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Title: Algunos capítulos de Escorpión y Félix. Novela humorística (1837)
Description: Los fragmentos que se conservan de la novela humorística que Marx, con diecinueve años, escribió en Berlín al modo de Sterne y de Jean Paul: parodia de la erudición filológica, de la filosofía y del romanticismo, con el sastre Merten y su perro Bonifacio.
Author: Karl Marx
Date: 1837
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1837%20Algunos%20cap%C3%ADtulos%20de%20Escorpi%C3%B3n%20y%20F%C3%A9lix.%20Novela%20humor%C3%ADstica
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*Escrito por Karl Marx en Berlín en 1837 y copiado en el cuaderno de poesías que regaló a su padre por su cumpleaños. Publicado por primera vez en la* Marx-Engels-Gesamtausgabe*, sección I, tomo 1, segundo semivolumen (Berlín, 1929), pp. 76-89. Traducido de esa edición, sin el aparato de los editores, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1837%20Einige%20Kapitel%20aus%20Scorpion%20und%20Felix.%20Humoristischer%20Roman).*

## Libro primero

## Capítulo 10

Sigue aquí, como prometimos en el capítulo anterior, la prueba de que la susodicha suma de 25 táleros pertenece personalmente a Dios Nuestro Señor.

¡No tienen dueño! Pensamiento sublime: ningún poder humano los posee, pero el augusto poder que navega sobre las nubes abraza el universo, y por tanto también los susodichos 25 táleros; los roza con sus alas, que están tejidas de día y de noche, de sol y de estrellas, de montañas gigantescas y de llanuras de arena sin fin, que suenan como armonías, como el estruendo de la cascada, allí adonde ya no alcanza la mano del terrestre, y por tanto también roza los susodichos 25 táleros, y… pero no puedo seguir, mis entrañas están agitadas, miro al universo y dentro de mí y a los susodichos 25 táleros: ¡qué materia en estas tres palabras!, su punto de vista es el infinito, suenan como voces de ángeles, recuerdan el Juicio Final y el fisco, pues… era Grethe, la cocinera, a quien Escorpión, agitado por los relatos de su amigo Félix, arrebatado por su melodía llameante, vencido por su sentimiento juvenil y fresco, estrecha contra su corazón, presintiendo en ella un hada.

De ello concluyo que las hadas llevan barba, pues Magdalena Grethe, que no la Magdalena arrepentida, lucía como un guerrero de pro patillas y bigote; las suaves patillas se ceñían rizándose a la barbilla bien formada, que, como una roca en mar solitario —pero los hombres la divisan desde lejos—, sobresalía gigantesca y orgullosa, consciente de su sublimidad, de la llana sopera de agua del rostro, cortando los aires, conmoviendo a los dioses, estremeciendo a los hombres.

La diosa de la fantasía parecía haber soñado con una belleza barbuda y haberse perdido en los campos encantados de su vasto semblante, y cuando despertó resultó que era la propia Grethe la que había soñado, y cosas terribles: que era la gran ramera de Babilonia, el Apocalipsis de Juan y la ira de Dios, que había hecho brotar un rastrojo puntiagudo sobre la piel surcada de tiernas líneas onduladas para que su belleza no incitara al pecado y su juventud quedara protegida, como la rosa por las espinas, para que el mundo  
&emsp;&emsp;lo reconozca  
y no arda por ella.

## Capítulo 12

«¡Un caballo, un caballo, mi reino por un caballo!», dijo Ricardo III[^1];  
«¡Un hombre, un hombre, yo misma por un hombre!», dijo Grethe.

## Capítulo 16

«En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y Dios era el Verbo, y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y vimos su gloria.»[^2]

¡Pensamiento inocente y hermoso! Pero las asociaciones de ideas llevaron más lejos a Grethe: creyó que el Verbo habitaba en los muslos, como Tersites en Shakespeare cree que Áyax tiene los callos en la cabeza y el entendimiento en la barriga[^3]; ella, Grethe, no Áyax, se convence y comprende cómo el Verbo se hizo carne, vio en los muslos su expresión simbólica, contempló su gloria y decidió… lavarlos.

## Capítulo 19

Pero ella tenía grandes ojos azules, y los ojos azules son triviales, como el agua del Spree.

De ellos habla una inocencia boba y anhelante, una inocencia que se compadece de sí misma, una inocencia acuosa que, en cuanto se le acerca el fuego, se va en vapor gris, y detrás de esos ojos no hay nada más: todo su mundo es azul, su alma un tintorero de azul; pero los ojos castaños… son un reino ideal, en ellos dormita un infinito mundo nocturno lleno de espíritu, de ellos brotan relámpagos del alma y sus miradas suenan como las canciones de Mignon[^4], como un lejano y tierno país de ascuas que habita un dios rico, que se deleita en su propia profundidad y, hundido en el universo de su existencia, irradia infinitud y padece infinitud. Nos sentimos atados como por un hechizo, quisiéramos estrechar contra el pecho a ese ser profundo, lleno de melodía y de alma, sorberle el espíritu de los ojos y hacer canciones de sus miradas.

Amamos el mundo exuberante y agitado que se nos abre, vemos al fondo gigantescos pensamientos solares, presentimos un sufrimiento demoníaco, y figuras de tierno movimiento bailan ante nosotros la danza en corro, nos hacen señas y se retiran tímidas, como la Gracia, en cuanto se las reconoce.

