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Title: Esbozo de una crítica de la economía política (1844)
Description: El primer escrito económico de Engels, publicado en los Anales franco-alemanes en 1844: una crítica de la propiedad privada, de la competencia y de la teoría de la población de Malthus que Marx, en 1859, llamó «genial esbozo de crítica de las categorías económicas».
Author: Friedrich Engels
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1844%20Esbozo%20de%20una%20cr%C3%ADtica%20de%20la%20econom%C3%ADa%20pol%C3%ADtica
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*Escrito por Friedrich Engels en Mánchester entre finales de 1843 y enero de 1844. Publicado por primera vez en los* Deutsch-Französische Jahrbücher *(Anales franco-alemanes), dirigidos por Arnold Ruge y Karl Marx, París, 1844. Traducido de Marx-Engels-Werke, tomo 1 (Berlín, 1976), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1844%20Umrisse%20zu%20einer%20Kritik%20der%20National%C3%B6konomie).*

La economía política[^1] nació como consecuencia natural de la expansión del comercio, y con ella el simple trapicheo, ajeno a toda ciencia, dejó su lugar a un sistema acabado de fraude permitido, a toda una ciencia del enriquecimiento.

Esta economía política o ciencia del enriquecimiento, nacida de la envidia mutua y de la codicia de los comerciantes, lleva en la frente el sello del egoísmo más repugnante. Se vivía aún en la ingenua idea de que el oro y la plata eran la riqueza, y por eso nada urgía más que prohibir en todas partes la exportación de los metales «preciosos». Las naciones se enfrentaban como avaros, cada uno de los cuales abraza con ambos brazos su querido saco de dinero y mira a sus vecinos con envidia y recelo. Se pusieron en juego todos los medios para sonsacar a los pueblos con los que se comerciaba tanto dinero contante como fuera posible y para guardar bien a salvo, dentro de la línea de aduanas, lo que felizmente se había conseguido traer.

La aplicación más consecuente de este principio habría matado el comercio. Así que se empezó a rebasar esta primera etapa: se comprendió que el capital guardado en el arca yace muerto, mientras que en la circulación aumenta sin cesar. Se volvieron, pues, más filantrópicos, enviaron sus ducados como señuelos para que trajeran otros consigo, y reconocieron que no hace ningún daño pagar a A demasiado por su mercancía mientras todavía se la pueda colocar a B por un precio más alto.

Sobre esta base se edificó el *sistema mercantil*.[^2] El carácter codicioso del comercio ya se disimulaba un poco; las naciones se acercaron algo, concertaron tratados de comercio y de amistad, hicieron negocios entre sí y, por amor a una ganancia mayor, se colmaron mutuamente de todas las atenciones y gentilezas posibles. Pero en el fondo seguía siendo la vieja avidez de dinero y el viejo egoísmo, que estallaban de vez en cuando en las guerras, todas ellas fundadas en aquel periodo en la rivalidad comercial. En estas guerras se vio también que el comercio, como el robo, descansa en el derecho del más fuerte; nadie tenía el menor escrúpulo en arrancar por la astucia o por la fuerza los tratados que se consideraban más favorables.

El punto principal de todo el sistema mercantil es la teoría de la balanza comercial. Como se seguía aferrado al principio de que el oro y la plata eran la riqueza, solo se tenían por provechosos los negocios que al final hicieran entrar dinero contante en el país. Para averiguarlo, se comparaban las exportaciones y las importaciones. Si se había exportado más de lo que se había importado, se creía que la diferencia había entrado en el país en dinero contante, y uno se tenía por más rico en esa diferencia. El arte de los economistas consistía, pues, en procurar que al final de cada año las exportaciones arrojaran un saldo favorable frente a las importaciones; ¡y por esta ridícula ilusión se ha masacrado a miles de hombres! También el comercio tiene sus cruzadas y su Inquisición.

El siglo XVIII, el siglo de la revolución, revolucionó también la economía; pero así como todas las revoluciones de este siglo fueron unilaterales y se quedaron atascadas en la oposición, así como al espiritualismo abstracto se opuso el materialismo abstracto, a la monarquía la república, al derecho divino el contrato social, tampoco la revolución económica fue más allá de la oposición. Las premisas siguieron en pie por todas partes: el materialismo no atacó el desprecio y la degradación cristianos del hombre, y se limitó a poner frente al hombre, como absoluto, la naturaleza en lugar del Dios cristiano; la política no pensó en examinar las premisas del Estado en sí y para sí; a la economía no se le ocurrió preguntar por la *legitimidad de la propiedad privada*. Por eso la nueva economía solo fue un progreso a medias; se vio obligada a traicionar y negar sus propias premisas, a recurrir a la sofística y a la hipocresía para encubrir las contradicciones en que se enredaba y para llegar a las conclusiones a las que la empujaba no ya su punto de partida, sino el espíritu humanitario del siglo. Así adoptó la economía un carácter filantrópico: retiró su favor a los productores y se lo concedió a los consumidores; afectó un santo horror ante los sangrientos espantos del sistema mercantil y declaró que el comercio era un lazo de amistad y de unión entre las naciones como entre los individuos. Todo era puro esplendor y magnificencia; pero las premisas no tardaron en volver a hacerse valer y, frente a esa filantropía reluciente, engendraron la teoría de la población de Malthus,[^3] el sistema más crudo y bárbaro que haya existido nunca, un sistema de la desesperación que echó por tierra todas aquellas bellas frases sobre el amor a la humanidad y el cosmopolitismo; engendraron y encumbraron el sistema fabril y la esclavitud moderna, que no le va a la zaga a la antigua en inhumanidad y crueldad. La nueva economía, el sistema de la libertad de comercio fundado en *La riqueza de las naciones* de Adam Smith,[^4] se revela como la misma hipocresía, inconsecuencia e inmoralidad que hoy se opone en todos los terrenos a la libre humanidad.

Pero ¿no fue entonces un progreso el sistema de Smith? Claro que lo fue, y además un progreso necesario. Era necesario que se derribara el sistema mercantil, con sus monopolios y sus trabas al tráfico, para que pudieran salir a la luz las verdaderas consecuencias de la propiedad privada; era necesario que todas esas mezquinas consideraciones locales y nacionales pasaran a segundo plano para que la lucha de nuestro tiempo pudiera hacerse general, humana; era necesario que la teoría de la propiedad privada abandonara el camino puramente empírico, de tanteo meramente objetivo, y adoptara un carácter científico que la hiciera también responsable de las consecuencias y llevara así la cuestión a un terreno humano universal; que la inmoralidad contenida en la vieja economía alcanzara su cumbre más alta por el intento de negarla y por la hipocresía introducida con él, consecuencia necesaria de ese intento. Todo esto estaba en la naturaleza de las cosas. Reconocemos de buen grado que solo la fundamentación y el desarrollo de la libertad de comercio nos han puesto en condiciones de ir más allá de la economía de la propiedad privada; pero al mismo tiempo debemos tener también el derecho de mostrar esa libertad de comercio en toda su nulidad teórica y práctica.

Nuestro juicio tendrá que ser tanto más duro cuanto más cerca de nuestro tiempo caigan los economistas que hemos de juzgar. Pues mientras que Smith y Malthus solo encontraron ya hechos algunos fragmentos sueltos, los más recientes tenían ante sí el sistema entero ya acabado; se habían sacado todas las consecuencias, las contradicciones salían a la luz con bastante claridad, y sin embargo no llegaron a examinar las premisas, y sin embargo siguieron cargando con la responsabilidad de todo el sistema. Cuanto más se acercan los economistas al presente, más se alejan de la honradez. Con cada progreso del tiempo aumenta necesariamente la sofistería, para mantener la economía a la altura de los tiempos. Por eso Ricardo, por ejemplo, es más culpable que Adam Smith, y McCulloch y Mill más culpables que Ricardo.[^5]

La economía más reciente ni siquiera puede juzgar correctamente el sistema mercantil, porque ella misma es unilateral y está todavía lastrada por las premisas de aquel. Solo el punto de vista que se eleva por encima de la oposición entre ambos sistemas, que critica las premisas comunes a los dos y parte de una base puramente humana, universal, podrá asignar a cada uno su lugar justo. Se verá que los defensores de la libertad de comercio son peores monopolistas que los propios viejos mercantilistas. Se verá que tras la humanidad hipócrita de los modernos se esconde una barbarie que los antiguos desconocían; que la confusión de conceptos de los antiguos es todavía sencilla y consecuente comparada con la lógica de doble filo de sus atacantes, y que ninguno de los dos partidos puede reprochar al otro nada que no recaiga sobre él mismo. Por eso tampoco la economía liberal más reciente puede comprender la restauración del sistema mercantil por List,[^6] mientras que para nosotros la cosa es muy sencilla. La inconsecuencia y la duplicidad de la economía liberal tienen que volver a descomponerse necesariamente en sus elementos fundamentales. Así como la teología tiene que retroceder a la fe ciega o avanzar hacia la filosofía libre, la libertad de comercio tiene que producir, por un lado, la restauración de los monopolios y, por otro, la abolición de la propiedad privada.

