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Title: Una historia de piratas (1837)
Description: Relato juvenil inacabado de Engels, escrito a los dieciséis años: un joven ateniense cuyo padre ha sido asesinado por los turcos se une a unos corsarios griegos que luchan por la libertad de la Hélade, en vísperas de la guerra de independencia.
Author: Friedrich Engels
Date: 1837
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1837%20Una%20historia%20de%20piratas
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*Escrito por Friedrich Engels en Barmen, probablemente a comienzos de 1837; el relato quedó inacabado. Publicado por primera vez en Karl Marx/Friedrich Engels,* Historisch-kritische Gesamtausgabe*, sección I, tomo 2 (Berlín, 1930, pp. 466-477), de donde se traduce, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas marcadas «Nota de Engels» son suyas; las demás, nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1837%20Eine%20Seer%C3%A4ubergeschichte).*

Era una mañana de invierno del año 1820[^t1] cuando, en la isla de Koluri, la antigua Salamina, escenario del valor ateniense, un barco estaba a punto de hacerse a la vela. —Era un mercante griego, con mucha tripulación, que había traído a Atenas almáciga, goma arábiga, etc., pero sobre todo hojas de Damasco, madera de cedro y finos tejidos asiáticos. —

En la orilla todo era movimiento. Entre los marineros que trabajaban iba y venía el capitán, ordenándolo todo. Entonces un marinero le susurró a otro en italiano:

«Philippo, ¿ves a aquel joven que está allí? Es el nuevo pasajero que el capitán contrató ayer por la tarde; quiere admitirlo entre nosotros o, si él no quiere, hundirlo en el mar, porque a Estambul, adonde quiere ir, no ha de llegar.»

«Pero —dijo Philippo—, ¿qué clase de hombre es ese?» «Eso no lo sé ni yo; pero el capitán sí que lo sabrá.» En ese momento sonó un disparo desde el barco, y todos se dirigieron a los botes. El capitán subió a la chalupa y gritó: «Joven..., eh, ¿qué estáis soñando? ¡Venid de una vez! ¡Queremos zarpar!» El joven al que iban dirigidas estas palabras, y que hasta entonces había permanecido callado, apoyado en una columna, levantó la vista: «Ah, sí —exclamó—, ya voy», y se dirigió deprisa hacia el bote. Subió, y a golpes rápidos de remo la embarcación se apartó de la orilla. Pronto se alcanza el barco, y tras disparar un cañonazo los marineros de los botes se reúnen en el barco, y pronto se levó el ancla, se tendieron las velas, y rápido, como un cisne gigantesco, el bergantín voló sobre el mar azulado.

Pero el capitán, que hasta entonces había dirigido el trabajo de sus hombres, se acerca ahora al joven en la flor de la edad, que, apesadumbrado, como antes, se apoyaba en la galería del barco y miraba sombrío hacia donde las cumbres del Himeto[^t2] desaparecían cada vez más en la lejanía.

«Joven —le dijo—, venid un momento conmigo al camarote; quiero deciros algo.»

«Con gusto», contestó aquel, y siguió al hombre, que iba delante.

Una vez abajo, el capitán le hizo sentarse y, después de servirle a él y a sí mismo una copa de una botella de vino de Quíos, dijo:

«Escuchad, quiero haceros una propuesta. Pero ¿cómo os llamáis? ¿Y de dónde sois?»

«Me llamo *León Papon* y soy de Athinai.[^t3] ¿Y vos?» «Capitanos Leónidas Spezziotis (de Spezzia).[^t4] Pero ¡escuchad! ¿Nos tomáis por honrados comerciantes? ¡No, no lo somos! Mirad nuestra artillería, la visible y la oculta, nuestras municiones, nuestra armería, y veréis fácilmente que ese oficio de mercachifles solo lo ejercemos en apariencia. Pero habéis de ver que somos gente distinta y mejor, a saber, auténticos helenos, gente que todavía sabe apreciar la libertad; en una palabra, corsarios, como suelen llamarnos los infieles, para quienes somos una espada afilada. Y ahora quería —pues en verdad me gustáis y me recordáis mucho a un hijo querido que los infieles me mataron de un tiro el año pasado ante mis ojos—, quería haceros la propuesta de que entraseis entre nosotros y combatieseis por la libertad de los helenos y para daño de los infieles, a los que bien podría aplicarse el verso homérico:

> Ἔσσεται ἦμαρ, ὅτ’ ἄν ποτ’ ὀλώλῃ Ἴλιος ἱρή,  
> Καὶ Πρίαμος, καὶ λάος ἐϋμμελίω Πριάμοιο[^1]

Pero si no estáis dispuesto a hacerlo, no respondo de las consecuencias; porque mi gente, si se entera de lo que os he comunicado, exigirá sin duda vuestra muerte, y mi buena voluntad no podrá impedirlo.»

