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Title: Diario de un oyente (1842)
Description: Dos crónicas del joven Engels, firmadas F. O., sobre las lecciones de los hegelianos Marheineke y von Henning en la Universidad de Berlín: la réplica a Schelling y la defensa de Prusia como Estado nacido del pensamiento y no de la historia «orgánica».
Author: Friedrich Engels
Date: 1842-05-10
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1842%20Diario%20de%20un%20oyente
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*Escrito por Friedrich Engels en Berlín en mayo de 1842. Publicado en dos entregas en la* Rheinische Zeitung*, n.º 130, del 10 de mayo, y n.º 144, del 24 de mayo de 1842, con la firma F. O. (Friedrich Oswald, seudónimo de Engels en esos años). Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels,* Historisch-kritische Gesamtausgabe*, sección I, tomo 2 (Berlín, 1930, pp. 290-292 y 296-298), por la Escuela de marxismo, 2026. Los subtítulos entre corchetes son de los editores de 1930. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1842%20Tagebuch%20eines%20Hospitanten).*

## I. [Marheineke]

*Rheinische Zeitung, n.º 130, 10 de mayo de 1842.*

En una ciudad como Berlín, el forastero cometería un verdadero delito contra sí mismo y contra el buen gusto si no visitara todas sus curiosidades. Y, sin embargo, ocurre con demasiada frecuencia que lo más importante de Berlín, aquello por lo que la capital prusiana tanto se distingue de todas las demás, pasa inadvertido para los forasteros: me refiero a la universidad. No hablo de la imponente fachada de la plaza de la Ópera, ni del museo anatómico y del mineralógico, sino de esas tantas y tantas aulas con profesores ingeniosos y pedantes, con estudiantes jóvenes y viejos, alegres y serios, con novatos y veteranos,[^1] aulas en las que se han pronunciado y se siguen pronunciando a diario palabras a cuya difusión no ponen límite las fronteras de Prusia, ni siquiera las de la lengua alemana. Es la gloria de la Universidad de Berlín que ninguna esté tan metida como ella en el movimiento intelectual de la época y se haya convertido así en la arena de las luchas del espíritu. ¡Cuántas otras universidades, Bonn, Jena, Giessen, Greifswald, e incluso Leipzig, Breslau y Heidelberg, se han sustraído a estas luchas y se han hundido en esa apatía erudita que ha sido desde siempre la desgracia de la ciencia alemana! Berlín, en cambio, cuenta entre sus profesores con representantes de todas las corrientes y hace posible así una polémica viva que da al estudiante una visión fácil y clara de las tendencias del presente. En estas circunstancias me entraron ganas de hacer uso del derecho de asistir como oyente, que ahora se ha generalizado, y así entré una mañana, justo cuando empezaba el semestre de verano. Algunos profesores habían empezado ya sus cursos; la mayoría comenzaban precisamente ese día. Lo más interesante que se me ofreció fue la apertura de las lecciones de *Marheineke*[^2] sobre la introducción de la filosofía hegeliana en la teología. En general, las primeras lecciones de los hegelianos de aquí tenían este semestre un interés muy particular, porque de algunos se esperaba ya de antemano una polémica directa contra la filosofía de la revelación de Schelling,[^3] y de los otros, que no se privarían de rehabilitar a los manes ofendidos de Hegel. El curso de Marheineke iba demasiado visiblemente dirigido contra Schelling para no atraer una atención especial. El aula estaba llena mucho antes de su llegada; jóvenes y viejos, estudiantes, oficiales y quién sabe quién más, sentados y de pie, apretujados unos contra otros. Por fin entra; las conversaciones y el murmullo enmudecen en el acto, los sombreros vuelan como a una voz de mando. Una figura firme y vigorosa, un rostro de pensador serio y resuelto, la frente alta coronada de cabellos encanecidos en el duro trabajo del pensamiento; en la exposición misma, una noble compostura, nada del erudito que hunde la nariz en el cuaderno del que lee, nada de gesticulación teatral y artificiosa; una postura erguida y juvenil, la mirada fija en la multitud de oyentes; la exposición, tranquila, digna, lenta pero siempre fluida, sin adornos pero inagotable en pensamientos contundentes, que se empujan unos a otros y cada uno da en el blanco con más agudeza que el anterior. Marheineke se impone en la cátedra por la seguridad, por la firmeza y la dignidad inquebrantables, pero al mismo tiempo por el espíritu libre que irradia de todo su ser. Pero hoy subió a la cátedra con un ánimo muy particular y se impuso a sus oyentes de un modo aún mucho más poderoso que de costumbre. Si durante todo un semestre había soportado con paciencia las indignas manifestaciones de Schelling sobre Hegel muerto y sobre su filosofía, si había escuchado tranquilamente hasta el final las lecciones de Schelling —y para un hombre como Marheineke eso no es, en verdad, ninguna pequeñez—, había llegado ahora el momento de responder al ataque, de oponer a palabras orgullosas pensamientos orgullosos. Empezó con observaciones generales en las que describió con trazos magistrales la posición actual de la filosofía respecto de la teología; mencionó con reconocimiento a Schleiermacher,[^4] de cuyos discípulos dijo que su pensamiento, que incitaba a pensar, los había conducido a la filosofía, y que los que habían tomado otro camino lo habían pagado ellos mismos. Poco a poco pasó a la filosofía hegeliana y pronto entró en una relación fácilmente perceptible con Schelling. «Hegel —dijo— quería ante todo que en filosofía uno se elevara por encima de su *propia vanidad* y no se imaginara haber pensado algo especial con lo que ya se pudiera dar el asunto por zanjado; y sobre todo no era hombre que se presentara *con grandes promesas y palabras deslumbrantes*, sino que dejaba tranquilamente que hablara por él el acto filosófico. Nunca fue el *miles gloriosus*[^5] de la filosofía que se deshace en elogios de sí mismo. Ahora, ciertamente, nadie se tiene por demasiado ignorante y limitado para pronunciarse sobre él y su filosofía, y quien llevara en el bolsillo una refutación a fondo de ella haría sin falta su fortuna; pues cuánto se congraciaría uno con semejante refutación lo muestran quienes solo prometen refutarla y *luego no lo cumplen*.»