## Capítulo 21

### Cavilaciones filológicas

Félix se arrancó, no muy suavemente, de los abrazos de su amigo, pues no sospechaba la naturaleza profunda y sensible de este y estaba ocupado justamente en la continuación… de su digestión, a la que ahora ordenamos de una vez por todas que ponga la piedra angular a su grandiosa obra, porque nos detiene en la acción.

Así pensó también Merten, pues un fuerte golpe que sintió Félix había sido asestado por su ancha mano histórica.

El nombre *Merten* recuerda a Carlos Martel, y Félix creyó realmente que lo acariciaba un martillo[^5]: tanta era la amenidad que acompañaba a la sacudida eléctrica que sintió.

Abrió los ojos de par en par, se tambaleó y pensó en sus pecados y en el Juicio Final.

Yo, en cambio, cavilaba sobre la materia eléctrica, sobre el galvanismo, sobre las doctas cartas de Franklin a su amiga geométrica y sobre *Merten*, pues mi curiosidad está en extremo excitada por descubrir lo que puede esconder ese nombre.

Que el hombre mismo descienda en línea recta de *Martel* no admite duda: el sacristán me lo aseguró, aunque a ese período le falte toda eufonía.

La *l* se transforma en *n*, y como *Martel* es inglés, como sabe todo conocedor de la historia, y en inglés la *a* suena a menudo como la «*eh*» alemana, que coincide con la «*e*» de Merten, *Merten* bien podría ser otra forma de *Martel*.

A juzgar por esto, y puesto que entre los antiguos alemanes el nombre, como se desprende de varios epítetos —así, Krug, el caballero; Raupach, el consejero áulico; Hegel, el enano[^6]—, expresa el carácter de su portador, Merten parece ser un hombre rico y honrado, aunque de oficio sea sastre y en esta historia el padre de Escorpión.

Esto último funda una nueva hipótesis, pues, en parte porque es sastre y en parte porque su hijo se llama Escorpión, adquiere mucha verosimilitud que descienda de *Mars*, el dios de la guerra, genitivo *Martis*, acusativo griego *Martin*, *Mertin*, *Merten*, pues el oficio del dios de la guerra es cortar[^7]: corta brazos y piernas y sierra la dicha de la tierra.

El escorpión es además un animal venenoso que mata con la mirada, cuyas heridas son mortales, cuyo relámpago de los ojos aplasta: hermosa alegoría de la guerra, cuya mirada mata, cuyas consecuencias le abren al alcanzado cicatrices que sangran por dentro y ya no tienen cura.

Pero como *Merten* tenía poco de naturaleza pagana y era, al contrario, de sentimientos muy cristianos, parece aún más verosímil que descienda de san *Martín*; un pequeño trueque de las vocales da *Mirtan*, la *i* suena a menudo en la lengua del pueblo llano como *e* —por ejemplo, «gib mer» en lugar de «gib mir»[^8]—, y la *a* suena en inglés, como ya se ha indicado, a menudo como «*eh*», que con el paso del tiempo se transforma fácilmente en *e*, sobre todo con el progreso de la cultura, de modo que el nombre *Merten* surge con toda naturalidad y significa un sastre cristiano.

Aunque esta derivación es de todo punto verosímil y está profundamente fundada, no podemos dejar de recordar otra que debilita mucho nuestra fe en san *Martín*, quien, por otra parte, solo podría tomarse como santo patrón, ya que nunca, que sepamos, estuvo casado y por tanto tampoco pudo tener descendencia masculina.

Esta duda parece quedar disipada por el siguiente hecho. Toda la familia *Merten* tenía en común con el vicario de Wakefield[^9] la propiedad de casarse lo antes posible, es decir, de lucir pronto, generación tras generación, la corona de *mirto* (*Myrthen*)[^10], que es lo único que puede explicar —a menos que se quiera recurrir a los milagros— que *Merten* naciera y aparezca en esta historia como padre de Escorpión.

«*Myrthen*» tendría que perder la «*h*», ya que al contraer matrimonio sale a relucir el «*Eh*» (de *Ehe*, matrimonio), y por tanto desaparece el «*he*»; de ahí que «*Myrthen*» se haya convertido en «*Myrten*».

La «y» es una «*v*» griega y no una letra alemana. Ahora bien, como la familia *Merten*, según se ha demostrado, era una estirpe alemana de pura cepa y al mismo tiempo una familia de sastres muy cristiana, la «*y*» extranjera y pagana tenía que transformarse en una «*i*» alemana; y como el matrimonio era el elemento predominante en esa misma familia, y la «*i*» es en cambio una vocal estridente y arrebatada —aunque los matrimonios de los *Merten* eran muy suaves y apacibles—, se convirtió en un «*eh*» y más tarde, para que el atrevido cambio no llamara la atención, en una «*e*», en cuya brevedad se insinúa al mismo tiempo la resolución con que se contrae matrimonio, de modo que «*Myrthen*» alcanza en el alemán y polisémico «*Merten*» la forma suprema de la perfección.

Según esta deducción, tendríamos reunidos al sastre cristiano de san *Martín*, el sólido valor de *Martel*, la rápida resolución del dios de la guerra *Mars* y lo rico en matrimonios (*Ehreich*), que resuena en las dos *e* de «*Merten*», de modo que esta hipótesis reúne en sí todas las anteriores y al mismo tiempo las echa por tierra.

Otra es la opinión del escoliasta que escribió, con gran diligencia y esfuerzo sostenido, comentarios al antiguo historiador del que se ha sacado nuestra historia.