«¿Qué decís? ¿Corsarios? ¿Yo entrar entre vosotros? ¡Ahora mismo! ¡Podré vengarme de los asesinos de mi padre! ¡Oh, con gusto, con gusto entraré en vuestras filas, combatiré con furia a los musulmanes, los degollaré como a reses!»

«¡Trato hecho! León, ¡así me gustas! ¡Bebamos también una botella de vino de Quíos por la nueva alianza!» Y el viejo bebedor sirvió con brío y animó muchas veces a su compañero, más moderado, con un alegre «¡Pero bebe, León!», hasta que la botella quedó vacía.

Luego recorrió el barco con su nuevo compañero y le mostró las provisiones. Primero fueron a la armería. Allí colgaban espléndidas ropas de toda clase: la ceñida chaqueta de marinero, el amplio caftán, el sombrero alto, el pequeño gorro griego, el ancho turbante, el estrecho pantalón de los francos y los anchos calzones del turco, el chaleco persa bordado de colores, la chaqueta de húsar húngara, la pelliza rusa, todo se exhibía revuelto en grandes armarios. Las paredes estaban cubiertas de armas de todos los pueblos: todas las armas de fuego, desde el pequeño cachorrillo hasta el pesado mosquete de tres cañones; toda clase de espadas, la hoja de Damasco, el estoque español, el ancho espadón alemán, el corto puñal italiano, el curvo yatagán, colgaban cuidadosamente ordenadas en sus sitios. En los rincones había astilleros de lanzas, de modo que se aprovechaba todo el espacio de la estancia. Después pasaron al pañol de la pólvora. Había allí ocho grandes barriles, cada uno con cien libras de pólvora, y cuatro pequeños de 80 libras; en tres barriles había bombas y en dos mayores granadas; los armarios de los lados estaban llenos de jarras y de ollas cuyo contenido era pólvora mezclada con trozos de plomo, piedras y trozos de hierro. Luego fueron a la bodega, donde Leónidas le mostró varios sacos llenos de balas de cañón. Volvieron a subir hasta los cañones. A cada banda había doce cañones de grueso calibre; en el alcázar, además, dos de cuarenta y ocho libras. Por todas partes, entre ellos, había pedreros, en total unas treinta piezas de artillería. En el camarote, adonde volvieron, Leónidas le mostró a León tres cajas llenas de fusiles y balas, y dos llenas de perdigones de toda clase.

«¿No está nuestro barco en buen estado?», le dijo él él.[^t5] «Espléndido —contestó aquel—, no podría estar mejor. Pero permitidme que ahora eche un vistazo más por cubierta.»

Subió. Pero al poco rato lo encontró otra vez apoyado en la galería. Estaban justo a la altura del cabo Kolonai, el antiguo Sunio, y León volvía a mirar sombrío hacia las cumbres del Himeto, que estaban desapareciendo, cuando Leónidas le habló así:

«Vamos, muchacho, ¿por qué tan triste? Ven conmigo al alcázar y cuéntame tu vida pasada.»