Al oír estas últimas palabras, el aplauso del auditorio, que hasta entonces se había manifestado en señales aisladas, estalló en una tempestuosa aclamación que, nueva en una lección de teología, sorprendió mucho al profesor y que, en su fresca espontaneidad, permitía curiosas comparaciones con el árido vítor reunido trabajosamente por suscripción al final de las lecciones combatidas por Marheineke.[^6] Este calmó las voces con un gesto de la mano y prosiguió: «Esa deseada refutación, sin embargo, aún no ha llegado ni llegará mientras contra ella se empleen la *irritación, el despecho, la envidia*, en una palabra, la pasión, en lugar del examen tranquilo y científico; mientras se tenga la *gnosis* y la *fantasía* por suficientes para derribar del trono al pensamiento filosófico. La primera condición de esa refutación es, desde luego, entender bien al adversario, y en eso algunos de los enemigos de Hegel se parecen, ciertamente, al enano que luchó contra el gigante y al caballero aún más conocido que se las tuvo con los molinos de viento.»

Este es el contenido principal de la primera lección de Marheineke, en la medida en que puede interesar al gran público. Marheineke ha vuelto a mostrar con cuánto valor y cuán incansable está siempre en la liza cuando se trata de defender la libertad de la ciencia. Por su carácter y su agudeza es mucho más sucesor de Hegel que Gabler,[^7] a quien suele darse ese título. La mirada amplia y libre con la que Hegel abarcaba todo el campo del pensamiento y captaba los fenómenos de la vida es también la herencia de Marheineke. ¿Quién va a condenarlo porque no quiera sacrificar su convicción de tantos años, su laboriosa conquista, a un progreso que solo ha visto la luz hace cinco años? Marheineke ha avanzado con la época el tiempo suficiente para tener derecho a una conclusión científica. Es una gran cualidad suya que se sepa en el mismo terreno incluso con los extremos más extremos de la filosofía y haga suya su causa, como lo ha hecho a diario desde los *Hegelianillos* de Leo hasta la destitución de Bruno Bauer.[^8]

Por lo demás, Marheineke hará imprimir estas lecciones cuando las termine.

