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Title: Miseria de la filosofía (1847)
Description: La respuesta de Marx a la «Filosofía de la miseria» de Proudhon, escrita en francés en 1846-1847: la primera exposición publicada de la concepción materialista de la historia y de su crítica de la economía política, con los prólogos de Engels a las ediciones alemanas.
Author: Karl Marx
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1847%20Miseria%20de%20la%20filosof%C3%ADa
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*Escrito en francés por Karl Marx en Bruselas, en el invierno de 1846-1847, como respuesta al* Système des contradictions économiques, ou Philosophie de la misère *de Pierre-Joseph Proudhon (1846). Publicado en París (A. Frank) y Bruselas (C. G. Vogler) en julio de 1847. Traducido de la primera edición francesa, según la transcripción de Les Classiques des sciences sociales (Universidad de Quebec en Chicoutimi), establecida sobre la MEGA I/6 (1932), por la Escuela de marxismo, 2026; los prólogos de Engels a las ediciones alemanas de 1885 y 1892, del alemán (Marx-Engels-Werke, t. 21 y 22). Se incluyen las notas de Engels a la edición alemana de 1885. No se incluyen los apéndices que Engels añadió a esa edición (el artículo de Marx sobre Proudhon de 1865, el pasaje sobre John Gray de la* Contribución a la crítica de la economía política *y el* Discurso sobre el librecambio *de 1848) ni la carta de Engels a José Mesa publicada al frente de la traducción española de 1891. Las demás notas son nuestras. [Texto original en francés](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1847%20Mis%C3%A8re%20de%20la%20philosophie).*

## Prólogo de Engels a la primera edición alemana (1885)

*Escrito en Londres el 23 de octubre de 1884. Publicado como prólogo a: Karl Marx, Das Elend der Philosophie. Antwort auf Proudhons «Philosophie des Elends», traducción alemana de E. Bernstein y K. Kautsky, con prólogo y notas de Friedrich Engels, Stuttgart, 1885.*

La presente obra nació en el invierno de 1846-1847, en un momento en que Marx había llegado a ver claros los rasgos fundamentales de su nueva concepción histórica y económica. El libro de Proudhon recién aparecido, *Système des contradictions économiques, ou philosophie de la misère*, le dio ocasión de desarrollar esos rasgos fundamentales en oposición a las ideas del hombre que, a partir de entonces, iba a ocupar el lugar más destacado entre los socialistas franceses vivos. Desde la época en que los dos discutían a menudo en París noches enteras sobre cuestiones económicas, sus caminos se habían ido separando cada vez más; el libro de Proudhon demostraba que ya los separaba un abismo infranqueable; ignorarlo no era posible en aquel momento; y así, Marx dejó constancia de la ruptura irreparable en esta respuesta suya.

El juicio de conjunto de Marx sobre Proudhon se encuentra en el artículo que sigue a este prólogo, publicado en los números 16, 17 y 18 del *Social-Demokrat* de Berlín, en 1865.[^1] Fue el único artículo que Marx escribió para aquel periódico; los intentos del señor von Schweitzer, que no tardaron en salir a la luz, de llevarlo por aguas feudales y gubernamentales nos obligaron a anunciar públicamente, al cabo de pocas semanas, que dejábamos de colaborar en él.

Para Alemania, la presente obra tiene precisamente en este momento una importancia que el propio Marx nunca sospechó. ¿Cómo podía saber que, al golpear a Proudhon, alcanzaba a Rodbertus, a quien entonces ni siquiera conocía de nombre, al ídolo de los arribistas de hoy?[^2]

No es este el lugar para tratar de la relación entre Marx y Rodbertus; probablemente tendré pronto ocasión de hacerlo. Baste aquí con decir que, cuando Rodbertus acusa a Marx de haberlo «saqueado» y de haber «aprovechado muy bien en su *Capital*, sin citarlo», su obra *Zur Erkenntniß*,[^3] se deja llevar a una calumnia que solo se explica por el despecho del genio incomprendido y por su notable ignorancia de lo que ocurre fuera de Prusia, y sobre todo de la literatura socialista y económica. Ni esas acusaciones ni la mencionada obra de Rodbertus llegaron nunca a manos de Marx; de Rodbertus no conocía en absoluto más que las tres *Sociale Briefe*, y aun estas, en ningún caso antes de 1858 o 1859.[^4]

Con más fundamento afirma Rodbertus en esas cartas haber descubierto el «valor constituido de Proudhon» antes que Proudhon; aunque, eso sí, vuelve a ufanarse erróneamente de ser su primer descubridor. En todo caso, queda criticado de rebote en nuestro libro, y eso me obliga a ocuparme brevemente de su «fundamental» obrita *Zur Erkenntniß unsrer staatswirthschaftlichen Zustände*, de 1842, en la medida, claro está, en que esta saca a la luz, además del comunismo de Weitling[^5] que también contiene (de nuevo sin saberlo), anticipaciones de Proudhon.

En la medida en que el socialismo moderno, de cualquier tendencia, parte de la economía política burguesa, enlaza casi sin excepción con la teoría del valor de Ricardo. Las dos tesis que Ricardo proclama en 1817 al comienzo mismo de sus *Principles*, 1) que el valor de toda mercancía está determinado única y exclusivamente por la cantidad de trabajo que exige su producción, y 2) que el producto del trabajo social entero se reparte entre las tres clases de los terratenientes (renta), los capitalistas (beneficio) y los obreros (salario), esas dos tesis se aprovecharon en Inglaterra ya desde 1821 para sacar consecuencias socialistas, y en parte con tal agudeza y decisión que esa literatura, hoy casi olvidada y redescubierta en gran parte por Marx, no fue superada hasta la aparición de *El capital*. De eso hablaremos en otra ocasión. Así pues, si Rodbertus sacó por su cuenta en 1842 consecuencias socialistas de esas tesis, fue sin duda un paso adelante muy importante para un alemán de entonces, pero, a lo sumo, solo podía pasar por un descubrimiento nuevo en Alemania. Lo poco nueva que era semejante aplicación de la teoría de Ricardo lo demuestra Marx frente a Proudhon, que padecía una ilusión parecida.

«Quien esté mínimamente familiarizado con el desarrollo de la economía política en Inglaterra sabe sin duda que casi todos los socialistas de ese país han propuesto, en distintas épocas, la aplicación *igualitaria* (es decir, socialista) de la teoría de Ricardo. Podríamos citarle al señor Proudhon: *La economía política*, de Hopkins, 1822; William Thompson, *An Inquiry into the Principles of the Distribution of Wealth, most conducive to Human Happiness*, 1824; T. R. Edmonds, *Practical, Moral and Political Economy*, 1828, etc., etc., y otras cuatro páginas de etcéteras. Nos limitaremos a dejar hablar a un comunista inglés: Bray, en su notable obra *Labour's Wrongs and Labour's Remedy*, Leeds, 1839». Y solo las citas de Bray que allí se dan liquidan buena parte de la prioridad que reclama Rodbertus.

Por entonces Marx no había pisado aún la sala de lectura del Museo Británico. Aparte de las bibliotecas de París y de Bruselas, aparte de mis libros y extractos, solo había examinado, durante un viaje de seis semanas a Inglaterra que hicimos juntos en el verano de 1845, los libros que podían encontrarse en Manchester. Así pues, en los años cuarenta esa literatura no era en absoluto tan inaccesible como lo es, por ejemplo, hoy. Si a pesar de ello Rodbertus no llegó nunca a conocerla, se debió únicamente a su estrechez de miras local y prusiana. Él es el verdadero fundador del socialismo específicamente prusiano, y ahora por fin se le reconoce como tal.

Sin embargo, tampoco en su querida Prusia iba Rodbertus a quedar tranquilo. En 1859 apareció en Berlín *Contribución a la crítica de la economía política, cuaderno primero*, de Marx.[^6] En él se destaca, entre las objeciones de los economistas contra Ricardo, como segunda objeción, en la página 40:

«Si el valor de cambio de un producto es igual al tiempo de trabajo contenido en él, el valor de cambio de una jornada de trabajo es igual a su producto. Dicho de otro modo, el salario tiene que ser igual al producto del trabajo. Ahora bien, ocurre lo contrario». Y a ello la nota siguiente: «Esta objeción, aducida contra Ricardo desde el lado de los economistas, la recogieron más tarde los socialistas. Dando por supuesta la exactitud teórica de la fórmula, se acusó a la práctica de contradecir la teoría y se instó a la sociedad burguesa a sacar en la práctica la supuesta consecuencia de su principio teórico. Así es, al menos, como los socialistas ingleses volvieron la fórmula ricardiana del valor de cambio contra la economía política». En esa misma nota se remite a la *Misère de la philosophie* de Marx, que entonces aún podía encontrarse en todas las librerías.

Rodbertus tuvo, pues, ocasión de sobra para convencerse por sí mismo de si sus descubrimientos de 1842 eran realmente nuevos. En lugar de eso, los proclama una y otra vez y los tiene por tan incomparables que ni siquiera se le ocurre que Marx pudiera sacar de Ricardo sus consecuencias con la misma independencia que él, Rodbertus. ¡Completamente imposible! Marx lo ha «saqueado»: a él, a quien el mismo Marx le ofrecía toda ocasión de cerciorarse de cuánto tiempo antes que ambos se habían formulado ya en Inglaterra esas conclusiones, al menos en la forma tosca que todavía tienen en Rodbertus.

La aplicación socialista más sencilla de la teoría de Ricardo es, pues, la que se ha expuesto más arriba. En muchos casos ha llevado a ideas sobre el origen y la naturaleza de la plusvalía que van mucho más allá de Ricardo; así, entre otros, en Rodbertus. Aparte de que en este terreno no ofrece en ningún sitio nada que no se hubiera dicho antes que él al menos igual de bien, su exposición adolece, como la de sus predecesores, de que adopta sin examinarlas las categorías económicas, trabajo, capital, valor, etc., en la forma cruda, pegada a la apariencia, en que se las han transmitido los economistas, sin investigar su contenido. Con ello no solo se cierra todo camino de desarrollo ulterior, a diferencia de Marx, que fue el primero en sacar algo de esas tesis repetidas a menudo desde hace ya sesenta y cuatro años, sino que se abre además el camino directo hacia la utopía, como se verá.

La aplicación de la teoría de Ricardo expuesta más arriba, según la cual a los obreros, como únicos productores reales, les pertenece el producto social entero, *su* producto, conduce directamente al comunismo. Pero, como también apunta Marx en el pasaje citado, es formalmente falsa desde el punto de vista económico, porque es sencillamente una aplicación de la moral a la economía. Según las leyes de la economía burguesa, la mayor parte del producto no pertenece a los obreros que lo han creado. Si decimos entonces que eso es injusto, que no debe ser así, eso, de entrada, no le concierne a la economía. Lo único que decimos es que ese hecho económico contradice nuestro sentimiento moral. Por eso Marx nunca basó sus reivindicaciones comunistas en ello, sino en el hundimiento necesario del modo de producción capitalista, que se produce ante nuestros ojos cada día más; se limita a decir que la plusvalía consiste en trabajo no pagado, lo cual es un simple hecho. Pero lo que es formalmente falso en lo económico puede ser, aun así, correcto en la historia universal. Si la conciencia moral de las masas declara injusto un hecho económico, como en su día la esclavitud o la prestación personal servil, eso demuestra que el hecho mismo ha sobrevivido a su tiempo, que han aparecido otros hechos económicos en virtud de los cuales se ha vuelto insoportable e insostenible. Detrás de la inexactitud económica formal puede ocultarse, pues, un contenido económico muy verdadero. No es este el lugar para entrar más a fondo en el significado y la historia de la teoría de la plusvalía.

Pero, además, de la teoría del valor de Ricardo pueden sacarse otras conclusiones, y se han sacado. El valor de las mercancías se determina por el trabajo que exige su producción. Ahora bien, resulta que en este mundo malvado las mercancías se venden unas veces por encima y otras por debajo de su valor, y no solo como consecuencia de las oscilaciones de la competencia. La tasa de beneficio tiende a igualarse al mismo nivel para todos los capitalistas, del mismo modo que los precios de las mercancías tienden, por medio de la oferta y la demanda, a reducirse al valor-trabajo. Pero la tasa de beneficio se calcula sobre el capital total invertido en un negocio industrial. Como en dos ramas distintas el producto anual puede encarnar las mismas cantidades de trabajo, es decir, representar valores iguales, y el salario puede ser igual de alto en ambas, mientras que los capitales adelantados pueden ser, y a menudo son, en una rama el doble o el triple que en la otra, la ley ricardiana del valor entra aquí en contradicción, como descubrió ya el propio Ricardo, con la ley de la igualdad de la tasa de beneficio. Si los productos de ambas ramas se venden por su valor, las tasas de beneficio no pueden ser iguales; y si las tasas de beneficio son iguales, los productos de ambas ramas no pueden venderse siempre por su valor. Tenemos aquí, pues, una contradicción, una antinomia entre dos leyes económicas; según Ricardo (cap. I, secciones 4 y 5), la solución práctica se da por regla general en favor de la tasa de beneficio y a costa del valor.

Pero la determinación ricardiana del valor, pese a sus propiedades inquietantes, tiene un lado que la hace muy querida para el buen burgués. Apela con fuerza irresistible a su sentimiento de justicia. La justicia y la igualdad de derechos son los pilares sobre los que el burgués de los siglos XVIII y XIX quisiera levantar su edificio social, sobre las ruinas de las injusticias, desigualdades y privilegios feudales. Y la determinación del valor de las mercancías por el trabajo y el libre intercambio, conforme a esa medida del valor, de los productos del trabajo entre propietarios de mercancías con iguales derechos son, como ya ha demostrado Marx, las bases reales sobre las que se ha construido toda la ideología política, jurídica y filosófica de la burguesía moderna. Una vez admitido que el trabajo es la medida del valor de las mercancías, los mejores sentimientos del buen burgués tienen que sentirse profundamente heridos por la maldad de un mundo que reconoce de nombre esa ley fundamental de la justicia, pero que en los hechos parece dejarla de lado sin miramientos a cada instante. Y sobre todo el pequeñoburgués, cuyo honrado trabajo, aunque solo sea el de sus oficiales y aprendices, se ve cada día más depreciado por la competencia de la gran producción y de las máquinas, sobre todo el pequeño productor tiene que anhelar una sociedad en la que el intercambio de los productos según su valor-trabajo sea por fin una verdad plena y sin excepciones; en otras palabras, tiene que anhelar una sociedad en la que rija de manera exclusiva e íntegra una sola ley de la producción mercantil, pero en la que estén suprimidas las condiciones bajo las cuales esa ley puede regir en absoluto, a saber, las demás leyes de la producción mercantil y, más allá, de la producción capitalista.

Lo hondo que arraiga esta utopía en el modo de pensar del pequeñoburgués moderno, real o ideal, lo demuestra el hecho de que ya en 1831 la desarrolló sistemáticamente John Gray;[^7] de que en los años treinta se ensayó en la práctica en Inglaterra y se manoseó hasta la saciedad en la teoría; de que en 1842 Rodbertus en Alemania y en 1846 Proudhon en Francia la proclamaron como la verdad más nueva; de que todavía en 1871 Rodbertus volvió a anunciarla como solución de la cuestión social y, por así decir, como su testamento social, y de que en 1884 vuelve a encontrar partidarios en la hueste de arribistas que, en nombre de Rodbertus, se dispone a explotar el socialismo de Estado prusiano.

La crítica de esta utopía la ha hecho Marx de forma tan exhaustiva, tanto contra Proudhon como contra Gray (véase el apéndice de esta obra), que puedo limitarme aquí a unas cuantas observaciones sobre la forma específicamente rodbertusiana de fundamentarla y de pintarla.

Como ya se ha dicho, Rodbertus adopta las definiciones económicas tradicionales exactamente en la forma en que se las han transmitido los economistas. No hace el menor intento de examinarlas. El valor es para él

«la validez de una cosa frente a las demás según la cantidad, entendida esa validez como medida».

Esta definición, por decirlo suavemente, de lo más chapucera, nos da en el mejor de los casos una idea de qué aspecto tiene más o menos el valor, pero no dice en absoluto qué es. Pero como eso es todo lo que Rodbertus sabe decirnos del valor, se comprende que busque una medida del valor situada fuera del valor. Después de mezclar a lo largo de treinta páginas, de cualquier manera, el valor de uso y el valor de cambio con esa fuerza de pensamiento abstracto que tanto admira el señor Adolph Wagner,[^8] llega a la conclusión de que no existe una medida real del valor y de que hay que contentarse con una medida sucedánea. Podría servir como tal el trabajo, pero solo si los productos de cantidades iguales de trabajo se intercambiaran siempre por productos de cantidades iguales de trabajo, ya sea porque esto «ocurre ya de por sí o porque se toman disposiciones» que lo garanticen. Valor y trabajo quedan, pues, sin relación objetiva alguna, a pesar de que todo el primer capítulo se dedica a explicarnos que las mercancías «cuestan trabajo», y nada más que trabajo, y por qué.

El trabajo, a su vez, se toma sin examen en la forma en que aparece en los economistas. Y ni siquiera eso. Porque, aunque se aluda en dos palabras a las diferencias de intensidad del trabajo, el trabajo se presenta de un modo completamente general como algo que «cuesta» y, por tanto, que mide el valor, tanto si se gasta en las condiciones sociales medias normales como si no. Que los productores dediquen diez días a fabricar productos que pueden fabricarse en uno, o solo uno; que empleen las mejores herramientas o las peores; que dediquen su tiempo de trabajo a fabricar artículos socialmente necesarios y en la cantidad socialmente requerida, o artículos que nadie pide, o artículos pedidos pero por encima o por debajo de la necesidad: de todo eso no se dice una palabra. El trabajo es trabajo, y el producto de un trabajo igual tiene que intercambiarse por el producto de un trabajo igual. Rodbertus, que en cualquier otro momento está dispuesto, venga o no a cuento, a situarse en el punto de vista nacional y a contemplar desde lo alto de la atalaya de la sociedad en general las relaciones de los productores individuales, lo evita aquí con temor. Y ello solo porque desde la primera línea de su libro pone rumbo directo a la utopía del dinero-trabajo, y cualquier investigación del trabajo en su propiedad de crear valor le habría sembrado la ruta de escollos infranqueables. Su instinto fue aquí bastante más fuerte que su fuerza de pensamiento abstracto, la cual, dicho sea de paso, solo puede descubrirse en Rodbertus por medio de la más concreta ausencia de pensamiento.

El paso a la utopía se da ahora en un abrir y cerrar de ojos. Las «disposiciones» que garanticen el intercambio de mercancías según el valor-trabajo como regla sin excepciones no plantean dificultad alguna. Los demás utopistas de esta corriente, de Gray a Proudhon, se devanan los sesos para idear instituciones sociales que realicen ese fin. Intentan al menos resolver la cuestión económica por vía económica, mediante la acción de los propios poseedores de mercancías que intercambian. Rodbertus lo tiene mucho más fácil. Como buen prusiano, apela al Estado: un decreto del poder estatal ordena la reforma.

Con eso queda felizmente «constituido» el valor, pero en modo alguno la prioridad de esa constitución que reclama Rodbertus. Al contrario, tanto Gray como Bray, entre otros muchos, repitieron hasta la saciedad, mucho y a menudo antes que Rodbertus, esta idea: el piadoso deseo de disposiciones por medio de las cuales los productos se intercambien en todas las circunstancias siempre y solo por su valor-trabajo.

Después de que el Estado haya constituido así el valor, al menos de una parte de los productos, porque Rodbertus también es modesto, emite su papel moneda de trabajo, adelanta parte de él a los capitalistas industriales, que pagan con él a los obreros, tras lo cual los obreros compran los productos con el papel moneda de trabajo recibido y aseguran así el reflujo del papel moneda a su punto de partida. Lo maravillosamente que se desarrolla todo esto tenemos que oírlo del propio Rodbertus.

«En cuanto a la segunda condición, la disposición necesaria para que el valor certificado en el bono exista realmente en la circulación se toma haciendo que solo reciba un bono quien entregue realmente un producto, bono en el que se anota con exactitud la cantidad de trabajo con que se ha fabricado el producto. Quien entrega un producto de dos días de trabajo recibe un bono en el que consta “dos días”. Mediante la observancia exacta de esta regla en la emisión tiene que cumplirse necesariamente también esta segunda condición. Porque, como según nuestro supuesto el valor real de los bienes coincide siempre con la cantidad de trabajo que ha costado fabricarlos, y esa cantidad de trabajo tiene su medida en la división ordinaria del tiempo, quien entrega un producto en el que se han empleado dos días de trabajo, si recibe certificados dos días, no ha recibido certificado ni asignado más ni menos valor del que de hecho ha entregado; y como, además, *solo* recibe ese certificado quien ha aportado realmente un producto a la circulación, también es seguro que el valor anotado en el bono existe para satisfacer a la sociedad. Por mucho que se amplíe el círculo de la división del trabajo, si se sigue con exactitud esta regla, *la suma del valor existente tiene que ser exactamente igual a la suma del valor certificado.* Y como la suma del valor certificado es también exactamente la suma del valor asignado, también esta tiene que *cuadrar necesariamente con el valor existente, todas las pretensiones quedarán satisfechas y la liquidación se habrá efectuado correctamente*» (pp. 166-167).

Si hasta ahora Rodbertus había tenido siempre la desgracia de llegar demasiado tarde con sus nuevos descubrimientos, esta vez tiene al menos el mérito de *cierta* originalidad: ninguno de sus competidores se había atrevido a formular la necedad de la utopía del dinero-trabajo en esta forma infantilmente ingenua, transparente, yo diría que genuinamente pomerana. Como por cada papel se ha entregado un objeto de valor correspondiente y no se cede ningún objeto de valor si no es a cambio del papel correspondiente, la suma de los papeles tiene que estar siempre cubierta por la suma de los objetos de valor; la cuenta sale sin el menor resto, cuadra hasta el último segundo de trabajo, y ningún contable de la caja central de rentas del gobierno, por muy encanecido que esté en el servicio, puede descubrir el menor error de cálculo. ¿Qué más se puede pedir?

En la sociedad capitalista actual, cada capitalista industrial produce por su cuenta lo que quiere, como quiere y cuanto quiere. Pero la necesidad social sigue siendo para él una magnitud desconocida, tanto en lo que se refiere a la calidad, al tipo de objetos necesarios, como a su cantidad. Lo que hoy no puede suministrarse con suficiente rapidez quizá mañana se ofrezca muy por encima de la necesidad. Y, sin embargo, al final la necesidad se satisface de una u otra manera, bien o mal, y la producción acaba orientándose, en líneas generales, hacia los objetos necesarios. ¿Cómo se logra esta compensación de la contradicción? Mediante la competencia. ¿Y cómo consigue la competencia esa solución? Sencillamente, depreciando por debajo de su valor-trabajo las mercancías que, por su tipo o su cantidad, no sirven para la necesidad social del momento, y haciendo sentir a los productores por ese rodeo que han fabricado artículos inservibles sin más o artículos de por sí útiles en una cantidad inservible, superflua. De aquí se seguían dos cosas.

Primera, que las continuas desviaciones de los precios de las mercancías respecto de sus valores son la condición necesaria bajo la cual, y solo por medio de la cual, el valor de las mercancías puede llegar a existir. Solo a través de las oscilaciones de la competencia, y con ello de los precios de las mercancías, se impone la ley del valor de la producción mercantil y se convierte en realidad la determinación del valor de las mercancías por el tiempo de trabajo socialmente necesario. Que la forma de manifestación del valor, el precio, tenga por regla general un aspecto algo distinto del valor que manifiesta es un destino que el valor comparte con la mayoría de las relaciones sociales. También el rey suele tener un aspecto muy distinto del de la monarquía que representa. Querer establecer en una sociedad de productores de mercancías que intercambian la determinación del valor por el tiempo de trabajo, prohibiendo a la competencia que establezca esa determinación del valor mediante la presión sobre los precios, que es la única manera en que puede establecerse, solo demuestra, pues, que uno se ha apropiado, al menos en este terreno, del habitual desprecio utopista por las leyes económicas.

Segunda: al hacer valer la ley del valor de la producción mercantil dentro de una sociedad de productores de mercancías que intercambian, la competencia impone precisamente por ello la única organización y el único orden de la producción social posibles en esas circunstancias. Solo mediante la depreciación o la sobrevaloración de los productos se les pone delante de las narices a los productores individuales de mercancías qué necesita la sociedad y en qué cantidad, y qué no necesita. Pero es precisamente este único regulador el que quiere abolir la utopía que Rodbertus comparte con otros. Y si preguntamos entonces qué garantía tenemos de que de cada producto se producirá la cantidad necesaria y no más, de que no pasaremos hambre de grano y de carne mientras nos ahogamos en azúcar de remolacha y nos anegamos en aguardiente de patata, de que no nos faltarán pantalones para cubrir nuestras vergüenzas mientras los botones de pantalón pululan a millones, Rodbertus nos muestra triunfante su famosa cuenta, según la cual por cada libra de azúcar sobrante, por cada barril de aguardiente sin vender, por cada botón de pantalón que no se puede coser a ningún sitio, se ha extendido el bono correcto, una cuenta que «sale» exactamente, según la cual «todas las pretensiones quedan satisfechas y la liquidación se ha efectuado correctamente». Y el que no se lo crea, que se dirija al contable X de la caja central de rentas del gobierno en Pomerania, que ha revisado la cuenta y la ha encontrado correcta, y que, como nunca lo han pillado con un descubierto en caja, es del todo digno de crédito.

Y considérese ahora la ingenuidad con que Rodbertus quiere eliminar con su utopía las crisis industriales y comerciales. En cuanto la producción mercantil ha adquirido las dimensiones del mercado mundial, la compensación entre los productores individuales que producen por cuenta privada y el mercado para el que producen, que les es más o menos desconocido en cuanto a la cantidad y la calidad de la demanda, se resuelve por medio de una tormenta en el mercado mundial, de una crisis comercial.[^9] Si se prohíbe ahora a la competencia comunicar a los productores individuales, mediante la subida o la bajada de los precios, cómo está el mercado mundial, se les vendan por completo los ojos. Organizar la producción mercantil de modo que los productores no puedan saber ya nada del estado del mercado para el que producen es, desde luego, una cura para la enfermedad de las crisis por la que el doctor Eisenbart[^10] podría envidiar a Rodbertus.

Se comprende ahora por qué Rodbertus determina el valor de las mercancías sin más por el «trabajo» y admite a lo sumo distintos grados de intensidad del trabajo. Si hubiera investigado por qué medio y de qué modo crea el trabajo valor y, por tanto, lo determina y lo mide, habría llegado al trabajo socialmente necesario, necesario para cada producto tanto frente a otros productos de la misma clase como frente a la necesidad total de la sociedad. Con ello se habría encontrado ante la pregunta de cómo se realiza la adaptación de la producción de los distintos productores de mercancías a la necesidad total de la sociedad; y con ello toda su utopía se habría vuelto imposible. Esta vez prefirió, en efecto, «abstraer», a saber, precisamente de aquello que importaba.

Llegamos por fin al punto en que Rodbertus nos ofrece realmente algo nuevo; algo que lo distingue de todos sus numerosos compañeros de la economía de intercambio con dinero-trabajo. Todos ellos reclaman esa institución de intercambio con el fin de abolir la explotación del trabajo asalariado por el capital. Cada productor debe recibir el valor-trabajo íntegro de su producto. En esto están todos de acuerdo, de Gray a Proudhon. De ningún modo, dice Rodbertus. El trabajo asalariado y su explotación se mantienen.

En primer lugar, en ningún estado de la sociedad imaginable puede el obrero recibir para su consumo el valor entero de su producto; con el fondo producido hay que costear siempre una serie de funciones económicamente improductivas, pero necesarias, y mantener, por tanto, a las personas que las desempeñan. Esto solo es cierto mientras rija la división del trabajo actual. En una sociedad con obligación general de trabajo productivo, que también es «imaginable», esto desaparece. Lo que sí seguiría existiendo sería la necesidad de un fondo social de reserva y de acumulación, y por eso, también entonces, *los* obreros, es decir, todos, seguirían en posesión y disfrute de su producto total, pero no cada uno de ellos disfrutaría de su «producto íntegro del trabajo». El mantenimiento de funciones económicamente improductivas con cargo al producto del trabajo tampoco lo han pasado por alto los demás utopistas del dinero-trabajo. Pero estos hacen que los obreros se impongan tributos a sí mismos con ese fin, por la vía democrática habitual, mientras que Rodbertus, cuya reforma social de 1842 está cortada por entero a la medida del Estado prusiano de entonces, deja todo el asunto al arbitrio de la burocracia, que fija desde arriba al obrero su parte en su propio producto y se la concede graciosamente.

En segundo lugar, deben subsistir también íntegras la renta de la tierra y el beneficio. Porque también los terratenientes y los capitalistas industriales desempeñan ciertas funciones socialmente útiles o incluso necesarias, aunque económicamente improductivas, y reciben por ellas en la renta de la tierra y en el beneficio una especie de sueldo; una concepción que, como es sabido, no era en absoluto nueva ni siquiera en 1842. En realidad, ahora reciben demasiado por lo poco que hacen, y bastante mal, pero Rodbertus necesita, al menos durante los próximos quinientos años, una clase privilegiada, y por eso la tasa actual de plusvalía, para expresarme con propiedad, debe mantenerse, aunque no podrá aumentarse. Rodbertus supone que esta tasa actual de plusvalía es del 200 por ciento, es decir, que con una jornada de doce horas de trabajo el obrero no debe recibir certificadas doce horas, sino solo cuatro, y el valor producido en las ocho horas restantes debe repartirse entre el terrateniente y el capitalista. Los certificados de trabajo de Rodbertus mienten, pues, abiertamente. Pero hay que ser un señor de hacienda pomerano para imaginarse que una clase obrera se dejaría trabajar doce horas para recibir certificadas cuatro horas de trabajo. Si se traduce el truco de magia de la producción capitalista a este lenguaje ingenuo, en el que aparece como robo descarado, se lo vuelve imposible. Cada bono entregado a un obrero sería una incitación directa a la rebelión y caería bajo el artículo 110 del código penal del Imperio alemán.[^11] Hay que no haber visto nunca otro proletariado que el proletariado de jornaleros de una hacienda señorial pomerana, todavía atrapado de hecho en una semiservidumbre, donde reinan el palo y el látigo y donde todas las mujeres bonitas del pueblo pertenecen al harén del señor, para imaginarse que se puede ofrecer semejante desvergüenza a los obreros. Pero es que nuestros conservadores son nuestros mayores revolucionarios.

Ahora bien, si nuestros obreros son lo bastante mansos para dejarse convencer de que, durante doce horas enteras de duro trabajo, en realidad solo han trabajado cuatro, se les garantizará como recompensa que por toda la eternidad su parte en su propio producto no bajará de un tercio. Esto es, en efecto, música del futuro tocada con trompeta de juguete, y no merece que se pierda una palabra en ello. En la medida, pues, en que Rodbertus ofrece algo nuevo en la utopía del intercambio con dinero-trabajo, eso nuevo es sencillamente pueril y está muy por debajo de lo que hicieron sus numerosos compañeros, antes y después de él.

Para la época en que apareció *Zur Erkenntniß etc.* de Rodbertus, era sin duda un libro importante. Su continuación de la teoría ricardiana del valor en una de las direcciones era un comienzo muy prometedor. Aunque solo fuera nueva para él y para Alemania, en conjunto está a la misma altura que las aportaciones de sus mejores predecesores ingleses. Pero no era más que un comienzo, del que solo mediante un trabajo ulterior a fondo y crítico podía obtenerse una verdadera ganancia para la teoría. Sin embargo, él mismo se cerró ese camino al emprender desde el principio también la continuación de Ricardo en la segunda dirección, la que lleva a la utopía. Con ello perdió la primera condición de toda crítica: la falta de prejuicios. Se puso a trabajar hacia un objetivo fijado de antemano; se convirtió en economista de tendencia. Una vez preso de su utopía, se había cerrado toda posibilidad de avanzar en la ciencia. Desde 1842 hasta su muerte da vueltas en círculo, repite siempre las mismas ideas ya expresadas o apuntadas en su primera obra, se siente incomprendido, se cree saqueado donde no había nada que saquear y, por último, se cierra no sin intención a reconocer que en el fondo no ha hecho más que redescubrir lo descubierto hace mucho.

* * *

En algunos pasajes la traducción se aparta del original francés impreso. Ello se debe a correcciones manuscritas de Marx, que también figurarán en la nueva edición francesa en preparación.

Apenas será necesario advertir que el lenguaje empleado en esta obra no coincide del todo con el de *El capital*. Así, aquí se habla todavía del *trabajo* como mercancía, de compra y venta del trabajo, en lugar de la *fuerza* de trabajo.

Como complemento se han añadido en esta edición: 1) un pasaje de la obra de Marx *Contribución a la crítica de la economía política*, Berlín, 1859, sobre la *primera* utopía del intercambio con dinero-trabajo, la de John Gray, y 2) una traducción del discurso de Bruselas (1848) de Marx sobre el librecambio, que pertenece al mismo período de la evolución del autor que la *Misère*.

Londres, 23 de octubre de 1884

Friedrich Engels

## Prólogo de Engels a la segunda edición alemana (1892)

*Escrito en Londres el 29 de marzo de 1892. Publicado en: Karl Marx, Das Elend der Philosophie, segunda edición, Stuttgart, 1892.*

Sobre esta segunda edición solo tengo que señalar que el nombre de Hopkins, mal escrito en el texto francés (en la p. 45), se ha sustituido por el correcto, Hodgskin, y que en ese mismo lugar se ha corregido a 1824 la fecha de la obra de William Thompson. Con lo cual es de esperar que la conciencia bibliográfica del señor profesor Anton Menger quede tranquila.[^12]

Londres, 29 de marzo de 1892

Friedrich Engels

## Prólogo

El señor Proudhon tiene la desgracia de ser singularmente mal conocido en Europa.[^13] En Francia tiene derecho a ser un mal economista, porque pasa por ser un buen filósofo alemán. En Alemania tiene derecho a ser un mal filósofo, porque pasa por ser uno de los economistas franceses más fuertes. Nosotros, en nuestra condición de alemán y de economista a la vez, hemos querido protestar contra este doble error.

El lector comprenderá que, en este ingrato trabajo, a menudo hayamos tenido que abandonar la crítica del señor Proudhon para hacer la de la filosofía alemana, y ofrecer al mismo tiempo algunas observaciones sobre la economía política.

*Karl Marx.*

*Bruselas, 15 de junio de 1847.*

La obra del señor Proudhon no es sencillamente un tratado de economía política, un libro corriente: es una Biblia. «Misterios», «Secretos arrancados del seno de Dios», «Revelaciones»: no le falta nada. Pero como en nuestros días los profetas se discuten con más escrúpulo que los autores profanos, el lector tendrá que resignarse a atravesar con nosotros la erudición árida y tenebrosa de la «génesis» para elevarse más tarde, con el señor Proudhon, a las regiones etéreas y fecundas del suprasocialismo. (Véase Proudhon, *Philosophie de la misère*, prólogo, p. III, línea 20.)

## Capítulo primero. Un descubrimiento científico

### 1. Oposición entre el valor de utilidad y el valor de cambio

> La capacidad que tienen todos los productos, sean naturales o industriales, de servir a la subsistencia del hombre se llama particularmente valor de utilidad; la capacidad que tienen de darse el uno por el otro, valor en cambio... ¿Cómo se convierte el valor de utilidad en valor en cambio?... La generación de la idea del valor (en cambio) no la han señalado los economistas con suficiente cuidado: importa que nos detengamos en ella. Puesto, pues, que entre los objetos que necesito un número muy grande solo se encuentra en la naturaleza en cantidad escasa, o incluso no se encuentra en absoluto, me veo obligado a contribuir a la producción de lo que me falta, y como no puedo poner mano en tantas cosas, propondré a otros hombres, mis colaboradores en funciones diversas, que me cedan una parte de sus productos a cambio del mío.[^14]

El señor Proudhon se propone explicarnos ante todo la doble naturaleza del valor[^15], la «distinción en el valor», el movimiento que hace del valor de utilidad el valor de cambio. Importa que nos detengamos con el señor Proudhon en este acto de transustanciación. He aquí cómo se lleva a cabo ese acto según nuestro autor.

Un número muy grande de productos no se encuentra en la naturaleza: se encuentran al cabo de la industria. Suponed que las necesidades rebasan la producción espontánea de la naturaleza: el hombre se ve obligado a recurrir a la producción industrial. ¿Qué es esa industria en la suposición del señor Proudhon? ¿Cuál es su origen? Un hombre solo, que siente la necesidad de un número muy grande de cosas, «no puede poner mano en tantas cosas». Tantas necesidades que satisfacer suponen tantas cosas que producir —no hay productos sin producción—; tantas cosas que producir ya no suponen la mano de un solo hombre que ayude a producirlas. Ahora bien, desde el momento en que suponéis más de una mano que ayuda a la producción, habéis supuesto ya toda una producción basada en la división del trabajo. Así, la necesidad, tal como la supone el señor Proudhon, supone ella misma toda la división del trabajo. Al suponer la división del trabajo, tenéis el intercambio y, por consiguiente, el valor de cambio. Lo mismo habría valido suponer desde el principio el valor de cambio.

Pero el señor Proudhon ha preferido dar el rodeo. Sigámosle en todos sus rodeos, para volver siempre a su punto de partida.

Para salir del estado de cosas en que cada uno produce en solitario y llegar al intercambio, «me dirijo», dice el señor Proudhon, «a mis colaboradores en funciones diversas». Así pues, yo tengo colaboradores, todos con funciones diversas, sin que por ello yo y todos los demás, siempre según la suposición del señor Proudhon, hayamos salido de la posición solitaria y poco social de los Robinsones. Los colaboradores y las funciones diversas, la división del trabajo y el intercambio que implica están ya dados de antemano.

Resumamos: tengo necesidades fundadas en la división del trabajo y en el intercambio. Al suponer esas necesidades, el señor Proudhon resulta haber supuesto el intercambio, el valor de cambio, cuya generación se propone precisamente «señalar con más cuidado que los demás economistas».

El señor Proudhon habría podido igualmente invertir el orden de las cosas, sin alterar por ello la exactitud de sus conclusiones. Para explicar el valor en cambio, hace falta el intercambio. Para explicar el intercambio, hace falta la división del trabajo. Para explicar la división del trabajo, hacen falta necesidades que exijan la división del trabajo. Para explicar esas necesidades, hay que «suponerlas», lo cual no es negarlas, contrariamente al primer axioma del prólogo del señor Proudhon: «Suponer a Dios es negarlo».[^16]

¿Cómo se las arregla el señor Proudhon, para quien la división del trabajo se da por conocida, para explicar el valor de cambio, que para él sigue siendo la incógnita?

«Un hombre» va y «propone a otros hombres, sus colaboradores en funciones diversas», establecer el intercambio y hacer una distinción entre el valor usual y el valor intercambiable. Al aceptar la distinción propuesta, los colaboradores no le han dejado al señor Proudhon otro «cuidado» que el de levantar acta del hecho, de marcar, de «señalar» en su tratado de economía política la «generación de la idea del valor». Pero sigue debiéndonos la explicación de la «generación» de esa propuesta; sigue debiéndonos decir, en fin, cómo a ese hombre solo, a ese Robinsón, se le ocurrió de pronto hacer «a sus colaboradores» una propuesta del género conocido, y cómo esos colaboradores la aceptaron sin la menor protesta.

El señor Proudhon no entra en esos detalles genealógicos. Se limita a dar al hecho del intercambio una especie de sello histórico, presentándolo en forma de moción que un tercero habría presentado para establecer el intercambio.

He aquí una muestra del «*método histórico y descriptivo*» del señor Proudhon, que profesa un soberbio desdén por el «método histórico y descriptivo» de los Adam Smith y los Ricardo.[^17]

El intercambio tiene su propia historia. Ha pasado por diferentes fases.

Hubo un tiempo, como en la Edad Media, en que solo se intercambiaba lo superfluo, el excedente de la producción sobre el consumo.