Y León fue con él y contó lo siguiente: Pronto cumpliré dieciséis años. Mi padre era el comerciante Gregorios Papon; mi madre se llamaba Diana. Yo me llamo León, mi hermana gemela se llama Zoé y mi hermano menor Alexis. Hará unos tres meses, el bajá de Athinai vio a una joven esclava que mi padre había criado con nosotros. Enseguida la reclamó, y cuando mi padre se la negó, juró venganza y ha cumplido su juramento para nuestra perdición. Porque una tarde, cuando estábamos tranquilamente sentados juntos y yo cantaba canciones con Selima, la esclava, con Zoé y con Alexis, acompañándonos con la cítara, entraron los arnautas[^t6] del bajá, arrancaron de entre nosotros a nuestro querido padre y a Selima y se los llevaron; a nosotros nos echaron de casa y nos dejaron allí, despojados de todo recurso. Nos fuimos y llegamos por fin al lugar, delante de la puerta, donde se alzaba la vieja fortaleza macedonia. Allí nos acogieron unos campesinos compasivos, que nos dieron pan y algo de carne. Desde allí fuimos hacia el Pireo. Pero, ¡ay!, a mi hermana le faltaron las fuerzas y se dejó caer medio desmayada bajo un olivo. Yo quise volver a la ciudad a buscar ayuda en casa de los parientes. Pese a los ruegos de mi madre, fui y, cuando estaba junto a la Acrópolis y quería subir, encontré —imaginaos mi alegría— a mi padre. No puedo describiros con qué alegría me eché a su cuello, cómo me imaginaba nuestra dicha y la alegría de mi madre. ¡Ay, demasiado pronto había de desengañarme! Pues apenas habíamos dado unos pasos cuando vimos venir... al jefe de la banda de arnautas del bajá. Este lo reconoció, desenvainó el sable y se abalanzó sobre él. Mi padre agarró con la diestra un garrote nudoso que había encontrado y se quedó quieto; el turco descargó un tajo y partió el garrote en dos; el golpe cayó en el hombro de mi padre; aquel golpeó otra vez y alcanzó en la cabeza a mi padre indefenso, que cayó al suelo. Yo cogí el garrote caído y se lo arrojé al turco a la cara; este, furioso, había dejado caer el sable, pero sacó un martillo del cinto y me golpeó con él en la frente, de modo que caí sin sentido.

Cuando volví en mí, mi padre yacía a mi lado agonizando. Me dijo: «León..., hijo mío..., huye..., ¡huye de aquí! ¡No estás seguro! ¿Está libre tu madre?» Cuando le dije que sí, dijo: «¡Oh, id a Kuluri, y de allí a Nauplia..., allí tengo amigos!». Le pregunté: «Padre, ¿cómo se llama tu asesino?». «León..., se llama... Mustafá... Bey... Dios tenga... piedad de mi pobre... al...ma», y con estas palabras expiró. Abracé el cadáver, llamé, me lamenté, grité pidiendo ayuda..., pero él siguió muerto, y nadie vino a ayudar. Por fin me levanté llorando, me ceñí el cinturón de mi querido padre, metí en él el sable del asesino y juré no quitarme ni el cinturón ni el sable hasta que la sangre de mi padre quedara lavada con sangre turca. Entonces salí de la ciudad..., pero, ¡oh desgracia!, ¡mis seres queridos ya no estaban allí! Un puñal ensangrentado, el velo manchado de sangre de mi madre y el gorro de Alexis, que estaban allí tirados, atestiguaban que también allí se había empleado la violencia. Este es el gorro que llevo ahora; este, el puñal (señaló un hermoso puñal turco que llevaba al cinto), y el velo lo llevo desde entonces sobre el pecho, bajo el quitón[^2].

Solo entonces pensé en mi herida. Empezó a dolerme; me palpé y eché el gorro hacia atrás..., y la sangre volvió a correrme por la cara. Me tendí bajo el árbol y me vendé la cabeza con un pañuelo.

Me dormí; y en sueños me pareció ver a mi padre, que venía a mi encuentro, lozano y lleno de vida, y a mi madre a su lado, y a Zoé y Alexis con ellos, y que me habían levantado; entonces llegaban los turcos, y el asesino de mi padre se desplomaba gritando ante nosotros..., y entonces me desperté, y estaba tendido en un carro; un anciano estaba ante mí y me dijo que me estuviera quieto, y se me llevó.

Me llevó a San Nicolás, donde me curó. Me quedé cuatro semanas con él; luego me dio dinero y me llevó en su propio bote a Koluri. Allí me separé de él y, como recuerdo, partimos una piastra. Me quedé allí unos días, porque no se presentaba ocasión de partir. Lo demás ya lo sabéis.

