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Title: I Congreso de las Organizaciones Comunistas y Revolucionarias del Lejano Oriente. Actas (1922)
Description: Lo que la edición alemana de 1922 conserva de los trabajos del I Congreso de las Organizaciones Comunistas y Revolucionarias del Lejano Oriente (Moscú y Petrogrado, enero-febrero de 1922): el prólogo de Voitinski, la caracterización de las organizaciones representadas, los informes de Zinóviev, Sáfarov, Katayama y los delegados de China, Japón, Corea y Mongolia, y la crónica de la sesión de clausura.
Author: I Congreso de las Organizaciones Comunistas y Revolucionarias del Lejano Oriente
Date: 1922-01
URL: https://marxismo.school/archivo/congresos/1922%20Actas%20del%20I%20Congreso%20de%20las%20Organizaciones%20Comunistas%20y%20Revolucionarias%20del%20Lejano%20Oriente
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*No es el acta completa del congreso: los debates de las sesiones solo se publicaron en la edición inglesa de Petrogrado,* The First Congress of the Toilers of the Far East *(1922), de la que no hay copia libre. Damos lo que trae la edición alemana de la Internacional Comunista,* Der Erste Kongreß der kommunistischen und revolutionären Organisationen des Fernen Ostens. Moskau, Januar 1922, *[Petrogrado], Verlag der Kommunistischen Internationale, 1922, pp. VII-IX y 1-112: el prólogo de G. Voitinski, la caracterización de las organizaciones según sus informes y cuestionarios, los informes presentados al congreso y la crónica de la sesión de clausura en Petrogrado, según el ejemplar de la reimpresión facsímil de Feltrinelli digitalizado por la Universidad de Toronto en [Internet Archive](https://archive.org/details/dererstekongress00conguoft). El congreso se reunió en Moscú del 21 de enero al 1 de febrero de 1922 y se clausuró en Petrogrado el 2 de febrero. Los informes se pronunciaron en ruso o en las lenguas de los delegados; la única edición libre es esta traducción alemana de época, que traducimos. El texto alemán se ha establecido con un nuevo reconocimiento óptico corregido sobre las imágenes de las páginas. Las notas marcadas «(Nota de la edición alemana.)» o «(Nota del original.)» son del libro; las demás son nuestras. Traducción de la Escuela de marxismo, 2026. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/congresos/originales/1922%20Der%20Erste%20Kongre%C3%9F%20der%20kommunistischen%20und%20revolution%C3%A4ren%20Organisationen%20des%20Fernen%20Ostens.%20Berichte)*

*Las resoluciones, las tesis de Sáfarov, el saludo a Kalinin y el manifiesto del congreso están en [I Congreso de las Organizaciones Comunistas y Revolucionarias del Lejano Oriente](https://marxismo.school/archivo/congresos/1922%20I%20Congreso%20de%20las%20Organizaciones%20Comunistas%20y%20Revolucionarias%20del%20Lejano%20Oriente).*

## Prólogo

El primer Congreso de los partidos revolucionarios y comunistas del Lejano Oriente se reunió en Moscú en enero de este año, en medio de grandes dificultades.

Por primera vez, tras vencer numerosas dificultades y peligros, se congregaron en el Moscú rojo los delegados del proletariado revolucionario de Japón y de las masas oprimidas de China y de Corea, de Mongolia y de las Indias Holandesas. En el Congreso estuvieron representadas más de treinta organizaciones distintas, que abarcaban todos los elementos revolucionarios organizados del Lejano Oriente: desde los partidos comunistas de Japón, China y Corea, fundados hace poco, y los destacamentos guerrilleros de Corea, que durante diez años han combatido con las armas en la mano contra los militaristas japoneses, hasta el partido republicano chino Go-Min-Dan[^a4], que el año pasado, como resultado de diez años de lucha contra los militaristas de la China del Norte, se convirtió en el partido de gobierno de la China del Sur.

Entre los delegados se encontraban también los representantes de las organizaciones juveniles revolucionarias del Lejano Oriente y las representantes de las organizaciones de mujeres.

En un principio, el Congreso estaba previsto para la fecha de apertura de la Conferencia de Washington[^a5]; pero, por un lado, eso no era fácil de llevar a cabo a causa de las grandes distancias y, por otro, algunas organizaciones del Lejano Oriente, como el Partido Comunista de China, eran partidarias de esperar para abrir el Congreso a que concluyera la Conferencia de Washington, que había de proporcionar mucho material para desenmascarar a los imperialistas.

El objetivo del Congreso —unir en una alianza fraternal a las masas trabajadoras del Lejano Oriente contra los imperialistas, que desde el final de la guerra mundial se lanzan con una avidez cada vez mayor sobre los países del Lejano Oriente, y establecer la colaboración de las fuerzas antimilitaristas, que hasta ahora actúan separadas incluso dentro de un mismo país— se alcanzó en gran medida.

En las tesis y resoluciones aprobadas (que se publican en el presente folleto) se trazaron los métodos y los caminos de la lucha organizada de las masas trabajadoras de los distintos países del Lejano Oriente contra el enemigo común: el imperialismo mundial.

En las reuniones de las fracciones se logró la unificación efectiva de los elementos anarcosindicalistas de los obreros revolucionarios de Japón con el Partido Comunista de Japón. Se preparó también un bloque de todos los grupos revolucionarios de China y de Corea, incluidos los grupos nacionalistas, para la lucha contra el imperialismo.

El Partido Comunista de China hizo suya en el Congreso la consigna «¡A las masas!» y, sobre la base de las tesis aprobadas, se presentará con un programa político y económico capaz de atraer a las masas por el sentido práctico, la concreción y el contenido verdaderamente actual de las reivindicaciones que plantea.

La cuestión candente del movimiento revolucionario coreano, la formación de un centro nacional revolucionario único, quedó resuelta en el Congreso.

En las secciones del Congreso dedicadas al movimiento sindical se estudiaron atentamente, por primera vez, las particularidades de este movimiento en cada país del Lejano Oriente, y se señalaron los caminos para reunir a las grandes masas obreras en asociaciones obreras adecuadas a las condiciones de cada país.

La actualidad y la urgencia de esta última cuestión, incluso para un país como China, las ponen de relieve la oleada de huelgas en China, que alcanzó su mayor amplitud a finales del año pasado y a comienzos del presente, y el significado de la última huelga, recién terminada, de los marinos de Hong Kong[^a6].

La oleada del movimiento antijaponés y antianglosajón que en los últimos tiempos vuelve a crecer en China, y que se ha expresado en manifestaciones de masas y en mítines de protesta en los que han participado obreros, artesanos, comerciantes e incluso funcionarios, creará sin duda un terreno favorable para llevar a cabo el plan, previsto en el Congreso, de agrupar todas las fuerzas antiimperialistas de China.

Las palabras del manifiesto aprobado en la última sesión plenaria del Congreso, en presencia de miles de obreros rusos:

«*Desde ahora sellamos una alianza indestructible de los trabajadores del Lejano Oriente bajo la bandera de la Internacional Comunista*»: estas palabras mostrarán en un futuro próximo todo el sentido y toda la importancia del primer Congreso de los trabajadores del Lejano Oriente celebrado en el territorio de la primera república de obreros y campesinos.

*G. Voitinski*[^a7].

## Caracterización de las organizaciones según los informes

### Japón

*1. Asociación del Trabajo de Kansai.*

A esta asociación pertenecen las siguientes organizaciones: la «Kosho-Kai» (organización de reconstrucción), cuyos miembros son los obreros de las empresas estatales de la industria de guerra; la Unión de los Obreros de la Industria del Hierro; la Unión de los Obreros de Imprenta de Osaka, y la Asociación Obrera de Kobe, a la que pertenecen los obreros de los astilleros de Kobe. La Asociación del Trabajo de Kansai cuenta con unos 13 000 miembros; lucha por mejorar la situación económica de los obreros mediante huelgas y sabotaje. En las grandes huelgas de los obreros de la construcción naval de Kobe, que tuvieron lugar el año pasado, el papel dirigente correspondió a la Asociación de Kansai. Una de las consignas políticas de esta asociación es la lucha por el sufragio universal. La Asociación de Kansai pertenece a la Federación General del Trabajo, la antigua «Ju-Ai-Kai»[^a8], y se encuentra bajo la influencia del conciliador japonés y dirigente de la «Ju-Ai-Kai» Susuki[^a9] y del socialista cristiano Kagava[^a10]. La parte avanzada de esta organización se va liberando poco a poco de las influencias tradeunionistas, pero todavía utiliza la forma legal de la organización para hacer propaganda revolucionaria y atraer a los obreros a la lucha de clases activa.

*2. Asociación del Trabajo (Rodoscha).*

Esta asociación, que cuenta con más de 500 miembros, tiene su sede en Tokio. Los representantes de toda una serie de organizaciones obreras de Tokio son miembros de la «Rodoscha». Hasta ahora esta asociación era anarcosindicalista y renunciaba a la lucha política, en particular al parlamentarismo. Su tarea consistía en revolucionar a las capas inferiores de los obreros. Sus métodos de lucha por las reivindicaciones económicas eran la huelga y el sabotaje. Actualmente la asociación lucha activamente contra la rebaja de los salarios. La «Rodoscha» se hallaba hasta ahora bajo la influencia intelectual del anarquista Osugi[^a11]. Los dirigentes de la «Rodoscha» son todos obreros. Esta asociación es muy popular entre los obreros. Los miembros de la «Rodoscha» aprovechan cada acción de los obreros japoneses, hacen una amplia agitación y lanzan la consigna de la acción directa. Ahora esta organización se ha adherido al Partido Comunista de Japón y cambia de táctica, conforme a las tareas de la lucha de clases organizada, en el sentido del Partido Comunista. Uno de los dirigentes de esta organización —un obrero metalúrgico— asistió al Congreso como delegado.

*3. Unión de los Obreros de Imprenta de Tokio.*

Esta unión surgió de la fusión de dos organizaciones: la Schinju-Kai (Sociedad de la Colaboración) y la Seisin-Kai (Sociedad «Adelante»). La unión tiene unos 1000 miembros y lucha por la emancipación económica y política de los obreros. Su táctica es la acción directa. Actualmente participa activamente en la lucha económica de los obreros japoneses. Al igual que la «Rodoscha», esta unión estaba impregnada de tendencias anarcosindicalistas. Se fundó en 1917 y poco después dirigió una gran huelga de los obreros de imprenta de Tokio (durante cinco días no apareció en Tokio ni un solo periódico). También esta unión estaba bajo la influencia del anarquista Osugi. Sin embargo, entre sus miembros hay toda una serie de marxistas formados, cuya influencia se afianza. En el Congreso participó un delegado de esta unión.

*4. Unión de los Obreros de Imprenta de Kiu Siu[^a16].*

Por el carácter de su actividad y por sus tendencias generales, esta unión está próxima a la «Rodoscha» y a la Unión de los Obreros de Imprenta de Tokio. Estuvo representada en el Congreso por un delegado.

*5. Partido Comunista de Japón.*

En el informe del camarada Tahawa, que publicamos más adelante, se dan noticias detalladas sobre la organización y la táctica del Partido Comunista de Japón.

El Partido Comunista de Japón tiene una sección femenina que realiza una activa labor de propaganda. Las mujeres participaron activamente, junto con los miembros del Partido Comunista de Japón, en las manifestaciones del Primero de Mayo y en todas las acciones de la clase obrera que se han producido desde que nació el Partido Comunista. Como vemos por el informe, la influencia del Partido Comunista de Japón se refuerza; al mismo tiempo crece el número de sus afiliados.

### Corea

*1. Federación General del Trabajo de Corea.*

Esta federación nació en noviembre de 1919 en Seúl; está ligada a toda Corea por una red entera de secciones y subsecciones, y cuenta con más de 85 000 miembros. A esta federación pertenece una serie de sindicatos fundados en las regiones industriales de Corea y, sobre todo, en Seúl. Muchos sindicatos surgieron bajo la dirección de esta federación; muchos existían antes y se adhirieron después a ella. Además de los sindicatos ya existentes, pertenecen a la federación numerosas asociaciones obreras que agrupan a culíes, conductores de rickshaws, obreros del transporte y del ferrocarril y mineros. Estas asociaciones obreras se encuentran en Seúl y en la mayoría de los puertos industriales. Están subordinadas a la federación también en las acciones ligadas a la lucha por la independencia de Corea. Desde su nacimiento la federación ha dirigido cuatro grandes huelgas: en Seúl, en Fusan[^a12], en Tschemulpo[^a13] y en Potschan. En Seúl se organizó una huelga en las mayores fábricas de tabaco del Gobierno japonés. Los huelguistas exigían aumento de salario, reducción de la jornada e igualdad de trato con los obreros japoneses. La lucha por la formación de consejos de fábrica forma parte, como objetivo inmediato, del programa económico de la organización. Además, la federación ha participado siempre en la lucha por la liberación nacional. La organización tiene que trabajar bajo la mirada siempre vigilante de las autoridades japonesas. Pero las ideas de la revolución proletaria echan raíces firmes entre los obreros. Seis delegados de esta federación asistieron como representantes al Congreso de los trabajadores del Lejano Oriente.

*2. Estado Mayor Central de las Tropas Coreanas para el Restablecimiento de Corea.*

Esta organización nació el 1 de enero de 1920 y tenía como objetivo armar e instruir a las tropas para la lucha por el restablecimiento de la independencia de Corea; está formada por guerrilleros de Manchuria y de Corea que, desde hace más de diez años, combaten con las armas en la mano, en diversas unidades, contra el militarismo japonés. Su composición social la forman campesinos y obreros emigrados de Corea. La organización cuenta con unos 30 000 miembros, incluidas las cuatro secciones principales que se encuentran en Corea propiamente dicha. La organización participa activamente en la guerra de guerrillas; se encuentra en el sur de Manchuria y desarrolla su actividad militar sobre todo en la línea fronteriza con Corea; en Corea propiamente dicha actúa en pequeños grupos de 50 a 100 hombres. Esta organización cuenta en sus filas con muchos comunistas prestigiosos que trabajan entre los guerrilleros coreanos. Dos delegados representaron a esta organización en el Congreso.

*3. Federación de la Juventud Coreana.*

Es una organización influyente de la juventud revolucionaria de Corea y nació en abril de 1920; tiene 13 secciones principales (una en cada provincia de Corea) y 210 pequeños centros; cuenta con más de 57 000 miembros. Se formó mediante la unificación de todas las organizaciones juveniles de Corea. Su objetivo principal es el desarrollo intelectual de la juventud y la introducción de la ciencia y la técnica europeas; el contenido ideológico de la federación es la lucha de liberación nacional. La federación tiene relaciones con la juventud obrera de las fábricas y de los astilleros. Es una de las más influyentes en la lucha de liberación nacional de Corea. La organización publica periódicos y revistas y tiene muchas escuelas propias. Estuvo representada en el Congreso por dos delegados.

*4. Organización de Combate de la Juventud[^a1].*

La organización se propone armar tropas para la lucha de liberación; nació en octubre de 1919 en Manchuria (Kwantun); tiene en Corea siete secciones principales; cuenta con unos 20 000 miembros y nació de la unificación de 150 organizaciones juveniles diferentes. Participa activamente en las acciones militares y revolucionarias dirigidas contra el poder japonés. La mayoría de sus miembros son campesinos emigrados que se han establecido en el sur de Manchuria; los demás son intelectuales y campesinos que viven en Corea propiamente dicha. Es una de las organizaciones más probadas y activas en la lucha por la independencia de Corea. Se distingue de las demás organizaciones juveniles por su participación activa e inmediata en la lucha revolucionaria. Estuvo representada en el Congreso por dos delegados.

*5. El Joven Partido de la Nueva Corea.*

Nació en Shanghái en noviembre de 1918; tiene una sección en los Estados Unidos; cuenta con 126 miembros. A esta organización pertenecen hombres que son, en mayor o menor medida, dirigentes del movimiento de liberación. Eso explica también el escaso número de sus miembros. La organización se constituyó para coordinar la actividad de los distintos representantes del movimiento revolucionario de Corea. Su composición social la forman intelectuales revolucionarios; muchos de sus miembros fueron en su día miembros del Gobierno provisional de Corea[^a14], pero ahora, tras salir del Gobierno, se han situado en el terreno de la lucha revolucionaria contra el imperialismo japonés; la actividad de la organización consiste sobre todo en la propaganda de la idea de la liberación de Corea en el extranjero, en la agitación y en acciones revolucionarias activas dentro de Corea. El Partido de la Nueva Corea es una organización de tendencias socialistas; pertenecen a él también comunistas. Estuvo representado en el Congreso por un delegado.

*6. Liga de los Estudiantes Coreanos en China.*

La organización nació en agosto de 1921 en Shanghái. Cuenta con 165 miembros. Se propone el desarrollo intelectual de la juventud y la introducción de nuevos métodos en la enseñanza; no participa activamente en la lucha de liberación. Estuvo representada en el Congreso por dos delegados.

*7. Sociedad de los Estudiantes Coreanos Regresados de Japón.*

Es una organización revolucionaria fundada por los estudiantes organizados que regresaron de Japón; nació en febrero de 1920 en Shanghái y cuenta con 55 miembros. Las bases de esta sociedad se pusieron ya en febrero de 1919 en Japón, donde existía con el nombre de «Liga de la Juventud Coreana por la Independencia». Esta liga publicó en Japón una declaración de independencia de Corea y una serie de manifiestos, y desarrolló su actividad pese a las persecuciones y detenciones de la administración japonesa. Esta organización desempeñó un papel activo en la preparación de la manifestación de marzo de 1919[^a15]. Después de marzo de 1919 los miembros de la organización regresaron a Corea; muchos se establecieron en Shanghái y desde allí influyeron en el movimiento de liberación de Corea. La organización publica periódicos, revistas y literatura. Sirve de eslabón entre los estudiantes coreanos de Japón y la juventud de Corea propiamente dicha. Estuvo representada en el Congreso por un delegado.

*8. Representantes de las iglesias cristianas coreanas.*

Este grupo de representantes de las iglesias cristianas coreanas abarca a unos 40 000 coreanos convertidos al cristianismo. Los cristianos coreanos empezaron a desarrollar su actividad en 1905, es decir, desde la implantación del protectorado japonés sobre Corea; fundaron organizaciones políticas secretas e intentaron llevar a las masas a alzarse contra la ocupación. Muchos de sus dirigentes utilizaron la iglesia para el trabajo político. Estas organizaciones eclesiásticas no son un factor desdeñable en la lucha de liberación. En el Congreso estuvo presente un delegado de esta organización.

*9. Sociedad Patriótica de Mujeres de Corea.*

La sociedad nació en marzo de 1919 en Seúl; en la propia Corea cuenta con hasta 3000 miembros. La tarea de la organización es la lucha por la liberación nacional y por la emancipación de la mujer. Sus miembros participaron directamente en la manifestación de marzo de 1919 y desde entonces no han dejado de colaborar con los demás grupos revolucionarios. La sociedad lucha también contra las tradiciones y las costumbres heredadas del pasado que encadenan a las mujeres coreanas. La organización tiene secciones en Shanghái, en Japón y en América, y está en contacto con la organización de mujeres coreanas de Siberia; la sociedad publica periódicos y revistas para las mujeres coreanas y hace agitación pese a las crueles persecuciones de las autoridades japonesas. Legalmente, la sociedad actúa a través de su sección para la organización de la educación de la mujer, que organiza escuelas nocturnas, conferencias y excursiones. Esta organización desempeña un papel importante en la lucha de liberación; la mayoría de sus miembros son estudiantes universitarias y alumnas de enseñanza media. En el Congreso la sociedad estuvo representada por una delegada.

*10. Partido Comunista de Corea.*

El informe que los delegados del Partido Comunista de Corea presentaron al Congreso se reproduce más adelante. Nacido en Rusia bajo la dirección inmediata de la Internacional Comunista, el Partido Comunista ha echado raíces profundas, en el corto período de su existencia, tanto entre la emigración coreana como en la propia Corea. El Partido Comunista está ligado a las masas trabajadoras de Corea y tiene gran influencia en su lucha revolucionaria de liberación.

Los mejores representantes del movimiento comunista de Corea tienen que librar una lucha tenaz contra toda una caterva de elementos conciliadores y aventureros que ejercen una acción disgregadora sobre el todavía joven movimiento; tienen además que educar a las masas coreanas para que comprendan sus objetivos de clase. El número cada vez mayor de afiliados del Partido Comunista de Corea y su creciente influencia en el país indican que el Partido Comunista de Corea llegará a ser el factor dominante del movimiento de liberación de Corea. En el Congreso el Partido Comunista de Corea estuvo representado por seis delegados.

*11. Liga Estudiantil Coreana.*

Esta liga se fundó en abril de 1920 en Corea; cuenta con unos 13 000 miembros. El objetivo de esta organización es el desarrollo intelectual de sus miembros y la difusión de conocimientos y de cultura. Sus miembros participan en el movimiento revolucionario de Corea. La liga está en estrecho contacto con las organizaciones de estudiantes coreanos de China y de Japón; hace propaganda y agitación y organiza escuelas nocturnas y debates de divulgación general. La organización estuvo representada en el Congreso por dos delegados.

*12. Liga de la Independencia de Corea.*

Nacida en abril de 1919 en Manchuria, se ocupa de la instrucción militar de sus miembros para acciones activas contra las fuerzas japonesas en Corea. Cuenta con 8600 miembros y tiene cuatro secciones principales; la mayoría de sus miembros son campesinos y obreros que emigraron al sur de Manchuria después de la ocupación de Corea por Japón. Las tropas de esta organización participan en la guerra de guerrillas. Una parte de sus dirigentes son comunistas. En el Congreso participaron dos delegados de esta organización.

*13. Liga del Restablecimiento de Corea.*

Se fundó en febrero de 1920 y tiene tres secciones principales; cuenta con 1050 miembros. El objetivo y las tareas de esta organización son los mismos que los de la «Liga de la Independencia de Corea». En el Congreso representó a esta organización un delegado.

### China

El movimiento revolucionario de China estuvo ampliamente representado en el Congreso por toda una serie de organizaciones socialistas, nacional-revolucionarias y obreras. Entre las socialistas figuran la «Sociedad de la Renovación» de Shandong, las Uniones de la Juventud Socialista de Tjan-Schan y de Taivan, las «Organizaciones de Ayuda Mutua» y la «Liga Obrera» de Hankou, la «Sociedad para el Estudio y la Aplicación Práctica del Socialismo» de Hunan, el «Instituto Marxista» de Cantón, la asociación «Joven China» y la «Sociedad para el Estudio de la Organización Sindical».

Las organizaciones nacional-revolucionarias estuvieron representadas por las «Uniones de Maestros» de Shandong, Hankou y Anhui, las «Uniones de Estudiantes» de Shandong, Anhui y Hunan, el partido Go-Min-Dan, las uniones de periodistas de Shandong, Hunan y Hubei y la Unión Unificada de las Mujeres Chinas.

Las organizaciones obreras estuvieron representadas por las uniones de los obreros mecánicos de Shanghái y de Cantón, la Unión de Industria de los Obreros del Ferrocarril Pekín-Mukden, la Unión de los Obreros de la Construcción de Cantón, la Unión de los Obreros de Imprenta de Hangzhou (provincia de Zhejiang), la Unión Obrera de Hunan, la Unión Obrera de Shandong y las uniones campesinas de Hunan y de Zhejiang.

El movimiento comunista estuvo representado por los delegados de las organizaciones comunistas de Pekín, Shanghái, Sichuan y Cantón.

## Extractos de los materiales de los cuestionarios de los delegados al Congreso del Lejano Oriente

| | | |
|---|---:|---|
| 1. Delegación coreana | 52 | delegados |
| 2. Delegación china | 37 | » |
| 3. Delegación japonesa | 13 | » |
| 4. Mongolia (sola) | 14 | » |
| 5. Buriatos (sección) | 8 | » |
| 6. Isla de Java | 1 | » |
| 7. Sección de los calmucos | 2 | » |

*Con voz consultiva.*

| | | |
|---|---:|---|
| 8. India | 2 | delegados |
| 9. Japón | 3 | » |
| 10. Yakutos | 3 | » |
| 11. Buriatos de la R.S.F.S.R. y de la República del Lejano Oriente[^a17] | 4 | » |
| 12. China | 5 | » |

*Situación social de los delegados.*

| | Intelectuales y estudiantes[^a2] | Obreros | Campesinos | Empleados, etc. |
|---|---:|---:|---:|---:|
| Sección coreana | 18 | 2 | 25 | 3 |
| Sección china | 20 | 9 | 9 | 1 |
| Sección japonesa | 4 | 12 | — | — |
| Mongoles y buriatos[^a3] | 4 | 12 | — | — |

*Instrucción.*

| | Superior | Media | Primaria | Analfabetos |
|---|---:|---:|---:|---:|
| Sección coreana | 10 | 29 | 9 | — |
| Sección china | 9 | 26 | 4 | — |
| Sección japonesa | 5 | 5 | 5 | 1 |
| Mongoles y buriatos[^a3] | — | 4 | 8 | 4 |

*Afiliación política.*

| | | |
|---|---|---:|
| Sección coreana: | Comunistas | 37 |
| | Unión de la Juventud Comunista | 5 |
| | Sin partido | 6 |
| Sección china: | Comunistas | 14 |
| | Unión de la Juventud Socialista | 11 |
| | Sin partido | 14 |
| Sección japonesa: | Comunistas | 9 |
| | Anarquistas | 4 |
| | Sin partido | 3 |
| Sección de los mongoles y buriatos[^a3] | Comunistas | 1 |
| | Unión de la Juventud Comunista | 1 |
| | Partidos nacionales | 11 |
| | Sin partido | 3 |

## G. Zinóviev: La situación internacional y el Lejano Oriente

¡Camaradas! Mi tarea consiste en exponer la situación internacional, desde luego solo en sus rasgos principales más importantes, y en tocar, en sus líneas más generales, las tareas de nuestro Congreso tal como las concibe el Ejecutivo de la Internacional Comunista.

Han pasado ya más de tres años desde el final de la guerra imperialista. Pero está completamente claro que pasarán todavía muchos años antes de que la humanidad empiece a olvidar las consecuencias de esta guerra. El mundo entero se debate como un pájaro en la red para superar al menos en cierta medida las consecuencias desesperadas de la guerra, que se sienten a cada paso. El rasgo principal del actual período de posguerra es, a mi parecer, el hecho de que esta vez pasan a primer plano, cada vez con más insistencia, ya no cuestiones europeas, sino cuestiones asiáticas, las cuestiones del Lejano Oriente. No quiero decir con ello que estas cuestiones no hayan desempeñado hasta ahora un gran papel. Todo el mundo sabe que el problema asiático desempeña desde hace varios decenios un gran papel en las cuestiones de la política mundial. Todo el mundo sabe también que la primera revolución en Rusia, en 1905, estuvo estrechamente ligada a la guerra ruso-japonesa, y esta, a su vez, a muchas cuestiones fundamentales del problema del «Lejano Oriente». Pero en el último período el problema asiático, el problema del Lejano Oriente, empieza a desplazar directamente todas las demás cuestiones de la política mundial. Esto se ve con especial claridad si se observa la lucha que se ha desarrollado en torno a la paz concluida tras el final de la guerra imperialista. Si observáis los acontecimientos más recientes, si os fijáis en la reciente caída del ministerio Briand en Francia, que pone ahora en entredicho la proyectada Conferencia de Génova[^a18], veréis enseguida cómo las disputas europeas se vuelven cada vez más superficiales y se agotan cada vez más.

Los países vencedores, en primer lugar la Francia burguesa, pese a todos sus esfuerzos, no pueden obtener ninguna parte medianamente importante de la suma que esperaban obtener de la Alemania vencida y que Francia considera tener derecho a obtener. Ayer pudisteis leer la declaración del ministro de la Francia burguesa, Poincaré[^a19]: «A nosotros, los franceses, se nos quiere tachar de “imperialistas enloquecidos” (así se expresa, en efecto), pero toda nuestra culpa consiste en exigir que Alemania pague lo que está obligada a pagar, lo que ella misma ha firmado». Una exigencia aparentemente justa; sin embargo, sabemos que Alemania no puede pagar y que, sean cuales sean los cambios que se produzcan en el ministerio francés, nada puede cambiar seriamente a este respecto. Este pequeño hecho sin importancia da un ejemplo de cómo los problemas europeos se vuelven superficiales y se agotan. La guerra desesperada, que ha costado los mayores sacrificios, ha conducido en cierto modo a un pataleo sin moverse del sitio. La burguesía vencedora no puede obtener nada serio del país vencido dentro del marco europeo. Es un marco bastante amplio, pero muy pequeño en comparación con el globo terráqueo; y dentro de este marco no se puede plantear ningún problema serio. En la guerra imperialista de 1914-1918 tuvieron también su parte, desde luego, los problemas asiáticos; desempeñaron un papel importante. Sin embargo, en esta guerra estaban en muchos aspectos en primer plano los problemas europeos: la cuestión balcánica, los estrechos, etc. Pero, tras el final de esta guerra, la más sanguinaria y cruel que la humanidad haya visto nunca, los vencedores y los vencidos tienen que convencerse ahora de que, por haberse limitado al marco de Europa, medida con la escala del mundo fue una tempestad en un vaso de agua. Dentro de las fronteras de Europa toda rivalidad imperialista ha terminado más o menos. Ahora los focos de la competencia imperialista se desplazan a Asia. Precisamente por eso el problema del Lejano Oriente se vuelve mil veces más actual de lo que era hasta ahora; se convierte en la cuestión de las cuestiones, en el eje de toda la política mundial y en el eje de todo el movimiento de liberación del proletariado y de los pueblos oprimidos.