Hubo también un tiempo en que no solo lo superfluo, sino todos los productos, toda la existencia industrial había pasado al comercio, en que la producción entera dependía del intercambio. ¿Cómo explicar esta segunda fase del intercambio, el valor venal elevado a su segunda potencia?

El señor Proudhon tendría una respuesta preparada: suponed que un hombre «propuso a otros hombres, sus colaboradores en funciones diversas», elevar el valor venal a su segunda potencia.

Llegó, en fin, un tiempo en que todo lo que los hombres habían considerado inalienable se convirtió en objeto de intercambio, de tráfico, y pudo enajenarse. Es el tiempo en que las cosas mismas que hasta entonces se comunicaban, pero nunca se intercambiaban; se daban, pero nunca se vendían; se adquirían, pero nunca se compraban —virtud, amor, opinión, ciencia, conciencia, etc.—, en que todo, en fin, pasó al comercio. Es el tiempo de la corrupción general, de la venalidad universal o, para hablar en términos de economía política, el tiempo en que toda cosa, moral o física, convertida en valor venal, se lleva al mercado para que se aprecie en su más justo valor.

¿Cómo explicar todavía esta nueva y última fase del intercambio, el valor venal elevado a su tercera potencia?

El señor Proudhon tendría una respuesta preparada: suponed que una persona «propuso a otras personas, sus colaboradores en funciones diversas», hacer de la virtud, del amor, etc., un valor venal, elevar el valor de cambio a su tercera y última potencia.

Ya se ve: el «método histórico y descriptivo» del señor Proudhon sirve para todo, responde a todo, lo explica todo. ¿Se trata sobre todo de explicar históricamente la «generación de una idea económica»? Supone un hombre que propone a otros hombres, sus colaboradores en funciones diversas, llevar a cabo ese acto de generación, y no hay más que decir.

En adelante aceptamos la «generación» del valor de cambio como un hecho consumado; solo queda ahora exponer la relación entre el valor de cambio y el valor de utilidad. Escuchemos al señor Proudhon.

> Los economistas han hecho resaltar muy bien el doble carácter del valor; pero lo que no han expresado con la misma nitidez es su naturaleza contradictoria; aquí empieza nuestra crítica... Poco es haber señalado en el valor útil y en el valor intercambiable ese asombroso contraste, en el que los economistas están acostumbrados a no ver nada más que algo muy simple: hay que mostrar que esa pretendida simplicidad oculta un misterio profundo que es nuestro deber penetrar... En términos técnicos, el valor útil y el valor intercambiable están en razón inversa el uno del otro.

Si hemos captado bien el pensamiento del señor Proudhon, he aquí los cuatro puntos que se propone establecer:

1. El valor útil y el valor intercambiable forman un «asombroso contraste», se oponen el uno al otro;
2. El valor útil y el valor intercambiable están en razón inversa el uno del otro, en contradicción;
3. Los economistas no han visto ni conocido la oposición ni la contradicción;
4. La crítica del señor Proudhon empieza por el final.

También nosotros empezaremos por el final y, para disculpar a los economistas de las acusaciones del señor Proudhon, dejaremos hablar a dos economistas de bastante importancia.

Sismondi:[^18]

> Es la oposición entre el valor usual y el valor intercambiable a la que el comercio ha reducido todas las cosas, etc.[^19]

Lauderdale:[^20]

> En general, la riqueza nacional [el valor útil] disminuye a medida que las fortunas individuales aumentan por el crecimiento del valor venal; y a medida que estas se reducen por la disminución de ese valor, la primera aumenta por lo general.[^21]

Sismondi fundó en la oposición entre el valor usual y el valor intercambiable su doctrina principal, según la cual la disminución del ingreso es proporcional al aumento de la producción.

Lauderdale fundó su sistema en la razón inversa de las dos especies de valor, y su doctrina era incluso tan popular en tiempos de Ricardo que este podía hablar de ella como de algo generalmente conocido.[^22]

> Confundiendo las ideas de valor venal y de riquezas (valor útil) se ha pretendido que, disminuyendo la cantidad de las cosas necesarias, útiles o agradables para la vida, se podían aumentar las riquezas.[^23]

Acabamos de ver que los economistas, antes que el señor Proudhon, «señalaron» el profundo misterio de oposición y de contradicción. Veamos ahora cómo explica el señor Proudhon a su vez ese misterio después de los economistas.

El valor intercambiable de un producto baja a medida que la oferta va creciendo, mientras la demanda sigue siendo la misma; en otros términos: cuanto más abundante es un producto en relación con la demanda, más bajo es su valor intercambiable o su precio. A la inversa: cuanto más débil es la oferta en relación con la demanda, más sube el valor intercambiable o el precio del producto ofrecido; en otros términos, cuanto mayor es la escasez de los productos ofrecidos en relación con la demanda, mayor es la carestía. El valor de cambio de un producto depende de su abundancia o de su escasez, pero siempre en relación con la demanda. Suponed un producto más que escaso, único en su género, de acuerdo: ese producto único será más que abundante, será superfluo, si no se demanda. En cambio, suponed un producto multiplicado por millones: seguirá siendo escaso si no basta para la demanda, es decir, si se demanda demasiado.

Son verdades, casi diríamos triviales, que sin embargo ha habido que reproducir aquí para hacer comprender los misterios del señor Proudhon.

> De modo que, siguiendo el principio hasta sus últimas consecuencias, se llegaría a concluir, de la manera más lógica del mundo, que las cosas cuyo uso es necesario y cuya cantidad es infinita no deben valer nada, y las de utilidad nula y escasez extrema, un precio inestimable. Para colmo de dificultades, la práctica no admite esos extremos: por un lado, ningún producto humano podría alcanzar jamás el infinito en magnitud; por otro, las cosas más escasas necesitan ser útiles en algún grado, sin lo cual no serían susceptibles de valor alguno. El valor útil y el valor intercambiable siguen, pues, fatalmente encadenados el uno al otro, aunque por su naturaleza tiendan continuamente a excluirse.[^24]

¿Qué es lo que pone el colmo a las dificultades del señor Proudhon? Pues que ha olvidado sencillamente la demanda, y que una cosa solo puede ser escasa o abundante en la medida en que se demanda. Una vez dejada de lado la demanda, asimila el valor intercambiable a la escasez y el valor útil a la abundancia. En efecto, al decir que las cosas «de utilidad nula y escasez extrema» tienen «un precio inestimable», dice sencillamente que el valor en cambio no es más que la escasez. «Escasez extrema y utilidad nula» es la escasez pura. «Precio inestimable» es el máximo del valor intercambiable, es el valor intercambiable en estado puro. Estos dos términos los pone en ecuación. Por tanto, valor intercambiable y escasez son términos equivalentes. Al llegar a esas pretendidas «consecuencias extremas», el señor Proudhon resulta haber llevado al extremo, en efecto, no las cosas, sino los términos que las expresan, y en eso da pruebas de retórica mucho más que de lógica. Vuelve a encontrar sus hipótesis primeras en toda su desnudez cuando cree haber hallado nuevas consecuencias. Gracias al mismo procedimiento consigue identificar el valor útil con la abundancia pura.

Después de poner en ecuación el valor intercambiable y la escasez, el valor útil y la abundancia, el señor Proudhon se queda muy sorprendido de no encontrar ni el valor útil en la escasez y el valor intercambiable, ni el valor intercambiable en la abundancia y el valor útil; y al ver que la práctica no admite esos extremos, ya no puede hacer otra cosa que creer en el misterio. Para él hay precio inestimable porque no hay compradores, y nunca los encontrará mientras haga abstracción de la demanda.

Por otra parte, la abundancia del señor Proudhon parece ser algo espontáneo. Olvida por completo que hay gente que la produce y que a esa gente le interesa no perder nunca de vista la demanda. Si no, ¿cómo habría podido decir el señor Proudhon que las cosas muy útiles deben tener un precio muy bajo o incluso no costar nada? Habría tenido que concluir, por el contrario, que hay que restringir la abundancia, la producción de las cosas muy útiles, si se quiere elevar su precio, su valor de cambio.

Los antiguos viñadores de Francia, al solicitar una ley que prohibiera plantar nuevas viñas; los holandeses, al quemar las especias de Asia y arrancar los claveros de las Molucas, querían sencillamente reducir la abundancia para elevar el valor de cambio. Toda la Edad Media, al limitar por ley el número de oficiales que un solo maestro podía ocupar y el número de instrumentos que podía emplear, obraba según ese mismo principio. (Véase Anderson, *Histoire du commerce*.)[^25]

Después de presentar la abundancia como el valor útil y la escasez como el valor intercambiable —nada más fácil que demostrar que la abundancia y la escasez están en razón inversa—, el señor Proudhon identifica el valor útil con la oferta y el valor intercambiable con la demanda. Para hacer la antítesis aún más tajante, efectúa una sustitución de términos y pone «valor de opinión» en lugar de valor intercambiable. Así pues, la lucha ha cambiado de terreno, y tenemos de un lado la utilidad (el valor en uso, la oferta) y del otro la opinión (el valor intercambiable, la demanda).

Estas dos potencias opuestas entre sí, ¿quién las conciliará? ¿Qué hacer para ponerlas de acuerdo? ¿Podría siquiera establecerse entre ellas un punto de comparación?

> Ciertamente, exclama el señor Proudhon, hay uno: lo arbitrario. El precio que resulte de esa lucha entre la oferta y la demanda, entre la utilidad y la opinión, no será la expresión de la justicia eterna.

El señor Proudhon sigue desarrollando esta antítesis:

> En mi calidad de comprador libre, soy juez de mi necesidad, juez de la conveniencia del objeto, del precio que quiero pagar por él. Por otra parte, en vuestra calidad de productor libre, sois dueño de los medios de ejecución y, en consecuencia, tenéis la facultad de reducir vuestros costes.[^26]

Y como la demanda o el valor en cambio es idéntico a la opinión, el señor Proudhon llega a decir:

> Está probado que es el libre albedrío del hombre lo que da lugar a la oposición entre el valor útil y el valor en cambio. ¿Cómo resolver esa oposición mientras subsista el libre albedrío? ¿Y cómo sacrificar este sin sacrificar al hombre?[^27]

Así pues, no hay resultado posible. Hay una lucha entre dos potencias, por así decirlo, inconmensurables: entre lo útil y la opinión, entre el comprador libre y el productor libre.

Veamos las cosas un poco más de cerca.

La oferta no representa exclusivamente la utilidad, la demanda no representa exclusivamente la opinión. El que demanda, ¿no ofrece también un producto cualquiera, o el signo representativo de todos los productos, el dinero? ¿Y al ofrecer no representa, según el señor Proudhon, la utilidad o el valor en uso?

Por otro lado, el que ofrece, ¿no demanda también un producto cualquiera, o el signo representativo de todos los productos, dinero? ¿Y no se convierte así en el representante de la opinión, del valor de opinión o del valor en cambio?

La demanda es al mismo tiempo una oferta; la oferta es al mismo tiempo una demanda. Así, la antítesis del señor Proudhon, al identificar sin más la oferta y la demanda, la una con la utilidad y la otra con la opinión, solo descansa en una abstracción fútil.

Lo que el señor Proudhon llama valor útil, otros economistas lo llaman, con igual razón, valor de opinión. Solo citaremos a Storch.[^28][^29]

Según él, se llaman necesidades las cosas cuya necesidad sentimos; se llaman valores las cosas a las que atribuimos valor. La mayoría de las cosas solo tienen valor porque satisfacen necesidades engendradas por la opinión. La opinión sobre nuestras necesidades puede cambiar; por tanto, la utilidad de las cosas, que no expresa más que una relación de esas cosas con nuestras necesidades, también puede cambiar. Las propias necesidades naturales cambian continuamente. ¡Qué variedad no hay, en efecto, en los objetos que sirven de alimento principal en los distintos pueblos!

La lucha no se entabla entre la utilidad y la opinión: se entabla entre el valor venal que demanda el que ofrece y el valor venal que ofrece el que demanda. El valor intercambiable del producto es cada vez la resultante de esas apreciaciones contradictorias.

En último análisis, la oferta y la demanda ponen frente a frente la producción y el consumo, pero la producción y el consumo fundados en los intercambios individuales.

El producto que se ofrece no es lo útil en sí mismo. Es el consumidor quien comprueba su utilidad. E incluso cuando se le reconoce la cualidad de ser útil, no es exclusivamente lo útil. En el curso de la producción se ha intercambiado por todos los costes de producción, como las materias primas, los salarios de los obreros, etc., cosas todas ellas que son valores venales. Por tanto, el producto representa a los ojos del productor una suma de valores venales. Lo que ofrece no es solo un objeto útil, sino también, y sobre todo, un valor venal.

En cuanto a la demanda, solo será efectiva a condición de disponer de medios de cambio. Esos medios son a su vez productos, valores venales.

En la oferta y la demanda encontramos, pues, de un lado un producto que ha costado valores venales, y la necesidad de vender; del otro, unos medios que han costado valores venales, y el deseo de comprar.

El señor Proudhon opone el comprador libre al productor libre. Atribuye a uno y otro cualidades puramente metafísicas. Eso es lo que le hace decir:

> Está probado que es el libre albedrío del hombre lo que da lugar a la oposición entre el valor útil y el valor en cambio.

El productor, desde el momento en que ha producido en una sociedad fundada en la división del trabajo y en los intercambios —y esa es la hipótesis del señor Proudhon—, está obligado a vender. El señor Proudhon hace al productor dueño de los medios de producción; pero convendrá con nosotros en que sus medios de producción no dependen del libre albedrío. Más aún: esos medios de producción son en gran parte productos que le llegan de fuera, y en la producción moderna ni siquiera es libre de producir la cantidad que quiera. El grado actual de desarrollo de las fuerzas productivas le obliga a producir en tal o cual escala.

El consumidor no es más libre que el productor. Su opinión descansa en sus medios y sus necesidades. Unos y otras están determinados por su situación social, que depende a su vez de toda la organización social. Sí, el obrero que compra patatas y la mujer mantenida que compra encajes siguen uno y otra su opinión respectiva. Pero la diversidad de sus opiniones se explica por la diferencia de la posición que ocupan en el mundo, la cual es producto de la organización social.

El sistema entero de las necesidades, ¿se funda en la opinión o en toda la organización de la producción? Las más de las veces las necesidades nacen directamente de la producción o de un estado de cosas basado en la producción. El comercio del mundo gira casi por entero en torno a necesidades, no del consumo individual, sino de la producción. Así, por elegir otro ejemplo, la necesidad que se tiene de notarios, ¿no supone un derecho civil dado, que no es más que una expresión de cierto desarrollo de la propiedad, es decir, de la producción?

Al señor Proudhon no le basta con haber eliminado de la relación entre la oferta y la demanda los elementos de que acabamos de hablar. Lleva la abstracción hasta los últimos límites, fundiendo a todos los productores en un solo productor y a todos los consumidores en un solo consumidor, y entablando la lucha entre esos dos personajes quiméricos. Pero en el mundo real las cosas ocurren de otro modo. La competencia entre los que ofrecen y la competencia entre los que demandan forman un elemento necesario de la lucha entre compradores y vendedores, de la que resulta el valor venal.

Después de eliminar los costes de producción y la competencia, el señor Proudhon puede reducir a sus anchas al absurdo la fórmula de la oferta y la demanda.

> La oferta y la demanda, dice, no son otra cosa que dos formas ceremoniales que sirven para poner frente a frente el valor de utilidad y el valor de cambio y para provocar su conciliación. Son los polos eléctricos cuya puesta en relación debe producir el fenómeno de afinidad llamado intercambio.[^30]

Lo mismo valdría decir que el intercambio no es más que una «forma ceremonial» para poner frente a frente al consumidor y el objeto del consumo. Lo mismo valdría decir que todas las relaciones económicas son «formas ceremoniales» que sirven de intermediarias al consumo inmediato. La oferta y la demanda son relaciones de una producción dada, ni más ni menos que los intercambios individuales.

Así pues, ¿en qué consiste toda la dialéctica del señor Proudhon? En sustituir el valor útil y el valor intercambiable, la oferta y la demanda, por nociones abstractas y contradictorias, como la escasez y la abundancia, lo útil y la opinión, un productor y *un* consumidor, ambos *caballeros del libre albedrío*.

¿Y adónde quería ir a parar?

A procurarse el medio de introducir más tarde uno de los elementos que había apartado, los *costes de producción*, como la síntesis entre el valor útil y el valor intercambiable. Así es como, a sus ojos, los costes de producción constituyen el *valor sintético* o el *valor constituido*.[^31]

### 2. El valor constituido o el valor sintético

«El valor (venal) es la piedra angular del edificio económico» (t. I, p. 90). El valor «constituido» *es* la piedra angular del sistema de las contradicciones económicas.

¿Qué es, pues, ese «valor *constituido*» que constituye todo el descubrimiento del señor Proudhon en economía política?

Una vez admitida la utilidad, el trabajo es la fuente del valor. La medida del trabajo es el tiempo. El valor relativo de los productos está determinado por el tiempo de trabajo que ha habido que emplear para producirlos. El precio es la expresión monetaria del valor relativo de un producto. Por último, el valor *constituido* de un producto es sencillamente el valor que se constituye por el tiempo de trabajo fijado en él.

Así como Adam Smith descubrió la *división del trabajo*, así él, el señor Proudhon, pretende haber descubierto el «valor *constituido*». No es precisamente «algo inaudito», pero también hay que convenir en que nada hay de inaudito en ningún descubrimiento de la ciencia económica. El señor Proudhon, que siente toda la importancia de su invención, procura sin embargo atenuar su mérito

> para tranquilizar al lector sobre sus pretensiones de originalidad y reconciliarse con los espíritus a los que su timidez hace poco favorables a las ideas nuevas.

Pero a medida que va repartiendo lo que cada uno de sus predecesores ha hecho por la evaluación del valor, se ve forzosamente llevado a confesar en voz alta que a él le corresponde la mayor parte, la parte del león.

> La idea sintética del valor había sido entrevista vagamente por Adam Smith... Pero esta idea del valor era en A. Smith del todo intuitiva; ahora bien, la sociedad no cambia sus hábitos fiándose de intuiciones: solo se decide ante la autoridad de los hechos. Era preciso que la antinomia se expresara de un modo más sensible y más nítido: J.-B. Say fue su principal intérprete.

He aquí la historia ya hecha del descubrimiento del valor sintético: a Adam Smith, la intuición vaga; a J.-B. Say, la antinomia; al señor Proudhon, la verdad constituyente y «constituida». Y que nadie se equivoque: todos los demás economistas, de Say a Proudhon, no han hecho más que arrastrarse por el carril de la antinomia.

> Es increíble que tantos hombres sensatos se debatan desde hace cuarenta años contra una idea tan sencilla. Pero no: la comparación de los valores se efectúa sin que haya entre ellos ningún punto de comparación y sin unidad de medida; esto, antes que abrazar la teoría revolucionaria de la igualdad, es lo que los economistas del siglo XIX han resuelto sostener contra viento y marea. ¿Qué dirá de ello la posteridad?[^32]

La posteridad, apostrofada tan bruscamente, empezará por hacerse un lío con la cronología. Tendrá que preguntarse necesariamente: ¿es que Ricardo y su escuela no son economistas del siglo XIX? El sistema de Ricardo, que sienta como principio

> que el valor relativo de las mercancías depende exclusivamente de la cantidad de trabajo requerida para su producción,

se remonta a 1817.[^33] Ricardo es el jefe de toda una escuela que reina en Inglaterra desde la Restauración.[^34] La doctrina ricardiana resume rigurosa, implacablemente, a toda la burguesía inglesa, que es a su vez el tipo de la burguesía moderna. «¿Qué dirá de ello la posteridad?» No dirá que el señor Proudhon no conoció a Ricardo, porque habla de él, habla de él extensamente, vuelve siempre sobre él y acaba diciendo que es «fárrago». Si alguna vez la posteridad se mete en el asunto, dirá quizá que el señor Proudhon, temiendo chocar con la anglofobia de sus lectores, prefirió hacerse editor responsable de las ideas de Ricardo. Sea como fuere, le parecerá muy ingenuo que el señor Proudhon presente como «teoría revolucionaria del porvenir» lo que Ricardo expuso científicamente como la teoría de la sociedad actual, de la sociedad burguesa, y que tome así por solución de la antinomia entre la utilidad y el valor en cambio lo que Ricardo y su escuela presentaron mucho antes que él como la fórmula científica de un solo lado de la antinomia, del *valor en cambio*. Pero dejemos para siempre a un lado la posteridad y confrontemos al señor Proudhon con su predecesor Ricardo. He aquí algunos pasajes de este autor que resumen su doctrina sobre el valor:

> No es la utilidad la medida del valor intercambiable, aunque le sea absolutamente necesaria.[^35]

> Las cosas, una vez reconocidas como útiles por sí mismas, sacan su valor intercambiable de dos fuentes: de su escasez y de la cantidad de trabajo necesaria para adquirirlas. Hay cosas cuyo valor depende únicamente de su escasez. Como ningún trabajo puede aumentar su cantidad, su valor no puede bajar por una mayor abundancia. Tales son las estatuas o los cuadros valiosos, etc. Este valor depende únicamente de las facultades, los gustos y el capricho de quienes desean poseer tales objetos.[^36]

> Sin embargo, no forman más que una cantidad muy pequeña de las mercancías que se intercambian a diario. Como la mayor parte de los objetos que se desea poseer son fruto de la industria, se pueden multiplicar, no solo en un país sino en varios, en un grado al que es casi imposible asignar límites, siempre que se quiera emplear en ello la industria necesaria para crearlos.[^37]

> Así pues, cuando hablamos de mercancías, de su valor intercambiable y de los principios que regulan su precio relativo, solo tenemos en cuenta aquellas mercancías cuya cantidad puede aumentar la industria del hombre, cuya producción estimula la competencia y no contraría traba alguna.[^38]

Ricardo cita a A. Smith, que, según él, «definió con *mucha precisión* la fuente primitiva de todo valor intercambiable» (Smith, t. I, cap. V), y añade:

> Que tal sea en realidad la base del valor intercambiable de todas las cosas [a saber, el tiempo de trabajo], excepto de aquellas que la industria de los hombres no puede multiplicar a voluntad, es un punto de doctrina de la mayor importancia en economía política; porque no hay fuente de la que hayan manado tantos errores, ni de la que hayan nacido tantas opiniones diversas en esta ciencia, como el sentido vago y poco preciso que se da a la palabra valor.[^39]

> Si es la cantidad de trabajo fijada en una cosa la que regula su valor intercambiable, se sigue que todo aumento de la cantidad de trabajo debe aumentar necesariamente el valor del objeto en el que se ha empleado, y del mismo modo toda disminución del trabajo debe disminuir su precio.[^40]

Ricardo reprocha luego a Smith:

> 1.º Que dé al valor una medida distinta del trabajo: unas veces el valor del trigo, otras la cantidad de trabajo que una cosa puede comprar, etc.[^41]

> 2.º Que haya admitido sin reservas el principio y restrinja sin embargo su aplicación al estado primitivo y tosco de la sociedad, que precede a la acumulación de los capitales y a la propiedad de la tierra.[^42]

Ricardo se empeña en demostrar que la propiedad de la tierra, es decir, la renta, no puede cambiar el valor relativo de los productos, y que la acumulación de los capitales no ejerce más que una acción pasajera y oscilatoria sobre los valores relativos determinados por la cantidad comparativa de trabajo empleada en su producción. En apoyo de esta tesis expone su famosa teoría de la renta de la tierra, descompone el capital y acaba por no encontrar en él, en último análisis, más que trabajo acumulado. Desarrolla después toda una teoría del salario y del beneficio, y demuestra que el salario y el beneficio tienen sus movimientos de alza y de baja en razón inversa el uno del otro, sin influir en el valor relativo del producto. No descuida la influencia que la acumulación de los capitales y la diferencia de su naturaleza (capitales fijos y capitales circulantes), así como la tasa de los salarios, pueden ejercer sobre el valor proporcional de los productos. Son incluso los principales problemas que ocupan a Ricardo.

> Toda economía en el trabajo —dice—[^43] no deja nunca de hacer bajar el valor relativo de una mercancía, ya recaiga esa economía en el trabajo necesario para la fabricación del objeto mismo, ya en el trabajo necesario para la formación del capital empleado en esa producción.[^44]

> Por consiguiente, mientras una jornada de trabajo siga dando al uno la misma cantidad de pescado y al otro otra tanta caza, la tasa natural de los precios respectivos de cambio seguirá siendo siempre la misma, cualquiera que sea, por lo demás, la variación de los salarios y del beneficio, y pese a todos los efectos de la acumulación del capital.[^45]

> Hemos considerado el trabajo como el fundamento del valor de las cosas, y la cantidad de trabajo necesaria para su producción como la regla que determina las cantidades respectivas de mercancías que deben darse a cambio de otras; pero no hemos pretendido negar que en el precio corriente de las mercancías haya alguna desviación accidental y pasajera respecto de ese precio primitivo y natural.[^46]

> Son los costes de producción los que regulan, en último análisis, los precios de las cosas, y no, como se ha afirmado a menudo, la proporción entre la oferta y la demanda.[^47]

Lord Lauderdale había desarrollado las variaciones del valor intercambiable según la ley de la oferta y la demanda, o de la escasez y la abundancia en relación con la demanda. Según él, el valor de una cosa puede aumentar cuando su cantidad disminuye o cuando su demanda aumenta; puede disminuir por el aumento de su cantidad o por la disminución de la demanda. Así, el valor de una cosa puede cambiar por la acción de ocho causas diferentes, a saber, las cuatro causas aplicadas a esa misma cosa y las cuatro causas aplicadas al dinero o a cualquier otra mercancía que sirva de medida de su valor. He aquí la refutación de Ricardo:

> Los productos de los que un particular o una compañía tienen el monopolio varían de valor según la ley que ha establecido lord Lauderdale: bajan a medida que se ofrecen en mayor cantidad y suben con el deseo que muestran los compradores de adquirirlos; su precio no guarda relación necesaria con su valor natural. Pero en cuanto a las cosas que están sujetas a la competencia entre los vendedores y cuya cantidad puede aumentarse dentro de límites moderados, su precio depende en definitiva, no del estado de la demanda y del abastecimiento, sino del aumento o la disminución de los costes de producción.[^48]

Dejaremos al lector el cuidado de comparar el lenguaje tan preciso, tan claro, tan sencillo de Ricardo con los esfuerzos retóricos que hace el señor Proudhon para llegar a la determinación del valor relativo por el tiempo de trabajo.

Ricardo nos muestra el movimiento real de la producción burguesa que constituye el valor. El señor Proudhon, haciendo abstracción de ese movimiento real, «se debate» para inventar procedimientos nuevos con los que arreglar el mundo según una fórmula supuestamente nueva que no es más que la expresión teórica del movimiento real existente y tan bien expuesto por Ricardo. Ricardo toma como punto de partida la sociedad actual para demostrarnos cómo constituye el valor; el señor Proudhon toma como punto de partida el valor constituido para constituir un mundo social nuevo por medio de ese valor. Para él, para el señor Proudhon, el valor constituido tiene que dar la vuelta y volver a ser constituyente para un mundo ya del todo constituido según ese modo de evaluación. La determinación del valor por el tiempo de trabajo es, para Ricardo, la ley del valor intercambiable; para el señor Proudhon, es la síntesis del valor útil y del valor intercambiable. La teoría de los valores de Ricardo es la interpretación científica de la vida económica actual; la teoría de los valores del señor Proudhon es la interpretación utópica de la teoría de Ricardo. Ricardo comprueba la verdad de su fórmula derivándola de todas las relaciones económicas y explicando por ese medio todos los fenómenos, incluso los que a primera vista parecen contradecirla, como la renta, la acumulación de los capitales y la relación de los salarios con los beneficios; eso es precisamente lo que hace de su doctrina un sistema científico. El señor Proudhon, que ha vuelto a dar con esa fórmula de Ricardo por medio de hipótesis del todo arbitrarias, se ve obligado después a buscar hechos económicos aislados, que tortura y falsifica para hacerlos pasar por ejemplos, por aplicaciones ya existentes, por comienzos de realización de su idea regeneradora. (Véase nuestro § 3.)

Pasemos ahora a las conclusiones que el señor Proudhon saca del valor constituido (por el tiempo de trabajo).

Una cantidad determinada de trabajo equivale al producto creado por esa misma cantidad de trabajo.

Toda jornada de trabajo vale lo que otra jornada de trabajo; es decir, a cantidad igual, el trabajo de uno vale lo que el trabajo de otro: no hay diferencia de cualidad. A cantidad igual de trabajo, el producto de uno se da a cambio del producto de otro. Todos los hombres son trabajadores asalariados, y asalariados pagados por igual por un tiempo igual de trabajo. La igualdad perfecta preside los intercambios.

¿Son estas conclusiones las consecuencias naturales, rigurosas, del valor «constituido» o determinado por el tiempo de trabajo?

Si el valor relativo de una mercancía está determinado por la cantidad de trabajo requerida para producirla, se sigue naturalmente que el valor relativo del trabajo, o el salario, está determinado igualmente por la cantidad de trabajo que hace falta para producir el salario. El salario, es decir, el valor relativo o el precio del trabajo, está determinado, pues, por el tiempo de trabajo que hace falta para producir todo lo necesario para el sustento del obrero.

> Disminuid los costes de fabricación de los sombreros y su precio acabará por caer a su nuevo precio natural, aunque la demanda pueda duplicarse, triplicarse o cuadruplicarse. Disminuid los costes del sustento de los hombres, disminuyendo el precio natural del alimento y del vestido que sostienen la vida, y veréis cómo los salarios acaban por bajar, aunque la demanda de brazos haya podido crecer considerablemente.[^49]

Cierto: el lenguaje de Ricardo es de lo más cínico. Poner en el mismo plano los costes de fabricación de los sombreros y los costes del sustento del hombre es transformar al hombre en sombrero. Pero no clamemos tanto contra el cinismo. El cinismo está en las cosas y no en las palabras que expresan las cosas. Escritores franceses como los señores Droz, Blanqui, Rossi y otros[^50] se dan la inocente satisfacción de probar su superioridad sobre los economistas ingleses procurando guardar la etiqueta de un lenguaje «humanitario»; si reprochan a Ricardo y a su escuela su lenguaje cínico, es porque les molesta ver expuestas las relaciones económicas en toda su crudeza, ver traicionados los misterios de la burguesía.

Resumamos: el trabajo, siendo él mismo mercancía, se mide como tal por el tiempo de trabajo que hace falta para producir el trabajo-mercancía. ¿Y qué hace falta para producir el trabajo-mercancía? Justo el tiempo de trabajo necesario para producir los objetos indispensables para el sustento incesante del trabajo, es decir, para hacer vivir al trabajador y ponerlo en condiciones de propagar su raza. El precio natural del trabajo no es otra cosa que el mínimo del salario.[^51] Si el precio corriente del salario[^52] se eleva por encima del precio natural, es precisamente porque la ley del valor, sentada como principio por el señor Proudhon, se encuentra contrarrestada por las consecuencias de las variaciones de la relación entre la oferta y la demanda. Pero el mínimo del salario no deja por ello de ser el centro hacia el que gravitan los precios corrientes del salario.

Así, el valor relativo, medido por el tiempo de trabajo, es fatalmente la fórmula de la esclavitud moderna del obrero, en lugar de ser, como quiere el señor Proudhon, la «teoría revolucionaria» de la emancipación del proletariado.

Veamos ahora en cuántos casos la aplicación del tiempo de trabajo como medida del valor es incompatible con el antagonismo de clases existente y con la desigual retribución del producto entre el trabajador inmediato y el poseedor del trabajo acumulado.

Supongamos un producto cualquiera; por ejemplo, la tela de lino. Este producto, como tal, encierra una cantidad de trabajo determinada. Esa cantidad de trabajo será siempre la misma, cualquiera que sea la situación recíproca de quienes han contribuido a crear ese producto.

Tomemos otro producto: paño, que habría exigido la misma cantidad de trabajo que la tela.

Si hay intercambio de esos dos productos, hay intercambio de cantidades iguales de trabajo. Al intercambiar esas cantidades iguales de tiempo de trabajo no se cambia la situación recíproca de los productores, como tampoco se cambia nada en la situación de los obreros y los fabricantes entre sí. Decir que este intercambio de los productos medidos por el tiempo de trabajo tiene como consecuencia la retribución igualitaria de todos los productores es suponer que la igualdad de participación en el producto existía ya antes del intercambio. Una vez realizado el intercambio del paño por la tela, los productores del paño participarán en la tela en una proporción igual a aquella en que antes habían participado en el paño.

La ilusión del señor Proudhon procede de que toma como consecuencia lo que, a lo sumo, no podría ser más que una suposición gratuita.

Vayamos más lejos.

El tiempo de trabajo como medida del valor, ¿supone al menos que las jornadas son *equivalentes* y que la jornada de uno vale lo que la jornada de otro? No.

Pongamos por un instante que la jornada de un joyero equivalga a tres jornadas de un tejedor: lo cierto es que todo cambio del valor de las joyas en relación con los tejidos, a menos que sea el resultado pasajero de las oscilaciones de la demanda y de la oferta, tiene que tener por causa una disminución o un aumento del tiempo de trabajo empleado de un lado o de otro en la producción. Si tres jornadas de trabajo de distintos trabajadores son entre sí como 1, 2 y 3, todo cambio en el valor relativo de sus productos será un cambio en esa proporción de 1, 2 y 3. Así, se pueden medir los valores por el tiempo de trabajo pese a la desigualdad del valor de las distintas jornadas de trabajo; pero para aplicar semejante medida necesitamos una escala comparativa de las distintas jornadas de trabajo: es la competencia la que establece esa escala.

¿Vale vuestra hora de trabajo lo que la mía? Es una cuestión que se dirime por la competencia.

La competencia, según un economista norteamericano, determina cuántas jornadas de trabajo simple están contenidas en una jornada de trabajo complejo. Esta reducción de jornadas de trabajo complejo a jornadas de trabajo simple, ¿no supone que se toma el propio trabajo simple como medida del valor? La mera cantidad de trabajo, sirviendo de medida del valor sin tener en cuenta la cualidad, supone a su vez que el trabajo simple se ha convertido en el eje de la industria. Supone que los trabajos se han igualado por la subordinación del hombre a la máquina o por la división extrema del trabajo; que los hombres se borran ante el trabajo; que el péndulo del reloj se ha convertido en la medida exacta de la actividad relativa de dos obreros, como lo es de la velocidad de dos locomotoras. Entonces no hay que decir que una hora de un hombre vale lo que una hora de otro hombre, sino más bien que un hombre de una hora vale lo que otro hombre de una hora. El tiempo lo es todo; el hombre ya no es nada; es, a lo sumo, la carcasa del tiempo. Ya no se trata de la cualidad. Solo la cantidad lo decide todo: hora por hora, jornada por jornada; pero esta igualación del trabajo no es en absoluto obra de la eterna justicia del señor Proudhon; es pura y simplemente un hecho de la industria moderna.

En el taller automático, el trabajo de un obrero apenas se distingue ya en nada del trabajo de otro obrero: los obreros ya solo pueden distinguirse entre sí por la cantidad de tiempo que dedican a trabajar. Sin embargo, esta diferencia cuantitativa se vuelve, desde cierto punto de vista, cualitativa, en la medida en que el tiempo que se da al trabajo depende en parte de causas puramente materiales, como la constitución física, la edad y el sexo, y en parte de causas morales puramente negativas, como la paciencia, la impasibilidad y la asiduidad. En fin, si hay una diferencia de cualidad en el trabajo de los obreros, es a lo sumo una cualidad de la última calidad, que está lejos de ser una especialidad distintiva. Tal es, en último análisis, el estado de cosas en la industria moderna. Sobre esta igualdad ya realizada del trabajo automático pasa el señor Proudhon su cepillo de «igualación», que se propone realizar universalmente en los «tiempos venideros».

Todas las consecuencias «igualitarias» que el señor Proudhon saca de la doctrina de Ricardo descansan en un error fundamental: confunde el valor de las mercancías medido por la cantidad de trabajo fijada en ellas con el valor de las mercancías medido por el «valor *del trabajo*». Si estas dos maneras de medir el valor de las mercancías se confundieran en una sola, se podría decir indistintamente: el valor relativo de una mercancía cualquiera se mide por la cantidad de trabajo fijada en ella; o bien: se mide por la cantidad de trabajo que es capaz de comprar; o bien todavía: se mide por la cantidad de trabajo capaz de adquirirla. Pero ni mucho menos es así. El valor del trabajo no puede servir de medida del valor más que el valor de cualquier otra mercancía. Bastarán algunos ejemplos para explicar todavía mejor lo que acabamos de decir.

Si el moyo[^53] de trigo costara dos jornadas de trabajo en lugar de una sola, tendría el doble de su valor primitivo; pero no pondría en movimiento el doble de cantidad de trabajo, porque no contendría más materia nutritiva que antes. Así, el valor del trigo medido por la cantidad de trabajo empleado en producirlo se habría duplicado; pero medido por la cantidad de trabajo que puede comprar, o por la cantidad de trabajo con la que puede ser comprado, distaría mucho de haberse duplicado. Por otra parte, si el mismo trabajo produjera el doble de prendas de vestir que antes, su valor relativo caería a la mitad; pero, sin embargo, esa cantidad doble de prendas no quedaría por ello reducida a disponer solo de la mitad de la cantidad de trabajo, ni el mismo trabajo podría disponer de la doble cantidad de prendas; porque la mitad de las prendas seguiría prestando siempre al obrero el mismo servicio que antes.

Así, determinar el valor relativo de los productos por el valor del trabajo va contra los hechos económicos. Es moverse en un círculo vicioso, es determinar el valor relativo por un valor relativo que, a su vez, necesita ser determinado.

Está fuera de duda que el señor Proudhon confunde las dos medidas, la medida por el tiempo de trabajo necesario para la producción de una mercancía y la medida por el valor del trabajo. «El trabajo de todo hombre —dice— puede comprar el valor que encierra». Así, según él, una determinada cantidad de trabajo fijado en un producto equivale a la retribución del trabajador, es decir, al valor del trabajo. Es también la misma razón la que le autoriza a confundir los costes de producción con los salarios.

«¿Qué es el salario? Es el precio de coste del trigo, etc.; es el precio integrante de toda cosa». Vayamos todavía más lejos: «El salario es la proporcionalidad de los elementos que componen la riqueza». ¿Qué es el salario? Es el valor del trabajo.

Adam Smith toma como medida del valor unas veces el tiempo de trabajo necesario para la producción de una mercancía, otras el valor del trabajo. Ricardo desveló ese error al mostrar claramente la disparidad de esas dos maneras de medir. El señor Proudhon agrava el error de Adam Smith identificando las dos cosas, que el otro no había hecho más que yuxtaponer.

Para encontrar la justa proporción en que los obreros deben participar en los productos o, en otras palabras, para determinar el valor relativo del trabajo, el señor Proudhon busca una medida del valor relativo de las mercancías. Para determinar la medida del valor relativo de las mercancías, no se le ocurre nada mejor que dar como equivalente de una determinada cantidad de trabajo la suma de los productos que ha creado, lo que equivale a suponer que toda la sociedad consiste únicamente en trabajadores inmediatos que reciben como salario su propio producto. En segundo lugar, da por sentada la equivalencia de las jornadas de los distintos trabajadores. En resumen: busca la medida del valor relativo de las mercancías para encontrar la retribución igual de los trabajadores, y toma un dato ya completamente encontrado, la igualdad de los salarios, para salir en busca del valor relativo de las mercancías. ¡Qué admirable dialéctica!

> Say y los economistas que lo han seguido han observado que, siendo el trabajo él mismo objeto de evaluación, una mercancía como otra cualquiera, en suma, había un círculo vicioso en tomarlo como principio y causa eficiente del valor. Estos economistas, que me permitan decirlo, han dado prueba con ello de una prodigiosa falta de atención. Se dice que el trabajo vale, no en cuanto mercancía él mismo, sino en vista de los valores que se suponen encerrados potencialmente en él. El valor del trabajo es una expresión figurada, una anticipación de la causa sobre el efecto. Es una ficción con el mismo título que la productividad del capital. El trabajo produce, el capital vale... Por una especie de elipsis se dice el valor del trabajo... El trabajo, como la libertad..., es cosa vaga e indeterminada por naturaleza, pero que se define cualitativamente por su objeto, es decir, que se convierte en realidad por el producto.

