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Title: [Extractos y comentarios sobre los Elementos de economía política de James Mill] (1844)
Description: Los extractos que Marx hizo en París en 1844 del manual de economía política de James Mill, con sus comentarios sobre el dinero como mediador extrañado, el crédito, el intercambio y el trabajo lucrativo, y el esbozo de lo que sería una producción humana: un complemento esencial de los Manuscritos económico-filosóficos.
Author: Karl Marx
Date: 1844
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1844%20Extractos%20y%20comentarios%20sobre%20los%20Elementos%20de%20econom%C3%ADa%20pol%C3%ADtica%20de%20James%20Mill
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*Extractos escritos por Karl Marx en París en 1844 en sus cuadernos de lectura, a partir de la traducción francesa de James Mill,* Elements of Political Economy*:* Éléments d'économie politique*, traducidos por J. T. Parisot (París, 1823); los números de página de las referencias son los de esa edición. Marx copia unas veces el texto francés y otras lo traduce o lo resume en alemán; aquí todo se da en español. Los pasajes largos sin referencia de página son comentarios de Marx (en la edición de la MEGA, en un cuerpo de letra mayor); los números romanos entre corchetes señalan las páginas del cuaderno. Publicados por primera vez en la* Marx-Engels-Gesamtausgabe*, sección I, tomo 3 (Berlín, 1932), pp. 520-550, de donde se traducen, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es de los editores. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1844%20Ausz%C3%BCge%20aus%20James%20Mills%20Buch%20%C3%89l%C3%A9ments%20d%27%C3%A9conomie%20politique).*

## [Extractos y comentarios sobre los Elementos de economía política de James Mill]

James Mill, *Elementos de economía política*. Traducidos por J. T. Parisot. París, 1823. VII, 318 p.[^1]

[XVIII] I. *De la producción*. «Una *cierta cantidad de alimento*, y de todas las demás cosas que durante ese tiempo emplean los *hombres* que trabajan, es necesaria para *la existencia del trabajo*». pp. 8, 9. «Como, en general, los hombres no pueden *ejecutar* muchas operaciones diferentes con la misma rapidez y la misma destreza que alcanzan, por el hábito, a ejecutar un pequeño número de ellas, siempre es *ventajoso limitar tanto como sea posible el número de operaciones* confiadas a cada individuo». p. 11.

Para dividir el trabajo y distribuir las fuerzas de los hombres y de las máquinas del modo más ventajoso, es necesario, en muchísimos casos, operar a gran escala o, en otras palabras, producir las riquezas en grandes masas. Es esta ventaja la que da origen a las grandes manufacturas». *Loc. cit.*

II. *De la distribución*.

1) *Del arriendo de las tierras* o de la *renta de la tierra*. «La tierra tiene diferentes grados de fertilidad. Hay una clase de tierras que pueden considerarse como productoras de *nada*». p. 15.

«Entre esta tierra y la más fértil hay tierras de grados intermedios de fertilidad». p. 16. «Las tierras de mayor fertilidad no dan con la misma facilidad todo lo que son capaces de producir. Un trozo de tierra puede dar al año 4 medidas de grano, o 2 y 3 veces más. Además, da las 10 primeras medidas mediante una cantidad determinada de trabajo, las 10 siguientes mediante una cantidad mayor de trabajo, y así sucesivamente, de modo que cada nueva docena de medidas exige para su producción costes mayores que la docena anterior». pp. 16, 17. Hasta que la totalidad de la clase de tierra mejor se ha puesto en cultivo y se ha empleado en su cultivo cierta cantidad de capital, todo el capital empleado en el cultivo de la tierra se emplea con un mismo producto. Cada vez que se llega a un punto determinado, no puede emplearse ninguna nueva porción de capital en la misma tierra sin una disminución del producto. Así pues, en cualquier país, una vez que se ha obtenido de la tierra cierta cantidad de grano, solo puede obtenerse una cantidad más considerable con costes mayores, *proporcionalmente* mayores». pp. 17, 18. «En cuanto la parte del capital que da este producto menor se reclama para la agricultura, puede emplearse de dos maneras: o bien en una tierra de segundo grado de fertilidad, que se pone en cultivo por primera vez, o bien en una tierra de primer grado de fertilidad en la que ya se ha empleado todo el capital que podía invertirse en ella sin disminución del producto. Que el capital se emplee en una tierra de segundo grado de fertilidad o, como segunda porción, en la tierra de primer grado, depende en cada caso de la naturaleza y de las cualidades de los dos terrenos. Si el mismo capital que solo produce 8 medidas de grano cuando se lo emplea como segunda porción en la tierra mejor produce 9 medidas empleado en la de segundo grado, se lo empleará en esta última, y viceversa». pp. 18, 19.

«Mientras la tierra no produce nada, no vale la pena apropiársela. Mientras solo se pide una parte de la tierra mejor para ponerla en cultivo, todo lo que no está cultivado no produce nada, no tiene valor. Esta última parte de la tierra queda sin propietario, y quien emprende hacerla productiva puede obtener su propiedad. Durante este tiempo la tierra no paga renta… es decir, no hay pago alguno por la *fuerza* productiva *del suelo*, sino solo interés por el capital empleado en roturar la tierra». pp. 19, 20. «Si llega el tiempo en que se hace necesario cultivar tierras de grado inferior o emplear el capital en una segunda porción sobre la tierra de primer grado, y un capital empleado en la tierra de segundo grado produce 8 *quarters*[^2] y otro empleado en segunda porción en la tierra n.º 1 produce 10, quien emplea este último capital puede pagar 2 *quarters* por el permiso de cultivar el suelo n.º 1: este pago constituye la *renta de la tierra*, *loyer de terre*, *rente foncière*». pp. 20, 21. «La renta de la tierra aumenta, pues, en la proporción en que disminuye el efecto de los capitales empleados sucesivamente en la tierra». p. 21. «Si la población ha crecido hasta un punto en que todas las tierras de segunda calidad están cultivadas y hay que recurrir a las de tercera, que en lugar de 8 solo producen 6 *quarters* (y lo mismo vale para el empleo de una tercera parte de capital, de menor fruto, en las tierras mejores), la tierra n.º 2 da una renta de 2 *quarters* y la n.º 1 una de 4». p. 22. «Así pues, si se emplea un capital, ya sea en tierras de distinta fertilidad, ya sea en porciones sucesivas en la misma tierra, unas partes del capital así empleado darán un producto mayor que otras. Las que menos dan dan todo lo necesario para reembolsar y recompensar a los capitalistas. El capitalista no obtendrá más que esta justa remuneración por cada una de las demás partes del capital que emplee, porque se lo impedirá la competencia de los demás poseedores de capital. El propietario de la tierra podrá exigir todo lo que exceda de esta remuneración. La renta de la tierra es, pues, la diferencia entre el producto que da la porción de capital empleada en una tierra con el menor efecto y el producto que dan todas las demás partes del capital empleadas con mayor éxito». p. 23. «A la contradicción práctica (de Say, etc.) de que en un país civilizado toda parte de la tierra paga renta, Say opone que, incluso en una tierra fértil, el arriendo, la renta de la tierra, se calcula según el excedente del producto total de la suma de los distintos capitales empleados en esta tierra sobre los intereses y la ganancia de estos capitales. Pero, además, el arrendatario emplea, y puede emplear, una parte del capital que solo le rinde la ganancia del capital y no paga arriendo alguno». pp. 30, 31.

[XIX] 2) *De los salarios*. «La *producción* es el resultado del *trabajo*; pero el trabajo recibe del capital las materias primas que elabora y las máquinas que lo ayudan en esta operación; o, más bien, estos artículos son el capital mismo». p. 32. «En la sociedad *civilizada*, el *obrero* y el *capitalista son dos personas distintas*». pp. 32, 33. «En lugar de esperar a que se obtengan los productos y se realice su valor, a los obreros les ha parecido más cómodo recibir su parte como *anticipo* (*à l'avance*). La forma bajo la cual se ha juzgado conveniente que la recibieran es la de los *salarios*. Cuando el obrero ha recibido por entero, bajo la forma de salarios, la parte de los productos que le corresponde, estos productos pertenecen exclusivamente al capitalista, porque de hecho ha comprado la parte de los obreros y se la ha pagado por anticipado». p. 34.

§ 1. «¿En qué proporción se reparten los productos entre el obrero y el capitalista, o qué proporción regula la tasa de los salarios?». p. 34.

«La fijación de las partes entre el obrero y el capitalista es objeto de un trato, de un *regateo* entre ellos… Todo trato libre está regulado por la competencia, y las condiciones cambian según cambia la relación entre la demanda y la oferta». pp. 34, 35. «Supóngase un número *determinado* de capitalistas y un número *determinado* de obreros. Supóngase fijada de algún modo la proporción en que se reparten los productos. Si el número de obreros crece sin que crezca la *masa de los capitales*, la parte añadida de los obreros tiene que intentar desplazar a la parte originaria, ocupada. Solo puede hacerlo ofreciéndose a trabajar por una retribución menor. La tasa de los salarios baja necesariamente». pp. 35, 36. «Supóngase lo contrario: que el número de obreros sigue siendo el mismo y crecen los capitales. Los capitalistas poseen una cantidad mayor de medios para hacer trabajar, un excedente de capital del que quieren sacar ganancia; para ello necesitan más obreros. Todos están empleados por otros patronos; para atraerlos solo hay un medio: ofrecer salarios más altos. Pero los otros patronos se encuentran en el mismo caso y les hacen ofertas todavía más altas para que se queden. Esta competencia es inevitable, como su efecto necesario: un *aumento de la tasa de los salarios*». p. 36. «El aumento de la población sin aumento de la masa de los capitales causa, pues, la baja de los salarios, como el caso inverso su alza. Si ambos aumentan en distinta proporción, el efecto será el mismo que si uno no hubiera aumentado y el otro hubiera recibido un incremento igual a la diferencia. Por ejemplo, si la población aumenta en ²/₈ y los capitales en ¹/₈, el efecto es el mismo que si los capitales no hubieran aumentado y la población hubiera crecido en ¹/₈». pp. 36, 37. «Si la relación entre la masa de los capitales y la población sigue siendo la misma, la tasa de los salarios sigue siendo también la misma; si aumenta la relación de la masa de los capitales con la población, sube la tasa de los salarios; si aumenta la relación de la población con la masa de los capitales, baja la tasa de los salarios». pp. 37, 38. «Según esta ley es fácil descubrir las circunstancias que determinan la *situación de la gran masa* del pueblo en cada país. Si esta situación es holgada y confortable, para mantenerla basta con procurar que los capitales crezcan tan deprisa como la población, o con impedir que la población aumente más deprisa que los capitales. Si la situación del pueblo es mala, solo puede mejorarse acelerando el crecimiento de los capitales o disminuyendo la población; es decir, aumentando la relación que existe entre los medios de hacer trabajar al pueblo y el número de individuos que lo componen». p. 38. «Si los capitales tuvieran una tendencia natural a crecer más deprisa que la población, sería fácil mantener al pueblo en una situación feliz. Si, por el contrario, la población tiene una tendencia natural a aumentar más deprisa que la masa de los capitales, la dificultad será muy grande. Los salarios tendrán una tendencia constante a bajar. La baja de los salarios producirá una miseria cada vez mayor del pueblo, su vicio, su mortalidad… Cualquiera que fuera la proporción en que la población tiende a aumentar más deprisa que los capitales, los individuos existentes morirían en esa misma proporción, la relación entre el aumento de los capitales y el de la población seguiría siendo después la misma y la tasa de los salarios dejaría de bajar. La miseria de la gran masa del pueblo en todo lo demás prueba como tendencia *natural* el crecimiento más rápido de la población que el de los capitales. Sin esto, esa miseria sería imposible… La *miseria general de la raza humana* es un hecho que puede explicarse por uno de estos dos supuestos: o la población tiene tendencia a crecer más deprisa que los capitales, o se ha impedido por algún medio que los capitales sigan la tendencia que tenían a crecer». pp. 38-40.

§ 2. La tendencia natural del pueblo a multiplicarse puede deducirse:

*Primero*: «De la *constitución fisiológica* de la mujer… En el peor de los casos, la mujer puede engendrar *un* hijo cada 2 años, por lo menos desde los 20 hasta los 40 años. Así, 10 nacimientos son el número natural de hijos de una mujer». pp. 41, 43. «Supongamos, incluso contando todas las desgracias, la esterilidad, etc., que una pareja acomodada solo pudiera criar 5 hijos». p. 44. «Incluso con este supuesto, está claro que en el curso de un pequeño número de años la población se habrá duplicado». p. 44.

