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Title: Schelling, el filósofo en Cristo, o la transfiguración de la sabiduría mundana en sabiduría divina (1842)
Description: Folleto satírico anónimo atribuido al joven Engels: con la voz de un pietista entusiasta, celebra la «conversión» de Schelling en sus lecciones berlinesas sobre la filosofía de la revelación y lleva al absurdo la alianza de la filosofía romántica con la ortodoxia protestante y el trono prusiano.
Author: Friedrich Engels
Date: 1842-05
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1842%20Schelling%2C%20el%20fil%C3%B3sofo%20en%20Cristo
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*Folleto anónimo escrito en Berlín a comienzos de 1842 y publicado allí a comienzos de mayo por la editorial de A. Eyssenhardt (43 páginas en octavo). Engels, que hacía entonces el servicio militar en Berlín y asistía como oyente a la universidad, ya había atacado las lecciones de Schelling sobre la filosofía de la revelación —llamado a Berlín por Federico Guillermo IV para combatir el hegelianismo— en «Schelling sobre Hegel» y en *Schelling y la revelación*, firmados con el seudónimo de Friedrich Oswald; aquí cambia de arma y adopta la voz de un pietista que celebra a Schelling como converso. **Atribución**: el folleto no lleva nombre de autor, y su atribución a Engels descansa en un único testimonio, su carta a Arnold Ruge del 15 de junio de 1842 («“Schelling, el filósofo en Cristo” es también obra mía»), que David Riazánov encontró en 1921 en la colección de autógrafos de la Biblioteca Estatal de Berlín; por eso la MEGA lo dio a conocer en 1930 como escrito de Engels hasta entonces desconocido, y las ediciones posteriores lo recogen entre sus obras. Traducido de Marx/Engels, *Historisch-kritische Gesamtausgabe* (MEGA¹), sección I, tomo 2 (Berlín, 1930), pp. 229-249, por la Escuela de marxismo, 2026. Las citas bíblicas, que el autor toma de la Biblia de Lutero, se traducen siguiendo de cerca el estilo de las versiones españolas clásicas; las referencias bíblicas se dan con las abreviaturas españolas. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1842%20Schelling%2C%20der%20Philosoph%20in%20Christo).*

**Schelling, el filósofo en Cristo, o la transfiguración de la sabiduría mundana en sabiduría divina**  
Para cristianos creyentes que no conocen el lenguaje filosófico.  
Berlín, 1842. Editorial de A. Eyssenhardt.

«Así también habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentimiento» (Luc. 15, 7). Bien pueden venirle a uno a la memoria estas palabras del Señor cuando se pone a hablar de Schelling; pues en él se han obrado visiblemente maravillas de la gracia divina, para que el nombre del Señor sea ensalzado. Porque el Señor se ha compadecido de él, como en otro tiempo se compadeció de Pablo; el cual, antes de convertirse, iba asolando las iglesias y respiraba amenazas y muerte contra los discípulos del Señor. Mas, yendo de camino a Damasco, le rodeó de repente una luz, y cayó sobre su rostro; y el Señor le habló y lo atrajo a sí, de manera que en aquella misma hora creyó, se hizo bautizar y predicó el nombre del Señor a todos los pueblos, y vino a ser instrumento escogido delante del Señor.[^1] Así también la gracia del Salvador ha extendido su mano sobre Schelling, y cuando llegó el tiempo, se le encendió una gran luz. Porque ¿quién, según el entendimiento humano, hubiera podido jamás predecir que el hombre que a principios de siglo, con su amigo de entonces, el tristemente célebre Hegel, sentó las bases de esa sabiduría mundana tan vil que ya no anda en tinieblas, sino cuyas saetas destruyen al mediodía,[^2] que ese hombre había de tomar algún día su cruz y seguir a Cristo? Pues así ha sucedido. El que gobierna los corazones de los hombres como los arroyos de agua lo había escogido también según su gracia, y solo aguardaba la hora oportuna para atraerlo a sí. Y ahora lo ha hecho: lo ha iluminado y lo ha convertido en uno de sus combatientes contra la incredulidad y la impiedad. Ya no cabe duda; él mismo lo proclama desde la cátedra a los creyentes: ¡Venid y ved, y alabad la gracia que el Señor ha obrado en mí! Sí, el guardián de Israel no se adormece ni duerme, el Dios antiguo vive todavía, a despecho de todos los burladores, y sigue haciendo señales y prodigios para todos los que quieren ver. Hacen gran estrépito los impíos, y dicen en su corazón: no hay Dios; pero el que mora en los cielos se reirá de ellos, el Señor se burlará de ellos. Ha triunfado sobre ellos desde que el mundo existe, y triunfará sobre ellos por toda la eternidad. Con brazo fuerte ha mantenido su gobierno y en todo lugar se ha suscitado instrumentos para glorificar su nombre. Y ahora ha triunfado de nuevo con esplendor sobre los filósofos, que siempre le fueron abominación, al sacar de en medio de ellos al mejor y más capaz, al verdadero fundador de su doctrina, y hacerlo su siervo. Pues que Schelling estuvo antes lastimosamente hundido en ese llamado panteísmo, en esa divinización del mundo y de sí mismo, es claro como la luz del sol por sus libros anteriores. Solo que aún no lo veía todo bien en su conexión y no sabía bien adónde conducía aquel camino. Dé gracias al Señor de que Él lo haya apartado de ese camino y lo haya llevado por el camino estrecho que conduce al cielo, y de que haya demostrado así en él su poder con la mayor claridad frente a todos los enemigos de la fe. Ya no pueden decir: ¿Dónde está vuestro Dios? ¿Qué hace? ¿Por dónde anda? ¿Por qué no hace ya milagros? ¡Aquí está, pues: en medio de su propia hueste descarga su brazo como el rayo y hace fuego del agua, blanco de lo negro, justos de los injustos! ¿Quién puede negar todavía que esto es el dedo de Dios?

Pero no es eso todo. Con el llamamiento de Schelling, el Señor nos ha preparado un segundo triunfo sobre los impíos y los blasfemos. Ha escogido precisamente a Schelling porque este, familiarizado con la sabiduría de este mundo, era el más indicado para refutar a los soberbios y altivos filósofos, y con ello, en su gracia y su amor inconmensurables, les ha abierto un camino para volver a él. ¿Se le puede pedir más? A los que le maldicen, a los que se enfurecen contra su existencia, a los que son sus enemigos más locos, más rabiosos y más empedernidos, a esos, en vez de exterminarlos de la tierra y arrojarlos al abismo más hondo del infierno, a esos les tiende una y otra vez la mano salvadora para sacarlos a la luz del abismo de perdición en que yacen; sí, la gracia del Señor llega tan lejos como los cielos, del oriente al ocaso, y su misericordia no quiere tener fin. ¿Quién podría resistirse a semejante longanimidad y semejante amor? Pero sus corazones están tan empedernidos y endurecidos en el pecado que aun ahora rechazan la mano que quiere salvarlos; tan cegados están por las concupiscencias de este mundo y por el propio demonio de la soberbia. Cávanse cisternas rotas y desprecian la fuente de la vida que mana en la sangre de Cristo. Tapan sus oídos a la salvación que viene de lo alto; se complacen en lo que desagrada al Señor. No disimulan su manera de ser y publican su pecado, como los de Sodoma, y no lo encubren. ¡Ay de su alma!, porque con ello se acarrean toda desgracia (Isaías 3, 9). Y sin embargo, el Señor no ha cesado de invitarlos a venir a él, para que no tengan excusa. Por medio de Schelling les ha mostrado cuán débil y vana es la razón humana. Si ahora no se convierten, la culpa será solo suya, y no podrán decir que no conocían el Evangelio.