El único progreso *positivo* que ha hecho la economía liberal es el desarrollo de las leyes de la propiedad privada. Estas, ciertamente, están contenidas en ella, aunque todavía no desarrolladas hasta su última consecuencia ni enunciadas con claridad. De ahí se sigue que, en todos los puntos en que se trata de decidir cuál es la manera más corta de hacerse rico, es decir, en todas las controversias estrictamente económicas, la razón está del lado de los defensores de la libertad de comercio. Bien entendido: en las controversias con los monopolistas, no con los adversarios de la propiedad privada, pues que estos son capaces de resolver las cuestiones económicas de una manera también económicamente más acertada lo han demostrado hace tiempo, en la práctica y en la teoría, los socialistas ingleses.[^7]

En la crítica de la economía política examinaremos, pues, las categorías fundamentales, pondremos al descubierto la contradicción introducida por el sistema de la libertad de comercio y sacaremos las consecuencias de los dos lados de la contradicción.

* * *

La expresión «riqueza nacional» solo ha surgido por el afán de generalización de los economistas liberales. Mientras exista la propiedad privada, esa expresión no tiene sentido. La «riqueza nacional» de los ingleses es enorme, y sin embargo son el pueblo más pobre bajo el sol. O se abandona del todo la expresión o se adoptan premisas que le den sentido. Lo mismo vale para las expresiones economía nacional, economía política, economía pública. En las circunstancias actuales, la ciencia debería llamarse economía *privada*, pues sus relaciones públicas solo existen en razón de la propiedad privada.

* * *

La consecuencia inmediata de la propiedad privada es el *comercio*, el intercambio de las necesidades recíprocas, la compra y la venta. Bajo el dominio de la propiedad privada, este comercio, como toda actividad, tiene que convertirse en una fuente inmediata de ganancia para quien lo practica; es decir, cada uno tiene que procurar vender lo más caro y comprar lo más barato posible. En toda compra y venta se enfrentan, pues, dos hombres con intereses absolutamente opuestos; el conflicto es decididamente hostil, pues cada uno conoce las intenciones del otro y sabe que se oponen a las suyas. La primera consecuencia es, pues, por un lado, la desconfianza mutua y, por otro, la justificación de esa desconfianza, el empleo de medios inmorales para imponer un fin inmoral. Así, por ejemplo, el primer principio del comercio es el silencio, la ocultación de todo lo que pudiera rebajar el valor del artículo en cuestión. La consecuencia es que en el comercio está permitido sacar el mayor provecho posible de la ignorancia y de la confianza de la otra parte, y también atribuir a la propia mercancía cualidades que no tiene. En *una* palabra, el comercio es el fraude legal. Cualquier comerciante, si quiere rendir honor a la verdad, podrá atestiguarme que la práctica concuerda con esta teoría.

El sistema mercantil tenía todavía cierta franqueza candorosa, católica, y no ocultaba lo más mínimo la esencia inmoral del comercio. Hemos visto cómo exhibía abiertamente su vulgar codicia. La disposición hostil de las naciones entre sí en el siglo XVIII, la repugnante envidia y la rivalidad comercial eran las consecuencias lógicas del comercio en general. La opinión pública no estaba aún humanizada: ¿por qué, pues, iban a ocultarse cosas que se seguían de la esencia inhumana y hostil del propio comercio?

Pero cuando el *Lutero de la economía*, Adam Smith, criticó la economía anterior, las cosas habían cambiado mucho. El siglo se había humanizado, la razón se había hecho valer, la moralidad empezaba a reclamar su derecho eterno. Los tratados comerciales arrancados por la fuerza, las guerras comerciales, el áspero aislamiento de las naciones chocaban demasiado con la conciencia más avanzada. La franqueza católica dejó su lugar a la hipocresía protestante. Smith demostró que también la humanidad tenía su fundamento en la esencia del comercio; que el comercio, en lugar de ser «la fuente más fecunda de discordia y animosidad», debía convertirse en un «lazo de unión y amistad entre las naciones como entre los individuos» (véase *La riqueza de las naciones*, libro 4, cap. 3, § 2); pues estaba en la naturaleza de las cosas que el comercio, en conjunto, fuera ventajoso para *todos* los que participaban en él.

Smith tenía razón cuando alababa el comercio como humano. No hay en el mundo nada absolutamente inmoral; también el comercio tiene un lado por el que rinde homenaje a la moralidad y a la humanidad. ¡Pero qué homenaje! El derecho del más fuerte, el vulgar bandidaje de la Edad Media, se humanizó al convertirse en comercio; el comercio, en su primera etapa, caracterizada por la prohibición de exportar dinero, al convertirse en sistema mercantil. Ahora se humanizó este mismo. Naturalmente, al comerciante le interesa mantenerse en buenas relaciones tanto con aquel a quien compra barato como con aquel a quien vende caro. Por eso una nación obra con muy poca inteligencia si alimenta una disposición hostil entre sus proveedores y sus clientes. Cuanto más amistosa, más ventajosa. Esta es la humanidad del comercio, y esta manera hipócrita de abusar de la moral con fines inmorales es el orgullo del sistema de la libertad de comercio. ¿No hemos derribado la barbarie de los monopolios, exclaman los hipócritas, no hemos llevado la civilización a lejanas partes del mundo, no hemos hermanado a los pueblos y reducido las guerras? Sí, todo eso lo habéis hecho, ¡pero *cómo* lo habéis hecho! Habéis destruido los pequeños monopolios para dejar que el *único* gran monopolio fundamental, la propiedad, actúe con tanta más libertad y menos límites; habéis civilizado los confines de la tierra para ganar nuevo terreno al despliegue de vuestra baja codicia; habéis hermanado a los pueblos, pero en una hermandad de ladrones, y habéis reducido las guerras para ganar tanto más en la paz, para llevar a su punto más alto la enemistad de los individuos, la guerra deshonrosa de la competencia. ¿Dónde habéis hecho algo por pura humanidad, por la conciencia de la nulidad de la oposición entre el interés general y el individual? ¿Dónde habéis sido morales sin estar interesados, sin abrigar en el fondo motivos inmorales, egoístas?

Después de que la economía liberal hubiera hecho cuanto pudo por generalizar la enemistad mediante la disolución de las nacionalidades, por convertir a la humanidad en una horda de fieras (¿y qué otra cosa son los competidores?) que se devoran unas a otras precisamente *porque* cada una tiene el mismo interés que todas las demás, tras este trabajo preparatorio solo le quedaba un paso para llegar a la meta: la disolución de la familia. Para llevarla a cabo acudió en su ayuda un hermoso invento suyo, el sistema fabril. El último vestigio de intereses comunes, la comunidad de bienes de la familia, ha sido socavado por el sistema fabril y, al menos aquí en Inglaterra, está ya en vías de disolución. Es cosa de todos los días que los niños, en cuanto son capaces de trabajar, es decir, en cuanto cumplen nueve años, gasten su salario para sí, consideren la casa paterna como una simple casa de huéspedes y paguen a sus padres una cantidad fija por la comida y el alojamiento. ¿Cómo podría ser de otro modo? ¿Qué otra cosa puede seguirse del aislamiento de los intereses, tal como está en la base del sistema de la libertad de comercio? Una vez puesto en movimiento un principio, se abre paso por sí solo a través de todas sus consecuencias, les guste o no a los economistas.

Pero el economista no sabe a qué causa sirve. No sabe que, con todo su razonamiento egoísta, no es más que un eslabón en la cadena del progreso general de la humanidad. No sabe que, al disolver todos los intereses particulares, no hace más que abrir camino a la gran transformación hacia la que avanza el siglo: la reconciliación de la humanidad con la naturaleza y consigo misma.

* * *

La categoría que el comercio trae consigo en primer lugar es el *valor*. Sobre ella, como sobre todas las demás categorías, no hay disputa entre los economistas antiguos y los modernos, porque los monopolistas, en su furia inmediata de enriquecerse, no tenían tiempo libre para ocuparse de categorías. Todas las controversias sobre puntos de esta clase partieron de los modernos.

