente claro: era el primer choque de la Internacional Comunista con los elementos reformistas, era la primera prueba de fuerza. Si la Internacional Comunista hubiera cedido en esta cuestión, este mes, lo digo con toda franqueza, ya no tendríamos Internacional Comunista, ya no tendríamos fuerza moral ni política. Si hubiéramos cedido en esta cuestión, eso habría significado que la Internacional Comunista se había puesto de rodillas ante Turati y los demás reformistas. No habría podido seguir existiendo, o quizá habría podido seguir existiendo y tener en sus filas grandes partidos, pero moralmente estaría muerta. Era la primera prueba de fuerza, y subrayamos que es el orgullo de la Internacional Comunista no haber vacilado en ese momento, sino haber dicho con firmeza y decisión: aunque perdamos por un tiempo a una gran masa de obreros italianos, así tiene que ser; los recuperaremos. Pero ni un paso, ni un solo paso atrás, porque de lo contrario la Internacional Comunista está perdida. Estaba en juego la claridad de la Internacional Comunista, estaban en juego los principios del comunismo. Y lamentamos de verdad que algunos grupos dirigentes, por ejemplo una parte de los camaradas alemanes, que por lo demás tenían grandísimos méritos, no vieran del todo claro en ese momento lo que estaba en juego. Pero la Internacional Comunista, como asociación internacional de los trabajadores, comprendió en conjunto muy deprisa que aquí perdíamos una gran ilusión, que aquí sufríamos una gran pérdida, pero que, por los principios del comunismo, teníamos que resistir hasta el final.

Serrati ha empezado a tocar otros registros. Antes era el severo que exigía que no se hicieran concesiones a los masones. Ahora la cosa cambia. Serrati se presenta con una teoría de la igualdad de derechos. Exige igualdad de trato para Italia y Francia. ¿Por qué se han hecho a los camaradas franceses más concesiones que a los camaradas italianos? Todavía hablaré del partido francés. Era nuestra obligación y nuestro deber tratar a cada partido según las condiciones concretas del país de que se trate, partiendo de la historia del movimiento obrero, del grado de madurez del desarrollo revolucionario, etc. No podíamos tratar a los partidos francés, norteamericano, italiano, letón, checoslovaco, etc., todos por el mismo patrón. En eso consiste precisamente el carácter internacional de nuestro Ejecutivo: en que juzgamos a cada partido a partir de sus circunstancias concretas y formulamos nuestra actitud ante él. Ante el partido francés adoptamos la actitud correspondiente. Está completamente claro que un verdadero comunista no puede presentarse y decir: como el partido francés todavía está atrasado, tienes que tratar también así al partido italiano, para que también se atrase. Eso no es internacionalismo. Serrati ha empezado contra nosotros una lucha completamente personal y sucia, como por ejemplo cuando en un artículo del 24 de diciembre escribe las frases siguientes (cito literalmente):

«Si todavía fuera oportuno discutir sobre Ámsterdam, querríamos preguntar a Zinóviev por qué el gobierno ruso, tan intransigente con los oportunistas, ha dado, como se sabe en toda Europa, 72.000 libras esterlinas al periódico *Daily Herald*, el mismo periódico que en Inglaterra apoya la política del socialismo oportunista, y por qué la Internacional Comunista se ha pronunciado a favor de la entrada de los comunistas en el Labour Party, que pertenece a la Internacional Comunista y a la Internacional de Ámsterdam».

Así pues, camaradas, esta sola cita bastará a todo camarada verdaderamente revolucionario para comprender qué clase de persona se presenta ante el foro de la Internacional Comunista. Nosotros decimos que Turati y D'Aragona son reformistas y que teníamos que expulsarlos. Así lo dispuso el II Congreso.

Serrati declaró además que Chicherin y su gobierno habían pagado 72.000 libras esterlinas al *Daily Herald*, una afirmación que hizo primero Lloyd George y que sirvió de pretexto para expulsar a nuestro camarada Kámenev. Serrati se presenta con una denuncia. Que el gobierno ruso tiene que negociar con diversas personas y elementos, lo sabemos muy bien. Por qué tiene que negociar con esa gente, la Internacional Comunista también lo sabe muy bien: precisamente porque la clase obrera es todavía demasiado débil en todos esos países. Pero ¿qué relación tiene el hecho de que nosotros, el único gobierno proletario del mundo, tengamos que negociar todavía con gobiernos burgueses, qué relación tiene el hecho de que los comunistas tengan que invitar a agentes burgueses a su casa, con la cuestión de si hay que expulsar del partido a Turati y a los demás reformistas?

Ya he dicho que Serrati siente un odio especial contra la sección francesa. En un artículo, «Algunas otras consideraciones nuestras», publicado en el *Avanti!* en enero de 1921, escribe lo siguiente: «En Francia, por ejemplo, la mayoría de los diputados socialistas, que todavía ayer estaban por la “Patrie” y la “Union sacrée”, pasó en bloque a la Internacional Comunista».

Y en otro artículo declara que 55 diputados habían pasado al Partido Comunista. Una gran falsedad. En el grupo parlamentario socialista había 67 diputados, de los cuales solo 12 o 13 pasaron al Partido Comunista. Cincuenta y cinco se quedaron con Longuet, es decir, con los amigos de Serrati. Engaña a los trabajadores italianos y aprovecha su puesto en el *Avanti!* para mentir. Cuenta que han venido a nosotros 55 diputados. Si fuera así, sería muy bueno. Pero es una falsedad serratiana descarada. Lo mismo sobre el partido alemán. Serrati declara: «La defección de los independientes en Alemania se ha producido más por motivos de carácter nacional que por motivos de doctrina y práctica internacionales».

¡Así que la escisión —eso declara en un artículo— y el paso de la mitad del partido al comunismo se han producido por motivos nacionales! ¿Qué quiere decir eso? Es chovinismo puro y simple. Quiere hacer creer a los obreros italianos que los obreros alemanes no pertenecen a la Internacional por motivos proletarios, sino nacionales. Es una campaña de incitación contra los trabajadores alemanes. Con tales medios trabaja Serrati contra el Ejecutivo y contra la sección más importante de nuestra Internacional. Además, cuando Serrati escribe —permitidme, camaradas, que lo lea—: «En cuanto a los informadores desconocidos, esta cuestión merece de hecho algunas observaciones. El Ejecutivo de la Internacional Comunista envía desde Moscú a cada país un representante elegido entre los camaradas rusos y conocido por los camaradas rusos del Ejecutivo. Si ese representante reúne las cualidades necesarias para semejante misión y si puede hacer su trabajo como es debido es asunto exclusivo del Ejecutivo. Y de ese “cardenal gris” recibe luego el Ejecutivo informes que quedan, o pueden quedar, completamente desconocidos para los dirigentes del partido del país donde el “informador” ejerce su actividad. Sobre esa información no hay crítica ni control alguno».

Camaradas, ya he mostrado que Serrati es el precursor de Levi. Él acuñó la expresión «cardenal gris», y Levi la de «turquestanos». Creo poder decir que el aire de esta sala está algo más fresco porque los dos señores no están este año entre nosotros. *(Aplausos.)*

Camaradas, podría aducir muchas más citas, pero, en primer lugar, tenéis vosotros mismos el libro y, en segundo lugar, creo que los ejemplos leídos bastan de sobra. Solo quisiera leeros la resolución Bentivoglio, que se aprobó en Livorno después de que se marcharan nuestros camaradas. Dice así:

«El XVII Congreso del Partido Socialista Italiano, al examinar y confirmar las decisiones en virtud de las cuales el partido se adhirió a la Internacional Comunista y aceptó sin reserva alguna sus métodos principales, protesta contra la declaración del representante del Comité Ejecutivo sobre su expulsión por diferencias en la apreciación de cuestiones locales y circunstanciales que habrían podido y debido resolverse mediante una explicación amistosa y un acuerdo fraterno; y, al confirmar de nuevo íntegramente su adhesión a la Internacional Comunista, somete el conflicto al examen del próximo congreso de la Internacional Comunista, comprometiéndose desde ahora a aceptar y aplicar su decisión».

Camaradas, formalmente la cosa está así: después de marcharse los comunistas, el partido de Serrati toma esta decisión. Apela a nuestro III Congreso de la Internacional Comunista y le declara de antemano que se someterá. Esa es la decisión, que se aprobó por unanimidad. ¿Y qué pasó después? Han transcurrido unos meses y Serrati no muestra intención de someterse a este congreso, sino que, mediante diversas maquinaciones, ha conseguido que el partido no tenga aquí delegados. Os ruego, camaradas que os sentáis en el parlamento francés o en otros parlamentos, que me ayudéis a encontrar una expresión parlamentaria para este proceder. Serrati y sus amigos deciden, después de marcharse los comunistas, que se someterán al congreso, y luego, cuando el congreso se reúne, no hay delegados. Para cualquiera que piense es evidente que no quieren someterse. Después de aprobarse esta resolución, Serrati declaró literalmente: «Es muy posible que las declaraciones (del representante del Ejecutivo) se redactaran en Livorno; sin embargo, la Internacional Comunista no las desautorizará nunca. También Levi me dijo aquí que en Alemania los habían tratado igualmente sin miramientos. Basta decir que también el KAPD, que tiene ideas nacionalistas y apoyó el golpe de Kapp y Lüttwitz, ha sido admitido en la Internacional Comunista como partido simpatizante». Eso está en el *Avanti!*. Está escrito para el día del congreso. Podéis leerlo aquí. Así está formalmente la cuestión.

Camaradas, hay que ver el hecho con claridad: desde el congreso de Livorno el partido ha retrocedido todavía más. Algunas muestras. En el *Avanti!* del 11 de mayo aparece el artículo «La solidaridad internacional». Lleno de entusiasmo, lleno de sentimientos internacionales. ¿Con qué motivo? ¡Una organización ha enviado 50.000 liras a los sindicatos! Un hecho, en verdad, que puede tener importancia internacional. Pero ¿qué organización envió esa suma? La Internacional sindical de Ámsterdam. Con este motivo se escribe un artículo entusiasta en el que se dice:

«La Federación Sindical Internacional de Ámsterdam, que ha enviado a nuestra Confederación la expresión de solidaridad y simpatía que publicamos más abajo, no es del todo de nuestra opinión respecto de las exigencias necesarias del movimiento proletario. Algunos de sus dirigentes están incluso muy alejados de nuestros ideales políticos. Si fuera ahora el momento de una polémica personal, podríamos reprochar a algunos de ellos la solidaridad que mostraron durante la guerra con quienes hoy, tanto entre nosotros como en todos los países, son los representantes más tenaces de la reacción capitalista.

Pero no queremos empequeñecer la importancia de esta manifestación internacional, que nos conmueve profundamente. Se llamen como se llamen las personas que están al frente del secretariado de Ámsterdam, es indudable que el proletariado internacional de muchos millones unido bajo su bandera está ligado por intereses comunes a los oprimidos del mundo entero, y también nosotros estamos ligados a él y a ellos por lazos semejantes. Es indudable también que toda manifestación sincera y cordial de solidaridad internacional acelera la unión proletaria de los trabajadores de todos los países».

Camaradas, ya sabéis que todos los filisteos, todos los revisionistas, todos los centristas claman siempre contra el oro de Moscú, aunque todo el mundo comprende que es completamente natural que los trabajadores victoriosos de Rusia presten ayuda a los obreros de otros países. Pero, si la Federación Sindical de Ámsterdam, que está en relación con la Sociedad de Naciones, por mediación de la Oficina Internacional del Trabajo, cuyo presidente es el señor Thomas,[^89] envía 50.000 liras a los Serrati italianos, no es ninguna vergüenza aceptarlas y escribir sobre ello. Y Serrati no se da cuenta de que con eso se ensucia los dedos. No siente como un carbón ardiente haber aceptado el dinero de esos traidores. Escribe sobre la solidaridad internacional. Ya veis que los muertos cabalgan de verdad deprisa, y el hombre que está muerto para la Internacional Comunista se ha comportado en este asunto con mucha habilidad.

Tengo aquí un librito que se titula *Il bolscevismo giudicato dai socialisti italiani*. Es de un burgués. Este folleto se ha difundido todavía más que el folleto de Levi. Y se compone de citas de los señores que Serrati trajo aquí y que acogimos tan amablemente. Estos han juntado por escrito todo lo imaginable, lo que de verdad ha ocurrido y lo que no, para demostrar lo mal que están las cosas allí donde la clase obrera tiene el poder.

Quería haceros todavía, camaradas, algunas comunicaciones de los últimos tiempos, por ejemplo sobre las elecciones. En *Sowjet*, que edita Paul Levi —en *Sowjet* colaboran todavía algunos miembros del VKPD—, he leído un artículo del camarada Curt Geyer[^90] sobre las elecciones italianas. Declara que las elecciones han demostrado lo siguiente: el partido de Serrati ha obtenido 1.400.000 votos y el Partido Comunista unos 450.000; por tanto, las masas están con Serrati, y esto es una evidente derrota de la Internacional Comunista. Sostiene que la derrota de los comunistas italianos no es solo la derrota de los comunistas de ese país, sino la derrota de Zinóviev, la derrota del Ejecutivo.

Así que, si un partido joven cuenta 450.000 votos, eso es una derrota. No: cuando Scheidemann, después de que él y su banda asesinaran a Rosa Luxemburg y a Karl Liebknecht, obtuvo todavía millones de votos, aquello sí fue una derrota real y dolorosa de la clase obrera. *(Viva aprobación.)* Demuestra que los obreros y muchos pequeñoburgueses todavía votan por esos asesinos. Pero ¿dónde hay en Italia una derrota?

He leído un artículo de *Le Populaire* del 4 de junio, firmado por Cesare Alessandri. Es un diputado italiano que tiene relaciones bastante estrechas con Serrati. Escribe sobre las elecciones (solo os daré las cifras):

«El nuevo grupo parlamentario del Partido Socialista se compone de 123 diputados, de los cuales tres fueron elegidos solo en señal de protesta contra su encarcelamiento y no pertenecen al partido; quedan, pues, 120 diputados socialistas, de los cuales 48 pertenecen a la derecha, 42 a la izquierda y 30 al centro».

Así pues, Cesare Alessandri, un amigo de Serrati, declara que el nuevo grupo se compone de 120 diputados, de los cuales 48 pertenecen a la derecha, 42 a la izquierda y 30 al centro. Tenéis que pensar, camaradas, lo que significa en Italia que Cesare Alessandri diga «derecha». Eso es sencillamente el centro, es todavía más: es Scheidemann-Noske. A la derecha estaría Alessandri, y a la izquierda Lazzari,[^91] Maffi y los demás, que no pudieron venir aquí o no quieren venir. Lazzari, durante la guerra un pacifista declarado, más o menos como Bernstein: esa es la izquierda. En la derecha se encuentra un tal señor Dugoni. Ayer me dieron el periódico que trae una noticia sobre una asamblea sindical en Mantua, donde este hombre dio una conferencia e hizo aprobar una resolución que dice así:

«El congreso examinó la situación creada para el movimiento sindical y cooperativo por los últimos acontecimientos y protestó contra toda violencia, venga de quien venga».

Así pues, en un congreso sindical un amigo de Serrati presenta una resolución según la cual el congreso protesta contra todo ejercicio de la violencia, venga de donde venga, de la burguesía o del proletariado. Un punto de vista completamente neutral.

Así está la situación. Quería leeros todavía una cita. Serrati está además, cosa completamente natural, por una coalición, por la colaboración con la burguesía. Durante la campaña electoral, el propio Turati escribió un llamamiento a los obreros de la industria química, y ese llamamiento se publicó en el periódico francés *La Vie Ouvrière*. Turati declara en este manifiesto:

«¡No desfallezcáis, hermanos, no os dejéis abatir, no os volváis salvajes! Os juro que la violencia no dará frutos a quienes la emplean. Cuando haya pasado la tormenta, volveréis a ser los más fuertes. No os dejéis provocar, no les deis ningún pretexto, no respondáis a sus insultos, sed buenos, sed pacientes, ¡sed santos! Lo sois desde hace mil años; seguid siéndolo, sed tolerantes, sed conciliadores, ¡perdonad también! Cuanto menos penséis en la venganza, tanto más seréis vengados. Los que han desatado el terror contra vosotros temblarán ante sus propias obras. Todavía hay guerra, la guerra que no quiere morir, que continúa su existencia despreciable, pero que está agonizando. Vosotros, campesinos de Italia, sois el trabajo y la paz; sois, por tanto, el enemigo, pero sois también la victoria segura, sois el porvenir».

El camarada Frossard[^92] observa al respecto con modestia: «Estos son, como se ve, los reformistas más claros e inequívocos».

Es verdaderamente lo más modesto que se puede decir. Así pues, con tales manifiestos electorales se ha vencido: esa es la evolución del partido de Serrati en 1921. Creo, camaradas, que, siendo así las cosas, nos será realmente fácil tomar una decisión completamente unánime sobre esta cuestión. En el partido de Serrati había empezado a crujir un poco. Baratono se presentó y pidió que se expulsara al menos a la gente que más rompía la disciplina. Serrati se opuso enseguida. Baratono intentó publicar un artículo sobre ello, y Serrati se lo prohibió; Baratono consiguió, no obstante, publicar la carta después de las elecciones. Declara: si es realmente cierto que tú, Serrati, y tus amigos habéis llegado a la convicción de que hay que girar el partido a la derecha, tienes que encontrar la manera de convocar un congreso y proponer al partido que siga otra política. Serrati respondió, naturalmente, como siempre, con anécdotas y chismes; hizo sospechoso a Baratono y declaró sin rodeos: «Sí, el resultado de las elecciones debe enseñarnos; es realmente cierto que ahora tenemos que girar el timón del partido a la derecha. No es invención nuestra ni invención de Turati, sino una necesidad histórica. Incluso Lenin va en este momento hacia la derecha». Una argumentación que podéis encontrar también en la tristemente célebre revista de Levi, *Sowjet*, donde Levi declara en su último artículo: ¿qué hacen ahora los bolcheviques? Hacen concesiones a los obreros, a los campesinos. Hay que mantenerse en contacto con las masas. Pero en Alemania yo, Levi, propuse lo mismo.

Así pues, en un país como Rusia, donde la clase obrera está en el poder, en un país donde los obreros y el campesinado tienen la mayoría, el partido, para mantener la dictadura, hace concesiones, y tiene que hacerlas; hace concesiones a las masas para conservar la dictadura de la clase obrera. ¿Y en Alemania? Se pasa por alto la pequeñez de que allí reina la dictadura de la burguesía, y no la dictadura de la clase obrera. Y esta diferencia tiene una importancia decisiva. Serrati no es un niño; tiene que entenderlo, y lo entiende muy bien.

Así pues, camaradas, esta es ahora la situación en Italia. No hay que hacerse ilusiones. Necesitaremos tiempo para atraer de verdad y por completo a nuestro lado a los obreros revolucionarios de Italia. Tenemos que dirigirnos a esos obreros. Serrati no es nada para nosotros; esos obreros lo son todo. Tenemos que dirigirnos apasionadamente a esos obreros, en nombre de todo el congreso. Tenemos que tener paciencia para ganarlos. Lo conseguiremos tanto más deprisa cuanto antes desenmascaremos a Serrati ante el mundo entero. *(Viva aprobación.)*

Creo que el ejemplo italiano arroja una luz cruda sobre toda la situación dentro de la Internacional; y aclara también la situación política general. Ya lo he dicho: cuando el II Congreso hubo terminado sus trabajos, empezó en Italia ese magnífico movimiento en que los obreros ocuparon las fábricas. Era una forma nueva de la lucha proletaria. En algunos lugares los obreros resistieron dos semanas. Se empezó a organizar un Ejército Rojo. Luego vino la Confederación sindical, apuñaló a los obreros por la espalda y traicionó el movimiento. Después vino Serrati y declaró, en respuesta a la carta abierta de Lenin, que no había sido un movimiento revolucionario, sino solo un simple movimiento sindical. Por eso, decía, no se podían considerar las ocupaciones de fábricas como prueba de que estuviera en marcha un levantamiento revolucionario. Había sido más bien un movimiento sindical amplio y profundo que, aparte de incidentes menores, había transcurrido de forma completamente pacífica. Ese es el sello de Judas de Serrati. Para todo el mundo está claro que aquel movimiento no fue un movimiento pacífico y sindical, sino el comienzo de una lucha verdaderamente revolucionaria. El partido, bajo la dirección de Serrati, hizo todo lo posible para que esa lucha se perdiera en la arena, para entregar a la clase obrera indefensa a la burguesía. Y la burguesía entendió a Serrati y supo aprovechar hábilmente su traición. Este ejemplo no debemos olvidarlo nunca.

No hay que lanzar ofensivas a la ligera, pero tampoco hay que dejar pasar las ocasiones de lanzarlas. El haber dejado pasar la ocasión ha hecho retroceder el movimiento en Italia por muchos años. La clase obrera tendrá ahora que sufrir y hacer sacrificios, muchos más de los que habrían sido necesarios antes; y solo porque los dirigentes están del lado de la burguesía y no del lado de la clase obrera, y porque, durante su movimiento revolucionario, no fueron para los obreros más que un freno. Esa es la lección para el partido italiano, y también para nuestras relaciones internas es una lección: que debemos acordarnos siempre del refrán «No es oro todo lo que reluce». No todo lo que lo parece es de verdad oro comunista.

Camaradas, ahora tenemos que ser desconfiados; hemos visto demasiados ejemplos de cómo se nos ha traicionado así, como lo hizo Serrati. Tenemos que examinar diez veces a cada partido antes de decir que tenemos confianza en él. Los verdaderos comunistas no tendrán nada que objetar. En este ejemplo vemos que el enemigo principal está a la derecha, y no en otra parte. *(Aplausos.)* En Italia hemos visto un ejemplo en el que hemos conseguido aleccionar a amigos de izquierda. Ya he citado a Bordiga. Está a la cabeza del partido comunista. Disolvió su fracción, renunció a todo lo personal, a todo espíritu de fracción frente al viejo partido. Es un soldado de la revolución proletaria. Elementos así los necesitamos, y con elementos así tenemos que tratar amistosamente, naturalmente hasta cierto límite. Con el KAPD ese límite se ha rebasado. Pero el verdadero enemigo está a la derecha: acecha, aprovecha nuestras debilidades y está dispuesto a meterse por cualquier agujero para sabotearnos desde dentro. El señor Serrati declaró hace poco: «Ahora estamos “devant l'église” (ante la puerta de la iglesia).

»Pues bien, somos camaradas cristianos: esperaremos a que esa puerta se abra y entonces entraremos». Está bien dicho. Pero en realidad no está ante nuestra iglesia comunista. Está con la nariz metida en el estercolero de la ideología burguesa. *(Vivos aplausos.)* En la cuestión italiana hemos procedido con firme resolución. Naturalmente, éramos plenamente conscientes de la responsabilidad que asumíamos, y ahora esperamos tranquilos el juicio del III Congreso sobre esta cuestión, el juicio sobre si hicimos bien en dar a esa gente con la puerta en las narices y en gritarles: «Aquí el comunismo, allí el reformismo. Quien no está con nosotros está contra nosotros, está con la burguesía».

Paso a la cuestión del partido alemán. Naturalmente, solo puedo tratar las secciones más importantes, las que han influido de verdad en nuestra política. Halle fue nuestro primer gran éxito después del II Congreso. El terreno se había preparado durante el II Congreso. Creo que con nuestra actuación en Halle demostramos que sabemos muy bien que la Internacional Comunista no necesita sectas, sino grandes partidos revolucionarios de masas. Y nos hemos esforzado por formar en Alemania un partido de masas. Creemos que, en líneas generales, lo hemos conseguido.

En Halle había dos cuestiones muy candentes. La primera era si la Liga Espartaco debía seguir existiendo de una u otra forma, por así decirlo como medida de precaución, como garantía, como organización complementaria. En nombre del Ejecutivo me pronuncié en contra. Creo que teníamos razón. En Rusia hemos tenido mucha experiencia con organizaciones de ese tipo. Somos de la opinión de que esas organizaciones tienen su lógica interna, y de que, si existe el peligro de que el partido se diluya, más vale no unificarse. Pero, si uno se unifica, debe hacerlo lealmente, sin mantener organizaciones separadas. Tengo que decir que todos los camaradas dirigentes del grupo Espartaco eran en el fondo de la misma opinión. Por eso esta cuestión se resolvió con bastante facilidad y sin tropiezos.

La segunda cuestión era qué ritmo de desarrollo debía tener presente el partido. La atmósfera política en Alemania era entonces tal que incluso gente como Ledebour[^93] hablaba de una «central de asesinos». La burguesía, junto con los socialdemócratas y la derecha del USPD, intentaba provocar al partido lo antes posible, enredarlo lo antes posible en una gran lucha, para que no tuviera la posibilidad de organizarse sólidamente. En nombre del Ejecutivo declaré entonces a los camaradas dirigentes que les aconsejábamos no lanzarse demasiado pronto a luchas decisivas. Naturalmente, no éramos tan doctrinarios como para no saber que eso no depende solo de nosotros, sino de la situación general, de las circunstancias, de la actitud del adversario. Éramos de la opinión de que había que dejar al partido el mayor tiempo posible para su consolidación. En esta cuestión no había divergencias entre nosotros. Estaba claro que la unificación de dos partidos, pongamos de 100.000 y de 400.000 personas, no podía hacerse sin tropiezos; que habría roces, recaídas, enfermedades centristas y semicentristas.

Teniendo presente todo el pasado del movimiento alemán, nos resultaba evidente que el peligro para este partido tampoco amenazaba en modo alguno tanto por la izquierda como por la derecha. *(Aprobación.)* Habíamos visto que la Liga Espartaco, todavía antes de la unificación, había dejado pasar situaciones como, por ejemplo, el putsch de Kapp.[^94] Eso era una prueba de que nuestro partido no era bastante activo en el movimiento histórico. Lo mismo ocurría, en medida aún mayor, con el USPD. Al repasar la historia del partido, vimos que las enfermedades había que esperarlas por ese lado. Durante el II Congreso dijimos a los camaradas alemanes: no entendemos que, cuando surge entre vosotros un movimiento y ese movimiento sufre una derrota, digáis enseguida, como un santo y seña, que ha sido un putsch. Os dijimos: no vengáis siempre con esa palabra, «putsch».

Les declaramos: no hay que ser ligeros, no hay que entrar en modo alguno en luchas que no estén preparadas. Pero, si volvemos la vista al camino recorrido por la clase obrera alemana, no podemos decir que haya hecho un solo putsch, que ese camino esté sembrado de putschs y de putschistas, como se puede deducir fácilmente de la literatura crítica sobre la lucha revolucionaria del proletariado alemán. Lo más fácil es presentar como putsch todo movimiento que no ha vencido directamente. También nosotros, en Rusia, antes de vencer, sufrimos docenas de derrotas así. ¡Si hubiéramos considerado putschs todas esas luchas, no habríamos vencido nunca! *(Aprobación.)*

Ya en la fundación del VKPD temíamos que en ese partido aparecerían corrientes centristas. Y por desgracia tenemos que decir que este temor nuestro se ha hecho realidad demasiado deprisa. He hablado de la cuestión italiana. Ya he dicho que es una cuestión internacional y que está también relacionada con la cuestión alemana. El Ejecutivo adoptó una resolución y actuó disciplinariamente contra camaradas dirigentes alemanes, a cuya cabeza está nuestra respetada camarada Zetkin. No lo hicimos con el corazón ligero. Nos lo pensamos veinte veces antes de decidir si debíamos proceder así. Éramos bien conscientes de que a resoluciones así solo debe recurrirse en casos extremos.

Os he expuesto la cuestión italiana: el conflicto alemán creció en ese terreno. ¿Cómo estaba planteada la cuestión? Levi estuvo presente en Livorno con un mandato de su partido. Conspiró en Italia con Serrati contra la Internacional Comunista. Todo lo que siguió a Livorno lo ha demostrado. Levi volvió a Alemania, se adoptó una resolución, luego se presentaron enmiendas. Después cinco o seis miembros dimitieron de la Central porque no estaban de acuerdo con el Ejecutivo en la cuestión italiana, y declararon: habéis cometido errores, queréis escisiones artificiales, sectas, etc. Serrati fue a Berlín; encontró el camino de Stuttgart. Escribió en el *Avanti!* —apareció en letras gruesas— que el partido alemán estaba de su lado; con ello el joven partido hermano italiano recibió de los camaradas alemanes una puñalada por la espalda. Dije a los camaradas alemanes: imaginaos que, después de la escisión de Halle, un camarada ruso, por ejemplo Lenin o Trotski, se hubiera presentado diciendo: no estoy de acuerdo con esta escisión, dimito de la Central y protesto contra el Ejecutivo. Un golpe así por la espalda fue para el partido italiano la actuación de algunos camaradas alemanes; todo el mundo tuvo que entenderlo así. *(Gritos: ¡Muy cierto!)* Dijimos que hay que estar ciego para no ver que Serrati ha retrocedido hacia los reformistas. Hoy he aportado citas de cómo se ha pronunciado en todas las cuestiones importantes, de cómo en todos sus artículos enloda al partido francés y al alemán, de cómo traicionó al partido en el movimiento de septiembre. Así pues, estaba completamente claro: teníamos aquí a un reformista típico, y entonces se nos ataca por la espalda y se dimite de la Central. Rádek escribió sobre este caso que le gustaría saber si en el viejo partido socialdemócrata se podía renunciar al mandato con la misma facilidad cuando no se estaba de acuerdo en una cuestión. Aun suponiendo que en Italia no hubiéramos tenido razón —la teníamos de sobra—, también en ese caso se habría debido ser más prudente. No se dijo antes ni una palabra al Ejecutivo, sino que simplemente se le puso ante hechos consumados. Por eso pensamos que aquí había algo podrido. No se trata solo de la cuestión italiana. Todos somos grandes internacionalistas; pero, aun así, sabemos que en Alemania no se pone uno tan nervioso cuando se trata solo de la cuestión italiana, que uno se pone nerviosísimo cuando se trata del propio partido, del propio movimiento. Se notaba la relación.

¡Camaradas! Si resultara que Serrati ha obrado con tanta astucia, con tanto ingenio y talento que los camaradas, que son políticos bastante experimentados, no tienen razón, y que todo esto es un malentendido, tanto mejor. Pero, camaradas, no lo esperemos demasiado.

Por eso tuvimos que intervenir en esta cuestión, y pedimos al congreso que nos diga abiertamente si fue un error por nuestra parte, para que la Internacional Comunista aprenda algo de nuestros errores. Si fue un error de los camaradas que dimitieron, que también lo digan abiertamente, para que la Internacional Comunista aprenda también algo de ello y para que empecemos por fin a sentirnos un partido internacional.

La Acción de Marzo se tratará en un informe aparte. Me limitaré a decir poco sobre ella. Cuando recibimos las primeras informaciones, estaban aquí los camaradas Brass, Geyer y Koenen.[^95] Después de las primeras informaciones todos teníamos la sensación de que por fin la piedra se había puesto a rodar, por fin había empezado un movimiento en Alemania, por fin aire fresco. Cuando escribimos nuestros primeros llamamientos después de la derrota, los camaradas Brass y Geyer juzgaban el asunto igual que todos nosotros. *(Rádek: ¡Oíd, oíd!)* Dictamos el llamamiento al camarada Curt Geyer, que lo puso por escrito. *(Gritos: ¡Oíd, oíd!)* Hacía de taquígrafo. Los camaradas alemanes no rechazaron ni una sola enmienda. ¿Por qué obraron así? Precisamente porque tenían la sensación que todo revolucionario tenía que tener: se ha luchado, la lucha nos fue impuesta, la lucha se ha perdido. En ningún caso podíamos atacar a los obreros por la espalda. Los camaradas juzgaron entonces la cuestión con objetividad. Así —lo declaro con toda oficialidad, y estoy convencido de que los dos camaradas tendrán que confirmarlo— nació aquel primer llamamiento en el que todos declaramos que estábamos con la acción. *(Movimiento en la sala.)* Habéis leído nuestras resoluciones tácticas; veis que no venimos con alabanzas oficiales, que tratamos también con claridad y precisión los errores de la Acción de Marzo. El congreso no está para que nos hagamos cumplidos unos a otros.

Se ha dicho muchísimo sobre la ofensiva revolucionaria. Dios nos libre de que se repitan esas tonterías. Estamos plenamente de acuerdo con lo que el camarada Brandler[^96] ha dicho en su folleto: no fue una ofensiva, fue sencillamente una lucha defensiva. El enemigo nos atacó. No tenéis por qué lamentaros por la ofensiva mal entendida. Se cometieron muchos errores, se pusieron de manifiesto muchas debilidades de organización. Nuestros camaradas de la Central alemana no han cerrado los ojos ante esos errores; quieren corregirlos.

La cuestión es si podemos considerar estas luchas como un paso adelante, como un episodio revolucionario en el camino doloroso de la clase obrera alemana, o si tenemos que calificarlas de putsch. El Ejecutivo opina que la Acción de Marzo no fue un putsch. Es ridículo hablar de putsch cuando ha luchado medio millón de obreros. Eso no es un putsch, es una lucha que fue impuesta a la clase obrera alemana en la situación de entonces. Tenemos que señalar claramente los errores y aprender de ellos. No ocultamos nada, no hacemos política de conventículo ni diplomacia secreta. Y somos de la opinión de que el partido alemán, en líneas generales, no tiene por qué avergonzarse de esa lucha, sino todo lo contrario.

Tampoco quiero ocultar que esto puede convertirse también en una cuestión decisiva para la Internacional Comunista. Tenemos que decir también claramente, sin diplomacia alguna, que existe el peligro de movimientos prematuros. Cuando el camarada Terracini presentó su informe en el Comité Ejecutivo, me pareció un poco que también los comunistas italianos piensan: ahora que hemos salido del partido de la ciénaga, hay que lanzarse al ataque. No, esa conclusión no se puede sacar sin más. Porque precisamente ahora hay que ser veinte veces más prudente, prepararlo todo y pensarlo veinte veces antes de entablar una vez la lucha. En este sentido, el camarada Trotski tiene razón con su crítica en la cuestión francesa. Tenemos que ver ese peligro, quizá incluso exagerarlo un poco: eso no puede hacernos daño.

Paso ahora al KAPD. Sabéis que también esta cuestión ha cobrado importancia internacional.

Durante el II Congreso hicimos concesiones a este partido y le dejamos hablar aquí, ante el foro internacional. Pero los representantes del partido creyeron mejor largarse a tiempo. Lo hizo el señor Otto Rühle,[^97] que, como sabéis, ha recorrido ya un trecho bastante largo y que, aunque cree estar en el extremo más a la izquierda, se encuentra de hecho en el campo contrarrevolucionario. En Halle y después de Halle tuvimos muchas conversaciones con los camaradas del VKPD. Casi todos opinaban que no se debía admitir al KAPD en la Internacional Comunista ni siquiera como partido simpatizante. El Ejecutivo era de otra opinión. En nombre del Ejecutivo hice ya en Berlín una declaración en ese sentido a los camaradas. Naturalmente, es penoso tener que obrar, en un asunto alemán muy importante, contra la decisión del partido. Sin embargo, camaradas, formal, moral y políticamente el Ejecutivo tiene, por supuesto, ese derecho cuando se da una situación así. Pensábamos que el KAPD debía ser admitido como partido simpatizante, y ello por las siguientes consideraciones. Pensábamos que no debía dejarse nada por hacer para aleccionar y ganar a los elementos proletarios verdaderamente revolucionarios de ese partido. Pensábamos que el pasado de nuestro partido alemán, que había reconocido él mismo su falta de actividad y sus grandes errores, como por ejemplo en el putsch de Kapp, que esos errores constituían quizá un caldo de cultivo para el KAPD. Pensábamos que con la influencia internacional curaríamos con la mayor facilidad esa enfermedad que tiene su sede en el KAPD. Pensábamos que, aunque el partido no fuera numeroso y no fuera más que un partido muy pequeño, una secta, teníamos que hacer todo lo posible para unir con nosotros, por medio de la Internacional, a la mejor parte de esos obreros. Nos decíamos: todo el movimiento obrero internacional ha atravesado durante la guerra y después de ella una crisis tan terrible que es más que comprensible que en los distintos partidos y grupos reinen muchas enfermedades; por eso había que tener paciencia con esos elementos, en el fondo revolucionarios. El Ejecutivo decidió esta cuestión casi por unanimidad, y acordamos admitir a ese partido como simpatizante. Tras una discusión de principios, en la que el camarada Gorter defendió el punto de vista del KAP mientras que el punto de vista del Ejecutivo lo defendió con más detalle el camarada Trotski, el Ejecutivo acordó admitir al KAP con voto consultivo. En nombre del Ejecutivo dije lo siguiente en el resumen final: «Lógicamente, solo hay dos salidas de esta situación. A la larga, dos partidos en un mismo país son imposibles. O bien el KAP se convierte de verdad en un partido comunista y entonces se incorpora como parte integrante al Partido Comunista de Alemania, o bien dejará de pertenecer a nosotros siquiera como partido simpatizante». Así está planteada la cuestión también hoy, y creo que el congreso no podrá dejar de pronunciarse sobre este dilema. Por desgracia tengo que decir que el papel de los dirigentes en el KAP es proporcionalmente mucho mayor que en otros partidos. *(Gritos: ¡Muy cierto!)* En lo que se refiere a la capa dirigente, durante el año pasado hemos tenido por desgracia que comprobar un retroceso. Tengo que demostrarlo. Tengo aquí un folleto titulado *Der Weg des Dr. Levi — der Weg der V. K. P. D.* («El camino del Dr. Levi, el camino del VKPD»), editado por el KAPD, sin nombre de autor; pero está completamente claro que es de Gorter. Los camaradas del KAPD le hacen de verdad un gran favor a Gorter cuando imprimen todo lo que escribe. Más le valdría a Gorter dejar en el cajón algunas cosas escritas últimamente, para no perjudicar su fama de buen marxista, que de verdad lo fue un día.

Pues bien, camaradas, oíd cómo trataba a la Internacional el partido simpatizante. El tercer capítulo lleva por título «¿Cuáles son las condiciones previas para la conquista del poder del Estado por el proletariado y cómo se conquista el poder del Estado?». A lo largo de tres páginas Gorter os lo cuenta de forma exhaustiva. Tiene muchísima experiencia de cómo se conquista el poder del Estado. Esa experiencia la ha adquirido en Holanda. *(Risas.)* Dice: «A estas preguntas responde Levi en las páginas 18 a 42. Son las cuestiones principales de la revolución, lo principal de la revolución. En ellas se muestra con la mayor claridad la estupidez del autor, la estupidez del VKPD, la estupidez del Comité Ejecutivo de Moscú, la estupidez de la Internacional Comunista». En holandés, según me dicen, estupidez no significa lo mismo que en alemán. Porque el Ejecutivo, prosigue Gorter, comete crímenes contra la revolución internacional. En Rusia el campesinado era una clase revolucionaria. En todo el resto del mundo es una clase contrarrevolucionaria. En Europa occidental solo hay una clase revolucionaria, el proletariado. Pero la única clase revolucionaria que hay en Europa occidental, el proletariado, es en realidad contrarrevolucionaria. Véanse los sindicatos, etc. Por lo tanto, tenemos que hacer la revolución mañana. Estos son, pues, los postulados de Gorter. Según Gorter, solo hay una clase revolucionaria, la clase obrera, que también es contrarrevolucionaria, y por eso no hay que tratar despacio y con prudencia con esas masas y con esa cosa estúpida, los sindicatos, sino hacer la revolución mejor hoy que mañana. Esa es toda la lógica. Todo ello se mezcla hábilmente con insultos groseros a la Internacional Comunista, a la Rusia soviética y al partido más importante de la Internacional. El camarada Gorter dice además:

«Y ahora véase a Levi. Y con él al VKPD, a la Internacional Comunista, al CE, a todos los partidos nacionales (con una excepción)…». Quién es la excepción sigue siendo un enigma. No lo sé: ¿será quizá la escuela holandesa? ¿O el KAP? No sé si Gorter abandonará tan fácilmente al partido holandés. No lo creo. Ved, por ejemplo, el *Proletarier*, que edita el KAP con el modesto subtítulo de «Escuela Marxista Holandesa». En este cuadernillo tenéis a toda la escuela. El folleto consta de tres artículos: «Partido y clase», de Gorter; «Marxismo e idealismo» (la cuestión más candente de la revolución social), de Pannekoek, y «El surgimiento de un partido comunista de masas en Francia», de Henriette Roland-Holst,[^98] de quien de verdad tengo que decir: «Me duele en el alma verte en esa compañía».[^99] Con sus brillantes facultades, habría podido hacer de verdad algo mejor en la Internacional Comunista.

Camaradas, bromas aparte, el KAP se ha convertido en sus producciones literarias en un enemigo de la Internacional Comunista. Gorter dice en un pasaje: «Pero el espíritu de Levi es hasta ahora también el espíritu del VKPD, el espíritu del CE, el espíritu de la Internacional Comunista. Pues ¿cómo obraron en Tours, en Halle, en Livorno?».

Así que ya veis: obramos mal en Halle, obramos mal en Tours, donde excluimos a los centristas franceses; y en Livorno también admitimos masas demasiado grandes.

Según Gorter, no deberíamos admitir masas tan grandes ya solo porque, declara Gorter, queréis únicamente números, no calidad. Así pues, toda la Internacional no representa ninguna calidad; solo Gorter representa la calidad. Luego Gorter dice a la manera de Cicerón:

«¿Hasta cuándo se va a seguir haciendo una política de jefes en lugar de una política de masas? ¿No son ejemplo suficiente Rusia, Baviera, Alemania o también Rusia por sí sola…?». ¿Qué es esto, camaradas? Esto ya raya en Dittmann. ¿Qué es esto? ¿Rusia va a ser un ejemplo de política de jefes? Pues que se diga claramente dónde se ha manifestado eso. ¿Dónde están esos jefes, dónde esa política, dónde los proletarios caídos en vano? ¿Qué política de jefes condena esta gente? Que lo digan claramente.

Y Gorter sigue diciendo: «¿Hasta cuándo se va a seguir apoyando la lucha aparente de los sindicatos, esas formaciones aparentes, y boicoteando la lucha de las organizaciones de empresa? ¿Hasta cuándo se va a seguir saboteando la nueva táctica científica marxista?».

¿Así que los sindicatos, que ahora son de verdad el punto crucial de toda la revolución social, son formaciones aparentes porque no siguen nuestra política? Noske, Scheidemann, Thomas, Ebert, Hörsing[^100] son formaciones aparentes. Solo Gorter no es una formación aparente.

En realidad la situación no es así. Sí, los sindicatos son hoy archirreaccionarios; pero, si no los ganamos para nosotros, a ellos y sus armas, la revolución proletaria está derrotada. Quien quiera enseñar a la clase obrera que los sindicatos son una formación aparente es, en el mejor de los casos, un frívolo fraseólogo, pero no un dirigente de la clase obrera combativa que quiere arrollar a la burguesía.

En otro pasaje se dice: «La objeción de que el VKPD tenía que fallar esta vez porque todavía no estaba fortalecido no se sostiene. Porque, mientras sea un partido de masas (la cursiva está impresa con las letras más gruesas), nunca estará fortalecido interiormente».

Así pues, no se quiere un partido de masas y, sin embargo, se exige una política de masas. Que lo entienda quien pueda. Creo, camaradas, que lo citado de este folleto de la escuela holandesa bastará por ahora.

Pero tengo que decir que la cosa no es tan inofensiva como quizá parece. Los camaradas del KAP pasan exactamente a los mismos métodos que Serrati. Tengo aquí un número de la *KAZ*[^101] del 1.º de mayo, es decir, de un día solemne en que tenemos que poner especialmente de relieve la solidaridad internacional, en que tenemos que poner de relieve lo que nos une. Allí podemos leer:

«La lección de las luchas de marzo de este año tiene que comprenderse en Moscú. Si no ocurre así, si no se decide, aunque sea en el último momento, poner en el orden del día del próximo congreso la revisión de los 21 puntos, tendremos que sacar de ello las únicas conclusiones posibles».

A lo que tengo que responder: adelante, no tenemos nada en contra.

Luego prosigue Gorter: «Entonces tendremos derecho a suponer que la total incomprensión de los problemas de la revolución de Europa occidental, junto con las consideraciones hacia los intereses particulares del poder soviético ruso, tiene la culpa principal de la ciénaga en la que nos vamos hundiendo cada vez más».

A eso solo me queda decir lo que dije en Halle. Cuando en Halle se dijo a la gente de la derecha del USPD: señores, hoy estáis por la Rusia soviética, pero mañana estaréis en el campo de los enemigos, contra Rusia, gritaron: ¡Jamás! Pero ya hoy son adversarios abiertos y declarados de Rusia. Hoy digo lo mismo. Con esta política, que es medio infantil, medio criminal, se convertirán en enemigos de la república proletaria. *(Interrupción de Rádek: ¡Gorter ya defiende Kronstadt!)*

En el mismo artículo se dice además:

«Pero la separación política y organizativa de la Internacional Comunista respecto del sistema de la política de Estado rusa es el objetivo hacia el que hay que trabajar si queremos estar a la altura de las condiciones de la revolución de Europa occidental».

Esto está dicho de forma un poco diplomática, pero está claro. Declaramos en el II Congreso, y lo declaramos también hoy en nombre de nuestro partido: seremos felicísimos cuando la revolución proletaria haya vencido en Alemania o en otra parte y podamos trasladar el centro del movimiento comunista a Berlín o a otro lugar. Pero, naturalmente, estamos llenos de orgullo de que los obreros de los países más diversos nos concedan actualmente ese honor. Nos hemos esforzado —y seguiremos haciéndolo— por seguir los problemas concretos de la revolución internacional en cada país, por estudiar las condiciones de todos los países y aprender de ellos lo que saben mejor que nosotros. Pero de este artículo de mayo se desprende con toda claridad que los camaradas del KAP siguen las huellas de Serrati, lo que los empujará a los brazos de Dittmann.

Se me ha comunicado por telégrafo un acuerdo del Comité Central ampliado del KAP del 5 de junio de 1921:

«El Comité Central ampliado del KAPD declara: la pertenencia del KAPD a la Internacional Comunista, como simpatizante o con plenos derechos, sigue dependiendo de la intangibilidad de su programa».

¡Pues sí que es bonita esa Internacional! El programa del KAPD ha de ser intangible. ¿Por qué no, entonces, también el programa del partido francés, del italiano y del checoslovaco? ¿Qué chiquillada es esta, una chiquillada gorteriana? No puede haber ninguna Internacional en la que tal o cual partido sea intangible.

El Comité Central declara además: «En la cuestión de una fusión con el VKPD hay que rechazar todo ultimátum. Los delegados reciben plenos poderes para declarar, llegado el caso, la salida inmediata de la Internacional Comunista».

Camaradas, si llega ese caso, si los camaradas del KAPD consideran ahora de verdad útil salir de la Internacional —espero que todavía se lo piensen—, si para ellos no existen los acuerdos del proletariado comunista internacional, si para ellos solo cuenta la escuela holandesa, que lo hagan. Pero yo creo que nosotros, el congreso, no tenemos que arrepentirnos de haber hecho esta experiencia. Hemos mostrado a cada obrero revolucionario del KAPD que estamos dispuestos sincera y fraternalmente a trabajar con ellos, que les hemos dejado tiempo y les hemos hecho concesiones. Si ahora se van, se irán en un momento en que tenemos en Alemania un partido de masas probado en la lucha, que quizá ha cometido grandes errores —todos cometemos errores—. Pero, aun así, somos un gran partido revolucionario probado en el fuego, el partido del proletariado revolucionario, que a los ojos de la clase obrera tiene un valor moral completamente distinto del KAP. Si ahora nos sobreviene la desgracia de que Gorter y sus amigos más próximos nos abandonen, ya sabremos superar de algún modo esa desgracia. Estamos convencidos de que hoy o mañana la gran mayoría de los obreros que todavía siguen al KAPD reconocerá ese error. Esos obreros no declararán que son intangibles. Dirán: todos somos muy tangibles, y la Internacional Comunista debe ser una ley para todos nosotros. Esto es lo que tengo que decir al KAPD.

Para terminar con Alemania, todavía lo siguiente sobre el caso Levi. Hemos recibido un escrito de Paul Levi en el que pide la revisión de su expulsión del partido alemán. El presidium presentará al congreso una moción sobre esta cuestión. Como sabéis, el Ejecutivo aprobó la expulsión. Insistimos en que, puesto que en el folleto de Levi[^102] se discuten cuestiones tácticas, estas se debatan en la cuestión de la táctica. En cuanto a la otra cuestión, las habladurías sobre los turquestanos y todo ese chismorreo, creo —y vosotros seréis de la misma opinión— que sería hacer demasiado honor al folleto si siguiera hablando aquí de ello. *(Aplausos.)* Con esto queda zanjada esta cuestión.

Paso ahora a los demás partidos. En primer lugar, el partido francés. Sobre él dimos un informe detallado en la sesión del Ejecutivo ampliado. El partido francés fue tratado por nosotros de verdad de otro modo que los demás partidos, porque conocíamos la situación en ese país. Éramos de la opinión de que con este partido teníamos que proceder con más prudencia. Había que tener en cuenta que en ese partido había todavía elementos como los longuetistas, y por eso teníamos que darle tiempo para clarificarse. Las debilidades de este partido las conocemos bien.

Camaradas, permitidme que incorpore a las actas del congreso la versión taquigráfica de mi discurso sobre la cuestión francesa en la sesión del Ejecutivo y que pase simplemente a los demás partidos, porque de lo contrario perderíamos demasiado tiempo.

Discurso en la sesión del Comité Ejecutivo del 12 de junio de 1921 sobre la cuestión francesa.

¡Camaradas! Ante todo quisiera justificar ante los miembros del Ejecutivo nuestra actitud hacia el partido francés.

En efecto, el antiguo Ejecutivo, en su antigua composición, había tomado el acuerdo de admitir a este partido, y lo declaró en un gran número de declaraciones. Como sabéis, Serrati se ha quejado del Ejecutivo y de mí, y ha afirmado que, a su juicio, habíamos hecho concesiones excesivas al partido francés. Sobre la actitud hacia el Partido Socialista Italiano disponemos de toda una colección de artículos y resoluciones. En esa colección se exponen también las razones por las que yo, como representante del Ejecutivo, obré con el partido francés de otro modo que con el italiano, por las que cerré con los camaradas franceses, por así decirlo, un acuerdo especial. Serrati ha escrito un gran número de artículos en los que exige que se proceda con el partido italiano igual que con el partido francés. Considero que es mi deber explicar aquí qué actitud adoptamos hacia los camaradas franceses y por qué razones particulares.

Es cierto que teníamos la intención de proceder con el partido francés con más prudencia y espíritu conciliador que con el italiano, que ya pertenecía a nuestra Internacional, y ello por la sencilla razón de que, en nuestra opinión, la situación en el partido francés era distinta de la del italiano. Cuando Cachin y Frossard[^103] estuvieron en Moscú, teníamos ante nosotros en Francia un partido que aún no había pasado por la primera escisión. Dentro del partido estaban todavía incluso los Scheidemann franceses, Thomas y Renaudel. Teníamos que contar con que el grupo comunista dentro del partido francés era bastante débil y con que sus dirigentes estaban casi sin excepción en la cárcel. Por eso éramos partidarios de aplicar al partido francés un procedimiento mucho más suave que al partido italiano, que pertenecía a la Internacional Comunista, que había participado ya oficialmente en el II Congreso y había asumido obligaciones que por desgracia no cumplió. El acuerdo con Renoult[^104] contenía, en efecto, el punto de que, si resultaba que Longuet aceptaba las condiciones del II Congreso, estábamos dispuestos a proponer al próximo congreso que se hiciera una excepción con Longuet. Eso fue lo que Renoult nos pidió en nombre de Loriot,[^105] y lo aceptamos. No hemos tenido en absoluto que arrepentirnos de ello. Longuet pronunció después su conocido discurso. Entonces quedó claro que Longuet no podía en modo alguno aceptar esas 21 condiciones. Pero los camaradas franceses insistieron; querían demostrar ante los obreros franceses que estábamos dispuestos a hacer una excepción con Longuet. Creo que en eso obramos bien. Y Serrati está completamente equivocado cuando afirma que con el mismo derecho habría podido quedarse también él en la Internacional. Longuet no había aceptado esas condiciones, y el partido había roto con él. Frossard, en el último momento, cuando Longuet ya había declarado que no quería aceptar las condiciones, todavía le pidió que no abandonara el partido. Los camaradas que participaron en el Congreso de Tours[^106] recordarán sin duda que el Ejecutivo envió en el último momento al congreso un telegrama en el que tomaba posición muy duramente contra Longuet, lo calificaba de reformista, es decir, de agente del capitalismo, y exigía su expulsión. Frossard intentó disculpar ante Longuet ese telegrama del Ejecutivo. Dijo que los rusos eran un poco vehementes con las palabras y que no había que tomárselo por lo trágico. El telegrama estaba redactado de un modo algo grosero, pero Longuet debía quedarse en el partido y luchar junto con el partido. No sé si ese telegrama desempeñó de hecho el papel decisivo; en todo caso creemos que nuestro telegrama contribuyó mucho. Frossard, naturalmente, se equivocaba al intentar todavía entonces convencer a Longuet de que se quedara en el partido.

Tras los acuerdos de Tours, se nos planteaba la cuestión de cómo debíamos comportarnos en adelante con el partido francés. Teníamos muy claro que el partido no era todavía un partido comunista, que no era todavía un partido comunista completo. Quedaban en el partido algunos elementos que aún hoy son centristas y semicentristas, y que hacen valer esas tradiciones en todas partes: en el partido, en la prensa, en el parlamento. Y, sin embargo, siempre fuimos de la opinión de que con este partido teníamos que proceder de otro modo que con el partido italiano, que pertenecía ya desde hacía dos años a la Internacional Comunista. Con los camaradas franceses del grupo comunista del partido francés llegamos a un acuerdo tácito: les dejábamos algunos meses para reagruparse y para el trabajo de organización en el partido. No presionamos al partido. Loriot citó ayer un artículo en el que yo habría dicho que el partido francés había obrado bien. Lo confirmo. Se trata de un telegrama que el Ejecutivo envió con motivo del último congreso administrativo del partido francés. En ese telegrama el Ejecutivo declaraba: saludamos al partido también ahora, y en el congreso discutiremos con los representantes del partido lo que haya que cambiar en la política del partido francés.

Tenemos que juzgar con claridad al partido y su organización. Es lo que hemos hecho hasta ahora, ayer y hoy, aquí en el debate. Creo que el Ejecutivo obró bien al mostrar durante medio año la mayor prudencia y tolerancia con el partido francés. Pero eso no quiere decir en modo alguno que ahora no debamos decir aquí lo que consideramos justo decir. Soy de la opinión de que precisamente para el partido francés las llamadas «tonterías de izquierda» no son tan peligrosas. Si consideramos la situación general del partido francés tal como es ahora, todos reconocerán que los peligros para el partido no hemos de esperarlos tanto de la izquierda como de los llamados elementos oportunistas. *(Aprobación.)* El movimiento juvenil en Francia es muy débil. Si hace tonterías, hay que decírselo. Es evidente que, si el partido es oportunista, la juventud, como vanguardia, no puede ser oportunista. La actitud de la juventud será útil para el saneamiento del partido. Creo que precisamente en el partido francés las viejas tradiciones que algunos diputados han traído al partido son muy peligrosas, por lo que tenemos que combatirlas con toda consecuencia. Ayer, y también hoy, se ha dicho aquí que *L'Humanité* no es un periódico puramente comunista.

Al camarada Kun[^107] ya se le ha echado hoy un buen rapapolvo, y no quiero en modo alguno amargarle todavía más la vida. Pero su afirmación de que *L'Humanité* es peor que la *Freiheit* no corresponde a los hechos. La *Freiheit* es un periódico directamente contrarrevolucionario; *L'Humanité* es, a lo sumo, un periódico todavía no del todo revolucionario. *L'Humanité* evoluciona hacia adelante; la *Freiheit*, hacia atrás. Frossard avanza, despacio, con vacilaciones, con recaídas. *L'Humanité* está sinceramente a favor de Rusia; la *Freiheit* hace una propaganda encubierta y sucia contra el único Estado proletario. Hace trabajo de esquirol. Desde luego, tenemos que insistir en que *L'Humanité* se convierta en un periódico firmemente revolucionario, que evolucione en sentido revolucionario. El camarada Trotski citó en su discurso de ayer un ejemplo flagrante de sus fallos. Hay una docena de cuestiones así que *L'Humanité* ha descuidado. Por lo demás, los propios camaradas franceses lo reconocen, tanto en informes oficiales como en conversaciones privadas. Loriot ha dicho hoy, de un modo que hay que agradecerle: «Sabemos muy bien que nuestro periódico, que nuestro grupo parlamentario es oportunista. Sabemos que todavía hacemos mal muchas cosas». El Ejecutivo cree que ha llegado ya el momento de intervenir y de decir abiertamente, sin rodeos, lo que esperamos del partido francés.

El camarada Lenin tenía razón al afirmar que la cuestión de los sindicatos franceses va bien, que en ellos se puede comprobar un paso adelante. Pero, cuando añade que ese trabajo lo ha hecho el partido francés, tengo que constatar que el camarada Lenin no ha seguido bien esta cuestión. Tampoco los camaradas franceses lo afirman. El propio Loriot dijo que el partido no trabaja bien en los sindicatos, que sigue allí una política poco clara. Si los sindicalistas obtuvieran la mayoría en el próximo congreso, no sabrían qué hacer con esa mayoría, y tampoco el partido sabría qué hacer con ella. Sí, lo constatamos: en los sindicatos se avanza, a pesar de las vacilaciones y de la falta de claridad del partido en esta cuestión. *(Aprobación.)* El partido no tiene todavía una línea clara en esta cuestión; precisamente por eso tampoco los sindicalistas tienen una línea clara. Precisamente por eso ha podido producirse la situación actual, a saber, que los sindicalistas quieran formar conscientemente un partido político propio.

Y aquí quisiera decir también unas palabras sobre lo expuesto por el camarada Sachs. Dijo que el ejemplo de Francia nos enseñaría que los acuerdos del II Congreso sobre la cuestión sindical no habían sido acertados. Al contrario, precisamente el ejemplo de Francia demuestra mejor que nada lo acertado que fue proponer que se formaran células en los sindicatos. Si hubiéramos seguido los consejos de los camaradas del KAPD, ¿dónde estaríamos ahora? Estaríamos aún más lejos de nuestro objetivo y no habríamos hecho más que llevar agua al molino de Jouhaux. Nuestro consejo era comunista. A pesar de las malas condiciones en el partido, a pesar de la mala situación, tenemos de nuestro lado una serie de sindicatos. Aunque las condiciones en Francia son todavía bastante caóticas, hay sin embargo la esperanza de que el partido encuentre el camino hacia los sindicalistas y hacia los sindicatos. Precisamente el ejemplo de Francia muestra lo acertadamente que obró el II Congreso cuando exhortó al partido a dirigir su atención a los sindicatos.

Afirmo que, a pesar de todas las debilidades, a pesar de las malas prácticas que Cachin ha traído del viejo partido, tenemos que tener confianza en el partido francés. Precisamente en Francia no se podía tener confianza en el partido obrero durante la guerra, y sabemos que los propios obreros sentían una gran desconfianza hacia el partido. Pero precisamente porque un grupo de comunistas está en el parlamento y en los sindicatos, podemos declarar ahora con toda tranquilidad, sin exagerar, que en Francia ha despertado de nuevo la confianza en la bandera, en la idea de la revolución. Tenemos hoy en Francia un partido de más de 100.000 miembros. Reina en él otro espíritu que en el viejo partido francés. Pero tiene también todavía muchas debilidades y medias tintas. Nuestro mayor enemigo es la tendencia oportunista. Sin embargo, tenemos que reconocer que hemos dado un gran paso adelante, que hemos recuperado la confianza de los obreros en Francia. En el parlamento francés hay un grupo comunista pequeño, débil, pero internacional. Las condiciones no son todavía hoy del todo satisfactorias, pero mejoran de día en día. Nuestros camaradas franceses declaran ellos mismos que reconocen sus errores, y por eso quieren recibir de buen grado los consejos del Ejecutivo de la Internacional Comunista.

El Ejecutivo tiene que decir lisa y llanamente, en una resolución o en una carta al partido, lo que tiene que decir. Naturalmente, no puede ni hablarse de que presentemos la moción de expulsar a Frossard. Esa moción no puede siquiera ser objeto de una discusión seria. En Francia el desarrollo avanza, pero hay todavía un oportunismo que es nuestro enemigo. Ese enemigo tenemos que vencerlo. Tenemos que decir a los obreros franceses de qué se trata. Quizá se produzcan todavía desprendimientos; quizá el partido, cuando lleguen luchas mayores, tenga que pasar no solo por desprendimientos, sino también por una crisis mayor. Los comunistas franceses lo confirman. Aun así, queremos ayudar ahora al partido y apoyarlo para que siga siendo un partido de masas. Los acontecimientos del partido francés han demostrado que en esta cuestión fijamos en el II Congreso una táctica acertada. Una táctica acertada contra las tonterías de izquierda, como se ha expresado hoy el camarada Lenin, y en especial contra las tonterías oportunistas. La línea que fijamos en el II Congreso tenemos que mantenerla también en el III Congreso.

Muy importante fue para nosotros la cuestión checoslovaca. También se discutió muy detenidamente en el Ejecutivo ampliado. Y espero que también ese material se incorpore a las actas. Quisiera limitarme aquí a unas pocas palabras. Hemos polemizado contra la tendencia de Šmeral.[^108] Hay esperanzas de que todavía venga aquí y de que, con su presencia, podamos discutir esas divergencias. Las comunicaciones que nos han llegado del camarada Burian y de otros muestran que el partido checoslovaco se está convirtiendo en un partido de masas verdaderamente revolucionario. Y, como hemos mostrado de modo camaraderil a los camaradas checos las debilidades de su partido, creo que pronto veremos el momento en que también en Checoslovaquia tengamos un partido comunista probado. Es posible que en este partido, como en el partido hermano alemán, haya al principio algunos elementos reformistas; dada la trabazón de las cosas, es incluso de esperar. Pero somos de la opinión de que este organismo verdaderamente proletario, este partido tallado en buena madera proletaria, superará bien y fácilmente, con el apoyo de la Internacional, los posibles elementos oportunistas o centristas. En Checoslovaquia no tenemos todavía hoy un partido comunista unificado; tenemos que crearlo primero. Tenemos que tener un partido checoslovaco unificado, dirigido y cohesionado internacionalmente, bien organizado. Ese es el deseo que ha expresado el Ejecutivo y que quisiera subrayar una vez más.

Discurso en la sesión del Comité Ejecutivo del 13 de junio de 1921 sobre la cuestión checoslovaca.

He recibido el encargo de justificar la resolución que el Pequeño Buró ha elaborado sobre la cuestión checoslovaca y que someterá al Ejecutivo. Ante todo quisiera expresar nuestro pesar por que el camarada Šmeral no esté presente. Declaró en el congreso del partido la lucha política a la Internacional Comunista. Somos de la opinión de que su deber habría sido comparecer en el congreso y librar aquí esa lucha. Por eso, después de consultar con los camaradas checos presentes, decidimos enviar a Šmeral un telegrama en el que se le pide que, si le es de algún modo posible, venga a Moscú al congreso y defienda su posición. Todavía no ha llegado respuesta, pero aún no hemos perdido la esperanza de que Šmeral comparezca aquí en persona.

Ante todo quisiera tratar la cuestión nacional, una cuestión que desempeña un papel muy grande en el asunto checoslovaco. Aquí se impone la mayor prudencia. Pero antes quiero señalar que el *Právo lidu*[^109] me atribuyó hace unas semanas una afirmación completamente estúpida. Yo habría declarado en el Ejecutivo que no reconozco en absoluto el Estado checoslovaco. *(Risas.)* El *Právo lidu* infla esa declaración apócrifa. ¿Cómo se imagina uno que el Ejecutivo, o uno de sus miembros, no reconozca un hecho dado? Tampoco nos opondremos si los camaradas checoslovacos declaran que quieren luchar en el marco de este Estado, de este Estado que es un producto de la guerra, un producto del desarrollo histórico; pero tampoco queremos afirmar que en todas estas cuestiones territoriales se haya dicho ya la última palabra de la historia universal. Somos partidarios de que todas estas cuestiones se resuelvan definitivamente solo cuando existan en todas partes gobiernos soviéticos. Las fronteras que fijen los gobiernos soviéticos serán también las fronteras definitivas. Espero que, cuando Checoslovaquia sea un Estado soviético, también los representantes del Estado soviético checoslovaco lleven con nosotros hasta el final la guerra ofensiva contra todas las repúblicas monárquicas y democráticas. Ya en el primer congreso de la Internacional Comunista declaramos con insistencia que las fronteras de los Estados, tal como son ahora, no son más que fronteras completamente fluidas, completamente provisionales, que la historia dejará atrás con bastante rapidez. Ese es el punto de vista de la Internacional Comunista desde los primeros tiempos de su existencia, y espero que también los camaradas checoslovacos aprueben ese punto de vista. Los camaradas checos tienen que subrayar siempre, en este contexto, el punto de vista internacional. Nosotros no negamos el Estado burgués checoslovaco; pero, como internacionalistas, tenemos que declarar que los camaradas checoslovacos tienen que resolver todas las cuestiones nacionales, que son muy agudas y seguirán siéndolo más adelante, en sentido internacional, mediante una política proletaria. *(Aprobación.)*

Pasemos ahora al partido de masas. Sin duda debemos reconocimiento a los camaradas checoslovacos por el hecho de que se presenten ante la Internacional Comunista con un partido de 350.000 miembros. Es un gran mérito de los camaradas checoslovacos. Está completamente claro que en Checoslovaquia hemos dado un gran paso adelante, que allí hemos derrotado ignominiosamente a la socialdemocracia. Es un gran mérito que no debemos pasar por alto. Nosotros abogamos más por los partidos de masas, más que esos *gentlemen* que, como Levi, tienen continuamente en la boca el argumento del partido de masas; como, en general, podemos constatar que precisamente quienes en realidad son partidarios de las sectas hablan de los partidos de masas más que los otros, más que nosotros, cuya política no se orienta en modo alguno al sectarismo. Reconocemos con mucho gusto que el partido checoslovaco es de verdad un partido proletario de masas. Esa es la base de la que partimos y desde la cual determinamos nuestra política en esta cuestión. Sin embargo, hay partidos políticos de masas que no son ni socialistas, ni comunistas, ni revolucionarios. Lamentablemente, hay partidos de masas así. Sabemos que los socialdemócratas en Alemania son todavía un partido de masas muy respetable. Sabemos que el Labour Party en Inglaterra es un partido de masas muy grande; sabemos que la clase obrera en Francia forma un gran partido de masas. Pero ¿basta eso? Si no tuviéramos partidos socialdemócratas de masas, hace mucho que tendríamos la revolución en el mundo entero. *(Aprobación.)* Podemos imaginarnos muy bien que haya partidos de masas que todavía rindan culto a la ideología burguesa y semiburguesa. Pero en Checoslovaquia no es ese el caso. El partido checoslovaco no se sitúa en modo alguno en el terreno de la ideología burguesa. Pero una parte de la masa es todavía muy accesible a las influencias centristas. Eso tenemos que verlo con toda claridad, y con ese hecho tenemos que contar. Queremos tener este partido como partido de masas conforme a las condiciones de la Internacional Comunista. A los camaradas Muna y Zápotocký, y también al camarada Šmeral, no les dimos una hoja de ruta fija; al contrario, les dijimos que no había que proceder con demasiada prisa a la fundación del partido comunista. Que había que esperar el momento. Pero al mismo tiempo les dijimos: cuando se funde un partido comunista, tiene que ser un verdadero partido comunista. *(Viva aprobación.)*

Pero, si los camaradas checoslovacos declaran ahora continuamente que viviríamos un nuevo Livorno si actuamos contra Šmeral, pregunto: ¿qué quiere decir eso? ¿Quiere decir quizá que los camaradas tienen que reconocer que el partido checoslovaco es ahora centrista? *(Viva aprobación.)* ¿Qué fue Livorno? No quiero anticiparme al debate sobre Livorno, y ahora solo me ocuparé muy brevemente de Livorno. En Livorno vimos que en un partido de masas de unos 200.000 miembros se produjo una escisión. La mayoría se fue con los centristas; la minoría, con los comunistas. Toda nuestra culpa consiste en haber concedido a Serrati demasiada confianza y durante demasiado tiempo, en no haber organizado en el partido italiano una oposición vigorosa contra Serrati. Si los camaradas dicen que el partido checoslovaco se escindirá enseguida y que solo una pequeña minoría seguirá siendo comunista, ¿qué quiere decir eso? Quiere decir que tienen un gran partido de masas del que, sin embargo, solo la minoría es comunista. Si las cosas tuvieran de verdad un aspecto tan triste, no debéis haceros ilusiones. Espero que la situación no sea tan triste. Sabemos que en el partido checoslovaco existe un grupo que ha reconocido con claridad todos los problemas políticos y organizativos. Hemos oído, en efecto, la carta que los camaradas Muna y Zápotocký escribieron desde la cárcel. Todo el mundo tiene que estudiar esa carta con mucha atención. La carta es un documento muy importante. Declaran exactamente lo mismo que declaramos aquí. Es verdad que por desgracia no han nombrado a Šmeral. No sé por qué razón. Pero ven las condiciones exactamente como nosotros. El hecho de que no se haya osado protestar contra su carta demuestra que estos camaradas tienen seguidores en el partido. Es como mínimo deber de la Internacional Comunista declararse solidaria con las declaraciones de estos camaradas que están en la cárcel.

Pero tenemos que ir todavía más lejos y decir abiertamente contra Šmeral todo lo que tenemos que decir. No queremos decir a los camaradas: «Haced enseguida la revolución». No se nos debe atribuir algo así. Tampoco queremos decir: «Tenéis que lanzaros al ataque hoy, mañana o dentro de un mes». Pero sí queremos decir que la agitación y la propaganda tienen que ser revolucionarias y no centristas.

Cuando ayer oí el discurso del camarada Tausik, tuve que decirme: son palabras de un hombre de la Internacional Dos y Media. Dijo entre otras cosas —el camarada Bujarin ya se ha ocupado de ello con detalle— lo siguiente: «Estamos cercados por Estados que están en quiebra. Por eso no podemos hacer la revolución». ¿Qué quiere decir eso? ¿Hemos de esperar a que el capitalismo recobre fuerzas y lanzarnos solo entonces contra los florecientes Estados capitalistas? Es la misma teoría que encontramos en Kautsky. Luego oí también una interrupción del camarada Tausik. Cuando un orador dijo que los checos no debían esperar a otros Estados, el camarada Tausik gritó: entonces también en Polonia tiene que haber un buen movimiento. También yo soy de la opinión de que en Polonia tiene que haber un buen movimiento. Lo hay también, a pesar del terror blanco; pero ¿no es lo que dice el camarada Tausik exactamente lo mismo que dice la Segunda Internacional? También la Segunda Internacional dice:

«Estoy dispuesto a lanzarme al ataque, pero mi vecino tiene que lanzarse al mismo tiempo». ¿Cómo se lo imaginan? Quizá así: que un buen día los dirigentes se reúnan y lleguen a un acuerdo en el que fijen exactamente el día en que ha de estallar en todas partes la revolución. Sería muy bonito. Pero las revoluciones no se despachan tan fácilmente como para que simplemente firmemos tratados entre nosotros y luego, un buen día, nos lancemos al ataque. El lanzarse al ataque depende de numerosos factores. Según esa teoría, se podría preguntar sencillamente por qué la atrasada Rusia ha de actuar la primera y no la América capitalistamente desarrollada. *(Vivos aplausos.)* Con estas teorías de la Segunda Internacional y de la Dos y Media tenemos que acabar a fondo. En ningún caso queremos proponer a ningún partido: ahora tenéis que lanzaros al ataque. El Ejecutivo no presentará nunca una propuesta así. Naturalmente, una cuestión tan importante hay que sopesarla mil veces antes de tomar la decisión.

Pero aquí se trata de cosas completamente distintas. ¿Podemos admitir que en un congreso del partido se levanten dirigentes para escupir sencillamente a la Internacional? *(Vivos aplausos.)* Tenemos aquí 1.000 delegados; que los camaradas se encierren por grupos en una habitación y lean a fondo el discurso de Šmeral. Estoy convencido de que cada uno de los camaradas afirmará que ese discurso de Šmeral es un discurso semicentrista. Encontramos en ese discurso el mismo tono, el mismo método, la misma insinceridad que en Serrati. Y ese discurso se pronunció en un momento en que el partido ya había declarado que quería adherirse a la Internacional. El partido habría debido protestar inmediatamente contra el discurso de Šmeral. Entonces la situación sería completamente distinta. Ahora tenemos que actuar nosotros contra el discurso de Šmeral.

La resolución que proponen los checoslovacos declara dos o tres veces: hemos aceptado los 21 puntos y los aplicaremos. ¿A qué tantas promesas juradas? ¿No sería mejor ponerse por fin a cumplir esas condiciones? ¿De qué sirve el juramento de aplicar los 21 puntos si los dirigentes del partido hacen agitación en los periódicos contra las 21 condiciones? ¿Cómo pueden afirmar que cumplen las 21 condiciones si Šmeral habla contra la Internacional Comunista, si muchos de los dirigentes hablan contra la adhesión, contra las 21 condiciones, si Šmeral empieza ahora incluso a hablar de una colaboración, de una acción conjunta con otros partidos del país, diciendo que somos un partido tan grande que podemos ejercer una influencia eficaz sobre el gobierno actual? Quien conoce la historia del socialismo hasta el año 1921 sabe muy bien lo que significan esas palabras en boca de un hombre tan hábil como Šmeral.

¿Qué ocurrió durante la huelga de diciembre? Todo el que viene de Checoslovaquia confirma que, si hubo alguien que se encontró ante los acontecimientos tan indefenso como un niño, ese fue Šmeral. Lo confirman todas las partes, también la prensa. Šmeral quería sencillamente nadar todavía unos años en las aguas capitalistas actuales, observar y esperar, y solo entonces decidirse. Por eso, camaradas, creemos que tenemos que adoptar una posición clara y precisa.

A la pregunta de si admitimos al partido tenemos que responder que sí. ¿Y qué hacer ahora con Šmeral? No exigimos ni su expulsión ni su destitución inmediata; pero queremos reivindicar para nosotros el derecho de decir a los obreros checoslovacos lo que tenemos que decir, de ponerlos en guardia contra discursos así, contra una actuación así. No debemos olvidar que el discurso de Šmeral, ese discurso de tres horas, no fue improvisado. Ese discurso estaba preparado de antemano, cada palabra bien sopesada.

Exhortamos a los obreros checoslovacos a seguir desarrollándose y no a retroceder. Los camaradas checoslovacos nos han declarado que la prensa burguesa entonará gritos de júbilo por nuestra resolución. No sé si esa alegría estaría justificada. Sabemos que la prensa burguesa intentará aprovechar en su favor esta polémica desagradable. Volverá a hablar del modo más estúpido de un dictado de Moscú o de los camaradas húngaros. Sé también que incluso gente del partido es accesible a esas insinuaciones, a esa ideología. Pero el verdadero internacionalismo no consiste en preocuparnos por semejantes tonterías. No nos dejamos influir por ello en lo más mínimo en nuestras decisiones. Tenemos que hablar con sinceridad a los obreros checoslovacos. No tenemos nada que objetar contra la persona de Šmeral. Cuando hace un año vino aquí y nos abrió su alma y dijo: yo era socialpatriota y ahora estoy aquí, no le pusimos ni un solo obstáculo en el camino. Lo recibimos fraternalmente. Lo apoyamos en lo posible durante un año entero. Tampoco hoy tenemos ningún motivo para actuar contra él personalmente. Es sin duda un hombre que quiere servir desinteresadamente a la clase proletaria. Pero tenemos que constatar sus errores políticos. El camarada Kreibich tenía razón cuando nos recordó que hace un año, en nuestra conversación con él sobre la conducta de Šmeral, quisimos proceder contra Šmeral. Kreibich nos disuadió entonces con el tono de la convicción. Creía que se trataba solo de pequeñas divergencias sobre la táctica de Šmeral. Pero los últimos acontecimientos han sacado de su error al camarada Kreibich.

Pedimos a los camaradas checos que en esta cuestión dejen completamente de lado todo factor nacional. Lo sé: todos somos hombres, nacidos en la ideología burguesa, hombres que han mamado los sentimientos nacionales con la leche materna. Pero en esta cuestión no se trata de una cuestión nacional, no de una cuestión alemana y checa; se trata aquí de la cuestión de un comunismo consecuente o de un semicomunismo vacilante. ¿Por qué viene ahora Šmeral con la cuestión de la superestructura y de la federalización? ¿Cómo se puede imaginar la Internacional Comunista de otro modo que queriendo tener en cada país un partido unificado? ¿Cómo puede ser eso todavía un problema discutible dentro del Partido Comunista? Hay que nombrar sencillamente un comité que lleve a cabo la centralización y no le dé largas.

Por estas razones, camaradas, tenemos que decir claramente a la delegación del partido checoslovaco lo que pensamos de la situación en su partido. No fue casualidad que los representantes del partido búlgaro, el italiano, el alemán, el ruso y el polaco hayan dicho lo mismo. Seguimos esta cuestión con una atención extraordinaria. La crisis que con ello se quería provocar en la Internacional Comunista nos ha obligado a ello. Y está bien que así sea. Estoy convencido de que no habrá ningún Livorno. Tengo la confianza de que la mayoría, cuando oiga lo que ha dicho la Internacional Comunista, y no solo la mayoría, sino también quienes ahora mantienen relaciones amistosas con Šmeral, dirán: Šmeral es nuestro amigo, pero la Internacional Comunista es todavía más amiga nuestra. Estoy convencido de que la gran mayoría de los obreros de Checoslovaquia acatará nuestros acuerdos, y espero que también la gran mayoría de los camaradas de otros países. Que Šmeral piense lo que quiera. Entregamos nuestra resolución al Ejecutivo con la firme confianza, con la segura convicción de que esta resolución contribuirá mucho al desarrollo de un verdadero partido comunista en el seno de los obreros checoslovacos, de un verdadero partido de combate. *(Aplausos tempestuosos y prolongados.)* Pido a los camaradas que aprueben la resolución que el camarada Karl Rádek presentará en nombre del Pequeño Buró del Ejecutivo.

Quería decir todavía algo sobre los partidos escandinavos. En Suecia y en Noruega tenemos dos partidos distintos. En Suecia tenemos, hablando en general, cierta evolución de un partido semipacifista a uno verdaderamente comunista. Pero esa evolución todavía no ha concluido. Noruega tiene un partido de masas que todavía tiene que liberarse de algunas influencias del centrismo.

En el partido sueco hay también, en el aspecto organizativo, mucho que corregir todavía.

Cuando, por ejemplo, leo en los estatutos de este partido, en el párrafo 2:

«El grupo parlamentario del Riksdag y otros miembros del partido que reciban del gobierno cualquier encargo oficial deben, antes de aceptar tales encargos, recabar el consentimiento del Comité Central y, en asuntos importantes, del Consejo del partido», digo que sencillamente no lo entiendo. Tampoco entiendo el punto 3, que dice:

«El grupo parlamentario debe seguir exactamente en su actividad el programa del partido y las resoluciones de los congresos del partido. En el intervalo entre un congreso del partido y el siguiente, el grupo parlamentario está obligado a seguir las propuestas y a ajustarse a las opiniones que expresen el Consejo del partido o el Comité Central».

¿Qué encargos quiere dar el gobierno burgués a los diputados comunistas? Me resulta incomprensible. Lo mismo ocurre con la disciplina del grupo parlamentario. Suena tan modesto que el grupo esté sometido en su línea general al congreso del partido y que, entre los congresos del partido, sean decisivos para él los acuerdos del Comité Central. Es un tono demasiado inocente.

En la cuestión del armamento del proletariado tampoco se ha hecho en Suecia plena claridad. Cuando Branting[^110] sale y dice: mis comunistas son buenos, son buenos chicos, sé muy bien que el adversario escribe esas cosas a propósito, y no lo tomo en serio. Tenemos que juzgar con mucha más objetividad que el señor Branting, a quien nuestros comunistas han causado muchos disgustos. Aun así, tenemos que constatar que el órgano del partido, *Politiken*, no es todavía un periódico proletario combativo, que sacuda a las masas. El periódico no ha adoptado una posición del todo clara en las cuestiones decisivas para la Internacional Comunista.

Con el partido noruego hemos llegado a cierto acuerdo sobre las afiliaciones colectivas. Hemos hecho al partido ciertas concesiones. Pero somos de la opinión de que esta situación solo puede ser transitoria, de que también allí el partido tiene que organizarse sobre la misma base que ya se ha hecho en los demás partidos.

Camaradas, durante este año no solo hemos llevado a cabo escisiones, sino que también hemos obrado en sentido unificador. Y concretamente en Inglaterra y en América.

En Inglaterra teníamos en tiempos del II Congreso ocho pequeñas corrientes más o menos comunistas que se combatían entre sí; ahora tenemos un partido unido. Esto es, y no en último lugar, el resultado de la presión del Ejecutivo.

Lo mismo vale para América. En América declaramos que no admitiríamos a ninguna de las fracciones mientras no se hubieran unificado. A los amigos americanos tenemos que aconsejarles que aprendan no solo a trabajar en el marco de un partido ilegal, sino que sepan también, a pesar del terror blanco, organizar un movimiento que sea y tenga que ser legal o semilegal, y que actúe paralelamente al partido para ganar a capas más amplias de los obreros.

Para el partido americano y el inglés es una cuestión vital no seguir siendo una secta. El terreno en Inglaterra y en América está tan bien preparado que nuestro partido tiene que saber esparcir el trigo. Somos de la opinión de que para estos dos partidos la consigna principal debe ser: más vínculos con las masas, más legalidad. *(Vivos aplausos.)*

En cuanto a los demás países, constato que en Dinamarca se ha producido entre los sindicalistas una escisión de la unión sindicalista y que una parte se ha adherido a la Internacional Comunista.

En el Partido Socialdemócrata Austriaco también se separó el ala izquierda y se unió al partido comunista.

Parecida es la situación en Bélgica, donde se separó un grupo de Jacquemotte. El órgano del partido belga está muy inquieto por esa escisión. Pero nuestros camaradas comunistas de Bélgica opinan que no es un hecho importante. Creo que en eso se equivocan. Somos de la opinión de que la escisión tiene, con todo, gran importancia. Y creo que a la Internacional le interesa unificar lo antes posible a ese grupo con el partido hermano que tenemos allí.

La misma evolución se ha visto en Suiza, donde la izquierda se ha separado del partido socialdemócrata y se ha unido a los comunistas, dejando fuera a Nobs.[^111] Nobs, en su polémica con nosotros, se ha remitido a una carta de la camarada Clara Zetkin. Creo que tenemos que tener presente esta experiencia y no escribir tan deprisa cartas a gente así. También yo escribí una carta a Nobs, y él la publicó también, pero solo como prueba de mi grosería. *(Risas.)* En cambio, la carta de la camarada Zetkin Nobs intentó aprovecharla contra la Internacional Comunista. Eso es bastante grave.

El movimiento en Suiza hace buenos progresos. En la Suiza francesa nuestros camaradas tienen buenos éxitos; el Partido Socialdemócrata pierde influencia de día en día. El señor Grimm, el famoso dirigente de los socialdemócratas suizos, se ha convertido en simple abogado de la burguesía.

En España, la misma evolución hacia la unión de los grupos comunistas. Allí tuvimos un fenómeno muy interesante. Vino aquí la delegación del viejo partido.[^112] Uno de los delegados, un obrero, era comunista; el otro, un profesor, era reformista. Ese profesor declaró abierta e ingenuamente: yo no quiero ir a la Internacional Comunista, pero los obreros españoles que nos han enviado aquí quieren ir a la Internacional Comunista. Así que tengo que acatar su mandato. *(Risas.)*

Visitas así las recibimos a menudo. De Rumanía vino a vernos un tal señor Flueraș, que había sido ministro. Se quedó completamente asombrado cuando el camarada Bujarin, con la amabilidad que solo él tiene, le dijo: señor Flueraș, puesto que usted es un ministro burgués, y puesto que nos parece que debe seguir siéndolo, le rogamos que abandone esta sala. *(Risas.)* Quedó horrorizado por nuestra falta de hospitalidad internacional. Visitas así, bastante extrañas, hemos tenido muchísimas en el último medio año.

En Rumanía se ha producido ahora la escisión, y tenemos que hacer constar aquí ante el congreso que nuestros camaradas Cristescu y otros, de quienes se ha dicho a menudo que eran centristas, se han comportado lealmente con las obligaciones que habían asumido. Todos ellos han ido a la cárcel como partidarios de la Internacional Comunista. Estamos demasiado poco informados sobre la situación en Rumanía; pero tenemos que decir que las negociaciones dan hasta ahora buenos resultados.

Nuestro partido yugoslavo se ha vuelto ahora ilegal. Era un gran partido, que contaba unos 80.000 miembros. Los centristas tienen ahora la vileza de publicar un periódico legal y de aprovechar el monopolio de la legalidad contra nuestros camaradas comunistas. Esa ala centrista está ahora excluida y vuelve a pertenecer a la Internacional Dos y Media. Si todavía quedan en el partido restos de esos centristas, naturalmente no puedo dar testimonio de ello, porque no conozco con precisión la composición de ese partido ilegal. Esperemos que no sea así. Pero, si lo fuera, quisiéramos pedir a la delegación yugoslava, que está bien representada aquí, en nombre del antiguo Ejecutivo, que emprenda la lucha contra los elementos centristas mejor hoy que mañana.

El socialismo reformista es un veneno específico. El camarada Barbusse escribió un artículo brillante sobre el socialismo reformista; se lo puse ante los ojos al camarada Gorki y le dije: Barbusse ha entendido lo que usted todavía no ha entendido. Barbusse dice que el socialismo reformista es el veneno específico para el proletariado. Y, si unas gotas de ese veneno entran en nuestro cuerpo, la gangrena puede declararse de repente en el cuerpo, precisamente en el momento en que se está en la lucha más difícil. Tenemos que dirigir nuestra atención a ese veneno y tener siempre preparado el antídoto, y en una dosis no demasiado pequeña.

Nuestro partido búlgaro es uno de los pocos partidos que, como el checoslovaco, parecen tener tras de sí casi la mayoría de la clase obrera de su país. Las últimas noticias dicen que también este partido quizá tenga que pasar a la ilegalidad y sufra mucho bajo el terror blanco. No sabemos si estos datos son ciertos.

Se ha acusado al partido de no haber recurrido siempre, en el momento decisivo, a la lucha de masas. La investigación ha demostrado que eso no es cierto. Seguimos la historia del partido desde 1913. Ha pasado por toda una serie de escisiones. Creemos que allí, en Bulgaria, a pesar de algunas debilidades, tenemos un partido comunista bueno y vigoroso. Cuando este partido pase de la propaganda preparatoria a la acción, tendrá que demostrar lo que ha preparado durante 20 o 25 años. Abrigamos la esperanza de que, cuando llegue la hora decisiva, este partido nuestro no dé decepciones a la Internacional Comunista.

Unas palabras sobre el partido finlandés. Pertenece a la Internacional Comunista como partido ilegal. Pero todo el movimiento obrero ilegal finlandés, a pesar del terror blanco, pertenece en cuerpo y alma al comunismo. Según los informes, este movimiento ilegal tiene el doble de miembros que el viejo socialdemócrata. Este está completamente por los suelos. Cuando un simple obrero finlandés viene a vernos, siempre nos declara: la cuestión del comunismo no es ya entre nosotros, en Finlandia, una cuestión de agitación, sino de armas, de preparación técnica. *(Vivos aplausos.)*

Camaradas, si no he nombrado tal o cual partido, no es porque no haya nada que decir de él, sino porque alguna vez tengo que terminar.

Pasemos ahora a nuestras importantes secciones del Cercano y del Lejano Oriente. En el Cercano Oriente trabaja el Consejo de Propaganda, que formó el Congreso de Bakú.[^113] En lo organizativo queda allí todavía mucho trabajo por hacer. En el Lejano Oriente la situación es parecida.

Tenemos que tener sin falta una mejor comunicación con Japón; tenemos que poner pie firme en Japón. Ese Estado se encuentra aproximadamente en la misma situación que Rusia en 1905. Allí está creciendo un gran movimiento revolucionario de masas. Deberíais ver los escritos que aparecen allí. El primer y el segundo tomo de *El capital* se han traducido al japonés y ya se han publicado. Tenemos allí una serie de sindicatos que se han formado espontáneamente, sin dirigentes, solo por obra de los obreros. Sienten gran simpatía por la Internacional Comunista, pero por desgracia las comunicaciones con Japón son muy malas.

Puesto que queremos ser una Internacional mundial, es deber del Ejecutivo dedicar mucha más atención y fuerzas a la Internacional de mujeres y a la Juvenil. *(Aprobación.)*

La conferencia de mujeres se ha celebrado, y hemos seguido su trabajo. Fundamos un periódico internacional de mujeres: *Die Frauen-Internationale*. Somos de la opinión de que el trabajo entre las mujeres tiene que fomentarse con todos los medios. Es un hecho: sin las mujeres, el proletariado no vencerá nunca. Tenemos que tener a las mujeres; sin ellas, tampoco la república proletaria habría podido sostenerse en Rusia. *(Viva aprobación.)*

Mayor importancia todavía tiene la Internacional Juvenil. Tendremos aquí un congreso mundial de la Internacional Juvenil. Durante el año transcurrido hemos hecho todo lo posible para apoyar a la Internacional Juvenil. El camarada Trotski tiene toda la razón cuando afirma sobre esta cuestión que la juventud, puesto que la clase obrera ha quedado tan maltrecha por la guerra, significa hoy para nosotros todavía más de lo que creíamos hasta ahora. Tenemos que hacer cien veces más trabajo entre la juventud y apoyarla cien veces más que hasta ahora. Es una de las cuestiones más importantes. Por eso esperamos que este congreso fortalezca el movimiento juvenil, y apoyaremos con todos los medios este congreso mundial de la juventud.

Algunos señores han intentado poner en conflicto a la juventud con el Ejecutivo. Han intentado azuzar a la juventud contra el Ejecutivo con artículos en *Sowjet*, la revista de Levi. Pero eso no lo conseguirán nunca. A mi juicio, la dirección política de la juventud tiene que estar allí desde donde se ejerce la dirección política de toda la Internacional. Si se tienen dos instancias paralelas en países distintos, las disposiciones de esas instancias se cruzarán a veces sin quererlo y producirán contradicciones. En el movimiento juvenil eso es doblemente peligroso. Por eso creo que tenemos que superar todas las dificultades organizativas y tener una dirección política común: hoy en Rusia, mañana en Alemania o en Francia, según el desarrollo de la revolución mundial. Pero, sea como sea, tenemos que apoyar a la juventud en todas partes mucho más abundantemente que hasta ahora. Hasta ahora ha hecho un trabajo brillante; siempre ha ido delante en Checoslovaquia, en Francia y en otros países donde hay que librar la lucha contra los socialpatriotas y los centristas. La tarea es muy grande, y en este terreno hay que hacer mucho más que hasta ahora. Tenemos que apoyar el movimiento juvenil con todas nuestras fuerzas. *(Viva aprobación.)*

El II Congreso formó, por iniciativa de nuestro Ejecutivo, la Internacional Sindical Roja. Entonces era un problema completamente nuevo. Ahora hemos recorrido ya un gran trecho del camino. El camarada Lozovski ha hecho un cómputo que demuestra que ya pertenecen a nuestra Internacional sindical más de 15 millones de obreros sindicados. Empezamos presentándonos con un manifiesto contra la Internacional de Ámsterdam, y en este congreso daremos un nuevo gran paso adelante. Creo que la importancia de este congreso sindical está clara para todos nosotros, porque la lucha contra la Internacional de Ámsterdam, ese último bastión de la burguesía, tiene que librarse hasta el final. Por eso la cuestión sindical es ahora la cuestión más importante, y el congreso tiene que dedicarle la mayor atención. Después del congreso, esta cuestión tiene que tratarse en todos los partidos hermanos como la más importante.

Este es el informe sobre el trabajo realizado, en líneas generales, por el Ejecutivo durante el año pasado. ¿Qué hay que hacer ahora? ¿Qué línea debemos seguir manteniendo? Creo que, en líneas generales, la línea del II Congreso era acertada. Las desviaciones de izquierda de los camaradas ingleses y americanos durante el II Congreso tenemos que eliminarlas; tenemos que tener una línea recta. La lucha hacia la derecha no ha terminado ni mucho menos; ni siquiera ha empezado, si pensamos que en Ámsterdam tenemos todavía una Internacional sindical con 20 millones de obreros. La lucha hacia la derecha es lo principal. La lucha contra los sindicatos, contra los centristas, es una cuestión de táctica. Solo porque prescribimos una buena táctica pudimos conseguir a lo largo del año estos éxitos en los distintos países. Nuestra táctica era acertada, y por este camino venceremos también. La gran consigna para los países en los que, en el tercer año de lucha, todavía no tenemos la mayoría es procurar conquistar la mayoría y llegar a las masas.

Una estrategia internacional casi no la hemos tenido nunca. He oído decir a algunos camaradas: sí, estrategia internacional, ¿qué quiere decir eso? ¿Hacer obstrucción en un parlamento, hacer en días determinados manifestaciones y huelgas internacionales? Sí, camaradas, también eso; tengo que decir que ni siquiera eso lo hemos hecho todavía. No hemos organizado ni una sola manifestación internacional. Estas debilidades tenemos que reconocerlas y decirlas abiertamente.

Tenemos que recuperar ese retraso y organizar este año actos internacionales. Tenemos que organizar manifestaciones internacionales, actuar internacionalmente en los parlamentos; eso ocurrirá incluso en Francia. Hay que empezar por estas cosas pequeñas. Abrir una brecha en un país para apoyar y ahondar la lucha de un segundo país es algo que hasta ahora no hemos sabido hacer. Éramos demasiado débiles. Nos sosteníamos sobre pies demasiado débiles. Remediarlo es nuestra tarea actual.

Unas palabras más sobre el centralismo. Se ha intentado afirmar que ejercemos una presión terrible, un centralismo terrible. Es al contrario. Éramos una organización demasiado laxa. Entendemos muy bien que muchas grandes cuestiones son de tal naturaleza que los partidos respectivos tienen que resolverlas ellos mismos en el marco de sus condiciones nacionales. Hemos planteado a la ligera exigencias de resolver internacionalmente cuestiones que, por su naturaleza, solo pueden resolverse nacionalmente.

Pero hay cuestiones en las que hay que establecer condiciones internacionales. Tenemos que tener una organización mucho más centralizada, tenemos que desarrollar los vínculos de manera mucho más estrecha y mejor de lo que se ha hecho hasta ahora. Se grita de la manera más estúpida contra el dictado de Moscú. Pero en realidad la única acusación que se nos puede hacer es la de que no hemos estado organizados de manera suficientemente centralizada, suficientemente cohesionada. *(Gritos: «¡Muy cierto!»)* La burguesía se organiza mucho mejor que nosotros. Tenemos que emularla, tenemos que comprender que debemos construir un partido internacional unificado.

¡Camaradas! No debéis guardaros vuestro juicio. Los errores los reconocemos nosotros mismos. Debéis dar para el próximo Ejecutivo las mejores fuerzas de cada país. No podéis razonar así: a este no lo necesitamos en casa, que se vaya a Moscú. Se cometerán veinte veces más tonterías si no está aquí un camarada dirigente del país de que se trate en quien se pueda confiar. Hay que comprender que tener un Ejecutivo no es un lujo; no se puede decir: de todos modos ya tenemos todo lo bueno, partido, sindicatos, organizaciones, ¿para qué además un Ejecutivo? No es así. ¡Hay que tomarse muy en serio el trabajo del Ejecutivo! Si queréis una Internacional capaz, un Ejecutivo capaz, un proletariado internacional serio, tenéis que darnos las mejores fuerzas. Se nos reprochan errores, se dice que los vínculos han sido malos. Pero, camaradas, yo vuelvo la acusación del revés y pregunto a los partidos: ¿qué habéis hecho vosotros para organizar todo esto? Casi nada. Vuestra crítica es bienvenida; ¡pero también exigimos autocrítica! Para el Ejecutivo necesitamos las mejores fuerzas, fuerzas numerosas, también suficientes auxiliares técnicos, sacrificios serios de todos los partidos. Si se nos da esto, el año próximo tendremos un Ejecutivo al que cuadre la expresión «estado mayor de la revolución proletaria». Porque hasta ahora solo podíamos reclamar para nosotros esa expresión por eufemismo. No nos hemos ganado ese nombre. Hemos ido un poco a la zaga del partido, le hemos mostrado el camino, pero en conjunto no hemos abandonado la línea del II Congreso, sino que la hemos aplicado concretamente. El año próximo tiene que ir mejor; tenemos que construir un verdadero Ejecutivo internacional. Cuando el Ejecutivo esté construido de esta manera, cuando hayamos examinado una vez más nuestra táctica, cuando hayamos superado la prueba de fuego y veamos confirmadas las líneas principales de nuestra táctica en la lucha por las masas, solo entonces empezará el verdadero trabajo internacional del Ejecutivo de la Internacional Comunista. Entonces el Ejecutivo representará de verdad, en el tiempo que media entre los congresos, el poder supremo; su palabra será ley, y entonces ya no habrá partidos intocables ni programas intocables, sino disciplina de hierro, disciplina proletaria internacional en la lucha contra la burguesía. *(Aplausos tempestuosos y prolongados.)*

**Presidente Koenen.** Antes de pasar a la traducción, queremos pronunciarnos sobre una declaración del Pequeño Buró en el asunto del camarada Max Hölz, condenado a cadena perpetua. El camarada Rádek presentará y fundamentará la declaración del Pequeño Buró.

**Rádek.** ¡Camaradas! El nombre de Max Hölz, que ayer fue condenado en Berlín a cadena perpetua, solo les resulta familiar a nuestros camaradas alemanes. Solo los camaradas alemanes saben algo más de cerca sobre la personalidad de Max Hölz, ya que Max Hölz no es miembro de un partido comunista *(Gritos: «Sí que lo es, es miembro del KAPD»)*. Los camaradas de otros países solo saben de Max Hölz lo que han contado de él los periódicos burgueses. Consideramos nuestro deber, en el momento en que la burguesía de Alemania ha condenado a cadena perpetua a este revolucionario valiente y honrado como si fuera un vulgar bandido y salteador, salir en defensa de Max Hölz como revolucionario y comunista. *(Vivos aplausos.)*

La táctica de Hölz no era nuestra táctica. Hölz siguió ya su propio camino en las luchas de marzo del año 1920. Ya entonces Hölz emprendió por su cuenta, sin tener en cuenta la disciplina ni las instrucciones del partido, una campaña de venganza contra la burguesía. También ahora, durante las luchas de marzo, Hölz hizo muchas cosas que no eran adecuadas al fin desde el punto de vista de la estrategia comunista, ni tampoco desde el punto de vista de la táctica del partido. Pero una cosa es segura: Hölz, que antes de la guerra no era socialista, que se incorporó a filas durante la guerra siendo un pequeño empleado del ferrocarril y a quien la burguesía alemana confió el puesto de administrador de una cárcel en una localidad de retaguardia, aprendió allí, en esa cárcel, a comprender lo que es el comunismo en general, y creo que todo lo que vio en la guerra lo empujó a los brazos del comunismo mucho más que las enseñanzas teóricas y los folletos. Vio la lucha despiadada de la burguesía contra las masas populares. Cuando el imperialismo alemán quedó destrozado, destrozado por un imperialismo más fuerte, por el imperialismo angloamericano, cuando las masas se rebelaron, Hölz consideró que su tarea era dirigir la lucha del proletariado en una de las partes más atrasadas de Alemania, donde el proletariado languidece, atrofiado por quinientos años de explotación. Tenía consigo las simpatías de los obreros, pero los extenuados obreros textiles del Vogtland no tenían fuerza suficiente para crear una gran organización. Entonces este hombre enérgico, que había visto en la guerra lo que significa la energía, se puso a la cabeza de las masas para llevarlas adelante con su energía, su espíritu de sacrificio y su entrega. Repito que muchas de las cosas que hizo no eran adecuadas al fin. Pero respaldamos la integridad del carácter de Hölz, y su odio a la burguesía es nuestro odio. Por esta razón propongo, en nombre del Pequeño Buró, dirigir al proletariado alemán la siguiente declaración:

*Sigue la «Declaración en favor de Max Hölz», aprobada por el congreso: véase [la página del congreso](https://marxismo.school/archivo/congresos/1921%20III%20Congreso%20de%20la%20Internacional%20Comunista#declaracion-en-favor-de-max-holz).*

¡Camaradas! Estamos convencidos de que Hölz no cumplirá la condena. Estamos convencidos de que el brazo de la burguesía alemana, si no recurre al revólver, al asesinato alevoso, desfallecerá en la lucha que el proletariado alemán librará contra ella. Si Hölz, en este tiempo de efervescencia, no pudo encontrar su lugar en las filas de las masas proletarias, todavía no del todo unificadas, tenemos la firme convicción de que llegará el día en que lo saludaremos como combatiente nuestro, como un combatiente en nuestras filas que se someterá a la voluntad general y luchará en nuestras filas con el mismo entusiasmo con que hasta ahora siguió su propio camino. *(Vivos aplausos.)*

**Hempel**[^114] (KAPD). Puesto que el camarada Hölz, por cuyo caso se envía al mundo este telegrama, es miembro de nuestro partido, tengo que manifestar que expresamos nuestra alegría por el hecho de que la Internacional Comunista se ponga del lado de Max Hölz. Pero además tenemos que señalar que en este telegrama se ofende al mismo tiempo a Max Hölz. *(Ruido y protestas.)* En este telegrama se dice que el camarada Hölz se dejó guiar solo por la venganza contra la burguesía. No es así. Lo prueba el juicio, lo prueban las crónicas del juicio de Berlín. Todos los actos, todas las acciones que el camarada Hölz realizó en las últimas luchas de marzo estaban en el horizonte de la revolución proletaria, se realizaron desde el punto de vista de la revolución proletaria. Y por eso no se puede hablar en este telegrama de los actos de Max Hölz de esta manera. Si ahora uno se sitúa en el punto de vista de que en este caso hay que combatir así a la burguesía en Alemania, entonces que se sitúe plenamente en ese punto de vista, sin evasivas, y que no se dé por satisfecho solo con los resultados de la conducta de Max Hölz, que llevó a la práctica y defendió la táctica del KAPD. *(Ruido y protestas.)*

**Presidente Koenen.** Tengo que expresar mi pesar por que esta declaración de simpatía hacia Max Hölz no pueda hacerse, en un congreso internacional que tiene tan gran importancia para los proletarios de todos los países, sin debate. Ya que el KAPD ha tenido a bien debatir también sobre este punto, el camarada Rádek le responderá.

**Rádek.** ¡Camaradas! También yo lamento esta perturbación, que atribuyo, en primer lugar, a que los camaradas del KAPD han oído mal lo que se ha leído y, en segundo lugar, a que estos camaradas ni siquiera saben lo que ha dicho el propio Hölz. En nuestra declaración se dice: «Sus actos brotaban del amor al proletariado y del odio a la burguesía». Es la caracterización de un camarada, de un comunista que actúa por amor al proletariado y por odio a la burguesía. Y ese odio es un odio que compartimos con él, igual que compartimos con él el amor al proletariado. En cuanto al aspecto político de la táctica del KAPD, por diversas razones no quisiera entrar en ello ahora. Solo quiero decir que en una carta que hemos recibido de Hölz desde la cárcel el propio Hölz dice expresamente que toda una serie de esos actos no fueron adecuados y que habría sido mejor que no se hubieran producido. En el juicio sobre la cuestión del terror individual, en el juicio sobre la cuestión de la guerra de guerrillas sin conexión con el partido, sin estar dirigida por el partido, todos los que estamos aquí somos de la misma opinión. Si los camaradas del KAP no son de esta opinión, que se la guarden como opinión privada, y mientras los toleremos tienen que someterse a nuestra concepción. No los molestaremos en su opinión privada, y solo queremos decirles que no somos mujeres histéricas, sino hombres que declaran aquí con toda libertad lo que nos separa de Hölz. Esto no es más que una prueba del sectarismo del KAPD, que no se detiene ni ante las tumbas cuando sirve a sus fines.

Nosotros seguimos nuestro camino y libramos nuestra lucha. Si los camaradas del KAPD no quieren participar en ella, tendrán que asumir la responsabilidad. *(Vivos aplausos.)*

**Presidente Koenen.** Pasamos ahora a la votación. Quien esté a favor de la declaración, que levante la mano. *(Así se hace.)* Puedo declarar, por tanto, que la declaración queda aprobada por unanimidad. Comunico que la próxima sesión del congreso tendrá lugar mañana a las 6 de la tarde. En el orden del día de esa sesión figura el debate sobre el informe del Ejecutivo.

*(Se levanta la sesión a las 4 y 30 de la tarde.)*

## Quinta sesión, domingo 26 de junio de 1921 (7.45 de la tarde)

*(Debate sobre el informe de Zinóviev. Oradores: Hempel, Frölich, Roland-Holst, Neumann, Ceton, Michalak, Seemann, Gennari, Heckert, Malzahn, Münzenberg, Rádek.)*

**Presidente Koenen.** Camaradas, con las reuniones que han tenido lugar en las salas contiguas ya hemos perdido un tiempo considerable de la jornada de hoy. Por eso velaré ahora con tanto más rigor por el tiempo de intervención. Se han fijado 10 minutos de tiempo de intervención. En este debate, que quizá resulte extenso, velaremos estrictamente por que se respeten los 10 minutos. Pasado el noveno minuto haré sonar la campanilla y dejaré al orador que termine de desarrollar su idea, pero no que empiece otra nueva.

**Seemann** (KAPD). Tenemos que protestar contra la manifestación del presidente de que velará con mucho rigor por que se respete el tiempo de intervención, ya que el tiempo de intervención es de por sí muy corto y varios cientos de camaradas estaban aquí a la hora fijada.

**Presidente Koenen.** Habría subrayado de todos modos que se respetara estrictamente el tiempo de intervención. Mis palabras iniciales solo pretendían ser una suave advertencia a las delegaciones para que en adelante no ocupen el tiempo de las sesiones con reuniones de ese tipo.

Queda abierto el debate sobre el informe del Ejecutivo. Tiene la palabra como primer orador el camarada Hempel, del KAPD.

**Hempel** (KAPD). Camaradas: aunque somos de la opinión de que la solución de la cuestión del Partido Comunista Obrero de Alemania ocupa un punto especial del orden del día, no se pueden dejar sin réplica las palabras del camarada Zinóviev en su informe de ayer. El camarada Zinóviev ha seguido la vieja costumbre de equipararnos a elementos oportunistas como Serrati, Dittmann, etc. Protestamos con la máxima energía contra que se nos acuse de oportunismo. De ello nos protege toda nuestra historia, nos protege el desarrollo de nuestro partido.

Como prueba me limito a citar nuestra actitud durante el putsch de Kapp[^115] en Alemania, así como nuestra actitud el 20 de agosto del año pasado, cuando las tropas rojas de Rusia estaban ante las puertas de Varsovia, junto a la frontera alemana. Entonces fue solo el KAPD el que manifestó la solidaridad con hechos. Los demás, incluido el Partido Comunista de Alemania de entonces, la Liga Espartaco, desbarataron esa solidaridad de hecho con la Rusia soviética. Quiero señalar además nuestra actitud en la huelga de los electricistas de Berlín[^116], actitud que los camaradas rusos, el camarada Rádek, reconocieron como correcta. Podríamos citar muchos de estos hechos y ejemplos. Pero no se nos puede demostrar un solo hecho que pruebe que hayamos caído en el oportunismo. Así es en realidad nuestra actitud, y así son también nuestra táctica y nuestros principios. Ellos garantizan que no caeremos en el oportunismo.

Sobre la táctica y sobre nuestros principios ya podremos hablar en otros puntos del orden del día. Esperábamos que se nos diera ocasión suficiente para mostrar estas líneas con toda claridad y precisión. Ahora, en estos diez minutos, no me es posible entrar por extenso en estas cosas. Solo tengo que protestar contra que se nos meta en el mismo saco que a los oportunistas Serrati, Dittmann, etc.

El camarada Zinóviev ha tenido a bien atacar también un folleto publicado por nuestro partido con el título *Der Weg des Dr. Levi, der Weg der VKPD* (*El camino del Dr. Levi, el camino del VKPD*). El camarada Zinóviev dice que es un folleto de Gorter. Nosotros declaramos que es el folleto del KAPD y que en él colaboró Gorter. Pero asumimos toda la responsabilidad por este folleto. ¿Qué se le reprocha a Gorter y con ello a nuestro partido? Que a la III Internacional y a la táctica de la III Internacional le decimos: vosotros solo queréis las masas y no la calidad. Desde luego, eso decimos. Lo diremos también en los otros puntos del orden del día y podremos explicar cómo vemos las cosas. Pero que el camarada Zinóviev pase por encima de estas cosas con tal ligereza y declare sin más: sí, vosotros decís que en Alemania no tenemos a los campesinos rusos, que en Alemania solo tenemos al proletariado y que el proletariado es contrarrevolucionario; y luego llegáis a decir: sí, entrar ya mañana en la revolución... Camaradas, de esa manera no se pueden desentrañar estos problemas de la revolución. Lamentamos mucho que se polemice de esta manera. Dejaremos claro que no queremos hacer la revolución sin las masas, sino precisamente con las masas, de una u otra manera, tal como se propone en las tesis aprobadas en el II Congreso de la Internacional. Estamos en nuestro perfecto derecho de mostrar aquí las enseñanzas que también la revolución alemana ha dado al proletariado internacional. Y no es justo que el camarada Zinóviev pase por encima de ello a la ligera. El camarada Zinóviev dijo también que el KAPD predica la unidad, pero que en muy poco tiempo estará con los enemigos de la Rusia soviética. Invoca luego la *Kommunistische Arbeiterzeitung*[^117] del 1 de mayo de este año. Leyó algunas líneas de ese periódico; yo os leeré algunas líneas y pasaré enseguida al punto que tocó el camarada Zinóviev. Aquí dice: «La idea de partidos comunistas de masas a los que se manda seguir métodos de lucha parlamentarios y sindicales, es decir, burgueses, ha resultado ser un bluf gigantesco. Esos partidos de masas sirven para manifestarse a la voz de mando en favor de la Rusia soviética los domingos y fiestas de guardar. Son del todo inservibles para la lucha revolucionaria».

Esta es nuestra opinión sobre la táctica tal como la defiende el camarada Zinóviev. Y decimos: así no podemos seguir. Decimos además: esto tiene también su fundamento en la política de Estado rusa; y por eso decimos a continuación: «De ello no se sigue para nosotros que llamemos, a la manera de Rühle, a luchar contra la Rusia soviética. Tendremos que comprometernos con hechos y por todos los medios a que Rusia siga existiendo como potencia proletaria. Pero la separación política y organizativa de la III Internacional respecto del sistema de la política de Estado rusa es el objetivo por el que hay que trabajar si queremos estar a la altura de las condiciones de la revolución en Europa occidental». Este es un punto que el camarada Zinóviev recoge para decir: seguid así y estaréis fuera de la III Internacional. Se refiere al telegrama de nuestro partido que nos da plenos poderes para salir de la III Internacional. Y concluye: cuando estéis fuera de la III Internacional, lucharéis contra Rusia. ¡Camaradas! ¡De ninguna manera! Declaramos: luchamos por el proletariado de la Rusia soviética, no nos dejaremos desviar en este trabajo. Si ya no se nos quiere en la III Internacional, si se quiere seguir por el camino oportunista, aun así defenderemos a la Rusia soviética. Pero denunciaremos los actos oportunistas de la Internacional Comunista. Tengo que leer una declaración de nuestra fracción sobre este punto concreto, que hemos redactado y leemos precisamente para que no se puedan tergiversar ni retorcer las palabras:

«Protestamos con la máxima energía contra el intento de ponernos en una misma línea política con Serrati y Dittmann mediante citas sacadas de contexto. No desconocemos ni por un instante en qué dificultades se ha visto el poder soviético ruso por el retraso de la revolución mundial. Pero vemos al mismo tiempo el peligro de que de esas dificultades surja, aparente o realmente, una contradicción entre los intereses del proletariado mundial revolucionario y los intereses momentáneos de la Rusia soviética.

En una sesión de comisión se ha declarado que no hay que considerar a la III Internacional como un instrumento del poder soviético, sino al poder soviético ruso como el puesto más fuerte de la III Internacional. También nosotros somos de la opinión de que así debería ser. Pero creemos que, si surgen contradicciones entre los intereses vitales del poder soviético ruso y los de la III Internacional, sería un deber suscitar sobre ello un debate abierto y fraternal dentro de la III Internacional.

En la solidaridad práctica con la Rusia soviética hemos cumplido siempre hasta ahora nuestro deber más elemental: por ejemplo, con la celebración demostrativa de la Revolución de Octubre, con la más amplia participación en la asistencia a los soldados del Ejército Rojo internados, con la preparación de una acción de ayuda en agosto de 1920 que fracasó por culpa del USP y del KPD. La manifestación de la solidaridad con la Rusia soviética fue uno de los puntos de vista decisivos para nuestro partido cuando decidió adherirse a la III Internacional, pese a los más graves reparos contra la táctica reformista de la III Internacional.

En esta línea nos mantendremos. Pero, desde luego, opondremos siempre y en todas partes la más enérgica resistencia cuando veamos que la política de la Rusia soviética, de manera equivocada y por malentendidos, repercute en una política reformista de la III Internacional, tanto más cuanto que estamos convencidos de que tal política contradice los verdaderos intereses de la propia Rusia soviética tanto como los del proletariado mundial».

**Frölich** (Alemania). Camaradas, en un punto estoy de acuerdo con el camarada Hempel. Aquí no se puede tratar a fondo esta cuestión; hay que hacerlo en el punto del orden del día en que se decida la cuestión de la pertenencia del KAP a la Internacional.

En su momento el Ejecutivo admitió al KAP en la Internacional como partido simpatizante. Partía, como se ha dicho claramente, de la idea de que ese partido estaba lleno de actividad revolucionaria y de que convenía espolear así al KPD. Nosotros protestamos entonces contra la admisión. Veíamos en ella una sobrestimación de la fuerza de ese partido y una sobrestimación de su actividad. Éramos de la opinión de que el carácter marcadamente sectario de ese partido entorpecía su actividad, y lo hemos visto confirmado una y otra vez, aunque a veces en ese partido se encienda de golpe, y casi siempre de improviso, cierta actividad. El sectarismo del partido no se ha mostrado solo en el aspecto organizativo. Se mostró desde el principio en las cuestiones fundamentales en que nos diferenciamos de él: en la cuestión del parlamentarismo, en la cuestión del trabajo en los sindicatos y en otras cosas. Tras la adhesión del partido a la Internacional como miembro simpatizante se ha visto que ese partido no ha cambiado lo más mínimo su carácter. Hemos comprobado que el sectarismo del partido se impone en todas las grandes cuestiones políticas. Lo vimos en la actitud de ese partido ante la cuestión de las acciones parciales. El partido ha declarado por principio que no quiere hacer una política que intente atrapar al proletariado por sus intereses vitales más inmediatos. Una política cuyo objeto es revolucionar a los obreros, arrastrarlos y empujarlos a un movimiento, una política así la ha denigrado como oportunista. Por eso se opuso a nuestra acción de la «Carta Abierta»[^118], la combatió por todos los medios y con ello se condenó a sí mismo a la más completa esterilidad.

Hemos podido observar además que, por su estrechez de miras, es absolutamente incapaz de juzgar correctamente la situación política. Lo hemos visto en la cuestión de las reparaciones, en la que no tuvo la menor percepción de la agudización de la situación, de la gran importancia de la cuestión para todo el proletariado, y en la que declaró en su periódico que era un asunto que no concernía al proletariado, que solo concernía a la burguesía de los distintos países; que no teníamos motivo para meternos en esas disputas, que lo único que nos importaba era hacer propaganda para la lucha final. Así que también ahí, de nuevo, la más completa incapacidad para enlazar con la situación dada y sacar de ella toda la fuerza revolucionaria posible. Después, una vez tomada la decisión del Ejecutivo, intentamos todavía reunirnos con él y trabajar en común. Y se ha visto que en la Acción de Marzo ese trabajo en común era posible. Hemos mostrado que, cuando negociamos en común las cuestiones prácticas y discutimos juntos las cosas, somos capaces de obligar a ese partido a una política muy determinada en las luchas del momento. Pero, camaradas, las esperanzas que habíamos puesto en ese trabajo en común se han visto vergonzosamente defraudadas. Para empezar, se ha mostrado una vez más la completa incomprensión del KAP ante la acción en que él mismo participó. El hermoso folleto del gran marxista Gorter «demuestra» con todo detalle que la Acción de Marzo fue un putsch. *(Interrupción: «No es verdad».)* Por favor, así consta en el folleto *Der Weg des Dr. Paul Levi, der Weg der VKPD*. Estimado camarada Seemann, si se desea, luego puedo probarlo con documentos.

Así pues, en este aspecto el KAP está plenamente en la misma línea que Paul Levi. Es algo muy curioso tachar de putsch una acción en la que uno mismo ha participado y arremeter con ese argumento contra el VKP cuando se tiene un pasado que contiene putsches auténticos. El camarada Hempel ha recordado hace un momento la gran acción que el KAP realizó durante la ofensiva contra Varsovia. ¿En qué consistió esa acción? En la conquista de las ciudades de Velbert y Köthen para una república soviética. *(Hempel hace una interrupción.)*

Pero, querido camarada Hempel, aquí se trata de la cuestión de la táctica del KAP y de la Internacional. No se trata en absoluto de denuncias. Habéis admitido que esa acción la hicisteis vosotros *(Interrupción: «Pero también otros»)*, y si la gran acción consistió en que se instauraron repúblicas de consejos en dos ciudades, entonces tenemos que decir que no podemos entender que la acción propia, la que se hizo junto con el VKP, se presente como un putsch del VKP.

Camaradas, de esta acción hemos sacado toda una serie de conclusiones importantes. En el aspecto organizativo, la de que es necesario reforzar la disciplina y la centralización del partido y de la acción. Es interesante que el KAP haya sacado justo la conclusión contraria, que declare que en esta acción la centralización y la disciplina se han revelado como algo completamente contrarrevolucionario, que saque precisamente de esta acción la lección de un sectarismo estrecho de miras. Que diga: libre desarrollo del individuo en las acciones, pero procura que el partido se mantenga puro como el agua destilada. Es decir, el rechazo deliberado de las masas y el abandono de toda organización y disciplina firmes.

Un partido con esta orientación nunca será capaz de llevar a cabo una lucha verdaderamente revolucionaria, sino que, si sigue por ese camino, contribuirá a la desorganización.

Y ahora, después de esa acción común, hemos mantenido el contacto con el KAPD; creímos que podríamos recibir estímulos de ese partido, y en efecto, poco antes de salir de Alemania, recibimos del KAPD un gran, un poderoso estímulo político. No consistió en que dijera ahora, por ejemplo, que hay perspectivas de nuevas acciones, sino en que declaró: ahora tenemos que hacer algo especialmente inteligente, tenemos que sabotear mediante la resistencia pasiva al Estado capitalista, que en lo esencial se ha convertido en un Estado, en un aparato económico del señor Stinnes. Tenemos que decir que esta es una sabiduría política que solo puede estar dictada por la orientación sectaria de ese partido, y creemos que no es posible reconocer a la larga a un partido así como partido perteneciente a la III Internacional.

Pero tenemos que decir algo más. En la Acción de Marzo y en otras ocasiones hemos comprobado que los obreros organizados en el KAPD son en buena parte revolucionarios enérgicos, que están dispuestos a luchar con nosotros. Estamos convencidos de que los mejores elementos vendrán a nosotros si la Internacional los pone ante la cuestión: ¿queréis pertenecer a un partido revolucionario de masas o a un partido que se encierra sectariamente en sí mismo? Si los teóricos que están a la cabeza del KAPD persisten en su orientación equivocada y quieren cerrar a las masas el camino hacia el partido comunista de masas y hacia la Internacional, entonces somos de la opinión de que el camino pasará por encima de ellos; si la Internacional toma las decisiones correctas, somos de la opinión de que la gente que ahora habla de la estupidez de la Internacional Comunista podrá hallar la bienaventuranza en su propia estupidez y tendrá que renunciar a las masas que todavía hoy están detrás de ella y que vendrán a nosotros. *(Vivos aplausos.)*

**Roland-Holst**[^119] (Holanda). ¡Camaradas! Lamento tener que hablar unos instantes de la situación holandesa y de las desavenencias holandesas. Pero el camarada Zinóviev, en su informe, habló de la llamada «escuela marxista holandesa» y atacó duramente al camarada Gorter. Me siento obligada a decir algo al respecto. En lo que se refiere a esa escuela marxista, especificada como escuela holandesa, por mi parte no pretendo pertenecer en ella a una variedad nacional especificada del marxismo. Creo que no puede haber en absoluto un marxismo nacional, porque el marxismo es internacional. Si a pesar de todo hubiera en Holanda algo nacional en el marxismo, opino que habría que atribuirlo a las condiciones específicas de nuestro país, y no tenemos por qué alegrarnos de ello. Marxistas como Pannekoek y Gorter figuran, a mi juicio, entre las mejores cabezas de la Internacional Comunista. Pero el hecho de que vivan y actúen en un país donde por desgracia no hay un movimiento de masas, donde nuestro partido no tiene todavía una conexión viva y continua con las masas, hace por desgracia que en sus concepciones se forme fácilmente algo unilateral. Por eso es una lástima que estos dos excelentes representantes del marxismo no estén presentes en Moscú, aquí en el congreso. Al camarada Pannekoek lo han retenido sus obligaciones profesionales, y en cuanto al camarada Gorter, sé que quería venir sin falta. Creo saber también que se ha puesto en camino, pero hasta ahora no ha logrado llegar a Moscú. Espero de veras que todavía venga y que defienda él mismo aquí sus puntos de vista.

Pero es posible que no llegue a Moscú, y por eso quisiera decir lo siguiente: el año pasado se distribuyó aquí en el congreso un folleto del camarada Pannekoek, traducido. Todos los camaradas presentes, todos los delegados pudieron familiarizarse con sus puntos de vista. Fue una manera muy noble de tratar al camarada Pannekoek, y desearía que se hubiera tratado con la misma nobleza al camarada Gorter.

El camarada Zinóviev dijo ayer que se había propuesto traducir su último folletito y también el folleto del KAPD en que colaboró el camarada Gorter. El camarada Zinóviev opinaba que no valía la pena. Pues bien, declaro que, a mi juicio, sería una injusticia juzgar al camarada Gorter por ese folleto, y si se quiere conocer su posición en estas cuestiones, puedo decir que lo esencial está ya en su carta abierta al camarada Lenin. Si esa carta no se ha traducido todavía del alemán a otras lenguas, espero que se haga. Además, en el número 17 de *La Internacional Comunista* he encontrado la versión taquigráfica del discurso del camarada Trotski que pronunció en el Comité Ejecutivo contra el discurso del camarada Gorter. El camarada Trotski posee, además de sus otras grandes y profundas capacidades, también esta: la de ser un polemista brillante. Leyendo ese discurso uno puede convencerse de que tiene también el gran talento de descubrir todas las debilidades de su adversario. Sin embargo, el discurso del camarada Gorter falta en *La Internacional Comunista*, y me parece que sería justo que las concepciones del camarada Gorter no se conocieran solo por el brillante discurso psicológico del camarada Trotski, sino también por sus propias palabras.

Ahora unas palabras más sobre mi colaboración en el órgano del KAPD *Proletarier*[^120]. El camarada Zinóviev me dirigió ayer un leve reproche por ello, en píldora azucarada, es cierto, pero también en esa forma tengo que rechazar el reproche. Que yo sepa, contra los órganos del KAPD no hay todavía ningún bloqueo, y soy tan libre de colaborar en ellos como de colaborar en otros órganos internacionales de partido. Quiero señalar además lo siguiente. Por mi parte, aunque no comparto el punto de vista del camarada Frölich, considero absolutamente un deber mío colaborar en los órganos del KAPD y no solo en los del VKPD. Y lo hago con alegría: en primer lugar, porque estoy de acuerdo con ciertas concepciones, ciertos puntos del programa y concepciones tácticas del KAPD; pero, en segundo lugar, porque aprecio su honrada voluntad revolucionaria, que se ha mostrado también en hechos. El camarada Trotski ha dicho que esa misma voluntad revolucionaria la apreciamos también en la llamada izquierda francesa. A mi juicio, una izquierda francesa no existe todavía. Así que creo que puedo seguir tranquilamente con mi colaboración en el órgano del KAPD. Espero, sin embargo, que esto no sea necesario por mucho tiempo. Espero que al KAPD le sea posible superarse a sí mismo y llegar dentro de cierto plazo a la fusión con el VKPD. Estoy en contra de que existan pequeños partidos aparte como este, quizá porque en Holanda, a pequeña escala, he visto por la experiencia de muchos años qué daño puede traer eso a un partido y qué difícil es entonces mantener el camino correcto. Creo que, cuando no se está de acuerdo en grandes cuestiones tácticas, se tienen más posibilidades de llevar a un partido por el camino correcto actuando dentro de él que manteniéndose al margen. Estoy convencida de que, si somos la «izquierda», si queremos ser la «izquierda», en tales casos tenemos que someternos ante todo a la disciplina internacional, porque para nosotros la unidad de acción, la unidad táctica del proletariado, es una cuestión de principio. *(Vivos aplausos.)*

**Neumann** (grupo opositor del VKPD). ¡Camaradas! La dura crítica que el camarada Zinóviev hizo ayer al KAPD estaba el año pasado, en el II Congreso Mundial, exactamente tan justificada como hoy. Y aunque el Ejecutivo conocía la posición del Partido Comunista Obrero y no podía tener duda alguna sobre la práctica y la teoría del KAPD, el Partido Comunista Obrero fue admitido en la III Internacional como partido simpatizante contra la voluntad de la Central alemana. Esta admisión del KAPD tuvo dos efectos. Sé muy bien qué razonamientos siguió el Ejecutivo. Pero ninguno de esos razonamientos resultó acertado. Ni la actividad del Partido Comunista Obrero ha impulsado en modo alguno el trabajo revolucionario del VKPD, pues para eso el Partido Comunista Obrero no era realmente necesario, y, en segundo lugar, es un partido que tras el congreso de unificación se había quedado en realidad casi sin importancia. Pudimos comprobar con bastante claridad que el KAPD, por haber sido admitido como partido simpatizante, fue reanimado artificialmente. Tuvimos que comprobar en todas partes que en las empresas y en otras ocasiones en que se reunían obreros en gran número los elementos revolucionarios del KAPD tenían la voluntad de unirse al VKPD, y en muchos casos pudimos observar que buena parte del Partido Comunista Obrero se pasaba sin más del KAPD al VKPD. Este proceso terminó casi automáticamente en el momento en que el Partido Comunista Obrero fue admitido como partido simpatizante. Y la admisión del KAPD tuvo además otro efecto. El obrero alemán, a consecuencia de sus cincuenta años de trabajo de organización sindical, no veía en el Partido Comunista Obrero solo el partido político, sino que veía en él también la organización de empresa, que está unida de manera totalmente automática al Partido Comunista Obrero. Y los obreros que estaban en los sindicatos vieron enseguida claro que aquí tenía que haber una simpatía por la otra forma de organización del Partido Comunista Obrero, a saber, por la BO[^121]. Y esta simpatía, tal como la entendieron los obreros, tuvo considerables consecuencias perjudiciales para nuestro trabajo en los sindicatos y en las empresas. La burocracia sindical, naturalmente, se lanzó enseguida sobre ese estado de ánimo de los obreros indiferentes. Ese estado de ánimo se extendió también a las filas de la propia VKPD, de modo que la cuestión de la BO, la propaganda constante del VKPD y la posición del KAPD como partido simpatizante tuvieron un efecto sobre los obreros del propio Partido Comunista Unificado. Y, camaradas, hoy podemos comprobar que en una parte del VKPD la propaganda del Partido Comunista Obrero no solo ha encontrado simpatía, concretamente en la cuestión de la destrucción de los sindicatos, sino incluso cierto apoyo. Y eso se debe a que el Ejecutivo llegara a admitir al KAPD y a que el Ejecutivo no ha subrayado una y otra vez con claridad la posición del KAPD respecto de las organizaciones. El sentimiento que el Partido Comunista Obrero mostraba hacia el VKPD era realmente cualquier cosa menos simpatía. Porque si leéis sus periódicos, encontraréis que en Alemania no hay mayor banda de criminales que el VKPD. Eso se puede leer todos los lunes en su periódico. Y el Ejecutivo debería haber tenido presente esta dificultad añadida a nuestro trabajo cuando tomó aquella decisión de admitir al KAPD en la Internacional como partido simpatizante.

Y cuando oyen hablar a los camaradas del KAPD, sobre todo los delegados de los demás países, se asombran del gran radio de acción de que dispone el KAPD. Si existiera una tercera parte de la influencia que el Partido Comunista Obrero pretende tener, ese partido estaría en muy buena situación. Pero no es así. Y estas organizaciones sirven de hecho, lo hemos comprobado varias veces, de instrumento auxiliar para la burocracia sindical; la burocracia sindical mete hoy en el mismo saco a la BO, al VKPD y al KAPD, en perjuicio del desarrollo del trabajo del Partido Comunista Unificado en los sindicatos para vencer a la burocracia sindical. Es difícil quitarles eso de la cabeza a los obreros. Por eso para nosotros está claro que el Ejecutivo y el congreso tienen que tomar una posición muy clara sobre la postura que el Partido Comunista Obrero ha de adoptar en el futuro. No puede ser que pertenezca a la Internacional un partido que, aunque simpatiza con ella, rechaza de plano constantemente, en todo lugar y en cada uno de sus periódicos, el programa de esa Internacional. La III Internacional tiene que declinar con gracias una simpatía semejante. Y por eso la cuestión es que el congreso tiene que decidir con claridad. Y cuando he oído decir a los camaradas que hablaron antes que yo que el KAPD debería entenderse con el VKPD, declaro que esos intentos no se han hecho una vez, sino 5, 7, 20 veces. Y el KAPD dice que ni se le ocurre cambiar su posición. Y por eso decimos que la admisión del KAPD como partido simpatizante fue un error, porque en Alemania sabíamos perfectamente que el efecto de esa admisión tenía que ser el que ha sido. Si algunas partes del partido eran de otra opinión, hoy estarán convencidas de que era cierto lo que dijimos entonces.

Para terminar, quisiera decir además que el congreso procure que el Ejecutivo se atenga a los principios del congreso, para que no se repitan hechos semejantes que dificultan el trabajo de las secciones nacionales, para que en el futuro nos veamos libres de situaciones así. *(Viva aprobación.)*

**Ceton**[^122] (Holanda). Camaradas, es necesaria una breve declaración por nuestra parte. Se habla aquí tan a menudo de la escuela holandesa que podría parecer que el partido holandés es un partido que representa la tendencia del KAP. No es así en absoluto. No es así ni lo ha sido nunca. Al contrario. Quizá no haya en el continente ningún partido que haya estado siempre tan conscientemente de acuerdo con la táctica del partido ruso, con la táctica del Ejecutivo, como el nuestro. Desde el principio hemos defendido sin cesar, de palabra y por escrito, la revolución rusa, y existimos desde hace mucho tiempo. ¿Está de verdad en Holanda la academia del KAP? No. Esta tendencia tiene en nuestro país muy, muy poca importancia.

Cuando la camarada Roland-Holst, que representa a la minoría de nuestro partido, dice que Pannekoek y Gorter son las mejores cabezas de la Internacional, solo podemos decir que Pannekoek y Gorter lo fueron en otro tiempo, pero que ahora ya no lo son. Cuando la camarada Roland-Holst disculpa a estos dos camaradas diciendo que viven en un país sin movimiento de masas y que no hay conexión con las masas, eso no es del todo exacto. Estos dos camaradas no tienen derecho a decir eso, porque nunca han participado en la agitación. Nosotros trabajamos; ellos no. Ni Pannekoek ni Gorter. Nunca escriben un artículo para *De Tribune*[^123], nuestro diario. ¿Se puede disculpar a estos dos camaradas, que se llaman camaradas de partido y miembros de nuestro partido, diciendo que en Holanda no hay movimiento de masas? Eso no es del todo exacto. Un movimiento de masas como en Rusia y en Alemania, eso sí que no lo hay entre nosotros. Pero también en Holanda tenemos un movimiento revolucionario. Y sin embargo estos dos camaradas no participan en él. Por eso se explica fácilmente que estos dos camaradas, Pannekoek y Gorter, se equivoquen con tanta facilidad. Si uno está fuera del movimiento y fija entonces una línea táctica, esa táctica, puede decirse, resultará equivocada, porque la táctica solo puede surgir en conexión con las masas, en conexión con el propio movimiento. Y por eso es bueno que aquí, en este congreso, sepamos que estos dos camaradas, que representan la academia del KAPD, no lo hacen en conexión con el movimiento obrero de Holanda. *(Viva aprobación.)*

**Michalak** (Polonia). Camaradas, antes de hablar del informe del Ejecutivo, quiero decir primero unas palabras sobre la relación entre nuestro partido, el Partido Comunista Polaco, y el Ejecutivo. Hasta los últimos meses la relación entre el Partido Comunista Polaco y el Ejecutivo casi no existía. Vivimos, en efecto, en un país que se ha convertido en un arsenal, que tiene siempre disputas en todas sus fronteras y que en todas sus fronteras está erizado de armas. Por eso la relación de nuestro partido con el movimiento de fuera de Polonia ha sido casi imposible. Nuestro partido se fundó a finales del año 1918[^124] y fue, por tanto, el primer partido comunista después de la formación del Partido Comunista Ruso. Y sin embargo en Polonia tuvimos que resolver las cuestiones de nuestra táctica de partido, de nuestra organización de partido, no solo por nuestra cuenta, sino también sin ninguna influencia de fuera, sin ninguna colaboración con el mundo exterior. Por supuesto, también a nosotros nos ocupan todas las cuestiones que el Ejecutivo tiene que resolver. Por ejemplo, la cuestión del trabajo en los sindicatos. La resolvimos desde el principio en el mismo sentido en que el Ejecutivo y la Internacional la resolvieron año y medio después. Siempre quisimos ser un partido de masas y siempre quisimos trabajar en los sindicatos. Aunque antes, en la época anterior a la guerra, teníamos los llamados sindicatos de partido, en el periodo siguiente, en el año 1919, formamos sindicatos comunes.

Nuestro trabajo, lo que hemos hecho en los sindicatos, es tan bueno que, pese a las circunstancias tan difíciles en que trabajamos, podemos presentarnos con buenos resultados. De ello se hablará en otro contexto. Solo quiero haceros notar que en esta cuestión, como en la cuestión del partido de masas, vivimos en circunstancias difíciles, por cuanto, igual que en tiempos del zarismo, seguimos siendo hasta hoy un partido ilegal. Y precisamente por serlo, la tarea de convertirnos en un partido de masas es tanto más difícil para nosotros. Sin embargo, convertirse en un partido de masas y trabajar en los sindicatos es tan importante que nos hemos volcado en ello, todo el partido, con todas nuestras fuerzas. Digo, pues, que en este aspecto siempre estuvimos de acuerdo con la Internacional, con la que, como ya he mencionado, no teníamos ninguna relación organizativa ni política.

Paso a la otra cuestión de la que habló el camarada Zinóviev, la cuestión del partido italiano. En cuanto nuestra Central, nuestro partido, recibió el material necesario y tuvo conocimiento del asunto, no solo el Comité Central, sino también la conferencia del partido, se declararon en esta cuestión absolutamente de acuerdo con el Ejecutivo. Lo mismo en muchas otras cuestiones; también en la cuestión del partido francés nos alegramos mucho al saber de la escisión y de la aparición de la camarada Zetkin en el congreso del partido en Tours.

Para nosotros había, sin embargo, una cuestión táctica especial de la que vosotros, camaradas, probablemente no teníais ni idea. Como es sabido, lindamos directamente con la Rusia soviética y con la Ucrania soviética. Lo primero que tuvimos que plantearnos fue: ¿qué actitud adoptamos ante una eventual guerra entre la Rusia soviética y la Polonia burguesa? A comienzos del año 1919, en enero o febrero, nuestros socialpatriotas gritaban: ahí viene el imperialismo bolchevique, ahí viene el Ejército Rojo, la invasión de Polonia. Entonces nuestro partido no se planteó esta cuestión solo para sí mismo: si el Ejército Rojo ruso tiene derecho a venir a nuestro país. Respondimos a la cuestión en febrero de 1919 en este sentido: sí, el ejército ruso tiene derecho a venir a nuestro país, los proletarios polacos tienen derecho a pedir el apoyo del Ejército Rojo ruso en su lucha contra la Polonia burguesa. Lo declaramos en asambleas públicas. Entonces teníamos todavía un consejo obrero en Varsovia, y aunque nuestros camaradas eran detenidos a menudo tras discursos como esos, tuvieron sin embargo el valor de plantear la cuestión en el consejo obrero y de responderla en el sentido de lo que he expuesto. Cuando más tarde, el año pasado, con el avance del Ejército Rojo, surgió la cuestión, todas nuestras organizaciones sin excepción, y debo hacerlo constar expresamente, consideraron absolutamente al Ejército Rojo como nuestro propio ejército y al ejército polaco como el ejército de nuestros enemigos. No hubo al respecto diferencias de opinión. Lo mismo en la cuestión que ha planteado aquí un camarada del KAPD. En la cuestión de la Rusia soviética, un Estado, por un lado, y de la revolución internacional, de Europa occidental, por otro, así como en la cuestión del Ejército Rojo. No hemos hecho absolutamente ninguna distinción. Nuestros obreros no entienden cómo se puede distinguir entre la Rusia soviética, el partido ruso y sus tareas, y las tareas de cualquier partido de Europa occidental.

En este aspecto no hay para nuestros obreros ninguna diferencia. El poder soviético ruso es nuestro poder. Entre la Rusia soviética, sus tareas y las tareas de la Internacional no hay diferencia, no hay antagonismos, ni puede haberlos. Quien entienda la cosa de otro modo no es comunista. Esto es lo que quería exponeros en pocas palabras.

Además tengo que decir que en una ocasión posterior os presentaremos en una declaración nuestra opinión sobre la actividad del Comité Ejecutivo. Pero ya ahora puedo declararos que estamos plena y totalmente de acuerdo con la actividad del Comité Ejecutivo. *(Vivos aplausos.)*

**Seemann** (KAPD). ¡Camaradas! El orador anterior ha vuelto a señalar un punto por el que también Zinóviev nos había hecho ya reproches; en concreto, presenta nuestra crítica a la política de Estado rusa como situada en la misma línea que la de Dittmann. No entraré más en el tema en sí; eso se hará más adelante.

Contra lo que tengo que protestar una vez más es contra el método de calificar sin más de contrarrevolucionaria toda crítica que se haga. Este método no significa otra cosa que el estrangulamiento de toda oposición en general, y demuestra que no se tiene la menor comprensión de la necesidad de una oposición, sin la cual un organismo tan grande como la Internacional está sencillamente condenado al estancamiento. Quisiera poneros un ejemplo. Clemenceau y Karl Liebknecht afirmaron ambos que la guerra no era una guerra defensiva. Pero no creo que nadie en esta sala, ni siquiera el camarada Zinóviev, deduzca de esa coincidencia una identificación de ambos. Igual de ridículo es identificarnos con Dittmann. Pero quiero mostrar lo que significa una oposición y para qué está, y que no se debe proceder contra ella con un método así, solo para que cualquier error pueda esconderse detrás.

Se nos reprocha que intervengamos con tanta dureza. Creíamos que aquí no estábamos en un colegio de señoritas. Este método lo hemos aprendido de los camaradas rusos, que siempre proceden con toda dureza y toda energía cuando encuentran que algo está mal. Intercalan de vez en cuando la palabra «fraternal» y usan las mismas palabras duras.

Tengo que mostrar todavía cómo ha sido nuestra oposición. Quiero dar cuenta de que para nosotros la cuestión de la III Internacional no es nada sencilla y de que no nos la tomamos a la ligera. Hemos mostrado lo fecunda que es la oposición, y desgraciadamente el error del Ejecutivo ha sido no hacer ningún uso de esa oposición fecunda. Al contrario, se ha procurado sistemáticamente que nuestra prensa no llegue aquí en Moscú a los ojos de los delegados del Ejecutivo.

Paso ahora a los ejemplos prácticos. Durante meses, antes de la Acción de Marzo, libramos la lucha más dura contra el método con que la prensa del VKPD informaba a la opinión pública proletaria. Señalamos que las grandes masas no están en condiciones de cambiar de orientación tan deprisa cuando durante meses su prensa las ha trabajado en otro sentido. Aquí el Ejecutivo tuvo la oportunidad, aquí tenía una prensa de la que habría podido aprender, que le mostraba ya el camino funesto que había emprendido el VKP antes de que fuera demasiado tarde, como en la Acción de Marzo. Lo que nosotros dijimos en enero lo dijeron más tarde, en abril y mayo, los camaradas Zinóviev y Rádek. Dijeron literalmente lo que nosotros habíamos dicho antes al Ejecutivo. Cuando Levi todavía estaba en su puesto, escribimos un artículo: «¿Pertenece esta VKPD a la Internacional?». En él figuraba lo que después confirmaron Zinóviev y Rádek, a saber, que fue la propia prensa del VKP la que, en los meses anteriores a la acción, con su actitud oportunista, hizo que luego en la acción buena parte del partido saboteara la acción. No se debe introducir enseguida un método que a la larga corta de raíz toda oposición.

Desgraciadamente el camarada Frölich tampoco ha leído nuestros periódicos mejor que el Ejecutivo, aunque tenía más ocasión de hacerlo. Llega a las tonterías más palmarias. Afirma que somos unos locos ingenuos, que toda nuestra posición ante las cuestiones políticas del día ha sido equivocada. Dice que eso se puso de manifiesto de manera especialmente flagrante en la cuestión de las reparaciones. Habríamos escrito que eso no concernía en absoluto a los proletarios. No, eso no lo escribimos. Es verdad que no señalamos un conflicto inminente entre Alemania y Francia, porque, como cualquiera puede comprobar ahora, no existe tal conflicto, sino que se está gestando un entendimiento serio de la burguesía. Dijimos que el proletariado tiene que prestar mucha atención a eso y no esperar a un conflicto con Francia.

Lo esencial es: no ahoguéis una crítica que en un cuerpo orgánico que abarca tantas categorías de obreros de todos los países tiene que existir necesariamente; aunque esa oposición cometiera alguna vez un error, no pasa nada. Os recuerdo el congreso anterior. El estigma de ese congreso fueron los dos presidentes de honor que se sentaban junto a Zinóviev, Serrati y Levi. Procurad que el estigma del congreso actual no sea que se obligue al KAPD a salir de la III Internacional. *(Interrupción de Rádek: «¿Y dónde está Rühle?». Seemann: «No en el KAPD».)*

**Gennari** (Italia). Camaradas, la delegación italiana tendrá todavía ocasión de hablar de los asuntos que conciernen específicamente al proletariado italiano. La delegación italiana está plenamente de acuerdo con lo que el Ejecutivo ha dispuesto en la cuestión italiana y en las demás cuestiones. Sin embargo, las declaraciones hechas hasta ahora sobre el partido italiano no son más que una pequeña parte de lo que podría decirse sobre la actividad del Partido Socialista Italiano. Todavía habrá que salir al paso del Partido Socialista Italiano con nuevos argumentos. Si pide aquí la adhesión a la III Internacional, todavía tendréis que hablar de ello. El Partido Comunista de Italia, que tanto ha sufrido por los errores de Serrati, cuyo desarrollo organizativo tanto ha perjudicado Serrati y cuyas ilusiones respecto de Serrati se han desvanecido, considera su deber, tras las experiencias que ha tenido con Serrati y los centristas, dejar constancia de los peligros que encierra para los proletarios checoslovacos, como para los proletarios de todos los países, aplicar contra Šmeral y otros oportunistas y centristas la misma táctica que se ha aplicado hasta ahora contra Serrati y otros centristas.

El partido italiano tiene el deber de hablar de ello aquí. Conocemos al proletariado checoslovaco. Conocemos su espíritu revolucionario y las razones por las que este proletariado ha enviado a sus dirigentes a Moscú. Pero necesitamos garantías contra el oportunismo de los centristas del tipo de Šmeral. El informe de la delegación checoslovaca recuerda en ciertos puntos los artículos, los informes, los escritos de Serrati, allí donde dicen que en el partido checoslovaco no había centristas ni oportunistas y donde piden que se presente al próximo congreso una resolución en ese sentido. Es inexplicable por qué el Ejecutivo ha concedido tanta confianza a Šmeral. Durante la guerra defendió al imperialismo austriaco, durante la coronación del emperador Carlos envió una delegación a Budapest, dispuso que después de la batalla del Isonzo se enviara un telegrama a Boroević[^125]. Después de la guerra vino a Moscú, en el momento en que todo el partido checoslovaco había perdido la confianza en él, cuando ya no tenía ninguna popularidad en Checoslovaquia. Acudió al camarada Zinóviev y le pidió que le abriera un crédito. Es una lástima que se le concediera ese crédito. ¿Qué uso ha hecho de él?

Šmeral afirmaba ser comunista, y eso solo significaba para él ser socialdemócrata y creer en los objetivos del comunismo sin querer realizarlos. Gracias a las concesiones del Ejecutivo, Šmeral ha tenido todas las posibilidades de dar largas a la constitución del Partido Comunista en Checoslovaquia. Quería que el partido comunista siguiera llevando el nombre de partido socialista. Las decisiones del Ejecutivo, que exigían la reconstrucción del partido checoslovaco, se ocultaron a la masa, a los proletarios. No sabemos por qué razón. Un redactor de *Rudé právo* escribió después de la huelga de diciembre[^126] un artículo contra la Rusia soviética y contra la Internacional Comunista. Otro redactor habló contra la Rusia soviética. Los camaradas comunistas de Checoslovaquia tomaron posición contra estos elementos. Pidieron la expulsión de estos redactores; Šmeral los defendió. Esperamos que estas experiencias que hemos tenido con Šmeral, Levi y Serrati sean aleccionadoras para el Ejecutivo y para este congreso. Queremos evitar que vuelvan a producirse desengaños semejantes, y por eso pedimos, en primer lugar, que Šmeral no siga en su puesto de dirigente; en segundo lugar, que el Ejecutivo redacte un llamamiento al proletariado de Checoslovaquia y le haga notar todas estas debilidades y los peligros del oportunismo checoslovaco; en tercer lugar, que se dirija un llamamiento a los proletarios de todos los países en el que se pida la lucha contra los centristas y contra los oportunistas. En nombre de la delegación italiana declaro lo siguiente:

En vista de las declaraciones de la delegación checoslovaca, la delegación italiana propone aprobar en la sesión del Comité Ejecutivo las declaraciones hechas por este y, completándolas, hacer constar además:

1. que la Internacional no solo tiene que desmarcarse de la actividad de Šmeral, sino que además tiene que prohibir a Šmeral ocupar un puesto dirigente en el partido; 2. que se dirija al proletariado checoslovaco, que ha entrado en la gran familia de la Internacional Comunista y ha sido acogido por esta con plena confianza, un llamamiento en el que se reúnan todas las desviaciones oportunistas de Šmeral y sus amigos y en el que se exponga además el peligro que amenazaría al partido si siguieran ocupando puestos dirigentes;

3. que la Internacional prosiga, e incluso intensifique si es posible, la lucha que ha emprendido en todos los países contra toda clase de centristas y oportunistas que se han infiltrado en nuestro partido, para evitar el peligro de que se repitan los desengaños y las derrotas en nuestra lucha por la revolución proletaria.

**Heckert** (Alemania). Camaradas: la cuestión italiana ha provocado en el partido alemán una crisis, y precisamente por las razones siguientes. En el Partido Comunista alemán una parte de los elementos dirigentes era de la opinión de que la escisión que se produjo en Livorno[^127], donde los elementos comunistas del Partido Socialista Italiano se separaron de los serratianos, la había provocado el Ejecutivo; que el Ejecutivo tenía la intención de abandonar el camino que había emprendido en el II Congreso Mundial y de volver a convertir los partidos de masas en sectas. Y como el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista tenía supuestamente la intención de volver a convertir los partidos comunistas de masas en sectas mediante depuraciones, estos camaradas declararon que la escisión de Livorno tenía un significado sintomático para el desarrollo ulterior de la Internacional en general. Y que ahora había que protestar contra esa política. Los enfrentamientos en el Partido Comunista alemán llevaron a que una parte de los camaradas dirigentes de la Central declarara que no estaban de acuerdo con la mayoría del Comité Central, que no valoraba la cuestión italiana como Paul Levi y algunos de sus amigos, y que no podían secundar una política así, que llevaba a la perdición. ¿Cómo estaban las cosas? En el II Congreso Mundial, en el que Serrati fue también uno de los presidentes, se suponía que volvería a su país como un elemento revolucionario honrado y que llevaría a los obreros italianos al comunismo. Pero en eso Serrati nos defraudó.

Inmediatamente después del Congreso Mundial empezó a sabotear las decisiones que se habían tomado aquí. No se atuvo a ellas. Y en lugar de recapacitar por fin, después de recibir un pequeño codazo, y cumplir con su deber comunista, escribió cartas y artículos en los que tomaba posición directamente contra la Internacional Comunista. En el órgano socialista llamado científico de los independientes alemanes, el *Sozialist* de Breitscheid[^128], apareció el 18 de diciembre de 1920 un artículo de Serrati en el que se decía que aquí en Rusia la revolución no la sostenían las amplias masas del pueblo trabajador, sino que sobre las espaldas de ese pueblo atormentado y apático una criminal burguesía soviética arrastraba su existencia viciosa. Era una observación tan brutal contra la Internacional Comunista y contra la Rusia soviética que ni Crispien y Dittmann la han formulado con más insolencia y claridad. Y estas observaciones de Serrati tenían un propósito, a saber, poder demostrar inmediatamente después qué revolucionario tan capaz era Turati, que tomaba posición contra la burguesía soviética, que hacía su terrible política contra el atormentado pueblo ruso. Y a continuación se enumeraban los bonitos discursos que Turati había pronunciado en el parlamento italiano. Habían sido tan conmovedores que hasta un miembro del futuro Partido Comunista había abrazado a Turati. Si Turati, decía Serrati, se comporta así en el Partido Socialista, es imposible exigir que nos separemos de él; los comunistas que están en el Partido Socialista Italiano exigen algo injusto.

Luego vino el congreso de Livorno, y a él fue el camarada Levi por encargo del Partido Comunista alemán. Paul Levi es, desde luego, un dirigente que conoce la Internacional. Tenía que tener conocimiento de esas manifestaciones de Serrati en el *Sozialist* de Breitscheid. Pero en Livorno, en los debates, Paul Levi, según nos han vuelto a asegurar camaradas italianos, no se enfrentó a Serrati con la suficiente firmeza, sino que con su conducta apoyó las tendencias que Serrati representaba. Serrati, como Levi no lo atacaba, se envalentonó, se volvió contra los elementos de izquierda del partido italiano, no quiso negociar con ellos sobre la expulsión de los Turati y Treves, sino que, cuando nuestros camaradas comunistas plantearon en el congreso la cuestión de o con el comunismo y la III Internacional, o con Turati y Treves, Serrati consideró necesario apartarse de la Internacional Comunista y emprender el camino hacia los reformistas. Y entonces Levi y algunos de sus amigos afirmaron en Alemania que, si Serrati había seguido y había podido seguir ese camino, la culpa era de los representantes que el Ejecutivo había enviado a Livorno. La escisión se había hecho en el lugar equivocado. Se afirmó sin más que detrás de la escisión de Livorno estaba la intención consciente de volver a hacer de un partido de masas un partido pequeño. Y cuando después, en el Comité Central, la mayoría de los hombres de confianza de nuestro partido declaró que no podía admitir que Levi tuviera razón, sino que, una vez conocidos los acontecimientos de Italia, había que admitir que la dirección de Serrati jugaba un juego infame con los obreros y que por tanto la escisión era necesaria, y cuando además se quiso averiguar si el Ejecutivo estaba de acuerdo con la actitud de los dos representantes que había enviado a Livorno, entonces Levi consideró necesario burlarse de la Central del partido alemán, de la que ya había salido, y también de todo el Comité Central, diciendo: «Tampoco podemos secundar ni aprobar siquiera relativamente un camino que ha seguido la mayoría del Comité Central. Se dirigió al oráculo de Delfos para averiguar por boca de la pitia el verdadero sentido de lo ocurrido en Italia. Nosotros nos consideramos lo bastante hombres para sacar nosotros mismos de los acontecimientos conclusiones sobre los principios en que se basan y juzgar en consecuencia. Porque, suponiendo que la mayoría del Comité Central recibiera de Moscú la respuesta que le conviene, ¿qué probaría eso? Nada más que también el Comité Ejecutivo se habría equivocado al valorar una situación concreta y las consecuencias que forzosamente se derivan de ella».

Y Paul Levi dice además en este artículo: «Nosotros —él y sus amigos que han salido de la Central— rechazamos expresamente tanto identificarnos con Serrati como condenarlo; rechazamos tomar como base nuestro juicio, el de extranjeros, sobre Italia; lo que hacemos es criticar los acontecimientos de Italia y la actitud del Ejecutivo sobre la base de los hechos que el Ejecutivo toma como base de su juicio».

Aunque había una gran cantidad de material comprometedor contra Serrati, Paul Levi declaró: rechazamos condenar a Serrati. Pero Serrati no está solo en el Partido Socialista, y no hay solo un caso Serrati. Tenemos que recordar un caso que es todavía más llamativo. En ese Partido Socialista Italiano, que era miembro de la III Internacional, está el señor D'Aragona. Fue como miembro de la III Internacional a Londres, al congreso de los burócratas sindicales de Ámsterdam[^129], y allí, en una comisión, elaboró junto con Thomas y Fimmen y otros criminales de Ámsterdam un manifiesto en el que se dice que hay que apartarse con repugnancia de los de Moscú y mantenerse fieles a la Internacional de Ámsterdam. Esos han sido los dirigentes de ese Partido Socialista Italiano de los que, en opinión de Levi, no era posible separarse.

Camaradas, pero quizá el Partido Comunista de Italia y los camaradas del Ejecutivo que apoyaron el camino de ese partido se equivocaron, a pesar de todo, al valorar ese Partido Socialista Italiano. Quizá sea a pesar de todo un partido que quería seguir siendo miembro de la III Internacional y actuar en su marco. Ahora bien, es muy interesante lo que escribe en un artículo el *Avanti!*, órgano central de los serratianos o turatianos —Serrati ha descendido entretanto de la primera categoría de dirigentes a la segunda—. El *Avanti!*, el periódico del partido de Serrati, cuyos delegados —creo que ya están en nuestras filas—, los camaradas Lazzari, Maffi y Riboldi, han venido aquí para desautorizar a los comunistas que se separaron de ellos, escribe en un artículo del 16 de junio de 1921 sobre el congreso de Moscú lo siguiente:

«La delegación no va llena de esperanza, como la del año pasado, y no lleva consigo sin reservas y con entusiasmo la adhesión de nuestro partido a la dirección del movimiento internacional. […] Los acontecimientos nos han dado la razón a nosotros y a nuestra concepción cada día más, no solo en Italia, sino también en muchos otros países.

En Francia el movimiento comunista está bastante más a la derecha que el del Partido Socialista Italiano. En Alemania los graves errores de los delegados del CE han llevado a que en el partido se haya manifestado una grave crisis, en un partido en el que se habían puesto grandes esperanzas.

Incluso en la propia Rusia, si nuestras informaciones son correctas, se manifiesta una reacción contra la incomprensión y la obstinación. Desde luego, este movimiento no se hará notar en el congreso. El camarada Zinóviev es un organizador de congresos demasiado hábil y diestro para que su opinión no encuentre siempre una aprobación segura y amplia. Pero ya se manifiesta en la Internacional un hartazgo muy extendido de la dictadura personal, que en realidad no es una dictadura del proletariado, sino una caricatura de ella. *(Vivas protestas.)*

Nuestros camaradas, pese a la dura situación, junto a Clara Zetkin y Paul Levi y muchos otros, expresarán esta necesidad. Esperamos que la oigan aquellos que tienen que oírla. Esta Internacional Comunista no puede ser monopolio de nadie, y tiene que vivir, desarrollarse y luchar con pleno conocimiento de todas las situaciones, con una valoración suficiente de todas las actividades proletarias».

Y esto figura en el número del *Avanti!* que trae al mismo tiempo una ilustración que representa al Partido Socialista Italiano en su lucha contra Giolitti. Giolitti aparece como un fascista que lanza bombas. Después aparece un hombre con una papeleta de voto en la mano, lo que quiere decir que la lucha contra la burguesía, contra los fascistas, se libra con papeletas de voto. *(Grandes risas.)* Estos son los valientes aliados a los que Levi quería salvar para la Internacional y por los que salió ostensiblemente de la dirección del partido con algunos camaradas, para convertir así la cuestión italiana en una cuestión alemana e internacional e iniciar un apoyo directo a los elementos contrarrevolucionarios.

Camaradas, de este caso tenemos que aprender que la Internacional tiene que impedir en cualquier circunstancia que en situaciones parecidas ocurra lo mismo, y por eso apoyamos sin reservas lo que el camarada Gennari ha declarado sobre la cuestión checoslovaca. Subrayamos que el Ejecutivo de la Internacional Comunista tiene que dedicar la máxima atención al Partido Comunista checo, para que no vivamos en él una repetición de Livorno, para que no tengamos en Šmeral un nuevo Serrati. Porque sacudidas como las que la Internacional ha sufrido después de Livorno no son precisamente adecuadas para hacernos avanzar. Pido al Ejecutivo que dé la instrucción de actuar en todas las demás cuestiones parecidas como en la cuestión italiana. *(Vivos aplausos.)*

**Malzahn**[^130] (Grupo de oposición del VKPD). ¡Camaradas! Limitaré mi intervención a la Acción de Marzo en Alemania, de la que el camarada Zinóviev ya se ocupó en su informe. Al comienzo, cuando habló de la Acción de Marzo en Alemania, declaró lo siguiente: «Decimos abiertamente que se cometieron grandes errores. La teoría de la ofensiva revolucionaria fue una estupidez, fue una debilidad. Dios nos libre de esa teoría». Queremos atenernos a esta conclusión, y nosotros, que estamos en una supuesta oposición o a quienes se ha tachado de oportunistas, vimos con toda claridad ya entonces lo que ahora ha constatado el camarada Zinóviev. Veíamos el peligro en el Partido Comunista alemán, en el movimiento comunista. Porque veíamos el peligro, llamamos la atención sobre él con toda energía y emprendimos así la lucha contra esa orientación. Camaradas, la Central y casi toda la prensa del partido se aferraron a esa falsa orientación teórica y pusieron de relieve conscientemente y con toda energía esa teoría de la ofensiva revolucionaria.

Lo que piensa de ello el Ejecutivo acabáis de oírlo, camaradas, de boca del camarada Zinóviev y de la forma más clara. Y he de decir que, como revolucionarios, consideramos nuestro deber llamar la atención sobre el peligro, porque lo veíamos en esa forma. Creo también que, si el camarada Zinóviev hubiera estado en Alemania, no habría podido obrar de otro modo que nosotros ni habría juzgado la cuestión de otra manera. Con el poco tiempo de que dispongo no puedo entrar en la orientación táctica ni en los antecedentes de la acción. Lo haremos con amplitud cuando se trate la cuestión de la táctica.

Camaradas, con esta ocasión he de decir una cosa: es deber de todas las delegaciones no engañarse unas a otras ni exagerar, ni por arriba ni por abajo; aquí hay que decir la verdad de forma clara, abierta y sin adornos, para que puedan sacarse las lecciones y las consecuencias de las acciones y las luchas que se han librado en los distintos países. Lo digo porque el camarada Zinóviev declaró que en las luchas de marzo de Alemania participaron medio millón de obreros. Creo que el camarada Zinóviev, y también el Ejecutivo, están mal informados a este respecto. Por eso, ahora que los delegados alemanes, la Central y nosotros estamos aquí, nuestra tarea es establecer con toda claridad qué amplitud alcanzó la lucha en Alemania. Hoy quiero limitarme a esta rectificación; más adelante, al tratar la cuestión de la táctica, tendremos que examinar la orientación y las premisas que llevaron a ella.

¿Qué hay, pues, de la amplitud del movimiento? ¿Cómo estaba el movimiento fuera de la zona de lucha, en todo el resto del Reich? Constatamos en primer lugar que en Silesia, Prusia Oriental, Prusia Occidental, Pomerania y Mecklemburgo no se vio nada de la huelga general. Constatamos además que en toda la Alemania del Sur, Baviera, Wurtemberg y Baden, tampoco se notó nada de este movimiento. Asimismo, en los distritos de Fráncfort del Meno, Magdeburgo, Anhalt y Hannover no hubo rastro de la huelga general. ¿Qué queda, pues, de Alemania? Hay que mencionar en primer lugar la Sajonia industrial, con su proletariado de millones. Aquí hemos de constatar que en las luchas de esa Sajonia industrial solo fueron a la huelga pequeños grupos de algunas empresas, quizá unos pocos miles de obreros en total. *(Ruido y protestas.)* ¿Y qué pasó en Berlín, el centro de la industria, donde tiene su sede el gobierno alemán? En Berlín, donde los obreros, un ejército de millones de obreros, demostraron repetidamente después de noviembre de 1918 que son capaces de librar grandes luchas revolucionarias, donde el Partido Comunista Unificado pudo contar en su congreso de unificación de 350.000 a 400.000 afiliados, ¿qué pasó en ese Berlín? Participaron en la huelga unos 4500 o 5000 obreros. *(Ruido.)* Camaradas, son hechos que como comunistas no podemos callarnos. Tenemos que ver la situación con toda claridad para sacar las consecuencias de las falsas premisas. Y por qué la lucha no pudo desplegarse es algo de lo que hablaremos detenidamente al tratar la cuestión de la táctica. En nuestra oposición a la Central, a la orientación de la acción, nos guía nuestro honrado sentimiento proletario de querer lo mejor para la revolución. ¿Qué pasó en Renania-Westfalia? ¿En el Ruhr, la cuenca del carbón, el centro industrial más importante de Alemania? Allí las cosas fueron así: en las grandes fábricas no hubo ni asomo de huelga, sino solo en una parte de las minas, y de una parte, del 20 por ciento de las minas, se puede hablar. Y también en las minas hubo solo huelgas parciales, salvo en unos pocos pozos donde la huelga fue completa. Pero, camaradas, tampoco allí puede llamarse general la huelga: un día se salía del pozo y al día siguiente se volvía al trabajo. Por esta división de los obreros surgió, sobre todo en el Ruhr y también en otras partes, una lucha de obreros contra obreros. Y las direcciones de distrito de Renania y Westfalia se vieron obligadas ya el miércoles después de Pascua (contra la voluntad de la Central) a abandonar la lucha, la consigna de la huelga general.

¿Cómo estaban las cosas en la costa? En Bremen y Bremerhaven hubo algunas huelgas parciales que abarcaron a unos cientos de obreros. En Stettin, Kiel y Lübeck no hubo huelgas. En Hamburgo las cosas fueron así: la dirección de distrito presentó al gobierno de Hamburgo un ultimátum en el que exigía en el plazo de tres días el desarme de la policía del Estado, la Sipo, y de la Einwohnerwehr[^131], y si no, se iría a la huelga general. Se ocuparon algunos astilleros y empresas, y a ello siguieron manifestaciones que terminaron en choques sangrientos. En muy poco tiempo, en dos días, en Hamburgo todo había acabado.

Camaradas, me importa que los camaradas extranjeros conozcan la amplitud del movimiento, de la Acción de Marzo en Alemania de la que tanto se habla, para llegar después, al tratar la cuestión de la táctica y en relación con este cuadro, a ver con claridad cómo hemos de actuar en el futuro.

Queda aún la zona de lucha propiamente dicha, Alemania Central, y junto a ella el distrito de Turingia. Alemania Central fue la zona de lucha donde la provocación de la entrada de las fuerzas de Hörsing se hizo visible para los obreros. Allí registramos que entraron en lucha las fábricas Leuna, con 22.000 obreros, y las minas de pizarra cuprífera, con unos 40.000 obreros; pero, camaradas, tampoco de forma general: quienes conocen las cosas tienen que constatar y reconocer que en una localidad se disparaba mientras en otra del mismo distrito se trabajaba y los obreros eran sacados de las fábricas por grupos armados. Son constataciones que hay que hacer. Aun así, el número de huelguistas en Alemania Central puede estimarse en 120.000. Si añadís las demás cifras, podemos decir, si queremos estimar alto el movimiento, que participaron en la huelga de 200.000 a 220.000 obreros. Esta es, camarada Zinóviev, la exposición objetiva de lo ocurrido en Alemania. Que venga alguien de Berlín y niegue lo que aquí se ha declarado, que venga alguien de Königsberg, de Prusia Oriental o de otras regiones y presente las cosas de otro modo. Nosotros, que desde nuestro honrado punto de vista proletario también queremos impulsar la revolución en Alemania *(ruido)*, deseamos que el Ejecutivo y el congreso vean las cosas con claridad, para llegar a la conclusión de que nuestra Central se dejó guiar por premisas falsas. Eso tiene que corregirse. Os pido que juzguéis las cosas desde este punto de vista. Esa es la amplitud que alcanzó la Acción de Marzo.

Lo esencial es que se precipitaron las cosas, que no se las dejó madurar en absoluto, que se pasó a la lucha antes incluso de que los obreros conocieran la brutal provocación de un Hörsing.

Y para terminar, una cosa más. Que el Ejecutivo, en un radiograma a Alemania, diga a los obreros alemanes: habéis obrado bien, lo puedo entender, porque el Ejecutivo, en aquella situación, aunque hubiera estado informado de todos los detalles, sencillamente no podía obrar de otro modo. Pero que miembros de la Central, funcionarios del partido, se pongan a utilizar en los círculos del partido ese juicio del Ejecutivo en la discusión teórica sobre la justeza de su teoría, eso es lo que criticamos.

Porque esa no era en verdad la intención del Ejecutivo. De eso estamos firmemente convencidos.

De estas cosas, de las lecciones de la lucha de marzo, hay que hablar, para que en Alemania podamos resolver de verdad, desde el punto de vista revolucionario, las importantes cuestiones que tenemos por delante, en interés de la revolución, en interés de la Internacional Comunista. *(Aplausos.)*

**Münzenberg**[^132] (Internacional Juvenil). ¡Camaradas de partido! A la juventud se le reprocha a menudo que se adelanta demasiado. Por eso esta noche hemos dudado en pedir la palabra, con la esperanza de que los representantes de los partidos se inscribieran antes en la lista de oradores, sobre todo los representantes de aquellos partidos que han sido atacados con bastante dureza en el curso del informe. Pensamos en el Partido Socialista sueco, en el noruego y en el Partido Socialista Italiano, cuyos representantes ya están presentes en la sala. Como no ha ocurrido, en este caso será la juventud la que hable en primera fila.

Camaradas, hemos de declarar de entrada que en la Internacional Juvenil —y el camarada Zinóviev ya lo ha adelantado—, igual que en cada una de nuestras federaciones, aprobamos y suscribimos plena y enteramente la táctica que el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista ha seguido a lo largo del último año, y que la hemos practicado nosotros mismos. Ante todo aprobamos la actitud de la Internacional Comunista en la cuestión italiana; esto se expresó con la mayor claridad cuando, unos días después del congreso de Livorno, se reunió el congreso nacional de la juventud italiana y, de 42.000 afiliados, 40.000 se pronunciaron unánime y tempestuosamente contra Serrati y por la Internacional Comunista y por el Partido Comunista. Aprobamos también la actitud de la Internacional Comunista en la cuestión de Alemania. He de decir que el camarada Malzahn tiene una curiosa manera de poner en claro la cuestión de la Acción de Marzo. Si Malzahn hubiera tenido de verdad el propósito de aclarar las cosas, sabría, igual que el miembro más joven de cualquier sección juvenil, que al valorar la táctica y toda la cuestión de la Acción de Marzo no importa tanto cuán amplios fueron los sectores arrastrados, sino si el partido, en aquella situación, tenía que llamar a la lucha; que no importa cuán grande fue la amplitud, sino por qué no fue mayor… *(Viva aprobación.)* Por eso, querido camarada Malzahn, otros oradores demostrarán muy pronto en el debate que gran parte de la culpa, de la responsabilidad, recae con razón en aquella vieja actitud de pasividad representada por Levi y su grupo. Eso es lo que importa.

*Interrupción: ¿Dónde estabas tú?*

**Münzenberg.** ¿Dónde estaba yo? Estaba entonces en Berlín y me puse a disposición de la Central alemana; era la época en que preparábamos el congreso internacional. Eso, camaradas, es lo que importa en primer lugar.

Creemos también que la cuestión del KAPD no se habría convertido en una crisis tan larga si el grupo parlamentario del VKPD hubiera llevado a la práctica antes y con energía lo que se decidió en el II Congreso, a saber, la utilización verdaderamente revolucionaria del parlamento. Estamos convencidos de que el KAP ya se habría hundido antes si el VKP hubiera sido lo que ahora está en vías de llegar a ser. *(Aprobación.)*

Pues bien, camaradas, declaro que la Internacional Juvenil manifiesta su plena y unánime adhesión a la política del Ejecutivo también por el hecho de que en la nueva regulación, ya próxima, de las relaciones entre nosotros y la Internacional Comunista se declara que ha pasado el tiempo en que la juventud se veía obligada a desempeñar un papel político propio e independiente, en que tenía la posibilidad de hacerlo. En nuevas propuestas y tesis declaramos que la tarea de la juventud, en todos los países donde existen partidos comunistas verdaderamente revolucionarios, es subordinarse a las consignas políticas de esos partidos. *(Vivos aplausos.)*

Pero queremos subrayar aquí la única carencia que el camarada Zinóviev reconoció en su informe: la carencia de enlaces organizativos. Estamos convencidos de que esta cuestión se discutirá todavía en otro punto del orden del día. Pero queremos señalar ya hoy la gran importancia de estos enlaces, porque la cuestión de la organización es, sin duda, una cuestión política, y en Europa Central no se habrían cometido algunas tonterías si se hubiera podido establecer un entendimiento más rápido con el Comité Ejecutivo. La cuestión del enlace con el Comité Ejecutivo, con los representantes, la cuestión del periódico, en una palabra, todo el conjunto de esta cuestión no es para nosotros solo de naturaleza organizativa, sino también política. No queremos abrir aquí esta cuestión, sino solo señalarla.

¡Una cosa más! Al final de su discurso, el camarada Zinóviev advirtió que desde distintos lados se intentaba poner a la juventud comunista en actitud de fronda contra el Ejecutivo y contra la Internacional Comunista. Ya declaró que allí estaban convencidos de que no es así. Yo no puedo más que subrayarlo. Se resuelvan como se resuelvan las distintas cuestiones de organización entre la juventud y la Internacional Comunista, una cosa podemos declarar: la juventud que en Zimmerwald y Kienthal, en los tempestuosos días de la guerra, fue la primera en estar fielmente al lado de los comunistas, de los bolcheviques, no se dejará separar nunca jamás de la Internacional Comunista. *(Vivos aplausos.)*

Y quisiera decir una cosa más. Ahora que vemos claramente que el grito «¡Fuera de Moscú, fuera del dictado de Moscú!» es una consigna bajo la que se agrupan los oportunistas, ahora, en estos tiempos difíciles, en que solo el Partido Comunista de Rusia sostiene la revolución rusa y garantiza con ello el avance de toda la revolución, tenemos que declarar con toda dureza frente a los amigos del KAPD: cuanto más tiene que luchar el Partido Comunista de Rusia solo, por nuestra pasividad, y con los medios más difíciles, tanto más arde nuestro corazón por ese partido, tanto mayor es nuestro entusiasmo. No puede haber para nosotros ninguna razón para traicionar y vender a nuestros camaradas cuando más acosados están y tienen que recurrir a medios que, según el KAPD, corresponden al socialismo democrático y qué sé yo a qué más.

Precisamente en esta difícil situación declaramos, declara la Juventud Comunista de todo el mundo: ¡estamos con Moscú, estamos con el Partido Comunista, estamos con la Internacional Comunista! *(Vivos aplausos.)*

**Rádek** (PCR). ¡Camaradas de partido! Como miembro del Ejecutivo escucho el debate sobre el informe con creciente asombro y con cierto alivio. Después de todo lo que he leído sobre la funesta actuación del Ejecutivo, esperaba que los camaradas de Europa Occidental, de Europa Central y de otros países ligados a Europa Occidental, aunque sean países de Oriente *(risas)*, fueran subiendo a la tribuna uno tras otro, enumeraran los pecados del Ejecutivo y pasaran revista aquí, ante el congreso, a todos los errores que hemos cometido, para declarar: con ese monstruo, con esa cueva de lobos, no queremos tener nada que ver. *(Risas.)* En lugar de eso, camaradas de partido, vemos que el debate chapotea de momento en torno a los niños malos del KAPD, que nos reprochan que somos malos y que se defienden de nuestros golpes. Han hablado aquí dos camaradas del VKPD que vinieron a petición expresa de la oposición del VKPD y que debían ajustar cuentas aquí con los pecados del Comité Ejecutivo: *primo*, que organiza putschs en Europa Occidental; *secondo*, que ejerce una dictadura inaudita y no es más que una *Chrezvycháika*, una comisión extraordinaria, por emplear las palabras de nuestro antiguo camarada Levi.

De todas esas acusaciones no he oído nada. El camarada Neumann[^133] está en la errónea convicción de que quienes le dieron el mandato lo enviaron a Moscú para discutir sobre el KAPD, y el camarada Malzahn declara que obró bien cuando, después del putsch «bakuninista», dijo: os habéis equivocado. En esta situación tenemos que deciros que hay un refrán ruso: «ese número no va a colar así como así». Si vosotros no criticáis, nosotros haremos preguntas. Preguntaré a los camaradas Neumann y Malzahn, que intervienen aquí en el congreso internacional después de haber afirmado junto con Levi que fue un putsch bakuninista; sí, les preguntamos ahora: ¿fue un putsch bakuninista o fue una lucha de clases, si no de medio millón, al menos de 200.000 obreros?; esa es la cifra que hemos oído hoy. Sobre la cifra, que discuta con ellos la delegación alemana. Yo solo pregunto: ¿fue o no un putsch bakuninista? Y si no fue un putsch bakuninista, ¿qué hicieron ellos cuando, cubierto con sus nombres, Levi lanzaba el anatema contra el partido alemán, cuando pisoteaba el prestigio del Ejecutivo ante los obreros de Europa Occidental, cuando presentaba al Ejecutivo como un puñado de aventureros sin conciencia? No se trata del Ejecutivo. Los reproches de un Levi, que todavía no ha estado en ninguna trinchera por la revolución proletaria, no alcanzan al Ejecutivo. Pero vosotros, camaradas, sois proletarios, queréis seguir siendo miembros del Partido Comunista, y por eso os digo: no es tan fácil. No se va durante meses solidariamente con Levi, contra viento y marea, en una lucha así contra la Internacional y contra el propio partido, para venir luego aquí a decirnos amistosamente: en la cuestión del KAP no teníais razón, y no fueron más que 200.000 obreros. Así no se puede. ¡Así no se puede, camarada Malzahn! *(Vivos aplausos.)*

**Malzahn.** En diez minutos no he podido hablar de todas las cuestiones.

**Rádek.** ¡Camarada Malzahn! Su primer deber habría sido decir: cometimos un error político al declararnos solidarios con Levi. Ese habría sido su primer deber. *(Aplausos.)* El camarada Malzahn ha dicho que el propio Zinóviev calificó de estúpida la teoría de la ofensiva. Eso dijo el Ejecutivo a los obreros alemanes ensangrentados, que no fueron derrotados en una ofensiva, sino defendiendo su pellejo cuando Hörsing los atacó. Teníamos entonces el deber de decir que la teoría de la ofensiva es falsa. ¡Pero, estimado camarada Malzahn! Tengo aquí la resolución que la camarada Clara Zetkin presentó el 7 de abril en la sesión del Comité Central —un mes después de las luchas—, ¿y qué dice sobre la ofensiva? Dice lo siguiente: «La necesidad de una actividad redoblada del VKPD, de su ofensiva y de su acción, venía dada por la situación económica y por la situación política interior y exterior. También existía la posibilidad de ello».

Pues bien, camaradas de partido, de eso se trata. Ahí habría tenido usted, camarada Malzahn, ocasión de hablar de ello. De momento hago constar que la camarada Zetkin, si era un pecado, un error, situarse en el terreno de la ofensiva, en el que yo no me he situado ni un solo día, pecó también. Si nos reprocháis a nosotros, que no hicimos la ofensiva, no haber reprendido a la Central alemana, os respondemos: tendríamos que reprender también a otros camaradas. Si ahora no solo los camaradas que salieron de la Central, sino también la camarada Zetkin, opinan que la táctica de la ofensiva no puede ser en absoluto vinculante, eso no puede alegrarnos. El camarada Malzahn, que interviene aquí en nombre de la tendencia mencionada, no debería, pues, limitarse a ensañarse con los camaradas Thalheimer y Frölich como si fueran los «diablos» de la teoría de la ofensiva. Esa teoría la aceptasteis todos.

Hablaremos de estas cosas con objetividad en el debate sobre la táctica. Pero entonces tenemos que hacer tabla rasa, entonces tenemos que oír de vosotros qué decís de que el informe del Ejecutivo apruebe la expulsión de Levi. ¿Qué posición tomáis al respecto? Porque Levi tenía toda la razón cuando dijo en su discurso ante el Comité Central:

«El camarada Pieck[^134] ha dicho que no queremos hablar del fondo de la Acción de Marzo. Que se trata única y exclusivamente de la “ruptura de la disciplina”. Y yo digo que se trata solo de esta cuestión: ¿fue justa la Acción de Marzo? Entonces lo que procede es echarme a mí. O bien la Acción de Marzo fue un error, como creemos yo y muchos de mis amigos, y entonces lo que procede es echar a los otros». Ahora ya no decís ni una palabra del putsch bakuninista. Por favor, estimados camaradas, así no se puede. Hablad ahora claro. Aquí se va a decidir sobre el informe del Ejecutivo, que ha aprobado o no la expulsión de Levi. ¡Camaradas! Al debatir el informe hemos de examinar distintas cuestiones. Hablarán varios camaradas, y les pediré que tomen posición concreta sobre la cuestión italiana. Tenemos aquí a la representación del Partido Socialista Italiano. Es muy importante que oiga también de nosotros lo que pensamos de ello. Aquí, en la cuestión italiana, se decide toda la táctica que emprendimos el año pasado.

Zinóviev ha mostrado en su discurso que la orientación está dirigida a las masas, pero al mismo tiempo dijimos en Livorno que no queremos partidos de masas a toda costa. El partido de los Scheidemann también es un partido de masas, y el Labour Party en Inglaterra también es un partido de masas. Queremos partidos de masas revolucionarios. Y los camaradas que dijeron que en Livorno el Ejecutivo demostró que había tomado el camino de la secta —con esta consigna salieron cinco camaradas de la Central del partido alemán—, esos camaradas tienen ahora el deber, después de todo el material que se ha presentado sobre el partido de Serrati, sobre su táctica, sobre su evolución de Moscú a Ámsterdam, de decir aquí qué política sectaria hemos practicado frente al partido italiano. ¡O con nosotros o con Turati! Si en Livorno no obramos de acuerdo con los acuerdos del Segundo Congreso, que nos mostró el camino hacia el partido de masas revolucionario, si en Livorno obramos mal, entonces también en Halle. *(Viva aprobación.)* Entonces en Halle habríamos tenido el deber de admitir también a Hilferding y Dittmann, que tienen detrás masas aún mayores que Serrati y su grupo.

Camaradas, tenemos ante nosotros multitud de cuestiones que aún no se han tocado en absoluto: la cuestión de la política del Partido Comunista francés, la situación en los Balcanes y de los partidos de allí. El Ejecutivo y el presidium han separado deliberadamente el debate sobre el informe del Ejecutivo del debate sobre la táctica, para que no parezca que tememos alguna responsabilidad o que queremos esquivar la crítica. Lo que ha hecho el Ejecutivo es el mínimo de lo que queríamos hacer. Teníamos muy malos enlaces con los distintos partidos, pero sobre lo que ha hecho el Ejecutivo debéis discutir aquí, no en general, sino en concreto, punto por punto. O nos dais vuestra aprobación o no. Porque el camino que el Ejecutivo piensa seguir en el futuro es el mismo que hasta ahora, y significa: lucha contra todas las tendencias centristas y semicentristas en la Internacional, disciplina de los partidos comunistas para hacer de ellos partidos de combate unitarios y, al mismo tiempo, lucha contra todo intento de llevar a los partidos comunistas de masas a lanzarse prematuramente a la lucha a costa de su carácter de masas. *(Vivos aplausos.)* El congreso tiene que tomar posición sobre todas estas cuestiones.

Para terminar, unas palabras más sobre el KAPD, que ha ocupado en nuestros debates un espacio desproporcionado. Hemos visto aquí un espectáculo muy divertido. La camarada Roland-Holst, a la que el KAP presentó en un número del *Proletarier* titulado «Escuela holandesa», renuncia al título y aboga por los fundadores de esa escuela, Pannekoek y Gorter. Dice: nuestro país es pequeño y no tenemos una gran revolución, y así no es de extrañar que los camaradas escriban de vez en cuando algo que suena raro. Camaradas, podríamos aducir otras razones. Uno es astrónomo, solo mira a las estrellas y nunca ve a un obrero vivo; el otro es filósofo y, además, poeta. *(Risas.)* Y cuando el camarada Ceton[^135] sube a la tribuna y suelta en nombre del partido holandés una declaración contra la escuela holandesa, también yo lo comprendo. ¡Y ver a los camaradas del KAP intervenir aquí con toda esa furia sectaria que solo ve las cuestiones de su secta, para mostrar el gran daño que un producto holandés de esa especie causa en la cabeza de los camaradas! Y si sube aquí toda una serie de oradores contra los que polemizaremos, es porque en esa escuela holandesa cristaliza una tendencia que aparecerá en todas partes donde haya inicios de movimiento comunista.

Esta batalla hay que librarla aquí, en este terreno, en esta sala: si la Internacional Comunista tuvo razón al seguir el camino que siguió el año pasado, y si ahora, tras un período de espera, dice: se acabó la broma, ahora tenéis que elegir entre la escuela holandesa y la Internacional Comunista. Camaradas, la decisión sobre el informe del Ejecutivo es una decisión sobre todos los demás puntos. Si aquí la decisión resulta como tiene que resultar, en los demás puntos solo nos quedará, por así decir, pulir detalles. Porque nuestro trabajo pasado se movió en este medio, por el camino indicado. Y ese camino es: hacia las masas y con las masas, a la lucha revolucionaria. *(Aplausos tempestuosos y ovación.)*

**Presidente Koenen.** La sesión de mañana empezará a las 11; las sesiones de las comisiones serán mañana por la noche o pasado mañana por la mañana. Si mañana por la noche celebramos sesión plenaria o sesión de comisiones se comunicará mañana a las 5 de la tarde.

En todo caso, el debate continuará mañana; por hoy se levanta la sesión.

*(Se levanta la sesión a las 12 de la noche.)*

## Sexta sesión, lunes 27 de junio de 1921 (12 del mediodía)

*(Continuación del debate sobre el informe del Comité Ejecutivo. Oradores: Malzahn, Rádek, Jacquemotte, Marković, Kolárov, Clara Zetkin.)*

**Presidente Loriot.** Camaradas, una vez llegada la delegación del Partido Socialista Italiano, el presidium está unánimemente a favor de proponer al congreso que se reúnan los dos últimos puntos previstos en el orden del día, es decir, que la cuestión italiana y la alemana se unan al actual debate sobre el informe del Ejecutivo. El presidium es también de la opinión de que es necesario pedir a las distintas delegaciones que no repitan los debates, lo que quiere decir que debe darse la palabra a los representantes del Partido Socialista Italiano y después a los del Partido Comunista de Italia, y que las demás delegaciones solo deben pedir la palabra en caso de que piensen plantear cuestiones especialmente importantes.

**Koenen.** Camaradas, se trata de que continuemos el debate, pero uniendo al debate sobre el informe del Ejecutivo la cuestión alemana y la resolución de la cuestión italiana, porque en la discusión no se pueden separar. Pensamos que los camaradas del Partido Socialista Italiano estarán dispuestos mañana por la mañana a hablar de su asunto, de modo que mañana podremos concluir el asunto italiano junto con el informe del Ejecutivo. El presidium pide al congreso que apruebe este cambio. Continúa el debate.

El camarada Malzahn tiene la palabra para una declaración.

**Malzahn.** ¡Camaradas! Ayer, en su intervención, el camarada Rádek quiso dar la impresión…

**Rádek.** Protesto porque el presidium haya dado la palabra al camarada Malzahn para esta declaración, ya que no es una cuestión de procedimiento.

**Malzahn.** Ayer, en su intervención, el camarada Rádek quiso dar la impresión de que nosotros, los camaradas de la oposición alemana, queríamos esquivar la discusión sobre la Acción de Marzo. Frente a ello hago constar que ayer, cuando inscribí mi nombre en la lista de oradores ante el presidente, este me preguntó sobre qué apartado quería hablar. Le dije que sobre la Acción de Marzo, en la medida en que el camarada Zinóviev la había mencionado en su informe. El presidente me dijo entonces que no lo consideraba necesario, porque la Acción de Marzo se trataría en la cuestión de la táctica. Le respondí que solo quería entrar en las cosas en la medida en que el camarada Zinóviev las había mencionado en su discurso. De la táctica y de la orientación teórica hablaremos en la cuestión de la táctica, cosa que subrayé claramente desde el principio de mi intervención, y solo entré en la cuestión teórica en la medida en que lo hizo el propio camarada Zinóviev en su intervención, es decir, el juicio sobre la acción, porque los camaradas del Ejecutivo están de acuerdo con él. Lo cierto es que no pensamos esquivar ninguna discusión. Quisiera subrayar además que durante la acción cumplimos plena y enteramente con nuestro deber. *(Exclamaciones: ¡Oíd, oíd!)* Eso tiene que confirmarlo la Central. *(Ruido y protestas. Exclamaciones: Camarada, eso no es una observación de procedimiento.)*

**Malzahn.** La oposición aquí representada cumplió plena y enteramente con su deber durante la Acción de Marzo. Eso tiene que confirmarlo la Central, y ya hablaremos de las demás cuestiones.

**Rádek.** ¡Camaradas! El camarada Malzahn ha hecho aquí una declaración en la que se defiende de reproches que no se le han hecho. Nadie le ha reprochado que no se haya pronunciado teóricamente sobre la Acción de Marzo. Lo que le reproché es que ni él ni el camarada Neumann, como representantes de la oposición ante el informe de gestión del Ejecutivo, tuvieron el valor de mantener los inauditos ataques lanzados contra el Ejecutivo por el grupo que representan, es decir, la acusación de que el Ejecutivo, por medio de sus representantes en Alemania, había organizado un putsch bakuninista, ni tampoco el valor de retirar esa insinuación. Hago constar que el camarada Malzahn ha encontrado ahora tiempo para hacer aquí una declaración sobre la heroica actividad de la oposición durante la Acción de Marzo, pero no ha dicho ni una palabra sobre la cuestión decisiva para la relación de este grupo con la Internacional. Queda, pues, en pie el hecho de que este grupo, aunque tuvo la posibilidad de declarar si sigue solidarizándose con los ataques de Levi según los cuales el Ejecutivo provocó el putsch de marzo, no se ha pronunciado al respecto. En cuanto a la declaración de Malzahn sobre la participación del grupo en la acción, hago constar que contra Malzahn, Neumann y la camarada Zetkin nadie ha formulado acusaciones de sabotaje de la acción, y que en cambio se formularon contra Richard Müller y Däumig[^136]. Y en lo que respecta al camarada Däumig, él mismo dio la prueba en una carta a la Central en la que subraya que su conciencia no le permitía participar en las luchas de marzo. *(Aprobación.)*

**Jacquemotte** (Bélgica). Camaradas, el Comité Ejecutivo invitó al ala izquierda del Partido Obrero belga, en su calidad de miembro simpatizante, al congreso de la III Internacional. Desde que recibimos esta invitación, que hemos atendido, el ala izquierda del Partido Obrero belga se ha separado del viejo partido, y por eso esperamos firmemente participar en los trabajos del próximo congreso de la Internacional Comunista ya como sección adherida.

Ante las importantísimas cuestiones que el congreso ha de tratar, no tengo intención de ocupar su valioso tiempo con una exposición detallada de las dificultades con que tropezamos en Bélgica ni de las luchas que hemos tenido que librar contra el partido socialdemócrata. Bastará con que mencione aquí que Bélgica es precisamente el país donde se encuentran los representantes más acabados de la II Internacional. Oigo a menudo las quejas de los camaradas por tener que luchar en su movimiento nacional con socialpatriotas, y no puedo menos de observar que más bien nos tocaría a nosotros hablar de ello, porque somos nosotros quienes tenemos ese triste privilegio sobre todos los demás: en nuestro país se encuentran las cabezas características de la II Internacional, como Vandervelde, ex presidente de la II Internacional; Huysmans, secretario de la II Internacional; De Brouckère, Anseele, Hubin[^137]. Mencionar estos nombres equivale a reconocer el atraso político de los obreros belgas, que todavía hoy toleran a su frente a dirigentes tan indignos.

Mientras Vandervelde es ministro de Justicia en Bélgica, la policía belga hace registros domiciliarios a miembros del Partido Obrero belga y a los dirigentes del ala izquierda; y resulta curioso que Vandervelde haya presentado al Consejo General del Partido Obrero una resolución de protesta contra los registros judiciales ordenados por su propia fiscalía.

Camille Huysmans declaró en una sesión plenaria de la Cámara que era necesario mantener el sistema de pasaportes políticos, mientras que en el terreno comercial había que acabar categóricamente con todas las restricciones que obstaculizan la reanudación de las relaciones entre comerciantes e industriales.

De Brouckère es quien desempeña en Bélgica, por así decir, el papel de circo ambulante de Borís Sokolov, que va difundiendo por Bélgica fotografías falsas de un nuevo movimiento revolucionario en Rusia.

El diputado permanente en la Cámara Hubin, que también es miembro del partido, fue quien afirmó que la guerra imperialista había terminado demasiado pronto y que, si hubiera durado cuatro semanas más, se habría llegado a una paz duradera y justa. He querido citar estos hechos solo para subrayar la necesidad que de ello se deriva para nosotros de hacer en Bélgica los esfuerzos más serios y más poderosos para suprimir la influencia que todavía hoy tienen los socialdemócratas y crear en Bélgica un poderoso partido comunista. Para ello es absolutamente necesario que podamos contar con el apoyo de la Internacional y que estemos asimismo en condiciones de establecer sin falta enlaces duraderos y regulares con los partidos vecinos. Sin querer dar en modo alguno consejos al congreso, opinamos que no basta con que los distintos partidos nacionales se reúnan una vez al año en un congreso, que no basta con que estén en contacto con el Ejecutivo, sino que además es urgentemente necesario que los partidos correspondientes de los países vecinos mantengan entre sí relaciones ininterrumpidas y estrechas. Y he tenido la satisfacción de comprobar que los camaradas franceses, representados por Vaillant-Couturier, y los camaradas alemanes, representados por Clara Zetkin, nos han asegurado que apoyarán con su autoridad moral al joven Partido Comunista de Bélgica.

Insisto en la urgente necesidad de estas relaciones más estrechas entre los países vecinos, y quisiera destacar aquí la importancia de los centros industriales que se extienden por varios países o al menos rebasan las fronteras de varios países, como, por ejemplo, las zonas industriales de Bélgica y Luxemburgo, la cuenca francesa de Briey y Longwy y el Ruhr, a las que la Internacional Comunista tiene que prestar especial atención. En mi opinión, estas zonas industriales, que tienen una población industrial extraordinariamente densa, merecerían un trabajo muy particular, y precisamente de acuerdo con los partidos adheridos de los distintos países interesados. Todo esto, naturalmente, tendría que hacerse bajo el control de la Internacional Comunista.

Hay además otra cuestión que, a mi parecer, tiene que plantearse sin falta en este congreso, porque puede crear dificultades para el desarrollo del movimiento comunista en Bélgica. Esta cuestión se deriva de la existencia de un grupo ya adherido a la Internacional Comunista con el que, sin embargo, esperamos llegar a fusionarnos si el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista está dispuesto a hacer valer su enorme influencia moral en interés de la causa comunista en Bélgica. Hay profundas diferencias de opinión entre el grupo ya adherido y el ala izquierda del Partido Obrero belga, que está actualmente en proceso de escisión. En uno de los últimos números de *L'Ouvrier Communiste*[^138] leemos el siguiente pasaje: el autor del artículo «Lo que nos separa», con ocasión de la escisión de la izquierda del Partido Obrero belga, dice sobre el Partido Comunista adherido a la Internacional Comunista: «Rechazamos el parlamentarismo porque solo puede perjudicar a la acción revolucionaria. Combatimos la formación de un partido de masas porque, exactamente igual que la socialdemocracia, está condenado inevitablemente al reformismo y a la traición».

Comprenderéis, camaradas, que nos sería difícil, en tales condiciones, poner en pie en Bélgica un movimiento comunista que respondiera tanto a las posibilidades de acción del comunismo en Bélgica como a las tesis de la propia Internacional Comunista.

No quisiera extenderme más en esta exposición ni ocupar por más tiempo al congreso. Espero que el Comité Ejecutivo dicte muy pronto sus directivas e instrucciones al respecto. Basta con que exprese aquí nuestra firme esperanza de suprimir, con el apoyo de los partidos vecinos de la Internacional, toda posibilidad de acción contraria en el corazón mismo del país, y estamos firmemente convencidos de que lograremos formar en Bélgica un poderoso Partido Comunista. Los obreros belgas son obreros revolucionarios y en el pasado emplearon el arma de la huelga general con fines exclusivamente políticos. Volverán a hacerlo. La guerra, como dijo Vandervelde, ha matado el ideal. La guerra ha matado el ideal en quienes sacrificaron a su ansia de poder el futuro del movimiento proletario bajo el régimen burgués, pero no en los obreros verdaderamente comunistas. Estoy firmemente convencido de que para el próximo congreso ya formaremos un ejército y seremos un grupo poderoso dentro de la Internacional Comunista.

**Marković**[^139] (Yugoslavia). ¡Camaradas! Con mucho gusto seguiría el consejo que nos dio ayer el camarada Rádek de tomar posición sobre todas las cuestiones importantes que ha planteado el informe del Ejecutivo. Pero he de declarar enseguida que es completamente imposible tomar posición en diez minutos sobre todas esas cuestiones importantes. La limitación del tiempo de intervención solo tiene sentido si en la comisión hay ocasión de discutir con detalle. *(Exclamaciones: ¡Muy cierto!)* En diez minutos no podemos tomar posición sobre todas las cuestiones importantes. No es culpa nuestra, sino del Ejecutivo, que no nos ha dado la posibilidad de discutir con detalle en la comisión.

**Rádek.** Propongo que se prolongue el tiempo de intervención.

**Marković.** Ante todo he de volver sobre dos puntos del discurso de Zinóviev que conciernen al Partido Comunista de Yugoslavia. El camarada Zinóviev recordó su discurso en el II Congreso, en el que dijo, entre otras cosas, que en el grande y fuerte Partido Comunista de Yugoslavia existe con todo un ala derecha que hay que cortar. El camarada Zinóviev ha constatado que el Partido Comunista de Yugoslavia ha cortado efectivamente esa ala derecha. El camarada Zinóviev añadió que, sin embargo, no podía garantizar que en el Partido Comunista de Yugoslavia no siguiera habiendo en adelante ciertos oportunistas. Este recelo del camarada Zinóviev ante los eventuales oportunistas del Partido Comunista de Yugoslavia no se ha fundamentado ni puede fundamentarse. Por eso me veo obligado a oponer a estos recelos infundados del camarada Zinóviev una serie de hechos. El Partido Comunista de Yugoslavia tiene detrás veinte años de actitud revolucionaria intachable del Partido Socialista Serbio, bien conocido en toda la Internacional. Quizá no haya en la Internacional ningún partido que desde su nacimiento haya estado tan herméticamente cerrado al reformismo como el nuestro. Cualquiera que se haya interesado por el socialismo ya antes de la guerra puede confirmarlo. El Partido Comunista de Yugoslavia es el sucesor del Partido Socialista Serbio. Cuando, con el hundimiento de Austria-Hungría, Serbia se convirtió en Yugoslavia, el Partido Socialista Serbio se convirtió en el Partido Comunista de Yugoslavia. La burguesía serbia, ciertamente, ha heredado grandes riquezas de Austria. Nosotros, los socialistas serbios, no podemos decir lo mismo. De Austria hemos heredado el peor oportunismo y reformismo de la socialdemocracia austriaca y, lo que es aún peor, el reformismo húngaro. Por eso tuvimos que librar una dura lucha contra estos restos de la socialdemocracia austriaca y húngara. Tuvimos que librar esta lucha desde el primer día, y en muy poco tiempo obtuvimos una victoria completa sobre el reformismo, de modo que ahora no se puede hablar en serio de reformismo en las filas proletarias de Yugoslavia.

En el I Congreso después de la guerra, en abril de 1919, se tomó por unanimidad el acuerdo de ingresar en la III Internacional. Fuimos, pues, el primer gran partido europeo que se adhirió a la Internacional Comunista. Ya en los primeros días de nuestra nueva vida, nuestro partido fue puesto a prueba como partido revolucionario. Teníamos en nuestra frontera la República Soviética de Hungría. La intervención contra Hungría estaba a la orden del día. Y la burguesía yugoslava estaba dispuesta, bajo la presión de la agitación nacionalista en el interior y bajo la presión del apoyo financiero de Francia, del que la burguesía yugoslava depende por completo, a participar en el estrangulamiento de la República Soviética de Hungría. Pero gracias a la fuerza de nuestro partido y a su influencia sobre las grandes masas, no pudo haber intervención alguna por parte de la burguesía yugoslava. La brillante huelga general del 21 de julio[^140] hizo imposible la intervención. Ni un solo soldado participó en el estrangulamiento de la República Soviética de Hungría, mientras que miles de obreros yugoslavos marchaban en las primeras filas del Ejército Rojo húngaro. *(Vivos aplausos.)*

En los dos últimos años hemos llevado a cabo tres escisiones en nuestro partido. De este modo hemos depurado por completo nuestro partido de todos los elementos centristas y semicentristas. No nos hemos dejado arredrar por ningún sacrificio cuando se trataba de la pureza comunista de nuestro partido. Expulsamos al antiguo camarada Lapčević[^141], que durante veinte años fue dirigente de nuestro Partido Socialista Serbio. No era un Cachin. Es conocido en toda la Internacional por su actitud revolucionaria, no solo antes de la guerra sino también durante la guerra. Aun así, expulsamos del partido al camarada Lapčević en cuanto intentó apartar a nuestro Partido Comunista de los caminos revolucionarios de la Internacional Comunista. Camaradas, he tenido que aducir este hecho para intentar librar al camarada Zinóviev de sus graves recelos y demostrar a todos los camaradas que la actitud revolucionaria intachable de nuestro partido, su actitud revolucionaria de hasta ahora frente a los elementos centristas y semicentristas de nuestro partido, ofrece garantía suficiente de que tampoco en el futuro toleraremos tendencias oportunistas en nuestro partido.

Paso ahora al segundo punto al que he de responder. Zinóviev dice que no está informado sobre Yugoslavia. ¿De quién es la culpa? El Partido Comunista de Yugoslavia fue puesto fuera de la ley a finales del año pasado[^142]. En los últimos cinco meses hemos enviado desde Yugoslavia tres informes escritos detallados al Ejecutivo, y uno de ellos se ha publicado en el último número de *La Internacional Comunista*. Si el camarada Zinóviev dice que no está informado sobre Yugoslavia, tengo que llegar a la conclusión de que el presidente de la Internacional no lee el órgano oficial de la Internacional. Por difícil que sea suponerlo, parece que así es; de lo contrario no habría podido decir que no está informado sobre Yugoslavia. Tengo que decir algo más. Los comunistas de Yugoslavia fueron puestos fuera de la ley a finales del año pasado. Este acontecimiento tiene muchísima importancia. Sobre todo porque a este ejemplo de la burguesía yugoslava lo han seguido también la burguesía rumana y, según parece, la búlgara. El camarada Zinóviev apenas ha dedicado atención a este acontecimiento en su informe. Y sin embargo el acontecimiento tiene la mayor importancia, porque abre una nueva era política en los Balcanes. La burguesía de Yugoslavia ha proclamado una dictadura despiadada y abierta. Nos dice a los comunistas: sí, vosotros, los comunistas, tenéis razón, tenéis toda la razón. Planteáis bien la cuestión: dictadura de la burguesía o dictadura del proletariado. *Tertium non datur.*

La burguesía yugoslava se ha pronunciado por el primer término de este dilema y ha proclamado la dictadura despiadada. De este modo nuestra burguesía ha demostrado que también ella, la burguesía yugoslava, ha abandonado todas las ilusiones sobre la democracia burguesa. ¡Ojalá ocurriera lo mismo con el proletariado de Europa Occidental! Hasta la burguesía yugoslava ha abandonado todas las ilusiones sobre la democracia burguesa, sobre el parlamentarismo burgués; dice abiertamente: las leyes y la constitución solo sirven para asegurar nuestra dominación de clase. En cuanto los medios democráticos no bastan para ello, tenemos que recurrir a los medios de fuerza. La burguesía yugoslava ha recurrido a los medios de fuerza para asegurar su dominación de clase. Y opinamos que lo mismo ocurrirá en todos los países en cuanto la burguesía sienta que el suelo se le tambalea bajo los pies, como fue el caso de la burguesía yugoslava. Esta dio el golpe de Estado contra el Partido Comunista, según está escrito en el decreto ministerial, con el pretexto de que el Partido Comunista Yugoslavo estaba dispuesto en aquellos días, es decir, en aquellos días de hace cinco meses, a hacer una revolución brutal según el modelo ruso para hacerse con todo el poder del Estado. Por desgracia, esas palabras no eran ciertas para aquellos días. El Partido Comunista aún no era lo bastante fuerte para emprender la lucha final por la conquista del poder. Pero era lo bastante fuerte para infundir a la burguesía yugoslava un gran miedo a la revolución. Y por miedo a esa revolución inminente la burguesía yugoslava tuvo que recurrir a ese medio de fuerza. A este ejemplo lo han seguido la burguesía rumana y, según parece, la búlgara. Nos parece, camaradas, que en todos los países la dictadura de la burguesía tendrá que preceder a la dictadura del proletariado. La burguesía de muchos países demuestra que ha aprendido de la revolución rusa mucho más que, por desgracia, el proletariado de muchos países. Dice que no quiere desempeñar el papel de Kérenski. Las palabras del ministro del Interior de Yugoslavia han tenido eco en Rumanía, en Bulgaria, y me temo que lo tendrán también en otros países. Es sin duda un aspecto muy importante, que el informe del Ejecutivo debería haber subrayado con mucha fuerza.

Como el tiempo es muy limitado…

*Rádek propone que se prolongue el tiempo de intervención.*

**Zinóviev.** Propongo que se prolongue el tiempo de intervención a veinte minutos. Hago al camarada Marković el ruego personal de que exponga su punto de vista sobre la cuestión de Serrati y la de Levi.

**Marković.** Con muchísimo gusto. Tendría todavía mucho que decir sobre la actividad de nuestro partido durante los períodos ilegales de su actividad. Pero tengo que pasar a otras cuestiones, para que el camarada Zinóviev no tenga la impresión de que las esquivo.

Paso ahora a la cuestión italiana. Ya he mencionado que el Partido Comunista de Yugoslavia ha llevado a cabo tres escisiones en los dos últimos años. No se nos puede reprochar, pues, que tengamos miedo a las escisiones. Precisamente porque tenemos mucha experiencia en escisiones, no carecerá de interés oír nuestra opinión sobre la escisión en Italia. Hemos tenido ocasión de seguir muy de cerca la evolución del partido italiano. Estamos muy bien informados sobre esa evolución. Zinóviev ha arremetido contra Serrati con mucha objetividad. Hay muchas tendencias centristas y semicentristas en los artículos de Serrati que Zinóviev nos ha leído. Una cosa he de señalar: Zinóviev empieza a criticar a Serrati a partir del primer artículo, escrito hace un año, y lo hace solo ahora, en este congreso. Nosotros, en Yugoslavia, nos vimos obligados mucho antes a combatir a Serrati y sus tendencias centristas. He de deciros que, durante las escisiones con nuestros centristas y semicentristas, siempre tropezamos con Serrati, porque nuestros centristas se remitían a Serrati y a sus artículos. Y como Serrati gozaba entonces de toda la confianza del Ejecutivo, los centristas se alzaban contra nosotros afirmando que Serrati y el Ejecutivo, que estaba de acuerdo con él en los principios y aún no lo combatía abiertamente, eran los verdaderos comunistas, y que nosotros no éramos comunistas, sino anarquistas. Nos vimos obligados, pues, a tomar posición contra Serrati ya hace más de un año. Nos vimos obligados a ello aun a riesgo de enredarnos así en una lucha con el Ejecutivo, porque no teníamos ni idea de si el Ejecutivo estaba de acuerdo con sus declaraciones.

Así pues, no se nos puede reprochar que defendamos a Serrati y a los oportunistas, a los centristas y semicentristas, si tenemos que constatar que la escisión en Italia fue en cierta medida un error. La consideramos un error por la siguiente razón: la escisión en Italia no estaba preparada. Tenemos experiencia en estas escisiones. En Yugoslavia hemos considerado cada escisión una acción importante del partido, y como cualquier otra acción del partido, también esta tiene que prepararse no solo en el terreno de las ideas, sino también en el de la organización. En Italia no se hizo. ¿De quién es la culpa? Por una parte, de los camaradas comunistas de Italia; por otra, del Ejecutivo. Este tiene el derecho y el deber de combatir con la mayor dureza las tendencias centristas y semicentristas en todo partido en cuanto aparecen. No tenía derecho a tolerar a Serrati tanto tiempo como lo hizo. Los camaradas de Italia adoptaron una actitud vacilante frente a Serrati, frente a su tendencia centrista. Desde nuestro punto de vista yugoslavo, la escisión en Italia llegó demasiado tarde, no demasiado pronto.

*Interrupción de Rádek: ¿Y por eso está usted en contra? (Risas.)*

**Marković.** No, digo que la escisión no estaba preparada. Habría que haberla preparado y llevado a cabo aún antes. Pero eso es lo que dejaron de hacer los camaradas italianos y el Ejecutivo. Las masas revolucionarias de Italia no saben suficientemente que Serrati es un comunista con tendencias centristas o semicentristas. ¿De quién es la culpa? De los comunistas de Italia, que no actuaron con suficiente dureza contra Serrati y tuvieron mucha indulgencia con él. Porque esta escisión no se preparó lo suficiente, por eso y solo en este sentido es un error. Así pues, para evitar todo malentendido: la escisión con los centristas no es un error, pero la escisión en Italia fue un error porque no se preparó lo suficiente. Si el camarada Zinóviev hubiera arremetido duramente contra Serrati tras la aparición del primer artículo de este, las masas italianas no se habrían ido con Serrati en Livorno, sino que se habrían quedado con los comunistas. A lo largo del último año, cuando se volvió oportunista, había que haber desenmascarado a Serrati ante las masas italianas. Eso es lo que dejaron de hacer los camaradas italianos. Ahí está el error de la escisión en Italia. Creo, camaradas, que he expuesto con suficiente claridad nuestra posición sobre esta escisión italiana.

Paso ahora a la cuestión alemana. La Acción de Marzo ha sacado a la luz dos aspectos importantes: por un lado, la voluntad y el espíritu de sacrificio de los obreros comunistas alemanes y, por otro, una mala dirección. Todavía durante la Acción de Marzo, cuando aún no teníamos ni idea del folleto de Paul Levi ni de la actitud del Comité Ejecutivo, el Comité Central de nuestro partido tomó posición en Belgrado sobre la Acción de Marzo. Ya entonces vimos claramente que la dirección de la Acción de Marzo adolecía de enormes errores. Entonces estábamos convencidos de que la Acción de Marzo ofrecía al Partido Comunista de Alemania una situación espléndida para desplegar una lucha contra la burguesía alemana en el frente más amplio posible. Esta espléndida ocasión se perdió por desgracia a causa de la falsa orientación teórica, por un lado, y de una serie de graves errores tácticos cometidos durante la acción, por otro. La Acción de Marzo es, con todo, un paso adelante *(exclamaciones: ¡Oíd, oíd!)*. Aprobamos la Acción de Marzo como lucha de los obreros atacados por Hörsing. Pero a la vez tenemos que subrayar con toda energía que la dirección de esta Acción de Marzo adoleció de grandes, de muy grandes errores, y que, a causa de la mala dirección, esta acción, que quizá habría podido convertirse en una gran lucha por el poder, representa en cierta medida un fiasco para nuestro Partido Comunista en Alemania.

Esa es nuestra posición sobre la Acción de Marzo.

En lo que respecta en particular al caso Levi —el camarada Rádek tiene mucha curiosidad por conocer mi opinión sobre el caso Levi—, en mi opinión Levi cometió un gran error al publicar su folleto. Quizá no cometió solo uno, sino varios errores *(ruido)*. Pero la dirección alemana de la Acción de Marzo también cometió muchísimos errores, y si se expulsa a Paul Levi del partido por sus errores, habría que imponer, si se quisiera medir con el mismo rasero los errores de la dirección de la Acción de Marzo, una pena quizá aún más severa a los dirigentes responsables o irresponsables de la Acción de Marzo. *(Gran ruido.)* Esa es mi opinión sobre el caso Levi.

Creo que tendremos ocasión de hablar todavía de la Acción de Marzo, de sus aspectos buenos y malos.

**Rádek.** El caso Levi se resuelve ahora.

**Marković.** Espero que se ocupe de ello una comisión antes de que pasemos a la votación.

Unas cosas más para terminar. He de señalar todavía una gran carencia del informe del camarada Zinóviev. Esperaba encontrar en el informe abundancia de datos estadísticos. El camarada Trotski ha hablado muy bien de la importancia del arma de la estadística. Pero no debemos perder nunca de vista que en nuestro trabajo político, en nuestro trabajo revolucionario, el arma de la estadística desempeña un papel tan grande como la estadística de las armas. Es sin duda una gran carencia del informe del camarada Zinóviev.

Por último, quiero sumarme, y me sumaré, plenamente a la última petición del camarada Zinóviev, en la que invita a todos los partidos comunistas a delegar sus mejores fuerzas en el Ejecutivo, para que el Ejecutivo de la Internacional Comunista se convierta en un verdadero estado mayor de la revolución mundial. *(Aplausos.)*

**Presidente Loriot.** Tiene la palabra el camarada Sirola[^143] (Finlandia). Está ausente; por tanto, tiene la palabra el camarada Kolárov (Bulgaria).

**Kolárov** (Bulgaria). La delegación búlgara, en cuyo nombre hablo, aprueba plena y enteramente el informe del Comité Ejecutivo presentado por el camarada Zinóviev.

Si pese a ello tomo la palabra, no es solo para hacer esta declaración; quisiera añadir algunas palabras sobre una cuestión planteada en el informe.

Se trata de la dirección efectiva del movimiento comunista internacional por el Ejecutivo.

Siempre hemos defendido la idea de una organización y una dirección centralizadas de la Internacional Comunista, y seguimos haciéndolo. Es una condición previa necesaria para la victoria de la revolución internacional. No tememos las acusaciones de la burguesía y de los socialpatriotas, que nos llaman vasallos de Moscú. Un Ejecutivo clarividente, activo y emprendedor: eso es lo que necesitamos.

Aprobamos plena y enteramente la actitud clara y resuelta del Ejecutivo en la cuestión de la escisión de los partidos en Alemania, Francia, Italia y Checoslovaquia, así como en el caso de la ruptura de la disciplina revolucionaria por parte de Levi. Pero también tenemos que constatar que en ciertos casos no tomó a tiempo una posición clara, por ejemplo, cuando hace poco surgió la crisis entre la Entente y Alemania en la cuestión de las reparaciones[^144].

En el momento más crítico, los comunistas alemanes lanzaron la siguiente consigna: las puertas de Occidente están cerradas para nosotros, el Oriente está abierto; concertemos una alianza con la Rusia soviética.

Los comunistas franceses no consideraron posible tomar posición abierta y claramente contra las maquinaciones del imperialismo francés.

En ese momento le tocaba al Ejecutivo lanzar una consigna clara y hacer todo lo posible por apoyar la actuación de los partidos comunistas de ambos países a partir de directrices comunes y válidas para los dos partidos.

Es lamentable que no se hiciera en un momento tan crítico y que los dos partidos cometieran el error de no actuar según un plan común.

Los comunistas alemanes tomaron el camino justo al propagar la alianza con la Rusia soviética, pero fue un error decir al proletariado alemán que las puertas de Occidente estaban cerradas para él, puesto que detrás de esas puertas se encuentra el proletariado de la Entente, hacia el que tenía que encontrar el camino. Pero resultó especialmente penoso tener que observar la conducta del partido francés en una cuestión tan vital, cómo se enredaba en una red de ambigüedades.

El Ejecutivo actuó correctamente con el partido del proletariado francés, pero no hizo lo suficiente. Si hago especial hincapié en la conducta del Ejecutivo hacia Francia, es por el importante papel que el imperialismo francés desempeña en la contrarrevolución europea. Y además tengo otro motivo. Los mandamases franceses son los verdaderos amos también de nuestro país; dictan al gobierno búlgaro las leyes promulgadas para reprimir al Partido Comunista. Desde este punto de vista, los comunistas búlgaros tenemos derecho a considerar un poco nuestro al Partido Comunista Francés y a interesarnos algo más por su actividad y su desarrollo. Pues bien, reconocemos que la evolución de ese país sigue un curso favorable para nuestras ideas y nos alegramos del ascenso del Partido Comunista Francés, pero tampoco queremos ocultarnos las grandes dificultades que el Partido Francés tiene aún que superar para llegar a ser una verdadera y auténtica organización comunista.

Veamos cómo se practica el parlamentarismo en Francia. Antes, la debilidad parlamentaria del Partido Socialista hizo crecer el sindicalismo y empujó a los obreros hacia el anarquismo. Ahora que el proletariado francés ve agruparse en torno a la Internacional Comunista un poderoso movimiento por la acción revolucionaria, es absolutamente necesario romper con las viejas tradiciones parlamentarias y emprender definitivamente el nuevo camino del parlamentarismo revolucionario.

A este respecto puede hacerse también una observación sobre la prensa. Como muestran las tradiciones del viejo Partido Socialista Francés, los obreros nunca encontraban en los órganos del partido la opinión del partido, sino que se enteraban allí de las distintas opiniones de las tendencias del partido, que de ordinario diferían mucho entre sí. Se dejaba a los obreros que juzgaran y se formaran una opinión a su gusto. ¿Ha roto ya con esto el Partido Comunista Francés? ¿Ha logrado crear un verdadero órgano del partido? A estas preguntas hay que responder que no. En *L'Humanité* no se encuentra todavía un pensamiento comunista sobresaliente y, sobre todo, claro y abierto. Incluso un hombre docto como el camarada Paul Louis[^145] no ve en la política contrarrevolucionaria de conquista del imperialismo francés más que errores y desviaciones, para los que solo tiene el consejo de que hay que evitarlos.

En el Ejecutivo se ha hablado de las relaciones entre el Partido Comunista y los sindicatos. Es necesario señalar una vez más ante el congreso que los comunistas franceses no adoptan una actitud clara e inequívoca en la cuestión del papel de los comunistas en los sindicatos, y este hecho entraña el peligro de crisis serias y peligrosas para el movimiento revolucionario en Francia.

Con respecto a la lucha revolucionaria de masas, hay que constatar que el partido se encuentra todavía en sus fases iniciales; aún no se ha ganado el prestigio de organizador y dirigente reconocido de las masas. Tengo que subrayar en especial que el partido todavía no ha considerado posible desplegar una agitación viva en favor de acciones de masas contra el capitalismo francés, que en todo el mundo se muestra reaccionario y contrarrevolucionario.

Si destaco este hecho, no es para censurar al partido francés. Muy al contrario, reconozco la buena voluntad y los esfuerzos de los camaradas franceses por crear un verdadero Partido Comunista, y los progresos ya apreciables en este sentido. Pero se trata de ayudar a los camaradas franceses por todos los medios posibles; esa es una de las tareas más importantes del Ejecutivo. Es de desear que en el futuro aborde esta cuestión con más actividad, y corresponde a los partidos comunistas de todos los países reforzar las iniciativas del Ejecutivo y hacerlas más eficaces, cuidando de una mejor organización y poniendo a su disposición las mejores fuerzas.

**Clara Zetkin.** ¡Camaradas! Anteayer el camarada Zinóviev desplegó en su informe la lista de Leporello[^146] de mis pecados, y el camarada Rádek la continuó ayer. Supongo que, como una de las principales acusadas, se me concederá aquí un tiempo de intervención más largo, porque en diez minutos es imposible siquiera esbozar la cuestión sobre la que tengo que extenderme. En lo que toca, en primer lugar, a mis faltas, hago constar que en mi vida he conspirado ni me he carteado con el camarada Nobs, de Zúrich. Esa afirmación tiene que deberse a un error.

Vamos ahora a la cuestión italiana y a mi posición sobre ella, que fue uno de los motivos decisivos de mi salida de la Central alemana. Sobre esto tengo que exponer lo siguiente. Por el modo en que se ha tratado la cuestión, también en el informe del camarada Zinóviev y en el discurso del camarada Heckert y de otros oradores, entre ellos el camarada Rádek, tengo la impresión de que se ha tratado demasiado como un caso Serrati, en vez de como una cuestión de la masa de los proletarios italianos que, para pesar nuestro, todavía no se han situado con claridad y firmeza ideológica en el terreno del comunismo. Aquí se ha hablado mucho de la ambigüedad, de la actitud traidora, de las evasivas de Serrati ante una decisión clara. Pues bien, camaradas, yo no podía decidirme a juzgar la cuestión italiana basándome en argumentaciones que culminaban siempre en que Serrati era un mal sujeto, sobre cuya política no se tenía plena claridad, y en que esa política era vacilante e indefinida. Camaradas, si solo decidiéramos según la actitud moral y según una línea política aplicada con coherencia, que diera a amigos y adversarios plena claridad sobre la posición de un político, entonces —y subrayo expresamente que no pretendo criticar a nadie—, entonces yo, camarada Rádek, «echaría en falta a más de uno que no está aquí», porque su actitud ha sido vacilante, indefinida y a menudo cambiante.

Camaradas, para mí queda descartada toda cuestión personal. De verdad que no soy de aquellos de quienes el camarada Zinóviev dijo que habrían lamentado que la mesa de la presidencia no estuviera adornada por la hermosa barba de D'Aragona, que me es del todo desconocida. No, camaradas, lo digo abiertamente: a mi sentido estético le basta por completo la cabeza rizada, conocida internacionalmente, de nuestro amigo Zinóviev. *(Risas.)* Si quisiera juzgar y decidir por simpatías personales, declaro abiertamente que mi simpatía no sería para Serrati, sino más bien para Turati, que es todo un hombre, aunque su política me parezca abominable y considere necesaria contra ella la lucha más dura. Pero para mí lo decisivo ha sido siempre la consideración de las grandes masas que, por desgracia, siguen todavía detrás de Serrati. Digo una cosa: si Serrati era de verdad el hombre que aparece en los documentos que ha leído el camarada Zinóviev, entonces no comprendo que se le tuviera en el presidium del II Congreso y que no se haya trabajado mucho antes y con mucha más decisión por separarse de él, por una decisión clara y tajante.

Camaradas, sin embargo yo comprendía muy bien las vacilaciones del Ejecutivo en intervenir con mano dura en el desarrollo de las relaciones internas del partido italiano. El Partido italiano había sido uno de los primeros grandes partidos que, en tiempos difíciles, se habían adherido sin reservas a la III Internacional. Es verdad que los acontecimientos tendrían que habernos advertido de no sobrestimar esa circunstancia. Los acontecimientos de septiembre[^147] demostraron que el partido italiano había sido incapaz de comprender la situación y de aprovecharla de manera revolucionaria para una lucha política de gran estilo por la conquista del poder político, o al menos para un poderoso avance hacia ella.

El camarada Terracini ha dicho aquí que la dirección del partido estuvo debatiendo dos días si se debía decidir la revolución o no. A mi juicio, en aquella situación lo más natural habría sido que la dirección del partido decidiera de inmediato emprender la lucha política con todos los medios. Entonces se habría visto hasta dónde se había avanzado en el camino de la revolución. Pero que no se tomara esa decisión no puedo considerarlo culpa exclusiva de Serrati, que entonces no estaba en Italia, sino de regreso de Moscú a Italia. Y tengo presente que tampoco podemos echar la culpa exclusivamente a los serratianos, porque los maximalistas tenían la mayoría en la dirección del partido y, aun así, se llegó a la decisión de dejar el asunto en manos de los sindicatos oportunistas. Este hecho me muestra dos cosas: en primer lugar, que el partido italiano, al que habíamos mirado con orgullo y admiración, no era, ni ideológica ni orgánicamente, lo que nosotros creíamos. Pero también otra: que las propias masas sublevadas de Italia no habían avanzado entonces más que sus dirigentes, porque si no, camaradas —siempre he defendido esta opinión y la sigo defendiendo hoy—, si las masas hubieran estado de verdad animadas por la comprensión revolucionaria y por la voluntad revolucionaria, en aquella situación se habrían burlado de la decisión de sus vacilantes dirigentes sindicales y políticos y, pasando por encima de sus cabezas, habrían entrado en la lucha política.

**Heckert.** Es la misma excusa que alegan los Scheidemann para su traición de 1914. *(Alboroto.)*

**Zetkin.** Perdone, eso no es una excusa, sino solo la constatación de los hechos históricos, a saber, que el nivel de los dirigentes guarda siempre relación con el nivel de las masas. Es cierto que la actitud de los dirigentes puede ser a veces decisiva, pero en otras circunstancias un proletariado de verdad maduro y revolucionario hará también surgir de sus filas, en determinadas situaciones decisivas, dirigentes que sustituyan a los viejos. No lo digo para disminuir en nada la culpa de los dirigentes políticos, sino por una razón muy distinta: para demostrar lo seria que era la obligación del Ejecutivo de trabajar con todos los medios para que en Italia surgiera un partido único, sólidamente cohesionado en lo ideológico y en lo orgánico, que pudiera tomar en sus manos la obra de educar a las masas todavía confusas, animadas solo por el instinto revolucionario, y la de dirigirlas.

Y desde este punto de vista, el del nacimiento de un partido así, he considerado siempre el problema italiano. Por eso aprobé sin reservas que el Ejecutivo decidiera que el partido debía separarse inmediata y abiertamente de los turatianos si quería pertenecer a la III Internacional. Subrayo las últimas palabras: abiertamente e inmediatamente, porque a mi juicio con ello debía quedar excluido que los llamados unitarios pudieran seguir haciendo una política turatiana, reformista, encubierta con una fraseología comunista. La dificultad de esa separación era precisamente la existencia de aquel partido intermedio. Pero en aquel partido intermedio había sin duda amplias masas proletarias que, en el pasado y en el presente, habían demostrado que buscaban honradamente el camino hacia el comunismo y hacia la III Internacional, que se esforzaban honradamente por encontrarlo, y no solo de boquilla, sino que estaban dispuestas a pasar a los hechos. Y yo daba gran importancia a que esas masas se ganaran para el único *Partido Comunista de Italia*. ¿Por qué? No, como se ha insinuado aquí, porque yo tuviera alguna inclinación por la política centrista. No, por otras razones: porque sabía que entre aquellas masas había obreros organizados en los sindicatos y en las cooperativas que, precisamente en los sindicatos y en las cooperativas, podían y debían ser los portadores de la lucha contra toda política y toda táctica reformista y oportunista. Y aun por otra razón, que les demostrará lo lejos que estoy de cualquier veleidad semicentrista o pacifista. Me habían dicho —no sé si es cierto; nuestros amigos italianos me corregirán si no lo es— que en Italia las autoridades municipales, los alcaldes y los concejos municipales, tenían el mando de la policía política, y en la guerra civil que, a mi juicio, había hecho ya su entrada en Italia, yo consideraba un refuerzo real del poder de los comunistas que en miles de municipios tuvieran el mando de la fuerza armada, al menos de la policía armada; no, por supuesto, para que la policía armada formara en las manifestaciones como guardia de honor, sino para intervenir en los enfrentamientos en el sentido de la lucha revolucionaria.

Esas fueron las consideraciones que me llevaron a insistir en que no solo se separara de inmediato a los turatianos, sino en que se intentara, si era posible, atraer al partido a una gran parte de los llamados comunistas unitarios: sin Serrati, lo digo abiertamente, si hubiera sido posible, pero de momento también con Serrati, si no podía ser de otro modo, porque en caso de necesidad el diablo político también tiene que comer moscas. Estaba convencida de que el desarrollo ulterior dentro de un partido comunista fuerte tenía que obligar a Serrati a definirse: o bien a hacer una política honrada en ese partido, o bien a desenmascararse de tal modo que hasta el último obrero no pudiera tener ya dudas sobre Serrati. Por eso sostuve que el Ejecutivo hacía bien en exigir la expulsión de los turatianos, que esa era la conditio sine qua non, la condición que no se podía tocar; pero que, por otro lado, después de haber vacilado tanto tiempo en llevar a cabo la escisión, evidentemente por consideración a las masas y no por simpatía hacia Serrati, había que intentar atraer consigo a una gran parte de aquellas masas. Y por eso me parecía que los representantes del Ejecutivo en Livorno[^148] habrían debido cumplir la tarea de ponerse de acuerdo con nuestros amigos de la izquierda y también con los serratianos sobre los medios y caminos que hubieran permitido llevar a las filas del partido comunista a miles y decenas de miles de obreros. A mi juicio, la moción de Graziadei[^149] que se había presentado no era todavía ese camino, pero quizá habría podido servir de base para acordar una fórmula que permitiera llevar a los obreros verdaderamente comunistas al único partido comunista, de modo que la escisión no hubiera pasado tan limpiamente, en línea recta y lisa, muy a la izquierda, como ahora, sino que hubiera significado por lo menos una escisión dentro del centro.

