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Title: Sobre el libro de Friedrich List «El sistema nacional de la economía política» (1845)
Description: Borrador inacabado en el que Marx, en Bruselas en 1845, desmonta la economía proteccionista de Friedrich List, portavoz de la burguesía industrial alemana: su «teoría de las fuerzas productivas» como disfraz idealista del valor de cambio, la nación como interés común de los burgueses frente a los de otros países y la superación del «trabajo» como condición de la superación de la propiedad privada.
Author: Karl Marx
Date: 1845-03
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1845%20Sobre%20el%20libro%20de%20Friedrich%20List%20El%20sistema%20nacional%20de%20la%20econom%C3%ADa%20pol%C3%ADtica
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*Escrito por Karl Marx en Bruselas en marzo de 1845, como borrador de una crítica del libro de Friedrich List que no llegó a terminar ni a publicar. El manuscrito se ha conservado incompleto: falta al menos una página en el interior y el texto se interrumpe varias veces; también su comienzo parece perdido. Publicado por primera vez en 1972 en la revista* Beiträge zur Geschichte der Arbeiterbewegung *(cuaderno 3, Berlín, pp. 425-446) y recogido después en la* Marx-Engels-Gesamtausgabe *(MEGA², sección I, tomo 4); no figura en las* Werke. *Traducido de la edición* Kritik der bürgerlichen Ökonomie. Neues Manuskript von Marx und Rede von Engels über F. List *(Berlín Occidental, VSA, 1972, pp. 7-43), por la Escuela de marxismo, 2026. Los números entre corchetes señalan páginas del manuscrito; «[...]» indica pasajes ilegibles o perdidos. Las páginas que cita Marx remiten al primer tomo del libro de List (Stuttgart y Tubinga, 1841). Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1845%20%C3%9Cber%20Friedrich%20Lists%20Buch%20Das%20nationale%20System%20der%20politischen%20%C3%96konomie).*

Que la conciencia de la muerte de la burguesía ha penetrado ya en la conciencia misma del burgués alemán, el burgués alemán es lo bastante ingenuo para confesar él mismo esa «tristeza».[^1] «Por eso es también tan *triste* querer hacer valer los males que acompañan a la industria en nuestros días como motivo para rechazar la industria misma. Hay males mucho mayores que un estamento de *proletarios*: tesoros vacíos, impotencia nacional, servidumbre nacional, muerte nacional», p. LXVII.[^2] Es verdaderamente triste que el proletariado exista ya, y presente ya sus exigencias, e inspire ya miedo, antes de que el burgués alemán haya llegado siquiera a la industria. En cuanto al proletario mismo, a buen seguro encontrará alegre su estamento cuando la burguesía dominante tenga tesoros llenos y poder nacional. El señor List solo dice qué es lo *más triste* para la burguesía. Y reconocemos que es muy triste para él que quiera implantar el dominio de la industria precisamente en el momento inoportuno en que la servidumbre de la mayoría, engendrada por ese dominio, se ha convertido en un *factum* de todos conocido. El burgués alemán es el *Caballero de la Triste Figura*,[^3] que quería introducir la caballería andante justo cuando surgían la policía y el dinero. Un gran obstáculo (inconveniente) en que se encuentra el burgués alemán en su afán de riqueza industrial es su *idealismo* de hasta ahora. ¿Cómo es que este pueblo del «*espíritu*» llega de repente a encontrar los bienes supremos de la humanidad en el calicó, el hilo de punto y la *self-acting mule*,[^4] en el materialismo de la maquinaria, en un montón de esclavos de fábrica, en las bolsas repletas de los señores fabricantes? El idealismo hueco, ventoso y sentimental del burgués alemán, tras el que se oculta el más mezquino y sucio espíritu de tendero y se esconde el alma más cobarde, ha llegado a la época en que tiene que revelar necesariamente su secreto. Pero vuelve a revelarlo de una manera genuinamente alemana, exaltada. Lo revela con un pudor idealista y cristiano. Reniega de la riqueza al tiempo que aspira a ella. Disfraza de manera completamente idealista el materialismo sin espíritu, y solo entonces se atreve a echarle mano. Toda la... parte teórica del sistema de List no es más que un disfraz del materialismo industrial de la economía sincera con frases ideales. Deja la cosa en pie en todas partes, pero idealiza su expresión. Lo seguiremos en detalle. Precisamente esta fraseología idealista hueca es la que le da también la capacidad de desconocer las barreras *reales* que se oponen a sus piadosos deseos y de entregarse a las fantasías más necias. (¿Qué habría sido de la burguesía inglesa y de la francesa si hubieran tenido que pedir primero permiso a una alta nobleza, a una muy loable burocracia y a las casas reinantes por derecho de sangre para introducir la «industria» con «fuerza de ley»?)

El burgués alemán es religioso incluso allí donde es industrial. Le da reparo hablar de los malos valores de cambio que codicia, y habla de fuerzas productivas; le da reparo hablar de competencia, y habla de una confederación nacional de las fuerzas productivas nacionales; le da reparo hablar de su interés privado, y habla del interés nacional. Si se considera el cinismo franco y clásico con que la burguesía inglesa y la francesa, en sus primeros portavoces de la economía política, científicos al menos en los comienzos de su dominación, elevaron la riqueza a dios y le sacrificaron sin miramientos todo, también en la ciencia, a ese Moloc, y si se considera, por el contrario, la manera idealizante, rebuscadora de frases y ampulosa del señor List, que en plena economía política desprecia la riqueza de los «hombres justos» y conoce fines más elevados, no hay más remedio que encontrar «también triste» que hoy en día ya no haya día para la riqueza. El señor List habla siempre en metros molosos.[^5] Se hincha constantemente en un patetismo pesado y verboso cuyo núcleo, repetido sin cesar, son los aranceles protectores y las fábricas «teutonas»,[^6] y cuyas aguas turbias van a parar siempre, en última instancia, al banco de arena. Es constantemente sensible-suprasensible.

El filisteo idealizante alemán que quiere hacerse rico tiene que crearse naturalmente antes una nueva teoría de la riqueza que haga a esta digna de su afán. Los burgueses de Francia e Inglaterra ven acercarse la tormenta que aniquilará en la práctica la vida *real* de lo que hasta ahora se llamaba riqueza, y el burgués alemán, que todavía no ha llegado a esa riqueza tan mala, ensaya una nueva interpretación «espiritualista» de ella. Se crea una economía «idealizante», que nada tiene en común con la profana economía francesa e inglesa, para justificarse ante sí mismo y ante el mundo de que también él quiere hacerse rico. El burgués alemán comienza su creación de la riqueza con la creación de una economía política exaltada, hipócritamente idealizante.

## Cómo interpreta el señor List la historia y cómo se comporta con Smith y su escuela

Tan sumiso como es el señor List con la nobleza, las casas reinantes por derecho de sangre y la burocracia, tan «insolente» se muestra con la economía francesa e inglesa, cuyo jefe de fila es Smith, que ha revelado cínicamente el *secreto* de la riqueza y ha hecho imposibles todas las ilusiones sobre su naturaleza, su tendencia y su movimiento. El señor List las reúne a todas bajo el nombre de «la escuela». Como al burgués alemán lo que le importa son los aranceles protectores, todo el desarrollo de la economía desde Smith carece naturalmente de sentido para él, porque sus representantes más destacados tienen todos por premisa la actual sociedad burguesa de la competencia y la libertad de comercio.[^7]

El filisteo alemán muestra aquí de muchas maneras su carácter «nacional».

1) No ve en toda la economía política más que sistemas urdidos en los gabinetes de estudio. Que el desarrollo de una ciencia como la economía está ligado al movimiento real de la sociedad, o que no es sino su expresión teórica, de eso el señor List no tiene, naturalmente, ni idea. Teórico alemán.

2) Como su propia teoría (escrito) esconde un fin secreto, sospecha fines secretos en todas partes. Como auténtico filisteo alemán, el señor List, en lugar de estudiar la historia real, busca los fines secretos y malvados de los individuos, y se ufana mucho de su astucia para escudriñarlos (descubrirlos). Hace grandes descubrimientos, como que Adam Smith quiso engañar al mundo con su teoría y que el resto del mundo se dejó engañar por él hasta que el gran señor List lo sacó de su sueño; más o menos como un consejero de tribunal de Düsseldorf hizo pasar la historia romana por una invención de los monjes medievales para fundamentar el dominio de Roma. Y así como el burgués alemán en general no sabe enfrentarse mejor a su enemigo que colgándole una tacha moral, poniendo en duda sus intenciones, buscando malos motivos para sus actos, en una palabra, *difamándolo* y haciéndolo sospechoso en lo personal, así el señor List hace sospechosos a los economistas ingleses y franceses, cuenta chismes sobre ellos; y así como el filisteo alemán no desdeña en el comercio la más mínima ganancia ni el más mínimo escamoteo, el señor List no desdeña escamotear palabras de las citas para sacarles provecho, pegar a sus propios malos productos la etiqueta de sus adversarios para desacreditarlos falseándolos, o incluso inventar mentiras redondas para privar a su competidor del crédito.

Damos algunas muestras del modo de proceder del señor List.

Es sabido que los curas alemanes no creían poder asestar a la Ilustración un golpe de muerte más profundo que contándonos la anécdota y mentira necia de que Voltaire abjuró de su doctrina en su lecho de muerte. También el señor List nos lleva al lecho de muerte de Smith y nos cuenta que allí se puso de manifiesto que no había sido sincero con su doctrina.

Pero óigase al propio señor List y su juicio ulterior sobre Smith. Ponemos a su lado la fuente de su sabiduría.