Aunque no podemos adherirnos a su opinión, merece un examen crítico, puesto que ha brotado del espíritu de un hombre que unía a una erudición enorme una gran destreza en el fumar, y cuyos pergaminos, envueltos en el sagrado humo del tabaco, se llenaron de oráculos en un pítico entusiasmo de incienso.

Cree que «*Merten*» tiene que venir del alemán «Mehren» (multiplicar), que a su vez viene de «Meer» (mar), porque los matrimonios de los *Merten* se «multiplicaron» como la arena del «mar», y porque además en el concepto de sastre se esconde el concepto de «multiplicador», ya que de monos hace hombres. Sobre estas investigaciones concienzudas y profundas ha construido su hipótesis.

Al leerla me sobrecogió como un asombro vertiginoso, el oráculo del tabaco me arrebató, pero pronto despertó la fría razón discernidora y opuso los siguientes argumentos.

En el concepto de multiplicador, que a lo sumo puedo conceder al susodicho escoliasta en el concepto de sastre, no debe en ningún caso estar incluido el concepto de reductor, porque esto pondría una *contradictio in terminis*: para las damas, al Señor en el diablo, el ingenio en una tertulia de té, pero a ellas mismas como filósofas. Ahora bien, si de «*Mehrer*» ha salido «*Merten*», la palabra habría disminuido en una «*h*» y no se habría multiplicado, lo cual se ha demostrado sustancialmente contrario a su naturaleza formal.

Así pues, «Merten» no puede en ningún caso descender de «Mehren», y que haya surgido de «Meer» queda refutado por el hecho de que las familias *Merten* nunca cayeron al agua, ni fueron nunca veleidosas, sino una piadosa familia de sastres, cosa que contradice el concepto de un mar de alto oleaje; razones de las que se desprende que el susodicho autor, pese a su infalibilidad, se ha equivocado, y que nuestra deducción es la única correcta.

Tras esta victoria estoy demasiado cansado para continuar y quiero deleitarme en la dicha de la satisfacción conmigo mismo, de la que, como afirma Winckelmann, un instante vale más que toda la alabanza de la posteridad, aunque de esta estoy tan convencido como Plinio el Joven.

## Capítulo 22

> «Quocumque adspicias, nihil est nisi pontus et aer,  
> &emsp;Fluctibus hic tumidis, nubibus ille minax.  
> Inter utrumque fremunt immani turbine venti:  
> &emsp;Nescit, cui domino pareat, unda maris.  
> Rector in incerto est: nec quid fugiatve petatve  
> &emsp;Invenit: ambiguis ars stupet ipsa malis.»[^11]

> «Mires adonde mires, no ves más que a Escorpión y a Merten,  
> &emsp;aquel henchido de lágrimas, este nublado de ira.»  
> «Entre los dos retumba, como un torrente de palabras que ruge sin fin;  
> &emsp;no sabe a qué señor obedecer —escucha— el mar en marejada.»  
> «Yo, el rector, parloteo, y lo que dejo, lo que escribo,  
> &emsp;no lo encuentro; ante el escándalo, el arte se arrastra por los rincones.»

Así cuenta Ovidio en sus *libri tristium* la triste historia que, como siguiente que es, va detrás de la anterior. Se ve que ya no sabía qué hacer; yo, en cambio, cuento lo que sigue: — —

## Capítulo 23

Ovidio estaba en Tomis[^12], adonde lo había arrojado la ira del dios Augusto porque tenía más genio que entendimiento.

Aquí, entre los bárbaros salvajes, se marchitaba el tierno poeta del amor, y el amor mismo lo había derribado. Su cabeza pensativa se apoyaba en la diestra, y sus miradas anhelantes vagaban hacia el lejano Lacio. El corazón del cantor estaba roto, y sin embargo tenía que seguir esperando, y sin embargo su lira no podía enmudecer y exhalaba ardiendo, en canciones melodiosas y de dulce elocuencia, su anhelo y su dolor.

En torno a los miembros del frágil anciano silbaba el viento del norte, llenándolo de escalofríos desconocidos, pues había florecido en la cálida tierra del sur; allí su fantasía había engalanado sus juegos exuberantes y cálidos con vestiduras suntuosas, y donde esos hijos del genio eran demasiado libres, la Gracia les echaba por los hombros su divina guirnalda de velo, que los cubría levemente, de modo que los pliegues ondeaban a lo lejos y llovían cálidas gotas de rocío.

«¡Pronto ceniza, pobre poeta!», y una lágrima rodó por la mejilla del anciano, cuando… la potente voz de bajo de Merten se dejó oír, profundamente conmovida, contra Escorpión. —

## Capítulo 27

«Ignorancia, ignorancia sin límites.»

«¡Porque (se refiere a un capítulo anterior) sus rodillas se doblaban demasiado hacia cierto lado!»; pero falta lo determinado, lo determinado, ¿y quién podrá determinarlo, quién averiguar qué lado es el derecho y cuál el izquierdo?

Dime tú, mortal, de dónde viene el viento, o si Dios lleva nariz en la cara, y yo te diré qué es derecha e izquierda.

¡Nada más que conceptos relativos: es como para beberse la locura y el delirio en la sabiduría!

