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Title: Andanzas por Lombardía (1841)
Description: Estampa de viaje del joven Engels, que en mayo de 1841 cruzó Suiza camino de Italia: Basilea y Zúrich, la tumba de Ulrich von Hutten, el Walensee, la Via Mala y el paso del Splügen; paisaje romántico, un soneto de Petrarca para un desengaño amoroso y algunas pullas políticas.
Author: Friedrich Engels
Date: 1841-12-04
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1841%20Andanzas%20por%20Lombard%C3%ADa
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*Escrito por Friedrich Engels tras el viaje que hizo en mayo de 1841, al terminar su aprendizaje en Bremen, por Suiza y el norte de Italia, y publicado en el* Athenäum. Zeitschrift für das gebildete Deutschland *(Berlín), n.º 48, 4 de diciembre de 1841, y n.º 49, 11 de diciembre de 1841, con la firma «Friedrich Oswald», el seudónimo que Engels usaba entonces (también «F. O.»). Traducido de la MEGA¹, sección I, tomo 2 (Berlín, 1930), pp. 159-168, por la Escuela de marxismo, 2026. La nota sobre Petrarca es de Engels; las demás son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1841%20Lombardische%20Streifz%C3%BCge).*

Por Friedrich Oswald

## ¡Al otro lado de los Alpes!

¡Gracias a Dios que hemos dejado atrás Basilea! Una ciudad tan seca, llena de levitas y tricornios, de filisteos y patricios y metodistas, en la que nada es fresco y vigoroso salvo los árboles que rodean la catedral rojo ladrillo y los colores de la *Pasión* de Holbein,[^1] que puede verse aquí en la biblioteca entre otros cuadros; semejante nido, con todas las fealdades de la Edad Media y sin sus bellezas, no puede atraer a un ánimo juvenil cuya fantasía tiene más que bastante con los Alpes suizos e Italia. ¿Será que el paso de Alemania a Suiza, del suave margraviato de Baden rodeado de viñas a Basilea, resulta tan desalentador solo para que la impresión de los Alpes sea después más profunda? Tampoco la comarca que estamos atravesando es la más bella. A la derecha, las últimas estribaciones del Jura, verdes y frescas, desde luego, pero sin carácter; a la izquierda, el Rin estrecho, que parece tenerle horror también a Basilea, tan despacio baja arrastrándose por el valle, y al otro lado del Rin todavía un pedacito de Alemania. Poco a poco nos alejamos del río verde, la carretera sube, y se escala la cresta más extrema del Jura, que avanza entre el Aar y el Rin. Allí la escena cambia de golpe. Ante nosotros se extiende un valle soleado y alegre; no, tres, cuatro valles: el Aar, el Reuss y el Limmat, visibles en largos trechos, serpentean entre las colinas y confluyen, pueblos y pequeñas ciudades rodean sus orillas, y a lo lejos, detrás de las primeras hileras de colinas, se alza una cadena de montañas tras otra como las gradas de un anfiteatro gigantesco; a través de las nieblas que flotan en torno a los picos más lejanos brilla aquí y allá la nieve, y por encima de la multitud de cumbres se eleva el Pilatus, como si estuviera sentado a juzgar como en otro tiempo el gobernador de Judea que le dio su nombre:[^2] ¡esos son los Alpes!

Ahora se va deprisa cuesta abajo, y solo ahora, con la cercanía de los Alpes, se nota que se está en Suiza. El traje suizo y la manera suiza de construir aparecen con la naturaleza suiza. El habla suena más bella, más espiritual que el dialecto de Basilea, al que la comodidad de la vida urbana patricia ha prestado una anchura material y pesada; las fisonomías se vuelven más libres, más abiertas, más vivas; el tricornio cede ante el sombrero redondo, y los largos faldones colgantes ante la chaqueta corta de terciopelo. La pequeña ciudad de Brugg queda pronto atrás, y siguiendo la carretera cruzamos los ríos rápidos y verdes; recorriendo con la vista una multitud de perspectivas encantadoras que cambian deprisa, dejamos el Aar y el Reuss con el Habsburgo, cuyas ruinas miran desde una cumbre boscosa, y entramos en el valle del Limmat para seguirlo hasta Zúrich.