## III.

Este fue, más o menos, el relato del joven Papon. Leónidas lo tomó enseguida de la mano, fue con él a la armería y le dejó elegir su equipo. Para vestirse tomó unos ligeros calzones griegos y una chaqueta azul corta. Como armas tomó una escopeta corta de dos cañones, dos pares de pistolas de dos cañones y un martillo. Leónidas dijo: «¡Pero toma también un sable! O por lo menos una vaina para el tuyo». «No —dijo él—, ¡de este sable no me separo! Y seguirá desnudo hasta que yo mismo haya conquistado la vaina.» —

Entretanto empezó a oscurecer. Llegaron a la isla de Zea.[^t7] Sin desembarcar, recogieron todas las velas y lanzaron un cohete desde lo alto del palo mayor. Enseguida se acercó un bote con una cruz en la proa. Iban en él seis hombres armados, que amarraron el bote a popa y subieron a bordo. Leónidas les presentó al nuevo camarada, al que dieron una cordial bienvenida. Luego dijo Leónidas:

«Bueno, Stephano, ¿qué has husmeado?» Stephano: «Allí, en el puerto de la ciudad, hay un mercante turco; he estado en él disfrazado de buhonero. Pero, Leónidas, ¿a quién crees que he visto? Imagínate, aquí nuestro viejo compinche, Dukas, estaba allí como esclavo. Lo he liberado metido en una caja. El barco solo tiene tres cañones, pero la tripulación y el armamento son fuertes; hay a bordo unos treinta turcos. Sin embargo, me he ganado a dos pasajeros griegos que quieren ir a Athinai. Se apoderarán del pañol de la pólvora.»

Leónidas: «¡Ah, espléndido! Quedaos aquí, esperad un poco.» Bajó corriendo al camarote, volvió con tres botellas de vino y las vació con León y los seis recién llegados. Mientras tanto decía:

«Somos ahora —alto—: vosotros seis, en el barco veinte hombres, Leónidas, yo, somos 28; dos turcos como pasajeros a Serpho,[^t8] de los que uno es jenízaro... ¡Notos!»

Acudió el llamado. «Llévate a Protos y a Taras al camarote, desarma a los turcos y súbelos.» Se fue. Leónidas volvió a llamar: «¡Mykalis!»

«¡Aquí!», gritó el que acudía corriendo.

«¡Cargad enseguida la artillería, preparad los pedreros, cargad tres con perdigones y balas y los demás con plomo, vidrio, piedras y hierro! ¡Subid sesenta granadas, dos bombas y una caja de balas! ¡Que se armen todos!» Su orden se cumplió. «Y ahora —dijo volviéndose hacia León—, hijo mío, ahora vas a tener ocasión de librar tu primer combate entre nosotros. Pórtate con valor. En cuanto el barco entre en combate con nosotros, te quedas a mi lado y haces lo que yo haga. No te atrevas a saltar al abordaje antes que yo; podría costarte fácilmente la vida.»

«Sí —dijo Stephanos—, eso lo sé yo. Imagínate, León, que salté con dos jóvenes como tú al barco enemigo; los enemigos cortaron el garfio, y allí nos quedamos, atrapados. Nos defendimos, pero, tras morir los otros dos, la multitud casi me aplastó, recibí un fuerte golpe en la cabeza —todavía se ve la cicatriz— y sin duda habría muerto si los nuestros no hubieran vuelto entretanto al abordaje.»

En eso llegó Notos con los dos turcos, uno de los cuales llevaba el brazo en cabestrillo. Notos le dijo a Leónidas:

«Mira, aquí los tienes. Se han defendido desesperadamente. Aquí nuestro jenízaro le ha dado al pobre Protos un golpe del que difícilmente se repondrá, pero a cambio yo le he partido el brazo, mientras Taras agarraba al otro por la cintura y lo tiraba al suelo.»

«Sí —dijo el jenízaro—, ¡vaya hazaña, dominarnos a nosotros, que estábamos tranquilamente sentados en el camarote! Pero lo han pagado caro, eso me consuela.»

«Oh —contestó Leónidas—, nunca he dudado de vuestra valentía. Pero no habéis de quedar sin recompensa; si queréis, mañana temprano os dejo en tierra en Thermia;[^t9] pero me daréis cada uno cincuenta piastras de rescate.» Ellos aceptaron de buen grado y se dejaron llevar de vuelta al camarote, donde quedaron bajo la vigilancia de Notos, mientras Leónidas iba a ver a Protos, que estaba tendido en una estera. Examinó la herida y vio que era un tajo de yatagán justo por encima del cráneo, que estaba dañado en un punto. La herida era mortal; pero aún quedaba esperanza. Le puso un emplasto y se fue a acostar con León. A este le señaló un lecho junto al suyo.