¡Oh, vano es todo nuestro afán, ilusión nuestro anhelo, hasta que hayamos averiguado qué es derecha e izquierda, pues a la izquierda pondrá Él los machos cabríos y a la derecha las ovejas![^13]

Si se da la vuelta, si toma otra dirección porque ha tenido un sueño por la noche, los machos cabríos quedan a la derecha y los piadosos a la izquierda, según nuestras miserables opiniones.

Por eso, determíname qué es derecha e izquierda y todo el nudo de la creación quedará desatado; *Acheronta movebo*[^14], te deduzco con exactitud adónde irá a parar tu alma, de lo cual concluyo además en qué peldaño estás ahora, pues aquella relación originaria se haría medible al quedar determinado tu punto de vista por parte del Señor, mientras que el de aquí abajo puede medirse por el grosor de tu cabeza; me da vértigo: si apareciera un Mefistófeles, yo me volvería Fausto, pues está claro que todos, todos somos un Fausto, porque no sabemos qué lado es el derecho y cuál el izquierdo; nuestra vida es por tanto un circo: corremos de un lado a otro, buscamos los lados, hasta que caemos a la arena y el gladiador, que es la vida misma, nos mata; necesitamos un nuevo redentor, porque —pensamiento atormentador, me robas el sueño, me robas la salud, me matas— no sabemos distinguir el lado izquierdo del derecho, no sabemos dónde están ——

## Capítulo 28

«¡Evidentemente en la Luna; en la Luna están las piedras lunares, en el pecho de las mujeres la falsedad, en el mar la arena y en la tierra las montañas!», replicó un hombre que llamó a mi puerta sin esperar a que le dijera que entrara.

Aparté rápidamente mis papeles, le dije que me alegraba mucho no haberlo conocido hasta entonces, porque así me tocaba el placer de conocerlo, que él enseñaba una gran sabiduría, que todas mis dudas quedaban apaciguadas por él; pero, por deprisa que yo hablara, él hablaba más deprisa todavía; sonidos sibilantes se le escapaban entre los dientes; el hombre entero parecía, según advertí con un escalofrío al examinarlo y considerarlo más de cerca, un lagarto reseco, nada más que lagarto, salido a rastras de un muro carcomido.

Era de estatura achaparrada, y su figura se parecía mucho a la de mi estufa. Sus ojos podían llamarse más verdes que rojos, y más alfileres que relámpagos, y él mismo, más un duende que un hombre.

¡Un genio! Lo reconocí rápido y con seguridad, pues su nariz le había saltado de la cabeza como Palas Atenea de la cabeza del padre de todos, Zeus, con lo que me expliqué también su delicado ardor escarlata, que señalaba un origen etéreo, mientras que la cabeza misma podía llamarse calva, a menos que se quisiera llamar cobertura de la cabeza a una gruesa costra de pomada que proliferaba sobre la montaña primitiva junto con otros productos aéreos y originarios.

Todo en él apuntaba a altura y profundidad, pero la forma de su cara parecía delatar a un hombre de expedientes, pues los carrillos eran como fuentes huecas y lisas, y estaban tan protegidos de la lluvia por los huesos gigantescamente salientes que se podían meter en ellos papeles y decretos del gobierno.

En suma, por todo esto se verá que habría sido el mismísimo dios del amor si no se hubiera parecido a sí mismo, y que su nombre sonaría tan dulce como el amor si no recordara más bien a un enebro[^15].

Le rogué que se calmara, pues afirmaba ser un héroe, a lo que le objeté modestamente que los héroes habían sido algo mejor constituidos, que los heraldos, en cambio, habían tenido una voz más simple, menos combinada y más armoniosa, y que Hero, por último, era una belleza transfigurada, una naturaleza verdaderamente hermosa, en la que la forma y el alma rivalizaban por atribuirse solas la perfección; que no convenía, pues, a su amor.

Pero él objetó que-e-e é-é-él tenía una fuerte osamenta, que tenía una s-s-sombra tan buena como la de los demás hombres y aún mejor, porque proyectaba más s-s-sombra que luz, que-e-e por tanto su esposa podría refrescarse a su sombra, prosperar y volverse ella misma una s-s-sombra, que yo era un ho-o-ombre grosero-o-o, y además un genio de pacotilla y un estúpido, que-e-e él se llamaba Engelbert, y que el n-n-nombre sonaba mejo-o-or que E-Escorpión, que-e-e-e yo me había equivocado en el capítulo 19, ya que los ojos azules eran m-m-más hermosos que-e-e-e los castaños, que-e-e-e los ojos de paloma eran los más espirituales y que él mismo, aunque no fuera paloma, era por lo menos sordo[^16] para la razón; y además a-a-amaba el mayorazgo y poseía un armario lavabo.

«E-e-ella será desposada con mi-i-i di-i-iestra, y tú de-e-eja tus investigaciones sobre la derecha y la izquierda; vive enfrente, y ni a la derecha ni a la izquierda.»

La puerta se cerró de golpe, una aparición celestial salió de mi alma, la conversación de tan dulce sonido había terminado, pero como una voz de espíritus susurró por el ojo de la cerradura: «¡Klingholz, Klingholz!»[^17]

## Capítulo 29

Estaba yo sentado, meditabundo; dejé a un lado a Locke, a Fichte y a Kant y me entregué a una profunda investigación para averiguar qué relación podría haber entre un armario lavabo y el mayorazgo, cuando me atravesó como un rayo, y pensamiento tras pensamiento, resonando, transfiguró mi mirada, y una figura de luz se presentó ante mis ojos.