F. O.

## II. [von Henning]

*Rheinische Zeitung, n.º 144, 24 de mayo de 1842.*

En un aula espaciosa había unos cuantos estudiantes dispersos esperando al profesor. El cartel de la puerta anunciaba que el profesor von *Henning*[^9] empezaría a esa hora una lección pública sobre la *constitución financiera prusiana*. El tema, puesto a la orden del día por Bülow-Cummerow,[^10] así como el nombre del profesor, uno de los discípulos más antiguos de Hegel, me atrajeron, y me extrañó que no pareciera despertar más interés. Henning entró, un hombre delgado en sus «mejores años», de pelo rubio y ralo, y empezó a exponer su tema con un discurso de fluidez rápida, quizá algo demasiado prolijo.

«Prusia —dijo— se distinguía de todos los Estados por el hecho de que su constitución financiera estaba construida enteramente sobre la base de la moderna ciencia de la economía nacional; por haber tenido el valor, hasta ahora único, de llevar a la práctica los resultados teóricos de un Adam Smith y de sus sucesores. Inglaterra, por ejemplo, de donde habían salido las nuevas teorías, seguía metida hasta las orejas en el viejo sistema de monopolios y prohibiciones, y Francia casi más aún, y ni Huskisson en aquel país ni Duchâtel en este[^11] habían podido vencer los intereses privados con sus ideas más razonables —por no hablar de Austria y de Rusia—, mientras que Prusia había reconocido resueltamente el principio del libre comercio y de la libertad de industria y había abolido todos los monopolios y aranceles prohibitivos. Así pues, este aspecto de nuestra constitución nos situaba muy por encima de Estados que en otros respectos, en el desarrollo de la libertad política, nos llevaban mucha ventaja. Ahora bien, si nuestro gobierno había realizado cosas tan extraordinarias en materia financiera, había que reconocer por otra parte que había encontrado unas condiciones muy particularmente favorables para semejante reforma. El golpe de 1806[^12] había dejado el campo limpio para levantar el nuevo edificio; una constitución representativa, en la que se hubieran hecho valer los intereses particulares, no le había atado las manos. Por desgracia, sin embargo, seguía habiendo señores mayores que, en su estrechez y su mal humor, criticaban lo nuevo y le reprochaban que fuera antihistórico, construido a partir de la teoría abstracta, poco práctico, por la fuerza; ¡como si desde 1806 la historia se hubiera detenido y fuera un reproche para la práctica coincidir con la teoría, con la ciencia; como si la esencia de la historia fuera el estancamiento, el girar en círculo, y no el progreso; como si existiera siquiera una práctica desprovista de toda teoría!»

Se me permitirá considerar más de cerca estos últimos puntos, con los que la opinión pública de Alemania, y sobre todo de Prusia, se declarará sin duda de acuerdo; ya va siendo hora de salir resueltamente al paso de la eterna cháchara de cierto partido sobre el «desarrollo histórico, orgánico, conforme a la naturaleza», sobre el «Estado natural», etc., y de desenmascarar ante el pueblo esas figuras deslumbrantes. Si hay Estados que, ciertamente, han de tener consideraciones con el pasado y se ven obligados a un progreso más lento, eso no se aplica a Prusia. *Prusia no puede avanzar con bastante rapidez*, no puede desarrollarse con bastante prisa. Nuestro pasado yace enterrado bajo los escombros de la Prusia anterior a Jena, se lo llevó la riada de la invasión napoleónica. ¿Qué nos ata? Ya no arrastramos en los pies aquellos grilletes medievales que impiden andar a tantos Estados; la mugre de los siglos pasados ya no se nos pega a las suelas. ¿Cómo se puede hablar aquí, pues, de desarrollo histórico sin tener en mente una vuelta al *ancien régime*? Una retirada que sería la más vergonzosa que jamás se haya visto, que renegaría del modo más cobarde de los años más gloriosos de la historia de Prusia y que —consciente o inconscientemente— sería una traición a la patria, pues haría necesaria otra catástrofe como la de 1806. No, está más claro que el sol que *la salvación de Prusia está únicamente en la teoría, en la ciencia, en el desarrollo a partir del espíritu*. O, para tomarlo por otro lado: Prusia no es un Estado «natural», sino un Estado nacido de la política, de la actividad con arreglo a fines, del espíritu. Últimamente, desde el lado francés, se ha querido presentar esto como la mayor debilidad de nuestro Estado; al contrario, esta circunstancia, con tal de que se aproveche bien, es nuestra fuerza principal. Tan alto como el espíritu consciente de sí está por encima de la naturaleza inconsciente, tan alto puede situarse Prusia, si quiere, por encima de los Estados «naturales». Como en Prusia la diversidad de las provincias es tan grande, la constitución, para no ser injusta con ninguna, tiene que surgir *puramente del pensamiento*; entonces la fusión gradual de las diversas provincias se produce por sí sola, al disolverse todas las peculiaridades particulares en la unidad superior de la conciencia libre del Estado, mientras que, de otro modo, un par de siglos no bastarían para producir la unidad interior, legislativa y nacional de Prusia, y la primera sacudida fuerte de la cohesión interna de nuestro Estado tendría consecuencias de las que nadie podría responder. A los demás Estados un carácter nacional determinado les traza el camino que han de tomar; nosotros estamos libres de esa coacción; podemos hacer de nosotros lo que queramos; Prusia puede, dejando a un lado toda consideración, seguir puramente los dictados de la razón, puede, como ningún otro Estado, aprender de las experiencias de sus vecinos, puede —y en eso nadie la imita— erguirse como Estado modelo para Europa, a la altura de su tiempo, y representar en sus instituciones la conciencia plena del Estado de su siglo.