El economista, que vive de oposiciones, tiene naturalmente también un valor *doble*: el valor abstracto o real y el valor de cambio. Sobre la esencia del valor real hubo una larga disputa entre los ingleses, que definían los costes de producción como la expresión del valor real, y el francés Say,[^8] que pretendía medir este valor por la utilidad de una cosa. La disputa estaba pendiente desde comienzos de este siglo y se ha adormecido sin resolverse. Los economistas no pueden resolver nada.

Los ingleses, sobre todo McCulloch y Ricardo, afirman, pues, que el valor abstracto de una cosa lo determinan los costes de producción. Bien entendido, el valor abstracto, no el valor de cambio, el *exchangeable value*, el valor en el comercio: eso, dicen, es otra cosa. ¿Por qué son los costes de producción la medida del valor? Porque (¡oíd, oíd!) porque nadie, en circunstancias normales y dejando fuera de juego la relación de competencia, vendería una cosa por menos de lo que le cuesta producirla. ¿Vendería? ¿Qué tenemos que ver aquí, donde no se trata del *valor comercial*, con el «vender»? Ya tenemos otra vez en juego el comercio, que precisamente debíamos dejar fuera, ¡y qué comercio! Un comercio en el que no debe tenerse en cuenta lo principal, la relación de competencia. Primero un valor abstracto, ahora también un comercio abstracto, un comercio sin competencia, es decir, un hombre sin cuerpo, un pensamiento sin cerebro para producir pensamientos. ¿Y no piensa el economista que, en cuanto se deja fuera de juego la competencia, no hay ninguna garantía de que el productor venda su mercancía justamente por sus costes de producción? ¡Qué confusión!

¡Sigamos! Admitamos por un momento que todo sea como dice el economista. Supongamos que alguien hace, con un esfuerzo inmenso y con gastos enormes, algo completamente inútil, algo que nadie desea: ¿vale eso también sus costes de producción? De ningún modo, dice el economista; ¿quién va a querer comprarlo? Ya tenemos, pues, de golpe, no solo la denostada utilidad de Say, sino, con el «comprar», la relación de competencia al lado. No es posible: el economista no puede mantener su abstracción ni un momento. No solo lo que quiere apartar con tanto esfuerzo, la competencia, sino también lo que ataca, la utilidad, se le mete a cada instante entre los dedos. El valor abstracto y su determinación por los costes de producción no son más que abstracciones, despropósitos.

Pero demos otra vez por un momento la razón al economista: ¿cómo va a determinarnos entonces los costes de producción sin tener en cuenta la competencia? Al examinar los costes de producción veremos que también esta categoría se basa en la competencia, y también aquí se muestra de nuevo cuán poco puede el economista sostener sus afirmaciones.

Si pasamos a Say, encontramos la misma abstracción. La utilidad de una cosa es algo puramente subjetivo, que no se puede decidir de manera absoluta; al menos, mientras uno siga dando vueltas entre oposiciones, ciertamente no se puede decidir. Según esta teoría, las cosas de primera necesidad deberían tener más valor que los artículos de lujo. Bajo el dominio de la propiedad privada, el único camino posible para llegar a una decisión en alguna medida objetiva, *aparentemente* general, sobre la mayor o menor utilidad de una cosa es la relación de competencia, y esta es precisamente la que se quiere dejar de lado. Pero si se admite la relación de competencia, entran también los costes de producción, pues nadie venderá por menos de lo que él mismo ha invertido en la producción. También aquí, pues, un lado de la oposición pasa a su pesar al otro.

Intentemos poner claridad en esta confusión. El valor de una cosa incluye los dos factores que las partes en disputa separan a la fuerza y, como hemos visto, sin éxito. El valor es la relación de los costes de producción con la utilidad. La primera aplicación del valor es decidir si una cosa debe producirse siquiera, es decir, si la utilidad compensa los costes de producción. Solo después puede hablarse de la aplicación del valor al intercambio. Si los costes de producción de dos cosas son iguales, la utilidad será el factor decisivo para determinar su valor comparativo.

Esta base es la única base justa del intercambio. Pero si se parte de ella, ¿quién ha de decidir sobre la utilidad de una cosa? ¿La simple opinión de los interesados? Entonces, en todo caso, *uno* sale engañado. ¿O una determinación fundada en la utilidad inherente a la cosa, independiente de las partes interesadas y que estas no ven clara? Entonces el intercambio solo puede realizarse por la *coacción*, y cada uno se tiene por engañado. Esta oposición entre la utilidad real, inherente, de la cosa y la determinación de esa utilidad, entre la determinación de la utilidad y la libertad de quienes intercambian, no se puede superar sin abolir la propiedad privada; y en cuanto esta queda abolida, ya no puede hablarse de un intercambio como el que existe ahora. La aplicación práctica del concepto de valor se limitará entonces cada vez más a la decisión sobre la producción, y esa es su esfera propia.

Pero ¿cómo están las cosas ahora? Hemos visto cómo el concepto de valor se ha ido desgarrando y cómo cada uno de sus lados se pregona como si fuera el todo. Los costes de producción, falseados de antemano por la competencia, han de valer como el valor mismo; lo mismo la utilidad meramente subjetiva, pues ahora no puede haber otra. Para que estas definiciones cojas se tengan en pie, hay que recurrir en ambos casos a la competencia; y lo mejor es que en los ingleses la competencia representa la utilidad frente a los costes de producción, mientras que en Say, a la inversa, introduce los costes de producción frente a la utilidad. ¡Pero qué utilidad y qué costes de producción introduce! Su utilidad depende del azar, de la moda, del capricho de los ricos; sus costes de producción suben y bajan con la relación fortuita entre la demanda y la oferta.

La diferencia entre valor real y valor de cambio descansa en un hecho: que el valor de una cosa es distinto del llamado equivalente que se da por ella en el comercio, es decir, que ese equivalente no es un equivalente. Este llamado equivalente es el *precio* de la cosa, y si el economista fuera honrado emplearía esta palabra para el «valor comercial». Pero tiene que conservar todavía alguna apariencia de que el precio guarda alguna relación con el valor, para que la inmoralidad del comercio no salga a la luz con demasiada claridad. Que el *precio*, en cambio, lo determina la acción recíproca de los costes de producción y de la competencia es enteramente cierto y es una ley fundamental de la propiedad privada. Esto fue lo primero que encontró el economista, esta ley puramente empírica; y de ella abstrajo luego su valor real, es decir, el precio en el momento en que la relación de competencia se equilibra, cuando la demanda y la oferta se cubren mutuamente; entonces, naturalmente, quedan los costes de producción, y a eso lo llama el economista valor real, cuando no es más que una determinación del precio. Así es como en la economía todo está cabeza abajo: el valor, que es lo originario, la fuente del precio, se hace depender de este, que es su propio producto. Como es sabido, esta inversión es la esencia de la abstracción; véase a este respecto Feuerbach.[^9]

* * *

Según el economista, los costes de producción de una mercancía constan de tres elementos: la renta de la tierra por el trozo de terreno necesario para producir la materia prima, el capital con su ganancia y el salario por el trabajo que se requirió para la producción y la elaboración. Pero enseguida se ve que capital y trabajo son idénticos, puesto que los propios economistas confiesan que el capital es «trabajo acumulado». Así que solo nos quedan dos lados: el natural, objetivo, la tierra, y el humano, subjetivo, el trabajo, que incluye el capital; y además del capital, un tercero en el que el economista no piensa: me refiero al elemento espiritual de la invención, del pensamiento, junto al elemento físico del trabajo puro y simple. ¿Qué tiene que ver el economista con el espíritu de invención? ¿No le han caído del cielo todos los inventos sin que él pusiera nada de su parte? ¿Le ha costado algo *uno solo* de ellos? ¿Por qué iba entonces a preocuparse de eso al calcular sus costes de producción? Para él, la tierra, el capital y el trabajo son las condiciones de la riqueza, y no necesita más. La ciencia no le importa. Que ella le haya hecho, por medio de Berthollet, Davy, Liebig, Watt, Cartwright,[^10] etc., regalos que lo han elevado infinitamente a él y a su producción, ¿qué más le da? No sabe calcular cosas así; los progresos de la ciencia van más allá de sus cifras. Pero para una situación racional, que haya dejado atrás la división de los intereses tal como se da en el economista, el elemento espiritual forma parte, desde luego, de los elementos de la producción y encontrará también en la economía su lugar entre los costes de producción. Y entonces es ciertamente satisfactorio saber cómo el cultivo de la ciencia se recompensa también materialmente; saber que un solo fruto de la ciencia, como la máquina de vapor de James Watt, ha reportado al mundo en los primeros cincuenta años de su existencia más de lo que el mundo ha gastado desde el principio en el cultivo de la ciencia.

Tenemos, pues, dos elementos de la producción en actividad, la naturaleza y el hombre, y este a su vez física y espiritualmente, y ahora podemos volver al economista y a sus costes de producción.