El mayorazgo es el armario lavabo de la aristocracia, pues un armario lavabo solo está para lavar. Pero el lavado blanquea, y presta por tanto un pálido brillo a lo lavado. Del mismo modo, el mayorazgo platea al primogénito de la casa, le presta por tanto un pálido color de plata, mientras que a los demás miembros les imprime el pálido color romántico de la penuria.

Quien se baña en los ríos se arroja contra el elemento embravecido, combate su furia y lucha con brazos vigorosos; pero quien se sienta en el armario lavabo se queda encerrado y contempla los rincones de las paredes.

El hombre común, es decir, el que no es señor de mayorazgo, lucha con la vida tempestuosa, se lanza al mar henchido y arranca de su fondo, con diestra prometeica, las perlas; magnífica se le presenta ante los ojos la configuración interior de la idea, y crea con mayor audacia; pero el señor del mayorazgo solo deja caer sobre sí las gotas, teme dislocarse los miembros y por eso se sienta en un armario lavabo.

¡Hallada, hallada la piedra filosofal!

## Capítulo 30

En nuestros días no se puede, por tanto, componer una epopeya, como se desprende de las dos investigaciones que acabamos de hacer.

En primer lugar, en efecto, hacemos concienzudas consideraciones sobre el lado derecho y el izquierdo, despojamos por tanto a estas expresiones poéticas de su ropaje poético, como Apolo despojó de la piel a Marsias, y las convertimos en figura de la duda, en ese babuino deforme que tiene ojos para no ver y es un Argos al revés: este tenía cien ojos para descubrir lo perdido; ella, la duda, esa titánica asaltante del cielo, malhumorada, posee cien ojos para hacer que lo visto quede sin ver.

Pero el lado, el lugar, es un criterio capital de la poesía épica, y en cuanto ya no hay lados, como sucede entre nosotros según se ha demostrado, solo podrá levantarse de su sueño de muerte cuando el son de las trompetas despierte a Jericó.

Además, hemos encontrado la piedra filosofal; por desgracia, todos señalan a la piedra y ella ——

## Capítulo 31

Yacían en el suelo, Escorpión y Merten, pues la aparición sobrenatural (se refiere a un capítulo anterior) les había sacudido tanto los nervios que la fuerza de cohesión de sus miembros se disolvió en el caos de la expansión, que, como el embrión, aún no se ha desprendido de las relaciones del universo para cobrar forma particular, de modo que la nariz se les hundió hasta el ombligo y la cabeza hasta el suelo.

Merten sangraba una sangre espesa; contenía mucho hierro, cuánto no sabría determinarlo, porque la química en general sigue estando en mal estado.

La química orgánica, sobre todo, se vuelve cada día más combinada a fuerza de simplificación, en cuanto que cada día se descubren nuevas sustancias primitivas que tienen en común con los obispos que llevan nombres de países que pertenecen a los infieles y están *in partibus infidelium*[^18]; nombres, además, tan largos como el título de un miembro de muchas sociedades doctas o de los príncipes del Imperio alemán; nombres que representan a los librepensadores entre los nombres, porque no se atan a ninguna lengua.

En general, ¡la química orgánica es un hereje, querer explicar la vida por un proceso muerto! ¡Un sacrilegio contra la vida, como si yo dedujera el amor del álgebra!

Todo ello se basa evidentemente en la teoría del proceso, que todavía no está debidamente elaborada y no podrá estarlo nunca, porque se apoya en el juego de naipes, un juego del puro azar, en el que el as es un personaje principal.

Pero el as ha fundado toda la jurisprudencia moderna, pues Irnerio[^19] había perdido una noche su partida; venía precisamente de una reunión de damas e iba elegantemente vestido —llevaba frac azul, zapatos nuevos con largas hebillas y un chaleco de seda carmesí— cuando se sentó y escribió una *dissertatio* sobre el *as*, que lo impulsó luego a seguir adelante, de modo que empezó a enseñar Derecho romano.

Ahora bien, el Derecho romano lo encierra todo, también la teoría del proceso, también la química —pues es el *Microcosmus* que se ha desprendido del *Macrocosmus*, como ha demostrado Pacius[^20].

Los cuatro libros de las Instituciones son los cuatro elementos; los siete libros de las Pandectas, los siete planetas, y los doce libros del Código, los doce signos del Zodiaco.

Pero en el conjunto no ha entrado ningún espíritu, sino que fue Grethe, la cocinera, quien llamó a cenar.

Escorpión y Merten, en su violenta agitación, se habían tapado los ojos y así habían tomado a Grethe por un hada. Cuando se repusieron de su susto español, fechado en la última derrota y la victoria de Don Carlos[^21], Merten se lanzó sobre Escorpión y se elevó como un roble, pues, ¡oh!, dirá Moisés, el hombre debe mirar a las estrellas y no hacia la tierra; Escorpión, en cambio, tomó la mano de su padre y dio a su cuerpo una posición peligrosa: lo puso sobre dos pies.

## Capítulo 35

«¡Por Dios!, el sastre Merten es un buen auxiliador, pero también se hace pagar caro.»

«*Vere! beatus Martinus bonus est in auxilio, sed carus in negotio!*»[^22], exclamó Clodoveo después de la batalla de Poitiers, cuando los clérigos de Tours le declararon que *Merten* le había cortado los calzones de montar con los que cabalgó en el brioso jamelgo que le dio la victoria, y le pidieron doscientos florines de oro por este servicio de Merten.