*List*

> «Había recordado, a partir de la biografía de Dugald Steward,[^8] cómo ese gran espíritu no pudo morir tranquilo hasta que todos sus manuscritos fueron quemados, con lo que había querido dar a entender cuán apremiante es la sospecha de que esos papeles contenían pruebas contra su sinceridad. p. LVIII. Había demostrado cómo los ministros ingleses se sirvieron de su teoría para echar arena a los ojos de otras naciones en provecho de Inglaterra.» *l. c.* (LVIII, LIX). «La doctrina de Adam Smith, en lo que respecta a las relaciones nacionales e internacionales, es una mera continuación del sistema fisiocrático. Como este, ignora la naturaleza de las nacionalidades *y* presupone como existentes la paz perpetua y la unión universal.» p. 475.

*Ferrier*, F. L. A., *Du gouvernement considéré dans ses rapports avec le commerce* [*Del gobierno considerado en sus relaciones con el comercio*], París, 1805:[^9]

> «¿Es posible que Smith, al acumular tantos razonamientos falsos en favor de la libertad de comercio, fuera sincero?...

> Smith tenía por fin secreto diseminar por Europa principios cuya adopción, como sabía muy bien, entregaría a su país el mercado mundial.» (p. 385, 386.)

> «Uno está incluso autorizado a creer que Smith no había enseñado siempre la misma doctrina; y ¿cómo explicar de otro modo los tormentos que en su lecho de muerte le hicieron sentir el temor de que los manuscritos de sus lecciones le sobrevivieran?» p. 386.

Le reprocha a Smith haber sido comisario de aduanas.[^10] «Smith razonó casi siempre como los economistas (fisiócratas), sin tener en cuenta la separación de los intereses de las distintas naciones y en el supuesto de que en el mundo solo existiera una sociedad. Dejemos todos esos proyectos de unión.» p. 381, p. 15.

El señor Ferrier era inspector de aduanas bajo Napoleón y amaba su oficio.

La economía de J. B. *Say* la entiende el señor List como una especulación fracasada. Comunicaremos enseguida su juicio completo sobre la vida de Say. Antes, otro ejemplo de la manera como copia a otros escritores y los falsea al copiarlos para herir a sus adversarios.

*List*

> «Say y *MacCulloch* no parecen haber visto o leído de este libro» (el de Antonio Serra, de Nápoles)[^11] «más que el título; ambos lo dejan desdeñosamente a un lado con la observación de que solo trata del dinero, y de que ya el título prueba que el autor estaba preso del error de considerar los metales preciosos como únicos objetos de la riqueza. Si hubieran seguido leyendo», etc. p. 456.

Conde *Pecchio*:[^12]

> «*Historia de la economía política en Italia*», etc., París, 1830. «Los extranjeros trataron de privar a Serra del mérito de haber sido el primer fundador de los principios de esta ciencia» (la economía política). «Lo que acabo de decir no puede referirse» (aplicarse) «en absoluto al señor Say, quien, aun reprochando siempre a Serra haber considerado como riqueza solo la materia del oro y la plata, le concede no obstante la gloria de haber sido el primero en dar a conocer» (*connaître*) «el poder productivo de la industria... Mi queja va dirigida al señor MacCulloch... Si el señor MacCulloch hubiera leído algo más que el título», etc. p. 76, 77.

Se ve cómo el señor List falsea *intencionadamente* a Pecchio, al que copia, para desacreditar al señor Say. No menos falsas son las noticias biográficas que se dan sobre Say.

El señor List dice de él: «Primero comerciante, luego fabricante, luego político fracasado, Say echó mano de la economía política como se echa mano de una nueva empresa cuando la vieja ya no quiere marchar... El odio al sistema continental, que le había destruido su fábrica, y a su autor, que lo había expulsado del Tribunado, lo determinó a tomar partido por la libertad absoluta de comercio.» p. 488, 489. ¡Así que Say abrazó el sistema de la libertad de comercio porque su fábrica fue arruinada por el sistema continental![^13] Pero ¿y si hubiera escrito su *Traité d'économie politique* [*Tratado de economía política*] antes de poseer una fábrica? Say abrazó el sistema de la libertad de comercio porque Napoleón lo expulsó del Tribunado. Pero ¿y si hubiera escrito el libro *siendo tribuno*? ¿Y si Say, que según el señor List era un hombre de negocios fracasado que solo veía en la literatura una rama de actividad, hubiera desempeñado desde su primera juventud un papel en el mundo literario francés?

¿De dónde saca el señor List sus novedades? De la «Noticia histórica sobre la vida y las obras de J.-B. Say», de *Charles Comte*, que precede al *Cours complet d'économie politique* [*Curso completo de economía política*].[^14] ¿Qué cuenta esa noticia? Contiene justamente lo contrario de todas sus afirmaciones. Óigase: J.-B. Say fue destinado al comercio por su padre, que era comerciante. Su inclinación, sin embargo, lo llevaba a la literatura. En 1789 publicó un folleto en favor de la libertad de prensa. Desde el comienzo de la Revolución colabora en el *Courrier de Provence*, que publicaba Mirabeau. Estuvo igualmente empleado en las oficinas del ministro Clavière.[^15] Su inclinación «por las ciencias morales y políticas», así como la quiebra de su padre, lo determinaron a abandonar del todo el comercio y a hacer del cultivo de las ciencias su única ocupación. En 1794 fue redactor jefe de la *Décade philosophique, littéraire et politique*. Napoleón lo nombró en 1799 miembro del Tribunado. El ocio que le dejaban sus funciones de tribuno lo aprovechó para elaborar el *Traité* [*d'économie*] *politique*, que publicó en 1803. Fue expulsado del Tribunado porque era uno de los pocos que se atrevían a hacer oposición. Se le ofreció un puesto lucrativo en las finanzas y lo rechazó, aunque estaba a cargo de seis hijos y casi no tenía fortuna...;[^16] no habría podido desempeñar las funciones ofrecidas sin contribuir a la ejecución de un sistema que había juzgado funesto para Francia. Montó una hilatura de algodón, etc.

Si la tacha que el señor List cuelga aquí a Say nace de una falsificación, no menos falso es el elogio que concede a su hermano, Louis Say. Para probar que *Louis Say* comparte la astuta[^17] opinión, falsea un pasaje suyo. El señor List dice en la p. 484:

> «Según su» (de Louis Say) «opinión, la riqueza de las naciones no consiste en los bienes materiales ni en su valor de cambio, sino en la *capacidad de producir esos bienes de manera continua*.»

Según el señor List, las palabras textuales de Louis Say son estas:

*El Louis Say del señor List*

> «La riqueza no consiste en las cosas que satisfacen nuestras necesidades o nuestros gustos, sino en el poder de disfrutarlas anualmente.» *Études sur la richesse des nations* [*Estudios sobre la riqueza de las naciones*], p. 10.[^18]

*El Louis Say verdadero*

> «Aunque la riqueza no consiste en las cosas que satisfacen nuestras necesidades o nuestros gustos, sino en la renta o en el poder de disfrutarlas anualmente...» p. 9-10.

Say no habla, pues, de la capacidad de producir, sino de la capacidad de disfrutar, de la capacidad que da la «renta» (*revenu*) de una nación. Precisamente de la desproporción entre la creciente fuerza productiva y la renta de una nación en general y de todas las clases en particular han nacido las teorías más hostiles al señor List, como, por ejemplo, las de Sismondi y Cherbuliez.[^19] Demos ahora un ejemplo de la ignorancia del señor List al juzgar a la escuela. Dice de Ricardo (List, «Sobre las fuerzas productivas»):

> «En general, la escuela, desde Adam Smith, ha sido desafortunada en sus investigaciones sobre la naturaleza de la renta. Ricardo, y después de él Mill, MacCulloch y otros, son de la opinión de que la renta se paga por la capacidad productiva natural inherente a las fincas. El primero ha fundado todo un sistema sobre esta opinión. Pero como solo tenía a la vista la situación inglesa, cayó en la opinión errónea de que esos campos y prados ingleses, por cuya supuesta fertilidad natural se pagan hoy tan hermosas rentas, habían sido en todo tiempo los mismos campos y prados.» p. 360.

*Ricardo* dice:

> «Si el excedente de producto que forma la renta de la tierra fuera una ventaja, sería de desear que todos los años las máquinas recién construidas fueran menos productivas que las antiguas; esto daría a las mercancías producidas un mayor valor[^20] en todo el país; se pagaría una renta a todos los que poseyeran las máquinas más productivas.» «La renta de la tierra sube tanto más deprisa cuanto más disminuyen las fuerzas productivas de las tierras disponibles. La riqueza del país crece allí donde, mediante las mejoras en la agricultura, se pueden aumentar los productos sin un aumento proporcional del trabajo, y donde, por consiguiente, el incremento de la renta de la tierra es muy lento.» p. 77 y 80-82. Ricardo, *Des principes de l'économie politique* etc., París, 1835, t. I.[^21]

Según la doctrina de Ricardo, la renta, lejos de ser la consecuencia de la capacidad productiva natural inherente al suelo, es más bien una consecuencia de la improductividad cada vez mayor del suelo, consecuencia de la civilización y del aumento de la población. Mientras el suelo más fértil está aún disponible en cantidad ilimitada, no hay todavía, según él, renta alguna. La renta está determinada, pues, por la relación de la población con las tierras disponibles. La doctrina de Ricardo, que sirve de base teórica a toda la Anti-Corn-Law League en Inglaterra y al movimiento contra las rentas en los Estados libres de Norteamérica,[^22] tenía que ser falseada por el señor List —suponiendo que la conociera por algo más que de oídas— ya solo porque demuestra hasta qué punto los «ciudadanos libres, poderosos y ricos» (p. LXVI) están dispuestos a trabajar «con afán» en la «renta de la tierra» y a llevarles (a los propietarios de la tierra) la miel de la colmena (p. LXIV). La doctrina ricardiana de la renta de la tierra no es más que la expresión económica de una lucha a vida o muerte del burgués industrial contra el propietario de la tierra. El señor List nos sigue instruyendo sobre Ricardo:

> «Actualmente la teoría del valor de cambio ha caído en tal impotencia..., que Ricardo... pudo decir: determinar las leyes según las cuales el producto de la tierra se reparte entre los propietarios de la tierra, los arrendatarios y los trabajadores es la tarea principal de la economía (política).» p. 493.