A esta concepción respondía la resolución que presenté a la Central, y que en conjunto coincidía con la resolución que había presentado el representante del Ejecutivo. Solo la modifiqué en un punto, allí donde me parecía que había que dejar abierta la puerta por la que una gran parte de los obreros serratianos pudiera encontrar el camino hacia el partido comunista. ¿Qué decía la resolución? La resolución respaldaba sin la menor reserva la exigencia del Ejecutivo de que, en primer lugar, había que expulsar a los turatianos, inmediatamente y sin objeciones. En segundo lugar, reprochaba a Serrati haber cometido dos grandes errores: primero, no haber hecho en los seis meses transcurridos desde el II Congreso Mundial ni una sola propuesta sobre cómo llevar a cabo la escisión de otro modo; después, haber preferido en Livorno la unión con los 14.000 turatianos a la unión con el Partido Comunista y sus 68.000 proletarios. A continuación, la resolución declaraba que detrás de Serrati había sin duda elementos proletarios que querían honradamente ir al comunismo y a los que, por tanto, había que dejar abierto el camino para entenderse con el Partido Comunista y fundirse con él en un partido único. Se pedía al Ejecutivo que examinara si no se podía hacer algo en esa dirección. La resolución decía además que en Italia, por supuesto, solo había un Partido Comunista legítimo, que era el Partido Comunista de Italia, y que solo ese partido podía y debía recibir el apoyo enérgico de todos los partidos hermanos. Camaradas, que esta resolución no revelaba inclinaciones centristas lo confirma el hecho de que el Ejecutivo, en una sesión posterior, aprobó por unanimidad esa misma resolución. Así que, si se me acusa de inclinaciones centristas por esta resolución, me encuentro en la mejor compañía.

Camaradas, sigamos. Yo estaba haciendo agitación en el campo y no sabía nada. Podía decir: a mí que me registren, yo no sé nada. Cuando volví a la sesión de la Central, se me comunicó, para mi gran sorpresa, que había que ocuparse de nuevo de la cuestión italiana. Pregunté: ¿por qué? Se me contestó: pues, en primer lugar, porque Levi había hecho en una reunión de funcionarios en Berlín declaraciones que interpretaban la resolución en sentido serratiano; en segundo lugar, porque había llegado de Livorno un representante del Ejecutivo y había declarado que la posición adoptada hasta entonces no bastaba y había que cambiarla. En cuanto a la declaración de Levi, sostuve la modesta opinión, por mucho que apreciara sus capacidades, de que ninguna personalidad por sí sola podía echar abajo con su opinión las decisiones de todo un órgano. Habría bastado que la Central declarara que Levi no había actuado por encargo nuestro, sino que había contravenido nuestra opinión al dar a la resolución tal o cual interpretación. Se nos presentó otra resolución, de los camaradas Thalheimer y Stoecker[^150]. Quiero hacer constar todavía una cosa: hasta donde alcanza mi memoria —mi documentación me la quitó por desgracia en la frontera alemana la solícita policía alemana—, la primera resolución fue aprobada por la Central por unanimidad, con una abstención y la ausencia de un miembro. Entonces la resolución volvió a debatirse, junto con una resolución Thalheimer-Stoecker que caracterizaré más adelante. La resolución Thalheimer-Stoecker fue rechazada por la mayoría de la Central; en cambio, la antigua resolución volvió a aprobarse por una gran mayoría, después de haberla endurecido yo considerablemente, de modo que se podía suponer que quedaba excluida una interpretación favorable a Serrati, tanto más cuanto que el representante del Ejecutivo en Italia que había venido a Berlín habría declarado que, endurecida, la antigua resolución era suficiente.

¡Camaradas! Aquí se habla mucho de los mandamientos de la disciplina y de la subordinación de la minoría a la mayoría. En aquella sesión de la Central se había decidido expresamente que la resolución endurecida se presentaría al Comité Central como la resolución de toda la Central. Pero no se dio importancia a impedir que los miembros presentaran por su parte una resolución, como lo habría exigido precisamente ese concepto de disciplina aplicado con rigor que ahora se quiere hacer valer. ¿Por qué me pronuncié contra la resolución Thalheimer-Stoecker? Dije que compartía ese concepto de disciplina; no solo hice constar que se había decidido que esa fuera la resolución de toda la Central y ninguna otra. ¡Y además por decisión de la mayoría!

**Heckert.** Se decidió lo contrario.

**Zetkin.** Camaradas, se decidió que esa fuera la resolución de toda la Central, pero después se declaró que cada miembro tenía derecho, si quería, a presentar individualmente una resolución. Por lo demás, quería decir que el asunto es muy secundario y no cambia el fondo de la cuestión. A mi juicio, se aplica con demasiada rigidez el concepto de disciplina. Yo estaba en contra de la resolución Thalheimer-Stoecker por las siguientes razones. En primer lugar, aparte de los otros errores que ya se habían señalado, fundaba la expulsión de los serratianos en la actitud del Partido italiano en la cuestión de las nacionalidades, en la cuestión sindical y en la cuestión agraria. Ahora bien, eran tres cuestiones de las que se había ocupado el II Congreso de la Internacional y, a mi entender, recurrir a la actitud en esas cuestiones para fundamentar la expulsión equivalía a atacar las decisiones y la autoridad del II Congreso Mundial. Se impone la pregunta: si la actitud de los italianos en esta cuestión se apartaba tanto de toda la Internacional Comunista, entonces ya el II Congreso Mundial habría tenido el deber de expulsar al Partido italiano de la Internacional Comunista. Y a ello se suma otra razón: sobre la teoría y la práctica de esas tres cuestiones, las opiniones siguen divididas todavía hoy en casi todos los países, en casi todos los partidos comunistas. Recuerdo que en el partido hermano ruso se han librado hace muy poco las luchas más violentas en la cuestión agraria y en la cuestión sindical, y no solo por la teoría, sino precisamente también por la práctica. Por eso me dije: si ese ha de ser el criterio para pertenecer a la III Internacional, en este momento apenas habrá un solo partido que pueda formar parte de ella. Tenía todavía otra razón para estar en contra de la resolución Thalheimer. Declaraba que había que emprender la lucha más dura contra el grupo Serrati. Yo no habría tenido nada que objetar a la declaración de guerra más dura contra Serrati, pero sí contra el grupo Serrati, porque era un concepto general que, a mi entender, se volvía también contra proletarios que querían venir al Partido Comunista.

Esta declaración de guerra me pareció en aquel momento especialmente desacertada en lo político, y por una razón. Ustedes saben que se me ha reprochado haber hecho diplomacia con Serrati. Declaro que Serrati, cuando vino a Berlín, estuvo también en Stuttgart, sin duda por el hecho muy banal de que a Berlín y a Stuttgart sigue siendo más fácil llegar que a Moscú. Pero ¿qué hubo de mi diplomacia? Me importa dejarlo claro aquí. Se me comunicó que Serrati había estado en Berlín, que se había entrevistado con miembros de la Central alemana y que esa Central había decidido dirigir al Ejecutivo de Moscú una moción o una petición para que examinara si no convenía constituir una comisión especial y enviarla a Italia, que, en contacto con el Partido Comunista y con el proletariado, pudiera encontrar la fórmula para la expulsión inmediata de los turatianos y para la escisión. Ante este hecho me dije: si la Central ha hecho esto, no debo ser más papista que el papa… *(Rádek: El papa era Levi.)* Eso no podía saberlo yo. Se me dijo que fuera prudente en las conversaciones con Serrati. Inmediatamente después de la entrevista, debía poner por escrito el resultado y enviarlo por correo urgente a la Central, para que el camarada Curt Geyer pudiera llevárselo a Moscú. Me atuve estrictamente a ese consejo. Cuando llegó Serrati, no me mostré nada diplomática, sino que le di un buen rapapolvo por su carta a Lenin y por su carta a Longuet después de la escisión de Tours. Le dije que aquello era un error, él lo reconoció y disculpó su actitud con la situación apurada de un hombre atacado por todos lados, por la izquierda, por la derecha y por el centro, y que por eso podía ser torpe al defenderse. Eso me importaba muy poco; lo que yo pensaba era aprovechar la situación en interés de una escisión y una clarificación dentro del Partido italiano. Le dije a Serrati: si de verdad quiere usted entenderse con el Partido Comunista, con la Internacional, a mi juicio no basta con que haga usted presentar su moción por mediación de la Central alemana. Me parece más honrado y políticamente más inteligente que haga usted una cosa: tiene que conseguir que la dirección del Partido Socialista Italiano dirija por su parte una moción igual directamente al Ejecutivo de Moscú. Tras mucho tira y afloja, Serrati lo aceptó, y yo me dije: tienes que empujarle todavía más allá. Le declaré: en su situación eso no basta; tiene que conseguir que su dirección envíe inmediatamente una copia de esa petición a la dirección del Partido Comunista de Italia y que escriba además: «Estimados camaradas, os adjuntamos copia de una petición al Ejecutivo de la III Internacional y os rogamos que toméis conocimiento de nuestro paso y, si es posible, os solidaricéis con él». Camaradas, Serrati prometió también eso, y lo que yo esperaba de ello no se habló entre Serrati y yo. ¿Cuál era el fin de mi proceder? Quería poner a Serrati en el trance de tener que cumplir honradamente la promesa que me había hecho —yo lo consideraba necesario en interés de un entendimiento y de una clarificación en Italia—, o bien no la cumpliría, y entonces teníamos en la mano un arma contra él y podíamos demostrar que toda su profesión de fe en la III Internacional y su fidelidad a ella no eran más que palabras, y que faltaba la voluntad de llevarlas a la práctica. Por eso, en la situación dada, me pareció desacertado votar a favor de esa redacción Thalheimer-Stoecker. ¿Por qué? Porque con ello daba a Serrati un pretexto fácil para no cumplir su promesa y no hacer nada para llegar a un entendimiento con el Partido Comunista de Italia y con la Internacional. Naturalmente, me he informado con nuestros amigos italianos: Serrati no ha hecho nada en el sentido de lo prometido. *(¡Oíd, oíd!)* Pudo ampararse precisamente en que el Comité Central alemán había aprobado la resolución que le declaraba la guerra. He de decir que, si yo hubiera estado en el lugar de Serrati, tampoco esa amenaza de lucha me habría hecho dudar de que tenía que buscar el camino hacia la III Internacional y hacia el Partido Comunista de Italia. A pesar de esa resolución, habría manifestado con más razón todavía la voluntad honrada de adherirme a la III Internacional. *(Aplausos.)*

Camaradas, en relación con esta resolución del Comité Central, lo que fue decisivo para que yo saliera de la Central del Partido Comunista de Alemania fue la intervención en nuestro debate del representante de la Internacional en Italia, el camarada Rákosi[^151]. Por mi parte, no tengo la menor crítica que hacer al comportamiento del camarada Kabakchiev, salvo quizá que, a mi parecer, no fue lo bastante activo para provocar una escisión distinta, un reproche que también he dirigido a Paul Levi, quien, puesto que una de las partes no tomó la iniciativa, a mi juicio tendría que haberla tomado. Así pues, como he dicho, cuando hablo ahora del representante del Ejecutivo en Italia, me refiero solo al camarada Rákosi. Quien haya leído con atención la posición expresada en su primer discurso y el discurso que pronunció ante el Comité Central verá que no aportó ni un solo hecho nuevo, sino que se limitó a exponer con otras palabras los argumentos conocidos. Intervino en el debate en la sesión del Comité Central y defendió literalmente la opinión de que con la escisión en Italia había que sentar un precedente. También el partido francés tenía que depurarse de elementos indeseables. Señaló a Lafont[^152] y a Cachin y dijo que quizá habría que escindirlo todavía diez veces. Defendió la opinión de que lo valioso para la Internacional Comunista no era un partido de masas, sino un partido pequeño y puro. Declaró expresamente que el Partido Comunista no puede ni debe acoger reclutas, que solo debe tener miembros bien formados, capaces de dirigir en cualquier situación. Esta concepción encontró enseguida oposición, y el camarada afirmó después que no había hecho tal declaración. Camaradas, ese camarada me había hecho antes la misma declaración en una conversación privada y la había completado todavía diciendo: «También su partido de Alemania, camarada Zetkin, se ha hecho ya demasiado grande; hay que volver a hacerlo pequeño», a lo que me reí en su cara y le dije: «Perdone usted, ante esa afirmación solo puedo reírme». A nuestro entender, el partido es todavía demasiado pequeño para sus tareas y tenemos que poner todas nuestras fuerzas en que crezca, aunque no solo en cantidad, sino también en calidad. Para nosotros no se trata solo de la cantidad, sino también de la calidad en la cantidad. Esa es la tarea del partido comunista: crear esa calidad en la cantidad de los proletarios organizados en el partido comunista.

Camaradas, por lo que expuso el representante del Ejecutivo en Italia llegué a la conclusión de que se quería volver a poner en discusión la vieja cuestión: partido de masas o pequeña secta puramente propagandística. Confieso mi error: fui lo bastante ingenua para suponer que un representante de la Internacional, del Ejecutivo, no podía hacer bajo su propia responsabilidad declaraciones como las que se hicieron entonces en aquella sesión.

*Interrupción: ¡La declaración del final!*

**Zetkin.** La declaración del final estaba en contradicción con lo expuesto antes. En el Comité Central se dijo que el camarada en cuestión había mantenido su opinión. Digo que fui lo bastante ingenua para suponer que el representante, en la situación de entonces en Italia, había actuado por encargo y según las instrucciones del Ejecutivo. No se me había pasado por la cabeza que un representante del Ejecutivo, en una situación tan difícil y de tanta responsabilidad como la de Livorno y después en nuestro Comité Central, pudiera salir por su cuenta con semejantes afirmaciones y encima subrayarlas. Confieso el error y me alegra que el Ejecutivo haya rechazado tajantemente esa concepción. Pero aún tengo que exponer aquí una cosa. Por la posición del representante del Ejecutivo, yo era de la opinión de que con la decisión en la cuestión italiana se había planteado un problema de importancia fundamental para todas las secciones de la Internacional Comunista. Puede que sea una opinión equivocada; camaradas, no pertenezco a esos elevados espíritus teóricos que derivan su derecho a la teoría de ser unos políticos prácticos miserables. Juzgué según se presentaba entonces la situación. Me dije: en una situación tan difícil no puedo compartir la responsabilidad.

Lo confieso abiertamente: hubo todavía otra razón que me decidió, pero que no quise lanzar al debate para no provocar enconamiento ni amargura personales. Había comprobado que una gran parte de los miembros de la Central había cambiado de opinión en la cuestión. No se lo reprocho a esos camaradas. Estoy dispuesta a cambiar de opinión 24 veces al día y a decir que 23 veces he sido una burra, que no conocía los hechos. Pero lo que no podía entender era que se echara abajo una decisión sin que se hubieran presentado hechos nuevos, solo porque se daba sobre ella una nueva argumentación.

*Interrupción: ¡Y la actitud de Levi!*

**Zetkin.** Perdone, esa actitud no fue en absoluto decisiva para la mayoría de la Central. Tengo que confesar una cosa: yo no dejaría que se le extendiera a la Central semejante certificado de debilidad, semejante certificado de pobreza, como sería decir que la actitud de Levi había sido decisiva para la suya.

*Interrupción: ¿Y los demás…?*

**Zetkin.** Es cosa suya en qué medida fue decisivo para ustedes el proceder de Levi. Yo nunca me he dejado guiar por si una opinión la defendían Levi o Fulano y Mengano, sino solo por si me parecía acertada o equivocada en el fondo.

Camaradas, me dije: en una situación que puede ponernos, so pena de la ruina política y moral del partido y de un grave peligro para el proletariado, en el trance de desplegar la máxima actividad, de lanzarnos quizá ya mañana a grandes ofensivas, en esa situación no puedo asumir ante mi conciencia la responsabilidad de trabajar junto con camaradas que, por mucho que los apreciara por lo demás, cambiaban de opinión, según mis conceptos anticuados, con demasiada rapidez.

Camaradas, quiero decir todavía una cosa. Nadie puede decir de mí que haya temido nunca quedarme en minoría. He estado casi siempre en minoría; me permito recordar que durante mucho tiempo libré completamente sola la lucha por el aprovechamiento del parlamento, que ni siquiera se pusieron a mi lado los miembros de la Central que estaban convencidos de la necesidad de participar en el parlamento, pero que decían: «el estado de ánimo es así, no podemos luchar contra el estado de ánimo de las masas». Pongo a todos por testigos de si pueden decir de mí, en mis cuarenta años de actividad en el partido, que haya dimitido de un cargo por ser de otra opinión, que haya engañado alguna vez a quienes me lo confiaron y me haya retirado a un rincón enfurruñada. Y por eso me dije que, si en esa situación dejaba el puesto, era en cierto modo una señal de alarma que yo consideraba muy necesaria. Ahora se ha censurado mi salida de la Central como una ruptura de la disciplina. No quiero discutir por palabras, pero sí quiero decir que, en primer lugar, a pesar de todo no habría salido de la Central si hubiera pensado que el partido estaba tan poco consolidado que mi salida de la Central, que se produjo sin consultar con Levi ni con nadie, habría significado un perjuicio para el partido. Me dije otra cosa: un cargo de partido no es un bombón de chocolate que se reparte como premio por la buena conducta política. No, camaradas, es la entrega de un puesto de combate con la convicción de que se pone a la persona adecuada en el puesto adecuado, y yo me dije que, en esas circunstancias, ya no era la persona adecuada en el puesto adecuado. Y de ser un elemento de fortalecimiento de la Central y del partido, pasaría a ser solo un elemento de perturbación, y con ello perjudicaría al partido.

Camaradas, por esta razón actué así. Y creo que en esto puedo contar con la comprensión benévola del presidente del Ejecutivo. Él sabe por propia experiencia que hay camaradas que, a pesar de la máxima fidelidad al partido y a la disciplina, se encuentran, en determinadas circunstancias políticas, en situaciones en que ante su conciencia surge la pregunta: ¿cuál es el deber hacia el partido, cuál el deber hacia el proletariado, cuál el deber hacia la revolución? Conservar el puesto, o dejarlo y seguir trabajando en silencio. Recuerdo lo sucedido en el Partido Bolchevique el 10 de octubre y el 4 de noviembre de 1917[^153]. En octubre de 1917, los camaradas Kámenev y Zinóviev se vieron obligados a salir del Comité Central de entonces.

**Rádek.** También se llevaron por ello una buena tunda. *(Risas.)*

**Zetkin.** Camaradas, yo también me la he llevado. *(Nuevas risas.)* Se sentían obligados ante su conciencia a salir del Comité Central. Se llevaron honradamente su tunda por ello, y se presentaron en público y declararon: «hemos sido culpables». Camaradas, nunca he tenido reparo, cuando me he equivocado, en presentarme en público y reconocerlo. En cuanto comprenda que me he equivocado, haré lo mismo. Solo puedo asegurar una cosa: en la situación de entonces consideré necesario, en interés del partido y del proletariado, actuar como actué. Y digo más: si por convicción tuviera que ver las cosas otra vez como las vi entonces, tengo que decir que haría lo mismo, porque para mí la fidelidad al proletariado está siempre por encima de la disciplina de partido. Pero, camaradas, seré la primera que, si comprende que se ha equivocado, no solo dirá «es culpa mía, mea culpa», sino «es mi grandísima culpa, mea maxima culpa». Pero, como he dicho, primero tengo que estar convencida. Esa es mi posición sobre la ruptura de la disciplina. Nunca me he sentido humillada cuando, a consecuencia de un error real o supuesto, he recibido una amonestación. En cambio, me sentiría no solo humillada, sino indigna de estar ante ustedes, si alguna vez hubiera hecho algo contra mi convicción. Acepté la amonestación sin protesta alguna, y esperaré también con toda calma la decisión del congreso.

Ahora unas palabras más sobre la cuestión italiana. A mi juicio, la política que Serrati y su partido han hecho desde el Congreso de Livorno ha mostrado inequívocamente que es una política de reformismo, de oportunismo. *(Aprobación.)* Lo reconozco plenamente. Basta ya la posición del partido en la cuestión de los guardias blancos, de la lucha contra el fascismo, para mostrarlo con evidencia. ¿Es de verdad un partido comunista —y voy todavía más lejos—, es siquiera un partido político el que quiere combatir con sermones morales la guerra civil que encarna el fascismo, cuando declara que el fascismo ha de vencerse con los medios de la ética cristiana? *(Risas.)* No; declaro que mi opinión en la lucha del proletariado ha sido siempre esta: a un pícaro, pícaro y medio. La violencia tiene que quebrarse con la violencia. Y el fascismo en Italia no puede vencerse con los suaves sones de flauta del *Avanti!*, sino solo con la lucha armada de las masas proletarias. *(Vivos aplausos.)* También toda la posición ante los problemas de la política me parece demostrar inequívocamente el carácter oportunista de los serratianos. Algunos camaradas dicen: «ahí tiene usted la confirmación de lo acertada que fue la escisión de Livorno». Camaradas, también se puede ser de otra opinión. Se puede decir que, con la separación del ala izquierda, los unitarios fueron empujados casi a la fuerza a los brazos de los turatianos.

**Rádek.** Como Hilferding[^154] a los brazos de Scheidemann. *(Risas.)*

**Zetkin.** Sí, camaradas, toda cosa tiene dos caras. Celebro esta evolución en la medida en que se trata del desenmascaramiento de dirigentes inseguros y vacilantes. La lamento en la medida en que con ello cientos de miles de proletarios siguen todavía bajo su hechizo. Y me pregunto si a esos cientos de miles de proletarios no se les arrancaría antes de ese hechizo funesto si pudiéramos llevarlos cuanto antes a la órbita del Partido Comunista italiano. Pero dejaré que los sabios riñan y discutan si la evolución del partido italiano ha sido una prueba de lo acertado de la escisión de Livorno o si ha tenido efectos perjudiciales. Yo me atengo al hecho del carácter oportunista de esa política, y ese hecho, a mi juicio, obliga a la Internacional Comunista a tomar posición. A mi entender, ya no basta con que el congreso declare simplemente que las 21 condiciones deben aplicarse estrictamente y que la separación de los turatianos, sin paliativo alguno, es una necesidad para todo el que quiera pertenecer a la Internacional Comunista. No, el congreso tiene que decidir también, de forma inequívoca, el rechazo más tajante de toda política que tenga cualquier orientación oportunista para engañar a las masas. Camaradas, a mi entender no se puede decidir sobre el asunto hasta que hayamos oído a los representantes de las dos tendencias. Pero, por lo que dicen los documentos disponibles, mi opinión es firme, tal como la he expresado aquí.

Unas palabras más, si me lo permiten, sobre el caso Levi, para que no se sospeche que eludo esta cuestión. Repito que no reprochamos nada a la posición del Ejecutivo; al contrario, aprobamos plenamente que insistiera en la separación, en la separación limpia de los turatianos. Solo habría que haber considerado si no habría sido posible provocar antes la escisión, prepararla mejor y, sobre todo, intentar dividir a los serratianos entre sí y llevar los mejores elementos obreros al Partido Comunista. Reprocho además al Ejecutivo, abiertamente y sin contemplaciones, no haber sido lo bastante prudente en la elección de sus representantes en el extranjero. Eso vale no solo para el representante en Italia al que he oído —sobre el otro no me pronuncio, porque no lo he oído—, sino también para el representante del Ejecutivo en Alemania[^155], cuestión de la que tendremos que hablar al tratar la Acción de Marzo. Declaro, por tanto, que el Ejecutivo, con lo que el camarada Zinóviev ha expuesto en general sobre el carácter y las tareas de los partidos comunistas y de la III Internacional, ha desautorizado ya por completo la funesta actuación de aquellos representantes irresponsables. Por eso no había motivo para abrir una lucha dura contra el Ejecutivo.

**Rádek.** Levi lo hizo y vosotros no os lo quitasteis de encima.

**Zetkin.** Ya hablaremos de eso. Espere usted un poco. Vamos al caso Levi. A mi juicio, el caso Levi no es en primer término un simple caso disciplinario *(Interrupción: ¡Muy cierto!)*; es en primer término y sobre todo un caso político. Solo puede juzgarse bien, solo puede valorarse bien, en relación con toda la situación política, y por eso opino que de verdad solo puede tratarse en relación con nuestros debates sobre la táctica del Partido Comunista y, en particular, en relación con los debates sobre la Acción de Marzo. Si se quiere despachar aquí el caso Levi como un caso disciplinario, no me opongo, pero con una condición: que se discuta también de inmediato la Acción de Marzo en el marco de este debate, porque si no falta todo el trasfondo histórico. Si no, falta toda la atmósfera a partir de la cual el caso disciplinario se hace comprensible. Quiero decir otra cosa: el camarada Rádek planteó ayer aquí la cuestión también de forma muy personal contra Paul Levi, al lanzar a la sala, con mucho efecto: «¿Cuándo ha estado Paul Levi en las trincheras revolucionarias?». Camarada Rádek, si toma usted eso al pie de la letra, entonces pregunto: los autores teóricos y los organizadores de la Acción de Marzo, ¿han estado todos ellos, en el sentido literal de la palabra, en las trincheras revolucionarias? *(Alboroto y voces: ¡Sí señor!)* Y hay además otra cosa. El camarada Rádek sabe tan bien como yo que el camarada Paul Levi no es, desde luego, de los que huyen cobardemente de la lucha. En los peligrosos días de enero y marzo de 1919 no abandonó el campo de batalla, a pesar de que, tras lo sucedido en Lichtenberg, se había puesto precio de 20.000 marcos a su cabeza. Junto con el camarada Thalheimer llevó la peligrosa vida de la lucha ilegal, hoy aquí y mañana allá. A mi juicio, también esos son hechos de la trinchera revolucionaria. Solo quiero mencionarlo aquí, sin entrar más en ello. Digo solo una cosa: solo en relación con la Acción de Marzo podemos llegar a un juicio acertado sobre la posición y el comportamiento de Paul Levi. Yo solo me he declarado solidaria con la gran línea política de principio de su postura ante la Acción de Marzo. Lo he dicho en muchas asambleas a las que asistieron decenas de miles de obreros. Siempre he declarado que no apruebo cada palabra del folleto, que estoy muy lejos de compartir cada juicio del folleto. Y si me preguntan ustedes en conciencia, puedo decir que yo no habría escrito el folleto y que, si lo hubiera escrito, habría salido muy distinto. Pero que se iniciara una crítica dura era entonces una necesidad vital para el partido. ¿Y por qué? Porque la Central decía que se seguiría haciendo la misma política. Eso era lo decisivo. Camaradas, no quiero seguir hablando aquí de esta cuestión mientras no se decida si junto con el informe del Ejecutivo se discute también la Acción de Marzo, porque solo la clarificación de la Acción de Marzo constituirá la base objetiva para juzgar el caso Levi. A la pregunta que ha hecho el camarada Rádek solo respondo una cosa: a mi parecer, no hay que acusar en absoluto al Ejecutivo de que su decisión provocara aventuras putschistas. Pero un hecho sigue en pie, que demostraremos en el debate sobre la Acción de Marzo: que representantes del Ejecutivo tienen, desde luego, gran parte de la responsabilidad de que la Acción de Marzo se dirigiera del modo en que se dirigió, que representantes del Ejecutivo tienen gran parte de la responsabilidad de las consignas falsas, de la falsa orientación política del partido o, mejor dicho, de la Central. Y nadie lo sabe mejor que el propio camarada Rádek.

**Rádek.** ¿Por qué? Yo no estaba en Alemania.

**Zetkin.** Usted declaró hace unos días ante testigos que, inmediatamente después de ser informado, había comunicado al representante del Ejecutivo que su consigna era —no quiero usar aquí la palabra poco parlamentaria que usted empleó, sino solo otra más suave— una necedad. Mi opinión es que, si alguien tuviera motivos para quejarse del proceder de Paul Levi, seríamos nosotros, los de la oposición; nosotros, que no criticamos la Acción de Marzo como lucha, sino su falsa orientación y su mala ejecución por la dirección central. Porque en lugar de discutir la política de la Central se ha discutido por extenso el caso Levi. A mi juicio, la Central debería levantarle al camarada Levi un monumento de gratitud. *(Risas.)* Porque se ha convertido en el chivo expiatorio en el que se han desahogado los proletarios decepcionados por la falsa orientación y por la dirección y la ejecución fallidas de la acción.

**Heckert.** Un argumento barato.

**Zetkin.** Ya tendremos otros argumentos cuando hablemos de la Acción de Marzo, y no quisiera entrar en la cuestión mientras no se decida si de la Acción de Marzo se va a hablar aquí o en la cuestión de la táctica. *(Presidente: En la táctica.)* Solo quiero decir aquí una cosa más. El camarada Markovic ha dicho con razón: si a Paul Levi se le castiga duramente por la crítica de la Acción de Marzo y por los errores que sin duda cometió en ella, ¿qué castigo merecen entonces los que cometieron los errores mismos? El putschismo del que hemos acusado no estuvo en la acción de las masas combatientes; no, camaradas, el putschismo estuvo —en esto tiene razón el camarada Gorter— en las cabezas de la Central, que llevó a las masas a la lucha de esa manera; estuvo en que a la orden siguió la contraorden y luego, finalmente, el desorden, el caos y la falta de dirección.

No tengo nada en contra de que el congreso decida ya ahora sobre el caso Levi. Pero solo, como ya he dicho, después de discutir todo el trasfondo objetivo, porque el camarada Levi actuó con la convicción más profunda de prestar un servicio al partido.

El camarada Paul Levi puede alegar para su ruptura de la disciplina las mismas razones que en su día se alegaron para el comportamiento de camaradas rusos que rompieron la disciplina. Actuó con la convicción honrada de poder salvar el partido, de servir a los proletarios.

**Rádek.** Al fiscal.

**Zetkin.** Esos son argumentos muy pobres, camarada Rádek, porque el material para el fiscal no procede, desde luego, del folleto de Levi, sino más bien de los llamamientos y artículos de la *Rote Fahne*. *(Alboroto.)* El folleto tuvo en el proceso Brandler un papel muy secundario. Creo que no es especialmente inteligente remitirse a ese proceso, porque precisamente en él quedó a plena luz la inseguridad, total o parcial, de las personalidades dirigentes. *(Interrupción: ¡Muy cierto!)*

**Rádek.** ¿Y qué hay de la ofensiva?

**Zetkin.** De la cuestión de la ofensiva o la defensiva hablaré, camarada Rádek, cuando tratemos toda la cuestión.

Si utiliza usted frases arrancadas de su contexto, camarada Rádek, actúa según la vieja receta que usted no ha inventado, sino solo imitado: «Dadme veinte líneas de alguien y lo llevo a la horca»[^156].

Ya explicaré cómo entiendo la cuestión de la defensiva o la ofensiva. *(Heckert hace una interrupción.)* Camarada Heckert, lo haré con su bendición o sin ella. Hasta ahora no es usted todavía mi confesor político.

Camaradas, en el caso Levi tenemos que tener en cuenta el contexto objetivo y político, además los motivos por los que se escribió el folleto, y también el efecto que ha producido. El camarada Rádek ha intentado restarle importancia diciendo que el folleto proporcionó material al fiscal. La *Rote Fahne* lo hizo en una medida mucho mayor. También alimentó abundantemente la superstición de que la acción había sido instigada desde fuera, porque publicaba llamamientos y artículos cuyo modo de expresión, del todo *ajeno al alemán*, permitió a los adversarios decir: «not made in Germany».

Pero, camaradas, mucho, muchísimo más doloroso es que el folleto del camarada Levi hiriera a muchos obreros y apartara a muchos obreros de examinar de manera objetiva y crítica la situación y la actitud de la Central. Comprendo perfectamente la indignación, la irritación *(Interrupciones: ¡Oíd, oíd!)* que ha salido como un eco de los medios obreros. Pero digo también: compadezco al comunista formado que no es capaz de responder al uso que los adversarios hacen del folleto. Porque si quisiéramos tomar como criterio lo que los adversarios hacen de las declaraciones escritas u orales de nosotros, los comunistas, no podríamos escribir nunca una línea ni abrir nunca la boca, porque los adversarios lo tergiversarán todo y sacarán miel de todas las flores.

Es mi convicción honrada que, sin la crítica de Levi, el debate sobre la teoría y la práctica de la Acción de Marzo no se habría producido tan rápido ni con tanta fuerza como se produjo, y que el Partido Comunista, que el proletariado, se habría visto expuesto al peligro de ser lanzado otra vez a nuevas aventuras fallidas.

Camaradas, la razón por la que he tomado una posición tan tajante ante todo este conjunto de cuestiones es que considero, y consideraba, absolutamente necesaria, en las circunstancias dadas, la acción más intensa, más enérgica del proletariado alemán; y lo que me preocupa no es que los obreros hayan luchado, ni que se diera una consigna falsa y hubiera una dirección equivocada, sino que la preocupación principal es otra circunstancia: que el Partido Comunista, en un momento que clama por la acción, sea ahora incapaz, demasiado débil para la acción necesaria. *(Protestas.)* Y si pido al congreso que haga un examen detenido y concienzudo tanto de la teoría como de la táctica durante la Acción de Marzo, lo pido con la convicción de que nuestro debate tiene que ser una preparación para nuevas luchas, para luchas duras, sin mirar si serán derrota o victoria, porque también las derrotas pueden ser fecundas cuando son derrotas de las masas proletarias frente a un enemigo superior, cuando son derrotas en las que el proletariado puede decir con orgullo: todo se ha perdido menos el honor, el honor de haber luchado de manera revolucionaria, de haberse lanzado al asalto de manera revolucionaria. *(Vivos aplausos y ovación.)*

*(Se levanta la sesión a las 5 y 40.)*

## Séptima sesión, lunes 27 de junio de 1921 (8.30 de la tarde)

*(Continuación del debate sobre el informe del Comité Ejecutivo. Oradores: Friesland, Van Overstraeten, Koenen, Terracini, Djavad Zadeh, Rákosi, Smythe.)*

**Friesland**[^157] (VKPD). Lo que los representantes de la oposición alemana han expuesto hoy aquí, y en parte también ayer, en el congreso sobre el informe del Ejecutivo, en la medida en que ese informe se refiere a Alemania, ha rodeado con gran habilidad el núcleo de la cuestión en litigio y los puntos de vista decisivos. Tampoco el gran temperamento con que la camarada Clara Zetkin ha intentado justificar aquí, en su detenido discurso, su posición y sus actos concretos en el partido alemán, tampoco ese gran temperamento puede ocultarnos que su memoria, su memoria política, es algo más débil que su temperamento, y que su actitud aquí en toda una serie de cuestiones políticas ha sido distinta de la que tuvo entre nosotros en Alemania. Y no quiero ni hablar del nivel que revela el hecho de que el camarada Malzahn, de la oposición, creyera oportuno demostrar con una estadística si la política de sus amigos era acertada o no. Sé muy bien que los camaradas que se agrupan en torno a él han tenido tiempo de sobra para ocuparse en Alemania de material estadístico; sé muy bien que sus amigos de Berlín tuvieron ocasión de ir en automóvil de fábrica en fábrica, no para llamar a los obreros a la lucha, sino para decirles a los obreros: «allí y allá no se hace huelga» *(¡Oíd, oíd!)*, para apartar a los obreros de la lucha. Hago constar que el aire de Moscú ha producido ciertos cambios en la opinión del camarada Malzahn. Ahora habla ya de 200.000 participantes; según sus afirmaciones anteriores en Alemania, eran algo menos. También en el juicio sobre la Acción de Marzo se registra un pequeño cambio: ya no es un gran putsch, ya no es un crimen monstruoso; es, al fin y al cabo, una lucha impuesta que, en su opinión, el Partido Comunista libró con valentía. Tengo que decir que, si es que se puede entrar en esta cuestión al tratar el informe del Ejecutivo, solo puede hacerse en el contexto en que lo ha hecho el camarada Zinóviev. Lo decisivo para juzgar esta cuestión, desde el punto de vista alemán, es esto: ¿cuál fue la evolución del Partido Comunista hasta esta lucha, y qué se expresó en el Partido Comunista con esta lucha? Y nosotros decimos: cualesquiera que hayan sido los errores de esta acción —y los errores son enormes—, somos los últimos en querer ocultarlos en modo alguno. Pero hablaremos de esos errores con los camaradas que lucharon con nosotros, y no con los que sabotearon las luchas del proletariado, que actuaron sistemáticamente contra la acción; y discutiremos los errores con camaradas que están con nosotros en el terreno de lucha dado, y con nadie más. *(Viva aprobación.)*

Sabemos que no hay ningún partido, ni el Partido Comunista de Alemania ni un partido comunista de cualquier otro país, que no cometa errores en luchas así. Y si se quiere hablar de errores, hablemos primero de esto: ¿cuál fue el error principal? El error principal lo cometió la antigua dirección, que dimitió porque el camarada Rákosi no les gustó a la camarada Zetkin y a otros y porque a la camarada Zetkin le dio la impresión de que a Rákosi lo habían enviado para escindir el partido italiano. Es un hecho indiscutible que la dirección que existió hasta la caída de la antigua Central no era una dirección capaz de hacer del partido un partido de combate. Y en momentos de lucidez también la camarada Zetkin ha subrayado que reconocía muy bien que en el Partido Comunista, del lado de sus amigos, había grandes peligros de pasividad e inactividad. Recuerdo muy bien esa declaración de la camarada Zetkin.

Camaradas, ¿qué fue lo decisivo en el partido alemán? Que desde el II Congreso de la Internacional Comunista la dirección organizó sistemáticamente la lucha contra el Ejecutivo. Por supuesto, no se trata de la hermosa «cabeza rizada» del camarada Zinóviev, que quizá sería para nosotros intocable. Esa lucha que se libró contra el Ejecutivo era una lucha contra los métodos y principios políticos de la revolución rusa y de la Internacional Comunista en general. Y todo el que haya seguido la situación del partido alemán sabe que el camarada Levi, desde el momento en que volvió de Moscú, se esforzó sistemáticamente por socavar el prestigio de la Internacional Comunista y de su Ejecutivo en el partido alemán. Y dondequiera que surgía una cuestión en el partido alemán, fuera la que fuera, en todas partes pudimos observar ciertas influencias que tendían a reforzar las influencias europeas occidentales frente a las influencias «asiático-bolcheviques» en la Internacional Comunista. Recuerdo todo el modo de tratar la cuestión del KAPD. Pregunto abiertamente: ¿siguen pensando hoy los camaradas de la oposición que el modo en que la Central del partido alemán de entonces trató al KAPD fue un trato político, o piensan que fue un trato y una susceptibilidad sentimentales e histéricos? Sería muy agradable que os pronunciarais sobre las cuestiones en litigio. ¿Piensan, por último, los camaradas que el modo en que los camaradas Levi y Däumig[^158] trataron esta cuestión fue un modo que demostraba que se quería provocar un conflicto con la Internacional Comunista? Fue interesante que el camarada Markovic, del partido yugoslavo, estuviera ya en los días de la Acción de Marzo en condiciones de informar en su Comité Central sobre la situación en Alemania y de hacer aprobar resoluciones en su Comité Central. Creo no equivocarme si supongo que el Comité Central de su partido en Viena tuvo también contactos con el señor doctor Levi. En cualquier caso, recordamos que Levi subrayó con toda claridad que, gracias a Dios, tenía sus relaciones en la Internacional. Y afirmamos que desde el día del II Congreso se organizó entre bastidores la campaña en Alemania y en la Internacional. Que luego Levi se mostrara muy susceptible ante la formación de fracciones, ante las conexiones secretas de los «turquestanos»[^159] en el partido alemán y en otros partidos, para los que conocen los métodos políticos de este político solo resulta divertido. Comprobamos que con estos métodos se ha trabajado de modo muy sistemático en nuestro movimiento. Y decimos que los obreros alemanes y el proletariado revolucionario alemán tienen una percepción muy clara y nítida del sentido político de estos métodos y de los propósitos de esta lucha. Y cuando se trata de elegir entre la dirección que se escabulló cuando había estallado la lucha revolucionaria en Alemania y la dirección del Ejecutivo, cuando se trata de aprovechar todos los problemas revolucionarios candentes y de preparar las luchas del proletariado, entonces los obreros alemanes saben bien a quién tienen que elegir. ¡Camaradas! Termino enseguida. Por desgracia, en diez minutos no se puede decir todo lo que es necesario decir. Os pido que no dejéis ahora de tratar de modo específico la Acción de Marzo, los errores específicos del partido alemán en esa acción; pero quisiera pedir que quienes quieren presentarse aquí como los comunistas formados en la teoría sean un poco más prudentes en sus declaraciones, porque saben que otros, contra los que quieren lanzar la acusación, han censurado esos errores mucho más a fondo que ellos, en el terreno de la solidaridad no con Levi, sino de la solidaridad con las masas obreras combatientes. Os pido que ahora, aquí, en el debate, no sigáis esquivando. Y digo que toda la exposición de la camarada Zetkin y de otros camaradas la hemos sentido —con todo el respeto que tenemos por la camarada Zetkin— como una evasiva ante determinadas cuestiones. La camarada Zetkin ha dicho aquí que nunca se ha solidarizado en modo alguno con Levi. Quizá la camarada Zetkin no me desmienta: recuerdo que sí se solidarizó con Levi. Recuerdo que la *Rote Fahne* publicó una crónica según la cual la camarada Zetkin declaró, tras una asamblea de distrito, que sería cobarde y miserable no estar sin reservas detrás de Levi. Y pregunto —dejando aparte los errores de la Acción de Marzo—: ¿siguen hoy solidarios los camaradas con las calumnias desvergonzadas de Levi, con las habladurías sobre los turquestanos, con las afirmaciones de que los representantes del Ejecutivo estaban detrás de toda clase de atentados con bombas y organizaban fracciones con dinero ruso para hacer saltar el partido alemán? ¿Cree de verdad en serio alguno de los camaradas que, porque el camarada Rákosi se expresara quizá con imprudencia en nuestro Comité Central, se puede deducir de ello que el Ejecutivo había adoptado un punto de vista distinto sobre la cuestión de la formación de partidos comunistas de masas? Recuerdo que, cuando surgió esa afirmación, todo el Comité Central subrayó que, si existiera semejante punto de vista, nosotros, como partido alemán, no lo aprobaríamos. Se dijo entonces que quizá había ciertas tendencias a hacer el partido más grande de lo estrictamente necesario. Puede que tales tendencias hayan existido aquí y allá. Pero tendencias a hacer del partido una secta no las había. Y esperamos que en el debate se tome posición clara y tajante sobre esta cuestión, que no se vuelva a callar aquí y que no nos encontremos de nuevo en Alemania ante el mismo aprieto que hasta ahora. Aquel representante del partido ruso al que perseguía la policía, al que denunciaron los camaradas Däumig y Düwell en el material de la oposición, al que denunciaron de manera vergonzosa, aquel representante preguntó oficialmente en el Comité Central: «Por favor, ¿en qué actos terroristas he participado? Por favor, decídmelo», y se guardó silencio. Decimos que no queremos volver a presenciar ese espectáculo de que se pase por alto sobre estas cosas. Esperamos que los camaradas hablen claro. Queremos volver a casa con una declaración clara y tajante, y no deseamos presenciar el espectáculo de que se diga: «Levi es un hombre excelente, ha reconocido los errores de la Acción de Marzo»; sino que deseamos una declaración del todo inequívoca de esos camaradas y también del congreso.

Somos de la opinión de que la gente que se solidariza con Levi, que encargó a Levi que no renunciara a su escaño en el Reichstag hasta la decisión del congreso, que la gente que de este modo ha atacado al partido por la espalda, que ha socavado sistemáticamente el prestigio político y moral del Ejecutivo, no puede estar en las filas de la Internacional Comunista, a menos que se aparte clara y tajantemente de esas calumnias. Y si la camarada Zetkin dice que probablemente habría escrito el folleto de otro modo, puede ser. Pero los ocho camaradas de la oposición no pueden librarse de la responsabilidad política de la publicación de ese folleto. Está demostrado que se leyeron antes las pruebas de imprenta y que se dieron consejos *(¡Oíd, oíd!)*. Esta es una de las cuestiones decisivas dentro del movimiento alemán, y no solo una cuestión de disciplina, como creía la camarada Zetkin. Toda la actividad del Ejecutivo estuvo dedicada al problema de la creación de un partido revolucionario de masas, y esa fue una de las cuestiones decisivas del movimiento alemán. Después de que las masas del antiguo USP vinieran a la Internacional Comunista, se acabó la vieja rutina. Y digo que la expulsión de Levi ha sido un acto que nos ha ganado un respeto inmenso a los ojos de los camaradas de partido. *(Vivos aplausos.)* Los obreros alemanes no habían vivido nunca eso; han tenido a Scheidemann, Ebert y Noske, y todos esos dirigentes los han traicionado. No se encontró nadie que se alzara contra esos dirigentes. Y aquí, por primera vez, hubo una Internacional que mantenía la disciplina y obligaba a los dirigentes a ir junto con las masas. Sabemos, por toda la actividad organizativa y política, que no es casualidad que todas las masas obreras se hayan puesto como un solo hombre detrás del partido en esta cuestión. Afirmo que el mero hecho de que ni siquiera la camarada Zetkin, cuyo prestigio entre las masas obreras era mayor que el de Levi, pudiera imponer su opinión política en esta cuestión en su distrito, en el que tenía hondas raíces, es una prueba de que el proletariado revolucionario, en las situaciones decisivas, comprende mejor el partido y la Internacional que a veces los mejores y más encumbrados dirigentes. *(Vivos aplausos y ovación.)*

**Presidente Loriot.** Antes de seguir adelante, el congreso tiene que pronunciarse de nuevo sobre el tiempo de intervención. Si se concede a cada orador un tiempo de intervención más largo, entonces se puede fijar directamente un tiempo de intervención más largo.

**Rádek.** Propongo que se mantengan los diez minutos de tiempo de intervención. Se ha señalado que la camarada Zetkin habló una hora y cuarto. Si es necesario prolongar el tiempo a alguno de los oradores inscritos, siempre tenemos la posibilidad de hacerlo. En ese caso presentamos sencillamente una moción de prórroga. *(Aprobación.)*

**Presidente Loriot.** Como todavía quedan 14 oradores inscritos, pregunto al congreso si no debería cerrarse la lista de oradores.

**Delagrange.** Como todavía quedan 14 oradores inscritos, nadie debería poder hablar más de diez minutos.

**Souvarine.**[^160] Los diez minutos tienen que ser obligatorios para todos.

**Presidente Loriot.** Quien opine que bastan 14 oradores en el debate y que debe cerrarse la lista, que levante la mano. *(Así se hace.)*

*Queda, pues, cerrada la lista. El tiempo de intervención es de diez minutos.*

*Tiene la palabra el camarada Djavad Zadeh (Persia).*

*Como no se encuentra en la sala, tiene la palabra el camarada Van Overstraeten (Bélgica).*

**Van Overstraeten**[^161] (Bélgica). ¡Camaradas! Me veo obligado a rectificar algunas de las declaraciones que ha hecho Jacquemotte, el delegado del ala izquierda del Partido Socialista belga. Jacquemotte ha mencionado algunas de las dificultades con que ha tropezado la formación de una fracción comunista en Bélgica. En particular, os ha dicho que Bélgica es un nido de los antiguos representantes de la II Internacional. Pero la personalidad de Vandervelde[^162] o la de Huysmans[^163] y de algunos otros representantes de la II Internacional no son los únicos obstáculos; en realidad no son más que la corona de todo un sistema reformista que en Bélgica se ha desarrollado más que en ninguna otra parte. En Bélgica, el Partido Obrero reúne en su seno organizaciones políticas, sindicales y cooperativas, de modo que esta formidable centralización ha engendrado una burocracia extraordinariamente floreciente que sofoca los mejores impulsos revolucionarios que brotan de la organización obrera. Después del armisticio comprendimos enseguida que las organizaciones políticas no pueden subsistir sin el apoyo de las sindicales, y dijimos de inmediato a los camaradas que hacían en el partido una oposición más o menos confusa y turbia: no os limitéis a criticar las medidas políticas de la organización política del partido; haced agitación y propaganda en los sindicatos. En aquel momento la gente de la minoría nos decía: esa manera de ver es absolutamente ilógica; si abandonáis las organizaciones políticas, tenéis que abandonar al mismo tiempo las organizaciones sindicales. Nosotros respondíamos: no; es muy posible que haya en ello un error lógico, pero lo que queremos es precisamente hacer agitación y propaganda en las organizaciones que tienen una verdadera vida obrera, es decir, en los sindicatos. Aun así, hemos tropezado con dificultades realmente muy grandes. Jacquemotte ha creído necesario describir esta mañana la posición del grupo comunista de Bélgica, que el año pasado se convirtió en un pequeño partido comunista y se había apartado de algunas tesis de la III Internacional, en particular de la tesis sobre el parlamentarismo. El año pasado defendí la tesis presentada por el camarada Bordiga. Cuando volví del congreso, todavía se mantenía la tesis antiparlamentaria, pero el congreso había establecido que el partido debía someterse a la disciplina prescrita por el Ejecutivo.

Por otra parte, Jacquemotte ha creído necesario decir también que el partido se opone sistemáticamente a la formación de un partido de masas. Es cierto, desde luego, que, como reacción tras la dolorosa experiencia que han vivido las masas obreras de Bélgica, hubo en el grupo comunista surgido en Bélgica, todavía débil, grandes vacilaciones en este punto, y nos decíamos que era un peligro muy grande dejarse inundar por un montón de elementos pequeñoburgueses, pero que no debíamos perder un instante para no perder el contacto con las masas obreras de los sindicatos. Y durante este último año el partido ha concentrado todas sus fuerzas en el trabajo de agitación en los sindicatos.

De lo que Jacquemotte no ha hablado, y habría sido mucho más interesante, es de aquello que, al menos hasta ahora, en la actitud y la actividad de la minoría del partido, era contrario a todos los principios de la III Internacional. La minoría acepta, naturalmente, también el parlamentarismo, pero cuando, en las últimas elecciones, vimos cómo defendía la minoría el parlamentarismo, comprendimos que no se trataba de un parlamentarismo revolucionario, sino de un parlamentarismo exclusivamente reformista, y que uno de los mejores argumentos de la minoría de entonces consistía en servirse de la *Enfermedad infantil* de Lenin[^164] y de algunos pasajes del discurso del camarada Zinóviev, no para defender el parlamentarismo revolucionario, sino un parlamentarismo oportunista, que consiste en la conquista gradual de los municipios mediante reformas sucesivas.

En varios casos —y podríamos enumerar un buen número de ellos— se han manifestado a lo largo del año la timidez y las tendencias oportunistas, tendencias centristas, de la minoría. A pesar de ello, la minoría aprobó en su último congreso el programa de la III Internacional. Estamos muy lejos de rechazar la unificación con la minoría, pero aun así dudamos de que tenga éxito. Aunque existen en Bélgica las condiciones objetivas para crear un partido de masas que sea a la vez un partido revolucionario, tenemos que procurar ante todo crear los factores subjetivos que muy pronto nos harán mucha falta. Tenemos, en efecto, una clase obrera industrial que es revolucionaria en el alma. Lo ha demostrado en distintas ocasiones de la manera más resuelta. Pero esos sentimientos revolucionarios tienen que completarse con una convicción política clara y segura, y esa es la obra en la que queremos trabajar ante todo, en la que tenemos que trabajar principalmente en Bélgica. En Bélgica no teníamos un pasado marxista ni un pasado sindicalista revolucionario. No teníamos tradiciones marxistas belgas, aparte del marxismo de Vandervelde, ni tampoco tradiciones sindicalistas revolucionarias, y todos nuestros esfuerzos en este periodo de preparación, por el que forzosamente teníamos que pasar, tenían que dirigirse a aclarar nuestra posición, para poder crear los factores subjetivos y las células obreras clarividentes que necesitamos en medio de las masas obreras. Jacquemotte ha pedido esta mañana ayuda a los camaradas franceses. Pero yo tengo que reconocer con franqueza que la ayuda de nuestros camaradas franceses, en lo que se refiere a la educación revolucionaria de las masas, solo puede ser por el momento extraordinariamente escasa. Todos nuestros camaradas franceses declaran unánimemente que necesitan todas sus fuerzas y que no tienen las suficientes para llevar a cabo lo que el camarada Trotski pedía el otro día, y creo que, si se lee *L'Humanité* y se observan los distintos intentos del partido francés, se ve claramente que los camaradas franceses no tienen en este momento fuerzas suficientes.

En los dos últimos años *L'Humanité* se ha leído muchísimo en Bélgica y, como es natural, preferimos *L'Humanité* a *Le Peuple*.[^165] Pero cada vez que dábamos *L'Humanité* a los obreros lo hacíamos a disgusto, porque sabíamos perfectamente que no era un periódico revolucionario. Trabajábamos más con *La Vie ouvrière*,[^166] aunque no tenemos la misma ideología, porque ese periódico tenía, con todo, una orientación revolucionaria mucho más marcada; por consiguiente, nuestros camaradas franceses podrían prestarnos una gran ayuda si trabajaran en su propia casa y crearan una buena prensa revolucionaria que pudiéramos llevar a las masas y con la que pudiéramos trabajar con tranquilidad y seguridad, sin tropezar con los inconvenientes que hasta ahora hemos encontrado en la prensa francesa.

No puedo ocupar el tiempo del congreso con discusiones sobre la cuestión de la unificación; repito que no estamos en absoluto en contra de la unificación, pero estamos convencidos de que en el futuro Bélgica será escenario de duras luchas y de que tenemos que dirigir todos nuestros ataques contra la tendencia reformista que ha penetrado profundamente en el nuevo Partido Comunista, contra la increíble timidez que se ha mostrado desde el principio. Repito: tenemos grandes posibilidades y las aprovecharemos con energía.

**Koenen** (Alemania). ¡Camaradas! La cuestión que la camarada Zetkin ha despachado ante vosotros en un largo discurso no puede de ningún modo zanjarse haciendo de ella, así, de pasada, un error o una falta de tal o cual camarada dirigente. No; la conducta de este grupo es, en el sentido más auténtico de la palabra, el martirio de un joven partido comunista de masas, y este trágico martirio, del que es culpable ese grupo de dirigentes, tiene que quedarle muy claro al congreso internacional. El movimiento comunista cobró impulso en Alemania cuando, después de las jornadas de Kapp,[^167] los obreros comprendieron que hace falta un partido unido y compacto. Entonces lucharon, derramaron su sangre, no consiguieron nada, fueron aplastados, porque faltaba una dirección unificada. Estaban dispuestos a seguir luchando y se pusieron a crear un partido unificado. Los obreros, orientándose intelectualmente después de todas aquellas luchas, se separaron de los dirigentes que los habían guiado hasta entonces, de Crispien, del viejo Ledebour, junto al que habían estado en muchas luchas, de Luise Zietz,[^168] etc., y buscaron una nueva dirección. Rompieron con la antigua y creyeron encontrar una nueva, una mejor. Y esa dirección la veían ahora en el Partido Comunista Unificado, en la nueva Central, de la que estaban orgullosos, porque en ella figuraban nombres de importancia internacional, acostumbrados a estar en las luchas junto a los proletarios. Y esta Central contaba con un gran fondo de confianza por parte de aquellos obreros que querían luchar de verdad. De los dos millones de obreros auténticos organizados políticamente había cristalizado aproximadamente medio millón, cada uno de los cuales estaba decidido a jugarse los bienes y la sangre por la revolución alemana, y que en su mayoría habían demostrado ya en tantas y tantas luchas, movimientos políticos y huelgas que eran verdaderos combatientes. Para ellos solo había una cuestión: ¿cómo hay que luchar? Por eso miraban a la nueva dirección, que debía resolver de verdad esa única gran cuestión que seguía en pie para ellos en Alemania. Y detrás de estos dirigentes, que tenían un nombre en Alemania, estaba además la dirección rusa, el estado mayor de la revolución mundial. Y ese gran fondo de confianza que se había acumulado entre los proletarios verdaderamente curtidos en la lucha lo han dilapidado y malbaratado de la manera más vergonzosa el grupo de los cinco y sus ocho o diez seguidores. *(Viva aprobación.)* No solo Levi y sus partidarios en la Central intentaron sembrar la desconfianza contra la Internacional Comunista, sino que con su dimisión y con los actos que siguieron asestaron al partido golpes que difícilmente habría superado si no hubiera sido, precisamente, un verdadero partido de combatientes. *(Viva aprobación.)* Todos miraban a esa dirección; había un cierto orgullo de tener tales nombres en el partido. No hemos tratado a la ligera ese patrimonio; nos guardamos muy bien de hacer oposición antes de tiempo. Precisamente en la sesión del Comité Central en la que luego se produjo la dimisión, en la que se había organizado una lucha contra los llamados elementos de izquierda, a estos camaradas se les dio toda la razón en las cuatro cuestiones más importantes: las cuestiones de la organización, de los sindicatos, del KAPD y de la alianza con la Rusia soviética. Su posición fue aprobada sin reservas. Y llegó entonces, en último lugar, la cuestión italiana, y solo en ella resultó que estaban en minoría. Estos dirigentes, que hablan de conciencia y de responsabilidad, de espíritu revolucionario y de otras cosas hermosas, creen que ahora, aunque todo el partido les da la razón en todas las demás cuestiones, pueden hacer de esto, a su antojo particular, una cuestión de conciencia personal, se marchan y dejan en la estacada a las masas, al partido. Y no contentos con eso, asestan un golpe al joven partido italiano, al joven Partido Comunista Unificado y al Ejecutivo de toda la Internacional. De todo eso pueden responder, todo eso se lo permite su conciencia. Uno dimite y, después de semejantes actos, habla de conciencia. *(Viva aprobación.)*

Pero no acaba ahí la cosa. Después de que los antiguos dirigentes se marcharon y de que, sin ninguna duda, cundió cierta confusión entre las masas, la nueva dirección intenta en pocas semanas reorientar el partido hacia una actividad más enérgica, hacia una disposición más activa para la lucha. Esta reorientación exige, naturalmente, algún tiempo. Como la antigua Central había descuidado esa transformación y la nueva Central no ha terminado aún sus preparativos, se ve de repente ante la provocación de Hörsing, por la que tiene que combatir activamente en medio de esos preparativos. Es entonces cuando se cometen los errores de los que tanto hablan los hombres de conciencia y responsabilidad. Los culpables son los que no participaron en la preparación para la actividad. *(Viva aprobación.)* La nueva Central ha demostrado que quería hacerlo. Si fue sorprendida en medio de sus preparativos, no se la podía hacer responsable de ello. La transición no era fácil, y aun así la nueva Central tenía que intentarlo. Y está muy feo que los que entonces dejaron en la estacada al partido se pongan ahora a sentar cátedra sobre los errores.

El partido entró en la lucha con valentía. No contentos con haberle asestado esos golpes, estos cinco camaradas dejaron al partido completamente en la estacada. Recuerdo a Däumig, Müller, Wolf, Anna Geyer, Siewers, Düwell, la rebelión en la redacción de la *Rote Fahne*, las discusiones que hubo que mantener con las secciones. En todas partes, la influencia paralizante que emanaba de la ideología de este grupo. Ahora se habla de errores, después de que, a causa de su conducta, esos errores tenían que producirse. Y aun así, después de todos esos errores, cuando se celebra la sesión del Comité Central, en la que este grupo obtiene solo cuatro votos, se atreven de nuevo a asestar al partido y a la Internacional nuevas puñaladas por la espalda. Con su conformidad aparece el folleto de Levi. Y no basta con salir con el folleto contra un partido que sangra por mil heridas y que soporta duras persecuciones y la represión; después se pisotea el cuerpo herido del partido, al que uno mismo ha llevado a esta desgracia con su dimisión y con sus declaraciones contra el partido, y se declara públicamente contra él todo lo imaginable, cuando a duras penas puede levantarse de sus heridas. De todo eso se puede responder ante la conciencia y ante la revolución mundial. Estoy muy asombrado de la manera en que se trata la conciencia.

Además, también después de esta historia está claro que siempre, una y otra vez, trabajan con informaciones falsas. A pesar de su revista *Sowjet*,[^169] a pesar de toda su propaganda en el país, no consiguen afianzarse en ninguna parte; minorías muy pequeñas les dan la razón, ni un solo distrito adopta su posición. Incluso Fráncfort, el distrito de Levi, da a la Central una mayoría de dos tercios. Así que no tienen ningún apoyo en el partido. Desde el primer día de su salida se desmoronan sus partidarios, su prestigio, su posición, y aun así siguen haciendo la lucha contra el partido. No se sabe cómo se puede seguir hablando de conciencia y de responsabilidad ante el proletariado cuando se trata al partido de una manera tan infame. No se trata de un asunto, de un error fortuito de algunos camaradas, sino del martirio de un partido de masas recién nacido. Y si este partido de masas supo, a los tres meses, acabar con la camarada Zetkin, con Däumig, con Levi, esos tribunos del pueblo, si ha superado las luchas de marzo, yo os pregunto: ¿cuán sano tiene que estar este partido, que soporta todo eso y aún moviliza nuevas fuerzas de sus filas? *(Viva aprobación.)* Después de haber soportado todo eso, después de haber hecho ahora de nuevo miles de sacrificios, el partido ha demostrado que vuelve a remontar, como demostraremos con cifras al tratar el informe sobre la Acción de Marzo.

Ahora cabe preguntarse qué razones internas se aducen hoy para este maltrato al partido y a la Internacional. ¿Qué dice la camarada Clara Zetkin? La salida de la Central era una cuestión de las masas de Italia, que todavía no son comunistas. Las masas revolucionarias de Italia habrían desplazado a los dirigentes, y habría que haber esperado. Pero está muy claro que cuando hay un movimiento revolucionario en marcha, como en Alemania, las masas han echado, ciertamente, a los dirigentes, pero solo en el curso de un proceso que causó graves daños al partido. ¿Quiere la camarada Zetkin presentar también este ejemplo para el joven partido italiano? ¿Tiene también él que recibir antes tantos golpes hasta que por fin ajuste cuentas con esos dirigentes? No; era acertado, había que abreviar el proceso.

Era acertado que el Ejecutivo dijera: hay que trazar una raya entre los dirigentes y las masas. Y también ese argumento de las administraciones policiales comunistas, que habrían de utilizar a la tropa, a sus órganos, para la lucha de clases: esa ilusión se califica por sí sola, y realmente no hace falta detenerse en ella ante este congreso. *(Aprobación.)*

La otra razón —y es la más importante, la que hoy nos interesa aquí—: Serrati hizo algunas promesas a la camarada Clara Zetkin, y, como las había hecho, la camarada Zetkin contaba con ellas y dijo que la Central alemana no podía tomar ahora otra decisión, porque de lo contrario Serrati tendría un motivo para escabullirse y no cumplir su promesa. Pues bien, camaradas, no sé muy bien si la camarada Clara Zetkin tiene que dar más crédito al partido alemán o a Serrati. Es muy interesante que diga hoy que esta fue una de las razones de más peso que la movieron a salir de la Central. Siempre habíamos sospechado que la conversación con Serrati había ejercido alguna influencia sobre la camarada Zetkin. La promesa no debía modificarse y, como se modificó, la camarada Zetkin tuvo que salir. Pero, vamos a ver, ¿vale más la promesa que las decisiones del Comité Central? Eso no es señal de conciencia.

Ahora resulta que también Rákosi habría dicho algo. Afirmo, para empezar, que el relato que se hace de sus declaraciones no es exacto. Así lo comprobé en el Ejecutivo. Pero, aunque los camaradas quizá pudieran aprovechar esas manifestaciones, tenemos que decir que aprovechar en Alemania la observación de un representante aislado, enviado a Italia con un mandato particular, con un encargo especial, para dimitir de la Central alemana, no es más que una mala excusa. Eso no se lo cree ninguna persona seria en la Internacional; solo se lo cree quien quiere creérselo por razones internas de tendencia. Con ello la discusión se revela como una excusa particular, buscada a posteriori. La camarada Clara Zetkin afirma ahora que no había material de hechos nuevos. En la Central se presentó en abundancia. Teníamos primero el informe de Paul Levi. Ahí teníamos poco material de hechos. Después, tras el artículo de Levi, vino el artículo del camarada Bordiga, que nos decía cuánto daño había causado la posición de Levi. Nos dijimos: aquí tiene que haber un error. Luego vino el informe de Böttcher[^170] —teníamos en Livorno otro representante, muy próximo a nosotros y muy unido a las masas comunistas—. Aportó hechos distintos de los de Levi. Luego vino Serrati. No dejará de ser también un hecho hablar con Serrati; yo también hablé con él una hora, y en cuanto empezaba una frase ya se olía que la terminaría con palabras de Crispien y de Dittmann. Después de la primera conversación en la estación ya se tenía bastante de la discusión. Esos fueron hechos que nos hicieron sospechar que Levi había informado mal. Luego vino Rákosi. Es verdad que hizo otra serie de comunicaciones. Estoy dispuesto a exponerlas, en cuatro o cinco puntos esenciales, a los camaradas que no las conocen. Toda una serie de esas comunicaciones nos causó impresión. Claro que a quien no quiere, a quien tiene otra disposición, estas cosas no le causan impresión. Quien ha hecho promesas a Serrati no se deja influir por Rákosi. Por último, después de que hubiéramos aprobado una resolución del representante del Ejecutivo, vino el discurso de Paul Levi en la asamblea de funcionarios del partido. No era un afiliado cualquiera, sino el presidente del partido. Ese fue el motivo de nuevas discusiones. A pesar de todos estos hechos nuevos, Levi vuelve a hablar contra la resolución en el sentido de su primera declaración. Un ataque contra el Ejecutivo. Entonces se abrió la discusión, y la mayoría de la Central aprobó la resolución diciendo: ahora vamos a poner las cosas en claro. Estamos obligados para con el joven partido italiano a reparar inmediatamente el daño que le hicimos con la actitud de Levi. Era nuestro deber, y por eso presentamos una resolución más tajante, que se sitúa en el terreno del joven partido italiano. Si la camarada Zetkin y Levi no sentían que había que ayudar a este joven partido en su dura lucha contra los oportunistas, los fascistas y el gobierno, es que todavía no han comprendido el concepto de la solidaridad internacional en el comunismo. Y esto me parece lo más importante.

Y para terminar, camaradas. La camarada Clara Zetkin dice que nunca hace nada en contra de sus convicciones, que no puede responder de esto o aquello ante su conciencia. De eso ya tenemos bastante ahora en Alemania, y creo que en la Internacional hay que hablar claro sobre ello. Por supuesto que habrá que actuar también en contra de las propias convicciones cuando sea en interés del partido. *(«¡Muy bien!»)* Y en ciertas circunstancias los conflictos de conciencia solo podrán resolverse diciendo: ¡con el partido o fuera del partido! Esa es la única solución. Andar con remilgos de palabras en el partido es algo que la Internacional no puede tolerar. Tenéis que poner esto en claro en todos los partidos. Cuando la gente empieza a jugar con esas palabras en el partido, algo huele a podrido, y entonces hay que acabar con ellos. *(«¡Muy bien!»)*

Una advertencia más para la Internacional. Antes se decía: vigilad de cerca a vuestros dirigentes. Yo digo: no dejéis que vuestros dirigentes se vuelvan soberbios, ¡no los encumbréis demasiado! Porque, si se vuelven soberbios, se imaginarán que pueden tratar al partido de una manera infame. Entonces pondrán el caudillaje por encima del partido. Eso es una fatalidad para el partido. Eso es lo que hemos aprendido de estas discusiones. Que sea una lección internacional. Desde luego que necesitamos dirigentes. En Alemania hemos perdido a tantos dirigentes y, aun así, el partido se ha desarrollado. No conocemos sentimentalismos ni miramientos, solo una toma de posición clara, decidida, implacable. Eso es lo que recomendamos a todos los partidos que no quieran sufrir en sus filas los mismos duros golpes por obra de tales dirigentes. Recuerdo al partido checoslovaco y al francés que deben sacar lecciones de las experiencias del partido alemán y procurar que se exija, en particular a los dirigentes, el mantenimiento más implacable de los principios y de la disciplina de partido. ¡La disciplina de partido por encima de todo! Eso es lo que tenemos que aprender de estas luchas del partido alemán. Cuando llama la disciplina de partido, la conciencia y la palabrería sobre la responsabilidad no importan un bledo. *(Vivos aplausos.)*

**Terracini** (Partido Comunista de Italia). En el II Congreso de la Internacional Comunista se aprobaron las condiciones para la reforma de un partido comunista, así como una declaración en forma de llamamiento, en las que se establecía que todos los partidos comunistas tenían que reorganizarse en un plazo de tres meses conforme a las 21 condiciones aprobadas por todo el congreso. En Italia existía un partido socialista que estaba adherido a la III Internacional hasta el momento en que se dictaron esas condiciones. Este partido socialista quería adherirse de nuevo a la III Internacional y, en consecuencia, también reorganizarse. La cuestión planteada esta mañana por los camaradas Marković y Zetkin puede resumirse del modo siguiente: en Italia había que proceder, en efecto, según esas 21 condiciones, pero habría sido más útil y mejor esperar todavía algún tiempo para aplicarlas estrictamente. El camarada Marković ha mencionado además algo que no concuerda en absoluto con esa afirmación. Dijo esta mañana que en Italia había que hacer la escisión antes de que Serrati y los unitarios, así como los oportunistas del partido, hubieran conseguido crearse una posición semejante a la que habían ocupado en el Partido Socialista Italiano. El camarada Marković dijo además que ya había previsto la actitud de Serrati antes del congreso de Livorno, así como antes del II Congreso de la III Internacional. De este modo confirma, pues, que fue bueno llevar a cabo la escisión en Italia y eliminar no solo a los reformistas, sino también a los oportunistas, puesto que también él había previsto ya lo que los oportunistas emprendieron entonces. Dijo además que los preparativos de esa escisión no estaban suficientemente terminados, y también la camarada Zetkin afirmó que ni los camaradas italianos ni los camaradas del Ejecutivo los habían hecho en medida suficiente. No comprendo cómo pueden conciliarse estos dos hechos. Y vemos además que estas dos afirmaciones las han hecho precisamente los camaradas que siempre han hablado en contra de la situación dada, en contra de la escisión en Italia y en contra de la táctica que se aplicó en Italia. Podemos ver, pues, claramente que en la oposición no hay acuerdo sobre esta cuestión, sino grandes diferencias de opinión. Pido ahora a la camarada Zetkin, que ha afirmado que la escisión en Italia no estaba suficientemente preparada, que indique con precisión las medidas necesarias para poder considerar suficientemente madura la situación italiana. El Comité Ejecutivo dirigió cartas al Partido Socialista Italiano y a Serrati personalmente; el camarada Zinóviev dirigió llamamientos al proletariado italiano y a los socialistas italianos, en los que dice que el Comité Ejecutivo no tenía la posibilidad de intervenir de una manera más directa en los asuntos del Partido Socialista Italiano. Tenía plena confianza en los comunistas italianos y opinaba que había que dejar confiadamente en manos de los comunistas italianos todo el trabajo de preparación de la expulsión de los reformistas del partido; por eso invito al camarada Marković a que indique de qué manera se podía haber llevado a cabo la escisión del Partido Socialista Italiano antes del congreso de Livorno, es decir, antes de febrero. No podíamos hacer esa escisión porque el II Congreso no se reunió hasta el mes de julio del año pasado.

Hasta que las decisiones del congreso llegaron a Italia pasaron muchos meses. Solo en octubre tuvieron conocimiento de las 21 condiciones el Partido Socialista Italiano y todos los demás partidos socialistas y comunistas. De ello se deduce que de ningún modo estábamos en condiciones de preparar la expulsión de los reformistas antes de octubre. Hacer semejante escisión sin una preparación a fondo, es decir, por la vía de la improvisación, era absolutamente imposible. Había que preparar algo así, y ese trabajo de eliminación de los reformistas era única y exclusivamente cosa de los comunistas italianos y exigió no poco tiempo para llevarlo a cabo. Si el camarada Zinóviev ha leído el *Avanti!*, *L'Ordine Nuovo*[^171] y toda la prensa semanal italiana, habrá podido ver que desde octubre de 1920, es decir, desde el congreso de Livorno, no apareció jamás ni un solo número de la prensa socialista en el que no se discutieran las 21 condiciones y en el que no se diera a las opiniones de los comunistas, de los unitarios y de los reformistas la posibilidad de darse a conocer a las amplias masas italianas. Bien puede decirse que la situación del Partido Socialista Italiano era conocida ya antes de nuestra llegada a Livorno, porque todas las fracciones estaban agrupadas en organizaciones fuertes, y porque también la fracción comunista tenía ya sus secciones y federaciones, así como su propia prensa. De ningún modo podemos afirmar que en Italia no se trabajara en la preparación de la expulsión de los reformistas. Solo ha habido una palabra que han entendido mal delegados aquí presentes. Siempre, en la sesión del Comité Ejecutivo ampliado de la Internacional Comunista y también ahora en esta sesión del congreso, hemos hablado de la escisión italiana. Hemos hablado del trabajo de preparación de la escisión del Partido Socialista Italiano, y ni con una sola palabra he mencionado la expulsión de los reformistas. Supongo que nadie pensó que las 21 condiciones aprobadas por el II Congreso de la Internacional fueran a provocar una escisión del partido. Sí, era sin duda necesario expulsar de este partido a todos los camaradas oportunistas y reformistas de Italia, y los comunistas trabajaron por la expulsión de la fracción reformista, y del mismo modo también los camaradas del Comité Ejecutivo abogaron siempre, en sus cartas y en sus llamamientos a los obreros italianos, por esa expulsión de los reformistas. ¿Por qué tuvimos una escisión en Italia? La escisión la causó la negativa de Serrati a expulsar a los reformistas, y su más ardiente deseo era seguir junto a estos últimos. Así fue como se provocó la escisión. Pero a partir de ese momento, es decir, desde el congreso de Livorno, se empezó a hablar de una escisión dentro del Partido Socialista Italiano. Antes nunca habíamos intentado provocar la escisión del Partido Socialista Italiano, porque teníamos el firme propósito de conservarlo entero para la III Internacional.

Algunos camaradas han sostenido asimismo la opinión de que, después del congreso de Livorno, se podría haber esperado todavía algún tiempo para hacer la escisión en Italia.

Estos camaradas han dicho que, si se hubiera esperado algún tiempo más, muchos de los obreros que se quedaron con los unitarios y muchos socialistas italianos que todavía no se habían sustraído a la influencia de Serrati habrían comprendido que era un gran error quedarse en el partido junto con los reformistas, y que luego habrían venido con nosotros muchos más obreros de los que tenemos actualmente. A eso quiero oponer la afirmación de que esperar todavía más después del congreso de Livorno habría equivalido a la imposibilidad de crear un partido comunista en Italia. El Partido Socialista había empezado ya a desorganizarse antes del congreso de Livorno. Hemos visto que el Partido Socialista ya no era una organización fuerte, que no tenía ningún programa y que no podía mantener unidos a más de 200.000 adherentes, que ya estaban agrupados en sus secciones. Si hubiéramos esperado algún tiempo más, el grado de desorganización del Partido Socialista habría sido aún mayor, y si entonces hubiéramos querido formar un partido comunista, ya no habríamos podido hacerlo.

La camarada Zetkin también ha mencionado esta mañana al camarada Rákosi y ha afirmado en su discurso que muchos de los errores cometidos en la escisión del Partido Socialista Italiano se deben al camarada Rákosi. Ha asegurado además que la Central del Partido Comunista Unificado de Alemania se dio cuenta enseguida de adónde iban las aspiraciones del camarada Rákosi y de cuál era el sentido profundo de su trabajo dentro del partido comunista. Pues bien, es necesario (aunque el camarada Rákosi no necesita en modo alguno defensor) que deje aquí sentado que este camarada no cometió el crimen de provocar una escisión del Partido Socialista Italiano. *Solo llegó a Livorno* después de que estuviera allí el camarada Kabakchiev, y cuando el congreso ya había empezado. El camarada Rákosi trabajó con el camarada Kabakchiev y con el Comité Ejecutivo de la fracción comunista. No impuso su opinión a nadie, presentó sus propuestas al congreso en forma de declaración, y los camaradas del Comité Ejecutivo de la fracción comunista tuvieron todas las posibilidades de introducir modificaciones en la propuesta que había formulado el camarada Rákosi. Por eso no comprendo cómo puede llegar la camarada Zetkin a afirmar que el error cometido en la escisión italiana recae única y exclusivamente en el camarada Rákosi. La camarada Zetkin ha aprobado las declaraciones de Kabakchiev y desaprueba las del camarada Rákosi. Kabakchiev y Rákosi trabajaron siempre juntos, y por esa razón hay que aprobar a los dos o condenar a los dos. En ningún caso, sin embargo, es necesario defender el trabajo del camarada Rákosi. Creo que él mismo hablará y explicará por qué actuó así en Italia y por qué habló en ese sentido cuando estaba en el Comité Central del Partido Comunista Unificado de Alemania. La camarada Zetkin ha dicho además que la escisión en Italia podría haberse hecho en septiembre, y ha hablado de la ocupación de las fábricas. Creo que los delegados del Partido Socialista Italiano, si tuvieran ocasión de escuchar las declaraciones de la camarada Zetkin, no quedarían muy edificados, dado que el Partido Socialista Italiano considera más bien la ocupación de las fábricas como una desgracia inesperada. La camarada Zetkin ha dicho: «Pero cuando en las secciones los obreros italianos habían ocupado por la fuerza las fábricas, la dirección del Partido Socialista se había reunido en Milán, y la mayoría de ese organismo eran comunistas, eran maximalistas, eran ustedes mismos, los mismos camaradas que ahora están aquí en el congreso de la III Internacional como delegados del Partido Comunista de Italia». Es verdad que entonces estaban en la dirección italiana los camaradas Turati y D'Aragona. Pero, además, es urgente que todos los delegados conozcan con exactitud la situación tal como se presentaba en Italia en el momento de la ocupación de las fábricas. Hay que saber cómo les fue posible a los reformistas que dominaban la CGL sabotear todo el trabajo del partido y de los obreros que habían ocupado las fábricas. Los camaradas de la CGL presentaron en aquella ocasión su dimisión a la dirección del Partido Socialista. La justificaron del modo siguiente: «Opinamos que es imposible extender más la ocupación de las fábricas. Creemos que en esta ocasión solo puede hablarse de un movimiento sindical, que no se puede ampliar en el sentido de un movimiento político. Pero si ustedes, camaradas de la dirección del partido, desean dar mayor extensión al movimiento, si desean transformar el movimiento de los sindicatos en un movimiento político, decidimos la dimisión del consejo sindical y les pedimos que pongan a otros camaradas en nuestro lugar». La camarada Zetkin y muchos otros camaradas nos han dicho: «¿Por qué no aceptaron ustedes, en realidad, la dimisión? ¿Por qué no pusieron a otros camaradas en ese puesto?». Pues bien, pregunto a todos los camaradas: si en alguna ocasión la República Soviética se ve obligada a emprender una lucha, por ejemplo con Polonia, y el jefe del Ejército Rojo, el camarada Trotski, combate el emprender esa lucha y la opinión de los camaradas que están a favor de esa lucha, y los camaradas llegan a pesar de todo al convencimiento de que hay que emprender la lucha sin falta, pero el camarada Trotski dijera: «Bien, dejo mi puesto, me retiro y dejo el mando del Ejército Rojo a otros camaradas, a los que tenéis que nombrar vosotros», pregunto si en un caso así los camaradas que siguen deseando la lucha no sentirían la necesidad de esperar todavía. ¿Se puede emprender la lucha cuando el jefe principal, es decir, el que ha preparado a la masa, al ejército, el que tiene en sus manos toda la organización de la lucha y de las batallas, está casi seguro de que la lucha acabará en una derrota? El Partido Socialista Italiano, el Comité Ejecutivo del Partido Socialista Italiano, se encontraba exactamente en la misma situación durante la ocupación de las fábricas. Cuando los camaradas que ocupaban los puestos dirigentes de la CGL presentaron sus dimisiones, la dirección del partido no tenía a nadie disponible ni ninguna posibilidad de sustituirlos. Eran los camaradas Dugoni, D'Aragona y Buozzi los que tenían en sus manos la dirección de la CGL y los que en todas las ocasiones figuraban como los verdaderos representantes de la masa.

**Presidente Loriot.** En la respuesta que da usted a la camarada Clara Zetkin se adentra usted demasiado en la cuestión italiana y sobrepasa el tiempo concedido para ello. ¿Está el congreso a favor de que el camarada Terracini continúe?

**Terracini.** Solo unos minutos más. Le dije al camarada Loriot que solo había hablado de esta cuestión porque la camarada Zetkin la había abordado esta mañana y porque es posible que entre los delegados haya algunos cuya opinión sobre ella no esté todavía suficientemente aclarada. Esta cuestión no tiene mayor importancia para el debate de mañana, porque la ocupación de las fábricas no es más que una parte de la cuestión, mucho más amplia y general, de la expulsión de los reformistas que exigían los comunistas, así como de la escisión que se produjo en Livorno. Pero también puedo volver sobre este argumento. Lo único que deseo es inculcar a los delegados la firme convicción de que la dirección del Partido Socialista, y los comunistas que formaban parte de esa dirección del Partido Socialista, no echaron de su puesto a los dirigentes de la CGL porque en aquel momento no era oportuno para el movimiento del proletariado italiano iniciar una lucha precisamente en un momento en que la dirección rechazaba la responsabilidad de todo el movimiento que ella misma había preparado. Para volver a los argumentos con que empecé, quiero dejar sentado que la escisión en Italia no fue más que la consecuencia de las decisiones que se tomaron en el II Congreso de la Internacional Comunista. El II Congreso había declarado que era absolutamente necesario expulsar a los reformistas de todos los partidos adheridos a la III Internacional. Ese congreso había declarado igualmente que todos los partidos que no llevaran a cabo esa expulsión serían expulsados de la III Internacional. La cuestión se planteó, pues, de una forma muy clara, y había que decidir si en Italia debía haber una organización del proletariado que no perteneciera a la III Internacional o lo contrario. Si en Livorno no se hubiera hecho la escisión, todo el Partido Socialista, puesto que seguía tolerando a los reformistas en sus filas, habría tenido que ser expulsado de la III Internacional.

Quiero plantear una cuestión y deseo que el congreso la discuta y tome una decisión sobre ella. Hablo de las organizaciones sionistas, que tienen aquí en el congreso sus representantes con voto consultivo, pero que están en la misma situación que los representantes de los partidos comunistas de todos los países. Si la III Internacional sigue permitiendo que las organizaciones sionistas estén representadas en el congreso, si no transforma pronto, mediante decisiones, estas organizaciones de una nacionalidad en organizaciones de obreros y de comunistas, me temo que en el futuro las organizaciones sionistas, que en cada país están en contacto con los partidos comunistas, nos darán mucho que hacer. La política seguida con el Bund[^172] de Rusia es la única política que debe aplicarse a las organizaciones sionistas. Pero la táctica seguida en Rusia no se ha seguido en otros países. Es cierto que el Comité Ejecutivo ha enviado declaraciones a ciertos países, pero sin la energía suficiente. Así, por ejemplo, en Polonia, donde el Comité Ejecutivo de la III Internacional ha invitado al Bund polaco a unirse con el Partido Comunista de Polonia o a concertar una estrecha alianza con este. Pero sabemos que los delegados del Bund polaco no han llevado todavía a cabo esa alianza con el Partido Comunista de Polonia, porque opinan que semejante unión no será cosa fácil y que está todavía muy lejos. Pues bien, cuando planteé esta cuestión en la comisión de verificación de mandatos, el camarada Rádek me respondió que la organización del Bund no es una organización sionista. Yo creo que el Bund solo en apariencia no se parece a Poale Sion,[^173] pero que en realidad sí se le parece, porque ambas no son más que organizaciones de los obreros judíos. Son organizaciones que exigen de sus miembros los rasgos de la nacionalidad judía o de la religión. No creo que los obreros judíos tengan que llevar a cabo su lucha de una manera distinta de la de los obreros cristianos, es decir, de los obreros de otras religiones. Opino que los obreros judíos solo lograrán liberarse de toda opresión de la burguesía y de los Estados cuando todos los obreros hayan podido liberarse de la dominación de la burguesía. Lo hemos podido comprobar en Rusia, donde los obreros judíos solo lograron conquistar su libertad después de que estallara la revolución comunista y los obreros tomaran el poder. Creo, pues, que hay que invitar de una manera más clara a esta organización a adherirse a la organización comunista. Quisiera, pues, poner como condición a este partido judío que se una con el Partido Comunista ya en su propio país. Así se evitará que estas organizaciones, que son organizaciones obreras pero desean separarse de los demás obreros de su país, vuelvan a ser invitadas al próximo congreso, y los delegados de estas organizaciones dejarán de tener derecho a participar en los debates de la III Internacional.

**Djavad Zadeh** (Persia). Por encargo de algunos camaradas del Oriente Próximo, quiero destacar, con ocasión del informe del Ejecutivo de la Internacional Comunista, lo siguiente: estamos completamente de acuerdo con lo que el camarada Zinóviev ha dicho en su informe. El camarada Zinóviev ha dicho que en Oriente hemos desplegado muy ampliamente nuestro trabajo en el terreno de la agitación y de la política, pero que en el terreno de la organización hemos hecho muy poco o incluso nada.

Así es, en efecto. Actualmente se hace en Oriente una agitación de gran alcance para que las masas tomen consciencia de la importancia del Partido Comunista y de la Internacional Comunista. Pero, junto a este despliegue de la agitación, falta la organización que supiera reunir a todos los elementos que simpatizan con la Internacional Comunista para aprovecharlos para los fines del movimiento revolucionario mundial. Incluso en el terreno de la cuestión nacional, que el II Congreso examinó con tanto detalle, señalando que en todos los países de Oriente había que apoyar del modo más resuelto el movimiento nacional, incluso en este terreno la relación entre los nacionalistas de los distintos países de Oriente y la Internacional Comunista es extraordinariamente floja. Por eso este movimiento, que en otras condiciones se aprovecharía de manera natural y directa para la lucha contra el imperialismo mundial, no ha podido dirigirse ahora, dado el carácter de la actual organización comunista, como sería de desear en interés de la Internacional Comunista.

La simpatía por el comunismo, la influencia del comunismo en Oriente es tan fuerte que en muchos países de Oriente donde todavía no hay partidos comunistas fuertes se deja sentir ya una crisis dentro del propio movimiento comunista. Suena un poco extraño, pero es un hecho. Así, por ejemplo, en Turquía hay tres partidos comunistas. En Persia, en Corea existen también varios partidos comunistas. Se explica porque en Turquía o en Persia a cualquier dirigente nacionalista se le puede ocurrir fundar un partido comunista para aumentar su influencia y aprovecharse del comunismo; con ese fin él mismo nombra sin demora un comité central, se hace presidente del CC, y ya está listo el partido comunista. Así se fundaron partidos en Turquía, en Angora; así se crearon incluso dos partidos, poco influyentes, eso sí, en Persia. Esto se debe a que no hay un contacto estrecho entre el Ejecutivo de la Internacional Comunista y el Partido Comunista y a que no existe ningún órgano dirigente que pueda impedir la formación de tales partidos efímeros, seudocomunistas.

Aun así, esperamos que la energía revolucionaria que han acumulado los comunistas en Oriente mueva al futuro Ejecutivo de la Internacional Comunista a prestar más atención a los pueblos de Oriente, que tanto esperan de él, a acudir en su ayuda y a satisfacer sus esperanzas y expectativas.

**Rákosi** (Hungría). ¡Camaradas! Se ha reprochado al Ejecutivo que envía malos representantes a puestos de mucha responsabilidad. Uno de esos malos representantes fui yo. Los camaradas de Alemania y de Italia ya han dicho en parte lo que opinan de mí. Tengo muy poco que añadir. En Italia actué en pleno acuerdo con el camarada Kabakchiev y con el Ejecutivo del partido italiano. No había diferencias de opinión entre nosotros, y yo tampoco tenía mucho que corregir, porque todos juzgábamos la situación del mismo modo; donde hubo diferencias de opinión fue allí donde se entrometió en el asunto el que fue camarada, el doctor Paul Levi. Los camaradas saben que en el congreso de Livorno la cuestión principal era apartar del partido italiano a los reformistas y a los turatianos. En ese trabajo, los representantes de los grandes partidos comunistas que ya habían pasado por una escisión podrían habernos prestado muy buenos servicios. A este respecto esperábamos sobre todo la ayuda del nuevo Partido Comunista francés, que había hecho la escisión solo unas semanas antes y en cuyas debilidades se había apoyado principalmente la defensa de Serrati. Pero el partido francés no envió ningún representante a ese congreso, aunque la sección comunista italiana lo había invitado. Es posible que la carta de invitación también fuera a parar a una dirección equivocada, como la petición de los camaradas luxemburgueses, y que por eso la dirección del nuevo Partido Comunista no considerara necesario presentarse en el congreso sin que se la llamara. En consecuencia, tuvimos que renunciar a la ayuda de los camaradas franceses.

Pero esperábamos que nos ayudaran los camaradas alemanes, que ya habían sufrido todos los tormentos y todos los daños de los oportunistas dentro del partido y tenían varias escisiones a sus espaldas. Tanto mayor fue nuestra consternación cuando Paul Levi, tras una conversación de dos horas con Serrati, vino a vernos y nos dijo más o menos lo mismo que ya habíamos oído repetidas veces de boca de Serrati. Le dijimos que quizá esa fuera su opinión personal, a lo que él, con la mayor tranquilidad del mundo, nos enseñó una carta que, según dijo, llevaba encima por casualidad. La carta era de la camarada Zetkin, y en ella figuraban más o menos las mismas opiniones que Serrati y Levi sostuvieron en el congreso. Decía que la camarada Zetkin tenía a Serrati por un buen revolucionario y que, en cambio, tenía muy mala opinión de la compañía de Bordiga, Bombacci y Graziadei,[^174] y que opinaba que Serrati podría construir el Partido Comunista mucho mejor que los camaradas que acabo de mencionar. Naturalmente, la sorpresa fue para nosotros aún más desagradable, y pedimos a Levi que al menos no expresara esa opinión en el congreso. Claro está que nuestra petición llegaba ya algo tarde, porque Serrati no había hecho ningún secreto de esa opinión de Levi y de la camarada Zetkin. Este apoyo de los dos dirigentes del mayor partido comunista reforzó, naturalmente, de manera considerable la espina dorsal de los serratianos y dificultó en la misma medida nuestro trabajo. Pedimos al camarada Levi que hablara en nuestro sentido. Pero hizo una declaración bastante descolorida y, a pesar de que le pedimos que se quedara hasta el final del congreso, se largó al día siguiente. Esperábamos que el camarada Levi, si participaba en el congreso hasta el final, cambiaría de opinión. Los camaradas conocen la proporción de votos en el congreso. La Internacional Comunista y su Ejecutivo, aunque supuestamente funciona mal, intervino en el asunto italiano en cuanto recibió la noticia radiotelegráfica, y declaró de inmediato y de manera categórica a Serrati que solo reconocía como perteneciente a la Internacional Comunista al partido recién fundado en Italia. El Ejecutivo vio mejor desde Moscú que Serrati quiere ahora seguir manteniendo a la masa en manos de los turatianos contándoles la patraña de que, de una u otra manera, siguen perteneciendo a la Internacional Comunista. El Ejecutivo lo vio en Moscú y desde Moscú tomó inmediatamente medidas de precaución contra ello. Naturalmente, también Serrati fue astuto, y cuando llegó ese telegrama dijo: esa no es más que la opinión del Ejecutivo; apelaremos contra ella al III Congreso. Esperábamos entonces que, después de esta argumentación, los partidos que fueran a presentarse en el III Congreso opusieran categóricamente su opinión a la de Serrati. El partido francés no tomó, es cierto, ninguna posición oficial, pero su órgano central publicó un artículo de Jacques Mesnil[^175] en el que no decía otra cosa sino que Serrati podría pertenecer al ala izquierda del Partido Comunista francés. Eso fue, naturalmente, un bocado suculento para Serrati. Aún más le agradó que apareciera, el 22 de enero, el famoso artículo de Levi en la *Rote Fahne*. Naturalmente, con ello los camaradas italianos, que precisamente después del congreso de Livorno estaban llevando a cabo la escisión orgánica en los congresos de distrito, se vieron en una situación tremendamente difícil, porque Serrati podía decir que no solo Levi, sino también los dos mayores partidos comunistas compartían su opinión.

Cuando estuve en Berlín, me enteré de la resolución que había aprobado el Partido Comunista Unificado sobre la cuestión italiana. Vi enseguida, por esa resolución, que había en ella pasajes que podían ofrecer a Serrati nuevo terreno para su vergonzosa conducta. Por eso pedí inmediatamente a la dirección del partido que aprobara una resolución que excluyera toda duda. A raíz de mi informe se redactó efectivamente una resolución en ese sentido, y entretanto en Moscú, con total independencia de nosotros, el Ejecutivo había visto también ese error en la resolución y había pedido igualmente al partido alemán que modificara la resolución de manera que no pudiera interpretarse falsamente. En la sesión de la dirección del partido y en la sesión del Comité Central, en las que participé, expuse a los camaradas la situación italiana. Los camaradas, en primer lugar el camarada Brandler, estaban muy indignados, porque Paul Levi les había informado de que en Italia las masas propiamente comunistas estaban detrás de Serrati y de que las masas que se llamaban comunistas se reclutaban entre sindicalistas, anarquistas y elementos confusos. En esa información, según afirma la camarada Zetkin, yo habría cometido tres errores. Habría considerado demasiado grande el VKPD; al juzgar al partido francés, habría dicho que a veces es necesario escindir diez veces un partido; y además habría dicho que queríamos dar un escarmiento en la cuestión italiana. Responderé brevemente a estas cuestiones.

En una conversación privada con la camarada Clara Zetkin dije que, si a un partido llegan de golpe 400.000 nuevos afiliados, una parte de esos 400.000 afiliados se desprendería seguramente de él en las acciones o al llevar a cabo las depuraciones que declaramos obligatorias para los partidos comunistas en el II Congreso. En ese sentido dije que el VKPD es grande. También dije que es posible que haya que escindir diez veces los partidos. Lo dije a propósito de la cuestión del partido francés, en el sentido de que, si tuviéramos que elegir entre que decenas de miles de proletarios pagaran los errores de los oportunistas, como demuestra la suerte del proletariado húngaro bajo la dirección de los elementos oportunistas, o escindir diez veces el partido, yo elegiría la escisión. *(Aprobación.)* También dije que tenemos que dar un escarmiento. Lo dije con respecto al partido italiano. Sabemos que, cuando se puso de moda entrar en la III Internacional, hubo elementos oportunistas que entraron en la Internacional solo para conservar su posición de poder, para poder seguir con su juego reformista bajo la aureola revolucionaria de la Internacional Comunista. En ningún partido dio este desatino flores tan hermosas como en el italiano. Y dije que, con los turatianos, con los de Modigliani y con Treves,[^176] tenemos que dar el escarmiento de que en la Internacional Comunista no solo se entra fácilmente, sino que también se puede ser echado de ella con facilidad. *(Aprobación.)* Estas fueron las tres cosas que la camarada Zetkin alegó contra mí. Esas tres cosas las mencioné allí, entre otras. El doctor Paul Levi no sería doctor en derecho si no se hubiera servido de ellas con una hábil triquiñuela de abogado, cuando dijo que yo, a partir de las experiencias de la escisión italiana, había predicado la necesidad de escindir el VKPD. Naturalmente, contra esa afirmación hice enseguida una enérgica declaración, que se presentó en la misma sesión y apareció literalmente en la *Rote Fahne*. En esa sesión, como saben los camaradas, se aprobó una resolución, a pesar de que la camarada Zetkin puso en juego todas sus facultades para frustrarla, que acudía sin rodeos en ayuda del Partido Comunista de Italia, pero que tuvo poco valor, porque la dimisión de los seis miembros de la dirección del partido paralizó por completo el valor de la resolución. Al contrario, la dimisión de los seis miembros del partido volvió a poner en manos de los serratianos un arma importante. Ese es el papel que yo había desempeñado en la escisión italiana. Hicimos todo lo posible para encuadrar también orgánicamente a las masas comunistas italianas en el marco del Partido Comunista. La actividad de la camarada Zetkin, en cambio, solo sirvió en todos los sentidos para volver a sembrar la confusión entre esas masas que estaban en camino hacia el partido italiano. Así están las cosas. Si la camarada Zetkin, ahora, cinco meses después, escarmentada por verdades como puños, reconoce que había juzgado mal a Serrati, por desgracia solo ha reparado en una pequeña parte los enormes errores que cometió con el partido italiano y con la revolución italiana. Puedo añadir que, si la camarada Zetkin juzgó tan mal la cuestión de la escisión italiana y, en general, la cuestión del partido italiano, de ese juicio erróneo tienen que derivarse otras conclusiones igual de erróneas para la política futura del VKPD. Creo que esas conclusiones resultarán tan malas como sus esperanzas y opiniones en el asunto italiano. *(Aprobación.)*

En nombre del partido húngaro quiero decir todavía algunas cosas sobre el informe del Ejecutivo. Estamos satisfechos en todos los sentidos con la actividad del Ejecutivo, y sabemos muy bien que ha habido ciertas deficiencias técnicas, en primer lugar la falta de enlace con las secciones nacionales. Pero tenemos que decir al mismo tiempo que sabemos por experiencia que esa falta de enlace se debe en parte a las secciones nacionales. Estas secciones nacionales, en efecto, dejan de muy buena gana la organización del enlace única y exclusivamente al Ejecutivo y despotrican a gusto contra el mal enlace en lugar de mejorarlo.

Quiero pedir todavía, en nombre del partido húngaro, que, enriquecidos por las experiencias de la escisión del partido italiano, observéis con atención a los partidos que pertenecen ya a la Internacional Comunista pero que todavía muestran tendencias centristas o semicentristas, para que en el próximo congreso no tengamos que ocuparnos otra vez de cuestiones Serrati francesas o checas. *(Vivos aplausos.)*

**Smythe** (Inglaterra). Camaradas, la delegación inglesa ha decidido no hablar en este punto de la cuestión inglesa, porque debe tratarse con el informe sobre la táctica. No quiero ocupar vuestro tiempo con continuas repeticiones, pero quiero tocar en este punto otra cuestión. El camarada Rádek dijo ayer que debíamos dedicar nuestras intervenciones a la actividad y a la organización del Ejecutivo, y quiero tocar uno de esos puntos.

Me ha asombrado mucho que el camarada Zinóviev tratara en su discurso la cuestión del Secretariado Femenino de manera tan escueta que no dijo nada de ella, aunque el Secretariado Femenino forma parte del Secretariado Internacional y su actividad es parte de la actividad de todo el Secretariado. Me ha dado la impresión de que el Ejecutivo no ha cumplido en este aspecto con su deber, porque, de lo contrario, habría dicho algo al respecto. El camarada Zinóviev dijo que es importante organizar a las mujeres, y estoy completamente de acuerdo con él. Habló también de la gran importancia de la organización juvenil, y también en esto coincido con él. Una de las razones de la importancia de la cuestión femenina está en la influencia y la acción de la mujer sobre los niños y la juventud. Que las tesis del congreso del año pasado solo se hayan traducido hasta ahora al alemán demuestra una vez más que el Ejecutivo no ha cumplido con su deber en este aspecto; los demás países no han tenido hasta ahora la posibilidad de leer esas tesis, y por eso no es de extrañar que no hayan hecho un gran trabajo en este sentido. La cuestión femenina se discutirá más adelante en el congreso, por eso no quiero tratarla con detalle. Pero invito a los delegados a hacer ver al Ejecutivo, con más energía que antes, la importancia del Secretariado Femenino, y a inculcar a los partidos comunistas de los distintos países que el año próximo hay que emprender con más energía el trabajo entre las mujeres.

*(Se levanta la sesión a las doce y cuarto de la noche.)*

## Octava sesión, martes 28 de junio de 1921 (7.30 de la tarde)

*(La cuestión del Partido Comunista Obrero de Alemania. Oradores: Zinóviev, Hempel, Rádek, Bergmann, Roland-Holst. — La cuestión italiana. Oradores: Lazzari, Gennari, Lenin.)*

**Presidente Kolárov.** ¡Camaradas! El debate general sobre el informe del Comité Ejecutivo ya está cerrado. Según la decisión que tomamos ayer, las cuestiones del Partido Socialista Italiano y del KAPD deben tratarse por separado. Pasamos ahora a tratar estas dos cuestiones. Ayer por la noche declaramos que la sesión de hoy empezaría con el examen de la cuestión italiana. Sin embargo, los camaradas italianos todavía no están aquí, por lo que es conveniente que abordemos primero la cuestión del KAPD. El presidium propone conceder la palabra solo a un representante del KAPD y a un representante del VKPD, pero no admitir por lo demás ningún debate, porque esta cuestión ya se ha podido discutir suficientemente en el debate general. Naturalmente, también tomará la palabra un representante del Comité Ejecutivo. Según se me comunica, el VKPD renuncia a la palabra en esta cuestión.

**Zinóviev.** ¡Camaradas! Antes de que el congreso entre en el debate, quisiera precisar exactamente nuestra moción, que ya planteé a grandes rasgos en mi informe. La moción propone que el congreso acuerde dar al KAPD un plazo de dos o, como máximo, tres meses, para que los camaradas puedan convocar su congreso de partido. Una vez que ese congreso haya examinado las resoluciones del congreso de la Internacional, el partido deberá declarar si quiere someterse a la disciplina internacional y si está dispuesto a ingresar en el VKPD. Si dice que sí, la cuestión queda resuelta; si dice que no, el Ejecutivo tendrá derecho a considerar a ese partido excluido de la Internacional.

**Presidente Kolárov.** La delegación del VKPD comunica que está plenamente de acuerdo con la propuesta del camarada Zinóviev.

**Hempel**[^177] (KAPD). ¡Camaradas! Hablo ahora sobre una cuestión de procedimiento, y lo hago porque la cuestión de la apelación del VKPD contra la decisión del Ejecutivo de admitir al KAPD como organización simpatizante de la III Internacional era hasta ahora un punto especial del orden del día de este congreso. Ese punto figuraba detrás de la resolución de todas las cuestiones de principio y de táctica. Y estaba bien que figurase ahí. Nos habíamos preparado para ello. Anteayer, ¿o fue ayer?, el presidium comunicó muy brevemente que, con el informe del Ejecutivo, se despacharían al mismo tiempo la cuestión de la delegación italiana y la nuestra. El presidium se había puesto de acuerdo previamente con la delegación del Partido Socialista Italiano, que acababa de llegar, no con nosotros. Nos encontramos ante un resultado ya hecho. En aquel momento no dijimos nada al respecto, y creímos que, si nos poníamos de acuerdo con el presidium, tal como se nos había comunicado, llegaríamos a un resultado favorable. Presentamos al presidium la siguiente declaración, para entendernos sobre esta base; voy a leerla:

«El presidium nos comunica ahora mismo, cinco minutos antes de comenzar la sesión, que la cuestión del KAP se liquidará de modo que tengamos derecho a hablar ahora media hora.

Esta propuesta no corresponde en modo alguno a la importancia de la cuestión, que es demasiado compleja para despacharla en una breve intervención en el debate. Para ello tenemos que reclamar un informe o contrainforme de una hora como mínimo, con la posibilidad de replicar también en el resumen final.

El presidium ha decidido no aceptar esta propuesta. Vemos en ello una aplicación del reglamento dirigida unilateralmente contra nosotros, contra la que protestamos. No queremos contribuir a la ilusión de que el congreso queda así suficientemente informado para poder tomar una decisión, y por tanto no haremos uso de la palabra sobre esta cuestión.»

Habíamos presentado esta declaración; hace cinco minutos hemos recibido la respuesta, y la respuesta es que se nos conceden media hora de tiempo de intervención y con eso queda zanjado el asunto. Y por eso declaramos que de esta manera se nos quiere cerrar la boca. Declaramos que no aceptamos estas cosas; que nos condenen, porque en media hora no podemos exponer nuestro punto de vista. Que lo hagan. Entrego esta declaración, de la que hay que tomar nota. *(Ruido.)*

**Rádek.** Camaradas: ante todo debo rectificar el supuesto hecho que el camarada Hempel ha aducido aquí. No hace cinco minutos, sino hace cinco horas, mi secretario avisó a la delegación del KAPD de que el Ejecutivo ponía hoy la cuestión del KAPD como primer punto del orden del día, y de que el representante del KAPD y el representante del Ejecutivo dispondrían cada uno de media hora para exponer su punto de vista. El representante del KAPD no protestó contra esa comunicación; solo insistió en que se diera al KAPD una hora de tiempo de intervención. Este es el primer hecho, y no es secundario. La representación del KAPD desconoce por completo el sentido de la moción de Zinóviev. Si el KAPD quiere informarse sobre los trabajos del congreso e informarnos a nosotros sobre su punto de vista, tendrá ocasión de hacerlo en todos los demás puntos del orden del día. De lo que se trata es de que informemos al KAPD de nuestra posición respecto de él. Y una vez hecho esto, podrá seguir en el congreso. Nadie le exige que comunique ya ahora su decisión al congreso. Toda esa palabrería de Hempel sobre cerrarles la boca, después de haber visto que los camaradas del KAPD han hecho, para alegría nuestra, abundante uso de la boca *(Risas)*, es pues una chiquillada, y esperamos que el KAPD siga haciendo abundante uso de esta parte tan útil del cuerpo. Si el KAPD abandonara nuestro congreso, lo lamentaríamos mucho. Entonces nos contentaríamos con estudiar los libros. Tenemos los libros sagrados de la «escuela holandesa», vuestra prensa, y sacaremos nuestras noticias únicamente de esas fuentes. *(Risas.)*

**Bergmann** (KAPD). ¡Camaradas! La cuestión que se discute ahora es para el KAPD una cuestión vital. Y si ya nos hemos declarado de acuerdo con la propuesta del Ejecutivo de tratar este punto como un punto muy especial y después de todas las cuestiones de principio, eso es por nuestra parte transigencia suficiente. Cuando el camarada Rádek afirma aquí «lo hemos decidido», con ello designa al congreso entero y se adelanta al juicio de todo el congreso. Es el congreso el que decide aquí sobre la cuestión del KAPD y sobre la posición del Ejecutivo al respecto. Esto es lo que hay que discutir aquí, y como nuestras ideas y escritos no han llegado a las masas en la medida en que deberían y no todos los camaradas los conocen, es necesario que esta cuestión se discuta aquí a fondo. Por eso exigimos que se nos conceda una hora de tiempo de intervención sobre esta cuestión, que ahora figura en el orden del día, y que, naturalmente, tengamos también el resumen final después del debate. Para nosotros eso es algo evidente. Si se decide otra cosa en esta cuestión, de modo que solo tengamos media hora y la cuestión se corte sin debate y se silencie, renunciamos de antemano a la palabra y decimos: que decidan sobre nosotros y nos lleven a la horca como a un asesino condenado.

**Zinóviev.** Camaradas, todavía tenemos que tratar la cuestión sindical, la cuestión que el KAPD considera la principal. En esa cuestión los camaradas tendrán, naturalmente, la posibilidad de hablar. También en la cuestión de la táctica. Ahora se trata de saber si, en la situación que hemos tenido hasta ahora, un partido que no se somete a la disciplina ni quiere someterse puede seguir en la Internacional, y en qué condiciones. Esta es la única cuestión que el congreso tiene que discutir ahora. Los camaradas del KAPD han hablado sobre todas las cuestiones y hablarán todavía sobre otras. Solo se decide una cuestión: si el congreso debe plantear la exigencia de que el partido nos declare en el plazo de tres meses si es un partido como todos los demás o si es intocable, como decía la conocida resolución. Esta es la única cuestión que tenemos que resolver ahora. Me parece verdaderamente inaudito que los camaradas del KAPD se presenten con un ultimátum. La dirección del congreso ha sido completamente correcta. Ayer por la mañana se presentó la moción de tratar el informe junto con la cuestión italiana y la del KAPD, puesto que están relacionadas. Los camaradas del KAPD estaban en la sala y no dijeron una palabra. El congreso lo acordó ayer por unanimidad, y todo el mundo ve que también es lógico, porque estas cuestiones van juntas. Y los camaradas italianos, que en el fondo no están de acuerdo con nosotros, han comprendido que formalmente es correcto. Lo único que se puede hacer es que hable primero el orador del Ejecutivo y que los camaradas del KAPD tengan así la última palabra. Pero la cuestión que tenemos que resolver ahora es clara y sencilla: si la Internacional debe tolerar todavía en sus filas, después de un año de experiencias, a un partido que declara que es intocable. Esta cuestión podemos resolverla tranquilamente sin un debate prolijo, puesto que ya hemos oído a varios oradores del KAPD; por eso pido al congreso que acuerde lo que es objetivo y correcto, lo que se desprende de lo ocurrido en el congreso. Si los camaradas del KAPD renuncian a la palabra, harán de forma atenuada lo mismo que hizo Otto Rühle en 1920. *(Aprobación.)*

**Presidente Kolárov.** Creo que cerramos el debate sobre el procedimiento. *(Aprobación.)*

**Rádek.** ¡Camaradas! La moción del Ejecutivo viene a decir que el Partido Comunista Obrero, después de haber sido durante seis meses miembro simpatizante de la Internacional Comunista, tendrá que decidir ahora, en un plazo concreto de dos a tres meses, si se somete a la resolución de la Internacional Comunista y si quiere llegar así, sobre la base de esa resolución, a unificarse con el VKPD. El punto de vista del Ejecutivo exige hacer algunas constataciones sobre la historia de las relaciones entre la Internacional Comunista y el KAPD. Entre el KAPD y la Internacional Comunista existieron, desde el primer día de la fundación del KAPD, las mismas divergencias que existen hoy. El KAPD no se situaba en el terreno del movimiento de masas, sino en el de la formación de pequeños partidos comunistas puros. En la cuestión sindical sostenía que no debemos conquistar los sindicatos desde dentro, mediante la lucha de los comunistas en los sindicatos, para convertirlos de instrumentos de la «paz civil»[^178] y de la «comunidad de trabajo» en instrumentos de la lucha de clases, sino que los comunistas deben apartarse de la gran masa de los obreros en lucha, y que hacen falta organizaciones especiales que agrupen de antemano solo a los obreros que se sitúan en el terreno de la dictadura proletaria. En la cuestión del parlamentarismo el KAPD también se oponía a la Internacional Comunista, para la cual este medio, como todos los demás, solo era un medio para sacudir a los obreros y organizarlos para la lucha revolucionaria. Así pues, aunque desde el congreso fundacional del KAPD estaba clara la oposición del KAPD a la Internacional Comunista, la Internacional Comunista intentó tender puentes hacia sí al KAPD, no por una política de amontonar a todo hijo de vecino, sino por la comprensión de que un punto de vista como el que sostenía el KAPD expresaría en todos los países errores del movimiento comunista revolucionario del proletariado. Allí donde nuevas capas revolucionarias despiertan y se lanzan a la arena de la lucha política, está claro que esas capas no siempre ni en todas partes pueden tener el sentido de la medida para las necesidades políticas. Y como aquí se trata de errores de proletarios revolucionarios, el Ejecutivo se dijo que había que hacer todo lo posible por ganar a esos proletarios para la Internacional. Y en el II Congreso de la Internacional Comunista el Ejecutivo pasó por encima de todos los obstáculos solo para dar a los delegados del KAPD la posibilidad de participar en el congreso, de comunicarle su concepción y de ver por su parte qué punto de vista adoptaba la gran y abrumadora mayoría de los proletarios comunistas de todos los países. El Ejecutivo llegó al extremo de querer dar a los representantes del KAPD mandato deliberativo, aunque estos le declararon de antemano que no se someterían a las resoluciones. Los delegados del KAPD prefirieron huir para no estar presentes aquí, en el congreso, según declararon, en la manifestación del congreso contra su política. Así justificó Rühle más tarde su ausencia del congreso.

Después del congreso se produjo en el KAPD cierta clarificación. El KAPD se separó de su ala nacionalbolchevique, Wolffheim y Laufenberg[^179]. Luego se separó también de Rühle. Y cuando el KAPD decidió enviar delegados a Moscú para entrevistarse con el Ejecutivo, el Ejecutivo, en contra del consejo y de la opinión del VKPD, decidió: sí, queremos intentarlo una vez más, queremos abrir una vez más a estos proletarios equivocados el camino hacia nosotros; y decidió admitir provisionalmente al KAPD en la Internacional Comunista como miembro simpatizante. Y al hacerlo el Ejecutivo dijo abiertamente a los representantes del KAP: pronto tendréis que elegir entre el camino de la fusión con el VKPD y hacia la Internacional Comunista o quedaros fuera de la Internacional Comunista. No hay una tercera vía. En cada país, teniendo en cuenta ciertos periodos de transición, solo puede existir una sección de la Internacional Comunista. En el momento en que lo admitió, el Ejecutivo obligó al KAPD a buscar con el VKPD un entendimiento fraternal sobre todas las cuestiones de acción y a apoyar al VKPD en todas sus acciones.

Camaradas de partido, tenemos tras nosotros medio año de evolución del KAPD. Debemos constatar que el KAPD no ha evolucionado en la dirección de la secta al partido de masas, sino, al contrario, en la dirección de una secta que se ha ido metiendo *cada vez más* en la aventura. El KAPD había combatido la táctica del Ejecutivo desde su fundación, pero solo en los últimos tiempos ha empezado a calificar en sus escritos oficiales la táctica del Ejecutivo de crimen contra el proletariado internacional. Así, por ejemplo, escribe Gorter:

«Si ahora se sigue aquí todavía la táctica rusa de la dictadura del partido y de los jefes, después de las funestas consecuencias que ya ha traído, eso ya no es solo estupidez, sino un crimen contra la revolución.»

El KAPD se aferró a la posición de estar por principio contra la formación de partidos comunistas de masas. En su folleto *Der Weg des Dr. Levi — der Weg der V.K.P.D.* dice en la página 26: «Las luchas de marzo han demostrado que ese partido de masas no existe en absoluto o, más exactamente, que no puede existir como partido comunista de masas». En su política internacional el KAPD ha llegado tan lejos que ahora está del brazo de toda la prensa menchevique contra la Internacional Comunista y contra la Rusia soviética. No me refiero solo a los artículos de la *KAZ* en los que se reprocha a la Internacional Comunista ser un instrumento de la política exterior del gobierno soviético. En el folleto de Gorter, editado por el KAPD, se toma incluso partido por Cronstadt: «Después de que el proletariado se ha alzado contra vosotros, el Partido Comunista, y de que en Petersburgo habéis tenido que declarar el estado de sitio también contra el proletariado (lo cual, como toda vuestra táctica, era necesario en vuestro caso), ¿no se os ha ocurrido todavía la idea de que sería mejor tener una dictadura de clase en vez de una dictadura de partido?»

Esto muestra con qué evolución funesta tenemos que vérnoslas. Estamos convencidos de que esta evolución no es la evolución de los obreros del KAPD, sino la de una pequeña camarilla de dirigentes. Sacamos esta convicción del hecho de que el KAPD intenta evitar en todas partes que sus obreros se encuentren con los obreros del VKPD en la lucha común. Os recuerdo que, cuando el VKPD intentó con su Carta Abierta a todas las organizaciones obreras establecer en Alemania un frente común, el KAPD rechazó por principio la lucha común. Recuerdo lo ocurrido en las últimas semanas en Hamburgo y en Berlín, donde los dirigentes del KAPD, después de haberse puesto de acuerdo con la Liga de Marineros[^180] y con el VKPD, se echaron atrás en el último momento para no confundir a las masas. Lo mismo ocurrió en Berlín.

Ante esta evolución, la Internacional Comunista tiene que poner a los obreros del KAPD ante la disyuntiva: o con un puñado de dirigentes confundidos, o con la Internacional Comunista; u obligar a esos dirigentes a incorporarse a las filas de la Internacional Comunista, o salir junto con ellos de la Internacional Comunista.

A esto se añaden otros hechos. En el KAPD se impone en los últimos tiempos una tendencia aventurera de la que no podemos asumir la responsabilidad, una tendencia que se inclina a actos de terror individual, que eleva la ilegalidad a principio y que, al amparo de ella, incita a los obreros a cosas que no tienen nada que ver con la política de la Internacional Comunista. De eso la Internacional Comunista no asumirá la responsabilidad. O el KAPD se somete en todo, también en la táctica, a las resoluciones del Ejecutivo, o no. Si lo hace, encontrará sobre la base de las resoluciones de la Internacional Comunista su camino hacia el VKPD y librará la lucha junto con él bajo la dirección general de los principios de la Internacional Comunista; o se le quitará la posibilidad de hacer su política bajo la bandera de un partido simpatizante de la Internacional Comunista.

¡Camaradas! Pedimos al congreso que apruebe por unanimidad nuestra moción. Estamos convencidos de que con ello no se apartará de nosotros ni un solo proletario que quiera luchar por las ideas del comunismo. Con su Acción de Marzo, por muchos errores que se hayan cometido en ella, el VKPD ha demostrado a las masas que es falso que el VKPD, como sección de la Internacional Comunista en Alemania, no quiera luchar. Ha demostrado su voluntad de lucha, y con ello ha hecho posible acoger en sus filas a los sectores más amplios de las masas proletarias impacientes, en primer lugar a los parados.

Si antes de la acción del VKPD aún podía existir el temor de que perdiéramos el contacto con las masas obreras impacientes, ahora ejemplos tomados de la vida demuestran a posteriori que eso ya no hay que temerlo. En Hamburgo, ahora, después de la derrota de marzo, el VKPD ha obtenido en las elecciones de los parados casi tantos votos como el USPD y el SPD juntos. *(Interrupción: ¡Más todavía!)* Esto demuestra, camaradas de partido, que en Alemania hemos logrado penetrar en todos los sectores del proletariado. Y si el KAPD no se encuadra, será el elemento perturbador. Lo que exigimos al KAPD es que se someta, que practique en las filas de la Internacional Comunista la disciplina que tenemos que exigir a derecha e izquierda. Hoy tendremos que decidir sobre el caso de Italia. Pondremos a los elementos italianos vacilantes ante la pregunta: ¿con quién queréis ir, con la Internacional Comunista o con los reformistas? Y al mismo tiempo ponemos a los obreros del KAPD ante la pregunta: ¿con quién queréis ir, con unas cuantas hojas mal escritas de una llamada escuela holandesa y el pequeño puñado que defiende esas ideas, o con los millones de proletarios que están detrás de la Internacional Comunista y que, como un ejército, ordenan las luchas comunes y libran la lucha contra el capitalismo?

Camaradas, no renunciamos a la ligera ni al más pequeño grupo de obreros con consciencia de clase, de obreros que quieren luchar. En este momento, en que no hay duda de cómo decidirá el congreso, proponemos al mismo tiempo que el Ejecutivo, en nombre del congreso, se dirija con una carta fraternal a los obreros que todavía siguen al KAPD y les explique esta resolución como lo que es: como el intento de encuadrarlos en el único ejército unido del proletariado que estamos formando. *(Vivos aplausos.)*

**Presidente Kolárov.** Tiene la palabra el representante del KAPD. *(Nadie la pide.)* Parece que los camaradas quieren darse el gusto de una pequeña manifestación contra el Ejecutivo. ¿Quiere alguna otra persona hacer uso de la palabra contra la decisión del Ejecutivo en la cuestión del KAP?

Tiene la palabra la camarada Roland-Holst.

**Roland-Holst**. ¡Camaradas! La minoría de la delegación holandesa ha aprobado la siguiente declaración, que voy a leer aquí: «La minoría de la delegación holandesa ve en la decisión del congreso de no querer ampliar a una hora el tiempo de intervención de los representantes del KAP una violencia moral, contra la que protesta enérgicamente». Firmado: Roland-Holst, I. Jansen, Varkel (delegado del PC de las Indias Neerlandesas).

¡Camaradas! No se me ocurrirá hablar aquí en un debate de fondo sobre la cuestión de mantener al KAPD en la Internacional Comunista como partido simpatizante. Hacerlo habría sido cosa de su representación. Pero no puedo dejar de expresar que se le ha impedido mediante una violencia moral. Es imposible separar la cuestión de la disciplina de las cuestiones de principio y de táctica en las que el KAPD ocupa una posición particular dentro de la Internacional Comunista, y es igualmente imposible que sus delegados agoten esta cuestión siquiera en una hora, y menos aún que puedan tratarla en media hora. Me parece que la moción del KAPD de tratar su asunto solo al final del congreso era perfectamente acertada, pues la posición del congreso respecto de sus concepciones podrá verse influida, naturalmente, por los argumentos que presenten en todos los puntos del orden del día que aún nos ocuparán. En esos puntos los camaradas del KAPD habrían podido encontrar la ocasión de exponer sus concepciones de forma bastante completa. Que no se les haya permitido hacerlo les ha puesto ya en una situación muy difícil. Se les ha recortado sistemáticamente el tiempo. Si se piensa en el tiempo de intervención que se concedió ayer a la camarada Clara Zetkin para exponer su propia posición en la cuestión italiana, solo cabe concluir que aquí se mide con dos varas distintas. Y no solo, lo añado, no solo hoy ni solo en este momento, sino que eso ya ha salido a la luz en diversas ocasiones, aunque en esta cuestión de modo flagrante. Estoy convencida de que al congreso y al Ejecutivo difícilmente se les ocurrirá limitar a media hora el tiempo de intervención de los representantes del partido italiano de Serrati. Lo que es justo para unos debería serlo para otros, y me es imposible fundamentar esta declaración solo en lo formal. Me siento obligada a entrar en pocas palabras en el fondo del asunto.

En las sesiones del Ejecutivo los camaradas dirigentes han declarado repetidamente que el peligro de la izquierda no es menor que el peligro de la derecha. Pues bien, nosotros, los que estamos a la izquierda, no podemos estar de acuerdo. Vemos el peligro de la derecha infinitamente mayor, infinitamente más amenazador que el peligro de la izquierda. Y con el desarrollo más lento de la revolución, con la vacilación, con la inseguridad de las grandes masas obreras en nuestros partidos y fuera de la Internacional Comunista, considero necesario para el desarrollo sano de la Internacional Comunista que se dé a la izquierda y a la extrema izquierda la oportunidad de desarrollarse. Camaradas, todavía no existe ninguna izquierda en la Internacional Comunista. Apenas se forman los primeros inicios claros. No hay ninguna decisión sobre las diversas cuestiones, los diversos puntos, el parlamentarismo, los sindicatos, la centralización excesiva, etc.; hay además otros puntos. Pero esa izquierda solo puede desarrollarse junto con las luchas de los partidos, junto con el desarrollo del comunismo, y si se corta a la extrema izquierda, y esta resolución ya es un comienzo de ese corte, si se le quita el terreno para un entendimiento, se debilita todo ese desarrollo; con ello, se quiera o no, se le refuerza la cerviz a la derecha. Por eso esta resolución, que se ha aprobado casi sin palabras, casi sin debate, puede tener, me temo, consecuencias muy graves y malas para la Internacional Comunista. Si se excluye al KAPD, en diversos países, en toda una serie de países, se formarán pequeños partidos. Queremos esos partidos dentro de la Internacional, aunque no quieran someterse enseguida a la disciplina. Habría que tener paciencia, confianza en el desarrollo revolucionario y confianza en los elementos que predominan en ese partido. Hay otros, hay también elementos menos buenos, pero los buenos son en todas partes caracteres iguales: son los que también son los grandes idealistas, los que quizá tienen demasiado a la vista la meta lejana y saben hacer demasiado poca política realista. Esa es precisamente el gran y difícil arte, la gran y difícil ciencia que queremos y debemos aprender: hacer una política realista y, sin embargo, revolucionaria. Para eso nos reunimos en el congreso, y eso es lo que queremos aprender en primer lugar de los camaradas rusos, también del camarada Trotski. Y por eso nos duele que el camarada Trotski trate ahora a esa extrema izquierda con mucha más dureza que a la derecha.

**Trotski.** Todavía no he tenido ocasión de hablar sobre la derecha. Espere usted, tenga paciencia.

**Roland-Holst.** Esperaré, esperaré con mucho gusto, pero me parece que en la manera en que los camaradas Lenin y Trotski tomaron posición en el Ejecutivo sobre los errores y las deficiencias del partido francés, y en la manera en que hablaron a los jóvenes camaradas franceses, el rumbo, a mi parecer, ya estaba orientado hacia la derecha. Quisiera decir además: si estos pequeños grupos de caracteres rudos, de luchadores de voluntad fuerte, de caracteres y cabezas a veces algo dogmáticos, pero que son muy buenos, como el camarada Gorter, que siempre tienen a la vista los grandes puntos de vista y a veces olvidan los asuntos del día, si estos pequeños partidos quedan fuera de la Internacional Comunista, su carácter sectario se agravará de nuevo, eso es indudable. Por eso he pedido al KAPD que se supere a sí mismo. No queremos violencia, queremos que se superen a sí mismos. Su escisión solo puede traer desgracias a la Internacional. Aunque quiera otra cosa, no hay otro camino. También ahí hay una férrea necesidad del desarrollo. Y por eso decimos al congreso entero: no podemos, no queremos prescindir de estos elementos, no queremos prescindir de este idealismo puro. Además de los muchos políticos buenos y excelentes que hay en la III Internacional, pero que también tienen sus puntos débiles, queremos tener también a camaradas cuyo olfato político quizá esté poco desarrollado, pero en los que la voluntad revolucionaria, la resolución revolucionaria y el idealismo revolucionario están muy marcados. Por eso la minoría de la delegación holandesa, por eso yo, considero funesta esta resolución. Espero, sin embargo, que los camaradas del KAPD participen regularmente en las siguientes deliberaciones, que sus concepciones sigan actuando en el congreso y que todavía sea posible, al final del congreso, revocar esta resolución funesta. *(Aplausos.)*

**Presidente Kolárov.** La lista de oradores está agotada. Declaro cerrado el debate sobre esta cuestión.

Sigue la cuestión italiana.

Tiene la palabra el camarada Lazzari, del Partido Socialista Italiano.

**Lazzari** (Partido Socialista Italiano). ¡Camaradas de todos los países! No es la primera vez que las relaciones de los socialistas italianos con la Internacional son de naturaleza tensa. Recuerdo (y aquí habrá igualmente camaradas que todavía lo recuerden) las disputas que tuvimos con la Internacional de Huysmans y de Vandervelde, a la que nosotros considerábamos, por así decirlo, como cosa de un «país pequeño» y como un factor al que no había que prestar especial atención.

Ahora nos encontramos aquí, ante los representantes de la III Internacional, en la poco agradable situación de que se nos considere representantes de traidores. Nosotros, que siempre nos hemos tomado todo el trabajo y no hemos escatimado esfuerzos para cumplir con nuestro deber nacional e internacional, nunca nos hemos dejado guiar por intereses personales y siempre hemos pensado solo en el movimiento que representamos. Desde los tiempos de Judas, traidores han sido siempre los que solo tenían a la vista su propio interés. Hemos servido siempre a nuestra causa con desinterés y abnegación, y por eso lamentamos tener que comparecer hoy aquí moralmente rebajados, rebajados de diversas maneras, por ejemplo con un artículo aparecido en el periódico *Moskau*[^181] y firmado por un italiano, por Gennari. En ese artículo se dice en términos despectivos que solo mi actitud en la cuestión Turati habla en mi favor, y se pasa por alto por completo que durante 40 años he librado una lucha encarnizada contra la burguesía italiana, una lucha en la que lo he sacrificado todo: mi familia, mi salud, en una palabra, todo. Dice además que ante la gran guerra seguí una política ambigua. Recuerdo tanto al autor de ese artículo como a ustedes que por mi política fui detenido y condenado, mientras que al primero no le ocurrió nada semejante a pesar de su política tan perfecta.

Presentamos en una declaración escrita las razones del mandato que debemos ejercer aquí; son razones objetivas y positivas que todos deben reconocer. Hemos tenido la mala suerte de llegar tarde, y quisiera señalar que la culpa no ha sido nuestra. Todos ustedes conocen los grandes obstáculos que se oponen a la libertad de viajar, así como la situación en que nos encontrábamos. Este retraso nos impidió oír el informe del camarada Zinóviev. Como esperé en vano el texto francés, tuve que servirme del inglés, y por él he visto que el informe se ocupaba largo y tendido del Partido Socialista Italiano. Con amarga satisfacción esperamos ver todavía que los camaradas de la Internacional respeten y reconozcan más el movimiento italiano.

Hemos visto con gusto que la oficina de información del camarada Zinóviev ha reunido todos los documentos relativos a la situación en que se encuentra el movimiento italiano. Le damos las gracias por haber reunido de manera tan objetiva todos los documentos que le parecieron interesantes. Echo en falta, sin embargo, algunos en esa colección, porque al partir no podíamos prever qué material sería lo bastante interesante para presentarlo al congreso. Por lo demás, nosotros, los italianos, hacemos muy poco uso de documentos escritos, porque estamos acostumbrados a actuar contra la burguesía con hechos. Observo, sin embargo, que Zinóviev ha utilizado mal algunas cosas, por ejemplo cuando, en el apéndice de ese volumen, atribuye al Partido Socialista Italiano lamentables escritos personales que ninguna organización del partido apoyó ni defendió y que, por lo demás, no ejercieron influencia alguna en la conducta política de nuestro partido. El representante de los comunistas italianos ha venido aquí a asegurar que los comunistas, con ocasión del congreso de Livorno, todavía no querían la escisión. Pero ha olvidado mencionar que la fracción comunista había decidido en Imola salir del partido si no obtenía la mayoría. E igualmente ha olvidado mencionar que fueron los representantes de Turín, obreros y comunistas ellos mismos, quienes, al plantearse la cuestión del fracaso de la ocupación de las fábricas, comprendieron la imposibilidad de continuar la lucha y la ocupación. La declaración que presentamos incluye las razones que nos hacen pensar que tenemos derecho a ser admitidos en la Internacional. Nuestra adhesión fue anterior a la de cualquier otro país. Cuando, a comienzos de 1919, recibí de un camarada que había venido de Rusia a Italia (fue detenido y logramos liberarlo) el primer manifiesto y el primer llamamiento de la Internacional Comunista, que traía en los zapatos, nosotros, el Partido Socialista Italiano, declaramos enseguida nuestra adhesión incondicional, porque desde el comienzo de la revolución rusa nos animaba un sentimiento de admiración y de sincera gratitud y sentíamos algo así como envidia ante los heroicos esfuerzos por dar a Rusia un régimen de trabajo y de libertad. Hemos mantenido siempre nuestra adhesión, porque necesitamos urgentemente relaciones internacionales, no solo en vista de nuestras aspiraciones ideales, sino también porque somos la mayor nación de emigrantes y es urgentemente necesario que los obreros italianos encuentren en todas las naciones del mundo una acogida solidaria y fraternal. De acuerdo con estas aspiraciones, tanto en tiempo de guerra como en tiempo de paz no hemos escatimado esfuerzos en el cumplimiento de nuestro deber; hemos empleado todos los medios a nuestro alcance para desplegar, incluso durante la guerra, la bandera de la Internacional, como se hizo en Zimmerwald y en Kienthal (el camarada Lenin lo sabe muy bien), y no necesitamos más que repetir lo que dijimos entonces: socialistas italianos, no podemos prometer grandes hazañas, pero prometemos una cosa: cumplir siempre con nuestro deber. Es irritante, cuando uno se sabe animado por tales sentimientos, cuando en un país tan pobre e ignorante ha creado un movimiento que obliga incluso a la burguesía a contar con él como con un factor serio, y que ha logrado llamar a las clases trabajadoras de Italia, campesinos y obreros, y agruparlas en una fuerza considerable. Sí, entonces es verdaderamente irritante verse tratado aquí como traidor.

Por esta razón, aparte de los errores y debilidades de nuestro movimiento, siempre hemos procurado celosamente conservar la unidad política de la acción, una unidad de clase cuyos intereses queremos defender de un extremo a otro de Italia frente a la cohesión de clase de la burguesía. Mientras nuestro ardiente deseo era aportar a la III Internacional no una formación débil, sino una formación poderosa, la escisión de los comunistas nos ha debilitado. Nos quejamos de que en Livorno fue precisamente la III Internacional la que forzó la escisión. Y aquí estamos, pues, en presencia de camaradas que nos tratan con tanta crueldad. No tenemos la intención de responder a reproches injustos con otros semejantes. Es cierto que hemos usado palabras amargas con nuestros adversarios, pero esperamos, a pesar de todo, que la respuesta que den ustedes a nuestra solicitud de adhesión contenga una propuesta que yo pueda transmitir también a los camaradas franceses. Y lo mismo a los camaradas alemanes e ingleses, que nos conocen y a los que también se alude con ello, es decir, con las palabras que empleó el camarada Frossard: «Ni subordinación completa ni independencia absoluta». Tal es la fórmula (flexible y sabiamente redactada: camarada Loriot, fíjese en la abundancia de adjetivos añadidos) que nuestros delegados se proponen presentar a la Internacional Comunista. Estos se guiarán por ella en el curso del debate que, con ocasión de la cuestión alemana y de la italiana, no dejará de producirse. Esperamos que, al examinar nuestra declaración escrita, se acuerden de estas propuestas, en lugar de pronunciar nuestra condena, como les piden los comunistas italianos, hoy adversarios y competidores nuestros. Hemos declarado, además, que estamos dispuestos en todo momento a aceptar la decisión del congreso internacional. Nuestra condena sería, desde luego, una injusticia, pero no nos impediría cumplir en la medida de nuestros medios nuestros deberes internacionales y seguir defendiendo, como ya lo hemos hecho y lo seguiremos haciendo, el buen nombre, la libertad y la dignidad de la República Socialista Rusa. Todavía en estos últimos tiempos hemos defendido en Roma la posición y los intereses de su misión. Hemos mantenido relaciones con su jefe, el camarada Vorovski[^182], y hemos logrado reparar el recibimiento hostil que le dispensaron los círculos nacionalistas y burgueses. Nos alegra saber que de este modo podemos contribuir a apoyar y defender los heroicos esfuerzos de los gobiernos revolucionarios de Rusia. En cuanto a vosotros, camaradas franceses, que siempre os habéis mostrado bien informados en la cuestión que nos atañe, os recordamos que siempre tuvimos presente la honradez de nuestro movimiento, incluso cuando camaradas franceses que ahora son buenos amigos de la III Internacional vinieron a Roma y nos trataron allí como gente que se había «vendido al káiser». Más tarde tuve ocasión de reivindicar para nosotros esa honradez de nuestro movimiento en un discurso que pronuncié en el Palais Bourbon ante el grupo parlamentario francés, en presencia de los ministros Sembat, Thomas y Guesde[^183], que daban puñetazos en la mesa. Ha llegado el momento de demostrar que ustedes valoran correctamente la situación en que nos encontramos en nuestro país y en la organización internacional.

Sé que en este debate sobre el informe de Zinóviev estamos en franca minoría, que no se nos reconoce como sección de la Internacional, que no tenemos derecho de voto y que no tenemos ni derechos ni medios para influir en la decisión que haya de tomarse sobre el informe del Comité Ejecutivo. Si el congreso deseara adoptar una resolución sobre la cuestión italiana, nos agradaría poder discutirla todavía y contribuir a su elaboración. Aunque hemos venido aquí cargados con el oprobio de la inferioridad moral que nos ha acarreado la escisión que ustedes mismos provocaron en nuestro partido, hoy nos siguen animando los mismos sentimientos de solidaridad y fraternidad, aunque estemos rodeados de adversarios que a veces llegan incluso a convertirse en enemigos nuestros. Pero solo el amor que sentimos por la unidad del movimiento en Italia nos hace esperar que ustedes vengan a nuestro encuentro y nos acojan como hermanos. Sabemos que nuestro movimiento presenta gran número de debilidades, que, sin embargo, no nos impiden perfeccionar nuestra organización y nuestra actividad, aunque ustedes no estimulen nuestros esfuerzos, aunque no nos pongan en las manos los medios para llevar a cabo todas las depuraciones necesarias. Esperamos que nos den la sólida base política que nos permita poner a los reformistas de nuestro partido ante la alternativa de definirse, y hacerlo de un modo que excluya toda idea de que se trata de cuestiones personales.

Pero al elaborar su resolución no deben considerar nuestro partido como un conjunto de grupos que se agrupan en torno a personalidades, en torno a Turati y a Serrati, porque las personalidades ya no tienen importancia alguna en nuestro partido en cuanto dejan de representar las necesidades de la organización y de la masa. Dejan entonces de tener importancia alguna, y no estamos aquí para defender a uno u otro grupo, sino los derechos de un movimiento entero e impersonal, que representamos frente a la burguesía italiana. Comprendemos perfectamente que para su Comité Ejecutivo exista la necesidad urgente de impulsar lo más rápidamente posible la formación completa y sólida de fuerzas revolucionarias, muy especialmente en nuestro país. No nos negamos a extirpar a nuestros reformistas, pero es necesario que nos dejen la competencia y la responsabilidad de elegir el momento oportuno para ello y de mantener a las masas bajo la influencia de la política del partido.

Camarada Lenin, comprendemos que en los distintos periodos del movimiento revolucionario hay que tomar medidas distintas. Actualmente estamos en Italia en el periodo preparatorio. Pero cuando estemos en el periodo de acción de la revolución, puede usted estar seguro de que no vacilaremos en tomar todas las medidas necesarias para asegurar la dictadura de la clase proletaria italiana.

Solo a ustedes, camaradas del congreso, que necesitan formarse una idea suficientemente clara de la cuestión italiana, les recomendamos la lectura y el examen del documento que encontrarán en la página 135 del libro publicado que nos concierne. Es el manifiesto que la dirección del partido publicó tras la escisión del congreso de Livorno. Encontrarán en él resumidos también los méritos de nuestro movimiento. Encontrarán en él señaladas también las formas y el espíritu que nos hemos esforzado por infundir a nuestro movimiento durante la situación desfavorable en que nos había puesto la conducta de los comunistas de nuestro país. Ciertamente nos consideramos demasiado debilitados para continuar con éxito la política revolucionaria que siempre hemos defendido hasta ahora. Pero estamos seguros de que el partido y la masa de las organizaciones económicas no seguirán las ilusiones de una política reformista y se negarán siempre a admitir la colaboración y la participación que siempre hemos combatido. Por último, quisiera mencionar que, sea cual sea la resolución que ustedes tomen sobre nuestra solicitud de admisión en la III Internacional, en ningún caso provocará un cambio en nuestra conducta. En la vida no hemos tenido nunca otra satisfacción que la de haber cumplido los deberes que nos imponía nuestra conciencia. Lo haremos siempre, y consideraremos un honor y un deber defender la política capaz de asegurar al gobierno de la revolución rusa la posibilidad de dar, con su grandioso ejemplo, un rayo de luz inolvidable a los proletarios del mundo entero. Estamos seguros de que llegará el día en que ustedes reconocerán, como ya dijimos en nuestra declaración escrita, que el Partido Socialista Italiano ha trabajado por la revolución y no por la contrarrevolución.

Acabo de leer las tesis sobre la táctica que el Ejecutivo propone al congreso. Es un don precioso, del que nos serviremos para definir mejor la política de nuestro movimiento y para mantener igualmente alejadas las fantasías anarquistas y las ilusiones reformistas. Esperamos que la experiencia demuestre que los frutos de este congreso no se perderán del todo para los italianos. Comprenderán ustedes que, aun asumiendo toda la responsabilidad de aplicar las resoluciones que ustedes adopten, no podemos dejar de lado el deber de ahorrar a los proletarios italianos, en la medida en que sea de algún modo posible, los horrores de las derrotas que muestra la historia de los proletarios de Alemania, Finlandia y Hungría. De este modo nos esforzamos por servir a la causa de la revolución mundial y por preparar seriamente la emancipación del trabajo en nuestro país.

**Gennari** (Partido Comunista de Italia). En la invitación dirigida a los representantes del Partido Socialista Italiano al congreso de la III Internacional, el Comité Ejecutivo habría debido poner dos condiciones. Primera, que la delegación tuviera competencia suficiente y no pudiera intentar sustraerse a la respuesta a las preguntas que precisamente se le planteaban alegando poderes insuficientes; y segunda, que en la delegación participaran no solo representantes del Comité Central, sino también elementos cercanos a las masas.

La delegación habría debido decir claramente si consideraba posible que asistieran a las sesiones de la III Internacional personas que estuvieron presentes en la conocida reunión de Reggio Emilia[^184].

Y ahora ha llegado la delegación, Lazzari ha hablado y tenemos que repetir las mismas preguntas.

Mi tarea consiste en establecer, apoyándome en documentos, la solidez inquebrantable de las afirmaciones de los comunistas italianos que Lazzari ha intentado quebrantar.

¡Para ello no necesito emplear artificios oratorios ni exclamaciones sentimentales!

Afirmo ante todo que el Partido Socialista Italiano tiene entre sus miembros socialpatriotas declarados, no mucho mejores que un Thomas o un Scheidemann. Se nos asegura que los oportunistas italianos estuvieron siempre contra la guerra. No es cierto. Puedo remitir a los artículos de Ciccotti y de otros. También la consigna del partido, «no favorecer la guerra, pero tampoco sabotearla»[^185], daba ciertas posibilidades de hacer gala de socialpatriotismo.

Solo los maximalistas, entre los que yo también trabajaba, llevaron al partido por el camino recto.

En aquel tiempo el propio Lazzari, junto con Serrati, nos llamaba los «locos de Florencia». Serrati miente cuando afirma que en el Partido Comunista de Italia no hay viejos luchadores.

En el tiempo en que librábamos la lucha más dura contra la guerra, gente como Bellini y Solia publicaba manifiestos de fuerte tinte patriótico. Todo el mundo conoce también las insignes hazañas patrióticas del miembro del partido, el abogado Mazzoni.

Turati se mantenía reservado, pero su reserva cedió cuando la catástrofe alcanzó al ejército italiano en Caporetto[^186]. Tanto Turati como el dirigente de la Confederación del Trabajo, Rigola[^187], se expresaron entonces en un tono inaudito. En los artículos de Turati y Treves se dice: «¡La patria está en peligro! Solo ahora, cuando el vencedor exultante y bárbaro ha penetrado en nuestra patria, sabemos que nuestra propia patria no es lo mismo que otra patria. Nosotros, marxistas, somos también realistas en la vida de los sentimientos. No podemos ignorar un hecho existente, el amor a la patria. No vamos de los hombres a Italia, sino de Italia a la humanidad. Por amor a la patria y por deber, tenemos que romper las cadenas de las pequeñas formalidades con que se ha atado el partido».

En el mismo sentido iba también el boletín difundido por la Confederación del Trabajo. El ayuntamiento socialista de Milán se pronunció en el mismo sentido. Esta línea torcida por el patriotismo asustó a Serrati, y para enderezarla nos llamó a nosotros, los maximalistas: a mí, a Bordiga y a otros. En el proceso contra Lazzari, el fiscal citó a Turati como ejemplo del loable patriotismo de los socialistas sensatos.

Vienen luego los acontecimientos relacionados con los combates del monte Grappa. Un nuevo estallido de patriotismo en Turati.

Después de su discurso en el parlamento, todos querían abrazarlo y besarlo: los elementos más oscuros de la Cámara y el socialpatriota expulsado del partido Leonida Bissolati[^188].

El grupo parlamentario es plenamente solidario con Turati. La consecuencia es que el Comité Central, en sesión extraordinaria, expresa su más enérgica reprobación a Turati y a todo el grupo parlamentario.

El proletariado ve con espanto que a Turati lo besan en el parlamento al mismo tiempo que a otros socialistas se los mete en la cárcel.

El Comité Central amenaza con expulsar a Turati, a Belori y a otros. Pero Turati no hizo caso del Comité Central. Apenas abre la Cámara sus sesiones, Turati pronuncia otro discurso en el que observa irónicamente: «Después de mi discurso en la Cámara, en el que sonó la voz de la naturaleza y del amor, vinieron a verme los sacerdotes del templo con sus palabras y reglas anticuadas y quisieron enredarme de nuevo». ¡Y, sin embargo, Turati no ha sido expulsado del partido! Lazzari afirma que los socialistas nunca votaron los créditos de guerra. ¡Desde luego! El estado de ánimo del proletariado hacía peligrosa semejante actuación, pero Mazzoni, Zibordi, Belori y Sorio publicaron, en unión y armonía con el obispo, un llamamiento al proletariado en el que lo exhortaban a emplear todos sus ahorros en suscribir el empréstito patriótico, señalando entre otras cosas las ventajas comerciales de semejante moral patriótica. ¿No es más honrado votar abierta e inequívocamente en la Cámara los créditos de guerra?

Afirmo además que en el partido hay muchos pacifistas. Es cierto que el propio Lazzari se pronunció con dureza contra Wilson, pero el alcalde de Milán, Caldara, y toda una serie de otros elogiaban el wilsonismo. En el congreso de Roma[^189] (tú no estabas allí, amigo Lazzari, porque entonces estabas en la cárcel), Turati pronunció un discurso que era su credo. Declaró que no se deben confundir las guerras defensivas con las ofensivas. Que una guerra iniciada para proteger a un país pequeño y agraviado es moral. Reprochó a los internacionalistas tendencias disgregadoras, llamó a todas las clases a la solidaridad nacional y demostró que esta interesaba sobre todo al proletariado, que de otro modo sería aplastado por el capital propio y, por si fuera poco, por el extranjero.

Lazzari afirma que los socialistas italianos nunca quisieron colaborar con la burguesía. ¡Desde luego! El estado de ánimo del proletariado hacía imposible semejante intento abierto. Pero los reformistas esperaban una ocasión. Y parece que precisamente ahora se presenta. Ya en 1918 Turati y algunos otros entraron en la llamada «comisión estatal para la posguerra». El Comité Central ordenó a Turati que la abandonara, pero Turati no atendió esa exigencia.

Afirmo además que en el partido predominan tendencias socialdemócratas declaradas. Su principal representante es Modigliani. ¿No fue él quien afirmó que la burguesía aceptaría de buen grado un gabinete de coalición semisocialdemócrata con tal de no dejar que surgiera el comunismo?

Afirmo que en el partido hay tendencias directamente contrarrevolucionarias. En el congreso de Bolonia, Turati habló de Rusia de tal manera que el ruido y los silbidos de todo el auditorio interrumpieron su discurso. En los debates sobre la reconstrucción de Italia, Turati habló de su esperanza de que el partido dejara por fin las cuestiones absurdas de la conquista del poder por la violencia y escuchara la voz que lo llamaba a participar orgánicamente en el poder junto con la burguesía.

Desde entonces Serrati y sus amigos empiezan a calumniar a Rusia.

En el Partido Socialista Italiano hay enemigos directos de la III Internacional. Lazzari está orgulloso de que el partido se adhiriera a la III Internacional al primer llamamiento. Pero le recuerdo que él mismo, con el camarada Bacci, se pronunció en contra, porque lo consideraban un paso prematuro.

¿Y qué decir de Turati? ¿No publicó artículos de Mártov y Sujomlínov contra la Rusia revolucionaria? Suyas son estas líneas: «Dentro de pocos años la leyenda de la revolución rusa estará olvidada. La fuerza de los bolcheviques rusos reside en su peculiar nacionalismo, que tiene importancia como contrapeso del imperialismo burgués de la Entente, pero que a su vez es también una especie de imperialismo. El bolchevismo se halla ante un dilema: morir o transformarse, y por eso ahora se agarra a nosotros. Crea la III Internacional para prolongar su agonía. Pero no seremos instrumento del imperialismo oriental. ¡Nos uniremos a una Internacional civilizada!»

Turati ha editado el libro de Bauer *Diktatur und Demokratie*, con un prólogo en el que se muestra plenamente de acuerdo con el autor. Elogia la Internacional Dos y Media y afirma que en ella reina el mismo espíritu que en el Partido Socialista Italiano.

Los reformistas siempre comprendieron, y tampoco lo ocultaban, que no podían estar en un mismo partido con los comunistas.

Turati declaró que entre estas dos tendencias la diferencia no está en los detalles, sino en los principios, en la concepción del mundo que está en su base.

¿Por qué quieren, pues, los reformistas quedarse en el partido a toda costa? Un oportunista franco e ingenuo lo explicó con toda claridad. A saber: en primer lugar, dice, en el partido ejercemos la crítica y llevamos a él el espíritu de la moderación, que actúa de forma apreciable sobre el partido y de forma aún más apreciable sobre las masas que lo rodean. En segundo lugar, la separación del partido significaría abandonar el ejército que queremos dirigir y nos privaría de nuestro propio valor político.

Y después de esto Lazzari se permite afirmar que la ruptura fue artificial y que se produjo por orden de Moscú. ¡No! Llegó demasiado tarde. Habría debido llegar mucho antes. Todos estábamos convencidos de su necesidad y en Moscú recibimos la confirmación.

¡Unidad! ¡Pero para nosotros solo importa la unidad de los revolucionarios! ¿Es acaso unidad tolerar enemigos en las propias filas? Y por esa unidad Serrati ha separado del partido a todos los comunistas.

La ruptura tuvo como consecuencia un giro a la derecha del Partido Socialista Italiano. El partido no muestra absolutamente ninguna resolución en la lucha contra los ataques de los fascistas.

Ha llegado al punto de citar en el *Avanti!* las palabras de Cristo sobre los golpes en la mejilla derecha y en la izquierda.

Hace poco ha salido el manifiesto electoral del partido. Turati está muy contento con él. Escribe que en la primera parte hay, es cierto, restos de fraseología revolucionaria, pero que la segunda está tomada por completo de sus obras, y añade: «Lo único estúpido es atenerse a la fantástica III Internacional».

¡Y por gente así, amigo Lazzari, os habéis separado de nosotros! Y, sin embargo, hay que echar a esa gente de entre nosotros, precisamente por las razones por las que quiere quedarse entre nosotros. Una vez echados, se quedarán como oficiales sin ejército y perderán por fuerza su importancia política.

La delegación del Partido Comunista de Italia exige la exclusión del Partido Socialista Italiano de la III Internacional, el comienzo de una lucha seria contra él y la publicación de un manifiesto con la crítica más dura de su orientación. Exige que la III Internacional llame al proletariado italiano a abandonar las filas del Partido Socialista Italiano para agruparse bajo la bandera del Partido Comunista. *(Aplausos tempestuosos.)*

**Lenin.** ¡Camaradas! Quiero responder especialmente al camarada Lazzari. En su discurso ha dicho: ¡traed hechos, no palabras! Pues bien, cuando examinamos esa tendencia reformista y oportunista en Italia, el desarrollo de esa tendencia, ¿son solo palabras, no son hechos? Y no solo en vuestros discursos, sino en toda vuestra política olvidáis el grave hecho del movimiento obrero socialista de Italia de que esa tendencia, y no solo la tendencia, sino también ese grupo reformista y oportunista, existe desde hace mucho tiempo. Recuerdo muy bien la época en que Bernstein empezó su propaganda oportunista, que terminó en el socialpatriotismo, en la traición y en la bancarrota de la II Internacional. Ya desde entonces conocemos a Turati, y no solo su nombre, sino también su propaganda en el partido italiano y en el movimiento obrero de Italia. Desde entonces (hace unos veinte años) ha sido el desorganizador del movimiento obrero socialista de Italia. No me es posible estudiar a fondo los expedientes relativos al partido italiano porque me falta tiempo; me parece que el documento más importante es la crónica de un periódico burgués italiano (ya no recuerdo si era *La Stampa* o el *Corriere della Sera*), la crónica de ese periódico sobre la conferencia de Turati y sus amigos en Reggio Emilia. La he comparado con lo que se publicó en el *Avanti!* ¿No es prueba suficiente todo esto? Después del II Congreso de la Internacional Comunista, cuando discutimos aquí con Serrati y sus amigos sobre la situación en Italia, les dijimos abierta y claramente cuál era, según nuestra convicción, la situación. Les dijimos que el partido italiano no puede ser comunista mientras tolere todavía en sus filas a gente como Turati. ¿Son estos hechos políticos o son solo palabras? Después del II Congreso de la Internacional Comunista, cuando declaramos abiertamente al proletariado italiano: no entréis en la unión de los reformistas con Turati, y cuando Serrati empezó a publicar en la prensa italiana artículos contra la Internacional Comunista y convocó una conferencia especial de los reformistas, ¿eran también solo palabras? Eso era incluso más que una acción escisionista, era la formación de un nuevo partido. Habría que estar ciego para no verlo. Este documento es decisivo para resolver esta cuestión. Los que participaron con Serrati en la conferencia de Reggio Emilia deben ser expulsados del partido, porque son mencheviques; no mencheviques rusos, pero sí mencheviques italianos. Y Lazzari ha dicho: «Conocemos la psicología del pueblo italiano»; yo no afirmaría lo mismo hablando del pueblo ruso, pero eso no tiene importancia. Los socialistas italianos conocen bien la mentalidad del pueblo italiano, ha dicho Lazzari. Quizá; no quiero discutirlo. Pero no conocen el menchevismo italiano, si hay que dar peso a los hechos y si se obstinan en no extirparlo. Tenemos que decir: es triste, pero es necesario confirmar la resolución de nuestro Comité Ejecutivo. El partido que tolera en sus filas a oportunistas y reformistas como Turati no puede pertenecer a la Internacional Comunista.

El camarada Lazzari dice: «¿Para qué cambiar el nombre del partido? El nombre actual basta». No podemos compartir esa opinión. Conocemos la historia de la II Internacional, la historia de su decadencia, de su ruina y de su bancarrota. ¿No conocemos la historia del partido alemán? ¿No conocemos la mayor desgracia del movimiento obrero de Alemania, que fue no consumar la ruptura ya antes de la guerra? Esa omisión ha costado la vida a 20.000 obreros, a los que los Scheidemann y los centristas entregaron al gobierno alemán con su polémica y sus acusaciones contra los comunistas alemanes. Y ahora, ¿no es el mismo cuadro el que tenemos ante nosotros en Italia? El partido italiano nunca ha sido un verdadero partido revolucionario. La mayor desgracia del partido italiano es no haber llevado a cabo ya antes de la guerra la escisión con los mencheviques y los reformistas y no haberlos expulsado del partido. El camarada Lazzari dice: «Nuestras opiniones están de acuerdo en que hay que llevar a cabo la separación de los reformistas; la única divergencia es que no considerábamos necesario llevarla a cabo en el congreso de Livorno». Pero los hechos están contra ellos. No es la primera vez que tratamos la cuestión del reformismo italiano. El año pasado discutimos de ello con Serrati y le dijimos: «Perdone usted, pero ¿por qué no ha de consumarse ahora la escisión en el partido italiano, por qué hay que aplazarla?». ¿Y qué respuesta nos dio Serrati? Ninguna. Y cuando Lazzari ha citado el artículo de Frossard en el que dice que hay que ser flexible y hábil, el camarada Lazzari creía quizá que eso era un argumento contra nosotros y a su favor. Creo que se equivoca. Es una prueba excelente a favor nuestro y en contra del camarada Lazzari. Cuando tenga que explicar a los obreros italianos su conducta y su defección, ¿qué dirán los obreros italianos? Si ustedes reconocen que nuestra táctica y nuestras tesis son flexibles y hábiles frente a las desviaciones y frente a los supuestos comunistas de izquierda, que ni siquiera son siempre comunistas, sino que caen en el anarquismo, ¿qué responderán a los obreros italianos?

¿Qué significan esos cuentos de Serrati y de su partido según los cuales los rusos no exigen otra cosa sino que se los imite? Exigimos lo contrario. No basta con saberse de memoria las resoluciones comunistas y repetir en todas las ocasiones frases revolucionarias. Eso no basta, y estamos de antemano en contra de los comunistas que se han aprendido de memoria la resolución. La primera condición para ser un verdadero comunista es romper con los oportunistas. Con los comunistas que suscriban eso hablaremos con plena libertad y toda franqueza, y tendremos el derecho y el valor de decirles: «No hagáis tonterías, sed hábiles y flexibles». Pero eso solo se lo diremos a los comunistas que hayan roto con el oportunismo, cosa que por vuestra parte aún no ha ocurrido. Y por eso tengo que responder una vez más: espero que el congreso confirme la resolución del Ejecutivo. El camarada Lazzari ha dicho: «Estamos en un periodo preparatorio». Es la pura verdad. Estáis en un periodo preparatorio. La primera etapa de esa preparación es la ruptura con los mencheviques. Es lo que nosotros hicimos en 1903 con los mencheviques, y de que el partido alemán no rompiera con los mencheviques sufre toda la clase obrera alemana durante el largo y penoso periodo de la historia de la revolución después de la guerra.

El camarada Lazzari dice que el partido italiano se encuentra en un periodo preparatorio. Lo reconozco plenamente. La primera etapa es romper con el reformismo definitivamente, en serio, sin ambigüedades ni subterfugios. Y entonces la masa estará con el comunismo. La segunda etapa no consistirá en repetir las consignas revolucionarias. Consistirá en adoptar nuestra resolución hábil y flexible, que siempre será hábil y flexible, y que dirá: «Hay que adaptar las directrices revolucionarias a las particularidades del país».

La revolución en Italia no seguirá el mismo curso que en Rusia. Llegará de otra manera. ¿De qué manera? Todavía no lo sabemos, y vosotros tampoco lo sabéis.

Los comunistas de Italia no siempre son suficientemente comunistas. Durante la ocupación de las fábricas en Italia, ¿se notó allí algo de comunismo? No, el comunismo todavía no existía en Italia; se puede hablar de algo de anarquismo, pero no de comunismo marxista. Hay que crearlo primero. Hay que inculcarlo a las masas mediante la experiencia, mediante la lucha revolucionaria. Y el primer paso de esta preparación es la ruptura definitiva con los mencheviques, que desde hace más de veinte años hacen de las suyas en Italia y colaboran con el gobierno burgués.

Es muy posible que Modigliani, al que tuve ocasión de observar un poco durante las conferencias de Zimmerwald y Kienthal, sea un político lo bastante hábil para no entrar en el gobierno burgués y conservar su posición en el centro del Partido Socialista, donde resulta cómoda y muy provechosa para la burguesía. Pero ya toda la mentalidad, toda la propaganda, toda la agitación del grupo de Turati y de sus amigos es una colaboración con la burguesía. ¿No lo demuestra plenamente el gran número de citas que se han aducido en el discurso de Gennari? ¿Qué es eso? ¿Son consignas? No, es el frente único que ya ha preparado Turati.

Por eso tengo que responder al camarada Lazzari: con discursos como los que usted ha pronunciado aquí, y como los que ha pronunciado aquí el camarada Serrati, no preparan ustedes la revolución, la desorganizan. *(Aplausos.)*

En Livorno ustedes tuvieron una gran mayoría. Tenían 98.000 votos, frente a 14.000 de los reformistas y 58.000 de los comunistas. Para el comienzo de un movimiento puramente comunista en un país como Italia, con sus tradiciones, sin preparación de la escisión, esta cifra significa para los comunistas un éxito muy grande. Es una gran victoria, una prueba palpable, un hecho que ilustra que el movimiento obrero en Italia se desarrollará más deprisa que nuestro movimiento en Rusia, porque, si conocen ustedes las cifras de nuestro movimiento, sabrán que en enero de 1917, después de la caída del zarismo, y en 1918, durante la época de la república burguesa, todavía éramos una minoría frente a los mencheviques. Así era después de quince años de lucha encarnizada y de escisiones; no desarrollamos ningún ala derecha, y eso no era tan sencillo como piensan ustedes cuando hablan de Rusia en tono indulgente. Es seguro que en Italia las cosas no se desarrollarán así, sino de un modo muy distinto.

Nosotros empezamos nuestro trabajo, después de quince años de lucha con los mencheviques y después del derrocamiento del zarismo, con un número mucho menor de partidarios. Ustedes tienen 58.000 obreros de sentimientos comunistas frente a 98.000 centristas unidos de actitud indecisa; es una prueba, un hecho que tiene que convencer necesariamente, a no ser que se quieran cerrar los ojos ante el movimiento de masas de los obreros italianos... No vendrá todo de golpe, pero eso demuestra ya que las masas obreras (no los viejos dirigentes, no los burócratas, los profesores, los periodistas, sino la clase verdaderamente explotada, la vanguardia de los explotados) están con nosotros. Y esto es la señal del mayor error que ustedes cometieron en Livorno. Es un hecho. Disponían de 98.000 votos, pero prefirieron ir con 14.000 reformistas contra 58.000 comunistas. Aunque esos comunistas no hubieran sido verdaderos comunistas, aunque solo hubieran sido partidarios de Bordiga (y esto último no es cierto, porque Bordiga, después del II Congreso, declaró con toda lealtad que rechaza todo anarquismo y todo antiparlamentarismo), ustedes tenían que ir con ellos. ¿Qué hicieron? Prefirieron la unión con 14.000 reformistas a la ruptura con 58.000 comunistas, y esa es la mejor y más clara prueba de que la política de Serrati es funesta en Italia. Nunca hemos querido que Serrati imitara en Italia la revolución rusa. Eso sería una necedad. Somos lo bastante hábiles y flexibles para no cometer esas tonterías. Pero Serrati ha demostrado que con su política en Italia no tiene razón. Quizá tenía que maniobrar. Es la expresión que repitió aquí con más frecuencia hace un año: «Sabemos maniobrar. No queremos imitar de modo servil. Eso sería idiota. Tendremos que maniobrar para llegar a la separación del oportunismo. Vosotros, los rusos, no sabéis eso. Nosotros, los italianos, lo sabemos mejor. Ya veremos». ¿Y qué hemos visto? Serrati ha maniobrado de manera espléndida. Ha roto con 58.000 comunistas. Y ahora vienen aquí los camaradas y dicen: «Si nos rechazáis, la masa se confundirá». No, camaradas, se equivocan ustedes; la masa obrera en Italia está confundida ahora, y será útil que les digamos: «Elegid, camaradas; elegid, obreros italianos, entre la Internacional Comunista, que nunca os exigirá que imitéis servilmente a los rusos, y los mencheviques, a los que conocemos desde hace veinte años y a los que nunca podremos tolerar como vecinos en una Internacional Comunista verdadera y revolucionaria». Esto es lo que diremos a los obreros italianos. El resultado no será dudoso. Las masas obreras irán con nosotros. *(Aplausos tempestuosos.)*

**Presidente Kolárov.** Se levanta la sesión. La próxima sesión se celebrará mañana a las 11 de la mañana: continuación del debate sobre la cuestión italiana. Se ruega puntualidad, para que la sesión pueda empezar a la hora fijada.

*(Se levanta la sesión a las 12 de la noche.)*

## Novena sesión, miércoles 29 de junio de 1921 (12.15 del mediodía)

*(Continuación del debate sobre la cuestión italiana: declaración de los delegados del Partido Socialista Italiano. Oradores: Maffi, Rakovski, Clara Zetkin, Trotski, Loriot, Lozovski. Resolución sobre el informe del Comité Ejecutivo. Oradores: Loriot, Sachs, Rádek, Heckert, Zinóviev, Rakovski, Roland-Holst, Malzahn, Neumann; Zinóviev: resumen final. Declaración de la delegación austriaca. Declaración de la delegación yugoslava. Declaración de los camaradas Malzahn y Neumann.)*

**Presidente Kolárov.** En el orden del día de la sesión de hoy figura la cuestión italiana. El presidium considera su deber hacer constar que se atendrá estrictamente al acuerdo sobre un tiempo de intervención de diez minutos. También los oradores deben acomodarse a esta disposición. Tiene la palabra el camarada Maffi[^190], del Partido Socialista Italiano. Pero antes se dará lectura a la declaración de la delegación del Partido Socialista Italiano.

*El camarada Humbert-Droz[^191] lee la siguiente declaración del Partido Socialista Italiano:*

Declaración de los delegados del Partido Socialista Italiano al III Congreso de la Internacional Comunista.

Conforme a los acuerdos del II Congreso Mundial, el Partido Socialista Italiano, que fue uno de los primeros en adherirse a la Internacional Comunista y que incluso figuró ya entre los fundadores de Zimmerwald y Kienthal, se reunió en enero de 1921 en Livorno para examinar las 21 condiciones de cuya aceptación depende el derecho a seguir siendo miembro de la III Internacional.

Esta asamblea aprobó por mayoría absoluta de votos la siguiente resolución:

El PSI decide reforzar su unidad, introducir una mayor homogeneidad en sus organizaciones y en su composición y alcanzar una centralización tan fuerte que cada miembro y cada organización del partido subordine sus actos al interés general y los oriente hacia el objetivo final; cualquier otro trabajo, como por ejemplo el de propaganda, deberá estar igualmente sometido a control.

Con este fin, la asamblea decide adoptar todas las medidas necesarias para que los objetivos políticos y el pensamiento político se extiendan también en los sindicatos por encima de los objetivos momentáneamente oportunistas o aparentemente sindicales, para lo cual los órganos centrales del movimiento económico-sindical deberán estar en todo caso subordinados al partido político.

La asamblea hace constar que es absolutamente indispensable preservar la unidad absoluta del partido para alcanzar más rápidamente la conquista del poder político. Para lograr este fin deben emplearse todos los medios, con la condición de que se mantengan dentro de los límites de una absoluta pureza de clase y de que concuerden con los objetivos de la revolución comunista, que exige que el trabajo político se complete con el de los sindicatos económicos. Por eso la organización legal o ilegal debe aprovechar todo lo que pueda ser útil para la educación de las masas y para su progreso, todo lo que pueda ser un medio para el éxito o contribuir a la creación de los órganos que ocuparán el lugar de los actuales.

Pasando al debate sobre la relación del PSI con la Internacional Comunista, el congreso confirma una vez más su primera decisión, libremente adoptada, de adherirse a esta agrupación internacional, y se somete con ello al mismo tiempo a las decisiones del último congreso de Moscú. En consecuencia, se declara que el PSI ha incorporado a su programa las 21 condiciones; la cláusula sobre la masonería queda suprimida. En cuanto a la aplicación de las 21 condiciones, debe dejarse al país al que se imponen, de acuerdo con la Internacional Comunista, tal como corresponde a los puntos 16 y 21 y al procedimiento aplicado con otros países.

Todo el que se somete a las condiciones de la III Internacional ha de hacerlo con la firme voluntad de llevarlas a la práctica. En lo que respecta al punto 17 de las condiciones impuestas, el congreso tiene que defenderse del reproche de haber mantenido una actitud poco enérgica durante la execrable guerra. El congreso propone además, apartándose de las condiciones, que el PSI conserve su nombre, al menos provisionalmente, porque a él van unidos muchos recuerdos gloriosos del movimiento obrero, sin hacer de ello, sin embargo, una condición esencial.

Después de que el Comité Ejecutivo declarara que con esta resolución el PSI se situaba fuera de la III Internacional, el congreso aprobó por unanimidad el siguiente acuerdo:

El XVII Congreso del PSI confirma una vez más los acuerdos por los que declaró su adhesión a la III Internacional, aceptando sin reserva alguna los métodos indispensables, y protesta contra la declaración del representante de la Internacional Comunista que proclama la expulsión del PSI de la III Internacional. Esta solo puede fundarse en divergencias sobre la actividad del Partido Italiano, y estas solo pueden eliminarse con una franqueza fraternal.

El PSI se declara de nuevo a favor de la III Internacional y se somete al juicio del próximo congreso internacional, que aclarará las divergencias; el PSI se declara dispuesto a someterse desde ahora a los acuerdos de esta instancia suprema.

En virtud del artículo 9 de los estatutos de la Internacional, los delegados exponen al III Congreso las razones por las que la mayoría del Congreso de Livorno aprobó los acuerdos citados.

1. Puesto que la asamblea del PSI aceptó íntegramente los 21 puntos, la disciplina internacional no ha sido violada. La resolución dice que los 21 puntos se aceptan plena y totalmente.

La asamblea del PSI solo planteó al Ejecutivo tres cuestiones y le pidió que las sometiera a debate; se trata de la expulsión de los reformistas, que es lo que nos da derecho a llamarnos comunistas.

2. En cuanto a la expulsión de los reformistas, la asamblea de Livorno no admitió excepción alguna. El PSI puede invocar en este caso sus tradiciones, que son más antiguas que las de la Internacional Comunista. En 1912 fueron expulsados del partido los reformistas Bissolati, Bonomi, Cabrini, Podrecca y otros, por haber faltado a la disciplina y a la táctica del PSI[^192]. En 1914 se decidió expulsar a los masones, al demostrarse que empujaban al partido a aliarse con el bloque de izquierdas. En 1915 ocurrió lo mismo con los partidarios de la guerra. La mayoría del partido sabía muy bien que muchos elementos, pese a sus promesas de someterse incondicionalmente a la disciplina del partido, seguían practicando una política de compromiso. Esto es, desde luego, un perjuicio para el partido y un peligro para su futuro. Es absolutamente necesario acabar con ese peligro. Pero hay que elegir bien el momento para esta peligrosa operación. Solo en este punto surgió una divergencia en la conferencia del PSI. Un grupo de camaradas que se llamaban «comunistas puros» sostuvo en la conferencia de Livorno que había que expulsar a los elementos reformistas. La mayoría, en cambio, opinaba que aún no había llegado el momento oportuno y que, sobre todo, las masas trabajadoras no estaban preparadas para una expulsión tan repentina.

Este modo de ver la situación puede suscitar debate, pero no puede considerarse una falta de disciplina. Las dificultades con que tropezó la convocatoria de la primera conferencia nos mostraron claramente que la expulsión de los elementos reformistas y centristas es absolutamente indispensable cuando se alcanza una determinada fase de la lucha; y esta solo puede establecerse tras una observación precisa de las circunstancias. Del mismo modo, el I Congreso de la Internacional Comunista decidió, en una de sus tesis sobre la política que debía seguirse respecto de los movimientos socialistas de los distintos países, que la separación orgánica era una necesidad histórica y que correspondía a los comunistas de cada país determinar, según el grado de desarrollo alcanzado por el país en cuestión, el momento en que debía consumarse la ruptura.

Este punto de vista de la táctica comunista fue confirmado por el II Congreso, puesto que el punto 16 de las condiciones impuestas dice que deben tenerse en cuenta las distintas condiciones en que cada partido ha de trabajar y luchar.

El PSI cree que el hecho de que la ruptura no se consumara de inmediato respondió únicamente al interés del proletariado italiano. El partido y las masas obreras seguían bajo la impresión de los acontecimientos de septiembre, cuando la ocupación de las fábricas se emprendió con la plena aprobación de todos los órganos del partido. Si no trabajamos por la insurrección no fue porque las opiniones sobre ella estuvieran quizá divididas, sino porque no teníamos las fuerzas militares necesarias para pasar a la ofensiva contra las fuerzas de policía y del ejército movilizadas por el gobierno.

El Consejo Nacional de la Confederación General del Trabajo había decidido en este sentido, y esta opinión la sostuvieron también varios delegados de Turín, la ciudad que, desde el punto de vista técnico, parecía mejor preparada para la lucha.

La dirección del partido, cuya mayoría estaba formada por hombres que lógicamente habrían debido figurar en las filas de los «comunistas puros», se reveló indecisa y nada preparada para la lucha, y durante todo el período de agitación se mostró poco segura, aun después de que los reaccionarios incendiaran la redacción del *Avanti!*[^193] y aun cuando estalló la revuelta de Ancona[^194]; más tarde se vio también sorprendida por los acontecimientos de Bolonia (noviembre de 1920)[^195], sin decidirse a una acción resolutiva. Durante la toma de las fábricas, esta dirección comunista, pese a contar con los plenos poderes del Ejecutivo del PSI, no se atrevió a apoyar la extensión del movimiento y no protestó contra su final pacifista.

No hay que olvidar que entre las masas, que no entienden de debates teóricos, los representantes del ala derecha del PSI son populares. Fueron adversarios de la guerra, estuvieron ya representados en Zimmerwald, pertenecen a la Internacional Comunista. Defendieron con entusiasmo la revolución rusa, aprobaron la entrega de las empresas a los obreros. Es cierto que no aprobaron la extensión de este movimiento; pero esa era una opinión que compartían muchos socialistas. En los sindicatos aceptaron puestos de responsabilidad y gozaban de la confianza absoluta de sus electores. No es cosa de poca monta sustituirlos.

Esos «comunistas puros», que se creían lo bastante fuertes para asumir toda la dirección del movimiento político y sindical, hasta ahora solo han hecho grandes promesas; en la arena política y económica, en cambio, se han visto obligados o bien a no hacer nada o bien a lanzarse a aventuras funestas.

Todos estos hechos influyeron en la mayoría del Congreso de Livorno y determinaron su decisión. Se expusieron al Ejecutivo de la Internacional Comunista y ahora se exponen al congreso, para demostrarle que no se trata de desviaciones de principio respecto de la teoría y la táctica, ni de un temor mezquino por la vida de algunas personas o grupos, sino de razones políticas muy serias, que nos llevan a aplazar la ruptura definitiva.

En términos inequívocos han criticado aquí en el congreso los representantes de las demás naciones nuestra conferencia de Livorno. En Italia la mayor parte de los sindicatos se ha puesto del lado de la mayoría, y algunos pocos que estaban con los «puros» han vuelto ya al PSI. Esto demuestra que la mayoría de Livorno tenía razón.

Creemos haber expuesto con suficiente claridad la cuestión en litigio al congreso internacional. A él le corresponde zanjarla.

En cuanto a la posición de la conferencia de Livorno, es completamente clara. Las acusaciones que la III Internacional formula contra Livorno no alcanzan al PSI. El PSI mantuvo durante toda la guerra una actitud sin igual; si se le quisiera acusar de socialpatriotismo, ningún partido del mundo sería digno de pertenecer a la Internacional Comunista.

El PSI ha trazado su línea con toda claridad. Permanece en la III Internacional. No admite desviación alguna del principio de la lucha de clases y condena la coalición con la burguesía. La dirección del PSI ya ha decidido convocar un nuevo congreso; en ese congreso, que coincide con una de las épocas más graves y decisivas de la política italiana, se planteará también este problema. El PSI está y estará siempre con la revolución, nunca contra la revolución».

**Maffi** (Partido Socialista Italiano). Después de lo que dijo ayer el camarada Lazzari, después del discurso tan sencillo, claro, sólido y enérgico de Lenin, y sobre todo después de nuestra declaración, que forma parte de la cuestión tratada ayer aquí en su conjunto, parece casi superfluo volver a hablar de ello. Solo por este motivo no insisto en que se dé una traducción de la declaración antes del discurso. Pero nosotros, como partido acusado, no podemos en modo alguno dejar que el congreso crea que huimos ante las mezquinas acusaciones formuladas por el profesor Gennari. Es nuestro deber y nuestro derecho responder a ellas. Por mi parte, espero que el presidium, como siempre se ha hecho con los acusados, dé muestras de generosidad y nos conceda plena libertad para responder a las acusaciones que se han lanzado contra nosotros, y no por motivos personales, sino porque esas mismas acusaciones contienen elementos de prueba que hablan por completo en nuestro favor.

Camaradas, yo mismo digo que por mi parte habría renunciado a todo tipo de debate. Creo que no estamos en el congreso de un distrito, de una comarca o de una provincia, sino en el Kremlin del proletariado, y no en Livorno. Allí, camarada Gennari, era el lugar indicado para presentar esas mezquinas acusaciones. *(Ruido, gritos.)* Aún se habría podido hacer en Livorno *(ruido e interrupciones)*, donde los acusados habrían estado en condiciones de responderlas. Pero a un congreso mundial, a miles de kilómetros de distancia, no se trae material de esa clase. Un medio muy sencillo de desfigurar la verdad es administrarla al público en pequeñas dosis, entresacando frases inconexas de un discurso y hechos aislados y oscureciendo la línea general por la que discurre el trabajo de un partido. Protesto contra esas pequeñas dosis de verdad, que no son otra cosa que un engaño en carne y hueso. *(Gritos, ruido.)* No defendemos a Turati, no, en absoluto. Los reformistas trabajan según su capacidad de comprensión, que el camarada Turati nunca se ha esforzado en ocultar. Asimismo, les expresamos nuestro asombro por el carácter personal que ha tomado la llamada cuestión Serrati. Nosotros solo conocemos la apelación del Partido Socialista Italiano al congreso de la III Internacional. Las acusaciones que Gennari acaba de lanzar contra el Partido Socialista Italiano recaen sobre él mismo y sobre sus camaradas. Durante el mandato de Gennari, si no me equivoco, la *Critica Sociale*[^196] no dejó de publicarse: Turati escribía sus artículos, que leen 2000 intelectuales, pero que hasta hoy siguen siendo desconocidos para los campesinos y los obreros. Los conoce la prensa burguesa, siempre dispuesta a servirse de los discursos de Gennari y de Turati. *(Interrupción: ¡Nunca!)* Hasta se han utilizado palabras de Lenin para engañar al proletariado mundial. Este juego es muy conocido y, desde luego, demasiado sencillo. Exactamente el mismo juego sencillo y evidente fue el que hizo ayer el profesor Gennari cuando, en su exposición contra nosotros y contra el Partido Socialista Italiano, se sirvió de Turati, como si pudiera dar autoridad a su opinión reproduciendo palabras e ideas de Turati. Pero eso son juegos. Es demasiado lo que habla en contra de Turati, porque ha hecho demasiado daño, porque es más literato que político. Ha hecho, como siempre hemos dicho, demasiadas cosas que han causado al partido un daño real. De vez en cuando hemos procurado sacar de ello las consecuencias con respecto al partido. Por mi parte, recuerdo el discurso de Turati después de la derrota de Caporetto[^197]. Mientras hablaba, sentía, preveía que Bissolati iría a abrazarlo, y lloré amargamente por ello. Pues bien, ¿quién de ellos desautorizó a Turati en aquella ocasión? ¿Fue acaso el portavoz en el Parlamento, fue acaso Graziadei[^198], que por entonces era uno de los mayores patriotas? *(Interrupción: ¡Pruebas!)*

Las pruebas son superfluas y además ya están impresas, lo que explica que no sea en absoluto necesario reproducirlas. *(Ruido.)* Sí, se trata de palabras que están impresas, y sería estúpido repetirlas. *(Interrupción: ¡Eso es una nimiedad desfigurada con mentiras!)* Sí, es una nimiedad de 200 páginas, muy conocida, y ustedes lo reconocerán si tienen el valor suficiente. Turati escribió su credo político antes de Bolonia; Gennari era entonces secretario del partido. *(Interrupción: Fue secretario después de Bolonia.)* Espere y déjeme terminar: Gennari era secretario del partido un mes después, cuando se confeccionaron las listas de candidatos, y Turati fue incluido con toda regularidad entre los candidatos de Milán. *(Interrupción: ¡No, no!)* ¿Quién estaba entonces en la secretaría? ¿Bombacci, quizá? Sí, amigos míos, Bombacci. ¿Qué gran diferencia hay entre Gennari y Bombacci? Ya existía la actual tendencia empeñada en la depuración. Turati había sido el candidato de esa tendencia actual en las elecciones políticas de 1919 *(interrupciones, ruido)*. No hace falta sacar conclusiones a cada paso. *(Interrupción: ¡No, no!)* Las conclusiones saldrán por sí solas. Tengan paciencia y esperen. Después de la tragedia de Bolonia, Turati pronunció un discurso que algunos de entre nosotros aplaudieron calurosísimamente. *(Gennari: ¡Nosotros protestamos vivamente contra él!)* ¡Qué significan las protestas! Dígalo de palabra. Las protestas…

**Presidente Kolárov.** Dejen que el orador termine; solo le quedan dos minutos de tiempo de intervención.

**Maffi.** Solo voy a mencionar los enormes errores de los hombres que hoy se cuentan entre los llamados «puros». Sí, en el Partido Comunista de hoy, ¿no es cierto?, hay puros y purificados. Gennari, con su pasado reformista en el bloque nacional, si no me equivoco *(interrupción: ¡Eso es imposible!)*… Son ustedes demasiado impacientes; esperen a las conclusiones que voy a sacar. Solo me quedan dos minutos de tiempo de intervención, y es evidente que en dos minutos no puedo decir todo lo que es necesario; por eso pido al congreso una prórroga. *(Interrupción: Siga hablando unos minutos más.)*

**Presidente Kolárov.** Conforme a nuestro acuerdo, el orador solo tiene 15 minutos de tiempo de intervención. La propuesta de atenerse a esta regla fue aprobada por todo el congreso.

**Maffi.** Pues bien, renunciaré a seguir exponiendo los detalles y les diré: bien podría devolver a Gennari muchos de los mismos reproches que él ha hecho a otros; declaro, sin embargo, que no es esa mi intención y que solo quería demostrar que el Partido Socialista Italiano, tanto durante la guerra como después de ella, con uno u otro secretario, hizo todo lo que era posible. Es una frase completamente trivial y, sin embargo, encierra mucha verdad. El Partido Socialista Italiano hizo, durante la guerra y después de ella, lo que podía hacer. Así, por ejemplo, Lazzari expulsó al alcalde de Verona y al de Sampierdarena. No pudo expulsar a la alcaldía de Reggio porque esta declaró que quería obedecer y someterse, y porque se daban condiciones particulares en virtud de las cuales la conducta de los distintos secretarios en los distintos momentos ha sido aproximadamente la misma. Por eso quería informarles sobre puntos muy discutibles y muy delicados, de tal naturaleza que pueden inducir fácilmente a error. Profesor Gennari, no sea usted tan cruel con los demás si es tan indulgente consigo mismo, porque es muy fácil cometer errores cuando se trabaja, y muy sencillo evitarlos, precisamente no trabajando. Pues bien, ¿qué lecciones podemos sacar del examen de todos estos pequeños detalles de la vida del Partido Socialista Italiano? El examen nos muestra que en Italia hemos tenido toda una serie, toda una letanía de secretarías y direcciones débiles, vacilantes y poco seguras, y que lo que la necesidad exigía imperiosamente superaba las fuerzas del partido y era demasiado pesado de soportar en comparación con las fuerzas reales de nuestro partido. Es esta una manera de ver las cosas a la que los socialistas escrupulosos no pueden negar su reconocimiento. Ante la realidad palidecen muchas palabras. *(Interrupción: ¡Los reformistas!)*

**Presidente Kolárov.** El tiempo de intervención ha terminado.

**Maffi.** Les ruego que me concedan cinco minutos más, y quisiera recordar una vez más al congreso que hablo aquí como acusado.

**Presidente Kolárov.** No se puede hacer de la cuestión italiana la única del congreso; además, quedan aún 15 cuestiones en el orden del día por debatir.

**Maffi.** Está claro, pero quisiera observar que en diez minutos habré terminado.

**Presidente Kolárov.** Pero después pedirá usted también la palabra para responder. No se puede…

**Maffi.** Declaro por mi parte que no me empeño en casos personales. Cada cual podrá discutir sobre mi exposición, puesto que la conducta de las distintas secretarías y direcciones apenas difiere, y puesto que se trata de un juego de fuerzas entre la necesidad y la posibilidad. Sería necesario abrir luego todo un debate sobre este punto. Debatirlo sería, en efecto, lo que se llama una ocasión propicia. *(Una voz: ¿Y la expulsión de los reformistas?)* Espera, camarada, todavía hay tiempo. *(La misma voz: Ya llevo esperando demasiado.)* Concédanme, pues, diez minutos más.

**Presidente Kolárov.** Lleva usted hablando ya 20 minutos.

**Maffi.** Me han interrumpido continuamente.

**Presidente Kolárov.** Pero esa es precisamente su manera de hacer.

**Maffi.** Es mi deber y no mi manera de hacer. No tengo intención de cometer un acto de desobediencia ante el presidium, pero declaro que necesito todavía algunos minutos para terminar. Sé obedecer a la autoridad, y en particular a la autoridad socialista, pero protesto porque aún no he terminado, porque se ha estrangulado mi discurso. Necesito todavía unos ocho minutos y ruego que no se me interrumpa más, porque tengo derecho a ello. En los primeros meses de este año se ha producido un vuelco en la situación política de Italia. Se acerca a la fase de madurez. Actualmente tenemos en Italia todas las pruebas de que la burguesía está armada o, por lo menos, en vías de armarse. El escollo en la orientación de las personas y de los grupos es ahora completamente distinto. Para todos, en toda la gran masa, está claro que ahora hay que pensar en armar al proletariado, y es igualmente evidente que sería un gran peligro tolerar ahora en el partido a elementos que antes nos veíamos obligados a retener en él. Les pregunto ahora, en vista de esta situación: ¿creen más útil, en interés del proletariado italiano y del proletariado mundial, que una decisión de tal importancia se tome tras constatar que todo el proletariado, obedeciendo por así decir a un dictado de Moscú, acepta una resolución del congreso que nuestros campesinos y obreros solo conocen en sus rasgos principales? Por mi parte, sostengo que sería mucho más útil dejar que este proceso de maduración, que avanza muy deprisa, se complete con las fuerzas ya indicadas. Esta es, pues, nuestra posición frente a quienes nos exigen respuestas de un modo que recuerda a un tribunal burgués; no tenemos que darles respuestas de esa clase. La situación creada en el PSI por el Congreso de Livorno es muy clara. Después de votada la resolución Baratono, se tuvo además la declaración de Kabakchiev; y, tras ella, el congreso aprobó la propuesta Bentivoglio, redactada así: «Declaramos por la presente que nos someteremos disciplinadamente a todas las decisiones del III Congreso de la III Internacional». ¿Qué más quieren? Pues bien, nosotros les decimos… *(Interrupción.)* Tengo derecho a que no se me interrumpa más, camaradas, porque así pierdo los pocos minutos que me quedan. Pues bien, se celebrará un congreso y la situación en él será un poco más complicada; el próximo congreso del PSI se verá probablemente *(interrupción)* —otra vez medio minuto— el próximo congreso se verá probablemente obligado a desautorizar al de Livorno *(interrupción: ¡Los partidos son dueños de sí mismos y de sus congresos!)*, y así el próximo congreso del PSI no tendrá más que ejecutar lo que la III Internacional haya decidido. Esto está claro y figura también en nuestra declaración. Así es, en efecto. Amigos míos, si estamos aquí para entendernos, la cosa no deja lugar a duda alguna ni carece de la más mínima claridad, como acabo de exponerles. Pero si se trata, no lo sé, de una exhibición política, entonces, desde luego, es otra cosa. Les decimos, camaradas, que nos comprometemos a apoyar la necesidad de una depuración… El congreso juzgará, pero como delegados tenemos que decirles que no tenemos motivo para responder a su *aut aut*, para el que no hay razón alguna; solo tenemos que recordarles honradamente los acuerdos del Congreso de Livorno. Además, les pedimos que mantengan un enlace permanente con nuestro partido, que permita a los órganos responsables de la III Internacional estudiar y seguir, en fraternal acuerdo con nosotros, nuestras circunstancias y comprender lo que significa la oportunidad, como tan atinadamente observó el camarada Lenin. Estas son nuestras peticiones. En el próximo congreso propondremos que se acepten los acuerdos de este III Congreso. Pero no somos niños a los que se pueda decir: «Pero no, tienes que responder así, porque así se ha decidido». No la palabra, sino nuestra libre opinión, nuestra voluntad y nuestra convicción deben ser decisivas. No hemos venido aquí a jugar con las palabras ni a practicar artimañas diplomáticas. Camaradas de la III Internacional, ayúdennos con su participación estrecha y constante, con su consejo sabio y sólido, con el poder abrumador de su experiencia, que ha liberado al pueblo ruso y ha dado al proletariado mundial innumerables ejemplos. Nada deseamos más ardientemente, y aseguramos una vez más que estamos siempre dispuestos a cumplir con nuestro deber.

**Presidente Kolárov.** Camaradas, en cuanto a la propuesta sobre el orden del día, la mesa declara que insiste en no prolongar a los oradores el tiempo fijado. Tenemos que observar la disciplina comunista en nuestro trabajo.

Tiene la palabra el camarada Rakovski.

**Rakovski.**[^199] Camaradas, la gran importancia de los acontecimientos de Italia no puede escapar a nadie. Tenemos aquí ante nosotros un proletariado que se ha dividido, y precisamente en el momento en que la burguesía italiana, que el año pasado se enmascaraba tan bien, se ha quitado la máscara y ha pasado a una ofensiva enérgica contra el proletariado. Mientras seguía los discursos de Lazzari y de Maffi, me preguntaba qué motivos pudieron llevarles a provocar esta escisión del proletariado italiano, porque esta escisión debe considerarse sin duda consecuencia de que el Partido Socialista Italiano no quiso someterse incondicionalmente a los acuerdos del II Congreso. No se puede cargar la responsabilidad a la minoría comunista, que se mantuvo fiel a las prescripciones del proletariado mundial reunido en Moscú. Me he preguntado qué motivos políticos tienen la culpa de ese hecho paradójico que el camarada Lenin puso ayer aquí de relieve, a saber, que el Partido Socialista Italiano prefiriera seguir a los 14.000 reformistas y no a los 58.000 comunistas.

He seguido atentamente el discurso del camarada Lazzari. Añado que he estado en Italia y que conozco algo los acontecimientos italianos. Conozco Italia, y quien haya seguido el movimiento socialista en los últimos treinta años sabe que el reformismo no solo existió de hecho en Italia, sino que ese reformismo fue incluso el precursor del reformismo alemán, que Turati fue el precursor de Bernstein. Desde el congreso internacional de Zúrich de 1893, Turati no volvió a asistir a ningún congreso internacional. Recuerdo que, cuando abandonó el congreso de Zúrich de 1893 con la camarada Anna Kuliscioff[^200], protestó al marcharse contra la hegemonía alemana. En aquel tiempo esa hegemonía la representaban Liebknecht y Bebel. Cuando en 1915, invitado por el Partido Italiano, fui a Roma para participar en su campaña por la neutralidad, reinaba allí el mismo estado de ánimo. Vi entonces también a Turati y a Treves[^201], que me dijeron: «Es un hecho: hemos acabado con la hegemonía alemana», y se alegraban de que el oportunismo hubiera envenenado el movimiento antes revolucionario y se hubiera liberado de la hegemonía internacional en general. Además, las tradiciones del *Risorgimento* se dejan notar más de una vez en la *Critica Sociale*. Esta vieja tradición socialpatriota se manifiesta en toda la conducta de Turati. Quien conozca la historia del movimiento socialista italiano sabe muy bien que el reformismo ha existido siempre en Italia; la dirección del partido no podía ocultarlo. Quisiera preguntar al camarada Lazzari cuánta diplomacia necesitaron en los últimos veinte años para ocultar esos escándalos políticos de Turati. Seguro que la Entente no puso en marcha tanta diplomacia para arrastrar a Italia a la guerra como el partido para mantener ocultos los escándalos parlamentarios de Turati. Cuando se preguntó a la dirección del partido cómo podía tolerar la *Critica Sociale*, cuya publicidad, como revista protegida por el partido, aparecía constantemente en el *Avanti!*, la dirección respondió con las mismas palabras que acabamos de oír en boca de Maffi: «Solo la leen unos miles de intelectuales; los obreros ni siquiera la conocen».

Después de Caporetto vino además la declaración de guerra entre Bissolati y Turati. Pero Turati —sea dicho en su honor— no ha renegado de su pasado: ha seguido siendo reformista y nacionalista. Es un enemigo de la revolución rusa. Ayer se expresó la opinión de que el prólogo de Turati al libro de los dos delegados que calumniaron en Italia a la revolución rusa no era un hecho importante. No, camaradas, no es una nimiedad. No se trata de la revolución rusa: está por encima de lo que digan Turati y sus amigos. *(Aplausos.)* La revolución rusa no necesita justificarse ante los reformistas calumniadores, pero es un veneno que se instila gota a gota en el proletariado italiano cuando se le presenta la revolución proletaria en general como una boda en la que no tienen cabida el terror, el hambre y la guerra. Esto recuerda a la revolución al estilo de Montecitorio[^202] y de los reformistas. *(Aplausos.)* Para defender a Turati se han creado teorías *ad hoc* en la prensa, en la literatura socialista italiana, en la revista de Serrati. Incluso las oímos aquí el año pasado. Esa teoría trataba de demostrar que los centristas italianos, incluido el camarada Serrati, eran mucho más avanzados que los comunistas de la III Internacional, y todo ello solo para poder conservar a Turati en el Partido Socialista Italiano. Se ha creado una verdadera metafísica comunista sobre la cuestión agraria y la cuestión nacional y sobre la táctica del Partido Comunista en Inglaterra y en los Estados Unidos.

Serrati, uno de los dirigentes del Partido Italiano, ha caído en fórmulas abstractas en las que no existen relaciones de tiempo ni de espacio. Se imagina que el partido comunista que está al frente del poder y el partido comunista en la oposición son lo mismo. Él y sus amigos dicen: «Estamos en contra de la resolución de la Internacional Comunista sobre la cuestión nacional porque estamos en contra del nacionalismo. Estamos en contra de la entrada del Partido Comunista de Inglaterra en el Labour Party porque eso está en contradicción con la exigencia que la Internacional plantea a la Confederación General del Trabajo de Italia». Serrati no comprende lo más elemental, a saber, que la táctica del partido comunista no es dogmática, sino dialéctica, y debe adaptarse a las circunstancias; lo que conviene a Inglaterra y a América, donde el movimiento comunista aún no se tiene firmemente en pie y los comunistas son poco numerosos, no conviene a Italia, donde el Partido Socialista se declaró el año pasado por el comunismo, donde debe estar dispuesto a tomar el poder en sus manos y a trazar también al movimiento sindical la dirección que debe seguir. Sí, se ha envenenado al proletariado italiano y se le sigue envenenando hoy con estas falsas doctrinas. Y todo esto ocurre solo para defender a Turati y a los reformistas. Veo aquí un problema psicológico. ¿Por qué les resulta tan insustituible su Turati que desde hace veinte años se recurre a toda la cal de Italia para blanquearlo? Porque los camaradas italianos del Partido Socialista no han puesto toda su esperanza en la clase obrera, sino en una élite intelectual de especialistas. Dicen: «Los obreros de Italia no están lo bastante maduros, no están lo bastante desarrollados políticamente; por eso necesitan especialistas».

Turati, dicen, es un comunista pésimo, pero es un estratega parlamentario admirable. Rigola es un reformista. *(Interrupción de Lazzari: «Lo han derribado».)* Sí, lo han derribado, pero lo han sustituido por otro reformista, D'Aragona. Son populares en la Confederación General del Trabajo. Nos dicen además: «Hacemos todo esto para mantener la unidad del partido, para no dispersar nuestras fuerzas. Tenemos 3000 municipios». No digo aquí ni una palabra que no pueda leerse en los documentos oficiales italianos. Necesitamos colaboradores, necesitamos sindicalistas expertos, gente práctica en el trabajo sindical, necesitamos políticos que tengan idea de estrategia parlamentaria. El Partido Italiano se aferra a esta ilusión de la unidad. Necesitamos la unidad a toda costa, dicen, incluso al precio de la revolución. Camarada Lazzari, hay que ser fiel a uno mismo. Usted ayudó en Berna, en Kienthal y en Zimmerwald a dar el golpe de gracia a esta doctrina de la unidad. Si no era un principio abstracto sino un factor revolucionario, debería usted haber sido fiel a esa doctrina y no destruir el famoso Buró de la II Internacional en Bruselas, representado por Vandervelde y Huysmans. No debería haber aprobado la escisión entre los socialdemócratas y, más tarde, entre los comunistas y los independientes en Alemania. No debería haber aprobado la táctica de la escisión en los demás países, si la considera imposible. Y si ahora afirma que esta táctica de la escisión vale para los demás países pero no para Italia, eso es una contradicción. ¿Es que no hay reformistas en Italia? Vuestro reformismo es más consecuente; está unido por mil lazos a la intelectualidad italiana, que desempeña un papel muy especial en la vida de vuestro partido, y al radicalismo italiano. ¿De dónde viene ese nacionalismo comunista, esa ambición que afirma que en Italia todo ocurre de otro modo que en los demás países? Es un argumento del que se han servido todos los oportunistas.

Los oportunistas franceses declaran que los oportunistas alemanes son nacionalistas, pero que Renaudel[^203] ha seguido las mejores tradiciones del socialismo francés; los oportunistas alemanes declaraban durante la guerra que los socialistas franceses eran nacionalistas, pero que ellos eran discípulos de Marx. Es una vieja historia. Habéis creado la teoría de los especialistas. Con vuestros diputados, con Montecitorio y compañía —pueden ser los mejores estrategas—, podréis formar sin duda un gobierno excelente, pero una revolución no la podréis llevar a cabo. Podéis sabotear, junto con Rigola y D'Aragona, el admirable movimiento de los metalúrgicos, pero una revolución no la podéis hacer. Con una dirección del partido que procura ocultar a los obreros las divergencias entre los dirigentes, que rinde culto al principio de lavar la ropa sucia en casa, se pueden tomar los mejores propósitos, pero no pasarán de ser propósitos platónicos; una revolución, con dirigentes así, no la podréis llevar a cabo. Olvidáis que el Partido Comunista tiene que ser un partido de masas. No ponéis vuestra esperanza en los elementos que surgen de lo hondo de las masas trabajadoras, ni en los obreros organizados en los sindicatos, ni en los miembros de las secciones del partido; tenéis vuestro núcleo tradicional, hombres que en el curso de veinte años han permanecido inamovibles en su puesto, tenéis a Turati, a Treves, etc. Pero esta cuestión está ya liquidada de una vez para siempre. El intento de defender a los reformistas italianos solo ha servido para agravar aún más la acusación contra ellos. La cuestión que ahora nos interesa es esta: ¿qué vais a hacer ahora vosotros, socialistas italianos, cuál será vuestra conducta? ¿Seguiréis al proletariado revolucionario, a la Internacional Comunista, o volveréis a Viena, a Ámsterdam? ¿Queréis quizá fundar una Internacional Dos y Media? No, vosotros mismos habéis protestado demasiado contra los Scheidemann, contra los independientes, contra los oportunistas franceses. Si un día proponéis al proletariado italiano volver con los traidores, el proletariado os dará la espalda.

Camaradas, aprovecho este plazo que todavía se os concede para deciros que para mí aún no estáis fuera de la Internacional Comunista; estáis aquí, os escuchamos, y todas nuestras simpatías personales están con los camaradas que desempeñan un papel importante en el Partido Socialista Italiano. El grito de «*aut aut*» del que habló el camarada Maffi no iba dirigido a vosotros, ni siquiera al partido. No, nos daremos por satisfechos si venís a nosotros personalmente, como hicieron Frossard y Cachin el año pasado; pero tenéis que decirnos: prometemos aceptar sin reservas las condiciones de la Internacional, iremos incluso contra nuestro partido si es necesario, y también allí defenderemos esas condiciones. La cuestión de la fusión de los partidos es de orden técnico. Cuando supe que en el último congreso de Livorno se había decidido someterse incondicionalmente a las resoluciones del congreso, me dije: «No hace falta convocar un nuevo congreso. Basta con que la dirección del partido se someta a los acuerdos de la Internacional». Pero vuelvo a mi idea y repito: la cuestión no se os plantea a vosotros personalmente ni al partido; se le plantea al proletariado, a la conciencia de cada obrero italiano, que tiene que preguntarse: «¿De qué lado estoy? ¿Estoy con el proletariado revolucionario mundial o con esa Internacional que ha traicionado mi causa?». No tenéis elección. Tenéis que declarar aquí, ante los mejores representantes del proletariado, que vosotros, los socialistas de Italia, os someteréis incondicional y sin reservas a los acuerdos del III Congreso, del proletariado mundial reunido en Moscú. Si queréis que el proletariado italiano reúna sus fuerzas y avance hacia la victoria del comunismo, tenéis que tomar sin demora esta decisión, que devolverá al proletariado italiano su fuerza organizativa y la fe en la revolución.

**Clara Zetkin.** ¡Camaradas! No hay seguramente nadie entre nosotros que no sienta la gravedad y la responsabilidad de la decisión que tenemos que tomar en la cuestión italiana. Porque no se trata de la suerte de algunos dirigentes, nos sean simpáticos o no, provoquen o no con su política nuestra más tajante oposición y nuestra lucha más apasionada; se trata incluso de algo más que del destino político de los miles de obreros que militan en el Partido Socialista Italiano. Con esta decisión está en juego una parte del destino de los partidos comunistas de todos los países, de toda la Internacional y, más allá, la suerte de incontables millones de explotados y oprimidos de todo el mundo. Porque del ritmo y de la cohesión con que se lleve a cabo la concentración de los obreros de todos los países en la Internacional Comunista dependerá cuánto tiempo más serán explotados y sojuzgados los proletarios por el capitalismo, o si por fin se elevarán a la plena humanidad por medio del comunismo liberador.

Camaradas, la situación exige, no solo en Italia sino en el mundo entero, que en Italia un partido fuerte, unido y cohesionado asuma la dirección del proletariado revolucionario. En nombre de la unidad se ha impedido hasta ahora al proletariado italiano llevar a cabo su avance unido contra la burguesía. Y, sin embargo, ese asalto unido es más urgente que nunca. La burguesía italiana ya no aparece hoy con el brillante ropaje de la democracia. También en Italia se ha demostrado que toda la palabrería liberal de la clase dominante y explotadora no es más que pura mentira y engaño. También en Italia la clase dominante habla a las masas por boca del poder militar, con violencia sangrienta. Y ese poder tiene que ser quebrantado por la unidad del proletariado revolucionario. Pero, camaradas, unidad del frente proletario, no a costa de una falta de claridad revolucionaria, de energía revolucionaria y de acción revolucionaria. La unidad no debe comprarse nunca a ese precio. Por eso es necesario sacar las consecuencias no solo en bellas resoluciones, sino en hechos vivos y enérgicos. Nos encontramos ante la situación de que desde el Congreso de Livorno no existe unidad del partido, no existe unidad del frente revolucionario de lucha. Sigo pensando que es de la mayor importancia que las fuerzas valiosas del Partido Comunista de Italia y las fuerzas valiosas que sin duda se encuentran todavía en el campo de los unitarios[^204] se unan en un único partido de masas, pero no mediante el abandono de la base de principios y de las directrices tácticas de la lucha.

Hemos oído aquí directamente, expresado con honrada convicción, que los camaradas Lazzari y Maffi nos aseguraban que el Partido Socialista Italiano está decidido a seguir ese camino. Pero, camaradas, lo digo abiertamente, tenemos derecho en este momento a plantear la misma pregunta, a formular el mismo reproche a todo el partido, la pregunta que antes de Livorno había que hacer a Serrati, a saber: ¿qué ha hecho todo el partido desde Livorno en el terreno de la acción para emprender el camino hacia la III Internacional? No quiero enumerar aquí los distintos hechos que demuestran que no se ha hecho nada para llevar a cabo una política estrictamente comunista. Quiero destacar un solo episodio que muestra con la nitidez de un reflector que aún no se ha actuado como había que actuar si se quiere ser y seguir siendo miembro de la III Internacional. Las 50.000 liras que la Internacional de Ámsterdam remitió a la Confederación sindical italiana: ese donativo no lo ha calificado ni estigmatizado el órgano dirigente del Partido Socialista Italiano como habría sido necesario desde el punto de vista comunista. ¿Cómo están las cosas? Esas 50.000 liras procedían de las manos de los mismos traidores a los obreros, de los mismos socialpatriotas que durante cuatro años habían vadeado, junto con la burguesía de todos los países, el mar de sangre de la guerra mundial. Procedían de gentes en cuyas manos estaba pegada, en Alemania, la sangre de 20.000 proletarios asesinados. Tal como estaban las cosas, las 50.000 liras no eran ni son expresión de una solidaridad internacional fraternal; debían ser otra cosa: las monedas de Judas con las que se pretendía traicionar y vender la Internacional Sindical Roja de Moscú en beneficio de la amarilla Internacional sindical de Ámsterdam. Camaradas, ninguna tempestad de protestas se levantó en las filas del partido italiano contra la aceptación del dinero; al contrario. El *Avanti!* se alegró y saludó el hecho como expresión de la solidaridad internacional. Creo que este hecho basta por sí solo para que la Internacional declare: ¡hasta aquí y no más! Ahora también para el Partido Socialista Italiano ha llegado el «*Hic Rhodus, hic salta*». Los hechos hablan claro. La política del partido muestra ahora una cosa con toda claridad: mientras no se lleve a cabo una separación limpia de los turatianos, el partido de la unidad, el partido unitario de Italia, no será una columna de asalto contra la burguesía; formará más bien un muro de protección entre la burguesía y el proletariado revolucionario. *(Aprobación.)*

Las intenciones podrán ser todo lo buenas que se quiera, son buenas sin duda, son, si se quiere, excelentes, pero la lógica política tiene sus propias leyes. En este momento no puede haber entre la burguesía y el proletariado campos intermedios reformistas. Quien encubre el reformismo de un Serrati, quien lo tolera, impide que el proletariado se agrupe con plena consciencia revolucionaria y plena disposición a la acción. He declarado expresamente que contra la política del partido en este momento se puede decir lo mismo que ya se dijo contra Serrati como persona. Por eso creo que el presente congreso de la III Internacional tiene que tomar una decisión clara y tajante. Debe declarar ante todo que la separación de los turatianos tiene que llevarse a cabo de inmediato, sin miramientos, sin rodeos. No de modo que se expulse uno tras otro a dirigentes sueltos a los que, por así decir, se ha sorprendido con la mano en la bolsa del fondo revolucionario del proletariado. No, hay que acabar con toda la tendencia oportunista o, más exactamente, con toda la política reformista.

Nuestro congreso tiene que levantar un dique sólido entre el ejército combatiente del proletariado y esa corriente perniciosa. Tal como están las cosas, no considero prudente formular una crítica dura y amarga a la política que los amigos de Italia han practicado en los últimos tiempos movidos por la honrada convicción de buscar el camino hacia el comunismo. Pero el congreso debe declarar de forma inequívoca, sin que quepan subterfugios ni interpretaciones: esta es la política práctica que desde ahora exigimos al Partido Socialista Italiano, que se integra como parte orgánica en el partido comunista unificado de Italia.

¡Camaradas! Creo que el congreso no concede una limosna, como lo sienten nuestros amigos italianos del Partido Socialista, sino que cumple un acto de evidente justicia fraternal al dar a estos camaradas la ocasión de participar en la elaboración de la resolución correspondiente. Pero digo también abiertamente que considero deber fraternal e internacional de nuestros camaradas Lazzari y Maffi hacer por su parte algo para aclarar la situación y facilitar el entendimiento. Sabemos que no están autorizados a hacer aquí una declaración ni a dar ningún tipo de asentimiento.

Sabemos que el próximo congreso deberá decidir la cuestión. Pero tenemos que exigirles una cosa. Tenemos que decirles: camarada Lazzari, camarada Maffi, todos vosotros que estáis aquí como carne de la carne y sangre de la sangre del proletariado italiano, como testigos, como encarnación de su mejor tradición, de su lucha: tenéis que ser los intérpretes honrados, escrupulosos, tenéis que ser los intérpretes apasionados de los acuerdos del congreso en vuestro partido y ante el proletariado italiano. A vosotros os toca disipar los malentendidos que han surgido en las masas y en vuestro partido en el curso de la controversia. Tenemos plena confianza, en vista de vuestro glorioso pasado, en que desempeñaréis en esta situación el papel de mediadores honrados y fiables. Confiamos en que, de vuelta a casa, diréis a vuestros amigos, los obreros italianos: la Internacional Comunista no actúa por motivos mezquinos, ni por afán de tener razón, ni por gusto de condenar, y mucho menos de dividir. La Internacional Comunista solo divide para unir con más firmeza y en un nivel más alto. ¡Aprended de la situación, obreros de Italia! ¡Aprended y sacad las conclusiones correctas! ¡Separad en el plano nacional lo que ya no puede ni debe estar unido si queréis sinceramente ir al comunismo! ¡Y unid en cambio en el plano internacional lo que tiene que estar unido internacionalmente! ¡Elegid! *(Vivos aplausos.)*

**Trotski.** Camaradas, no quiero extenderme aquí sobre el pasado del Partido Socialista Italiano; ya se ha examinado con amplitud.

El hecho fundamental es la gran crisis de septiembre del año pasado, que ha provocado la situación actual. Si se examina la situación política, aunque sea de lejos, se tiene la impresión, e incluso la convicción, de que el proletariado italiano tomó en los años de la posguerra una dirección decididamente revolucionaria. Lo que escribía el *Avanti!* y lo que decían los oradores del Partido Socialista fue entendido por la gran masa obrera como un llamamiento a la revolución proletaria. Esta propaganda penetró en el corazón de los obreros, sacudió su voluntad, y el resultado fue la acción de septiembre.

Si se juzga al partido desde el punto de vista político, hay que suponer —porque es la única explicación que puede encontrarse— que el Partido Socialista Italiano, cuya política era revolucionaria de palabra, nunca se dio cuenta de las posibles consecuencias de esa política. Todo el mundo sabe que los acontecimientos de septiembre no asustaron a nadie tanto como al Partido Socialista Italiano, que había preparado él mismo esos acontecimientos. Estos hechos atestiguan que la organización italiana —porque el partido no es solo una serie de ideas, un objetivo, un programa; es también una máquina, una organización que crea con su acción ininterrumpida las garantías de la victoria— fue en septiembre el escenario de una crisis enorme para el proletariado y para el propio Partido Socialista Italiano. ¿Qué conclusiones habrá sacado el proletariado italiano de esos acontecimientos? Es bastante difícil darse cuenta ahora, porque una clase que se separa del partido pierde enseguida su orientación. Pero ¿qué conclusión sacó el partido de su experiencia? Todos los camaradas que llegaban de Italia en los tres años de la posguerra nos decían: «Estamos maduros, incluso más que maduros, para la revolución». Allí se sabía que se estaba en el umbral de la revolución. Cuando la revolución estalló, el partido quebró. ¿Qué conclusión se sacó de este acontecimiento? ¿Qué se hizo? ¿Se dijo: «No estábamos preparados porque nuestra organización estaba compuesta por elementos que estaban en completo desacuerdo entre sí y se paralizaban unos a otros. Para crear las condiciones —en la medida en que dependen de nuestra voluntad— hay que querer crearlas»? Esto, camarada Lazzari, es lo principal: hay que querer la victoria revolucionaria. Solo cuando se quiere de verdad se puede discutir y analizar, porque hace falta una estrategia; no se logra la victoria con la mera voluntad. Hace falta una estrategia, pero ante todo hay que tener la voluntad de la revolución y de la victoria. Turati y sus amigos son sinceros en el sentido de que repiten día tras día con inequívoca claridad que no quieren la revolución. No la quieren y, sin embargo, siguen en el Partido Socialista; más aún, constituyen un elemento esencial de ese partido.

Tenéis tras de vosotros la experiencia de la acción de septiembre. Pero ¿qué hicisteis después de aquel mes trágico? Os desviasteis hacia la derecha. En vuestro nuevo grupo parlamentario los reformistas, es decir, la gente que no quiere la revolución, están en mayoría. Vuestro órgano central, el *Avanti!*, ha girado el timón hacia la derecha. Así están ahora las cosas. No se puede presumir del pasado cuando la situación de hoy es tan clara, tan convincente. Entre el reconocimiento de la revolución de palabra y las duras exigencias de la situación revolucionaria, tal como las vimos en vuestro país en septiembre, hay una contradicción. De esta contradicción pueden deducirse dos cosas distintas: o renegáis de esa parte de vuestro pasado que solo era revolucionaria de palabra y os hacéis ahora revolucionarios de hecho, es decir, os separáis de los reformistas que trabajan contra la acción revolucionaria, o tenéis que deciros: «Puesto que no deseábamos los acontecimientos de septiembre, tenemos que rechazar el método que provocó esos acontecimientos».

Turati no dejará de sacar provecho de las lecciones de septiembre; sabrá poner de relieve la contradicción evidente que se desprende de ellas. En cuanto a vosotros, igual que a vuestro partido y a vuestra dirección central, no hacéis más que mantener la confusión que preparó, condicionó y predeterminó la bancarrota de septiembre, al permitir que el Partido Socialista Italiano evolucione hacia la derecha. La idea de Serrati consistía en la concentración de las fuerzas. Quería reunir a los comunistas, a los centristas y a los reformistas en un solo partido. Hubo un momento en que esta idea de la concentración de las fuerzas podía justificarse por la esperanza de conservar para el partido la mayor parte posible de las fuerzas revolucionarias. Quería hacerlo, quería unir estas tres agrupaciones para poder decir después: «Estos son los verdaderos contornos de nuestro partido; lo que queda fuera es un elemento nocivo».

Habéis pasado por experiencias amarguísimas, claras, sumamente trágicas. Solo después tomó una forma política determinada la idea de la concentración, que al principio era algo demasiado abstracta. Esta idea era reformista de pies a cabeza, y no centrista, porque la evolución del partido toma ahora directamente el camino de la derecha.

Turati ha afirmado: «En septiembre el proletariado no estaba todavía maduro». Sí, no estaba maduro. Pero ¿explicasteis debidamente al proletariado por qué el partido no estaba maduro? ¿Dijisteis al proletariado: «Sí, Turati tiene razón en el sentido de que vosotros, obreros italianos, no estabais maduros para depurar vuestro partido de los elementos que paralizan la acción antes de lanzaros a una acción decisiva. Turati tiene razón en el sentido de que el proletariado italiano, al conservarlo en sus filas, mostró que en septiembre no estaba lo bastante maduro para una acción decisiva»? ¿Cómo está ahora el proletariado italiano? Estoy convencido de que se ha vuelto mucho más sabio, ante el hecho de que el partido en el que había puesto toda su confianza lo engañó sin quererlo. El camarada Lazzari tiende a entender este tipo de expresiones en un sentido moral e individual. El camarada Lazzari dijo: «Se nos acusa de traición, pero ¿qué hemos recibido por nuestra traición?». Sin embargo, no se trata de una traición cometida por personas interesadas. Se trata más bien de la bancarrota de un partido. Y esto, políticamente, no es otra cosa que una traición a los intereses del proletariado. Me pregunto: ¿qué piensa ahora en realidad el proletariado? El partido, a sus ojos, se ha comprometido indudablemente mucho. Ha surgido un nuevo partido pequeño, el Partido Comunista. Estamos convencidos de que este partido se desarrollará, aunque en el futuro siga tan aislado como hoy. Este partido se dirige al proletariado y le expone su programa revolucionario, comunista. ¿No tenéis que temer que el proletariado italiano, al escuchar este programa, se diga: «Esta melodía ya la he oído, y sin embargo me engañaron en septiembre»? Habéis creado, pues, en Italia, para cierto tiempo —espero que sea bastante corto—, una situación bastante difícil.

El joven partido italiano tiene ahora que recuperar, con un trabajo enérgico y valiente, la verdadera confianza revolucionaria, que es necesaria no solo para una acción parlamentaria —eso es algo muy distinto—, sino también para un nuevo ataque contra la sociedad capitalista. El partido tiene que recuperar la confianza revolucionaria que perdió con su actividad o, mejor dicho, con su inactividad en septiembre. Nos decís que los turatianos se someten a la disciplina del partido. Sí, se tenía razón al afirmar que aquí se ha hecho un alegato en favor de Turati; ha sido un discurso de defensa en estricta forma jurídica. ¿Qué se entiende en realidad por disciplina de partido? Hay una disciplina formal y una disciplina real. O me veo obligado a hacer algo, o lo hago por libre voluntad. Entre estos dos casos hay, a mi juicio, una clara diferencia. Nosotros nos sometemos a la disciplina del Estado capitalista, a las leyes capitalistas. Pero ¿hasta qué punto lo hacemos? En la medida en que se nos obliga. Pero al mismo tiempo nos burlamos de las leyes burguesas, fundamos órganos ilegales para destruir esas leyes. Movemos todos los resortes para romper la legalidad burguesa y debilitarla. ¿Qué hace Turati con vuestra disciplina? Hace exactamente lo mismo, camarada Lazzari. Se somete a vuestra disciplina del mismo modo que nosotros nos sometemos a las leyes burguesas. Funda sus órganos ilegales, su fracción en vuestro partido. Trama con el gobierno, naturalmente en secreto, de manera ilegal, una conspiración. Hace todo lo posible por debilitar esa disciplina, por romperla, y sobre todo hace todo lo que puede por ridiculizarla en todos sus discursos y en su periódico. Es consciente, metódica, sistemáticamente nuestro enemigo, igual que nosotros somos enemigos de la sociedad burguesa y de sus leyes. Ahí tenéis toda la verdad.

Decís: «Pero Turati no nos ha dado motivo para expulsarlo. Necesitamos hechos, y esos hechos nos faltan». Pues bien, os digo que, aunque quisiéramos esperar todavía una pequeña eternidad, esos hechos nos seguirán faltando siempre, porque Turati sabe muy bien lo que quiere. No es un arribista corriente que quiera ser ministro en el Estado capitalista. Por lo que lo entiendo, tiene su propia política, con la que quiere imponerse. Pero no le interesa en absoluto atrapar una cartera de ministro. Me imagino muy bien cómo sería una conversación entre Turati y Giolitti. Giolitti le dice: «Aquí tiene usted la cartera que le corresponde». Pero Turati responde: «¿No ha oído usted, mi estimado colega, los fogosos discursos de Lazzari? En el momento en que acepte la cartera, le pondré en las manos el motivo que está acechando. Me expulsarán del partido y perderé entonces, para usted y para la existencia del Estado capitalista, toda significación política. Pero, como no se trata de colocar a un ministro socialista más, sino de apoyar la democracia, es decir, la sociedad capitalista, rechazo su cartera, porque quiero evitar poner hechos en las manos de mi severo colega Lazzari. En interés de la sociedad burguesa, dejemos, pues, las cosas como están ahora». Decís: se presta demasiada atención a Turati, a sus discursos, a sus libros, a sus prólogos. En realidad aquí solo tenemos un caso aislado. Es una *quantité négligeable*. Pero si es así, si para vosotros solo se trata de perder a una persona o a unas cuantas personas, o bien una *quantité négligeable*, ¿por qué os mostráis entonces tan obstinados? Imaginaos, mis estimados camaradas de Italia, que mientras discutimos aquí Giolitti pregunta a Turati por teléfono: «¿No hay peligro en que Lazzari haya ido a Moscú para contraer allí ciertos compromisos?». Turati le responde probablemente: «No, ni el más mínimo; es un caso puramente individual». Como bien sabéis, en la sociedad capitalista existe una división del trabajo; al romper con la Internacional Comunista para conservar a Turati, prestáis buenos servicios a la sociedad capitalista. Decís que sentís el mayor entusiasmo por el Partido Comunista de Rusia y por la Rusia soviética en general. Permítaseme expresarme aquí con cierta libertad, y no solo respecto de los camaradas italianos, sino respecto de todos los demás partidos. Cuando se habla de nosotros, se hace con demasiada frecuencia en un tono muy delicado, como si no se quisiera ofendernos, como si se nos quisiera tratar con miramientos. Como todos sabéis, nuestra situación es sumamente difícil. Habéis estado en la Plaza Roja, no solo habéis visto a nuestros soldados, a nuestros comunistas armados, dispuestos a defender la III Internacional. Habéis visto también a nuestra juventud, a nuestros niños, que en su mayoría van descalzos y están mal alimentados. Si visitáis nuestras fábricas, podéis observar nuestra ruina económica y material, que es mayor que cualquier otra miseria.

Así pues, quien venga a Rusia con la idea de encontrar aquí un paraíso comunista se llevará una gran decepción. Quien venga con la intención de recoger impresiones para poder cantar loas a Rusia no es un verdadero comunista. Pero quien venga aquí para reunir datos sobre nuestra miseria y servirse de ellos como argumento contra el comunismo es nuestro enemigo declarado. *(Aplausos.)* Camaradas, Turati, que es miembro de vuestro partido, dice de Rusia: «Los rusos han inventado los soviets y la Internacional Comunista en su propio beneficio, en su propio interés nacional». Se lo dice al obrero italiano, que fue arrastrado a la guerra en nombre de supuestos intereses nacionales y, como todos los demás, engañado. Ahora se le pinta otro espantajo nacional, la Rusia soviética, que quiere servir a sus propios intereses nacionales por medio de la Internacional Comunista. Si tomáis los periódicos alemanes de la época de la Acción de Marzo, encontraréis en ellos la misma idea sobre la situación de los soviets. Se dice allí que los soviets estaban en aquel momento muy comprometidos y que, para salvarse, la Rusia soviética habría ordenado, por medio de la Internacional Comunista, el comienzo de la acción revolucionaria en Alemania. Nuestros enemigos más viles difunden ahora la fábula —y Turati es uno de los que más celosamente colaboran en ello— de que, para salir de apuros en nuestra situación interior, exigimos a los demás partidos actos revolucionarios que no tienen relación alguna con el desarrollo político y social interno del país de que se trate. Si seguimos conservando en la Internacional a gente que difunde esta idea, podemos poner a la Internacional en una situación muy difícil.

Camaradas, en nuestro país hemos levantado un pilar de la revolución mundial. Nuestro país está todavía muy atrasado, es todavía muy bárbaro. Ofrece un cuadro de miseria. Pero defendemos este pilar de la revolución mundial porque en este momento no hay otro. Cuando en Francia o en Alemania se alce otro pilar, el ruso perderá nueve décimas partes de su importancia. Estamos dispuestos sin más a ir con vosotros a Europa para defender ese otro pilar, más importante. ¡Camaradas! Es una necedad creer que consideramos el pilar ruso como el centro del mundo. Es un disparate suponer que creemos poder exigiros que hagáis la revolución en Alemania, en Francia, en Italia en el momento en que lo requiera nuestra política interior. Si fuéramos capaces de semejante traición, mereceríamos todos que nos pusieran contra la pared y nos fusilaran uno tras otro.

¡Camarada Lazzari! ¿Cómo podemos seguir en la misma Internacional con Turati, que es miembro de vuestro partido y llama a nuestra Internacional una «Internacional fantástica»? Es su expresión. Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg han muerto, pero para esta Internacional viven eternamente. Pero ¿cómo podemos reunir en las filas de nuestra Internacional a Karl Liebknecht, a Rosa Luxemburg y a Turati? Turati ha dicho que nuestra organización es fantástica. ¡Piénsese que todavía ayer figuraba entre sus miembros! ¡Esto sí que es un caso fantástico en la III Internacional! *(Vivos aplausos.)*

**Loriot** (Partido Comunista de Francia). ¡Camaradas! El camarada Lazzari no ha podido resistir en su intervención la tentación de justificar la posición del Partido Socialista Italiano atacando al Partido Socialista Francés. Sin embargo, el camarada Lazzari limitó su crítica a ciertos miembros del partido francés; no llegó tan lejos como Serrati, que en el Congreso de Livorno[^205] basó todo su discurso en esa crítica. Por discreta que fuera la alusión del camarada Lazzari al camarada Frossard, no podemos pasarla en silencio, porque ha dado pie a conclusiones completamente erróneas. La delegación francesa no dirá nada que pueda menoscabar el prestigio del Partido Socialista de Italia; no dirá nada que pueda empañar la aureola que rodeó al Partido Socialista de Italia durante la guerra. Tampoco se pondrá a indagar hasta qué punto la experiencia de la guerra de Trípoli[^206] y el hecho de que la clase obrera conociera el carácter imperialista de la intervención a la que se arrastró a Italia influyeron en la orientación que tomó el Partido Socialista Italiano durante la guerra. No pasamos por alto en absoluto los servicios que su partido, camarada Lazzari, ha prestado a la causa del comunismo. No olvidamos en modo alguno que después de Zimmerwald os convertisteis, sobre todo para nosotros, en la estrella polar. Por lo que a mí respecta, tengo motivos particularmente buenos para tenerlo presente. Porque cuando estuve en Londres como único representante de la extrema izquierda del Partido Francés, no encontré a nadie, aparte de los camaradas italianos, que apoyara mi actuación; nadie, salvo los camaradas Lazzari y Modigliani, quiso firmar nuestra moción. Pero esa moción, camarada Lazzari, se refería a una situación muy determinada, radicalmente distinta de la de hoy. Del mismo modo, Zimmerwald, que usted invoca tan a menudo, es sin duda un hecho histórico de importancia indiscutible; pero pertenece solo al pasado muerto. Merrheim[^207] y Mártov estuvieron presentes en Zimmerwald. ¿Quiere decir eso acaso que hoy tienen razón? ¿Puede uno, al juzgar su actividad de hoy, remitirse a sus méritos de antaño? Los partidos, igual que los combatientes, no pueden vivir de su pasado. Hay que juzgarlos siempre por el presente. Vosotros establecéis un paralelo entre el Partido Socialista Francés y el Partido Socialista de Italia, pero olvidáis tener en cuenta el presente. Por eso no podéis formaros un juicio acertado. Si quisierais reflexionar sobre la situación actual, comprenderíais que no tenéis derecho a acusar al Partido Francés como lo ha hecho Serrati. Lo que hay de justificado en vuestra crítica, lo aceptamos de buen grado. Sabemos que nuestro partido no es todavía del todo comunista, que alberga en su seno a camaradas que aún no están del todo impregnados del espíritu comunista y que a veces incurren en actos pequeñoburgueses y oportunistas. Sea como fuere, cualquiera que sea la crítica que se pueda hacer al Partido Francés, lo cierto es que se encuentra en el camino de la revolución. Desde luego, sucede una y otra vez que en ese camino nuevo y espinoso se lastima los pies. Es todavía demasiado joven para no tropezar con los obstáculos que tiene que vencer. Pero tiene consciencia de que se encuentra en el buen camino y la firme voluntad de llegar a la meta. Y eso es lo más importante. La situación en el Partido Italiano, en cambio, es muy distinta. Está, por el contrario, en el camino de la reacción; está a punto de ser absorbido por la burguesía. *(Interrupción: «¿Es un descubrimiento suyo?»)* No es un descubrimiento, sino mi convicción, basada en la historia misma de los partidos y en la observación de su evolución. Me he esforzado en demostraros que mi convicción es acertada. Los camaradas italianos protestaban hace un momento, cuando se leyó el acta de acusación contra Turati. «No estamos defendiendo aquí la causa de Turati», objetaron. Lo admita usted o no, camarada Lazzari, es la causa de Turati la que usted defiende aquí, mientras cree estar defendiendo a su partido. Observad lo que ocurre a vuestro alrededor, lo que ocurrió sobre todo en el Partido Francés cuando se llegó a una escisión, que se produjo entre vosotros igual que entre nosotros. En un partido viejo quedan siempre elementos que creen estar cerca de los elementos que se han ido y que a veces, en efecto, están muy cerca de ellos. Sucede incluso a veces —y así fue en Francia— que son precisamente esos elementos los que dirigen el partido en el momento de la escisión. Así parece como si el Partido Francés con Longuet y Paul Faure, y el viejo partido italiano con Serrati, estuvieran en el mismo terreno que pisaban en el momento de la escisión. Es un error. La ruptura refuerza siempre la influencia de la derecha, puesto que ya no tiene enfrente ningún contrapeso. Los elementos de izquierda, en la medida en que no arremeten con el mayor encarnizamiento contra el nuevo partido, quedan atados de pies y manos, o bien se ven obligados, en su crítica, a la que están cada vez más reducidos, a salirse, consciente o inconscientemente, de sus límites anteriores. Así se deslizan por la pendiente y se van fundiendo poco a poco con la derecha.

¿Qué papel desempeñan en el Partido Francés[^208] los elementos supuestamente revolucionarios que se apartaron de nosotros tras la escisión? ¿Qué ha sido de los Paul Faure, de los Pressemane, de los Longuet,[^209] que aseguraban que seguirían siendo los mismos? En el momento de la escisión daba la impresión de que seguirían dominando su partido. Pero ¿qué papel desempeñan en realidad? Desde la escisión el partido ya no está bajo su influencia. Se los ha relegado a segundo plano. Mirad un poco *Le Populaire*.[^210] ¿A qué principios políticos se atienen los escindidos desde la escisión? ¿Quién los inspira? Los hombres de la extrema derecha. Léon Blum es hoy el alma de la orientación política de los escindidos. ¿Qué es lo último que ha tramado ese partido escindido, en el que los elementos supuestamente revolucionarios no tienen hoy nada que decir? Quiere restablecer el bloque de izquierdas. Quiere que el partido se una a los radicales franceses. Esa es la política que propugnan hoy los Paul Faure, los Longuet y la gente que se toma en serio sus frases revolucionarias. Alguno que otro de ellos se opone a esa política aquí y allá, al menos de palabra. Pero su resistencia carece de fuerza y de sustancia y no encuentra eco fuera del partido.

