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Title: La burguesía y la contrarrevolución (1848)
Description: La serie de cuatro artículos en que Marx hace el balance de 1848 en Prusia: una burguesía tardía y cobarde, que pactó con la Corona contra el pueblo, entregó el poder a la contrarrevolución feudal; en Alemania solo cabe la contrarrevolución absolutista o la revolución socialrepublicana.
Author: Karl Marx
Date: 1848-12-10
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1848%20La%20burgues%C3%ADa%20y%20la%20contrarrevoluci%C3%B3n
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*Serie de cuatro artículos escritos por Karl Marx y publicados sin firma en la* Neue Rheinische Zeitung *(Colonia), n.º 165, 169, 170 y 183, del 10, 15 y 16 y del 31 de diciembre de 1848. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 6 (Berlín, 1959, pp. 102-124), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1848%20Die%20Bourgeoisie%20und%20die%20Kontrerevolution).*

## N.º 165, 10 de diciembre de 1848

\**Colonia*, 9 de diciembre. Nunca lo hemos ocultado. Nuestro terreno no es el *terreno del derecho*,[^1] es el *terreno revolucionario*. El gobierno, por su parte, ha abandonado ahora la hipocresía del terreno del derecho. Se ha situado en el terreno revolucionario, pues también el terreno *contrarrevolucionario* es *revolucionario*.

El § 6 de la ley del 6 de abril de 1848 dispone:

> «A los futuros representantes del pueblo les corresponderá en todo caso la aprobación de todas las leyes, así como la fijación del presupuesto del Estado y el *derecho de votar los impuestos*.»

El § 13 de la ley del 8 de abril de 1848 dice:

> «La asamblea que se reúna sobre la base de la presente ley está llamada a *fijar* la futura *Constitución del Estado* mediante un pacto con la Corona y a ejercer, mientras dure su reunión, las atribuciones que hasta ahora han tenido los estamentos del reino, en particular en lo que se refiere a la aprobación de los impuestos.»[^2]

El gobierno manda al diablo a la Asamblea pactista, dicta al país por su altísima cuenta una sedicente Constitución y se concede a sí mismo los impuestos que los representantes del pueblo le habían negado.

El gobierno prusiano ha puesto un final sonado a la camphauseníada, una especie de solemne *jobsíada jurídica*.[^3] En venganza, el inventor de esta epopeya, el gran *Camphausen*,[^4] sigue sesionando tranquilamente en Fráncfort como enviado de ese mismo gobierno prusiano y sigue intrigando con los Bassermann[^5] al servicio de ese mismo gobierno prusiano. Este Camphausen, que inventó la teoría del pacto para salvar el terreno del derecho, es decir, para estafar de entrada a la revolución los honores que le correspondían, inventó al mismo tiempo las minas que más tarde habían de hacer saltar por los aires el terreno del derecho junto con la teoría del pacto.

Este hombre dio las elecciones *indirectas*, que produjeron una asamblea a la que el gobierno, en el momento de un levantamiento momentáneo, pudo espetar con voz de trueno: **¡Trop tard!**[^6] Hizo volver al príncipe de Prusia, el jefe de la contrarrevolución, y no tuvo reparo en convertir su fuga, con una mentira oficial, en un viaje de estudios.[^7] Dejó en vigor la vieja legislación prusiana sobre los delitos políticos y los viejos tribunales. Bajo él, la vieja burocracia y el viejo ejército ganaron tiempo para reponerse de su susto y reconstituirse por completo. Todos los jefes del antiguo régimen siguieron intactos en sus puestos. Bajo Camphausen, la camarilla hizo la guerra en Posen, mientras él mismo hacía la guerra en Dinamarca.[^8] La guerra danesa debía servir de pararrayos al exceso de fuerza patriótica de la juventud alemana, a la que a su regreso se aplicaron también, como era debido, medidas de policía; debía dar cierta popularidad al general Wrangel[^9] y a sus famosos regimientos de la Guardia y rehabilitar en general a la soldadesca prusiana. En cuanto se cumplió el objetivo, esta guerra fingida tuvo que ahogarse a toda costa en un armisticio ignominioso, que el mismo Camphausen volvió a pactar en Fráncfort del Meno con la Asamblea Nacional alemana. El resultado de la guerra danesa fue el *«comandante en jefe de ambas Marcas»* y el regreso a Berlín de los regimientos de la Guardia expulsados en marzo.