*Segundo*: «Se oponen a esto las tablas públicas de población, en particular las de nacimientos y defunciones». p. 44. «Pero ¿qué prueban estas tablas? El aumento de la población. Si en la mayoría de los países muestran incluso la población como estacionaria, esto no prueba nada. En parte la pobreza produce la muerte prematura de la mayor parte de la población nacida en esa condición; en parte la prudencia impide que se contraigan muchos matrimonios o que los frutos de estas uniones pasen de cierto número». pp. 45, 46.

§ 3. «Los capitales tienen una tendencia menor a multiplicarse», porque:

«*Todo crecimiento del capital procede del ahorro*. Todo capital es fruto de la producción anual. Para que una parte de esta se aparte para emplearla como capital, aquel a quien pertenece tiene que privarse de consumirla». pp. 46, 47.

«El producto anual se reparte necesariamente de dos maneras. O la gran masa del pueblo está abundantemente provista de todo lo necesario para la subsistencia y para procurarse placeres, y entonces una porción mínima del producto anual aumentará las rentas de los ricos; o la mayor masa del pueblo está reducida a lo estrictamente necesario, y entonces hay, naturalmente, una clase cuyas rentas son considerables». p. 48. «En el último caso, la clase del pueblo no puede hacer ahorros, p. 49; además, una clase de ricos en medio de pobres no es propensa a la economía; gran avidez de goce inmediato; ¿para qué renunciar a un goce presente en aras de una acumulación cuyo empleo es tan insignificante para él?». pp. 48, 49. «En el primer caso, ni la clase pobre ni la rica tienen motivos poderosos para la economía; en la clase pobre, la *mayoría* no, porque no posee suficiente reflexión para sacrificar el presente al futuro; los que excepcionalmente *reflexionan*, no, porque ven que la renuncia a los goces presentes no se compensa con el futuro». pp. 50, 51.

Véase p. y ss. el aburrido caldo que sigue[^3].

«La tendencia de la población a multiplicarse, sea grande o pequeña, es uniforme en todos los casos. Cualquiera que sea la tasa a la que haya crecido hasta cierta época, en cualquier otra época crecerá en la misma proporción si se encuentra en circunstancias igualmente favorables. En cambio, cuanto más aumentan los capitales, mayor se vuelve la dificultad de aumentarlos, hasta la imposibilidad final de todo aumento. pp. 55, 56.

[XX] «Por lento que sea, pues, el aumento de la población, como el de los capitales es aún más lento, los salarios bajarán hasta un punto en que una parte de la población morirá regularmente de miseria». pp. 56, 57.

§ 4. «Los principales medios que tienen las legislaciones en su poder para cambiar el curso de las acciones humanas son *los castigos y las recompensas*, ambos poco adecuados para frenar la tendencia del género humano al crecimiento y a la multiplicación». pp. 57, 58.

«En los casos no sometidos a su acción directa, la legislación puede producir a veces grandes efectos mediante una acción indirecta… Si las legislaciones han estimulado el aumento de la población, una legislación tan perjudicial requiere corrección». pp. 58, 59. «La poderosa influencia de la *sanción popular* podría aplicarse en este caso, como en muchos otros, con gran ventaja. Bastaría quizá con que la censura pública (*blâme*) cayera con toda su fuerza sobre los hombres que, por su imprevisión y por haber creado una familia numerosa, han caído en la pobreza y la dependencia, y con que la aprobación pública fuera la recompensa de quienes, con una sabia continencia, se han puesto a salvo de la miseria y la degradación». p. 59. «La educación del pueblo, el progreso de la legislación y la disminución de la superstición resolverán este difícil problema». p. 59. «En cuanto a acelerar el crecimiento del capital, la legislación tiene el medio de las *leyes suntuarias*: puede poner la frugalidad a la orden del día y hacer deshonroso el derroche». p. 60. «Puede actuar directamente tomando una *porción determinada del producto neto anual* para convertirla en *capital*. Pero ¿cómo? — *Impuesto sobre las rentas*… La legislación podría emplear de dos maneras el capital creado de este modo: prestarlo a personas que lo emplearan; o también podría reservarse su uso». p. 61. «El método más sencillo sería prestarlo a capitalistas y fabricantes que pudieran dar garantías de reembolso. El interés de este préstamo anual podría emplearse del mismo modo como capital al año siguiente. Cada parte anual formaría así un interés compuesto y, si el interés se mantuviera en un nivel moderadamente razonable, se duplicaría en muy poco tiempo. Si los salarios parecieran bajar, habría llegado el momento de subir el impuesto sobre las rentas. Si los salarios subieran más de lo necesario para hacer la situación del obrero *deseablemente* ventajosa, podría reducirse el impuesto sobre las rentas». pp. 61, 62. «A consecuencia de esta operación, el crecimiento de la población sería vertiginoso; con la misma rapidez se vería crecer la necesidad de emplear los capitales en tierras de calidad cada vez *menos* buena, o en porciones sucesivas en la misma tierra, con frutos cada vez más escasos». p. 62. «En la proporción en que los capitales rindieran menos cada año, los capitalistas tendrían una renta menor. Al cabo de cierto tiempo, el interés del capital se habría reducido tanto que solo los propietarios de grandes masas de capitales podrían sacar de él sus medios de existencia; este es el resultado último de aquella operación». pp. 62, 63. «Supóngase que la tasa de los salarios siga siendo la misma. Todos los individuos que no viven del trabajo viven del interés del capital o de la renta de la tierra. El estado supuesto tiende a empobrecer a las personas que viven de capitales y a enriquecer a los propietarios de la tierra mediante el aumento sucesivo de la renta. Con excepción de los propietarios de la tierra, todo el resto de la sociedad, obreros y capitalistas, sería casi igual de pobre. Cada vez que hubiera tierras en venta, se darían grandes porciones de capital para adquirirlas; cada cual, pues, solo podría comprar una cantidad muy limitada». p. 63. «En este estado, la venta de las tierras sería *frecuente o rara; si fuera frecuente*, las tierras se encontrarían divididas en porciones muy pequeñas, cubiertas por una población numerosa, ninguna de cuyas partes se encontraría en un estado mucho mejor que el de los obreros… Si sobrevinieran accidentes que redujeran el producto anual durante uno o más años considerablemente por debajo de la tasa ordinaria, se extendería un mal general e irremediable (*calamité*), porque solo donde una parte considerable de la población tiene rentas mucho mayores que los individuos que viven de los salarios pueden hacerse grandes economías sobre los ahorros de estos ricos para mitigar los efectos del déficit». pp. 63, 64. «La *perfectibilité* humana, o la capacidad de avanzar constantemente de un grado de ciencia y de felicidad a otro mayor, parece depender en gran parte de una clase de hombres que son dueños de su tiempo, es decir, que son lo bastante ricos y están libres de toda preocupación por los medios de vivir en cierto estado de goce. Por esta clase de hombres se cultiva y se amplía el dominio de las ciencias; ellos difunden la luz; sus hijos reciben una educación mejor y se preparan para ejercer las funciones más importantes y delicadas de la sociedad; se convierten en legisladores, jueces, administradores, maestros, inventores en las artes, directores de todos los grandes y útiles trabajos por los que se extiende el dominio del género humano sobre las fuerzas de la naturaleza». p. 65. «Los hombres *más felices* son los de fortuna *mediana*. Independientes. Alcanzan necesariamente la mayor suma de goces reservada a la especie humana. Esta clase debe, pues, formar la mayor parte posible de la sociedad. Para ello, la población, a consecuencia de una acumulación forzada de capitales, no debe haber llegado al punto en que el interés del capital empleado en la tierra es muy débil. El *interés de los capitales* tiene que ser muy *alto* para que una parte considerable de la sociedad esté en condiciones de gozar de las ventajas que procura el *ocio*. Si se rebasa la cuota necesaria de población, esta disminuye el fondo del excedente del que depende en tan gran parte la felicidad de la sociedad, en lugar del excedente del producto anual, es decir, de lo necesario para reembolsar el capital gastado y hacer subsistir a los obreros». p. 67.

3) *De las ganancias del capital*. «Al investigar todo lo que regula salarios y beneficios puede dejarse fuera de juego la renta de la tierra. Porque es el efecto y no la causa de la disminución del producto que los capitalistas y los obreros tienen que repartirse». p. 76. «Cuando una cosa se reparte entre dos personas, es evidente que lo que regula la parte de una regula también la de la otra, porque lo que se quita a una se da a la otra». p. 76. «Pero como la proporción entre las partes respectivas del capitalista y del obrero depende de la proporción entre la masa de la población y la masa de los capitales, y como la primera tiene tendencia a crecer más deprisa que la segunda, el *principio activo* [XXI] del cambio está del lado de la población, y puede considerarse como regulador el estado de la población, y por tanto los salarios». pp. 76, 77. «Los beneficios —la parte de los capitalistas en el producto combinado del trabajo y del capital— dependen, pues, de los salarios, y están en relación inversa con ellos». p. 77. «Los beneficios no dependen solo de la parte que reciben los poseedores de lo que se reparte, sino también del valor total del dividendo». *Loc. cit.* «La disminución de los beneficios del capital empleado en el cultivo de la tierra… disminuye los beneficios del capital empleado en la manufactura y en cualquier otra clase de industria». p. 81. «La primera disminución es inevitable; pero la tasa de los beneficios de un capital empleado de cualquier modo tiene que regular la de los beneficios de los capitales empleados de cualquier otro modo; porque nadie querría seguir empleando su capital en la agricultura si pudiera obtener mayores ventajas con otro empleo. Todos los beneficios tienen que bajar, por tanto, al nivel de los de la agricultura». p. 81.

«¿Por qué grados se llega a este resultado? En cuanto se presenta una demanda de cierta cantidad adicional de grano que solo puede producirse cultivando tierras de calidad inferior o empleando nuevas porciones de capital con menores ganancias en las mismas tierras, los agricultores dudan, como es lógico, en emplear su capital de un modo menos productivo que antes; la demanda de grano aumenta entonces sin un aumento proporcional de la producción de esta mercancía. Como consecuencia natural, sube el valor de cambio del grano, y cuando ha subido hasta cierto grado, el agricultor, con una producción de grano menor que antes, puede sacar de su capital ganancias tan grandes como los demás poseedores de capitales. Con esto sus ganancias no se mantienen en su tasa primitiva, sino que todas las demás ganancias bajan hasta aquella a la que han caído las suyas. Por el aumento del valor del grano se encuentran aumentados los costes del trabajo. El obrero tiene que consumir cierta cantidad de cosas necesarias para la vida, cuesten más o menos. Si cuestan más que antes, su trabajo cuesta más, aunque la cantidad de medios de subsistencia y de las demás cosas siga siendo exactamente la misma. Pueden considerarse, pues, sus salarios como aumentados, aunque la indemnización real de su trabajo no haya aumentado. Así, todos los capitalistas se ven obligados a dar salarios más altos y ven, por tanto, reducidas sus ganancias. También el arrendatario se encuentra, por la misma razón, en la misma situación… Así pues, cuanto más crece la población y más se encuentra uno en la necesidad de emplear en la tierra capitales más o menos fértiles, más disminuyen gradualmente todas las ganancias del capital». pp. 82 y ss.

III. *De los intercambios*.

§ 1. El *intercambio* se funda en el excedente de la producción propia y en las necesidades de la ajena. «Sus agentes, los *transportistas* y los *comerciantes*». p. 85.

§ 2. «Si la cantidad que se da por un producto en intercambio por otro depende de la relación entre la demanda y la oferta, cabe preguntar de qué depende esta relación». p. 89. «Esta relación depende, en última instancia, de los costes de producción». pp. 91, 92. «Estos costes de producción son el trabajo… La cantidad de trabajo determina, pues, la relación en que los productos se intercambian unos por otros». pp. 98, 99.

§ 3. *Trabajo inmediato*; el capital: *trabajo acumulado*. p. 100. «Respecto de estas dos clases hay que observar: 1) no siempre se pagan a la misma tasa; 2) no siempre contribuyen en la misma proporción a la producción de todos los artículos». pp. 100, 101.

«Tres casos bastarán para explicar los distintos grados en que el trabajo y el capital concurren a la producción. Dos extremos y un caso intermedio. 1) El producto se obtiene solo por el trabajo inmediato, sin el concurso del capital; 2) se obtiene la mitad por el trabajo inmediato y la mitad por el concurso del capital; 3) los productos se obtienen solo por el capital, sin el concurso del trabajo inmediato». pp. 102, 103.