Pero ¿qué necesidad hay de insistir? Desde el momento en que el economista [léase el señor Proudhon] cambia el nombre de las cosas, *vera rerum vocabula*,[^54] confiesa implícitamente su impotencia y se pone él mismo fuera de juego.[^55]

Hemos visto que el señor Proudhon hace del valor del trabajo la «causa eficiente» del valor de los productos, hasta el punto de que para él el *salario*, nombre oficial del «valor del trabajo», forma el precio integrante de toda cosa. Por eso le turba la objeción de Say. En el trabajo-mercancía, que es de una realidad espantosa, no ve más que una elipsis gramatical. Así pues, toda la sociedad actual, fundada en el trabajo-mercancía, se basa desde ahora en una licencia poética, en una expresión figurada. ¿Quiere la sociedad «eliminar todos los inconvenientes» que la aquejan? Pues bien, que elimine los términos malsonantes, que cambie de lenguaje, y para eso no tiene más que dirigirse a la Academia[^56] y pedirle una nueva edición de su diccionario. Después de todo lo que acabamos de ver, nos es fácil comprender por qué el señor Proudhon, en una obra de economía política, ha tenido que meterse en largas disertaciones sobre la etimología y otras partes de la gramática. Así, todavía anda discutiendo doctamente la anticuada derivación de *servus* a partir de *servare*.[^57] Estas disertaciones filológicas tienen un sentido profundo, un sentido esotérico; forman una parte esencial de la argumentación del señor Proudhon.

El trabajo, la fuerza de trabajo, en cuanto se vende y se compra, es una mercancía como cualquier otra mercancía y tiene, por consiguiente, un valor de cambio. Pero el valor del trabajo, o el trabajo en cuanto mercancía, produce tan poco como el valor del trigo, o el trigo en cuanto mercancía, sirve de alimento.

El trabajo «vale» más o menos según que los víveres sean más o menos caros, según que la oferta y la demanda de brazos se den en tal o cual grado, etc., etc.

El trabajo no es en modo alguno una «cosa vaga»; es siempre un trabajo determinado; nunca es el trabajo en general lo que se vende y se compra. No solo es el trabajo el que se define cualitativamente por el objeto, sino que también el objeto está determinado por la cualidad específica del trabajo.

El trabajo, en cuanto se vende y se compra, es él mismo mercancía. ¿Por qué se lo compra? «En vista de los valores que se suponen encerrados potencialmente en él». Pero si se dice que tal cosa es una mercancía, ya no se trata del fin con que se la compra, es decir, de la utilidad que se quiere sacar de ella, de la aplicación que se le quiere dar. Es mercancía como objeto de tráfico. Todos los razonamientos del señor Proudhon se reducen a esto: el trabajo no se compra como objeto inmediato de consumo. No: se compra como instrumento de producción, como se compraría una máquina. En cuanto mercancía, el trabajo vale y no produce. El señor Proudhon habría podido decir igualmente que no existe mercancía alguna, puesto que toda mercancía se adquiere solo con algún fin de utilidad y nunca como mercancía en sí misma.

Al medir el valor de las mercancías por el trabajo, el señor Proudhon entrevé vagamente la imposibilidad de sustraer a esa misma medida el trabajo en cuanto tiene un valor, el trabajo-mercancía. Presiente que eso es hacer del mínimo del salario el precio natural y normal del trabajo inmediato, que es aceptar el estado actual de la sociedad. Así que, para escapar a esa consecuencia fatal, da media vuelta y pretende que el trabajo no es una mercancía, que no puede tener un valor. Olvida que él mismo ha tomado como medida el valor del trabajo; olvida que todo su sistema descansa en el trabajo-mercancía, en el trabajo que se trueca, se vende y se compra, se cambia por productos, etc.; en el trabajo, en fin, que es una fuente inmediata de ingresos para el trabajador. Lo olvida todo.

Para salvar su sistema, consiente en sacrificar su base.

*Et propter vitam vivendi perdere causas!*[^58]

Llegamos ahora a una nueva determinación del «valor *constituido*».

«El valor es la *relación de proporcionalidad* de los productos que componen la riqueza».

Observemos en primer lugar que la simple expresión «valor relativo o intercambiable» implica la idea de una relación cualquiera en la que los productos se intercambian recíprocamente. Por más que se dé a esa relación el nombre de «relación de proporcionalidad», no se ha cambiado nada del valor relativo, salvo la expresión. Ni la depreciación ni el encarecimiento del valor de un producto destruyen la cualidad que tiene de hallarse en una «relación de proporcionalidad» cualquiera con los demás productos que forman la riqueza.

¿Por qué, entonces, este término nuevo, que no aporta una idea nueva?

La «relación de proporcionalidad» hace pensar en muchas otras relaciones económicas, como la proporcionalidad de la producción, la justa proporción entre la oferta y la demanda, etc.; y el señor Proudhon ha pensado en todo eso al formular esta paráfrasis didáctica del valor venal.

En primer lugar, como el valor relativo de los productos está determinado por la cantidad comparativa de trabajo empleada en la producción de cada uno de ellos, la relación de proporcionalidad, aplicada a este caso especial, significa la cantidad respectiva de productos que pueden fabricarse en un tiempo dado y que, por consiguiente, se dan a cambio unos de otros.

Veamos qué partido saca el señor Proudhon de esta relación de proporcionalidad.

Todo el mundo sabe que, cuando la oferta y la demanda se equilibran, el valor relativo de un producto cualquiera está determinado exactamente por la cantidad de trabajo fijada en él, es decir, que ese valor relativo expresa la relación de proporcionalidad precisamente en el sentido que acabamos de darle. El señor Proudhon invierte el orden de las cosas. Empezad, dice, por medir el valor relativo de un producto por la cantidad de trabajo fijada en él, y entonces la oferta y la demanda se equilibrarán infaliblemente. La producción corresponderá al consumo; el producto será siempre intercambiable. Su precio corriente expresará exactamente su justo valor. En lugar de decir, como todo el mundo, que cuando hace buen tiempo se ve a mucha gente pasear, el señor Proudhon hace pasear a su gente para poder asegurarle buen tiempo.

Lo que el señor Proudhon da como la consecuencia del valor venal determinado *a priori* por el tiempo de trabajo solo podría justificarse mediante una ley redactada más o menos en estos términos:

En adelante, los productos se intercambiarán en razón exacta del tiempo de trabajo que hayan costado. Cualquiera que sea la proporción entre la oferta y la demanda, el intercambio de las mercancías se hará siempre como si se hubieran producido en proporción a la demanda. Que el señor Proudhon cargue con la tarea de formular y de hacer semejante ley, y le dispensaremos de las pruebas. Si, por el contrario, se empeña en justificar su teoría, no como legislador sino como economista, tendrá que probar que el tiempo necesario para crear una mercancía indica exactamente su grado de utilidad y marca su relación de proporcionalidad con la demanda y, por consiguiente, con el conjunto de las riquezas. En ese caso, si un producto se vende a un precio igual a sus costes de producción, la oferta y la demanda se equilibrarán siempre, porque se supone que los costes de producción expresan la verdadera relación entre la oferta y la demanda.

En efecto, el señor Proudhon se empeña en probar que el tiempo de trabajo necesario para crear un producto marca su justa proporción con las necesidades, de tal modo que las cosas cuya producción cuesta menos tiempo son las más inmediatamente útiles, y así sucesivamente, gradualmente. Según esta doctrina, la mera producción de un objeto de lujo prueba ya que la sociedad tiene tiempo de sobra que le permite satisfacer una necesidad de lujo.

La prueba misma de su tesis la encuentra el señor Proudhon en la observación de que las cosas más útiles son las que cuestan menos tiempo de producción, de que la sociedad empieza siempre por las industrias más fáciles y de que sucesivamente

> acomete la producción de los objetos que cuestan más tiempo de trabajo y que corresponden a necesidades de un orden más elevado.

El señor Proudhon toma prestado del señor Dunoyer[^59] el ejemplo de la industria extractiva —recolección, pastoreo, caza, pesca, etc.—, que es la industria más simple, la menos costosa, y por la que el hombre empezó «el primer día de su segunda creación». El primer día de su primera creación está consignado en el Génesis, que nos muestra en Dios al primer industrial del mundo.

Las cosas suceden de muy distinta manera de como piensa el señor Proudhon. En el momento mismo en que empieza la civilización, la producción empieza a fundarse en el antagonismo de los órdenes, de los estamentos, de las clases, en fin, en el antagonismo del trabajo acumulado y el trabajo inmediato. Sin antagonismo no hay progreso. Esa es la ley que ha seguido la civilización hasta nuestros días. Hasta ahora las fuerzas productivas se han desarrollado gracias a este régimen del antagonismo de clases. Decir ahora que, porque todas las necesidades de todos los trabajadores estaban satisfechas, los hombres podían dedicarse a la creación de productos de un orden superior, a industrias más complicadas, sería hacer abstracción del antagonismo de clases y trastocar todo el desarrollo histórico. Es como si se quisiera decir que, porque bajo los emperadores romanos se criaban morenas en viveros artificiales, había con qué alimentar abundantemente a toda la población romana; cuando, muy al contrario, al pueblo romano le faltaba lo necesario para comprar pan, y a los aristócratas romanos no les faltaban esclavos para darlos como pasto a las morenas.[^60]

El precio de los víveres ha subido casi continuamente, mientras que el precio de los objetos manufacturados y de lujo ha bajado casi continuamente. Tomad la propia industria agrícola: los objetos más indispensables, como el trigo, la carne, etc., suben de precio, mientras que el algodón, el azúcar, el café, etc., bajan continuamente en una proporción sorprendente. E incluso entre los comestibles propiamente dichos, los objetos de lujo, como las alcachofas, los espárragos, etc., son hoy relativamente más baratos que los comestibles de primera necesidad. En nuestra época, lo superfluo es más fácil de producir que lo necesario. Por último, en distintas épocas históricas, las relaciones recíprocas de los precios no solo son diferentes, sino opuestas. En toda la Edad Media, los productos agrícolas eran relativamente más baratos que los productos manufacturados; en los tiempos modernos, la relación es la inversa. ¿Ha disminuido por eso la utilidad de los productos agrícolas desde la Edad Media?

El uso de los productos está determinado por las condiciones sociales en que se encuentran situados los consumidores, y esas condiciones descansan a su vez en el antagonismo de clases.

El algodón, las patatas y el aguardiente son objetos del uso más común. Las patatas han engendrado la escrófula; el algodón ha desplazado en gran parte al lino y a la lana, aunque la lana y el lino sean en muchos casos de mayor utilidad, aunque solo sea desde el punto de vista de la higiene; el aguardiente, en fin, se ha impuesto a la cerveza y al vino, aunque el aguardiente empleado como sustancia alimenticia esté generalmente reconocido como un veneno. Durante todo un siglo, los gobiernos lucharon en vano contra el opio europeo; la economía prevaleció, dictó sus órdenes al consumo.

¿Por qué, pues, el algodón, la patata y el aguardiente son los ejes de la sociedad burguesa? Porque para producirlos hace falta la menor cantidad de trabajo y, por consiguiente, son los de precio más bajo. ¿Por qué decide el mínimo del precio el máximo del consumo? ¿Será acaso por la utilidad absoluta de esos objetos, por su utilidad intrínseca, por su utilidad en cuanto corresponden del modo más útil a las necesidades del obrero como hombre, y no del hombre como obrero? No: es porque, en una sociedad fundada en la *miseria*, los productos más *miserables* tienen la prerrogativa fatal de servir al uso del mayor número.

Decir ahora que, porque las cosas menos costosas son de mayor uso, tienen que ser de la mayor utilidad, es decir que el uso tan extendido del aguardiente, a causa de lo poco que cuesta producirlo, es la prueba más concluyente de su utilidad; es decir al proletario que la patata le es más saludable que la carne; es aceptar el estado de cosas existente; es hacer, en fin, con el señor Proudhon, la apología de una sociedad sin comprenderla.

En una sociedad futura, en la que hubiera cesado el antagonismo de clases, en la que ya no hubiera clases, el uso ya no estaría determinado por el *mínimo* del tiempo de producción; sino que el tiempo de producción social que se dedicara a los distintos objetos estaría determinado por su grado de utilidad social.

Volviendo a la tesis del señor Proudhon: desde el momento en que el tiempo de trabajo necesario para la producción de un objeto no es la expresión de su grado de utilidad, el valor de cambio de ese mismo objeto, determinado de antemano por el tiempo de trabajo fijado en él, nunca podrá regular la justa relación entre la oferta y la demanda, es decir, la relación de proporcionalidad en el sentido que el señor Proudhon le da por el momento.

No es la venta de un producto cualquiera al precio de sus costes de producción lo que constituye la «relación de proporcionalidad» entre la oferta y la demanda, o la cuota proporcional de ese producto con respecto al conjunto de la producción; son las *variaciones de la demanda y de la oferta* las que indican al productor en qué cantidad tiene que producir una mercancía dada para recibir a cambio, por lo menos, los costes de producción. Y como esas variaciones son continuas, hay también un movimiento continuo de retirada y de colocación de los capitales en las distintas ramas de la industria.

> Solo en razón de semejantes variaciones se destinan los capitales precisamente en la proporción requerida, y no más allá, a la producción de las distintas mercancías para las que hay demanda. Con el alza o la baja de los precios, los beneficios se elevan por encima o caen por debajo de su nivel general, y por ello los capitales son atraídos hacia el empleo particular que acaba de experimentar una u otra de esas variaciones, o apartados de él. Si echamos un vistazo a los mercados de las grandes ciudades, veremos con qué regularidad están provistos de toda clase de productos, nacionales y extranjeros, en la cantidad requerida, por diferente que sea su demanda por efecto del capricho, del gusto o de las variaciones de la población, sin que haya a menudo saturación por un abastecimiento sobreabundante ni carestía excesiva por la escasez del abastecimiento comparado con la demanda; hay que convenir en que el principio que distribuye el capital en cada rama de la industria, en las proporciones exactamente convenientes, es más poderoso de lo que se supone en general.[^61]

Si el señor Proudhon acepta el valor de los productos como determinado por el tiempo de trabajo, debe aceptar igualmente el movimiento oscilatorio que es lo único que hace del trabajo la medida del valor. No hay ninguna «relación de proporcionalidad» ya constituida; solo hay un movimiento constituyente.

Acabamos de ver en qué sentido es correcto hablar de la «proporcionalidad» como de una consecuencia del valor determinado por el tiempo de trabajo. Vamos a ver ahora cómo esta medida por el tiempo, llamada por el señor Proudhon «ley de proporcionalidad», se transforma en ley de desproporcionalidad.

Todo nuevo invento que permite producir en una hora lo que hasta entonces se producía en dos horas deprecia todos los productos homogéneos que se encuentran en el mercado. La competencia obliga al productor a vender el producto de dos horas tan barato como el producto de una hora. La competencia realiza la ley según la cual el valor relativo de un producto está determinado por el tiempo de trabajo necesario para producirlo. El tiempo de trabajo, al servir de medida del valor venal, se convierte así en la ley de una depreciación continua del trabajo. Diremos más. Habrá depreciación no solo de las mercancías llevadas al mercado, sino también de los instrumentos de producción y de todo un taller. Este hecho lo señala ya Ricardo cuando dice:

> Al aumentar constantemente la facilidad de producción, disminuimos constantemente el valor de algunas de las cosas producidas anteriormente.[^62]

Sismondi va más lejos. Ve en ese «valor constituido» por el tiempo de trabajo la fuente de todas las contradicciones de la industria y del comercio modernos.

> El valor mercantil —dice— se fija siempre, en último análisis, por la cantidad de trabajo necesaria para procurarse la cosa evaluada: no la que ha costado efectivamente, sino la que costaría en adelante con medios quizá perfeccionados; y esa cantidad, aunque sea difícil de apreciar, siempre la establece fielmente la competencia... Sobre esa base se calcula tanto la demanda del vendedor como la oferta del comprador. El primero afirmará quizá que la cosa le ha costado diez jornadas de trabajo; pero si el otro reconoce que en adelante puede hacerse con ocho jornadas de trabajo, y si la competencia aporta la demostración a los dos contratantes, a ocho jornadas solamente se reducirá el valor y en ellas se establecerá el precio de mercado. Uno y otro contratante tienen, ciertamente, la noción de que la cosa es útil, de que es deseada, de que sin deseo no habría venta; pero la fijación del precio no guarda relación alguna con la utilidad.[^63]

Es importante insistir en este punto: lo que determina el valor no es el tiempo en que se ha producido una cosa, sino el mínimo de tiempo en que puede ser producida, y ese mínimo lo comprueba la competencia. Suponed por un instante que ya no hay competencia y, por consiguiente, ningún medio de comprobar el mínimo de trabajo necesario para la producción de un producto: ¿qué sucederá? Bastará con dedicar seis horas de trabajo a la producción de un objeto para tener derecho, según el señor Proudhon, a exigir a cambio seis veces tanto como el que solo haya empleado una hora en la producción del mismo objeto.

En lugar de una relación de «proporcionalidad», tenemos una relación de desproporcionalidad, si es que nos empeñamos en quedarnos en las relaciones, buenas o malas.

La depreciación continua del trabajo no es más que un solo lado, una sola consecuencia de la evaluación de los productos por el tiempo de trabajo. El alza excesiva de los precios, la superproducción y muchos otros fenómenos de anarquía industrial encuentran su interpretación en este modo de evaluación.

Pero el tiempo de trabajo, sirviendo de medida del valor, ¿hace nacer al menos la variedad proporcional de los productos que tanto encanta al señor Proudhon?

Muy al contrario: el monopolio, con toda su monotonía, viene tras él a invadir el mundo de los productos, del mismo modo que, a la vista y con conocimiento de todo el mundo, el monopolio invade el mundo de los instrumentos de producción. Solo a algunas ramas de la industria, como la industria algodonera, les es dado hacer progresos muy rápidos. La consecuencia natural de esos progresos es que los productos de la manufactura algodonera, por ejemplo, bajan rápidamente de precio; pero a medida que baja el precio del algodón, el precio del lino tiene que subir comparativamente. ¿Qué sucede? Que el lino será sustituido por el algodón. De esta manera ha sido desplazado el lino de casi toda América del Norte. Y en lugar de la variedad proporcional de los productos hemos obtenido el reinado del algodón.

¿Qué queda de esa «relación de proporcionalidad»? Nada más que el deseo de un hombre honrado que quisiera que las mercancías se produjeran en proporciones tales que pudieran venderse a un precio honrado. En todos los tiempos, los buenos burgueses y los economistas filántropos se han complacido en formular ese deseo inocente.

Dejemos hablar al viejo Boisguillebert:[^64]

> El precio de los productos —dice— tiene que estar siempre proporcionado, pues solo ese entendimiento puede hacerlos vivir juntos, para darse en todo momento [he aquí la intercambiabilidad continua del señor Proudhon] y recibir recíprocamente el nacimiento unos de otros... Como la riqueza no es, pues, más que esta mezcla continua de hombre a hombre, de oficio a oficio, etc., es una ceguera espantosa ir a buscar la causa de la miseria en otra parte que en el cese de semejante comercio, ocurrido por el desarreglo de las proporciones en los precios.[^65]

Escuchemos también a un economista moderno:

> Una gran ley que debe aplicarse a la producción es la ley de la proporcionalidad (*the law of proportion*), la única que puede preservar la continuidad del valor... El equivalente tiene que estar garantizado... Todas las naciones han intentado en distintas épocas, mediante numerosos reglamentos y restricciones comerciales, realizar hasta cierto punto esta ley de la proporcionalidad; pero el egoísmo, inherente a la naturaleza del hombre, le ha empujado a trastocar todo ese régimen reglamentario. Una producción proporcionada (*proportionate production*) es la realización de la verdad entera de la ciencia de la economía social.[^66][^67]

*Fuit Troja.*[^68] Esa justa proporción entre la oferta y la demanda, que vuelve a ser objeto de tantos deseos, dejó de existir hace mucho tiempo. Ha pasado a ser un trasto viejo. Solo fue posible en las épocas en que los medios de producción eran limitados, en que el intercambio se movía dentro de límites extremadamente estrechos. Con el nacimiento de la gran industria, esa justa proporción tuvo que cesar, y la producción se ve fatalmente obligada a pasar, en una sucesión perpetua, por las vicisitudes de prosperidad, depresión, crisis, estancamiento, nueva prosperidad, y así sucesivamente.

Quienes, como Sismondi, quieren volver a la justa proporcionalidad de la producción conservando a la vez las bases actuales de la sociedad son reaccionarios, puesto que, para ser consecuentes, deben querer también restablecer todas las demás condiciones de la industria de los tiempos pasados.

¿Qué mantenía la producción en proporciones justas o casi justas? Era la demanda, que mandaba sobre la oferta, que la precedía. La producción seguía paso a paso al consumo. La gran industria, obligada por los propios instrumentos de que dispone a producir en una escala cada vez mayor, ya no puede esperar a la demanda. La producción precede al consumo; la oferta fuerza la demanda.

En la sociedad actual, en la industria basada en los intercambios individuales, la anarquía de la producción, que es la fuente de tanta miseria, es al mismo tiempo la fuente de todo progreso.

Así pues, una de dos:

O queréis las justas proporciones de los siglos pasados con los medios de producción de nuestra época, y entonces sois a la vez reaccionarios y utopistas.

O queréis el progreso sin la anarquía, y entonces, para conservar las fuerzas productivas, abandonad los intercambios individuales.

Los intercambios individuales solo se avienen con la pequeña industria de los siglos pasados y su corolario de «justa proporción», o bien con la gran industria y todo su cortejo de miseria y de anarquía.

Después de todo lo que acabamos de decir, la determinación del valor por el tiempo de trabajo, es decir, la fórmula que el señor Proudhon nos da como la fórmula regeneradora del porvenir, no es más que la expresión científica de las relaciones económicas de la sociedad actual, como Ricardo demostró clara y nítidamente mucho antes que el señor Proudhon.

Pero ¿pertenece al menos al señor Proudhon la aplicación «igualitaria» de esta fórmula? ¿Es él quien primero imaginó reformar la sociedad transformando a todos los hombres en trabajadores inmediatos que intercambian cantidades iguales de trabajo? ¿Le corresponde de verdad a él reprochar a los comunistas —esa gente desprovista de todo conocimiento de economía política, esos «hombres obstinadamente necios», esos «soñadores paradisíacos»— no haber encontrado antes que él esta «solución del problema del proletariado»?

Cualquiera que esté mínimamente familiarizado con el movimiento de la economía política en Inglaterra sabe que casi todos los socialistas de ese país han propuesto, en distintas épocas, la aplicación igualitaria de la teoría ricardiana. Podríamos citarle al señor Proudhon la *Economía política* de Hodgskin,[^69] 1822; William Thompson, *An Inquiry into the Principles of the Distribution of Wealth, most conducive to Human Happiness*, 1824;[^70] T. R. Edmonds, *Practical Moral and Political Economy*, 1828,[^71] etc., etc., y cuatro páginas de etcéteras. Nos contentaremos con dejar hablar a un comunista inglés, el señor Bray. Reproduciremos los pasajes decisivos de su notable obra *Labour's Wrongs and Labour's Remedy*, Leeds, 1839,[^72] y nos detendremos en ella bastante tiempo, primero porque el señor Bray es todavía poco conocido en Francia, y luego porque creemos haber encontrado en ella la clave de las obras pasadas, presentes y futuras del señor Proudhon.

> El único medio de llegar a la verdad es abordar de frente los primeros principios. Remontémonos de una vez a la fuente de la que derivan los propios gobiernos. Yendo así al origen de la cosa, encontraremos que toda fuerza de gobierno, que toda injusticia social y gubernamental proviene del sistema social actualmente en vigor —de la institución de la propiedad tal como existe ahora (*the institution of property as it at present exists*)—, y que así, para poner fin para siempre a las injusticias y a las miserias de hoy, hay que derribar de arriba abajo el estado actual de la sociedad... Atacando a los economistas en su propio terreno y con sus propias armas, evitaremos la absurda cháchara sobre los visionarios y los teóricos que siempre están dispuestos a desplegar. A menos que nieguen o desaprueben las verdades y los principios reconocidos en los que fundan sus propios argumentos, los economistas difícilmente podrán rechazar las conclusiones a las que llegamos por este mismo método.[^73]

> Solo el trabajo da valor (*It is labour alone which bestows value*)... Todo hombre tiene un derecho indudable a todo lo que su trabajo honrado pueda procurarle. Al apropiarse así de los frutos de su trabajo, no comete ninguna injusticia con respecto a los demás hombres, porque no invade el derecho de ningún otro a obrar del mismo modo... Todas las ideas de superioridad y de inferioridad, de amo y de asalariado, nacen de que se han descuidado los primeros principios y de que, en consecuencia, la desigualdad se ha introducido en la posesión (*and to the consequent rise of inequality of possessions*). Mientras se mantenga esa desigualdad, será imposible desarraigar tales ideas o derribar las instituciones que se fundan en ellas. Hasta ahora se ha tenido siempre la vana esperanza de remediar un estado de cosas contrario a la naturaleza, como el que hoy nos rige, destruyendo la desigualdad existente y dejando subsistir la causa de la desigualdad; pero pronto demostraremos que el gobierno no es una causa sino un efecto, que no crea sino que es creado; que, en una palabra, es el resultado de la desigualdad en la posesión (*the offspring of inequality of possessions*), y que la desigualdad de posesión está inseparablemente ligada al sistema social actual.[^74]

> El sistema de la igualdad tiene a su favor no solo las mayores ventajas, sino también la estricta justicia... Cada hombre es un eslabón, y un eslabón indispensable, en la cadena de los efectos que parte de una idea para desembocar quizá en la producción de una pieza de paño. Así, del hecho de que nuestros gustos no sean los mismos para las distintas profesiones no hay que concluir que el trabajo de uno deba estar mejor retribuido que el de otro. El inventor recibirá siempre, además de su justa recompensa en dinero, el tributo de nuestra admiración, que solo el genio puede obtener de nosotros...

> Por la naturaleza misma del trabajo y del intercambio, la estricta justicia exige que todos los que intercambian obtengan beneficios no solo mutuos sino iguales (*all exchangers should be not only mutually but they should likewise be equally benefitted*). Solo hay dos cosas que los hombres puedan intercambiar entre sí, a saber: el trabajo y el producto del trabajo. Si los intercambios se efectuaran según un sistema equitativo, el valor de todos los artículos estaría determinado por sus costes de producción completos, y valores iguales se intercambiarían siempre por valores iguales (*If a just system of exchanges were acted upon, the value of all articles would be determined by the entire cost of production, and equal values should always exchange for equal values*). Si, por ejemplo, un sombrerero tarda una jornada en hacer un sombrero, y un zapatero el mismo tiempo en hacer un par de zapatos (suponiendo que la materia prima que emplean tenga el mismo valor), y se intercambian esos artículos, el beneficio que sacan es a la vez mutuo e igual. La ventaja que de ello se deriva para cada una de las partes no puede ser una desventaja para la otra, puesto que cada una ha aportado la misma cantidad de trabajo y los materiales de que se han servido eran de igual valor. Pero si el sombrerero hubiera obtenido dos pares de zapatos por un sombrero, siempre dentro de nuestro primer supuesto, es evidente que el intercambio sería injusto. El sombrerero defraudaría al zapatero una jornada de trabajo; y si obrara así en todos sus intercambios, recibiría a cambio del trabajo de medio año el producto de todo un año de otra persona. Hasta ahora hemos seguido siempre este sistema de intercambio soberanamente injusto: los obreros han dado al capitalista el trabajo de todo un año a cambio del valor de medio año (*the workmen have given the capitalist the labour of a whole year, in exchange for the value of only half a year*), y de ahí, y no de una supuesta desigualdad en las fuerzas físicas e intelectuales de los individuos, ha provenido la desigualdad de riqueza y de poder. La desigualdad de los intercambios, la diferencia de los precios en las compras y en las ventas, solo puede existir a condición de que para siempre los capitalistas sigan siendo capitalistas y los obreros, obreros: unos, una clase de tiranos; otros, una clase de esclavos... Esta transacción prueba, pues, claramente que los capitalistas y los propietarios no hacen más que dar al obrero, por su trabajo de una semana, una parte de la riqueza que obtuvieron de él la semana anterior, es decir, que a cambio de algo no le dan nada (*nothing for something*)... La transacción entre el trabajador y el capitalista es una verdadera comedia: de hecho, no es en muchísimos casos más que un robo descarado, aunque legal (*The whole transaction between the producer and the capitalist is a mere farce: it is, in fact, in thousands of instances no other than a barefaced though legal robbery*).[^75]

> El beneficio del empresario no dejará nunca de ser una pérdida para el obrero, hasta que los intercambios entre las partes sean iguales; y los intercambios no pueden ser iguales mientras la sociedad esté dividida entre capitalistas y productores, y los últimos vivan de su trabajo mientras los primeros engordan con el beneficio de ese trabajo...

> Es claro —continúa el señor Bray— que por más que establezcáis tal o cual forma de gobierno..., por más que prediquéis en nombre de la moral y del amor fraterno..., la reciprocidad es incompatible con la desigualdad de los intercambios. La desigualdad de los intercambios, como fuente de la desigualdad de las posesiones, es el enemigo secreto que nos devora (*No reciprocity can exist where there are unequal exchanges. Inequality of exchanges, as being the cause of inequality of possessions, is the secret enemy that devours us*).

> ... La consideración del objeto y del fin de la sociedad me autoriza a concluir que no solo todos los hombres deben trabajar y llegar así a poder intercambiar, sino que valores iguales deben intercambiarse por valores iguales. Además, como el beneficio de uno no debe ser una pérdida para otro, el valor debe determinarse por los costes de producción. Ahora bien, hemos visto que, bajo el régimen social actual, el beneficio del capitalista y del rico es siempre la pérdida del obrero; que este resultado tiene que seguirse inevitablemente y que el pobre queda abandonado por entero a merced del rico, bajo cualquier forma de gobierno, mientras subsista la desigualdad de los intercambios; y que la igualdad de los intercambios solo puede asegurarse mediante un régimen social que reconozca la universalidad del trabajo... La igualdad de los intercambios haría pasar gradualmente la riqueza de las manos de los capitalistas actuales a las de las clases obreras.[^76]

> Mientras esté en vigor este sistema de la desigualdad de los intercambios, los productores serán siempre tan pobres, tan ignorantes, estarán tan agobiados de trabajo como lo están actualmente, aunque se abolieran todas las tasas y todos los impuestos del gobierno... Solo un cambio total de sistema, la introducción de la igualdad del trabajo y de los intercambios, puede mejorar este estado de cosas y asegurar a los hombres la verdadera igualdad de derechos... Los productores no tienen más que hacer un esfuerzo —y todo esfuerzo por su propia salvación tienen que hacerlo ellos— y sus cadenas quedarán rotas para siempre... Como fin, la igualdad política es un error; es incluso un error como medio (*As an end, the political equality is there a failure, (...) as a means, also, it is there a failure*).

> Con la igualdad de los intercambios, el beneficio de uno no puede ser la pérdida de otro, porque todo intercambio ya no es más que una simple transferencia de trabajo y de riqueza; no exige ningún sacrificio. Así, bajo un sistema social basado en la igualdad de los intercambios, el productor podrá todavía llegar a la riqueza por medio de sus ahorros; pero su riqueza ya no será más que el producto acumulado de su propio trabajo. Podrá intercambiar su riqueza o dársela a otros; pero le será imposible seguir siendo rico, por un tiempo algo prolongado, una vez que haya dejado de trabajar. Con la igualdad de los intercambios, la riqueza pierde el poder que tiene hoy de renovarse y de reproducirse, por así decirlo, por sí misma: ya no podrá colmar el vacío que haya creado el consumo, porque, a menos que sea reproducida por el trabajo, la riqueza, una vez consumida, se pierde para siempre. Lo que ahora llamamos beneficios e intereses ya no podrá existir bajo el régimen de los intercambios iguales. El productor y el distribuidor estarían retribuidos por igual, y sería la suma total de su trabajo la que serviría para determinar el valor de todo artículo creado y puesto al alcance del consumidor...

> El principio de la igualdad en los intercambios debe, pues, por su naturaleza misma, traer consigo el trabajo universal.[^77]

Después de refutar las objeciones de los economistas contra el *comunismo*, el señor Bray continúa así:

> Si un cambio de carácter es indispensable para hacer triunfar un sistema social de comunidad en su forma perfecta; si, por otro lado, el régimen actual no presenta ni las circunstancias ni las facilidades requeridas para llegar a ese cambio de carácter y preparar a los hombres para un estado mejor que todos deseamos, es evidente que las cosas tienen que quedarse por fuerza como están, a menos que se descubra y se aplique un término social preparatorio —un movimiento que participe tanto del sistema actual como del sistema futuro (del sistema de la comunidad)—, una especie de etapa intermedia a la que la sociedad pueda llegar con todos sus excesos y todas sus locuras, para dejarla después, rica en cualidades y atributos que son las condiciones vitales del sistema de comunidad.[^78]

> El movimiento entero no exigiría más que la cooperación en su forma más simple... Los costes de producción determinarían en toda circunstancia el valor del producto, y valores iguales se intercambiarían siempre por valores iguales. De dos personas, una de las cuales hubiera trabajado una semana entera y la otra media semana, la primera recibiría el doble de la remuneración de la otra; pero ese suplemento de paga no se le daría a una a expensas de la otra: la pérdida sufrida por la última no recaería en modo alguno sobre la primera. Cada persona intercambiaría el salario que hubiera recibido individualmente por objetos del mismo valor que su salario, y en ningún caso el beneficio realizado por un hombre o en una industria constituiría la pérdida de otro hombre o de otra rama de la industria. El trabajo de cada individuo sería la única medida de sus beneficios y de sus pérdidas...

> ... Por medio de oficinas (*boards of trade*) generales y locales se determinaría la cantidad de los distintos objetos exigida por el consumo, y el valor relativo de cada objeto en comparación con los demás (el número de obreros que deben emplearse en las distintas ramas de trabajo); en una palabra, todo lo que atañe a la producción y a la distribución social. Estas operaciones se harían, para una nación, en tan poco tiempo y con tanta facilidad como se hacen, bajo el régimen actual, para una sociedad particular... Los individuos se agruparían en familias, las familias en municipios, como bajo el régimen actual...; ni siquiera se aboliría directamente la distribución de la población entre la ciudad y el campo, por mala que sea. En esta asociación, cada individuo seguiría gozando de la libertad que posee ahora de acumular cuanto le plazca y de hacer de esas acumulaciones el uso que juzgue conveniente... Nuestra sociedad será, por así decirlo, una gran sociedad por acciones compuesta de un número infinito de sociedades por acciones más pequeñas, que trabajan todas, producen e intercambian sus productos sobre la base de la más perfecta igualdad... Nuestro nuevo sistema de sociedad por acciones, que no es más que una concesión hecha a la sociedad actual para llegar al comunismo, establecido de manera que coexistan la propiedad individual de los productos y la propiedad en común de las fuerzas productivas, hace depender la suerte de cada individuo de su propia actividad y le concede una parte igual en todas las ventajas que proporcionan la naturaleza y el progreso de las artes. Por eso puede adaptarse a cambios ulteriores.[^79]

Solo nos quedan unas pocas palabras que responder al señor Bray, que, muy a pesar nuestro y aun contra nuestra voluntad, resulta haber suplantado al señor Proudhon, con la salvedad de que el señor Bray, lejos de querer poseer la última palabra de la humanidad, propone solamente las medidas que cree buenas para una época de transición entre la sociedad actual y el régimen de la comunidad.

Una hora de trabajo de Pedro se intercambia por una hora de trabajo de Pablo. Ese es el axioma fundamental del señor Bray.

Supongamos que Pedro tiene por delante doce horas de trabajo y que Pablo solo tiene seis: entonces Pedro solo podrá hacer con Pablo un intercambio de seis por seis. Pedro tendrá, por consiguiente, seis horas de trabajo de sobra. ¿Qué hará con esas seis horas de trabajo?

O no hará nada con ellas, es decir, habrá trabajado seis horas para nada; o bien holgará otras seis horas para ponerse en equilibrio; o bien todavía, y es su último recurso, le dará a Pablo esas seis horas, que no le sirven de nada, como propina.

Así, a fin de cuentas, ¿qué habrá ganado Pedro a Pablo? Horas de trabajo, no. Solo habrá ganado horas de ocio: se verá obligado a holgazanear durante seis horas. Y para que ese nuevo derecho a la holgazanería no solo se disfrute, sino que además se aprecie en la nueva sociedad, es preciso que esta encuentre su mayor felicidad en la pereza y que el trabajo le pese como una cadena de la que tendrá que librarse a toda costa. ¡Y aún, volviendo a nuestro ejemplo, si esas horas de ocio que Pedro ha ganado a Pablo fueran una ganancia real! Pero no. Pablo, empezando por trabajar solo seis horas, llega mediante un trabajo regular y reglado al resultado que Pedro solo obtiene empezando por un exceso de trabajo. Todos querrán ser Pablo; habrá competencia por conquistar el puesto de Pablo, competencia de pereza.

Pues bien, el intercambio de cantidades iguales de trabajo, ¿qué nos ha dado? Superproducción, depreciación, exceso de trabajo seguido de paro; en fin, las relaciones económicas tal como las vemos constituidas en la sociedad actual, menos la competencia del trabajo.

Pero no, nos equivocamos. Habrá todavía un expediente que podrá salvar la sociedad nueva, la sociedad de los Pedros y los Pablos. Pedro se comerá él solo el producto de las seis horas de trabajo que le quedan. Pero desde el momento en que ya no tiene que intercambiar por haber producido, tampoco tiene que producir para intercambiar, y todo el supuesto de una sociedad fundada en el intercambio y en la división del trabajo se vendría abajo. Se habrá salvado la igualdad de los intercambios por el hecho mismo de que los intercambios habrán dejado de existir.

Pablo y Pedro acabarían en el estado de Robinsón.

Por tanto, si se supone que todos los miembros de la sociedad son trabajadores inmediatos, el intercambio de cantidades iguales de horas de trabajo solo es posible a condición de que se haya convenido de antemano el número de horas que habrá que emplear en la producción material. Pero semejante convenio niega el intercambio individual.

Llegaremos también a la misma consecuencia si tomamos como punto de partida, ya no la distribución de los productos creados, sino el acto de la producción. En la gran industria, Pedro no es libre de fijar él mismo su tiempo de trabajo, porque el trabajo de Pedro no es nada sin el concurso de todos los Pedros y de todos los Pablos que forman el taller. Eso explica muy bien la obstinada resistencia que los comerciantes ingleses opusieron a la *ley de las diez horas*.[^80] Es que sabían demasiado bien que una reducción de dos horas de trabajo concedida a las mujeres y a los niños tenía que traer consigo igualmente una reducción del tiempo de trabajo para los adultos. Está en la naturaleza de la gran industria que el tiempo de trabajo sea igual para todos. Lo que hoy es el resultado del capital y de la competencia de los obreros entre sí será mañana, si suprimís la relación del trabajo con el capital, obra de un convenio basado en la relación entre la suma de las fuerzas productivas y la suma de las necesidades existentes.

Pero semejante convenio es la condena del intercambio individual, y aquí estamos otra vez en nuestro primer resultado.

En principio, no hay intercambio de productos, sino intercambio de los trabajos que concurren a la producción. Del modo de intercambio de las fuerzas productivas depende el modo de intercambio de los productos. En general, la forma del intercambio de los productos corresponde a la forma de la producción. Cambiad la segunda y la primera quedará cambiada en consecuencia. Por eso vemos en la historia de la sociedad que el modo de intercambiar los productos se rige por el modo de producirlos. El intercambio individual corresponde también a un modo de producción determinado, que a su vez responde al antagonismo de clases. Así, no hay intercambio individual sin antagonismo de clases.