*Le Populaire* no hace más que reflejar la opinión de la mayoría. La gente que aún conserva cierta fe revolucionaria, que aún pretende querer seguir siendo socialista —si es que todavía hay gente así entre los escindidos—, se verá obligada un buen día a dar el paso que no se decidió a dar en Tours, es decir, a abandonar el partido, cuya actividad es cada vez más traidora, y volver al Partido Comunista. También entre vosotros tenéis un ejemplo elocuente de los extravíos a los que os veis arrastrados y que os llevan derechos a colaborar con el gobierno. Ahí está Serrati, que desde su regreso de Rusia deja sin más que Merrheim, el más encubierto y más notorio de los renegados, se aproveche de su posición. Ahí está el camarada Alessandri. ¿En qué órgano francés colabora? En *Le Populaire*, el periódico que hace unos días, con ocasión del atentado contra Lafont, cayó tan bajo que defendió la política burguesa. Camarada Lazzari, el futuro pertenece a la izquierda. Si en su partido quedan todavía verdaderos revolucionarios que aspiran sinceramente a la plena emancipación del proletariado, no deben permanecer por más tiempo en un partido al que Turati sigue perteneciendo. O expulsan del partido a Turati y a los reformistas que lo siguen, o tendrán que abandonar ellos mismos el partido. Así servirán no solo a la revolución italiana, sino también a la revolución de todos los pueblos de Europa occidental, es decir, a la revolución mundial.

**Lozovski.**[^211] El camarada Maffi ha dicho que los reformistas italianos trabajan de acuerdo con sus concepciones. Es una verdad absoluta. A nosotros nos interesa conocer la actitud del Partido Socialista Italiano. La actividad del partido demuestra que no solo los reformistas italianos trabajan de acuerdo con sus propias concepciones, sino que también el partido entero se rige por las concepciones de los reformistas. Esta circunstancia es mucho más significativa todavía.

He tomado la palabra para citar un ejemplo. En el congreso de la Confederación General del Trabajo italiana (CGL), en Livorno, se había decidido establecer los vínculos más estrechos entre el partido y la CGL y dejar que el Comité Central del partido y el de la CGL determinaran la naturaleza de la unión de ambas organizaciones. Los camaradas italianos lo saben. El camarada Lazzari confirmará que la política de la CGL es en general la misma que la del Partido Socialista de Italia. En el congreso de Livorno se sometió a votación una resolución sobre la Internacional Sindical Roja. Esta resolución dice textualmente:

1. Adhesión sin reservas a la iniciativa de fundar una Internacional Sindical Roja, con la condición absoluta de que se mantenga el vínculo entre la Confederación del Trabajo y el Partido Socialista y de que se reconozca para Italia el principio de un movimiento sindical unitario dentro de la propia Confederación, y

2. Ruptura con la Federación Sindical de Ámsterdam, de conformidad con las resoluciones que adopte el congreso de Moscú.

Camaradas, me parece que si el congreso dice que romperá con Ámsterdam y se someterá a la resolución del congreso de Moscú, está bien claro que las relaciones entre la CGL italiana y la Federación Sindical de Ámsterdam ya no serán tan estrechas; vemos, sin embargo, que desde el congreso de Livorno la CGL italiana se acerca a la Federación Sindical de Ámsterdam y se aleja cada vez más del Consejo Sindical Rojo. Según la resolución del Consejo Nacional de la CGL del mes de abril, la CGL debía dirigirse a la Internacional de Ámsterdam en la cuestión del fascismo. La CGL italiana se dirige, pues, a una organización de la que sabe perfectamente que ni quiere ni puede hacer nada, a una organización cuyo papel consiste en sabotear la revolución mundial. Creo que no hay un solo camarada que no sepa de qué clase son los méritos de los Jouhaux, Huysmans y consortes que están a la cabeza de esa «Internacional». Y, sin embargo, la CGL italiana se dirige a la Federación Sindical de Ámsterdam. Esta responde con una carta amistosa en la que anuncia a la CGL el envío de 50.000 liras para la lucha contra el fascismo. ¿Qué podría significar eso? ¿Qué ha contestado la CGL? Envía a la Federación Sindical de Ámsterdam una carta de simpatía en la que dice:

«Damos las gracias a la Internacional sindical, que, al acudir en ayuda de nuestro movimiento en una hora difícil, da una prueba de que el proletariado internacional es solidario con nosotros».

Los camaradas italianos saben muy bien que esos mismos señores que les han enviado 50.000 liras se sientan codo con codo, en la Oficina Internacional del Trabajo, con los grandes industriales de Italia, como Alberto Pirelli, y con el señor De Michelis, representante del gobierno monárquico de Italia. En la Oficina Internacional del Trabajo mantienen buena vecindad con los que organizan el fascismo y los pogromos en Italia; con la mano izquierda envían al proletariado italiano 50.000 liras y la derecha se la tienden a los que organizan los pogromos en Italia. Este intercambio de cortesías entre la CGL y el Buró Sindical de Ámsterdam demuestra que la CGL va mucho más lejos de lo que quería el congreso de Livorno.

¿Qué ha decidido el partido sobre esto? En el *Avanti!* encuentro la explicación de esa muestra de solidaridad. El *Avanti!* escribe:

«La Internacional sindical de Ámsterdam, que hace poco envió a nuestra Confederación el mensaje de solidaridad que reproducimos más abajo, no está del todo de acuerdo con nosotros sobre las necesidades urgentes del movimiento proletario. Algunos de sus dirigentes están incluso bastante alejados de nuestros ideales. Si el momento actual permitiera una polémica, podríamos reprochar a algunos de ellos que durante la guerra se solidarizaron con elementos que hoy son, entre nosotros y en el extranjero, los representantes más empedernidos de la reacción capitalista. Lejos de nosotros, sin embargo, querer restar importancia a esta manifestación de solidaridad internacional, que nos ha conmovido profundamente».

¿Se puede reprochar a los que están a la cabeza del Buró Sindical de Ámsterdam su actividad traidora y pérfida durante la guerra? No. Pero se les puede reprochar lo que hacen ahora en Francia, en Inglaterra y en Alemania; hay que reprochar a los que están a la cabeza del movimiento sindical que son los peores enemigos del movimiento revolucionario. ¿No son ellos los que ayudaron a estrangular la Acción de Marzo en Alemania? ¿Por qué escribe entonces el órgano central del partido que solo se les puede reprochar su actividad durante la guerra? ¿Y qué hacen ahora? Si envían dinero a la CGL, ¿se vuelve por eso intachable su actividad? ¿Es este caso acaso aislado? En absoluto. Si el partido sigue una política reformista, deja que la CGL se deslice hacia la Federación Sindical de Ámsterdam.

Y para demostraros qué espíritu reina entre los dirigentes de la CGL de Italia, os citaré otro ejemplo. Hace unos días recibimos un telegrama de la CGL italiana que dice así:

«La CGL propone convocar el congreso internacional en Estocolmo o en Reval[^212] y aplazarlo al mes de agosto, para que pueda presentarse la resolución del congreso de la III Internacional. El congreso, tras tratar las cuestiones generales, deberá ocuparse especialmente de la posición internacional de los sindicatos, de su programa y del de la Internacional Comunista».

Respondimos que estábamos dispuestos a celebrar un congreso no solo en Estocolmo, sino también en la propia Italia; pero que el congreso ya convocado no podía disolverse en ningún caso. Era para nosotros un enigma qué se quería conseguir con ese traslado del congreso a Estocolmo o Reval. Pero acabamos de recibir una carta de D'Aragona del 25 de mayo. El telegrama se había enviado después que la carta. En esta encontramos la explicación de la propuesta de trasladar nuestro congreso a Estocolmo. D'Aragona escribe:

«Para garantizar a todos los delegados la posibilidad de mantener sin interrupción el contacto con sus mandantes y para poder controlar exactamente el valor de los mandatos, desearíamos que el congreso se celebrara en una ciudad adecuada a ese fin. Para atender también a vuestros intereses, propondríamos Estocolmo o Reval».

Cabe preguntarse si el gobierno sueco permitiría reunirse a semejante congreso. ¿Podríamos estar seguros de que el gobierno no encarcelaría a los delegados? ¿Y qué quiere decir esa frase ambigua de que en Estocolmo o en Reval se podría controlar mejor el valor de los mandatos? Insinúan que aquí, en Moscú, podría falsearse la representación y que podríamos presentar «testaferros». Para hacer posible un «control», quieren reunirse, pues, en Estocolmo, bajo el patrocinio de un gobierno burgués. Camarada Lazzari, ¿qué significa esto? Sí, es sin duda una política muy hábil, pero no la tengo por muy sabia. Me parece que los camaradas que están a la cabeza de la CGL maniobran en esa carta y tratan de volver a entrar por otra puerta.

Ese dinero recibido del Buró Sindical de Ámsterdam, ese intercambio de cartas amistosas entre la CGL y el Buró Sindical de Ámsterdam y, por último, la carta ambigua que se nos ha enviado, que huele demasiado a diplomacia, toda esa táctica nos dice que la CGL italiana se dispone a entrar por la puerta trasera en el Buró Sindical de Ámsterdam. Camaradas, no creo que los obreros italianos permitan a sus dirigentes seguir esa política ambigua. La resolución adoptada en Livorno es bastante clara. Dice: estaremos con la Internacional Sindical Roja. Pero ¿qué vemos? En lugar de acercarse a la Internacional Sindical Roja o de dirigirse a nosotros, se dirigen a Ámsterdam, que está moralmente ligada a la gente que organiza los pogromos en todos los países. Estos hechos nos dan una prueba clara de que el Partido Socialista Italiano ha quedado firmemente atrapado en el engranaje del reformismo. Pero hay una lógica de la acción. No se puede renegar de todos los hechos. Si se combate a la izquierda, se acerca uno irremediablemente a la derecha. No se puede bailar siempre en la cuerda floja: o se cae a la izquierda o se cae a la derecha. ¿Qué hicieron los camaradas italianos durante el congreso de Livorno? Fue un giro a la derecha en todo su terreno de trabajo. Me refiero al movimiento sindical. Pues bien, camarada Lazzari, díganos sin rodeos qué piensa de la propuesta de la CGL de Italia de trasladar nuestro congreso a Estocolmo. ¿Puede la CGL garantizarnos que allí podremos celebrar nuestras sesiones? Desde el punto de vista diplomático es una jugada hábil, pero maquiavélica. (Es una palabra italiana, por cierto.) Desde el punto de vista de clase y desde el punto de vista revolucionario no se deben hacer semejantes propuestas cuando se sabe que a Moscú han llegado ya cientos de delegados y que, por ejemplo, los delegados de América y de otros países lejanos tuvieron que salir de su tierra dos meses antes del congreso para llegar a tiempo. En mi opinión, esta propuesta y este intento de desligarse de la organización sindical internacional nos muestran con toda claridad que el Partido Italiano quiere entrar por la puerta sindical del Buró de Ámsterdam para volver por el portal político a la Internacional Dos y Media o a la II Internacional; porque el movimiento sindical y la política son cosas que no pueden separarse una de otra.

Tened cuidado, camaradas Lazzari y Maffi, que queréis, con los demás camaradas fieles, que el partido gire a la izquierda: examinad bien estos hechos; no son hechos aislados, es una política general que demuestra que el Partido Socialista de Italia, desde el congreso de Livorno, ha girado a la derecha en el movimiento sindical y en toda su actividad. En ello hay para el proletariado italiano un peligro extraordinariamente grande y actual.

Si los fascistas destruyen las Cámaras del Trabajo y organizan pogromos, si destruyen los sindicatos y asesinan a los proletarios combatientes, es porque los camaradas del Partido Socialista Italiano no oponen suficiente resistencia. He leído la reseña de una asamblea socialista que trató la cuestión de la resistencia al fascismo. Se pronunciaron allí discursos de tono tolstoiano. Y, sin embargo, no es tiempo de tolstoísmo, no es tiempo de pasividad. Para combatir el fascismo, el Partido Italiano tiene que expulsar de su seno a los reformistas. De lo contrario, os veréis empujados a la derecha, mientras que el proletariado italiano irá a la izquierda y hará la revolución sin vosotros y contra vosotros.

**Rakovski.** ¡Camaradas! En nombre de la delegación ucraniana propongo el cierre del debate. La cuestión se ha discutido suficientemente y creo que proseguir la discusión no responde a los intereses del Congreso. *(Aprobación.)*

**Presidente Kolárov.** ¿Alguien tiene alguna objeción contra la propuesta del camarada Rakovski? No. La declaro, por tanto, aprobada. Tiene la palabra el camarada Koenen para presentar una resolución sobre el informe del Comité Ejecutivo.

**Koenen.** Camaradas, como extracto del debate sobre el informe del Ejecutivo, toda una serie de delegaciones nos ha presentado, con sus firmas, una resolución que ahora debemos aceptar y proponer en nombre de las delegaciones.

La resolución dice:

*Sigue la «Resolución sobre el informe del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista», aprobada por el congreso: véase [la página del congreso](https://marxismo.school/archivo/congresos/1921%20III%20Congreso%20de%20la%20Internacional%20Comunista#resolucion-sobre-el-informe-del-comite-ejecutivo-de-la-internacional-comunista).*

Esta resolución la han propuesto las siguientes delegaciones:

Firmas por las delegaciones: PC de Italia: Terracini. — PC de Bulgaria: Kolárov. — PC de Polonia: A. Michalak. — PC de Alemania: Thalheimer, Frölich. — PC de Noruega: Schafts. — PC de Checoslovaquia (sección alemana): Kreibich. — PC de Hungría: Szántó. — PC de Austria: Tees. — PC de Suiza: Rosa Grimm. — PC de Rumanía: A. Badulescu.

Por la Internacional Juvenil Comunista: Willy Münzenberg.

**Loriot** (Partido Comunista de Francia). ¡Camaradas! La delegación francesa no ha firmado todavía la presente resolución. A su juicio, la cuestión italiana podía discutirse en su conjunto, pero no la cuestión alemana. Esta consta en realidad de dos cuestiones distintas: 1) la Acción de Marzo, y 2) la cuestión del KAPD. Comprendemos muy bien qué ha llevado al Congreso a tratar en el debate que acaba de terminar solo la cuestión del KAPD. La delegación francesa opina que la Acción de Marzo no puede discutirse en el pleno del Congreso. Sin embargo, no se puede dejar a las delegaciones completamente a oscuras sobre este asunto. Por eso los representantes franceses proponen que el Congreso nombre sin demora una comisión especial para tratar esta cuestión. Del mismo modo y por las mismas razones, el Congreso ha dejado de discutir cómo llegó el Ejecutivo a actuar como actuó. La misma comisión podría ocuparse también de esta cuestión. Antes de dar al Ejecutivo plenos poderes para decidir la cuestión de la fusión del KAPD con el KPD, hay que dar a conocer a las delegaciones las medidas que el Ejecutivo piensa tomar; esas medidas tienen que discutirlas las delegaciones. Por eso proponemos cerrar el debate y aplazar la votación hasta que la comisión cuya formación proponemos haya terminado su trabajo.

**Souvarine** (Partido Comunista de Francia). No insistimos a toda costa en una comisión especial; nos daríamos por satisfechos si la comisión ya nombrada se pusiera a trabajar.

**Loriot** (Partido Comunista de Francia). No es que importe mucho que se cree un organismo nuevo; mucho más importante es lograr que uno de los antiguos emprenda el trabajo del que he hablado.

**Sachs** (KAPD). ¡Camaradas! Hablo sobre el procedimiento, y lo hago por encargo de la delegación del KAPD. Pedimos, en primer lugar, que se apruebe la moción de la delegación francesa de votar la presente resolución al final de los trabajos.

Pedimos, en segundo lugar, que se establezca ya desde ahora que la votación de esta resolución se hará por apartados, agrupando por separado las distintas cuestiones y votando luego, naturalmente, una vez más la resolución entera en su conjunto. Para esa votación por separado presentamos, sobre la cuestión que concierne al KAPD, una contramoción al pasaje correspondiente de la resolución general. Permitidme leer aquí esa moción.

1. Las 21 condiciones del II Congreso serán en adelante todavía menos apropiadas que hasta ahora para ofrecer garantía alguna contra el empantanamiento reformista.

2. La III Internacional, tras la creación y admisión de grandes partidos de masas infiltrados de centrismo y reformismo, necesita más urgentemente que nunca la presencia de una oposición puramente proletaria y revolucionaria.

3. Una oposición así solo puede ser eficaz si no la aplastan el aparato y el número de votos de un partido que, por principio, quiere reunir masas a cualquier precio y que, por tanto, ha de ser necesariamente oportunista.

4. El VKPD en particular sigue todavía hoy, en sus principios tácticos, en el terreno de Paul Levi; incluso su ala izquierda está, en el mejor de los casos, presa de una funesta ilusión sobre sí misma.

5. Por último, en casi todos los partidos de la Internacional Comunista se forman corrientes afines al KAP, pero que solo podrán seguir desarrollándose favorablemente en interés de la revolución proletaria y de la IC si el KAPD sigue existiendo como partido especial dentro de la IC.

Por todas estas razones proponemos:

Que el Congreso decida que el KAPD siga perteneciendo [a la IC] como organización simpatizante. Si se acepta que esta cuestión se siga tratando en comisión, estamos de acuerdo en que también esta moción pase de momento a la comisión. Si se rechazara el tratamiento en comisión y se quisiera pasar aquí a la votación, pediríamos todavía la palabra para fundamentar brevemente esta moción.

**Rádek.** Camaradas, pido que se rechace la moción de la delegación francesa, por las razones siguientes: el camarada Loriot ha citado una serie de cuestiones que hemos discutido y que forman parte del informe del Ejecutivo: la cuestión italiana, la cuestión del KAPD, etc. Ha admitido que esas cuestiones se han aclarado aquí suficientemente. La única cuestión en la que echa de menos la aclaración, y por la que pide que la votación se haga solo después del trabajo de una comisión, es, según él, la Acción de Marzo. Pero la resolución sobre el informe del Ejecutivo no contiene nada sobre la Acción de Marzo. Así pues, si el camarada Loriot y la delegación francesa declaran que aún no están suficientemente informados, y yo lo creo, eso no debería impedirles expresar su opinión sobre la actividad del Ejecutivo. *(Aprobación.)* El Ejecutivo no hizo la Acción de Marzo. Así que la falta de información sobre esta cuestión no puede impedirles manifestar su opinión sobre la actividad entera del Ejecutivo.

En cuanto a la comisión, tenemos una comisión de táctica. Esa comisión no tendrá que examinar el pasado, sino la táctica. No se ha planteado aquí, a propósito del informe, una sola cuestión que no requiera un examen ulterior en una comisión especial. En cuanto a las razones por las que la comisión de táctica no se ha reunido hasta ahora, son sencillas. Tras la primera sesión de la comisión de táctica comprobamos que solo había tesis de la delegación rusa, y se decidió que cada delegación debía entregar por escrito un informe sobre su línea táctica como base de la discusión ulterior. Como el presidente de la comisión no ha recibido ni nuevas resoluciones ni un informe de la delegación francesa, ha sido imposible convocar la comisión de táctica. Por esta razón propongo rechazar la resolución del camarada Loriot, pese al apoyo del KAPD. En cuanto a la moción del KAPD de dividir la resolución en partes, es una moción técnica. Y si hay aquí grupos que quieren votar a favor de unas partes y no de otras, lo leal es hacer la división. En cuanto a la declaración del KAPD, la reivindicación de una posición especial para el KAPD porque quiere ser la botella en la que se encontrará el espíritu revolucionario para calentarnos y alegrarnos *(Risas)*, basta con la discusión habida hasta ahora para que decidamos ya si ese espíritu os ha gustado especialmente. En cuanto a la reivindicación que hace el KAPD en su declaración de que, por la buena calidad, les demos un derecho de voto plural revolucionario, ahora se tiene la posibilidad de juzgarla. Propongo, pues, rechazar la resolución del camarada Loriot, pero aceptar la moción del KAPD de votar por separado.

**Heckert** (VKPD). ¡Camaradas! La delegación alemana ha entendido de la moción Loriot lo siguiente: que habría que tratar el asunto de la Acción de Marzo en una comisión porque no se puede decir todo ante el Congreso. Si la moción Loriot se ha presentado por esa razón, pido a la delegación alemana que la rechace resueltamente, porque no tenemos la intención de introducir en la Internacional Comunista la confesión auricular. *(Gritos: ¡Muy bien!)* Pero si se desea que la Acción de Marzo se trate en una comisión especial antes de llegar al pleno, basta con la comisión de táctica. Por lo demás, nos sumamos a lo expuesto por el camarada Rádek. *(Aprobación.)*

**Zinóviev.** No tengo la posibilidad de hablar con todos los miembros del Ejecutivo sobre la situación creada, pero estoy convencido de que expresaré la opinión de casi todos los miembros del Ejecutivo, probablemente de todos, si declaro lo siguiente:

Espero que en la moción de los camaradas de la delegación francesa haya quizá solo un malentendido técnico, por falta de conocimiento de idiomas. Opinamos que la Acción de Marzo debe discutirse, naturalmente, en el próximo punto, en el debate sobre la táctica. Ese es el lugar adecuado para hacerlo con detalle. En ese sentido estamos de acuerdo con los camaradas franceses en que hay que examinar a fondo esta cuestión. Si eso es lo que piden los camaradas de la delegación francesa, es bastante fácil entenderse con ellos. Si no es así, tengo que declarar, como ponente, que no veo en ello otra cosa que un voto de desconfianza algo encubierto contra el Ejecutivo. Pedimos a nuestros amigos franceses que lo digan abierta y claramente: naturalmente, tienen derecho a no estar satisfechos con nuestra actividad. Pero entonces hay que declararlo abiertamente en una resolución; eso es mucho mejor y políticamente mucho menos apropiado para envenenar nuestras relaciones. Pero aplazar sin más la votación es imposible. Eso está claro. Se ha tenido un debate político durante cuatro días y luego no se puede decir: ¿a favor o en contra? El mundo entero sigue nuestro trabajo. Si hoy no votáramos, no se interpretaría de otro modo que como expresión de un voto de desconfianza contra el Ejecutivo. Lo repito: nuestros camaradas franceses tienen todo el derecho a decir que no fuimos bastante revolucionarios, ni bastante comunistas, que cumplimos mal las 21 condiciones, que ejecutamos mal las resoluciones del II Congreso; pero eso hay que decirlo en una resolución clara. Si no, los camaradas ponen un gran signo de interrogación detrás de toda la actividad del Ejecutivo. Por tanto, si se trata de un malentendido, pido a los camaradas franceses que retiren su moción. Si no es un malentendido, sino el deseo de pronunciarse contra nuestra actividad, entonces, entre comunistas, hay que decir clara y abiertamente lo que se tiene que decir. Si después de esta declaración no se retira la moción, la consideraremos políticamente como un intento de voto de desconfianza contra la actividad política del Ejecutivo. *(Aprobación.)*

**Rakovski.** Permítanme añadir por mi parte unas palabras y dirigirlas en particular a los camaradas franceses. Ellos conocen bien el procedimiento parlamentario y el procedimiento de los congresos y de las comisiones que rinden cuentas de su actividad. Si en un congreso, después del informe del comité, se aplaza el voto de confianza para más tarde, eso es para el comité una prueba de desconfianza. Por eso, en aras de la regularidad de nuestros trabajos, me dirijo a ustedes y les pido que retiren su moción. Tras cuatro días de debates es absolutamente necesario que digamos una palabra sobre la actividad del Ejecutivo, que desde hace un año encarna al proletariado revolucionario del mundo. Tenemos que decir si reconocemos o no su actividad. Es evidente que se podría hacer algún cambio en la redacción de la resolución, pero el sentido del voto general no puede ser dudoso y debe contener una aprobación. Tenemos que decir que el Comité Ejecutivo se ha ganado de verdad la confianza de los partidos comunistas de todos los países.

**Roland-Holst.** Camaradas, la minoría de la delegación holandesa y la delegación del Partido Comunista de las Indias Neerlandesas presentan la moción de aplazar el asunto del KAPD y la votación sobre él hasta que este partido haya tenido ocasión de exponer sus concepciones sobre la cuestión de la táctica, de la organización, etc. Puedo fundamentar esta moción en dos minutos.

Camaradas, creo que no son tan pocos en este Congreso los que tienen la sensación de que en la manera en que se trató ayer el asunto del KAPD hubo algo que no estuvo bien, los que tienen la sensación de que, a fin de cuentas, se ha hecho violencia al KAPD. *(Interrupción: Demasiada consideración.)*

Lo creo porque varios delegados me han hablado en ese sentido y me han declarado, sin distinción alguna de matiz político —eso no importa ahora, lo que importa es el sentido de la justicia—, que se le debería haber dado tranquilamente al KAPD el tiempo de exponer sus concepciones.

Creo, desde luego, que se me puede replicar que, también después de celebrada la votación, los delegados del partido podrán participar en los trabajos del Congreso. No lo discuto en absoluto. Digo solo que en este caso el Congreso debería ser más condescendiente. Se crea una atmósfera psicológica desfavorable para estos camaradas. Hay aquí muchísimos delegados, aparte naturalmente del partido alemán y del de las Indias Neerlandesas, delegados de partidos de otros países e incluso de otros continentes, que están mal informados, o no lo están en absoluto, de las concepciones del KAPD en su conjunto. Creo que es una simple cuestión de justicia que esos delegados puedan informarse tranquilamente sin que se cree en torno al KAPD una atmósfera desfavorable. Apelo al sentido de la justicia de todos los que alguna vez estuvieron en minoría en sus partidos nacionales y en la II Internacional.

**Malzahn.** Camaradas, hacemos constar que en la resolución no se menciona la Acción de Marzo. Por eso también nosotros pedimos que se rechace la moción del camarada Loriot de tratar la Acción de Marzo en una comisión. También nosotros deseamos que la Acción de Marzo se trate a fondo en la cuestión de la táctica, para que el Congreso entero pueda sacar las lecciones y las consecuencias de esos sucesos.

Quisiera además subrayar en esta ocasión que en esa comisión de táctica, aunque la Acción de Marzo entra también en esas tesis, no hemos tenido hasta ahora ninguna representación.

**Rádek.** Camaradas, quisiera solo responder en pocas palabras a la apelación de la camarada Roland-Holst, que invocaba el sentido de la justicia de todos los que alguna vez estuvieron en minoría, de todos los que alguna vez fueron oprimidos. Yo he pertenecido muchísimas veces a minorías y muchísimas veces he sido oprimido, pero, camaradas de partido, nunca he caído por ello en el delirio de grandeza. La delegación de un partido pequeño se presenta aquí; sobre todos los puntos del orden de los trabajos tratados hasta ahora han hablado por lo menos dos delegados de ese partido. Ayer ese partido se permitió incluso el lujo de renunciar a la palabra, y ahora viene la camarada Roland-Holst y apela a todos los sentimientos nobles, cuya existencia en el pecho de todos los delegados doy por segura. Camaradas, ¡no os dejéis provocar! *(Risas.)* Guardad vuestros nobles sentimientos para una ocasión mejor, en la que podamos emplearlos, quizá para proteger a la camarada Roland-Holst y a los camaradas de la minoría holandesa de ser aplastados por la mayoría compacta del partido de masas. *(Risas.)* Aquí se trata de una cuestión para la que no necesitamos ni conocer las concepciones del KAPD ni la filosofía de Holanda y de Berlín. Se trata de la cuestión de si en la Internacional Comunista debe haber partidos que, por programa, puedan burlarse de la Internacional. Independientemente de ese punto de vista, una cosa es segura: si somos una federación internacional, podemos establecer ciertos periodos de transición en los que un partido esté unido a nosotros más laxamente, pero luego llega el momento en que tenemos que ponerlo ante la pregunta: ¿venís con nosotros o no? Puede que no sean necesarios seis meses, sino nueve, para que esa pertenencia del KAPD a nosotros se haga realidad. Pido que no se presenten al Congreso argumentos tan lacrimosos.

**Heckert** (VKPD). Camaradas, después de lo expuesto por el camarada Malzahn nos vemos obligados a hacer todavía una declaración, para que no se produzca una distorsión del cuadro al aprobarse la resolución. Y es esta: el Ejecutivo ha aprobado la expulsión de Levi. Con la aprobación de la resolución, en la que se toma posición sobre la conducta del Ejecutivo en los asuntos alemanes, el Congreso expresa la esperanza de que también en el futuro el Ejecutivo proceda como en el presente caso.

**Malzahn.** Todo participante atento en el Congreso tendrá que constatar, al leerse la resolución, que en ella no se hablaba de la Acción de Marzo ni tampoco de un caso Levi. Y si el camarada Heckert declara que esa resolución existe, tengo que hacer constar que, después de toda esa corrección, apenas se está en condiciones de informarse siquiera sobre estas cosas. Una cosa es segura: que del caso Levi no se menciona nada. Si el presidium apoyara también la interpretación que desea el camarada Heckert, deseamos que se suspendan la votación y la resolución hasta que se haya discutido la cuestión de la táctica. Y digo que, si el Congreso acepta la interpretación del camarada Heckert de que con ello quedan zanjados los asuntos alemanes y también el caso Levi —pues en el asunto alemán entra también la Acción de Marzo—, deseamos con razón —sin la menor desconfianza hacia el Ejecutivo, pues, si se emite ya un juicio de valor, se quitaría al Congreso la posibilidad de un debate sobre la Acción de Marzo— que el presidium declare si ya hoy debe adoptarse una resolución sobre la Acción de Marzo. Si fuera así, proponemos que se suspenda la resolución hasta que se haya resuelto la cuestión de la táctica.

**Zinóviev.** Camaradas, quisiera declarar como ponente que considero evidente que con esta resolución se aprueba la expulsión del señor Levi. *(Aplausos tempestuosos.)* Sobre la Acción de Marzo se hablará en la cuestión de la táctica. En cuanto al caso de ese señor que —tenga quizá razón o no en algunas cuestiones de táctica— ha escrito un folleto de renegado[^213] y ha declarado que el Ejecutivo de la Internacional Comunista, que hasta ahora tiene la confianza de todo el proletariado comunista y que, según espero, la tendrá también en el futuro, es un grupo de manipuladores y de «turquestanos», y que ha presentado las cosas como si elementos irresponsables hubieran organizado putsches, y que ha dado a todos los fiscales y a todas las burguesías, incluida la americana, la posibilidad de arremeter contra el Ejecutivo, está del todo claro que el señor Levi tiene que salir de la Internacional Comunista. *(Aprobación tempestuosa.)* Naturalmente, cuando aprobamos la expulsión de ese señor, éramos conscientes de toda nuestra responsabilidad en ello. Si el Congreso es de otra opinión, que lo diga. Pero si nos expresa su confianza, dirá con nosotros: el señor Levi no pertenece a la Internacional Comunista. *(Vivos aplausos.)*

**Neumann.** ¡Camaradas! Estoy convencido de que aquí se aplica un método muy extraño. En las tesis sobre la táctica, en el pasaje sobre la Acción de Marzo, último párrafo, se dice que el Congreso aprueba la expulsión de Levi. El juicio sobre el caso Levi les corresponde a ustedes, naturalmente. Pero si de entrada trato el caso Levi como caso disciplinario, y el camarada Zinóviev dice que una parte de su crítica en el folleto puede ser acertada, entonces la segunda vez la expulsión de Levi se referiría a si la crítica sobre la Acción de Marzo es acertada o errónea. Si no es así, entonces el segundo caso tiene que referirse también a la expulsión de Levi. Por eso es extraordinariamente extraño que se discuta y se juzgue el caso Levi antes de haber discutido todo el conjunto de cuestiones que condujeron al caso Levi. Estábamos convencidos de que el caso Levi tenía que tratarse junto con la Acción de Marzo. Por eso digo que, en nuestra convicción, la votación tiene que suspenderse hasta que se haya discutido la Acción de Marzo. Si ustedes no lo hacen y ceden a la mayoría, todavía no han demostrado que tienen razón al juzgar esta cuestión. El camarada Loriot tiene razón, y al juzgar la Acción de Marzo se examinará… *(Protestas.)* Por favor, la cuestión ya está decidida, la cuestión ya está sentenciada. Por eso, digo, votar ahora sobre ella es un error. Me sumo a los camaradas Malzahn y Loriot en que se aplace la votación sobre esta cuestión.

**Rádek.** ¡Camaradas! Todo el Congreso ha sido testigo aquí de que, desde la primera intervención de los camaradas Neumann y Malzahn, que representan aquí con voto consultivo al grupo Levi, estos camaradas han provocado directamente. Les hemos dicho: no nos contéis nada de vuestra relación con el KAPD, no nos contéis nada de vuestra relación con todos los sistemas cósmicos; decidnos solo: ¿qué posición tenéis ahora ante el caso Levi? ¿Qué posición tenéis ahora ante el caso Levi, después de haber venido aquí a declarar que la Acción de Marzo no fue un putsch? *(Neumann: Ya lo haremos.)* Los camaradas han eludido la respuesta a esta pregunta. *(Neumann: ¡No es verdad!)* Han declarado *(Neumann: ¡Y aunque lo diga usted diez veces, no es verdad!)*, han declarado: hablaremos sobre la Acción de Marzo. *(Neumann: ¡Así es!)* Les hemos respondido, pero ahora está a debate la cuestión de si el Ejecutivo actuó correctamente cuando a un hombre que, en el momento en que 7.000 proletarios alemanes estaban en la cárcel, en que el partido sangraba por todas sus heridas, lanzó una bomba contra ese partido *(Vivos aplausos)*, si actuó correctamente cuando expulsó a ese hombre. Hemos dicho: ustedes, Neumann y Malzahn, son proletarios, han cumplido con su deber en la Acción de Marzo, aunque la consideraban un error, y ahora os preguntamos, después de que habéis retirado lo de que la Acción de Marzo fue un putsch urdido por el Ejecutivo: ¿tenéis el valor de decir que un hombre que en un momento así se ensaña con su propio partido, sin intentar influir en el partido por la vía de la organización del partido y por la vía de la Internacional, es un renegado? Os lo hemos dicho. Habéis callado, y ahora tenéis el triste valor de venir aquí a exigir al Congreso —el Congreso debe ser tan pusilánime como lo sois vosotros y no debe tener opinión sobre si un renegado es un renegado—. Puede escribir obras filosóficamente acertadas y, aun así, es un renegado. Propongo que se cierre la discusión. *(Aplausos tempestuosos.)*

**Presidente Kolárov.** Pasamos a la votación. Primero, sobre la moción de la camarada Roland-Holst de aplazar la votación sobre el KAPD hasta que se hayan resuelto todas las cuestiones del Congreso. ¿Quién está a favor de esta moción? ¡Seis delegados! Minoría. La moción queda, por tanto, rechazada.

La segunda moción, la de los camaradas Malzahn y Neumann, pide que la decisión sobre la resolución se tome solo después de resuelta la cuestión de la táctica. ¿Quién está a favor de esta moción? ¡Nadie! La moción queda rechazada.

Antes de pasar a la votación de la resolución misma, doy la palabra al ponente del Comité Ejecutivo, el camarada Zinóviev.

**Zinóviev.** Por motivos de salud seré muy breve y me limitaré a unas pocas observaciones. Puedo hacerlo con tanta mayor razón cuanto que, aunque la discusión ha sido muy amplia, a mi juicio se ha criticado demasiado poco la actividad del propio Ejecutivo. Deberían habernos criticado algo más de lo que lo han hecho. Pero como no lo han hecho, puedo ahora ser tanto más breve.

Sobre la cuestión italiana, después de los discursos de los camaradas Gennari, Rákosi, Lenin, Trotski, Rakovski y otros, no tengo nada que añadir. Estoy enteramente de acuerdo con ellos. Hago constar con satisfacción que también la camarada Zetkin, en esta cuestión, al menos ahora, ha aprobado objetivamente con su discurso la actitud del Ejecutivo. En esta cuestión quisiera llamar además la atención de la camarada Zetkin sobre la cita siguiente. En la revista *Sowjet*,[^214] n.º 3, del 1 de junio, editada por Paul Levi con la colaboración de una serie de camaradas, se lee sobre Italia lo siguiente, en la página 84: «Pues bien, el resultado electoral ha dado la derrota del Partido Comunista de Italia y la victoria aplastante del Partido Socialista Italiano. 121 escaños para el Partido Socialista Italiano, 16 escaños para los comunistas. Una derrota así no merece otro nombre que el de catastrófica. Pero no es solo la derrota del Partido Comunista de Italia, sino también la del Ejecutivo, la de la Internacional Comunista y la derrota del VKPD».

Como ven, demasiadas derrotas en esta pequeña cita, pero aun así… *(Interrupción: ¡El artículo es de Curt Geyer!)* Sí, de Curt Geyer, que se cuenta en la Internacional Comunista, que salió de la Central del VKPD junto con la camarada Zetkin y los demás camaradas y que también ahora es solidario con ese grupo. Espero que la camarada Zetkin logre convencer a Curt Geyer de que no tiene razón. Si un joven partido comunista obtiene 400.000 votos y 16 escaños estando rodeado de enemigos, eso no es en modo alguno una derrota. Y menos que nada es una derrota de la Internacional Comunista, como tampoco es una derrota de la Internacional que Scheidemann, después del asesinato de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburg, siga obteniendo millones de votos. Está claro que tales juicios significan una puñalada por la espalda al Partido Comunista de Italia. Está claro también que después del Congreso es imposible tolerar algo así. Naturalmente, no puedo anticiparme al nuevo Ejecutivo en cuanto a la actitud que debe adoptar ante esta cuestión. Pero creo que, después de que nosotros, el Congreso, adoptemos, espero que por unanimidad, una resolución sobre la cuestión italiana, un miembro de la Internacional Comunista no puede presentarse con artículos así. *(Aprobación.)*

Camaradas, creo que en la cuestión italiana, más que en otras cuestiones, el Ejecutivo tiene detrás, con toda unanimidad, al III Congreso Mundial. Lo hacemos constar con satisfacción. Como he dicho, la cuestión italiana ha sido la cuestión política más importante de este año. Se ha demostrado que en la apreciación de esta cuestión la camarada Zetkin estaba equivocada y el Ejecutivo tenía razón. Tengo que subrayarlo tanto más cuanto que la camarada Zetkin ha insistido en su discurso en que había tenido razón al salir de la Central por la cuestión italiana. Recordarán que la camarada Zetkin sostenía el punto de vista siguiente: decía que el representante del Ejecutivo, el camarada Rákosi, había hecho tal y cual declaración sobre Livorno. Habría dicho que Livorno era un ejemplo para otros partidos. Ella, la camarada Zetkin, no habría podido asumir esa responsabilidad, habría tenido que señalar el peligro, y como señal salió de la Central del VKPD. Creo que ese punto de vista es insostenible. En primer lugar, hay otros medios de señalar un peligro sin tener que salir por ello de la Central. La camarada Zetkin no ha dirigido una sola carta al Ejecutivo, aunque era miembro del Ejecutivo. Estuvo en Moscú, creo, mucho después que Rákosi, y participó en todas las discusiones del Ejecutivo; pero ni una sola vez pudimos constatar grandes divergencias de principio. A instancias suyas fui a Halle.[^215] Cuando volví de Halle, la camarada Zetkin, si no me equivoco, estaba todavía aquí. Para ella estaba, pues, del todo claro que el Ejecutivo no está en absoluto a favor de sectas, sino de partidos de masas.

Aun si el camarada Rákosi hubiera dicho de verdad lo que se le atribuye, la camarada Zetkin está equivocada, porque ella y todo un grupo salieron de la Central y provocaron con ello graves crisis en el partido. Y por eso hacemos constar que el Ejecutivo tuvo razón al desaprobar ese paso, sobre todo cuando resultó que en la cuestión italiana habíamos actuado con total corrección. No sé qué puede haber dicho Rákosi; pero quisiera recordar una frase que pronunció ayer Lenin: 58.000 obreros comunistas en un país como Italia no son pocos en absoluto y son un buen comienzo para un partido de masas. Se podría, pues, agarrarse también a esa frase y decir que Lenin es un hombre que quiere igualmente una secta. En este punto la camarada Zetkin está completamente equivocada, y creo que ella misma tiene que reconocerlo.

Sobre la cuestión del KAPD tengo que observar todavía lo siguiente: los camaradas del KAPD dicen que no es cosa fácil para ellos decidir si salen de la Internacional Comunista. Lo creemos; tampoco para nosotros es fácil la decisión en este asunto. Pero tenemos que exigir que el KAPD, como cualquier otro partido, se someta a la disciplina internacional. Solo de eso se trata. Los camaradas decían: tenéis que tolerar una oposición; pero se comportan como si no quisieran tolerar ninguna oposición por parte de la Internacional. Quieren imponer su punto de vista a la Internacional Comunista. Ese es el único sentido de la frase de que su programa debe seguir siendo «intocable». Es decir: haced, decidid lo que queráis, nosotros nos burlamos de vuestras resoluciones. A la larga, semejante situación es imposible. En esta cuestión hemos mostrado bastante paciencia. Deseamos que los camaradas sigan asistiendo al Congreso y queremos además dejar al partido por lo menos dos o tres meses de tiempo para que todos los obreros del KAPD puedan decidirse. Pero consideramos nuestro deber absoluto poner a los obreros del KAPD, en nombre de la Internacional, ante la elección.

Debo todavía unas palabras al camarada Marković, que ha polemizado con bastante vehemencia contra mi informe. Opinaba que yo no tenía razón al expresar mis reservas sobre si no quedarían todavía restos de centristas en el partido hermano yugoslavo, y se ha remitido al pasado de ese partido. Conocemos el glorioso pasado de ese partido y el glorioso pasado de varios de sus dirigentes, por desgracia caídos en su mayoría, y no lo hemos puesto en duda ni un momento. Tendré que explicar qué me llevó a hacer aquellas afirmaciones. Tuve una reunión con la delegación del partido hermano yugoslavo cuando llegó aquí. Eran unos quince camaradas. Después de esa conversación tuvimos claro que el camarada Marković, que, por lo que sé, es el presidente de la delegación, no compartía nuestro punto de vista ni en la cuestión italiana ni en la alemana, sino que lo combatía. Es cierto que el camarada Marković dijo en su discurso ante el Congreso que, según su apreciación actual, la Acción de Marzo significaba con todo un paso adelante. Pero en nuestra primera conversación estaba en el punto de vista de Levi. Me alegro mucho de que también Marković haya «dado un paso adelante» en esta cuestión.

Aquella afirmación mía que he mencionado, y que a algunos camaradas les pareció quizá incomprensible, se debía precisamente a que el camarada Marković tenía, en esas dos cuestiones importantes, la italiana y la alemana, reservas muy grandes sobre la actuación del Ejecutivo y no lo ocultó. Naturalmente, está en su perfecto derecho de sostener otra opinión; pero también yo estaba en mi perfecto derecho de decir que temía que en ese partido reinaran todavía, en cuestiones tan decisivas, confusiones de principio. Si no es así, no puedo sino felicitar por ello al partido hermano yugoslavo. Siempre lo he tenido por uno de los mejores partidos proletarios y espero de él que siga luchando en las primeras filas del proletariado internacional.

No puedo dejar de decir todavía dos palabras sobre un pasaje del discurso de la camarada Zetkin, a saber, sobre la cuestión de nuestros representantes en el extranjero. Ella opinaba que no siempre habíamos elegido con acierto a nuestros representantes, o más bien que siempre los habíamos elegido con desacierto. Acuñó además la expresión de representantes «irresponsables». Camaradas, en la situación actual, en la que se insulta y se desacredita a los amigos que hemos enviado en misión a distintos partidos, en la que Levi los llama «turquestanos» y Serrati «cardenales grises» —Turati también encuentra diversos cumplidos—, me considero obligado a declarar en nombre del Ejecutivo que, naturalmente, no tenemos a nuestra disposición representantes infalibles, igual que nosotros mismos somos pobres pecadores y no del todo infalibles. Todos hemos cometido diversos patinazos y errores, y también nuestros representantes. Pero no hay motivo para hablar de representantes irresponsables; tengo que expresarme parlamentariamente: creo que no se debe hacer eso. Los camaradas que hemos enviado a los distintos países han hecho todo lo que podían hacer por el partido. Se han expuesto a diversos peligros y, naturalmente, solo han actuado según la conciencia de un revolucionario. No hemos recibido una sola protesta oficial, ni de un partido, ni de un grupo o de una persona, tampoco de la camarada Zetkin. Es fácil, después de sufrir una derrota, venir a decir: habéis actuado irresponsablemente. Es fácil hacer a posteriori el papel del hombre más sabio de todos. Naturalmente, la responsabilidad de los representantes que el Ejecutivo envió al extranjero la tiene el Ejecutivo. Responde de ellos, igual que la Internacional responde del Ejecutivo. Rogamos a todos los partidos que tengan la bondad de poner a disposición del futuro Ejecutivo fuerzas mejores que las que tenemos ahora. Entonces quizá también la representación en los países extranjeros resulte mejor, igual que la gestión y la dirección política serán entonces mejores que hasta ahora. Pero tenemos que protestar contra que en la situación actual se lancen insultos como los que ha lanzado Levi, que son verdaderamente irresponsables. En una situación así no se deben emplear tales expresiones contra viejos revolucionarios probados, que pueden cometer errores como todos nosotros, pero que han demostrado más de una vez que ponen la mano en el fuego por el proletariado.

¡Camaradas! He terminado mis observaciones. A causa del incidente con los camaradas franceses, tengo que declarar una vez más expresamente que la Acción de Marzo debe tratarse con detalle en la deliberación sobre las cuestiones tácticas. La cuestión alemana, en la que deben ustedes ahora expresarnos su confianza, la caracterizan tres momentos importantes: primero, Halle: escisión del USP y unificación del Partido Comunista; el segundo momento importante: expulsión de Levi; el tercer momento importante: la Acción de Marzo y los disturbios políticos. El tercer momento, la Acción de Marzo, debe discutirse principalmente en la cuestión táctica. La escisión y la consolidación del partido, la salida de Levi y su expulsión por nuestra parte, así como la amonestación al grupo Zetkin: eso es lo que está ahora a votación. Creo que hemos demostrado que, en la situación dada, hemos hecho todo lo posible para no agudizar los conflictos. Opinamos que los camaradas de la oposición alemana no deberían pisotear tanto el pasado, sino pensar más en el futuro. Como Ejecutivo hemos hecho todo lo posible para dar a los camaradas que no tenían mandato con voto deliberativo en el Congreso la posibilidad de defender su punto de vista ante el Congreso, cosa que han hecho y que aún harán. Pero pedimos encarecidamente a los camaradas que entiendan también lo que tienen que entender asimismo los camaradas del KAPD: tienen que decirse que Levi era quizá su amigo, pero que la Internacional Comunista y la revolución proletaria deben ser para ellos un amigo mayor. Por eso, camaradas, estamos convencidos de que el partido alemán volverá a casa fortalecido de este Congreso, de que se sacudirá a esa gente que ha roto la disciplina, que ha apuñalado al partido por la espalda, como hizo Levi, y de que todos aprenderemos de los errores de la lucha en Alemania, donde quizá tengan que resolverse los próximos destinos de la revolución mundial. Esperamos tener en Alemania un partido revolucionario unificado que marche con la Internacional Comunista y que reconozca como ley para sí todo lo que aquí se decida. *(Vivos aplausos.)*

**Presidente Kolárov.** Pasamos ahora a la votación. Entretanto han llegado al presidium tres declaraciones: una de la delegación austriaca, otra de la delegación yugoslava y una tercera de los camaradas Neumann y Malzahn. Primero se leerán las tres resoluciones.

*El presidente Koenen lee las tres declaraciones siguientes:*

Declaración de la delegación austriaca.

«Aunque la delegación austriaca rechaza la política del KAP y desaprueba con la mayor energía, en particular, el folleto del camarada Gorter, y aunque la delegación opina que el lugar de los combatientes revolucionarios del KAP estaría dentro de las filas de combatientes revolucionarios del VKPD, ha votado a favor de la resolución Roland-Holst para evitar incluso la apariencia de una imposición por la fuerza a ese partido».

Franz Koritschoner. Josef Frey.

Declaración de la delegación yugoslava.

«La delegación yugoslava se suma a la declaración de la delegación francesa y, rechazando resueltamente la reiterada sospecha sobre la pureza revolucionaria del Partido Comunista de Yugoslavia, votará a favor de la resolución presentada».

Por la delegación yugoslava: S. Marković.

Declaración de los camaradas Malzahn y Neumann.

En un discurso ante el Congreso, Rádek dijo que la cuestión de Levi no era una cuestión disciplinaria, sino una cuestión de la actitud ante la Acción de Marzo, una cuestión política. Que no fue un desliz casual de Rádek, sino una concepción incluso del Ejecutivo, lo demuestran las tesis firmadas por Rádek, Zinóviev, Lenin y Trotski, en las que el caso Levi se trata en relación con la Acción de Marzo, si bien en el sentido de que Levi no mantuvo la crítica de la Acción de Marzo en los límites necesarios y por eso fue expulsado del partido con razón.

No aprobamos todo en la manera de la crítica de Levi, que dificultó, en interés del partido, [la aceptación de] sus ideas acertadas. Pero sostenemos desde el principio el punto de vista de que solo se puede hacer justicia a la actitud de Levi si se la pone en relación con el examen de la táctica errónea del partido en la Acción de Marzo, cuyo carácter erróneo ha reconocido el Ejecutivo en sus nueve décimas partes. Por esta razón estamos a favor de suspender la votación hasta después de tratar la Acción de Marzo.

**Presidente Kolárov.** Hay ahora dos mociones: la moción del Ejecutivo y una moción del KAPD de aplazar la votación hasta que termine la discusión sobre la táctica. Se vota por delegaciones; por eso ruego a los camaradas que ocupen el sitio que les corresponde. El presidium propone que se vote por separado sobre los distintos puntos. *(Aprobación.)* Por tanto, se votará por separado sobre la cuestión italiana, sobre la alemana y sobre la cuestión del KAPD. Luego se votarán los demás puntos y, por último, la resolución en su conjunto. ¿Hay alguien en contra de este modo de votación? Nadie. En consecuencia, la votación se hará de este modo.

Así pues, votamos primero sobre la cuestión italiana. Que se manifieste la delegación que se pronuncie en contra del pasaje de la resolución que trata de la cuestión italiana. Por lo que veo, nadie está en contra del pasaje sobre la cuestión italiana.

Ruego ahora a las delegaciones que quieran abstenerse que lo indiquen levantando la mano. Nadie. Hago constar, por tanto, que el pasaje sobre la cuestión italiana ha sido aprobado por unanimidad. *(Aplausos tempestuosos y ovación.)*

Sigue ahora la votación sobre la cuestión alemana. Que se manifiesten las delegaciones que estén en contra del pasaje sobre la cuestión alemana. Nadie. Que se anuncien ahora las delegaciones que quieran abstenerse. Nadie. *(Gritos: ¡Sí! La delegación yugoslava.)* Hago constar, por tanto, que todas las delegaciones, excepto la yugoslava, han votado a favor del pasaje sobre la cuestión alemana. *(Aplausos tempestuosos y ovación.)*

Sigue la votación sobre el pasaje que se refiere al KAPD. Sobre esta cuestión, como se sabe, los representantes del KAPD han presentado una resolución. ¿Desea alguien que se vuelva a leer la resolución? *(Gritos: No.)* Pasamos entonces a la votación, advirtiendo que, si se aprueba la redacción original de la resolución, la resolución del KAPD se considerará rechazada. Pregunto, por tanto: quien esté en contra de la redacción original, que levante la mano. Nadie. Que se manifiesten ahora las delegaciones que se abstienen en esta cuestión. *(Así se hace.)* Hago constar, por tanto, que la redacción original de la resolución sobre la cuestión del KAPD ha sido aprobada por todos los votos contra el de la representación mexicana. *(Aplausos y ovación.)*

Comunico aquí que la delegación del Próximo y del Extremo Oriente ha presentado una enmienda. Ruego al camarada Koenen que dé lectura a la enmienda.

*El camarada Koenen lee la siguiente enmienda de la delegación del Extremo y del Próximo Oriente.*

«Al examinar el trabajo del Ejecutivo en el Próximo y el Extremo Oriente, el Congreso celebra que el Ejecutivo haya emprendido una agitación de gran alcance. El Congreso considera necesario desplegar un trabajo de organización todavía más intenso en esos países».

**Presidente Kolárov.** Ruego a las delegaciones que estén en contra de esta enmienda que lo manifiesten. Nadie. ¿Qué delegación se abstiene? Ninguna. Hago constar, por tanto, que la enmienda ha sido aprobada por unanimidad. *(Aplausos.)*

Pasamos ahora a votar los demás puntos de la resolución. Las delegaciones que estén en contra de los demás puntos, que levanten la mano. Nadie. Que se manifiesten ahora las delegaciones que se abstienen. Nadie. Hago constar, por tanto, que los demás puntos de la resolución han sido aprobados por unanimidad. *(Vivos aplausos y ovación.)*

Votamos ahora la resolución en su conjunto. Las delegaciones que estén a favor de la resolución en su conjunto, que levanten su tarjeta de delegado. *(Así se hace.)* ¿Quién está en contra de la resolución en su conjunto? Nadie. ¿Quién se abstiene? Nadie. Hago constar, por tanto, que la resolución en su conjunto ha sido aprobada por unanimidad. *(Aplausos prolongados.)*

*(Se levanta la sesión a las 8 y 20 de la tarde.)*

## Décima sesión, jueves 30 de junio de 1921 (12.30 del mediodía)

*(Declaración de la delegación del Partido Socialista Italiano. — Declaración del delegado del Partido Comunista de Suecia, el camarada Höglund. — Declaración de la delegación checoslovaca. — Karl Rádek: informe sobre la táctica de la*

*Internacional Comunista.)*

**Presidente Koenen.** Se abre la sesión. La delegación del Partido Socialista de Italia ha pedido poder hacer una declaración sobre la resolución de ayer, que aprobamos por unanimidad. Tiene la palabra para ello el camarada Lazzari.

**Lazzari.** ¡Estimados camaradas de todos los países! En nombre de la delegación del Partido Socialista Italiano me permito hacer la siguiente declaración:

«Como delegados del Partido Socialista Italiano, hemos de tomar nota de la resolución que nos concierne, tanto más cuanto que está en completo acuerdo con la resolución Bentivoglio aprobada en nuestro congreso de Livorno.

No podemos, sin embargo, ocultar la penosa impresión que nos han causado algunos detalles de la motivación que habéis añadido a vuestro acuerdo, y que, en nuestra opinión, no corresponden a la verdadera situación de Italia después del II Congreso Internacional. Pero os prometemos que haremos cuanto esté en nuestra mano para que el próximo congreso de nuestro partido apruebe vuestra resolución; estamos plenamente convencidos de la necesidad de la unidad revolucionaria en la organización de las distintas secciones de la Internacional Comunista.

Costantino Lazzari. Fabrizio Maffi. Ezio Riboldi.»

**Presidente Koenen.** Tomamos nota de esta declaración y esperamos que el Partido Comunista de Italia haga todo lo posible para lograr también dentro del Partido Socialista la clarificación en favor de la III Internacional.

Hay además una declaración del camarada Höglund,[^216] de Suecia, sobre el acuerdo de ayer. Se ruega al presidium que dé a conocer también esta declaración. Dice así:

«En su informe, el camarada Zinóviev hizo también algunas observaciones críticas sobre el Partido Comunista de Suecia, observaciones que deseo rectificar. Para comprender la situación actual de nuestro partido hay que recordar cómo nació y cómo se ha desarrollado. El partido se formó en marzo de 1917, como uno de los primeros que rompieron con la vieja socialdemocracia. Fueron tres corrientes de oposición distintas las que se unieron en el Partido Socialdemócrata de Izquierda de Suecia. Estaba, en primer lugar, la tendencia marxista revolucionaria, surgida sobre todo de la federación juvenil; en segundo lugar, la tendencia humanitario-pacifista del conocido alcalde Lindhagen,[^217] que oscila entre Lenin y Cristo, y la tendencia centrista, que se apoyaba en el grupo parlamentario del Riksdag. Como es lógico, esto produjo cierta falta de claridad sobre el partido, su programa y su táctica. En el último congreso, sin embargo, se aprobaron por gran mayoría las 21 condiciones, y Lindhagen y los centristas abandonaron el partido y formaron un partido independiente propio. Nuestro partido adoptó entonces el nombre de Partido Comunista de Suecia y el programa comunista.

No es cierto, como dice el camarada Zinóviev, que el programa no contuviera la reivindicación del armamento del proletariado; esa reivindicación figura en él de forma expresa, y el partido ha hecho propaganda en ese sentido tanto entre las masas como desde la tribuna del Riksdag.

La observación sobre la posición del partido ante las comisiones gubernamentales se basa en un malentendido del camarada Zinóviev. La cosa es así: los miembros de ciertas comisiones parlamentarias son nombrados formalmente por el gobierno, y el artículo de los estatutos contra el que se dirigía el camarada Zinóviev pretende garantizar al partido el derecho a decidir cuándo y a quién delega el partido en esas comisiones.

En cuanto a nuestro periódico *Politiken*, no quiero negar que su redacción tenga errores y deficiencias, pero las observaciones que se oyen en el partido sueco son precisamente las contrarias: ¡allí se piensa que es demasiado poco teórico y demasiado popular y agitativo!

Lo que Branting escriba sobre nuestro partido no puede, a nuestro juicio, dañar la reputación de nuestro partido en la Internacional Comunista; si así fuera, tampoco quedaría mucho de la reputación de nuestros camaradas rusos, a los que el periódico de Branting insulta y escarnece a diario.» Höglund.

**Presidente Koenen.** Hago constar en acta la declaración del camarada Höglund. Tenemos todavía una comunicación de la delegación checoslovaca, que daré a conocer antes de pasar al punto del orden del día. Esta declaración dice así:

«En vista de las negociaciones mantenidas hace algunos meses por el gobierno checoslovaco con el gobierno de Horthy,[^218] y en vista del tratado entre el gobierno rumano y el checoslovaco publicado a comienzos de este mes, la delegación checoslovaca somete al Ejecutivo de la III Internacional la siguiente declaración:

La Pequeña Entente,[^219] constituida por presión de la Entente (por ahora, oficialmente, Rumanía, Yugoslavia y Checoslovaquia), persigue el propósito manifiesto de levantar una barrera contra la influencia política y militar del poder soviético. Además de las potencias nombradas oficialmente, se sabe que, desde el punto de vista de la estrategia capitalista contra el comunismo, también la Hungría de Horthy y Polonia se suman a este concierto, como se desprende de las últimas noticias. Que, además de las cláusulas publicadas del tratado rumano-checoslovaco, se han pactado también condiciones para una actuación común de dichos gobiernos contra el comunismo, lo vemos en la creciente persecución del movimiento comunista. Poco después de concluido el tratado entre el gobierno rumano y el checoslovaco, el congreso de los camaradas rumanos fue disuelto y sus participantes detenidos.[^220]

La delegación abajo firmante, partiendo del principio de que la estrategia de la lucha de clases ha de guiarse también por la actuación de la diplomacia secreta y abierta de los capitalistas, propone: que los delegados de los proletarios checoslovacos, rumanos, yugoslavos, húngaros y polacos presentes en el Tercer Congreso de la III Internacional celebren, en vista de la actuación de su burguesía, una reunión para decidir el desarrollo de la táctica, con miras sobre todo a la propaganda entre las tropas de dichos Estados. Los representantes del proletariado de los Estados de la Pequeña Entente deben dirigir desde el congreso un manifiesto al proletariado de los Estados rumano, yugoslavo, checoslovaco, húngaro y polaco.

Por la delegación checoslovaca:

Presidente: Burian.[^221] Secretario: Händler.»

Camaradas, propongo que, sin debate, remitamos esta declaración al Ejecutivo y al Pequeño Buró para que la lleven a efecto. El presidium y el Pequeño Buró convocarán a una reunión a las delegaciones interesadas en esta cuestión.

Camaradas, pasamos ahora al punto del orden del día «Táctica», con los distintos subtemas que figuran en los puntos 3 y 4 del orden del día. Los dos puntos se han unido, y se ha designado ponente al camarada Rádek. Tiene la palabra el camarada Rádek.

**Rádek.**

(1. El cuadro general de la situación mundial.)

La cuestión de la táctica de la Internacional Comunista no es una cuestión que pueda plantearse con independencia de los hechos, del periodo en que actúa la Internacional Comunista. La Internacional Comunista, al determinar su táctica, ha de partir del análisis concreto de la época en que actúa. Por eso intentamos, al comienzo del congreso, en el informe del camarada Trotski, dar una exposición lo más objetiva posible de las fuerzas que actúan hoy, una exposición que permitiera decir si la revolución mundial se halla, en general, en una línea ascendente o descendente. Porque está completamente claro que la Internacional Comunista existiría y actuaría también en caso de derrota de la revolución mundial. En caso de una larga tregua de la sociedad capitalista, tendría precisamente otras tareas que en una situación que, en general, consideramos como la tendencia de la línea ascendente de la revolución. No tendría entonces la tarea de preparar directamente a los proletarios para todas las eventualidades de la guerra civil. Tendría entonces, en primer lugar, la tarea de la organización y la agitación, de la formación de los ejércitos para las batallas venideras. Pues bien, camaradas, el informe del camarada Trotski mostró que, en nuestra opinión, no se ven hasta ahora fuerzas que nos lleven a pensar que el desarrollo de la revolución mundial haya sido interrumpido por las fuerzas reconstructoras y consolidadoras del capitalismo. En el informe de Trotski y en el debate se señaló que, si tomamos la línea, el rumbo hacia la revolución mundial, eso no significa en modo alguno que nos cerremos doctrinariamente a la posibilidad de que se produzcan intervalos, de que la crisis económica mundial pueda dejar paso a una mejora pasajera de la coyuntura. Pero como línea fundamental, como rumbo general que tomamos, hay que dejar sentado el hecho de que las fuerzas de la revolución mundial siguen actuando y de que no estamos ante un declive de la revolución mundial, sino ante la concentración de las fuerzas revolucionarias para nuevas luchas. Esta opinión no es solo la nuestra. Creo que nadie en esta sala tiene a Mártov[^222] por un teórico y un político especialmente orientado hacia la revolución mundial. Y, sin embargo, este Mártov ha escrito lo siguiente en el número de mayo de la *Freiheit*:

«El fortalecimiento de la contrarrevolución no fue en modo alguno resultado de que el capitalismo hubiera superado las consecuencias de la profunda crisis económica provocada por la guerra y regulado la marcha normal de la producción y del intercambio. Al contrario: hoy se muestra con más claridad que nunca la incapacidad del capitalismo para restablecer la producción mundial a la escala de antes de la guerra y asegurar su marcha regular. Un paro enorme, inaudito, un cierre sistemático de empresas o una reducción de la jornada en todas las ramas de la economía, una aguda escasez de mercancías en una parte de los países, junto a almacenes repletos en los otros, que no encuentran salida: este es el cuadro de la producción mundial actual. Para una contrarrevolución como la que se produjo después de 1849, cuando un auge económico superó la crisis en que se habían encontrado las masas populares, no hay hoy terreno. Si el capitalismo no logra, mediante la superación de los antagonismos nacionales y una regulación internacional planificada, crear un equilibrio económico que es necesario para el funcionamiento normal de la industria y del mercado mundial —y por ahora no hay indicios que permitan comprobar tal superación de la competencia entre los capitalismos nacionales—, la crisis, tras el actual reflujo de la ola revolucionaria, tendrá que provocar inevitablemente una nueva marea revolucionaria.»

Estas consideraciones de Mártov me llevan a la cuestión de hasta qué punto es justo lo que la Internacional Dos y Media, sobre todo en su conferencia de Viena,[^223] por boca de Friedrich Adler,[^224] opone ahora a la Internacional Comunista. Dice: sí, la revolución mundial no ha terminado, pero vosotros especulasteis con una victoria rápida, y nosotros éramos políticos realistas que contábamos con la marcha lenta del desarrollo de la revolución mundial. Camaradas, no os cansaré con una serie de citas, que podrían traerse a montones, de cómo en la prensa comunista de Rusia ya en 1918 se señalaba que la relación de fuerzas en Europa occidental, que la fuerza de la burguesía allí, hacía improbable que el capitalismo fuera arrollado por un levantamiento de las masas populares. A los delegados alemanes no necesito recordarles que en Alemania, desde 1919, adquirimos como punto de partida de nuestra táctica precisamente la convicción de que la marcha del desarrollo de la revolución mundial sería lenta, y que precisamente por eso combatimos con toda energía la impaciencia revolucionaria de la izquierda. Todas las resoluciones del II Congreso de la Internacional Comunista, aunque este se celebró en una situación en la que parecía inminente un gran choque directo entre las fuerzas de la revolución mundial y las de la reacción mundial, estaban orientadas a preparar a la Internacional Comunista para una lucha lenta. La diferencia entre nosotros y la Internacional Dos y Media no era que esos políticos realistas supieran que las cosas de palacio van despacio mientras nosotros queríamos comernos el pastel muy deprisa, sino que la diferencia consiste, en primer lugar, en que nosotros tenemos una imagen del lento proceso de la revolución mundial muy distinta de la suya. Cuando la Internacional Dos y Media habla del desarrollo lento de la revolución mundial, quiere decir que este periodo es el periodo de la preparación tranquila, pacífica y lenta de los partidos. Cuando estos sean grandes y fuertes, habrá llegado el día, y entonces hasta Adler y Crispien lucharán en las barricadas. Cuando nosotros hablamos de la marcha lenta de la revolución, queremos decir que será un largo proceso de grandes luchas, en el que los partidos del comunismo no tendrán posibilidad de instalarse tranquilamente en la retaguardia, de atrincherarse y trabajar lenta y pacíficamente, esperando a ver qué trae el tiempo. Será un flujo y reflujo de luchas. Basta con echar una mirada a cómo ha sido hasta ahora el movimiento lento, el desarrollo lento.

¿Acaso tras las tempestuosas luchas de 1919 vino un periodo de desarrollo lento y pacífico? No, vino el periodo en que los levantamientos de las masas populares dejaron paso al terror blanco de la burguesía, en que el partido fue arrojado a las galerías subterráneas, desde donde luego, con la nueva ola de la revolución, volvió a pasar a la ofensiva.

Este proceso, que en Europa central sigue su curso sin interrupción, apenas empieza en los países de Europa occidental. Pero también allí los partidos comunistas carecen de la posibilidad de un desarrollo tranquilo y pacífico y de una preparación para las luchas futuras: se preparan bajo la persecución, en choques. Por eso he de decir que, cuando en las filas de la Internacional Comunista se dejan oír voces —como el discurso del camarada Šmeral— sobre este desarrollo lento, y cuando se emplean imágenes como la de que la guerra de movimientos se convierte en guerra de trincheras, eso es, en nuestra opinión, una concepción equivocada de la marcha del desarrollo. Lo que vivimos no es el paso de la guerra de movimientos a la guerra de trincheras, sino la formación de los grandes ejércitos del proletariado mundial.

¿Cómo fue en Checoslovaquia? ¿Teníais la guerra de movimientos a vuestras espaldas? No es verdad. Lo que tenéis a vuestras espaldas es solo el despertar del proletariado checoslovaco. En la huelga de diciembre vimos solo la primera formación de la tropa del proletariado comunista checoslovaco. ¿Y os permite ahora el enemigo prepararos tranquilamente para las luchas venideras? Intenta derrotaros antes de que seáis fuertes. Os llamo la atención solo sobre las luchas de los metalúrgicos en Checoslovaquia. No tenemos la guerra de trincheras, en la que se ordena a los camaradas no gastar pólvora, quedarse quietos y esperar. No. Tenemos el despliegue de dos ejércitos uno contra otro, el ejército capitalista ya hecho y el proletario, que apenas se está formando, y el capitalismo intenta estorbarnos en el despliegue, derrotarnos antes de que podamos poner en pie nuestros ejércitos. Este es el cuadro general.

No tenemos motivo alguno para liquidar, en la línea de las luchas venideras en que entramos, ni una sola de las ideas fundamentales bajo cuya bandera entramos en la lucha. La Internacional Dos y Media intentó en su congreso, con todo esfuerzo, exprimir un programa opuesto al nuestro. La Internacional Dos y Media nació bajo la consigna de que los comunistas aplican de forma esquemática la táctica de Moscú, de que convierten las experiencias de la revolución rusa en un dogma general, y que por eso están a favor de la dictadura del proletariado, del sistema soviético. Nosotros, en cambio, el partido de Europa occidental —Europa occidental, como es sabido, empieza ya en los mencheviques rusos *(vivas risas)*—, queremos adaptar la táctica a las necesidades de cada país.

Aun a riesgo de cansar vuestra atención, no puedo dejar de mostrar a qué pobres resultados ha llegado la Internacional Dos y Media tras largos esfuerzos de teóricos tan grandes como Bauer, Crispien y Robert Grimm[^225] —os ruego que no lo toméis como una ironía—. Llegó al siguiente resultado, que merece quedar inmortalizado en el acta de nuestro congreso como prueba de lo que el pensamiento investigador puede producir tras un largo trabajo. La resolución de la Internacional Dos y Media dice:

«En cuanto la lucha de clases ha alcanzado la fase de desarrollo en que la democracia amenaza con pasar de ser un medio de la dominación de clase burguesa a ser un medio de la dominación de clase proletaria, la burguesía intentará por regla general interrumpir por la fuerza el desarrollo democrático para impedir que el poder estatal democrático pase a manos del proletariado. Solo en aquellos países en que la burguesía no dispone de los medios de poder necesarios para ello, sobre todo de los medios de poder militares, y por tanto no puede atreverse a sustituir la lucha con las armas de la democracia política por la guerra civil abierta, solo en tales países podrá el proletariado conquistar el poder político con los medios de la democracia. Pero incluso allí donde esto suceda, la burguesía empleará por regla general su poder económico para sabotear los efectos del poder estatal democrático caído en manos del proletariado. También en este caso, por tanto, el proletariado tendrá que emplear, tras la conquista del poder político, medios dictatoriales para quebrar la resistencia de la burguesía. La dictadura proletaria adopta entonces la forma de una dominación dictatorial del poder estatal democrático conquistado por la clase obrera...

Allí donde, por el contrario, la burguesía disponga de medios de poder para mantener por la fuerza su dominación contra la rebelión de las masas del pueblo trabajador, hará saltar la democracia, tendrá dispuestos los medios de la violencia y desafiará al proletariado a la lucha abierta. En esa lucha ya no decidirán las papeletas de voto, sino las fuerzas económicas y militares de las masas combatientes. Entonces la clase obrera solo podrá conquistar la dominación mediante la acción directa de masas (huelgas de masas, insurrecciones armadas, etc.) y solo podrá mantenerla mediante el sometimiento dictatorial de la burguesía vencida. La dictadura del proletariado tendrá que ejercerse entonces sobre la base de los consejos de obreros, campesinos y soldados, de las organizaciones de clase sindicales o de otras organizaciones proletarias.»

¡Dónde existe un país así, en el que la burguesía no disponga de los medios de poder militares, eso no lo dice la resolución!

¿Qué significa esto? Por regla general, el proletariado tiene que quebrar con medios violentos la resistencia de la burguesía, y por regla general el proletariado tiene que establecer su dictadura en la forma de los soviets o asentarla sobre la base de los sindicatos y de otras organizaciones proletarias. ¿Qué otras organizaciones proletarias entran aquí en consideración? Los partidos, no. Porque, como sabemos, la Internacional Dos y Media es contraria a la dictadura del partido. Las cooperativas de consumo, tampoco; quedan, pues, solo los sindicatos y los consejos obreros. Pero si los sindicatos se agrupan como órganos del poder, no pueden agrupar a los obreros por ramas de industria, porque el poder no puede ejercerse en la competencia de diez ramas de industria. Tienen que agruparse local y centralmente. ¿Qué resulta de ello? Consejos obreros basados en las organizaciones de empresa. Vemos, pues, que pese a los esfuerzos de la Internacional Dos y Media por encontrar en alguna parte una idea teórica nueva, tras toda la palabrería sobre nuestra bancarrota teórica no ha encontrado otra cosa que la bandera de la Internacional Comunista, la bandera del comunismo: la dictadura del proletariado, el sistema soviético.

Solo dijeron que aún podría darse el caso de que un Estado capitalista se encontrara indefenso, sin soldados. La Internacional Comunista lo aceptaría con alegría si tuviera enfrente a un adversario que capitulara. No consideraría necesario aplastarlo por la fuerza. No forzamos puertas abiertas; solo que las cajas fuertes no suelen tenerse abiertas. Para terminar estas palabras de introducción, quisiera señalar la nueva canción que se ha cantado en los últimos meses contra la Internacional Comunista y sus principales ideas estratégicas y tácticas, a saber, la afirmación de que la situación de Rusia demostraría que la dictadura del proletariado no es el camino de la victoria. Las mismas personas que en su resolución de principios calificaron la dictadura de único camino empiezan ahora a cambiar de tono. Creen que la presión de las masas sobre ellos ya no es tan grande, y dicen: ¡Mirad a Rusia! ¡Concesiones al capital extranjero, concesiones a la pequeña burguesía! ¿Para qué, entonces, la dictadura? Rusia demuestra que la dictadura no lleva al comunismo. Quisiera hacer aquí solo una indicación general. Si Rusia demuestra algo, es esto: que un Estado aislado y, además, predominantemente agrícola solo con mucha dificultad puede encontrar el paso al comunismo.

Pero yo pregunto: Otto Bauer escribió en 1919 su folleto sobre el único camino justo hacia el socialismo a través de la democracia. Tenemos ahora la posibilidad de examinar los resultados de ese camino. La Internacional Dos y Media puede alegar que en Austria, ante el hundimiento económico, y en Alemania ese camino era impracticable, que allí el camino lleva de Renner a Schober y de Scheidemann a Wirth,[^226] y no de la democracia al socialismo. Tomemos los principales países capitalistas vencedores, tomemos Inglaterra, un país con una clase obrera cuya influencia en la política del Estado y cuyo peso social son tan grandes que el gobierno está obligado a contar con la actitud de la clase obrera. En estos tres años no vemos ni un solo paso hacia un capitalismo de Estado que tenga alguna consideración con el interés obrero, ni un paso hacia el socialismo gremial que Otto Bauer presentaba como la gran perspectiva. Ni siquiera alguna reforma social digna de mención. Rusia ha mostrado que un país solitario, aislado, tiene que emplear sus fuerzas principalmente en la lucha por su existencia independiente. Rusia ha mostrado que en un país pequeñoburgués el paso al socialismo es difícil; pero en Inglaterra y en Francia el camino democrático, que no se emprendió bajo la presión del bloqueo, ha mostrado que lleva a la dominación descarada de la plutocracia, a la dominación de la reacción. En Inglaterra, el país de la democracia, el gobierno emplaza ahora las ametralladoras contra mineros que hacen huelga pacíficamente.

Estas consideraciones bastan para fundamentar lo que se dice en las tesis. Las cuestiones tácticas están delimitadas; son estas: cómo tenemos que llevar la lucha para que el proletariado sea capaz de conquistar la victoria por el camino que le traza el manifiesto fundacional de nuestra Internacional. No son cuestiones de nuestros objetivos y de nuestro camino en general. Son cuestiones de nuestra forma de organización, de la línea de nuestra actividad, de las etapas de ese camino.

(2. La teoría de la escuela holandesa.)

¡Camaradas! La tarea principal que la Internacional Comunista planteó ya desde su primer día a los jóvenes grupos y partidos comunistas fue ganar a las grandes masas del proletariado para los objetivos del comunismo y reunir en las filas de los partidos comunistas y de la Internacional Comunista, como vanguardia proletaria y revolucionaria, a los elementos de la clase obrera que desempeñan el papel decisivo en la vida social y política, a los elementos más activos. Este camino fue impugnado también en las filas de la Internacional Comunista. Lo impugnó una parte de los camaradas que se consideran situados a nuestra izquierda; fue rechazado en el terreno teórico bajo la dirección de Gorter y Pannekoek, y aquí, en nuestro debate sobre la táctica, hay que precisar brevemente nuestra posición ante esta teoría. No os cansaré con citas. En dos pequeños folletos, el de Pannekoek sobre «La táctica de la revolución mundial» y la «Carta abierta a Lenin» de Gorter,[^227] podéis encontrar estas ideas expresadas con concisión holandesa; más rígidamente no se podían desarrollar. En este folleto se expone el camino del comunismo. El punto de partida es el mismo que el nuestro. La revolución mundial se concibe y se presenta como un periodo de luchas largas y duras. Se dice que en Europa occidental la base de la dictadura proletaria tiene que ser mucho más amplia que en Rusia, porque la burguesía está aquí mucho mejor organizada, porque el campesinado es políticamente mucho más instruido y más conservador y se agrupa ya de antemano, en medida decisiva, en torno a la burguesía, y porque, por último, el proletariado es más activo y se encuentra en un nivel cultural más alto que el ruso. No sé por qué creen Pannekoek y Gorter que con eso han dicho algo contra nosotros. Somos exactamente de la misma opinión, y hemos demostrado a los holandeses que en Europa occidental y en los demás países de capitalismo desarrollado la base de la dictadura proletaria tiene que ser mucho más maciza que entre nosotros en Rusia, y que en Rusia podemos sostenernos sobre una base más estrecha. Las discrepancias empiezan solo cuando estos teóricos llegan a la pregunta: ¿cómo ganamos a esas masas del proletariado para las ideas del comunismo, para los objetivos del comunismo, para la lucha comunista? Aquí llegan a una idea que solo puede explicarse y comprenderse históricamente, pero que para un marxista es absolutamente inaceptable. Se imaginan el movimiento así: un pequeño grupo de comunistas se reúne, desempeña el papel de los profetas en el movimiento obrero, critica todas las organizaciones no comunistas y les opone los objetivos del comunismo. No lucha con la masa por las necesidades cotidianas, porque eso es reformismo; no entra en las organizaciones de las masas, porque sería una traición sentarse en una organización junto con la burocracia sindical contrarrevolucionaria. Forma el partido comunista pequeño, puro, claro, y la organización de empresa pequeña pero también pura de los obreros que ya están en el terreno de la dictadura. Y estos dan ejemplo a la masa. ¿Con qué ejemplo? No pueden iniciar una insurrección; una insurrección no puede hacerla una pequeña minoría, salvo que sea un putsch, que ellos rechazan. Una insurrección es cosa de las masas populares. No pueden dirigir huelgas de masas, porque para la huelga de masas hacen falta masas. ¿En qué ha de consistir, pues, su ejemplo? En la propaganda. Es característico que en todos los productos del mercado holandés en este terreno no encontremos ni una sola consigna de acción, ni un solo plan de acción, ni una sola idea de acción. Esta línea propagandística se explica; se explica porque esta teoría viene de un país en el que hasta ahora no ha habido movimientos revolucionarios de masas, y porque procede de individuos puramente comunistas, uno de los cuales es un teórico al que apreciamos mucho, que desde el observatorio astronómico contempla el cielo y no el tumulto de los pobres hombres pecadores que no son puramente comunistas, y el otro un filólogo clásico y, además, poeta. Si se pregunta cómo puede esta doctrina encontrar eco entre elementos proletarios, cómo puede encontrarlo en Alemania, hay que decir: esos elementos proletarios no tienen en realidad nada que ver con esta doctrina. El KAP no surgió porque dijera: la Liga Espartaco se lanza a las luchas, y nosotros decimos que vendrá un largo periodo de lucha. Al contrario, se separó del KPD porque sus elementos eran más impacientes y empujaban a lanzarse prematuramente al combate. El punto de partida era otro que el de la escuela holandesa. Los teóricos, los sabios de Holanda dicen: nada de inmiscuirse en las miserables luchas por un pedazo de pan. Tenéis que decir a los obreros: comunismo y nada más que comunismo. Pero las organizaciones de empresa existen porque en esa lucha quieren reclamar más y actuar con más energía que los sindicatos. ¡Es decir, en pura contradicción con la teoría de los holandeses! El KAP usa esta teoría como en África los negros usan los tirantes para adornar su pobre cuerpo. *(Risas.)*

Esta teoría solo encuentra eco aquí en una parte: esos grupos obreros temen todavía el contacto con los obreros no del todo puros, con los obreros socialistas, con los obreros comunistas; desprecian el parlamentarismo, odian la burocracia sindical. Eso los une a los padres de la teoría del enquistamiento. La Internacional Comunista tiene que rechazar esta teoría por razones teóricas, a partir de la comprensión marxista de la marcha del desarrollo y sobre la base de todas las experiencias de la lucha, a saber: que sobre la base de esta teoría, por el camino que propone, nunca se ha dado ni el más mínimo paso adelante en el movimiento obrero. Si hoy cientos de miles de obreros alemanes están en el campo de los comunistas, no lo están porque los comunistas se apartaran de ellos y les dijeran que solo el comunismo significa la salvación, sino porque el comunismo estaba allí donde la clase obrera luchaba y sangraba, porque el partido comunista estaba incluso allí donde la clase obrera luchaba solo por el salario.

Criticábamos las consignas a medias, pero íbamos con la masa, y solo en la lucha, solo en las grandes organizaciones proletarias donde se reúne esa masa, en los sindicatos, donde se reúne, ciertamente bajo dirigentes contrarrevolucionarios, pero para la lucha, solo allí hemos conquistado a la parte del proletariado que va con nosotros. Y los partidarios de la teoría del espíritu comunista destilado han seguido siendo un pequeño grupo de propaganda, al que con gusto quisiéramos ver en nuestras filas, porque produce en parte excelentes elementos proletarios de combate, entregados en cuerpo y alma a la causa del comunismo, pero que por desgracia malgastan su energía revolucionaria en el aislamiento respecto de la masa.

(3. La experiencia de las luchas de masas.)

Camaradas, la tarea principal que todavía tenemos ante nosotros es la conquista de la gran masa del proletariado para las ideas del comunismo. Esta tarea principal la planteó el primer congreso. En el segundo congreso tomamos posición, en toda una serie de tesis, sobre las cuestiones concretas de nuestra política, trazamos un camino, y ese camino queremos seguirlo. Pero para poder hacerlo tenemos que hacer aquí un repaso de las experiencias habidas hasta ahora en este terreno. Zinóviev lo hizo ya en parte en su discurso sobre el informe del Ejecutivo. Sin embargo, su tema le obligaba a atenerse más a la relación de los partidos con el Ejecutivo, y no podía agotar el material de las luchas que tenemos a nuestras espaldas. Camaradas, la cuestión más importante que tenemos que resolver ahora es esta: cómo pueden los partidos comunistas influir de modo comunista en los movimientos espontáneos del proletariado, generalizarlos, agudizarlos y transformarlos en lucha por el poder. Esta cuestión, la más importante, solo puede resolverse si examinamos la práctica de nuestro movimiento, todas las luchas de cierta envergadura, en busca de las lecciones que nos han dejado.

a) La huelga minera inglesa.

Empiezo por uno de los partidos comunistas más pequeños de un gran país en el que se libran hoy poderosas luchas de clases. Permitidme empezar este repaso con la actitud de los comunistas ingleses durante la actual gran huelga minera.[^228] Camaradas, empiezo por ahí por la siguiente razón. Quiero poner a la cabeza de mis consideraciones sobre la táctica concreta esta tesis: no hay partido comunista fuera del movimiento de masas, y por pequeño que sea un partido comunista, tiene la tarea de ir al frente del movimiento de masas que se produce en su país; durante tales luchas tiene que concentrar todas sus fuerzas en ese movimiento de masas. Y creo que el ejemplo inglés aporta una prueba de que nuestros partidos comunistas, jóvenes y pequeños, todavía no hacen las cosas más importantes, las más sencillas, que hay que hacer en este terreno. Durante toda la época de esta huelga he leído con mucho cuidado el órgano del partido comunista inglés, *The Communist*. Hay que reconocer que el partido comunista inglés ha sabido dar a este periódico, a diferencia de su órgano anterior, *The Call*, un carácter agitativo, de modo que da la impresión de guardar alguna relación con la vida real del proletariado y de no publicarse en la Luna, impresión que dan algunos órganos de los partidos comunistas. Pero es característico: en este órgano no encontráis informaciones sobre lo que hace el partido en los distritos mineros. Ya este hecho me resultó muy sospechoso. Pedí a nuestro amigo Borodin, que ha escrito para el Ejecutivo un excelente trabajo sobre la huelga inglesa, que hiciera una encuesta sobre los hechos de la huelga minera entre los delegados llegados ahora de Inglaterra. Y desearía que se diera a conocer esta encuesta a un gran número de camaradas. Por esta encuesta sabemos que en los distritos mineros sí hubo mítines, pero que la Central del partido no los organizó en modo alguno de forma planificada. Eran grupos comunistas sueltos los que organizaban esos mítines. Pregunto: ¿con qué consigna vais a los mítines, qué decís a las masas, cuál es vuestra actitud ante la cuestión de la nacionalización, cuál vuestra actitud ante las reivindicaciones concretas que plantean ahora los obreros? Uno de los camaradas respondió: «Cuando subo a la tribuna del mitin, sé tanto como el hombre de la Luna de lo que voy a decir sobre eso, pero como comunista me oriento en el curso de mi discurso». ¿Qué significa esto? El partido se encuentra en medio de una lucha enorme, revolucionaria, del proletariado y no distribuye sus fuerzas de forma planificada. Eso es lo primero: cuanto más pequeñas son las fuerzas, más adecuadamente hay que emplearlas. Y más aún. A las fuerzas que emplea no les da ninguna consigna de lucha. No dice a los camaradas ni lo que tienen que decir a los mineros sobre el hoy ni lo que tienen que decirles sobre el mañana. Y todavía más. En muchos lugares el partido actúa bajo la tapadera de los «Worker Committees» [comités obreros], y en la medida en que su agitación tiene éxito, no vincula a las masas con el partido comunista. Camaradas, consideramos nuestro deber decir también a los partidos comunistas más pequeños: «Nunca seréis grandes partidos de masas si os ocupáis de la propaganda de la teoría del comunismo, o solo de la teoría del comunismo, o si ante un movimiento así no tenéis más que una consigna: ¡No confiéis en vuestros dirigentes!, consigna que los comunistas de Inglaterra han popularizado mucho, y con razón. Si no ayudáis al proletariado luchando en primera fila en sus filas, actuando en el movimiento como Partido Comunista, ayudando a los obreros con vuestras consignas a reconocer las lecciones de la lucha, nunca estaréis a la cabeza de esas masas obreras». Y repetimos la consigna general: ¡A las masas! Cada día en que eso no se hace es un día perdido para el comunismo. Y cuanto más pequeño es un partido, más exclusivamente tienen que dirigirse sus fuerzas a estas tareas.

b) La lucha italiana.

¡Camaradas! En el último año del que damos cuenta hemos tenido tres grandes luchas de masas del proletariado en las que los comunistas se vieron ante grandes tareas. Son la lucha italiana por la ocupación de las fábricas, la lucha checoslovaca y la Acción de Marzo alemana. Permitidme examinar las lecciones de estas tres luchas, porque solo en relación unas con otras dan un análisis justo de los errores cometidos y muestran el gran camino que tenemos que recorrer. Empiezo por la experiencia italiana, por el gran movimiento de septiembre del año pasado[^229] y sus lecciones. Os recordaré brevemente los acontecimientos. El movimiento empezó en las fábricas metalúrgicas italianas. Abarcó a masas tan grandes de metalúrgicos que el sindicato metalúrgico se vio obligado a ponerse a la cabeza del movimiento. El movimiento arrastró a su ámbito a fábricas que suministran productos semielaborados o materias primas a la industria metalúrgica. Se extendió a la industria química, a toda una serie de otras industrias, y creó una atmósfera en la que entraron en acción las capas del proletariado que más sufren. Como los metalúrgicos, los obreros textiles y los obreros químicos ocupaban las fábricas y ponían a los fabricantes de patitas en la calle, se movieron las masas de proletarios sin techo, y vimos, unido al movimiento de esos obreros, el movimiento de los sin techo, que ocupaban las villas y los palacios de los ricos para alojar en ellos a sus mujeres y sus hijos. Y el movimiento saltó al campo: desde Sicilia hasta el sur y el centro de Italia, los campesinos salieron con banderas rojas, ocuparon los latifundios, formaron guardias rojas. Y en esta situación, en que la clase obrera se despliega para una gran lucha, en que el campo se pone en movimiento, en esta situación la primera cuestión para nosotros, la cuestión decisiva, es: ¿qué clase de movimiento es este? Nos decimos: si solo conocemos estos hechos, es un gran movimiento revolucionario de masas. Los obreros se disponen a agarrar por el cuello a la sociedad capitalista. Atacan lo más sagrado del capital, las fábricas, las cajas fuertes del capital. Serrati, en cambio, dijo: fue un movimiento puramente sindical. Pensad, camaradas, un movimiento gremial en el que cientos de miles de obreros ocuparon las fábricas, en el que intentaron aumentar la productividad del trabajo, y hay cientos de ejemplos en que lo lograron, en el que los obreros organizaron la venta de las mercancías; un movimiento gremial que reventó las cajas de los capitalistas, que tomó en sus manos los medios para un fondo común, con cuya garantía el sindicato metalúrgico emitió papel moneda a cambio del cual las cooperativas de consumo daban víveres a los obreros; un movimiento gremial que no significaba otra cosa que el intento de los obreros de apoderarse de las raíces del poder capitalista, las empresas. La situación que así se creó no puede describirse mejor que con las palabras que el presidente del gobierno italiano, Giolitti, pronunció en el Senado el 26 de septiembre. Dijo:

«Llegó, pues, la ocupación de las fábricas. Según la opinión de quienes critican la obra del gobierno, se podían hacer dos cosas: o yo tendría que haberla impedido o, si no hubiera llegado a tiempo para impedirla, tendría que haber hecho desalojar las fábricas por la fuerza. ¿Impedirla? Se trataba de 600 empresas de la industria metalúrgica. Para impedir la ocupación habría tenido que —suponiendo que hubiera sido tan rápido como el rayo para llegar antes que la ocupación— poner guarniciones en las empresas, unos cien hombres en las pequeñas, algunos miles en las grandes. Para ocupar las fábricas habría tenido que emplear, sin excepción, toda la fuerza armada de que disponía. Y entonces, ¿quién habría vigilado a los 500.000 obreros que quedaban fuera de las fábricas? ¿Quién habría protegido la seguridad pública del país? Se me pedía, pues, una previsión imposible o una acción que, de haberla cometido, habría puesto a la fuerza armada del Estado en una situación en la que habría estado sitiada y no habría tenido ya libertad de movimiento. Creí, pues, poder descartar esta posibilidad. ¿Debía entonces hacer desalojar las fábricas por la fuerza armada? Está claro que habría tenido que empezar la lucha, la batalla abierta, en una palabra, la guerra civil. Y esto, después de que la Confederación General del Trabajo hubiera declarado solemnemente que excluía del movimiento todo propósito político, que este movimiento debía mantenerse dentro de los límites de una lucha económica. La Confederación General del Trabajo, en la que entonces yo tenía confianza, demostró que merecía esa confianza, porque la gran masa de los obreros aceptó sus propuestas. Si hubiéramos recurrido a la fuerza, si hubiéramos puesto en movimiento el ejército, la guardia real, los carabineros contra 500.000 obreros, ¿saben los críticos adónde habría llevado yo entonces al país?». Esta declaración de Giolitti, el muy astuto, quizá el más astuto representante del capital italiano, lo dice todo. Quinientos mil obreros estaban en lucha revolucionaria, el gobierno era impotente, y la burocracia sindical, en la que el gobierno tenía confianza y que tenía confianza en el gobierno, interrumpió la lucha y empezó negociaciones con la firme consciencia de que todo lo que lograra en esas negociaciones sería un pedazo de papel una vez que los obreros hubieran abandonado las fábricas.

Camaradas, a la cabeza de la confederación italiana están hombres que se presentaron aquí como comunistas, que hasta hace poco eran miembros de la Internacional Comunista. Y esta confederación concluyó un pacto con el Partido Socialista Italiano. El partido italiano actuó junto con ella. ¿Y qué vimos allí? En la lucha participaban los obreros sindicalistas, en la lucha participaban los obreros anarquistas. El partido italiano sabía que la burocracia sindical quería estrangular la lucha, pero que esos obreros querían luchar. No exigió que los representantes de esos obreros fueran llamados a las deliberaciones comunes. Fuera de la confederación estaba la gran organización de los ferroviarios, los marinos y los portuarios. El partido no insistió en que se llamara a la lucha a los representantes de esas organizaciones. Quería dejarse poner en minoría. Propuso: queremos la lucha. La burocracia sindical dijo: interrumpimos la lucha y obtenemos el control de la producción. El partido se dejó derrotar en la votación, se sometió y agachó la cabeza. ¿El resultado? Camaradas, hoy he preguntado a camaradas italianos qué ha sido del control de la producción en Italia. Ni siquiera un pedazo de papel ha presentado el gobierno sobre ello en el parlamento, aunque el gobierno había firmado el compromiso de conceder por ley a los obreros el control de la producción si soltaban las fábricas. Camaradas, cuando se interrumpió la lucha, los órganos de los reformistas celebraron este control de la producción como una gran victoria. Decían: por fin los dos elementos, el trabajo y el capital, irán juntos; el trabajo vigilará al capital para que no robe, y los capitalistas a los obreros para que trabajen. Con ello hasta la divisa, que está muy baja, volverá a ponerse en pie. Pero después de que los obreros volvieran a entrar en las fábricas, empezó la furiosa campaña de los blancos contra los obreros. Empezó el asalto a una organización obrera tras otra. Fueron destruidas una tras otra las redacciones de los periódicos del partido en Génova, Milán, Roma y Brescia; en Bolonia se disparó contra los obreros, miles fueron a parar a la cárcel. El gobierno empezó con astucia por actuar contra aquellos a quienes el partido socialista había dejado fuera de la familia común de los combatientes, contra los anarquistas y los sindicalistas, cuyos dirigentes detuvo en masa. La gran lucha de la clase obrera se perdió en la arena por el hecho de que el Partido Socialista Italiano, ante esta gran corriente revolucionaria, solo tenía un pensamiento: Dios aparte de mí este cáliz de la dirección de una revolución. Camaradas, no sabemos si era posible conquistar el poder en esta lucha, pero en esta lucha había mucho que lograr. Ante todo, dos cosas: el control efectivo de la producción, no como medio para levantar la divisa del Estado capitalista, sino como medio para soldar autónomamente a los obreros en grandes organizaciones proletarias contra el Estado capitalista, y el armamento de los obreros. Si no se lograba conquistar el poder en la lucha por estos objetivos, la clase obrera italiana, bajo la dirección del partido comunista, habría librado de todos modos una gran batalla contra el capitalismo. En esa batalla habría creado posiciones importantes para la lucha ulterior o, en el peor de los casos, habría sido derrotada en ella, pero habría salido de ella rica en experiencias, rica en conocimiento de las condiciones de la lucha.

El partido italiano esquivó la lucha. Alegó que, pese a todo, su influencia había crecido, que pese a todo había obtenido muchos votos en las elecciones. Sí, la revolución, el desarrollo de los antagonismos empuja a los obreros hacia nosotros incluso cuando cometemos los mayores errores; pero, cuando los cometemos, el obrero no adquiere ni la comprensión del camino ni la confianza en su fuerza. Vota por vosotros, porque ¿por quién iba a votar? ¿Por los capitalistas? Pero el sentimiento de poder del proletariado disminuye. Se pierden situaciones importantes en las que sería posible la victoria o una victoria parcial. ¿Y el resultado? ¡El capital se consolida! Antes de las elecciones en Italia, Oda Olberg, una reformista italo-alemana que desde hace decenios informa en el *Vorwärts* con gran atención y agudeza sobre el movimiento italiano, escribió: «La burguesía se siente ahora completamente distinta, porque el partido italiano ha mostrado que teme la lucha».

c) La huelga de diciembre en Checoslovaquia.

Pasemos a la huelga de diciembre en Checoslovaquia. Surgió cuando el gobierno capitalista de Černý,[^230] para proteger a los socialdemócratas, aplicó todos los artículos del código de estafadores que se llama derecho civil de la sociedad burguesa para robar la Casa del Pueblo, propiedad del proletariado checo, y ponerla en manos de los dirigentes traidores. Los obreros respondieron con la huelga, aunque el gobierno, tras los primeros choques, decretó el estado de sitio e incluso el estado de excepción, que en la vieja lengua imperial y real se llama *Statarium*. Aunque cortó las comunicaciones telefónicas y detuvo a los correos del partido socialista de izquierda, el movimiento saltó de una ciudad a otra. Al cabo de unos pocos días estaban en lucha el viejo territorio bohemio, Moravia, donde hasta entonces los de Ostrava estaban en la derecha, y Eslovaquia, y los obreros alemanes del norte de Bohemia se unieron en esta lucha a los obreros checos. La lucha tuvo un carácter diverso. En una ciudad se hacía huelga con la consigna «Devolved la Casa del Pueblo, soltad a los presos», en otras se planteaban reivindicaciones salariales, en otras se planteaba la reivindicación de formar consejos obreros, en otras se llamaba a los obreros a ocupar las fábricas y las fincas y a armarse.

En todo caso estaba claro, y la dirección del partido socialista de izquierda, la Levice, lo ha dicho abiertamente: este movimiento espontáneo la tomó completamente por sorpresa; no había creído que hubiera tanta energía revolucionaria en la masa obrera. Toda la política del partido desde su fundación consistía, en efecto, en la opinión de que la masa todavía no estaba preparada, de que no podíamos formar abiertamente un partido comunista ni adherirnos abiertamente a la Internacional Comunista, de que las masas no estaban lo bastante maduras para recoger nuestras consignas si se decían claramente. De pronto, ahí estaban las masas, en la lucha más maduras que los dirigentes. Pedí el periódico del partido, *Rudé Právo*, y no encontramos en él ni un solo llamamiento que mostrara a los obreros de qué se trataba realmente, qué lecciones había que sacar del movimiento. Y cuando se interrumpió, la dirección de la Levice, de la izquierda, publicó un manifiesto en el que solo se apreciaba un único hecho: que por primera vez este magnífico proletariado checo, que había estado envuelto por el nacionalismo, se había alzado a la lucha como un león, que las ilusiones nacionalistas yacían en el suelo rotas como cristales y que el proletariado checo había aparecido en el campo de batalla. Pero por qué la lucha terminó en una derrota, qué tiene que hacer el proletariado checo para poder luchar mejor en el futuro, eso no lo dijeron ni este llamamiento ni los números siguientes del *Rudé Právo*.

La primera lección que dio el movimiento fue esta: habéis sufrido una derrota porque no formáis un partido único, porque los obreros checos, húngaros, eslovacos y alemanes, aunque viven en el mismo Estado, aunque están bajo la presión del mismo Estado, bajo la presión del mismo gobierno, y son explotados por la misma burguesía, tienen formaciones de partido distintas. Así pues, la primera lección organizativa era: «Proletarios de todas las naciones de Checoslovaquia, uníos en un solo partido». Esta conclusión no se sacó. La segunda lección era de naturaleza política: ¿cómo ha de ser el partido, con quién ha de romper, a quién ha de unirse? Tenía que surgir involuntariamente la idea de formar un partido comunista. Tampoco esta idea se sugirió a los obreros.

El partido checo no podía hacerlo, porque sus dirigentes todavía no estaban decididos a aceptar las lecciones que las masas ya habían aceptado de hecho. Las masas estaban ya en el terreno del comunismo combatiente; los dirigentes ni siquiera iban enseguida a la zaga de las masas. Necesitaron todavía cuatro meses para decidirse, para hacer política e intelectualmente lo que los proletarios habían hecho con su acción. Y otra lección más: este movimiento de Checoslovaquia planteó la pregunta: «¿Qué consignas hemos de dar allí donde los obreros despiertan y entran en la lucha, pero donde toda la situación no ha madurado todavía hasta el punto de que podamos tomar el poder en nuestras manos? ¿Qué consignas de transición, pues, hemos de plantear?». Tampoco sobre esta cuestión dijo nada la Levice. No solo había renunciado, pues, organizativamente, sino también políticamente, a la dirección de un movimiento que le caía directamente en los brazos. Tenemos aquí, por tanto, un ejemplo crudo y característico de cómo un gran partido de masas deja que un movimiento espontáneo se pierda en la arena en lugar de influir en él, de dirigirlo de modo comunista. Vemos aquí un error cuya causa interna caracterizaré y examinaré más adelante. Solo diré, adelantándome: es la política pasiva, que constituye la esencia de las corrientes semicentristas que todavía existen entre nosotros y que une a esas corrientes con los centristas de fuera de la Internacional Comunista.

d) La Acción de Marzo.

Paso ahora a un ejemplo opuesto, que es igualmente un ejemplo modelo, un ejemplo del error contrario: la Acción de Marzo alemana. Aquí, antes de pasar a describir la acción, tengo que decir lo siguiente: sobre el significado y los errores de la Acción de Marzo tenemos que hablar en el VKPD y con todos los partidos comunistas con plena franqueza fraternal. Es necesario comprender la esencia de esta lucha, la esencia de los errores cometidos, precisamente porque no vemos en esos errores un extravío pasajero. Si Levi, de feliz memoria, presenta en su folleto este movimiento como algo que, por obra de unos cuantos cabezas de chorlito, cayó de improviso sobre el honrado y reflexivo movimiento alemán y llevó a gente irreflexiva, como por ejemplo Brandler, a ponerse de pronto a bailar, de ello podrían sacarse muy pocas lecciones. Se diría que el cabeza de chorlito no debe volver a confundir a la gente honrada. Las lecciones que salen de este análisis son tan planas como un banco cepillado, sin contar con que es absurdo suponer que en un partido joven, cuya dirección no tiene autoridad, cuyos afiliados han visto marchitarse grandes nombres prestigiosos, que en ese partido las masas pudieran ponerse en movimiento y lanzarse a la lucha por la presión de un camarada.

Quiero decir todavía, a modo de introducción, lo siguiente: si hablamos con vosotros franca y fraternalmente de los errores, no lo hacemos porque supongamos que el Ejecutivo tiene la sabiduría a cucharadas y que, si enviáramos a Zinóviev en lugar de otro camarada, todo saldría a pedir de boca. Estamos convencidos de que el paso a las acciones es extraordinariamente difícil en todo partido, de que son necesarias lecciones duras y grandes por medio de acciones antes de que la dirección tenga la medida en los dedos, antes de que piense a fondo cada aspecto de la conducta del partido respecto de la masa. Decimos: naturalmente, a nosotros nos resulta ahora mucho más fácil ver todos vuestros errores de lo que os era posible a vosotros mismos en plena lucha. Pero para eso nos reunimos en los congresos internacionales: para aprender de una batalla después de librada. No os aleccionamos a vosotros; aprendemos junto con vosotros, y si ahora 7.000 proletarios están entre rejas en Alemania y se les dice: habéis luchado en vano, nosotros damos testimonio por vosotros y por ellos de que no es verdad, porque el proletariado solo aprende por sus errores, por los pasos que da torpemente. Las víctimas que caen por estas lecciones son el precio de nuestra victoria futura.

Ahora, camaradas, permitidme hablar de estas cosas con total franqueza. Tengo que remontarme a la historia del VKPD. El VKPD surgió de la Liga Espartaco, que tuvo la dirección en el primer hervor de las luchas proletarias en Alemania. Cuando las masas se alzaron por primera vez, cuando parecía que querían arrollar al Estado capitalista, Espartaco estaba en las primeras filas de esas luchas. Luego vino la época posterior a la revolución burguesa concluida —la revolución de noviembre fue solo la conclusión de la revolución burguesa alemana—; empezó el lento periodo de reunión del ejército de los proletarios alemanes para las luchas futuras. El partido estaba privado de sus grandes dirigentes; constaba de unos pocos miles de proletarios. Tenía que procurar que esta fuerza no se malgastara en escaramuzas de avanzadilla, que no se viera envuelta en luchas antes de haber reunido un núcleo de obreros en torno a la bandera del comunismo. La Liga Espartaco tenía que desempeñar el papel de la fuerza que contenía a los proletarios de choques innecesarios, que organizaba e instruía a las masas, que las llevaba a las grandes luchas en las que ya no hubiera peligro de que fueran aplastadas y aisladas. De esta necesidad de 1919, el año del despliegue, se desarrolló la ideología de una parte de los camaradas dirigentes que llevaban la lucha contra las tendencias putschistas que entonces existían realmente. Esta tendencia antiputschista, en la que se miraba cada movimiento con miedo —aquí van a volar los cascotes, y eso es muy peligroso—, esta actitud llevó al fracaso de la dirección de la Liga Espartaco durante los días de Kapp.[^231] Mientras en los días de Kapp los comunistas se batían brillantemente en toda la provincia, la dirección estuvo inactiva los primeros días. Unas horas antes de que estallara la mayor huelga general que Alemania haya visto jamás, dijo: las masas todavía no están maduras. Y después, cuando se corrigió el error, ya no pudo desempeñar un papel dirigente en la lucha; por eso cayó en la posición de la oposición leal, que representaba una castración del comunismo. La oposición de un verdadero partido obrero solo puede estar ligada a los objetivos del comunismo. Y frente a nuestros enemigos nunca podemos ser lo que en la jerga burguesa se llama «leales». Cuando hacemos compromisos, los hacemos como dice el *Cantar de Hildebrando*: «punta contra punta», y no con declaraciones de lealtad. Recuerdo este episodio porque muestra que una parte de los dirigentes de la Liga Espartaco no era un elemento que empujara a las acciones. Y los dirigentes de los independientes de izquierda que vinieron a nosotros son en su mayoría hombres que se ganaron sus espuelas en el movimiento sindical y como parlamentarios del movimiento independiente; estos camaradas, con un trabajo honrado, llegaron a la idea del comunismo. Pero es más fácil aceptar 48 condiciones sobre el papel que llevar a la práctica en la vida una sola condición de la lucha comunista. *(Viva aprobación.)* A estos camaradas les era difícil encontrar el paso a la actividad. Cuando el partido se reunió en su congreso y hablamos en la Central del futuro del partido, de sus tareas, se pensaba que era un partido de masas de 500.000 afiliados; en realidad esta cifra no se comprobó, y estoy convencido de que nunca hemos tenido más de 350.000 afiliados. Un partido así no puede contentarse con aquello con lo que puede contentarse una vanguardia de 50.000 obreros. No puede contentarse con ir vendiendo por las casas las ideas de la revolución. Su peso en la relación general de fuerzas entre las clases es mucho mayor. Tiene la posibilidad de hacerse con la dirección en las acciones espontáneas, tiene el deber, allí donde las masas están en fermentación, de intentar desencadenar esas acciones. Y nadie en la Central ni en el congreso protestó contra la frase que figuraba con plena consciencia en el manifiesto del partido, la frase que dice: «El KPD, como partido pequeño, intentaba entrar en las grandes organizaciones obreras para demostrar allí prácticamente a las masas, con sus propuestas de acción, el significado del comunismo como “la doctrina de las condiciones de la lucha de liberación del proletariado”, para decirlo con Engels. Pero no podía emprender ella misma acciones de masas, porque no tenía masas detrás. Si no lograba ganar al USP para sus propuestas de acción, tenía que limitarse a la propaganda crítica. El Partido Comunista Unificado tiene fuerza suficiente para entrar en acción por su propia cuenta allí donde los acontecimientos lo permitan o lo exijan. Quiere agrupar en fracciones, en los sindicatos y en los consejos de fábrica, a los cientos, a los miles de sus afiliados y, además, a los cientos de miles de sus simpatizantes; quiere establecer, mediante su prensa y sus llamamientos, la relación más estrecha con las masas que piensan, dar expresión a su miseria, dar a las más amplias masas populares la consciencia de esa miseria y de la posibilidad de superarla, y será capaz de desencadenar acciones del proletariado o de ponerse a la cabeza de las acciones que surjan espontáneamente.»

Camaradas, en este pasaje, creo, están enunciadas todas las condiciones del papel dirigente del partido. En primer lugar, tiene que vincularse mediante su prensa con las más amplias masas, dar expresión a su miseria; tiene que abarcar en los sindicatos a cientos de miles de obreros; tiene que esperar situaciones que permitan o exijan una acción de las masas. Solo entonces tiene la posibilidad de dirigir o desencadenar los movimientos espontáneos correspondientes. Lo que aquí se dice en forma general sobre las condiciones del papel independiente del partido, el partido no lo había asimilado como experiencia viva. El partido, y cualquier camarada alemán me lo confirmará, no tenía antes de marzo, ni tiene hasta hoy, una prensa que lo vincule con las capas más amplias del pueblo. Nuestra prensa ni siquiera es tan grande como el número de afiliados del partido. *(Interrupción: ¡Muy cierto!)* Nuestra prensa es todavía en gran parte una prensa de instrucción teórica. Esta prensa no habla el lenguaje apasionado del tribuno del pueblo que participa en todas las penalidades de la población. Trae artículos kilométricos, artículos teóricos e instructivos muy buenos, pero el grito de la masa todavía no se oye en esta prensa. Rogaría a los camaradas que miraran las fotografías de la *Pravda*. Eso era todo el conjunto de nuestra *Pravda*, el órgano central ruso, cuando todavía luchábamos por el poder: tenía cuatro páginas, pero la mitad del periódico consistía en pequeñas noticias de las fábricas. Lo que vivía en la masa encontraba expresión en esta prensa. Vuestra prensa todavía no es así, y eso prueba que el partido todavía no ha hecho los preparativos para luchas mayores. Se dice que no se puede preparar cada acción como el desfile de la Plaza Roja ante el Kremlin. Naturalmente, en la lucha se maniobra mal con masas no organizadas, pero las tareas preparatorias del partido corresponden ante todo al tiempo anterior a la lucha. A las tareas preparatorias del partido pertenece todo lo que de hecho hace en todas sus formas, en la asamblea, en la fábrica, en el periódico, en el sindicato, en el club deportivo proletario, en la taberna proletaria; en todas partes, en la calle, entre la masa, se lleva a cabo la preparación para la acción del partido. El partido se puso a este trabajo preparatorio, y he de decir que tropezó con aquello de que hablé antes, con la herencia de su pasado, con la pasividad del aparato burocrático, que antes era una organización de reclutamiento y no una preparación para luchas directas. Era imposible conseguir que camaradas buenos e inteligentes escribieran folletos de agitación, imposible que organizaran campañas. Al partido le faltaba el concepto de la campaña política. Hoy se empezaba a escribir sobre una cuestión, a sacudir a los obreros, y a los tres días ya ni el gallo cantaba por ella.

La cuestión más importante ante la que se encontraba el partido era esta: ¿cómo llegamos a las masas? Las masas no están desorganizadas en Alemania; las masas en Alemania están organizadas en sindicatos que tienen diez millones de afiliados, en partidos que tienen millones de afiliados, y la primera cuestión es esta: ¿cómo llegamos a esas masas? El partido eligió el camino justo. Dijo: quien ya está por la dictadura del proletariado, quien está ganado para el comunismo, está en el partido o a su alrededor. Después de Halle no se puede atraer por ahora a una nueva capa del proletariado con la consigna de la lucha final. Podemos hacer un trabajo de zapa. ¿En qué terreno podemos hacerlo? Tenemos que demostrar documentalmente a las masas que los socialdemócratas, los independientes, los dirigentes sindicales mienten cuando dicen que no quieren luchar por la dictadura, pero sí por el pedazo de pan. Y tenemos que mostrar a las masas que el SPD, el USPD y los dirigentes sindicales no quieren luchar en absoluto, aunque los proletarios se mueran de hambre.

De esta serie de ideas nació la Carta Abierta, la decisión del partido de iniciar una gran campaña que debía acercar el partido a las masas y separar a las masas de sus dirigentes sindicales y socialdemócratas. Camaradas, para todos estaba claro que eso, naturalmente, no podía hacerse solo por la vía de la agitación. Cuando se decidió este paso, estábamos ante la posibilidad de luchas mayores. Recordáis las luchas de los ferroviarios, de los funcionarios de correos, el movimiento de los parados. La idea, en los primeros días de enero, era obligar a los socialdemócratas y a la burocracia sindical, mediante la presión sobre ellos, o bien a azuzar a las masas, a iniciar con nosotros un movimiento unitario de los obreros, en el cual nuestra tarea era aumentar la influencia sobre las masas y elevar las consignas, o bien, si la burocracia se negaba, a ganar un campo de batalla claro. Queríamos que la masa, antes de que empezaran las luchas, supiera cuál sería la actitud de los socialdemócratas, de los sindicatos. El gobierno consiguió que el movimiento se perdiera en la arena, dividiendo a la clase obrera mediante concesiones. Muestro ya ahora cuál era entonces la situación del partido. Se vio cómo una parte de los camaradas que ahora ponen el grito en el cielo por el peligro sectario, los Geyer, los Brass y los demás, estaban en contra de esta idea. Y perdimos una semana preciosa, que luego nos costó mucho más cara.

Llevamos luego a cabo la campaña. Pregunto a los portavoces de la estrecha relación con la masa: «¿Dónde estaban las conferencias organizadas por distritos por los dirigentes sindicales comunistas cuando aquí y allá ganábamos para nosotros a cientos de miles de obreros? ¿Dónde estaba vuestro intento de llevar la cosa a un nivel más alto en una gran campaña política, en la que se pudiera pasar de la agitación a congresos públicos de los comunistas y de los grupos que simpatizaban con ellos?». No solo vosotros no hicisteis nada en este sentido; tampoco la izquierda hizo nada. No se supo enlazar las cosas, y en eso se vio lo difícil que era para el partido el paso. Pero hay que decir una cosa. Si en la izquierda era torpeza, en una gran parte de los funcionarios del partido era el miedo, que sin duda existía, a luchas mayores. Luego vinieron, con la cuestión italiana, las luchas en el partido. Cristalizó el ala derecha del partido. Observo: esta ala lanzó en el periodo posterior la acusación de que no se había iniciado ninguna acción que preparara para la lucha. Levi, mientras dirigía la Central, no hizo ni una sola vez propuesta alguna, con excepción de las propuestas sobre la cuestión de la alianza con la Rusia soviética, que no eran consignas para acciones de masas. Los camaradas de izquierda se quedaron solos en la dirección del partido, y entonces se encontraron ante la tarea de activar el partido. Y aquí llego al error fundamental que cometieron al hacerlo.

Decís: veíamos el cielo lleno de nubes negras, la cuestión de la Alta Silesia, el peligro de las sanciones, la cuestión bávara, etc.;[^232] todas las cuestiones se habían agudizado. Cuando amenazan grandes peligros, hay que intensificar ante todo la agitación, llamar la atención de las masas sobre el peligro. Cuando, en los primeros días después del estallido de la Acción de Marzo, clasificamos los periódicos alemanes, di al camarada Trotski dos paquetes; uno contenía la *Rote Fahne* hasta el 17 de marzo, y el otro la *Rote Fahne* posterior al 17 de marzo. Hasta el 17 de marzo —y así era toda la prensa— se chapoteaba en las viejas aguas, y a partir del 18 de marzo se da un puñetazo en la mesa: «¡Kahr[^233] se ríe de la ley!». Aquí está el error principal. Decís: los errores se cometieron en el pasado. Sí, es verdad, cuando decís: la culpa es de las viejas organizaciones, de los dirigentes de derecha, que no pusieron el partido a la altura en el terreno organizativo. Sí, ellos son los principales culpables. Pero en las tres semanas hasta el 17 de marzo, cuando estabais solos, ¿dónde está el más mínimo indicio de un cambio? No lo hubo. No habéis comprendido lo principal. No habéis comprendido que, si queréis luchar mañana, tenéis que prepararos hoy para la lucha, que tenéis que orientaros hacia la lucha.

El 17 de marzo se reunió el Comité Central. Y aquí quiero describir brevemente los errores que se cometieron allí, porque son fundamentales, porque quien no aprecia los errores de la sesión del 17 de marzo es incapaz de preparar bien acciones futuras. Para no cansar a los camaradas, no traeré aquí citas. Planteo solo la pregunta: ¿cuál fue la idea rectora de la sesión del 17 de marzo? ¿Qué dijo el partido a los representantes de todos los distritos? Primero les mostró los grandes peligros en su verdadera luz. ¿Qué conclusiones sacó de esos peligros? La primera conclusión que un marxista revolucionario tenía que sacar era la siguiente: entramos en el periodo de grandes posibilidades de lucha. Por esta razón, el partido tiene, en primer lugar, que preparar primero a la masa en general, mediante la agitación, para estas posibilidades de lucha, y adaptar su organización a ellas. Y luego el partido tiene que plantearse la pregunta: ¿le interesa llevar los antagonismos a su desenlace lo más deprisa posible? Afirmo que, como el partido no estaba preparado ni política ni organizativamente para las grandes luchas, no tenía interés en forzar las cosas. Señaláis los peligros de las sanciones, la Alta Silesia, el desarme; pero ¿no es otra cosa cómo sienten esos peligros los círculos dirigentes políticos del partido y cómo los sienten las masas? —Los círculos dirigentes políticos de la Internacional tienen que tener en cuenta incluso el peligro de una guerra anglo-norteamericana, que quizá no llegue.— Pero si se dijera a los camaradas norteamericanos: «Entrad en la lucha porque va a llegar la guerra anglo-norteamericana», ¡eso no sería una política de masas! La masa no se orienta por peligros que han de llegar, sino que actúa bajo la presión de los acontecimientos más próximos, que actúan inmediatamente sobre ella; y como el partido no estaba preparado para esta lucha, vuestra única tarea consistía en hacerlo, en intensificar el trabajo organizativo y transformar la organización. ¿Se contentó con eso el partido? No; Brandler dijo ya en su informe: vamos al encuentro de grandes luchas, tenemos que estar dispuestos a entrar en la lucha inmediatamente después de Pascua. Faltaban siete días para Pascua, ¿y cómo argumentaba? Buscaba la lucha; examinaba la cuestión: ¿no debemos forzar las cosas y, llegado el caso, provocar al adversario, tomar la iniciativa? Y mi amigo Frölich se presentó como un teniente de caballería y declaró: rompemos hoy con la tradición del partido; hasta ahora hemos esperado, ahora tomaremos la iniciativa y forzaremos la revolución.

Con estas orientaciones generales —cuanto antes sobre el enemigo, mejor—, los representantes volvieron a sus organizaciones, y antes de que se fueran el partido tenía que discutir con ellos la pregunta: «¿Qué debéis hacer si Hörsing irrumpe en Alemania central?». Pero ¿qué les dijo el partido? Tras el toque de clarín vienen los reparos, y la Central dio a las organizaciones la consigna: «Procurad por ahora esquivar la lucha; la Pascua es desfavorable. Solo cuando el enemigo ocupe las fábricas, procurad soliviantar a los obreros». Pero, camaradas, cuando hice reproches a uno de los camaradas de Alemania central y le dije: «Recibisteis la instrucción de esperar, pero a pesar de ello el día 19 empezaron los combates armados», me respondió: «Si yo no los hubiera empezado, nos habríamos llevado una buena. No se puede hacer seguir un toque de clarín de un toque de retirada». El partido no sabe lo que es serio. Cuando la *Rote Fahne* escribe: que todo proletario tome las armas, ningún proletario cree que el partido lo dice para hacerse un arsenal a largo plazo; ese tono es lucha, señal de lucha. Y si en algo se ha cometido un gran error, sería en que el partido no dijo: «Vamos al encuentro de grandes luchas, todavía somos débiles, no estamos preparados, pero si Hörsing asalta Alemania central tenemos que luchar. No podemos dejar en la estacada a nuestros camaradas de Alemania central». Pero ¿cómo luchar? ¿Con medios técnico-militares o sin ellos? Si el partido se hubiera planteado esta pregunta, habría dado la orden: «Si Hörsing invade Alemania central, estaremos lealmente al lado de los obreros de Alemania central y proclamaremos la huelga de masas. Movilizaremos a todo el partido con la consigna: defensa de los obreros de Mansfeld frente a los sabuesos sanguinarios de Hörsing». Y tenía el deber de decir a los de Mansfeld: «Sois una minoría; si os enfrentáis a las centurias, a las ametralladoras, seréis aplastados». El partido no lo hizo. No dio la consigna: «Empezad la lucha con las armas en la mano», pero tampoco dio la consigna contraria. La orientación del partido era irreal. Y cuando llegó la lucha, cuando tuvo que luchar, el partido había perdido el ojo para ver con qué consignas había que llevar la lucha. Camaradas, subrayo: respaldamos la Acción de Marzo; consideramos que era deber del partido acudir en ayuda de los proletarios de Alemania central. ¿Por qué? No por razones sentimentales. Habrá muchas situaciones en las que el partido no estará en condiciones de prestar ayuda a los proletarios atacados por el enemigo. Nosotros aquí, en Rusia, donde teníamos el poder del Estado, donde el Ejército Rojo estaba en formación, vimos cómo nuestros hermanos ucranianos y finlandeses, tras el aplastamiento de la dictadura, sufrían el martirio de los gobiernos blancos. Estábamos con los dientes apretados y decíamos: no, ahora no podemos acudir en su ayuda, porque ellos y nosotros seríamos aplastados. Cuando la revolución húngara estaba amenazada por todas partes, no acudimos en su ayuda, porque teníamos frente a nosotros al enemigo principal, los grandes ejércitos de Kolchak, porque sabíamos que, si dividíamos las fuerzas, nos derrotarían a nosotros y a los camaradas húngaros; y salvamos el ejército principal de la revolución mundial, la Rusia soviética, y dejamos caer su avanzadilla, la Hungría soviética. Pero yo digo que en este caso el partido tenía el deber de salir en defensa de los obreros de Mansfeld, y por las siguientes razones: los obreros de Mansfeld eran el centro comunista de Alemania, no la Central de Berlín; esa masa compacta era el centro del proletariado alemán. Y una segunda razón: la revolución alemana vio la ruina de un partido tras otro. Vio cómo se lanzaban palabras revolucionarias a las masas y cómo las palabras se convertían en nada. Y el partido comunista tiene que ganarse la confianza de las masas en las primeras filas de las luchas. Por eso digo: quien afirma que esto y aquello estuvo mal, pero no se pronuncia sobre la cuestión de qué tenía que hacer el partido ante la invasión de Hörsing, prueba que no tiene nada que decir, que quiere criticar las luchas del partido, pero no aprender de ellas.

Pero, camaradas, ahora viene la piedra angular. El 24 de marzo llamamos a la huelga general en todo el país. Se vio que habíamos reunido a nuestro alrededor fuerzas mucho menores de lo que esperábamos; las cifras son difíciles de establecer. Si los camaradas de la derecha dicen 200.000, es una inexactitud manifiesta, porque solo en Alemania central lucharon no menos de 200.000 obreros. Pero no se trata de eso. El partido tenía a sus espaldas una gran lucha y tenía que sacar las lecciones de esa lucha. ¿Y cómo lo hizo? Lo hizo de la manera siguiente. En lugar de decir: es una calumnia afirmar que la lucha fue un putsch bakuninista; un putsch es una lucha de una pequeña minoría por la conquista del poder, y nosotros entramos en la lucha para defender a los proletarios de Alemania central; no entramos en la lucha como un grupo de conspiradores, sino como un partido proletario; en lugar de decir: hemos cometido errores, no delimitamos rigurosamente los medios y los fines; en lugar de decir esto, el partido estableció la teoría de la ofensiva.

Camaradas, permitidme dejar sentados primero aquí unos cuantos hechos. Cuando hablemos contra la «teoría de la ofensiva», tenemos que decir que no hay —con excepción de Levi— ni uno solo que se haya pronunciado contra esta teoría. Ya he dejado sentado que la camarada Zetkin, el 7 de abril, en la sesión del Comité Central, declaró en una resolución que estaba en el terreno de la ofensiva. Tengo aquí esa resolución. En ella dice: «Un gran partido está obligado a una ofensiva». La camarada Zetkin rechazó la Acción de Marzo porque a su juicio fue un putsch y no una ofensiva, pero teóricamente la camarada Zetkin estaba en ese terreno. Sin embargo, la crítica que hizo la camarada Zetkin no podía constituir una corrección de los errores. ¿Por qué razones? En esa crítica falta lo más importante. La camarada Zetkin no dijo qué había que hacer cuando Hörsing invadió Alemania central; la camarada Zetkin dijo de un gran movimiento que era un putsch. Y si al mismo tiempo decía: estoy a favor de una ofensiva, ¿qué proponía para el futuro? Proponía una ofensiva en condiciones todavía menos favorables que en tiempos de la Acción de Marzo.

¿Cuándo surge, en opinión de la camarada Zetkin, la obligación de la ofensiva? Surge bajo la consigna: alianza con la Rusia soviética. Si es imposible que los obreros vayan a la lucha por miedo a las consecuencias de las sanciones, que quizá se hagan sentir en el curso de un año, es igualmente imposible movilizar a grandes masas con la consigna de la alianza diplomática con la Rusia soviética, cuyas consecuencias favorables solo más adelante pueden mostrarse en toda su amplitud. Es una idea completamente utópica, que tenía que dar la impresión de que la camarada Zetkin estaba en el terreno de la ofensiva, pero rechazaba la Acción de Marzo y se había pronunciado por una ofensiva en el aire porque quería decir diplomáticamente que estaba en contra de la acción. Esta impresión tenía que reforzarse por el hecho de que la camarada Zetkin y el grupo que estaba detrás de ella arrastraban consigo una pequeñez, y además a su cabeza: Paul Levi, que ha denunciado esta lucha proletaria como un putsch encargado desde fuera; Paul Levi, que enuncia positivamente la siguiente sabiduría:

«Pero no somos en absoluto de la opinión de que toda acción parcial sea un putsch. Estuvimos en contra de la acción parcial en 1919, cuando la revolución estaba en declive y todo movimiento armado no era más que una ocasión ardientemente deseada por la burguesía y por Noske para ahogar el movimiento en sangre. En las situaciones revolucionarias descendentes hay que evitar las acciones parciales. En las situaciones revolucionarias ascendentes, las acciones parciales son absolutamente necesarias. Pese a la gran formación revolucionaria del proletariado alemán, no hay que contar en absoluto —a menos que se repita precisamente el milagro de un putsch de Kapp, que entonces los comunistas no entendieron mal— con que el proletariado esté dispuesto en un día, apretando un botón, tal como se imaginan la cosa un secretario de partido socialdemócrata y Hilferding».

¿Qué significa esto? Por ahora, ninguna acción parcial. Cuando la línea de la revolución mundial ascienda... Así pues, la situación no es revolucionaria. ¿Cómo puede entonces ascender la ola revolucionaria?

Levi continúa:

«Si en Alemania vuelve a subir la ola revolucionaria, la acción vendrá por partes, exactamente igual que antes de 1918, aunque la mayor madurez del proletariado alemán respecto de entonces se expresará, desde luego, en que las acciones parciales serán más poderosas y más compactas que entonces. Pero por acción parcial entendemos solo una cosa: la entrada en la lucha de los proletarios de una parte de Alemania, de un gran Estado, de un distrito económico. No entendemos, en cambio, por acción parcial que, en una parte del Reich o en el Reich entero, sean los comunistas los que hagan huelga o entren en acción. Por acción parcial se entiende siempre solo: parte en sentido vertical y no en sentido horizontal.»

En su folleto, Levi dice al final que, si no se logra volver a salvar el partido —solo Levi podía salvarlo—, eso significa que vencen las fuerzas de la contrarrevolución y que la Internacional está perdida. Si llega la revolución, entonces sí, no estamos en contra de las acciones parciales. Pero las acciones parciales significan entonces: hoy ha de luchar Halle, mañana Fráncfort, pasado mañana Berlín, etc. Las acciones parciales significan, por tanto, que el proletariado alemán ha de olvidar todas las lecciones de su historia, que ha de dejarse derrotar una vez más, pedazo a pedazo.

Si el grupo de la camarada Zetkin luchaba contra la Central, por un lado, reconociendo la ofensiva, pero solo para el hermoso día de mayo en que los Scheidemann hagan huelga por la alianza con la Rusia soviética, y si, por otro lado, Levi dice: cuando llegue la revolución, entonces volveremos a empezar el baile desde el principio, eso no podía ser un contrapeso a la teoría irrealista e irreal de la ofensiva que el ala izquierda del partido estableció en el calor del combate, convirtiendo sus errores en teoría.

Camaradas, ¿por qué esta teoría de la ofensiva está completamente alejada de la realidad? En primer lugar, es un juego con conceptos militares. Pues bien, aunque mis amigos de partido más próximos no me creen capaz de ser un Napoleón, leo de vez en cuando libros militares. Cuando quise comprender la teoría de la guerra ofensiva, me dije: no me dirigiré a uno de nuestros tenientes de caballería de la reserva alemanes, sino a una cabeza militar realmente buena. Y volví a leer el capítulo sobre la ofensiva y la defensiva de Clausewitz. Y al leerlo vi claro lo útil que puede ser para un político ocuparse de cosas militares, y lo peligroso que es si luego no se tiene en cuenta la particularidad de las condiciones. Clausewitz dice brillantemente: la defensa es el rechazo de un golpe. La espera del golpe es su característica. Pero luego dice: ¿en qué consiste el lado fuerte de la defensiva y el lado fuerte de la ofensiva en sentido militar? En la defensiva —decía— me aferro al terreno que conozco y dejo que el enemigo se acerque. En la ofensiva tengo la ventaja de la sorpresa del adversario. ¿Dónde hay aquí una analogía? ¿Dónde está el terreno al que os aferráis en la defensiva política, que conocéis mejor que el enemigo? ¿Y dónde hay en la ofensiva la posibilidad de sorprender al enemigo con millones de proletarios, a los que naturalmente no se puede desplegar en secreto? Todo el juego con esta idea es completamente absurdo. Pero al mismo tiempo se encuentra en Clausewitz una idea que permite aplicarla a la cuestión. Dice que la defensiva es un medio de lucha fuerte porque en ella defiendo lo que poseo. Y cuando leí esto, hice desfilar ante mi espíritu toda la historia de la clase obrera, todas las grandes luchas del proletariado. ¿Qué fue la lucha de los cartistas? La defensa de la masa proletaria contra los efectos del joven capitalismo. ¿Y el despertar, las grandes luchas de los años setenta, el nacimiento de la Primera Internacional? ¡En el terreno del desarrollo del capitalismo, en el continente, se defendía la joven clase obrera! Las grandes luchas de los últimos decenios del siglo XIX, las grandes huelgas, el nacimiento de los grandes sindicatos, ¿qué fue aquello? ¡Fue la lucha del proletariado contra las tendencias opresoras del capitalismo, que a finales de los años noventa emprende una nueva carrera! ¿Qué es la revolución social? Es, en su desarrollo, la rebelión de la masa obrera que sufre, a la que el capitalismo empujó durante cuatro años con el fuego de sus cañones a la guerra y allí diezmó, a la que ahora intenta diezmar con salarios de hambre y contra la que ahora emprende una ofensiva. Y si no podemos vencer sin el gran empuje de las grandes masas compactas, sin su ofensiva, nos acercaremos sigilosamente, en líneas generales, al enemigo, y sabremos llevar a la clase obrera, hasta el último hombre, la idea: defiende tu pellejo si no quieres caer al nivel del ilota. Y precisamente porque es así, la idea de la obligación del partido a la ofensiva como medio principal que hay que aplicar en toda situación de lucha es una idea falsa e irreal. Los camaradas no tienen más que preguntarse: ¿cómo podemos, como partido comunista, iniciar la ofensiva? ¿Podemos, como partido comunista, cuando todavía somos una minoría, organizar huelgas de masas? Para las huelgas de masas, si han de tener alguna influencia, hace falta la gran masa. Para las insurrecciones, para las luchas decisivas, hace falta la gran masa de los obreros. Así pues, el margen de maniobra del partido por sí solo es muy pequeño. Naturalmente, no debemos cerrar los ojos ante las posibilidades de una actuación ofensiva por cuenta propia. Supongamos que —como en los días de Kapp— el enemigo esté dividido, que empiece a luchar entre sí; entonces, con el estado de ánimo general que estas luchas despiertan en las filas del adversario, el avance de una minoría decidida puede arrastrar hacia delante a las masas, llevarlas un paso más allá, abrir una brecha en el campo del enemigo. O esto puede ocurrir si el proceso de desprendimiento de los sindicatos sigue adelante; solo ha empezado, por ahora es solo un síntoma, todavía no un síntoma positivo, revolucionario, porque muchos de los que abandonan los sindicatos se quedan al margen, pero muestra que han perdido la confianza en los dirigentes traidores. Si este proceso sigue adelante, quizá se dé más de una vez una constelación en la que estemos en condiciones de ir a la lucha a la cabeza de grandes masas unidas por la miseria, incluso contra todas las demás organizaciones. Pero en todo caso es entonces deber del partido examinar cuidadosamente todas las situaciones de lucha y todas las posibilidades de lucha. Allí donde el partido vea la posibilidad de lanzarse adelante, tiene que procurar preparar a los que van al asalto sacudiendo a las masas, vinculando al partido con las masas más amplias. Tenemos que tener siempre presente que podemos ir un paso por delante de las masas, pero que la distancia entre la vanguardia y las grandes masas, la artillería pesada de la guerra civil, no puede ser tan grande que puedan aplastarnos en una lucha aislada.

Camaradas, si sacamos las lecciones más importantes de las luchas de marzo, son las siguientes. Primero: el paso de la agitación a la propaganda de la acción no es fácil, y partidos comunistas muy buenos, que son partidos de masas y de los que aún no tenemos motivo para creer que haya en ellos nada podrido, no deben cantar victoria: solo en la lucha se verá qué es oro comunista. Solo entonces se verá qué miembros están de verdad con el partido y son capaces de luchar; solo entonces se verá cuál es el contenido real de los distintos matices dentro del partido.

La segunda lección es esta: los elementos que en los partidos se presentan como elementos pasivos pueden revelarse con mucha facilidad, en las luchas reales, como una tendencia oportunista, quizá como una tendencia oportunista todavía no del todo definida, quizá como una tendencia semicentrista. De la camarada Zetkin y el camarada Malzahn a Levi hay un largo camino, y nosotros, cuando la Central estaba en la más dura lucha contra ellos, tuvimos que proceder con más miramiento hacia ellos. Al mismo tiempo que aprobaba la expulsión de Levi, el Ejecutivo pidió a la Central alemana: ¡esperad, primero tiene que enfriarse el calor de la lucha; primero tenemos que hablar con los camaradas! Levi ha mostrado, menos con su argumentación que con la manera en que se comportó, que entre él y el partido no hay ningún vínculo orgánico, que es capaz de arrojar una bomba contra el partido cuando el partido está desangrándose. Si de verdad creía lo que escribió, a saber, que el partido había quedado abatido para mucho tiempo, entonces no podía amenazar para el día siguiente el peligro de que se repitieran los errores, y podría haberse puesto en contacto con el partido y con el Ejecutivo. Pero si no lo creía, ¿cómo pudo escribirlo? Cuando Levi dice: «Grupo tras grupo se levantó y, siguiendo la consigna de la Central, entró en la lucha», y al mismo tiempo dice que fue un *putsch* bakuninista, muestra que para él los argumentos son baratos con tal de que sirvan contra el partido. A los demás camaradas, que se solidarizaron ciertamente con Levi, pero que, por el hecho de haber participado activamente en la lucha, mostraron que están unidos al partido, a esos camaradas los considerábamos al mismo tiempo elementos necesarios en el partido, porque como sindicalistas, por su vínculo con las masas, forman el lastre que impide que el barco dé virajes bruscos en los que pueden irse a pique capitán y barco. Y al sacar las conclusiones organizativas, decimos al partido alemán: hemos señalado aquí los errores para que en el futuro se eviten estos errores y trabajéis junto con todos aquellos que han luchado hombro con hombro en la lucha.

Camaradas, las lecciones de la Acción de Marzo muestran además que tenemos un aparato que todavía no está preparado para la lucha. Las organizaciones formadas especialmente para la lucha, las secciones político-militares, han resultado ser una ilusión. En realidad todavía no existían, y donde hubieran existido, tenían las armas solo sobre el papel; lo poco que había estaba indisciplinado. Querían dictar al partido, en lugar de ejecutar las órdenes del partido. Las organizaciones del partido en su conjunto resultaron ser un aparato que todavía no sabe ponerse a punto para la lucha. De esto tenemos que sacar grandes lecciones. Y si decimos: camaradas, la Acción de Marzo, con sus errores, es un paso adelante, no lo decimos para poner un emplasto sobre la herida que nuestra crítica quizá abre, sino porque estamos convencidos de que tenéis por delante luchas en las que sufriréis derrotas todavía mayores si no aprendéis a evitar los errores. Y por eso, porque el partido ha mostrado la voluntad de luchar, porque mantuvo unidas en la lucha masas probadas, creemos que, pese a las pérdidas numéricas, que el adversario exagera mucho, el partido ha salido de la lucha endurecido, templado, y se hará diez veces más fuerte si sacáis sin reservas todas las lecciones de la lucha. Celebramos que hayáis empezado a reconocer estos errores. Si se compara lo que dice la resolución del 7 de abril[^234] con la resolución para el Congreso de la Internacional, se ve ya que ha llegado la sensatez. Y el hecho de que la delegación alemana no haya opuesto a nuestras tesis otras tesis distintas en lo fundamental es para nosotros una prueba de que el partido alemán, grande pero joven, está dispuesto a sacar de esta lucha las lecciones que le permitirán en el futuro dirigir mejor todas sus luchas, defensivas u ofensivas, llevarlas a cabo mejor a la vez en lo político y en lo organizativo, y conducir en las luchas al proletariado a la victoria.

Las consignas del futuro próximo.

Camaradas, no puedo entrar aquí en todas las cuestiones que están brevemente esbozadas en las tesis y que podéis desarrollar y examinar críticamente en el debate. Permitidme pasar ahora a la última parte de mi informe, a saber, a las consignas para las luchas parciales, para las acciones que tenemos por delante, hacia las que tenemos que trabajar; a las consignas bajo las que tenemos que llevar adelante las acciones. Este es un terreno en el que solo se trata de formular lo que hemos dicho muy a menudo en nuestras discusiones teóricas y en la práctica. Se trata de destacar con nitidez las diferencias entre el programa mínimo de la socialdemocracia, el programa de acción del centro y las consignas de la Internacional Comunista.

Camaradas, todos recordáis muy bien lo que era el viejo programa de la socialdemocracia. La socialdemocracia contaba con un largo período de existencia de la sociedad capitalista. Para ese período creó un sistema de reivindicaciones que debían mejorar la situación de la clase obrera sobre el terreno del capitalismo, que debían acorazar a la clase obrera contra las tendencias opresoras del capitalismo. Rosa Luxemburg caracterizó en su día, en una polémica contra Sombart,[^235] la función real del programa socialdemócrata declarando: «En el fondo solo luchamos por que la mercancía fuerza de trabajo se compre a su precio real, por que el obrero reciba el salario que le permita reproducir su fuerza de trabajo». Y Karl Marx lo expresó así en su *Crítica del Programa de Gotha*:

«Entre la sociedad capitalista y la comunista media el período de la transformación revolucionaria de la una en la otra. A él corresponde también un período político de transición, cuya forma no puede ser otra que la dictadura revolucionaria del proletariado».

«Ahora bien, el programa no se ocupa ni de esta última ni del futuro Estado de la sociedad comunista.

Sus reivindicaciones políticas no contienen nada más que la vieja letanía democrática conocida de todo el mundo: sufragio universal, legislación directa, derecho popular, milicia popular, etc. Son un mero eco del Partido Popular burgués, de la Liga de la Paz y la Libertad.[^236] Son todas reivindicaciones que, en la medida en que no se exageran hasta convertirse en representaciones fantásticas, están ya realizadas. Solo que el Estado en que se han llevado a la práctica no está dentro de las fronteras del Imperio alemán, sino en Suiza, en los Estados Unidos, etc. Esta clase de “Estado del futuro” existe ya hoy, aunque exista fuera del “marco” del Imperio alemán».

Lo que Marx dice del Programa de Gotha vale para todos los programas socialdemócratas. Hay aquí ciertos rasgos característicos que se refieren solo al Programa de Gotha, pero en el fondo es la caracterización de todo programa mínimo de la socialdemocracia. Planteaba reivindicaciones que eran realizables en la sociedad capitalista y que precisamente por eso tenían un efecto revolucionario, porque la sociedad capitalista rechazaba una y otra vez esas reivindicaciones realizables y necesarias para la clase obrera. La socialdemocracia sigue todavía hoy sobre el terreno de ese programa. Entre las ruinas de la economía mundial capitalista, mientras siguen actuando las fuerzas que llevan al proletariado al abismo y amenazan cada día con empujarlo a él, procura dar la impresión de que trabaja con celo en las reformas de una barraca que se viene abajo. La reforma de una casa que se derrumba es su derrumbe, dijo una vez el historiador alemán Dahlmann[^237] en su *Historia de la revolución inglesa*. Pero la socialdemocracia quiere engañar conscientemente al proletariado con su juego de reformas. La socialdemocracia alemana procura meter en artículos de reglamento cada traición y cada engaño que comete, como el Estado Mayor alemán metía en artículos de reglamento cada atrocidad de guerra.

El centro procura dar la apariencia de que no comparte esta posición programática de la socialdemocracia. Hasta ahora no ha formulado en ninguna parte un programa mínimo. Afirma que está sobre el terreno de la revolución social y que solo plantea reivindicaciones de acción que se realizarán en el proceso de la revolución social. ¿Cuál es la posición real del centro? Donde mejor podéis reconocerla es en dos países: en Alemania y en Inglaterra. En Alemania, en el programa de acción de los independientes; en Inglaterra, en la postura del ILP[^238] ante la cuestión de las minas. Estos dos partidos desarrollan los planes siguientes. Lassalle dijo en los años sesenta al proletariado: «Debes concentrar tus fuerzas en un punto de ataque; no mires a la derecha ni mires a la izquierda, sino pregunta a cada partido y a cada persona: ¿qué postura tienes ante el sufragio universal?». Ahora dicen los centristas: la democracia está ya realizada, no se trata del sufragio universal; las cuestiones candentes son las cuestiones de naturaleza económica. Se trata de la cuestión: ¿cómo arrancamos las fábricas y las minas de las manos de los capitalistas? Y luego dicen: el terreno más importante es la industria pesada, y esta industria pesada tiene por fundamento la cuestión del carbón. Y trazan un plan aparentemente revolucionario de concentración de las acciones del proletariado en la nacionalización de las minas de carbón en Inglaterra y en la socialización en Alemania. Elaboran el plan de cómo el proletariado debe apoyarse en las capas de la pequeña burguesía que sufren la carestía del carbón, incluso en la industria de transformación, que sufre el monopolio privado del carbón, y de cómo el proletariado debe empezar la lucha por la socialización de las minas de carbón. Y dicen: en la lucha se llegará a grandes choques, y esos choques son la palanca de la revolución. Esta monserga se encuentra en el folleto de Rudolf Hilferding y, naturalmente, se ha rumiado también en la prensa del USPD. Si os detenéis a pensar en esta idea, se ve que aquí no se trata de otra cosa que de huir de las luchas reales hacia los campos bienaventurados de los planes bonitos. ¿Por qué pudo Lassalle concentrar la energía de los obreros en la cuestión del sufragio? La clase obrera estaba amordazada, y lo primero que podía ayudarla a conseguir que se la desencadenara era el sufragio; ya la apalearan los policías, ya la maltrataran los jueces, ya la explotaran los capitalistas, la palanca para mejorar su situación era el sufragio. Lassalle unía esta cuestión con la cuestión del estómago de los obreros, con la financiación de las cooperativas, que debían procurar la liberación al proletariado pequeñoburgués de entonces. Hoy la clase obrera sangra por mil heridas, y es una completa utopía la idea de que se podría concentrar al proletariado, aunque solo fuera unos meses, en la lucha por la socialización, en realidad por la estatalización de la industria del carbón. Que eso es imposible lo demuestra el ejemplo inglés.

La federación inglesa de mineros, bajo la dirección de Smillie,[^239] intentó en 1919, en una campaña brillantemente llevada y de gran envergadura, atraer hacia esta cuestión la atención de la clase obrera y de la opinión pública inglesas. Os recuerdo las sesiones públicas de la comisión del carbón, en las que Smillie libró la guerra contra los barones del carbón; una guerra ante una comisión de investigación que enseñó a la clase obrera inglesa los conceptos fundamentales de la economía política. Os recuerdo la campaña de agitación que la federación de mineros llevó de manera ejemplar, y, pese a todo, fue imposible mantener en esa lucha a los obreros, sobre los que se abalanzan cada día otras mil cuestiones. La cuestión de la lucha por la nacionalización ha pasado ahora en Inglaterra a segundo plano en la lucha política. En la gran huelga no tuvo la importancia que tenía en 1919. Al pretender que se ocupa de esa organización planificada de la revolución, el centro crea en la práctica un decorado detrás del cual, en realidad, va trotando tras el viejo programa socialdemócrata.

Nosotros, los comunistas, no estamos ante esta cuestión de las consignas en la posición en que estábamos en 1918. Recuerdo el discurso programático de Rosa Luxemburg en el congreso fundacional del Partido Comunista.[^240] En ese discurso dice Rosa Luxemburg lo siguiente: «Pues bien, camaradas de partido, esta es la base general sobre la que está construido nuestro programa, que hoy aprobamos oficialmente y cuyo proyecto ya conocéis por el folleto *¿Qué quiere la Liga Espartaco?*. Está en oposición consciente a la posición en la que se ha situado hasta ahora el Programa de Erfurt, en oposición consciente a la separación entre las reivindicaciones inmediatas, llamadas mínimas, para la lucha política y económica, y el objetivo final socialista como programa máximo. En oposición consciente a ello, liquidamos los resultados de los últimos setenta años de desarrollo y, en particular, el resultado inmediato de la guerra mundial, diciendo: para nosotros no hay ahora programa mínimo ni programa máximo; el socialismo es una y la misma cosa: ese es el mínimo que hoy tenemos que imponer».

¿Y qué mínimo planteaba Rosa Luxemburg? Todo el poder a los consejos obreros, armamento del proletariado, anulación de la deuda pública, toma de posesión de las fábricas, etc.

¿En qué situación surgió este programa? En Alemania el poder supremo eran los consejos obreros. La clase obrera tenía formalmente el poder en sus manos. Y la tarea de la Liga Espartaco consistía precisamente en decir a esos consejos obreros en qué consiste el poder de la clase obrera, y nada más. Está claro que ahora no nos encontramos en esa situación. El poder lo tiene la burguesía. El primer asalto de la clase obrera en la época de la desmovilización ha sido rechazado. Ahora es cuando crece la revolución proletaria. Y no podemos impulsar esta revolución proletaria, no podemos organizarla, si nos presentamos solo con el programa desnudo de la dictadura del proletariado. No podemos, en el momento en que los obreros hacen huelga porque mañana no tendrán nada que llevarse a la boca, presentarnos y decir: «Tomad las fábricas». Si tuvieran la fuerza para ello, ya estarían en la lucha por el poder. Naturalmente, les hemos señalado que no pueden esperar ninguna mejora duradera de su situación mientras no hayamos conquistado el poder, mientras no hayamos tomado posesión de las fábricas. Pero tenemos que enlazar con aquello por lo que luchan en el momento dado. Y aquí tenemos que decir que la Internacional Comunista no está en condiciones de establecer un programa redactado en artículos, un programa que formule todas esas necesidades. La Internacional Comunista solo tiene que dar a sus partidos las siguientes ideas de método, que estos tendrán luego que plasmar en forma de reivindicaciones según la situación concreta. La primera idea es esta: si señalamos en nuestra propaganda que no puede haber ninguna mejora duradera de la situación de la clase obrera sin la conquista del poder, es ridículo oponer esta idea a las luchas prácticas del proletariado. Y cuando el KAPD, en respuesta a nuestra Carta Abierta, escribe: «Holgazanes, primero os sentáis a la mesa con canallas como Scheidemann, y segundo planteáis reivindicaciones reformistas; ¿es que no sabéis que, aunque los obreros ganen hoy de 40 a 50 marcos, mañana los precios volverán a subir? Planteáis conscientemente reivindicaciones irrealizables». Cuando los camaradas nos dicen eso, les respondemos: «De esa manera no se puede ganar a un solo obrero para el comunismo. Si el obrero, mañana y pasado mañana, puede dar a sus hijos un trocito de carne gracias a un aumento de su salario de 5 marcos, tenemos que luchar junto con él por esos 5 marcos, y no tenemos que temer con ello reformar el Estado capitalista, sino que tenemos que pensar en esto: ayudamos al obrero en esta lucha y, más allá de esta lucha, lo llevaremos a luchas ulteriores, a luchas más intensas».

La segunda cuestión es esta: naturalmente, tenemos una serie de reivindicaciones que intentamos imponer en cualquier situación favorable y en torno a las cuales tenemos que agrupar todas las demás reivindicaciones. Son reivindicaciones que la clase obrera plantea en la lucha para organizar la lucha y avivar su fuerza de choque. En primer lugar es esta: hay que intentar encauzar todas las luchas por el aumento de los salarios, por la jornada de trabajo, todas las luchas contra el paro, hacia el objetivo intermedio del control de la producción; no hacia el sistema de control de la producción que pone en práctica el gobierno promulgando una ley según la cual el proletariado deberá cuidar en adelante de que el capitalista no robe, y el capitalista deberá cuidar de que el obrero trabaje. El control de la producción significa formación en la lucha proletaria, implantación de todas las organizaciones de empresa sobre la base de elecciones, su enlace local y por distritos según ramas de la industria en la lucha proletaria. Si en estas luchas conseguimos mover a la clase obrera, en primer lugar, a formar por sí misma, de manera autóctona y autónoma, estas organizaciones o a transformar las organizaciones aparentes que le concede el gobierno, con ello está dada la posibilidad de agrupar organizativamente a los obreros para las grandes luchas. Quien quiera limitar estas organizaciones a los obreros ya conscientes, revolucionarios, comete un error. Cuando se trata de paralizar el sabotaje de un capitalista, cuando se trata de poner en marcha una industria, pueden unirse bajo esta consigna grandes masas que no son comunistas, que nos hacen falta y a las que, en esa unión, llevaremos a luchas ulteriores.

La segunda consigna, en la que tenemos que pensar constantemente y que debemos esforzarnos sin cesar por realizar en todas las crisis, es el armamento del proletariado, el desarme de la burguesía; el armamento del proletariado no solo como organización secreta de combate, que ha de ser una pequeña minoría. En todos los medios en que estamos, tenemos que empujar a las masas a exigir el desarme de los blancos. Tenemos que crear en la masa la voluntad de armarse. En todas las luchas tenemos que oponer esta consigna al gobierno. Podrían nombrarse varias consignas más de este tipo. No lo haré; nacen de la lucha práctica. Lo que os decimos, lo que os damos como consigna, como orientación general, es que en todas las luchas del proletariado no hay que oponerse doctrinariamente a aquello por lo que luchan las masas, sino agudizar y extender las luchas de las masas por sus necesidades prácticas y enseñarles a tener necesidades mayores: la necesidad de conquistar el poder.

Camaradas, hemos reconocido que los partidos tienen que comparar lo que hacen en este terreno, intercambiar sus experiencias. Hasta ahora no lo han hecho. Hasta ahora no han enviado sus programas a la Internacional Comunista; hasta ahora el intercambio de experiencias de carácter agitativo, organizativo, etc., ha sido muy escaso entre nosotros. Cuando tengamos ese intercambio, podrá crearse un sistema concreto de estas acciones y reivindicaciones de transición. Su rasgo característico es que no son reivindicaciones para la reconstrucción del capitalismo, sino reivindicaciones que deben intensificar la lucha contra el capitalismo. No es el programa mínimo de los socialpatriotas, ni el programa concreto de lo que hará la dictadura al día siguiente de su victoria; son todas las reivindicaciones que movilizan a las amplias masas para la lucha por la dictadura.

Conclusiones.

He llegado al final de mi informe y, para terminar, tengo que subrayar todavía ciertos resultados de mi exposición.

Declaré al comienzo, y lo dije en pleno acuerdo con todos los camaradas del Ejecutivo, que vamos al encuentro de grandes luchas. Si aquí pudo surgir un debate sobre el pasaje de la resolución de Trotski relativo a la importancia de la prosperidad, solo pudo surgir del miedo de radicales interiormente débiles ante la comprensión concreta de lo que es. Solo pudo surgir de la necesidad de darse ánimos inflándose con la idea de que la revolución vencerá porque el capitalismo tiene que desmoronarse cada día más. No entendieron la posición de Trotski. La posición de Trotski significa: el capitalismo se descompone, pero la descomposición no forma una línea recta. La revolución avanza, pero tiene su flujo y su reflujo, incluso en este gran período de luchas. Y al señalar esta posibilidad, no debemos prepararnos para virar hacia la inacción, sino para todas las situaciones en las que tendremos que dirigir la acción. No sostenemos que haya que oponer la agitación y la propaganda a la acción. Una buena agitación revolucionaria y una buena propaganda revolucionaria constituyen la preparación de la acción. Y como tenemos por delante grandes luchas, os decimos en primer lugar: tenéis que ser la campana que llama a los vivos a la lucha, y ahora todavía somos una campanita. Si hoy somos la gran Internacional Comunista, no lo somos porque nosotros, la Internacional, hayamos hecho buena agitación, sino porque el proletariado ruso y el Ejército Rojo ruso hicieron buena agitación con su sangre y con su hambre, porque esa lucha, la revolución rusa, fue la gran campana de la Internacional Comunista.

Nuestra agitación está en todas partes en sus comienzos; en ninguna parte es una agitación que llegue a las masas más amplias del pueblo. Si nos decimos que vamos al encuentro de grandes luchas, tenemos que decirnos: en primer lugar, ir hacia las masas, con todos los medios. En segundo lugar, tenemos que decirnos que, precisamente porque no sabemos lo que traerá el día de mañana, porque quizá mañana mismo tengamos que entrar en grandes luchas, hay que preparar esas luchas. La revolución no se puede organizar. A un ejército se le puede dar órdenes; la revolución es un proceso espontáneo, pero en ese proceso tenemos la tarea de hacer que la masa tome consciencia política de lo que está en juego, y de agrupar organizativamente las tropas de choque del proletariado, sus primeras filas, para que, llevadas por la ola de la revolución, lanzándose adelante, puedan conducir a las masas a la lucha.

El trabajo de preparación no se opone a la época de la agitación. A quien dice: queremos esperar y hacer propaganda y agitación como hasta ahora, le decimos: «No esperéis; si mañana podéis dirigir grandes acciones, tanto mejor». La pasividad es el mayor enemigo de la organización, pero lo contrario de la pasividad no es la ofensiva; lo contrario de ella es la lucha en cada situación con los medios que esta exige. Lucha es la agitación revolucionaria, lucha es la propaganda revolucionaria, lucha son las organizaciones ilegales, lucha la instrucción militar del proletariado, la escuela del partido, las manifestaciones, la insurrección. Sacar en cada situación lo máximo posible: esa tiene que ser nuestra consigna. Y, camaradas, si algunos creen que es un bandazo a la derecha porque, por un lado, se combate a los oportunistas y, por otro, se habla de los errores que cometen los buenos elementos de izquierda, eso es un error. Los buenos elementos de izquierda no están a nuestra izquierda. A la izquierda, en la Internacional Comunista, están quienes se preparan para poder dirigir sus luchas. Quien, con una teoría oportunista, les impide prepararse para la lucha, está a la derecha. Y quien les impide salir victoriosos de las luchas porque cuenta demasiado poco con las realidades de la lucha, quien no tiene sentido de la medida para la necesidad de la preparación, ese no es ciertamente un oportunista, pero es un inoportunista. No ve lo que es oportuno y necesario. La Internacional Comunista, que nació como la gran organización de combate del proletariado revolucionario contra la falsificación y la traición del socialismo por los socialistas de derecha, no necesita defenderse de que se la acuse de mirar de reojo a la derecha. Ya hemos adoptado aquí, en este congreso, decisiones que, como hechos, hablan por la línea del Ejecutivo. Son nuestra decisión en la cuestión del partido italiano, la decisión del Ejecutivo en la cuestión de las tendencias semicentristas en el partido hermano checoslovaco y la decisión en la cuestión alemana, la expulsión de Levi.

Y precisamente porque ahora, camaradas, llevamos sin contemplaciones la lucha contra todas las tendencias capaces de frenar nuestra lucha desde la derecha, tenemos mil veces el deber de deciros: «Preparaos cuidadosamente para las luchas». La impaciencia —recuerdo aquella excelente exposición que hizo Trotski hace más de doce años en la *Neue Zeit*—, la impaciencia es el terreno común del oportunismo y del radicalismo verbal.

El oportunismo quiere rodear el objetivo, que está lejos. El revolucionarismo radical, saltar por encima de los obstáculos. La impaciencia es la madre de ambas desviaciones, si se la toma psicológicamente y no socialmente. Y precisamente porque tenemos una profunda confianza en el avance de la revolución mundial, porque tenemos la confianza de que estamos ante la formación de grandes partidos de masas, os decimos: no exijáis al día de hoy lo que solo el de mañana puede traer, sino haced el trabajo del día de hoy. Preparaos, preparad al proletariado para las luchas, organizadlo, conducidlo a las luchas ante las que la historia os pone. No hace falta buscar las luchas: vienen hacia nosotros. Y las libraremos tanto mejor cuanto mejor nos preparemos para ellas. Los errores que cometemos significan siempre un retroceso, y no cabe ninguna duda de que también en Alemania tenemos un retroceso y de que hay que superarlo, en lo que nos ayudarán las lecciones de la Acción de Marzo. Cuando hablamos así, hablamos también sobre la base de la experiencia de nuestra lucha. Zinóviev ya recordó cuántas veces advertimos que no se golpeara demasiado pronto. ¡Y cuántas veces apremiamos: ahora es el momento, golpead!

Camaradas, todos admiramos el genio de Lenin en materia táctica. No lo digo como miembro del partido ruso. Lo digo como alguien a quien le costó relativamente encontrar el camino hacia el reconocimiento sin reservas del genio táctico de Lenin. Tomad los contrastes de esta táctica: Brest-Litovsk y el avance sobre Varsovia.[^241] Allí donde el partido veía grandes peligros, avanzaba con cautela, como la mula al borde del abismo. Tanteaba con los pies, porque era débil. Pero cuando tenía posibilidades de victoria, se lanzaba adelante a la lucha. Marchó sobre Varsovia para llevar más lejos la revolución. Fue derrotado. Pero esa derrota tiene para un revolucionario una importancia tan grande como la victoria en Brest-Litovsk. Porque mostró que la elasticidad táctica no lleva a que el partido del proletariado revolucionario se convierta en una tenia o en una pelota de goma. Puede cometer errores con ello, pero mostró siempre la mayor prudencia.

¡Camaradas! Si los camaradas de izquierda han cometido errores, en particular en la Acción de Marzo, yo digo que esos errores hablan a su favor, muestran la voluntad de luchar, y por eso estuvimos con ellos pese a todos los errores. Pero es mejor vencer que demostrar solamente que se quería vencer. Y por eso, camaradas, nuestra línea táctica está orientada a la revolución mundial. Vemos el camino hacia la revolución mundial en la conquista de las grandes masas. Queremos conducir a esas masas a las grandes luchas ante las que nos ha puesto la historia. Y las conduciremos tanto mejor si cada día, incluso el día en que no se toca diana, despierta a esas masas y las suelda, si cada día examinamos todas las posibilidades y sacamos de ellas lo último que la energía revolucionaria, unida a una comprensión clara, nos permite sacar. Si actuamos así, nuestra victoria es segura. La lucha en Europa occidental será más dura que la que nos llevó al poder. Y si sufrimos derrotas, si dejamos atrás un largo martirio, es porque este gran proletariado tiene que aprender primero en esas derrotas cómo ha de vencer. Si en 1917 pudimos vencer, pudimos porque teníamos ya detrás treinta años de experiencia revolucionaria, porque en 1905 fuimos derrotados. La historia da a la Internacional Comunista la posibilidad de abreviar el martirio del proletariado. Estamos ante un viraje histórico y no hay ninguna fuerza —al menos no se ve— que pueda salvar al capitalismo. Queremos acelerar su muerte, y eso solo puede ocurrir si llevamos a las grandes masas, unidas, bajo la bandera del comunismo.

Nosotros somos solo los que despiertan, los organizadores; a la tumba lo llevará el proletariado, el proletariado que será también el gran martillo que clave el clavo en su ataúd; el proletariado, sus grandes y pesadas masas, que solo se desarrollan lentamente, que mil veces desesperan de sí mismas, pero que son el suelo inconmovible sobre el que lucharemos y venceremos. *(Aplausos tempestuosos y prolongados.)*

**Presidente Koenen.** Tengo todavía que hacer algunas comunicaciones importantes. Nos han llegado varias propuestas sobre la continuación de los trabajos, relativas a la forma en que debemos abrir ahora el debate sobre la cuestión de la táctica, sobre el informe del camarada Rádek. El presidium deliberará sobre estas propuestas y luego presentará al congreso una moción concreta. Mañana por la mañana celebraremos nuestra próxima sesión, en cuyo orden del día figura el debate sobre el informe del camarada Rádek.

*(Se levanta la sesión a las 4 y 20.)*

## Undécima sesión, viernes 1 de julio de 1921 (12.40 del mediodía)

*(Debate sobre el informe de Rádek. Oradores: Hempel, Terracini, Lenin, Michalak, Vaughan.)*

**Presidente Koenen.** Se abre la sesión. Muchos camaradas han hecho llegar al presidium el deseo de que se aceleren un poco los debates. En particular, también los delegados sindicales insisten en que terminemos pronto nuestros debates, para que puedan celebrar su congreso de la Internacional Sindical Roja. El presidium cree que es oportuno limitar más estrictamente el tiempo de los próximos puntos del orden del día. En el primer punto del orden del día se ha hablado mucho de toda clase de cuestiones, lo que podía haberse dejado para los puntos posteriores. Creemos que sería posible llevar a término en lo esencial, en dos sesiones, el debate sobre la táctica que ahora se abre. Queremos al menos intentarlo. Luego, naturalmente, el material, las mociones y las tesis se entregarán a una comisión. Quizá sea posible dedicar más adelante otra media jornada a estas cuestiones sobre la base de los trabajos de la comisión. Pero queremos intentar al menos despachar esta cuestión en dos sesiones. Se ruega a los camaradas que quieran pedir la palabra que lo hagan.

Entramos, pues, en el debate sobre la táctica. Como primer orador, tiene la palabra, con tiempo de intervención ampliado, el representante del KAPD, el camarada Hempel.

**Hempel** (KAPD). ¡Camaradas! Tras haber escuchado el informe del camarada Rádek sobre la táctica que debe seguir la Internacional Comunista, podemos decir que estamos de acuerdo con la primera parte de la exposición del camarada Rádek, a saber, en la medida en que afirma que, del examen de la situación económica mundial, podemos constatar el hundimiento del modo de producción capitalista y que, por tanto, la revolución proletaria será una consecuencia y una necesidad ineludibles. Pero en cuanto llegamos a la cuestión de cómo se lleva a cabo esa revolución proletaria, de cuál es la formación de esa masa proletaria revolucionaria en lucha, surgen diferencias. Intentaré tratarlo en una exposición muy breve, porque se me ha dado poco tiempo. Consideramos la época de 1917, la revolución en Rusia. Observamos la revolución en Alemania, en Austria; observamos todas las luchas revolucionarias de esta época y constatamos que la formación del proletariado en lucha se produjo en Rusia según soviets. En Alemania los llamamos consejos. Esa fue la formación del proletariado, esa fue la forma de organización de la masa. Podemos constatarlo además en luchas revolucionarias menores, como se vio en Italia con la ocupación de las fábricas. El proletariado tiene sus consejos, o al menos la forma de los consejos; el proletariado tenía, y forma ahora en Inglaterra en las grandes huelgas mineras, comités de fábrica (la dirección verdaderamente revolucionaria en los *shop stewards*).[^242] El proletariado alemán, después de 1918, en todas las luchas revolucionarias —desde las más pequeñas hasta las más grandes— ha adoptado la forma de lucha por consejos, por empresas, por lugares de trabajo. Eso es lo que vemos de la revolución. Debemos reflexionar y decir: si esta es la formación del proletariado en la revolución, entonces nosotros, como comunistas, que queremos y debemos tener la dirección en esta revolución, debemos emprender de esta manera la organización del proletariado revolucionario. Nosotros, los del Partido Comunista Obrero, lo decimos, y eso no ha nacido, como cree el camarada Rádek, en el cerebro y en la retorta del camarada Gorter en Holanda, sino de las experiencias de nuestra lucha, la que hemos librado desde 1918. Nosotros, los obreros, no somos grandes teóricos; solo tenemos las experiencias de nuestras luchas. Hemos llegado a separar a los obreros revolucionarios que quieren luchar de verdad de las viejas formas del movimiento obrero y a darles un asidero según las nuevas formas en que se lleva a cabo la revolución.

Esto se verá con la mayor claridad si se tiene presente qué tareas tenía el viejo movimiento obrero, digamos mejor, el movimiento obrero anterior a la época de este estallido de la revolución directa. Tenía como tareas, por una parte, enviar, por medio de las organizaciones políticas de los trabajadores, los partidos, delegados a los parlamentos y a las instituciones que la burguesía, la burocracia, dejan abiertas para la representación de los trabajadores. Esa era una de las tareas. Se aprovechó. Y en aquel tiempo era correcto. Las organizaciones económicas de los trabajadores, por su parte, tenían la tarea de procurar una mejor situación para los trabajadores dentro del capitalismo, de tender a la lucha y, cuando la lucha ya no era posible, de negociar. Tengo que ser breve. Esas eran las tareas de la organización obrera antes de la guerra. Pero cuando llegó la revolución, aparecieron otras tareas. Las organizaciones obreras ya no podían plantearse luchar por aumentos de salario y contentarse con eso; ya no podían ponerse como objetivo principal estar representadas en los parlamentos y arrancar mejoras para los trabajadores. Eso es reformismo. Se nos replica: sí, pero eso no es lo que queremos; y nosotros contestamos: os creemos que no lo queréis, pero si tomáis el camino que siguió el viejo movimiento obrero, os veréis arrastrados por ese camino, no podéis hacer otra cosa, y de eso no os protegen tampoco por muchas tesis que tengáis. Las experiencias lo demuestran. No en vano el viejo movimiento obrero tenía sus organizaciones especiales. Porque, ¿qué hace falta para estar representado en el parlamento? Para eso no hacen falta luchadores revolucionarios; hace falta conocer las relaciones en ese Estado, hace falta gente que sepa negociar, parlamentarios, y se reciben informes de ellos. Nada más. ¿Qué hace falta en el terreno económico? Hace falta una agrupación de obreros. Se eligen hombres de confianza, se eligen obreros capaces que sepan negociar con los patronos y las organizaciones patronales. A tales organizaciones se aferran los dirigentes, con ellas están. Se reúne dinero para llevar a cabo una eventual huelga. Se crean organizaciones de socorro: eso son los sindicatos, eso son instrumentos de los trabajadores para un fin muy determinado, para un objetivo muy determinado, a saber: acomodarse dentro del orden capitalista. Y si luego hay comunistas que creen poder llevar a cabo las revoluciones con esa herramienta, que es incapaz de dirigir luchas revolucionarias, que es un instrumento inútil en la lucha revolucionaria; si utilizan esa dirección, esas organizaciones, y creen poder llevar a cabo las revoluciones con esas organizaciones de los trabajadores, están en un error, y acaban bajo las ruedas. Vemos constantemente, una y otra vez, que todas estas organizaciones obreras que siguen ese camino fallan en las luchas decisivas, pese a todos sus discursos revolucionarios. Esa es la gran lección que debemos sacar de estas cosas. Decimos, por tanto: el proletariado tiene que fijar la vista en el objetivo, y el objetivo es la destrucción del poder capitalista, la destrucción del poder del Estado. Precisamente para ese fin tiene que crearse el proletariado organizaciones. El proletariado se las crea él mismo. Lo vemos cuando en una empresa, tomemos Alemania, los obreros plantean reivindicaciones que un patrono no puede conceder en estos tiempos. ¿Qué hacen los trabajadores? Eligen hombres de confianza a los que conocen, de sus empresas, del lugar de trabajo. La lucha que entonces llevan, ya en estos pequeños comienzos, tienen que llevarla contra la voluntad de los sindicatos. Eso nos lo muestra la larga historia de las pequeñas luchas, de las pequeñas huelgas, hasta llegar a las últimas grandes luchas.

Así pues, los trabajadores están ya obligados, y lo hacen ya hoy: los trabajadores se organizan ya para la lucha revolucionaria en la economía. Y decimos: nosotros, como comunistas, debemos reconocerlo. Debemos reconocer el camino equivocado del viejo movimiento obrero. Tenemos algo nuevo, tenemos la lucha revolucionaria, y por eso decimos: tal como ya nos lo ha mostrado el desarrollo de la revolución, así deben organizarse los obreros, y nosotros, los comunistas, debemos tener la dirección cuando se va a la lucha. Por eso decimos: los comunistas tienen que llevar al proletariado a organizarse por empresas, por lugares de trabajo, con un objetivo muy determinado, para un fin muy determinado, a saber: conquistar y tomar en sus manos la producción, las fuerzas productivas, las fábricas, todas estas cosas. Ya de estas cosas se desprende que el proletariado tiene que organizarse allí, porque es por estas cosas por lo que el proletariado libra la lucha.

Camaradas, no me es posible extenderme más en estas cosas; es tarea de los comunistas reconocerlo y ocuparse de estas cosas.

Pasamos luego al punto siguiente. La formación del proletariado, la organización del proletariado en la lucha y las tareas determinan también los métodos de lucha. Los métodos tienen que ser revolucionarios, y hoy se desprenden del examen de la situación económica, del examen de la situación del adversario. El adversario toma hoy contramedidas. No solo desde hoy, pero hoy en mayor medida. Y estas contramedidas son tales que mantienen su poder. Por un lado, el poder del Estado; por otro, que la industria, que la economía les dé rendimientos. Les es imposible volver a poner en marcha toda la economía nacional. Eso no es posible. Pero sí les es posible consolidar una parte, un núcleo de la economía, a costa de las demás. Eso está ocurriendo ahora en todos los países del mundo. Nosotros, los comunistas, tenemos que observarlo y ver qué consecuencias ulteriores tiene esta empresa de unos capitalistas que, sin duda, saben muy bien lo que quieren.

Para el proletariado, esto tiene como consecuencia que una parte del proletariado se mantiene en esas empresas que se conservan con capacidad de vida, en esa economía que se conserva con capacidad de vida. Y vemos que ese núcleo, esos trusts, esos supertrusts, se unen internacionalmente en todos los países y son dominantes. Pero si solo una parte del proletariado encuentra acogida y posibilidad de vida en esas empresas concentradas, otra parte tiene que quedar excluida. Y esa es la inmensa masa de los parados, que en el sistema actual ya no encuentran sitio, que están condenados a extinguirse. Esa es la división en dos, la escisión económica de los trabajadores. El obrero que está en la empresa, que todavía se gana la vida, se aferra angustiado a no perder su empleo. Y el obrero que ya está fuera de las empresas es el enemigo del que todavía puede vivir. Esa es la escisión que el capital fomenta conscientemente y que la prensa burguesa atiza en todo. Así se lleva a cabo hoy el restablecimiento del capitalismo. No decimos el restablecimiento duradero de la dominación del capitalismo, sino el restablecimiento por algún tiempo, el restablecimiento sobre los cadáveres hambrientos del proletariado. Eso tenemos que reconocerlo, y de esta situación se desprende también nuestra táctica de lucha, también el método con el que tenemos que avanzar. Nosotros, los comunistas, tenemos que impedir, por medio del proletariado, que se lleve a cabo esa consolidación de una parte de la economía, del proletariado. Porque eso es la derrota del proletariado. Tenemos que entablar la lucha en todas las fases, a la menor ocasión. Tenemos que impedir por todos los medios posibles —digo con el camarada Rádek: por todos los medios— que esa economía, tal como la planean los capitalistas, pueda reconstruirse. Y para ello tenemos que utilizar a las enormes masas, en constante crecimiento, de los parados, de los proletarios hambrientos; tenemos que agruparlas. Y no las agrupamos para que puedan votar al parlamento, para que aprueben resoluciones, sino que tenemos que agarrarlas por sus necesidades vitales, tenemos que organizarlas en consejos, tenemos que ponerlas en contacto con los demás consejos, con los hombres de confianza de las empresas. Así nos creamos la organización del proletariado, así la unificación del proletariado en los hechos. Y tendremos que estar constantemente en lucha. Los discursos, las resoluciones y la Carta Abierta, como ha opinado aquí Rádek, no son las plataformas sobre las que se lleva a cabo la unificación del proletariado revolucionario; la plataforma es la lucha constante.

El camarada Rádek habló de la ofensiva y de la defensiva. A comienzos de este año vimos cómo iban estas cosas entre nosotros, en Alemania. Vimos cómo la democracia burguesa era mantenida con todos los medios, por los socialdemócratas, por los independientes, por todos los partidos y organizaciones parlamentarios y por toda la burguesía. Era una situación de estancamiento, y esa situación de estancamiento es la que necesita el capital; había que romperla. Dimos la consigna: en todas las empresas, aprovechar cualquier conflicto, impulsarlo, ampliarlo, plantar cara en cada ocasión a cada capitalista, cultivar los enlaces de empresa a empresa, hacer más agudas las luchas. Camaradas, hemos visto que de estas cosas salió la agudización de los acontecimientos en Alemania central, y se llegó a la Acción de Marzo. Se llegó luego a los ataques de Hörsing, y el bochorno en Alemania se ha roto. Decimos que eso fue una ofensiva (tal como la entendemos nosotros), y hay que impulsarla. Pero ordenar la ofensiva de golpe, sin transición, es un disparate. Quiero remitir todavía a nuestro comportamiento del 20 de agosto del año pasado, cuando las tropas rojas estaban en la frontera de Prusia Oriental, ante Varsovia. También eso hay que tenerlo en cuenta al juzgar la ofensiva y la defensiva. Nosotros, los del KAPD, preparamos el terreno en nuestro país con todos los medios, durante semanas de preparación, en asambleas públicas, con octavillas, con propaganda en las empresas, aprovechando el estado de ánimo creado porque las tropas rojas estaban en las fronteras. Y cuando surgió la cuestión —tropas y municiones de Francia pasan por Alemania—, qué hacer, decidimos llevarlo hasta la insurrección. Tomamos estas medidas de preparación de forma planificada en todas las regiones. El 20 de agosto y la víspera —solo hoy podemos decir estas cosas, porque antes muchos de nuestros camaradas fueron a la cárcel por ellas— apareció en la *Rote Fahne*, en la *Freiheit* y en todos los periódicos de provincias un llamamiento: «¡A los proletarios de Alemania! ¡Atención! Soplones y provocadores, elementos turbios, quieren arrastraros a un baño de sangre», etc. Reconocemos ahora abiertamente que, si alguna vez cometimos un error, fue ese día, a saber, porque nos empeñamos con todos los medios en frenar la acción que debía estallar en las partes más importantes de Alemania. En muchos lugares lo conseguimos, y ahora puede uno burlarse de que nuestros camaradas proclamaran la república de los consejos en Velbert y en Köthen.

Decimos: que se burlen de ello, no nos importa. Pero el deber de los comunistas habría sido tomar la ofensiva en aquel momento. Nosotros lo consideramos en Alemania como ofensiva, y a escala internacional no era ofensiva, sino simple solidaridad con las luchas de los hermanos rusos, a los que se aplastaba con los envíos de material. También estas cosas hay que decirlas al juzgar la ofensiva y la defensiva.

Pasamos después a las reivindicaciones parciales. Ya he tocado antes estas cosas: la Carta Abierta, luego está el control de la producción; son reivindicaciones parciales. Y el camarada Rádek ha dicho muy claramente cómo pueden ser las reivindicaciones parciales y cómo no. La Carta Abierta en Alemania, apoyada por los sindicatos, apoyada por partidos parlamentarios, esa Carta Abierta se vuelve oportunista, tiene que volverse oportunista. Una Carta Abierta que tenga como base organizaciones económicas revolucionarias, esa Carta Abierta tiene lo que el camarada Rádek echa de menos en el VKPD. ¿Dónde se han celebrado las reuniones de los comités de acción que crearan la base para la lucha que debía producirse a raíz de la Carta Abierta? Sí, la rechazamos, porque conocíamos el paño, porque sabíamos que eso no podía traer otra cosa que negociaciones con los gobiernos, porque no son más que frases. Por eso la rechazamos. Estamos de acuerdo con cualquier desencadenamiento de la lucha. Pero hay que pensar también qué se debe hacer. Eso no se saca de la manga: son preparativos de la revolución que hay que tomar. Se habrían tenido si se tuvieran organizaciones revolucionarias; se habrían tenido si desde hace dos años la Central de la Liga Espartaco, si desde hace dos años la III Internacional no hubieran exhortado: nada de organizaciones de empresa, nada de uniones obreras,[^243] sino aprovechad los viejos sindicatos. Hay que oír cómo están las cosas, y hay que preguntar a los luchadores que están constantemente en la lucha; ellos dirán cómo están las cosas. Ellos mostrarán cómo es la única manera de luchar. Digo que me falta tiempo para poder exponerlo en detalle. Luego se trata la cuestión de las acciones parciales. Decimos que no rechazamos ninguna acción parcial. Decimos que toda acción, toda lucha —porque eso es una acción— tiene que ser elaborada, tiene que ser llevada más lejos. No se puede decir: rechazamos aquella lucha y rechazamos esta lucha. La lucha que nace de las penurias económicas de los trabajadores, esa lucha tiene que ser impulsada con todos los medios. Y precisamente en un país como Alemania, y también como Inglaterra y todos los países de democracia burguesa, que han experimentado cuarenta o cincuenta años de democracia burguesa y sus efectos, primero hay que acostumbrar a los trabajadores a las luchas. Las consignas tienen que corresponder a estas acciones parciales. Tomemos un ejemplo: en una empresa, en varias empresas, estalla una llamada huelga general que abarca una pequeña región. Allí la consigna no puede ser: lucha por la dictadura del proletariado. Eso sería un disparate. Las consignas se adaptan a las circunstancias, se adaptan a lo que se puede conseguir allí. Y las consignas tienen que adaptarse también al carácter de lucha que debe tener ese movimiento. Supongamos que se produce en el país una insurrección general. Entonces las consignas no podrán decir que se va a por todas.

Y así quiero entrar ahora en la Acción de Marzo, para mostrar brevemente con estas cosas cómo han actuado los efectos de sus lecciones, que aquí aún no se han mostrado. La Acción de Marzo en sí —eso lo dice ahora todo el mundo— no fue una acción que pudiera ya provocar el derrocamiento del poder del capital. También nosotros lo veíamos. Pero, pese a todo, había que dar la consigna: derrocamiento del gobierno. Había que dar esta consigna porque, de lo contrario, los proletarios en Alemania ya no librarían una lucha real. Pero además había que dar así esta consigna porque, en el conjunto de Alemania, para los proletarios no queda ya otra cosa. Este orden social significa la muerte por hambre de tantos y tantos millones de proletarios, significa la extinción constante de partes cada vez mayores de la población. Y, por tanto, a los trabajadores que están en la miseria no les queda otra cosa que proponerse el objetivo: ¡derrocamiento de este orden social! Y así tenía que ser la consigna en Alemania central. Tenía que ser así porque había que mostrar por primera vez al proletariado alemán cómo puede salir de esta miseria.

Quisiera poner un ejemplo. Fue en Alemania, en enero de 1918.[^244] La guerra, con todas sus consecuencias, pesaba sobre el proletariado. En enero de 1918 los obreros de armamento, los obreros de los astilleros, consiguieron por todas partes rebelarse contra la camisa de fuerza de la guerra, contra el hambre, la penuria y la miseria. Y lo hicieron con huelgas generales. ¿Qué ocurrió? Los trabajadores, los proletarios con uniforme de soldado, no comprendían todavía a los obreros. Alguno sí. El hielo aún no estaba roto. Pero ¿cómo recorrió el país esta lucha? ¿Cómo se desató la campaña de odio contra los obreros? Así como se los perseguía por todos los rincones, la noticia de esta huelga, de este movimiento de los trabajadores, llegó hasta el último rincón. Todo el mundo lo sabía. Y cuando las cosas llegaron tan lejos que ya no había nada que salvar de la economía militar y del llamado Imperio alemán, entonces los trabajadores y los soldados hicieron lo que les habían enseñado los combatientes de vanguardia de enero de 1918. Y de manera parecida están ahora las cosas en Alemania. Con la lucha de marzo de 1921 se ha mostrado al proletariado de Alemania cómo puede salir del hundimiento, la única manera, y ahora todo el mundo lo sabe en Alemania. No tenemos medios suficientes, medios de propaganda suficientes, para llevarlo a todos los rincones. Eso tenemos que dejárselo a la burguesía, a los burgueses, y ellos lo hacen de otra manera que nosotros. Nos difaman, nos insultan llamándonos criminales, canallas, etc., nos persiguen. Y el proletariado todavía hoy insulta con ellos. Insulta con ellos. Y cuando las circunstancias se agraven y crezcan, entonces el proletariado estará dispuesto a seguir el mismo camino y reconocerá el camino. Así se abre paso la revolución. Y por eso había que dar la consigna y la lucha tenía que ser por el derrocamiento del poder capitalista, del orden existente. Esa es la gran lección para el proletariado alemán, esa es la gran lección para la Internacional, que ha visto esta Acción de Marzo. Mayor que todas las pequeñeces a las que aquí uno se aferra.

Camaradas, me queda todavía mostrar en pocas palabras cómo debe ser entonces la forma de organización del proletariado en lucha. Antes solo he insinuado estas cosas. El proletariado no debe organizarse, no debe organizarse ya, para hacerse representar en el Estado capitalista en el terreno político ni en el económico; no debe organizarse ya para aprovechar la democracia burguesa, sino que el proletariado debe organizarse para la revolución. Las experiencias de las revoluciones, tal como las ha dado la revolución rusa, tal como las han dado la revolución alemana y la austriaca, y la experiencia de las distintas luchas: eso es lo que debe asimilar el proletariado, y así debe organizarse. Por eso decimos que los comunistas tienen que crear ya ahora un núcleo, tienen que crear ya ahora un marco en el que el proletariado, cuando el desarrollo lo meta en las luchas, pueda ser acogido. Y ese marco son las organizaciones de empresa, que se unen por industrias, por regiones económicas y por países. Hoy son todavía pocas. *(Interrupción: Cada vez son menos.)* Hoy son las que mantienen en alto el estandarte, las que sostienen el marco organizativo. Y cuando las luchas se enciendan, lo harán cada vez más; entonces el proletariado se verá obligado a atenerse a ese marco, porque no puede luchar a través de los sindicatos ni con los sindicatos. Eso debemos reconocerlo. Así debe estar dispuesta la táctica de la III Internacional; entonces avanzaremos. Para sostener estas organizaciones, para dirigirlas, para instruir constantemente toda esta organización de clase, el proletariado necesita un partido comunista; no necesita un partido comunista que no pueda ser dirigente en cada uno de sus miembros, sino que solo pueda ser dirigido por una Central mediante directivas. El proletariado necesita entonces un partido núcleo plenamente formado. Así debe ser. Cada comunista debe ser un comunista cabal, ese ha de ser nuestro objetivo, y debe poder ser dirigente en su puesto. Debe poder aguantar firme en las circunstancias, en las luchas en que se encuentre, y lo que lo sostiene, lo que lo vincula, es su programa. Lo que lo obliga a actuar son las resoluciones que han tomado los comunistas. Y ahí reina la disciplina más estricta. Ahí no se perdona, sino que se expulsa o se sanciona de otra manera. Así pues, un partido que sea núcleo, que sepa lo que quiere, que esté firme, que esté probado en la lucha, que ya no negocie, sino que esté constantemente en la lucha. Y un partido así solo puede surgir si se lanza también de verdad a la lucha y si rompe con las viejas tradiciones del movimiento sindical y del movimiento de partido, con los métodos reformistas —entre los que se cuenta el movimiento sindical—, con el parlamentarismo. Con eso tienen que romper los comunistas; con eso se han cerrado el camino, y no solo por eso, sino por la colaboración, por la actividad en los puestos que la burguesía deja abiertos, que sirven a la burguesía de trampa en la que atrapa la energía revolucionaria y la transforma. Eso tienen que desterrarlo los comunistas de sus filas, y cuando estén depurados, llegarán por sí solos a las tareas; se verán empujados a la actividad revolucionaria. Con esto queda mostrado en muy pocas palabras, hasta donde me lo permitía el tiempo, cómo tiene que ir la línea de la Internacional Comunista para que pueda ser dirigente.

Y si vemos estas cosas en el plano internacional, encontramos que entonces encontramos también las fuerzas que pueden sostener este edificio, el material con el que puede construirse este edificio: estas organizaciones obreras revolucionarias, esta Internacional revolucionaria. Encontramos en Francia, en España, en Italia, encontramos también en América sindicalistas y anarquistas. Quizá se grite: ¡claro, eres un anarquista, un sindicalista! Detengámonos un momento en estas cosas. Habrá que reconocer que los elementos más revolucionarios de los trabajadores están desde hace años de ese lado. Sabemos que no conocen la lucha de clases, la lucha de clases organizada. Pues bien, camaradas, vivieron demasiado pronto en la historia; su táctica llegaba con décadas de adelanto. El método del viejo movimiento obrero en Alemania, etc., era correcto, pero ahora, en el hundimiento, llega el método de la lucha directa. Y estos obreros, estos anarquistas y sindicalistas del mundo, pues bien, no tienen la experiencia de la organización, no tienen la experiencia de la cohesión de los trabajadores. Ahí es donde deben intervenir los comunistas y enseñarles a dirigir la lucha, a agrupar las fuerzas; deben llevarles la forma de organización que también pueda agruparse y en la que ellos puedan integrarse. Estos elementos exigen, eso sí, que se lleve a cabo la ruptura con todas las tradiciones burguesas de modo que ya no se pueda volver atrás. Todos los obreros que se han ido al campo anarquista y sindicalista se han desorientado por la traición de los dirigentes parlamentarios. Han reconocido lo graves que son los errores del movimiento obrero parlamentario. Ahora se trata de volver a sacarlos de su campo, y no poder adentrarse en ese terreno significaría, para los comunistas, tener miedo. No importa, no es una cuestión de principio para los comunistas, si se rechaza el parlamentarismo, si se rechaza el movimiento sindical; son cuestiones prácticas, y hoy están en el orden del día. Si miramos así las cosas, vemos que precisamente en América y en los países de Europa occidental hay grandes organizaciones obreras que exigen el antiparlamentarismo y la ruptura con el movimiento sindical. Y la cuestión es hoy cómo decidirá este congreso. Si sigue la línea del viejo movimiento obrero, pues entonces seguirá también el camino del viejo movimiento obrero. Y si toma resueltamente el camino, si da resueltamente el paso de encontrarse con los elementos de izquierda que también hoy están en Moscú y de reconocer que también en ellos hay cosas buenas, entonces la revolución recibirá un nuevo impulso del III Congreso de la Internacional; por el otro camino, se encallará en la arena. A este congreso le corresponde tomar la decisión. Así consideramos también nosotros nuestra cuestión de la pertenencia a la Tercera Internacional.

**Presidente Koenen.** Continúa el debate. Como siguiente orador, tiene la palabra el camarada Terracini.

**Friesland** (para una cuestión de orden). ¡Camaradas! Quisiera proponer, en nombre de la delegación alemana, que se conceda al camarada Terracini un tiempo de intervención más largo para defender las enmiendas que una serie de delegaciones presentan a las tesis del camarada Rádek. Como habrán visto ustedes en el periódico *Moskau*,[^245] las delegaciones alemana, austriaca e italiana han presentado enmiendas. Además, cuentan ahora con el apoyo de la delegación de la Bohemia alemana y de una serie de otras delegaciones, que han declarado que probablemente se sumarán a estas enmiendas. Será en interés de un debate más fluido que el camarada Terracini pueda defender estas enmiendas en un discurso más largo. Propongo por ello que se le conceda una hora de tiempo de intervención.

**Presidente Koenen.** El camarada Terracini declara que necesitará una media hora, como mucho tres cuartos de hora, para defender las tendencias fundamentales de las mociones. Creo que podemos aprobar la moción. ¿Hay alguna objeción? No es el caso. Tiene la palabra el camarada Terracini.

**Terracini** (Partido Comunista de Italia). Los delegados han leído ya esta mañana en el *Moskau* las propuestas de enmienda que la delegación alemana, junto con la austriaca y la italiana, desea presentar a los delegados al congreso. Ahora nos comunica la Juventud Comunista que se suma a los delegados italianos, alemanes y austriacos y que quiere expresar también su opinión sobre nuestra propuesta.

Declaro de entrada que no deseamos modificar las directrices que el camarada Rádek propuso ayer al final de su informe en lo que toca a los principios generales. A nuestro juicio, las directrices del camarada Rádek están efectivamente relacionadas con las directrices y con el informe del camarada Trotski sobre la situación mundial. Cuando el camarada Trotski habló de su tema, dijo también que el camarada Rádek había protestado porque él se había apartado de la cuestión que se estaba tratando y había pasado a las directrices sobre la táctica; el camarada Trotski había tenido que retirarse para dejar al camarada Rádek todo el terreno de las directrices sobre la táctica. Este episodio muestra que entre los informes del camarada Rádek y del camarada Trotski hay efectivamente una relación y que se puede pasar de un informe al otro sin establecer nuevos principios, sin añadir nuevas declaraciones. Todos los delegados, también los alemanes, los austriacos y los italianos, así como la Juventud Comunista, han aprobado en líneas generales las directrices que propuso el camarada Trotski. Eso quiere decir que se han declarado al mismo tiempo de acuerdo con las directrices del camarada Rádek. Se contradirían si, después de haber aprobado las directrices del camarada Trotski, rechazaran hoy las directrices de Rádek. A nuestro juicio, las directrices del camarada Rádek solo pueden servir de base para el debate; primero habría que introducir en ellas modificaciones a fondo. Ustedes han leído hoy en el *Moskau* las enmiendas propuestas. Camaradas, ocupan casi una página entera. Todas estas enmiendas se basan en principios generales que voy a exponer ahora aquí. Cada enmienda en particular la examinarán y explicarán después otros camaradas que, igual que yo, han recibido informaciones relativas a las directrices sobre la situación en ciertos países y sobre ciertas circunstancias.

Las directrices del camarada Rádek tratan en uno de sus apartados la situación en los distintos países y los acontecimientos en los distintos partidos. Estas directrices sobre la situación actual deben darnos la clave de la táctica que hay que aplicar en los distintos partidos y países. Por eso, a nuestro juicio, la expresión «Los acontecimientos en los distintos partidos» debe modificarse. Tomemos, por ejemplo, la situación en Italia. Lo que se dice sobre Italia no corresponde a la verdadera situación en el Partido Socialista y en las masas proletarias de Italia. Estas afirmaciones pueden fácilmente poner en manos de nuestros enemigos un arma contra nosotros. En el apartado 4 leemos:

«La política de la tendencia de Serrati, que por un lado reforzó la influencia de los reformistas, reforzó por otro la influencia de los anarquistas y sindicalistas, en los que la masa buscaba dirigentes en la lucha contra el capitalismo; engendró en el propio partido tendencias antiparlamentarias de radicalismo verbal».

La afirmación de que las masas italianas buscaron sus dirigentes para la lucha contra el capitalismo entre los sindicalistas y los anarquistas no corresponde, según nuestra convicción, a la verdad. Los anarquistas y los sindicalistas nunca han tenido en Italia una organización; no es verdad que las masas proletarias se dirigieran a los anarquistas y los sindicalistas para buscarse otros dirigentes para la lucha contra el capitalismo después de que el Partido Socialista se mostrara débil. Numerosos adversarios del comunismo, del Partido Comunista en Italia, han afirmado en efecto que las masas se buscaron dirigentes sindicalistas y anarquistas después de que la Tercera Internacional emitiera un juicio desfavorable sobre el Partido Socialista. Según tengo entendido, la camarada Zetkin afirmó en el Comité Central del VKPD que el Partido Comunista de Italia se compone en su mayor parte de sindicalistas y cuenta con numerosos anarquistas. También Serrati ha afirmado más de una vez, en las columnas del *Avanti!* y en sus discursos, que solo fueron los anarquistas y los sindicalistas quienes se separaron de los socialistas en la escisión de Livorno[^246] y que habían querido hacer creer que la organización de la III Internacional, así como todos los partidos en los distintos países, no eran otra cosa que organizaciones de los anarquistas que antes pertenecían al Partido Socialista y que ahora lo habían abandonado; el Partido Socialista, por tanto, no quería tolerar en el futuro anarquistas ni sindicalistas en sus filas.

Las masas proletarias tendrán que elegir entre los anarquistas, por un lado, y los reformistas y centristas, por otro. Los reformistas son hoy una fuerza organizada bastante grande. Las masas proletarias —estamos convencidos— seguirán al Partido Comunista. También en Italia, tras el período de confusión que siguió al congreso de Livorno, buscaron un nuevo centro de organización y lo encontraron en el Partido Comunista de Italia.

Proponemos por ello que la frase sobre el afán de las masas de buscarse nuevos dirigentes entre los anarquistas y los sindicalistas se modifique del modo siguiente:

«En los momentos de acción, las actitudes centristas de estos dirigentes han llevado a que los partidos comunistas o bien hayan dejado de asumir con todas sus fuerzas la dirección de las acciones de masas, o bien a que, durante la acción, elementos centristas o semicentristas los ataquen por la espalda».

No cabe ninguna duda de que este peligro ya no existe hoy, porque ahora hay en Italia un Partido Comunista que conduce a las masas a la lucha contra el capitalismo y la burguesía. Tenemos que plantear una cuestión de principio, a saber, la cuestión de la tendencia radical en el Partido Comunista.

Ya en los debates en el Ejecutivo y aquí en el congreso se ha combatido con fuerza la tendencia radical. Cuando tratamos en el Ejecutivo la cuestión del Partido Comunista de Francia, el delegado de la Juventud Comunista de Francia intentó mostrar lo fuerte que sigue siendo todavía hoy el oportunismo en el Partido Comunista de Francia. Puso ejemplos, casos en los que, a su juicio, el Partido Comunista de Francia no había adoptado una posición verdaderamente revolucionaria. Muchos camaradas se echaron en esa ocasión acaloradamente encima del delegado de la Juventud Comunista de Francia. No somos en absoluto del parecer de que haya que aprobar aquí las propuestas del camarada de la juventud francesa. No sostenemos que el Partido Comunista de Francia hubiera debido hacer una revolución y oponerse con las armas en la mano a la invasión de Luxemburgo por el ejército francés. No creemos que, con ocasión del llamamiento a filas de la quinta de 1919, el Partido Comunista de Francia hubiera debido dar la orden de no presentarse y de oponer resistencia armada a la guardia que venía a buscar a los jóvenes camaradas franceses. Pero no creemos que todas las tendencias radicales deban rechazarse con la misma inflexibilidad. A nuestro juicio, las directrices del camarada Rádek contienen expresiones demasiado fuertes contra las tendencias radicales en el partido francés, así como contra las mismas tendencias que podemos observar en muchos países. *(Interrupción.)* No, son demasiado fuertes, y no demasiado débiles.

La III Internacional tiene todavía hoy que librar una gran lucha, una lucha contra las tendencias de derecha, contra las centristas, las semicentristas y las oportunistas.

Si hemos expulsado a Levi de la III Internacional y del VKPD y hemos negado al Partido Socialista Italiano, y con él también a Serrati, la entrada en la III Internacional, no debemos creer todavía que la III Internacional esté ya libre de todas las tendencias centristas y del peligro de las tendencias oportunistas. La lucha contra las tendencias centristas y oportunistas está ante nosotros en toda su magnitud. En la III Internacional, en muchos de los partidos que pertenecen a ella, existen todavía fuertes tendencias centristas; hay que combatirlas con empeño. Por otra parte, en las propuestas que aprobamos ayer en el Ejecutivo, en la propuesta sobre la actuación del Ejecutivo, se ha hablado de ciertos partidos pertenecientes a la III Internacional que presentan todavía tendencias centristas. Dijimos que estas tendencias tienen que ser extirpadas. Hablamos de ciertos partidos que se adhirieron a la III Internacional porque las masas lo deseaban, y además en contra, o casi en contra, del deseo de sus dirigentes; estos dirigentes pertenecen ahora a la III Internacional solo porque las masas habían deseado la adhesión a la III Internacional. Existe ahora la posibilidad de que estos dirigentes, que solo ingresaron en la III Internacional por deseo de las masas, intenten volver, en contra del deseo de las masas, a la política centrista o reformista. El Ejecutivo tiene que vigilar con la mayor atención a estos dirigentes de partido y cuidar de que no pueda aparecer un nuevo Serrati o un nuevo Levi, que representen un peligro no solo para el movimiento revolucionario en los países, sino para toda la III Internacional. Somos por ello del parecer de que hay que emprender, en primer lugar, no la lucha contra las tendencias radicales, sino más bien la lucha contra la derecha, y en particular en los párrafos que se refieren a la situación en el Partido Comunista de Francia. Precisamente de estos párrafos hay que suprimir todo lo que se dirige de manera demasiado cruda contra las tendencias que aquí se llaman «elementos impacientes y políticamente inexpertos». En su lugar, solo deben incluirse consejos a las tendencias radicales. Se puede aconsejar al Comité Central del Partido francés que trabaje para que los elementos radicales, como dijo el camarada Lenin en el Ejecutivo, «no hagan tonterías». Pero hay que subrayar que la atención y el trabajo de la dirección del Partido francés tienen que dirigirse en primer lugar a la tendencia de derecha. El camarada Zinóviev, en su informe sobre el Ejecutivo, habló muy extensamente contra las tendencias de derecha. Si aprobamos ahora en las directrices sobre la táctica la enmienda que proponemos, no hacemos sino aprobar una vez más lo expuesto por el camarada Zinóviev. No creemos que el camarada Rádek tenga nada que objetar a nuestra enmienda. Cuando se discutió en el Ejecutivo la cuestión del Partido francés, el camarada Rádek no habló contra la tendencia radical, sino sobre todo contra la de derecha. Nuestras enmiendas no pretenden, pues, otra cosa que subrayar también en las directrices sobre la táctica lo mismo que el camarada Rádek ya dijo en el Ejecutivo con respecto al Partido francés.

Cuando llegamos a hablar de la situación en Checoslovaquia, surge una segunda cuestión de principio. Esta cuestión se menciona muy a menudo, desde un punto de vista general, en las directrices del camarada Rádek; pero yo quisiera hablar en particular de la situación en Checoslovaquia. Se trata de la organización de grandes partidos de masas. El camarada Rádek parece muy preocupado en sus directrices por impedir que los partidos comunistas en los distintos países se dediquen ahora a otra tarea que no sea la organización de masas proletarias y obreras cada vez mayores. Así leemos, por ejemplo, en el apartado 1: «se trata de la táctica que hay que aplicar en nuestra lucha»... Ahora bien, somos del parecer de que las palabras sobre la necesidad de ganar a la mayor parte de la clase obrera para los principios comunistas pueden dar lugar a malentendidos en los partidos y en otras organizaciones obreras. Sí, hay que procurar organizar a la mayor parte del proletariado en el Partido Comunista, hay que esforzarse por llevar a masas proletarias cada vez más amplias a las organizaciones del Partido Comunista. En cuanto a las palabras «Ganar a las masas», solo podemos decir que hay que procurar ganar la simpatía de la mayor parte del proletariado para la lucha revolucionaria. Las directrices del camarada Rádek contienen la idea de que hay que ganar a la mayoría del proletariado para el comunismo. En el apartado 4, página 9 de la edición francesa de las directrices, leemos que en Checoslovaquia existe ya un partido de 350.000 miembros organizados; además, unos 60.000 están organizados en el partido alemán del país.[^247] Tras la unificación, los dos partidos sumarán, por tanto, un total de 400.000 miembros. De ahí se puede concluir que el partido checoslovaco se propone como tarea atraer e instruir, mediante una agitación verdaderamente comunista, a la mayor parte de los trabajadores del país. A nuestro juicio, el Partido Comunista de un país tan pequeño como Checoslovaquia, un partido que cuenta ya con más de 400.000 miembros, tiene actualmente también otras tareas por delante, en particular atraer al resto de los obreros que todavía están fuera del partido. No se puede abandonar el trabajo de propaganda, no se pueden cerrar las puertas del Partido Comunista a los obreros que desean ingresar en él. De eso no cabe ninguna duda. Pero hay todavía otra tarea, a saber, la formación comunista de los 400.000 obreros que ya están organizados en el Partido Comunista de Checoslovaquia. Los obreros que hasta ahora estaban bajo la influencia de dirigentes reformistas y demócratas, y que estos instruían siempre en un espíritu anticomunista, reformista y oportunista, tienen que ser educados ahora en el comunismo. Las palabras según las cuales el partido checoslovaco tiene la tarea de atraer a masas obreras todavía mayores, y no solo mediante la propaganda, significan, por tanto, que el Partido Comunista tiene que ampliarse al mismo tiempo también mediante la acción. Queremos ahora explicar qué tenemos que esperar de la lucha revolucionaria y cómo tiene que ser. Tendrá que ser verdaderamente una lucha de todo el proletariado, o de casi todo. A nuestro juicio, no hace falta esperar con la acción revolucionaria a que la mayor parte del proletariado esté organizada y reconozca los principios del comunismo. Hemos oído bastantes veces que la revolución rusa se hizo y venció cuando el Partido Comunista de Rusia era todavía una organización pequeña, relativamente insignificante. Si se dice, pues, que la mayor parte del proletariado tiene que estar organizada en el partido, eso solo debe significar que la mayor parte del proletariado tiene que ser atraída a la lucha revolucionaria. Cuando leí las directrices del camarada Rádek, tuve la impresión de que afirmaba que hay que organizar a la mayor parte del proletariado antes de empezar la lucha revolucionaria. No compartimos esa opinión. Creemos, por el contrario, que la clase obrera solo puede ser atraída al partido por la acción. Los obreros que ahora pertenecen a los partidos demócratas y reformistas se convencerán de que los principios comunistas son justos antes por la acción que por nuestra propaganda. Solo entonces abandonarán los partidos reformistas. En mi opinión, un partido comunista siempre se compondrá solo de los obreros más activos hasta que emprenda la lucha, y más aún, hasta que casi la haya ganado.

Los obreros que ahora pertenecen a los partidos mayoritarios y reformistas y son ganados por nuestra propaganda no ingresarán en el partido comunista, sino que se quedarán fuera y formarán un partido de los sin partido. Así ocurrió en Rusia, donde los obreros sin partido solo ahora, tras tres años de lucha revolucionaria, se suman al comunismo, y además sin hacerse por el momento una idea clara de él.

Por eso no debe afirmarse en las directrices que la tarea principal del partido comunista consiste en ganar a la mayor parte del proletariado para los principios del comunismo. Sería mucho más correcto decir que la mayor parte del proletariado tiene que ser atraída a la lucha revolucionaria. Pero no se puede sostener que la mayoría del proletariado tenga que estar organizada en el partido comunista, porque con ello pondríamos en manos de los reformistas un arma afilada contra nosotros mismos. Los reformistas siempre han afirmado que no se puede empezar la lucha revolucionaria antes de que la mayor parte del proletariado esté organizada en el partido comunista. Tenemos aquí un principio democrático que se quiere aplicar al partido comunista. Pero solo conviene a los reformistas, y no a las directrices que se proponen a la III Internacional.

Volvemos a encontrar esta afirmación en el pasaje donde se habla de las tareas del partido alemán y de la posición del KPD ante la III Internacional (página 9). Allí se dice: «El VKPD, surgida de la unión de la Liga Espartaco y de las masas obreras independientes de izquierda, aun siendo ya un partido de masas, tiene ante sí la gran tarea de aumentar y reforzar su influencia sobre las amplias masas, de conquistar las organizaciones proletarias de masas, los sindicatos, de quebrar la influencia de la burocracia del partido y de los sindicatos». Así pues, el VKPD tiene también como tarea aumentar su influencia sobre las amplias masas. Pero, a nuestro juicio, un partido como el alemán, que cuenta con un gran número de miembros, tiene una tarea todavía mucho más importante, a saber, ponerse a la cabeza de las masas para dirigir las luchas inminentes del proletariado alemán. Podemos estar convencidos de que el movimiento revolucionario en Alemania no ha terminado todavía. Al contrario, la lucha futura del proletariado alemán será mucho más importante, mucho más encarnizada, precisamente porque el proletariado alemán fue vencido en la Acción de Marzo. Yo estaba en Alemania cuando estalló la lucha. Estuve allí varios días y volví luego a Italia, y tengo que decir que observé que la influencia y la popularidad del partido alemán en Italia después de la Acción de Marzo, cuando ya no había esperanza de victoria, eran considerablemente mayores que antes. Los camaradas italianos, los obreros con los que hablé, me preguntaban sin cesar por la lucha del proletariado alemán. No puedo describirles lo grande que era la simpatía de los obreros italianos por el partido alemán, que había tenido el valor de emprender la lucha para defender al proletariado de Alemania en las condiciones más difíciles que quepa imaginar. Los obreros italianos mostraron después de la Acción de Marzo en Alemania más simpatía por el KPD que nunca. Mostraron más admiración, más confianza en el partido de lo que se veía en Alemania. En Alemania existe ahora verdaderamente un partido de masas. Antes los obreros italianos no podían estar convencidos de ello. El camarada Trotski niega con la cabeza; parece que no cree del todo lo que digo ahora... *(Trotski: Esto no se refiere solo a lo que usted dice en este momento.)* Ya lo he notado. Pero puedo decir con certeza que mi afirmación corresponde al verdadero estado de ánimo del proletariado italiano.

Por otra parte, el movimiento de marzo en Alemania ha sido útil al VKPD en muchos aspectos. Ha contribuido a arrancar la máscara a numerosos oportunistas. En la lucha de marzo, el partido alemán ha aprendido cómo tiene que ser la disciplina en la acción. Siempre hemos hablado de la disciplina, pero nunca habíamos tenido ocasión de aplicarla. Durante las luchas de marzo, en cambio, los camaradas alemanes han aprendido a aplicar la disciplina. Tienen ahora una capacidad de lucha que les faltaba antes de la Acción de Marzo y que nosotros mismos, por desgracia, todavía hoy no tenemos.

El camarada Rádek y otros han hablado en tono irónico de la teoría de la ofensiva. Es verdad que la expresión no está muy bien escogida. Está tomada del lenguaje militar. El camarada Rádek parece haber leído mucho sobre táctica militar, ya que se permite hablar irónicamente de la táctica de la ofensiva, que después de la Acción de Marzo habría encontrado sus teóricos en Alemania. Pero en las palabras «teoría de la ofensiva» hay un cierto sentido, y tenemos que aclararnos ahora sobre ese sentido. Estamos convencidos de que eso beneficiará considerablemente a la lucha revolucionaria. No debemos rechazar esta teoría, sino que tenemos que intentar comprender su sentido.

Cuando se habla de la teoría de la ofensiva, se quiere decir con ello una tendencia a ampliar la actividad del Partido Comunista. Con ello se quiere subrayar que una tendencia dinámica sustituirá a la estática, que hasta ahora había echado firmes raíces en casi todos los partidos comunistas de la III Internacional. Con la fórmula de la teoría de la ofensiva se quiere designar el paso del período de la inactividad al período de la acción. Solo en este sentido, solo en este espíritu, puede aceptarse a nuestro juicio la teoría de la ofensiva. Si la interpretamos como yo lo hago ahora, no debemos rechazar sin más en las directrices sobre la táctica las afirmaciones de los camaradas que hablan de la teoría de la ofensiva, sino corregir lo que en sus afirmaciones es exagerado. Estas son las principales enmiendas de principio que proponemos a los delegados al congreso. En primer lugar, no se debe proceder con excesiva dureza contra la izquierda y dejar el campo libre a la derecha en los partidos comunistas y en la III Internacional. A nuestro juicio, por el contrario, hay que combatir a la derecha, que representa un peligro mucho mayor para el comunismo. La izquierda, en cambio, solo puede llegar a ser peligrosa para el partido cuando este despliegue plenamente su actividad. Hay que subrayar además lo siguiente: para la lucha revolucionaria no es absolutamente necesario que la mayor parte de la masa obrera esté ya organizada y ganada por el partido comunista. Lo único importante es que los partidos comunistas sean capaces, en el momento de la lucha, de arrastrar tras de sí a las masas.

Como ya he dicho, otros camaradas tratarán después de mí las demás cuestiones que se desprenden de estas directrices. Por lo que a mí respecta, me limito a las dos cuestiones que acabo de tratar.

**Lenin.** Camaradas: muy a mi pesar, tengo que limitarme a la defensiva. *(Risas.)* Digo muy a mi pesar porque, después de oír el discurso del camarada Terracini y de leer las enmiendas de las tres delegaciones,[^248] mi más ardiente deseo era pasar a la ofensiva. Porque contra opiniones como las que ha sostenido Terracini y que defienden tres delegaciones hay que pasar sin falta a la ofensiva. Si el congreso no lleva a cabo una ofensiva decidida contra tales errores, contra estas tonterías izquierdistas, el movimiento está perdido. Esa es mi firme convicción. Pero somos marxistas organizados y disciplinados. No podemos contentarnos con discursos contra camaradas sueltos. Nosotros, los izquierdistas rusos, estamos hartos de oír estas frases. Somos gente organizada. Al elaborar nuestros proyectos tenemos que proceder de forma organizada y tratar de encontrar la línea justa. Naturalmente, es un secreto a voces que nuestras tesis son un compromiso. ¿Y por qué no? Entre comunistas que celebran ya su tercer congreso, que ya han elaborado sus principios, los compromisos son absolutamente necesarios en determinadas circunstancias. Nuestras tesis, presentadas por nosotros, la delegación rusa, se estudiaron y prepararon con gran cuidado, tras largos preparativos, tras largas reflexiones y reuniones de distintas delegaciones, precisamente para trazar las directrices de la Internacional Comunista, sobre todo ahora, después de que no solo hemos condenado formalmente a los verdaderos centristas, sino que incluso los hemos expulsado. Esto es un hecho. Tengo que defender estas tesis. Y si ahora viene Terracini y dice que tenemos que proseguir la lucha contra los centristas, y muestra cómo quiere proseguirse esa lucha, entonces digo que, si estas enmiendas quieren señalar una tendencia, libraremos una lucha incondicional y despiadada contra esa tendencia, porque de lo contrario eso no es comunismo ni es Internacional Comunista.

Me extraña que el KAPD no haya firmado estas mociones. *(Risas.)* Porque veamos: ¿qué significan estas enmiendas y qué defiende Terracini?

Las propuestas empiezan así:

I. Página 1, columna 1, línea 19: suprímase «la mayoría de». ¡La mayoría! Eso debe de ser peligrosísimo. *(Risas.)* Y sigue: «y sustitúyase la palabra “principios” por la palabra “fines”». Principios y fines son dos cosas distintas: en cuanto a los fines, también los anarquistas pueden estar de acuerdo con nosotros; también ellos dicen abolición de la explotación y abolición de las clases.

En mi vida he visto a pocos anarquistas y he hablado con pocos, pero con los suficientes. Con ellos pude entenderme a veces sobre los fines, pero nunca sobre los principios. Los principios no son un fin; principio no significa ni programa, ni táctica, ni teoría. La táctica y la teoría no son principios. ¿Qué nos distingue de los anarquistas en cuanto a los principios? Los principios del comunismo son la dictadura del proletariado y el empleo del poder del Estado durante el periodo de transición. Ese es el principio del comunismo, pero no es en absoluto nuestro fin. Quienes han hecho esta enmienda han cometido el primer error.

En segundo lugar, se dice: suprímase la palabra «grueso». Lean ustedes el pasaje entero: «El III Congreso de la Internacional Comunista emprende el nuevo examen de las cuestiones tácticas en una situación en que en varios países la situación objetiva se ha agudizado en sentido revolucionario y en que se han formado varios partidos comunistas de masas, que, sin embargo, todavía no tienen en ninguna parte la dirección efectiva del grueso de la clase obrera en una verdadera lucha revolucionaria». Y ahí quieren suprimir la palabra «grueso». Si ni siquiera estamos de acuerdo sobre hechos tan simples, entonces no entiendo cómo vamos a trabajar juntos y a llevar al proletariado a la victoria. Entonces no hay que extrañarse de que ya no estemos de acuerdo sobre los principios. Muéstrenme ustedes el partido que tenga ya consigo el grueso de los obreros. A Terracini ni siquiera se le ha ocurrido dar un solo ejemplo. Y es que no existe tal ejemplo.

En lugar de principios, «fines»; suprimir la palabra «grueso». Muchas gracias. En eso no les acompañamos. Ni siquiera el partido alemán, uno de los mejores, tiene todavía detrás al grueso de los obreros. Es un hecho. Nosotros, que estamos ante las luchas más difíciles, no tenemos miedo de decir esta verdad, y se encuentran tres delegaciones que quieren empezar con una falsedad. Si el congreso suprime la palabra «grueso», está subrayando que quiere la falsedad. Está más claro que el agua.

Más adelante se dice en las mociones: «Página 4, columna 1, línea 10: suprímanse las palabras “Carta Abierta, etc.”». Hoy ya he oído un discurso en el que he encontrado esta idea. Allí era natural. Era el discurso del camarada Hempel, del KAPD. Dijo: «La Carta Abierta fue oportunista». Ya había oído, para mi pesar y mi más profunda vergüenza, opiniones así en privado. Pero que en el congreso, después de debates tan largos, se declare oportunista la Carta Abierta es un oprobio y una vergüenza. Y ahora viene Terracini en nombre de tres delegaciones y quiere suprimir las palabras «Carta Abierta». Entonces, ¿para qué la lucha contra el KAPD? La Carta Abierta es ejemplar. Así lo dicen nuestras tesis. Y eso hay que defenderlo sin falta. Ejemplar como primer acto del método práctico para ganar de verdad a la mayoría de la clase obrera. Quien en Europa, donde casi todos los proletarios están organizados, no entiende que tenemos que conquistar a la mayoría de la clase obrera, está perdido para el movimiento comunista; ese no aprenderá nunca nada, si tres años después de la gran revolución todavía no lo ha aprendido.

Terracini dice que en Rusia vencimos aunque el partido era muy pequeño. Y no le gusta que sobre Checoslovaquia se diga lo que dicen las tesis. Aquí hay 27 mociones; si quisiera criticarlas todas, tendría que imitar a los oradores que hablan tres horas seguidas... Pues bien, aquí se dice que en Checoslovaquia el Partido Comunista tiene de trescientos a cuatrocientos mil miembros y, a continuación, que hay que atraer a la mayoría, convertir las fuerzas así creadas en un poder invencible y atraer a nuevas masas obreras. Al instante Terracini se apresta al combate. Y dice: si ya hay cuatrocientos mil obreros en el partido, ¿para qué atraer a más? ¡Suprímase! *(Risas.)* Le da miedo la palabra masas y quiere suprimirla. El camarada Terracini no ha entendido gran cosa de la revolución rusa.

En Rusia éramos un partido pequeño, pero teníamos la mayoría en los soviets de obreros y campesinos de todo el país. *(Interrupción: ¡Muy cierto!)* ¿Dónde tienen ustedes eso? Teníamos al menos la mitad del ejército, que contaba entonces por lo menos con diez millones de hombres. ¿Tienen ustedes la mayoría del ejército? ¡Muéstrenme un país así! Si las intenciones del camarada Terracini las comparten tres delegaciones, entonces algo está enfermo en la Internacional. Entonces tenemos que decir: ¡Alto! ¡Lucha decidida! De lo contrario la Internacional Comunista está perdida. *(Agitación.)*

Basándome en toda la experiencia que tengo, y aunque me encuentro a la defensiva *(risas)*, tengo que decir esto, porque el fin de mi discurso, y el principio de mi discurso *(risas)*, es la defensa de la resolución, de las tesis que ha propuesto nuestra delegación. Naturalmente, es pedante decir que no hay que cambiar ni una jota. He leído ya muchas resoluciones y sé muy bien que quizá se podrían introducir buenas mejoras en cada línea. Pero eso sería pedantería. Si, a pesar de todo, declaro ahora que políticamente no debe cambiarse ni una jota, es porque veo que las enmiendas tienen un carácter político muy determinado, porque emprenden un camino que es nocivo y peligroso para la Internacional Comunista. Por eso yo, por eso nosotros, como delegación rusa, tenemos que insistir sin falta en que no se cambie ni una jota de las tesis. No solo hemos condenado a la derecha, sino que incluso la hemos echado; pero si de la lucha contra la derecha se hace un deporte, como hace Terracini, entonces tenemos que decir: basta, porque de lo contrario el peligro es enorme.

Terracini ha defendido la teoría de la ofensiva. Las famosas enmiendas traen sobre ello formulaciones de dos o tres columnas. No hace falta leerlas. Ya sabemos lo que dicen. Terracini ha dicho claramente de qué se trata. Ha defendido la teoría de la ofensiva aludiendo a las «tendencias dinámicas» y al paso «de la pasividad a la actividad». Pues bien, en Rusia ya hemos tenido experiencia política de sobra en la lucha contra los centristas. Hace ya quince años que combatimos a nuestros oportunistas y centristas, así como a los mencheviques, y los hemos vencido por completo, y no solo a los mencheviques, sino también a los semianarquistas.

Si no lo hubiéramos hecho, no habríamos sido capaces de mantener el poder en nuestras manos tres años y medio, ni siquiera otras tantas semanas, ni de celebrar aquí un congreso comunista. «Tendencias dinámicas» y «paso de la pasividad a la actividad» son frases que los eseristas de izquierda[^249] esgrimieron contra nosotros. Ahora están en la cárcel, y allí defienden los «fines del comunismo» y piensan en el paso de la pasividad a la actividad. Así no se puede argumentar, porque en esas frases no hay rastro de marxismo, ni rastro de experiencia política ni de argumentos. ¿Acaso nos hemos ocupado en las tesis de la teoría de la ofensiva en general? ¿Ha cometido Rádek o alguno de nosotros semejante tontería? Hemos tratado la teoría de la ofensiva respecto a un país muy determinado, a un periodo muy determinado.

En nuestra lucha contra los mencheviques encontraremos casos que prueban que antes de la primera revolución había todavía gente que dudaba de que el partido revolucionario tuviera que tomar la ofensiva. Cuando un socialdemócrata —entonces todos nos llamábamos así— planteaba tales dudas, emprendíamos la lucha contra él y decíamos que era un oportunista, que no entendía nada del marxismo ni de la dialéctica del partido revolucionario. ¿Puede un partido discutir si la ofensiva es admisible en general? Nosotros tenemos que remontarnos quince años atrás para encontrar ejemplos así. ¿Hay algún centrista o centrista disfrazado que niegue la ofensiva por principio? Esto no puede dar lugar a ninguna discusión. Pero que ahora, al cabo de tres años, discutamos sobre «tendencias dinámicas y paso de la pasividad a la actividad» es una vergüenza.

Nosotros y Rádek, que ha elaborado las tesis con nosotros, no discutimos sobre eso. ¿No fue un error empezar a hablar en Alemania de la teoría de la ofensiva cuando precisamente no se había preparado ninguna ofensiva real? La Acción de Marzo es, pese a todo, un gran paso adelante, a pesar de la errónea dirección que tuvo. Pero eso no importa. Cientos de miles de obreros lucharon heroicamente. Por muy heroicamente que haya luchado el KAPD contra la burguesía, tenemos que decir lo que dijo Rádek en un artículo ruso sobre Hölz.[^250] Si alguien, aunque sea anarquista, lucha heroicamente contra la burguesía, eso ya significa mucho; pero si cientos de miles luchan contra la infame provocación de los socialtraidores y de la burguesía, eso es un verdadero paso adelante.

Y es importante criticar los errores cometidos. Por ahí hemos empezado. Si alguien, después de una lucha de cientos de miles, se pronuncia contra esa lucha y se comporta como Levi, hay que expulsarlo. Así se ha hecho. Pero tenemos que sacar las lecciones. ¿Habíamos preparado la ofensiva? *(Rádek: ¡Ni siquiera la defensiva!)* Así es, de ofensiva solo se hablaba en los editoriales. Esta teoría, aplicada a la Acción de Marzo de 1921 en Alemania, es errónea. Eso tenemos que decirlo, pero la teoría de la ofensiva en general no es errónea.

Vencimos en Rusia, y vencimos con tanta facilidad, porque preparamos nuestra revolución durante la guerra imperialista. Esa es la primera condición. Diez millones de obreros y campesinos estaban armados en nuestro país, y nuestra consigna era: paz inmediata, cueste lo que cueste. Vencimos porque enormes masas campesinas tenían un espíritu revolucionario contra la gran propiedad territorial. Los eseristas, la gente de la II Internacional y de la Internacional Dos y Media, eran en noviembre de 1917 el gran partido campesino. Reclamaban medios revolucionarios, pero, como auténticos héroes de la II Internacional y de la Internacional Dos y Media, no tuvieron valor suficiente para actuar de forma revolucionaria. En agosto y septiembre de 1917 habíamos dicho: en teoría combatimos a los eseristas, como antes, pero en la práctica estamos dispuestos a hacer nuestro el programa de los eseristas, porque solo nosotros podemos realizarlo. Así lo dijimos y así lo hicimos. El campesinado, que en noviembre de 1917, después de nuestra victoria, estaba contra nosotros y había enviado a la Constituyente[^251] una mayoría de eseristas, fue conquistado por nosotros, si no en unos días, como yo personalmente había esperado y vaticinado equivocadamente, sí en unas semanas. La diferencia no era grande. ¿Pueden mostrarme ustedes un país de Europa occidental en el que puedan ganarse a la mayoría del campesinado en unas semanas? Decir que en Rusia vencimos aunque solo teníamos detrás un partido pequeño prueba que no se ha entendido la revolución rusa, que no se entiende cómo se prepara la revolución.

La primera etapa de nuestro movimiento fue crear un partido verdaderamente comunista, para saber con quién hablábamos y en quién podíamos tener plena confianza. En el I y el II Congreso la consigna era: ¡fuera los centristas! Si no ajustamos cuentas en toda la línea y en el mundo entero con los centristas y semicentristas, a los que en Rusia llamamos mencheviques, el abecé del comunismo nos resultará inaccesible. Pero la formación de partidos verdaderamente revolucionarios, la ruptura con los mencheviques, es solo la primera tarea. Y no es más que la escuela preparatoria. Estamos ya en el III Congreso, y Terracini repite una y otra vez la tarea de la escuela preparatoria: perseguir y acosar a los centristas y semicentristas, desenmascararlos. ¡Muchas gracias! Eso ya lo hemos hecho bastante. Que los centristas son nuestros enemigos lo dijimos ya en el II Congreso. Pero ahora es necesario que vayamos un poco más allá. La segunda etapa, una vez formado el partido, tiene que ser aprender a preparar la revolución. En varios países ni siquiera hemos empezado a aprender cómo se conquista la dirección. Vencimos en Rusia porque teníamos una mayoría segura, y no solo entre los obreros: durante las elecciones de 1917 teníamos entre los obreros una mayoría aplastante frente a los mencheviques, e inmediatamente después de la conquista del poder teníamos la mitad del ejército, y en unas semanas pudimos conquistar a las nueve décimas partes del campesinado porque no adoptamos nuestro programa, sino el programa agrario de los eseristas, y lo llevamos a la práctica. Que realizáramos el programa de los eseristas: esa fue nuestra victoria, por eso fue tan fácil. ¿Pueden ustedes tener semejantes ilusiones en Occidente? ¡Es ridículo! Comparen las condiciones económicas concretas, camarada Terracini y los demás que han firmado estas enmiendas. Aunque ganamos la mayoría con tanta rapidez, nuestras dificultades después de la victoria fueron particularmente grandes. Nos impusimos solo porque no olvidamos nuestros fines, pero tampoco nuestros principios, y porque no toleramos en nuestro partido a gente que callaba sobre los principios y hablaba de fines, de tendencias dinámicas y del paso de la pasividad a la actividad. Quizá se nos acuse de que preferimos tener a esa gente en la cárcel. Pero de otro modo no puede ejercerse la dictadura. Tenemos que preparar la dictadura, y esa preparación consiste en la lucha contra tales frases y tales enmiendas.

En nuestras tesis se habla por todas partes de la masa. Pero, camaradas, hay que entender qué quiere decir masa. El KAP, los camaradas de la izquierda, han abusado ya demasiado de esta palabra. Pero tampoco el camarada Terracini y todos los que han firmado las enmiendas saben qué hay que entender por masa.

Llevo ya demasiado tiempo hablando y solo quiero decir unas pocas palabras sobre qué es la masa. El concepto de masa cambia a medida que cambia la lucha. Al comienzo de la lucha bastan a veces dos mil obreros verdaderamente revolucionarios, unos miles de obreros, para poder hablar de masa. Si el partido arrastra a la lucha no solo a sus militantes, si el partido consigue sacudir a los que no pertenecen a ningún partido, eso es ya el comienzo de la conquista de la masa. En nuestras revoluciones hemos vivido casos en que unos miles de obreros representaban ya la masa. En la historia de nuestro movimiento, de nuestra lucha contra los mencheviques, encontrarán ustedes varios ejemplos en que unos miles de obreros en una ciudad bastaban para probar que nuestro partido se había convertido en un partido de masas. Unos miles de obreros sin partido, obreros corrientes que están en la calle, que llevan la vida de todos los días, que en su vida no han oído hablar de política, cuando empiezan a actuar de forma revolucionaria: eso es la masa. Si el movimiento avanza, si el movimiento crece, nos acercamos a una verdadera revolución —lo hemos vivido en 1905 y en 1917, en tres revoluciones—, y ella les probará a ustedes lo mismo. Una vez que la revolución se ha preparado, el concepto de masa cambia. Masa ya no significa unos miles de obreros. Masa empieza a significar otra cosa. El concepto de masa cambia de tal modo que por masa hay que entender la mayoría, y no solo la mayoría de los obreros, sino la mayoría de todos los explotados; de lo contrario no se es revolucionario, de lo contrario no se entiende la palabra masa. Es posible que un partido pequeño, quizá el inglés o el norteamericano, si inicia un movimiento en el momento oportuno, si ha observado bien la evolución, si conoce la vida y las costumbres de la masa sin partido —el camarada Rádek ha citado como buen ejemplo la huelga de los mineros—, si en tales momentos se presenta con sus consignas, consiga que millones de obreros lo sigan: eso es la masa. No niego en absoluto que la revolución pueda empezarla y llevarla a la victoria un partido muy pequeño. Pero hay que saber atraer a las masas. Y para ello hay que preparar a fondo la revolución. Y ahora vienen unos camaradas y dicen: suprímase en el acto la palabra «grueso». Hay que luchar contra estos camaradas. ¡Lucha decidida contra estos camaradas! Sin una preparación a fondo no podrán ustedes vencer en ningún país. Un partido muy pequeño puede bastar para dirigir a la masa. En ciertos momentos no hacen falta grandes organizaciones. Para vencer hace falta la simpatía de las masas. No siempre hace falta la mayoría absoluta, pero para vencer y conservar el poder no basta la mayoría de la clase obrera —empleo la expresión clase obrera en el sentido de Europa occidental, es decir, el proletariado industrial—, sino que hace falta también la mayoría de la población rural explotada y trabajadora. ¿Han pensado ustedes en ello? ¿Se ve rastro de esta idea en el discurso de Terracini? ¡Solo «tendencia dinámica» y «paso de la pasividad a la actividad»!