* * *

Todo lo que no se puede monopolizar no tiene valor, dice el economista; una tesis que examinaremos más de cerca más adelante. Si decimos «no tiene *precio*», la tesis es correcta para la situación basada en la propiedad privada. Si la tierra fuera tan fácil de obtener como el aire, nadie pagaría renta de la tierra. Como no es así, sino que la extensión de tierra que se ocupa en cada caso particular es limitada, se paga renta de la tierra por la tierra ocupada, es decir, monopolizada, o se entrega por ella un precio de compra. Pero resulta muy extraño, después de esta explicación sobre el origen del valor de la tierra, tener que oír al economista que la renta de la tierra es la diferencia entre el rendimiento del terreno que paga renta y el del peor terreno que todavía compensa el esfuerzo de cultivarlo. Esta es, como se sabe, la definición de la renta de la tierra que desarrolló por primera vez de forma completa Ricardo. Esta definición es prácticamente correcta si se supone que una caída de la demanda repercute *de inmediato* sobre la renta de la tierra y deja enseguida sin cultivar una cantidad correspondiente de la peor tierra cultivada. Pero no es así, y por eso la definición es insuficiente; además, no incluye la causa de la renta de la tierra, y ya solo por eso tiene que caer. El coronel T. P. Thompson,[^11] miembro de la Liga contra las leyes cerealistas, renovó frente a esta definición la de Adam Smith y la fundamentó. Según él, la renta de la tierra es la relación entre la competencia de quienes aspiran a usar la tierra y la cantidad limitada de tierra disponible. Aquí hay al menos una vuelta al origen de la renta de la tierra; pero esta explicación excluye la diferente fertilidad del suelo, igual que la anterior deja fuera la competencia.

Volvemos a tener, pues, dos definiciones unilaterales, y por tanto a medias, de un mismo objeto. Como en el caso del concepto de valor, tendremos que reunir de nuevo estas dos determinaciones para encontrar la determinación correcta, la que se sigue del desarrollo de la cosa y abarca por ello toda la práctica. La renta de la tierra es la relación entre la productividad del suelo, el lado natural (que a su vez consiste en la disposición *natural* y en el cultivo *humano*, el trabajo aplicado a mejorarlo), y el lado humano, la competencia. Los economistas podrán menear la cabeza ante esta «definición»; verán, para su espanto, que incluye todo lo que tiene relación con el asunto.

El *propietario de la tierra* no tiene nada que reprochar al comerciante.

Roba al monopolizar la tierra. Roba al explotar en su provecho el aumento de la población, que aumenta la competencia y, con ella, el valor de su finca; al convertir en fuente de su beneficio personal lo que no se ha producido por su acción personal, lo que le es puramente accidental. Roba cuando *arrienda*, al apropiarse al final de las mejoras que ha hecho su arrendatario. Este es el secreto de la riqueza siempre creciente de los grandes terratenientes.

Los axiomas que califican de robo la forma de adquisición del propietario de la tierra, a saber, que cada uno tiene derecho al producto de su trabajo o que nadie debe cosechar donde no ha sembrado, no son afirmación nuestra. El primero excluye el deber de alimentar a los hijos; el segundo excluye a toda generación del derecho a la existencia, puesto que cada generación recibe la herencia de la generación anterior. Estos axiomas son más bien consecuencias de la propiedad privada. O se desarrollan sus consecuencias hasta el final, o se renuncia a ella como premisa.

Más aún: la propia apropiación originaria se justifica afirmando un derecho de posesión *común* todavía anterior. Allí donde nos volvamos, pues, la propiedad privada nos lleva a contradicciones.

Hacer de la tierra, que es nuestro uno y todo, la primera condición de nuestra existencia, objeto de chalaneo fue el último paso hacia el chalaneo con uno mismo; fue, y sigue siendo hasta el día de hoy, una inmoralidad solo superada por la inmoralidad de la enajenación de sí mismo. Y la apropiación originaria, la monopolización de la tierra por un pequeño número, la exclusión de los demás de la condición de su vida, no le va a la zaga en inmoralidad al posterior chalaneo con la tierra.

Si aquí dejamos caer de nuevo la propiedad privada, la renta de la tierra se reduce a su verdad, a la concepción racional que está esencialmente en su base. El valor de la tierra, separado de ella como renta de la tierra, vuelve entonces a la tierra misma. Este valor, que hay que medir por la capacidad productiva de superficies iguales con igual trabajo empleado en ellas, entra ciertamente en cuenta como parte de los costes de producción en la determinación del valor de los productos y es, como la renta de la tierra, la relación de la capacidad productiva con la competencia; pero con la competencia *verdadera*, tal como se desarrollará a su debido tiempo.

* * *

Hemos visto que capital y trabajo son originariamente idénticos; vemos además, por los propios razonamientos del economista, que el capital, resultado del trabajo, se convierte enseguida en el proceso de producción en sustrato, en material del trabajo, y que, por tanto, la separación entre el capital y el trabajo, establecida por un momento, queda enseguida superada en la unidad de ambos; y sin embargo el economista separa el capital del trabajo, sin embargo se aferra a la escisión, sin reconocer la unidad más que en la definición del capital como «trabajo acumulado». La escisión entre capital y trabajo que se sigue de la propiedad privada no es más que la escisión del trabajo en sí mismo que corresponde a ese estado escindido y nace de él. Y una vez consumada esta separación, el capital se divide de nuevo en el capital originario y la ganancia, el incremento que el capital recibe en el proceso de producción, aunque la propia práctica vuelve a sumar enseguida esa ganancia al capital y la pone en circulación con él. Más aún, la propia ganancia se divide a su vez en interés y ganancia propiamente dicha. En el interés, la sinrazón de estas escisiones llega al extremo. La inmoralidad del préstamo a interés, del cobrar sin trabajar, por el simple hecho de prestar, aunque ya está contenida en la propiedad privada, es demasiado evidente, y la conciencia popular sin prejuicios, que en estas cosas suele tener razón, la ha reconocido hace mucho. Todas estas finas escisiones y divisiones nacen de la separación originaria entre el capital y el trabajo y de la consumación de esta separación en la escisión de la humanidad en capitalistas y obreros, una escisión que se agudiza cada día más y que, como veremos, *tiene* que acentuarse siempre. Pero esta separación, como la separación ya considerada de la tierra respecto del capital y del trabajo, es en última instancia imposible. No hay manera de determinar cuánto es la parte de la tierra, del capital y del trabajo en un producto determinado. Las tres magnitudes son inconmensurables. La tierra crea la materia prima, pero no sin capital y trabajo; el capital presupone la tierra y el trabajo, y el trabajo presupone *al menos* la tierra y casi siempre también capital. Las funciones de los tres son de naturaleza completamente distinta y no se pueden medir con una cuarta medida común. Así que, cuando en las circunstancias actuales se llega al reparto del producto entre los tres elementos, no hay una medida inherente a ellos, sino que decide una medida completamente ajena y accidental para ellos: la competencia o el refinado derecho del más fuerte. La renta de la tierra implica la competencia, la ganancia del capital la determina únicamente la competencia, y enseguida veremos qué pasa con el salario.

Si dejamos caer la propiedad privada, caen estas escisiones antinaturales. Desaparece la diferencia entre interés y ganancia; el capital no es nada sin trabajo, sin movimiento. La ganancia reduce su significado al peso que el capital pone en la balanza al determinarse los costes de producción, y sigue así inherente al capital, del mismo modo que este vuelve a su unidad originaria con el trabajo.

* * *

El *trabajo*, lo principal en la producción, la «fuente de la riqueza», la libre actividad humana, sale mal parado en el economista. Así como el capital ya se había separado del trabajo, ahora el trabajo se escinde por segunda vez: el producto del trabajo se le enfrenta como salario, está separado de él y, como de costumbre, lo determina a su vez la competencia, puesto que, como hemos visto, no hay medida fija para la parte del trabajo en la producción. Si abolimos la propiedad privada, cae también esta separación antinatural, el trabajo es su propio salario, y sale a la luz el verdadero significado del salario antes enajenado: el significado del trabajo para la determinación de los costes de producción de una cosa.

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Hemos visto que, mientras exista la propiedad privada, al final todo se reduce a la competencia. Es la categoría principal del economista, su hija predilecta, a la que no deja de mimar y acariciar; y fijaos en la cara de Medusa que va a salir de ahí.