Y puesto que el Señor ha hecho cosas tan grandes, y ha dado a toda la cristiandad una señal tan consoladora de que está cerca de ella y no quiere abandonarla en la necesidad y en las luchas de este mundo, todo creyente ha de tener muy a pecho anunciar esta buena nueva a sus hermanos en Cristo. Y como Schelling ha hecho aquí[^3] su confesión de Cristo en forma de lecciones, por una parte esto solo ha llegado a conocimiento de unos pocos, y por otra está redactado en una jerga filosófica tan difícil que solo lo entienden quienes se han ocupado largo tiempo de la sabiduría mundana; y en tercer lugar, además, mucho de ello está pensado para los filósofos y otra parte para los creyentes, de modo que al cristiano sencillo le costaría orientarse. Por eso el autor de estas líneas no ha creído del todo superfluo exponer esto con palabras breves y sencillas, y también para no estar ocioso en la viña del Señor, a todos aquellos que no tienen tiempo ni ganas de meterse en el estéril estudio de la sabiduría mundana, pero que sí querrían saber qué hay en realidad de ese famoso Schelling. Dígnese el Señor dar a esto su bendición, para que redunde en provecho y edificación de su reino.

Pero antes hay que advertir que Schelling, con todos sus méritos para con el verdadero cristianismo, aún no logra desprenderse del todo de su vieja y perversa sabiduría. Quedan todavía diversas opiniones que hacen creer que no acaba de reprimir del todo la soberbia de la propia razón, y como si todavía se arredrase un poco ante el mundo para confesar con toda alegría y gratitud a Cristo su completa conversión. No se lo tomemos demasiado en cuenta; quien hizo que la gracia irrumpiera en él tan gloriosamente lavará también esas manchas; quien comenzó la obra la llevará también a término. Pero el valeroso combatiente de la verdad del que hablamos acuérdese de este aguijón en la carne cuando el demonio de la soberbia caiga sobre él y lo tiente. Aparte de sí todo orgullo por su antigua filosofía, que no ha engendrado sino hijos impíos, y enorgullézcase solo de Aquel que, por gracia libre e inconmensurable, lo ha salvado de esa perdición.

Lo primero que hizo Schelling aquí, en la cátedra, fue arremeter derechamente y a cara descubierta contra la filosofía y quitarle de debajo de los pies su suelo, la razón. Con las razones más contundentes, tomadas de sus propios arsenales, les demostró que la razón natural no es capaz de demostrar ni siquiera la existencia de una brizna de hierba; que con todas sus demostraciones, razones y silogismos no hace salir a un perro de detrás de la estufa y no puede elevarse en modo alguno hasta lo divino, porque con su torpeza se queda siempre tendida en el suelo. Eso ya lo sabíamos nosotros desde hace mucho, pero nunca se les había dicho a los empedernidos filósofos de manera tan hermosa y tan clara. Esto lo ha hecho en todo un largo sistema de la llamada filosofía negativa, en el que les pone ante los ojos, clarísimo como la luz del sol, que su razón solo puede conocer lo posible, pero nada real, y menos que nada a Dios y los misterios del cristianismo.[^4] Este esfuerzo que se ha tomado con un objeto tan estéril, con las quimeras de la sabiduría mundana, es muy de agradecer por amor al reino de Dios. Porque mientras esos filósofos podían todavía jactarse de su razón, no había nada que hacer con ellos. Pero ahora, convencidos también desde su propio punto de vista de que su razón es del todo inepta para conocer la verdad y no produce sino quimeras vacías y huecas que no tienen ningún derecho a existir, hace falta ya una cabeza empedernida y encanecida en el pecado para persistir en la doctrina pagana, y bien puede ser que, con la asistencia de la gracia divina, uno u otro se convierta de su mala vida. Es muy cierto, y hay que repetirlo siempre, que la razón entenebrecida del hombre es del todo inútil y está destituida de la gloria que debiera tener delante de Dios, porque el principal baluarte de los incrédulos es que su razón les dice cosas distintas de las que dice la palabra de Dios. Pero es un sacrilegio contra el Altísimo querer conocerlo a él, enemigo de todo pecado, con la razón manchada y cegada por el pecado; más aún, poner esa razón entregada a todas las concupiscencias de este mundo y a todas las tentaciones de Satanás por encima de Dios mismo, y eso es lo que hacen los sabios del mundo cuando critican la palabra de Dios con esa razón suya réproba, arrojan fuera lo que no les gusta, y no solo profanan con manos sacrílegas y niegan la santidad de la Biblia, sino la existencia misma de Dios, para hacerse ellos mismos dios en su lugar. Esas son las consecuencias naturales de que la razón, como en otro tiempo aquella ramera en los días sangrientos de la Revolución francesa,[^5] sea elevada al trono de Dios y se atreva a criticar las disposiciones del Señor todopoderoso del mundo. Aquí es donde hay que curar, no en la superficie, sino en la raíz del mal. ¿Acaso se pone un remiendo nuevo en un vestido viejo? ¿Qué concordia tiene Cristo con Belial? No es posible, es una blasfemia querer comprender con la razón natural la muerte redentora del Señor, su resurrección y su ascensión. Por eso, que se proceda con Schelling enérgicamente y se arroje la razón fuera del cristianismo, al paganismo, que es donde pertenece; allí puede rebelarse contra Dios y tener por divino el mundo con sus concupiscencias y apetitos, al que nosotros hemos renunciado, cohonestar como virtudes y culto todos los pecados y vicios, las abominaciones de la crápula y la lujuria, y erigir en modelos de la humanidad el suicidio de un Catón, la impudicia de una Lais y una Aspasia, el parricidio de un Bruto, el estoicismo y la saña perseguidora de cristianos de un Marco Aurelio.[^6] Entonces al menos se opone abiertamente al cristianismo y cada cual sabe a qué atenerse con ella. Pero ha sido una de las principales astucias del Adversario introducirla de contrabando en el cristianismo, donde ha parido luego bonitos hijos bastardos, a saber: el pelagianismo, el socinianismo, el racionalismo y la teología especulativa.[^7] Mas lo necio del mundo escogió Dios para avergonzar a los sabios (1 Cor. 1, 27); por eso el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque le son locura, y se han de discernir espiritualmente (1 Cor. 2, 14).

Es, pues, un empeño verdaderamente cristiano el de Schelling cuando, en la pura ciencia racional, que es precisamente la filosofía negativa, en vez de permitirle a la razón la menor altivez, la humilla y la abate bien hondo, para que llegue al conocimiento de su flaqueza y de su pecaminosidad y se vuelva arrepentida hacia la gracia, pues solo esta puede santificarla, iluminarla y regenerarla para que se haga apta para el conocimiento de Dios. Crucificar la razón es más difícil, y por tanto más meritorio, que crucificar la carne. Esta está al menos sujeta a la conciencia, que ya a los paganos se les dio para refrenar sus concupiscencias y como juez interior de sus pecados; pero la razón se pone por encima de la conciencia y hasta se aviene muy bien con ella, y solo al cristiano le es dado doblegarla bajo el suave yugo de la fe. Y eso es lo que la Escritura exige de nosotros, y aquí no valen objeciones ni evasivas: o cautivas tu razón en obediencia a la fe, o te pasas a la izquierda, con los machos cabríos[^8] (¡pues los peores de esos que se endiosan a sí mismos se llaman, como por burla, la *izquierda*!), ¡y allí estás en tu sitio!