En Zúrich tenía que quedarme un día, y en el camino hacia la tierra prometida de la juventud alemana un día es ya una estancia considerable. ¿Qué podía esperar de Zúrich? ¿Valdría la pena la demora? Lo confieso: desde la historia de septiembre, desde la victoria de los guardianes de Sion de Pfäffikon,[^3] no podía imaginarme Zúrich más que como una segunda Basilea, y pensaba con horror en el día que daba ya por perdido; en el lago, en mi inocencia, ya ni pensaba, tanto menos cuanto que los chaparrones que, tras un largo período de sol, me habían alcanzado por fin entre Basilea y Zúrich me prometían un día mojado. Pero cuando al despertar vi un cielo matinal azul sobre las montañas soleadas, me levanté de un salto y salí corriendo. Paseando a la buena de Dios, llegué a una especie de terraza rodeada de jardines y plantada en lo alto de árboles viejos. Una tablilla de madera escrita me informó de que el paseo era público, y así subí, contento. Allí vi el lago ante mí, centelleando al sol de la mañana, humeando de niebla temprana, encerrado entre montañas de espesos bosques, y en el primer instante yo mismo me quedé preso de cierto asombro ingenuo ante la existencia de un paraje de belleza tan sorprendente. Un amable zuriqués al que me dirigí me dijo que allá arriba, en el Ütliberg, había una vista tan hermosa que los zuriqueses llamaban a su monte el pequeño Rigi, y no del todo sin razón. Le eché un vistazo a la cumbre: era la más alta de la cadena del Albis, que se extiende por el lado suroeste del lago, y en general más alta que los demás montes visibles. Me hice indicar el camino y subí sin más ceremonias. Tras una marcha de hora y media estaba arriba. Aquí tenía ante mí el lago en toda su longitud, con todo su juego multicolor de verdes y azules, con la ciudad y las innumerables casas de sus orillas onduladas; allá, al otro lado del Albis, un valle lleno de prados verdes en el que bajaban desde las montañas los claros bosques de robles y los oscuros de abetos, un mar verde con olas de colinas en el que las casas yacían como barcos; y al sur, en el horizonte, la cadena centelleante de los glaciares desde el Jungfrau hasta el Septimer y el Julier; y desde arriba, desde el cielo azul, el sol de mayo derramaba la gloria de sus rayos sobre el mundo engalanado de domingo, de modo que lago, campo y monte rivalizaban en centelleo y la magnificencia no tenía fin.

Cansado de mirar, entré en la casa de tablas que hay en la cumbre y pedí de beber. Me lo trajeron, y con ello el libro de visitantes. Ya se sabe lo que se encuentra en libros semejantes; todo filisteo los tiene por establecimientos de inmortalización en los que puede legar a la posteridad su oscuro nombre y uno de sus pensamientos sumamente triviales, y cuanto más limitado es uno, con tanto más largas glosas marginales acompaña su nombre. Los comerciantes quieren demostrar que, además del café, el aceite de ballena o el algodón, también la naturaleza hermosa, que ha producido todo eso y hasta el oro, tiene todavía un sitito en su corazón; las señoras desahogan en ellos sus sentimientos desbordantes, los estudiantes su alegría y su afán de burla, y sabios maestros de escuela le dan a la naturaleza un pomposo certificado de madurez. «¡Magnífico Ütli, peligroso rival del Rigi!», empezaba un doctor en artes iliberales su apóstrofe ciceroniano. Pasé las hojas de mal humor y dejé sin leer a todos los alemanes, franceses e ingleses. Entonces encontré un soneto de Petrarca en italiano que en alemán dice más o menos así:[^4]