«Si en la producción se emplean dos clases de trabajo y, cuando sube el precio de una, baja el de la otra, el artículo en cuya producción se haya empleado una porción mayor de la primera clase de trabajo tiene que subir de valor de cambio, al subir el precio de esta clase de trabajo, en proporción a un artículo en cuya producción se haya empleado una cantidad menor de esta clase de trabajo. En cada caso, la proporción en que tendrá lugar esta subida depende de dos circunstancias: 1) de la proporción en que baja el precio de una clase de trabajo cuando sube el de la otra; 2) de la relación que existe entre la cantidad de trabajo de la primera clase empleada en la producción del artículo en cuestión y la empleada en la producción del otro artículo». pp. 103, 104.

«La primera y única cuestión es, pues, esta: ¿en qué proporción bajan las ganancias cuando suben los salarios? La proporción en que las dos clases de trabajo concurren a la producción de los distintos artículos depende de las circunstancias de cada caso particular». p. 104.

«Designamos los tres casos indicados más arriba con los n.os 1, 2 y 3. Si todos los artículos estuvieran en el caso n.º 1 —producidos solo por el trabajo— y el capital se empleara únicamente en pagar salarios, las ganancias del capital bajarían exactamente en la misma proporción en que subieran los salarios». p. 104. «Supóngase un capital de 1000 £ empleado con ganancias del 10 por ciento[^4]. El valor de los productos en este caso = 1100 £, porque esta suma repondría el capital con sus ganancias. Podría considerarse que estos productos constan de 1100 partes iguales, de las que 1000 pertenecen a los obreros y 100 a los capitalistas. Si los salarios suben un 5 por ciento, la ganancia del capital baja un 5 por ciento, porque el capitalista tiene que pagar a los obreros 1050 £ en lugar de 1000; le quedan, pues, 50 en lugar de 100. Sus productos no subirían para indemnizarlo, [XXII] porque hemos supuesto todos los artículos en el mismo caso; los productos seguirían teniendo un valor de 1100 £, de las que al capitalista solo le quedarían 50 £».

«Si todos los artículos se encontraran en el caso n.º 2, las ganancias solo bajarían la *mitad* de la tasa en que subieran los salarios. Supón que se emplea un capital de 1000 £ en pagar los salarios y otras 1000 £ en capital fijo; supón la ganancia, como antes, del 10 por ciento sobre el total de los gastos; el valor de los productos será entonces de 1200 £, porque esta suma repondría el capital con la ganancia del 10 por ciento. Supón que los salarios suban un 5 por ciento. El capitalista tendría que pagar entonces 1050 £ de salarios en lugar de 1000; le quedarían de ganancia 150 £; por cada ciento solo sufriría, pues, una reducción del 2½ por ciento, es decir, la mitad de lo que ha subido el salario (5 por ciento). El caso seguiría siendo exactamente el mismo si el capital de 1000 £ que no se emplea en pagar los salarios estuviera destinado en cierta proporción como capital circulante, a consumirse en el curso de las operaciones productivas y a reembolsarse después. Por ejemplo, al mismo tiempo que se emplean 1000 £ en pagar los salarios, podrían emplearse 500 £ como capital fijo en máquinas de larga duración y 500 £ en compras de materias primas y otros gastos. Con este estado de los gastos, el valor de los productos sería = 1700 £, el importe del capital que hay que reembolsar con una ganancia del 10 por ciento. De estas 1700 partes de los productos, 1000 formarían la porción de los obreros; las del capitalista serían 700, de las que 200 representarían la ganancia. Si los salarios subieran un 5 por ciento, 1050 de las 1700 partes serían la porción de los obreros y 650 la del capitalista, al cual, después de reembolsarse sus 500 £ de capital circulante, solo le quedarían 150 £[^5] como representante de la ganancia; es decir, habría sufrido en sus ganancias una reducción del 2½ por ciento, como antes». pp. 105-107.

«Si todos los artículos estuvieran en el caso n.º 3 —como no habría salarios que pagar—, su subida no podría cambiar la cantidad de los productos; está claro que cuanto más parecieran acercarse los artículos a este caso extremo, menos alteraría la cuota de los beneficios una subida semejante». p. 107.

«Si suponemos, lo que es muy probable, que en la realidad hay tantos casos de un extremo de la media como del otro, se sigue como consecuencia natural de las compensaciones que tendrán lugar que los beneficios bajarán exactamente la mitad de lo que suban los salarios». pp. [107], 108.

Si suben los salarios y bajan *todas* las ganancias, está claro que todos los artículos producidos con una parte de trabajo menor que de capital bajarán de valor en proporción a los que se producen con una porción mayor del primero. Si se toma, por ejemplo, el n.º 1 como regla, todos los artículos que están en este caso conservan el mismo valor, y todos los que pertenecen a alguno de los otros casos bajan de valor. Si se toma como regla el n.º 2, el término medio, todos los artículos que pertenecen a este caso conservan el mismo valor; todos los que se acercan al primer extremo suben de valor; y todos los que pertenecen a un caso que se acerca al último extremo bajan de valor. Los capitalistas que producen artículos del caso n.º 1 han soportado un gasto adicional del 5 por ciento; pero intercambian sus productos por otros artículos. Si los intercambian por artículos del caso n.º 2, en el que los capitalistas solo han soportado un gasto adicional del 2½ por ciento, reciben un 2½ por ciento más de estos artículos. Al recibir, pues, artículos producidos en las circunstancias del caso n.º 2, reciben cierta compensación y por la subida de los salarios solo soportan una reducción del 2½ por ciento en sus ganancias. En este intercambio el resultado es enteramente opuesto para los capitalistas que han producido artículos del caso n.º 2. Han soportado ya un aumento de los costes del 2½ por ciento en la producción de sus artículos, y sufren otra reducción del 2½ por ciento en sus ganancias al recibir, en el intercambio de sus productos, artículos que pertenecen al caso n.º 1». pp. 108, 109. «En suma, el resultado es, pues, que todos los productores que, sea por producción, sea por intercambio, se convierten en poseedores de artículos producidos en el caso n.º 2 sufren una pérdida del 2½ por ciento; que los que [XXIII] se convierten en poseedores de artículos producidos en los casos que se acercan al último extremo sufren una pérdida menor; que, por último, si los casos de un extremo son iguales en número a los del otro, la totalidad soporta una pérdida del 2½ por ciento, y que esta pérdida es el máximo en que, en la práctica, puede contarse que se reduzcan las ganancias». p. 110. «Según estos principios es fácil calcular el efecto de una subida de los salarios sobre el precio de los diferentes productos. Todos se comparan habitualmente con el dinero o los metales preciosos. Si se supone —lo que probablemente no se aleja mucho de la verdad— que el dinero pertenece al caso n.º 2, es decir, que se produce con partes iguales de trabajo y de capital, todos los artículos producidos en circunstancias semejantes no cambiarán su valor por una subida de los salarios; los artículos que se acercan al primer extremo subirán de precio; los que se acercan al último extremo bajarán de precio; por último, sobre la masa general de los artículos se produce una compensación tal que no hay ni subida ni bajada». pp. 110, 111.

§ 4. Las naciones tienen interés en intercambiar recíprocamente sus productos: α) cuando una división del trabajo bien entendida lo exige; β) cuando los artículos *solo* pueden producirse, o se producen *más fácilmente*, en determinados lugares, sea porque los víveres son más baratos o porque hay más leña para quemar o agua para mover las máquinas; pp. 112, 113. γ) «En general, si con una misma cantidad de trabajo se produce uno cualquiera de dos artículos en mayor proporción respecto del otro en un país que en otro, está en el *interés* de ambos países hacer un intercambio». p. 119.

§ 5. «La ventaja que se saca del intercambio de un artículo por otro procede siempre del artículo *recibido* y no del *dado*. Toda ventaja en el comercio de un país con otro procede, por tanto, de los artículos *importados*; gana con la *importación* y con nada más». p. 120. «Si un hombre posee cierta mercancía o víveres, no puede ganar por *deshacerse* de ellos. Solo porque se desprende de ellos para obtener otra cosa encuentra ventaja en recibir esta última: habría podido quedarse con su artículo si lo hubiera creído de más valor que aquel por el que lo ha intercambiado. El hecho de haber preferido el otro artículo al suyo es una prueba de que tiene más valor a sus ojos». p. 121. «Lo mismo ocurre con las naciones. La ganancia de cada una no consiste en deshacerse de su producto, sino en lo que recibe a cambio». p. 121.

*Intermediario*.

§ 6. «El *mediador del intercambio* es un artículo que, para efectuar un cambio entre otros dos artículos, se recibe primero en intercambio por uno y se da después en intercambio por el otro». p. 125. Oro, plata, *dinero*.

§ 7. «*Valor del dinero* = la proporción en que se lo intercambia por otros artículos, o la cantidad de dinero que se da en intercambio por una cantidad determinada de otras cosas». p. 128.

Esta relación está determinada por la *cantidad total* de dinero existente en un país. *Loc. cit.* «Si se suponen reunidas, de un lado, todas las mercancías de un país y, del otro, todo el dinero, es evidente que, en el intercambio de los dos lados, el valor del dinero, es decir, la cantidad de mercancías que se intercambian por él, depende enteramente de su propia cantidad». *Loc. cit.* El caso es exactamente el mismo en el estado real de las cosas. La masa total de las mercancías de un país no se intercambia de una sola vez por la masa total del dinero, sino que las mercancías se intercambian por porciones, y a menudo por porciones muy pequeñas, en distintas épocas del año. La misma pieza de dinero que hoy ha servido para este intercambio puede servir mañana para otro. Una parte del dinero se emplea en un gran número de intercambios; otra, en un número muy pequeño; una tercera se atesora y no sirve para ningún intercambio. Entre estas variaciones habrá una tasa media, basada en el número de intercambios en que se habría empleado cada pieza de dinero si todas hubieran efectuado una cantidad igual de intercambios. Fíjese esta tasa en un número cualquiera, por ejemplo en 10. Si cada pieza de dinero que se encuentra en el país ha servido para 10 compras, es como si el número total de piezas se hubiera multiplicado por diez y cada una solo hubiera servido para una única compra. En este caso, el valor de todas las mercancías del país es igual a diez veces el valor de todo el dinero, porque cada pieza de dinero es igual en valor a la cantidad de mercancías por la que se la puede intercambiar, y porque sirve para diez intercambios en un año». pp. 129, 130.

[XXIV] «Si, en lugar de que cada pieza de dinero sirviera en el año para 10 intercambios, la masa total del dinero se multiplicara por diez y cada pieza solo sirviera para un intercambio, es evidente que todo aumento de esta masa causaría una disminución proporcional del valor de cada una de estas piezas tomada por separado. Como se supone que la masa de las mercancías por las que puede intercambiarse todo el dinero sigue siendo la misma, el *valor* de la masa total del dinero no ha aumentado tras el aumento de su cantidad. Si se supone un aumento de una décima parte, el valor de cada una de sus partes, de una onza, por ejemplo, tiene que encontrarse disminuido en una décima parte. Si la masa total asciende a 1 000 000 de onzas y aumenta en una décima parte, cualquiera que sea la disminución del valor del todo, tiene que mostrarse proporcionalmente en cada una de sus partes; y ¹/₁₀ de un millón es a un millón como ¹/₁₀ de onza es a una onza». pp. 130, 131. «Si la masa total del dinero solo asciende a ¹/₁₀ de la suma supuesta y cada una de sus partes sirve para 10 compras al año, es como si esta masa se hubiera intercambiado diez veces por una décima parte del total de las mercancías; pero si la décima parte de la suma supuesta, es decir, la masa total del dinero, aumenta en cualquier proporción, es lo mismo que si el todo, o la suma supuesta, hubiera aumentado en esa proporción. Cualquiera que sea, pues, el grado de aumento o de disminución de la masa total del dinero, si la cantidad de las demás cosas sigue siendo la misma, esta masa total y cada una de sus partes sufren recíprocamente una disminución o un aumento proporcional. Está claro que esta proposición es de verdad absoluta. Siempre que el valor del dinero ha experimentado una subida o una bajada, y siempre que la cantidad de mercancías por las que se lo podía intercambiar y el movimiento de la circulación han seguido siendo los mismos, este cambio tiene que haber tenido por causa un aumento o una disminución proporcional del dinero y no puede atribuirse a ninguna otra causa. Si la masa de las mercancías disminuye mientras el conjunto del dinero sigue siendo el mismo, es como si el conjunto del dinero hubiera aumentado, y a la inversa. Cambios semejantes son el resultado de toda alteración en el *movimiento de la circulación*. Por movimiento de la circulación se entiende el número de compras que se hacen en un tiempo dado. Todo aumento del número de estas compras produce el mismo efecto que un aumento total del dinero; una disminución de este número produce el efecto contrario». pp. 131, 132.