Las observaciones necesarias al respecto, en el lugar oportuno.

El colmo de la infamia lo alcanza el señor List en su juicio sobre Sismondi:

*List*

> «Él» (Sismondi) «quiere, por ejemplo, que se le pongan freno y bocado al espíritu de invención.» p. XXIX.

*Sismondi*

> «No es contra las máquinas, ni contra los descubrimientos, ni contra la civilización contra lo que van dirigidas mis objeciones; lo van contra la *organización moderna de la sociedad*. Organización que, a la vez que despoja al hombre del trabajo de toda otra propiedad que no sea la de sus brazos, no le da ninguna garantía contra una competencia de la que será víctima necesaria. Supongamos a todos los hombres participando por igual entre sí en el producto del trabajo al que han concurrido, y todo descubrimiento en las artes será entonces, en todos los casos posibles, un beneficio para todos ellos.» *Nouveaux principes d'économie politique* [*Nuevos principios de economía política*], París, 1827, t. II, p. 433.

Si el señor List hace sospechosos moralmente a Smith y a Say, la teoría del señor Sismondi solo sabe explicársela por sus defectos *corporales*. Dice:

> «El señor de Sismondi ve con el ojo corporal todo lo rojo negro; del mismo defecto parece adolecer su mirada espiritual en materia de economía política.» p. XXIX.

Para apreciar toda la bajeza de esta expectoración hay que conocer el lugar de donde el señor List ha sacado su noticia. Sismondi, en sus *Études sur l'économie politique* [*Estudios sobre la economía política*], dice, cuando habla de la desolación de la campiña romana: «Los ricos matices de la campiña romana... desaparecen incluso por completo a nuestros ojos, para los que el rayo rojo no existe.» p. 8 (reimpresión de Bruselas, 1838, t. I[^23]). Lo explica diciendo que «el encanto que seduce en Roma a todos los demás viajeros» está destruido para él, y que por eso tiene «un ojo tanto más abierto para la situación real y lamentable de los habitantes de la campiña».

Si el señor de Sismondi no veía los matices de rojo celestial que iluminan mágicamente toda la industria para el señor List, veía en cambio el *gallo rojo*[^24] sobre los tejados (frontones) de esas fábricas. Más adelante tendremos ocasión de (examinar) el juicio de List según el cual los «escritos del señor de Sismondi en lo que respecta al comercio internacional y a la política comercial» serían «del todo carentes de valor» (p. XXIX).

Si el señor List explica el sistema de Smith por su afán personal de gloria (p. 476) y por un oculto espíritu tendero inglés, y el sistema de Say por la sed de venganza y como un negocio, en el caso de Sismondi se rebaja hasta el punto de explicar su sistema por defectos de su constitución corporal.

### 4. La originalidad del señor List

Es sumamente característico del señor List que, pese a toda su fanfarronería, no presente *una sola tesis* que no hubieran formulado mucho antes que él, no solo los defensores del sistema prohibitivo, sino incluso los escritores de la «escuela» inventada por el señor List —si Adam Smith es el punto de partida teórico de la economía política, su punto de partida real, su escuela real, es la «sociedad burguesa», cuyas diversas fases de desarrollo pueden seguirse con exactitud en la economía política—. Solo las ilusiones y las frases (el lenguaje) idealizantes pertenecen al señor List.

Consideramos importante demostrárselo al lector en detalle, y tenemos que reclamar su atención para este trabajo aburrido. Sacará de él la convicción de que el burgués alemán llega *post festum*, de que le es tan imposible llevar más lejos la economía política, agotada por los ingleses y los franceses, como les sería a ellos aportar todavía algo nuevo al movimiento de la filosofía en Alemania. El burgués alemán ya solo puede añadir sus ilusiones y sus frases a la realidad francesa e inglesa. Pero por poco posible que le sea dar a la economía política un nuevo desarrollo, aún más imposible le es llevar más lejos la industria en la práctica, el desarrollo de hasta ahora, casi agotado, sobre los fundamentos de la sociedad de hasta ahora.

5. Limitamos, pues, nuestra crítica a la parte teórica del libro de List, y aun solo a sus descubrimientos principales.

¿Qué tesis principales tiene que demostrar el señor List? Preguntemos por el fin que quiere alcanzar.

1) El burgués quiere aranceles protectores del Estado para apoderarse del poder del Estado y de la riqueza. Pero como no tiene, como en Inglaterra y en Francia, la voluntad del Estado a su disposición, y por tanto no puede dirigirla arbitrariamente según su voluntad, sino que tiene que recurrir a los ruegos, tiene que presentar al Estado, cuyo modo de obrar (actividad) quiere regular según sus intereses, tiene que presentar su exigencia al Estado como una concesión que él hace al Estado al pedirle concesiones. Hace, pues, que el señor List demuestre al Estado que su teoría se distingue de todas las demás en que permite al Estado intervenir en la industria y regularla, en que tiene la más alta opinión de la perspicacia económica del Estado y solo le pide que dé libre curso a su sabiduría, con la reserva, naturalmente, de que esa sabiduría se limite a conceder aranceles protectores «vigorosos». Su exigencia de que el Estado obre conforme a su interés la presenta como un reconocimiento del Estado, como el reconocimiento de que el Estado tiene derecho a inmiscuirse en el mundo de la sociedad burguesa.

2) El burgués quiere hacerse rico, hacer dinero; pero al mismo tiempo tiene que ponerse de acuerdo con el idealismo de hasta ahora del público alemán y con su propia conciencia. Demuestra, pues, que no persigue los bienes materiales, ajenos al espíritu, sino un *ser espiritual*, la infinita *fuerza productiva*, en lugar del malo y finito *valor de cambio*. Ese ser espiritual trae consigo, ciertamente, la circunstancia de que el «burgués» se llena en esta ocasión los bolsillos de valores de cambio mundanos. Y como el burgués piensa enriquecerse principalmente con los «aranceles protectores», y los aranceles protectores solo pueden enriquecerlo en la medida en que ya no son los ingleses, sino el propio burgués alemán quien *explota a sus compatriotas*, e incluso los explota *más* de lo que eran explotados desde fuera; como los aranceles protectores exigen un sacrificio de valores de cambio por parte de los consumidores (sobre todo de los obreros, que han de ser desplazados por las máquinas, y de todos los que perciben una renta fija, como los funcionarios, los rentistas del suelo, etc.), el burgués industrial tiene que demostrar que, lejos de andar a la caza de bienes materiales, no quiere otra cosa que el sacrificio de valores de cambio, de bienes materiales, por un ser espiritual. En el fondo se trata, pues, solo de *abnegación*, de *ascetismo*, de *grandeza de alma* cristiana. Es pura casualidad que A haga el sacrificio y B se meta el sacrificio en el bolsillo. El burgués alemán es demasiado desinteresado para pensar en su provecho privado, que casualmente resulta ir unido al sacrificio. Pero si resultara que una clase, cuyo permiso cree necesitar el burgués alemán para su emancipación, no puede coexistir con aquella teoría espiritual, entonces hay que abandonarla aquí y, en oposición a la escuela, hacer valer precisamente la teoría de los valores de cambio.

3) Como todo el deseo de la burguesía se reduce *in nuce* a llevar el sistema fabril a un florecimiento «inglés» y a hacer del industrialismo el regulador de la sociedad, es decir, a producir la desorganización de la sociedad, el burgués tiene que demostrar que solo le importa la armonía de toda la producción social, la organización social. El comercio exterior lo limita con aranceles protectores; la agricultura, afirma, alcanza rápidamente su máximo florecimiento gracias a la manufactura. La organización de la sociedad se resume, pues, en las fábricas. Ellas son las organizadoras de la sociedad, y el régimen de la competencia que implantan es la más hermosa confederación de la sociedad. La organización de la sociedad que crea el sistema fabril es la *verdadera organización de la sociedad*.

Ciertamente, la burguesía tiene razón cuando concibe en general sus intereses como idénticos, del mismo modo que el *lobo*, como *lobo*, tiene un interés idéntico (el mismo) que sus compañeros lobos, por mucho que a cada uno le interese ser él, y no el otro, quien se arroje sobre la presa.

6) Es característico, por último, de la teoría del señor List, como de toda la burguesía alemana, que para defender sus deseos de explotación se vea obligada en todas partes a refugiarse en frases «socialistas», es decir, a aferrarse por la fuerza a un engaño refutado hace tiempo. Mostraremos en algunos lugares que las frases del señor List, si se sacan sus consecuencias, son *comunistas*. Desde luego, estamos muy lejos de reprochar el comunismo a un señor List y a su burguesía alemana, pero esto nos ofrece la nueva prueba de la debilidad interna, la mentira y la infame hipocresía del burgués «bonachón», «idealista». Nos ofrece la prueba de que el idealismo, en su práctica, no es otra cosa que el engaño sin conciencia y sin pensamiento de un materialismo repugnante. Es característico, en fin, que la burguesía alemana *empiece* con la mentira con que la francesa y la inglesa *terminan*, después de haber llegado a la situación de tener que hacer su apología, de tener que justificar su existencia.

7) Como el señor List distingue la economía política anterior, supuestamente cosmopolita, de la suya, nacional y política, en que la una se funda en los valores de cambio y la otra en las fuerzas productivas, tenemos que empezar por esta doctrina. Y como, además, la confederación de las fuerzas productivas ha de representar a la nación en su unidad, tenemos que examinar también esta doctrina antes de aquella distinción. Estas dos doctrinas forman el fundamento *real* de la economía nacional, distinta de la economía política.

