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Title: El regidor de Bremen (1840)
Description: Una leyenda popular de Bremen contada por el joven Engels: el regidor que en 1749 desaparece tres años, conducido a una asamblea fantasmal de aristócratas con cordones rojos al cuello, y ve sobre una puerta cerrada la cifra 1789.
Author: Friedrich Engels
Date: 1840-12-23
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1840%20El%20regidor%20de%20Bremen
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*Relato escrito por Friedrich Engels en Bremen y publicado sin firma en el* Morgenblatt für gebildete Leser *(Stuttgart), n.os 306-309, 23-26 de diciembre de 1840, entre dos de sus correspondencias de Bremen; los editores de la MEGA lo atribuyen sin dudas a Engels, que en aquellos años firmaba sus colaboraciones como «Friedrich Oswald» o «F. O.». Lo reimprimió el* Bremisches Unterhaltungsblatt *en febrero y marzo de 1841. Traducido de la MEGA¹, sección I, tomo 2 (Berlín, 1930), pp. 132-140, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1840%20Der%20Ratsherr%20von%20Bremen).*

Una leyenda popular.

Era el verano del año 1749 cuando, en la ciudad libre imperial de Bremen, en casa del regidor Sebaldus Beerlein, la familia estaba reunida y acortaba como de costumbre la hora de las ocho a las nueve de la tarde con conversaciones y pequeños juegos sencillos de los más jóvenes. La familia se encontraba en la espaciosa sala que, según la costumbre de entonces, estaba revestida de madera tallada y adornada aquí y allá con cuadros al óleo no carentes de valor que el padre del señor Sebald había comprado en sus viajes por Holanda. La anciana abuela del regidor estaba sentada en un sillón de cuero repujado, adornado con flores doradas, sobre el escalón elevado de la ventana, y miraba, como tenía por costumbre, el arrebol de la tarde que entraba brillando por encima de los tejados e iluminaba las agujas de las iglesias lejanas. Murmuraba entretanto para sí un viejo cántico de Paul Gerhardt[^1] que trata del descanso de los piadosos tras la muerte y alaba felices a quienes resistieron bien en la última angustia terrena y tienen ya muy atrás todo el dolor de lo temporal. Contaba ochenta años, y por tanto tenía sin duda razón de sobra para cantar semejante canción. Catharine Beerlein, la esposa del regidor, una Ruhberg de nacimiento, del linaje de los Ruhberg, de Hildesheim, vinculado al cabildo imperial, una dama de buena presencia y todavía joven, estaba sentada no lejos de la ventana ante una mesita y jugaba con su primo, el copista del concejo Ruhberg, un joven casi aniñado todavía, una partida de lansquenete.[^2] Ella confundía las cartas con la luz del crepúsculo, el joven se aprovechaba de ello y engañaba adrede a su prima, y ella le reprochaba sus diabluras con riñas en voz alta y risueñas disputas. Un grupo de niños estaba sentado en medio de la sala, y la pequeña Sigismunde, la hija mayor, una niña de doce años, contaba a sus hermanos en tono bajo y misterioso un largo cuento que escuchaban con curiosidad silenciosa. Theobald Ahlwert, un viejo y fiel criado de la casa, estaba de pie junto a la estufa y repasaba en silencio para sí la recaudación del día de una pequeña tienda de quincalla que llevaba su mujer y que, según tenía motivos para sospechar, no llevaba del mejor modo. Así, cada miembro de la pequeña familia estaba ocupado a su manera y no se preocupaba de lo que hacían los demás.

El propio señor Sebaldus Beerlein estaba sentado en el canapé, y con una mano metida en el bolsillo del chaleco y la cabeza apoyada en la otra miraba ante sí la penumbra, se alegraba de la voz risueña de su mujer, del susurro de su hija, y de vez en cuando dirigía la mirada a la oscura figura de la abuela, a cómo su cabeza temblorosa y sus nobles rasgos, de forma afilada, se recortaban contra el cielo de la tarde. Momentos así tienen gran valor para un padre de familia. Repasa entonces su vida pasada, cuenta los tesoros de felicidad y paz que le han tocado, y para el futuro hace planes para conservar, si no para aumentar todavía, todo lo que tiene de querido.