La consecuencia inmediata de la propiedad privada fue la escisión de la producción en dos lados opuestos, el natural y el humano: la tierra, muerta y estéril sin la fecundación del hombre, y la actividad humana, cuya primera condición es precisamente la tierra. Vimos además cómo la actividad humana se descomponía a su vez en trabajo y capital, y cómo estos lados se enfrentaban de nuevo hostilmente. Teníamos ya, pues, la lucha de los tres elementos entre sí en lugar del apoyo mutuo de los tres; ahora se añade que la propiedad privada trae consigo la fragmentación de cada uno de estos elementos. Una finca se enfrenta a otra, un capital a otro, una fuerza de trabajo a otra. Dicho de otro modo: como la propiedad privada aísla a cada uno en su propia y tosca singularidad, y como cada uno tiene, sin embargo, el mismo interés que su vecino, un terrateniente se enfrenta hostilmente a otro, un capitalista a otro, un obrero a otro. En esta enemistad de intereses iguales, precisamente a causa de su igualdad, se consuma la inmoralidad de la situación en que ha vivido hasta ahora la humanidad; y esta consumación es la competencia.

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Lo contrario de la *competencia* es el *monopolio*. El monopolio era el grito de guerra de los mercantilistas; la competencia, el de los economistas liberales. Es fácil ver que también esta oposición es enteramente hueca. Todo competidor, sea obrero, capitalista o terrateniente, *tiene* que desear el monopolio. Todo conjunto más pequeño de competidores tiene que desear el monopolio para sí frente a todos los demás. La competencia se basa en el interés, y el interés engendra a su vez el monopolio; en una palabra, la competencia se convierte en monopolio. Por otro lado, el monopolio no puede detener la corriente de la competencia; más aún, engendra él mismo la competencia, como, por ejemplo, una prohibición de importar o unos aranceles elevados engendran directamente la competencia del contrabando. La contradicción de la competencia es exactamente la misma que la de la propia propiedad privada. Al interés de cada individuo le conviene poseerlo todo, pero al interés del conjunto le conviene que cada uno posea lo mismo. Así pues, el interés general y el individual se oponen diametralmente. La contradicción de la competencia es que cada uno tiene que desear para sí el monopolio, mientras que el conjunto como tal tiene que perder con el monopolio y, por tanto, tiene que eliminarlo. Más aún, la competencia presupone ya el monopolio, a saber, el monopolio de la propiedad (y aquí vuelve a salir a la luz la hipocresía de los liberales), y mientras exista el monopolio de la propiedad, la propiedad del monopolio tiene el mismo derecho; pues también el monopolio, una vez dado, es propiedad. ¡Qué lamentable medianía es, pues, atacar los pequeños monopolios y dejar en pie el monopolio fundamental! Y si a esto añadimos la tesis del economista, mencionada antes, de que nada tiene valor si no puede ser monopolizado, y que, por tanto, nada que no admita esta monopolización puede entrar en esta lucha de la competencia, nuestra afirmación de que la competencia presupone el monopolio queda plenamente justificada.

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La ley de la competencia es que la demanda y la oferta se complementan siempre y, precisamente por eso, nunca. Los dos lados vuelven a estar desgarrados y convertidos en una oposición tajante. La oferta va siempre pisando los talones a la demanda, pero nunca llega a cubrirla exactamente; o es demasiado grande o demasiado pequeña, nunca corresponde a la demanda, porque en este estado inconsciente de la humanidad nadie sabe lo grande que es una u otra. Si la demanda es mayor que la oferta, el precio sube, y con ello la oferta queda, por así decir, excitada; en cuanto aparece en el mercado, los precios bajan, y si llega a ser mayor que la demanda, la caída de los precios es tan considerable que con ello se vuelve a estimular la demanda. Y así sin parar: nunca un estado sano, sino una alternancia constante de excitación y relajamiento que excluye todo progreso, una oscilación eterna sin llegar nunca a la meta. Esta ley, con su constante compensación, en la que lo que se pierde aquí se gana allá, le parece maravillosa al economista. Es su mayor gloria, no se cansa de contemplarla y la examina en todas las circunstancias posibles e imposibles. Y sin embargo salta a la vista que esta ley es una pura ley natural, no una ley del espíritu. Una ley que engendra la revolución. El economista llega con su bonita teoría de la demanda y la oferta y os demuestra que «nunca se puede producir demasiado», y la práctica responde con las crisis comerciales, que vuelven con la misma regularidad que los cometas y de las que ahora tenemos una, por término medio, cada cinco o siete años. Desde hace ochenta años, estas crisis comerciales han llegado con la misma regularidad con que antes llegaban las grandes epidemias, y han traído consigo más miseria y más inmoralidad que estas (véase Wade, *History of the Middle and Working Classes*, Londres, 1835, p. 211).[^12] Naturalmente, estas revoluciones comerciales confirman la ley, la confirman en toda su extensión, pero de manera distinta de la que el economista quisiera hacernos creer. ¿Qué pensar de una ley que solo puede imponerse mediante revoluciones periódicas? Es precisamente una ley natural que descansa en la inconsciencia de los interesados. Si los productores como tales supieran cuánto necesitan los consumidores, si organizaran la producción, si se la repartieran entre ellos, las oscilaciones de la competencia y su tendencia a la crisis serían imposibles. Producid con conciencia, como hombres, no como átomos dispersos sin conciencia de especie, y habréis dejado atrás todas estas oposiciones artificiales e insostenibles. Pero mientras sigáis produciendo de la manera actual, inconsciente, irreflexiva, abandonada al dominio del azar, seguirá habiendo crisis comerciales; y cada una tiene que ser más universal, y por tanto peor, que la anterior, tiene que empobrecer a una masa mayor de pequeños capitalistas y aumentar en proporción creciente el número de la clase que vive solo de su trabajo; tiene, pues, que aumentar a ojos vistas la masa de trabajo por ocupar, que es el problema principal de nuestros economistas, y provocar finalmente una revolución social como no la sueña la sabiduría escolar de los economistas.

La eterna oscilación de los precios, tal como la crea la relación de competencia, priva por completo al comercio del último vestigio de moralidad. Ya no se habla de *valor*; el mismo sistema que parece dar tanta importancia al valor, que concede a la abstracción del valor en el dinero el honor de una existencia propia, ese mismo sistema destruye por medio de la competencia todo valor inherente y cambia día a día y hora a hora la relación de valor de todas las cosas entre sí. ¿Dónde queda en este torbellino la posibilidad de un intercambio basado en fundamentos morales? En este continuo subir y bajar, cada uno *tiene* que procurar acertar con el momento más favorable para comprar y vender; cada uno tiene que hacerse especulador, es decir, cosechar donde no ha sembrado, enriquecerse con la pérdida de otros, contar con la desgracia ajena o dejar que el azar gane para él. El especulador cuenta siempre con las desgracias, sobre todo con las malas cosechas; lo aprovecha todo, como en su día el incendio de Nueva York,[^13] y el punto culminante de la inmoralidad es la especulación bursátil con fondos públicos, que rebaja la historia, y con ella a la humanidad, a medio para satisfacer la codicia del especulador calculador o jugador. Y que el comerciante honrado, «sólido», no se alce farisaicamente por encima del juego de la Bolsa: «te doy gracias, Dios mío», etc.[^14] Es tan malo como los especuladores de fondos, especula tanto como ellos, tiene que hacerlo, la competencia lo obliga, y su comercio implica, por tanto, la misma inmoralidad que el de ellos. La verdad de la relación de competencia es la relación entre la fuerza de consumo y la fuerza de producción. En una situación digna de la humanidad no habrá más competencia que esta. La comunidad tendrá que calcular lo que puede producir con los medios de que dispone y, según la relación de esta fuerza productiva con la masa de los consumidores, determinar en qué medida tiene que aumentar o reducir la producción, en qué medida tiene que dar rienda suelta al lujo o limitarlo. Pero para juzgar correctamente esta relación y el aumento de la fuerza productiva que cabe esperar de una situación racional de la comunidad, mis lectores pueden consultar los escritos de los socialistas ingleses y, en parte, también los de Fourier.[^15]

La competencia subjetiva, la pugna de capital contra capital, de trabajo contra trabajo, etc., se reducirá en estas circunstancias a la emulación fundada en la naturaleza humana, que hasta ahora solo Fourier ha desarrollado de forma aceptable, y que, una vez abolidos los intereses opuestos, quedará limitada a su esfera propia y racional.