Al señor List no debe ocurrírsele en ninguna parte que la organización real de la sociedad es un materialismo sin espíritu, un espiritualismo individual, un individualismo. No puede ocurrírsele en ninguna parte que los economistas no han hecho más que dar a ese estado social la expresión teórica que le corresponde. De lo contrario tendría que volverse contra la *organización de la sociedad* actual, en lugar de contra los economistas. Les acusa de no haber encontrado una expresión embellecedora para una realidad desoladora. Quiere, pues, dejar esa realidad en todas partes tal como es y cambiar solo la expresión. No critica en ninguna parte la sociedad real; como buen alemán, critica la expresión teórica de esa sociedad y le reprocha que exprese la cosa y no la imaginación de la cosa.

La fábrica se ha convertido en una diosa, la de la fuerza manufacturera.

El fabricante es el sacerdote de esa fuerza.

## II. La teoría de las fuerzas productivas y la teoría de los valores de cambio

1) La doctrina del señor List sobre las «fuerzas productivas» se limita a las siguientes tesis principales:

a) «Las *causas* de la riqueza son algo completamente distinto de la riqueza misma»; «la fuerza de crear riquezas es infinitamente más importante que la riqueza misma» (p. 201).

b) List está muy lejos de rechazar la teoría de la economía cosmopolita; solo opina que también la economía política tiene que desarrollarse científicamente (cf. p. 187).

c) «¿Cuál es, pues, la causa del trabajo?» — «¿Qué es lo que mueve a producir a esas cabezas, a esos brazos y a esas manos, y qué da eficacia a esos esfuerzos? ¿Qué otra cosa puede ser sino el *espíritu* que anima a los individuos, el orden social que fecunda su actividad, las fuerzas naturales de cuyo empleo disponen?» (p. 205).

6)[^25] Smith «se extravió al explicar las fuerzas espirituales a partir de las relaciones materiales» (p. 207).

7) «Aquella ciencia que enseña cómo se despiertan y se cultivan las fuerzas *productivas* y cómo se sofocan o se aniquilan» (ibid.).

8) Ejemplo de los dos padres de familia, religión cristiana, monogamia, etc. (cf. p. 208-209).

9) «Se pueden establecer los conceptos de valor y capital, beneficio, salario, renta de la tierra, descomponerlos en sus elementos, especular sobre lo que puede influir en su subida y su bajada, etc., sin tener en cuenta para ello las relaciones políticas de las naciones» (p. 211).

Transición a

10) Manufacturas y fábricas, madres e hijas de la libertad burguesa (cf. p. 212).

11) Teoría de las clases productivas e improductivas. Las primeras «producen valores de cambio, estas producen fuerzas productivas...» (p. 215).

12) El comercio exterior no debe juzgarse solo según la teoría de los valores (cf. p. 216).

13) «La nación tiene que sacrificar fuerzas [...] materiales [...] para adquirir fuerzas espirituales o sociales» (ibid.). Aranceles protectores para implantar la fuerza manufacturera (cf. p. 217).

14) «Por tanto, si con los aranceles protectores se hace un sacrificio de *valores*, este se compensa con la adquisición de fuerzas productivas que aseguran a la nación no solo una suma infinitamente mayor de bienes materiales para el futuro, sino también la independencia industrial en caso de guerra» (ibid.).

15) «En todos estos aspectos, sin embargo, lo más depende del estado de la sociedad en que se ha formado el individuo, de si florecen las artes y las ciencias...» p. 206.

2) El señor List está tan preso de los prejuicios económicos de la vieja economía —más preso, como veremos, que los demás economistas de la escuela— que para él «bienes materiales» y «valores de cambio» coinciden por completo. Pero el valor de cambio es completamente independiente de la naturaleza específica de los «bienes materiales». Es independiente tanto de la calidad como de la cantidad de los bienes materiales. El valor de cambio baja cuando aumenta la cantidad de los bienes materiales, aunque estos sigan teniendo, antes como después, la misma relación con las necesidades humanas. El valor de cambio no está ligado a la calidad. Las cosas más útiles, como el saber, carecen de valor de cambio. El señor List habría tenido que comprender, pues, que la transformación de los bienes materiales en valores de cambio es obra del orden social existente, de la sociedad de la propiedad privada desarrollada. La *superación del valor de cambio* es la *superación de la propiedad privada* y de la *adquisición privada*.[^26] El señor List, en cambio, es tan ingenuo que admite que con la teoría de los valores de cambio se pueden «establecer los conceptos de valor y capital, beneficio, salario, renta de la tierra, descomponerlos en sus elementos, especular sobre lo que puede influir en su subida y su bajada, etc., sin tener en cuenta para ello las relaciones políticas de las naciones», p. 211.

Así pues, todo esto se puede «establecer» sin tener en cuenta la «teoría de las fuerzas productivas» ni las «relaciones políticas de las naciones». ¿Qué se establece con ello? La realidad. ¿Qué se establece, por ejemplo, con el salario? La vida de los obreros. Se establece además con ello que el obrero es el esclavo del capital, que es una «mercancía», un valor de cambio cuyo nivel más alto o más bajo, cuya subida o bajada, depende de la competencia, de la oferta y la demanda; se establece con ello que su actividad no es una libre manifestación de su vida humana, que es más bien una venta en almoneda de sus fuerzas, una enajenación (venta en almoneda) de sus capacidades unilaterales al capital; en una palabra, que es «*trabajo*». Olvídese ahora.[^27] El «*trabajo*» es el fundamento vivo de la propiedad privada, la propiedad privada como fuente creadora de sí misma. La propiedad privada no es otra cosa que el trabajo *objetivado*. No solo la propiedad privada como *estado de cosas*: hay que atacar a la propiedad privada como *actividad*, como *trabajo*, si se le quiere asestar el golpe de muerte. Es uno de los mayores malentendidos hablar de trabajo libre, humano, social, de trabajo sin propiedad privada. El «*trabajo*» es por su esencia la actividad no libre, inhumana, no social, condicionada por la propiedad privada y creadora de la propiedad privada. La superación de la propiedad privada solo se convierte, pues, en una realidad cuando se la concibe como superación del «trabajo», una superación que naturalmente solo ha sido posible gracias al trabajo mismo, es decir, gracias a la actividad material de la sociedad, y que en modo alguno debe concebirse como la sustitución de una categoría por otra. Una «organización del trabajo»[^28] es, por tanto, una contradicción. *La* mejor organización que puede recibir el trabajo es la organización actual, la libre competencia, la disolución de todas sus organizaciones anteriores, aparentemente «sociales».

Así pues, si el salario puede «establecerse» según la teoría de los valores, si con ello se «establece» que el hombre mismo es un valor de cambio, que la inmensa mayoría de las naciones es una *mercancía* que puede determinarse sin tener en cuenta las «relaciones políticas de las naciones», ¿qué prueba esto sino que esa inmensa mayoría de las naciones no tiene que tener en cuenta las «relaciones políticas», que estas son para ella una pura *ilusión*; que una doctrina que en la realidad desciende a ese sucio materialismo de convertir a la mayoría de las naciones en «mercancía», en «valor de cambio», y de someterla a las relaciones completamente materiales del valor de cambio, es una hipocresía infame y un embellecimiento idealista (un camelo) cuando, frente a otras naciones, mira con desprecio el mal «materialismo» de los «valores de cambio» y pretende que solo le importan las «fuerzas productivas»? Y si, además, la relación del capital, de la renta de la tierra, etc., puede «establecerse» sin tener en cuenta las «relaciones políticas» de las naciones, ¿qué prueba esto sino que el capitalista industrial y el rentista del suelo se determinan en sus actos, en su vida real, por el beneficio, por los valores de cambio, y no por la consideración «de las relaciones políticas» y de las «fuerzas productivas», y que su cháchara sobre la civilización y las fuerzas productivas no es más que un embellecimiento de tendencias estrechamente egoístas?

El burgués dice: hacia dentro, naturalmente, no hay que menoscabar en nada la teoría de los valores de cambio; la mayoría de la nación debe seguir siendo un mero «valor de cambio», una «mercancía», una mercancía que tiene que colocarse ella misma, que no es vendida, sino que se vende a sí misma. Frente a vosotros, proletarios, e incluso entre nosotros mismos, nos consideramos recíprocamente valores de cambio, rige la ley del *chalaneo* general. Pero frente a las demás naciones tenemos que interrumpir esa ley. No podemos malvendernos como nación a otras. Ahora bien, como la mayoría de las naciones ha caído, «sin consideración» a las «relaciones políticas de las naciones», bajo las leyes del chalaneo, aquella tesis no tiene otro sentido que este: nosotros, burgueses alemanes, no queremos ser explotados por los burgueses ingleses de la manera en que vosotros, proletarios alemanes, sois explotados por nosotros y en que nosotros nos explotamos recíprocamente unos a otros. No queremos entregarnos a las mismas leyes del valor de cambio a las que os entregamos a vosotros. Hacia fuera ya no queremos reconocer las leyes económicas que reconocemos hacia dentro. ¿Qué quiere, pues, el filisteo alemán? Quiere ser hacia dentro *burgués*, explotador, pero no quiere ser explotado hacia fuera. Se hincha hacia fuera hasta convertirse en «nación» y dice: no me someto a las leyes de la competencia, eso va contra mi dignidad nacional; como nación, soy un ser por encima del chalaneo.

La nacionalidad del obrero no es francesa, ni inglesa, ni alemana: es el *trabajo*, la *esclavitud libre*, la *venta de sí mismo*. Su gobierno no es francés, ni inglés, ni alemán: es el *capital*. Su aire natal no es el aire francés, ni el alemán, ni el inglés: es el *aire de la fábrica*. El suelo que le pertenece no es el suelo francés, ni el inglés, ni el alemán: está unos cuantos pies *bajo tierra*.