¿Ni una palabra sobre las cuestiones de abastecimiento? Los obreros quieren comer; pueden soportar mucho y pasar hambre, lo hemos visto en Rusia hasta cierto punto. Así pues, tienen ustedes que tener la mayoría no solo de la clase obrera, sino también de la población rural trabajadora y explotada. ¿Lo han preparado ustedes? Casi en ninguna parte. Así que repito: tengo que defender sin falta nuestra teoría, y esta defensiva la considero obligada. A los centristas no solo los hemos condenado, sino que también los hemos echado. Ahora tenemos que volvernos contra el otro lado, que también consideramos peligroso. Tenemos que decir la verdad a los camaradas en la forma más cortés —también en nuestras tesis está dicho con amabilidad y cortesía, nadie puede sentirse ofendido por nuestras tesis—; tenemos que decirles: ahora tenemos otras tareas que la mera cacería de centristas. Basta ya de este deporte. Empieza a resultar un poco aburrido.

En lugar de eso, estos camaradas tienen que aprender a librar la lucha verdaderamente revolucionaria. Los camaradas alemanes lo han empezado. Cientos de miles de proletarios han luchado heroicamente. A todo el que se pronuncie contra esta lucha hay que expulsarlo en el acto. Pero una vez expulsado, no hay que soltar frases, sino aprender, aprender de los errores, preparar mejor la lucha. No debemos tener miedo de poner al descubierto nuestros errores ante el enemigo. Quien tiene miedo de eso no es un revolucionario. Al contrario, si decimos abiertamente a los obreros: sí, hemos cometido errores, eso significa que la próxima vez no repetiremos esos errores, que elegiremos mejor el momento. Y si en la propia lucha ganamos para nuestro lado a la masa, y no solo a la masa, sino a la mayoría de los obreros, y no solo a la mayoría de los obreros, sino a la mayoría de los explotados y oprimidos, solo entonces venceremos de verdad. *(Vivos y prolongados aplausos.)*

**Presidente Koenen.** Tiene la palabra el camarada Michalak.

**Michalak** (Polonia). ¡Camaradas! En realidad, el II Congreso ya tomó resoluciones en sus tesis sobre todas las cuestiones que ahora nos ocupan; podría parecer que lo que se dijo y se decidió en el II Congreso, y lo que figura en sus tesis, debería bastar en realidad para todas las cuestiones que de nuevo nos ocupan. Y, sin embargo, resulta —se confirma una vieja experiencia— que un partido, un movimiento, una acción, no se hacen solo con tesis. Resulta que con buenas tesis se pueden hacer malas acciones; resulta que, si no se tiene la experiencia necesaria, la formación necesaria, ni con las mejores tesis se sabe cómo aplicar sus principios. Por eso discutimos de nuevo sobre la cuestión del partido de masas, de la que el II Congreso habló tan detenidamente y sobre la que resolvió, así como sobre las cuestiones de los principios, de la táctica, del parlamentarismo revolucionario, de la disciplina. Y esa es la razón, ese es el alcance de la cuestión que constituye aquí el punto central de nuestro debate: la Acción de Marzo. Es, en efecto, el ejemplo clásico, el más típico, de lo difícil que es aplicar las tesis. Es un ejemplo de que lo que está escrito en el papel tiene que asimilarse primero en la lucha, en el proceso de la lucha, en el proceso de crecimiento.

Primero, camaradas, un par de observaciones personales, enteramente personales. Cuando hace unos días el camarada Rádek, en uno de sus discursos aquí, reprochó a la camarada Zetkin que también ella hablaba de la ofensiva, que también ella tenía una teoría ofensiva de esta situación, me permití interrumpirle diciendo que eso era algo completamente distinto. Y como Rádek intentó de nuevo ayer probar que la camarada Zetkin tiene una teoría de la ofensiva en esta situación, permitidme que me detenga en ello con unas pocas palabras.

Para empezar, francamente —Rádek no me lo tomará a mal—, eso es una sutileza verbal. Si leéis las tesis, la primera resolución de la camarada Zetkin después de la Acción de Marzo, ¿qué encontráis en ellas sobre la ofensiva? Encontráis expresado, en la forma y a veces en el fondo de manera mucho más tajante, mucho más precisa, lo que Rádek y todos nosotros queremos decir ahora. La camarada Zetkin habla en estas tesis de las condiciones y tareas del partido antes y después de la acción. Pero en lugar de la palabra acción emplea a veces la palabra ofensiva. Probablemente da la impresión de que fuera una concesión verbal a la Central. Habla incluso de ofensiva parcial, es decir, de las acciones parciales que nos ocupan. Y más aún, camaradas: en un anteproyecto redactado, entre otros, por Rádek y un par de camaradas alemanes, figura «la preparación de la ofensiva», y más adelante solo se habla de acciones. Y más aún, camaradas: el camarada Rádek dice en las tesis actuales que debemos ser un partido del asalto a la sociedad capitalista. ¿Qué es el ataque, el asalto, sino una ofensiva? No estoy muy familiarizado con los libros de los estrategas alemanes, pero recuerdo que también Kautsky quiso una vez embrollar algo con la estrategia, cuando, mucho antes de la guerra, escribió sobre la estrategia de desgaste en su polémica con Rosa Luxemburg y Rádek.[^252] Esta palabra del vocabulario de los militares, una palabra tomada de otro terreno, tiene realmente muy poco que ver con nuestra causa a la hora de juzgar las tareas que ahora tenemos por delante.

Y otra cosa: los camaradas, mis amigos alemanes, que tanto temen que se les den un par de golpes más, disfrutan mucho cuando a la camarada Zetkin se le da un golpe tras otro. *(Ruido.)* Camaradas, hablo de nuevo de mi impresión personal, que es que los hombres jóvenes se comportan a veces como viejas, que el único hombre de la delegación alemana es la camarada Zetkin. *(Risas. Gritos: ¡Ni usted mismo se lo cree!)* Así que, camaradas, no se trata de la palabra ofensiva o defensiva. En alemán hay un buen dicho: el golpe es la mejor parada. También en nuestras tesis se dice que en ciertas circunstancias hay que pasar, si es posible, rápidamente al golpe. Lo principal es que la Acción de Marzo fue una lucha obrera, que fue un enfrentamiento armado, un enfrentamiento armado en el que los dirigentes actuaron con ideas tácticas muy malas. Pero, camaradas, y esto lo digo contra la oposición, la Comuna de París la dirigieron hombres que tenían ideas muy ingenuas sobre la táctica, eso lo sabemos todos, ideas mucho más ingenuas que las de los camaradas alemanes. Hicieron muchas burradas y, sin embargo, después de que lucharan, Marx glorificó la Comuna de París, todo el enfrentamiento armado y todas sus batallas. Recuerdo que en diciembre de 1905 hubo en Moscú un enfrentamiento armado de los obreros contra el zarismo. Los obreros fueron derrotados, y entonces el menchevique Plejánov[^253] dijo: fue una tontería, no se debió empuñar las armas. Pero Lenin dijo: estuvo bien, tenemos que glorificar esta batalla perdida para la tradición de las masas obreras rusas.

Así pues, en el primer caso tuvimos la Comuna de París, que con sus enormes sacrificios mató el movimiento obrero durante años. *(Ruido y protestas.)* Y, sin embargo, se la glorificó. Lo mismo la lucha de diciembre de 1905 de los obreros rusos en Moscú. Así es como todo comunista tiene que situarse ante la Acción de Marzo alemana. Se ha hablado mucho de los errores que ha cometido la Central. Pero yo creo que por encima de todos esos errores hay un gran error. No que la acción estuviera mal preparada. No que el momento de la ofensiva estuviera mal elegido. Para mí el mayor error consiste —da igual que fuera ofensiva o defensiva— en que no tenían ni idea de las condiciones y tareas del partido en la acción. *(Ruido.)* De este gran error hay que hablar más que de los otros, los pequeños.

Y eso no es todo. Tuvimos una crítica de los errores, pero por desgracia, durante mucho tiempo, solo la crítica de un oportunista. Ese es el gran error de mi amiga Clara Zetkin: no haberlo comprendido. La crítica de Levi tiene dos caras. Una es que hizo público lo que se le había dicho entre cuatro paredes. Eso ya es de por sí un hecho por el que merece que, como mínimo, se le expulse. Rádek y Lenin dicen que lo principal es cómo se sitúa uno respecto al partido. Pues bien, camaradas, os digo que Levi divulgó conversaciones que de verdad habían tenido lugar solo entre cuatro paredes. No fue por casualidad.

Se limitó a citar del folleto del camarada Lenin sobre las condiciones de la victoria en Rusia[^254] algo que en este contexto no tiene absolutamente ninguna importancia. Pero en lugar de señalar al partido caminos revolucionarios, en lugar de mostrar al partido sus tareas inmediatas, como no era capaz de dar un análisis revolucionario, tuvo que recurrir a esa arma sucia de divulgar lo que había oído. En este sentido puede decirse que el partido alemán cometió un gran error al esperar a que apareciera un folleto oportunista con una exposición de la revolución, porque no quería dar una crítica revolucionaria. *(Ruido.)* Quisiera leer todavía una declaración de la delegación polaca, pero antes quiero decir en general lo siguiente: creo que en el congreso reina un estado de ánimo que no es del todo justo. Ha sido como si muchos camaradas se hubieran dicho: Lenin ha hablado tres cuartos de hora contra la izquierda y solo un cuarto de hora contra la derecha.

Y bajo esta impresión muchos camaradas se han dicho: Lenin gira a la derecha, y lo mismo hace Trotski. Esto se debe a que, sobre todo los camaradas extranjeros, no conocen el pasado de las luchas de los bolcheviques en Rusia; de lo contrario sabrían que este partido ha crecido en la lucha contra la derecha y contra la izquierda. Y no se trata de un viraje, sino solo del viejo camino del bolchevismo, en condiciones nuevas, para tareas nuevas. Pero es la misma dirección, no es un viraje. Cuando leí en la versión taquigráfica el primer discurso del camarada Lenin en el Ejecutivo ampliado, me dije en el acto: cuanto antes se imprima este discurso, antes desaparecerá esta impresión falsa que tenían muchos camaradas. Lo principal de lo que él ha dicho, y también Trotski, es que hay que poner en guardia contra la izquierda en el sentido en que lo hacen los rusos, y luego la lucha contra la derecha; una cosa no se opone a la otra. Pues bien, camaradas, el camarada Lenin ha hablado contra las enmiendas a las tesis; la delegación polaca también ha propuesto enmiendas, y se me ha encargado leer la siguiente declaración: «La delegación de Polonia apoya la tendencia de las mociones adicionales presentadas por las tres delegaciones y se reserva el derecho de presentar en la comisión otras mociones en el mismo sentido». *(Risas. Gritos: ¡Su discurso iba en un sentido completamente distinto!)*

**Vaughan** (Inglaterra). Camaradas: a propósito de la crítica de Rádek y de sus tesis, quiero subrayar ante todo que ninguno de los partidos que pertenecen a la III Internacional aprecia más que el británico la utilidad de la crítica. Pero exigimos que la crítica a un partido persiga dos fines: en primer lugar, tiene que ser útil al partido criticado, de modo que este pueda sacar de ella una lección que resulte valiosa no solo para él, sino para todo el movimiento internacional. En segundo lugar, el camarada Rádek, antes de empezar a criticar a un partido, debería haber recogido informaciones seguras sobre la actuación de ese partido. El camarada Rádek se refiere en su discurso al periódico comunista de Inglaterra. Le reprocha no haber cumplido con su deber durante la reciente huelga de la Triple Alianza y de los mineros.[^255] El camarada Rádek no ha leído, por lo visto, los artículos de *The Communist*;[^256] de lo contrario habría visto que el periódico, como órgano del partido, valoró plenamente la importancia de los acontecimientos de Inglaterra. Yo he leído *The Communist* y sé lo que inculcó a todos los obreros de Inglaterra, no solo durante el conflicto de los mineros, sino mucho antes del estallido de la huelga. Ya el 5 de marzo *The Communist* llamó la atención de los obreros sobre la conspiración que estaban tramando los patronos para rebajar los salarios. Los artículos de *The Communist* señalaban que la ofensiva de los patronos contra los mineros no era sino el preludio del ataque a toda la clase obrera de Inglaterra. El periódico siguió explicando a los obreros la importancia de la lucha que se avecinaba, y cuando estalló la huelga, *The Communist* dio a los obreros la consigna: «¡Vigilad a vuestros dirigentes!». Y este grito se propagó por toda Inglaterra, atrajo la atención de los mineros sobre sus dirigentes y les ayudó a mantenerse fieles a sus principios durante las numerosas negociaciones con el gobierno y con los propietarios de las minas. Apareció un artículo tras otro en el mismo tono. *The Communist* hizo ver a los mineros que tenían que hacerse cargo ellos mismos de la dirección de los pozos, pues de lo contrario los propietarios de las minas les retendrían los salarios. El periódico señaló que en esta lucha sin precedentes los mineros tenían que emprender algo que pudiera surtir efecto sobre las masas trabajadoras de Inglaterra; durante la huelga del carbón, todos los esfuerzos de los comunistas se dirigieron al trabajo entre los mineros. Los comunistas asumieron en su órgano la dirección de los huelguistas y dieron a los mineros todo lo que pudieron. Lo prueba el grito «¡Vigilad a vuestros dirigentes!», que se propagó por toda Inglaterra; por eso afirmo que la severa crítica del camarada Rádek no se basa en los hechos.

En segundo lugar, el camarada Rádek ha intentado hacer creer al congreso que el Comité Central del Partido Comunista de Inglaterra no comprendió plenamente su responsabilidad en la gran lucha de los mineros. Quiero probar al camarada Rádek que el Comité Central del Partido Comunista de Inglaterra comprendió muy bien su responsabilidad y concentró toda su atención en este conflicto de los mineros. Se convocó al Comité Central, y en esa reunión se discutió cuál era el medio más seguro de influir sobre los obreros de Gran Bretaña en interés de los mineros en huelga. Y toda la energía de los miembros del partido, desde los agitadores hasta la dirección, se concentró en la huelga de los mineros. Más aún: el Comité Central dio a todas sus secciones, a todos sus organizadores, la orden de formar en sus distritos comités de adhesión a la huelga. En los distritos donde ya había comités de mineros, se obligó a los comunistas a ponerse a disposición de esos comités. Pero el Comité Central del Partido Comunista Británico fue aún más lejos. Estudió cómo unir a toda la clase obrera de Inglaterra con los mineros y aprovechar la situación revolucionaria para obtener los mejores resultados. El camarada Rádek nos reprocha no haber actuado como partido de forma suficientemente abierta y enérgica y haber dejado a los comités de mineros el trabajo que deberíamos haber hecho nosotros mismos. El Partido Comunista de Inglaterra es solo una organización pequeña; si el camarada Rádek conoce la historia del movimiento sindical de Inglaterra, tiene que saber qué poderosas tradiciones tiene este movimiento en Inglaterra. Tiene que saber que habría sido sencillamente un disparate que el Partido Comunista hubiera intentado influir en los mineros, que reúnen en su organización a más de un millón y medio de hombres, o darles consejos.

Cuando comprendimos que en Gran Bretaña solo podíamos servirnos de los medios de propaganda que estaban a nuestro alcance y de los mejores, dimos instrucciones a los miembros de nuestro partido, que eran a la vez miembros de diversos sindicatos, para que movieran a sus organizaciones a preparar la próxima huelga general de todos los obreros de Gran Bretaña. Nos servimos de los comités obreros porque sabemos que los sindicalistas de Gran Bretaña escuchan antes a los obreros de su propia rama de industria que al Partido Comunista de Inglaterra. ¿Qué consecuencias tuvo esto? El resultado fue el que más habría deseado el camarada Rádek. Bajo nuestra dirección, conforme a nuestras instrucciones y a nuestra orden, los comités obreros pasaron al ataque y obtuvieron entre los mineros de Gran Bretaña y otros obreros un éxito sin precedentes. Fuimos el instrumento por el que estos millones de obreros reconocieron la necesidad de mantenerse unidos y de declarar una huelga general, llamando a todos los obreros a la solidaridad con los mineros. Habíamos repartido octavillas tanto a los obreros del transporte como a los obreros de cada una de las secciones. Los portadores de nuestra propaganda fueron enviados a las cuencas mineras, a las ciudades industriales y a todas partes, para llamar a los obreros a apoyar a los mineros en su gran lucha. Esa fue la obra del Partido Comunista Británico. El camarada Rádek cree que nada de esto ocurrió; sin embargo, es un hecho que sí ocurrió, y precisamente esta crítica prueba que ocurrió justo lo que el camarada Rádek habría aconsejado hacer si hubiera estado entonces en Inglaterra. Así se desprende de su informe, en el que dice que debemos atenernos al presente y no mirar al futuro oscuro y lejano. Habíamos ayudado a la clase obrera de Gran Bretaña en su lucha y tratábamos de llevarla hasta el objetivo final: la revolución. Ese es nuestro trabajo en Gran Bretaña. Creo que la conclusión del informe del camarada Rádek, en la que habló de las normas de conducta acertadas, se ajustaba a la verdad, pero afirmo que nosotros empleamos los medios acertados en las condiciones existentes. No puedo afirmar que el Partido Comunista no haya cometido ningún error, o que no quepan allí mejoras, o que hayamos aprovechado todas las posibilidades, pero en todo caso la observación crítica del camarada Rádek de que dejamos completamente sin aprovechar todas las ocasiones es injustificada. El Partido Comunista Británico se presenta ante el III Congreso de la Internacional Comunista sin culpa, y ha hecho todo lo que podía acercar la revolución.

*(Se levanta la sesión a las 5 de la tarde.)*

## Duodécima sesión, viernes 1 de julio de 1921 (8 de la tarde)

*(Continuación del debate sobre el informe de Rádek. Oradores: Heckert, Burian, Malzahn, Bujarin.)*

**Presidente Koenen.** Se abre la sesión. El primer orador de la lista es el camarada Heckert, del VKPD. El presidium ha estado de acuerdo en que debía atenderse el deseo del VKPD de prolongar el tiempo de intervención para poder dar una exposición coherente de la Acción de Marzo. Se propone media hora. Esperamos que no haya objeciones. Como no hay objeciones, tiene la palabra el camarada Heckert.

**Heckert** (VKPD). Camaradas: antes de pasar a la defensa de nuestra posición en la Acción de Marzo, tengo que hacer dos observaciones previas: una frente al orador de la fracción polaca y otra frente al camarada Lenin. El camarada Michalak, que ha hablado en nombre de la delegación polaca, declaró que la delegación alemana tiene que recibir unos cuantos golpes. Y dijo que no debíamos ser tan sentimentales como viejas cuando recibimos unos golpes para nuestra instrucción. Luego habló de los errores que hemos cometido, o quiso hablar de ellos. Nadie en la delegación alemana ha sacado en claro lo que quería decir. Pero nos quedamos sumamente asombrados por el ataque del camarada Michalak a las enmiendas que hemos presentado, y precisamente porque los camaradas de la delegación polaca nos habían declarado que aprobaban nuestras propuestas; y, en efecto, al final de la intervención del camarada Michalak tuvimos que oír que la delegación polaca se solidarizaba con nuestra posición. Fue un montaje curioso que el orador de una delegación hablara contra otra y al final de su intervención se diera palmaditas en la espalda a sí mismo y a su delegación. Pero si alguna otra delegación siente la necesidad de representar el mismo espectáculo, puedo declarar en nombre de nuestra delegación que estamos dispuestos a encajar esos golpes.

Paso ahora al camarada Lenin. Ha criticado nuestras enmiendas y, en nuestra opinión, se lo ha puesto un poco demasiado fácil. Nos ha reprochado algunas cosas que no figuran en absoluto en las enmiendas. Si el camarada Lenin las hubiera leído con atención, le habría sido imposible decir eso, a no ser que quisiera conseguir algo distinto de lo que había dicho. *(Ruido. Gritos: ¡Oíd, oíd!)* Dijo, por ejemplo, que queremos que se supriman de las tesis las palabras «Carta Abierta». Si el camarada Lenin hubiera leído bien estos pasajes, habría reconocido que esas dos palabras, «Carta Abierta», tienen que suprimirse, porque en las tesis figura la afirmación de que el Partido Comunista de Alemania se convirtió en un partido de masas gracias a esta Carta Abierta, y que la «Carta Abierta» se publicó en 1919. En 1919 no se escribió ninguna Carta Abierta, y el Partido Comunista se convirtió en partido de masas con el congreso de unificación del 5 de diciembre de 1920 en Berlín. La Carta Abierta se redactó en febrero de este año.[^257] Así pues, escribimos la Carta Abierta dos meses después de habernos convertido en un partido de masas. Por tanto, en ese pasaje de las tesis no puede citarse la Carta Abierta. La dejamos allí donde se la menciona otra vez, porque reconocemos por completa unanimidad que la política de la Carta Abierta fue absolutamente acertada y que debe proseguirse de manera semejante. Con esto se cae la argumentación del camarada Lenin contra nosotros.

**Trotski.** ¡Usted se lo toma demasiado a la ligera!

**Heckert** (continuando). No me lo tomo demasiado a la ligera. Además, el camarada Lenin ha criticado que en la página 2 de las tesis hayamos suprimido las dos palabritas «el grueso» de la clase obrera alemana, como si quisiéramos colar alguna maldad especial. Pero si en lugar de «el grueso de la clase obrera» dice allí «la clase obrera», el concepto no se estrecha, sino que se amplía, y no sé cómo ha de alcanzarnos este golpe. No lo entiendo. Donde en cierto modo estaría justificada una crítica del camarada Lenin es en la primera enmienda, la de la mayoría de la clase obrera para los principios o los fines del comunismo. El camarada Rádek nos declaró ayer que se podía aceptar la palabra «fines». Coincido con el camarada Lenin en que es mejor dejar «principios». Por «principios» del comunismo tenemos que entender algo distinto que por «fines» del comunismo, si aceptamos la argumentación del camarada Lenin, que probablemente es la correcta según el uso de la lengua en los demás países. El comunismo no es solo un orden social o una ciencia; es un movimiento para alcanzar un fin determinado, un orden social determinado. Designa, pues, los métodos de lucha y, expresados en ellos, los principios del comunismo, que aquí designan los métodos de lucha. Y por eso creo que es mejor dejar «principios» y no tomar «fines».

Pero vamos ahora a la «conquista de la mayoría». Nuestros camaradas opinaban que aquí no se debía poner mayoría, porque podía interpretarse que hay que ganar a los obreros en su mayoría para la organización, y eso significaría directamente un fortalecimiento de los elementos oportunistas de la Internacional Comunista, que retroceden ante cualquier movimiento porque siempre creen que la organización no es todavía lo bastante grande. Y de las explicaciones del camarada Terracini se desprendía con claridad que no se quería decir otra cosa que lo que yo acabo de decir. Porque dijo muy claramente que la tarea principal del partido checoslovaco no consiste en ampliar todavía más su organización, sino en convertir a los 400.000 obreros organizados en verdaderos comunistas, es decir, en volverse activo.

Así que, si tomamos esto, no sé qué queda todavía de especialmente malo contra nosotros en la crítica del camarada Lenin; creo que en su mayor parte ha derribado puertas abiertas. Y hay que suponer que detrás había algo más. Y como deseamos que lo entiendan todos los presentes en el congreso, y no solo la delegación alemana, estaría bien que el camarada Trotski, puesto que el camarada Lenin no está aquí, nos diera algunas aclaraciones al respecto. Lo acogeríamos con alegría, porque no somos el partido que se cree en posesión de toda la sabiduría. De verdad queremos aprender algo. Podemos demostrar que hemos aprendido de la historia de nuestro partido y del movimiento revolucionario que hemos vivido, y queremos aprender de los errores, porque esa es la mejor crítica de los oportunistas que hay en nuestras filas.

Camaradas, el Partido Comunista no nació hace mucho en Alemania con su forma actual, sino solo en los días de diciembre del año pasado. Y la unión de todos los obreros que ahora pertenecen al VKPD no se produjo en la lucha, donde hubieran podido ponerse a prueba teorías falsas o buenas, sino que fue un matrimonio por contrato. En Halle se había acordado con los camaradas dirigentes del USPD que el partido se constituiría de tal y cual manera. Y fue más un ensamblaje de las organizaciones que una prueba de la fuerza revolucionaria y del valor de los camaradas, porque entonces no teníamos luchas. Así que para nosotros estaba claro desde el principio que el partido no conservaría los efectivos que tenía en el momento de la fusión, sino que la primera prueba de fuego traería una recomposición de las fuerzas. Así ocurrió también en los días de marzo, y con ello se cae una parte esencial de la crítica, la que dice que el partido ha perdido miembros. Los camaradas pueden tener razón en que en tal o cual agrupación entró gente que no veía que somos un partido de lucha seria. Pero no por eso tenemos que defendernos ante los camaradas rusos. Lenin ha pronunciado hoy el mejor alegato en nuestra defensa al decir que cientos de miles de obreros estuvieron en la lucha y que todo el que hace algo contra ellos, como Levi, es un criminal. El Partido Comunista, Liga Espartaco, que constituía una de las partes de la actual VKPD, vivió durante todo un año bajo una estrella algo desgraciada. Tras el reflujo del movimiento revolucionario, tras la expulsión de nuestro partido de los anarquistas putschistas y de otros elementos no comunistas en el congreso de Heidelberg,[^258] vimos cómo una parte considerable de los proletarios comunistas se iba con los expulsados, porque no habían comprendido el sentido de la escisión ni el sentido claro del comunismo. Entonces nos sorprendió el putsch de Kapp;[^259] a nosotros, que aún no habíamos podido prepararnos, sino que tuvimos que batirnos en mil asambleas con el KAPD y, a causa de esa lucha con el KAPD, pasamos periodos en que gran parte del proletariado no quería oír hablar de nosotros.

Llegó el putsch de Kapp y demostró que nuestro partido no desempeñó en él un papel precisamente afortunado. Es decir, el papel desafortunado se desempeñó en realidad solo en la Central y en la capital, no en los distritos. En los distritos los camaradas se batieron de forma ejemplar. Pero Rádek ya dijo: un partido que en la primera hora de peligro no es capaz de dar consignas claras ya no será capaz de luchar. Eso nos valió la más violenta polémica, y digo que los camaradas criticaron con razón nuestra mala actitud. Creo que fue Lenin quien dijo que entonces, con nuestra mala actitud, habíamos echado a perder la victoria de una revolución.

No sé si eso no va demasiado lejos. En todo caso es cierto que la crítica tiene un núcleo justificado. Pero, camaradas, del putsch de Kapp no pudimos sacar la lección de volvernos más activos, porque en el partido había elementos que siempre opinaban que cualquier paso contra el enemigo significaba una caída, algún peligro de putsch. Y el jefe de estos camaradas, que siempre creían que el partido caía en un putsch, era el camarada Levi. No necesito demostrarlo. Recuerdo todos sus artículos sobre la táctica en la República Húngara de los Consejos, y asimismo su crítica del movimiento de Múnich.[^260] Así, nuestro partido, la Liga Espartaco, adquirió cierta rigidez. Desde el USP de izquierda los proletarios revolucionarios afluían a nosotros, pero no venían a nosotros por razonamiento, por haber comprendido las leyes del movimiento del periodo revolucionario, sino porque su sentimiento los empujaba hacia delante. Y veíamos también el barómetro en que el sentimiento subía o bajaba. El movimiento más fuerte entre los independientes se produjo en Alemania en los días en que los rusos estaban ante Varsovia y en que por todas partes, en las calles, en las ciudades, en los pueblos de nuestro país, los obreros decían: ahora no queremos hacer la revolución, los rusos vendrán pronto; igual que marcharon sobre Varsovia, vendrán también a Berlín. No eran elementos que se adhirieran a la III Internacional por convicción interior, que estuvieran resueltos a comprometerse con todas sus fuerzas en la lucha revolucionaria, sino que tenían la esperanza de ser liberados desde fuera, por una fuerza ajena. Luego llegó el gran revés, y con el gran revés el desengaño. En Alemania hacía tiempo que habíamos dejado atrás el punto culminante de la conmoción revolucionaria de las grandes masas populares. El USP de izquierda, como se vio claramente, no se había llevado nada del aparato del partido, aunque tenía la gran mayoría. Y pasaron al Partido Comunista Unificado menos de los que esperaban nuestros camaradas. Apenas nos habíamos unificado, apenas habíamos proclamado que la masa nos impone mayores obligaciones, cuando se produjo en Alemania el gran movimiento de los electricistas. En este movimiento el partido pasó por grandes vacilaciones. No tuvo fuerza para convertir este movimiento en un movimiento general. Por eso recibimos una reprimenda del Ejecutivo: deberíamos haber hecho más en el movimiento de los electricistas; pero nuestro partido no era todavía lo bastante activo. En este partido luchamos, un ala por la activación del partido, mientras la otra decía siempre que no se podía hacer nada. Recuerdo solo el alegato de defensa que pronunció Paul Levi ante el tribunal militar en Berlín en los días de Kapp, en el que dice que en los dos o tres años siguientes no cabía pensar en un movimiento revolucionario. La ofensiva que la burocracia sindical libraba contra nosotros, la presión inaudita a la que estábamos sometidos, paralizaba a los camaradas. Luego vivimos la cuestión italiana, y tengo que recordarla con unas pocas palabras, precisamente porque el camarada Rádek preguntó qué hizo la nueva Central, la Central depurada del ala derecha, en las tres semanas que van de la salida de los cinco[^261] al 17 de marzo: ¿lanzó de pronto consignas de acción? Quien haya seguido los artículos de la *Rote Fahne*, nuestros llamamientos, nuestras asambleas, sabe que la cuestión italiana no quedó zanjada con la salida de cinco camaradas. Hubo una grave conmoción interna en el partido, y en miles de asambleas tuvimos que discutir con los camaradas y demostrar que Clara Zetkin, Levi, Däumig y Brass estaban equivocados, y nos ganamos la burla de muchos camaradas. Así era la situación en nuestro partido. No había unidad. La Central aún no tenía un terreno firme entre las masas cuando se produjeron los siguientes acontecimientos: el plebiscito de la Alta Silesia.[^262] El plebiscito de la Alta Silesia no tuvo lugar en un tiempo de calma, sino en un periodo de graves conmociones. Las bandas llevaban ya semanas combatiendo en la Alta Silesia, y era de temer que con ocasión de este plebiscito se produjera de inmediato una explosión.

Para todo comunista estaba claro que con plebiscitos no se resuelven problemas así. La insurrección que ahora hace estragos es la prueba de que tenemos razón. A ello se añadió la cuestión del desarme. El 16 de marzo la Entente dirigió un ultimátum al gobierno alemán: debía establecer por ley el desarme de Baviera. Se fijó además un plazo determinado y, como la Entente acababa de ocupar pocos días antes Düsseldorf, Duisburgo y Ruhrort y de establecer una nueva línea aduanera en el Rin,[^263] para nosotros estaba claro que no era solo un farol, que la Entente iba en serio con las sanciones. Se exigió además que Alemania entregara el oro del Reichsbank. La burguesía alemana se opuso. A ello se sumó que los mineros dejaron de respetar el acuerdo del carbón y rechazaron las horas extraordinarias. Se burlaron del cumplimiento del acuerdo, porque veían que por su causa los mineros de Inglaterra, Francia y Bélgica estaban atados de pies y manos. A todo ello se añadió una fuerte agitación en la agricultura alemana: los convenios colectivos se tambaleaban por los ataques de los junkers y cabía contar con la posibilidad de un movimiento general de los obreros agrícolas.

Estos movimientos no existían en nuestra imaginación; eran hechos. No podíamos decir si se producirían enseguida o si tardarían todavía un tiempo. En la Central del partido había camaradas que sostenían que no teníamos razón, que no se llegaría a una insurrección en la Alta Silesia, que las sanciones no se aplicarían. La Central tenía razón cuando dijo que había que activar el partido, que no podíamos dejarnos sorprender por los acontecimientos y lavarnos las manos como Poncio Pilato. Ya no somos la Liga Espartaco con sus 50.000 o 60.000 miembros. Somos un partido de 400.000 comunistas que el 5 de diciembre juró salir de la pasividad y resolver los problemas que se nos plantean. A ello se sumó el movimiento de los parados: el 23 de marzo debía celebrarse en todas las grandes ciudades y distritos económicos una manifestación general de los parados, en la que estos querían entrar en los talleres, solidarizarse con los obreros e imponer la contratación de los parados. Podríamos haber dicho que eso era absurdo. Entonces habríamos perdido todo crédito, y con razón. No se puede estar ante el paro, que se ha duplicado, como en 1920 y fabricar una teoría del lumpenproletariado, como hizo Paul Levi, y creer que así se esquiva la cuestión.

Pues bien, camaradas, entonces llegó la provocación de Hörsing. Puso en marcha sus fuerzas. Si luego los críticos dicen, y Levi lo afirmó directamente, que había una relación entre el envío de emisarios rusos y la provocación de Hörsing *(Interrupción: ¡Oíd, oíd!)*...

No sé qué quiso decir Levi con eso, pero quizá sus amigos puedan hablarle claro al congreso sobre ello. Nuestra dirección del partido en Halle había llamado la atención de los obreros sobre la gravedad de la situación. Pero una parte de los obreros de Mansfeld no siguió la consigna, y es comprensible, porque dos meses antes los obreros de allí habían estado en un movimiento de defensa: sin consultar a los hombres de confianza ni a los consejos de fábrica legales, se había implantado allí una policía de empresa; los obreros se defendieron, y todos dijeron: ¡bravo, imitadlos! Entonces llegó la burocracia sindical y dijo: esto es una huelga salvaje.

Y a los obreros de Mansfeld, que habían conseguido a la fuerza que se les pagara el salario de los días de huelga y además la supresión de la policía de empresa, con ayuda de la burocracia sindical y del sindicato minero se les descontaron en la siguiente paga tres cuartas partes de los días de huelga, y los obreros vieron defraudadas hasta tal punto todas sus esperanzas que en la región reinaba la agitación más terrible. Querían pasar enseguida a la contraofensiva. Fuimos a verlos y les dijimos: no debéis hacerlo. La burocracia sindical ha conseguido meteros una cuña; no podréis llevar la lucha como hace catorce días. Tenéis que esperar a que llegue otra ocasión favorable que vuelva a uniros a los obreros. Pero, camaradas, de qué sirve decir a unos obreros excitados: no debéis dejaros provocar. Se lo dijimos varias veces, pero no sirvió de nada: empuñaron las armas. Y, camaradas, cuando los obreros de Mansfeld entraron en lucha, ocurrió además otra cosa. Toda la prensa burguesa de Alemania movilizó a los espíritus medrosos y sentimentales; escribían que los comunistas les cortaban las orejas, les sacaban los ojos. Toda la prensa burguesa estaba llena de historias de atrocidades de guerra. Pues bien, nuestros camaradas se dijeron: eso es un embuste. Nuestros camaradas de Hamburgo, los parados, quisieron manifestarse también con este fin, luchar por el Partido Comunista, que no los había llamado, pero por el que ellos mismos se habían movilizado. Se dijeron: si nuestros obreros de Mansfeld luchan, es nuestro deber no dejarlos en la estacada. Los camaradas estaban aislados de la Central, no era posible establecer la comunicación con tanta rapidez; así que nosotros, la Central del partido alemán, nos encontramos de pronto, el Jueves Santo, ante el hecho consumado: luchas en Mansfeld, luchas en Hamburgo, y el terror blanco haciendo estragos. No nos quedó otra cosa que lanzar como consigna la huelga general, que se nos había impuesto. Sabíamos que se acercaban las fiestas, que el movimiento empezaba en un mal momento. Pero un partido al que se empuja a una situación así no puede decir: es Semana Santa, dejad por ahora que masacren a los camaradas. Si no hubiéramos declarado la huelga general, habríamos perdido todo crédito ante los obreros alemanes, porque habrían dicho, y con razón: es un partido como el SPD, que habla mucho pero no quiere luchar. ¿Cuáles son, pues, las relaciones en los distintos distritos? Los camaradas sencillamente no pueden entenderlo; sobre todo nuestros camaradas comunistas no habrían podido entender que el partido se hubiera quedado pasivo. Ahora se dice que el movimiento lo desencadenó un artículo de la *Rote Fahne*: «Kahr se burla de la ley: ¡tomad las armas!». Quiero declarar abiertamente que no todos nos alegramos cuando apareció este artículo. Y es cierto que los camaradas que solo conocen toda la situación por la *Rote Fahne* se llevarán una mala impresión. Nuestros camaradas decían que era necesario dar una señal para que los obreros se dieran cuenta de lo que realmente pasaba. Porque no se trataba solo del ataque de Hörsing; había además cosas en la Alta Silesia que podían igualmente llevar a una explosión, y por eso era necesaria una alarma así. Si hay que discutir si este artículo fue bueno o no en esa situación, creo que en eso se llegará pronto a un acuerdo en la delegación alemana y en el partido alemán. Pero si se dice que este artículo tiene la culpa del movimiento, eso no es verdad. También sin ese artículo habría estallado. Pero así son los críticos del movimiento: no exponen las causas de este movimiento ni ponen a discusión la cuestión de qué debería haber hecho el partido, sino que critican una serie de errores cometidos en el movimiento, errores que el partido ha criticado con más dureza que la camarada Zetkin y sus amigos. Quiero demostrarlo con un documento. El Partido Comunista de Alemania, en sus tesis sobre la táctica de los movimientos comunistas de masas, en las que aprovecha lo que ha aprendido en el movimiento de marzo, escribe lo siguiente:

«Los comunistas tienen que entrar en todos los movimientos proletarios de masas con el objetivo de intensificarlos todo lo posible y de asumir su dirección. Las consignas iniciales de las acciones parciales tienen que enlazar con la comprensión de las masas que se han de poner en movimiento o que ya están en movimiento, y con la situación dada. A medida que la lucha crece en extensión y en energía, hay que elevar las consignas de lucha.

A la inversa, los partidos comunistas tienen que saber también, cuando las acciones se ven frenadas en su desarrollo, restringir las consignas y, llegado el caso, interrumpir abiertamente la lucha y sacar de ella a las masas en orden cerrado.

Los comunistas, manteniendo el contacto más estrecho con las masas obreras y ocupándose activamente de todas sus necesidades, no pueden, sin embargo, regir en todos los casos sus acciones por las capas más atrasadas y pasivas de los obreros. No pueden limitarse a la mera propaganda hasta el momento en que estas masas se pongan en movimiento por sí solas.

En situaciones agudas, en que están amenazados intereses importantes del proletariado, tienen que ir un paso por delante de las masas e intentar llevarlas a la lucha con su iniciativa, aun a riesgo de arrastrar consigo solo a una parte de los obreros. Nunca deben abandonarse sin lucha posiciones importantes conquistadas.»

Y se toma posición con toda franqueza contra los actos de terror que se han producido, y decimos: «Los actos aislados de violencia son adecuados en el periodo de transición como elementos necesarios de las acciones militares. Hay que rechazarlos como medios destinados a sustituir o a provocar las acciones de masas».

Estas son solo algunas citas de lo que hemos aprendido y de lo que creemos poder someter a la Internacional a partir de nuestra experiencia. En muchos, muchísimos otros apartados de estas tesis se saca con la misma rotundidad la lección que hay que sacar: permanecer con las masas, dar las consignas. Pero hay situaciones en que la gravedad de la situación nos ordena ir un paso por delante de las masas. Creo que eso es algo de lo que todo camarada puede responder y que tiene que hacer; está enteramente en la línea que se decidió el año pasado, en la línea que también han seguido los camaradas rusos.

Pues bien, camaradas, nuestros críticos en Alemania, como ya he dicho, se quedan en los errores que se han cometido en el movimiento. Los actos individuales de terror que se han producido, y que no pueden explicarse como actos de lucha necesarios, sino que son actos individuales para estimular o sustituir un movimiento, los hemos rechazado tajantemente; se lo hemos dicho al KAPD: son cosas que condenamos en cualquier circunstancia, en las que no participamos. Ya en los días de Kapp tuvimos por ello desavenencias con el KAPD, y sobre todo en los días en que se trataba de sacar las lecciones de las luchas. Esos camaradas tienen una teoría distinta de la nuestra. Creemos que no es comunista. Ahora se nos dice que los comunistas también han cometido errores. ¿En qué se basa esto? En un material publicado por un seudocomunista, Düwell, que fue sometido a un examen a fondo en la sesión del Comité Central. Cuando se dijo a los camaradas que presentaran su material de acusación, se callaron. Entonces fue Koenen quien lo presentó, y el Comité Central no hizo más que reírse de las majaderías que contenía, que no podían probarse con nada.

Llegamos ahora a por qué el movimiento de marzo tuvo que cometer tantos errores. Estos errores no se deben solo al desconocimiento que teníamos de las leyes del movimiento, a la incapacidad de la Central, sino que residen en buena parte en la pasividad de los elementos que en este congreso representan a la oposición. Sabotearon de forma completamente deliberada. Decían: eso no podemos conciliarlo con nuestra conciencia, y se las daban de grandes héroes. Ya pudieron publicar en el periódico *Moskau*[^264] una declaración en la que dicen que no es oportuno presentarse en automóvil ante las fábricas. Cuando en Berlín se decidió la huelga general, convocamos a la representación de los hombres de confianza de las fábricas y pedimos a los camaradas que se han convertido en críticos que vinieran a dar su opinión. Uno tenía que hacer esto, el otro aquello; solo Malzahn fue con nosotros. En esa reunión no fue la dirección de Berlín, sino uno de los oportunistas, quien dijo que había que entrar en la fábrica con el garrote y golpear al obrero en la cabeza si no salía. Fuimos nosotros, los de la Central, quienes declaramos: no debéis hacer eso, eso no os une a las masas, sino que os aísla de ellas. Algunos de esos camaradas intentaron el lunes entrar en las fábricas con el garrote, y entonces vino el aislamiento respecto a las masas. Fue la camarilla con la que se solidarizaron Malzahn y Neumann la que dijo que la organización de Berlín había dado la instrucción de entrar en las asambleas con el garrote. Quizá todavía hoy sostengan esa mentira. Dejo sentado que fue la Central del partido la que prohibió a los miembros hacer semejantes disparates, y no los críticos de después. Y esto también interesará a los camaradas: en la Central del partido estaban Anna Geyer, Brass, etc., y participaron en las decisiones sobre la huelga general. Por disciplina callaron en la Central, pero luego se fueron al círculo de Levi y denigraron a la Central, le atribuyeron todos los atentados imaginables. Se propuso cortar la línea eléctrica de alta tensión. Fuimos Brandler y yo quienes explicamos a los camaradas que cortar la línea era un completo disparate, que en dos horas estaría reparada. Y cuando se nos comunicó que en Bremen querían volar la central eléctrica, dijimos: no debéis hacer eso. Enviamos a Bremen un telegrama prohibiéndolo, porque sabíamos que, en un movimiento en el que las masas no van con nosotros, algo así las aparta de nosotros.

Paul Levi afirmó que no había podido ponerse en contacto con nosotros, y los demás críticos dijeron también que no habían podido desahogar su corazón ante nosotros. Pedimos a Däumig que viniera; no vino, sino que escribió la conocida carta. También se lo pedimos a los demás, y no vinieron. Vinieron después con sus bonitas observaciones. Paul Levi habría podido venir a vernos si hubiera querido, pero no quiso. Le convenía que nos extraviáramos, para darnos el empujón y que tuviéramos que salir del Partido Comunista. No para hacer una política comunista, sino para hacer la política de la que escribe en el número 4 de *Sowjet*[^265] que nuestro camino es el camino que hay que seguir hasta sus últimas consecuencias. Declaramos en el acto que no era admisible que en esa situación no se criticara el movimiento de forma objetiva dentro de la organización. ¿Qué había pasado? El miércoles, en plena acción, fue Levi quien llegó a Berlín con un manifiesto en el bolsillo, y Clara Zetkin impidió que ese manifiesto apareciera mientras duraba el movimiento. Era miércoles, y el viernes se interrumpió la lucha. Sé que Levi había buscado ya contacto con algunos amigos, y que estos se pusieron en camino y trabajaron en las provincias con el dinero del partido. Estaba claro que en aquellos días encontraron en las provincias correligionarios, cuando la policía y la Orgesch[^266] perseguían a todos los comunistas.

Y en aquellos días, en que se había sacado el manifiesto del bolsillo, en que con él se quería salvar al partido porque la joya se había ensuciado en la pocilga, como dice el folleto, había ya en el círculo de los opositores algunos elementos prudentes que se dieron cuenta de adónde llevaba el camino. Es interesante que nos refiramos un poco a estos opositores, porque aquí, en este debate sobre la Acción de Marzo, se trata de discutir también lo objetivo. Cuando Levi, en su folleto, realizó el malabarismo numérico de demostrar que en las elecciones solo habíamos obtenido la decimosexta parte, que solo la decimoctava parte de los sindicatos estaba bajo influencia comunista, etc., fue uno de los mismos opositores quien dijo: hasta aquí y no más. Si se quiere criticar esta lucha revolucionaria del proletariado que acaba de librarse en Alemania, hay que aportar otro material. No hay que hacer semejantes malabarismos numéricos. Y entonces una parte de los camaradas del propio círculo de esos opositores se dio la vuelta y ahora está con nosotros.

Los camaradas que hablarán después y que representan a la oposición alemana deberían contar algo de su comportamiento en el movimiento de marzo. Que no anden ya, como ayer, por todos los caminos secundarios, que vayan derecho por el centro del movimiento y digan lo que hicieron. Que cuenten también algo del paseo en automóvil ante las puertas de las fábricas, y también algo de sus giras por Alemania para organizar un frente dentro del partido y acabar con los demás. Al congreso le resultará muy grato que los camaradas cuenten cómo se mostraron activos y útiles, cómo desplegaron un espíritu de ofensiva. Tampoco nos llevamos un desengaño cuando sucedió algo así. Conocemos a los camaradas que hay en nuestro movimiento. Sabemos que hay algunos camaradas que necesitan un respaldo porque no son capaces de ser dirigentes claros en una situación crítica.

¡Camarada Zetkin! Tengo que decir algo sobre usted. Usted sabe que en los primeros días no se sumó a la Liga Espartaco. Usted sabe que dijo, cuando no estaba con nosotros: «¡Los imbéciles, decisiones asnales!»; que su nombre le impedía participar en algo así; y que más tarde se solidarizó con nosotros, aunque tuvo esas vacilaciones; y lo creo porque usted ya está de nuevo en camino de solidarizarse con nosotros y de apartarse de Paul Levi, después de haber hablado como ha hablado aquí en este congreso. Y quizá reflexione usted un poco sobre ello. En Alemania habríamos criticado el movimiento de marzo más de lo que se ha hecho, pero cuando nos enfrentábamos a esos camaradas, ¿qué pasaba? Provocaban de inmediato una nueva calamidad en el partido. Cuando le decíamos a la «Asociación de los Declarantes»: escribid un artículo y demostrad que fue un putsch bakuninista...

**Malzahn.** Fueron rechazados.

**Heckert.** No fueron rechazados. Hago constar que, cuando apareció la declaración de que el levantamiento de marzo había sido un putsch bakuninista, se le dijo al camarada Malzahn que lo demostrara en nombre de la Central sindical del Reich. No escribió ese artículo, y no podía escribirlo, porque no sabía lo que es el bakuninismo. *(Risas.)* ¡Qué bromas nos gastaba Paul Levi! Cuando declaramos que su acta no era válida, que el partido se la retiraba, escribió una carta al presidente del Reichstag: decía que no renunciaba a su acta, y no decía que no lo hacía por propia voluntad, sino que se lo habían aconsejado sus amigos. El Partido Comunista de Alemania se convirtió en el hazmerreír del Reichstag de los burgueses.

Camarada Clara Zetkin, se dice que usted fue en persona a ver al presidente y le dijo que tampoco renunciaría a su acta.

**Zetkin** (interrumpiendo). Eso se basa en una información falsa. Quiero dejarlo claro aquí mismo. Se me había comunicado que los guardias blancos habían encontrado en la oficina del partido toda una serie de documentos y también nuestra declaración. Entonces fui a ver al presidente del Reichstag y le dije: si alguien desconocido presenta esa declaración, que me la presenten antes a mí, para que yo reconozca si procede o no del partido.

**Heckert** (continuando). Si no es como dice el rumor, mejor. Pero es un hecho que Paul Levi declaró que solo renunciaría a su acta de acuerdo con sus ocho amigos. Y cuando la circunscripción de Chemnitz le declaró: ya no eres nuestro diputado, se remitió a sus ocho amigos, igual que en Fráncfort del Meno se remitió a sus ocho amigos, que respaldaban su folleto. Leed las declaraciones: una y otra vez se solidarizan con Paul Levi, y una y otra vez se le cierra a la Central del partido el camino para criticar la Acción de Marzo. Y eso es lo grave de la camarada Zetkin: que ha utilizado su nombre internacional para encubrir las indisciplinas de Levi y de sus amigos y sus traiciones al Partido Comunista de Alemania. *(Vivos aplausos.)* Eso es lo grave. Afirmo, camaradas, que sin Clara Zetkin Levi no habría seguido ese camino, que sin Clara Zetkin no habría habido declaraciones, y que sin Clara Zetkin no nos habríamos presentado en esta reunión del congreso internacional como acusados, porque entonces habríamos podido demostrar, con los documentos de nuestro partido y con los artículos de prensa que habríamos escrito, que hemos aprendido de la Acción de Marzo dónde están los errores. Porque no tenemos en absoluto la intención de ocultar nuestros errores; queremos reconocerlos y averiguar sus causas, para que los camaradas de todos los demás países no cometan tonterías como las nuestras. Levi quiso cerrarnos deliberadamente ese camino, que habríamos recorrido en beneficio del Partido Comunista de Alemania, y Clara Zetkin le facilitó a él recorrer el camino contra nosotros. Y ahora esperamos de los opositores, aquí en esta asamblea, una crítica objetiva de nuestra acción y que asuman lo que han hecho. Que justifiquen lo que han hecho, todo, también que han azuzado a Levi para que publicara ese folleto, porque él afirmó públicamente en Fráncfort del Meno que fueron ellos quienes lo movieron a conservar su acta contra la voluntad del partido. Dice públicamente que solo renunciaría a ella si lo quieren sus ocho amigos. Pedimos al congreso que impida que estos camaradas den rodeos como el gato alrededor de la papilla caliente. Que den la cara y respondan, como nosotros daremos la cara y responderemos. *(Vivos aplausos y ovación.)*

**Burian** (Checoslovaquia). ¡Camaradas! Ante todo tengo que hacer dos declaraciones en nombre del Partido Comunista Checoslovaco. La primera se refiere a nuestra votación sobre el informe del Ejecutivo. Hemos votado a favor de la resolución en su conjunto; pero, en lo que toca al pasaje que trata del Partido Comunista Checoslovaco, mantenemos en esta cuestión la posición que adoptamos en el Ejecutivo. Nos atenemos en particular a la declaración que hicimos allí. La segunda declaración se refiere a las tesis del camarada Rádek y a su informe. Estamos completamente de acuerdo con las tesis del camarada Rádek, votaremos a favor de ellas, y estamos igualmente de acuerdo con su informe, salvo en un único punto, del que tengo que hablar aquí. Se trata de un pasaje sobre el Partido Comunista Checoslovaco. Proponemos que se supriman las frases, o la frase, que dicen que entre nosotros hay dos tendencias, una tendencia Šmeral y otra tendencia Muna, Hula, Zápotocký. Proponemos que se supriman las palabras «tal como se expresan todavía en la política de la tendencia Šmeral» y, además, las palabras «sus mejores camaradas encarcelados, Muna, Hula, Zápotocký», de modo que el texto diría así: «El Partido Comunista de Checoslovaquia se hará tanto más rápidamente dueño de estas tareas cuanto más clara y resueltamente supere todas las tradiciones y las ideas centristas, si sigue los consejos que le da la Internacional Comunista», etc., hasta el final.

Proponemos que se supriman estas palabras por las razones siguientes. En estas tesis no se habla en ningún sitio de ningún partido determinado ni de sus tendencias, y en ningún sitio se dan nombres: no se nombra ni a Cachin ni a Frossard; solo se nombra a Serrati y a Levi, pero, aparte de ellos, no se nombra a nadie que actúe en la derecha de ningún partido comunista. Atengámonos a esto: igual derecho para todos. Lo que se le concede al Partido Comunista de Francia, lo pedimos para el partido checoslovaco. Creo que esta sola razón basta para que el serio foro del congreso internacional nos trate igual que se trata a los demás partidos hermanos.

Una segunda razón es la siguiente. Declaro aquí con autoridad, en nombre de toda la delegación del Partido Comunista Checoslovaco, que entre nosotros no existen tales tendencias de derecha. Declaro aquí en particular que el representante de nuestros obreros de Kladno en nuestra delegación me ha pedido que declare aquí en su nombre y en el de los camaradas de Kladno: entre nosotros no hay una tendencia Šmeral ni ninguna otra tendencia. Hay distintas opiniones, pero por ahora no conocemos en absoluto semejante lucha de tendencias. Y la mejor prueba de que entre nosotros no existe tal lucha de tendencias es que hace poco los camaradas a los que aquí se podría contar en la tendencia Šmeral, Skala, Vanek, dirigieron, junto con los camaradas Zápotocký, Muna y Hula, una carta común al Ejecutivo de la Internacional. Es decir, actuaron juntos. La carta al congreso del partido no está en contradicción con nadie entre nosotros, y no es de tal naturaleza que de ella se pueda deducir ninguna tendencia. Declaro expresamente que, cuando hablo aquí, hablo por toda nuestra delegación; no expongo mis propias ideas ni mis propias interpretaciones, sino que tengo que exponer aquí lo que antes hemos deliberado entre todos, y no soy más que el órgano ejecutor de nuestros camaradas. Cuando me escuchéis, camaradas, tenéis que entender las cosas tal como son realmente entre nosotros. Somos aquí una delegación de 19 camaradas. De ellos, solo dos son intelectuales; los demás son en parte antiguos obreros, pero muchos de nosotros son obreros que todavía hoy trabajan en las fábricas. Y entre nosotros reina precisamente la disciplina de la que habló hace poco aquí el camarada Koenen. La disciplina incondicional es entre nosotros algo evidente, porque el dirigente no hace más que ejecutar lo que piden nuestros camaradas. Cuando hablo aquí, es lo mismo que si os hablara toda nuestra delegación, es como si os hablaran los representantes de nuestros obreros de Kladno y de Praga, de Brno, de Ostrava de Moravia y de las demás regiones industriales importantes. Por ahora, lo declaro una vez más, no conocemos entre nosotros ninguna lucha de tendencias, y después de lo que vemos aquí, en el congreso internacional, de cómo es la lucha de tendencias en los distintos partidos, nos lo pensaremos mucho antes de tener una lucha de tendencias en el futuro. Tenemos un partido sólidamente trabado, sujeto con las grapas de hierro de la disciplina, y seguiremos siendo un partido así, sujeto con una disciplina de hierro. Esa es al menos nuestra aspiración, y es una necesidad apremiante.

Camaradas, no voy a hablar aquí más de Šmeral. Lo que había que decir sobre él desde el punto de vista de nuestra delegación, ya lo expusimos en el Ejecutivo. Aquí solo quiero mostraros que actuamos únicamente desde el punto de vista del interés de nuestro partido y, con ello, también del interés de toda la Internacional, porque el interés de nuestro partido es ahora, naturalmente, también el interés de la Internacional. Lo primero es esto: se trata de mantener la unidad del partido y de llevar a todo nuestro gran partido unido a las filas de la Internacional, de la Internacional Comunista. Y lo que expuse, y que en el Ejecutivo se puso en duda muchas veces, que con un proceder poco prudente se puede amenazar, naturalmente, hasta al mejor partido, quiero demostrároslo con una cita de un periódico que fue el primero que se declaró entre nosotros a favor de la Internacional Comunista. Es el periódico *Červen*,[^267] de un grupo de obreros que fundaron grupos comunistas entre nosotros y que criticaron muy a menudo a nuestro partido o a algunas personas de entre nosotros; también Šmeral fue criticado muy a menudo en ese periódico. El 20 de mayo, ese periódico publicó un artículo sobre la táctica putschista en el que se lee: «Apenas se había mostrado la posibilidad de consolidar el movimiento comunista de Checoslovaquia en un partido internacional definitivo, ya han salido a la luz fenómenos e influencias que amenazan esa consolidación con gran perjuicio para el proletariado. El eco de la disputa en el partido italiano y, sobre todo, en el partido alemán, las tendencias disgregadoras, alimentadas por personas ocultas que tienen gran influencia pero una responsabilidad relativamente pequeña, amenazan con provocar también entre nosotros una situación que sería poco favorable a la unión definitiva del proletariado revolucionario».

Ese artículo lo escribió gente que trabajaba en primer lugar con nuestros camaradas comunistas alemanes y estaba en la misma línea que ellos. Con esto solo quiero demostrar una cosa: que realmente, aquí en el Ejecutivo y también antes, hemos defendido la unidad del partido.

Y, camaradas, ese peligro está ahora completamente superado. Pero pedimos que se supriman esas frases por otra razón, también en interés de nuestro partido. Porque la canción que se nos canta sobre Šmeral tiene dos rimas. Siempre se nos dice solo una de ellas; la otra no nos la escriben ni nos la dicen, pero la oímos también; o, dicho de otro modo, esa canción no es más que la conclusión de una premisa. Esta canción tiene dos rimas: una dice que Šmeral es un oportunista, un centrista, un político semicentrista, pero la otra dice: por eso nuestro partido es de mala calidad. En esas frases no está nunca Šmeral, sino una acusación contra nuestro partido. O bien la conclusión dice: Šmeral es un mal político, pero la premisa dice: el partido es de bastante mala calidad, demasiado poco activo, demasiado pasivo, y eso lo ha causado Šmeral. Y así, camaradas, al pedir que se supriman esas frases, defendemos a nuestro partido, y afirmamos que la calidad de nuestro partido no es en absoluto mala y que el partido no es en absoluto pasivo.

Y ahora, camaradas, no creo necesario subrayar aquí especialmente nuestra calidad. No es necesario que nuestros obreros de Kladno, ese bastión del comunismo, que han estado cien veces en duras luchas, tengan que demostrarle a nadie su calidad. He visto su orgullosa actitud ante el tribunal, conozco su desprecio de la muerte; no tienen necesidad de demostrarle a nadie su calidad, su buena calidad comunista. Hace mucho que la han demostrado. Los obreros comunistas de Brno dominan el partido, los sindicatos, las cooperativas, todo el movimiento obrero. No es necesario que demuestren su calidad nuestros obreros de Ostrava, que hasta hace poco eran una pequeña minoría, pero que hoy tienen tras de sí quizá a la gran mayoría de los obreros de Ostrava, y que todavía ahora están educando como comunistas a obreros polacos nacionalistas. Y, camaradas, la calidad de nuestros obreros es la calidad de nuestro partido. Nuestros obreros no tendrían este partido si nuestro partido no hubiera tenido antes buena calidad, y si nuestro partido no fuera de una índole buena y, diría yo, tan robusta como la de nuestros obreros, como bien dijo de ellos aquí el camarada Zinóviev.

Camaradas, no conozco ninguna pasividad entre nosotros. Estamos en una lucha ininterrumpida, constante, continua. En septiembre se rompió el antiguo partido socialdemócrata, y ahora hay dos partidos. Ya en diciembre estábamos en una gran lucha. Realmente, no fueron entonces los obreros por sí solos los que entraron en la lucha en tal medida: también el partido llamó a ella; y si aquí los camaradas alemanes se quejaban de que en su lucha de marzo, de 500.000 camaradas organizados, solo 200.000 entraron en la lucha, entre nosotros todo el mundo sabe que, junto con los camaradas alemanes de Checoslovaquia, tenemos 420.000 obreros comunistas organizados, y en aquella lucha de diciembre participaron cerca de 1.000.000 de obreros.

Camaradas, la calidad de nuestro partido es la calidad de nuestros obreros, y entre nosotros no existe pasividad. En Pilsen trabajan 12.000 obreros en las fábricas Škoda, y allí solo tenemos 300 comunistas. Es nuestro punto más débil en la República. Y en la lucha de diciembre esos 300 comunistas, aunque sabían que podían perder el trabajo, cumplieron con su simple deber. Fueron a la huelga y probablemente todavía están en la calle. Entre nosotros no ocurre, como en Alemania, que de 500.000 solo entren en la lucha 200.000. Cuando el partido llama, todo miembro del partido acude y cumple sencillamente con su deber en cualquier puesto y en cualquier lugar. Y, camaradas, así actúa siempre nuestro partido. Se ha dicho aquí que el Partido Comunista Búlgaro es un partido excelente, extraordinario. No conozco ese partido tan a fondo, pero estoy convencido de que todo lo que hace ese excelente Partido Comunista Búlgaro, en la prensa, en las asambleas, en la lucha, en cualquier clase de lucha, en el parlamento, todo eso lo hace también nuestro partido. Con toda seguridad. Y si todavía tuviéramos algo que recuperar, lo recuperaremos con toda seguridad.

Conozco la situación de Alemania. No decimos: habéis dirigido mal una gran lucha; no condenamos esa lucha. Admiramos vuestras luchas, vuestra actividad revolucionaria; no hemos condenado vuestra lucha de ninguna manera. Pero tengo que decir esto: lo que hacéis, excepto la lucha con la ametralladora, es naturalmente inmenso, y lo vemos claro; pero, aparte de eso, tenéis que realizar otras tareas en la prensa, en las organizaciones, en la lucha con los sindicatos. Todo lo que hace vuestro excelente y extraordinariamente buen Partido Comunista de Alemania, lo hacemos también nosotros. Puedo seguirlo con toda precisión y puedo decir algo al respecto.

Así pues, no tenemos pasividad. Y por eso pedimos que se supriman esas frases. Os lo ruego: criticad cuanto queráis, criticad con amplitud de miras, o criticad como el hombre de la Luna juzga las cosas de la Tierra, sin documentos, sin puntos de apoyo, como también ha ocurrido; criticad de manera responsable o irresponsable, eso es cosa vuestra. Pero nuestro derecho, como partido, no el de Šmeral como persona, es pedir esto, y en esas frases, tal como están aquí y tal como se han formulado en otros lugares, vemos una condena no de Šmeral, sino de nuestro partido. Y, camaradas, contra esa condena nos defendemos. No queremos volver a casa para que nos reciban con burlas: os habéis matado a trabajar, habéis gritado hasta enronquecer «¡viva la Internacional Comunista!», y luego ella os ha condenado. Así lo entiende nuestra delegación; vosotros podéis pensar de ello lo que queráis.

Pero permitidnos, para terminar, que también nosotros os juzguemos. Habéis tenido poca paciencia con nosotros. Sin tener pruebas documentales —perdón, camarada Rádek, no hablo de usted, que conoce nuestros asuntos; aquí han intervenido otros críticos—. Camaradas, habéis tenido poca paciencia con nosotros. Permitidme ahora que también yo os diga nuestro juicio, o mi juicio, sobre más de un partido comunista que está en la Internacional. No habéis tenido paciencia con nosotros. Y dijisteis que nuestra calidad no era buena. Nosotros tenemos mucha más paciencia con vosotros. Nos parece que muchas veces la fuerza de algunos partidos, su peso entre los obreros, no es demasiado grande. Y, sin embargo, tenemos con todos esos partidos comunistas una paciencia sin reservas. Pero podemos deciros que no hemos trabajado mal; lo sabemos y lo demostraremos una vez más y cien veces más; todavía podremos demostraros mucho de lo bien que hemos trabajado. Y con la consciencia de que hemos trabajado bien, de que hemos trabajado de manera excelente, solo podemos deciros una cosa: camaradas, podéis juzgarnos aquí como queráis; también nosotros tenemos derecho a juzgar, y solo podemos deciros esto: trabajad y luchad como nosotros, y entonces seréis igual que nosotros. *(Aplausos.)*

**Malzahn.** Camaradas, en todo caso seguiré el consejo que dio el camarada Rádek en su informe: que resolvamos las diferencias de manera objetiva. No me dejaré influir en modo alguno por el proceder provocador del camarada Heckert, pero quiero subrayar que, si se sigue empleando el tono que Heckert ha adoptado aquí, y sobre todo en Alemania, será muy difícil llegar a un entendimiento y a un trabajo común. Hemos venido al congreso mundial como grupo de oposición dentro del VKPD para dirimir las diferencias, para volver a poner el movimiento comunista sobre una base sana y crear de nuevo una posibilidad de trabajo.

¿Qué ha dicho Heckert en una intervención de casi una hora? Ha dirigido violentos ataques contra el camarada Paul Levi, cuyo caso ya quedó resuelto, a petición expresa de la delegación alemana, durante el debate del informe. Heckert ha dirigido además violentos ataques contra quienes se han solidarizado con Levi, y contra Clara Zetkin. Conocemos al camarada Heckert. Sabemos que su tono nos ha hecho a menudo gran daño en el movimiento alemán, por lo que sabemos, ya desde la Liga Espartaco. Pero quiero decirle una cosa a Heckert: puede ver aquí cómo valora el congreso su intervención. Le ha hecho al camarada Levi *(Interrupción: ¿Camarada?)* reproches de los años 1919 y 1920, con ocasión del putsch de Kapp. No conocemos con exactitud lo que pasó en la Liga Espartaco. Pero lo cierto es que, inmediatamente antes del congreso de unificación, fueron precisamente Heckert y Brandler quienes le suplicaron a Levi que asumiera la presidencia *(Interrupción de Rádek: Exigencia ultimativa del USP.)*. Si es cierto lo que ahora se le reprocha a Levi, no podemos entender que los camaradas de la Liga Espartaco pudieran presentarse ante nosotros con semejante presidente. Eso muestra cómo hay que valorar los ataques de Heckert. Lamento que haya insultado, llamándola traidora, etc., a la camarada Zetkin, que verdaderamente se ha ganado un nombre en el movimiento comunista internacional. Conocemos a Heckert, y por eso todo esto nos deja completamente fríos.

Decimos que en el congreso mundial no podemos hacer retórica hueca, que no podemos mentirle ni engañarle, sino que tenemos que describir objetivamente los hechos.

Si comparamos el informe de Trotski sobre la situación económica mundial con el informe de Rádek —estos dos momentos fundamentales forman parte del juicio sobre la cuestión—, tenemos que decir que con estos informes se le ha trazado al congreso y a la Internacional Comunista la hoja de ruta para el futuro. Mis amigos y yo estamos de acuerdo en general con el informe de Rádek. *(Interrupción: También estabais de acuerdo con la ofensiva.)* Todo encubrimiento de las dificultades que nos van a surgir en todos los países, o todo silencio sobre los errores cometidos, sería sin duda en el congreso comunista un signo de debilidad. Tenemos que llegar a un juicio a partir del reconocimiento de los errores. *(Voces: ¿Y los errores de Clara?)* Y no entiendo cómo se describen aquí las cosas para defenderse.

¿Cómo era la situación en Alemania inmediatamente antes de la Acción de Marzo? Cuando nos reunimos en el congreso de unificación como Liga Espartaco y USP de izquierda, tuvimos sin duda un sentimiento de exaltación y nos comprometimos solemnemente a poner en tensión todas nuestras fuerzas en interés de la revolución y a hacer todo lo que pudiera hacer avanzar las cosas. Nosotros, los de la oposición —se ha impedido que vinieran aquí otros camaradas además de Neumann y yo—, somos miembros de la Central sindical del Reich, una subsección de la Central del partido que tiene que encargarse de todo el trabajo sindical en el Reich. *(Interrupción: Eso es característico.)* Como representantes de la Central sindical del Reich hemos recorrido los distritos de Alemania para hacer frente a los burócratas sindicales en conferencias y asambleas y, por otra parte, para dar a nuestros funcionarios sindicales, consejos de fábrica, etc., instrucciones para su trabajo. Podéis ver que así estábamos en la relación más estrecha con los funcionarios de las fábricas y que podemos emitir un juicio. Sabréis que, por desgracia, los camaradas tienen dos almas en el pecho. En las asambleas de manifestación están entusiasmados, pero en las fábricas ven las cosas de modo mucho más realista, porque allí se enfrentan a dificultades. La construcción del partido, la fusión de los dos grupos, la Liga Espartaco y el USP, y la integración ideológica causaron muchas dificultades. Pero, a pesar de todo, fue posible, sobre todo mediante el trabajo en los sindicatos y en las fábricas, ganar antes de la Acción de Marzo una influencia enorme. Contribuyó a ello la ofensiva de los patronos, que con provocaciones empujaban a algunas fábricas a huelgas, cierres patronales, etc., para empeorar los salarios y las condiciones de trabajo. Entonces el VKPD se dirigió con la Carta Abierta a los partidos y a las demás organizaciones. Esa Carta Abierta, junto con la consigna del frente único de los obreros y empleados frente a la ofensiva general de los patronos, nos ganó la confianza de la clase obrera. La mejor medida de hasta dónde llegaba la influencia en los sindicatos es que los burócratas sindicales vieron amenazadas sus posiciones de poder y procedieron a despedir a empleados y a expulsar a los comunistas. Todo eso no nos perjudicó, sino que contribuyó a reforzar el prestigio y la influencia del partido. La burocracia sindical tuvo que desenmascararse cada vez más. También las huelgas y los cierres patronales de Hamburgo y de la fábrica de colorantes de Leverkusen contribuyeron a llevar a la traición abierta a la burocracia sindical, que estaba atada a la comunidad de trabajo.[^268] Por eso creció nuestra influencia, aunque el aparato del partido todavía no funcionaba. También en las elecciones prusianas, aunque no las utilizamos para conquistar actas, sino que entramos en la campaña electoral con la consigna de activar a las masas, pudimos registrar que reunimos un millón doscientos cincuenta mil votos y adelantamos así al USP en 250.000. Ahora bien, Heckert dice con razón que los conflictos económicos internos se agudizan cada vez más. Describió las provocaciones en la industria, el crecimiento del ejército de parados. Los mineros habían denunciado el acuerdo de horas extraordinarias. Habíamos puesto todo nuestro aparato en marcha para impulsar a los mineros en su lucha. También en la industria de la potasa hubo conflictos agudos, porque también allí los patronos no querían cumplir los convenios. Además, conflictos en Alemania central unas seis semanas antes de la Acción de Marzo, el movimiento de los obreros agrícolas en Pomerania y Prusia Oriental. Todos esos conflictos económicos fueron tomando forma. En Alemania se iba imponiendo una situación favorable para nosotros. A ello se añadió la agudización de la política exterior, el *Diktat* de París, la ocupación de Düsseldorf, el asunto del desarme, etc.,[^269] de modo que se puede decir que el horizonte se cubría de materia de conflicto.

Y entonces, camaradas, sosteníamos que en un momento así, en el que dos factores de poder, la burguesía con sus cómplices contrarrevolucionarios y el proletariado dirigido por el VKPD, estaban enfrentados, la Central del partido tenía que observar las cosas con atención, como un estado mayor. *(Friesland: Te vamos a nombrar presidente.)* Eso Friesland lo hace mejor. Luego es necesario, naturalmente, observar que también el gobierno, el órgano ejecutor de la burguesía alemana, con sus satélites Hörsing y Severing, veía con precisión cómo se desarrollaban las cosas. También él veía que, si esos conflictos llegaban a concentrarse, el asunto ya no se podría contener. Y por eso Hörsing y Severing concibieron el plan de llevar a cabo la entrada en Alemania central, una provocación consciente para hacer estallar prematuramente los conflictos precisamente en Alemania central. Ya hemos tenido una vez en Alemania un caso así. Recuerdo las luchas de enero de 1919, cuando, con la destitución del jefe de policía Eichhorn,[^270] se empujó también a los obreros berlineses a la lucha para que no coincidiera con la lucha de entonces en Alemania central y en la cuenca del Ruhr. Y, al mismo tiempo, las cosas seguían su curso: cinco miembros salieron de la Central, el 17 de marzo trajo la sesión del Comité Central y allí vino la conocida orientación teórica de la llamada ofensiva. *(Interrupción: ¿Qué dijisteis vosotros en contra?)* Camaradas, ya llegaré a eso. Vino esa sesión, y todo el que estuvo en ella pudo sacar del informe de Brandler todo y nada, según le pareciera.

El informe de Brandler, que debía señalar la nueva gran línea, era tan confuso…, y ya se lo he hecho notar al camarada Rádek, que también ha emitido su juicio sobre estas cosas. Pero la orientación putschista estaba presente en la cabeza de algunos miembros de la Central. ¿Qué declaró, pues, un Paul Frölich? Tenemos que romper con el pasado, queremos forzar la revolución. *(Voces: ¡Muy bien!)* ¿Qué? ¿También él va a forzarla? Sí, si tuviéramos en la Central espíritus tan grandes que pudieran forzar la revolución… Aunque hasta ahora se nota todavía poco de esos grandes espíritus. Y también el camarada Friesland[^271] declaró en la sesión del Comité Central que teníamos que pasar a la acción aunque solo lucharan los comunistas. Y, camaradas, no nos callamos. Es verdad que, por la marcha de los trabajos en la sesión del Comité Central del 17 de marzo, no hubo posibilidad de tomar posición debidamente sobre las cuestiones. Utilicé mi tiempo de intervención y declaré que el discurso de Brandler seguramente podía entenderse en el sentido de que no debía ser una sanción anticipada para una acción futura. Respondí además al camarada Friesland que en la práctica es completamente imposible desencadenar una huelga general, una lucha, si solo participan en ella los comunistas. Porque quien conoce las cosas por la vida práctica de la fábrica, por la vida sindical, sabe que en una fábrica de unos 1000 obreros, donde tenemos una fracción de 50 a 60 comunistas, es una auténtica locura que esos comunistas salgan de las fábricas y se separen de la masa de los obreros. Y así estaban las cosas. Camaradas, ya expuse la amplitud de la acción durante el debate del informe del camarada Zinóviev, y no se ha respondido a ello, tampoco el camarada Heckert. No se han discutido las cifras que se dieron; no se pueden discutir. El camarada Heckert lo presentó como si ya no se hubiera podido contener a los obreros, y citó para ello Hamburgo. ¿Qué pasa con eso? Hamburgo es una ciudad que tiene cerca de un millón de habitantes. Y, según los datos del camarada Thälmann, en Hamburgo hicieron huelga 10.000 obreros. *(Interrupción del camarada Thälmann: ¡Sí, obreros de los astilleros!)* He comunicado cuál fue la extensión de la lucha en Berlín. Creo que lamentamos que el movimiento no tuviera otra amplitud.

Pero ¿vamos a engañarnos con fanfarronadas? Camaradas, si consideramos las secuelas de la acción, las cosas se presentan de modo que, por desgracia, con las luchas hemos perdido como partido la confianza de los obreros. Ya durante las luchas se vio en casi todas las regiones industriales donde se luchaba que obreros luchaban contra obreros. Y, camaradas, además era natural que se despidiera al elemento obrero activo, a los funcionarios de las fábricas. Y los que no fueron despedidos adoptaron, a causa de esa orientación falsa, a causa de todos esos sucesos, una actitud pasiva en las fábricas, de modo que hemos perdido nuestros puntos de apoyo en las fábricas y en los sindicatos. La burocracia sindical, los Dißmann y los Graßmann,[^272] aprovechó esa situación para emprender con más razón todavía la lucha contra los comunistas. Y, camaradas, la consecuencia fue que habría cabido esperar que, si el partido, inmediatamente después de la acción, se encontraba francamente ante un caos, ante una disolución, al menos la Central creara las posibilidades de contener el asunto. La *Rote Fahne* declaró una y otra vez: esto fue la ofensiva revolucionaria, la lucha continúa, etc., etc. Con esos insultos y esas furias desaforadas se ha empujado prácticamente a latigazos a los obreros hacia los dirigentes mencheviques. ¿No condenasteis vosotros mismos el estilo de la *Rote Fahne*? Considerado desde ese punto de vista, se había creado un caos en el que realmente teníamos todos los motivos para eliminar esas cosas y hacer todo lo posible para volver a poner el partido y el movimiento sobre una base razonable. *(Interrupción: ¡Con vuestra declaración!)* Y en lo que el camarada Rádek dijo en su informe sobre la Acción de Marzo, confirmó plena y totalmente nuestra crítica. *(Rádek: ¡No es verdad!)* Es interesante que diga usted que no es verdad; entonces adopta usted, desde luego, una posición singular, y con esa interrupción no puede subir más en la estima del congreso. Usted juzgó la orientación falsa como la juzgamos nosotros, y cuando tuvimos entonces una conferencia con usted, al llegar a Moscú, usted declaró: «Así es, también nosotros juzgamos así las cosas». Y si hoy no tiene usted el valor de sostener lo dicho, entonces no nos reproche, por favor, cobardía; ocúpese más bien de su propia cobardía. *(Rádek: ¡Desvergüenza! No voy a discutir más con usted.)* Usted nos reprochó que nos cuesta demasiado el paso de la propaganda a la acción; con esa idea nos comparó usted con un Robert Dißmann o un Graßmann. Pero las cosas son así: precisamente nosotros, los que estamos representados por el grupo de oposición, estuvimos a la cabeza en la lucha durante la guerra y en las luchas posteriores a la Revolución de Noviembre. *(Rádek: ¿Y dónde estaba usted durante la revolución y en las luchas de enero de 1918?)* Estaba entonces en el comité de acción; después de las luchas de enero me llamaron a filas y fui a parar a Thorn. Y si quiere usted saberlo con exactitud: de allí deserté en cuanto se me presentó la primera ocasión, para ponerme enseguida de nuevo en las primeras filas del proletariado. Con esas cosas no puede usted impresionarnos. Los que están aquí representados, Malzahn y Neumann, no son chupatintas teóricos, sino que su pasado está abierto como un libro, y durante la guerra, en el Consejo Ejecutivo, en los consejos de fábrica, han estado plenamente a la altura. Hemos tenido todo el respeto, un sentimiento de exaltación, al llegar a este congreso mundial. Y si el camarada Zinóviev dijo que nuestra amistad con la III Internacional tiene que ser más fuerte que con Levi, yo digo: «Así es, la amistad con la III Internacional es diez veces mayor que con cualquier persona». Hemos venido con la voluntad de crear para el partido alemán el fundamento sólido para llegar a un gran movimiento revolucionario. *(Aprobación.)*

El camarada Zinóviev dijo que no debíamos divagar demasiado por el pasado, sino decir lo que debe ocurrir en el futuro. Así es, eso queremos. *(Interrupción: ¡Si no volvéis a sabotear!)* Camaradas, ante las interrupciones que se repiten una y otra vez tengo que declarar: cuando el jueves la Central proclamó en Berlín la huelga general, por encargo de la Central fui enseguida a la cuenca del Ruhr, donde se necesitaban fuerzas entre los mineros, y durante el tiempo de la acción estuve plenamente a la altura. *(Interrupción de Friesland: ¡Sabes muy bien que no hablamos de ti, sino de tu grupo!)* En lo que se refiere a Neumann, a Franken y a la camarada Clara Zetkin, todos ellos cumplieron con su deber y su obligación. *(Interrupción: ¡Müller, Däumig!)* Ninguno de los camaradas saboteó. *(Interrupciones.)* Los camaradas Geyer y Düwell, cuando la Central se había escondido en algún sitio, no sé en qué rincón, en qué agujero, fueron a la oficina de prensa de la Central y abastecieron a nuestra prensa de partido con las noticias necesarias. *(Interrupción: ¿Y cómo?)* Ese era su trabajo y lo hicieron. No se puede hablar de sabotaje. Las mentiras que habéis montado tienen las patas cortas. Queréis traer algo por los pelos para esquivar las consecuencias reales. *(Heckert: Ya teníais el partido alemán en el bolsillo gracias a vuestras piernas ligeras.)*

Entre nosotros las cosas son así. Tal como se desarrolla la situación en Alemania, creemos que con el trabajo común, con la lucha, podremos eliminar las diferencias que existen, gracias a los conflictos que ahora se concentran cada vez más por la ofensiva patronal. Porque no creo que, a pesar de todo lo que se ha expuesto, en Alemania el asunto pueda aplazarse mucho tiempo. Soy de la opinión de que las medidas de los patronos se manifestarán cada vez con más dureza, de que quizá dentro de pocos meses nos veamos obligados a emprender la lucha en toda la línea, si no queremos que los obreros caigan en la miseria. Las cosas están así: por la desgarrada situación de los partidos alemanes, los obreros están tan encasillados que solo con un trabajo muy intenso en las fábricas y en los sindicatos nos será posible liberarlos de la influencia funesta de la burocracia sindical. Todas las luchas que hemos librado en Alemania después de la revolución no surtieron efecto o se perdieron para el proletariado, porque la burocracia sindical dominaba a la masa ideológica y organizativamente. Digo que entiendo las exposiciones del camarada Rádek y las apoyo en el sentido de que nosotros, como comunistas, nunca debemos separarnos de la masa, sino que debemos intentar ganarnos su confianza en la colaboración más estrecha con ella. Pero eso no puede ocurrir si utilizamos nuestra prensa de partido para un llamamiento tras otro, si una consigna persigue a la otra *(Interrupción: ¡Pero las declaraciones!)*, si se insulta continuamente de manera desaforada a los burócratas sindicales. Con eso empujamos directamente hacia esos dirigentes a los obreros que todavía no tienen comprensión política. Tenemos que intentar ganarnos a los obreros con un trabajo activo en las fábricas y en los sindicatos. Solo deseo que acaben las sutilezas, las cavilaciones que hasta ahora se han extendido en nuestro partido; que los grandes teóricos, Thalheimer, Frölich, Friesland, vinieran alguna vez a las asambleas sindicales y tuvieran que hacer frente alguna vez a los Dittmann: entonces se curarían de su estado enfermizo de si aquí hay oportunistas o allí hay oportunistas. Eso se ha convertido realmente en una enfermedad dentro de la vida de nuestro partido. Por eso decimos que hemos venido aquí con esta disposición, con este saber y este querer: si el movimiento del partido alemán, si el movimiento comunista ha de sanar, solo podremos encontrarnos unidos mediante el trabajo y mediante la lucha. *(Interrupción: ¡Si vosotros estáis en ella, sí!)*

Digo que no hablamos más del caso Levi, porque a petición de la delegación alemana el congreso ha resuelto el caso Levi; y, al haberlo resuelto el congreso, el caso Levi está resuelto para nosotros. Cuando aquí se habla de *Sowjet*,[^273] cuando aquí Heckert declara que Malzahn debía escribir un artículo sobre la Acción de Marzo y vosotros os unís a las carcajadas, vosotros, como representantes proletarios…

Escribí un artículo y se lo envié a la oficina de prensa. Esta se lo dio a la Central, y la Central lo rechazó. El camarada Rádek me dice aquí en Moscú: usted ha escrito un artículo en *Sowjet*; ¿por qué no publicó usted, so burro, el artículo en la prensa del partido? Le respondí que la Central lo había rechazado, y entonces dijo: ah, eso no lo sé. Pues así están las cosas. Di el artículo al camarada Walcher,[^274] porque Heckert se había marchado y Walcher es su sucesor en *Der Kommunistische Gewerkschafter*. Se titula: «La Acción de Marzo y nuestro trabajo sindical». En el artículo expuse las cosas a mi manera honrada, proletaria y sincera. Pues bien, Walcher no publicó el artículo. Digo que *Sowjet* y todas las demás cosas no entran ahora para mí en consideración. Para mí lo que cuenta aquí es el foro del congreso mundial. Y lo que decida el congreso mundial es para mí determinante. *(Interrupción: ¡Muy bien!)*

Camaradas, ya dije que vinimos a Moscú con un sentimiento verdaderamente proletario, con un sentimiento de exaltación. Hemos visto las cosas y vemos también los lados sombríos aquí en Rusia. Nos esforzamos por impulsar lo más rápidamente posible la revolución alemana para poder ayudar a nuestros hermanos rusos. Pero pregunto: ¿el que, como fanfarrón, utiliza los órganos del partido sobre todo para disputas entre dirigentes y dirigentes es un verdadero dirigente? No, esa manera aleja a los obreros. Tenemos la mejor intención, y no quisiera que se siguiera con el tono que ha adoptado Heckert. Hemos expuesto nuestra posición. Los camaradas que hablen después de mí entrarán en los detalles que Heckert ha expuesto. Pero rechazo de la manera más rotunda el reproche de que hayamos saboteado. Queremos lo mejor, y pedimos al congreso: ayudadnos a crear en Alemania una situación razonable. *(Aplausos.)*

**Bujarin.** ¡Camaradas! El orador que me ha precedido, el camarada Malzahn, ha protestado contra el tono que el camarada Heckert adoptó en su discurso, pero él mismo ha hablado en un tono parecido. En consecuencia, me veo obligado a presentarme como un perfecto corderito. *(Risas.)* Al examinar diversas tendencias y problemas, en el debate actual se ha hablado, a mi juicio, con bastante frecuencia de cosas completamente evidentes. Así, por ejemplo, cuando el camarada Hempel,[^275] del KAPD, ha hablado aquí de nuevos métodos de las acciones de masas, se trata naturalmente de cosas del todo evidentes. Ya antes de la guerra examinamos esa concepción con bastante detalle. Igual de evidente es lo que se dice aquí sobre la ofensiva en general; incluso el camarada Lenin reconoce que no hay ningún marxista que pueda pronunciarse contra la ofensiva en general. Por eso sería quizá deseable incluir en las tesis esta frase del discurso del camarada Lenin. *(Risas.)*

**Trotski.** Pero solo con la misma formulación que empleó Lenin: «Solo unos asnos podrían creer lo contrario».

**Bujarin.** Al examinar el conjunto de la situación mundial, tenemos que tener en cuenta que no está en absoluto excluido que el equilibrio momentáneo, el equilibrio relativo y momentáneo que parece predominar ahora en Europa, se rompa de repente, y que toda la situación cambie de repente en este o aquel país. Si el camarada Lenin ha hablado aquí de diversas cosas en relación con esta cuestión, hay que interpretar un poco esas exposiciones del camarada Lenin, e interpretarlas, por cierto, en un sentido absolutamente leninista. Voy a dar algunos ejemplos.

En la primera fase de nuestra revolución, el Comité Central de nuestro partido dio a todos nuestros agitadores la siguiente directiva: protestad contra las desvergonzadas mentiras de la burguesía, que afirma que nosotros, los bolcheviques, estamos a favor de la guerra civil. Esa era nuestra propia directiva. Y en la situación de entonces esa directiva nuestra era completamente acertada. Si tomamos una situación muy distinta, por ejemplo la situación anterior a la Revolución de Octubre, esa frase y esa directiva no solo serían absolutamente erróneas, sino absolutamente criminales. Entonces dimos, naturalmente, a todos nuestros agitadores la directiva: ¡insurrección, guerra civil directa!

Tomemos un segundo ejemplo. Fue ya después de la conquista del poder político. En la época de la paz de Brest-Litovsk, nuestro partido y el camarada Lenin, el dirigente reconocido de nuestro partido, como todos sabéis, estaban a favor de la paz de Brest-Litovsk. Más tarde, durante los acontecimientos de Polonia, el mismo camarada Lenin estaba a favor de la ofensiva, de la táctica militar. Naturalmente, eso era absolutamente acertado. Estos ejemplos demuestran que la línea táctica no es en absoluto algo rígido en general, sino algo completamente móvil, que siempre está determinado por la situación del todo concreta, por las condiciones del todo concretas, por la coyuntura del todo concreta. Y si comprendemos eso, podemos dirigir una advertencia a aquellos de nuestros camaradas que interpretan el discurso del camarada Lenin de manera no dialéctica. *(Risas.)* Todos sabemos muy bien que el futuro Ejecutivo, como quiera que esté compuesto, dará una buena paliza al partido que, en condiciones muy determinadas, no recurra a la ofensiva. Con otras palabras: la línea táctica general que figura en las tesis presentadas por la delegación rusa no puede ser en modo alguno una justificación de todas las vacilaciones futuras posibles que pudieran cometer los elementos oportunistas dentro del partido comunista. *(Vivos aplausos.)*

Ahora unas palabras más sobre la situación alemana: hay una cierta contradicción, nada dialéctica, entre algunos camaradas. Por un lado se dice que tenemos que estudiar con todo cuidado nuestros errores; por otro, se dice que solo necesitamos hablar del futuro. A mi juicio, eso no es una contradicción, sino un contrasentido. Tenemos que hablar, podemos y debemos hablar de la situación. A pesar de las diversas observaciones del camarada Malzahn, voy a hablar todavía un poco del caso Levi, porque ese caso no es en absoluto solo un asunto personal, sino también el asunto de una tendencia, y sabemos muy bien que todavía existe un cierto parentesco político entre algunos elementos del partido alemán y Paul Levi. Seguir hablando ahora de la Acción de Marzo sería bastante cómico. Ya se ha hablado mucho de ella, pero podría analizar algunos pasajes del último artículo del señor Levi, pasajes que nos muestran con toda claridad que el señor Levi se está convirtiendo ahora en un menchevique de la más pura especie. Ante todo quiero tocar la cuestión siguiente: ¿secta o partido? Como es sabido, esta cuestión desempeña un papel muy grande. Si hablamos del pasado y recordamos lo que hizo el señor Levi durante el II Congreso, podemos hacer constar lo siguiente: durante el II Congreso, Levi declaró que la Internacional Comunista debía ser una Internacional Comunista pura, que admitir a los sindicalistas, a los sindicalistas revolucionarios, sería un crimen contra la Internacional Comunista. Si lo hacemos —lo dijo literalmente—, ese día enterraremos la Internacional. *(Voces: ¡Oíd, oíd!)* Eso declaró Paul Levi en la sesión del Ejecutivo. Ahora se ha producido en él un giro completo. Ahora Levi afirma que estamos en contra de los partidos de masas y de las organizaciones de masas del proletariado. Eso tampoco es una contradicción dialéctica, sino que significa que Levi echa mano de cualquier argumento para desprenderse del partido. En la cuestión de las masas y los dirigentes, Paul Levi se pronunció con mucha dureza contra el KAPD, y con toda razón, señalando la incomprensión con que ese grupo juzga el papel de la dirección en el partido de masas. Pero ahora Levi se declara en su artículo solidario con uno de los grupos de dentro del partido ruso, a saber, con la llamada Oposición Obrera,[^276] que desarrolla en germen la tendencia que existe en el KAPD. Eso está negro sobre blanco en el último artículo de Levi. Lo cual significa, otra vez, que al señor Levi cualquier medio le parece bueno para destruir el gran partido obrero, el Partido Comunista. *(Viva aprobación.)*

Tomemos luego la tercera cuestión: «La lucha por la dictadura del proletariado». La lucha por la dictadura del proletariado es para nosotros, naturalmente, algo evidente. Tampoco Levi podía pensar de otro modo. Pero, si tomamos su último artículo, leemos sobre la situación rusa lo siguiente:

«Nos parece que la creación de la posibilidad de una lucha política es tanto más urgente cuanto que Rusia ha entrado en la fase de las concesiones».

¿Qué quiere decir esto? Por todo el texto del artículo queda claro lo que quiere decir. Opina que la situación de Rusia no es suficientemente clara. Que en Rusia existe ahora una crisis política y social. Que, para encontrar el camino acertado, el Partido Comunista necesita una corrección. ¿De qué lado podría venir esa corrección? Naturalmente, del lado de los socialrevolucionarios, del lado de los mencheviques, es decir, contra la dictadura. Eso está aquí con toda precisión. Naturalmente, esto significa un golpe contra toda la política del partido ruso. Y está también en cierta relación con el discurso anterior del señor Levi contra Moscú y los ucases de Moscú. Por lo demás, esos son factores psicológicos. Considerado lógicamente, significa que aquí ya existe el núcleo de una idea dirigida contra la dictadura del proletariado como tal. *(Viva aprobación.)* Naturalmente, en un sentido completamente menchevique. Con otras palabras, se puede decir que es el paso del punto de vista de la dictadura al punto de vista de la democracia libre. No se puede interpretar de otro modo.

Tenemos además la cuestión de la dictadura del partido. Nosotros, los marxistas, al menos nosotros, los comunistas ortodoxos, siempre hemos afirmado que la dictadura de una clase solo está representada por la dictadura de la vanguardia de esa clase, es decir, que la dictadura de la clase solo puede realizarse mediante la dictadura del Partido Comunista. Siempre hemos rechazado la idea completamente absurda, la idea de contraponer la dictadura de la clase a la dictadura del partido. Eso es un disparate. Y Levi era en esto completamente solidario con nosotros. Ahora encontramos en su último folleto una idea sobre las cosas rusas, pero hay allí también razonamientos que quieren generalizar esas experiencias rusas. Leemos allí:

«Toda dictadura del proletariado es una dictadura de los comunistas, pero no toda dictadura de los comunistas es una dictadura del proletariado».

Así pues, si existe una fisura entre el proletariado y el Partido Comunista, la dictadura del Partido Comunista no es la dictadura del proletariado. A esto pregunto: ¿cómo determinamos en ese caso las clases en el partido? ¿Puede formarse, desde el punto de vista marxista, un partido sin clase? ¿Sí o no? Como marxistas, tenemos naturalmente que responder que no a esta pregunta. No hay ningún partido sin clase. Si el Partido Comunista está, pues, en el timón, representa los intereses de alguna clase. ¿De qué clase? Si es un Partido Comunista, representa los intereses del proletariado. ¿Qué sentido puede tener, entonces, esa frase de Levi? Esa frase tiene, y solo puede tener, un sentido, a saber, la idea contra la dictadura del partido. Hablando de manera puramente teórica, puede darse la situación siguiente. El proletariado se desmoraliza. El partido gobierna. No todo el proletariado, o quizá ni siquiera la mayoría del proletariado, está detrás de ese partido. Pues bien, decidme, por favor: ¿en ese caso el partido gobernante no debe representar los intereses del proletariado precisamente porque una parte del proletariado está desclasada? ¿Quién representa entonces, en ese caso, los intereses reales del proletariado? Precisamente el partido, el partido gobernante. ¿A qué viene entonces toda esa palabrería? Esa charlatanería solo tiene el fin de desarrollar el germen de los razonamientos dirigidos contra la dictadura del partido, es decir, contra la dictadura del proletariado en general, y por tanto a favor de la libertad burguesa, a favor de la democracia. Es un razonamiento absolutamente claro.

Y podemos ver que también en el KAPD existe el germen de esas tendencias liberales. He tocado esta cuestión a propósito porque considero muy peligrosa esta ideología, este síntoma, y creo que este camino significa el camino hacia los mencheviques y el camino que lleva fuera del Partido Comunista. *(Viva aprobación.)* Tenemos que sacar de ello las conclusiones siguientes: hay que librar una lucha enérgica contra tales tendencias, o contra los restos de tales tendencias, dentro de todos los partidos, incluidos los partidos alemanes. Hay que disolver sin demora toda formación, todo grupo en que haya cristalizado esa idea. A mi juicio, hay que acabar ahora con las fracciones de oposición como tales dentro del partido alemán. *(Viva aprobación.)*

Paso ahora a otra cuestión, al asunto del KAPD. El camarada Hempel ha declarado que no necesitamos dirigentes ni teóricos. Veo en esa declaración la prueba de que el partido tan grande en su odio a los dirigentes ha elegido muy mal a sus dirigentes. *(Risas.)* Este partido publica diversos folletos y escritos de propaganda para la educación. Entre esos folletos encontramos también uno de su teórico principal, Herman Gorter: *Lucha de clases y organización del proletariado*. En ese folleto el razonamiento de la ideología del KAPD está expuesto mucho mejor que en el discurso de hoy del camarada Hempel. Porque Gorter no es tan gran diplomático como Hempel, aunque el camarada Gorter es literato y Hempel un simple obrero. Por cierto, lo del simple obrero también se lo hemos oído hoy al camarada Burian. Escuchemos ahora lo que dice Gorter en ese folleto:

«La mayor debilidad de la revolución alemana y de la revolución mundial, y una de las causas principales de sus derrotas, es que no se dirigen conforme a una táctica científica, es decir, histórica e internacional…». Como vemos, Gorter escribe como un buen cura cristiano. Luego sigue diciendo:

«Al fijar la táctica no se ha preguntado en primer lugar, y muchas veces ni siquiera se ha preguntado, por las relaciones de producción y de clase de Alemania, de Europa occidental y de América. La culpa principal la tuvieron los rusos, Lenin, Zinóviev, Rádek y otros, y toda la III Internacional».

La idea de esta frase se desarrolla luego en el folleto en diversas direcciones. Eso está en la página 1. Al final del folleto, Gorter escribe lo siguiente:

«Después de que el proletariado se ha levantado en Kronstadt contra vosotros, el Partido Comunista, y de que en Petersburgo habéis tenido que decretar el estado de sitio también contra el proletariado (lo cual era necesario en vuestro caso, como toda vuestra táctica), ¿no se os ha ocurrido entonces, ni siquiera entonces, la idea de que sería mejor tener una dictadura de clase en lugar de una dictadura de partido? ¿Y de que quizá sería mejor que en Europa occidental y en América del Norte no viniera la dictadura de partido, sino la dictadura de clase? ¿Y de que quizá la “izquierda” tiene razón allí?».

Para terminar, dice:

«Si ahora todavía se sigue aquí la táctica rusa de la dictadura del partido y de los dirigentes, después de las funestas consecuencias que ya ha traído, eso ya no es una estupidez, sino un crimen. Un crimen contra la revolución».

Así pues, primero dice Gorter que para la Rusia agraria la única táctica acertada es la dictadura del partido. Que, naturalmente, eso no vale para los países occidentales de capitalismo desarrollado. Que, por tanto, es un crimen contra la Internacional, contra la revolución, confundir esas dos cosas de naturaleza diferente. En la última página dice luego que en Rusia se han cometido errores y que también en Rusia hay que aplicar nuestra política, la del KAPD. *(Protestas de los representantes del KAPD.)* Queridos camaradas del KAPD, esto está aquí negro sobre blanco. Voy a citar ahora un proverbio ruso. Ese proverbio dice: el cocodrilo es tan largo de la cola a la cabeza como de la cabeza a la cola. *(Risas.)* Lo mismo vale para la política. En la última página del folleto Gorter refuta por completo lo que dijo en la primera. Así pues, ninguna diferencia entre Rusia y América del Norte, y viceversa. Luego Gorter nos habla de los sindicatos, y de que es una táctica equivocada que queramos trasladar las condiciones de la Rusia agraria a los países lejanos. Que los sindicatos son instituciones anticuadas y que por eso los sindicatos no sirven. *(Voces de los representantes del KAPD: Eso no es cierto.)* Queridos camaradas, eso está aquí negro sobre blanco. Decidme por qué no deberíamos aplicar literalmente lo mismo también a los partidos. También los partidos surgieron antes, también los partidos surgieron en una época anterior. Respondéis: sí, por eso no sirve la socialdemocracia. Eso significa, pues, si consideráis las cosas por analogía, que tampoco sirven los viejos sindicatos. Lo que ha ocurrido con los partidos tiene que ocurrir, *mutatis mutandis*, también con los sindicatos. O lo uno o lo otro. Y si aplicáis en esa dirección también a los sindicatos el razonamiento que aplicáis a los partidos, el cuadro queda del todo claro. Los viejos sindicatos tenían realmente otras funciones, pero eso no justifica en modo alguno toda la teoría que el camarada Hempel ha desarrollado sobre los sindicatos en su discurso de hoy. En Rusia y en otros países tuvimos, desde luego, diversas luchas teóricas y prácticas contra los sindicatos. Siempre hemos combatido esas opiniones sobre la cuestión sindical. Decíamos que los sindicatos son organizaciones de masas del proletariado que hay que educar para la lucha final junto con el partido, junto con las demás organizaciones del partido. No habéis aportado ningún contraargumento.

Gorter se apoya en un argumento muy cómico. Declara, tergiversando por completo las cosas:

«En nuestro mundo moderno de Europa occidental y de América, trustificado, de capitalismo bancario e imperialista, el capital ya no se organiza por oficios, sino por empresas».

Así pues, no por oficios, sino por empresas. Eso es completamente falso. No por empresas, ni siquiera por ramas de la producción, sino por diversas combinaciones de ramas de la producción. Lo que dice Gorter es una completa estupidez. Y, si fuera cierto, ¿qué demostraría eso según Gorter? Demostraría que también tenemos que consolidar nuestras organizaciones sindicales. Otra prueba no hay para Gorter, y tampoco el camarada Hempel ha intentado aportar otra prueba. No se puede decir: nuevas épocas, nuevas organizaciones. Nuevas organizaciones también, pero la experiencia enseña que no hay que abandonar las viejas organizaciones. Esa frase sobre la organización por empresas es, hablando materialmente, inexacta. De ella solo se sigue una cosa: que hay que hacer dentro de las organizaciones sindicales el mismo proceso que sigue la producción al organizarse. Si queréis contentaros con esas frases generales, ¿por qué no queréis hacer la misma operación con el partido?

Igual de débiles son los argumentos sobre la constelación de los partidos y sobre la relación entre dirigentes y masas. Gorter dice que en Rusia el proletariado era pequeño y que por eso el partido pudo vencer. Que en otros países el capitalismo es gigantesco, el enemigo mucho más grande, más fuerte, y que por eso no necesitamos dirigentes, ni un partido en el sentido propio de la palabra, sino organizaciones completamente distintas. A esto respondo: toda esa argumentación es completamente falsa. No se puede contraponer partido y dirigentes. Si tenemos un gran partido, ese partido tiene que tener un Comité Central. ¿Qué significa ese Comité Central? Significa ya la dirección.

La campanilla me hace la señal, y por eso, para terminar, solo quiero decir a los camaradas del KAPD lo siguiente: afirmáis que sois muy buenos comunistas, como escribe vuestro teórico, que declara que representa un partido más proletario que nosotros. Toda persona medianamente razonable intenta establecer la base social de la crisis. ¿Cuál fue la expresión de nuestra crisis? Nada más que un intento de la Vendée campesina de derribar al proletariado, y la alianza de los socialrevolucionarios con la Vendée campesina contra el proletariado. Eso no queréis verlo, y encima decís: somos un partido más proletario que vosotros. *(Protestas de los representantes del KAPD. Voces: Eso es una falsa atribución.)* No es ninguna falsa atribución; también eso está aquí negro sobre blanco. ¿Qué sentido tendrían, si no, esas palabras?

**Rádek.** Ningún sentido, sino un sinsentido. *(Risas.)*

**Bujarin.** A mi juicio, tenemos que decir a los camaradas: estos fines, esta idea unen por completo al KAPD con su enemigo más odiado, con Paul Levi. Estáis sobre la misma base teórica que Paul Levi. *(Voces de los representantes del KAPD: ¿Y en la práctica?)* Si en vosotros la práctica es una cosa y la teoría otra, eso significa que sois unos completos cabezas de chorlito. Por eso exigimos a los camaradas del KAPD que no se dejen extraviar de este modo por sus dirigentes. Sus dirigentes no deben escribir esas cosas, porque si no tendremos que acabar con todo el partido. *(Vivos aplausos.)*

**Presidente Koenen.** Comunico al congreso que, además de las delegaciones alemana, checa y polaca, también la mayoría de la delegación húngara se pronuncia, en una declaración dirigida al presidium, a favor de las enmiendas presentadas. Comunico además que aplazamos hasta mañana a las 11 de la mañana la continuación del debate sobre la cuestión de la táctica.

*Se levanta la sesión a las 11 y 30 de la noche.*

## Decimotercera sesión, sábado 2 de julio de 1921 (12.30 del mediodía)

*(Declaración del Partido Comunista de Checoslovaquia (Sección alemana). — Declaración de la mayoría de la delegación húngara. — Declaración de Gennari. — Continuación del debate sobre el informe de Rádek. Oradores: Ballister, Friesland, Brand, Neumann, Münzenberg, Lukács, Thalheimer, Clara Zetkin, Vaillant- Couturier, Bell, Sachs.)*

**Presidente Koenen.** Se abre la sesión. Hay una declaración con observaciones personales que el camarada Gennari ha presentado todavía, con posterioridad, sobre el punto anterior del orden del día. La damos al acta.

Hay además una declaración del Partido Comunista de Checoslovaquia y una declaración de la mayoría de la delegación húngara.

Las declaraciones dicen así:

«La delegación del Partido Comunista de Checoslovaquia (Sección alemana) se adhiere a las enmiendas a las tesis sobre la táctica presentadas por las delegaciones alemana, italiana y austriaca».

La declaración de la delegación húngara dice así:

«La mayoría de la delegación húngara aprueba la posición de las propuestas de enmienda presentadas por las delegaciones alemana, italiana y austriaca y las apoya en la comisión».

La declaración de Gennari dice así:

«Como se cerró el debate sobre la cuestión italiana, no tuve la posibilidad de replicar a Maffi en la sesión del congreso. Pido, por tanto, que se haga constar en el acta que protesto de la manera más enérgica contra las mentiras que el delegado del Partido Socialista Italiano ha formulado aquí contra mí. Declaro:

1. Mintió al afirmar que tengo un pasado reformista y de componendas. Al contrario, durante los 24 años que llevo como miembro del Partido Socialista he pertenecido a su ala más a la izquierda; desde 1910 hasta hoy he combatido el reformismo y el espíritu de componenda en todas sus manifestaciones.

2. Mintió al afirmar que yo, como secretario, habría podido hacer mucho y no hice nada cuando Turati se presentó en 1919 como candidato del Partido Socialista a las elecciones parlamentarias. No es una mentira, sino varias mentiras las que ha formulado aquí. Los hechos son: a) yo no era entonces secretario del Partido Socialista; b) en el congreso de Roma de 1918 defendí (en la fracción maximalista) la necesidad de apartar del Partido Socialista a Turati y a sus amigos; c) antes del congreso de Bolonia, como no se deseaba la escisión, defendí en una sesión de la dirección del partido —se puede comprobar por el informe que se publicó en el *Avanti!*— la necesidad de borrar de la lista de candidatos del partido para las elecciones parlamentarias y municipales a quienes no aceptaran el nuevo programa votado por el congreso de Bolonia. La mayoría de la dirección del partido y del congreso de Bolonia decidió, al contrario, que incluso los reformistas podían presentarse como candidatos del partido; solo se fijó una cierta proporción entre los candidatos de las distintas fracciones del partido. Pero yo declaré, sin encontrar a nadie que me apoyara, que todo aquello era un grave desacierto que encerraba un gran peligro para el partido.

Cuando Turati, Modigliani y algunos otros reformistas, propuestos como candidatos por las federaciones provinciales, declararon antes de las elecciones de 1917 que estaban de acuerdo en dejarse elegir al parlamento, pero solo con ciertas reservas sobre la disciplina del partido, propuse y redacté, junto con Bombacci, que era entonces secretario del partido, un escrito a la secretaría en el que me pronunciaba contra todas las reservas que esa gente quería poner como condición. Maffi sabía muy bien todo esto.

3. Maffi ha dicho que yo debería haber presentado mis acusaciones al congreso de Livorno. Y, sin embargo, sabe que en Livorno, a pesar de todo el barullo que armaron sus amigos, es decir, los reformistas y los serratianos, expuse mis acusaciones y la necesidad de expulsar a los reformistas en un discurso de tres horas.

4. Ha dicho que, después de los actos de violencia de los fascistas en Bolonia, consentí que Turati actuara como representante del grupo parlamentario socialista. Maffi sabe que el grupo parlamentario socialista se reunió en aquella ocasión de improviso y sin avisarme, y que por esa razón no participé en su deliberación. Maffi sabe que, en mi calidad de secretario del partido, tampoco me guardé mi protesta con ocasión de una sesión posterior de la dirección del grupo parlamentario. Maffi sabe además que, en la reunión de la fracción comunista en Imola, hice reproches a Bombacci por la preparación del congreso y por su actitud en esa ocasión. Maffi sabía muy bien todo esto. Ha mentido, y ha mentido a sabiendas. Solo quería mostrar al congreso de la Internacional Comunista un ejemplo del método de denigración y calumnia del que se han servido siempre los reformistas y oportunistas italianos. En verdad, también el propio camarada Lazzari podría contar algunas cosas de estos métodos de lucha de los reformistas; no tiene más que recordar la indigna campaña de Turati y compañía contra él, cuando él, Lazzari, no era el defensor, sino el acusador del reformismo italiano».

**Presidente Koenen.** Se reanuda el debate sobre el punto del orden del día de ayer, la táctica de la Internacional Comunista. Ayer intervinieron ya todos los oradores a los que, excepcionalmente, el presidium había concedido por acuerdo un tiempo de intervención más largo. Para hoy no hay ya acuerdos de ese tipo. Los oradores que intervengan hoy deberán atenerse estrictamente al tiempo de intervención; de lo contrario, no terminaremos. Procederé como hace unos días: a los nueve minutos invitaré al orador, con la campanilla, a concluir. Hay 23 oradores inscritos, y como hoy tenemos que terminar sin falta este punto, espero que apoyéis la severidad del presidium.

Tiene la palabra, como primer orador, el camarada Ballister (América).

**Ballister** (América). ¡Camaradas! La delegación del Partido Comunista de América se declara conforme con las directrices sobre la táctica propuestas por el buró de la delegación rusa. Aprobamos sin condiciones todo lo que se refiere a los principios y aceptamos sin reservas los principios en ellas establecidos. En cuanto a la necesidad del trabajo en los sindicatos, debemos subrayar que las reivindicaciones contenidas en las directrices responden plenamente a las necesidades del movimiento comunista en América. Ya hemos empezado a aplicar en nuestro país los principios establecidos en las directrices. Estamos también de acuerdo con las directrices en el punto en que exigen que creemos en América una organización política mediante la cual podamos entrar en contacto con las masas y hacer propaganda comunista. En nuestro país se ha vuelto sin duda necesario crear, además de nuestro partido ilegal, una organización política abierta. Pero tenemos que continuar nuestro trabajo ilegal, sobre todo a causa del terror blanco en América, que no le va a la zaga en nada al terror blanco de Polonia, por ejemplo. Subrayamos una vez más, camaradas, que aceptamos las directrices en su conjunto. Hay algunos pequeños puntos técnicos que querríamos ver corregidos. Las mociones que deseamos presentar al respecto no cambian lo más mínimo, sin embargo, el sentido y el espíritu de las directrices. Los tres puntos que deseamos mencionar se refieren al conocimiento de los hechos. Sabemos bien que los pequeños errores que han cometido los autores de las directrices se deben a que las tesis se elaboraron antes de que llegaran a Rusia las noticias sobre los últimos acontecimientos de América. Las directrices muestran que los autores no estaban informados de la unificación de las fuerzas comunistas en los Estados Unidos, por fin lograda. Los dos delegados que acaban de llegar de América asistieron al importante congreso político celebrado en los Estados Unidos. El Partido Comunista de América y el Partido Comunista Unificado de América se han fusionado por completo. Ahora hay un único Partido Comunista en América. Las directrices hablan del Partido Comunista Unificado. Pero este ya no existe. Hemos adoptado todos el nombre de «Partido Comunista de América». No puede caber, por tanto, la menor duda de que el congreso aceptará la corrección de este pequeño punto técnico; ni este ni los demás puntos técnicos necesitan discutirse aquí. El asunto puede resolverse fácilmente en la comisión, que, estamos seguros de ello, aceptará sin más nuestras propuestas.[^277]

Allí donde las directrices hablan de los partidos americanos encontramos la afirmación de que los comunistas americanos se hallan todavía ante la tarea más elemental y sencilla: formar un núcleo comunista. Como todas las fuerzas comunistas de América se han unido ya, la comisión aceptará sin duda modificar el pasaje en el sentido de que acabamos de terminar la formación de un núcleo comunista y estamos ahora ante la tarea de poner ese núcleo en contacto con las masas obreras de América. Como veis, somos lo bastante modestos para reconocer que, en efecto, apenas empezamos a establecer, mediante una agitación política real, esa unión del núcleo con las masas.

En cuanto al segundo punto, nuestra propuesta de corrección se deriva también de que los autores de las directrices no conocían los últimos acontecimientos de América. La Internacional Comunista, dicen las directrices, llama la atención del Partido Comunista de América sobre la necesidad de crear una organización política. La Internacional Comunista no necesita llamar nuestra atención sobre ello. Ya hemos dedicado a esta exigencia toda nuestra atención. Nuestro programa, que presentaremos a la comisión, es una prueba clara de ello. El párrafo de las tesis que se refiere a la formación de un partido político como organización legal del Partido Comunista de América está redactado de manera algo confusa; y, por cierto, en la traducción inglesa resulta menos comprensible que en alemán o en ruso. Tenemos que pedir que las traducciones inglesas se redacten con algo más de cuidado. Pero incluso en las demás traducciones, y esta es la única razón por la que hablamos de ello, hace falta una pequeña aclaración sobre las organizaciones legales e ilegales de los partidos comunistas. Estamos obligados a trabajar en la ilegalidad, porque el terror blanco hace estragos en América con tal fuerza que todo el que lleve encima un periódico comunista se arriesga a que lo condenen a diez años de trabajos forzados. Estamos obligados a trabajar en la ilegalidad. Supongo que estaréis de acuerdo con nosotros en que todos los partidos comunistas de un país donde la burguesía está en el poder tienen que hacerlo, y en que debe existir una organización ilegal incluso cuando el partido tiene la posibilidad de contar con una organización legal. En este punto estamos sin duda de acuerdo. Solo tenemos que formularlo con claridad. Yo y toda nuestra delegación estamos de acuerdo con el sentido de las directrices, pero la formulación tiene que ser algo más precisa, al menos para las condiciones americanas, para que no pueda surgir ninguna duda de que la organización legal solo puede ser un complemento de la organización ilegal y debe estar siempre bajo el control absoluto de la organización ilegal. Pero aquí se trata solo de la forma de expresarlo; con las intenciones de los autores estamos plenamente de acuerdo.

El tercer y último punto que tengo que mencionar aquí se refiere también a la forma de expresión. La palabra «sabotaje» tiene en inglés, y sobre todo en el uso americano, un significado distinto que en Europa. Para evitar grandes malentendidos en América, tenemos que sustituir esa palabra por otra. Insistimos en que, para el uso americano, es imposible calificar el sabotaje de «conquista de puntos estratégicos en la lucha directa», y pedimos por ello una pequeña corrección.

¡Camaradas! Nosotros, la delegación americana, hemos estudiado a fondo estas directrices, porque sabemos que solo podemos aceptarlas si nos trazan las orientaciones necesarias para nuestra inmensa tarea histórica: el derrocamiento del Estado capitalista más poderoso, más rico y más arrogante del mundo. Hemos examinado rigurosamente las directrices y tenemos que deciros que responden por completo a nuestros fines; la delegación americana no dejará de dar su voto a favor de estas directrices.

**Presidente Koenen.** Tiene la palabra el camarada Friesland.

**Friesland** (VKPD). ¡Camaradas! El juicio sobre las tesis presentadas por el camarada Rádek está, naturalmente, estrechamente ligado a la exposición de los hechos que sirven de base a estas tesis, de las luchas y experiencias que ha vivido la Internacional Comunista, en particular la Acción de Marzo alemana. Hay que celebrar que los camaradas Neumann, Zetkin, Franken y Malzahn se dispongan, al parecer, en su enmienda de hoy, a tomar el camino del llamado entendimiento. Leo con alegría en esa enmienda pasajes que contradicen por completo lo que entre nosotros, en Alemania, ha desempeñado un gran papel y ha contribuido a la confusión de las secciones de la Internacional. Pero si los camaradas dicen ahí que la actitud, efectivamente errónea, de camaradas dirigentes en el terreno teórico contra la ofensiva desempeñó un papel funesto, tengo que poner al congreso al corriente de los hechos. De la gran maleta del camarada Rádek me llegó el acta de la sesión del Comité Central. El «chupatintas» expuso que con las explicaciones de Brandler no se quería decir que el Partido Comunista de Alemania debiera derribar al gobierno el 15 o el 16 de marzo, sino que el Partido Comunista debía prepararse de modo que estuviera dispuesto y fuera capaz de emprender la lucha contra ese gobierno sobre la base más amplia. Y expuso además que debemos enlazar con todos los conflictos económicos y políticos, que debemos luchar en cualquier circunstancia, también con nuestras propias fuerzas, que debemos abandonar la idea que antes dominaba en el partido, «¡nada de acciones parciales!», para que el Partido Comunista se convierta por fin en un partido combativo. Y expuso también que debemos enlazar incluso con las reivindicaciones de la Carta Abierta. El camarada Malzahn, el obrero honrado, que caló enseguida esa teoría de chupatintas, dijo lo siguiente: «Y entonces yo también puedo decir lo que antes ha expuesto el camarada Friesland: aunque los comunistas emprendamos un movimiento solo con nuestros seguidores y suframos con ello una derrota, eso solo puede fortalecer a nuestro partido. Y pienso en toda la cuenca del Ruhr».

Así pues, el obrero honrado y el chupatintas eran en esta cuestión del todo de la misma opinión. Al día siguiente apareció en la *Rote Fahne* aquel llamamiento de mal agüero: «Kahr se ríe de la ley». Ese llamamiento se cita ahora como prueba de nuestra actitud criminal e idiota. El obrero honrado Neumann dijo en el comité de acción que era un lenguaje brillante. Y el chupatintas Friesland dijo que consideraba equivocado ese llamamiento, y fue a la Central y declaró también allí que no consideraba acertados esos métodos, que había que ir intensificando la acción lenta y sistemáticamente. Y esta opinión mía fue aprobada ya entonces: se reconoció que ese paso era demasiado brusco. Entonces, ciertamente, yo estaba en desacuerdo con el camarada Neumann. Solo que la diferencia entre la mayoría y la minoría consistía, y sigue consistiendo hoy, en que nosotros no hemos hecho de nuestros errores una consigna. En el momento decisivo no hemos luchado contra el partido; hemos criticado los errores mejor y más a fondo dentro del partido, en beneficio del partido y en el terreno de las masas obreras en lucha. Y en eso nos hemos distinguido por principio de estos camaradas. Los camaradas declaran que desean llegar a un entendimiento. Dicen que las tesis del camarada Rádek son una base adecuada. Es posible. Las enmiendas que presentamos son enmiendas a puntos concretos que deben perfilarse con más nitidez. Pero, camaradas, si queréis un entendimiento, podéis tenerlo muy fácil y barato. Declaraciones habéis hecho realmente muchísimas; en declaraciones os habéis mostrado verdaderamente maestros. ¿Por qué no decís en este congreso clara y abiertamente, y con el valor que tenemos que exigiros: sí, en el curso de esta discusión en el partido cometimos un grave error, el error de no permanecer, en el curso de esa discusión, en el terreno del partido, sino de solidarizarnos con gente que, fuera del partido, empuñó las armas contra el partido? ¿Por qué no decís clara y abiertamente que nuestra tarea es reunir las fuerzas del partido, volver a unir el partido y prepararlo para nuevas luchas? Ahora, en Moscú (el aire de Moscú tiene, por lo visto, efectos muy saludables en algunos), encontráis que no fue un putsch bakuninista; en Moscú encontráis que el partido emprendió valientemente la lucha; en Moscú encontráis que la acción fue un paso adelante.

¿Por qué no queréis ser lo bastante honrados para encontrar también en Moscú que en la hora decisiva del movimiento comunista alemán cometisteis un grave error? Y cuando decís que el movimiento comunista en Alemania ha perdido influencia, nosotros decimos que de eso no se puede ni hablar. No hemos perdido influencia entre las masas obreras alemanas, sino que nuestra influencia crece día a día, a pesar de los errores, a pesar de la campaña envenenada que habéis hecho, a pesar de que en todas partes habéis apartado a las masas obreras de prepararse para nuevas luchas; pese a todo, crece la unión del Partido Comunista con las masas obreras. Habéis contado los cuentos más maravillosos con datos estadísticos. Vosotros tenéis mucho tiempo para estadísticas; ojalá nosotros tuviéramos también tanto tiempo para ello. Pero también nosotros podemos ofrecer datos estadísticos. Habéis contado a los camaradas en el congreso que la *Rote Fahne* se había ido a pique, que todo se había ido a pique. La *Rote Fahne* tenía el 1 de enero una tirada de 38.000 ejemplares; el 1 de mayo, de 45.000. Que cada cual juzgue si nuestra *Rote Fahne* se ha ido a pique. Si se piensa que la *Rote Fahne* es prohibida un par de veces al mes, cualquiera comprende que nuestro partido no se ha hundido, sino que nuestra influencia crece. La camarada Clara Zetkin ha dicho que el número de afiliados de nuestra organización ha disminuido. El 1 de junio de este año, el informe de tesorería de nuestra organización de Berlín demostró que 26.000 afiliados habían pagado sus cuotas. Si se tiene en cuenta que hay tantos parados, esto es una prueba de que no se puede hablar de deserción. En las últimas elecciones del sindicato ferroviario, el partido perdió por 70 votos frente al USPD y el SPD. En el sindicato metalúrgico, la burocracia se ve obligada a hacer concesiones al USPD y al SPD, y solo así consigue obtener la mayoría. En las zonas de lucha, donde todas nuestras organizaciones fueron destruidas y nuestra prensa estuvo prohibida durante meses, por ejemplo en Mansfeld, teníamos antes una tirada de periódico de 10.000 ejemplares; y al cabo de ocho semanas, ahora que el periódico puede volver a salir, tenemos ya de nuevo 8.000. Todo el que conozca las cosas sabe que no se puede hablar de una pérdida de influencia. En Halle nuestro partido era el más fuerte antes de la acción. Según Levi, la acción lo ha destrozado. Cuando mataron a tiros a Gareis,[^278] las organizaciones del SPD y del USPD se vieron obligadas a firmar con el VKPD su llamamiento.

Y en ese llamamiento se exige el derrocamiento del viejo gobierno burgués y se llama a la clase obrera a la lucha decisiva contra el sistema manchado de sangre. Y entre nosotros había gente a la que no le gustaba oír las palabras «derrocamiento del gobierno». Últimamente hemos tenido que observar que incluso dirigentes vacilantes del USPD, como Rosenfeld,[^279] han formulado esta teoría: que la clase obrera solo puede tener un objetivo, derribar a este gobierno. Y si el camarada Lenin dijo que todo partido revolucionario tiene que estar a favor de las ofensivas y que solo los asnos no están a favor de las ofensivas *(Interrupción del camarada Trotski)*, permítame, camarada Trotski: por desgracia, esos asnos los hay todavía también entre nosotros en Alemania. Y si observa usted la situación en Alemania, podrá ver a los asnos que gritan siempre sí, sí, sí *(Risas)*; solo que les pasa como al asno de Buridán.

No nos importa que estos camaradas firmen después una vez más 24 condiciones y tesis; lo que nos importa es que en el movimiento comunista todos los elementos se sitúen en el terreno del partido, y no con palabras, sino con hechos. Y solo esos camaradas tienen derecho a reprocharnos los errores que se han cometido. *(Aprobación.)* Creemos que solo un partido así es capaz de ganar a la mayoría del proletariado. Y si aquí se ha discutido sobre la mayoría del proletariado, nadie es tan ingenuo como para decir que no necesitamos a la mayoría del proletariado. Eso lo sabíamos ya al comienzo de la revolución. El problema es cómo ganar a la mayoría del proletariado. De eso no se ha hablado.

Y lo que es un partido que tiene que ganar afiliados y hacer propaganda y suelta frases revolucionarias huecas, eso lo han vivido más de una vez los obreros con el USPD. Y si nuestro partido quiere ganarse a la mayoría del proletariado, tiene que mostrar que está decidido a defender en cualquier situación los intereses del conjunto del proletariado. Y por eso no es afán de tener razón por nuestra parte que insistamos tan tenazmente en este congreso en que los camaradas que en diversas cuestiones han sido de otra opinión declaren clara y llanamente que ya no secundan esa política de destrucción del partido, que rompen con el pasado. Para nosotros no es afán de tener razón, sino que ha sido el problema decisivo de la revolución. Y quizá se diga que nosotros somos chupatintas y vosotros simples obreros. Podemos responder que nosotros, los chupatintas, expresamos el sentir de las masas obreras mejor que vosotros, simples obreros, que habéis perdido por completo el contacto con la clase obrera. Esperamos del congreso que en esta cuestión se sitúe por completo en nuestro terreno. *(Vivos aplausos.)*

**Presidente Koenen.** La delegación francesa nos ha comunicado su deseo de que velemos estrictamente por que todos los oradores respeten con exactitud el tiempo de intervención establecido.

**Brand** (Polonia). ¡Camaradas! La delegación polaca declaró que apoya la orientación de las enmiendas y que quiere presentar en la comisión otras propuestas en el mismo sentido. Quiero fundamentar esta declaración.

**Rádek.** Michalak ya lo hizo ayer.

**Brand.** ¿En qué consiste esa orientación? ¿En el putschismo, en el espíritu del KAPD? No. Queremos tener en las tesis un instrumento para educar a los partidos comunistas de Europa occidental como verdaderos partidos comunistas de combate. Queremos tener en estas tesis un instrumento para combatir, sin la ayuda del Comité Ejecutivo, todo aquello que en nuestros partidos el camarada Bujarin ha llamado «porquerías oportunistas». El camarada Lenin ha afirmado que el peligro oportunista ya no existe, que hemos puesto a los centristas en la calle, que ahora tenemos que luchar contra las tonterías de izquierda. Yo digo que con los centristas la cosa no es tan sencilla: no es algo puramente mecánico echar del partido a unos cuantos centristas para que el partido sea realmente un partido revolucionario de masas. Sabemos que un partido de masas solo puede seguir siendo revolucionario si en él se ejerce continuamente la crítica revolucionaria, si se lucha constantemente contra todas las tendencias oportunistas. Solo así puede un partido de masas seguir siendo al mismo tiempo un partido revolucionario. En cambio, encontramos aquí, en las tesis, toda una serie de formulaciones que no son lo bastante tajantes y que dan a los oportunistas la posibilidad de interpretarlas en su sentido. El sentido es este: los oportunistas trabajan siempre con estadísticas y dicen que todavía no somos lo bastante fuertes, no ya para hacer la revolución, sino que no somos lo bastante fuertes para luchar.

**Trotski.** ¡Por eso estaban ustedes contra la estadística y a favor de la espada!

**Brand.** Los oportunistas dicen que no somos lo bastante fuertes para luchar. Esa no es nuestra opinión. Tampoco es la opinión de las tesis. En las tesis hay una serie de párrafos excelentes donde se expresa con claridad la idea de que el Partido Comunista solo puede desarrollarse en la lucha. Pero junto a esos pasajes hay otros que difuminan la cuestión y dan a los oportunistas el instrumento para alzarse contra nosotros. Por eso creímos que debíamos presentar una serie de enmiendas. Pero con eso no se agota el asunto. En las tesis se ha puesto de manifiesto un miedo exagerado al putschismo. Creo que la delegación rusa ha pintado un diablo en la pared y ahora lucha contra ese diablo. Creo que el peligro no es realmente tan grande. Pero si se lucha tanto contra ese diablo, con párrafos tan largos, eso no hace otra cosa que llevar agua al molino de los oportunistas.

Por eso creemos que esos largos párrafos contra el afán de aventuras difícilmente pueden quedarse en las tesis, o que hay que reducirlos a unas frases breves.

Unas palabras más sobre la «Carta Abierta». El camarada Lenin ve ya el peligro tan grande que cree que los partidos comunistas de Europa occidental, en particular el Partido Comunista alemán, no quieren plantear reivindicaciones concretas, no quieren reconocer la Carta Abierta y por eso la suprimen en las enmiendas. Considera grande el peligro. Es un malentendido. El partido alemán no piensa en suprimir la Carta Abierta. Solo debe suprimirse en el lugar del texto donde no encaja. La enmienda empieza allí donde las tesis dicen: «Gracias a la táctica de la Internacional Comunista —Carta Abierta, trabajo revolucionario en los sindicatos—, el Partido Comunista alemán se ha convertido en un partido revolucionario de masas». A esto hay que observar que la Carta Abierta no tuvo ese efecto. No podía tenerlo. Otro ejemplo del miedo exagerado al putschismo es que el camarada Trotski acuse también de putschismo al partido polaco. La práctica dice lo contrario. Afirmo que nosotros, aun siendo un pequeño partido ilegal, nos hemos esforzado constantemente por estar en contacto con las masas; y no solo nos hemos esforzado, sino que hemos logrado desencadenar grandes acciones de masas que arrastraron a la lucha a amplios sectores de la clase obrera no comunista, hasta los obreros de las organizaciones cristianas. Las luchas eran por reivindicaciones concretas, por la libertad política, contra el impuesto sobre los salarios. Por eso no merecemos ese reproche. Decimos que el peligro no es tan grande y que la lucha es una lucha contra un diablo que no existe.

**Trotski.** Que ahora se hace muy pequeño.

**Walecki.**[^280] Una buena táctica.

**Brand.** Esa es la parte negativa que querríamos suprimir aquí. Pero hay además una parte positiva que suprimir. Después de haber desacreditado esas tendencias que han salido a la luz, las tendencias a la acción revolucionaria que aprendimos de vosotros, se hace que el proletariado preste atención a las «voces» que muestran la dificultad de la acción. Naturalmente, hay que tener en cuenta las dificultades, y creo que en cada sesión se sopesan a menudo; pero que debamos instituir en los partidos comunistas un cargo especial de admonitores, voces a las que hay que escuchar con especial atención, eso es muy ambiguo, o ni siquiera ambiguo. ¿Quiénes son esas voces que solo ven dificultades? Serrati, Levi y otros. Si dejamos eso en las tesis, tendremos esas voces a montones. Luego vienen camaradas como el camarada Malzahn, que dicen que solo podemos contar con 200.000 obreros que vayan con nosotros. Si hubiéramos actuado así, en Polonia no habríamos desencadenado ningún movimiento en dos años. No lo hicimos. Llamamos a los obreros contra la guerra, aunque la mayoría de los obreros no entendía por qué debía luchar contra la guerra. Lo hicimos en los momentos más difíciles, en junio de 1920. Es poco conocido, como en general se conoce poco de nuestros movimientos políticos. Llamamos a la huelga general en todo el país, pero solo se alzaron los mineros de la cuenca de Dąbrowa, y no todos: creo que diez minas. Detuvieron a las plantillas y aplastaron el movimiento, pero salvó el honor del proletariado polaco. Si no lo hubiéramos hecho, no seríamos comunistas. Lo hicimos y volveremos a hacerlo en circunstancias semejantes, y no escucharemos las voces de quienes nos advierten contra la acción. Nosotros, en Polonia, no hemos tenido esas voces.

Estamos a favor de suprimir esas «voces» especiales; en cambio, pedimos al congreso y a los camaradas rusos que escuchen las voces de las delegaciones firmantes y de las que se suman a ellas, que os dicen que las tesis necesitan mejorarse. *(Vivos aplausos.)*

**Neumann** (Grupo de oposición del VKPD). Por desgracia, no tengo la suerte de poder acceder a la misteriosa maleta de documentos del camarada Rádek; de lo contrario, quizá fuera posible encontrar en esa maleta material que no resultara grato para los defensores de la Acción de Marzo. Pero, camaradas, otra cuestión. Aquí se ha afirmado constantemente que somos muy cobardes; pero al mismo tiempo el camarada Heckert declaró ayer que lamentaba tener que luchar contra Neumann y Malzahn, porque los principales culpables eran los otros, y esos no venían. Camaradas, él afirmó eso aunque tenía conocimiento de un hecho que es bastante significativo de algunos camaradas. Tengo en la mano la copia de un telegrama, concretamente de un telegrama a la Central del VKPD. El telegrama dice: «Impedir por todos los medios viaje Brass y Anna Geyer *(Gritos: ¡Oíd, oíd!)* por motivos de táctica de partido. *(Alboroto. Gritos: ¡Oíd, oíd!)* Debe evitarse la apariencia de que tienen detrás una fuerza». Firmado: August. *(Alboroto. Gritos: ¡Oíd, oíd!)* ¿Quién es ese August? Es August Thalheimer. Y por la misma época, poco después de llegar aquí y tener una reunión, el camarada Zinóviev nos declaró que enviaría un telegrama a Alemania en el que se diría que había que hacer todo lo posible para que la camarada Geyer viniera a Moscú. Ese telegrama lo firmó también el camarada Koenen, y eso es significativo, porque él tenía conocimiento también del otro telegrama.

**Koenen.** No, yo no sabía nada de eso.

**Neumann** (continuando). Eso es significativo de ti y de la Central, y es significativo que los comunistas alemanes en Moscú tengamos que enterarnos del contenido de ese telegrama por periódicos mencheviques, por la *Freiheit* y la *Leipziger Volkszeitung*.

**Maslow.** ¿Cómo llega eso a esos periódicos?

**Neumann.** Friesland nos lo ha contado, y hoy se dice en el *Moskau* cómo llegó el material a la *Freiheit*. Declaro aquí, en nombre de nuestra delegación, que no podemos comprobarlo, y no podemos porque no podemos saber nada en absoluto de un telegrama que va a la Central. Ante afirmaciones de este tipo habría que ser algo más prudente. No tenemos ningún interés en que un material así llegue a la opinión pública. Solo cabe pensar que otros hacen tales cosas para colgárnoslas a nosotros y decir luego, con los ojos en blanco de beatería: «¡Te doy gracias, Dios mío, porque no somos como los demás hombres!».

Respecto a lo que el camarada Friesland ha dicho aquí de los llamamientos de la *Rote Fahne* antes de la Acción de Marzo, tengo que declarar lo siguiente: cuando se discutieron los llamamientos de la *Rote Fahne* en la sesión del comité de acción de Berlín-Brandeburgo, dije que me alegraba de que por fin reinara en la *Rote Fahne* un tono más fresco. Sobre el estilo y sobre lo que decía el llamamiento se puede, con todo, tener otra opinión.

**Friesland.** No lo recuerdo.

**Neumann.** Ya lo sé: de las cosas desagradables no te acuerdas nunca. Recuerdo que, cuando la cuestión de la ofensiva revolucionaria se lanzaba constantemente a las masas, en las asambleas donde había que discutir sobre la Acción de Marzo, el camarada Maslow[^281] era el principal defensor de la ofensiva y subrayaba constantemente esa ofensiva revolucionaria. Y el camarada Friesland no aprovechó ninguna ocasión para hablar contra la concepción de Maslow y arrinconar esa ofensiva revolucionaria. Y, camaradas, cuando la acción había terminado, se seguía subrayando la ofensiva revolucionaria.

Nosotros declaramos que, si eso es la ofensiva revolucionaria de la que se habla en general, muchas gracias. Antes, en el partido, se discutía de otro modo sobre la cuestión de la ofensiva: hacer que el partido tuviera una actitud activa, hacerlo capaz de acciones, pero no lanzarse ciegamente a las trampas tendidas por Hörsing. El teórico camarada Thalheimer ha publicado una recopilación de materiales. En un artículo de ese folleto Thalheimer decía lo siguiente: «La Acción de Marzo considerada como acción aislada, y en eso nuestros adversarios tienen razón, sería un crimen. Pero la Acción de Marzo como primer eslabón de una cadena de acciones, eso es la ofensiva revolucionaria». *(Interrupción: ¡Muy cierto!)* Si gritan ustedes «muy cierto», con eso se confirma lo que se subrayó en Berlín: este tipo de acciones las seguimos haciendo. Pero el camarada Friesland ha dicho: camaradas, reconoced vuestros errores. Somos tan inocentes; y si se dice además que uno mismo reconoce los errores, digo que eso solo se ha aprendido en suelo moscovita, y no en Berlín. Y lo voy a demostrar. En la sesión del Comité Central del 7 de abril, la Central alemana y el Comité Central tuvieron sobradas ocasiones de llevar la discusión sobre la Acción de Marzo por otros derroteros. Pero sabéis muy bien que el Comité Central no reconoció que la Acción de Marzo hubiera sido un error en su preparación y en su ejecución; que, por el contrario, en el Comité Central se negó ese error y se estableció, a grandes rasgos, que la Acción de Marzo había sido buena. Y cuando llevaba tres días en Moscú, oí con asombro a los miembros de la Central: ¿cómo?, ¿que la Acción de Marzo fue una lucha ofensiva? Eso es absurdo: fue una lucha defensiva. Sí, camarada Rádek, si la Acción de Marzo fue una lucha defensiva, la discusión sobre el putsch bakuninista toma derroteros completamente distintos. Y si usted, camarada Rádek, como dirigente de la fracción de la sección alemana, lo niega, quiero dejar sentado que en la cuestión del putsch se dijo sencillamente que Brandler no lo había dicho con esa intención al hablar del derrocamiento del gobierno. El Comité Central fue simplemente tan tonto que lo entendió al revés, pues el camarada Brandler lo había dicho con toda razón: por etapas hasta el derrocamiento del gobierno. Quiero dejar sentado que en la Central alemana, ya el miércoles después de Pascua, es decir, a los dos días, cuando la lucha apenas podía empezar a surtir efecto, la situación era la siguiente: el camarada Franken,[^282] de Renania-Westfalia, llegó a Berlín, informó del estado del movimiento y pidió que se suspendiera. Inmediatamente se levantaron los camaradas Brandler, Heckert, Thalheimer y Stoecker y hablaron también a favor de suspender la lucha. Y cuando un miembro de la Central se levantó de un salto, dio un puñetazo en la mesa y dijo que aún cabía esperar una intensificación, que en Prusia Oriental y en Pomerania los obreros agrícolas podían ir a la huelga y que, además, cabía esperar en general una línea ascendente, volvieron a cambiar de opinión. En Alemania central, dijo ese miembro de la Central, aguantaremos tres o cuatro días. Mantendremos el movimiento en suspenso y haremos una guerra de guerrillas. Tras esa declaración en la Central, los camaradas Heckert, Brandler, Thalheimer y Stoecker se mostraron de acuerdo en dejar que la lucha continuara. El camarada Thalheimer, que ya quería escribir un borrador para suspender la lucha, dijo: «Terminamos el llamamiento y lo dejamos reposar unos días hasta que se suspenda la lucha». *(Interrupción de Thalheimer: ¡Pura invención!)* Muy bien: el camarada Franken está aquí como testigo y confirmará lo que afirmo. Pero, camaradas, quien escribe de esa manera un llamamiento a suspender la lucha demuestra que tiene muy poco contacto con las masas. Pues creo con seguridad que no se pueden escribir llamamientos a suspender una lucha y dejarlos reposar unos días como un queso, que cuanto más tiempo reposa, mejor se pone.

Y si dice usted que ahora en Moscú hemos declarado que la lucha fue un paso adelante, camarada Rádek, yo he leído varios estudios de Rosa Luxemburg; ella sostenía que toda lucha de los obreros puede ser un paso adelante, porque despierta el espíritu combativo. *(Rádek: ¿Por qué lo olvidó usted?)* Pero si se dice que toda la Acción de Marzo fue un paso adelante, entonces digo que no. *(Interrupción: En nuestra enmienda se habla de la Acción de Marzo como «lucha», y no de «toda» la Acción de Marzo. Risas.)* Sí, camaradas, es y seguirá siendo una diferencia. Digo que la Acción de Marzo, considerada en su conjunto, no consiste solo en lucha: consiste en preparación, ejecución y suspensión. No fue un paso adelante, sino un retroceso. Camarada Rádek, yo también soy solo un simple proletario, no uno de esos famosos fabricantes de tesis que tenemos en Berlín y cuyo representante más destacado, el camarada Maslow, está aquí. Lo considero todo desde el punto de vista práctico y revolucionario, y por eso digo una vez más: la Acción de Marzo como lucha significa un paso adelante; como acción de conjunto, un error funesto.

Camaradas, paso ahora brevemente a la cuestión del futuro. El camarada Malzahn declaró ayer aquí que estamos convencidos de que la situación en Alemania se agudiza, porque la ejecución de las sanciones obliga a los empresarios alemanes a recrudecer enormemente la explotación de los obreros con rebajas de salarios y prolongación de la jornada, con lo cual tendremos todavía más parados, etc. Ahí el Partido Comunista tiene la tarea de aprovechar en lo posible esa situación que se agudiza, de impulsar a las masas hacia delante; y no, como dice el camarada Maslow, cosa sobre la que hemos discutido a menudo, impulsar hacia delante todo movimiento, sino que nosotros decimos: en lo posible, todo movimiento. Pero si queremos eso, tenemos que intentar llevar a la lucha de forma centralizada a los grupos industriales y azuzar a la burocracia sindical hacia delante en la medida de nuestras fuerzas. Pero si ese trabajo ha de llevarse a cabo, es necesario que volvamos a casa con un programa claro de principios. Para eso es necesario que cesen esa lucha personal dentro del partido, esa inquina personal y esa búsqueda enfermiza de oportunistas. Y digo que, si Malzahn y yo hemos venido aquí, hace falta también cierto valor para defender una posición aquí, ante el congreso, sabiendo que toda la delegación alemana aprovecha sus relaciones e intentará quitarnos la razón. *(Alboroto.)* Pero nos hemos alegrado de que los representantes del Ejecutivo hayan comprendido de qué se trata, de modo que podemos decir que el informe del camarada Rádek respondía en general a la situación en Alemania, y también el informe del camarada Trotski y los discursos de los camaradas Lenin y Zinóviev. Y, camarada Rádek, si usted hubiera pronunciado su informe de ayer el 17 de abril en Alemania, no habría existido el folleto de Levi. Pero en todas partes se nos ha tachado de criminales que no quieren luchar. Declaro miserable calumniador a todo camarada que vuelva a presentarse aquí con la afirmación de que no queríamos ni queremos luchar sin aportar la prueba de esa afirmación. Y si aquí se cita a Däumig, sí, camarada Rádek, la carta de Däumig está firmada por Däumig, y la carta de Neumann estaría firmada por Neumann. Pero el camarada Däumig responderá de su carta. Esto de escribir cartas es un asunto delicado, pues yo tampoco tengo ningún control sobre lo que el camarada Friesland escribe a Moscú. Que defiendan las cartas quienes las han escrito, y no nosotros. Si se logra acabar con toda la miseria del partido y con esta situación, y si podemos hacer que el partido esté dispuesto para la lucha, nos alegraremos. Esperaremos y trabajaremos, y eso mismo lo exigimos de todos los demás. *(Aplausos.)*

**Münzenberg.** Camaradas, espero que no se considere una molestia que vuelva a hablar de las tesis y de las enmiendas, cosa que no ha ocurrido desde ayer por la mañana. Camaradas, en la fracción de la Internacional Juvenil hemos examinado la propuesta del Partido ruso y también las enmiendas alemanas, y hemos llegado a la conclusión de que en las líneas de principio estamos de acuerdo con las propuestas del Partido ruso, pero que existe la necesidad de correcciones indispensables de las tesis, tal como se indican en las propuestas alemanas, y que precisamente por eso aprobamos en principio las enmiendas alemanas.

Camaradas, encontramos que en la actual formulación y redacción de la propuesta rusa se ha golpeado con demasiada fuerza a la izquierda con mazos de madera, mientras que los errores y omisiones de la llamada derecha se han señalado con demasiada suavidad y blandura. Y vemos en la historia de la revolución proletaria de los tres últimos años que los llamados pecados de izquierda y tonterías de izquierda no han causado ni de lejos tanta desgracia y tanta ruina como una décima parte de las tonterías de la derecha. Creemos que es indispensable hacer correcciones. Creo que el camarada Lenin no tiene razón cuando intenta presentar las cosas como si la izquierda aspirara a formar un pequeño partido de unos pocos camaradas que harían la revolución con granadas de mano y ametralladoras, y la derecha fuera de camaradas que quisieran formar el movimiento de masas según grandes principios de perspectiva política y con acciones ejemplares. En realidad no es así. Todos esos partidos que aquí se han denigrado como partidos malos, como el francés y el checoslovaco, y también otros, merecen la crítica que el camarada Lenin ejerció con tanta severidad en su intervención de ayer, como mínimo en la misma medida. Es cierto que ayer el camarada Burian dijo que en Checoslovaquia se hace más en el trabajo de organización y en el trabajo sindical que en Alemania y en los demás partidos. Creo que eso no es del todo cierto. Precisamente nosotros nos situamos en el terreno de la actividad del partido, y entendemos por ello actividad en la propaganda, actividad en la organización. Ciertamente, vamos más allá y declaramos que no basta para un partido comunista, y que es incluso del todo imposible, que un partido comunista que en Europa occidental está día tras día en la mayor de las luchas contra los centristas y los socialpatriotas se limite esencialmente a la propaganda, si no quiere sufrir en poco tiempo un fiasco completo ante las masas. Los problemas del paro, de los trabajadores con jornada reducida, en una palabra, problemas como los que han desencadenado las sanciones, no bastan para ligarnos, como a los socialpatriotas y al USPD, a la vida política; es necesario también sustituirlos y subrayarlos con acciones efectivas. *(Aprobación.)*

Ninguno de nosotros ha exigido que el Partido francés, al movilizarse la quinta de 1919,[^283] se lanzara a la revolución o impidiera la movilización por la fuerza. Nuestra exigencia era que el Partido francés, mediante una propaganda enérgica, mediante acciones a la medida de sus fuerzas, mediante actos y manifestaciones que quizá se convirtieran en una huelga general, intentara aprovechar la crisis en el país y, de ese modo, impedir eventualmente la ocupación de la cuenca del Ruhr y, en definitiva, apoyar en su difícil posición al Partido Comunista de Alemania y ayudar a ese partido. Y quiero decir también que las tesis de hoy y los discursos pronunciados hasta ahora contra la llamada izquierda deberían aplicarse, como mínimo en la misma medida y con la misma dureza, contra los partidos de derecha. No rechazamos la necesidad del partido de masas. El camarada Burian expuso ayer que, si el Partido checoslovaco quiere y suenan los llamamientos, le siguen más de un millón.

El camarada Šmeral, que va a tomar la palabra, declara que en Checoslovaquia, si se quisiera, se podría hacer también la revolución. Nosotros decimos lo siguiente: no basta con tener un movimiento de masas, un partido de masas. ¿En qué nos distinguimos de los antiguos partidos de masas? En que declaramos que nuestro partido de masas, nuestro movimiento de masas, debe ser revolucionario. En este sentido hay que introducir sin falta añadidos en las tesis. El camarada Lenin ha declarado que las tesis de los camaradas rusos responden a las necesidades vitales del mundo entero. Pero en las tesis se critica con mucha severidad a la izquierda. Con la derecha se procede con más indulgencia. Muy amable. Solo quiero criticar muy brevemente la parte de las tesis que trata del Partido francés y de su política. Allí se dice:

«Los intentos de elementos revolucionariamente impacientes y políticamente inexpertos, que quieren aplicar en cuestiones y tareas concretas los métodos extremos, que por su naturaleza son métodos de la insurrección revolucionaria decisiva del proletariado, contienen elementos del aventurerismo más peligroso y, en caso de aplicarse, pueden frustrar por mucho tiempo la preparación verdaderamente revolucionaria del proletariado para la conquista del poder».

Tengo que dejar sentado que en Francia nadie propuso responder a la movilización con la revolución. ¿Qué quería la juventud francesa? La juventud francesa pidió al Partido francés que aprovechara la situación crítica contra la burguesía francesa y, con ello, contra el imperialismo, y la juventud presionó para que hubiera actos contra la movilización. Como en una sesión del Comité Ejecutivo un representante de la juventud sacó a relucir el asunto de manera algo desafortunada, se intenta arremeter en las tesis contra la juventud francesa con semejantes golpes. Contra quienes hacen la peor política de aventuras, contra la derecha, no se procede con esa severidad. Esto requiere sin falta una corrección en las tesis, señalando el peligro de la derecha como mínimo en la misma medida. ¿Dónde está, pues, el peligro de la izquierda, si la cuestión del KAPD ya está liquidada? Recuerdo que en el II Congreso llamamos la atención sobre los peligros que nos amenazaban desde la derecha. El camarada Lenin se lo ha reprochado ahora a la izquierda, en su resumen final, como un crimen. El peligro de la izquierda no existe en absoluto en la medida en que existía el año pasado el de la derecha. El peligro de la derecha, si consideramos solo el discurso de Burian y la conducta de Šmeral y del Partido francés, es mucho mayor, y por eso tenemos que exigir que ese peligro se mencione con la misma fuerza en las líneas tácticas. *(Vivos aplausos.)*

**Presidente Koenen.** Tiene la palabra el camarada Lukács;[^284] respecto a esta petición de palabra hay una declaración de la mayoría de la delegación húngara, que hace constar que no presenta ningún orador en este debate y que el camarada Lukács habla solo en nombre de la minoría de la delegación húngara. La minoría de la delegación ha presentado una declaración que dice así:

«En la sesión de ayer del congreso, el presidium leyó una declaración de la “mayoría” de la delegación húngara en la que esta se situaba en el terreno de las enmiendas alemanas. Esta declaración requiere algunas correcciones. En los últimos meses surgieron en el PCH diferencias entre la mayoría del Comité Central, por un lado, y Béla Kun y algunos de sus partidarios, por otro. A iniciativa del Comité Central, la cuestión se sometió a la decisión del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista. El Comité Ejecutivo decidió que la cuestión se resolviera durante el congreso. Como el presidium del Comité Ejecutivo ha reconocido a Béla Kun y a sus partidarios como fracción independiente, la delegación húngara consta de dos partes. Además, los representantes enviados con voto consultivo por la región de Pécs-Baranya[^285] pasaron a ser también miembros de esta delegación. Los partidarios del grupo de Béla Kun que se encontraban en Moscú en el momento de esa decisión formaban una mayoría numérica frente a los enviados del PCH. Estos no protestaron contra esa composición de la delegación, porque se llegó al acuerdo de que ambas fracciones tuvieran el mismo número de votos. En tales circunstancias, no puede hablarse de una mayoría de la delegación húngara.

»Los delegados del PCH abajo firmantes se sitúan por principio en el terreno de las tesis rusas. Pero quieren conseguir en la comisión que las tendencias dirigidas contra los centristas y semicentristas, así como el subrayado del papel del partido en la revolución y de la importancia de la disciplina revolucionaria, se expresen de un modo que excluya toda mala interpretación.

»El presidente de la delegación húngara:

»Jenő Landler.[^286]

»János Hirossik, Albert Király, György Lukács».

**Lukács** (PCH). Camaradas, los representantes del Partido Comunista de Hungría, «fracción minoritaria», que han hecho esta declaración, se sitúan por principio en el terreno de las tesis que ha presentado el partido ruso. Pero opinan que en estas tesis hay algunos pasajes que, sin apoyar tendencias centristas o semicentristas, se prestan sin embargo a que esas corrientes los reinterpreten eventualmente en el sentido de tales tendencias. Por eso haremos enmiendas en esa dirección y apoyaremos propuestas semejantes. Esto no significa, pues, que desaprobemos todas las enmiendas presentadas hasta ahora, sino solo que no podemos sumarnos a ellas en todo su contenido.

Queremos precisar sobre todo nuestra posición respecto al papel del partido en la revolución. Es el problema más esencial de la táctica, y está esencialmente ligado a la Acción de Marzo. Por eso se comprende que casi todas las intervenciones hayan girado aquí, positiva o negativamente, aprobándola o rechazándola, en torno a la Acción de Marzo. Pero en la Acción de Marzo se trata de dos cosas distinguibles en principio, teóricamente y también tácticamente: 1. La esencia real que contiene la Acción de Marzo, de la que tenemos que aprender. 2. Cómo se llevó a cabo la Acción de Marzo y cómo la fundamentaron sus iniciadores. Hay que constatar aquí un fenómeno singular. Mientras que en otras ocasiones hemos podido observar que empresas putschistas recibían a posteriori una fundamentación marxista, aquí se ha presentado un gran movimiento revolucionario de masas, que fue un paso adelante esencial, como si se hubiera tratado de un putsch. El extravío teórico nace de la teoría que se ha elaborado en torno a la Acción de Marzo. Quiero leer algunas citas de la recopilación que caracterizan la concepción unilateralmente militar y completamente putschista, que sin embargo no tiene nada que ver con la Acción de Marzo misma. En un pasaje de la recopilación se dice: «Pero si el proletariado toma la ofensiva, la reacción no tiene tiempo de armar a esas masas dispersas y de reunirlas a tiempo».

Cuando aquí el camarada Pogány afirma que el paro actual corresponde económicamente a la separación de los productores respecto de los medios de producción en el periodo de la acumulación originaria, eso es un completo disparate. El obrero de la fábrica está económicamente tan separado de los medios de producción como el parado. El espíritu de esta concepción putschista se expresa con la mayor claridad en el siguiente pasaje:

«La consigna del partido no puede ser, pues, otra que: ofensiva, ofensiva a toda costa, con todos los medios, en esta situación en que se ofrecen serias posibilidades de éxito».

*(Pogány: Cita usted mal.)*

*(Rádek: Eso está en el artículo de Lukács en* Die Internationale*.)*

**Lukács.** Sigo. Ese mismo artículo afirma que se trataba de una acción parcial, y el objetivo de esa acción parcial se define así:

«Pues no se plantea como objetivo final la conquista del poder, sino solo el desarme de la burguesía y el armamento del proletariado». Con esto se ha oscurecido por completo el problema más importante que contiene la Acción de Marzo, porque ¿de qué se trata en la Acción de Marzo? ¿Qué tiene de particular la situación de Alemania frente a todos los demás países? En primer lugar, que en Alemania hay un Partido Comunista que es un partido de masas mucho más consolidado que los partidos de otros países. De ello se derivan grandes obligaciones para este partido. Del otro lado están las organizaciones obreras contrarrevolucionarias. Las tesis ponen a los sindicatos que están en manos de una dirección contrarrevolucionaria aproximadamente en la misma línea que los partidos obreros contrarrevolucionarios, mientras que la función de esos partidos obreros es esencialmente distinta y más peligrosa que la de los sindicatos contrarrevolucionarios. Esa diferencia se expresa ya en nuestra distinta actitud hacia ellos. En pocas palabras: queremos arrancar los sindicatos de las manos de los socialdemócratas y de los centristas, pero queremos destrozar, aniquilar, los partidos de derecha y centristas. Se trata, pues, en uno y otro caso de algo completamente distinto. Lo esencial de la diferencia está en el efecto. El efecto contrarrevolucionario de los sindicatos culmina en la tendencia a despolitizar el movimiento; desorganizan políticamente a las masas obreras, las vuelven amorfas. Con ello pueden, ciertamente, impedir muy a menudo que las masas emprendan acciones espontáneas, pero su función más importante consiste en desviar y sabotear las acciones que ya han estallado. Los partidos obreros contrarrevolucionarios, en cambio, dan a sus partidarios una dirección reaccionaria determinada, políticamente clara. Con ello pueden atajar incluso la posibilidad de acciones espontáneas de masas, incluso la posibilidad de que el proletariado entre en una efervescencia que el Partido Comunista pueda luego aprovechar para llevar adelante la revolución. En Alemania surgió ya antes de la revolución cierta diferenciación en los partidos obreros. Se consolidó durante la revolución y activó a grandes sectores, y muy en particular a los más interesados por la política, no solo en sentido revolucionario, no solo en el Partido Comunista, sino también en el USPD y el SPD. Esta diferenciación se ha consolidado mucho en los últimos tiempos y ha quedado fijada ideológica y organizativamente en los partidos, mientras que en las masas organizadas solo sindicalmente, o allí donde las luchas intelectuales y tácticas no han calado todavía tan hondo, no observamos una diferenciación tan anquilosada. Vemos esta diferencia en algunas regiones donde, a pesar de los sindicatos contrarrevolucionarios, pueden estallar enormes acciones espontáneas. De ahí nace el problema particular ante el que se encuentra ahora el VKPD.

La propaganda, e incluso los llamamientos a la acción, no pueden bastar para este fin, porque ya no nos dirigimos a una masa política amorfa, porque no están solo los sindicatos, que quieren despolitizar a la clase obrera, sino organizaciones obreras contrarrevolucionarias con programas políticos determinados. Aquí el VKPD tenía que intervenir con acciones, porque arrancar organizativamente a esas masas fijadas ideológicamente y atadas políticamente solo es posible mediante acciones de iniciativa. Para eso están las acciones parciales. Pero no podemos considerar en modo alguno acciones parciales aquellas cuyo objetivo sea, por ejemplo, el desarme de la burguesía y el armamento del proletariado. Esa consigna debe estar ante nuestros ojos como objetivo al final de la lucha. Tenemos que trabajar para que los movimientos desemboquen en el armamento del proletariado. Pero con esa consigna no podemos iniciar hoy las acciones, porque las masas que se han vuelto contrarrevolucionarias no son receptivas a esas consignas. Tenemos que enlazar las acciones parciales con las cuestiones del día; al hacerlo, tenemos que proceder con iniciativa, es decir, de manera ofensiva, para poner a las masas obreras en movimiento, en efervescencia; no solo mediante el esclarecimiento, sino mediante acciones, mediante la actuación del VKPD. Una vez surgido ese movimiento, una vez arrancadas las masas de las organizaciones obreras contrarrevolucionarias, es posible presentarse con otras consignas de mayor alcance. El gran error consistió en que la acción empezó con eventuales consignas finales y por eso no logró lo que podía lograrse. Fue la actitud teórica equivocada de una parte de la dirección del partido, que no comprendió el problema que hay detrás de la acción. En este sentido haremos enmiendas que os presentaremos. *(Vivos aplausos.)*

**Thalheimer** (VKPD). Camaradas, me veo obligado ante todo a dejar sentados algunos hechos sencillos que se refieren todavía a la Acción de Marzo. En cuanto al efecto de la Acción de Marzo, quizá baste con destacar algunos hechos. Hoy tenemos en nuestras manos la dirección del movimiento de parados de Berlín. Tenemos la mayoría en el consejo de parados de Hamburgo. En las elecciones de los ferroviarios de Berlín obtuvimos unos 4.900 votos, frente a algo más de 5.000 votos del USPD y el SPD juntos. En el sindicato de encuadernadores obtuvimos la mayoría, aunque el SPD y el USPD se presentaron juntos; por último, algunos hechos más: en el sindicato de empleados se acordó en la asamblea de funcionarios sindicales, por 69 votos contra 63, expulsar a los funcionarios comunistas. Al día siguiente, el presidente, Leipart, retiró el acuerdo, porque no eran lo bastante fuertes para llevarlo a cabo. Hechos parecidos se dan en el sindicato de carpinteros de ribera. Una moción contra los comunistas fue rechazada por una mayoría de tres cuartos.

Sobre lo expuesto por Neumann, algunas rectificaciones. Lo que ha comunicado sobre el telegrama relativo a Anna Geyer es cierto. No tengo la intención de echar tierra sobre el asunto en modo alguno. Las cosas son así: Anna Geyer, con un grave abuso de confianza, participó sin protestar en las decisiones dentro de la Central y luego entregó el material a Paul Levi. *(Gritos de «¡qué vergüenza!».)* Ha cometido repetidamente las más graves faltas de disciplina, y mi opinión es que una Central que se dejara tomar el pelo de ese modo no sería digna de dirigir el partido. El camarada Neumann habría hecho mejor callando que la *Freiheit* explota estos asuntos, porque entonces surge involuntariamente la pregunta: ¿cómo llegan estas cosas a la *Freiheit*, y a quién sirven en la *Freiheit*? *(Vivas interrupciones.)* Convendría ser prudente, porque no ha sido el primer caso.

Sobre la suspensión del movimiento, Neumann difunde datos que ya hemos oído a menudo, pero que no se vuelven más ciertos por repetirlos. Afirma que la mayoría de la Central estaba a favor de suspender la huelga y se dejó aterrorizar por Eberlein.[^287] Tengo aquí el acta del 30 de marzo. Según esa acta, el camarada Brandler expuso allí:

«Tan unitaria como empezó la acción tiene que ser también su suspensión. Parece haber un malentendido en cuanto a que mi posición signifique ya una suspensión hoy. No es así. Aunque la decisión al respecto solo se note dentro de dos o tres días, tenemos que tenerlo claro ya hoy, para adoptar la actitud correspondiente también ante nuestros camaradas y nuestros distritos».

Luego viene el «teórico» Thalheimer: «Ante la mayoría contraria a la suspensión, no me opongo a dejar a estos camaradas uno o dos días más, para llegar a la misma opinión, desde la posición ya adoptada hoy, sobre la necesidad de suspender el movimiento, y llevarlo a cabo de manera unitaria y cohesionada».

Éramos de la opinión de que, aunque hubiera fuertes diferencias, la suspensión de la acción tenía que hacerla el partido de manera unitaria. *(Rádek: ¡Muy cierto!)* Luego Neumann ha contado otra leyenda sobre un llamamiento que se habría redactado de antemano. No necesito hablar de ello, porque eso ya es pura leyenda.

Paso ahora a la modificación de las tesis. El camarada Lenin ha arremetido contra las mociones con la energía que admiramos en él, pero tuve la impresión de que derribaba con gran ímpetu puertas abiertas. La posición general de la delegación alemana es que estamos de acuerdo con la orientación fundamental de las tesis. Eso se expresa ya en que no hemos presentado contratesis propias. Pero opinamos que en una serie de casos hay que desplazar los acentos, el centro de gravedad, y en concreto de modo que el centro de gravedad entre derecha e izquierda se desplace a favor de la izquierda, porque no vemos en la Internacional ningún peligro serio de izquierda. El camarada Lenin ha expuesto que con la derecha ya hemos ajustado cuentas, que ya no se hace deporte de la lucha contra la derecha, que es hora de empezar otro capítulo. Por desgracia, todavía no hemos terminado con la derecha. Ni siquiera en el Partido ruso hemos llegado tan lejos. La situación general en la Internacional es, y probablemente seguirá siendo, tal que habrá que luchar continuamente tanto contra las desviaciones oportunistas de derecha como contra las desviaciones de izquierda. La cuestión es dónde está el peligro mayor y dónde el menor. El camarada Lenin ha alegado: hemos aprobado la expulsión de Levi, es un hecho político. Serrati está fuera de la Internacional, y eso es también un hecho político. Hemos dado al KAPD un ultimátum con plazo, y eso es también un hecho político. Y hemos vencido en el movimiento italiano a la corriente antiparlamentaria, y eso es, por último, también un hecho político. Llegamos a la conclusión de que el peligro de izquierda no puede ser especialmente grande.

Luego, la orientación fundamental de las enmiendas que proponemos. El camarada Lenin ha leído en ellas como orientación fundamental que tenemos reparos contra la idea de que hay que formar grandes partidos revolucionarios de masas y de que la mayoría de la clase obrera, todas las capas trabajadoras, deben estar con el comunismo para atreverse al asalto contra la sociedad burguesa. Pero las cosas no son así.

La concepción que el Partido alemán ha defendido en su programa y que ha defendido en la práctica puedo quizá exponerla tal como está fijada ya en el programa de la Liga Espartaco.[^288] Quiero leer ese apartado. En el programa de la Liga Espartaco, de finales de 1918, se decía: «La Liga Espartaco nunca tomará el poder gubernamental si no es por la voluntad clara e inequívoca de la gran mayoría de la masa proletaria de toda Alemania, nunca si no es en virtud de su acuerdo consciente con las ideas, los objetivos y los métodos de lucha de la Liga Espartaco». Así pues, nunca, desde el principio, hemos combatido esa posición en nuestro programa; hemos demostrado en la práctica que compartimos plenamente el punto de vista que se defiende aquí, en el programa espartaquista. Hemos criticado la redacción por la consideración, por el temor, de que esa redacción dé a los elementos oportunistas ocasión de desarrollar una concepción puramente numérica, una concepción puramente estadística de las posibilidades de la lucha. Por eso propusimos quitar «mayoría» y poner en su lugar «clase obrera» sin más. ¿Qué quiere decir eso? No es menos, sino que significa más que la mitad de la clase obrera. Y ahora otro pasaje. En el párrafo que se refiere a Checoslovaquia no hemos suprimido que el partido tenga la tarea de atraer a masas todavía mayores, sino que también aquí hemos intentado desplazar el asunto, hacer un cambio de orden: decir que el partido tiene también esa tarea, pero que tiene ante todo la tarea de educar en el comunismo a las grandes masas que tiene detrás, de influir en ellas con la propaganda, de llevarlas a las luchas venideras.

Esta es la concepción de conjunto en que se basan nuestras enmiendas, una concepción de conjunto que, a nuestro juicio, merece ser tenida en cuenta y que tiene que tenerse en cuenta si, como es el caso, una serie de partidos, una serie de delegaciones, se suman a nosotros. El camarada Lenin ha dicho con toda razón que las tesis, tal como están, son un compromiso, en el plano del comunismo, naturalmente. Ahora vienen una serie de fuerzas más que no quieren sacar la línea de ese plano, sino darle un giro dentro de ese plano. Creo, por eso, que esta correlación de fuerzas tiene que tenerse en cuenta sin falta en el resultado final. *(Vivos aplausos.)*

**Clara Zetkin.** ¡Camaradas! Primero, algunas aclaraciones. Respecto al material sobre los efectos de la Acción de Marzo que hemos dado a conocer mis amigos y yo, tengo que declarar lo siguiente: ese material nos lo transmitieron los revisores de cuentas del partido. Como, a pesar de ello, el material ha sido impugnado, he pedido al Ejecutivo que haga venir aquí a uno u otro de esos revisores con los datos en que se basa el resultado de su revisión, para que el material se examine de manera totalmente irreprochable y objetiva. Más adelante se aclarará también algo sobre cómo hay que valorar el material que se ha presentado aquí desde el otro lado.

No es mi intención responder a todos los ataques personales que han llovido sobre mí desde ayer, y ya antes. Sobre algunas afirmaciones que me parecen importantes he entregado para el acta una declaración por escrito, que oirán ustedes al final de la sesión. Sobre otra afirmación dije ayer lo más importante en una interrupción, aunque olvidé añadir una cosa. A saber: que el camarada Heckert habría podido informarse sobre mi supuesto aferramiento al escaño en las columnas de la *Rote Fahne*. Allí, tras consultarme, se había rectificado el asunto, después de que el día anterior la *Freiheit*, con un propósito muy transparente, sirviera a sus lectores ese bulo.

Sobre el caso Levi y mi supuesta culpa en él no quiero hablar aquí. Ayer, en las acusaciones del camarada Heckert, solo eché de menos la afirmación de que el camarada Paul Levi no fue dado a luz por su madre, sino que fui yo quien trajo al mundo a ese proscrito monstruo político de color amarillo azufre. *(Risas.)* Para el congreso, y con ello también para mí, este aspecto del asunto quedó zanjado, contra nuestra oposición, con el caso Levi en el informe del Ejecutivo. Ciertamente, mi opinión personal es que la última palabra al respecto la dirá el propio Paul Levi si, como espero, a pesar de todo sigue trabajando y luchando también en el futuro como comunista, en un terreno de principios común con nosotros y en la misma línea que el Partido Comunista.

¡Camaradas! Luego se les ha contado aquí que desde la fundación del Partido Comunista yo habría sido en general una figura vacilante e insegura. Sobre esta afirmación dejo sentadas algunas cosas más adelante, en mi declaración, pero ahora quiero observar una. Del certificado de mi debilidad e insuficiencia que me ha extendido el camarada Heckert me he sentido en gran medida consolada cuando, tras la intervención del camarada Lenin, comprendí ayer qué excelentes educadores, qué fuerte apoyo para la teoría y la práctica política tengo en los miembros de la Central del Partido Comunista alemán.

Me opongo a que se construya aquí un caso Zetkin y a que, después del caso Levi, se trate un caso Zetkin. A mi juicio, ha perjudicado extraordinariamente a la discusión y al esclarecimiento de principio de la cuestión debatida, en Alemania y aquí, que en lugar de la bancarrota de la teoría de la ofensiva revolucionaria de la Central y de su repliegue a la defensiva necesaria de la Acción de Marzo se haya discutido extensamente el caso Levi. No quisiera contribuir a que ahora un caso Zetkin siga desempeñando el mismo papel en el congreso.

Sobre el fondo del asunto, lo siguiente. Confieso, y lo digo sin reservas, que no he cometido uno, sino dos errores, y además dos grandes errores. A saber: en primer lugar, que en la Acción de Marzo no distinguí con la suficiente nitidez y claridad la acción, la lucha de las masas proletarias, de la dirección de la Central del partido. En segundo lugar, que no separé con la suficiente nitidez la voluntad, sin duda buena y honrada, del partido de pasar de la propaganda a la acción, de la actitud teórica y política del todo insuficiente de la Central ante la acción. Vean ustedes: nunca me ha dado reparo decir que he cometido un error y que he aprendido de los acontecimientos.

Es cierto que el camarada Rádek me ha reprochado: «Usted misma habló también de la ofensiva revolucionaria y contribuyó así a que surgiera la teoría falsa». Sí, camarada Rádek, a veces a uno le puede pasar algo en lo que nunca había pensado. Y si yo he de haberme hecho culpable de que surgiera la teoría falsa de la Central por haber hablado de «ofensiva revolucionaria», entonces usted, camarada Rádek, es mi cómplice. Pues usted escribió en *Die Internationale* el 15 de marzo, tras caracterizar la actitud anterior del VKPD: «Estos hechos son sin duda prueba suficiente de lo difícil que le resultó a una parte de los camaradas dirigentes de la Liga Espartaco pasar de la defensiva impuesta de 1919 a la ofensiva creciente que se hizo posible desde la radicalización de las masas obreras del USPD en 1920». Camaradas, en cuanto a la «ofensiva revolucionaria», me encuentro de acuerdo con el camarada Rádek; pero ni él ni yo entendíamos con las palabras «ofensiva revolucionaria» lo mismo que correspondía a la actitud política de la Central en el momento crítico, sino el paso a la actividad más intensa del partido, que, en la más estrecha unión con las masas, tenía que llevar a la acción revolucionaria. Y en ese sentido estoy dispuesta a usar todavía hoy la expresión «ofensiva revolucionaria», aunque sé que trasladar lo técnico-militar a lo político, al terreno de la lucha de clases, no es del todo exacto, sino que cojea, como todas las comparaciones. En cuanto al fondo, el camarada Michalak ha dicho ya excelentemente lo necesario al respecto. Para los proletarios no hay más que lucha revolucionaria, porque la defensiva se convierte de inmediato en ofensiva y la ofensiva de inmediato en defensiva. Y ni la una ni la otra son posibles sin la actividad constante y de rumbo seguro no solo del partido, sino de las más amplias masas fuera del partido.

En ese sentido, camaradas, hablé de la posibilidad, e incluso más, de la necesidad de una ofensiva revolucionaria. Pero mi actitud ante la ofensiva exigida era muy distinta de la de la Central. Delimité con precisión las condiciones que, a mi juicio, eran presupuestos de una ofensiva semejante. Era, en primer lugar, la visión más exacta del conjunto de la situación económica y política. Era, en particular, también la claridad sobre la posición que en el momento dado adoptarían los dirigentes sindicales y los afiliados de los sindicatos. Era, además, la necesidad del contacto más íntimo y estrecho del partido con las masas. Luego, la elección de objetivos de lucha (fíjense bien), no de consignas propagandísticas de reagrupamiento del Partido Comunista, sino de objetivos concretos de la lucha proletaria de masas, que, diría yo, brotaran de forma natural de la situación, que las más amplias masas sintieran como necesidad vital y que, por eso, prometieran desencadenar y avivar su comprensión, su voluntad y su máxima energía. Por último, también la necesaria preparación organizativa del partido.

A mi juicio, la ofensiva revolucionaria, tal como la concebía la Central, pecó contra estas condiciones previas más elementales de una arremetida. La Central no valoró la situación concreta en su conjunto, sino que partió de especulaciones teóricas sobre posibilidades económicas y políticas vistas de forma unilateral, que estaban cerca, que podían producirse, pero a las que también se oponían a su vez otras tendencias. Luego valoró esas tendencias determinadas de la vida económica y política como hechos ya realizados, y más aún: como hechos que ya se habían vuelto vivos y llenos de voluntad en la consciencia de las masas. Por atender a lo que podía ser posible, se había pasado por alto lo que era real. Se creyó poder forzar la situación con un acuerdo fabricado en la retorta de las instancias del partido y que había de provocar el cambio inmediato de una masa del partido todavía no preparada interior, política e intelectualmente. Todo eso se expresó con bastante claridad en la consigna principal: derrocamiento del gobierno. Se ha negado que se diera. Pero hay pruebas suficientes de ello. Se desprende también del discurso de Frölich en el Reichstag, en el que este hizo la afirmación, a mi juicio muy audaz, de que la situación histórica en Alemania era la misma que en vísperas de la proclamación de la dictadura de los consejos en Hungría. Frölich terminó su discurso así: llamamos a los proletarios a la lucha por el derrocamiento del gobierno. ¡Ciertamente, el derrocamiento del gobierno! Yo sería la última en retroceder ante la idea de provocarlo. Pero entonces no se trataba de nuestros deseos, sino de otra cosa: ¿reconocían en aquel momento las más amplias masas el derrocamiento del gobierno como su objetivo de lucha próximo, inmediato?

*(El presidente toca la campanilla para indicar que el tiempo de intervención ha terminado.)*

Camaradas, pregunto si puedo hablar algo más. Aquí me han apaleado tanto que me es imposible responder en diez minutos.

**Zinóviev.** Propongo conceder a la camarada Zetkin un cuarto de hora más de tiempo de intervención. *(Aprobación.)*

**Zetkin** (continuando). Camaradas, voy a resumir brevemente. A mi juicio, la posición era…

**Vaughan.** Estoy en contra de prolongar el tiempo de intervención.

**Zetkin.** Entonces hago constar que me ha sido imposible defender mi punto de vista.

**Presidente Koenen.** ¿Hay alguna objeción a que se prolongue el tiempo de intervención? Someto a votación si la camarada Zetkin, conforme a la propuesta del presidium, ha de disponer de un cuarto de hora más.

*Se aprueba la moción.*

**Presidente Koenen.** La camarada Zetkin puede, pues, hablar un cuarto de hora más.

**Zetkin** (continuando). Camaradas, mi opinión es esta: como la Central tenía una posición política errónea respecto a la ofensiva revolucionaria, llegó a una posición falsa respecto a la lucha de marzo y fue incapaz de llevar a cabo la Acción de Marzo como habría sido necesario. El camarada Rádek ha descrito cómo debía haberse hecho. No quiero entrar en ello; solo destaco aquello en que mi visión de las cosas se distingue de su exposición. A mi juicio, los errores de la Acción de Marzo no fueron errores como los que se producen en toda lucha y que en parte son inevitables, sino que estaban orgánicamente fundados en la propia y errónea teoría de la ofensiva. Y aclarar la cuestión en litigio habría sido mucho más fácil y menos doloroso si los defensores de la ofensiva revolucionaria hubieran emprendido una crítica y un examen desapasionados de la acción. ¿Qué ocurrió en cambio? En la *Rote Fahne* apareció, en lugar de una crítica objetiva y serena del movimiento, una glorificación y una justificación unilaterales y tendenciosas. Y no ya de la lucha de marzo como acción defensiva de masas proletarias, sino de la teoría, a mi parecer engañosa y dañina. Se declaró que esa teoría tenía que ser la norma para activar al partido y a las masas con vistas a las futuras luchas revolucionarias. En el volumen colectivo de la Central *Taktik und Organisation der revolutionären Offensive*[^289] se dice expresamente: «La Acción de Marzo como acto aislado del partido sería —en eso tienen razón nuestros adversarios— un crimen contra el proletariado. La ofensiva de marzo como comienzo de una serie de acciones crecientes es un acto liberador».

Ved, camaradas, de esta situación nació en Alemania la atmósfera ardiente y apasionada de crítica y de enfrentamiento sobre la cuestión.

**Thalheimer.** ¡Pero si yo ese libro ni lo conozco!

**Zetkin.** No se ha publicado. La alabanza de la teoría de la ofensiva revolucionaria apareció en la *Rote Fahne* día tras día. La lucha contra ella y contra la práctica que se le prometía ha nacido de esta angustiosa preocupación: si las acciones que serán necesarias en el futuro, y que son una cuestión de vida o muerte para el partido, se siguieran llevando a cabo con arreglo al mismo esquema de la nueva teoría, el partido se hundiría y el proletariado revolucionario de Alemania perdería así la dirección que necesita.

Tengo que hacer constar aquí otra cosa. Estamos convencidos de que la falsa teoría de la ofensiva revolucionaria, que se condena en las tesis de nuestros amigos rusos, no fue la consecuencia, sino el punto de partida de la práctica; de que la Acción de Marzo, el modo en que se llevó a cabo, fue la primera prueba práctica de esa teoría. De esta convicción ha nacido nuestra enmienda al apartado correspondiente de las tesis sobre la táctica. Y nuestra visión se distingue aún en otro punto de la de nuestros amigos rusos. Expongo sin rodeos esta visión nuestra, aunque sé que con ello chocaré con la más viva resistencia. Yo y muchos camaradas de Alemania y de otros países sostenemos por principio que la crítica de las faltas y los errores del partido no puede limitarse a las organizaciones del partido, a los órganos del partido. Esa crítica tiene que salir a la más amplia publicidad y llevarse ante las propias masas. Comprendemos la opinión contraria de nuestros amigos rusos por la historia del partido, por la situación en Rusia. Pero entre nosotros, en Europa occidental, las condiciones son distintas. Suponed que llegamos a una asamblea de masas y los Scheidemann y los Dittmann nos atacan y preguntan: «¿Qué piensas tú de esta o aquella actuación de tu partido?». Si declaráramos entonces que de eso solo discutimos con gente que pueda acreditar con el carné su pertenencia a nuestro partido, sencillamente nos pondríamos en ridículo ante la opinión pública. Pero hay algo aún más importante. Nuestros propios obreros no lo tolerarían. Exigen que se discutan abiertamente las faltas y debilidades del partido, porque tales debates, si se mantienen en un plano objetivo, son para ellos educación y esclarecimiento. Los proletarios tienen además otro derecho a ello: tienen que pagar con sus sacrificios, con su libertad, con su vida, nuestra política y sus errores. *(Aprobación.)*

En cuanto a las tesis sobre la táctica aquí presentadas, opino que algunos pasajes necesitan una formulación aún más tajante, que la voluntad de lucha, de avance enérgico, debe expresarse con más claridad y con más fuerza. Pero esas son pequeñas correcciones de estilo para la comisión de redacción. Considero importante en cuanto al fondo que en la página 16 se inserte un párrafo: un pasaje que obligue a los partidos de Francia, Alemania, Bélgica y Luxemburgo a colaborar de forma sistemática y permanente para movilizar en la lucha revolucionaria a las masas obreras de los grandes centros occidentales de la extracción de carbón y mineral de Europa central. Y la obligación correspondiente debe valer también para la cooperación de nuestros partidos comunistas de Alemania, Polonia y Checoslovaquia en el centro oriental de la producción de carbón y mineral de Europa central. Creo que son reivindicaciones que se justifican por sí mismas y de las que no necesito hablar aquí. Puedo dar los argumentos en la comisión.

Quiero terminar diciendo que, a mi juicio, no se puede tratar de reconciliar a unas personas con otras, de practicar una política de encubrimiento. Todos nosotros, personalmente, no somos nada ante la revolución. Se trata de crear el terreno de principios sobre el que el Partido Comunista de Alemania pueda afrontar las gigantescas batallas del futuro. Ese terreno de principios lo crean, a mi parecer, las tesis de Trotski y las tesis del camarada Rádek. Ambas van juntas, son un todo inseparable. Juntas contienen el formidable llamamiento a los proletarios de todos los países: sea cual sea la situación, estáis obligados a desplegar la energía más extrema, a la lucha revolucionaria. Las tesis, unidas, como un todo, gritan a todos los partidos comunistas: tenéis que conservar en vuestra táctica la elasticidad necesaria para estar preparados para todas las situaciones. Tenéis que ganar la fuerza de empuje necesaria para poder emprender en cualquier momento la lucha final, porque no sabemos si algún acontecimiento no la traerá como llega el ladrón en la noche. Pero tenéis que conservar también la capacidad de aguante para resistir si la lucha final no se acerca tan deprisa. Celebro que las tesis, que se funden en una unidad, hayan salido de las filas de nuestros camaradas rusos, que estén sostenidas por su comprensión teórica y, sobre todo, por su experiencia revolucionaria. Debemos a nuestros hermanos rusos, debemos al proletariado ruso, aún más que el mero conocimiento de los métodos y de los caminos de la lucha en este periodo en que el viejo mundo se hunde entre las tormentas y las llamas de la revolución mundial. Debemos a nuestros hermanos rusos, ante todo, también esto: que su ejemplo ha mostrado qué fuerza y qué poder tan importantes, y en último término decisivos, tiene la voluntad en la lucha revolucionaria. Una voluntad que con mirada clara abarca todas las posibilidades concretas, una voluntad que al mismo tiempo se dirige inquebrantable al objetivo final o, mejor dicho, a la próxima etapa del objetivo: la conquista del poder político y la instauración de la dictadura proletaria de los consejos, como la gran puerta por la que avanza la revolución mundial. *(Vivos aplausos y ovación.)*

**Vaillant-Couturier** (PCF). Camaradas, es de lamentar, en realidad, que en los debates, que debían dedicarse exclusivamente al informe del camarada Rádek, se hayan mezclado las directrices sobre la táctica y el informe del camarada Rádek. Esto ha causado cierta confusión. Quisiera exponeros ahora el punto de vista de la delegación francesa respecto al informe de Rádek, así como respecto a las directrices en general.

La delegación francesa está de acuerdo, en líneas generales, con las directrices propuestas por el Partido Comunista de Rusia. Solo desearía que se introdujeran algunas modificaciones en puntos concretos y que se resolvieran ciertas cuestiones de forma. Desearía proponer que se traten algunos hechos que se han perdido de vista por completo. La comisión tendrá que ocuparse de estas cuestiones en cuanto se reúna.

Al Partido Francés le parece deseable que el párrafo que se refiere al parlamentarismo se formule con algo más de precisión. Quiero dejar completamente al margen mis opiniones personales y exponer aquí, con la mayor objetividad posible, solo el punto de vista de la delegación francesa.

Por lo demás, en lo tocante al parlamentarismo, sería deseable que se dieran instrucciones más precisas a nuestros camaradas del parlamento. Conocéis el peligro que encierran las formas parlamentarias de cortesía en Francia y las costumbres que se han arraigado en el parlamento francés. Vosotros mismos mencionáis que nuestros camaradas del parlamento caen fácilmente en ciertos desatinos. Por eso es necesario aclarar nuestro punto de vista sobre este asunto en la comisión.

En cuanto a la llamada cuestión de la izquierda, que se trata en las directrices con todo rigor, estamos de acuerdo en que en nuestro partido no puede hablarse todavía de la existencia de una izquierda con una doctrina propia. Todo lo que podemos decir es que en nuestro partido —como sabéis— hay ciertas tendencias centristas. Somos un partido socialdemócrata —tengo que decirlo, aunque no quiero hacerle cumplidos al camarada Rádek por sus expresiones burlonas—, y en concreto un viejo partido socialdemócrata que ahora se encamina al comunismo. Reina, sin embargo, en nuestro partido cierto espíritu que nos frena un poco. Ciertos elementos que pertenecen a nuestra mayoría se sienten atraídos por la llamada izquierda; las directrices hablan, respecto a esos elementos, de aventurerismo.

A nuestro juicio, hay que asestar a la derecha un fuerte puñetazo; pero, por otra parte, a la izquierda tampoco le vendría mal un cachete amistoso, aunque duro.

Camaradas, no quiero volver sobre los acontecimientos que se mencionan en las directrices, es decir, el llamamiento a filas de la quinta del 19, etc. El texto es aquí bastante confuso. En la cuestión de los sucesos de Luxemburgo[^290] hay, a mi juicio, un malentendido. Como ha dicho el camarada Van Overstraeten, esa cuestión no existe en absoluto.

Las directrices alemanas que han llegado a mis manos contienen una inexactitud respecto a Francia. Citan algunos hechos concretos, pero incurren en una inexactitud respecto a la crisis de la cuestión de las reparaciones. Nosotros, la antigua mayoría del partido, deseamos aclarar ahora nuestro punto de vista sobre ello. A nuestro juicio, no se trata solo de reclamaciones justas, como lo expresa el texto alemán; hemos procurado entendernos con los camaradas alemanes sobre este punto y hemos sostenido que aquí no puede hablarse de una cuestión de las reparaciones; se trata más bien de hacer la revolución y de llevarla a la victoria.

El capital francés y el alemán no lograrán replicarnos nada que pueda movernos a plantear la cuestión de las reparaciones.

Hemos oído aquí muchos discursos. Yo, que deseo aprender alemán, estoy encantado con estos discursos alemanes. Se ha hablado mucho de la Acción de Marzo. Es sin duda una cuestión fundamental, de suma importancia. Aun así, habría que proceder de un modo algo distinto. Así tendríamos más posibilidades de llegar al fondo de ciertas cuestiones. Esta es mi opinión personal.

El proletariado francés ha seguido los acontecimientos de marzo con un interés extremo. Honramos la memoria de los obreros combatientes que cayeron durante la Acción de Marzo. Es cierto que se cometieron errores; de estas luchas, como también de la doctrina de la que se partió al prepararlas, pueden sacarse lecciones importantes. Por lo demás, de toda lucha, de toda batalla, pueden sacarse lecciones. En lo que se refiere en particular al caso Levi, el incidente —como ya se ha dicho— ha quedado zanjado con la decisión del Ejecutivo.

Al tratar de las directrices, vuelvo para terminar a Francia. Las directrices exponen que Francia es una potencia colonial. Contienen una advertencia al Partido Francés para que recuerde sus tareas respecto a las tropas de color. Por mi parte, habría deseado que en las directrices se planteara y tratara a fondo precisamente la cuestión colonial. En vista de las tesis del Segundo Congreso, es sin duda necesario entrar más de cerca en la cuestión colonial y tener presente lo siguiente: aunque estemos muy lejos de estar de acuerdo con ciertos elementos que, con fines que distan mucho de ser comunistas, promueven movimientos en el Oriente Próximo o en el Lejano Oriente, o aunque no estemos de acuerdo en absoluto con esos elementos, es nuestra tarea apoyarlos con todas nuestras fuerzas en su lucha contra el imperialismo mundial, y es tarea de la Internacional dedicarles una atención especial. Hemos despertado grandes esperanzas en esos pueblos oprimidos, que gimen bajo el doble yugo de sus capitalistas y sus grandes terratenientes, por una parte, y de los grandes capitalistas occidentales, por otra. No debemos darles la impresión de que se los ha abandonado; tenemos que ayudarlos de verdad con todas nuestras fuerzas.

¡Camaradas! El camarada Rádek trata en su informe la cuestión de las relaciones internacionales y de la unión de las fuerzas. En este sentido queremos esperar —me dirijo aquí a los camaradas alemanes, porque con ellos se produjo un malentendido— que el enlace con los grandes partidos de los Estados vecinos sea cada vez más eficaz. Pues en la base del malentendido estaba precisamente el hecho de que no tratábamos con suficiente frecuencia con los demás partidos, de que no manteníamos con ellos relaciones bastante estrechas. Pero esto es, sin duda, un fenómeno pasajero. Cuando lo hayamos eliminado, podremos trabajar tanto mejor por el bien de la revolución.

En cuanto a la Internacional Comunista, todos estamos sin duda de acuerdo en que organice grandes manifestaciones internacionales. Así tendremos la posibilidad de convencer con hechos al mundo burgués de la vitalidad y la fuerza de la Internacional Comunista.

Por último, creo también que todos estamos de acuerdo en que la Internacional, mediante la elección de agentes para los grandes partidos, les ponga ante los ojos el trabajo serio, meditado y riguroso de la Internacional.

Para terminar, tengo que decir que estamos plenamente de acuerdo con el contenido de las directrices que exponen que la Internacional tiene que ser una Internacional de la acción comunista y no de las frases y la teoría. En Francia entramos ahora en un periodo de persecuciones. Hasta ahora la burguesía se limitaba a acciones parciales, a pequeños ataques contra este o aquel grupo revolucionario. Con ayuda de las leyes que se están elaborando en el parlamento, con ayuda de leyes que se propone promulgar en el futuro, la burguesía prepara una gran ofensiva general. Por eso es, a mi juicio, nuestro deber reunir en Francia todas nuestras fuerzas, también las de quienes se califican de izquierda, porque pueden prestarnos buenos servicios en la acción, siempre que los mantengamos disciplinados *(Trotski: ¡De acuerdo!)*, y también las de quienes ayer mismo pertenecían a la derecha, pero se dan cuenta de la necesidad cada vez mayor de encontrar un terreno común para la agitación y la propaganda, con el fin de avanzar en filas cerradas y disciplinadas hasta la victoria. *(Vivos aplausos.)*

**Bell** (PC de Inglaterra). ¡Camaradas! En este congreso se ha dedicado, a mi juicio, demasiada atención a los asuntos del Partido Alemán. Puede que sea útil sacar lecciones de los desaciertos del Partido Alemán y de sus experiencias en general. Espero, sin embargo, que el camarada Rádek no se dedique en su respuesta exclusivamente a los asuntos alemanes, sino que tenga presente que los países anglosajones y los demás ofrecen un interés igual de grande y esperan con impaciencia la dirección de la Internacional en la cuestión de la táctica y en la de la política internacional en general. El camarada Bujarin dijo ayer por la noche que la cuestión de la acción de masas, o más bien la disputa sobre si debe ser una acción «ofensiva o defensiva», estaba superada. Me inclino a suscribir la interrupción del camarada Trotski cuando dijo que deberíamos escribir en las directrices «que quien no se tome en serio esta cuestión es un asno». Hay sin duda todavía más de un comunista, más de un miembro de la Internacional Comunista, a quien las orejas le han salido un poco demasiado largas; por eso es necesario que nos aclaremos de una vez por todas sobre lo que entendemos por organización de masas, por partido de masas. En este congreso la cuestión todavía no se ha rumiado ni de lejos con la profundidad suficiente. Ni de lejos se ha aclarado bastante qué queremos decir en realidad cuando hablamos de partidos de masas. Esto vale sobre todo para Inglaterra y América, donde por desgracia hasta ahora no hemos tenido organizaciones de masas ni partidos de masas. La cuestión tiene una importancia especialmente grande para los países anglosajones, y tengo que decir que el Partido Comunista de Gran Bretaña está de acuerdo en lo esencial con las directrices que se han propuesto aquí. El Partido Comunista de Gran Bretaña sabe muy bien que el movimiento comunista internacional no puede vencer sobre la base del sectarismo; que ese movimiento tiene que extenderse cada vez más y abarcar capas cada vez más amplias de las masas obreras, que todavía no reconocen todos los principios del partido, todas las doctrinas del comunismo. En Inglaterra ha habido un número considerable de grupos sectarios de esos, que sin duda realizaron un valioso trabajo de propaganda y de educación, pero que nunca lograron hacerse de verdad con los obreros. Tenemos que comprender por fin que ya no podemos limitarnos solo al trabajo de educación y de propaganda. Hemos entrado ahora en el estadio de la lucha por la toma del poder en el mundo entero. Tenemos que desarrollar nuestro trabajo de educación de acuerdo con las exigencias que nos impone la lucha por el poder. Solo si nuestro trabajo se desarrolla en la dirección de allanarnos el camino hacia la victoria tiene algún valor. Esta cuestión nos interesa especialmente en Inglaterra, porque Inglaterra es el país clásico del compromiso. La burguesía británica es la representante clásica del compromiso en la historia universal, y el Labour Party es por excelencia una organización oportunista y transaccionista. El Partido Comunista de Gran Bretaña tiene que aprender por ambos lados. Hemos visto el sectarismo y sus resultados. Hemos conocido también el oportunismo del Labour Party. El Partido Comunista de Gran Bretaña se esfuerza por tomar un camino intermedio entre la doctrina anquilosada del ala izquierda y la flexibilidad del Labour Party, una elasticidad que en su esencia no es otra cosa que puro oportunismo burgués.

Tengo que advertir aquí a nuestros delegados ultrarrevolucionarios que sus métodos quizá respondan a las necesidades de su propia organización y garanticen la pureza de sus principios, pero tienen que aprender a comprender que tales métodos nunca les darán en Inglaterra la dirección y la influencia sobre las masas obreras que son absolutamente necesarias para el desarrollo de nuestro movimiento revolucionario. Tengo que subrayar además que no nos serviría de nada virar demasiado a la derecha y seguir a los oportunistas en esa dirección. No debemos dejarnos arrastrar por la idea de un partido de masas como mera acumulación numérica; porque, si no, podríamos descubrir algún mal día que tenemos que vérnoslas con un gran número de oportunistas que viven actualmente a costa de los movimientos obreros. El Partido Comunista de Gran Bretaña ha apoyado la decisión del Ejecutivo en la cuestión checoslovaca, en la italiana y en la francesa. A nuestro juicio, podemos dejar tranquilamente a la mayor parte de los obreros que descubran por sí mismos a los Šmeral, los Turati, los Serrati y todos los demás partidarios de la II Internacional. Podemos confiar en su sano sentido común; ya se encargarán ellos de desenmascarar a sus oportunistas. La Internacional Comunista puede dejar tranquilamente esta cuestión en manos de los obreros.

El Partido Comunista de Gran Bretaña ha apoyado a la Internacional en estas tres cuestiones porque estamos convencidos de que la lógica de los acontecimientos en la lucha actual enseñará a las masas obreras lo necesario y nos dará la posibilidad de depurar el movimiento de los Šmeral, los Levi, los Serrati y los Turati.

Nuestros amigos de la izquierda temen que el partido, si lo convirtiéramos en un partido de masas, crezca en exceso y se convierta en lo esencial en un partido del oportunismo sin el menor entusiasmo revolucionario. Tenemos que aclararnos de una vez por todas sobre cómo podemos impedir mejor que nuestro movimiento se desvíe demasiado a la derecha o a la izquierda. Se nos ha preguntado qué prueba queremos aplicar con ese fin. Tenemos una piedra de toque excelente. No juzgamos por si se reconocen dogmas, teorías, fórmulas o doctrinas, por si se formulan directrices abstractas y se escriben bonitos artículos, como hacían Levi y otros intelectuales burgueses. La piedra de toque de que nos servimos es la acción. Nos permite descubrir fácilmente a los oportunistas que se cuelan en nuestra organización a través de las masas obreras. Así fue desenmascarado Levi. Si no hubiera habido Acción de Marzo, posiblemente Levi estaría hoy de nuevo aquí y desempeñaría un gran papel entre nosotros. Lo mismo vale para Checoslovaquia; afirman que podrían ejercer una influencia enorme sobre las masas, pero que sus dirigentes los frenan. Exactamente igual están las cosas en la sección italiana. La piedra de toque de la acción no solo muestra quién es oportunista, sino también quién se inclina demasiado a la izquierda entre los dirigentes. En lo que toca a esta cuestión, la izquierda encierra a mi juicio menos peligro que la derecha.

Paso ahora a hablar de Inglaterra. En las directrices, el párrafo que se refiere a Inglaterra es, en el texto inglés, bastante oscuro. El párrafo en cuestión debe de querer decir: «Tampoco el movimiento comunista inglés ha logrado todavía, pese a la concentración de sus fuerzas en un partido comunista único, convertirse en un partido de masas». El partido tiene actualmente 10.000 miembros; según recuerdo, el camarada Zinóviev menciona en su informe que en Inglaterra y en América existe el peligro del sectarismo.

Es verdad que el Partido Inglés todavía es pequeño; pero la causa no debe buscarse en modo alguno en que no deseemos atender los deseos del Ejecutivo de la Internacional Comunista. Está más bien en las condiciones políticas y psicológicas que predominan ahora en Inglaterra. Además, el partido tiene en realidad solo 3 meses, aunque el primer partido comunista existe desde el pasado agosto. Conforme a los deseos de la Internacional Comunista, no dimos ningún paso antes de ganarnos a los demás elementos comunistas. Por eso el Partido Comunista existe propiamente solo desde la conferencia de Leeds[^291], es decir, desde el 31 de enero. Así pues, hemos hecho mucho más por el crecimiento del partido de lo que se cree en Rusia. En Inglaterra no ha habido nunca un gran partido político. El partido liberal y el conservador son bastante pequeños. No son más que máquinas electorales que manipulan a las masas y las ponen en movimiento para sus propios fines. Ni siquiera el Labour Party, que pasa por representante de las masas obreras inglesas, es un partido de masas en el sentido en que se emplea la expresión en el continente europeo. En realidad no es un partido en absoluto, sino solo una fuerza coordinadora en el terreno de la industria y de la política. Cuenta, es cierto, con 4½ millones de miembros; pero esos miembros no son parte esencial de un partido político tal como nosotros lo concebimos. No se puede confiar en que se sometan a disciplina alguna. Así, por ejemplo, vemos que miembros de este supuesto partido de las masas obreras de Inglaterra votan en las elecciones por candidatos liberales, conservadores y otros candidatos burgueses. En este sentido no se puede medir a las organizaciones obreras inglesas con la vara europea.

El camarada Lenin se informa sobre el Labour Party, sobre el movimiento sindical, y dice: «¿Cuántos miembros tiene el Partido Comunista? ¡Solo 10.000! ¿Cómo es posible que millones de obreros se hayan sublevado y, sin embargo, no pertenezcan al Partido Comunista?».

Un gran partido político no se podrá organizar seguramente nunca en Inglaterra. El Labour Party en Inglaterra es sencillamente un reflejo de las masas obreras descontentas, a las que les falta toda consciencia política. El Partido Comunista es el mayor partido revolucionario que ha existido hasta ahora en Inglaterra. Antes de que se formara este partido no había ni un solo grupo revolucionario que pudiera tener más de 2000 o, como mucho, 5000 miembros. El viejo Partido Socialdemócrata, niño mimado de Huysmans, nunca tuvo más de 2000 miembros activos. El Partido Socialista Obrero de Inglaterra nunca dispuso de más de 500, y otros grupos nunca tuvieron más de 200 o 300 miembros. El Partido Comunista, con sus 10.000 miembros, representa por tanto un gran progreso. No deberíamos desanimarlo llamándolo partido sectario; deberíamos más bien hacer todo lo posible por ayudarlo. El espíritu revolucionario del Partido Comunista de Inglaterra no debe, pues, compararse con el partido alemán, que cuenta con 300.000 miembros, o con el partido checoslovaco, al que pertenecen 400.000 miembros. Se ha dejado sentado que el número no es lo principal; por eso tampoco hemos procurado en Inglaterra construir el partido sobre la base de un gran número de miembros. No nos dejamos arrastrar por el deseo de reclutar 500.000 o 600.000 miembros solo para que el Congreso Internacional pierda la mayor parte de su tiempo discutiendo nuestras disensiones internas.

Propongo, por tanto, que se apruebe la siguiente enmienda a las directrices:

Página 6, columna 1, abajo, debe decir: «Tampoco el movimiento comunista inglés ha logrado hasta ahora, pese a la unión de sus fuerzas, convertirse en un partido de masas».

Los comunistas británicos, debido al trasfondo histórico, tradicional y político del movimiento obrero británico, se enfrentan a una tarea difícil. Aun así, hay que acometer sin más demora la tarea de convertir el Partido Comunista Británico en un verdadero partido.

Los partidos políticos, ya fueran conservadores, liberales o socialistas, nunca han tenido en Inglaterra un gran número de miembros. Incluso el Labour Party solo se desarrolló gracias a que la burocracia sindical especuló con la lealtad de los sindicalistas con fines electorales. Los partidos políticos siempre estuvieron lejos de las masas. No eran otra cosa que grupos o partidos sectarios que se contentaban con dirigir por sí solos las demás organizaciones. Así pues, si bien los comunistas británicos tienen que luchar contra las condiciones creadas por el sectarismo y por la dura oposición de la prensa, si bien tienen que combatir la idea de la separación entre la lucha económica y la política, etc., tienen una gran ventaja en que los obreros están acostumbrados a la acción de masas económica organizada, aunque en el aspecto político estén todavía muy atrasados.

Hay que procurar mantener al Partido Comunista alejado de las viejas tradiciones.

No basta con introducirse en las demás organizaciones obreras e impulsarlas a la acción; porque en ese caso el partido se convertiría en un órgano diluido, sin fuerza propia para dirigir la lucha de las masas trabajadoras. Tiene que hacer todo lo posible por atraer al partido a los obreros revolucionarios en masas cada vez mayores. Tiene que ser un verdadero partido de masas, un verdadero órgano de lucha. Tiene que dejar claro a los obreros de una vez por todas que los objetivos económicos y los políticos están indisolublemente unidos. Tiene que esforzarse con todas sus fuerzas por encauzar las luchas económicas y poner en primer plano los problemas y los objetivos políticos que se derivan de esas luchas.

Página 6, columna 2, en medio del § 3, en lugar de «ninguna influencia del partido» debe decir: «Ninguna crítica abstracta por parte del partido puede ejercer sobre las masas una influencia como la del trabajo tenaz e incesante de los núcleos comunistas en los sindicatos, como la del desenmascaramiento y el descrédito de los socialtraidores y de la burocracia sindical, que en Inglaterra, más que en ningún otro país, son el instrumento político del capitalismo».

Estamos, sin embargo, plenamente de acuerdo en que los comunistas —como dicen las directrices— tienen que participar en toda actividad industrial, social y política relacionada con la suerte de los obreros, y en que de ese modo hay que ganar a los obreros para el comunismo.

Para terminar, quisiera decir que aceptamos las directrices propuestas en su espíritu. Os pedimos que en el futuro prestéis más atención al movimiento comunista inglés y al movimiento obrero inglés en general. Entonces os convenceréis de que el movimiento inglés os lo agradecerá con una lealtad como ningún otro movimiento ha mostrado hasta ahora hacia la Internacional Comunista.

**Sachs** (KAPD). ¡Camaradas! Podría enlazar mi intervención con el último discurso del camarada Bell, de Inglaterra, porque me parece que en un punto bastante esencial, a saber, en la cuestión del tamaño del partido, ha dado la razón a nuestro punto de vista. Pero volveré sobre ese punto más adelante. Prefiero remitirme primero a la intervención de ayer del camarada Heckert y hacer constar que ha admitido lo que, por lo demás, no puede negarse: el fracaso del antiguo KPD en el golpe de Kapp[^292] en Alemania. Además, ha pasado con un silencio cortés sobre agosto de 1920, sobre el fracaso del KPD, sección oficial de la III Internacional, durante el avance del ejército ruso sobre Varsovia, con una cortesía que va dirigida, desde luego, a su partido, pero que por desgracia a los demás nos ha aclarado poco la situación de entonces. En tercer lugar, ha admitido la vacilación peligrosa e inquietante del partido en la huelga de los electricistas de Berlín[^293]. Y, por cierto, ¿de quién partió esa vacilación?, ¿quién impuso en la práctica ese fracaso del partido en la huelga de los electricistas, esa inactividad? No fue Paul Levi. Fue, en una asamblea a la que yo asistí, el camarada Brandler, el actual presidente izquierdista y revolucionario de la edición corregida del VKPD, el camarada Brandler, bajo cuya presidencia de honor tenemos todos el placer de deliberar, unos con voto consultivo y otros con voto deliberativo. Yo no lo he elegido. Fue Brandler, de quien se podría decir todavía mucho más *(Ruido)*, quien se figura que la revolución y la dictadura del proletariado en la forma del sistema de consejos pueden realizarse incluso respetando la Constitución del Reich alemán y dentro de su marco. *(Ruido.)* Lo dijo en su proceso. Aquí está el periódico donde viene. Quizá el camarada Heckert, y con él otros del partido, admitan también algún día que también esta vez, al comienzo de las luchas de esta Acción de Marzo, ha vuelto a fracasar la misma edición corregida del KPD, al comienzo, y aparte de todo lo que se ha dicho hasta ahora, en un punto que todavía no se ha tocado, a saber, porque no lanzó la consigna de la huelga general hasta el viernes anterior a Pascua. Heckert ha creído necesario disculpar largo y tendido al partido por haber salido ya el viernes con la consigna de huelga general, aunque sabía que de por medio estaba la Pascua, cuando los obreros no están en las fábricas. No se le ocurrió el hecho de que el martes anterior a Pascua los obreros de las fábricas de gas, de las centrales de agua y de las centrales eléctricas de Halle estaban en huelga sin consigna para apoyar a los obreros de Alemania central, y que luego estos obreros, cuando se los dejó solos y ni la dirección del distrito de Halle, la dirección del distrito más fuerte del VKPD, ni la Central del Reich acudieron en su ayuda, volvieron a las empresas para no quedarse solos en la lucha; y que solo entonces, después de que en todas las ciudades del Reich hubiéramos insistido: daos prisa, para que la huelga general empiece antes de Pascua y pueda mantenerse durante la Pascua, se consiguió por fin el viernes lanzar la consigna de huelga general. Digo que el camarada Heckert ha admitido tres casos de fracaso. Quizá algún día admita también el cuarto. Ahora bien, es muy curioso que este Partido Comunista de Alemania, el único auténtico y patentado, fracasara en todos estos casos y que en todos ellos, por una curiosa casualidad, el KAPD, o más bien la antigua oposición de la que luego nació el KAPD, hiciera siempre lo correcto. Los distritos que en los días del golpe de Kapp entraron inmediatamente en la lucha eran los distritos entonces opositores; y quienes intentaron aprovechar el agosto, cosa que fracasó por la resistencia común de vosotros y del USP, fueron de nuevo el KAP; quienes no participaron en las vacilaciones de la huelga de los electricistas, sino que intentaron con todas sus fuerzas lograr el apoyo solidario de los obreros, fueron de nuevo el KAP. Digo que, o bien son curiosas casualidades que pueda hacerse esta comparación, o bien hay una causa más profunda.

**Rogalski.** ¡Fantasías!

**Sachs.** Camarada Rogalski, yo he vivido todo eso, así que no puede hablarse de fantasías. Pues bien, el hecho en que se basa esta comparación, en que se basan estos curiosos fenómenos de ambos lados, no puede interesar solo en el marco alemán: tiene que interesar a toda la Internacional. Tiene que ser importante para ella. En el fondo es sencillamente el hecho de que el KAP, en su programa, en su organización, en su táctica, aunque solo vaya aclarándose del todo poco a poco y en un desarrollo difícil, ofrece sin embargo desde el principio, en su posición fundamental, la garantía de que en tales casos, tomado en su conjunto, no puede fracasar.

El camarada Lenin habló ayer, curiosamente, de forma muy parecida a como lo ha hecho hoy el camarada Bell, de las posibilidades de un partido pequeño. Para nuestra gran sorpresa, expuso que también —también, dijo— un partido pequeño podría estar perfectamente en condiciones de iniciar luchas revolucionarias, e incluso la lucha final revolucionaria y decisiva, y de llevarlas a la victoria. Dijo también: ¿dónde queda entonces el principio del partido de masas, defendido hasta ahora tan obstinadamente, adónde ha desaparecido de repente? Si el camarada Lenin dice que también un partido pequeño puede hacerlo, a saber, cuando —muy cierto— logra ganar para su política a la masa e incluso a la mayoría del proletariado, a la mayoría de la población trabajadora en general: excelente. En eso estamos plenamente de acuerdo con él, y no sabemos, en lo que toca a este punto concreto, por qué quiere seguir indignándose en este punto por nuestras tonterías izquierdistas. Le preguntamos: si también un partido pequeño puede hacerlo, que nos diga entonces qué piensa de que digamos: un partido pequeño puede hacerlo, pero si lo intenta un partido de masas —un partido de masas en el sentido en que se ha predicado como dogma hasta ahora—, hay una gran probabilidad de que fracase. ¿Qué dirá a esta cuestión? Nosotros decimos que un partido de masas así, creado según el principio de meter dentro a cuantos más mejor, que ya lo pondremos en forma a palos para que, bajo los palos y la presión de la Central, se vuelva como es debido revolucionario; un partido de masas así, puesto en forma a palos como se intenta ahora poner en forma al VKPD, lleva en sí, en toda su estructura, la mayor probabilidad de fracasar. Porque esas masas no están ahí solo como cifras muertas en los libros, en las listas, sino que son obreros vivos que vienen a las reuniones, que envían a sus delegados de los grupos a la central local y de las localidades a los distritos; hacen valer también su voluntad y su posición. Y si en algún otro lugar del mundo fuera posible construir un partido de modo que se dirija desde la Central con la vara de cabo en la mano y se mande militarmente, y que los miembros cuenten como meras cabezas o cifras muertas, eso hoy ya no es posible en Alemania, Francia, Italia, España, Inglaterra, etc. Desde luego, también nosotros sabemos, y también nosotros decimos, que para la victoria de la revolución en los países industrialmente desarrollados hacen falta grandes masas y que, naturalmente, el Partido Comunista tiene que ganar a esas grandes masas. Pero cuando oímos que se recomienda como medio ejemplar para ganar a la masa la «Carta Abierta»[^294] que apareció entonces entre nosotros, en Alemania, y que espero que conozcan también los camaradas del extranjero, la «Carta Abierta», que contenía un batiburrillo de todo tipo de cosas, decimos que, naturalmente, al redactar esa «Carta Abierta» hubo buena voluntad de ganar a las masas y de hacerlas avanzar con ello.

Hay, desde luego, almas malvadas que afirman que la verdadera intención de la «Carta Abierta» no era en realidad más que propaganda electoral. No quiero discutir eso ahora, pero digo que este método de la «Carta Abierta» es un método imposible y no dialéctico. Es un método con el que se quiere atraer a las masas tal como son, no solo atendiendo a su miseria y a su opresión, sino atendiendo al mismo tiempo a las ideas que se hacen las masas. Se dice, es cierto, en una frase final: sabemos bien que esto no es posible, pero aun así exigimos, etc. Las masas no entienden esa contradicción, pero saben que así no se puede. O bien todavía están ciegas, todavía no ven lo que hay, y entonces se dicen: bueno, si hasta los comunistas dicen que hay que exigir eso, será que está bien. En pocas palabras, se refuerza a esas masas en sus ilusiones oportunistas. Si se quiere ganar a las masas, tengo que decir que la última Acción de Marzo, con todos sus errores y debilidades, tomada en conjunto, fue un método mucho mejor para ganar a las masas que la «Carta Abierta».

Es verdad que por la «Carta Abierta» se alzaron cientos de miles, quizá millones de manos, pero con ello no estaban ganadas para la causa del comunismo. Y, por otro lado, es verdad que durante la Acción de Marzo amplias masas se volvieron contra los combatientes, no solo de palabra, sino en las empresas con barras de hierro, echando de las empresas a quienes llamaban a la huelga. Pero el proceso dialéctico se desarrolla así: primero se arranca a los que quieren y pueden luchar, para que vayan delante; esos pocos son derrotados, sin duda alguna; y luego, al cabo de cierto tiempo, las masas que entonces estaban contra la acción comprenderán y aprenderán: estábamos contra esa lucha, pensábamos que las cosas mejorarían, pero no han cambiado; vemos que tenían razón ellos, los que entonces golpeamos en la cabeza con barras de hierro. Ese es, en conjunto, el verdadero método para ganar a las masas.

Y, camaradas, las tesis que se nos han presentado y las propuestas de enmienda no son, para nosotros, los del KAPD, lo esencial. No tengo mandato ni posibilidad de pronunciarme a favor o en contra de lo uno o de lo otro, por la sencilla razón de que estas tesis, tomadas en conjunto, están construidas, como es natural, sobre la base y el fundamento, todavía vigentes, de las resoluciones del II Congreso. Son una continuación, en algunos aspectos sin duda una mejora; eso puede estar bien y sernos grato, pero no es importante. Lo que seguimos considerando importante es cambiar las resoluciones de principio sobre la táctica, las grandes orientaciones tácticas que dio el II Congreso. Por eso, sabiendo bien que, naturalmente, no cabe pensar en reforma alguna, presentamos a las delegaciones y al presidium nuestras tesis para el III Congreso, que se ocupan del movimiento sindical, de los consejos de fábrica y del control de la producción, así como las tesis sobre la revolución proletaria. Creemos que estas tesis no llegan demasiado tarde; si llegan con algún retraso, es culpa vuestra, que no nos habéis escuchado antes. Estas tesis, así lo esperamos, se las llevarán a casa algunas delegaciones y serán la semilla de una discusión que nos llevará todavía más rápido y mejor por el camino de la victoria que las tesis que el II Congreso aprobó sobre estos temas.

Quisiera referirme todavía brevemente a los ataques de ayer del camarada Bujarin. El camarada Bujarin nos atacó ayer con mucha dureza, pero, eso sí, con argumentos que eran exclusivamente argumentos de papel. Porque citó algunas frases de un folleto del camarada Gorter y creyó que con esas frases podía arremeter contra nosotros. Leyó también, es verdad, una frase decisiva, pero la mayoría no la habrá oído. Era la frase: «Después de que el proletariado se ha alzado en Kronstadt[^295] contra vosotros, el Partido Comunista, y después de que en Petersburgo habéis tenido que decretar el estado de sitio también contra el proletariado…». Esta consecuencia interna de los acontecimientos, tanto en la táctica rusa de aquí como en las resistencias que se hacen notar contra ella, esta necesidad, la ha reconocido y subrayado siempre Gorter; y esa frase es la que hay que leer para saber que el camarada Gorter no toma partido por los sublevados de Kronstadt, y que tampoco el KAPD toma partido por los sublevados de Kronstadt, sino que dicen: son dificultades de la situación de aquí. Y si el camarada Gorter, como lo presenta Bujarin, es nuestro mejor teórico, puede que sea cierto. Pero él ha aprendido tanto de nuestra práctica, y nosotros de él, que hoy puedo decir: si Gorter, en sus escritos teóricos, se apartara de la línea que es la línea del partido —hasta ahora no lo ha hecho—, se mantendría la línea del partido y no la línea del camarada Gorter. El camarada Bujarin, lo repito, operó ayer contra nosotros con argumentos puramente de papel. No aportó ningún argumento sacado de la vida, ni de nuestro partido ni del VKPD, y no puede aportarlos. Con juegos de palabras como los que el camarada Bujarin empleó ayer contra nosotros quizá se nos pueda hacer algún daño en un congreso que no conoce los hechos ni puede conocerlos, pero no en Alemania, adonde volvemos para informar de qué cosas combaten ya aquí algunos camaradas como «tonterías izquierdistas».

**Presidente Koenen.** Camaradas, se ha hecho ya algo tarde. Tenemos todavía 14 oradores en la lista. Solo dos oradores han dado el buen ejemplo de renunciar a la palabra. Al principio eran dieciséis oradores. El presidium espera que una serie de camaradas siga todavía este ejemplo. Hay que considerar si no debería cerrarse el debate en el momento oportuno. Si nos ajustáramos a ello, sería posible despachar el orden del día con una sesión de unas dos horas más. Proponemos interrumpir ahora la sesión y aplazarla hasta las 7. Como próximos oradores siguen los camaradas Zinóviev y Trotski.

*(Se levanta la sesión a las 5 de la tarde.)*

## Decimocuarta sesión, sábado 2 de julio de 1921 (8.45 de la noche)

*(Continuación del debate sobre el informe de Rádek. Oradores: Zinóviev, Thälmann, Trotski. Rádek: resumen final. Declaración de Clara Zetkin. Declaración de la delegación italiana. Declaración de la Internacional Juvenil. Declaración de las delegaciones alemana, germanoaustriaca, polaca, húngara, checa (sección*

*alemana) y de la Internacional Juvenil.)*

**Zinóviev.** Camaradas, aquí se ha discutido bastante sobre si se ha repartido con justicia la política frente a la izquierda y frente a la derecha. Tengo la impresión de que en esta cuestión se juzga la situación de un modo algo demasiado primitivo. Se dice: si ya se hace alguna política contra la izquierda, entonces hay que hacerla inmediatamente en una medida mucho mayor contra la derecha. Parece como si se quisiera poner la cosa en la balanza de la justicia, como si esto fuera una cuestión de justicia, de cortesía o de conveniencia. Si se plantea la cuestión así: ¿es la izquierda, como fuerza organizada, realmente una gran fuerza y, por eso, un gran peligro?, entonces hay que decir, por supuesto, que en comparación con los partidos centristas y con los grupos semicentristas la llamada izquierda, como fuerza organizada, es una magnitud insignificante. Pero no podemos plantear la cuestión de un modo tan primitivo; no se trata de la cuestión de la fuerza organizada. No podemos afirmar que quienes están a la izquierda de la Tercera Internacional constituyan una fuerza inmensamente grande y un peligro inmenso, si es que se puede hablar en absoluto de una izquierda al lado de la Internacional Comunista.

Hay que plantear la cuestión de la tendencia, y vuelvo una vez más al Segundo Congreso. Durante el Segundo Congreso el llamado peligro de izquierda no era grande como fuerza organizada, pero la tendencia era un gran peligro para la Internacional. Recordad la cuestión de los sindicatos, cuando un grupo de camaradas, con nuestro difunto camarada John Reed a la cabeza, y otros camaradas ingleses y americanos querían comprometernos también a la negación de los sindicatos. Como fuerza organizada, ese peligro de izquierda era casi igual a cero, pero la tendencia era lo más peligroso. ¿Dónde estaríamos ahora si en 1920 hubiéramos cedido en esta cuestión? ¿Dónde estaría la Internacional Comunista? Habríamos ayudado a los señores Jouhaux y a los demás señores de la Internacional de Ámsterdam. No se puede decir: por la derecha nos amenazan grandes peligros con ideologías semiburguesas, y por la izquierda, en cambio, pequeños grupos que no están organizados. La cuestión es si la tendencia no es peligrosa cuando arraiga en nuestras filas. En el curso del desarrollo puede ocurrir que precisamente ella se vuelva en un momento dado mucho más peligrosa para nuestro movimiento.

Las discusiones durante el congreso me han enseñado personalmente un poco que no hay que subestimar la tendencia, que hay que tenerla presente, como la tuvimos en cuenta en el Segundo Congreso. Es fácil explicar históricamente de dónde viene esta tendencia. Durante el Segundo Congreso vimos claramente el peligro del sectarismo. El camarada Bell se enfadó por mi discurso porque dije que en Inglaterra y en América ese peligro existe todavía hoy. No viene de que nuestro partido quiera ser sectario; es el gran desarrollo histórico lo que lo ha provocado. Están en juego los grandes factores económicos, la situación de la industria inglesa, su posición de monopolio, etc. Pero la cosa depende también mucho de la comprensión de nuestro partido, y tenemos que recordar a los camaradas ingleses y americanos que sigue existiendo el peligro de que se queden lejos de las masas. Las experiencias en diversas ocasiones, por ejemplo la huelga de los mineros[^296], etc., lo demuestran. En este terreno nuestro partido no ha estado todavía en condiciones de fecundar políticamente el movimiento de forma eficaz. Inglaterra tiene, al fin y al cabo, por lo menos tanta importancia como Checoslovaquia y Bulgaria; ¿cómo podemos entonces olvidar este peligro? El Segundo Congreso hizo todo lo posible por acercar a los camaradas a las masas. En el curso de un año hemos tenido algunos éxitos en este terreno. Pero el Tercer Congreso no puede dejar de subrayarlo de nuevo con insistencia.

Luego está el segundo peligro, que también se explica históricamente. ¿Puede alguien, después de los debates en el Ejecutivo, después del informe sobre la cuestión italiana y sobre la alemana, negar que allí existe el peligro de que la astuta burguesía provoque a nuestro joven partido a la lucha demasiado pronto? Cuando miro la cuestión italiana, entiendo por qué nuestros amigos italianos son tan irritables. La culpa es de los socialistas y de los centristas, de Serrati. Si Terracini ha defendido tan mal unas enmiendas bastante malas, eso se debe a la actitud de Serrati. En 1920 Serrati y toda la delegación italiana estaban plenamente convencidos de que la situación en Italia estaba madura para un gran movimiento revolucionario. Se preguntó a Terracini: ¿está con vosotros la mayoría del ejército y de los campesinos? Por desgracia todavía no es así. Pero precisamente en Italia hemos pasado por una evolución que mostró hasta qué punto estaba el partido infectado de centrismo. En 1920, sin embargo, Serrati y toda la delegación italiana eran de la opinión de que teníamos a la mayoría de los proletarios, a una gran parte del campesinado y a una gran parte del ejército. Esa era la opinión general de todos los italianos, Serrati incluido. Ahora, en cambio, la situación es otra y tenemos que empezar desde el principio. La clase obrera tiene que pasar por esta crisis, tiene que reagruparse de nuevo. Eso quizá requiera más de un año. Allí se observa un retroceso. Cuando considero esta situación, entiendo por qué un joven partido comunista cae ahora en otro peligro. Desde luego, si lo explicamos, no es para justificarlo. Ese peligro hay que verlo, sin embargo: el peligro de llevar demasiado pronto a un partido joven a golpear. Lo que ha logrado el centrismo es que tengamos que temer este peligro en un movimiento como el italiano.

Con los alemanes las cosas son parecidas. Fijaos en el golpe de Kapp. ¿Cuál era la situación? La aparición de la contrarrevolución actuó como una chispa en toda la clase obrera. La clase obrera se une contra la contrarrevolución, está dispuesta a luchar, a 24 horas de la conquista del poder en Alemania. De pronto aparecieron la burocracia sindical, la vieja socialdemocracia y los independientes, y echaron a perder la situación de la clase obrera. La contrarrevolución quedó a salvo, y Scheidemann y la burguesía volvieron a montar en la silla. El partido proletario había dejado pasar el momento. Desde luego, cuando el núcleo de los obreros revolucionarios alemanes ve esta situación, pasa por una crisis así, es fácil de comprender que también allí una parte de la clase obrera caiga ahora en la tentación de emprender la lucha algo demasiado pronto, que se impaciente un poco. Una vez más: la culpa de haber preparado estos acontecimientos la tienen en el fondo los socialpatriotas, los verdaderos traidores a la clase obrera. Nosotros, el Partido Comunista, tenemos que ver a los principales culpables, pero no por eso debemos pasar por alto el peligro que, aunque provocado por los centristas, se vuelve mortal para nosotros. Aquí está el núcleo de la cuestión. No se puede juzgar la situación de un modo tan primitivo: ¿estás por la derecha o estás por la izquierda? Desde luego, los derechistas son nuestros verdaderos enemigos, son los agentes burgueses en nuestro campo, son aquellos con cuya ayuda la burguesía se sostiene en definitiva. Si la Internacional de Ámsterdam no estuviera del lado de la burguesía, ya tendríamos la victoria en el bolsillo. La clase obrera tiene que salvar esa barrera. El enemigo son los derechistas. ¿Quiere decir eso que hemos de subestimar el peligro en la tendencia de izquierda, o que digamos: los izquierdistas son revolucionarios tan abnegados, tan buenos idealistas —como dijo la camarada Holst—, son tan buenos camaradas, están dispuestos en cualquier momento a dar la vida por la revolución proletaria, que por eso este peligro no es tan grande? Precisamente porque son nuestros amigos y camaradas, precisamente porque actúan y trabajan con nosotros, precisamente por eso cualquier error que cometan, cualquier error de cierta envergadura, de cierta importancia, puede volverse sumamente peligroso para la Internacional Comunista. Precisamente de ahí se explica la apasionada polémica contra la llamada ala izquierda. Eso hay que comprenderlo; se hace por amor a la causa. Hay un refrán ruso: te quiero con toda el alma y por eso te sacudiré como se sacuden las peras del árbol. *(Risas.)* Eso hay que decirlo cuando un Lenin u otros camaradas se enfrentan a esos camaradas que hacen —esto ya me parece una palabra parlamentaria— «tonterías izquierdistas». No hay que pesarlo en una balanza de precisión: has hablado un cuarto de hora contra los izquierdistas y solo cinco minutos contra la derecha, y eso prueba que tú mismo has dado ya un giro a la derecha. Basta medio segundo para decir que toda la derecha son agentes burgueses. Hay que dedicar mucho más tiempo y esfuerzo a estudiar con paciencia los errores que comete nuestro movimiento por inmadurez, por estas dificultades del periodo de transición. Eso es lo que tenemos que tener presente en general. He oído, por ejemplo, que los camaradas del Partido Socialista Italiano dicen ahora: ya tenemos nuevos argumentos de Lenin contra el Partido Comunista de Italia. Se ha confirmado la exclusión, se les ha dicho: por ahora no pertenecéis a la Internacional Comunista, por ahora tenéis que cumplir con vuestro deber de echar fuera a los agentes burgueses. El Partido Comunista de Italia es miembro de pleno derecho de la Internacional Comunista, y con él discutimos amistosamente, a veces quizá también apasionadamente, los errores que están en el aire, que se pueden cometer si no se está lo bastante en guardia y se cae en las provocaciones de la muy astuta y muy bien organizada burguesía. ¿Cómo puede ser eso un argumento para los centristas? En boca de los camaradas que han luchado contra el centrismo, que son verdaderos comunistas, estas acusaciones que se han hecho contra Terracini tienen un gran peso. Pero en boca de Serrati o de un serratiano será hipocresía que se presenten y digan que van con Turati porque Terracini comete algunos errores en la cuestión del ritmo del movimiento.

Paso ahora a la cuestión alemana. Quiero hacer constar ante todo que la cuestión de la Acción de Marzo está bastante cerca de una solución que quizá pueda adoptarse por unanimidad. Tomo de una moción que tenemos delante, firmada por Franken, Neumann, Malzahn y Zetkin, la frase siguiente: «A pesar de la posición errónea y de la deficiente ejecución de la Acción de Marzo, el Tercer Congreso de la Internacional Comunista valora la Acción de Marzo como una lucha que manifiesta la voluntad de actividad y, por tanto, como un paso adelante. Expresa su convicción de que el VKPD tiene que emprender con la máxima energía la tarea de prepararse, mediante una actividad redoblada en todos los terrenos, de forma permanente y constante para dirigir las luchas que pueden estallar en cualquier momento a partir de la situación en Alemania y fuera de Alemania».

Camaradas, podemos hacer constar con satisfacción que estamos cerca de decidir por unanimidad en esta cuestión tan reñida, que es lo que se trataba de demostrar, lo que era el objetivo de nuestro congreso. Esa frase supone realmente un paso adelante, porque si se comparan ahora nuestras tesis rusas, la enmienda de Zetkin e incluso la enmienda que propone la delegación del VKPD, todavía quedan algunas diferencias de opinión, pero estamos cerca del límite de alcanzar la unanimidad. Eso hay que hacerlo constar. Sería mezquino ponerse a examinar desde esta tribuna quién ha dado un paso para acercarse al otro. Hemos venido aquí para examinar, no para empeñarnos en tener razón, no para agudizar todavía más la situación en Alemania. Estamos, en efecto, cerca de decidir por unanimidad, y ese será un resultado muy importante de nuestro congreso.

El camarada Malzahn se quejó ayer de que el camarada Heckert había hablado con algo de dureza. Yo solo oí una parte del discurso de Heckert, pero está claro que aquí se ha hablado con bastante vehemencia sobre la situación en Alemania. Tengo que decir que el camarada Malzahn tampoco fue suave a este respecto. Pero esa es en realidad una cuestión que no tiene tanta importancia, si suave o duro. Se trata de qué va a pasar en adelante. Malzahn se remitió a la frase que yo dije de que no se trata de pisotear la Acción de Marzo, sino de qué va a venir después. Esa cuestión es la que tiene que resolver ahora el congreso. La respuesta solo puede ser una: de ningún modo una nueva escisión en las filas del Partido Comunista Alemán. De verdad no sé si nuestro partido podría soportar otra escisión. Tampoco hay motivos para ella, una vez que se ha llegado a poder aprobar por unanimidad las tesis que ha propuesto nuestra delegación rusa. Por eso el congreso tiene que empujar al entendimiento. La cuestión alemana no es una cuestión nacional, sino una cuestión internacional en el más alto grado; las enfermedades alemanas son enfermedades internacionales. Por eso tenemos el máximo interés en empujar a la unidad en nombre de todo el congreso. Desde luego, sabemos bien que con frases sobre la unidad no se consigue nada. Si la situación fuera tal que la unidad resultara imposible, las frases sobre la unidad serían una tontería. Pero ¿están las cosas en Alemania de tal modo que la unidad sea imposible, hay diferencias de opinión insalvables? Digo, después de toda esta discusión: no. Si ahora exigimos la unidad a la delegación alemana, no es por sensiblería pacifista, sino que es un mandato del internacionalismo que los dos grupos tienen que cumplir y cumplirán. No solo hablamos de unidad, sino que damos también el terreno sobre el que debe hacerse la unidad. Ese terreno son las tesis que os hemos propuesto, que casi todas las delegaciones aceptan en principio. Por eso proponemos a los camaradas alemanes que están en este terreno no una unidad de papel, sino una unidad real; no una uniformidad de palabra, sino una unidad real, y estamos convencidos de que esa unidad se llevará a cabo. La Central ha reconocido en muchos aspectos los errores que cometió. La oposición ha declarado aquí por boca de la camarada Zetkin que ahora comprende que la lucha tuvo una gran importancia histórica. Eso es lo más importante.