La campana de la torre cercana dio entonces las nueve. En cuanto se apagaron las últimas campanadas, el regidor se levantó, tomó el sombrero y el bastón y salió deprisa por la puerta. «¡Sebald!», le gritó su mujer, «¿vas al escritorio y quieres que te bajen una luz?». El regidor no contestó; se le oyó bajar la escalera y poco después cerrarse tras él la pesada puerta de la casa. «¿Adónde va?», preguntó la abuela. «De verdad que no lo sé», respondió la hija. «Quería pasar la velada con nosotros. Se le habrá ocurrido algo de repente.» La anciana sacudió la cabeza, pero no contestó nada. Trajeron luz, la pequeña familia se sentó a la mesa redonda; Catharine puso un plato con nueces y pastas; la abuela recibió su cuenco de loza pintada con la sopa de la cena. El sitio del señor de la casa se quedó vacío, porque todos estaban firmemente convencidos de que volvería a entrar enseguida en la sala; pero no venía. Dio el cuarto en la torre, luego la media, los tres cuartos y por fin las diez, y él todavía no estaba allí. Mandaron a Theobald a preguntar al vinatero de enfrente si por casualidad el regidor había ido a su casa y si lo retenían allí un par de amigos. Theobald volvió y aseguró que el vinatero no había visto al señor. Catharine bromeó entonces sobre esa salida precipitada de su esposo, pero nadie quiso sumarse a su buen humor, sobre todo porque la anciana abuela ponía una cara tan seria. Hacía unos días que se sentía mal, y dijo entonces: «No está bien que se vaya así; tengo que estar a cada momento preparada para que me llamen, y me dolería no volver a verlo». Catharine regañó a la abuela por estas palabras y le reprochó tan malos discursos. La anciana rezó su oración de la noche y se hizo llevar por Catharine a su dormitorio. También acostaron a los niños, el joven Ruhberg se despidió, y Catharine se quedó sola despierta en la sala y se sentó con su labor junto a la luz, decidida a no irse a descansar antes de que volviera su marido.

Dieron las once, dieron las doce, y fuera no se oía un paso. Las calles estaban silenciosas y desiertas, en una callejuela lejana tocaba el vigilante su cuerno, y de la ventana con cortinas de un mirador salía el canto quedo de las mujeres que velaban a un muerto. El cielo nocturno estaba cubierto, y por los escasos desgarrones de las nubes miraban estrellas que los ojos de Catharine podían contar. Estaba junto a la ventana, y cada sombra que pasaba deslizándose junto a las casas cercanas le parecía Sebald que volvía por fin; pero nunca era él. Al volver a su labor junto a la mesa, sintió una languidez y una angustia. Pensó ahora en serio que no era en absoluto propio de Sebald salir así de repente y sin decir palabra y quedarse fuera tanto tiempo. Si había cambiado de idea y tenía que hacer todavía una diligencia esa noche, seguramente habría susurrado unas palabras a su mujer, que estaba sentada no lejos de él; nunca se iba ni siquiera una hora sin avisar a Catharine y pedirle que le guardara la cena, y ahora se quedaba fuera toda la noche. Repasó su comportamiento del día anterior y, inquieta como estaba, creyó recordar que no había sido del todo el de siempre; y sin embargo, pensándolo todavía con más atención, no podía señalar nada concreto. La mujer, angustiada, sopesó cada desavenencia insignificante; pero luego se decía de nuevo: «¡Qué desavenencia tendría que haber sido la que apartara así a un hombre de su mujer! Y no era propio de Sebald guardar rencor tan en serio». Catharine pensó también en su situación económica; pero, por lo que ella sabía, estaba en orden, y aunque hubiera estado del todo arruinada, el regidor, querido y respetado por todos, no habría tenido por eso que desaparecer en la noche y la niebla; para eso tenía amigos y parientes ricos que se preocupaban por él.