¡Y la guerra que la camarilla de Potsdam hizo en *Posen* bajo los auspicios de Camphausen!

La guerra de Posen fue más que una guerra contra la revolución prusiana. Fue la caída de Viena, la caída de Italia, la derrota de los héroes de junio. Fue el primer triunfo decisivo que el zar ruso obtuvo sobre la revolución europea. Y todo esto bajo los auspicios del gran *Camphausen*, el amigo pensante de la historia, el caballero del gran debate, el héroe de la mediación.

Así, bajo *Camphausen* y por medio de él, la contrarrevolución se había adueñado de todos los puestos decisivos y había preparado su ejército listo para el combate, mientras la Asamblea pactista debatía. Bajo el ministro de la acción *Hansemann-Pinto*[^10] se dio uniforme nuevo a la vieja policía y se libró una guerra de la burguesía contra el pueblo tan encarnizada como mezquina. Bajo *Brandenburg*[^11] se sacó la conclusión de estas premisas. Para ello solo hacía falta ya… un bigote y un sable en lugar de una cabeza.

Cuando Camphausen se retiró, le gritamos:

*Ha sembrado la reacción en el sentido de la burguesía; la cosechará en el sentido de la aristocracia y del absolutismo.*[^12]

No dudamos de que Su Excelencia el enviado prusiano *Camphausen* se cuenta en este momento entre los señores feudales y se habrá puesto de acuerdo de la manera más pacífica con su «malentendido».

Pero no nos engañemos: no se atribuya a un Camphausen, a un Hansemann, hombres de la talla más subalterna, ninguna iniciativa de alcance histórico universal. No eran más que los órganos de una clase. Su lenguaje y sus actos no eran más que el eco oficial de una clase que los había empujado al primer plano. No eran más que la gran burguesía… en primer plano.

Los representantes de esta clase formaban la *oposición liberal* en la *Dieta Unida*,[^13] felizmente difunta y resucitada por un momento por Camphausen.

A los señores de esta oposición liberal se les ha reprochado que, después de la revolución de marzo, fueron infieles a sus principios. Es un error.

Los grandes terratenientes y capitalistas, los únicos representados en la Dieta Unida, en una palabra, las bolsas de dinero, habían crecido en dinero y en cultura. Con el desarrollo de la sociedad burguesa en Prusia, es decir, con el desarrollo de la industria, del comercio y de la agricultura, las viejas diferencias estamentales habían perdido, por un lado, su base material.

La propia nobleza se había aburguesado en lo esencial. En lugar de tratar en lealtad, amor y fe, trataba ahora sobre todo en remolacha, aguardiente y lana. Su principal torneo era ya el mercado de la lana. Por otro lado, el Estado absolutista, al que la marcha del desarrollo había hecho desaparecer bajo los pies como por encanto su vieja base social, se había convertido en una traba que frenaba a la nueva sociedad burguesa, con su modo de producción cambiado y sus necesidades cambiadas. La burguesía tenía que reivindicar su parte en el dominio político, aunque solo fuera por sus intereses materiales. Solo ella era capaz de hacer valer legalmente sus necesidades comerciales e industriales. Tenía que quitar de las manos de una burocracia caduca, tan ignorante como arrogante, la administración de estos sus «más sagrados intereses». Tenía que reclamar para sí el control del patrimonio del Estado, del que se tenía por creadora. Tenía también la ambición, después de haber arrebatado a la burocracia el monopolio de la llamada cultura y sabiéndose muy superior a ella en conocimiento real de las necesidades de la sociedad burguesa, de conquistar una posición política acorde con su posición social. Para alcanzar su objetivo, tenía que poder debatir libremente sus propios intereses y opiniones y los actos del gobierno. A eso lo llamaba el *«derecho de libertad de prensa»*. Tenía que poder *asociarse* sin trabas. A eso lo llamaba el *«derecho de libre asociación»*. La *libertad religiosa* y cosas por el estilo tenía que exigirlas igualmente, como consecuencia necesaria de la *libre competencia*. Y antes de marzo de 1848 la burguesía prusiana estaba en el mejor camino de ver cumplidos todos sus deseos.