Paso ahora a hablar del discurso de Heckert. Recordaréis cómo se acogió el final de ese discurso. Con gran calor. ¿Por qué? ¿Creéis de verdad que todo el congreso va a dar la razón al camarada Heckert en su dura polémica contra la camarada Zetkin? Yo no lo creo. Solo le ha dado la razón en parte. ¿Por qué estaba todo el congreso de corazón al lado de este camarada en lo que toca a la cuestión principal, a la Acción de Marzo? Porque detrás de este camarada está, al fin y al cabo, la lucha de los proletarios; porque fue una gran lucha; porque, a pesar de todos los grandes errores, tenemos la sensación de que fue una gran lucha en la que tomaron parte grandes masas, cientos de miles de proletarios; porque esa lucha costó tan grandes sacrificios de sangre y de vidas de los mejores proletarios de Alemania. Por eso todos tenemos la sensación de que, a pesar de todos los errores, aquí hay algo que tenemos que apoyar con el alma. Si ahora eso lo han comprendido ambas partes, creo que el obstáculo principal está superado. Está claro que no puede hablarse de un putsch bakuninista, sino de grandes errores; que hay que defender esta causa; que ahora se dejará de recoger con cierta complacencia todo lo que deba demostrar la debilidad del partido después del movimiento. Desde luego, nuestro partido tiene debilidades muy grandes. No hay que ocultarlas, pero tampoco hay que reunir con tanta autosatisfacción todo lo que hubo y lo que no hubo para demostrar que el partido está perdido, como lo proclamó Levi en su folleto desde la primera línea. Todo eso ha pasado. Fue un movimiento; hay que ver sus lados débiles, pero también hay que apreciar los grandes lados del movimiento y apoyarlos, y no presentarlos como si el partido estuviera perdido. Entonces estará construido *el puente* y la unidad será posible. En el plano organizativo, la Internacional tiene que tener ciertas garantías de que la mayoría de la Central ejecutará concienzudamente las resoluciones de este congreso, de que reconocerá los errores no solo sobre el papel, sino también en la práctica, e intentará superarlos. Estamos convencidos de que los camaradas lo harán. Al grupo de la oposición también tenemos que exigirle garantías organizativas. Esa fracción que se ha formado tiene que dejar de existir como fracción. No puede haber un partido dentro del partido. Es absolutamente imposible que en la Internacional Comunista podamos tolerar algo así. Si los camaradas quieren de verdad ejecutar concienzudamente las resoluciones de la Internacional Comunista, su primera decisión tiene que ser: desligarse de ese grupo, nada de conciliábulos aparte.

Tengo que comunicar aquí que uno de nuestros representantes me entregó ayer una carta en la que comunica que Däumig organiza conferencias de la oposición. No sé si es verdad. Sé que en el calor del combate se lanzan a menudo acusaciones que no resisten un examen más detenido. Así que hay que tomarlo *cum grano salis*. Pero después de que habéis reconocido en el congreso los errores y habéis suscitado el juicio concienzudo del congreso, tenemos que tener garantías de que no seguirán existiendo conciliábulos aparte.

Una palabra más sobre la cuestión checoslovaca. El camarada Burian opinaba que no hay lucha de tendencias en el Partido Checoslovaco; eso es cierto en la medida en que nuestro partido hermano checoslovaco todavía no está organizado con total claridad y por eso la lucha de las tendencias es algo difusa. Si el camarada Bell ha declarado aquí, de un modo sectario, que Šmeral es un oportunista burgués, eso prueba su deficiente conocimiento del movimiento checoslovaco. Tenemos bastante que objetar a Šmeral, pero está muy claro que se exagera cuando se presenta como burgueses a camaradas como Šmeral. Tales exageraciones no refuerzan la lucha contra la tendencia centrista, la debilitan. Así pues, digo que quizá tengamos que hablar con Šmeral de algunas cosas, porque es verdad que el Partido Checoslovaco, que es un buen partido proletario de masas, está todavía al comienzo de su trabajo de clarificación —en el sentido comunista de la palabra— dentro del propio partido. *(Protestas de los delegados del Partido Checoslovaco.)* Creo, camarada Burian, que juzgo bien la situación. Pero quizá me equivoque y la consolidación definitiva llegue pronto. Ahora habéis pasado realmente la primera etapa de esta consolidación. Os habéis separado de los socialdemócratas y de los elementos abiertamente centristas. Todavía hace dos meses teníais un comité central común con los socialdemócratas. No es culpa vuestra. Es una evolución peculiar del Partido Checoslovaco. La primera fase está superada: la separación de la socialdemocracia y de los elementos abiertamente centristas. Ahora vendrá una nueva fase. Deseamos con vosotros, camarada Burian, y con Šmeral y con los demás camaradas checoslovacos, deseamos con vosotros de todo corazón que eso se desarrolle de la forma más tranquila posible, sin catástrofes, sin nuevas escisiones. Pero estamos convencidos de que todavía tendréis que pasar por algunas cosas en el partido. Y esta lucha de tendencias ya está ahora bastante marcada. Ayer dijo Burian: no hay lucha de tendencias; y aquí tengo un número de la *Rosta* de Viena[^297] en el que encuentro una resolución que se aprobó el 12 de junio en una asamblea de masas en Komárno. Dice esta resolución:

«La asamblea exige la convocatoria inmediata del congreso de unificación con el fin de fundar el Partido Comunista Unificado de Checoslovaquia. Expresa su desconfianza hacia todos los que con su táctica dilatoria ponen en peligro la capacidad de acción del partido y exige que se los aparte del partido. La labor de depuración debe realizarse cuanto antes, sin consideración de personas, pues solo así podrá el PC de Checoslovaquia actuar como sección de la III Internacional y librar una lucha enérgica y victoriosa por la liberación del proletariado».

Así pues, camaradas, una gran asamblea de masas de más de 10.000 obreros se ocupa de esta cuestión y adoptó la resolución que os he leído. Por eso no podemos decir que en Checoslovaquia todo sea de color de rosa y que allí no haya lucha de tendencias. La lucha de tendencias solo es todavía poco clara. Esperamos elaborar aquí, junto con la delegación checoslovaca, una serie de medidas para que este espléndido partido de masas se convierta realmente en un partido proletario. Esperamos que este partido logre tomar a pecho las experiencias de otros partidos y superar, con las menos catástrofes posibles, tranquilamente y lo más deprisa posible, todo lo que hay que superar. No se trata de endurecer la política. Pero en el partido todavía hay bastantes cosas que hay que superar. Nuestra delegación checoslovaca lo comprenderá por sí misma. Cuanto más tajante y resueltamente estéis dispuestos a reconocer esas debilidades, tanto más fácilmente superaréis todo lo que hay que superar.

Camaradas, por supuesto que en nuestro congreso no tenemos que restaurar las costumbres de la II Internacional. No tenemos que buscar la unanimidad a toda costa, ni hacer exhibiciones, ni felicitarnos unos a otros, sino decir clara y abiertamente lo que hay en realidad. Pero aun así, creo, tenemos que hacer todo lo posible por intentar lograr la unanimidad en nuestras filas, en las filas de los comunistas.

Creo, a partir de todo el debate que hemos tenido aquí, poder constatar pese a todo una línea única en las cuestiones más difíciles del movimiento. Se preguntará: ¿es esto un bandazo a la derecha, como algunos dicen ya aquí? Eso es una sandez. Quien asistió al II Congreso recordará que en el II Congreso, el congreso fundamental, también tuvimos bastante que objetar a la llamada izquierda, pero que lo que elaboramos en líneas generales en el II Congreso fue un golpe contra la derecha y el centrismo. Y creo que también las resoluciones del III Congreso Mundial serán un golpe mortal así para esos señores. *(Vivos aplausos y ovación.)*

**Thälmann**[^298] (VKPD). ¡Camaradas! Lamento muchísimo no haber conseguido hablar después del discurso del camarada Trotski, porque el camarada Trotski, según oigo, se propone lanzar un duro ataque contra las enmiendas de la delegación alemana. No me queda otro remedio que ocuparme de lo expuesto por el camarada Zinóviev. Dijo que aquí se había expresado la queja de que a la izquierda se la trata con crueldad y a la derecha con suavidad. Y afirma que el debate ha mostrado que, por la actitud de la izquierda, el partido se dejará sacar de su madriguera en algunos países por la astuta burguesía. Ha puesto la tendencia en primer plano. Yo opino que es posible, cuando dentro de la Internacional Comunista existen dos corrientes, unirlas artificialmente. Zinóviev dice que en Italia todavía hay que librar luchas extraordinariamente duras, que allí se está obligado a despertar a las masas que aún se imaginan que Serrati sigue teniendo hoy simpatías por la Rusia soviética. Los obreros italianos han visto que los serratianos, que gozaban de su confianza, cuando estallaron las luchas las esquivaron, no las dejaron desplegarse ni las apoyaron de modo que pudieran entrar en una lucha por la conquista del poder político. Existe el peligro de que las corrientes centristas tengan ocasión, cuando la burguesía pase a la acción, de imponer las mismas tendencias y decir: solo podemos emprender luchas cuando la mayoría del proletariado esté detrás de nosotros. Me remito a la frase según la cual la burguesía podría sacar de su madriguera al joven partido comunista. Se dice que la Acción de Marzo es un paso adelante, una lucha impuesta. Eso significa que el Partido Comunista, cuando se le impuso la lucha, se vio ante la disyuntiva de proceder con protestas de carácter demostrativo o apoyar a los hermanos que combatían en Alemania central. Las masas de Alemania no lo habrían entendido si se hubiera dejado desangrarse a sus hermanos de Alemania central. También el 17 de marzo[^299] fue la actitud de algunos distritos, que exigían que el partido saliera por fin de su política de manifestaciones, y no solo el deseo de la Central.

Fue la impaciencia revolucionaria de las masas, que es un síntoma de la descomposición de la sociedad y que muestra que las masas quieren luchar. No se puede juzgar la situación alemana como lo hizo Trotski en el primer punto del orden del día. Estoy convencido de que una prosperidad general tendría en Alemania otro carácter. Aquí no tendremos un aumento de la producción, sino que, a consecuencia de las obligaciones contraídas con la Entente, tendremos una disminución de la producción, un paro mayor y fermentación en la clase obrera. El partido alemán se encontrará entonces ante la difícil tarea de saber si tiene detrás las simpatías de la mayoría del proletariado. En los sindicatos y en todas las demás instituciones nos hemos hecho a la idea de que la huelga general significa la insurrección armada. Porque, cuando el partido llame a la huelga general, la burguesía lanzará todas sus fuerzas contra el proletariado.

Si en la Acción de Marzo el Partido Comunista hubiera dejado en la estacada a la élite del proletariado revolucionario combatiente, eso habría significado separar al ala revolucionaria del partido comunista. Eso es lo más importante, y eso es lo que reconocimos en aquella situación.

Pero en esta cuestión tenemos que reconocer también que hombres del partido que todavía hace poco sostenían que la Acción de Marzo era un *putsch* bakuninista han llegado en el Congreso a la convicción de que esa era una concepción equivocada.

Pero imagínense ustedes: en un momento en que todo se ensañaba contra el Partido Comunista, que luchaba a vida o muerte, los camaradas que están en el partido y que ya en otra cuestión habían mostrado con toda claridad que el camino del partido no les gustaba se ponen a apuñalar al partido por la espalda, como Kautsky a la Revolución rusa en 1918. Hay que ponerse en aquella situación. Una crítica así quizá la entiendan hombres que están en el partido y trabajan en él en el terreno teórico, pero ¿cómo han de reaccionar las masas cuando ven que existen tales corrientes en un partido en el que debería reinar la disciplina más estricta? Dentro del partido se pueden dirimir esas diferencias, pero no en público. Ese es el crimen que han cometido esos camaradas. Los camaradas no tenían otra cosa que hacer que someterse a la disciplina del partido.

Zinóviev dijo que en Alemania no podemos soportar una escisión. Es cierto. Pero tenemos en la mano las pruebas de que en el partido algunos han empezado ya hoy a organizarse para la escisión. El camarada Däumig ha celebrado ya en Berlín reuniones en las que se quiere montar un aparato organizativo cuyo fin es destrozar el partido. Este peligro no viene de la izquierda, pues afirmo que en todos los distritos de Alemania el conjunto de los obreros organizados en el VKPD estuvo detrás del partido, y que la camarada Clara Zetkin y los demás, que tienen detrás una pequeña minoría, quizá del 5 al 7 %, intentan sin embargo mostrar en público y aquí en el Congreso qué poderosa posición ocupan. Por eso es un peligro tenerlos en cuenta y emplear las armas afiladas contra los camaradas que, por el conjunto de la situación económica, se ven obligados a llevar al proletariado a la actividad. En Hamburgo hemos hablado ya también en asambleas de afiliados de los grandes errores, de las deficiencias organizativas, de la falsa orientación teórica, los hemos criticado duramente y hemos expresado lo que hemos aprendido de esta lucha para el futuro. Por eso esta lucha no ha sido una derrota para el partido; sí lo ha sido para el proletariado, pero para el partido ha sido una victoria en el sentido de que ha salido de esta lucha fortalecido por las masas. El propio proletariado había dicho en marzo y en febrero que siempre recurríamos a manifestaciones y cosas por el estilo y esquivábamos la lucha cuando se trataba de grandes movimientos salariales, de luchas. En Alemania sostenemos que el partido, en las luchas interiores y ante el agravamiento de la situación exterior, tiene que desarrollarse en la línea de las resoluciones del II Congreso Internacional. La Acción de Marzo nos ha dado la razón en este aspecto. No se puede decir, como ha dicho Lenin, que hay que declarar la lucha más dura a quienes han presentado las enmiendas a las tesis rusas. En el Partido Comunista todo camarada tiene perfecto derecho a introducir en las tesis, según la situación económica de cada país, lo que sin duda debe figurar en ellas. Además, el arma afilada de Lenin estaba fuera de lugar también porque él mismo dijo al final de su discurso que un pequeño partido comunista es capaz de llevar a grandes masas, incluso a millones, hasta la conquista del poder político. Es lo mismo que se ha puesto en las enmiendas.

La camarada Zetkin ha dicho claramente que no quiere comprometerse a no hablar en el futuro en público de los errores y deficiencias de la Acción de Marzo. ¿Se imaginan ustedes qué situación resulta de ello para el Partido Comunista? Todo está en contra del Partido Comunista: la prensa socialista mayoritaria, la burguesa, etc. Intentan presentarnos como verdugos. Y si encima se muestra hacia fuera, con reuniones, con editoriales, etc., que en el partido hay corrientes que dicen que el partido ha provocado un baño de sangre, entonces hay que estar en contra de la crítica pública. Pero estoy en contra también por otra razón: los camaradas que no quieren someterse a la disciplina no tienen sitio en el partido. Dentro del partido se puede hablar de todo, pero informar al público fuera del marco del partido es un error que condeno. Sostenemos que el camino que hoy se ha emprendido es un camino que puede llevar a crisis.

Soy tan disciplinado, tan centralista; a eso he llegado tras una lucha conmigo mismo. Soy tan centralista que acato las resoluciones. Pero advierto que la actitud del Partido Comunista en Alemania es otra y que, a consecuencia de la modificación de las tesis, adquirirá una amplitud que, con la situación de crisis de Alemania, resulta extraordinariamente difícil. Tendremos una dura lucha con los partidos que están a nuestra derecha; nos lo echarán todo en cara y dirán: no hay gran diferencia entre vosotros y nosotros. Y soy lo bastante franco para decir lo que realmente existe en la situación económica actual de Alemania. *(Viva aprobación.)*

**Trotski.** Ante todo, una pequeñísima observación formal. El camarada Thälmann, cuyo apasionado discurso acabamos de oír, se ha quejado de que no se le haya concedido hablar después de mí. Ahora bien, el orden lo determina la lista de oradores. El camarada Thälmann ha dicho también que es un camarada muy disciplinado. Como tal, tenía que someterse también a la disciplina de la lista de oradores y no tenía en realidad ningún derecho a quejarse de este hecho objetivo.

El camarada Thälmann se ha quejado también, e igualmente sin razón, del camarada Lenin, y ha presentado las cosas como si el camarada Lenin hubiera dicho: nosotros os proponemos unas tesis tácticas y las demás delegaciones no tienen derecho a proponer enmiendas. No era ese el sentido, y en este punto la actitud del camarada Thälmann es completamente falsa. Lenin dijo: las tesis que proponemos no son la elucubración, el producto de la delegación rusa reunida en un cuartito, que en una horita ha redactado las tesis. Oh, no; el camarada Thälmann puede informarse entre los miembros de su propia delegación de que hemos tenido negociaciones y discusiones bastante amplias, largas y a ratos apasionadas, también con los miembros de la delegación alemana, sobre las tesis; de que se han presentado diversas propuestas, también por parte de la delegación alemana; de que se hicieron concesiones mutuas. De este proceso bastante largo han salido estas tesis. Y no afirmo que estas tesis hayan sido aprobadas por todos los partidos, grupos y tendencias, pero sí afirmo que nosotros consideramos estas tesis un compromiso, un compromiso en dirección a la izquierda. Lo que aquí significa la palabra «izquierda» intentaré explicarlo con más detalle más adelante. Ahora solo quiero dejar sentado con énfasis que consideramos estas tesis como las máximas concesiones a la tendencia que aquí han defendido muchos camaradas, entre ellos el camarada Thälmann.

Camaradas, varios delegados me han expresado en privado su impaciencia por el hecho de que la delegación alemana ocupe aquí bastante tiempo y discuta tan extensamente sus asuntos internos. A mi juicio, la impaciencia de esos camaradas no está justificada. Aquí se trata en primer lugar de la Acción de Marzo. Naturalmente, es algo humano, demasiado humano, que con esta cuestión enteramente política estén ligadas también cuestiones personales, roces personales, pasiones. Es verdad que algunos de nuestros camaradas han exacerbado un tanto en exceso este aspecto personal de la cuestión y estas pasiones, como hizo el camarada Heckert, cuyo discurso por lo demás fue muy interesante. Pero creo que debemos encontrar lo principal, desentrañar la cuestión principal, y esta cuestión, esta cuestión principal, no es una cuestión alemana: es una cuestión eminentemente internacional. El partido alemán es, entre los partidos de Europa occidental —desde el punto de vista geográfico ruso—, el que, después de haberse convertido en un partido grande, independiente y de perfiles definidos, dirigió por primera vez de forma independiente una acción. Y como el joven, jovencísimo partido italiano, y el partido francés, más grande pero también joven como partido comunista, se encuentran en este aspecto ante situaciones parecidas, creo que todas las delegaciones, y en particular las mencionadas, tienen mucho que aprender de esta cuestión.

Comenzaré mi exposición sobre la Acción de Marzo examinando las enmiendas que se han propuesto. Porque tendremos que elegir entre dos tendencias. De los complementos de redacción y de contenido a la versión original de las tesis no quiero hablar, naturalmente. Tendremos, pues, que elegir entre dos tendencias. Entre una tendencia, la que aquí han defendido el camarada Lenin, el camarada Zinóviev y en primer lugar el camarada Rádek, que presentó el informe, y ahora yo, y luego están estas modificaciones, estas propuestas en las que se expresa, o se quisiera expresar, otra tendencia. Por eso es importante ocuparse de estas enmiendas. Quiero limitarme solo al pasaje que se refiere a la Acción de Marzo. Nuestras propuestas dicen al respecto que consideramos la Acción de Marzo «una lucha impuesta al VKPD por el ataque del gobierno contra el proletariado de Alemania central, que reconocemos la valiente actuación del VKPD, que ha demostrado con ello que es el partido del proletariado revolucionario de Alemania». Luego se señalan los errores importantes que se cometieron en estas acciones, y al final damos el siguiente consejo:

«En interés de una cuidadosa ponderación de las posibilidades de lucha, el VKPD debe tener atentamente en cuenta las voces que señalan las dificultades de las acciones y examinar con cuidado si están justificadas. Pero, en cuanto los órganos del partido deciden una acción, todos los camaradas deben someterse a las resoluciones del partido para llevar a cabo esas acciones. La crítica de las acciones solo puede empezar una vez concluidas, solo puede ejercerse en las organizaciones del partido y debe tener en cuenta la situación en que se encuentra el partido frente al enemigo de clase. Como Levi ha despreciado estas exigencias evidentes de la disciplina de partido y las condiciones de la crítica dentro del partido, el Congreso aprueba su expulsión del partido y considera inadmisible toda colaboración política de los miembros de la Internacional Comunista con él.»

Pues bien, el camarada Brand se oponía resueltamente a que se creara una instancia cuya voz de advertencia el partido tenga que escuchar. Sobre el camarada Brand, que rechaza varias cosas, como la voz de advertencia, la estadística y algunas otras, quizá volvamos más adelante. ¿Qué nos proponen ahora a este respecto los camaradas alemanes y los demás camaradas que han firmado las enmiendas? Nos proponen reconocer que el III Congreso de la Internacional Comunista considera la Acción de Marzo del VKPD un paso adelante, y dicen: «Esta acción significa el paso del mayor partido de masas de Europa central a la lucha real, el primer intento de hacer efectivo el papel dirigente del Partido Comunista en las luchas del proletariado alemán, al que el partido se había comprometido en su programa fundacional. La Acción de Marzo significa el desenmascaramiento y la superación del carácter abiertamente contrarrevolucionario del USP y de los elementos centristas encubiertos en las filas del propio VKPD. Por los numerosos errores y deficiencias organizativas que aparecieron en la acción, la Acción de Marzo ha permitido al partido ver con claridad esas deficiencias y errores y empezar a corregirlos. En su curso ha puesto al descubierto que la disciplina de combate del partido no era lo bastante estricta y ha contribuido a reforzarla. Además, ha arrastrado a masas no despreciables de obreros socialdemócratas y ha provocado una fermentación revolucionaria en esos partidos. La acción, lejos de desbaratar la organización, ha fortalecido su espíritu de lucha», etc., etc.

Si se pide al Congreso que deje sentado que la Acción de Marzo no solo fue una lucha de masas, una acción de masas, impuesta a la clase obrera y, por tanto, también al partido, y que el partido se comportó en ella con valentía; si se pide además al Congreso que reconozca que el partido intentó hacer efectivo el papel dirigente del Partido Comunista en las luchas, entonces hay que dejar también al Congreso el derecho a decir si ese intento fue afortunado o desafortunado. Cuando decimos que la Acción de Marzo fue un paso adelante, entendemos por ello —yo al menos— el hecho de que el Partido Comunista ya no se presenta ante nosotros como una oposición dentro del Partido Socialista Independiente o como una organización comunista de propaganda, sino como un partido unitario, independiente, cohesionado y centralista, que tiene la posibilidad de intervenir por sí mismo en la lucha del proletariado, y que esto ha sucedido por primera vez en la Acción de Marzo. Con ocasión del II Congreso hablé a menudo con los amigos franceses de la situación dentro de los sindicatos y del partido, y les dije: sí, estáis junto con sindicalistas, anarquistas, socialistas, y no sois más que una oposición. Se ve la tendencia, los matices en el éxito, quizá también las tonterías en potencia. Será un gran progreso el momento en que os separéis de la vieja organización y aparezcáis como una fuerza independiente. Pues bien, eso ha sucedido en toda su amplitud. Pero eso no quiere decir en absoluto que esta primera aparición, este intento de desempeñar por sí mismo un papel dirigente, fuera un acierto. Pero se dice: hemos aprendido mucho de ella, también de los errores. Así, en las enmiendas —no quiero leerlas— se dice precisamente que el gran mérito de la Acción de Marzo consiste en que ha dado la posibilidad de comprobar los errores que se cometieron en ella para después eliminarlos. Bueno, si buscamos méritos por ese camino, es naturalmente una concepción muy audaz. Le dije al camarada Thalheimer en una conversación privada que esto recuerda a un traductor ruso que en los años setenta tradujo un libro inglés y advirtió en el prólogo que lo había traducido para que el mundo viera lo poco que valía. *(Risas.)* No se emprende una acción para ver en ella qué errores se cometen y después eliminarlos. Estas enmiendas están escritas con espíritu de defensa, no con espíritu de análisis.

El camarada Heckert nos ha dado en su interesante discurso un cuadro de la Acción de Marzo en el sentido de que la situación estaba muy agudizada: la cuestión de las reparaciones, la ocupación del Ruhr,[^300] la Alta Silesia, la crisis económica, los parados, grandes huelgas. En todo este marco del movimiento histórico mundial se agudizaron aún más los antagonismos, y entonces el movimiento de los obreros de Alemania central dio, por así decir, el último impulso al ataque del partido. Un cuadro verdaderamente bonito, honrado, económico. Pero otro camarada, que defendía la misma acción, nos trazó un cuadro completamente opuesto. Cuando el camarada Thalheimer, dentro de treinta años, ya encanecido, tome la pluma de Mehring[^301] para escribir la historia del Partido Comunista, encontrará documentos y libros...

**Rádek.** En mi maleta mágica... *(Risas.)*

**Trotski** *(continuando).* ... encontrará documentos y libros en los que se halla un cuadro completamente distinto del movimiento. A saber: la situación internacional era bastante confusa y, en general, se encaminaba a un compromiso. La cuestión de la Alta Silesia estaba en el aire. Tampoco podía ejercer un efecto revolucionario. La cuestión del desarme en Baviera.[^302] La *Rote Fahne* declaraba constantemente, al contrario que el discurso de ayer de Heckert, que estaba cada vez más claro que el asunto se resolvería con un compromiso a costa de los obreros revolucionarios de Baviera y de toda Alemania, y además sin grandes choques en la política mundial y sin choques entre el gobierno alemán y el bávaro. También para eso descubrirá el camarada Thalheimer dentro de treinta años artículos que demuestran que la crisis en Alemania tenía y tiene un carácter muy distinto que en los Estados Unidos o en Inglaterra, que no se agudizó de forma tan catastrófica como en esos dos Estados, que en Alemania toda la vida económica era una podredumbre y que tampoco la crisis tenía fuerza para desencadenarse con toda su violencia en las condiciones económicas de Alemania. El número de parados en Alemania es mínimo comparado con el de los Estados Unidos e Inglaterra.

Y la constelación interior: los socialdemócratas participan a medias en el gobierno y a medias forman la oposición. El Partido Independiente procede de igual modo y se acerca cada vez más a los socialdemócratas. Los sindicatos, la dirección burocrática, están completamente en contra de nosotros. ¿Y qué conclusión hay que sacar de ello? El mismo camarada nos dice que en la clase obrera reinaba un muro de pasividad y que había que romper ese muro de pasividad mediante la iniciativa revolucionaria de una minoría resuelta. Heckert, en cambio, decía que todo estaba en ebullición, todo estaba agitado: *Sturm und Drang*. Y entonces vino el asunto de Alemania central. El otro camarada dice: todo estaba empantanado, había un muro de pasividad, teníamos que romperlo costara lo que costase. Cada uno de estos cuadros es excelente como cuadro lógico cerrado en sí mismo, pero creo que difícilmente encajan entre sí. Otro camarada más, el camarada Koenen, opinaba que en Alemania central reinaba una franca insurrección y alrededor reinaba la pasividad: la actividad estaba encapsulada en la pasividad. De todo ello se saca la impresión de que los miembros de la delegación alemana siguen viendo el asunto como algo que hay que defender a toda costa, no examinar, no analizar, y todo lo que oímos es, por así decir, solo el medio, mientras que el fin es defender a toda costa la Acción de Marzo ante la Internacional. Eso difícilmente se conseguirá, y para mí lo principal es lo que ha señalado el camarada Thälmann. Dijo que, si aceptamos las tesis e incluso las enmiendas, «haremos un cambio de orientación en nuestro país», y creo que nuestro valiente y tenaz camarada Thälmann tiene razón en esto; debe de tener muy buen contacto con las masas.

**Thälmann.** Así es, un contacto excelente.

**Trotski** *(continuando).* No lo dudo en absoluto, sobre todo si tengo en cuenta el estado de ánimo con el que algunos camaradas vinieron de Alemania, o con el que publicaron en Alemania algunos artículos y folletos. Tuvieron un viaje bastante largo e incómodo hasta Rusia para contemplar la situación con algo más de frialdad. Luego llegaron las tesis, que tropezaron con una dura resistencia. Después vino la discusión verbal con otras delegaciones y también con la rusa, y entonces los camaradas alemanes tuvieron que darse cuenta de que los camaradas de la Internacional no ven las cosas con las gafas de los alemanes. Entonces empiezan a emprender cierta retirada estratégica.

No se puede negar que estas enmiendas son peligrosas, ante todo, no por lo que expresan directa e inmediatamente, sino porque quieren expresar de forma bastante encubierta y bastante confusa las ideas que, en nombre de la Central, se difundieron en los días más calientes de la lucha y después de ella entre la clase obrera alemana, en el aparato del Partido Comunista alemán. Y el camarada Thälmann y otros camaradas se dicen: tenemos que volver con unas tesis que no nos desautoricen. Por lo demás, tampoco nosotros queremos eso, no queremos de ningún modo desautorizar al partido, porque el partido alemán es uno de nuestros mejores partidos. Pero toda la concepción de la Acción de Marzo, las condiciones de la lucha y de la victoria se han expuesto aquí de tal modo que algunos artículos, algunos discursos, algunas circulares de la Central alemana, de sus miembros, tienen que ser entendidos como algo muy brusco y peligroso. Eso es lo principal. Ustedes quieren influir en la situación en el sentido de que no se les dé una resolución precisa, sino una resolución confusa en la que puedan meter poco a poco, por vía de interpretación, de forma gradual e imperceptible, el nuevo sentido al que quizá quisieran todavía prestar un poco de oído. Eso es lo principal. Así no se puede ir. Porque, tal como nosotros entendemos el peligro, es demasiado grande para permitir ese margen al desahogo gradual e imperceptible de este espíritu de ofensiva. No lo aceptaremos en ningún caso, está descartado. Sí, pueden ustedes aplastarnos con una resolución de la mayoría del Congreso. Entonces lucharemos dentro del marco que nos deje el Congreso. Pero, desde luego, dentro del marco que ustedes nos dejen. Pero espero que con la resolución táctica pase lo mismo que con la económica. También allí los camaradas de nuestra delegación alemana del ala izquierda quisieron hacer alarde y, aunque aprobaron en principio esas tesis, presentaron una resolución que contenía antagonismos muy marcados. Pero luego resultó que ya no se atrevían a sostener lo que antes querían presentar. Y en la comisión solo quedaron restos insignificantes. Creo que con las cuestiones tácticas sucederá exactamente lo mismo. Sé por experiencia propia que es bastante desagradable ser desautorizado por un congreso del partido, por un congreso internacional. Pero, camaradas, creo que para su situación en Alemania es mejor aclarar esta cuestión. No creo, como ha afirmado Levi, que el partido vaya a hundirse por ello. Pero el Congreso tiene que decir a los obreros alemanes que fue un error y que el intento del partido de desempeñar un papel dirigente en un gran movimiento de masas no fue afortunado. Tenemos que dejar constancia de que este intento fue completamente desafortunado en el sentido de que, si se repitiera, podría realmente arruinar a este buen partido.

**Thalheimer.** Usted sabe que eso está descartado.

**Trotski.** En su caso, sí; pero no en el de los miles de obreros organizados que creían que el Congreso saludaría con júbilo lo que nosotros consideramos un error. *(Viva aprobación.)* Lo mismo vale para nuestros jóvenes amigos franceses. En el Ejecutivo hemos discutido la cuestión de la llamada a filas del reemplazo de 1919, y hemos planteado la pregunta de si el partido francés no habría debido lanzar la consigna de no obedecer la orden de llamada a filas.

Entonces pregunté a nuestro joven amigo Laporte:[^303] ¿cómo lo entiende usted, que los que tenían que ser movilizados debían oponer resistencia armada o resistencia puramente pasiva? Y el camarada respondió de todo corazón: pues naturalmente, con el revólver en la mano. Sí, creía además que así estaba de todo corazón de acuerdo con la Tercera Internacional, que al decir eso daba a la Tercera Internacional la mayor alegría revolucionaria y cumplía con su deber; y lo decía muy en serio y está completamente dispuesto a luchar con el revólver contra la llamada a filas. Naturalmente, le echamos encima un jarro de agua fría, y creo que el compañero lo pensará mejor. Ha venido aquí a un medio nuevo que no tiene todos los días; las aristas se van limando un poco. Pero en Alemania, en Francia, en Hungría... ¡Estas dos o tres semanas que aquí han cambiado algunas cosas en nuestras cabezas, estas dos o tres semanas en que nos reunimos en el Congreso! Pero allí, en los países, ¿qué ha cambiado? Nada. Y esa famosa filosofía de la ofensiva, que es absolutamente antimarxista, ha nacido del siguiente espíritu extraño: poco a poco se va formando el muro de la pasividad, y eso es una desgracia que empantana el movimiento. ¡Así que adelante, a romper ese muro! Creo que en ese espíritu se ha educado durante cierto tiempo a toda una capa de camaradas dirigentes y semidirigentes del partido alemán, y están esperando a ver qué dice de ello el Congreso. Y si ahora decimos: arrojamos a Paul Levi por la ventana, y de la Acción de Marzo decimos solo con frases totalmente confusas que fue el primer intento, un paso adelante; en una palabra, si tapamos la crítica con fraseología, no habremos cumplido con nuestro deber. Estamos obligados a decir a la clase obrera alemana lisa y llanamente que consideramos esa filosofía de la ofensiva el mayor peligro y, en su aplicación práctica, el mayor crimen político.

Estoy completamente de acuerdo con el camarada Zinóviev y, como él, abrigo la esperanza de que en este Congreso fijaremos nuestra opinión de forma totalmente unánime, y creo que en esta cuestión táctica principal no podremos hacer grandes concesiones a la llamada izquierda. Y algunos camaradas, creo que también los franceses, estaban algo preocupados porque se lucha contra la izquierda; el camarada Zinóviev ha hablado de ello. Y por suerte precisamente en francés la palabra *gauche* tiene dos significados: *gauche*, lo que está a la izquierda, y *gauche*, lo que es torpe y tosco. *(Interrupción: «Linkisch».)*[^304] Sí, *linkisch*, pero en el mal sentido de la palabra. En alemán pasa también más o menos lo mismo. Así pues, creo que nosotros, que luchamos contra la llamada izquierda, no nos sentimos en absoluto a la derecha de esa izquierda.

No vemos ningún partido a nuestra izquierda, porque somos la Internacional, la Internacional comunista, marxista; somos el partido más revolucionario que pueda existir. Eso significa el partido capaz de aprovechar todas las situaciones, todas las posibilidades, y no solo de librar luchas, sino también de asegurar la victoria. Ese es el verdadero objetivo, y a veces se olvida que tenemos que practicar la estrategia, que tenemos que calcular con ojo frío la fuerza del enemigo y la nuestra propia, medir la situación, y no ir a la lucha para romper el muro de la pasividad o, como dice otro camarada, «para activar el partido». Para ello tenemos que hacer, naturalmente, también un poco de estadística. Aunque el *camarada Brand* dice que los oportunistas se ocupan mucho de estadística, y en su discurso hemos oído la contraposición entre la espada y la estadística, y en un segundo discurso nos arrojaron a los oportunistas sin más como presa. Esta actitud es peligrosa para nuestros camaradas italianos, que todavía tendrán mucho que ver con la estadística. Si yo hablara de Italia en el sentido de Heckert y Thalheimer, diría: ahí tenemos un país en el que los obreros han ocupado las fábricas, en el que los serratianos han cometido su traición, en el que los fascistas asaltan las imprentas obreras e incendian los locales; si este partido no llama a «¡Adelante con todas las fuerzas contra el enemigo!», es un partido cobarde que quedará completamente condenado ante el tribunal de la historia universal. Pero si consideramos la situación no desde el punto de vista de esa concepción fraseológica, sino desde el de la fría ponderación, tendremos que decir lo que ha dicho Zinóviev. Tienen que ganarse de nuevo la confianza de los obreros, precisamente porque la traición ha vuelto a los obreros mucho más prudentes. Se dirán: hemos oído la fraseología de Serrati. Él dijo más o menos lo mismo y luego los traicionó. ¿Dónde está la garantía de que el nuevo partido no los traicione? Los obreros querrán ver hechos del partido antes de entrar bajo su dirección en luchas decisivas.

Tenemos aquí en el Congreso tres tendencias más o menos pronunciadas, tres grupos que se han convertido temporalmente en tendencias y sin tener en cuenta los cuales no se puede juzgar bien el juego de fuerzas en este Congreso. Está en primer lugar la delegación alemana, que ha salido del fuego de la Acción de Marzo y ha expresado su concepción del modo más tajante en la filosofía de la ofensiva, que, naturalmente, algunos camaradas alemanes han abandonado.

Luego los camaradas italianos, que van por los mismos caminos, naturalmente porque el partido se ha desprendido de los centristas. Los camaradas italianos dicen: por fin tenemos las manos libres, ahora podemos cumplir nuestro deber de entrar en acciones revolucionarias de masas y desquitarnos de la traición de Serrati. Y ahora, camaradas —ustedes saben que de esto no solo ha hablado Levi, sino también la prensa capitalista y la independiente—, se dice que la Acción de Marzo la ordenó el Ejecutivo y que Levi fue expulsado porque no obedeció el *ucase*. Más de un camarada del partido francés y del checo se preguntaba —lo cual demuestra que no está del todo familiarizado con el espíritu del Ejecutivo, pero en la Internacional Comunista existen tales temores en algunos camaradas—: quizá algún día me den también a mí tales órdenes en nombre del Ejecutivo, y si no las cumplo me expulsarán del partido. Estos dos estados de ánimo existen aquí. Y también un tercero, que, según esperamos, ha quedado expresado en nuestras tesis. Dice que, naturalmente, habría sido un disparate que el Ejecutivo hubiera querido adoptar esa filosofía táctica de la intensificación de las luchas mediante acciones de masas más o menos artificiales y enviar órdenes a varios países. Al contrario: precisamente porque ahora nos hemos hecho fuertes y porque con ello nos hemos visto ante la tarea de dirigir el movimiento de masas como partido independiente y centralizado, tenemos más bien el deber de analizar con toda exactitud y con ojos fríos la situación de cada país y, cuando sea posible y necesario, atacar y avanzar con toda la pasión. Eso es precisamente lo que dicen las tesis tácticas que hemos propuesto. En Francia, dice el camarada, no hay izquierdistas. En efecto, no los hay. El partido francés se encuentra en plena muda. Si leen ustedes su órgano principal, *L'Humanité*, encuentran un tono bastante confuso y difuso en la agitación, en el discurso. Ya no se encuentran, naturalmente, en *L'Humanité* aquellas porquerías —por hablar como el camarada Bujarin— que escribían Longuet y sus amigos más cercanos. Es un periódico animado por la voluntad comunista. Pero esa voluntad no está lo bastante tensa, la idea comunista no está lo bastante precisada ni es lo bastante clara; no se ve esa voluntad que siempre tiene que empujar hacia adelante la situación en sentido revolucionario y esclarecerla. Si eso no se ve en el órgano principal del partido, para mí está descartado que un partido así tenga de la noche a la mañana la posibilidad de desencadenar y dirigir una gran acción revolucionaria de masas. La primera condición es que en él cristalicen la idea y la voluntad revolucionarias claras y se expresen en toda la agitación y la propaganda. Este proceso de cristalización puede durar dos, tres, seis meses, quizá un año; depende de las circunstancias, y para muchos camaradas no irá lo bastante deprisa. No se dan cuenta de la situación interna de este proceso, de la muda revolucionaria de un gran partido. Quieren saltárselo, y parece como si solo les faltara el pretexto para empezar la acción revolucionaria. Entonces dicen: Frossard y otros no lo hacen. Es un pretexto excelente. Con más razón empezamos nosotros. La llamada a filas del reemplazo del 19... y precisamente en Francia, donde los anarquistas y sindicalistas son tan fuertes, con el temperamento francés, con la clase obrera de París, es posible que una parte de esta clase obrera, una parte excelente, que será decisiva en las grandes luchas, sea arrastrada por los camaradas más jóvenes, menos experimentados, empujados por su impaciencia, a una acción que puede ser funesta para el desarrollo en Francia durante años. Esa es la situación. Naturalmente, se puede decir: usted ataca a tal o cual camarada. Eso no tiene importancia. Pronunció un discurso equivocado. Sí, camaradas, si cada cual pudiera formarse un juicio, no habría necesidad de tener esta Internacional. La tarea consiste en que, cuando se ve el peligro, por pequeño que sea, se exprese con dureza, se llame la atención sobre él, y, si quieren, se exagere. Que yo o ustedes exageremos el peligro carece por completo de importancia: es una advertencia en voz algo más alta. Pero el otro peligro, el de descuidar o dejar pasar que esta tendencia crezca y choque con una provocación, y que de ahí brote el fuego de la aventura, ese es el gran peligro. Eso explica también la pasión con que algunos camaradas hablan de ello. Y les diré que, cuando hablo de esto en privado con uno u otro camarada y noto que no me entiende, que piensa: yo soy mayor, él es más joven, yo tengo ya algunas canas, él es algo más resuelto, y lo toma como una cuestión de temperamento y dice: «Eres demasiado prudente», entonces me digo: el mayor peligro consiste en que algún camarada no entienda siquiera el terreno del peligro, en que sea inexperto políticamente, en sentido revolucionario, en que no entienda esta advertencia en su realidad, pero también en sus límites. Cree que se gira a la derecha. No, no es así.

Se dice: te has desprendido ahora de los oportunistas y haces este movimiento desde dentro; pero mira, en el mundo no existen solo los oportunistas, sino las clases, la sociedad capitalista, la policía, el ejército, determinadas condiciones económicas, una parte contigo, otra en contra, la tercera bastante neutral, la cuarta en contra de ti; un mundo muy complicado, en el que orientarse es una gran tarea. Eso tienes que aprenderlo si quieres responderme. Sí, ¿quieres que emprenda la lucha contra los centristas? Todas las resoluciones del I y del II Congreso siguen en pie. Y toda la actividad que tenemos que desplegar es siempre una bofetada para el oportunismo. Pero no tenemos solo la tarea de condenar siempre teóricamente el oportunismo; tenemos que vencer en la práctica a la sociedad capitalista, derribar a la burguesía y matarla. Esa es la tarea. Y para esta tarea —tengo que repetirlo— hay que unir el lenguaje frío de la estadística con el lenguaje apasionado de la violencia revolucionaria. Lo aprenderemos y venceremos. *(Vivos aplausos y ovación.)*

**Presidente Koenen.** Camaradas, hay una moción de la delegación norteamericana para que, después de que haya hablado el camarada Trotski, se cierre el debate y se dé al camarada Rádek la palabra para el resumen final. *(Ruido y protestas.)*

**Béla Kun** *(sobre el procedimiento).* Camaradas, propongo que se cierre la lista de oradores, pero de ningún modo que se cierre el debate. El camarada Trotski acaba de lanzar, en un discurso de una hora, una ofensiva contra la llamada izquierda; lo ha hecho en un tono tal que tenemos que responder sin falta a ese discurso. Precisamente por eso creo que cerrar el debate significa en este caso cortar la palabra. A mi juicio, esta moción norteamericana, sacada del bolsillo en un momento favorable, es una maniobra política, y contra esta maniobra política protesto resueltamente. Propongo que se cierre la lista de oradores, pero de ningún modo que se cierre el debate.

**Presidente Koenen.** Ante todo, quiero rectificar los hechos: no puede hablarse de maniobra. La moción se nos entregó antes de que el camarada Trotski empezara su discurso, y la hemos leído después del discurso del camarada Trotski, que era cuando procedía —porque se pedía el cierre del debate precisamente después del discurso del camarada Trotski—.

No puedo presentar una moción si se pide que se someta solo después del discurso de Trotski. Pero ruego a los camaradas que se pronuncien sobre el cierre del debate y voten. En el presidium no tenemos ninguna postura tomada, sino que les sometemos la moción de la delegación norteamericana.

**Frölich.** Hago constar que el presidium ha permitido, sin consultar al Congreso, que el camarada Zinóviev hablara ahora tres cuartos de hora y después el camarada Trotski una hora entera contra la llamada izquierda. Hago constar que la moción de la delegación norteamericana estaba presentada antes de que el camarada Trotski tomara la palabra. Opino que, si el Congreso no quiere declarar aquí que hay que atropellar a la izquierda, el debate tiene que continuar sin falta.

**Marshall.** Camaradas, en nombre de la delegación norteamericana quiero hacer constar que no hay ni hubo en absoluto intención de amordazar aquí a nadie. La delegación norteamericana, y también la inglesa, opinaban que todo el debate, tal como se ha desarrollado hoy, después de los debates de ayer y de los debates en el Ejecutivo, no ha sacado a la luz nada esencialmente nuevo. Y ni el discurso de una hora de Trotski ni un discurso posterior del otro lado van a ser capaces de hacer cambiar de opinión a los ánimos de la sala. Y quisiéramos acabar de una vez y no seguir oyendo una y otra vez los mismos argumentos.

**Presidente Koenen.** En estos debates de procedimiento sobre el cierre del debate es costumbre dejar hablar a un orador a favor y a uno en contra de la moción. Ya han hablado varios a favor y en contra de la moción, pero vuelve a haber toda una serie de peticiones de palabra, de modo que creo que no queda otro remedio que someterla a votación.

**Friesland.** La delegación alemana ruega al Congreso que suspenda la sesión durante dos o tres minutos para que las delegaciones puedan ponerse de acuerdo sobre esto. El cierre del debate puede tener en este momento una importancia decisiva.

**Zinóviev.** Propongo hacer una pausa de diez minutos y someterlo después a votación. Creo que eso será lo más conveniente.

**Presidente Koenen.** ¿Hay alguna objeción? No es el caso. Así pues, la sesión se reanudará dentro de diez minutos.

*Tras una pausa de diez minutos se reanuda la sesión.*

**Presidente Koenen.** Reanudo la sesión. Vamos a votar ahora la moción de cierre del debate.

**Zinóviev.** También yo opino que debe cerrarse el debate. Si sucediera que en la comisión un miembro presenta mociones de carácter de principio que la comisión rechace, propondremos al Congreso que esos camaradas puedan tomar la palabra en el pleno. *(Aprobación.)*

*(El Congreso así lo acuerda.)*

**Presidente Koenen.** Tiene la palabra el camarada Rádek para el resumen final.

**Rádek.** Después de dos días de debate en el que algunos discursos fueron repetidos resúmenes finales *(risas)*, permítanme, camaradas de partido, pronunciar en nombre del Ejecutivo el resumen final y recomendar que se aprueben las tesis que hemos presentado aquí, en relación con todos los hechos que ha sacado a la luz el debate y con el resultado de nuestras deliberaciones, que no han sido un intercambio de una serie de opiniones personales, sino que tenían que sacar a la luz toda una serie de hechos. Permítanme, camaradas, resumir primero las intervenciones de una serie de representantes de distintas delegaciones.

El primero que se pronunció sobre las tesis fue el camarada Lazzari, antes incluso de que se fundamentaran aquí las tesis. Estaba completamente de acuerdo con las tesis, salvo con lo que se decía de Italia. Los camaradas de Checoslovaquia declararon a su vez que estaban completamente de acuerdo con las tesis, salvo en lo que se refiere a Checoslovaquia, y los camaradas ingleses declararon todo su amor, todo su afecto por las tesis; solo en lo referente a Inglaterra las tesis no eran acertadas. *(Risas.)* Estas declaraciones me recuerdan las palabras de un poeta polaco que dice: «Confiesas pecados ajenos».

Cuando se atacan públicamente los pecados de los camaradas checos, Lazzari dice: eso es todavía poco, ¡a la horca con ellos! Los checos no tenían un deseo tan ardiente de ver en la horca a los serratianos, pero dieron su permiso. *(Risas.)*

Eso muestra que, al juzgar la situación en la Internacional, tenemos que partir de lo siguiente: el peligro oportunista en el movimiento obrero no está superado. Tenemos la Internacional sindical de Ámsterdam, tenemos en cada país fuertes partidos oportunistas. El peligro del oportunismo tampoco está superado en la Internacional Comunista, y será aún mayor si el movimiento adopta un ritmo más lento. Considero un síntoma peligroso de oportunismo que intervengan aquí representantes de partidos que declaran que en su partido todo va bien. Camaradas, aquí hemos hablado de la situación de nuestro hijo más joven, de nuestro partido hermano checo, sin duda de otro modo de lo que nos proponíamos antes de empezar el Congreso. Hemos hablado del modo más indulgente, porque nos hemos convencido de que se trata de un proceso de desarrollo lento, sí, pero de un desarrollo hacia la izquierda. Pero, cuando yo había hecho constar en el informe que la huelga de diciembre llegó de forma totalmente inesperada para el partido, que el partido no la dirigió ni organizativa ni políticamente y que, después de la lucha, el partido hizo de todo menos hacer conscientes a los obreros de las lecciones de la huelga, si el camarada Burian interviene entonces aquí y dice: nuestro partido es un partido excelente; cuando la dirección del partido llame a la lucha, el partido estará presente, entonces decimos: «Esa es la costumbre de la Segunda Internacional, y no de la Internacional Comunista». Naturalmente, estaríamos muy contentos si pudiéramos afirmar que cada uno de nuestros partidos está a la altura de sus tareas. Pero sabemos que la revolución es un camino difícil en el que se cometen mil errores. Y si de un país en el que hace un año los comunistas pertenecían todavía a un mismo partido con Němec y Soukup[^305] oímos la garantía «En nuestra casa todo va bien», nos inquietamos más que si el peor turquestano envía al Ejecutivo sus peores advertencias. Porque eso nos muestra que en el partido checo no hay nada del espíritu crítico. Por eso tenemos que decir a los camaradas checos: no llegaréis a ser un partido bueno y combativo si, después de todo lo que tenéis detrás, alabáis al partido como buena mercancía en lugar de intentar aprender de los errores.

Consideremos el caso de los camaradas ingleses. Yo afirmé que, por la prensa del partido inglés, no se podía saber nada de la actividad real del partido durante la huelga de los mineros. Tuve que informarme por los camaradas: ¿qué habéis hecho? Me dieron un cuadro muy triste. Y aquí intervino el primer representante de la delegación inglesa y protestó contra ello. Tengo aquí el número del periódico del partido inglés del 11 de junio. Además de ilustraciones, la primera página contiene una revista política, la segunda una revista económica, en la tercera se escribía que había que liberar a los presos, y las tres páginas siguientes traían de nuevo imágenes. No estoy en contra de la agitación con imágenes, pero un partido puede informar de las acciones de otro modo que hablando por señas, como a ciegos, sordos o mudos. Es muy malo que un partido joven, después del papel mínimo que ha desempeñado, venga aquí y diga: todo va bien; el Partido Liberal también es muy pequeño. Estimados camaradas, cuando tengáis el poder, veremos si os arregláis con un partido tan pequeño como el que tiene Lloyd George. Por ahora, el hecho es que los liberales y los conservadores tienen el poder. Tenéis un semanario en el que dedicáis tres cuartas partes de las páginas a ilustraciones, y un número pequeño de afiliados. Y en el momento en que decimos: ¡a las masas!, vosotros decís: Lloyd George también tiene un partido pequeño.

Así no se pueden tomar las cosas si se afirma que se quiere llegar a las masas. Camaradas, a los demás partidos, al francés por ejemplo, casi no los hemos mencionado. Solo hemos hecho algunas observaciones sobre ellos. El partido francés, lo hago constar, no nos ha dado con su intervención aquí en el Congreso elementos suficientes para aclarar su política. Pero si los camaradas franceses creen que nuestra relación mutua en el futuro puede consistir en que nosotros no los toquemos a ellos ni ellos a nosotros, nosotros somos de otra opinión. Y si el Ejecutivo se ha atenido, respecto al partido francés, al criterio de dejar madurar un poco las cosas, creemos que en el futuro tendremos que vigilar muy atentamente cómo aplica en realidad el partido francés las tesis contra las que no ha hablado.

Camaradas, el partido del que más se ha hablado aquí, el partido de cuyos errores se ha hablado aquí con más dureza por nuestra parte y por la vuestra, ha sido nuestro partido alemán. Y por parte del partido alemán hemos oído aquí toda una serie de exposiciones que nos han dado a nosotros y al Congreso un gran material para juzgar la situación y para juzgar nuestra táctica. Y estoy convencido, camaradas, de que este vivo debate sobre el asunto alemán tendrá la mayor importancia no solo para el desarrollo interno del partido alemán, sino también para la Internacional Comunista. Los proletarios alemanes nos han dado en estos tres años, con grandes luchas, con sufrimientos inauditos que han cargado sobre sí, lecciones continuas que nos han llevado más allá del círculo de las experiencias de la Revolución rusa. El destino de la clase obrera alemana es ser portadora del primer gran movimiento revolucionario fuera de esta Rusia semiagraria, portadora de la primera revolución en un país industrial. Y este hecho convierte a la clase obrera alemana en campeona del proletariado internacional, como hasta ahora solo lo había sido la rusa. Las experiencias de la Revolución rusa han dado al proletariado internacional la consigna de la dictadura y la consigna de los soviets. Pero el camino por el que hemos llegado a la victoria en Rusia pudo ser más corto que el camino que recorrerá el proletariado en todos los países capitalistas. Y el martirio del proletariado alemán, la marcha lenta, las luchas y las derrotas, es la fuente más importante de nuestras nuevas experiencias, que queremos poner al alcance del proletariado internacional. Y si hemos discutido mucho, por un lado, con el VKPD y, por otro, con el KAPD, no lo hemos hecho porque hayan cometido errores a diferencia de otros partidos modélicos, sino porque el movimiento comunista de Alemania, con sus errores y derrotas, con sus victorias, nos permite ahorrar errores a los demás partidos.

Camaradas, no he reunido por casualidad ni por interés cronológico los tres ejemplos: el partido italiano en la ocupación de las fábricas, el partido checoslovaco en la huelga de diciembre y el VKPD en las luchas de marzo. No por el gusto de poner en fila estos ejemplos, sino porque comparando estos tres movimientos somos capaces de calcular las posibilidades de las acciones, las necesidades y los deberes del partido, los peligros que lo amenazan. En el movimiento checoslovaco y en el italiano tuvimos un ejemplo de cómo los partidos, ante un gran movimiento proletario espontáneo, fueron incapaces de dirigirlo, porque no son lo bastante comunistas, porque todavía llevan en la sangre el veneno del oportunismo. El movimiento alemán mostró cómo una joven organización comunista, en su afán de acción, de lucha, por un lado no deja madurar lo suficiente la situación y, por otro, comete en la dirección de la lucha toda una serie de errores que la amenazan con el peligro de aflojar su relación con las masas más amplias del proletariado. Camaradas, me resulta muy incomprensible que en el debate nadie se haya detenido en el ejemplo checoslovaco y en el italiano, que el interés se haya concentrado en los errores de la Acción de Marzo alemana. Los errores cometidos en Italia y en Checoslovaquia significan un fracaso completo del partido, significan su inexistencia, un pecado mortal contra el comunismo. Cuando elementos semicentristas, con ocasión de nuestra discusión sobre la Acción de Marzo, gritan «*Nostra vittoria!*», consideramos tarea nuestra decir aquí: luchamos contra la izquierda cuando comete errores precisamente porque con sus errores puede fortalecer el oportunismo, el oportunismo que es nuestro enemigo mortal y que estamos obligados a combatir en primer lugar. Si los oportunistas creen «*nostra vittoria*» porque aquí hemos luchado duramente con los izquierdistas del partido alemán o del italiano y les hemos señalado sus errores, les decimos: ¡os alegráis demasiado pronto! Estamos convencidos de que estas discusiones, que se apoyan en todo lo que ha producido la lucha, ayudarán a los buenos partidos comunistas a llevar sus luchas a la victoria. Y entonces estos partidos comunistas aplastarán el oportunismo no con el arma de la crítica, sino en la lucha. Y cuando el camarada Lenin dijo aquí: en el primer congreso hablamos de la lucha contra el oportunismo, en el segundo congreso hablamos de la lucha contra el oportunismo, eso no significa que demos a los oportunistas carta blanca para el cuarto congreso, sino que es un llamamiento a los partidos comunistas para que aprendan a quitar al oportunismo el terreno en el proletariado mediante una política práctica de masas. No con palabras, sino con toda su actividad, deben reforzar la confianza de las masas en su fuerza, en su victoria, y quitar así el terreno al oportunismo, que ahora, después de que el desarrollo económico haya destrozado a la aristocracia obrera, solo encuentra su caldo de cultivo en la falta de confianza en las fuerzas propias del proletariado.

Para llegar al balance del debate alemán: ¿qué ha mostrado este debate? En primer lugar, que el partido obró bien cuando, ante el ataque del gobierno capitalista alemán contra el destacamento más fuerte del proletariado comunista alemán, se levantó para acudir en ayuda de ese proletariado; que el partido tuvo realmente razón; que esta acción no fue un *putsch* ordenado desde arriba, sino una acción revolucionaria de cientos de miles de proletarios. El debate ha mostrado además que la dirección del partido cometió en esta acción de masas una serie de errores en la realización práctica de la acción, y que una parte de los camaradas, más tarde, a partir de esta acción, a partir de la convicción de que vendrían nuevas acciones, creó la falsa teoría de la obligación del partido de pasar a la ofensiva en la situación dada.

Ya dije en mi informe que sin ofensiva, sin ataque a las bastillas del capitalismo, no podemos vencer. Y un partido que no lleve en el pecho el espíritu de ataque contra el capitalismo, que no sea capaz de hacer consciente a cada proletario de que el proletariado solo puede liberarse en la lucha directa, cuerpo a cuerpo, y de que solo puede resistir esa lucha poniendo en tensión todas sus fuerzas, un partido así no es digno de llevar el nombre de partido comunista. Y aquí habéis oído de boca del que sin duda es nuestro dirigente más sensato, el camarada Lenin, que todo el que rechace por principio la ofensiva no tiene sitio en la Internacional Comunista. Además, camaradas, hemos dejado aquí sentado que esta teoría era falsa porque en la situación dada no juzgaba el estado de cosas con suficiente agudeza ni con suficiente frialdad, porque en la situación dada, adelantándose a los acontecimientos, no era capaz de reunir a su alrededor a grandes masas del proletariado que están fuera del partido comunista. Pero, camaradas, al mismo tiempo dijimos ya en nuestra resolución, en nuestras tesis, en nuestra propuesta sobre la Acción de Marzo, que el propio partido alemán empieza a reconocer esos errores. ¿Por qué lo dijimos? ¿Solo para facilitar al partido alemán el cambio? No, teníamos razones objetivas para ello. Estas razones son: basta comparar la resolución del 7 de mayo con la resolución del 7 de abril, la resolución sobre la Acción de Marzo y las tesis que el partido aprobó en el Comité Central para el Congreso Internacional, para ver cómo el partido empezaba a comprender el error más importante, el peligro de aflojar su contacto con las masas; lo mismo mostraban el folleto de Brandler y las cartas que nos escribió Stoecker, el segundo presidente del partido.

Y si aquí se ha señalado que dos camaradas, un camarada alemán y el camarada Kun, presentaron unas tesis que rechazamos, tengo que hacer constar, como uno de los que negociaron con ellos, que los camaradas nos dijeron ya después de la primera conversación: «Hemos agudizado demasiado el asunto porque temíamos que vosotros, intimidados por nuestra derrota, pondríais demasiado por delante el lado contrario». Como resultado de las negociaciones posteriores con los camaradas alemanes, resultó que no presentaron ninguna tesis opuestas en principio a las nuestras. Eso nos da derecho a suponer que, cuando los camaradas alemanes que han fijado con nosotros la táctica de la Internacional Comunista vuelvan a casa, aplicarán esta táctica obtenida en común como algo que han conquistado junto con nosotros en una lucha intelectual común. Y, camaradas de partido, si aquí el delegado de Hamburgo, el camarada Thälmann, habló con gran amargura de la necesidad de cierto cambio de orientación, todo el que conozca la situación en Alemania y la historia del desarrollo del partido tiene que comprender esta excitación del camarada Thälmann. Thälmann y otros muchos camaradas vinieron a nosotros del USP. De ese partido vinieron a nosotros organizadores, redactores del partido, funcionarios sindicales, porque no querían quedarse en minoría en sus organizaciones. A estos camaradas el comunismo es lo que más les gusta cuando marcha despacio: entonces no hace falta esforzarse tanto. Pero vinieron además cientos de miles de proletarios que habían visto cómo una lucha tras otra era aplastada o traicionada por la dirección del USP y por los socialdemócratas; vinieron a nosotros proletarios en los que se había reforzado la voluntad de lucha, y estos proletarios ansiaban la lucha después de haberse librado de los Hilferding.

No fue política de ofensiva cuando en Halle el proletariado se levantó y, sin saberlo la Central, decidió la huelga de masas porque las autoridades habían expulsado al camarada Stern. ¿Qué pasó en Flensburgo? Lo ocurrido allí demuestra que en las primeras filas del proletariado se iba formando la voluntad de lucha; esa fue la causa principal que empujó al partido a la lucha, de modo que en las jornadas de marzo entró en la lucha con poca preparación, más deprisa de lo que quizá era necesario y útil. Y si ahora, después de esta lucha, decimos a estos proletarios: ahora vendaos las cabezas, habéis luchado bravamente, la próxima vez preparaos mejor, entonces estos proletarios, que han oído muchas palabras revolucionarias y han visto muy a menudo a los dirigentes echarse atrás, se inquietan. Se preguntan: ¿qué dirán los obreros cuando les expongamos esto? Nosotros declaramos: «Les dirás que, ante la fuerza del enemigo, es necesario prepararse para las luchas, porque nuestra tarea no es demostrar que somos valientes; nuestra tarea consiste en derrotar al enemigo». Estoy convencido de que Thälmann y otros camaradas aplicarán nuestra táctica no solo por un sentimiento de disciplina internacional, sino que se apoyarán en la experiencia de la lucha y sabrán convertir la energía revolucionaria de esta parte de los obreros en una lucha tranquila, proletariamente fría y calculadora, y, cuando sea necesario y posible, también en la acometida decidida. Y como es así, defendemos aquí la lucha de marzo pese a sus errores. Se dice que no se va a la lucha para comprobar después los errores, pero yo respondo: «Si hay que ir a la lucha, después hay que examinar los errores para salir victoriosos de las próximas luchas, para las que quizá tampoco podamos elegir el tiempo ni el momento». Porque no tenemos que vérnoslas con un ejército rojo, sino con masas que se organizan en la marcha, en la lucha, y a las que el enemigo dicta a menudo la ley del combate. Y además otra cosa: nosotros, los comunistas rusos, sufrimos hace un año una derrota, aunque mandábamos ejércitos y teníamos más posibilidades de calcular las fuerzas que en una lucha en la que los ejércitos tienen todavía que formarse. Cometimos errores, y por eso nuestra relación con los errores no es la de quienes creen que los errores nacen de malas filosofías. En esta mala filosofía de la ofensiva vemos, por un lado, un resultado de la situación extraordinariamente complicada de la derrota y, por otro, vemos en la lucha misma el medio para superar estos errores. Si nuestros camaradas rusos proceden ante todo con dureza contra estos errores, es porque ven en ellos elementos de aquella ideología que en Rusia contenía la política aventurera de los socialrevolucionarios. Pero no debemos olvidar que en Alemania no hay terreno para un partido como el de los socialrevolucionarios. El partido socialrevolucionario se basaba en los intelectuales pequeñoburgueses y en el campesinado, y solo en pequeña parte había echado raíces en la clase obrera. Pero no consideramos fundado suponer que en Alemania ocurra lo mismo: para una política como la de los socialrevolucionarios rusos falta en Alemania el terreno. Somos adversarios de la mala teoría de la ofensiva y lucharemos contra ella, pero los errores teóricos no deben cerrarnos los ojos ante la gran lucha de las masas.

Camaradas, la cosa es algo distinta en Italia y en Francia, en estos dos países en los que las tradiciones pequeñoburguesas ejercen una influencia mayor. Y cuando vemos que los camaradas franceses adoptan un punto de vista parecido al herveísmo,[^306] cuando vemos el paso de los sindicatos a manos de los sindicalistas, que navegan sin ninguna brújula marxista, entonces quizá los peligros sean aquí mayores. Por eso los camaradas Lenin y Zinóviev polemizaron con tanta dureza contra nuestro amigo Terracini.

Volviendo al asunto alemán, allí lo principal para nosotros no son los errores. Lo principal es la lucha. Y al hacer el balance tenemos que hacer constar el hecho, que no queremos echar fuera de nuestro balance, de que una parte de la dirección del partido saboteó directamente la lucha. Solo nombro a Levi, que traicionó directamente a las masas combatientes entregándolas a la burguesía. Y hago constar además que un gran número de buenos camaradas, a los que queremos tener en el partido, se han solidarizado con Levi, que estos camaradas siguen considerando la expulsión de Levi solo como un hecho consumado, pero que hasta ahora no se han distanciado de Levi de forma perceptible con una sola palabra. Y teniendo en cuenta este hecho, decimos al partido alemán: has luchado y en la lucha has cometido errores. Por haber luchado has demostrado que eres un buen partido comunista. Y a los otros camaradas alemanes les decimos: no solo habéis dejado sentado que la dirección cometió errores. Os habéis solidarizado con un hombre que, en el momento en que siete mil proletarios —lo repito, porque para mí es lo decisivo— tuvieron que ir a parar a las cárceles, denunció esa lucha como un golpe de mano de algunos dirigentes del partido y del Ejecutivo. Y decimos a estos camaradas: os necesitamos para el movimiento, queremos teneros en el movimiento. Pero una cosa tenéis que saber: la Internacional Comunista no os perdonará una segunda vez cosas semejantes. Otra cosa más queremos decir a estos camaradas: en las enmiendas de los camaradas Zetkin, Malzahn, Neumann y Franken se habla en el pasaje final de la libertad de crítica. Los camaradas proponen estas enmiendas en lugar de la parte de nuestra resolución en la que se dice: ruptura con Levi, disciplina en el partido, crítica estimulante dentro del partido en la prensa del partido y en las organizaciones. De la ruptura con Levi no hay una palabra en la resolución. De la toma de posición sobre la expulsión de Levi no hay una palabra en la resolución. De la prohibición de colaborar en la revista de Levi, ni una palabra. En cambio, se exige una libertad de crítica sin límites. Os lo decimos aquí clara y abiertamente: el Ejecutivo detuvo entonces el brazo de la Central del partido alemán cuando, después de la expulsión de Levi, escribíais artículos junto con Levi en la revista *Sowjet*.[^307] Pedimos seriamente al partido alemán que esperara antes de tomar decisiones, para discutir primero con vosotros todas estas cuestiones aquí, ante el Congreso, a fin de que precisarais vuestra posición sobre las encarnizadas luchas de las jornadas de marzo. Porque sabíamos que en el ardor del combate se había sido injusto con algunos camaradas al juzgar su actuación. Confieso que, en lo que respecta al papel de Malzahn en el año 1918, me dejé engañar por un escrito de Barth. Pero lo que aquí se propone ahora con respecto a la libertad de crítica es completamente imposible. Naturalmente, Thälmann no tiene razón cuando afirma que no se debe criticar en la prensa del partido porque el enemigo puede enterarse de algo. No, consideramos necesaria la crítica de nuestras acciones. El tacto tiene que decir a cada camarada si en un caso dado es admisible o no una crítica pública. También pueden darse situaciones en las que la Central del partido tenga que decir: ahora no es admisible una crítica. Cuando sufrimos la derrota en la campaña de Polonia, hubo entre nosotros discrepancias muy violentas y, sin embargo, ninguno de nosotros escribió un artículo sobre ello. Y los camaradas en puestos dirigentes que habían adoptado una posición crítica durante la campaña —yo era uno de ellos— se dijeron después de la derrota: no es en absoluto lo más importante dejar sentado para la historia que yo tenía razón frente a otros camaradas. Y pudimos renunciar a la crítica pública porque todos comprendíamos los motivos, las causas de los errores, y sabíamos apreciarlos. Pero, en general, todo miembro de un partido, si se le exige y se espera de él disciplina, tiene que recibir el derecho a participar en la elaboración de la línea del partido. Este derecho consiste también en dirimir públicamente las discrepancias en la prensa, porque en las asambleas del partido solo participa una parte de los camaradas, y lo que sucede entre las cuatro paredes de una sala no llega a conocimiento de los demás miembros del partido. La camarada Zetkin pregunta: «¿Qué voy a responder si Crispien me pregunta qué posición tengo sobre la Acción de Marzo?». Que responda: «Con gente que ayudó a aplastar el movimiento de Mansfeld, con gente así no polemizo». *(Vivos aplausos y ovación.)* Aquí está el límite que vamos a trazar, y aquí no haremos concesiones.

Camaradas, ahora queremos que el partido alemán piense en el futuro y no en el pasado, que aprecie debidamente las lecciones del pasado, pero que se prepare ahora para las nuevas luchas que vendrán, queramos o no. Para ello es necesario poner en movimiento todas las fuerzas de que dispone el partido. Para poder conseguirlo, exigimos la disolución de todo grupo aparte, de toda fracción aparte en el partido. Y si Däumig intenta desbaratarlo, decimos: Däumig ya estaba maduro para la expulsión por aquella carta a la Central *(aprobación)*. Y esta vez no detendremos el brazo de la Central si sigue intentando cosas así. Decimos a los camaradas que representan a la gran mayoría del partido: la lucha era necesaria y es un mérito del partido haberla emprendido. También se han cometido errores, y muchos camaradas se han dejado llevar demasiado lejos, pero ahora basta de ajustes de cuentas personales, basta de pasado. Sabemos que en el partido se han infiltrado corrientes oportunistas. Tenemos que estar vigilantes. Lo que ha sucedido no se puede arrancar de la consciencia del partido. Pero ahora hay que unir para trabajar juntas todas las fuerzas que van juntas, para que, tras las dificultades de transición, tengamos en Alemania un partido grande, fuerte, activo, revolucionario, que actúe.

Camaradas, paso ahora a la cuestión del KAP. Ya he dicho que el KAP es un partido pequeño con la pretensión de formar una nueva Internacional *in nuce*. Que tengamos que darle un trato especial no guarda proporción con su fuerza efectiva, pero representa una corriente, y por eso nos hemos ocupado de él. Si aquí Sachs opina que también Lenin dijo que un partido pequeño puede llevar consigo a millones en un país de masas informes, hay que responderle: eso puede suceder donde las masas no están organizadas en grandes formaciones históricas. Para destruir estas, uno mismo tiene que formar grandes organizaciones. ¿Y cómo se pueden formar? ¿Cómo puede un partido pequeño ganarse la confianza de las masas? Solo si libra luchas por sus intereses vitales inmediatos. Si decís que es oportunismo poner al partido al servicio de las necesidades vitales, seguramente seguiréis siendo un partido pequeño, pero nunca podréis ganaros la confianza de masas más grandes.

Camaradas, no os obstinéis en los razonamientos de buenos proletarios que, por desconfianza hacia el parlamento y hacia los sindicatos, no ven la vida. Si os empeñáis en ello, nuestros caminos se separarán e iréis corriendo detrás del carro de la clase obrera insultándola. Ya habéis emprendido ese camino. No habrá ninguna lucha a la que no os crucéis en el camino con espíritu sectario. Y os exhortamos, por todo lo que nos une: integraos en el partido, que, aunque no sea un partido ideal, ha demostrado en la Acción de Marzo que quiere luchar y puede luchar.

Camaradas, no quiero ocupar demasiado tiempo vuestra atención; en la comisión tendremos ocasión de pulir nuestras tesis, y si después quedan como resto antagonismos de principio, volveremos a vosotros y vosotros decidiréis las cuestiones.

Una palabra más sobre las enmiendas: es un malentendido deducir de las palabras de Lenin: *Roma locuta est, causa finita*, la delegación rusa ha expresado su opinión y con eso el asunto está zanjado. No era ese el sentido. Las tesis son el resultado de largas deliberaciones. Aquí se ha hablado de un compromiso y se ha dicho que las tesis son la medida de las concesiones hacia la izquierda. En un compromiso suelen participar dos partes. Si alguien siente las tesis como la medida de las concesiones hacia la izquierda, otros las han sentido como la medida de las concesiones hacia la derecha. Seguramente habéis notado que antes del Congreso librábamos mucho más la lucha hacia la derecha. Pero no es oportunismo que yo diga ahora: he visto indicios de que existe el peligro por la izquierda y de que hay que librar la lucha también contra la izquierda. En la versión anterior de las tesis se trataban objetivamente todos los errores, pero no había ningún pasaje sobre la Acción de Marzo. No considero un compromiso haber aprobado este pasaje, y lo he redactado yo mismo. A raíz de conversaciones con la delegación alemana llegué a la convicción de que era necesario hablar abiertamente de los errores. En cuanto al contenido, no se cambió nada.

Está claro que, si los camaradas alemanes no hubieran cometido sus errores y aun así se hubiera formado una oposición contra la Acción de Marzo, esa oposición estaría madura para la expulsión. Los errores han obligado a actuar con más suavidad frente a esta oposición, porque no está claro si son todos oportunistas o solo gente que advierte. Eso obliga a hacer concesiones hacia la derecha.

En la comisión examinaremos si las enmiendas son solo nuevas formulaciones o si pretenden cambiar la línea de principio. La delegación rusa no aceptará que se cambie la línea política. Eso no significa que no podáis cambiar nada: podéis derrotarnos en la votación.

Lucha contra el oportunismo: lucha contra la derecha y advertencia frente a los errores de la izquierda. Esa es nuestra línea, en la que no podemos cambiar nada. Sobre redacciones concretas, etc., podremos buscar y encontrar en la comisión las fórmulas adecuadas.

Camaradas, estas discusiones aquí en el Congreso no dan un cuadro completo de lo que representa la Internacional Comunista. Varias delegaciones se han pronunciado poco sobre estas cosas. Y yo personalmente, y una parte de los camaradas del Ejecutivo, tenemos la impresión de que los discursos de algunos camaradas se han entendido de otro modo de como se pronunciaron. Cuando gente que tiene detrás grandes luchas revolucionarias se levanta aquí y advierte contra las imprudencias, contra los errores de la izquierda, cada uno de nosotros tiene que entender: eso lo dicen soldados que se han ganado cicatrices en las batallas, y tienen derecho a advertir. Y si los oportunistas suponen que es una advertencia contra la lucha, hay que decirles: «¡Te pareces al espíritu que comprendes, no a mí!».[^308] El Partido Comunista ruso siente la gran responsabilidad de ser el partido que tiene detrás el camino revolucionario más largo. Si advierte, no advierte porque en Rusia le vaya tan bien que pueda esperar otros veinte años a que vosotros venzáis despacio. Ninguno de vosotros lo supone. Tendríamos todos los motivos para emplear aquí otro tono, porque ningún proletariado puede permanecer mucho tiempo aislado en la lucha. Si el Ejecutivo os advierte contra los errores, lo hace por sentido de la responsabilidad, por el sentimiento de que somos la primera etapa de la revolución mundial y de que a la revolución mundial no se la sirve si el corazón ardiente no se empareja con una cabeza fría. Aquí se ha advertido por sentido de la responsabilidad ante el movimiento obrero de todos los países. Pero el camarada Bujarin tenía mil veces razón cuando os dijo: «Quien suponga que estas voces de advertencia significan que puedes dejar pasar situaciones que exigen la lucha oiría de nosotros, llegado el caso, otro lenguaje». Si os advertimos, lo hacemos como un puesto avanzado de la revolución mundial que sabe que, si en julio de 1917 hubiéramos entrado en la lucha decisiva, habríamos sido derrotados, pero que, si en octubre de 1917 no hubiéramos tomado la decisión de luchar por el poder, los campesinos habrían abandonado el frente, la Rusia burguesa habría concluido una paz por separado y la situación histórica en la que el proletariado podía tomar el poder habría pasado quizá por muchos años. Basándonos en nuestras experiencias, os llamamos a reforzar las acciones del partido, os llamamos a dirigir hacia la lucha todos los impulsos de la clase obrera, pero al mismo tiempo os exigimos que tengáis en cuenta que el enemigo es inteligente, que está organizado, que quiere derrotarnos aprovechando nuestra inexperiencia. Ese es el sentido de la advertencia del Ejecutivo. No preparar a los partidos para un largo período en el que, en lugar del *Manifiesto comunista*, leamos y expliquemos los folletos de Lenin y Trotski, en el que fundemos bibliotecas para el estudio de la revolución para que luego nuestros nietos hagan la revolución. Nuestra línea se orienta a las luchas, que pueden llegar antes de lo que muchos de nosotros suponen. Pero dice al mismo tiempo: el enemigo es fuerte, y la Internacional Comunista tiene que estar sólidamente organizada y calcular con inteligencia para que las grandes luchas que tenemos por delante puedan llevarse a término victorioso. Camaradas, en este sentido nuestra lucha contra el oportunismo es una condición previa de la victoria. El adversario aprovecha cada uno de nuestros errores. Los errores que cometimos en marzo nos ayudarán mañana a vencer mejor, pero hoy los aprovechan los Scheidemann y los Crispien. Por eso decimos: lucha contra el oportunismo, pero al mismo tiempo tenemos que atender a cómo, con nuestra lucha, llamamos mejor a las masas bajo nuestra bandera, y en este aspecto todavía tenemos mucho que hacer en todas partes. Repito que nuestra línea es: conquistar a las masas para la Internacional Comunista, llevar a las masas a la lucha revolucionaria, preparar a las masas para esa lucha y aprovechar toda situación que permita dar un paso adelante, pero cuidando de evitar todo sacrificio que podamos evitar, oponiendo nuestro plan de batalla al plan de batalla de la burguesía. *(Vivos aplausos.)*

**Presidente Koenen.** Antes de la votación tenemos que recibir dos declaraciones personales. La camarada Zetkin ha hecho llegar al presidium, para que se lea ante el pleno, la siguiente declaración:

Declaración.

«1. El camarada Heckert me acusó ayer de haber tenido conocimiento, el jueves 31 de marzo, de la intención de los camaradas Däumig, Levi, Geyer, etc., de adoptar en un manifiesto una posición crítica ante la actitud de la Central en la Acción de Marzo. Hago constar que no oí hablar de esa intención hasta el 2 de abril, a mi llegada a Berlín, por boca de los camaradas Walcher y Hauth. Y además, que empleé inmediatamente todos los medios a mi alcance para disuadir a los camaradas de la oposición de enviar el manifiesto. Precisamente porque consideraba que la crítica más dura y más implacable de la Acción de Marzo y de la actitud de la Central era una cuestión vital para el partido, tenía por impracticable el camino que algunos camaradas de la oposición querían tomar.

2. El camarada Heckert ha afirmado además que mi actitud hacia el Partido Comunista fue desde el principio vacilante e insegura y que no me adherí a él inmediatamente, en el momento de su fundación. Sobre esta afirmación hago constar lo siguiente: el congreso fundacional del PC me tomó por sorpresa. La camarada Luxemburg me había comunicado poco antes que ella, y con más fuerza todavía el camarada Leo Jogiches[^309], mantenían la opinión de que debíamos separarnos del USPD en el congreso de esta y solo entonces constituirnos en Partido Comunista. Una coincidencia de circunstancias externas hizo que no recibiera noticia del cambio de opinión ni de la celebración del congreso fundacional.

Poco antes de su asesinato, Rosa me escribió que no apremiara con tanta impaciencia mi llegada a Berlín y mi declaración oficial de ingreso en el PC. Después de consultarlo con Leo, le parecía más útil para la causa que yo siguiera perteneciendo al USPD hasta el congreso de esta. Me escribiría pronto con más detalle sobre el porqué.

El cobarde crimen sangriento de los asesinos con galones impidió que esa carta se enviara. Poco después me escribió el camarada Leo que sabía lo penosa que me resultaba aquella situación equívoca. Pero que tenía que aguantar hasta el congreso del USPD. En primer lugar, como redactora del suplemento femenino de la *Leipziger Volkszeitung*[^310], era yo un puesto avanzado en territorio enemigo. En segundo lugar, ese puesto quizá llevaría a la dirección del USPD a la torpeza política de sancionarme. En tercer lugar, no debía renunciar a la posibilidad de participar en el congreso del USPD, criticar allí desde nuestro punto de vista la teoría y la práctica del partido y declarar luego mi salida de él. De ese modo quizá se arrastraría a una parte de la izquierda opositora y se la atraería hacia nosotros. Le parecía tanto más importante aprovechar esa posibilidad cuanto que seguía siendo de la opinión de que la fundación del PC había sido prematura y que habría debido esperarse al congreso del USPD.

Obré en consecuencia.

Clara Zetkin.»

**Presidente Koenen.** También la delegación italiana desea hacer una declaración. Dice así:

«La delegación italiana declara que las enmiendas que apoya deben entenderse exactamente en el sentido que les daban sus autores y que en modo alguno pueden interpretarse como las interpreta el camarada Lenin en su discurso. El Partido Comunista de Italia no ha apoyado nunca la teoría del putschismo y ni siquiera piensa en adoptarla. La mejor prueba de ello es la lucha que el partido libra día tras día contra los anarquistas y los sindicalistas. La delegación italiana no está, como parece dar a entender la interpretación del camarada Lenin, en contra de la organización cada día mayor de las masas proletarias. Lo atestigua ya por sí sola la gran labor de conversión que el Partido Comunista de Italia lleva a cabo entre las masas obreras. La delegación italiana no es de la opinión de que no haya que llevar a los obreros a luchas o a acciones parciales. Y, de hecho, el Partido Comunista de Italia los dirige en todos sus movimientos y levantamientos. El camarada Lenin, en su interpretación de las enmiendas, combate implacablemente el espantajo del putschismo, que allí donde existe es realmente peligroso, pero que no existe en el Partido Comunista de Italia. Con ello el camarada Lenin, contra su propia voluntad, pone en manos de las tendencias oportunistas y centristas, contra las que todavía continúa la lucha, un arma y un instrumento de combate. Como la delegación italiana declaró ya al comienzo del debate, también en nombre de las otras, al presentar sus enmiendas a las directrices del camarada Rádek, ha decidido votar a favor de las directrices y aceptarlas en sus líneas generales antes de que se devuelvan a la comisión.»

El camarada Polano[^311] hace en nombre de la Internacional Juvenil la siguiente declaración:

«De acuerdo con las declaraciones que hizo el camarada Münzenberg en su discurso, y después de haber oído el debate, la delegación de la Internacional Juvenil Comunista declara que acepta las directrices propuestas por el Partido Comunista de Rusia con las siguientes reservas:

1. que en la comisión se corrijan ciertas apreciaciones inexactas de la actuación de la juventud contra las tendencias centristas y oportunistas que siguen existiendo en algunos partidos adheridos a la III Internacional (Francia);

2. que en la comisión, junto con las demás delegaciones firmantes, apoyará las enmiendas propuestas al congreso.

Polano. Tranquilli[^312].

Laporte. Keller.»

**Presidente Koenen.** El camarada Heckert desea hacer una declaración.

**Heckert.** En nombre de las delegaciones alemana y polaca, de la mayoría de la húngara, de la germanoaustriaca y de la sección alemana de la delegación checoslovaca, así como en nombre del Ejecutivo de la Juventud, tengo que hacer la siguiente declaración:

«Las delegaciones abajo firmantes declaran que aceptan en principio las tesis tácticas propuestas por la delegación rusa, pero que hacen reservas expresas respecto a la interpretación que de estas tesis se ha dado en el discurso de Trotski.

Por el PC de Polonia: Brand.

Por el VKPD: Thalheimer.

Por la Internacional Juvenil: Keller.

Por la mayoría de la delegación húngara: Kun.

Por Bohemia alemana: Kreibich[^313].

Por Austria alemana: Koritschoner[^314].»

**Presidente Koenen.** Pasamos a la votación. Se procederá igual que con las tesis del camarada Trotski. Se vota si el congreso acepta las tesis en general, en principio, y las remite a la comisión como base para su deliberación. Naturalmente, se entregarán además a la comisión las propuestas de enmienda. La comisión tendrá luego que informarnos del resultado de sus deliberaciones. Quien esté a favor de estas propuestas, que levante la tarjeta. *(Así se hace.)* ¿Quién está en contra? Hago constar que el congreso ha aprobado la propuesta del presidium.

En cuanto a los trabajos del congreso, comunico que la próxima sesión se celebrará mañana a la una. En esa sesión se tratarán los puntos 5 y 6 del orden del día, que son los relativos a la cuestión sindical. Mañana escucharemos los informes de los camaradas Zinóviev y Heckert. El debate tendrá lugar otro día. Y es que mañana a las 5 de la tarde se inaugura solemnemente el monumento a nuestro difunto camarada John Reed. Por la noche se celebra la sesión de apertura del congreso sindical.

*(Se levanta la sesión a las 2 de la madrugada.)*

## Decimoquinta sesión, domingo 3 de julio de 1921 (2 de la tarde)

*(Zinóviev y Heckert: La cuestión sindical. 1. La relación de la Internacional Sindical Roja con la Internacional Comunista. 2. La lucha contra la Internacional amarilla de Ámsterdam.)*

**Presidente Koenen.** En el orden del día figura la cuestión sindical: 1. La relación de la Internacional Sindical Roja con la Internacional Comunista. 2. La lucha contra la Internacional amarilla de Ámsterdam. Sobre el primer punto del orden del día tiene la palabra el camarada Zinóviev. Además del camarada Zinóviev, el camarada Heckert, de la delegación alemana, presentará un informe sobre el mismo tema.

**Zinóviev.** ¡Camaradas! Ya el II Congreso de la Internacional Comunista fijó la posición de principio de los comunistas ante la cuestión sindical. Creo que no hay realmente ninguna necesidad de revisar en modo alguno los fundamentos teóricos de la solución que el II Congreso dio a esta cuestión. A nuestro juicio, un año de lucha ha confirmado sin duda que la decisión del II Congreso era acertada. Ya el hecho de que en diversos países, en Inglaterra y en Alemania, en Francia, en América, los señores burócratas sindicales hayan pasado a expulsar a los comunistas y a las células comunistas, este hecho por sí solo es, a nuestro juicio, prueba suficiente de que tomamos una decisión acertada, de que durante el II Congreso dimos en el clavo. Ahora nuestra tarea es otra. No se trata de formular teóricamente nuestra actitud ante la cuestión sindical: eso ya está hecho. Se trata de organizar mejor la lucha contra la Internacional amarilla de Ámsterdam. Se trata de precisar en la práctica las relaciones entre los sindicatos revolucionarios y los partidos en cada país. Se trata, en primer lugar, de formular con exactitud la relación entre el Consejo de los Sindicatos Rojos y la Internacional Comunista. Esa es la tarea del congreso.

Camaradas, hace ya un año declaramos que la Internacional de Ámsterdam era una organización amarilla, burguesa. Esta afirmación nuestra nos valió muchísimas hostilidades; incluso algunos de nuestros amigos menos claros opinaban que exagerábamos un poco en nuestro celo polémico al declarar que la Internacional de Ámsterdam era una Internacional amarilla. Recuerdo lo que vivimos en Halle cuando, en nombre del Ejecutivo, dijimos allí que la Internacional de Ámsterdam era una organización amarilla y que los jefes de esa organización eran en ciertos aspectos más dañinos para la clase obrera que los señores de la Orgesch[^315]. En nuestro congreso se trata de dejar sentado que semejante apreciación de la Internacional de Ámsterdam no es realmente una exageración ni una expresión polémica. Es por desgracia un hecho establecido, un hecho desnudo, que esta organización de Ámsterdam es realmente un juguete de la burguesía. Tengo delante un extracto de un artículo del señor Albert Thomas, uno de los jefes de esa organización, que en un informe sobre el primer año de trabajo de la Internacional sindical, publicado en la *Revue internationale du Travail*, intenta explicar cómo nació esta Internacional; dice que después de la guerra había, en primer lugar, una gran tensión, una gran necesidad por parte de la clase obrera de organizarse. Pero este factor por sí solo no habría bastado. Al mismo tiempo, la burguesía había sentido la necesidad de crear una organización. Dice: «Por otra parte, responsables de la seguridad pública, preocupados por graves problemas de desmovilización, inquietos ante la propaganda revolucionaria que la Rusia bolchevique llevaba a cabo en todo el mundo, los gobiernos no podían sino buscar también ellos el arreglo metódico y ordenado del inmenso conflicto social y de las miserias de la guerra.»

Es decir, los gobiernos, los gobiernos burgueses, que después de la guerra estaban también muy inquietos por la crisis, inquietos por la propaganda revolucionaria que la Rusia bolchevique difundía por todas partes, se vieron a su vez movidos a regular, a apoyar, etc., este movimiento. Así que, como ven, es realmente tal como lo dice aquí el señor Albert Thomas.

La Internacional amarilla de Ámsterdam ha nacido de los esfuerzos de los burócratas sindicales, por un lado, y del gobierno burgués, por el otro. Es hoy realmente el baluarte más importante de la burguesía internacional. No voy a informar con detalle sobre la actividad de esta organización. No vale la pena en un congreso comunista. Me limitaré a citar aquí algunos hechos. Ante todo hay que hacer constar que el señor Jouhaux, uno de los jefes de esta Internacional de Ámsterdam, participó por ejemplo en la conferencia de paz de Versalles como asesor técnico del gobierno francés, un hecho que tiene bastante importancia. O *escuchen* una declaración que hizo el señor Fimmen[^316], uno de los jefes de la Internacional amarilla, durante el boicot a Hungría[^317]. Declaró literalmente que, tras las conversaciones que había tenido con el representante del gobierno húngaro de Horthy, había llegado a la convicción de que el terror blanco en Hungría no lo organizaba el gobierno, sino que se organizaba contra la voluntad del gobierno. ¡El gobierno, es decir, el gobierno de Horthy, hacía todo lo posible por prevenir el terror blanco! Pero este pobre gobierno blanco no tenía fuerza para prevenir el terror. Basta además con citar las palabras que pronunció el señor Thomas: que la «Oficina del Trabajo» (como es sabido, una cosa a medio camino entre la Internacional de Ámsterdam y la Sociedad de Naciones), que esa Oficina del Trabajo había unido a la clase obrera con la burguesía sensata, y que la parte razonable de la clase obrera, junto con esa parte sensata de la burguesía, intentaría superar la crisis.

El señor Oudegeest[^318] declara lo siguiente sobre Italia: la Internacional de Ámsterdam se interesó mucho por el movimiento que vivió Italia el otoño pasado. Envió enseguida a Italia a toda una serie de agentes y delegados suyos, y el señor Oudegeest constata que ese movimiento tuvo enseguida, desde el principio, el carácter de un movimiento sindical de lo más corriente: la misma afirmación que hicieron también Serrati y D'Aragona. Dicho sea de paso, en ese mismo relato del señor Oudegeest se dice que tuvo una conversación con D'Aragona y que este le declaró que, a pesar de todas las crisis por las que pasaba ahora el partido italiano, la pertenencia de la Confederación italiana a Ámsterdam estaba ahora más asegurada que en ningún otro momento. Pronto tendremos ocasión de convencernos de si D'Aragona está realmente en condiciones de cumplir esta promesa suya. Ayer recibimos un telegrama según el cual dos delegados vienen hacia aquí por encargo de los sindicatos italianos. Dentro de unos días tendremos, pues, el gusto de ver aquí a esos dos eminentes representantes del movimiento sindical italiano y de comprobar hasta qué punto esos señores pueden cumplir también sus acuerdos con el señor Oudegeest y con otros jefes de la Internacional sindical de Ámsterdam.

Bastan también algunas declaraciones del último presidente de la Internacional sindical de Ámsterdam. Ustedes saben que antes el presidente era Appleton[^319]. Luego los obreros lo destituyeron por su traición demasiado descarada. Fue la primera operación de presidente. Pronto hubo que quitar de en medio también al inglés, el señor Thomas. Pero antes, en el *Manchester Guardian*, donde publicó muchas lisonjas sobre el rey de Inglaterra, expuso también el programa de Ámsterdam y declaró: «Si, por otra parte, se establecen entre el capital y el trabajo relaciones mejores y más sanas y se crea una colaboración más estrecha, ese será el mejor medio para restablecer la plena confianza entre patronos y trabajadores. Muchas de nuestras dificultades tienen su origen sencillamente en que no hemos hecho nuestro con suficiente claridad el punto de vista de los patronos. No es de extrañar que cometamos errores si no tenemos ocasión de conocer ese punto de vista.»

Así que basta con que los obreros comprendan bien el punto de vista del patrono para que todo se arregle.

¡Esa es la fisonomía de esta organización! No es una exageración. Esta organización es realmente la última barricada de la burguesía internacional. Solo con el apoyo de esta organización puede sostenerse ahora la burguesía internacional.

Vean los últimos acontecimientos. ¿Qué encargos se le dan a la Internacional sindical de Ámsterdam? Cuando se emprende una lucha traidora contra, digamos, los mineros ingleses, ¿quién hace el trabajo más sucio? ¡Thomas, presidente de Ámsterdam! Cuando en Alemania hace falta un baño de sangre, una sangría de la clase obrera alemana, ¿quién lo hace? ¡El señor Hörsing, sindicalista, miembro de la Internacional sindical de Ámsterdam! Cuando en Francia se quiere reducir los salarios, lanzar un desafío a la clase obrera, ¿a quién se le da el honroso encargo de llevarlo a cabo? A Jouhaux y a los demás señores que son los puntales y las columnas de la Internacional sindical de Ámsterdam. En toda la ofensiva que la burguesía internacional ha emprendido ahora contra la clase obrera en los diversos países, tanto en el terreno económico como en el político, el papel dirigente lo desempeña la Internacional amarilla de Ámsterdam. Ese es el hecho grave, muy triste, pero real, para la clase obrera, que todo sindicalista debe comprender. Por desgracia hay que decir que todavía no todos lo han comprendido. Algunos se comportan ante Ámsterdam como ante una disputa dentro del socialismo, de una fracción contra otra. En realidad no es una lucha de tendencias dentro del movimiento sindical: es una lucha de clases, aunque la composición social de la Internacional sindical de Ámsterdam sea también proletaria. No podemos negar que formalmente pertenecen a Ámsterdam millones de proletarios. Pero la cuestión no es tan sencilla como para juzgar a una organización solo por su composición social. Eso no es marxista. Sabemos que también los sindicatos cristianos agrupan a obreros, también los sindicatos liberales; sabemos que todavía hoy millones de obreros votan en las elecciones por la burguesía o por la pequeña burguesía. Eso no prueba nada, y sin embargo es una lucha de clases. Comprenderlo es el primer imperativo del momento. No es una lucha de tendencias, no son pequeñas luchas de fracciones: es una lucha de clases en formas muy peculiares, difíciles, muy penosas para nosotros. Es el último bastión de la burguesía. Cuando hayamos superado esta dificultad, habremos superado nueve décimas partes de todas nuestras dificultades. La burguesía ya no puede sostenerse hoy contra la voluntad de la gran mayoría de la clase obrera. Solo puede mantenerse con el apoyo de una parte de los sindicatos, que se convierten así en el principal sostén de la burguesía.

Solo puede mantenerse en el poder mediante la traición de una parte de la clase obrera. Y Ámsterdam es el producto moderno de este periodo de transición posterior a la guerra, que ha traído consigo una crisis de todo el movimiento obrero internacional. Ese es el punto más importante en el que nos encontramos ahora: *hic Rhodus, hic salta!* Aquí se echará la suerte de nuestro movimiento.

Por eso, camaradas, creo que no hay realmente para la Internacional Comunista, ni en general para todo el movimiento revolucionario proletario, cuestión prácticamente más importante que la de desenmascarar ante las grandes masas de la clase obrera este carácter de la Internacional de Ámsterdam. Durante este año hemos tenido éxitos considerables. El camarada Lozovski, secretario del Consejo Internacional del movimiento sindical, me ha dado una relación de las organizaciones que se cuentan en la Internacional Sindical Roja. La tabla da lo siguiente: Rusia, 6,5 millones; Alemania, unos 2 millones, quizá más; Austria, 35.000; Suiza, 90.000; Checoslovaquia, 290.000; Polonia, 250.000; Rumanía, 90.000; Bulgaria, 65.000; Yugoslavia, 140.000; Grecia, 50.000; Turquía, 20.000; Francia, 300.000; Bélgica, 10.000; Italia, de 2 a 3 millones; España, 900.000; Portugal, 50.000; Suecia, 85.000; Noruega, 140.000; Holanda, 93.000; Dinamarca, 50.000; Finlandia, 60.000; Letonia, 30.000; Inglaterra, 300.000; Estados Unidos, 300.000; México, 119.000; Argentina, 214.000; Australia, 400.000; en total, algo más de 18 millones. No hay que hacerse ilusiones; hay que tomar estas cifras con precaución, no hay que engañarse a sí mismo. Pero esta tabla debe hacernos ver qué grandes tareas tienen todavía por delante nuestros partidos. En Checoslovaquia, por ejemplo, tenemos 290.000 afiliados sindicales que pertenecen a la Internacional Sindical Roja, en un momento en que tenemos en Checoslovaquia unos 400.000 miembros del partido comunista. ¿Qué prueba eso? Prueba que hay también países en los que nuestro partido, a pesar de su fuerza, no ha sabido todavía ganar para nosotros el movimiento sindical, que es tan importante para la revolución proletaria. Tengo delante una octavilla de Checoslovaquia dirigida a los obreros y obreras textiles, publicada contra la burocracia del sindicato textil. La lucha en Checoslovaquia no ha hecho más que empezar. Pero también en Checoslovaquia, que tiene muy grandes tradiciones organizativas y donde tenemos un gran partido, encontramos el mismo fenómeno que en todos los demás países. Nuestros partidos no tienen todavía fuerzas suficientes en el movimiento sindical y no han prestado todavía bastante atención a esta cuestión. En nombre de este congreso hay que plantear a todos los partidos como primera exigencia: prestar al movimiento sindical mucha más atención que hasta ahora, cien veces más, intentar por todos los medios conquistar la mayoría en esos sindicatos; ese es el terreno principal de nuestra lucha, donde se librarán los combates decisivos de toda la época de la revolución proletaria. Los combates decisivos se librarán allí, y hasta ahora seguimos en la situación de que en un país donde tenemos medio millón de miembros del partido solo tenemos en la Internacional Sindical Roja un cuarto de millón de obreros sindicados. Hay también otros ejemplos. Está, por ejemplo, España, con un movimiento que, aunque sindicalista, es bastante claramente revolucionario y cuenta aproximadamente un millón de afiliados, y al mismo tiempo un Partido Comunista que, aun juntando las dos alas, es decir, el Partido Comunista y la antigua izquierda del Partido Socialdemócrata[^320], solo cuenta unos 15.000 miembros. En España, naturalmente, no puede hablarse todavía de que nuestro partido vaya a dirigir y a orientar intelectualmente por completo el movimiento sindical, cuando no tenemos más que un partido joven de solo unos 15.000 miembros y, al mismo tiempo, un millón de proletarios sindicados, buenos revolucionarios. También en Italia tenemos una situación muy peculiar y muy complicada. Un Partido Comunista joven, un magnífico estado de ánimo revolucionario de los obreros, un movimiento sindicalista, la Unione Sindacale, un estado de ánimo revolucionario algo confuso, sin ninguna claridad teórica, sin ninguna base sólida; al mismo tiempo, una Confederación de 2 a 3 millones de afiliados dirigida por reformistas, que oscila ahora muy astutamente entre el Partido Socialista y el Comunista e intenta por ese camino mantener la dirección en manos de los reformistas. Es cierto que nuestro joven Partido Comunista de Italia obtuvo en el primer congreso sindical posterior a la escisión casi medio millón de votos, pero eso no es más que un pequeño comienzo de lo que hay que hacer. Tenemos una situación curiosa en Suecia,[^321] donde el partido se ha abierto paso hasta llegar a ser un Partido Comunista, donde el partido tiene detrás a la gran mayoría de los obreros del país, y donde, sin embargo, la dirección de los sindicatos ha quedado en parte en manos de elementos centristas que, aunque pertenecen al Partido Comunista, tienen el corazón en Ámsterdam; eso tienen que reconocerlo sin más nuestros camaradas noruegos. No podrán negar que algunas de las fuerzas dirigentes del movimiento noruego no tienen el corazón con nosotros, sino con Ámsterdam. Esta situación plantea de forma absolutamente inmediata a nuestro partido tareas muy grandes y muy importantes en este aspecto. Por iniciativa de la Internacional Comunista hemos admitido en la Internacional Sindical Roja a elementos sindicalistas, y creo que en eso hemos obrado bien. El sindicalismo ha sufrido una gran evolución durante la guerra y después de ella: una crisis que ha corrido paralela a la crisis del socialismo. Era nuestro deber ineludible, después de una crisis revolucionaria tan enorme, negociar con los elementos sindicalistas radicales, intentar seguir atentamente su evolución. Pero ahora podemos sacar de esta evolución del sindicalismo un cierto balance.

Tenemos ahora tres variedades de sindicalismo con las que hemos de contar: 1) la variedad abiertamente reformista, que Jouhaux representa mejor que nadie: es el antiguo movimiento sindicalista, que durante la guerra sufrió la misma bancarrota que la socialdemocracia. Es un movimiento claramente pequeñoburgués, que caracteriza también ahora a la dirección de Ámsterdam. La segunda variedad del sindicalismo es la que se expresa en los sindicalistas suecos y alemanes. No son grupos numerosos, pero son grupos que quieren pertenecer a nosotros. Y tenemos que examinar el carácter de este sindicalismo. Si leen el órgano de los sindicalistas alemanes, *Der Syndikalist*[^322], tendrán a menudo la sensación de tener delante un periódico socialdemócrata de lo más vulgar, al estilo de Scheidemann. La apreciación del movimiento de marzo en Alemania por parte de estos señores sindicalistas fue infame y burguesa socialdemócrata. No se la puede llamar de otro modo. No hicieron una crítica desde el punto de vista del proletariado, como ha ocurrido a veces aquí en nuestro congreso, donde se ha intentado examinar desde el punto de vista del comunismo si ese movimiento estuvo bien dirigido, si no fue prematuro, etc. No, no fue una crítica como la que han hecho aquí diversos críticos. No, fue una crítica malévola, rabiosa, de lo más vulgar, pequeñoburguesa, contrarrevolucionaria, como la que se encuentra entre nuestros enemigos de clase.

El mismo fenómeno lo tenemos en los sindicalistas suecos, que se pronuncian por la dictadura, pero hacen todo lo posible por comprometer al primer Estado de clase proletario. Es una especie de «centro» sindicalista, que intenta mediar entre Jouhaux y los sindicalistas verdaderamente revolucionarios y tiene un pie en Moscú y el otro en Ámsterdam.

Y luego, camaradas, tenemos una tercera variedad del sindicalismo, la más importante para nosotros, con la que tenemos que discutir seria y amistosamente. Me refiero a la tendencia sindicalista verdaderamente revolucionaria, que ahora se recupera de la crisis de la guerra y encuentra su expresión más clara en Francia.

Y para nosotros, como también para el congreso de los Sindicatos Rojos, que se inaugura hoy, la cuestión más importante es cuál debe ser nuestra actitud hacia esta tendencia sindicalista verdaderamente revolucionaria, o por lo menos revolucionaria en muchos aspectos. Es una gran cuestión teórica y también práctica. Tengo que decir, camaradas, que si uno sigue solo la prensa de los sindicalistas revolucionarios de Francia, y no también su práctica, tiene la sensación de que en este terreno nos esperan grandes dificultades. Pero espero que la ideología que se refleja en la prensa no sea del todo la expresión adecuada de lo que fermenta ahora en las masas de los simples obreros sindicalistas. Lo que tenemos aquí es más bien una disputa ideológica anticuada, que no tendrá tan grandes repercusiones prácticas en el propio movimiento. Surge ahora la disputa bastante vieja, pero en cierto sentido eternamente nueva, entre nosotros y los anarquistas, así como los sindicalistas, sobre la importancia de la lucha política, sobre la importancia de los partidos, y sobre la cuestión de si los sindicatos deben ser políticamente neutrales. Ya han oído aquí la consigna moderna de los sindicalistas revolucionarios franceses: la «Carta de Amiens»[^323]. Voy a leerles este documento íntegro, para que lo tengan presente, porque este papel bastante anticuado desempeña, sin embargo, un gran papel en nuestra lucha. En 1906 se aprobó la siguiente resolución, redactada por Griffuelhes. Quiero recordarla a los camaradas alemanes y franceses para que vean si de verdad vale la pena librar luchas tan encarnizadas por este papel anticuado. Dice así: «El congreso de Amiens confirma el artículo 2 de los estatutos de la CGT, que dice:

“La CGT agrupa, al margen de toda escuela política, a todos los trabajadores conscientes de la lucha que hay que llevar a cabo hasta la abolición del trabajo asalariado y de la patronal.”

El congreso considera que esta declaración es un reconocimiento de la lucha de clases, que en el terreno económico opone a los trabajadores a todas las formas de explotación y de opresión, tanto materiales como morales, que la clase capitalista emplea contra la clase obrera.

El congreso precisa esta afirmación teórica con los puntos siguientes:

En su labor diaria, el movimiento sindical persigue la coordinación de los esfuerzos obreros, el aumento del bienestar de los trabajadores mediante la realización de mejoras inmediatas, como la reducción de la jornada de trabajo, el aumento de los salarios, etc. Pero esta aspiración no es más que uno de los fines del movimiento sindical; este prepara la emancipación completa sirviéndose de la huelga general como arma principal, y considera que los sindicatos, que hoy son agrupaciones de resistencia, serán en el futuro agrupaciones de producción y de distribución y la base de la reorganización social.

El congreso declara que esta doble tarea, la del presente y la del porvenir, deriva de la situación de asalariados que pesa sobre la clase obrera y que obliga a todos los trabajadores, sean cuales sean sus opiniones o sus tendencias políticas y filosóficas, a pertenecer a la agrupación esencial que es el sindicato.

Por eso, en lo que se refiere a los individuos, el congreso garantiza al sindicado plena libertad para participar, fuera de la agrupación corporativa, en las formas de lucha que correspondan a su concepción filosófica o política, y se limita a pedirle a cambio que no introduzca en el sindicato en ningún caso las opiniones que profesa fuera de él.

En lo que se refiere a las organizaciones, el congreso declara que, para que el sindicalismo alcance su máximo de eficacia, la acción económica debe ejercerse directamente contra la patronal, sin que las organizaciones confederadas tengan, en cuanto agrupaciones sindicales, que preocuparse de los partidos y de las sectas, que, fuera y al lado, pueden perseguir con toda libertad la transformación social.»

Así que ya lo ven, camaradas: tienen aquí el neutralismo, el neutralismo declarado. ¡No vendrás al sindicato con la política! Puedes ocuparte del comunismo en otra parte, como socialista, como comunista, pero el sindicato tiene que ser el lugar donde todos se reúnan en terreno neutral. Eso se dijo en 1906, es decir, antes de la bancarrota de la Segunda Internacional, antes de la bancarrota del anarquismo. Y con esta sopa boba intelectual, permítanme que lo diga, se presentan ante el congreso de la Tercera Internacional y quieren convencernos de que todavía se puede persistir en ese punto de vista. Ya Kautsky explicó hace años, cuando todavía era marxista, que el neutralismo no es aceptable para nosotros, aunque solo sea porque es irrealizable. El neutralismo tiene precisamente el gran defecto de que no se puede llevar a la práctica. Y en eso Kautsky tenía toda la razón. Tomen Francia. Si allí se plantea, por ejemplo, la cuestión de la movilización, ¿puede un sindicalista declarar: «Eso no me incumbe. Es una cuestión política, yo me quedo neutral»? Los sindicalistas que afirmaran eso serían contrarrevolucionarios. Los partidos se comportaron de modo diferente. Los comunistas estaban contra la movilización, los socialistas, por ser pequeñoburgueses, vacilaban; la CGT tenía que decir o bien: contra la movilización, y entonces apoyaba a los comunistas; o bien se quedaba «neutral», y entonces apoyaba a los partidos burgueses.

Tomen la huelga de los mineros en Inglaterra, en apariencia una lucha puramente económica. Pero ¿incumbe en realidad esta huelga solo a los sindicatos? ¿No incumbe también al partido? Naturalmente, es al mismo tiempo una gran cuestión política. Ahora, después de la guerra, cuando los antagonismos de clase se han agudizado tanto, no hay casi ninguna cuestión de alguna importancia en la clase obrera que no sea a la vez política y económica. La neutralidad es un fantasma, una fantasía, y no una realidad. En realidad ninguna organización de masas puede ser neutral, y la idea del neutralismo es un instrumento real de la burguesía. La idea se convierte en fuerza cuando se aplica correctamente y prende en las masas; en fuerza reaccionaria cuando extravía a las masas, como en el caso presente. La idea de la neutralidad es de las que la burguesía aprovecha muy bien para sugerir a los obreros que deben hacerse a un lado. ¿Cuál es la situación de la burguesía? En muchos países domina por la bayoneta, pero sería falso afirmar que domina solo por la violencia, solo por la bayoneta. Eso no es verdad. En la mayoría de los países domina por la bayoneta y por el engaño. Y el engaño ha desempeñado por lo menos un papel tan importante como la bayoneta. El engaño tiene que estar bien organizado. Si la burguesía se presenta de manera demasiado torpe, demasiado burda, no ganará a los obreros. La burguesía no puede llegarse al obrero francés o al alemán y decirle: te lo ruego, tienes que entrar en mi partido burgués. Eso no funciona, el obrero no lo hará. Y si entra, va a las reuniones y ve allí sentados a los banqueros, etc., reconocerá que esa no es su gente y no se quedará. Así pues, la burguesía no puede invitar abiertamente al obrero a entrar en las filas burguesas. Pero puede decir a los obreros que no se ocupen en absoluto de política, que la política no tiene valor para los obreros. Que se queden «neutrales», que la política no es para ellos, sino solo para la gente instruida. Que se ocupen de las cuestiones puramente económicas y se queden «neutrales» ante todos los partidos. En este terreno la burguesía ha tenido éxito. La idea del neutralismo es precisamente la idea burguesa más refinada, con cuya ayuda la burguesía atrapa a muchos de nuestros hermanos. Les dice: tienes que quedarte neutral en política, conténtate con las cuestiones económicas, lo tuyo es solo un pequeño aumento del salario, etc. Pero nosotros sabemos que el sindicato que se queda neutral está objetivamente del lado de la burguesía, aunque sea sindicalista, porque todo sindicato que parte del falso punto de vista de la neutralidad, que se declara neutral, se convierte en la lucha decisiva, objetivamente, en un factor contrarrevolucionario. Igual que la burguesía necesita la idea del más allá, del buen Dios, necesita también la idea de la neutralidad de los sindicatos. Igual que la burguesía necesita al cura, al soplón, al abogado, al parlamentario burgués, al periodista burgués, necesita también al dirigente sindical burocrático que hace creer a los sindicatos en esa neutralidad.

Se ha llegado al punto de que muchos magníficos elementos revolucionarios, como los sindicalistas revolucionarios y los anarquistas de Francia, han caído en esta trampa. Allí donde toda la socialdemocracia era oportunista, la desconfianza sindicalista hacia todo partido era fácil de entender. En 1906 se podía comprender la Carta de Amiens. Se podía entender cómo nació. Pero que se venga con ella ahora, en 1921, quince años después, después de la guerra, después del nacimiento de la Internacional Comunista, después de la revolución rusa, después de las luchas de los sindicatos rusos, que han desempeñado un papel tan importante en nuestra revolución, es verdaderamente lamentable. Si toman ustedes a un obrero sindicalista revolucionario corriente, se sentirá ofendido cuando le digo que objetivamente es prisionero de la burguesía. Pero es un hecho. El que sigue insistiendo en el neutralismo, el que va a los obreros y les dice que los sindicatos tienen que ser neutrales, es objetivamente un prisionero de la burguesía, un instrumento de la burguesía. En países políticamente tan desarrollados como Francia reina una nomenclatura riquísima de partidos políticos. Hay allí un registro de varias docenas de partidos. Casi todo se llama «socialista», pero, en conjunto, sabemos que en toda la Europa moderna no hay más que tres grupos de partidos: el primero, el abiertamente burgués, aunque se atribuya el calificativo de «socialista»; el segundo, los partidos pequeñoburgueses, que son los socialdemócratas; y el tercer grupo es el de los partidos proletarios o, mejor dicho, el partido de los comunistas. Y cuando la burguesía exige a nuestros sindicatos que declaren que son neutrales ante todos los partidos, ¿qué significa eso? ¿Qué significa que una organización proletaria se declare «neutral»? Significa que en realidad hace lo que le es útil al primer grupo o al segundo. Por eso toda la II Internacional abogaba por el neutralismo. Por eso la Carta de Amiens era aceptable en muchos aspectos para la II Internacional. Pero la idea del neutralismo se abandonó el 4 de agosto de 1914. El mismo Legien[^324], que en paz descanse, que el 3 de agosto de 1914 abogaba por la neutralidad, tuvo que abogar el 4 de agosto por «su» burguesía. Durante la guerra se abandonó la idea del neutralismo. Pero cuando se pasó a organizar la Internacional de Ámsterdam, enseguida reapareció la idea del neutralismo. Ámsterdam se construyó sobre esa idea. La idea del neutralismo nació una vez más. Tomen nota de ello. En Ámsterdam esta idea nació una vez más. Durante la guerra la situación era demasiado clara. La burguesía se combatía entre sí, y los socialpatriotas de cada país prestaban servicios a su «propia» burguesía.

Pero allí donde se intenta engañar otra vez a la clase obrera, formar otra vez una supuesta Internacional, reaparece una vez más la idea de la neutralidad, y los jefes de la Internacional sindical de Ámsterdam han llegado al extremo de declararse en un mismo aliento por la neutralidad y por las carteras ministeriales. El señor Hörsing está por la neutralidad en el movimiento sindical, Noske está por la neutralidad en el movimiento sindical; Dittmann, Vandervelde, Jouhaux y todos los demás pretendidos socialistas son al mismo tiempo ministros, asesores técnicos, secretarios, etc., en los gobiernos burgueses. ¿Qué prueba eso? Es una expresión palmaria de esta táctica de granujas «neutralista». Y, camaradas, aunque esta táctica es en realidad demasiado burda y salta tan crudamente a la vista, la clase obrera es todavía tan poco madura intelectualmente que a esa gente todavía le salen bien estos trucos y que todavía muchos obreros honrados se presentan con la idea de la neutralidad como si fuera una idea nueva.

Por eso creo, camaradas, que en este punto tenemos que decir con toda claridad a los sindicalistas franceses y a todos los camaradas sindicalistas lo que hace falta. Aunque ahora todavía nos lo tomen a mal, con la marcha de los acontecimientos se convencerán cada día más de que tenemos razón. Hay que hacer pedazos cuanto antes la Carta de Amiens; quizá fue en su día un paso adelante, comprensible como acción contra el oportunismo de aquella época. Pero el que viene ahora con ella quiere hacer retroceder el movimiento quince años, en lugar de llevarlo adelante.

Así está planteada la cuestión en Francia y también en otros países. ¿Qué se sigue de ello? No se sigue que los sindicatos deban subordinarse sin más al partido. En Francia está en curso una discusión que se vuelve muy viva. Casi a diario aparecen artículos en *L'Humanité*. Hasta ahora, hay que decirlo, la actitud de nuestro partido hermano en Francia no es todavía del todo clara; encierra todavía muchas confusiones. Los camaradas se han hecho primero una imagen deformada y luego se sienten algo incómodos. Esa imagen deformada es como si nosotros exigiéramos realmente una subordinación directa de los sindicatos al partido. No es así. En Rusia es donde más claramente hemos pasado por esta evolución, y tenemos que decir que los sindicatos como tales no deben subordinarse al partido. Durante años luchamos por la influencia dentro de los sindicatos. Todavía durante la Revolución de Octubre teníamos en ellos la minoría, un 40 % aproximadamente; solo después de la Revolución de Octubre conquistamos la mayoría.

Para ejercer una influencia intelectual hay que ganar también, ante todo, la mayoría en los sindicatos. Así pues, se trata de que la dirección intelectual y política corresponda al partido, y de que el partido la gane solo mediante un trabajo largo y duro, no mediante decretos, no mediante resoluciones. Durante quince años luchamos con los mencheviques por la influencia en los sindicatos. Eso requiere tiempo. Y siempre hemos dicho a nuestros camaradas: tenéis que ganar la influencia en los sindicatos mediante el trabajo diario, mostrándose el comunista en todas las cuestiones cotidianas como el mejor, el más inteligente, el más dispuesto al sacrificio. Mediante este trabajo cotidiano durante quince años hemos conquistado la influencia decisiva en los sindicatos. Y tampoco ahora hemos subordinado sin más los sindicatos como tales al partido, sino que hemos considerado las células comunistas (fracciones) de los sindicatos como miembros de nuestra organización de partido y hemos construido la organización del partido de modo que ese miembro ejecute la voluntad del partido. Eso es algo completamente distinto de una simple subordinación mecánica del sindicato al partido.

Así que los camaradas franceses no tienen por qué disculparse ante los sindicalistas. No tienen por qué creer en la caricatura de que exigimos la simple subordinación de los sindicatos al partido. Lo que el Tercer Congreso tiene que exigir de los sindicalistas es cien veces más trabajo cotidiano en los sindicatos, en todas partes donde está la masa. No solo durante los grandes movimientos, sino también en la lucha sindical cotidiana, por pequeña que sea: en todas partes el comunista debe ser guía, luchar tenazmente durante años por la influencia de su partido y, naturalmente, allí donde se ha conquistado la influencia, hacer valer también la influencia del partido. Donde tengamos aunque solo sean tres comunistas, tienen que formar inmediatamente una célula. Los comunistas franceses tienen que apoyarse únicamente en los miembros de su propio partido. Con todos los demás podemos hacer un pacto, pero solo podemos fiarnos de nuestros miembros. Esa debe ser la relación de los sindicatos con el partido: lucha tenaz y perseverante por la influencia del partido, organización de los elementos comunistas, participación en todos los trabajos cotidianos, ninguna subordinación mecánica.

La tarea principal es, lo repetimos: ¿cómo conquistamos la mayoría en los sindicatos?

Si se quiere, se puede hablar también, en cierto sentido, de autonomía de los sindicatos. Pero el sentido de la autonomía no ha de entenderse como quizá se lo imagina uno. Desde luego, hay autonomía y «autonomía». Sabemos por la lucha con los reformistas que esos señores han entendido esa autonomía en el sentido de que los sindicatos son una cosa y el partido debe ser otra completamente distinta. Estamos contra semejante autonomía, contra semejante independencia, que desemboca en el llamado neutralismo. Pero, naturalmente, estamos también a favor de que el movimiento sindical tenga un cierto espacio libre, de que el partido no se inmiscuya en todos los pequeños detalles, sino que fije solo la línea general, que intervenga solo allí donde haya realmente algo políticamente importante, y aun eso solo por medio de las células comunistas (fracciones). En este sentido no tenemos nada que objetar a la autonomía.

Y con ello se decide también la relación de la Internacional Comunista con la Internacional Sindical Roja. La Internacional Sindical Roja se fundó por iniciativa de la Internacional Comunista. Existe solo desde hace un año, está todavía al comienzo de su lucha. Al principio teníamos una organización casi única. Ahora que la Internacional Sindical Roja ha crecido, hay que establecer una cierta diferenciación, hay que dar a la Internacional Sindical Roja una cierta autonomía. Desde luego, la situación más ideal será cuando tengamos una Internacional única que reúna todas las ramas del movimiento obrero. Pero también ahora tenemos que decir que la Internacional Comunista en su conjunto no debe ser una simple suma aritmética de las diversas centrales de los partidos comunistas. Es algo más. No somos aquí solo cuarenta comités centrales: queremos ser la síntesis de todas las necesidades del movimiento. Queremos dar la orientación a todo el proletariado que lucha por su liberación. Queremos dirigir la lucha en los soviets, en los sindicatos, en las organizaciones educativas, en las cooperativas de consumo, etc. Todo eso tiene que estar reunido en la Internacional Comunista. Ella es la cabeza de todo el movimiento, dirige toda la lucha de liberación del proletariado, y no solo la política en el sentido estricto de la palabra. La Internacional Sindical Roja tiene que recibir una cierta autonomía. Primero tenemos que organizarla de modo que tengamos una representación recíproca, y poco a poco se irá fundiendo más estrechamente con nosotros. Tenemos que hacerlo por razones de prudencia, tenemos que hacerlo porque el panorama del movimiento sindical en todo el mundo es demasiado abigarrado, demasiado heterogéneo. Comparen Italia y Noruega, Checoslovaquia e Inglaterra, Alemania y Francia: ¡un panorama completamente distinto! ¡Fases de desarrollo completamente distintas! Y con eso tenemos que contar, y por eso tenemos que encontrar una forma de organización flexible que conduzca lo más rápidamente posible a que nos fundamos poco a poco en una organización común y única, que ha de ser la Internacional Comunista.

Lo que proponemos, pues, es que, en el camino hacia la gran Internacional única, hagamos una cierta diferenciación y no le tengamos miedo. Tenemos que salir al encuentro de las necesidades del movimiento, no oponernos a ellas obstinadamente, sino comprender las dificultades organizativas, proceder con flexibilidad en cada país, porque aquí hay grandes dificultades, no olvidar ningún medio para arrancar los sindicatos de las manos de los jefes amarillos, porque ese es el punto clave, el momento principal de la lucha por la revolución proletaria.

Eso no significará que vayamos a tener dos Internacionales paralelas. También ahí hay un gran peligro: que se formen dos Internacionales que estén una junto a otra, celosas entre sí. Una cierta autonomía y una flexibilidad natural en lo organizativo tienen que ir acompañadas sin falta de la exigencia de que la dirección política siga en manos de la Internacional Comunista, de que negociemos a diario unos con otros, tengamos nuestras representaciones recíprocas y nos ayudemos mutuamente a cada paso para superar las debilidades del movimiento. Tenemos que hacer todo lo posible para que ambas Internacionales colaboren: se pertenecen la una a la otra como dos brazos.

Esa es nuestra hoja de ruta. Estamos convencidos de que de este modo superaremos estas dificultades; tenemos que inculcar a los camaradas que no hay tarea más importante que conquistar la mayoría en los sindicatos. Si tenemos eso, lo tenemos todo. Cuando hayamos destruido el último bastión de la burguesía y hayamos izado sobre él la bandera roja de la Internacional Comunista, entonces podremos decir: ahora han pasado las mayores dificultades, ahora tenemos asegurada la victoria.

Las decisiones que tome el congreso sindical serán de la mayor importancia internacional. Tenemos que intentarlo todo para llegar a decisiones comunes, hacerlo todo para mantener unidas las dos organizaciones. Si conseguimos superar juntos las debilidades del movimiento, actuar juntos contra la Internacional de Ámsterdam, contra el socialpatriotismo y el socialpacifismo, nuestra victoria es absolutamente segura, y además en muy poco tiempo. *(Vivos aplausos.)*

**Presidente Koenen.** Tiene la palabra el camarada Heckert.

**Heckert.** ¡Camaradas! Al abordar el problema de qué tienen que hacer los comunistas en los sindicatos y qué tienen que hacer en general los sindicatos, es necesario que nos planteemos con toda claridad la cuestión de cuáles han sido en general las tareas de los sindicatos y, en segundo lugar, la de qué pueden hacer los sindicatos en el periodo actual para cumplir su tarea. Cuando se fundaron las federaciones sindicales, la cuestión de qué tenían que hacer los sindicatos estaba completamente clara y aclarada. Llevar la lucha de los obreros por mejores condiciones de salario y de trabajo: esa era la tarea, el fin que los sindicatos querían alcanzar. Mejores condiciones de salario y de trabajo podían alcanzarse, en opinión de unos, dentro del orden capitalista y, en opinión de otros, el objetivo de lograr condiciones sanas de salario y de trabajo no era posible dentro del orden capitalista. Y por eso hubo desde el principio dos corrientes en el movimiento sindical: una, que se conformaba con la existencia del orden capitalista, dentro del cual había de llevarse la lucha sindical, y otra, que declaraba que dentro del orden capitalista no es posible una mejora real de las condiciones de salario y de trabajo y que hay que trabajar por derribar a los capitalistas.

Todo esto tenemos que tenerlo presente en nuestras consideraciones actuales sobre cuál es la tarea de los sindicatos. ¿Es posible que se resuelva el problema de los primeros, de los que declaraban que dentro del orden capitalista era posible lograr mejores condiciones de salario y de trabajo, o no es posible? Y, por otra parte: ¿qué tienen que hacer los sindicatos cuando ya no es posible conquistar mejores condiciones de salario y de trabajo dentro del orden capitalista? Por eso los comunistas examinamos la situación económica que reina actualmente en el mundo. Eso ya se ha hecho en este congreso y se ha discutido abundantemente. Sobra toda palabra. Sabemos que, una vez terminada la guerra mundial, el orden económico capitalista quedó sacudido hasta sus cimientos. Es solo cuestión de cuánto tardará el proceso de descomposición del orden capitalista en conducir a una catástrofe, incluso sin un asalto organizado de los batallones obreros; pero es un hecho que, cuando la economía capitalista está en descomposición, cuando este orden económico ha engendrado por un lado un paro de proporciones gigantescas y por el otro reina un hambre colosal de mercancías, no existe la posibilidad de satisfacer esa hambre de mercancías, porque la gran población consumidora no posee los medios para apropiarse de esas mercancías. Entonces preguntamos: si las cosas están así, ¿qué tienen que hacer los sindicatos ahora, en este periodo de crisis? ¿Tenemos que esperar a que ocurra algún milagro que les permita, en caso de un eventual resurgir del capitalismo, llevar otra vez durante cincuenta o sesenta años, dentro de este orden económico capitalista, una lucha por mejorar las condiciones de salario y de trabajo? ¿O no es a la vez tarea de los sindicatos aprovechar esta crisis del capitalismo, que no será pasajera sino duradera, para derribar este sistema capitalista? Y según cómo se juzgue la consistencia del orden capitalista, según se crea que el capitalismo es todavía viable y capaz de reconstruirse o que, por el contrario, hay que superarlo ya ahora en cualquier caso, hay que orientarse tácticamente. Y tenemos ahí dos tendencias bien marcadas. La tendencia comunista, que declara que el capitalismo en putrefacción no puede traer a la clase obrera más que la muerte, cuanto más tiempo subsista. Lucha rápida y organizada para crear otro sistema social, decimos nosotros. Pero los socialpatriotas declaran: primero tenemos que hacer viable el capitalismo.

Ya se señaló en la intervención del camarada Rádek que los dirigentes sindicales y los dirigentes socialpatriotas difunden la leyenda de que el socialismo, el comunismo, solo podría existir si el orden capitalista dejara tras de sí una superabundancia de riqueza. Pero resulta que esa superabundancia no existe y que, a nuestro juicio, una superabundancia de riqueza solo podría crearse para una minoría de los hombres, y esa superabundancia tendrían que pagarla millones de obreros con su vida, con su felicidad, con toda su existencia. Por eso rechazamos las ideas de la «comunidad de trabajo»[^325], según las cuales tendríamos que reparar primero la cantera capitalista para que haya algo que socializar. No quiero hablar de la lucha que los comunistas han librado contra estas ideas de la comunidad de trabajo; no da el tiempo para ello. Solo puedo apuntar todas estas cosas. ¿Qué tenemos que hacer, pues, en este periodo?

Decimos: las organizaciones sindicales, incluso si solo luchan por conservar la existencia de los obreros, tienen que llevar una lucha revolucionaria. La descomposición del orden capitalista ya no permite que se conserve la existencia de los obreros. Por eso, en nuestra lucha en defensa de nuestra existencia, tampoco podemos limitarnos ya a los medios que se empleaban antes de la guerra, sino que tenemos que pensar en emplear también otros medios de lucha, y ahí los comunistas decimos sin rodeos: todos los medios que sirven para destruir, disolver y abolir el capitalismo lo más rápidamente posible, para preparar el terreno a un nuevo sistema social, son medios que también los sindicatos tienen que emplear. Estos solo pueden cumplir su tarea agudizando la acción para destruir el sistema capitalista: es decir, desde el conflicto salarial corriente contra un patrono aislado hasta la huelga general contra todo el grupo patronal capitalista de un Estado, con manifestaciones y, en último término, con una insurrección armada contra los poderes tanto económicos como políticos: a eso tiene que aspirar la organización sindical. Pero cuando miramos a nuestro alrededor en nuestras organizaciones sindicales, nos decimos: ¿sirven estas organizaciones, en la forma que tienen ahora, para cumplir esta tarea suya? Y tenemos que decir: su forma no es precisamente la más adecuada; es una forma adoptada en el periodo de nacimiento del capitalismo.

Es cierto que hemos visto cómo, con el crecimiento del sistema capitalista, también las distintas organizaciones de oficio, que al principio eran locales, se centralizaron cada vez más y cómo han surgido ahora organizaciones centrales. Pero, camaradas, el capitalismo no solo ha pasado por un desarrollo tal que la patronal de un país ha hecho de un país agrario un Estado industrial y ha puesto cada vez más en relación unos con otros a los distintos grupos de oficio, sino que hemos visto cómo dentro de esta economía capitalista han surgido colosos en los que trabajan en una misma fábrica obreros de los grupos profesionales más diversos, de 20 a 30 grupos. Y cuando los obreros de una empresa tan grande como, por ejemplo, la de Armstrong o la de Stinnes entran en lucha para mejorar sus condiciones de existencia, encontramos a los obreros dispersos en toda una serie de grupos profesionales distintos, y es difícil llevar a estos obreros a una lucha unitaria.

Y eso nos demuestra que la forma actual de los sindicatos no está tan desarrollada como la estructura del orden capitalista con que nos encontramos. Tiene que producirse, pues, en los sindicatos un nuevo proceso de concentración, sean como sean los sindicatos. Hay que intentar reunir a los obreros que trabajan en una misma empresa. Nuestros camaradas rusos, cuando se vieron ante el problema de crear federaciones sindicales adaptadas a las condiciones modernas, no crearon organizaciones locales y de oficio, sino grandes organizaciones centralizadas construidas por ramas de producción, y reunieron a los obreros en las empresas y en los talleres, allí donde se trabaja, donde la empresa se considera la célula de la organización y donde las distintas fábricas y talleres de una misma rama de producción están reunidos en organizaciones centrales del país. Esa es, en opinión de los comunistas, la forma de sindicato que necesitamos para poder cumplir nuestras tareas en este periodo del capitalismo en que vivimos. Y por eso la cuestión de la lucha directa por el derrocamiento del orden capitalista no es solo una cuestión del contenido de la organización sindical, sino también de su forma de organización.

Pero una cosa vemos. La forma de organización tiene que poder acoger un contenido que corresponda a la situación real del orden capitalista y a las necesidades de la lucha de clase de los obreros contra el capitalismo. Los capitalistas han unificado su poder de manera extraordinariamente fuerte. Basta con recordar a capitalistas como Stinnes para tener enseguida la prueba de que contra semejante fuerza no se puede luchar con una suma de pequeñas organizaciones federadas.

La centralización de las fuerzas sindicales nos la impone la fuerza centralizada del capital. Sería estúpido querer discutir contra hechos tan duros; si no podemos oponerles la misma fuerza centralizada de los obreros organizados en sindicatos, sucumbiremos siempre, y con ello queda dictada la sentencia de muerte de todo federalismo. Lo que predican los sindicalistas alemanes y lo que constituye el razonamiento de muchos sindicalistas en Francia y en otros países es imposible. El centralismo de los sindicatos es la condición previa de nuestra victoria.

En los últimos días hemos leído en los periódicos que la Entente discute con Alemania cómo ha de cumplirse el tratado de paz de Versalles. Allí se declaró abiertamente que Walther Rathenau (antes se decía Stinnes) debía reunirse con Loucheur[^326] e intercambiar opiniones, sin influencia de otras fuerzas, sobre cómo era posible que Alemania, es decir, la clase obrera alemana, cumpliera ante el imperialismo inglés y francés las obligaciones del capital alemán vencido. Qué ridículo es entonces afirmar todavía que, cuando en Alemania y en Francia los colosos del capital, dos hombres, trabajan en la solución de la cuestión, los obreros pueden resolver estas cuestiones a su manera si en Lyon y en Brest, en el último villorrio perdido, abordan la tarea por su cuenta, sin centralización. Qué ridículo es predicar la idea de que en cada fábrica tiene que haber la autonomía de pequeñas organizaciones de empresa, como quiere Otto Rühle. Sobre semejantes imposibles, que resultan ridículos, no debemos discutir más. Tenemos que emplear nuestras fuerzas en convencer a los obreros revolucionarios de que se equivocan si creen que se puede prescindir del centralismo, que todavía es posible acabar con el capitalismo de otra manera que con la fuerza organizada de los obreros.

Cuando decimos que dentro del orden social capitalista ya no es posible conseguir mejoras de las condiciones de salario y de trabajo, podría sacarse de ahí la conclusión de que ya no es necesario luchar por esas mejoras y que hay que concentrarlo todo en el día y la hora en que se eche abajo el capitalismo. En Alemania, en Francia y en América hay todavía muchos elementos que despachan semejantes razonamientos como revolucionarios. Por desgracia, el capitalismo no puede echarse abajo en una hora; la superación del orden de producción capitalista depende de circunstancias que todos tenemos que tener en cuenta. En el periodo en que se reúnen las fuerzas de la clase obrera para el asalto final contra el capitalismo, vemos que todavía pasan muchos días y muchas horas en que los obreros sufren cada día. Ahí se trata de grabar firmemente en la consciencia de las masas la lucha diaria por aliviar esas penurias, de que el obrero tiene que llevar la lucha por aliviar las penurias diarias, y no solo esa lucha, sino al mismo tiempo la lucha por organizar las fuerzas, por centralizar todo el poder proletario, para superar el capitalismo. En el periodo en que vivimos ocurre de hecho que hasta la lucha más pequeña tendrá las mayores repercusiones. Por eso decimos que los sindicalistas comunistas y los comunistas del movimiento sindical no solo tienen la tarea de señalar que hay que destruir el capitalismo, sino que tienen que participar en todas las pequeñas luchas por aliviar la miseria, en todos los pequeños trabajos necesarios para reunir a la masa obrera e infundirle confianza. Estamos ante un problema. El proceso de putrefacción capitalista ha arrojado a millones de obreros fuera del proceso de producción, los ha dejado en paro. ¿Pueden los parados esperar hasta que el capitalismo haya sido echado abajo para que los demás obreros se ocupen de su miseria? Ahí todos tienen que decir: ¡no! Y por eso los sindicalistas tenemos la tarea de luchar por la reincorporación de estos parados al proceso de producción, para que puedan vivir. Es una lucha dura. Una lucha difícil. Y es dura y difícil porque no podemos librarla solo con los parados, porque en esta lucha por reincorporar a los parados al proceso de producción los parados son incluso, en cierto grado, un factor que entorpece la unión de las fuerzas del proletariado. Tenemos que pensar que el orden capitalista ya no necesita la fuerza de trabajo. Y todos los millones que siguen en el proceso de producción tienen miedo de que al día siguiente los echen a la calle. El patrono tiene la posibilidad de presionar, con el ejército de reserva de obreros que ha surgido, sobre los que todavía están en el proceso de producción. Amenaza con rebajar el salario, porque ante las puertas de la fábrica hay miles de obreros de los que puede servirse. Por eso, si queremos resolver el problema del paro, tenemos que dirigirnos a los que todavía están en el proceso de producción y decirles: la lucha por la reincorporación de los parados al proceso de producción es la lucha más importante que los obreros tenemos que librar, porque es la lucha en defensa de vuestra existencia, y si no ayudáis a los parados, os quedaréis en paro; si no los ayudáis, no tendréis qué comer. Con ellos os rebajarán el salario. La primera tarea que tenemos que cumplir es una lucha por los hermanos parados. Esta lucha hay que llevarla en el taller. Eso está completamente claro. En los talleres, allí donde trabajan los obreros, allí hay que hacérselo comprender, y hay que hacérselo comprender también por otra razón, a saber: la economía es, al fin y al cabo, aquello de lo que vivimos, y si la economía se estanca, si no avanza, no tendremos qué comer, o por lo menos tendremos menos. Y como el obrero no puede estar conforme con quedarse en paro, no solo porque es malo quedarse en paro, sino porque eso significa al mismo tiempo la destrucción de la economía, por eso el obrero tiene que oponerse con todas sus fuerzas al cierre de empresas, al despido de obreros, porque con la actual hambre de mercancías que existe toda restricción de la producción significa un empeoramiento de la situación vital, una imposibilidad todavía mayor de seguir viviendo de manera medianamente sana. Desde luego, el problema del paro solo podrá resolverse con la victoria de la revolución social, con la instauración de la dictadura proletaria. Pero en la lucha viva por los intereses de los obreros, los millones de obreros que no quieren saber nada de la dictadura proletaria, que no han comprendido que la revolución social es una necesidad vital para conservar la economía y conservar la clase obrera, solo así llegarán a conocerlo.

Vemos, camaradas, que el problema del paro no nos ocupa solo a nosotros. Los de Ámsterdam tienen que ocuparse de él, y desde hace mucho, y no está de más mostrar con dos ejemplos qué ideas se hacen sobre la solución del problema. El redactor sindical del *Vorwärts*, el doctor Striemer, habló hace unos dos meses en una reunión en Spandau sobre el problema del paro. Dijo: todo lo que dicen sobre esto los comunistas es un disparate. No habría ningún paro si se hubiera asentado a los parados en el campo, si se fomentaran las colonias agrícolas. Naturalmente, es ridículo expresar semejante idea. Pero la gente que durante dos años no ha hecho más que decir que solo ellos ayudaban a los parados, y que sin embargo no los han ayudado, tiene ahora que recomendar remedios contra el paro, y así salen con remedios tan absurdos como los que recomienda el doctor Striemer.

Un miembro de la Confederación General de Sindicatos Alemanes (ADGB), Ernst Schulz, que perturbó las organizaciones sindicales de Halle porque allí los comunistas llevaban la voz cantante, dijo: si tenemos paro es porque los hombres no han tenido economía en su procreación. Se han multiplicado como conejos; tendríamos, pues, que llegar a una sabia economía de la producción de hombres. Eso dice un hombre así después de la guerra mundial, que se ha tragado 16 millones de hombres. Eso dice, aunque antes de la guerra mundial reinaba en los Estados capitalistas una escasez de fuerza de trabajo. Este socialista ha olvidado todo lo que hemos aprendido, lo que era un hecho antes de la guerra; ha olvidado que la guerra ha matado a 16 millones de hombres. Lo que dice no es más que una justificación de una nueva guerra en la que se masacre otra vez a 16 millones, una justificación para gente como el profesor Gruber y compañía, que declararon que en Alemania sobran 15 millones de personas, que tienen que emigrar o morir, porque si no el capitalismo no podrá seguir viviendo.

Así pues, entre los de Ámsterdam las cúpulas piensan en cómo salvar la economía de la ruina, en cómo hacer de la cuestión del paro una cuestión que ya no nos agobie. Y llegan a la misma solución que los capitalistas: o emigrar, solo que no saben adónde, o morir, porque se producen demasiados hombres. Se recalientan las viejas ideas de Malthus y se nos presentan como los complementos más recientes del pensamiento marxista.

Pero en el periodo actual los patronos no cierran las empresas solo porque su economía haya sufrido un descalabro, sino para limpiarlas de los elementos revolucionarios que hay entre los obreros de las empresas. ¿Y con qué fin? Saben muy bien que la guerra ha asestado a su sistema social un golpe en el corazón que no le permitirá al capitalismo sanar si una ola bolchevique sigue avanzando por el mundo y hace de la revolución una realidad. Por eso el capitalista se dice: me encargaré de que el que da ánimos al obrero y le dice «no puedes hundirte sin resistir» salga de la empresa; y lo pone en la calle.

Y así la crisis que atraviesa la economía capitalista y que trae el paro se agrava con las acciones del capital, que cierra las fábricas en esta gran crisis para limpiarlas de elementos revolucionarios, para separar a los elementos revolucionarios de la clase obrera, para dejarlos hundirse en el lumpenproletariado por la necesidad y la miseria, y para hacer que, cuando salgan a la calle, se les dispare con ametralladoras, como ocurre no solo en España: es la práctica que se sigue en todos los países. Camaradas, ¿qué medios debemos emplear para impedir que el capitalismo haga algo así contra nosotros? Es necesario que aprovechemos las fuerzas sindicales que tenemos, y que no las aprovechemos solo cuando el peligro haya llegado a su punto culminante, sino enseguida. En cuanto los patronos se propongan emprender algo, tenemos que intentar enseguida un contragolpe. Y no solo eso: no solo tenemos que intentar devolver el golpe cuando el patrono quiere golpearnos, sino prepararnos sin cesar para la lucha, de modo que el patrono se vea empujado a la defensiva y ya no tenga la iniciativa de la acción contra nosotros. Y eso supone a su vez que los obreros unamos nuestras fuerzas. Quisiera citar aquí dos cosas que hacen necesario llevar una lucha cerrada contra la patronal. En Alemania, por ejemplo (y lo mismo ha ocurrido en Austria y en otros países), los capitalistas, cuando ya no podían seguir produciendo, hicieron sencillamente del desmantelamiento de los medios de producción una fuente de ganancias. Porque el capitalista no produce para que la gente tenga de qué vivir: produce para ganar. Si la producción ya no compensa, quizá compense el desmantelamiento de los medios de producción. En Alemania se han desmantelado innumerables tejares. La industria azucarera alemana ha quedado muy por debajo de su nivel de antes de la guerra. ¿Y qué ha pasado con ello? A un gran número de obreros se les ha quitado la posibilidad de volver a trabajar en esta rama de la producción, porque a la economía alemana se le ha quitado la posibilidad de salir otra vez de esta crisis, incluso cuando superemos el capitalismo. ¿De qué nos sirve, por ejemplo, una victoria sobre el capitalismo si el capitalismo ha destruido antes todos los instrumentos de producción?

Es necesario que le impidamos hacer algo así. Pero para impedirlo necesitamos, naturalmente, la mayor fuerza de la clase obrera, la lucha activa en todo el frente. En Italia, por ejemplo, hemos visto lo que hacen los obreros en semejantes situaciones, cuando el patrono sabotea sencillamente la producción; ha ocurrido también en otros países. Me refiero a las ocupaciones de fábricas, con las que los obreros quieren impedir que se paralice la producción, que se desmantelen los medios de producción y se vendan al extranjero, que los patronos hagan una selección entre los obreros, etc. Pero, camaradas, ¿es concebible la ocupación de fábricas como un medio de lucha local, limitado a cierto tiempo, contra los patronos, como lo predicaba por ejemplo la burocracia sindical italiana? Es algo absolutamente imposible. En el momento en que los obreros pasan a ocupar las empresas y los talleres para defenderlos contra los capitalistas, surge para toda la clase obrera la necesidad de defender a esos obreros. Porque eso es más que una pequeña lucha sindical, que solo puede sostenerse durante unos pocos días. ¿Qué resulta de una ocupación de fábrica si es local? Si es una ocupación local, hay que contar con que llegue la policía y eche a los obreros de las empresas con ametralladoras. Durante una semana es posible, pero luego la producción se estanca, porque no llega material, porque los bancos no pagan dinero y los obreros no pueden, por tanto, cobrar salarios. Así se puede llevar a cabo una ocupación local de fábrica durante unos pocos días, pero eso sería que los obreros protegieran las fábricas de los patronos, y para eso los obreros no tienen por qué prestarse, desde luego. Así pues, los obreros tienen que comprender que, si se emplea ya un medio para defender la existencia de los obreros, hay que aprovechar también la fuerza más allá, para proporcionar dinero a los obreros, de modo que puedan pagarse los salarios, para que lleguen a las fábricas combustible y materias primas; hay que establecer relaciones entre la ciudad y el campo, para que pueda producirse un intercambio de productos agrícolas e industriales. Vemos, pues, que si el obrero quiere proteger la producción, se desarrolla enseguida de ahí la lucha de clases más poderosa que quepa imaginar. Eso no es concebible como un acontecimiento local, porque llegarían enseguida las ametralladoras, el presidio, etc., para doblegar a los obreros. Pero, camaradas, tenemos que avivar la lucha de la clase obrera en general, para que ya en el orden capitalista en que vivimos se aumenten los salarios y se mejoren las condiciones de trabajo. Muchos dirán que eso no es posible. Desde luego, no es posible: el capitalismo no puede soportarlo. Eso dicen también los de Ámsterdam. En Alemania lo hemos tenido que oír todos los días, también de los socialdemócratas de tendencia independiente, que nos dicen que no es posible hacer una huelga, que el patrono no puede pagar porque el rendimiento del trabajo no lo permite, etc. Y hemos recibido directamente un gran documento histórico de la bancarrota completa de los de Ámsterdam, que quieren luchar dentro del orden capitalista por mejorar las condiciones de trabajo. El 30 de abril de este año se reunieron en Londres los jefes de la Internacional sindical de Ámsterdam para deliberar sobre cómo sería posible cumplir sin la fuerza de las armas, en los diversos países, las obligaciones de los tratados de paz de Versalles. Allí los dirigentes sindicales franceses e ingleses declararon que los alemanes debían emplear todas sus fuerzas para que el gobierno alemán cumpliera puntualmente todas sus obligaciones, y los dirigentes sindicales alemanes declararon que los otros debían comprometerse a que sus gobiernos no hicieran entrar tropas en Alemania, y que entonces los obreros alemanes cumplirían con sus deberes. Así sirven los de Ámsterdam a la burguesía, así ayudan a amordazar a la clase obrera.

Pero estas cosas tienen sus consecuencias. Se vio con el acuerdo sobre el carbón de Spa[^327]. Entonces se obligó a los mineros alemanes, y el enviado de la Confédération Générale du Travail, Jouhaux, vino a Alemania y dijo a los mineros alemanes: trabajad firme, haced horas extraordinarias, el pueblo francés os lo agradecerá. Los mineros alemanes se dejaron tentar a hacer horas extraordinarias, ¿y cuál fue el resultado? En Francia y en Bélgica los mineros se quedaron en paro, se cerraron pozos, se quitó a los obreros la posibilidad de defender su nivel de vida, los mineros de Inglaterra quedaron en la peor situación material, y los patronos de estos países pudieron mantener sometidos a sus propios obreros haciendo que, a través de los dirigentes sindicales de estos países, los obreros alemanes trabajaran más.

Vemos aquí grandes conexiones que no pueden desatenderse en el movimiento sindical y que nos obligan a asumir las consecuencias. ¿Qué lecciones se desprenden para los comunistas del acuerdo sobre el carbón? Los mineros alemanes, franceses, ingleses y belgas tienen que unirse para defender en común sus condiciones de vida. Con ello ya se rompe el marco de la autonomía nacional. El reconocimiento de las organizaciones nacionales que pueden hacer lo que quieran significa ya, en este periodo, la ruina de estas categorías de obreros. Por eso tenemos que decir: ha pasado el tiempo en que los obreros podían estar organizados solo en el plano nacional, en que la solidaridad internacional no era más que un juramento de congreso. Es una necesidad imperiosa que ya desde ahora nos unamos internacionalmente en la lucha por la situación de los obreros.

Hay que decir además: a medida que la economía capitalista se tambalea en una u otra rama de la producción, la clase capitalista lo aprovechará e intentará dividir a la clase obrera, hundir a una parte en un nivel bajo para enfrentarla a las demás partes de la clase obrera. Un ejemplo lo dan los obreros textiles. En diversos países reina una gran crisis. La gente no puede comprar ropa, y por eso los obreros textiles se quedan en paro. La crisis es tan grande que no son capaces de luchar con éxito. De ahí se desprende la lección: hay que decir a los obreros que tienen que entrar en lucha junto con los que no pueden defenderse solos. No para dar prueba de humanidad, de una solidaridad vaga, sino para que, cuando ellos mismos necesiten en una situación parecida la ayuda de los demás, reciban esa ayuda, y para evitar caer en semejante situación. Si la situación de los obreros textiles, de los obreros de la construcción, etc., empeora, los capitalistas pueden rebajar también la situación de los demás obreros. Aquí se ve todo el alcance del crimen que se cometió el célebre Viernes Negro en Inglaterra[^328]. La patronal había elegido una capa de obreros para empeorar su situación y quebrar su fuerza combativa, para poder probar luego lo mismo con las demás capas y en los demás países. Habría sido una necesidad absoluta que los obreros del transporte y los ferroviarios entraran también en la lucha, no para ayudar a los mineros, sino para ayudarse a sí mismos.

Así pues, extensión de todo movimiento obrero en un país para proteger ese mismo movimiento y para proteger a los obreros que todavía no están en movimiento. Eso es lo que tenemos que aprender en este periodo. Los capitalistas, como bien dijo el camarada Zinóviev, son gente astuta. Ya no emplean medios violentos, sino que se sirven de medios de otro tipo para desgarrar a la clase obrera. Tengo que citar de nuevo algunos ejemplos de Alemania, porque es lo que tengo más a mano, y porque en ese país los obreros ya hicieron una vez una revolución y la echaron a perder por su desconocimiento, y porque de semejantes ejemplos es de donde más se aprende. Los mineros de Alemania fueron siempre la mejor arma de la clase obrera alemana: con los mineros en la calle habríamos podido aplastar todo el poder de los patronos. ¿Qué hizo el capital en nuestro país, y también el capital de la Entente? Dio a los mineros la llamada «prima en oro», les dio tocino y embutido. Se quitaban los víveres a otra categoría de obreros y se alimentaba con ellos a los mineros. Los mineros quedaron contentos. Los demás obreros, a quienes se habían quitado los víveres, se enconaron contra los mineros, y así se había hecho saltar en pedazos la unidad de los obreros. Por eso es necesario que todo sindicalista honrado impida que se empleen semejantes cosas.

Se emplea además otro medio para aumentar la producción. A saber: dar al obrero una determinada prima para que trabaje mucho, decirle: tienes participación en los beneficios de la producción. Hay muchos obreros que creen que eso va en serio. Los comunistas tenemos que impedir que ocurra algo así. Porque en este periodo no se trata de participar en los beneficios de la producción (ya no se produce tanto como la gente necesita): se trata de destruir el afán de lucro capitalista; esa es la tarea que tenemos que cumplir.

Pues bien, camaradas, de en medio de la clase obrera surgen algunas personas (ahora ya solo algunas, antes muchas) que querían resolver los problemas por vía pacífica. Hablaban de la socialización, hablaban de la nacionalización. De eso no necesito hablar. Ya se ha expuesto en otros informes que eso no es otra cosa que una vulgar estafa para adormecer a la clase obrera, con el resultado final de que en realidad el capital queda asegurado y garantizado y los obreros reciben nuevas cadenas. Si se quiere librar una verdadera lucha por la socialización, esa lucha no es posible por la vía pacífica, no es posible en una rama profesional cualquiera: solo puede librarse en toda la línea. Así pues, la lucha más importante por la socialización es una lucha por el poder, por doblegar el poder económico de la burguesía, y eso significa una lucha por la conquista del poder del Estado, por asegurar en manos de los obreros el poder del Estado conquistado, para tener vía libre para la construcción.

En este periodo podemos llevar una lucha sindical como queramos: siempre tiene consecuencias políticas. Eso es lo que los comunistas tienen que decir a los obreros. El capitalista se muere y, al morir, arrastra a los obreros a la miseria. Los obreros tienen que volverse contra sus patronos con todos los medios de que disponen. Tienen que emplear en la lucha medios que todo obrero pueda comprender, medios de los que el obrero crea y sepa que son medios para asegurar su existencia. No siempre son medios que echen abajo el capital de hoy para mañana, pero son medios que unen a la clase obrera y que, al emplearlos, demuestran que hasta la lucha más pequeña en defensa de la clase obrera es una lucha por el poder, por el orden social, y que la producción no puede salvarse mediante la comunidad de trabajo y otras cosas, sino solo echando al patrono.

Así pues, la unión de los obreros en grandes organizaciones centrales por ramas de producción es una necesidad. Enlace internacional, no con promesas, sino con la posibilidad de hacer huelgas internacionales y con la voluntad de hacer esas huelgas internacionales; extensión de las luchas económicas dentro del país. Y otra cosa más que no debemos olvidar. Cuando cumplamos semejante tarea de la revolución, el proletariado no se quedará quieto. Hemos visto en todos los países lo que hacen los patronos. En Alemania crearon la Technische Nothilfe, en Italia las bandas fascistas, en América están los Pinkerton. En general, el capital ha creado para proteger su propiedad, para doblegar y dispersar a la clase obrera, no solo los órganos del poder del Estado, sino además órganos especiales. Y también los obreros tenemos que crear en nuestros sindicatos organizaciones de autodefensa obrera bien organizadas. Para mantener a raya a los Pinkerton, para poder combatir a las bandas fascistas e impedir que se las emplee en defensa del capital. Veis cómo en todas partes la burguesía abate a tiros a los dirigentes obreros como a perros sarnosos. Por eso las organizaciones de autodefensa son necesarias también para proteger a nuestros propios dirigentes. Porque nada diezma más a la clase obrera que el que las guardias blancas maten a golpes, uno tras otro, a los dirigentes que están a su cabeza. La organización de protección del proletariado hay que emplearla además en la lucha que el patrono lleva contra el obrero cuando lo deja fuera con el cierre patronal, lo pone en la calle, depura la empresa, emplea la Technische Nothilfe, la policía de fábrica, los Pinkerton. Las organizaciones de los obreros tienen que golpearle allí donde se le pueda golpear. Recuerdo una cosa. Cuando en Alemania los patronos desmantelaron la producción en un amplio frente y los obreros no podían defenderse en absoluto, porque se habían marchado de su lugar de producción, los obreros se levantaron y declararon: queremos controlar las mercancías que llegan por ferrocarril, queremos ver si los obreros están de acuerdo con el desmantelamiento de la producción. Así se impidieron muchas cosas. No es todavía más que el germen de un nuevo medio de lucha de los obreros contra el capital; hay que desarrollarlo.

Camaradas, llego al final de mi informe y quisiera, para resumir, repetir una vez más lo siguiente: el orden económico capitalista está sacudido en sus cimientos. La defensa de la clase obrera por el mantenimiento de su nivel de vida actual exige reunir firmemente la fuerza del proletariado organizada en los sindicatos. Eso no puede hacerse en organizaciones federalistas locales, pequeñas y desgajadas unas de otras, sino solo mediante la creación de grandes organizaciones centrales de industria. La defensa solo es posible en la lucha más dura contra el capital, si no se rehúye la lucha. No podemos quedarnos a la defensiva, sino que tenemos que pasar al ataque contra el capitalismo. Esta lucha, que es la misma que libra la Internacional Comunista, no podemos librarla separados de ella, sino solo hombro con hombro, unidos a ella. De ahí hay que sacar las lecciones. Y nosotros, los comunistas, sacaremos de ahí las lecciones, como ya sacamos las lecciones del II Congreso Mundial.

Termino diciendo: la tarea de los comunistas es entrar en esta gran lucha de los sindicatos para convertirlos en organizaciones de lucha de clases, centralizar y estimular en todas partes, absolutamente en todas, esta fuerza, para que la lucha pueda llevarse a la victoria. Dondequiera que haya camaradas juntos en una organización, deben formar una célula para difundir nuestras ideas en esas organizaciones, de modo que sea posible derrotar al enemigo en estrechísima unión con la Internacional Comunista. *(Vivos aplausos y ovación.)*

**Presidente Kolárov.** Se ruega a las delegaciones que designen a sus representantes en las comisiones sindicales.

Mañana a las 11 de la mañana se reúne en el «Kontinental» la comisión de táctica.

Al terminar la sesión de hoy, todos los participantes en el congreso quedan convocados en la Plaza Roja para el descubrimiento del monumento a John Reed, que murió el año pasado en Moscú.

Esta tarde a las 6 se inaugura el congreso sindical en la Casa de los Sindicatos.

Próxima sesión: mañana, 4 de julio, a las 6 de la tarde.

*(Se levanta la sesión a las 5 y 20 de la tarde.)*

## Decimosexta sesión, lunes 4 de julio de 1921 (7.30 de la tarde)

*(Varga: informe de la comisión económica sobre la cuestión económica mundial. — Debate sobre la cuestión sindical. Oradores: Bergmann, Earsman.)*

**Presidente Kolárov.** En el orden del día figura en primer lugar el informe de la comisión económica sobre la cuestión económica mundial.

**Varga.** Camaradas, la comisión que el congreso nombró para la redacción definitiva de las tesis ha terminado su trabajo. Tras deliberaciones bastante detenidas, hemos conseguido resolver casi todas las objeciones que las distintas delegaciones habían hecho a puntos concretos de las tesis: en parte convenciendo a los camaradas de que lo que proponían ya estaba contenido en las tesis, en parte mediante compromisos con los que hemos atendido los deseos de las distintas delegaciones. Si repasamos la larga serie de enmiendas presentadas a las tesis, podemos distinguir con bastante facilidad cuatro grupos. El primer grupo lo formaban las enmiendas cuyo fin era poner más de relieve las condiciones particulares de un país determinado. A esta clase de mociones es a la que menos margen pudimos dar, porque, camaradas, las tesis se refieren, como es natural, al conjunto del mundo capitalista, y era imposible redactar unas tesis en las que cada país encontrara su propia particularidad. Este grupo de enmiendas ha sido rechazado casi por completo por la comisión. El segundo grupo de mociones se refería a la apreciación de la situación económica de los países europeos de la Entente. En este punto hemos resuelto la cuestión redactando de nuevo por entero el punto correspondiente. El tercer grupo de enmiendas se refería a la situación de los campesinos en Europa, a las condiciones agrarias. Los camaradas saben de sobra que las condiciones campesinas, agrarias, son en todas partes muy variadas, y que es difícil encontrar una fórmula que valga por igual para las condiciones agrarias de Inglaterra y de Europa occidental que para las de Europa central y los Balcanes. Así que también hemos redactado de nuevo este párrafo, y creo que la nueva redacción responde a lo que se pedía. Sobre todo hemos procurado poner de relieve políticamente en este punto la discordia en el seno de la clase poseedora, la discordia con los campesinos de Europa central, tal como la encontramos en Hungría, en Polonia, en Baviera, en Bulgaria. Los camaradas saben que la situación en esas regiones es la siguiente: la burguesía está en lucha con el proletariado. En esa lucha necesita el apoyo de los campesinos en forma de las diversas tropas armadas. Los campesinos están dispuestos en general a ayudar a la burguesía con las armas contra el proletariado. Pero, por otra parte, los campesinos procuran librarse de las cargas de la reconstrucción; dicho en concreto: no quieren pagar impuestos y, allí donde sigue habiendo entregas forzosas, no quieren entregar sus víveres, y con ello sabotean el intento de la burguesía de reconstruir la economía capitalista. Esta idea, que defendió principalmente el camarada Brand, ha quedado expresada, a mi juicio, de manera bastante acertada en la nueva redacción de este párrafo.

El cuarto grupo, por último, era en realidad la continuación del debate táctico en el seno de la comisión. Se trataba de las cuestiones siguientes: los camaradas saben que la cuestión de la táctica de la ofensiva, que ha dominado hasta ahora el congreso, también estaba en juego en estas tesis, ya que estas tesis constituyen la base misma de las tesis sobre la táctica. En las discusiones que se han tenido en la comisión sobre esta cuestión ha quedado claro, en primer lugar, que solo puede hablarse de la ofensiva de la clase obrera en general, a escala histórica, contra el capitalismo. Es esta clase de ofensiva la que tenían presente el camarada Lenin y el camarada Rádek cuando dijeron aquí que al proletariado le es imposible derribar a la burguesía y adueñarse del poder político sin una táctica ofensiva. Ahora bien, dentro de esta ofensiva general del proletariado encontramos luego dos clases de ofensivas: una ofensiva económica, que bajo la forma de huelgas económicas procura mejorar la situación del proletariado dentro de los límites del capitalismo y que, naturalmente, con el estado actual de quebranto del capitalismo, con la revolucionarización de nuevas masas obreras y con la dirección resuelta del Partido Comunista, tiene que pasar siempre de esa base económica a lo político, a la lucha por el poder político. Y además se puede calificar también de táctica ofensiva una ofensiva política separada de las reivindicaciones sindicales, una ofensiva puramente política, una lucha política armada por el poder.

Pues bien, en los debates de la comisión se trataba de la cuestión siguiente: si para una ofensiva política es más favorable la época de crisis económica o la época de prosperidad económica. Los camaradas saben que Marx y Engels fueron siempre de la opinión, y la expresaron en muchos escritos, de que la revolucionarización política de las masas se produce mejor en las épocas de crisis que en las de prosperidad. Y los camaradas que propugnaban la táctica de la ofensiva en este tercer sentido opinan que ahora, en la crisis económica actual, se da la mejor ocasión para una ofensiva política dirigida a la lucha final. Y precisamente porque tienen esa creencia, opinan también que la crisis económica actual durará todavía mucho tiempo. Y han procurado introducir en las tesis un pasaje más enérgico para el caso de que la crisis económica actual se prolongara todavía. Luego leeré las modificaciones propuestas y las modificaciones aprobadas por la comisión. Estos han sido, por así decir, los principales objetos de la discusión, los grupos principales. Ahora, camaradas, me permitiré leer las modificaciones aprobadas para orientar a los camaradas sobre ellas.

Se ha redactado de nuevo el punto 11. En su nueva versión dice así:

«Francia, Bélgica e Italia están económicamente arruinadas sin remedio por la guerra. El intento de reconstruir la economía de Francia a costa de Alemania es un saqueo brutal unido al chantaje diplomático, y significa una devastación aún mayor de Alemania (carbón, máquinas, ganado, oro) sin salvar a Francia. Este intento perjudica gravemente al conjunto de la economía de la Europa continental; Francia recibe mucho menos de lo que Alemania pierde; aunque los campesinos franceses, a costa de un esfuerzo extenuante, han recuperado para la agricultura gran parte del territorio devastado, y aunque algunas industrias (químicas, de guerra) se desarrollaron de nuevo durante la guerra, Francia camina hacia la ruina económica. La deuda pública y los gastos del Estado (militarismo) han alcanzado un nivel insoportable. Al final del último auge, la moneda francesa había perdido el 60 % de su valor. La reconstrucción de la economía francesa se ve obstaculizada por las graves pérdidas de vidas humanas en la guerra, que, dado el estancamiento ya existente del crecimiento de la población, no pueden compensarse. Algo parecido, con ciertas diferencias, sucede con la economía de Italia y de Bélgica.»

Esta es, pues, la redacción con la que hemos tenido en cuenta, en la medida de lo posible, los deseos de la delegación francesa.

La siguiente modificación está en el § 18. Aquí se ha expresado con más precisión el hecho de que las continuas oscilaciones monetarias impiden un tráfico mercantil capitalista normal y se oponen así a un nuevo fortalecimiento del capitalismo. Después de la frase del punto 18, tercer apartado: «el patrón oro, el dinero mundial, está destruido», viene entonces el añadido: «La depreciación de las monedas de los países europeos (hasta el 99 %) opone los mayores obstáculos al intercambio de mercancías en el mercado mundial. Las incesantes y bruscas oscilaciones de los cambios convierten la producción capitalista en una especulación desenfrenada.»

En el mismo párrafo se ha subrayado también con más fuerza, mediante un añadido, el hecho de que ahora todos los países se excluyen a sí mismos del marco de la economía mundial capitalista con prohibiciones de exportación, prohibiciones de importación y subidas de los aranceles protectores. Es el quinto apartado de este párrafo. Después de la primera frase, «Europa sigue siendo un manicomio», hay que añadir lo siguiente: «La mayoría de los Estados dictan prohibiciones de exportación e importación y multiplican sus aranceles protectores; incluso Inglaterra introduce aranceles protectores.»

En el último apartado del párrafo 18 se han hecho además algunas pequeñas modificaciones: en lugar de las palabras «especulación parisina» se ha puesto: «de la Entente, sobre todo especuladores franceses». En la frase «... dispone de la exportación alemana, de toda la vida económica de Alemania» se ha puesto «Europa central» en lugar de «Alemania». Y por último, en lugar de la expresión «Paz de Versalles» se ha escrito en general: «tratados de paz».

La modificación siguiente se ha hecho en realidad solo para mejorar el paso del § 18 al § 19. Así pues, el párrafo 19 empieza en la nueva versión del modo siguiente: «La exclusión de la Rusia soviética como mercado de productos industriales y como proveedora de materias primas ha contribuido en gran medida a quebrantar el equilibrio de la economía mundial.»

Y luego sigue sin cambios el § 19.

En el punto 20 solo se ha introducido una modificación muy pequeña, unas pocas palabras. Allí donde se habla de la concentración y de la pauperización de los obreros se ha añadido: «la stinnesización por un lado, la proletarización y la pauperización por otro». Es una precisión del punto.

Viene luego el punto 21, que se ha reelaborado por completo. El nuevo texto dice así: «La subida de los precios de los productos agrícolas, en medio de una apariencia general de enriquecimiento del campo, trajo a los campesinos ricos un aumento real de sus ingresos y de su patrimonio.»

Es decir, mientras que en el texto original solo se hablaba, para todo el campo, de una apariencia de enriquecimiento, ahora se dice que los campesinos ricos se han enriquecido realmente. Creo que el congreso estará de acuerdo, porque eso responde mejor a la verdad. Sigue: «Los campesinos lograron pagar con papel moneda depreciado, que se acumulaba en grandes cantidades en sus manos, las deudas que habían contraído en moneda de pleno valor. Pero la agricultura no suele ocuparse solo de cancelar hipotecas. Pese a la enorme subida del precio de la tierra, pese a la explotación sin escrúpulos del monopolio de los víveres, pese al enriquecimiento de los grandes terratenientes y de los campesinos ricos, el retroceso de la agricultura europea es inconfundible, y es con frecuencia un retroceso a formas de explotación más extensivas: conversión de tierras de labor en pastos, explotaciones sin ganado, cultivo de tres hojas. Este retroceso se debió también a la falta de mano de obra, a la disminución de la cabaña ganadera, a la falta de abonos artificiales, a la carestía de los artículos industriales y, en Europa central y oriental, a la reducción deliberada de la producción como reacción contra el intento del poder del Estado de apoderarse de la disposición de los productos agrícolas.»

Es esta una nueva formulación del hecho de que, como sabéis, en toda Europa central y oriental, donde hay o ha habido precios fijos, los campesinos habían reducido deliberadamente su producción para no tener que entregarla a esos bajos precios oficiales. Lo que voy a leer ahora es la parte política del punto: «Los campesinos ricos y, en parte, también los medios se dotan de sólidas organizaciones políticas y económicas para defenderse de las cargas de la reconstrucción, y aprovechan la difícil situación de la burguesía para dictar al Estado, como precio de su apoyo contra el proletariado, una política aduanera y fiscal unilateralmente campesina, con lo que frenan la reconstrucción capitalista. Surge una discordia entre la burguesía de la ciudad y la del campo que debilita la fuerza de la clase burguesa.

Al mismo tiempo, una gran parte de los campesinos pobres se proletariza y se pauperiza, el campo se convierte en un foco de descontento y se fortalece la consciencia de clase del proletariado agrícola.»

La última parte queda sin cambios.

Se ha redactado luego de nuevo, en el § 38, la parte que se refiere a Inglaterra. Fueron los camaradas ingleses quienes desearon que se expresara con más fuerza el hecho de que los dirigentes sindicales de Inglaterra se dejaron intimidar por el empleo de la fuerza policial, de la violencia armada del Estado, de que son cobardes. Así se ha hecho con la nueva redacción siguiente: «El enorme movimiento huelguístico del último año en Inglaterra se estrelló una y otra vez contra la fuerza militar del Estado, empleada sin miramientos, y contra la intimidación de los dirigentes de las *trade unions* conseguida con ella. Si los dirigentes hubieran sido fieles a la causa de la clase obrera, la maquinaria de las *trade unions*, pese a sus defectos, habría podido utilizarse para luchas revolucionarias. La reciente crisis de la «Triple Alianza»[^329] ofreció la posibilidad de un enfrentamiento revolucionario con la burguesía; lo impidieron el conservadurismo, la cobardía y la traición de los dirigentes sindicales.»

Llego ahora, camaradas, a los puntos en los que empieza la parte política, táctica, de las tesis. Son los puntos 39, 40 y 41. Al final del § 39 se ha aprobado el añadido siguiente, que propuso la delegación alemana: «Como la restauración del capitalismo tiene por condición previa el aumento enorme de la explotación, la aniquilación de millones de seres humanos, la reducción de las condiciones de vida de otros millones por debajo del mínimo vital y la inseguridad permanente de la existencia del proletariado, los obreros se ven empujados una y otra vez a la rebelión, a huelgas y levantamientos constantes. Bajo esta presión y en estas luchas crece en las masas la voluntad de derribar la sociedad capitalista.»

Y llego ahora a la última modificación. Como toca muy de cerca las cuestiones tácticas de aquí, me permitiré leer primero la propuesta de enmienda que presentó el camarada Pogány y que luego modificó, y el texto que la comisión aprobó a propuesta del camarada Trotski. La modificación que había propuesto el camarada Pogány decía así: El proletariado se ve empujado ahora a la defensiva por la crisis económica. En esta defensiva económica tendrá que librar grandes luchas defensivas. Estas luchas se convierten naturalmente en luchas políticas, porque la burguesía lanza contra ellas en medida cada vez mayor el poder del Estado. La crisis económica representa la época de las acciones proletarias acrecentadas, de las guerras civiles. Si el proletariado no libra esta lucha defensiva con el espíritu ofensivo necesario, la burguesía rebajará el nivel de vida de la clase obrera al nivel de la época anterior al movimiento sindical.

Esta enmienda la modificó después algo el propio camarada Pogány. La modificación que propuso el camarada Trotski, y que la comisión aprobó por unanimidad, es decir, con el acuerdo del camarada Pogány y de la delegación alemana, dice así: comienzo del punto 40: «Dirigir, ampliar, profundizar y unificar las actuales luchas defensivas del proletariado y —según el curso del desarrollo— elevarlas a luchas políticas finales es y sigue siendo la tarea fundamental del Partido Comunista en la crisis actual.»

Como ven los camaradas, el punto en litigio estaba en si había que perfilar con más nitidez las tareas del Partido Comunista en la crisis económica todavía existente, que a mi juicio será de duración limitada y que, en cambio, según el camarada Pogány durará quizá todavía mucho tiempo. Para atender aún más a esta opinión, se ha modificado el comienzo del texto restante del § 40 de modo que lo que en el original se presenta, digamos, como algo que se produce, en la versión modificada aparece solo como un supuesto; de ahí la modificación siguiente: «Pero si el ritmo del desarrollo se hiciera más lento y a la crisis económica actual siguiera, en un número mayor o menor de países...», etc. Es decir, solo se supone. Y en el segundo apartado del § 40 se dirá: «Suponiendo que el proletariado fuera rechazado en el curso de la crisis actual por la embestida del capital, pasará de inmediato al ataque en cuanto llegue una coyuntura mejor.»

Como ven los camaradas, se ha conseguido salvar esta diferencia entre las dos concepciones de modo que ambas partes puedan entenderlo y aceptarlo como un compromiso que corresponde a sus opiniones. Con esto, camaradas, he dicho todo lo esencial que se dijo en las deliberaciones de la comisión. Algunas pequeñas modificaciones, puramente estilísticas, puramente filológicas, no creo necesario leerlas aquí. Creo que el congreso entero puede aprobar estas modificaciones sin más discusión. *(Vivos aplausos y ovación.)*

**Presidente Kolárov.** El camarada Frölich tiene la palabra para una breve declaración.

**Frölich.** Camaradas, antes de hacer la declaración de la delegación alemana, unas brevísimas palabras. Creo que los camaradas que han participado en el trabajo de la comisión se habrán extrañado al enterarse aquí de que en la comisión habíamos discutido sobre la táctica de la ofensiva. Creo también que es injustificado el otro reproche, el de que los camaradas que querían el § 40 sin cambios se habrían dejado guiar en su apreciación del desarrollo económico por sus deseos políticos particulares. El hecho es que en las tesis tal como se nos presentaron había una hoja de ruta táctica para la época de una futura coyuntura favorable, y para la crisis actual ni una palabra, y que de ahí podía surgir la idea de que ya se habían liquidado las esperanzas revolucionarias para la crisis. Ese ha sido el punto en litigio. Creo que en las discusiones de la comisión se ha encontrado una solución extraordinariamente acertada. Puedo declarar en nombre de la delegación alemana que estamos de acuerdo con las tesis tal como ahora se presentan y que votaremos a favor. *(Vivos aplausos.)*

**Presidente Kolárov.** El camarada Trotski tiene la palabra para una breve declaración.

**Trotski.** Solo una pequeña rectificación. En el texto primitivo encontramos en el § 40 lo siguiente sobre la lucha ofensiva de los obreros y la lucha defensiva. Para el caso de que la prosperidad llegue realmente, se dice: «Su lucha económica ofensiva mostraría por ello la misma tendencia a convertirse en guerra civil abierta que la actual guerra defensiva». Es decir, aquí se constata la guerra defensiva y además que tiene la tendencia a convertirse en guerra civil, y por tanto nadie podía suponer que aquí se dejara de lado la guerra defensiva y su tendencia revolucionaria y solo se tuviera en cuenta la guerra ofensiva en la época de prosperidad, pues aquí está dicho de forma tan breve, como una fórmula tomada de las tesis sobre la táctica, que ya figuraba antes en estas tesis. Es una pequeña remisión, para precisarlo, al texto que ya estaba contenido en el § 40.

**Presidente Kolárov.** Nadie ha pedido la palabra; queda cerrado el debate. Pasamos a la votación. Votamos las tesis tal como las ha expuesto aquí el camarada Varga al presentar el informe de la comisión, con sus añadidos.

*Las tesis quedan aprobadas por unanimidad.*

Seguimos con el orden del día y tenemos que tratar algunos asuntos de las comisiones. En primer lugar tenemos que nombrar una comisión de táctica. El presidium propone la misma comisión que nombró el Ejecutivo y propone que se reúna para deliberar sobre las tesis tácticas bajo la dirección del camarada Rádek. Así pues, solo se reunirá la comisión que se nombró en un principio para la táctica. Los miembros de la comisión que se habían agregado no entrarían, por tanto, en consideración para las siguientes deliberaciones sobre la táctica. Como no se hace ninguna otra propuesta ni se ha planteado ninguna objeción, queda aprobada la propuesta. Se invita a las delegaciones que hasta ahora no hayan enviado representantes a esta comisión de táctica a que los designen inmediatamente y los envíen a las sesiones. El presidium propone nombrar presidente de la comisión al ponente, el camarada Rádek. ¿Se hace alguna otra propuesta? ¿Hay alguna objeción? Como no es así ni en un caso ni en otro, queda aprobada la moción.

Proponemos ahora nombrar una comisión para preparar el punto del orden del día «Cooperativas». Todas las delegaciones designarán a sus delegados para esta comisión. El presidium propone como director de esta comisión al ponente, el camarada Jinchuk.[^330] ¿Se hace alguna otra propuesta o hay alguna objeción? No. Queda aprobada la propuesta.

Proponemos nombrar una comisión para preparar el punto del orden del día «Cuestión de Oriente». También para esta comisión deben proponer ahora las delegaciones a sus delegados, igual que para las *comisiones anteriores*. La convocatoria de esta comisión la dejaremos en manos del Pequeño Buró, ya que el presidium no tiene hasta ahora ninguna propuesta sobre la dirección de esta comisión. Pedimos al Pequeño Buró que determine la dirección de esta comisión. ¿Se hace alguna otra propuesta o hay alguna objeción? Como no es así, queda aprobada la propuesta.

**Presidente Kolárov.** Para la comisión sindical proponemos como presidente al camarada Heckert.

**Gota.** La comisión debe elegir ella misma a su presidente. *(Voces: «¡Rosmer!»)*[^331]

**Presidente Kolárov.** Tenemos que tener la seguridad de que la comisión puede trabajar; por eso proponemos a un camarada que convoque la comisión. Desde luego, queda en manos de la comisión decidir un cambio de presidente.

Rádek propone, puesto que no se trata solo de cuestiones técnicas, que se designe a un camarada alemán y a uno francés.

El presidium está de acuerdo con la propuesta.

**Presidente Kolárov.** Quedan propuestos, pues, los camaradas Heckert y Rosmer. No hay ninguna objeción; quedan elegidos.

Se invita a los directores de las dos comisiones, la de táctica y la de la cuestión sindical, a que reúnan a sus comisiones mañana a las 6 de la tarde aquí, en las salas contiguas, y les hagan empezar sus deliberaciones.

**Rádek.** En cuanto a la cuestión sindical, propongo que se deje a la propia comisión la fecha de su reunión; tiene que combinarse con las sesiones del congreso sindical.

**Presidente Kolárov.** La comisión para la cuestión sindical celebrará sus deliberaciones, si es posible y necesario, junto con la comisión paralela del congreso de la Internacional Sindical Roja, ya que en esta cuestión es necesario llegar a una declaración de principios concordante para las reuniones del congreso político y del congreso sindical.

Camaradas, después de haber escuchado los informes sobre la cuestión sindical, ¿desean ustedes que se celebre un debate general sobre este punto del orden del día o prefieren esperar al informe de la comisión?

**Rádek.** Camaradas, creo que es mucho más indicado celebrar un debate general, por la siguiente razón. Si la comisión empieza por cristalizar distintas opiniones y nosotros no nos encontramos con esas opiniones hasta después de la sesión de la comisión, tendremos entonces que volver a remitir las cosas a la comisión para su resolución definitiva; por eso considero oportuno pasar ahora a un debate general.

**Presidente Kolárov.** ¿Hay alguna otra propuesta? No parece que sea así. Ya que el congreso se ha decidido por un debate general, tengo que comunicarles en nombre del presidium que ese debate no podrá celebrarse hasta el miércoles por la mañana, porque el camarada Zinóviev ha tenido que ir de repente a Petrogrado y no podrá estar de vuelta antes del miércoles, y en segundo lugar porque las tesis todavía no están disponibles y el miércoles existe la posibilidad de que las tengamos.

**Rádek.** Es muy desagradable, naturalmente, que el camarada Zinóviev no pueda estar hoy aquí. Pero antes de la decisión, antes del resumen final, tendrá la posibilidad de leer la discusión en la transcripción taquigráfica. De momento no se trata del ponente y del informe, sino de que oigamos y aclaremos aquí en el congreso las distintas opiniones. De momento podemos, por ejemplo, renunciar a votar las tesis. La línea general ya se expuso en el informe. Así que, si resulta ahora que no hay grandes divergencias, podemos dejar la votación a la comisión. En cualquier caso, lo que el congreso tiene que saber en esta importante cuestión de organización es esto: ¿estamos en el mismo terreno, hay o no hay grandes divergencias? Por eso propongo entrar hoy en la discusión, a menos que el presidium ponga a debate esta noche otro asunto importante. Tenemos que ahorrar tiempo; los delegados están hoy descansados, y por eso propongo aprovechar el tiempo para la discusión sobre esta cuestión.

**Presidente Kolárov.** ¿Hay alguna otra propuesta? Así pues, quedaría aprobada la propuesta del camarada Rádek. El presidium tiene que comunicarles que ya se ha acordado que mañana el camarada Lenin presente su informe sobre la situación económica y política de la Rusia soviética. Así que, si empezamos hoy la discusión sobre la cuestión sindical, tendremos que interrumpirla mañana y no continuarla hasta el miércoles. ¿Están ustedes de acuerdo?

**Rádek.** Camaradas, por lo que sabemos por los periódicos y por la actitud de los partidos acerca de las distintas corrientes, está claro que a nuestra concepción en la cuestión sindical solo se opone una opinión de principio, que es la concepción que defiende aquí el KAPD. En segundo lugar, las divergencias importantes que existen se derivan de la situación en que se encuentra el Partido Comunista Francés frente al sindicalismo y a los sindicatos franceses. Por eso propondría que hoy demos a los camaradas del KAPD, y también a los camaradas franceses si lo desean, la posibilidad de exponer aquí su opinión —esas son las cosas más importantes— y que luego dejemos seguir la discusión.

**Presidente Kolárov.** El KAPD ha presentado una moción para que se le conceda un contrainforme sobre esta cuestión. El presidium está de acuerdo en que se conceda al KAPD un tiempo de intervención ampliado de media hora para este punto del orden del día.

**Seemann** (KAPD). Al presidium le parece adecuado para el KAPD un tiempo de intervención de media hora. Queremos protestar contra ello y pedimos al congreso que esta vez, por fin, se nos conceda un verdadero contrainforme. Puedo estar de acuerdo con el camarada Rádek en que tenemos que defender en esta cuestión una opinión distinta en los principios, y espero que al menos en esta importante cuestión de principio se nos dé la palabra para un contrainforme. Apelamos a vuestro interés en esta cuestión tan importante y os pedimos que no sigáis la propuesta del presidium de despacharnos con media hora, mientras que los camaradas franceses y otros camaradas han tenido un tiempo de intervención mucho más largo.

**Rádek.** Propongo que, en lugar de perder media hora en debates de procedimiento, se dé al KAPD una hora de tiempo de intervención. *(Aprobación.)*

**Presidente Kolárov.** Sometemos a votación la propuesta del camarada Rádek. Quienes estén a favor de que se conceda al KAPD una hora de tiempo de intervención, que levanten la mano. Queda aprobada la propuesta del camarada Rádek de una hora de tiempo de intervención.

**Bergmann** (KAPD). Camaradas, ayer el camarada Zinóviev subrayó en su informe que la cuestión de la actitud ante los sindicatos tiene una importancia decisiva para el desarrollo, para la continuación de la revolución. Sabemos que la toma del poder político tiene que ir de la mano de la toma del poder económico; y no se trata en absoluto solo de la toma del poder político y económico, sino que ya desde ahora tenemos que prepararnos para el hecho de que con la toma no se ha hecho nada si no creamos las condiciones previas para poder luego consolidar y conservar ese poder. Esa es la tarea para la que tenemos que encontrar aquí una solución. En la fase pasada de la revolución en los distintos países hemos visto que muchas veces, en algunos países, algunos sectores estuvieron a punto de tomar el poder, pero que más o menos no supieron consolidar y construir ese poder una vez tomado. Y en la mayoría de los casos ha fracasado porque, una vez que se tenía en las manos el poder político, como por ejemplo en 1918 al estallar la revolución alemana, no se supo consolidar también el poder económico. Camaradas, hay que averiguar esta causa, y los comunistas tienen que examinar qué hay que hacer para eliminar esos errores y encontrar los medios y caminos para que tales casos no se repitan en el futuro. En los países capitalistas muy desarrollados no podemos ni debemos confiarnos a las posibilidades del azar y entregarnos a la ilusión de que todo acabará saliendo bien. Tenemos que intentar crear, en concreto y en la medida en que sea posible dentro de la sociedad capitalista, órganos que puedan entrar en acción en el momento en que estén llamados a cumplir su tarea. El camarada Heckert nos dio ayer aquí en su informe un análisis, nos mostró qué tareas se habían propuesto los viejos sindicatos y cómo intentaban resolverlas dentro de la sociedad capitalista. Igualmente, el camarada Zinóviev mostró con trazos claros y nítidos lo que los sindicatos tienen que hacer en la revolución y cómo, según ya he expuesto, deberían ayudar después a consolidar y construir el poder económico.

Si consideramos la tarea y la estructura de los sindicatos del periodo capitalista, vemos en todas partes, en los países capitalistas muy desarrollados, que la tarea de los sindicatos era mejorar la situación de la clase obrera dentro de la sociedad capitalista. Esta tarea que se habían propuesto los sindicatos ya no puede resolverse ni cumplirse hoy; sobre eso no hay divergencia entre nosotros. Pese a ello, vemos que muchos sindicatos intentan todavía hoy resolver esas viejas tareas suyas, que en el periodo prerrevolucionario eran justas y buenas, pero que allí donde los hechos han salido a la luz ya no pueden resolverlas. Estos sindicatos se han convertido hoy en la segunda arma del Estado capitalista.

El camarada Zinóviev dijo ayer que los Estados capitalistas mantienen hoy sometida a la clase obrera no solo con la espada, sino también con el medio del engaño. Y ese aparato, ese aparato estatal del engaño que sigue manteniendo sometida a la clase obrera, son hoy los viejos sindicatos.

Así se han convertido hoy, y lo vemos sobre todo en Alemania, en un instrumento directo, en un baluarte de los Estados capitalistas.

Camaradas, se cree hoy que se pueden conquistar organizaciones así y transformarlas en instrumentos de la revolución. En este punto la opinión del KAPD —y no solo su opinión, como aquí se presenta— se aparta de la de la mayoría de los partidos admitidos en la Internacional Comunista. Decía que no es solo el KAPD quien defiende este punto de vista: los *shop stewards*[^332] en Inglaterra, la IWW en América, las organizaciones sindicalistas de Francia, España e Italia nos dan un ejemplo de que también ellos opinan que con ayuda de los sindicatos contrarrevolucionarios, conquistándolos, no se puede revolucionar a las masas obreras ni convertirlas en instrumentos de la revolución. En Alemania vemos que estas cosas se desarrollan y se cumplen con toda claridad. Los camaradas del VKPD defendían hasta ahora el punto de vista de la conquista de los sindicatos. Ayer, sin embargo, oímos por primera vez en los discursos de Zinóviev y de Heckert, aunque no literalmente, que hay que destrozar los sindicatos. Si se habla así de estas cosas, si se habla de destrozar los sindicatos, quizá puedan encontrarse posibilidades de enlace entre nosotros y la mayoría de aquí. Defendemos por principio el punto de vista de quitar de en medio los viejos sindicatos contrarrevolucionarios. No porque tengamos ganas de destruir, sino porque vemos que esos órganos se han convertido realmente en órganos del Estado capitalista para reprimir la revolución, en el peor sentido. Cuando en 1918, con el hundimiento del ejército alemán, pareció haber llegado la hora de conquistar el poder, fueron los sindicatos alemanes, sus órganos dirigentes, que durante la guerra habían predicado y practicado de hecho la política de resistir hasta el final desde el primer momento hasta la última hora, los que entonces, cuando tuvimos por unas horas, por unos instantes, el poder político en la mano, volvieron a recomponer el Estado hundido. Con ayuda de la camarilla de los oficiales fueron los dirigentes sindicales, Noske y otros, quienes volvieron a reunir las huestes dispersas de la burguesía e impidieron así la revolución en Alemania.

Y en esa actitud se basa todavía hoy toda la línea de los viejos sindicatos. Camaradas, se intenta sustituir la lucha abierta de las masas obreras por simulacros de combate. Cuando en 1918 los obreros alemanes, siguiendo el ejemplo de la revolución rusa, se pusieron a crear consejos obreros y cuando la idea de los consejos obreros volvía a abrirse paso una y otra vez en las masas proletarias alemanas, cuando no se dejaba enterrar ni reprimir, los dirigentes sindicales dieron vueltas y más vueltas hasta bien entrados abril y mayo de 1919. Primero habían combatido duramente la idea de los consejos obreros, la habían aplastado de la manera más dura con la bayoneta. Pero luego, cuando esa idea volvía a salir a la superficie una y otra vez, se creó con ayuda de esos satélites sindicales la ley de consejos,[^333] que supuestamente debía asegurar a las masas obreras influencia sobre la producción, sobre el consumo y sobre la marcha de la economía en general. Entonces grandes masas obreras se dejaron engañar; creyeron de verdad que con la creación de la ley de consejos se les daba influencia sobre el desarrollo posterior. Pero poco a poco se ha visto que esa ley está tan refinadamente urdida que significa una ley mordaza de la revolución en el peor sentido de la palabra. Hoy vemos que las masas obreras que entonces picaron en el cebo de la ley de consejos que se les arrojó se han apartado de esa idea.

No se quiere decir con esto que todos los obreros hayan calado ya este engaño manifiesto. Pero hoy vemos a grandes sectores de los obreros revolucionarios arremeter en la lucha más dura contra esa ley aparentemente revolucionaria y en realidad reaccionaria. Los consejos que entonces se eligieron y formaron no son instrumentos de la revolución de las masas, sino instrumentos de la reacción en el peor sentido. Lo vemos en cada lucha, pequeña o grande. Un solo ejemplo: cuando en marzo de este año empezó la lucha en Alemania central, cuando se fue desarrollando, en la mayor empresa de Alemania central, la fábrica de Leuna,[^334] la confianza en esos consejos había caído tanto que la primera acción de los 25.000 obreros de la fábrica de Leuna fue destituir ese consejo legal y elegir en su lugar un comité de acción revolucionario.

**Heckert.** ¡Eso es absurdo!

**Bergmann.** Mira, camarada Heckert, yo conozco las cosas de la fábrica de Leuna mejor que tú y sé cómo se desarrollaron. Fueron un camarada del VKPD y otro del KAPD quienes destituyeron ese consejo después de una lucha, y el martes por la mañana los obreros eligieron en la fábrica un comité de acción revolucionario.

Así están las cosas casi en todas partes donde los obreros pasan a la lucha. Camaradas, tenemos que considerar ahora si este desarrollo puede y debe seguir así. Si vemos que los obreros no pueden tener confianza en esos consejos de fábrica creados según la ley de consejos de fábrica, tenemos que intentar reunir a los obreros de otra manera, darles otros consejos que el día de la revolución victoriosa gocen realmente de la confianza de las amplias masas del proletariado industrial. ¿Cómo puede hacerse eso? ¿Es posible dentro del movimiento sindical activo, o no? Nosotros decimos que dentro de los viejos sindicatos, que han demostrado con los hechos que se han convertido en una parte, y una parte fuerte, del propio Estado capitalista, no es posible crearlos. Vemos en todas partes, no solo en Alemania, que los sindicatos se han desarrollado en ese sentido. Lo vemos en América en los grandes sindicatos de Gompers; lo vemos ahora otra vez, en estos últimos tiempos, en las semanas pasadas, en Inglaterra, y en Italia con la huelga gigantesca que se aplastó con ayuda del Partido Socialista reaccionario. Así vemos en todas partes que los viejos sindicatos y los viejos partidos socialdemócratas se dan la mano. Trabajan unos y otros de común acuerdo para salvar los antagonismos de clase, mientras que nosotros, como comunistas, tenemos la tarea —que debemos cumplir— de hacer resaltar con más nitidez los antagonismos de clase. Los viejos sindicatos eran, por su construcción y por toda su estructura, órganos que trabajaban dentro de la sociedad capitalista y estaban adaptados a ella. La iniciativa, la voluntad de individuos o de minorías muy grandes no podía abrirse paso en esos sindicatos. Era imposible que grandes minorías pudieran abrirse camino contra la voluntad de los dirigentes a través de las leyes, estatutos y artículos de malla fina de cada una de esas federaciones. En todas partes vemos que se ha violentado incluso a la gran mayoría de los miembros activos del sindicato, de los miembros organizados, y que todavía hoy tienen que someterse contra su voluntad a la dictadura de los dirigentes, porque estos tienen firmemente en la mano los hilos de la organización, todo el aparato organizativo y también el aparato financiero. Por eso esas grandes masas de afiliados no pueden actuar en absoluto en sentido revolucionario, están condenadas a la inactividad y se ven así obligadas contra su voluntad a colaborar en el mantenimiento de los actuales sindicatos capitalistas. Nosotros sostenemos que la revolucionarización de tales sindicatos no es posible. Los intentos de hacerlo se han emprendido varias veces; el primero, el intento más enérgico en este sentido, lo vemos desarrollarse ahora en Alemania. Los camaradas del VKPD emprenden el intento de revolucionar los sindicatos formando células en esos sindicatos, células comunistas, que lógicamente tienen que traer consigo, sin embargo, la descomposición y la destrucción de los sindicatos. Se podrá negar cuanto se quiera, pero en todas partes donde se procede a formar esas células vemos que en realidad se procede a destruir el organismo de los sindicatos centrales. Y vemos en todas partes que con la formación de células no se rompe el carácter de los sindicatos, el embrujo que los dirigentes ejercen sobre los afiliados al sindicato, sino que vemos que, mientras las masas están unidas organizativamente con esos dirigentes, se inclinan más hacia las consignas de esos dirigentes sindicales suyos, amarillos y contrarrevolucionarios, que hacia las consignas de los partidos comunistas. En Alemania central hemos vivido ejemplos típicos de cómo grandes masas, miembros del VKPD, no siguieron las consignas de lucha de su partido porque —siendo al mismo tiempo miembros de los sindicatos— siguieron las consignas de estos contra la huelga. Y así ocurre dondequiera que se mire. Los sindicatos, ya lo dijo aquí ayer el camarada Zinóviev, tienen que ser órganos que lleven a cabo la construcción de la sociedad futura, que tengan la mayor influencia posible en la construcción de la sociedad comunista. Si miramos el pasado de los sindicatos, las tareas que se proponían antes y su lucha actual por la revolución, vemos lo contrario de aquello para lo que se los necesita en la revolución y, por tanto, de aquello en que hay que convertirlos hoy. En Alemania surgió ya durante la guerra en el movimiento sindical una fuerte aversión, e incluso un desgajamiento de grandes sectores de los obreros respecto de los viejos sindicatos. Al comienzo de la revolución, en las primeras semanas de la revolución, creímos que la cuestión sindical no era la más candente. En el congreso de fundación de la Liga Espartaco esta cuestión no se resolvió como hoy tiene que resolverse. Creímos entonces (y no éramos los únicos en creerlo; también otros camaradas, también los camaradas rusos, se equivocaron sobre la marcha de la revolución) que la ola revolucionaria sería más rápida, que la marcha de la revolución en Alemania y en los demás países tomaría un ritmo más rápido y que entonces la cuestión sindical no desempeñaría el papel decisivo que efectivamente ha desempeñado en el curso de la revolución. Ya durante la guerra, decía, sectores bastante grandes de los obreros se habían separado de esos sindicatos, porque la traición de los viejos sindicatos, que ya existía antes de la guerra, se puso entonces más claramente de manifiesto. Por eso muy pronto, en los primeros meses de la revolución, la Liga Espartaco lanzó a las masas obreras la consigna: ¡Fuera de los sindicatos! Esta consigna tuvo un fuerte eco sobre todo entre las masas obreras de la cuenca del Ruhr. Aquí, en la federación alemana de mineros, el engaño se había mostrado de manera tan aguda que una gran parte de los mineros recogió esta consigna y fundó organizaciones propias, organizaciones de empresa. Pero luego, cuando los mejores dirigentes de la revolución, Rosa Luxemburg, Karl Liebknecht, Leo Jogiches y miles y miles de proletarios anónimos, hubieron caído, cuando Levi y su camarilla se impusieron, esa consigna se transformó, se le dio la vuelta, porque se temía la lucha, porque se quería eludir la lucha, la lucha con la reacción de la burocracia sindical. Se lanzó la consigna: ¡Dentro de los sindicatos, para revolucionarlos desde dentro, para conquistarlos!

Luego, en el curso de la revolución, se pasó a desarrollar esto, a formar células, que allí donde aparecieron tuvieron que reconocer muy pronto que los sindicatos no podían seguir siendo así un todo en su conjunto, sino que no solo se expulsaba de las federaciones alemanas a los miembros de las células, sino a secciones locales enteras de la organización. Tenemos hoy en Alemania secciones locales donde se expulsa de esas federaciones a todos los miembros que estaban en esas células, e incluso a organizaciones enteras sólidamente unidas, y así se procede en realidad a destrozar los sindicatos. Mientras que por un lado la vieja burocracia sindical afirma, cosa que también digo yo aquí, que así se destrozan y se fragmentan los sindicatos, los camaradas del VKPD afirman que no es así, sino que forman esas células para conservar los sindicatos. Creen que pueden llenar de espíritu revolucionario a los sindicatos, que se han convertido en sólidos baluartes de la reacción.

Camaradas, si ya ayer se dijo que el sometimiento de la clase obrera se lleva a cabo con la espada y el revólver y con el engaño, que aquí está el ejército y allí la burocracia sindical, hemos visto, y sobre eso no hay disputa, que no se podría llenar de espíritu comunista al ejército permanente. Del mismo modo que no se puede convertir al ejército permanente en un instrumento de la revolución, tampoco se pueden convertir los órganos del engaño, los sindicatos, en instrumentos de la revolución. Vemos que las cosas se desarrollan así en todas partes, en todas partes la marcha es esa, y por eso la consigna de los comunistas tiene que ser no la conquista de los sindicatos, sino su destrucción y, al mismo tiempo, la construcción de nuevas organizaciones.

Camaradas, tenemos que reconocer y mostrar ya hoy con trazos nítidos la forma que necesita el proletariado para mantener y consolidar el poder una vez que haya obtenido la victoria. Para ello es necesario, sobre todo en los países muy desarrollados de Europa occidental, que llevemos ya hoy a las masas del proletariado, en la medida de lo posible, a crearse órganos que luego estén llamados a tomar en sus manos la producción. Heckert dijo ayer aquí que las células, que tienen que abarcar las empresas, deben desarrollarse a partir de las empresas hasta formar organizaciones de industria; ese objetivo, aunque perfilado con más nitidez, es el que persiguen en primer lugar las uniones de las más diversas tendencias surgidas en Alemania durante la revolución.

La antigua unión obrera de los mineros, que ya he mencionado de pasada, muestra por su naturaleza y por toda su tendencia una orientación distinta de la de los viejos órganos del periodo anterior. Está en la lucha más dura contra la reacción, contra los de Ámsterdam, y muestra que crea los órganos que están llamados a tomar en sus manos la producción. Es cierto que estas organizaciones no están todavía hoy libres de errores, pero en el curso de la revolución se harán más puras y más firmes. En la unión de los mineros, por ejemplo, se cree todavía en los consejos de fábrica legales como instrumento revolucionario. Pero también la organización de empresa y de industria de los mineros llegará en el curso de la revolución a la conclusión de que esa ley de consejos de fábrica es el medio de engaño más afilado.

La Unión General Obrera de Alemania,[^335] que trabaja en la más estrecha relación con el KAPD, ha declarado y reconocido desde su mismo comienzo que los sindicatos tienen que ir hoy por otro camino, que tienen que estar construidos de otra manera, que tienen que luchar y combatir con otros medios. La Unión General Obrera rechaza consecuentemente y por principio los medios de lucha que antes se propugnaban en los sindicatos. En sus estatutos para la admisión en la organización de empresa figura como condición previa, en primer lugar, que los miembros tienen que declararse partidarios de la dictadura del proletariado. En sus estatutos figura además que los miembros tienen que rechazar la vieja arma oxidada en el terreno político, la participación en las elecciones al parlamento. Crea en sus filas, a partir de sus organizaciones en la empresa, los consejos que tienen que ser los órganos que el día de la lucha ejercerán el poder, detrás de los cuales estarán el día de la lucha las masas del proletariado. Estos consejos, camaradas, no son consejos en el sentido de los consejos falseados que vimos surgir en Alemania a comienzos de 1919, después de la revolución. No son consejos anclados en la ley del Estado capitalista, que, según la ley de consejos de fábrica sobre cuya base fueron elegidos y en la que se apoyan, tienen que ocuparse de que se aumente la producción en la empresa y de que reinen la tranquilidad y el orden en la empresa; son consejos que están en medio de las propias masas obreras, que trabajan ellos mismos en el tornillo de banco, en el banco de carpintero, que van por delante de los obreros de la empresa en la lucha cotidiana, que expresan la voluntad de los camaradas empleados en la empresa. Son consejos que tienen sus raíces en las masas y les muestran el camino de la lucha. Estos consejos, estos órganos, camaradas, serán los órganos que el día de la lucha tendrán realmente tras de sí a las masas obreras. Hay que crear las condiciones para que no puedan volver a darse en Alemania situaciones como las que vimos en 1918, cuando las masas obreras y los soldados se habían creado consejos. Entonces el proletariado alemán no comprendía la idea de los consejos; no sabía nada de ella, salvo los pocos retazos que nos habían llegado de Rusia. Y si hoy, en la época revolucionaria en que nos encontramos, no preparamos ya esos consejos, si no mostramos a las masas en la práctica el camino que tienen que seguir, existe el peligro de que en una próxima ola revolucionaria el proletariado vuelva a ser traicionado, de que el proletariado vuelva a ver que no tendremos los órganos que necesitamos para consolidar la victoria. Por eso, camaradas, nos vemos obligados a crearnos esos órganos en todas partes. No solo en Alemania vemos que el desarrollo sigue ese curso; lo vemos seguir ese curso en distintos países capitalistas muy desarrollados. En Inglaterra vemos una tendencia, los *shop stewards*, que llevan del modo más duro la lucha contra los tradeunionistas ingleses. Vemos que la influencia que tienen hoy es ciertamente pequeña en número, porque esa unión, esa organización de los obreros, no solo tiene que luchar contra la burocracia sindical, sino al mismo tiempo contra todo el poder del gobierno. Porque los sindicatos de la vieja escuela se han convertido en casi todos los países en órganos del gobierno. Gozan en la más amplia medida de la protección del gobierno. Después de las luchas de Alemania central vemos que hoy, en empresas gigantescas, los obreros tienen que entrar en las viejas organizaciones sindicales; los patronos ejercen presión sobre ellos si quieren volver a trabajar en la empresa. Vemos, pues, en todas partes que las cosas se desarrollan en esta línea. Y si los camaradas siguen afirmando que será posible conquistar desde dentro esos sindicatos, llenarlos de espíritu comunista, eso es un error tan grande que no podemos darle cabida. Creemos, y vemos esta creencia confirmada por la práctica, que estas cosas no son posibles. Tenemos que crearnos hoy órganos que puedan emprender la lucha contra los baluartes que sostienen el Estado capitalista.

Camaradas, el movimiento obrero internacional, el movimiento comunista internacional, tendrá que poner en esto su atención principal. Si no quiere cometer un desacierto, si ve con claridad las cosas tal como se desarrollan en los países capitalistas, tendrá que emprender este camino si ha de ser posible mantener en las manos el poder conquistado en los países capitalistas. Vemos que las tareas de los viejos sindicatos consisten todavía hoy en encubrir los antagonismos de clase, que se perfilan cada vez más, en salvarlos, en mentir a los obreros y engañarlos. Tanto más tenemos nosotros la tarea de mostrar a los obreros con la práctica que es posible crear ahora órganos prácticos que muestren a las masas obreras el otro camino, que muestren a los obreros en la práctica qué significa un sistema de consejos, cuál es su tarea, cómo tienen que estar constituidos. Eso no puede darse dentro de los viejos sindicatos. Los sindicatos tal como nosotros los concebimos están construidos en organizaciones de empresa en las empresas, en la fuente de la producción, donde las masas obreras están juntas, donde forman en la empresa un gran todo; aquí hay que atraer en lo posible a cada obrero al trabajo mismo, a la configuración de sus organizaciones, de modo que adquiera interés por todo el desarrollo, por todo el trabajo mismo. Camaradas, eso no puede hacerse creando sindicatos centrales en los que haya una dictadura central de arriba abajo, sino al revés, sindicatos en los que la voluntad de las masas, de las masas de obreros industriales muy desarrolladas, se haga valer de abajo arriba. En la empresa misma está la fuente de esa fuerza. Aquí, en el proceso de producción, tenemos que formar al obrero, tenemos que educarlo, de modo que se convierta realmente él mismo en un instrumento de la revolución. Ahí la centralización desde arriba no puede ser la base de la formación de los sindicatos, sino que este desarrollo tiene que producirse al revés. En las empresas reunimos a los obreros en las organizaciones de empresa. En las empresas los obreros eligen sus consejos, sus órganos, que representan sus intereses. El camarada Heckert dijo ayer que nosotros, el Partido Comunista Obrero, nos negábamos a comprometernos en las cuestiones del día, que solo teníamos presente desde el principio el gran objetivo. Nosotros, como comunistas, no tenemos la tarea de lanzar a las masas obreras esa consigna de la lucha cotidiana, sino que esa consigna tienen que plantearla las masas obreras en las empresas. Tenemos que señalar una y otra vez a esas masas obreras que con la solución de esas cuestiones del día no se mejora su situación ni, menos aún, puede lograrse el derrocamiento de la sociedad capitalista, sino que nosotros, como comunistas, tenemos la tarea de poner siempre ante los ojos de las amplias masas el gran objetivo, el aplastamiento del capitalismo y la construcción de la sociedad comunista. En esa lucha cotidiana los comunistas tenemos la tarea de luchar con ellas, de ir por delante en esas luchas. Así, camaradas, no rechazamos la lucha cotidiana, sino que en esa lucha cotidiana nos ponemos delante de las masas y les mostramos una y otra vez el camino, el alto objetivo del comunismo.

Esa es la tarea de los partidos comunistas, de las organizaciones comunistas en esas organizaciones obreras.

Sabemos que estas organizaciones económicas pueden caer con demasiada facilidad en el oportunismo. Vemos en todas partes estos peligros: que no reconozcan el objetivo. No lo vemos solo en los sindicatos alemanes, sino en todas partes, también en los sindicatos que ya se han separado de las viejas federaciones centrales, que luchan con medios revolucionarios. Lo hemos visto en Italia con la ocupación de las fábricas y empresas, y en parte en la IWW, que rechaza por principio la lucha política; en todas partes vemos que de este modo esas organizaciones se vuelven superficiales. La tarea de los comunistas es llenar estos sindicatos de espíritu revolucionario, del espíritu del comunismo, para que no caigan en la senda del oportunismo. Así participamos en todas estas luchas; dondequiera que surjan luchas, los comunistas tienen el deber ineludible de ir por delante en la lucha. Camaradas, cuando fundemos estas organizaciones de empresa, no podemos ni debemos olvidar, desde luego, unir esas organizaciones, unirlas en un gran todo, en un bloque que forme en sí mismo un todo compacto. Estas organizaciones de empresa se agrupan en la localidad, en el distrito, en todo el Reich, y así vemos desarrollarse la base del sistema de consejos dentro de la sociedad capitalista; es posible fijar el sistema de consejos al menos en sus rasgos fundamentales, ensamblarlo y familiarizar a la clase obrera con estas ideas en la práctica. Si emprendemos así la lucha, si educamos así a la clase obrera, si la formamos para que se convierta en instrumento del derribo del Estado capitalista y de la construcción del Estado comunista, entonces, camaradas, habremos creado ya en la sociedad capitalista la condición previa. Entonces el día de la revolución no nos encontraremos realmente con las manos vacías; entonces habremos familiarizado a la clase obrera con la idea que tenemos que llevar a ella sin falta. Tenemos que fomentar el desarrollo de estas organizaciones, ayudar a formarlas y llenarlas del espíritu del comunismo.

**Schulz.** ¿Qué porcentaje de Dittmann hay en esta idea?

**Bergmann.** No sé cómo quiere usted comparar esto con Dittmann, camarada Schulz. Si vemos hoy cómo, también ahora en el congreso internacional de los sindicatos rojos, se reúnen las organizaciones de los distintos países, penetradas de la única idea de forzar la revolución mundial, de llenar a la masa de espíritu revolucionario, de derribar la sociedad capitalista, tenemos que encontrar medios y caminos para reunir a esas masas en lo posible sobre una línea fundamental única, para reunirlas en lo posible, y de modo que a cada país, conforme a la estructura de los distintos países, se le deje el mayor margen posible. El movimiento no es igual en todos los países; no en todos los países aparecen las mismas tendencias y posibilidades de desarrollo. Si los miembros de la IWW norteamericana están al mismo tiempo en los viejos sindicatos, vemos que en América hoy quizá no puedan obrar de otro modo, que, cuando entran en esos sindicatos, tienen al mismo tiempo al lado una organización, construyen una organización de nueva formación, y que esta es el núcleo de su movimiento.

Pero en Alemania las cosas no están hoy así. Si hoy los camaradas del VKPD reconocieran, y a nuestro juicio tendrían que reconocer, que la conquista de los sindicatos es un absurdo, que no es posible conquistarlos, entonces deberían llegar a la conclusión de que hay que emprender otros caminos. Si tres millones o dos millones y medio de afiliados a los sindicatos se han pronunciado hoy en Alemania por la adhesión a Moscú, a la Internacional Sindical Roja, eso no significa nada para nosotros si no los liberamos al mismo tiempo del embrujo de sus dirigentes. Esa declaración programática, esa simpatía por Moscú no significa absolutamente nada. Si hoy no se intenta separarlos de los viejos sindicatos, vemos que esos afiliados, que se han pronunciado por Moscú con una papeleta o a mano alzada, el día de la lucha siguen el llamamiento de sus viejos bonzos y dirigentes sindicales. Eso lo vemos, camarada Heckert, en Chemnitz, que es tu casa, y si tienes otra opinión, aporta pruebas. Camaradas, las cosas se desarrollan deprisa. Si opinamos que la revolución se está desarrollando, tenemos que pasar sin falta a los hechos, si no queremos que la revolución nos sorprenda. La simple declaración de adhesión de una parte de los afiliados a los sindicatos no es para nosotros una prueba de la revolucionarización de las masas mediante la táctica de las células. Para eso tendrán que traernos otras pruebas.

La revolucionarización de los sindicatos en los países donde se han convertido en sostenes directos y firmes del capitalismo es hoy un absurdo. Es una empresa equivocada creer que se la puede llevar a cabo. Esos 9 o 10 millones de sindicalistas alemanes, si fueran revolucionarios, si fueran órganos de la revolución, podrían de hecho adueñarse hoy del poder; si los tuviéramos de nuestro lado, podrían aprovechar la situación cualquier día, a cualquier hora, para derribar la sociedad capitalista en Alemania, encender la revolución en Alemania e impulsar así la revolución mundial. Vemos que en todas partes esos órganos fallan, tienen que fallar, y por eso exigimos y reclamamos en interés y al servicio de la revolución su destrucción. Así como había que descomponer, que hacer pedazos los partidos políticos del periodo prerrevolucionario, así habrá que destrozar los órganos de la organización económica, los sindicatos, antes de que lleguemos a la victoria de la revolución.

Camaradas, si la descomposición de los sindicatos, si la lucha en los sindicatos de los países capitalistas muy desarrollados no se ha manifestado hasta hoy con tanta nitidez, si hasta hoy no le hemos dado tanta importancia por nuestra parte, es porque el comienzo de la revolución en esos países tuvo un carácter más político que económico. Hoy vemos que la cuestión económica ha pasado quizá algo más al primer plano, que la base económica de las luchas se manifiesta con más nitidez, y por eso la descomposición y la destrucción avanzan ahora cada vez más en los sindicatos. Vemos en Inglaterra, en Alemania, aunque los burócratas sindicales habían cargado durante la guerra con al menos tantos pecados como los partidos políticos del periodo prerrevolucionario, que la descomposición en los sindicatos no se ha producido tan deprisa, porque no se les plantearon exigencias tan fuertes. Con esto, camaradas, no quiero decir ni afirmar, desde luego, que las organizaciones políticas hayan cumplido ya su tarea. No quisiera que se interpretara así. Sino que vemos en todas partes que, como he dicho antes, la cuestión económica ha alcanzado ahora un grado más alto, pasa más al primer plano. Como los sindicatos de la época prerrevolucionaria no pueden resolver estas tareas de la revolución, de ahí la necesidad de destrozarlos.

Camaradas, estamos, pues, en la cuestión de los sindicatos en una oposición tajante a la mayoría de los camaradas aquí presentes y representados. Si hemos llegado a esta convicción, si nos aferramos con más firmeza a esta idea, no es porque sea una idea nuestra sin fundamento, sino porque con la marcha de la revolución en Alemania y también en los demás países, ahora en Inglaterra, hemos vuelto a ver que tenemos que crear ya desde ahora órganos llamados a hacerse cargo de la producción. Al servicio de la revolución, para el desarrollo ulterior de la revolución, nos situamos en este terreno y tenemos que mantenernos en él; por eso tenemos que perseverar en este punto de vista, si no queremos frenar la revolución en estos países. Por la situación económica de cada país reconocemos las cosas tal como se desarrollan, sacamos de ello nuestras conclusiones y obraremos en consecuencia. Solo si vemos y reconocemos la situación con esta nitidez y nos orientamos así, prestaremos verdaderos servicios revolucionarios, crearemos órganos verdaderamente preparatorios que el día de la revolución victoriosa sean el baluarte sobre el que pueda erigirse la dictadura del proletariado. No será posible de otro modo: no dejando subsistir las viejas organizaciones contrarrevolucionarias e intentando descomponerlas desde dentro, sino creando al mismo tiempo nuevos órganos para el derribo del capitalismo y la construcción del comunismo. Solo así quedará asegurada la victoria de la revolución.

**Earsman**[^336] (Australia). ¡Camaradas! Del discurso del camarada Zinóviev he deducido, con gran satisfacción, que no es intención de la III Internacional Comunista intentar dominar los sindicatos. En Australia no habríamos podido declararnos conformes con semejante concepción si la III Internacional no diera a los sindicatos la posibilidad necesaria de desarrollarse. Cuando digo esto, no se sigue de ello que no se deba influir en absoluto en el sindicato, pero no mediante un método tan especial; y cuando os cuente lo que se ha hecho a este respecto en Australia, os daréis cuenta, y sobre todo nuestros camaradas alemanes, de que Australia, en lo que se refiere a la organización de los sindicatos, es probablemente el país más organizado después de Rusia. Lo digo con plena consciencia de lo que se ha hecho en otros países.

Esta mañana he recibido la noticia de que el primer congreso sindical de Australia, reunido en la primera semana de junio, ha decidido adherirse a la Internacional Sindical Roja. Creo que es el primer país del que se puede decir eso.

Cuando salí de viaje, en marzo, los comunistas creían que obtendrían, en números redondos, alrededor del 45 % de los votos del congreso. Pero ahora vemos que en los tres meses transcurridos han ganado otro 40 % y han obtenido ya una votación con el 85 % de los votos.

Nuestra posición en Australia se diferencia también de la de muchos otros países en que, creo, podemos demostrar a nuestros amigos del KAPD que hemos sido capaces de hacer algo con los viejos sindicatos.

Los viejos «sindicatos de oficio», como los llamamos, han aceptado plenamente, tras unos tres años de propaganda, la propuesta de unirse en sindicatos de industria. Dicho de otro modo, han formado sindicatos rojos, y al hacerlo no se han limitado a aprobar resoluciones y escribir libros sobre ello, sino que lo han llevado también a la práctica: los talleres y fábricas australianos, que son más de 200.000, son hoy partes sólidamente integradas de la llamada OBU[^337].

Pero la OBU, o «Un Gran Sindicato», no es una organización de carácter sindicalista, tal como se entiende eso en algunos países. No tiene carácter sindicalista, sino que reconoce únicamente los principios de la Internacional Sindical. Hemos estado muy poco tiempo trabajando para inculcar a los sindicatos los ideales comunistas, y en los últimos 18 meses los dirigentes de los sindicatos han tenido un carácter más honrado.

Y ahora, camaradas, tengo que explicaros la siguiente situación. Es una situación que a algunos de vosotros os gustará y a otros os disgustará: el parlamento fue el medio de depuración de los sindicatos en Australia.

Concretamente, de la manera siguiente:

Tenemos en Australia unos 14 parlamentos: dos en cada estado y uno para toda Australia.

En todos los estados, salvo en Victoria, ha habido gobiernos laboristas. No una vez ni dos, sino a lo largo de bastantes años: en los últimos 25 años veréis que el Partido Laborista ha tenido el poder en sus manos más a menudo que el Partido Nacionalista.

¿Qué significa esto? Significa que, cuando dirigen oficialmente un movimiento sindical, ascienden automáticamente de las filas del sindicato al parlamento. La consecuencia fue que nuestros dirigentes se mantenían al lado de las masas, porque sabían que tendrían una ocupación más fácil y agradable que la que tenían como representantes de los sindicatos. Pero de 1917 a 1920 el movimiento sindical en Australia estuvo paralizado. No había muerto, pero apenas ardía; esto se debió principalmente a que estallaron gran número de conflictos laborales y la gran huelga de finales de 1917, que se extendió desde Nueva Gales del Sur hasta Victoria y acabó con la persecución y el encarcelamiento de gran número de dirigentes.

Los años siguientes se dedicaron al trabajo por la liberación de los dirigentes. En ese tiempo no hubo en realidad ningún movimiento revolucionario en el país. Cuando esos hombres quedaron libres, nos vimos obligados a ponernos a la altura del movimiento en Europa, y los dirigentes sindicales de entonces veían y comprendían el desarrollo de Europa a este respecto, y sabían también muy bien que, si seguían con el Partido Laborista tal como era en ese momento, tenían los días contados.

Comprendieron que las olas del movimiento revolucionario crecían en Australia y que, si creían en ese movimiento y lo deseaban, su sitio solo estaba en un movimiento, a saber, en el comunista. Fueron esos dirigentes los que fundaron el Partido Comunista en 1920, y la comunicación que he recibido esta mañana muestra que han hecho bien su trabajo, puesto que han logrado obtener la mayoría de los votos en el primer congreso de los sindicatos, celebrado en junio.

Y hay que señalar que este congreso no lo convocaron los revolucionarios de los sindicatos, sino el Partido Laborista, que se dio cuenta de que se estaba desmoronando por dentro y trató de volver a atraerse a las masas, procurando unificar los sindicatos y estableciendo un programa que los ligaba a su pasado.

Pero los comunistas estaban muy atentos y comprendieron el valor de los sindicatos. A pesar de la gran influencia y de la agitación anteriores de los IWW, estos no tenían influencia en los sindicatos; al contrario, los comunistas aprovecharon esa influencia con el mejor resultado para sus fines, como ya os he dicho. Espero que, cuando este congreso fije sus acuerdos sobre esta cuestión, estén en consonancia con las tesis del camarada Zinóviev.

Otra cuestión más y termino. Es la cuestión de la neutralidad. Creo que esta cuestión no puede tomarse en consideración en absoluto. Una propuesta así es imposible. Voy más lejos y digo que quienes están a favor de la neutralidad no comprenden la situación, porque deben saber que tarde o temprano serán desalojados de su sitio y entonces se les planteará la pregunta: ¿adónde, a la derecha o a la izquierda? ¿Por qué no decidirse, pues, ahora mismo? ¿Por qué aplazar el día malo y decir que se hará cuando a uno lo echen de su sitio?

Los obreros tienen hoy su posición.

Esa posición está hoy tan clara como lo estará en el momento de los disturbios o de la posibilidad de una revolución social. Y si es así, espero que nuestros amigos, los propios sindicalistas y el KAPD, comprendan, antes incluso de que termine este congreso, antes de que se clausure, que su sitio está en los viejos sindicatos, que precisamente allí hay grandes oportunidades para un trabajo que dará frutos y llevará a la meta que todos ansiáis.

**Presidente Kolárov.** La próxima sesión del congreso sindical se celebrará mañana a las 7 de la tarde en la Casa de los Sindicatos. La próxima sesión de nuestro congreso se celebrará mañana a las 11 de la mañana. En el orden del día figura la cuestión de la táctica del partido ruso. El ponente es el camarada Lenin. Se levanta la sesión.

*Se levanta la sesión a las 12 de la noche.*

## Decimoséptima sesión, martes 5 de julio de 1921 (12 del mediodía)

*(Homenaje a la camarada Clara Zetkin. — N. Lenin: informe sobre la táctica del Partido Comunista de Rusia. — Debate sobre el informe de Lenin. Oradores: Sachs, Rádek, Kollontái, Trotski, Kerran, Hempel, Roland-Holst, Bujarin. — Resolución sobre la táctica del Partido Comunista de Rusia.)*

**Presidente Loriot.** Antes de pasar al orden del día y dar la palabra al camarada Lenin para su informe sobre la situación rusa, comunico al congreso que hoy es el 65.º cumpleaños de nuestra querida camarada Clara Zetkin. *(Aplausos tempestuosos.)* Con este motivo doy la palabra al camarada Heckert, miembro de la delegación alemana.

**Heckert.** ¡Camaradas de partido! La delegación alemana cumple un grato deber: en su seno se encuentra una vieja luchadora por el socialismo, nuestra camarada Clara Zetkin, que celebra hoy su 65.º cumpleaños. Y el nombre de Clara Zetkin es un programa para toda la Internacional de los trabajadores. Clara Zetkin no llegó al movimiento socialista en edad tardía; siendo joven, con el corazón ardiente, se incorporó al movimiento obrero y hasta el día de hoy ha sido su soldado fiel y abnegado.

Clara Zetkin tiene a sus espaldas una vida de lucha extraordinariamente rica: perseguida por los tiranos de los Estados burgueses, calumniada por la burguesía y calumniada también por aquellos que durante largos años lucharon con ella en un mismo frente. Clara Zetkin, nuestra vieja camarada, estuvo en primera fila bajo la Ley contra los socialistas[^338], que pesó durante años sobre la clase obrera alemana, sobre los obreros alemanes que luchaban en las primeras filas del movimiento contra la vieja Prusia, contra la vieja Alemania. Después, cuando tras la caída de la Ley contra los socialistas se hicieron notar en la socialdemocracia alemana corrientes de derecha, Clara Zetkin se puso en el ala izquierda del partido. Fue ella una de las luchadoras más encarnizadas contra las ideas revisionistas; fue ella quien, con Rosa Luxemburg, con Franz Mehring y algunos otros, puso su pluma al servicio de la tendencia radical de la Internacional desde los primeros días del movimiento revisionista; fue ella quien combatió con palabras vehementes las ideas de Bernstein; fue ella quien durante mucho tiempo, mientras Karl Kautsky estuvo en el ala radical del Partido Socialdemócrata alemán, respaldó a Karl Kautsky. Fue ella también quien poco antes de la guerra, cuando en la socialdemocracia alemana cristalizó un ala verdaderamente izquierdista, se unió a esa ala izquierda. Su corazón estuvo siempre con los proletarios que verdaderamente luchaban. Siempre estuvo por entero con esa parte combatiente del proletariado. No conocía las medias tintas. Y cuando llegó la guerra, fue Clara Zetkin quien, como directora de *Die Gleichheit*[^339], tomó posición contra los socialdemócratas alemanes, contra el patrioterismo, contra el socialchovinismo. Fue ella quien ayudó entonces a allanar el camino para volver a unir a los proletarios desgarrados. Fue ella quien desde el comienzo de la guerra luchó por la reunificación de los obreros revolucionarios, para ayudar a preparar la victoria de la revolución proletaria. Fue ella también quien, cuando durante la guerra se separó y cristalizó en la socialdemocracia alemana una parte izquierda, se unió desde los primeros días a esa ala izquierda y luchó con ella. Y después de la guerra, en la revolución, Clara Zetkin llegó a la Liga Espartaco y fue en la Liga Espartaco una de nuestras mejores cabezas. Fue una dirigente, una dirigente intrépida del pequeño movimiento espartaquista de Alemania. Y luego, cuando creamos el Partido Comunista Unificado, entró en la Central del Partido Comunista Unificado y fue una de sus cabezas más destacadas.

Hemos visto aquí, en este congreso, que entre la Central actual del Partido Comunista Unificado de Alemania y Clara Zetkin hay diferencias de opinión. Pero eso nunca ha hecho, ni por una sola hora, que de esa diferencia de opinión sobre los asuntos surgiera entre nosotros animosidad personal alguna, y eso no ocurrirá ni puede ocurrir: honramos demasiado a nuestra vieja luchadora para ello. Sabemos lo que ha dado a nuestro movimiento; sabemos que desde el principio estuvo por entero con nosotros, y sabemos que siempre estará también con las masas proletarias. Y esperamos, no, no solo lo esperamos, lo sabemos con certeza, que volverá a estar con nosotros; sabemos que las discrepancias que ha habido entre nosotros sobre cuestiones de fondo no sobrevivirán a este congreso, y por eso creo que la Internacional, junto con la delegación alemana, tendrá todavía por mucho tiempo en Clara Zetkin una valiente luchadora en el ala izquierda del movimiento obrero, un general rojo del gran ejército proletario, que nos ayudará a avanzar hacia la victoria. Y en este sentido saludamos a nuestra homenajeada y pedimos que todo el congreso se una a nuestro saludo. *(Vivos y prolongados aplausos.)*

**Clara Zetkin.** Camaradas, me quitáis las fuerzas cuando me reconocéis y me alabáis. Cuando me pisoteáis, me siento muy a gusto, porque entonces pienso que en todas esas luchas sirvo a la causa: a la conquista de la claridad para impulsar la revolución. Pero cuando me alabáis, me siento humillada. Porque siento todo lo que he querido y no he podido llevar a cabo; siento todo lo que me ha dado la vida, la idea de la revolución, y lo que por desgracia he quedado debiendo a la revolución, porque no podía ir más allá de mis fuerzas. Camaradas, lo que he hecho era lo más natural del mundo. Siempre he obedecido solo a mi naturaleza y no merezco por ello ningún elogio. No he podido ser de otra manera que como soy, ni obrar de otra manera que como he obrado. ¿Merece elogio el río porque corre valle abajo, merece elogio el pájaro cuando canta? Es lo más natural. Y así he servido a la revolución, porque por una necesidad interior tenía que servir a la revolución.

No entro en todas las cosas bonitas que el camarada Heckert ha contado aquí de mí. Pero tengo el deber de deciros aquí una cosa: por mi desarrollo y por lo que he podido hacer, debo mucho a la teoría y a la práctica alemanas; por la práctica, mucho a la historia y al ejemplo de nuestros hermanos franceses e ingleses. Pero el sentimiento de la voluntad que he puesto al servicio de la revolución, dejadme pronunciar la palabra sin el menor regusto burgués: por mi moral revolucionaria quedo en deuda eterna con el ejemplo de los revolucionarios rusos, de la socialdemocracia rusa y de los bolcheviques. Lo que he llegado a ser moralmente, la medida de energía que pongo al servicio de la revolución, se lo debo en primer lugar a mi íntima unión con la revolución rusa desde los años setenta. Dejadme decir aquí otra cosa: no puedo estar aquí ante vosotros sin que me abrume el recuerdo de quien fue y seguirá siendo una parte de mi ser, Rosa Luxemburg. Todo lo que fui e hice fue obra común con Rosa Luxemburg. Y no puedo contener el dolor de que hoy ya no esté a mi lado, de que ya no esté entre nosotros. Todas estas flores que veo aquí las deposito en espíritu sobre su tumba.

Camaradas, estoy demasiado conmovida para pronunciar un bello discurso. Os digo que solo tengo un deseo en el corazón, y todos vosotros podéis contribuir a que se cumpla: trabajar y luchar para que no baje a la tumba sin haber visto antes la revolución en Alemania y, a ser posible, también en otros países. *(Vivos aplausos.)* Solo hay una resolución para mi trabajo, para mi lucha: contribuir a la revolución proletaria, a la victoria del proletariado revolucionario. *(Aplausos prolongados y tempestuosos.)*

**Presidente Loriot.** ¡Querida camarada Clara Zetkin! Me hace feliz que me toque el honor de unir la expresión de la simpatía fraternal de todo el congreso a la de la delegación alemana.

¡Querida camarada Zetkin! No sé hacer grandes discursos; prefiero esforzarme por hablar con sencillez, y estoy convencido de que, si dejo hablar a mi corazón, expresaré mejor los sentimientos de todos.

Hoy es un día de fiesta para la familia comunista aquí reunida. Por un momento interrumpe su duro trabajo de roturar el campo de la revolución para agruparse en torno a usted y saludar su vida hermosa y noble. La delegación alemana y el camarada Heckert han descrito a grandes rasgos las etapas de esa vida gloriosa, pero solo usted, querida camarada, sabe cuántos sufrimientos encerraron esos 45 años de dura lucha, llenos de esfuerzo constante, de alegrías puras y profundas, pero también de lágrimas amargas.