Pero el asunto es como sigue — — — — — — — — — — — — — — — —

## Capítulo 36

Estaban sentados a la mesa: Merten en la cabecera; a su derecha, Escorpión; a su izquierda, Félix, el oficial mayor; más abajo, dejando cierto hueco entre los *principes* y la plebe, los miembros subordinados del cuerpo político de *Merten*, llamados habitualmente oficiales.

El hueco, que ningún ser humano podía ocupar, no lo guardaba el espíritu de Banquo[^23], sino el perro de Merten, que tenía que rezar cada día la bendición de la mesa, pues *Merten*, que cultivaba las *humaniora*, afirmaba que su Bonifacio —así se llamaba el perro— era una y la misma persona con san Bonifacio, el apóstol de los alemanes, para lo cual se remitía a un pasaje en el que este dice que es un perro que ladra. (Véase *epist.* 105, p. 145, ed. Seraria.)[^24] Por eso trataba a ese perro con una veneración supersticiosa; su sitio era con mucho el más elegante: una delicada manta carmesí de la más fina cachemira, acolchada como un sofá mullido, sostenida por muelles entrelazados con arte, era el asiento de su Bonifacio, del que colgaban borlas de seda; y en cuanto se levantaba la sesión, se le llevaba al lugar solitario de una alcoba apartada, que parece ser la misma que Boileau describe en su *patrie* como templo del descanso del preboste[^25].

Bonifacio no estaba en su sitio, el hueco estaba abierto y las mejillas de Merten palidecieron. «¿Dónde está Bonifacio?», exclamó con el corazón oprimido, y toda la mesa entró en visible movimiento. «¿Dónde está Bonifacio?», preguntó Merten una vez más, y cómo se sobresaltó, cómo le tembló cada miembro del cuerpo, cómo se le erizó el pelo cuando oyó que Bonifacio estaba ausente.

Todos se levantaron de un salto a buscarlo; él mismo parecía del todo abandonado por su habitual calma de ánimo; tocó la campanilla, entró Grethe, su corazón presintió algo malo, creyó ——

«Eh, Grethe, ¿dónde está Bonifacio?», y ella se tranquilizó visiblemente, y él tropezó con los brazos en la vela, de modo que la oscuridad los envolvió a todos y cayó una noche preñada de desgracias, cargada de tormenta.

## Capítulo 37

David Hume afirmaba que este capítulo era el *locus communis* del anterior, y lo afirmaba además antes de que yo lo hubiera escrito. Su prueba era la siguiente: en cuanto este capítulo es, el anterior no es, sino que este ha desplazado al anterior, del que ha salido, aunque no como causa y efecto, pues de ellos dudaba. Ahora bien, todo gigante, y por tanto también todo capítulo de veinte líneas, pone un enano; todo genio, un filisteo de cuero; toda agitación de los mares, cieno; y en cuanto los primeros desaparecen, empiezan los segundos, toman asiento a la mesa y estiran a la fuerza sus largas piernas.

Los primeros son demasiado grandes para este mundo, y por eso se les echa. Los segundos, en cambio, echan raíces en él y se quedan, como puede uno convencerse por los hechos: pues el champán deja un regusto persistente y repugnante; el héroe César, al comediante Octavio; el emperador Napoleón, al rey burgués Luis Felipe; el filósofo Kant, al caballero Krug; el poeta Schiller, al consejero áulico Raupach; el cielo Leibniz, al aula escolar Wolff[^26]; el perro Bonifacio, este capítulo.

Así se precipitan las bases como poso, pero el espíritu se evapora.

## Capítulo 38

La última frase sobre las bases era un concepto abstracto, y por tanto no una mujer, pues «un concepto abstracto y una mujer, ¡qué distintos son!», exclama Adelung[^27]. Yo, en cambio, afirmo lo contrario y lo demostraré a fondo, pero no en este capítulo, sino en un libro que no consta de capítulos en absoluto y que pienso escribir en cuanto me haya convencido de la Santísima Trinidad.

## Capítulo 39

A quien desee obtener un concepto intuitivo, y no abstracto, de ella —no me refiero a la Helena griega, ni tampoco a la Lucrecia romana, sino a la Santísima Trinidad—, no puedo aconsejarle *nada* mejor que soñar **Nada** hasta que **no** se haya dormido, sino, al contrario, velar en el Señor e investigar esta frase, pues en ella está el concepto intuitivo. Si subimos a su altura, alejada de nuestro punto de vista actual por varios peldaños, tendida encima como una nube, nos sale al encuentro el gigantesco «***No***»; si bajamos a su centro, nos espanta la enorme «**Nada**», y si descendemos a su fondo, ambos se reconcilian de nuevo armoniosamente en el «**no**» que nos salta al encuentro en una audaz escritura de llamas erguida.

«***No***» — «**Nada**» — «**no**»[^28]

ese es el concepto intuitivo de la Trinidad; pero el abstracto, ¿quién podrá sondearlo?, pues: «¿Quién sube al cielo y baja?» «¿Quién recoge el viento en sus manos?» «¿Quién ata las aguas en su vestido?» «¿Quién ha afirmado todos los confines de la tierra?» «¿Cuál es su nombre y el nombre de su hijo? ¿Lo sabes?», dice Salomón el sabio[^29].

## Capítulo 40

«¡No sé dónde está, pero una cosa es segura: un cráneo es un cráneo!», exclamó Merten. Se inclinó con angustia para reconocer en la oscuridad qué cabeza tocaba su mano, cuando retrocedió como aniquilado, pues los ojos ——

## Capítulo 41

¡Sí, señor! ¡Los ojos!