La historia de los últimos años se resume en los nombres de unas cuantas grandes ciudades donde se concluyeron los acuerdos más importantes de los imperialistas con sus víctimas. Cuando decimos Brest-Litovsk, Bucarest, Saint-Germain, Versalles, nombramos con ello los actos principales en los que se resume la política imperialista de los últimos años. A esas ciudades hay que añadir en los últimos tiempos otra más: Washington, que se ha convertido en el punto nodal precisamente de los problemas que más os interesan, los problemas del Lejano Oriente. Recordáis muy bien cuánto polvo levantó Washington. Recordáis cómo en esa conferencia se prometió resolver la cuestión del desarme, cómo en esa conferencia se prometió curar las heridas de países como Corea, resolver la cuestión china y hacer felices a los pueblos del Lejano Oriente. Es evidente que los representantes avanzados de los pueblos del Lejano Oriente apenas podían tener una confianza seria en Washington ni poner en él una esperanza seria. Si se siguen los últimos años, se llega involuntariamente a la convicción de que allí donde el imperialismo adopta formas especialmente hipócritas hay que buscar como portavoces de esa hipocresía a los representantes de la burguesía norteamericana, que se esfuerzan por unir el más desvergonzado saqueo imperialista con la doblez y la hipocresía farisaicas. Basta recordar la famosa actuación de Wilson, que, como es sabido, quería resolver casi todas las cuestiones del Lejano Oriente y prometía hacer felices a todos los pueblos oprimidos. Lo mismo ocurrió esta vez: las mayores potencias de rapiña imperialista trataron de crear la ilusión de que los poderosos del mundo querían resolver las cuestiones candentes de los pueblos oprimidos del Lejano Oriente. En primer plano estaba de nuevo la burguesía norteamericana. En Washington tenía que producirse el gran milagro. Los atormentados pueblos del Lejano Oriente, y los pueblos oprimidos en general, pese a haber sido engañados ya muchas veces, pusieron sin embargo algunas esperanzas en la Conferencia de Washington, exactamente igual que en su día algunas naciones oprimidas pusieron sus esperanzas en las promesas de Wilson. Ahora podemos ya hacer el balance de la Conferencia de Washington. El 10 de diciembre de 1921 será, a mi juicio, uno de los días más negros de la historia de la humanidad. El 10 de diciembre del año pasado se concluyó en Washington un acuerdo entre los cuatro gobiernos más fuertes, más reaccionarios y más opresores de pueblos del momento actual (Inglaterra, Francia, Japón y América)[^a20]. Creo que en la historia esta alianza figurará, desde su fundación, con el nombre de «alianza de los cuatro chupasangres», «alianza de las cuatro potencias imperialistas más sanguinarias», que, antes de tirarse unas a otras de los pelos —y lo harán inevitablemente—, han concertado entre sí un armisticio para oprimir con más éxito a las naciones a costa de las cuales viven estos bandidos imperialistas desde hace muchos años.

Conocéis la promesa principal de Washington. Consistía en que se resolvería la cuestión del desarme. En realidad —y ahora está completamente claro— lo que se resolvió fue la cuestión del armamento. Quienes de vosotros hayáis seguido la discusión de los doctos caballeros reunidos en Washington recordaréis muy bien el debate venenoso entre el derribado Briand y sus adversarios en esa conferencia, donde se regateaba sobre la fuerza que había de tener la flota submarina de tal o cual país. Estos señores olvidaron que toda Europa los escuchaba, que los ojos de todos los pueblos oprimidos de Asia estaban puestos en ellos, y creyeron estar completamente entre ellos; por eso intercambiaron inocentes bromas sobre el tema de que necesitaban la flota submarina para estudiar el fondo del mar, recoger piedrecitas de colores y cosas por el estilo. Es evidente que esta conferencia no ha producido desarme alguno. Esta conferencia ha confirmado una vez más lo que los comunistas han señalado siempre: que bajo el capitalismo no es posible desarme alguno y que solo se hablará seriamente de desarme cuando los pueblos oprimidos hayan vencido a los gobiernos burgueses e imperialistas. Así se resolvió la cuestión del desarme.

¿Y cómo se resolvió la cuestión de cada uno de los países del Lejano Oriente? ¿Cómo se resolvió la cuestión china? Se nos ha comunicado que incluso algunos militantes del movimiento de liberación de Corea pusieron, pese a todo, algunas esperanzas en Washington y creyeron que allí quizá se aclarara por fin de algún modo el problema coreano. ¿Qué ocurrió? La palabra «Corea» no se pronunció en la conferencia de Washington, como si Corea no existiera en el mundo, como si en Washington se hubieran reunido potencias que nunca hubieran oído que Corea existe; nadie mencionó el problema coreano, al menos en lo que respecta a las discusiones oficiales de la conferencia, lo que probablemente no impidió a estos señores intercambiar entre bastidores sus opiniones sobre cómo seguir estrangulando a Corea. Si el pueblo coreano necesitaba todavía alguna lección, no puede imaginarse, a mi parecer, otra más convincente que la de que en la Conferencia de Washington se lo pasó por alto con un silencio absoluto.

El problema chino, como sabéis, se resolvió en conjunto en el sentido norteamericano. Se llegó más o menos al acuerdo de que respecto a China había que reconocer la llamada política de «puertas abiertas», una política que propone el capital norteamericano partiendo de sus fines egoístas, de la esperanza de batir en el mercado chino, mediante la llamada competencia «libre», a todos los demás capitales gracias a su mayor fuerza en la lucha competitiva. El comercio con China, que en 1916 ascendía todavía a 189 millones de dólares, alcanzó ya en 1920 los 385 millones de dólares, es decir, casi se duplicó. Eso da al capitalismo norteamericano cada vez más esperanzas de poder sacar de China, con la mayor facilidad, beneficios gigantescos mediante la política de puertas abiertas. Y sería el error más lamentable que quepa imaginar que entre los militantes, por ejemplo, de la China del Sur hubiera simplones que tomaran la consigna de las «puertas abiertas» por moneda de ley del auténtico democratismo y cayeran así en la más vulgar trampa capitalista. Por desgracia, debo decir que, en la medida en que estamos informados (y subrayo que estamos muy mal y solo parcialmente informados), entre los militantes de la China revolucionaria del Sur, entre los partidarios de Sun-Yat-Sen[^a21], entre los militantes principales de su partido, los hay que a veces miran no sin esperanza hacia América, es decir, hacia el capitalismo norteamericano, y cuentan con que precisamente desde allí se derramen sobre la China revolucionaria los beneficios del democratismo y del progreso. La Conferencia de Washington habrá convencido, espero, a los militantes más clarividentes de la China del Sur, a los revolucionarios chinos y en general a todos los que quieran luchar por la verdadera independencia de su pueblo, aunque no sean socialistas, de que en la persona del capitalista norteamericano no tienen un amigo, sino el más acérrimo enemigo capitalista, que (ya he dicho que esto es propio sobre todo del capitalismo norteamericano) se acerca siempre a sus víctimas con la consigna de la democracia y se presenta siempre como el hipócrita y el santurrón más consumado.

En la Conferencia de Washington también se olvidaron de hablar del problema mongol. Desde que Mongolia, gracias a cierto débil apoyo que le prestó el poder soviético —de lo que el poder soviético se sentirá siempre orgulloso, desde luego: está orgulloso de que a sus tropas se les presente a veces la ocasión de prestar a Mongolia al menos una débil ayuda—, desde que Mongolia, digo, se ha hecho algo independiente[^a22], el problema mongol se ha convertido en una pelota que ahora se lanzan unos a otros todos los capitalistas. Con este problema intentan ahora jugar los capitalistas japoneses, que sobornan a una parte de los políticos chinos venales para, por medio de ellos y bajo la bandera de un democratismo supuestamente patriótico, enconar las relaciones entre Mongolia y los revolucionarios chinos a propósito de la cuestión de si Mongolia debe devolverse ahora a China. En la Conferencia de Washington no se habló oficialmente de Mongolia, igual que de Corea. Sabéis que las dilaciones diplomáticas (que comenzaron en Washington) continúan todavía. Hasta ahora no se ha obtenido ningún resultado concreto. Ahora se ha puesto a la orden del día el problema de la nueva conferencia de Génova, que desplaza en parte las conversaciones de Washington. Nadie puede predecir si la conferencia de Génova se celebrará, cómo terminará, en qué medida se tratarán en ella no solo los problemas europeos, sino también los problemas del Lejano Oriente. Una cosa está clara: Washington ha confirmado en todo caso lo que era inevitable, que mientras la burguesía imperialista esté a la cabeza de los cuatro países hoy más ricos —Japón, América, Inglaterra y Francia— solo es posible una agudización de los problemas del Lejano Oriente, pero de ningún modo su solución. Dicho sencillamente, en Washington se confirmó una vez más el reparto que las potencias imperialistas habían llevado a cabo ya antes. La guerra de 1914-1918 se libró, en nueve décimas partes, por un nuevo reparto del mundo. El mundo había sido repartido por los imperialistas ya antes del comienzo de 1914. En esta primera guerra imperialista se trataba solo de un nuevo reparto del mundo. Ya antes del comienzo de la guerra imperialista de 1914 se calculó que un comerciante inglés explota por término medio a no menos de 800 indígenas de las colonias, de los que Inglaterra chupa sangre y beneficio. La lucha y la competencia posteriores se libran por el mismo objetivo. Y digo que Washington ha confirmado en lo esencial el reparto del botín cuyo balance se hizo en 1918, el año en que terminó la primera guerra imperialista. Japón conserva Corea, Lao-tung[^a23] y Shandong; América conserva Filipinas; Inglaterra conserva Egipto y la India; Francia, Indochina. ¿Cómo iban a plantear ahora, reunidos solo entre ellos, ni uno solo de estos problemas desde la raíz? Está completamente claro que actúan según la fórmula: te ayudo a saquear ciertas colonias para que tú me ayudes a saquear ciertas colonias. Al seguir las discusiones de la Conferencia de Washington recordé con especial frecuencia un excelente discurso del difunto Jaurès[^a24], pronunciado, por así decirlo, unas horas antes del comienzo de la guerra imperialista de 1914, cuando ya estaba claro que esa guerra era inevitable. Examinando las causas de la catástrofe que amenazaba, dijo entonces en un mitin de París: «Mañana estallará la guerra, mañana os dirán que es una guerra por la libertad, una guerra por la liberación de las naciones oprimidas. Pero yo os digo que será una guerra por el reparto del botín. Os digo que será una guerra por el reparto de los pueblos oprimidos». Y añadió: «Los representantes de los gobiernos actuales actúan según la fórmula siguiente: saquearé en esta esquina y cerraré un ojo cuando tú saquees en aquella esquina». Exactamente según la misma fórmula se llevó la discusión en Washington. Japón le dijo a América: cerraré un ojo cuando tú saquees en cierto lugar, pero exijo que tú cierres los dos ojos cuando yo saquee Corea, etc.

Me parece que la Conferencia de Washington ha tenido que demostrar así con especial claridad a todos los dirigentes de los pueblos oprimidos del Lejano Oriente, incluidos los que no comparten las ideas comunistas, que ningún hombre que piense puede esperar de los imperialistas de las potencias más fuertes otra cosa que nueva opresión y nueva explotación. Después de Washington se plantea con una actualidad sin precedentes, ante todos los militantes del movimiento de liberación de los pueblos del Lejano Oriente, la pregunta: ¿y ahora qué? ¿En qué consiste, pues, la verdadera solución de las cuestiones de la liberación nacional para los pueblos que son hoy objeto de la opresión de las potencias imperialistas?

Detengámonos brevemente en estas tareas con respecto a los países más importantes representados en este Congreso.

*La cuestión china.* China es, en los últimos decenios, desde todos los puntos de vista, un ejemplo verdaderamente clásico de lo que son capaces los sanguinarios imperialistas cuando tienen que vérselas con un país desarmado o, en todo caso, no lo bastante fuerte para defenderse de ellos. Si recordamos los acontecimientos de comienzos de 1900 —no quiero hablar de ningún período anterior—, las inauditas brutalidades con que los imperialistas de todos los países, así como los imperialistas rusos de gloriosa memoria, se levantaron un monumento vergonzoso, son un modelo de cinismo y de rapiña imperialistas[^a25]. En ninguna parte la falta de escrúpulos, la barbarie, el desenfreno de la llamada civilización de las potencias imperialistas europeas se mostraron con tanta vileza como en China. El pueblo, numeroso, de muchos millones, quedó entregado al saqueo de la chusma imperialista, y en parte lo sigue estando hoy. Según los últimos datos que han llegado a nuestras manos, en Shanghái hay 20 000 extranjeros frente a 1½ millones de chinos. Y estos 20 000, como todo el mundo sabe, no solo mantienen a toda la población autóctona en la servidumbre económica, sino que intentan también estrangular su vida cultural y nacional. Los imperialistas no se detienen hoy ante ninguna de las humillaciones más inauditas de la población autóctona. Desde luego, camaradas, no necesito contaros cómo os humillan los oficiales o los comerciantes norteamericanos o ingleses, cómo golpean a los chinos en la cara, cómo instalan jardines en los que no puede entrar ni un solo nativo, cómo ofenden a las mujeres de vuestro país. De eso podríais contarnos mucho, desde luego, a nosotros los europeos. La mayor vergüenza para la humanidad entera es que tales fenómenos sean todavía posibles en el presente. Si China sigue siendo despedazada hasta hoy, si tiene que hacer tantos sacrificios en el altar de la guerra civil, si hoy es posible en China el dominio de señores como Tschang-Tso-Lin[^a26], que hasta hace poco era un salteador de caminos y que todavía hoy no sabe firmar con su nombre, y encima sobre provincias tan enormes; si los tristemente célebres *tutschunes*[^a27] pueden saquear el país más rico y volver a apoderarse de él, si se empeñan en mantener en China al «pequeño emperador»[^a28], al que asignan una suma muy grande para un pequeño emperador —4 millones de dólares anuales—, si vemos ahora en China, en relación con la ofensiva del capitalismo, una forma inaudita de explotación del trabajo, todo eso, camaradas, se explica ante todo por la intervención descarada precisamente de los imperialistas extranjeros. Y la tarea del presente Congreso es dar directrices a los militantes del movimiento revolucionario de China. La tarea de China, y en particular la tarea del presente Congreso, es lograr la unificación de las tropas dispersas de los revolucionarios chinos. Es tarea de los obreros organizados en la Internacional Comunista ayudar al pueblo chino, desmembrado y explotado, a resolver la tarea más elemental y más sencilla: expulsar de China a todos los bandidos, echar de allí a todos los opresores del pueblo chino que tanto daño os causan.

Sabemos muy bien en qué difícil situación se encuentra China. Los bandidos imperialistas han llevado las cosas tan lejos que las deudas de China ascendían en 1920 a unos 3000 millones de dólares, más exactamente a 2895 millones. Sabemos que China, gracias a la intervención de los imperialistas y a su desmembramiento interior, mantiene un ejército de casi 2 millones de hombres, y que, sin embargo, China es en realidad un país completamente indefenso, porque, a consecuencia de la intervención de los imperialistas, este ejército no está unido, sino disperso, cosa que los imperialistas aprovechan magníficamente para sus propios fines.

Sabemos que los imperialistas de Europa occidental intentan haceros felices por medio de sus misioneros y se jactan de las grandes cifras que pueden citar a este respecto. Hace poco leí el libro de un imperialista que cita con satisfacción las cifras siguientes: la Iglesia católica tiene 50 obispos, 1½ millares de sacerdotes extranjeros, 1000 sacerdotes chinos, etc. El resultado de su trabajo son 1½ millones de chinos convertidos al cristianismo. La misión protestante tiene, según sus datos, 5½ millares de instructores, 383 misioneros, unos 100 médicos chinos, 1092 pastores, etc., y en total se ha convertido a la fe protestante a cerca de medio millón de personas. Estos misioneros han difundido sin duda entre vosotros, en relación con la Conferencia de Washington, muchas mentiras, pero no se ha oído decir que alzaran la voz de protesta, que describieran allí los sufrimientos y las humillaciones que padece el pueblo chino a consecuencia de la intromisión de los bandidos imperialistas en su vida.

Así es como nosotros, que por desgracia estamos muy poco informados, nos representamos el cuadro de vuestra lucha, de vuestros sufrimientos; así nos representamos la situación actual de China. Probablemente sabemos mucho menos de lo que en realidad hay que saber; solo vemos una pequeña parte de los sufrimientos, humillaciones y privaciones que padece el pueblo chino como resultado de la burda intervención de los imperialistas. Nos damos perfecta cuenta de que la protesta que crece en China contra los imperialistas no es una protesta comunista, de que es el deseo elemental y sencillo del pueblo de decidir sus propios destinos. Pero declaramos que la Internacional Comunista apoya enteramente y de todo corazón esta aspiración y la considera natural; estima que su tarea es emplear toda su influencia, todas sus fuerzas y toda su autoridad moral en apoyo del pueblo chino, que aspira a conseguir la liberación elemental, la simple independencia. La Internacional Comunista luchará para que la burguesía japonesa, la norteamericana o la inglesa, o sus oficiales, esos burdos espadachines, no humillen a las masas populares de China, no puedan sentirse allí como se sienten en la silla de montar, no se permitan un saqueo como el que se permitieron impunemente cuando la represión de la rebelión de los bóxers, que tuvisteis que pagar no solo con lágrimas de sangre, sino también con oro.

*Corea.* Los destinos de Corea estuvieron antes estrechamente ligados a la competencia entre los imperialistas rusos y japoneses; en los últimos años, sin embargo, su suerte está ligada sobre todo al imperialismo de Japón. Sabemos muy bien que en estos momentos miles de revolucionarios coreanos languidecen en las cárceles; hemos oído hablar de los cientos y miles que han caído en la lucha contra el imperialismo japonés, hemos oído hablar de los levantamientos de 1919, y seguimos con una atención extrema la lucha que se desarrolla contra los opresores. Los imperialistas coreanos y japoneses dominan también por medio de una minoría insignificante. Según los datos que he leído (quizá no sean del todo exactos), en 1917 había en Corea 332 000 japoneses frente a una población de unos 20 millones. De esos 332 000, 144 000 vivían en ocho ciudades de Corea, es decir, no se habían establecido en el campo, donde vive el núcleo principal del pueblo coreano. Japón puede jactarse de dominar y oprimir al 98,5 % de la población de Corea mediante un número tan reducido de japoneses (el 1,5 % de la población coreana de Corea), sobre todo capitalistas y sus esbirros y agentes. Desde luego, lo que interesa a Japón en Corea son sobre todo sus riquezas: carbón, grafito, hierro y oro. En 1917 el capital japonés invertido en Corea ascendía a 33 millones de yenes. El capital japonés en Corea se hará más fuerte cada año, desde luego solo hasta que el pueblo coreano tome su destino en sus propias manos. Corea desempeña respecto a Japón, por ejemplo (naturalmente, hay también diferencias), el mismo papel que Irlanda desempeñó durante años respecto a Gran Bretaña, con la diferencia de que el imperialismo, como es sabido, cuanto más oriental, más infame, sanguinario, cínico y desvergonzado es. Si los capitalistas ingleses echaron raíces en Irlanda con métodos, por así decirlo, relativamente civilizados, si los verdugos salidos de las filas de los imperialistas ingleses se presentaron a veces con guantes ante Irlanda, los japoneses recurren en Corea a medios inauditamente bárbaros, que no pueden menos de encender la indignación no solo de todo revolucionario coreano, sino de todo hombre honrado.

La Internacional Comunista, digo, presta la mayor atención a la lucha por la liberación que libra el pueblo coreano. La Internacional Comunista ha seguido con inquietud y dolor los virajes en el curso de esta lucha de liberación del pueblo coreano, cuando algunos dirigentes del movimiento de liberación coreano pusieron sus esperanzas en Versalles y creyeron que conseguirían aplacar a los imperialistas europeos y asiáticos. El presente Congreso tendrá que decir a los revolucionarios coreanos, sin distinción de matices, tendrá que decirles sinceramente, que ellos y su pueblo tienen que abandonar de una vez por todas toda esperanza de que la solución de la cuestión nacional coreana pueda producirse por otro camino que en la más estrecha alianza con los obreros revolucionarios avanzados de Europa, de América y de Japón. Que abandonen de una vez por todas toda idea de que sea posible encontrar caminos hacia una solución conciliadora, de compromiso, de la cuestión nacional mediante la subordinación a los imperialistas.

*El problema mongol.* Dije de pasada que algunos ligan ahora la cuestión de Mongolia a la posibilidad de su devolución a China y que los imperialistas se lanzan esta cuestión unos a otros como una pelota. Son los mismos señores que se burlan de toda sombra de autonomía cuando algún pueblo se encuentra entre sus garras, como, por ejemplo, Japón con respecto a Corea. Pero ahora los capitalistas japoneses no tienen reparo en aparecer en otro papel, porque les conviene. Me parece que sería sumamente lamentable que entre los militantes, digamos, por ejemplo, de la China revolucionaria del Sur, se encontraran personas que adoptaran una actitud doctrinaria ante el problema mongol y pusieran ahora a la orden del día la cuestión de que Mongolia debe devolverse a China. Me parece que la solución definitiva de la cuestión mongola llegará en el momento en que China misma se haya liberado del yugo de los opresores, cuando China misma expulse de su territorio a los soldados de las naciones extranjeras imperialistas, cuando la revolución haya obtenido en China una victoria duradera, cuando se haya alcanzado allí la primera etapa de la liberación. Cuando China pueda decir que su destino está en manos de su pueblo, entonces también la cuestión mongola podrá plantearse en una perspectiva nueva. Pero ahora decimos a los revolucionarios de la China del Sur, que todavía están ellos mismos rodeados de enemigos por todas partes, que sería el mayor error, si no algo peor que un error, que en el momento actual, cuando tienen bastantes quebraderos de cabeza con los imperialistas, cuando ellos mismos pueden caer cualquier día víctimas de los imperialistas, cuando la guerra civil continúa, cuando China está desgarrada no solo en Norte y Sur, sino en toda una serie de otras divisiones territoriales, y cuando, por último, la voluntad imperialista extranjera sigue haciendo y deshaciendo en China como antes, algún doctrinario de las filas de los revolucionarios del Sur exigiera que Mongolia se devolviera ahora, al margen de la situación del propio pueblo chino. Eso pesaría como una pesada carga no solo sobre Mongolia, sino también sobre la propia China. *Porque no puede ser libre el pueblo que de algún modo trata de oprimir a otro pueblo.* Ningún pueblo del Lejano Oriente debe olvidar este axioma. Vemos a menudo cómo un pueblo oprimido por algún otro pueblo entiende perfectamente este axioma mientras se trata de ese pueblo; pero en cuanto se trata de la relación con otro pueblo que depende de él, ve la misma cuestión en otra perspectiva. Lo hemos observado a menudo entre los pueblos que pertenecían antes al Imperio ruso, y consideramos nuestro deber advertir a los revolucionarios chinos que no cometan este error con respecto a Mongolia. «Con la medida con que midáis se os medirá»[^a29]. Si deseáis la liberación completa del pueblo chino respecto de Japón y de otros opresores, recordad que estáis obligados a mostrar suficiente amplitud de miras ante un pueblo como el mongol, cuyos destinos están estrechamente ligados a los vuestros.

Así están las cosas con los tres pueblos oprimidos más importantes del Lejano Oriente, cuyos representantes vemos aquí entre nosotros. A este Congreso hemos invitado también a los representantes de las naciones opresoras: tenemos aquí una numerosa delegación de Japón, y esto es, a mi parecer, un símbolo, un presagio de que la Internacional Comunista va por el buen camino hacia la solución del problema del Lejano Oriente. Es imposible resolver este problema sin Japón: la llave de la solución de la cuestión del Lejano Oriente está en Japón, en manos del proletariado japonés, y la presencia de los delegados de los obreros japoneses en este Congreso es para nosotros la única garantía seria de que empezamos al menos a acercarnos a la verdadera solución de la cuestión del Lejano Oriente.

A los japoneses se los llama, como sabéis, los prusianos de Oriente. De ello está muy orgullosa una parte de la burguesía japonesa. Esta parte intenta contagiar a los obreros japoneses el mismo patriotismo envenenado con que los capitalistas ingleses consiguieron contagiar a los obreros ingleses. No hay hechos más deprimentes que el de que los obreros ingleses, por ejemplo, no siempre juzguen el problema irlandés como deben juzgarlo unos obreros, y que se note que han mamado los prejuicios nacionales de la burguesía inglesa. Queremos confesarlo abiertamente: incluso entre los obreros comunistas no siempre encontramos, ni mucho menos, una actitud correcta ante la cuestión irlandesa. Marx dijo hace ya 50 años que la clase obrera inglesa no puede liberarse mientras Irlanda no sea libre. En teoría lo han reconocido, pero en la práctica ha subsistido una actitud de desprecio completamente inconsciente hacia Irlanda, hacia el campesino irlandés, hacia el obrero irlandés. No cabe duda de que la burguesía japonesa quiere imponer exactamente lo mismo respecto a China y a Corea y de que se esfuerza por inocular a la joven clase obrera japonesa la grave enfermedad que se llama chovinismo. Esperamos, sin embargo, que el instinto de conservación preserve de ello en medida suficiente a la joven clase obrera y no permita que se le inocule esa mala enfermedad. Pero en este Congreso, en el que por primera vez nos reunimos con un grupo tan importante de obreros japoneses, consideramos nuestro deber decir fraternalmente, con franqueza y honradez, lo que pensamos a este respecto: consideramos necesario, sobre la base de la experiencia que la Internacional Comunista ha reunido en todos los demás países, prevenirlos contra ese juego taimado y refinado al que juegan los capitalistas de Inglaterra y al que intentan jugar los capitalistas de Japón. La llave de la solución de la cuestión del Lejano Oriente está en Japón. Si Marx dijo una vez que sin una revolución en Inglaterra toda revolución en Europa no sería en el fondo más que una tempestad insignificante en un pequeño vaso de agua, porque Inglaterra decidía los destinos de la revolución europea, nosotros, aplicando la afirmación de Marx, tenemos que decir que sin una revolución en Japón toda revolución en el Lejano Oriente seguirá siendo solo un fenómeno local, una tempestad relativamente insignificante en un vaso de agua relativamente pequeño. La burguesía japonesa, que es la dominadora y opresora de los pueblos de muchos millones del Lejano Oriente, tiene en sus manos los destinos del Lejano Oriente. Solo la victoria de la revolución en Japón resolverá con la seriedad suficiente la cuestión del Lejano Oriente. Solo después de la victoria en Japón dejará la revolución en el Lejano Oriente de ser una tempestad en un vaso de agua. Tanto mayor es, por eso, la responsabilidad que recae sobre la joven clase obrera de Japón.

Por los datos incompletos que nos han llegado (ahora tenemos por primera vez la posibilidad de encuentros amistosos con la clase obrera japonesa), sabemos que el movimiento obrero japonés empieza a despertar y a organizarse. En muchos aspectos atraviesa todavía las enfermedades infantiles. Japón tiene casi tres millones de obreros (algunos informes cuentan aún más). Japón tiene unos cinco millones de campesinos sin bienes. Japón vive un auge vertiginoso del capitalismo y, sin embargo, vemos que el movimiento obrero en Japón es todavía muy débil. Los comunistas con consciencia de clase no son más que unos cientos. Los revolucionarios, los sindicalistas, los anarquistas no son tampoco más que unos cientos. Desde los motines del arroz de 1918[^a30], ese gran movimiento de masas espontáneo, la burguesía japonesa no ha tenido que enfrentarse, al parecer, a ningún gran movimiento revolucionario. Si observamos desde lejos la situación actual de Japón, llegamos a la conclusión de que la burguesía japonesa se halla por ahora en una situación extraordinariamente afortunada, en la que recoge los frutos del vertiginoso desarrollo del capitalismo y se enriquece en una medida inaudita. Al mismo tiempo, todavía no tiene que contar por ahora con el reverso de la medalla; todavía no ve ante sí el puño cerrado del movimiento obrero japonés.