«Si una porción del producto anual no se ha intercambiado en absoluto, como lo que consumen los productores, o lo que no se intercambia por dinero, esta porción no debe ponerse en la cuenta, *porque lo que no se intercambia por moneda está, respecto de la moneda, en el mismo estado que si no existiera*». pp. 132, 133.

§ 8. «¿Qué regula, entonces, la cantidad del dinero?».

«La fabricación del dinero puede tener lugar en dos clases de circunstancias. O el gobierno deja libre curso al aumento o a la disminución del dinero, o regula él mismo esta cantidad y la hace mayor o menor a su antojo.

En el primer caso, el gobierno abre sus casas de moneda al público y convierte en dinero los lingotes de todas las personas que lo piden. Las personas que poseen lingotes solo desean esta conversión en dinero cuando les interesa, es decir, cuando sus lingotes, convertidos en dinero, tienen más valor que bajo su forma original. Esto solo puede ocurrir cuando el dinero tiene un valor extraordinario y la misma cantidad de metal acuñado se intercambia por una cantidad mayor de otros artículos que en estado de lingote. Como el valor del dinero depende de su cantidad, tiene un valor mayor cuando es escaso. Entonces se produce la conversión de los lingotes; pero precisamente a consecuencia de este aumento se restablece la antigua relación. Si el dinero sube, pues, por encima del valor de los lingotes, la intervención de los particulares, dejado libre el curso, restablece inmediatamente el equilibrio aumentando la cantidad del dinero». pp. 134-136. «La cantidad del dinero puede ser tan grande que caiga por debajo de su valor en estado de lingote; entonces la inmediata conversión del dinero acuñado en lingotes restablece del mismo modo la antigua relación». p. 136.

[XXV] «Siempre que el aumento o la disminución de la cantidad del dinero puede tener lugar libremente, esta cantidad está regulada, pues, por el *valor* del metal, porque a los particulares les interesa aumentarla o disminuirla según que el valor del metal sea menor o mayor bajo la forma de dinero que en estado de lingote». p. 137. «Pero si el *valor del dinero* está determinado por el *valor del metal*, ¿qué regula este último valor?… El oro y la plata son mercancías, productos que exigen el empleo de trabajo y capital; los costes de producción regulan, pues, el valor del oro y de la plata, como el de todos los demás productos». *Loc. cit.*

En esa compensación entre el valor del dinero y el del metal, como en la presentación de los costes de producción como único momento en la determinación del valor, Mill —como en general la escuela de Ricardo— comete el error de enunciar la *ley abstracta* sin el cambio o la constante superación de esta ley, que es lo único por lo que llega a ser. Si es una ley *constante* que, por ejemplo, los costes de producción determinan en última instancia el precio (el valor) —o más bien en la coincidencia periódica, accidental, entre la demanda y la oferta—, es una *ley* igualmente *constante* que esta relación no coincide, es decir, que el valor y los costes de producción no están en ninguna relación necesaria. Más aún, la demanda y la oferta solo coinciden momentáneamente gracias a la oscilación previa de la demanda y la oferta, a la desproporción entre los costes de producción y el valor de cambio, del mismo modo que esta oscilación y esta desproporción siguen a su vez a la coincidencia momentánea. Este movimiento *real*, del que aquella ley no es más que un momento abstracto, accidental y unilateral, es convertido por los economistas modernos en accidente, en lo inesencial. ¿Por qué? Porque, con las fórmulas precisas y exactas a las que reducen la economía política, la fórmula fundamental, si quisieran expresar en abstracto aquel movimiento, tendría que decir: en la economía política la ley está determinada por su contrario, la ausencia de ley. La verdadera ley de la economía política es el *azar*, de cuyo movimiento nosotros, los hombres de ciencia, fijamos arbitrariamente algunos momentos en forma de leyes. —

Es muy acertado, y reduce a un concepto la esencia de la cosa, que Mill designe el *dinero* como el *mediador* del intercambio. La esencia del dinero no consiste, en primer lugar, en que en él se enajena la propiedad, sino en que la *actividad mediadora* o el movimiento mediador, el acto *humano*, social, por el que los productos del hombre se complementan recíprocamente, queda *extrañado* y se convierte en la propiedad de una *cosa material* fuera del hombre, del dinero. Al enajenar el hombre esta misma actividad mediadora, solo actúa aquí como hombre perdido para sí mismo, deshumanizado; la *relación* misma de las cosas, la operación humana con ellas, se convierte en la operación de un ser que está fuera del hombre y por encima del hombre. A través de este *mediador extraño* —en lugar de ser el hombre mismo el mediador para el hombre—, el hombre contempla su voluntad, su actividad, su relación con los demás como un poder independiente de él y de ellos. Su esclavitud llega, pues, al colmo. Que este *mediador* se convierta ahora en un *dios real* es evidente, porque el mediador es el *poder real* sobre aquello con lo que me media. Su culto se convierte en fin en sí mismo. Los objetos, separados de este mediador, han perdido su valor. Así, solo en cuanto lo *representan* tienen valor, mientras que en un principio parecía que él solo tenía valor en cuanto *los* representaba a ellos. Esta inversión de la relación originaria es necesaria. Este *mediador* es, por tanto, la *esencia* perdida para sí misma, extrañada, de la propiedad privada, la propiedad privada que se ha vuelto exterior a sí misma, *enajenada*, del mismo modo que es la *mediación enajenada* entre la producción humana y la producción humana, la actividad genérica *enajenada* del hombre. Todas las propiedades que corresponden a esta en la producción de esta actividad se transfieren por eso a este mediador. El hombre se vuelve, pues, tanto más pobre como hombre, es decir, separado de este mediador, cuanto más *rico* se vuelve este mediador. —

Cristo *representa* originariamente: 1) a los hombres ante Dios; 2) a Dios para los hombres; 3) a los hombres para el hombre.

Así, el *dinero* representa originariamente, según su concepto: 1) la propiedad privada para la propiedad privada; 2) la sociedad para la propiedad privada; 3) la propiedad privada para la sociedad.

Pero Cristo es el Dios *enajenado* y el *hombre* enajenado. Dios solo tiene ya valor en cuanto representa a Cristo; el hombre solo tiene ya valor en cuanto representa a Cristo. Lo mismo ocurre con el dinero. —

¿Por qué la propiedad privada tiene que avanzar hasta el *sistema del dinero*[^6]? Porque el hombre, como ser sociable, tiene que avanzar hasta el *intercambio* [XXV], y porque el intercambio —bajo el supuesto de la propiedad privada— tiene que avanzar hasta el valor. El movimiento mediador del hombre que intercambia no es, en efecto, un movimiento social, humano, no es una *relación humana*: es la *relación abstracta* de la propiedad privada con la propiedad privada, y esta relación *abstracta* es el *valor*, cuya existencia real como valor es, solo ella, el *dinero*. Como los hombres que intercambian no se comportan unos con otros como hombres, la *cosa* pierde el significado de propiedad humana, personal. La relación social de la propiedad privada con la propiedad privada es ya una relación en la que la propiedad privada se ha extrañado de sí misma. La existencia para sí de esta relación, el dinero, es por eso la enajenación de la propiedad privada, la abstracción de su naturaleza *específica*, personal.

La oposición de la economía política moderna al sistema monetario, al *système monétaire*[^7], no puede, pues, a pesar de toda su sagacidad, alcanzar una victoria decisiva; porque, si la superstición económica tosca del pueblo y de los gobiernos se aferra al saco de dinero *sensible*, *palpable*, *visible*, y por eso cree en el valor absoluto de los metales preciosos y en su posesión como la única realidad de la riqueza; si viene entonces el economista ilustrado, conocedor del mundo, y les demuestra que el dinero es una mercancía como cualquier otra, cuyo valor depende, por tanto, como el de cualquier otra mercancía, de la relación de los costes de producción con la demanda (la competencia) y la oferta, con la cantidad o la competencia de las demás mercancías, a este economista se le replica con razón que el valor *real* de las cosas es su *valor de cambio*, que este existe en última instancia en el dinero, como este en los metales preciosos, y que, por tanto, el dinero es el *verdadero* valor de las cosas y por eso la cosa más deseable. Las enseñanzas del economista desembocan, en efecto, en última instancia en esta misma sabiduría, solo que él posee la capacidad de abstracción necesaria para reconocer esta existencia del dinero bajo todas las formas de la mercancía y, por eso, no cree en el valor exclusivo de su existencia oficial metálica. — La existencia metálica del dinero no es más que la expresión oficial, palpable, del alma del dinero, que está metida en todos los miembros de las producciones y de los movimientos de la sociedad burguesa.

La oposición de los economistas modernos al sistema monetario consiste solo en que han captado la *esencia del dinero* en su abstracción y generalidad y, por eso, se han ilustrado sobre la superstición *sensible* que cree en la existencia exclusiva de esta esencia en el metal precioso. Ponen en el lugar de esta superstición tosca la superstición refinada. Pero como ambas tienen en su esencia una misma raíz, la forma ilustrada de la superstición no consigue desplazar del todo su forma tosca y sensible, porque no ataca su esencia, sino solo la forma determinada de esta esencia. — La existencia *personal* del dinero como dinero —y no solo como la relación interna, que es en sí, oculta, de trato o de rango de las mercancías entre sí— corresponde tanto más a la esencia del dinero cuanto más abstracta es, cuanto menos relación *natural* tiene con las demás mercancías, cuanto más aparece como producto y, sin embargo, a la vez como no producto del hombre, cuanto menos *espontáneo* es el elemento de su existencia, cuanto más creado por el hombre está o, en términos económicos, cuanto mayor es la relación *inversa* entre su *valor como dinero* y el valor de cambio o valor en dinero del material en que existe. Por eso el *papel moneda* y la serie de *representantes de papel del dinero* (como letras de cambio, mandatos, pagarés, etc.) son la existencia *más perfecta* del *dinero como dinero* y un momento necesario en el progreso del desarrollo del sistema del dinero. En el *sistema de crédito*, cuya expresión completa es el *sistema bancario*, nace la apariencia de que se ha quebrado el poder del poder extraño, material, de que se ha superado la relación del autoextrañamiento y de que el hombre vuelve a estar en relaciones humanas con el hombre. Los *saint-simonianos*[^8], engañados por esta *apariencia*, consideran el desarrollo del dinero, las letras de cambio, el papel moneda, los representantes de papel del dinero, el *crédito*, el *sistema bancario* como una superación gradual de la separación entre el hombre y la cosa, entre el capital y el trabajo, entre la propiedad privada y el dinero, y entre el dinero y el hombre, de la separación entre el hombre y el hombre. Por eso el *sistema bancario* organizado es su ideal. Pero esta superación del [XXVI] extrañamiento, este *retorno* del hombre a sí mismo y, por tanto, al otro hombre, es solo una *apariencia*; es un autoextrañamiento, una deshumanización, tanto más *infame* y *extrema* cuanto que su elemento ya no es la mercancía, el metal, el papel, sino la existencia *moral*, la existencia *sociable*, el *interior* mismo del pecho humano; cuanto que, bajo la apariencia de la *confianza* del hombre en el hombre, es la suprema *desconfianza* y el completo extrañamiento. ¿Qué constituye la esencia del *crédito*? Prescindimos aquí por completo del *contenido* del crédito, que es de nuevo el dinero. Prescindimos, pues, del *contenido* de esta confianza, según la cual un hombre *reconoce* a otro adelantándole valores y —en el mejor de los casos, a saber, si no se hace pagar el crédito, es decir, si no es un usurero— otorga a su prójimo la confianza de que no es un bribón, sino un hombre «bueno». Por hombre «bueno» entiende aquí el que confía, como Shylock[^9], un hombre «solvente». — El crédito puede concebirse en dos relaciones y bajo dos condiciones distintas. Las dos relaciones son: la una, que un rico da crédito a un pobre al que tiene por laborioso y ordenado. Esta clase de crédito pertenece a la parte romántica, sentimental, de la economía política, a sus extravíos, excesos, *excepciones*, no a la *regla*. Pero incluso supuesta esta excepción, admitida esta posibilidad romántica, la vida del pobre y su talento y su actividad valen para el rico como *garantía* de la devolución del dinero prestado; es decir, todas las virtudes sociales del pobre, el contenido de su actividad vital, su existencia misma, representan para el rico el reembolso de su capital con los intereses habituales. La muerte del pobre es, por tanto, para el que da crédito el peor de los casos. Es la muerte de su capital con los intereses. Considérese qué vileza hay en la *estimación* de un hombre en *dinero*, tal como se produce en la relación de crédito. Se comprende por sí mismo que el que da crédito, además de las garantías *morales*, tiene también la garantía de la coacción *jurídica* y garantías más o menos *reales* sobre su hombre. Si aquel a quien se da crédito tiene él mismo bienes, el *crédito* se convierte simplemente en un *mediador* que facilita el intercambio, es decir, es el *dinero* mismo elevado a una forma totalmente *ideal*. El *crédito* es el juicio *económico* sobre la moralidad de un hombre. En el crédito, en lugar del metal o del papel, el *hombre* mismo se ha convertido en el *mediador* del cambio, pero no como hombre, sino como la *existencia de un capital* y de los intereses. El medio del intercambio ha vuelto, pues, ciertamente, de su forma material al hombre, ha sido devuelto a él, pero solo porque el hombre mismo ha sido puesto fuera de sí y se ha convertido él mismo en una forma material. No es el dinero el que queda superado en el hombre dentro de la relación de crédito, sino que el hombre mismo se ha convertido en *dinero*, o el dinero se ha *encarnado* en él. La *individualidad humana*, la *moral* humana, se ha convertido a la vez en un artículo de comercio y en el *material* en que existe el dinero. En lugar del dinero, del papel, es mi propia existencia personal, mi carne y mi sangre, mi virtud y mi reputación sociales, la materia, el cuerpo del *espíritu del dinero*. El crédito ya no separa el valor del dinero en dinero, sino en carne humana y corazón humano. Hasta tal punto todos los progresos e inconsecuencias dentro de un sistema falso son el mayor retroceso y la mayor consecuencia de la vileza. — Dentro del sistema de crédito, su naturaleza extrañada del hombre se confirma, bajo la apariencia del máximo reconocimiento económico del hombre, de dos maneras[^10]: 1) La oposición entre capitalista y obrero, entre gran capitalista y pequeño, se hace todavía mayor, porque el crédito solo se da al que ya tiene y es una nueva oportunidad de acumulación para el rico, o porque el pobre ve toda su existencia confirmada o negada en el arbitrio y el juicio accidentales del rico sobre él, y la ve completamente dependiente de este azar; 2) porque el fingimiento, la hipocresía y la mojigatería recíprocos se llevan hasta el extremo de que sobre el que carece de crédito, además del simple juicio de que es pobre, recae ahora también el juicio moral de que no posee confianza ni reconocimiento y es, por tanto, un paria social, un mal hombre; y porque el pobre, además de su privación, tiene que soportar esta humillación y la humillante *súplica* de crédito al rico; [XXVII] 3) porque, con esta existencia totalmente *ideal* del dinero, el hombre ya no puede practicar la *falsificación de moneda* en ningún otro material, sino solo en su propia persona: tiene que convertirse él mismo en moneda falsa, obtener crédito con artimañas, con mentiras, etc., y esta relación de crédito —tanto por el lado del que confía como por el del que necesita la confianza— se convierte en objeto de comercio, en objeto de engaño y abuso recíprocos. Aquí se muestra entonces de manera brillante la *desconfianza* como base de esta confianza económica: el desconfiado sopesar si se debe conceder el crédito o no; el espionaje de los secretos de la vida privada, etc., del que busca crédito; la revelación de apuros momentáneos para hundir a un rival mediante una conmoción repentina de su crédito, etc. Todo el sistema de la bancarrota, las empresas ficticias, etc. … En el *crédito público*, el Estado ocupa exactamente la misma posición que más arriba el hombre… En el juego con los títulos de la deuda pública se muestra cómo se ha convertido en juguete de los comerciantes, etc.

