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Title: Signos retrógrados de los tiempos (1840)
Description: El joven Engels ve la historia como una espiral que parece volver sobre sus pasos y descubre, en los muebles rococó, el regreso de la tragedia clásica a la escena francesa y el ampuloso barroquismo de los nuevos poetas alemanes, el reflejo en el gusto de la reacción política de la Restauración.
Author: Friedrich Engels
Date: 1840-02
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1840%20Signos%20retr%C3%B3grados%20de%20los%20tiempos
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*Escrito por Friedrich Engels en Bremen y publicado, con la firma «Friedrich Oswald», el seudónimo que usaba entonces junto con «F. O.», en el* Telegraph für Deutschland *(Hamburgo), núms. 26, 27 y 28, de febrero de 1840. Traducido de Marx/Engels,* Gesamtausgabe *(MEGA¹), sección I, tomo 2 (Berlín, 1930), pp. 62-66, por la Escuela de marxismo, 2026. Las cursivas reproducen el espaciado de la MEGA. Salvo la que se indica, las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1840%20Retrograde%20Zeichen%20der%20Zeit).*

*Por Friedrich Oswald*

¡Nada nuevo bajo el sol! Esta es una de esas afortunadas seudoverdades a las que se destinó la carrera más brillante, que hicieron de boca en boca su marcha triunfal alrededor de la tierra y que siglos después se siguen citando tan a menudo como si acabaran de venir al mundo. Las verdades auténticas rara vez han tenido tanta suerte; tuvieron que luchar y sufrir, las torturaron y las enterraron vivas, y cada cual las amasaba a su antojo. ¡Nada nuevo bajo el sol! No, hay bastante de nuevo, pero se lo reprime si no pertenece a esas seudoverdades dóciles que llevan siempre en su séquito un leal «es decir, etc.» y que, como una aurora boreal que se enciende, pronto vuelven a ceder ante la noche; pero si se alza en el horizonte, rosada como la aurora, una verdad nueva y auténtica, los hijos de la noche saben muy bien que amenaza con hundir su reino y echan mano de las armas. La aurora boreal encuentra siempre un cielo despejado; la aurora, casi siempre un cielo nublado cuya turbiedad tiene que vencer o espiritualizar con sus llamas. Y algunas de esas *nubes*, que se han colgado de la aurora de nuestro tiempo, van a pasar ahora revista ante nosotros.

¡O tomemos nuestra materia de otro modo! Son conocidos los intentos de comparar el curso de la historia con una línea. «La forma de la historia», se dice en una obra llena de ingenio escrita contra la filosofía hegeliana de la historia, «la forma de la historia no es ascenso y descenso, ni el círculo concéntrico o la espiral, sino el paralelismo épico, ora convergente (así ha de decir sin duda en lugar de “congruente”), ora divergente». Yo me atengo, sin embargo, más bien a una espiral trazada a mano alzada, que no se toma sus vueltas demasiado al pie de la letra. Lentamente empieza la historia su curso desde un punto invisible, alrededor del cual se arrastra en vueltas soñolientas; pero sus círculos se hacen cada vez mayores, el impulso cada vez más rápido y vivo; por fin sale disparada como un cometa en llamas de estrella en estrella, rozando a menudo sus viejas órbitas, cruzándolas a menudo, y con cada vuelta sobre sí misma se acerca más a lo infinito. — ¿Quién puede ver el fin? Y en aquellos lugares en que parece volver a tomar su vieja órbita, se alza la miopía sabihonda y grita jubilosa que por una vez ha tenido una idea. ¡Ya lo tenemos, no hay nada nuevo bajo el sol! Entonces se regocijan nuestros chinescos héroes del inmovilismo, nuestros mandarines del retroceso, y hacen ademán de borrar a golpe de reseña tres siglos de los anales del mundo, como una excursión impertinente por regiones prohibidas, como un sueño de fiebre; y no ven que la historia solo se lanza rugiendo por el camino más recto hacia un astro de ideas nuevo y luminoso, que pronto deslumbrará sus ojos estúpidos con su grandeza solar.

En un punto así de la historia estamos ahora. Todas las ideas que salieron a la arena desde Carlomagno, todos los gustos que se desplazaron unos a otros desde hace cinco siglos, quieren hacer valer una vez más ante el presente su derecho caducado. El feudalismo de la Edad Media y el absolutismo de Luis XIV, la jerarquía de Roma y el pietismo del siglo pasado se disputan el honor de echar del campo al pensamiento libre. Se me dispensará de hablar más por extenso de ellos; tanto más cuanto que relampaguean enseguida mil espadas, todas más afiladas que la mía, contra cualquiera que lleve en el escudo una de esas divisas, y sabemos que todos ellos se desgastan unos contra otros y contra el pie diamantino del tiempo que avanza. Pero a aquellas reacciones colosales en la vida de la Iglesia y del Estado corresponden en el arte y en la literatura aspiraciones *menos advertidas*, retrocesos *inconscientes* hacia siglos anteriores, que, si no al tiempo, amenazan sí al gusto del tiempo, y que, cosa extraña, todavía nadie ha reunido.