En plena noche los despertaron. Stephanos estaba ante ellos.

«Levantaos deprisa, al norte se ve una vela. Se la reconoce por el farol.» En un instante estaban los dos armados. Leónidas abrió un armario y le dio a León una bolsa de balas, otra de perdigones y un gran polvorín muy bonito. Él mismo se proveyó también de munición, y los dos subieron a cubierta.

«Mykalis —dijo el capitán—, ¿dónde están los pedreros de bala?»

Cuando se los mostraron, se puso junto a uno; junto a otro, León, y junto al tercero, Stephanos.

La tripulación se reunió en cubierta. Leónidas les hizo agruparse y los contó. Eran, contándose él, veintiséis. Hizo relevar a Notos, que vino y se puso junto a uno de los cañones de cuarenta y ocho; junto al otro, Mykalis. Los pedreros estaban cerca.

Todos los ojos estaban fijos en el farol. Se acercaban a él. Luego se apagó, y hubo que seguir navegando en la dirección que se llevaba. Algunas veces volvió a aparecer, pero al final se le perdió por completo.

Se hizo de día. El mar estaba cubierto de nieblas. Poco a poco se fueron disipando. Entonces gritó Stephanos, que estaba subido al mástil: «¡Veo el barco! Es el mismo en el que estuve en el puerto de Zea.»

Ahora lo vio también Leónidas con el catalejo. Stephano bajó. Enseguida se largaron todas las velas para alcanzarlo, y pronto todos pudieron verlo. Se izó la bandera turca y se acercaron a él. Al cabo de unas tres horas estaban tan cerca que poco faltaba para tenerlo a tiro. Entonces Leónidas hizo arriar la bandera turca e izar la negra y roja con la cruz blanca. Pero el barco turco ya se había vuelto antes hacia el noroeste y largó ahora todas las velas para alcanzar Makronisi. Pero pronto lo tuvo cerca Leónidas, y enseguida, por orden suya, una bala atravesó el aparejo enemigo. Los turcos respondieron inmediatamente, pero se retiraron. Entonces gritó Leónidas: «¡Aquí, Mykalis, con tus quince; ve y rema todo lo que puedas! ¡Tenemos que cogerlo! ¡Notos! ¡Tú vas a proa y disparas al enemigo!, en cuanto estemos a medio tiro. Taras se queda aquí con sus cinco.»

El barco volaba cada vez más rápido. Se acercaban más y más a su presa. Leónidas, entretanto, ordenó:

«Tú, Taras, en cuanto vuelva Mykalis, vas a la banda de estribor, a la artillería; Stephanos se ocupa de la artillería de popa; ¡León se queda conmigo!»

Entonces disparó Notos con su cañón de doce, retumbaron otras cinco piezas..., ¡y una vela del enemigo cayó con la punta del mástil y quedó colgando de los cabos! Estalló al instante un grito de alegría; la artillería volvió a disparar, y el bauprés del barco quedó destrozado. Los turcos no podían escapar. El barco se acercó, y Leónidas y León dispararon rápidamente sus pedreros. Cayeron varios hombres; sin embargo, los disparos habían servido de poco. Volvió Mykalis; llegaron muy cerca de los turcos, a derecha e izquierda volaban las descargas; pero los turcos también disparaban con valor; entonces Leónidas soltó una andanada completa y se pegó al enemigo. Retumbaron los pedreros; la cubierta del enemigo se fue vaciando, y entonces el griego abordó. Mykalis y su grupo, Leónidas y León estaban junto a los garfios; dispararon con los fusiles contra el enemigo, tiraron del garfio, y en un instante Mykalis y León estaban junto al enemigo. León sacó una pistola y abatió al primero; su sable relampagueaba aquí, relampagueaba allá, y un turco caía sobre otro. Entonces cae Mykalis; pero ahí está Leónidas, los helenos avanzan; se entabla un combate furioso, pero los griegos que seguían en su barco disparan con valor, y al poco rato algunos turcos rinden las armas. En eso irrumpe en cubierta un gigantesco arnauta, blande el sable y grita:

«¿Cómo, musulmanes, os vais a dejar degollar por los infieles? ¡Empuñad los sables y acabad con esos perros!»