4) El *sistema de crédito* tiene, por último, su culminación en el *sistema bancario*. La creación de los banqueros, la dominación estatal de la banca, la concentración de la fortuna en estas manos, este *areópago*[^11] económico de la nación, es la digna culminación del sistema del dinero. Al recibir en el sistema de crédito la forma del *crédito* el *reconocimiento moral de un hombre*, así como la *confianza en el Estado*, etc., sale a la luz el secreto que hay en la mentira del reconocimiento moral, la vileza *inmoral* de esta moralidad, así como la mojigatería y el egoísmo de aquella confianza en el Estado, y se muestra como lo que realmente es.

El *intercambio*, tanto de la actividad humana dentro de la producción misma como de los *productos humanos* entre sí, es = a la *actividad genérica* y al espíritu genérico, cuya existencia real, consciente y verdadera es la actividad *social* y el goce *social*. Como la *esencia humana* es la *verdadera comunidad*[^12] de los hombres, los hombres, al poner en acción su *esencia*, *crean*, producen la *comunidad* humana, el ser social, que no es un poder abstractamente universal frente al individuo singular, sino la esencia de cada individuo, su propia actividad, su propia vida, su propio espíritu, su propia riqueza. Aquella *verdadera comunidad* no nace, por tanto, de la reflexión; aparece por la *penuria* y el *egoísmo* de los individuos, es decir, producida inmediatamente por la puesta en acción de su existencia misma. No depende del hombre que esta comunidad exista o no; pero mientras el hombre no se reconoce como hombre y, por tanto, no ha organizado el mundo humanamente, esta *comunidad* aparece bajo la forma del *extrañamiento*. Porque su *sujeto*, el hombre, es un ser extrañado de sí mismo. Los hombres, no en una abstracción, sino como individuos reales, vivos, particulares, *son* esta esencia. *Como* sean ellos, así es, por tanto, ella misma. Es, pues, una proposición idéntica decir que el *hombre* se extraña de sí mismo y que la *sociedad* de este hombre extrañado es la caricatura de su *comunidad real*, de su verdadera vida genérica; que, por tanto, su actividad aparece como tormento; su propia creación, como poder extraño; su riqueza, como pobreza; el *vínculo esencial* que lo une a los demás hombres, como un vínculo inesencial, y más bien la separación de los demás hombres como su verdadera existencia; que su vida aparece como sacrificio de su vida; la realización de su esencia, como desrealización de su vida; su producción, como producción de su nada; su poder sobre el objeto, como poder del objeto sobre él; que él, el señor de su creación, aparece como el siervo de esta creación.

La economía política concibe ahora la *comunidad del hombre*, o su *esencia humana* que se pone en acción, su complementación recíproca hacia la vida genérica, hacia la vida verdaderamente humana, bajo la forma del *intercambio* y del *comercio*. La *sociedad*, dice Destutt de Tracy, es una *serie de intercambios recíprocos*[^13]. Es precisamente este movimiento de la integración recíproca. La *sociedad*, dice Adam Smith, es una *sociedad comercial*. Cada uno de sus miembros es un *comerciante*[^14].

Se ve cómo la economía política fija la forma *extrañada* del trato social como la forma *esencial* y *originaria*, y conforme al destino humano.

[XXVIII] La economía política —como el movimiento real— parte de la *relación del hombre con el hombre* como relación del *propietario privado con el propietario privado*. Si se presupone al hombre como *propietario privado*, es decir, como poseedor exclusivo que por esta posesión exclusiva afirma su personalidad y se distingue del otro hombre, así como se relaciona con él —la propiedad privada es su existencia personal, la que lo *distingue* y, por tanto, su existencia esencial—, la *pérdida* o el *abandono* de la propiedad privada es una *enajenación del hombre* así como de la *propiedad privada* misma. Aquí solo retenemos esta última determinación. Si cedo mi propiedad privada a otro, deja de ser *mía*; se convierte en una cosa independiente de mí, situada *fuera* de mi alcance, en una cosa *exterior* a mí. *Enajeno*, pues, mi propiedad privada. Con respecto a mí, la pongo, pues, como propiedad privada *enajenada*. Pero solo la pongo como cosa *enajenada* en general, solo supero mi relación *personal* con ella, la devuelvo a las fuerzas *elementales* de la naturaleza, si solo la enajeno con respecto a mí. Solo se convierte en *propiedad privada* enajenada si, a la vez que deja de ser *mi* propiedad privada, no deja por eso de ser *propiedad privada* en general, es decir, si entra con un *otro* hombre *fuera* de mí en la misma relación en que estaba conmigo, en una palabra, si se convierte en la *propiedad privada* de *otro* hombre. Exceptuado el caso de la *violencia*, ¿cómo llego a enajenar a otro hombre *mi* propiedad privada? La economía política responde acertadamente: por *penuria*, por *necesidad*. El otro hombre es también propietario privado, pero de *otra* cosa, de la que yo carezco y de la que no puedo o no quiero carecer, que me parece una *necesidad* para completar mi existencia y realizar mi esencia.

El vínculo que relaciona entre sí a los dos propietarios privados es la *naturaleza específica del objeto* que es la materia de su propiedad privada. El anhelo de estos dos objetos, es decir, la necesidad de ellos, muestra a cada uno de los propietarios privados, le hace tomar conciencia de que, además de la propiedad privada, tiene otra relación *esencial* con los objetos, de que no es el ser particular por el que se tiene, sino un ser *total*, cuyas necesidades están en relación de propiedad *interior* —pues la necesidad de una cosa es la prueba más evidente, más irrefutable, de que la cosa pertenece a *mi* esencia, de que su ser para mí, su *propiedad*, es la propiedad, lo propio de mi esencia— también con los productos del trabajo del otro. Ambos propietarios se ven, pues, impulsados a abandonar su propiedad privada, pero a abandonarla de modo que confirmen a la vez la propiedad privada, o a abandonar la propiedad privada dentro de la relación de la propiedad privada. Cada uno enajena, pues, una parte de su propiedad privada al otro.

La relación *social*, o el vínculo *social*, de los dos propietarios privados es, pues, la *reciprocidad* de la *enajenación*, la relación de la enajenación puesta por ambos lados, o la *enajenación* como relación de los dos propietarios, mientras que en la simple propiedad privada la *enajenación* solo tiene lugar todavía con respecto a sí, unilateralmente.

El *cambio* o el *trueque* es, pues, el acto social, el acto genérico, la comunidad, el trato social y la integración de los hombres dentro de la *propiedad privada* y, por tanto, el acto genérico exterior, *enajenado*. Precisamente por eso aparece como *trueque*. Por eso es también lo contrario de la relación *social*.

Por la enajenación o el extrañamiento recíprocos de la propiedad privada, la *propiedad privada* misma ha caído en la determinación de la propiedad privada *enajenada*. Porque, en primer lugar, ha dejado de ser el producto del trabajo, la personalidad exclusiva, distintiva, de su poseedor, pues este la ha enajenado; se ha alejado del poseedor de quien era producto y ha adquirido un significado personal para aquel de quien *no* es producto. Ha perdido su significado personal para el poseedor. En segundo lugar, se ha relacionado con otra propiedad privada, se ha equiparado a ella. En su lugar ha entrado una propiedad privada de naturaleza *distinta*, del mismo modo que ella misma ocupa el lugar de una propiedad privada de naturaleza *distinta*. Por ambos lados, la propiedad privada aparece, pues, como representante de una propiedad privada de otra naturaleza, como el *igual* de otro producto natural, y ambos lados se relacionan entre sí de modo que cada uno hace las veces de la existencia de su *otro*, y ambos se relacionan recíprocamente como *sustitutos* de sí mismos y de su otro. La existencia de la propiedad privada como tal se ha convertido, por tanto, en *sustituto*, en *equivalente*. En lugar de su unidad inmediata consigo misma, ya solo es como relación con *otro*. Como *equivalente*, su existencia ya no es la que le es propia. Se ha convertido, por tanto, en *valor* e inmediatamente en *valor de cambio*. Su existencia como *valor* es una determinación *enajenada* [XXIX] *de sí misma*, distinta de su existencia inmediata, exterior a su esencia específica; una existencia solo *relativa* de ella.

Cómo se determina más precisamente este *valor* hay que desarrollarlo en otro lugar, así como el modo en que se convierte en *precio*.