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La lucha de capital contra capital, de trabajo contra trabajo, de tierra contra tierra, empuja la producción a un estado febril en el que pone cabeza abajo todas las relaciones naturales y racionales. Ningún capital puede resistir la competencia de otro si no se lleva al grado más alto de actividad. Ninguna finca puede cultivarse con provecho si no aumenta sin cesar su fuerza productiva. Ningún obrero puede sostenerse frente a sus competidores si no dedica todas sus fuerzas al trabajo. En general, nadie que entre en la lucha de la competencia puede resistirla sin el máximo esfuerzo de sus fuerzas, sin renunciar a todos los fines verdaderamente humanos. La consecuencia de esta tensión excesiva por un lado es necesariamente el relajamiento por el otro. Cuando la oscilación de la competencia es pequeña, cuando la demanda y la oferta, el consumo y la producción, son casi iguales, en el desarrollo de la producción tiene que llegar una fase en que haya tanta fuerza productiva sobrante que la gran masa de la nación no tenga de qué vivir; en que la gente se muera de hambre de pura abundancia. En esta situación demencial, en este absurdo viviente, se encuentra Inglaterra desde hace bastante tiempo. Si la producción oscila con más fuerza, como necesariamente hace a consecuencia de tal estado de cosas, entonces se produce la alternancia de prosperidad y crisis, superproducción y estancamiento. El economista nunca ha podido explicarse esta situación absurda; para explicarla inventó la teoría de la población, que es tan disparatada como esta contradicción de riqueza y miseria al mismo tiempo, o todavía más. Al economista no le *estaba permitido* ver la verdad; no le estaba permitido comprender que esta contradicción es una simple consecuencia de la competencia, porque, de lo contrario, todo su sistema se habría venido abajo.

Para nosotros la cosa es fácil de explicar. La fuerza productiva de que dispone la humanidad es inconmensurable. La productividad del suelo puede aumentarse hasta el infinito mediante la aplicación de capital, trabajo y ciencia. La «superpoblada» Gran Bretaña, según los cálculos de los economistas y estadísticos más competentes (véase *The Principles of Population* de Alison,[^16] tomo 1, caps. 1 y 2), puede llegar en diez años a producir trigo suficiente para seis veces su población actual. El capital aumenta cada día; la fuerza de trabajo crece con la población, y la ciencia somete cada día más las fuerzas de la naturaleza al hombre. Esta inmensa capacidad productiva, manejada conscientemente y en interés de todos, reduciría pronto al mínimo el trabajo que corresponde a la humanidad; abandonada a la competencia, hace lo mismo, pero dentro de la oposición. Una parte de la tierra se cultiva del mejor modo posible, mientras que otra (en Gran Bretaña e Irlanda, treinta millones de acres de buena tierra) yace baldía. Una parte del capital circula con enorme rapidez, otra yace muerta en el arca. Una parte de los obreros trabaja catorce y dieciséis horas diarias, mientras otra está ociosa e inactiva y se muere de hambre. O bien el reparto deja de ser simultáneo: hoy el comercio va bien, la demanda es muy considerable, todo el mundo trabaja, el capital rota con una rapidez prodigiosa, la agricultura florece, los obreros trabajan hasta enfermar; mañana llega un estancamiento, la agricultura no compensa el esfuerzo, extensiones enteras de tierra quedan sin cultivar, el capital se paraliza en plena circulación, los obreros no tienen ocupación, y el país entero padece de riqueza sobrante y de población sobrante.

El economista no puede reconocer que esta explicación de la cosa es la correcta; si lo hiciera, tendría que abandonar, como se ha dicho, todo su sistema de la competencia; tendría que reconocer lo hueco de su oposición entre producción y consumo, entre población sobrante y riqueza sobrante. Pero para poner de acuerdo este hecho con la teoría, ya que el hecho no se podía negar, se inventó la teoría de la población.

Malthus, el autor de esta doctrina, afirma que la población presiona siempre sobre los medios de subsistencia; que, en cuanto aumenta la producción, la población se multiplica en la misma proporción, y que la tendencia inherente a la población a multiplicarse por encima de los medios de subsistencia disponibles es la causa de toda miseria y de todo vicio. Pues, cuando hay demasiada gente, hay que quitarla de en medio de una manera u otra: o la matan violentamente o se muere de hambre. Pero cuando esto ha ocurrido, vuelve a haber un hueco, que enseguida vuelven a llenar otros multiplicadores de la población, y así empieza de nuevo la vieja miseria. Más aún, así ocurre en todas las circunstancias, no solo en el estado civilizado, sino también en el estado natural; los salvajes de Nueva Holanda,[^17] de los que toca *uno* por milla cuadrada, sufren de superpoblación tanto como Inglaterra. En suma, si queremos ser consecuentes, tenemos que confesar *que la Tierra ya estaba superpoblada cuando solo existía un hombre*. Las consecuencias de este razonamiento son que, como los pobres son precisamente los sobrantes, no hay que hacer nada por ellos salvo facilitarles al máximo morirse de hambre, convencerlos de que no tiene remedio y de que para toda su clase no hay más salvación que reproducirse lo menos posible; o, si esto no funciona, siempre es mejor crear un establecimiento del Estado para matar sin dolor a los hijos de los pobres, como el que ha propuesto «Marcus»,[^18] según el cual a cada familia obrera le corresponderían dos niños y medio, y los que vinieran de más se matarían sin dolor. Dar limosna sería un crimen, porque fomenta el crecimiento de la población sobrante; pero será muy provechoso convertir la pobreza en un crimen y los asilos de pobres en establecimientos penitenciarios, como ya se ha hecho en Inglaterra con la nueva ley de pobres «liberal».[^19] Es verdad que esta teoría casa muy mal con la doctrina de la Biblia sobre la perfección de Dios y de su creación, pero ¡«es una mala refutación esgrimir la Biblia contra los hechos»!

¿He de exponer con más detalle esta doctrina infame y vil, esta blasfemia repugnante contra la naturaleza y la humanidad, he de seguirla todavía más lejos en sus consecuencias? Aquí tenemos por fin la inmoralidad del economista llevada a su punto más alto. ¿Qué son todas las guerras y los horrores del sistema de los monopolios frente a esta teoría? Y precisamente ella es la clave de bóveda del sistema liberal de la libertad de comercio, cuya caída arrastra la del edificio entero. Pues si aquí queda demostrado que la competencia es la causa de la miseria, de la pobreza y del crimen, ¿quién se atreverá todavía a hablar en su favor?

Alison ha hecho tambalearse la teoría de Malthus en la obra que hemos citado, apelando a la fuerza productiva de la tierra y oponiendo al principio de Malthus el hecho de que todo hombre adulto puede producir más de lo que él mismo necesita, un hecho sin el cual la humanidad no podría multiplicarse, ni siquiera subsistir; si no, ¿de qué iban a vivir los que están creciendo? Pero Alison no va al fondo de la cuestión y por eso acaba llegando al mismo resultado que Malthus. Demuestra, sí, que el principio de Malthus es falso, pero no puede negar los hechos que empujaron a este a su principio.

Si Malthus no hubiera considerado la cosa de manera tan unilateral, habría tenido que ver que la población o fuerza de trabajo sobrante va siempre unida a riqueza sobrante, capital sobrante y propiedad territorial sobrante. La población solo es demasiado grande allí donde la fuerza productiva en general es demasiado grande. La situación de todo país superpoblado, y en particular de Inglaterra desde la época en que escribía Malthus, lo muestra con la mayor claridad. Estos eran los hechos que Malthus tenía que considerar en su conjunto y cuya consideración tenía que llevar al resultado correcto; en lugar de eso, escogió uno, dejó de lado los demás y llegó así a su resultado demencial. El segundo error que cometió fue confundir los medios de subsistencia con la ocupación. Que la población presiona siempre sobre los medios de ocupación, que se engendran tantos hombres como pueden ocuparse, en suma, que la producción de fuerza de trabajo ha estado regulada hasta ahora por la ley de la competencia y por eso ha estado sometida también a las crisis y oscilaciones periódicas, es un hecho cuya comprobación es mérito de Malthus. Pero los medios de ocupación no son los medios de subsistencia. Los medios de ocupación solo aumentan, en su resultado final, con el aumento de la fuerza de las máquinas y del capital; los medios de subsistencia aumentan en cuanto aumenta en algo la fuerza productiva en general. Aquí sale a la luz una nueva contradicción de la economía. La demanda del economista no es la demanda real; su consumo es un consumo artificial. Para el economista solo demanda de verdad, solo es un consumidor real, quien tiene un equivalente que ofrecer por lo que recibe. Pero si es un hecho que todo adulto produce más de lo que él mismo puede consumir, que los niños son como árboles que devuelven con creces lo que se ha gastado en ellos (y estos son hechos, ¿no?), se diría que todo obrero tendría que poder producir mucho más de lo que necesita y que la comunidad debería, por tanto, querer proveerle con gusto de todo lo que le hace falta; se diría que una familia numerosa debería ser para la comunidad un regalo muy deseable. Pero el economista, en la tosquedad de su concepción, no conoce más equivalente que el que se le paga en dinero contante y sonante. Está tan aferrado a sus oposiciones que los hechos más contundentes le importan tan poco como los principios más científicos.