Entre estas reflexiones despuntó la mañana y Catharine apagó su lámpara. Por cansada que estuviera, el sueño no le llegaba a los ojos. Poco a poco la casa se animó, las puertas se abrían y cerraban, y en el cuarto de la anciana abuela la tos seca de la mañana anunció que se había despertado. Vinieron los niños y Catharine les ocultó a ellos y a la anciana la ausencia de su marido. Pero ¿cuánto tiempo podía hacerlo? Pasaron gentes de negocios, vino el ujier del concejo, preguntaron amigos; al final tuvo que confesar que no sabía dónde estaba su marido. Se esperó un día; luego corrió por la ciudad el rumor de que el regidor Beerlein había desaparecido sin dejar rastro. Ahora unos decían haber encontrado en la orilla del río el sombrero y el bastón del hombre; otros hablaban de un disparo oído en el bosque cercano a hora nocturna, y el cadáver del suicida habría sido llevado a la ciudad en el silencio de la mañana por carboneros contratados en secreto. Rumores todavía más extraños contaban que al señor Beerlein lo habían llevado con escolta más allá de la frontera para que recibiera su castigo por crímenes conocidos de repente en el país vecino. Puede imaginarse lo que Catharine y los suyos sufrieron con estas habladurías. La pobre mujer abandonada seguía creyendo que el marido aparecería de un momento a otro, de un día para otro, y siempre se veía defraudada. Pasó un mes, pasaron dos, por fin un trimestre, y no se veía ni rastro del regidor Beerlein. Los llamamientos en los periódicos no dieron fruto, como tampoco las pesquisas emprendidas en secreto sin descanso. El hombre estaba y seguía perdido, como si se lo hubiera tragado la tierra. Nadie lo había visto salir por la puerta de la ciudad, nadie lo había notado en el camino; por mucho que se describieran con exactitud su ropa, su cara, su figura, en ninguno de los lugares cercanos se había visto a nadie así.

Habían pasado tres años, ya nadie hablaba del regidor desaparecido, cuando una noche tarde, de nuevo en pleno verano, un hombre llamó a la puerta de la casa de los Beerlein y pidió que le dejaran entrar. Parecía pálido y cansado. Le preguntaron qué quería. El desconocido se quedó visiblemente consternado por la pregunta. «¿Quién sois vos?», preguntó a su vez al joven que le había abierto la puerta. «¿Cómo es que estáis en mi casa?» «¿En vuestra casa?», exclamó el joven, midiendo al que preguntaba de la cabeza a los pies. «Yo soy el dependiente de la casa de vinos, y esta casa pertenece al señor Van Peters.» «¡Van Peters!», exclamó el forastero. «¿Qué se os ocurre, bromista simplón? ¿Acaso no sé dónde está la casa de vinos y dónde mi propia casa?» Con estas palabras apartó con violencia al muchacho y subió la escalera tan conocida. Atravesó el pasillo; estaba provisto de muebles y cuadros desconocidos; quiso abrir la puerta de la sala, y le llegaron risas fuertes y estridentes, ruido de vasos y voces ásperas que discutían. «¡Será posible!», se dijo, «¿tiene Catharine invitados? ¿Y además tan indecorosamente ruidosos?».