El destino del movimiento obrero japonés adquiere la mayor importancia internacional. Ya he dicho que la alianza de los cuatro chupasangres concluida en Washington se concluyó para despedazar, repartir y atormentar a los pueblos oprimidos del Lejano Oriente, ahora por lo pronto en el contacto más estrecho y con mucha mayor brutalidad que hasta ahora. Y, sin embargo, esta alianza de los cuatro chupasangres no puede aplazar con nada el momento de la inevitable matanza sangrienta por el océano Pacífico. Esa guerra se acerca inevitablemente. Con la misma inevitabilidad con que la tarde sigue a la mañana se puede predecir que a la primera guerra imperialista, que terminó en 1918, le seguirá una segunda guerra que tendrá por objeto el Lejano Oriente y el problema del océano Pacífico. Esa guerra solo podría impedirla la victoria de la revolución proletaria mundial. No se puede decir con certeza si estallará en 1925 o en 1928. Pero —un año antes o un año después— es inevitable. El capital mundial no puede escapar a ella, a su destino. Solo si la joven clase obrera de Japón se fortalece con la rapidez suficiente para agarrar por el cuello a la burguesía japonesa, y si paralelamente se desarrolla en América un movimiento revolucionario victorioso, podrá evitarse esa guerra. Cuando estalle la guerra civil en América, superará con mucho todo lo que hemos visto hasta ahora. El encarnizamiento de la guerra civil en América será gigantesco. Me parece que tienen toda la razón los camaradas norteamericanos que dicen que, si en América se llega a una lucha con la burguesía como la de Rusia, allí se volarán ciudades enteras. La resistencia de la burguesía en América será tan encarnizada que veremos catástrofes inauditas, en comparación con las cuales la lucha en Rusia durante los últimos años parecerá un juego de niños. El encarnizamiento de la resistencia de la burguesía norteamericana será gigantesco. E igual de encarnizada será la resistencia de la burguesía japonesa, rapaz, hábil y todavía no amenazada por ahora.

Solo el desarrollo rápido y paralelo y la unión de la clase obrera de Japón y de América podrían ahorrar a la humanidad la nueva guerra, podrían preservarnos, hasta la victoria completa de la revolución proletaria mundial, de las destrucciones de la producción que provocaría la inaudita y terrible lucha entre América y Japón. Por eso podemos decir con razón que la llave de los destinos de algunos cientos de millones de personas que viven en China, en Corea y en Mongolia está en manos de la clase obrera de Japón. Y la tarea del presente Congreso es coordinar las acciones de las masas populares oprimidas, aunque no proletarias, de todo el Lejano Oriente, por una parte, y del proletariado industrial y agrícola de Japón, por otra. Por vuestra boca, por boca de un puñado relativamente pequeño de obreros avanzados de vuestros países, hablarán cientos de millones de habitantes oprimidos del Lejano Oriente. Tenéis que encontrar una solución afortunada que traiga una verdadera coordinación del movimiento de la joven clase obrera de Japón, por una parte, y del movimiento de las masas populares no proletarias, pero numerosas, de los países oprimidos por Japón, por otra. De todo lo demás tendrá que ocuparse sin duda toda la Internacional Comunista. A llevar a cabo la coordinación en su sentido más amplio, es decir, la coordinación con la clase obrera de América, de Inglaterra y de Francia —los países que participan también en la opresión y el reparto del botín en el Lejano Oriente, en la alianza de los cuatro chupasangres—, a llevar a cabo esta coordinación a escala mundial tiene que ayudaros toda la Internacional Comunista, que ve en ello la tarea principal de su existencia. La Internacional Comunista ha escrito en su bandera la revolución mundial, no solo la revolución europea. La revolución europea no es más que una pequeña parte, un rinconcito en el mapa de la revolución mundial. Nos damos perfecta cuenta de que es tarea nuestra llevar a cabo esta colaboración y coordinación correctas de las fuerzas de vuestra clase obrera y de la clase obrera de América y de Europa. Pero en vuestras manos está la iniciativa, y de vosotros dependerá en gran medida que se logre encontrar una coordinación correcta de los intereses del proletariado, por una parte, y de las masas oprimidas no proletarias y de los pueblos oprimidos del Lejano Oriente, por otra, para los cuales el objetivo principal es hoy la liberación nacional, la independencia nacional. El patetismo que oímos aquí no es todavía comunista, sino solo nacional-revolucionario. ¿Conseguiremos unir esta enorme corriente del movimiento nacional-revolucionario, que crece sin cesar, con la corriente general, mucho más poderosa, del movimiento proletario, que se plantea tareas puramente comunistas? Esta unión es necesaria e inevitable. La Internacional Comunista ha comprendido desde los primeros momentos de su existencia lo inevitable de esta unión. La Internacional Comunista trató en su II Congreso la cuestión de las nacionalidades oprimidas como una cuestión especialmente importante.

Hablaréis con más detalle de la táctica de los distintos partidos del Lejano Oriente. No es tarea mía agotar hoy esta cuestión. Mi tarea consiste solo en mostraros en líneas generales cómo nos representamos la tarea del Congreso en relación con la situación internacional general. Tengo que recordaros la resolución de la Internacional Comunista de 1920, la resolución del II Congreso de la Internacional Comunista[^a31], que declaró en nombre de los obreros comunistas del mundo entero que hoy no podemos limitarnos a la consigna de la igualdad de derechos de los pueblos. Que la igualdad de derechos de los pueblos es necesaria es una perogrullada que todos conocemos. Hay que llegar a una situación en la que los tiempos en que un pueblo quería dominar a otro parezcan un arcaísmo salvaje, una barbarie. Pero no podemos quedarnos ahí.

Los demócratas burgueses han practicado a menudo su contrabando burgués bajo la consigna de la igualdad de derechos de los pueblos. La Internacional Comunista dice directa y concretamente que los pueblos oprimidos deben unirse en torno a un país determinado: en torno a la Rusia soviética. No lo ha dicho un partido cualquiera; lo han dicho los 42 partidos representados en el II Congreso, que se habían reunido desde el mundo entero. Asumieron la responsabilidad por la Rusia soviética al invitar a todos los pueblos oprimidos a agruparse en torno a la Rusia soviética como primer país donde por primera vez se plantearon y se resolvieron honradamente las cuestiones nacionales. Es cierto que muchas otras cuestiones no están resueltas todavía en la Rusia soviética; muchas cuestiones, sobre todo las de la economía, no están decididas todavía. Las cuestiones más angustiosas y candentes de la República soviética no están resueltas todavía. Hay todavía muchas heridas sangrantes en el cuerpo de la República soviética, pero hay una cuestión que allí ya no existe: la cuestión nacional. La cuestión nacional se resolvió en la República soviética con una ausencia de dolor poco común, a plena satisfacción de todas las nacionalidades que habitaban el antiguo Imperio ruso y habitan ahora la Rusia soviética. Hace solo unos días, el Comité Ejecutivo Central de toda Rusia tuvo que resolver en el Lejano Oriente, en Siberia, algunas cuestiones nacionales relativas a las regiones y repúblicas autónomas, y se resolvieron con la misma facilidad y sin dolor. Sabéis que Rusia está habitada por docenas de pueblos que han gemido bajo un triple yugo; sabéis que entre ellos, durante el dominio del zarismo y el dominio de la burguesía, se acumularon un odio tradicional y una desconfianza secular contra todo lo ruso. Todo lo que la burguesía y la nobleza habían echado a perder durante muchos decenios y siglos, todo eso lo enmendó la clase obrera de Rusia honradamente y sin dolor en unos pocos meses, resolviendo fraternalmente la cuestión nacional, resolviéndola en la realidad y a plena satisfacción de todas las nacionalidades que habitaban y siguen habitando la Rusia soviética. Precisamente por eso podemos suponer que en este terreno hemos conseguido un modelo vivo y concreto, de carne y hueso. Ya no necesitamos hacer consideraciones abstractas: tenemos un ejemplo vivo de cómo deben resolver los problemas nacionales los pueblos que han vencido a su burguesía. Y por eso el II Congreso de la Internacional Comunista pudo y se atrevió a invitar a todos los pueblos oprimidos, entre ellos a los pueblos oprimidos del Lejano Oriente, a unirse en torno a un país determinado que tenía ya experiencia en este terreno, a saber, en torno a la Rusia soviética, para resolver junto con ella y siguiendo su ejemplo los dolorosos problemas nacionales que pesan todavía sobre muchos cientos de millones de personas. Y aquel Congreso resolvió en sus líneas fundamentales la misma cuestión que tenéis que resolver vosotros: la cuestión de la coordinación de las fuerzas de los pueblos oprimidos que despiertan, que todavía no libran la lucha por el socialismo sino por su propia liberación, y del proletariado combatiente de los países en los que existe un proletariado. China, Corea y Mongolia no tienen la culpa de no tener proletariado industrial; no pueden saltarse de golpe varias etapas. Tampoco eso es una desgracia. Pero sería una verdadera desgracia que no supierais coordinar este movimiento con el movimiento de la clase obrera de Japón y de América. No somos doctrinarios ni sectarios. No renunciamos a las ideas fundamentales del comunismo ni renunciaremos a ellas. Haremos propaganda del comunismo en todas partes, aunque solo quedemos como un pequeño puñado; pero viviremos y lucharemos también juntos, hombro con hombro, con las masas de muchos millones tal como viven y luchan en esta nuestra tierra pecadora. Daremos a nuestros camaradas, los comunistas chinos, coreanos y japoneses, que por ahora no son más que un pequeño grupo, el consejo de no quedarse al margen, de no mirar desde arriba a esos «pecadores» y «publicanos» que todavía no se han hecho comunistas, sino de meterse en lo más hondo, entre esos millones de personas que luchan en China, personas que por ahora pelean por la independencia y la liberación nacionales. Eso es necesario, porque la historia ha planteado ahora la cuestión de un modo muy preciso. La solución de la cuestión nacional no está en Versalles ni en Washington, sino en manos del proletariado, y solo en sus manos. Por otra parte, nos dirigimos a los militantes del movimiento nacional y les decimos: abandonad vuestra fe en Versalles y en Washington, no creáis en las combinaciones burguesas, comprended que el curso de la historia ha planteado la cuestión así: o conquistáis la independencia junto con el proletariado, o no la conquistaréis en absoluto; o recibís la verdadera liberación de manos del proletariado, en colaboración con él y bajo su dirección, o vuestro destino será seguir siendo esclavos de la camarilla inglesa, norteamericana o japonesa; o los cientos de millones de trabajadores de China, de Corea, de Mongolia y de los demás países comprenden que su aliado y su guía es el proletariado mundial y abandonan de una vez por todas las esperanzas en cualquier combinación burguesa e imperialista, o su movimiento nacional está condenado a la ruina y siempre habrá algún imperialista que blanda el látigo sobre ellos, prosiga la guerra civil y despedace y desmenuce China. Esta cuestión no la plantean así hoy los teóricos, ni los escritores, ni la fantasía de tal o cual dirigente; la plantea así el curso del desarrollo de la historia mundial, el curso del desarrollo del imperialismo mundial, que pone ahora en primer plano la cuestión del Lejano Oriente. Eso dice la Internacional Comunista al dirigirse a las dos partes del Congreso: a la parte compuesta de comunistas con consciencia de clase, cuya tarea es organizar a la clase obrera para la victoria sobre la burguesía, y a la parte compuesta de elementos no proletarios, de dirigentes de las masas trabajadoras que luchan contra el opresor extranjero. Vuestra alianza es necesaria, y trabajaríamos para la burguesía si debilitáramos de algún modo esta alianza. Nuestro Congreso adquirirá una importancia histórica mundial si hacemos avanzar y resolvemos, aunque solo sea en esbozo, la tarea de la coordinación y la colaboración de estas dos fuerzas gigantescas de la historia mundial. El camarada Lenin ha dicho muchas veces que los cientos de millones de habitantes del Lejano Oriente son, como él decía, las últimas reservas de la humanidad. Sí, son realmente las últimas reservas de la humanidad. Desde hace largos años el proletariado ruso se desangra en su puesto de combatiente de vanguardia, de vanguardia de la revolución proletaria mundial. Aunque nos esté reservada la victoria en el marco europeo, no será duradera mientras no se alcen las últimas reservas de la humanidad, mientras no se alcen las masas de muchos millones de los países cuyos representantes sois vosotros. Una tarea de alcance histórico mundial se plantea a este Congreso, pequeño en número pero de muy gran peso por su importancia, en la confusísima situación mundial de hoy, cuando todavía no se han apagado las voces hipócritas de los bandidos de Washington, cuando, si no hoy, mañana se reunirán en Génova para intentar estrangular a la Rusia soviética y echar a suertes vuestras vestiduras[^a32]. Porque el único bocado todavía sin repartir sois vosotros, los pueblos de muchos millones del Lejano Oriente. Ahora, cuando la burguesía mundial no sabe ella misma lo que ocurre, lo que le traerá el día de mañana, no sabe cómo despertará; cuando no sabe si tiene ante sí la víspera de un nuevo auge o el último camino hacia su extinción, ahora sois vosotros el peso decisivo en la balanza. Y si el despertar de los pueblos del Lejano Oriente avanza con rapidez, con organización y con energía, si declaráis la guerra al letargo invernal de Oriente, si como los más avanzados de vuestros pueblos os ponéis a la cabeza de esta lucha, no os arredráis ante ningún sacrificio y comprendéis que tenéis un guía reconocido —la Internacional Comunista—, muchos de vosotros viviréis la victoria verdadera y completa de la revolución mundial. (Grandes aplausos.)

## G. Sáfarov: La cuestión nacional y colonial[^b1]

Camaradas, nunca ha estado el sistema capitalista mundial en un estado tan desquiciado como en la época que ahora vivimos. En la guerra imperialista de 1914-18 salieron vencedores los países que menos parte habían tomado en ella, y quizá una parte puramente ficticia. Mientras esta guerra arruinaba a la mayor parte de Europa y sacudía hasta sus cimientos la economía capitalista europea, en América y en Japón creó al principio, sobre la base de los crecientes suministros de guerra para Europa, la apariencia de un auge industrial. Si tomáis las cifras de la exportación de mercancías, las cifras del comercio exterior de América y de Japón, veréis que la industria capitalista de esos países dio durante ese periodo, el periodo del auge de la guerra, un enorme salto adelante. Parecía que esos países iban a lograr gozar de los frutos de su victoria, parecía que habían quedado de verdad como vencedores de esta guerra imperialista. Sin embargo, ya en marzo de 1920 empieza en Japón una crisis. Llega una rápida caída del comercio exterior, llegan una serie de quiebras de grandes empresas bancarias. La crisis, que empezó en la industria japonesa de la seda, pasó luego a América y empezó a dar allí sus frutos. En América, en el país del capitalismo floreciente, en América, que posee inmensas riquezas en materias primas, que posee inmensas cantidades de fuerzas productivas acumuladas ya en el pasado, en América surge un enorme ejército de parados, de unos 6 millones de hombres. Las últimas noticias indican con toda claridad que tampoco ahora, a finales de 1921 y principios de 1922, se ha producido en América alivio alguno en la situación económica.

La guerra imperialista ha precipitado la economía capitalista europea en un abismo, y después también el imperialismo americano y el japonés han rodado pendiente abajo hasta el mismo abismo. El sistema capitalista, la economía capitalista mundial ha perdido su equilibrio. La base, el fundamento del sistema capitalista se ha estrechado.

En el II Congreso de la Internacional Comunista se aprobó una resolución especial sobre la cuestión nacional y colonial.[^b2] En esa resolución se decía con toda precisión que la política imperialista en Europa y en América lleva inevitablemente a la ruina no solo a las grandes capas de la clase obrera, sino también a una parte considerable de la pequeña burguesía rural y urbana, y que el capitalismo tiene que hacer una política de rapiña en las colonias, apoderarse de territorios cada vez mayores y librar en sus propias filas una encarnizada lucha competitiva por la posesión de las colonias. En la medida en que la guerra imperialista y la crisis de posguerra del capitalismo han estrechado el fundamento, la base de la producción capitalista, en esa medida la cuestión de las colonias es inevitablemente en nuestro tiempo el eje de la política imperialista mundial. Y como el Lejano Oriente ha estado hasta ahora un poco al margen de la competencia imperialista, de la riña de las distintas grandes potencias entre sí, ahora, naturalmente, todas sus miradas se dirigen hacia allí, y ahora intentan, con su ayuda y sobre todo con la ayuda de las inmensas reservas de materias primas y de fuerza de trabajo barata de China, restablecer su antiguo poderío tanto en el terreno político como en el económico. Nunca había pasado el capitalismo una crisis tan grave, nunca había estado el capitalismo tan impregnado de intenciones rapaces y anexionistas.

En la resolución del II Congreso de la Internacional Comunista se dice directa y precisamente que la consigna de la democracia burguesa, la igualdad formal de todas las naciones, tanto de los pueblos que van por el camino del desarrollo capitalista como de los atrasados, oprimidos por el yugo extranjero, y de los libres, no es más que una ilusión vacía. Es precisamente esa ilusión lo que desenmascara la resolución de la Internacional Comunista; es esa política, que se esconde tras frases seudodemocráticas, lo que la Internacional Comunista pone al descubierto ante todo.

En los informes de las distintas organizaciones y en la discusión sobre el informe del cam. Zinóviev, los camaradas han descrito con bastante crudeza lo que significa la consigna de la democracia burguesa sobre la igualdad de todas las naciones. Los camaradas han dado una viva descripción de lo que significa la consigna de la igualdad de las naciones en la sociedad burguesa. Bajo la dominación de la burguesía, bajo la dominación del capitalismo, no puede haber igualdad de las naciones. No puede haber igualdad, porque el capital de los grandes Estados más poderosos se esfuerza siempre por someter a los pueblos oprimidos, porque el capital de los grandes Estados más poderosos se esfuerza por explotar a los pueblos atrasados como fuerza de trabajo barata y por robar las riquezas naturales de sus países. Y lo más importante, lo que también tiene que exponerse y decirse en la resolución de este Congreso, es la comprensión de que por el camino del compromiso con la burguesía mundial, por el camino del acuerdo con las grandes potencias imperialistas, no puede haber salvación para los países coloniales y semicoloniales oprimidos. Muchos de los que hace un año o año y medio contaban todavía con Versalles y esperaban luego la ayuda de este o aquel bandido imperialista han venido ahora a nosotros; todos ellos se han convencido de que todas las esperanzas de conseguir algo con la ayuda de las grandes potencias rapaces, de poder aliviar su suerte, son vanas; todos ellos han comprendido ahora que todo eso son ilusiones sin sentido. Un pueblo que oprime a otro pueblo no puede ser libre. Un gobierno capitalista y terrateniente no puede dar a los oprimidos la libertad, que les es tan necesaria como la luz, el aire y el pan.

Camaradas, al contrario que los políticos burgueses, al contrario que los representantes de la burguesía de las grandes potencias de Europa y de América, la Internacional Comunista se dirige a los pueblos oprimidos con esta declaración: vuestra liberación está en vuestras propias manos. Pero solo podréis conseguir vuestra liberación si os ponéis hombro con hombro junto al proletariado internacional, que lucha por su propia liberación social.

El proletariado internacional comprende muy bien que no puede destruir el yugo capitalista en el mundo entero, que no puede instaurar la dictadura del proletariado en el mundo entero sin arrastrar a esta gran lucha por la liberación a las capas más atrasadas de la humanidad, a las últimas reservas de la humanidad. El imperialismo mundial ha atado la suerte de las masas trabajadoras de Japón, de China, de Corea, de Manchuria y de Mongolia en un nudo común. Y hoy ni los trabajadores de Corea ni los trabajadores de Mongolia pueden asegurarse su libertad, no pueden asegurarse el libre desarrollo nacional sin un trabajo unánime y solidario, hombro con hombro en sus propias filas y hombro con hombro con el proletariado internacional. Para comprenderlo tenemos que detenernos un poco en las condiciones que reinan en esos países. La mayoría de los países del Lejano Oriente son países atrasados que apenas dan sus primeros pasos por el camino del desarrollo capitalista. Dan esos primeros pasos por el camino del desarrollo capitalista bajo la presión de fuerzas externas, bajo la presión de una coacción externa, bajo los golpes de los usurpadores imperialistas, bajo los golpes de los conquistadores extranjeros. En la mayoría de esos países domina todavía la economía pequeñoburguesa seminatural. Los conquistadores extranjeros han penetrado en esos países para explotarlos. No han destruido las viejas relaciones atrasadas, no han aniquilado las relaciones nacidas a lo largo de siglos que paralizaban la voluntad de los trabajadores, los privaban de toda libertad y les quitaban toda posibilidad de unirse por sí mismos en una clase consciente. El capitalismo aprovecha el atraso medieval, semifeudal, de China, de Corea y de los demás países del Lejano Oriente para explotar las ricas fuentes de esos países, las ricas reservas de fuerza de trabajo y de materias primas, y obtener los beneficios más monstruosos. Se comprende bien que, en tales circunstancias, una comprensión clara de la fase de desarrollo social y económico en que se hallan los pueblos oprimidos del Lejano Oriente sea la necesidad más imperiosa para todo comunista, para todo revolucionario, para todo demócrata honrado.

Al principio, la burguesía autóctona de China actuaba exclusivamente como intermediaria entre el capital europeo y el mercado interior. El comerciante chino era el comisionista que, bajo el mando supremo del capital europeo, actuaba en los medios locales, entre los campesinos ignorantes, y destruía el artesanado del país, que alimentaba a muchos millones de personas. El capital extranjero levantó su poder, como superestructura, sobre las atrasadas relaciones autóctonas, sobre las atrasadas masas trabajadoras. El representante de la China del Sur señaló durante la discusión que el capitalismo extranjero, el capitalismo forastero, se ha ido apoderando poco a poco en China de todas las fuentes principales de existencia de las masas trabajadoras, de la masa principal de las fuerzas productivas. El camarada enumeró las distintas empresas y señaló qué parte de ellas pertenece al capital extranjero. En la medida en que el capital extranjero conquista un país atrasado e instaura en él su dominio, en esa medida introduce también una cierta división del trabajo, una división del trabajo entre la «raza de señores» europea y las atrasadas masas autóctonas. El chino tiene que seguir siendo toda su vida el campesino condenado a trabajos forzados, atado a su tierra, que entrega sus últimos bienes al usurero de la aldea y, a través de él, ofrenda sudor y sangre al capitalismo americano. El artesano autóctono tiene que abandonar su oficio, su sencilla herramienta, que no puede competir con las fábricas europeas y americanas, porque esa es la ley de la sociedad capitalista. Ese artesano, ese campesino arruinado, es arrojado fuera de la vida económica y lleva la existencia más miserable como lumpenproletario, como mendigo que no puede mejorar de ningún modo su situación en el marco de la dominación europea, en el marco de la dominación imperialista.

El capital europeo se ha adueñado de los principales nudos de comunicaciones del país, de los principales centros políticos, y ha instaurado allí su poder. Como ejemplo de esa dominación pueden servir las diversas concesiones y el principio de la extraterritorialidad en China. El imperialismo extranjero se ha apoderado de todo lo que se podía tener, de todos los puntos estratégicos, tanto en la economía como en la política. El capital extranjero decide la suerte de las masas oprimidas y obliga a esas masas oprimidas a trabajar bajo su mando. El capitalismo, que en Europa realizó una gran obra revolucionaria al reunir en las fábricas a las atrasadas masas campesinas, enseñar a esas masas el trabajo colectivo, organizarlas, infundirles el espíritu de lucha y obligarlas a luchar por sus intereses, ese capitalismo no desarrolla la industria en los países atrasados; ese capitalismo se esfuerza por mantener atrasados a esos países atrasados como proveedores de materias primas. Mientras en Europa el capitalismo convierte al campesinado en proletariado, aquí convierte al campesino en un desharrapado, arrojado fuera de la vida económica y obligado a menudo a hacerse salteador de caminos, porque no tiene medios de existencia, porque no tiene posibilidad de mantenerse a sí mismo y a su familia. La suerte que han corrido China y Corea nos muestra con claridad que el capitalismo europeo, el capitalismo americano y en general el capitalismo internacional no tienen ningún interés en el desarrollo de las fuerzas productivas de esos países atrasados, sino que, al contrario, intentan por todos los medios frenar su desarrollo industrial para asegurar sus intereses rapaces a costa de los intereses vitales de las grandes masas trabajadoras. Y por eso, cuando algunos representantes de las organizaciones nacional-revolucionarias de la democracia burguesa buscaron ayuda en Versalles y en otros lugares, toparon cada vez con una completa incomprensión de sus intereses, con una hostilidad que se convertía en el odio más extremo. No se les podía comprender allí, porque allí se sentaban los representantes de las mismas clases que están directamente interesadas en la explotación de esos países. En China, esos grupos apoyan a la monarquía feudal. Así ocurre desde la revolución de 1911. En China, el feudalismo existía como organización militar y burocrática que dominaba la pequeña economía campesina patriarcal. El capitalismo, el capitalismo extranjero, intenta aprovechar los restos de ese feudalismo para despedazar el cuerpo de China, para desmembrar el territorio del Estado chino, y se esfuerza por alimentar los continuos disturbios y la guerra civil en ese país, a fin de asegurar sus intereses rapaces por medio del desorden y la anarquía. La política japonesa, la política del saqueo sin disimulo, la política del robo descarado y de la violencia descarada, quedó expresada con especial claridad en un documento, en un memorándum redactado ya a comienzos de la guerra mundial imperialista por la asociación patriótica reaccionaria japonesa «El Dragón Negro».[^b3] En ese memorándum, estos señores, eminentes dirigentes de la política imperialista de Japón, escribían con toda franqueza, sin el menor reparo ni la menor inquietud, lo siguiente:

> «Tenemos que empezar sin demora a provocar a los revolucionarios chinos, a los imperialistas chinos y, en general, a todos los elementos descontentos de China, para suscitar disturbios.

> Al mismo tiempo, tenemos que preparar en los círculos más influyentes y más altos de la población a una persona a la que podamos apoyar en caso de que se instaure una nueva forma de gobierno y se pacifique el país. Naturalmente, eso solo podemos hacerlo con la ayuda de nuestro ejército, y si este protege la vida y los bienes de la población china, ella consentirá de buen grado en reconocer un gobierno dispuesto a concluir una alianza con Japón.

> El momento presente es favorable para provocar disturbios. Solo faltan los medios económicos. Pero si el gobierno japonés aprovecha la situación creada y concede un empréstito, estallarán sin demora levantamientos. Entonces podremos intervenir con toda tranquilidad y alcanzar fácilmente nuestro objetivo. Sin embargo, en vista del curso de la guerra europea, es necesaria la máxima rapidez en la acción, porque puede que una coincidencia de circunstancias tan favorable como la actual no se repita nunca.

> Tenemos que reflexionar hasta qué punto la forma republicana de gobierno corresponde al carácter y a las necesidades del pueblo de que se trata. Desde la instauración de la república hasta hoy, no vemos más que decepción en todos los terrenos de la administración. Hasta los que al principio estaban a favor de la república reconocen hoy que se equivocaron. Por eso, mantener la forma de gobierno existente también en el futuro haría cada vez más difícil la posibilidad de un acuerdo entre China y Japón.

> Interesa a la política japonesa, que debe proponerse como objetivo una alianza duradera con China, que al mismo tiempo que el cambio de gobierno en China se produzca también un cambio de la forma de gobierno y la transformación de la república en una monarquía constitucional que corresponda por completo a la que existe en Japón». (Tomo V, n.º 7/8, págs. 234-235.)

Esta gente es muy franca. Antes de llevar a cabo su política de rapiña (también la llevaron a cabo antes), antes de llevarla a cabo a mayor escala, expusieron sus intenciones y hablaron abiertamente del programa del gobierno japonés, del imperialismo japonés: provocar disturbios en el país, quitarle toda posibilidad de desarrollo económico propio y, de ese modo, alargar sus garras hacia las riquezas naturales del país oprimido. Lo que sucedió después fue la realización directa de ese plan. Consistió precisamente en apoyar a la escoria del pueblo chino, a los rapaces *tutschunes*,[^b4] y, a través de ellos, la guerra civil, y en arruinar con su ayuda a la nación china. El representante del partido Go-Min-Dan[^b5] ha caracterizado con acierto lo que eran los distintos gobiernos del norte, que desde 1918 han cambiado muchas veces. Dijo: esa gente va en automóvil, contrae deudas con los extranjeros y no hace nada. Su única ocupación consiste, primero, en mercadear con su país a trozos con los usurpadores extranjeros y, segundo, en venderse a sí mismos cada día, cada hora, cada minuto a esos usurpadores extranjeros.