> Me elevé en espíritu a la morada de aquella  
> a quien siempre busco y no encuentro aquí abajo;  
> la mirada dulce, la que antes tan severa me esquivaba,  
> así estaba ella en la tercera esfera del cielo.
>
> Tomándome la mano, me dijo en voz baja: «Tus lágrimas  
> se secan aquí, donde nunca estaremos separados;  
> yo soy la que tanto tiempo te robó la paz,  
> para volver aquí, antes de tiempo, a mi casa.
>
> ¡Oh, si un sentido humano comprendiera mi dicha!  
> Solo a ti te espero, y a lo que tanto quieres,  
> el cuerpo que dejé allá abajo hace ya tiempo». —
>
> ¡Ay!, ¿por qué calló, por qué me soltó las manos?  
> Pues poco faltó, con aquel dulce sonido,  
> para que me quedara al punto allá en el cielo.

El que lo había escrito se llamaba Joachim Triboni, de Génova, y con esta inscripción se había hecho al instante amigo mío. Porque cuanto más huecas y disparatadas eran las demás glosas, tanto más se destacaba este soneto sobre su fondo, tanto más me conmovía. Quien allí donde la naturaleza despliega toda su magnificencia, donde la idea que dormita en ella parece, si no despertar, al menos soñar un sueño dorado, quien allí no tiene nada que sentir ni nada que decir salvo: «¡Qué hermosa eres, naturaleza!», ese no tiene derecho a creerse por encima de la masa vulgar, plana y confusa. Al ánimo más profundo, en cambio, le surgen entonces los dolores y los sufrimientos individuales, pero solo para disolverse en la magnificencia de la naturaleza y deshacerse en suave reconciliación. Y esa reconciliación difícilmente podía expresarse con más belleza que en aquel soneto. Pero había todavía otra circunstancia que me hizo amigo de aquel genovés. Así que antes que yo ya *uno* había subido su mal de amores a esta altura; así que no estaba yo solo con un corazón que un mes antes era todavía infinitamente dichoso y ahora estaba desgarrado y desierto. ¿Y qué dolor tiene más derecho a expresarse ante la naturaleza hermosa que el más noble, el más alto de todos los sufrimientos personales, el dolor del amor?

Contemplé una vez más los valles verdes y bajé luego del monte para ver la ciudad más de cerca. Se extiende en forma de anfiteatro en torno al estrecho desagüe del lago, y ofrece también desde este, con los pueblos y casas de campo que la rodean, una vista encantadora. También las calles se distinguen ventajosamente por edificios bonitos y nuevos. Que este estado de cosas, sin embargo, no existía desde hacía mucho me lo enseñó la conversación de la noche con un viejo viajero que no acababa de asombrarse de lo mucho que se había embellecido el viejo Zúrich en seis años, y de lo brillantemente que el gobierno anterior había restablecido la dignidad exterior de la república en lo tocante a los edificios públicos. Hoy, cuando cierto partido no tiene bastante barro para echar sobre el cadáver de ese gobierno, merece sin duda mencionarse que este, en vida, no solo tuvo el valor, hasta ahora único, de llamar a un *Strauss*, sino que cumplió también honrosamente con otros deberes de gobierno.

A la mañana siguiente seguimos viaje hacia el sur. Primero la carretera iba a lo largo de toda la orilla del lago hasta Rapperswil y Schmerikon, un camino magnífico entre jardines, casas de campo y pueblos pintorescamente agrupados y rodeados de viñas; al otro lado del lago, el largo lomo verde oscuro del Albis con sus exuberantes colinas delanteras, y al sur, donde las montañas se separan, los picos deslumbrantes de los Alpes de Glaris. En medio del lago surge una isla: Ufnau, la tumba de Ulrich von Hutten.[^5] Luchar así por la idea libre, y descansar así de la lucha y las fatigas, ¡a quién le fuera dado!, rodeado del rumor de las olas verdes del lago, que golpean la tumba del héroe como un lejano estruendo de armas y gritos de batalla, velado por los gigantes de coraza de hielo, eternamente jóvenes, ¡los Alpes! Y luego un Georg Herwegh, que como representante de la juventud alemana peregrina a esa tumba y deposita en ella sus canciones, la expresión más bella de las convicciones que entusiasman a la joven generación:[^6] eso vale más que estatuas y monumentos.