Esa es nuestra vocación; para eso ha sido creada Prusia. ¿Vamos a malvender ese porvenir por un par de frases huecas de una corriente caduca? ¿No vamos a escuchar a la historia misma, que nos asigna la vocación de llevar a la vida la flor de toda teoría? La base de Prusia, lo repito, no son los escombros de los siglos pasados, sino el espíritu eternamente joven que llega a la conciencia en la ciencia y se crea su libertad en el Estado. Y si renunciáramos al espíritu y a su libertad, renegaríamos de nosotros mismos, traicionaríamos nuestro bien más sagrado, mataríamos nuestra propia fuerza vital y no mereceríamos seguir figurando en la fila de los Estados europeos. Entonces la historia caería sobre nosotros con la terrible sentencia de muerte: «¡Has sido pesado en la balanza y hallado falto de peso!».[^13]

F. O.

[^1]: En el original, *Füchse* y *bemooste Häupter*, «zorros» y «cabezas cubiertas de musgo»: en la jerga estudiantil, los estudiantes de primer año y los que llevaban muchos semestres.

[^2]: Philipp Konrad Marheineke (1780-1846), teólogo protestante, hegeliano de la derecha moderada, editor de las *Lecciones sobre la filosofía de la religión* de Hegel.

[^3]: Friedrich Wilhelm Joseph Schelling (1775-1854) fue llamado a Berlín por Federico Guillermo IV para combatir la influencia de Hegel; sus lecciones sobre la filosofía de la revelación empezaron en noviembre de 1841. Engels las criticó en *Schelling y la revelación* (1842).

[^4]: Friedrich Schleiermacher (1768-1834), teólogo y filósofo, profesor en Berlín, rival de Hegel en la universidad.

[^5]: «Soldado fanfarrón», título de una comedia de Plauto.

[^6]: Las lecciones de Schelling del semestre de invierno 1841-1842.

[^7]: Georg Andreas Gabler (1786-1853), hegeliano ortodoxo, sucesor de Hegel en la cátedra de filosofía de Berlín desde 1835.

[^8]: Heinrich Leo (1799-1878), historiador conservador y pietista, atacó a los jóvenes hegelianos en el folleto *Die Hegelingen* (1838). A Bruno Bauer (1809-1882) se le retiró en marzo de 1842 la licencia para enseñar teología en Bonn.

[^9]: Leopold von Henning (1791-1866), discípulo de Hegel, profesor de filosofía en Berlín y uno de los editores de sus obras.

[^10]: Ernst von Bülow-Cummerow (1775-1851), terrateniente pomerano y publicista conservador, autor de escritos sobre la constitución y la hacienda de Prusia que suscitaron entonces amplio debate.

[^11]: William Huskisson (1770-1830), presidente de la Junta de Comercio británica, que rebajó aranceles en la década de 1820; Charles Duchâtel (1803-1867), ministro francés de Comercio en 1834-1836, partidario de reducir la protección aduanera.

[^12]: La derrota de Prusia ante Napoleón en Jena y Auerstedt (octubre de 1806), tras la cual vinieron las reformas de Stein y Hardenberg.

[^13]: Daniel 5, 27 («Tekel»).