Pero las conciencias honradas se niegan a esta evidencia. Mientras se es burgués, no se puede hacer otra cosa que ver en esta relación de antagonismo una relación de armonía y de justicia eterna, que no permite a nadie hacerse valer a expensas de otro. Para el burgués, el intercambio individual puede subsistir sin el antagonismo de clases: para él son dos cosas del todo dispares. El intercambio individual, tal como se lo figura el burgués, está lejos de parecerse al intercambio individual tal como se practica.

El señor Bray hace de la ilusión del honrado burgués el *ideal* que quisiera realizar. Depurando el intercambio individual, librándolo de todos los elementos antagónicos que encuentra en él, cree encontrar una relación «igualitaria» que quisiera trasladar a la sociedad.

El señor Bray no ve que esa relación igualitaria, ese *ideal corrector* que quisiera aplicar al mundo, no es él mismo más que el reflejo del mundo actual, y que es, por consiguiente, totalmente imposible reconstituir la sociedad sobre una base que no es más que una sombra embellecida de ella. A medida que la sombra vuelve a hacerse cuerpo, uno se da cuenta de que ese cuerpo, lejos de ser su soñada transfiguración, es el cuerpo actual de la sociedad.[^81][^82]

### 3. Aplicación de la ley de la proporcionalidad del valor

#### a) La moneda

> «El oro y la plata son las primeras mercancías cuyo valor ha llegado a su constitución».

Así pues, el oro y la plata son las primeras aplicaciones del «valor constituido»... por el señor Proudhon. Y como el señor Proudhon constituye los valores de los productos determinándolos por la cantidad comparativa de trabajo fijada en ellos, lo único que tenía que hacer era probar que las *variaciones* sobrevenidas en el valor del oro y de la plata se explican siempre por las variaciones del tiempo de trabajo necesario para producirlos. El señor Proudhon ni lo piensa. No habla del oro y de la plata como mercancía, habla de ellos como moneda.

Toda su lógica, si es que hay lógica, consiste en escamotear la cualidad que tienen el oro y la plata de servir de moneda en beneficio de todas las mercancías que tienen la cualidad de ser evaluadas por el tiempo de trabajo. Decididamente, hay más ingenuidad que malicia en este escamoteo.

Un producto útil, al ser evaluado por el tiempo de trabajo necesario para producirlo, es siempre aceptable en el cambio. Prueba de ello, exclama el señor Proudhon, son el oro y la plata, que se encuentran en las condiciones de «intercambiabilidad» que yo pido. Así pues, el oro y la plata son el valor llegado al estado de constitución, son la encarnación de la idea del señor Proudhon. No podía haber tenido más acierto en la elección de su ejemplo. El oro y la plata, además de la cualidad de ser una mercancía, evaluada como cualquier otra mercancía por el tiempo de trabajo, tienen también la de ser agente universal del cambio, la de ser moneda. Tomando ahora el oro y la plata como una aplicación del «valor *constituido*» por el tiempo de trabajo, nada más fácil que probar que toda mercancía cuyo valor esté constituido por el tiempo de trabajo será siempre intercambiable, será moneda.

Al señor Proudhon se le ocurre una pregunta muy sencilla. ¿Por qué tienen el oro y la plata el privilegio de ser el tipo del «valor constituido»?

> La función particular que el uso ha asignado a los metales preciosos de servir de agente al comercio es puramente convencional, y cualquier otra mercancía podría, quizá con menos comodidad, pero de manera igualmente auténtica, desempeñar ese papel: los economistas lo reconocen, y se cita más de un ejemplo. ¿Cuál es, pues, la razón de esa preferencia que se concede generalmente a los metales para servir de moneda, y cómo se explica esa especialidad de funciones del dinero, sin análogo en la economía política?... Ahora bien, ¿es posible restablecer la serie de la que la moneda parece haberse desprendido y, por consiguiente, devolverla a su verdadero principio?

Al plantear la cuestión en estos términos, el señor Proudhon ya ha supuesto la *moneda*. La primera pregunta que habría debido hacerse es por qué, en los cambios tal como están constituidos hoy, ha habido que individualizar, por así decirlo, el valor intercambiable creando un agente especial del cambio. La moneda no es una cosa, es una relación social. ¿Por qué la relación de la moneda es una relación de producción, como cualquier otra relación económica, como la división del trabajo, etc.? Si el señor Proudhon se hubiera dado cuenta cabal de esta relación, no habría visto en la moneda una excepción, un miembro desprendido de una serie desconocida o por encontrar.

Habría reconocido, al contrario, que esta relación es un eslabón y, como tal, está íntimamente ligada a todo el encadenamiento de las demás relaciones económicas, y que corresponde a un modo de producción determinado, ni más ni menos que el cambio individual. ¿Qué hace él? Empieza por desprender la moneda del conjunto del modo de producción actual, para convertirla después en el primer miembro de una serie imaginaria, de una serie por encontrar.

Una vez reconocida la necesidad de un agente particular del cambio, es decir, la necesidad de la moneda, ya solo se trata de explicar por qué esta función particular corresponde al oro y a la plata antes que a cualquier otra mercancía. Es una cuestión secundaria que ya no se explica por el encadenamiento de las relaciones de producción, sino por las cualidades específicas inherentes al oro y a la plata como materia. Si, después de todo esto, los economistas en esta ocasión

> se han lanzado fuera del dominio de la ciencia, si han hecho física, mecánica, historia, etc.,

como les reprocha el señor Proudhon, no han hecho más que lo que debían hacer. La cuestión ya no pertenece al dominio de la economía política.

> Lo que ninguno de los economistas ha visto ni comprendido, dice el señor Proudhon, es la razón económica que ha determinado en favor de los metales preciosos el favor de que gozan.

La razón económica que nadie, y con motivo, ha visto ni comprendido, el señor Proudhon la ha visto, la ha comprendido y la ha legado a la posteridad.

> Ahora bien, lo que nadie ha observado es que, de todas las mercancías, el oro y la plata son las primeras cuyo valor ha llegado a la constitución. En el período patriarcal, el oro y la plata todavía se regatean y se cambian en lingotes, pero ya con una visible tendencia a la dominación y con una marcada preferencia. Poco a poco los soberanos se apoderan de ellos y les ponen su sello: y de esta consagración soberana nace la moneda, es decir, la mercancía por excelencia, la que, a pesar de todas las sacudidas del comercio, conserva un valor proporcional determinado y se hace aceptar en todo pago... El rasgo distintivo del oro y de la plata procede, lo repito, de que, gracias a sus propiedades metálicas, a las dificultades de su producción y sobre todo a la intervención de la autoridad pública, conquistaron muy pronto, como mercancía, la fijeza y la autenticidad.

Decir que, de todas las mercancías, el oro y la plata son las primeras cuyo valor ha llegado a la constitución, es decir, después de todo lo que precede, que el oro y la plata fueron las primeras en llegar al estado de moneda: esa es la gran revelación del señor Proudhon, esa es la verdad que nadie había descubierto antes que él.

Si con estas palabras el señor Proudhon quiso decir que el oro y la plata son mercancías cuyo tiempo de producción se conoció antes que el de todas las demás, sería otra más de las suposiciones con que tan pronto obsequia a sus lectores. Si quisiéramos atenernos a esa erudición patriarcal, le diríamos al señor Proudhon que lo primero que se conoció fue el tiempo necesario para producir los objetos de primera necesidad, como el hierro, etc. Le haremos gracia del arco clásico de Adam Smith.[^83]

Pero, después de todo esto, ¿cómo puede el señor Proudhon hablar todavía de la constitución de un valor, si un valor nunca se constituye él solo? Se constituye, no por el tiempo necesario para producirlo a él solo, sino en relación con la cantidad de todos los demás productos que pueden crearse en el mismo tiempo. Así, la constitución del valor del oro y de la plata supone la constitución, ya dada, de una multitud de otros productos.

No es, pues, la mercancía la que ha llegado, en el oro y la plata, al estado de «valor constituido»; es el «valor constituido» del señor Proudhon el que ha llegado, en el oro y la plata, al estado de moneda.

Examinemos ahora más de cerca esas *razones económicas* que, según el señor Proudhon, valieron al oro y a la plata la ventaja de ser erigidos en moneda antes que todos los demás productos, pasando por el estado constitutivo del valor.

Esas razones económicas son la «visible tendencia a la dominación», la «marcada preferencia» ya en el «período patriarcal» y otros circunloquios del hecho mismo, que aumentan la dificultad, puesto que multiplican el hecho al multiplicar los incidentes que el señor Proudhon hace intervenir para explicarlo. El señor Proudhon todavía no ha agotado todas las razones supuestamente económicas. He aquí una de fuerza soberana, irresistible:

> La moneda nace de la consagración soberana: los soberanos se apoderan del oro y de la plata y les ponen su sello.

¡Así que el capricho de los soberanos es, para el señor Proudhon, la razón suprema en economía política!

En verdad, hay que carecer de todo conocimiento histórico para ignorar que han sido los soberanos los que, en todo tiempo, han tenido que someterse a las condiciones económicas, y que nunca han sido ellos quienes les han dictado la ley. La legislación, tanto política como civil, no hace sino enunciar, poner en palabras, el poder de las relaciones económicas.

¿Se apoderó el soberano del oro y de la plata para hacer de ellos los agentes universales del cambio imprimiéndoles su sello, o no fueron más bien esos agentes universales del cambio los que se apoderaron del soberano, obligándole a imprimirles su sello y a darles una consagración política?

La marca que se ha dado y se da a la plata no es la de su valor, sino la de su peso. La fijeza y la autenticidad de que habla el señor Proudhon solo se aplican a la ley de la moneda, y esa ley indica cuánta materia metálica hay en una pieza de plata acuñada.

> El único valor intrínseco de un marco de plata, dice Voltaire con el buen sentido que se le conoce, es un marco de plata, media libra del peso de ocho onzas. Solo el peso y la ley hacen ese valor intrínseco.[^84]

Pero la pregunta «¿cuánto vale una onza de oro o de plata?» no por eso deja de plantearse. Si un cachemir de los almacenes del *Grand Colbert*[^85] llevara la marca de fábrica «*pura lana*», esa marca de fábrica no os diría todavía el valor del cachemir. Quedaría siempre por saber cuánto vale la lana.

> Felipe I, rey de Francia,[^86] dice el señor Proudhon, mezcla con la libra tornesa de Carlomagno un tercio de aleación, imaginándose que, teniendo él solo el monopolio de la fabricación de las monedas, puede hacer lo que hace todo comerciante que tiene el monopolio de un producto. ¡Qué era, en efecto, esa alteración de las monedas que tanto se reprochó a Felipe y a sus sucesores!

> Un razonamiento muy justo desde el punto de vista de la rutina comercial, pero muy falso en ciencia económica, a saber: que, siendo la oferta y la demanda la regla de los valores, se puede, ya sea produciendo una escasez ficticia, ya sea acaparando la fabricación, hacer subir la estimación y, por tanto, el valor de las cosas, y que esto es cierto del oro y de la plata como del trigo, el vino, el aceite o el tabaco. Sin embargo, en cuanto se sospechó el fraude de Felipe, su moneda quedó reducida a su justo valor, y él perdió al mismo tiempo lo que había creído ganar a costa de sus súbditos. Lo mismo ocurrió tras todas las tentativas análogas.

En primer lugar, se ha demostrado una y otra vez que, si al príncipe se le ocurre alterar la moneda, el que pierde es él. Lo que gana de una sola vez con la primera emisión lo pierde tantas veces como las monedas falsificadas le vuelven en forma de impuestos, etc. Pero Felipe y sus sucesores supieron ponerse más o menos a salvo de esa pérdida, porque, una vez puesta en circulación la moneda alterada, nada les urgía más que ordenar una refundición general de las monedas sobre el pie antiguo.

Y además, si Felipe I hubiera razonado de verdad como el señor Proudhon, Felipe I no habría razonado bien «desde el punto de vista comercial». Ni Felipe I ni el señor Proudhon dan prueba de genio mercantil cuando se imaginan que se puede alterar el valor del oro igual que el de cualquier otra mercancía por la sola razón de que su valor está determinado por la relación entre la oferta y la demanda.

Si el rey Felipe hubiera ordenado que un moyo de trigo se llamara en adelante dos moyos de trigo, el rey habría sido un estafador. Habría engañado a todos los rentistas, a todas las personas que tenían que recibir cien moyos de trigo; habría sido la causa de que todas esas personas, en lugar de recibir cien moyos de trigo, recibieran solo cincuenta. Suponed que el rey debiera cien moyos de trigo: solo habría tenido que pagar cincuenta. Pero en el comercio cien moyos nunca habrían valido más que cincuenta. Cambiando el nombre no se cambia la cosa. La cantidad de trigo, ya sea ofrecida, ya sea demandada, no disminuirá ni aumentará por ese mero cambio de nombre. Así, siendo también la misma la relación entre la oferta y la demanda a pesar de esa alteración del nombre, el precio del trigo no sufrirá ninguna alteración real. Cuando se habla de la oferta y la demanda de las cosas, no se habla de la oferta y la demanda del nombre de las cosas. Felipe I no era fabricante de oro o de plata, como dice Proudhon; era fabricante del nombre de las monedas. Haced pasar vuestros cachemires franceses por cachemires asiáticos: es posible que engañéis a un comprador o dos; pero, una vez descubierto el fraude, vuestros supuestos cachemires asiáticos bajarán al precio de los cachemires franceses. Poniendo una etiqueta falsa al oro y a la plata, el rey Felipe I solo podía engañar a la gente mientras el fraude no se conociera. Como cualquier otro tendero, engañaba a sus clientes con una falsa denominación de la mercancía, y eso no podía durar más que un tiempo. Tarde o temprano tenía que sufrir el rigor de las leyes comerciales. ¿Es esto lo que el señor Proudhon quería probar? No. Según él, el dinero recibe su valor del soberano, y no del comercio. ¿Y qué ha probado efectivamente? Que el comercio es más soberano que el soberano. Ordene el soberano que un marco sea en adelante dos marcos: el comercio os dirá siempre que esos dos marcos no valen más que el marco de antes.

Pero con eso la cuestión del valor determinado por la cantidad de trabajo no ha avanzado ni un paso. Queda siempre por decidir si esos dos marcos, convertidos de nuevo en el marco de antes, están determinados por los costes de producción o por la ley de la oferta y la demanda.

El señor Proudhon continúa:

> Hay que considerar incluso que si, en lugar de alterar las monedas, hubiera estado en poder del rey duplicar su masa, el valor intercambiable del oro y de la plata habría bajado inmediatamente a la mitad, siempre por esa razón de proporcionalidad y de equilibrio.

Si esta opinión, que el señor Proudhon comparte con los demás economistas, es justa, prueba en favor de la doctrina de estos sobre la oferta y la demanda, y en modo alguno en favor de la proporcionalidad del señor Proudhon. Porque, cualquiera que fuese la cantidad de trabajo fijada en la masa duplicada del oro y de la plata, su valor habría caído a la mitad, puesto que la demanda seguía siendo la misma y la oferta se había duplicado. ¿O es que, por casualidad, la «*ley de proporcionalidad*» se confundiría esta vez con la tan desdeñada ley de la oferta y la demanda? Esta justa proporcionalidad del señor Proudhon es, en efecto, tan elástica, se presta a tantas variaciones, combinaciones y permutaciones, que bien podría coincidir alguna vez con la relación entre la oferta y la demanda.

Hacer «toda mercancía aceptable en el cambio, si no de hecho, al menos de derecho», fundándose en el papel que desempeñan el oro y la plata, es, pues, desconocer ese papel. El oro y la plata solo son aceptables de derecho porque lo son de hecho, y lo son de hecho porque la organización actual de la producción necesita un agente universal del cambio. El derecho no es más que el reconocimiento oficial del hecho.

Lo hemos visto: el ejemplo del dinero como aplicación del valor llegado al estado de constitución solo lo había elegido el señor Proudhon para pasar de contrabando toda su doctrina de la intercambiabilidad, es decir, para demostrar que toda mercancía evaluada por sus costes de producción debe llegar al estado de moneda. Todo eso estaría muy bien, de no ser por el inconveniente de que precisamente el oro y la plata, en cuanto moneda, son de todas las mercancías las únicas que no están determinadas por sus costes de producción; y esto es tan cierto que en la circulación pueden ser sustituidos por el papel.

Mientras se observe cierta proporción entre las necesidades de la circulación y la cantidad de moneda emitida, sea moneda de papel, de oro, de platino o de cobre, no podrá tratarse de observar una proporción entre el valor intrínseco (los costes de producción) y el valor nominal de la moneda. Sin duda, en el comercio internacional la moneda está determinada, como cualquier otra mercancía, por el tiempo de trabajo. Pero es que el oro y la plata que pasan al comercio internacional son medios de cambio como producto y no como moneda, es decir, pierden ese carácter de «fijeza y autenticidad», de «consagración soberana», que constituye para el señor Proudhon su carácter específico. Ricardo comprendió tan bien esta verdad que, después de haber basado todo su sistema en el valor determinado por el tiempo de trabajo, y después de haber dicho:

> El oro y la plata, como todas las demás mercancías, solo tienen valor en proporción a la cantidad de trabajo necesaria para producirlos y llevarlos al mercado,

añade, sin embargo, que el valor de la *moneda* no está determinado por el tiempo de trabajo fijado en su materia, sino solo por la ley de la oferta y la demanda.

> Aunque el papel no tenga ningún valor intrínseco, si se limita su cantidad, su valor intercambiable puede igualar el de una moneda metálica de la misma denominación o el de los lingotes estimados en especie. Por el mismo principio, es decir, limitando la cantidad de la moneda, piezas de baja ley pueden circular por el mismo valor que tendrían si su peso y su ley fueran los fijados por la ley, y no según el valor intrínseco del metal puro que contuvieran. Por eso en la historia de las monedas inglesas encontramos que nuestro numerario nunca se depreció en la misma proporción en que fue alterado. La razón es que nunca se multiplicó en proporción a su depreciación.[^87]

He aquí lo que observa J.-B. Say acerca de este pasaje de Ricardo:

> Este ejemplo debería bastar, me parece, para convencer al autor de que la base de todo valor no es la cantidad de trabajo necesaria para hacer una mercancía, sino la necesidad que se tiene de ella, contrapesada por su escasez.

Así, la moneda, que para Ricardo ya no es un valor determinado por el tiempo de trabajo, y que J.-B. Say toma por ello como ejemplo para convencer a Ricardo de que los demás valores tampoco podrían estar determinados por el tiempo de trabajo; esa moneda, digo, que J.-B. Say toma como ejemplo de un valor determinado exclusivamente por la oferta y la demanda, se convierte para el señor Proudhon en el ejemplo por excelencia de la aplicación del valor constituido... por el tiempo de trabajo.

Para terminar: si la moneda no es en absoluto un «valor constituido» por el tiempo de trabajo, mucho menos podría tener algo en común con la justa «proporcionalidad» del señor Proudhon. El oro y la plata son siempre intercambiables porque tienen la función particular de servir de agente universal del cambio, y en modo alguno porque existan en una cantidad proporcional al conjunto de las riquezas; o, mejor dicho, son siempre proporcionales porque, únicos entre todas las mercancías, sirven de moneda, de agente universal del cambio, cualquiera que sea su cantidad en relación con el conjunto de las riquezas.

> La moneda en circulación nunca podría ser tan abundante como para rebosar: porque, si se rebaja su valor, se aumentará en la misma proporción su cantidad, y si se aumenta su valor, se disminuye su cantidad.[^88]

«¡Qué embrollo es la economía política!», exclama el señor Proudhon.

«¡Maldito oro!», exclama graciosamente un comunista (por boca del señor Proudhon). Tanto valdría decir: ¡malo el trigo, malditas las viñas, malditos los carneros!, porque,

> lo mismo que el oro y la plata, todo valor comercial debe llegar a su exacta y rigurosa determinación.

La idea de hacer llegar los carneros y las viñas al estado de moneda no es nueva. En Francia pertenece al siglo de Luis XIV. En aquella época, cuando el dinero había empezado a asentar su omnipotencia, la gente se quejaba de la depreciación de todas las demás mercancías y anhelaba con toda el alma el momento en que «todo valor comercial» pudiera llegar a su exacta y rigurosa determinación, al estado de moneda. He aquí lo que encontramos ya en Boisguillebert, uno de los economistas más antiguos de Francia:

> Entonces el dinero, ante esa irrupción innumerable de competidores, que serán las propias mercancías restablecidas en sus justos valores, se verá devuelto a sus límites naturales.[^89]

Se ve que las primeras ilusiones de la burguesía son también las últimas.

#### b) El excedente del trabajo

> En las obras de economía política se lee esta hipótesis absurda: si el precio de todas las cosas se duplicara... ¡Como si el precio de todas las cosas no fuera la proporción de las cosas, y se pudiera duplicar una proporción, una relación, una ley![^90]

Los economistas han caído en este error por no haber sabido aplicar la «ley de proporcionalidad» y el «valor constituido».

Por desgracia, en la propia obra del señor Proudhon, tomo I, p. 110, se lee esta hipótesis absurda: que «si el salario subiera de manera general, el precio de todas las cosas subiría». Por lo demás, si en las obras de economía política se encuentra la frase en cuestión, también se encuentra su explicación.

> Cuando se dice que el precio de todas las mercancías sube o baja, se excluye siempre una u otra de las mercancías; la mercancía excluida es en general el dinero o el trabajo.[^91]

Pasemos ahora a la *segunda aplicación* del «valor constituido» y de otras proporcionalidades cuyo único defecto es estar poco proporcionadas, y veamos si el señor Proudhon tiene en ella más fortuna que en la *monetización* de los carneros.

> Un axioma generalmente admitido por los economistas es que todo trabajo debe dejar un excedente. Esta proposición es para mí de una verdad universal y absoluta: es el corolario de la ley de la proporcionalidad, que puede considerarse como el compendio de toda la ciencia económica. Pero, pido perdón a los economistas, el principio de que todo trabajo debe dejar un excedente no tiene sentido en su teoría y no es susceptible de ninguna demostración.[^92]

Para probar que todo trabajo debe dejar un excedente, el señor Proudhon personifica la sociedad; hace de ella una *sociedad persona*, una sociedad que no es, ni mucho menos, la sociedad de las personas, puesto que tiene sus leyes aparte, que nada tienen en común con las personas de que se compone la sociedad, y su «inteligencia propia», que no es la inteligencia de los hombres corrientes, sino una inteligencia que carece de sentido común. El señor Proudhon reprocha a los economistas no haber comprendido la personalidad de ese ser colectivo. Nos complace oponerle el siguiente pasaje de un economista norteamericano[^93] que reprocha a los demás economistas todo lo contrario:

> A la entidad moral (*the moral entity*), al ser gramatical (*the grammatical being*) llamado sociedad, se le han atribuido cualidades que solo tienen existencia real en la imaginación de quienes con una palabra hacen una cosa... Eso es lo que ha dado lugar a muchas dificultades y a deplorables equivocaciones en la economía política.[^94]

> Este principio del excedente del trabajo, continúa el señor Proudhon, solo es cierto de los individuos porque emana de la sociedad, que les confiere así el beneficio de sus propias leyes.

¿Quiere decir con esto el señor Proudhon, sencillamente, que la producción del individuo social supera a la del individuo aislado? ¿Se refiere el señor Proudhon a ese excedente de la producción de los individuos asociados sobre la de los individuos no asociados? Si es así, podríamos citarle cien economistas que han expresado esta simple verdad sin todo el misticismo de que se rodea el señor Proudhon. He aquí lo que dice, por ejemplo, el señor Sadler:[^95]

> El trabajo combinado da resultados que el trabajo individual nunca podría producir. Así pues, a medida que la humanidad aumente en número, los productos de la industria reunida excederán con mucho la suma de una simple adición calculada sobre ese aumento... En las artes mecánicas, como en los trabajos de la ciencia, un hombre puede hacer hoy en un día más que un individuo aislado durante toda su vida. El axioma de los matemáticos según el cual el todo es igual a las partes ya no es cierto aplicado a nuestro tema. En cuanto al trabajo, ese gran pilar de la existencia humana (*the great pillar of human existence*), puede decirse que el producto de los esfuerzos acumulados excede con mucho todo lo que esfuerzos individuales y separados puedan producir jamás.[^96]

Volvamos al señor Proudhon. El excedente del trabajo, dice, se explica por la sociedad persona. La vida de esta persona sigue leyes opuestas a las leyes que hacen obrar al hombre como individuo, lo cual quiere probar mediante «*hechos*».

> El descubrimiento de un procedimiento económico nunca puede proporcionar al inventor un beneficio igual al que procura a la sociedad... Se ha observado que las empresas de ferrocarriles son mucho menos una fuente de riqueza para los empresarios que para el Estado... El precio medio del transporte de mercancías por carretera es de 18 céntimos por tonelada y kilómetro, recogida y entrega en almacén. Se ha calculado que, a ese precio, una empresa ordinaria de ferrocarril no obtendría un 10 % de beneficio neto, resultado más o menos igual al de una empresa de transporte por carretera. Pero admitamos que la rapidez del transporte por ferrocarril sea a la del acarreo por tierra como 4 es a 1: como en la sociedad el tiempo es el valor mismo, a igualdad de precio el ferrocarril presentará sobre el acarreo una ventaja del 400 %. Sin embargo, esta ventaja enorme, muy real para la sociedad, está lejos de realizarse en la misma proporción para el transportista, que, mientras hace gozar a la sociedad de una plusvalía[^97] del 400 %, no saca, por su parte, un 10 %. Supongamos, en efecto, para hacer la cosa aún más sensible, que el ferrocarril eleve su tarifa a 25 céntimos, mientras la del acarreo se queda en 18: perderá al instante todos sus envíos. Remitentes, destinatarios, todo el mundo volverá al carromato, a la tartana si hace falta. Se abandonará la locomotora: una ventaja social del 400 % se sacrificará a una pérdida privada del 35 %. La razón de ello es fácil de comprender: la ventaja que resulta de la rapidez del ferrocarril es enteramente social, y cada individuo solo participa en ella en una proporción mínima (no olvidemos que en este momento solo se trata del transporte de mercancías), mientras que la pérdida golpea directa y personalmente al consumidor. Un beneficio social igual a 400 representa para el individuo, si la sociedad es solo de un millón de hombres, cuatro diezmilésimas; mientras que una pérdida del 33 % para el consumidor supondría un déficit social de 33 millones.[^98]

Pase todavía que el señor Proudhon exprese una rapidez cuadruplicada como un 400 % de la rapidez primitiva; pero que ponga en relación los tantos por ciento de rapidez con los tantos por ciento de beneficio y forme una proporción entre dos relaciones que, aunque se midan por separado en tantos por ciento, son sin embargo inconmensurables entre sí, eso es establecer una proporción entre los tantos por ciento dejando de lado lo que designan.

Los tantos por ciento son siempre tantos por ciento; el 10 % y el 400 % son conmensurables; son entre sí como 10 es a 400. Luego, concluye el señor Proudhon, un beneficio del 10 % vale cuarenta veces menos que una rapidez cuadruplicada. Para salvar las apariencias, dice que, para la sociedad, el tiempo es el valor (*time is money*).[^99] Este error procede de que recuerda confusamente que hay una relación entre el valor y el tiempo de trabajo, y nada le urge más que asimilar el tiempo de trabajo al tiempo de transporte, es decir, identifica a unos cuantos fogoneros, guardafrenos y compañía, cuyo tiempo de trabajo no es otro que el tiempo de transporte, con la sociedad entera. Y he aquí la rapidez convertida en capital, y en tal caso tiene toda la razón al decir: «Un beneficio del 400 % se sacrificará a una pérdida del 35 %». Después de haber establecido como matemático esta extraña proposición, nos da su explicación como economista.

> Un beneficio social igual a 400 representa para el individuo, si la sociedad es solo de un millón de hombres, cuatro diezmilésimas.

De acuerdo; pero no se trata de 400, se trata del 400 %, y un beneficio del 400 % representa para el individuo el 400 %, ni más ni menos. Cualquiera que sea el capital, los dividendos se repartirán siempre en la proporción del 400 %. ¿Qué hace el señor Proudhon? Toma los tantos por ciento por el capital y, como si temiera que su confusión no fuera bastante manifiesta, bastante «sensible», continúa:

«Una pérdida del 33 % para el consumidor supondría un déficit total de 33 millones». Un 33 % de pérdida para el consumidor sigue siendo un 33 % de pérdida para un millón de consumidores. ¿Cómo puede luego el señor Proudhon decir con conocimiento de causa que el déficit social, en caso de una pérdida del 33 %, asciende a 33 millones, cuando no conoce ni el capital social ni siquiera el capital de uno solo de los interesados? Así, no le bastaba al señor Proudhon haber confundido el *capital* con los *tantos por ciento*; se supera a sí mismo identificando el *capital* invertido en una empresa con el *número* de los interesados.

«Supongamos, en efecto, para hacer la cosa aún más sensible», un capital determinado. Un beneficio social del 400 %, repartido entre un millón de participantes, interesados cada uno por 1 franco, da 4 francos de beneficio por cabeza, y no 0,0004, como pretende el señor Proudhon. Del mismo modo, una pérdida del 33 % para cada uno de los participantes representa un déficit social de 330.000 francos, y no de 33 millones (100 : 33 = 1.000.000 : 330.000).

El señor Proudhon, preocupado por su teoría de la sociedad persona, se olvida de dividir por 100 y obtiene así 330.000 francos de pérdida; pero 4 francos de beneficio por cabeza hacen para la sociedad 4 millones de francos de beneficio. Le queda a la sociedad un beneficio neto de 3.670.000 francos. Esta cuenta exacta demuestra justo lo contrario de lo que quiso demostrar el señor Proudhon: que los beneficios y las pérdidas de la sociedad no están en razón inversa de los beneficios y las pérdidas de los individuos.

Después de haber rectificado estos simples errores de puro cálculo, veamos un poco las consecuencias a que se llegaría si se quisiera admitir para los ferrocarriles esa relación entre rapidez y capital tal como la da el señor Proudhon, menos los errores de cálculo. Supongamos que un transporte cuatro veces más rápido cueste cuatro veces más: ese transporte no daría menos beneficio que el acarreo, que es cuatro veces más lento y cuesta la cuarta parte. Así pues, si el acarreo cobra 18 céntimos, el ferrocarril podría cobrar 72. Esa sería, según el «rigor matemático», la consecuencia de las suposiciones del señor Proudhon, siempre menos sus errores de cálculo. Pero he aquí que de pronto nos dice que si, en lugar de 72 céntimos, el ferrocarril cobrara solo 25, perdería al instante todos sus envíos. Decididamente, hay que volver al carromato, e incluso a la tartana. Solo que, si tenemos un consejo que dar al señor Proudhon, es que no olvide en su «Programa *de la asociación progresiva*»[^100] dividir por 100. Pero, ¡ay!, no cabe esperar que se escuche nuestro consejo, porque el señor Proudhon está tan encantado con su cálculo «progresivo», correspondiente a la «asociación progresiva», que exclama con mucho énfasis:

> Ya he mostrado en el capítulo II, con la solución de la antinomia del valor, que la ventaja de todo descubrimiento útil es incomparablemente menor para el inventor, haga lo que haga, que para la sociedad; ¡he llevado la demostración sobre este punto hasta el rigor matemático!

Volvamos a la ficción de la sociedad persona, ficción que no tenía otro fin que probar esta simple verdad: un invento nuevo que permite producir con la misma cantidad de trabajo una cantidad mayor de mercancías hace bajar el valor venal del producto. La sociedad obtiene, pues, un beneficio, no porque obtenga más valores intercambiables, sino porque obtiene más mercancías por el mismo valor. En cuanto al inventor, la competencia hace caer sucesivamente su beneficio hasta el nivel general de los beneficios. ¿Ha probado el señor Proudhon esta proposición como quería hacerlo? No. Eso no le impide reprochar a los economistas que no la hayan demostrado. Para probarle lo contrario, citaremos solo a Ricardo y a Lauderdale: Ricardo, jefe de la escuela que determina el valor por el tiempo de trabajo; Lauderdale, uno de los defensores más encarnizados del valor por la oferta y la demanda. Los dos desarrollaron la misma tesis.

> Al aumentar constantemente la facilidad de producción, disminuimos constantemente el valor de algunas de las cosas producidas antes, aunque por ese mismo medio no solo aumentamos la riqueza nacional, sino también la capacidad de producir en el futuro... En cuanto, por medio de las máquinas o gracias a nuestros conocimientos de física, obligamos a los agentes naturales a hacer la obra que antes hacía el hombre, el valor intercambiable de esa obra cae en consecuencia. Si hicieran falta diez hombres para hacer girar un molino de trigo, y se descubriera que por medio del viento o del agua podría ahorrarse el trabajo de esos diez hombres, la harina, producto de la acción del molino, bajaría desde ese momento de valor en proporción a la suma de trabajo ahorrado; y la sociedad se encontraría enriquecida con todo el valor de las cosas que podría producir el trabajo de esos diez hombres, ya que los fondos destinados al mantenimiento de los trabajadores no habrían sufrido con ello la menor disminución.[^101]

Lauderdale, a su vez, dice:

> El beneficio de los capitales procede siempre de que suplen una parte del trabajo que el hombre tendría que hacer con sus manos, o de que realizan una parte del trabajo que está por encima de los esfuerzos personales del hombre y que este no podría ejecutar por sí mismo. El escaso beneficio que obtienen en general los propietarios de las máquinas, comparado con el precio del trabajo al que suplen, hará nacer quizá dudas sobre la exactitud de esta opinión. Una bomba de fuego,[^102] por ejemplo, saca en un día de una mina de carbón más agua de la que podrían sacar a la espalda trescientos hombres, aun ayudándose de cubos; y no cabe duda de que sustituye su trabajo con muchos menos gastos. Es el caso de todas las máquinas. El trabajo que se hacía a mano, y al que ellas han sustituido, deben hacerlo a más bajo precio... Supongo que se concede una patente al inventor de una máquina que hace el trabajo de cuatro hombres: como el privilegio exclusivo impide toda competencia, salvo la que resulta del trabajo de los obreros, está claro que el salario de estos, durante toda la vigencia del privilegio, será la medida del precio que el inventor debe poner a sus productos; es decir, que para asegurarse la ocupación exigirá un poco menos que el salario del trabajo al que suple su máquina. Pero al expirar el privilegio se establecen otras máquinas de la misma especie que compiten con la suya. Entonces regulará su precio por el principio general, haciéndolo depender de la abundancia de las máquinas. El beneficio de los fondos empleados..., aunque resulte de un trabajo suplido, se regula finalmente no por el valor de ese trabajo, sino, como en todos los demás casos, por la competencia entre los propietarios de los fondos; y su grado lo fija siempre la proporción entre la cantidad de capitales ofrecidos para esa función y la demanda que se hace de ellos.

En último término, pues, mientras el beneficio sea mayor que en las demás industrias, habrá capitales que se lanzarán sobre la industria nueva, hasta que la tasa de beneficio haya descendido en ella al nivel común.

Acabamos de ver que el ejemplo del ferrocarril no era nada adecuado para arrojar alguna luz sobre la ficción de la sociedad persona. Sin embargo, el señor Proudhon reanuda audazmente su discurso:

> Aclarados estos puntos, nada más fácil que explicar cómo el trabajo debe dejar a cada productor un excedente.

Lo que sigue pertenece ya a la antigüedad clásica. Es un cuento poético destinado a descansar al lector de las fatigas que ha debido de causarle el rigor de las demostraciones matemáticas que lo preceden. El señor Proudhon da a su sociedad persona el nombre de Prometeo, cuyas hazañas glorifica en estos términos:

> Al principio, Prometeo, saliendo del seno de la naturaleza, despierta a la vida en una inercia llena de encantos, etc... Prometeo se pone manos a la obra y, desde su primera jornada, primera jornada de la segunda creación, el producto de Prometeo, es decir, su riqueza, su bienestar, es igual a diez. El segundo día, Prometeo divide su trabajo, y su producto se vuelve igual a cien. El tercer día y cada uno de los días siguientes, Prometeo inventa máquinas, descubre nuevas utilidades en los cuerpos, nuevas fuerzas en la naturaleza... A cada paso que da su industria, la cifra de su producción se eleva y le anuncia un aumento de felicidad. Y puesto que, en fin, para él consumir es producir, está claro que cada jornada de consumo, al no llevarse más que el producto de la víspera, deja un excedente de producto a la jornada del día siguiente.

Este Prometeo del señor Proudhon es un personaje curioso, tan flojo en lógica como en economía política. Mientras Prometeo se limita a enseñarnos la división del trabajo, la aplicación de las máquinas, la explotación de las fuerzas naturales y del poder científico, que multiplican las fuerzas productivas de los hombres y dan un excedente comparado con lo que produce el trabajo aislado, este nuevo Prometeo solo tiene la desgracia de llegar demasiado tarde. Pero en cuanto Prometeo se pone a hablar de producción y de consumo, se vuelve realmente grotesco. Consumir, para él, es producir; consume al día siguiente lo que ha producido la víspera, y así tiene siempre una jornada de adelanto; esa jornada de adelanto es su «excedente del trabajo». Pero si consume al día siguiente lo que ha producido la víspera, es preciso que el primer día, que no tuvo víspera, haya trabajado por dos jornadas, para tener después una jornada de adelanto. ¿Cómo obtuvo Prometeo el primer día ese excedente, cuando no había ni división del trabajo, ni máquinas, ni siquiera más conocimiento de las fuerzas físicas que el del fuego? Así, la cuestión, por haber sido aplazada «hasta el primer día de la segunda creación», no ha avanzado ni un paso. Esta manera de explicar las cosas tiene a la vez de griega y de hebrea, es a la vez mística y alegórica, y da perfecto derecho al señor Proudhon a decir:

> He demostrado por la teoría y por los hechos el principio de que todo trabajo debe dejar un excedente.

Los hechos son el famoso cálculo progresivo; la teoría es el mito de Prometeo.

> Pero, continúa el señor Proudhon, este principio, tan cierto como una proposición de aritmética, está todavía lejos de realizarse para todo el mundo. Mientras que, gracias al progreso de la industria colectiva, cada jornada de trabajo individual obtiene un producto cada vez mayor y, por una consecuencia necesaria, mientras que el trabajador, con el mismo salario, debería volverse cada día más rico, existen en la sociedad estados que prosperan y otros que decaen.

En 1770, la población de los Reinos Unidos de Gran Bretaña era de 15 millones, y la población productiva de 3 millones. El poder científico de la producción equivalía aproximadamente a una población de 12 millones de individuos más; había, pues, en total 15 millones de fuerzas productivas. Así, el poder productivo era a la población como 1 es a 1, y el poder científico era al poder manual como 4 es a 1.

En 1840, la población no pasaba de 30 millones: la población productiva era de 6 millones, mientras que el poder científico ascendía a 650 millones, es decir, era a la población entera como 21 a 1, y al poder manual como 108 a 1.

En la sociedad inglesa, la jornada de trabajo adquirió, pues, en setenta años un excedente de productividad del 2.700 %; es decir, en 1840 produjo veintisiete veces más que en 1770. Según el señor Proudhon, habría que plantear la pregunta siguiente: ¿por qué el obrero inglés de 1840 no era veintisiete veces más rico que el de 1770? Al plantear semejante pregunta se supondría, naturalmente, que los ingleses habrían podido producir esas riquezas sin que existieran las condiciones históricas en que se produjeron, como la acumulación privada de los capitales, la división moderna del trabajo, el taller automático, la competencia anárquica, el asalariado, en fin, todo lo que se basa en el antagonismo de las clases. Ahora bien, esas eran precisamente las condiciones de existencia del desarrollo de las fuerzas productivas y del excedente del trabajo. Así pues, para obtener ese desarrollo de las fuerzas productivas y ese excedente del trabajo, hizo falta que hubiera clases que prosperan y otras que decaen.