Acaba usted de recordarnos desde esta tribuna la muerte de sus fieles camaradas Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht. Sí, solo usted puede decir lo que significan todos esos recuerdos y los que van unidos a los esfuerzos de los 43 años, los esfuerzos de Stuttgart y de Copenhague[^340], donde usted estuvo entonces. ¡Cuánto tiempo hace ya de todo eso! Sin olvidar sus luchas en la extrema izquierda del movimiento revolucionario contra las tendencias de la vieja socialdemocracia, ante nosotros se alza sobre todo su labor durante la guerra. Usted pertenece al proletariado internacional, y este no puede seguir sin una admiración agradecida su trabajo durante aquellos años trágicos. No puede olvidar que fue usted quien, en el congreso de Berna convocado por usted[^341], ante el hundimiento casi general, movió a la Conferencia Internacional de Mujeres a decir lo que los proletarios extraviados no supieron decir. No voy a recordar todas las etapas de esa lucha durante la guerra; os recordaré solo una que nos es querida a los comunistas franceses.

Antes del congreso de Tours[^342] sabíamos que usted quería aportarnos el prestigio de su autoridad, pero dudábamos del resultado de ese intento. Sabíamos que la policía francesa la conocía demasiado bien para dejarla pasar. Sabíamos que no permitiría ese viaje. Pero sabíamos también que una mujer como usted triunfaría sobre la policía. Qué grande fue, pues, nuestra alegría, y el espanto de la burguesía, cuando se supo que había logrado usted cruzar la frontera y pudimos saludarla allí. Querida camarada Zetkin, la causa de la revolución, por la que tanto ha hecho usted y a la que tanto ha impulsado, ve hoy en gran parte su realización. La revolución rusa y el desarrollo de la revolución en Alemania, cuyos indicios ya se perciben, junto con los esfuerzos de nuestros otros camaradas, permiten ya reconocer, y nos hacen confiar en que a usted, querida camarada Zetkin, le será concedido ver coronada su obra. La revolución está en marcha, y usted vivirá para ver los frutos de su trabajo: la emancipación completa y definitiva del proletariado mundial.

Es todo lo que deseamos. *(Ovaciones.)*

**Presidente Loriot.** Tiene ahora la palabra el camarada Lenin para su informe sobre la táctica del Partido Comunista de Rusia.

**Lenin.** Camaradas, en realidad no he podido preparar un informe en regla. La traducción de mi folleto sobre el impuesto en especie[^343] y las tesis sobre la táctica del partido ruso son en realidad todo lo que he podido preparar de manera sistemática. Solo quiero añadir a ellos algunas aclaraciones y observaciones.

La situación internacional.

Para fundamentar la táctica de nuestro partido, creo que debo empezar por la situación internacional. Habéis discutido ya a fondo la situación económica del capitalismo a escala internacional, y hay también ya una resolución del congreso al respecto. En mis tesis trato esta cuestión muy brevemente, solo desde el punto de vista político. No toco la base económica. Pero creo que, en la situación internacional de nuestra república, hay que contar políticamente con que hoy se ha establecido cierto equilibrio de fuerzas. Claro que solo en un sentido muy limitado: un equilibrio entre las fuerzas que libraban abiertamente y por las armas la lucha por el dominio de una u otra clase principal, de los miembros de la sociedad burguesa, de toda la burguesía internacional, contra la Rusia soviética. Solo respecto de esa lucha militar afirmo que se ha establecido cierto equilibrio en la situación internacional. Hay que subrayar, naturalmente, que aquí se trata solo de un equilibrio relativo, de un equilibrio sumamente inestable. Hay tanto material inflamable en los países capitalistas que antes se consideraban solo objetos y no sujetos de la historia, en todos los países coloniales y semicoloniales, que es perfectamente posible que en esos países se produzcan, tarde o temprano y de forma del todo inesperada, estallidos revolucionarios, grandes luchas y revoluciones. En los últimos años hemos visto la lucha directa de la burguesía internacional por estrangular la primera república proletaria. En ella se concentraba toda la situación política mundial, y precisamente en esa situación política mundial se ha producido ahora un cambio. En la medida en que ha fracasado el intento de la burguesía internacional de estrangular nuestra república, en esa misma medida se ha establecido también un equilibrio, desde luego un equilibrio muy inestable. *(Viva aprobación.)*

Naturalmente, comprendemos muy bien que la burguesía internacional es hoy mucho más fuerte que nuestra república y que solo un conjunto muy peculiar de circunstancias impide a esa burguesía internacional proseguir la guerra contra nosotros. Ya en las últimas semanas, en los últimos días, hemos podido ver de nuevo en el Extremo Oriente un intento de renovar una invasión, y no cabe ninguna duda de que esos intentos continuarán. En nuestro partido no hay ninguna duda al respecto. Pero lo importante para nosotros es dejar sentado abiertamente que vemos ese equilibrio inestable y que debemos aprovechar este respiro teniendo en cuenta los rasgos característicos de la situación del momento y adaptando nuestra táctica a las peculiaridades de la situación actual, sin olvidar ni por un instante que la necesidad de combates militares puede volver a caer sobre nosotros de la noche a la mañana. La organización del Ejército Rojo, su fortalecimiento, sigue siendo nuestra tarea, igual que antes. Y en cuanto a la cuestión del abastecimiento, debemos mantenernos también en el punto de vista de que tenemos que pensar en primer lugar en nuestro Ejército Rojo. En la situación internacional dada, ahora que todavía tenemos que esperar nuevos intentos de ataque, nuevos intentos de invasión de la burguesía internacional, no podemos tomar otro camino. Pero en lo que toca a nuestra política práctica, el hecho de que en la situación internacional se haya establecido cierto equilibrio, y el reconocimiento de ese hecho, significan que debemos reconocer que el movimiento revolucionario ha avanzado, sí, pero que el desarrollo de la revolución internacional no ha sido este año tan rectilíneo como esperábamos.

Cuando en su día comenzamos la revolución internacional, no lo hicimos creyendo que íbamos por delante en el desarrollo de la revolución, sino porque una multitud de circunstancias nos llevó a dar comienzo a la revolución. Pensábamos: o la revolución internacional viene en nuestra ayuda, y entonces nuestra victoria es completamente segura, o hacemos nuestro modesto trabajo revolucionario y lo hacemos con la consciencia de que, en caso de sufrir una derrota, servimos así a la causa de la revolución, porque hacemos posible que las otras revoluciones, escarmentadas por nuestra experiencia, lo hagan mejor. Teníamos claro que sin el apoyo de la revolución mundial internacional la victoria de la revolución proletaria es imposible. Ya antes de la revolución, y también después, pensábamos: o llega enseguida, o al menos en una sucesión muy rápida, la revolución en los demás países, en los países capitalistas más desarrollados, o tendremos que sucumbir. A pesar de esa consciencia, hicimos todo lo posible por mantener el sistema soviético en cualquier circunstancia y a toda costa, porque sabíamos que no trabajábamos solo para nosotros, sino también para la revolución internacional. Lo sabíamos. Expresamos repetidamente esta concepción nuestra, tanto antes de la Revolución de Octubre como inmediatamente después de ella y durante la paz de Brest-Litovsk. Eso era naturalmente correcto. Era correcto en general.

Sin embargo, en la realidad el movimiento no fue tan rectilíneo como esperábamos. En los otros grandes países, los capitalistas más desarrollados, la revolución no se ha producido hasta ahora. La revolución se desarrolla, sí —podemos comprobarlo con satisfacción—, en el mundo entero. Y solo a esta circunstancia debemos que la burguesía internacional, aunque es cien veces más fuerte que nosotros económica y militarmente, no sea capaz de estrangularnos. *(Vivos aplausos.)*

Cómo se ha llegado a esta situación y qué conclusiones debemos sacar de ella lo trato en el párrafo segundo de las tesis, y solo quiero añadir que la conclusión que saco es la siguiente: el desarrollo de la revolución internacional que habíamos predicho avanza. Pero ese avance no es tan rectilíneo como esperábamos. Desde el primer momento está claro que en los demás países capitalistas, después de la paz, por mala que sea esa paz, no se ha logrado encender la revolución, aunque los gérmenes de ella —como sabemos— eran muy grandes y muy numerosos. Mucho mayores y mucho más numerosos de lo que creíamos. Ahora empiezan a aparecer folletos que nos cuentan que en los últimos años y en los últimos meses esos gérmenes revolucionarios fueron en Alemania y en Holanda mucho mayores de lo que sospechábamos. ¿Qué debemos hacer ahora? Ahora son necesarios la preparación a fondo de la revolución y el estudio a fondo del desarrollo concreto en los países capitalistas más desarrollados. Esta es la primera lección que debemos sacar de la situación internacional. Pero, para nuestra república rusa, debemos aprovechar este respiro, por breve que sea, para adaptar nuestra táctica a esta línea en zigzag de la historia. Políticamente este equilibrio es importante, porque vemos claramente que precisamente en los países de Europa occidental, donde está organizada la gran masa de la clase obrera y, en varios países, muy probablemente también la gran mayoría de la población, el principal apoyo de la burguesía lo forman precisamente las organizaciones de la clase obrera hostiles a nosotros, las de la II Internacional y la Internacional Dos y Media. De esto hablo en el párrafo 2 de las tesis, y creo que aquí solo debo tocar dos puntos que ya se han tratado en nuestro debate sobre la cuestión de la táctica. Primero, la conquista de la mayoría del proletariado. Cuanto más organizado está el proletariado en un país capitalista desarrollado, tanto más a fondo nos exige la historia preparar la revolución, y tanto más a fondo debemos conquistar a la mayoría de los obreros organizados. Por otra parte, el principal apoyo del capitalismo en los países capitalistas industrialmente desarrollados es precisamente la parte de los obreros organizada en la II Internacional y en la Internacional Dos y Media. Sin poder apoyarse en esa parte de los obreros, sin tener dentro de la clase obrera esos elementos de la contrarrevolución, la burguesía internacional sería absolutamente incapaz de seguir manteniéndose. *(Viva aprobación.)*

El movimiento en las colonias.

Quisiera subrayar todavía aquí la importancia del movimiento en las colonias. En esta cuestión vemos todavía en todos los viejos partidos, en todos los partidos obreros burgueses y pequeñoburgueses de la II Internacional y la Internacional Dos y Media, los restos de la concepción sentimental: están llenos de simpatía por los pueblos coloniales y semicoloniales oprimidos. Se sigue considerando el movimiento de los países coloniales como un pequeño movimiento nacional y pacífico. Pero no es así. Desde comienzos del siglo XX se ha producido a este respecto un gran cambio: millones y cientos de millones, de hecho la gran mayoría de la población de la Tierra, aparecen ahora como factores revolucionarios activos e independientes. Y está claro que en las próximas batallas decisivas de la revolución mundial el movimiento de la mayoría de la población de la Tierra, dirigido en su origen a la liberación nacional, desempeñará contra el capitalismo y el imperialismo un papel revolucionario quizá mucho mayor de lo que todos esperábamos. Es importante subrayar que por primera vez en nuestra Internacional hemos emprendido los preparativos de esta lucha. Naturalmente, en este gran terreno las dificultades son mucho mayores, pero en todo caso el movimiento avanza. Y las masas trabajadoras, los campesinos de los países coloniales, aunque ahora están todavía muy atrasados, desempeñarán en las fases siguientes de la revolución mundial un papel revolucionario muy grande. *(Viva aprobación.)*

La situación interior de la Rusia soviética.

En lo que se refiere a la situación política interior de nuestra república, tengo que empezar describiendo con toda exactitud las relaciones de clase. En los últimos meses se ha producido un cambio en el sentido de que vemos una nueva organización de la clase explotadora contra nosotros. La tarea del socialismo consiste en abolir las clases. En las primeras filas de la clase explotadora están los grandes terratenientes y los capitalistas, los industriales. Aquí el trabajo de destrucción es bastante fácil y puede llevarse a cabo en unos meses, a veces en unas semanas o incluso en unos días. Nosotros, en Rusia, hemos expropiado a nuestra clase explotadora, tanto a los grandes terratenientes como a los capitalistas. Durante la guerra no tenían organizaciones propias y actuaban solo como apéndice de las fuerzas militares de la burguesía internacional. Ahora, después de rechazar esa guerra de agresión de la contrarrevolución internacional, se ha formado en el extranjero una organización de la burguesía rusa y de todos los partidos contrarrevolucionarios rusos. El número de emigrados rusos dispersos por todos los países extranjeros puede calcularse en millón y medio o dos millones. Publican diarios en casi todos los países, y todos los partidos, el de los grandes terratenientes y el partido pequeñoburgués, sin excluir a los socialistas revolucionarios y a los mencheviques, disponen de numerosas relaciones con elementos burgueses extranjeros, es decir, reciben dinero suficiente para mantener una prensa; y vemos ahora a todos los matices sin excepción, a los representantes de todos nuestros antiguos partidos políticos, trabajando juntos en el extranjero, y vemos cómo la prensa rusa «libre» del extranjero, desde los socialistas revolucionarios y los mencheviques hasta los monárquicos más reaccionarios, defiende la gran propiedad terrateniente. En cierta medida esto nos facilita la tarea, porque podemos abarcar con la vista más fácilmente las fuerzas del enemigo, su organización y las corrientes políticas de su campo. En otro sentido, naturalmente, nos dificulta el trabajo, porque esos emigrados contrarrevolucionarios rusos aprovechan todos los medios para preparar la lucha contra nosotros. Y esta lucha demuestra una vez más que, en conjunto, el instinto de clase y la consciencia de las clases dominantes siguen estando por encima de la consciencia de las clases oprimidas, aunque la revolución rusa ha hecho a este respecto más que todas las revoluciones anteriores. No ha quedado en Rusia una sola aldea donde el pueblo y los oprimidos no hayan sido sacudidos. Sin embargo, cuando examinamos con sangre fría la organización y la claridad política de miras de los emigrados contrarrevolucionarios rusos que viven en el extranjero, vemos que la consciencia de clase de la burguesía sigue siendo todavía mayor que la consciencia de clase de los explotados y oprimidos. Naturalmente, esa gente hace todos los esfuerzos posibles y aprovecha con mucha habilidad cualquier ocasión para atacar y aplastar a la Rusia soviética, si no de esta forma, de otra. Sería sumamente instructivo, y creo que los camaradas extranjeros lo harán, observar sistemáticamente las principales aspiraciones, las principales maniobras tácticas, las principales corrientes de esa contrarrevolución rusa. Trabaja sobre todo en el extranjero, y a los camaradas extranjeros no puede resultarles especialmente difícil observar esos movimientos. En cierto sentido tenemos que aprender de ese enemigo. Esos emigrados contrarrevolucionarios son muy listos, están muy bien organizados, son muy buenos estrategas, y creo que la comparación sistemática de cómo se organizan, de cómo aprovechan tal o cual ocasión, tendría que ejercer un gran efecto propagandístico también sobre la clase obrera. No es teoría general, es política práctica, y aquí se ve lo que ha aprendido el enemigo.

La burguesía rusa ha sufrido en los últimos años derrotas terribles. Un viejo dicho afirma: un ejército derrotado aprende bien. El ejército reaccionario derrotado ha aprendido bien, ha aprendido de maravilla. Aprende con toda la avidez posible y ha conseguido realmente grandes éxitos. Cuando tomamos el poder de un solo golpe, la burguesía rusa estaba desorganizada y políticamente poco desarrollada. Ahora, creo, está a la altura del desarrollo moderno de Europa occidental; también nosotros tenemos que mejorar nuestras organizaciones y nuestros métodos, y queremos hacerlo con todas nuestras fuerzas. Así pues, fue bastante fácil para nosotros, y creo que también lo será para las otras revoluciones, acabar con esas dos grandes clases explotadoras.

La relación entre el proletariado y el campesinado.

Pero además de esa clase explotadora hay, en casi todos los países capitalistas, quizá con excepción de Inglaterra, una clase de productores de mercancías y de pequeños agricultores. La gran cuestión de la revolución es ahora precisamente la lucha contra estas dos últimas clases. Para librarnos de esas clases tenemos que aplicar métodos distintos de los que empleamos contra los grandes terratenientes y los capitalistas. A esas dos clases pudimos sencillamente expropiarlas, echarlas. Y eso es lo que hicimos. Pero con las últimas clases capitalistas, con los pequeños productores, con los pequeños burgueses, que existen en todos los países, no podíamos hacerlo así. En la mayoría de los países capitalistas estas clases constituyen una minoría muy grande, alrededor del 30 al 45 % de la población. Si añadimos los elementos pequeñoburgueses de la clase obrera, incluso más del 50 %. Aquí no se puede expropiar, no se puede echar: aquí la lucha tiene que llevarse de otro modo. La importancia del período que ahora comenzamos en Rusia consiste esencialmente, desde el punto de vista internacional, si consideramos la revolución internacional como un proceso único, en que tenemos que resolver en la práctica la cuestión de la relación del proletariado con la última clase capitalista de Rusia. En teoría todos los marxistas han resuelto bien y fácilmente esta cuestión. Pero la teoría y la práctica son dos cosas distintas, y resolver esta cuestión en la práctica y en la teoría es algo muy diferente. Sabemos con toda seguridad que hemos cometido grandes errores, pero es un problema muy difícil. Desde el punto de vista internacional es, sin embargo, un avance enorme que nos esforcemos por resolver la relación del proletariado, que tiene en sus manos el poder del Estado, con la última clase capitalista, con la base más profunda del capitalismo, con la pequeña propiedad, con los pequeños productores. Esta cuestión se nos plantea ahora en la práctica. Creo que podemos resolver esta tarea. En todo caso, las experiencias que hagamos serán útiles para las próximas revoluciones proletarias, y estas podrán hacer mejores preparativos técnicos para resolver esta cuestión.

En mis tesis he intentado analizar la cuestión de la relación del proletariado con el campesinado. Por primera vez en la historia hay en un Estado solo estas dos clases: solo el proletariado y el campesinado. El campesinado forma la gran mayoría de la población. Está, naturalmente, muy atrasado. ¿Cómo se configura entonces en la práctica, en el desarrollo de la revolución, la relación del proletariado, que tiene el poder en sus manos, con el campesinado? La primera forma es la de una alianza, una alianza sólida. Es una tarea muy difícil, pero en todo caso posible económica y políticamente.

¿Cómo procedimos, pues, en la práctica? Concertamos una alianza con el campesinado. Entendemos esa alianza así: el proletariado libera al campesinado de la explotación por la burguesía, lo libera de la dirección y de la influencia de la burguesía, lo atrae hacia sí para vencer juntos a los explotadores.

Los mencheviques razonan así: el campesinado tiene la mayoría, nosotros somos demócratas puros, que decida la mayoría. Pero como el campesinado no puede ser independiente, eso no significa en la práctica otra cosa que la restauración del capitalismo. La consigna es la misma: alianza con los campesinos. Cuando nosotros hablamos de ello, entendemos por tal el fortalecimiento y el robustecimiento del proletariado. Hemos ensayado esa alianza entre el proletariado y el campesinado, y la primera etapa fue una alianza militar. Los tres años de guerra civil crearon enormes dificultades, pero en cierto sentido facilitaron nuestra tarea. Puede sonar extraño, pero es así. La guerra no es nada nuevo para el campesinado. La guerra contra los explotadores, contra los grandes terratenientes, les resultaba fácil de comprender. Los campesinos estaban con nosotros en masas enormes. A pesar de las grandes distancias, aunque la mayoría de nuestros campesinos no sabían leer ni escribir, nuestra propaganda avanzaba con facilidad. Es una prueba de que las grandes masas, también en los países avanzados, aprenden mucho antes de su propia experiencia práctica que de los libros. Y en nuestro país la experiencia práctica del campesinado se vio facilitada porque Rusia es enormemente grande y diversas partes de Rusia pudieron pasar al mismo tiempo por distintas fases de desarrollo. En Siberia y en Ucrania la contrarrevolución pudo vencer temporalmente porque la burguesía tenía en Siberia y en Ucrania al campesinado detrás de sí, porque los campesinos estaban contra nosotros, contra los bolcheviques. Los campesinos declaraban muy a menudo sencillamente: somos bolcheviques, pero no comunistas. Somos bolcheviques porque ellos echaron a los grandes terratenientes, pero no somos comunistas porque los comunistas están en contra de la economía individual. Durante cierto tiempo breve la contrarrevolución pudo vencer en Siberia y en Ucrania porque la burguesía tuvo éxito frente a nosotros en la lucha por la influencia sobre el campesinado. Pero bastó poco tiempo para abrir los ojos a los campesinos. Al cabo de poco tiempo pudieron hacer ya experiencias prácticas. Y pronto dijeron: sí, los bolcheviques son gente bastante desagradable, no los queremos, pero en todo caso son mejores que los guardias blancos y la Constituyente. Entre nosotros, «Constituyente» es un insulto, no solo entre los comunistas instruidos, sino también entre los campesinos. Saben por la vida práctica que Constituyente y Guardia Blanca significan lo mismo, que la Guardia Blanca le pisa los talones a la Constituyente. También los mencheviques aprovechan el hecho de la alianza militar con el campesinado, pero sin pensar que esa alianza no basta. Una alianza militar no puede existir sin una alianza económica. No vivimos del aire. Nuestra alianza con los campesinos no habría podido mantenerse de forma duradera sin una base económica, y sin esa base económica tampoco habríamos podido ganar la guerra contra nuestra burguesía. Porque nuestra burguesía se unió a toda la burguesía internacional.

La base de esa alianza económica entre nosotros y el campesinado era, naturalmente, muy simple, muy tosca. El campesino recibió de nosotros toda la tierra y el apoyo contra los grandes terratenientes. A cambio teníamos que recibir víveres. Esta alianza era de un tipo completamente nuevo y no descansaba en la relación habitual entre productores y consumidores de mercancías. Nuestros campesinos lo comprendieron mucho mejor que los héroes de la II Internacional y la Internacional Dos y Media. Se decían: estos bolcheviques son unos dirigentes rudos, pero son de los nuestros. En todo caso, de este modo creamos la base de una nueva alianza económica. Los campesinos daban sus productos al Ejército Rojo y recibían de él apoyo para defender su propiedad. Y eso es lo que olvidan una y otra vez los héroes de esa II Internacional, que, como Otto Bauer, desconocen por completo la situación. Reconocemos que la primera forma de la alianza fue muy primitiva y que cometimos muchos errores. Pero teníamos que actuar lo más deprisa posible, teníamos que organizar el abastecimiento. Durante la guerra civil estábamos aislados de todas las regiones de Rusia que tenían mucho pan. Nuestra situación era terrible, y es casi un milagro que el pueblo ruso y la clase obrera hayan soportado, y hayan podido soportar, tantos sufrimientos, miseria y privaciones, sostenidos siempre solo por la consciencia de que alcanzarían la victoria. *(Vivos aplausos.)*

Después de la guerra civil nuestra tarea era, en todo caso, otra. Si el país no hubiera estado arruinado como lo estaba tras siete años de guerra, quizá el paso a una nueva forma de alianza entre el proletariado y el campesinado habría sido, en todo caso, más fácil. Pero a las condiciones ya de por sí difíciles del país se sumaron además la mala cosecha, la falta de forraje, etc. Las privaciones del campesinado se volvieron así insoportables. Teníamos que hacer algo inmediatamente para mostrar con claridad a la gran masa del campesinado que estamos dispuestos a cambiar sin falta nuestra política por la vía revolucionaria, de modo que se dijeran: estos bolcheviques son gente que quiere mejorar sin demora nuestra situación insoportable, cueste lo que cueste.

El cambio de la política económica.

Y así llegó el cambio de nuestra política económica: en lugar de la requisa, el impuesto en especie. No se ideó de un día para otro. En la prensa bolchevique podéis encontrar, naturalmente, propuestas durante meses, pero no se dio con un proyecto que prometiera realmente éxito. Pero eso no es lo importante. Lo importante es el hecho de que hemos llevado a cabo ese cambio de nuestra política económica obedeciendo solo a la situación práctica, a la necesidad de la situación. La mala cosecha, la falta de forraje y además la falta de combustible: todo esto influye, naturalmente, en toda la economía. También en la economía campesina. Si el campesinado se pone en huelga, tampoco recibimos leña. Y si no recibimos leña, también tienen que pararse las fábricas. Por eso la crisis económica fue enormemente grande en la primavera de 1921, a consecuencia de la gran mala cosecha y de la falta de forraje. Todo ello eran consecuencias de los tres años de guerra civil. Se trataba ahora de mostrar al campesinado que también podemos y queremos cambiar nuestra política muy deprisa para aliviar sin demora la miseria del campesinado. Siempre decimos, y también se dijo en el II Congreso, que la revolución cuesta sacrificios. Hay camaradas que en su propaganda argumentan así: estamos dispuestos a hacer la revolución, pero que no sea muy difícil. Si no me equivoco, el camarada Šmeral empleó esta frase en su discurso en el congreso del partido checoslovaco. Lo he leído en la crónica del *Vorwärts* de Reichenberg[^344]. Allí hay, al parecer, un ala un poquito de izquierda. Así que esa fuente no es del todo imparcial. En todo caso, tengo que declarar que, si Šmeral ha dicho eso, no tiene razón. Algunos oradores que hablaron después de Šmeral dijeron en aquel congreso: sí, vamos con Šmeral, porque así nos libraremos de la guerra civil. *(Risas.)* Si todo esto es verdad, tengo que declarar que semejante agitación no es comunista, no es revolucionaria. Naturalmente, toda revolución significa grandes sacrificios para la clase que la hace. La revolución se distingue de las luchas corrientes en que participan en el movimiento diez veces, cien veces más personas, y en este sentido toda revolución significa sacrificios, no solo para la persona, sino para toda la clase. La dictadura del proletariado en Rusia significa para la clase dominante, para el proletariado, tantos sacrificios, tanta miseria y tantas privaciones como no se registran en ningún lugar de la historia, y muy probablemente en ningún otro país será de otro modo.

El reparto de las privaciones.

La cuestión es: ¿cómo repartimos esas privaciones? Nosotros somos el poder del Estado. Hasta cierto punto somos capaces de repartir las privaciones, de descargarlas sobre varias clases y aliviar así relativamente la situación de cada una de ellas. ¿Según qué principio debemos proceder? ¿Según la justicia o según la mayoría? No. Tenemos que actuar en la práctica, tenemos que hacer el reparto de modo que podamos conservar el poder del proletariado. Ese es nuestro único principio. Al comienzo de la revolución la clase obrera tuvo que soportar privaciones enormes. Hago constar ahora que nuestra política de abastecimiento tiene de año en año mayores éxitos. Y la situación, en general, ha mejorado sin duda. Pero los campesinos de Rusia han ganado con la revolución, sin la menor duda, más que la clase obrera. No hay ninguna duda al respecto. Desde el punto de vista teórico esto demuestra, naturalmente, que hasta cierto punto nuestra revolución fue una revolución burguesa. Cuando Kautsky esgrimió este argumento contra nosotros, nos reímos. Es natural que sin la expropiación de la gran propiedad terrateniente, sin la expulsión de los grandes terratenientes y sin la defensa de la tierra solo hay una revolución burguesa y no una revolución social. Pero nosotros fuimos el único partido capaz de llevar a término la revolución burguesa y de facilitar la lucha por la revolución social. El poder soviético y el sistema soviético son instituciones del Estado social. Ya hemos realizado esas instituciones, pero el problema de la relación económica del campesinado con el proletariado no está resuelto todavía. Hay mucho que todavía no se ha hecho, mucho que ya se ha llevado a cabo, y el resultado de la lucha dependerá de que podamos resolver o no esta tarea. Así pues, el reparto práctico de las privaciones es una de las tareas más difíciles. En general se ha producido una mejora de la situación del campesinado, y las privaciones más duras se han impuesto a la clase obrera, precisamente porque esa clase obrera ejerce la dictadura.

Ya he dicho que la falta de forraje y la mala cosecha trajeron al campesinado, en la primavera de 1921, la miseria más terrible. El campesinado constituye la mayoría. Sin estar en buenas relaciones con esas masas no podemos existir. Por eso nuestra tarea era ayudar inmediatamente al campesinado. Para los obreros la situación es muy difícil: sufren terriblemente. Pero son los elementos políticamente más desarrollados, e incluso de ellos solo los mejores elementos comprendieron que, en interés de la dictadura de la clase obrera, tenemos que hacer los mayores esfuerzos para ayudar al campesinado, cueste lo que cueste. La vanguardia de los obreros lo comprendió. Pero hubo partes de la clase obrera, incluso partes de la vanguardia, que no lo comprendieron, que estaban demasiado cansadas para comprenderlo. Vieron en ello un error, emplearon la palabra oportunismo, vieron en ello una especie de oportunismo. Se decía: ahora los bolcheviques ayudan a los campesinos. El campesino, que es nuestro explotador, recibe todo lo que quiere, y el obrero pasa hambre.

¿Es esto oportunismo? Ayudamos a los campesinos porque sin la alianza con el campesinado el poder político del proletariado es imposible, no puede mantenerse. Estas razones de conveniencia fueron decisivas para nosotros, y no el reparto justo en general. Ayudamos a los campesinos porque es indispensable para conservar el poder político. El principio supremo de la dictadura es mantener la alianza del proletariado con el campesinado, para que el proletariado pueda conservar el papel dirigente y el poder del Estado.

El impuesto en especie.

El único medio que hemos encontrado para ello ha sido el paso al impuesto en especie. En la práctica, ha surgido de la necesidad de la lucha. El año próximo probaremos por primera vez el impuesto en especie. En la práctica, la cuestión no se ha aplicado todavía, no se ha probado todavía. Tenemos que pasar de la alianza militar a la económica, y en teoría la única base de esa alianza económica es la implantación del impuesto en especie. Es la única posibilidad teórica de llegar a una base económica real y sólida de la sociedad socialista. La fábrica socializada da al campesino sus productos, y el campesino da a cambio cereal. Es la única forma posible de existencia de la sociedad socialista, la única construcción posible en un país donde el pequeño campesino forma la mayoría o, por lo menos, una minoría muy grande. Una parte como impuesto, la otra parte en intercambio por los productos de la fábrica socializada o como intercambio de mercancías.

Libertad de comercio.

Y aquí llegamos al punto más difícil. El impuesto en especie significa, por supuesto, libertad de comercio. El campesino puede intercambiar libremente el resto de su cereal, lo que le queda después del impuesto en especie. Esta libertad de intercambio significa libertad del capitalismo. Lo decimos abiertamente y lo repetimos. No lo ocultamos. Mal nos iría si quisiéramos ocultarlo. La libertad de comercio significa libertad del capitalismo, pero significa una nueva forma de capitalismo, significa que hasta cierto punto creamos de nuevo el capitalismo. Lo hacemos con toda franqueza. Es capitalismo de Estado. Pero el capitalismo de Estado en una sociedad en la que el capitalismo tiene el poder y el capitalismo de Estado en un Estado proletario son dos conceptos distintos. En un Estado capitalista, el capitalismo de Estado significa que el capitalismo es reconocido por el Estado, controlado por el Estado en beneficio de la burguesía y contra el proletariado. En un Estado proletario, esto se hace en beneficio de la clase obrera, para poder resistir y luchar contra la burguesía, todavía demasiado fuerte. Así pues, tenemos que otorgar concesiones a la burguesía extranjera, al capital extranjero. Sin la menor desnacionalización, damos minas, bosques y pozos de petróleo a capitalistas extranjeros para obtener de ellos artículos industriales, máquinas, etc., y restablecer así nuestra industria.

El capitalismo de Estado.

Sobre el capitalismo de Estado no estuvimos todos de acuerdo de inmediato, por supuesto. Pero con este motivo hemos podido comprobar con gran alegría que nuestro campesinado se desarrolla de manera satisfactoria y que ha comprendido por completo la importancia histórica de la lucha que ahora libramos. Campesinos muy sencillos de las regiones más apartadas venían a vernos y decían: «¿Cómo? A nuestros capitalistas, los que hablan ruso, los han echado, ¿y ahora tienen que venir capitalistas extranjeros?». ¿No demuestra esto el desarrollo de nuestros campesinos? Al obrero con formación económica no necesitamos explicarle por qué esto es necesario. Los siete años de guerra nos han arruinado de tal modo que la reconstrucción de nuestra industria exige varios años. Tenemos que pagar por nuestro atraso, por nuestra debilidad, por tener que aprender ahora, y aprender mucho. Si se quiere aprender, hay que pagar por ello. Tenemos que mostrárselo a todos de manera práctica. Y si lo demostramos en la práctica, las enormes masas campesinas y obreras estarán de acuerdo con nosotros, porque así su situación mejora en el acto, porque así se hace posible la reconstrucción de nuestra industria. ¿Qué nos obliga a ello? No estamos solos en el mundo. Existimos en un sistema de Estados capitalistas, como miembro de la economía mundial. Por un lado, los países coloniales, que todavía no pueden ayudarnos; por otro, los países capitalistas, que son nuestros enemigos. Es un equilibrio, sin duda un equilibrio muy malo, pero tenemos que contar con ese hecho. No podemos cerrar los ojos ante ese hecho si queremos existir. O la victoria inmediata sobre toda la burguesía, o pagar tributo. Lo reconocemos con toda franqueza, no lo ocultamos: las concesiones en el capitalismo de Estado significan tributo al capitalismo. Pero ganamos tiempo, y ganar tiempo es ganarlo todo, sobre todo en la época del equilibrio, en la época en que los camaradas extranjeros preparan a fondo su revolución. Cuanto más a fondo la preparemos, más segura será la victoria. Hasta entonces, pagamos tributo.

La electrificación de Rusia.

Unas palabras sobre nuestra política de abastecimiento. Nuestra política de abastecimiento fue sin duda muy primitiva y mala, pero también tenemos éxitos. Con este motivo tengo que subrayar de nuevo que nunca debemos olvidar que la única base económica posible es una gran industria mecánica. Quien olvida esto no es comunista. Tenemos que elaborarlo de forma concreta. No debemos plantear las cuestiones como lo hacen los teóricos del viejo socialismo, sino de manera práctica. ¿Qué quiere decir gran industria moderna? Quiere decir la electrificación de toda Rusia. Suecia, Alemania y América están ya realizándolo, aunque son todavía países burgueses. Un camarada de Suecia me cuenta que allí está electrificada una gran parte de la industria, y también el 30 % de la agricultura. En Alemania y en América, como países capitalistas aún más desarrollados, eso ocurre en una medida todavía mucho mayor. Gran industria mecánica equivale a electrificación de todo el país. Hemos nombrado ya una comisión especial[^345] compuesta por las mejores fuerzas económicas y técnicas. Esas fuerzas económicas y técnicas están casi todas contra el poder soviético. Estos especialistas llegarán al comunismo, pero no como nosotros, a través de veinte años de trabajo clandestino durante los cuales hemos estudiado, repetido y rumiado sin cesar el abecé del comunismo.

Casi todos los órganos del poder soviético son partidarios de que tomemos el camino de los especialistas. Los especialistas, los ingenieros, vendrán a nosotros si les demostramos en la práctica que de este modo se elevan las fuerzas productivas del país. No basta con mostrárselo en teoría. Tenemos que demostrárselo en la práctica. Y ganaremos a esa gente para nuestra causa si planteamos la cuestión de otro modo, no haciendo propaganda teórica del comunismo. Decimos: la gran industria es la única posibilidad de salvar al campesinado de la miseria y del hambre. En eso están todos de acuerdo. Pero ¿cómo hacerlo? Reconstruir la vieja industria exige demasiado trabajo y tiempo. Tenemos que dar a esa industria una forma más moderna, y concretamente pasando a la electrificación. La electrificación requiere mucho menos tiempo. Ya hemos elaborado los planes de electrificación. Más de doscientos especialistas han trabajado en ellos con interés, aunque no son comunistas; lo hicieron porque, desde el punto de vista de la ciencia técnica, tuvieron que reconocer que es el único camino. Naturalmente, del plan a su realización hay un camino muy largo. Los especialistas prudentes dicen que la primera serie de trabajos exigirá no menos de diez años. Para Alemania, el profesor Ballod[^346] ha calculado que bastan de tres a cuatro años para electrificar Alemania. Para nosotros, diez años son poco. En mis tesis doy las cifras reales para que veáis lo poco que se ha podido hacer hasta ahora en nuestro país en este terreno. Las cifras que cito son tan modestas que se ve enseguida que tienen un efecto más propagandístico que científico. Pero tenemos que empezar por la propaganda. El campesino ruso que participó en la guerra mundial y vivió varios años en Alemania vio en Alemania cómo hay que llevar una economía moderna para vencer el hambre. Tenemos que hacer una gran propaganda en ese sentido. Las instalaciones tienen hasta ahora, en sí mismas, una importancia práctica minúscula, pero un efecto propagandístico tanto mayor. El campesino ve que hay que hacer algo nuevo, el campesino comprende que no tiene que trabajar en ello cada uno por su cuenta, sino todo el Estado. El campesino vio y aprendió en el cautiverio en Alemania cuál es la verdadera base de la vida civilizada. Doce mil kilovatios son un comienzo muy modesto. Quizá el extranjero que conoce la electrificación americana, alemana o sueca se ría de ello. Pero yo digo: quien ríe el último ríe mejor. Un comienzo modesto. Las masas del campesinado empiezan a comprender que hay que hacer nuevos trabajos a gran escala y que ya se han emprendido. Hay que superar enormes dificultades. Intentaremos entrar en relaciones con los países capitalistas. No hay que lamentar que pongamos a disposición de los capitalistas unos cientos de millones de kilos de petróleo con la condición de que nos ayuden a electrificar nuestro país.

La «democracia pura».

Y ahora, para terminar, unas palabras sobre la «democracia pura». Cito lo que escribió Engels en su carta a Bebel del 11 de diciembre de 1884: «… La democracia pura puede adquirir en el momento de la revolución… una importancia momentánea como última ancla de salvación de toda la economía burguesa e incluso feudal… Así, toda la masa feudal-burocrática reforzó a los liberales (de marzo a septiembre de 1848) para tener sujeta a la masa revolucionaria… En todo caso, nuestro único adversario el día de la crisis y el día siguiente es la reacción entera agrupada en torno a la democracia pura, y esto, creo yo, no debe perderse de vista».

No podemos plantear nuestras cuestiones como los teóricos. Toda la reacción, no solo la burguesa, sino también la feudal, se agrupa en torno a la «democracia pura». Los alemanes saben mejor que nadie lo que significa la «democracia pura», porque Kautsky y los demás dirigentes de la II Internacional y la Internacional Dos y Media defienden esa «democracia pura» contra los «malvados» bolcheviques. Si analizamos a los socialistas revolucionarios y a los mencheviques rusos no por sus palabras, sino por sus actos, no son otra cosa que una «democracia pura» pequeñoburguesa. En nuestra revolución han mostrado con una pureza clásica lo que significa la «democracia pura», y lo mismo durante la última crisis, durante la sublevación de Kronstadt[^347]. La agitación entre el campesinado era enorme, y también entre los obreros reinaba el descontento. Estaban cansados y agotados. Hay también límites humanos. Durante tres años se ha pasado hambre. No se puede pasar hambre durante cuatro o cinco años. Naturalmente, el hambre tiene una influencia muy grande en la actividad política. ¿Qué hicieron los socialistas revolucionarios y los mencheviques? Durante todo ese tiempo vacilaron y con ello fortalecieron a la burguesía. La organización de todos los partidos rusos en el extranjero ha mostrado cómo están ahora las cosas. Los dirigentes más inteligentes de la gran burguesía rusa se han dicho: no podemos vencer en Rusia inmediatamente. Por tanto, nuestra consigna tiene que ser: soviets sin bolcheviques. El jefe de los kadetes, Miliukov[^348], defendió el poder soviético frente a los socialistas revolucionarios. Es sumamente extraño. Pero es la dialéctica práctica que estudiamos en nuestra revolución de un modo peculiar, a partir de la práctica de nuestra lucha y de la lucha de nuestros adversarios. Los kadetes defienden los soviets solo sin bolcheviques, porque comprenden bien la situación y porque esperan atraer así a una parte de la población. Eso dicen los kadetes listos. No todos los kadetes son listos, pero una parte lo es y ha sacado ciertas experiencias de la Revolución francesa. La consigna es ahora: lucha contra los bolcheviques a toda costa, cueste lo que cueste. Toda la burguesía ayuda ahora a los mencheviques y a los socialistas revolucionarios. Los socialistas revolucionarios y los mencheviques forman ahora la vanguardia de toda la reacción. Esta primavera hemos visto muestras de esa confraternización contrarrevolucionaria.

Por eso tenemos que proseguir la lucha implacable contra esos elementos. La dictadura es el estado de guerra encarnizada. Nos encontramos en un estado de guerra encarnizada. Ahora no hay una invasión militar. Pero estamos aislados. Sin embargo, no estamos aislados en la medida en que toda la burguesía internacional del mundo no es capaz de hacernos inmediatamente la guerra abierta, porque toda la clase obrera, aunque su mayoría no es todavía comunista, ha llegado a un punto en que no permite la intervención, de modo que la burguesía tiene que contar ya con ese instrumento de las masas. Por eso no es capaz de pasar inmediatamente a la ofensiva contra nosotros, aunque no está excluido. Mientras no haya un resultado general definitivo, habrá un estado de guerra terrible, y nosotros decimos: en la guerra actuamos como en la guerra, no prometemos libertades ni democracia, sino que declaramos con toda franqueza a los campesinos que tienen que elegir: o el poder bolchevique, y entonces les haremos concesiones hasta los límites dentro de los cuales sea posible conservar el poder, y así los llevaremos al socialismo —es un camino difícil—; o bien el poder burgués. Todo lo demás es patraña, la más pura demagogia. Lucha a muerte contra esa patraña, contra esa demagogia. Nuestro punto de vista es: por ahora, grandes concesiones, la mayor prudencia, precisamente porque existe cierto equilibrio, porque somos más débiles que nuestros adversarios unidos, porque nuestra base económica es demasiado débil, porque tenemos que tener una base económica más fuerte. Esto es lo que tenía que decir a los camaradas sobre nuestra táctica, sobre la táctica del Partido Comunista de Rusia. *(Vivos y prolongados aplausos.)*

**Presidente Loriot.** ¡Camaradas! Queda abierto el debate sobre el informe del camarada Lenin. Hasta ahora no se ha inscrito ningún orador. Es de la mayor importancia que el informe dé lugar inmediatamente a un debate animado. Ruego a las delegaciones que inscriban a los representantes que quieran tomar la palabra en el debate.

**Sachs** (KAPD). ¡Camaradas! Como hasta ahora ninguna otra delegación ha pedido la palabra, es mi deber, conforme al encargo de mi delegación, ser el primero en saltar a la brecha y asumir la ingrata tarea de abrir este debate.

La exposición del camarada Lenin ha tenido para nosotros mucho interés porque ha mostrado de qué modo piensa el Partido Comunista de Rusia vencer las dificultades que le han surgido, por un lado, del atraso del desarrollo económico de Rusia y, por otro, del lento avance de la revolución mundial. El camarada Lenin dijo en el lugar decisivo la palabra decisiva. Dijo que, mientras nosotros, los camaradas de los países industrialmente desarrollados, preparemos la revolución, y la preparemos a fondo, en Rusia tendrán que pagar tributo. La idea es, pues, evidentemente esta, y el camarada Lenin lo dijo con toda claridad: en la situación actual, ganar tiempo es ganarlo todo.

Pero tengo que decir que ciertas inquietudes ante esta situación no acaban de abandonarnos. *(Interrupción: ¡Ni a nosotros!)* Lo creo de veras. Creo también que es justo expresar de una vez con toda franqueza estas inquietudes, que no son solo inquietudes de los camaradas de Europa occidental, sino también de los camaradas rusos. Digo que estas inquietudes que no nos abandonan consisten en que, naturalmente, la política del partido ruso, la política económica, tanto dentro de Rusia como en su relación con los Estados capitalistas, tiene que tener repercusiones; no solo la repercusión de un fortalecimiento económico de Rusia al comienzo de una construcción económica del poder soviético, sino también, cosa inevitable, una repercusión del otro lado, del lado peligroso e inquietante. Dentro de Rusia, como marxistas tendremos que admitirlo, un partido político, sea cual sea, por rígido y disciplinado que sea, nunca puede permanecer del todo independiente de la base económica sobre la que se levanta. La vida del partido, la vida política, no puede a la larga —por algún tiempo sí, sin duda— sustraerse a las influencias que irradian sobre la vida política desde un cambio de la base económica; y así vemos como primera inquietud que ni la cohesión más estricta, ni la disciplina más estricta, ni el empleo más claro y más implacable del poder por parte del Partido Comunista de Rusia pueden dar necesariamente la garantía de que este partido, al cambiar la base económica, siga siendo el mismo en sí mismo. Y, en cuanto a las relaciones con el extranjero, ya hablamos de ello al discutir las tesis del camarada Trotski, al menos en la comisión. En las tesis del camarada Trotski hay una frase que dice que la reanudación de las relaciones económicas de la Rusia soviética con los países capitalistas no traerá consigo en un futuro próximo cambios considerables. Impugné esa frase en la comisión y quedé en minoría frente a la mayoría de la comisión.

Las tesis han sido aprobadas por el congreso, pero aquí, en este tema, vuelve a surgir la misma cuestión, y, como vuelve a surgir, me siento con derecho a plantearla de nuevo también formalmente y a decir que, a mi juicio, la reanudación de las relaciones económicas internacionales en forma capitalista es posible de dos maneras: o bien se trata principalmente de tratados cuyo objetivo esencial es el reconocimiento político del gobierno soviético y cuyo carácter económico es más bien una especie de pretexto —y en ese caso no se ayuda a la construcción económica—, o bien, y eso es lo que nos parece probable, esos tratados han de servir efectivamente de base sobre la que se levanten luego relaciones económicas concretas y muy reales: ya sea por la vía de las concesiones, ya sea también, quizá, por la vía de un gran comercio de importación con respaldo de créditos.

Ahora bien, si estos tratados se llenan de contenido económico y contribuyen así a la construcción económica de la Rusia soviética, es inevitable que contribuyan al mismo tiempo a fortalecer el capitalismo en los países capitalistas de que se trate. Si los camaradas rusos ven estas repercusiones y tienen igualmente en cuenta su peligro, tenemos que preguntar, en lo que toca a nuestra política como Internacional Comunista, qué tenemos que hacer en este asunto como partidos comunistas y como Internacional Comunista. Hay que decir que ahora Rusia se ve obligada, forzada por las circunstancias, a avanzar por esta senda, pues hay que admitir sin más que esa necesidad existe. Tanto más deben los partidos comunistas de los países industrialmente desarrollados, y debería la Internacional Comunista en su conjunto, esforzarse por paralizar, por su parte, el efecto fortalecedor que esta política tiene que tener para el capitalismo. Y aquí tenemos, ciertamente, la impresión de que la política de la Internacional Comunista, tal como se ha llevado en los últimos tiempos y tal como, al parecer, la ha fijado este congreso con el resultado obtenido hasta ahora, no basta para hacer frente a este peligro. Es claramente previsible —y no solo previsible: ya se ha podido comprobar— que se manifiesta necesariamente cierta oposición de intereses, ocasionalmente, entre los intereses de los obreros revolucionarios de los países occidentales y los intereses del poder soviético. Nadie tiene por qué hacer de ello un reproche personal. Son hechos objetivos. Una oposición de intereses que se manifiesta en el hecho de que la huelga de los mineros ingleses estorbó gravemente, de hecho, el aprovechamiento práctico del tratado comercial ruso-inglés, como explicó Krasin[^349] en una entrevista con la *Rote Fahne*. Por otro lado, si se hubiera dicho expresamente a los mineros de allí: no podéis hacer huelga, porque Rusia necesita el carbón y las máquinas, no se habría ayudado con ello a la revolución de Europa occidental. El camino que se ha buscado en este caso me parece un camino intermedio, un camino intermedio funesto para ambas partes. Porque lo digo abiertamente: el apoyo a la huelga de los mineros ingleses fue absolutamente insuficiente. Por otro lado, no se ha dicho: no podéis hacer huelga por los intereses rusos; pero, aunque eso no haya ocurrido hasta ahora, vemos de antemano el gran peligro de que, sin duda contra la voluntad de los camaradas rusos, los oportunistas de nuestros países aprovechen con gusto, con muchísimo gusto, esta ocasión y digan a los obreros, cuando se inicien movimientos económicos: sí, claro, nuestro corazón está con vosotros, pero pensad en Rusia, no hagáis huelga, porque la Rusia soviética depende de vuestros suministros. El camarada Rádek opinaba que eso es un buen chiste. Si lo cree así, entonces, por desgracia, no conoce suficientemente la situación de nuestros países.

Camaradas, crear una salvaguardia frente a esto es una tarea; sería tarea de los partidos comunistas y, naturalmente, también de este congreso. Pues bien, si este congreso recibe de hecho su impronta intelectual de los camaradas rusos y su dirección está principalmente en manos de los camaradas rusos, lo cual es un hecho, eso no es culpa de los camaradas rusos; es culpa de los demás partidos, que, con su actitud práctica y su falta de crítica, no han contribuido a dar a este congreso, y con ello a la Internacional Comunista, una impronta distinta y a crear un contrapeso. Pero lo que tengo que decir en este contexto es, en realidad, todavía una cosa. Es una advertencia a los partidos comunistas de los países industrialmente desarrollados en su conjunto, una advertencia de que en el camino actual, que está determinado de forma muy marcada —y, a nuestro parecer, demasiado marcada— por los intereses de la política de Estado rusa, tienen que crear un contrapeso, no con discursos, sino con su labor práctica y real y con la franqueza de la crítica que han de ejercer aquí.

**Rádek.** Camaradas, considero realmente un mérito del KAPD que su representante haya hablado aquí sobre esta cuestión, y hago constar al mismo tiempo que para la exposición que acabamos de oír al camarada Sachs hace falta cierta dosis de valor, frente a los hechos y frente al congreso. La toma de posición del KAPD es tan valiosa para nosotros porque en el congreso de la Internacional Comunista no pueden intervenir los mencheviques, y así el representante del KAPD no nos ha dicho más que lo que los mencheviques dicen todo el tiempo en su prensa sobre la política del gobierno soviético y sobre la política de la Internacional. No quiero detenerme por extenso en las teorías económicas en que se basaba la exposición del camarada Sachs. No quiero analizar la gloriosa idea de que Rusia, comprando mercancías en Europa occidental, pueda detener en el mundo entero la crisis del imperialismo, y otras por el estilo. En lo que quiero detenerme es en las cuestiones siguientes. ¿Es la política que el Partido Comunista de Rusia sigue en el interior de Rusia y hacia fuera una política necesaria desde el punto de vista del proletariado ruso, y no solo de la correlación de fuerzas rusa, sino también desde el punto de vista del proletariado internacional? Creo que, después de la exposición del camarada Lenin, no tengo que demostrar que una política distinta de la que hacemos no solo es imposible en la situación de transición dada de la guerra a la paz, sino que es imposible en general en un país con una población predominantemente agrícola; y lo que teóricamente importa, lo que los partidos comunistas tienen que comprender de esta política, es lo que tiene de típico. Los mencheviques dijeron durante años que la correlación de fuerzas en Rusia no permitía intentar realizar el socialismo. Por esa razón había que encaminarse conscientemente a llevar al timón a la burguesía, que desarrollaría luego las fuerzas económicas del país hasta el punto de que algún día se pudiera realizar el socialismo. Los bolcheviques del viejo partido, cuando estaban, hace quince años, en la primera revolución, sostenían el punto de vista de que entonces una revolución proletaria, una victoria de la dictadura de la clase proletaria, era imposible. Señalaban que la victoria sobre el zarismo no era posible, sin embargo, más que mediante la alianza del proletariado con el campesinado. Y el camarada Trotski señaló que, si la clase obrera llega al poder, aun en un país económicamente poco desarrollado, la lógica interna la empuja a intentar dar a su poder una expresión también económica, en el intento de llevar a cabo el socialismo. Planteaba la cuestión práctica: ¿qué hará el gobierno, el gobierno revolucionario apoyado en la alianza de campesinos y obreros, cuando llegue el paro, cuando los capitalistas saboteen? Tenemos que intentar realizar el socialismo. En la primera revolución no llegamos tan lejos debido al grado económico de entonces, debido al hecho de que el capital de Europa occidental fue capaz de mantener a flote al zarismo ruso y de que los hijos de campesinos vestidos de uniforme aplastaron la revolución. En la revolución, a su comienzo, el Partido Comunista planteó con mucha cautela la pregunta: ¿qué hacemos si llegamos al poder? El camarada Lenin escribió en sus Tesis de Abril de 1917 que podríamos dar los primeros pasos hacia el comunismo, porque el comunismo como organización general de la sociedad es imposible en un país con una mayoría de población campesina, de pequeña burguesía, en un país donde la economía está fragmentada. Solo se puede pensar en socializar la gran industria, los transportes y los bancos, y en monopolizar el comercio exterior. En nuestro desarrollo hemos ido más allá de este programa. El camarada Lenin lo explica en su folleto sobre el impuesto en especie, cuando dice: si en un país hay que concentrarlo ya todo para hacer la guerra, entonces hay que hacerlo no solo con la gran industria, sino también con la pequeña y la mediana. Pero puede haber necesidades todavía más profundas en nuestra política. Hay que batir en primer lugar a la burguesía. Pero esta sigue resistiendo. Habría que expropiar las raíces de su fuerza. Y la raíz de su fuerza era la propiedad privada de los medios de producción, de las mercancías. Y luego hay otra causa más. En el país de las mayores privaciones, de la mayor miseria, la clase obrera tenía que intentar, naturalmente, introducir un tosco comunismo igualitario. Ayer tenía que dar algo mejor. Un poco más de pan o mejor ropa era para la clase obrera un acicate que fomentaba la nivelación. Ahora estamos en el paso de la guerra exterior a la paz, por cierto tiempo, una paz que pone en primera línea las cuestiones económicas. Y entonces la política se vuelve hacia las posibilidades concretas. La guerra la había impulsado, la había obligado a ir más allá. Y ahora surge la cuestión de la socialización real sobre la base del poder soviético, del partido comunista, y eso es la gran industria. Y en cuanto a la otra cuestión, no se trata de la socialización, sino de la relación entre la gran industria socialista y la pequeña economía burguesa. Si eso es una necesidad desde el punto de vista de la Rusia soviética, lo es también desde el punto de vista de la revolución mundial. Si no negáis que la Rusia soviética es por ahora el puesto más fuerte de la revolución mundial, que la Rusia soviética, negativamente, ata las fuerzas de la contrarrevolución y, positivamente, crea la posibilidad no solo de implantar un orden económico comunista para la gran industria, sino también de utilizar las fuerzas del campesinado ruso para las diversas posibilidades revolucionarias que de otro modo solo estarían al servicio de la contrarrevolución, entonces lo que hacemos es una necesidad desde el punto de vista de la revolución mundial. Acordaos de los debates con Laufenberg, Wolffheim[^350], etc., en los que vosotros vacilasteis mucho, cuando estos decían para Alemania: cuando tengamos el poder, ruptura con la Paz de Versalles. Y yo, quizá desde el punto de vista del proletariado ruso, en el momento en que estábamos bloqueados, sostuve frente a ello lo siguiente: ahora no se puede impedir esta política. Quizá sea necesario, para ganar un respiro para la revolución alemana, reconocer la Paz de Versalles. O bien la política que hacemos es una política necesaria para la revolución mundial, y entonces solo es posible con el asentimiento de la Internacional Comunista y de cada una de sus partes, y entonces toda la Internacional Comunista carga con la responsabilidad. Nuestra política es entonces la política que no llevamos en interés del Estado ruso aislado, sino en interés del proletariado mundial, para el que tenemos que conservar esta posición.

Y ahora viene la segunda cuestión, la cuestión de la relación de la Internacional Comunista con esta política. Puedo mostrar aquí, con un caso concreto, todo el disparate de las afirmaciones que se han hecho en relación con esta cuestión.

El camarada Sachs preguntaba: ¿y la huelga de los mineros ingleses? ¿Por qué no intervinisteis, por qué no llamasteis a apoyarla? Porque habíais firmado el tratado comercial y teníais la boca cerrada. Camaradas, puedo explicaros el secreto de por qué no intervinimos. Por la sencilla razón de que sabíamos que a los mineros ingleses no se les puede ayudar con frases. Solo podíamos ayudar a los mineros ingleses movilizando a los mineros alemanes y norteamericanos para que no suministraran carbón a Inglaterra. En Alemania acabábamos de sufrir la derrota de marzo, y habría sido una simple manifestación que hubiéramos llamado a no suministrar carbón a Inglaterra. Nuestras relaciones con los mineros norteamericanos son, por desgracia, tan escasas que el llamamiento no habría significado nada. Y como pasamos cada vez más de la política de los llamamientos generales al trabajo concreto de la Internacional Comunista, después de pensarlo bien nos dijimos que no tenía sentido sacudir el aire. Y si decís: puede que en este caso sea así, pero nosotros influimos también en la política del gobierno soviético, entonces respondemos: en el Ejecutivo, los representantes de todos los demás partidos comunistas tienen la mayoría. Hago constar que el Ejecutivo no ha presentado ni una sola moción para ninguna clase de actuación. Y en cuanto a nuestros representantes rusos en el Ejecutivo, hemos aprendido a llevar una política tan flexible que no nos veríamos en ningún apuro para cumplir nuestro deber revolucionario incluso en Honolulú y en Haití, aunque tuviéramos un tratado de alianza con esos Estados.

Paso ahora, con unas pocas palabras, a la conclusión que se desprende de esta situación. Lo que es la política de la Rusia soviética está claro ante vuestros ojos. Es una necesidad que resulta de la correlación de fuerzas actual no solo para Rusia, sino para el proletariado internacional. Si ahora se plantea la pregunta: bueno, ¿no encierra peligros esta política?, decimos: naturalmente, grandes peligros. El camarada Lenin dice en sus tesis que un gobierno proletario solo puede mantenerse aislado durante algún tiempo.

En nuestros congresos llevamos a cabo un debate animado sobre estos peligros. Contra estos peligros solo vale una cosa: la aceleración de la revolución mundial.

Llego ahora a lo más contradictorio, desde el punto de vista lógico, que hay en la crítica del camarada Sachs y de sus correligionarios. Dicen: estáis aislados, vuestra política encierra para vosotros grandes peligros, que vosotros mismos reconocéis. ¿Qué conclusiones sacáis desde el punto de vista de la política de Estado rusa? Basta con pensar que, si para nosotros se tratara de política de Estado rusa, tendríamos entonces que ser los golpistas que siempre se dice que somos. Recuerdo que, cuando salí de la cárcel en Alemania, me visitó el redactor jefe del *Vorwärts*, Stampfer[^351], y me dijo: «Cuando vi sus expedientes me quedé asombrado; yo creía que usted, como su país está bastante arruinado, había venido a Alemania para obligar a la Entente a ocupar Alemania». Ese mismo punto de vista adoptáis en el fondo de vuestra alma cuando Gorter y Pannekoek nos reprochan que la lucha de marzo fue un golpe. Al mismo tiempo decís que intentamos dar al partido la forma más oportunista posible. Las contradicciones saltan a la vista. Ni somos golpistas ni somos esos oportunistas. Estamos convencidos de que la Rusia soviética difícilmente podría sostenerse si se derrota a la clase obrera. Tenemos el valor de decir, aun a riesgo de ello, que queremos defender nosotros mismos nuestra posición con las manos ensangrentadas, pero que vosotros no debéis perder la batalla, sino extender vuestras luchas de tal modo que podáis vencer de verdad.

**Seemann.** Revoluciones con certificado de garantía no las hay.

**Rádek.** ¡Revolución con certificado de garantía no la hay! ¡Muy cierto! Pero la revolución con el certificado de la derrota segura solo la acepta un buey, ¡y no queremos que seáis bueyes! *(Viva aprobación.)* Cuando en 1919 librabais contra nosotros, en la Liga Espartaco, luchas furiosas, la cuestión estaba planteada así. Decíais entonces que la revolución estaba madura y que solo la Liga Espartaco no lo veía. Se ha visto que no estábamos ante la puerta de la revolución, que no estaba madura. Han pasado dos años y no estamos ante la puerta de la revolución, sino ante la puerta de su antesala. No hacemos más que empezar a formar las luchas, y el adversario tiene interés en destruirnos mientras nos desplegamos. Y os decimos: no esquivéis las luchas que sean necesarias, pero comprended una cosa: cuanto más amplia sea nuestra base, más segura será nuestra victoria. Y por esta razón mi conclusión es esta: las concesiones que hacemos aquí, la política de compromisos que hacemos aquí —y hacemos compromisos con hechos muy duros, y tropieza quien no los ve—, esta política está en interés de la Internacional. Y el interés de la Internacional consiste en movilizar a los partidos con todas sus fuerzas, en prepararlos con todo interés y toda energía para luchas decisivas, pero no en buscar voluntariamente una lucha decisiva sin tener posibilidades de victoria: ninguna póliza, ningún certificado de seguro, pero sí posibilidades de victoria. En este sentido, la política de la Internacional Comunista y la política del partido de la Rusia soviética resultan aleccionadoras, como dijo el camarada Lenin. Hemos aprendido que, si no se examina suficientemente la correlación de fuerzas, solo se perjudica a la causa. Y os proponemos lo mismo que hacemos nosotros: mantener unidas las fuerzas y, luego, cuando uno mismo pueda elegir, golpear cuando haya perspectivas de victoria. Nosotros emprendimos la lucha en condiciones muy desfavorables. A finales de 1918, cuando empezó la intervención de la Entente, emprendimos la lucha, y Trotski, que aquí se ha mostrado tan prudente, Trotski cumplió en esa situación la tarea del revolucionario: organizó con ayuda del partido el Ejército Rojo cuando todavía era débil, en la situación más desfavorable. Pero al mismo tiempo el gobierno había sido capaz de decirle incluso a Wilson: ¿cuántas libras de carne quiere usted de nuestro cuerpo?[^352] Intentábamos ganar tiempo. Cuando fue imposible, luchamos con la fuerza de nuestra confianza en la revolución mundial y con la fuerza de la desesperación, porque sabíamos que en Rusia se sostiene o cae el pilar más fuerte de la revolución mundial. Pero al mismo tiempo intentábamos de nuevo ganar tiempo, y en ese periodo nos encontramos todavía. De ello se desprende una cosa: la política del gobierno soviético y de la Internacional tiene que ser una política que se adapte a las situaciones cambiantes. La consigna es esta: ganar tiempo para organizar la victoria; organizar, como dijo Lenin, no solo leyendo libros, sino organizar sobre la base de las enseñanzas de la vida, en las luchas que la vida nos impone. *(Vivos aplausos y ovación.)*

**Kollontái.**[^353] Camaradas, no tomo aquí la palabra en nombre de la delegación rusa; hablo solo en nombre de una pequeña minoría del Partido Comunista de Rusia. Nosotros, los comunistas, tenemos a nuestro entender deberes más altos que el deber que nos impone la disciplina de partido, y es la disciplina y nuestros deberes hacia toda la Internacional Comunista. He tomado la palabra también para que los camaradas de otros países sepan que hay en nuestras propias filas del PCR cierto número de camaradas que albergan grandes reservas frente a la política actual de Rusia. Reservas por el giro de la política interior de Rusia, y consideramos nuestro deber comunicar estas reservas nuestras a los camaradas de los demás países.

La primera y principal cuestión es si este giro y esta política servirán realmente para consolidar y fomentar en Rusia un nuevo sistema comunista de producción. Como marxistas sabemos, camaradas, que en realidad solo un nuevo sistema comunista de producción da efectivamente la posibilidad de fomentar el desarrollo de las fuerzas productivas, de facilitar el desarrollo de esas fuerzas. Mientras exista el viejo sistema, con sus diferentes escalones y sus diferentes ramificaciones, es decir, el sistema capitalista, no hay posibilidad de expandir las fuerzas productivas, no hay posibilidad de esperar su ulterior desarrollo. Camaradas, partimos de que el sistema capitalista, el orden económico capitalista, ha agotado su vida en el mundo entero; sabemos también que la revolución social está condicionada precisamente por ello, porque o bien perecerá la humanidad entera, o bien la nueva clase ascendente inventará un nuevo sistema de producción que ensanche los marcos de la producción. Así pues, si observamos ahora Rusia, si vemos cómo se configuran aquí las condiciones, tenemos que plantear la pregunta de si este giro de la política interior no conduce al restablecimiento de los viejos sistemas de producción sobre base capitalista. No queremos negar que en Rusia, con la nueva política económica, se ha dado al capitalismo la posibilidad de volver a hacer pie, que existe la posibilidad de restablecer el sistema capitalista en Rusia. La cuestión es si fomentamos la posibilidad, el desarrollo de las fuerzas productivas, el florecimiento de todo el sistema económico de Rusia, al hacer posible el restablecimiento del capitalismo en Rusia. ¿Encontraremos, con este restablecimiento del capitalismo, una salida de la descomposición económica? Consideramos falsa esta concepción. El restablecimiento de la propiedad privada se da en Rusia con la posibilidad del libre comercio. El restablecimiento del capitalismo se ve facilitado por el surgimiento y la confirmación de pequeñas empresas en Rusia, que existen junto a los aparatos de nuestros órganos económicos centrales. Eso es ya la constatación de la posibilidad de una serie de concesiones al capital. Comprendemos, camaradas, que Rusia sigue sin constituir una población homogénea, que tres capas sociales siguen influyendo en nuestra política. La mayoría de nuestra población se compone de campesinos; luego, de la burguesía agonizante, que existe bajo la forma de nuestra burocracia y a la que pertenecen todos esos especialistas que están en relación —no material, por supuesto, sino intelectual— con el capital extranjero; y, en tercer lugar, la fuerza social y la capa social que es la clase obrera.

¿Es realmente la clase obrera la que exige el restablecimiento del viejo sistema de producción en su conjunto, la posibilidad del restablecimiento del capitalismo? ¿Es el proletariado, y no la pequeña burguesía, el campesinado —impregnado de sus viejas tradiciones, de su idea de la propiedad privada, de su amor al pequeño pedazo de tierra que el campesino mira como si fuera de su propiedad—, el que condiciona el nuevo giro de la política económica? ¿No es también la fuerza de los capitalistas extranjeros, que tienen, por así decirlo, sus agentes ideológicos en Rusia y que influyen en nuestra política? El camarada Lenin tampoco niega que ahora hacemos una alianza con el campesinado de Rusia. Pero ¿qué es esta alianza? ¿No es en realidad una concesión colosal de toda nuestra política económica a la pequeña burguesía de Rusia? Y aquí tenemos que decir sinceramente: es una concesión. El camarada Lenin y otros camaradas dicen: sí, pero ¡no hay otra salida! Necesitamos las concesiones para poder resistir; es una salida para el tiempo que tarden nuestros camaradas de los demás países en llevar a cabo la revolución social. Pero precisamente mientras los camaradas de los demás países no lleven a cabo la revolución social, hay una amenaza colosal para Rusia a causa de estas concesiones, sobre todo si este periodo dura algunos años, si la revolución social no estalla con suficiente rapidez en los demás países. Yo estoy convencida de que vendrá más deprisa, pero, si no viene con suficiente rapidez, ¿qué traen consigo estas concesiones? Traen consigo la idea de que los principios comunistas sobre los que se había construido nuestra política no fueron capaces de dar lo que esperábamos. Eso desanima a los obreros. Las concesiones, en cambio, dan a los campesinos la convicción de que son precisamente los campesinos la capa en que descansa toda nuestra prosperidad económica y que, por consiguiente, pueden influir e influirán de hecho, en la práctica, también en la política. En tercer lugar, estas concesiones arrebatan a las masas obreras la confianza en el comunismo. Les quitan la confianza en que los obreros puedan conseguir algo con su propia actividad, en que puedan instaurar un nuevo sistema, el sistema económico comunista, en Rusia. Y tengo mucho miedo de que, si avanzamos cada vez más con todas estas concesiones, lleguemos a que, cuando estalle la revolución social en los demás países, sea demasiado tarde: falte aquí un núcleo de obreros auténtico, firme, proletario y con consciencia de clase en el que pueda apoyarse la revolución. Para entonces el campesinado, por un lado, y la burguesía, por otro, pueden haberse consolidado económica y también políticamente hasta tal punto que los proletarios necesiten de verdad hacer en Rusia otra revolución contra esas fuerzas sociales ajenas para realizar el comunismo. Esta inquietud la tienen muchísimos de nuestros camaradas, y por eso es mi deber abusar todavía unos minutos de su paciencia.

El camarada Lenin ha dicho aquí que no hay otra salida. Y sé que muchos de nuestros camaradas sostienen también ese punto de vista. Pero, camaradas, ¿por qué olvidamos siempre, cuando buscamos la salida, que hay todavía en Rusia una gran fuerza que no se ha aprovechado hasta el final? Y esa fuerza es la fuerza creadora de nuestra clase obrera. Los camaradas dirán: pero la clase proletaria tiene la posibilidad de expresarse. Camaradas, ustedes mismos saben que precisamente en los últimos tiempos esta fuerza creadora se aprovecha demasiado poco. Y si en los primeros años de la revolución las amplias masas de proletarios colaboraron de veras de forma creadora, ahora los obreros se ven cada vez más relegados por una serie de fuerzas socialmente ajenas que en Rusia van ganando cada vez más influencia sobre toda nuestra vida. Es significativo que el camarada Lenin, en sus tesis, conceda tanto peso, para el nuevo florecimiento de la producción, a la fuerza mecánica y a su desarrollo en Rusia, y que no haya dicho en un solo pasaje de sus tesis cómo la clase obrera creadora, esa nueva fuerza viva, actúa en realidad sobre la producción, crea nuevos métodos de producción y la fomenta así. Ni una palabra sobre cómo hay que educar a los obreros para ello, sobre cómo hay que estimularlos a crear un nuevo sistema de producción: a eso no se le da peso. Pero es precisamente la fuerza creadora y viva del proletariado la que crea los nuevos métodos de producción, la que engendra la fuerza productiva. Ahora bien, para que el proletariado pueda crear, tiene que tener también espacio, tiene que tener la posibilidad de expresar su iniciativa. Y esta iniciativa la paraliza cada vez más entre nosotros nuestro sistema actual. Deberíamos pensar en cambiar este sistema, no solo sobre el papel, sino en la práctica, de modo que eduquemos el nuevo espíritu de las masas. Y mientras no lo hagamos, nos veremos siempre obligados a buscar fuerzas ajenas que nos saquen de nuestro apuro. Camaradas, la actitud que tenemos ante la fuerza creadora del proletariado pueden verla en algunos ejemplos. Tenemos ahora mismo un ejemplo que muestra lo poco que nos ocupamos de educar y fomentar realmente la fuerza creadora de la masa. Hay, como saben, camaradas, una gran hambruna en el país en estos momentos. Y, en lugar de intentar atraer a los obreros a ayudar a los necesitados por libre iniciativa, en lugar de darles la posibilidad de organizarse para ello, que es lo que deberíamos hacer en este momento, en este momento se forma en Rusia un comité de ayuda al campesinado y al proletariado hambrientos a cuya cabeza se pone a elementos ajenos y políticamente hostiles, una tal señora Kuskova[^354], una Beatrice rusa. Y lo toleramos, en lugar de poner todo el peso en que los obreros ganen confianza en sus propias fuerzas, y fortalecer con ello también la alianza entre obreros y campesinos. Olvidamos también que, en el momento en que hemos dado este nuevo giro a nuestra política económica, todo nuestro trabajo queda anulado de un plumazo. No debemos olvidar que los obreros ya se habían acostumbrado al nuevo sistema: en lugar del sistema de impuestos, otro sistema que les garantiza que lo reciben todo del Estado. Ese sistema ya lo tienen bien presente. También su psicología, sus concepciones cambian, se habían adaptado al comunismo. Los obreros decían: aunque yo especule, eso es en realidad un delito, y, si lo hago, es solo porque todavía no recibimos lo suficiente de nuestro propio almacén del Estado, porque nuestras raciones siguen sin ser suficientes. Pero empezaban ya a comprender la idea de la propiedad común, del bien común, y eso es una gran conquista, y eso es lo que nuestra revolución ha conquistado y logrado de verdad.

Esta nueva fuerza creadora del proletariado, educar al hombre nuevo que nos ayudará a implantar de verdad el nuevo orden social: esta tarea la olvidamos ahora, la abandonamos, al dar este giro a la política. Con ayuda de este giro, camaradas, quizá sea posible que elevemos por un tiempo las fuerzas productivas en Rusia, pero solo dentro de ciertos límites. Para ello no hay un gran margen en el orden social capitalista. Pero, aunque lo logremos, aunque salvemos temporalmente la producción en Rusia, existe el gran peligro de que al mismo tiempo perdamos con ello la confianza de las masas obreras en nuestro partido. Y por consiguiente creemos que de ningún modo se debe mirar con simpatía esta política, como vemos en muchos camaradas. Al contrario, deberíamos tratar esta política con espíritu crítico, para que los camaradas de todos los demás países, todavía capitalistas, puedan sacar de ello una lección. Lo único con lo que podemos salvarnos es tener en nuestro partido un núcleo fuerte que defienda nuestros viejos y firmes principios, que esté presente en el momento en que estalle la revolución en vuestros países. Y si el giro de toda la política soviética sigue avanzando y si de nuestra república comunista se hace una república no comunista, sino meramente soviética, que entonces esté ahí ese núcleo de comunistas firmes para empuñar la bandera roja de la revolución y ayudar al comunismo a vencer en el mundo entero.

**Trotski.** Camaradas, no tengo la posibilidad de leer con regularidad la *Neue Zeit*, el órgano teórico de la llamada socialdemocracia, dirigido por Heinrich Cunow. Pero de vez en cuando me cae en las manos un número, y precisamente acabo de leer un artículo de Heinrich Cunow sobre la descomposición del bolchevismo, en el que trata la cuestión que ahora está en debate entre nosotros. Formula la cuestión del modo siguiente: ¿cómo evitar el completo hundimiento económico, aumentar la producción industrial y agrícola, asegurar a los obreros, empleados e intelectuales de las ciudades una cantidad de alimentos medianamente suficiente y conjurar el creciente descontento de esos círculos?

La formulación tiene una punta polémica contra nosotros, pero en el fondo es acertada. Luego describe las supuestas tendencias dentro de nuestro partido y dice más adelante: «Trotski, apoyado por Bujarin, Rakovski, Piatakov, Larin, Sholnikov»…

Quién es Sholnikov, no lo sé; quizá una síntesis de Sokólnikov y Shliápnikov[^355]. La camarada Kollontái se ha quedado aquí fuera, al parecer. No sé por qué «y otros comunistas de izquierda».

¡Escuche, camarada Béla Kun: comunistas de izquierda! *(Risas.)* «*y otros* comunistas de izquierda, al examinar esta cuestión, han llegado a la conclusión de que solo puede ayudar una aplicación todavía más estricta del sistema comunista de trabajo. A su juicio, las fábricas, igual que las explotaciones agrícolas, deben someterse a una vigilancia más estricta; las organizaciones económicas todavía independientes deben ser igualmente estatizadas; los campesinos deben ser obligados a entregar su producción excedente a las ciudades necesitadas, y deben endurecerse las leyes contra el estraperlo y la usura con los víveres. En general sería urgentemente necesario que el engranaje económico se disciplinara y se centralizara con más energía, objetivo que solo podría alcanzarse si los obreros dejaran de elegir a los funcionarios de inspección, etc. —pues los obreros eligen con frecuencia a personas que hacen la vista gorda—, y si en lugar de esos funcionarios entraran personas nombradas por las autoridades políticas soviéticas. Para conseguir tal aumento de la producción, Trotski quiere uncir al yugo a los sindicatos y politizarlos, ya que en su mayoría no tienen mentalidad comunista; es decir, ponerlos bajo el control de las organizaciones políticas. Además, se ha de ejercer sobre los campesinos una coacción a producir, declarar el cultivo de los campos “servicio obligatorio al Estado” y obligar enérgicamente a los campesinos a sembrar y entregar determinadas cantidades de los víveres más necesarios. Por otra parte, Trotski combate como anticomunista el arrendamiento de grandes extensiones de tierra a sociedades capitalistas extranjeras de explotación».

En una palabra, tenemos aquí, en este artículo, el retrato político de nuestra amiga Kollontái, solo que bajo el seudónimo de Trotski. Por lo demás, el artículo, como en general todo lo que garabatea este hombre, es la repetición del bernsteinismo más chato de los años noventa. Y esto aparece ahora como la nueva doctrina de la posguerra, este es el alimento intelectual de la socialdemocracia alemana. En Bernstein estaba expuesto de manera mucho más sistemática, más pensada, más metódica que en este señor Heinrich Cunow. No viene al caso. Vuelvo, pues, a la cuestión rusa. No es solo la opinión del señor Heinrich Cunow que tenemos grandes disputas y que yo personalmente pertenezco a la oposición en la cuestión de las concesiones, en la cuestión del cambio de nuestra política económica. Eso recorre no solo la prensa socialdemócrata, sino también la prensa capitalista. Cualquier camarada que sepa aunque sea un poco de nuestros asuntos internos tiene claro que en nuestro partido no hay sobre ello diferencias de opinión serias, salvo un grupo muy pequeño cuya representante hemos oído hoy aquí. Si alguna vez esta cuestión llegó a discutirse en nuestro Comité Central, fue solo en el sentido de si se debían hacer o no tales o cuales concesiones en tal o cual terreno. Es decir, de forma puramente práctica. Y precisamente en esa forma práctica yo estaba de acuerdo con Lenin. Ni el camarada Bujarin ni Rakovski, ninguno de los nombrados, se ha pronunciado nunca por principio contra las concesiones ni contra la nueva política agraria o campesina. Esto caracteriza, pues, muy bien el estado de espíritu de la socialdemocracia alemana. Pues, en la medida en que uno pertenece de verdad a la Internacional —como ocurría también en los mejores tiempos de la II Internacional—, tiene un gran interés en seguir y comprender honradamente lo que ocurre en el partido hermano, aunque esté en disputa con ese partido. Cuando se lanzaba al mundo una mentira sobre el zarismo, se decía que el zarismo tenía las espaldas anchas y que lo aguantaría. Pero al representante teórico de un partido, que debería examinar las cosas con calma, se le podría exigir —no que nos comprenda y nos justifique, Dios nos libre—, pero sí que tenga al menos una idea de las cosas. Pero ni eso tiene.

Así pues, queda establecido que sobre ello no hay diferencias de opinión entre nosotros. Noventa y nueve centésimas sería una modesta delimitación cuantitativa de la mayoría del partido en esta cuestión. Ahora bien, ¿qué hay del peligro que el representante del Partido Comunista Obrero y la camarada Kollontái nos han descrito aquí desde dos lados distintos, él desde el lado del capitalismo de Europa occidental y ella desde el lado del comunismo ruso? La cuestión se discutió también entre nosotros en la comisión económica. Un camarada había intentado sostener que la posibilidad de que el capitalismo se expanda por estas vastas estepas rusas significa también para él, para el capitalismo, el camino, la salida hacia su salvación. Pues bien, el capitalismo solo puede moverse dentro del marco que representan nuestra red ferroviaria, nuestras posibilidades de transporte, nuestras dimensiones, en general toda nuestra cultura económica. No hablamos, pongamos por caso, de la casa Gerngross de Viena, que podría salvarse muy bien a costa de la república soviética si se convirtiera en su proveedora, sino que hablamos del capitalismo.

Si el capitalismo tuviera la posibilidad de restablecer su equilibrio apoyándose en Rusia, el equilibrio en los próximos decenios, eso significaría que no tenemos absolutamente ninguna necesidad de apelar al capitalismo de Europa occidental, porque significaría que somos lo bastante poderosos y fuertes para burlarnos de la cooperación del capitalismo de Europa occidental y norteamericano. Pero las cosas no están así. No somos lo bastante fuertes y poderosos para poder renunciar a la técnica capitalista, que se presenta también en forma capitalista, y tampoco somos lo bastante fuertes y poderosos para dar al capitalismo la posibilidad de curar todas sus heridas con el apoyo de Rusia. Esa es la lógica interna del asunto. En todo caso, los camaradas que temen que el capitalismo pueda fortalecerse expandiéndose aquí tienen que darse cuenta de que entre ese capitalismo que se expande en Rusia y la revolución mundial está la Rusia soviética, y mucho antes de que el capitalismo ruso se recuperara en las estepas rusas y pudiera presentarse así mucho más fuerte, aplastaría nuestra incipiente economía comunista. Es decir, la primera víctima sería, por supuesto, nuestra organización socialista en sus comienzos. Ahora bien, en la comisión dije: sí, pero lo principal sigue siendo que la vanguardia del proletariado tiene el poder en este país, la clase obrera, encarnada política y estatalmente por su vanguardia, y que tenemos que dar concesiones en la medida en que sean útiles a nuestra causa. Ese es el supuesto evidente. Si el capitalismo hubiera vencido militarmente, no habría en absoluto cuestión de las concesiones: la habría resuelto por su cuenta, y entonces no tendríamos ninguna cuestión táctica. Ahora tenemos esa cuestión. ¿Por qué? Porque aquí la clase obrera tiene el poder en el país, es decir, negocia con el capitalismo, tiene la posibilidad de dar concesiones a unos y negárselas a otros, es decir, tiene la posibilidad de combinar, de evaluar todo el campo en su desarrollo económico y en su desarrollo mundial, de sopesar, de pedir consejo, para tomar después su decisión. Así están las cosas.

Y de ahí he sacado la conclusión de que los camaradas de Europa occidental, y también los de América, a los que les entra un miedo real a que el capitalismo pueda recuperarse en Rusia, demuestran con ello que sobrestiman nuestros medios técnicos, y también nuestros medios de transporte, y subestiman nuestra inteligencia comunista. He dicho que la camarada Kollontái, que pertenece a los camaradas a los que se designa como comunistas de izquierda, no había sido nombrada aquí en la cuestión de las concesiones. Pero ahora se ha nombrado a sí misma. Está en su perfecto derecho. Pone la disciplina de la Internacional por encima de la disciplina del partido. No sé, quizá también forme parte de la cuestión de las concesiones el querer presentarse de un modo un tanto exageradamente caballeresco —en este caso no sé la expresión alemana—, quizá como una amazona… *(Rádek: ¡Como una valquiria!)* como una valquiria; dejo la responsabilidad de esta expresión al camarada Rádek *(Risas.)*, al inscribirse la camarada Kollontái en la lista de oradores, ya que entre nosotros es costumbre tratar la cuestión en la delegación, en el Buró, en el Comité Central. Se ha considerado natural que una minoría, aunque muy pequeña y políticamente casi sin peso en esta cuestión, quiera poner su matiz, su tendencia, en conocimiento del Congreso Internacional.

Pero vamos al material del discurso de la camarada Kollontái. Su idea principal es esta: el sistema capitalista ha agotado su vida y, por tanto, no se puede tomar ya prestado de este sistema, históricamente, por así decirlo, nada en provecho propio. Esa era la base. Todo lo demás le sobraba. Eso nos da la medida completa de las concepciones históricas, económicas y políticas de la camarada Kollontái. Es, filosóficamente hablando, una concepción completamente metafísica, que opera con conceptos inmóviles, no históricos, dogmáticos. El capitalismo habría agotado su vida y sería del todo imposible obtener de él algo que pudiera servirnos de ayuda. Pues bien, camaradas, si de verdad fuera así, si el capitalismo hubiera agotado su vida, yo podría decir, si ahora nos ataca un ejército inglés o francés, quizá en el mar Negro: bueno, el capitalismo ha agotado su vida, y cruzarme de brazos. *(Viva aprobación.)* Sí, creo que entonces nos iríamos al diablo, con permiso de la camarada Kollontái. *(Vivos aplausos.)*

Porque el capitalismo no va a preguntar si, según sus conceptos dogmáticos, ya ha agotado su vida, sino que nos matará y nos enterrará con bayonetas fabricadas en sus fábricas capitalistas, por medio de sus soldados, adiestrados por su disciplina capitalista. Y si el capitalismo que ha agotado su vida puede mostrarse tan fuerte como para matarnos y enterrarnos, eso demuestra que todavía es bastante fuerte. Y el hecho mismo de que la camarada Kollontái, que está en la oposición en el partido ruso, se vea obligada a exponer sus opiniones de oposición en un Congreso Internacional que tiene que reunirse en Moscú, es una pequeña prueba de que el capitalismo ha agotado su vida —en el gran sentido histórico, en el de que no puede abrir nuevas posibilidades a la humanidad—, pero de que todavía es lo bastante fuerte como para prohibirnos incluso celebrar un congreso en París o en Berlín. *(Aprobación.)* También eso es un pequeño hecho. Y la técnica capitalista, por ejemplo: ¿qué piensa la camarada Kollontái de una buena locomotora, una honrada locomotora alemana capitalista? Es una cuestión interesante. Sí, me temo que el proletariado alemán, después de haber conquistado ya el poder, tendrá que hacer todavía un par de años sus viajes por el país en auténticas locomotoras capitalistas. Por lo menos dos años más.

Porque tendrá mucho que hacer, y no creo que pueda ponerse a fabricar locomotoras nuevas enseguida, en los primeros meses. Pues bien, camaradas, ¿está permitido —desde el punto de vista de los diez mandamientos de la camarada Kollontái— comprarse una locomotora alemana nueva con la marca de la casa Ebert y Compañía, o no? Esa es una cuestión. Creo que la camarada Kollontái, en esta cuestión planteada tan crudamente, no nos negará el derecho a comprarle una locomotora a Ebert. Y si compramos allí la locomotora, también tenemos que pagarla allí, tenemos que pagarla con oro. Y, camaradas, el oro que va de Rusia a la caja capitalista fortalece esa caja capitalista. Desde luego, ni de lejos en la medida necesaria para pagar las deudas alemanas. Tanto oro, por fortuna, no tenemos. *(Risas.)* Pero, si queremos ser firmes en los principios, no debemos pagar oro a los capitalistas. O supongamos que no pagamos con oro, sino con madera, lo que también es posible. Quizá diga entonces la camarada Kollontái: bueno, el comercio de la Rusia soviética con la Alemania o la Inglaterra capitalistas todavía lo tolero, pero las concesiones ya no. Pero ¿qué significan las concesiones? Para obtener locomotoras tenemos que vender madera. Si no tenemos el número suficiente de sierras y de instalaciones mecánicas, decimos: ahí crece la madera, en el bosque, y el capitalista inglés viene con sus máquinas e instalaciones técnicas para sacarse esa madera y suministrarnos a cambio locomotoras. Así que me gustaría saber dónde empieza y dónde acaba la oposición de principio de la camarada Kollontái: en la compra de locomotoras, en el pago con oro, en el pago con madera o en el pago con madera en forma de bosque. Me temo que la oposición no empieza hasta la tala del bosque.

Luego dice la camarada Kollontái que queremos sustituir en general a la clase obrera por especialistas y otras fuerzas. Las otras fuerzas son los técnicos.

**Kollontái.** ¡Yo no he dicho eso!

**Trotski.** Ha dicho usted que se sustituye la iniciativa de la clase obrera por otras fuerzas, que se obliga a la vanguardia de la clase obrera a dejar el campo a otras fuerzas. Pues bien, esas otras fuerzas son, por un lado, la llamada intelectualidad técnica y, por otro, el campesinado. Que se quiera sustituir por el campesinado está, desde luego, descartado. Pero la clase que tiene el poder en sus manos negocia con el campesinado. En cuanto a los técnicos, es un hecho que también en esta cuestión tuvimos un debate en el partido. Actualmente en el partido solo se perciben los últimos ecos de ese debate. Y quizá el eco, si no el último, sí el penúltimo, ha resonado aquí por boca de la camarada Kollontái. Hablando por principio, camaradas, el proletariado tiene, por supuesto, una fuerza y una iniciativa bastante grandes, y esperamos también que la humanidad entera cambie un poco su rostro por la fuerza de la clase obrera. Pero nunca hemos dicho que la clase obrera posea de nacimiento todas las capacidades para construir la nueva sociedad. Puede crear social y políticamente los supuestos necesarios para la nueva sociedad. Y además: al tomar directamente el poder, puede encontrar las fuerzas auxiliares necesarias y poner esas fuerzas en el lugar que haga falta, al servicio de la economía comunista, para poner así en movimiento toda la maquinaria. Pero nunca hemos dicho que el simple obrero, solo por haberse hecho comunista, posea las capacidades para hacer el trabajo de un técnico, de un astrónomo o de un ingeniero. Y si ahora se designa simplemente a estas fuerzas técnicas con el concepto general de «otras fuerzas sociales», y si el hecho de que pongamos esas fuerzas al servicio de nuestra causa se caracteriza como falta de confianza en la clase obrera, tengo que hacer constar que eso no tiene absolutamente nada que ver con el marxismo ni con el comunismo.

Camaradas, desde el principio empleamos fuerzas técnicas ajenas en el terreno más sencillo que hemos tenido que trabajar hasta ahora, el terreno militar, y por eso tuvimos no pocos roces. El Comité Central cometió no pocos errores y nuestra organización militar chocó a menudo con resistencias. Se decía: ponéis fuerzas técnicas ajenas —con ello se quería decir los oficiales— al servicio del proletariado. Y, sin embargo, se ha visto que, si nos hubiéramos apoyado solo en la energía y el espíritu de sacrificio de nuestros propios camaradas, que sin duda cumplieron su deber en el más alto grado, y hubiéramos dejado de lado la fuerza militar ajena, hace tiempo que habríamos dejado de existir. Eso está muy claro. Los obreros rusos han hecho lo más grande con sus capacidades y su espíritu de sacrificio. Pero también han mostrado una gran iniciativa al ser capaces, aunque estaban atrasados y vivían en un país campesino, una vez tomado el poder, de atraerse a los oficiales por la fuerza, por la propaganda, por nueva fuerza y nueva propaganda, y de ponerlos a su servicio. *(Viva aprobación.)* Teníamos que tener un ejército. Los obreros no tenían experiencia ni conocimientos suficientes, y no podíamos sacar en todas partes y enseguida de entre los obreros a los oficiales. Ahora tenemos ya numerosos oficiales rojos salidos de las filas obreras, casi hasta los puestos más altos, y su número crece de día en día.

Exactamente lo mismo ocurre ahora en el terreno técnico. El hecho de que todavía estemos rodeados por un mundo capitalista nos obliga a las concesiones que tenemos que conseguir en el terreno técnico. Pero tenemos plena confianza en que nuestra clase obrera, que ahora se siente cada vez más miembro de la gran Internacional, resistirá este respiro del capitalismo, este equilibrio inestable que reina ahora y que seguirá todavía un tiempo, y en que durante esta pausa tomará prestadas fuerzas ajenas, medios ajenos, y los pondrá al servicio de su propia causa. Si decimos a los obreros rusos: negociamos con capitalistas extranjeros, pero emplearemos todos los medios para mantenernos sobre nuestros propios pies; si queremos que estos obreros abarquen con la mirada todo el campo y digan: este campo puedo dejárselo en concesión a los capitalistas alemanes y norteamericanos, y a cambio recibo tales y cuales máquinas, ¿es eso falta de confianza en la fuerza de los obreros rusos, del proletariado ruso? Si alguien entre nosotros puede ser acusado de falta de confianza en la fuerza de la clase obrera, no somos nosotros, sino el pequeño grupo en cuyo nombre ha hablado hoy aquí la camarada Kollontái. *(Vivos aplausos y ovación.)*

**Kerran.** Camaradas, me extraña que se hayan inscrito tan pocos oradores para el debate sobre la situación política de Rusia. En la sesión de hoy solo un alemán ha participado en el debate. Personalmente opino que la situación económica de Rusia es bastante más importante que la situación política. Temo que muchos delegados vuelvan a casa con la impresión de que aquí todo está en perfecto orden y no falta de nada. Pero les puedo asegurar que aquí no reina en absoluto la abundancia. Si los delegados se hacen semejante idea de la situación de Rusia, están en un error. Quien quiera conocer la situación real de Rusia no puede limitarse a mirar las cosas por encima. Como tengo la suerte de entender, además del inglés, otras lenguas, he tenido la posibilidad de conocer más a fondo la situación de este país. Y puedo asegurar a los delegados que aquí reina una crisis extraordinariamente aguda. Lo peor del asunto es que esta crisis va a durar, previsiblemente, todavía bastante tiempo.

Según he podido averiguar, las perspectivas de la cosecha de este año en algunas de las regiones cerealistas más importantes de Rusia son extraordinariamente malas, de modo que la crisis económica durará todavía por lo menos dos años. Pero no se trata solo de la cuestión de la cosecha. También la vida industrial de Rusia está de hecho paralizada.

En cuanto a la posibilidad de que Rusia obtenga mercancías del extranjero, opino —y estoy seguro de que nuestros camaradas rusos me darán la razón por su experiencia práctica— que Rusia no está en condiciones de adquirir con oro ni la milésima parte de las mercancías que necesita. Todas las reservas de oro del mundo no bastarían para pagar todo lo que Rusia necesita. Por eso a Rusia le resulta sumamente difícil cerrar acuerdos y obtener concesiones de los capitalistas o dárselas a ellos. En este aspecto, nosotros, los comunistas, podríamos prestar a Rusia servicios importantes actuando como es debido en las cooperativas de nuestros propios países. Poco antes de mi salida de Inglaterra se celebró una conferencia de las cooperativas. Los delegados preguntaron al consejo ejecutivo de la Cooperativa Mayorista de Compras[^356] por qué la cooperativa no había hecho hasta ahora negocios con Rusia. El consejo respondió que con gusto entablaría relaciones comerciales con Rusia, pero que todavía no había logrado llegar a un entendimiento con los rusos. Pero, si se encontrara el camino adecuado hacia esa gente, si se les ofrecieran concesiones, sin duda se podría mover fácilmente a las cooperativas británicas a invertir sumas muy considerables en Rusia. Estoy convencido de ello. La camarada Kollontái nos ha expuesto hoy que las concesiones a capitalistas extranjeros encierran peligros. Pero yo tengo que decir que en este aspecto estoy completamente de acuerdo con la mayoría de los camaradas rusos. La necesidad no conoce ley. Si podéis mover a los capitalistas extranjeros a ayudaros de algún modo, a mi juicio tenéis que hacerlo a toda costa; yo, por mi parte, invocaría incluso al diablo si de algún modo pudiera serme útil. En este aspecto tenemos que atenernos a la realidad. Por eso no puedo reprochar en absoluto a nuestros camaradas rusos que ofrezcan concesiones a los capitalistas extranjeros, tanto más cuanto que todavía no estamos en condiciones de ayudarles.

En Alemania tuve, entre otras, una conversación con Wiegand. Opinaba que el experimento del comunismo en Rusia había perdido el rojo chillón y había tomado un tono rosado, y que por eso la gente decente tenía ahora plena posibilidad de ir a Rusia. Al pasar por Bélgica y Alemania y entrar en contacto con capitalistas de allí, pude observar que todos ellos lanzaban miradas anhelantes hacia Rusia. Creían poder encontrar en Rusia la única salvación. Cada uno de ellos decía: «¡Ay, si pudiera hacer negocios con Rusia…!». Lo mismo he podido observar en Inglaterra, en Bélgica y en Alemania. Cierto multimillonario de Alemania —tengo que admitir que es en cierto modo un idealista— expresó su deseo de viajar conmigo a Rusia, porque el experimento que se hace aquí le interesaba mucho. Creo que lo decía con toda sinceridad. Dijo que estaría dispuesto a poner a disposición de Rusia todo su capital, todas sus empresas, si tan solo viera que el experimento tenía perspectivas de éxito. Para terminar, quiero decir, pues, que en nuestra condición de delegados tenemos que ir más al fondo del asunto. Si llegamos a un acuerdo con nuestros camaradas rusos para enviar aquí especialistas de Alemania, Inglaterra, Francia y otros países, a mi juicio hay que conceder a esos obreros ventajas especiales. En lugar de los rusos, si tuviera la posibilidad de contratar a cien mil especialistas, les daría todo lo que necesitaran, aunque tuviera que ser a costa de cientos de miles de otros. Es sumamente importante que toda la experiencia técnica de los obreros de otros países se aproveche para el bien de Rusia. Porque, si el experimento ruso acabara en fracaso, si los rusos se mostraran incapaces de construir su vida económica e industrial, todos nuestros ideales se vendrían abajo, ya que en ese caso nos sería imposible quebrar la resistencia de la burguesía. Tenemos que demostrar, en primer lugar, que sabemos hacer una revolución y, en segundo lugar, que sabemos levantar un sistema económico e industrial que asegure a toda la población alimento, vestido y techo.

Como me intereso vivamente por Rusia y por los rusos, me gustaría saber qué podemos hacer los extranjeros para ayudar a Rusia a poner de nuevo en orden su aparato económico. Lo he investigado y he comprobado que, antes de la guerra, la mayoría de las empresas industriales de Rusia estaban en manos de extranjeros. Vivían en Rusia unos cuatro millones de extranjeros que dirigían las empresas rusas. La mayoría se han ido de Rusia. Esa es la razón evidente del actual estancamiento económico de Rusia. Los rusos son, desde luego, los mayores propagandistas del mundo, pero en la organización no han dado tan buen resultado. Por eso considero absolutamente imprescindible que los partidos comunistas de los demás países vayan como es debido al fondo del asunto y busquen medios y caminos para ayudar a nuestros camaradas rusos a reconstruir su vida industrial. No quiero hacer ningún reproche a los rusos, pero sí creo que ha habido extranjeros que vinieron aquí y quisieron ayudar a los rusos a levantar de nuevo su vida industrial.

**Hempel** (KAPD). Camaradas, en primer lugar tengo que decirle unas cuantas cosas al camarada Rádek, que al parecer no está presente. *(Interrupción: ¡Está aquí!)* Le digo al camarada Rádek que haría bien en ahorrarse las bromas de identificarnos con los mencheviques, porque esas bromas, repetidas tantas veces, resultan ridículas.

Luego, camaradas, el camarada Rádek nos ha planteado la pregunta, nos ha instado a responder a las preguntas de si la política rusa es justa para Rusia y para la Internacional, y a eso decimos brevemente: si la política interior del PCR es justa, que lo juzguen los propios camaradas rusos. Siempre hemos opinado que la táctica que los camaradas rusos aplican en su propio país es justa. Después de haber hablado hoy *la camarada Kollontái*, oímos que debería ponerse más peso en estimular la iniciativa de los obreros para no tener que hacer tantas concesiones a los capitalistas. Si la situación es como la describe *la camarada Kollontái*, tenemos que decir que ahí hay un error de la política rusa. Lo decimos porque para Alemania y Europa occidental tenemos otra concepción de la dictadura de partido del proletariado. Ciertamente, hemos opinado que la dictadura en Rusia era justa para las condiciones rusas, porque dentro del proletariado no hay fuerzas suficientes, fuerzas suficientemente desarrolladas, y la dictadura tiene que ejercerse más desde arriba. Pero si vemos ahora que dentro del proletariado ruso se manifiestan aspiraciones de un proletariado que quiere también ayudar, que quiere también sostener el desarrollo, entonces hay que apoyar esas aspiraciones, entonces hay que tener en cuenta también ese empuje de abajo arriba, y se tiene así una fuerza que sostiene la dictadura proletaria mejor que el capital extranjero. Si aprovechamos esa fuerza lo más posible, tendremos que hacer una parte menos de concesiones a los capitalistas.

En segundo lugar, pues, hay que examinar la cuestión de cómo actúa la política rusa sobre la Internacional. Aquí decimos, ciertamente, que de momento no podemos ver todavía si es ya completamente falsa. Pero vemos que los preparativos que se están haciendo son falsos, y eso hay que exponerlo.

La cuestión es: ¿son los camaradas de Rusia superhombres, son personas capaces de desprenderse de las circunstancias, o también sus actos están determinados por las cosas que los rodean? Eso es lo que tenemos que observar. No nos guía, pues, el interés de hacer crítica, sino que vemos el error y vemos también que se hace mayor y tiene que hacerse mayor. El camarada Trotski lo dice claramente, y así es, todos estamos de acuerdo: ganar tiempo. Todo depende de que la vanguardia salga adelante, de que superemos este estado de suspensión, como dice el camarada Lenin, de que luego llegue la ayuda de la revolución mundial o de la revolución en algún país. Pues bien, ¿podrá esta vanguardia, podrá este poder estatal sobrevivir a este estado de suspensión? Esa es la cuestión. A una parte de la pregunta respondió Trotski: nos hundimos si no seguimos este camino sencillo, a saber, hacer concesiones a la pequeña burguesía, lo que significa pequeño capitalismo, y al capital extranjero, lo que significa capitalismo de Estado. Es necesario. ¿Quién va a oponerse a que se haga algo que no puede hacerse de otro modo? Pero, si se hace esto, ¿se puede seguir siendo al mismo tiempo comunista? ¿Se será tan firme? Pues bien, quería reducir las cosas a su núcleo: ¿podrá este Partido Comunista sobrevivir a esto durante esta actividad, si dura un año o varios años? ¿Seguirá este Partido Comunista siendo como es hoy? ¿No tendrá entonces un interés mayor, quizá por causas de cualquier tipo, en no llevar la revolución más allá de las fronteras? Porque eso significa una miseria renovada. Si allá, en Alemania, estalla la revolución, y quizá dure un año o más, entonces no podremos ayudar a Rusia. Tenemos que pensar que toda la población, y con ella el partido ruso, se habrá acostumbrado entonces a la reconstrucción, a un periodo de calma, de cierta estabilidad. ¡Es de lo más natural! Esa población se levantará entonces contra el poder estatal dominante cuando las cosas vuelvan a agitarse, cuando cesen las relaciones comerciales, cuando vuelva la miseria. Así está planteada la cuestión. Y, por tanto, eso es una prueba de que en la gran masa hay una necesidad revolucionaria de calma, una necesidad de calma después de la revolución. Eso ya se ha hecho notar ahora. Además, esto influirá en el Partido Comunista. Tiene que tenerlo en cuenta. Pregunto si será lo bastante fuerte para ello.

Además, señalo otra cosa. Sabemos que en todos los países —lo estamos viviendo de nuevo hoy en Alemania—, cuando la economía está arruinada y se encomienda al capitalismo la reconstrucción, eso trae consigo una corrupción enorme. Vemos el estraperlo, que también existe aquí. Hemos oído hablar todavía de no pocas cosas; son cosas que repercuten en el Partido Comunista y contra las que son impotentes incluso hombres tan capaces como Lenin y Trotski. Ese es el mayor peligro. Hay que tenerlo presente. Y por eso decimos que está en interés de la revolución rusa, en interés de la revolución mundial y del comunismo, que no tengamos demasiado tiempo el estado de suspensión. Ya llegaremos. En este asunto nos pondremos casi de acuerdo. Veremos cómo se llega a acelerar las cosas. A los camaradas rusos les falta comprender las cosas tal como se dan en Europa occidental. Los camaradas rusos cuentan con una población como la que tienen en Rusia; los rusos han vivido bajo una larga dominación zarista, son duros y firmes, mientras que entre nosotros el proletariado ha pasado por el parlamentarismo y está completamente contaminado. Allí hay que hacer otra cosa. Allí hay que cerrarle el camino hacia el oportunismo. *(Interrupción: ¡Teoría de Scheidemann!*[^357]*)* ¡Tonterías! ¡No es la teoría de Scheidemann! ¿Desde cuándo quiere Scheidemann cerrar el camino hacia el oportunismo? Se trata de cerrar al proletariado combatiente, a los partidos comunistas, que han de luchar en vanguardia, la escapatoria hacia el oportunismo; y el oportunismo es entre nosotros la utilización del parlamentarismo, es entre nosotros la utilización de las instituciones burguesas en el terreno económico. Y también el intento de emplear las cooperativas de consumo como medio de lucha: es decir, que se ayude a Rusia no con medios revolucionarios, sino con medios del capitalismo, en la medida en que el proletariado dispone de ellos. Sí, camaradas, ¿qué significa eso de que se influye en el proletariado internacional? Si movéis a vuestra cooperativa de consumo a entablar relaciones comerciales con Rusia, ¿hacéis con ello algo por Rusia? No, nada. Las cooperativas de consumo tienen que contar con capitales, igual que cualquier otro empresario. Incluso serán más caras. Eso desvía del camino correcto. Ese es el punto central. La III Internacional tiene que procurar que Rusia no sea apoyada desde fuera con medios capitalistas, sino por el proletariado, con medios revolucionarios. Ahí está el punto. Y eso no se consigue adoptando la táctica que sigue la III Internacional. Exigimos una línea más tajante. Ahí está el quid. *(Risas.)* Los camaradas pueden reírse de ello. También el camarada Lenin se ríe; no podemos remediarlo. Es nuestra convicción sincera. *(Interrupción: El camarada Bujarin responderá por qué nos reímos.)* Reírse puede cualquiera. Señalo una vez más este punto: en Alemania, en todos los países del mundo, a consecuencia del largo desarrollo de la democracia, que no es revolucionaria, los obreros, y con ellos también el gran partido comunista de masas, en el que están todos esos numerosos elementos oportunistas, toman sin más y fácilmente el camino de no emplear medios tajantes, sino de utilizar los parlamentos, los sindicatos y otros medios para ayudar a Rusia. Pero eso no es apoyo, sino rehuir toda lucha. Ahora bien, Trotski dice: ¡salir cuanto antes de este estado de suspensión! Llego con ello al punto siguiente, al peligro que encierra no esforzarse con todos los medios por ofrecer aquí a los capitalistas extranjeros las menores posibilidades de expandirse: si no se vigila con todo rigor y no se deja que los proletarios echen un vistazo para controlar, entonces se verá que la Rusia soviética, a nuestro juicio, se convierte —de un modo muy distinto todavía de lo que piensa el camarada Trotski— en el campo en el que el capital internacional se vuelve a levantar a costa de los tormentos del proletariado internacional; no en la medida en que pueda volver a sanar del todo, pero sí en la de ir tirando a rastras durante un periodo bastante largo. Y hacer imposible este periodo, este desarrollo del capitalismo, eso ha de ser la política de la III Internacional. Y eso puede hacerse mediante el sabotaje en las empresas, mediante el sabotaje de la producción, por el cual no entendemos, naturalmente, la destrucción de los medios de producción, sino la tarea de hacer que el negocio no les resulte rentable a los capitalistas. Esa es la tarea de los proletarios del mundo entero para impulsar la revolución en el menor tiempo posible. Porque bien puede ser cierto también que la revolución nace de la penuria de la población trabajadora.

Así pues, camaradas, lo que tenemos que decir a la III Internacional es que el partido ruso debe reconocer más los peligros y expresarlos abiertamente; entonces los peligros no serán tan grandes. Además, el partido ruso debe ser consciente de que es el suelo de la III Internacional, de que los demás partidos no pueden en absoluto hacerle frente al partido ruso ni intelectual ni materialmente. Y eso se ve en que aquí no puede manifestarse ninguna opinión contra los camaradas rusos. Así pues, eso deben verlo los camaradas rusos, y deben reconocer que, si la evolución misma los obliga a virar cada vez más —digámoslo así— hacia el lado derecho de su política de Estado rusa, tampoco ellos son superhombres, que necesitan un contrapeso, y deben crearse un contrapeso mediante la III Internacional, que acabe con toda táctica de componendas, con el parlamentarismo, con los viejos sindicatos.

**Roland-Holst.** Camaradas, no tenía intención de intervenir en el debate. Pero, como el debate ha tomado este carácter, he pedido la palabra, porque considero un deber mostrar que, en el juicio sobre la política rusa, las opiniones de la llamada izquierda de la III Internacional divergen. Quisiera decir unas palabras sobre tres de los puntos que se han tocado aquí. En primer lugar, sobre el punto que se refiere a la iniciativa de las masas y a las medidas que ha tomado el partido ruso para apoyarse en la iniciativa y en la actividad creadora de las masas. No puedo juzgar con exactitud qué ocurre con las dificultades del momento y con las leyes y nuevas medidas de gobierno, que evidentemente se han tomado bajo la presión directa de esas dificultades. Pero quiero subrayar que, en conjunto, en los años pasados hemos recibido ejemplos espléndidos y nunca vistos de cómo se despierta la iniciativa y la fuerza creadora de las masas obreras y de cómo se mantiene viva esa iniciativa. Si no hubiera sido así, está claro que la república soviética ya no existiría. Si la fuerza creadora de los proletarios rusos no hubiera fecundado una y otra vez los campos de la revolución, todo lo que se ha hecho en la organización de la vida, en la organización de la enseñanza, en la organización del poder militar, no habría sido posible. *(Aprobación.)*

En segundo lugar, la cuestión: ¿están los rusos, está el partido ruso, realmente interesado en que perdure cierto equilibrio, en la estabilización del capitalismo europeo? Si fuera realmente así, sería, desde luego, un conflicto terrible, un conflicto trágico, del que no se podría encontrar salida. Pero yo veo las cosas de otro modo. El partido ruso no está interesado en mantener el equilibrio, sino que está interesado en el más alto grado en el desarrollo de la revolución europea, de la revolución mundial. Si los camaradas rusos nos lo han asegurado repetidamente, podemos dar plena fe a sus palabras, porque concuerdan con todo lo que podemos comprender y pensar con nuestra propia cabeza cuando intentamos abarcar la situación con calma y sin prejuicios. Es cierto que Rusia soviética quizá consiga, a duras penas, arrancar mercancías a la Europa y la América capitalistas mediante las concesiones. Pero, por otro lado, sigue en pie el peligro de que Rusia soviética sea atacada por la Europa capitalista. Por eso Rusia soviética sigue teniendo la necesidad de protegerse contra ese peligro, la necesidad de mantener la organización militar, si no en su volumen anterior, sí en un volumen bastante considerable. Ya lo sabíamos al venir aquí, lo hemos leído a menudo, lo hemos oído de boca *del camarada Trotski*: el militarismo indispensable consume las fuerzas de Rusia soviética en estos momentos históricos en que la economía está tan desquiciada, en que la miseria es tan espantosa, en que Rusia ha vivido por encima de sus fuerzas para mantener su posición, para proteger la revolución mundial, como avanzadilla extrema de la revolución mundial. Por eso es de la mayor importancia para Rusia soviética que la revolución se fortalezca en los demás países. Aunque Rusia reciba quizá durante un tiempo menos mercancías industriales, esperamos con seguridad que la paz le permitirá desmovilizar su ejército y consagrar de todo corazón todas sus fuerzas a la construcción de la economía comunista.

Y ahora unas palabras más sobre el tercer punto, la posición del partido ruso ante la III Internacional. Parece como si Rusia frenara ahora un poco el desarrollo revolucionario. Pero estoy convencida de que es solo apariencia y de que los hechos desmienten esa apariencia. En casa quizá yo también vacilé, pero aquí he oído y visto mucho, he intentado mirar las cosas más a fondo y he llegado a la convicción de que quizá me equivoco. Cuando los grandes jefes de la revolución nos hablan de la necesidad de preparar la revolución bien y a fondo, como también ha subrayado varias veces el camarada Lenin en su discurso de hoy, cuando se vuelven contra los peligros por la izquierda, contra los peligros del putschismo, contra el estallido prematuro de la revolución, ¿por qué lo hacen? ¿Lo hacen por las mismas razones que los oportunistas de Europa occidental, que no quieren ninguna revolución? Todos lo sabemos: lo hacen porque tienen confianza en la revolución, lo hacen porque tienen la convicción firme e inquebrantable de que el capitalismo puede todavía avivarse una vez más, pero ya no puede volver a una vida nueva y verdadera. Eso lo hemos visto en el debate sobre la situación mundial: en la comisión, precisamente los camaradas rusos sostenían que sí, que hay altibajos, pero que estamos decididamente en una línea descendente, es decir, que nos encontramos en el desarrollo revolucionario. Eso debemos tenerlo siempre presente. Solo si juzgamos desde este punto de vista la política rusa y también la política de la III Internacional podremos formarnos un juicio acertado. Y entonces tenemos que constatar: los rusos no están a la derecha, los rusos están a la izquierda, siguen estando a la izquierda. Esta es mi convicción, la que he adquirido aquí en Rusia, y considero mi deber expresarla aquí públicamente. Los rusos, en conjunto, están a la izquierda, porque tienen esa confianza grande e inquebrantable en la revolución. Nosotros, en Europa occidental y central, vivimos en otras condiciones y quizá tenemos aún menos presente esta idea, porque todavía no tenemos la revolución, porque tenemos el capitalismo, porque tenemos que vivir y luchar bajo la presión del poder terrible del capitalismo de Europa occidental. Cuando nuestros revisionistas y oportunistas dicen lo mismo: «Cuidado, nada de ir demasiado deprisa», lo dicen porque no quieren la revolución. Cuando lo dicen los rusos, lo dicen precisamente porque quieren la revolución, porque confían en la revolución, porque saben qué fuerza hay en las masas obreras. Saben que la clase obrera hará la revolución. Si no hoy, en esta mala época, en la época de una prosperidad que quizá empieza, mañana o pasado mañana, pero la hará sin falta. La III Internacional puede ver en este momento, cuando la fuerza revolucionaria es todavía tan escasa en Europa occidental, una contrapartida revolucionaria en Rusia, porque los rusos siguen siendo los polos más firmes de la revolución mundial. *(Vivos aplausos y ovación.)*

**Bujarin.** ¡Camaradas! Quisiera hacer aquí algunas observaciones sobre los discursos de varios camaradas, los representantes del KAPD, los camaradas Sachs[^358] y Hempel. El camarada Sachs ha aducido contra nosotros, como su mejor argumento, lo siguiente: nuestras concesiones y nuestras diversas relaciones comerciales con los Estados capitalistas sostienen el capitalismo en los países de Europa occidental y, por eso, frenan la causa de la revolución. A mi juicio, eso no es cierto, y por las siguientes razones. Primero: nuestra ayuda es cuantitativamente del todo insuficiente para el capitalismo de Europa occidental. La cantidad de materiales que recibimos de los países de Europa occidental queda concentrada en nosotros solos. Lo que exportamos, en cambio, se reparte entre los diversos países del mundo capitalista. Naturalmente, la proporción numérica es mucho más favorable para nosotros que para el capitalismo. El segundo contraargumento es este: este hecho económico va acompañado también del hecho de que se agudiza la competencia política entre los diversos Estados capitalistas. Este argumento no se puede desdeñar. En la medida en que realmente firmamos concesiones, desorganizamos con ello toda la estructura política del capitalismo mundial en su conjunto, lo que tiene también consecuencias económicas, pues toda desorganización política significa también la paralización de la vida económica. Tercero: aquí hay que hacer balance. Si damos algo, en el mismo momento recibimos también algo. Y si queréis valorar este hecho, tenéis que comparar todas sus partes, y entonces comprobaréis enseguida que nos fortalecemos más de lo que ayudamos al capitalismo. Estos tres argumentos bastan por completo para destruir el razonamiento del camarada Sachs.

Paso ahora al discurso de la camarada Kollontái. En la camarada Kollontái —es muy comprensible— se regeneran, en este período de su desarrollo intelectual, todos sus viejos recuerdos mencheviques. *(Risas.)* Y por eso notamos, naturalmente, cosas que suenan casi del todo mencheviques; se nota que aquí hay también cierto contacto con el KAPD. Pero la argumentación de la camarada Kollontái es bastante cómica. Primero establece el diagnóstico y el pronóstico: aquí se está formando una nueva clase de especialistas de la burocracia y de la burguesía. Es una nueva clase, se hará cada vez más fuerte y necesitaremos una tercera revolución contra esa clase. Pero si miramos con lupa esta llamada tercera revolución, nos encontramos con la misma tercera revolución que la de los mencheviques y los socialrevolucionarios. Solo que en ellos la cosa está construida de manera mucho más lógica. Ellos consideran la Revolución de Octubre una contrarrevolución, y, según su concepción, la tercera revolución es la verdadera revolución, la que ha de restablecer la reprimida Revolución de Febrero. Pero la tercera revolución futura de la camarada Kollontái es una revolución proletaria. ¿Qué dice la camarada Kollontái? La clase que realmente gobierna es ya casi ahora la antigua burguesía; luego, enseguida, un salto del reino de la necesidad al reino de la libertad, y una afirmación completamente distinta: que entre nosotros, en realidad, no gobierna el proletariado, ni tampoco esa nueva burocracia, sino el campesinado. Es enseguida otra tesis la que plantea la *camarada Kollontái*. Examinemos ahora esta segunda tesis en su materia. ¿Con qué la fundamenta? Con que hacemos al campesinado grandes concesiones económicas. Camaradas, permitidme presentar aquí una analogía. Imaginaos que tenéis un director de fábrica capitalista y una huelga de los obreros. Bajo la presión de los obreros, el director de fábrica duplica los salarios de los obreros, hace a los obreros grandes concesiones económicas. Y entonces llega la camarada Kollontái y dice: Bueno, ¿y ahora qué? El director de fábrica ha hecho grandes concesiones a los obreros, ha dejado de ser capitalista. Es la misma argumentación. Examinadla lógicamente. ¿Qué significa? Significa una teoría verdaderamente revisionista. Es lo mismo que si se quisiera calificar al gobierno burgués que durante la guerra hizo grandes concesiones a los obreros, y que incluso llegó a necesitar figuras salidas de las filas de la clase obrera que actuaran como ministros, no ya de gobierno burgués, sino de gobierno situado por encima de las clases.

Es el mismo razonamiento. No tiene nada que ver con el marxismo. *(Aprobación.)*

Ahora la tercera cosa: la cuestión del capitalismo de Estado. Cuando el camarada Lenin habla aquí de capitalismo de Estado, no es el mismo concepto de «capitalismo de Estado» que es habitual en Europa occidental. Es algo completamente distinto. En Europa occidental se entendía por capitalismo de Estado, con toda razón, un capital, el monopolio estatal, por parte del Estado burgués. Ese es el concepto puro del capitalismo de Estado. Esto es otra cosa. En el verdadero capitalismo de Estado, el verdadero propietario de todos los medios de producción es la burguesía, representada por su Estado. Entre nosotros hay otras relaciones de propiedad. El verdadero propietario, incluso en las concesiones, es el proletariado. Y ese proletariado arrienda su propiedad a un concesionario capitalista. Las relaciones de propiedad y las relaciones de producción correspondientes son completamente distintas. Es una estructura económica peculiar que, hablando teóricamente, no se puede confundir con el «capitalismo de Estado» habitual en el sentido corriente de la palabra.

La camarada Kollontái —y eso es lo curioso de todas estas críticas— dice que nos amenazan grandes peligros. Su brillante fórmula reza: Tengo mucho miedo. ¿Qué se sigue de ello? Con mucho miedo no se pueden realizar grandes hazañas.

**Rádek.** ¡Pero sí pronunciar un gran discurso!

**Bujarin.** ¿Qué nos ha propuesto? Hemos sustituido, por ejemplo, el sistema de las requisas por el impuesto en especie. Ese fue el comienzo de nuestra nueva orientación. ¿Nos ha propuesto ahora la camarada Kollontái que volvamos al sistema de requisas? ¡No! Sobre las concesiones, el grupo obrero no dijo ni una palabra en nuestro congreso del partido, no adujo ni una palabra en contra. No sé en nombre de qué grupo ha hablado la camarada Kollontái. Creo que ese grupo es muy monolítico: lo representa ella sola. *(Risas.)* Constato que no se ha aducido ningún argumento contra nuestra táctica. No se pueden tomar de verdad por un argumento real las manipulaciones con la fuerza creadora, con el espíritu de la mecánica, y darse por satisfecho con ellas.

Camaradas, Gorter dice en su celebérrimo folleto que el mundo se hunde porque los camaradas rusos no se sitúan en el punto de vista materialista histórico. Ahora comprendemos qué es el materialismo histórico. Es el materialismo histórico de la camarada Kollontái, que ha hablado mucho del espíritu de la creación y de cosas por el estilo, del espíritu que se ríe de las viles condiciones materiales y de la concepción mecánica de la que ha hablado aquí el camarada Lenin.

En fin, creo que lo más deficiente de todo el discurso de la camarada Kollontái es que nadie puede comprender qué es lo que propone en realidad. Se pueden decir muchas cosas, por ejemplo: entre nosotros reina la corrupción, somos malos organizadores, hemos cometido diversos errores. Todo eso es cierto. Pero, camaradas, decid cómo debemos hacerlo. Empleamos todos los medios para remediar esas deficiencias. Pero si tenéis una receta milagrosa tan bonita, no os avergoncéis, dadnos esa receta milagrosa y os lo agradeceremos mucho. *(Risas.)*

En cuanto al discurso del camarada Kerran, dijo con toda razón que debemos aprovechar las cooperativas —y aquí el camarada Hempel tiene toda la razón cuando dice que las cooperativas de Europa occidental están organizadas de forma capitalista—. Pero todo este asunto no va por la línea de la Internacional Comunista, sino por la línea del gobierno soviético. El discurso del camarada Kerran sería un buen discurso si no se hubiera pronunciado en el congreso de la Internacional Comunista, sino en el Comisariado de Comercio Exterior. Se dice: queremos comerciar con los socialpatriotas, pero hacer la revolución con los comunistas. No son en absoluto cosas que se excluyan.

Luego el camarada Hempel nos ha dicho que no necesita valorar si esta política es buena o no para Rusia soviética, que eso es asunto de los camaradas rusos. Precisamente por eso critica en todo su discurso nuestra actitud. Pero nosotros pensamos que es asunto de todo partido comunista inmiscuirse en los asuntos de otro partido comunista para generalizar las experiencias. Es un punto de vista internacional completamente corriente. El camarada Hempel dice que la mayor ilustración de su vida en lo que respecta a la *política rusa* la ha recibido *de la camarada Kollontái* en esta sesión. Y dice además: elevar la iniciativa. Sí, camaradas, podemos gritar mil veces «iniciativa», pero decidnos cómo se eleva esa iniciativa. Hemos probado las conferencias de los sin partido, diversas instituciones, las inspecciones obreras; proponednos algo concreto. Y si no nos lo proponéis, entonces os decimos: camaradas, esto es una crítica sin objeto. Presentadnos algo y entonces bien, lo aceptaremos con el corazón agradecido; pero no armar simplemente un griterío: elevar la iniciativa. Eso lo hemos oído mil veces. Eso es política neutra. Si no enfocáis la cosa de manera práctica, no sirve de nada. *(Viva aprobación.)* Luego el camarada Hempel dijo: si empujáis las capas de abajo hacia arriba, entonces se tiene una fuerza. Y si se tiene una fuerza, no hace falta hacer concesiones al capital. Si por ese empuje de abajo hacia arriba entendéis, por ejemplo, el proceso de ilustración, el proceso de desarrollo de nuestros obreros, entonces debemos dar espacio a esta fuerza nueva y creciente; ese es nuestro mayor deber. Pero a veces se confunde ese movimiento de abajo hacia arriba con algo que vivimos en Kronstadt[^359]. Allí también iba de abajo hacia arriba.

**Trotski.** Pero con el fin de ir de arriba abajo. *(Viva aprobación.)*

**Bujarin.** Y en cuanto al carácter de clase de la lucha con el campesinado, ya he hablado de ello en otra ocasión. Hempel habla ahora también del punto de vista internacional de las concesiones. Estamos interesados, dice, en mantener el buen funcionamiento de la vida económica en Occidente, y por eso no se puede seguir con esta táctica de las relaciones comerciales, de las concesiones. Aquí quizá venga bien una analogía. Esa analogía la utilizó Karl Renner. Dice que los obreros y los capitalistas son conceptos correlativos. El capital no puede existir sin obreros, ni los obreros sin capital. Hay, por tanto, una comunidad de intereses entre el capital y el proletariado. Por eso la revolución es imposible. Naturalmente, hay una comunidad relativa de intereses en cada momento del desarrollo. Pero hay también intereses mucho mayores y más duraderos de la clase obrera, que rompen esa comunidad de intereses. Aquí la situación es la misma. Sería bueno que recibiéramos algo de Inglaterra, pero sabemos bien que el desarrollo del movimiento obrero nos asegura garantías mucho mayores y más definitivas. Los intereses de la revolución rusa son, en el fondo, los intereses de la revolución mundial. Por eso somos la parte más activa de la Internacional Comunista.

Naturalmente, no voy a refutar el argumento que el camarada Hempel ha aducido aquí. Raya en el insulto a la clase obrera alemana: que toda la clase obrera alemana está completamente infectada. Si toda la clase obrera alemana está infectada, ¿qué revolución queréis hacer, queridos amigos del KAPD? Entonces solo podréis hacer una revolución infectada. No sé qué quiere decir eso. Pero, en cuanto a la argumentación del camarada Hempel cuando aboga por el sabotaje, es verdaderamente algo cómico. Dice que debemos hacer que las empresas no sean rentables. Aquí el razonamiento está a la vista. El proletariado debe empeorar la situación económica para revolucionarse a causa de esa mala situación. Así pues, boicot general al mantenimiento de los salarios. Entonces ningún obrero estará contento, pasará hambre, y por eso se sublevará, hará la revolución y echará a toda la sociedad capitalista.

El camarada Hempel dice también que, si entabláis relaciones comerciales con los diversos Estados capitalistas, no podéis ser comunistas. Camaradas, lo mismo podía oírse en tiempos de la Paz de Brest-Litovsk. Se decía: se sientan a la misma mesa con los generales, etc.; por eso se transforman de pronto en generales. Pero sabéis que estamos en una situación mucho más favorable, porque el capital y la sociedad capitalista temen que contagiemos a esa sociedad con el veneno del bolchevismo. A la inversa, quizá también haya peligros, pero no tan grandes. Ya hemos adquirido cierta inmunidad. Ahora, la cuestión es de tiempo: ¿podemos resistir o no? ¿Resistiremos o no? No se puede responder a esta pregunta con seguridad absoluta. Pero para nosotros la tarea principal es ahora ganar tiempo. Y si sucumbimos, eso no quiere decir que también sucumba la revolución de Europa occidental. Tomarán a pecho nuestras experiencias. Pero todavía no hemos sucumbido. En cuanto al discurso del camarada Hempel, en realidad no sé si está en contra de las relaciones comerciales o no. No ha respondido a la pregunta de si está en contra de las concesiones o no. Y esos son los puntos decisivos. Y aquí nos encontramos también con la misma crítica hecha de frases que en la camarada Kollontái. Cuando el camarada Hempel dice que el partido ruso debe ver los peligros, nosotros decimos que vemos esos peligros. Cuando todos los rusos suben a la tribuna y dicen: la relación de clases es tal que, para conservar el poder del proletariado, nos vemos obligados a hacer grandes concesiones al campesinado, ¿qué significa eso? Significa que vemos esos peligros. La lucha por depurar nuestro partido de burócratas ya ha comenzado. En estos días el Comité Central ha decidido expulsar del partido a varios miles, quizá a más de 100.000, bajo el control más estricto de los comisarios. Eso significa que vemos el peligro. Así pues, este consejo del camarada Hempel está muy bien, pero llega algo tarde. Lo que ha dicho no es más que otra expresión del llamado «dictado ruso», una campaña teórica de agitación por parte del KAPD, y con ella se quiere decir: las delegaciones no pueden actuar por su cuenta, son mandadas por nosotros. Esa campaña no tendrá éxito. Y en cuanto a la III Internacional como contrapeso del poder soviético, eso es absolutamente ilógico por parte del camarada Hempel, porque la III Internacional es la antítesis de la Sociedad de Naciones. Pero lo importante es que haya una división del trabajo entre nuestros órganos estatales y la III Internacional como organización revolucionaria independiente de la clase obrera.

En conjunto, debo constatar que toda la crítica que se ha dirigido contra nosotros no es una crítica, sino que consistía solo en frases. *(Viva aprobación.)*

**Presidente Kolárov.** No hay nadie más inscrito en la lista de oradores. Por tanto, queda cerrado el debate. El camarada Lenin tiene la palabra para el resumen final.

**Lenin.** Camaradas, estoy completamente de acuerdo con lo que ha dicho mi amigo Bujarin. No tengo nada que añadir y renuncio, por tanto, al resumen final. *(Grandes risas.)*

**Presidente Kolárov.** Se ha remitido al presidium una resolución sobre la cuestión rusa para someterla al congreso. El camarada Koenen leerá la resolución.

**Koenen.** *Sigue la «Resolución sobre la táctica del Partido Comunista de Rusia», aprobada por el congreso: véase [la página del congreso](https://marxismo.school/archivo/congresos/1921%20III%20Congreso%20de%20la%20Internacional%20Comunista#resolucion-sobre-la-tactica-del-partido-comunista-de-rusia).*

Por el Partido Comunista de Alemania:

Thalheimer. Friesland.

Por el Partido Comunista de Polonia:

Michalak. Gliński.

Por la Internacional Juvenil:

W. Münzenberg.

Por el Partido Comunista de Holanda:

Roland-Holst. J. C. Ceton.

Por el Partido Comunista de Bulgaria:

Kolárov.

PC de Checoslovaquia, sección alemana:

Kreibich.

Italia: (firma).

Bélgica: (firma).

**Presidente Kolárov.** Pasamos a votar esta resolución. Comunico que también la delegación checoslovaca ha entregado por escrito al presidium su conformidad.

**Delagrange.** En nombre de la delegación francesa declaro que también ella aprueba la resolución.

**Presidente Kolárov.** ¿Hay alguien en contra de la resolución? Así pues, la resolución queda aprobada por unanimidad. *(Vivos y prolongados aplausos y ovación.)* Comunico que nuestra próxima sesión tendrá lugar mañana, miércoles, a las 6 de la tarde. En el orden del día figura la continuación del debate sobre la cuestión sindical.

*Se levanta la sesión a las 7 de la tarde.*

## Decimoctava sesión, miércoles 6 de julio de 1921 (8 de la tarde)

*(Continuación del debate sobre la cuestión sindical. Oradores: Malzahn, Misiano, Rwal, Haywood, Brand, Lozovski, Marshall.)*

**Presidente Kolárov.** Tiene la palabra, como primer orador, el camarada Malzahn.

**Malzahn.** ¡Camaradas! El camarada Zinóviev, en su informe sobre la cuestión sindical, declaró con toda razón que la Internacional sindical de Ámsterdam es el principal punto de apoyo de la burguesía. Dijo además que la lucha contra la Internacional de Ámsterdam no es una lucha de tendencias, sino una lucha de clases en el sentido más verdadero de la palabra, y que nuestra tarea es, además, destrozar el nudo que forma la Internacional sindical de Ámsterdam. Estamos plenamente de acuerdo con el camarada Zinóviev también en cuanto a cómo debe regularse la relación con la Internacional Sindical Roja, así como en su posición sobre la abolición de la neutralidad política en los sindicatos. Pero lo esencial, camaradas, es que el congreso tiene que ver con claridad cómo debe librarse esta lucha por la conquista de los sindicatos, para hacer de los sindicatos instrumentos de la revolución social. Y para eso tenemos que mirar atrás. El Segundo Congreso de la Internacional Comunista decidió que es deber de los comunistas llevar a cabo la conquista de los sindicatos mediante la lucha dentro de los sindicatos. Y por eso nuestra tarea es atajar todas las tendencias que se oponen a ello, que quieren apartarnos de ese camino. Pues toda escisión de los elementos revolucionarios respecto de los sindicatos, de las organizaciones económicas de masas, significa sin duda un debilitamiento de nuestra lucha y, con ello, un debilitamiento también de la preparación de la revolución proletaria.

Camaradas, lo inútil de esta escisión puede demostrarse mejor que nada con el movimiento sindical alemán. En la primavera de 1919, según los informes de la Confederación General de Sindicatos de Alemania[^360], teníamos en los sindicatos libres un número de afiliados de tres millones. Desde entonces hasta el año del informe de 1920, esa cifra aumentó rápidamente, de tres millones a nueve millones de afiliados. Si comparamos con esto la Unión Obrera Libre de Gelsenkirchen, el grupo sindicalista, y la Unión Obrera General[^361], tenemos que constatar como un hecho que, pese a toda su propaganda, estas fracciones, estos grupos organizativos, no han conseguido pasar de un total de 300.000 afiliados. Así pues, de un lado 9 millones de afiliados en los sindicatos libres; del otro, pese a toda la traición de los sindicatos, 300.000 en conjunto en la Unión Obrera Libre, en la Unión Obrera General y en los grupos sindicalistas de Alemania. Pero, camaradas, en Alemania hemos tenido que sentir con mucha fuerza el efecto de la escisión en nuestra actividad en los sindicatos. Porque, en primer lugar, no hay un frente unido entre estos elementos revolucionarios, sino que esta lucha escisionista divide el frente de combate de los obreros revolucionarios, y la ventaja y el provecho son únicamente para la Internacional sindical de Ámsterdam, para la ADGB, para la burocracia sindical contrarrevolucionaria. Y a nuestro partido en Alemania se le cuelga de los faldones, de manera muy hábil, la consigna lanzada por estos grupos, la consigna «Fuera de los sindicatos». El Partido Comunista Obrero, que entra en consideración como partido simpatizante de la Internacional Comunista, da precisamente a esta burocracia sindical, con su constante consigna «¡Fuera de los sindicatos!», la mejor propaganda y la posibilidad de hacer frente contra el trabajo sindical comunista. Por eso saludamos la decisión que el congreso ha tomado sobre la cuestión del KAPD. Pero también la experiencia habida hasta ahora en los distintos distritos de Alemania, incluso en los distritos donde las uniones desempeñan un papel más o menos decisivo, donde se han consolidado más o menos, sobre todo en Renania-Westfalia entre los mineros, ha mostrado que no son capaces de librar las luchas necesarias, las luchas económicas, que fracasan por completo en tal o cual medida y que con ello ponen en manos, en primer lugar, del sindicato minero los mejores argumentos contra los comunistas.

El movimiento sindical alemán se encuentra en una crisis. En casi todas las federaciones se registra un retroceso de afiliados. Así, la Federación Alemana de Obreros Metalúrgicos, la organización más fuerte, ha tenido en el último año un retroceso de 100.000 afiliados. El retroceso total en los sindicatos libres asciende a 1 millón. Este movimiento de retroceso se hace notar no solo en Alemania, sino en todo el movimiento sindical internacional. Habría deseado que este problema se hubiera tratado también a fondo en el informe. Este movimiento de retroceso significa sin duda un peligro para la revolución. Por eso nuestra tarea es examinar las causas que conducen a esta pérdida de afiliados en los sindicatos. Después de la Revolución de Noviembre, las masas afluyeron a los sindicatos. Instintivamente esperaban una mejora de sus condiciones de vida. Creían que cumplirían su deber revolucionario si se afiliaban a los sindicatos, que los sindicatos librarían las luchas por las masas. Pero hemos tenido que constatar que no practican una política de lucha activa, que no educan a la masa como una tropa de combate conscientemente revolucionaria, sino que, por su política de comunidad de trabajo[^362], se ven obligados a traicionar toda lucha revolucionaria por el poder, económica o política, y que la masa, todavía presa de la ideología burguesa, se vio decepcionada. Los sindicatos sabotean la lucha revolucionaria, practican la política de comunidad de trabajo, la reforma social, y como los comunistas, en cuanto elemento que empuja hacia delante, quieren desbaratar a toda costa esa política, la burocracia sindical pasa a expulsarlos de las federaciones, a ellos y sobre todo a los dirigentes comunistas. No se aducen los verdaderos argumentos, sino que se dice que los comunistas quieren escindir, destrozar, destruir los sindicatos. La propaganda de las uniones y del KAPD ofrece en esto las mejores posibilidades a la burocracia sindical. El punto de vista del KAPD, que considera el movimiento de retroceso en los sindicatos una ventaja para la revolución, es sin duda radicalmente falso. Porque esas masas que refluyen de los sindicatos no se adhieren a las uniones, sino que vuelven a caer en el pantano de la indiferencia. Eso es un peligro para el movimiento sindical, y por eso es tarea de los comunistas en los sindicatos revolucionar con todas sus fuerzas los sindicatos. Por eso la cuestión sindical es una cuestión vital de la revolución, y la revolucionarización de los sindicatos, una condición previa para llevar a cabo la revolución. Si Bergmann declara que las uniones son necesarias para sostener la economía después de la conquista del poder, Bergmann habría hecho mejor en aprovechar su informe para captar el núcleo interno del movimiento sindical y reconocer que hay que emplear los sindicatos en la conquista del poder político. Es falsa la concepción de que la conquista de los sindicatos tiene que producirse numéricamente, de que el último puesto de funcionario tiene que estar ocupado por comunistas o de que hay que hacer comunistas al menos al 60 % de los afiliados. Sabéis que solo un determinado porcentaje de los afiliados sindicales tiene actividad política. Y es esa parte, la que domina las asambleas y la vida de los funcionarios sindicales, la que hay que conquistar. Ante los ataques de los patronos para oprimir a los obreros, no es difícil desenmascarar a la burocracia sindical por su llamamiento a la política de comunidad de trabajo. Si los camaradas del KAPD retroceden ante la conquista de los sindicatos, quisiéramos saber cómo quieren llegar a la revolución. El congreso mundial y el Congreso Sindical Rojo tienen que establecer una línea fundamental clara para la actividad de los comunistas de todos los países en los sindicatos. *(Viva aprobación.)*

**Misiano**[^363] (PCdI). Debemos prestar la mayor atención a la cuestión que se trata ahora aquí. En la lucha tiene que haber un estado mayor que vea con claridad la situación, que conozca el campo de batalla y que sepa qué armas hay que emplear contra el enemigo. Pero tiene que haber también un ejército compacto y disciplinado que responda en todo momento a todas las exigencias de la lucha. En nuestra organización política internacional, la III Internacional, necesitamos ideas claras. Pero mucho más aún necesitamos un ejército, los sindicatos, que siga nuestro llamamiento cuando llegue la hora de lanzarse a la lucha.

Por eso la consigna, el programa de la III Internacional en la cuestión sindical, debe hacerse lo más claro posible para cada uno.

Las directrices que ha elaborado el Ejecutivo todavía no las tenemos hoy delante. Por eso, de momento, es tarea difícil dar forma concreta a nuestras opiniones sobre los distintos puntos. Solo mañana podremos repasar a fondo cada punto. Así pues, en nuestro examen debemos tener en cuenta, en primer lugar, nuestra experiencia personal y, en segundo lugar, las directrices del II Congreso de la III Internacional. El Segundo Congreso de la Internacional nos ha mostrado cuáles son los puntos fundamentales de nuestro programa en la presente cuestión. En conjunto estamos plenamente de acuerdo con las directrices del II Congreso, sobre todo con el punto que dice que las organizaciones económicas y sindicales deben depender del partido político y que los comunistas tienen la tarea de conquistar los puestos dirigentes en los sindicatos. La cuestión, evidentemente, tiene que plantearse así: si los sindicatos deben poseer cierta autonomía, hay que contar también en cierta medida con la necesidad de una autonomía formal, exterior; pero, en lo esencial, los sindicatos tienen que subordinarse plenamente al movimiento político. Para lograr esta disciplina, debemos apoyarnos principalmente en los miembros comunistas del partido político y penetrar en los órganos dirigentes, en el corazón de los sindicatos.

Debemos esforzarnos por establecer una unidad completa entre las organizaciones sindicales y las políticas; en cuanto la organización política, el estado mayor de nuestro ejército, dé una orden, debemos ser capaces de llevar sin demora al campo un ejército compacto y disciplinado.

Por eso nuestro congreso debe aclarar de una vez por todas el programa de la autonomía formal. Hay que hacer comprender a los obreros que, de ahora en adelante, solo puede haber una única lucha, la lucha definitiva por la revolución de las masas obreras, por la victoria del comunismo.

No debemos quedarnos en las pequeñas luchas de antes de la guerra. Debemos dejar claro que las pequeñas luchas no hacen más que retrasar la lucha definitiva.

No podremos evitar estas pequeñas luchas; pero, a través de estos pequeños choques, debemos pensar siempre en ello y mostrar a los obreros que la gran lucha definitiva es absolutamente necesaria. Solo mediante el derrocamiento revolucionario de la clase capitalista podremos resolver todos estos problemas, pequeños y grandes, de la clase obrera. Por eso entre nosotros no debe existir la menor duda sobre la política de los comunistas en los sindicatos.

También en las pequeñas luchas que nos esperan (en las luchas salariales, en las huelgas por la reducción de la jornada) debemos formular con claridad nuestro programa en oposición al programa de los reformistas y de los socialdemócratas. Pues en Italia (y creo que también en otros países) ha ocurrido a menudo que los comunistas se han comportado en la acción igual que los reformistas, porque les faltaba claridad. Nuestro partido se ha visto varias veces obligado a reprochar sus errores a ciertos comunistas. Pedimos ahora a todos los camaradas, a los rusos como a los extranjeros, que nos ayuden a formular nuestras directrices, para que podamos establecer en adelante la diferencia entre la lucha de los comunistas y la de los socialdemócratas por los sindicatos. Debemos plantear ahora una cuestión que existe en Italia lo mismo que en los demás países, a saber, la cuestión de los consejos de fábrica. En Italia, sobre todo en la ciudad de Turín, hemos reunido en esta cuestión una rica experiencia. En Turín, como también en otras ciudades, hemos creado consejos de fábrica; pero no hemos conseguido dar vida en toda Italia a una organización efectiva de los consejos de fábrica. Las directrices del II Congreso se expresan en este punto con toda claridad. Pero la idea de organizar consejos de fábrica no debe quedarse en el papel. Los delegados que asisten a este congreso, a su regreso a su país, deben hacer todo lo posible por fundar consejos de fábrica en las fábricas y en todas partes donde haya masas obreras. Porque estos consejos de fábrica tienen la mayor importancia para la lucha contra el burocratismo de los viejos socialdemócratas, que hoy se han hecho fuertes en casi todos los países en los sindicatos, en las organizaciones económicas. No podemos compartir la opinión del KAPD de que los sindicatos son lo principal; sostenemos la opinión de que los consejos de fábrica son el medio más acertado con cuya ayuda podemos combatir a los sindicatos. Debemos ganar los sindicatos para nosotros y, para alcanzar ese objetivo, los consejos de fábrica tienen que ayudarnos enérgicamente.

Desde las empresas podemos emprender la lucha contra los socialdemócratas y echarlos de los puestos dirigentes de las organizaciones económicas.

No debemos limitarnos a hablar de los consejos de fábrica, sino que debemos procurar que se creen en todos los países, en todas las regiones. No quiero detenerme más en esta primera cuestión de las directrices, ya que mañana la examinaremos con más detalle. Además, no tiene sentido volver a exponer el asunto a los delegados que en el II Congreso de la III Internacional votaron la resolución sobre esta cuestión.

Pido perdón por referirme un momento a la situación italiana. Debemos ver con claridad cómo está nuestra lucha común en el mundo entero; debemos librar esta lucha de manera unitaria en los distintos terrenos.

Tenemos en Italia grupos comunistas que trabajan en organizaciones políticas. Actúan entre los obreros en las empresas y tienen la tarea de dirigir la agitación y las luchas sindicales. Hemos creado grupos comunistas por todas partes. En este terreno todavía nos queda trabajo por delante. Pido al congreso que, con la autoridad de nuestra organización mundial, favorezca la consolidación de los grupos comunistas y les infunda la fuerza de voluntad necesaria para continuar nuestro trabajo.

Sabéis que la Confederación General del Trabajo italiana está dirigida por reformistas y socialdemócratas. En el II Congreso visteis a nuestro D'Aragona y a otros que están a la cabeza de las grandes organizaciones de la Confederación del Trabajo. Los comunistas de Italia hemos emprendido una lucha encarnizada para derribar a los reformistas, y los hemos vencido. Todavía tenemos que resolver una gran cuestión, a saber, la situación de los partidos políticos, para que los comunistas italianos tengan la posibilidad de hacerse con la Confederación del Trabajo. Debemos desenmascarar definitivamente la política ambigua de los socialpatriotas y socialdemócratas italianos, que oscilan entre Turati y Serrati, para dar a las masas revolucionarias de Italia la posibilidad de emprender el camino hacia la Internacional Comunista. Hay que inculcar a las masas obreras de Italia que la III Internacional es una organización mundial verdaderamente revolucionaria y que todos los que todavía permanecen fuera de esta organización no son revolucionarios, o son solo supuestos revolucionarios a los que hay que desenmascarar, porque por sus actos son contrarrevolucionarios; creen ser revolucionarios desde la mesa de su despacho. La Confederación del Trabajo ha sido un fuerte baluarte de la burguesía contra nuestro movimiento comunista. Debemos declarar aquí que los comunistas italianos están a la altura de su tarea y no permitirán —como ocurrió en Livorno[^364] y en el II Congreso de la III Internacional— que se adopte una posición que deje mucho que desear en claridad y en firmeza. Para ganar a las masas obreras de los sindicatos para la lucha revolucionaria, debemos romper con los reformistas de doble lengua y con los falsos maximalistas, que son los peores enemigos de la causa del proletariado mundial.

Debemos deciros, camaradas, que en el Congreso de Livorno consideramos necesario ir en adelante con la III Internacional. Los reformistas, sin embargo, tenían miedo de que el Partido Socialista Italiano pudiera quedarse en la III Internacional. Como tenían la mayoría de su parte, empezaron a trabajar por la organización de un partido del trabajo (*il partito del lavoro*). Pero abandonaron su propósito cuando vieron que la gran mayoría de los socialistas italianos quedaba fuera de la III Internacional. La Confederación del Trabajo ha emprendido una lucha encarnizada contra los comunistas para echarlos de las empresas, de los puestos de secretario en los sindicatos. Ahora la Confederación va de la mano de los burgueses y de los capataces en el boicot a los comunistas que realizan el trabajo de organización.

Debo mencionar además que en el último congreso de la Confederación del Trabajo se aprobó, sobre esta cuestión candente, una resolución que declara que la Confederación permanece en el buró sindical de Ámsterdam, pero quiere venir a este congreso para ver si le sería posible adherirse a la Internacional Sindical Roja, que va de la mano de la III Internacional. Los camaradas rusos, a quienes incumbe la dirección del movimiento obrero, y los camaradas extranjeros que discutirán esta cuestión en el congreso sindical no deben olvidar, por tanto, que esos dirigentes de la Confederación del Trabajo que vienen aquí a discutir la cuestión de la situación internacional de los sindicatos rojos son los peores reformistas, que en el mundo entero actúan del modo más encarnizado contra las organizaciones comunistas revolucionarias. Hay que tener cuidado de no caer en la trampa que se esforzarán por tender a nuestros camaradas comunistas. Los revolucionarios italianos se sienten de arriba abajo solidarios con los camaradas italianos y con Rusia soviética. Precisamente por eso los reformistas italianos y los falsos maximalistas se esfuerzan por entrar en relación con Moscú y con la Internacional Comunista, para conservar su dominio sobre las masas obreras. Debemos prevenir este intento, que tiene un carácter verdaderamente contrarrevolucionario. Debemos tratar a estos señores como se merecen.

Y ahora, camaradas, como se me ha acabado el tiempo, quisiera hacer una breve declaración. La Confederación del Trabajo italiana tiene la culpa de que hayan brotado las organizaciones contrarrevolucionarias, como, por ejemplo, la de los fascistas. Los reformistas, que se mantenían en el punto de vista de la defensiva frente al ataque de la burguesía y de la Guardia Blanca, tienen la culpa de ello. Si los comunistas han sido perseguidos, si no han tenido fuerza para llevar hasta el final la lucha contra la burguesía, han sido de nuevo los reformistas los que han tenido la culpa. Hoy hemos leído en los periódicos que otros 15 obreros comunistas han sido asesinados en Grosseto por los fascistas y los burgueses. Creo expresar el sentir de todo el congreso al manifestar nuestro pesar y nuestra simpatía por estas víctimas.

Pido disculpas al congreso porque quiero ocupar todavía unos minutos para llamar vuestra atención sobre el hecho de que los reformistas italianos se esfuerzan ahora por transformar los sindicatos, de organizaciones de resistencia, en organizaciones cooperativas. Tenemos aquí ante nosotros un fenómeno que puede trasplantarse fácilmente de Italia a los demás países. Los sindicatos pueden transformarse fácilmente en organizaciones cuya única actividad consista en comprar ropa blanca, sombreros y botas para vendérselos a los obreros a precios baratos. Así vemos, por ejemplo, que la federación de obreros textiles de Italia no se ocupa desde hace meses de otra cosa que de la compra de ropa blanca y prendas de vestir para los obreros. En lugar de luchar contra la burguesía, se limitan a competir con los fascistas en este terreno.

Pensad ahora, camaradas, qué nuevo instrumento de lucha reciben así en sus manos las organizaciones de Ámsterdam que actúan contra el movimiento revolucionario de nuestras organizaciones políticas dentro de los sindicatos.

Tenemos además en Italia una llamada unión sindical[^365]. Está fuera de la Confederación del Trabajo. Hemos hecho todo lo posible por llevar a esta unión sindical a entrar en la Confederación del Trabajo, para que todos los obreros estuvieran agrupados en la misma organización. Recibimos como respuesta que los anarquistas y sindicalistas que están a la cabeza de esta unión no aceptan. Están contra la dictadura del proletariado y contra el comunismo y no quieren adherirse a nuestra organización. No hay que hacerse ilusiones sobre esta organización. No es más que una manifestación estéril e impotente de ciertos elementos obreros.

Termino ya, camaradas. Debemos tener ideas claras sobre esta cuestión. Debemos establecer un programa definido que tenga en cuenta las decisiones del II Congreso de la Internacional Comunista y la experiencia que hemos adquirido. Esto nos dará la fuerza y la claridad de visión que necesitamos para emprender la lucha definitiva y llevar a la clase obrera a la Internacional, al comunismo.

**Rwal** (Alta Silesia). Sobre la cuestión de los sindicatos quisiera recordar que el trabajo que tenemos por delante será el más difícil en un país como, por ejemplo, la Alta Silesia o algunas regiones de Checoslovaquia, donde no se puede formar un frente unido del proletariado, donde el proletariado está mezclado, cosa que, evidentemente, aprovechan la burguesía y toda la contrarrevolución. Tenemos muchísimas experiencias que pueden convencernos de que, sobre todo en esas regiones, tenemos que ser muy activos en los sindicatos, es decir, no podemos dispersar nuestra actividad en esos sindicatos, polacos y alemanes, tal como los tenemos en la Alta Silesia; tenemos que situarla en un solo punto de vista y tratar, con gran esfuerzo, con todas nuestras fuerzas, de conquistarlos y formar así un frente unido de la lucha de clases. Camaradas, en Alemania, donde hemos adquirido tantas experiencias en el trabajo sindical, donde es tan difícil conquistar los sindicatos, donde la burocracia sindical es hoy un puntal de todo el capitalismo, no es, con todo, tan difícil conquistar los sindicatos como entre nosotros, en la Alta Silesia. En cuanto al papel de la burocracia sindical, de los llamados bonzos sindicales, quisiera subrayar aquí lo siguiente: si gentes como Noske[^366], el antiguo dirigente sindical, después de haber salido de los sindicatos y de ponerse a la cabeza del gobierno socialburgués para asesinar a la clase obrera, si gentes como Noske se han marcado para siempre en Alemania, la cosa no ha llegado tan lejos como entre nosotros, donde los dirigentes sindicales siguen a la cabeza de los sindicatos y, al mismo tiempo, a la cabeza de la contrarrevolución. Y con ocasión de los últimos acontecimientos vemos cómo los dirigentes de los sindicatos polacos, los más fuertes entre nosotros —solo la Unión Profesional Polaca cuenta con más de 120.000 obreros organizados; los llamados sindicatos con consciencia de clase, con más de 60.000 afiliados organizados—, cómo los dirigentes de estos sindicatos entran en un comité ejecutivo de la insurrección polaca[^367] y firman con el señor Korfanty, el jefe de la insurrección, un ucase que significa la sentencia de muerte para los obreros en huelga. Eso hacen los sindicatos polacos. Pero, por otra parte, lo mismo hacen los sindicatos alemanes, los camaradas de Noske, y vemos que, en el mismo momento en que los sindicatos polacos se lanzan contra la clase obrera, los dirigentes de los sindicatos alemanes entran en un llamado comité ejecutivo que se formó al otro lado del Óder, en la Alta Silesia, y actúan junto con la Orgesch alemana contra toda la clase obrera. Algunos dirigentes sindicales alemanes se unieron al general Höfer y participaron en la movilización de la Orgesch. Durante todo el período del plebiscito, tanto los sindicatos alemanes como los polacos no solo sabotearon el propio movimiento obrero, sino que actuaron directamente como agentes del imperialismo alemán y polaco.

Camaradas, en la Alta Silesia tenemos también sindicatos revolucionarios, y quisiera destacar aquí especialmente, en la Alta Silesia, una unión que cuenta con unos 20.000 obreros. Evidentemente, estos 20.000 obreros son revolucionarios: son los únicos proletarios con consciencia de clase que en estos últimos días, terribles para nosotros, se han mantenido en el terreno de la lucha de clases y no han entrado en el ejército de la Orgesch. Ahora se plantea la cuestión de si para el ulterior desarrollo revolucionario, para la lucha, será necesaria la unión, una organización que existe también en Alemania, que tiene en Alemania un punto de apoyo. Digo, sobre la base de las experiencias que hemos hecho en nuestra región, que es superflua. Evidentemente, no podemos dispersar nuestras fuerzas, que allí son tan débiles, en todos los sindicatos. Es decir, no podemos dispersar nuestras fuerzas revolucionarias sindicales en la Confederación General de Sindicatos de Alemania, en las uniones profesionales polacas o en los sindicatos polacos del PPS, o en los sindicatos sindicalistas, que también existen allí. Tenemos que decir por fin cómo vamos a organizar a los obreros en los sindicatos, en las empresas. Y por eso hasta ahora la cuestión se resolvió así, porque no era posible de otro modo. Y nosotros, en la Alta Silesia, hemos dicho que fue un error lanzar hace dos años la consigna «¡fuera de los sindicatos!». El error condujo a que las mejores fuerzas salieran de verdad y no pudieran influir en absoluto en los acontecimientos de lucha posteriores; se quedaron aisladas. No podemos prever el desarrollo posterior, y si el camarada Malzahn dice que en los últimos años hemos visto que un millón de obreros sindicados se han dado de baja, el hecho de que eso no haya conducido a un movimiento revolucionario más amplio y de que ese millón no haya venido a nosotros ni se haya organizado en las uniones es una prueba de que el movimiento sindical se encuentra ahora, en conjunto, en retroceso. Y las experiencias nos enseñan que tenemos que conquistar los sindicatos, porque sabemos muy bien que sin la conquista de los sindicatos no podemos librar ninguna lucha decisiva, que sin los sindicatos no le es posible a la clase obrera ir definitivamente contra el orden capitalista. Por eso tenemos que practicar también la política de entrar en los sindicatos y desarrollar nuestras organizaciones dentro de los sindicatos. Como prueba de lo fuertes que son ahora los sindicatos, debo repetir aquí que durante todo el período del plebiscito, es decir, casi año y medio, los sindicatos alemanes y polacos fueron los verdaderos instrumentos, no de la lucha revolucionaria, sino de la política imperialista de la Polonia burguesa y de la Alemania burguesa. Los dirigentes sindicales y los sindicatos, polacos y alemanes, en lugar de librar la lucha de clases, en lugar de luchar contra la rebaja de los salarios, contra el llamado séptimo turno, se han ocupado todos solo de luchas nacionalistas, y no solo en el terreno de las ideas, sino en la práctica. Las uniones profesionales polacas organizaron organizaciones obreras militares para un eventual golpe insurreccional, pero más aún para la lucha cotidiana contra los obreros revolucionarios. Y lo mismo hicieron los bonzos sindicales alemanes: durante todo ese tiempo fueron puntos de apoyo de la Orgesch. Ahora vemos, camaradas, que en los últimos tiempos —quisiera aprovechar esta ocasión para estigmatizar a los grandes dirigentes de la federación sindical de Ámsterdam—, en la Alta Silesia, donde el movimiento podía transformarse en un movimiento revolucionario, los obreros de algunas minas, donde se habían organizado de forma nacionalista, decepcionados al cabo de unas semanas, izan en algunas minas la bandera roja, y al mismo tiempo los bonzos sindicales, la burocracia, han liquidado la insurrección junto con la burguesía. Más aún: el presidente de Ámsterdam, Jouhaux, y sus camaradas vinieron expresamente a vernos para calmar a los obreros que se estaban haciendo revolucionarios con la mentira de que la cuestión de la Alta Silesia se resolvería supuestamente de manera favorable para la clase obrera y de que cada obrero debía volver a la mina y deponer las armas. Aquí quisiera subrayar una vez más que en las luchas venideras mantenemos el punto de vista: «¡a los sindicatos!», conquista de los sindicatos por los consejos de fábrica revolucionarios. *(Vivos aplausos.)*

**Haywood** (América). En primer lugar quisiera corregir las tesis del camarada Zinóviev en el pasaje donde se dice que desde el final de la guerra el número de afiliados de las uniones sindicales ha aumentado precisamente en los Estados Unidos; al leer estas tesis se podría creer que los malos tiempos y el paro han empujado a los obreros de los Estados Unidos a las uniones. Eso no corresponde a los hechos. En realidad, el número de afiliados de la Federación Americana del Trabajo ha disminuido notablemente. En los malos tiempos la Federación Americana del Trabajo (*American Federation of Labor*) no puede crecer. Su refuerzo dependió de la guerra y de muchas condiciones ligadas a la guerra. El mayor aumento de afiliados en el menor tiempo lo vimos durante la guerra, cuando el gobierno instó a todos los obreros ocupados en los astilleros, en las fábricas de municiones y en la industria de guerra propiamente dicha a afiliarse a la Federación Americana del Trabajo. Ojalá pudiera mostrar a este congreso, en los 10 minutos que se me conceden, lo que es la Federación Americana del Trabajo. Cada trozo de argamasa que se empleó en su construcción está hecho con la sangre del asesinato de Haymarket[^368]. Espero encontrar en el futuro ocasión para exponer la historia de esta llamada organización obrera, que no es otra cosa que socio e instrumento del gobierno y de la clase capitalista. La Federación Americana del Trabajo, por medio de su comité ejecutivo, presentó a la asamblea de Denver, celebrada el mes pasado, el siguiente documento singular:

«Los obreros organizados de los Estados Unidos no deben dar ningún paso que pueda interpretarse como un apoyo o una aprobación del gobierno soviético de Rusia. La asamblea ejecutiva de la Federación Americana del Trabajo, en su informe anual, que aquí se ha de completar, advirtió a la Federación, en una larga declaración que se presentará a la asamblea anual de Denver, contra el gobierno soviético, que no puede valer como representante del pueblo ruso, y declaró que ese gobierno es hostil al movimiento sindical.»

En las tesis del camarada Zinóviev hay dos apartados que es urgente discutir y que esta conferencia tiene que tomar seriamente en consideración. Son los apartados 5 y 6 del párrafo 1, donde se habla de la necesidad del trabajo en organizaciones revolucionarias y del apoyo a las pequeñas células revolucionarias de cada país; aquí tenemos que remitirnos a la organización de los «Obreros Industriales del Mundo» (*Industrial Workers of the World*) de los Estados Unidos de América. Insisto en ello porque sé que en la delegación americana hay elementos que están por la Federación Americana del Trabajo, elementos que desean liquidar la IWW. Camaradas, los Estados Unidos han intentado durante 15 años liquidar la IWW. Cada institución capitalista por separado, todas las instituciones capitalistas unidas y la prensa de los Estados Unidos lo han intentado. Ahora estos sindicalistas de las uniones han tomado otro camino: han venido a Moscú para conseguir, si es posible, que la Internacional Roja dé al buró del Partido Comunista la instrucción de liquidar la IWW. ¿Y por qué? Porque no contamos con tantos afiliados como haría falta. Citan como ejemplo el crecimiento de la Federación Americana del Trabajo y dicen de nosotros, los miembros de la IWW:

«No llegáis a nada, no sois más que un puñado». Mienten, no saben nada de la IWW. La IWW es una organización de enorme importancia para el obrero revolucionario de los Estados Unidos. Esta organización contó entre sus miembros, primero, a la Federación Occidental de Mineros y, más tarde, a los «Caballeros del Trabajo» (*Knights of Labor*), que fueron expulsados por la Federación Americana del Trabajo durante el proceso por el asunto de Haymarket, cuando la prensa capitalista quería matar a esa organización, y el viejo borracho y libertino Sam Gompers aprovechó la ocasión para colar a los obreros de los Estados Unidos la Federación Americana del Trabajo.

Se acusó a la IWW de estar por la salida de los obreros de las uniones sindicales. Pero tampoco eso es verdad. Miles de miembros de la IWW pertenecen también a la Federación Americana del Trabajo. Pero la IWW es una organización revolucionaria. Insiste en la necesidad de destruir el sistema del trabajo asalariado. Reconoce la lucha de clases. No menos de 30.000 de sus miembros han sido detenidos y encerrados en las cárceles. Muchos han sido asesinados. Han sido calumniados, difamados y humillados. No hay ningún periódico capitalista en los Estados Unidos que se atreva a decir la verdad sobre esta organización, la IWW. La IWW está formada por hombres y mujeres que se han propuesto destruir el orden capitalista, y estará en primera fila en la lucha de clases. Ya lo ha demostrado. Ha sido atacada y denigrada por la Federación Americana del Trabajo. Pero cada vez que la Federación Americana del Trabajo ha ido a la huelga, la IWW ha apoyado a los obreros. No hago, por supuesto, responsable a toda la organización, a las masas que están detrás de la Federación Americana del Trabajo, de las bribonadas de un Sam Gompers; pero sabemos que hombres como él no son los únicos elementos reaccionarios de la Federación Americana del Trabajo, y aunque se consiga desenmascarar a los dirigentes de esta organización, todavía no habremos llegado a la raíz del mal. Esta venalidad, esta habilidad para sacar a los capitalistas aquí y allá una ganancia extra, no está extendida solo entre los dirigentes, sino que llega hasta los agentes más insignificantes. Toda la organización está corrompida. Los comunistas reconocen en todas partes la necesidad de las organizaciones industriales. Precisamente aquí, en Rusia, son necesarias. La revolución rusa no la ganaron los comunistas, sino los obreros, pero esa clase no estaba organizada en Rusia desde el punto de vista industrial; el resultado podéis verlo ahora. Han librado la lucha de clases hasta el final, han vencido en la guerra civil. Siguen luchando bajo la dictadura del proletariado; pero, como no están organizados económicamente, la industria rusa está casi del todo paralizada. Reconozco el gran trabajo de desagüe que se ha llevado a cabo en el distrito minero de la cuenca del Don. Tengo en cuenta los 4 años de guerra, los 3 años de conflictos de toda clase por los que ha tenido que pasar este gran país, pero estoy convencido de que a Rusia le sería mucho más fácil volver a levantarse si los obreros rusos hubieran recibido la misma formación económica revolucionaria que los miembros de la IWW. Esta organización ha emitido 800.000 carnés de afiliado; el delegado ante la Internacional Roja es el representante de 80.000 a 100.000 afiliados. Estamos organizados en seis secciones, que a su vez se dividen en uniones industriales, de modo que la IWW abarca todas las clases de trabajo. Algunas de estas uniones industriales tienen la preeminencia, pese a las intrigas y maquinaciones de la Federación Americana del Trabajo y de la clase capitalista. La IWW ha tenido que sostener muchas luchas duras en los Estados Unidos. Ha estado expuesta a tantas ofensas y ha hecho tantos sacrificios como ninguna otra organización. Libró la huelga del acero en McKees Rocks[^369] y es la única organización que puede jactarse de haber derrotado al trust del acero. La IWW organizó la huelga del norte de Canadá y consiguió mejores condiciones para los obreros. Dirigió la huelga textil de Lawrence y obtuvo un aumento salarial del 25 al 30 % para los obreros no cualificados. Ninguna otra organización puede jactarse de ello. Dirigió la huelga de los obreros de la industria de la seda de Paterson y luchas por la libertad de expresión en casi todas las ciudades de América. Hemos luchado con tanta honradez que todos los estados, salvo uno solo, han dictado contra nosotros, la IWW, leyes antianarquistas, y, sin embargo, la IWW ha conservado su gran importancia, aunque cientos de sus miembros languidecen en la cárcel y también yo tengo que vivir aquí en Rusia como refugiado. Estoy aquí por la misma razón por la que los rusos tuvieron que abandonar en su tiempo su gran y gloriosa patria, cuando todavía el zar se sentaba en el trono en esta sala.

La IWW posee una gran imprenta en la que se imprime literatura revolucionaria. Tenemos locales, almacenes y hoteles cooperativos en el oeste de los Estados Unidos, sobre todo allí donde están reunidos los obreros finlandeses. Y ahora oímos aquí, en la Internacional Roja, voces que hacen agitación por la liquidación de la IWW; esas gentes no comprenden lo que significa para la revolución poseer un grupo revolucionario, un núcleo en el que se puede confiar, que ha mostrado en su desarrollo que está maduro para la revolución, que puede estar a la altura en la lucha de clases y en la guerra civil, que sabe apreciar plenamente el significado de la dictadura del proletariado. Ese núcleo es la IWW. Y por eso quisiera convencer al congreso de la Internacional Roja de que no apoye ninguna resolución dirigida contra la IWW.

**Brand** (Polonia). Quisiera dirigir unas palabras a los sindicalistas de Francia, España y otros países que asisten a este congreso. Camaradas, habéis venido aquí para trabajar con nosotros por la liberación del dominio capitalista, por la liberación de la clase obrera. Sabemos que en la cuestión de la relación de los partidos con los sindicatos tenéis opiniones distintas de las nuestras, pero ninguno de vosotros ha subido a la tribuna para exponernos su posición. Quisiéramos oír la opinión de personas autorizadas. Os pedimos, por tanto, que hagáis uso de vuestro voto consultivo y nos expongáis aquí vuestros puntos de vista.

**Lozovski.** Camaradas, yo no soy sindicalista revolucionario y lamento no poder situarme en su punto de vista. En lo que se refiere a la cuestión del sindicalismo revolucionario, que el camarada Brand acaba de tratar, podemos citar un documento publicado en *L'Humanité* del 21 de mayo: la declaración del Comité Central del Consejo Sindical Revolucionario. La declaración empieza así: «El Comité Sindical Revolucionario proclama la plena independencia y autonomía del sindicalismo francés y las pone fuera de toda duda».

Aquí está toda la filosofía del sindicalismo: la completa independencia y la autonomía.

Se trata, pues, de establecer: ¿independencia respecto de quién y autonomía con quién? Cabe preguntarse de qué se trata en estas fórmulas de independencia y cómo se entiende el concepto de autonomía. Se trata de oponer la idea que excluye a los comunistas del trabajo común a la que aspira al objetivo común mediante la colaboración de comunistas y sindicalistas. Se trata de oponer las orientaciones del movimiento comunista a otra idea, a saber, la que el sindicalismo revolucionario considera suficiente para llevar a cabo la revolución social y construir la sociedad futura. Ese es el sentido del sindicalismo revolucionario. Pero hay que saber si para la lucha que libramos en Inglaterra, Alemania y Francia basta con tener un movimiento obrero independiente del comunismo. ¿Es eso posible siquiera, o no? Quiero demostraros con hechos que la fórmula que procede de la sagrada Carta de Amiens[^370] de 1906 está ya muy anticuada y que sería hora de corregirla a fondo. Al proclamar la independencia y la autonomía del movimiento sindical decimos con ello que hay dos movimientos que corren paralelos, pero que no aspiran al mismo objetivo. Decimos con ello que hay un sindicalismo que quiere sustituir al comunismo y, además, otro más; que hay dos movimientos paralelos que mantienen sin duda buena vecindad y se saludan, para separarse acto seguido. Pero ¿es posible en la lucha social que el proletariado se divida en dos organismos, que tenga dos almas, una sindicalista y otra comunista? ¿Es posible que un organismo cualquiera impregnado de comunismo sea completamente autónomo? He preguntado a nuestros camaradas sindicalistas: si hay dos organizaciones paralelas, ¿hay que tender un puente entre ellas? Contestan: un puente no, una pasarela, y además no firme, para que no se pueda cruzar. Si por alianza estrecha no entienden más que una pasarela, el sindicalismo será derrotado, igual que el comunismo. Porque la burguesía solo puede ser vencida si se dan las condiciones previas de la victoria y de la unidad: unidad de objetivo, de acción, de voluntad y de lucha. Pero las ideas que defienden nuestros camaradas sindicalistas van todas en contra de la victoria de la clase obrera.

Los camaradas sindicalistas van por mal camino: dentro de pocos meses tendrán que reconocer que los partidarios de la Carta de Amiens están contra nosotros y harán bloque con la gente que está con los reformistas. Pero la Carta de Amiens no es solo la consigna del C. C. R., de los Jouhaux, etc.; también Merrheim y otros proclaman en todas las esquinas que están por la Carta de Amiens. También los comunistas sindicalistas montan el mismo caballo de batalla. Sabéis muy bien que estas dos tendencias, el sindicalismo reformista y el sindicalismo revolucionario, se enfrentan en el movimiento obrero como enemigos de clase. Es curioso que los dirigentes sindicales hablen siempre de la Carta de Amiens y no adviertan que sus enemigos, bajo la misma bandera de la Carta de Amiens, procuran estrangular el movimiento sindicalista e imploran a Dios por la salud de la sagrada Carta de Amiens.

Camaradas, en esta lucha encarnizada el comunismo y el sindicalismo tienen que ir de la mano. Si no van juntos, irán el uno contra el otro. Esta es la única alternativa. Os convenceréis de ello en vuestro propio país. Para demostraros ahora que en la política internacional no se puede oscilar entre la II y la III Internacional, quiero contaros un pequeño episodio de las negociaciones entre la Confederación General del Trabajo italiana y el representante oficial del Buró sindical de Ámsterdam, Oudegeest. Oudegeest se fue a Milán y la Confederación del Trabajo lo recibió de la manera más cordial. Según cuenta Oudegeest, la cálida acogida que le dispensaron los representantes de la Confederación italiana del Trabajo lo conmovió en grado sumo. Camaradas, dijo, no debemos dejar que nos dividan discrepancias teóricas. Tenemos que entendernos en el terreno de la práctica. Así que Oudegeest estaba profundamente conmovido. Cito este ejemplo para mostraros que entre el Buró sindical de Ámsterdam y la Confederación italiana del Trabajo no hay más que diferencias teóricas.

Pues bien, otro ejemplo más. Como sabéis, camaradas, en España reina el terror blanco. Hace unos días supimos que habían asesinado allí a cierto número de sindicalistas. Día tras día, por orden del gobierno, se asesina allí en masa y de la manera más cruel a obreros revolucionarios. Hasta al Buró sindical de Ámsterdam le parece que la cosa pasa de castaño oscuro, y escribe al gobierno español una carta en la que dice textualmente:

«El Buró Sindical Internacional desea recordar al gobierno de Madrid que se ha adherido al punto 13 del Tratado de Versalles, que confirma solemnemente el reconocimiento de la organización sindical; que ese gobierno estuvo representado en la Conferencia Internacional de Washington y, por medio de su representante, el vizconde de Eza,[^371] se adhirió a los acuerdos que, por el Tratado de Versalles y la Sociedad de Naciones, ratifican y ponen en vigor los principios de la libertad y de los derechos del trabajo; que el gobierno español tiene a su representante, el vizconde de Eza, en el consejo de administración de la Oficina del Trabajo, y que la función principal de esa oficina consiste en velar por el respeto de los derechos de los obreros y por el cumplimiento de los acuerdos internacionales».

En ese tono amistoso trata la organización de Ámsterdam al gobierno español, que es el causante de semejantes atrocidades. Se le dice: tú has firmado, sin embargo, el famoso Tratado de Versalles, en el que se habla de la libertad de los obreros. Y después de dirigir Ámsterdam tan melosas palabras al gobierno español, su representante se va a Italia y dice: obreros italianos, fuera las querellas teóricas, tenemos que ponernos de acuerdo sobre cuestiones económicas y de otro tipo.

Pongamos todavía otro ejemplo. La Federación Americana del Trabajo está completamente satisfecha de la actuación revolucionaria del Buró sindical de Ámsterdam. Pero no: para Gompers hasta la Internacional de Ámsterdam es demasiado revolucionaria. Le reprocha haber publicado un manifiesto en el que se declara que esta Internacional revolucionaria ha retirado su confianza a Appleton.[^372] Jouhaux, Mertens[^373] y otros escriben entonces a Gompers: pero, querido Gompers, ¿cómo se te ocurre que somos revolucionarios? Y sobre la cuestión de Appleton dicen: pero escucha, nosotros no tenemos realmente la culpa de que Appleton tuviera que irse; es que en el congreso de Portsmouth le pasó un pequeño percance. Los tradeunionistas ingleses se expresan así: «Eso no ocurrió en absoluto porque seamos demasiado revolucionarios, sino porque los 8 millones de afiliados a los sindicatos organizados en el Comité Parlamentario de las *trade unions* de su propio país le retiraron su confianza». ¡Ya veis, pues, que solo son discrepancias teóricas, abstractas, las que separan a Ámsterdam de Moscú! Así que los representantes de Ámsterdam se dirigen a la Confederación italiana del Trabajo, donde no solo los reciben con bonitos discursos de bienvenida, porque seguramente Oudegeest no fue a Milán solo por los discursos. Fue allí para entenderse con la Confederación del Trabajo sobre cuestiones prácticas de colaboración. En una palabra, tenemos aquí delante una segunda edición de la novela de Washington. Los representantes de la delegación de la Confederación italiana del Trabajo dicen: queremos esperar a que vuelvan nuestros delegados de Moscú. Todavía no saben si estarán con Moscú o con Ámsterdam. Están entre dos haces de heno: Moscú y Ámsterdam. Todavía no saben hacia dónde quieren dirigir sus pasos. Envían delegados a Moscú y esperan a que se abra la puerta para poder negociar con el señor Oudegeest.

Ahora os pregunto, camaradas: ¿es esta política de neutralidad una política de independencia, de autonomía? No, seguro que no. ¿Eran los sindicalistas revolucionarios independientes, autónomos, en sus acciones comunistas? Tomemos la famosa Carta de Amiens, elaborada en 1906. Pregunto ahora a los viejos sindicalistas, a los miembros del partido italiano: ¿era acaso la Confederación italiana del Trabajo,[^374] después de la Carta de Amiens, neutral frente a toda la escuela de la autonomía? No, estaba con los anarquistas. Los dirigentes anarquistas escribían para todos los órganos de la Confederación del Trabajo; se invitaba a redactores anarquistas. ¿No es verdad acaso? No tenéis más que ver *La Voix du Peuple*,[^375] ver toda la literatura de la Confederación italiana del Trabajo desde 1906. Afirmo que nunca fue neutral, porque la neutralidad es una imposibilidad, no existe en la realidad. Solo está en la cabeza de los dirigentes, que quieren encubrir con ella su posición contra la neutralidad y su oposición a ciertos conceptos y al verdadero comunismo. Ese es todo el sentido que podemos descubrir en esta teoría de la independencia y la autonomía.

En lo que se refiere a la Carta de Amiens, los camaradas nos reprochan que nos hemos quedado atrás. Eso me sorprende. Pregunto a los sindicalistas revolucionarios que quieren hacer la revolución: ¿se ha hecho algo, aparte de la Carta de Amiens, en el periodo de 1906 a 1921? Se ha hecho la guerra mundial, y nosotros, por nuestra parte, hemos puesto en marcha la revolución social. ¿No ha cambiado el mundo entero? ¡Pero la Carta de Amiens sigue en pie, inquebrantable, para siempre! Eso es incomprensible. Pero es una táctica que se esconde tras la autonomía y la independencia; no es otra cosa que el miedo a que alguien de fuera ocupe el terreno, se apodere del movimiento sindical y destruya las organizaciones obreras. Es una falta de confianza en la propia fuerza, en uno mismo. Eso es lo que está en la base de toda la teoría.

En la Carta de Amiens se dice: «En lo que se refiere a los individuos, el congreso reconoce en consecuencia la plena libertad de los afiliados a los sindicatos para participar, fuera de la agrupación corporativa, en las formas de lucha que correspondan a su concepción filosófica o política. El congreso solo les pide que no introduzcan en los sindicatos las opiniones que profesan fuera de ellos».

Camaradas, esto es un disparate, son bagatelas disparatadas, como dice un gran escritor ruso. ¿Se le puede pedir a alguien que no traiga consigo sus concepciones? ¿Podéis acaso tener dos concepciones, una fuera y otra dentro de los sindicatos, una en el partido y otra en los sindicatos? Tenéis dos bolsillos: en uno lleváis concepciones comunistas, en el otro socialistas. Cuando estáis en los sindicatos, sacáis de un bolsillo las concepciones adecuadas, como quien saca una mercancía de un armario determinado. Camaradas, me resulta incomprensible, y me pregunto cómo este gran movimiento sindicalista, esta gran revolución, no ha enseñado a los camaradas en los quince años de su existencia que es imposible llevar semejante doble vida. Porque no se le puede decir a nadie: deja a un lado tus propias concepciones. Dios mío, yo no puedo ir al sindicato sin opiniones. ¿Qué quiere decir eso?

En lugar de remitirse una y otra vez a la Carta de Amiens, a mi juicio ya es más que hora de elaborar una carta nueva. Tenemos para ello los documentos necesarios, tenemos hechos, tenemos revoluciones; en una palabra, poseemos todo el material necesario para levantar un edificio nuevo.

No se puede vivir eternamente de esta pequeña Carta de Amiens. Hay que levantar un edificio nuevo, que responda a las exigencias actuales. Por eso hasta la consigna de la Carta de Amiens es errónea y no dará ningún resultado. El movimiento de las masas os obligará a elaborar otra carta, no una Carta de Amiens, sino una que responda a las exigencias de la época.

Y ahora, al último párrafo de la famosa y sagrada Carta de Amiens: «Pedimos que los individuos no vengan a nosotros con sus propias concepciones; pero en lo que se refiere a las organizaciones, el congreso declara lo siguiente: para que el sindicalismo alcance la mayor eficacia posible, la acción económica debe dirigirse directamente contra la patronal; las organizaciones confederadas, en cuanto agrupaciones sindicales, no tienen que ocuparse de partidos y sectas, que fuera y al margen pueden perseguir con plena libertad la transformación social».

A ciertos grupos se les da la posibilidad de actuar libremente. ¡Qué complaciente la Carta de Amiens!

Camaradas, ¿se trata acaso de si esos grupos pueden o quieren actuar? No. Se trata de unir los esfuerzos de las organizaciones que tienen el mismo objetivo. Si en Francia hacéis de la «independencia y autonomía» la base de vuestra organización, tengo que deciros que dais un paso atrás. Si echáis a los reformistas, si los arrojáis por puertas y ventanas, dais un paso adelante. Pero si proclamáis la autonomía y la independencia, dais dos pasos atrás, porque vuestra concepción es errónea. A los defensores de la independencia y la autonomía les dicen los Jouhaux y compañía: «En cuanto a la Carta de Amiens, ya estamos de acuerdo».

Esto me recuerda la época en que estuve en Alemania. Cuando llegué, me contaron que el gobierno se componía de independientes y de socialistas mayoritarios. Durante una semana independientes y mayoritarios se rompieron la cabeza sobre cómo podían apañar un programa cualquiera. Al final se dijeron: «Formemos un gobierno de cinco miembros sobre la base del programa de 1891».[^376] Me temo, camaradas, que seguir cavilando sobre la Carta de Amiens es una táctica sumamente peligrosa. Os lo digo con toda amistad; vemos todas las dificultades que existen en Francia, el estado de ánimo de los obreros, la traición de los dirigentes del partido. Los dirigentes del partido que han traicionado a los obreros se llevan como buenos compañeros con los dirigentes del sindicalismo; se los puede meter a todos en el mismo saco. Pero no se trata de los dirigentes, se trata de la orientación del movimiento. Este congreso y la acción que llevamos a cabo en cada país tienen que impulsar una acción rectilínea y vigorosa. Vuestras consignas no sirven para nada; lo que decís solo lleva a la confusión, de la que tenemos un ejemplo en la Carta de Amiens.

Termino ya con la Carta de Amiens y espero que también vosotros acabéis pronto con ella. Y ahora, unas palabras más sobre la cuestión de los sindicatos, la Internacional Comunista y el KAPD. Los camaradas del KAPD tienen su propia Carta de Amiens. Consiste en que hay que destruir los sindicatos. ¡Sí, esos sindicatos! A su cabeza están los bandidos, los reformistas. Hay que prender fuego a la casa, abandonarla y construir una pequeña cabaña que albergue exclusivamente a los justos. Es verdad que entonces no tendremos diez millones; pero cincuenta mil estarán con nosotros y harán con nosotros la revolución.

Esta concepción no solo es errónea, es directamente contrarrevolucionaria. ¿Por qué? Porque los sindicatos son por su naturaleza organizaciones de masas. En Alemania tenemos diez millones de obreros en los sindicatos. Si hay obreros revolucionarios honrados que dicen: «No queremos tener nada que ver con esos 10 millones, no los queremos, porque somos mejores que ellos», nosotros les decimos: «Nunca haréis la revolución, porque no oléis la pólvora de la revolución. No sentís cómo hay que hacerla, y nunca la llevaréis a cabo, porque hay que estar donde están los obreros. Si en el templo obrero hay mercaderes, hay que expulsarlos. Pero prender fuego por eso al templo sería lo más estúpido que se puede hacer». Los sindicatos son creación nuestra. Cuando decimos que queremos conquistar los sindicatos, no se trata de las cajas ni de los edificios, sino de las masas obreras, de su mundo de ideas. Mientras no tengáis masas en vuestra organización, no haréis la revolución. Desde este punto de vista, nuestros camaradas franceses han mostrado que el programa de los camaradas del KAPD es completamente erróneo.

Nuestros camaradas franceses tienen ya de su parte a casi la mitad de los obreros organizados; dentro de pocos meses tendrán la mayoría. Y eso solo porque van con los obreros. Y si tienen de su parte a los obreros, tienen también a los sindicatos, porque es la clase obrera la que forma los sindicatos.

Tenemos que condenar de la manera más resuelta la concepción que pone a los obreros en contra nuestra: «¡Cómo!», se dice, «hemos creado los sindicatos con un trabajo de largos años, hemos sacrificado decenios a construirlos, y ahora se han colado bandidos…». Pues bien, tenemos que ganarnos a las masas organizadas, echar a los bandidos, y con eso asunto concluido.

Si las masas revolucionarias de Alemania adoptaran la consigna de la destrucción de los sindicatos, la evolución convulsiva de Alemania no haría con ello sino prolongarse; habrá una sacudida enorme. Siempre reinará la escisión entre la izquierda, y eso retrasará la revolución no solo en Alemania, sino en el mundo entero.

Si consideramos ahora nuestras formas, nuestros métodos y nuestros objetivos, tenemos que decir: no, camaradas, no puede haber dos líneas paralelas, como en las escuelas o en los cuarteles. Tenemos que avanzar en filas cerradas, para llegar más deprisa al objetivo. Tenemos que unirnos más estrechamente, tenemos que ponernos de acuerdo en las ideas y en la táctica. Solo entonces podremos llevar a término la revolución social. La autonomía y la independencia, en cambio, van contra los intereses de la clase obrera y de la táctica revolucionaria. Retrasan la realización de la revolución y de la dictadura del proletariado.

**Marshall** (América). Camaradas, en nombre de la delegación americana tengo que aclarar dos ideas que quizá os hayáis formado de manera no del todo exacta. En primer lugar, sobre la delegación del partido americano al II Congreso, de la que se ha dicho repetidamente que padecía la «enfermedad infantil del radicalismo»,[^377] y, en segundo lugar, sobre el discurso que pronunció aquí hace unos minutos el camarada Haywood.

Es verdad que, en lo que se refiere al primer punto, la delegación del partido americano mostraba el año pasado algunos síntomas de esa infección, una infección que era el resultado de la práctica del movimiento revolucionario en América durante los últimos 26 años.

La concepción de que era imposible reformar las federaciones sindicales, de que sus formas eran contrarrevolucionarias y de que ni siquiera innumerables sindicatos serían capaces de ayudar a los revolucionarios a arrastrar a los obreros a la acción revolucionaria, se convirtió allí en consigna, y esta herencia de 26 años de propaganda influyó en el joven movimiento comunista de América. Después del II Congreso, aun antes de que las tesis llegaran a América, los camaradas americanos no se cerraron a la necesidad de hacer las elecciones en contacto con las grandes masas obreras y de ganar para sí una parte esencial de esas masas.

Lo que hemos visto es que la práctica de 26 años de separación de los revolucionarios respecto de las federaciones sindicales no ha dado buenos resultados. Hemos visto que el número de revolucionarios que se separaron fue como mucho de 10.000 y que su salida de las federaciones sindicales volvió todavía más reaccionarios a esos órganos de la lucha de clases. Otro hecho importante abrió los ojos de los camaradas americanos sobre la posición errónea que habían adoptado: la consigna que lanzaban tanto el movimiento sindical revolucionario como el reaccionario. Hablamos del revolucionario William Haywood y del reaccionario Samuel Gompers, que querían ambos lo mismo, a saber, que los revolucionarios salieran de las federaciones sindicales. Pues bien, es evidente que, si el revolucionario llega a la misma conclusión que el reaccionario, algo no cuadra.

Ahora vemos que de ese espíritu queda todavía algo, y de ello se ha jactado hoy aquí el camarada Haywood. Exige que la primerísima condición de la revolución sean las federaciones sindicales revolucionarias, o incluso las industriales, y llega a sacar la conclusión de que la revolución en Rusia habría tenido mucho más éxito si la IWW, o más bien el espíritu de la IWW, hubiera estado aquí. Saca la conclusión, todavía mucho más peregrina, de que no fueron los comunistas los que hicieron la revolución y vencieron, sino la clase obrera en general. Pues bien, no queremos discutir este hecho, porque al fin y al cabo fue la clase obrera en su mayoría; pero fueron los comunistas los que impregnaron a la clase obrera y la llevaron adelante y hacia arriba, a la revolución y a la instauración definitiva de la dictadura proletaria. Nosotros y el camarada Haywood, de la IWW, hemos llegado a la conclusión de que, al fin y al cabo, no es la forma, sino el espíritu y la comprensión de las masas obreras lo que hace la revolución, y de que, como se ha dicho, no es la forma la que crea la revolución, sino la revolución la que crea las formas.

Hemos comprendido y reconocido demasiado bien las posibilidades revolucionarias de la IWW; de lo contrario podríamos aportar toda una serie de pruebas de que esa posición de la IWW no le impidió ser enemiga de la Rusia de los soviets, o por lo menos no le impidió permitir a sus redactores, y no a uno solo, sino a varios, denigrar a la República soviética de Rusia. Podría destacar un pequeño episodio para mostraros qué espíritu reinaba entre los miembros de la IWW, esa organización revolucionaria, cuando en una ocasión apareció en *Solidarity*[^378] un artículo contra la dictadura del proletariado en el que se señalaba que Rusia no era un Estado de la clase obrera. ¿Y por qué? Porque a los obreros no se les permite ir libremente de un sitio a otro, buscar libremente un empleo donde les convenga, libertad que en América se garantiza a los obreros, siempre que encuentren otro trabajo en alguna parte. Pues bien, nosotros, los comunistas, hemos pensado que no puede ser la forma la que impida a una organización ser revolucionaria, sino que, al contrario, es el espíritu revolucionario el que capacita a los obreros para derribar todas las formas que se les ponen en el camino.

Paso ahora a la cuestión de la liquidación de la IWW. A nosotros, o más bien a los delegados de la Internacional de los Sindicatos Rojos, se nos ha acusado de querer llevar a cabo la liquidación de la IWW, o al menos de contribuir a ella. El camarada Haywood os ha dado algunas cifras. Yo también quisiera daros algunas. Ha intentado demostraros que la A. F. of L.[^379] disminuye en solidez y en afiliados, mientras que las fuerzas de la IWW aumentan. Quisiera señalar que, según las cifras que da la A. F. of L. en sus informes anuales, en 1918, después de la guerra, la A. F. of L. contaba 2.726.478 afiliados. En 1919 el número subió a 3.260.068 afiliados. En 1920 había aumentado a 4.078.740, mientras que en 1921 bajó a 3.906.528. Las cifras del primer año después de la guerra mostraron un aumento de 533.000; el aumento del segundo año fue de 818.600, y el último año registró una pérdida de 172.000 afiliados.

Esto da un aumento neto de 1.280.000. Pero este aumento del número de afiliados no puede tomarse en modo alguno como prueba de que el espíritu revolucionario de la A. F. of L. haya crecido también. Conocemos los lados oscuros de la A. F. of L. Sabemos que la corrupción campa a sus anchas en la A. F. of L. Solo queremos dejar constancia del hecho de que ha crecido incluso después de la guerra. Por otra parte tenemos la IWW, que existe desde hace 15 o 16 años y que, según sus informes oficiales, cuenta 15.674 afiliados. Creo que tengo derecho a establecer el número de afiliados sobre la base de las cuotas, y la cifra mencionada se ha sacado de esa base. Naturalmente, estas cifras no pueden considerarse absolutamente exactas; esa cifra se obtuvo dividiendo el total de las cuotas pagadas por el importe de 25 centavos que tiene que pagar cada afiliado. El paro y otras causas influyeron en la caída de los pagos de los afiliados, lo que no ha de significar también un descenso del número de afiliados; pero algo influye ahí. En todo caso, puede suponerse que en este momento la IWW no tiene más de 25.000 afiliados, más bien menos que más. Se os ha dicho que la IWW es una unión industrial. Pido disculpas por entrar más a fondo en este tema, ya que en realidad no está en el programa; pero como el camarada Haywood solo lo ha tocado de pasada, y solo ha hablado de la IWW y no del unionismo, tengo que permitirme hablar de ello.

Esta organización misma está dividida en organizaciones industriales y puede representarse simbólicamente como una rueda en la que cada radio significa una industria determinada y una sección determinada.

Pues bien, la propuesta consiste en que, en las secciones de determinadas industrias donde la IWW no tiene una influencia marcada, los revolucionarios tensen con todas sus fuerzas su energía para trabajar en y por medio de las federaciones y sindicatos; pero en las secciones de la industria donde no ejercen su influencia más organizaciones que la IWW, como por ejemplo en las industrias del metal, de la madera, agrícola y de la alimentación, donde la mayor influencia está del lado de la IWW y las demás organizaciones no tienen casi ninguna, en esas secciones los revolucionarios, los comunistas, tienen que concentrar toda su energía. Ese debería ser el centro y la base de la organización. Ese es el programa que han presentado algunos camaradas que fueron delegados ante los sindicatos.

Se me ha acabado el tiempo y tengo que terminar. Solo quiero decir para concluir que los comunistas de América han aprendido que es imposible empujar a los obreros a acciones revolucionarias creando organizaciones nuevas que garanticen en sí mismas el objetivo revolucionario. Hemos aprendido que no es la forma, sino el espíritu y el celo lo que hay que llevar a las organizaciones ya existentes, a las organizaciones de las fábricas, minas y talleres; hay que convertirlas en bases de acciones revolucionarias. Los verdaderos revolucionarios y comunistas pueden trabajar mucho mejor si no se separan de las masas, si siguen siendo parte inseparable de ellas, si trabajan en interés de la revolución, si les muestran por medio de ellas que «no todo va bien en el Estado de Dinamarca», si les muestran la táctica pura de la revolución para cada organización.

¡Abajo las barreras de estas formas insuficientes de organización! Cread otras que sean de verdadera utilidad, que se conviertan en dirigentes de la revolución y que lleven a la clase obrera de América adelante, hacia el mismo objetivo que los obreros de Rusia: ¡hacia la dictadura del proletariado!

**Presidente Kolárov.** Levanto la sesión de hoy. Próxima sesión, mañana por la tarde a las 6.

*Orden del día: continuación del debate sobre la cuestión sindical; organización juvenil; organización del secretariado femenino.*

*(Se levanta la sesión a las 11 y tres cuartos de la noche.)*

## Decimonovena sesión, jueves 7 de julio de 1921 (7.30 de la tarde)

*(Continuación del debate sobre la cuestión sindical. Oradores: Landler, Ries, Rice, Morgan, Hurwitsch, Torralba Beci, Kolárov, Tommasi, Bell, Leo Pivio, Marković. — Declaración de la delegación noruega.)*

**Presidente Gennari.** Sobre la cuestión de los sindicatos hay todavía trece oradores inscritos. El presidium ha decidido conceder primero la palabra a los representantes de los partidos que hasta ahora no han intervenido en este debate. Luego quedará al arbitrio del congreso decidir si quiere conceder la palabra a los demás oradores. Tiene ahora la palabra el camarada Landler (Hungría).

**Landler** (Hungría). ¡Camaradas! El camarada Zinóviev afirmó en su informe que la cuestión sindical es la cuestión más importante de la Internacional. Exteriormente parece que el congreso no comparte esta opinión. Ya ayer, y también hoy, el congreso demuestra su desinterés con su indiferencia. No lo habría mencionado si no tuviera que sacar de ello conclusiones de mayor alcance. Esta indiferencia es, en efecto, tanto más interesante cuanto que el camarada Zinóviev dijo, de manera diplomática, que ninguna de las secciones de la Internacional ha sabido llevar a la práctica las tesis del II Congreso de la III Internacional sobre esta materia. Camaradas, sabemos, por ejemplo, del camarada Loriot que dijo en el Ejecutivo que sencillamente no habían construido células entre los sindicalistas; que las causas eran secundarias, pero que no lo habían hecho. Sabemos por el camarada Rádek, y también por los delegados ingleses, cómo se han situado nuestros camaradas ingleses ante la huelga minera.

¡Camaradas! El camarada Zinóviev informó también brevemente de lo que el partido checoslovaco ha hecho, o mejor dicho no ha hecho, en la cuestión sindical. Y hemos visto también, por ejemplo, que el partido hermano yugoslavo, cuando se disolvieron los sindicatos a causa de una huelga política, no llevó a cabo en el parlamento la acción parlamentaria correspondiente. Así pues, una parte de los partidos ha obrado como Modigliani cuando dijo que se adhería a la III Internacional, que todo lo más escribiría una postal. Las secciones reconocían en teoría que hay que influir en los sindicatos, pero hacían todo lo posible para que en la práctica el partido no influyera en absoluto en los sindicatos. Otras secciones creían sencillamente que la montaña tenía que ir a Mahoma; querían conquistar los sindicatos por ucase. Camaradas, pregunto cómo es posible conquistar los sindicatos si se procede de esta manera. Si se admite que la conquista de los sindicatos es una cuestión vital del desarrollo revolucionario, ¿cómo puede tratarse la cuestión sindical en el partido? El camarada Zinóviev observó con razón en su informe que no se puede influir mecánicamente en los sindicatos, y dijo también por qué camino puede lograrse. No con un trabajo mecánico, no por ucases, sino con el menudo trabajo revolucionario de cada día, es decir, ocupándose de las cuestiones diarias de los obreros, de los obreros organizados, y realizando ese menudo trabajo revolucionario en los sindicatos. Solo así podemos conquistar los sindicatos. Si tenemos ahora en cuenta la indiferencia con que se ha debatido esta cuestión, tenemos que decir abiertamente que gran parte del congreso muestra mucha más comprensión por la llamada palabrería revolucionaria que por el menudo trabajo revolucionario y organizativo. Y eso es muy curioso. Aquí hay también muchos obreros. En las tesis se dice que hay que echar de los puestos de confianza a los parlamentarios, a los diplomáticos, etc., y, si no hay otro remedio, sustituirlos por obreros sin experiencia. Pero, camaradas, eso se dijo con un supuesto: se creía que los obreros sin experiencia estaban arraigados en las masas, que vivían con las masas. Pero, camaradas, si se pone a esos obreros sin experiencia en puestos de responsabilidad y luego estos rompen el vínculo con las masas, si se convierten entonces en los llamados «grandes dirigentes», todo lo que sacamos del cambio de dirigentes es que, en lugar de diplomáticos expertos y astutos, tenemos dirigentes cuya única virtud es la inexperiencia. Creo, en cambio, que esos camaradas, cuando llegan a un puesto de dirección, tienen que hacer todavía más trabajo revolucionario menudo para ganarse a las masas. Es un fenómeno internacional que en la mayoría de los partidos comunistas no se tenga esto presente. Sin duda hay también muchas excepciones, pero parece como si esa fuera la regla. Así, sin embargo, queda completamente excluido que se pueda influir en los sindicatos, que el partido pueda conseguir influencia sobre los sindicatos. Si se tiene esto siempre presente, si se trabaja así, no puede surgir la pregunta de si hay que destrozar las organizaciones. Entonces esa no será en ningún caso la primera cuestión organizativa. Si se hace este menudo trabajo revolucionario y organizativo, y no con indiferencia, sino con amor revolucionario, si se parte del punto de vista de que es una cuestión importante, de que hay que hacerlo, entonces ya no se discute dónde hay que preparar en primer lugar la revolución. Si las capas sociales decisivas están organizadas, y en Europa occidental lo están, si también los parados están organizados, y lo están, entonces es evidente que este trabajo preparatorio de la revolución hay que hacerlo en primer lugar allí donde se encuentran organizadas las capas decisivas y también los parados, es decir, en los sindicatos. Que sean organizaciones sindicalistas o mencheviques da igual a este respecto. Si captamos bien el meollo de la cuestión, la pregunta de si estos sindicatos son o no organizaciones de lucha es del todo secundaria. Los sindicatos, en efecto, según la concepción de Bebel, de Legien etc., están orientados a las cuestiones del día. No se ocupan del objetivo final; quieren sencillamente mejorar las condiciones de vida de los obreros. Pero si, como se ha afirmado aquí con razón, ahora, en la crisis, es imposible mejorar las condiciones de vida e imponer reivindicaciones salariales, entonces, precisamente porque solo están organizados para las cuestiones del presente, podemos influir en la consciencia de clase de las masas organizadas mediante un trabajo orientado a las cuestiones del día, mediante una agitación así y también mediante acciones así; y precisamente porque en la crisis los sindicatos no pueden conseguir nada, podemos hacer también este trabajo de manera que arranquemos a los obreros de los mencheviques y también de los dirigentes sindicalistas.

Es evidente que los partidos comunistas no deben jugárselo todo a esta sola carta; tienen que hacer igualmente el trabajo revolucionario preparatorio en otros terrenos; pero lo que es completamente seguro, camaradas, es que, cuando emprendemos acciones, es muy conveniente, sea cual sea el momento histórico y psicológico, preparar la acción de manera que parta en lo posible de los sindicatos, porque entonces tenemos cierta garantía de que, con una iniciativa de ese tipo, los sindicalistas, los bonzos, los mencheviques, etc., no tendrán ya durante la acción un poder ilimitado sobre las masas. Además, considero necesario subrayar a propósito de esta cuestión que sería justo dar a los grupos parlamentarios, a los partidos comunistas, la instrucción de emprender siempre grandes acciones comunistas en toda cuestión importante que afecte a los sindicatos y a los obreros organizados, porque eso tiene un efecto muy bueno sobre las masas organizadas.

Una cosa más, y con ello termino.

Se trata del fenómeno general e internacional de la reducción de los salarios. Creo que es una cuestión tan importante para la III Internacional que la propia III Internacional, y no solo la Internacional sindical, tiene que emprender de inmediato una gran agitación internacional en esta crisis y llevarla a cabo a gran escala en todos los países. Tenemos que ilustrar y sacudir a este respecto a todos los obreros del mundo, y quizá, sacudiendo a los obreros, podamos preparar todavía en esta crisis acciones de mayor envergadura. Y si eso no es posible y llega una prosperidad, al menos los obreros estarán más ilustrados y emprenderán en seguida acciones conscientes de clase contra la presión sobre los salarios: acciones que podremos entonces intensificar con mucha más facilidad si emprendemos ya ahora, con energía y con un objetivo claro, el trabajo de esclarecimiento, que es al mismo tiempo un trabajo preparatorio. *(Viva aprobación.)*

**Ries** (Austria). ¡Camaradas! Es un hecho que en el congreso reina la desgana. Y no es de extrañar que gran parte de los que están aquí digan que la revolución solo se puede hacer con pertrechos. Pero esta cuestión que se trata aquí es una cuestión esencial para la agitación.

Y por eso este trabajo no debe aburrirnos. Hay sin duda unanimidad frente a nuestros enemigos, a los que tenemos que combatir. En cambio, vemos grandes diferencias, por ejemplo con los camaradas del KAPD, que creen que somos capaces de luchar con éxito contra un aparato tan poderoso como los sindicatos. Camaradas, el gran error consiste en que estos camaradas se equivocan al juzgar adónde tienen que trasladar el centro de gravedad de nuestras luchas. No basta siempre con despotricar contra los socialpatriotas y los socialpacifistas. Ellos tienen en realidad el poder que se nos opone. Y ese poder lo sacan únicamente de los sindicatos. Completándose mutuamente, son capaces de levantar esa muralla y de ponerse delante del capital, de modo que, cada vez que entramos en lucha, chocamos con nuestros propios hermanos, con los obreros de las fábricas y de la calle. Y ahí está el gran error. Si creéis que los sindicatos no tienen actividad alguna, que somos capaces de fundar sindicatos separados —y ninguno de nosotros va a suponer que los camaradas del KAPD no están de todo corazón con la causa de la revolución—, tenemos que pensar que con los métodos que quieren aplicar están en la luna si no tienen en cuenta el gran poder de los sindicatos. Porque en Austria, el país mejor trabajado en lo organizativo, hay ochocientos mil obreros organizados en sindicatos. El partido político, la socialdemocracia, cuenta 250.000 afiliados, y gana la mayor parte de ellos a través de los consejos de fábrica o de los hombres de confianza. Pero, aun así, es capaz de sacar a la calle en 24 horas a unos 200.000 o 400.000 obreros que no están en su organización. ¡Y no vamos a reconocer que tenemos todos los motivos para ganarnos a los elementos indiferentes que hay en los sindicatos! Y eso no es tan difícil. Mientras nos ocupábamos de otras cosas en los sindicatos, la socialdemocracia y la burocracia sindical nos ignoraban bastante. Pero en el momento en que empezamos a fundar nuestras células en las fábricas y en los sindicatos, en ese momento estalló inmediatamente la lucha, porque comprendieron en seguida de qué se trataba.

En ese momento se apartó a nuestros camaradas que actuaban en las fábricas. Eso demuestra, camaradas, que hemos tocado el nervio. No solo en las asambleas, sino con un verdadero trabajo de agitación en los sindicatos, podemos ganar a las masas. Y por eso saludamos las tesis que nos dicen que, exactamente igual que la socialdemocracia se completa mutuamente, tenemos que completarnos mutuamente como obreros revolucionarios en los sindicatos y en el Partido Comunista. Si hacemos eso, camaradas, creo que en poco tiempo llegaremos a ser capaces de llevar a la lucha a obreros muy por encima de nuestro número de afiliados. Si se trata de teóricos, que sin duda también tienen intenciones honradas, se podría comprender esta estrechez de miras; pero cuando hablan así obreros que están en las fábricas, no podemos entender que sean tan cortos de vista y no vean adónde lleva eso. Tenemos que actuar en los sindicatos, conforme a nuestras instrucciones y a nuestras directivas, por la revolución, por el comunismo. *(Aprobación.)*

**Rice** (Australia). Hablo en nombre de la delegación del Partido Comunista de Australia. Quisiera refutar dos afirmaciones del camarada Earsman.[^380] El camarada Earsman ha defendido un punto de vista difícil de entender para un comunista, y hasta poco creíble. Dijo que el Partido Comunista de Australia fue fundado por los dirigentes de los sindicatos. En los últimos cuatro años hemos tenido que acostumbrarnos a más de una gran sorpresa, pero que un comunista haya de creer que el Partido Comunista fue fundado por los dirigentes de los sindicatos es ya demasiado. Os mostraré que el Partido Comunista de Australia como tal nació en 1920, pero que fue el Partido Socialista de Australia el que lo fundó. Comprenderéis en el curso de mi discurso la importancia de este hecho. El Partido Socialista de Australia era ya, cuando ingresé en él en 1910, un factor revolucionario muy importante.

Después del I Congreso de la III Internacional, nuestro partido se dirigió a Moscú pidiendo su ingreso en la Internacional, pero no recibió respuesta. Después del II Congreso volvimos a dar pasos para llevar a cabo nuestra admisión, pero tampoco recibimos respuesta, aunque logramos averiguar que nuestro partido figuraba ya registrado como miembro de la Internacional. Ante la consulta del II Congreso de la III Internacional al Partido Socialista de Australia sobre las medidas contra el radicalismo como «enfermedad infantil» y contra el sectarismo en Australia, el partido australiano se puso en contacto con los elementos radicales de Australia para convocar una conferencia en la que debía plantearse la cuestión de la fundación de un partido comunista de masas. En esa conferencia nació nuestro Partido Comunista. Pero durante la conferencia surgieron discrepancias; el Partido Socialista retiró a sus delegados y se registró como Partido Comunista de Australia. El resto de los delegados continuó la conferencia, y así tenemos en Australia dos partidos comunistas. Comprenderéis que no fueron afiliados a los sindicatos los que fundaron el Partido Comunista de Australia.

La otra afirmación que quisiera refutar también es cada vez más objeto de discusión. Se trata de la relación del Partido Comunista con los sindicatos y del trabajo que puede hacerse dentro de ellos. El camarada Earsman dijo que de 1912 a 1920 no se hizo en Australia ninguna agitación ni trabajo revolucionario. Tengo que contradecirlo. El Partido Socialista de Australia nunca se ha detenido en su trabajo revolucionario y nunca ha temido hacer agitación por la lucha por la dictadura del proletariado y por la unión con los obreros de Rusia. Puedo dar un ejemplo que muestra lo eficaz que ha sido nuestro trabajo en los sindicatos. En 1916 los capitalistas de Australia decidieron aniquilar la organización de los Trabajadores Industriales del Mundo (Industrial Workers of the World, IWW). En 1916 y 1917 muchos miembros de la IWW fueron encarcelados por 10 a 15 años. Para los demás miembros se fijó un plazo determinado para salir de esa organización; pasada esa fecha, se encarceló a todo aquel cuyo nombre siguiera inscrito en los libros de la IWW. Muchos se negaron y sufrieron la pena. La IWW como organización quedó aniquilada, pero con ello los capitalistas de Australia mostraron a los obreros un camino que queremos seguir aquí en nuestro congreso. La IWW penetró en los sindicatos y empezó, de la mano del Partido Socialista, una propaganda intensa dentro de las asociaciones obreras; el resultado de este trabajo fue que en el congreso de 1920 pudimos comprobar que las organizaciones sindicales de Australia funcionaban mejor que en todos los demás países.

La tercera afirmación del camarada Earsman que tengo que contradecir es la siguiente: afirma que el congreso de los sindicatos que se celebró en junio en Australia votó por un 80 % de los votos la adhesión a la III Internacional. En la primera página de nuestras tesis sobre la sección comunista, al final del primer párrafo, se dice clara y expresamente que no hay ningún país donde el Partido Comunista tenga bajo su influencia a la mayoría de los obreros. Pero el camarada Earsman dice que el 80 % de los obreros de Australia habría decidido adherirse a la Internacional Sindical Roja. Si eso fuera verdad, hoy no habría en Australia ni un solo hombre condenado a 15 años de cárcel. Si fuéramos tan fuertes, los habríamos liberado hace mucho. Si solo el 51 % de los obreros —es decir, mucho menos del 80 %— hubiera votado por la Internacional Roja, habrían implantado en seguida la dictadura del proletariado; y si no, no sería un partido comunista.

Repito una vez más los tres puntos que he tratado. Primero, quería demostrar que no fueron los sindicatos de Australia los que fundaron el Partido Comunista. Segundo, os pido que creáis que de 1917 a 1920 el Partido Comunista de Australia, junto con los miembros de la IWW, llevó a cabo una propaganda intensa y fructífera. Tercero, no quisiera haceros creer que dentro de las *unions* australianas hemos obtenido el 80 % de los votos y que todavía no somos capaces de implantar la dictadura del proletariado.

**Morgan** (América). ¡Camaradas! Las relaciones de la III Internacional Comunista con el movimiento sindical tienen especial importancia para el movimiento sindical y también para el movimiento comunista de los Estados Unidos y del Canadá. Es un hecho que en esos países no hay ningún movimiento obrero capaz de arrastrar consigo a las masas revolucionarias. Os recuerdo los hechos que el camarada Haywood ha citado en su discurso, y en verdad son hechos llenos de contenido. Hay que hacérselo ver a quienes luchan contra este engaño, hay que hacerles comprender que la organización que se les ha puesto delante de los ojos pretende ser una organización obrera no solo de América, sino del mundo entero; que es una organización que se ha pregonado a los cuatro vientos como organización obrera. No deberían prestar oídos a Haywood cuando desde la tribuna del III Congreso Internacional suelta frases vacías. La propaganda sin contenido de la IWW en América nos ha hecho mucho daño. La organización ha afirmado que tenía 800.000 miembros. ¡Qué grandioso suena: 800.000 miembros y 15 años de actividad! ¡Y sin embargo vemos por los últimos informes de esta organización que no cuenta más de 15.000 o 16.000 miembros! Quisiera recomendar a los miembros del KAPD que estudien con detenimiento la historia de la IWW en América. Podrán hacerse entonces una idea de lo que les espera en el futuro.

El intento de fundar una organización industrial ideal en el marco de un sistema de esclavitud es ya de por sí infantil y ridículo. El hecho de que todos los intentos hayan fracasado hasta ahora lo prueba. ¿No es absurdo querer levantar una sociedad nueva «dentro de la cáscara de la vieja»? En una de sus revistas vi hace poco un dibujo interesante. Era un mapa de las federaciones de la IWW. Estaba colocado sobre un mapamundi de manera que su centro caía en Nueva York, y ahí teníamos, pues, la organización de los Trabajadores Industriales del Mundo. Pensé entonces: ¿quién va a estar sentado en el centro? O Daniel De Leon[^381] o William Haywood. Los Estados Unidos y el Canadá están inundados de dibujos, mapas y diagramas de la IWW. Pero la consigna de su propaganda no es «Derribad el capitalismo», sino «Admirad nuestras perfectas formas de organización». Es la pura verdad, no puede negarse. Tengo aquí un ejemplar de un órgano oficial de la IWW y quiero leeros el siguiente pasaje: «La IWW no ha tenido todavía la posibilidad de ponerse en contacto directo con los sindicatos rusos. Estamos convencidos, sin embargo, de que no se alzará ni una sola voz contra la adhesión a una Internacional sindical de ese tipo. Por otro lado, creemos que pocos miembros de la IWW estarán dispuestos a adherirse directamente a la III Internacional política». Eso es verdad. «Siempre hemos sido solo una organización obrera. Lo somos también ahora y esperamos resolver todo el problema social sobre la base del unionismo industrial. Queremos construir federaciones industriales como órganos de la producción y la distribución. Los consejos centrales de estas federaciones industriales servirán de órganos de la administración local y de distrito. Tanto las federaciones industriales como los consejos centrales tienen que estar subordinados a la administración general de la IWW. Esta es nuestra propuesta para resolver los problemas sociales. En cuanto incluimos en nuestro plan a un partido político, sea comunista o no, nos apartamos de nuestros principios y aniquilamos nuestra propia independencia. Si aceptamos el plan de la III Internacional, abandonamos nuestra posición de dirigentes del movimiento obrero mundial y reconocemos como nuestros amos y dirigentes a los miembros de un partido político reclutados en todas las capas de la sociedad. Los Trabajadores Industriales del Mundo han probado el fruto de la independencia intelectual y se sienten ahora dueños de su propio destino. Por eso nunca aceptarán en serio una propuesta semejante. Su objetivo es establecer el dominio de los obreros. Llevan ya 15 años esforzándose por ello y se han convertido en un movimiento mundial. Difícilmente aceptarán un programa que instituya como tutor a un partido político».

Tomo este extracto del órgano de los Trabajadores Industriales del Mundo. Como veis, temen a la III Internacional porque pone en cuestión la dirección mundial de la IWW. «Dirección mundial», y eso con un número de miembros de 15.000 o 16.000.

Tomemos ahora el principio fundamental del que parte la IWW: la cuestión de la salida de las viejas federaciones. Por mi experiencia puedo hablar de ello con cierta autoridad. Alguno dirá: «Pero si tú mismo perteneces a una federación paralela. Perteneces a la One Big Union[^382] canadiense». Es verdad. Pertenezco a esa federación, que no compite con la IWW. Pero la One Big Union no tiene la pretensión de ser una organización mundial. Se considera solo un conductor revolucionario de la corriente. Nació de ciertas circunstancias frente a las que éramos impotentes. Ya al comienzo del periodo de guerra, en 1914-1915, los obreros del Canadá se vieron acorralados no solo por su gobierno, sino también por sus reaccionarios funcionarios sindicales. Fueron sacrificados al aparato militar. ¿En qué situación se encontraba entonces el Partido Socialista, el único partido revolucionario de América en aquella época? O bien tenía que entrar en los sindicatos y participar allí en las luchas de los obreros, o bien tenía que intentar continuar su vieja actividad de educación y propaganda, a riesgo de hundirse sin haber cumplido su papel revolucionario histórico. Bajo la presión de las circunstancias entramos, pues, en los sindicatos del Canadá occidental. Los revolucionarios no entraron en los sindicatos como individuos aislados, para socavarlos desde dentro o para renunciar a su individualidad a cambio de un buen puesto. En cierto sentido estaban disciplinados por la organización. La organización ejercía control sobre sus miembros. De Vancouver a Winnipeg, una extensión de 2000 millas, se mantenía entre los revolucionarios una deliberación constante por carta sobre la táctica. Se deliberaba sobre cómo había que construir la federación, ganarse a las masas, elegir delegados a congresos y conferencias. Gracias a la táctica de «socavar desde dentro», los socialistas pudieron presentar en el congreso de Ottawa de 1917 51 delegados, que constituían una fracción poderosa. Desde entonces empieza la nueva historia del movimiento canadiense. ¿Y cuál fue el resultado de esta táctica? Aquí se levantarán seguramente algunos opositores para gritarnos: «No transigirás». Pero ¿qué ocurrió en realidad? Habíamos conseguido tener en nuestras manos el consejo, es decir, el viejo consejo sindical de Winnipeg; los distintos sindicatos habían elegido delegados a socialistas, y estos trabajaban por el bien de los obreros. Eran revolucionarios. No tenían como tarea solo la lucha parlamentaria; su objetivo era aprovechar el movimiento para fines revolucionarios. Luego vino la huelga, o —como algunos se han expresado aquí— la «negociación colectiva de los obreros con los patronos». ¡Una «negociación colectiva»! Toda la huelga de Winnipeg[^383] fue en realidad táctica, revolución. Se utilizó algo tan cotidiano como la negociación colectiva para unir a los obreros. Los metalúrgicos fueron a la huelga. Fueron a la huelga para conseguir mejores condiciones. Los patronos solo querían negociar con grupos sueltos, como los fontaneros, los obreros del alcantarillado, los caldereros, etc. Pero los metalúrgicos dijeron: «No, nos uniremos, formaremos un comité y negociaréis colectivamente con nosotros». Los camaradas del consejo aprovecharon en seguida la ocasión. «¿Negociación colectiva a una escala tan pequeña? No. Tenemos que arrastrar a todos los obreros del distrito a la lucha de los metalúrgicos». Trabajaron tan magníficamente, consiguieron tan bien soldar a los obreros, que la huelga de Winnipeg de 1919 se convirtió en un hito en la historia del movimiento obrero americano. No dos o tres federaciones, sino todas comprendieron la importancia de la acción; todos los obreros, también los empleados del Estado, los de correos y telégrafos, se sumaron a la huelga. Todos tomaron parte en la gran manifestación general, en la huelga, que duró 7 semanas. Se creó una situación desde la que no había más que un paso hasta la toma del poder. En Winnipeg no se hacía nada sin orden del comité de huelga. El comité de huelga no era menos poderoso que el propio Estado. Winnipeg no es, naturalmente, todo el Canadá. Si la lucha de Winnipeg se hubiera extendido a todo el Canadá, seguramente habría terminado en la revolución. Teníamos en contra un Estado reaccionario; las masas no fueron con nosotros. Hubo que interrumpir la huelga después de que encarcelaran a la mayoría de los nuestros.

Os pregunto: ¿no os parece acertada la táctica de los revolucionarios de Winnipeg? Teníamos la organización en nuestras manos, y si vosotros no lo habéis conseguido, no debéis echar la culpa a los principios, ni a la rigidez de la organización, ni a los funcionarios, sino solo a vosotros mismos, que no habéis sabido encontrar el camino adecuado hacia los obreros. Esa es mi experiencia. La comunico a los comunistas y a los sindicalistas para que puedan sacar provecho de ella en el futuro.

Y ahora, un momento más. Está además la cuestión del dominio del Partido Comunista. Aquellos de allí tienen miedo de ese dominio. ¡Qué disparate! ¿Cómo quieren dominar ellos los sindicatos? ¿Pueden hacerlo acaso yendo a los sindicatos y diciendo: hemos venido a dominaros? No. Hay que trabajar desde dentro, participar en su lucha, ganarse su confianza y procurar que ellos nos elijan para los puestos más importantes del movimiento revolucionario. Estoy, pues, completamente de acuerdo en que tenemos que entrar en los sindicatos. Añado además que en los sindicatos tenemos que mantener el vínculo más estrecho posible con el Partido Comunista, porque su objetivo no consiste en actuar como organizaciones políticas e industriales, sino en formar un ejército revolucionario único y grande de los obreros del mundo para derribar el capitalismo.

**Hurwitsch** (América). Tomo la palabra para hacer algunas observaciones. Quisiera, igual que el camarada Marshall, refutar oficialmente en nombre de la delegación americana algunas afirmaciones falsas del camarada William Haywood. El camarada Haywood dijo en su discurso de ayer que, en su opinión, a la clase obrera rusa le faltan la organización científica y el espíritu revolucionario de la IWW. Si el proletariado ruso los hubiera tenido, no se habría producido en la industria una desorganización como la que observamos actualmente en Rusia. Semejante afirmación muestra la falta de comprensión científica incluso entre los dirigentes de la IWW. Creo que para todo el mundo tiene que estar claro que la desorganización de la industria de Rusia no procede de la falta de espíritu científico o de organización científica, sino de los siete años de guerra y de otras muchas causas. En cuanto al espíritu revolucionario, la clase obrera rusa no merece ese reproche por parte de la IWW. Los rusos han demostrado su espíritu revolucionario no con palabras, sino con hechos. Más aún: nosotros, los delegados americanos, podemos atestiguar que todas las exigencias de una organización científica por parte de la IWW no son más que palabras y remiten a la «teoría unionista» de la IWW y de otros sindicalistas.

Su idea consiste en que hay que fundar en la sociedad capitalista federaciones (*unions*) que han de ser portadoras de una nueva base económica. La revolución rusa demuestra, sin embargo, que las federaciones nacidas antes de la revolución proletaria y las nacidas después de esa revolución son dos cosas distintas. Las asociaciones que existen en el Estado capitalista no pueden preparar la organización industrial de la sociedad comunista, porque su tarea mayor y única consiste en la lucha contra la sociedad capitalista.

No encontramos entre los miembros de la IWW una comprensión científica especialmente grande ni preparativos científicos de la nueva organización industrial. No queremos hablar demasiado de la IWW. La apreciamos como organización revolucionaria, pero pensamos que el camarada Haywood, como partidario entusiasta de esta organización, ha rebasado en su elogio no solo los límites de los hechos concretos, sino también los de la simple comprensión del comunismo. Tocó la cuestión de la liquidación de la IWW. Entre algunos representantes de la Internacional Sindical Roja, no de la delegación comunista, se manifiesta una corriente que efectivamente aspira a esa liquidación. No estamos de acuerdo con ellos. Consideramos que la liquidación de la IWW o de cualquiera de sus partes contradice las tesis de la Internacional Comunista y es tan inútil como un intento de liquidar la Federación Americana del Trabajo. La IWW existe, y con este hecho tenemos que contar. Si todavía no existiera y se preguntara al Partido Comunista de América si había que fundar una organización semejante aparte de la Federación Americana del Trabajo, el Partido Comunista votaría en contra y a favor de una organización única. Pero, puesto que la IWW existe, la reconocemos. Tenemos que ganárnosla igual que a la Federación Americana del Trabajo. Si aconsejamos a algunos comunistas que pertenecen a la IWW que pasen a la Federación Americana del Trabajo, lo hacemos para sustraerlos a la influencia anarquista y sindicalista, que está muy presente en la IWW. Por esta razón trabajamos a la vez en la IWW y en la Federación Americana del Trabajo, sin abandonar ni la una ni la otra. No queremos erigirnos en defensores de esta organización. Pero no podemos dejar de reconocer que en ella reina un espíritu revolucionario, aunque le falte comprensión revolucionaria del comunismo. Las palabras del camarada Haywood confirman lo que digo.

La IWW afirma que es capaz de abarcar todo el terreno del movimiento revolucionario de tal modo que no sea necesaria ninguna otra organización revolucionaria. También el camarada Haywood se expresó en este sentido. Asimismo es verdad que la IWW exige que los comunistas trabajen y luchen en el marco de la organización para despertar entre los miembros de la IWW la comprensión del comunismo.

Paso ahora a la cuestión de la neutralidad, que el camarada Zinóviev menciona en sus directrices. Considero sumamente importante que se preste atención a lo que ha dicho el camarada Zinóviev. La IWW afirma, ciertamente, que es una organización del todo revolucionaria; pero le falta la comprensión comunista. En cuanto a las demás organizaciones de América, se hace notar, sobre todo entre los sindicatos, incluso entre los comunistas, una inclinación a la neutralidad.

A menudo se ve que incluso dirigentes sindicales y comunistas de prestigio solo defienden opiniones comunistas hasta que llegan a la puerta de su sindicato. En cuanto se encuentran en los locales de su sindicato, se quitan la ropa comunista y se ponen la ropa de diario, la ropa sindical. Más de un sindicalista comunista teme inmiscuirse en los asuntos de los sindicatos. Tenemos que despertar en los sindicatos, sobre todo en los americanos, la comprensión de que la disciplina comunista obliga a los afiliados sindicales que pertenecen al partido comunista tanto como a cualquier otro, y quizá incluso más.

Nuestro trabajo de socavamiento en la Federación Americana del Trabajo habría tenido el mismo éxito que nuestro trabajo en el Partido Socialista. Si hubiéramos vigilado la actividad de nuestros miembros que trabajan en la A. F. of L., habríamos podido poner bajo disciplina a nuestros miembros en los sindicatos. Hay que subrayar especialmente que todos los afiliados sindicales que pertenecen al Partido Comunista y que actúan activamente en los sindicatos se encuentran bajo el control y la disciplina del Partido Comunista. No podemos ni queremos dar órdenes directamente a los sindicatos; pero nuestros miembros que actúan en los sindicatos deberían sentirse en primer lugar comunistas y solo en segundo lugar sindicalistas. En América ocurre a menudo lo contrario. Hay que inculcar al sindicalista la comprensión del comunismo; por sí solo no puede llegar a ella, porque la comprensión comunista está por encima de la filosofía sindical corriente.

Y ahora, unas observaciones más. En nuestra opinión, en las directrices que adopte este congreso hay que prestar especial atención a las relaciones entre los burós de la Internacional Sindical Roja en los distintos países y los partidos comunistas de los países correspondientes. Esto es sumamente importante para evitar una doble autoridad.

El buró de América sería el portador de las instrucciones de la Internacional Sindical Roja y trabajaría al mismo tiempo en plena armonía con el Partido Comunista de América. De este modo quedarán excluidos los roces. Naturalmente, habrá que establecer las reglas de colaboración correspondientes.

Nuestra delegación considera necesario completar con estas observaciones lo expuesto por el camarada Marshall y rectificar las afirmaciones del camarada Haywood, que pertenece a nuestra delegación como miembro con voto consultivo, pero no es representante oficial de la delegación.

**Torralba Beci** (España). El debate que ahora se abre sobre la cuestión sindical interesa especialmente al Partido Comunista Español. Las relaciones entre el Partido Comunista de España y los sindicatos se iniciaron hace poco tiempo, y concretamente después del Congreso de la Internacional Comunista. Gracias a las tesis del II Congreso ha sido posible fundar células comunistas en los grupos sindicalistas y emprender allí una propaganda verdaderamente buena en el sentido de la III Internacional. Pero si hoy se plantean en este congreso unas tesis sobre la cuestión sindical que presentan cierta variante respecto de las tesis del II Congreso, ello sería sin duda perjudicial para el Partido Comunista de España y para todo el movimiento comunista. Los sindicalistas de España se han acostumbrado ya a la consigna de las tesis del II Congreso y, si esa consigna cambiase, mirarían sin duda con desconfianza al movimiento comunista, a las células comunistas, y se verían empujados hacia los sindicatos. En España hay dos grandes corrientes. En primer lugar, el Partido Socialdemócrata, cuya principal ventaja es poseer una buena formación marxista. Este partido dirige la Unión General de Trabajadores de España, que tiene unos 100.000 afiliados. Naturalmente, esta Unión General de Trabajadores es dirigida enteramente en el sentido de Jouhaux y de la Internacional amarilla de Ámsterdam. En cambio, la segunda corriente fuerte es la unión sindicalista de España[^384]. Esta está en realidad imbuida del espíritu de la Internacional Comunista. En cuanto a sus formas, a sus formas de organización, es sindicalista y anarquista. Pero para los grupos comunistas se trata ahora de conquistar los sindicatos sindicalistas y anarquistas. Es cierto que estos sindicatos no tienen una base marxista, pero los grupos comunistas se encargan de inculcársela. En España se han formado últimamente dos partidos comunistas. En primer lugar, una unión de la izquierda del viejo Partido Socialdemócrata con la organización juvenil comunista de España y, en segundo lugar, un Partido Comunista Obrero general[^385].

Existe la posibilidad de que estos dos partidos lleguen a unificarse en breve. Las masas, que representan un factor poderoso en España, podrán entonces dirigir en común los sindicatos y a los sindicalistas. Hay muy pocas dificultades que vencer. Solo que, después de la posición que se ha adoptado aquí respecto de los camaradas del KAPD y de algunos camaradas del Partido Italiano, no podrían volver con la misma consigna, porque eso impediría la unificación de estos dos partidos comunistas, es decir, del Comunista Unificado y del Comunista Obrero. Espero que logremos obtener aquí en Moscú del Ejecutivo cierto plazo para que en España se pueda resolver esta cuestión. El Partido Comunista Unificado de España abarca a los metalúrgicos, a los mineros y a una gran mayoría de los sindicatos de Madrid, y representa así ya hoy una de las principales fuerzas revolucionarias de España. En España seguimos trabajando enteramente en el sentido de las tesis del II Congreso y tenemos que seguir trabajando en ese sentido todavía durante algún tiempo, para no poner en peligro la unificación de los dos partidos comunistas y para poder llevar a cabo con toda seguridad la conquista tanto de los sindicatos como de los sindicalistas. *(Aprobación.)*

**Kolárov** (Bulgaria). Los sindicatos de Bulgaria son relativamente jóvenes. El Partido Socialdemócrata nació mucho antes que ellos. Eso explica el papel extraordinariamente importante que el partido ha desempeñado en la organización económica de los obreros. Los socialistas reunían a los obreros, los instruían en los rudimentos del movimiento sindical y los llamaban a organizarse. También más tarde los socialistas desempeñaron un papel destacado en la vida de los sindicatos.