Huelga decir que detrás de cada uno de los bandidos militaristas, detrás de cada uno de los *tutschunes* que alimentan la guerra civil en China, está el capital extranjero, que hace sus distintas jugadas como en un tablero de ajedrez. Si el imperialismo japonés expresó sus intenciones con una franqueza tan extraordinaria y con un cinismo tan extraordinario en el memorándum que he citado, no es de extrañar. Los intereses económicos del imperialismo japonés lo empujaban a ello. La exportación de Japón a China ascendía en 1908 a 52 millones de taels, y en 1917 a 221 millones. Mientras que en 1908 la exportación japonesa a China representaba solo el 14 por ciento de la exportación total, en 1917 era ya del 42 por ciento, es decir, se había triplicado. Después de 1917, la cifra de la exportación de Japón a China ha crecido sin interrupción, y precisamente porque el imperialismo japonés tenía que aprovechar a toda costa, y lo más deprisa posible, la ocasión de que los demás bandidos imperialistas estaban distraídos por la lucha en otros frentes, para apoderarse de una parte considerable del territorio chino, instaurar su dominio en Manchuria del Sur e imponer su dominio efectivo en la China del Norte. El intento de arrastrar formalmente a China a la guerra mundial imperialista es un buen ejemplo del cinismo de la diplomacia imperialista. Japón no tuvo ningún reparo en empujar a China al abismo de la guerra imperialista, porque esperaba, con el pretexto de luchar por China contra Alemania, ejercer la máxima presión sobre el pueblo chino y aprovechar con la mayor comodidad su atraso y su debilidad para culminar su obra rapaz y destructora.

En la medida en que el capitalismo extranjero penetra en países atrasados como China, crea incluso en las fábricas, incluso en la industria, unas condiciones de trabajo que revelan un grado de explotación de las masas trabajadoras autóctonas del todo increíble. Así, por ejemplo, en los dos mayores talleres ferroviarios, que empleaban a 5000 hombres, murió de tuberculosis durante el año 1920 el 3 por ciento de todos los obreros. La mortalidad por tuberculosis alcanza entre los mineros el 9 por ciento. Se podría pensar que el capitalismo japonés, que, entre otras cosas, crea en los países atrasados tales condiciones de trabajo inhumanas, trata mejor a sus propios obreros, ofrece a sus propios obreros mejores condiciones de existencia. En realidad, vemos que de cada 1000 mujeres de la industria algodonera de Japón, 34 enferman de tuberculosis pulmonar y 47 de tuberculosis de otros órganos; en la industria textil, 210 de tuberculosis pulmonar y 280 de tuberculosis de otros órganos; en la industria del cáñamo enferman de tuberculosis pulmonar 114 y de tuberculosis de otros órganos 114. El beneficio, la sangrienta plusvalía que se arranca a las masas trabajadoras del pueblo chino, no beneficia al obrero japonés, al campesino japonés, a la obrera japonesa, sino que desaparece exclusivamente en el bolsillo del capitalista japonés, del terrateniente japonés, que con el saqueo del país extranjero aumenta sus ingresos y utiliza esos ingresos mayores para saquear todavía con más crueldad a sus propios obreros y campesinos. La mortalidad entre la población obrera de Japón, entre los obreros chinos, es espantosa. Recuerda las cifras que dio Marx al describir la llamada época de la acumulación originaria del capital. Huelga decir que ahora, cuando en toda la economía mundial reina un hambre enorme de combustible y de minerales, el capitalismo inglés, el americano, el japonés y también el francés vuelven sus miradas hacia China. Doy aquí una tabla comparativa de las reservas de carbón de todo el mundo: Estados Unidos de América del Norte, 3838 miles de millones de toneladas; Canadá, 1234; China, 996; Alemania, 423, y Gran Bretaña, 189 miles de millones de toneladas.

Veis que el continente americano es el más rico en reservas de carbón, pero al mismo tiempo veis por esta tabla que toda Europa tiene la mitad de reservas de carbón que China sola. Gran Bretaña, que durante muchos decenios fue la mina de carbón de la industria europea, y Alemania, que gracias a sus riquezas carboníferas pudo hacer las mayores conquistas en el terreno de la industria, poseen las dos juntas solo la mitad del carbón que posee China sola. Sin embargo, la explotación del carbón no hace más que empezar allí. En 1900 la extracción alcanzó 5 millones de toneladas; en 1917, ya 20 millones de toneladas. La industria china no hace más que empezar a desarrollarse. (De la revista *Der neue Osten* [El Nuevo Oriente], tomo II, cuaderno 2, pág. 10.) En 1913 el número de fábricas y talleres instalados según las exigencias de la técnica moderna era de 21 713, y el número de obreros empleados en ellos, de 630 982. Entre esas 21 713 empresas había 347 con motores mecánicos, 295 de ellas con motores de vapor; había además 141 motores eléctricos y 212 empresas con otros motores diversos. Entre los obreros había 418 000 hombres y 212 000 mujeres. A finales de 1913 contamos 565 sociedades propietarias de empresas industriales, cuyo capital invertido sumaba en total 59 857 000 dólares, con un capital de reserva de 1 857 000 dólares. Según los últimos datos estadísticos, las empresas fabriles se reparten entre las siguientes ramas de la industria:

| Rama de la industria | Empresas | Obreros |
|---|---:|---:|
| Maquinaria agrícola | 6030 | 94 745 |
| Empresas de hilado y tejido | 4652 | 249 324 |
| Producción de alimentos | 6175 | 181 732 |
| Fábricas de papel e imprentas | 2184 | 64 352 |
| Industria metalúrgica | 158 | 4 040 |

Estas fábricas, en la medida en que son de origen autóctono, se dedican sobre todo a elaborar productos semiacabados. Solo las fábricas que están en manos extranjeras son empresas de la gran industria.

Si tomamos China como territorio económico, tenemos que decir que le espera un gran futuro en la industria. Ningún país del mundo posee semejantes riquezas naturales, ningún país del mundo está tan densamente poblado como China y ningún país del mundo es explotado con tanta crueldad como China, salvo quizá la India. El capitalismo americano y el inglés están igualmente interesados en la explotación rapaz de las materias primas de China; no están interesados en el desarrollo de la industria en China. La Conferencia de Washington,[^b6] con su unión de las cuatro mayores potencias, muestra que ni siquiera los representantes de la burguesía china pueden albergar esperanza alguna en ese sentido. La industria china, el capitalismo chino, no puede desarrollarse con la ayuda del capitalismo extranjero, con el apoyo del capitalismo americano, inglés y japonés, porque eso no interesa a las grandes potencias, porque eso contradice sus intereses coloniales, sus intereses capitalistas. ¿Qué tareas se plantean, pues, a las masas trabajadoras chinas? La tarea principal que tienen que resolver las masas trabajadoras de China es la liberación del yugo extranjero. Hay que criticar del modo más implacable toda vacilación de los distintos políticos chinos, toda inclinación a pactos, a concesiones a este o aquel bandido imperialista (esa es la tarea de los comunistas, y no solo de los comunistas, sino de todos los demócratas chinos honrados). Muy acertadamente ha observado el camarada Zinóviev —sin pensar, naturalmente, en los mejores representantes del partido Go-Min-Dan, sino en ciertos círculos más o menos ligados políticamente al gobierno de la China del Sur— que en esos círculos hay elementos americanófilos. Y muy acertadamente ha observado que ni siquiera la burguesía china tiene esperanza de que China pueda «hacer carrera», de que pueda entrar en las filas de las grandes potencias con la ayuda del capitalismo inglés, americano y japonés. Esas esperanzas no existen ni pueden existir, porque al capital americano le interesa ante todo aprovechar a China como fuerza de trabajo, como fuente de abastecimiento de materias primas. Hace falta una lucha resuelta por derribar el orden que mantiene la anarquía feudal dentro del país. Hace falta la lucha de todos los demócratas chinos por la república federativa de China. Es necesario que los demócratas chinos no se limiten al trabajo en las capas altas, en la llamada sociedad culta, sino que es necesario que vayan también a lo más hondo de las masas populares y organicen a esas masas campesinas bajo la consigna de la lucha por un gobierno barato y democrático. Al campesino chino lo saquea cualquier granuja, al campesino chino lo saquea el capitalismo extranjero, el oficial japonés, el *tutschun* chino, el usurero local. Es necesario despertar a esta masa de muchos millones que constituye la base de China, que es la masa principal de la población china; sin el despertar de esta masa campesina no puede haber esperanza de liberación nacional. El pequeño puñado de obreros y de elementos democrático-burgueses radicales no puede hacer nada si no levanta a las masas campesinas, si no les dice a las masas campesinas que, en lugar de los impuestos que acaban de destruir el país, que cavan la tumba del porvenir de los pueblos chinos, en lugar de todos esos impuestos y tributos hay que implantar un impuesto único sobre la renta e instaurar una administración única, elegida por el pueblo y responsable ante el pueblo. Sin arrastrar al movimiento a estas grandes masas campesinas no se puede obtener ningún éxito. Al campesino chino lo explotan los europeos en sus plantaciones, y lo explotan también los usureros locales, que aprovechan su derecho de propiedad sobre la tierra y lo chupan como pequeño arrendatario.

La consigna de la nacionalización de la tierra, la consigna de la expropiación de las concesiones extranjeras, tiene que lanzarse. Esta consigna no es una consigna puramente comunista; todo demócrata honrado que luche de verdad por los intereses de las grandes masas, que esté de verdad interesado en que esas grandes masas trabajadoras se conviertan en fuerzas activas de la revolución, tiene que apoyar esta consigna. Para los comunistas se trata, pues, de aspirar a la revolución en interés de las grandes masas trabajadoras. Los demócratas burgueses tienen que comprender que no harán la revolución, que no lograrán derribar la dominación extranjera sin haber conquistado a esas masas trabajadoras. Aquí son necesarias una claridad completa y una comprensión cabal. La primerísima tarea que se plantea a las masas trabajadoras chinas y a sus elementos avanzados —los obreros comunistas chinos— consiste en liberar a China del yugo extranjero, en nacionalizar la tierra, en derribar el tutschunato, en instaurar una república democrática federativa única, en implantar el impuesto único sobre la renta. En la instauración de una república federativa única están interesadas las grandes masas campesinas de China, que son, por un lado, víctimas de las rapiñas de los *tutschunes* y, por otro, carne de cañón y soldados de sus ejércitos.

Hay que ganar a estas masas campesinas para la revolución. El movimiento obrero chino está todavía en formación. No nos imaginamos perspectivas color de rosa para el futuro inmediato, en el sentido, por ejemplo, de que la clase obrera china pudiera ocupar una posición dirigente parecida a la que el proletariado japonés puede ocupar en el futuro inmediato. No tenemos ideas utópicas a este respecto. Pero el joven movimiento obrero chino crece. Las asociaciones existentes, que arrastran prejuicios gremiales, que en muchos aspectos han seguido siendo las antiguas organizaciones gremiales, tienen que reorganizarse como verdaderas asociaciones proletarias. Esa es la primerísima tarea. Hay que librar una lucha implacable contra las formas atrasadas de explotación que practican los maestros en China, donde el empresario chino es el ejecutor directo de la explotación capitalista extranjera. Al mismo tiempo, hay que decir con firmeza que la clase obrera china, los obreros chinos, tienen que seguir su propio camino, sin atar su suerte a este o aquel partido democrático, a estos o aquellos elementos burgueses. No necesitamos temer la verdad. Sabemos muy bien que en el próximo periodo no puede haber conflictos, choques agudos, entre nosotros y esos elementos democrático-burgueses encuadrados en la organización nacional-revolucionaria. Pero al mismo tiempo tenemos que decir a esos elementos democrático-burgueses que lucharemos resueltamente contra ellos si intentan retener en pañales al joven movimiento obrero chino, si intentan aprovechar las asociaciones obreras chinas para sus mezquinos fines de politicastros, mantener vivo en ellas el espíritu de las viejas organizaciones gremiales y predicar la armonía entre el trabajo y el capital. Apoyamos todo movimiento nacional-revolucionario, pero solo lo apoyamos en la medida en que no se dirija contra el movimiento proletario. Tenemos que decir: es un traidor a la causa de la revolución comunista proletaria quien no apoya este movimiento nacional-revolucionario. Pero, por otro lado, decimos: es un traidor a la causa nacional quien lucha contra el despertar del movimiento proletario; es un traidor a su pueblo y a la causa nacional quien impide a la clase obrera china sostenerse sobre sus propios pies y hablar su propio lenguaje. Tengo delante el informe de la asociación de obreros metalúrgicos chinos de la ciudad de Cantón. El informe termina con estas palabras:

«Bertrand Russell[^b7] dijo: “Si me preguntaran: ¿cómo puede China desarrollar su industria sin el capitalismo?, respondería: ante todo, por medio del socialismo de Estado”. El autor de estas líneas, delegado de esta asociación, es de la misma opinión que el conocido filósofo inglés».

Bertrand Russell es un representante del socialismo charlatán y conciliador. Ni que decir tiene que los obreros chinos no deben seguir a los jefes de este socialismo colonizador europeo; deben seguir, en cambio, el camino que han emprendido las masas trabajadoras de muchos millones del mundo entero, es decir, el camino del comunismo. Ni que decir tiene que todas las charlas sobre el socialismo de Estado sin que China se convierta en república soviética, sin que las masas trabajadoras de China, las masas obreras y campesinas de China, maduren para una república soviética, son un engaño a los demás y un engaño a sí mismo, y contra ese engaño hay que librar la guerra más resuelta e implacable. Es necesario que la clase obrera no se aísle en su lucha revolucionaria de las masas campesinas. Es necesario que la clase obrera penetre en las masas campesinas con más consecuencia que los demócratas burgueses, que lleve a las masas campesinas luz, instrucción e ideas comunistas. Es cierto que China no está en vísperas inmediatas de una revolución comunista y de la instauración de un gobierno soviético. Pero hay que hacer propaganda de la idea de los sóviets como la forma de organización más adecuada para la lucha revolucionaria de las masas y para el control revolucionario de los órganos democráticos de poder. Los sóviets son el arma más adecuada en manos de los trabajadores de todos los países sin excepción, tanto de los países de población predominantemente proletaria como de los países campesinos. La experiencia del movimiento revolucionario en el Oriente Próximo y en Asia Central lo ha demostrado de la manera más brillante, y esa experiencia no puede carecer de valor para el Lejano Oriente.

En Corea, las tareas de las masas trabajadoras son más sencillas. Igual que en China, apoyamos allí todo movimiento nacional-revolucionario que se oponga de verdad a cualquier acuerdo con los imperialistas y esté dispuesto a seguir el camino consecuente de la liberación nacional. Y no debe inquietarnos que unas de esas organizaciones sean comunidades cristianas y otras asociaciones religiosas de otras sectas, etc. Aun sabiendo perfectamente que ese movimiento es democrático-burgués, lo apoyamos, como apoyamos todo movimiento nacional de liberación, porque se dirige contra el imperialismo y corresponde a los intereses del proletariado internacional; y eso exigimos también de los obreros coreanos. Allí actúa como fuerza imperialista, que ha descompuesto a la aristocracia, el imperialismo japonés. Por eso allí se puede hablar más bien de un frente nacional único, pero al mismo tiempo hay que desenmascarar del modo más resuelto todo intento de resolver el problema de la liberación del país por la vía conciliadora o pacifista. La revolución de marzo de 1919,[^b8] ese gran acontecimiento de la vida del pueblo coreano, fue una sublevación de rodillas que no podía llevar a la victoria. Cuando el pueblo coreano se lanzó lleno de entusiasmo contra las bayonetas japonesas y murió por su causa, fue una sublevación de rodillas. Todo demócrata honrado tiene que decir que solo en la lucha armada, con las armas en la mano, al mismo paso y hombro con hombro con el proletariado comunista del mundo entero, solo en la lucha decidida con las armas en la mano contra los usurpadores extranjeros y los opresores extranjeros, puede conseguirse una victoria verdadera. La Conferencia de Washington ha destruido las últimas ilusiones de que Corea pueda liberarse de algún modo de las tenazas del imperialismo japonés con la ayuda de los países imperialistas: América, Francia o cualquier otro país. Corea o está condenada a la extinción completa o se libera por la vía revolucionaria. No hay otra salida. El régimen japonés en Corea solo puede compararse con el régimen inglés en la India. Cito algunos datos sobre los gastos de la administración en el año 1919-20, según el informe oficial del gobernador general japonés en Corea.

| | 1919, en yenes | 1920, en yenes |
|---|---:|---:|
| Para la corte del antiguo emperador de Corea | 1 500 000 | 1 500 000 |
| Para la oficina del gobernador general japonés en Corea | 5 192 000 | 7 202 000 |
| Para policía y gendarmería | 19 826 000 | 41 940 000 |
| Para la construcción de edificios penitenciarios | | 850 000 |
| Para escuelas | 773 000 | 1 228 000 |
| Para sanidad pública | 709 000 | 912 000 |
| Para las guarniciones japonesas en Corea | 17 259 000 | 15 383 000 |

Así pues, cuando el militarista japonés, el oficial japonés, echa la cuenta de sus gastos, se gasta, naturalmente, la mayor parte del contenido de su bolsa en proseguir su rapaz política de estrangulamiento del pueblo coreano. Japón ha saqueado y conquistado Corea, y la lucha por la liberación nacional de Corea, así como por la liberación nacional de China, es el primer deber de la clase obrera japonesa. El obrero japonés tiene que decirse que el enemigo está en su propio país. El obrero japonés es la fuerza revolucionaria más avanzada del Lejano Oriente, y tiene que ser el primero en asestar un golpe decisivo al imperialismo japonés, porque de lo contrario no podrá librarse él mismo de las cadenas con que el capital japonés lo ata de pies y manos. Sin romper las cadenas de China y de Corea, sin ese golpe destructor y mortal contra la política del imperialismo japonés, tampoco él mismo podrá ser libre.

Camaradas, ahora, aunque se me acaba el tiempo, quisiera detenerme todavía brevemente en las tareas que os esperan en Japón.

Japón es un país de capitalismo muy desarrollado. En Japón hay una clase obrera numerosa, a la que aguarda un gran porvenir. Dos millones y medio de obreros industriales, 6 millones de proletarios en total, más de 5 millones de pequeños arrendatarios y semijornaleros: son cifras que, cuando se las obligue a hablar en el lenguaje de la aritmética revolucionaria, tienen que resultar funestas para el capital japonés. Japón se ha desarrollado según el modelo prusiano. Los feudales japoneses, los oficiales, se han adaptado al desarrollo burgués y han atraído a su círculo a la mejor parte de la burguesía japonesa. En Japón domina hoy un bloque de los militaristas, de los *genro*[^b9] y del capital financiero. Es un orden terrateniente y plutocrático, encubierto bajo formas seudoconstitucionales. En realidad, el poder pertenece al Mikado, a las viejas familias nobles, que están ligadas a diversas empresas y tienen, como antes, la suerte del pueblo japonés en sus manos. Una parte de esas familias nobles está ligada al ejército de tierra, otra a la marina, una tercera a empresas de diverso tipo: astilleros, fábricas, etc. Los terratenientes y nobles japoneses están más aburguesados que en ninguna otra parte. Y el propio Mikado, que, como es sabido, es un hombre de ascendencia divina, «tiene un hotel nada malo en Tokio». En nuestros tiempos todo es posible. E incluso los nobles de Oriente empiezan a tener burdeles, grandes astilleros, fábricas de construcción naval, etc. Aquí tenemos la alianza de la plutocracia con los restos de la sociedad feudal. La burguesía japonesa, educada en el espíritu del servilismo, en el espíritu de la veneración del militarismo japonés y del orden monárquico, esa burguesía es incapaz de desatar el nudo de los destinos políticos del pueblo japonés. Los partidos burgueses de Japón son grupos, camarillas, y nada más. Una parte de la burguesía japonesa, ligada en mayor medida a la gran propiedad de la tierra y reunida en el partido Sei-Yu-Kai,[^b10] constituye un partido agresivo y militarista. Otro partido, que se permite a veces saltos liberales, es un partido plutocrático que oprime a las masas trabajadoras. Mientras el capital japonés se ha convertido en una magnitud internacional, la clase obrera japonesa no hace más que dar sus primeros pasos tímidos. La mayor organización sindical que existe en Japón y que agrupa hasta 50 000 miembros —la organización Yu-Ai-Kai—[^b11] la organizó el típico adulador rastrero señor Susuki,[^b12] amigo de Gompers,[^b13] otro granuja no menos conocido. La federación se fundó en 1911. Hasta 1920, Susuki llevó allí la batuta de la mano de los intelectuales burgueses, ligados directamente a las empresas comerciales e industriales. Todavía hoy rondan a los obreros japoneses los representantes del socialismo de Estado salidos de las filas de diversos generales retirados, que predican la armonía del trabajo y el capital bajo el yugo de la monarquía imperial. Sin embargo, primero los motines del arroz,[^b14] que fueron un estallido espontáneo del descontento de las masas sobre el terreno de la crisis de posguerra, y luego la amplia oleada de huelgas, hicieron que la clase obrera japonesa empezara a liberarse de la tutela de los intelectuales burgueses, de la tutela de la burguesía japonesa. Si en 1914 contamos cincuenta huelgas, en 1920 hubo ya 185; si en 1914 tomaban parte en cada huelga, por término medio, 158 huelguistas, en 1920 eran ya 878. ¿Qué significa esto? Significa el despertar de la clase obrera. Se está convirtiendo en una fuerza revolucionaria con consciencia de clase. Las grandes masas de la clase obrera japonesa no están todavía penetradas de la idea de la lucha de masas. Cuando durante las huelgas se desató el terror de la camarilla gubernamental, los obreros japoneses iban a los oratorios, iban a los templos y rezaban allí oraciones especiales; y al salir de esas reuniones gritaban: «¡Viva el trabajo! ¡Viva el Mikado!». Eso prueba que la clase obrera japonesa no se sostiene todavía firmemente sobre sus pies. Pero el señor Susuki ya ha perdido su influencia. En 1920 surgió en los sindicatos un ala radical con consciencia de clase, y los representantes de esa ala están presentes en nuestro Congreso. Estos camaradas que han venido aquí se llamaban al principio anarcocomunistas y sindicalistas. Tras largas conversaciones con nosotros, después de informarse sobre la revolución rusa y sobre la experiencia del movimiento revolucionario internacional, llegaron a la conclusión de que son partidarios de la revolución proletaria, comunistas. Y el cam. Kato declaró: «Si antes éramos anarcocomunistas, ahora dejamos el prefijo “anarco” y declaramos que somos comunistas». ¡Es un gran paso adelante! Si en la mejor parte de la clase obrera japonesa ha surgido una actitud marcadamente hostil hacia los intelectuales, es una reacción del todo legítima contra el abominable conciliacionismo, contra el régimen de autocracia que el señor Susuki impuso en los sindicatos. Ni que decir tiene que los anarcocomunistas y los sindicalistas son miembros de la Internacional Comunista con tantos derechos como cualquiera de nosotros.

Camaradas, la unión de los elementos más influyentes del movimiento obrero japonés, que se está realizando aquí, en el Congreso, tiene la mayor importancia para el destino del Lejano Oriente. El proletariado japonés se está convirtiendo en una fuerza revolucionaria. El proletariado japonés vive en peores condiciones que aquellas en que nosotros tuvimos que luchar, y sin embargo se organiza como fuerza política independiente. Los obreros japoneses no pueden contar con llevar a cabo de una vez y directamente toda la carga de la revolución social proletaria. Tienen que batir a los adversarios por partes y poner en movimiento todos los medios para aniquilar a su enemigo de clase. Ante todo hay que destrozar el bloque de la plutocracia, de los *genro* y de los terratenientes. A ese bloque hay que asestarle un golpe tan decisivo como el que nosotros, los obreros rusos, le asestamos primero en 1905 y después en 1917. Las consignas inmediatas de la clase obrera deben ser: «república democrática, nacionalización de la tierra, nacionalización de las grandes ramas de la industria con la condición del control de la producción».

Si examinamos los datos numéricos, vemos que en las aldeas japonesas hay material inflamable de sobra, que prestará un buen servicio en el momento de la revolución democrática y de la proletaria.

Según los datos de 1916 y 1918, 219 859 familias, o el 4% de la población agrícola, disponían de más de 7,85 acres de tierra; 1 449 340, o el 26,5%, de más de 4,90 acres; 3 696 968, o el 69,4%, de menos de 2,45 acres. Grandes terratenientes con fincas de más de 125,5 acres solo había 3495, o el 0,07%.

Cerca del 70% de los campesinos poseen parcelas de menos de 2 acres. Es una porción tan mísera que no puede mantenerlos, no puede salvarlos del hambre. Ni que decir tiene que estos semiarrendatarios y semijornaleros son nuestros aliados seguros en la lucha contra los opresores. La fundación de asociaciones independientes de semiarrendatarios, que se organizan para luchar por mejores condiciones de arrendamiento, es la mejor prueba de que su despertar ya ha empezado. El hecho de que empiecen a buscar lazos con la clase obrera y su apoyo prueba que la clase obrera japonesa seguirá el mismo camino de la alianza de obreros y campesinos que hemos seguido nosotros, los obreros y campesinos rusos. A la clase obrera japonesa le espera un gran porvenir, y aquí hay que decir con toda firmeza que, por joven que sea todavía, por difícil que sea la situación en que se encuentra, asumirá el papel decisivo en la obra de desatar el nudo del Lejano Oriente. Cerca del 50% del proletariado japonés son mujeres. El 25% del proletariado japonés no se ha convertido en proletario hasta la guerra. Esta composición extremadamente heterogénea impide a la clase obrera japonesa hablar su propio lenguaje, el lenguaje de la revolución proletaria. Pero, por otro lado, en la medida en que esta vanguardia avanzada empieza a hablar, está del todo claro que esa alianza de las masas obreras japonesas con las masas trabajadoras pequeñoburguesas y semiproletarias será una ventaja segura, y que esa alianza garantizará en gran medida a la clase obrera la hegemonía en la lucha revolucionaria general por la completa democratización del orden político y asegurará también a los obreros el papel de dirigentes en la revolución social proletaria. La consigna de los sóviets como órganos de la lucha revolucionaria y del control de las masas en Japón tiene que propagarse con toda resolución. Los camaradas que se llaman anarcocomunistas han expresado el temor de que una lucha así en el terreno de la democracia, en la que vamos desgajando fracciones una a una y batimos a nuestro adversario por separado, de que una situación así pueda llevar al conciliacionismo, a la difusión de ilusiones democráticas. No es así, y los camaradas se han convencido de ello. En su tierra, en Japón, no han visto verdaderos comunistas, comunistas revolucionarios, que dominaran de verdad el instrumento de la política en interés de la lucha proletaria.

Si ahora decimos a la clase obrera que, pasando por el derrocamiento del Mikado, de los militaristas y de la plutocracia, tiene que avanzar hacia la revolución social, eso no significa que la invitemos al compromiso con los partidos burgueses, se llamen como se llamen. No significa que propongamos a la clase obrera renunciar a su papel político independiente. Significa que tiene que librar, mediante manifestaciones, huelgas y, si es necesario, insurrecciones armadas, la lucha por la destrucción del orden burgués y militar en Japón. Significa que tiene que dominar todos los medios para destrozar la dominación del imperialismo y del capitalismo japoneses.

El deber que se impone a la clase obrera japonesa, el deber internacional, exige que cargue sobre sus hombros la parte más importante de la lucha. Del despertar del movimiento obrero japonés, del crecimiento de sus fuerzas, depende el destino del Lejano Oriente, el destino de Corea y de China. Con este ejemplo, todo demócrata burgués tiene que comprender que solo la unión con el movimiento proletario, solo el apoyo a ese movimiento proletario, puede llevar de verdad a los pueblos oprimidos a la verdadera liberación.

En resumidas cuentas, las tareas que se plantean a las masas trabajadoras del Lejano Oriente consisten, pues, ante todo, en la liberación de los países oprimidos. Apoyaremos todo movimiento nacional en la medida en que se dirija contra el yugo imperialista, y lucharemos del modo más implacable contra todas las corrientes y organizaciones que intenten tender a la diplomacia imperialista internacional aunque sea un dedo. Desenmascararemos a esos elementos. La tarea principal consiste en hacer saltar desde dentro el edificio del imperialismo japonés. Esperemos que la clase obrera japonesa cumpla esta tarea con honor. No me he detenido en los distintos párrafos de la resolución del Congreso sobre la cuestión nacional y colonial, y he intentado aplicarlos a la situación que existe en el Lejano Oriente.