¿Qué es, pues, en último término, ese Prometeo resucitado por el señor Proudhon? Es la sociedad, son las relaciones sociales basadas en el antagonismo de las clases. Esas relaciones no son relaciones de individuo a individuo, sino de obrero a capitalista, de arrendatario a terrateniente, etc. Suprimid esas relaciones y habréis aniquilado toda la sociedad, y vuestro Prometeo ya no será más que un fantasma sin brazos ni piernas, es decir, sin taller automático, sin división del trabajo, falto, en fin, de todo lo que le disteis en un principio para hacerle obtener ese excedente del trabajo.

Si, pues, en teoría bastara, como hace el señor Proudhon, con interpretar la fórmula del excedente del trabajo en el sentido de la igualdad, sin atender a las condiciones actuales de la producción, en la práctica debería bastar con hacer entre los obreros un reparto igualitario de todas las riquezas actualmente adquiridas, sin cambiar nada en las condiciones actuales de la producción. Ese reparto no aseguraría un gran grado de bienestar a cada uno de los participantes.

Pero el señor Proudhon no es tan pesimista como podría creerse. Como la proporcionalidad lo es todo para él, tiene que ver en el Prometeo ya dado, es decir, en la sociedad actual, un comienzo de realización de su idea favorita.

> Pero también en todas partes el progreso de la riqueza, es decir, la proporcionalidad de los valores, es la ley dominante; y cuando los economistas oponen a las quejas del partido social el acrecentamiento progresivo de la fortuna pública y las mejoras introducidas en la condición de las clases incluso más desgraciadas, proclaman, sin sospecharlo, una verdad que es la condena de sus teorías.

¿Qué es, en efecto, la riqueza colectiva, la fortuna pública? Es la riqueza de la burguesía, y no la de cada burgués en particular. Pues bien, los economistas no han hecho otra cosa que demostrar cómo, en las relaciones de producción tal como existen, la riqueza de la burguesía se ha desarrollado y debe seguir creciendo. En cuanto a las clases obreras, es todavía una cuestión muy discutida la de saber si su condición ha mejorado a consecuencia del acrecentamiento de la riqueza que llaman pública. Si los economistas nos citan, en apoyo de su optimismo, el ejemplo de los obreros ingleses empleados en la industria algodonera, solo ven su situación en los raros momentos de prosperidad del comercio. Esos momentos de prosperidad están, respecto de las épocas de crisis y de estancamiento, en la «justa proporcionalidad» de 3 a 10. Pero quizá también, al hablar de mejora, los economistas quisieron hablar de esos millones de obreros que tuvieron que perecer en las Indias Orientales[^103] para procurar al millón y medio de obreros empleados en Inglaterra en la misma industria tres años de prosperidad de cada diez.

En cuanto a la participación temporal en el acrecentamiento de la riqueza pública, es otra cosa. El hecho de esa participación temporal se explica por la teoría de los economistas. Es su confirmación, y en modo alguno su «condena», como dice el señor Proudhon. Si hubiera algo que condenar, sería sin duda el sistema del señor Proudhon, que reduciría al obrero, como hemos demostrado, al mínimo del salario, a pesar del aumento de las riquezas. Solo reduciéndolo al mínimo del salario habría hecho una aplicación de la justa proporcionalidad de los valores, del «valor constituido» por el tiempo de trabajo. Precisamente porque el salario, a consecuencia de la competencia, oscila por encima o por debajo del precio de los víveres necesarios para el sustento del obrero, puede este participar un poco en el desarrollo de la riqueza colectiva, pero puede también perecer de miseria. Esa es toda la teoría de los economistas que no se hacen ilusiones.

Después de sus largas divagaciones a propósito de los ferrocarriles, de Prometeo y de la nueva sociedad que ha de reconstituirse sobre el «valor constituido», el señor Proudhon se recoge; la emoción se apodera de él y exclama en tono paternal:

> Conjuro a los economistas a que se interroguen un momento, en el silencio de su corazón, lejos de los prejuicios que los turban y sin consideración a los empleos que ocupan o que esperan, a los intereses a que sirven, a los sufragios que ambicionan, a las distinciones con que se mece su vanidad: que digan si hasta hoy el principio de que todo trabajo debe dejar un excedente se les había aparecido con esta cadena de preliminares y de consecuencias que hemos levantado.

## Capítulo II. La metafísica de la economía política

### 1. El método

¡Henos aquí en plena Alemania! Vamos a tener que hablar de metafísica sin dejar de hablar de economía política. Y en esto tampoco hacemos más que seguir las «contradicciones» del señor Proudhon. Hace un momento nos obligaba a hablar inglés, a volvernos nosotros mismos bastante ingleses. Ahora cambia la escena: el señor Proudhon nos traslada a nuestra querida patria y nos obliga a recobrar, mal que nos pese, nuestra condición de alemán.

Si el inglés transforma a los hombres en sombreros, el alemán transforma los sombreros en ideas. El inglés es Ricardo, rico banquero y economista distinguido; el alemán es Hegel, simple profesor de filosofía en la Universidad de Berlín.[^104]

Luis XV, último rey absoluto, que representaba la decadencia de la realeza francesa, tenía a su servicio un médico que era el primer economista de Francia. Ese médico, ese economista, representaba el triunfo inminente y seguro de la burguesía francesa. El doctor Quesnay hizo de la economía política una ciencia; la resumió en su famoso *Tableau économique*.[^105] Además de los mil y un comentarios que se han publicado sobre ese cuadro, poseemos uno del propio doctor.

Es el «Análisis del cuadro económico», seguido de «siete *observaciones importantes*».

El señor Proudhon es otro doctor Quesnay. Es el Quesnay de la metafísica de la economía política.

Ahora bien, según Hegel, la metafísica, la filosofía entera, se resume en el método. Tendremos, pues, que tratar de aclarar el método del señor Proudhon, que es por lo menos tan tenebroso como el *Tableau économique*. Por eso haremos siete observaciones más o menos importantes. Si el doctor Proudhon no queda contento con nuestras observaciones, pues bien, que se haga abate Baudeau[^106] y dé él mismo la «explicación del método económico-metafísico».

#### Primera observación

> No hacemos una historia según el orden de los tiempos, sino según la sucesión de las ideas. Las fases o categorías económicas son en su manifestación unas veces contemporáneas, otras veces invertidas... Las teorías económicas no por ello dejan de tener su sucesión lógica y su serie en el entendimiento: ese es el orden que nos preciamos de haber descubierto.[^107]

Decididamente, el señor Proudhon ha querido asustar a los franceses arrojándoles a la cara frases casi hegelianas. Tenemos, pues, que vérnoslas con dos hombres: primero con el señor Proudhon, después con Hegel. ¿En qué se distingue el señor Proudhon de los demás economistas? Y Hegel, ¿qué papel desempeña en la economía política del señor Proudhon?

Los economistas presentan las relaciones de la producción burguesa, la división del trabajo, el crédito, el dinero, etc., como categorías fijas, inmutables, eternas. El señor Proudhon, que tiene ante sí estas categorías ya formadas, quiere explicarnos el acto de su formación, la generación de esas categorías, principios, leyes, ideas, pensamientos.

Los economistas nos explican cómo se produce dentro de esas relaciones dadas; pero lo que no nos explican es cómo se producen esas mismas relaciones, es decir, el movimiento histórico que las hace nacer. El señor Proudhon, que ha tomado esas relaciones como principios, como categorías, como pensamientos abstractos, no tiene más que poner *orden* en esos pensamientos, que se encuentran dispuestos por orden alfabético al final de cualquier tratado de economía política. Los materiales de los economistas son la vida activa y actuante de los hombres; los materiales del señor Proudhon son los dogmas de los economistas. Pero desde el momento en que no se sigue el movimiento histórico de las relaciones de producción, de las que las categorías no son más que la expresión teórica, desde el momento en que no se quiere ver en esas categorías más que ideas, pensamientos espontáneos, independientes de las relaciones reales, no hay más remedio que asignar como origen de esos pensamientos el movimiento de la razón pura.[^108] ¿Cómo hace nacer esos pensamientos la razón pura, eterna, impersonal? ¿Cómo procede para producirlos?

Si tuviéramos la intrepidez del señor Proudhon en materia de hegelianismo, diríamos: se distingue en sí misma de sí misma. ¿Qué quiere decir esto? La razón impersonal, que fuera de sí no tiene ni terreno sobre el que pueda ponerse, ni objeto al que pueda oponerse, ni sujeto con el que pueda componerse, se ve obligada a dar la voltereta poniéndose, oponiéndose y componiéndose: posición, oposición, composición. Para hablar en griego, tenemos la tesis, la antítesis y la síntesis.[^109] A los que no conocen el lenguaje hegeliano les diremos la fórmula sacramental: afirmación, negación y negación de la negación. Eso es lo que se llama hablar. No es hebreo, ciertamente, mal que le pese al señor Proudhon; pero es el lenguaje de esa razón tan pura, separada del individuo. En lugar del individuo corriente, con su manera corriente de hablar y de pensar, no tenemos más que esa manera corriente completamente pura, menos el individuo.

¿Hay que extrañarse de que toda cosa, en última abstracción —porque aquí hay abstracción y no análisis—, se presente en estado de categoría lógica? ¿Hay que extrañarse de que, dejando caer poco a poco todo lo que constituye la individualidad de una casa, haciendo abstracción de los materiales de que se compone, de la forma que la distingue, se llegue a no tener más que un cuerpo; de que, haciendo abstracción de los límites de ese cuerpo, pronto no se tenga más que un espacio; de que, haciendo por último abstracción de las dimensiones de ese espacio, se acabe por no tener más que la cantidad pura, la categoría lógica? A fuerza de abstraer así de todo sujeto todos sus supuestos accidentes, animados o inanimados, hombres o cosas, tenemos razón al decir que en última abstracción se llega a tener como sustancia las categorías lógicas. Así, los metafísicos que, al hacer estas abstracciones, se figuran hacer análisis, y que, a medida que se apartan más y más de los objetos, se figuran acercarse a ellos hasta penetrarlos, esos metafísicos tienen a su vez razón al decir que las cosas de este mundo son bordados cuyo cañamazo forman las categorías lógicas. Eso es lo que distingue al filósofo del cristiano. El cristiano no tiene más que una sola encarnación del Logos, a despecho de la lógica; el filósofo no acaba nunca con las encarnaciones. Que todo lo que existe, que todo lo que vive sobre la tierra y bajo el agua pueda, a fuerza de abstracción, reducirse a una categoría lógica; que de esta manera el mundo real entero pueda ahogarse en el mundo de las abstracciones, en el mundo de las categorías lógicas, ¿quién va a extrañarse?

Todo lo que existe, todo lo que vive sobre la tierra y bajo el agua, solo existe y vive por un movimiento cualquiera. Así, el movimiento de la historia produce las relaciones sociales, el movimiento industrial nos da los productos industriales, etc., etc.

Del mismo modo que a fuerza de abstracción hemos transformado toda cosa en categoría lógica, basta con hacer abstracción de todo rasgo distintivo de los diferentes movimientos para llegar al movimiento en estado abstracto, al movimiento puramente formal, a la fórmula puramente lógica del movimiento. Si en las categorías lógicas se encuentra la sustancia de toda cosa, uno se figura encontrar en la fórmula lógica del movimiento el método *absoluto*, que no solo explica toda cosa, sino que implica además el movimiento de la cosa.

De ese método absoluto habla Hegel en estos términos:

> El método es la fuerza absoluta, única, suprema, infinita, a la que ningún objeto podría resistir; es la tendencia de la razón a reconocerse a sí misma en toda cosa.[^110]

Reducida toda cosa a una categoría lógica, y todo movimiento, todo acto de producción, al método, se sigue naturalmente que todo conjunto de productos y de producción, de objetos y de movimiento, se reduce a una metafísica aplicada. Lo que Hegel hizo con la religión, el derecho, etc., el señor Proudhon trata de hacerlo con la economía política.

Así pues, ¿qué es ese método absoluto? La abstracción del movimiento. ¿Qué es la abstracción del movimiento? El movimiento en estado abstracto. ¿Qué es el movimiento en estado abstracto? La fórmula puramente lógica del movimiento o el movimiento de la razón pura. ¿En qué consiste el movimiento de la razón pura? En ponerse, oponerse, componerse; en formularse como tesis, antítesis, síntesis, o también en afirmarse, negarse y negar su negación.

¿Cómo hace la razón para afirmarse, para ponerse como categoría determinada? Eso es asunto de la propia razón y de sus apologistas.

Pero una vez que ha logrado ponerse como tesis, esa tesis, ese pensamiento, opuesto a sí mismo, se desdobla en dos pensamientos contradictorios, lo positivo y lo negativo, el sí y el no. La lucha de estos dos elementos antagónicos, encerrados en la antítesis, constituye el movimiento dialéctico. Al volverse el sí no, al volverse el no sí, al volverse el sí a la vez sí y no, al volverse el no a la vez no y sí, los contrarios se equilibran, se neutralizan, se paralizan. La fusión de estos dos pensamientos contradictorios constituye un pensamiento nuevo, que es su síntesis. Este pensamiento nuevo se despliega a su vez en dos pensamientos contradictorios, que se funden a su vez en una nueva síntesis. De este trabajo de parto nace un grupo de pensamientos. Este grupo de pensamientos sigue el mismo movimiento dialéctico que una categoría simple, y tiene por antítesis un grupo contradictorio. De estos dos grupos de pensamientos nace un nuevo grupo de pensamientos, que es su síntesis.

Del mismo modo que del movimiento dialéctico de las categorías simples nace el grupo, del movimiento dialéctico de los grupos nace la serie, y del movimiento dialéctico de las series nace el sistema entero.

Aplicad este método a las categorías de la economía política y tendréis la lógica y la metafísica de la economía política o, en otros términos, tendréis las categorías económicas que todo el mundo conoce, traducidas a un lenguaje poco conocido, que les da el aspecto de haber brotado recientemente en una cabeza de razón pura: hasta tal punto esas categorías parecen engendrarse unas a otras, encadenarse y entrelazarse unas con otras por obra exclusiva del movimiento dialéctico. Que el lector no se asuste de esta metafísica con todo su andamiaje de categorías, de grupos, de series y de sistemas. El señor Proudhon, pese al gran esfuerzo que ha hecho por escalar la altura del *sistema de las contradicciones*, nunca ha podido elevarse por encima de los dos primeros peldaños de la tesis y la antítesis simples; y aun estos solo los ha franqueado dos veces, y de esas dos veces una se cayó de espaldas.

Por eso no hemos expuesto hasta ahora más que la dialéctica de Hegel. Más adelante veremos cómo ha logrado el señor Proudhon reducirla a las más mezquinas proporciones. Así, para Hegel, todo lo que ha sucedido y todo lo que sucede todavía es exactamente lo que sucede en su propio razonamiento. Así, la filosofía de la historia no es ya más que la historia de la filosofía, de su propia filosofía. Ya no hay «historia según el orden de los tiempos», no hay más que la «sucesión de las ideas en el entendimiento». Cree construir el mundo mediante el movimiento del pensamiento, cuando lo único que hace es reconstruir sistemáticamente y ordenar según el método absoluto los pensamientos que están en la cabeza de todo el mundo.

#### Segunda observación

Las categorías económicas no son más que las expresiones teóricas, las abstracciones de las relaciones sociales de producción. El señor Proudhon, como verdadero filósofo, tomando las cosas al revés, no ve en las relaciones reales más que las encarnaciones de esos principios, de esas categorías que dormitaban, nos dice además el señor Proudhon filósofo, en el seno de la «razón impersonal de la humanidad».

El señor Proudhon economista ha comprendido muy bien que los hombres hacen el paño, el lienzo, las telas de seda, dentro de relaciones de producción determinadas. Pero lo que no ha comprendido es que estas relaciones sociales determinadas son producidas por los hombres igual que el lienzo, el lino, etc. Las relaciones sociales están íntimamente ligadas a las fuerzas productivas. Al adquirir nuevas fuerzas productivas, los hombres cambian su modo de producción, y al cambiar el modo de producción, la manera de ganarse la vida, cambian todas sus relaciones sociales. El molino de brazo os dará la sociedad con el señor feudal; el molino de vapor, la sociedad con el capitalista industrial.[^111]

Los mismos hombres que establecen las relaciones sociales conforme a su productividad material producen también los principios, las ideas, las categorías, conforme a sus relaciones sociales.

Así, estas ideas, estas categorías, son tan poco eternas como las relaciones que expresan. Son *productos históricos y transitorios*.

Hay un movimiento continuo de crecimiento en las fuerzas productivas, de destrucción en las relaciones sociales, de formación en las ideas; no hay nada inmutable salvo la abstracción del movimiento: *mors immortalis*.[^112]

#### Tercera observación

Las relaciones de producción de toda sociedad forman un todo. El señor Proudhon considera las relaciones económicas como otras tantas fases sociales que se engendran unas a otras, que resultan unas de otras como la antítesis de la tesis, y que realizan en su sucesión lógica la razón impersonal de la humanidad.

El único inconveniente de este método es que, al abordar el examen de una sola de esas fases, el señor Proudhon no puede explicarla sin recurrir a todas las demás relaciones de la sociedad, relaciones que, sin embargo, todavía no ha hecho engendrar por su movimiento dialéctico. Cuando después, por medio de la razón pura, el señor Proudhon pasa a dar a luz las demás fases, hace como si fueran criaturas recién nacidas: olvida que tienen la misma edad que la primera.

Así, para llegar a la constitución del valor, que para él es la base de todas las evoluciones económicas, no podía prescindir de la división del trabajo, de la competencia, etc. Y sin embargo, en la serie, en el entendimiento del señor Proudhon, en la sucesión lógica, esas relaciones no existían todavía.

Al construir con las categorías de la economía política el edificio de un sistema ideológico, se dislocan los miembros del sistema social. Se convierten los diferentes miembros de la sociedad en otras tantas sociedades aparte, que llegan unas después de otras. ¿Cómo podría, en efecto, la sola fórmula lógica del movimiento, de la sucesión, del tiempo, explicar el cuerpo de la sociedad, en el que todas las relaciones coexisten simultáneamente y se sostienen unas a otras?

#### Cuarta observación

Veamos ahora qué modificaciones hace sufrir el señor Proudhon a la dialéctica de Hegel al aplicarla a la economía política.

Para él, para el señor Proudhon, toda categoría económica tiene dos lados, uno bueno y otro malo. Considera las categorías como el pequeñoburgués considera a los grandes hombres de la historia: Napoleón es un gran hombre; hizo mucho bien, pero hizo también mucho mal.

El lado bueno y el lado malo, la ventaja y el inconveniente, tomados juntos, forman para el señor Proudhon la contradicción de cada categoría económica.

Problema que hay que resolver: conservar el lado bueno eliminando el malo.

La esclavitud es una categoría económica como cualquier otra. Así pues, también ella tiene sus dos lados. Dejemos el lado malo y hablemos del lado hermoso de la esclavitud; se entiende que solo se trata de la esclavitud directa, de la esclavitud de los negros en Surinam, en Brasil, en las regiones meridionales de América del Norte.

La esclavitud directa es el eje de la industria burguesa, igual que las máquinas, el crédito, etc. Sin esclavitud no hay algodón; sin algodón no hay industria moderna. Es la esclavitud la que ha dado su valor a las colonias, son las colonias las que han creado el comercio mundial, y el comercio mundial es la condición de la gran industria. Así pues, la esclavitud es una categoría económica de la mayor importancia.

Sin la esclavitud, América del Norte, el país más progresista, se transformaría en un país patriarcal. Borrad América del Norte del mapa del mundo y tendréis la anarquía, la decadencia completa del comercio y de la civilización modernos. Haced desaparecer la esclavitud y habréis borrado América del mapa de los pueblos.[^113]

Por eso la esclavitud, por ser una categoría económica, ha existido siempre en las instituciones de los pueblos. Los pueblos modernos no han sabido más que disfrazar la esclavitud en su propio país; en el Nuevo Mundo la han impuesto sin disfraz.

¿Cómo se las arreglará el señor Proudhon para salvar la esclavitud? Planteará el problema: conservar el lado bueno de esta categoría económica, eliminar el malo.

Hegel no tiene problemas que plantear. No tiene más que la dialéctica. El señor Proudhon no tiene de la dialéctica de Hegel más que el lenguaje. Su propio movimiento dialéctico es la distinción dogmática entre lo bueno y lo malo.

Tomemos por un momento al propio señor Proudhon como categoría. Examinemos su lado bueno y su lado malo, sus ventajas y sus inconvenientes.

Si sobre Hegel tiene la ventaja de plantear problemas, que se reserva resolver por el mayor bien de la humanidad, tiene el inconveniente de quedar herido de esterilidad cuando se trata de engendrar una categoría nueva mediante el trabajo de parto dialéctico. Lo que constituye el movimiento dialéctico es la coexistencia de los dos lados contradictorios, su lucha y su fusión en una categoría nueva. Basta con plantearse el problema de eliminar el lado malo para cortar en seco el movimiento dialéctico. No es la categoría la que se pone y se opone a sí misma por su naturaleza contradictoria: es el señor Proudhon quien se agita, forcejea y se debate entre los dos lados de la categoría.

Metido así en un callejón del que es difícil salir por medios legales, el señor Proudhon da un auténtico brinco que lo transporta de un solo salto a una categoría nueva. Es entonces cuando se revela a sus ojos asombrados la serie en el entendimiento.

Toma la primera categoría que le viene a mano y le atribuye arbitrariamente la cualidad de remediar los inconvenientes de la categoría que se trata de depurar. Así, si hemos de creer al señor Proudhon, los impuestos remedian los inconvenientes del monopolio; la balanza comercial, los inconvenientes de los impuestos; la propiedad de la tierra, los inconvenientes del crédito.

Tomando así sucesivamente las categorías económicas, una a una, y haciendo de esta el antídoto de aquella, el señor Proudhon consigue hacer con esta mezcla de contradicciones dos volúmenes de contradicciones, a los que llama con toda justicia *Sistema de las contradicciones económicas*.

#### Quinta observación

> En la razón absoluta todas estas ideas... son igualmente simples y generales... De hecho, no llegamos a la ciencia más que mediante una especie de andamiaje de nuestras ideas. Pero la verdad en sí es independiente de estas figuras dialécticas y está libre de las combinaciones de nuestro espíritu.[^114]

¡He aquí de golpe, por una especie de viraje cuyo secreto conocemos ya, la metafísica de la economía política convertida en una ilusión! Nunca ha dicho el señor Proudhon nada más cierto. Desde luego, desde el momento en que el procedimiento del movimiento dialéctico se reduce al simple procedimiento de oponer lo bueno a lo malo, de plantear problemas encaminados a eliminar lo malo y de dar una categoría como antídoto de otra, las categorías ya no tienen espontaneidad; la idea «ya no funciona»; ya no tiene vida en sí. Ya no se pone ni se descompone en categorías. La sucesión de las categorías se ha convertido en una especie de andamiaje. La dialéctica ya no es el movimiento de la razón absoluta. Ya no hay dialéctica; hay, a lo sumo, moral pura y simple.

Cuando el señor Proudhon hablaba de la serie en el entendimiento, de la sucesión lógica de las categorías, declaraba positivamente que no quería dar la historia según el orden de los tiempos, es decir, según el señor Proudhon, la sucesión histórica en la que las categorías se han manifestado. Entonces todo sucedía para él en el éter puro de la razón. Todo debía derivarse de ese éter por medio de la dialéctica. Ahora que se trata de poner en práctica esa dialéctica, la razón le falla. La dialéctica del señor Proudhon da esquinazo a la dialéctica de Hegel, y he aquí que el señor Proudhon se ve llevado a decir que el orden en que presenta las categorías económicas ya no es el orden en que se engendran unas a otras. Las evoluciones económicas ya no son las evoluciones de la razón misma.

¿Qué nos da entonces el señor Proudhon? ¿La historia real, es decir, según el entendimiento del señor Proudhon, la sucesión con arreglo a la cual las categorías se han manifestado en el orden de los tiempos? No. ¿La historia tal como sucede en la idea misma? Menos todavía. ¡Ni la historia profana de las categorías, ni su historia sagrada! ¿Qué historia nos da, en fin? La historia de sus propias contradicciones. Veamos cómo marchan y cómo arrastran tras de sí al señor Proudhon.

Antes de abordar este examen, que da lugar a la sexta observación importante, tenemos que hacer todavía otra observación menos importante.

Admitamos con el señor Proudhon que la historia real, la historia según el orden de los tiempos, es la sucesión histórica en la que se han manifestado las ideas, las categorías, los principios.

Cada principio ha tenido su siglo para manifestarse: el principio de autoridad, por ejemplo, tuvo el siglo XI, como el principio del individualismo tuvo el siglo XVIII. De consecuencia en consecuencia, era el siglo el que pertenecía al principio, y no el principio el que pertenecía al siglo. En otros términos, era el principio el que hacía la historia, no la historia la que hacía el principio. Cuando después, para salvar tanto los principios como la historia, uno se pregunta por qué tal principio se manifestó en el siglo XI o en el XVIII y no en otro cualquiera, se ve necesariamente obligado a examinar minuciosamente quiénes eran los hombres del siglo XI, quiénes los del XVIII, cuáles eran sus necesidades respectivas, sus fuerzas productivas, su modo de producción, las materias primas de su producción y, en fin, cuáles eran las relaciones de hombre a hombre que resultaban de todas esas condiciones de existencia. Profundizar en todas estas cuestiones ¿no es hacer la historia real, profana, de los hombres de cada siglo, representar a esos hombres a la vez como los autores y los actores de su propio drama? Pero desde el momento en que representáis a los hombres como los actores y los autores de su propia historia, habéis llegado, dando un rodeo, al verdadero punto de partida, puesto que habéis abandonado los principios eternos de los que hablabais al principio.

El señor Proudhon ni siquiera ha avanzado lo bastante por el atajo que toma el ideólogo para alcanzar el camino real de la historia.

#### Sexta observación

Tomemos con el señor Proudhon el atajo.

Concedamos que las relaciones económicas, consideradas como leyes inmutables, principios eternos, categorías ideales, fueran anteriores a los hombres activos y actuantes; concedamos también que esas leyes, esos principios, esas categorías hubieran dormitado desde el origen de los tiempos «en la razón impersonal de la humanidad». Ya hemos visto que con todas esas eternidades inmutables e inmóviles no hay ya historia; hay, a lo sumo, la historia en la idea, es decir, la historia que se refleja en el movimiento dialéctico de la razón pura. Al decir que en el movimiento dialéctico las ideas ya no se «diferencian», el señor Proudhon ha anulado a la vez la sombra del movimiento y el movimiento de las sombras, con los que todavía se habría podido crear, a lo sumo, un simulacro de historia. En lugar de eso, imputa a la historia su propia impotencia, la emprende con todo, hasta con la lengua francesa.

> No es exacto, pues, decir —dice el señor Proudhon filósofo— que algo acontece, que algo se produce: en la civilización como en el universo, todo existe, todo actúa desde siempre. Lo mismo ocurre con toda la economía social.[^115]

Tal es la fuerza productiva de las contradicciones que funcionan y que hacen funcionar al señor Proudhon, que, queriendo explicar la historia, se ve obligado a negarla; queriendo explicar la aparición sucesiva de las relaciones sociales, niega que algo pueda acontecer; queriendo explicar la producción con todas sus fases, discute que *algo pueda producirse*.

Así pues, para el señor Proudhon ya no hay historia, ya no hay sucesión de las ideas, y sin embargo su libro sigue en pie; y ese libro es precisamente, según su propia expresión, la historia según la sucesión de las ideas. ¿Cómo encontrar una fórmula —porque el señor Proudhon es el hombre de las fórmulas— que le permita saltar de un solo brinco por encima de todas sus contradicciones?

Para ello ha inventado una razón nueva, que no es ni la razón absoluta, pura y virgen, ni la razón común de los hombres activos y actuantes en los diferentes siglos, sino una razón completamente aparte, la razón de la sociedad persona, del sujeto humanidad, que bajo la pluma del señor Proudhon aparece a veces también como genio social, razón general y, en último término, como *razón humana*... Esta razón, adornada con tantos nombres, se deja reconocer sin embargo a cada instante como la razón individual del señor Proudhon, con su lado bueno y su lado malo, sus antídotos y sus problemas.

«La razón humana no crea la verdad», oculta en las profundidades de la razón absoluta, eterna. Solo puede desvelarla. Pero las verdades que ha desvelado hasta ahora son incompletas, insuficientes y, por tanto, contradictorias. Por consiguiente, las categorías económicas, que son también verdades descubiertas, reveladas por la razón humana, por el genio social, son igualmente incompletas y encierran el germen de la contradicción. Antes del señor Proudhon, el genio social solo vio los *elementos antagónicos*, y no la *fórmula sintética*, ocultos ambos simultáneamente en la *razón absoluta*. Las relaciones económicas, que no hacen más que realizar en la tierra esas verdades insuficientes, esas categorías incompletas, esas nociones contradictorias, son por tanto contradictorias en sí mismas y presentan dos lados, uno bueno y otro malo.

Encontrar la verdad completa, la noción en toda su plenitud, la fórmula sintética que aniquile la antinomia: he ahí el problema del genio social. Por eso también, en la ilusión del señor Proudhon, ese mismo genio social ha sido empujado de una categoría a otra sin haber logrado todavía, con toda la batería de sus categorías, arrancar a Dios, a la razón absoluta, una fórmula sintética.

> Primero, la sociedad (el genio social) plantea un primer hecho, emite una hipótesis... verdadera antinomia, cuyos resultados antagónicos se despliegan en la economía social de la misma manera que sus consecuencias habrían podido deducirse en el espíritu; de suerte que el movimiento industrial, siguiendo en todo la deducción de las ideas, se divide en una doble corriente, una de efectos útiles y otra de resultados subversivos... Para constituir armónicamente este principio de doble cara y resolver esta antinomia, la sociedad hace surgir una segunda, a la que pronto seguirá una tercera, y tal será la marcha del genio social hasta que, agotadas todas sus contradicciones —supongo, aunque no está probado, que la contradicción en la humanidad tenga un término—, vuelva de un salto sobre todas sus posiciones anteriores y en una sola fórmula resuelva todos sus problemas.[^116]

Del mismo modo que antes la *antítesis* se transformó en *antídoto*, ahora la *tesis* se convierte en *hipótesis*. Este cambio de términos ya no tiene nada que pueda sorprendernos por parte del señor Proudhon. La razón humana, que es cualquier cosa menos pura, como no tiene más que visiones incompletas, encuentra a cada paso nuevos problemas que resolver. Cada nueva tesis que descubre en la razón absoluta, y que es la negación de la primera tesis, se convierte para ella en una síntesis que acepta con bastante ingenuidad como la solución del problema en cuestión. Así es como esta razón se debate en contradicciones siempre nuevas, hasta que, encontrándose al cabo de sus contradicciones, se da cuenta de que todas sus tesis y síntesis no son más que hipótesis contradictorias. En su perplejidad,

> la razón humana, el genio social, vuelve de un salto sobre todas sus posiciones anteriores y en una sola fórmula resuelve todos sus problemas.

Esta fórmula única, dicho sea de paso, constituye el verdadero descubrimiento del señor Proudhon. Es el *valor constituido*.

Solo se hacen hipótesis con vistas a un fin cualquiera. El fin que se proponía en primer lugar el genio social que habla por boca del señor Proudhon era eliminar lo que hay de malo en cada categoría económica, para no tener más que lo bueno. Para él, lo bueno, el bien supremo, el verdadero fin práctico, es la *igualdad*. ¿Y por qué se proponía el genio social la igualdad y no la desigualdad, la fraternidad, el catolicismo o cualquier otro principio? Porque

> la humanidad no ha realizado sucesivamente tantas hipótesis particulares sino con vistas a una hipótesis superior,

que es precisamente la igualdad. Dicho de otro modo: porque la igualdad es el ideal del señor Proudhon. Se imagina que la división del trabajo, el crédito, el taller, que todas las relaciones económicas se inventaron únicamente en provecho de la igualdad, y que, sin embargo, siempre han acabado volviéndose contra ella. Como la historia y la ficción del señor Proudhon se contradicen a cada paso, este concluye que hay contradicción. Si hay contradicción, solo existe entre su idea fija y el movimiento real.

En adelante, el lado bueno de una relación económica es el que afirma la igualdad; el lado malo, el que la niega y afirma la desigualdad. Toda nueva categoría es una hipótesis del genio social para eliminar la desigualdad engendrada por la hipótesis anterior. En resumen, la igualdad es la *intención primitiva*, la *tendencia mística*, el *fin providencial* que el genio social tiene constantemente ante los ojos mientras gira en el círculo de las contradicciones económicas. Por eso la *Providencia* es la locomotora que hace marchar todo el bagaje económico del señor Proudhon mejor que su razón pura y evaporada. Ha dedicado a la Providencia todo un capítulo, que sigue al de los impuestos.

Providencia, fin providencial: he ahí la gran palabra de la que hoy se echa mano para explicar la marcha de la historia. En realidad, esa palabra no explica nada. Es, a lo sumo, una forma declamatoria, una manera como otra cualquiera de parafrasear los hechos.

Es un hecho que en Escocia las propiedades de la tierra adquirieron un valor nuevo con el desarrollo de la industria inglesa. Esta industria abrió nuevas salidas a la lana. Para producir lana en gran escala había que transformar los campos de labor en pastos. Para efectuar esta transformación había que concentrar las propiedades. Para concentrar las propiedades había que abolir los pequeños arriendos, expulsar a miles de arrendatarios de su tierra natal y poner en su lugar a unos cuantos pastores que vigilaran millones de ovejas. Así, por transformaciones sucesivas, la propiedad de la tierra ha tenido en Escocia por resultado que las ovejas expulsaran a los hombres.[^117] Decid ahora que el fin providencial de la institución de la propiedad de la tierra en Escocia había sido que las ovejas expulsaran a los hombres, y habréis hecho historia providencial.

Ciertamente, la tendencia a la igualdad pertenece a nuestro siglo. Decir ahora que todos los siglos anteriores, con necesidades, medios de producción, etc., completamente distintos, trabajaban providencialmente por la realización de la igualdad es, ante todo, sustituir a los hombres y los medios de los siglos anteriores por los medios y los hombres de nuestro siglo, y desconocer el movimiento histórico por el que las generaciones sucesivas transformaban los resultados adquiridos por las generaciones que las precedían. Los economistas saben muy bien que lo que para uno era materia elaborada no es para otro más que la materia prima de una nueva producción.

Suponed, como hace el señor Proudhon, que el genio social produjo, o más bien improvisó, a los señores feudales con el fin providencial de transformar a los *colonos* en *trabajadores responsables* e *igualitarios*, y habréis hecho una sustitución de fines y de personas muy digna de esa Providencia que en Escocia instituía la propiedad de la tierra para darse el malicioso placer de que las ovejas expulsaran a los hombres.

Pero ya que el señor Proudhon siente un interés tan tierno por la Providencia, le remitimos a la *Historia de la economía política* del señor de Villeneuve-Bargemont,[^118] que también corre detrás de un fin providencial. Ese fin ya no es la igualdad, es el catolicismo.

#### Séptima y última observación

Los economistas tienen una singular manera de proceder. Para ellos no hay más que dos clases de instituciones: las artificiales y las naturales. Las instituciones del feudalismo son instituciones artificiales; las de la burguesía, instituciones naturales. En esto se parecen a los teólogos, que también distinguen dos clases de religiones. Toda religión que no es la suya es una invención de los hombres, mientras que su propia religión es una emanación de Dios. Al decir que las relaciones actuales —las relaciones de la producción burguesa— son naturales, los economistas dan a entender que son relaciones en las que se crea la riqueza y se desarrollan las fuerzas productivas conforme a las leyes de la naturaleza. Así pues, esas relaciones son ellas mismas leyes naturales independientes de la influencia del tiempo. Son leyes eternas que deben regir siempre la sociedad. De modo que ha habido historia, pero ya no la hay. Ha habido historia, puesto que ha habido instituciones feudales, y en esas instituciones feudales se encuentran relaciones de producción completamente distintas de las de la sociedad burguesa, que los economistas quieren hacer pasar por naturales y, por tanto, eternas.

También el feudalismo tenía su proletariado: la servidumbre, que encerraba todos los gérmenes de la burguesía. También la producción feudal tenía dos elementos antagónicos, que se designan igualmente con el nombre de *lado hermoso* y *lado malo* del feudalismo, sin tener en cuenta que siempre es el lado malo el que acaba imponiéndose al lado hermoso. Es el lado malo el que produce el movimiento que hace la historia, al constituir la lucha. Si en la época del dominio del feudalismo los economistas, entusiasmados con las virtudes caballerescas, con la buena armonía entre derechos y deberes, con la vida patriarcal de las ciudades, con el estado próspero de la industria doméstica en el campo, con el desarrollo de la industria organizada en corporaciones, cofradías y maestrías, en fin, con todo lo que constituye el lado hermoso del feudalismo, se hubieran planteado el problema de eliminar todo lo que ensombrece ese cuadro —servidumbre, privilegios, anarquía—, ¿qué habría ocurrido? Se habrían aniquilado todos los elementos que constituían la lucha y se habría ahogado en germen el desarrollo de la burguesía. Uno se habría planteado el absurdo problema de eliminar la historia.

Cuando la burguesía hubo triunfado, ya no se trató ni del lado bueno ni del lado malo del feudalismo. Las fuerzas productivas que ella había desarrollado bajo el feudalismo quedaron en su poder. Todas las antiguas formas económicas, las relaciones civiles que les correspondían, el estado político que era la expresión oficial de la antigua sociedad civil,[^119] quedaron rotos.

Así pues, para juzgar bien la producción feudal hay que considerarla como un modo de producción basado en el antagonismo. Hay que mostrar cómo se producía la riqueza dentro de ese antagonismo, cómo las fuerzas productivas se desarrollaban al mismo tiempo que el antagonismo de las clases, cómo una de las clases, el lado malo, el inconveniente de la sociedad, iba creciendo sin cesar hasta que las condiciones materiales de su emancipación llegaron a su punto de madurez. ¿No es esto decir bastante claramente que el modo de producción, las relaciones dentro de las cuales se desarrollan las fuerzas productivas, no son en modo alguno leyes eternas, sino que corresponden a un desarrollo determinado de los hombres y de sus fuerzas productivas, y que un cambio sobrevenido en las fuerzas productivas de los hombres acarrea necesariamente un cambio en sus relaciones de producción? Como lo que importa ante todo es no verse privado de los frutos de la civilización, de las fuerzas productivas adquiridas, hay que romper las formas tradicionales en que se produjeron. A partir de ese momento, la clase revolucionaria se vuelve conservadora.

La burguesía empieza con un proletariado que es a su vez un resto del proletariado de los tiempos feudales. En el curso de su desarrollo histórico, la burguesía desarrolla necesariamente su carácter antagónico, que al principio está más o menos disfrazado y solo existe en estado latente. A medida que la burguesía se desarrolla, se desarrolla en su seno un nuevo proletariado, un proletariado moderno: se desarrolla una lucha entre la clase proletaria y la clase burguesa, una lucha que, antes de ser sentida por ambas partes, percibida, apreciada, comprendida, reconocida y proclamada en voz alta, solo se manifiesta al principio en conflictos parciales y momentáneos, en hechos subversivos. Por otra parte, si todos los miembros de la burguesía moderna tienen el mismo interés en cuanto forman una clase frente a otra clase, tienen intereses opuestos, antagónicos, en cuanto se encuentran unos frente a otros. Esta oposición de intereses se deriva de las condiciones económicas de su vida burguesa. Día a día se hace, pues, más claro que las relaciones de producción en las que se mueve la burguesía no tienen un carácter único, un carácter simple, sino un carácter doble; que en las mismas relaciones en que se produce la riqueza se produce también la miseria; que en las mismas relaciones en que hay desarrollo de las fuerzas productivas hay una fuerza productiva de represión; que estas relaciones solo producen la *riqueza burguesa*, es decir, la riqueza de la clase burguesa, aniquilando continuamente la riqueza de miembros integrantes de esa clase y produciendo un proletariado cada vez mayor.

Cuanto más sale a la luz el carácter antagónico, más se enemistan los economistas, los representantes científicos de la producción burguesa, con su propia teoría, y se forman diferentes escuelas.

