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Title: Un viaje a Bremerhafen (1841)
Description: Estampa de viaje del joven Engels: una excursión dominical en vapor de Bremen a Bremerhafen, con la jerarquía de los empleados de comercio, los emigrantes hacinados en el entrepuente, la defensa del campesino alemán que huye de la servidumbre y una sátira de la jerga de los comerciantes.
Author: Friedrich Engels
Date: 1841-08-17
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1841%20Un%20viaje%20a%20Bremerhafen
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*Escrito por Friedrich Engels en Bremen en julio de 1840 y publicado, un año después, en el* Morgenblatt für gebildete Leser *(Stuttgart), n.os 196-200, 17-21 de agosto de 1841. Al final de su primera correspondencia de Bremen (julio de 1840) Engels había anunciado «algo sobre Bremerhafen». En esos años firmaba sus artículos como «Friedrich Oswald» o «F. O.». Traducido de la MEGA¹, sección I, tomo 2 (Berlín, 1930), pp. 147-154, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1841%20Eine%20Fahrt%20nach%20Bremerhafen).*

Bremen, julio

A las seis de la mañana tenía que zarpar el *Roland*.[^1] Yo estaba apoyado en el tambor de las ruedas y buscaba conocidos entre la multitud que se apretujaba a bordo del vapor. Porque hoy se había organizado una excursión dominical a Bremerhafen, y además a precios rebajados, con lo que todo el mundo aprovechaba la ocasión para acercarse un poco al mar y ver algunos barcos grandes. Me pareció notable que el afán de lucro, que de ordinario trabaja sin cesar en favor de una aristocracia del dinero, hiciera aquí por una vez algunas concesiones a la democracia. La rebaja de los precios hacía posible la participación de los menos pudientes, y además se había suprimido la diferencia entre primera y segunda cámara, lo que en Bremen, donde los «estamentos superiores» nada temen tanto como la compañía mezclada, quiere decir mucho. Así que el vapor se llenó mucho. Auténticos «Bremer Borger»,[^2] que en su vida habían salido del territorio de la ciudad hanseática libre y querían ahora enseñar el puerto a su familia, formaban el núcleo de la compañía; toneleros jurados,[^3] emigrantes y oficiales artesanos estaban también allí en masa; aquí y allá había un hombre de la Bolsa que, como perteneciente a la buena sociedad, se apartaba de la multitud, y por todas partes se veían los peones del tablero de ajedrez de una ciudad comercial, a los que siempre se hace avanzar: los empleados de escritorio, que se dividen a su vez en dependientes, primeros aprendices y benjamines. El dependiente se cree ya una persona importante; solo le falta un paso para independizarse; es el factótum de su firma, conoce de arriba abajo los asuntos de su casa, está familiarizado con el estado del mercado y en la Bolsa los corredores se apiñan en torno a él. El primer aprendiz no se tiene en mucho menos; es cierto que con el principal no está en el mismo pie que el dependiente, pero ya sabe despachar de maravilla a un corredor y, sobre todo, a un tonelero o a un barquero, y en ausencia del principal y del dependiente exhibe la conciencia de que ahora representa él a la firma y de que de su comportamiento depende el crédito de toda una casa. El benjamín, en cambio, es una criatura desdichada; representa a la casa de comercio, a lo sumo, frente al obrero que embala las mercancías o frente al cartero en cuyo distrito está el escritorio. No solo tiene que copiar todas las cartas comerciales y letras de cambio, llevar y pagar facturas, sino hacer en todo de chico de los recados: llevar las cartas al correo, atar paquetes, marcar cajas e ir a buscar las cartas al correo. Cada mediodía puede verse la oficina de correos llena a rebosar de estos «benjamines», que esperan el correo de Hamburgo. Y lo peor es que cada descuido que ocurre en el escritorio tiene que dejar el benjamín que se lo carguen pacientemente; porque forma parte de su oficio ser el chivo expiatorio de todo un escritorio. Estas tres clases se separan rigurosamente también en sociedad: los benjamines, que casi siempre no han acabado de gastar los zapatos de niño, se complacen en reír fuerte y armar mucho ruido por nada; los primeros aprendices hablan con afán de la última gran compra que ha hecho un comerciante de azúcar, y cada uno tiene sus conjeturas al respecto; los dependientes sonríen de chistes que no salen a la luz del día y saben decir cosas significativas sobre las damas presentes.