Con ello Schelling se ha dejado el terreno despejado. Todos los restos del paganismo que en nuestro tiempo vuelven a sacarse a relucir y pretenden pasar por verdad nueva, todos los engendros contrahechos de la razón impúdica y lasciva quedan apartados, y sus oyentes son ahora capaces de recibir la leche del Evangelio. Ese es el camino recto. A los paganos había que tomarlos por sus deleites y apetitos mundanos; pero nuestros filósofos, al menos hoy por hoy, todavía aparentan querer reconocer la moral cristiana. Por eso, si los apóstoles exigían a los paganos un corazón arrepentido, penitente, quebrantado y contrito, a los soberbios sabios de este tiempo hay que exigirles una razón arrepentida, humilde y quebrantada antes de que sean capaces de gozar de la gracia del Evangelio. Así es como Schelling ha podido por fin juzgar como es debido a su antiguo compañero de impiedad, el desacreditado *Hegel*. Porque ese *Hegel* tenía tal soberbia de la razón que la declaró sin más Dios, cuando vio que con ella no podía llegar a otro Dios verdadero que estuviera por encima del hombre. Por eso Schelling declaró también abiertamente que no quería tener nada más que ver con ese hombre ni con su doctrina, y no se ocupó más de él.

Ahora que la razón se ha humillado y muestra la voluntad de aceptar la salvación, ya puede ser de nuevo ensalzada e iluminada por el Espíritu de verdad. Esto sucede en la filosofía positiva, donde, mediante el pensamiento libre, es decir, iluminado, y con la ayuda de la revelación divina, se la admite a los dones de la gracia del cristianismo. Ahora que se le ha abierto la inteligencia del mundo superior, comprende de golpe toda la maravillosa conexión de la historia del reino de Dios, y lo que antes le era incomprensible le resulta ahora claro y comprensible, como si no pudiera ser de otra manera. Porque los ojos que el Señor ilumina son los únicos ojos verdaderos y que ven; pero donde reinan las tinieblas, y las concupiscencias y apetitos de este mundo hacen de las suyas, nadie puede ver nada. Esta acción de la gracia la expresa Schelling cuando dice que esta filosofía es solo para los que quieren y para los prudentes, y que halla su confirmación en la revelación. Así pues, para quien no cree en esta tampoco es la filosofía. Dicho de otro modo: este asunto no es propiamente una verdadera filosofía, sino que ese nombre se ha escogido solo en atención a los sabios del mundo, como está escrito: Sed prudentes como serpientes y sencillos como palomas (Mat. 10, 16); por lo demás, es un cristianismo genuino y verdadero, como pronto veremos. Schelling ha restaurado los buenos tiempos antiguos en que la razón se rendía cautiva a la fe, y la sabiduría mundana, sometiéndose como sierva a la teología, la sabiduría divina, quedaba transfigurada en sabiduría divina. Porque el que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado (Mat. 23, 12).

Por este camino del pensamiento iluminado llega también enseguida el estimable varón de quien hablamos a la verdadera doctrina fundamental de todo el cristianismo, a saber, la Trinidad de Dios. No se le puede pedir al lector temeroso de Dios que recorra con él ese camino, pues ya sabe y cree que ese camino solo puede conducir a la verdad; esto se ha dicho solo para los incrédulos, para mostrarles cómo pueden llegar a la verdad y cuánto hay que purificar y santificar su razón para que puedan conocer y comprender la redención en Cristo Jesús. Por eso pasaremos por alto estas cosas, que para el conocimiento de la salvación de los creyentes no tienen valor alguno. *Schelling* describe luego, según la Escritura, cómo Dios creó el mundo de la nada y cómo el hombre, seducido por Satanás en figura de serpiente, perdió su primer estado y cayó en poder del príncipe de las tinieblas. Con ello arrancó a todo el mundo de Dios y lo puso en poder de Satanás. Todas las fuerzas que antes mantenía unidas la unidad divina se habrían disgregado entonces y habrían caído en feroz enemistad, de modo que Satanás podía campar a sus anchas en el mundo. Uno no debe dejarse cegar por el modo de expresarse filosófico de nuestros teólogos. Los sabios de este mundo, en nuestro tiempo impío, ya no entienden el lenguaje sencillo de la Sagrada Escritura, inspirado por Dios mismo; hay que inculcárselo a su manera hasta que vuelvan a estar maduros para entender la Biblia, como está escrito: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y de los entendidos, y las revelaste a los niños (Mat. 11, 25). Por eso, a los ángeles que no guardaron su dignidad, sino que abandonaron su propia morada (Judas 6), al diablo y sus huestes impías, Schelling los llama potencias cósmicas,[^9] lo que quiere decir tanto como príncipes de este mundo. Ahora, naturalmente, Dios ya no puede complacerse en el mundo. Lo aparta de sí según su justicia, y cuando actúa en él lo hace en su ira y sin su plena y libre voluntad. Pero el eterno Misericordioso no puede dejarlo; el Verbo, por el cual todas las cosas fueron hechas, y sin el cual nada de lo que ha sido hecho fue hecho (Juan 1, 3), el Hijo unigénito de Dios, permanece con su amor y su gracia inconmensurables junto al pobre mundo repudiado. Su estado de padecimiento comienza con la caída, y no solo con su encarnación bajo Herodes, pues con la caída queda del todo desalojado de la humanidad, en la que vivía aún más que el Padre. Más aún: al interponerse entre el Dios airado y el mundo caído que aquel quería aniquilar, al ponerse de su parte, se separó del Padre y fue así en cierto modo cómplice, y no podía reclamar la gloria divina mientras el Padre no estuviera reconciliado. Esta gran obra de la reconciliación, la lucha con el príncipe de este mundo, la emprendió entonces en esta figura ni divina ni humana, en esta separación del Padre que constituye su padecer y su dolor. Que esta interpretación tiene fundamento en la Sagrada Escritura lo muestra con toda claridad el capítulo 53 del profeta Isaías, donde se habla de un padecimiento presente, no futuro. Esta gran contienda comienza entonces en el judaísmo y en el paganismo. Cómo se somete el Señor el judaísmo lo muestra la historia del pueblo de Israel en el Antiguo Testamento, y los cristianos conocen bien los maravillosos caminos por los que el Señor ha guiado a su pueblo. ¿Pero en el paganismo? ¿No era precisamente el diablo el dios de los paganos? Intentaremos responder a esto con la mayor claridad posible, sin apartarnos de los dichos de la Sagrada Escritura.