Abrió despacio la puerta y vio con espanto una fila de caras borrachas agrupadas en torno a una mesa de taberna. En la sala todo estaba desolado, y el humo del tabaco llenaba el recinto, de ordinario tan acogedor, limpio y cuidadosamente arreglado. El revestimiento de madera estaba estropeado y aquí y allá despegado de la pared; el sillón junto a la ventana, donde solía sentarse la abuela, lo ocupaba un durmiente barrigudo. Pero el sol de la tarde brillaba como entonces a través de los cristales, y su resplandor dorado se le clavaba al pobre regidor, vuelto a casa, como con espadas afiladas en el corazón. Estaba en el umbral de su querida sala, buscaba las figuras queridas que había dejado allí hacía una hora, y todo estaba espantosamente cambiado, como en un sueño angustioso y demente. El desdichado se frotó la frente, cerró los ojos, volvió a abrirlos y se tambaleó como uno a quien amenaza abandonar el sentido. Los parroquianos repararon en él y se burlaron del hombre pálido que, al entrar en la taberna, parecía ya borracho. Entonces, de pronto, la voz fuerte del tabernero gritó entre ellos: «¡Señor Jesús, si es el regidor desaparecido!».

Esta exclamación sobrecogió de pánico a los parroquianos; dejaron deprisa los vasos y miraron fijamente hacia la puerta como a un fantasma. Nadie respondió al saludo del hombre, que entró en silencio y se sentó en la esquina del banco. Los demás se apartaron de él; solo el tabernero se le acercó. «Señor regidor», exclamó, «¿dónde habéis estado? Os han buscado en vano tres años.» «¡Tres años!», repitió Beerlein, mirando fijamente al tabernero. «Esta casa», prosiguió aquel, «ya no es vuestra; vuestra viuda, o vuestra mujer, quería decir —perdonad, os hablo como a un muerto—, me vendió la casa en el segundo año, al ver que no veníais, y vive ahora en una pequeña ciudad de los alrededores.» «¿Mi abuela?», preguntó el señor Beerlein. «Murió pocas semanas después de vuestra desaparición.» «¿Mis hijos?» «Han muerto; una epidemia que hizo estragos el año pasado en nuestra buena ciudad se los llevó.»

Ante estas respuestas, la cabeza del pobre regidor se hundía cada vez más; no dejó escapar ningún sonido de espanto ni de dolor, pero todo su ser expresaba un sufrimiento misterioso e infinito. Así salió de la sala en silencio, como había venido. El tabernero lo siguió, lo agarró en la escalera y le preguntó con voz alta y cortante: «¿Dónde habéis estado, vecino?». «No me preguntéis», respondió el desdichado; «Dios me ha llevado a un juicio prodigioso. Siento que voy a morir.» Con estas palabras cayó en un profundo desmayo. Se cuidó de que lo llevaran con su mujer, y puede imaginarse el espanto y la alegría de Catharine al ver volver así al perdido. Lo recibió con sus ropas de viuda, que se quitó en seguida para volver a ponérselas pocas semanas después, esta vez con todo derecho. Porque el señor Sebaldus Beerlein murió, como lo había predicho, de muerte dulce. Antes, sin embargo, confió a su director espiritual la extraña historia de su desaparición, y la familia conserva todavía este documento. Está autentificado y firmado por muchos testigos vivos entonces que habían visto desaparecer y volver al regidor, y los tribunales han puesto debajo sus sellos. El contenido esencial del escrito es el siguiente.

El domingo de la Trinidad del año 1749, cuenta el regidor en la confesión que acabamos de citar, entre las ocho y las nueve de la tarde, estaba yo sentado tranquilo y con los pensamientos más alegres sobre mi familia, que se había reunido en torno a mí, cuando oí claramente que llamaban a la puerta. No hice caso, pensando que Ahlwert, mi criado, que estaba justo junto a la puerta, abriría, o que el que llamaba, si no se hacía caso de su señal, entraría él mismo. Pero no ocurrió; en lugar de eso llamaron ahora tres veces seguidas con mucha fuerza. Me extrañó que nadie en la sala pareciera oír esos golpes fuertes; todos se quedaban tranquilos en sus sitios. De repente fue como si me hablara una voz: «Levántate, toma el sombrero y el bastón y sigue». Acallé esa extraña exhortación interior y me quedé sentado; pero entonces se apoderó de mí una opresión, una angustia como en la enfermedad más grave; esta sensación penosa llegó a ser tan fuerte que no pude hacer otra cosa: tuve que tomar el bastón y el sombrero y salir por la puerta.