El Estado prusiano se encontraba en apuros de dinero. Su crédito se había agotado. Ese era el secreto de la convocatoria de la Dieta Unida. Es verdad que el gobierno se resistía a su destino y despidió con desagrado a la «Unida», pero la penuria de dinero y la falta de crédito lo habrían arrojado infaliblemente, poco a poco, en brazos de la burguesía. Como los barones feudales, también los reyes por la gracia de Dios han cambiado desde siempre sus privilegios por dinero contante. La emancipación de los siervos fue el primer gran acto de este chalaneo histórico universal en todos los Estados cristiano-germánicos; la monarquía constitucional, el segundo. «*L'argent n'a pas de maître*»,[^14] pero los *maîtres* dejan de ser *maîtres* en cuanto se los *démonétise* (desmonetiza).

La oposición liberal de la Dieta Unida no era, pues, otra cosa que la oposición de la burguesía a una forma de gobierno que ya no correspondía a sus intereses y necesidades. Para hacer oposición a la corte, tenía que hacerle la corte al pueblo.

Quizá se imaginaba realmente que hacía oposición *en favor* del pueblo.

Los derechos y libertades que ambicionaba *para sí* solo podía reclamarlos frente al gobierno, naturalmente, bajo la razón social de *derechos del pueblo* y *libertades del pueblo*.

Esta oposición, como hemos dicho, estaba en el mejor camino cuando estalló la *tormenta de febrero*.

## N.º 169, 15 de diciembre de 1848

\**Colonia*, 11 de diciembre. Cuando el diluvio de marzo, un diluvio en miniatura, se retiró, no dejó sobre la superficie de Berlín ningún monstruo, ningún coloso revolucionario, sino criaturas de viejo estilo, figuras burguesas y rechonchas: los liberales de la Dieta Unida, los representantes de la burguesía prusiana consciente. Las provincias que poseen la burguesía más desarrollada, la *provincia del Rin* y *Silesia*, aportaron el contingente principal a los nuevos ministerios. Detrás de ellos, toda una cola de juristas renanos. A medida que los feudales empujaban a la burguesía a segundo plano, la provincia del Rin y Silesia cedían el sitio en los ministerios a las provincias de la vieja Prusia. El ministerio Brandenburg ya solo está unido a la provincia del Rin por un *tory* de Elberfeld. ¡*Hansemann* y *Von der Heydt*![^15] ¡En estos dos nombres está para la burguesía prusiana toda la diferencia entre marzo y diciembre de 1848!

La burguesía prusiana había sido arrojada a las alturas del Estado, pero no, como ella había deseado, mediante una *transacción pacífica con la Corona*, sino mediante una *revolución*. No sus propios intereses, sino los *intereses del pueblo* tenía que representar frente a la Corona, es decir, frente a *sí misma*, pues un *movimiento popular* le había abierto el camino. Pero la Corona no era a sus ojos más que el biombo por la gracia de Dios detrás del cual habían de ocultarse sus propios intereses profanos. La intangibilidad de *sus* propios intereses y de las formas políticas correspondientes a su interés debía decirse, traducida al lenguaje constitucional, *intangibilidad de la Corona*. De ahí el entusiasmo de la burguesía alemana, y en especial de la prusiana, por la *monarquía constitucional*. Por eso, si la revolución de febrero, con sus secuelas alemanas, fue bien recibida por la burguesía prusiana, porque le puso en la mano el timón del Estado, fue en la misma medida un revés para sus cálculos, porque su dominación quedaba así atada a condiciones que ni quería ni podía cumplir.