Todo el mundo habrá oído ya que también entre los paganos, en los libros sibilinos[^10] y en otras partes, había profecías sobre Cristo. Aquí se ve ya, pues, que no estaban tan dejados de la mano de Dios como suele pensarse, porque esas profecías son de origen divino. Pero con eso no basta. ¿Por qué había de dejarlos el Señor, en su misericordia, extraviarse del todo y caer en las garras del diablo? ¡Si hace llover sobre buenos y malos y salir el sol sobre justos e injustos! Más aún: si los paganos hubieran estado del todo en poder del enemigo maligno, sin la protección ni la guía de Dios, ¿no habrían sido sus pecados aún mayores e inauditos de lo que en verdad fueron? ¿No habrían clamado entonces al cielo todos los vergonzosos deleites y los apetitos contra natura, los pecados carnales y los otros, el homicidio, el adulterio, la fornicación, el hurto, la envidia, la impudicia, con tal fuerza que Dios habría tenido que exterminarlos sin vacilar? Más aún: ¿no se habrían matado y devorado unos a otros? De aquí se sigue ya que Dios tuvo que apiadarse también de los paganos y darles alguna luz de lo alto; y esto consiste en que, poco a poco y sin que se dieran cuenta, fueron conducidos a través de todos los grados de la idolatría a la adoración del verdadero Cristo, pero sin saber que su Dios y el de los cristianos eran el mismo, y que el que había estado oculto en el paganismo se había revelado ahora en el cristianismo. Pues bien, los que no lo reconocieron cuando se les predicó el Evangelio ya no adoraban al Cristo oculto, puesto que perseguían al revelado, sino que su dios era ahora el enemigo de Cristo, el diablo. Gran mérito es de Schelling ser el primero que se aplica a rastrear los caminos de Dios entre los paganos, preparando así una nueva alabanza al amor de Cristo por los hombres pecadores.

Una vez llevados, pues, los judíos conscientemente, y los paganos sin saberlo y bajo figura falsa, al conocimiento del verdadero Dios, cuando los soberbios palacios del helenismo se hubieron derrumbado y la mano de hierro del emperador romano pesaba sobre el mundo entero, se cumplió el tiempo, y Dios envió a su Hijo, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna. Esto sucedió del modo siguiente. Al someterse el paganismo, Cristo era el dios de este, pero no el verdadero Dios; eso no podía serlo sin el Padre. Así había arrebatado el mundo al diablo y podía hacer con él lo que quisiera; podía conservarlo para sí y ejercer él solo su dominio en esa *figura divina*; pero no lo hizo, por libre obediencia, sino que se lo entregó a su Padre, despojándose de la figura divina y haciéndose hombre. El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres y hallado en su condición como hombre. Se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (Filip. 2, 6-8). Hay en la Sagrada Escritura muchos otros pasajes que declaran y prueban que esta interpretación es la correcta; además, de este modo puede tomarse todo con toda sencillez y al pie de la letra, sin necesidad de muchas evasivas ni de erudición.

Eso es precisamente lo grande de la obediencia de Cristo: que el Salvador podía poseer para sí el mundo entero y renegar del Padre, y que no quiso hacerlo, sino que puso a los pies de su Padre el mundo arrebatado al diablo y padeció la muerte para la reconciliación de muchos.

Aquí vemos también qué significa la historia de la tentación de Cristo. Si no hubiera estado en la libre elección de Jesús someterse o no al Padre, el diablo no habría podido tentarlo en absoluto, pues tenía que saber que sería en vano. Por tanto, la interpretación de *Schelling* expuesta más arriba es sin duda correcta.

Que Cristo es, pues, verdadero Dios, ya lo hemos oído, y ahora nuestro garante pasa a la segunda naturaleza de Cristo, la humana. También él tiene la firme fe de que Cristo fue verdadera y realmente hombre, y no, como opinan muchos herejes, una mera apariencia o el Espíritu de Dios que hubiera descendido sobre un hombre ya existente.

Al representar al mundo ante Dios y salir fiador por él, Cristo se salió de Dios y se le puso enfrente. Así pues, mientras el mundo no se hubo reconciliado de nuevo con Dios, Cristo no era Dios, sino que estaba en un estado intermedio que, con la victoria sobre el paganismo, se convirtió en la figura divina, pero que no era él mismo el verdadero estado divino. Para volver a ponerse en este, Cristo tuvo que entregar a su Padre el mundo que había arrebatado al diablo, tuvo que despojarse de la figura divina y someterse él mismo humildemente al Padre, para cargar con el castigo por la iniquidad del mundo. Esta humildad la mostró haciéndose hombre, nacido de mujer, y siendo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Todas las purificaciones y todos los sacrificios no habían podido reconciliar a Dios, y no habían sido sino los preludios del único gran sacrificio en el que no solo se extirpó el mal, sino que también se aplacó la ira de Dios. Esta solo podía aplacarse con la sumisión más grande, más voluntaria y más humilde, y eso solo podía hacerlo el Hijo, no el hombre, a quien el miedo y el tormento de la conciencia, la amenazadora ira de Dios, obligaban a someterse. Ahora Cristo podía representar también a los hombres ante Dios, puesto que, por la adoración que estos le habían tributado sin saberlo, se había convertido en su señor, en su defensor. Para cargar realmente, en lugar del hombre, con el castigo que a este le correspondía, se hizo hombre; la decisión de encarnarse es un milagro de la disposición divina. Así, el que en el principio estaba con Dios, más aún, era Dios mismo, y tras la caída estaba en la «figura divina», nació entonces en Belén como hombre, y por cierto del Espíritu Santo, de María, sin obra de varón.

¿Quién se habría atrevido a esperar que en el año 1842 un filósofo, más aún, el fundador de la nueva escuela de blasfemia, se convirtiera de manera tan grata y confesara con tanta alegría las principales doctrinas del cristianismo? Aquello contra lo que la duda siempre arremetió primero, lo que los medio cristianos han rechazado desde siempre y que, sin embargo, es la piedra angular de la fe cristiana, el nacimiento de Cristo de María sin obra de varón: que *Schelling* haya proclamado también esto como convicción suya es una de las señales más gratas de los tiempos, y el varón tan colmado de gracia que tuvo el valor de hacerlo tiene derecho a la gratitud de todo creyente. ¿Y quién no reconoce aquí la mano del Señor en esta maravillosa, gloriosa disposición? ¿Quién no ve que con ello da a su Iglesia una señal de que Él no la ha abandonado y se acuerda de ella día y noche?

Sobre la muerte del Señor se expresa *Schelling* de manera igualmente cristiana y edificante. Habría sido decidida desde el principio del mundo en el consejo de los vigilantes,[^11] y sería un sacrificio que exigía la disposición divina. Dios sería justo incluso con Satanás, y le habría hecho justicia hasta el punto de entregar a la muerte a su propio Hijo, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna, a fin de que el diablo no tuviera el menor motivo para decir que había sido derribado injustamente por el poder superior de Dios. Es la majestad y la gloria del Señor mismo la que no tolera ni la más leve apariencia de semejante mancha. Por eso Cristo tuvo que hacerse hombre, cargar con la iniquidad de la humanidad abandonada de Dios y padecer la muerte en la cruz, para que por la muerte de Uno muchos fueran vivificados. Por eso el Señor, en su gracia y su misericordia, tuvo que entregarse por nosotros, salir fiador de los pecadores ante el Padre y pagar nuestra deuda, para que tengamos de nuevo acceso al trono de la gracia. Y ciertamente los demás hombres también están sujetos a la muerte todos sin excepción, pero ninguno ha muerto como el Señor, ninguno ha padecido una muerte redentora como Jesucristo. Y así también esta corona de la fe, la purificación de los pecados en la sangre de Cristo, ha sido una vez más maravillosamente rescatada de las garras del viejo dragón, que ahora anda suelto en figura de sabiduría mundana y del funesto espíritu del tiempo, y una vez más ha confirmado el Señor la preciosa promesa de que las puertas del infierno no prevalecerán contra su Iglesia. Y dice además *Schelling* de Cristo, muy hermosamente: Esta muerte es un milagro tan grande que no nos atreveríamos a creerlo si no lo supiéramos con tanta certeza. En su muerte estaba representada la humanidad entera; estaban presentes judíos y paganos, y eran los dos lados de todo el género humano. El principio de los paganos, en que Cristo se había convertido por su lucha con Satanás en el paganismo, tenía que morir la muerte de los paganos, la muerte en la cruz. El quedar tendido en la cruz no es sino la solución de la larga tensión en que se había hallado entre los paganos;[^12] es decir, la posición extradivina del Señor se disolvió, y por la muerte volvió a ser uno con Dios, como está escrito: Por cárcel y por juicio fue quitado; y su generación, ¿quién la contará? Porque fue cortado de la tierra de los vivientes, y por la rebelión de mi pueblo fue herido (Isaías 53, 8).