Hacia dentro, el dinero es la patria del industrial. ¿Así que el filisteo alemán quiere que las leyes de la competencia, del valor de cambio, del chalaneo, pierdan su poder en las barreras aduaneras de su país? ¿Quiere reconocer el poder de la sociedad burguesa solo en la medida en que está *en su interés*, en el interés de su clase? ¿No quiere caer víctima de un poder al que quiere *sacrificar* a otros y al que él mismo se sacrifica dentro de su país? ¿Quiere mostrarse hacia fuera, y ser tratado, como un ser distinto del que es hacia dentro y como actúa él mismo? ¿Quiere dejar subsistir la *causa* y suprimir uno de sus *efectos*? Le demostraremos que la venta de sí mismo hacia dentro tiene por consecuencia necesaria la venta hacia fuera; que la competencia, que hacia dentro es su poder, no puede impedir convertirse hacia fuera en su impotencia; que el Estado, al que hacia dentro somete a la sociedad burguesa, no puede protegerlo hacia fuera de la acción de la sociedad burguesa. Por mucho que cada burgués luche contra los demás, la burguesía tiene, como *clase*, un interés común, y esta comunidad, del mismo modo que hacia dentro está vuelta contra el proletariado, hacia fuera está vuelta contra los burgueses de otras naciones. A esto llama el burgués su *nacionalidad*.

2) Es posible, desde luego, considerar la industria desde un punto de vista completamente distinto del punto de vista del sucio interés mercantil, bajo el cual la consideran hoy recíprocamente no solo el comerciante y el fabricante individuales, sino las naciones fabricantes y comerciantes. Se la puede considerar como el gran taller en el que el hombre se apropia por primera vez de sí mismo, de sus propias fuerzas y de las fuerzas de la naturaleza, se objetiva, se ha creado las condiciones para una vida humana. Si se la considera así, se *abstrae* de las *circunstancias* dentro de las cuales actúa hoy la industria, dentro de las cuales existe *como industria*; uno *no* está en la época industrial, sino *por encima* de ella; no la considera por lo que hoy es para el *hombre*, sino por lo que el hombre de hoy es para la *historia humana*, por lo que es históricamente; no reconoce la *industria* como tal, su *existencia* actual, sino que reconoce más bien en ella el poder que yace en ella sin su conciencia y contra su voluntad, el poder que la *aniquila* y que forma la base para una existencia *humana*. (Que cada pueblo haya de recorrer en sí mismo este desarrollo sería una opinión tan necia como que cada pueblo tuviera que recorrer el desarrollo político de Francia o el desarrollo filosófico de Alemania. Lo que las naciones han hecho como naciones lo han hecho para la sociedad humana; todo su valor consiste solo en que cada una (cada nación) ha recorrido para las demás una determinación principal (un punto de vista principal) dentro de la cual la humanidad ha recorrido su desarrollo; y una vez elaboradas la industria en Inglaterra, la política en Francia y la filosofía en Alemania, están elaboradas para el mundo, y su significado histórico-universal, como el de las naciones, ha terminado con ello.) El reconocimiento es entonces, al mismo tiempo, la comprensión de que ha llegado su hora de ser abolida, o de suprimir las condiciones materiales y sociales dentro de las cuales la humanidad tuvo que desarrollar sus capacidades como un esclavo. Pues en cuanto se ve en la industria no ya el interés mercantil, sino el desarrollo del hombre, se hace del hombre, en lugar del interés mercantil, el principio, y se da a lo que en la industria solo podía desarrollarse en contradicción con ella misma la base que está en armonía con lo que ha de desarrollarse. Pero el miserable que se queda parado en el estado actual, que solo quiere elevarlo a una altura que aún no ha alcanzado en su propio país, y que mira con... envidia a otra nación que la ha alcanzado, ¿tiene ese miserable derecho a ver en la industria algo distinto del interés mercantil? ¿Puede decir que solo le importan el desarrollo de las capacidades humanas y la apropiación humana de las fuerzas de la naturaleza? Es la misma *vileza* que si el capataz de esclavos se jactara de blandir el látigo sobre sus esclavos para que el esclavo tenga el placer de ejercitar su *fuerza muscular*. El filisteo alemán es el capataz de esclavos que blande el látigo de los aranceles protectores para dar a su nación el espíritu de la «educación industrial» y enseñarle a jugar con sus fuerzas musculares. La escuela *sansimoniana*[^29] nos ha dado un ejemplo instructivo de adónde conduce atribuir a la industria actual el mérito del *poder productivo* que la industria crea contra su voluntad e inconscientemente, y confundir ambas cosas, la *industria* y los *poderes* que la *industria* llama a la vida inconsciente e involuntariamente, pero que solo se convierten en poderes humanos, en poder del hombre, en cuanto se suprime la industria. Es el mismo absurdo que si el burgués quisiera atribuirse el mérito de que *su* industria crea el proletariado y, en el proletariado, el poder de un nuevo orden del mundo. Los poderes naturales y sociales que la industria conjura (llama) a la vida están exactamente en la misma relación con ella que el proletariado. Hoy son todavía sus esclavos, en los que él no ve más que portadores (instrumentos) de su codicia interesada (sucia) de beneficio; mañana rompen sus cadenas y se muestran como portadores de un desarrollo humano que lo hace saltar por los aires a él con su industria, la cual solo había adoptado la sucia envoltura que él tomaba por su esencia, hasta que el núcleo humano hubo ganado bastante fuerza para romperla y aparecer en su propia figura; mañana rompen las cadenas con que él (el burgués) los separa del hombre y con las que así los transforma (caricaturiza), de un vínculo social real, en cadenas de la sociedad.

La escuela sansimoniana celebró en ditirambos el poder productivo de la industria. Confundió los poderes que la industria llama a la vida con la industria, es decir, con las condiciones de vida actuales de esos poderes. Desde luego, estamos muy lejos de poner a los sansimonianos al mismo nivel que un hombre como List o que el filisteo alemán. El primer paso para romper el hechizo industrial fue abstraer de las condiciones, de las cadenas de dinero en que hoy actúan sus poderes, y considerarlos por sí mismos. Fue el primer llamamiento a los hombres para que emanciparan su industria del chalaneo y concibieran la industria actual como una época de tránsito. Los sansimonianos tampoco se *quedaron* en esta interpretación. Pasaron a atacar el valor de cambio, la organización de la sociedad actual, la propiedad privada. Pusieron la asociación en lugar de la competencia. Pero el error originario se vengó de ellos. No solo aquella confusión los arrastró a la ilusión de ver un sacerdote en el sucio burgués, sino que, tras las primeras luchas exteriores, recayeron en la vieja confusión (ilusión), pero ahora hipócritamente, cuando precisamente en la lucha se había revelado la oposición de los dos poderes que habían confundido. Su celebración de las fuerzas productivas de la industria se había convertido en celebración de la burguesía, y el señor Michel Chevalier, el señor Duvergier y el señor Dunoyer[^30] se han clavado a sí mismos y a él[^31] en la picota ante toda Europa —donde los huevos podridos que la historia les arroja a la cara se transforman todavía, por la magia de la burguesía, en huevos de oro—: el primero conservando las viejas frases, pero dándoles el contenido del régimen burgués actual; el segundo dedicándose él mismo al chalaneo en gran escala y presidiendo la venta en almoneda de los periódicos franceses; el tercero, en fin, convertido en el apologista más furioso del estado actual de cosas, que supera en desvergüenza (inhumanidad) a todos los economistas ingleses y franceses anteriores. El burgués alemán y el señor List empiezan por donde terminó la escuela sansimoniana: por la *hipocresía*, el *engaño* y las *frases*.

3) La tiranía industrial de Inglaterra sobre el mundo es el dominio de la industria sobre el mundo. Inglaterra nos domina porque la industria nos domina. Solo podemos liberarnos de Inglaterra hacia fuera si nos liberamos de la industria hacia dentro. Solo podemos matar su dominio competitivo si superamos la competencia dentro de nuestras fronteras. Inglaterra es poderosa sobre nosotros porque hemos hecho de la industria un poder sobre nosotros. Que el orden social industrial es el mejor de los mundos para el burgués, el orden más adecuado para desarrollar sus «capacidades» de burgués y la capacidad de explotar a los hombres y a la naturaleza, ¿quién negará esta *tautología*? Que todo lo que hoy se llama «virtud», virtud individual o social, redunda en beneficio del burgués, ¿quién lo niega? ¡Quién niega que el poder político es un medio de su riqueza, que incluso la ciencia y los goces del espíritu son sus esclavos! ¿Quién lo niega? ¿Que para él todo es excelente...? ¿Que todo se le ha convertido en medio de riqueza, en una «fuerza productiva de la riqueza»?

4) La economía actual parte del estado social de la competencia. Su principio es el trabajo libre, es decir, la esclavitud indirecta, que se ofrece en venta a sí misma. Sus primeras tesis son la división del trabajo y la máquina. Pero estas solo pueden llevarse a su máximo despliegue en las fábricas, como reconoce la propia economía actual. La economía política actual parte, pues, de las fábricas como de su principio creador. Presupone el estado social actual. No necesita, por tanto, extenderse en prolijidades sobre la fuerza manufacturera.

Si la escuela no ha dado a la teoría de las fuerzas productivas, *junto a* la teoría de los valores de cambio y *separada* de ella, ningún «*desarrollo científico*», es porque semejante separación es una abstracción arbitraria, porque es imposible y tiene que quedarse en frases generales.

5) «Las causas de la riqueza son algo completamente distinto de la riqueza misma. La fuerza de crear riquezas es infinitamente más importante que la riqueza misma» (p. 201). La fuerza productiva aparece como un ser infinitamente más elevado que el valor de cambio. La fuerza reclama para sí el lugar de la esencia interior; el valor de cambio, el de la apariencia engañosa. La fuerza aparece como infinita; el valor de cambio, como finito; aquella como inmaterial, este como material; y todas estas oposiciones las encontramos en el señor List. En el mundo material de los valores de cambio entra, pues, el mundo suprasensible de las fuerzas. Si la bajeza de que una nación se sacrifique por valores de cambio, el sacrificio de hombres por cosas, salta a la vista, las fuerzas, en cambio, parecen ser seres espirituales independientes —fantasmas— y puras personificaciones, divinidades; ¿y no se le puede exigir al pueblo alemán que sacrifique los malos valores de cambio por fantasmas? Un valor de cambio, el dinero, parece ser siempre un fin exterior, pero la fuerza productiva un fin que brota de mi propia naturaleza, un fin en sí mismo. Lo que sacrifico en valores de cambio es, pues, algo exterior a mí; lo que gano en fuerzas productivas es la ganancia de mí mismo. Así *parece* cuando uno se conforma con la palabra o, como alemán idealizante, no se preocupa de la sucia realidad que hay detrás de esa palabra altisonante.