Desde el primer momento se planteó la cuestión de qué carácter debía tomar el movimiento sindical y cómo debían configurarse las relaciones entre las organizaciones sindicales y el Partido Socialista. Los socialreformistas no querían ver en los sindicatos otra cosa que una organización de tipo cooperativo que defendiera los intereses inmediatos, puramente sindicales, de los obreros. Por eso predicaban la neutralidad de los sindicatos. Los socialistas revolucionarios (*tesniaki*)[^386], en cambio, partían del punto de vista de que la lucha económica es solo una de las formas de la lucha de la clase obrera, de que los sindicatos deben guiarse en su actividad únicamente por los intereses de la clase obrera y de que, por tanto, entre los sindicatos y el Partido Socialista no puede hablarse de neutralidad.

En correspondencia con las dos doctrinas surgieron dos organizaciones sindicales distintas; una se mantenía neutral, la otra trabajaba de la mano del Partido Socialista de los *tesniaki*.

¿Cuál fue la suerte de estas dos organizaciones?

En los primeros años predominó la organización neutral. Sin embargo, gracias al trabajo tenaz de los *tesniaki*, los sindicatos rojos se convirtieron cada vez más en el centro del movimiento obrero. Cuando el proletariado industrial empezó a despertar, se adhirió únicamente a los sindicatos revolucionarios.

Gracias a la actuación del Partido Socialista de los *tesniaki* durante la guerra, gracias a su inquebrantable fidelidad a la clase obrera, a su defensa de los intereses de la clase obrera en las condiciones más difíciles y a la celosa propaganda de las ideas socialistas en los sindicatos, la Federación Sindical Roja se convirtió enseguida en la única organización sindical de Bulgaria. Después de la guerra, la federación sindical neutral se disolvió rápidamente. Incluso la única organización neutral que aún mostraba cierta estabilidad, a saber, la Federación de Ferroviarios y Empleados de Correos y Telégrafos, no pudo resistir la prueba de la huelga general de 1919. El año pasado, los restos de todas estas organizaciones neutrales se adhirieron a la Federación Sindical Roja. De hecho, hoy solo hay en Bulgaria sindicatos revolucionarios.

Nuestra federación sindical es en el verdadero sentido de la palabra una organización roja. Está unida orgánicamente al Partido Comunista por lazos indisolubles. Todos los camaradas de los comités sindicales y todos los dirigentes sindicales son comunistas probados; trabajan a la vez en los sindicatos y en el partido. Una gran parte de los afiliados a los sindicatos pertenece también al partido; los demás simpatizan con él, y se procura hacer de ellos buenos comunistas. El trabajo comunista de educación del partido abarca a las grandes masas de los afiliados a los sindicatos. En todas sus luchas, los sindicatos han tenido detrás el poderoso apoyo material, moral y político del Partido Comunista. El partido, por su parte, ha sido apoyado por los sindicatos. Los sindicatos y el partido tienen en todas partes locales comunes, los clubes obreros, en los que se concentra su actividad.

El movimiento sindical y el político no forman, pues, en realidad, más que dos partes integrantes de un único gran movimiento revolucionario, cuya tercera parte integrante son las cooperativas obreras. ¿Tienen todos el mismo valor? Las organizaciones sindicales y las políticas de la clase obrera son igualmente indispensables para las grandes luchas revolucionarias. Pero, por su carácter y por sus medios de lucha, solo el Partido Comunista está llamado a dirigir el movimiento revolucionario. Por su naturaleza, el partido está por encima de las organizaciones profesionales y une a todas las capas sociales oprimidas en el movimiento revolucionario. En cuanto al carácter de las luchas revolucionarias, que por su naturaleza son luchas por la conquista del poder político por el proletariado, el partido no puede ser sustituido por ninguna otra organización. Del mismo modo, los medios de lucha de que dispone el partido, al dar la iniciativa de la huelga, permiten aprovechar para la revolución toda la energía y la capacidad de lucha de las masas explotadas y oprimidas.

El Partido Comunista es la concentración de todas las fuerzas revolucionarias en el orden social capitalista. Históricamente, en el proceso mismo de las luchas, se convierte necesariamente en el centro de todas las acciones revolucionarias. Esta evolución es una necesidad histórica; se está produciendo ante nuestros ojos. Las masas pertenecientes a los sindicatos amarillos rompen en número cada vez mayor con Ámsterdam y se vuelven hacia el Moscú rojo. Nada puede detener esta corriente revolucionaria. También nuestros camaradas sindicalistas han tomado la misma dirección. Han dado el primer paso al venir aquí al Congreso de los Sindicatos Rojos. Ahora tienen que dar también el segundo paso, y estoy seguro de que no tardarán mucho en darlo. No podrán resistir ya mucho tiempo a las fuerzas revolucionarias del mundo entero que se han agrupado en torno a la Internacional Comunista. Esta evolución se producirá tanto más rápidamente cuanto más rápida y resueltamente rompan los partidos comunistas de todos los países con los métodos de los viejos partidos oportunistas y se ganen la confianza de las masas obreras con su entrega y sus actos revolucionarios.

**Tommasi**[^387] (Francia). Camaradas, en realidad debía exponeros el camarada Loriot el punto de vista de los franceses sobre la cuestión de las relaciones entre el Partido Comunista y los sindicatos. Como está indispuesto, me veo obligado a hacerlo en su lugar. Después de tratar esta cuestión, intentaré, con vuestro permiso, responder a la intervención del camarada Lozovski, que me parece un poco tendenciosa. El camarada Lozovski nos pidió ayer que expusiéramos la opinión de los sindicalistas franceses. Comprendemos bien lo importante que es que conozcáis nuestro punto de vista. Para nosotros mismos es importante expresar aquí sin reservas nuestra manera de ver, y es importante también para quienes todavía hoy no marchan del todo por el camino del comunismo porque creen tener aún algún motivo para rechazar la acción a la que se les llama.

Camaradas, si consideramos la cuestión de los sindicatos y de la relación entre los sindicatos y el partido desde el punto de vista comunista, vemos que esta cuestión, en conjunto y en todos sus detalles, está estrechamente ligada a los grandes problemas de la revolución. Los sindicatos quieren ser organizaciones apolíticas, neutrales en principio, pero no lo son nunca, por la sencilla razón de que no pueden serlo. Los principios del sindicalismo, y en particular la idea del sindicalismo que se da en la Carta de Amiens[^388] —la sagrada Carta de Amiens, como dice el camarada Lozovski—, dicen:

«La Confederación General del Trabajo agrupa, al margen de toda escuela política, a todos los trabajadores conscientes de la lucha que deben llevar a cabo por la desaparición del salariado y de la patronal.»

A nuestro juicio, camaradas, hay aquí una contradicción evidente. Si los trabajadores así agrupados fueran conscientes de la lucha que deben llevar a cabo para abatir a la patronal, sabrían también que no pueden hacerlo mientras permanezcan en el terreno de la neutralidad política. Comprenderían que toda lucha de clases es una lucha política, que no se puede abatir a la patronal sin destruir el aparato político del orden capitalista. Las opiniones sobre esto divergen, camaradas. Dejaré a mis compañeros de los otros campos sindicalistas (estoy seguro de que se presentarán aquí, porque es importante que conozcáis nuestras opiniones y las suyas sobre las diversas cuestiones) que os expliquen el motivo de esa divergencia. Sin embargo, no creo que sean las distintas opiniones sobre la táctica lo que nos separa cuando afirmamos que ni siquiera pueden desentenderse de la política quienes dicen: «¡Fuera la política de los sindicatos!». Vamos a daros enseguida la prueba.

En efecto, detrás de estas fórmulas confusas se esconde toda una gama de opiniones políticas diversas, y de las peores. El sindicato es un campo abierto a todos los partidos, que se disputan su influencia con éxito variable, por no hablar de los sindicatos amarillos, en los que sin embargo está organizado un gran número de obreros. Los partidos burgueses tienen sus agentes. Envían a los sindicatos a gente que llega y dice: el sindicato es una organización que debe ocuparse de mejorar la situación de la clase obrera. No tiene que ocuparse de política. El sindicato da a sus masas la fuerza para alzarse en determinados momentos contra el poder, contra toda clase de poder, contra la política, contra toda clase de política, a fin de satisfacer sus necesidades materiales inmediatas. Basta con llevar una política estrictamente corporativa para obtener los resultados necesarios. Hay también otros políticos, además de los partidos burgueses y de los sindicatos amarillos, que se esconden tras el manto de la neutralidad política para alcanzar sus fines, porque solo esa neutralidad les da la posibilidad de actuar. Pero esa neutralidad no neutraliza a los sindicatos frente a los partidos políticos: sencillamente los desarma. En efecto, estos agentes no expresan abiertamente la política de los partidos burgueses; se esconden tras la neutralidad política, que en realidad solo neutraliza la lucha de clases y entrega los sindicatos a la burguesía.

Por otra parte, tenemos que vérnoslas con los camaradas de las escuelas del anarquismo, que se esfuerzan por imponer sus doctrinas a los sindicatos. Es interesante que estos celosos propagandistas reconozcan al mismo tiempo la cláusula de la Carta de Amiens y digan: «Los sindicatos franceses no tienen por qué hacer política. Tienen que hacer en su casa su propia política. Fuera de los sindicatos se puede defender cualquier opinión, se puede decir lo que se quiera, se puede uno adherir a cualquier doctrina, a cualquier partido. Pero cuando se entra en el sindicato, hay que ser sencillamente sindicalista.» Nuestros camaradas anarquistas nos han mostrado que sabían muy bien llevar su propia política en los sindicatos mientras reclamaban la neutralidad política. Hay que reconocer que, en particular, la actitud del Partido Socialista, que en los últimos cincuenta años no fue en Francia de hecho otra cosa que un laboratorio, una tribuna para preparar las elecciones, dio a estos camaradas cierto derecho a rebelarse contra la política que seguían los miembros del partido cuando intentaban adueñarse de los sindicatos. Y, sin embargo, el sindicato ha seguido siendo un campo de batalla en el que todas las tendencias políticas se combaten sin piedad. Y no puede ser de otro modo, porque el sindicato no puede existir, no puede actuar, sin seguir una política determinada. Y, de hecho, en cuanto se plantea una cuestión en el sindicato, se hacen valer corrientes políticas, se quiera o no, y determinan la orientación del movimiento sindical. Solo citaré dos movimientos que hemos vivido con un intervalo de diez años y que presentan formas muy parecidas. En 1910, la Federación de Ferroviarios organizó una huelga para conseguir un salario de cinco francos, porque en aquella época los obreros no podían vivir con un salario inferior[^389]. Aunque se pretendía observar la neutralidad respecto de los partidos políticos, nuestros camaradas entraron en la lucha bajo la influencia de los políticos. Fueron derrotados, precisamente porque esos políticos no podían jactarse de la proverbial honradez política, porque seguían haciendo sus propias combinaciones, mientras que los sindicatos y el propio movimiento les interesaban muy poco. Hundieron el movimiento, aunque la gente que estaba a su cabeza pretendía ser apolítica. En realidad, era gente de una «determinada» tendencia política, la que predominaba en aquella época, y ¡de cuál!: Bidegaray[^390], el secretario y uno de los dirigentes de los sindicatos, estaba en manos de un político. Me refiero al señor Rabier, de quien Bidegaray todavía era instrumento en 1920 *(Aplausos)*.

En 1920 vemos el mismo cuadro. El sindicato entra en la lucha junto con todos los elementos, los comunistas, los sindicalistas puros y los anarquistas. Desde el primer momento se ve que el movimiento solo puede tener éxito si abandona su forma corporativa y adopta una forma claramente política. Los cobardes, la gente que ya no era revolucionaria resuelta, los que habían ayudado a poner en pie la Carta de Amiens como respuesta a la política reformista del Partido Socialista, todos ellos se levantaron enseguida y dijeron: «¡Fuera la política!». Y eso significa que hay que quedarse en los estrechos marcos corporativos; cuando se trate de agarrar al enemigo por el cuello, de tener en la mano todas las fuerzas ofensivas de los obreros, de encuadrarse en los marcos ilegales, cuando haga falta llevar a cabo actos de sabotaje a sabiendas, entonces dirán «no». Son cuerpos extraños que penetran en el movimiento sindical e intentan darle otras formas. Eso no podemos permitirlo. Después de que la huelga hubiera durado un mes, los ferroviarios se vieron obligados, bajo la presión de los dirigentes reformistas de la Confederación del Trabajo, a abandonar la lucha[^391].

La acción revolucionaria, la única que habría podido conducir al éxito, no pudo producirse porque esa gente ya no era revolucionaria, porque había olvidado toda acción revolucionaria. Afirmamos, pues, que los sindicatos no están nunca fuera de la política. Y ahora que hemos dado la prueba de que no se puede desterrar la política de los sindicatos, de que las fuerzas políticas penetran en los sindicatos y trabajan en ellos, se trata de determinar cuáles son esas fuerzas. En lo que se refiere a Francia, camaradas, no tenéis derecho a pasar por alto qué fuerza representan los sindicalistas, qué fuerza tiene cada tendencia y cómo son esas tendencias. El movimiento sindical francés tiene detrás cincuenta años de historia. Nació del empeño de gente que actuaba en una organización política, de gente del Partido Socialista, y tenía por objetivo combatir el espíritu individualista que dominaba en aquella época. Pero en vez de atenerse a la acción revolucionaria, en vez de preparar a las masas para la acción resuelta, en vez de avanzar hacia un objetivo, la ruptura entre patronos y obreros, la plena toma del poder en beneficio exclusivo de los trabajadores, se quedaron en la política electoral. Esa fue la causa de que surgieran escuelas y cristalizaran. Es falso afirmar que la Carta de Amiens se mantiene inmutable, inalterada. Podemos demostrar lo contrario. Podemos atestiguar que quienes colaboraron en la Carta de Amiens han evolucionado también y se nos acercan cada día más. No debéis creer que los elementos que hoy parecen más alejados de la acción comunista sean adversarios del comunismo. No son adversarios del comunismo; solo exigen que el Partido Comunista actúe de manera verdaderamente comunista.

El día en que el partido se sacudió los elementos reformistas, el día en que apartó de sí toda la gusanera reformista que durante demasiado tiempo había impedido al partido la acción revolucionaria, pudo formularse la siguiente hipótesis: «Los afiliados a los sindicatos que siguen una tendencia puramente sindicalista o anarcosindicalista se adherirán al Partido Comunista para acelerar y precisar esta evolución.» Pero no lo hicieron. Si esa posibilidad se hubiera realizado, habría dado la razón a los argumentos de quienes querían llegar de buena fe al fondo de la guerra y de la revolución rusa. A esos elementos el partido tiene que darles algo más que simples fórmulas. Tiene que ofrecerles algo más que simples órdenes, que resoluciones de congreso; tiene que convencerlos de que el partido es capaz de actuar, de que solo él puede llevar a los obreros a la libertad. Los obreros comprenderán entonces que no todas las organizaciones políticas, no todos los partidos políticos pueden medirse por el mismo rasero. Comprenderán que entre tal o cual partido político y el suyo hay una diferencia, y volverán todos a él, o por lo menos la mayor parte de los que comprenden que en los sindicatos tiene que haber células políticas, que en el seno de los sindicatos tiene que haber política, pero que todavía dudan de que el Partido Comunista sea el portador de esa política indispensable. Hay que penetrar en los sindicatos, y de este congreso dependerá que lo consigamos o no. La III Internacional no debe decir: «A partir de mañana no debéis tener nada que ver con tales o cuales elementos. A partir de mañana tenéis que romper con los que ayer eran vuestros camaradas de la izquierda.» Estamos convencidos de que los elementos de izquierda de la Confederación del Trabajo, con pocas excepciones, han comprendido la necesidad de la evolución. Solo en las cuestiones de la táctica, de la toma de posición, del debate, de la adhesión no hemos podido ponernos de acuerdo todavía, y ello porque durante demasiado tiempo se había llevado una mala política. Algunos miembros del Partido Socialista, e incluso más de uno que hoy pertenece al Partido Comunista, dicen: «Basta con ocuparse en los sindicatos de cuestiones sindicales.» En realidad, todos hacemos política. Solo tenemos que tener claro por qué hacemos política, y estoy convencido de que en eso nos pondremos de acuerdo.

En un aspecto, sin embargo, exageró el camarada Lozovski, cuando pareció decir que la sagrada Carta de Amiens debe ser derogada, que se la puede pisotear y que hay que rechazarla sin más. No podemos compartir esa opinión. Preferimos —que el camarada Lozovski nos perdone— llevar una política prudente y flexible, que nos dé la posibilidad de entendernos. Sabemos que estamos de acuerdo en un punto, en la cuestión de la acción revolucionaria. Con pocas excepciones, estamos completamente de acuerdo en que la acción revolucionaria debe nacer en el seno de los sindicatos, en el seno de la Confederación del Trabajo. En el Congreso de Lille, los representantes de la organización sindical francesa expondrán con precisión por qué no deseamos la escisión. Lo dirán abiertamente, porque quieren ganarse a toda la Confederación del Trabajo. Pero inmediatamente después del congreso tendremos que llevar a la práctica en nuestra organización, en todas las organizaciones del movimiento sindical francés, las acciones, los principios tácticos que proponemos. Tenemos que dejar de actuar unos contra otros, tenemos que poner en claro qué motivos, qué cuestiones tácticas nos separan. Y estoy convencido de que la Internacional Sindical Roja tendrá entonces en Francia un frente cerrado para la acción revolucionaria. En nuestro país no hace falta hablar de la subordinación de la acción sindical. Pero podéis creernos que los comunistas, que quienes hoy pertenecen a las organizaciones comunistas, no volverán a guardarse la bandera en el bolsillo. Irán a los sindicatos con la bandera desplegada de sus convicciones, de sus ideas. Los pondremos cara a cara frente a nuestros camaradas. Entonces a nuestros adversarios ya no les será posible poner en juego la política y la neutralidad.

Estamos de acuerdo con vosotros en que estas dos fuerzas no solo deben marchar en paralelo, sino ir juntas en profunda unidad. Hay que establecer una colaboración que sea cada día más estrecha. Por lo demás, nadie que todavía hoy vacile en su pensamiento se ha opuesto a esta necesidad ni ha intentado eludirla. Ni uno solo de los que pertenecen a la extrema izquierda o al centro, nadie de la minoría francesa ha pensado en apartar al Partido Comunista. Cuando se produjeron los graves acontecimientos de la movilización, todos dijeron unánimemente: tenemos que actuar junto con el Partido Comunista. No preguntamos al Partido Comunista si se proponía subordinarnos. Solo se subordina a los débiles; una fuerza no se deja subordinar. Pero lo que hay que hacer —y debe ser tarea de quienes se dicen comunistas, de los que todavía parecen estar un poco lejos de nosotros, y será también tarea nuestra— es exponer con precisión nuestra concepción, decir que de hecho queremos hacer política en los sindicatos, una política razonable, clara, precisa, revolucionaria. Y no me preocupa: que se formulen contra nuestra concepción y nuestra organización sindical, contra el Partido Comunista, tantas acusaciones como se quiera. Hay un no sé qué que los obreros aprecian más que las fórmulas, y es la acción. Las fracciones sindicales revolucionarias están dispuestas a pasar a la acción.

Para terminar esta breve exposición, quiero exponeros ahora la opinión de gente a la que no se puede excluir del movimiento sindical. Hay gente que ha trabajado veinte años en el movimiento y ha demostrado que comprende que la Carta de Amiens es solo un momento en la vida de los sindicatos, y no encarna toda la vida sindical. Lo han comprendido; hoy no hay entre ellos ni uno solo que piense de otro modo.

¿Queréis saber lo que dicen nuestros camaradas metalúrgicos, que al comienzo de la guerra fueron el único elemento que apoyó a Merrheim? Merrheim no se había convertido todavía entonces en lo que es hoy: el calumniador de la revolución rusa, a la que al principio adulaba. En realidad, la culpa de esta transformación de Merrheim la tienen los propios camaradas rusos. Omitieron pedirle permiso antes de hacer la revolución. Olvidaron consultarle su opinión. Para gran vergüenza nuestra, reconocemos que lo hemos respetado demasiado tiempo, que lo hemos seguido demasiado tiempo. Pero tenía tanta simpatía a su favor que podíamos equivocarnos fácilmente.

Ahora la organización de los metalúrgicos ha vuelto en sí. Ocupa un lugar destacado en el Comité Sindicalista Revolucionario[^392] y promete mucho para el futuro. Ahora que las federaciones de la construcción y de los ferroviarios están ganadas para nuestra causa, los metalúrgicos —estamos seguros de ello— volverán al camino del que se apartaron por un momento. Codo con codo, de la mano con nosotros, marcharán hacia la acción revolucionaria. Pido al camarada Lozovski y a quienes comparten sus opiniones que tengan presente la siguiente declaración del subcomité de la Oposición Revolucionaria de la Federación de los Metalúrgicos:

La adhesión a Zimmerwald fue consecuencia de nuestra concepción pacifista; la adhesión a Moscú debe ser consecuencia de nuestras ideas revolucionarias. Lo repetimos: los comités sindicalistas revolucionarios no son organismos nacidos en Moscú. Ya en Lyon se planteó la cuestión de la organización de la minoría; lo que se previó en Lyon se realizará en Orleans; los minoritarios formarán allí sus grupos de estudio y de propaganda[^393]. Es igualmente inexacto que los comités sindicalistas revolucionarios persigan el objetivo de poner el movimiento sindical bajo la tutela del Partido Comunista. Ni escisión ni subordinación: esa fue y es nuestra consigna, tanto más cuanto que la resolución de la minoría en Orleans prevé la colaboración con todo partido que actúe de manera revolucionaria, una colaboración en la que el movimiento sindical conserva su autonomía.

Al reclamar la adhesión a la Internacional Sindical Roja, seguimos fieles a nuestra fe internacionalista. Nadie podría afirmar seriamente que la Internacional de Ámsterdam, cuyos dirigentes estuvieron durante toda la guerra a la cabeza del movimiento nacionalista, sea una verdadera Internacional. Es más bien una agrupación sin contenido, cuya unidad externa quedará destruida por el menor peligro de guerra. Si en el camino de Moscú los sindicalistas se han encontrado con partidarios de partidos políticos, ha sido porque nosotros y ellos perseguimos los mismos objetivos. No podemos prohibirles que sigan el mismo camino que nosotros, del mismo modo que no podemos impedir que ciertos políticos colaboren con la Confederación del Trabajo en la campaña en favor de las regiones devastadas, ni que el conocido tiburón Noblemaire, que tiene sobre la conciencia el despido de miles de obreros, cante himnos de alabanza a la Oficina Internacional del Trabajo, en la que actúa el delegado de la Confederación del Trabajo. Sea como sea, una cosa es segura: a pesar de los diferentes puntos de vista, a pesar de la diversidad de ideas, solo hay dos grupos: uno aspira a mantener el orden social actual, el otro va valientemente al encuentro de la revolución. No debe haber ya zonas neutrales en las que puedan refugiarse los indecisos y los cobardes. La vacilación se vuelve peligrosa. Ya es hora de tomar posición. Por lo que a nosotros respecta, nos esforzamos por liberar a nuestra federación del confusionismo en que se encuentra ahora y que amenaza con apartarla por completo del sindicalismo revolucionario.

A quienes conocen el movimiento sindical francés, a quienes saben entre qué dificultades ha tenido que desarrollarse, los remito a la declaración de nuestros camaradas metalúrgicos, que les expondrá la situación con más precisión. Los mismos elementos que todavía ayer querían consentir, a lo sumo, en una especie de colaboración, reconocen hoy que hay un punto importante sobre el que ya no se discute: la salida de la Oficina Sindical de Ámsterdam y la entrada en la Internacional de Moscú.

En el terreno nacional hay todavía un segundo punto que podría hacer posible un acercamiento serio. Si se dice que se acepta la colaboración con un partido político que actúe de manera revolucionaria, eso atestigua que se sanciona esa mala política del partido. Basta con que ese partido pase a la acción para que quienes hoy están en oposición con nosotros se muestren dispuestos a negociar con nosotros y a entrar juntos en la lucha.

Quisiera citaros la opinión de un camarada, que os ruego que tengáis presente, porque este camarada, según dice, defiende ideas puramente sindicalistas. Es de los que han vuelto a levantar el movimiento revolucionario en nuestro país. Me refiero a nuestro camarada Monatte[^394]. Es de los que dicen también que la Carta de Amiens tenía valor en 1906, pero que hay dos momentos importantes que tenían que influir en el espíritu y en el alma de los hombres. Cree que la guerra y la revolución rusa merecen que uno se detenga un momento ante la Carta de Amiens, la discuta y retire los puntos que ya no corresponden a las exigencias actuales. Pero ¿qué dijo el camarada Monatte en el congreso de una sección de los sindicalistas minoritarios de Saint-Étienne?

«Si hay una acusación infundada —dijo Monatte—, es la que acusa al Comité Central de afán de autoridad y de centralismo. Más bien podría reprocharse al comité lo contrario, cosa que, por lo demás, también se hace. En efecto, nuestros comités sindicalistas revolucionarios llevan una vida demasiado poco activa; de ahí la impresión de que solo el centro habla, actúa, ordena. Hay que trabajar en las regiones, interesarse por todos los problemas, y entonces esa impresión desaparecerá. En cuanto a la delegación a Rusia, se compone de camaradas de las más diversas corrientes minoritarias. Si la participación de los camaradas de provincias es relativamente escasa, se debe a que varios camaradas previstos se excusaron. Sobre el mandato hubo dos opiniones: unos eran partidarios del mandato imperativo, otros de un mandato firme, pero que admitiera una forma de organización a la que puedan adherirse todos los movimientos, aunque no se parezcan en absoluto entre sí y no tengan nada en común más que el espíritu revolucionario...»

Francia no está sola en su reivindicación de la independencia del movimiento sindical, y Monatte está convencido de que los camaradas rusos cederán en este aspecto. Lo único importante es que nuestros sindicatos puedan adherirse a la Internacional Sindical Roja sin perder nada de su carácter.

Camaradas aquí reunidos en el III Congreso, ¡pensad solo en las dificultades que todavía tenemos que vencer! Está el peligro de la derecha, que, dígase de ella lo que se quiera, es todavía muy serio. No olvidéis que la clase obrera de Francia sigue creyendo en la posibilidad de una reparación gracias a la victoria. Cuatro o cinco años de mala política han infundido a nuestros obreros un mal chovinismo y un mal nacionalismo. Demasiado egoísmo ha penetrado en el corazón y en el espíritu de los obreros. Hay que poner fin a todo esto. Y sin duda lo conseguiremos. Eso es seguro. A quienes desde 1914 han traicionado al sindicalismo les diremos: basta, ha llegado el momento, seguid vuestro camino; no aceptaremos la menor concesión. Pero hay otros elementos con los que tenemos que contar. Nosotros, los sindicalistas franceses, y —puedo decirlo— todo el Partido Comunista os pedimos que nos deis vuestra confianza, que nos permitáis encontrar un punto de contacto entre los diversos camaradas y las diversas tendencias.

Para terminar, tengo que repetir una vez más que hay un punto sobre el que entre nosotros nunca habrá divergencias: la acción revolucionaria. En este terreno estamos completamente de acuerdo. Precisar nuestro punto de vista, deliberar entre nosotros, tendrá que ser nuestra próxima tarea. Estoy convencido de que las deliberaciones que mantendremos entre nosotros a lo largo de este año darán el resultado deseado. Cuando volvamos a vernos el año próximo en el Congreso de los Sindicatos Rojos, formaremos ya un frente único.

**Bell** (Inglaterra). ¡Camaradas! Estamos de acuerdo en lo esencial con las afirmaciones del camarada Zinóviev de que las experiencias del último año han confirmado la justeza de las tesis del congreso anterior. Esas tesis establecían que los comunistas debían mantenerse en el contacto más estrecho con la mayor parte de las masas obreras. El movimiento sindical y el movimiento de las uniones industriales representan y contienen hoy los elementos más numerosos y mejores del movimiento obrero internacional, y la tarea del Partido Comunista consiste en llevar estas masas, o en todo caso la mayor parte de ellas, al comunismo y al Partido Comunista. En nuestro congreso se hizo la propuesta de mover a los obreros a salir de las asociaciones sindicales, de lanzar la consigna: «¡Abandonad las uniones!». Quisiera comunicaros aquí una experiencia que hicimos en Inglaterra cuando intentamos aplicar esta consigna.

Después de la conferencia de Chicago de 1905[^395], se difundió en Inglaterra la idea de las uniones industriales, y los partidarios de esta idea hacían agitación por la aplicación de este principio. En aquella época quisimos intentar fundar uniones completamente nuevas, asociaciones sindicales que debían basarse en la estructura industrial y no, como hasta entonces, en el principio del oficio. Teníamos entonces la misma idea que se ha expresado también en este congreso, sobre todo por nuestros camaradas del KAPD, a saber, que la organización económica de la revolución debe preceder a la actividad política y al éxito político. Esta opinión estuvo muy extendida también entre nosotros en Inglaterra durante un tiempo considerable. Pero nuestra experiencia en Inglaterra nos muestra la inutilidad de los intentos de obtener siquiera el más pequeño éxito con la consigna: «¡Abandonad los sindicatos!».

Nunca hemos podido hacer tambalearse a los viejos sindicatos, aunque se hizo una propaganda considerable por medio de proclamas y conferencias, no solo entre los obreros de la fábrica, sino también en las diversas asociaciones. La experiencia nos ha mostrado que la mejor escuela de educación del movimiento obrero sigue siendo la lucha actual. Solo en unos pocos casos, por ejemplo en ramas industriales nuevas, como la fabricación de instrumentos científicos o la industria del motor, conseguimos ganar afiliados que rechazaban la vieja organización sindical con su principio fundamental de división por oficios. Además, tengo que advertiros que esta consigna de «¡Abandonad los sindicatos!» es muy ventajosa para los patronos. Pondrán los litigios de estas secciones sindicales de oposición en manos de los dirigentes de las viejas asociaciones de oficio. Por eso esta agitación solo sirve al interés de los patronos. Los elementos revolucionarios son los más aptos para la lucha y los que mejor pueden comprender las artimañas de los patronos, de modo que con la victoria completa de los viejos sindicatos las armas más fuertes pasan a manos de los patronos. Por eso tiene razón el camarada Zinóviev cuando dice que los patronos no se apoyan solo en la violencia, sino que tratan de engañar, de embaucar a los obreros. Pero donde mejor pueden engañar a los obreros es con ayuda de los llamados líderes obreros, a los que en Inglaterra se llama *labour fakirs*, «faquires del trabajo». Por eso esta consigna de «¡Abandonad los sindicatos!», que pone los sindicatos enteramente en manos de los «faquires del trabajo», solo conduce a reforzar a los patronos.

En cuanto al principio del trabajo dentro de los sindicatos, nuestra experiencia de diez años en Inglaterra antes de la guerra muestra que había que aplicar una táctica completamente nueva para salvar en nuestro país un resto, aunque fuera mínimo, de libertad industrial. Esa fue una de las causas que llevaron al movimiento de los comités obreros (*Workers' Committee Movement*) o, como se le llama ahora, al movimiento de los delegados de taller (*Shop Stewards' Movement*). Este movimiento fue la respuesta al desafío de los patronos, que privaban a las asociaciones sindicales de sus derechos civiles. Este movimiento de los comités obreros defendía los principios elementales de la organización obrera en las fábricas. Pero este movimiento no pensaba, como suponen nuestros amigos del KAPD, en fundar asociaciones sindicales aparte. Aspiraba a algo muy distinto: quería hacer conscientes a los obreros de la idea y el principio de la necesidad de un control obrero sobre la empresa. Hemos suscitado este movimiento de los *shop stewards* para aplicar este principio en las uniones sindicales, obligarlas a participar enérgicamente en la lucha revolucionaria e impedir que los dirigentes reaccionarios obstaculicen la obra revolucionaria de agitación. Seguimos con nuestra crítica incansable de los viejos sindicatos, de sus dirigentes y de sus métodos; pero abandonar esos viejos sindicatos y actuar así en interés de los «faquires del trabajo» no se nos ha pasado nunca por la cabeza.

Manteniendo a los obreros en vilo todo el tiempo, poniendo bajo su verdadera luz cada pequeño suceso de la vida de la fábrica y dirigiendo la atención de los obreros a las formas más corrientes de la lucha de clases cotidiana, les explicamos nuestro punto de vista y nos ganamos su simpatía. Si tuviera tiempo, podría citar muchos hechos que demostrarían que la propaganda activa y el trabajo de estos comités obreros y del movimiento de los *shop stewards* han conducido en muchos casos a destruir el espíritu de dispersión, a concentrar a los mejores elementos de las uniones sindicales, a fusionar las diversas uniones.

Quisiera señalar algunos hechos que merecen discutirse en este congreso. En relación con la caracterización de las funciones de las uniones sindicales, hemos tenido aquí discusiones sobre si los sindicatos pueden llamarse escuelas del comunismo. No me queda del todo claro qué se quiere decir con ello, pero supongo que las uniones sindicales deben allanar el camino a la agitación comunista y a la propaganda en favor del Partido Comunista. Me parece que de ello solo se puede sacar una conclusión: si los sindicatos han de ser escuelas del comunismo, tenemos que actuar en esas escuelas. Su eficacia y los éxitos alcanzados con la propaganda y la agitación dependerán principalmente de las capacidades de los comunistas que actúen como maestros. Si los alumnos no quieren ir a los comunistas, los maestros tendrán que ir a ellos. Ese es el argumento que puede oponerse a la consideración de que los obreros son tan indiferentes que no harán caso a los comunistas. Los comunistas tienen que ir a los obreros si estos no vienen a ellos por sí mismos. Pero en estas escuelas del comunismo —en estas uniones obreras— hay que enseñar a los obreros algo más que la instrucción escolar corriente, hay que hacer algo más que repartir literatura y dar las conferencias habituales. Tenemos que tener en cuenta sobre todo que el obrero medio, que no está muy versado en las teorías económicas, en la historia, etc., está acostumbrado a nociones concretas. Entiende muy bien cuando se trata de la reducción de su salario; comprende cuando se abusa de él; tiene un juicio claro sobre los sucesos diarios de su vida en la fábrica. Los comunistas tienen que organizarse de modo que se mantengan en el más estrecho contacto con los intereses y las necesidades cotidianas de los obreros. Ahí encontrarán el mejor material, el mejor método para educar a los obreros en el comunismo. Pero las uniones sindicales no deben ser solo escuelas del comunismo, sino también escuelas de lucha, porque, queráis o no, las uniones seguirán influyendo en esa lucha de acuerdo con sus concepciones, presentándola a su propia luz. El trabajo más importante de los comunistas consiste en tomar en sus manos la dirección de estas organizaciones, en poner de acuerdo el punto de vista comunista con el punto de vista y las aspiraciones de los obreros, o a la inversa. Espero que ahora quede claro lo que quiero decir, a saber, que el trabajo de los comunistas en las uniones sindicales no consiste solo en ayudar a los obreros en la lucha cotidiana, sino principalmente en infundir a estas uniones el espíritu del comunismo y en extirpar la vieja tendencia a la dispersión de estas uniones en diversas secciones de oficio. Tenemos que contrarrestar los intentos de las diversas secciones de actuar por separado, tenemos que transformarlas hasta que por fin podamos llevar a la práctica la consigna: «¡Una unión única para toda una rama industrial!». Bajo esta bandera tenemos que luchar; los comunistas tienen que aprender a comprender que las funciones de las uniones no consisten solo en impulsar y dirigir la lucha, sino en trabajar en la fundación de una nueva sociedad comunista, que todos tratamos de construir. Ahí está precisamente la causa de la crisis actual en este país.

Si los obreros hubieran estado organizados industrialmente tanto como políticamente, la vida industrial de Rusia habría avanzado. Eso es a lo que aspiramos; una unión eficaz para cada rama industrial: «una unión para cada industria» tiene que ser la consigna que los comunistas deben tener presente.

En cuanto a la propuesta del sindicato apolítico, las experiencias que hemos hecho en Inglaterra a este respecto son del mayor interés. Tenemos en este momento en Inglaterra un movimiento sindical que no quiere resolver las cuestiones industriales sobre una base política. Esa es una debilidad característica de nuestro movimiento sindical actual. El hecho de que en el sindicato no se haga política y de que esté en contra de las acciones políticas tiene importancia. Corresponde a los comunistas hacer comprender a los obreros que hoy no se pueden separar las cuestiones industriales y las políticas, y que en toda lucha industrial llega tarde o temprano un momento que adquiere carácter político. Depende de los comunistas fundir estos dos momentos de la lucha.

Y ahora, para terminar, unas palabras sobre las relaciones de la Internacional Comunista con la Internacional Sindical Roja. Por lo que respecta a la delegación inglesa, consideramos el movimiento industrial, el movimiento sindical rojo, como parte complementaria de nuestro trabajo comunista y de nuestra mayor energía.

En nuestros preparativos para la revolución comunista esperamos de los obreros organizados que nos provean de las fuerzas necesarias para apoyarnos en nuestras conquistas en el movimiento político comunista. Si es así, resulta evidente que los comunistas influyen en la Internacional Sindical Roja, la dirigen y tienen gran interés en poder controlarla, y por eso hay que crear un estrecho parentesco entre la Internacional Comunista, por un lado, y la Internacional Sindical Roja, por otro, y una coalición entre ambas mediante delegados recíprocos.

En cuanto a Ámsterdam, no debemos olvidar que es peligroso hacer de Ámsterdam un fetiche. En Inglaterra no hay discusión sobre ello. Hemos encontrado que la mejor manera de criticarla es no dar demasiada importancia a criticarla.

La mejor manera es atacar a esta Internacional desde las organizaciones nacionales, entrando en los sindicatos y destituyendo a los dirigentes reaccionarios, con lo que se hace posible quitar a la Internacional de Ámsterdam esos sindicatos y su apoyo.

He aquí algunas cosas que queremos someter al congreso con la esperanza de que preste a todo ello la atención necesaria.

**Presidente Gennari.** Quedan todavía dos oradores inscritos. Después se cerrará el debate. Los ponentes no tomarán la palabra hasta que haya terminado el trabajo de la comisión.

**Leo Pivio** (Finlandia, América). Camaradas, no me propongo hablar contra las directrices presentadas por el camarada Zinóviev. Quiero decir también desde el principio que estoy de acuerdo con lo expuesto por el camarada Bell sobre las relaciones con los sindicatos. Pero tengo que decir aquí unas palabras sobre las uniones industriales, sobre la IWW americana. Desde que llegué a América en 1907 soy miembro de la organización y, como tal, he participado todo ese tiempo en el movimiento obrero de América. Considero mi deber rectificar los datos falsos e insuficientes que se han dado aquí sobre la IWW. En particular, tengo que subrayar que las citas de publicaciones de la IWW que se han leído aquí no reflejan el punto de vista de la organización. La mayoría de esas citas son falsas. De hecho, no se emitió ni un solo voto contra la Rusia soviética. Lo que en esos extractos se dirige contra la III Internacional y contra el comunismo fue retirado por la IWW. Sandgren[^396], que tuvo la culpa de este asunto, fue relevado de su puesto de redactor de la mayor revista mensual, *One Big Union*. Apeló al congreso de la IWW que se celebró hace unas semanas en Chicago; pero los delegados no le hicieron caso. Al contrario, el congreso aprobó la posición que el Ejecutivo había adoptado en el caso Sandgren. La propuesta que quiero hacer aquí es sumamente importante en este contexto. Es cierto que en organizaciones como la IWW hay a veces individuos que no están de acuerdo con la posición de la organización. Llegan incluso a rechazar las tradiciones de la organización. Así ocurrió en la IWW en 1917. Varios miembros y funcionarios adoptaron un punto de vista contrario a las tradiciones, a los principios y al buen nombre de la organización. Escribieron libelos contra la Rusia soviética. Escribieron artículos contrarrevolucionarios y publicaron literatura contrarrevolucionaria. En cuanto las organizaciones y las secciones locales de la IWW tuvieron conocimiento de ello, protestaron. Exigieron que se retirasen esa literatura y esos artículos. El Ejecutivo de la IWW no dejó de hacerlo. Los artículos no solo fueron retirados, sino también destruidos. Así pues, si achacáis a la organización las citas aducidas aquí, vais descaminados. La organización no tiene culpa de ello. Pero la cuestión tiene que aclararse para que los camaradas rusos puedan comprender la situación de la IWW en los años 1917, 1918 y 1919. Algunos camaradas de aquí movieron la cabeza cuando se leyeron las citas. Quizá pensaron: «¡Qué organización tan reaccionaria debe de ser esa!».

La IWW era en el año de guerra de 1917 una gran organización. Era la única organización que luchaba valientemente contra la guerra. La IWW declaró la huelga general en los estados del Oeste, organizó una huelga en las regiones mineras. Incendió todo el Oeste contra la guerra, contra el gobierno de Wilson y contra la plutocracia americana. Pero no encontró ningún apoyo en las filas del Partido Socialista ni de la gente que hoy representa aquí a los sindicatos. Todos ellos dejaron sola a la IWW en su lucha contra el gobierno. La consecuencia fue que los capitalistas americanos se unieron y se lanzaron sobre la IWW. Tres mil redactores, oradores, organizadores y miembros activos fueron encarcelados, asesinados, etc. Toda la organización quedó destrozada. Los sicarios de los capitalistas irrumpieron en los locales de la IWW, destruyeron y quemaron libros y documentos, destrozaron las máquinas de escribir, etc. Naturalmente, después vino la reacción. La causa fueron las encarnizadas huelgas —algunas de ellas muy victoriosas— que la IWW había llevado a cabo poco antes de la fechoría del gobierno y de la burguesía americanos. No necesito explicar a los camaradas rusos lo que significan las huelgas económicas. Basta con recordarles la situación del movimiento obrero ruso en los años 1896 a 1900. Hasta los socialistas publicaron entonces un manifiesto en el que se decía que ningún revolucionario debía entrar en los sindicatos, porque numerosos soplones hacían allí su oficio. Exactamente lo mismo ocurrió en 1917 en la IWW. La organización estaba destrozada; todas las mejores fuerzas que habían luchado en la IWW durante todo un decenio, sus maestros, organizadores, oradores y redactores, fueron arrojadas a la cárcel.

¿Qué se podía esperar? Los obreros creían en la acción económica porque en ese terreno habían conseguido algo. En la organización solo habían quedado jóvenes. No tenían experiencia; las tradiciones de la organización, sus principios fundamentales, les eran desconocidos. Como en todas las demás organizaciones, también aquí se podían encontrar numerosos soplones. Con ocasión del proceso contra nosotros en Chicago[^397], el gobierno declaró que desde 1916 había mantenido en la IWW a 86 soplones con fines de provocación. Eran 56 u 86, ya no lo recuerdo con exactitud.

Repito, pues, que no se le puede hacer reproche alguno a la organización. Al contrario: una organización que ha luchado con tanta energía contra los capitalistas y la plutocracia tiene que tener un núcleo sano, tiene que ser una organización fuerte y tiene que haber lanzado ataques muy audaces contra los capitalistas, si la burguesía se vio obligada a unir todas sus fuerzas para abatir a la IWW, como ocurrió en 1917. Naturalmente, la IWW tuvo sus Sandgren y compañía. Pero nuestros camaradas de aquí acusaron a Haywood y a otros, aunque todos los miembros de la organización que estaban en libertad protestaron con el mayor celo contra las afirmaciones de Sandgren y exigieron que se retractara de ellas. En verdad, la IWW fue la primera organización que se declaró a favor del bolchevismo. En 1917 fueron los órganos de la IWW los que defendieron con más celo el sistema soviético y el bolchevismo. Los comunistas americanos recogen la cosecha. Pero la siembra la hizo la IWW.

Tengo que tratar ahora otra cuestión en este contexto, a saber, las relaciones de la Internacional Comunista con los sindicatos revolucionarios, en particular en lo que se refiere a la formulación del camarada Zinóviev sobre ello. Sería un gran error que frente a los sindicatos revolucionarios de América se quisiera adoptar un punto de vista dirigido contra la IWW y el unionismo industrial. Si los comunistas americanos cometieran el mismo desacierto que en su tiempo los socialistas americanos, si se enfrentaran con hostilidad a las uniones industriales, a los miles y millones de partidarios del unionismo industrial, les espera la misma suerte que al Partido Socialista. En primer lugar, el partido seguirá siendo entonces una organización pequeña. Lo principal es que el Partido Comunista de América aumente el número de sus miembros. Hoy es más una secta que un partido. Es importante que se convierta en un partido de masas. Pero ¿de dónde va a sacar sus miembros si no los recluta entre los elementos revolucionarios activos? En América hay cientos de miles de revolucionarios activos, con consciencia de clase. Es cierto que todavía no son comunistas, pero tienen el valor de los comunistas, siguen su táctica y trabajan incansablemente por la revolución. Nunca se ponen del lado de los capitalistas para mantener el orden social actual.

Por eso es importante que el Partido Comunista de América reclute sus miembros entre estas masas, entre los cientos de miles de verdaderos revolucionarios, los miembros activos de la IWW, y entre las uniones industriales que están fuera de la IWW. A estos revolucionarios jóvenes, fuertes, dispuestos a luchar, tiene que ganárselos el partido. Esta es la tarea del partido americano y, si no lo comprende, no tiene perspectivas de seguir desarrollándose.

El Partido Comunista americano no debe combatir el unionismo industrial; de lo contrario, le pasará lo mismo que al Partido Socialista. En ese caso se formará un ala izquierda; el partido se escindirá como se escindió el Partido Socialista. Si adoptáis un punto de vista antagónico, no haréis más que acelerar la escisión del partido. Cientos de miembros de la IWW pertenecen al Partido Comunista. Conozco a todos los camaradas finlandeses y sé que cada uno de ellos es unionista industrial. También muchos comunistas americanos que conozco están a favor del unionismo industrial. Así pues, si adoptáis un punto de vista hostil, fomentaréis la discordia en el Partido Comunista y contribuiréis a que se convierta, igual que el SLP[^398], en una secta doctrinaria.

Quisiera refutar todavía una afirmación que se ha hecho sobre el camarada Haywood. Se ha dicho aquí que es partidario de una especie de «unionismo dual». Tengo aquí delante las directrices que se propone presentar al Congreso de los Sindicatos Rojos y quisiera citar un pasaje que aclara su punto de vista:

«El movimiento político revolucionario del Partido Comunista solo puede tener un objetivo, a saber, el derrocamiento violento del orden capitalista de producción y distribución en el Estado burgués y su sustitución por la dictadura del proletariado mediante el sistema soviético. Por eso es una necesidad histórica y táctica que las uniones obreras se subordinen a este objetivo y participen en el movimiento político comunista.» A esto, creo, no necesito añadir nada.

**Marković** (Yugoslavia). Camaradas, he tomado la palabra para refutar una afirmación muy ligera del camarada Landler. El camarada Landler, según el acta taquigráfica, hizo la siguiente afirmación: que el partido hermano yugoslavo renunció a una huelga política cuando se disolvieron los sindicatos yugoslavos. Que ni siquiera llevó a cabo una acción parlamentaria en el parlamento. Esta afirmación está en completa contradicción con la verdad. Tiene que proceder de una fuente muy sucia, a saber, de la prensa socialpatriota y centrista. Las cosas son así: la huelga política que se proclamó con motivo de la militarización de los mineros, que estaban en huelga, fue el pretexto no solo para disolver los sindicatos, sino también el Partido Comunista de Yugoslavia. ¿Cómo reaccionó nuestro partido? La huelga general proclamada duró uno, dos o tres días. La huelga minera duró todavía catorce días a pesar del terror más brutal. El Partido Comunista de Yugoslavia concentró todas sus fuerzas en extender y agudizar esta huelga general minera. Y lo consiguió plenamente. Con esta huelga general minera pudimos causar en aquel momento el mayor daño a la burguesía yugoslava. Y eso, lo subrayo, lo conseguimos plenamente. En una gran región de Yugoslavia, la huelga minera se transformó en una guerra civil abierta. En muchos lugares hubo choques sangrientos con la policía y el ejército, en los que quedaron algunos muertos y muchos heridos por ambas partes. Así reaccionó el Partido Comunista Yugoslavo a este golpe de Estado. Con este motivo tengo que decir lo siguiente: si los sindicatos húngaros hubieran reaccionado al menos así cuando se hundió la dictadura de los consejos en Hungría, quizá la situación en Hungría sería todavía hoy algo distinta. En cuanto a la acción parlamentaria, tengo que hacer constar lo siguiente: en Yugoslavia no está reunido actualmente un parlamento ordinario, sino una Constituyente con condiciones de trabajo especiales, a saber, con la tarea especial de elaborar cuanto antes una constitución. Según el reglamento de la Constituyente, todos los demás trabajos quedaron excluidos casi por completo. A pesar de todo, nuestro grupo parlamentario consiguió, con una actuación enérgica, imponer tres veces a la Constituyente el debate sobre la disolución de los sindicatos y del Partido Comunista, y en esos debates del parlamento se produjeron escenas tempestuosas, grandes manifestaciones que encontraron un eco revolucionario en las más amplias masas proletarias fuera del parlamento. Así están las cosas; como ven ustedes, de manera muy distinta a como el camarada Landler, no sé por qué motivos, pero de forma completamente tendenciosa, ha intentado presentarlas.

**Presidente Gennari.** Ha llegado una declaración de la delegación noruega. Dice así:

«Lo que el camarada Zinóviev ha dicho sobre el movimiento en Noruega no concuerda del todo con la realidad. Afirmó que la dirección de los sindicatos noruegos había quedado en manos de los centristas. La situación es la siguiente: en el último congreso sindical, el año pasado, fueron elegidos miembros de la Comisión General seis comunistas y tres centristas. Uno de estos es el presidente. No nos atrevimos a ocupar todos los puestos de la Comisión General con comunistas porque había peligro de que con ello se rompiera la Organización Nacional[^399]. La dirección de una serie de federaciones de oficio, y no de las mayores, está todavía en manos de los centristas y de los socialdemócratas.

Dentro de unos meses se celebrará un nuevo congreso, a petición de grandes masas dentro del movimiento. Estas grandes masas están indignadas por la forma en que terminó la gran huelga de junio[^400]. Con toda seguridad, en ese congreso se producirá una nueva orientación en el país. Probablemente se disolverán muchas de las viejas federaciones de oficio, con lo que el burocratismo del movimiento sindical recibirá el golpe de gracia.»

**Presidente Gennari.** El sábado a las 7 se inaugurará en el teatro Zimin el Congreso de la Juventud[^401]. Todos los delegados están invitados a la ceremonia de apertura.

*La próxima sesión se celebrará mañana por la tarde a las 6.*

*Se levanta la sesión a las 12 de la noche.*

## Vigésima sesión, viernes 8 de julio de 1921 (8 de la tarde)

*(La Internacional Comunista y el movimiento juvenil comunista. Oradores: Münzenberg, Frölich. Resolución sobre la Internacional Comunista y el movimiento juvenil comunista. — Clara Zetkin: informe sobre el movimiento de mujeres. — Oradoras: Luise Colliard, Kollontái. — Resolución sobre la vinculación internacional de las comunistas y el Secretariado Internacional Femenino Comunista. — Resolución sobre las formas y los métodos del trabajo comunista entre las mujeres.)*

**Presidente Kolárov.** Tiene la palabra el camarada Münzenberg para informar sobre la cuestión de la juventud.

**Münzenberg**. ¡Camaradas! Ya en su informe sobre la actividad del Ejecutivo señaló el camarada Zinóviev que debería prestarse mucha más atención y consideración a la cuestión del movimiento juvenil comunista. Camaradas, esta advertencia del camarada Zinóviev estaba justificada. A pesar de la historia del movimiento juvenil comunista, hay todavía hoy numerosos camaradas que consideran la cuestión del movimiento juvenil comunista como algo secundario, como algo inmaduro, como algo infantil, mientras que otros camaradas temen que unas asociaciones juveniles comunistas separadas puedan convertirse fácilmente en partidos comunistas paralelos. Ninguna de las dos concepciones da con la esencia del movimiento juvenil comunista. El problema del movimiento juvenil es para la Internacional Comunista mucho más grande y mucho más serio. Gracias a los métodos particulares del modo de producción capitalista, a la introducción de las máquinas, al trabajo parcelado en las fábricas, etc., fue posible incorporar al proceso de producción a toda una masa de mujeres y jóvenes. Cuando aquí y a lo largo de mi exposición empleo la palabra jóvenes, entendemos por ella la capa de la clase obrera que va de los 14 o 15 años (al salir de la escuela) hasta los 19 y 20 años. A esta capa de la clase obrera la designamos con la palabra jóvenes cuando pensamos en agruparla en organizaciones juveniles comunistas especiales. Ya antes de la guerra un número bastante grande de estos jóvenes estaba incorporado al proceso general de producción como peones y obreros de fábrica. Con la industria de guerra, con el rápido desarrollo del capitalismo y del imperialismo, este proceso se ha acelerado enormemente. Y con este proceso, multitudes cada vez mayores de jóvenes que en años anteriores trabajaban como jornaleros del campo y aprendices han sido arrastradas a las grandes empresas como obreros de fábrica y peones. Este proceso continúa todavía hoy. Hoy el ejército de jóvenes que ocupan esta posición en el proceso de producción cuenta ya muchos millones. Camaradas, al mismo tiempo se produjo un cambio completo en la posición económica de los jóvenes en el proceso de producción. Con el aumento de la colaboración directa y activa de los jóvenes en la producción se produjo también un desplazamiento social; la explotación artesanal de los aprendices, que todavía predominaba en los años sesenta, setenta y ochenta, retrocede cada vez más. En líneas generales, esto lo saben muy bien los camaradas. Pero de la rapidez vertiginosa con que se desarrolla este proceso, solo unas cifras, solo unas indicaciones. En Suiza, por ejemplo, había en 1912 400.000 asalariados, de los cuales ni siquiera 30.000 eran aprendices, pero sí bastante más de 60.000 peones jóvenes. En una industria marcadamente capitalista de Suiza, la industria textil, había 97.000 obreros. De ellos, es cierto, solo 1500 eran aprendices, pero 22.500 eran obreros jóvenes de fábrica. Aquí, frente a 1500 aprendices había ya 22.000 peones jóvenes. En Viena había en 1913 61.500 aprendices, en 1916 solo 29.000 y en 1917 ya solo 18.000. A una velocidad vertiginosa retroceden aquí los aprendices de oficio en favor de los peones y obreros jóvenes de fábrica. Estas tendencias pueden seguirse en todos los países y en todas las industrias. Lo decisivo en este cambio es que los aprendices y oficiales ya no tienen hoy, como antes, la perspectiva y la esperanza de independizarse como maestros tras un aprendizaje de tres años. Lo decisivo es que el joven, al entrar en la fábrica, tiene por delante desde el principio una vida de obrero de fábrica hasta la vejez. Eso es lo decisivo para nuestra consideración. Sus intereses coinciden en lo fundamental con los intereses de los obreros adultos. Igual que el obrero adulto, solo puede defenderlos tratando, como el obrero adulto, de vender su fuerza de trabajo al precio más alto posible. Camaradas, y sin embargo la situación del joven es en todos los aspectos la peor imaginable; el joven pertenece económicamente a la categoría de obreros peor situada. Si seguimos las estadísticas, encontramos que en todos los países los salarios de los jóvenes son los que menos han aumentado en los últimos años.

Tenemos en Alemania toda una serie de grupos de aprendices, grupos de obreros jóvenes, que cobran los mismos salarios que antes de la guerra y durante la guerra, con un aumento muy pequeño, aunque la carestía general alcanza varios cientos por ciento. Los obreros jóvenes, con un trabajo casi tan importante como el de los adultos en la fábrica, tienen relativamente el peor salario. Por el peor salario, por el mal trato que a menudo reciben de sus superiores, por el gran número que aportan al ejército de parados, pertenecen a las categorías de la clase obrera económicamente más miserables. Ya este solo hecho los pone en el mismo plano que los parados, que también en todos los países pertenecen a la capa de la clase obrera que antes se ve ganada por las ideas comunistas. A la mala situación económica se añade su mala posición política y cultural. Los jóvenes carecen por completo de derechos políticos en todos los países capitalistas, tanto en la participación activa en el parlamento como en todos los lugares donde la ley ha creado consejos de fábrica u otros consejos: en todas partes están excluidos de la participación activa en las decisiones. Más aún, la época de la guerra trajo en algunos países capitalistas leyes de excepción especiales contra los obreros jóvenes. A esto se añade el atraso cultural. Si ya antes de la guerra las escuelas primarias burguesas valían muy poco, con todo el delirio de la guerra las escuelas han empeorado todavía más. A ello se suma que, hasta cierto punto, también la peculiaridad psicológica de la juventud, su receptividad para lo nuevo, para lo revolucionario, la hace particularmente apta para acoger las ideas comunistas. Especialmente en los países coloniales, en Oriente, se ha visto que las capas que primero fueron ganadas por el movimiento comunista son siempre las generaciones más jóvenes.

En algunos países, la masa de obreros jóvenes llegaba a varios millones; en Alemania, por ejemplo, a cerca de cuatro millones. No será exagerado estimar en 20 millones el número de jóvenes en los países capitalistas. Camaradas, creo haberles demostrado con este rápido esbozo que la situación económica general, la situación político-cultural y las características psicológicas hacen a esta capa de 20 millones de obreros jóvenes particularmente receptiva a las ideas comunistas. Sostenemos que, por esta razón, la Internacional Comunista y los partidos comunistas deberían hacerlo todo para llevar a cabo, intensificar y ampliar especialmente la propaganda comunista entre estos 20 millones de obreros y obreras jóvenes, que por toda su situación son particularmente aptos para ser ganados por nosotros. Ganar a un gran número de estos 20 millones significaría un éxito enorme para el movimiento comunista general. Ya solo con que estos jóvenes se incorporaran a la línea general de combate de la Internacional Comunista, esa línea se ensancharía y ampliaría enormemente. Pero hay algo más. La historia del movimiento revolucionario, y sobre todo la historia del movimiento proletario de los últimos años, demuestra que, tanto en Finlandia como en Hungría, en los Estados periféricos como en Rusia, es precisamente de las filas de los jóvenes de donde pueden ganarse los combatientes más capaces de sacrificio por la revolución proletaria. Ese es un factor que no debe subestimarse y una razón por la que tenemos que ganar precisamente a la masa de los jóvenes para el movimiento. Los viejos dirigentes socialdemócratas, que en algunos aspectos eran muy buenos estrategas, fracasaron por completo precisamente en lo que se refiere a aprovechar el entusiasmo de los obreros jóvenes. Legien y otros no tuvieron en 1908, en una discusión sobre este tema, más que chistes malos para el afán de sacrificio de los jóvenes. Hindenburg, Ludendorff y Guillermo aprovecharon durante la guerra con mucha habilidad el entusiasmo y el afán de sacrificio de los jóvenes. La juventud se alistó voluntaria para la guerra por cientos de miles.

Otra cosa: entre nosotros, en Alemania, se ha visto que, en la escisión del SPD y más tarde del USPD, el viejo tronco probado de los funcionarios y militantes activos se quedó en los viejos partidos, y que al Partido Comunista solo le fue posible llevarse consigo un porcentaje bastante pequeño de esas capas. Ganando a la juventud y con una educación sistemática de las organizaciones juveniles se ofrece la posibilidad de formar en pocos años para los nuevos partidos comunistas un tronco muy bueno de funcionarios, militantes activos y dirigentes probados.

A ello se añade que ya hoy se puede atraer a una gran parte de los jóvenes al trabajo activo inmediato del partido. En la vida del partido, en el trabajo del partido, hay toda una serie de tareas para cuya realización los jóvenes son especialmente aptos. Pienso, por ejemplo, en diversos trabajos del movimiento ilegal, en el servicio de enlaces, en la propaganda ilegal y, sobre todo, en la propaganda antimilitarista.

Con ocasión de la discusión sobre Francia en el Comité Ejecutivo hubo un breve debate sobre esta tarea. Se ha reprochado injustamente a la juventud comunista francesa que fue demasiado lejos, que adoptó una posición equivocada al propagar la negativa a prestar el servicio militar. Pero tenemos que contar con el siguiente hecho: en Europa central y occidental, en los ejércitos permanentes, que se cuentan por cientos de miles, en Checoslovaquia, Italia, Francia y en los nuevos Estados, en Polonia, hemos llevado a cabo dentro de esos ejércitos un trabajo sistemático e ininterrumpido de zapa. Es una tarea digna de aprecio de la juventud comunista, para la que esta es especialmente apta gracias a su posición social. Además de este trabajo hay toda una serie de otros trabajos. En Alemania vimos durante el golpe de Kapp que se recurrió a la masa de los jóvenes en las imprentas y para pegar carteles, sobre todo en Berlín. Aquí hay también una ventaja enorme para el Partido Comunista. Las tareas no se agotan con la toma del poder. Precisamente el ejemplo de Rusia y de la Unión de la Juventud Comunista de Rusia demuestra que también después de la toma del poder, durante el período de la dictadura proletaria, las organizaciones juveniles comunistas pueden hacer un trabajo muy bueno y útil para el movimiento comunista, para los partidos comunistas, educando y formando instructores proletarios, dirigentes proletarios en los diversos comisariados, en el Ejército Rojo, aportando instructores y futuros oficiales. Aquí está el verdadero gran campo de acción de la juventud comunista: que de sus filas salgan todos aquellos que ocuparán el lugar de los intelectuales burgueses como instructores proletarios de la nueva economía. La Internacional Comunista y los partidos comunistas tienen tanto más motivo para prestar atención a la conquista de estos 20 millones cuanto que los adversarios de la Internacional Comunista de todos los matices no dejan nada por intentar para asegurarse, por su parte, las nuevas generaciones proletarias. Les recuerdo lo que hace el Estado burgués con sus viejas organizaciones, la escuela, la Iglesia, la prensa, los periódicos juveniles. El Estado burgués ha ido más lejos. Tenemos en Alemania, Francia e Inglaterra cientos de variedades de asociaciones juveniles burguesas, desde las religiosas hasta las llamadas asociaciones deportivas. Con el avance de la revolución proletaria se desarrolla también el carácter de clase de estas instituciones burguesas. En Alemania hemos visto que una gran parte de estas asociaciones, bajo la dirección de los estudiantes burgueses, fue movilizada para luchar contra los obreros revolucionarios, y luchó. A esto se añade que también los partidos socialdemócratas, la II Internacional, lo intentan todo para asegurar las nuevas generaciones proletarias para su partido y su organización.

Últimamente, hace unas semanas, se ha pasado a crear una Internacional amarilla especial. En algunos países tenemos todavía asociaciones juveniles socialdemócratas fuertes, numéricamente fuertes. En Alemania, donde la Unión de la Juventud Comunista cuenta 25.000 miembros, hay un séquito juvenil socialdemócrata de más de 70.000. Al mismo tiempo, en los sindicatos, orientados casi en la misma línea, tenemos grupos juveniles que abarcan a 250.000 miembros. En Holanda tenemos apenas 500 miembros, mientras que las asociaciones socialdemócratas cuentan 10.000. Hace algún tiempo, la II Internacional pasó a agrupar a estos grupos, y empieza a desarrollar sistemáticamente el movimiento juvenil. Ustedes saben qué importancia tiene esto y qué atención ha prestado la II Internacional al movimiento juvenil. Nada menos que el actual presidente de la República alemana, Fritz Ebert, fue durante años presidente de la Comisión de Propaganda Juvenil de Alemania[^402].

Cuando la Internacional Dos y Media se reunió en Viena, el padre Kautsky lo movilizó todo para reunir a la juventud bajo su protección y su cetro, y al mismo tiempo se fundó entonces una Internacional Juvenil Dos y Media[^403], con algunas secciones en Austria de 25.000 miembros, etc. Camaradas, no necesitamos sobrestimar los esfuerzos, los empeños de nuestros adversarios en este terreno; sabemos muy bien, aproximadamente, qué límites pueden alcanzar en sus esfuerzos los socialpatriotas y los centristas; pero tampoco debemos subestimar este trabajo de nuestros adversarios. Se trata aquí de hacer frente a los intentos de los socialpatriotas, de la Internacional sindical, de los centristas, de asegurarse las nuevas generaciones proletarias, de dificultarles el camino hacia nosotros, de detenerlas e impedir su adhesión al movimiento comunista; se trata de hacer frente a estos empeños e impedirlos. La Internacional Comunista y los partidos comunistas pueden hacer tanto más cuanto que la propia juventud se inclina hacia el movimiento comunista. La juventud siente instintivamente que sus intereses reales y verdaderos coinciden con el interés de la Internacional Comunista, que sus intereses solo son representados real y verdaderamente por los partidos comunistas, y en todas partes donde los partidos comunistas han colaborado para asegurarse a la juventud, y donde ha sido posible, donde existía la posibilidad de una propaganda abierta y libre, como en Italia hasta hace poco, en Escandinavia, Dinamarca y Noruega, en Checoslovaquia, donde la organización juvenil comunista pudo medirse en libre juego con las variedades de asociaciones juveniles burguesas y socialpatriotas, en todas partes la juventud se ha puesto en una mayoría abrumadora del lado de los comunistas contra los socialpatriotas y contra los burgueses. Precisamente en los últimos días se ha informado desde Checoslovaquia, donde sobre todo el ala derecha, los viejos socialpatriotas, intentaban asegurarse las nuevas generaciones proletarias en organizaciones de *boy scouts*, que esas organizaciones de *boy scouts* se han pasado en su gran mayoría al movimiento juvenil comunista. La juventud proletaria, que sentía instintivamente la justeza de la táctica revolucionaria de la Internacional Comunista, estuvo entre los primeros grupos que durante la guerra emprendieron la lucha contra la guerra bajo la dirección de Karl Liebknecht, Rosa Luxemburg, Clara Zetkin y otros en Alemania, de Höglund en Suecia, de Koritschoner en Austria y de otros camaradas. Cuando se formó Zimmerwald-Kienthal, la juventud tenía ya tras de sí su primer congreso internacional[^404]. La Unión de la Juventud sueca, la organización juvenil noruega, la suiza, y en Alemania los grupos de oposición, fueron los primeros en declararse a favor de Zimmerwald-Kienthal y más tarde de la izquierda de Zimmerwald. Y nada menos que el camarada Zinóviev, en un breve folleto dirigido a la juventud rusa, ha caracterizado la gran importancia que tuvo la actuación de entonces de las asociaciones juveniles revolucionarias en la lucha contra la guerra, para la agrupación de todos los elementos revolucionarios. En el otoño de 1919 se reunieron doce de estas uniones en una conferencia en Berlín y decidieron reorganizar la Internacional Juvenil en una Internacional Juvenil Comunista. Entonces la Internacional Juvenil contaba en estas doce uniones algo más de 300.000 miembros. Por una serie de casualidades desgraciadas y contrariedades, el Comité Ejecutivo instalado en Berlín no pudo llevar a cabo hasta pleno verano del año pasado un gran trabajo planificado de agitación y organización para ampliar y reforzar el movimiento juvenil internacional. Camaradas, cuán justificada está mi afirmación del principio, de que estos 20.000.000 pertenecen a las capas que somos los primeros en ganar, lo demuestra el hecho de que, a pesar de lo breve del tiempo, en los pocos meses transcurridos desde el otoño de 1920, las uniones que pertenecen a la Internacional Juvenil han pasado de doce a cincuenta, y que se ha podido reunir a bastante más de 800.000 jóvenes, a pesar de los escasos medios de que disponíamos y de los escasos esfuerzos que pudimos hacer en los primeros meses. Esos meses estuvieron ocupados por una viva actividad de propaganda para ganar a las uniones que entonces todavía se mantenían al margen de la Internacional Juvenil Comunista, sobre todo por la lucha contra las organizaciones centristas, que hasta hace unos meses dominaban todavía todo el movimiento juvenil proletario de Europa central. Toda la juventud francesa estaba hasta hace pocos meses en manos de los centristas. Y los últimos meses se dedicaron con pleno éxito a ganar a estos jóvenes. La Internacional Juvenil ha intentado, mediante su prensa, mediante periódicos —recuerdo la *Jugend-Internationale*, que aparece actualmente cada mes en cuadernos recopilatorios en francés, ruso, yidis, inglés y húngaro, con una tirada total de 160.000 ejemplares—, orientar todo el movimiento juvenil comunista según las directrices unitarias de la Internacional Comunista. Las propias uniones han realizado en los diversos países, a pesar de su corta existencia, un trabajo muy intenso de agitación y organización. Y a lo largo de la discusión, tanto en la cuestión checa como en la francesa, se ha señalado una y otra vez la colaboración de las uniones juveniles comunistas en todos los trabajos y luchas revolucionarias. Con especial celo se han comportado las organizaciones juveniles comunistas en Italia y en los Estados periféricos, donde todavía hoy son las portadoras de la actividad ilegal de los partidos comunistas. La importancia del movimiento juvenil comunista se reconoce sobre todo también por la atención que la organización juvenil comunista merece a los gobiernos burgueses. Precisamente en los últimos días el gobierno francés ha pasado a preparar una nueva ley de excepción contra el movimiento juvenil comunista para impedir su propaganda antimilitarista. Persecuciones semejantes de las organizaciones juveniles comunistas las encontramos casi en todos los países; en Francia, en Alsacia-Lorena y en Baviera está prohibida la *Jugend-Internationale*. Aunque suena a mal chiste, es verdad: estos días se nos ha informado de que el gobierno de Kahr en Baviera ha prohibido incluso el periódico infantil comunista *Der junge Genosse* por incitación al odio de clases. *(Risas.)* Eso dice más, naturalmente, del miedo del gobierno de Kahr que de la lucha de clases de nuestros jóvenes comunistas. Nuestros jóvenes comunistas, naturalmente, harán todo lo posible por educar a esos niños.

Camaradas, me limito a algunas de estas indicaciones. Lo decisivo, por lo que he tomado la palabra, es esto: es absolutamente necesario ampliar el trabajo realizado hasta ahora. La parte del león de este trabajo tiene que asumirla la propia juventud, y lo hará. Los jóvenes, que hasta ahora han sido los verdaderos artífices, los verdaderos agitadores, los verdaderos portadores de este movimiento juvenil comunista, serán y tienen que ser también en el futuro los más activos en este terreno. Pueden hacerlo tanto más cuanto que el desarrollo de todo el movimiento comunista les permite y les deja volver a dedicarse especialmente a su trabajo juvenil. Camaradas, no ignoran ustedes que, al igual que todo el movimiento obrero, también el movimiento juvenil proletario ha atravesado una fase de desarrollo. Fundado antes de la guerra, ante todo en Europa central, como organización de defensa y de ayuda contra la explotación capitalista, se convirtió durante la guerra, cuando los partidos socialdemócratas fracasaron, en el verdadero foco revolucionario de propaganda contra la guerra. Así ocurrió que en algunos países, y más tarde también en la Internacional Juvenil, cumplió funciones que en realidad correspondían a los adultos.

Durante un tiempo, las organizaciones juveniles fueron el punto de reunión de todas las aspiraciones revolucionarias contra la guerra; cumplían, pues, la función de un partido comunista. Con el desarrollo, con la aparición de partidos comunistas revolucionarios de masas, con la existencia de la Internacional Comunista, la juventud proletaria queda dispensada de esta tarea. Ya no necesita cumplirla. Al contrario, si siguiera ejerciéndola a pesar de la existencia de los partidos comunistas, eso tendría que conducir a consecuencias funestas para el propio movimiento comunista. Existirían entonces en los países dos partidos comunistas que se distinguirían por la edad de sus miembros.

Por esta razón, en las tesis que presenta al congreso una comisión de tres miembros, de acuerdo y con la aprobación de todos los jóvenes presentes en el congreso, se ha puesto el principio fundamental en el punto de que ahora, en esta fase, en este grado de madurez del movimiento comunista internacional, la juventud deja de ser una organización políticamente dirigente, políticamente autónoma, y de que, por el contrario, pertenece políticamente al partido y se somete políticamente a las instrucciones del partido. La Internacional Juvenil no debe ser más que la mediadora de la voluntad política de la Internacional Comunista ante las masas de la juventud obrera de la Tierra. Eso es lo decisivo, el punto central de las tesis presentadas. Camaradas, por esta razón, porque las tareas políticas que la juventud cumplió durante la guerra como ola revolucionaria contra la guerra han sido asumidas por los partidos comunistas, los jóvenes pueden volver a dedicarse a sus tareas juveniles específicas, en primer lugar a dirigir, a desencadenar la lucha económica de los jóvenes, tratando de defender los intereses vitales necesarios de los jóvenes en las empresas, en las fábricas, de formular las reivindicaciones y consignas de esta lucha; en las empresas, en las fábricas y en los talleres, las asociaciones juveniles comunistas deben hacer propaganda de estas consignas, entrando en las secciones juveniles de los sindicatos, en los propios sindicatos, para hacer agitación por estas consignas de la lucha económica, tratando de ganar a los partidos comunistas, en acciones crecientes, para esta defensa de los intereses económicos de la juventud, haciéndose cargo la juventud de esta lucha; y el Segundo Congreso de la Internacional Juvenil Comunista, que está a las puertas, decidirá sin duda —eso es ya seguro hoy— en este sentido, directamente para todas estas uniones, en el próximo período. Así la propia juventud establecerá el vínculo con las grandes y amplias masas de jóvenes, con esos 20 millones, y en Alemania como en Holanda, en Italia como en Francia, los pequeños círculos de obreros jóvenes conscientes, inteligentes, instruidos crecerán, igual que los partidos, hasta convertirse en movimientos de masas.

Una segunda gran tarea será la agitación, una agitación mejorada y ampliada, por medio de la Internacional Juvenil y de las uniones juveniles. Hay algunos países decisivos para el desarrollo capitalista donde todavía no existen secciones juveniles o solo son insignificantes. Luego es importante, sobre todo, la propaganda entre los obreros jóvenes del campo, entre los pequeños campesinos. De ahí los intentos de ampliar los métodos de agitación, de apoyar la palabra hablada con la representación gráfica. Por su nueva posición en el movimiento obrero general, a las organizaciones juveniles les corresponde una gran tarea: la realización de un trabajo general de educación que debe proponerse formar a los obreros jóvenes como combatientes revolucionarios capaces y de pensamiento marxista, fomentar el trabajo educativo dentro de las secciones juveniles mediante cursos, reuniones públicas, mítines, cine, influir por todos los medios posibles en la mente de los jóvenes.

Camaradas, una palabra más sobre la forma de la agitación. ¿Cómo y dónde hay que agrupar a estos jóvenes? Nuestro punto de vista es que lo más adecuado para ello es una organización juvenil propia. Ya he dicho que, en lo político y lo táctico, las organizaciones juveniles deben estar subordinadas a los partidos comunistas y ser dirigidas por ellos, lo cual no quita a los jóvenes el derecho a discutir dentro de sus propias asociaciones todas las cuestiones políticas del día y todas las cuestiones tácticas de actualidad, a tomar posición sobre ellas y a adoptar acuerdos.

Camaradas, ya sabéis que hasta ahora la juventud ha estado siempre entre los que se sitúan a la izquierda en la Internacional. El camarada Lenin dijo una vez que era un caso perdido, que la juventud estaría siempre a la izquierda. Los jóvenes deben tener también en adelante el derecho a tomar posición sobre todas estas cuestiones dentro de sus asociaciones y a procurar influir dentro del partido en el sentido de sus acuerdos, tratando de hacerse oír como partido juvenil a través de sus periódicos, de sus representaciones, etc. Pero lo que decimos en nuestras tesis es que las organizaciones juveniles comunistas no pueden nunca tomar posición contra el partido ni combatirlo. No como antes, cuando las organizaciones juveniles socialistas y revolucionarias tenían el derecho, y hasta el deber, de combatir públicamente, con octavillas y folletos, al partido reformista empantanado. Nos sentimos un miembro más del conjunto del Partido Comunista; pero dentro del partido la juventud, como cualquier otro miembro del partido, debe tener ella misma el derecho a influir en el partido en su sentido y según su parecer. Somos partidarios de que los obreros jóvenes se agrupen en organizaciones juveniles propias y especiales. Ante todo, por razones educativas. Estamos en contra de que, por ejemplo, se disuelvan sin más las organizaciones juveniles y se incorpore directamente a cada joven al partido como miembro juvenil del partido. Eso no solo paralizaría su fuerza organizativa, sino que tendría consecuencias perjudiciales para la labor educativa de la juventud. Las organizaciones independientes permiten a la juventud actuar por sí misma, le permiten desarrollar pronto, en su propio trabajo de organización, el sentido de la responsabilidad y del deber. La capacidad organizativa se forma pronto. Todas estas enormes ventajas de una actividad organizativa propia, de asociación propia, deben y tienen que seguir conservándose para la juventud, a fin de poder entregar al Partido Comunista reclutas lo mejor formados, probados y capaces posible. De este modo, que solo he podido mostrar muy brevemente, esperamos que la propia juventud colabore activamente en la agitación y en la conquista de los 20 millones de obreros jóvenes. Pero los propios partidos comunistas pueden y deben apoyar toda lucha. Y aquí tenemos que constatar hoy que, pese a la obligación que el II Congreso de la Internacional Comunista impuso a todos los partidos, solo muy pocos partidos han cumplido esa obligación en la medida de sus fuerzas. Tenemos que hacer un llamamiento a los partidos para que, también en este terreno, como en cualquier otro, no consideren en modo alguno los acuerdos de los congresos internacionales como acuerdos sobre el papel, sino que trabajen y actúen realmente conforme a ellos.

Camaradas, el apoyo al movimiento juvenil comunista, la conquista de las grandes masas de obreros jóvenes para el movimiento comunista, puede hacerse mediante el apoyo y la ayuda política y moral de los partidos comunistas. La representación recíproca empieza en el grupo más bajo, en las agrupaciones locales más bajas, y llega hasta la Central. Los grupos y federaciones juveniles delegan un representante en el partido y, a la inversa, el partido un representante en la juventud. Eso permite al partido un control constante, una influencia política permanente sobre los jóvenes y, a la inversa, esos representantes establecen para la juventud el contacto con el partido. De este modo, la experiencia de los adultos del partido puede beneficiar a los jóvenes. En todo periódico comunista debería publicarse, como se viene haciendo últimamente en los periódicos del partido alemán, al menos una vez por semana un suplemento especial para los jóvenes. Creando escuelas, teniendo en cuenta a los jóvenes en los cursos del partido, introduciendo clases sobre el desarrollo y la naturaleza del movimiento juvenil, con ayuda material y financiera, el Partido Comunista puede hacer muchísimo. Sobre todo en aquellos países donde el partido es relativamente fuerte y el movimiento juvenil relativamente débil. Pienso en Alemania y de aquellos países donde el movimiento juvenil apenas está germinando y los partidos ya han asentado el pie con firmeza. Inglaterra y América parecen ser países donde precisamente en el próximo período tendremos que acudir en ayuda de los jóvenes. También en el terreno internacional es posible apoyar al movimiento juvenil en mayor medida que hasta ahora: la Internacional Comunista y el Ejecutivo tienen que echar en la balanza toda su autoridad para vigilar que se apliquen de verdad los acuerdos sobre el trabajo entre los jóvenes. Y además, nuevas indicaciones a cada partido, la introducción de un suplemento especial sobre los problemas de la juventud en *La Internacional Comunista*, ayuda y apoyo para organizar cursos internacionales, escuelas de agitadores, etc. Así, es absolutamente necesario que los partidos comunistas y la Internacional Comunista acudan en ayuda del trabajo que los propios jóvenes realizan entre la masa de la juventud.

Para terminar, quisiera poner una vez más en primer plano toda la gran importancia que tiene la conquista de la juventud para la Internacional Comunista, para el movimiento comunista.

Fue el camarada Trotski quien señaló con razón cómo, por la guerra que duró años, por las privaciones que duraron años, una gran parte de los obreros de Europa central, de Austria y de algunas zonas de Alemania ha quedado completamente agotada, físicamente deshecha y, por tanto, inservible para proseguir la lucha proletaria. Fue el camarada Trotski quien señaló cómo otra parte de la clase obrera de Europa central se ha perdido también sin remedio para la revolución proletaria por el envenenamiento de decenios a manos de los partidos socialdemócratas y de la burocracia sindical. Y fue él quien declaró que aquí solo sirve una cosa: asegurarnos a tiempo la nueva generación joven, que no ha pasado por la escuela socialdemócrata de embrutecimiento de decenios y que está física e intelectualmente en condiciones de hacer avanzar la revolución proletaria. Señalo que la burguesía, en la posguerra, intenta ganar para sí y contra el proletariado a la nueva generación joven del proletariado. La mayor parte del ejército de Noske con el que hemos tenido que vérnoslas eran obreros jóvenes que, obligados por la miseria y el hambre, entraron temporalmente en ese ejército. Precisamente el ejército de voluntarios, un tipo muy particular de militarismo, se recluta todavía hoy entre obreros jóvenes. Camaradas, la cuestión de los obreros jóvenes es verdaderamente una cuestión seria. Ante todo, no merece que se pase por encima de ella con una carcajada, intentando presentarla como algo infantil e inmaduro. Se trata realmente de asegurarnos a estos jóvenes para que continúen y culminen la obra de la revolución en el mundo entero. *(Vivos aplausos.)*

Recomiendo las tesis presentadas a la atención del congreso.

**Presidente Kolárov.** Tiene la palabra el camarada Frölich.

**Frölich.** Camaradas, las tesis que se nos proponen aquí significan un enorme progreso en el desarrollo del movimiento juvenil. Un progreso histórico, porque el movimiento juvenil puede ahora renunciar con la conciencia tranquila, en interés del movimiento revolucionario, a su independencia política. Esa independencia política —tenemos que reconocerlo en este giro decisivo— ha tenido una importancia extraordinariamente grande para los comunistas, para el movimiento revolucionario. El nacimiento de la Internacional Comunista y de los partidos comunistas en general se vio favorecido en gran medida por el hecho de que la juventud estaba dispuesta a romper las viejas cadenas que la ataban a los partidos socialdemócratas y a actuar por su cuenta, políticamente activa, sin el control de partido alguno. Durante la guerra y en los primeros años de la revolución, esa independencia política de las organizaciones juveniles nos dio frutos extraordinariamente ricos. Y es un mérito esencial de ese mismo trabajo que ahora podamos llegar a la conclusión de suprimir la independencia política de las organizaciones juveniles. Porque solo gracias a ello ha sido posible que en los países más importantes tengamos grandes y fuertes partidos comunistas de masas que hacen una política comunista revolucionaria. En mi opinión, ante este giro dentro del movimiento juvenil, es necesario señalar con toda energía la importancia que tienen las organizaciones juveniles para cada uno de los partidos comunistas y para el conjunto de la Internacional Comunista. Nunca se subrayará bastante que el movimiento juvenil asume para nosotros una tarea importante: la educación de nuestro relevo para la lucha. La organización juvenil se ha revelado como uno de los mejores viveros de las fuerzas que necesitamos en el partido. En Alemania hemos comprobado que nuestros mejores militantes del partido han salido de la organización juvenil. Y estamos convencidos de que ahora y en el futuro también en los demás partidos las mejores fuerzas saldrán de la organización juvenil, fuerzas que reciben allí su primera formación política para poder dedicarla después al movimiento comunista en general. Pero sabemos también que la organización juvenil como tal es un factor extraordinariamente importante en nuestras luchas políticas. No solo porque está en condiciones de contribuir a formar a la gran masa de jóvenes de sentir revolucionario y de arrastrarla organizada a la lucha, sino porque la organización juvenil puede cumplir determinadas tareas mucho mejor de lo que puede hacerlo el Partido Comunista. En nuestro movimiento comunista alemán hemos comprobado que determinadas tareas de carácter ilegal las realizan las organizaciones juveniles mucho mejor, con mucho menos peligro y con mucho más éxito de lo que pueden realizarse dentro del partido y por los propios camaradas de partido. Sabemos además que una de las tareas más importantes que tenemos, la propaganda en el ejército, pueden llevarla a cabo las organizaciones juveniles con mucho más éxito y mucho más empuje que el Partido Comunista. Estas tareas solo pueden cumplirlas los jóvenes si están en el más estrecho contacto con el propio partido, con las instituciones que el partido, por su parte, crea para esos fines concretos. Y el giro que ahora se lleva a cabo en el movimiento juvenil, la completa subordinación política de la organización juvenil al partido, exige del partido una actitud muy distinta hacia la organización juvenil. Tenemos dos organizaciones independientes, dos organizaciones que deben participar activamente en las luchas políticas. Si ha de existir una relación de subordinación entre ambas organizaciones, y si ha de aplicarse en serio, solo hay una posibilidad: que se haga participar a la organización juvenil en todo el trabajo del partido y en todas las decisiones políticas importantes. Camaradas, creo que tenemos que dar a esto la máxima importancia, porque todos hemos comprobado que en el partido domina aún a menudo la idea de que no hace falta tomar en serio en lo político a la organización juvenil, ni a los jóvenes en general. Quisiera señalar que es absolutamente necesario acabar en este terreno con toda arrogancia, con todos los prejuicios, y procurar que todo el aparato del partido y el de la juventud, pese a su independencia organizativa, estén estrechamente unidos, y lograr que, desde la cúpula del partido hasta las células más pequeñas que tenemos, la organización juvenil pueda ejercer su influencia en las decisiones del partido, y que de este modo, al mismo tiempo, todo el pensamiento político que vive en el partido pueda repercutir en la organización juvenil, movilizarla, mantenerla en contacto constante con lo que el partido quiere y hace. Solo sobre esta base, creo yo, está la organización juvenil en condiciones de atreverse a dar este gran paso y de aceptar la completa subordinación a la dirección política del partido. Solo eso es la garantía.

Creo además que la condición para que pueda darse realmente esa subordinación es que cada partido fomente con la mayor energía el movimiento juvenil. Y quisiera decir precisamente a los partidos que aún no tienen especial experiencia de las luchas revolucionarias que tendrán que vencer dificultades mucho mayores si en las grandes luchas políticas no tienen a su disposición el aparato organizativo de la organización juvenil. Tienen que cuidar ese aparato organizativo liberando para ese trabajo a las mejores fuerzas de que puedan prescindir, apoyando y fomentando la organización juvenil con todos los medios de que dispone el partido. Si los partidos lo hacen, este paso que da ahora la organización juvenil, y que el congreso ha de acordar, redundará en beneficio del movimiento comunista. *(Vivos aplausos.)*

*Sigue la «Resolución sobre la Internacional Comunista y el movimiento juvenil comunista», aprobada por el congreso: véase [la página del congreso](https://marxismo.school/archivo/congresos/1921%20III%20Congreso%20de%20la%20Internacional%20Comunista#resolucion-sobre-la-internacional-comunista-y-el-movimiento-juvenil-comunista).*

**Presidente Kolárov.** No hay nadie más inscrito en la lista de oradores; por tanto, queda cerrado el debate. A las tesis que ha presentado el camarada Münzenberg se han propuesto algunas enmiendas. Por eso el presidium propone formar una comisión de cinco miembros que haga las modificaciones necesarias e informe mañana al congreso. Como miembros de esa comisión, el presidium propone a los camaradas Frölich, Kolárov, Bujarin, Münzenberg y Shatskin[^405]. ¿Hay objeciones? No. Queda aprobada la lista.

Sigue ahora el

Informe sobre el movimiento femenino.

Tiene la palabra la camarada Clara Zetkin.

**Clara Zetkin.** ¡Camaradas! Por encargo del Secretariado Internacional del Ejecutivo para el trabajo comunista entre las mujeres, voy a dar una breve visión de conjunto del movimiento femenino comunista y de la Conferencia de Mujeres Comunistas.

No cabe duda de que en el último año hemos registrado un progreso muy grato, tanto en el desarrollo del movimiento femenino comunista en cada país, donde masas cada vez mayores de camaradas se agrupan con plena consciencia de su objetivo en el Partido Comunista, como en la coordinación internacional de los esfuerzos por poner a las más amplias masas de mujeres, en lo político, al servicio de la revolución proletaria. Esto vale para las luchas por la conquista del poder político y la instauración de la dictadura por el proletariado, como también para la defensa de estas conquistas y para la construcción comunista en aquellos países donde —como en Rusia— el proletariado ya ha conquistado el poder. Pero a la alegría por los progresos alcanzados se mezcla una gota amarga. En la mayoría de los países, los progresos del movimiento femenino comunista se han conseguido sin el apoyo del Partido Comunista, e incluso aquí y allá contra la resistencia abierta o encubierta del Partido Comunista. Falta aún comprender el hecho de que, sin la participación consciente, con objetivos claros, segura de su camino y dispuesta al sacrificio, de las mujeres en la lucha revolucionaria, el proletariado no puede conquistar su poder en la guerra civil ni, una vez instaurada su dictadura, empezar a construir la sociedad comunista.

Ya antes de la guerra se tenía en el movimiento obrero socialista casi por una verdad de Perogrullo que el proletariado no podía librar sus luchas económicas y políticas sin la participación de las masas de mujeres. Por supuesto, la práctica de los viejos partidos socialdemócratas, la práctica de los sindicatos, se quedó muy por detrás de la profesión de fe de boquilla. La actividad de la mujer se consideraba más o menos como un trabajo de criada en lo político y lo sindical, y no según su verdadera importancia, como un factor esencial de la lucha proletaria de emancipación.

Pero, camaradas, qué distintas están ahora las cosas para el proletariado. Ahora las luchas económicas del proletariado se desarrollan bajo el signo de la decadencia creciente del capitalismo. ¿Qué quiere decir esto? Que son más amargas, más costosas en sacrificios, más difíciles que nunca. Y algo más. Que también ellas tienden en última instancia a un objetivo más alto. ¡No solo a aliviar la miseria acortando la jornada de trabajo, con unos céntimos más de salario, con mejores condiciones de trabajo! No, todas las luchas económicas apuntan hoy en última instancia a un objetivo: la toma del control de la producción y después de la propiedad de los medios de producción por el proletariado revolucionario. Las luchas políticas del proletariado ya no giran en torno a pequeñas reformas y concesiones, en torno a sopas de caridad y derechos políticos formales. En una palabra: no se trata de reformar la sociedad burguesa, sino de destrozarla. Se trata del ser o no ser del capitalismo, del ser o no ser del comunismo. Se libran en la atmósfera abrasadora de la descomposición de la economía capitalista y de la guerra civil. Ante esta importancia de las luchas del proletariado, es totalmente imposible que este pueda renunciar a la participación de las mujeres. A ello se suma otro hecho. Se trata ahora de lanzar a la lucha revolucionaria, para derribar el capitalismo y el Estado burgués, a masas de mujeres mayores que nunca, de movilizarlas y formarlas, de prepararlas y capacitarlas para la construcción comunista. *(Viva aprobación.)*

Ya antes de la guerra Europa tenía un excedente de mujeres de 5 a 6 millones. Ahora, según los cálculos, ese excedente sería de unos 15 millones. Si antes solo había excedente de mujeres en los grandes Estados industriales, mientras que los países balcánicos tenían un excedente de población masculina, ahora en los Estados industriales mayores el excedente de mujeres ha crecido considerablemente, y tampoco los países balcánicos presentan ya un excedente de población masculina, sino que incluso allí el fenómeno contrario se manifiesta cada vez más claramente. ¿Cómo se concibe entonces la lucha por la conquista del poder político, cómo se concibe la construcción del orden comunista, sin la colaboración consciente, alegre y comprensiva de la mujer? Las cifras que he citado nos anuncian una cosa: que masas cada vez mayores de mujeres proletarias caen directamente bajo la férula de la explotación capitalista y por eso se ven empujadas por las necesidades inmediatas de su vida a la lucha contra el orden burgués. Pero muestran también otra cosa. A saber, que disminuye el número de mujeres burguesas que parecen poseer en el hogar, en la familia, un pequeño jardín del paraíso lleno de paz y de alegría. No, hoy tampoco las mujeres burguesas pueden permanecer ya en la pasividad y la indiferencia ante la vida pública, ante la lucha de nuestro tiempo. Por millones se han convertido en trabajadoras con profesión, a las que hoy, mientras reine el capitalismo, los hombres les disputan, bajo el aguijón de la competencia entre los sexos, el sustento y el sentido de su vida. Y la guerra civil, con sus consecuencias, golpea con tal dureza también la vida familiar burguesa, que sus viejos muros de indiferencia y de embotamiento político empiezan a desmoronarse.

Camaradas, soy la última en sobrestimar lo que significa este proceso de desarrollo en el mundo de las mujeres burguesas. Pero tampoco debemos subestimarlo. Por supuesto, esas masas de mujeres de la burguesía que se ven desarraigadas en la época del capitalismo en descomposición y de la agudización de la lucha de clases difícilmente se convertirán en tropas revolucionarias de choque. No podemos contar con semejante evolución; seríamos necios si contáramos con ella. Las masas de mujeres burguesas tampoco ayudarán nunca a reforzar las amplias columnas de asalto del proletariado que librarán las batallas decisivas por la instauración de la dictadura. Pero no queremos pasar por alto que pueden prestar servicios de escaramuza en tiempos de guerra civil. Y además, que pueden llevar inquietud, fermento, descomposición y, con ello, debilitamiento al campo de la burguesía, al campo de nuestro enemigo mortal.

Por eso —para resumirlo todo— es, a mi juicio, un daño enorme para la revolución y para la activación de las masas en favor de la revolución que el Partido Comunista de cada país no trabaje, con la misma energía que para la movilización revolucionaria de los hombres, también para la incorporación revolucionaria y la formación revolucionaria de las mujeres para las batallas del proletariado. Llamo saboteadores conscientes de la revolución a los camaradas que no agrupan y educan también a las mujeres como partícipes conscientes de la revolución.

Camaradas, lo que los partidos comunistas de casi todos los países han pecado en este terreno se ha notado menos porque el Ejecutivo se ha esforzado por fomentar, con consejos y con hechos, los empeños por agrupar a las más amplias masas de mujeres en torno a la bandera de la III Internacional. El presidente del Ejecutivo, el camarada Zinóviev, ha mostrado plena comprensión de que el trabajo comunista entre las mujeres no significa otra cosa que la mitad del trabajo comunista en general. Y así, después del Segundo Congreso Mundial, el Ejecutivo ha respaldado con medios morales, políticos y financieros los esfuerzos por agrupar a las comunistas en cada país, en los partidos, y por llevarlas luego, reunidas internacionalmente, a la lucha. Con ello, el Ejecutivo ha facilitado, fomentado y hecho más fructífera la lucha apasionada de las pequeñas avanzadillas de comunistas convencidas y formadas en los distintos países. Lo que hemos logrado ha sido el honor y la fortuna de los pequeños pelotones de comunistas que en cada país, a menudo sin apoyo alguno e incluso contra fuertes resistencias, se han agrupado en torno a la bandera de la Tercera Internacional.

Así, desde el año pasado, se ha emprendido en toda una serie de países un trabajo metódico de las comunistas para la movilización y la educación revolucionarias de las más amplias masas de mujeres proletarias. En ello ha abierto camino y dado ejemplo el trabajo de nuestro Partido Comunista ruso. También los comunistas de Alemania, en la antigua Liga Espartaco y después en el Partido Comunista Unificado, han trabajado metódica y celosamente desde el primer día de su fundación para hacer de las mujeres, dentro de las organizaciones, partícipes de la lucha. También en Bulgaria tenemos un movimiento femenino comunista vigoroso, consciente de su objetivo, un movimiento femenino en el sentido verdaderamente comunista de que se trata de un trabajo común, de una actividad común de hombres y mujeres con el objetivo de ganar a las amplias masas de proletarias y campesinas para la lucha revolucionaria. Pero en los demás países solo hay, en realidad, los primeros pasos, y en algunos ni siquiera eso, hacia un trabajo metódico de este tipo.

Esperamos que nuestra Conferencia Internacional de Mujeres y este congreso recuerden su deber a todos aquellos partidos comunistas que hasta ahora lo descuidan o solo lo cumplen con cara agridulce para guardar las apariencias. Nuestra Segunda Conferencia Internacional de Mujeres ha sido la prueba de con qué energía y con qué éxito han colaborado las comunistas de los distintos países y el Ejecutivo. A la Primera Conferencia Internacional de Mujeres Comunistas, en Moscú, el año pasado, acudieron representantes de 16 países, y solo participaron en ella 20 delegadas con voto deliberativo, además de algunas invitadas con voto consultivo. Este año, en cambio, camaradas, vinieron a la reunión internacional representantes de 28 países. Participaron en ella 82 delegados, 61 de ellos con voto deliberativo y 21 solo con voto consultivo. Los esfuerzos por llevar adelante, bajo el signo de la Segunda Internacional, la marcha revolucionaria internacional de las mujeres nunca dieron lugar a una reunión de tanto éxito. Más aún, si prescindimos del número de representantes y nos fijamos solo en el gran número de países que se han agrupado en torno a la bandera de la Tercera Internacional, podemos decir que tampoco ninguna reunión internacional burguesa de mujeres ha sido más amplia por su asistencia ni de más largo alcance por su importancia que esta Conferencia de Moscú. Y un rasgo especialmente destacado, de significación histórica: en esta conferencia participaron las representantes de las mujeres de los pueblos de Oriente.

Camaradas, quizá sea fácil y tentador que alguno viera la aparición de las delegaciones del Oriente próximo y lejano solo a la luz de lo estético. Pero fue algo más que lo exótico, lo extraordinario, incluso lo fabuloso del Oriente, encarnado en las delegadas, lo que entró en la conferencia. Fue un enorme momento histórico, de significación inolvidable e inmortal, el que vivió la conferencia. ¿Qué significaba, pues, la aparición de la delegación de mujeres de Oriente? Significaba que los pueblos de Oriente empiezan a despertar y a ponerse en pie de lucha, que incluso las más oprimidas de los oprimidos, las mujeres, que han vivido durante siglos, durante milenios, bajo el yugo de convicciones, preceptos, costumbres y usos religiosos y sociales antiquísimos, emprenden la lucha revolucionaria. La aparición de las mujeres del Oriente próximo y lejano en la conferencia fue una señal de lo amplia y profundamente que ha avanzado la revolucionarización de Oriente. Y eso es de la máxima importancia para nosotros en Occidente, para los proletarios de todos los países capitalistas. Porque las batallas de emancipación del proletariado inglés y francés no se librarán solo en su propio suelo; se librarán también en los campos abrasadores de la India y de Persia, en el suelo multiforme de China y en todo el Oriente próximo y lejano. ¡Camaradas! Que las mujeres de Oriente vinieran a nosotros demuestra la extraordinaria, la vastísima importancia de la lucha revolucionaria de la Tercera Internacional. Es la primera y hasta ahora la única organización que posee de verdad la esperanza y la confianza de los pueblos de Oriente y que, como primera Internacional, abarca a toda la humanidad. «La Internacional será el género humano»[^406], será toda la humanidad. Ese era el sentido que tuvo para la conferencia la aparición de las representantes de las mujeres de Oriente.

Echemos ahora una breve mirada retrospectiva a la propia conferencia internacional de las comunistas. Los objetivos y las tareas de lo que se llama movimiento femenino comunista vienen dados por los objetivos, las tareas, los principios y la táctica de la Tercera Internacional, a la que estamos orgullosas de pertenecer. Para la conferencia se trataba de crear las herramientas para defender estos principios y esta táctica en la lucha contra el mundo capitalista, en la lucha contra todo lo que está de su lado. Por eso la conferencia dedicó una gran parte de sus trabajos a dos cuestiones: qué formas y métodos tienen que aplicar los partidos comunistas en el trabajo comunista entre las mujeres, y cómo pueden establecerse relaciones internacionales estrechísimas y firmes entre las comunistas de cada país y sus partidos, así como con la Internacional comunista de mujeres en Moscú y, por su mediación, con el Ejecutivo de la III Internacional, como dirección y conducción común y única.

¡Camaradas! Al discutir estas cuestiones y al adoptar acuerdos sobre ellas, la conferencia se guio por un principio supremo. No existe una organización femenina comunista especial. Solo hay un movimiento, solo hay una organización de las comunistas dentro del Partido Comunista, junto con los comunistas. Las tareas y los objetivos de los comunistas son nuestras tareas, nuestros objetivos. Nada de capillas aparte, nada de ir cada una por su lado, que pudiera de algún modo dispersar las fuerzas revolucionarias y desviarlas de sus grandes objetivos: la conquista del poder político por el proletariado y la construcción de la sociedad comunista. El movimiento femenino comunista no significa otra cosa que una distribución metódica, una organización metódica de las fuerzas, tanto de las mujeres como de los hombres, en el Partido Comunista, para ganar a las más amplias masas de mujeres para la lucha de clases revolucionaria del proletariado, para la lucha por doblegar al capitalismo y para la construcción comunista.

Pero, camaradas, este principio de la comunidad de organización y de trabajo también lo reconocieron los viejos partidos socialdemócratas. Sin embargo, lo aplicaron con tal estrechez de miras y mezquindad, con una aplicación tan mecánica del principio de igualdad, que no significó liberar ni dar su máximo efecto a las fuerzas femeninas al servicio de la revolución. Nosotros, los comunistas, somos revolucionarios de la acción, de los hechos. Sin perder de vista en modo alguno el principio supremo de la comunidad de intereses y de lucha de los proletarios y las proletarias, mantenemos los ojos abiertos ante las condiciones concretas dadas con las que hay que contar en el trabajo comunista entre las mujeres. No olvidamos las condiciones sociales que aún subsisten a menudo en las instituciones sociales, en la vida familiar y también en los prejuicios sociales como obstáculos a la actividad de la mujer, a su despertar político, a su lucha política. Vemos con claridad el poso que la servidumbre milenaria ha dejado en el alma, en la psique de la mujer. Por eso, pese a la comunidad de organización, hacen falta órganos especiales, medidas especiales, para llegar a las masas de mujeres y para agruparlas y educarlas como comunistas.

Como tales órganos proponemos crear, junto a las instancias dirigentes y administrativas del partido, comités o comisiones de agitación femenina, o como quieran llamar la cosa los partidos. Y esos comités deben existir desde la dirección del pequeño grupo local hasta la dirección central suprema. Llamamos a estos órganos comités de mujeres porque han de llevar el trabajo entre las mujeres, no porque nos importe que estén compuestos solo por mujeres. Al contrario. Nos parece bien que formen parte de los comités de mujeres también hombres, con su mayor experiencia política y su capacidad. Lo que nos importa es que esos comités actúen de modo metódico y permanente entre las masas de mujeres; que tomen posición ante todas las necesidades, ante todos los intereses que afectan a la vida de las mujeres; que intervengan con conocimiento de causa y con energía en todos los terrenos de la vida social en favor del bienestar de los millones y millones de proletarias y semiproletarias. Estos comités de mujeres pueden y deben, naturalmente, actuar solo en la más estrecha comunidad organizativa e ideológica con los órganos del conjunto del partido. Pero es igualmente natural que, si han de cumplir con éxito su tarea, necesitan el derecho de iniciativa y cierta libertad de movimientos. Los Partidos Comunistas de Rusia, Alemania y Bulgaria, que yo sepa, han atendido estas exigencias o se esfuerzan seriamente en atenderlas. Y en verdad no han tenido malas experiencias.

Los órganos del partido para el trabajo entre las mujeres deben realizar de modo metódico un trabajo de agitación, de organización y de educación. De palabra, por escrito, con todos los medios disponibles. En su trabajo no deben olvidar una cosa: que no solo la palabra hablada y escrita, sino ante todo también el trabajo y la lucha constituyen el medio más importante e indispensable para agrupar y educar a las más amplias masas. Por eso los comités de mujeres tienen que procurar incorporar a la mujer, como elemento independiente y activo, a todas las acciones del Partido Comunista, a todas las luchas de las masas proletarias. Las mujeres, que hoy son a menudo obstáculos de la lucha revolucionaria, tienen que convertirse en fuerzas motrices de la lucha. Porque, camaradas, no nos engañemos: ¡o la revolución tendrá a las masas de mujeres, o las tendrá la contrarrevolución! No confiéis en que, como la guerra civil adopta formas cada vez más agudas, también la mujer tendrá que decidir dónde está y por qué lucha. Si vosotros, comunistas, no os preocupáis de que las más amplias masas de mujeres estén en el campo de la revolución, los partidos burgueses se ocuparán de que se agrupen en el campo de la contrarrevolución, y los Scheidemann y los Dittmann, todas las medias y cuartas Internacionales, se esforzarán por mantener a las mujeres en esa zona fronteriza entre la revolución y la contrarrevolución que es hoy el baluarte más firme de la contrarrevolución y de la sociedad burguesa.

Ante este hecho, camaradas, los partidos comunistas tienen que procurar, mediante los comités de mujeres, incorporar a las proletarias, a las comunistas, no solo al trabajo legal, sino igualmente al trabajo ilegal. Eso cae por su propio peso. Hay trabajos ilegales, empezando por el servicio de enlace, para cuya realización con lealtad y destreza las mujeres son extraordinariamente aptas. Del mismo modo, es evidente que los partidos comunistas tienen que procurar incorporar a las más amplias masas de mujeres como elemento activo a todas las luchas del proletariado. Desde la huelga dirigida a rechazar la prolongación de la jornada de trabajo hasta la manifestación callejera, hasta la insurrección, hasta las luchas con las armas en la mano. No hay fase, no hay forma de la lucha revolucionaria, de la guerra civil, que no sea también cosa de las mujeres que quieren su libertad por el comunismo. La resolución que os presentamos contiene, formulados con detalle, los principios que he expuesto aquí ante vosotros.

En cuanto a la relación internacional de las comunistas de cada país entre sí y con el Secretariado de Moscú, pedimos a los partidos comunistas lo siguiente: en primer lugar, que elijan en cada país corresponsales internacionales, que estén en contacto entre sí y con el Secretariado de Moscú; además, que se ponga al lado del Secretariado Internacional de Mujeres de Moscú un órgano auxiliar en Europa occidental.

Al valorar el trabajo de nuestra conferencia había olvidado señalar un acuerdo especialmente importante. Tenemos que llamar la atención de las células comunistas en los sindicatos sobre la tarea urgente de alcanzar con su actuación también a las obreras. A las obreras, en lo que se refiere a la lucha sindical contra los explotadores, pero también en lo que se refiere a librar la lucha contra la burocracia sindical. Precisamente en lo que toca a la defensa de los intereses de las trabajadoras existe un amplio frente en el que los camaradas comunistas de los sindicatos pueden atacar a la burocracia sindical. Esta burocracia sindical ha traicionado tres veces los intereses de las trabajadoras. Los traicionó al renunciar, en provecho y beneficio del capitalismo, a la lucha por la consigna: a igual trabajo, igual salario, sin distinción de hombre o mujer. Los traicionó una segunda vez al permitir sin resistencia, e incluso aprobar, que al terminar la guerra fueran sobre todo las mujeres las que salieran despedidas de las fábricas y de las oficinas. ¿Por qué? Porque a la mujer hambrienta, por su atraso político, se la teme menos que al hombre. Además, porque se finge hipócritamente que está mantenida, ya que tiene abierto el camino de la prostitución en la calle o en un matrimonio de compraventa. La burocracia sindical traicionó los intereses de la trabajadora por tercera vez al no emprender la lucha contra la injusticia clamorosa de que a la mujer en paro se la despache con un subsidio menor que al hombre en paro, o incluso se quede sin nada. Son, a mi juicio, aspectos que nuestras células comunistas en los sindicatos tienen que tener en cuenta y aprovechar para educar a las mujeres de las fábricas como luchadoras revolucionarias. Hay que valorar además la gran importancia de la formación profesional y sindical de las mujeres para la construcción comunista después de la conquista del poder político por el proletariado.

Pero sigamos con lo que acordó la conferencia o, mejor dicho, con lo que acordó presentar al congreso para mejorar la relación internacional de las comunistas de cada país. Ya he dicho que los partidos deben elegir corresponsales internacionales, que estén en relación regular y permanente entre sí y con el Secretariado Comunista de Mujeres de Moscú. Pero este mismo Secretariado tiene que hacerse más eficaz. Queremos que no sea solo un órgano de información sobre el trabajo, la lucha de las comunistas, sino un órgano dirigente y conductor que unifique, agudice e intensifique la actividad revolucionaria, la participación de las proletarias en las luchas del proletariado. Con este fin debe crearse en el extranjero un órgano auxiliar internacional. El Secretariado mismo tiene que seguir en Moscú, no solo por la estrecha relación organizativa con el Ejecutivo. No: por la misma razón objetiva, histórica, por la que el propio Ejecutivo tiene que tener su sede en Moscú. Porque Moscú es el corazón de la revolución, porque Moscú es la capital de la Rusia revolucionaria, porque aquí confluyen las experiencias de la lucha revolucionaria y pueden aprovecharse para conclusiones teóricas y orientaciones prácticas. ¡Camaradas! Estamos convencidas de que un modesto órgano auxiliar en Europa occidental puede prestar valiosos servicios al Secretariado de Mujeres del Ejecutivo en Moscú, y por eso os pedimos que aprobéis nuestra resolución al respecto.

La conferencia examinó además cuál es el deber y cuál la capacidad de las mujeres en la lucha por la conquista y el mantenimiento de la dictadura proletaria, del orden soviético. Discutimos esta cuestión, en primer lugar y sobre todo, en su significación general de principio para la lucha revolucionaria del proletariado y, con ello, para la plena emancipación del sexo femenino. La examinamos, por tanto, en relación con la situación económica y política mundial, esa situación ante la cual al proletariado solo le queda una elección: conquistar el poder de forma revolucionaria o doblegarse a una explotación y una servidumbre agravadas. Libertad o recaída en la barbarie: esa es la decisión ante la que la historia ha puesto al proletariado y también a las mujeres de las más amplias masas. Después discutimos la cuestión en relación con la participación de las mujeres en el trabajo, en la lucha por la defensa de la dictadura, lo que comprende su colaboración en la reconstrucción de la vida económica y social tras la conquista de la dictadura. Por último, tratamos la cuestión de la lucha de clases proletaria por la conquista y el mantenimiento del poder político en relación con la lucha por la igualdad política de derechos del sexo femenino ante la ley y en la práctica.

La conferencia estaba unánimemente convencida de que todos los caminos llevan a Roma. Con otras palabras: todas las reivindicaciones que las mujeres tienen que plantear como trabajadoras, como madres, como seres humanos, todas las reivindicaciones que tienen que plantear para llegar a ser, sobre la base del trabajo social, miembros de la sociedad con plenos derechos y plenos deberes, todos los dolores y necesidades de su vida, todos los anhelos de su aspiración, confluyen en una sola exhortación: participación activa, audaz y entregada en las luchas revolucionarias por la conquista de la dictadura del proletariado, por la instauración del orden soviético. Y, una vez alcanzado este objetivo: trabajo abnegado hasta la última chispa de fuerza para defender el orden soviético, no solo con el arma en la mano, sino también con la paleta en la construcción de la nueva vida social, que es la justificación y la base más firme para el mantenimiento de la dictadura del proletariado, para el poder de los soviets.

Camaradas, al discutir estas cuestiones no hemos dejado lugar a dudas de que el movimiento femenino comunista no vive ni se mueve en una nube de neutralidad política. Aunque nuestra reunión no trató las cuestiones de principio y de táctica que en este momento estaban y están pendientes de decisión ante la Tercera Internacional, una cosa es evidente: cada comunista, según su convicción general de principio y de táctica, ha reflexionado por sí misma y ha tomado posición ante los problemas que nos ocupan por su repercusión en el movimiento femenino. Y otra cosa más se sobrentiende. Que dentro de cada Partido Comunista vuestras luchas sobre principios y táctica serán y tendrán que ser nuestras luchas.

¡Camaradas! Nosotras, las delegadas de la Conferencia Internacional de las Comunistas, queremos salir a todos los países para mostrar allí a las mujeres que Rusia es un gran ejemplo histórico. Enseña: sin conquista del poder político, sin instauración de la dictadura de los soviets, no hay construcción comunista, ni emancipación, ni igualdad de derechos de las mujeres. Pero dice también a los partidos comunistas de todos los países: sin la colaboración, sin la lucha conjunta de las mujeres, no hay conquista del poder político ni construcción comunista. El proletariado necesita, para sus batallas por la superación del capitalismo como para la realización del comunismo, la colaboración de las mujeres no solo en cantidad, como muestran las cifras que he citado antes. No: vosotros, proletarios que anheláis la emancipación, vosotros, proletarios emancipados, no podéis prescindir de nuestra colaboración tampoco por la calidad de lo que aportamos. No somos, gracias al cielo, vuestros monos de imitación, ni vuestras copias malogradas y malas. Ponemos nuestros propios valores intelectuales y morales tanto en la lucha revolucionaria como en la construcción revolucionaria. Y eso no significa, ni mucho menos, una amenaza, un debilitamiento de la lucha revolucionaria; no: significa su intensificación y agudización. Y no significa un empobrecimiento, una chapuza, una trivialización de la nueva vida social, sino su enriquecimiento, su mayor variedad, su profundización y su refinamiento.

¡Por eso, adentro con las mujeres de los Estados soviéticos, en todos los órganos y organizaciones deliberantes, administrativos, de control, de construcción, económicos, políticos y culturales! ¡Por eso, adentro con las proletarias, con las mujeres sin libertad y oprimidas de los países que aún languidecen bajo la dominación capitalista, en todas las luchas, en todas las batallas del proletariado! No olvidemos lo que escribió uno de los mejores conocedores del antiguo movimiento revolucionario de Rusia. Stepniak[^407] dijo en su célebre libro *La Rusia subterránea* que el movimiento revolucionario de aquel país debía su alto impulso idealista, su entusiasmo y su fuerza casi religiosos, a la colaboración, a la lucha, a la vida y la muerte compartidas de las mujeres. Esa es la gran tradición que ha seguido viva en Rusia; esa tiene que convertirse en la gran tradición que guíe la lucha del proletariado en todos los países capitalistas, en todos los países de Oriente.

Camaradas, hemos oído aquí, en este congreso: prudencia, prudencia, prudencia, para no perder el contacto con las amplias masas proletarias que librarán las batallas decisivas de la revolución proletaria. Y sabemos lo cierto, lo justo que es eso. Pero de la historia de la revolución hemos aprendido también otra cosa: audacia, audacia y más audacia, para hacer avanzar al asalto a las masas, a las masas revolucionarias. Y os aseguro: nosotras, las mujeres, que buscamos con alma ardiente la tierra del comunismo, nosotras, que tenemos que ser las enemigas más fuertes, más irreconciliables del capitalismo, queremos esforzarnos por unir la fría ponderación de las condiciones concretas con la audaz osadía por el alto objetivo, por la victoria. Sabemos en qué situación tan peligrosa estamos. No solo allí donde luchamos por la conquista del poder, sino también allí donde el poder ya está conquistado y se ve amenazado por la contrarrevolución extranjera e interior y por todas las dificultades de la construcción en las condiciones más difíciles que quepa imaginar. Pero a nosotras, las mujeres, no nos desanima lo que queda atrás ni nos asusta lo que nos amenaza por delante. Tenemos los ojos fijos sin descanso en el objetivo luminoso, el comunismo que emancipa a la humanidad. Vemos con claridad el camino hacia el objetivo: la guerra civil, la lucha revolucionaria con sus horrores y sus peligros. Y pese a todo, tenemos una sola consigna: ¡Hasta el final! *(Aplausos vivos y prolongados.)*

**Lucie Colliard.**[^408] Camaradas, las mujeres comunistas me han elegido para informar aquí; pero antes tengo que confesar que soy delegada de un Partido Comunista que nunca ha hecho nada por atraer a la mujer al trabajo del partido. Pese a ello, en Francia tenemos algunas afiliadas. Pero estamos dispersas por todo el país y apenas nos conocemos. Últimamente hemos comprendido que hace falta una propaganda especial para las mujeres. Pero cuando quisimos obtener el apoyo del partido, se nos respondió que bastaba con designar a una mujer para ese trabajo, que, sin embargo, no debía hacer agitación solo entre las mujeres, sino dirigir la propaganda general. Con todo, conseguimos del Comité Central que se fundara una sección especial para la organización de las mujeres, igual que existe una sección especial para la propaganda entre los campesinos. Las mujeres tienen los mismos intereses que los hombres, y si quieren pertenecer al partido tienen que cumplir los mismos deberes. Sin embargo, sería mejor desarrollar primero sus capacidades, por ejemplo con la ayuda de guarderías, que hay que crear en cada fábrica. Se me dirá que este es el trabajo propio de los sindicatos, pero no creo que solo los sindicatos deban ocuparse de estas cuestiones. El Partido Comunista, igual que los sindicatos revolucionarios, tiene que encargarse de organizar todo lo que guarda relación con los intereses de la mujer y del niño. Hasta ahora no se ha tenido en cuenta entre nosotros. Se nos ha dejado de lado; no se creía que la mujer fuera capaz de librar la lucha hombro con hombro con el hombre. Seguramente habréis oído hablar de cómo la mujer retrocedió ante su deber revolucionario durante la guerra. No soporto que los hombres nos hagan ese reproche. Tenemos que reconocer que todos hemos descuidado vergonzosamente nuestro deber. Pero en este periodo que precede a la revolución, en este tiempo de preparación de nuestra guerra, no queremos hacernos reproches unos a otros. Tenemos que aspirar a una educación a fondo de las masas. No basta con organizar a las mujeres en secciones o subsecciones donde podamos educarlas o donde puedan seguir desarrollándose al lado de los hombres. Tenemos que infundirles la consciencia de su deber ante la clase obrera, para que en el momento de la revolución no vuelvan a fallar, como ocurrió antes de la guerra.

Pero los hombres tienen que reconocer ahora que no han cumplido su deber en lo que se refiere a atraer a la mujer al trabajo del partido. Ahora lo saben: aunque no se incorpore a la mujer a las organizaciones, hay que neutralizarla al menos, para que no estorbe a los hombres en su actividad. En nuestro movimiento de mayo del año pasado[^409], los sindicatos tuvieron que reconocer que la huelga se llevó con mucha más energía, constancia y empuje en las regiones donde participaron las obreras, donde aunque solo fuera las amas de casa apoyaron a los comunistas y a los sindicalistas. Ahora el partido comprende que atraer a la mujer al Partido Comunista y a los sindicatos revolucionarios no es interés de la mujer y del movimiento femenino en general, sino su propio interés. Hemos propuesto organizar a las mujeres como lo vemos en Rusia, Alemania y Bulgaria. Queremos acostumbrarlas primero a discutir entre ellas, para que adquieran la seguridad necesaria para discutir en presencia de los hombres. Tenemos que fundar un periódico que pueda dirigir esta educación. Hasta ahora no tenemos un órgano especial, aunque el partido edita solo en París dos diarios, aunque hasta la juventud tiene su periódico propio. El órgano que existe, *La Voix des femmes*, solo va dirigido a algunas camaradas y no pertenece al partido. La III Internacional tiene que imponer a nuestro Comité Central, sobre el que también nosotras, por nuestra parte, haremos presión, que prosiga el trabajo, que organice con nuestra ayuda a las mujeres, que las atraiga al trabajo, que las eduque. Esto es necesario para allanar el camino a la revolución, a la revolución que todos anhelamos, que deseamos desde hace mucho tiempo; por eso tenemos que organizar a las mujeres y a los hombres, para que la revolución no fracase como fracasó nuestra propaganda revolucionaria durante la guerra.

**Kollontái.** Camaradas: creo que el informe de la camarada Zetkin ha sido tan detallado que basta con que añadamos solo unas palabras. Lo principal es la cuestión de cómo pueden los partidos comunistas ejercer su influencia sobre las amplias masas para ganarlas para el comunismo. Esa es una de las cuestiones principales de todo nuestro método de trabajo del Partido Comunista. Es también una cuestión táctica cómo pueden los partidos comunistas ejercer su influencia sobre las amplias masas sin partido para ganarlas para el comunismo. Pero ¿de qué se componen las capas más amplias de la población sin partido en todos los países, tanto en los burgueses y capitalistas como en los soviéticos? Evidentemente, de las mujeres trabajadoras, porque los hombres, los obreros, pertenecen o bien a una organización determinada, a una organización burguesa o socialpatriota determinada, a la II o a la Internacional Dos y Media,[^410] a alguna organización o partido político. Hay muchas mujeres que no estaban organizadas. En los países burgueses están corrompidas por las ideas burguesas, y sin embargo al Partido Comunista le resulta más fácil ganar precisamente a estas amplias capas y sacar de ellas, que hasta ahora siempre han sido pasivas, esas fuerzas combatientes frescas que tan enormemente necesarias son para nuestros grandes objetivos en este momento de la lucha. Pero ¿cómo podemos llegar a las amplias masas de mujeres? El Partido Comunista, como antes el partido socialdemócrata, nos ha dicho siempre que las puertas del Partido Comunista están abiertas de par en par a las mujeres. Así pues, que las mujeres vengan a nosotros, a nuestro partido. Pero, por desgracia, tenemos que ver que todavía no hemos ganado a las mujeres para nuestros objetivos. Surge entonces la pregunta de si no tenemos que emplear otros métodos para ganar para nosotros a estas amplias capas de mujeres. Y si necesitamos métodos nuevos que tengan en cuenta la situación particular de la mujer en la sociedad, tanto en la burguesa como, hasta cierto punto, en la república soviética, donde la mujer se encuentra todavía en una situación social particular, incluso dentro de la familia, en una situación distinta de la de los hombres; si tenemos esto en cuenta, también tenemos que tener un aparato nuevo. Por eso vimos también que es necesario tener este aparato, este órgano, en cada partido. Esta decisión, camaradas, no es nueva. Se adoptó ya una vez el año pasado en nuestra primera Conferencia Internacional de las Comunistas.

Pero hasta ahora, como dijo la camarada Zetkin, solo los partidos de algunos países han aplicado esta decisión, porque se adoptó solo en nuestra conferencia y no la aprobó el congreso internacional. Creemos que, si ahora se logra aquí sacar adelante esta decisión, quizá anime a los camaradas a introducir también este año ese aparato en sus países, donde sea posible. Creo que precisamente ahora estamos en condiciones de crear estos aparatos, que tienen que ser solo aparatos muy especiales del partido. Deben dar lo menos posible la impresión, y tampoco tener en su trabajo el carácter, de que solo representan determinados intereses de las mujeres y solo quieren trabajar para las mujeres. Son aparatos especiales, con fuerzas especialmente preparadas, que cumplen una tarea determinada del partido. Estos aparatos no solo tienen que trabajar entre las mujeres, sino que, diría yo, por ejemplo entre nosotros en Rusia está muy claro que las mujeres a las que ya hemos llegado, la gran masa de obreras y campesinas, nos miran ya con simpatía. Pero, por desgracia, nuestros propios camaradas del partido siguen resistiéndose a que se haga participar a la mujer en un trabajo activo, en un puesto para el que la ha elegido la gran masa y en el que tiene que realizar una gran tarea. Así pues, camaradas, creo que tenéis que tener por objetivo este aparato. No se trata aquí solo del trabajo entre las mujeres; tiene que ser un aparato para el trabajo también entre nuestros camaradas. Tampoco llamamos a este aparato solo comisiones de mujeres, sino comisiones para la propaganda entre nuestros camaradas, para superar de una vez lo que todavía existe. La mujer está en el partido; en la Rusia soviética soporta toda la carga del gran trabajo de construcción. Pero cuando hay que poner a una mujer en un puesto de más responsabilidad, siempre se piensa: sí, pero un hombre sería más adecuado. En los países capitalistas la cuestión es todavía atraer a las propias mujeres a las filas de la organización. Pero en la Rusia soviética existe además la tarea de educar a las mujeres para un trabajo activo y creador y de ponerlas en puestos de responsabilidad. Y en esto, camaradas, quería subrayar todavía que precisamente en nuestro trabajo entre las mujeres llegamos, por nuestro método, por la práctica, a la comprensión de la idea comunista, de lo concreto a lo amplio y lo grande; según este principio fundamental tiene que construirse el trabajo entre las mujeres. Y también aquí subrayamos que todos los partidos comunistas tienen ahora interés en atraer a las mujeres a las filas del partido, no solo porque haya que educarlas como luchadoras, sino porque siempre tenemos que tener ante los ojos el día después de la revolución, la fase por la que estamos pasando ahora en Rusia. La gran cuestión es cómo podemos desarrollar las nuevas fuerzas, la producción. Haciendo participar a todas las fuerzas vivas. Todos tienen que formar parte del pueblo que crea, hombre y mujer. Y en la Rusia soviética, donde existe el trabajo obligatorio general, tenemos ya el gran problema nuevo, no solo de incorporar a la mujer a la organización, sino de aprovechar las fuerzas de la mujer proletaria, de la mujer campesina, para crear un nuevo orden de producción, para crear un nuevo orden social. Toda fuerza está ahora movilizada, registrada, y por eso cambia también la situación de la mujer en la sociedad. Es una revolución quizá mucho mayor que la igualdad de derechos de la mujer que han traído la república soviética y la Revolución de Octubre. Eso, por un lado. Por otro, el partido tiene ante sí la cuestión de educar a la mujer para la actividad y como fuerza creadora.

En todos los países capitalistas hay una tarea nueva para los partidos comunistas: no solo atraer a la mujer a las filas y animarla a la lucha para llevarla a las luchas junto con los hombres, sino al mismo tiempo despertar toda su actividad, precisamente mediante la lucha, mediante la acción, haciéndola participar en todos aquellos trabajos, en todos aquellos deberes que destruyan en ella la vieja pasividad y que formen y afiancen la nueva fuerza creadora, la actividad, el sentimiento de que también ella puede aportar algo. Y la camarada Zetkin tiene razón. Ha subrayado con razón que necesitamos la iniciativa, la fuerza creadora de las obreras, porque con ello se acelera el desarrollo y se enriquece la vida del partido. Por ejemplo, camaradas, en Rusia: tenemos nuestro aparato especial para el trabajo entre las mujeres. No olvidéis que no es una organización especial; es un aparato en el que colaboran nuestros camaradas hombres y mujeres, por desgracia los hombres demasiado poco. Tratamos de educarlos para que consideren un deber suyo cumplir también este trabajo especial en el partido. Estas organizaciones no son solo organizaciones que repiten lo que dice el partido. No. Aunque no siempre, muy a menudo aportamos también nuestra propia iniciativa. Toda una serie de cuestiones, como por ejemplo la del trabajo obligatorio general, se resolvieron allí. Saludamos, desde luego, estos pasos grandes, colosales, en las reformas de la vida social y económica de Rusia, pero al mismo tiempo nuestros aparatos, nuestros comités, decían: sí, pero el partido debe y tiene que tener en cuenta al mismo tiempo los intereses especiales de las obreras como madres, y en este sentido ponemos toda una serie de límites, porque siempre recordamos que la mujer tendrá dos deberes en el Estado comunista. Por un lado, se irá convirtiendo cada vez más en ser humano, en luchadora y en fuerza creadora; por otro, sigue siendo la que trae al mundo a la nueva generación, a una generación sana. Es madre. Como madre, tiene que ser protegida colectivamente por todo el Estado, por la sociedad. Y en toda una serie de cuestiones la iniciativa fue precisamente nuestra, por ejemplo en la cuestión de la abolición de las viejas leyes sobre el aborto, en la lucha contra la prostitución, en la protección de la maternidad, y también en otras cuestiones, como la milicia popular general, fueron nuestros comités los que aportaron cierta iniciativa y vida. ¿Hemos debilitado con ello nuestro trabajo soviético de construcción? No. Lo hemos enriquecido, y esa es la iniciativa de la que habló la camarada Zetkin; por eso creemos también que estos aparatos deben ser aparatos especiales, que elaboren métodos especiales, una táctica especial y formas de organización especiales para atraer a las amplias masas. Las mujeres obtienen cierta libertad de movimientos y siguen al mismo tiempo integradas en la lucha de conjunto. Al mismo tiempo, son también aparatos que nos ayudarán, en el momento de la lucha en los países burgueses, a plantear la cuestión de tal modo que en los momentos más duros podamos hacer de las mujeres atrasadas comunistas y hacerles comprender que solo por la dictadura del proletariado llegará de verdad la liberación de la mujer. En los países soviéticos, donde nuestros aparatos ayudan a nuestros partidos a realizar el trabajo grande y difícil, pero necesario y colosal, de construir un nuevo sistema social y un nuevo orden socialista, tenemos que animar a los obreros y obreras a seguir librando la gran lucha por el comunismo a escala mundial. *(Vivos aplausos.)*

**Presidente Kolárov.** La lista de oradores se ha agotado. Cierro por tanto el debate. Pasamos a la votación. Hay presentadas dos tesis y dos resoluciones sobre el movimiento femenino. Las resoluciones dicen así:

*Sigue la «Resolución sobre el enlace internacional de las comunistas y el Secretariado Internacional Femenino Comunista», aprobada por el congreso: véase [la página del congreso](https://marxismo.school/archivo/congresos/1921%20III%20Congreso%20de%20la%20Internacional%20Comunista#resolucion-sobre-el-enlace-internacional-de-las-comunistas-y-el-secretariado-internacional-femenino-comunista).*

*Sigue la «Resolución sobre las formas y métodos del trabajo comunista entre las mujeres», aprobada por el congreso: véase [la página del congreso](https://marxismo.school/archivo/congresos/1921%20III%20Congreso%20de%20la%20Internacional%20Comunista#resolucion-sobre-las-formas-y-metodos-del-trabajo-comunista-entre-las-mujeres).*

**Presidente Kolárov.** Estas resoluciones forman con las tesis un todo común. Una resolución no contradice a la otra. Podemos, por tanto, votarlas conjuntamente.

¿Hay alguien en contra de estas resoluciones? Nadie. ¿Alguien se abstiene? No. La resolución y las tesis quedan, por tanto, aprobadas por unanimidad. *(Vivos aplausos.)*

*Se levanta la sesión a las 12 y 15 de la noche.*

## Vigesimoprimera sesión, sábado 9 de julio de 1921 (8.30 de la tarde)

*(Rádek: Informe de la comisión de táctica. — Declaración de la delegación del KAPD. — Resolución sobre la situación en el VKPD. Declaración de la oposición alemana sobre la situación en el VKPD. Declaración de la delegación del VKPD. — Zinóviev: Resumen final sobre la resolución. — Meshcheriakov: El movimiento cooperativo. — Tesis sobre el trabajo de los comunistas en las cooperativas.)*

**Presidente Gennari.** Como primer orador tiene la palabra el camarada Rádek para el informe de la comisión de táctica.

**Rádek.** Camaradas, la comisión de táctica ha terminado su trabajo con la aprobación unánime de todas las modificaciones decisivas. No voy a leer aquí una tras otra todas las modificaciones, que en su mayoría son de pura redacción. Se entregarán a los delegados en los próximos dos o tres días. Solo quiero detenerme un momento en las modificaciones políticas más importantes. Son las que se refieren a la exposición de la situación en la Internacional Comunista. Las modificaciones son las siguientes:

Se ha vuelto a trabajar el pasaje sobre Francia y se ha suavizado la caracterización de las tendencias a lanzarse prematuramente a la lucha, que, como sabéis, se subrayaban con mucha dureza en la propuesta anterior.

En cuanto a la situación en Checoslovaquia, recordaréis que el Ejecutivo de la Internacional Comunista aprobó una resolución detallada sobre esta cuestión. En esa resolución se ponía de relieve la existencia de tendencias centristas, y estas tendencias se caracterizaban como la corriente de Šmeral y se combatían. En nuestra resolución hemos dejado la caracterización de estas tendencias, tanto más cuanto que el propio camarada Šmeral, que ha llegado entretanto, no negó en absoluto en su intervención la existencia de rasgos centristas en el partido, sino que, al contrario, trató de demostrar que, como la mayoría del antiguo partido había pasado al comunismo sin grandes escisiones, era también inevitable que esas tendencias existieran en el partido. En la comisión, la cuestión checoslovaca desempeñó un gran papel. Fue objeto de una sesión especial, en la que escuchamos por una parte las explicaciones del camarada Šmeral y por otra las del camarada Kreibich. Y la discusión —podemos decirlo— terminó con la conclusión de que, por un lado, el grupo dirigente del Partido checoslovaco tiene que dar dos o tres pasos a la izquierda, como dijo el camarada Lenin, mientras que al mismo tiempo aconsejamos a las organizaciones germano-checas y a su dirección, al camarada Kreibich, que den quizá un paso más en dirección a las grandes masas del Partido checoslovaco. Lo más importante fue la convicción a la que llegamos de que el camarada Šmeral está dispuesto a aplicar plenamente la línea del Ejecutivo. Por esa razón se acordó, por un lado, pronunciarnos con detalle, en una carta a la dirección del partido, sobre los errores y las corrientes de derecha en el partido y, por otro, suprimir el nombre del camarada Šmeral. Eso no significa ningún debilitamiento de la lucha contra las tendencias semicentristas del partido, pero significa que con ello expresamos que aquí no se trata de una lucha contra la persona del camarada Šmeral.

En las tesis sobre las acciones parciales para preparar la lucha se ha incluido la idea de que quien, por principio, se pronuncia contra el carácter ofensivo de la lucha de la Internacional Comunista, contra la ofensiva en situaciones concretas, infringe los principios de la Internacional Comunista.

En las tesis sobre las enseñanzas de la Acción de Marzo hemos hecho la modificación siguiente: donde decimos que la Acción de Marzo es un paso adelante, hemos caracterizado en concreto en qué consiste ese paso adelante, para que nadie pueda decir que se trata solo de una frase hecha. Decimos que el paso adelante consiste: 1.º, en que miles de obreros lucharon con valor; 2.º, en que el partido se puso a la cabeza de la lucha.

Las demás modificaciones que se han hecho son más bien de redacción. Así, por ejemplo, no ha suscitado diferencias de opinión que en el pasaje sobre los países balcánicos señalemos que la configuración de la Federación Comunista Balcánica es de la mayor importancia para esa lucha.

Hemos acordado proponer al congreso que apruebe por unanimidad estas tesis, que no solo hemos aprobado como base, sino que en sus orientaciones políticas no se han modificado en absoluto.

Las modificaciones que la comisión propone a la redacción original de las tesis son las siguientes:

Página 2, último párrafo, línea 6, columna izquierda, suprimir: «incluso capitalista, es decir, sobre la base de la explotación».

Página 2, columna derecha, línea 25, en lugar de: va, iba.

Página 2, columna derecha, línea 17 desde abajo, añadir después de la palabra Rumanía: en Letonia y Estonia, la legali…

Página 2, columna derecha, línea 14 desde abajo, añadir después de: ley contra los comunistas, en: Francia, Suiza.

Página 2, columna derecha, línea 3 desde abajo, en lugar de «hacer imposible»: impedir.

Página 3, columna derecha, línea 18, añadir después de: invitaba a participar en los sindicatos.

Página 3, columna izquierda, línea 25, añadir después de: partido como partido de masas. En Polonia tuvimos en febrero, bajo la dirección del Partido Comunista, la huelga ferroviaria y la huelga general que la siguió, y asistimos al proceso progresivo de descomposición del socialpatriota Partido Socialista Polaco. No…

Página 4, columna izquierda, línea 16, añadir después de: la burocracia sindical llevó, por miedo al efecto revolucionario del trabajo sindical comunista, a expulsar del sindicato a numerosos comunistas, y los obligó a cargar con el oprobio de la escisión de los sindicatos. En Checo…

Página 4, columna izquierda, línea 29, en lugar de: aumentar constantemente su influencia sobre ellas: actuar como su dirigente en las luchas de masas.

Página 5, columna derecha, línea 31, en lugar de: centristas, reformistas.

Página 5, columna derecha, línea 34, en lugar de: centristas, reformistas.

Página 5, columna derecha, línea 40, en lugar de la segunda palabra «reforzó»: creó.

Página 5, columna derecha, línea 40, añadir después de: por otro lado, el peligro de la influencia de los anar…

Página 5, columna derecha, líneas 16, 15 y 14 desde abajo, suprimir: en los que la masa […] dirigentes en la lucha contra el capitalismo…

Página 5, columna derecha, línea 14 desde abajo, cambiar: y del surgimiento de tendencias antiparlamentarias y de radicalismo verbal…

Página 6, columnas izquierda y derecha, y página 7, columna izquierda, en lugar de: desde «En Francia» (último párrafo, página 6, columna izquierda) hasta «Francia se convierta».

Palabras finales, primer párrafo, página 7, columna izquierda; debe decir: En Francia, donde el veneno chovinista de la «defensa nacional» y después la embriaguez de la victoria fueron más fuertes que en cualquier otro país, la reacción contra la guerra se desarrolló más lentamente que en los demás países. Gracias a la influencia moral de la Revolución rusa, de las luchas revolucionarias en los países capitalistas y gracias a la experiencia de las primeras luchas del proletariado francés traicionado por sus dirigentes, el Partido Socialista francés evolucionó en su mayoría en dirección al comunismo antes aún de que el desarrollo de los acontecimientos lo pusiera ante las cuestiones decisivas de la acción revolucionaria. El Partido Comunista francés podrá aprovechar esta situación tanto mejor y en tanto mayor medida cuanto más resueltamente elimine en su propio seno —sobre todo en los círculos dirigentes— los restos, todavía demasiado fuertes, de la ideología nacional-pacifista y parlamentario-reformista. El partido debe acercarse en mucha mayor medida, no solo en comparación con el pasado sino también con el presente, a las masas y a sus capas más oprimidas de la ciudad y del campo, y expresar con claridad y plenamente los sufrimientos y las necesidades de esas masas. En la lucha parlamentaria el partido debe romper resueltamente con las hipócritas formalidades del parlamentarismo francés y sus mentirosas fórmulas de cortesía, fomentadas conscientemente por la burguesía para intimidar e hipnotizar a los representantes de la clase obrera. Los representantes del Partido Comunista en el Parlamento deben esforzarse, en una actuación rigurosamente controlada, por desenmascarar el engaño del democratismo nacionalista y del revolucionarismo tradicional y por plantear cada cuestión como una cuestión de los intereses de clase y de la implacable lucha de clases.

La agitación en la prensa debe adquirir un carácter mucho más concentrado y enérgico. No debe diluirse en las situaciones y combinaciones cambiantes y variables de la política corriente. Debe sacar de todos los acontecimientos, pequeños y grandes, las conclusiones revolucionarias fundamentales e inculcarlas incluso a las masas obreras más atrasadas. Solo con una actitud verdaderamente revolucionaria de este tipo el Partido Comunista no aparecerá simplemente como el ala izquierda de aquel bloque radical y longuetista que, con energía cada vez mayor y éxito cada vez mayor, ofrece sus servicios a la sociedad burguesa para protegerla de las sacudidas que se aproximan en Francia con una consecuencia ineluctable. Independientemente de que esos acontecimientos revolucionarios decisivos lleguen antes o después, un Partido Comunista disciplinado y lleno por completo de voluntad revolucionaria encontrará también ahora, en la época de preparación, la posibilidad de movilizar a las masas obreras en el terreno económico y político, de dar a su lucha un carácter más amplio y más claro.

Los intentos de elementos revolucionarios impacientes y políticamente inexpertos que quieren aplicar a cuestiones y tareas aisladas los métodos extremos, que por su naturaleza son métodos de la insurrección revolucionaria decisiva del proletariado (la propuesta de llamar a la quinta de 1919 a oponerse a la movilización[^411]), pueden, si se aplican, frustrar por mucho tiempo la preparación verdaderamente revolucionaria del proletariado para la conquista del poder.

El Partido Comunista de Francia, como los partidos de todos los demás países, tiene la tarea de rechazar esos métodos extremadamente peligrosos. Ese deber no debe llevar en ningún caso al partido a la inactividad. Muy al contrario.

El fortalecimiento de los lazos del partido con las masas significa ante todo una vinculación más estrecha con los sindicatos. La tarea del partido no consiste en que los sindicatos se subordinen mecánica y exteriormente al partido y renuncien a la autonomía que exige el carácter de su trabajo, sino en que los elementos verdaderamente revolucionarios, unidos y dirigidos por el Partido Comunista, den al trabajo de los propios sindicatos, dentro de su marco, una orientación que corresponda a los intereses generales del proletariado que lucha por la conquista del poder. En consecuencia, el Partido Comunista de Francia está obligado a criticar de forma amistosa, pero resuelta y clara, las tendencias anarcosindicalistas que rechazan la dictadura del proletariado y niegan la necesidad de unir a su vanguardia en una organización centralizada y dirigente, es decir, en el Partido Comunista. También debe el partido criticar del mismo modo aquellas tendencias sindicalistas de transición que, atrincheradas tras la Carta de Amiens —elaborada ocho años antes de la guerra—, no quieren dar ahora una respuesta clara y franca a las cuestiones fundamentales de la nueva época que ha seguido a la guerra.

El odio a la politiquería que se manifiesta en el sindicalismo francés es en primer lugar el odio justificadísimo al parlamentario «socialista» tradicional. El carácter puramente revolucionario del Partido Comunista hará posible demostrar claramente a todos los elementos revolucionarios la necesidad de agruparse políticamente para la conquista del poder por la clase obrera.

La fusión de la organización sindicalista revolucionaria con la comunista en un todo es una condición necesaria de toda lucha seria del proletariado francés.

Tanto la superación y eliminación de las tendencias a la acción prematura como la superación de la falta de forma en los principios y del separatismo organizativo de los sindicalistas revolucionarios solo podrán lograrse plenamente, y se lograrán, en el caso de que el propio partido —como se ha dicho más arriba—, mediante un tratamiento verdaderamente revolucionario de cada cuestión de la vida y la lucha cotidianas, se convierta en un poderoso centro de atracción para las masas obreras de Francia.

Página 7, columna derecha, línea 17, en lugar de: a ellos, a los afiliados antiguos y a los recién ganados.

Página 7, columna derecha, líneas 22 a 17 desde abajo, suprimir: tal como se expresan en la política de la corriente de Šmeral, si sigue los consejos que le dan sus mejores camaradas encarcelados, Muna, Hůla y Zápotocký, así como la Internacional Comunista.

Página 7, columna derecha, línea 12, unir a: llevar a término. El Congreso resuelve que el Partido Comunista checoslovaco y el germano-bohemio fusionen sus organizaciones y las conviertan en un partido único en un plazo que fijará el Ejecutivo.

Página 8, columna izquierda, última línea, añadir después de: romper, y convertirse en las próximas luchas del proletariado en dirigente del movimiento de masas. Esta su…

Página 8, columna izquierda, línea 14, añadir después de: del proletariado y de la…

Página 8, columna izquierda, línea 20 desde abajo, añadir después de: no se opone, sino si mantiene constantemente despierto en sus organizaciones el espíritu de disposición al combate, si sus…

Página 8, columna derecha, línea 14, añadir después de: traicionado. Las consignas y los principios.

Página 9, columna derecha, línea 27, en lugar de: el que de una ilusión, el que en evidentes…

Página 9, columna derecha, línea 18 desde abajo, en lugar de «derrotismo»: hacer planes. Los obreros…

Página 9, columna derecha, líneas 12 y 11 desde abajo, en lugar de: conducir doctrinariamente al cauce de la lucha por etapas fijadas, concentrar en un objeto ideado doctrinariamente.

Página 9, columna derecha, líneas 6 y 7 desde abajo, en lugar de «componer»: constituir.

Página 9, columna derecha, línea 5 desde abajo, en lugar de «esta lucha»: estas luchas.

Página 10, columna izquierda, líneas 31 y 32, en lugar de: el contenido de las medidas transitorias, etapas en la lucha por la dictadura proletaria…

Página 10, columna izquierda, línea 5 desde abajo, añadir después de: profundizar y enlazar. Cada acción parcial emprendida por las masas trabajadoras para conseguir una reivindicación parcial, cada huelga económica de cierta seriedad, moviliza al mismo tiempo a toda la burguesía, que como clase se pone al lado de la parte amenazada de los patronos para impedir cualquier victoria, aunque sea parcial, del proletariado (Ayuda Técnica de Urgencia[^412], esquiroles burgueses en la huelga ferroviaria inglesa, fascistas). La burguesía moviliza también toda la máquina estatal para la lucha contra los obreros (militarización de los obreros en Francia y en Polonia, estado de excepción durante la huelga minera en Inglaterra). Los obreros que luchan por sus reivindicaciones parciales se ven obligados automáticamente a luchar contra toda la burguesía y su aparato estatal.

Página 10, columna derecha, línea 23 desde arriba, suprimir: organizaciones de empresa, solo por su…

Página 12, columna derecha, línea 10 desde abajo, añadir a: existen. Quien se opone por principio a la política de ofensiva contra la sociedad capitalista infringe los principios del comunismo.

Página 13, columna izquierda, de la línea 7 a la 3 desde abajo, suprimir: Al salir valientemente en defensa de los obreros de Alemania central, el VKPD ha demostrado que es el partido del proletariado revolucionario de Alemania.

Página 13, columna derecha, línea 12, en lugar de «el medio principal»: el método principal.

Página 13, columna derecha, líneas 10 y 11, en lugar de «teóricos del partido»: camaradas de partido.

Página 13, columna derecha, línea 19, añadir después de: como un paso adelante. La Acción de Marzo fue una lucha heroica de cientos de miles de proletarios contra la burguesía. Y al ponerse valientemente a la cabeza de la defensa de los obreros de Alemania central, el VKPD ha demostrado que es el partido del proletariado revolucionario de Alemania.

Página 13, columna derecha, línea 30, en lugar de «voces»: hechos y consideraciones.

Página 13, columna derecha, línea 40, añadir después de: ejercida solo en organizaciones del partido…

Página 14, columna izquierda, línea 19, en lugar de «dejar sitio»: relevar.

Página 14, columna derecha, línea 6, en lugar de «su» (de él): su (de ella).

Página 14, columna derecha, línea 29, en lugar de «órganos»: organizaciones.

Página 15, columna izquierda, línea 4, añadir después de: los elementos más activos en las empresas y los sindic…

Página 15, columna izquierda, línea 18, en lugar de «los órganos militares»: los órganos de combate.

Página 15, columna izquierda, línea 19, en lugar de «fuerzas del enemigo, sus estados mayores»: fuerzas de los guardias blancos, sus estados mayores…

Página 15, columna izquierda, línea 7 desde abajo, añadir después de: el uso de las armas y los actos de sabotaje solo tienen sentido si sirven para impedir el transporte de tropas contra masas proletarias en lucha o para arrebatar al adversario posiciones importantes en la lucha directa.

Página 15, columna izquierda, línea 5 desde abajo, en lugar de «prueba»: síntoma.

Página 15, columna izquierda, línea 3 desde abajo, en lugar de «fermentación»: indignación.

Página 15, columna derecha, líneas 4 a 9, añadir después de: elevar la disposición al combate, porque despiertan en las masas la ilusión de que las hazañas de individuos aislados podrían sustituir la lucha revolucionaria del proletariado.

Página 15, columna derecha, línea 2 desde abajo, añadir después de: círculos de los empleados de comercio y técnicos, de los funcionarios de grado inferior y medio…

Página 16, columna izquierda, línea 4, en lugar de «industria»: administración económica y estatal.

Página 16, columna izquierda, línea 17, en lugar de «organización»: incorporación.

Página 17, columna derecha, línea 4, debe decir: ampliar para la revolución en los países vecinos más desarrollados. Los atra…

Página 17, columna derecha, segundo párrafo, línea 28, debe decir: No solo en manifestaciones.

Página 17, columna izquierda, línea 8 desde abajo, añadir después de: esforzarse, mediante el desarrollo de la Federación Comunista Balcánica, en hacer frente al nacionalismo, nada…

**Presidente Gennari.** Se procede a votar. Preguntamos: ¿qué delegación vota en contra de la moción unánime de la comisión?

**Sachs** (KAPD). ¡Camaradas! El Partido Comunista Obrero tiene que hacer constar en acta la siguiente declaración sobre las tesis sobre la táctica.

«Las tesis sobre la táctica sometidas a la votación del III Congreso significan la continuación rectilínea y consecuente de la línea de principio iniciada por el II Congreso y de la política seguida hasta ahora por el Comité Ejecutivo. Dejan a la inteligencia traidora de los oportunistas y reformistas de todos los países un campo ilimitado para sus artes interpretativas, en particular por su relación con las tesis sobre la cuestión de la economía mundial. Se da cabida a una ambigüedad que contradice el concepto de revolución. Queda borrada toda línea clara de separación frente a los Hilferding; se abandona toda conexión interna con la esencia de la lucha de clases moderna.

»La llamada izquierda de este congreso, empujada por los obreros revolucionarios que están detrás de ella, ha emprendido débiles intentos de corregir las tesis tácticas. La mayoría ha rechazado con razón esos intentos por inconsecuentes, y tampoco nosotros los hemos apoyado en absoluto: mostraban, es cierto, buena voluntad de aumentar la actividad revolucionaria, pero carecían de toda comprensión de las condiciones concretas de lucha, no atacaban ni la base parlamentaria burguesa de los 21 puntos ni la tendencia general de las tesis, que concuerda con ella, y habrían sido así un obstáculo para toda clarificación ulterior.

»La preparación de la victoria de la revolución proletaria en los países capitalistas solo puede darse en las luchas mismas. Estas luchas brotan necesariamente de la ofensiva económica y política del capital. El Partido Comunista no puede ordenarlas, pero tampoco debe esquivarlas, porque de lo contrario sabotea la preparación de la victoria. Solo puede obtener a la larga la dirección de esas luchas si opone a todas las ilusiones de las masas la plena claridad del objetivo y de los métodos de lucha. Solo así se convertirá, en un proceso dialéctico, en el núcleo de cristalización de aquellos luchadores revolucionarios que en el curso de la lucha se ganan la confianza de las masas.

»Al oponernos formalmente, en consecuencia con esta declaración, a la aprobación de las tesis sobre la táctica, remitimos a las tesis que hemos presentado sobre el papel del partido en la revolución proletaria.

»La delegación del KAPD.»

**Presidente Gennari.** ¿Quién tiene otras propuestas frente a las tesis elaboradas por la comisión? Se procede a la votación y se ruega que se presenten las contrapropuestas.

**Zinóviev.** Las delegaciones que voten en contra o se abstengan, que lo declaren. No cabe un nuevo debate. Así pues, ninguna delegación vota en contra: las modificaciones quedan aprobadas por unanimidad. *(Vivos aplausos.)*

Camaradas, en nombre de la delegación rusa propongo lo siguiente: el congreso se ha ocupado aquí con bastante detalle de la situación del VKPD. Proponemos ahora la siguiente resolución:

*Sigue la «Resolución sobre la Acción de Marzo y sobre la situación en el VKPD», aprobada por el congreso: véase [la página del congreso](https://marxismo.school/archivo/congresos/1921%20III%20Congreso%20de%20la%20Internacional%20Comunista#resolucion-sobre-la-accion-de-marzo-y-sobre-la-situacion-en-el-vkpd).*

**Zinóviev.** Quisiera comunicaros además la siguiente cita de una carta de uno de nuestros representantes en Alemania, del 30 de junio. Recibí la carta ayer. Dice así: «La derecha del partido se concentra cada vez más. El día 25 se celebró una nueva reunión de la oposición. Asistieron unas 60 personas, entre ellas Levi y Däumig. Se decidió celebrar regularmente conferencias semanales para consolidar más la oposición y para tener la posibilidad de tomar posición ante el III Congreso. Däumig hizo una larga exposición; a su juicio, Heidelberg fue una batalla victoriosa del marxismo revolucionario contra las tendencias anarcosindicalistas, y permitió a los obreros revolucionarios del USPD unirse con la Liga Espartaco. Después del congreso de unificación,[^413] el espíritu del KAPD se hizo notar con más fuerza en el VKPD. El VKPD ha retrocedido respecto de Heidelberg. Hoy el VKPD solo tiene un objetivo: unirse organizativamente con el KAPD. Levi completó esta exposición de Däumig, habló de las controversias de Rosa con Lenin y describió la situación del Partido Ruso, que, según él, estaría en el aire.»

Considero mi deber comunicar esto al congreso para que todos los camaradas puedan juzgar que la situación en el VKPD es, en más de un aspecto, bastante peligrosa. Hemos hablado con toda franqueza de los errores de nuestros amigos de la Central, y el congreso ha dado su opinión. Conforme a la resolución de la delegación rusa, el congreso debe también exigir de verdad a la Central y a la mayoría del partido el trato más tolerante a la oposición, siempre que esa oposición se someta a las decisiones del congreso. El congreso tiene que subrayar con toda energía que, una vez que el congreso ha hablado, la Internacional Comunista no puede tolerar de verdad ninguna camarilla en el partido alemán. Si eso todavía era posible hasta el congreso, después del congreso es absolutamente inadmisible. Estamos firmemente convencidos, y lo decimos sobre la base de nuestras muchas conversaciones con los camaradas Zetkin, Neumann,[^414] Malzahn y otros camaradas de la oposición, de que los camaradas que están aquí presentes quieren aplicar con absoluta lealtad las decisiones del congreso y tendrán en Alemania influencia suficiente para imponerlas. Pero con aquellos grupos y camaradas que no quieran someterse a las decisiones del congreso, creo yo, el nuevo Ejecutivo tiene que hablar muy en serio, tiene que dejarles claro de antemano que quien no se someta a las decisiones y siga haciendo camarillas en el Partido Alemán no puede pertenecer ni pertenecerá a la Internacional Comunista. *(Viva aprobación.)*

**Presidente Gennari.** ¿Alguien pide la palabra sobre la resolución de la delegación rusa?

**Malzahn.** Camaradas, tenemos, naturalmente, el mayor interés en que los conflictos que había en Alemania a raíz de la Acción de Marzo queden aclarados plena y completamente. En este congreso, y mediante las tesis sobre la táctica, en las que se trata la Acción de Marzo, eso se ha logrado en toda su extensión, y tenemos todo el interés en que se llegue a un entendimiento entre la delegación alemana y nosotros; porque la situación en Alemania —el hecho de que justamente después de la Acción de Marzo los partidos mencheviques, el SPD y el USPD, lancen una embestida contra el VKPD, y además que en Alemania tengamos agudos conflictos económicos y que también los conflictos políticos se agudicen cada vez más— es tal que nos interesa que el partido vuelva a Alemania con plena claridad, para resolver la crisis del partido por la vía más rápida y evitar toda disputa interna, a fin de conservar toda la fuerza de choque del partido hacia fuera para revolucionar a la clase obrera. Pero tengo que declarar que la redacción propuesta por la sección rusa no contribuye a repartir por igual la luz y la sombra *(interrupción: ¡Muy bien!)*, sino que, como mínimo, esta resolución no traza con más claridad la línea que ha dado el congreso, sino que con toda su hábil redacción pretende dar la impresión de que aquí, en el congreso, se ha quitado la razón a la oposición. Ya dijimos que las decisiones de este congreso son para nosotros determinantes en todos los sentidos y que, aunque seamos los representantes proletarios de la oposición, emplearíamos toda nuestra fuerza en Alemania para hacer callar también a la oposición en interés del partido. Pero, por otro lado, también hay que comprender que con esta resolución no se debe provocar un nuevo escándalo; por eso hemos elaborado una redacción que expresa de forma mucho más clara y precisa lo que puede valer para ambas partes en disputa, y que sin duda contribuirá a que cesen las disputas internas y sea posible un trabajo común en Alemania. Por eso proponemos la siguiente redacción:

«El III Congreso Mundial constata con satisfacción que las resoluciones sobre la cuestión de la táctica, y en particular la parte que trata de la tan discutida Acción de Marzo, han sido aprobadas por unanimidad.

»El congreso declara obligación evidente que todos los partidarios de las opiniones que pugnan entre sí por imponerse intervengan con toda energía en la aplicación de la decisión del congreso, rechacen todo intento de formar fracciones y toda tendencia particularista, y trabajen y luchen juntos, unidos y compactos, sobre la base de las concepciones de principio y tácticas de la IC y respetando la disciplina de partido. La situación económica y política de Alemania, la agudización de la lucha en toda la línea, la embestida del SPD y del USPD contra el Partido Comunista, exigen de este la máxima actividad en todos los terrenos, estar siempre armado y dispuesto para luchas decisivas, una unión cada vez más estrecha con las masas proletarias y una influencia política y moral creciente sobre ellas. Condición indispensable para ello es la firme cohesión del partido y la vigencia de la disciplina de partido para todos los camaradas sin distinción, para todos los órganos y organismos del partido, conforme a las 21 condiciones del Segundo Congreso Mundial de la IC.

»El congreso encarga al Ejecutivo que siga atentamente el desarrollo ulterior del movimiento en Alemania y que tome todas las medidas que resulten necesarias para la aplicación de las decisiones correspondientes.

»Paul Franken.[^415] H. Malzahn. P. Neumann. Clara Zetkin.»

Aquí, en esta resolución, se habla en general de la conducta de todos los miembros del partido en el VKPD; en la resolución rusa, toda la tendencia y la redacción están orientadas a crear unilateralmente una impresión contra la oposición. Si vosotros, como congreso, queréis que en Alemania superemos rápidamente la crisis y lleguemos rápidamente, en interés de la revolución, a un trabajo unitario, entonces os pedimos y os rogamos que aprobéis la resolución que hemos presentado.

**Thalheimer.** Camaradas, tengo que declarar en nombre de la delegación alemana que la delegación alemana se sitúa en el terreno de la moción de la delegación rusa. Os rogamos que aprobéis esta moción, a ser posible por unanimidad, y que rechacéis en cambio la moción que procede de la oposición, porque se mueve mucho en generalidades. La moción de la delegación rusa corresponde enteramente, por su determinación y su precisión, a la situación que existe en Alemania, mientras que la otra resolución está redactada de forma muy vaga e indeterminada. Por esa razón os rogamos que aprobéis la resolución más precisa y más clara de la delegación rusa.

**Zinóviev.** Los camaradas del grupo de la oposición piden que se declare que no insisten en que el texto que ha leído Malzahn se someta a votación, sino que solo quieren que conste en acta como declaración, con las firmas de Malzahn, Neumann, Franken y Zetkin. Así pues, no necesitamos hablar más de ello, y está claro que solo hay que hacer una votación, a saber, sobre la resolución de la delegación rusa.

Quisiera decir todavía dos palabras de réplica a lo expuesto por el camarada Malzahn. Dice que la resolución está artificialmente exacerbada. Es precisa y clara, pero nada más. Y creo que quizá Neumann y Malzahn aún se alegrarán de la resolución cuando, dentro de unas semanas, en Alemania, encuentren resistencia por parte de camaradas que no tienen hacia las decisiones del congreso la misma disposición que Neumann, Malzahn y los demás camaradas. Hace un momento he comunicado algunos hechos a este respecto sacados de la carta de Alemania. No tenemos motivo para dudar de ellos. Si resulta que en Alemania todos piensan así —se acabó ahora la vieja disputa—, tanto mejor. Nuestra resolución no hace más difícil la situación. Pero frente a los camaradas de Alemania que quieran hacer camarillas, que quieran continuar lo de antes, la resolución será en manos de los camaradas Neumann y Malzahn un arma muy buena. Por eso os ruego que aprobéis por unanimidad nuestra resolución, para que, en nombre del congreso, la instancia suprema de la Internacional Comunista, hagamos todo lo posible por crear una verdadera unidad en el VKPD. *(Vivos aplausos.)*

**Presidente Gennari.** Quedan todavía inscritos dos oradores para el debate, los camaradas Neumann y Rádek. El presidium os propone cerrar el debate. ¿Hay alguna objeción? No es el caso.

Pasamos ahora a la votación de la resolución propuesta por la delegación rusa. ¿Está alguien en contra de la resolución? ¿Se abstiene alguien? No es el caso. La resolución queda aprobada por unanimidad.

Como punto siguiente se debate la cuestión del movimiento cooperativo. El ponente es el camarada Meshcheriakov.[^416]

**Meshcheriakov.** Ruego a los camaradas franceses que disculpen mi mal francés, porque durante catorce años no he tenido ocasión de hablar francés.

Camaradas, antes de la revolución el movimiento obrero se componía de tres partes: primero, el trabajo político en el partido político; segundo, las asociaciones sindicales, y tercero, el movimiento cooperativo. Y estos tres movimientos discurrían completamente separados unos de otros. Antes de la revolución, los comunistas y los socialrevolucionarios no participaban mucho en el trabajo de las cooperativas, que les parecía demasiado insulso; por eso el trabajo en las cooperativas quedó en manos de los reformistas, y esa es la razón de que el trabajo en las cooperativas todavía no esté impregnado de ideas revolucionarias y comunistas.

Pero los partidos comunistas no deben dejar las cosas por más tiempo en esa situación. Los partidos comunistas tienen que prepararse a sí mismos, preparar al proletariado y a las cooperativas para el gran papel que estas organizaciones deben desempeñar durante la revolución. Por eso el Congreso Internacional ha incluido en el orden del día la cuestión de las cooperativas. No puedo ni quiero pronunciar un gran discurso sobre esta cuestión. Solo quiero indicaros algunos puntos esenciales. La revolución, que ya se ha producido, cambia por completo la naturaleza del trabajo de las cooperativas. Hasta ahora el movimiento cooperativo no tenía como fin combatir el capitalismo, sino que solo trataba de aliviar los sufrimientos causados por el capitalismo. El movimiento cooperativo tenía como fin adaptar sus organizaciones al medio capitalista, mientras que las cooperativas de hoy tienen que combatir el capitalismo.

Hasta ahora solo una parte de la población participaba en las cooperativas. Hoy todos los súbditos rusos, sin excepción, son miembros de cooperativas. La revolución los ha obligado a ello. No quiero daros una gran conferencia sobre la situación del movimiento cooperativo de Rusia. Lo haremos más adelante en los artículos que se publicarán tras la apertura de la sección cooperativa de la Internacional. Ahora solo quiero leeros las tesis elaboradas por una pequeña comisión formada por diversos miembros del congreso y propuestas a la votación del congreso:

*Siguen las «Tesis sobre el trabajo de los comunistas en las cooperativas», aprobadas por el congreso: véase [la página del congreso](https://marxismo.school/archivo/congresos/1921%20III%20Congreso%20de%20la%20Internacional%20Comunista#tesis-sobre-el-trabajo-de-los-comunistas-en-las-cooperativas).*

**Presidente Gennari.** En este momento se están celebrando importantes deliberaciones de las comisiones, por lo que es imposible continuar la sesión. En consecuencia, el presidium os propone levantar hoy la sesión. ¿Hay alguna objeción? No es el caso. La próxima sesión se celebrará mañana a las 6 de la tarde. Orden del día: informe sobre la organización, informe sobre Oriente.

*Se levanta la sesión a las 10 y media de la noche.*

## Vigesimosegunda sesión, domingo 10 de julio de 1921 (7 de la tarde)

*(Votación de las tesis sobre el trabajo de los comunistas en las cooperativas. — Koenen: informe sobre la estructura organizativa de los partidos comunistas y sobre los métodos y el contenido de su trabajo. La estructura organizativa de la Internacional Comunista. — Debate. Oradores: Schaffner, Zinóviev.)*

**Presidente Kolárov.** Se abre la sesión. En el orden del día figura la cuestión de la organización del Partido Comunista y de la organización de la Internacional Comunista. Pero antes de pasar al orden del día tenemos que terminar la traducción del informe sobre la cuestión de las cooperativas, que se comenzó ayer. Ruego a los traductores que lo hagan ahora. *(Así se hace.)* Con ello queda resuelta esta cuestión. ¿Alguien desea la palabra sobre este informe? Nadie. Pasamos entonces a la votación. Los que aprueben las tesis sobre las cooperativas, que levanten la mano. *(Así se hace.)* ¿Está alguien en contra de las tesis? Nadie. ¿Se abstiene alguien? *(Voces: Sí.)* Declaro, por tanto, que estas tesis quedan aprobadas por todos los votos contra uno.

Sigue ahora el debate de las

cuestiones de organización.

Tiene la palabra el ponente, camarada Koenen.

**Koenen.** Camaradas, ante todo, una pequeña disculpa. El informe sobre la organización de los partidos, los métodos y el contenido de su trabajo no se me encargó hasta el transcurso de la semana pasada, de modo que ello produjo cierto retraso en su tratamiento, y también la elaboración de las tesis no pudo hacerse de una forma del todo ordenada. Tenéis que disculpar también que, por ser una tarea encargada solo la semana pasada, su realización no haya podido ser amplia y a fondo. El informe que tengo que presentar es muy extenso por su tema. No solo hay que tratar las tareas organizativas, sino también los métodos y el contenido de su trabajo, así como la estructura organizativa de la Internacional Comunista y su relación con los distintos partidos, un conjunto de cuestiones que exigiría una exposición muy amplia. Quiero decir de antemano que, por la amplitud del tema, tengo que renunciar por completo a hacer cualquier introducción histórica sobre el desarrollo de los distintos partidos o de la idea del Partido Comunista. En la medida en que sea necesario entrar en las condiciones económicas de los partidos y en los métodos de trabajo de los partidos, habrá que hacerlo en algunos puntos a lo largo del informe.

Seguramente es ya patrimonio común en todos los partidos que, para un partido comunista, la organización no es un fin en sí mismo, sino que la organización, y en particular el aparato organizativo, es solo un medio para el fin superior de hacer avanzar la causa revolucionaria, de impulsar la revolución, de alcanzar nuestro objetivo: erigir la sociedad comunista. Ya en los primeros Estatutos generales de la I Asociación Internacional de los Trabajadores acuñó Karl Marx la frase de que la emancipación económica de la clase obrera es el gran fin al que todo movimiento debe subordinarse como medio. Y en el sentido de estos estatutos, una organización actuará con la mayor eficacia para la solución del problema social cuando realice la cooperación teórica y práctica de los grupos más avanzados. El aparato organizativo tiene que estar configurado en el movimiento obrero moderno de modo que ofrezca a los proletarios en sus luchas la garantía de recibir en cada momento dado la mayor ayuda posible de los grupos proletarios organizados como ellos. En los agitados tiempos actuales de guerra civil latente, es evidente que la Internacional Comunista trate de lograr el fortalecimiento mutuo de las fuerzas organizativas y activas mediante una centralización rigurosa. El fin de la organización está claro. La organización tiene como fin inmediato conseguir la conquista del poder político para el proletariado. La conducción de la lucha orientada a ello tiene que poder desplegarse dentro de las organizaciones comunistas según un plan firme y con fuerzas seguras. La lucha exige una preparación concentrada mediante el esclarecimiento y la agitación proselitista, que dirijan en todo momento toda la atención del proletariado combatiente hacia el gran fin común a toda la clase, que une de verdad a todas las fuerzas que quieran emplearse en la lucha. Por eso la organización tiene que estar agrupada centralmente como una unión de fuerzas; tiene que mantenerse unida como una unión de los obreros no solo conscientes desde el punto de vista revolucionario, sino que también sienten de verdad de forma revolucionaria.

Fue muy acertado que el camarada Béla Kun, que en un principio debía presentar el informe, acuñara en su exposición sobre las enseñanzas organizativas de la Acción de Marzo la frase de que la cuestión de la revolución no es, en última instancia, una cuestión de organización. Debemos tener presente que, al resolver esta cuestión, al solucionar este problema, tenemos que realizar un importante trabajo revolucionario.

Si echamos un vistazo a las formas de organización en los distintos Estados, tenemos que admitir que la Internacional presenta todavía una mezcla muy abigarrada de las formas de organización más diversas. Y no debemos creer que el Segundo Congreso haya producido ya un cambio decisivo en este aspecto; ni siquiera debemos esperar que el III Congreso pueda traer y traiga ya ese cambio. Pero, aunque conocemos esta diversidad de formas de organización, tenemos que trabajar con toda energía por unificar las formas de organización, porque sabemos muy bien que, a pesar de las distintas condiciones de los distintos países, a pesar de que las diversas formas de organización están condicionadas en los distintos países, hay que alcanzar cierta igualdad de los métodos y del contenido, porque el objetivo —la conquista del poder— es el mismo, y también el adversario, a saber, la burguesía, es en todas partes el mismo y emplea contra nosotros las mismas formas de lucha. Eso nos obliga a esforzarnos por lograr cierta homogeneidad de los métodos de lucha y del contenido del trabajo de los partidos comunistas. Algunos partidos tienen todavía todas las debilidades de la vieja centralización burocrática de los viejos partidos socialdemócratas. Siguen arrastrando consigo esa vieja tradición porque tienen un pasado comunista muy corto. Puede decirse sin duda que los grandes partidos de masas arrastran consigo restos de esa vieja burocracia socialdemócrata. Otros partidos se formaron porque estalló una rebelión contra ese centralismo burocrático, contra esa manera burocrática de construir el partido. Así ocurrió, por ejemplo, con una de las alas de las que surgió el Partido Alemán. El USPD era típicamente un partido nacido de la rebelión de los elementos activos contra el centro pasivo. Durante la guerra, ese centro pasivo de la vieja socialdemocracia tenía que provocar por sí solo la rebelión de los elementos activos, y así se llegó a que los distintos distritos rebeldes se unieran y se formara una base en cierto modo federalista del partido. Estos elementos arrastraban consigo los restos del federalismo; tenían que hacer valer la autonomía de los distintos distritos y subrayar que solo ese federalismo tenía derecho a la autonomía y que el centro pasivo ya no contaba para nada.

Hay que defenderse contra estos fenómenos federalistas con la misma energía que contra la tradición centralista del viejo partido socialdemócrata.

Los partidos tienen que convertirse cada vez más en el centro de la acción, de la activación. Tenemos ante nosotros esta tarea: ¿cómo configuramos los órganos del partido conforme a los fines que nos fija el *Manifiesto Comunista*? Ahí está, como primera tarea, asegurar una dirección firme a la cabeza de una organización centralista. Lamentablemente, todavía hay que insistir en esta dirección firme, y en general en una dirección que ocupe un lugar destacado, porque incluso en el KAP se hacen notar todavía ciertas tendencias contrarias. Frente a esas tendencias hay que subrayar expresamente la dirección unitaria y rigurosa. En este congreso no hace falta, sin duda, una fundamentación más amplia. Solo necesito declarar que consideramos necesaria esta dirección centralista y clara. Pero una necesidad igual de apremiante para cumplir las tareas que tienen los órganos del partido es la buena conexión que esa dirección tiene que tener con las masas. Así se concreta, pues, la tarea: junto a la dirección centralista, rigurosa, unitaria, clara y firme, tenemos que establecer una conexión con las masas buena, desarrollada y abundante hasta en los detalles.

La conexión entre la dirección y las masas debe crearse construyendo el partido, según las decisiones del II Congreso, sobre la base del centralismo democrático. Este centralismo democrático no es una fórmula burocrática hueca, sino que significa, dicho de otro modo, la centralización de la actividad, la concentración de los esfuerzos de trabajo y de lucha para el partido. Solo así puede entenderse la centralización. En la última redacción de nuestras tesis hemos considerado necesario expresar esta idea con más claridad todavía. Los apartados 2 y 6 contienen una frase que se prestaba a malentendidos, que hemos suprimido y que se ha sustituido por una nueva fórmula que debe expresar con más nitidez y claridad la idea del centralismo democrático. Nuestra nueva propuesta dice así:

«El centralismo democrático en la organización del partido comunista debe ser una verdadera síntesis, una fusión del centralismo y de la democracia proletaria. Esta fusión solo puede alcanzarse sobre la base de la actividad común permanente, de la lucha común permanente de toda la organización del partido.

»La centralización en la organización del partido comunista no significa una centralización formal y mecánica, sino una centralización de la actividad comunista, es decir, la formación de una dirección fuerte, presta para el combate y a la vez capaz de adaptarse.

»Una centralización formal o mecánica sería la centralización para dominar a los demás miembros o a las masas del proletariado revolucionario que están fuera del partido. Pero solo los enemigos del comunismo pueden afirmar que el Partido Comunista quiere dominar al proletariado revolucionario mediante la función de dirección de las luchas de clases proletarias y mediante la centralización de esta dirección comunista. Eso es una mentira, y tampoco son compatibles con los principios del centralismo democrático aceptados por la Internacional Comunista una oposición de poder ni una lucha por el dominio dentro del partido.»

Con ello quiere expresarse, para subrayarlo brevemente una vez más, que en el partido no debe formarse ninguna camarilla de jefes que crea que, como se le ha puesto en las manos la dirección de un aparato central, ya tiene derecho a actuar con ese aparato central contra la voluntad manifiesta de la mayoría del partido, que haga de ese aparato, como estrecha camarilla de jefes, un aparato de dominio para sí misma. Se ha llamado a menudo la atención sobre peligros de este tipo. Hay que dejar claro en este punto que no corresponde a la voluntad de la Internacional dejar que surja semejante dominio de los jefes. Solo la actividad y la dirección de la actividad deben ser centralistas. Así podremos emprender nuestro trabajo, nuestras luchas, y conducirlos de forma verdaderamente centralista. El camino hacia la verdadera formación de esta centralización democrática es largo. Ya en el II Congreso se dijo en las directrices que lograr semejante centralización democrática no sería cosa de un plazo breve ni de un solo año.

Se subrayó que es un proceso largo y difícil hacer cristalizar la concentración y la centralización de la verdadera dirección del partido, y nosotros subrayamos en las directrices que los partidos, mediante mejoras y un examen diligente de su aparato, deben vigilar si tienen de verdad una centralización de la actividad y no un centralismo burocrático, para llegar a la verdadera concentración de la dirección del trabajo. La conexión más viva entre la dirección del partido y todos los órganos del partido es el medio más seguro contra la burocratización del aparato. Esta conexión viva tiene que hacer que también las masas de afiliados, por el contacto constante con la Central, vean y comprendan que la centralización es un refuerzo y un despliegue objetivamente fundado de la actividad y de las luchas comunes. Los afiliados tienen que sentir y vivir por sí mismos que esto no significa de verdad una dirección ajena, sino un fortalecimiento de su propia fuerza de combate. Si el centralismo cobra así vida, si no se queda en forma sino que late con vida, estaremos protegidos del mejor modo contra el peligro del burocratismo y del anquilosamiento del aparato. Hay que admitir lo que declara el camarada Béla Kun en su artículo: que, aparte del ruso y de este o aquel partido pequeño, apenas tenemos un partido que haya alcanzado ya el necesario centralismo vivo; que el centralismo se aplica todavía demasiado en un sentido puramente mecánico y que de su aplicación política no se puede hablar todavía.

¿Cómo llegamos a la aplicación verdaderamente política de este concepto? Para lograrlo hemos insertado un apartado sobre la obligación de trabajar justo detrás del que trata del centralismo democrático. Al incorporar a todos los afiliados al trabajo, ellos mismos quedan en la conexión más intensa con la dirección, y cuando la obligación de trabajar, completada por la obligación de luchar de los comunistas, se haya llevado a la práctica, tendremos la seguridad de que no puede imperar ningún burocratismo. Si queremos llegar a un centralismo vivo, si queremos tener una concentración palpitante de las fuerzas, tenemos que insistir enérgicamente en la obligación de trabajar. Hasta ahora, la inmensa mayoría de los partidos no ha podido todavía poner en actividad todas las fuerzas del partido para un objetivo, un movimiento, una lucha. Ese tiene que ser el objetivo de las direcciones de los partidos comunistas. Tienen que esforzarse con empeño por introducir a todos los afiliados del partido no solo en el trabajo, sino también en los movimientos del partido. Para ello hemos dado en las directrices una serie de indicaciones. El apartado es tan largo para dejar esto claro en detalle. No bastaría con que el congreso decidiera la obligación de trabajar: entonces no cambiaría todavía nada. Lo que importa es decir con consejos concretos cómo debe llevarse a la práctica. Hemos considerado necesarias unas instrucciones organizativas para las direcciones del partido: cómo debe hacerse la incorporación, la organización, la división del trabajo, cómo deben actuar los grupos y las células. Y hemos dicho que las direcciones del partido deben ponerse ellas mismas a organizar esos grupos de trabajo y a ponerlos a trabajar. Eso es absolutamente necesario, porque sabemos que apenas han echado raíces todavía en la Internacional.

En una serie de partidos hay sin duda sobre el papel esas supuestas células en las empresas y en los sindicatos, y esas comisiones, juntas o comités que supuestamente tienen encargos de trabajo especiales. Pero yo afirmo que solo existen sobre el papel. Con eso no se sirve al movimiento comunista; lo que importa es trasladar también las cosas de papel a la realidad prosaica y hacer de todo el partido un cuerpo de trabajo. Esta indicación vale en particular para los partidos legales. Es verdad que en el fondo no se puede separar a los partidos legales de los ilegales, pero de hecho todavía son muy distintos. En el partido ilegal ocurre que solo pertenecen al partido los afiliados que trabajan de verdad, porque quien no trabajara llamaría la atención, se haría sospechoso. En un partido ilegal no se pueden tolerar fuerzas parásitas. En ese sentido hay una diferencia entre los partidos ilegales y los legales, pero hay que superarla dando en el partido legal un encargo a cada afiliado. Solo entonces superaremos la diferencia entre estos partidos y crearemos de verdad un tipo preciso de organización del partido. Hemos considerado necesario dar esta indicación. Pero hay todavía cierta divergencia que, creo, tampoco podrá resolverse definitivamente en este congreso, a saber, sobre si las organizaciones pueden construirse ya definitivamente sobre las células de empresa como base de las organizaciones. En el II Congreso se fijó la tendencia de que las células de empresa deben ser la base de las organizaciones. También se sabe, por informes que nos han llegado, que una serie de organizaciones, una serie de organizaciones ilegales, consideran de verdad estas células como base de sus organizaciones. Pero en los grandes partidos de masas no es así en absoluto. Volveré a hablar de ello en el capítulo del organismo del partido.

Como en el conjunto del partido este concepto de célula de empresa no constituye todavía la base, todavía no hemos hablado de los grupos de trabajo. Los grupos de trabajo son las instituciones de los partidos que todavía se basan en los distritos de residencia, pero que tienen que estar obligadas, en sus distritos de residencia, si ya tienen esa organización de distrito, a conseguir ahora una movilización de las fuerzas del partido. Deben dividir a sus grupos para que cada grupo tenga su trabajo. Existe a este respecto un sistema de decenas, en el que se agrupa a cada 10 o 20 camaradas para dotarlos de encargos especiales. No es necesario en absoluto hacer la cosa de forma tan mecánica; lo que importa es que esos encargos se den con criterio, que de hecho se introduzca a todos los afiliados en el trabajo. Posibilidades de trabajo de este tipo las hay muy diversas. Se cita una serie de trabajos de este tipo: agitación por medio de los periódicos, agitación de casa en casa, trabajo sindical, trabajo entre las mujeres, agitación entre la juventud y otras muchas cosas. Para todos estos trabajos diferentes deben formarse en la organización precisamente esos grupos de trabajo, que la dirección del partido tiene que poner en pie si es que han de funcionar. Sería un error que un partido viniera a decir: lo dividimos todo sobre el papel, enviamos ahora ese esquema por el mundo, y esperara después que los distintos distritos dividieran de forma igual de esquemática a sus afiliados y lo dejaran todo así. Semejante división esquemática sería un centralismo burocrático. Al contrario: al principio hay que formar solo unos pocos grupos y células, pero esas células hay que ponerlas a trabajar de verdad, para poner después en movimiento otros grupos de trabajo. Esta movilización de los grupos de trabajo requiere mucha perseverancia, mucha energía, mucho empuje, mucho tiempo, y los partidos tendrán que demostrar a lo largo del año si han comprendido la esencia del centralismo, poniéndose de verdad a organizar los grupos de trabajo. Solo así llegaremos a tener partidos eficaces. Además, es necesario ayudar a estos grupos de trabajo en la manera de hacer su trabajo, darles toda una serie de indicaciones especiales para que saquen también de su trabajo las conclusiones necesarias. La enseñanza y la conclusión que resultarán de este trabajo práctico es la enseñanza de la especialización. Veremos salir de los grupos de trabajo una serie de especialistas. Esta especialización es una necesidad absoluta. Tenemos que tener fuerzas con distinta formación en los distintos terrenos de lucha. Sin esta especialización no se podrá hacer frente a las luchas futuras; no podremos llegar al proletariado si no emprendemos la formación de especialistas. Esta especialización hay que cultivarla, pero, cuando se habla de especialización, hay que prevenir contra su exageración. Si se le quita al partido la vida palpitante, tendremos solo un partido compuesto de especialistas en el que uno no sabe nada del otro. Y eso no tendrá ningún sentido. Por tanto, será necesario trasladar a otro grupo precisamente al camarada que en un grupo se convierte en especialista, para que conozca también la vida y las aspiraciones de otros grupos. Eso no debe ir unido en modo alguno a un cambio continuo y a un revoltijo de los encargos. La formación de ciertos especialistas es necesaria, pero también es conveniente un cambio de funciones, para establecer un equilibrio interno de las fuerzas y encarnar así la verdadera vida de trabajo del partido.

Al insistir en que no hay que exagerar la especialización, considero necesario señalar también con insistencia la creación de un sistema regular de informes para esta organización de trabajo y de lucha. Los informes se dan por sí solos en una serie de organizaciones orientadas a las luchas futuras: para el servicio de correos, el servicio de información, la obtención de viviendas ilegales, de imprentas ilegales, etc. En este trabajo, los informes son bastante evidentes; por desgracia no lo son en una serie de otros tipos de actividad. Puede ocurrir, por ejemplo, que los grupos que tienen que conseguir los locales de reunión y hacer los preparativos para las reuniones se encierren en sí mismos, de modo que solo ese grupo esté al corriente de esos locales. Eso es un gran error, y existe el peligro de que, si esas columnas se deshacen, quede paralizado todo el aparato. Los informes de estos grupos son, por tanto, absolutamente necesarios. Estos informes se subrayan con insistencia en las tesis, y creemos que se convertirán en una institución permanente en todos los grupos, para que de este modo el partido esté orientado sobre todo y pueda aprovechar de verdad las experiencias de este o aquel grupo. Estos informes darán también muy buenos resultados para la instrucción de nuevos grupos en otras ciudades. Mediante un sistema así de informes aumentará también extraordinariamente la activación del partido. Porque, cuando a la Central le lleguen de los grupos de trabajo más diversos informes sobre su actividad, solo entonces podrá sacar de ellos la dirección del partido las verdaderas conclusiones sobre hasta qué punto puede aumentarse la actividad del partido. Allí donde no lleguen informes habrá que introducir cambios. Mediante esta acción recíproca podrá llevarse a cabo la verdadera activación del partido.

Paso ahora al capítulo «Propaganda y acción». Tengo que haceros enseguida la advertencia preliminar de que, a causa de una interpretación errónea que ha sufrido la primera frase, hemos llegado a corregir este texto. La frase dice ahora: nuestra tarea más general antes del levantamiento revolucionario abierto es la propaganda y la agitación revolucionarias. Como tarea general de la preparación se designa la propaganda y la agitación revolucionarias. En el informe, el apartado que trata de la lucha ha salido demasiado mal parado. A este apartado sobre organización y propaganda hay que añadir todavía un apartado sobre la organización de la lucha política, del que tendré que informar después. El apartado sobre agitación y propaganda es tan detallado porque hay una serie de partidos más pequeños, como el inglés y el americano, que creen que tienen que aplicar aquí todavía principios especiales, y porque en nuestro partido hay todavía ciertos restos sindicalistas que siguen pensando solo en avanzadillas combatientes y que no creen que sea necesario hacer que la propaganda marche paralelamente junto a las demás luchas. Hay que decir que ni siquiera después de la revolución deben cesar la agitación y la propaganda. La revolución no suprime la propaganda y la agitación; al contrario, sabemos que en Rusia, después de la revolución, después de la conquista del poder político, en la fase de máxima actividad revolucionaria, la agitación y la propaganda se intensificaron al máximo. En ninguna parte se hizo una agitación mayor, una propaganda más amplia, que en Rusia después de la conquista del poder político. Precisamente porque aquí y allá se está demasiado orientado a la actividad en forma de luchas aisladas, hay que señalar con toda energía la necesidad de la propaganda revolucionaria. En el informe se describen diversos métodos de esta agitación, y creo que no necesito perder aquí más palabras sobre ello. Lo esencial en la propaganda es la conexión directa con todos los movimientos que estallan en la Internacional. La propaganda debe partir de las condiciones reales. Allí donde el proletariado esté en lucha, donde luche por acabar con la miseria social, allí debemos acudir con la propaganda. Y la propaganda no debe hacerse solo con palabras, sino también con hechos. El ejemplo es la mejor propaganda. Si demostramos ser compañeros de lucha, se dará el mayor crédito a nuestras palabras, a nuestras ideas. Si demostramos ser buenos dirigentes, buenos estrategas, se dará el crédito más profundo a todos nuestros artículos de periódico, a nuestras discusiones teóricas. Así pues, es necesario no solo hacer la propaganda con palabras, sino unirla también con los hechos, entrando de verdad en todos los movimientos de los obreros, también en los más pequeños. También para eso hemos citado una serie de ejemplos muy sencillos, para mostrar con toda claridad que ninguna lucha es tan pequeña que no lleve a los comunistas a participar en ella. Y toda cuestión por la que los obreros estén realmente dispuestos a luchar tiene que ser trabajo de los comunistas. Si nos encadenamos así a todos los movimientos, haremos del mejor modo nuestra propaganda y nuestra agitación. La propaganda y la agitación unidas al trabajo, a los hechos, a la lucha son cosas que de verdad pueden hacer avanzar al Partido Comunista. Tenemos que subrayar con toda energía esta estrechísima conexión. Lo que importa es no solo llevar la propaganda a esta lucha menuda, sino sacar también de ella el provecho de conquistar la dirección. Tenemos la firme voluntad de conquistar esta dirección, y solo podemos lograrlo dirigiendo también las pequeñas luchas, marchando a la cabeza en cada lucha, en cada movimiento, aprovechando sistemáticamente todos los movimientos. En las tesis se dan ejemplos de ello, y es necesario que cada uno los lea y no los tome como palabras vacías, sino como mandatos apremiantes para todo comunista. Allí se indica en particular, hasta en los detalles, la manera en que debe librarse la lucha en los sindicatos, de modo que en estas indicaciones cualquiera puede encontrar instrucciones prácticas para superar la burocracia sindical y la forma actual de los sindicatos. Estas embestidas que deben hacerse para superar la burocracia sindical, para eliminar la capa que hoy dirige, son precisamente el objetivo de nuestra propaganda y de nuestra agitación. Estas embestidas tienen que llevarse a cabo de forma completamente planificada y sistemática, y no con embestidas aisladas y ocasionales, para, por así decirlo, fastidiar a los otros, chincharlos, desesperarlos.

Solo si esta adecuación a los fines se desarrolla de forma unitaria podremos pasar de la propaganda a la verdadera dirección del proletariado. Hay que subrayar además que en algunos países, como en particular en los territorios donde el partido tiene que trabajar en la ilegalidad, es oportuno crear organizaciones que, como las llamadas organizaciones simpatizantes, permitan difundir la propaganda y la agitación del Partido Comunista. Pues organizaciones así existen en diversos países. Donde no existan, hay que intentar fundar, a partir de las filas de los organizados de otro modo o de los no organizados, bajo una dirección más o menos comunista, órganos de este tipo que nos den la posibilidad de entrar de verdad con nuestra organización en las masas más amplias. En las organizaciones que hasta ahora solo han podido trabajar en la clandestinidad, esta propuesta creará de verdad la posibilidad de conexión con las masas más amplias.

Llamamos con mucha urgencia la atención de estas organizaciones sobre su tarea especial de encontrar a toda costa la conexión con las masas. Para llegar a las masas, todo medio organizativo, todo tipo de propaganda entre esas masas debe ser bueno. Las organizaciones de mujeres y de jóvenes, como a veces permiten una tarea especial al margen de las organizaciones legales propiamente dichas, tienen que prestar en ello servicios muy valiosos. Tenemos ya toda una serie de ejemplos de cómo la organización juvenil ha actuado como avanzadilla del partido, en todas partes donde, saliendo de la ilegalidad, se quiere crear una posibilidad más amplia y aprovechar también de verdad esas posibilidades desde el punto de vista organizativo y propagandístico. Pero la propaganda tiene que llevarse también a los círculos de las capas semiproletarias, a los círculos de los campesinos, de las clases medias, de los empleados, etc. La propaganda entre esas capas es tan necesaria porque, aunque todavía no podemos contar con ganarlas como tropa central para la conquista del poder político, sí podemos quitarles el miedo al comunismo. Podemos destruir el espantajo del comunismo que existe a los ojos de esas capas medias. A eso tiene que estar orientada muy especialmente la propaganda. Una vez que las hayamos liberado de esa idea del espantajo, que las hayamos neutralizado hasta cierto punto, en las situaciones críticas será mucho más fácil librar nuestras grandes luchas decisivas sin contar especialmente con la resistencia de esos círculos, sin tener siquiera que tenerlos en cuenta. Estas capas semiproletarias las encontramos sobre todo en el campo. La necesidad de la neutralidad y de ganarse cierta confianza de la población rural se ha mencionado ya varias veces desde esta tribuna. Solo necesito recordar que las organizaciones deben llevar sistemáticamente su propaganda a esos círculos. Las organizaciones tienen que dirigirse a los obreros agrícolas, pero también a los pequeños campesinos, para hacerlos al menos receptivos a las ideas del comunismo. Pero tenemos que hacer también lo necesario en el terreno organizativo para llegar a ellos. No basta con tener una hoja que se quede en la oficina de la organización; la hoja tiene que llevarse de verdad a las casas de la población rural. Esta agitación en el campo es muy trabajosa y, según las circunstancias, también peligrosa. Los *Junker* saben de maravilla azuzar a la población rural contra nosotros. A pesar de ese peligro tenemos que llegar a esas capas, porque en los tiempos de la conquista del poder y después de la conquista del poder no podemos tener su resistencia consciente. Para entonces tenemos que haber abierto brecha en ellas. Por eso tiene que haber una organización que lleve la propaganda a las localidades rurales. Eso puede hacerse, en primer lugar, asignando a los distritos urbanos que tienen excedente de fuerzas localidades a las que lleven las octavillas, etc., que edita el Partido Comunista. O puede hacerse haciendo que las organizaciones que ya tenemos en el campo trabajen también los pueblos vecinos. Se puede incorporar a esta propaganda a ciclistas o a grupos deportivos y asociaciones juveniles, y procurar que el espíritu comunista se lleve también a los municipios rurales y que se impida que allí se levante una sorda muralla contra el comunismo. Destruir esa muralla es una de las tareas más importantes antes de la conquista del poder político, para que entonces no tengamos a las puertas de las grandes ciudades, por todas partes, la Vendée de la que puedan reclutarse las tropas de la contrarrevolución.

Un terreno no menos importante es la propaganda entre los soldados, en particular allí donde todavía hay ejércitos permanentes. Apenas es oportuno hablar de ello con detalle. Es indispensable crear para ello en los distintos países oficinas especiales de información que se encarguen de elaborar con todo rigor y cuidado lo que sea adecuado para ejercer una acción esclarecedora entre los soldados. Es inútil hacer del trabajo un patrón o mostrar caminos generales: depende de las circunstancias particulares de cada país. Solo tengo que mencionar todavía una cosa general. Hay que llevar al ejército la diferencia, el antagonismo entre los oficiales y la tropa. Hay que hacer ver a la tropa cómo los oficiales están elevados por encima de ellos, no solo por los distintivos externos, sino también por la posición económica. Cómo, por un lado, la vida de los oficiales es brillante y segura, y cómo, por otro, el futuro del simple soldado es absolutamente desesperado. Que después de licenciarse no le queda más que trabajar para otros y que no hay perspectiva de superar ese antagonismo de clase. Subrayar una y otra vez el antagonismo de clase en el militarismo: ese es el mejor medio para descomponer a la casta militar. Dondequiera que sea posible, hay que llevar ese antagonismo de clase a las filas de los militares. Creo que esto es posible también en las bandas armadas, en los cuerpos francos, porque la corrupción de estas bandas de cuerpos francos no puede frenarse en absoluto en la época capitalista; hay que poner siempre de relieve allí el antagonismo y llevar la descomposición. Solo quería subrayar brevemente estos principios generales.

Paso al capítulo sobre la prensa del partido. Creo que sobre esto tengo que decir muy poco. El capítulo es detallado; se escribió sobre ello a fondo desde puntos de vista muy especiales, porque los camaradas dirigentes de Rusia están convencidos de que el mejor medio para organizar a amplias masas de la población hacia el comunismo es la prensa. Y para poner en primer plano la propaganda a favor de la prensa, este capítulo se elaboró hasta en todos sus detalles con la mayor claridad. El año que viene ningún partido deberá poder quejarse de tener un número bajo de suscriptores, de no haber sabido cómo sacar adelante los periódicos. Antes del próximo congreso no valdrá semejante excusa; ningún partido podrá decir que no sabía cómo llevar los periódicos a la masa. Se describe con todo detalle cómo la prensa se convierte en un órgano de lucha, cómo, mediante la colaboración regular de cada uno, se convierte de verdad en un organismo vivo en el marco del partido. Lo señalo con toda energía y advierto que estos capítulos se han escrito para quitar de las manos a los camaradas toda excusa por el atraso de la prensa en su país. Los camaradas no deben hacerse culpables de pecados de omisión en el terreno más importante.

Paso ahora al tema de la estructura general del organismo del partido. O no: después de haber tratado la agitación y la propaganda, tengo que pasar en este punto al capítulo que queremos añadir todavía, el capítulo sobre las luchas políticas. Hemos considerado necesario añadir este capítulo porque es posible establecer ciertas directrices sobre la organización de los movimientos, de las acciones más pequeñas y de las más grandes. A pesar de la diversidad de las situaciones, sí son necesarias algunas indicaciones generales. En relación con la obligación de trabajar, iniciamos la exposición sobre la organización de las luchas políticas así: para el Partido Comunista no hay ningún momento en que no puedan ser posibles grandes movimientos. En toda situación hay distintos métodos para llegar a actuar políticamente. Lo que importa es aumentar la capacidad de aprovechar las situaciones económicas y políticas de tal modo que se desarrolle hasta convertirse en un arte de la estrategia y de la táctica. Según las posibilidades objetivas, los métodos y los medios serán distintos. Hay que elegirlos con inteligencia. Pero allí donde exista la voluntad resuelta de una actividad viva y el partido trabaje con cálculo, con inteligencia y con prudencia, será posible obtener los medios adecuados para las acciones. Es importante que cada sección de la Internacional observe atentamente lo que ocurre en los países vecinos, para aprender de las acciones de las otras secciones, para aprovechar convenientemente las experiencias comunes en la activación de sus propias acciones. En este terreno no se ha hecho hasta ahora prácticamente nada.

Los partidos débiles, que todavía no disponen de un núcleo suficiente de funcionarios, sí pueden desarrollar, partiendo de los acontecimientos económicos y políticos, una propaganda revolucionaria que haga comprensibles a los obreros las consignas generales de los comunistas. Para ello hay que aprovechar las conexiones que se tienen en las empresas, en los sindicatos, a través de las células, a través de los grupos de trabajo. Dondequiera que se tengan células de este tipo y cristalicen centros principales del movimiento, tenemos que intervenir con reuniones para lanzar a las masas las consignas del partido. Donde no sea posible convocar reuniones propias, sirve aprovechar las reuniones de los adversarios. También eso hay que organizarlo, para que no resulte un ridículo, sino una ganancia para nuestra propaganda. Si hay perspectivas de ganar a las masas para nuestras consignas en una propaganda radical de este tipo, hay que resumir hábilmente esas consignas y procurar que en un gran número de reuniones se planteen y se aprueben consignas coincidentes, o al menos coincidentes en el sentido, o que al menos se ganen para ellas grandes minorías. Eso expresará de verdad la influencia espiritual del partido sobre las masas. Podremos aprovechar también la influencia creciente para reforzar nuestras filas, y actuaremos sobre las capas proletarias haciéndoles sentir algo común. Ven en esta idea la nueva dirección. Comprenden que aquí llega algo que quiere luchar por ellas, y eso fortalece su voluntad y su espíritu de lucha. En general, los grupos que preparan estas reuniones y que intervienen activamente en ellas tienen que reunirse después de las reuniones para sacar las enseñanzas. También deben darse informes a los comités dirigentes del partido, para que puedan sacarse las enseñanzas generales. Como estas acciones de propaganda se apoyan con carteles, octavillas, etc., lo que importa es organizar columnas que sepan llevar a cabo ese trabajo; el reparto de octavillas debe hacerse ante las empresas, las estaciones, las oficinas de colocación.

En algunos distritos ha dado buen resultado buscar a camaradas que saben combinar ese reparto de octavillas con discusiones rápidas y certeras; las discusiones continúan luego en la masa obrera que sigue su camino, y de este modo la propaganda se lleva también por sí sola a las empresas. Esta propaganda intensificada tiene que ir, naturalmente, en paralelo con una actividad intensificada por igual en las asambleas sindicales y de empresa. Los camaradas tienen que organizar también, si es necesario, tales asambleas en las empresas y en los sindicatos, y tienen que procurar que haya oradores disponibles que apoyen su actividad. Los periódicos de nuestro partido tienen que propagar día tras día, una y otra vez, las ideas de las acciones especiales; tienen que poner a disposición de esas acciones sus mejores argumentos y la mayor parte de su espacio, igual que, en general, todo el aparato organizativo tiene que contribuir a llevar adelante esa idea general que el partido se esfuerza por imponer. Lo que importa es que los partidos aprendan a mantener viva de verdad una idea que se lleva a la masa durante bastante tiempo, durante semanas y, si es necesario, durante meses, para que el proletariado quede de verdad iluminado por esa propaganda y comprenda de qué se trata.

Los partidos pequeños pueden tener aún otras posibilidades de actividad si saben reconocer de verdad su misión histórica. Deben tener como objetivo inmediato conseguir para el partido la conquista del papel dirigente en el proletariado. Por eso es necesario pensar si no es oportuno pasar de la fase de la propaganda a acciones de manifestación. Tales acciones de manifestación pueden llevarlas a cabo tanto los partidos legales como los ilegales. Basta recordar el brillante ejemplo de la Liga Espartaco y del USPD de izquierda, que durante la guerra, en Alemania, a pesar de los peligros más graves, emprendieron acciones al grito de «¡Abajo la guerra! ¡Abajo el gobierno!». Basta recordar a Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht, que fueron víctimas de esta propaganda. Otro ejemplo es el trabajo del pequeño grupo socialista de Inglaterra, que en el movimiento «Hands off Russia»[^417] mostró que, manifestándose una y otra vez por una idea, se puede al final interesar por ella a la generalidad. Del mismo modo, el Partido Comunista Polaco intentó durante la última guerra polaco-rusa mantener de verdad siempre en el orden del día, durante semanas y meses, mediante una amplia acción de propaganda, la idea soviética y la idea de la paz con Rusia, y procurar que al final esa idea se abriera paso. Puede observarse críticamente que también el partido francés habría tenido esta ocasión si todo el partido se hubiera concentrado en estas acciones. Habría tenido una ocasión así con la movilización dirigida contra Alemania.[^418] Fue solo una ocasión en la que no existían los preparativos suficientes, en la que las manifestaciones empezaron demasiado tarde y por eso tampoco surtieron todo su efecto. Según dicen las noticias recientes de Italia, el estado de ánimo frente a los fascistas ha llegado allí ya a tal punto que nuestro partido, junto con otros partidos, puede emprender una actividad muy intensa mediante manifestaciones. Se han celebrado ya manifestaciones gigantescas. Parece que ha llegado el momento en que el espíritu de los fascistas choca con tanta violencia con el pensamiento activo de los obreros que estos se rebelan ahora y se vuelven en acciones de masas contra las corrientes fascistas. Creo que el Partido Italiano está ante un movimiento así, cuyo aprovechamiento le da la posibilidad de asumir el papel dirigente y de hacer avanzar mucho al proletariado. Los países en los que se han acumulado experiencias de acción pueden dar algunas indicaciones sobre las acciones de manifestación. Las acciones de manifestación exigen ante todo una cosa: una dirección muy ágil y abnegada. Si en un movimiento así hay una dirección que sabe tener de verdad firmemente a la vista el objetivo delimitado de esa acción, de esa manifestación, que es capaz de abarcar en cada momento las situaciones cambiantes, entonces es necesario tener claras las formas de ese movimiento, examinar cada situación para ver con qué puede intensificarse el movimiento en esas manifestaciones, para pensar si no ha llegado el momento en que esa acción de manifestación pueda ampliarse a grandes acciones. Las manifestaciones por la paz durante la guerra mostraron claramente que el aplastamiento de tales manifestaciones no es en absoluto una necesidad natural, que el aplastamiento de tales acciones no tiene por qué provocar ya el hundimiento de toda la acción de manifestación. Aun cuando tales manifestaciones exijan víctimas, puede haber y habrá situaciones en las que no sea admisible detenerlas. Aun con el peligro de tales víctimas, hay que renovar una y otra vez esas manifestaciones, y una buena preparación organizativa no solo aumentará su eficacia, sino que también reducirá el número de víctimas.

Además de la disposición al sacrificio de los proletarios, vemos la garantía de la eficacia de una manifestación en la buena organización, en una realización verdaderamente rigurosa. Lo que importa es aprender a llevar a cabo esas acciones de forma verdaderamente disciplinada y bien organizada. Según nuestras propias experiencias, las manifestaciones callejeras se apoyan del mejor modo en las empresas más grandes. Es cierto que también pueden organizarse grandes concentraciones en días festivos a partir de los distritos de residencia, con banderas, como si fueran un desfile. Pero tales manifestaciones no suelen tener efecto revolucionario, sino cierto carácter de demostración festiva, cierto carácter de propaganda. Pero si de verdad se quiere lograr un efecto revolucionario, es necesario movilizar a los obreros para esa manifestación directamente desde las empresas. En ello las células y las fracciones tienen que hacer preparativos extraordinariamente importantes. Una vez que se han celebrado las conversaciones previas planificadas y se ha creado un estado de ánimo unitario, que es absolutamente indispensable para llevar a cabo tales acciones, entonces se puede osar dar un paso adelante. Pero ese estado de ánimo unitario en las empresas tiene que estar asegurado hasta cierto punto por la organización, por las células y las fracciones, para que no salgamos a la calle como masas sueltas animadas por ideas diversas, sino como un grupo de proletarios que sabe muy bien por qué se manifiesta. Para tener un esqueleto firme para tales manifestaciones hay que establecer un sistema de hombres de confianza de empresa, de dirigentes de las células, junto con la dirección política. Si se considera que ha llegado el momento de tales manifestaciones, los dirigentes responsables de los obreros, los funcionarios dirigentes, tienen que reunirse con los hombres de confianza de empresa para discutir todos los detalles de la acción, y para, después de esas conversaciones previas precisas, llevar a cabo al día siguiente la manifestación de forma de verdad unitaria, compacta, bien organizada y disciplinada. Pero también el día de las manifestaciones hace falta un buen instrumento que forme la columna vertebral de la manifestación, desde la salida hasta la disolución, y que esté presente en todas partes. Solo así puede llevarse a cabo la manifestación con las menores víctimas, pero con el mayor efecto. El estudio de las experiencias de esa acción tendrá que someterse después a crítica en el grupo de los funcionarios y de los consejeros de fábrica de las fracciones, para que se creen de verdad las condiciones para renovar y reforzar tales manifestaciones, para que sea posible elevar tales acciones a acciones revolucionarias de masas. Hay también otras posibilidades de acción para activar a las masas. En todos los movimientos de la clase obrera se tiene siempre la tarea de demostrar de verdad que se es el dirigente del proletariado. Hay que hacer todo lo posible por superar la influencia de los jefes socialtraidores y apartar a esa gente. Si hay estancamiento, hay que tratar de superar ese estancamiento de la situación política y económica empleando otros medios de agitación, como hizo, por ejemplo, el VKPD el año pasado con la Carta Abierta.[^419] Considero sin duda superfluo discutir aquí con detalle estas cuestiones.

Podréis leer cómo, mediante las fracciones de empresa, los funcionarios sindicales y la incorporación de los periódicos y de los grupos parlamentarios, hay que expresar de forma eficaz la idea en la que se basa esa acción. La organización tiene que demostrar que no da una cosa por terminada una vez que ha escrito sobre ella; tiene que demostrar que, cuando está convencida de la bondad de su acción, es capaz de llevarla adelante de verdad durante semanas y meses y de intensificarla. Pero no debe cometerse el error de que, después de haber conseguido, por ejemplo, en numerosas reuniones, creando ambiente en los periódicos, mediante oradores en los parlamentos, adhesiones a una forma como la Carta Abierta, no se continúe luego esa acción, sino que se la deje languidecer.

Este languidecer de la acción es el error más grave que pueden cometer las organizaciones. Si no pueden sostener una acción, si no pueden llevarla a término, entonces no deben ni empezarla, sino conformarse con menos, darse por satisfechas con el fortalecimiento organizativo. Si se ha logrado así alcanzar cierta dirección en una determinada región económica en la que nuestro partido dispone de nuestras mejores organizaciones, donde ha encontrado la adhesión más numerosa a sus reivindicaciones, hay que aprovechar propagandísticamente la presión organizativa para hacer reconocer también, dentro de los sindicatos, etc., el papel dirigente del partido. Nuestros camaradas tienen que conseguir entonces reunir en conferencias a los organismos locales que se declaren a favor de nuestras reivindicaciones, en las que a su vez hay que hacer reconocer las reivindicaciones comunes. Es necesario entonces, junto a estas decisiones, concentrar también los movimientos reales, procurar que todos los que participan en estas acciones hagan todo lo posible por juntar los movimientos que ya estén en marcha o que puedan estallar, para que se conviertan en un movimiento unitario. En él la dirección comunista producirá entonces una nueva concentración de fuerzas, que a su vez actuará sobre los jefes socialtraidores. Porque ante luchas así, dirigidas de forma unitaria, esos jefes ya no pueden escabullirse, tienen que retratarse, decir claramente lo que quieren. Y si no se logra uncirlos de verdad al carro, se trata de desenmascararlos, de poner al descubierto no solo políticamente, sino también en la práctica organizativa, que no están dispuestos en absoluto a dirigir movimientos comunes de lucha del proletariado. Entonces se trata de actuar de forma independiente. Pero si un partido comunista tiene que intentar hacerse con la dirección de las masas en una época de grave conmoción, de agudización económica y política, tendrá que emplear otros métodos que los de la simple propaganda. Puede incluso prescindir de plantear consignas y reivindicaciones especiales de ningún tipo. En tales épocas, en las que los movimientos crecen y empujan literalmente a explosiones, tendrá que dirigirse con llamamientos públicos a los proletarios que están cerca de la miseria y que por eso empujan a la acción, dirigirse a los proletarios organizados, que tienen generalmente en sus manos la dirección de tales luchas, para mostrarles que en estas luchas ya no puede haber escapatoria. Que la dirección de estas luchas no debe quedar, sin embargo, en manos de los socialtraidores, sino que ahora hace falta una dirección dispuesta a la lucha y resuelta, y que los comunistas están lo bastante dispuestos a la lucha para dirigir estas pequeñas luchas del proletariado, para reunir estas pequeñas luchas en grandes luchas políticas. En estas luchas se trata de demostrar que, aunque se minen las últimas posibilidades de vida del proletariado, las viejas organizaciones tratan de evitar e impedir esta lucha. Las organizaciones de empresa y sindicales tienen que dejar claro en las asambleas, apelando constantemente a la disposición para la lucha de los obreros comunistas, que ya no debe haber escapatoria y que, si ningún otro partido quiere asumir la dirección, el Partido Comunista es el único que todavía muestra la salida de esta miseria. Pero lo principal es la unificación de las luchas nacidas de la situación. Las células y las fracciones de los oficios y empresas arrastrados a tal movimiento no solo tienen que mantenerse en el más estrecho contacto organizativo, sino que tienen que mantener también relaciones con las comisiones de distrito y con las centrales. Y estas tienen que sentirse obligadas a enviar a todas las zonas donde haya movimientos encargados especiales que intenten entonces hacerse con la dirección en esos distritos y procurar que la idea de unidad en la que se basan estas luchas se ponga de verdad de relieve, para que todos los obreros reconozcan ese carácter unitario y acaben percibiendo también el carácter político de estas luchas.

En el curso de la generalización de tales luchas será necesario crear órganos unitarios de dirección de la lucha. Ante el fallo prematuro de los comités de huelga burocráticos de los sindicatos, hay que presionar a tiempo por una nueva elección, en la que debe intentarse ocupar el comité de huelga con comunistas. Si ya se ha logrado combinar varios movimientos salariales, unir a estos movimientos varios levantamientos políticos, por ejemplo para impedir transportes de tropas, entonces es necesario instaurar una dirección común de la acción, que en lo posible tiene que estar compuesta por comunistas, que han de tener la dirección. Por este camino, las fracciones sindicales, los consejos de fábrica, las asambleas plenarias de consejos de fábrica pueden proporcionar tales acciones comunes, que constituyen el núcleo, la base de la dirección comunista, que debe hacer los preparativos necesarios.

Pero si el movimiento adquiere el deseado carácter político, porque se entrometen las organizaciones patronales o intervienen las organizaciones de las autoridades, entonces es necesario imponer con la necesaria falta de miramientos la propaganda a favor de los consejos obreros políticos, incluso sin los sindicatos. Las acciones parciales organizadas de este modo pueden, con un trabajo prudente, intenso y ponderado, dar a los comunistas la dirección del proletariado en amplios distritos y capacitarlos para luchas mayores. Pero los partidos ya fortalecidos, en particular los partidos de masas, deben estar preparados también, mediante medidas organizativas especiales, para acciones políticas de masas decisivas. En las acciones de masas, acciones parciales, etc., hay que pensar constantemente en que las experiencias de estos movimientos tienen que aprovecharse a fondo para una conexión cada vez más firme con las masas más amplias. La conexión con las masas es lo principal. En las conferencias de empresa, los dirigentes responsables del partido tienen que discutir una y otra vez las experiencias de las acciones de masas con los hombres de confianza de empresa, con las fracciones de empresa y las fracciones sindicales, para hacer cada vez más firme su relación con esos hombres de confianza de empresa. Una estrecha relación de confianza de los funcionarios dirigentes con los hombres de confianza de empresa es, desde el punto de vista organizativo, la mejor garantía de no iniciar acciones políticas de masas prematuramente, y para iniciarlas siempre solo en la medida en que lo permitan las circunstancias bajo la influencia que el partido tenga en cada momento. Apoyándose en una red así de hombres de confianza probados en las empresas, toda una serie de organizaciones han dirigido movimientos con éxito. Si miramos la revolución de los rusos, sabemos que en Petersburgo las luchas decisivas se libraron mediante una red así de fracciones de empresa, hombres de confianza de empresa y células, que estaban unidos muy estrechamente con la dirección. Pero también de Alemania podemos decir que las últimas luchas decisivas —en la última huelga general antes del fin de la guerra, en 1917, en Alemania central, en la primavera en Berlín, en el invierno de 1918 en Berlín, la revolución de noviembre y las luchas de marzo que siguieron— solo pudieron emprenderse y llevarse a cabo, muy en particular, porque se fue formando cada vez más una red firme de hombres de confianza de empresa que estaba en la más estrecha conexión con los dirigentes políticos. Estos, que se habían aliado con los hombres de confianza de empresa, tenían la mayor influencia sobre las masas. Recuerdo de nuevo que, entre otros muchos, fue Karl Liebknecht quien buscó siempre la más estrecha conexión con los delegados de las empresas.[^420] Así pues, todos los partidos deben ponerse a establecer con la máxima energía esta conexión con las empresas a través de los hombres de confianza de empresa. Con ello se garantiza la mayor agilidad. Hemos visto en Alemania que precisamente gracias a esta conexión organizativa tan perfecta, que no tenía nada de mecánico, sino que brotaba enteramente del movimiento, fueron los hombres de confianza de empresa quienes fueron capaces de conducir ellos mismos a las masas en las necesarias luchas armadas. El año pasado, en Italia, puede decirse críticamente, el movimiento, que sin duda era revolucionario y que encontró su expresión más fuerte en la ocupación de las fábricas,[^421] se hundió por la traición de la burocracia sindical y por la insuficiente dirección del partido. Pero, por otra parte, hay que decir que una de las causas principales del hundimiento del movimiento fue que se ocuparon las fábricas sin pensar en establecer, mediante hombres de confianza de empresa, una conexión íntima de todas las fábricas entre sí y con la dirección política. Así pues, también allí habría sido posible, con un sistema de hombres de confianza verdaderamente amplio, continuar la actividad, empujarla hasta un verdadero movimiento revolucionario de masas, si hubiera existido la estrecha conexión entre esos grupos. Creo también que habría sido posible aprovechar el gran movimiento de los mineros ingleses[^422] si el Partido Inglés hubiera sido capaz de establecer, mediante los hombres de confianza de empresa, la más estrecha conexión con las masas en todas las plantillas.

Vemos lo necesario que es, para aprovechar la situación, formar una red así, verdaderamente activa, de hombres de confianza de empresa, de fracciones de empresa, etc., que son la columna vertebral de toda verdadera actividad de los partidos.

Con estos hombres de confianza y fracciones de empresa no solo se podrá hacer más activo al conjunto del partido y capacitarlo para llevar a cabo las acciones, sino que también se fortalecerá la confianza de las masas obreras en esa dirección, al ver que tienen una dirección. Se las llevará a depositar la mayor confianza precisamente en esta dirección, que se muestra en estrecho contacto con las empresas.

Llego al capítulo sobre la estructura del organismo del partido. En general puede resumirse más brevemente, como el capítulo sobre la prensa, aunque podríais exigir que se hablara en detalle de la construcción del partido. Pero no hablamos de la construcción del aparato del partido, sino del movimiento, de la formación de nuestras tropas y de nuestros grupos. Podemos limitarnos a dar sobre el esqueleto del aparato del partido indicaciones generales que han dado buen resultado. También aquí hay que pensar en que la organización solo puede actuar si se extiende a partir de los centros de fuerza, de las capitales y de los centros industriales. Sería un error volver ahora de Moscú y decir que hay que tender una red de organizaciones por todo el país, porque esa red podría resultar tan débil que no se podrían aprovechar las fuerzas. Es mucho más importante construir organizaciones para las capitales y los centros industriales, donde está la masa, donde la organización puede tener de verdad importancia. Una vez que se ha consolidado una organización en las grandes localidades, hay que extender desde los centros, con las fuerzas sobrantes, la red de la organización por los alrededores, pero siempre de modo que los grupos locales y los nuevos distritos solo se formen cuando haya un núcleo en las distintas localidades. Así queda garantizada la eficacia de la organización. No tiene la mejor organización el partido que tiene más grupos locales, sino más bien el que tiene muchos grupos locales eficaces y fuertes, y aun eso solo si esa eficacia se muestra en el carácter de la propaganda y de la actividad políticas. Al desarrollar la organización se encontrarán a menudo situaciones más complicadas, quizá una acumulación de grandes ciudades. Según las circunstancias, también habrá que apoyarse en las organizaciones rurales.

Importa además establecer de forma ágil la conexión entre los distritos y las direcciones. Para ello no es necesario montar una construcción jerárquica de grupos locales, comarcas, distritos, distritos superiores y Central. Eso podría ser un grave peligro para la agilidad política del partido. Lo que importa es poner a todos los centros de fuerza del partido en contacto vivo con la Central, dividiendo *el país* en distritos y creando, allí donde se acumula una serie de ciudades, distritos independientes que reciban también directamente información del partido. En general, la información y la instrucción recíprocas son una tarea importante que tiene que cumplir el aparato organizativo. Es acertado lo que dice Béla Kun al respecto en su folleto:

«En el partido han faltado en general la correspondencia política y la instrucción oral permanente, directa y sistemática. La base natural de la instrucción es el servicio sistemático de información.»

Un servicio de información así, a fondo y sistemático, que constituye la vida, tiene que proteger al partido de la rutina y de la burocratización. Béla Kun dice en otro lugar:

«Solo un servicio de información así, convertido en mecanismo pero libre de los perjuicios de toda rutina, hace posible una actividad informativa que unifique por completo el trabajo del partido y cree una centralización real y firme.»

Mediante esta información continua, regular y buena es como mejor se supera, junto con la obligación de trabajar, el burocratismo.

En nuestras directrices sobre la estructura damos además una serie de indicaciones sobre cómo debe hacerse la construcción de la Central del partido para que sea ágil. Quisiera recordar a todos los partidos este apartado 40. Remitimos en él a la división del trabajo. Llamamos la atención sobre que la división del trabajo en los distritos tiene que llevarse a cabo de forma central. Pero también ahí tiene que producirse un cambio constante de las fuerzas. Una palabra más sobre el cambio de las fuerzas. Los camaradas que habían trabajado mucho tiempo como secretarios políticos se habían vuelto a veces muy burocráticos en esa actividad. Les sentó muy bien que los quitáramos de esos puestos y los hiciéramos redactores. Por otro lado, los redactores tendían a menospreciar el trabajo de organización, y fue muy bueno poner a los redactores en esos puestos de organización y a los camaradas de la organización en la redacción. El partido sacó de ello un provecho indudable, porque los antiguos redactores trabajaban magníficamente en la organización, igual que, a la inversa, los antiguos secretarios trabajaban bien en la redacción. Pero también en las acciones tuvimos buenas experiencias con el cambio de esos funcionarios. Funcionarios a los que no había manera de llevar a un movimiento en los distritos donde habían echado raíces, donde estaban estrechamente hermanados y emparentados, eran las mejores fuerzas cuando los trasladábamos a otro distrito. Y así ese cambio fue un medio de reanimar el partido. En este capítulo hay, de todos modos, una serie de modificaciones que se os han hecho llegar.

Paso ahora al último apartado: trabajo legal e ilegal. El título del apartado induce a error; también se cambiará. Se expone allí que el partido ilegal y el legal no son dos cosas distintas, sino cómo se entrelazan constantemente. Aquí tenemos que corregir un poco las decisiones del II Congreso. El camarada Béla Kun ha dado en el clavo en su folleto al decir: «La gran tarea organizativa: poner todo el partido al servicio de la preparación organizativa ilegal para llevar a cabo las luchas revolucionarias».

El camarada muestra después algunos ejemplos de cómo el aparato ilegal, que funcionaba en paralelo, se independizó: en Berlín, donde ese aparato se desprendió y se lanzó a luchas bélicas en Mansfeld.[^423] «Es necesario», dice Kun, «que toda la organización del partido se adapte a los fenómenos de las luchas de tal modo que, ya por la naturaleza misma de su orientación organizativa, no pueda separarse, ni organizativa ni políticamente, de la organización legal, ni siquiera por el tiempo más breve.» Se opone después a las tesis que dicen sobre las tareas del partido: «A causa del estado de sitio y de las leyes de excepción, estos partidos no tienen la posibilidad de llevar a cabo legalmente todo su trabajo», y opina que es necesario crear un aparato ilegal, subrayando que todo el aparato organizativo del partido tiene que estar orientado a la actividad legal o ilegal del partido. Y nosotros intentamos hacer ver con claridad esta actividad legal e ilegal, para que todos vean que hay que adiestrar ya a las organizaciones para el trabajo legal y el ilegal. Ahora dirá uno que eso dice demasiado poco. Muy cierto. El otro dirá: demasiado. Creemos haber encontrado el término medio para señalarlo, para hacer ver con claridad cómo se pasa de lo uno a lo otro. Solo si el partido es de verdad capaz de comprender este principio organizativo de la obligación de trabajar, del centralismo democrático, si en la agitación y la propaganda, en la conducción de las luchas políticas, en el trabajo de la prensa, figura como una verdadera comunidad de lucha, si en la estructura de su organismo de partido tiene en cuenta lo que hemos dicho, entonces cabe suponer que el próximo congreso nos hará ver partidos a los que de verdad se pueda dar el título honorífico de partidos comunistas.

Camaradas, con esto llego al final de la sección principal de mi exposición. Tengo que decir todavía algunas palabras sobre la segunda sección, que puede ser mucho más breve, sobre la estructura organizativa de la Internacional Comunista y su relación con los partidos adheridos. En *Moskau*[^424] habéis encontrado una propuesta que hizo el Partido Comunista de Alemania en la sesión de su Comité Central del 5 de mayo. Sobre la base de esa propuesta se han celebrado negociaciones con representantes del Ejecutivo, y de ellas ha salido ahora una resolución que os presento para su aprobación y que satisface de verdad todos los deseos esenciales contenidos en la resolución alemana. ¿Cuáles son, pues, los deseos que querríamos ver satisfechos? De algunos ya se habló cuando recibimos el informe del Ejecutivo. Estas cosas quedaron ya resueltas en la resolución que se presentó al cerrar el debate sobre el informe del Ejecutivo. En esa resolución se dice: «El congreso espera que el Ejecutivo, con una mayor participación de los partidos adheridos para establecer un mejor aparato de enlace y mediante una mayor colaboración de los partidos en el Ejecutivo, estará en condiciones de cumplir en medida aún mayor que hasta ahora su creciente tarea.»

Además, en esa resolución se exige que los partidos cedan sus mejores fuerzas al Ejecutivo como dirección de todo el movimiento internacional de lucha. Partiendo de este punto de vista político se ha redactado la resolución cuya aprobación os recomiendo. Primero la leeré y quizá añada después algunas breves palabras de justificación. La resolución dice así:

El III Congreso Mundial constata que en el desarrollo de la Internacional Comunista ha llegado el momento de pasar de la etapa de la influencia propagandística y agitativa sobre las masas de los países capitalistas y coloniales a una dirección política y organizativa real, que ha de desarrollarse de forma cada vez más rigurosa, de las fuerzas proletarias revolucionarias de todos los países. El Ejecutivo de la Internacional Comunista debe desarrollarse de modo que pueda tomar posición sobre todas las cuestiones de acción del proletariado, como, por ejemplo, los problemas cada vez más candentes del paro masivo y de la agudización, preñada de conflictos violentos, de las relaciones políticas entre los gobiernos capitalistas (como las sanciones y su aplicación, los tratados de paz y la nueva carrera de armamentos de América, Inglaterra y Japón). Más allá de los llamamientos que ha hecho hasta ahora sobre tales cuestiones críticas, el Ejecutivo debe pasar cada vez más a encontrar medios y caminos para tomar la iniciativa práctica de una actuación organizativa y propagandística unitaria de las distintas secciones ante las cuestiones internacionales en litigio. La Internacional Comunista tiene que madurar hasta convertirse en una Internacional de la acción, en la dirección internacional de la lucha diaria común del proletariado revolucionario de todos los países. Para ello es condición:

I. Los partidos adheridos a la Internacional Comunista tienen que hacer todo lo posible por mantener con el Ejecutivo la conexión más estrecha y más diligente; no solo tienen que proporcionar al Ejecutivo los mejores representantes de su país, sino que tienen que ocuparse con circunspección y tenacidad de informar bien y de forma permanente al Ejecutivo, para que el Ejecutivo pueda tomar posición sobre los problemas políticos que surjan sobre la base de documentos reales y de materiales a fondo.

II. Los partidos adheridos tienen que sentirse cada vez más, de hecho, secciones de un partido internacional común.

Por eso tienen que mantener entre sí, en particular cuando son vecinos y están por ello igualmente interesados en los conflictos políticos que resultan de los antagonismos capitalistas, las más estrechas conexiones informativas y organizativas. Mediante el envío recíproco de delegados a sus conferencias más importantes y mediante el intercambio de fuerzas dirigentes adecuadas es como del modo más conveniente puede iniciarse actualmente esta relación de acción común. Este intercambio de fuerzas dirigentes tiene que convertirse sin demora en una institución obligatoria de todas las secciones mínimamente eficaces.

III. El Ejecutivo debe fomentar esta necesaria fusión de todas las secciones nacionales en un único partido internacional de la propaganda y la acción proletarias comunes editando en Europa occidental una correspondencia de prensa que aparezca en todas las lenguas importantes, mediante la cual la aplicación de la idea comunista tiene que hacerse cada vez más unitaria y clara, y que, mediante informaciones fiables y uniformes, debe crear las bases para una actuación activa y simultánea de las distintas secciones.

IV. Enviando miembros plenipotenciarios del Ejecutivo a Europa occidental y a América, el Ejecutivo tiene que apoyar de forma organizativamente eficaz el esfuerzo por una verdadera Internacional de la lucha diaria común del proletariado de todos los países. Estos representantes tendrían la tarea de dar a conocer al Comité Ejecutivo las condiciones especiales en que tienen que luchar los partidos comunistas de los países capitalistas y coloniales, y tendrían además que procurar que esos partidos permanezcan en la conexión más estrecha e íntima tanto con el Ejecutivo como entre sí, para aumentar su fuerza de choque común. El Ejecutivo, igual que los partidos, debe procurar que el trato entre él y los distintos partidos comunistas, tanto personalmente, mediante hombres de confianza, como mediante corresponsales por escrito, sea más frecuente y más rápido de lo que ha sido posible hasta ahora, de modo que pueda lograrse una toma de posición concordante sobre todas las grandes cuestiones políticas.

V. Para poder asumir esta actividad extraordinariamente acrecentada, el Ejecutivo debe ampliarse considerablemente. El congreso elige al presidente y encarga al Ejecutivo que nombre tres secretarios dirigentes, procedentes en lo posible de partidos diferentes. Junto a ellos, los miembros del Ejecutivo enviados a Moscú por las distintas secciones están obligados a participar en el despacho de los trabajos corrientes del Ejecutivo y del Secretariado, ya sea a través de sus departamentos nacionales particulares, ya sea encargándose como ponentes de ámbitos enteros de trabajo. Los países que designan a los miembros del Ejecutivo con derecho a voto los determina el congreso por acuerdo especial, y así también su número de votos se regula por acuerdo del congreso. Los miembros del Pequeño Buró, encargado de la gestión, son elegidos especialmente por el Ejecutivo.

VI. La sede del Comité Ejecutivo es Rusia, el primer Estado proletario. No obstante, el Ejecutivo debería intentar, en lo posible, ampliar su radio de acción también mediante conferencias organizadas fuera de Rusia, para centralizar cada vez con más firmeza la dirección organizativa y política de toda la Internacional.

Os recomiendo la aprobación de esta resolución, que ya ha sido objeto de una deliberación previa. No hay mucho que decir para explicarla; solo quisiera subrayar muy especialmente que los partidos tienen que decidirse de verdad a poner sus mejores fuerzas a disposición del Ejecutivo, para que se cumpla también en esto lo que pide la resolución: que cada uno de los representantes en el Ejecutivo no sirva solo como ponente de su país, sino también como experto en determinados problemas. Fuerzas así son las que necesitamos. No podemos seguir exigiendo a Rusia que ponga ella todas esas fuerzas, sino que tenemos que mandar aquí a camaradas dirigentes y procurar que el Ejecutivo sea más activo. Es muy fácil decir que el Ejecutivo debe informarnos de tal o cual caso, como por ejemplo del caso Levi, cuando los representantes de las delegaciones han atravesado Alemania y han pasado por lo menos 24 horas en Berlín, donde habrían podido informarse con exactitud. Objeciones así son inadmisibles en un partido internacional que se llama comunista. Hay que establecer una unión más estrecha dentro de la Internacional, y cada sección tiene que hacer todo lo posible para lograr esa unión más estrecha. Las acciones comunes y el apoyo común pueden adoptar formas muy distintas. No hay que creer que la revolución se desarrolla en todas partes por igual. Hay toda una serie de posibilidades de apoyo mutuo en las formas más diversas de acción y de propaganda. Si, por ejemplo, en un país se celebran ya grandes manifestaciones, el otro país puede hacerse eco de ellas en la prensa y en la propaganda.