Tenemos a los economistas *fatalistas*, que en su teoría son tan indiferentes a lo que llaman los inconvenientes de la producción burguesa como lo son en la práctica los propios burgueses a los sufrimientos de los proletarios que les ayudan a adquirir riquezas. En esta escuela fatalista hay clásicos y románticos. Los clásicos, como Adam Smith y Ricardo, representan a una burguesía que, luchando todavía con los restos de la sociedad feudal, solo trabaja para depurar las relaciones económicas de las manchas feudales, para aumentar las fuerzas productivas y dar a la industria y al comercio un nuevo impulso. El proletariado que participa en esta lucha, absorbido en ese trabajo febril, solo tiene sufrimientos pasajeros, accidentales, y él mismo los considera como tales. Los economistas como Adam Smith y Ricardo, que son los historiadores de esa época, no tienen otra misión que demostrar cómo se adquiere la riqueza en las relaciones de la producción burguesa, formular esas relaciones en categorías, en leyes, y demostrar hasta qué punto esas leyes, esas categorías, son superiores para la producción de riquezas a las leyes y categorías de la sociedad feudal. La miseria no es a sus ojos más que el dolor que acompaña a todo alumbramiento, tanto en la naturaleza como en la industria.

Los románticos pertenecen a nuestra época, en la que la burguesía está en oposición directa con el proletariado, en la que la miseria se engendra en tanta abundancia como la riqueza. Los economistas adoptan entonces la pose de fatalistas hastiados que, desde lo alto de su posición, lanzan una soberbia mirada de desdén sobre los hombres locomotora que fabrican las riquezas. Copian todos los razonamientos de sus predecesores, y la indiferencia que en aquellos era ingenuidad se vuelve en ellos coquetería.

Viene luego la *escuela humanitaria*, que se toma a pecho el lado malo de las relaciones de producción actuales. Esta trata, para descargo de su conciencia, de paliar siquiera un poco los contrastes reales; deplora sinceramente la miseria del proletariado, la competencia desenfrenada de los burgueses entre sí; aconseja a los obreros que sean sobrios, que trabajen bien y que tengan pocos hijos; recomienda a los burgueses que pongan en la producción un ardor reflexivo. Toda la teoría de esta escuela descansa en distinciones interminables entre la teoría y la práctica, entre los principios y los resultados, entre la idea y la aplicación, entre el contenido y la forma, entre la esencia y la realidad, entre el derecho y el hecho, entre el lado bueno y el malo.

La escuela *filantrópica* es la escuela humanitaria perfeccionada. Niega la necesidad del antagonismo; quiere hacer de todos los hombres burgueses; quiere realizar la teoría en cuanto se distingue de la práctica y no encierra antagonismo. Ni que decir tiene que en la teoría es fácil hacer abstracción de las contradicciones que se encuentran a cada instante en la realidad. Esa teoría se convertiría entonces en la realidad idealizada. Los filántropos quieren, pues, conservar las categorías que expresan las relaciones burguesas sin el antagonismo que las constituye y que es inseparable de ellas. Se imaginan combatir seriamente la práctica burguesa, y son más burgueses que los demás.

Así como los *economistas* son los representantes científicos de la clase burguesa, los *socialistas* y los *comunistas* son los teóricos de la clase proletaria. Mientras el proletariado no está todavía lo bastante desarrollado para constituirse en clase y, por consiguiente, la lucha misma del proletariado con la burguesía no tiene todavía carácter político, y mientras las fuerzas productivas no se han desarrollado todavía lo suficiente en el seno de la propia burguesía para dejar entrever las condiciones materiales necesarias para la emancipación del proletariado y para la formación de una sociedad nueva, estos teóricos no son más que utopistas que, para remediar las necesidades de las clases oprimidas, improvisan sistemas y corren tras una ciencia regeneradora. Pero a medida que la historia avanza y con ella se dibuja con más nitidez la lucha del proletariado, ya no necesitan buscar la ciencia en su cabeza: les basta con darse cuenta de lo que sucede ante sus ojos y hacerse su órgano. Mientras buscan la ciencia y no hacen más que sistemas, mientras están en los comienzos de la lucha, no ven en la miseria más que la miseria, sin ver en ella el lado revolucionario, subversivo, que derribará la sociedad antigua. A partir de ese momento, la ciencia producida por el movimiento histórico, y que se asocia a él con pleno conocimiento de causa, ha dejado de ser doctrinaria y se ha hecho revolucionaria.

Volvamos al señor Proudhon.

Toda relación económica tiene un lado bueno y otro malo: es el único punto en el que el señor Proudhon no se desmiente. El lado bueno lo ve expuesto por los economistas; el lado malo lo ve denunciado por los socialistas. Toma prestada de los economistas la necesidad de las relaciones eternas; toma prestada de los socialistas la ilusión de no ver en la miseria más que la miseria. Está de acuerdo con unos y con otros en querer remitirse a la autoridad de la ciencia. La ciencia, para él, se reduce a las exiguas proporciones de una fórmula científica; es el hombre en busca de fórmulas. Así es como el señor Proudhon se jacta de haber hecho la crítica tanto de la economía política como del comunismo: está por debajo de ambos. Por debajo de los economistas, porque, como filósofo que tiene a mano una fórmula mágica, ha creído poder dispensarse de entrar en detalles puramente económicos; por debajo de los socialistas, porque no tiene ni el valor ni las luces suficientes para elevarse, aunque solo sea especulativamente, por encima del horizonte burgués.

Quiere ser la síntesis, y es un error compuesto.

Quiere planear como hombre de ciencia por encima de burgueses y proletarios; no es más que el pequeñoburgués zarandeado constantemente entre el Capital y el Trabajo, entre la economía política y el comunismo.

### 2. La división del trabajo y las máquinas

La división del trabajo abre, según el señor Proudhon, la serie de las *evoluciones económicas.*

*Lado bueno de la división del trabajo.*

> «Considerada en su esencia, la división del trabajo es el modo en que se realiza la igualdad de las condiciones y de las inteligencias». (T. I, p. 93.)

*Lado malo de la división del trabajo.*

> «La división del trabajo se ha convertido para nosotros en un instrumento de miseria». (T. I, p. 94.)

> VARIANTE

> «El trabajo, al *dividirse según la ley* que le es propia, y que es la condición primera de su fecundidad, desemboca en la negación de sus fines y se destruye a sí mismo». (T. I, p. 94.)

*Problema que hay que resolver.*

> Encontrar «la recomposición que borre los inconvenientes de la división conservando sus efectos útiles». (T. I, p. 97.)

La división del trabajo es, según el señor Proudhon, una ley eterna, una categoría simple y abstracta. Por tanto, también le tienen que bastar la abstracción, la idea, la palabra para explicar la división del trabajo en las distintas épocas de la historia. Las castas, las corporaciones, el régimen manufacturero, la gran industria deben explicarse con la sola palabra *dividir.* Estudiad primero bien el sentido de dividir, y no tendréis necesidad de estudiar las numerosas influencias que dan a la división del trabajo un carácter determinado en cada época.

Desde luego, sería simplificar demasiado las cosas reducirlas a las categorías del señor Proudhon. La historia no procede de un modo tan categórico. Hicieron falta tres siglos enteros, en Alemania, para establecer la primera gran división del trabajo, que es la separación de las ciudades y el campo. A medida que se modificaba esta sola relación de la ciudad con el campo, se modificaba la sociedad entera. Con solo considerar esta faceta de la división del trabajo, tenéis las repúblicas antiguas o el feudalismo cristiano; la vieja Inglaterra con sus barones o la Inglaterra moderna con sus señores del algodón (*cotton-lords*).[^120] En los siglos XIV y XV, cuando todavía no había colonias, cuando América aún no existía para Europa, cuando Asia solo existía por mediación de Constantinopla, cuando el Mediterráneo era el centro de la actividad comercial, la división del trabajo tenía una forma completamente distinta, un aspecto completamente distinto que en el siglo XVII, cuando los españoles, los portugueses, los ingleses y los franceses tenían colonias establecidas en todas las partes del mundo. La extensión del mercado, su fisonomía, dan a la división del trabajo en las distintas épocas una fisonomía, un carácter que sería difícil deducir de la sola palabra *dividir,* de la idea, de la categoría.

> Todos los economistas, dice el señor Proudhon, desde A. Smith, han señalado las ventajas y los inconvenientes de la ley de división, pero insistiendo mucho más en las primeras que en los segundos, porque eso servía mejor a su optimismo, y sin que ninguno de ellos se haya preguntado nunca qué podían ser los inconvenientes de una ley... ¿Cómo es que el mismo principio, llevado rigurosamente hasta sus consecuencias, conduce a efectos diametralmente opuestos? Ni un solo economista, ni antes ni después de Smith, se ha dado cuenta siquiera de que ahí había un problema que aclarar. Say llega a reconocer que en la división del trabajo la misma causa que produce el bien engendra el mal.

A. Smith vio más lejos de lo que piensa el señor Proudhon. Vio muy bien que

> en realidad, la diferencia de talentos naturales entre los individuos es mucho menor de lo que creemos. Esas disposiciones tan diferentes, que parecen distinguir a los hombres de las diversas profesiones cuando han llegado a la edad madura, no son tanto la causa como el efecto de la división del trabajo.

En un principio, un mozo de cuerda se diferencia menos de un filósofo que un mastín de un galgo. Es la división del trabajo la que ha abierto un abismo entre uno y otro. Todo esto no impide al señor Proudhon decir, en otro lugar, que Adam Smith ni siquiera sospechaba los inconvenientes que produce la división del trabajo. Eso mismo le hace decir también que J.-B. Say fue el *primero* en reconocer

> que en la división del trabajo la misma causa que produce el bien engendra el mal.

Pero escuchemos a Lemontey: *Suum cuique*.[^121]

> El señor J.-B. Say me ha hecho el honor de adoptar en su excelente tratado de economía política el principio que yo saqué a la luz en este fragmento sobre la influencia moral de la división del trabajo. El título algo frívolo de mi libro no le habrá permitido, sin duda, citarme. Solo a este motivo puedo atribuir el silencio de un escritor demasiado rico en caudal propio para renegar de un préstamo tan modesto.[^122]

Hagámosle justicia: Lemontey expuso con ingenio las consecuencias funestas de la división del trabajo tal como está constituida en nuestros días, y el señor Proudhon no ha encontrado nada que añadir. Pero ya que, por culpa del señor Proudhon, nos hemos metido en esta cuestión de prioridad, digamos además de pasada que, mucho antes que el señor Lemontey, y diecisiete años antes que Adam Smith, A. Ferguson, de quien Smith fue discípulo, expuso con claridad la cuestión en un capítulo que trata especialmente de la división del trabajo.[^123]

> Incluso cabría dudar de que la capacidad general de una nación crezca en proporción al progreso de las artes. Varias artes mecánicas... tienen un éxito perfecto cuando están totalmente desprovistas del auxilio de la razón y del sentimiento, y la ignorancia es la madre de la industria tanto como de la superstición. La reflexión y la imaginación están sujetas a extraviarse; pero el hábito de mover el pie o la mano no depende ni de la una ni de la otra. Así, podría decirse que la perfección, por lo que respecta a las manufacturas, consiste en poder prescindir del espíritu, de manera que, sin esfuerzo de cabeza, el taller pueda considerarse una máquina cuyas piezas son hombres... El oficial general puede ser muy hábil en el arte de la guerra, mientras que todo el mérito del soldado se limita a ejecutar algunos movimientos del pie o de la mano. Uno puede haber ganado lo que el otro ha perdido... En un período en el que todo está separado, el arte de pensar puede formar por sí mismo un oficio aparte.[^124]

Para terminar esta ojeada literaria, negamos formalmente que

> todos los economistas hayan insistido mucho más en las ventajas que en los inconvenientes de la división del trabajo.

Basta con nombrar a Sismondi.

Así pues, en lo que se refiere a las ventajas de la división del trabajo, el señor Proudhon no tenía otra cosa que hacer que parafrasear con más o menos pompa las frases generales que todo el mundo conoce.

Veamos ahora cómo deriva de la división del trabajo, tomada como ley general, como categoría, como pensamiento, los inconvenientes que lleva aparejados. ¿Cómo es que esta categoría, esta ley, implica un reparto desigual del trabajo en detrimento del sistema igualitario del señor Proudhon?

> En esta hora solemne de la división del trabajo, el viento de las tempestades empieza a soplar sobre la humanidad. El progreso no se cumple para todos de una manera igual y uniforme;... empieza por apoderarse de un pequeño número de privilegiados... Es esta acepción de personas por parte del progreso la que ha hecho creer durante tanto tiempo en la desigualdad natural y providencial de las condiciones, ha engendrado las castas y ha constituido jerárquicamente todas las sociedades.[^125]

La división del trabajo ha hecho las castas. Ahora bien, las castas son los inconvenientes de la división del trabajo; luego es la división del trabajo la que ha engendrado los inconvenientes. *Quod erat demonstrandum.*[^126] ¿Se quiere ir más lejos y se preguntará qué es lo que ha hecho que la división del trabajo produzca las castas, las constituciones jerárquicas y los privilegiados? El señor Proudhon os dirá: el progreso. ¿Y qué es lo que ha hecho el progreso? El límite. El límite, para el señor Proudhon, es la acepción de personas por parte del progreso.

Después de la filosofía viene la historia. Ya no es historia descriptiva ni historia dialéctica, es historia comparada. El señor Proudhon establece un paralelo entre el obrero tipógrafo actual y el obrero tipógrafo de la Edad Media; entre el obrero de Le Creusot[^127] y el herrador del campo; entre el hombre de letras de nuestros días y el hombre de letras de la Edad Media, y hace inclinarse la balanza del lado de quienes pertenecen más o menos a la división del trabajo tal como la Edad Media la constituyó o la transmitió. Opone la división del trabajo de una época histórica a la división del trabajo de otra época histórica. ¿Era eso lo que el señor Proudhon tenía que demostrar? No. Debía mostrarnos los inconvenientes de la división del trabajo en general, de la división del trabajo como categoría. Por lo demás, ¿para qué insistir en esta parte de la obra del señor Proudhon, si un poco más adelante le veremos retractarse él mismo formalmente de todos esos supuestos desarrollos?

> El primer efecto del trabajo parcelario, continúa el señor Proudhon, después de la depravación del alma, es la prolongación de las jornadas, que crecen en razón inversa de la suma de inteligencia gastada... Pero como la duración de las jornadas no puede exceder de dieciséis a dieciocho horas diarias, desde el momento en que la compensación no pueda tomarse del tiempo se tomará del precio, y el salario disminuirá... Lo que es seguro, y lo único que nos importa señalar, es que la conciencia universal no tasa igual el trabajo de un capataz que la faena de un peón.[^128] Hay, pues, necesidad de rebajar el precio de la jornada: de suerte que el trabajador, después de haber sido afligido en su alma por una función degradante, no puede dejar de ser golpeado también en su cuerpo por la cortedad de la recompensa.

Pasamos por alto el valor lógico de estos silogismos, que Kant llamaría paralogismos que no dan en el blanco.[^129]

He aquí su sustancia:

La división del trabajo reduce al obrero a una función degradante; a esta función degradante corresponde un alma depravada; a la depravación del alma le conviene una reducción siempre creciente del salario. Y para probar que esta reducción de los salarios conviene a un alma depravada, el señor Proudhon dice, para descargo de conciencia, que es la conciencia universal la que lo quiere así. ¿Entra el alma del señor Proudhon en la cuenta de la conciencia universal?

Las *máquinas* son, para el señor Proudhon, la «antítesis lógica de la división del trabajo», y, en apoyo de la dialéctica, empieza por transformar las máquinas en *taller.*

Después de haber supuesto el taller moderno para hacer derivar la miseria de la división del trabajo, el señor Proudhon supone la miseria engendrada por la división del trabajo para llegar al taller y poder representarlo como la negación dialéctica de esa miseria. Después de haber golpeado al trabajador en lo moral con una *función degradante* y en lo físico con la cortedad del salario; después de haber puesto al obrero bajo la *dependencia del capataz* y de haber rebajado su trabajo hasta la *faena de un peón*, la emprende de nuevo con el taller y con las máquinas para *degradar* al trabajador «dándole un *amo*», y completa su envilecimiento haciéndole «caer del rango de artesano al de *peón*». ¡Bonita dialéctica! Y si al menos se quedara ahí; pero no, necesita una nueva historia de la división del trabajo, ya no para derivar de ella las contradicciones, sino para reconstruir el taller a su manera. Para llegar a este fin, necesita olvidar todo lo que acaba de decir sobre la división.

El trabajo se organiza y se divide de manera distinta según los instrumentos de que dispone. El molino de brazo supone una división del trabajo distinta de la del molino de vapor. Es, pues, chocar de frente con la historia querer empezar por la división del trabajo en general para llegar después a un instrumento específico de producción, las máquinas.

Las máquinas no son una categoría económica, como no podría serlo el buey que tira del arado. Las máquinas no son más que una fuerza productiva. El taller moderno, que descansa en la aplicación de las máquinas, es una relación social de producción, una categoría económica.

Veamos ahora cómo suceden las cosas en la brillante imaginación del señor Proudhon.

> En la sociedad, la aparición incesante de las máquinas es la antítesis, la fórmula inversa del trabajo: es la protesta del genio industrial contra el trabajo parcelario y homicida. ¿Qué es, en efecto, una máquina? Una manera de reunir diversas partículas del trabajo que la división había separado. Toda máquina puede definirse como un resumen de varias operaciones... Así pues, por la máquina habrá restauración del trabajador... Las máquinas, que se plantean en la economía política en contradicción con la división del trabajo, representan la síntesis, que en el espíritu humano se opone al análisis... La división no hacía más que separar las diversas partes del trabajo, dejando que cada cual se entregara a la especialidad que más le agradaba: el taller agrupa a los trabajadores según la relación de cada parte con el todo... introduce el principio de autoridad en el trabajo... Pero eso no es todo: la máquina o el taller, después de haber degradado al trabajador dándole un amo, completa su envilecimiento haciéndole caer del rango de artesano al de peón... El período que recorremos en este momento, el de las máquinas, se distingue por un carácter particular: el asalariado. El asalariado es posterior a la división del trabajo y al cambio.

Una simple observación al señor Proudhon. La separación de las diversas partes del trabajo, que deja a cada cual la facultad de entregarse a la especialidad que más le agrada, separación que el señor Proudhon hace datar del principio del mundo, solo existe en la industria moderna bajo el régimen de la competencia.

El señor Proudhon nos hace a continuación una «genealogía» demasiado «interesante» para demostrar cómo el taller nació de la división del trabajo, y el asalariado del taller.

1.º Supone un hombre que

> se ha dado cuenta de que, dividiendo la producción en sus diversas partes y haciendo ejecutar cada una por un obrero aparte,

se multiplicarían las fuerzas de producción.

2.º Este hombre,

> siguiendo el hilo de esta idea, se dice que, formando un grupo permanente de trabajadores adecuados para el objeto especial que se propone, obtendrá una producción más sostenida, etc.

3.º Este hombre hace una propuesta a otros hombres para hacerles captar su idea y el hilo de su idea.

4.º Este hombre, en los comienzos de la industria, trata *de igual a igual* con sus *compañeros*, convertidos más tarde en sus *obreros*.

5.º

> Es evidente, en efecto, que esta igualdad primitiva tuvo que desaparecer rápidamente por la posición ventajosa del amo y la dependencia del asalariado.

He aquí otra muestra del método histórico y descriptivo del señor Proudhon.

Examinemos ahora, desde el punto de vista histórico y económico, si de verdad el taller o la máquina introdujo el principio de autoridad en la sociedad después de la división del trabajo; si por un lado rehabilitó al obrero, al tiempo que por el otro lo sometía a la autoridad; si la máquina es la recomposición del trabajo dividido, la síntesis del trabajo opuesta a su análisis.

La sociedad entera tiene en común con el interior de un taller que también ella tiene su división del trabajo. Si se tomara como modelo la división del trabajo en un taller moderno para aplicarla a una sociedad entera, la sociedad mejor organizada para la producción de riquezas sería sin duda la que no tuviera más que un solo empresario en jefe, que distribuyera la tarea entre los diversos miembros de la comunidad según una regla fijada de antemano. Pero las cosas no son así. Mientras que en el interior del taller moderno la división del trabajo está minuciosamente reglamentada por la autoridad del empresario, la sociedad moderna no tiene otra regla, otra autoridad, para distribuir el trabajo que la libre competencia.

Bajo el régimen patriarcal, bajo el régimen de castas, bajo el régimen feudal y corporativo, había división del trabajo en la sociedad entera según reglas fijas. ¿Fueron establecidas esas reglas por un legislador? No. Nacidas primitivamente de las condiciones de la producción material, solo mucho más tarde se erigieron en leyes. Así fue como esas diversas formas de la división del trabajo se convirtieron en otras tantas bases de organización social. En cuanto a la división del trabajo en el taller, estaba muy poco desarrollada en todas esas formas de la sociedad.

Puede incluso establecerse como regla general que cuanto menos preside la autoridad la división del trabajo en el interior de la sociedad, más se desarrolla la división del trabajo en el interior del taller y más sometida está allí a la autoridad de uno solo. Así, la autoridad en el taller y la autoridad en la sociedad, en relación con la división del trabajo, están en razón inversa la una de la otra.

Importa ahora ver qué es el taller en el que las ocupaciones están muy separadas, en el que la tarea de cada obrero se reduce a una operación muy simple y en el que la autoridad, el capital, agrupa y dirige los trabajos. ¿Cómo nació este taller? Para responder a esta pregunta tendríamos que examinar cómo se desarrolló la industria manufacturera propiamente dicha. Me refiero a esa industria que todavía no es la industria moderna, con sus máquinas, pero que ya no es ni la industria de los artesanos de la Edad Media ni la industria doméstica. No entraremos en grandes detalles: solo daremos algunos puntos sumarios para hacer ver que con fórmulas no se puede hacer historia.

Una de las condiciones más indispensables para la formación de la industria manufacturera era la acumulación de capitales, facilitada por el descubrimiento de América y la introducción de sus metales preciosos.

Está suficientemente probado que el aumento de los medios de cambio tuvo como consecuencia, por un lado, la depreciación de los salarios y de las rentas de la tierra y, por otro, el aumento de los beneficios industriales. En otras palabras: en la medida en que cayeron la clase de los propietarios y la clase de los trabajadores, los señores feudales y el pueblo, se elevó la clase de los capitalistas, la burguesía.

Hubo además otras circunstancias que concurrieron simultáneamente al desarrollo de la industria manufacturera: el aumento de las mercancías puestas en circulación desde que el comercio penetró en las Indias Orientales por la ruta del cabo de Buena Esperanza, el régimen colonial, el desarrollo del comercio marítimo.

Otro punto que todavía no se ha apreciado lo bastante en la historia de la industria manufacturera es el licenciamiento de los numerosos séquitos de los señores feudales, cuyos miembros subalternos se convirtieron en vagabundos antes de entrar en el taller. La creación del taller vino precedida de un vagabundeo casi universal en los siglos XV y XVI. El taller encontró además un poderoso apoyo en los numerosos campesinos que, expulsados continuamente del campo por la transformación de los campos de labor en pastos[^130] y por unas labores agrícolas que necesitaban menos brazos para el cultivo de las tierras, afluyeron a las ciudades durante siglos enteros.

La ampliación del mercado, la acumulación de capitales, los cambios sobrevenidos en la posición social de las clases, una multitud de personas privadas de sus fuentes de ingresos: he ahí otras tantas condiciones históricas para la formación de la manufactura. No fueron, como dice el señor Proudhon, estipulaciones amistosas entre iguales las que reunieron a los hombres en el taller. Ni siquiera nació la manufactura en el seno de las antiguas corporaciones. Fue el comerciante quien se convirtió en jefe del taller moderno, y no el antiguo maestro de los gremios. Casi en todas partes hubo una lucha encarnizada entre la manufactura y los oficios.

La acumulación y la concentración de instrumentos y de trabajadores precedieron al desarrollo de la división del trabajo en el interior del taller. Una manufactura consistía mucho más en la reunión de muchos trabajadores y de muchos oficios en un solo lugar, en una sala bajo el mando de un capital, que en el análisis de los trabajos y en la adaptación de un obrero especial a una tarea muy simple.

La utilidad de un taller consistía mucho menos en la división del trabajo propiamente dicha que en la circunstancia de que se trabajaba a mayor escala y se ahorraban muchos gastos accesorios, etc. A finales del siglo XVI y a comienzos del XVII, la manufactura holandesa apenas conocía la división.

El desarrollo de la división del trabajo supone la reunión de los trabajadores en un taller. No hay ni un solo ejemplo, ni en el siglo XVI ni en el XVII, de que las diversas ramas de un mismo oficio se explotaran por separado hasta el punto de que hubiera bastado con reunirlas en un solo lugar para obtener el taller ya hecho. Pero, una vez reunidos los hombres y los instrumentos, la división del trabajo tal como existía bajo la forma de las corporaciones se reproducía, se reflejaba necesariamente en el interior del taller.

Para el señor Proudhon, que ve las cosas al revés, si es que las ve, la división del trabajo en el sentido de Adam Smith precede al taller, que es una condición de existencia de aquella.

Las *máquinas* propiamente dichas datan de finales del siglo XVIII. Nada más absurdo que ver en las máquinas *la antítesis* de la división del trabajo, la *síntesis* que restablece la unidad en el trabajo fragmentado.

La máquina es una reunión de los instrumentos de trabajo, y en absoluto una combinación de los trabajos para el propio obrero.

> Cuando, por la división del trabajo, cada operación particular ha quedado reducida al empleo de un instrumento simple, la reunión de todos estos instrumentos, puestos en acción por un solo motor, constituye una máquina.[^131][^132]

Herramientas simples, acumulación de herramientas, herramientas compuestas, puesta en movimiento de una herramienta compuesta por un solo motor manual, por el hombre, puesta en movimiento de estos instrumentos por las fuerzas naturales, máquina, sistema de máquinas con un autómata como motor: esa es la marcha de las máquinas.

La concentración de los instrumentos de producción y la división del trabajo son tan inseparables una de otra como lo son, en el régimen político, la concentración de los poderes públicos y la división de los intereses privados. Inglaterra, con la concentración de las tierras, esos instrumentos del trabajo agrícola, tiene también la división del trabajo agrícola y la mecánica aplicada a la explotación de la tierra. Francia, que tiene la división de los instrumentos, el régimen parcelario, no tiene en general ni división del trabajo agrícola ni aplicación de las máquinas a la tierra.

Para el señor Proudhon, la concentración de los instrumentos de trabajo es la negación de la división del trabajo. En la realidad encontramos, una vez más, lo contrario. A *medida* que se desarrolla la concentración de los instrumentos, se desarrolla también la división, y *viceversa.* Por eso todo gran invento en la mecánica va seguido de una mayor división del trabajo, y cada aumento de la división del trabajo trae a su vez nuevos inventos mecánicos.

No hace falta recordar que los grandes progresos de la división del trabajo empezaron en Inglaterra después de la invención de las máquinas. Así, los tejedores y los hilanderos eran en su mayoría campesinos como los que todavía se encuentran en los países atrasados. La invención de las máquinas acabó de separar la industria manufacturera de la industria agrícola. El tejedor y el hilandero, reunidos antes en una sola familia, fueron separados por la máquina. Gracias a la máquina, el hilandero puede vivir en Inglaterra mientras el tejedor reside en las Indias Orientales. Antes de la invención de las máquinas, la industria de un país trabajaba principalmente las materias primas que eran producto de su propio suelo: así, en Inglaterra la lana, en Alemania el lino, en Francia la seda y el lino, en las Indias Orientales y en el Levante el algodón, etc. Gracias a la aplicación de las máquinas y del vapor, la división del trabajo ha podido adquirir tales dimensiones que la gran industria, desprendida del suelo nacional, depende únicamente del mercado mundial, de los intercambios internacionales, de una división internacional del trabajo. Por último, la máquina ejerce tal influencia sobre la división del trabajo que, cuando en la fabricación de una obra cualquiera se ha encontrado el medio de introducir parcialmente la mecánica, la fabricación se divide en el acto en dos explotaciones independientes la una de la otra.

¿Hará falta hablar del *fin providencial* y filantrópico que el señor Proudhon descubre en la invención y la aplicación primitiva de las máquinas?

Cuando en Inglaterra el mercado hubo adquirido tal desarrollo que el trabajo manual ya no podía bastarle, se sintió la necesidad de las máquinas. Se pensó entonces en aplicar la ciencia mecánica, ya completamente formada en el siglo XVIII.

El taller automático inició su andadura con actos que no tenían nada de filantrópicos. A los niños se los mantenía en el trabajo a latigazos; se traficaba con ellos y se firmaban contratos con los orfanatos. Se abolieron todas las leyes sobre el aprendizaje de los obreros porque, para servirnos de las frases del señor Proudhon, ya no se necesitaban obreros *sintéticos.* Por último, desde 1825, casi todos los nuevos inventos fueron resultado de los choques entre el obrero y el empresario, que buscaba a toda costa depreciar la especialidad del obrero. Después de cada nueva huelga algo importante surgía una nueva máquina. El obrero veía tan poco en la aplicación de las máquinas una especie de rehabilitación, de *restauración,* como dice el señor Proudhon, que en el siglo XVIII resistió durante mucho tiempo al imperio naciente del autómata.

> Wyatt, dice el doctor Ure, había descubierto los dedos hiladores [la serie de rodillos acanalados] mucho antes que Arkwright... La principal dificultad no consistía tanto en la invención de un mecanismo automático... La dificultad consistía sobre todo en la disciplina necesaria para hacer que los hombres renunciaran a sus hábitos irregulares en el trabajo y para identificarlos con la regularidad invariable de un gran autómata. Pero inventar y poner en vigor un código de disciplina manufacturera adecuado a las necesidades y a la celeridad del sistema automático: he ahí una empresa digna de Hércules, he ahí la noble obra de Arkwright.[^133]

En suma, con la introducción de las máquinas ha aumentado la división del trabajo en el interior de la sociedad, se ha simplificado la tarea del obrero en el interior del taller, se ha concentrado el capital, se ha despedazado todavía más al hombre.

Cuando el señor Proudhon quiere ser economista y abandonar por un instante «la evolución en la serie del entendimiento», va a buscar su erudición en A. Smith, en la época en que el taller automático apenas acababa de nacer. En efecto, ¡qué diferencia entre la división del trabajo tal como existía en tiempos de Adam Smith y tal como la vemos en el taller automático! Para hacerlo comprender bien bastará con citar algunos pasajes de la *Filosofía de las manufacturas* del doctor Ure.

> Cuando A. Smith escribió su obra inmortal sobre los elementos de la economía política, el sistema automático de industria apenas se conocía todavía. La división del trabajo le pareció con razón el gran principio del perfeccionamiento en la manufactura; demostró, con la fabricación de alfileres, que un obrero que se perfecciona con la práctica en un solo y mismo punto se vuelve más expeditivo y menos costoso. En cada rama de la manufactura vio que, según este principio, ciertas operaciones, como el corte del alambre de latón en trozos iguales, se vuelven de ejecución fácil; que otras, como la hechura y la colocación de las cabezas de alfiler, son proporcionalmente más difíciles: de ello concluyó, pues, que a cada una de estas operaciones se puede adaptar naturalmente un obrero cuyo salario corresponda a su habilidad. Esta adaptación es la esencia de la división de los trabajos. Pero lo que podía servir de ejemplo útil en tiempos del doctor Smith solo serviría hoy para inducir al público a error acerca del principio real de la industria manufacturera. En efecto, la distribución, o más bien la adaptación de los trabajos a las diferentes capacidades individuales, apenas entra en el plan de operaciones de las manufacturas automáticas: al contrario, dondequiera que un procedimiento cualquiera exige mucha destreza y una mano segura, se le retira del brazo del obrero demasiado hábil, y a menudo propenso a irregularidades de varias clases, para encargarlo a un mecanismo particular cuya operación automática está tan bien regulada que un niño puede vigilarla.

> El principio del sistema automático es, pues, sustituir la mano de obra por el arte mecánico y reemplazar la división del trabajo entre los artesanos por el análisis de un procedimiento en sus principios constituyentes. En el sistema de la operación manual, la mano de obra era por lo común el elemento más costoso de un producto cualquiera; pero en el sistema automático los talentos del artesano se ven progresivamente suplidos por simples vigilantes de máquinas.

> La debilidad de la naturaleza humana es tal que cuanto más hábil es el obrero, más voluntarioso e intratable se vuelve y, por consiguiente, menos apto es para un sistema mecánico a cuyo conjunto sus salidas caprichosas pueden causar un daño considerable. La gran cuestión para el fabricante actual es, pues, combinando la ciencia con sus capitales, reducir la tarea de sus obreros al ejercicio de su vigilancia y de su destreza, facultades que se perfeccionan mucho en la juventud cuando se las fija en un solo objeto.

> Según el sistema de las gradaciones del trabajo, hay que hacer un aprendizaje de varios años antes de que el ojo y la mano adquieran la habilidad suficiente para ejecutar ciertas proezas de mecánica; pero, según el sistema que descompone un procedimiento reduciéndolo a sus principios constitutivos y somete todas sus partes a la operación de una máquina automática, pueden confiarse esas mismas partes elementales a una persona dotada de una capacidad ordinaria, tras someterla a una breve prueba; incluso se la puede pasar, en caso de urgencia, de una máquina a otra, a voluntad del director del establecimiento. Tales cambios están en abierta oposición con la vieja rutina que divide el trabajo y asigna a un obrero la tarea de dar forma a la cabeza de un alfiler y a otro la de afilarle la punta, trabajo cuya tediosa uniformidad los enerva... Pero, según el principio de igualación o sistema automático, las facultades del obrero solo se someten a un ejercicio agradable, etc. Como su empleo consiste en vigilar el trabajo de un mecanismo bien regulado, puede aprenderlo en poco tiempo; y cuando traslada sus servicios de una máquina a otra, varía su tarea y desarrolla sus ideas reflexionando sobre las combinaciones generales que resultan de sus trabajos y de los de sus compañeros. Así, esa constricción de las facultades, ese estrechamiento de las ideas, ese estado de incomodidad del cuerpo que se han atribuido no sin razón a la división del trabajo, no pueden, en circunstancias ordinarias, darse bajo el régimen de una distribución igual de los trabajos.

> El fin constante y la tendencia de todo perfeccionamiento del mecanismo es, en efecto, prescindir por completo del trabajo del hombre o reducir su precio, sustituyendo la industria del obrero adulto por la de las mujeres y los niños, o el trabajo de hábiles artesanos por el de obreros toscos... Esta tendencia a no emplear más que niños de mirada viva y dedos ágiles en lugar de jornaleros con una larga experiencia demuestra que el dogma escolástico de la división del trabajo según los distintos grados de habilidad ha sido por fin explotado por nuestros ilustrados fabricantes.[^134]

Lo que caracteriza la división del trabajo en el interior de la sociedad moderna es que engendra las especialidades, las especies y, con ellas, el idiotismo del oficio.[^135]

> Nos sentimos sobrecogidos de admiración, dice Lemontey, al ver entre los antiguos a un mismo personaje ser a la vez, en grado eminente, filósofo, poeta, orador, historiador, sacerdote, administrador, general de un ejército. Nuestras almas se espantan ante la vista de un dominio tan vasto. Cada cual planta su seto y se encierra en su cercado. Ignoro si con esta parcelación el campo se agranda, pero sé muy bien que el hombre se empequeñece.

Lo que caracteriza la división del trabajo en el taller automático es que en él el trabajo ha perdido todo carácter de especialidad. Pero desde el momento en que cesa todo desarrollo especial empiezan a hacerse sentir la necesidad de universalidad, la tendencia hacia un desarrollo integral del individuo. El taller automático borra las especies y el idiotismo del oficio.

El señor Proudhon, que ni siquiera ha comprendido este único lado revolucionario del taller automático, da un paso atrás y propone al obrero que haga no solo la duodécima parte de un alfiler, sino sucesivamente las doce partes. El obrero llegaría así a la ciencia y a la conciencia del alfiler. Eso es el trabajo sintético del señor Proudhon. Nadie discutirá que dar un paso adelante y otro atrás es también hacer un movimiento sintético.

En resumen, el señor Proudhon no ha ido más allá del ideal del pequeñoburgués. Y para realizar este ideal no se le ocurre nada mejor que devolvernos al oficial de gremio o, como mucho, al maestro artesano de la Edad Media. Basta, dice en algún lugar de su libro, con haber hecho una sola vez en la vida una obra maestra, con haberse sentido una sola vez hombre. ¿No es esta, tanto por la forma como por el fondo, la obra maestra que exigía el gremio de la Edad Media?[^136]

### 3. La competencia y el monopolio

*Lado bueno de la competencia.*

> «La competencia es tan esencial al trabajo como la división. Es necesaria para *el advenimiento de la igualdad*.»

*Lado malo de la competencia.*

> «El principio es la negación de sí mismo. Su efecto más seguro es perder a quienes arrastra.»

*Reflexión general.*

> «Los *inconvenientes* que la acompañan, lo mismo que el bien que procura..., se derivan lógicamente unos y otro del principio.»

*Problema que hay que resolver.*

> «Buscar el principio de *acomodamiento* que ha de derivar de una ley superior a la libertad misma.»

> VARIANTE

> «No puede tratarse aquí, pues, de destruir la competencia, cosa tan imposible como destruir la libertad; se trata de encontrar su equilibrio, yo diría de buen grado su policía.»[^137]

El señor Proudhon empieza defendiendo la necesidad eterna de la competencia frente a quienes quieren sustituirla por la *emulación*.[^138]

No hay «emulación sin objeto», y como

> el objeto de toda pasión es necesariamente análogo a la pasión misma, la mujer para el amante, el poder para el ambicioso, el oro para el avaro, una corona para el poeta, el objeto de la emulación industrial es necesariamente el beneficio. La emulación no es otra cosa que la competencia misma.

La competencia es la emulación con vistas al beneficio. ¿Es la emulación industrial necesariamente la emulación con vistas al beneficio, es decir, la competencia? El señor Proudhon lo prueba afirmándolo. Ya lo hemos visto: para él, afirmar es probar, del mismo modo que suponer es negar.

Si el *objeto* inmediato del amante es la mujer, el objeto inmediato de la emulación industrial es el producto, y no el beneficio.

La competencia no es la emulación industrial, es la emulación comercial. En nuestros días, la emulación industrial solo existe con vistas al comercio. Hay incluso fases en la vida económica de los pueblos modernos en que a todo el mundo le entra una especie de vértigo por obtener beneficio sin producir. Ese vértigo de la especulación, que vuelve periódicamente, pone al desnudo el verdadero carácter de la competencia, que trata de escapar a la necesidad de la emulación industrial.

Si le hubierais dicho a un artesano del siglo XIV que iban a abolirse los privilegios y toda la organización feudal de la industria para poner en su lugar la emulación industrial, llamada competencia, os habría contestado que los privilegios de las diversas corporaciones, maestrías y juradurías son la competencia organizada.[^139] El señor Proudhon no dice nada mejor cuando afirma que

> la emulación no es otra cosa que la competencia misma (t. I, p. 211). Ordenad que a partir del 1 de enero de 1847 se garanticen a todo el mundo el trabajo y el salario: al punto sucederá un inmenso aflojamiento a la ardiente tensión de la industria (t. I, p. 212).

En lugar de una suposición, una afirmación y una negación, tenemos ahora una ordenanza que el señor Proudhon dicta expresamente para probar la necesidad de la competencia, su eternidad como categoría, etc.

Si uno se imagina que basta con ordenanzas para salir de la competencia, no saldrá nunca de ella. Y si se llega a proponer que se suprima la competencia conservando el salario, se propondrá cometer un despropósito por real decreto. Pero los pueblos no proceden por real decreto. Antes de dictar ordenanzas de ese tipo, tienen que haber cambiado por lo menos de arriba abajo sus condiciones de existencia industrial y política y, por consiguiente, toda su manera de ser.