Salta hacia delante y derriba a un heleno. «¿Dónde está el jefe?», grita. «¡Aquí!», grita Leónidas, y avanza. Luchan. Leónidas mantiene la sangre fría ante los golpes pesados y furiosos de su enemigo. Este, con furia ciega y loca, se precipita hacia delante, golpea y alcanza también a su adversario en el brazo izquierdo. Entonces este empuña con fuerza su ancha espada y parte el sable del enemigo, golpea otra vez, y la sangre brota del pecho del turco. Pero otro turco se lanza contra aquel y le da un tajo de través en la cara, de modo que cae. León lo ve caer, mata al agresor, contiene al enemigo, y entonces este rinde las armas.

Pero el jefe herido desembarca en ese momento con su bote y diez hombres en Makronisi.

Ahora él pasa revista al campo de batalla. Doce turcos yacían muertos; ocho estaban heridos; diez rindieron las armas, y diez habían escapado.

Pero también yacían muertos cuatro griegos; Mykalis agonizaba; Notos tenía un balazo en el muslo; el capitán tenía el tajo, y otros tres estaban levemente heridos. También León tenía un rasguño de bala en la cabeza y un chirlo en el brazo izquierdo.

Stephano se le acercó. «Te has portado con valor, León; pero tienes que ir a ver a Leónidas. ¿Qué, si estás sangrando?»

«Ah, no es nada, solo un poco. Que se nos haya escapado ese maldito arnauta es lo que más me fastidia. Me habría gustado acabar con él del todo.»

Fue a ver a Leónidas. Este le dijo: «León, te traspaso por la presente el mando de Notos hasta que se cure. Stephanos es el comandante en jefe hasta que yo pueda volver a ejercer mi cargo. Ve a ver cómo está Mykalis».

Obedeció. «Está muy débil; tiene un balazo en el pecho y una fractura en el muslo. Pero Taras todavía tiene esperanzas.»

Volvió Stephano. «El barco lleva algodón para Athinai y munición para Nauplia. También dátiles, cocos, higos y toda clase de provisiones en abundancia, para venderlas cuando se presente ocasión.»

«Trae aquí todo lo que tenga valor en el barco, y que pongan rumbo al puerto de Rafti —dijo Leónidas—. León, ve con Stephano al otro barco. Interrogad a los prisioneros; tú anotas todas sus declaraciones.»

Fue. Las declaraciones de los prisioneros fueron más o menos las siguientes: el barco era un mercante y pertenecía a un comerciante de Ismir[^3], Murad. Su hermano Alí había mandado el barco y era precisamente el que León había herido. Habían navegado hasta S., donde habían recibido la noticia de que había corsarios por aquella zona. Por eso la tarde anterior habían tomado a bordo otros diez hombres para Athinai. Entonces habían visto el barco y habían sido atacados. A la pregunta de dónde estaban los pasajeros griegos, dijeron que uno se había caído al mar y que al otro lo había matado Alí cuando se reconoció el barco corsario.

Luego se registró el barco. Además de las provisiones ya mencionadas, se encontraron muchas armas y municiones, y también paño y prendas de vestir. Pero lo mejor fueron tres sacos de oro, con 5.000 piastras cada uno. Se llevaron al camarote del barco griego.

Entre el Sunio y la península argólica hay un pequeño islote[^4], rocoso y deshabitado; hacia allí navegó Leónidas. Desembarcaron a la mañana siguiente. Pero como se temía a Alí y a los turcos, que seguramente moverían al bajá de Eyribos o de Atenas a enviar un barco contra los piratas,[^t10] se dejó aquí en tierra a los turcos, se les dio algunas provisiones, dos sables y un fusil con munición, para que pudieran alimentarse cazando liebres y animales semejantes, que abundan en esas islas.

Iban a zarpar... y faltaba León. Se había ido de caza; lo buscaron... entonces se oyó un disparo, corrieron en esa dirección y... León yacía allí en su sangre; a su lado, un turco muerto de un tiro, y otro, con el sable ensangrentado de León en la mano, estaba junto a él. Stephano, que llegó el primero, se abalanzó y atacó al turco. Tras un breve combate le hizo saltar el sable de la mano, lo derribó al suelo y le cortó la cabeza.