Debería estar del todo claro para todos que solo la orientación hacia la Rusia soviética, solo la orientación hacia la Internacional Comunista, hacia la clase obrera como fuerza internacional, como magnitud internacional, que solo esa orientación puede salvar a las masas oprimidas de Corea, de China, de Mongolia. Solo esa orientación puede sacarlas del callejón sin salida del imperialismo en que se encuentran ahora.

Camaradas, el resultado más importante de nuestro Congreso, el resultado principal de nuestro debate de hoy, debe ser que todos los participantes en el Congreso tengan una idea del todo clara y precisa de cuál tiene que ser la relación entre el movimiento nacional-revolucionario y el movimiento obrero. No queremos imponer a nadie nuestras concepciones por la fuerza, por coacción. No queremos imponer a nadie nuestro programa, no llamamos directamente a las filas del Partido Comunista a nadie que no esté maduro para ello, no queremos «sovietizar» a nadie por la fuerza. Pero, por otro lado, decimos que, en la medida en que apoyamos el movimiento nacional-democrático, exigimos una actitud leal hacia el movimiento obrero, hacia el Partido Comunista y hacia la clase obrera. Llamamos a la lucha implacable contra el imperialismo. El Congreso debe afianzar la solidaridad internacional de todos los pueblos de Oriente. El Congreso debe unir al obrero japonés con el obrero y el campesino revolucionarios chinos y con los revolucionarios chinos que no son obreros ni campesinos, sino elementos democrático-burgueses, pero que quieren luchar sinceramente. Los revolucionarios proletarios no pueden adoptar el punto de vista equivocado de que solo hay que apoyar el movimiento proletario en las colonias. No es culpa, sino desgracia de los países atrasados que su capa proletaria sea extremadamente pequeña. Solo en alianza con el movimiento proletario conseguirán los pueblos oprimidos su liberación; solo esa alianza les da la posibilidad de librarse de los grilletes podridos y oxidados que los atan. El resultado de nuestro debate de hoy debe ser la clara comprensión de que las posibilidades de victoria del movimiento nacional-revolucionario serán tanto mayores cuanto más desempeñen las masas proletarias un papel independiente en ese movimiento, cuanto más actúe el elemento proletario de los pueblos oprimidos como dirigente en esa lucha nacional-revolucionaria. El resultado de nuestro debate debe ser la clara comprensión de que el proletariado japonés es la fuerza principal para desatar el nudo del Lejano Oriente, de que la unión con el proletariado japonés, la solidaridad fraternal con los comunistas japoneses, con los revolucionarios proletarios japoneses, es la condición no solo de una lucha victoriosa, sino también la premisa más necesaria de la liberación de las masas oprimidas de Corea y de China del yugo imperialista, no de palabra, sino de hecho.

*¡Viva la liberación de los trabajadores del Lejano Oriente!*

*¡Viva la alianza de obreros y campesinos bajo la bandera de la Internacional Comunista!* (Aplausos tempestuosos.)

## T.: El movimiento obrero en China

La situación actual de los obreros y campesinos chinos solo puede comprenderse desde una determinada perspectiva histórica. En China —un país agrario— no hay gran propiedad de la tierra, sino, sin excepción, campesinos medios y pequeños. Esto se explica por el sistema tradicional, vigente hasta hoy, de herencia de pequeñas parcelas de generación en generación. El artesanado también está solo relativamente desarrollado, porque el campesinado satisface sus necesidades con sus propios medios primitivos.

Pese a la extraordinaria densidad de la población en China (350 millones, de los que el 70 por ciento, es decir, 245 millones, forman la población rural), solo una décima parte de la superficie está cultivada (es decir, 300 000 millas cuadradas de la superficie total de China, sin contar Mongolia, con sus 3 millones de millas cuadradas inglesas). Los campesinos sin tierra forman un porcentaje enorme de la población rural. En cambio, al artesanado solo se dedica el 2½ por ciento (9 250 000 personas).

La tarea de este informe es describir las espantosas condiciones de trabajo en China.

### La situación de los obreros industriales

La industrialización de China empieza con la penetración del capital extranjero de los países europeos, que fundó una serie de grandes empresas industriales en distintos centros de China. Por falta de grandes capitales, también las pocas empresas que pertenecen a capitalistas chinos dependen de los extranjeros. El número siempre creciente del proletariado fabril, que asciende hoy a más de 2 millones, forma un enorme ejército de esclavos de la explotación extranjera, que se extiende por igual a hombres, mujeres y niños.

El salario de los obreros es por término medio de 30 centavos al día (mínimo, 5 centavos) y se paga en especie o en dinero. Pero como el mínimo de subsistencia de los obreros es de unos 7 dólares al mes, llevan una mísera existencia de hambre.

La jornada de trabajo varía: los ferroviarios tienen una jornada de 10 horas con un día de descanso cada catorce días; los obreros fabriles trabajan de 10 a 12 horas y tienen un día libre a la semana. Los mineros trabajan tanto 8 como 12 horas, y en algunas minas incluso 24 horas, con un descanso cada dos días. La razón es que el minero, por su mísero salario, se ve obligado a ganar algo más con horas extraordinarias. Esto muestra el alcance de la explotación de los obreros chinos por los capitalistas. Muchos obreros se desploman bajo la carga insoportable del trabajo agotador y de la desnutrición.

En una legislación que regule siquiera mínimamente las condiciones de trabajo en las empresas no hay ni que pensar. No hay protección del trabajo de las mujeres y de los niños; el derecho a la maternidad no está protegido por nada. No existe seguro obrero ni inspección.

Los dispensarios de las fábricas solo están al alcance del personal empleado superior; en cambio, los obreros que enferman en las condiciones antihigiénicas de las fábricas mueren a millares en sus viviendas estrechas y sucias y en la calle. De tuberculosis murieron el año pasado el 3% de los 5000 ferroviarios y el 9% de los mineros.

En las empresas reina la arbitrariedad de los capataces (*foremen*), que tratan con violencia a los obreros de todas las maneras posibles, les infligen castigos corporales y se dejan sobornar por ellos (en la mayoría de las empresas los *foremen* son extranjeros). Esto agrava la situación ya de por sí difícil de los obreros y los convierte en eternos deudores de acreedores siempre dispuestos. Ahora no es raro que haya huelgas de protesta contra las crueldades de los *foremen*.

De instrucción no puede hablarse, desde luego, en tales condiciones. No más del 5% de los obreros saben leer más o menos.

La subida de los precios de los artículos de primera necesidad (un encarecimiento del 150%), que supera muchas veces el aumento de los salarios (el aumento es solo del 15%), pesa como un yugo todavía más duro sobre los esclavos hambrientos y extenuados. De alimentar a toda una familia no se puede ni hablar. Por eso las mujeres y los hijos de los obreros se ven obligados a emplearse en las fábricas por un salario todavía más mísero y en condiciones todavía más duras. Así, en la industria textil, que es la más desarrollada de China, trabajan hoy 250 000 niños de diez años y 200 000 mujeres; tienen la misma jornada que los hombres, pero las mujeres cobran por término medio 21 centavos y los adolescentes 16 centavos. Los obreros no pueden dejar las fábricas e irse al campo, porque allí los amenaza la muerte por hambre.

### Gremios y artesanado

Como hemos dicho, en China hay aproximadamente un 2,5% de artesanos. Cuando, antes de la penetración de los extranjeros, la demanda de productos artesanos empezó a crecer, también creció el número de artesanos salidos de las filas de los campesinos, pero con la penetración de la industria extranjera el artesanado no puede resistir la competencia y se hunde. Esto se nota sobre todo en las comarcas ferroviarias.

Los obreros que ejercen un oficio se dividen en maestros, oficiales y aprendices. Hay talleres en las ciudades y en las aldeas (en las aldeas, talleres ambulantes). El dueño de un taller, el maestro, se distingue poco de sus oficiales; su ganancia solo supera en unos centavos lo que ganan los oficiales. Los oficiales cobran por término medio 2 dólares 50 centavos al mes, o 25 dólares al año, y la comida gratis del maestro. Se contratan por días, por meses o por un año.

La situación de los aprendices es mucho peor. Son explotados al máximo. El aprendizaje dura por lo general tres años. No reciben salario, solo la comida gratis. Además del trabajo en el taller, los aprendices tienen que hacer diversos trabajos pesados en la casa del maestro.

La jornada de trabajo en los talleres dura desde la salida hasta la puesta del sol, por término medio 14 horas.

Entre los artesanos está muy extendido el sistema del «secreto del oficio», cuyo objetivo es dificultar el acceso de personas nuevas a este o aquel oficio. Con el mismo fin de monopolizar el artesanado se fomenta enérgicamente el sistema de los gremios, a los que pertenecen los maestros de un oficio determinado y sus oficiales. Existen 27 tipos de industria doméstica, y por tanto también 27 gremios. A algunos pertenecen también los comerciantes del mismo ramo. Los aprendices, aunque pertenecen a los gremios, no tienen ninguna influencia en los asuntos del oficio. Al frente de los gremios están los ancianos —los «padres del oficio»—, personas muy influyentes en los asuntos de los gremios. Los artesanos están obligados a pertenecer a su gremio; si no, se arriesgan a quedarse sin trabajo. Los estatutos del gremio prohíben al maestro tener más de un aprendiz. El objetivo está claro: se quiere limitar el número de artesanos cualificados. Los gremios fijan los precios, el salario y las condiciones de trabajo por categorías, y esas disposiciones son obligatorias para todos. Frente a la competencia extranjera, sin embargo, los gremios son impotentes. Y los artesanos se ven obligados a trabajar día y noche para ganarse el sustento. Algunos maestros introducen máquinas nuevas, pero eso solo los beneficia a ellos. En los últimos tiempos no son raras las huelgas de oficiales, que, es cierto, todavía resuelven los gremios, pero que dan testimonio de la descomposición interna que ya empieza en esta institución medieval.

### Culíes y artels

Los contingentes de culíes, cuyo número es imposible establecer ni siquiera aproximadamente, porque crece sin cesar, se reclutan entre los campesinos sin tierra y los que han perdido la suya. Son porteadores, conductores de rickshaw, estibadores, barqueros. La oferta de su trabajo supera dos o tres veces la demanda. Sus ingresos son extraordinariamente irregulares. La jornada de trabajo es indeterminada. Su situación es todavía más desesperada que la de los obreros; cuando no hay trabajo, pasan literalmente hambre. Viven en la suciedad, expuestos a enfermedades y epidemias.

La lucha desesperada por el «trozo de pan» los lleva a unirse en asociaciones parecidas, más o menos, a los artels.[^b16] Esos grupos o artels se forman muy a menudo según el principio del paisanaje. Los «artels» actúan apoderándose de alguna «zona de influencia» donde solo pueden trabajar los culíes de una banda determinada. No es raro que haya choques entre los «artels» por esta o aquella «zona de influencia». Estas bandas las dirigen los más fuertes. Los empresarios extranjeros nombran a esos cabecillas «*foremen*» cuando dan trabajo a esos artels, y los culíes tiemblan ante sus jefes e intentan aplacarlos con diversas dádivas y regalos. Estos «artels» son, naturalmente, un serio freno para el desarrollo del movimiento obrero en China.

### Sindicatos

Hasta la revolución de 1911, los gremios de los trabajadores a domicilio eran las únicas organizaciones obreras. Existían también algunos gremios de obreros fabriles, pero, como los primeros, también tenían por objetivo monopolizar en sus manos la producción de un ramo determinado. A esos gremios pertenecían obreros privilegiados, *foremen*, etc. Estos gremios introdujeron un seguro parcial de los obreros contra el paro. Los más fuertes eran los gremios de obreros fabriles de Cantón, en los que ya se hacía valer la consciencia de clase. Sin embargo, en sus acciones, a veces enérgicas, contra sus amos se mostró una falta de solidaridad. Hoy la mayoría de los gremios de obreros fabriles están organizados en sindicatos. Los demás gremios no son peligrosos para el capital

### Los obreros industriales y el Go-Min-Dan

En 1911, el partido Kuo-Mni-Tan[^b17] (también Go-Min-Dan) organizó el llamado «Partido Obrero de China», al que se afiliaron unos 200 000 obreros. Su cuartel general estaba en Shanghái. El «Partido Obrero» se distinguía poco del propio Go-Min-Dan y aspiraba sobre todo a la ampliación del derecho de voto. No tenía nada que ver con la lucha de clases, pero en 1912 dirigió dos huelgas en Shanghái que marcaron el comienzo del movimiento huelguístico en China. El «Partido Obrero» fue disuelto por Yuan-Schi-Kai.[^b18] En 1916 la influencia del Go-Min-Dan empezó a crecer de nuevo, y al mismo tiempo empezaron a surgir en Shanghái organizaciones obreras que el Go-Min-Dan esperaba aprovechar para sus fines políticos. De la defensa de los intereses obreros los fundadores de esas organizaciones no se preocupaban en absoluto, y naturalmente perdieron su influencia sobre los obreros, que aspiraban a una mejora inmediata de las condiciones de trabajo. La desconfianza de los obreros hacia esas «organizaciones obreras» hizo que su importancia quedara reducida a cero.

En Cantón, el Go-Min-Dan fundó en 1915 las siguientes organizaciones, que todavía existen: el «Partido Obrero Republicano», la «Federación de Obreros Industriales que viven fuera de su tierra», el «Club de Ayuda Mutua» y la asociación de obreros metalúrgicos de Cantón. Estas organizaciones tienen el carácter de aquella organización fundada en Shanghái. El Go-Min-Dan todavía puede apoyarse en ellas, porque sus miembros todavía no han podido convencerse en la práctica del verdadero rostro de sus «jefes». Así, la huelga de los obreros del ferrocarril Cantón-Hankou en 1920 facilitó mucho la tarea de la ocupación de Cantón por las tropas del Go-Min-Dan.

### Partido «Socialista», anarquistas, estudiantes y movimiento obrero

En 1912, el grupo de los llamados «socialistas» fundó en Nankín el «Partido Socialista», que en 1913 fue disuelto por Yuan-Schi-Kai. No había en él mucho de socialista.

Pronto aparecieron en escena los anarquistas. Empezaron a publicar revistas y octavillas. Los anarquistas hicieron un trabajo bastante serio en la organización de las manifestaciones del Primero de Mayo en China y dirigieron la acción del primero de mayo del año pasado en Cantón, en la que tomaron parte más de 40 000 personas. Gracias a su participación en las acciones obreras, los anarquistas empezaron a ganarse cierta confianza entre las capas obreras.

Los obreros chinos reaccionaron también vivamente ante el movimiento estudiantil antijaponés y apoyaron a los estudiantes en la campaña de 1919 contra la política rapaz de Japón en China con toda una serie de huelgas y manifestaciones.[^b19] La influencia que el movimiento antijaponés ha ejercido sobre los obreros se nota todavía hoy. Es el despertar del espíritu de resistencia de los obreros contra el sojuzgamiento extranjero. Este despertar se expresó después en toda una serie de huelgas; en las mayores —las huelgas de los metalúrgicos de Hong Kong y de los mineros de Tjan-Schan, que se dirigían contra los ingleses y planteaban reivindicaciones económicas—, los obreros salieron victoriosos.

### El movimiento comunista

De lo dicho se desprende que solo en 1919 comienza la verdadera concentración de fuerzas de la clase obrera china, despertadas por los acontecimientos del último decenio. Hasta entonces su actividad tenía el carácter desordenado de huelgas y acciones aisladas. En 1919 los obreros empiezan a tomar parte en el movimiento antiimperialista, es cierto que más por motivos nacionales que por consciencia de clase.

La Organización Comunista de China desplegó su actividad en el verano de 1920 y asumió la dirección de la lucha por la mejora de las condiciones de trabajo y contra el capital nacional y el extranjero. Se fundaron tres semanarios: *El Mundo del Trabajo*, en Shanghái, prohibido por las autoridades francesas, y *El Eco Obrero*, en Pekín, prohibido por el gobierno de Pekín. La tercera revista, *El Obrero*, dejó de salir porque faltaron los medios para editarla. Se fundaron varias escuelas en una serie de centros, que funcionan con éxito hasta hoy y cuya tarea es desarrollar la consciencia de clase de los obreros. Una de esas escuelas, en un suburbio de Pekín, fundada a finales de 1920, que tenía entonces unos 700 miembros, tiene ahora 12 200 asistentes. Desde septiembre de 1920 los comunistas han dirigido la organización de algunas asociaciones obreras, pero el trabajo no siempre tuvo éxito allí por falta de experiencia. La organización comunista tomó parte también en la manifestación del Primero de Mayo del año pasado.

La asociación de ferroviarios de Tjan-Schan se transformó en la primavera de 1921, bajo la influencia de los comunistas, de organización nacional en organización revolucionaria. Cuenta con 2500 miembros. En Cantón los comunistas han organizado muchas pequeñas asociaciones de oficio.

Los comunistas apoyan todo movimiento huelguístico que surge. Hace poco tomaron parte en la huelga de los tranviarios de Shanghái, en la huelga metalúrgica de Cantón y en algunas huelgas de la confederación obrera.

La asociación de obreros textiles de Hunan la fundaron unos jóvenes comunistas; en marzo de 1921 se declararon en huelga y exigieron el control de la primera fábrica textil de Hunan, que es una empresa del Estado. Pero esta huelga no condujo a resultados de alguna importancia. La asociación publica un semanario con el nombre de *El Obrero*, que enseña a los obreros los principios de la lucha de clases.

En agosto del año pasado los comunistas apoyaron la organización del Secretariado Obrero de China,[^b20] con una dirección central en Shanghái y secciones en Pekín, Hankou y Cantón. El objetivo de esta organización es, según su primer manifiesto, la propaganda del sindicalismo (*trade-unionismo*) entre los obreros, el apoyo al desarrollo de los sindicatos, la elevación de la consciencia de clase entre las masas obreras, la unificación y reorganización de los sindicatos de viejo tipo y, por último, el apoyo a la unión de las masas obreras chinas con sus camaradas extranjeros. Aunque este Secretariado existe desde hace poco, ya ha hecho no poco por la unión de todas las fuerzas de la clase obrera para la lucha futura.

El Secretariado publica un periódico, *El Semanario Obrero*, con una tirada de 5000 ejemplares, y la sección de Pekín publica su órgano con el mismo nombre y una tirada de 2000. Estas hojas se difunden exclusivamente entre los ferroviarios.

El Secretariado apoya toda huelga. Hace poco, con su apoyo, se llevó a cabo en Shanghái una huelga de los obreros de la «Compañía Británica de Tabacos», en la que tomaron parte 9000 obreros y que duró tres semanas, es decir, más que ninguna otra huelga que haya habido nunca en China. El resultado de esta huelga fue un aumento del salario del 10% y la promesa de un trato mejor por parte de los capataces británicos. Durante la huelga fueron detenidos dos veces algunos dirigentes de los huelguistas, y los obreros organizaron varias manifestaciones para exigir su liberación. Durante esas manifestaciones hubo también algunos choques con la policía, pero los detenidos fueron puestos en libertad. Esta huelga ha abierto además una nueva era, la era de las negociaciones directas de los obreros chinos con sus patronos, mientras que hasta entonces los capitalistas fijaban por su cuenta las condiciones de trabajo. De esta huelga nació la asociación de obreros del tabaco. Otra huelga se declaró en octubre por el despido de tres obreros de la misma fábrica sin conocimiento del sindicato. Esta vez, sin embargo, los obreros se vieron obligados a volver al trabajo sin haber conseguido nada.

La sección cantonesa del Secretariado apoyó la huelga de 2000 carpinteros de allí. Fueron detenidos algunos hombres. Se organizó una manifestación de protesta, en la que tomaron parte 5000 obreros. El resultado de la huelga fue un aumento del salario del 50%. Después de la huelga los carpinteros liquidaron su viejo gremio y organizaron la asociación de carpinteros y obreros de la construcción, que cuenta con 13 000 miembros.

La oficina central del Secretariado en Shanghái ha hecho también no poco trabajo en el terreno de la reorganización de los sindicatos de los metalúrgicos, de los textiles y de los tipógrafos, y ha contribuido en gran medida al fortalecimiento de esas organizaciones. Ha apoyado también la fundación de una escuela de trabajo para los obreros de Tjan-Tsin[^b21] y de un club para los ferroviarios de Tan-Tschou.

A mediados de septiembre llegaron al Secretariado solicitudes de adhesión de la asociación obrera de Hunan y del gremio de tipógrafos de Wu-Si. Obreros de distintos oficios se dirigen también muy a menudo al Secretariado en busca de consejo y ayuda en cuestiones de organización de huelgas, etc. Cuando salí de China, el Secretariado se proponía convocar una conferencia de todas las asociaciones obreras de Shanghái para fundar un órgano central común para todas las asociaciones obreras de allí y preparar la convocatoria de un congreso de todas las organizaciones obreras chinas.

Sin embargo, los sindicatos tropiezan en su camino con no pocos obstáculos: primero, no pueden hacer su trabajo legalmente en ninguna parte, salvo en Cantón, y están expuestos a toda clase de persecuciones por parte de las autoridades; segundo, encuentran muchas dificultades por parte de los diversos elementos que pertenecen a toda clase de grupos «azules» y «rojos» de capataces y maestros, que defienden los intereses de los propietarios y recurren a veces a represalias más crueles que la policía, con lo que disuaden a los obreros de entrar en los sindicatos. Pero todos estos obstáculos serán superados.

Las últimas noticias indican que los obreros de Shandong y los tipógrafos de Wu-Si y de Tsche-Kiang[^b22] están dando pasos para completar sus organizaciones.

Si se observa todo este desarrollo, puede decirse que la paciencia de los obreros chinos empieza a romperse y que despiertan del sueño. Han emprendido el camino de la lucha por la mejora de sus condiciones de existencia, han declarado la guerra a sus explotadores, y en particular a los bandidos extranjeros que los tienen sojuzgados. Hace muy poco hubo una huelga de los ferroviarios de Lung-Kung, apoyada por el Secretariado Obrero y dirigida contra los opresores franceses; los ferroviarios de Tsin-Pon y de Kin-Hou amenazaron también con una huelga en señal de solidaridad con sus camaradas. Tales fenómenos prueban que, si al frente del movimiento está una organización como el Secretariado Obrero, no cabe duda de que el movimiento se desarrollará por el buen camino y avanzará. El Secretariado Obrero está llamado a convertirse en una verdadera fuerza en la lucha contra los imperialistas en el Lejano Oriente.

## Sen Katayama: La situación política y económica de Japón. El movimiento obrero

Mi informe será breve. Ya he presentado anteriormente a la Internacional Comunista informes sobre la situación política y económica de Japón y sobre su movimiento obrero[^c1]. Pero en esos informes no figuraba el material que hoy voy a daros a conocer.

### La situación política en Japón

La forma legal de Estado del Japón actual es, como sabéis, la monarquía constitucional. La persona del mikado es sagrada. Los destinos políticos de Japón están en manos de los llamados genro[^c2]. Según la Constitución, aprobada hace treinta años y vigente hasta hoy, existe en el país un Parlamento compuesto por una Cámara alta, la «Cámara de los Lores», y una Cámara baja, que debería reunir a los representantes del pueblo. Los miembros de la Cámara alta son altos dignatarios y, sobre todo, protegidos del propio mikado. En cuanto a la Cámara baja, debería en rigor representar al pueblo, pero la ley electoral vigente solo concede de hecho el derecho de voto a una pequeña parte de la población. Así, de los 60 millones de habitantes de Japón, solo 2 millones tienen derecho de voto, y solo hace poco ha subido el número de electores a 3 millones. Todas las ventajas del sistema electoral están, naturalmente, del lado de las clases poseedoras.

Todo el sistema del aparato de gobierno es puramente burocrático y tiene tradiciones de decenios. Bajo la protección especial del gobierno están, por ejemplo, las universidades (hay cinco), donde se educa a los futuros funcionarios. Los alumnos de esas universidades obtienen luego altos cargos de la administración y del gobierno. De ahí se ve que la administración del país está en manos de la burocracia, aunque esté en el poder el partido burgués Se-Yu-Kai[^c3].

La relación entre el pueblo y el gobierno puede expresarse con una fórmula sencilla: opresión ilimitada del pueblo. Para ello el gobierno puede apoyarse en una fuerza muy imponente: la policía, la gendarmería, la red de agentes secretos y el espionaje.

En su política exterior, Japón es un digno discípulo de los imperialistas alemanes. No en vano el gobierno japonés ha enviado a sus oficiales a Alemania a aprender el oficio de la guerra. El número de tropas permanentes, regulares, sin contar la enorme flota de guerra, llega a 400 000 hombres. El 48% del presupuesto total se destina hoy a cubrir los gastos militares, y esta partida tiende a crecer todavía más. Como es natural, estos gastos desmesurados y del todo improductivos para las «necesidades de la guerra» pesan como una pesada carga sobre los obreros y campesinos de Japón. El gobierno recurre ampliamente a la extorsión fiscal mediante el sistema de monopolios del Estado, muy extendido en Japón. Según la Constitución, los impuestos solo pueden establecerse por el Parlamento, pero con el monopolio de la sal, del tabaco, de los medios de transporte, del teléfono, del telégrafo, etc., el gobierno consigue gravar en realidad a la población sin pasar por el Parlamento.

Paso ahora a examinar la situación económica de las masas trabajadoras de Japón. Como se sabe, hasta la revolución de 1868[^c4] Japón era un país exclusivamente agrario. La industria, aunque existía, estaba todavía en mantillas. Cuando Europa y América estaban ya cubiertas por una densa red de ferrocarriles, en Japón no había todavía ni un solo ferrocarril, ni una sola gran fábrica, ni una sola máquina de vapor. Por su atraso, Japón se distinguía tajantemente de todos los países europeos. La revolución de 1868 trajo grandes cambios en la vida del país. Se modificó el monopolio del arroz y se abolió toda una serie de impuestos. Se abolió también la propiedad de los templos y se recortaron los derechos del clero. En el terreno de las relaciones agrarias se produjo toda una serie de cambios. Hasta 1868 no había en Japón pequeños propietarios de tierra, y regía el sistema de arrendatarios. De hecho, sin embargo, el campesinado trabajaba la tierra casi como propiedad suya. Como resultado de la revolución, la tierra se adjudicó formalmente al campesinado, y en consecuencia se reorganizó también el sistema fiscal. Los impuestos no eran entonces muy altos: el 3% del valor de la tierra. La capitalización del país, y el empeoramiento de la situación del campesinado que trajo consigo, no empiezan hasta después de la guerra chino-japonesa. Japón emprendió el camino de un rápido desarrollo de su industria y de su técnica. Hoy cuenta ya con más de 6000 millas de vías férreas, y el tonelaje de los vapores japoneses, construidos en su mayoría también en Japón, pasa de un millón de toneladas. Me detengo en estos hechos, que caracterizan el rápido crecimiento de la industria japonesa y los éxitos gigantescos que la burguesía japonesa alcanzó durante la guerra europea. En 1914 había en Japón 491 sociedades agrícolas con un capital de 27 millones de yenes; en 1919 había ya 795 sociedades de ese tipo, con un capital invertido total de 44 millones de yenes. Para más detalles sobre el crecimiento de las empresas y sociedades anónimas en los años 1914-1919, véase el cuadro n.º 1.

También ha aumentado considerablemente en Japón el cultivo de cereales y hortalizas, como muestra con claridad el cuadro n.º 2.

Lo que más ha crecido es la producción de artículos industriales. Los capitalistas japoneses, cuyo número no deja de aumentar, empezaron a embolsarse beneficios enormes.

En los últimos cincuenta y cinco años, Japón se ha convertido en uno de los Estados capitalistas más poderosos. Y en la medida en que crecía el capitalismo, crecían también los cuadros del proletariado industrial y de la población rural más pobre.

El campesinado más pobre, que trabaja menos de dos acres de tierra, suma en Japón unas 3 796 900 familias. En total, en Japón se dedican a la agricultura unos 5 millones de familias campesinas; el número de propietarios que no trabajan ellos mismos su tierra es de unos 900 000. El cuadro n.º 3 muestra que el número de obreros y campesinos ocupados en la industria, mujeres incluidas, pasaba en 1917 de 11 millones. Hoy el número de obreros ha crecido no menos de un 25% y alcanza unos 13¾ millones.