El vapor zarpó. Aunque los bremenses pueden ver todos los días semejante espectáculo, la curiosidad bremense tuvo que ejercitarse, sin embargo, en una inmensa muchedumbre que contemplaba nuestra partida desde cada saliente de la orilla. El tiempo no era precisamente favorable; era, ciertamente, el mismo viejo cielo de bronce del que habla Homero, pero el lado vuelto hacia nosotros, que los dioses eternos no mandan limpiar todos los días, estaba cubierto de una herrumbre considerable. Más de una vez una gota de lluvia me apagó el cigarro con un siseo. Los dandis, que hasta entonces llevaban al brazo sus macintoshes, se vieron obligados a ponérselos, y las damas abrieron los paraguas. La salida de Bremen, vista desde el Weser, es muy bonita: a la izquierda la Ciudad Nueva con su largo «dique» plantado de árboles; a la derecha los paseos de la muralla, que llegan aquí hasta el Weser y están coronados por un molino de viento colosal. Pero luego viene el desierto bremense: a derecha e izquierda sauzales, prados pantanosos, patatales y una masa de campos de col rizada. La col rizada es el plato favorito de los bremenses.

Sobre el tambor de las ruedas, pese a la fuerte lluvia y al viento cortante, estaba un larguirucho ayudante de corredor de seguros conversando en bajo alemán con el capitán, que se tomaba tranquilo su café. Luego bajó de nuevo deprisa a un grupo de comerciantes de segundo rango para darles cuenta de las importantes manifestaciones del capitán. Los dependientes y los primeros aprendices casi se peleaban por esta respetable personalidad, pero él no les hacía caso, porque hoy solo hablaba con casas establecidas. Ahora bajó a toda prisa del tambor y trajo la noticia: «Dentro de un cuarto de hora estamos en Vegesack». «¡Vegesack!», repitieron con alegría todos los oyentes; porque Vegesack es el oasis del desierto bremense, en Vegesack hay montañas de sesenta pies de altura, y el bremense habla incluso de la «Suiza de Vegesack». Vegesack, por lo demás, está bastante bien situado o, como se dice aquí, es «mono» o «dulce», con lo que se piensa en la última partida de azúcar amarillo de La Habana vendida con beneficio. El pueblo mismo ofrece al Weser una fachada agradable; antes de llegar se ve una porción de cascos de barcos tendidos en el Weser, unos ya fuera de servicio, otros recién construidos aquí. El Lesum desemboca aquí en el Weser y forma con sus colinas unas orillas también bastante «monas», que incluso han de ser románticas, según me aseguró por mi honor el maestro de escuela de Grohn, un pueblo cercano a Vegesack. Justo detrás de Vegesack, el mar de arena intenta de verdad levantar olas considerables y desciende con bastante pendiente hacia el Weser. Aquí están las villas de los aristócratas de Bremen, cuyos jardines embellecen de verdad mucho la orilla del Weser en un pequeño trecho. Luego, desde luego, vuelve el viejo aburrimiento. Bajé de cubierta y encontré en un pequeño cuarto lateral de la cámara una pandilla de «primeros aprendices» que desplegaban todas las velas para entretener como es debido a tres lindas hijas de sastre; ante la puerta se apiñaba una pandilla de «benjamines» que escuchaban atentos la cháchara de los primeros aprendices; detrás de ellos estaba la *garde d’honneur* de las damas, un viejo amigo de la casa, al que aquel desatino movía a un gruñido de fastidio. La conversación me aburría, así que volví a subir y me puse en el tambor de las ruedas. Nada hay más hermoso que estar así por encima de una multitud, mirar el gentío y oír la maraña de palabras que sube de abajo sin conexión. Se siente el soplo fresco del viento más fresco allí arriba, y la lluvia, que desde luego también hay que disfrutar más fresca, es al menos mejor que las gotas que un filisteo le echa a uno en la corbata con su paraguas.

Por fin, después de diversos pueblos hannoverianos y oldenburgueses sin interés, de nuevo una variación agradable: el puerto franco de Brake,[^4] cuyas casas y árboles forman un fondo de buen efecto para los barcos anclados en el Weser. Hasta aquí llegan ya barcos de mar más grandes, y de aquí para abajo el Weser, cuando no lo cortan islas, tiene ya una anchura considerable. Tras una breve parada, el vapor siguió adelante, y en hora y media estábamos en la meta, tras casi seis horas de viaje. Cuando el fuerte de Bremerhafen surgió ante nosotros, un librero conocido mío citó a Schiller, el corredor de seguros citó la *Shipping and Mercantile Gazette*, un comerciante citó el último número de la lista de importaciones. Con una curva magnífica entró el vapor en el Geest, un riachuelo que desemboca en el Weser junto a Bremerhafen. Pero los pasajeros, pese a las advertencias del capitán, se agolparon en la proa del barco, la marea baja había llegado a su nivel más bajo, y de una sacudida el *Roland*, el representante de la independencia bremense, encalló en la arena. Los pasajeros se dispersaron, la máquina trabajó marcha atrás y el *Roland* salió felizmente del banco de arena.