En Uznach, adonde se dirigió el camino después de dejar el lago, había feria de la parroquia, y la imperial de la diligencia, que hasta entonces había ocupado yo solo, se llenó de feriantes que fueron sintiendo todas las consecuencias de la noche de juerga y, adormeciéndose, me dejaron a mis reflexiones. Ahora nos acogió un valle bellísimo; colinas de suaves curvas, cubiertas de prados verdes y coronadas de bosques, nos rodeaban; por primera vez vi aquí de cerca el verde, de matices tan peculiares, de los bosques suizos, mezcla de frondosas y coníferas, y no puedo describir la profunda impresión que me causó. La mezcla, que destaca con igual fuerza los matices claros y los oscuros, presta un gran encanto incluso a parajes monótonos, y aunque precisamente aquí la agrupación de monte y valle no fuera original, sorprendía, sin embargo, encontrar una región donde casi toda la belleza estaba en el colorido; pero este era, por eso mismo, tanto más hermoso. Grandeza y severidad en la naturaleza me quedaban todavía bastantes por delante, hasta lo alto de la cordillera; pero esta dulzura y esta gracia solo volví a encontrarlas en la vertiente italiana.

Pronto, sin embargo, estuve de nuevo al pie de montañas mayores, cuyas cumbres, aunque por debajo del límite de las nieves, aún estaban blancas ahora, en mayo. Por valles ora estrechos, ora más anchos, la carretera seguía el canal que une el lago de Zúrich con el de Walenstadt. Pronto lo tuve delante. Aquí la comarca tiene ya un carácter muy distinto que junto al lago de Zúrich; casi inaccesible, la cuenca yace entre rocas escarpadas que se alzan directamente del agua y solo dejan una estrecha abertura en la salida y en la entrada. Un vapor malo recogió a los viajeros de la diligencia, y pronto desapareció Weesen, la pequeña ciudad donde habíamos embarcado, detrás de las montañas que se juntaban. Todas las huellas de actividad humana habían quedado atrás; solitario, el vapor remaba hacia el interior de la hermosa soledad, cada vez más adentro en este reino tranquilo de la naturaleza; al sol radiante centelleaban las crestas verdes de las olas, las cumbres nevadas y las cascadas que aquí y allá bajaban rugiendo desde ellas; entre el granito gris blancuzco de las rocas asomaba de vez en cuando, risueña, una garganta verde y boscosa, un trocito de prado, y la fina neblina que subía del lago se difuminaba a lo lejos, sobre el fondo de montañas, en sombras suaves y violetas. Era uno de esos parajes que casi desafían al espíritu humano a aquella individualización del espíritu de la naturaleza que encontramos en la leyenda popular, donde las rocas hendidas, con sus coronas de nieve, toman los contornos de rostros de ancianos surcados de arrugas y de rizos plateados, y de las aguas claras emerge la cabellera verde y ondulante de ondinas encantadoras. Poco a poco las paredes que nos apretaban se abrieron un poco y salientes de espesa maleza se adentraban en el lago; una franja blanca brillaba a través de la bruma azul: eran las casas de Walenstadt, que está al final del lago; desembarcamos y seguimos alegres camino de Coira, mientras sobre nuestras cabezas colgaba la cadena de rocas cuyas cumbres más altas se llaman los siete Príncipes Electores.[^7] Los severos señores estaban sentados tan solemnes, con sus mantos de armiño petrificados y sus coronas de nieve doradas por el sol de la tarde, como si estuvieran reunidos en el Römer de Fráncfort para la elección del emperador, sin que les perturbaran los gritos y el empuje del pueblo a sus pies en todo el Sacro Imperio Romano, cuya constitución estaba con el tiempo tan petrificada como aquí sus siete representantes. Por lo demás, tales denominaciones en boca del pueblo son una prueba de lo alemanes de los pies a la cabeza que son los suizos, por poco que ellos mismos quieran admitirlo. Quizá vuelva más adelante con más detalle sobre este tema, y por eso lo dejo por ahora.