De la resurrección del Señor dice en cambio *Schelling* que es la prueba de que Cristo no había tomado su humanidad en apariencia, sino que se había hecho hombre en serio y para siempre, y de que Dios había vuelto a recibir en su gracia la figura humana y el ser humano, y no solo la humanidad en Cristo, sino toda la humanidad en general, cuyo representante habría sido Cristo. Porque no sería el pecado aislado lo que tanto desagrada a Dios que hubiera tenido que abandonar por él a la humanidad, sino que lo peor sería el estado entero, pecador, vendido al mal, de todo el género humano; y por eso Dios siente desagrado por el hombre ya antes de que peque, de modo que ante Dios era ya en cierto modo un pecado ser hombre. Por eso no podía haber en el mundo ninguna voluntad buena, grata a Dios, ni ninguna obra buena, justa ante Dios, antes de que Cristo muriera, y por eso aun ahora solo los creyentes pueden hacer buenas obras y tener buena voluntad. Pero por la resurrección del Señor la condición humana ha quedado de nuevo justificada ante Dios y reconocida por Dios como libre de pecado, y así la justificación solo se completa con la resurrección. Así Cristo ha sido ahora elevado al cielo y está sentado a la diestra de Dios Padre, como verdadero hombre y verdadero Dios, representando a la humanidad ante el Padre.

La resurrección es además para nosotros una prueba de la inmortalidad de nuestra propia alma y de la resurrección de la carne. También esto lo reconoce *Schelling*, y añade que, si en esta vida la carne domina sobre el espíritu, ha de seguir otra en la que el espíritu haya vencido a la carne, y que al final es necesario un equilibrio entre ambos lados. Esto concuerda del todo con la doctrina de la Escritura, porque el estado último después de la resurrección y del Juicio Final, después de la transfiguración del cuerpo, no es otra cosa que lo que Schelling llama el equilibrio entre el alma y el cuerpo. Sobre el estado de los impenitentes y condenados, que han partido de este mundo en la incredulidad, la dureza de corazón y el pecado, también aventura *Schelling* una conjetura. Tiene la segunda muerte, la eterna, por un eterno morir sin llegar nunca a la muerte real. Más valdría abstenerse de cavilar sobre ello y dejar al Señor cómo quiere castigar y atormentar a los que lo desprecian y blasfeman.

Pero, finalmente, el estimable Schelling da el siguiente precioso testimonio de la resurrección de nuestro Señor y Salvador Jesucristo: Esta resurrección es un relámpago de la historia interior en la exterior. A quien suprime tales hechos, la historia del reino de Dios se le queda en una mera serie de acontecimientos exteriores y fortuitos, sin contenido divino alguno, sin lo trascendente (lo que va más allá de la razón), que es lo único que hace de ella historia propiamente dicha. Sin ella, la historia es solo un asunto exterior de memoria, nunca un conocimiento verdadero y completo de los acontecimientos. — Esta es una palabra hermosa y cristiana, mientras que las habladurías de los sabios del mundo sobre Dios en la historia y en el desarrollo de la conciencia de la especie[^13] son pura inmundicia y blasfemia. Porque si esos soberbios corruptores de la juventud tienen a su Dios en la historia de todos los pecados y crímenes humanos, ¿dónde queda el Dios que está fuera de esos pecados? Esos burladores no quieren comprender que toda la historia universal es un desfile atropellado de toda clase de injusticias, maldades, homicidios, adulterios, fornicaciones, hurtos, blasfemias, sacrilegios, ira, furor y borracheras, que infaliblemente se precipitarían ellos mismos al infierno y arrastrarían consigo al mundo entero si no se viera por doquier la mano salvadora de Dios, que ataja y refrena el mal; y ese escenario vergonzoso de vicios es su cielo, toda su inmortalidad: ellos mismos lo han dicho abiertamente. Pero estas son las bonitas consecuencias de expulsar de la historia toda acción divina. Dios se venga de ellos cerrándoles su verdadera esencia y dejando que se fabriquen un dios que es todavía menos que un ídolo sordo de madera y paja, que es una vaga quimera, un llamado espíritu del mundo y espíritu de la historia. Qué sale de semejante consideración de la historia, cuyo principal promotor es Hegel, de tan mala fama entre todos los buenos cristianos, ya lo hemos visto; pongamos, pues, frente a ella la imagen de la historia que traza un hombre de Dios como *Schelling*.

De los Doce, dice Schelling, que rodeaban siempre al Señor y fueron constituidos por él apóstoles, había sobre todo tres a los que en toda ocasión favorecía con su gracia por encima de los demás: Pedro, Santiago y Juan. En estos tres están dadas las prefiguraciones de toda la Iglesia cristiana, si en lugar de Santiago, muerto pronto por el nombre de Cristo, tomamos como sucesor a Pablo, convertido más o menos por el mismo tiempo. Pedro, Pablo y Juan son los soberanos de tres periodos distintos de la Iglesia cristiana, como en el Antiguo Testamento Moisés, Elías y Juan el Bautista fueron los tres representantes de tres periodos. Moisés fue el legislador por medio del cual el Señor puso el fundamento; Elías, el espíritu ardiente que devolvió a la vida y a la actividad al pueblo indolente y apóstata; Juan el Bautista, el consumador que hace pasar el Antiguo Testamento al Nuevo. Así también, para la Iglesia del Nuevo Testamento, Pedro fue el Moisés, el fundador, por medio del cual estuvo representado en la Iglesia cristiana el carácter judío de aquel tiempo; Pablo, el Elías impulsor y ardiente, que no dejaba a los creyentes volverse tibios ni adormecerse y representaba el carácter del paganismo —cultura, erudición y sabiduría mundana—, en la medida en que se rendía cautivo a la fe; pero Juan será a su vez el consumador, el que señala al porvenir, pues a los que el Señor ama les da la tarea de consumar. Por eso Juan, señalando ya en vida al porvenir, escribió el Apocalipsis. La Iglesia del apóstol Pedro es, pues, la católica, cuyo culto ceremonial, así como su doctrina de las buenas obras, corresponde a la ley judía; y no puede negarse que la palabra del Señor: Tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella, se refiere a la Iglesia fundada por él. Así como él negó tres veces al Señor, puede demostrarse también que la Iglesia romana ha negado tres veces al Señor: primero, cuando ella misma aspiró al dominio temporal; luego, cuando supo servirse del poder temporal para sus fines, y por último, cuando se prestó al poder temporal como medio para los fines de este. La segunda Iglesia, la del apóstol Pablo, es la protestante, en la que predominan la erudición y toda la sabiduría piadosa, es decir, el carácter de los cristianos venidos del paganismo, y en la que, en lugar de lo fijo y permanente de la Iglesia católica, aparece la vida impulsora y formadora de partidos de la Iglesia evangélica, que se descompone en muchas sectas. ¡Quién sabe si los afanes y las ambiciones de estos cristianos paganos no serán a la postre más provechosos para el reino de Dios que los de los cristianos judíos!