Para destruir el brillo místico que transfigura la «*fuerza productiva*» basta con abrir la primera estadística que se tenga a mano. En ella se habla de fuerza hidráulica, de fuerza del vapor, de fuerza humana, de fuerza de caballos. Todas ellas son «fuerzas productivas». ¿Es un gran reconocimiento del hombre que figure como «fuerza» junto al caballo, el vapor y el agua? En el sistema actual, si una espalda encorvada, una dislocación de los huesos, una formación unilateral y un desarrollo de la fuerza de ciertos músculos, etc., te hacen más productivo (más apto para el trabajo), tu espalda encorvada, tu dislocación de los miembros, tu movimiento muscular unilateral son una fuerza productiva. Si tu falta de espíritu es más productiva que tu rica actividad espiritual, tu falta de espíritu es una fuerza productiva, etc., etc. Si una ocupación monótona te hace más apto para esa misma ocupación, la monotonía es una fuerza productiva.

¿Le importa acaso al burgués, al fabricante, que el obrero desarrolle todas sus capacidades, que ejerza su capacidad de producción, que se ejerza humanamente a sí mismo y que con ello ejerza al mismo tiempo lo humano? Dejamos que responda a esto el *Píndaro*[^32] inglés del sistema manufacturero, el señor Ure:[^33]

> «El fin constante y la tendencia de todo perfeccionamiento en el mecanismo es, en realidad, hacer del todo superfluo el trabajo del hombre o reducir su precio, sustituyendo la industria del obrero adulto por la industria de las mujeres y los niños, o el trabajo del artesano hábil por el de obreros toscos (torpes).» (*Philosophie des manufactures*, etc., París, 1836, t. I, p. 34.) «La debilidad de la naturaleza humana es tan grande que el obrero, cuanto más hábil es, tanto más obstinado e intratable se vuelve y, en consecuencia, menos apto es para un sistema *mecánico*… El gran objetivo del fabricante moderno es, por tanto, reducir, mediante la combinación de la ciencia con sus capitales, la tarea de sus obreros al ejercicio de la vigilancia, etc.» *l. c.*, t. I, p. 30.

### Fuerza, fuerza productiva, causas

«Las causas de la riqueza son algo completamente distinto de la riqueza misma» (List, p. 201). Pero si el efecto es distinto de la causa, ¿no tiene que estar ya contenido en la causa el carácter del efecto? La causa misma tiene que llevar ya la determinación que el efecto muestra después. La filosofía del señor List llega hasta saber que causa y efecto son «algo completamente distinto». ¡Hermoso reconocimiento del hombre, que (quiere) rebajarlo a una «*fuerza*» de crear riqueza! El burgués no ve en el proletario al *hombre*, sino la *fuerza* de crear riqueza, una fuerza que puede comparar luego con otras fuerzas productivas, con el animal, con la máquina, y, según que la comparación le resulte desfavorable, la fuerza[^34] cuyo portador es un hombre tendrá que dejar sitio a la fuerza cuyo portador es un animal o una máquina, y entonces aquel gozará (poseerá) siempre del honor de figurar como «fuerza productiva».

Si designo al hombre como «valor de cambio», en la expresión misma está ya que las condiciones sociales lo han transformado en una «cosa». Si lo trato (como) «fuerza productiva», pongo en el lugar del sujeto real otro sujeto, le sustituyo por otra persona: ya solo existe como causa de la riqueza.

Toda la sociedad humana se convierte solo en una máquina para crear riqueza. La causa no es en modo alguno más elevada que el *efecto*. El efecto no es más que la causa abiertamente *declarada*.

List hace como si en todas partes le importaran las fuerzas productivas por sí mismas, prescindiendo de los malos valores de cambio.

Una aclaración sobre la esencia de las «fuerzas productivas» actuales la obtenemos ya por el hecho de que, en el estado actual, la fuerza productiva no consiste solo en hacer, por ejemplo, más eficaz el trabajo del hombre o más fecundas las fuerzas naturales y sociales, sino que consiste igualmente en hacer el trabajo más barato o *más improductivo* para el obrero. La fuerza productiva está, pues, determinada de antemano por el valor de cambio. Es igualmente un aumento d[el] [...][^35]

## (III. Fragmentos del capítulo III)

### Sobre problemas de la renta de la tierra

[...] [22][^36] desaparece la renta de la tierra. Estos precios más altos del grano tienen que deducirse de los beneficios de los señores industriales —Ricardo es lo bastante razonable para suponer que el salario no puede rebajarse más—. La consiguiente disminución de los beneficios y el aumento del salario —puesto que el obrero tiene que consumir siempre una cierta porción de grano, por caro que esté; su salario nominal crece, por tanto, con la subida del precio del grano, sin crecer *realiter*, e incluso cuando *realiter* disminuye—, a causa de la subida de los precios del grano, elevan los costes de producción de los industriales, les dificultan (con ello) la acumulación y la competencia; en una palabra, paralizan la *fuerza productiva* del país. El mal valor de cambio que, en la renta de la tierra, va a parar a los bolsillos de la propiedad de la tierra con el mayor perjuicio (y sin *utilidad alguna*) para la fuerza productiva del país tiene que ser, pues, *sacrificado* al bien general de una u otra manera: libre comercio de granos, traslado de todos los impuestos a la renta de la tierra, o incluso apropiación formal de la renta de la tierra, es decir, de la propiedad de la tierra, por el Estado (esta consecuencia la han sacado, entre otros, Mill, Hilditch y Cherbuliez).[^37]

Naturalmente, el señor List no podía comunicar a la nobleza terrateniente alemana esta consecuencia aterradora de la fuerza productiva manufacturera para la propiedad de la tierra. Por eso insulta a Ricardo, que ha revelado verdades tan desagradables, le pone en la boca la opinión contraria, la de los fisiócratas, según la cual la renta de la tierra no es más que una prueba de la fuerza productiva natural del suelo, y lo falsea.

*List*

> «En general, la escuela, desde A. Smith, ha sido desafortunada en sus investigaciones sobre la naturaleza de la renta. Ricardo, y después de él Mill, MacCulloch y otros, son de la opinión de que la renta (se) paga por la *capacidad productiva natural* inherente a las fincas; el primero ha fundado todo un sistema sobre esta opinión. Pero como solo tenía a la vista la situación inglesa, cayó en la opinión errónea de que esos campos y prados ingleses, por cuya supuesta fertilidad natural se pagan hoy tan hermosas rentas, habían sido en todo tiempo los mismos campos y prados» (p. 360).

*Ricardo*

> «Si el excedente de producto que forma la renta de la tierra fuera una ventaja, sería de desear que todos los años las máquinas recién construidas fueran *menos productivas* que las antiguas; esto daría a las mercancías producidas un mayor valor en todo el país; se pagaría una renta a todos los que poseyeran las máquinas más productivas.» (*Des principes de l'économie politique*, etc., París, 1835, t. I, p. 770.)

> «La riqueza del país crece allí donde, mediante *mejoras* en la agricultura, se pueden aumentar los productos sin un aumento proporcional del trabajo, y donde, por tanto, la renta de la tierra solo aumenta poco a poco.» (Ibid., p. 81-82.)

Así pues, frente a una alta nobleza, el señor List no se atreve a mantener el juego de sombras de las «fuerzas productivas». Quiere atraerla con «valores de cambio», y por eso escupe su bilis sobre la esc[uela de] Ricardo, que no juzga la renta de la tierra desde el punto de vista de la fuerza productiva, ni esta desde el punto de vista de la gran industria fabril moderna. El señor List es así un doble mentiroso. No debemos, sin embargo, ser injustos con el señor List en este punto. En una gran fábrica de Wurtemberg (si no nos equivocamos, Köchlin) participa con una gran suma el propio rey de los wurtembergueses.[^38] Sobre todo en las fábricas de Wurtemberg, y más o menos también en las de Baden, la nobleza terrateniente se ha hecho partícipe en gran medida mediante acciones. Aquí, pues, la nobleza no participa monetariamente en la «fuerza manufacturera» como propietaria de la tierra, sino como burgués y fabricante ella misma, y [...] [...][^39] [24] [fuerzas produc]tivas» y la «continuación de la obra y la continuidad» de toda una generación —el comunista encubierto List enseña también esto—, y que por tanto pertenece por herencia a la generación *y no* a los señores industriales. (Véase, por ejemplo, Bray.)[^40] La alta renta de la tierra en Inglaterra solo se ha asegurado a los *landlords* (propietarios) mediante la ruina de los arrendatarios y la reducción de los jornaleros agrícolas a una miseria irlandesa (verdaderos mendigos). Todo esto a pesar de las leyes de cereales. Sin contar con que incluso los rentistas del suelo se vieron a menudo obligados a perdonar a los arrendatarios un tercio, la mitad de la renta. Desde 1815 se han aprobado tres leyes de cereales distintas para levantar y alentar a los arrendatarios.[^41] Durante este periodo hubo cinco comisiones parlamentarias, constituidas para probar la existencia de la penuria agrícola e investigar sus otras causas. Por un lado, la ruina continua de arrendatarios a pesar de la rebaja completa o máxima posible del salario (explotación total de los jornaleros agrícolas); por otro, la obligación repetida de los terratenientes de renunciar a una parte de la renta, prueban por sí mismas que ni siquiera en Inglaterra —a despecho de todas las manufacturas— se han producido grandes rentas de la tierra. Pues económicamente no se puede considerar renta de la tierra el hecho de que una parte de los costes de producción vaya a parar, en virtud de contratos y de otras relaciones ajenas a la economía, al bolsillo del rentista del suelo en lugar de al del arrendatario. Si el propietario de la tierra cultivara él mismo su tierra, se guardaría muy bien de colocar una parte de la ganancia ordinaria del capital de explotación bajo la rúbrica de «renta de la tierra».