Bremerhafen es una población joven. En 1827 Bremen compró a Hannover una pequeña franja de tierra e hizo construir allí el puerto con costes inmensos.[^5] Poco a poco se fue trasladando allí toda una colonia bremense, y la población sigue creciendo. Por eso aquí todo es bremense, desde el modo de construir las casas hasta la lengua bajoalemana de los habitantes, y el bremense de la vieja escuela, que quizá se haya enfadado por el impuesto extraordinario con cuyo producto se compró el trocito de tierra, no puede ahora ocultar su alegría al ver qué bonito, qué práctico, qué bremense es aquí todo. Desde el embarcadero de los vapores se tiene en seguida la mejor vista del conjunto. Un muelle hermoso y ancho, en cuyo centro se alza la colosal casa del puerto, en un estilo antiguo fallido; el puerto en toda su longitud, con todos sus barcos; a la izquierda, y al otro lado del puerto, el pequeño fuerte ocupado por soldados hannoverianos, cuyos muros de ladrillo muestran con demasiada claridad que solo está allí *pro forma*. Por eso es también muy consecuente que no se deje entrar a nadie en el interior del fuerte, un permiso que en cualquier fortaleza prusiana es fácil de conseguir. Fuimos bajo la lluvia a lo largo del muelle. Aquí y allá una calle lateral ofrecía una vista del interior de la población; todo en ángulo recto, las calles tiradas a cordel, las casas a menudo todavía en construcción. Solo este trazado moderno de la población contrasta con Bremen. Con el mal tiempo y el servicio religioso aún sin terminar, las calles estaban tan silenciosas como en Bremen.

Subí a una gran fragata cuya cubierta estaba llena de emigrantes que miraban cómo izaban la «Jölle». *Jölle* se llama aquí a todo bote que tiene quilla y es apto por ello para el servicio en el mar. La gente estaba todavía alegre; todavía no había pisado los últimos terrones del suelo patrio. Pero yo he visto lo que les afecta cuando dejan de verdad para siempre la tierra alemana, cuando el barco, con todos los pasajeros a bordo, sale lentamente del puerto a la rada y de allí se hace a la mar abierta. Son casi todas caras alemanas leales, sin doblez, con brazos fuertes, y basta detenerse un instante entre ellos, ver solo la cordialidad con que se tratan, para reconocer que en verdad no son los peores los que abandonan su patria para establecerse en el país de los dólares y de las selvas vírgenes. El dicho «Quédate en tu tierra y gánate la vida honradamente» parece hecho como a la medida de los alemanes, y sin embargo no es así; quien quiere ganarse la vida honradamente se va, por lo menos con mucha frecuencia, a América. Y no siempre, ni mucho menos, es la falta de sustento, por no hablar de la codicia, lo que empuja a esta gente a la lejanía; es la posición vacilante del campesino alemán entre la servidumbre y la independencia, es la sujeción hereditaria y el capricho de las jurisdicciones patrimoniales lo que le amarga la comida al hombre del campo y le hace inquieto el sueño, hasta que se decide a abandonar su patria. Eran sajones los que pasaban al otro lado en este barco. Bajamos la escalera para ver el interior del barco. La cámara estaba instalada con extraordinaria elegancia y comodidad: una habitación pequeña y cuadrada, todo elegante como en un salón de la aristocracia, caoba adornada con oro. Delante de la cámara, en pequeños camarotes muy monos, estaban las literas de los pasajeros; al lado nos llegaba de una puerta abierta el olor a jamón de la despensa. Tuvimos que volver a cubierta para bajar por otra escalera al entrepuente. «Pero ahí abajo es espantoso», citaban todos mis acompañantes cuando volvimos a subir. Ahí abajo estaba la *canaille*, que no tiene dinero bastante para gastar noventa táleros en una travesía en cámara; el pueblo ante el que no se quita uno el sombrero, cuyas costumbres aquí se califican de vulgares y allá de incultas; la plebe, que no tiene nada, pero que es lo mejor que un rey puede tener en su reino, y que sobre todo en América mantiene ella sola en pie el principio alemán. Son los alemanes de las ciudades los que han inculcado a los americanos su lamentable desprecio por nuestra nacionalidad. El comerciante alemán se hace un honor de tirar por la borda su germanidad y convertirse en un completo mono de yanqui. Esta criatura híbrida es feliz cuando ya no se le nota lo alemán, habla inglés incluso con sus compatriotas, y cuando vuelve a Alemania hace el yanqui más que nunca. A menudo se oye hablar inglés en las calles de Bremen, pero uno se equivocaría mucho si quisiera tener a todo el que habla inglés por un británico o un yanqui; cuando estos vienen a Alemania hablan siempre alemán, para aprender nuestra difícil lengua; aquella gente son siempre alemanes que han estado en América. Solo el campesino alemán, quizá también el artesano de las ciudades portuarias, se aferra con firmeza de hierro a sus costumbres y a su lengua populares; separado de los yanquis por las selvas vírgenes, los montes Alleghany y los grandes ríos, construye en medio de los Estados Unidos una Alemania nueva y libre; en Kentucky, en Ohio y en el oeste de Pensilvania solo las ciudades son inglesas, mientras que en el campo todo el mundo habla alemán. Y el alemán ha aprendido en su nueva patria nuevas virtudes sin perder las antiguas. El espíritu corporativo alemán se ha desarrollado aquí hasta convertirse en un espíritu formado de libre asociación política: presiona a diario al gobierno para que introduzca el alemán como lengua judicial en los condados alemanes, crea un periódico alemán tras otro, todos ellos fieles a una aspiración reflexiva y tranquila de desarrollar los elementos de libertad existentes, y, lo que es la mejor señal de su poder, ha provocado el partido de los «Native Americans», extendido por todos los Estados, que quiere impedir la inmigración y dificultar al inmigrado la adquisición de la ciudadanía.[^6]