Pero ninguno de estos dos partidos es la verdadera y última Iglesia del Señor; esta será la que, desde el fundamento de Pedro, pase por Pablo hasta Juan y prepare así los últimos tiempos. Esta última Iglesia es la Iglesia del amor, como Juan fue el mensajero del amor, la consumación de la Iglesia, en cuyos días tendrá lugar la gran apostasía profetizada para el fin, y luego el Juicio Final. A todos los apóstoles se les han edificado muchas iglesias, pero, en proporción, muy pocas a san Juan. Si yo tuviera que edificar una iglesia, se la dedicaría a él; pero un día se edificará una iglesia a los tres apóstoles, y esa será la última, el verdadero panteón cristiano.

Estas son las palabras con las que el primer filósofo verdaderamente cristiano cerró sus lecciones, y así lo habríamos seguido hasta el final. El autor de estas líneas cree haber mostrado suficientemente qué instrumento escogido ha suscitado el Señor a su Iglesia en este hombre digno. Este es el hombre que expulsará a los paganos del mundo actual, que hacen de las suyas bajo múltiples formas, como gente mundana, como Joven Alemania,[^14] como filósofos o como quiera que se llamen. En verdad, cuando uno entraba en la sala en que *Schelling* daba sus lecciones y oía a esa gente hacer burlas y chistes sobre el escogido entre los sabios del mundo, no podía menos de acordarse del apóstol Pablo cuando predicó en Atenas. Es exactamente como si se repitiera la historia que se cuenta en los Hechos de los Apóstoles, 17, 16 y siguientes, donde las palabras dicen así:

«Mientras Pablo los esperaba en Atenas, su espíritu se enardecía viendo la ciudad entregada a la idolatría. Así que discutía en la sinagoga con los judíos y con los piadosos, y en la plaza cada día con los que concurrían. Y algunos filósofos de los epicúreos y de los estoicos disputaban con él. Y unos decían: ¿Qué querrá decir este charlatán? Y otros: Parece que es predicador de nuevos dioses; porque les predicaba el Evangelio de Jesús y de la resurrección.»

Bien pudo también *Schelling* enardecerse aquí en Berlín, viendo la ciudad tan entregada a la idolatría. Porque ¿dónde se practica más idolatría con las cosas terrenas, con Mammón y con la gloria de este mundo, con el querido yo propio, y dónde se deja más de lado al Dios verdadero que precisamente aquí? ¿Dónde ha llegado la vida mundana, con su molicie, su lujo y su pompa hueca y vana, con sus vicios relucientes y sus pecados blanqueados, a un grado más alto que precisamente aquí? ¿Acaso vuestros eruditos, vuestros escritores superficiales y nada cristianos, quisieron halagaros cuando tan a menudo compararon vuestra ciudad con Atenas? ¡Oh, qué amarga verdad os dijeron! Sí, por cierto, Atenas, llena de cultura y civilización paganas y soberbias, que precisamente os ciegan los ojos ante la verdad sencilla del Evangelio; Atenas, llena de brillo y apariencia y gloria terrena, llena de regalo y de cómoda rutina, que se despereza y bosteza en blandos lechos de holganza y a la que la palabra de la cruz le resulta demasiado aburrida y la penitencia demasiado fatigosa; Atenas, llena de embriaguez desenfrenada y de vértigo de los sentidos, en que se ahoga a gritos y se aturde la voz fuerte de la conciencia y se cubre con un velo reluciente la inquietud y el tormento interiores. Sí, por cierto, Atenas llena de soberbios sabios del mundo, que se rompen la cabeza con el ser y la nada[^15] y otras cosas insulsas y han terminado hace tiempo con Dios y con el mundo, pero que se ríen de la palabra de la humillación y la pobreza de espíritu como de una necedad y una curiosidad de tiempos pasados; ¡Atenas llena de eruditos concienzudos que se saben de memoria todas las clases de infusorios y todos los capítulos del derecho romano y se olvidan con ello de la salvación eterna, que es la bienaventuranza de las almas! Bien pudo un Schelling enardecerse, como en otro tiempo Pablo, al entrar en una ciudad así. Y cuando llegó, los sabios del mundo dijeron, como antaño los epicúreos y estoicos de Atenas: ¿Qué querrá decir este charlatán? Ya hablaban mal de él antes de que hubiera abierto la boca; lo vilipendiaban antes incluso de que pisara su ciudad. Pero veamos lo que nos sigue contando la Sagrada Escritura: «Y tomándole, lo trajeron al Areópago, diciendo: ¿Podremos saber qué es esta nueva doctrina de que hablas? Pues traes a nuestros oídos cosas extrañas; queremos, pues, saber qué quiere decir esto. Porque todos los atenienses y los extranjeros residentes allí en ninguna otra cosa se interesaban sino en decir o en oír algo nuevo.»[^16]

Y bien, ¿no son estos los berlineses en carne y hueso? ¿No se interesan también ellos solo en oír y ver algo nuevo? Id, si no, a vuestros cafés y pastelerías, y ved cómo los nuevos atenienses corren detrás de los periódicos mientras en casa la Biblia está cubierta de polvo y nadie la abre; escuchad, cuando se juntan, si su saludo es otro que: ¿Qué hay de nuevo? ¿Nada nuevo? Siempre algo nuevo, siempre algo nunca visto, si no se mueren de aburrimiento, con toda su cultura, su pompa y sus placeres. ¿Quién les parece amable, interesante y digno de atención? ¿El más iluminado por el Espíritu Santo? No, el que siempre sabe contar más novedades. ¿Qué es lo que más les importa? ¿Si un pecador se ha convertido, cosa de la que se alegran los ángeles de Dios? No: qué escándalos han ocurrido durante la noche, qué se cuenta de Berlín en la *Leipziger Allgemeine Zeitung*.[^17] Pero de todos, la peor y la más ávida de novedades es la generación de víboras de los políticos y los politicastros de café.[^18] Esos hipócritas se meten con la mayor desvergüenza en el gobierno, en vez de dejar al rey lo que es del rey, y no se preocupan ni un instante por la salvación de sus almas inmortales; quieren sacar la paja del ojo del gobierno y no quieren ver la viga en el suyo propio, sin fe y ciego para el amor de Cristo. Estos son muy en particular como antaño los atenienses, que también se pasaban el día dando vueltas por la plaza y husmeando novedades, y dejaban la vieja verdad intacta en el armario. ¿Qué querían de Schelling sino oír algo nuevo? ¡Y cómo arrugaron la nariz cuando no les trajo más que el viejo Evangelio! ¡Qué pocos eran los que no andaban siempre tras cosas nuevas, sino que solo pedían a Schelling la vieja verdad, la palabra de la redención por Cristo Jesús! —

Y así sucede con toda la historia: como allí con Pablo, aquí con Schelling. Escuchaban su predicación con cara de críticos, sonreían aquí y allá con aire de superioridad, meneaban la cabeza, se miraban unos a otros con aire significativo y luego miraban a *Schelling* con lástima, y cuando oyeron lo de la resurrección de los muertos, se burlaron (Hechos 17, 32). Solo unos pocos se adhirieron a él. Porque como en Atenas sigue siendo hoy: la resurrección de los muertos es su principal escándalo. La mayoría es lo bastante franca para no querer saber nada de inmortalidad alguna; la minoría admite una inmortalidad del alma muy incierta, vacilante, nebulosa, pero deja que el cuerpo se pudra eternamente, y todos coinciden en burlarse de la resurrección de la carne real, decidida y sin tapujos, y en tenerla por cosa imposible, como si no estuviera escrito: Para Dios no hay nada imposible.