Nosotros destruimos la contradicción simplemente superándola. Con la fusión de los intereses hoy opuestos desaparece la oposición entre superpoblación aquí y superabundancia de riqueza allá; desaparece el hecho prodigioso, más prodigioso que todos los milagros de todas las religiones juntos, de que una nación tenga que morirse de hambre de pura riqueza y abundancia; desaparece la afirmación demencial de que la tierra no tiene fuerza para alimentar a los hombres. Esta afirmación es la cumbre de la economía cristiana (y que nuestra economía es esencialmente cristiana habría podido demostrarlo en cada frase, en cada categoría, y lo haré a su debido tiempo); la teoría de Malthus no es más que la expresión económica del dogma religioso de la contradicción entre el espíritu y la naturaleza y de la corrupción de ambos que de ella se sigue. Espero haber mostrado también en el terreno económico la nulidad de esta contradicción, que para la religión, y con ella, quedó resuelta hace mucho; por lo demás, no aceptaré como competente ninguna defensa de la teoría de Malthus que no me explique antes, a partir de su propio principio, cómo un pueblo puede morirse de hambre de pura abundancia, y que no ponga esto de acuerdo con la razón y con los hechos.

Por lo demás, la teoría de Malthus ha sido un punto de paso absolutamente necesario, que nos ha hecho avanzar infinitamente. Gracias a ella, como en general gracias a la economía, hemos prestado atención a la fuerza productiva de la tierra y de la humanidad, y, superada esta desesperación económica, estamos para siempre a salvo del miedo a la superpoblación. De ella sacamos los argumentos económicos más fuertes a favor de una transformación social; pues aunque Malthus tuviera toda la razón, habría que emprender esa transformación en el acto, porque solo ella, solo la instrucción de las masas que ella puede dar, hace posible esa limitación moral del instinto de reproducción que el propio Malthus presenta como el remedio más eficaz y más fácil contra la superpoblación. Gracias a ella hemos conocido la degradación más profunda de la humanidad, su dependencia de la relación de competencia; nos ha mostrado cómo, en última instancia, la propiedad privada ha convertido al hombre en una mercancía cuya producción y destrucción dependen también únicamente de la demanda; cómo el sistema de la competencia ha masacrado así, y masacra cada día, a millones de hombres; todo esto lo hemos visto, y todo esto nos empuja a abolir esta degradación de la humanidad mediante la abolición de la propiedad privada, de la competencia y de los intereses opuestos.

Pero, para quitar toda base al miedo general a la superpoblación, volvamos una vez más a la relación entre la fuerza productiva y la población. Malthus hace un cálculo sobre el que basa todo su sistema. La población, dice, aumenta en progresión geométrica, 1 + 2 + 4 + 8 + 16 + 32, etc.; la fuerza productiva del suelo, en progresión aritmética, 1 + 2 + 3 + 4 + 5 + 6. La diferencia es evidente, es aterradora; pero ¿es correcta? ¿Dónde está demostrado que la productividad del suelo aumenta en progresión aritmética? La extensión del suelo es limitada, de acuerdo. La fuerza de trabajo que puede emplearse en esa superficie crece con la población; admitamos incluso que el aumento del rendimiento por el aumento del trabajo no crece siempre en proporción al trabajo: aún queda un tercer elemento, que para el economista, desde luego, nunca cuenta, la ciencia, y su progreso es tan ilimitado y por lo menos tan rápido como el de la población. ¿Cuánto progreso debe la agricultura de este siglo solo a la química, más aún, solo a dos hombres, sir Humphry Davy y Justus Liebig? Ahora bien, la ciencia aumenta por lo menos como la población; esta aumenta en proporción al número de la última generación; la ciencia avanza en proporción a la masa de conocimientos que le ha dejado la generación anterior, es decir, en las circunstancias más ordinarias, también en progresión geométrica; ¿y qué le es imposible a la ciencia? Pero es ridículo hablar de superpoblación mientras «el valle del Misisipi tenga tierra baldía suficiente para trasladar allí a toda la población de Europa» (Alison, *The Principles of Population*, tomo 1, p. 548, Londres, 1840), mientras solo pueda considerarse cultivado un tercio de la Tierra y la producción de ese tercio pueda multiplicarse por seis o más con la mera aplicación de mejoras ya conocidas hoy.

* * *

La competencia enfrenta, pues, capital contra capital, trabajo contra trabajo, propiedad territorial contra propiedad territorial, y del mismo modo cada uno de estos elementos contra los otros dos. En la lucha vence el más fuerte, y para predecir el resultado de esta lucha tendremos que examinar la fuerza de los contendientes. En primer lugar, la propiedad territorial y el capital son cada uno más fuertes que el trabajo, pues el obrero tiene que trabajar para vivir, mientras que el terrateniente puede vivir de sus rentas y el capitalista de sus intereses y, en caso de necesidad, de su capital o de la propiedad territorial capitalizada. La consecuencia es que al trabajo solo le toca lo más estrictamente necesario, los meros medios de subsistencia, mientras que la mayor parte de los productos se reparte entre el capital y la propiedad territorial. Además, el obrero más fuerte expulsa del mercado al más débil; el capital mayor, al menor; la gran propiedad territorial, a la pequeña. La práctica confirma esta conclusión. Son conocidas las ventajas que el fabricante y el comerciante mayores tienen sobre el pequeño, y el gran terrateniente sobre el propietario de una sola fanega. La consecuencia es que, ya en circunstancias normales, el gran capital y la gran propiedad territorial devoran al pequeño capital y a la pequeña propiedad territorial según el derecho del más fuerte: es la centralización de la propiedad. En las crisis comerciales y agrícolas, esta centralización avanza mucho más deprisa. La gran propiedad aumenta en general mucho más deprisa que la pequeña, porque del rendimiento se descuenta una parte mucho menor como gastos de la propiedad. Esta centralización de la propiedad es una ley tan inmanente a la propiedad privada como todas las demás; las clases medias tienen que desaparecer cada vez más, hasta que el mundo quede dividido en millonarios y *paupers*, en grandes terratenientes y pobres jornaleros. Ninguna ley, ningún reparto de la propiedad territorial, ninguna eventual fragmentación del capital sirve de nada: este resultado tiene que llegar y llegará, a no ser que se le adelante una transformación total de las relaciones sociales, una fusión de los intereses opuestos, una abolición de la propiedad privada.

La libre competencia, la gran consigna de nuestros economistas de hoy, es una imposibilidad. El monopolio tenía al menos la intención, aunque no pudiera llevarla a cabo, de proteger al consumidor contra el fraude. Pero la abolición del monopolio abre de par en par las puertas al fraude. Decís que la competencia lleva en sí misma el remedio contra el fraude, que nadie comprará cosas malas; es decir, que cada uno tiene que ser un entendido en cada artículo, y eso es imposible; de ahí la necesidad del monopolio, que también se pone de manifiesto en muchos artículos. Las farmacias, etc., *tienen* que tener un monopolio. Y el artículo más importante, el dinero, es precisamente el que más necesita el monopolio. Cada vez que el medio circulante ha dejado de ser monopolio del Estado, ha producido una crisis comercial, y los economistas ingleses, entre ellos el doctor Wade, admiten también aquí la necesidad del monopolio. Pero el monopolio tampoco protege contra la moneda falsa. Póngase uno del lado de la cuestión que quiera, uno es tan difícil como el otro; el monopolio engendra la libre competencia y esta, a su vez, el monopolio; por eso ambos tienen que caer, y estas dificultades tienen que eliminarse mediante la abolición del principio que las engendra.

* * *

La competencia ha penetrado todas nuestras relaciones de vida y ha consumado la servidumbre mutua en que se mantienen hoy los hombres. La competencia es el gran resorte que vuelve a espolear una y otra vez a la actividad a nuestro orden social, o más bien desorden, que se va haciendo viejo y flojo, pero que con cada nuevo esfuerzo consume también una parte de sus fuerzas menguantes. La competencia domina el progreso numérico de la humanidad, y domina también su progreso moral. A quien se haya familiarizado un poco con la estadística del crimen tiene que haberle llamado la atención la peculiar regularidad con que el crimen avanza año tras año, con que determinadas causas producen determinados crímenes. La extensión del sistema fabril trae consigo en todas partes un aumento de los crímenes. Se puede predecir cada año, con una exactitud que se cumple siempre, el número de detenciones, de causas criminales, e incluso el número de asesinatos, de robos con allanamiento, de pequeños hurtos, etc., de una gran ciudad o de un distrito, como se ha hecho con bastante frecuencia en Inglaterra. Esta regularidad demuestra que también el crimen está gobernado por la competencia; que la sociedad produce una *demanda* de crímenes a la que responde una *oferta* adecuada; que el hueco que deja la detención, la deportación o la ejecución de cierto número de criminales lo vuelven a llenar enseguida otros, exactamente igual que todo hueco en la población lo vuelven a llenar enseguida nuevos recién llegados; en otras palabras, que el crimen presiona sobre los medios de castigo igual que los pueblos sobre los medios de ocupación. Dejo al juicio de mis lectores hasta qué punto es justo en estas circunstancias, prescindiendo de todo lo demás, castigar a los criminales. A mí solo me interesa aquí demostrar que la competencia se extiende también al terreno moral y mostrar a qué profunda degradación ha llevado al hombre la propiedad privada.