No hay que ir muy lejos para encontrar estos fenómenos. Entrad en un salón amueblado a la moderna y veréis de qué espíritu son hijas las formas de que se os rodea. Todos los engendros del rococó del tiempo del absolutismo más craso han sido conjurados para encerrar el espíritu del movimiento en las formas en que se sentía a gusto el «*l’État c’est moi*». Nuestros salones están adornados, sillas, mesas, armarios y sofás *en style de la renaissance*, y solo faltaba poner a Heine una peluca y meter a Bettina[^1] en un miriñaque para restaurar del todo el *siècle*.

Una habitación así está hecha, desde luego, para leer en ella una novela del señor *von Sternberg*,[^2] con su curiosa predilección por la época de la Maintenon. Al ingenio de Sternberg se le ha perdonado este capricho, y también se han buscado, aunque naturalmente en vano, razones más hondas; yo me permito, sin embargo, afirmar que precisamente este rasgo de las novelas de Sternberg, que quizá favorezca por el momento su difusión, perjudicará considerablemente su permanencia. Aparte de que una alusión constante a la época más árida, más cargada de prosa, frente a cuyo ser extravagante, que patalea entre cielo y tierra, frente a cuyas marionetas de la convención nuestro tiempo y sus hijos son todavía naturales, no realza precisamente la belleza de una obra literaria, estamos demasiado acostumbrados a mirar esa época con luz burlona para que a la larga nos pueda gustar bajo otra iluminación, y volver a encontrar un capricho así en todas las novelas de Sternberg acaba siendo, en fin, de lo más aburrido. Esta inclinación no puede valer, por lo menos a mis ojos, más que como capricho, y si ya por eso carece de razones más hondas, creo, sin embargo, haber encontrado su punto de enganche en la vida de la «buena sociedad». El señor von Sternberg se educó sin duda para ella y aprendió a moverse en ella con gusto, quizá encontró en sus círculos su verdadera patria; y entonces no es de extrañar que coquetee con una época cuyas formas sociales eran mucho más definidas y redondeadas, aunque más acartonadas y de peor gusto, que las de hoy. Con mucha más audacia que en el señor von Sternberg se ha presentado el gusto del *siècle* en su ciudad madre, París, donde hace ademán serio de arrebatar a los románticos la victoria que apenas habían conquistado. Llegó Victor Hugo, llegó Alexandre Dumas, y con ellos el rebaño de imitadores; la falta de naturalidad de las Ifigenias y las Atalías cedió a la falta de naturalidad de una Lucrecia Borgia; a un tétanos le siguió una fiebre ardiente; a los clásicos franceses se les demostraron plagios de los antiguos… y aparece Mlle. Rachel[^3] y todo se olvida, Hugo y Dumas, Lucrecia Borgia y los plagios; Fedra y el Cid se pasean por el escenario con pasos medidos y alejandrinos acicalados, Aquiles hace la parada con sus alusiones al gran Luis, y Ruy Blas[^4] y Mademoiselle de Belle-Isle[^5] apenas se atreven a salir de entre bastidores para refugiarse enseguida en las fábricas alemanas de traducciones y en los teatros nacionales alemanes. Debe de ser una sensación dichosa para un legitimista poder olvidar, contemplando las piezas de Racine, la Revolución, a Napoleón y la gran semana;[^6] la gloria del *ancien régime* surge de la tierra, el mundo se cuelga tapices de alto lizo, el Luis absoluto se pasea con chaleco de brocado y peluca de bucles por las alamedas recortadas de Versalles, y un abanico de favorita todopoderoso gobierna la corte dichosa y la desdichada Francia.

Pero mientras aquí la reproducción de lo anterior se queda en la propia Francia, una peculiaridad de la literatura francesa del siglo pasado parece querer repetirse en la alemana actual. Me refiero al diletantismo filosófico, que se muestra en varios escritores recientes igual que en los enciclopedistas. Lo que allí era el materialismo empieza a ser aquí Hegel. *Mundt* fue el primero que —para hablar en su propio lenguaje— introdujo en la literatura las categorías hegelianas; *Kühne*, como siempre, no dejó de seguirle y escribió la *Cuarentena en el manicomio*,[^7] y aunque el segundo tomo de los *Caracteres* muestra un abandono parcial de Hegel, su primer tomo contiene bastantes pasajes en que intenta traducir a Hegel a lo moderno. Por desgracia, estas traducciones son de aquellas que no pueden entenderse sin el original.

La analogía no puede negarse; la conclusión que el autor ya citado sacó del destino del diletantismo filosófico del siglo pasado, a saber, que con el sistema entra en la literatura el germen de la muerte, ¿se confirmará también con el del siglo presente? ¿Se tenderán testarudas de través por el campo que labra el genio poético las raíces de un sistema que supera en coherencia a todos los anteriores? ¿O corresponden estos fenómenos solo al amor con que la filosofía sale al encuentro de la literatura, y cuyos frutos destacan tan brillantes en Hotho, Rötscher, Strauss, Rosenkranz y los *Hallische Jahrbücher*?[^8] Entonces, desde luego, el punto de vista cambiaría y podríamos esperar aquella mediación de la ciencia y la vida, de la filosofía y las tendencias modernas, de Börne y Hegel, cuya preparación ya intentó antes una parte de la llamada Joven Alemania. Aparte de estas solo queda abierta una salida, que detrás de las otras dos resulta, claro está, algo cómica: la de suponer que la influencia de Hegel en las bellas letras no tendrá la menor importancia. Creo, con todo, que pocos se decidirán a tomarla.