Pero aún nos queda otra observación por hacer, si volvemos sobre la historia de la Iglesia de Cristo expuesta al lector creyente, tal como se nos presenta prefigurada en los tres apóstoles Pedro, Pablo y Juan. De ella se sigue que es sumamente injusto y pecaminoso contra la disposición de Dios mismo que, como todavía hacen hoy no pocos, quisiéramos despreciar y rebajar la Iglesia católica frente a la nuestra. Porque está predestinada en el consejo divino lo mismo que la protestante, y podemos aprender de ella muchas cosas. La Iglesia católica conserva todavía la antigua disciplina eclesiástica apostólica, que entre nosotros se ha perdido por completo. Sabemos por la Escritura que los apóstoles y las comunidades expulsaban de la comunión del Espíritu Santo a los incrédulos, a los falsos maestros y a los pecadores que eran escándalo para la comunidad. ¿No dice Pablo, 1 Cor. 5, 3-5: Yo, como ausente en cuerpo, pero presente en espíritu, ya como presente he juzgado al que tal cosa ha hecho: en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, reunidos vosotros y mi espíritu, con el poder de nuestro Señor Jesucristo, el tal sea entregado a Satanás para destrucción de la carne, a fin de que el espíritu sea salvo en el día del Señor Jesús? ¿No dijo Cristo a Pedro: Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos, y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos (Mat. 16, 19)? ¿No dijo, después de la resurrección, a todos los discípulos: A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; a quienes se los retuviereis, les son retenidos (Juan 20, 23)? Tales pasajes de la Sagrada Escritura se refieren a una disciplina eclesiástica enérgica, como la que floreció en la Iglesia apostólica y subsiste aún entre los católicos, y si la Iglesia apostólica es nuestro modelo y la Sagrada Escritura nuestra norma, también nosotros hemos de procurar restablecer aquella antigua institución; y con la saña con que el enemigo maligno persigue y ataca hoy a la Iglesia del Señor, bien podemos guardarnos de estar armados no solo interiormente, con la fe y la esperanza, sino también exteriormente, afianzando la comunión en el espíritu y expulsando a los falsos profetas. El lobo no puede entrar en el rebaño sin que se le vuelva a echar fuera. Tampoco es del todo de rechazar, además, el celibato de los sacerdotes católicos. Escrito está, Mat. 19, 10-12: Le dijeron sus discípulos: Si así es la condición del hombre con su mujer, no conviene casarse. Entonces él les dijo: No todos son capaces de recibir esto, sino aquellos a quienes es dado. Pues hay eunucos que nacieron así del vientre de su madre, y hay eunucos que son hechos eunucos por los hombres, y hay eunucos que a sí mismos se hicieron eunucos por causa del reino de los cielos. El que sea capaz de recibir esto, que lo reciba. Además, 1 Cor. 7 trata de principio a fin de las ventajas del estado célibe sobre el matrimonio, y solo quiero citar de ahí algunos pasajes: v. 1-2. Bueno le sería al hombre no tocar mujer; pero, a causa de las fornicaciones, cada uno tenga su propia mujer, y cada una tenga su propio marido. V. 8. Digo, pues, a los solteros y a las viudas, que bueno les fuera quedarse como yo. V. 27. ¿Estás libre de mujer? No procures casarte. V. 32-33. El soltero tiene cuidado de las cosas del Señor, de cómo agradar al Señor; pero el casado tiene cuidado de las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer. V. 38 y ss. En fin, el que se casa hace bien, y el que no se casa hace mejor. La mujer casada está ligada por la ley mientras su marido vive; pero si su marido muriere, libre es para casarse con quien quiera, con tal que sea en el Señor. Pero a mi juicio, más dichosa será si se quedare así; y pienso que también yo tengo el Espíritu de Dios. — Estos dichos son bien claros, y es difícil comprender cómo, con tales preceptos, el estado célibe pudo caer en tanto descrédito entre los protestantes. Vemos, pues, que en muchas cosas la Iglesia católica está más cerca de la Sagrada Escritura que nosotros, y que no tenemos motivo para despreciarla. Al contrario, nuestros hermanos de la Iglesia católica, si son creyentes y temerosos de Dios, están más cerca de nosotros que los protestantes apóstatas y anticristianos, y es hora de que empecemos a preparar la Iglesia de Juan uniéndonos con los católicos contra los enemigos comunes que amenazan a todo el cristianismo. Ya no es tiempo de disputar sobre las diferencias entre las distintas confesiones; tenemos que dejárselo al Señor, después de que los hombres no hemos sido capaces de aclararlo en trescientos años; tenemos que velar y orar y estar armados en todo tiempo, ceñidos los lomos con la verdad, vestidos con la coraza de justicia, y calzados los pies con el apresto del Evangelio de la paz; sobre todo, tenemos que tomar el escudo de la fe, con que podemos apagar todos los dardos de fuego del maligno, y tomar el yelmo de la salvación y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios (Efesios 6, 14-17). Porque el tiempo es malo, y el enemigo anda como león rugiente, buscando a quien devorar (1 Pedro 5, 8). Y si al autor le es lícito expresar su humilde opinión allí donde podrían hablar tantos varones piadosos e iluminados, es de la opinión de que la Iglesia de Juan, y con ella los últimos días, están a las puertas. ¿Quién ha contemplado los acontecimientos de los últimos años con la mirada puesta en el Señor sin advertir que se avecinan grandes cosas y que la mano del Señor gobierna en los sucesos de los reyes y los países? Desde la espantosa Revolución francesa ha entrado en buena parte de la humanidad un espíritu del todo nuevo, diabólico, y la impiedad levanta su cabeza insolente con tal desvergüenza y altanería que hay que pensar que ahora se están cumpliendo las profecías de la Escritura. Veamos, pues, qué dice la Escritura sobre la impiedad de los últimos tiempos. El Señor Jesús dice, Mat. 24, 11-13: Y muchos falsos profetas se levantarán y engañarán a muchos; y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará. Mas el que persevere hasta el fin, este será salvo. Y será predicado este Evangelio del reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin. Y v. 21:[^19] Porque se levantarán falsos Cristos y falsos profetas, y harán grandes señales y prodigios, de tal manera que engañarán, si fuere posible, aun a los escogidos. Y Pablo dice, 2 Tes. 2, 3 y ss.: Se manifestará el hombre de pecado, el hijo de perdición, el cual se opone y *se levanta contra todo lo que se llama Dios o es objeto de culto*; por obra de Satanás, con gran poder y señales y prodigios mentirosos, y con todo engaño de iniquidad para los que se pierden, por cuanto no recibieron el amor de la verdad para ser salvos. *Por esto Dios les envía un poder engañoso, para que crean la mentira*, a fin de que sean condenados todos los que no creyeron a la verdad, sino que se complacieron en la injusticia. Y 1 Tim. 3, 1:[^20] Pero el Espíritu dice claramente que en los postreros tiempos algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios.