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En la lucha del capital y la tierra contra el trabajo, los dos primeros elementos tienen además una ventaja especial sobre el trabajo: la ayuda de la ciencia, pues también esta, en las circunstancias actuales, está dirigida contra el trabajo. Casi todos los inventos mecánicos, por ejemplo, los ha provocado la escasez de fuerza de trabajo; así ocurrió sobre todo con las máquinas de hilar algodón de Hargreaves, Crompton y Arkwright.[^20] Nunca ha habido mucha demanda de trabajo sin que de ello saliera un invento que aumentara considerablemente la fuerza de trabajo y desviara así la demanda del trabajo humano. La historia de Inglaterra desde 1770 hasta hoy es una prueba continua de ello. El último gran invento de la hilatura del algodón, la *selfacting mule*,[^21] lo provocaron únicamente la demanda de trabajo y el aumento del salario: duplicó el trabajo de las máquinas y redujo así a la mitad el trabajo manual, dejó sin ocupación a la mitad de los obreros y rebajó con ello a la mitad el salario de los demás; aplastó una conjura de los obreros contra los fabricantes y destruyó el último resto de fuerza con que el trabajo había sostenido todavía la lucha desigual contra el capital (véase el doctor Ure, *Philosophy of Manufactures*, tomo 2).[^22] El economista dice, ciertamente, que en su resultado final la maquinaria es favorable a los obreros, porque abarata la producción y crea así un mercado nuevo y mayor para sus productos, y así acaba dando ocupación de nuevo a los obreros que dejó sin trabajo. Muy cierto; pero ¿olvida aquí el economista que la producción de fuerza de trabajo la regula la competencia, que la fuerza de trabajo presiona siempre sobre los medios de ocupación y que, por tanto, cuando hayan de llegar estas ventajas, ya estará esperando de nuevo un exceso de competidores por el trabajo que hará ilusoria esta ventaja, mientras que el perjuicio, la súbita privación de los medios de subsistencia para una mitad de los obreros y la caída del salario para la otra, no es ilusorio? ¿Olvida el economista que el progreso de la invención nunca se detiene, y que, por tanto, este perjuicio se perpetúa? ¿Olvida que, con la división del trabajo tan infinitamente acrecentada por nuestra civilización, un obrero solo puede vivir si se le puede emplear en esta máquina determinada para este trabajo determinado y mezquino? ¿Que el paso de una ocupación a otra nueva es casi siempre, para el obrero adulto, una imposibilidad absoluta?

Al considerar los efectos de la maquinaria llego a otro tema más lejano, el sistema fabril, y no tengo ganas ni tiempo de tratarlo aquí. Por lo demás, espero tener pronto ocasión de exponer con detalle la repugnante inmoralidad de este sistema y de desenmascarar sin piedad la hipocresía del economista, que aquí aparece en todo su esplendor.[^23]

[^1]: Engels emplea *Nationalökonomie*, literalmente «economía nacional», el nombre corriente en alemán de lo que en inglés y francés se llamaba *political economy*, *économie politique*. Lo traducimos siempre por «economía política»; más abajo Engels juega con las expresiones «economía nacional», «economía política» y «economía pública».

[^2]: El mercantilismo, doctrina y política económica dominantes en Europa entre los siglos XVI y XVIII, que identificaba la riqueza con los metales preciosos y buscaba una balanza comercial favorable mediante el fomento de las exportaciones y las trabas a las importaciones.

[^3]: Thomas Robert Malthus (1766-1834), clérigo y economista inglés. En su *Ensayo sobre el principio de la población* (1798) sostuvo que la población tiende a crecer en progresión geométrica y los medios de subsistencia solo en progresión aritmética, de modo que la miseria, el vicio y las guerras serían frenos naturales e inevitables de la población.

[^4]: Adam Smith (1723-1790), economista y filósofo escocés, fundador de la economía política clásica. *Investigación sobre la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones* (1776).

[^5]: David Ricardo (1772-1823), economista inglés, la cumbre de la economía política clásica: *Principios de economía política y tributación* (1817). John Ramsay McCulloch (1789-1864), economista escocés, divulgador de Ricardo. James Mill (1773-1836), economista y filósofo inglés, discípulo de Ricardo, autor de *Elements of Political Economy* (1821).

[^6]: Friedrich List (1789-1846), economista alemán, defensor de los aranceles protectores para la industria nacional y de la unión aduanera alemana; *El sistema nacional de economía política* (1841).

[^7]: Los owenistas, partidarios de Robert Owen (1771-1858), fabricante y socialista utópico inglés, que intentó fundar colonias comunistas y animó el movimiento cooperativo y sindical.

[^8]: Jean-Baptiste Say (1767-1832), economista francés, divulgador de Smith en Francia; *Tratado de economía política* (1803). Sostenía que la utilidad es el fundamento del valor y que la oferta crea su propia demanda, de modo que no puede haber superproducción general.

[^9]: Ludwig Feuerbach (1804-1872), filósofo materialista alemán, que había presentado la religión y la filosofía especulativa como una inversión en la que el producto del hombre se convierte en sujeto y el hombre en su predicado.

[^10]: Claude-Louis Berthollet (1748-1822), químico francés; Humphry Davy (1778-1829), químico inglés, autor de *Elementos de química agrícola* (1813); Justus Liebig (1803-1873), químico alemán, fundador de la química agrícola; James Watt (1736-1819), inventor de la máquina de vapor moderna; Edmund Cartwright (1743-1823), inventor del telar mecánico.

[^11]: Thomas Perronet Thompson (1783-1869), militar y político radical inglés, librecambista, autor de un *Catechism on the Corn Laws* (1827). La Liga contra las leyes cerealistas (Anti-Corn Law League), fundada en Mánchester en 1838 y dirigida por los fabricantes Richard Cobden y John Bright, hizo campaña por la abolición de los aranceles sobre el trigo, que se derogaron en 1846.

[^12]: John Wade (1788-1875), publicista e historiador inglés.

[^13]: El gran incendio que destruyó buena parte del barrio financiero de Nueva York en diciembre de 1835.

[^14]: Alusión a la parábola del fariseo y el publicano: «Oh Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres» (Lucas 18, 11).

[^15]: Charles Fourier (1772-1837), socialista utópico francés, crítico de la civilización comercial, que propuso organizar la sociedad en falansterios, comunidades de producción y consumo donde el trabajo se volvería atractivo gracias a la emulación entre grupos.

[^16]: Archibald Alison (1792-1867), historiador y jurista escocés, conservador; *The Principles of Population and their Connection with Human Happiness* (1840), dirigido contra Malthus.

[^17]: Nueva Holanda: nombre que se daba entonces a Australia.

[^18]: Seudónimo del autor de unos folletos aparecidos en Inglaterra en 1838-1839 que proponían, con una seriedad de la que muchos dudaron, la eliminación indolora de los recién nacidos de las familias obreras que excedieran cierto número.

[^19]: La ley de enmienda de la ley de pobres de 1834 suprimió en lo esencial los socorros a domicilio y obligó a los pobres a acudir a las casas de trabajo (*workhouses*), de régimen casi carcelario, en las que se separaba a las familias.

[^20]: James Hargreaves (hacia 1720-1778) inventó la *spinning jenny* hacia 1764; Richard Arkwright (1732-1792) patentó la máquina de hilar hidráulica (*water frame*) en 1769; Samuel Crompton (1753-1827) construyó la *mule* en 1779.

[^21]: La *mule* automática, perfeccionada por Richard Roberts en 1825-1830, que funcionaba sin la intervención continua del hilandero.

[^22]: Andrew Ure (1778-1857), químico y economista escocés, apologista del sistema fabril; *The Philosophy of Manufactures* (1835).

[^23]: Engels cumplió este propósito en *La situación de la clase obrera en Inglaterra* (Leipzig, 1845).