Son un imán y atraen el hierro, por lo cual nos sentimos atraídos hacia las damas, pero no hacia el cielo, pues las damas miran por dos ojos y el cielo solo por uno.

## Capítulo 42

«¡Yo le demuestro lo contrario!», me dijo una voz invisible, y cuando miré hacia la voz, vi —no lo creerán ustedes, pero les aseguro, les juro que es así—, vi…, pero no se enfaden, no se asusten, pues no afecta ni a su cónyuge ni a su digestión…, me vi a mí mismo, pues yo mismo me había ofrecido para la contraprueba.

«¡Ah, soy un doble!», me atravesó como un rayo, y los *Elixires del diablo* de Hoffmann[^30] ——

## Capítulo 43

—estaban ante mí sobre la mesa, cuando cavilaba precisamente por qué el judío errante es berlinés de nacimiento y no español; pero veo que esto coincide con la contraprueba que he de aportar, por lo cual —en aras de la precisión— no queremos hacer ninguna de las dos cosas, sino que nos contentamos con observar que el cielo está en los ojos de las damas, pero los ojos de las damas no están en el cielo, de donde resulta que no nos atraen tanto los ojos como el cielo, pues los ojos no los vemos, sino solo el cielo en ellos. Si nos atrajeran los ojos y no el cielo, nos sentiríamos atraídos hacia el cielo y no hacia las damas, pues el cielo no tiene un ojo, como se ha observado arriba, sino ninguno; pero él mismo no es más que una infinita mirada de amor de la divinidad, más aún, el ojo dulce y melodioso del espíritu de luz, y un ojo no puede tener ojo.

El resultado final de nuestra investigación es, pues, que nos sentimos atraídos hacia las damas y no hacia el cielo, porque en él no vemos los ojos de las damas, pero sí el cielo en ellos; que nos sentimos atraídos, por así decir, hacia los ojos porque no son ojos, y porque Asuero, el eterno, es berlinés de nacimiento, pues es viejo y achacoso y ha visto muchos países y muchos ojos, pero sigue sin sentirse atraído hacia el cielo y sí hacia las damas; y solo hay dos imanes: un cielo sin ojos y un ojo sin cielo.

Uno está encima de nosotros y atrae hacia arriba; el otro, debajo de nosotros, y atrae hacia las profundidades. Pero a Asuero lo atrae con fuerza hacia abajo: ¿vagaría si no eternamente por las tierras de este mundo?, ¿y vagaría eternamente por las tierras de este mundo si no fuera berlinés de nacimiento y no estuviera acostumbrado a los arenales?

## Capítulo 44

### Segundo fragmento de la cartera de Halto

Llegamos a una casa de campo; era una hermosa noche azul oscuro. Ibas colgada de mi brazo y querías soltarte, pero no te dejé; mi mano te ataba como tú habías atado mi corazón, y te dejaste sujetar.

Murmuré palabras llenas de anhelo y dije lo más alto y lo más hermoso que un mortal podía decir, pues no dije nada en absoluto: estaba hundido dentro de mí; vi alzarse un reino cuyo éter ondeaba tan ligero y a la vez tan pesado, y en el éter había una imagen divina, la belleza misma, tal como la había presentido una vez en profundos sueños de la fantasía, pero sin reconocerla; centelleaba relámpagos del espíritu, sonreía, y tú eras la imagen.

Me asombré de mí mismo, pues me había hecho grande por mi amor, gigantesco; vi un mar infinito, pero en él ya no rugían las olas: había ganado profundidad y eternidad, su superficie era de cristal, y en su oscuro abismo había prendidas estrellas de oro trémulas, que cantaban canciones de amor, que irradiaban ardor, y el mar mismo estaba caliente.

¡Ojalá el camino hubiera sido la vida!

Besé tu mano dulce y suave, hablé de amor y de ti. Una niebla ligera flotaba sobre nuestras cabezas; se le rompió el corazón, lloró una gran lágrima, que cayó entre nosotros; pero nosotros sentimos la lágrima y callamos. ——

## Capítulo 47

«¡O es Bonifacio o unos calzones!», gritó Merten. «¡Luz, digo, luz!», y la luz se hizo. «¡Por Dios, no son unos calzones, sino Bonifacio, aquí tendido, en el rincón oscuro, y le arden los ojos con un fuego sombrío! Pero ¿qué tengo que ver?» «¡Sangra!», y cayó al suelo mudo. Los oficiales miraron primero al perro y luego a su amo. Por fin este se levantó del suelo con un esfuerzo violento. «¿Qué miráis, asnos? ¿No veis que san Bonifacio está herido? Haré averiguaciones severas, y ¡ay, tres veces ay del culpable! Pero ahora, deprisa, llevadlo a su asiento, llamad al médico de la casa, traed vinagre y agua tibia, ¡y no olvidéis llamar al maestro de escuela Vitus! ¡Su palabra puede mucho sobre Bonifacio!» Así de apretadas se sucedieron las órdenes. Salieron corriendo por la puerta en todas direcciones; Merten examinó a Bonifacio más de cerca, cuyos ojos seguían sin tomar un brillo más suave, y meneó largo rato la cabeza.

«¡Nos amenaza una desgracia, una gran desgracia! ¡Llamad a un sacerdote!»