Cuando estuve en el pasillo, vi a mi lado a un hombre que me miraba con mirada firme, y de nuevo sonaron en mi oído las palabras: «Ven, sígueme». Yo no conocía a aquel hombre y no sabía qué quería de mí; pero sentí que desde el instante en que crucé el umbral de mi sala tenía poder sobre mí, y le seguí. Bajamos por la escalera de servicio y pasamos por un pasadizo de la casa vecina de cuya existencia yo nunca había sabido nada. Era un pasadizo abovedado y, por lo que recuerdo, había toneles y cajones vacíos de mercancías amontonados junto a las paredes oscuras. Se hacía cada vez más estrecho, y al final me vi obligado a avanzar agachado tras mi guía, que siempre iba derecho delante de mí. Llegamos a un agua oscura que tomé por un canal cubierto; pero el agua corría siniestra y tenebrosa; las dos tablas que servían de puente estaban medio podridas y oscilaban mucho cuando pasé por ellas; mi guía, en cambio, cruzó aquel peligroso puentecillo ligero como una pluma y sin ningún ruido.

Por fin salimos al aire libre y vi sobre nosotros el cielo estrellado. Al oeste se apagaba todavía el arrebol, y recuerdo que, al volverme, vi todavía con claridad la torre de nuestra iglesia principal; todo lo demás estaba como envuelto en niebla. Llegamos entonces a una llanura extensa, inabarcable, que me pareció del todo desconocida. No se veía ni un árbol, ni una choza, ni siquiera un camino. La tierra estaba como cubierta de hierba reseca o chamuscada, como si hacía mucho tiempo hubiera hecho estragos allí un incendio violento. Comuniqué esta observación a mi guía y le pregunté al mismo tiempo adónde me llevaba. Sin contestar, hizo un gesto mudo de que siguiéramos andando. Así lo hicimos; sin cruzar palabra, fuimos juntos a lo largo de la llanura del brezal. El arrebol desapareció por completo y una niebla se extendió por el cielo estrellado, de modo que la tierra y el cielo quedaron envueltos en el mismo brillo gris, color de plomo. No puedo decir lo estremecedora y opresiva para el alma que era aquella soledad. ¡Qué alivio habría sido para mí el más pequeño sonido de vida! Ni siquiera oíamos nuestros propios pasos en el suelo blando. De vez en cuando soplaba un airecillo fresco sobre la llanura, pero no me reanimaba, porque traía consigo un insoportable olor a moho.

Cuando llevábamos andando quizá media hora, vi una casa que se alzaba completamente sola en la llanura y cuyas ventanas estaban vivamente iluminadas. Estaba construida en un estilo como se construyen los palacios; columnas sostenían el tejado, y preciosos escudos de armas, escaleras magníficas y hermosas estatuas doradas adornaban el edificio. Mi acompañante me hizo seña de entrar. Le objeté que no conocía la casa ni a su dueño. «Ya lo conocerás», respondió; «solo guárdate de hacerle a él o a los que le rodean cualquier pregunta sobre lo que verán tus ojos. Mudo como vienes, vete otra vez, y anota en tu memoria lo que veas.»