Llegaron entonces algunos más; pusieron a León en unas parihuelas de ramas y lo llevaron a casa. Taras, que examinó la herida, encontró que el turco le había dado un tajo en la cabeza, otro en el muslo y un leve rasguño de sable en el brazo.

Por fin el herido volvió en sí. «¿Dónde está mi sable?», fue su primera pregunta. Cuando se lo enseñaron, dijo: «¿Dónde está el turco que me hirió?».

«Lo he matado —dijo Stephano—. Pero quédate quieto, estás herido de gravedad.»

La herida de la cabeza era grave; el transporte en el barco no habría hecho más que empeorarla; por eso se decidió capturar a los turcos y dejarlos en la costa de Morea; en cambio, dejar aquí a León, a Mykalis, que también seguía grave, a Notos y a Leónidas, y tres hombres para cuidarlos. Al cabo de unas semanas Stephanos quería volver a recogerlos. Volvieron a reunir a los turcos; solo faltaba uno; pero como divisaron a lo lejos un barco turco, el barco corsario se hizo a la vela con Stephanos. Pero además de los heridos y de Taras con sus dos ayudantes se quedaron otros cinco, que debían llevar el barco turco a Epina y que partieron al día siguiente.

León mejoraba a ojos vistas. A los seis días ya podía levantarse del lecho y andar un poco. También Mykalis salió la semana siguiente a la puerta de la pequeña cabaña que habían construido. Leónidas y Notos estaban ya casi curados y habían salido a menudo de caza. Un día volvió Notos y dijo:

«He visto a un turco. Pero ha huido corriendo. Andémonos con cuidado.»

Al día siguiente volvió a salir de caza con Leónidas. Dieron con una cabra montés. Se separaron. Notos recorría los bosques..., suena un disparo, Notos cae, y el turco, con una pistola en la izquierda y un puñal en la derecha, sale de un salto, se agacha, blande el puñal; entonces el herido se incorpora, saca una pistola y abate al musulmán. Pronto se reunieron todos los griegos. El turco estaba muerto; su disparo había alcanzado a Notos en el pecho, pero la empuñadura de su puñal había amortiguado el disparo, y no era grave.

Llevaron a Notos a casa, y aún sufrió una semana antes de poder levantarse. Entonces estuvieron todos curados; pero las provisiones se habían acabado, y la isla apenas los alimentaba con la caza.

Llevaban ya cuatro semanas en la isla cuando llegó Stephano y los recogió. Había vendido el barco turco a un comerciante inglés de Tesalónica por 10.000 piastras, y a otro el algodón por 4.000 piastras. El barco corsario había sido reequipado: tres cañones nuevos, el triple de munición, fusiles y otras armas en abundancia. También los piratas, bien recompensados, estaban en mejor situación. Ahora el barco navegó hacia Candía.[^t12] Cuando tenían ya a la vista Milo, apareció un barco que, por su construcción, era turco. Leónidas se lanza enseguida en su persecución y lo sigue hasta el golfo de Milo. Allí hay varias islas pequeñas que cierran el golfo. Aquí el barco huye bajo los cañones del muelle del puerto. Entonces se ve que es una galera egipcia. Se entabla un combate furioso. Los griegos disparan con valor; pero entonces entra en el golfo un barco turco —un pequeño buque de guerra— y ataca a los helenos por la espalda. Entonces Leónidas aborda a los turcos —envía allí a Stephanos—, y tras breve combate el barco es tomado.