## Capítulo 48

Merten se levantó varias veces de un salto, desesperado, porque ninguno de los auxiliadores acababa de aparecer.

«¡Pobre Bonifacio! Pero ¿y si me atreviera yo mismo a encargarme provisionalmente de la cura? Estás todo acalorado, la sangre te sale a borbotones por la boca, no quieres comer, veo que en tu bajo vientre se producen esfuerzos violentos; te comprendo, Bonifacio, ¡te comprendo!», y Grethe entró con agua tibia y vinagre.

«¡Grethe! ¿Desde hace cuántos días le falta a Bonifacio evacuación? ¿No te tengo ordenado que le hagas administrar por lo menos una lavativa a la semana? Pero veo que en adelante tendré que encargarme yo mismo de asuntos de semejante importancia. ¡Trae aceite, sal, salvado, miel y una jeringa de lavativa!»

«¡Pobre Bonifacio! Tus santos pensamientos y contemplaciones te estriñen desde que ya no puedes expresarlos de palabra ni por escrito.»

«¡Oh, tú, víctima admirable de la profundidad de las ideas! ¡Oh, tú, piadoso *estreñimiento*!»

[^1]: Shakespeare, *Ricardo III*, acto V, escena 4.
[^2]: Evangelio de Juan 1, 1 y 1, 14.
[^3]: En *Troilo y Crésida* de Shakespeare, Tersites dice de Áyax que lleva el ingenio en la barriga y las tripas en la cabeza.
[^4]: La muchacha cantora del *Wilhelm Meister* de Goethe.
[^5]: Carlos Martel (h. 688-741), mayordomo de palacio de los francos; su sobrenombre significa «martillo».
[^6]: Wilhelm Traugott Krug (1770-1842), filósofo kantiano de Leipzig, blanco de las burlas de Hegel; Ernst Raupach (1784-1852), dramaturgo de enorme éxito en los teatros de Berlín, con título de consejero áulico.
[^7]: Juego con *Schneider* («sastre») y *schneiden* («cortar»).
[^8]: Pronunciación popular de «gib mir» («dame»).
[^9]: Protagonista de *The Vicar of Wakefield* (1766), de Oliver Goldsmith, que abre la novela alabando a quien se casa y cría una familia numerosa.
[^10]: La corona de mirto de las novias alemanas. Toda la parodia etimológica que sigue juega con las letras de *Myrthen* y *Merten* y con *Ehe* («matrimonio»).
[^11]: Ovidio, *Tristes*, I, 2, vv. 23-26 y 31-32: «Adondequiera que mires, no hay más que mar y cielo, / aquel hinchado de olas, este amenazador de nubes. / Entre uno y otro rugen los vientos en torbellino inmenso; / la ola del mar no sabe a qué señor obedecer. / El piloto está indeciso y no halla qué evitar ni qué buscar: / el arte mismo se pasma ante males inciertos.» Los dísticos alemanes que siguen son una parodia de Marx, que toma *rector* («piloto») por el rector de una escuela.
[^12]: Tomis, hoy Constanza (Rumanía), a orillas del mar Negro, adonde Augusto desterró a Ovidio en el año 8.
[^13]: Mateo 25, 33.
[^14]: «Moveré el Aqueronte»: Virgilio, *Eneida*, VII, 312.
[^15]: En alemán, *hold* («dulce, gracioso») resuena en *Wachholder* («enebro»); véase también «Klingholz» al final del capítulo.
[^16]: Juego con *Taube* («paloma»), *Tauber* («palomo») y *taub* («sordo»).
[^17]: Literalmente, «madera que suena»; juego con *klingt hold* («suena dulce»).
[^18]: Los obispos *in partibus infidelium* eran obispos titulares de diócesis situadas en tierra de infieles, sin fieles a su cargo.
[^19]: Irnerio (h. 1050-h. 1130), jurista de Bolonia, iniciador del estudio del Derecho romano en la Edad Media. *As* es a la vez el naipe y la unidad monetaria y hereditaria romana.
[^20]: Giulio Pace (Julius Pacius, 1550-1635), jurista y comentarista de Aristóteles.
[^21]: La primera guerra carlista (1833-1840), en la que Don Carlos María Isidro de Borbón disputaba el trono de España.
[^22]: «¡En verdad, san Martín es buen auxiliador, pero caro en el negocio!» Frase que la tradición atribuye a Clodoveo, rey de los francos, tras su victoria de 507 cerca de Poitiers, cuando tuvo que pagar a los clérigos de Tours para rescatar el caballo que había ofrecido a san Martín.
[^23]: En *Macbeth* (acto III, escena 4), el espectro de Banquo ocupa en el banquete el asiento de Macbeth.
[^24]: San Bonifacio (h. 675-754), el «apóstol de los alemanes»; su correspondencia la editó el jesuita Nikolaus Serarius (Maguncia, 1605).
[^25]: Probable alusión a *Le Lutrin* de Boileau, poema heroico-burlesco cuyo primer canto describe la alcoba en que reposa el prelado.
[^26]: Christian Wolff (1679-1754), que dio forma escolar a la filosofía de Leibniz.
[^27]: Johann Christoph Adelung (1732-1806), gramático y lexicógrafo alemán.
[^28]: En el original, «Nicht» — «Nichts» — «nicht», con distintos tipos de letra.
[^29]: Proverbios 30, 4.
[^30]: *Die Elixiere des Teufels* (1815-1816), novela de E. T. A. Hoffmann sobre el doble.