Cada vez más adentro de las rocas se iba ahora, cada vez más raros se hacían los lugares donde la mano del hombre ha arrancado a la naturaleza áspera un aspecto más suave; como un nido de golondrina colgaba el castillo de Sargans de un peñasco vertical, hasta que por fin, junto a Ragaz, los árboles encontraron al menos tierra bastante sobre la piedra para poder vestirla de un bosque espeso. También aquí hay un castillo en la ladera, pero en ruinas, como en general los pasos de un valle fluvial a otro están bastante poblados de tales huellas del derecho del puño. Junto a Ragaz el valle se abre ampliamente; respetuosas, las montañas se retiran ante el genio poderoso del joven río que se abrió paso con fuerza a través de los gigantes de granito del Gotardo y del Splügen y corre ahora, orgulloso de su juventud y animoso, al encuentro de su gran destino: es el *Rin*, al que volvemos a saludar. En un lecho ancho rueda solemne sobre la grava y la arena, pero se ve por las piedras desparramadas a lo lejos con qué furia golpea a su alrededor cuando se harta de su blanda comodidad y se levanta con ganas de destruir. Su valle forma desde aquí la carretera que lleva a Coira y desde allí sube al paso del Splügen.

En Coira empieza ya la mezcla de lenguas que domina toda la cresta más alta de los Alpes; en la casa de postas se gritaba a la vez en alemán, en romanche y en italiano del dialecto lombardo. Sobre el romanche, la lengua de los montañeses de los Grisones, los lingüistas han hablado mucho en un sentido y en otro, y, sin embargo, aún flota sobre él una oscuridad misteriosa. Unos han querido coordinarlo en cuanto a independencia con las principales lenguas románicas; otros, en cambio, han querido encontrar en él elementos franceses, sin pensar cómo iban a llegar allí. Si se quiere dignar a este idioma de alguna atención, la comparación con los dialectos vecinos es sin duda lo más inmediato. Pero eso se ha descuidado hasta ahora. Por lo que pude sacar, en un rápido viaje, de la gente que conocía la lengua, la formación de las palabras del idioma tiene un parentesco muy estrecho con la del dialecto lombardo vecino y solo diferencias dialectales con él. Lo que se ha tenido por influencia francesa se vuelve a encontrar todo al sur de los Alpes.