¿No es como si el Señor y Pablo tuvieran ante los ojos nuestro tiempo, tal cual es? La apostasía general del reino de Dios es cada vez mayor, la impiedad y la blasfemia se vuelven cada día más insolentes, como dice Pedro, 2 Pedro 3, 3: Sabiendo primero esto, que en los postreros días vendrán burladores, andando según sus propias concupiscencias. Todos los enemigos de Dios se alían ahora y asaltan a los creyentes con todas las armas posibles; los indiferentes, que se entregaban a los placeres de este mundo y a quienes la palabra de la cruz les resultaba demasiado aburrida, se unen ahora, aguijoneados por la conciencia, con los sabios ateos del mundo y quieren adormecer con su doctrina el gusano que los roe por dentro; estos, por otro lado, niegan a cara descubierta todo lo que no se ve con los ojos, a Dios y toda vida después de la muerte, y entonces se comprende que para ellos lo más alto sea este mundo, este mundo con sus placeres carnales, con sus comilonas, sus borracheras y sus putas. Estos son los peores paganos, que se han endurecido y obstinado contra el Evangelio, y de los que el Señor dice que en el día del juicio el castigo será más tolerable para la tierra de Sodoma y de Gomorra que para ellos. Ya no es indiferencia y frialdad para con el Señor; no, es enemistad abierta y declarada, y en lugar de todas las sectas y partidos ya solo tenemos dos: cristianos y anticristianos. Pero el que tenga ojos para ver, que vea y no los ciegue; porque ahora no es tiempo de dormitar y buscar evasivas; cuando las señales de los tiempos hablan tan claro, hay que estar atentos a ellas y escudriñar las palabras de la profecía, que no en vano se nos ha dado. Vemos a los falsos profetas en medio de nosotros, y se les ha dado boca que habla grandes cosas y blasfemias, y abren su boca en blasfemias contra Dios, para blasfemar de su nombre, de su tabernáculo y de los que moran en el cielo. Y se les ha permitido hacer guerra contra los santos y (así casi parece) vencerlos. Apoc. 13, 5-7. Todo pudor, todo recato y todo respeto han desaparecido de ellos, y las horribles burlas de un Voltaire son un juego de niños al lado de la espantosa seriedad y la blasfemia premeditada de estos seductores. Van de acá para allá por Alemania y quieren introducirse en todas partes, predican sus doctrinas satánicas en las plazas y llevan el pendón del diablo de una ciudad a otra, arrastrando tras de sí a la pobre juventud para precipitarla en el abismo más hondo del infierno y de la muerte. La tentación ha cundido de manera inaudita, y que el Señor la permita así no puede ser sin un propósito particular. ¿Habrá de decirse también de nosotros: ¡Hipócritas!, sabéis distinguir el aspecto del cielo, ¿y no podéis distinguir las señales de estos tiempos? Mat. 16, 3. No; tenemos que abrir los ojos y mirar a nuestro alrededor; el momento es grave, y hay que velar y orar para no caer en tentación, y para que el Señor, que vendrá como ladrón en la noche, no nos encuentre durmiendo. Vendrán sobre nosotros grandes tribulaciones y tentaciones, pero el Señor no nos abandonará, porque ha dicho, Apoc. 3, 5: El que venciere será vestido de vestiduras blancas, y no borraré su nombre del libro de la vida, y confesaré su nombre delante de mi Padre y delante de sus ángeles. Y v. 11: He aquí, yo vengo pronto; retén lo que tienes, para que ninguno tome tu corona. Amén.

[^1]: Hechos 9, 1-22.
[^2]: Alusión al Salmo 91, 5-6: «la saeta que vuele de día, […] la mortandad que en medio del día destruya».
[^3]: En Berlín, en cuya universidad Schelling daba desde el 15 de noviembre de 1841 sus lecciones sobre la filosofía de la revelación.
[^4]: Schelling llamaba «filosofía negativa» a la pura ciencia racional, que solo alcanza el concepto, lo que las cosas son, y «filosofía positiva» a la que parte de la existencia y culmina en la revelación. Engels había expuesto y criticado esa distinción en su folleto *Schelling y la revelación*, de marzo de 1842.
[^5]: La diosa Razón, representada por una actriz en la Fiesta de la Razón celebrada en Notre-Dame de París el 10 de noviembre de 1793.
[^6]: Catón de Útica se dio muerte en el año 46 a. C. para no caer en manos de César; Lais fue una célebre hetera de Corinto; Aspasia, la compañera de Pericles; Marco Junio Bruto, uno de los asesinos de César, pasaba por ser hijo suyo; el emperador estoico Marco Aurelio (161-180) consintió persecuciones de cristianos.
[^7]: Pelagianismo: doctrina del monje Pelagio (siglos IV-V), que negaba el pecado original y sostenía que el hombre puede salvarse por sus propias fuerzas; socinianismo: corriente antitrinitaria de Lelio y Fausto Socino (siglo XVI); racionalismo: la teología racionalista alemana de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX; teología especulativa: la de inspiración hegeliana.
[^8]: En el Juicio Final, el Hijo del hombre pone las ovejas a su derecha y los machos cabríos a su izquierda (Mat. 25, 33). Desde la polémica sobre la *Vida de Jesús* de David Friedrich Strauss (1835-1837) se llamaba «izquierda hegeliana» a los jóvenes hegelianos.
[^9]: En las lecciones de Schelling, las potencias del ser divino que tras la caída se vuelven independientes y rigen el mundo como fuerzas cósmicas.
[^10]: Los *Oráculos sibilinos*, colección de profecías atribuidas a las sibilas; los Padres de la Iglesia leían en ellos anuncios de Cristo.
[^11]: Daniel 4, 17 (4, 14 en la Biblia de Lutero).
[^12]: Juego de palabras del original entre *Ausspannung* (el quedar extendido en la cruz) y *Spannung* (tensión).
[^13]: *Gattungsbewußtsein*, término de Ludwig Feuerbach en *La esencia del cristianismo* (1841).
[^14]: La Joven Alemania (*Junges Deutschland*), grupo de escritores liberales (Gutzkow, Laube, Mundt, Wienbarg) cuyos escritos prohibió la Dieta federal en 1835.
[^15]: Las primeras categorías de la *Ciencia de la lógica* de Hegel.
[^16]: Lutero traduce «Areópago» por *Richtplatz*, «lugar del tribunal».
[^17]: Diario liberal de Leipzig, muy leído en Prusia, con corresponsales en Berlín; fue prohibido en Prusia a finales de 1842.
[^18]: En el original, *Kannegießer*: el político de taberna, por la comedia de Ludvig Holberg *El calderero político* (1722).
[^19]: Así en el original; el pasaje es Mat. 24, 24.
[^20]: Así en el original; el pasaje es 1 Tim. 4, 1.