Para los escritores del siglo XVI, del XVII e incluso de los dos primeros tercios del XVIII, la exportación de grano de Inglaterra sigue siendo su principal fuente de riqueza. La antigua industria inglesa —cuya rama principal era la industria de la lana y cuyas ramas menos importantes trabajaban materiales suministrados sobre todo por el propio país— estaba completamente *subordinada* a la agricultura. Su materia prima principal era producto agrícola inglés. Que fomentara, por tanto, la agricultura se entiende por sí mismo. Más tarde, cuando surgió el sistema fabril propiamente dicho, se sintió también en poco tiempo la necesidad de aranceles sobre el grano. Pero se quedaron en nominales. El rápido aumento de la población, mucho suelo fértil que aún quedaba por roturar y los inventos impulsaron naturalmente al principio también la agricultura. Le favoreció sobre todo la guerra contra Napoleón, que constituyó para ella un verdadero sistema prohibitivo. Pero en 1815 se vio lo poco que había aumentado realmente la «fuerza productiva» de la agricultura. Se alzó un clamor general entre terratenientes y arrendatarios, y se dieron las actuales leyes de cereales. Está en la esencia de la industria fabril moderna, en primer lugar, extrañar la industria del suelo propio, puesto que trabaja sobre todo materias primas extranjeras y descansa en el comercio exterior. Está en su esencia hacer crecer la población en una proporción a la que, bajo la propiedad privada, no corresponde la explotación del suelo. Está además en su esencia, cuando engendra las leyes de cereales, como lo ha hecho hasta ahora siempre en Europa, transformar a los campesinos en los más miserables proletarios mediante la alta renta y la explotación fabril de la propiedad de la tierra. Si, por el contrario, consigue impedir las leyes de cereales, deja sin cultivar una masa de tierra, somete los precios del grano a azares exteriores, enajena por completo al país haciendo depender del comercio sus medios de subsistencia más necesarios, y disuelve la *propiedad de la tierra* como fuente independiente de propiedad. Esto último es el fin de la Anti-Corn-Law League en Inglaterra y del movimiento contra las rentas en Norteamérica, pues la *renta de la tierra* es la expresión económica de la *propiedad de la tierra*. Por eso los *tories* llaman constantemente la atención sobre el peligro de hacer depender a Inglaterra, para sus medios de subsistencia, de *Rusia*, por ejemplo.

La gran industria fabril —naturalmente, aquí no cuentan países enteros que aún tienen muchísima tierra por roturar, como Norteamérica, y los aranceles protectores no aumentan, que se sepa, la extensión del suelo— tiene decididamente la tendencia a *paralizar* la fuerza productiva de la tierra en cuanto su explotación ha alcanzado cierto grado, del mismo modo que, por otro lado, la explotación fabril de la agricultura tiende a desplazar a los hombres y —todo ello, naturalmente, dentro de ciertos límites— a transformar la tierra en pastizales, de modo que el ganado ocupa el lugar del hombre.

La doctrina de Ricardo sobre la renta de la tierra se reduce en pocas palabras a esto: la *renta de la tierra* no contribuye en nada a la productividad del suelo. Su subida es, por el contrario, la prueba de que la fuerza productiva del suelo disminuye. Está determinada, en efecto, por la relación de las tierras explotables con la población y con el grado de civilización en general. El precio del grano está determinado por los costes de producción del suelo menos fértil cuyo cultivo (labranza) exige la necesidad de la población. Si hay que recurrir a suelo de peor calidad, o si hay que emplear en la misma finca porciones de capital de menor rendimiento, el propietario del suelo menos productivo[^42] vende su producto tan caro como el que cultiva el peor suelo. Se mete en el bolsillo la diferencia entre los costes de producción de este último suelo y los del más fértil. Así pues, cuanto más estéril es el suelo que se pone en cultivo, o cuanto más improductivas (menos rentables) son las segundas y terceras porciones de capital empleadas en la misma finca; cuanto más disminuye, en una palabra, la fuerza productiva relativa del suelo, tanto más sube la renta. Si se supone la tierra en general fértil, [...][^43]

## IV. El señor List y Ferrier

El libro de Ferrier, subinspector de aduanas bajo Napoleón, *Du gouvernement considéré dans ses rapports avec le commerce*, París, 1805, es el escrito que el señor List ha copiado. No hay en su libro una sola idea fundamental que no esté dicha aquí, y mejor dicha.

Ferrier era funcionario de Napoleón. Defendía el sistema continental. No habla de *sistema protector*, sino de *sistema prohibitivo*. Está muy lejos de hacer frases sobre una *unión* de todos los pueblos o sobre la *paz perpetua* en el interior. Tampoco tiene todavía, naturalmente, frases socialistas. Daremos un breve extracto de su libro para ilustrar al lector sobre la fuente secreta de la sabiduría de List. Si el señor List falsea a *Louis Say* para poder hacer de él su aliado, en cambio no cita en ninguna parte a Ferrier, al que ha copiado en todas partes. Quería poner al lector sobre una pista falsa.

Ya hemos citado el juicio de Ferrier sobre Smith. Ferrier se adhiere además, con más honradez, al viejo sistema prohibitivo.

### Intervención del Estado. Economía de las naciones

> «Hay una economía y un despilfarro (*prodigalité*) de las naciones, pero una nación solo es despilfarradora o económica en sus relaciones con *otros* pueblos.» (Ferrier) p. 143.

> «Es falso que el empleo más ventajoso de un capital para quien lo posee sea necesariamente también el más ventajoso para la industria… lejos de que el interés de los capitalistas se encuentre unido al interés general, está casi siempre en oposición con él.» p. 168, 169.

> «Existe una economía de las naciones, pero muy distinta de la de Smith. Consiste en no comprar producciones extranjeras más que mientras pueda pagarlas con las propias. Consiste a veces en prescindir de ellas por completo.» p. 174, 175.

### Las fuerzas productivas y el valor de cambio

> «Los principios que Smith ha dado (sentado, *posés*) sobre la economía de las naciones tienen todos por fundamento la distinción entre trabajo productivo e improductivo... Esta distinción es esencialmente falsa. No hay trabajo improductivo.» p. 141.

> «Él» (Garnier)[^44] «no ha visto en la plata más que el *valor* de la plata, sin reflexionar sobre la *propiedad* que tiene, como plata, de hacer más activa la circulación y, por consiguiente, de aumentar los productos del trabajo.» (p. 18.) «Si los gobiernos tratan, pues, de prevenir la salida del dinero... no es por su *valor*..., sino» porque «el *valor* que se devuelve por él no puede producir en la circulación los mismos efectos..., porque no puede determinar en cada transacción una nueva creación.» p. 22, 23. «La palabra riqueza, aplicada al dinero que circula como dinero, debe entenderse de las reproducciones que facilita,… y en este sentido un país se enriquece cuando aumenta su dinero, porque con este aumento del dinero crecen todas las *fuerzas productivas* del trabajo», p. 71. «Cuando uno se dice que un país puede gastar (*dépenser*) la renta de dos mil millones,... entiende que tiene los *medios* de mantener con esos dos mil millones una circulación de valores diez veces, veinte veces, cincuenta veces mayor o, lo que es lo mismo, que puede *producir* esos valores. Pues bien, a esos *medios de producción* que debe al dinero se les llama riqueza.» p. 22.

Se ve: Ferrier distingue el *valor de cambio* que tiene el dinero de la *fuerza productiva* del dinero. Aparte de que llama riqueza a los medios de producción en general, nada era más fácil, de todos modos, que aplicar a todos los capitales la diferencia que Ferrier hace entre el valor y la *fuerza productiva* del dinero.

Pero Ferrier va aún más lejos: defiende el sistema prohibitivo en general diciendo que asegura a las naciones sus *medios de producción*:

> «Así, las prohibiciones son útiles cada vez que facilitan a las naciones los *medios* de atender a sus necesidades... Comparo una nación que compra fuera con su dinero mercancías que ella misma puede fabricar, aunque peor, con un jardinero que, descontento de los frutos que cosecha, comprara otros más suculentos a su vecino dándole a cambio sus herramientas de jardín», p. 288. «El comercio exterior es ventajoso cada vez que tiende a aumentar los *capitales productivos*. Es desfavorable cuando, en lugar de multiplicar los capitales, exige su enajenación», p. 395-396.

### Agricultura, manufactura, comercio

> «¿Debe el gobierno favorecer el comercio y las fábricas con preferencia a la agricultura? Esta cuestión es también una de aquellas en que los gobiernos y los escritores no consiguen ponerse de acuerdo.» p. 73.

> «Los progresos de la industria y del comercio están ligados a los de la civilización, las artes, las ciencias y la navegación. El gobierno, que casi nada puede por la agricultura, lo puede casi todo por la industria. Si la nación tiene costumbres o hábitos capaces de detener su desarrollo, debe emplear todos sus medios para combatirlos.» p. 84.

> «El verdadero medio de fomentar la agricultura es fomentar las manufacturas.» p. 225.

> «Su dominio» (el de la industria, por la que el señor Ferrier entiende la manufactura) «no tiene límites ni en sus progresos ni en sus medios de perfeccionamiento... Vasta como la imaginación, móvil y fecunda como ella, su poder creador no tiene más límites que los del propio espíritu humano, del que recibe cada día un nuevo brillo.» p. 85.