«Pero ahí abajo es espantoso.» Alrededor de todo el entrepuente corre una hilera de camas, varias una al lado de otra y de dos en dos una encima de otra. Aquí reina un aire sofocante, donde hombres, mujeres y niños están apretados unos contra otros como los adoquines de la calle, enfermos junto a sanos, todos juntos. A cada instante se tropieza con un montón de ropa, enseres y demás; aquí gritan niños pequeños, allá se levanta una cabeza de una cama. Es una vista triste; ¡y cómo será cuando una tormenta persistente lo arroje todo de un lado a otro y las olas barran la cubierta, de modo que no se pueda abrir la escotilla, lo único que deja entrar todavía aire fresco! Y en los barcos de Bremen todo está todavía instalado de la manera más humana. Es sabido cómo les va a la mayoría de los que pasan por El Havre. Después visitamos todavía otro barco, americano; estaban justamente cocinando, y cuando una mujer alemana que estaba allí vio la mala comida y la todavía peor preparación, dijo entre lágrimas amargas que, de haberlo sabido, se habría quedado en casa.

Volvimos a la posada. La *prima donna* de nuestro teatro estaba sentada en un rincón con su esposo, el *ultimo uomo* del mismo, y con varios actores más; el resto de la compañía era muy insignificante, de modo que eché mano de unos impresos que había sobre la mesa, de los que lo más interesante era un informe anual sobre el comercio de Bremen. Lo tomé y leí los siguientes pasajes: «Café, demandado en verano y otoño, hasta que hacia el invierno se presentaron *estados* más flojos. El azúcar gozó de un descenso continuo; sin embargo, la verdadera *idea* para él llegó solo con las mayores llegadas de mercancía». ¿Qué ha de decir un pobre literato cuando ve cómo el modo de expresarse no solo de la literatura amena moderna, sino también de la filosofía, impregna el estilo de los corredores? ¡Estados e ideas en un informe comercial! ¿Quién lo habría esperado? Pasé la hoja y encontré la denominación: «Café Domingo superfino medio bueno ordinario real». Pregunté al dependiente de uno de los primeros armadores de Bremen, que estaba presente, qué quería decir esa denominación superfina. Respondió: «Mire esta muestra, que acabo de sacar de un cargamento que nos ha llegado; le vendrá más o menos esa denominación». Y encontré entonces que el café Domingo superfino medio bueno ordinario real es un café de la isla de Haití, de color gris verdoso pálido, cuya libra se compone de quince lotes de granos buenos, diez de granos negros y siete de polvo, piedrecillas y otras porquerías.[^7] Me dejé iniciar así en algunos misterios más de Hermes y me entretuve con ello hasta cerca del mediodía, cuando tomamos una comida muy mediocre y la campana nos llamó luego de nuevo al vapor. La lluvia cesó por fin, y apenas el barco había «salido» del Geest, las nubes se abrieron y los rayos del sol cayeron claros y cálidos sobre nuestra ropa, todavía húmeda. Pero, para asombro general, el barco no remontó el río, sino que bajó por la rada hacia donde acababa de fondear un orgulloso velero de tres palos. Apenas llegamos al medio de la corriente, las olas se hicieron más grandes y el barco empezó a balancearse sensiblemente. ¿Quién, que haya estado alguna vez en el mar, no siente latir más fuerte el corazón cuando nota esta señal de la cercanía del mar? Por un instante se cree que se vuelve a salir al mar libre y rumoroso, al verde de una claridad profunda de las