La situación económica del campesinado se deduce del sistema de impuestos indirectos que hoy rige en Japón. Estos pesan gravemente sobre la población rural, que ya a duras penas paga la creciente contribución territorial. Si en 1894 la contribución territorial le reportaba al gobierno unos 80 millones de yenes, hoy se registran bajo esa partida ingresos de 178 millones de yenes.

La situación del proletariado fabril de Japón es increíblemente penosa. Los obreros viven en las condiciones peores y más insalubres. Reina la explotación más despiadada, que alcanza por igual a las mujeres y hasta a los adolescentes. Sobre el número de mujeres ocupadas en la producción puede juzgarse también por el cuadro n.º 3. Las obreras tienen que dedicar hasta doce horas, y a veces más, a un trabajo agotador, y reciben un salario mínimo. Tienen que vivir en las condiciones opresivas de las fábricas. La cifra de mortalidad y de enfermedades graves entre las mujeres es muy alta. Hay muchos casos de tuberculosis. El proletariado japonés, al que la legislación protege muy poco, está por completo en poder de los patronos y de los fabricantes.

Para caracterizar esa legislación, introducida hace tres años con el objetivo de «regular» la relación entre el capital y el trabajo, señalo que prevé una jornada normal de doce horas y que en algunos casos admite que la jornada se prolongue hasta catorce horas. Vemos que la esclavitud capitalista se mantiene en Japón con el apoyo directo y benévolo del gobierno.

### El movimiento obrero

Desde el comienzo del desarrollo industrial, los obreros japoneses empezaron a organizarse y a luchar mediante la huelga por mejorar su situación económica. Por entonces existían en Japón tanto la libertad de huelga como la libertad de asociación. Solo más tarde empezaron los capitalistas japoneses a emplear todos los medios para estrangular el movimiento obrero. En 1898 existía ya toda una serie de sindicatos. El de los tipógrafos contaba con 3000 afiliados; el de los ferroviarios, con 1500. Unos años después había ya en Japón de 70 000 a 80 000 obreros afiliados a un sindicato, y en total unos 100 000 obreros organizados. El movimiento obrero era entonces esencialmente reformista. En 1900 se promulgó por primera vez una ley que prohibía las huelgas bajo amenaza de cárcel[^c5]. El movimiento obrero, sin embargo, siguió desarrollándose. En 1901 el gobierno disolvió el sindicato ferroviario, fundado tras la gran huelga ferroviaria de febrero de 1897.

En 1906 estalló una gran huelga en las minas de cobre de Washio[^c6], que terminó en enfrentamientos. Esos disturbios nacieron de las represalias que los capitalistas aplicaron contra los huelguistas. Algún tiempo después estallaron disturbios en las minas de Bessi[^c7], en los que se destruyeron bienes de la administración de las minas. También esos disturbios fueron consecuencia de la acción armada contra los obreros. El año 1918 es inolvidable como el año de los grandes motines del arroz. Empezaron como protesta contra la subida del precio del arroz. Los disturbios, que empezaron en una aldea de pescadores del norte de Japón, se extendieron rápidamente a las ciudades más próximas, y a los pocos días la ola alcanzó los centros industriales, inundó Osaka, Kobe y, por último, todo Japón. En estos «motines del arroz», que duraron cuarenta y cinco días, participaron, según se calcula, más de 10 millones de personas. En muchos lugares se destruyeron los bienes de los comerciantes de arroz y de los ricos y se incendiaron sus casas. El gobierno combatió a las masas sublevadas con brutales medidas policiales. Muchos perdieron la vida, y más de 7000 personas sufrieron penas severas. Estos acontecimientos marcaron un importante punto de inflexión en el desarrollo del movimiento obrero japonés. Los obreros y campesinos japoneses, que constituían no menos del 90% de los participantes en los levantamientos del arroz, despertaron a la actividad revolucionaria. En los últimos cuatro meses de 1918 estallaron más de 40 huelgas; en el curso de 1919 contamos 480. El año 1920 fue para Japón el de una grave crisis económica y financiera, que trajo consigo la paralización de toda una serie de empresas industriales. Muchos obreros quedaron sin trabajo y sin medios de vida. Ese mismo año hubo toda una serie de huelgas de enorme importancia en los mayores centros industriales. En las acerías de Kyushu[^c8] estalló una gran huelga, en la que participaron más de 27 000 obreros. Esta huelga fue sofocada con medios policiales. Fueron a la huelga las minas de carbón de Hokkaido. Hubo una huelga en dos grandes astilleros de Kobe, que duró seis semanas y abarcó hasta 30 000 obreros. Durante estas huelgas se celebraron manifestaciones y reuniones públicas. Las reivindicaciones de los obreros se hicieron más resueltas y apremiantes. Entre otras cosas, exigían el control obrero de la industria y la jornada de ocho horas. Los obreros empezaron a organizar asambleas de masas dirigidas por los sindicatos, en las que exigían la mejora de su situación económica. Se plantearon consignas políticas. El año pasado se celebraron en Osaka asambleas de parados, organizadas por la Federación de Sindicatos, que aprobaron resoluciones en las que se exigía la destrucción del capitalismo como único remedio contra el paro. Así se fortalece en los obreros japoneses la consciencia de sí mismos bajo el influjo de las contradicciones entre el capital y el trabajo, que se agudizan cada vez más en Japón, y su capacidad de resistencia crece de día en día.

Quiero ahora tocar en pocas palabras un método que los obreros de Japón emplean en gran escala: el sabotaje. El sabotaje existe en Japón desde hace muchos años, pero se practicaba en secreto. Hace dos años, los obreros de los astilleros de Kawasaki recurrieron al sabotaje abierto y organizado como respuesta a la negativa de la compañía a satisfacer su reivindicación de aumento salarial. Los obreros llegaban puntualmente a la fábrica, pero no producían nada. La compañía no quería pagar a los 1700 obreros, porque habría sido ruinoso para la empresa. Pero tampoco podía despedir a un solo hombre sin provocar protestas y arriesgarse a complicar aún más la situación. Esta situación duró diez días, al cabo de los cuales los obreros decidieron continuar el sabotaje hasta que se satisficieran sus reivindicaciones. La compañía, sin embargo, no cedió. Entonces 4000 obreros de otra fábrica de la misma compañía declararon que también ellos harían sabotaje por solidaridad. La compañía se vio finalmente obligada a conceder las reivindicaciones de los obreros y a pagarles también los días de sabotaje. Como las huelgas están prohibidas por la ley y la policía disuelve las reuniones, en las condiciones actuales los obreros japoneses tienen el sabotaje por el arma más segura en la lucha contra los patronos.

Estos son algunos rasgos que caracterizan el movimiento obrero en Japón. En los últimos cincuenta años, los obreros japoneses han recorrido el mismo camino de desarrollo que los obreros europeos en el curso de dos siglos. Estoy convencido de que el proletariado japonés será en breve una fuerza organizada y capaz de resistir, que luchará por sus intereses de clase con más decisión y tenacidad que los obreros de Europa occidental y de América. El capitalismo es en Japón demasiado joven para poder desmoralizar la consciencia de clase de algunas capas del proletariado, pero está ya lo bastante desarrollado para plantear el problema de la guerra de clases en toda su amplitud. La tarea del proletariado japonés es ahora elaborar, junto con las masas trabajadoras de los demás países del Lejano Oriente, un plan de lucha común contra los imperialistas del Lejano Oriente.

*Desarrollo de la industria después de la guerra.*

a) Crecimiento del capital por acciones.

(Capital en millones de yenes.)

| Años: | 1914 Sociedades | 1914 Capital | 1915 Sociedades | 1915 Capital | 1916 Sociedades | 1916 Capital | 1917 Sociedades | 1917 Capital | 1918 Sociedades | 1918 Capital | 1919 Sociedades | 1919 Capital |
|---|---:|---:|---:|---:|---:|---:|---:|---:|---:|---:|---:|---:|
| 1. Agricultura | 491 | 27 | 492 | 32 | 485 | 32 | 587 | 76 | 624 | 78 | 795 | 145 |
| 2. Transporte | 9 923 | 974 | 9 943 | 1 011 | 10 551 | 1 071 | 10 714 | 1 918 | 12 132 | 2 934 | 13 137 | 3 768 |
| 3. Comercio | 1 176 | 234 | 1 225 | 246 | 1 241 | 274 | 1 430 | 511 | 1 694 | 858 | 1 833 | 1 101 |
| 4. Industria | 5 266 | 834 | 5 489 | 880 | 5 942 | 1 057 | 6 677 | 1 827 | 8 221 | 2 757 | 10 112 | 3 383 |

b) Desarrollo del capital en las distintas ramas de la industria.

(Capital en millones de yenes.)

| Años: | 1914 Sociedades | 1914 Capital | 1915 Sociedades | 1915 Capital | 1916 Sociedades | 1916 Capital | 1917 Sociedades | 1917 Capital | 1918 Sociedades | 1918 Capital | Aumento del capital de 1914 a 1919 en % sobre 1914 |
|---|---:|---:|---:|---:|---:|---:|---:|---:|---:|---:|---:|
| 1. Industria textil | 1 080 | 136 | 1 071 | 141 | 1 110 | 161 | 1 302 | 225 | 1 609 | 297 | 118 |
| 2. Metalurgia | 491 | 54 | 469 | 74 | 619 | 109 | 746 | 166 | 1 129 | 341 | 520 |
| 3. Mecánica y construcción de maquinaria | 620 | 76 | 690 | 88 | 816 | 115 | 1 197 | 193 | 1 650 | 325 | 220 |
| 4. Alimentación | 1 350 | 74 | 1 442 | 66 | 1 456 | 74 | 1 577 | 69 | 1 737 | 119 | 90 |
| 5. Electricidad | 427 | 275 | 463 | 318 | 479 | 339 | 581 | 433 | 599 | 449 | 90 |
| 6. Varios | 901 | 33 | 968 | 31 | 983 | 33 | 254 | 70 | 1 497 | 87 | 175 |
| 7. Minería | 197 | 166 | 190 | 139 | 234 | 208 | 288 | 302 | 357 | 468 | 195 |
| Total | 5 066 | 814 | 5 293 | 857 | 5 697 | 1 039 | 5 945 | 1 458 | 8 578 | 2 086 | 201 |

*Cosecha de los principales productos agrícolas.*

| Producto | Unidades | 1903 | 1906 | 1912 | 1914 | 1915 | 1916 | 1917 | 1918 |
|---|---|---:|---:|---:|---:|---:|---:|---:|---:|
| 1. Arroz | 1000 roku (1 roku = 4,96 bushels) | 46473 | 46309 | 50223 | 57007 | 55925 | 58442 | 54699 | 60818 |
| 2. Cebada | 1000 roku | 7468 | 9465 | 9791 | 7549 | 10254 | 9532 | 9835 | 8290 |
| 3. Centeno | 1000 roku | 4207 | 6958 | 7900 | 7207 | 8298 | 7920 | 7621 | 8297 |
| 4. Trigo | 1000 roku | 1676 | 3968 | 5179 | — | 5230 | 5887 | 6261 | 5866 |
| 5. Soja | 1000 roku | 3648 | 3517 | 3511 | — | 3808 | 3750 | 3451 | 3931 |
| 6. Judías | 1000 roku | 918 | 897 | 947 | — | 962 | 887 | 811 | 878 |
| 7. Batatas | 1000 kau (1 kau = 8,26 libras) | 75118 | 793664 | 980502 | — | 1055634 | 1092027 | 1098520 | 1194757 |
| 8. Patatas comunes | 1000 kau | 71896 | 175650 | 186292 | — | 254759 | 281832 | 323930 | 487964 |

*Número de obreros ocupados en la industria en 1917.*

(Según los datos de la revista y del anuario *The Oriental Economist*.)

| Rama de la industria o categoría de obreros | Hombres | Mujeres | Total |
|---|---:|---:|---:|
| Producción de seda cruda | 20 010 | 285 291 | 305 301 |
| Hilatura de algodón | 29 006 | 104 869 | 133 875 |
| Hilatura de seda | 4 100 | 9 466 | 13 566 |
| Hilatura de lino | 2 364 | 5 035 | 7 399 |
| Industria de la lana | 1 009 | 3 639 | 4 648 |
| Hilo de seda | 2 159 | 7 610 | 9 769 |
| Seda lisa | 382 | 682 | 1 064 |
| Tejeduría de seda | 7 417 | 40 581 | 47 998 |
| Limpieza de algodón | 1 105 | 2 067 | 3 172 |
| Tejeduría de algodón | 22 747 | 106 488 | 129 235 |
| Otras tejedurías | 69 899 | 862 303 | 932 202 |
| Diversas ramas de la industria | 701 190 | 610 206 | 1 311 396 |
| Minería | 342 285 | 91 558 | 433 843 |
| Pesca | 1 055 438 | 339 041 | 1 394 479 |
| Ferrocarriles | 112 550 | 4 703 | 117 253 |
| Ferrocarril de montaña Tokio-Osaka | 25 351 | — | 25 351 |
| Teléfono y telégrafo | 22 782 | 21 177 | 43 959 |
| Otros obreros | 2 028 | 222 | 2 250 |
| Parados | 567 844 | 713 120 | 1 280 964 |
| Culis en las empresas citadas | 58 236 | 17 315 | 75 551 |
| Campesinos que trabajan 2,45 acres[^ck1] | 3 796 968 familias, de 5 personas cada una por término medio | | |
| Salinas | 45 155 | — | 45 155 |
| Extracción de oro | 1 972 | — | 1 972 |
| Gente de mar | 254 113 | — | 254 113 |
| Marineros de vapores | 144 637 | — | 144 637 |
| Obreros portuarios | 299 150 | — | 299 150 |
| Conductores de rickshaw | 50 345 | — | 50 345 |
| Obreros de las empresas del Estado | 125 907 | 32 166 | 158 073 |
| Total: | 7 765 149 | 3 254 529 | 11 019 678 |

## Tahawa: La organización y la táctica del Partido Comunista de Japón

Los «motines del arroz» marcan un punto de inflexión en el movimiento obrero japonés. El movimiento socialista empezó en Japón hacia el cambio de siglo. Tenía un carácter teórico y a su cabeza estaban los intelectuales japoneses. Su vínculo con el movimiento obrero, todavía desorganizado entonces, era débil. Pero el movimiento obrero se desarrolló con rapidez bajo el influjo de las condiciones económicas, y los socialistas intentaron hacerse con él. Con los años lo consiguieron. La mejor prueba es la historia de la Yu-Ai-Kai[^c9], la mayor organización de Japón, nacida de la fusión de toda una serie de sindicatos y asociaciones obreras. La táctica de la Yu-Ai-Kai fue, en líneas generales, una táctica de compromiso con el capital. El movimiento obrero fue encauzado por el lecho del tradeunionismo. Pero los últimos años han demostrado en la práctica la necesidad de cambiar de táctica y de métodos de lucha.

Los obreros empezaron a comprender que la iniciativa y la acción revolucionarias eran indispensables. Surgió un movimiento conocido con el nombre, algo impreciso, de «sindicalista-comunista». Pero al mismo tiempo se hizo sentir también la necesidad de fundar un partido que reflejara de verdad los intereses del proletariado: un partido comunista. Los comunistas japoneses consiguieron establecer un vínculo práctico con las masas obreras. La hábil participación de los comunistas en el movimiento de 1920 contribuyó mucho a aumentar la influencia del Partido Comunista de Japón en el país. Desde entonces, su influencia no deja de crecer.[^ck2]

Es cierto que el Partido Comunista de Japón es algo heterogéneo en su composición y que cuenta con un porcentaje considerable de intelectuales. De ahí cierta indecisión en las acciones del partido, que se transmitió a los obreros. Pero en el partido había un grupo de camaradas jóvenes y enérgicos, descontentos con la concepción académica de los intelectuales del partido, que emprendieron una viva actividad entre las masas. Hoy el 40% de los miembros del Partido Comunista de Japón son obreros. El trabajo comunista se lleva, naturalmente, en la ilegalidad, porque el gobierno persigue con tenacidad a los comunistas.

Desde su nacimiento, pese a las persecuciones y a la censura más severa, el partido ha conseguido organizar células en todos los centros importantes de Japón y ha publicado una gran cantidad de literatura legal e ilegal. Pero por ahora el trabajo avanza con relativa lentitud, y es necesario llevarlo adelante con más energía y más habilidad.

Para ello hace falta la unión de los sindicalistas japoneses con el movimiento comunista y la fundación de un Partido Comunista unificado. Aquí he encontrado a camaradas japoneses que declaran pertenecer a los anarcocomunistas. Tras las conversaciones con ellos y con los dirigentes de la Internacional Comunista, he llegado al convencimiento de que esos camaradas deben sumarse al movimiento de clase puramente comunista. Ahora que hemos conocido de cerca la construcción de la Rusia soviética, mis camaradas y yo volvemos a casa con fe en la victoria de la revolución social en Japón y dispuestos a la lucha.

## Kato: La organización japonesa «Radoschi»

El movimiento socialista en nuestro país lo iniciaron los intelectuales, cuyo representante es el camarada Sakai[^c10], hoy uno de los dirigentes de los comunistas japoneses. Otro representante de los intelectuales, el camarada Osugi[^c11], es anarcocomunista. Aunque son intelectuales, su influencia entre las masas es extraordinaria gracias a su enérgica actividad en lo más hondo del movimiento obrero. El camarada Osugi es uno de los dirigentes revolucionarios más destacados y enérgicos de Japón, y la tarea de su vida es impulsar y desarrollar el movimiento revolucionario japonés. Sin embargo, entre los dirigentes —socialistas, comunistas y anarcocomunistas— surgieron muy a menudo disputas y agudos conflictos.

En el sur de Japón existen asociaciones del tipo de la «Uaki» y la «Kayawas», organizaciones moderadas, pequeñoburguesas y reformistas. Para contrapesar a los reformistas, hemos fundado una asociación revolucionaria con el nombre de «Radoschi». El papel y la influencia de esta asociación son muy considerables gracias a su viva y enérgica actividad política. Hasta ahora nos hemos llamado anarcocomunistas. Nuestros órganos centrales están en Tokio, en Osaka y en Okuso, y cuentan hasta 500 miembros, todos ellos verdaderos obreros. En nuestra organización no hay «dirigentes», ni tampoco intelectuales. Cada miembro de nuestra asociación política es a la vez miembro de algún sindicato obrero. Así, por ejemplo, el camarada I., que participa en el congreso, es miembro de la Yu-Ai-Kai. Las tareas de nuestra organización las dictan las exigencias del momento. Nuestro objetivo es revolucionar los sindicatos obreros, liberarlos de la influencia de los reformistas.

La organización que me ha enviado aquí como su representante publica abiertamente literatura en tres centros. Además, publicamos mucha literatura ilegal, que difundimos también entre los obreros de las fábricas. Mi estancia en Rusia, haber visto con mis propios ojos el estado de cosas en la Rusia soviética, mis encuentros con muchos camaradas comunistas, y entre ellos con muchos dirigentes destacados, han cambiado mis opiniones personales y me han abierto los ojos sobre muchas cosas que son un obstáculo para el movimiento japonés. Antes pensaba que no hacían falta dirigentes; pensaba que también era superfluo tener un partido político; me había fijado un solo objetivo: revolucionar los sindicatos obreros. Pero ahora veo que todo eso es insuficiente, y declaro solemnemente que me he hecho comunista. Abandono el prefijo «anarco» y me convierto en un comunista sin más. Cuando llegue a Japón, trabajaré bajo la bandera del Partido Comunista y de la Internacional Comunista.

Nuestra organización se extiende de Tokio a Osaka y Uhusa, pero ahora tenemos que extender el movimiento también a Corea. Es extraordinariamente importante para nosotros lograr la unión con los dirigentes revolucionarios de Corea, trabajar junto con ellos, no solo por nuestra causa en Corea y en Japón, sino también por la causa de los obreros y campesinos del mundo entero.

## Ho: La situación en Corea

Corea ha sido siempre un país predominantemente agrario, y lo sigue siendo. Por eso toda la vida económica del pueblo coreano descansa en la agricultura, y todo el sistema fiscal descansa principalmente en la cuestión agraria. Es cierto que en la Edad Media, que en la historia coreana abarca los siglos XIII y XIV, surgieron en el país muchas ramas de la industria; se desarrolló también el comercio exterior, sobre todo entre China y Corea, que conoció entonces un gran florecimiento. Las huellas de aquel período se notan todavía hoy.

Pero más tarde, durante el dominio despótico, de cien años, de la dinastía Mi[^c12], cuando la clase dominante seguía estrictamente la doctrina de Confucio, empezó a predominar la idea de que la agricultura era la ocupación más honrosa para cualquier pueblo. Por eso tanto la clase dominante como el propio gobierno favorecieron la agricultura más que el comercio y la industria, e incluso reprimieron todo intento de desarrollar esas ramas de la economía. Además, la clase dominante de Corea estaba muy imbuida de la idea del aislamiento nacional de Corea, que es en el fondo la causa del escasísimo desarrollo del comercio exterior del país. El resultado es que el pueblo coreano se dedica desde hace siglos principalmente a la agricultura. Pero incluso esta ocupación del pueblo se vio perturbada continuamente, sobre todo en algunos de los últimos años. Los representantes de la clase dominante, los llamados yang-ban[^c13], la entorpecían de todas las maneras; a la población se la arrancaba constantemente de sus ocupaciones pacíficas. En muchos casos no se le dejaba ganarse los medios de vida con un trabajo pacífico. Los campesinos no podían reunir reservas para los tiempos difíciles. Por eso, cuando llegaba el hambre o estallaban disturbios en el país, el pueblo quedaba al borde de la muerte por hambre y miseria. Eso fue también lo que llevó en 1904 a la sublevación conocida con el nombre de Tong-Han[^c14]. Fue una sublevación de los campesinos sojuzgados contra sus opresores. Con razón puede llamársela lucha de clases. Esta guerra civil sacudió hasta los cimientos el orden tradicional y las ocupaciones habituales del pueblo coreano.

Más tarde, inmediatamente después de la guerra ruso-japonesa, los capitalistas japoneses penetraron en el país. Hay que señalar aquí que las opiniones sobre esta cuestión no coinciden; algunos creen que la penetración del capitalismo japonés en Corea se produjo en el último cuarto del siglo XIX, pero nosotros tenemos por indudable que el capitalismo japonés apareció en Corea como fuerza opresora solo durante la guerra ruso-japonesa. Así pues, las ocupaciones pacíficas del pueblo coreano fueron perturbadas primero por los yang-ban, la clase dominante, y más tarde por la explotación de los capitalistas japoneses. A la clase de los yang-ban habría que llamarla, más exactamente, la clase de los «bandidos y chupasangres», y toda su política de opresión merece el nombre de política de bandidaje.

Tras penetrar en el país, los japoneses impusieron un control severo de la vida económica: su primer paso fue emitir los llamados billetes de guerra. Eran billetes emitidos expresamente para fines de guerra y que se pusieron en circulación por primera vez durante la guerra ruso-japonesa. Los japoneses obligaron a los coreanos a aceptar esos billetes de guerra a cambio de víveres, y cubrieron así todos los gastos de construcción de la línea ferroviaria principal de Corea, de Busan a Evidge[^c15], que por cierto constituye casi toda la red ferroviaria coreana. Ni que decir tiene que ese papel moneda no tenía en Corea ningún respaldo en plata ni en oro. A causa de ese dinero, que el pueblo se veía obligado a usar, surgió un sistema que recordaba una pompa de jabón, es decir, más o menos lo mismo que existió durante la Revolución francesa. Ni que decir tiene también que eso condujo a un estado caótico y destruyó por completo todo equilibrio económico en Corea. Los precios de todas las mercancías subieron increíblemente, y los capitalistas japoneses supieron aprovechar en gran escala la ocasión que se les ofrecía y embolsarse beneficios usurarios. Pero también los semiburgueses coreanos aprovecharon la ocasión para abrazar la fe en Mammón y comprobar por experiencia la doctrina según la cual el dinero es poder. El fenómeno descrito es una página de la historia de la lucha de clases que libra el pueblo coreano. El Japón imperialista, naturalmente, no se contentó con destruir la vida económica de Corea, y tras la anexión efectiva del país en 1910 empezó también la opresión política del pueblo coreano.

Inmediatamente después de esa anexión, en 1910, la suma de los impuestos de todo el país era de unos 11 053 000 yenes, pero ya tras nueve años de dominio japonés, en el primer semestre de 1919, encontramos en la estadística japonesa que la suma total de los impuestos se ha cuadruplicado y alcanza 52 643 000 yenes. Japón se ha apoderado del control de todo el tráfico comercial, así como de todos los medios de producción en las ramas industriales más rentables. Los japoneses han promulgado toda una serie de leyes, decretos, disposiciones e instrucciones relativos al comercio y la industria, así como a los bancos y en general a las instituciones de crédito. Han fundado también sus propias corporaciones, han abierto sus bancos, han emitido billetes propios o han encargado la emisión al «Banco de Corea». Estos billetes se han difundido mucho, aunque, según se dice, no estaban del todo cubiertos por moneda metálica. El mejor ejemplo de los métodos japoneses de explotación es la «Compañía Comercial de Oriente» o «Compañía de Fomento de Oriente», como se la llama a veces[^c16], que es una empresa semiestatal. Esta compañía controla todas las tierras del gobierno hasta el último palmo, y ha empezado también a comprar la tierra de los campesinos coreanos y a quitársela con toda clase de engaños y bribonadas. Con ello se abrió paso a la afluencia de campesinos inmigrados de Japón, y ya en 1910 los 400 000 campesinos japoneses establecidos en Corea constituían ¹/₉ del total de habitantes de Corea.

A raíz de ello surgieron unas condiciones inauditas, como no se han conocido en ningún otro país, ni siquiera en ningún país oprimido, en ninguna colonia. Como ya hemos dicho, la ocupación principal del pueblo coreano era la agricultura. Pero con la inmigración de los 400 000 campesinos japoneses se llegó a que por cada cinco pequeñas explotaciones campesinas coreanas hubiera un competidor japonés. Y esos japoneses quitaron la tierra a varios cientos de miles de campesinos coreanos, lo que provocó una oleada de emigración a Manchuria y a Siberia.

En 1919, cuando en Japón escaseaba el grano, se exportó de Corea a Japón, pese a que allí reinaba el hambre, para completar las reservas, alrededor de una cuarta parte de toda la cosecha, por valor de 120 millones de yenes (117 millones de yenes, para ser exactos). Si comparamos esta cifra con la exportación total de Corea (222,2 millones de yenes), representa mucho más de la mitad. Además, Japón exportó de Corea judías por valor de 20 millones de yenes, algodón por 8 millones de yenes, etc. Pero ¿con qué pagó Japón esos productos exportados de Corea? Japón envió a Corea mercancías de baja calidad que no encontraban salida en otros mercados. Esas mercancías eran en su mayoría vinos, tabaco, cigarrillos y cosas por el estilo.

Antes, el comercio y la industria de Corea estaban en manos de los llamados «comerciantes e industriales de los gremios». Estos «gremiales» controlaban todos los mercados coreanos, tanto en las ciudades como en el campo, pero también ellos sentían la presión de los yang-ban (la clase dominante) y más tarde de los japoneses, que los oprimieron exactamente igual que a la población obrera y campesina. Por lo demás, ya antes de la penetración de los japoneses la influencia de los «gremiales» estaba casi del todo aniquilada.

En cuanto empezaron las «relaciones comerciales» entre Corea y Japón, se observó en las ciudades y puertos de Corea una afluencia de comerciantes japoneses. Hoy, en Busan, en Chemulpo y en otras ciudades, la mayor parte del comercio está en manos de los japoneses, que controlan todos los medios de comunicación, es decir, el transporte ferroviario y de otro tipo, así como las comunicaciones postales y telegráficas, y en general hacen y deshacen como en su propio país. Por último, con el pretexto de construir ferrocarriles, carreteras y otras vías de comunicación, obligaron a los campesinos coreanos a trabajar para ellos. Hoy se encuentran pequeños comerciantes japoneses y tiendas japonesas hasta en el villorrio coreano más dejado de la mano de Dios. El antiguo artesanado y la antigua pequeña industria de Corea no podían, naturalmente, competir con los perfeccionados métodos industriales introducidos por los capitalistas japoneses, y los coreanos tuvieron que comprar, quisieran o no, todos los productos de la industria japonesa, sin excluir la ropa y los artículos de uso diario. No es difícil, pues, imaginar que los japoneses se convirtieran en dueños absolutos de la situación. Todo pasó a sus manos. Los japoneses, desde los grandes comerciantes hasta los más pequeños tenderos, se convirtieron en intermediarios en la exportación de productos coreanos y en la importación de mercancías japonesas a Corea.