Pero entretanto una descarga del fuerte alcanzó al barco griego, que se hunde. Lo llevan a toda prisa hacia la orilla, a un banco de arena, donde encalla. Pero la gente pasa al barco turco capturado, acosa con fuerza a la galera y la aborda. León salta a ella, otros lo siguen; también Stephanos, enseguida, y ataca. León, siempre delante, baña su espada en la sangre de los musulmanes; golpea enfurecido, Stephanos lo sigue, y penetran muy adentro. Entonces León tiene delante al jefe enemigo, un egipcio gigantesco. Lucha con él, ninguno puede vencer al otro; por fin León le da rápidamente a su adversario un tajo en el brazo izquierdo; entonces este saca una pistola, dispara, pero en lugar de a León alcanza a otro heleno, y cae bajo los golpes de su valiente adversario. Con su caída el barco queda tomado. Los pocos turcos rinden las armas y son desembarcados, y Taras, disfrazado de turco, va al fuerte como negociador para tratar de la reparación del barco. El codicioso bajá se deja ganar con un regalo de trescientas piastras, pero envía en secreto un bote a Siphanto,[^t13] donde se encontraban algunos barcos de la flota turca. Los encontró, y enseguida los tres se hicieron a la vela hacia allí. Notos y Taras habían salido en su bote fuera del golfo; entonces divisaron los barcos y llevaron la noticia a Leónidas. Este hizo pasar rápidamente a una parte de su gente a los barcos turcos, a los que hizo llevar munición para armas ligeras y algunos cañones; pero a la mayoría los hizo subir a su barco, adonde fueron también unos treinta mozos recién enrolados en Milo. León, que mandaba el pequeño bergantín de guerra, se colocó a la entrada del puerto. Llegan entonces los turcos. Un barco entra el primero. León le suelta una andanada completa en la proa, hace virar su barco, lo aborda y pasa con toda la tripulación. Pero por el otro lado atraca el barco siguiente, envía a su tripulación, y se entabla un combate furioso. León lucha con valor. Más de un turco cae bajo sus golpes, pero también más de un valiente heleno tuvo que exhalar el último aliento bajo las espadas de los turcos, y la suerte se inclina del lado de los bárbaros, que, por otra parte, estaban allí en número triple. Entonces León ve al asesino de su padre. La furia se apodera de él cuando ve al gran arnauta, que en ese momento abate a un viejo heleno. «¡Hunkiar!» (asesino), grita, «¡vuélvete contra los jóvenes!». Enseguida se vuelve el otro y lucha, con el doble de fuerza que el heleno, pero inferior a su furia. Luchan con furia. Golpe tras golpe. —Entonces al turco se le cae el sable, cuando León le da un tajo en la mano. Pero él arranca del cinto el martillo bien conocido y golpea enfurecido de rabia y de dolor sobre León, y pronto la ancha cara del martillo cae por segunda vez sobre la alta frente de León, y León cae bajo los golpes pesados e incesantes del turco.

«¡Este se ha ido al infierno!», grita. Y ahora a por los demás; pero estos están ya casi todos muertos, y solo unos pocos, despojados de sus armas, están prisioneros.

Pero entretanto los otros dos barcos habían entrado en el puerto y perseguían a Leónidas, que se había refugiado con toda su tripulación y el dinero en la galera y, escapando a la persecución de los enemigos, salió felizmente del puerto a alta mar y navegó hacia Belo Paulo,[^t14] donde quería procurarse noticias de León y de los demás.

[^1]: (Nota de Engels.) En alemán, en la traducción de Voss: «Einst wird kommen der Tag, da die heilige Ilios hinsinkt, / Priamos auch, und das Volk des lanzenschwingenden Königs», es decir: «Vendrá un día en que perezca la sagrada Ilión, / y Príamo, y el pueblo del rey de la buena lanza» (*Ilíada*, IV, 164-165, y VI, 448-449).

[^2]: (Nota de Engels.) «Leibrock. La túnica interior de los griegos: *kíton* o *kíthon*.»

[^3]: (Nota de Engels.) «Esmirna.»

[^4]: (Nota de Engels.) «Llamado San Giorgio di Asparra.»

[^t1]: Un año antes del comienzo de la guerra de independencia griega contra el Imperio otomano (1821).

[^t2]: Monte al este de Atenas.

[^t3]: Atenas, en la pronunciación griega moderna.

[^t4]: La isla de Spetses, en el golfo Argólico, uno de los centros de la marina griega en la guerra de independencia.

[^t5]: La repetición del pronombre está en el original.

[^t6]: Albaneses al servicio de los turcos.

[^t7]: La isla de Kea, en las Cícladas.

[^t8]: Sérifos, en las Cícladas.

[^t9]: Kythnos, en las Cícladas.

[^t10]: En el original la frase queda sin terminar («Da man aber vor Ali und den Türken…»); completamos el sentido. Eyribos: Eubea.

[^t12]: Creta. Milo es la isla de Milos, en las Cícladas.

[^t13]: Sifnos, en las Cícladas.

[^t14]: Así en el original; no hemos podido identificar el lugar.