El señor Proudhon responderá con su aplomo imperturbable que esa es la hipótesis «de una transformación de nuestra naturaleza sin antecedentes históricos», y que tendría derecho a «apartarnos de la discusión», no sabemos en virtud de qué ordenanza.

El señor Proudhon ignora que la historia entera no es más que una transformación continua de la naturaleza humana.

> Atengámonos a los hechos. La Revolución francesa se hizo tanto por la libertad industrial como por la libertad política; y aunque Francia, en 1789, no hubiera percibido todas las consecuencias del principio cuya realización reclamaba, digámoslo bien alto, no se equivocó ni en sus deseos ni en sus esperanzas. Quien intentara negarlo perdería a mis ojos el derecho a la crítica: nunca discutiré con un adversario que sentara como principio el error espontáneo de veinticinco millones de hombres... ¿Por qué, pues, si la competencia no hubiera sido un principio de la economía social, un decreto del destino, una necesidad del alma humana, por qué, en lugar de abolir corporaciones, maestrías y juradurías, no se pensó más bien en repararlo todo?

Así pues, puesto que los franceses del siglo XVIII abolieron corporaciones, maestrías y juradurías en lugar de modificarlas, los franceses del siglo XIX deben modificar la competencia en lugar de abolirla. Puesto que la competencia se estableció en Francia en el siglo XVIII como consecuencia de necesidades históricas, esa competencia no debe destruirse en el siglo XIX a causa de otras necesidades históricas. El señor Proudhon, que no comprende que el establecimiento de la competencia iba unido al desarrollo real de los hombres del siglo XVIII, hace de la competencia una necesidad del *alma humana, in partibus infidelium*.[^140] ¿Qué habría hecho con el gran Colbert para el siglo XVII?

Tras la Revolución viene el estado de cosas actual. El señor Proudhon saca también de él hechos para mostrar la eternidad de la competencia, probando que todas las industrias en las que esa categoría no está aún bastante desarrollada, como la agricultura, se hallan en un estado de inferioridad, de decrepitud.

Decir que hay industrias que todavía no están a la altura de la competencia y que otras están aún por debajo del nivel de la producción burguesa es una chochez que no prueba en absoluto la eternidad de la competencia.

Toda la lógica del señor Proudhon se resume en esto: la competencia es una relación social en la que desarrollamos actualmente nuestras fuerzas productivas. A esta verdad no le da desarrollos lógicos, sino formas a menudo muy desarrolladas, diciendo que la competencia es la emulación industrial, el modo actual de ser libre, la responsabilidad en el trabajo, la constitución del valor, una condición para el advenimiento de la igualdad, un principio de la economía social, un decreto del destino, una necesidad *del* alma humana, una inspiración de la justicia eterna, la libertad en la división, la división en la libertad, una categoría económica.

> La competencia y la asociación se apoyan la una en la otra. Lejos de excluirse, ni siquiera son divergentes. Quien dice competencia supone ya un objetivo común. La competencia no es, pues, el egoísmo, y el error más deplorable del socialismo es haberla considerado la subversión de la sociedad.

Quien dice competencia dice objetivo común, y eso prueba, por un lado, que la competencia es la asociación; por otro, que la competencia no es el egoísmo. ¿Y quien dice *egoísmo* no dice objetivo común? Todo egoísmo se ejerce en la sociedad y por obra de la sociedad. Supone, por tanto, la sociedad, es decir, objetivos comunes, necesidades comunes, medios de producción comunes, etc., etc. ¿Será acaso por eso por lo que la competencia y la asociación de que hablan los socialistas ni siquiera son divergentes?

Los socialistas saben muy bien que la sociedad actual está fundada en la competencia. ¿Cómo podrían reprochar a la competencia que subvierta la sociedad actual, que ellos mismos quieren subvertir? ¿Y cómo podrían reprochar a la competencia que subvierta la sociedad futura, en la que ven, por el contrario, la subversión de la competencia?

El señor Proudhon dice más adelante que la competencia es *lo opuesto del monopolio* y que, por consiguiente, no podría ser *lo opuesto de la asociación*.

El feudalismo era, desde su origen, opuesto a la monarquía patriarcal; por tanto, no era opuesto a la competencia, que aún no existía. ¿Se sigue de ello que la competencia no es opuesta al feudalismo?

De hecho, *sociedad* y *asociación* son denominaciones que pueden darse a todas las sociedades, tanto a la sociedad feudal como a la sociedad burguesa, que es la asociación fundada en la competencia. ¿Cómo puede haber entonces socialistas que crean poder refutar la competencia con la sola palabra *asociación*? ¿Y cómo puede el propio señor Proudhon querer defender la competencia frente al socialismo designándola con la sola palabra asociación?

Todo lo que acabamos de decir constituye el lado hermoso de la competencia tal como la entiende el señor Proudhon. Pasemos ahora al lado feo, es decir, al lado negativo de la competencia, a lo que tiene de destructivo, de subversivo, de cualidades malhechoras.

El cuadro que nos pinta el señor Proudhon tiene algo de lúgubre.

La competencia engendra la miseria, fomenta la guerra civil, «cambia las zonas naturales», confunde las nacionalidades, perturba las familias, corrompe la conciencia pública, «trastorna las nociones de la equidad, de la justicia», de la moral y, lo que es peor, destruye el comercio probo y libre, y ni siquiera da en compensación el valor sintético, el precio fijo y honrado. Desencanta a todo el mundo, incluso a los economistas. Lleva las cosas hasta destruirse a sí misma.

Después de todo lo malo que el señor Proudhon dice de ella, ¿puede haber, para las relaciones de la sociedad burguesa, para sus principios y sus ilusiones, un elemento más disolvente, más destructivo que la competencia?

Notemos bien que la competencia se vuelve cada vez más destructiva para las relaciones burguesas a medida que incita a una creación febril de nuevas fuerzas productivas, es decir, de las condiciones materiales de una sociedad nueva. En este aspecto, al menos, el lado malo de la competencia tendría su lado bueno.

> La competencia como posición o fase económica, considerada en su origen, es el resultado necesario... de la teoría de la reducción de los gastos generales.

Para el señor Proudhon, la circulación de la sangre debe de ser una consecuencia de la teoría de Harvey.[^141]

> El monopolio es el término fatal de la competencia, que lo engendra por una negación incesante de sí misma. Esta generación del monopolio es ya su justificación... El monopolio es lo opuesto natural de la competencia..., pero desde el momento en que la competencia es necesaria, implica la idea del monopolio, puesto que el monopolio es como la sede de cada individualidad competidora.

Nos alegramos con el señor Proudhon de que pueda aplicar bien al menos una vez su fórmula de tesis y antítesis. Todo el mundo sabe que el monopolio moderno es engendrado por la propia competencia.

En cuanto al contenido, el señor Proudhon se atiene a imágenes poéticas. La competencia hacía

> de cada subdivisión del trabajo como una soberanía en la que cada individuo se afirmaba en su fuerza y en su independencia.

El monopolio es la «sede de cada individualidad competidora». La soberanía vale por lo menos lo que la sede.

El señor Proudhon solo habla del monopolio moderno engendrado por la competencia. Pero todos sabemos que la competencia fue engendrada por el monopolio feudal. Así, en un principio la competencia fue lo contrario del monopolio, y no el monopolio lo contrario de la competencia. Por tanto, el monopolio moderno no es una simple antítesis; es, por el contrario, la verdadera síntesis.

***Tesis***: El monopolio feudal, anterior a la competencia.

***Antítesis***: La competencia.

***Síntesis***: El monopolio moderno, que es la negación del monopolio feudal en cuanto supone el régimen de la competencia, y que es la negación de la competencia en cuanto es monopolio.

Así, el monopolio moderno, el monopolio burgués, es el monopolio sintético, la negación de la negación, la unidad de los contrarios. Es el monopolio en estado puro, normal, racional. El señor Proudhon está en contradicción con su propia filosofía cuando hace del monopolio burgués el monopolio en estado bruto, simplista, contradictorio, espasmódico. El señor Rossi, a quien el señor Proudhon cita varias veces a propósito del monopolio, parece haber captado mejor el carácter sintético del monopolio burgués. En su *Cours d'économie politique* distingue entre monopolios artificiales y monopolios naturales. Los monopolios feudales, dice, son artificiales, es decir, arbitrarios; los monopolios burgueses son naturales, es decir, racionales.

El monopolio es una cosa buena, razona el señor Proudhon, puesto que es una categoría económica, una emanación «de la razón impersonal de la humanidad». La competencia es también una cosa buena, puesto que también ella es una categoría económica. Pero lo que no es bueno es la realidad del monopolio y la realidad de la competencia. Lo que es peor aún es que la competencia y el monopolio se devoran mutuamente. ¿Qué hacer? Buscar la síntesis de esos dos pensamientos eternos, arrancarla del seno de Dios, donde está depositada desde tiempo inmemorial.

En la vida práctica no solo se encuentran la competencia, el monopolio y su antagonismo, sino también su síntesis, que no es una fórmula, sino un movimiento. El monopolio produce la competencia; la competencia produce el monopolio. Los monopolistas se hacen la competencia; los competidores se convierten en monopolistas. Si los monopolistas restringen la competencia entre ellos mediante asociaciones parciales, la competencia aumenta entre los obreros; y cuanto más crece la masa de los proletarios frente a los monopolistas de una nación, más desenfrenada se vuelve la competencia entre los monopolistas de las diferentes naciones. La síntesis es tal que el monopolio solo puede mantenerse pasando continuamente por la lucha de la competencia.

Para engendrar dialécticamente los *impuestos*, que vienen después del *monopolio*, el señor Proudhon nos habla del *genio social*, que, después de seguir *intrépidamente su camino en zigzag*,

> después de avanzar con paso seguro, sin arrepentimiento y sin detenerse, llegado a la esquina del monopolio, echa atrás una mirada melancólica y, tras una profunda reflexión, grava con impuestos todos los objetos de la producción y crea toda una organización administrativa, a fin de que todos los empleos se entreguen al proletariado y los paguen los hombres del monopolio.

¿Qué decir de ese genio que, estando en ayunas, se pasea en zigzag? ¿Y qué decir de ese paseo que no tendría otro objetivo que demoler a los burgueses mediante los impuestos, cuando los impuestos sirven precisamente para dar a los burgueses los medios de conservarse como clase dominante?

Para dar solo una idea de la manera en que el señor Proudhon trata los detalles económicos, bastará decir que, según él, el *impuesto sobre el consumo* se habría establecido con vistas a la igualdad y para socorrer al proletariado.

El impuesto sobre el consumo no ha alcanzado su verdadero desarrollo hasta el advenimiento de la burguesía. En manos del capital industrial, es decir, de la riqueza sobria y ahorradora que se mantiene, se reproduce y se acrecienta mediante la explotación directa del trabajo, el impuesto sobre el consumo era un medio de explotar la riqueza frívola, alegre y pródiga de los grandes señores, que no hacían más que consumir. James Steuart expuso muy bien este fin primitivo del impuesto sobre el consumo en sus *Recherches des principes de l'économie politique*, que publicó diez años antes que A. Smith.[^142]

> En la monarquía pura, dice, los príncipes parecen en cierto modo celosos del aumento de las riquezas, y en consecuencia imponen tributos a los que se enriquecen: impuestos sobre la producción. En el gobierno constitucional recaen principalmente sobre los que se empobrecen: impuestos sobre el consumo. Así, los monarcas gravan la industria...; por ejemplo, la capitación y la talla son proporcionales a la opulencia supuesta de quienes están sujetos a ellas. Cada uno tributa en razón del beneficio que se supone que obtiene. En los gobiernos constitucionales, los impuestos se recaudan por lo común sobre el consumo. Cada uno tributa en razón del gasto que hace.

En cuanto a la *sucesión lógica* de los impuestos, la balanza comercial y el crédito —en el entendimiento del señor Proudhon—, solo haremos observar que la burguesía inglesa, llegada bajo Guillermo de Orange a su constitución política, creó de golpe un nuevo sistema de impuestos, el crédito público y el sistema de los derechos protectores, en cuanto estuvo en condiciones de desarrollar libremente sus condiciones de existencia.[^143]

Este esbozo bastará para dar al lector una idea justa de las elucubraciones del señor Proudhon sobre la policía o el impuesto, la balanza comercial, el crédito, el comunismo y la población. Desafiamos a la crítica más indulgente a abordar en serio esos capítulos.

### 4. La propiedad o la renta

En cada época histórica la propiedad se ha desarrollado de manera distinta y en una serie de relaciones sociales completamente distintas. Así, definir la propiedad burguesa no es otra cosa que exponer todas las relaciones sociales de la producción burguesa.

Querer dar una definición de la propiedad como de una relación independiente, de una categoría aparte, de una idea abstracta y eterna, no puede ser más que una ilusión de la metafísica o de la jurisprudencia.

El señor Proudhon, aunque aparenta hablar de la propiedad en general, solo trata de la propiedad de la tierra, de la renta de la tierra.[^144]

> El origen de la renta, como el de la propiedad, es, por así decirlo, extraeconómico: reside en consideraciones de psicología y de moral que solo guardan una relación muy lejana con la producción de las riquezas.[^145]

Así pues, el señor Proudhon se reconoce incapaz de comprender el origen económico de la renta y de la propiedad. Admite que esa incapacidad le obliga a recurrir a consideraciones de psicología y de moral, las cuales, aunque en efecto guardan una relación muy lejana con la producción de las riquezas, guardan en cambio una relación muy estrecha con la cortedad de sus miras históricas. El señor Proudhon afirma que el origen de la propiedad tiene algo de místico y de misterioso. Ahora bien, ver un misterio en el origen de la propiedad, es decir, convertir en misterio la relación de la propia producción con la distribución de los instrumentos de producción, ¿no es, por hablar el lenguaje del señor Proudhon, renunciar a toda pretensión de ciencia económica?

El señor Proudhon

> se limita a recordar que en la séptima época de la evolución económica —el crédito—, como la ficción había hecho desvanecerse la realidad y la actividad humana amenazaba con perderse en el vacío, se había hecho necesario atar más fuertemente al hombre a la naturaleza: pues bien, la renta ha sido el precio de este nuevo contrato.[^146]

El hombre de los cuarenta escudos presintió a un Proudhon venidero:[^147]

> Señor creador, permítame: cada cual es dueño en su mundo; pero nunca me hará usted creer que aquel en que vivimos sea de cristal.

En vuestro mundo, donde el crédito era un medio para perderse en el vacío, es muy posible que la propiedad se haya vuelto necesaria para atar al hombre a la naturaleza. En el mundo de la producción real, donde la propiedad de la tierra precede siempre al crédito, el *horror vacui* del señor Proudhon no podía existir.[^148]

Una vez admitida la existencia de la renta, sea cual sea por lo demás su origen, se la disputan contradictoriamente el arrendatario y el terrateniente. ¿Cuál es el término último de esa disputa o, dicho de otro modo, cuál es la cuantía media de la renta? He aquí lo que dice el señor Proudhon:

> La teoría de Ricardo responde a esta cuestión. En los comienzos de la sociedad, cuando el hombre, nuevo sobre la tierra, solo tenía ante sí la inmensidad de los bosques, cuando la tierra era vasta y la industria empezaba a nacer, la renta debió de ser nula. La tierra, todavía no moldeada por el trabajo, era un objeto de utilidad; no era un valor de cambio; era común, no social. Poco a poco, la multiplicación de las familias y el progreso de la agricultura hicieron sentir el precio de la tierra. El trabajo vino a dar al suelo su valor: de ahí nació la renta. Cuantos más frutos pudo rendir un campo con la misma cantidad de servicios, más se lo estimó; por eso la tendencia de los propietarios fue siempre atribuirse la totalidad de los frutos del suelo, menos el salario del arrendatario, es decir, menos los costes de producción. Así, la propiedad viene detrás del trabajo para quitarle todo lo que en el producto excede de los costes reales. Puesto que el propietario cumple un deber místico y representa a la comunidad frente al colono, el arrendatario ya no es, en las previsiones de la Providencia, más que un trabajador responsable, que debe rendir cuentas a la sociedad de todo lo que recoge por encima de su salario legítimo... Por esencia y destino, la renta es, pues, un instrumento de justicia distributiva, uno de los mil medios que el genio económico pone en obra para llegar a la igualdad. Es un inmenso catastro ejecutado contradictoriamente por los propietarios y los arrendatarios, sin colisión posible, en un interés superior, y cuyo resultado definitivo ha de ser igualar la posesión de la tierra entre los explotadores del suelo y los industriales... No hacía falta menos que esta magia de la propiedad para arrancar al colono el excedente del producto que no puede dejar de considerar suyo y del que se cree autor exclusivo. La renta, o mejor dicho la propiedad, ha quebrado el egoísmo agrícola y creado una solidaridad que ningún poder, ningún reparto de la tierra habría hecho nacer... Ahora, obtenido el efecto moral de la propiedad, queda por hacer la distribución de la renta.

Todo este estrépito de palabras se reduce, en primer lugar, a esto: Ricardo dice que el excedente del precio de los productos agrícolas sobre sus costes de producción, incluidos el beneficio y el interés ordinarios del capital, da la medida de la renta. El señor Proudhon lo hace mejor. Hace intervenir al propietario, como un *deus ex machina*, que arranca al *colono* todo el excedente de su producción sobre los costes de la producción. Se sirve de la intervención del propietario para explicar la propiedad, de la intervención del rentista para explicar la renta. Responde al problema planteando el mismo problema y alargándolo además en una sílaba.[^149]

Observemos también que, al determinar la renta por la diferencia de fecundidad de la tierra, el señor Proudhon le asigna un nuevo origen, ya que la tierra, antes de ser estimada según sus distintos grados de fertilidad, «no era», según él, «un valor de cambio, sino que era común». ¿Qué ha sido entonces de aquella ficción de la renta que había nacido *de la necesidad* de devolver a la *tierra* al hombre que *iba a perderse en el infinito del vacío*?

Despojemos ahora la doctrina de Ricardo de las frases providenciales, alegóricas y místicas con que el señor Proudhon ha tenido el cuidado de envolverla.

La renta, en el sentido de Ricardo, es la propiedad de la tierra en estado burgués: es decir, la propiedad feudal sometida a las condiciones de la producción burguesa.

Hemos visto que, según la doctrina de Ricardo, el precio de todos los objetos está determinado en último término por los costes de producción, incluido el beneficio industrial; dicho de otro modo, por el tiempo de trabajo empleado. En la industria manufacturera, el precio del producto obtenido con el mínimo de trabajo regula el precio de todas las demás mercancías de la misma especie, puesto que se pueden multiplicar hasta el infinito los instrumentos de producción menos costosos y más productivos, y la libre competencia produce necesariamente un precio de mercado, es decir, un precio común para todos los productos de la misma especie.

En la industria agrícola, por el contrario, es el precio del producto obtenido con la mayor cantidad de trabajo el que regula el precio de todos los productos de la misma especie. En primer lugar, no se pueden multiplicar a voluntad, como en la industria manufacturera, los instrumentos de producción del mismo grado de productividad, es decir, los terrenos del mismo grado de fecundidad. Además, a medida que la población crece, se llega a explotar terrenos de calidad inferior o a hacer en el mismo terreno nuevas inversiones de capital, proporcionalmente menos productivas que las primeras. En uno y otro caso se emplea una cantidad mayor de trabajo para obtener un producto proporcionalmente menor. Como la necesidad de la población ha hecho imprescindible ese suplemento de trabajo, el producto del terreno de explotación más costosa tiene salida forzosa igual que el del terreno de explotación más barata. Como la competencia nivela el precio de mercado, el producto del mejor terreno se pagará tan caro como el del terreno inferior. El excedente del precio de los productos del mejor terreno sobre sus costes de producción es lo que constituye la renta. Si se dispusiera siempre de terrenos del mismo grado de fertilidad; si se pudiera, como en la industria manufacturera, recurrir siempre a máquinas menos costosas y más productivas, o si las segundas inversiones de capital produjeran tanto como las primeras, el precio de los productos agrícolas estaría determinado por el precio de los géneros producidos con los mejores instrumentos de producción, como hemos visto en el caso del precio de los productos manufacturados. Pero entonces, desde ese momento, la renta habría desaparecido.[^150]

Para que la doctrina de Ricardo sea verdadera en general, es preciso que los capitales puedan aplicarse libremente a las distintas ramas de la industria; que una competencia muy desarrollada entre los capitalistas haya llevado los beneficios a una tasa igual; que el arrendatario no sea ya más que un capitalista industrial que exige, por emplear su capital en terrenos inferiores, un beneficio igual al que obtendría de su capital aplicado, por ejemplo, a la industria algodonera; que la explotación agrícola esté sometida al régimen de la gran industria; y, por último, que el propio terrateniente ya no aspire más que al ingreso en dinero.

En Irlanda la renta no existe todavía, aunque el arrendamiento ha alcanzado allí un desarrollo extremo. Como la renta es el excedente no solo sobre el salario, sino también sobre el beneficio industrial, no puede existir allí donde el ingreso del propietario no es más que una detracción del salario.

Así pues, la renta, muy lejos de convertir al explotador de la tierra, al arrendatario, en un simple trabajador, y de

> arrancar al colono el excedente del producto que no puede dejar de considerar suyo,

pone frente al terrateniente al capitalista industrial, en lugar del esclavo, del siervo, del tributario, del asalariado.

La propiedad de la tierra, una vez constituida en renta, solo tiene en su poder el excedente sobre los costes de producción, determinados no solo por el salario, sino también por el beneficio industrial. Era, pues, al terrateniente a quien la renta arrancaba una parte de sus ingresos.

Por eso transcurrió mucho tiempo antes de que el arrendatario feudal fuera sustituido por el capitalista industrial. En Alemania, por ejemplo, esta transformación no empezó hasta el último tercio del siglo XVIII. Solo en Inglaterra ha alcanzado esta relación entre el capitalista industrial y el terrateniente todo su desarrollo.

Mientras solo existía el colono del señor Proudhon, no había renta. En cuanto hay renta, el colono no es el arrendatario, sino el obrero, el colono del arrendatario. La degradación del trabajador, reducido al papel de simple obrero, jornalero, asalariado, que trabaja para el capitalista industrial; la intervención del capitalista industrial, que explota la tierra como cualquier otra fábrica; la transformación del terrateniente, de pequeño soberano en usurero vulgar: he ahí las distintas relaciones que expresa la renta.

La renta, en el sentido de Ricardo, es la agricultura patriarcal transformada en industria comercial, el capital industrial aplicado a la tierra, la burguesía de las ciudades trasplantada al campo. La renta, en lugar de atar al hombre a la naturaleza, no ha hecho más que atar la explotación de la tierra a la competencia. Una vez constituida en renta, la propiedad de la tierra es ella misma resultado de la competencia, puesto que desde entonces depende del valor venal de los productos agrícolas. Como renta, la propiedad de la tierra se moviliza y se convierte en un efecto de comercio. La renta solo es posible desde el momento en que el desarrollo de la industria de las ciudades y la organización social que de él resulta obligan al terrateniente a no aspirar más que al beneficio venal, al rendimiento en dinero de sus productos agrícolas, a no ver en fin en su propiedad de la tierra más que una máquina de acuñar moneda. La renta ha desligado tan perfectamente al terrateniente del suelo, de la naturaleza, que ni siquiera necesita conocer sus tierras, como se ve en Inglaterra. En cuanto al arrendatario, al capitalista industrial y al obrero agrícola, no están más apegados a la tierra que explotan de lo que el empresario y el obrero de las manufacturas lo están al algodón o a la lana que fabrican; solo sienten apego por el precio de su explotación, por el producto en dinero. De ahí las jeremiadas de los partidos reaccionarios, que reclaman con todas sus fuerzas el retorno del feudalismo, de la buena vida patriarcal, de las costumbres sencillas y de las grandes virtudes de nuestros abuelos. La sujeción del suelo a las leyes que rigen todas las demás industrias es y será siempre motivo de lamentaciones interesadas. Así, puede decirse que la renta se ha convertido en la fuerza motriz que ha lanzado el idilio al movimiento de la historia.

Ricardo, después de haber supuesto la producción burguesa como necesaria para determinar la renta, la aplica sin embargo a la propiedad de la tierra de todas las épocas y de todos los países. Ese es el extravío de todos los economistas, que presentan las relaciones de la producción burguesa como categorías eternas.

Del fin providencial de la renta, que es para el señor Proudhon la transformación del *colono* en *trabajador responsable*, pasa a la retribución igualitaria de la renta.

La renta, como acabamos de ver, está constituida por el *precio igual* de los productos de terrenos *desiguales en fertilidad*, de suerte que un hectolitro de trigo que ha costado 10 francos se vende a 20 francos si los costes de producción ascienden, en un terreno de calidad inferior, a 20 francos.

Mientras la necesidad obliga a comprar todos los productos agrícolas llevados al mercado, el precio de mercado está determinado por los costes del producto más caro. Es, pues, esa igualación del precio resultante de la competencia, y no la distinta fertilidad de los terrenos, lo que constituye para el propietario del mejor terreno una renta de 10 francos por cada hectolitro que vende su arrendatario.

Supongamos por un momento que el precio del trigo esté determinado por el tiempo de trabajo necesario para producirlo, y en seguida el hectolitro de trigo obtenido en el mejor terreno se venderá a 10 francos, mientras que el hectolitro de trigo obtenido en el terreno de calidad inferior se pagará a 20 francos. Admitido esto, el precio medio de mercado será de 15 francos, mientras que, según la ley de la competencia, es de 20 francos. Si el precio medio fuera de 15 francos, no habría lugar a ninguna distribución, ni igualitaria ni de otra clase, porque no habría renta. La renta existe solo por el hecho mismo de que el hectolitro de trigo, que le cuesta al productor 10 francos, se vende a 20 francos. El señor Proudhon supone la igualdad del precio de mercado con costes de producción desiguales para llegar al reparto igualitario del producto de la desigualdad.

Comprendemos que economistas como Mill, Cherbuliez, Hilditch y otros hayan pedido que la renta se atribuya al Estado para servir al pago de los impuestos.[^151] Es la expresión franca del odio que el capitalista industrial profesa al terrateniente, que le parece una inutilidad, una excrecencia en el conjunto de la producción burguesa.

Pero hacer pagar primero el hectolitro de trigo a 20 francos para hacer después una distribución general de los 10 francos que se han cobrado de más a los consumidores, basta para que el *genio social* prosiga *melancólicamente su camino en zigzag* y vaya a darse de cabeza contra un *ángulo* cualquiera.[^152]

La renta se convierte, bajo la pluma del señor Proudhon, en

> un inmenso catastro, ejecutado contradictoriamente por los propietarios y los arrendatarios... en un interés superior, y cuyo resultado definitivo ha de ser igualar la posesión de la tierra entre los explotadores del suelo y los industriales.

Para que un catastro cualquiera, formado por la renta, tenga un valor práctico, hay que mantenerse siempre dentro de las condiciones de la sociedad actual.

Ahora bien, hemos demostrado que el arriendo que paga el arrendatario al propietario solo expresa la renta con alguna exactitud en los países más adelantados en la industria y el comercio. Y aun así, ese arriendo incluye a menudo el interés pagado al propietario por el capital incorporado a la tierra. La situación de los terrenos, la vecindad de las ciudades y muchas otras circunstancias influyen en el arriendo y modifican la renta. Estas razones perentorias bastarían para probar la inexactitud de un catastro basado en la renta.

Por otra parte, la renta no podría ser el índice constante del grado de fertilidad de un terreno, puesto que la aplicación moderna de la química viene a cada instante a cambiar la naturaleza del terreno, y los conocimientos geológicos empiezan precisamente en nuestros días a trastocar toda la antigua estimación de la fertilidad relativa: solo desde hace unos veinte años se han roturado vastos terrenos en los condados orientales de Inglaterra, que se dejaban sin cultivar por no haber apreciado bien las relaciones entre el humus y la composición de la capa inferior. Así, la historia, lejos de ofrecer en la renta un catastro ya hecho, no hace más que cambiar, trastocar por completo los catastros ya hechos.

Por último, la fertilidad no es una cualidad tan natural como podría creerse: está íntimamente ligada a las relaciones sociales actuales. Una tierra puede ser muy fértil cultivada de trigo y, sin embargo, el precio de mercado podrá decidir al cultivador a transformarla en prado artificial y volverla así infértil.

El señor Proudhon solo ha improvisado su catastro, que ni siquiera vale lo que el catastro ordinario, para dar cuerpo al *fin providencialmente igualitario* de la renta.

> La renta —continúa el señor Proudhon— es el interés pagado por un capital que no perece nunca, a saber, la tierra. Y como este capital no es susceptible de ningún aumento en cuanto a la materia, sino solo de una mejora indefinida en cuanto al uso, sucede que, mientras el interés o el beneficio del préstamo (*mutuum*) tiende a disminuir sin cesar por la abundancia de los capitales, la renta tiende a aumentar siempre por el perfeccionamiento de la industria, del que resulta la mejora en el uso de la tierra... Tal es, en su esencia, la renta.[^153]

Esta vez el señor Proudhon ve en la renta todos los síntomas del interés, salvo que procede de un capital de naturaleza específica. Ese capital es la tierra, capital eterno,

> que no es susceptible de ningún aumento en cuanto a la materia, sino solo de una mejora indefinida en cuanto al uso.

En la marcha progresiva de la civilización, el interés tiende continuamente a la baja, mientras que la renta tiende continuamente al alza. El interés baja a causa de la abundancia de capitales; la renta sube con los perfeccionamientos introducidos en la industria, que tienen por consecuencia un uso cada vez más entendido de la tierra.

Tal es, en su esencia, la opinión del señor Proudhon.

Examinemos primero hasta qué punto es justo decir que la renta es el interés de un capital.

Para el propio terrateniente, la renta representa el interés del capital que le ha costado la tierra, o que obtendría de ella si la vendiera. Pero al comprar o vender la tierra solo compra o vende la renta. El precio que ha pagado para hacerse adquirente de la renta se regula por el tipo de interés en general y no tiene nada que ver con la naturaleza misma de la renta. El interés de los capitales invertidos en tierras es, en general, inferior al interés de los capitales invertidos en las manufacturas o en el comercio. Así, para quien no distingue el interés que la tierra representa para el propietario de la renta misma, el interés de la tierra capital disminuye todavía más que el interés de los demás capitales. Pero no se trata del precio de compra o de venta de la renta, del valor venal de la renta, de la renta capitalizada; se trata de la renta misma.

El arriendo puede incluir además, aparte de la renta propiamente dicha, el interés del capital incorporado a la tierra. En tal caso el propietario recibe esa parte del arriendo no como propietario, sino como capitalista; pero no es esa la renta propiamente dicha de la que tenemos que hablar.

La tierra, mientras no se explota como medio de producción, no es un capital. Las tierras capital pueden aumentarse igual que todos los demás instrumentos de producción. No se añade nada a la materia, por hablar el lenguaje del señor Proudhon, pero se multiplican las tierras que sirven de instrumento de producción. Con solo aplicar a tierras ya transformadas en medio de producción segundas inversiones de capital, se aumenta la tierra capital sin añadir nada a la tierra materia, es decir, a la extensión de la tierra. La tierra materia del señor Proudhon es la tierra como límite. En cuanto a la eternidad que atribuye a la tierra, admitimos de buen grado que tenga esa virtud como materia. La tierra capital no es más eterna que cualquier otro capital.

El oro y la plata, que dan interés, son tan duraderos y eternos como la tierra. Si el precio del oro y de la plata baja mientras el de la tierra no deja de subir, no es desde luego por su naturaleza más o menos eterna.

La tierra capital es un capital fijo, pero el capital fijo se desgasta igual que los capitales circulantes. Las mejoras introducidas en la tierra necesitan reproducción y mantenimiento; solo duran un tiempo, y en eso se parecen a todas las demás mejoras de que nos servimos para transformar la materia en medio de producción. Si la tierra capital fuera eterna, ciertos terrenos presentarían un aspecto muy distinto del que tienen hoy, y veríamos la campiña romana, Sicilia, Palestina, en todo el esplendor de su antigua prosperidad.

Hay incluso casos en que la tierra capital podría desaparecer aunque las mejoras siguieran incorporadas a la tierra.

En primer lugar, esto sucede cada vez que la renta propiamente dicha queda aniquilada por la competencia de nuevos terrenos más fértiles; en segundo lugar, las mejoras que podían tener un valor en determinada época dejan de tenerlo en cuanto se han vuelto universales por el desarrollo de la agronomía.

El representante de la tierra capital no es el terrateniente, sino el arrendatario. El ingreso que la tierra da como capital es el interés y el beneficio industrial, y no la renta. Hay tierras que producen ese interés y ese beneficio y que no producen ninguna renta.

En resumen, la tierra, en cuanto da un interés, es la tierra capital, y como tierra capital no da una renta, no constituye la propiedad de la tierra. La renta resulta de las relaciones sociales en que se efectúa la explotación. No puede resultar de la naturaleza más o menos dura, más o menos duradera, de la tierra. La renta procede de la sociedad y no del suelo.

Según el señor Proudhon, la «mejora en el uso de la tierra» —consecuencia del «perfeccionamiento de la industria»— es causa del alza continua de la renta. Esa mejora, por el contrario, la hace bajar periódicamente.

¿En qué consiste, en general, toda mejora, ya sea en la agricultura, ya en la manufactura? En producir más con el mismo trabajo, en producir lo mismo, o incluso más, con menos trabajo. Gracias a estas mejoras, el arrendatario se ve dispensado de emplear una cantidad mayor de trabajo para un producto proporcionalmente menor. No necesita entonces recurrir a terrenos inferiores, y las porciones de capital aplicadas sucesivamente al mismo terreno siguen siendo igual de productivas. Así pues, estas mejoras, lejos de hacer subir continuamente la renta, como dice el señor Proudhon, son por el contrario otros tantos obstáculos temporales que se oponen a su alza.

Los propietarios ingleses del siglo XVII sentían tan bien esta verdad que se opusieron a los progresos de la agricultura por temor a ver disminuir sus ingresos.[^154]

### 5. Las huelgas y las coaliciones de los obreros

> Todo movimiento de alza de los salarios no puede tener otro efecto que el de un alza del trigo, del vino, etc., es decir, el efecto de una carestía. Pues ¿qué es el salario? Es el precio de coste del trigo, etc.; es el precio íntegro de todas las cosas. Vayamos aún más lejos: el salario es la proporcionalidad de los elementos que componen la riqueza y que la masa de los trabajadores consume reproductivamente cada día. Ahora bien, doblar los salarios es atribuir a cada uno de los productores una parte mayor que su producto, lo cual es contradictorio; y si el alza afecta solo a un pequeño número de industrias, es provocar una perturbación general en los intercambios, en una palabra, una carestía... Es imposible, lo declaro, que las huelgas seguidas de aumentos de salarios no desemboquen en un encarecimiento general: eso es tan cierto como que dos y dos son cuatro.[^155]

Negamos todas estas afirmaciones, excepto que dos y dos son cuatro.

En primer lugar, no hay *encarecimiento general*. Si el precio de todas las cosas se duplica al mismo tiempo que el salario, no hay cambio en los precios: solo hay cambio en los términos.

En segundo lugar, un alza general de los salarios nunca puede producir un encarecimiento más o menos general de las mercancías. En efecto, si todas las industrias emplearan el mismo número de obreros en relación con el capital fijo o con los instrumentos de que se sirven, un alza general de los salarios produciría una baja general de los beneficios, y el precio corriente de las mercancías no sufriría ninguna alteración.

Pero como la relación entre el trabajo manual y el capital fijo no es la misma en las distintas industrias, todas las industrias que emplean relativamente una masa mayor de capital fijo y menos obreros se verán obligadas tarde o temprano a bajar el precio de sus mercancías. En el caso contrario, si el precio de sus mercancías no baja, su beneficio se elevará por encima de la tasa común de los beneficios. Las máquinas no son asalariados. Así pues, el alza general de los salarios afectará menos a las industrias que, en comparación con las demás, emplean más máquinas que obreros. Pero como la competencia tiende siempre a nivelar los beneficios, los que se elevan por encima de la tasa ordinaria no pueden ser más que pasajeros. Así, aparte de algunas oscilaciones, un alza general de los salarios traerá, en lugar de un encarecimiento general, como dice el señor Proudhon, una baja parcial, es decir, una baja del precio corriente de las mercancías que se fabrican principalmente con ayuda de máquinas.

El alza y la baja del beneficio y de los salarios no expresan más que la proporción en que los capitalistas y los trabajadores participan en el producto de una jornada de trabajo, sin influir en la mayoría de los casos en el precio del producto. Pero que

> las huelgas seguidas de aumentos de salarios desemboquen en un encarecimiento general, incluso en una carestía,

esas son ideas que solo pueden brotar en el cerebro de un poeta incomprendido.

En Inglaterra, las huelgas han dado lugar regularmente a la invención y aplicación de algunas máquinas nuevas. Las máquinas eran, puede decirse, el arma que empleaban los capitalistas para abatir el trabajo especializado en rebeldía. La *self-acting mule*, el mayor invento de la industria moderna, dejó fuera de combate a los hiladores sublevados.[^156] Aunque las coaliciones[^157] y las huelgas no tuvieran otro efecto que el de hacer que los esfuerzos del genio mecánico reaccionaran contra ellas, siempre ejercerían una influencia inmensa en el desarrollo de la industria.

> Encuentro —continúa el señor Proudhon— en un artículo publicado por el señor Léon Faucher... septiembre de 1845, que desde hace algún tiempo los obreros ingleses han perdido la costumbre de las coaliciones, lo cual es sin duda un progreso, del que no podemos sino felicitarlos; pero que esta mejora en la moral de los obreros procede sobre todo de su instrucción económica. No es de los fabricantes, exclamaba en el mitin de Bolton un obrero hilador, de quienes dependen los salarios. En las épocas de depresión, los patronos no son, por así decirlo, más que el látigo con que se arma la necesidad, y quieran o no, tienen que golpear. El principio regulador es la relación de la oferta con la demanda; y los patronos no tienen ese poder... ¡Enhorabuena! —exclama el señor Proudhon—, he aquí unos obreros bien amaestrados, unos obreros modelo, etc., etc. Esta miseria le faltaba a Inglaterra: no cruzará el estrecho.[^158]

De todas las ciudades de Inglaterra, Bolton es aquella donde el radicalismo está más desarrollado. Los obreros de Bolton tienen fama de ser revolucionarios como los que más. Durante la gran agitación que hubo en Inglaterra por la abolición de las leyes de cereales, los fabricantes ingleses solo creyeron poder hacer frente a los terratenientes poniendo por delante a los obreros.[^159] Pero como los intereses de los obreros no eran menos opuestos a los de los fabricantes que los intereses de los fabricantes a los de los terratenientes, era natural que los fabricantes llevaran la peor parte en los mítines obreros. ¿Qué hicieron los fabricantes? Para salvar las apariencias, organizaron mítines compuestos en gran parte por los capataces, por el pequeño número de obreros que les eran adictos y por los *amigos del comercio* propiamente dichos. Cuando después los verdaderos obreros intentaron, como en Bolton y en Manchester, tomar parte en ellos para protestar contra esas manifestaciones ficticias, se les prohibió la entrada diciendo que era un *ticket-meeting*. Se entiende por esta palabra los mítines en que solo se admite a personas provistas de tarjeta de entrada. Sin embargo, los carteles pegados en las paredes habían anunciado mítines públicos. Cada vez que había uno de esos mítines, los periódicos de los fabricantes daban cuenta pomposa y detallada de los discursos que se habían pronunciado en él. Huelga decir que eran los capataces quienes pronunciaban esos discursos. Los periódicos de Londres los reproducían literalmente. El señor Proudhon tiene la desgracia de tomar a los capataces por obreros corrientes y les intima la orden de no cruzar el estrecho.