A la mañana siguiente seguimos desde Coira río arriba por el Rin, a lo largo de un valle ancho rodeado de rocas salvajes. Al cabo de unas horas surgió de la fina niebla de la mañana una pared vertical coronada de ruinas de castillo, que se atravesaba en el camino de la carretera. El valle quedaba así como tapiado ante nosotros, y solo por una garganta estrecha podíamos seguir adelante. Una torre blanca y estrecha se alzaba ante nosotros; era la de Thusis o, como dicen los lombardos, Tosana, es decir, ciudad de las muchachas. Está situada maravillosamente en una hondonada estrecha cuyas paredes forman rocas verticales, la más inaccesible de las cuales lleva aquellas ruinas, las del castillo de Hohenrätien. No hay mayor aislamiento que aquel al que la naturaleza ha condenado a este pueblo, y, sin embargo, también aquí los hombres han sido más fuertes que la naturaleza: como para desafiarla, han trazado la carretera por en medio de Thusis y hacen pasar por aquí a diario ingleses, comerciantes y turistas. Detrás de Thusis empezaba, pues, la subida del cinturón alpino que teníamos que trepar hasta la noche. Dejé plantado el coche y, fortalecido con un cuartillo de vino de la Valtelina, que aquí es donde mejor se encuentra, seguí a pie por la carretera. Una carretera así no la hay otra vez en el mundo. Excavada en rocas que cuelgan sobre ella, sube serpenteando por las gargantas que el Rin se ha abierto. Verticales, las gigantescas paredes de granito rodean con su mirada fija el sendero, al que en algunos lugares de la carretera no llega ni el sol de mediodía, y muy abajo, entre piedras hendidas, brama y truena el torrente salvaje, arrancando abetos, haciendo rodar bloques de roca, como un titán furioso al que un dios ha arrojado dos montañas sobre el pecho. Aquí parecen haber huido las últimas montañas obstinadas, que no querían doblegarse al dominio del hombre que todo lo somete, y haberse puesto en fila para defender su libertad; espantosas y rígidas miran al caminante, y uno cree oír su voz: ¡Ven, hombre, si te atreves, trepa a nuestras cabezas y siembra tu grano en los surcos de nuestras frentes; pero allá arriba el sentimiento de tu pequeñez te sobrecogerá con vértigo, el suelo cederá bajo tus pies y caerás destrozándote de pico en pico! ¡Construye tus carreteras entre nosotras, si quieres; cada año baja nuestro aliado, el Rin, hinchado de ira, y echa abajo tu obra!

En ninguna parte es tan colosal, casi se diría tan consciente de sí misma, esta oposición del poder de la naturaleza contra el espíritu humano como aquí. Lo solitariamente espantoso del camino y el peligro que antaño iba unido a este paso de los Alpes le han valido también el nombre de Via Mala. Ahora, desde luego, es otra cosa. El espíritu ha vencido también aquí a la naturaleza, y como una cinta que encadena se extiende de roca en roca la carretera segura, cómoda y casi indestructible, transitable en cualquier estación del año. Y, sin embargo, a la vista de las rocas amenazadoras le asalta a uno un sentimiento estremecido y angustioso; parecen estar rumiando venganza y liberación.

Pero poco a poco la garganta se ensancha, las cataratas que braman se hacen más raras, el lecho del Rin, que a menudo tenía que abrirse paso por desfiladeros que solo se medían por pulgadas, se vuelve más ancho, las paredes escarpadas se hacen más inclinadas y se retiran más, se abre un valle verde, y en medio de esta primera terraza del Splügen está Andeer, un lugarcito conocido como balneario por los grisones y los valtelineses. La vegetación es aquí ya bastante más pobre, lo que salta tanto más a la vista cuanto que desde Thusis hasta aquí no se veían hojas ni hierba, sino solo abetos que podían aferrarse a los peñascos escarpados. Y, sin embargo, qué bien le hacía a la vista, después de todas aquellas sombrías paredes de granito pardo grisáceo, volver a ver un valle verde con prados, una ladera de matorral. Justo detrás de Andeer se subía por una pendiente abrupta por la que la carretera trepaba serpenteando en mil revueltas. Dejé estas al coche y trepé por pedregales, entre matorrales y zarzas enredadas, hasta donde la carretera se volvía hacia el otro lado del monte. Allí estaba, muy por debajo de mí, el valle verde, recorrido por el Rin, cuyo trueno me llegaba ya de nuevo. Una mirada más de saludo hacia abajo, y adelante. La carretera me llevó a una hondonada entre rocas altísimas e inclinadas, de nuevo a la soledad más abandonada del mundo. Me apoyé en el pretil y miré abajo, al Rin, que formaba un remanso bajo árboles de follaje oscuro. La superficie tranquila y verde, sobre la que se inclinaban las ramas cubriendo de follaje por todas partes rinconcitos ocultos y secretos, las paredes de roca cubiertas de musgo, los rayos de sol que entraban aquí y allá, todo tenía algo peculiarmente mágico. El murmullo del río, ya calmado, sonaba casi comprensible, como la charla de aquellas hermosas doncellas cisne que llegan volando de lejos sobre las montañas y en un lugar solitario y secreto se despojan de la piel de cisne para bañarse bajo las ramas verdes en la ola fría como la nieve. Entre tanto, resonaba el trueno de las cataratas como la voz airada del espíritu del río que las regaña por su imprudencia, pues ya saben que tienen que seguir a quien les robe la piel de cisne, y allá detrás viene ya una diligencia entera llena de mirones de muchachas, y en general no está bien que las mujeres, aunque sean doncellas cisne románticas, se bañen junto a la carretera abierta. Pero las hermosas ondinas se ríen del viejo miedoso, porque saben que nadie las ve más que aquel a quien está abierta la vida soñadora de la naturaleza, y que ese no les hace nada.