olas, en medio de la luz maravillosa que crean juntos el sol, el azul del cielo y el mar; involuntariamente se empieza otra vez a acompañar en equilibrio el movimiento del barco. Las damas, sin embargo, eran de otra opinión: se miraban asustadas y se ponían pálidas mientras el vapor, *in a gallant style*, como dicen los ingleses, describía un semicírculo alrededor del barco recién llegado y recogía a su capitán. El ayudante de corredor de seguros explicaba justamente a algunos señores, que habían buscado en vano en la proa el nombre del barco, que este era, según su número de bandera, el *Maria*, capitán Ruyter, y que, según la lista del Lloyd, había zarpado tal y tal día de Trinidad de Cuba, cuando el capitán subió por la escalera del vapor. Nuestro corredor de seguros fue a su encuentro, le estrechó la mano con aire de protector y se informó de su travesía, del cargamento, y en general armó con él un largo discurso en bajo alemán, mientras yo escuchaba los requiebros que el librero prodigaba a las hijas del sastre, medio ingenuas, medio coquetas.

El sol se puso en plena gloria. Como una bola ardiente colgaba en una red de franjas de nubes cuyos hilos parecían arder ya, de modo que a cada instante habría debido esperarse: ¡ahora, ahora ha quemado la red y cae siseando al río! Pero se hundió tranquilo detrás de un grupo de árboles que parecía la zarza ardiente de Moisés. ¡En verdad, aquí como allí habla Dios en voz alta! Pero el graznido ronco de un hombre de la oposición de Bremen se esforzaba por gritar más que él; el hombre listo se afanaba en demostrar a su vecino lo mucho más listo que habría sido, en lugar de construir Bremerhafen, ahondar el canal navegable del Weser también para barcos mayores. Por desgracia, la oposición aquí nace con demasiada frecuencia más de una envidia contra el poder de los patricios que de la conciencia de que la aristocracia se opone al Estado racional; y además es tan limitada que es tan difícil hablar con ella de los asuntos de Bremen como con los partidarios estrictos del Senado. Ambos partidos le convencen a uno cada vez más de que Estados tan pequeños como Bremen han sobrevivido a su tiempo y, aun dentro de una poderosa confederación de Estados, tienen que llevar una vida oprimida hacia fuera y flemática y decrépita por dentro. Ahora estábamos cerca de Bremen. La larga torre de la iglesia de San Ansgario, a la que se ligaban nuestras «confusiones eclesiásticas»,[^8] surgió de entre el pantano y el brezal, y pronto estuvimos junto a los altos almacenes que bordean la orilla derecha del Weser.

[^1]: El vapor llevaba el nombre de Roldán (*Roland*), cuya estatua, ante el ayuntamiento de Bremen, era símbolo de las libertades de la ciudad.
[^2]: «Ciudadanos de Bremen», en bajo alemán.
[^3]: *Küper*: en Bremen, los toneleros jurados que examinaban, pesaban y tomaban muestras de las mercancías en los almacenes.
[^4]: Brake, en la orilla izquierda del Weser, era entonces el puerto franco del gran ducado de Oldenburgo.
[^5]: El tratado con Hannover es de 1827; el puerto se abrió en 1830.
[^6]: El movimiento nativista de los Estados Unidos, que en las décadas de 1830 y 1840 se organizó en partidos («Native American Party») contra los inmigrantes católicos y alemanes.
[^7]: El lote (*Lot*) era la treintaidosava parte de la libra.
[^8]: La disputa entre Krummacher y Paniel de 1840, de la que Engels había informado en sus *Correspondencias de Bremen*.