Pero tenemos que retroceder más todavía que hasta los enciclopedistas y la señora de Maintenon; Duller, Freiligrath y Beck se permiten representar en nuestra literatura la segunda escuela silesiana del siglo diecisiete.[^9] ¿A quién no le recuerdan *Cadenas y coronas*, *El Anticristo*, *Loyola*, *El emperador y el papa* de Duller, por su manera de exponer, el patetismo que asalta el cielo de la *Banise asiática* del difunto Ziegler von Klipphausen, o el «Gran duque Arminio con su serenísima Tusnelda» de Lohenstein? Beck, nada menos, ha superado en ampulosidad a aquellas buenas gentes; algunos pasajes de sus poemas casi se toman por productos del siglo diecisiete sumergidos en tintura moderna de dolor del mundo; y Freiligrath, que a veces tampoco sabe distinguir la ampulosidad del lenguaje poético, completa el retroceso hasta Hofmannswaldau renovando el alejandrino y reintroduciendo la coquetería con los extranjerismos. Pero es de esperar que deje esto junto con sus asuntos exóticos,

> Se seca la palmera, se dispersa la arena del desierto,  
> el poeta se arroja al corazón de la patria,  
> ¡otro y sin embargo el mismo!

y si Freiligrath no lo hiciera, en verdad, dentro de cien años se tomarían sus poemas por un herbario o una salvadera y se usarían, como las reglas latinas de versificación, para la enseñanza de la historia natural en las escuelas. Un Raupach[^10] no podría contar con otra inmortalidad que esa inmortalidad práctica para sus crónicas en yambos, pero Freiligrath, es de esperar, nos traerá obras dignas por completo del siglo diecinueve. — Pero ¿no es bonito que en nuestra literatura de reproducción, desde la escuela romántica, hayamos avanzado ya del siglo doce al diecisiete? Entonces tampoco Gottsched[^11] se hará esperar mucho.

Confieso mi apuro sobre cómo ordenar estos detalles bajo un punto de vista; confieso haber perdido los hilos con que se atan a la masa del tiempo que rueda hacia adelante. Quizá no estén maduros todavía para una visión de conjunto segura y crezcan aún en extensión y número. Pero sigue siendo notable que, como en la vida, así en el arte y en la literatura aparezca esta *reacción*, que las quejas de los periódicos ministeriales resuenen en paredes que parecen haber oído el *l’état c’est moi*, y que al griterío de los modernos oscurantistas, de este lado, le corresponda, del otro, la oscuridad recargada de una parte de la poesía alemana más reciente.

[^1]: Bettina von Arnim (1785-1859), escritora romántica, hermana de Clemens Brentano.

[^2]: Alexander von Ungern-Sternberg (1806-1868), novelista aristocrático muy leído entonces.

[^3]: Élisabeth-Rachel Félix (1821-1858), «Mlle. Rachel», que desde 1838 devolvió el favor del público parisino a la tragedia clásica de Corneille y de Racine.

[^4]: *Ruy Blas* (1838), drama de Victor Hugo; *Mademoiselle de Belle-Isle* (1839), comedia de Alexandre Dumas. *Lucrèce Borgia* (1833) es de Hugo; las Ifigenias, las Atalías y la Fedra, de Racine; el *Cid*, de Corneille.

[^5]: (Nota de la redacción del *Telegraph*.) También este asunto es rococó.

[^6]: Las jornadas de la revolución de julio de 1830 en París.

[^7]: Gustav Kühne, *Eine Quarantäne im Irrenhause* (1835).

[^8]: Heinrich Gustav Hotho, Heinrich Theodor Rötscher, David Friedrich Strauss y Karl Rosenkranz, discípulos de Hegel que escribieron sobre arte y literatura; los *Hallische Jahrbücher für deutsche Wissenschaft und Kunst*, de Arnold Ruge y Theodor Echtermeyer, órgano de los jóvenes hegelianos desde 1838.

[^9]: Eduard Duller (1809-1853), autor de dramas y novelas históricas. Los poetas barrocos de la llamada segunda escuela silesiana: Daniel Casper von Lohenstein, autor de la novela *Arminius* (1689-1690); Christian Hofmann von Hofmannswaldau; Heinrich Anshelm von Zigler und Kliphausen, autor de *Die asiatische Banise* (1689).

[^10]: Ernst Raupach (1784-1852), autor de un ciclo de dramas sobre los Hohenstaufen.

[^11]: Johann Christoph Gottsched (1700-1766), el preceptista del clasicismo afrancesado de la primera Ilustración alemana.