Cada vez hacía más frío entre las montañas; después de subir un rato encontré hacia mediodía la primera nieve, y de pronto me sopló de frente, a mí, acalorado por la subida y la carrera rápidas bajo un sol abrasador, un aire sensiblemente frío. Era la temperatura de la segunda terraza de este paso, en la que está el pueblo de Splügen, el último lugar donde se habla alemán, entre altas montañas de cuyas paredes verdes sobresalen las cabañas pardo oscuro de los pastores. En una casa ya del todo a la italiana, que hasta los pisos altos no tenía más que suelos de piedra y gruesos muros de piedra, se comió a mediodía y luego se continuó el viaje subiendo por una pared de roca casi vertical. En una garganta boscosa, entre los últimos árboles que vi a este lado de los Alpes, yacía un alud, un ancho río de nieve que había bajado rodando de las paredes más empinadas de las cumbres. No tardaron en empezar los barrancos desolados en los que los torrentes truenan bajo una capa de nieve firme y abovedada, y las rocas desnudas apenas aquí y allá están revestidas de musgo. Cada vez más alta, cada vez más extensa yacía la nieve. Arriba del todo, a la carretera se le había abierto un camino a cuyos dos lados la nieve alcanzaba tres, incluso cuatro veces la altura de un hombre. Abrí escalones en la pared de nieve con los talones y trepé. Allí había un valle extenso, blanco como la nieve, de cuyo centro sobresalía un tejado gris: la aduana austríaca, el primer edificio de la vertiente italiana de los Alpes. El registro de nuestros efectos en esta casa, en el que sin embargo logré sustraer felizmente a los ojos de los guardias de frontera mi tabaco de Varinas,[^8] me dio tiempo para mirar un poco alrededor. Por todas partes, capas de roca desnudas y grises cuyas cumbres estaban cubiertas de nieve, un valle en el que de tanta nieve no se veía una brizna de hierba, cuanto menos un arbusto o incluso un árbol; en una palabra, un desierto terrible y abandonado sobre el que se cruzan los alientos del viento italiano y del alemán y nubes grises se persiguen sin cesar; una soledad más horrible que el Sáhara y más prosaica que el brezal de Luneburgo, una región donde año tras año nieva nueve meses y llueve tres: eso fue lo primero que vi de Italia. Pero ahora se iba deprisa cuesta abajo, la nieve desapareció, y donde apenas ayer se había fundido la capa blanca del invierno brotaban ya hoy los azafranes amarillos y azules, la hierba empezaba a ponerse verde de nuevo, volvían los matorrales, luego los árboles, entre los que bajaban rugiendo las blancas cascadas, y muy abajo, en un valle lleno de sombras violetas, corría el espumeante Liro, cuyo brillo de nieve resplandecía claro entre los oscuros castañares; cada vez más tibio se volvía el aire, aunque el sol se hundía ya detrás de las montañas, y en Campodolcino nos encontramos, si no ya en la verdadera Italia, sí entre verdaderos italianos. A montones se reunían los habitantes del pueblecito en torno a nuestro coche y parloteaban en su lombardo áspero y nasal sobre los caballos, el carruaje y los viajeros; todo caras auténticamente italianas, llenas de expresión vigorosa y realzadas por pelo y barba espesos y negros. Y deprisa seguimos adelante, Liro abajo, entre prados y bosques, a través de innumerables bloques de granito inmensos que quién sabe en qué tiempo bajaron arrojados de las cumbres de los Alpes y que, con sus picos y aristas agudos y negros, hacen sobre el fondo de prado verde claro un efecto bastante peculiar. Una serie de pueblos bellísimos apoyados en las rocas, con sus esbeltos campanarios blancos como la nieve, sobre todo Santa Maria di Galivaggio, desfilan ante nuestros ojos; por fin se abre el valle y en un rincón se alza la torre de Chiavenna o, según la expresión alemana, Kläwen, una de las capitales de la Valtelina. Chiavenna es ya una ciudad del todo italiana, con casas altas y calles estrechas en las que se oyen por todas partes los arrebatos de pasión lombardos: *fiocul d’ona putana*, *porco della Madonna*, etc.[^9] Mientras una cena italiana y vino de la Valtelina nos ocupaban aquí, el sol se hundió detrás de los Alpes réticos; un coche austríaco con un *condottiere* italiano y un carabinero de escolta nos recogió, y en marcha hacia el lago de Como. Llena y clara estaba la luna en el cielo azul oscuro, en el que aquí y allá empezaba a brillar una estrella; muy alto llameaba el arrebol de la tarde, dorando las cumbres de las montañas; una magnífica noche del sur se alzaba. Así viajaba yo entre las verdes laderas de viñas que enlazaban sus sarmientos sobre emparrados y en las copas de las moreras; el soplo cálido de Italia venía a mi encuentro suave y cada vez más suave, el encanto de una naturaleza nunca conocida, soñada desde hacía tanto, me sobrecogió con un dulce estremecimiento, y contemplando en espíritu las maravillas que mis ojos iban a ver me quedé dormido, dichoso.