Presupuesta la relación del cambio, el *trabajo* se convierte en *trabajo lucrativo inmediato*[^15]. Esta relación del trabajo extrañado solo alcanza su punto culminante cuando 1) por un lado, el *trabajo lucrativo*, el producto del obrero, no está en ninguna relación *inmediata* con su necesidad ni con su *destino laboral*, sino que se determina por ambos lados por combinaciones sociales extrañas al obrero; 2) cuando el que *compra* el producto no produce él mismo, sino que cambia lo producido por otro. En aquella forma tosca de la propiedad privada *enajenada*, el *trueque*, cada uno de los dos propietarios privados ha producido aquello a lo que lo impulsaban inmediatamente su necesidad, su aptitud y el material natural disponible. Cada uno cambia, pues, con el otro solo el excedente de su producción. El trabajo era, ciertamente, su *fuente* inmediata *de subsistencia*, pero también, a la vez, la confirmación de su *existencia individual*. Por el cambio, su *trabajo* se ha convertido en parte en *fuente de lucro*. Su fin y su existencia se han separado. El producto se produce como *valor*, como *valor de cambio*, como *equivalente*, ya no por su relación personal inmediata con el productor. Cuanto más variada se vuelve la producción y, por tanto, cuanto más variadas se vuelven, por un lado, las necesidades y más unilaterales, por otro, las prestaciones del productor, tanto más cae su trabajo en la categoría de *trabajo lucrativo*, hasta que por fin ya solo tiene este significado y se vuelve del todo *accidental* e *inesencial* tanto si el productor está con su producto en la relación del goce inmediato y de la necesidad personal como si la *actividad*, la acción misma del trabajo, es para él goce de su personalidad, realización de sus disposiciones naturales y de sus fines espirituales.

En el *trabajo lucrativo* está: 1) el extrañamiento y la accidentalidad del trabajo respecto del sujeto que trabaja; 2) el extrañamiento y la accidentalidad del trabajo respecto de su objeto; 3) la determinación del obrero por las necesidades sociales, que le son extrañas y son una coacción a la que se somete por necesidad egoísta, por penuria, y que para él solo tienen el significado de una fuente de satisfacción de su indigencia, del mismo modo que él solo existe para ellas como un esclavo de sus necesidades; 4) que al obrero la conservación de su existencia individual le aparece como el *fin* de su actividad, y su hacer real solo le vale como medio; que pone en acción su vida para ganar medios de *vida*.

Cuanto mayor y más desarrollado aparece, pues, el poder social dentro de la relación de la propiedad privada, tanto más *egoísta*, más asocial, más extrañado de su propia esencia se vuelve el hombre.

Así como el intercambio recíproco de los productos de la *actividad humana* aparece como *trueque*, como *chalaneo*, así la complementación y el intercambio recíprocos de la actividad misma aparecen como *división del trabajo*, que hace del hombre, en lo posible, un ser abstracto, una máquina de tornear, etc., y lo transforma hasta convertirlo en un engendro espiritual y físico.

Precisamente la unidad del trabajo humano solo se considera como *división*, porque el ser social solo llega a la existencia como su contrario, en la forma del extrañamiento. Con la civilización aumenta la *división del trabajo*.

Dentro del supuesto de la división del trabajo, el producto, el material de la propiedad privada, adquiere para el individuo cada vez más el significado de un *equivalente*, y así como ya no cambia su *excedente*, sino que el objeto de su producción puede serle absolutamente *indiferente*, tampoco cambia ya su producto directamente por lo que *necesita*. El equivalente recibe su existencia como equivalente en *dinero*, que es ahora el resultado inmediato del trabajo lucrativo y el *mediador* del cambio. (Véase más arriba.)

En el *dinero*, la indiferencia completa tanto hacia la naturaleza del material, hacia la naturaleza específica de la propiedad privada, como hacia la personalidad del propietario privado, ha hecho su aparición el dominio completo de la cosa extrañada *sobre* el hombre.

Lo que era dominio de la persona sobre la persona es ahora el dominio general de la *cosa* sobre la *persona*, del producto sobre el productor. Así como en el *equivalente*, en el valor, residía ya la determinación de la *enajenación* de la propiedad privada, el *dinero* es la existencia sensible, objetiva ella misma, de esta *enajenación*.

[XXX] Se comprende que la economía política solo pueda concebir todo este desarrollo como un hecho, como el engendro de una necesidad accidental.

La separación del trabajo respecto de sí mismo = separación del obrero respecto del capitalista = separación de trabajo y capital, cuya forma originaria se descompone en *propiedad de la tierra* y *propiedad mueble*… La determinación originaria de la propiedad privada es el monopolio; por eso, en cuanto se da una constitución política, esta es la del monopolio. El monopolio consumado es la competencia. — Para el economista se descomponen la *producción*, el *consumo* y, como mediador entre ambos, el *intercambio* o la *distribución*. La separación de producción y consumo, de actividad y espíritu, entre individuos distintos y en el mismo individuo, es la *separación del trabajo* respecto de su *objeto* y respecto de sí mismo como espíritu. La *distribución* es el poder de la propiedad privada que se pone en acción. — La separación de trabajo, capital y propiedad de la tierra entre sí, así como la del trabajo respecto del trabajo, del capital respecto del capital y de la propiedad de la tierra respecto de la propiedad de la tierra, y por último la separación del trabajo respecto del salario, del capital respecto de la ganancia y de la ganancia respecto de los intereses, y por último de la propiedad de la tierra respecto de la renta, hacen aparecer el autoextrañamiento tanto en la forma del autoextrañamiento como en la del extrañamiento recíproco.

«Supóngase ahora el caso de que el gobierno quiera fijar el aumento y la disminución del dinero. Si se esfuerza por mantener la cantidad de dinero por debajo de la medida que produciría el libre curso de las cosas, eleva el valor del oro acuñado y hace que a todos les interese convertir los lingotes en moneda. Entonces surge la fabricación clandestina, que el gobierno tiene que impedir con castigos. Si el gobierno quiere mantener la cantidad de oro *por encima* de la altura necesaria, rebaja su valor, todos intentan fundirlo en lingotes, y contra esto de nuevo solo tiene el medio del castigo. Pero la esperanza de ganancia vence al miedo al castigo». pp. 137, 138.

§ 9. «Si dos individuos se debieran el uno al otro 100 £, en lugar de pagarse recíprocamente esta suma, solo tienen que intercambiar recíprocamente sus obligaciones. Lo mismo entre dos naciones… De ahí las *letras de cambio*, tanto más necesarias en una época en que una política poco ilustrada prohibía la *exportación* de metales preciosos y la castigaba cruelmente». pp. 142, 143 y s.

§ 10. Ahorro de consumo *improductivo* por medio del papel moneda. pp. 146 y s.

§ 11. «Los inconvenientes del papel moneda son: 1) la *falta* (pecado) (*manque*) de las personas que emiten el papel moneda en el cumplimiento de sus obligaciones; 2) las falsificaciones; 3) los cambios en el curso, *altération des cours*». p. 149.

§ 12. Los metales preciosos son mercancías. Solo se exportan las mercancías que son menos caras en el país de donde vienen que en el país adonde van, y solo se importan las mercancías que son más caras en el país adonde van que en aquel de donde vienen. Del valor de los metales preciosos en un país depende, pues, que [se] los deba importar o exportar. pp. 175 y s.

§ 13. «El valor de los metales preciosos es la cantidad de otras cosas que se da por ellos en el intercambio». p. 177. «Esta relación es distinta en distintos países e incluso en distintas regiones del mismo país… “*La vida es menos cara*” significa que en un lugar determinado se pueden comprar los víveres con una suma de dinero menor». p. 177.

§ 14. «La relación entre las naciones es como la de los comerciantes… comprarán siempre lo más barato posible y venderán siempre lo más caro que puedan». p. 215.

IV. *Del consumo*.

«*Producción*, *distribución*, *intercambio* son meros *medios*. No se produce por producir. Son operaciones intermedias, mediadoras. El fin es el *consumo*». p. 237.

§ 1. «El consumo es: 1) *productivo*. Comprende todo lo que se gasta con el fin de producir una cosa; abarca el sustento del obrero… después las máquinas, las herramientas, los edificios, los animales para las operaciones productivas; por último, las materias primas, ya sea que el objeto que hay que producir se forme inmediatamente de ellas o que se lo pueda extraer de ellas». pp. 238, 239. «Solo las cosas de la segunda clase no se consumen por completo en el curso de la operación productiva». *Loc. cit.*

2) Consumo *improductivo*. «Los salarios de un lacayo, todo consumo que no se hace con vistas a productos, para obtener mediante una cosa otra equivalente, es improductivo». p. 240. «El consumo productivo es él mismo un *medio*, a saber, un medio de la producción; el improductivo no es un medio, es fin: el *goce* que procura el consumo es el *motivo* de todas las operaciones anteriores». p. 241. «Por la primera clase de consumo no se pierde nada; por la segunda, todo». *Loc. cit.* «Lo que se consume *productivamente* es siempre *capital*. Esta es una propiedad especialmente notable del consumo productivo. Lo que se consume productivamente *es* capital y *se convierte* en capital por el consumo». pp. 241, 242. «La totalidad de lo que las fuerzas productivas de un país crean en un año es el producto anual bruto. La mayor parte de él está destinada a reponer el capital consumido. Lo que queda del producto bruto tras la reposición del capital es el producto neto; se reparte solo como ganancia del capital o como renta de la tierra». pp. 242, 243. «Es el fondo del que procede habitualmente todo incremento del capital nacional». *Loc. cit.* «Al consumo *productivo* y al *improductivo* corresponden el trabajo *productivo* y el *improductivo*». p. 244.

§ 2. «Todo lo que se produce en el curso de un año se consume en el curso del año siguiente, productiva o improductivamente». p. 246.

§ 3. «El consumo se extiende en proporción a la producción; un hombre solo produce porque desea *tener*. Si el objeto producido es lo que quiere tener, cuando se ha procurado todo lo que necesita deja de trabajar… Si produce más, es porque quiere tener a cambio de ese excedente algún otro objeto… Produce una cosa por el deseo de poseer la otra. La producción de esta cosa es para él el único medio de obtener la otra, y así la obtiene más barata que si se viera obligado a producirla él mismo. Con la división del trabajo, se limita a producir una cosa determinada o solo una parte de ella; solo emplea para sí una pequeña parte de su propia producción; el resto lo destina a comprar todas las demás mercancías que desea; y si un hombre se limita a la producción de una sola cosa y cambia su producto por todas las demás, resulta que cada uno obtiene más de las diferentes cosas que desea de lo que habría obtenido si hubiera querido producirlas él mismo. Si un hombre produce para sí mismo, no tiene lugar el *intercambio*… No desea comprar nada ni ofrece nada en venta. Posee un objeto, lo ha producido y no tiene intención de desprenderse de él. Si se aplican como metáfora a este caso los términos “oferta y demanda”, la oferta y la demanda están aquí en completa proporción. En lo que respecta a la oferta y la demanda de los objetos vendibles, podemos dejar por completo fuera de la cuestión la parte del producto anual que cada productor consume bajo la forma que produce o recibe». p. 251.

«Si hablamos aquí de oferta y demanda, hablamos en general. Si decimos de una nación determinada en una época determinada que su oferta es igual a su demanda, no lo decimos respecto de una o dos mercancías; queremos decir que su demanda de todas las mercancías tomadas en masa es igual a todo lo que puede ofrecer en mercancías de toda clase. A pesar de esta igualdad de la oferta y la demanda tomadas en general, puede muy bien ocurrir que de una o más “mercancías particulares” se haya producido demasiado o demasiado poco respecto de la demanda de estas mercancías». pp. 215, 252. «Para constituir una *demanda* (*demande*) son necesarias dos cosas: el deseo de tener una mercancía y la posesión de un objeto equivalente que pueda darse a cambio. Una demanda designa el *deseo* y el *medio* de comprar. Si falta lo uno o lo otro, la compra no puede tener lugar. La posesión de un objeto equivalente es la base necesaria de toda demanda. En vano desea un hombre poseer cualesquiera objetos si no tiene nada que dar para obtenerlos. El objeto equivalente que un hombre aporta es el *instrumento* de la demanda. La extensión de su demanda se mide por el valor de este objeto. La demanda y el objeto equivalente son términos que pueden sustituirse *el uno por el otro*. Se ha visto ya que todo hombre que produce aspira a la posesión de otros objetos que aquel a cuya producción ha concurrido, y que la extensión de esta aspiración, de este deseo, está *medida* por la totalidad de su producción, en la medida en que no quiere conservarla para su propio consumo. Es igualmente evidente que un hombre puede dar a cambio de otros objetos lo que ha producido y no quiere consumir él mismo. Su *voluntad de comprar* y su *medio de hacerlo* son, pues, iguales, o su demanda es exactamente igual a su producto total, en la medida en que no quiere consumirlo él mismo». pp. 252, 253.

[XXXI] Mill analiza aquí, con su habitual agudeza y claridad cínicas, el intercambio sobre la base de la propiedad privada.