Si en 1844 y 1845 las huelgas llamaban menos la atención que antes, es porque 1844 y 1845 fueron los dos primeros años de prosperidad que tuvo la industria inglesa desde 1837. Sin embargo, ninguna de las *trades-unions* se había disuelto.[^160]

Oigamos ahora a los capataces de Bolton. Según ellos, los fabricantes no son dueños del salario porque no son dueños del precio del producto, y no son dueños del producto porque no son dueños del mercado mundial. Con este razonamiento daban a entender que no había que hacer coaliciones para arrancar a los patronos un aumento de salarios. El señor Proudhon, por el contrario, les prohíbe las coaliciones por temor a que una coalición vaya seguida de un alza de salarios, que acarrearía una carestía general. No necesitamos decir que en un solo punto hay entendimiento cordial entre los capataces y el señor Proudhon: en que un alza de salarios equivale a un alza del precio de los productos.

Pero el temor a una carestía, ¿es esa la verdadera causa del rencor del señor Proudhon? No. Sencillamente la tiene tomada con los capataces de Bolton porque determinan el valor por *la oferta y la demanda* y apenas se preocupan del *valor constituido*, del valor pasado al estado de constitución, de la constitución del valor, incluidas la *intercambiabilidad permanente* y todas las demás *proporcionalidades de relaciones* y *relaciones de proporcionalidad*, flanqueadas por la Providencia.

> La huelga de los obreros es ilegal, y no es solo el Código penal el que lo dice, es el sistema económico, es la necesidad del orden establecido... Que cada obrero individualmente disponga libremente de su persona y de sus brazos, eso puede tolerarse; pero que los obreros emprendan, mediante coaliciones, el hacer violencia al monopolio, eso es lo que la sociedad no puede permitir.[^161]

El señor Proudhon pretende hacer pasar un artículo del Código penal por un resultado necesario y general de las relaciones de la producción burguesa.

En Inglaterra, las coaliciones están autorizadas por una ley del Parlamento, y es el sistema económico el que ha obligado al Parlamento a dar esa autorización en forma de ley. En 1825, cuando bajo el ministro Huskisson el Parlamento tuvo que modificar la legislación para ponerla cada vez más de acuerdo con un estado de cosas resultante de la libre competencia, hubo de abolir necesariamente todas las leyes que prohibían las coaliciones de los obreros.[^162] Cuanto más se desarrollan la industria moderna y la competencia, más elementos hay que provocan y secundan las coaliciones, y en cuanto las coaliciones se han convertido en un hecho económico que gana consistencia día a día, no pueden tardar en convertirse en un hecho legal.

Así, el artículo del Código penal prueba a lo sumo que la industria moderna y la competencia no estaban todavía bien desarrolladas bajo la Asamblea Constituyente y bajo el Imperio.

Los economistas y los socialistas[^163] están de acuerdo en un solo punto: en condenar las coaliciones. Solo que motivan de distinto modo su acto de condena.

Los economistas dicen a los obreros: no os coaliguéis. Coaligándoos entorpecéis la marcha regular de la industria, impedís a los fabricantes atender los pedidos, perturbáis el comercio y precipitáis la invasión de las máquinas, que, al volver vuestro trabajo en parte inútil, os obligan a aceptar un salario todavía más bajo. Por lo demás, hagáis lo que hagáis, vuestro salario estará siempre determinado por la relación entre los brazos demandados y los brazos ofrecidos, y es un esfuerzo tan ridículo como peligroso el de sublevaros contra las leyes eternas de la economía política.

Los socialistas dicen a los obreros: no os coaliguéis, porque, a fin de cuentas, ¿qué ganaríais con ello? ¿Un alza de salarios? Los economistas os demostrarán hasta la evidencia que los pocos céntimos que podríais ganar, en caso de éxito, por algunos momentos, irán seguidos de una baja para siempre. Hábiles calculadores os demostrarán que necesitaríais años para resarciros, solo con el aumento de los salarios, de los gastos que habéis tenido que hacer para organizar y mantener las coaliciones.

Y nosotros os diremos, en nuestra calidad de socialistas, que, aparte de esta cuestión de dinero, no dejaréis de ser obreros, y los patronos seguirán siendo patronos, después como antes. Así que nada de coaliciones, nada de política, porque hacer coaliciones ¿no es hacer política?

Los economistas quieren que los obreros permanezcan en la sociedad tal como está formada y tal como ellos la han consignado y sellado en sus manuales.

Los socialistas quieren que los obreros dejen en paz la sociedad antigua, para poder entrar mejor en la sociedad nueva que les han preparado con tanta previsión.

A pesar de unos y otros, a pesar de los manuales y de las utopías, las coaliciones no han dejado ni un instante de avanzar y de crecer con el desarrollo y la expansión de la industria moderna. Hasta tal punto que ahora el grado que ha alcanzado la coalición en un país señala claramente el grado que ocupa en la jerarquía del mercado mundial. Inglaterra, donde la industria ha alcanzado el más alto grado de desarrollo, tiene las coaliciones más vastas y mejor organizadas.

En Inglaterra no se han quedado en coaliciones parciales, que no tenían otro fin que una huelga pasajera y desaparecían con ella. Se han formado coaliciones permanentes, *trades-unions*, que sirven de baluarte a los obreros en sus luchas con los empresarios. Y en este momento todas esas *trades-unions* locales encuentran un punto de unión en la National Association of United Trades, cuyo comité central está en Londres y que cuenta ya con 80.000 miembros.[^164] La formación de esas huelgas, coaliciones y *trades-unions* avanzó a la par con las luchas políticas de los obreros, que constituyen ahora un gran partido político con el nombre de cartistas.[^165]

Es bajo la forma de coaliciones como se producen siempre los primeros intentos de los trabajadores para asociarse entre sí.

La gran industria aglomera en un lugar a una multitud de personas que no se conocen entre sí. La competencia divide sus intereses. Pero el mantenimiento del salario, ese interés común que tienen frente a su patrono, los reúne en un mismo pensamiento de resistencia: la coalición. Así, la coalición tiene siempre un doble fin: el de hacer cesar la competencia entre ellos, para poder hacer una competencia general al capitalista. Si el primer fin de la resistencia no ha sido más que el mantenimiento de los salarios, a medida que los capitalistas, a su vez, se reúnen con un pensamiento de represión, las coaliciones, aisladas al principio, se agrupan, y frente al capital siempre unido, el mantenimiento de la asociación se vuelve para ellos más necesario que el del salario. Esto es tan cierto que los economistas ingleses se asombran al ver a los obreros sacrificar una buena parte del salario en favor de asociaciones que, a ojos de esos economistas, solo se crean en favor del salario. En esta lucha —verdadera guerra civil— se reúnen y se desarrollan todos los elementos necesarios para una batalla futura. Una vez llegada a ese punto, la asociación adquiere un carácter político.

Las condiciones económicas habían transformado primero a la masa del país en trabajadores. La dominación del capital ha creado para esa masa una situación común, intereses comunes. Esta masa es ya, pues, una clase frente al capital, pero todavía no para sí misma.[^166] En la lucha, de la que solo hemos señalado algunas fases, esa masa se une, se constituye en clase para sí misma. Los intereses que defiende se convierten en intereses de clase. Pero la lucha de clase contra clase es una lucha política.

En la burguesía tenemos que distinguir dos fases: aquella durante la cual se constituyó en clase bajo el régimen del feudalismo y de la monarquía absoluta, y aquella en que, ya constituida en clase, derribó el feudalismo y la monarquía para hacer de la sociedad una sociedad burguesa. La primera de estas fases fue la más larga y requirió los mayores esfuerzos. También ella había empezado con coaliciones parciales contra los señores feudales.

Se han hecho muchas investigaciones para trazar las distintas fases históricas que la burguesía ha recorrido, desde el municipio hasta su constitución como clase.[^167]

Pero cuando se trata de darse cuenta exacta de las huelgas, de las coaliciones y de las demás formas en que los proletarios llevan a cabo ante nuestros ojos su organización como clase, a unos les entra un miedo real y otros exhiben un desdén *trascendental*.

Una clase oprimida es la condición vital de toda sociedad fundada en el antagonismo de las clases. La emancipación de la clase oprimida implica, pues, necesariamente la creación de una sociedad nueva. Para que la clase oprimida pueda emanciparse es preciso que los poderes productivos ya adquiridos y las relaciones sociales existentes no puedan seguir existiendo unos al lado de otras. De todos los instrumentos de producción, el mayor poder productivo es la propia clase revolucionaria. La organización de los elementos revolucionarios como clase supone la existencia de todas las fuerzas productivas que podían engendrarse en el seno de la sociedad antigua.

¿Quiere esto decir que tras la caída de la antigua sociedad habrá una nueva dominación de clase, que se resuma en un nuevo poder político? No.

La condición de la emancipación de la clase trabajadora es la abolición de toda clase, del mismo modo que la condición de la emancipación del tercer estado, del orden burgués, fue la abolición de todos los estamentos[^168] y de todos los órdenes.

La clase trabajadora sustituirá, en el curso de su desarrollo, la antigua sociedad civil por una asociación que excluirá las clases y su antagonismo, y ya no habrá poder político propiamente dicho, puesto que el poder político es precisamente el resumen oficial del antagonismo en la sociedad civil.

Entretanto, el antagonismo entre el proletariado y la burguesía es una lucha de clase contra clase, una lucha que, llevada a su más alta expresión, es una revolución total. Por lo demás, ¿hay que extrañarse de que una sociedad fundada en la *oposición* de las clases desemboque en la *contradicción* brutal, en un choque cuerpo a cuerpo como desenlace final?

No digáis que el movimiento social excluye el movimiento político. No hay jamás movimiento político que no sea al mismo tiempo social.

Solo en un orden de cosas en que ya no haya clases ni antagonismo de clases las *evoluciones sociales* dejarán de ser *revoluciones políticas*. Hasta entonces, en vísperas de cada reorganización general de la sociedad, la última palabra de la ciencia social será siempre:

> El combate o la muerte; la lucha sangrienta o la nada. Así está planteada inexorablemente la cuestión. (George Sand.)[^169]

[^1]: Johann Baptist von Schweitzer (1833-1875), presidente de la Asociación General de Obreros Alemanes fundada por Lassalle y director de su órgano, *Der Social-Demokrat* (Berlín, 1864-1871). El artículo de Marx es la carta «Sobre P.-J. Proudhon», fechada en Londres el 24 de enero de 1865, poco después de la muerte de Proudhon. Marx y Engels rompieron con el periódico en febrero de 1865 por su complacencia con el gobierno de Bismarck.

[^2]: Johann Karl Rodbertus-Jagetzow (1805-1875), terrateniente pomerano y economista, teórico de un «socialismo de Estado» conservador; en la década de 1880 sus partidarios lo presentaban como el verdadero descubridor de la teoría de la plusvalía. «Strebergott», en el original: el dios de los «Streber», los arribistas.

[^3]: *Zur Erkenntniß unsrer staatswirthschaftlichen Zustände* («Para el conocimiento de nuestra situación económica»), Neubrandenburg, 1842, la primera obra de Rodbertus.

[^4]: *Sociale Briefe an von Kirchmann* («Cartas sociales a von Kirchmann»), publicadas por Rodbertus en 1850-1851.

[^5]: Wilhelm Weitling (1808-1871), sastre, el primer teórico del comunismo obrero alemán; su obra principal, *Garantien der Harmonie und Freiheit*, apareció también en 1842.

[^6]: *Zur Kritik der politischen Ökonomie. Erstes Heft*, Berlín, 1859. La página citada es la de esa edición.

[^7]: John Gray (1799-1883), socialista escocés seguidor de Owen, autor de *The Social System* (1831) y de *Lectures on the Nature and Use of Money* (1848), donde propuso un dinero basado en el tiempo de trabajo.

[^8]: Adolph Wagner (1835-1917), economista alemán, uno de los «socialistas de cátedra» partidarios de un socialismo de Estado, gran admirador de Rodbertus.

[^9]: (Nota de Engels.) Al menos así ocurría hasta hace poco. Desde que el monopolio de Inglaterra sobre el mercado mundial se ve cada vez más quebrado por la participación de Francia, Alemania y sobre todo América en el comercio mundial, parece imponerse una nueva forma de compensación. El período de prosperidad general que precede a la crisis sigue sin llegar. Si no llega en absoluto, el estancamiento crónico, con oscilaciones leves, tendría que convertirse en el estado normal de la industria moderna.

[^10]: Johann Andreas Eisenbarth (1663-1727), cirujano ambulante alemán al que una canción estudiantil convirtió en prototipo del curandero de remedios brutales.

[^11]: El artículo 110 del código penal del Imperio alemán castigaba la incitación pública a desobedecer las leyes o las disposiciones de la autoridad.

[^12]: Anton Menger (1841-1906), jurista austriaco, autor de *Das Recht auf den vollen Arbeitsertrag in geschichtlicher Darstellung* («El derecho al producto íntegro del trabajo», 1886), donde acusaba a Marx de haber tomado sus ideas de los socialistas ricardianos ingleses sin citarlos. Engels y Kautsky le respondieron en 1887 con el artículo «El socialismo de los juristas». La página citada es la de la edición alemana.

[^13]: Pierre-Joseph Proudhon (1809-1865), tipógrafo y publicista francés, autor de *¿Qué es la propiedad?* (1840), uno de los fundadores del anarquismo. Marx lo trató en París en 1844-1845. En octubre de 1846 publicó en París, en dos volúmenes, *Système des contradictions économiques, ou Philosophie de la misère*, al que responde el título de esta obra.

[^14]: (Nota de Marx.) Proudhon, *Système des contradictions* o *Philosophie de la misère*, t. I, cap. II.

[^15]: «Valeur d'utilité» y «valeur d'échange»: la pareja que la economía clásica llamaba valor de uso y valor de cambio. Proudhon usa además, como sinónimos, «valeur utile», «valeur usuelle» y «valeur en usage» para el primero, y «valeur échangeable», «valeur en échange» y «valeur vénale» para el segundo; Marx retoma sus términos con intención irónica, y los traducimos uno por uno.

[^16]: (Nota de Marx.) Proudhon, *Obra citada*, prólogo, p. 1.

[^17]: Adam Smith (1723-1790), autor de *La riqueza de las naciones* (1776), y David Ricardo (1772-1823), autor de los *Principios de economía política y tributación* (1817), los dos grandes representantes de la economía política clásica británica.

[^18]: Jean-Charles-Léonard Simonde de Sismondi (1773-1842), economista e historiador ginebrino, crítico de la gran industria y de las crisis de sobreproducción desde el punto de vista del pequeño productor. La cita procede de sus *Études sur l'économie politique* (1837-1838).

[^19]: (Nota de Marx.) Sismondi, *Études*, t. II, p. 162, edición de Bruselas.

[^20]: James Maitland, conde de Lauderdale (1759-1839), político y economista escocés, autor de *An Inquiry into the Nature and Origin of Public Wealth* (1804), donde sostiene que la riqueza pública y la suma de las fortunas privadas pueden variar en sentido opuesto.

[^21]: (Nota de Marx.) Lauderdale, *Recherches sur la nature et l'origine de la richesse publique*, traducción de Largentie de Lavaisse, París, 1808.

[^22]: La cita que sigue es del capítulo XX de los *Principios* de Ricardo («Valor y riquezas»), que Marx lee en la traducción francesa de Francisco Solano Constancio con notas de Jean-Baptiste Say.

[^23]: (Nota de Marx.) Ricardo, *Principes d'économie politique*, traducción de Constancio, con notas de J.-B. Say, París, 1835, t. II, capítulo «Sur la valeur et les richesses».

[^24]: (Nota de Marx.) Proudhon, *Obra citada*, t. I, p. 39.

[^25]: Adam Anderson (h. 1692-1765), economista escocés, autor de *An Historical and Chronological Deduction of the Origin of Commerce* (1764), traducida al francés como historia del comercio.

[^26]: (Nota de Marx.) Proudhon, *Obra citada*, t. I, p. 41.

[^27]: (Nota de Marx.) *Ídem*, p. 41.

[^28]: (Nota de Marx.) *Cours d'économie politique*, París, 1823, pp. 88 y 99.

[^29]: Heinrich Friedrich von Storch (1766-1835), economista alemán al servicio de Rusia, autor de un *Cours d'économie politique* escrito en francés (San Petersburgo, 1815; reeditado en París en 1823 con notas de J.-B. Say).

[^30]: (Nota de Marx.) Proudhon, *Obra citada*, t. I, pp. 19-50.

[^31]: «Valeur constituée»: el valor «constituido» o «sintético» de Proudhon, que resultaría de la síntesis del valor útil y del valor de cambio y quedaría fijado por la cantidad de trabajo, de modo que los productos se intercambiaran en proporciones «justas». Es la piedra angular de su sistema y el blanco de todo el apartado siguiente.

[^32]: (Nota de Marx.) Proudhon, *Obra citada*, t. I, p. 68.

[^33]: Véase la nota 17.

[^34]: La Restauración de los Borbones en Francia (1814-1815); aquí designa el período abierto con el final de las guerras napoleónicas.

[^35]: (Nota de Marx.) Ricardo, *Principes de l'économie politique*, etc., traducidos del inglés por J.-S. Constancio, París, 1839, t. I, p. 3.

[^36]: (Nota de Marx.) *Ídem*, pp. 4 y 5.

[^37]: (Nota de Marx.) *Ídem*, p. 5.

[^38]: (Nota de Marx.) *Ídem*, p. 5.

[^39]: (Nota de Marx.) Ricardo, *Obra citada*, t. I, p. 8.

[^40]: (Nota de Marx.) *Ídem*.

[^41]: (Nota de Marx.) *Ídem*, t. I, pp. 9 y 10.

[^42]: (Nota de Marx.) *Ídem*, t. I, p. 21.

[^43]: (Nota de Marx.) Ricardo, *Obra citada*, t. I, p. 28.

[^44]: (Nota de Engels a la edición alemana de 1885.) Como es sabido, Ricardo determina el valor de una mercancía por «la cantidad de trabajo necesaria para obtenerla». Ahora bien, la forma de intercambio vigente en todo sistema de producción fundado en la producción de mercancías —y por tanto también en el sistema capitalista— implica que ese valor no se exprese directamente en cantidades de trabajo, sino en cantidades de otra mercancía. El valor de una mercancía expresado en una cantidad determinada de otra mercancía (sea o no dinero) es lo que Ricardo llama su valor relativo.

[^45]: (Nota de Marx.) *Ídem*, t. I, p. 32.

[^46]: (Nota de Marx.) *Ídem*, t. I, p. 105.

[^47]: (Nota de Marx.) *Ídem*, t. II, p. 253.

[^48]: (Nota de Marx.) Ricardo, *Obra citada*, t. III, p. 259.

[^49]: (Nota de Marx.) Ricardo, *Obra citada*, t. II, p. 253.

[^50]: Joseph Droz (1773-1850), moralista y economista francés. Adolphe Blanqui (1798-1854), economista liberal, hermano mayor del revolucionario Auguste Blanqui. Pellegrino Rossi (1787-1848), economista italiano, sucesor de J.-B. Say en la cátedra de economía política del Collège de France.

[^51]: Términos de Smith y de Ricardo: el precio natural es aquel en torno al cual oscila el precio corriente o de mercado.

[^52]: (Nota de Engels a la edición alemana de 1885.) La fórmula según la cual el precio «natural», es decir, normal, de la fuerza de trabajo coincide con el salario mínimo, es decir, con el equivalente en valor de los medios de subsistencia absolutamente necesarios para la existencia y la reproducción del obrero, la establecí yo por primera vez en el *Esbozo de una crítica de la economía política* (*Anales franco-alemanes*, 1844) y en *La situación de la clase obrera en Inglaterra*. Como se ve, Marx aceptaba entonces esa fórmula. Lassalle la tomó de nosotros dos. Pero aunque en la realidad el salario tienda constantemente a acercarse a su mínimo, la fórmula anterior no deja por ello de ser falsa. El hecho de que la fuerza de trabajo se pague, por regla general y por término medio, por debajo de su valor no puede modificar ese valor. En *El capital*, Marx rectificó esa fórmula (sección «Compra y venta de la fuerza de trabajo») y desarrolló a la vez las circunstancias que permiten a la producción capitalista hacer bajar cada vez más el precio de la fuerza de trabajo por debajo de su valor (capítulo XXIII, «La ley general de la acumulación capitalista»).

[^53]: *Muid*: antigua medida francesa de capacidad para granos y líquidos, de valor variable según las regiones.

[^54]: «Los verdaderos nombres de las cosas». Proudhon toma la expresión de Salustio, *Conjuración de Catilina*, 52, 11, donde Catón dice: «Hace ya tiempo que hemos perdido los verdaderos nombres de las cosas».

[^55]: (Nota de Marx.) Proudhon, *Obra citada*, t. I, p. 61 y p. 188.

[^56]: La Academia Francesa, cuyo *Diccionario* fija el uso correcto de la lengua.

[^57]: Vieja etimología según la cual el esclavo (*servus*) es el prisionero de guerra al que se «conserva» (*servare*) con vida en lugar de matarlo.

[^58]: «Y por salvar la vida, perder las razones de vivir». Juvenal, *Sátiras*, VIII, 84.

[^59]: Charles Dunoyer (1786-1862), economista liberal francés, autor de *De la liberté du travail* (1845).

[^60]: Alusión a Vedio Polión, caballero romano de la época de Augusto, que según Séneca y Plinio el Viejo arrojaba a sus esclavos a las morenas de sus viveros.

[^61]: (Nota de Marx.) Ricardo, *Obra citada*, t. I, pp. 105 y 108.

[^62]: (Nota de Marx.) *Ídem*, t. II, p. 59.

[^63]: (Nota de Marx.) Sismondi, *Études*, etc., edición de Bruselas, t. II, p. 267.

[^64]: Pierre Le Pesant de Boisguilbert (1646-1714), economista francés, crítico de la política fiscal de Luis XIV y precursor de la economía política clásica en Francia. Sus escritos fueron reeditados por Eugène Daire en *Économistes financiers du XVIIIe siècle* (París, 1843).

[^65]: (Nota de Marx.) Boisguillebert, *Dissertation sur la nature des richesses*, edición de Daire.

[^66]: (Nota de Marx.) W. Atkinson, *Principles of Political Economy*, Londres, 1840, pp. 170-195.

[^67]: William Atkinson, economista inglés partidario del proteccionismo.

[^68]: «Troya fue», es decir, ya no existe. Virgilio, *Eneida*, II, 325.

[^69]: Thomas Hodgskin (1787-1869), economista inglés que volvió la teoría del valor de Ricardo en favor de los trabajadores, en *Labour Defended against the Claims of Capital* (1825) y *Popular Political Economy* (1827). En la edición de 1847 el nombre aparecía como «Hopkins»; Engels lo corrigió en la segunda edición alemana (1892), donde fijó también en 1824 la fecha de la obra de Thompson. La fecha de 1822 que da el texto no es la de la *Popular Political Economy*.

[^70]: William Thompson (h. 1775-1833), economista y socialista irlandés, cercano a Robert Owen.

[^71]: Thomas Rowe Edmonds (1803-1889), economista y actuario inglés.

[^72]: John Francis Bray (1809-1897), impresor y cartista inglés nacido en Estados Unidos. En *Labour's Wrongs and Labour's Remedy* proponía el intercambio de productos por tiempo de trabajo y una red de sociedades obreras por acciones como transición al comunismo. Los *equitable labour exchanges* de los que habla Marx en su nota se crearon a partir de 1832, el más conocido el de Robert Owen en Londres (1832-1834), que emitía bonos de trabajo.

[^73]: (Nota de Marx.) Bray, *Labour's Wrongs and Labour's Remedy*, Leeds, 1839, pp. 17 y 41.

[^74]: (Nota de Marx.) *Ídem*, pp. 33, 36 y 37.

[^75]: (Nota de Marx.) Bray, *Obra citada*, pp. 45, 48, 49 y 50.

[^76]: (Nota de Marx.) *Ídem*, pp. 51, 52, 53 y 55.

[^77]: (Nota de Marx.) Bray, *Obra citada*, pp. 67, 88, 89, 94 y 109.

[^78]: (Nota de Marx.) Bray, *Obra citada*, p. 134.

[^79]: (Nota de Marx.) *Ídem*, pp. 158, 160, 162, 168, 194 y 199.

[^80]: La ley fabril de junio de 1847 (*Ten Hours Act*), que limitó a diez horas diarias la jornada de las mujeres y de los jóvenes en las fábricas textiles, tras años de oposición de los fabricantes.

[^81]: (Nota de Marx.) Como cualquier otra teoría, la del señor Bray ha encontrado partidarios que se han dejado engañar por las apariencias. En Londres, en Sheffield, en Leeds y en muchas otras ciudades de Inglaterra se fundaron *equitable-labour-exchange-bazars*. Estos bazares, después de haber absorbido capitales considerables, han quebrado todos de manera escandalosa. Se les ha perdido el gusto para siempre: ¡aviso al señor Proudhon!

[^82]: (Nota de Engels a la edición alemana de 1885.) Como es sabido, Proudhon no tuvo en cuenta esta advertencia. En 1849 intentó él mismo abrir en París un nuevo banco de intercambio, que quebró antes incluso de haber empezado a funcionar de verdad. A raíz de esta quiebra se abrieron diligencias judiciales contra Proudhon.

[^83]: En *La riqueza de las naciones* (libro I, cap. 2), Adam Smith explica el origen de la división del trabajo con el ejemplo de un miembro de una tribu de cazadores que fabrica arcos y flechas con más habilidad que los demás y acaba dedicándose solo a ello.

[^84]: (Nota de Marx.) Voltaire, *Système de Law*.

[^85]: Almacén de novedades de París.

[^86]: Felipe I, rey de Francia de 1060 a 1108. La libra tornesa (*livre tournois*) era una moneda de cuenta; el marco, una unidad de peso para los metales preciosos.

[^87]: (Nota de Marx.) Ricardo, *Obra citada*.

[^88]: (Nota de Marx.) Ricardo, *Obra citada*.

[^89]: (Nota de Marx.) Boisguillebert, *Économistes financiers du XVIIIe siècle*, edición Daire, p. 422.

[^90]: (Nota de Marx.) Proudhon, *Obra citada*, t. I, p. 81.

[^91]: (Nota de Marx.) *Encyclopaedia Metropolitana or Universal Dictionary of Knowledge*, vol. IV, artículo «Political Economy», de Senior, Londres, 1836. (Véase también, sobre esta expresión, J. St. Mill, *Essays on some unsettled Questions of Political Economy*, Londres, 1844, y Tooke, *An History of Prices*, etc., Londres, 1838.)

[^92]: (Nota de Marx.) Proudhon, *Obra citada*.

[^93]: Thomas Cooper (1759-1839), químico y economista de origen inglés, profesor en el colegio de Columbia (Carolina del Sur) y librecambista.

[^94]: (Nota de Marx.) Th. Cooper, *Lectures on the Elements of Political Economy*, Columbia, 1826.

[^95]: Michael Thomas Sadler (1780-1835), diputado tory y filántropo inglés, adversario de Malthus en la cuestión de la población.

[^96]: (Nota de Marx.) T. Sadler, *The Law of Population*, Londres, 1830.

[^97]: *Mieux-value* en el original de Proudhon.

[^98]: (Nota de Marx.) Proudhon, *Obra citada*.

[^99]: «El tiempo es dinero», máxima de Benjamin Franklin (*Advice to a Young Tradesman*, 1748). Proudhon escribe «el tiempo es el valor».

[^100]: Proudhon presentaba en su libro la «asociación progresiva» como la fórmula de la reforma social que había de resolver las contradicciones económicas.

[^101]: (Nota de Marx.) Ricardo, *Obra citada*.

[^102]: *Pompe à feu*: la bomba de vapor empleada en el desagüe de las minas.

[^103]: Alusión a la ruina de los tejedores manuales de algodón de la India por la competencia de los tejidos ingleses fabricados a máquina.

[^104]: Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1831), filósofo alemán, catedrático en la Universidad de Berlín desde 1818 hasta su muerte. David Ricardo (1772-1823) había hecho fortuna como agente de bolsa en Londres antes de dedicarse a la economía política.

[^105]: François Quesnay (1694-1774), médico de Luis XV y de Madame de Pompadour, fundador de la escuela fisiocrática. Su *Tableau économique* («Cuadro económico», 1758) representaba la circulación del producto anual entre las clases de la sociedad; en 1766 publicó un «Análisis» de él.

[^106]: Nicolas Baudeau (1730-1792), abate y economista fisiócrata, autor de una *Explication du Tableau économique* (1767-1770).

[^107]: (Nota de Marx.) Proudhon, *Obra citada*, t. I, p. 146.

[^108]: «Razón pura» es la expresión de Kant (*Crítica de la razón pura*, 1781); aquí Marx la aplica a la razón que, en Hegel, se desarrolla a partir de sí misma y produce sus determinaciones, y a su versión proudhoniana, la «razón impersonal de la humanidad».

[^109]: La tríada tesis-antítesis-síntesis procede de Fichte y se convirtió en la fórmula escolar de la dialéctica hegeliana, aunque Hegel apenas la emplea; Proudhon la toma como armazón de su *Sistema de las contradicciones económicas*. La «negación de la negación», en cambio, sí es expresión de Hegel (*Ciencia de la lógica*, 1812-1816).

[^110]: (Nota de Marx.) Hegel, *Lógica*, t. III.

[^111]: «Le moulin à bras vous donnera la société avec le suzerain; le moulin à vapeur, la société avec le capitaliste industriel.» *Suzerain* es el señor feudal en cuanto señor de sus vasallos.

[^112]: «La muerte inmortal»: Lucrecio, *De rerum natura*, III, 869: *mortalem vitam mors cum immortalis ademit* («cuando la muerte inmortal ha arrebatado la vida mortal»).

[^113]: (Nota de Engels a la edición alemana de 1885.) Esto era del todo exacto en 1847. En aquella época el comercio mundial de los Estados Unidos se limitaba, en lo esencial, a la importación de inmigrantes y de productos industriales y a la exportación de algodón y tabaco, es decir, de productos del trabajo de los esclavos del Sur. Los Estados del Norte producían sobre todo trigo y carne para los Estados esclavistas. Solo cuando el Norte se puso a producir trigo y carne para la exportación y se convirtió al mismo tiempo en un país industrial, y cuando el monopolio algodonero de los Estados Unidos vio surgir una fuerte competencia en Egipto, Brasil y la India, fue posible la abolición de la esclavitud. Y aun entonces tuvo por consecuencia la ruina del Sur, que no consiguió sustituir la esclavitud abierta de los negros por la esclavitud encubierta de los culíes chinos e indios.

[^114]: (Nota de Marx.) Proudhon, *Obra citada*, t. II, p. 97.

[^115]: (Nota de Marx.) Proudhon, *Obra citada*, t. II, p. 102.

[^116]: (Nota de Marx.) Proudhon, *Obra citada*, t. I, p. 133.

[^117]: Alusión a los *Highland Clearances*: entre fines del siglo XVIII y mediados del XIX, los grandes propietarios de las Tierras Altas de Escocia expulsaron a gran parte de sus arrendatarios para dedicar las tierras a la cría de ovejas.

[^118]: Alban de Villeneuve-Bargemont (1784-1850), economista católico y legitimista francés, autor de una *Histoire de l'économie politique* (1841).

[^119]: «Société civile»: la sociedad civil en el sentido del siglo XVIII y de Hegel, el conjunto de las relaciones económicas y privadas por oposición al Estado; es lo que en alemán se llama *bürgerliche Gesellschaft*.

[^120]: Fabricantes de algodón de Manchester y del Lancashire, núcleo de la burguesía industrial inglesa de la época.

[^121]: «A cada cual lo suyo» (latín).

[^122]: (Nota de Marx.) Lemontey, *Œuvres complètes*, París, 1840, t. I, p. 245.

[^123]: Pierre-Édouard Lemontey (1762-1826), escritor francés; el «título algo frívolo» es el de *Raison, folie, chacun son mot* (1801), donde figura su ensayo sobre la influencia moral de la división del trabajo. Adam Ferguson (1723-1816), filósofo escocés, autor del *Essay on the History of Civil Society* (1767); *La riqueza de las naciones* de Smith apareció en 1776.

[^124]: (Nota de Marx.) A. Ferguson, *Essai sur l'histoire de la société civile*, París, 1783.

[^125]: (Nota de Marx.) Proudhon, *Obra citada*, t. I, p. 97.

[^126]: «Lo que se quería demostrar» (latín).

[^127]: Le Creusot, en Borgoña, sede de las grandes forjas y fundiciones de los Schneider desde 1836.

[^128]: «Le travail d'un contremaître et la manœuvre d'un goujat»: el *goujat* era el peón o aprendiz de albañil, el último escalón del oficio.

[^129]: En la *Crítica de la razón pura*, Kant llama paralogismos a los razonamientos formalmente falaces. La expresión francesa de esta edición («paralogismes donnant de côté») parece alterada; traducimos por el sentido.

[^130]: Alusión a los cercamientos (*enclosures*) de los siglos XV y XVI en Inglaterra, que convirtieron tierras de labor en pastos para ovejas.

[^131]: (Nota de Marx.) Babbage, *Traité sur l'économie des machines*, etc., París, 1833.

[^132]: Charles Babbage (1791-1871), matemático inglés, autor de *On the Economy of Machinery and Manufactures* (1832).

[^133]: Andrew Ure (1778-1857), químico escocés, autor de *The Philosophy of Manufactures* (1835), apología del sistema fabril. John Wyatt (1700-1766) ideó hacia 1738, con Lewis Paul, una hiladora de rodillos; Richard Arkwright (1732-1792) patentó en 1769 la *water frame* y organizó las primeras grandes hilaturas mecánicas.

[^134]: (Nota de Marx.) Andrew Ure, *Philosophie des manufactures ou Économie industrielle*, t. I, cap. 1.

[^135]: «Idiotisme du métier»: la estrechez y el embrutecimiento que impone a cada cual su oficio exclusivo, no la falta de inteligencia.

[^136]: En los gremios medievales, el oficial debía presentar una «obra maestra» para ser admitido como maestro.

[^137]: Las cuatro fórmulas resumen el capítulo del *Système des contradictions économiques* dedicado a la competencia, según el esquema de Proudhon de un lado bueno, un lado malo y un problema que resolver para cada «época» económica. «Police» tiene aquí el sentido antiguo de regulación, ordenamiento.

[^138]: Alusión a socialistas de la época como Louis Blanc o los discípulos de Fourier, que proponían sustituir la competencia por la «emulación».

[^139]: «Corporations, maîtrises, jurandes»: los gremios del Antiguo Régimen, el grado de maestro y los cargos de jurado que los regían. Turgot los suprimió en 1776, se restablecieron poco después y la Revolución los abolió definitivamente en 1791 (ley d'Allarde).

[^140]: «En tierra de infieles»: fórmula con que se designaba a los obispos titulares de diócesis situadas en países no cristianos, que no residían en ellas; de ahí, algo que solo existe de nombre.

[^141]: William Harvey (1578-1657), médico inglés que describió la circulación de la sangre en *De motu cordis* (1628).

[^142]: Sir James Steuart (1712-1780), economista escocés, último gran representante del mercantilismo, autor de *An Inquiry into the Principles of Political Oeconomy* (1767), que Marx cita por la traducción francesa (1789-1790). La obra de Smith es de 1776.

[^143]: Guillermo III de Orange subió al trono inglés tras la revolución de 1688-1689, que consagró el poder del Parlamento. Bajo su reinado se fundó el Banco de Inglaterra (1694) y nació la deuda pública moderna.

[^144]: «Rente foncière»: la renta de la tierra, es decir, el pago que el arrendatario capitalista hace al terrateniente por el uso del suelo; no debe confundirse con la renta o ingreso en general. Proudhon trata de la propiedad y la renta en el capítulo XI de su *Sistema de las contradicciones económicas*.

[^145]: (Nota de Marx.) Proudhon, *Obra citada*, t. II, p. 265.

[^146]: (Nota de Marx.) *Ídem*, t. II, p. 265.

[^147]: *L'Homme aux quarante écus* («El hombre de los cuarenta escudos», 1768), cuento de Voltaire que satiriza a los fisiócratas y sus sistemas. La frase citada procede de él.

[^148]: *Horror vacui*: «horror al vacío», principio de la física escolástica según el cual la naturaleza no tolera el vacío.

[^149]: Juego de palabras del original: de *propriétaire* («propietario») a *propriété* («propiedad») y de *rentier* («rentista») a *rente* («renta»): Proudhon explica cada cosa por la palabra que la nombra, con una sílaba más.

[^150]: Es la teoría de la renta diferencial que David Ricardo expuso en el capítulo II de sus *Principios de economía política y tributación* (1817), a partir de trabajos anteriores de James Anderson, Malthus y West.

[^151]: James Mill (1773-1836), economista ricardiano; Antoine-Élisée Cherbuliez (1797-1869), economista suizo; Richard Hilditch, autor de *Aristocratic Taxation* (1842). Todos propusieron, de un modo u otro, que el Estado se apropiase de la renta de la tierra.

[^152]: Alusión burlona a las imágenes del propio Proudhon, que describe la marcha del «genio social» como un avance en zigzag que choca en cada ángulo con una contradicción.

[^153]: (Nota de Marx.) Proudhon, *Obra citada*, t. II, p. 265.

[^154]: (Nota de Marx.) Véase Petty, economista inglés del tiempo de Carlos II.

[^155]: (Nota de Marx.) Proudhon, *Obra citada*, t. I, pp. 110 y 111.

[^156]: La *self-acting mule*, hiladora automática perfeccionada por Richard Roberts entre 1825 y 1830 por encargo de fabricantes de Manchester que querían prescindir de los hiladores en huelga.

[^157]: «Coalitions»: las asociaciones o acuerdos de obreros para resistir a los patronos, sobre todo en materia de salarios. En Francia estaban prohibidas desde la ley Le Chapelier (1791) y por el Código penal de 1810; en Inglaterra, las Combination Acts de 1799-1800 se derogaron en 1824, y una ley de 1825 volvió a restringir el derecho de coalición sin suprimirlo.

[^158]: (Nota de Marx.) Proudhon, *Obra citada*, t. I, pp. 281 y 262.

[^159]: Las *Corn Laws* o leyes de cereales gravaban la importación de trigo en beneficio de los terratenientes. La campaña de la Anti-Corn Law League, dirigida por los fabricantes Cobden y Bright, logró su abolición en 1846.

[^160]: Léon Faucher (1803-1854), economista y político liberal francés, autor de estudios sobre la industria inglesa publicados en la *Revue des Deux Mondes*. *Trades-unions*: los sindicatos obreros ingleses.

[^161]: (Nota de Marx.) Proudhon, *Obra citada*, t. I, pp. 237 y 235.

[^162]: William Huskisson (1770-1830), presidente de la Junta de Comercio de 1823 a 1827, promotor de reformas librecambistas.

[^163]: (Nota de Engels a la edición alemana de 1885.) Es decir, los socialistas de entonces: los fourieristas en Francia, los owenistas en Inglaterra.

[^164]: La National Association of United Trades for the Protection of Labour, fundada en Londres en 1845.

[^165]: El cartismo, movimiento obrero inglés de 1838-1848, tomó su nombre de la Carta del Pueblo (*People's Charter*), que reclamaba el sufragio universal masculino y otras reformas democráticas.

[^166]: «Ainsi cette masse est déjà une classe vis-à-vis du capital, mais pas encore pour elle-même.» De esta frase y de la siguiente («elle se constitue en classe pour elle-même») procede la distinción, de raíz hegeliana (lo que es «en sí» y lo que es «para sí»), entre clase en sí y clase para sí; la expresión «classe en soi» no aparece literalmente en Marx.

[^167]: «Commune»: el municipio medieval, la ciudad que obtenía de su señor una carta de franquicias y un gobierno propio.

[^168]: (Nota de Engels a la edición alemana de 1885.) Estamentos en el sentido histórico de los Estados feudales, estamentos con privilegios determinados y limitados. La revolución de la burguesía abolió los estamentos y sus privilegios. La sociedad burguesa solo conoce clases. Por eso era una contradicción histórica designar al proletariado como «cuarto estado».

[^169]: «Le combat ou la mort; la lutte sanguinaire ou le néant. C'est ainsi que la question est invinciblement posée.» George Sand (1804-1876), en la introducción a su novela histórica *Jean Ziska* (1843), sobre la guerra de los husitas.