> «La verdadera fuente de la riqueza para una nación agrícola y manufacturera es la *reproducción* y el trabajo. *Debe* dar esta aplicación a sus capitales y pensar en transportar y vender sus propias mercancías antes de poder ocuparse de transportar y vender las de los demás.» p. 186. «Es al comercio interior, que precedió largo tiempo al intercambio de pueblo a pueblo, al que hay que atribuir principalmente ese crecimiento de la riqueza del hombre», p. 145.

> «Según el propio Smith, de dos capitales, uno invertido en el interior y otro en el exterior, el primero da a la industria del país veinticuatro veces más apoyo y estímulo.» p. 145-146.

Pero el señor Ferrier comprende al menos que el comercio interior no puede subsistir sin el exterior. *L. c.* (p. 146.) «Que algunos particulares de Inglaterra hagan venir 50.000 piezas de terciopelo, y ganarán mucho dinero en ese comercio y colocarán muy bien sus mercancías. Pero reducen la industria nacional y dejan sin pan a 10.000 obreros», p. 170; cf. p. 155, 156.

El señor Ferrier llama la atención, como List, sobre la diferencia entre las ciudades manufactureras y comerciales y las ciudades meramente consumidoras, cf. p. 91, pero es al menos lo bastante honrado para remitirse en ello al propio Smith. Remite al *tratado de Methuen*,[^45] tan querido del señor List, y a la sutileza empleada por Smith al juzgarlo. p. 159. Ya hemos oído cómo su juicio sobre Smith coincide en general casi literalmente con el juicio de List. Véase igualmente sobre el *comercio de transporte* la p. 186 *et passim*.

La diferencia entre Ferrier y List es que el uno escribe en favor de una empresa de alcance histórico-universal —el sistema continental— y el otro en favor de una burguesía mezquina y corta de entendederas. Se admitirá que *in nuce* todo el señor List está contenido en los ex[tractos] de Ferrier citados. Si se añaden además las frases que toma prestadas del desarrollo de la economía política posterior a Ferrier, no le queda más que el hueco *idealizar*, cuya fuerza productiva consiste en palabras, y la [...] hipocresía del burgués alemán que aspira al dominio.[^46]

[^1]: El texto conservado empieza sin título y a mitad de la argumentación; probablemente se ha perdido el comienzo del manuscrito. La «tristeza» alude a la frase de List citada a continuación.

[^2]: Friedrich List (1789-1846), economista alemán, defensor de la unión aduanera alemana (*Zollverein*) y de los aranceles protectores para la industria naciente. *Das nationale System der politischen Ökonomie* (*El sistema nacional de la economía política*), tomo 1, Stuttgart y Tubinga, 1841; el segundo tomo anunciado no llegó a aparecer. Las páginas en números romanos son las del prólogo.

[^3]: Sobrenombre de don Quijote en la novela de Cervantes.

[^4]: Hiladora automática (la «selfactina»), patentada por Richard Roberts en 1825-1830.

[^5]: El moloso es un pie métrico de tres sílabas largas: un ritmo lento y solemne.

[^6]: *Teutsch*: grafía arcaizante de *deutsch* («alemán»), cara a los nacionalistas alemanes de la época.

[^7]: *Bürgerliche Gesellschaft*: en otras obras de estos años la traducimos por «sociedad civil»; aquí Marx habla de la sociedad de la competencia y del comercio libre, es decir, de la sociedad burguesa.

[^8]: Dugald Stewart (1753-1828), filósofo escocés, autor de la biografía *Account of the Life and Writings of Adam Smith* (1793). List escribe «Steward».

[^9]: François-Louis-Auguste Ferrier (1777-1861), funcionario de aduanas bajo Napoleón y defensor del sistema prohibitivo. El capítulo IV de este manuscrito trata de él.

[^10]: Adam Smith fue nombrado en 1778 comisario de aduanas de Escocia, cargo que ocupó hasta su muerte en 1790.

[^11]: Antonio Serra, economista napolitano, autor del *Breve trattato delle cause che possono far abbondare li regni d'oro e d'argento dove non sono miniere* (*Breve tratado de las causas que pueden hacer abundar el oro y la plata en los reinos donde no hay minas*, 1613).

[^12]: Giuseppe Pecchio (1785-1835), economista y patriota italiano, autor de una *Storia della economia pubblica in Italia* (1829), traducida al francés en 1830.

[^13]: El sistema continental o bloqueo continental, decretado por Napoleón en 1806, prohibía el comercio de los países sometidos a Francia con Gran Bretaña.

[^14]: *Mélanges et correspondance d'économie politique* (París, 1833), volumen póstumo de Say publicado como complemento de su *Cours complet d'économie politique pratique* por Charles Comte (1782-1837), su yerno.

[^15]: Étienne Clavière (1735-1793), financiero ginebrino, ministro de Hacienda de Francia en 1792 con los girondinos.

[^16]: En francés en el original: «chargé de six enfants et n'ayant presque point de fortune...». Marx traduce al alemán el resto del pasaje.

[^17]: *Listig*, «astuto», es también un juego de palabras con el nombre de List.

[^18]: Louis Say (1774-1840), hermano de Jean-Baptiste Say, comerciante y economista, autor de *Études sur la richesse des nations et réfutation des principales erreurs en économie politique* (París, 1836). Marx da las dos citas en francés: «La richesse ne consiste pas dans les choses qui satisfont nos besoins ou nos goûts, mais dans le pouvoir d'en jouir annuellement» y «Quoique la richesse ne consiste pas dans les choses qui satisfont nos besoins ou nos goûts, mais dans le revenu ou dans le pouvoir d'en jouir annuellement...».

[^19]: Jean-Charles-Léonard Simonde de Sismondi (1773-1842), economista e historiador ginebrino, crítico de las crisis y de la miseria que acompañaban a la gran industria; Antoine-Elisée Cherbuliez (1797-1869), economista ginebrino próximo a él.

[^20]: *Mehrwert*: aquí, en el sentido corriente de «mayor valor»; el término no tiene aún el sentido técnico de plusvalía que le dará Marx más tarde.

[^21]: Marx cita a David Ricardo por la traducción francesa de F. S. Constancio, con notas de J.-B. Say (*Des principes de l'économie politique et de l'impôt*, 2.ª ed., París, 1835).

[^22]: La Anti-Corn-Law League, fundada en Manchester en 1838 por fabricantes como Richard Cobden y John Bright, luchaba por la abolición de los aranceles sobre el trigo; las leyes de cereales se derogaron en 1846. El movimiento contra las rentas (*anti-rent*) fue el de los arrendatarios del valle del Hudson, en el Estado de Nueva York, contra las rentas que les cobraban los grandes propietarios (1839-1846).

[^23]: La edición de 1972 dice «T.E.», probablemente por «T. I».

[^24]: «Poner a alguien el gallo rojo en el tejado» es, en alemán, prenderle fuego a su casa.

[^25]: Así en el texto: tras los apartados a), b) y c), la numeración sigue con 6).

[^26]: *Aufhebung*: «superación» o «abolición»; Marx usa la misma palabra para el valor de cambio, la propiedad privada y, más abajo, el «trabajo».

[^27]: Así en el texto: «Man vergesse es nun»; quizá deba leerse «nicht» («que no se olvide»).

[^28]: Alusión a Louis Blanc, *Organisation du travail* (*La organización del trabajo*, París, 1839), cuyo título se convirtió en consigna de los socialistas franceses.

[^29]: Discípulos de Henri de Saint-Simon (1760-1825), organizados como escuela y luego como iglesia en torno a Barthélemy-Prosper Enfantin y Saint-Amand Bazard entre 1825 y 1832.

[^30]: Michel Chevalier (1806-1879), antiguo sansimoniano, luego economista librecambista y profesor del Collège de France; «Duvergier» es probablemente Charles Duveyrier (1803-1866), antiguo sansimoniano dedicado después a los negocios de prensa y publicidad; Charles Dunoyer (1786-1862), economista liberal.

[^31]: «Ihn» en el original; probablemente el sansimonismo.

[^32]: Píndaro (siglo V a. C.), poeta griego autor de odas triunfales.

[^33]: Andrew Ure (1778-1857), químico y economista escocés, autor de *The Philosophy of Manufactures* (Londres, 1835), apología del sistema fabril. Marx lo cita por la traducción francesa (París, 1836).

[^34]: La edición de 1972 dice «die löst», sin sentido; traducimos según el contexto.

[^35]: Aquí se interrumpe el texto del capítulo II; las páginas siguientes del manuscrito no se han conservado.

[^36]: El título del capítulo III es de los editores de 1972. El fragmento empieza a mitad de frase en la página 22 del manuscrito.

[^37]: James Mill (1773-1836), economista ricardiano, padre de John Stuart Mill; sobre Cherbuliez, véase la nota 19.

[^38]: Guillermo I, rey de Wurtemberg de 1816 a 1864.

[^39]: Falta aquí la página 23 del manuscrito; el texto se reanuda a mitad de palabra en la página 24.

[^40]: John Francis Bray (1809-1897), socialista inglés, autor de *Labour's Wrongs and Labour's Remedy* (*Los agravios del trabajo y su remedio*, Leeds, 1839).

[^41]: Las leyes de cereales de 1815, 1828 y 1842, que gravaban o prohibían la importación de grano según su precio en el mercado inglés.

[^42]: Así en el texto; por el razonamiento se esperaría «más productivo».

[^43]: Aquí se interrumpe el fragmento del capítulo III.

[^44]: Germain Garnier (1754-1821), economista francés, traductor y comentarista de *La riqueza de las naciones* de Smith.

[^45]: Tratado comercial entre Inglaterra y Portugal (1703), negociado por John Methuen, que abría Portugal a los paños ingleses a cambio de una rebaja de los aranceles sobre los vinos portugueses. List lo presentaba como ejemplo de la ruina de una industria nacional por el librecambio.

[^46]: Aquí termina el manuscrito conservado.