El hombre —este es el supuesto fundamental de la propiedad privada— *produce* solo para *tener*. El fin de la producción es el *tener*. Y la producción no solo tiene un fin *útil* de este tipo; tiene un fin *interesado*; el hombre solo produce para *tener* para sí; el objeto de su producción es la objetivación de su necesidad *inmediata*, interesada. El hombre por sí solo —en el estado salvaje, bárbaro— tiene, pues, la medida de su producción en la *extensión* de su necesidad inmediata, cuyo contenido es *inmediatamente* el objeto producido mismo.

En este estado, el hombre no produce, pues, *más* de lo que necesita inmediatamente. El *límite de su necesidad* es el *límite de su producción*. La demanda y la oferta coinciden, pues, exactamente. Su producción está *medida* por su necesidad. En este caso no tiene lugar ningún intercambio, o el intercambio se reduce al intercambio de su trabajo por el producto de su trabajo, y este intercambio es la forma latente (el germen) del intercambio real.

En cuanto tiene lugar el intercambio, se produce un excedente de producción más allá del límite inmediato de la posesión. Pero este excedente de producción no es una elevación por encima de la necesidad interesada. Es más bien solo un modo *mediado* de satisfacer una necesidad que no encuentra su objetivación inmediatamente en *esta* producción, sino en la producción de otro. La producción se ha convertido en *fuente de lucro*, en trabajo lucrativo. Mientras que, en la primera relación, la necesidad es la medida de la producción, en la segunda la producción, o más bien la *posesión del producto*, es la medida de hasta dónde pueden satisfacerse las necesidades.

Yo he producido para mí y no para ti, como tú has producido para ti y no para mí. El resultado de mi producción tiene en sí y para sí tan poca relación contigo como el resultado de tu producción tiene una relación inmediata conmigo. Es decir, nuestra producción no es producción del hombre para el hombre como hombre, es decir, no es producción *social*. Como hombre, por tanto, ninguno de nosotros tiene una relación de goce con el producto del otro. Como hombres no existimos para nuestras producciones recíprocas. Nuestro intercambio no puede ser, por tanto, el movimiento mediador en el que se confirmaría que mi producto [XXXII] es [para] ti porque es una *objetivación* de tu propia esencia, de tu necesidad. Porque no es la *esencia humana* el vínculo de nuestras producciones entre sí. El intercambio solo puede poner en *movimiento*, solo puede confirmar el *carácter* que cada uno de nosotros tiene respecto de su propio producto y, por tanto, respecto de la producción del otro. Cada uno de nosotros solo ve en su producto su *propio* interés objetivado y, por tanto, en el producto del otro un interés *distinto*, independiente de él, extraño y objetivo.

Tú tienes, ciertamente, como hombre una relación humana con mi producto; tienes la *necesidad* de mi producto. Existe, pues, para ti como objeto de tu deseo y de tu voluntad. Pero tu necesidad, tu deseo, tu voluntad son necesidad, deseo y voluntad impotentes respecto de mi producto. Es decir, tu esencia *humana*, que por eso está necesariamente en relación interna con mi producción humana, no es tu *poder*, tu propiedad sobre esta producción, porque no es la *peculiaridad*, no es el *poder* de la esencia humana lo que se reconoce en mi producción. Son más bien el *vínculo* que te hace dependiente de mí, porque te ponen en dependencia de mi producto. Lejos de ser el *medio* que te diera *poder* sobre mi producción, son más bien el *medio* de darme poder sobre ti.

Si yo produzco *más* de lo que puedo usar inmediatamente del objeto producido, mi *excedente* de producción está *calculado*, refinado, sobre tu necesidad. Solo en *apariencia* produzco un excedente de este objeto. En verdad produzco *otro* objeto, el objeto de tu producción, que pienso cambiar por este excedente, un cambio que ya he consumado en el pensamiento. La relación *social* en que estoy contigo, mi trabajo para tu necesidad, es, pues, también una mera *apariencia*, y nuestra complementación recíproca es igualmente una mera *apariencia*, a la que sirve de base el saqueo recíproco. La intención del saqueo, del engaño, acecha necesariamente en la trastienda, porque, siendo nuestro intercambio interesado tanto por tu lado como por el mío, y como cada interés trata de superar al ajeno, tratamos necesariamente de engañarnos. La medida del poder que concedo a mi objeto sobre el tuyo necesita, ciertamente, para convertirse en un poder real, tu *reconocimiento*. Pero nuestro reconocimiento recíproco del poder recíproco de nuestros objetos es una lucha, y en la lucha vence el que posee más energía, fuerza, inteligencia o habilidad. Si basta la fuerza física, te saqueo directamente. Si el reino de la fuerza física está quebrado, tratamos de hacernos creer recíprocamente una apariencia, y el más hábil engaña al otro. Quién engañe a quién es, para el *conjunto* de la relación, un azar. El engaño *ideal*, *pensado*, tiene lugar por ambos lados, es decir, cada uno de los dos ha engañado al otro según su propio juicio.

El intercambio se media, pues, por ambos lados necesariamente a través del *objeto* de la producción recíproca y de la posesión recíproca. La relación ideal con los objetos recíprocos de nuestra producción es, ciertamente, nuestra necesidad recíproca. Pero la relación *real*, la que se pone en *realidad*, la relación *verdadera*, la que se lleva a cabo, es solo la *posesión exclusiva* recíproca de la producción recíproca. Lo que da a tu necesidad de mi cosa un *valor*, una *dignidad*, un *efecto* para mí es únicamente tu *objeto*, el *equivalente* de mi objeto. Nuestro producto recíproco es, pues, el *medio*, la *mediación*, el *instrumento*, el *poder reconocido* de nuestras necesidades recíprocas entre sí. Tu *demanda* y el *equivalente de tu posesión* son, pues, términos *equivalentes*, indiferentes para mí, y tu demanda solo tiene un *sentido*, porque tiene un efecto, si tiene sentido y efecto respecto de mí. Como mero hombre, sin este instrumento, tu demanda es una aspiración insatisfecha por tu parte, una ocurrencia que para mí no existe. Tú, como hombre, no estás, pues, en ninguna relación con mi objeto, porque *yo mismo* no tengo ninguna relación humana con él. Pero el *medio* es el *verdadero poder* sobre un objeto, y por eso contemplamos recíprocamente nuestro producto como el *poder* de cada uno sobre el otro y sobre sí mismo; es decir, nuestro propio producto se ha alzado sobre sus patas traseras contra nosotros; parecía nuestra propiedad, pero en verdad somos nosotros su propiedad. Nosotros mismos estamos excluidos de la propiedad *verdadera*, porque nuestra *propiedad* excluye al otro hombre.

El único lenguaje inteligible que nos hablamos unos a otros son nuestros objetos en su relación mutua. Un lenguaje humano no lo entenderíamos y quedaría sin efecto; por un lado, se sabría y se sentiría como ruego, como súplica [XXXIII] y, por tanto, como una *humillación*, y por eso se pronunciaría con vergüenza, con sentimiento de abyección; por el otro lado, se recibiría como *desvergüenza* o *demencia* y se rechazaría. Hasta tal punto estamos recíprocamente extrañados de la esencia humana que el lenguaje inmediato de esta esencia nos parece una *ofensa a la dignidad humana*, y el lenguaje extrañado de los valores materiales, en cambio, la dignidad humana justificada, segura de sí, que se reconoce a sí misma.

Ciertamente: a tus ojos, tu producto es un *instrumento*, un *medio* para apoderarte de mi producto y, por tanto, para satisfacer tu necesidad. Pero a mis ojos es el *fin* de nuestro intercambio. Tú me vales más bien como medio e instrumento para la producción de este objeto, que es un fin para mí, del mismo modo que tú, a la inversa, estás en esta relación con mi objeto. Pero 1) cada uno de nosotros *hace* realmente aquello como lo que el otro lo considera. Tú te has hecho realmente medio, instrumento, productor de *tu* propio objeto para apoderarte del mío; 2) tu propio objeto no es para ti más que la *envoltura sensible*, la *forma oculta* de mi objeto; porque su producción *significa*, quiere *expresar*: la *adquisición* de mi objeto. Así, de hecho, te has convertido para ti mismo en *medio*, en *instrumento* de tu objeto, del que tu deseo es el *siervo*, y has hecho servicios de siervo para que el objeto de tu deseo nunca vuelva a hacerte una gracia. Si esta servidumbre recíproca respecto del objeto aparece entre nosotros, al comienzo del desarrollo, realmente como la relación de *dominio* y *esclavitud*, esto no es más que la expresión *tosca* y *franca* de nuestra relación *esencial*.

Nuestro valor *recíproco* es para nosotros el *valor* de nuestros objetos recíprocos. Así pues, el hombre mismo carece recíprocamente de *valor* para nosotros.

Supongamos que hubiéramos producido como hombres: cada uno de nosotros se habría *afirmado doblemente* en su producción, a sí mismo y al otro. Yo habría 1) objetivado en mi *producción* mi *individualidad*, su *peculiaridad*, y por eso habría gozado, durante la actividad, de una *manifestación de vida* individual, y, al contemplar el objeto, de la alegría individual de saber que mi personalidad es un poder *objetivo*, *sensiblemente contemplable* y, por tanto, *por encima de toda duda*. 2) En tu goce o en tu uso de mi producto, yo habría tenido *inmediatamente* el goce, tanto de la conciencia de haber satisfecho con mi trabajo una necesidad *humana*, como de haber objetivado la esencia *humana* y, por tanto, de haber procurado a la necesidad de otro ser *humano* su objeto correspondiente; 3) de haber sido para ti el *mediador* entre tú y el género, de ser sabido y sentido, pues, por ti mismo como un complemento de tu propia esencia y como una parte necesaria de ti mismo; de saberme, pues, confirmado tanto en tu pensamiento como en tu amor; 4) de haber creado inmediatamente, en mi manifestación de vida individual, tu manifestación de vida; de haber *confirmado* y *realizado*, pues, inmediatamente en mi actividad individual, mi verdadera esencia, mi esencia *humana*, mi *comunidad*.

Nuestras producciones serían otros tantos espejos en los que nuestra esencia resplandecería la una frente a la otra.

Esta relación sería recíproca: ocurriría por tu lado lo que [ocurre] por el mío[^16].

Consideremos los distintos momentos tal como aparecen en el supuesto:

Mi trabajo sería *libre manifestación de vida* y, por tanto, *goce de la vida*. Bajo el supuesto de la propiedad privada es *enajenación de la vida*, porque trabajo *para vivir*, para procurarme un *medio* de vida. Mi trabajo *no es* vida.

En segundo lugar: en el trabajo se afirmaría, pues, la *peculiaridad* de mi individualidad, porque se afirmaría mi vida *individual*. El trabajo sería, pues, *verdadera propiedad activa*. Bajo el supuesto de la propiedad privada, mi individualidad está enajenada hasta el punto de que esta *actividad* me es *odiosa*, un *tormento* y, más bien, solo la *apariencia* de una actividad; por eso es también una actividad solo *forzada* e impuesta por una necesidad *exterior*, accidental, y *no* por una necesidad *interior necesaria*.

Mi trabajo solo puede aparecer en mi objeto como lo que es. No puede aparecer como lo que, por su esencia, *no* es. Por eso ya solo aparece como la expresión objetiva, sensible, contemplada y, por tanto, por encima de toda duda, de mi *pérdida de mí mismo* y de mi *impotencia*.

4) «Está claro que cada hombre aporta a la masa general [de los productos] que constituye la oferta la totalidad de lo que ha producido y no quiere consumir. Bajo cualquier forma que una parte del producto anual haya caído en manos de un hombre, si se propone no consumir nada él mismo, quiere desprenderse de todo ello, y este todo viene, por tanto, a aumentar la oferta. Si consume una parte, quiere desprenderse de todo el resto, y todo el resto se suma a la oferta». p. 253. «Como la demanda de cada hombre es, pues, = a la porción del producto anual o, dicho de otro modo, = a la porción de la riqueza de la que quiere desprenderse, y como la oferta de cada hombre es exactamente la misma cosa, la oferta y la demanda de un individuo son necesariamente iguales. La oferta y la demanda tienen entre sí una relación particular. Toda mercancía ofrecida, aportada, puesta en venta, es siempre al mismo tiempo el *objeto* de una demanda, y una mercancía que es objeto de una demanda forma siempre, al mismo tiempo, parte de la masa general de los productos que constituyen la oferta. Toda mercancía es siempre *a la vez* objeto de la demanda y de la oferta. Cuando dos hombres hacen un intercambio, el uno no viene solo a hacer una oferta ni el otro solo a hacer una demanda; … *el objeto*, el *artículo* de su *oferta* (*offre*) tiene que procurarle el de su demanda (*demande*), y por consiguiente su demanda y su oferta son completamente iguales. Pero si la oferta y la demanda de cada individuo son siempre iguales, también lo son las de todos los individuos de una nación tomados en masa. Por alto que sea, pues, el importe del producto anual, nunca puede exceder la altura de la demanda anual. La totalidad del producto anual está dividida en un número de porciones = al número de individuos entre los que se reparte el producto. La totalidad de la demanda = a la suma de lo que, de todas las partes, los poseedores no retienen para su propio consumo; pero la totalidad de las partes es = a todo el producto anual». pp. 253-255. «Se objeta que los víveres y las mercancías se encuentran a menudo en una abundancia demasiado grande en proporción a la demanda. No negamos el hecho. No refuta nuestra afirmación». p. 255.