Tras la anexión, los japoneses promulgaron toda una serie de leyes de excepción, ordenanzas e instrucciones diversas que impedían al pueblo coreano organizar empresas comerciales y abrir negocios, y esa es también una de las causas que precipitaron la revolución de marzo de 1919. Está claro que con esas leyes de excepción y ordenanzas los japoneses perseguían el objetivo de asegurar el dominio exclusivo a las empresas comerciales e industriales japonesas, que respondían por completo al programa imperialista. Según los datos estadísticos de 1919, el número total de sociedades japonesas en Corea era de 339, mientras que solo había 63 sociedades coreanas. En el comercio y la industria de Corea estaban invertidos 552 millones de yenes de capital japonés, mientras que el capital del país solo llegaba a unos 23 millones de yenes, es decir, alrededor del 4 por ciento. Ya de ahí se ve cómo el comercio y la industria de Corea quedaron sometidos al control y a la influencia de Japón. Salvo algunas empresas más pequeñas, casi toda la industria está en manos japonesas. Así, de los datos de 1918 se desprende que había entonces en Corea 1700 empresas fabriles, con un número de obreros que iba de cinco a varios cientos o miles. La mayoría de esas empresas pertenecía a japoneses, y solo un pequeño número a chinos. La suma total de los capitales invertidos en esas empresas era de 48 millones de yenes, de los cuales más de 40 millones pertenecían al capital japonés y chino, y solo el resto correspondía a los capitalistas coreanos y extranjeros.

Corea está rodeada de mar por tres lados —el sur, el este y el oeste—; la longitud de su línea de costa pasa de 9300 millas. Los productos del mar forman una parte importante de sus riquezas naturales. El 73% del país es terreno montañoso, en cuyo seno se hallan las principales riquezas del subsuelo de Corea. Minas inagotables, bosques inmensos: todo ello está, como la agricultura y el mar, bajo el control completo de los japoneses. Así, por ejemplo, en 1919 los coreanos participaban en la pesca con una suma de 20 millones de yenes, y aun en esta principal industria del país iban 3 millones por detrás de los japoneses. Lo mismo ocurre con la minería: en 1919 los coreanos tenían 621 minas, y los japoneses, 763. Esa es también la situación en la explotación forestal, donde más del 50% de todas las riquezas forestales están bajo el control de los japoneses, incluidos los antiguos bosques del Estado. Todo lo dicho no indica más que a grandes rasgos los distintos métodos y vías de que se valen los imperialistas japoneses para ejercer una presión política y económica sobre Corea.

Como ya hemos dicho, las principales riquezas del país están en manos de los capitalistas japoneses. Es fácil, pues, imaginar en qué duras condiciones viven las masas obreras y campesinas de Corea. Muy a nuestro pesar, no tenemos tiempo de detenernos más en esta cuestión. Podemos decir, sin embargo, que precisamente esta circunstancia es una de las causas principales que obligan hoy a los coreanos a defenderse con tanta tenacidad contra la explotación imperialista y capitalista extranjera.

### La situación de los campesinos coreanos

El 85% de la población de Corea es población rural. Hay en Corea 3 980 000 hombres y 3 500 000 mujeres que se dedican exclusiva y directamente a la agricultura, y ⁴/₅ de ellos son los llamados pequeños campesinos arrendatarios. Viven bajo el yugo de la clase dominante, en cuyas manos está la mayor parte de la tierra de labor. Los campesinos rara vez son propietarios de la tierra, y la mayoría la tiene en arriendo. Así se explica, entre otras cosas, la sublevación de Tang-Han, ya mencionada, que por cierto fracasó. La situación de las masas trabajadoras de Corea, que durante siglos han sentido la presión de las clases dominantes, es hoy más difícil que nunca. No cabe hablar de una competencia con éxito frente al imperialismo japonés, con todos los odiosos métodos que emplea. Ya hemos visto que Japón, con la fundación de la «Sociedad para la Colonización de Oriente», empezó a fomentar la inmigración de campesinos japoneses. Entre estos se encontraban algunos de los peores elementos y agentes del despótico gobierno imperialista japonés; y estos empezaron, bajo la protección de sus amos imperialistas, a quitar incluso las pocas parcelas que aún quedaban en manos de los campesinos (arrendatarios) coreanos, para asentar allí a japoneses. Con el cambio de propietarios, la explotación de los campesinos coreanos fue todavía mayor. Era natural que los terratenientes coreanos, en caso de sequía, de hambre o de otra calamidad, comprendieran la situación de sus arrendatarios. Pero no es así con los japoneses, que, con el pretexto de aplicar métodos modernos y al amparo de ordenanzas y reglamentos especiales dictados por el gobierno, oprimen al pueblo y le arrancan en su provecho y beneficio todo lo que es capaz de producir. Ni que decir tiene que el gobierno japonés engaña al mundo exterior haciéndole creer que los japoneses perfeccionan la agricultura de Corea. Es verdad que han introducido algunas mejoras, aplicando algunos métodos nuevos y empleando maquinaria agrícola moderna en la siembra de los campos, en el sistema de abonado y, sobre todo, en el riego. Pero todas esas mejoras sirven, naturalmente, solo para mayor provecho de los inmigrantes japoneses, y no del pueblo coreano. Así, por ejemplo, para llevar a cabo diversos planes de riego los japoneses han creado empresas especiales, controladas por japoneses, mientras que todos los gastos de implantación del sistema se impusieron a los coreanos. Aunque los agricultores coreanos de las filas de los pequeños propietarios se vieron obligados a dar su dinero para esos gastos, todo el sistema de riego estaba en manos de los capitalistas japoneses, y las tierras que abarcaba la red de riego las ocupaban japoneses, que disfrutaban así de todas las ventajas del nuevo sistema. En cuanto a los abonos, se llegó a obligar a los campesinos a comprarlos incluso contra su voluntad. La contribución territorial se multiplicó muchas veces, y el pueblo tiene que pagar ahora cada año más de la mitad de lo que gana. Por falta de dinero en efectivo, los campesinos coreanos más pobres tienen que endeudarse con especuladores y usureros para pagar los impuestos y pagarles intereses enormes, mientras que no pocas veces venden sus propios productos a precios bajísimos. Ocurre que, como no tienen reservas de grano suficientes hasta el final de la temporada, se ven obligados a vender lo que les queda de su propiedad territorial. En virtud del monopolio del Estado, los japoneses compran por la fuerza a los campesinos toda la cosecha de tabaco y de tschinsing (el tschinsing es una raíz medicinal que se usa en Oriente)[^c17], por la que los campesinos reciben en su mayoría solo la mitad del valor en efectivo. Y aun ese escaso pago no se hace hasta pasados seis meses o, lo que ocurre a menudo, hasta pasado un año. Encima, por el derecho a sembrar y producir esos productos, que luego tienen que vender a mitad de precio, los coreanos tienen que pagar impuestos inauditamente altos. Pero lo que más teme el campesino y el obrero coreano —más aún que la sequía, que el hambre, que cualquier desgracia o calamidad natural— es el trabajo forzado. Se los emplea a la fuerza en la construcción de ferrocarriles y caminos, en la de edificios del gobierno, y hasta en la de casas para funcionarios japoneses y locales para la policía. Tampoco es raro que se obligue a los coreanos a trabajar a la fuerza en explotaciones privadas de funcionarios japoneses. Y como eso ocurre en primavera, no tienen tiempo ni para dormir ni para comer, porque la época de la siembra es la de trabajo más duro. Y encima no reciben por esos trabajos forzados ni un solo céntimo de salario. Los que se atreven a no someterse a esas órdenes sufren, naturalmente, diversas penas: van a la cárcel, tienen que pagar multas. Puedo remitirme a los interesantísimos informes del profesor Yoshiko, de la Universidad Imperial de Tokio, sobre la situación de los campesinos (arrendatarios) en Corea. Según tradiciones que existen desde hace mucho tiempo, entre el terrateniente y el arrendatario nunca se firman contratos escritos, y por eso el arrendatario queda por completo a merced del terrateniente, que, si quiere, puede echarlo de la tierra. Naturalmente, con la penetración de los capitalistas y burócratas japoneses y de los diversos agentes y secuaces que los acompañaban, la explotación de los campesinos coreanos no hizo más que agravarse. Sin esperanza alguna de poder ayudarse a sí mismo o de lograr de algún modo que se hiciera justicia, el pueblo coreano se vio sumido en la miseria más espantosa y en la necesidad más cruel. Y, sin embargo, los campesinos coreanos, con la esperanza de poder oponer una resistencia, aunque fuera pequeña, o de alzarse contra sus opresores, formaron una asociación conocida con el nombre de «Unión de Consumo de los Campesinos (Arrendatarios)». El gobierno, naturalmente, prohibió esa asociación, que sin embargo no ha cesado en su actividad.

Los campesinos y obreros coreanos trabajan con el sudor de su frente y casi sacrifican su vida para satisfacer la codicia de los capitalistas japoneses. La lucha histórica del pueblo coreano se agudiza de día en día y se transforma, de una lucha de clases nacional, en una lucha de clases general contra la opresión imperialista, lo que da testimonio de la consciencia de clase de las masas trabajadoras de Corea.

### La situación de la clase obrera

Las masas obreras de Corea pueden dividirse en cuatro grupos principales: obreros del transporte, de la construcción, de las minas y de las fábricas. El número total de obreros es de unos 280 000. Tenemos además los obreros agrícolas y los ocupados en la pesca, en total unas 900 000 personas. Los obreros constituyen así alrededor de ¹/₉ de la población rural. Esto prueba que Corea es un país predominantemente agrario. La jornada del obrero coreano dura por lo general de diez a once horas. El salario oscila entre 50 centavos y 1 yen al día. Como en todos los demás países del Lejano Oriente, en Corea se mira con desprecio a los obreros.

Tras la penetración de los capitalistas japoneses, todas las empresas fabriles y todos los medios de producción cayeron en sus manos. Los japoneses se convirtieron así en dueños de la situación. En la mayoría de los casos, los obreros coreanos apenas pueden ganar lo justo para alimentarse a sí mismos y a su familia, aunque esta no tenga más de tres miembros. Por eso muchos campesinos coreanos, pese a todo su amor a la tierra, tuvieron que renunciar a la vida en el campo y buscar trabajo en las ciudades, donde quedaron enseguida expuestos a todas las privaciones a que está acostumbrada la clase obrera. El paro entre el proletariado urbano y rural de Corea es muy grande. Hay que decir que también los obreros japoneses inmigrados a Corea actúan de la mano de los imperialistas japoneses que oprimen al pueblo coreano. También ellos tratan con sumo desprecio a sus compañeros, los obreros coreanos, y los tienen casi por ganado. Las autoridades japonesas no se fijan en que el obrero coreano quizá podría trabajar mejor que el japonés, sino que toman a este último, al que pagan de un 30 a un 50% más. El resultado es que los trabajadores de Corea, naturalmente, ven en los japoneses a sus enemigos mortales, sin hacer distinción entre obreros y capitalistas. Ven en ellos a gente que los ha privado de sus medios de vida, que los oprime y los trata peor que al ganado. Desde 1910, cuando Corea fue privada de la libertad, el pueblo coreano no tiene libertad de reunión, ni libertad de organización ni de agitación de ningún tipo. El pueblo coreano no ha pasado por la escuela necesaria, no ha aprendido a organizarse, no está acostumbrado a la colaboración sistemática, y por eso a los coreanos les resultó extremadamente difícil encontrar una forma de organización adecuada para preparar la lucha contra sus opresores. Además, el pueblo coreano estaba, como sabemos, completamente bajo la presión de las represalias que aplicaba el gobierno japonés. Estaba en una situación desesperada.

En estas circunstancias se produjo la revolución de marzo de 1919. Después de ese movimiento se promulgó un decreto que permitía a los obreros y campesinos coreanos fundar asociaciones y diversas organizaciones. Empezó un rápido crecimiento de las organizaciones obreras: surgieron clubes y asociaciones. Así surgieron agrupaciones económicas (clubes) de los obreros de las fábricas en distintos lugares del país. Estas organizaciones velaban por los intereses de los obreros: se ocupaban de la compra de víveres y otras mercancías, sin excluir la ropa, y hacían en común lo que permitía a los obreros ahorrar algún dinerillo. Aquí y allá se han abierto también hogares para los obreros y se han organizado cursos nocturnos. La mayor de las organizaciones obreras es la «Confederación General del Trabajo». Otra organización, la Unión Obrera de Consumo, destaca por el socorro a sus miembros y por su bolsa de trabajo. En los tres años de su existencia, las organizaciones obreras coreanas se han desarrollado tan deprisa que hoy cuentan en total con más de 252 000 miembros en 450 localidades.

Esto solo ya muestra qué fuerza de organización tiene hoy el pueblo coreano. Aun en las condiciones más difíciles, ha sabido conservar su consciencia de clase. Los trabajadores de Corea han tomado ahora en sus manos la organización de pequeñas cooperativas obreras de consumo y de otras cooperativas. Piensan que, convirtiéndose ellos mismos en propietarios de algunas empresas, aliviarán su situación y mejorarán un poco las duras condiciones que les impone el yugo capitalista. Así, en enero de 1921, tras una huelga victoriosa, un centenar de zapateros fundaron una pequeña cooperativa y abrieron su propia fábrica, que dio excelentes resultados. Este ejemplo, por sí solo, es ya característico del movimiento obrero en Corea y prueba la consciencia de clase y el sentimiento de solidaridad de los obreros coreanos. Donde más se ha manifestado la creciente capacidad de resistencia de las masas trabajadoras de Corea es en el movimiento huelguístico; su protesta y su afán de mejorar sus condiciones de vida no podían llevarlas a acciones mayores en un momento en que hasta los intentos de huelga, y en general cualquier manifestación del movimiento obrero, eran perseguidos con crueldad. Pese a todo, aun en esas condiciones se registraron en 1921 huelgas en Seúl, en Chemulpo, en Klamip, en Busan y en muchas otras ciudades, huelgas que duraron meses. La mayoría de esas huelgas empezaron con reivindicaciones salariales, pero no tuvieron éxito. Los obreros coreanos, al fin y al cabo, no tenían experiencia en el terreno de la organización sistemática. No estaban suficientemente preparados y por eso no podían luchar con la tenacidad necesaria contra las enormes dificultades y obstáculos. Además, también aquí en Corea, como en el propio Japón y en general en todos los demás países capitalistas, los capitalistas japoneses recurren con afán a su probado remedio: los compromisos. Intentan embaucar y engañar a las masas trabajadoras de Corea prometiéndoles procurar mejores condiciones para ellas. En realidad, como es natural, todo se queda en promesas.

### El movimiento de las masas obreras y campesinas

Las masas obreras y campesinas oprimidas siguen esperando con impaciencia la aurora de su libertad. La sublevación de «Tang-Han» de 1914 puede llamarse el comienzo de la lucha de clases: fue la consecuencia natural de la opresión secular de la clase obrera por la burguesía, que se ha ejercitado en todas las formas posibles de esa opresión. También hoy las masas trabajadoras de Corea luchan a vida o muerte contra sus opresores, los capitalistas japoneses. Esta lucha implacable precipitó el movimiento de marzo. Cientos y miles de trabajadores de Corea sacrificaron su vida en ese movimiento por la libertad del pueblo coreano y por sacudirse el yugo japonés.

En los últimos cinco años han sido testigos de la lucha heroica de los sóviets, una lucha en condiciones desiguales. Eso no solo les dio un nuevo impulso, sino que les mostró también que no están solos en su lucha. Ahora son conscientes de que a su lado, en esta gran lucha común por la revolución mundial, no están solo las masas oprimidas del Lejano Oriente, sino todo el proletariado mundial. Creen en la victoria final y avanzan con confianza.

## Pak-Kieng: El movimiento revolucionario en Corea

### Causas, carácter y desarrollo del movimiento

La sublevación del 1 de marzo de 1919 está en estrechísima relación con el movimiento revolucionario anterior del pueblo coreano.

Los primeros estallidos desorganizados de las masas coreanas pertenecen al período de su lucha contra los yang-ban, los aristócratas que hacían y deshacían sin control en el país. Los yang-ban gozaban de privilegios ilimitados y tenían el poder absoluto.

El campesinado, aun después de la abolición de las relaciones feudales, sufría bajo la presión implacable de esas capas privilegiadas de la aristocracia y de la burocracia. De ahí las numerosas sublevaciones espontáneas, que por cierto no pocas veces fueron aprovechadas por rivales políticos para sus propios fines.

La primera gran sublevación, la que une el pasado de Corea con su presente, la constituyen los acontecimientos de Tang-Han de 1894. Era la época en que una parte de la clase dominante de Corea sostenía que eran necesarias reformas internas del Estado según el modelo europeo. Corea sufría en el interior bajo el poder ilimitado de los yang-ban y el despotismo del trono, y desde fuera bajo el acoso constante de sus costas por las flotas de guerra de América, de Japón y de los países europeos. Los intelectuales de Corea, imbuidos de las concepciones europeas, dieron el impulso al movimiento nacionalista. Las masas campesinas se vieron empujadas a la sublevación por el hambre de 1893. En estas circunstancias tuvo lugar la sublevación de masas de Tang-Han, que más tarde se valoró en sus resultados igual que la sublevación de los bóxers en China, pero que en lo esencial fue un verdadero movimiento de las masas trabajadoras de Corea. Ya entonces las consignas de los «rebeldes» eran: «Viva la igualdad de ricos y pobres» y «¡Abajo las clases privilegiadas!».

Esta sublevación marca tres momentos importantes de la historia de Corea:

1. La disolución del poder hereditario, la aparición del problema de las reformas en el orden del día. (A ello contribuyeron los resultados de la guerra chino-japonesa).

2. El fin del prestigio del poder dominante, los yang-ban, a la vez que el hundimiento de las relaciones agrarias patriarcales y la introducción de formas modernas de comercio e industria.

3. El comienzo de la penetración del capital extranjero, con la que la burguesía comercial coreana, quisiera o no, tuvo que conformarse.

El período 1895-1905, de la guerra chino-japonesa a la guerra ruso-japonesa, es un período caótico en la historia de la revolución coreana, un período de bandidaje y de olvido de las tareas revolucionarias.

Tras la guerra ruso-japonesa, las finanzas, el transporte, la producción y la industria, en general todos los ámbitos de la vida económica de Corea, cayeron en manos de los imperialistas japoneses. Los campesinos coreanos fueron víctimas de la política colonial.

### Tendencias nacionales y desarrollo del patriotismo

La implantación del protectorado sobre Corea, consecuencia inmediata de la guerra ruso-japonesa, provocó un crecimiento de los sentimientos nacionales entre las masas campesinas coreanas y las empujó bajo las banderas del llamado «Ejército de la Justicia»[^c18].

Numerosas tropas se dispersaron por el país y atacaban a los japoneses. A ellas se sumaron los restos del ejército coreano, disuelto ya entonces en virtud de un tratado impuesto por Japón. En total formaban un ejército de 100 000 hombres. Durante el período de actividad del «Ejército de la Justicia» (Bui-Bjung), los japoneses sufrieron grandes pérdidas. Pero está claro que ese ejército, por falta de disciplina y de organización suficientes, no podía dar cima a la gran tarea de liberar Corea. Los ataques del enemigo se intensificaron, y el apoyo de la población era débil.

El período de mayores éxitos del «Ejército de la Justicia» va unido a la extensión de la actividad de organizaciones coreanas en América, en Europa y en Filipinas. La actividad de las organizaciones coreanas del extranjero se orientaba a establecer vínculos y colaboración con las organizaciones eclesiásticas cristianas y con las asociaciones culturales. En Corea se fundó una asociación que, de la mano de la Asociación Nacional Coreana de América, dirigía la actividad del «Ejército de la Justicia».

La vanguardia de los sucesivos movimientos fue siempre la juventud. Durante el protectorado japonés desarrollaron su actividad la «Unión de la Juventud Coreana» y la «Federación de Estudiantes»; en ellas desempeñaron un papel destacado los estudiantes coreanos que volvían de Japón. A los fines de la lucha por los derechos nacionales pisoteados sirvieron también numerosas comunidades de cristianos coreanos, como por ejemplo la Asociación Cristiana de Jóvenes de Seúl, y las iglesias, que cuentan con unos 300 000 fieles. De simples agentes de difusión de la influencia europea y americana, se convirtieron poco a poco en centros de resistencia. No poca influencia sobre el movimiento nacional de liberación ejercieron las asociaciones culturales, que pasaban de 3000 y contaban hasta 100 000 miembros.

### La anexión de Corea y la lucha por la independencia

El movimiento de las masas trabajadoras de Corea por su emancipación económica, un movimiento que por su esencia era un movimiento de clase, cedió el sitio al movimiento nacional bajo la presión creciente de Japón. Tras los tratados impuestos a Corea en 1905 y 1907, y por último tras la anexión definitiva de 1910, la lucha por la liberación nacional se convirtió en el objetivo principal de todos los movimientos.

Empezó la unión del campesinado revolucionario con todas las demás capas de la población bajo la bandera de las tareas nacionales. El movimiento creció y se fortaleció. Las autoridades japonesas recurrieron a las represalias y al castigo más cruel de la población. Las asociaciones culturales fueron disueltas, las escuelas cerradas, la prensa estrangulada. La población fue aterrorizada. La menor sospecha de participar en la vida política y en el movimiento de liberación acarreaba torturas y fusilamientos. La gendarmería japonesa incendiaba aldeas enteras, y a la población se la arrojaba a la cárcel ante cualquier denuncia.

Empezó una intensa emigración al extranjero.

El «Ejército de la Justicia» y una serie de otras organizaciones trasladaron su actividad a China, a Manchuria y a Siberia.

En la propia Corea, una organización de jóvenes del sur, la llamada «Sociedad del Renacimiento» (Kwang-Pok-Tan), desplegó una actividad terrorista. Pero también esta organización fue destruida tras la conjura descubierta en 1911.

La emigración revolucionaria coreana siguió apoyando el movimiento en la patria y preparándose para la lucha de liberación. El núcleo de esas fuerzas lo formaban las organizaciones surgidas en Siberia y en el noroeste de Manchuria. Siberia había sido desde siempre punto de reunión de los emigrados políticos de Corea. Allí surgieron, según las condiciones y circunstancias, numerosas organizaciones de distintos matices y corrientes, pero todas ellas se fijaron como objetivo la lucha contra la dominación japonesa. Las organizaciones de Manchuria servían de eslabón entre las organizaciones de Siberia y las de Corea. Estas organizaciones eran la base de las acciones guerrilleras en la frontera coreana. En América, en México y en las islas Hawái se unieron también 7000 coreanos en una organización. Pese a su escaso número, encontró condiciones favorables de trabajo y se convirtió en intermediaria entre las organizaciones eclesiásticas y de otro tipo de la patria y las de la emigración.

Los elementos revolucionarios que permanecieron en la patria continuaron su trabajo bajo la máscara de la religiosidad. Uno de esos movimientos «sectarios», el Tschun-Do-Kio[^c19] (doctrina del camino celestial), reunió a unos 2 millones de adeptos, que luego tomaron parte activa en el movimiento de marzo. Además, las iglesias cristianas, que han sacrificado a no pocos de sus dirigentes y colaboradores, ocuparon un lugar importante en el movimiento nacional. Participaron activamente en la preparación del movimiento de marzo.

En tercer lugar están los templos budistas. Aprovechando su existencia legal, agruparon a su alrededor, como monjes, a jóvenes revolucionarios activos. Por último, existe toda una serie de sectas que reúnen a las capas patrióticas de la población coreana en apoyo del movimiento de liberación. Al terminar la guerra europea y en tiempos de la «Conferencia de Paz», había entre las organizaciones revolucionarias coreanas dos que formularon las aspiraciones del pueblo coreano y desempeñaron el papel principal en el movimiento de marzo. Eran la «Nueva Unión de la Juventud» de Corea, surgida en Shanghái, que envió una delegación a París, y la «Organización de los Estudiantes Coreanos en Japón». Esta última facultó el 8 de febrero de 1919 a su «Comité de los Diez» para publicar la primera declaración de independencia de Corea, que provocó el pánico entre las potencias del Pacífico y encontró eco entre los compatriotas coreanos. En el movimiento de marzo se unieron las fuerzas de todas las organizaciones revolucionarias de dentro y fuera del país cuyo objetivo era la liberación nacional.

### El movimiento de marzo, su carácter y su extensión

La revolución china de 1911, la guerra mundial de 1914-1918, la revolución rusa de 1917 y los rumores sobre el renacimiento de algunas pequeñas naciones eslavas —al margen de los verdaderos motivos que llevaron a las potencias a restablecer esos pequeños Estados—, todo eso tenía que dar un nuevo impulso al movimiento del pueblo coreano y, en particular, del campesinado revolucionario.

Las autoridades japonesas hicieron todo lo posible por impedir que las noticias sobre la revolución rusa llegaran a Corea; lo que llegaba, en la versión japonesa, eran hechos falsos y deformados. La masa coreana no había perdido todavía entonces la fe en el democratismo americano y se hallaba bajo el influjo de los «14 puntos» proclamados por Wilson.

Las noticias sobre el renacimiento de pequeñas naciones, al margen del papel de esas naciones en el gran juego imperialista, tuvieron mucho eco en Corea. Pero el pueblo coreano era consciente también de que no estaba lo bastante preparado para hacer una verdadera guerra contra los opresores japoneses. El pueblo coreano decidió hacer valer sus derechos mediante una manifestación pacífica pero general, en la que participara todo el pueblo. Así nació el movimiento de marzo, que abrió una nueva página en la historia del movimiento revolucionario de Corea.

La acción empezó con una declaración de libertad e independencia de Corea, dada a conocer en Seúl por los representantes de las tres organizaciones religiosas más importantes. Luego masas populares que se contaban por cientos de miles recorrieron la ciudad. Manifestaciones parecidas tuvieron lugar el 1 de marzo en toda una serie de ciudades coreanas. Este movimiento duró un mes entero, y participaron en él unos 3 millones de personas. Las manifestaciones de marzo fueron un movimiento sin resistencia en el sentido más amplio de la palabra. Las masas coreanas se abstuvieron de la violencia y subrayaron únicamente el carácter demostrativo de la acción. Las masas no recurrieron a la violencia ni siquiera cuando los gendarmes japoneses empezaron a abatirlas con ametralladoras. El carácter pacífico de las manifestaciones se mantuvo hasta el final.

Este carácter «sin resistencia» se explica porque los dirigentes, salidos de las filas de los intelectuales y de las organizaciones religiosas, esperaban despertar con una acción pacífica la simpatía de las potencias europeas. Toda su propaganda se orientaba a una manifestación pacífica.

El resultado del movimiento de marzo fue la formación del llamado «Gobierno Provisional de Corea».

### El Gobierno Provisional

Un mes después del movimiento de marzo, el 11 de abril de 1919, se aprobó en nombre del «Consejo Nacional Provisional» de Corea una constitución provisional y se organizó luego un «Gobierno Provisional» de Corea.

El pueblo coreano, de todas las clases, saludó a ese gobierno, porque veía en él el renacimiento de la idea nacional. En los primeros tiempos, el gobierno fue muy popular en el país. Los campesinos y los obreros lo apoyaban y le entregaban lo que les sobraba de sus escasos ingresos.

Pero el gobierno, en lugar de dedicarse a un trabajo creador de organización, se dedicó a luchas de fracciones y a intrigas personales. Intentó someter a su influencia a los dirigentes de distintas tendencias, y con ello ahondó la desunión con los elementos revolucionarios del país. En sus acciones políticas cometió una serie de errores groseros. El error principal fue poner todos sus cálculos y esperanzas en la diplomacia europea y americana.

El gobierno, que quería representar los intereses del pueblo coreano, corría impotente de Versalles, adonde se envió una delegación, a Ginebra, y de Ginebra a Washington. Pero todas esas conferencias confirmaron el derecho de Japón al saqueo y al terror en Corea. El gobierno seguía esperando el apoyo de los países burgueses. Envió comisiones a Europa y a América con la tarea de «dar a conocer» a las grandes potencias las infamias que Japón cometía en Corea e «ilustrarlas» sobre el carácter y los objetivos del movimiento de liberación coreano. Como era de esperar, las potencias de Europa y de América no prestaron la menor atención a esas comisiones. En el mejor de los casos, se alzaron voces compasivas en los círculos de misioneros extranjeros. Y eso fue todo.

Así pues, el gobierno no ha conseguido nada concreto durante su existencia, si no se cuentan algunos intentos fallidos de despertar la compasión de los países imperialistas de Europa y de América.