[^1]: La *Pasión* en ocho escenas de Hans Holbein el Joven, en la colección pública de Basilea.
[^2]: Según la leyenda, el cadáver de Poncio Pilato fue arrojado a un lago de este monte, cerca de Lucerna.
[^3]: En septiembre de 1839 los campesinos conservadores del cantón de Zúrich, movilizados por el pastor Bernhard Hirzel, de Pfäffikon, contra el nombramiento de David Friedrich Strauss como profesor de teología en la universidad, marcharon sobre la ciudad y derribaron el gobierno liberal (el *Züriputsch*).
[^4]: «*Sonetos de Petrarca*, *in morte*, 261.» (Nota de Engels.) Es el soneto «Levommi il mio penser in parte ov’era» (*Canzoniere*, 302), de la segunda parte del cancionero, la escrita tras la muerte de Laura; Engels lo da en su propia versión alemana.
[^5]: Ulrich von Hutten (1488-1523), humanista y caballero, aliado de la Reforma y enemigo de Roma, murió refugiado en la isla de Ufnau, en el lago de Zúrich.
[^6]: Georg Herwegh (1817-1875), poeta revolucionario, exiliado en Suiza; su poema «Ufnau und Sankt Helena» abre los *Gedichte eines Lebendigen* (1841).
[^7]: Los Churfirsten (en alemán, homófono de *Kurfürsten*, «príncipes electores»), cadena de siete cumbres sobre el lago de Walenstadt. Los príncipes electores elegían al emperador del Sacro Imperio en Fráncfort, en el ayuntamiento del Römer.
[^8]: Tabaco de Varinas (Venezuela), muy apreciado; en la Lombardía, entonces austríaca, el tabaco era monopolio del Estado.
[^9]: En dialecto lombardo e italiano: «hijo de puta», «cerdo de la Virgen».