«Aunque la demanda sea = a la oferta (*offre*) de cada individuo que acude al mercado a hacer un intercambio, puede ocurrir, sin embargo, que no encuentre allí la clase de comprador que busca: puede que no haya nadie que desee el objeto que quiere intercambiar. Sin embargo, en sentido estricto, demanda = oferta, porque *deseaba* tener una cosa a cambio de la que ha aportado. Porque el *dinero* mismo es una mercancía, y nadie quiere dinero si no es para gastarlo en consumo productivo o improductivo». p. 256. «Como la demanda y la oferta, por parte de cada individuo, son iguales entre sí, si en el mercado una mercancía o unos víveres se encuentran *por encima* de la demanda, otra tiene que encontrarse *por debajo* de ella». *Loc. cit.* «Igualadas las ofertas y las demandas individuales, las ofertas y las demandas generales son siempre iguales… En este caso no hay exceso de ninguna cosa, por alto que sea el producto anual. Supongamos ahora que esta correspondencia exacta de una parte de la demanda con una parte de la oferta se altera; por ejemplo, que la demanda de grano sigue siendo la misma y, en cambio, la oferta de paño aumenta considerablemente: habrá entonces exceso de paño, porque la demanda de paño no habría aumentado, pero necesariamente tiene que haber un déficit proporcional de otras cosas; porque la cantidad adicional de paño que se ha hecho solo pudo hacerse por un único medio: retirando un capital de la producción de algunas otras cosas y disminuyendo la cantidad producida. Pero si la cantidad de un artículo se encuentra disminuida cuando existe la *demanda* de una cantidad mayor, hay un déficit de este artículo. En un mismo país nunca puede haber, por tanto, uno o más artículos en una medida superior a la demanda sin que haya una o más mercancías en una cantidad menor que la de la demanda». pp. 256-258.

«Las consecuencias prácticas de la falta de correspondencia entre las partes de la demanda y de la oferta son conocidas. El artículo ofrecido en exceso baja de precio; aquel del que hay déficit sube… La bajada del primer artículo retira pronto, por la disminución de las ganancias, una parte del capital de esta rama de producción. La subida del artículo que se ha vuelto escaso atrae una parte del capital hacia esta rama de producción; este movimiento tiene lugar hasta que las ganancias se igualan, es decir, hasta que la demanda y la oferta coinciden». p. 258. «Lo más fuerte que podría alegarse en favor de la afirmación de que el producto anual puede aumentar más deprisa que el consumo sería el caso en que cada uno solo consumiera objetos de primera necesidad y pudiera ahorrarse así todo el resto del producto anual; este es un caso imposible, porque es incompatible, inconciliable con los principios de la naturaleza humana. Examinamos, sin embargo, sus consecuencias para confirmar la igualdad que existe entre el producto y la demanda». pp. 258, 259.

«En este caso, la parte del producto anual que ha correspondido a cada individuo —salvo lo que pueda consumir en objetos de *primera* necesidad— se emplearía en la producción. Todo el capital nacional se emplearía en producir materia prima y una pequeña cantidad de mercancías ordinarias (*communes*), porque estos serían los únicos artículos demandados. Como la parte de cada individuo, descontado su consumo, se emplearía en la producción, se la *emplearía* en objetos que sirven para la producción de materias primas y de algunas mercancías ordinarias; pero estos objetos son precisamente ellos mismos materias primas y mercancías ordinarias; la demanda de cada individuo consistiría, pues, enteramente en estos artículos; pero la totalidad de la oferta consistiría en los mismos artículos; y se ha demostrado que demanda total = oferta total, porque el excedente del producto anual sobre el consumo de los partícipes se ha convertido en objeto de la demanda y porque la totalidad de los productos se ha convertido en objeto de la oferta. La producción nunca puede, pues, crecer con demasiada rapidez en relación con la demanda. La producción es la causa y la *única causa* de la demanda. No crea ninguna oferta sin crear una demanda, al mismo tiempo y ambas iguales». pp. 259, 260.

4) «Todo consumo procede de los individuos o del gobierno… Y lo que el gobierno consume, en lugar *de ser consumido como capital y reemplazado por un producto*, se consume y no produce nada. Pero este consumo es la causa de la protección bajo la cual tuvo lugar toda la producción. Pero si no se consumieran otras cosas de una manera diferente de la manera de consumir de los gobiernos, no habría producto».

(Así que, podría seguir diciendo Mill, no habría gobiernos.) pp. 261, 262.

«La renta del Estado tiene que sacarse de los alquileres o rentas de la tierra, de la ganancia del capital o de los salarios del trabajo». p. 262. «¿En qué proporción y de qué manera tiene que sacarla de cada una (según Skarbek[^17], el interés es 1) interés del dinero, 2) renta de la tierra, 3) alquiler, siendo la renta de la tierra una forma particular) de las tres? Esta es la única cuestión que aquí interesa». p. 262. La manera es *directa* o *indirecta*. Examinamos primero la primera. pp. 262, 263.

5) «Si los gastos del Estado se cubren con la renta de la tierra, esto no afecta a la industria del país. El cultivo de la tierra depende del *capitalista* que se dedica a esta ocupación si le rinde las ganancias ordinarias de su capital. Le es indiferente pagar el excedente bajo la forma de renta al propietario o bajo la forma de impuesto a un recaudador del gobierno». p. 264. «Antiguamente, el soberano cubría sus mayores gastos ordinarios con los dominios territoriales que le pertenecían, y los gastos de guerra por medio de sus barones, a los que la propiedad de la tierra solo se daba con esta condición expresa. En aquella época, pues, la totalidad de los gastos del gobierno, con ligeras excepciones, se cubría con la renta de la tierra». p. 265. Cubrir los gastos del Estado con la renta de la tierra tiene, por tanto, una gran utilidad. «Los poseedores de capitales sacarían ganancia de ello, los obreros recibirían sus salarios sin deducción alguna, cada individuo emplearía su capital del modo más ventajoso, sin verse obligado, por el efecto nocivo de un impuesto, a apartarlo de una dirección muy productiva para la nación para echarlo a otra menos productiva». p. 266.

Se comprende que Mill, como Ricardo[^18], proteste contra la idea de querer inspirar a un gobierno cualquiera el pensamiento de hacer de la renta de la tierra la fuente única de los impuestos, ya que sería una carga parcial e injusta sobre una clase particular de individuos. *Pero* —y este es un pero de peso, un pero pérfido—, pero el impuesto sobre la renta de la tierra es el único no *nocivo* desde el punto de vista económico y, por tanto, el único *impuesto económicamente justo*. Más aún, el único reparo que formula la economía política es más atractivo que disuasorio, a saber: «que en un país incluso de población y extensión solo ordinarias, la cuantía de la renta de la tierra excedería las necesidades del gobierno». —

«La renta de la tierra, tal como existe ahora, se *compra* y se *vende*; las esperanzas de los individuos que trafican con ella se basan en ella: tiene que estar, pues, exenta de todo impuesto particular… o al menos tiene que quedarle una débil perspectiva de mejora. Más allá no pueden ir las especulaciones de un hombre. Supongamos ahora que estuviera en poder de la legislatura, mediante un acto emanado de ella, y suponiendo todas las demás cosas en la misma situación, duplicar el producto neto de las tierras: no hay ninguna razón de derecho por la que la legislatura no debiera aprovecharlo, y habría muchísimas razones para que aprovechara este poder para cubrir los gastos del Estado con este nuevo fondo y eximir a los ciudadanos de cualquier otra carga para este objeto. Semejante medida no causaría ningún daño al rentista de la tierra. Su renta, tal como la ha disfrutado y en gran parte incluso tal como podía esperar disfrutarla a consecuencia de alguna mejora, seguiría siendo la misma, y la utilidad para los demás sería muy grande». pp. 268, 269.

«La legislatura dispone realmente del poder supuesto. Con todas las medidas por las que aumenta la población y, por consiguiente, la demanda de víveres, aumenta tan positivamente el producto neto de las tierras como podría hacerlo un milagro. Que en la realidad haga gradualmente lo que en la imaginación haría mediante una operación inmediata no cambia la situación. pp. 269, 270. «A medida que crece la población y se emplea el capital en la tierra de manera más o menos productiva, una parte cada vez mayor del producto neto de las tierras de un país entra en la constitución de la renta de la tierra, mientras que las ganancias del capital disminuyen proporcionalmente. Este aumento continuo de la renta de la tierra, que procede de circunstancias que son obra de la comunidad y no obra particular de los propietarios, parece formar un fondo no menos adecuado para destinarlo de manera especial a las necesidades del país que la renta de la tierra en un país en el que nunca hubiera habido propiedad privada. Y el rentista, que conserva sus antiguos ingresos, no tiene derecho a quejarse si una nueva fuente de ingresos que no le cuesta nada se destina al servicio del Estado». pp. 270, 271.

6) Un impuesto directo sobre las *ganancias del capital* recaería solo en los capitalistas y no podría trasladarse a ninguna otra parte de la sociedad. «Por lo demás, el valor de todas las cosas seguiría siendo el mismo». pp. 272, 273.

[^1]: James Mill (1773-1836), economista y filósofo escocés, amigo y divulgador de David Ricardo y padre de John Stuart Mill. Sus *Elements of Political Economy* se publicaron en Londres en 1821; Marx leyó la traducción francesa de J. T. Parisot (París, 1823).

[^2]: El *quarter* era una medida inglesa de capacidad para el grano, de unos 290 litros.

[^3]: Marx dejó en blanco el número de página.

[^4]: Marx abrevia «por ciento» con la fracción *p/c* (*pour cent*); aquí y en lo que sigue se da «por ciento».

[^5]: La MEGA imprime «nur mehr als 15 £.»; la cuenta (650 − 500) da 150 £.

[^6]: *Geldwesen*: a la vez el sistema o régimen del dinero y la esencia (*Wesen*) del dinero; Marx juega con este doble sentido en todo el comentario.

[^7]: El sistema monetario (*Geldsystem*, *système monétaire*) es la forma primera del mercantilismo, que identificaba la riqueza con el oro y la plata.

[^8]: Discípulos de Henri de Saint-Simon (1760-1825). Tras su muerte, Bazard, Enfantin y otros hicieron de la organización del crédito y de la banca la palanca de la reorganización de la producción.

[^9]: El prestamista de *El mercader de Venecia* de Shakespeare. En el acto I, escena 3, Shylock aclara que, al llamar a Antonio «un buen hombre», quiere decir que es solvente.

[^10]: Marx anuncia dos maneras, pero enumera cuatro puntos.

[^11]: El Areópago era el consejo y tribunal supremo de la antigua Atenas.

[^12]: *Gemeinwesen*: la comunidad, el ser común de los hombres; se ha traducido también «ser comunitario».

[^13]: Antoine Destutt de Tracy (1754-1836), filósofo y economista francés, cabeza de los «ideólogos». Marx cita la misma frase en los [Manuscritos económico-filosóficos](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1844%20Manuscritos%20econ%C3%B3mico-filos%C3%B3ficos).

[^14]: Adam Smith, *La riqueza de las naciones* (1776), libro I, capítulo 4: «Así, todo hombre vive del intercambio, o se convierte en cierta medida en comerciante, y la sociedad misma llega a ser propiamente una sociedad comercial».

[^15]: *Erwerbsarbeit*: el trabajo como medio de ganarse la vida, de adquirir (*erwerben*); lo traducimos «trabajo lucrativo», y *Erwerbsquelle*, «fuente de lucro».

[^16]: La frase está incompleta en el manuscrito; los corchetes son de los editores de la MEGA.

[^17]: Fryderyk Skarbek (1792-1866), economista polaco, autor de una *Théorie des richesses sociales* (París, 1829), de la que Marx también hizo extractos en París.

[^18]: David Ricardo, *On the Principles of Political Economy and Taxation* (1817), capítulo X, «De los impuestos sobre la renta de la tierra».