Con estas palabras abrió la puerta de una sala grande y magnífica, y a la luz de mil velas vi sentada a lo largo de las paredes una sociedad engalanada que dirigió sus miradas hacia mí. Eran señores distinguidos y damas bellísimas, pero no conocía a nadie. Eran caras que no había visto en mi vida. Mi acompañante, que se quedó junto a la puerta en actitud respetuosa, me hizo seña de acercarme a la sociedad. Lo hice, aunque con timidez, y respondieron a mi saludo con una inclinación medida, pero no descortés; porque cada uno parecía ocupado consigo mismo y con su vecino, y nadie se ocupó más de mí. Tuve tiempo de observar, y pronto me llamó la atención que todas aquellas hermosas damas tenían en el cuello, blanco como el alabastro, pequeños cordones rojos; los caballeros llevaban también esta señal sobre sus corbatas. Al notar que me dejaban andar libremente, me acerqué a una mesa de juego junto a la ventana y miré a los cuatro graves caballeros que se habían reunido allí. Parecían fríos e indiferentes, tenían como sueño en los ojos; sus ropas estaban bordadas en oro con la mayor magnificencia y anchas bandas de órdenes les cruzaban el pecho. También ellos tenían las cintitas rojas al cuello, y aún me espanté más al ver que las cartas con que jugaban estaban manchadas de sangre. Me aparté estremecido y entré en una sala contigua. Estaba decorada con más lujo todavía que el salón, con tapices de terciopelo rojo; en un sofá dormitaba un hombre, con la cabeza muy hundida sobre el pecho, y también él tenía la cintita roja. Al mirar al suelo vi con espanto un rastro de sangre que llevaba a la sala siguiente. Lo seguí y vi un segundo salón en el que todo estaba vacío y muerto. Las luces ardían sombrías, y un montón de instrumentos musicales amontonados en un rincón indicaba que allí se había tocado para el baile o se iba a tocar. Pero no se veía a ningún músico y reinaba el silencio más profundo. La pared del fondo del salón la ocupaba una puerta de tamaño enorme; estaba cerrada y rodeada de preciosos adornos dorados. El rastro de sangre llevaba hasta allí; pero por audaz que fuera yo y por mucho que me esforzara en abrir la puerta, la cerradura vaciló y no cedió. Temí atraer a la sociedad con el ruido que hacía, y por eso desistí de nuevos intentos. Sobre la puerta estaba escrito en grandes cifras negras: 1789. Esta cifra se me ha grabado hondo, igual que el aposento cerrado y el rastro de sangre que se perdía en él.

Sé que medité sobre estas cosas y caí en una especie de aturdimiento, de modo que me senté en una silla en un rincón del salón. No sé cuánto tiempo estuve sentado; cuando desperté de mis cavilaciones, oí dar la hora a un reloj y al mismo tiempo un ruido animado en el salón de la sociedad. Me levanté deprisa y crucé corriendo los aposentos para buscar de nuevo a mi guía. Seguía allí, esperándome. Abandonamos en seguida el salón y la casa. Volví a caminar por el brezal solitario y mi acompañante volvió a andar mudo a mi lado. Así llegamos ante la ciudad, donde se despidió de mí con un gesto mudo. Me sentía agotado y como moribundo. Apenas tuve fuerzas para llegar a la ciudad, donde me alegré de volver a ver las calles tan conocidas. Cuando oí de nuevo el ruido de la calle y voces humanas, me pareció que mi corazón sanaba. La imagen de la asamblea fantasmal con sus señales espantosas se fue borrando cada vez más de mi alma, pero aquella cifra profética se quedó constantemente ante mis ojos y seguirá ahí mientras respire; porque es demasiado cierto que el Señor me ha hecho contemplar una visión prodigiosa.

Estas confesiones recibieron su plena estimación cuando cuarenta años después estalló la Revolución francesa. Aquel año se imprimió un librito que lleva el título: *Historia prodigiosa y verdadera del regidor desaparecido de Bremen, de cómo el mismo, por especial permisión de Dios, previó los tiempos venideros y sus obras*. Este librito es la base de la leyenda aquí contada.

[^1]: Paul Gerhardt (1607-1676), el más popular de los autores de cánticos luteranos.
[^2]: Juego de naipes de azar, de origen alemán (*Landsknecht*).