Si en un país las manifestaciones sobre alguna cuestión internacional han llevado a duras luchas y han costado grandes sacrificios, los demás países pueden por lo menos solidarizarse sin reservas con el proletariado vecino mediante discursos en el parlamento. Si estallan grandes luchas económicas en las que todavía no es posible prestar una ayuda verdaderamente activa, tiene que recorrer los países vecinos un espíritu de lucha que exprese de verdad el apoyo fraternal a los obreros mediante llamamientos, declaraciones y ayuda en dinero. Habrá así toda una serie de posibilidades de forjar con más firmeza los lazos entre las organizaciones nacionales, y no solo los lazos del Ejecutivo con cada partido. La burguesía se dota de una centralización así. Ya en el congreso de la Internacional Sindical pude señalar que hace poco, en Berlín, el jefe supremo del espionaje político, el fiscal Weismann[^425], volvió a negociar con el jefe de la policía secreta francesa y el de la inglesa para crear una organización con el fin de que, si Rusia se hunde o surgen otras complicaciones, los agitadores comunistas no puedan escapar. Se preparan para todos los casos, incluso para las posibilidades más rebuscadas y refinadas. Así pues, si la burguesía internacional llega ya a acuerdos tan complicados por encima de todas las fronteras, nosotros tenemos que dar los primeros pasos hacia partidos internacionales, no solo con resoluciones, sino con medidas organizativas prácticas. Solo entonces será verdad que la Internacional será de veras el género humano. *(Vivos aplausos.)*

**Schaffner** (Suiza). ¡Camaradas! Propongo que estas tesis sobre las cuestiones de organización se devuelvan a la comisión sin debate, por no servir de base para la discusión. En su momento se nombró una comisión que debía redactar estas tesis. En lugar de eso, tenemos aquí 18 páginas escritas en un estilo periodístico bastante discutible, 18 páginas de elucubración que sin duda contienen algunas buenas ideas, pero que están redactadas de un modo tan vago y tan confuso que ni siquiera merecen el nombre de tesis; porque si empezáramos a criticar aquí, tendríamos que empezar por corregir el estilo y el texto, tendríamos que reescribir todo el asunto, de modo que cualquier discusión sería estéril. Pido, pues, o propongo, que se devuelvan estas tesis sin debate y que se encargue a la comisión que se reúna mañana, no a la una, sino lo antes posible, para que pueda redactar unas tesis nuevas, que quizá recojan lo bueno y aprovechable de estas, y presentarlas al congreso. Propongo además que las cuestiones extraordinariamente importantes de la reorganización de la Internacional y del Ejecutivo no se despachen así, barriéndolas bajo la mesa con una resolución muy discutible y que, según creo, conocen muy pocas personas en toda la sala, sino que estas cuestiones, tan importantes para la Internacional, se hagan preparar debidamente por una comisión en la que estén representadas todas las delegaciones, y que también para esta cuestión concreta se nombre una comisión que se reúna igualmente mañana por la mañana y presente este trabajo mañana por la noche.

**Zinóviev.** ¡Camaradas! Me parece que el camarada Schaffner ha juzgado estas tesis de un modo algo demasiado categórico. Ha propuesto que este trabajo se devuelva sin debate. Creo que no tiene ninguna razón. Las tesis las han redactado varios camaradas. Quizá el alemán en que las ha redactado esta abigarrada compañía internacional sea en efecto algo difícil de entender. Pero el contenido de estas tesis es, a mi juicio, muy acertado y muy bueno. Encontramos en ellas toda una serie de cosas valiosas y muy importantes para todos los partidos. Citaré solo un capítulo, por ejemplo, el deber de trabajo de los miembros, la propaganda, etc. Creo, camaradas, que tenemos que aprobar y aprobaremos sin falta estas tesis en sus líneas generales. Pero, naturalmente, ha de ser después de un debate. Si los camaradas están tan cansados que no puede haber debate, o si todavía no se ha repartido la versión francesa, hay que aplazar el debate. Entretanto, que la comisión trabaje mañana, pero de ningún modo hay que devolver sin más las tesis. Lo repito: quien haya leído atentamente las tesis llegará a la conclusión de que en sus líneas generales son muy buenas, muy acertadas y muy importantes para el movimiento. *(Aprobación.)* ¡Camaradas! No se ha presentado ninguna moción en contra de la segunda moción del camarada Schaffner. No la he oído bien. Pero dicen que el camarada Schaffner ha propuesto crear una comisión especial para la cuestión de la composición del Ejecutivo. Yo creo, camaradas, que todos los partidos han tenido y siguen teniendo hoy la posibilidad de enviar a sus representantes a la comisión de organización. Esa comisión debe discutir la cuestión. Os hago notar que estamos muy cansados y que difícilmente podría ponerse en pie una comisión especial. Hay que pedir a los partidos que envíen a sus representantes a la comisión de organización, para que ambas cuestiones se traten en una sola comisión. *(Aprobación.)*

Camaradas,[^426] la delegación francesa se ha ocupado de la cuestión de la organización de la Internacional que nos había presentado antes el camarada Koenen, y ayer por la noche, en la reunión de nuestra sección, se acordó pedir al congreso que creara una comisión para estudiar esta cuestión. Pero como nos encontramos con que ya se ha nombrado una comisión para el estudio de la organización, pedimos que se creen en seguida dos subcomisiones: una para el estudio de las cuestiones de organización y otra para la organización de la Internacional. Exigimos que estas comisiones se constituyan de inmediato, porque las cuestiones de la organización del Comité Ejecutivo tienen una importancia excepcional.

**Presidente Kolárov.** El congreso puede tomar nota de la propuesta de la delegación francesa y remitirla a la comisión, ya que es práctica.

Como nadie más ha pedido la palabra, cierro el debate sobre esta cuestión, con la condición de que la comisión se ocupe a fondo de todas estas cuestiones de suma importancia.

Antes de levantar la sesión se harán todavía algunas comunicaciones.

**Vaillant-Couturier.** Se entiende que pueden enviarse varios delegados de cada país.

**Presidente Kolárov.** La comisión puede enviar varios delegados, ya que hay dos subcomisiones.

**Delagrange.** Comprenderán ustedes que no podemos debatir las tesis propuestas, porque todavía ni siquiera las tenemos. Lo mismo ocurrirá mañana en la reunión de la comisión si las tesis no están impresas. Por eso la delegación francesa pide que se le entreguen las tesis antes de que empiece la reunión de la comisión.

**Presidente Kolárov.** Ya se han tomado disposiciones con ese fin.

*Se levanta la sesión a las diez y media de la noche.*

## Vigesimotercera sesión, martes 12 de julio de 1921 (1 de la tarde)

*(La cuestión de Oriente. Oradores: Tom Mann, Suleiman-Nuri, Dimitratos, Agasada, Machul Bey, Zinóviev, Kassian, Tsjakaia, Avílov, Roy, Chang Tai-lai, Nach-Man-Tahoun, Taro Yoshihara, Kara-Gadíev, Julien, Colliard, Kolárov.)*

**Presidente Zinóviev.** Hoy trataremos la cuestión de Oriente. Como primer orador sobre esta cuestión tomará la palabra uno de los mejores representantes de la clase obrera inglesa, el camarada Tom Mann.

**Tom Mann**[^427] (Inglaterra). ¡Camaradas! Aprovecho la ocasión para informar aquí sobre la cuestión de Oriente. Por casualidad oí en una conversación la afirmación de que Inglaterra no es un país libre, y me propongo demostraros lo contrario. En Inglaterra no solo a la burguesía, sino también al proletariado, se le permite ocuparse de cuestiones científicas. Podemos creer lo que nos dijeron cuando éramos niños, a saber, que la Tierra fue creada hace unos 6000 años, pero también podemos opinar que se formó hace 600.000 años o hace millones de eras; así de libre es Inglaterra; solo que, con toda nuestra libertad de pensamiento, no debemos tocar en serio la lucrativa posición de los representantes oficiales del clero. Cada cual es libre de estudiar la ciencia que quiera, práctica o teórica: el obrero puede aprovechar cualquier ocasión para penetrar cada vez más hondo en los enigmas de la naturaleza. Hace poco tuvo lugar en Inglaterra un acontecimiento muy importante. Me refiero a la visita del profesor berlinés Einstein. Dio en Londres unas conferencias sobre la teoría de la relatividad y subrayó en ellas el hecho de que la ciencia está por encima del principio de la nacionalidad; como prueba adujo el hecho importantísimo de que el gobierno británico, durante la guerra, equipó dos expediciones y las envió a dos puntos distintos de la Tierra para comprobar mediante la observación científica la exactitud de su teoría, la teoría de un profesor alemán. Por consiguiente, en lo que toca a la ciencia, los sabios y hasta los gobiernos están por encima de todos los intereses nacionalistas. Quizá no estéis del todo familiarizados con esta teoría de la relatividad y no sepáis la gran importancia que tiene para los obreros.

Para explicarlo, solo voy a citaros un párrafo. Este párrafo trata de la prueba del nuevo principio de la relatividad, que se basa en la solución de la conocida contradicción, antes inexplicable, entre el cálculo astronómico de la precesión de Mercurio y los resultados de la observación. Además, dice este párrafo, gracias a la solución de esta contradicción se logró determinar la desviación de la luz de cualquier estrella al pasar junto al Sol durante un eclipse total, lo que confirmaron también las observaciones hechas durante el eclipse de mayo de 1919.

Tenemos la más completa libertad para estudiar esta importante cuestión y otras semejantes, porque, según me parece, el estudio de tales cuestiones no puede poner en peligro la situación económica de las clases dominantes. También podemos dedicar nuestro tiempo y nuestra energía al estudio de las ciencias prácticas, podemos ayudar a perfeccionar la técnica; incluso se nos anima a ello. Podemos introducir innovaciones técnicas que permitan una producción mayor con un número menor de obreros. Para eso recibimos la bendición de la clase dominante. No solo podemos sustituir la locomotora de vapor por la locomotora de fuel, suprimir las calderas e introducir el principio del motor diésel, sino que podemos incluso suprimir a los caldereros, puesto que ya no tienen ocasión de fabricar calderas; por consiguiente, podemos incluso hacer desaparecer del mundo la posibilidad de trabajar y de ganarse la vida. En esa dirección se nos permite, en general, avanzar. Pero hay también una o dos clases de actividad que no gozan de una libertad tan completa. Podemos, por ejemplo, ocuparnos de sociología; podemos ser partidarios de las reformas sociales; podemos también ahondar en la relación de la clase dominante con la oprimida. Por supuesto, con la reserva de que no planeemos medidas concretas para liberar a esas clases oprimidas, porque en ese terreno la libertad está algo limitada. Pero Inglaterra no deja de ser un gran país. Las ciencias reciben apoyo. Pero de lo que más puede enorgullecerse este país es de la libertad de cada inglés. Me voy haciendo cada vez más viejo, pero nunca en toda mi vida he podido afirmar que los niños de este país tan libre estuvieran suficientemente alimentados y vestidos y vivieran en viviendas dignas de seres humanos. Esto es para nosotros motivo del más profundo pesar. Pero a eso se nos responde que el Imperio británico es tan grande que todo el mundo habla de él con respeto, y que debemos estar agradecidos de pertenecer a un imperio tan grande. Nos enteramos de lo extenso y poderoso que es este imperio, y en lo que respecta a los pueblos de Oriente, oímos que en la India 200 millones de sus 320 millones de habitantes se encuentran bajo el dominio directo y completo, no de Inglaterra entera, sino de un puñado de ingleses. La burguesía inglesa dominante, que tiene en ese país un poder dictatorial, intenta afianzar y conservar su dominio con ametralladoras y otras armas. Lamento dolorosamente la explotación y la servidumbre que reinan en la India. 250 millones de indios están bajo dominio británico. El 85 % de estos esclavos son campesinos que tienen el más pleno derecho a exigir la libertad económica. Los ingleses fomentan el desarrollo de la industria india y, por tanto, también el de la burguesía; dueños de hilaturas ingleses de Lancashire han fundado en la India hilaturas de algodón e impuesto la jornada de once horas en lugar de la de ocho que rige en Inglaterra; y además pagan a los obreros solo unos peniques de salario al día, lo que contribuye a oprimir todavía más a los pueblos de la India.

La industria y la riqueza de la burguesía crecen con una rapidez inquietante, pero el pueblo está oprimido. Quisiéramos que supierais que hay otra parte de la población que no está orgullosa de pertenecer al Imperio británico, sino que se avergüenza doblemente de ello. Estamos indignados por la tiranía que nos oprime, y doblemente indignados por la opresión de los pueblos extranjeros. Si se quiere actuar en interés de la población india, hay que esforzarse por abolir esa tiranía. No somos bastante numerosos, pero tenemos una mirada clara y objetiva sobre el futuro y un entendimiento lúcido; por eso buscamos todas las ocasiones y empleamos todos los medios para acelerar la liberación de los pueblos de la India. Lo mismo hacemos en Egipto. Allí vive un pueblo que no solo posee una antigua civilización, sino también la evidente capacidad y el deseo de gobernarse a sí mismo. Pero la burguesía británica está alerta; los fusiles británicos y los soldados británicos están siempre preparados; basta pensar que el gobierno inglés ha organizado su opresión de tal modo que se atreve a cargar de impuestos a la población de Egipto y de la India para poder sojuzgarla mejor. La explotación de la India es sin duda enorme. El saqueo sistemático de los productos indios mediante los impuestos y el sobrebeneficio alcanza proporciones monstruosas. Pero el obrero inglés no tiene parte en esa riqueza, ni quiere tener nada que ver con ella. Esos tesoros van a parar íntegros al bolsillo de las clases dominantes. Por lo demás, no chupan menos la sangre a la población de Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda. La burguesía domina todo el Reino Unido. Empleamos toda nuestra energía en acelerar la liberación del obrero inglés, pero tampoco dejamos pasar ninguna ocasión de hacer lo mismo por los demás pueblos. Un movimiento puramente nacionalista no puede hacerse lo bastante fuerte para luchar contra la plutocracia, ramificada por toda la Tierra. Por eso queremos apoyar la lucha de clases en cada uno de estos pueblos oprimidos, para que desarrollen el movimiento revolucionario en su seno con sus propias fuerzas y puedan unirse a los movimientos revolucionarios de otros países. Cuando eso ocurra, saldrá el sol de la libertad para todos los pueblos oprimidos. Entretanto, nosotros, los comunistas de Inglaterra, hacemos la propaganda en nuestro propio país y protestamos enérgicamente contra la opresión de los pueblos. De todos los camaradas ingleses que han asistido a los dos congresos de Moscú habéis oído una y otra vez con qué dureza condenan todas las tendencias expansionistas imperialistas.

Estoy convencido de que llegará la hora en que los países europeos se vean sacudidos igual que lo fue Rusia. Abajo, en el patio del Kremlin, está la gran campana de Moscú[^428], cuyo tañido podría oírse a lo lejos. Así es también para nosotros la Rusia soviética, como una campana gigantesca que anuncia la salvación del mundo entero.

Ojalá amanezca pronto el día en que la revolución mundial traiga la plena libertad social, política y económica.

**Presidente Zinóviev.** Camaradas, se comunica que la comisión de organización se reunirá hoy aquí a las 6. Se ruega a todas las secciones que envíen a sus delegados a esa reunión.

**Suleiman-Nuri** (Turquía). Camaradas, en nombre del Partido Comunista de Turquía quiero informar al congreso del trabajo y del movimiento nacional en Anatolia. El movimiento de independencia turco tiene una importancia muy grande para Oriente. Hasta la guerra mundial, Turquía, como los demás países de Oriente, se encontraba bajo el yugo del imperialismo. El pueblo turco, campesinos y obreros, fue arrastrado contra su voluntad y su deseo a esta guerra imperialista por sus opresores, los pachás. Durante esa guerra, gran parte de la juventud turca, oficiales y áskers, fue hecha prisionera e internada en Rusia, Alemania y otros países. Allí aprendió el significado y las causas de esta guerra y volvió a casa trayendo consigo el espíritu del movimiento socialista y comunista. Y después de la guerra mundial, cuando los pachás firmaron la Paz de Versalles[^429], los obreros y campesinos de Anatolia se alzaron para conquistar la independencia con las armas en la mano. A la cabeza de este movimiento de independencia se pusieron otra vez los mismos pachás, como Kemal Pachá[^430] y otros. El papel y las tendencias de Kemal Pachá eran los mismos que los del antiguo régimen turco. El gobierno de Angora libra, por un lado, una lucha armada por la independencia contra la Entente y, por otro, procura reprimir todo movimiento comunista. La muerte de nuestros camaradas, con el camarada Suphi a la cabeza, y el encarcelamiento de muchos de nuestros camaradas atestiguan que Kemal libra una lucha encarnizada contra los comunistas.

El partido organizado por Kemal[^431] lo fundó él con fines de provocación, para perseguir a los comunistas y aniquilar toda influencia comunista. Nuestro Partido Comunista Obrero no tiene nada en común con ese partido. Pero los campesinos y obreros de Anatolia son conscientes de que, mientras dure el movimiento de independencia nacional, tanto ellos como nosotros, los comunistas, tenemos que apoyarlo, porque la destrucción de la Entente y de los imperialistas es la base y el comienzo de la revolución mundial, que acabará con toda esclavitud. Y por eso los obreros y campesinos de Anatolia apoyarán esta lucha mientras se libre contra la Entente. Pero si Kemal Pachá se atreve a interrumpir esta lucha por la independencia y a avenirse a un compromiso, los obreros y campesinos de Anatolia se alzarán como un solo hombre, derribarán a Kemal y pasarán por encima de su cadáver al frente en el que lucharán, junto con todo Oriente, por su independencia. Nuestro Partido Comunista, que celebró su I Congreso en Bakú, en Azerbaiyán, prosigue su actividad de agitación en Turquía pese a todas las persecuciones, y expresa la esperanza de que la revolución mundial, bajo la bandera de la III Internacional, alcanzará la victoria y liberará a los pueblos oprimidos y a la clase obrera del mundo entero.

**Dimitratos**[^432] (Grecia). Grecia fue la última potencia que entró en la guerra europea. Más bien fue arrastrada a la guerra por la presión de las potencias de la Entente. Grecia no perseguía con ello los intereses de su propio pueblo, sino los de los capitalistas de la Entente. Para el pueblo griego la guerra todavía no ha terminado. Ahora tiene que combatir contra Turquía. El pueblo griego ha intentado varias veces protestar con manifestaciones contra la guerra que todavía continúa en Asia Menor. El proletariado de Grecia comprende muy bien que la guerra solo sirve a los capitalistas de su propio país y de la Entente, y sobre todo al capital inglés. Grecia se ha convertido en una colonia de la Entente, o más bien de Inglaterra. El pueblo griego está mucho peor que la población de las colonias, porque paga tributo al capitalismo mundial no solo en lo económico, sino también en lo político. Paga el tributo en sangre, la sangre que todavía hoy derrama en Asia Menor por los capitalistas ingleses. El pueblo, es decir, el proletariado, ha protestado varias veces contra esta guerra, ha declarado varias veces por boca de nuestro partido que no quiere apoyar esta matanza.

Las guerras incesantes a las que se ha visto arrastrado el pueblo griego desde 1912 (primero tuvo que luchar contra Bulgaria y luego contra Turquía) y el volumen de la deuda pública, que duplica con creces la riqueza nacional del país, han creado una situación insoportable. Prueba del descontento de las masas con la política del gobierno griego es el hecho de que una enorme masa de soldados haya desertado. Hay en el ejército más de cien mil desertores. Hay más de cien mil campesinos y obreros que han abandonado el ejército y han declarado con ello que ya no quieren apoyar al gobierno de Grecia en la continuación de esta política, que no quieren seguir colaborando en una matanza que no está en el interés ni de los obreros turcos ni de los obreros griegos.

Nuestro partido ha cumplido sin duda con su deber, no ha dejado pasar ninguna ocasión de incitar a los elementos descontentos contra el gobierno. Nuestro partido se ha puesto varias veces a la cabeza de los descontentos que se alzaban contra el gobierno, y por ello ha sido perseguido por las autoridades. Hace solo dos meses fueron detenidas en una sola ciudad 160 personas por oponerse a la guerra. En este momento hay en distintas ciudades unas 40 personas acusadas de alta traición.

La burguesía griega nos combate con todos los medios a su alcance. Ve en nosotros a su enemigo. Sabe que luchamos contra ella y que abrimos los ojos al pueblo sobre los crímenes que comete junto con los capitalistas e imperialistas europeos. El Partido Comunista de Grecia declara a los miembros de este congreso que el proletariado griego, los obreros y campesinos griegos, no hacen ninguna diferencia entre ellos y el pueblo, los proletarios y campesinos de Turquía. Nuestro partido desea que reinen la paz y la amistad entre los obreros y campesinos de ambos países. Todo el querer y el anhelo, toda la actividad de nuestro partido se dirigen a obligar al gobierno a poner fin a esta guerra, que extermina al proletariado de ambos países. Nuestro partido declara que trabajará por el restablecimiento de relaciones amistosas entre los dos pueblos, entre el proletariado de Turquía y el de Grecia. Trabajará por ponerse en contacto con el proletariado de todos los Balcanes, es decir, de Bulgaria, Rumanía y Serbia, y aun con el proletariado del mundo entero. El Partido Comunista de Grecia pondrá todas sus fuerzas en estrechar los lazos de amistad y fraternidad con el proletariado de Oriente, para combatir a nuestra burguesía, que se ha convertido en instrumento del capitalismo de la Entente, de la burguesía de la Entente, y tiraniza a nuestros pueblos; porque estamos convencidos de que solo una alianza estrecha de los comunistas de todos los países de Oriente puede derribar el poder del capitalismo, poner fin a la matanza y liberar a los pueblos de Oriente.

En nombre del proletariado consciente de Grecia saludamos los esfuerzos de la Internacional por liberar a los pueblos de Oriente. Expresamos nuestra convicción de que los pueblos de Oriente, alentados por la revolución rusa, no dudarán en romper sus cadenas y sacudirse el yugo de los imperialistas y capitalistas nacionales y extranjeros.

**Agasada** (Partido Comunista Iraní). Camaradas, estamos completamente de acuerdo en que las directrices sobre la cuestión nacional y colonial aprobadas en el II Congreso la tratan de manera exhaustiva, y aquí solo quisiéramos señalar la experiencia del último año que hemos reunido en nuestro trabajo en Persia, ese país económicamente atrasado pero extraordinariamente rico. Ante todo hay que destacar que Persia ha sido en los últimos decenios el escenario de la lucha entre el zarismo ruso y la ocupación inglesa, que apoya con la mayor decisión a la reacción más negra. Y solo después de la Revolución de Octubre, cuando el proletariado ruso renunció a los tratados expoliadores que habían firmado los terratenientes rusos, el movimiento revolucionario cobró mayor amplitud, tanto más cuanto que los ingleses se pusieron a ocupar y saquear Persia. Esta cínica franqueza avivó enormemente el odio contra los imperialistas ingleses, y la lucha contra su tiranía se convirtió en la consigna revolucionaria más popular entre las amplias capas de la población.

En el curso de los años 1919-1920, el movimiento revolucionario dirigido contra los ingleses y contra el sha creció en muchas regiones de Persia, en el Jorasán, Mazandarán, Guilán, Azerbaiyán, el Kurdistán y otros lugares, con tal fuerza que el gobierno de Teherán, pese a la abundancia de munición inglesa, no pudo sofocar los levantamientos.

La mayor amplitud la alcanzó el movimiento de liberación nacional en Guilán[^433], donde los ingleses habían concentrado todas sus fuerzas. Las causas del fracaso de esta lucha consistieron también aquí, principalmente, en que los nacionalistas de Guilán pensaban vencer a los ingleses y apoyar al sha con la ayuda de todo el pueblo, es decir, con la ayuda no solo de la burguesía y de los campesinos, sino también de los príncipes y de los terratenientes: ese fue el mayor error de los nacionalistas de Guilán, porque tanto los imperialistas ingleses como el gobierno del sha se apoyan precisamente en esa aristocracia terrateniente. El nuevo gobierno formado en Teherán tras el golpe de febrero[^434] procuró al parecer tener en cuenta esta circunstancia, y en su declaración dirigida al pueblo persa, además de anunciar la anulación del expoliador tratado angloiraní del 9 de agosto de 1919, señaló el feo papel que la aristocracia terrateniente ha desempeñado siempre en Persia.

Y, en efecto, sin la participación y el apoyo de los terratenientes persas, los ingleses no habrían podido sostenerse ni un día en nuestro país. El Partido Comunista Iraní se ha convencido, en sus cuatro años de actividad práctica, de que en Persia ni siquiera la revolución democrático-burguesa es concebible sin liberar a los campesinos de toda una serie de cargas feudales y sin aliviar su situación económica a costa de los terratenientes.

En nuestro programa planteamos como tarea inmediata no solo la expulsión de los ingleses y el derrocamiento del gobierno del sha, sino también la convocatoria de la Asamblea Constituyente, que debe en primer lugar abolir todos los restos del feudalismo y liberar a las fuerzas productivas de las trabas extraordinariamente pesadas en que se encuentran hasta ahora. Nuestro partido, que apoya decididamente el movimiento de liberación nacional, se esfuerza al mismo tiempo, creando sindicatos de obreros y oficiales artesanos en las ciudades y uniones campesinas en el campo, por atraer a esas amplias masas al camino de la lucha revolucionaria y, elevando su consciencia de clase, prepararlas poco a poco para la lucha que comenzará tras la victoria de la revolución burguesa.

El proceso de la toma del poder por los trabajadores puede ser muy largo en nuestro país, y está estrechamente ligado a la revolución proletaria mundial. Solo cuando la revolución social haya vencido, aunque sea solo en algunos países capitalistas avanzados de Europa, podrán los comunistas persas, en alianza con las masas persas, plantear la cuestión de la toma del poder político y de la creación de consejos de obreros y campesinos. Y estamos firmemente convencidos de que la victoria del proletariado internacional llegará mucho antes de lo que suponemos y liberará así de una vez para siempre a los pueblos oprimidos de Persia y del mundo entero del yugo y de la explotación de la burguesía propia y extranjera.

**Presidente Zinóviev.** Camaradas, una organización revolucionaria, aunque no comunista, de los musulmanes se ha dirigido al presidium con el ruego de que se le permita presentar una declaración al congreso. Es el Comité del Islam Revolucionario, fundado en 1919. Trabajan en Turquía, Egipto, Trípoli, las colonias francesas y la India. Lo repito: no es una organización comunista, pero sí una organización que lucha contra el sojuzgamiento de los musulmanes y contra el imperialismo. El presidium propone al congreso escuchar esa declaración. Voy a preguntar, pues, al congreso si está de acuerdo. ¿Alguien está en contra? Parece que no. Queda aprobada, pues, la propuesta del presidium. Tiene la palabra Machul Bey.

**Machul Bey.** Ha pasado casi un año desde el Congreso de los Pueblos de Oriente en Bakú[^435]. Seguimos con plena satisfacción el desarrollo del movimiento de liberación entre los quinientos millones de habitantes de los países de Oriente, desde el océano Atlántico, pasando por el norte de África y China, hasta el océano Pacífico, una población de la que unas cuatro quintas partes pertenecen a la misma fe, el islam, cuyo principio fundamental es la libertad.

La actividad de las organizaciones revolucionarias de Marruecos, Argelia, Túnez, Trípoli, Siria, Egipto, Albania, el Yemen, Mesopotamia, Persia y la India, que pertenecen todas a la Unión de Organizaciones Revolucionarias Musulmanas, y los resultados de esa actividad nos dan una firme esperanza en la victoria definitiva.

Nuestros camaradas de Turquía, el único país que ha conservado todavía la libertad y que constituye el punto de apoyo de todas las organizaciones revolucionarias, no deponen las armas, ahora que la Rusia soviética ha entrado en una época de paz y de reconstrucción, y prosiguen su lucha contra el mundo del crimen y de la opresión.

Si se considera la situación en Turquía, hay que reconocer que este año es incomparablemente mejor que el anterior. La situación que siguió a la caída de los armenios imperialistas, los dashnakes[^436] (como es sabido, los dashnakes tuvieron que ceder el poder a los comunistas), puso fin a la sangrienta matanza turco-armenia, que servía al provecho de los imperialistas occidentales y no reportaba ninguno a los pueblos combatientes. Después de eliminar el peligro que la amenazaba desde el este, Turquía asestó dos duros golpes al instrumento ciego de Inglaterra, Grecia. Estamos convencidos de que también este peligro desaparecerá pronto y de que la victoria asegurará a los pueblos de Anatolia la paz que tanto necesitan.

Esta defensa victoriosa fue posible porque los pueblos de Anatolia se unieron estrechamente y marcharon contra el enemigo con las fuerzas unidas. Ante el peligro común olvidaron todas sus divergencias y la diversidad de sus fines. Todos los pueblos oprimidos podrían tomarlos como ejemplo en su lucha por la liberación.

Marruecos: Los miles de millones que los franceses han gastado en Marruecos no impiden en modo alguno la actividad de los revolucionarios marroquíes. Estos han infligido innumerables derrotas a los imperialistas franceses.

No podemos dejar de mencionar aquí a Abdul Malik, hijo del emir Abdelkader, que es uno de los miembros más activos de nuestra organización y lucha con sus camaradas en el Marruecos oriental. El año pasado logramos reunir en un solo centro dirigente a los jefes que organizaban levantamientos en distintas regiones de Marruecos. Esto nos permite esperar lo mejor para el futuro.

Argelia: El movimiento revolucionario en Argelia y Túnez se encuentra todavía en la fase preparatoria, pero sin duda podemos abrigar esperanzas para el futuro.

Trípoli: Para dar una idea de la situación en Trípoli basta decir que la lucha, que dura ya diez años, ha arrastrado a los italianos a gastos que se cifran en miles de millones de liras y en unas cien mil vidas humanas. Pero el pueblo ha obtenido una victoria completa sobre los italianos. Solo en los tres últimos años se arrebataron a los italianos en la Tripolitania oriental más de 70.000 fusiles. Italia perdió en ello unos 35.000 hombres.

El poder se encuentra en este momento enteramente en manos de un comité central elegido por el pueblo. En este país nuestra organización ha rebasado hace mucho la fase preparatoria. Ha pasado a la acción directa y a la revolución, ha asegurado la libertad al pueblo y se encuentra en condiciones de asumir directamente el poder de gobierno. Los italianos se han visto obligados a retirarse a la costa, donde ocupan una franja de tierra de más de mil kilómetros. Pero no sacan de ello ningún provecho, sino que se ven obligados a gastar en ello muchos miles de millones de francos al año. No está lejos el día en que se los expulsará por completo del país.

Egipto: No queremos extendernos demasiado sobre Egipto. Hace muy poco la población se alzó contra los ingleses y, armada solo de piedras y palos, marchó contra sus opresores. Cuando la población de Egipto esté armada, asistiremos a escenas muy distintas. El partido «Hizb al-Watani», el «Nilo Libre» y las organizaciones terroristas, que pertenecen todos a nuestra unión, hacen cada vez más suya, sobre todo después de la acción de Zaglul Pachá[^437], nuestra idea fundamental: que la libertad solo puede conquistarse por la fuerza de las armas y que es inútil esperar que el Estado opresor haga nada por propia voluntad en favor de los pueblos indígenas. De acuerdo con esta convicción, los revolucionarios egipcios toman las medidas oportunas.

Albania: Antes de hablar de los países situados más al oeste, tenemos que decir unas palabras sobre el movimiento de liberación en Albania. Este pueblo valiente, acosado por todas partes por los imperialistas, por los italianos al oeste, por los griegos al sur y por los serbios al norte y al este, ha salido vencedor de la dura lucha que tuvo que librar. La parte occidental de Albania está hoy completamente libre de invasores. Aunque los vencidos de ayer, los antiguos opresores del país, todavía no quieran reconocer oficialmente la independencia de Albania, esperamos que la Rusia libre dé a los imperialistas una buena lección y los mueva a establecer relaciones oficiales con Albania.

Tracia: Sería superfluo volver otra vez sobre Turquía. Pero no podemos dejar de recordar que en Tracia han perecido miles de personas y que Tracia continúa hasta hoy su lucha contra la invasión. En Anatolia occidental, detrás del frente griego, unos 200.000 hombres, mujeres y niños han sido víctimas de la barbarie del imperialismo griego. Muchos de ellos fueron quemados vivos. Pese a todo, la lucha no ha cejado ni un instante.

Persia: El desdichado pueblo persa no puede esperar ayuda de ninguna parte. Se ve, pues, obligado a abrirse paso hacia la libertad con sus propias fuerzas.

Podemos comprobar con satisfacción que las organizaciones de Persia se adhieren a nuestra unión y se desarrollan cada día más.

India: Hasta hace poco, nuestros camaradas de la India creían, aunque pertenecían a nuestra unión, que podrían llegar a la libertad por la vía pacífica. Pero ahora ven cada día con más claridad que a la violencia solo se puede responder con la violencia. Ahora han tomado el verdadero camino revolucionario. La unión «Cheratule Islam»[^438] y las demás organizaciones revolucionarias de Java actúan de la mano con nosotros. Trabajamos en pleno acuerdo con los coptos de Egipto, los cristianos de Siria y los hindúes de la India. Trabajamos con todos los pueblos que gimen bajo el mismo yugo que nosotros.

Camaradas, seguimos fieles al compromiso que contrajimos en Bakú, es decir, luchar junto con vosotros contra los imperialistas. Os saludamos hoy con los mismos sentimientos que hace un año. En particular, damos las gracias a los camaradas franceses e italianos por la sinceridad que han demostrado. Mientras la III Internacional siga fiel a las promesas que ha hecho a los pueblos de Oriente respecto de la lucha por la libertad, seguiremos a vuestro lado como verdaderos y sinceros compañeros de lucha. Estamos convencidos de que la obra de la liberación de Oriente estará siempre en el corazón del Partido Comunista de Rusia, y de que este ejercerá la presión necesaria sobre los órganos de gobierno para asegurar, conforme a los principios comunistas, derechos y libertad a los pueblos del antiguo imperio de los zares, en particular a la población musulmana, que bajo el régimen zarista tuvo que soportar lo indecible y que con su sangre ayudó a instaurar el orden soviético.

De este modo, la propaganda que hacen los imperialistas entre los pueblos de Oriente se vendrá abajo por sí sola.

Arabia: Como todos sabemos, Arabia fue arrancada al Imperio otomano con el pretexto de que se quería liberar a la población árabe de la barbarie de Turquía. Se prometió a Arabia la plena igualdad de derechos; pero en realidad el país cayó en manos de los conquistadores franceses e ingleses. Todo el mundo sabe también que en Arabia, pese a las sumas enormes que los gobiernos francés e inglés gastan en el país, reinan, en lugar de la paz, la opresión y los pogromos.

Las dos balas que el 24 de junio del año pasado rozaron los puños de la camisa del general Gouraud[^439], las balas que ese mismo día abatieron a su intérprete e hirieron a Hakki al-Azm, a quien los franceses habían puesto a la cabeza del gobierno sirio, muestran claramente hasta qué punto se puede creer a los franceses, que proclaman a los cuatro vientos que la población de Siria los recibe con arrobo y entusiasmo. Camaradas, Siria será la tumba del imperialismo francés. Camaradas, las tropas coloniales francesas son para vosotros un peligro tan grande como para nosotros. Pero si recordamos el levantamiento de los cipayos en la India en 1857, comprenderemos que podemos sacar gran provecho de esas tropas. El hecho de que los aliados de los franceses, los ingleses, tiendan una trampa a los imperialistas franceses creando un principado al este del Jordán y poniendo al antiguo emir de Siria, Faisal[^440], como rey de Mesopotamia, nos hace esperar que dentro de poco surjan entre franceses e ingleses conflictos que nos serán de gran provecho.

Arabia: En Arabia central, el emir Ibn Saud prosigue con ahínco la lucha contra la invasión extranjera. En Mesopotamia, el gran jeque de los senusíes, Sayyid Ahmad al-Sharif[^441], con su organización, que actúa en África entre una población de 20 millones, ha contribuido enérgicamente a rechazar a los conquistadores italianos. Junto con otros jefes que se agrupan a su alrededor, el emir del Nejd, Ibn Rashid, el jefe de los anaza, Hajim, y el jefe de los shammar, Hougeimi, desarrolla la organización revolucionaria y opone una resistencia que no pueden aguantar los falsos reyes impuestos por los ingleses. Ya el hecho de que los ingleses mantengan actualmente en Mesopotamia 120.000 hombres y gasten 60 millones de libras esterlinas demuestra la importancia que ha alcanzado el movimiento revolucionario en ese país.

Yemen: En el Yemen, el imán Yahya, elegido por los cuatro millones de habitantes, opone una enérgica resistencia a los opresores extranjeros. Los revolucionarios del Yemen, que trabajan de la mano con nuestros camaradas, han expulsado hace poco a los ingleses de Hodeida.

Camaradas, estamos firmemente decididos a seguir los principios que abrazamos el año pasado en Bakú. Trabajaremos siempre en la más estrecha comunidad con los pueblos oprimidos y estamos convencidos de que la victoria final será nuestra.

Camaradas, tenemos que repetir ahora lo que dijimos el año pasado: la guerra imperialista que empezó en 1914 todavía no ha terminado. Durante mucho tiempo las insaciables fieras imperialistas se echarán al cuello unas de otras por el dominio de los pueblos de Oriente, para acabar siendo sacudidas por los oprimidos. Preparémoslo todo para la revolución mundial y, en el momento oportuno, alcémonos unánimes para conquistar nuestra libertad. El tiempo madura nuestra causa. Trabajemos con valor y abnegación.

La victoria final es segura, porque somos los oprimidos y tenemos el derecho de nuestra parte. Y contra el derecho y la justicia nada puede prevalecer.

Camaradas, los delegados de cada uno de los países mencionados han presentado ya al buró un informe sobre su propio país. Esperamos que, uniendo todos estos esfuerzos, les daremos una eficacia mucho mayor. Camaradas, estamos convencidos de que este movimiento, cuyo objetivo es combatir el imperialismo, vencerá, y de que vuestro apoyo acelerará su victoria.

**Presidente Zinóviev.** Camaradas, permitiréis que este documento se publique en la prensa y se incluya en el acta. Porque es imposible hacer tan deprisa una traducción. En nombre del buró quisiera declarar además: como es sabido, la Internacional Comunista adoptó desde su primer congreso, el congreso fundacional, una posición muy clara en la cuestión nacional. La Internacional Comunista decidió fomentar con todos los medios posibles, en todas las naciones oprimidas, en todos los países coloniales, los gérmenes del movimiento obrero, fomentar los gérmenes de un movimiento comunista; esa es la primera tarea de la Internacional Comunista. Pero al mismo tiempo la Internacional Comunista decidió apoyar todo movimiento verdaderamente revolucionario de los pueblos oprimidos, de los países coloniales, frente al imperialismo, porque la Internacional Comunista está convencida de que solo la victoria de la revolución proletaria puede liberar de verdad también a los pueblos oprimidos. Nuestra consigna dice: proletarios de todos los países y naciones oprimidas de todos los países, tenéis que uniros en una lucha común contra el imperialismo, por el comunismo. Naturalmente, tenemos que combatir todo nacionalismo. Sabemos muy bien que, por ejemplo, en la Turquía kemalista se asesina a los comunistas tan vilmente como en la Alemania socialdemócrata y burguesa. Naturalmente, la Internacional Comunista luchará con la mayor dureza contra tales métodos de lucha y, en general, contra la persecución de los comunistas. Pero la Internacional Comunista sabrá apoyar allí donde esté en marcha un movimiento revolucionario verdaderamente grande, quizá también seminacionalista, pero verdaderamente revolucionario, ese movimiento, en la medida en que se dirija contra todo imperialismo, y el proletariado mundial marchará al frente de todos estos movimientos como dirigente. *(Aplausos.)*

**Presidente Kolárov.** Camaradas, tiene la palabra el camarada Kassian, delegado del Partido Comunista Armenio.

La historia del pueblo armenio es una de las más trágicas que registra la historia universal. Siempre ha sido víctima del odio racial, apoyado y aprovechado por el bárbaro despotismo turco. En vano ha apelado este pueblo a los sentimientos humanos de las llamadas naciones civilizadas. Las matanzas fueron siempre el resultado de sus súplicas. Durante la guerra europea, el pueblo armenio intentó por última vez conquistar su libertad y su derecho a la vida con ayuda de la poderosa Entente, a la que puso sus fuerzas a disposición; pero de nuevo tuvo que sufrir un desengaño. Fue víctima de un fanatismo renovado. Después de estas últimas matanzas, el pueblo armenio se volvió hacia Rusia y decidió firmemente seguir el ejemplo del proletariado ruso. El pueblo armenio, bajo la dirección de la Rusia soviética, se sublevó contra su propia burguesía, contra sus propios socialpatriotas, y proclamó la República Soviética de Armenia. *(Aplausos.)*

El camarada Kassian[^442], que ha venido como representante del pueblo armenio, es uno de los miembros más antiguos y más valientes del Partido Comunista Armenio y del Partido Comunista Ruso: ha vivido las experiencias y el entusiasmo del proletariado ruso y ha sabido adaptar estas ideas a la masa de los proletarios y campesinos armenios. Estoy convencido de que expreso los sentimientos de todo el congreso al saludar en el camarada Kassian a la República Soviética de Armenia y al pueblo armenio revolucionario. *(Aplausos.)*

**Kassian** (Partido Comunista de Armenia). ¡Camaradas! No hay rincón en el mundo donde los imperialistas no cometan infamias y vilezas al amparo de frases hermosas y altisonantes. Uno de esos rincones del Oriente Próximo es Armenia. Los imperialistas de la Entente, sobre todo los de Inglaterra, se esforzaron desde el comienzo de la Revolución de Octubre por crearse en Armenia una base para su lucha contra la Rusia soviética, una base para la lucha contra las ideas comunistas y socialistas que se extendían por Oriente, a fin de ampliar su influencia y realizar sus intereses rapaces. Al principio, esa llamada Armenia independiente, dirigida por el partido pequeñoburgués de los dashnakes, un partido parecido a los mencheviques y a los socialistas revolucionarios, estaba prisionera de la Entente y le servía de instrumento. Como fiel servidor de la Entente, este partido realizó íntegramente los planes de esta, en perjuicio de las amplias capas de la población del país. La guerra constante con los pueblos vecinos, los choques sangrientos dentro del país, las persecuciones y represalias contra los obreros y campesinos que se habían atrevido a estar descontentos con la política social y agraria del gobierno, llevaron al país al borde del abismo. Ante esta orientación de la política gubernamental del sha se decidió rechazar a los turcos por la fuerza de las armas. El pueblo, que había pasado por tres años de gestión del partido de los dashnakes, que se había convencido en la práctica de que la orientación hacia Inglaterra lleva a la ruina, no pudo aguantar más y se alzó contra la dirección de este partido, contra el gobierno, para luchar contra el imperialismo. Con la instauración del poder soviético se puso fin a los choques nacionales. Armenios y musulmanes empezaron a vivir como hermanos, como si nunca hubiera reinado entre ellos la enemistad. Pero, en cambio, el país estaba arruinado y devastado por la invasión de los imperialistas y por las luchas nacionales. Con nuestras propias fuerzas no podíamos restablecer en poco tiempo la economía del país; con nuestros propios recursos no podíamos satisfacer las necesidades urgentes de la población. Y no podíamos esperar ayuda de ninguna parte, aunque nuestra gran madre, la Rusia soviética, y el Azerbaiyán hermano se esforzaban por prestarnos toda la ayuda posible. Estábamos bloqueados. Por un lado, la Georgia menchevique no dejaba pasar los trenes de ruta, y cuando los dejaba pasar, los detenía el mando turco. Por otro lado, el mando turco no permitía exportar nuestras mercancías a Persia para cambiarlas por grano. Ese mismo partido criminal y contrarrevolucionario de los dashnakes quiso aprovechar nuestra situación desesperada, confiando en el apoyo de los mencheviques georgianos y de los elementos usureros del propio país, y montó un levantamiento contra el gobierno soviético. En parte también nosotros tuvimos la culpa: nuestro partido no supo mantener el rumbo determinado que correspondía a las condiciones objetivas de la vida local, sino que alimentó el deseo impaciente de llevar a cabo más deprisa la transformación del régimen burgués. Aun así logramos desalojar al enemigo, que huyó a las montañas, donde recibió la ayuda de los imperialistas ingleses. El intento de poner fin a la guerra civil por la vía pacífica no tuvo éxito en nuestro país, pero, en relación con el vuelco de Georgia[^443] y la retirada de los turcos, la situación del gobierno soviético en Armenia se ha consolidado sin duda. El único peligro que puede amenazarnos, camaradas, es Turquía. En nuestra frontera Turquía revela continuamente tendencias imperialistas. Ahora, con la nacionalización de Armenia, hemos declarado que la Armenia soviética renuncia al tratado[^444] y que para resolver las cuestiones litigiosas puede encontrarse un lenguaje revolucionario. Deseamos sinceramente la paz con Turquía y no le guardamos ninguna enemistad, pero si por su parte nos amenazara algún peligro real, los obreros y campesinos defenderán con las armas en la mano su libertad, su patria, con la firme convicción de que la gran República Socialista Federativa Soviética de Rusia nos apoyará. *(Aplausos.)*

**Presidente Kolárov.** Camaradas, tiene la palabra el camarada Tsjakaia, representante del Partido Comunista de Georgia.

También el pueblo, los obreros y campesinos de Georgia, han seguido el glorioso ejemplo del proletariado ruso, y hace muy poco han fundado también una república soviética.

Al saludar al camarada Tsjakaia[^445], no puedo callar el hecho de que otros representantes de los campesinos y obreros georgianos trabajan al mismo tiempo en Europa para engañar al proletariado internacional y ganarlo para la causa de la contrarrevolución.

Zhordania, Chjeidze[^446] y otros traidores a la causa del socialismo y del proletariado se han dirigido a sus hermanos, los socialtraidores de Europa, a la II Internacional y a la Internacional Dos y Media, para obtener su apoyo. Pero podemos tranquilizar al pueblo georgiano. Los intentos de estos socialtraidores quedarán sin resultado. El recibimiento que el congreso de la Internacional Comunista ha dispensado al camarada Tsjakaia atestigua ante el mundo entero que el proletariado revolucionario internacional defiende la república soviética, la dictadura de los proletarios y campesinos de Georgia.

Tiene la palabra el camarada Tsjakaia (Georgia).

**Tsjakaia** (Georgia). El orador se refiere al papel traidor de los mencheviques georgianos, que lo desempeñaron ya durante las revoluciones de 1905 y 1917 y sobre todo después de la Revolución de Octubre, y se detiene en la situación política y económica del país en vísperas del vuelco de febrero-marzo de 1921.

El rechazo del Tratado de Brest-Litovsk, la ruptura con la Rusia soviética, las relaciones por cuenta propia con los imperialistas y los turcos y la sumisión de todo el país a ellos: todo esto, dice, abrió los ojos a los obreros y campesinos de Georgia. Quedaron al descubierto el imperialismo de la burguesía y de los terratenientes y el nacionalismo de los mencheviques. Estos, que rechazaban la guerra civil, la hicieron ellos mismos, aliados con los imperialistas, contra sus propios obreros y campesinos. En realidad, la guerra civil se libró en Georgia, en mayor o menor grado, sin interrupción desde finales de 1917 hasta el momento de la sovietización de Georgia, es decir, hasta febrero-marzo de 1921. En el último período, los mencheviques estaban completamente acabados, habían quebrado tanto en el terreno económico como en el político y habían arruinado el país. Entonces el pueblo se alzó; por toda Georgia estallaron insurrecciones. Allí donde el zarismo había combatido 60 años, el Ejército Rojo organizado por los obreros y campesinos insurrectos no necesitó ni la mitad de 60 días. Georgia se convirtió en un Estado soviético gracias a la bancarrota completa de los mencheviques. Las afirmaciones en contrario contradicen los hechos del pasado más reciente y la confesión de los propios mencheviques, que la hicieron unas semanas antes del vuelco. Solo la ideología de los guardias blancos puede sospechar que la Rusia soviética, que se esforzaba con todas sus fuerzas por reconstruir su economía, aspirara a conquistas u ocupaciones. Si los señores Chjeidze, Tsereteli y compañía intentan ahora en Europa occidental deformar los hechos históricos y mostrar que habían organizado un reino democrático ideal, un paraíso, donde hasta sus maestros, los héroes de la II Internacional, estuvieron de visita, ¿por qué entonces el señor Zhordania, en noviembre y diciembre de 1920, casi en vísperas del vuelco, reconoció sin rodeos en sus informes que la situación era catastrófica y que no había salida a menos que se inventara algún elixir de la vida, algún nuevo imperialismo democrático? Pero con la alquimia y la astrología no se llega lejos. Los mencheviques georgianos se han condenado a sí mismos a la ruina con su política de traición hacia los obreros y campesinos de su propio país.

Especialmente vergonzosa fue la conducta de los mencheviques en los primeros días después del vuelco. Saquearon todo el país y se llevaron en barcos franceses todo lo que la bacanal de tres o cuatro años de los imperialistas germano-turcos y de la Entente había dejado aún al desdichado país. No solo se llevaron el oro, los brillantes y otros objetos de valor, sino también los últimos vagones de azúcar; se llevaron toda la reserva de quinina y condenaron a los obreros y campesinos de Georgia a perecer por la malaria que reina allí. El pueblo los despidió con maldiciones; su ejército se redujo en Batum de 30.000 a 3000 hombres, y de estos últimos, pese a la promesa de que recibirían por adelantado sueldo y ropa para cinco años, solo los siguieron 20 hombres. Estos señores huyeron en la oscuridad de la noche con los bienes del pueblo que habían robado y se pusieron a salvo de la ira popular bajo la protección de los cañones franceses. Pese a la amnistía por todo lo pasado, garantizada repetidas veces por el Comité Revolucionario Central, los dirigentes mencheviques no se decidieron a quedarse en el país, al que habían engañado durante tanto tiempo y de manera tan vergonzosa y donde no podían esperar otra cosa que desprecio y odio.

¡Vanas son vuestras esperanzas, inútiles son vuestros esfuerzos, señores Zhordania, Chjeidze y compañía! La Georgia de los obreros y campesinos, que ha pasado por cuatro años de guerra civil, no volverá a vuestra tutela. No os salvarán ni la deformación de los hechos históricos ni el andar llamando a la puerta de Lloyd George, Millerand, Piłsudski y otros. Estamos convencidos de que a Georgia, en alianza con las repúblicas soviéticas hermanas y bajo la dirección de la Internacional Comunista, le espera una rica cosecha tanto en los campos de trigo como en el terreno del socialismo, del comunismo, del nuevo orden comunista. Y todo Oriente, a la vista de la Cólquide verdaderamente en llamas, sembrará lo mismo, a saber, las ideas del comunismo y del gobierno soviético.

**Presidente Kolárov.** Camaradas, en nuestra lista figuran todavía ocho oradores de los distintos países de Oriente. Todos estos camaradas tienen que recibir la palabra. Pero como hay que despachar sin falta la cuestión en esta sesión, el presidium propone que los discursos no se traduzcan en seguida. Se traducirán más tarde.

En segundo lugar, el presidium propone reducir a 5 minutos el tiempo de intervención de los oradores.

¿Alguien tiene algo que objetar? Como no hay objeciones, queda aprobada la propuesta.

Tiene ahora la palabra el camarada Avílov, delegado del Partido Comunista de Azerbaiyán, que también ha fundado una república soviética.

**Avílov** (Partido Comunista de Azerbaiyán). ¡Camaradas! En cinco minutos es naturalmente imposible decir todo lo que habría que decir sobre Azerbaiyán. Procuraré ser breve. Muchos camaradas venidos de Europa occidental no conocen, por lo visto, Azerbaiyán. Por eso diré aquí, como en el congreso sindical, que el proletariado de Azerbaiyán, de Bakú, empezó su lucha en los años noventa junto al proletariado ruso y ha trabajado sin interrupción todo este tiempo por su sovietización. Lo mismo que Georgia, Armenia y Ucrania, Azerbaiyán pertenecía al Imperio ruso. Después de la Revolución de Octubre, el proletariado de Bakú tomó el poder y proclamó el gobierno soviético, que solo existía en Bakú y no pudo extenderse a todo Azerbaiyán. Por la traición de los socialistas revolucionarios y de los mencheviques, que llamaron a los ingleses a Bakú, el gobierno soviético de Azerbaiyán fue derribado en 1918, y cayeron víctimas 26 de nuestros gloriosos camaradas, los comisarios[^447], fusilados por los verdugos ingleses y denikinianos. Una vez que los ingleses tomaron las riendas, proclamaron la independencia, que sin embargo solo existía sobre el papel. Las tropas de ocupación inglesas estaban en Azerbaiyán y reprimían todo movimiento revolucionario deteniendo a los obreros, a sus representantes y a sus dirigentes. Aun así, el proletariado prosiguió incansable su lucha. El 27 de abril se alzó y, con ayuda del glorioso Ejército Rojo ruso, proclamó la dictadura del proletariado. Pero la contrarrevolución no se calmó y prosiguió su obra. Sin embargo, todos estos intentos fueron aplastados por la fuerza poderosa del Ejército Rojo y del proletariado azerbaiyano, y el gobierno soviético se consolidó. Hace poco se convocó en Azerbaiyán el I Congreso de los Soviets. Este congreso instituyó el gobierno soviético central y los locales. Ahora existe en todas las cabezas de distrito y en el campo un gobierno soviético firme, en el que participan el campesinado sin bienes y los obreros. El Partido Comunista de Azerbaiyán, que convoca en estos días su IV Congreso, dirige desde la Revolución de Octubre hasta hoy a los obreros de Bakú y de Azerbaiyán. El Partido Comunista de Azerbaiyán cuenta actualmente con 16.000 miembros, y eso después de cuatro reinscripciones, durante las cuales se apartó del partido a los elementos que se le habían arrimado por motivos egoístas. Los sindicatos de Azerbaiyán tienen en sus filas a 150.000 obreros organizados, dirigidos por nuestro partido y por el Consejo Sindical de Azerbaiyán. Camaradas, la importancia de Azerbaiyán para la revolución de Oriente es enorme. Azerbaiyán es la única república musulmana en la que el poder pertenece a los soviets. Azerbaiyán está en el umbral de Oriente y sirve de ejemplo a nuestros camaradas orientales. El proletariado azerbaiyano no solo lucha por consolidar su poder; el proletariado azerbaiyano ha luchado también por la liberación de Georgia y de Armenia, y lanza hacia Oriente a sus mejores militantes del partido, a sus mejores fuerzas. En Bakú se educa y se prepara políticamente a todos los elementos revolucionarios de Oriente, para enviarlos luego a Oriente. Por consiguiente, la importancia de Azerbaiyán para la revolución en Oriente es inmensa; por eso, después del II Congreso de la Internacional Comunista, se convocó en Bakú el I Congreso de los Pueblos de Oriente, en el que se organizó el Consejo de Propaganda y Acción de los Pueblos de Oriente, que prepara a los militantes del partido para Oriente bajo la dirección de la Internacional Comunista y dirige todo el movimiento en Oriente. *(Aplausos.)*

**Manabendra Nath Roy** (India). Se me han concedido 5 minutos para mi informe. Como este tema no puede agotarse ni siquiera en una hora, quiero emplear estos 5 minutos en una protesta enérgica.

La manera en que se ha tratado la cuestión de Oriente en este congreso es puramente oportunista y más propia de un congreso de la II Internacional. No es posible sacar ninguna conclusión concreta de las pocas frases que se permite pronunciar a las delegaciones orientales.

Protesto contra esta manera de despachar la cuestión de Oriente. Se incluyó en el orden del día del congreso en una sesión del Ejecutivo. Pero durante todo el período de sesiones del congreso no se ha prestado a esta cuestión la menor atención. Por fin ayer se celebró una reunión de la comisión, pero ofreció un cuadro muy triste. No estaba presente ni un solo representante de las delegaciones europeas y americanas. Esta comisión, que a causa del desorden que reina en el congreso no estaba constituida, decidió no aprobar ninguna resolución teórica sobre la cuestión de Oriente: esa decisión es absolutamente errónea y no puede mantenerse. Por eso pido al congreso que vote a favor de que la cuestión de Oriente se confíe a una comisión constituida y se trate con la seriedad que merece.

**Chang Tai-lai**[^448] (China). Tenía la intención de daros una idea del movimiento comunista de China y un cuadro completo de las fuerzas revolucionarias para la lucha contra el imperialismo, pero mi tiempo es demasiado limitado. Solo quiero señalar la importancia del movimiento en el Extremo Oriente.

El imperialismo japonés no es solo para el Extremo Oriente un problema importante y urgente que debe resolverse, sino que tiene también gran importancia para todo el proletariado mundial. Mientras este problema no se resuelva, Japón seguirá siendo un peligro constante para la Rusia soviética y cerrará a los pueblos del Extremo Oriente el camino hacia el comunismo. Pero eso no es todo. Desde la guerra, Japón se ha convertido en un Estado imperialista tan fuerte como Inglaterra y los Estados Unidos; si el Japón imperialista llega a ejercer sobre toda China un control como el que ya ejerce en la China del norte, el gobierno japonés no solo tendrá a su disposición los más ricos ingresos y la mejor mano de obra, sino que los empleará en la lucha contra el proletariado; esto es un obstáculo importante para la revolución mundial. Por eso es necesario que la Internacional Comunista y los partidos comunistas de Occidente dediquen al movimiento del Extremo Oriente mucha más atención y apoyo que hasta ahora. La destrucción del imperialismo japonés significa el hundimiento de uno de los tres pilares capitalistas del mundo. Solo entonces podremos derribar el capitalismo mundial, solo entonces podrá la revolución mundial culminar su obra.

En esta gran obra, el proletariado chino y las demás fuerzas revolucionarias de China pueden ayudaros mucho si prestáis más atención al desarrollo de China. Entre nosotros es precisamente ahora el momento de trabajar por el comunismo. Los jóvenes estudiantes se rebelan en estos momentos contra la vieja estructura social de China. Muchos de ellos se encuentran en una encrucijada y nos seguirán si les ayudamos. Tendríamos que encauzar estas fuerzas por el buen camino y no entregarlas al anarquismo y al reformismo. Desde la revolución proletaria rusa también los obreros chinos empiezan a despertar. En China son muy frecuentes las huelgas a pequeña escala. Tenemos que poner este movimiento naciente bajo nuestra bandera roja y no dejar que se vuelva amarillo; más tarde nos costaría mucho esfuerzo ganarnos sus simpatías. El lumpenproletariado constituye un porcentaje bastante grande de la población de China. Aunque no tiene consciencia de clase, es revolucionario. Si logramos encuadrarlo en nuestro partido, favorecerá mucho nuestra causa. Con su participación en la guerra contra Kolchak y Denikin en las filas del Ejército Rojo, el proletariado chino ha demostrado ya que es un buen combatiente. Pero también podría volverse peligroso para nosotros si no le prestáramos atención y los capitalistas abusaran de él para la lucha contra el proletariado, como abusaron de él los imperialistas rusos y franceses para el trabajo en las trincheras[^449] y como abusa de él el gobierno imperialista japonés para la vigilancia policial de Manchuria y de Shandong[^450].

En la próxima revolución mundial dependerá del Partido Comunista de China y, sobre todo, del apoyo de la Internacional Comunista que los más ricos tesoros de la naturaleza y las grandes fuerzas de China luchen con los capitalistas contra el proletariado o con el proletariado contra el capitalismo.

¡Viva la revolución mundial!

¡Viva la Internacional Comunista!

**Nach-Man-Tahoun** (Partido Comunista de Corea). Corea, con una población de 20 millones de habitantes, que fue durante mucho tiempo vasalla de una China económicamente atrasada y estuvo desgarrada por disturbios, no pudo desarrollar sus fuerzas productivas y se encontraba en un estado de estancamiento. Es sobre todo un país agrario. Sus riquezas naturales pronto se convirtieron en manzana de la discordia entre los imperialistas de Japón y la Rusia zarista. El imperialismo japonés, que resultó ser el más fuerte y el más tenaz, desplazó a la Rusia zarista y en 1910 despojó a Corea de su independencia, convirtiéndola en colonia suya.

Desde ese momento, el país de la «calma matutina» pasa a ser objeto de la actividad del ávido y rapaz imperialismo japonés, y sus condiciones de vida, tanto económicas como sociales, cambian a una velocidad vertiginosa.

Sin preocuparse por el desarrollo de las fuerzas productivas ni por la elevación del bienestar económico del país, el ávido imperialismo japonés dedicó toda su atención a chupar al país toda su savia vital, para sacar de la colonia el mayor beneficio posible.

Como resultado de diez años de actividad del aparato japonés de ocupación, encarnado en la sociedad capitalista de colonización «Tschek-Si-Choi-Sa»[^451] (Sociedad para la Explotación de la Colonia), que recibía el apoyo material y moral del gobierno japonés y gozaba del derecho nominal de adquirir tierras en la península, la «Tschek-Si-Choi-Sa» se apoderó de todas las tierras de la Corona y de casi todas las tierras campesinas. Expulsadas de sus tierras, las masas campesinas se vieron obligadas a emigrar al extranjero, a Manchuria, o a arrendar tierra a la «Tschek-Si-Choi-Sa» en condiciones de usura —el arriendo era del 50-70 % de la cosecha, en especie o en dinero, y en los años de mala cosecha del 100 % (y más) del valor de la propia cosecha—, o a contratarse como jornaleros con la «Tschek-Si-Choi-Sa» o con sus agentes, o a trabajar en las minas, los pozos o las fábricas, donde con una jornada de 12-13 horas recibían un salario tres veces menor que el obrero japonés, o bien a engrosar las filas cada vez más nutridas de los parados.

La última estadística japonesa (de 1920), de una población indígena total de 16.912.800 personas, registra 7.843.658 como jornaleros y en trabajos de explotación forestal, y 518.906 obreros ocupados en la minería y en la industria fabril, en el transporte y en la pesca. El resto de las masas lo forman parados, arrendatarios que no tienen tierra alguna o tienen parcelas propias y, por último, una delgada capa de burguesía indígena que en su mayoría está al servicio de los capitalistas japoneses. Esta es, a grandes rasgos, la situación económica de la población. Pero los trabajadores no están en menor medida esclavizados también políticamente. Ante todo, están privados de participar en la vida política del país; carecen de derechos, están fuera de la ley, porque las leyes que el gobierno japonés ha implantado en la península solo protegen los intereses de los japoneses a costa de los intereses de los coreanos. Así, por ejemplo, un japonés que ha matado a un coreano sale del paso con una pequeña multa, mientras que un coreano que ha cometido el mismo crimen es condenado a muerte por el tribunal. Las escuelas están cerradas, y en las que existen se lleva a cabo una celosa japonización.

Las masas, pacíficas por naturaleza, fueron llevadas a la desesperación por esta política del imperialismo japonés, y todo el odio acumulado a lo largo de diez años contra el bandido extranjero tomó el 1 de marzo de 1919 en todas partes la forma de una insurrección[^452]. Para aplastar la insurrección, el gobierno japonés introdujo en el país tres divisiones de gendarmería. El horror de las crueldades del militarismo japonés arranca exclamaciones histéricas incluso a los fríos e impasibles periodistas ingleses y americanos. Cuarenta torturas inventadas para los revolucionarios superan en crueldad e inhumanidad a la Inquisición medieval. En 1919, en Suwon[^453], por el asesinato de un espía japonés, se metió a todos los habitantes de la aldea en la iglesia, se atrancó esta y se la quemó con las mujeres y los niños. Las atrocidades de los militares japoneses en Jiandao[^454] en noviembre-diciembre de 1920, donde 70 aldeas fueron literalmente borradas de la faz de la tierra y miles de habitantes pacíficos, entre ellos mujeres y niños, fueron fusilados, son indescriptibles. Durante dos años de lucha (1919-1920) murieron a manos del verdugo japonés 80.000 personas y 150.000 fueron encarceladas. Aquí hay que subrayar la igualdad de los métodos de lucha de los imperialistas japoneses en Corea y en el Extremo Oriente ruso, donde ajustaron cuentas de la misma manera con la población pacífica.

A pesar de todas estas atrocidades y torturas, las masas son irreconciliables. La revolución proletaria rusa ha infundido a las masas proletarias aún más entusiasmo. Las masas sienten que no hay vuelta atrás. Su consigna es: «¡Hasta la victoria final o hasta la muerte!». Toda la tragedia de los obreros y campesinos coreanos consiste en que, abandonados a sí mismos, están condenados a extinguirse como consecuencia inevitable de la política de rapiña del imperialismo japonés, o a desangrarse en una lucha desigual. No hay tercera posibilidad.

Las masas trabajadoras de Corea ponen toda su esperanza en la revolución social mundial, cuyo apoyo responde a sus intereses. ¿Quién dirigirá ahora este movimiento, cuando el movimiento revolucionario entra en una nueva fase? Los nacionalistas han demostrado en estos dos años su completa incapacidad para ser los dirigentes de la lucha revolucionaria y están acabados. Por eso solo puede haber una respuesta a esta pregunta: el joven Partido Comunista de Corea, creado en la asamblea constituyente de mayo de 1921 en Irkutsk[^455], con el apoyo de los comunistas dirigidos por la Internacional Comunista, de los proletarios de todos los países.

**Taro Yoshihara** (Partido Comunista de Japón). Camaradas, os transmito el saludo revolucionario del Partido Comunista que acaba de organizarse en Japón[^456]. Hace solo unos días recibí las resoluciones, los estatutos y el manifiesto del partido.

Tratándose de Japón, un país tan reaccionario que nuestros camaradas revolucionarios de Occidente tenían casi por imposible organizar a su población, tenemos tanto más motivo para felicitarnos de que el movimiento radical haya dado en Japón sus primeros pasos. Nuestro objetivo principal debe ser ahora desarrollar este movimiento hasta derribar definitivamente el orden capitalista e instaurar la dictadura del proletariado.

Mientras en Europa tenía lugar la sangrienta matanza, los Estados Unidos de América y Japón, que pescaban en río revuelto, tenían las manos libres en todos los mercados mundiales. América monopolizó todo el mercado europeo, mientras que Japón se expandía a sus anchas en el Extremo Oriente.

Pero los imperialistas japoneses no se dieron por satisfechos con ello. Desde hace años tienen puesta la mirada en las ilimitadas riquezas naturales de Siberia y de Asia central, que les darían la posibilidad de abastecer de las materias primas necesarias a la industria japonesa, en continuo crecimiento.

Después de la Revolución de Octubre, los aliados organizaron a los checoslovacos contra la Rusia soviética. Se sirvieron para ello del pretexto de que había que combatir en Siberia el peligro alemán y magiar. Los gobiernos de la Entente enviaron también allí sus propias tropas expedicionarias para apoyar a los checos en su gran empresa.

Japón, que siempre había soñado con las riquezas naturales de Siberia, no quiso, naturalmente, quedarse al margen. No se contentó con ayudar a los aliados en su misión filantrópica —el apoyo a los checos—, sino que superó a los gobiernos de la Entente en el número de tropas enviadas, así como en el carácter de la propia lucha.

Los checos se han acabado en Siberia, los aliados han retirado sus tropas. Kolchak y su gobierno han muerto. Semiónov ha sido expulsado por los obreros y campesinos del Extremo Oriente de su «reino» de Chitá. Pero los japoneses siguen todavía en Siberia. Las tropas japonesas mantienen ocupada la parte meridional de la región de Primorie. Tienen en sus manos un territorio que pertenece a las masas trabajadoras del Extremo Oriente. Pero eso no les basta. Urden también toda clase de conspiraciones contrarrevolucionarias contra los obreros y campesinos de la República del Extremo Oriente y de la Rusia soviética. Un ejemplo de ello lo da la «ocupación» de Vladivostok por las sanguinarias bandas de Semiónov, llevada a cabo hace poco bajo la protección de las bayonetas japonesas[^457]. Pero Vladivostok y la parte meridional de la región de Primorie no son más que un eslabón en la cadena de la intervención y de los planes contrarrevolucionarios de los imperialistas japoneses. El Ferrocarril Oriental de China y el territorio adyacente, una franja de 20 millas a cada lado de la vía, están ocupados por tropas japonesas y sirven de base de operaciones a los contrarrevolucionarios rusos. Sirven también de línea de comunicación entre los contrarrevolucionarios de Manchuria, a los que los japoneses apoyan directamente, y los contrarrevolucionarios de Mongolia, dirigidos por el sanguinario barón Ungern[^458]. A unos y otros los japoneses los abastecen abundantemente de municiones.

Durante la guerra, Japón inundó los mercados del Extremo Oriente (incluidas las Indias Neerlandesas) con sus mercancías de mala calidad. Pero en cuanto terminó la guerra se vio que Japón no podía competir con América, que produce mercancías mejores. El resultado fue una crisis económica en Japón. Se cerraron las fábricas y se paralizaron los trabajos en las minas. El paro creció, bancos y empresas grandes y pequeñas quebraron, los salarios se rebajaron. No es de extrañar que el descontento de los obreros y la efervescencia social aumenten cada vez más.

A los capitalistas americanos no les basta con dominar los mercados europeos. Consideran Europa un terreno poco seguro para inversiones de capital grandes y pequeñas; la efervescencia revolucionaria en los Estados europeos lleva a los capitalistas americanos a volver los ojos hacia Oriente, que les parece un campo de explotación seguro. Mientras por un lado procuran inundar los mercados del Extremo Oriente con su excedente de mercancías, por otro las riquezas naturales de China les despiertan el apetito. Los imperialistas japoneses persiguen la misma presa. Por eso es inevitable un choque entre estos dos buitres. Mientras tanto, los obreros de China gimen bajo el yugo no solo de sus propios terratenientes, de su burguesía y de sus gobernantes, sino también de los imperialistas extranjeros.

Corea, la Irlanda japonesa, ha sido clavada en la cruz por los imperialistas japoneses con ayuda de los terratenientes, traidores y espías coreanos. Corea es seguramente el país más desgraciado del mundo, pues los verdugos japoneses niegan a su población hasta los derechos humanos políticos y económicos más elementales. Todos los intentos de los obreros y campesinos coreanos por conquistar siquiera la más mínima medida de libertad han sido aplastados por los militares japoneses de la manera más despiadada. Pese a ello, se desarrolla ahora en Corea un movimiento bastante fuerte contra los imperialistas japoneses y por la independencia nacional. Aunque este movimiento tenga en cierta medida un carácter nacional, todos nosotros, y sobre todo los comunistas, deberíamos saludarlo con alegría. Si los coreanos lograran conquistar su independencia nacional, el imperialismo japonés quedaría por ello considerablemente debilitado, y el movimiento revolucionario en el Extremo Oriente, sobre todo en Corea y en Japón, considerablemente fortalecido.

Japón ofrece un terreno favorable para la propaganda comunista. Las posibilidades de propaganda que tenemos allí no deben subestimarse en absoluto. Como consecuencia del auge de la gran industria y del gran comercio en Japón, las pequeñas empresas van desapareciendo poco a poco. Esto lleva al aumento del proletariado industrial. El proletariado japonés se organiza sobre una base industrial para luchar contra el poder creciente de los capitalistas. Los disturbios del arroz de 1918[^459] enseñaron a los obreros japoneses el valor de la acción de masas. Durante las huelgas, los dirigentes eran siempre encarcelados; pese a ello, el movimiento huelguístico crece sin cesar.

Desde hace poco, el sabotaje se ha convertido en un arma poderosa en manos de los obreros japoneses. En mayo del año pasado, los electricistas en huelga de Osaka consiguieron mediante el sabotaje la liberación de sus dirigentes. Fue la primera experiencia de este tipo en Japón.

Los comunistas de Corea y de Japón deberían aprovechar la situación y agitar incansablemente entre las grandes masas, organizarlas y participar directa e indirectamente en todo movimiento para aumentar su eficacia. El golpe contra los capitalistas tienen que darlo los propios elementos revolucionarios de Japón.

El crecimiento de la población de Japón obliga al gobierno imperialista a buscar nuevas colonias. La ampliación de sus posesiones coloniales se ha convertido para Japón en una necesidad económica apremiante. El imperialismo japonés no ha sufrido con la guerra mundial. Sus necesidades de territorios son ahora mayores que antes de la guerra.

El imperialismo japonés data del siglo XVI. En aquella época los señores feudales exigían que el poder de Japón se extendiera sobre Corea y China. Pero estos países supieron defenderse de las tentativas de Japón.

En los últimos 50 años, Japón ha conseguido apoderarse de Corea y de una parte de China mediante una actuación metódica y sistemática. La política que siguió en los años 1894, 1904, 1914 y 1921 marca períodos determinados en la vida del gobierno japonés.

Las fuerzas revolucionarias de Japón son bastante más débiles que en cualquier otro país industrial en crecimiento. Los capitalistas japoneses, en cambio, son cada vez más fuertes, porque unen sus fuerzas y desplazan a los capitalistas más pequeños. Corea está ahora sojuzgada y completamente indefensa.

Japón no tiene diplomáticos menos astutos que los demás países. Mientras que hacia fuera mantiene relaciones amistosas con Gran Bretaña, se esfuerza por todos los medios en atizar en la India una insurrección contra el gobierno británico. Del mismo modo, Japón ayudó al doctor Sun Yat-sen a expulsar a la casa imperial china; pero cuando Sun Yat-sen casi había conseguido instaurar una república, Japón empezó a apoyar a Yuan Shikai[^460], que era partidario de la monarquía. De este modo, Japón mantuvo a China en la división interna y en la revuelta.

La fuerza que dormita en el pueblo chino está por ahora inactiva; solo en tiempos posteriores prestará buenos servicios en la lucha de clases. China posee inmensas riquezas en materias primas de toda clase. Si se descuidara educar a la enorme población de China en la táctica revolucionaria, la burguesía japonesa podría fácilmente inducirla a convertirse en instrumento de los capitalistas extranjeros en la lucha contra la revolución mundial.

Vemos, pues, que el imperialismo japonés representa un gran peligro para la revolución comunista mundial. Por eso me dirijo a la Internacional Comunista y a los partidos comunistas de los países europeos y les pido que acudan en ayuda de los camaradas del Extremo Oriente, que tienen que luchar en condiciones terribles contra el imperialismo en su país.

¡Viva la Internacional Comunista!

**Kara-Gadíev** (Turquestán). Camaradas, hemos oído cómo uno de los oradores decía aquí que los imperialistas japoneses tratan mal a los coreanos, que los oprimen y exterminan sistemáticamente de tal modo que al oír esa descripción se nos ponían aquí los pelos de punta. Otro orador se quejaba de que los imperialistas ingleses oprimen a la India, donde la situación es todavía peor. Tomad África: allí dominan los imperialistas franceses, o en algún rincón los italianos; en el océano Atlántico, los americanos se ocupan del exterminio sistemático, etc. No hablaré del pasado, porque la Revolución de Octubre la conocen todos los obreros, todos los pueblos oprimidos; no la describiré y solo tocaré dónde está la raíz del mal. Si en Europa hay una cuestión de Oriente, entre nosotros en Asia hay una cuestión inglesa. Los imperialistas ingleses: ese es el foco de la provocación, esa es la raíz del mal. Si no resolvemos la cuestión inglesa, tampoco podremos resolver la cuestión de Oriente. Aquí los camaradas han dicho que es necesaria una conducta prudente, que primero hay que prepararse, etc. Yo puedo decir que los pueblos de Oriente tienen su propio estilo, que aplican una táctica puramente a lo Suvórov[^461]. ¿Hace falta pensarlo mucho para derribar, para barrer en un solo día todo el orden capitalista? ¿De qué manera se puede conseguir? Si damos a los turquestanos chinos la posibilidad de fundar en su tierra, con medios soviéticos y bajo control soviético, una organización, aunque al principio sea solo ilegal, si creamos allí algunos núcleos, aunque solo sean pequeños, al cabo de medio año veremos en el Turquestán chino 100.000 obreros de ánimo revolucionario.

Camaradas, con estos 100.000 obreros haremos milagros, podremos obligar a esos pescadores —así llamo yo a los ingleses— a embarcarse y marcharse. Entonces estallará la revolución en Europa, y los obreros ingleses, si no meten en la cárcel a su gobierno, por lo menos le pedirán cuentas. Que los obreros ingleses no teman la revolución en la India. Si el gobierno imperialista inglés ha sabido entenderse con la India, ¿por qué no van a poder entenderse los obreros ingleses con el pueblo oprimido de la India? Y no solo los ingleses: también los obreros de Alemania, Francia, Austria, etc., e incluso de repúblicas microscópicas. Veo que entre los delegados europeos se ha producido una pequeña escisión, que entre los alemanes hay dos corrientes. Eso es completamente inadmisible. Soy asiático, entiendo poco de política, pero aun así veo que estos dos partidos llevan al pueblo al borde del abismo, porque los capitalistas ingleses, franceses y demás se esforzarán por meter una cuña entre estos dos partidos, y entonces no solo el pueblo alemán seguirá esclavizado durante siglos, sino que esto puede quizá poner en cuestión toda la revolución. Camaradas alemanes, tenéis que uniros entre vosotros, tenéis que tomar ejemplo de los camaradas rusos.

Ahora quiero decir unas palabras sobre el Próximo Oriente. El Próximo Oriente es la llave de la India, la llave de China. En el Próximo Oriente todo movimiento revolucionario puede tener al principio un carácter puramente nacional. Y yo opino que no solo deben apoyarnos los obreros rusos, sino también los alemanes, los franceses, los ingleses y los obreros de los demás países. En el Próximo Oriente viven los obreros más oprimidos, los que se encuentran en poder de los prejuicios religiosos. A mí, por ejemplo, me educaron para hacerme mulá. A los 12 años empecé a estudiar el Corán y lo estudié entero, pues de lo contrario no me habrían dejado salir del seminario. Pero cuando me dejaron salir del seminario, me negué a ser mulá.

Camaradas, tenemos ya repúblicas soviéticas en algunas regiones: Azerbaiyán, Turquestán. No puedo decir que allí la situación sea mala. Allí la situación mejora poco a poco; solo hacen falta más esfuerzos, más trabajo. Algunos camaradas me reprochan que soy un sin partido y que a veces no hablo como es debido. Pero yo digo que deseo la consolidación del poder soviético, y no solo en el Turquestán y en Azerbaiyán: deseo el poder soviético en todo el globo terrestre. Seré feliz si vivo el día en que el poder soviético acabe con el orden capitalista en el mundo entero.

**Julien**[^462] (Francia). Camaradas, la delegación francesa se adhiere por principio a la protesta del camarada Roy, que ha objetado la manera en que se ha tratado la cuestión de Oriente.

El Ejecutivo había propuesto que se incluyera esta cuestión en el orden del día. Con toda probabilidad, lo consideraba necesario. Sin embargo, el examen de esta cuestión se aplazó al final del congreso, de modo que el debate tiene que hacerse forzosamente con suma brevedad. Además, la comisión, que se reunió aquí ayer por primera vez, se ha ocupado sobre todo de fijar la lista de oradores. En una palabra, esta tarde hemos asistido a una sesión en la que el cinematógrafo ha desempeñado el papel principal.

Tras las exposiciones de los distintos camaradas, la tarea del ponente de la comisión es ahora establecer en qué medida los distintos pueblos, las distintas colonias, las distintas naciones, que —como hemos oído aquí— son también en su mayor parte distintos por sus disposiciones y capacidades, presentan tendencias comunes que se dirigen todas a un único objetivo: la lucha contra el imperialismo. Se trata ahora de establecer qué forma tiene este imperialismo y si la cuestión de Oriente está hoy igual que antes de la guerra y antes de la revolución rusa.

El hecho de que todos los pueblos de Oriente tengan hoy la misma aspiración se explica porque no es el desarrollo normal del capitalismo, sino única y exclusivamente el despliegue de su propia consciencia de clase, lo que puede traerles la liberación. En los países de Oriente el capitalismo ha adoptado formas distintas que en Occidente. No ha absorbido la productividad de Oriente en la misma medida que en Occidente, ni ha transformado tampoco en la misma medida las relaciones entre las distintas clases sociales. En Oriente, el capitalismo no fue más que una superestructura, un añadido a las organizaciones ya existentes, que en la mayoría de los casos respetó. Dejó intactos los privilegios que poseían las clases dominantes. No hizo, pues, otra cosa que añadir a la dominación nacional en cada país una dominación extranjera. De ahí se siguieron ciertas consecuencias económicas que hacen del problema, en todos los países de Oriente, un problema igual o por lo menos parecido. Antes de la guerra, la clase oprimida era sobre todo la de los artesanos. Pero, a diferencia de Occidente, donde el artesano arruinado se convierte en proletario, el artesano de Oriente se convertía en trabajador agrícola. Vuelve al campo y se convierte en una especie de semiesclavo de los terratenientes. Tampoco el régimen agrario que el capitalismo ha introducido en Oriente se parece al nuestro. Este régimen se apoya en el mantenimiento del gran terrateniente, como ocurre sobre todo en la India y en Persia. Pero no es un régimen de explotación intensiva, como en Occidente. El orden capitalista en Oriente es un orden de producción extensiva, que no da a los agricultores locales la posibilidad de perfeccionar sus medios de producción y los mantiene siempre en una situación social subordinada.

La industria, el comercio y la agricultura se practican así en Oriente de otra manera que en Occidente. Todo el problema del capitalismo adquiere en Oriente un carácter peculiar, que por lo demás es común a todos los pueblos de Oriente. De ello se desprenden, desde el punto de vista económico y desde el político, ciertas conclusiones interesantes. Por un lado, en cada país hay una clase que tiene más o menos interés en acercarse a la clase capitalista. Por otro lado, hay clases que, pese a la diversidad de sus intereses, tienen un interés común: la lucha contra el imperialismo, del que todas ellas sufren. Esto simplifica el problema, pero al mismo tiempo lo desvía por vías secundarias. Tenemos en Oriente, en primer lugar, una clase de grandes terratenientes, que en varios países de Oriente se mantiene gracias al capitalismo; está estrechamente ligada al orden introducido por el imperialismo y saca provecho de él, igual que los explotadores extranjeros. En segundo lugar, hay una burguesía intelectual, una pequeña burguesía, a la que el orden dominante ofrece poca ventaja; sufre profundamente de que sus tradiciones y aspiraciones nacionales, su necesidad de cultura, su conservadurismo, sean violentados y pisoteados por su aristocracia feudal y por el capitalismo extranjero. Esta pequeña burguesía tiene, pues, intereses comunes con el obrero de fábrica, con el artesano arruinado, con el agricultor de los que acabamos de hablar. Aunque las aspiraciones de esta clase son por su naturaleza democráticas y no comunistas, y se distinguen netamente de las necesidades de clase de los obreros y campesinos, hay que reconocer y tener en cuenta que, en las circunstancias actuales, la lucha contra el imperialismo une a todas estas clases. Es de esta forma como el Partido Comunista debe tratar esta cuestión.

Este problema ha quedado extraordinariamente precisado por la revolución rusa y por la guerra. Porque la revolución rusa no solo ha proclamado los derechos de los pueblos, sino que ha intentado también llevarlos a la práctica; ha creado una nueva forma de organización, los soviets, que se han mostrado mucho más flexibles de lo que podía preverse y que sirven no solo para los pueblos culturalmente avanzados, sino también para los más primitivos. Además, la guerra ha transformado de raíz el orden económico mundial. Las relaciones entre el capitalismo occidental y los países de Oriente se han desplazado. La producción de los países occidentales bajó considerablemente, y Occidente no pudo tampoco sacar tanto como antes de la producción de Oriente. En consecuencia, se formó en ciertos países de Oriente una nueva clase de artesanos, que ejerce su oficio o su pequeña industria desde la guerra y que cada día adquiere mayor importancia. El hecho de que en países como Turquía se contemple actualmente la introducción de aranceles proteccionistas muestra que la transformación industrial en algunos países de Oriente es más profunda de lo que parece a primera vista.

De todos estos hechos, de todos estos fenómenos que actúan unos sobre otros, nace un espíritu común de rebeldía, de independencia, una aspiración a la claridad que no existía antes de la guerra. La guerra ha aislado más o menos económicamente a estos pueblos y los ha puesto ante nuevas tareas de organización. Se vieron obligados a desplegar mucha más iniciativa en el terreno de la industria y de la agricultura. De este modo se desarrolló entre los pueblos de Oriente la consciencia de su propia capacidad, la necesidad de expandirse y de conquistar la independencia. Y en ello reside una fuerza dinámica de inmenso valor para la lucha contra el imperialismo en Oriente. Nosotros, los partidos comunistas, debemos tener muy presentes todas estas fuerzas; no tenemos derecho a desatender ni una sola de ellas; debemos aprovecharlas todas para la acción revolucionaria lo mejor posible. Si la lucha contra el imperialismo es inevitable, si Oriente no puede realizar sus aspiraciones sin que el imperialismo sea destruido, no podemos retirarnos a un altivo aislamiento comunista, no podemos limitarnos a mirar sin actuar. Sí, debemos difundir el comunismo en Oriente, debemos formar partidos comunistas, debemos apoyar todas las aspiraciones comunistas. Pero no debemos hacernos con ello falsas esperanzas: en la situación económica actual, en la lucha contra el imperialismo, las cuestiones nacionales pasan inevitablemente al primer plano. Los problemas comunistas y la organización comunista, en cambio, tienen que quedar por fuerza en segundo lugar. Por eso es una tarea urgente pasar, en la medida de lo posible, a la acción comunista y, al mismo tiempo, vigilar las aspiraciones nacionales para encauzarlas por el buen cauce. Naturalmente, no podemos adherirnos a este movimiento nacional desde el punto de vista de los principios. Debemos conservar siempre con el mayor cuidado nuestro propio punto de vista, debemos permanecer siempre en el terreno en que se situó el año pasado el II Congreso de la Internacional Comunista. Esa es también la razón de que nuestra comisión haya decidido atenerse a los principios establecidos el año pasado, aunque la delegación francesa vino aquí a pedir una modificación del texto de las directrices. Pero, con independencia de los principios, tenemos que tener en cuenta la vida, las necesidades cotidianas. No hay más que un medio para acercarse al pueblo. Debemos hacer todo lo posible por ganar para nosotros al proletariado de Oriente; por eso no debemos descuidar tampoco el ponernos en contacto con los nacionalistas de Oriente. Es verdad que esta clase nos engaña en lo que nos dice del pueblo. Engaña al pueblo en lo que respecta a lo que nosotros decimos. Pero, aun así, si la ponemos frente a los deberes de gobierno, tenemos en la mano un medio poderosísimo para atraernos a ese pueblo que ella engaña. De este modo podemos mostrar al pueblo que los nacionalistas orientales actúan exactamente igual que los capitalistas e imperialistas de Occidente. Debemos, por consiguiente, vigilar estos movimientos nacionalistas, pero no quitarles el ánimo de antemano. Debemos dirigirlos como más nos convenga o, mejor dicho, debemos esclarecer a las masas y disponer las cosas, preparar el terreno de tal modo que, cuando llegue el momento oportuno, el movimiento de liberación pueda seguir su camino por encima de las cabezas de esos dirigentes nacionalistas y contra los nacionalistas, bajo la dirección de los comunistas. Esta debe ser, a nuestro juicio, la posición del Partido Comunista en la cuestión de Oriente. Lo que hemos oído hoy aquí es muy edificante, camaradas; es una especie de balance de las fechorías semejantes del capitalismo en todos los países de Oriente. Es al mismo tiempo el anuncio de que en todos los países sin excepción, en cualquier forma que sea, con los errores que sea, existe una aspiración a la libertad que en la vida económica del mundo entero, y sobre todo desde el punto de vista político, puede tener una importancia que no se debe subestimar. Solo podemos lamentar que la cuestión de Oriente se haya tratado aquí con tanta brevedad. A nuestro juicio, esta cuestión es una de las cuestiones internacionales más importantes. No debemos desatenderla en ningún caso, y el congreso debe decir hoy clara y terminantemente que hay que seguir ocupándose de ella, y de manera más eficaz de lo que se ha hecho hasta hoy. El Buró de Oriente desempeña a nuestro juicio un papel meramente platónico; así, por ejemplo, hasta hoy no se ha puesto todavía en contacto con los partidos comunistas de Occidente. A nosotros, que por nuestras colonias estamos interesados en la cuestión de Oriente, esto nos parece un tanto extraño. El congreso debe establecer que el Buró ha de actuar desde ahora con más celo, y no solo, sino en estrecha colaboración con el proletariado de Occidente; que este trabajo debe subrayarse cada día más, precisarse cada día más. Si actuamos así, la cuestión de Oriente, estamos seguros de ello, estará llamada a ser el factor más importante de la revolución mundial.

Camaradas, esta noche se os presentará el proyecto del Ejecutivo sobre esta cuestión. Por ahora pido al congreso que se adhiera a las exposiciones del ponente de la comisión, que diga cuánto interés sentimos por los camaradas de Oriente y que prometa a aquellos hermanos nuestros que nos han hablado de los sufrimientos de los pueblos de Asia que pueden contar con el apoyo eficaz e inmediato de la Internacional Comunista.

**Colliard** (Francia). Con motivo de la protesta del camarada Julien, declaro en nombre de algunos camaradas de la delegación francesa que no nos adherimos a su protesta. Ha dicho que estamos en un congreso donde el cine desempeña el papel principal. Protestamos contra esas palabras.

**Presidente Kolárov.** En nombre del presidium me adhiero a la declaración de la camarada Colliard y protesto en nombre del congreso contra las palabras del camarada Julien. Este congreso ha dado a todos los representantes de los países orientales la posibilidad de venir aquí y ponerse en contacto con el proletariado internacional.

Creo que no tenemos ningún motivo para menoscabar la gran labor del congreso. Lamentamos que el congreso no tenga tiempo de tratar la cuestión de Oriente con el detenimiento necesario; pero esa desgracia no es grande, porque esta cuestión ya se examinó a fondo en el II Congreso de la Internacional Comunista, que aprobó las tesis sobre la cuestión colonial. Esta cuestión se sometió igualmente a discusión en el Congreso de los Pueblos de Oriente[^463], celebrado en agosto del año pasado, y estoy convencido de que se tratará con detenimiento en otros congresos, en otras asambleas.

Para nosotros lo más importante era organizar en esta ocasión una manifestación de la solidaridad internacional del proletariado occidental y de los pueblos oprimidos de las colonias y de los demás países de Oriente. La manifestación se ha producido; eso es lo principal.

Queda cerrado el debate. La sesión se reanudará a las 8 de la tarde.

## Vigesimocuarta sesión, martes 12 de julio de 1921 (9 de la noche)

*(Comunicaciones del presidium. Frölich: informe de la comisión de la juventud. — Votación. Koenen: informe de la comisión de organización. — Votación. Heckert: informe de la comisión sindical. — Votación. Elección del presidente del Ejecutivo. Koenen: palabras de clausura. Zinóviev: palabras de clausura.)*

**Presidente Koenen.** Queda abierta la sesión de clausura del congreso. Camaradas, en el orden del día tenemos en primer lugar una serie de manifiestos que están presentados o que el Ejecutivo debe publicar; además, los informes de la comisión de la juventud, de la comisión sindical y de la comisión de organización y, por último, la elección del presidente.

En primer lugar, a continuación del debate sobre la cuestión de Oriente, tenemos ante nosotros el proyecto de un manifiesto que se mueve también en el marco del debate habido hasta ahora. El presidium propone al congreso remitir este proyecto otra vez al Ejecutivo y encargar al Ejecutivo que publique este manifiesto por mandato del congreso. Creo que no habrá objeciones.

Como no se hace ninguna objeción, el proyecto se remite al Ejecutivo.

Hay además una propuesta de la delegación sudafricana de encargar al Ejecutivo que tenga en cuenta también la cuestión negra, o el movimiento proletario entre los negros, como parte importante del problema de Oriente. El presidium propone remitir también este asunto al Ejecutivo para su ulterior elaboración. ¿Hay alguna objeción? No la hay; queda, pues, aprobada la propuesta.

Tenemos ante nosotros un manifiesto a los trabajadores italianos. Este manifiesto se ha elaborado de acuerdo con la delegación italiana; se dirige contra el grupo de Serrati, llama la atención de los obreros de Italia sobre las debilidades y los errores de este grupo y los exhorta a defender el comunismo. Os proponemos confiar definitivamente al Ejecutivo la redacción de este manifiesto, que se ha discutido con la delegación italiana, y encargarle que lo publique igualmente por mandato del congreso mundial.

Se han presentado además al presidium unas directrices para un llamamiento del III Congreso mundial de la Internacional Comunista a los trabajadores rumanos. Las directrices se dirigen especialmente contra el terror que el gobierno ejerce contra los trabajadores de aquel país. De acuerdo con sus autores, proponemos remitir las directrices al Comité Ejecutivo como base para un manifiesto a los trabajadores rumanos y encargar al Ejecutivo que haga aparecer también este manifiesto como publicado por mandato del congreso. Si no hay objeción, así queda acordado.

Además, a raíz de los debates sobre el primer punto del orden del día, el congreso aprobó la moción que entonces presentó el camarada Rádek de dirigir un llamamiento a los obreros del mundo entero sobre las luchas en la situación actual. Hasta ahora no hay todavía un proyecto acabado. Proponemos dar plenos poderes al Comité Ejecutivo para publicar por mandato del congreso un manifiesto de este tipo a los obreros del mundo entero sobre la situación actual.

Tenemos por último tres resoluciones, o propuestas de manifiestos: una sobre los pogromos contra los judíos en general, otra sobre la situación particular de Palestina y, por último, una propuesta de publicar un manifiesto sobre la situación en Bielorrusia. El presidium propone no formular todavía estos manifiestos, sino remitir todas estas tareas al nuevo Comité Ejecutivo para que tome posición. Se añade además una resolución de los trabajadores comunistas de Polonia, que se refiere también a la situación en Bielorrusia. Pedimos que todo ello se remita al Ejecutivo.

Para esta última propuesta, que acaba de llegar, se pide además que se acuerde que esta resolución se publique también expresamente por mandato del congreso.

Una comunicación más. La comisión de verificación de mandatos comunica que los mandatos griegos, que se han verificado entretanto, han sido reconocidos. Grecia figura, por tanto, en la cuarta categoría, con diez votos. La comisión de verificación de mandatos pide que se tome conocimiento de este informe con posterioridad y se acuerde reconocer los mandatos tal como se propone e incluir a Grecia en la cuarta categoría.

Pasamos ahora al resto del orden del día. Para el informe de la comisión de la juventud tiene la palabra el camarada Frölich.

**Frölich** (VKPD). Camaradas, la comisión que debía examinar las tesis sobre la organización de la Internacional Juvenil y sobre la relación entre las organizaciones juveniles y los partidos comunistas solo os propone tres enmiendas. Las dos primeras se reducen a corregir algunos defectos de forma. En el § 2, en la página 2 del proyecto, en el último apartado, se expone el papel de vanguardia de la organización juvenil en los distintos países y se dice que estas organizaciones juveniles han desempeñado el papel de los partidos comunistas revolucionarios que faltaban. Para que no se pueda entender mal, puesto que en algunos países había partidos revolucionarios y allí las organizaciones juveniles no tuvieron que desempeñar ese papel, en el pasaje «Con ello las organizaciones juveniles habían asumido las funciones» debe insertarse «de los partidos revolucionarios que faltaban en la mayoría de los países». Es una pequeñez.

Además, en el § 4 del proyecto se explica de qué manera deben llevarse las luchas económicas en las que han de entrar las organizaciones juveniles. Está muy claro que las organizaciones juveniles no pueden llevar por sí solas tales luchas económicas, y se intercala que deben llevarlas en relación con los partidos comunistas y los sindicatos.

Y por último se ha hecho un añadido al § 5. En este párrafo se aclara la relación de las organizaciones juveniles con los partidos comunistas y se dice que las organizaciones juveniles deben subordinarse políticamente a los partidos, pero que en lo organizativo deben seguir siendo autónomas. Ahora bien, hay algunos partidos en los que la organización juvenil tiene ya con el partido una relación organizativa más estrecha que en los países para los que está pensado este párrafo. Por eso se propone no modificar esa relación, sino reconocerla allí donde la fusión entre la juventud y el Partido Comunista ha ido ya más lejos, siempre que no se haga objeción en contra. Se propone, por tanto, añadir al final del § 5, página 4, la frase: «Como para dirigir con éxito la lucha revolucionaria son necesarias la más fuerte centralización y la mayor unidad, en aquellos países donde, a consecuencia del desarrollo histórico, existe una mayor dependencia de la juventud, esta relación se mantendrá por regla general; en caso de diferencias entre ambos órganos decide el Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista conjuntamente con el Comité Ejecutivo de la Internacional Juvenil Comunista».

Estas son todas las propuestas que hay que hacer. *(Aprobación.)*

**Presidente Koenen.** Al parecer, no se desea debatir el informe. Pasamos a la votación. A quienes aprueben ahora, con las enmiendas de la comisión, las tesis sobre la relación de la Internacional Juvenil con la Internacional Comunista y de los partidos adheridos con la juventud de su país, les rogamos que levanten la tarjeta azul. *(Así se hace.)* Aprobadas por unanimidad.

**Koenen.** ¡Camaradas! La comisión de organización ha celebrado sesiones detenidas en dos subcomisiones y ha discutido punto por punto todo el proyecto. Se ha introducido toda una serie de pequeños cambios, que la comisión aceptó todos por unanimidad. Se han hecho además una serie de recortes, que la comisión de organización aceptó igualmente por unanimidad. Se han elaborado también una serie de mociones de adición, que daré a conocer.

En primer lugar, se ha presentado una moción importante de modificación y adición en el capítulo sobre el centralismo democrático. Esta moción de modificación se os ha entregado ya impresa en todas las lenguas y no necesito darla a conocer. Esta propuesta de modificación se aprobó también por unanimidad. Hace algo más clara y comprensible la idea del centralismo democrático.

La siguiente adición importante se refiere a la agitación y la propaganda entre las minorías nacionales. Se ha incorporado una exhortación especial a llevar esta agitación y propaganda con mucha vivacidad, y a ser posible en la lengua de esas minorías. La formulación de la cuestión sindical, el tratamiento de los convenios colectivos, se ha redactado con más claridad, para que no puedan surgir disputas de principio sobre los convenios colectivos.

El apartado sobre la «propaganda en el ejército y la flota» se ha formulado de nuevo y se ha añadido en particular que la agitación debe tener en cuenta que, en los países donde todavía hay ejército permanente, la tropa está en el futuro estrechísimamente ligada a la suerte de la clase explotada. Por último, se ha aprobado una propuesta especial sobre la manera de hacer frente a las tropas de oficiales y a las corporaciones estudiantiles.

La propuesta complementaria sobre la organización de las luchas políticas que os hice en mi informe, y que leí casi íntegramente en él, se ha aprobado en lo esencial. Solo se han hecho algunas supresiones, porque estas ideas ya estaban contenidas en lo esencial en las tesis sobre la táctica.

Se ha hecho todavía una adición sobre la colaboración de la prensa en la realización de las campañas políticas, en particular también sobre cómo vincular más estrechamente a los redactores con toda la actividad del partido y cómo dar unidad a la prensa del partido en su trabajo revolucionario, así como una propuesta complementaria que se refiere a las revistas, folletos y demás publicaciones científicas y propagandísticas del partido. Todas estas cosas deben incorporarse aquí de manera centralizada, en el sentido de las campañas del partido.

Se ha hecho una adición que se refiere a la prensa socialdemócrata y a la prensa socialista independiente y dice cómo debe llevarse contra ellas el trabajo de captación. También aquí hubo unanimidad en la comisión en que era necesario hacer ese complemento.

Sobre la elección de los órganos centrales de dirección, en el capítulo sobre la «estructura del organismo del partido», hubo una discusión sobre si la dirección del partido debe ser responsable solo ante el congreso del partido o también ante el Comité Ejecutivo internacional. Esta última propuesta la aceptó la comisión por unanimidad.

Las propuestas de que la elección de la dirección, también de la más restringida, la hiciera solo el congreso del partido se revisaron, y se acordó dejar libertad para que la elección de la dirección restringida se haga directamente en el congreso del partido o bien la hagan los comités centrales elegidos o el consejo consultivo o Comité Central. Los cambios se hicieron por unanimidad.

En distintos lugares se ha insertado que para la agitación entre las mujeres y en el campo es necesario constituir grupos de trabajo especiales y, llegado el caso, direcciones especiales. Lo mismo se acordó para el Socorro Rojo. Se da por sentado que en los distintos partidos deben crearse secciones especiales de ayuda para las víctimas del terror blanco.

En lo que respecta a la subordinación de los distintos órganos del partido, se echó de menos en las tesis una expresión clara de que también los parlamentarios están subordinados a la Central del partido. Con una inserción se ha subsanado. A propuesta de alguien se insertó también que se recomienda a todos los partidos una comisión revisora especial, que tenga el control de la caja y de la contabilidad e informe regularmente de su actividad y de sus comprobaciones al comité ampliado, al consejo consultivo, etc.

Algunos camaradas de la comisión deseaban fijar, al menos en las tesis, la libertad de crítica con ciertos límites. La comisión ha atendido este deseo y ha encontrado una formulación que, por su interés general, quisiera leer:

«Para que toda decisión del partido sea ejecutada con energía por todas las organizaciones y todos los miembros del partido, hay que hacer participar, en la medida de lo posible, a la más amplia masa del partido en el examen y la decisión de cada cuestión. A las organizaciones y a las instancias del partido les incumbe también el deber de decidir si cuestiones planteadas por camaradas individuales deben discutirse en público (prensa, folletos) y, en tal caso, en qué forma y en qué medida».

Sobre esta propuesta se llegó a un acuerdo unánime. Se ha modificado también la frase según la cual solo se es un mal comunista cuando uno se olvida de sí y ataca en público al Partido Comunista.

El apartado sobre «el trabajo ilegal y legal» se titula ahora: «Sobre la combinación del trabajo legal y del ilegal». Con ello se quiere expresar que entre el trabajo legal y el ilegal no hay oposición, sino que ambos deben compenetrarse. Algunos apartados de este capítulo se han redactado con más cautela y se han hecho algunas supresiones, para que los gobiernos burgueses no puedan sacar de ellos demasiado provecho. También se ha considerado necesario insertar algunas formulaciones que exhortan a la prudencia en la admisión de nuevos miembros. La entrada de miembros poco fiables debe impedirse mediante el establecimiento de listas de candidatos. Sin embargo, queda en manos de los distintos camaradas adoptar por ahora esta regulación en su casa, como sea posible. Para impedir que espías y provocadores penetren en el trabajo ilegal, se propone poner a prueba especialmente en la actividad legal, en primer lugar, a los camaradas que quieran trabajar en la ilegalidad. Por último, la observación de que la expresión «antes de la revolución» ha suscitado objeciones; se ha sustituido en todas partes por la expresión «antes del levantamiento revolucionario abierto».

Estos son, pues, los cambios esenciales que os proponemos en el actual proyecto sobre la organización del partido. El título dice entonces: «Directrices sobre la estructura organizativa de los partidos comunistas, los métodos y el contenido de su trabajo».

Llego ahora a la parte que trata de la resolución sobre la organización de la Internacional Comunista. La resolución se ha modificado todavía en algunas partes. En la introducción se han hecho algunas supresiones sin importancia. Se consideró que lo suprimido ya se había dicho en resoluciones anteriores. Asimismo, en el primer apartado del punto 1 se ha suprimido la frase de que las secciones de la Internacional deben mantener entre sí el contacto más estrecho, y en su lugar se ha dicho directamente cómo deben hacerlo. En realidad, solo se han introducido cambios esenciales en el último apartado. Dice ahora lo siguiente:

«V. Para poder desplegar esta actividad extraordinariamente incrementada, el Ejecutivo debe ampliarse considerablemente. Las secciones a las que el congreso ha atribuido 40 votos, así como el Ejecutivo de la Internacional Juvenil Comunista, tienen en el Ejecutivo 2 votos cada uno; las secciones que tienen en el congreso 30 y 20 votos, 1 voto cada una. El Partido Comunista de Rusia dispone, como hasta ahora, de 5 votos. Los representantes de las demás secciones tienen voto consultivo. El presidente del Ejecutivo lo elige el congreso. Se encarga al Ejecutivo que nombre 3 secretarios, que a ser posible se tomarán de secciones distintas. Junto a ellos, los miembros del Ejecutivo enviados por las secciones están obligados a participar en la resolución de los asuntos corrientes a través de sus secciones nacionales especiales o haciéndose cargo, como ponentes, de la elaboración de ramas enteras. Los miembros del Pequeño Buró, que lleva la gestión, los elige especialmente el Ejecutivo».

Sobre este punto hubo algunas diferencias; se hicieron votaciones sobre qué secciones debían recibir 2 votos. Pero se aprobó por gran mayoría la propuesta que tenéis ahora delante.

Hubo además una discusión sobre si los miembros del Pequeño Buró, que lleva la gestión, deben ser elegidos por el Ejecutivo de entre las filas del Ejecutivo, o si el Ejecutivo ha de tener derecho a incorporar al Pequeño Buró también a camaradas que casualmente no pertenezcan al Ejecutivo. Al final se acordó formular la frase de manera que el Ejecutivo tenga libertad en ello. Pero sobre este punto sigue habiendo opiniones divididas, y todavía hay que ponerse de acuerdo.

Por último, la comisión que se ocupó de las cuestiones internacionales ha examinado también otra serie de deseos. Estos deseos, que no hace falta discutir sin más en una sesión pública, se han remitido en su mayor parte al nuevo Ejecutivo para que los tenga en cuenta. Se propuso que se instituya una comisión de control para la actividad del Ejecutivo, en particular para lo que el Ejecutivo emprende con los partidos de fuera, en sus países, y para lo que hacen las secciones. No ha sido posible presentar sobre ello un proyecto acabado. Pero la comisión consideró esta cuestión tan importante que no quiso dejarla sin resolver hasta el próximo congreso, sino que fue de la opinión de que había que encontrar una salida ya ahora. La comisión propone de común acuerdo crear en primer lugar una solución provisional, instituir una comisión de control provisional, para lo cual el nuevo Ejecutivo se pondrá de acuerdo por unanimidad con el primer grupo de voto, es decir, con las direcciones de las delegaciones más grandes. Si se llega a un acuerdo entre el primer grupo de voto y el Ejecutivo, esta comisión de control provisional funcionará durante este año. Entre estos dos grupos y el Ejecutivo se hará también provisionalmente la delimitación de su actividad. Pero la comisión propone por unanimidad establecer ya ahora que esta comisión no tendrá en general derechos mayores que la comisión de control de cada organización nacional y que en general no le corresponde decidir asuntos políticos. Esta es la propuesta que presentamos al congreso en estos asuntos. Rogamos a todos que acepten estas propuestas, a ser posible sin grandes discusiones. *(Viva aprobación.)*

Hay una propuesta de ampliar el Ejecutivo con un representante más, a saber, dar al movimiento comunista indio un representante con derecho a voto, cuando hasta ahora solo podía participar en las deliberaciones con voto consultivo. El presidium no tiene nada que objetar. Creemos que se puede aprobar esta propuesta.

Hay además una moción complementaria de elegir a los miembros del Pequeño Buró solo de entre los miembros del Ejecutivo. ¿Alguien desea la palabra sobre ello?

*Souvarine* *pide que aquí, en el pleno, la votación se haga por los votos de las delegaciones.*

**Rádek.** ¡Camaradas! En nombre de la delegación rusa me opongo a esta moción, por las razones siguientes. Todas las decisiones políticas las toma el Ejecutivo. El Pequeño Buró tiene que dirigir en primer lugar, sobre la base de las decisiones políticas del Ejecutivo, el trabajo ilegal. Para ese trabajo podemos necesitar, en distintas situaciones, camaradas que en un momento dado, la mayoría de las veces por razones fortuitas, porque no estaban en el congreso, no han sido elegidos para el Ejecutivo, no pudieron ser elegidos.

Del mismo modo, cuando enviamos un representante al extranjero, no hemos podido limitarnos en la elección de los representantes a miembros del Ejecutivo, sino que hemos tenido que enviar a ese trabajo también a camaradas responsables de fuera del Ejecutivo. Siempre lo hemos hecho. Del mismo modo, el Ejecutivo debe tener la posibilidad de que, con su aprobación, formen parte del Pequeño Buró camaradas que no sean miembros del Ejecutivo. Lo que habla en contra es una idea puramente formal y esquemática; a favor hablan, en cambio, las experiencias de nuestro movimiento. Los asuntos ilegales exigen una flexibilidad mucho mayor. Es característico que esta moción la hayan presentado representantes de organizaciones que no se han visto obligadas a realizar un trabajo ilegal de cierta envergadura. *(Protestas.)* Pido que se rechace la moción. No es una gran cuestión de principio. Si el congreso decide otra cosa, tendremos que trabajar también así. Pero esa decisión nos dificultaría el trabajo.

**Koenen.** ¿Alguien desea la palabra?

**Koritschoner.** Os pedimos que votéis a favor de la moción del camarada Souvarine. No es admisible que camaradas que no han sido enviados por la delegación de su país lleguen al Pequeño Buró del Ejecutivo. El Pequeño Buró es un comité del Ejecutivo y, como tal, debe estar compuesto de manera análoga y debe desprenderse de él orgánicamente. Por lo demás, siempre se es tan partidario del desarrollo orgánico. Quiero señalar que crear claridad organizativa es una necesidad ineludible, y eso solo puede hacerse de esta manera. Pero al mismo tiempo tenemos que hacer constar que la moción la han firmado también delegaciones que se vieron obligadas a realizar trabajo ilegal en repetidas ocasiones.

**Walecki.** Camaradas, tengo que hablar contra la enmienda que ha presentado un grupo de delegados, por la razón siguiente: hasta ahora teníamos un Ejecutivo que ni por su número ni en otros aspectos bastaba para proporcionar candidatos al Pequeño Buró. En este congreso hemos acordado reforzar el Ejecutivo y pedir a los partidos de los demás países que envíen a Moscú como delegados a sus mejores fuerzas. Pero en este momento no podemos prever todavía en qué medida los partidos atenderán este llamamiento. Todavía no podemos saber si en el futuro no será necesario buscar también fuera del Comité Ejecutivo fuerzas capaces de ejercer todas las funciones de miembros del Pequeño Buró. No se le pueden atar las manos al Comité Ejecutivo en este aspecto. Hay que dejarle la responsabilidad de la elección. Desde el punto de vista formal, esta forma de representación es igualmente admisible. Así, distintos partidos delegan en el Ejecutivo a camaradas que no son directamente miembros de la dirección del partido. Por regla general, el Ejecutivo elegirá sin duda a sus propios miembros para el Pequeño Buró. Pero no se le puede prohibir de antemano que, en casos excepcionales, incorpore a una o dos personas que en un momento dado no sean miembros del Ejecutivo.

**Koenen.** No hay más peticiones de palabra. Tenemos, pues, que votar la moción.

**Rádek.** Si una moción la han firmado una serie de delegaciones, Australia, Austria, etc., hay que preguntar si otras delegaciones apoyan esa moción, porque levantando las tarjetas no se resuelve el asunto.

**Presidente Koenen.** Pasamos a la votación por delegaciones. Las delegaciones que estén a favor de que solo los miembros del Ejecutivo puedan ser miembros del Pequeño Buró votarán sí. En cambio, las que quieran aprobar el texto original, tal como lo he expuesto en nombre de la comisión, votarán no, es decir, rechazarán la moción de adición.

**Pogány.** La pregunta no está bien planteada. Tienen que votar sí los que aprueben la propuesta de la comisión.

**Presidente Koenen.** Para que la cosa quede todavía más clara, hay que declarar: a favor de la enmienda Souvarine o a favor de la propuesta de la comisión. Creo que así ya no puede haber confusión.

**Souvarine.** Esta manera de plantear la pregunta es inaceptable para nosotros. En realidad no tocamos el texto de la comisión. Hay que votar a favor o en contra de la enmienda.

**Vaillant-Couturier.** Pido que se lean todos los países que han firmado la enmienda.

**Rádek.** Camaradas, el camarada Souvarine está jugando aquí al escondite. Es un hecho que la moción fue rechazada dos veces en la comisión. Se trata, pues, de una moción contra la moción de la comisión. La moción de la comisión concede al Ejecutivo el derecho de incorporar camaradas de fuera del Ejecutivo para el trabajo necesario. Los camaradas franceses lo rechazan. Su enmienda es, pues, una contrapropuesta. Por esta razón hay que votar: a favor de la comisión o a favor de la moción Souvarine.

**Presidente Koenen.** El presidium no dará ya la palabra a nadie más, sino que procederá a la votación. Se vota, pues, de la manera siguiente: quien esté a favor de la propuesta de la comisión tiene que declarar que vota a favor de la propuesta de la comisión. Quien esté a favor de la enmienda tiene que declarar: a favor de la enmienda Souvarine. Atiendo además el deseo de comunicar las delegaciones que han firmado la moción: la francesa, la española, la suiza, la yugoslava, la austriaca y la australiana.

Pasamos a la votación. Pregunto a las delegaciones por qué moción votan. Rusia: a favor de la comisión. Alemania: comisión. Francia: contra la comisión. Italia: comisión. Checoslovaquia: 30 a favor de Souvarine, 10 a favor de la comisión. Grupo juvenil: contra la propuesta de la comisión. Polonia: a favor de la comisión. Ucrania: comisión. Bulgaria: enmienda. Yugoslavia: enmienda. Noruega: comisión. Inglaterra: comisión. América: comisión. España: enmienda. Finlandia: comisión. Holanda: comisión. Bélgica: enmienda. Rumanía: 5 a favor de la comisión, 15 enmienda. Letonia: comisión. Suiza: enmienda. Hungría: 16 a favor de la comisión, 10 a favor de la enmienda. Suecia: ya se ha marchado. Austria: enmienda. Azerbaiyán: comisión. Georgia: comisión. Lituania: comisión. Luxemburgo: enmienda. Turquía: no presente. Estonia: ausente. Dinamarca: comisión. Grecia: enmienda. Sudáfrica: comisión. Islandia: comisión. Corea: ausente. México: ausente. Armenia: comisión. Argentina: comisión. Australia: comisión. Nueva Zelanda: ausente. Indias Neerlandesas: ausente.

Queda cerrada la votación.

Camaradas, aunque el resultado no ha podido establecerse todavía con exactitud en cifras, se ha comprobado que hay una gran mayoría a favor de la propuesta de la comisión. *(Aplausos.)* Según el cálculo aproximado, la mayoría es de unos 150 votos.

Tras la votación, tiene ahora la palabra el camarada Zinóviev.

**Zinóviev.** Camaradas, es la única votación nominal de todo el congreso, y en realidad se trata solo de un asunto muy pequeño. Por eso creo que debemos intentar encontrar una fórmula que quizá nos una a todos. Propongo que, a pesar de esta brillante victoria *(Risas)*, se haga una concesión a los autores de la moción, diciendo que los miembros del Pequeño Buró deben ser, por regla general, solo miembros del Ejecutivo y que solo excepcionalmente puede procederse de otra manera. Porque realmente se trata solo de un caso excepcional. Naturalmente, por regla general deben ser y serán solo miembros del Ejecutivo. Lo único que se necesita por las exigencias del trabajo es que los miembros del Ejecutivo no estén atados. No se trata, naturalmente, de desconfianza hacia los autores de la moción, sino solo del método de trabajo. Y como tenemos la experiencia del Ejecutivo de los dos últimos años, os pedimos que creáis que será más útil admitir una excepción así, y que por regla general sea como piden los camaradas de la delegación francesa. Creo que en una votación así —algunos camaradas lo han prometido— obtendremos una mayoría compacta.

**Presidente Koenen.** Así pues, la formulación queda ahora como sigue: los miembros del Pequeño Buró, que lleva los asuntos corrientes, los elige especialmente el Ejecutivo. Por regla general se tomarán de entre los miembros del Ejecutivo. Excepcionalmente puede procederse de otro modo. Esta es la propuesta del camarada Zinóviev.

No hay oposición a esta formulación. Por consiguiente, anulando la votación anterior, volvemos a votar. Ruego ahora a todos los que estén de acuerdo con esta propuesta de modificación que levanten la tarjeta verde. *(Se hace.)* Aprobada con un solo voto en contra.

Tras esta votación, puedo suponer, creo, que han quedado aprobados todo el proyecto de la comisión de organización sobre los métodos de trabajo y también la resolución sobre la organización internacional. Ruego a quien quiera expresarlo que levante la tarjeta. *(Se hace.)* Aprobado por unanimidad.

Pasamos al siguiente punto del orden del día: informe de la comisión sindical. El camarada Heckert tiene la palabra.

**Heckert.** ¡Camaradas de partido! Al final del congreso todavía tenemos que informar sobre las tesis de la cuestión sindical. En las tesis, que tenéis impresas delante, se han hecho relativamente pocas modificaciones de fondo, aunque había toda una serie de mociones para introducir también cambios de fondo. Pero varias de ellas, o mejor dicho, la mayoría de las mociones se debían a que el texto inglés y el francés tienen una traducción muy desafortunada. En ambos textos hay toda una serie de pasajes mal traducidos. Cuando corregimos las traducciones erróneas, resultó que la mayoría de las modificaciones pedidas eran superfluas. En realidad, la comisión solo ha despachado dos enmiendas de importancia, o más bien una única enmienda, a saber: que los sindicatos tienen que llevar también la lucha contra algunas instituciones estatales que se han creado para proteger al capital del ataque cerrado de la clase obrera también en el terreno sindical; en primer lugar, que en muchos Estados se ha procedido a militarizar empresas o ramas de la industria concretas, so pretexto de preservar en lo posible de la paralización a empresas supuestamente vitales; en segundo lugar, que los Estados capitalistas han promulgado leyes según las cuales los sindicatos, antes de hacer una huelga, están obligados a recurrir a un tribunal de arbitraje obligatorio, a una junta de arbitraje, y exponer allí sus asuntos. En ambos casos, la comisión opina, y seguramente así es de hecho, que no son más que medios para paralizar y debilitar la fuerza combativa de la clase obrera. Y, en tercer lugar, se introduce todavía una modificación más: se proclama la lucha contra la retención fiscal estatal que se practica en una serie de países. A los capitalistas se los ha convertido en recaudadores de impuestos. En una multitud de países se descuenta del salario que el obrero recibe el día de paga un 10 % del salario, y aún más. La comisión opina que esta retención fiscal es un medio para quitar a los capitalistas todas las cargas de la guerra y echarlas sobre los hombros de los obreros; que es, por tanto, una medida para rebajar el salario, los ingresos del obrero, y propone obligar a los sindicatos a emplear también todos los medios de la lucha sindical contra la militarización de las empresas, contra las juntas de arbitraje obligatorio y contra esta retención fiscal.

Por desgracia, no hemos podido revisar los textos en inglés, francés y ruso. Tendremos que hacerlo más adelante. Pero puedo comunicaros que todas las tesis, tal como las tenéis aquí en el ejemplar impreso, han sido aprobadas por una mayoría aplastante, casi siempre por unanimidad; solo en muy pocos puntos hubo diferencias.

En cambio, en el apartado sobre el programa de acción, sección 8, a propuesta de la mayoría de la comisión se ha suprimido una idea. Este § 8 del programa de acción contiene la idea de que el agotamiento de la clase obrera causado por la guerra tiene que compensarse con una jornada de trabajo más corta y con mejores condiciones de vida, para que el obrero pueda recuperar sus fuerzas debilitadas. La mayoría de la comisión opinaba que no debía expresarse esta idea, porque la reivindicación de dar al obrero, dentro de esta sociedad, una compensación por el agotamiento mediante una jornada más corta y un salario mejor sería una utopía.

Pero, camaradas, la minoría de la comisión opina que esta idea tiene que mantenerse; en primer lugar, porque responde a los hechos, y porque no es un argumento tacharla de utópica por no ser realizable en el orden capitalista, pues desde ese punto de vista casi todas las demás propuestas del programa de acción serían también de naturaleza utópica; por eso la minoría de la comisión propone mantener este pasaje.

El Partido Comunista Obrero, que está representado aquí en el congreso, propuso al comienzo de los trabajos de la comisión que su programa, las tesis que ha presentado, sirvieran de base para la discusión, de base para los debates. Pero la comisión, salvo los representantes del KAPD, opinó que las ideas del KAPD no son las ideas de la aplastante mayoría del congreso y que, por lo tanto, no se pueden tomar sus propuestas de modificación o sus tesis como base de los debates.

Hasta aquí el informe sobre las tesis. Ahora, algunas palabras más sobre el problema en general. En la discusión sobre la cuestión sindical, a saber, en primer lugar, sobre la cuestión de las relaciones de la Internacional Comunista con los sindicatos rojos y, en segundo lugar, sobre la cuestión del programa de acción, todos los oradores que han hablado aquí en el congreso, salvo los oradores de los IWW y del KAPD, han hecho suyos los principios expuestos en las tesis. Con ello, el congreso ya ha expresado por boca de sus portavoces que no quiere destruir los sindicatos, como nos exige el KAPD, sino que hay que conquistar los sindicatos, tal como se ha dejado establecido de forma clara e inequívoca.

Y además el congreso ha expresado, y de nuevo con plena unanimidad por boca de los oradores que han hablado aquí, que es absolutamente necesario establecer la relación más estrecha con los sindicatos rojos y combatir sin miramientos toda idea de neutralidad y de independencia de las organizaciones sindicales. En este terreno, el frente de quienes no están de acuerdo con nosotros es aún más pequeño que en la otra cuestión, la de la destrucción de los sindicatos. En realidad, solo hemos visto en una parte de los sindicalistas franceses, y en un orador de los IWW, aversión a establecer relaciones estrechas con la Internacional Comunista. Creo, y también la comisión lo cree, que el congreso rechazará también con su votación la idea de destruir los sindicatos y se pronunciará por su conquista; el congreso rechazará la idea de la neutralidad y se pronunciará por mantener las relaciones más estrechas con los sindicatos rojos.

Pero todavía tengo que arrojar un poco de luz sobre algunas ideas de los camaradas que han deliberado con nosotros y que se han opuesto a nosotros. Aquí, ante el congreso, el KAPD ha declarado que la cuestión sindical es aquella en la que habría que acercarse a ellos, para que nos expongan las ideas fundamentales de su método de lucha, de su plan de lucha, y en general de todo el movimiento revolucionario. Con lo que ha expuesto el camarada del KAPD no hemos acabado de entender qué es lo que quiere realmente el KAPD. Pero algunos documentos del KAPD que obran en nuestras manos nos demuestran que el KAPD adopta un punto de vista totalmente no comunista y que tampoco defiende una posición intachable, en el sentido de tener una línea firme y clara y presentarse ante nosotros con toda franqueza.

Aquí en el congreso, el orador del KAPD declaró que los comunistas quieren construir células en los sindicatos para conquistarlos mediante la táctica de las células. Y aunque todos los oradores aquí, excepto los del KAPD, han declarado que la táctica de las células es la correcta, el KAPD declara por boca de sus oradores y en sus escritos que la táctica de las células destruye los sindicatos. Dicen: vosotros, los comunistas, no lo veis, pero en realidad eso es lo que hacéis. También han presentado unas extensas tesis sobre esta táctica de las células. Pero, además de estas tesis, tienen un órgano llamado científico, y en este órgano científico, *Der Proletarier*[^464], la posición de la Unión General Obrera ante la Internacional Sindical Roja se formula así: que en estas organizaciones hay que formar células del KAPD para frenar y transformar a la Internacional Comunista y a la Internacional Sindical Roja, que no se ajustan a sus ideas. Es decir, el KAPD está contra las células cuando las fundan los comunistas en los sindicatos, pero a favor cuando puede formarlas él mismo dentro de los sindicatos rojos y de la Internacional Comunista. En uno de sus folletos, el KAPD dice lo siguiente sobre por qué los comunistas quieren formar células en los sindicatos: «Los de Moscú quieren escindir los sindicatos. Si construyen las células, su conquista no será otra cosa que la escisión. Cuando sus bonzos gritan que hay que conquistar los sindicatos, eso no es otra cosa que el afán de esos bonzos de conquistarse sillones. Y cuando esos bonzos hacen frente contra la táctica de destruir los sindicatos, eso no es otra cosa que el grito de rabia de unos engañadores engañados». Y además dice el KAPD que nuestra táctica de las células no lleva a otra cosa que a armar jaleo en las organizaciones. Que para semejante trabajo de armar jaleo dentro del movimiento obrero, ellos se lo agradecen mucho, pero no. Y, por si no bastara con que se nieguen a seguir con nosotros el camino común, declaran que rechazan por principio esta política; pero eso no debe impedir a la Internacional Comunista y a los sindicatos rojos reconocer, a pesar de todo, al Partido Comunista Obrero y a la Unión General Obrera.

Así pues, quieren combatirnos. Rechazan lo que nosotros queremos. Pero, a su juicio, estamos obligados a reconocer su organización como comunista y a reconocer también como legítima su táctica. Camaradas, la mejor manera de conocer el alcance de esta famosa oposición clara a la táctica general que podremos aprobar aquí en el congreso es leer una circular del KAPD en la que encontramos las frases siguientes:

«Nuestra propaganda fracasa por completo. La tirada del periódico está estancada. Los números que se venden fuera de nuestros suscriptores son obra de camaradas sueltos. Así ocurre en toda la organización. Los demás, al parecer, andan de caza de bonzos».

Así pues, ¿quién puede criticar mejor al KAPD y sus bonitas ideas que este mismo partido, que dice: nuestra organización está completamente en ruinas, los miembros que hacen algo son muy pocos, los demás andan de caza de bonzos? Con eso, la crítica que el congreso puede hacer al KAPD ya la ha hecho suficientemente el propio KAPD. Y también tenemos que decir algo de otra pequeña organización que ha dicho aquí algunas palabras, y esa son los IWW. Aquí los camaradas han hablado con calor de su organización. Y entendemos muy bien que estos camaradas piensen que van por el buen camino. Una lucha que se ha librado durante quince años en este frente contra un enemigo tan malicioso como Samuel Gompers no se puede negar así como así. Los camaradas norteamericanos pidieron en el congreso que se exigiera a los IWW la liquidación de su organización. No creemos que se pueda hacer eso. No se puede exigir que estos luchadores entren ahora en la organización de Samuel Gompers; eso sería pedir demasiado de una vez.

Pero cuando miramos a los IWW y vemos que, según su propio informe de gestión, solo tienen ya 15.614 miembros en 13 organizaciones distintas, nos decimos: el camino que han seguido los camaradas, por el que dieron su sangre y su libertad, no ha llevado al éxito. Solo ha llevado a que se aislaran de la gran masa de la clase obrera; ha llevado a que también en Norteamérica, en las organizaciones obreras, las masas estuvieran con Samuel Gompers y con ellos solo los pocos luchadores. Y por eso es bueno decir a los camaradas: revisad la posición que habéis adoptado, entendeos con los camaradas que hacen un trabajo revolucionario. Quizá vuestras luchas conjuntas logren hacer añicos las ideas reaccionarias entre los obreros anarquistas. Tendréis más éxito que si os limitáis a gritar siempre: «¡Fuera de los sindicatos!», aislando así de la masa a los valientes luchadores revolucionarios. Así pues, también en Norteamérica, donde hemos acumulado quince años de experiencia, vemos que esta consigna de «¡Fuera de los sindicatos!» ha quebrado igual que en el movimiento obrero alemán con el KAPD. Y por eso, camaradas, aunque nos resulte duro luchar en las filas de los de Ámsterdam por nuestras ideas, por aniquilar las ideas de los de Ámsterdam, para arrancar los órganos de masas del proletariado y ganarlos para nosotros y convertirlos en instrumentos de la revolución, tenemos que hacerlo. La breve historia de nuestra actividad —un año de trabajo de células— demuestra que en todas partes libramos batallas victoriosas, mientras que con las consignas de los otros no surgen más que montones de escombros entre los obreros revolucionarios. Por eso os pedimos: aprobad las tesis con las pocas modificaciones propuestas, y convertid las ideas de estas tesis en vida viva, en la lucha de todos los proletarios organizados contra la burguesía y sus cómplices; y en el próximo congreso, cuando volvamos a reunirnos, quizá sea ya probable que también la gran masa de los obreros organizados en las asociaciones profesionales se haya incorporado a la gran columna en marcha que ha alzado su bandera en la III Internacional, bajo la cual la III Internacional reúne a todo el proletariado revolucionario, a todas las masas obreras, para derribar el capitalismo, para la victoria de nuestras ideas, por la liberación internacional del proletariado, por la república obrera de los consejos. *(Vivos aplausos y ovación.)*

**Presidente Koenen.** Acabáis de escuchar a la vez el informe de la comisión sindical, la propuesta sobre las enmiendas y el resumen final del ponente. Podemos, pues, pasar a la votación.

**Sachs** (KAPD). Pido la palabra por una cuestión de orden. Camaradas, habéis oído y visto por el informe del camarada Heckert que el KAPD presentó a la comisión sindical unas tesis, unas tesis detalladas sobre todas las cuestiones de los sindicatos y sobre todo lo relacionado con ellas. Habéis oído además que la comisión se negó a examinar esas tesis. Por eso presentamos la moción de que se conceda todavía la palabra, por un tiempo muy breve, a nuestro camarada Hempel para fundamentar las tesis que hemos presentado, y pedimos al mismo tiempo que también se sometan a votación las tesis que presentamos a la comisión.

**Presidente Koenen.** ¡Camaradas! Hago constar que ya concedimos a los representantes del KAPD un tiempo de intervención bastante largo para fundamentar sus tesis, que los representantes del KAPD han intervenido repetidas veces en la discusión en el pleno y en la comisión y que, por lo tanto, han tenido repetidas ocasiones de defender sus tesis. En consecuencia, el presidium opina por unanimidad que en este momento no cabe un nuevo debate. *(Viva aprobación.)* ¿Hay otras opiniones? No; por tanto, no se reabre la discusión. Pasamos, pues, a votar el conjunto de las tesis junto con las modificaciones que el camarada Heckert ha propuesto hoy aquí. Quien apruebe las tesis y las modificaciones en la cuestión sindical, que levante su tarjeta. *(Se hace.)* Votos en contra. *(Ninguno.)* ¿Se abstiene alguien? *(Voces: Sí.)* Así pues, hago constar que las tesis y las propuestas de modificación han sido aprobadas por unanimidad con una sola abstención. *(Vivos aplausos y ovación.)*

Pasamos al siguiente punto del orden del día: elección del presidente del Ejecutivo.

**Belloni**[^465]. En nombre de una serie de delegaciones, a saber, las delegaciones italiana, alemana, búlgara, polaca y húngara, propongo que elijamos presidente a nuestro camarada Zinóviev. *(Vivos aplausos.)*

**Presidente Koenen.** Procedemos a la elección. Se ruega a quien esté de acuerdo con la propuesta presentada por el camarada Belloni que levante su tarjeta. *(Se hace.)* Votos en contra. Ninguno. Hago constar que el hasta ahora presidente del Ejecutivo, el camarada Zinóviev, ha sido reelegido por unanimidad. *(Aplausos tempestuosos y prolongados, y ovación.)*

El presidium tiene ante sí una moción para enviar una comisión, formada por miembros de los distintos partidos, con el fin de establecer una lengua auxiliar internacional. Propongo remitir esta moción al Ejecutivo para que la examine. *(Aprobación.)*

¡Camaradas! Tenemos aquí delante todo un volumen de telegramas que saludan al congreso. El número de telegramas recibidos hasta ahora asciende a 381. Creo que llevaría demasiado tiempo leer al congreso todos estos mensajes. Solo quiero comunicar que, como es comprensible, la mayoría de los telegramas nos han llegado de nuestros hermanos rusos, y de ellos una parte muy considerable de diversas unidades del Ejército Rojo. *(Aplausos tempestuosos, vivos gritos: ¡Viva el Ejército Rojo!)* Además, una parte considerable de los telegramas procede de las organizaciones del partido ruso de las ciudades y de los pueblos. *(Vivos aplausos.)*

¡Camaradas! Es imposible que expresemos uno por uno, a través del congreso, nuestro agradecimiento por estos saludos a quienes han enviado los telegramas. Creo que el congreso estará unánimemente de acuerdo en que encarguemos al Secretariado de la Internacional Comunista que transmita el más hondo agradecimiento del congreso a todos los remitentes de estos telegramas y resoluciones de saludo. *(Aplausos tempestuosos.)*

El presidium comunica que el nuevo Ejecutivo se constituirá mañana a la una de la tarde aquí, en el Kremlin. Se invita a todas las delegaciones a que los representantes que quieran enviar al nuevo Ejecutivo acudan a la sesión de mañana.

¡Camaradas! Permitidme unas palabras del más ardiente agradecimiento a los organizadores de este congreso. Creo que hablo en nombre de todos los presentes, de todos los participantes en este III Congreso Mundial de la Internacional Comunista, cuando expreso el más ardiente agradecimiento a nuestros camaradas de partido rusos, a los miembros del Partido Comunista de Rusia, al Comité Central, a los miembros del Ejecutivo, por haber hecho posible que este congreso se reuniera de nuevo aquí, en Moscú, en la capital de la revolución mundial, y que pudiera llevarse a tan feliz término. *(Aplausos tempestuosos.)* Camaradas, todos sabemos apreciar de todo corazón la grande y cordial hospitalidad que el pueblo ruso, el Partido Comunista de Rusia, ha brindado aquí en las últimas semanas a los comunistas de todos los países. *(Aplausos tempestuosos.)* Pese a las enormes privaciones, pese a los sufrimientos, pese a las preocupaciones que pesan sobre el pueblo ruso y el Partido Comunista de Rusia, nos han acogido con la más cordial hospitalidad. Hemos celebrado nuestras deliberaciones en estas fastuosas salas cuajadas de oro, y miramos con orgullo al partido que, en un desarrollo a saltos, pudo asaltar por la fuerza los bastiones del zarismo y crear así la posibilidad de que los representantes del proletariado de todos los países celebren sus deliberaciones por el bien del proletariado en semejante palacio, en semejantes salas. *(Vivos aplausos.)*

¡Camaradas! Sin embargo, debemos a nuestros camaradas rusos mucho más agradecimiento que solo por esta organización. Para decirlo muy brevemente, no solo nos han dado una teoría: nos han enseñado una práctica de la revolución ya probada. Y si nos hemos reunido aquí, y si hemos acudido tan a gusto a Moscú para deliberar con nuestros hermanos rusos, ha sido porque todos nos sentimos discípulos de estos grandes luchadores revolucionarios, porque todos sabemos que no solo en la teoría, sino también en la práctica, e incluso en lo humano, tenemos mucho que aprender de nuestros excelentes hermanos rusos. *(Vivos aplausos.)* Nos conmueve hondamente pensar que no solo los comunistas rusos, sino todo el pueblo ruso, han ofrendado en las luchas revolucionarias no decenas de miles, sino cientos de miles de víctimas, y que solo gracias a esos cientos de miles de víctimas fue posible dar a la idea comunista en el mundo un sello firme, una vida firme, una vida que ya nunca jamás podrá ser sofocada. *(Aplausos tempestuosos.)* Solo gracias a esos enormes sacrificios fue posible siquiera dar vida a la Internacional Comunista, levantar la Internacional Comunista. Y con la misma abnegación con que nuestros hermanos rusos han resistido los largos años de la revolución, con esa misma abnegación siguen resistiendo ahora. El pueblo, que tiene que pasar por sufrimientos, miseria, privaciones y penalidades sin cuento, no vacila ni retrocede, y se mantiene firme junto a la República de los Soviets, firme junto a las conquistas revolucionarias, firme junto al Partido Comunista.

Y en el partido no solo vemos a los simples militantes, sino también a los que se llaman dirigentes, pasar por la vida de la manera más sencilla, sin ninguna concesión ni desviación, sin ninguna distracción, sin pensar en otra cosa que en la lucha, la lucha y otra vez la lucha; vemos cómo no piensan en otra cosa ni desean otra cosa que ser revolucionarios, revolucionarios para Rusia, revolucionarios para el mundo entero. Vemos cómo esto, y nada más, llena su existencia, y cómo sostienen la última lucha revolucionaria casi hasta desplomarse, casi hasta la ruina de su propia persona, casi hasta el agotamiento. Pero una y otra vez la gran idea los levanta; una y otra vez vemos cómo reavivan la gran lucha, cómo la vuelven a enderezar, cómo marchan siempre a la cabeza, cómo encuentran siempre el camino para llevar el primer Estado proletario, el primer poder proletario, por encima de todas las dificultades. *(Vivos aplausos.)*

¡Camaradas! Por eso el pueblo ruso, el partido ruso y los dirigentes rusos merecen nuestro más ardiente agradecimiento. Creo que todos nos sumaremos con entusiasmo al grito: ¡Viva la Rusia soviética, viva el Partido Comunista de Rusia, viva su dirección, viva la III Internacional! *(Prolongados y vivos aplausos y ovación.)*

**Presidente Koenen.** Tiene la palabra el camarada Zinóviev para el discurso de clausura.

**Zinóviev.** *(Aplausos tempestuosos.)* Camaradas. Ante todo tengo que expresar mi más profundo agradecimiento por la elección unánime y subrayar, naturalmente, que no se trata aquí de una confianza en mi persona, sino de una confianza en el partido en el que algunos de nosotros tenemos desde hace decenios el gran honor de luchar. Nuestro partido hará también durante el próximo año todo lo posible por hacerse digno de la altísima confianza que hoy le ha expresado la Internacional Comunista.

Camaradas, hemos llegado al final del III Congreso de la Internacional Comunista. Cuando, ya a finales de 1917, dirigimos nuestro primer manifiesto a los comunistas de todos los países y los llamamos a fundar una Internacional Comunista, en el mundo entero se rieron de nosotros como de un grupo de soñadores. Se decía que, aunque llegáramos a formar semejante Internacional, sería flor de un día y no una organización sólida. Pues bien, camaradas, hemos vivido el I Congreso, en el que de verdad solo se reunió un puñado de revolucionarios comunistas; después, el II Congreso, que ya unió aquí bajo la bandera de la Internacional Comunista a no pocos partidos importantes. Y ahora hemos vivido el III Congreso, que nos ha demostrado cómo, pese a todas las deficiencias, pese a todas las derrotas, nuestra unión obrera ha crecido colosalmente durante el último año. Ahora somos una organización gigantesca, la organización mundial más fuerte del proletariado, al menos en Europa, y en el próximo período, esperemos, también en América. Camaradas, no nos ha resultado del todo fácil adoptar las decisiones sobre las cuestiones candentes durante este congreso. Hemos tenido que pelear aquí por la verdad, por el punto de vista correcto. Eso se debe, creo, a que hemos convocado nuestro congreso en un período claramente de transición, en un período en el que se ha visto que la revolución, por desgracia, no avanza tan deprisa como desea, y debe desear, todo revolucionario sincero. La situación en Europa es abigarrada; la situación de nuestros distintos partidos hermanos es muy diversa.

En el Ejecutivo, como en los distintos partidos, teníamos la sensación de que precisamente ahora, cuando ha empezado esta época de transición, debíamos reunirnos y deliberar fraternalmente sobre la situación, examinar todas las dificultades, reparar los errores cometidos y trazar para el futuro una línea más clara y más precisa. De ahí las dificultades para resolver las cuestiones más importantes durante este congreso. Y aun así hemos decidido por unanimidad todo lo importante. Y, camaradas, creo que tenemos derecho a decir que nuestra unanimidad no es la «unanimidad» que reina en la II Internacional. No es una unanimidad aparente, una unanimidad de parada. Si durante el congreso se hubiera visto que teníamos entre nosotros discrepancias mayores, naturalmente no las habríamos tapado, sino que habríamos tenido una lucha de tendencias completamente clara, y eso quizá se habría expresado también en las votaciones. Nuestra unanimidad tampoco es la unanimidad de un compromiso podrido; es la unanimidad de una organización internacional de combate que es consciente de que, rodeada como está por un mundo de enemigos, tiene que forjar su unidad en la lucha y no puede en modo alguno permitir que, por las pequeñas discrepancias que haya en nuestras filas, aparezca siquiera el fantasma de una división. Nuestra unanimidad es una unanimidad real del proletariado revolucionario del mundo, de los proletarios con consciencia de clase de toda la tierra.

Lo que hemos dejado establecido en nuestras resoluciones es de verdad la opinión común de todo lo que en el proletariado piensa en comunista, siente en comunista y está dispuesto a luchar por el comunismo. Hemos debatido tres grandes cuestiones: la táctica, los sindicatos, la organización. En la resolución sobre la táctica no hemos temido hablar de nuestros errores, hablar abiertamente, como, dicho sea de paso, lo ha hecho durante decenios el partido bolchevique ruso, sin miedo a que los enemigos se frotaran las manos y se alegraran del mal ajeno. Hemos tenido que criticar aquí algunas formulaciones teóricas. Se ha hablado, camaradas, contra la teoría de la ofensiva, pero no porque no queramos una ofensiva real, sino precisamente para preparar una ofensiva mejor. Durante el III Congreso hemos criticado la teoría de la ofensiva; durante el año que mediará entre el III y el IV Congreso queremos preparar la ofensiva real y, en algunos países, llevar a cabo la ofensiva real del proletariado revolucionario contra nuestro enemigo, la burguesía. *(Vivos aplausos.)*

Camaradas, la idea principal de nuestra resolución sobre la táctica consiste en advertir a todos los partidos hermanos, en especial a los partidos hermanos europeos, de algo que entretanto ellos mismos ya tienen que entender: que tienen frente a sí un enemigo muy distinto del que tuvo el partido ruso durante la Revolución de Octubre. En Europa y en América tienen una burguesía más inteligente y mejor organizada que la que nosotros teníamos en Rusia. Tienen un enemigo armado hasta los dientes, inteligente y astuto, que posee buenos estrategas, que también ha aprendido algo de la revolución rusa, que ahora arma a sus hijos y que lo aprovecha todo para dejar al proletariado sin armas. Por eso nuestros partidos hermanos de Europa tendrán que librar luchas mucho más duras. Y de este único hecho, pero de mucho peso, teníamos que sacar la conclusión muy sencilla de que también la preparación de las luchas proletarias en Europa tiene que hacerse de forma mucho más sólida y cuidadosa de lo que se hizo en Rusia, y de lo que se ha hecho en Europa durante estos dos últimos años. El enemigo es más fuerte y más astuto; por eso tenemos que preparar mejor nuestras luchas. Esta es la idea principal, muy sencilla, muy simple, pero muy importante para todo obrero comunista del mundo entero. Y esta idea tenemos que grabarla ahora en el corazón de todos los partidos del mundo entero, de cada simple obrero, y sacar de ella todas las conclusiones prácticas necesarias.

Creo, camaradas, que lo que imprime su sello a nuestro III Congreso son dos hechos: 1. nuestra resolución sobre la táctica, que critica abiertamente algunos errores, que llama a una preparación más sólida, que exige más prudencia a todos los partidos, una mejor preparación de toda lucha; 2. el hecho que imprime su sello a nuestro congreso es la respuesta que el congreso ha dado por unanimidad al Partido Socialista Italiano. Primero excluimos a este partido de la Internacional Comunista en el Ejecutivo. El III Congreso Mundial ha confirmado esa exclusión. Naturalmente, eso no quiere decir que queramos romper tranquilamente y con toda calma con cientos de miles de obreros italianos. No: lucharemos apasionadamente para que los obreros que nos pertenecen vengan también a nuestras filas. Pero el congreso ha dicho claramente ante el mundo entero que lo que ha hecho el Partido Socialista Italiano bajo la dirección de Serrati no tiene en modo alguno cabida en la Internacional Comunista. Sabéis que esa fracción se llama a sí misma comunista y unitaria. Y nosotros afirmamos que no son ni comunistas ni unitarios. Por complacer a 12.000 reformistas han roto con 60.000 obreros comunistas. ¿Qué clase de unitarismo es ese? No son comunistas, porque por complacer a los reformistas se han salido de la Internacional Comunista.

Ya lo veis: esa gente se llama incluso comunista y, sin embargo, son una especie de últimos mohicanos del campo centrista. La Internacional Comunista tenía que decir clara y abiertamente si semejante gente puede pertenecer a nosotros o no. Sabéis que a veces, antes del congreso, se alzaron voces diciendo que quizá estuviéramos equivocados, que quizá semejante gente sí debiera pertenecer a nosotros. El III Congreso ha hecho plena claridad en esta cuestión. Ha dicho: quien no está con nosotros está contra nosotros. La Internacional Comunista insiste firme y resueltamente en que semejantes elementos no pueden pertenecer a ella y en que tenemos que luchar, por encima de las cabezas de los dirigentes, para que esos obreros vengan a nosotros.

En este conjunto de decisiones puede comprenderse la fisonomía de nuestro congreso. Si hemos criticado con toda franqueza diversos errores, llámeselos de izquierda o como se quiera, cuando perjudican a nuestra causa, pero al mismo tiempo hemos declarado que los elementos semicentristas no nos pertenecen, esa es una línea completamente clara que todo simple obrero, espero, entenderá. También hemos hecho claridad en la cuestión sindical. Con razón se ha dicho que la resolución de nuestro congreso respira el mismo espíritu que la resolución del II Congreso. Queremos proseguir también esta línea. No nos hemos limitado a fijar unas directrices abstractas. Al mismo tiempo que nuestro congreso se celebra el primer congreso mundial de los sindicatos[^466], y durante ese congreso, lo que quizá es aún más importante, se ha formado toda una serie de uniones internacionales de las ramas más importantes. Tendrán que emprender una lucha económica resuelta e importante contra la burguesía y contra la Internacional de Ámsterdam.

Además, camaradas, tenemos un congreso de la juventud, que todavía está reunido y que, naturalmente, contribuirá mucho a formar y organizar mejor a nuestra tropa de vanguardia, a nuestra queridísima vanguardia juvenil, y a llevar adelante la lucha. Asimismo, hemos tenido una conferencia de mujeres, que precedió a nuestro congreso.

Hoy hemos aprobado en la cuestión de la organización una resolución que, espero, contribuirá mucho a fortalecer el partido. El capítulo sobre el deber de trabajar es, a mi juicio, de la mayor importancia; nadie debe pasarlo por alto. Hasta ahora teníamos de verdad unos partidos demasiado laxos, unos partidos demasiado poco disciplinados en su organización. El obrero más sencillo tiene que saber cómo puede y debe participar en el trabajo legal e ilegal del partido. El capítulo sobre el deber de trabajar tiene que explicarse en todas partes; en todas las reuniones pequeñas hay que inculcar encarecidamente a los obreros que tienen que participar en ese trabajo. Eso supondrá un gran paso adelante.

Camaradas, precisamente en los últimos días, cuando terminábamos nuestro trabajo, recibimos gran cantidad de noticias de Europa que demuestran una vez más lo tensa que es la situación general en Europa y que en cualquier momento hay que contar con que se rompa el equilibrio. Pensad solo en el telegrama de Roma según el cual 50.000 obreros o más, sin distinción de partido, se han unido bajo la dirección de los comunistas para luchar contra los fascistas. Dos días después de que el partido de Serrati concluyera una hermandad de armas con los fascistas, con la condición de que se desarmara a los proletarios italianos, en Roma se levantan 50.000 obreros, salen a la calle, forman batallones de combatientes y declaran la guerra santa a la burguesía[^467]. ¿Qué significa esto? Significa que Europa se encuentra, pese a todo, en una situación revolucionaria. Las noticias de Berlín sobre las huelgas de los obreros municipales, que se extienden, demuestran que hay materia inflamable de sobra; demuestran que teníamos razón cuando decíamos que la situación en Europa es y sigue siendo revolucionaria y que por eso tenemos que prepararnos mejor para golpear con más seguridad. Hemos dicho que un revolucionario no solo tiene que tener un corazón ardiente, sino también una mano fuerte y un ojo certero, para reducir al mínimo nuestras derrotas, y que cada golpe contra la burguesía hay que pensarlo diez veces antes de asestarlo una vez. Pero cuando golpeemos, el golpe debe dar en el corazón del enemigo. Y la concentración organizativa que hemos acordado aquí nos ayudará a crear una verdadera fraternidad internacional del proletariado revolucionario. Nada de grandes palabras; lo que sí tenemos que intentar en el próximo período es hacer algo por una verdadera coordinación internacional, y no solo hablar de ella. Tenemos que intentar forjar la unidad de los partidos revolucionarios y acercar entre sí a los partidos de Europa central —Europa central tomada en el sentido amplio de la palabra, incluidos Italia y los Balcanes, y no digamos, naturalmente, Checoslovaquia—. Como nuevo Ejecutivo, tenemos que hacer todo lo posible por acercar entre sí a estos partidos. Ellos tienen que intentar por todos los caminos posibles acercarse, preparar manifestaciones realmente comunes, luchas decisivas comunes. Ese debe ser el sentido de nuestras resoluciones. Ahora no tendremos que limitarnos a la propaganda, sino que tendremos que ponernos también a preparar de verdad, con prudencia pero de forma incontenible, con energía, tenacidad y obstinación, estas luchas que ahora se acercan. El congreso ha concedido una vez más a nuestro país y a nuestro partido el honor de mantener entre nosotros la sede del Ejecutivo. Esperamos que solo sea provisional. Este año, todavía Moscú; para el próximo año, todos tenemos el ardiente deseo de que sea Berlín, de que sea París, pero, por nuestra parte, que sea también Milán. Estamos incluso dispuestos, camaradas, aunque en Londres el aire es algo malo y el clima algo húmedo, a votar por Londres para el próximo año. *(Risas.)*

Camaradas, cuando en los próximos días os despidáis de nosotros, los revolucionarios rusos pensaremos con profunda emoción en la lucha hacia la que ahora vais. Sí, en Rusia todavía tenemos que pasar tiempos difíciles, es verdad; nuestro pueblo, nuestra clase obrera sufre muchísimo. Pero, camaradas, decimos con razón que entre nosotros lo más difícil ya ha pasado. Ha pasado; solo queda un período de esfuerzo, y con mano firme llevaremos al proletariado de nuestro país a la victoria completa.

Pero todos vosotros, camaradas, vais a países donde dominan los capitalistas, la dictadura de la burguesía, donde miles de nuestros mejores hermanos languidecen en las cárceles, donde cada día fusilan a cientos, y todos vosotros corréis el peligro de que, al poco tiempo, os encarcelen o tengáis que sufrir cosas quizá peores por la causa del comunismo. Ahora tenemos que inculcar al simple obrero, que quizá hoy todavía no pertenece a nuestro partido pero mañana pertenecerá a él, que cada uno de nosotros está dispuesto a sacrificar por el partido todo lo que tiene. *(Vivos aplausos.)* Tenemos que educar a la juventud, tenemos que educar a los proletarios adultos en la idea de que no puede haber en el mundo nada más alto ni más sagrado que un Partido Comunista, que un Partido Comunista mundial, que la Internacional Comunista. *(Vivos aplausos.)* Y, camaradas, pase lo que pase, aunque el destino nos exija sacrificios aún mayores que hasta ahora, por duras que sean las luchas —y serán duras—, vivimos y morimos con un solo grito: ¡Viva la Internacional Comunista! *(Prolongados y vivos aplausos y ovación.)*

*Los miembros del congreso se levantan de sus asientos y entonan La Internacional.*

**Presidente Koenen.** Queda clausurado el III Congreso Mundial de la Internacional Comunista.

*Se levanta la sesión a las 2 y 30 de la madrugada.*

[^1]: Otto Bauer (1881-1938), dirigente y teórico de la socialdemocracia austriaca; Rudolf Hilferding (1877-1941), economista, autor de *El capital financiero* (1910) y dirigente del USPD. Ambos fueron figuras principales de la Internacional Dos y Media (Unión Internacional de Partidos Socialistas, fundada en Viena en febrero de 1921).
[^2]: Primer Congreso de los Pueblos de Oriente, convocado por la IC en Bakú en septiembre de 1920.
[^3]: XVII Congreso del Partido Socialista Italiano (Livorno, enero de 1921). La izquierda, derrotada por la mayoría de Serrati, abandonó el congreso y fundó el Partido Comunista de Italia. Giacinto Menotti Serrati (1872-1926) dirigía el PSI y el diario *Avanti!*.
[^4]: Filippo Turati (1857-1932), Giuseppe Emanuele Modigliani (1872-1947), Ludovico D'Aragona (1876-1961) y Claudio Treves (1869-1933), dirigentes reformistas del socialismo y del sindicalismo italianos; D'Aragona era secretario de la CGL.
[^5]: Wilhelm Dittmann (1874-1954), dirigente del USPD; Eduard Bernstein (1850-1932), teórico del revisionismo en la socialdemocracia alemana; Jean Longuet (1876-1938), nieto de Marx, dirigente del centro del socialismo francés.
[^6]: *Critica Sociale*, revista fundada por Filippo Turati en 1891, órgano de la corriente reformista del PSI.
[^7]: Paul Levi (1883-1930), presidente del Partido Comunista de Alemania y luego del VKPD; dimitió de la Central en febrero de 1921 y fue expulsado del partido en abril de 1921 por su folleto contra la Acción de Marzo.
[^8]: La Acción de Marzo de 1921: huelgas y combates armados en Alemania central, sobre todo en la región minera de Mansfeld y en las fábricas Leuna, convertidos por el VKPD en una acción ofensiva que terminó en derrota.
[^9]: William D. Haywood (1869-1928), dirigente de la IWW americana; en 1921 se refugió en la Rusia soviética.
[^10]: John Reed (1887-1920), periodista americano, autor de *Diez días que estremecieron el mundo*; murió de tifus en Moscú en octubre de 1920.
[^11]: Wilhelm Sült, dirigente de los electricistas de Berlín, muerto a tiros en la jefatura de policía de Berlín, según la versión oficial «en un intento de fuga», durante las luchas de marzo de 1921.
[^12]: Mustafa Suphi (1883-1921), fundador del Partido Comunista de Turquía, asesinado con otros catorce camaradas en el mar Negro, cerca de Trebisonda, en enero de 1921.
[^13]: Raymond Lefebvre (1891-1920), Jules Lepetit (1889-1920) y Marcel Vergeat (1891-1920), delegados franceses al II Congreso, desaparecidos en el mar al norte de Rusia, en el viaje de regreso, en el otoño de 1920.
[^14]: Inessa Armand (1874-1920), bolchevique, dirigente del trabajo entre las mujeres, murió de cólera en septiembre de 1920; Konkordia Samóilova (1876-1921), bolchevique, murió de cólera en junio de 1921.
[^15]: Alois Muna (1886-1943) y Antonín Zápotocký (1884-1957), dirigentes de la izquierda socialista checa, encarcelados tras la huelga general de diciembre de 1920.
[^16]: La huelga, o cierre patronal, de los mineros británicos de abril a junio de 1921; el 15 de abril («viernes negro») los dirigentes de los ferroviarios y de los transportistas retiraron la huelga de solidaridad anunciada.
[^17]: James Henry Thomas (1874-1949), dirigente del sindicato ferroviario británico y del Partido Laborista, presidente de la Federación Sindical Internacional (Ámsterdam) desde 1920; fue uno de los responsables del «viernes negro».
[^18]: Paul Frölich (1884-1953), dirigente del VKPD, uno de los fundadores del Partido Comunista de Alemania.
[^19]: Vasil Kolárov (1877-1950), dirigente del Partido Comunista de Bulgaria; Egidio Gennari (1876-1942), dirigente de la izquierda del PSI y luego del PCdI; Fernand Loriot (1870-1932), dirigente de la izquierda del Partido Socialista francés; Wilhelm Koenen (1886-1963), dirigente de la izquierda del USPD y luego del VKPD.
[^20]: Albert Inkpin (1884-1944), secretario del Partido Comunista de Gran Bretaña, condenado a seis meses de cárcel en 1921; Heinrich Brandler (1881-1967), presidente del VKPD, detenido y condenado tras la Acción de Marzo.
[^21]: Paul Vaillant-Couturier (1892-1937), escritor, excombatiente y diputado socialista, de los fundadores del Partido Comunista francés.
[^22]: Conferencias socialistas internacionales contra la guerra de Zimmerwald (septiembre de 1915) y Kienthal (abril de 1916).
[^23]: Alusión al «viernes negro» (15 de abril de 1921), cuando los dirigentes de los sindicatos ferroviario y del transporte, aliados de los mineros en la Triple Alianza sindical, desconvocaron la huelga de solidaridad con los mineros despedidos en el cierre patronal.
[^24]: Robert Williams (1881-1936), secretario de la Federación de Trabajadores del Transporte; miembro del Partido Comunista de Gran Bretaña, fue expulsado de él tras el viernes negro.
[^25]: Adolphe Thiers (1797-1877), jefe del poder ejecutivo de la República francesa en 1871, organizó el aplastamiento de la Comuna de París.
[^26]: Organisation Escherich, organización paramilitar contrarrevolucionaria fundada en Baviera en 1920 por Georg Escherich.
[^27]: Edmund Burian, dirigente de la izquierda socialdemócrata checa y luego del Partido Comunista de Checoslovaquia.
[^28]: La huelga general de diciembre de 1920 en Checoslovaquia, desencadenada por la ocupación policial de la Casa del Pueblo de Praga y reprimida por el gobierno.
[^29]: Egidio Gennari (1876-1942), dirigente del Partido Comunista de Italia; había sido secretario del Partido Socialista Italiano.
[^30]: Giacinto Menotti Serrati (1872-1926), director del *Avanti!* y dirigente de los socialistas maximalistas italianos; en el congreso de Livorno (enero de 1921) se negó a romper con los reformistas.
[^31]: Joseph Tommasi, sindicalista revolucionario francés, dirigente de la Unión de Sindicatos del Sena.
[^32]: Léon Jouhaux (1879-1954), secretario general de la CGT francesa y partidario de la unión sagrada durante la guerra.
[^33]: Fritz Heckert (1884-1936), dirigente sindical y miembro de la Central del VKPD.
[^34]: El congreso de la CGT francesa en Lille (julio de 1921), en el que se enfrentaron la mayoría reformista de Jouhaux y la minoría revolucionaria, preludio de la escisión que dio lugar a la CGTU.
[^35]: Partido Socialista Polaco (Polska Partia Socjalistyczna), de orientación nacionalista y reformista.
[^36]: Intento de golpe de Estado militar y monárquico contra el gobierno de la República de Weimar (13-17 de marzo de 1920), encabezado por Wolfgang Kapp y el general Walther von Lüttwitz y derrotado por la huelga general.
[^37]: El congreso de la II Internacional en Stuttgart (1907), cuya resolución sobre el militarismo incluyó la enmienda de Lenin, Luxemburg y Mártov: en caso de guerra, aprovechar la crisis para precipitar la caída de la dominación capitalista.
[^38]: Richard Calwer (1868-1927), economista alemán; antiguo diputado socialdemócrata del ala revisionista, abandonó el SPD en 1909.
[^39]: Karl Helfferich (1872-1924), economista y político alemán, secretario de Estado del Tesoro durante la guerra y luego dirigente del Partido Nacional del Pueblo Alemán (DNVP).
[^40]: Jenő (Eugen) Varga (1879-1964), economista húngaro, comisario del pueblo en la República de los Consejos de Hungría (1919) y luego economista de la IC en Moscú.
[^41]: Charles Evans Hughes (1862-1948), secretario de Estado de los Estados Unidos de 1921 a 1925.
[^42]: Samuel Gompers (1850-1924), presidente de la American Federation of Labor (AFL) y enemigo declarado de la Rusia soviética.
[^43]: Federico Engels, introducción de 1895 a *Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850*, de Marx.
[^44]: Marx y Engels, «Revista [mayo-octubre de 1850]», en la *Neue Rheinische Zeitung. Politisch-ökonomische Revue*, último número doble, otoño de 1850.
[^45]: George Paish (1867-1957), economista y periodista financiero británico.
[^46]: Heinrich Cunow (1862-1936), teórico socialdemócrata alemán, director de *Die Neue Zeit* desde 1917.
[^47]: Otto Hoetzsch (1876-1946), historiador alemán especialista en Rusia y diputado del Partido Popular Nacional Alemán (DNVP).
[^48]: Léon Chavenon, periodista económico francés, director del diario financiero *L'Information*.
[^49]: La huelga de los mineros británicos, iniciada con el cierre patronal del 1 de abril de 1921, seguía en curso durante el congreso.
[^50]: Alexander Schwab (1887-1943), dirigente del KAPD, que intervino en el congreso con el seudónimo de Sachs.
[^51]: Bernhard Reichenbach (1888-1975), del KAPD, delegado en el congreso con el seudónimo de Seemann.
[^52]: Henryk Lauer (1890-1937), economista y dirigente del Partido Comunista Obrero de Polonia, que usaba el seudónimo de Brand.
[^53]: La Conferencia Financiera Internacional convocada por la Sociedad de Naciones se celebró en Bruselas del 24 de septiembre al 8 de octubre de 1920.
[^54]: Frase proverbial en alemán, tomada de Schiller, *La conjuración de Fiesco en Génova* (1783): se dice de quien es despedido una vez que ha servido.
[^55]: La ocupación de las fábricas metalúrgicas del norte de Italia, en septiembre de 1920, a raíz del conflicto salarial entre la FIOM y la patronal.
[^56]: Jenő Varga (1879-1964), economista húngaro, comisario del pueblo en la República Soviética Húngara de 1919.
[^57]: Hugo Stinnes (1870-1924) y August Thyssen (1842-1926), grandes industriales alemanes del carbón y el acero.
[^58]: József Pogány (1886-1938), comunista húngaro, comisario del pueblo en la República de los Consejos de Hungría (1919); más tarde actuó en los Estados Unidos con el nombre de John Pepper. Murió en las purgas estalinistas.
[^59]: Erich Ludendorff (1865-1937), general alemán, primer intendente general y dirigente de hecho del esfuerzo de guerra alemán en 1916-1918; tras la guerra, figura de la extrema derecha.
[^60]: Georg Escherich (1870-1941), funcionario forestal bávaro, fundador en 1920 de la Organisation Escherich (Orgesch), organización armada de «autodefensa» contra el movimiento obrero, prohibida en 1921 por exigencia de los aliados.
[^61]: Triple Alianza (Triple Alliance): pacto de 1914 entre los sindicatos británicos de mineros, ferroviarios y transportistas. Se rompió el 15 de abril de 1921, el «Viernes Negro», cuando ferroviarios y transportistas desconvocaron la huelga de apoyo a los mineros.
[^62]: August Thalheimer (1884-1948), uno de los fundadores de la Liga Espartaco y del KPD y principal teórico del VKPD.
[^63]: Thomas Bell (1882-1944), obrero metalúrgico escocés, fundador del Partido Comunista de Gran Bretaña.
[^64]: Norman Angell (1872-1967), publicista británico, autor de *The Great Illusion* (1910), donde sostenía que la interdependencia económica hacía inútil la guerra entre las grandes potencias.
[^65]: Manabendra Nath Roy (1887-1954), revolucionario indio, fundador del Partido Comunista de México (1919) y luego del de la India (en Taskent, 1920).
[^66]: Wilhelm Koenen (1886-1963), dirigente del USPD que pasó en 1920 con su ala izquierda al VKPD.
[^67]: En la Alta Silesia, disputada entre Alemania y Polonia, el plebiscito del 20 de marzo de 1921 fue seguido en mayo por una insurrección polaca y combates con los cuerpos francos alemanes; la Sociedad de Naciones decidió el reparto en octubre de 1921.
[^68]: Partido Socialista Revolucionario (eseristas), partido ruso de raíz populista; su ala izquierda participó en el gobierno soviético hasta la paz de Brest-Litovsk y se sublevó contra los bolcheviques en julio de 1918.
[^69]: *Le Peuple*, diario del Partido Obrero Belga, publicado en Bruselas.
[^70]: Aristide Briand (1862-1932), presidente del Consejo de ministros de Francia en 1921. En mayo de 1921, con el ultimátum de Londres, los aliados amenazaron con ocupar el Ruhr si Alemania no aceptaba el plan de reparaciones.
[^71]: El putsch de Kapp (13-17 de marzo de 1920), golpe militar de Wolfgang Kapp y del general Lüttwitz contra el gobierno de la República, derrotado por la huelga general.
[^72]: Max Hölz (1889-1933), obrero comunista que dirigió grupos armados en el Vogtland en 1920 y en la Acción de Marzo de 1921; en junio de 1921 fue condenado a cadena perpetua.
[^73]: Poale Sion: movimiento obrero judío de orientación socialista y sionista; su ala izquierda negociaba la adhesión a la IC.
[^74]: Bund: Unión General Obrera Judía, partido socialista judío fundado en 1897 en el Imperio ruso.
[^75]: En mayo de 1921 el congreso del Partido Socialista de Rumanía votó la adhesión a la IC; la policía detuvo a los delegados en la misma sala, y los detenidos fueron juzgados después en el proceso de Dealul Spirii.
[^76]: Joseph Jacquemotte (1883-1936), sindicalista belga; su grupo, salido del Partido Obrero Belga, se fusionó en 1921 con el partido comunista.
[^77]: Amadeo Bordiga (1889-1970), dirigente de la fracción comunista abstencionista del PSI y después del PCdI.
[^78]: Morris Hillquit (1869-1933), dirigente del Partido Socialista de América.
[^79]: Ludovico D'Aragona (1876-1961), secretario general de la CGL.
[^80]: Liga Espartaco (Spartakusbund): grupo revolucionario de Rosa Luxemburg y Karl Liebknecht, núcleo del Partido Comunista de Alemania (KPD) fundado a finales de 1918.
[^81]: Congreso del USPD en Halle (octubre de 1920): la mayoría votó la adhesión a la IC y en diciembre se fusionó con el KPD en el VKPD.
[^82]: *Avanti!*: diario del Partido Socialista Italiano.
[^83]: Herman Gorter (1864-1927), poeta y marxista neerlandés, teórico del comunismo de consejos y del KAPD.
[^84]: Umberto Terracini (1895-1983), del grupo turinés de *L'Ordine Nuovo*, dirigente del PCdI.
[^85]: Congreso de la fracción reformista del PSI («Concentración socialista»), celebrado en Reggio Emilia en octubre de 1920.
[^86]: Giovanni Giolitti (1842-1928), presidente del Consejo de Ministros de Italia de junio de 1920 a julio de 1921.
[^87]: *Daily Herald*: diario laborista de Londres. En 1920 el gobierno británico acusó al soviético de subvencionarlo, y Kámenev, que negociaba en Londres, tuvo que abandonar Inglaterra en septiembre de ese año.
[^88]: Jristo Kabakchiev (1878-1940), dirigente del Partido Comunista de Bulgaria; representó al Ejecutivo de la IC, junto con Mátyás Rákosi, en el congreso de Livorno.
[^89]: Albert Thomas (1878-1932), socialista francés, ministro de Armamento durante la guerra y director de la Oficina Internacional del Trabajo desde 1920.
[^90]: Curt Geyer (1891-1967), dirigente del VKPD procedente del USPD y partidario de Levi.
[^91]: Costantino Lazzari (1857-1927), secretario del PSI durante la guerra, autor de la fórmula «ni adherirse ni sabotear».
[^92]: Ludovic-Oscar Frossard (1889-1946), secretario general del Partido Comunista Francés.
[^93]: Georg Ledebour (1850-1947), dirigente de la izquierda del USPD, contrario a la adhesión a la IC.
[^94]: Golpe militar de Wolfgang Kapp y del general von Lüttwitz contra el gobierno de la República (marzo de 1920), derrotado por la huelga general.
[^95]: Otto Brass (1875-1950) y Curt Geyer (1891-1967), dirigentes del VKPD procedentes del USPD; tras la Acción de Marzo se pusieron del lado de Paul Levi.
[^96]: Heinrich Brandler (1881-1967), presidente del VKPD durante la Acción de Marzo; su folleto es *War die Märzaktion ein Bakunisten-Putsch?* (1921).
[^97]: Otto Rühle (1874-1943), diputado socialdemócrata que votó contra los créditos de guerra en 1915; delegado del KAPD al II Congreso, se marchó de Moscú antes de que empezara.
[^98]: Anton Pannekoek (1873-1960), astrónomo y teórico marxista holandés, y Henriette Roland Holst (1869-1952), poetisa y socialista holandesa; con Gorter formaban la llamada «escuela holandesa».
[^99]: Cita de Goethe, *Fausto*, primera parte (escena del jardín de Marta): Margarita a Fausto, a propósito de Mefistófeles.
[^100]: Otto Hörsing (1874-1937), socialdemócrata, presidente superior de la provincia prusiana de Sajonia; su ocupación policial de la región minera de Mansfeld en marzo de 1921 desencadenó la Acción de Marzo.
[^101]: *Kommunistische Arbeiter-Zeitung*, órgano del KAPD.
[^102]: Paul Levi, *Unser Weg. Wider den Putschismus* (abril de 1921), crítica pública de la Acción de Marzo que le valió la expulsión del VKPD.
[^103]: Marcel Cachin (1869-1958) y Ludovic-Oscar Frossard (1889-1946), dirigentes del Partido Socialista francés (SFIO), que viajaron a Moscú en 1920 y defendieron después la adhesión a la IC; Frossard fue el primer secretario general del Partido Comunista francés.
[^104]: Daniel Renoult (1880-1958), socialista y después comunista francés.
[^105]: Fernand Loriot (1870-1932), dirigente del Comité de la III Internacional y de la izquierda del Partido Socialista francés.
[^106]: Congreso del Partido Socialista francés en Tours (diciembre de 1920), en el que la mayoría votó la adhesión a la IC y fundó el partido comunista; la minoría de Longuet y los reformistas se separaron.
[^107]: Béla Kun (1886-1938), dirigente de la República Húngara de los Consejos (1919) y miembro del Ejecutivo de la IC.
[^108]: Bohumír Šmeral (1880-1941), dirigente de la izquierda de la socialdemocracia checa y después del Partido Comunista de Checoslovaquia, fundado en mayo de 1921.
[^109]: *Právo lidu*, diario del Partido Socialdemócrata Checoslovaco.
[^110]: Hjalmar Branting (1860-1925), dirigente de la socialdemocracia sueca y primer ministro de Suecia.
[^111]: Ernst Nobs (1886-1957), socialdemócrata suizo, director del *Volksrecht* de Zúrich; Robert Grimm (1881-1958), dirigente del Partido Socialdemócrata Suizo y organizador de la conferencia de Zimmerwald (1915).
[^112]: La delegación del PSOE que fue a Rusia en 1920: Daniel Anguiano, partidario de la adhesión, y Fernando de los Ríos, contrario a ella.
[^113]: El Primer Congreso de los Pueblos de Oriente (Bakú, septiembre de 1920), que eligió un Consejo de Propaganda y Acción de los Pueblos de Oriente.
[^114]: «Hempel» era el seudónimo de Jan Appel (1890-1985), obrero de los astilleros de Hamburgo y dirigente del KAPD, delegado de este partido en el III Congreso.
[^115]: Golpe de Estado de Wolfgang Kapp y el general Walther von Lüttwitz en marzo de 1920, derrotado por la huelga general.
[^116]: Huelga de los trabajadores de las centrales eléctricas de Berlín en noviembre de 1920.
[^117]: *Kommunistische Arbeiterzeitung* (KAZ), órgano del KAPD.
[^118]: Carta de la Central del VKPD del 8 de enero de 1921 a los demás partidos obreros y a los sindicatos, que les proponía una acción común por reivindicaciones inmediatas.
[^119]: Henriette Roland Holst (1869-1952), poeta y marxista neerlandesa, dirigente del Partido Comunista de Holanda.
[^120]: *Proletarier*, revista teórica del KAPD.
[^121]: BO: *Betriebsorganisationen*, organizaciones de empresa agrupadas en la Unión General Obrera de Alemania (AAUD), ligada al KAPD, que pretendía sustituir a los sindicatos.
[^122]: Jan Ceton, dirigente del Partido Comunista de Holanda y uno de sus delegados en el III Congreso.
[^123]: *De Tribune*, diario del Partido Comunista de Holanda, fundado en 1907 por la izquierda marxista de la socialdemocracia neerlandesa.
[^124]: El Partido Comunista Obrero de Polonia se fundó en diciembre de 1918 por la fusión de la Socialdemocracia del Reino de Polonia y Lituania (SDKPiL) y la Izquierda del Partido Socialista Polaco (PPS-Lewica).
[^125]: Svetozar Boroević (1856-1920), mariscal austrohúngaro que mandó el frente del Isonzo contra Italia.
[^126]: Huelga general de diciembre de 1920 en Checoslovaquia, convocada por la izquierda socialdemócrata y reprimida por el gobierno.
[^127]: XVII Congreso del Partido Socialista Italiano, celebrado en Livorno en enero de 1921, del que salió el Partido Comunista de Italia.
[^128]: Rudolf Breitscheid (1874-1944), dirigente del USPD; dirigía *Der Sozialist*, semanario del partido.
[^129]: Congreso extraordinario de la Federación Sindical Internacional (Internacional de Ámsterdam) celebrado en Londres en noviembre de 1920. Ludovico D'Aragona (1876-1961) era secretario de la CGL italiana; James Henry Thomas (1874-1949), dirigente del sindicato ferroviario británico; Edo Fimmen (1881-1942), secretario de la Internacional de Ámsterdam.
[^130]: Heinrich Malzahn (1884-1957), sindicalista berlinés, dirigente de la oposición del VKPD que criticó la Acción de Marzo junto a Paul Levi.
[^131]: La Sipo (Sicherheitspolizei) era la policía de seguridad militarizada de los Estados alemanes; las Einwohnerwehren, milicias cívicas armadas formadas por la burguesía después de 1919.
[^132]: Willi Münzenberg (1889-1940), comunista alemán, secretario de la Internacional Juvenil Comunista.
[^133]: Paul Neumann, de la oposición del VKPD a la Acción de Marzo, que intervino antes en este debate.
[^134]: Wilhelm Pieck (1876-1960), miembro de la Central del VKPD.
[^135]: Jan Ceton (1875-1943), dirigente del Partido Comunista de los Países Bajos.
[^136]: Richard Müller (1880-1943) y Ernst Däumig (1866-1922), dirigentes de los delegados revolucionarios de Berlín durante la revolución de noviembre, pasaron del USPD al VKPD; Däumig salió de la Central en febrero de 1921 junto con Levi.
[^137]: Émile Vandervelde (1866-1938), ministro de Justicia de 1918 a 1921; Camille Huysmans (1871-1968); Louis de Brouckère (1870-1951); Edward Anseele (1856-1938); Georges Hubin (1863-1947): dirigentes del Partido Obrero Belga.
[^138]: *L'Ouvrier Communiste*, periódico del Partido Comunista fundado en 1920 en torno a War van Overstraeten, que se fusionó en septiembre de 1921 con el grupo de Jacquemotte.
[^139]: Sima Marković (1888-1939), secretario del Partido Comunista de Yugoslavia.
[^140]: Huelga general internacional del 21 de julio de 1919 en solidaridad con la Rusia soviética y la Hungría soviética.
[^141]: Dragiša Lapčević (1867-1939), dirigente histórico del Partido Socialdemócrata Serbio, que se opuso a la guerra en 1914.
[^142]: Por el decreto llamado *Obznana* (29-30 de diciembre de 1920), el gobierno del Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos prohibió la actividad del Partido Comunista.
[^143]: Yrjö Sirola (1876-1936), dirigente del Partido Comunista de Finlandia.
[^144]: El ultimátum de Londres (mayo de 1921), con el que los aliados impusieron a Alemania el plan de pagos de las reparaciones bajo amenaza de ocupar el Ruhr.
[^145]: Paul Louis (1872-1955), periodista e historiador socialista francés, entonces miembro del Partido Comunista.
[^146]: En el *Don Giovanni* de Mozart, el criado Leporello canta el catálogo de las conquistas de su amo.
[^147]: La ocupación de las fábricas en Italia, en septiembre de 1920. La dirección del PSI dejó la decisión en manos de la CGL, que cerró el movimiento con un acuerdo sobre el «control obrero».
[^148]: XVII Congreso del PSI (Livorno, enero de 1921), en el que la fracción comunista se separó y fundó el PCdI. Representaron allí al Ejecutivo Kabakchiev y Rákosi.
[^149]: Antonio Graziadei, economista del PSI, que en Livorno presentó con Anselmo Marabini una moción intermedia; después, miembro del PCdI.
[^150]: Walter Stoecker (1891-1939), dirigente de la izquierda del USPD y después del VKPD; murió en el campo de Buchenwald.
[^151]: Mátyás Rákosi (1892-1971), comunista húngaro, representante del Ejecutivo en el Congreso de Livorno.
[^152]: Ernest Lafont (1879-1946), diputado socialista francés que se adhirió al partido comunista tras Tours; Marcel Cachin (1869-1958), director de *L'Humanité*, había defendido la adhesión a la IC tras haber sido socialpatriota durante la guerra.
[^153]: El 10 (23) de octubre de 1917 el Comité Central bolchevique decidió la insurrección con el voto en contra de Kámenev y Zinóviev; el 4 (17) de noviembre ambos dimitieron del Comité Central por su desacuerdo sobre la formación de un gobierno de coalición socialista.
[^154]: Rudolf Hilferding (1877-1941), economista, dirigente del USPD que rechazó la adhesión a la IC.
[^155]: En marzo de 1921 representaba al Ejecutivo en Alemania Béla Kun, enviado con József Pogány y August Guralski.
[^156]: Frase atribuida al cardenal Richelieu: «Dadme seis líneas escritas por la mano del hombre más honrado y encontraré en ellas con qué ahorcarlo».
[^157]: Ernst Reuter (1889-1953), que usaba entonces el nombre de Friesland; dirigente del VKPD, después socialdemócrata y alcalde de Berlín Occidental.
[^158]: Ernst Däumig (1866-1922), dirigente de la izquierda del USPD y copresidente del VKPD; dimitió de la Central con Levi en febrero de 1921.
[^159]: «Turquestanos»: así llamaba Levi, con desprecio, a los emisarios del Ejecutivo que actuaban en Alemania.
[^160]: Boris Souvarine (1895-1984), periodista y dirigente del Partido Comunista francés; en el III Congreso fue elegido para el Ejecutivo de la IC.
[^161]: War van Overstraeten (1891-1981), pintor y dirigente del Partido Comunista de Bélgica fundado en 1920.
[^162]: Emile Vandervelde (1866-1938), dirigente del Partido Obrero Belga, presidente del Buró Socialista Internacional y ministro durante la guerra.
[^163]: Camille Huysmans (1871-1968), socialista belga, secretario del Buró Socialista Internacional de la II Internacional.
[^164]: *La enfermedad infantil del «izquierdismo» en el comunismo* (1920).
[^165]: *Le Peuple*, diario del Partido Obrero Belga.
[^166]: *La Vie ouvrière*, semanario sindicalista revolucionario fundado por Pierre Monatte en 1909.
[^167]: El golpe de Kapp-Lüttwitz (marzo de 1920), derrotado por una huelga general.
[^168]: Arthur Crispien (1875-1946), Georg Ledebour (1850-1947) y Luise Zietz (1865-1922), dirigentes del USPD que rechazaron la fusión con los comunistas en el congreso de Halle (octubre de 1920).
[^169]: *Sowjet*, revista comunista dirigida por Levi.
[^170]: Paul Böttcher (1891-1975), dirigente del VKPD, asistió como delegado al congreso de Livorno.
[^171]: *Avanti!*, diario del PSI; *L'Ordine Nuovo*, revista fundada en Turín en 1919 por Gramsci, Togliatti, Tasca y Terracini, diario del PCdI desde enero de 1921.
[^172]: Unión General Obrera Judía de Lituania, Polonia y Rusia, partido socialista judío fundado en 1897. En Rusia, su mayoría se fusionó con el Partido Comunista en 1921.
[^173]: Poale Sion («Obreros de Sion»), movimiento obrero socialista y sionista; su ala izquierda pidió la adhesión a la IC.
[^174]: Nicola Bombacci (1879-1945) y Antonio Graziadei (1872-1953), del ala comunista del PSI y fundadores del PCdI en Livorno.
[^175]: Jacques Mesnil (1872-1940), periodista belga, colaborador de *L'Humanité*.
[^176]: Giuseppe Emanuele Modigliani (1872-1947) y Claudio Treves (1869-1933), dirigentes reformistas del PSI.
[^177]: Jan Appel (1890-1985), obrero de los astilleros de Hamburgo y dirigente del KAPD; asistió al congreso bajo el seudónimo de Hempel.
[^178]: «Paz civil» (*Burgfrieden*): la tregua política y social que el SPD y los sindicatos concertaron con el gobierno al estallar la guerra en agosto de 1914. La «comunidad de trabajo» (*Arbeitsgemeinschaft*) es el acuerdo de colaboración entre los sindicatos y la patronal firmado en noviembre de 1918.
[^179]: Fritz Wolffheim (1888-1942) y Heinrich Laufenberg (1872-1932), dirigentes comunistas de Hamburgo, defensores del «nacionalbolchevismo»; fueron excluidos del KAPD en 1920.
[^180]: Deutscher Seemannsbund, organización sindical de los marineros alemanes.
[^181]: Diario en alemán publicado en Moscú durante el congreso.
[^182]: Vatslav Vorovski (1871-1923), diplomático soviético, representante de la Rusia soviética en Italia desde 1921.
[^183]: Marcel Sembat (1862-1922), Albert Thomas (1878-1932) y Jules Guesde (1845-1922), socialistas franceses que fueron ministros en los gobiernos de «unión sagrada» durante la guerra.
[^184]: Reunión de la fracción reformista («concentración socialista») del Partido Socialista Italiano celebrada en Reggio Emilia en octubre de 1920.
[^185]: La consigna «né aderire né sabotare» («ni adherirse ni sabotear»), adoptada por el Partido Socialista Italiano tras la entrada de Italia en la guerra en 1915.
[^186]: Derrota del ejército italiano frente a las tropas austroalemanas en octubre-noviembre de 1917.
[^187]: Rinaldo Rigola (1868-1954), secretario de la Confederación General del Trabajo italiana (CGL) hasta 1918, reformista.
[^188]: Leonida Bissolati (1857-1920), dirigente reformista expulsado del Partido Socialista Italiano en 1912 por apoyar la guerra de Libia; ministro durante la Primera Guerra Mundial.
[^189]: El XV Congreso del Partido Socialista Italiano (Roma, septiembre de 1918).
[^190]: Fabrizio Maffi (1868-1955), médico y diputado socialista italiano, de la corriente del PSI favorable a la III Internacional; ingresó con ella en el PCdI en 1924.
[^191]: Jules Humbert-Droz (1891-1971), comunista suizo, secretario del Comité Ejecutivo de la IC desde 1921.
[^192]: En el Congreso de Reggio Emilia (julio de 1912) fueron expulsados Leonida Bissolati, Ivanoe Bonomi, Angiolo Cabrini y Guido Podrecca, que habían apoyado la guerra de Libia y felicitado al rey tras un atentado.
[^193]: Diario del PSI. Su redacción de Milán fue asaltada e incendiada por fascistas y nacionalistas el 15 de abril de 1919.
[^194]: En junio de 1920 los *bersaglieri* del cuartel de Ancona se sublevaron contra su envío a Albania; la revuelta se extendió a la ciudad.
[^195]: El 21 de noviembre de 1920 los fascistas atacaron el palacio de Accursio, en Bolonia, durante la toma de posesión del ayuntamiento socialista; hubo varios muertos.
[^196]: Revista fundada por Turati en Milán en 1891, órgano del socialismo reformista.
[^197]: Derrota del ejército italiano ante las tropas austroalemanas en octubre-noviembre de 1917.
[^198]: Antonio Graziadei (1872-1953), economista y diputado socialista; en Livorno fue uno de los fundadores del PCdI.
[^199]: Christian Rakovski (1873-1941), revolucionario de origen búlgaro, presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo de Ucrania desde 1919.
[^200]: Anna Kuliscioff (1857-1925), revolucionaria de origen ruso, compañera de Turati y cofundadora de la *Critica Sociale*.
[^201]: Claudio Treves (1869-1933), dirigente reformista del PSI y director del *Avanti!* de 1910 a 1912.
[^202]: Palacio de Roma, sede de la Cámara de Diputados.
[^203]: Pierre Renaudel (1871-1935), dirigente de la mayoría socialista francesa partidaria de la defensa nacional durante la guerra.
[^204]: Los «comunistas unitarios» de Serrati, mayoría del Congreso de Livorno, que siguieron en el PSI.
[^205]: Congreso del Partido Socialista Italiano celebrado en Livorno en enero de 1921, en el que la izquierda se separó para fundar el Partido Comunista de Italia.
[^206]: La guerra italo-turca de 1911-1912, con la que Italia se apoderó de Tripolitania y Cirenaica (Libia).
[^207]: Alphonse Merrheim (1871-1925), dirigente sindicalista de la CGT francesa; participó en la conferencia de Zimmerwald (1915) y después se alineó con la mayoría reformista de la CGT.
[^208]: Se refiere al partido que siguió llamándose Partido Socialista (SFIO) tras la escisión del congreso de Tours (diciembre de 1920), en la que la mayoría fundó el Partido Comunista.
[^209]: Jean Longuet (1876-1938), nieto de Marx, dirigente de la corriente centrista del socialismo francés.
[^210]: Diario fundado por Longuet y sus partidarios en 1916, que tras Tours pasó a ser el órgano de la SFIO.
[^211]: Solomon Lozovski (1878-1952), sindicalista bolchevique, presidente del Consejo Internacional de los Sindicatos Rojos y luego secretario general de la Internacional Sindical Roja.
[^212]: Nombre alemán de Tallin, capital de Estonia.
[^213]: *Unser Weg. Wider den Putschismus* («Nuestro camino. Contra el putschismo»), folleto de Levi publicado en abril de 1921 contra la Acción de Marzo.
[^214]: Revista dirigida por Paul Levi, en la que este y sus partidarios publicaron sus críticas tras su salida del partido.
[^215]: Congreso del USPD celebrado en Halle en octubre de 1920, en el que Zinóviev intervino y la mayoría votó la adhesión a la IC, lo que condujo a la fusión con el KPD en el VKPD.
[^216]: Zeth Höglund (1884-1956), dirigente de la izquierda socialdemócrata sueca y del Partido Comunista de Suecia.
[^217]: Carl Lindhagen (1860-1946), alcalde de Estocolmo y pacifista, figura del Partido Socialdemócrata de Izquierda de Suecia hasta la escisión de 1921.
[^218]: Miklós Horthy (1868-1957), almirante, regente de Hungría desde 1920, tras el aplastamiento de la República Húngara de los Consejos de 1919.
[^219]: Alianza de Checoslovaquia, Rumanía y el Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, formada en 1920-1921 mediante tratados bilaterales, con el apoyo de Francia.
[^220]: El congreso del Partido Socialista de Rumanía que, en mayo de 1921, votó la adhesión a la IC y la transformación en Partido Comunista fue disuelto por la policía y sus delegados, detenidos.
[^221]: Edmund Burian (1878-1935), dirigente socialista checo, que presidía la delegación del Partido Comunista de Checoslovaquia en el congreso.
[^222]: Yuli Mártov (1873-1923), dirigente de los mencheviques; desde 1920 en el exilio en Berlín, donde editaba el *Sotsialistícheski Véstnik*.
[^223]: La conferencia de Viena (22-27 de febrero de 1921), en la que los partidos socialistas que habían dejado la II Internacional sin entrar en la IC fundaron la Unión Internacional de Partidos Socialistas, llamada por los comunistas Internacional Dos y Media.
[^224]: Friedrich Adler (1879-1960), socialdemócrata austriaco, secretario de la Internacional Dos y Media y, desde 1923, de la Internacional Obrera Socialista.
[^225]: Robert Grimm (1881-1958), dirigente socialdemócrata suizo, organizador de las conferencias de Zimmerwald y Kienthal.
[^226]: Karl Renner (1870-1950), socialdemócrata, canciller de Austria en 1918-1920; Johann Schober (1874-1932), jefe de la policía de Viena y canciller desde junio de 1921. Philipp Scheidemann (1865-1939), socialdemócrata, primer jefe de gobierno de la República de Weimar en 1919; Joseph Wirth (1879-1956), del Zentrum católico, canciller desde mayo de 1921.
[^227]: Anton Pannekoek, *Weltrevolution und kommunistische Taktik* (*Revolución mundial y táctica comunista*), 1920; Herman Gorter, *Offener Brief an den Genossen Lenin* (*Carta abierta al camarada Lenin*), 1920, respuesta a *La enfermedad infantil del «izquierdismo» en el comunismo*.
[^228]: El cierre patronal y la huelga de los mineros británicos de abril a junio de 1921, tras la devolución de las minas a sus propietarios privados; la Triple Alianza (mineros, ferroviarios y transportistas) se negó a ir a la huelga en solidaridad el 15 de abril de 1921, el llamado «viernes negro».
[^229]: La ocupación de las fábricas de septiembre de 1920, iniciada por la federación metalúrgica (FIOM) en Milán y Turín y extendida a todo el norte de Italia; terminó con un acuerdo negociado por la CGL y el gobierno de Giolitti, que prometía un control obrero que nunca se aplicó.
[^230]: Jan Černý (1874-1959), alto funcionario, presidente de un gobierno de técnicos en Checoslovaquia en 1920-1921.
[^231]: El golpe de Estado de Wolfgang Kapp y del general Walther von Lüttwitz en marzo de 1920, derrotado por una huelga general; el 13 de marzo la Central del KPD declaró que el partido no debía mover un dedo por la república.
[^232]: El plebiscito de la Alta Silesia del 20 de marzo de 1921, disputada entre Alemania y Polonia; las «sanciones» aliadas por las reparaciones, con la ocupación de Düsseldorf, Duisburgo y Ruhrort el 8 de marzo de 1921; y la negativa del gobierno bávaro a disolver las milicias armadas de los «guardias cívicos» (*Einwohnerwehren*).
[^233]: Gustav von Kahr (1862-1934), presidente del gobierno de Baviera en 1920-1921, protector de las milicias de derecha.
[^234]: Resolución del Comité Central del VKPD (7-8 de abril de 1921), que defendió la Acción de Marzo y la teoría de la ofensiva.
[^235]: Werner Sombart (1863-1941), economista y sociólogo alemán.
[^236]: El Partido Popular (Volkspartei), partido democrático pequeñoburgués del sur de Alemania; la Liga de la Paz y la Libertad, asociación pacifista burguesa fundada en Ginebra en 1867.
[^237]: Friedrich Christoph Dahlmann (1785-1860), historiador y político liberal alemán; su *Geschichte der englischen Revolution* apareció en 1844.
[^238]: Independent Labour Party (Partido Laborista Independiente), partido socialista británico fundado en 1893.
[^239]: Robert Smillie (1857-1940), presidente de la federación de mineros de Gran Bretaña (Miners' Federation of Great Britain) de 1912 a 1921; en 1919 defendió la nacionalización de las minas ante la comisión real sobre la industria del carbón (comisión Sankey).
[^240]: Congreso fundacional del Partido Comunista de Alemania (Liga Espartaco), celebrado en Berlín del 30 de diciembre de 1918 al 1 de enero de 1919; Rosa Luxemburg pronunció allí su discurso sobre el programa el 31 de diciembre. *¿Qué quiere la Liga Espartaco?* se había publicado en la *Rote Fahne* el 14 de diciembre de 1918.
[^241]: La Paz de Brest-Litovsk, firmada por la Rusia soviética con las potencias centrales el 3 de marzo de 1918; el avance del Ejército Rojo sobre Varsovia en la guerra soviético-polaca fue rechazado en agosto de 1920.
[^242]: Movimiento de los delegados de taller (*shop stewards*), surgido en la industria británica durante la guerra al margen de las direcciones sindicales.
[^243]: Las «uniones» (*Unionen*), organizaciones de empresa opuestas a los sindicatos, agrupadas en la Unión General Obrera de Alemania (AAUD), fundada en 1920 y ligada al KAPD.
[^244]: Huelga de masas de enero de 1918 en la industria de guerra alemana, contra la guerra y el hambre, con centenares de miles de huelguistas.
[^245]: *Moskau*, diario en lengua alemana que se publicó durante el congreso.
[^246]: Congreso del PSI en Livorno (enero de 1921), en el que la fracción comunista se separó del partido y fundó el Partido Comunista de Italia.
[^247]: El Partido Comunista de Checoslovaquia (sección checoslovaca) y el partido comunista de la región germanófona, con centro en Reichenberg (Liberec), que se unificaron en otoño de 1921.
[^248]: Las delegaciones alemana, austriaca e italiana, que presentaron enmiendas conjuntas al proyecto de tesis sobre la táctica.
[^249]: Ala izquierda del Partido Socialista Revolucionario, constituida en partido a finales de 1917; formó parte del gobierno soviético hasta marzo de 1918 y en julio de 1918 se alzó en Moscú contra los bolcheviques.
[^250]: Max Hoelz (1889-1933), comunista que dirigió grupos armados en el Vogtland en 1920 y en la región de Mansfeld durante la Acción de Marzo; en junio de 1921 fue condenado a cadena perpetua.
[^251]: La Asamblea Constituyente rusa, elegida en noviembre de 1917 y disuelta por el gobierno soviético en enero de 1918.
[^252]: En la polémica de 1910 sobre la huelga de masas, Kautsky opuso la «estrategia de desgaste» (*Ermattungsstrategie*) a la «estrategia de derrocamiento», términos tomados del historiador militar Hans Delbrück.
[^253]: Gueorgui Plejánov (1856-1918), fundador del marxismo ruso y luego menchevique; tras la insurrección de Moscú de diciembre de 1905 escribió que «no se debió empuñar las armas».
[^254]: Probablemente *La enfermedad infantil del «izquierdismo» en el comunismo* (1920), cuyo capítulo II trata de una de las condiciones fundamentales del éxito de los bolcheviques.
[^255]: La Triple Alianza agrupaba a los sindicatos de mineros, ferroviarios y transportistas. Ante el cierre patronal de las minas del 1 de abril de 1921, ferroviarios y transportistas renunciaron el 15 de abril («Viernes Negro») a la huelga de apoyo; los mineros siguieron solos hasta finales de junio.
[^256]: Semanario del Partido Comunista de Gran Bretaña, fundado en agosto de 1920.
[^257]: La Carta Abierta del VKPD a los demás partidos y sindicatos obreros, que proponía una acción común por reivindicaciones inmediatas, se publicó en la *Rote Fahne* el 8 de enero de 1921.
[^258]: II Congreso del KPD (Heidelberg, octubre de 1919); la izquierda excluida en él fundó el KAPD en abril de 1920.
[^259]: Intentona golpista de Wolfgang Kapp y el general Walther von Lüttwitz (13-17 de marzo de 1920), derrotada por la huelga general.
[^260]: La República Húngara de los Consejos (marzo-agosto de 1919) y la República de los Consejos de Baviera (abril-mayo de 1919).
[^261]: Levi, Zetkin, Ernst Däumig (1866-1922), Adolph Hoffmann y Otto Brass (1875-1950) dimitieron de la Central el 24 de febrero de 1921, tras perder la votación sobre la escisión de Livorno en Italia.
[^262]: Plebiscito del 20 de marzo de 1921 sobre el reparto de la Alta Silesia entre Alemania y Polonia; a comienzos de mayo estalló allí la tercera insurrección polaca.
[^263]: Ocupación del 8 de marzo de 1921, como sanción tras el rechazo alemán del plan aliado de reparaciones en la Conferencia de Londres.
[^264]: Periódico en alemán publicado en Moscú durante el congreso.
[^265]: Revista de Paul Levi y sus partidarios.
[^266]: Organización Escherich, organización paramilitar de derechas fundada en 1920 por Georg Escherich a partir de las milicias bávaras de autodefensa.
[^267]: *Červen* («Junio»), revista comunista checa fundada en 1918 por el poeta Stanislav Kostka Neumann.
[^268]: La Comunidad Central de Trabajo (Zentralarbeitsgemeinschaft), acuerdo de colaboración entre los sindicatos y la patronal firmado en noviembre de 1918 (acuerdo Stinnes-Legien).
[^269]: El *Diktat* de París: las exigencias de reparaciones fijadas por los aliados en París en enero de 1921; tras el rechazo alemán en la conferencia de Londres, las tropas aliadas ocuparon Düsseldorf, Duisburgo y Ruhrort el 8 de marzo de 1921.
[^270]: Emil Eichhorn (1863-1925), del USPD, jefe de la policía de Berlín; su destitución, el 4 de enero de 1919, desencadenó el levantamiento de enero.
[^271]: «Friesland», seudónimo de Ernst Reuter (1889-1953), dirigente del VKPD, defensor de la teoría de la ofensiva; más tarde, socialdemócrata y alcalde de Berlín Oeste.
[^272]: Robert Dißmann (1878-1926), del USPD, presidente del Sindicato Metalúrgico Alemán (DMV); Peter Graßmann (1873-1939), socialdemócrata, vicepresidente de la confederación sindical ADGB.
[^273]: *Sowjet*, revista comunista mensual en la que escribían Paul Levi y sus partidarios; más tarde se tituló *Unser Weg*.
[^274]: Jacob Walcher (1887-1970), espartaquista, responsable del trabajo sindical del VKPD.
[^275]: «Hempel», seudónimo de Jan Appel (1890-1985), delegado del KAPD en el congreso.
[^276]: La Oposición Obrera (Shliápnikov, Kollontái), corriente del Partido Comunista ruso que reclamaba la dirección de la economía por los sindicatos; fue condenada en el X Congreso del partido, en marzo de 1921.
[^277]: El Partido Comunista de América y el Partido Comunista Unificado de América se fusionaron en un congreso clandestino de unificación celebrado en mayo de 1921.
[^278]: Karl Gareis (1889-1921), diputado del USPD en el Landtag de Baviera, asesinado en Múnich en junio de 1921.
[^279]: Kurt Rosenfeld (1877-1943), abogado y diputado del USPD.
[^280]: Henryk Walecki (Maksymilian Horwitz, 1877-1937), dirigente del Partido Comunista Obrero de Polonia.
[^281]: Arkadi Maslow (Isaak Chemerinski, 1891-1941), dirigente de la izquierda del VKPD en Berlín.
[^282]: Paul Franken, dirigente del VKPD en Renania-Westfalia, uno de los firmantes de la enmienda de la oposición alemana.
[^283]: En mayo de 1921, ante la amenaza aliada de ocupar el Ruhr para forzar el pago de las reparaciones, el gobierno francés llamó a filas a la quinta de 1919.
[^284]: György Lukács (1885-1971), filósofo, comisario del pueblo en la República húngara de los Consejos de 1919.
[^285]: Región del sur de Hungría, en torno a la ciudad minera de Pécs, ocupada por tropas serbias de 1918 a agosto de 1921, donde el movimiento obrero actuaba con relativa libertad.
[^286]: Jenő Landler (1875-1928), dirigente sindical y comunista húngaro, comandante del Ejército Rojo húngaro en 1919.
[^287]: Hugo Eberlein (1887-1941), miembro de la Central del VKPD, enviado a Alemania central durante la Acción de Marzo.
[^288]: «¿Qué quiere la Liga Espartaco?», redactado por Rosa Luxemburg y publicado en la *Rote Fahne* el 14 de diciembre de 1918; el congreso fundacional del KPD lo adoptó como programa.
[^289]: *Táctica y organización de la ofensiva revolucionaria*: volumen colectivo publicado por la Central del VKPD en 1921 en defensa de la Acción de Marzo y de la teoría de la ofensiva.
[^290]: Ocupación de la fábrica siderúrgica de Differdange (Luxemburgo) por sus obreros en marzo de 1921.
[^291]: Conferencia de unidad comunista celebrada en Leeds a finales de enero de 1921, en la que el Partido Comunista de Gran Bretaña, fundado en el verano de 1920, se fusionó con otros grupos comunistas.
[^292]: Intento de golpe de Estado de Wolfgang Kapp y del general Lüttwitz en marzo de 1920, derrotado por la huelga general.
[^293]: Huelga de los obreros de las centrales eléctricas de Berlín en noviembre de 1920.
[^294]: Carta dirigida por el VKPD en enero de 1921 a los demás partidos y a los sindicatos, en la que les proponía una acción común por reivindicaciones inmediatas.
[^295]: Sublevación de los marinos y la guarnición de Kronstadt contra el poder soviético, en marzo de 1921.
[^296]: Huelga y cierre patronal en las minas de carbón británicas, de abril a junio de 1921.
[^297]: Boletín en alemán que publicaba en Viena la ROSTA, la agencia telegráfica rusa.
[^298]: Ernst Thälmann (1886-1944), obrero del puerto de Hamburgo procedente del USPD, dirigente del VKPD en Hamburgo; presidente del KPD desde 1925, fue asesinado en Buchenwald.
[^299]: Reunión del Comité Central del VKPD (17 de marzo de 1921), que decidió pasar a la acción.
[^300]: El 8 de marzo de 1921, como sanción por la cuestión de las reparaciones, tropas aliadas ocuparon Duisburgo, Ruhrort y Düsseldorf; con el ultimátum de Londres de mayo de 1921 se amenazó con ocupar toda la cuenca del Ruhr.
[^301]: Franz Mehring (1846-1919), historiador de la socialdemocracia alemana y cofundador de la Liga Espartaco.
[^302]: La Entente exigía la disolución de las milicias armadas de vecinos (*Einwohnerwehren*) de Baviera, a la que se resistía el gobierno bávaro; se disolvieron en junio de 1921.
[^303]: Maurice Laporte (1901-1987), dirigente de las Juventudes Comunistas francesas.
[^304]: En alemán, *linkisch* («torpe», «desmañado») deriva de *links*, «izquierda».
[^305]: Antonín Němec (1858-1926) y František Soukup (1871-1940), dirigentes de la socialdemocracia checa.
[^306]: De Gustave Hervé (1871-1944), socialista francés que antes de 1914 preconizaba responder a la guerra con la insurrección y la huelga militar, y que en 1914 se pasó al patriotismo.
[^307]: *Sowjet*, revista comunista en la que escribían Paul Levi y sus partidarios; más tarde se tituló *Unser Weg*.
[^308]: Goethe, *Fausto*, primera parte, palabras del Espíritu de la Tierra a Fausto.
[^309]: Leo Jogiches (1867-1919), dirigente de la Liga Espartaco y compañero de Rosa Luxemburg; fue asesinado en Berlín en marzo de 1919.
[^310]: Diario socialdemócrata de Leipzig, que en 1917 pasó a ser órgano del USPD; Clara Zetkin dirigió su suplemento femenino tras perder la dirección de *Die Gleichheit*.
[^311]: Luigi Polano (1897-1984), dirigente de la federación juvenil socialista italiana, que se pasó en bloque al Partido Comunista de Italia.
[^312]: Secondo Tranquilli (1900-1978), dirigente de las juventudes comunistas italianas, conocido más tarde como escritor con el nombre de Ignazio Silone.
[^313]: Karl Kreibich (1883-1966), dirigente de la izquierda socialdemócrata alemana de Bohemia (Reichenberg), que se integró en el Partido Comunista de Checoslovaquia.
[^314]: Franz Koritschoner (1891-1941), uno de los fundadores del Partido Comunista de Austria.
[^315]: Organisation Escherich, organización paramilitar antirrevolucionaria fundada en Baviera en 1920 por Georg Escherich.
[^316]: Edo Fimmen (1881-1942), sindicalista holandés, secretario de la Internacional sindical de Ámsterdam.
[^317]: Boicot obrero contra la Hungría de Horthy decretado por la Internacional de Ámsterdam en junio de 1920 en protesta por el terror blanco, y abandonado al cabo de pocas semanas.
[^318]: Jan Oudegeest (1870-1950), sindicalista holandés, secretario de la Internacional sindical de Ámsterdam.
[^319]: William Archibald Appleton (1859-1940), secretario de la General Federation of Trade Unions británica y primer presidente de la Internacional sindical de Ámsterdam (1919-1920).
[^320]: En España había entonces dos partidos comunistas: el Partido Comunista Español, fundado en abril de 1920 por las Juventudes Socialistas, y el Partido Comunista Obrero Español, fundado en abril de 1921 por los partidarios de la III Internacional que abandonaron el PSOE; se unificaron en noviembre de 1921.
[^321]: Así en el acta; por lo que sigue, se trata de Noruega, cuyo Partido Obrero pertenecía a la IC.
[^322]: Órgano de la Freie Arbeiter-Union Deutschlands (FAUD), la organización anarcosindicalista alemana.
[^323]: Resolución aprobada por el congreso de la CGT francesa en Amiens en octubre de 1906, que proclamaba la independencia de los sindicatos respecto de los partidos políticos. Victor Griffuelhes (1874-1922) era entonces secretario general de la CGT.
[^324]: Carl Legien (1861-1920), presidente de la Comisión General de los Sindicatos de Alemania y luego de la ADGB, partidario de la política de unión sagrada durante la guerra.
[^325]: Alude a la Zentralarbeitsgemeinschaft, acuerdo de colaboración entre los sindicatos y las organizaciones patronales alemanas firmado en noviembre de 1918 (acuerdo Stinnes-Legien).
[^326]: Walther Rathenau (1867-1922), industrial (AEG), ministro de Reconstrucción desde mayo de 1921; Louis Loucheur (1872-1931), ministro francés de las Regiones Liberadas. Las conversaciones que iniciaron en junio de 1921 sobre las reparaciones en especie llevaron a los acuerdos de Wiesbaden de octubre de ese año.
[^327]: En la conferencia de Spa (julio de 1920) Alemania se comprometió con los Aliados a entregarles dos millones de toneladas de carbón al mes a cuenta de las reparaciones.
[^328]: El 15 de abril de 1921 los dirigentes de los ferroviarios y de los obreros del transporte, aliados con los mineros en la Triple Alianza, se negaron a ir a la huelga en apoyo de los mineros, que habían sido sometidos a un cierre patronal.
[^329]: Alianza de la federación de mineros, el sindicato ferroviario y la federación del transporte de Gran Bretaña. El 15 de abril de 1921 («viernes negro») los dirigentes ferroviarios y del transporte retiraron la huelga de apoyo a los mineros, que quedaron solos frente al cierre patronal.
[^330]: Lev Mijáilovich Jinchuk (1868-1939), presidente del Tsentrosoyuz, la unión central de las cooperativas de consumo de la Rusia soviética; ponente sobre las cooperativas en el congreso.
[^331]: Alfred Rosmer (1877-1964), sindicalista revolucionario francés, miembro del Comité Ejecutivo de la IC y del Consejo Internacional de los Sindicatos Rojos.
[^332]: Delegados de taller elegidos por los obreros de cada fábrica; durante la guerra formaron en Gran Bretaña (sobre todo en el Clyde) un movimiento de comités obreros al margen de la dirección de las *trade unions*.
[^333]: La ley de consejos de fábrica (*Betriebsrätegesetz*) de 4 de febrero de 1920, que reducía los consejos a órganos de colaboración dentro de la empresa. Durante su debate en el Reichstag, el 13 de enero de 1920, la policía disparó contra los manifestantes ante el edificio y mató a unas cuarenta personas.
[^334]: Las fábricas químicas de Leuna, cerca de Merseburgo, la mayor empresa de Alemania central; sus obreros las ocuparon durante la Acción de Marzo hasta que las tropas las tomaron por asalto el 29 de marzo de 1921.
[^335]: Allgemeine Arbeiter-Union Deutschlands (AAUD), organización de empresa fundada en 1920 en estrecha relación con el KAPD, contraria a los sindicatos y al parlamentarismo.
[^336]: William Paisley Earsman (1884-1965), sindicalista nacido en Escocia, uno de los fundadores y primer secretario del Partido Comunista de Australia, creado en 1920.
[^337]: OBU: *One Big Union* («Un Gran Sindicato»), proyecto de unificación de los sindicatos australianos en una sola organización por ramas de industria.
[^338]: Ley de excepción de Bismarck contra la socialdemocracia, vigente de 1878 a 1890.
[^339]: *Die Gleichheit*, revista socialdemócrata para las obreras, dirigida por Clara Zetkin desde 1892 hasta 1917, cuando la dirección del SPD la apartó por su oposición a la guerra.
[^340]: Congresos de la II Internacional en Stuttgart (1907) y Copenhague (1910), junto a los cuales se celebraron las dos primeras conferencias internacionales de mujeres socialistas, organizadas por Clara Zetkin.
[^341]: Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas contra la guerra, reunida en Berna en marzo de 1915 por iniciativa de Clara Zetkin.
[^342]: Congreso del Partido Socialista francés celebrado en Tours en diciembre de 1920, en el que la mayoría votó la adhesión a la IC; Clara Zetkin intervino en él tras entrar clandestinamente en Francia.
[^343]: *Sobre el impuesto en especie*, folleto de Lenin de abril de 1921.
[^344]: Diario de los comunistas de lengua alemana de Reichenberg (Liberec), en Bohemia, encabezados por Karl Kreibich. El congreso aludido es el de fundación del Partido Comunista de Checoslovaquia, en mayo de 1921.
[^345]: La Comisión Estatal para la Electrificación de Rusia (GOELRO), creada en 1920, cuyo plan aprobó el VIII Congreso de los Soviets en diciembre de ese año.
[^346]: Karl Ballod (1864-1931), economista letón que escribió en alemán, autor, con el seudónimo de Atlanticus, de *Der Zukunftsstaat* (*El Estado del futuro*, 1898).
[^347]: Sublevación de los marineros y de la guarnición de la fortaleza de Kronstadt, en marzo de 1921, sofocada por el Ejército Rojo.
[^348]: Pável Miliukov (1859-1943), historiador, jefe del Partido Constitucional Democrático (kadetes) y ministro de Asuntos Exteriores del Gobierno provisional en 1917.
[^349]: Leonid Krasin (1870-1926), bolchevique, comisario del pueblo de Comercio Exterior; negoció en Londres el tratado comercial anglo-soviético de 1921.
[^350]: Heinrich Laufenberg (1872-1932) y Fritz Wolffheim (1888-1942), comunistas de Hamburgo, defensores en 1919-1920 del llamado «nacionalbolchevismo» (una guerra popular revolucionaria contra la Paz de Versalles); fueron expulsados del KAPD en 1920.
[^351]: Friedrich Stampfer (1874-1957), socialdemócrata, redactor jefe del *Vorwärts* desde 1916. Rádek estuvo preso en Berlín desde febrero de 1919 hasta comienzos de 1920.
[^352]: Alusión a la libra de carne que exige Shylock en *El mercader de Venecia*, de Shakespeare. En octubre de 1918 el gobierno soviético preguntó en una nota al presidente norteamericano Woodrow Wilson qué exigían las potencias de la Entente para dejar en paz a la Rusia soviética.
[^353]: Aleksandra Kollontái (1872-1952), dirigente bolchevique, comisaria del pueblo de Asistencia Social en 1917-1918 y una de las cabezas de la Oposición Obrera.
[^354]: Yekaterina Kuskova (1869-1958), publicista liberal, antigua marxista; formó parte del Comité Panruso de Ayuda a los Hambrientos creado en julio de 1921. «Beatrice» alude probablemente a la fabiana británica Beatrice Webb.
[^355]: Grigori Sokólnikov (1888-1939), bolchevique, y Alexandr Shliápnikov (1885-1937), dirigente de la Oposición Obrera.
[^356]: La Co-operative Wholesale Society, gran cooperativa mayorista del movimiento cooperativo británico.
[^357]: Philipp Scheidemann (1865-1939), dirigente socialdemócrata alemán, jefe del gobierno en 1919.
[^358]: «Sachs» era el seudónimo de Alexander Schwab (1887-1943), uno de los delegados del KAPD en el congreso.
[^359]: Sublevación de los marinos y de la guarnición de Kronstadt contra el gobierno soviético en marzo de 1921, aplastada por el Ejército Rojo.
[^360]: Allgemeiner Deutscher Gewerkschaftsbund (ADGB), confederación de los sindicatos «libres», de orientación socialdemócrata, constituida en 1919.
[^361]: La Unión Obrera Libre de Gelsenkirchen era una organización de mineros del Ruhr; la Unión General Obrera (Allgemeine Arbeiter-Union Deutschlands, AAUD) agrupaba organizaciones de empresa y estaba ligada al KAPD.
[^362]: La Zentralarbeitsgemeinschaft, acuerdo de colaboración entre los sindicatos y la patronal firmado en noviembre de 1918 (acuerdo Stinnes-Legien).
[^363]: Francesco Misiano (1884-1936), socialista italiano, diputado, fundador del PCdI en Livorno. El acta escribe «Missiano».
[^364]: El XVII Congreso del PSI, celebrado en Livorno en enero de 1921, en el que la fracción comunista se separó y fundó el PCdI.
[^365]: La Unione Sindacale Italiana (USI), confederación sindicalista revolucionaria fundada en 1912.
[^366]: Gustav Noske (1868-1946), socialdemócrata alemán, ministro de Defensa en 1919-1920, dirigió la represión de los levantamientos revolucionarios.
[^367]: La tercera insurrección polaca en la Alta Silesia (mayo-julio de 1921), dirigida por Wojciech Korfanty (1873-1939), después del plebiscito del 20 de marzo de 1921 sobre la pertenencia de la región a Alemania o a Polonia.
[^368]: La bomba lanzada contra la policía durante un mitin obrero en la plaza Haymarket de Chicago el 4 de mayo de 1886, a la que siguió la condena a muerte de varios anarquistas; cuatro fueron ahorcados en 1887.
[^369]: Huelga de la Pressed Steel Car Company en McKees Rocks (Pensilvania), en 1909.
[^370]: Resolución aprobada en 1906 por el congreso de la CGT francesa en Amiens, que proclamaba la independencia de los sindicatos respecto de los partidos políticos.
[^371]: Luis Marichalar y Monreal, vizconde de Eza, político conservador español, ministro y representante de España en la Conferencia Internacional del Trabajo de Washington (1919).
[^372]: William A. Appleton, secretario de la General Federation of Trade Unions británica y presidente de la Federación Sindical Internacional en 1919-1920.
[^373]: Corneille Mertens, dirigente sindical belga, vicepresidente de la Federación Sindical Internacional.
[^374]: Así en el acta; por el contexto (la Carta de Amiens, *La Voix du Peuple*), se trata de la CGT francesa.
[^375]: Semanario de la CGT francesa.
[^376]: Alusión al Consejo de Comisarios del Pueblo formado en noviembre de 1918 por el SPD y el USPD; el programa de 1891 es el programa de Erfurt del SPD.
[^377]: Alusión al folleto de Lenin *La enfermedad infantil del «izquierdismo» en el comunismo* (1920).
[^378]: Semanario de la IWW.
[^379]: American Federation of Labor (Federación Americana del Trabajo), la gran central sindical reformista de los Estados Unidos.
[^380]: William Earsman, sindicalista de origen escocés, uno de los fundadores del Partido Comunista de Australia en 1920.
[^381]: Daniel De Leon (1852-1914), dirigente del Socialist Labor Party americano, teórico del unionismo industrial y cofundador de la IWW.
[^382]: Central sindical revolucionaria fundada en 1919 en el Canadá occidental.
[^383]: Huelga general de Winnipeg (Canadá), de mayo a junio de 1919.
[^384]: La Confederación Nacional del Trabajo (CNT), central anarcosindicalista fundada en 1910; en 1919 se adhirió provisionalmente a la Internacional Comunista.
[^385]: El Partido Comunista Español, fundado en abril de 1920 a partir de la Federación de Juventudes Socialistas, y el Partido Comunista Obrero Español, fundado en abril de 1921 por los partidarios de la III Internacional que salieron del PSOE; se fusionaron en noviembre de 1921 en el Partido Comunista de España.
[^386]: Los «estrechos» (*tesniaki*): el Partido Obrero Socialdemócrata Búlgaro (socialistas estrechos), separado en 1903 de los «amplios» bajo la dirección de Dimitar Blagóev; en 1919 tomó el nombre de Partido Comunista Búlgaro.
[^387]: Joseph Tommasi, sindicalista revolucionario francés, de los Comités Sindicalistas Revolucionarios.
[^388]: Resolución del congreso de la CGT celebrado en Amiens en octubre de 1906, que proclamó la independencia del sindicalismo respecto de los partidos políticos.
[^389]: La huelga de los ferrocarriles franceses de octubre de 1910, rota por el gobierno de Aristide Briand con la movilización militar de los ferroviarios.
[^390]: Marcel Bidegaray, secretario de la Federación Nacional de Ferroviarios de la CGT.
[^391]: La huelga ferroviaria francesa de mayo de 1920, extendida por la CGT a otras ramas en huelgas «por oleadas»; terminó en derrota y en miles de despidos.
[^392]: Los Comités Sindicalistas Revolucionarios (CSR), organización de la minoría revolucionaria de la CGT, animada por Pierre Monatte.
[^393]: Congresos de la CGT de Lyon (septiembre de 1919) y Orleans (septiembre-octubre de 1920).
[^394]: Pierre Monatte (1881-1960), sindicalista revolucionario francés, fundador de *La Vie ouvrière*.
[^395]: El congreso fundacional de la IWW (Industrial Workers of the World), celebrado en Chicago en junio y julio de 1905.
[^396]: John Sandgren, sindicalista sueco-americano, director de la revista *One Big Union Monthly* de la IWW, apartado del cargo por su hostilidad a la Internacional Comunista.
[^397]: El proceso de Chicago de 1918 contra un centenar de dirigentes de la IWW, condenados a largas penas de prisión.
[^398]: Socialist Labor Party, partido socialista americano fundado en 1877 y dirigido desde la década de 1890 por Daniel De Leon.
[^399]: La Landsorganisasjonen (LO), confederación de los sindicatos noruegos.
[^400]: La huelga general noruega de mayo y junio de 1921 contra las rebajas salariales, que terminó en derrota.
[^401]: El II Congreso de la Internacional Juvenil Comunista, celebrado en Moscú en julio de 1921.
[^402]: Friedrich Ebert (1871-1925), presidente de la República alemana desde 1919; antes de la guerra presidió la Oficina Central para la Juventud Obrera creada por el SPD y los sindicatos.
[^403]: La Internacional Dos y Media (Unión de Partidos Socialistas para la Acción Internacional) se fundó en Viena en febrero de 1921.
[^404]: La conferencia internacional de la juventud socialista celebrada en Berna en abril de 1915.
[^405]: Lazar Shatskin (1902-1937), dirigente de la juventud comunista rusa (Komsomol) y de la Internacional Juvenil Comunista.
[^406]: Verso del estribillo de *La Internacional*, de Eugène Pottier: «L'Internationale sera le genre humain».
[^407]: Serguéi Stepniak-Kravchinski (1851-1895), revolucionario populista ruso, autor de *La Rusia subterránea* (1882).
[^408]: Lucie Colliard (1877-1961), maestra y sindicalista francesa, militante del Partido Comunista francés.
[^409]: Las huelgas de mayo de 1920 en Francia, iniciadas por los ferroviarios y extendidas por la CGT a otros sectores, que terminaron en derrota.
[^410]: El acta impresa dice «2¼, 2½»; el primer número es probablemente errata por «2.».
[^411]: En mayo de 1921 el gobierno francés llamó a filas a la quinta de 1919 ante la amenaza de ocupar el Ruhr.
[^412]: Technische Nothilfe, organización alemana creada en 1919 para mantener los servicios esenciales durante las huelgas.
[^413]: Congreso de unificación del KPD con la mayoría izquierdista del USPD (Berlín, diciembre de 1920), del que nació el VKPD.
[^414]: Paul Neumann, dirigente sindical metalúrgico berlinés del VKPD, de la oposición a la Acción de Marzo.
[^415]: Paul Franken, miembro del VKPD, de la oposición a la Acción de Marzo.
[^416]: Nikolái Meshcheriakov (1865-1942), bolchevique, especialista en el movimiento cooperativo.
[^417]: Campaña británica de 1920 contra la intervención en Rusia; en mayo de 1920 los estibadores de Londres se negaron a cargar armas para Polonia en el vapor *Jolly George*.
[^418]: Alusión a la llamada a filas de la quinta de 1919 decretada por el Gobierno francés en mayo de 1921, ante la amenaza de ocupar el Ruhr para forzar el pago de las reparaciones.
[^419]: Carta Abierta del VKPD (enero de 1921) a los demás partidos obreros y a los sindicatos, con la propuesta de una acción común por reivindicaciones inmediatas.
[^420]: Los Revolutionäre Obleute (delegados revolucionarios), red de delegados de fábrica, sobre todo de la metalurgia berlinesa, que organizó las huelgas políticas de 1917 y 1918 y tomó parte en la revolución de noviembre.
[^421]: Ocupación de las fábricas metalúrgicas del norte de Italia en septiembre de 1920.
[^422]: Cierre patronal y huelga de los mineros británicos de abril a junio de 1921; el 15 de abril («viernes negro») los ferroviarios y los transportistas de la Triple Alianza les retiraron su apoyo.
[^423]: Región minera de Alemania central, principal escenario de los combates de la Acción de Marzo de 1921.
[^424]: Periódico en alemán publicado por la IC en Moscú durante el congreso.
[^425]: Robert Weismann, fiscal prusiano, comisario del Estado para el orden público, encargado de la vigilancia política del movimiento revolucionario.
[^426]: El acta no indica el orador; por lo que dice, habla en nombre de la delegación francesa.
[^427]: Tom Mann (1856-1941), sindicalista británico, uno de los dirigentes de la huelga de los muelles de Londres de 1889 y fundador del Partido Comunista de Gran Bretaña.
[^428]: La Campana del Zar, fundida en 1733-1735; se rajó en 1737 sin haber llegado a tañer y está expuesta en el Kremlin.
[^429]: El tratado impuesto por la Entente al Imperio otomano fue el de Sèvres (10 de agosto de 1920), uno de los tratados del sistema de Versalles.
[^430]: Mustafa Kemal (1881-1938), más tarde Atatürk, jefe del movimiento nacional turco y del gobierno de Angora (Ankara).
[^431]: El Partido Comunista de Turquía «oficial», creado en octubre de 1920 por allegados de Kemal para quitar terreno a los comunistas.
[^432]: Nikolaos Dimitratos, dirigente del Partido Socialista Obrero de Grecia (SEKE), luego Partido Comunista de Grecia.
[^433]: El movimiento de los yangalíes de Mirza Kuchak Jan, que en junio de 1920 proclamó en Guilán, con apoyo soviético, la República Socialista Soviética de Persia; fue aplastado a finales de 1921.
[^434]: El golpe de Estado del 21 de febrero de 1921 (Reza Jan y Zia al-Din Tabatabai). El nuevo gobierno denunció el tratado angloiraní de 1919 y firmó el 26 de febrero un tratado con la Rusia soviética.
[^435]: El I Congreso de los Pueblos de Oriente, convocado por la IC en Bakú del 1 al 8 de septiembre de 1920.
[^436]: La Federación Revolucionaria Armenia (Dashnaktsutiún), partido nacionalista que gobernó la República de Armenia de 1918 a la sovietización de diciembre de 1920.
[^437]: Saad Zaghlul (1859-1927), jefe del partido nacionalista Wafd; su deportación por los británicos en marzo de 1919 desencadenó la revolución egipcia de ese año. El Hizb al-Watani es el Partido Nacional egipcio.
[^438]: Probablemente la Sarekat Islam («Unión Islámica»), movimiento nacionalista de masas de las Indias Orientales Neerlandesas.
[^439]: Henri Gouraud (1867-1946), general francés, alto comisario en Siria y el Líbano. El atentado, en el que murió su intérprete y resultó herido Hakki al-Azm, gobernador del Estado de Damasco, tuvo lugar en junio de 1921, pocas semanas antes de este discurso.
[^440]: Faisal ibn Husayn (1885-1933), rey de Siria en 1920 hasta su expulsión por los franceses; los británicos lo hicieron rey de Irak en agosto de 1921. El principado al este del Jordán es el emirato de Transjordania, confiado en 1921 a su hermano Abdalá.
[^441]: Ahmad al-Sharif al-Senussi (1873-1933), jefe de la cofradía senusí, que dirigió la resistencia contra los italianos en Libia.
[^442]: Sarkis Kasián (1876-1937), bolchevique armenio, presidente del Comité Revolucionario de Armenia desde noviembre de 1920.
[^443]: La entrada del Ejército Rojo en Georgia y la proclamación de la república soviética (febrero-marzo de 1921); Tiflis cayó el 25 de febrero.
[^444]: El Tratado de Alexandropol (2-3 de diciembre de 1920), firmado por el gobierno dashnak con la Turquía kemalista.
[^445]: Mija Tsjakaia (1865-1950), veterano bolchevique georgiano.
[^446]: Noe Zhordania (1868-1953), jefe del gobierno menchevique de Georgia (1918-1921); Nikolái Chjeidze (1864-1926), presidente de la Asamblea Constituyente georgiana; Irakli Tsereteli (1881-1959), dirigente menchevique. Los tres emigraron a Francia.
[^447]: Los 26 comisarios de Bakú, dirigentes de la Comuna de Bakú, fusilados en septiembre de 1918 en Transcaspia por los eseristas locales, con complicidad británica.
[^448]: Zhang Tailei (1898-1927), uno de los primeros miembros del Partido Comunista de China y su delegado en el III Congreso; murió en la insurrección de Cantón de diciembre de 1927.
[^449]: Durante la Primera Guerra Mundial, Francia y Gran Bretaña reclutaron en China a unos 140.000 trabajadores para obras de retaguardia en el frente occidental, y la Rusia zarista a muchos miles más.
[^450]: Japón se apoderó en 1914 de la concesión alemana de Kiao-chau y de los derechos alemanes en Shandong, que el Tratado de Versalles le reconoció en 1919; esa cesión desencadenó en China el Movimiento del 4 de Mayo.
[^451]: La Compañía de Desarrollo Oriental (en japonés, Tōyō Takushoku Kabushiki Kaisha; en coreano, Dongyang Cheoksik Jusik Hoesa), fundada en 1908 para la colonización agraria de Corea.
[^452]: El Movimiento del Primero de Marzo de 1919, levantamiento por la independencia de Corea, aplastado por las autoridades japonesas con miles de muertos.
[^453]: Probablemente la matanza de Jeam-ri, cerca de Suwon (15 de abril de 1919), en la que soldados japoneses encerraron a los vecinos en la iglesia y le prendieron fuego.
[^454]: Jiandao (en coreano, Gando), región de Manchuria fronteriza con Corea y de numerosa población coreana, donde el ejército japonés arrasó aldeas enteras en el otoño de 1920 tras sus choques con las guerrillas independentistas coreanas.
[^455]: El partido fundado en Irkutsk en mayo de 1921 por los comunistas coreanos de Rusia (la llamada fracción de Irkutsk), rival del Partido Comunista de Corea constituido en Shanghái en torno a Yi Dong-hwi.
[^456]: El Partido Comunista de Japón no se fundó formalmente hasta julio de 1922; en 1921 existía un primer grupo comunista clandestino.
[^457]: Grigori Semiónov (1890-1946), atamán cosaco que con apoyo japonés dominó la región de Chitá hasta 1920. El 26 de mayo de 1921, restos de los ejércitos blancos, bajo la protección de las tropas japonesas, derribaron en Vladivostok a las autoridades de la República del Extremo Oriente (Estado tapón creado en 1920 por la Rusia soviética) e instauraron el gobierno de los hermanos Merkúlov.
[^458]: Roman von Ungern-Sternberg (1886-1921), general blanco que ocupó Urga, capital de Mongolia, en febrero de 1921; fue capturado por el Ejército Rojo y fusilado en septiembre de 1921.
[^459]: Revueltas populares contra la carestía del arroz que se extendieron por todo Japón en el verano de 1918 y provocaron la caída del gobierno Terauchi.
[^460]: Yuan Shikai (1859-1916), general de la dinastía Qing y presidente de la República china desde 1912, que se proclamó emperador a finales de 1915. En el original, «Yen Sen Gai».
[^461]: Alexandr Suvórov (1730-1800), general ruso célebre por la rapidez y la audacia de sus ataques.
[^462]: Charles-André Julien (1891-1991), comunista francés de Argelia, delegado en el III Congreso; más tarde historiador del Magreb y de la colonización.
[^463]: El Congreso de los Pueblos de Oriente, convocado por la Internacional Comunista en Bakú, se celebró del 1 al 8 de septiembre de 1920.
[^464]: *Der Proletarier*, revista teórica mensual del KAPD (1920-1922).
[^465]: Ambrogio Belloni, delegado del Partido Comunista de Italia en el congreso.
[^466]: El congreso constituyente de la Internacional Sindical Roja, celebrado en Moscú en julio de 1921.
[^467]: Alusión a la manifestación de los Arditi del Popolo en Roma del 6 de julio de 1921 y a las negociaciones entre socialistas y fascistas que desembocaron en el «pacto de pacificación» del 3 de agosto de 1921.