### La presión de Japón y la resistencia de Corea

En la manifestación «sin resistencia» de marzo, los japoneses mataron a 7600 coreanos, hirieron a 46 000 y arrojaron a la cárcel a 49 000. Los japoneses reprimieron el movimiento con una crueldad inaudita. Solo una pequeña parte de los sufrimientos del pueblo coreano llegó a la opinión pública, gracias a las revelaciones de misioneros extranjeros. No faltaron las violencias contra mujeres, niños y ancianos indefensos.

Los métodos de escarnio y violencia de las autoridades japonesas no pueden describirse. Los japoneses cometieron atrocidades que recuerdan los lejanos tiempos de la Inquisición. Al mismo tiempo prosiguieron su obra de sojuzgamiento, que apunta al completo avasallamiento político y económico de Corea.

Esta situación insoportable obligó a los revolucionarios coreanos a renunciar a la táctica de la «resistencia pasiva». Empezó el período de los actos terroristas contra funcionarios japoneses. Se intensificó la actividad de los destacamentos guerrilleros en las fronteras de Corea. Surgió una serie de organizaciones terroristas que realizaban asaltos contra las instituciones del gobierno en Seúl y en otros centros. Pero la falta de equipo y de medios impidió una lucha sistemática e intensa, y Japón actuó con crueldad redoblada contra el terror.

Al mismo tiempo, en el norte de Kando[^c20], que linda con Siberia, se prepararon tropas coreanas regulares y bien armadas; se formó un cuadro de mando bien instruido. En esas tropas ingresaron los habitantes del norte de Kando.

Pero, por la intervención intempestiva de un grupo insuficientemente disciplinado, se descubrió la base de las tropas coreanas. El resultado fue la destrucción de Hung-Behun por los japoneses. Los combatientes se vieron obligados a retirarse a Siberia, después de haber opuesto primero una encarnizada resistencia a las tropas regulares japonesas.

Los acontecimientos de Kando impidieron la rápida realización del plan de entrada de las tropas coreanas independientes. Pero, por otro lado, obligaron a comprender la necesidad de crear una base única y firme para todas las tropas y destacamentos guerrilleros dispersos por Siberia, y pusieron aún más de relieve la necesidad de preparación militar y de disciplina. En Siberia se formó un Consejo Nacional coreano, que debía dirigir la actividad de todas las unidades coreanas. Al Gobierno Provisional de Shanghái se le dejó el poder civil.

El Consejo Nacional eligió la región del Amur para sus preparativos militares y, sobre todo, para la formación del ejército. Como centro se escogió Blagovéshchensk. Las tropas coreanas estaban en estrecho contacto con el ejército revolucionario ruso y gozaban de su apoyo moral. Así, tras inevitables disputas, se unieron por fin las fuerzas armadas coreanas independientes, hasta entonces dispersas y desorganizadas. Se estableció un mando supremo único. Ahora están en estrecho contacto con la Rusia soviética y con la Internacional Comunista. Hoy forman el núcleo del ejército revolucionario coreano las brigadas coreanas de Irkutsk, que actúan bajo la dirección política del Partido Comunista de Corea y están en relación con el Quinto Ejército soviético.

De lo dicho se desprende que el pueblo coreano tiene una rica experiencia de lucha revolucionaria. Las masas trabajadoras de Corea comprenden cada vez mejor la necesidad de un trabajo revolucionario organizado. Su consciencia de sí mismas se fortalece. Prestan oído a la voz del proletariado mundial y aspiran a la unión con todos los pueblos oprimidos, y en particular con los pueblos del Lejano Oriente.

En las numerosas organizaciones —la Asociación Campesina, los sindicatos obreros, la «Federación de la Juventud», las ligas estudiantiles, las asociaciones de mujeres— puede observarse hoy comunidad de objetivos y aspiraciones. Estas organizaciones trabajan dentro y fuera de Corea, legal e ilegalmente.

La situación general del país y el estado de ánimo revolucionario de las masas han creado un terreno favorable para el crecimiento del movimiento comunista. Los portadores del comunismo en Corea fueron los elementos coreanos avanzados que vivían en el territorio de la Rusia soviética y adquirieron allí experiencia revolucionaria. Ellos pusieron también los cimientos del Partido Comunista de Corea. El Partido Comunista de Corea es hoy una fuerza real que dirige el movimiento revolucionario en Corea. Los distintos grupos y corrientes de la Corea revolucionaria le reconocen el derecho a ser el representante activo de los intereses del pueblo coreano.

La influencia del Gobierno Provisional de Shanghái, que existe todavía hoy y sigue siendo tan proamericano como antes, decae rápidamente, y la posición de todos, incluidos los elementos burgueses progresistas del país, cambia en el sentido de la lucha activa por la liberación nacional. La primera y más importante tarea del Partido Comunista de Corea es organizar a las masas trabajadoras de Corea para la lucha común contra el imperialismo y la explotación. En la cuestión de la lucha contra el imperialismo japonés, el Partido Comunista de Corea aspira a unificar todo el movimiento revolucionario de Corea. Apoya activamente la convocatoria de un congreso nacional, en el que se intentará formar un órgano revolucionario central y dirigente para todo el país.

En resumen, puede llegarse a la conclusión de que el movimiento revolucionario coreano, tras años de sacrificios y sufrimientos, desemboca en la corriente general de la revolución social mundial. Hasta hace poco, el proletariado revolucionario de Corea, extraviado por las sectas religiosas, ponía sus esperanzas en los intelectuales coreanos. Ahora toma en sus propias manos la causa de su liberación, porque sabe que solo por este camino puede llegar a la victoria.

## Dyn-Dyb: Mongolia y su lucha por la liberación

Después de que la dinastía manchú privara de su independencia estatal a una Mongolia ya desgastada y debilitada (1691), empezó a afianzar enérgicamente su dominio político y económico en el país.

Durante más de doscientos años, los manchúes apoyaron por todos los medios el orden feudal de Mongolia y el sistema de los feudos principescos (hoschun)[^c21]. Entregaban esos feudos a los pequeños príncipes y procuraban ganárselos con diversas recompensas: así encontró el gobierno manchú de Pekín un sólido apoyo en ese grupo. Los hoschun se agruparon en distritos, cuya vigilancia se encomendó a los gobernadores manchúes. El medio más poderoso para afianzar el dominio chino en Mongolia fue la difusión del budismo, favorecida por los manchúes, con su culto de la no resistencia y de la humildad. El alto clero y la Iglesia budista, que más tarde se convirtió en una autoridad influyente con un aparato administrativo propio, fueron utilizados ampliamente por los protegidos del Imperio chino como instrumento para esclavizar al pueblo mongol. Un tercer factor importante fue el dominio económico del capital comercial chino, que en el curso de más de dos siglos, con ayuda de sus deudores insolventes, los príncipes mongoles, había creado todo un sistema de esclavitud y usura que enredaba cada vez más a la masa del pueblo mongol.

La población trabajadora y ganadera de los hoschun respondía de las deudas de cada uno de sus miembros y de las deudas de sus príncipes. Las deudas privadas de los príncipes con casas comerciales chinas servían de pretexto para apoderarse de tierras mongolas para el fondo de colonización del gobierno, tanto en el período de la dinastía como más tarde bajo el gobierno republicano de Yuan-Shi-Kai[^c22]. Así, el pueblo mongol fue convirtiéndose poco a poco en esclavo de los comerciantes y de la burocracia chinos.

Desde mediados del siglo XIX se observa cómo crece el interés del capital comercial ruso por Mongolia. Los comerciantes rusos penetran en los años sesenta en la Mongolia occidental y desde allí en las demás partes de la Mongolia Exterior. El método del capital ruso era el mismo, primitivo y rapaz, pero todavía más desvergonzado e insolente. Interesada en las materias primas de Mongolia, la Rusia zarista no tardó en sentir apetitos anexionistas y quiso apoderarse de Uranhai[^c23], uno de los pocos distritos de Mongolia donde es posible un amplio desarrollo de la agricultura. Uranhai fue anexionado de hecho por Rusia después de la guerra ruso-japonesa, en 1909.

Tras la guerra de 1905, victoriosa para Japón, también el imperialismo japonés empezó a reclamar las materias primas y las riquezas mineras de Mongolia. Llegaron a Mongolia agentes japoneses. Desde la guerra ruso-japonesa, la anexión de Mongolia va convirtiéndose para el imperialismo internacional, incluido el capital americano, en la cuestión más candente de la política del Lejano Oriente.

Durante todo el período en que Mongolia, país de pastores, estuvo bajo el poder de la monarquía manchú, casi no avanzó en el camino del desarrollo cultural, y su orden económico, social y político-administrativo siguió hasta comienzos del siglo XX igual que en el momento en que perdió la independencia.

En la época en que fue derrocada la dinastía manchú en China (1911), Mongolia estaba sojuzgada económicamente por el capital ruso y chino, pero la administración estaba en manos de un pequeño grupo de príncipes hereditarios; un grupo político influyente lo formaban los lamas, los monjes; el resto de la población, sin derechos ni amparo, soportaba todo el peso de la carga fiscal y de las numerosas prestaciones en especie al Estado, a la Iglesia y a los príncipes feudales.

La revolución china de 1911 despertó entre los mongoles la esperanza de la liberación nacional. Los agentes de los manchúes fueron expulsados y Mongolia fue declarada independiente.

Pero el lugar de los manchúes lo ocupó enseguida la Rusia zarista, a la que el clero y los principados de Mongolia pidieron ayuda y que aprovechó las aspiraciones de libertad de los mongoles para realizar sus planes anexionistas. En virtud de los tratados de 1911 con el gobierno teocrático de Mongolia (gobierno que se formó con la colaboración de Rusia) y de los tratados de 1912 y 1915 con China, Mongolia quedó de hecho repartida entre China y Rusia: la Mongolia Interior fue reconocida como parte orgánica de China, y la Mongolia Exterior (Jalja, distrito de Kobdo) fue declarada autónoma, pero cayó en realidad bajo el poder de Rusia. Los pocos años de existencia de la Mongolia autónoma bajo el protectorado de la Rusia zarista demostraron a los mongoles que entre los agentes del despotismo manchú y los agentes diplomáticos de la Rusia zarista no había ninguna diferencia, que los reaccionarios, sea cual sea la nación a que pertenezcan, aspiran todos por igual a la violencia y la opresión.

La guerra mundial y la revolución rusa que la siguió dieron al imperialismo japonés una ocasión cómoda para intentar anexionarse Mongolia. Con ese fin, Japón aprovechó el movimiento nacional de la Mongolia oriental, donde hacían y deshacían con saña los agentes de la camarilla chovinista de China, una camarilla que por entonces se había hecho con el poder en Pekín. Las nacionalidades mongolas intentaron organizar un movimiento bajo la consigna de la liberación y la unificación de los pueblos mongoles, y esperaban el apoyo de Versalles.

Japón contaba con aprovechar la idea de la unificación de Mongolia para aumentar su influencia política sobre Mongolia. Pero la conferencia convocada en Chitá no dio ningún resultado, y la delegación mongola no pudo siquiera viajar a Versalles, porque las autoridades japonesas y el atamán Semiónov[^c24] le pusieron obstáculos.

Los japoneses habían cambiado de táctica y decidido anexionarse Mongolia de un modo más rápido, valiéndose de los militaristas chinos (los anfuístas)[^c25], que por entonces se habían hecho con el poder en el norte de China. En noviembre de 1919, Urga[^c26] (la capital de la Mongolia Exterior) fue ocupada por las tropas del protegido de los anfuístas, Sui-Shi-Tschan[^c27], que implantó en la Mongolia Exterior el régimen de la dictadura militarista.

La ocupación china de Jalja dio un impulso todavía más fuerte al despertar de los elementos del pueblo mongol de sentimientos patrióticos y revolucionarios, y creó el terreno para el nacimiento del Partido Popular Revolucionario de Mongolia.

### El Partido Popular Revolucionario de Mongolia

El papel vergonzoso de los príncipes gobernantes en la liquidación de la autonomía los había desacreditado por completo a los ojos de la masa del pueblo. El pueblo mongol, inculto, pero también indómito, ya no ve en los príncipes a los guías de la vida social y política del país. Desde entonces asumieron el papel de guías espirituales los representantes de los intelectuales mongoles, salidos del pueblo, del estamento de los pequeños lamas y funcionarios, y algunos príncipes gobernantes que habían comprendido la necesidad de unirse con el pueblo. El Partido Popular Revolucionario de Mongolia, surgido a comienzos de 1921, poco después de la caída de Kolchak y del hundimiento de la intervención en Siberia, desarrolló la idea de la liberación nacional sobre la base de la iniciativa propia de las masas trabajadoras de Mongolia, y en ese sentido realiza también su labor de agitación en el país. El Partido Popular Revolucionario de Mongolia se apoyaba en su actividad en la ayuda de la Rusia soviética.

Tras la caída de los anfuístas en Pekín, a mediados de 1920, y la huida de Mongolia de Sui-Shi-Tschan, que ejecutaba los planes japoneses, el gobierno japonés abrió Mongolia a las bandas rusas de guardias blancos del barón Ungern[^c28] y procuró por medio de él apoderarse de nuevo de Mongolia, para convertirla en una base de ataques contra la Rusia soviética. Las bandas de Ungern, que llegaron a Jalja en número de varios miles de hombres, derrotaron a las tropas chinas que había allí y, tras ocupar Urga, emprendieron saqueos en masa y asesinaron a la población pacífica china, rusa y mongola. Incendiaron poblados y monasterios enteros, quitaron a la población mongola enormes rebaños y llevaron a cabo una movilización forzosa de la población masculina.

El Gobierno Popular de Mongolia, organizado por el Partido Popular Revolucionario en marzo de 1921 en la parte norte de Jalja, entró en lucha contra las bandas de Ungern y las derrotó. Una vez liberada Jalja, el gobierno mongol procedió a liquidar los últimos restos de las bandas blancas en el territorio de la Mongolia occidental, y hoy todo el territorio de la Mongolia Exterior está limpio de guardias blancos.

El Partido Popular Revolucionario se fija las siguientes tareas: liberación completa de Mongolia de la presión económica y política de los agresores extranjeros, liberación de las masas populares de la esclavitud feudal y clerical, establecimiento de los fundamentos del poder popular, desarrollo de las fuerzas productivas del país y protección de sus riquezas económicas contra el saqueo, difusión de la instrucción europea.

El gobierno ha llevado a cabo una reforma de la administración local sobre la base del principio electivo; se ha suprimido la desigualdad jurídica de los estamentos; se han abolido los castigos corporales; se ha suprimido toda una serie de prestaciones en especie sumamente gravosas para la masa del pueblo; se han anulado las concesiones que el antiguo gobierno feudal de la Mongolia autónoma había otorgado, en condiciones sumamente desfavorables para el Estado, a diversos bandidos y aventureros; se han abolido los privilegios que eximían de todo impuesto al estamento de los príncipes y de los lamas; se ha implantado un impuesto general sobre la renta, se ha tomado una serie de medidas para desarrollar el cooperativismo y, por último, se ha aprobado una ley sobre la administración del Estado que elimina todo principio teocrático; además, toda una serie de otras leyes no menos importantes han sido sancionadas y aplicadas por los congresos de representantes locales convocados periódicamente.

En el terreno de las relaciones internacionales, el gobierno de la Mongolia libre concluyó en noviembre del año pasado un tratado con la Rusia soviética, que reconoce la existencia de Mongolia como Estado. La Rusia soviética está también de acuerdo con la propuesta del Gobierno Popular mongol de asumir la mediación en la cuestión del arreglo de las relaciones entre Mongolia y China.

Estos son, en sus rasgos principales, los resultados de la actividad interior del gobierno durante el medio año de existencia libre de la Mongolia Exterior.

Nuestro partido no es, por su programa, ni comunista ni socialista, pero toda la suma de la experiencia histórica y política de nuestro pueblo nos empuja con férrea necesidad al cauce del movimiento proletario internacional y nos lleva a actuar en contacto con ese poderoso movimiento.

En la lucha de los pueblos del Lejano Oriente, el factor social, el factor de la lucha por un futuro mejor de las masas trabajadoras, está siempre y en todas partes ligado al factor nacional. Nuestro partido ve las tareas del congreso en el establecimiento de una estrecha colaboración de todas las fuerzas revolucionarias y trabajadoras de los pueblos del Lejano Oriente, con el fin de protegerse contra la embestida del imperialismo, por una parte, y de renovar por dentro cada país, por otra.

*¡Viva el movimiento de los pueblos trabajadores del Lejano Oriente!*

\* \* \*

## Sesión de clausura del congreso

Invitados por el proletariado de Petrogrado, los delegados del Congreso de los Pueblos del Lejano Oriente llegaron a Petrogrado el 2 de febrero. La sesión de clausura del congreso se celebró en el Palacio Uritski[^c29] en presencia de los representantes del Sóviet de Diputados Obreros y Campesinos de Petrogrado. Los obreros de Petrogrado recibieron a los delegados con ovaciones entusiastas. Saludaron a los delegados los representantes del Comité de Petrogrado del P. C. R., del Consejo de Sindicatos de Petrogrado, del Consejo Militar Revolucionario del Ejército y de la Flota, y las representantes de las obreras de Petersburgo. Pronunciaron también discursos de saludo el secretario del Partido Comunista de Francia, camarada Ker[^c30], y el representante del Partido Comunista de América, camarada Carr[^c31].

En las palabras de los oradores, así como en las respuestas de los delegados, resonaba la consciencia de la gran obra que aguarda a las masas trabajadoras del Lejano Oriente y en cuyo desarrollo ha de ayudar el proletariado de Rusia y del mundo entero.

Las palabras de clausura del camarada Zinóviev al congreso fueron:

«Dos corrientes se unen ante nuestros ojos. Una es el movimiento de los pueblos oprimidos, que quieren la independencia, que quieren que su pueblo se desarrolle libremente, que no haya imperialistas sentados sobre su cuello. La otra corriente es mucho más poderosa: es la corriente del movimiento proletario con consciencia de clase.

La unión de estas dos corrientes es la garantía de la victoria de nuestra revolución.

¡Viva la Internacional Comunista!

¡Viva la liberación de los pueblos del Lejano Oriente!

¡Abajo el capitalismo mundial!»

[^a1]: (Nota de la edición alemana.) Por razones conspirativas no se da el nombre de la organización.
[^a2]: (Nota de la edición alemana.) Todos los intelectuales que hay entre los delegados y la mayoría de los alumnos de enseñanza media y superior proceden del campesinado.
[^a3]: (Nota de la edición alemana.) Faltan los cuestionarios de algunos buriatos (ocho).
[^a4]: El Kuomintang (Guomindang), el Partido Nacionalista de Sun Yat-sen, que en 1921 formó en Cantón un gobierno enfrentado al de Pekín.
[^a5]: La Conferencia de Washington sobre la limitación de armamentos y los asuntos del Pacífico y del Lejano Oriente se celebró del 12 de noviembre de 1921 al 6 de febrero de 1922.
[^a6]: La huelga de los marinos de Hong Kong duró de enero a marzo de 1922 y terminó con la victoria de los huelguistas.
[^a7]: Grigori Voitinski (1893-1953), dirigente de la Internacional Comunista, enviado a China en 1920; contribuyó a la fundación del Partido Comunista de China.
[^a8]: La Yuaikai («Sociedad de la Amistad»), fundada en 1912, que en 1921 tomó el nombre de Nihon Rodo Sodomei (Federación General del Trabajo de Japón).
[^a9]: Suzuki Bunji (1885-1946), fundador y presidente de la Yuaikai.
[^a10]: Kagawa Toyohiko (1888-1960), socialista cristiano, uno de los dirigentes de las huelgas de los astilleros de Kobe de 1921.
[^a11]: Osugi Sakae (1885-1923), el principal anarquista japonés de la época.
[^a12]: Busan.
[^a13]: Chemulpo, hoy Incheon.
[^a14]: El Gobierno provisional de la República de Corea, constituido en Shanghái en abril de 1919.
[^a15]: El movimiento de independencia del 1 de marzo de 1919, reprimido por las autoridades japonesas.
[^a16]: Kyushu, la isla meridional de Japón.
[^a17]: Estado tapón establecido en 1920 en el Lejano Oriente ruso, con capital en Chitá; se unió a la Rusia soviética en noviembre de 1922.
[^a18]: Aristide Briand dimitió como presidente del Consejo de Ministros francés el 12 de enero de 1922. La Conferencia económica internacional de Génova, a la que se invitó a la Rusia soviética, se celebró en abril y mayo de 1922.
[^a19]: Raymond Poincaré, que sucedió a Briand en enero de 1922 como presidente del Consejo y ministro de Asuntos Exteriores.
[^a20]: El Tratado de las Cuatro Potencias sobre las posesiones del Pacífico, presentado en la conferencia el 10 de diciembre de 1921 y firmado el 13 de diciembre por los Estados Unidos, el Reino Unido, Francia y Japón.
[^a21]: Sun Yat-sen (1866-1925), fundador del Kuomintang.
[^a22]: En 1921 los revolucionarios mongoles, con ayuda del Ejército Rojo, expulsaron de Urga a las tropas blancas de Ungern-Sternberg y formaron un gobierno popular.
[^a23]: La península de Liaodong, con Port Arthur y Dairen, arrendada a Japón tras la guerra ruso-japonesa.
[^a24]: Jean Jaurès (1859-1914), dirigente socialista francés, asesinado el 31 de julio de 1914.
[^a25]: La intervención de las potencias contra la rebelión de los bóxers, en 1900-1901.
[^a26]: Zhang Zuolin (1875-1928), jefe militar que dominaba Manchuria.
[^a27]: Los dujun (en la transcripción de la época, tuchun), gobernadores militares de las provincias chinas.
[^a28]: Puyi (1906-1967), el último emperador de la dinastía Qing, que tras su abdicación en 1912 siguió residiendo en la Ciudad Prohibida con una asignación del Estado.
[^a29]: Mateo 7, 2.
[^a30]: Los motines del arroz del verano de 1918, que se extendieron por todo Japón.
[^a31]: Las tesis sobre las cuestiones nacional y colonial aprobadas por el II Congreso de la Internacional Comunista en julio-agosto de 1920.
[^a32]: Alusión a Mateo 27, 35: los soldados se repartieron a suertes las vestiduras de Jesús.
[^b1]: Gueorgui Ivánovich Sáfarov (1891-1942), bolchevique, encargado en la Internacional Comunista del trabajo en Oriente.
[^b2]: Las tesis y tesis complementarias sobre la cuestión nacional y colonial aprobadas por el II Congreso de la Internacional Comunista (julio-agosto de 1920).
[^b3]: Kokuryūkai, sociedad ultranacionalista japonesa fundada en 1901 por Uchida Ryōhei.
[^b4]: *Dujun* (督軍): gobernadores militares de las provincias de la República de China, los «señores de la guerra» de la época.
[^b5]: El Kuomintang, partido nacionalista fundado por Sun Yat-sen.
[^b6]: Conferencia de Washington (noviembre de 1921-febrero de 1922). En ella Estados Unidos, el Reino Unido, Japón y Francia firmaron el Tratado de las Cuatro Potencias (diciembre de 1921).
[^b7]: Bertrand Russell (1872-1970), filósofo inglés; estuvo en China de 1920 a 1921, invitado a dar conferencias.
[^b8]: El Movimiento del Primero de Marzo de 1919, levantamiento por la independencia de Corea contra el dominio japonés.
[^b9]: Los *genro*, estadistas veteranos de la era Meiji que aconsejaban al emperador y designaban de hecho a los jefes de gobierno.
[^b10]: Rikken Seiyūkai, partido fundado en 1900 por Itō Hirobumi.
[^b11]: Yūaikai («Sociedad de la Amistad»), fundada en 1912 por Suzuki Bunji; en 1921 tomó el nombre de Sōdōmei (Federación General del Trabajo de Japón).
[^b12]: Suzuki Bunji (1885-1946), fundador y presidente de la Yūaikai.
[^b13]: Samuel Gompers (1850-1924), presidente de la Federación Americana del Trabajo (AFL).
[^b14]: Los motines del arroz de 1918, que se extendieron por todo Japón.
[^b16]: En Rusia, asociación de trabajadores que trabajan en común y se reparten los ingresos.
[^b17]: Así en el impreso, por Kuo-Min-Tang, es decir, el Kuomintang. En 1911 no existía aún con ese nombre: se constituyó en 1912 a partir de la Tongmenghui.
[^b18]: Yuan Shikai (1859-1916), presidente de la República China de 1912 a 1916.
[^b19]: El Movimiento del Cuatro de Mayo de 1919, nacido de la protesta contra la entrega a Japón de los derechos alemanes en Shandong decidida en Versalles.
[^b20]: El Secretariado del Trabajo de China, creado en agosto de 1921 en Shanghái por el Partido Comunista de China.
[^b21]: Tianjin.
[^b22]: Zhejiang.
[^ck1]: (Nota del original.) Las cifras a partir de aquí están tomadas del anuario de *The Oriental Economist* de 1916.
[^ck2]: (Nota del original.) Oficialmente, el Partido Comunista de Japón se fundó en abril de 1921, después de que un grupo de comunistas japoneses residentes en América lograra ponerse en contacto con sus camaradas de Japón.
[^c1]: Sen Katayama (1859-1933), pionero del socialismo japonés; emigrado en Estados Unidos, desde finales de 1921 trabajaba en Moscú para la Internacional Comunista.
[^c2]: Genrō: consejo informal de estadistas veteranos de la era Meiji que asesoraba al emperador y designaba de hecho a los primeros ministros.
[^c3]: Rikken Seiyūkai, partido en el gobierno desde 1918 (gabinetes de Hara Takashi y, desde noviembre de 1921, de Takahashi Korekiyo).
[^c4]: La Restauración Meiji.
[^c5]: La Ley de Policía de Seguridad Pública (Chian Keisatsu Hō) de 1900.
[^c6]: Probablemente la mina de cobre de Ashio, cuyo motín obrero fue en febrero de 1907.
[^c7]: La mina de cobre de Besshi, en Shikoku (disturbios de 1907).
[^c8]: La huelga de las acerías estatales de Yawata, en febrero de 1920.
[^c9]: Yūaikai («Sociedad de la Amistad»), fundada en 1912 por Suzuki Bunji; en 1921 tomó el nombre de Nihon Rōdō Sōdōmei (Federación General del Trabajo de Japón).
[^c10]: Sakai Toshihiko (1871-1933), uno de los fundadores del socialismo japonés.
[^c11]: Ōsugi Sakae (1885-1923), dirigente anarquista japonés, asesinado por la policía militar tras el terremoto de 1923.
[^c12]: Probablemente la dinastía Yi (Joseon, 1392-1910).
[^c13]: Yangban: la aristocracia de funcionarios letrados de la Corea de la dinastía Joseon.
[^c14]: Tong-Han, o Tang-Han: el movimiento Donghak, cuya gran sublevación campesina fue en 1894 (así lo fecha luego Pak-Kieng); en el informe de Ho se lee 1904 y 1914.
[^c15]: Probablemente Uiju, en la frontera con China; el ferrocarril Busan-Seúl-Uiju se construyó durante la guerra ruso-japonesa.
[^c16]: La Compañía Oriental de Colonización (Tōyō Takushoku), fundada en 1908.
[^c17]: El ginseng.
[^c18]: Los uibyeong («ejércitos de los justos»), guerrillas contra el protectorado y la anexión japonesa.
[^c19]: Cheondogyo, religión heredera del movimiento Donghak.
[^c20]: Jiandao (en coreano Gando), región del sudeste de Manchuria con numerosa población coreana.
[^c21]: Mongol khoshuu («bandera»), unidad territorial y administrativa encabezada por un príncipe.
[^c22]: Yuan Shikai (1859-1916), presidente de la República China de 1912 a 1916.
[^c23]: Uriankhai, la actual Tuvá.
[^c24]: Grigori Semiónov (1890-1946), atamán cosaco, jefe blanco en Transbaikalia con apoyo japonés.
[^c25]: La camarilla de Anhui o Anfu, de Duan Qirui, derrotada en julio de 1920.
[^c26]: La actual Ulán Bator.
[^c27]: Xu Shuzheng (1880-1925), general de la camarilla de Anhui.
[^c28]: Roman von Ungern-Sternberg (1886-1921), jefe blanco que ocupó Urga en febrero de 1921; fusilado por los bolcheviques en septiembre de 1921.
[^c29]: El Palacio de Táuride, entonces llamado Palacio Uritski.
[^c30]: Antoine Ker (1886-1923), secretario internacional del Partido Comunista Francés.
[^c31]: Seudónimo de Ludwig E. Katterfeld (1881-1974), representante del Partido Comunista de América ante la Internacional Comunista.