La burguesía no había movido un dedo. Había permitido que el pueblo se batiera por ella. La dominación que se le transfirió no era, pues, la dominación del general que vence a su adversario, sino la dominación de un comité de seguridad al que el pueblo vencedor confía la salvaguardia de sus propios intereses.

*Camphausen* sentía todavía plenamente lo incómodo de esta posición, y toda la debilidad de su ministerio data de este sentimiento y de las circunstancias que lo condicionaban. Por eso una especie de rubor de vergüenza transfigura los actos más desvergonzados de su gobierno. La *desvergüenza* y la *insolencia* francas eran el privilegio de *Hansemann*. El *tinte* rojo constituye la única diferencia entre estos dos pintores.

No hay que confundir la *revolución prusiana de marzo* ni con la revolución *inglesa* de 1648 ni con la *francesa* de 1789.

En 1648, la burguesía estaba aliada con la nobleza moderna contra la monarquía, contra la nobleza feudal y contra la Iglesia dominante.

En 1789, la burguesía estaba aliada con el pueblo contra la monarquía, la nobleza y la Iglesia dominante.

La revolución de 1789 solo tenía como modelo (al menos en Europa) la revolución de 1648, y la revolución de 1648 solo la sublevación de los neerlandeses contra España. Ambas revoluciones se adelantaron un siglo a sus modelos, no solo en el tiempo, sino también en el contenido.

En ambas revoluciones, la burguesía era la clase que se encontraba *realmente* a la cabeza del movimiento. El *proletariado* y *las fracciones de la población burguesa que no pertenecían a la burguesía*[^16] o bien no tenían todavía intereses separados de los de la burguesía, o bien no formaban todavía clases o fracciones de clase con un desarrollo independiente. Por eso, allí donde se enfrentan a la burguesía, como por ejemplo de 1793 a 1794 en Francia, solo luchan por imponer los intereses de la burguesía, aunque no *a la manera* de la burguesía. *Todo el terrorismo francés* no fue más que una *manera plebeya* de acabar con los *enemigos de la burguesía*, el absolutismo, el feudalismo y el filisteísmo.

Las revoluciones de 1648 y de 1789 no fueron revoluciones *inglesa* y *francesa*: fueron revoluciones de estilo *europeo*. No fueron la victoria de una clase *determinada* de la sociedad sobre el *viejo orden político*; fueron *la proclamación del orden político para la nueva sociedad europea*. La burguesía triunfó en ellas; pero la *victoria de la burguesía* era entonces *la victoria de un nuevo orden social*, la victoria de la propiedad burguesa sobre la feudal, de la nacionalidad sobre el provincialismo, de la competencia sobre el gremio, de la partición sobre el mayorazgo, del dominio del propietario sobre la tierra sobre el dominio del propietario por la tierra, de la Ilustración sobre la superstición, de la familia sobre el apellido, de la industria sobre la holgazanería heroica, del derecho burgués sobre los privilegios medievales. La revolución de 1648 fue la victoria del siglo XVII sobre el siglo XVI; la revolución de 1789, la victoria del siglo XVIII sobre el siglo XVII. Estas revoluciones expresaban, más todavía que las necesidades de las partes del mundo en que tuvieron lugar, Inglaterra y Francia, las necesidades del mundo de entonces.

En la *revolución prusiana de marzo*, nada de todo esto.

La revolución de febrero había *abolido* la monarquía constitucional en la realidad y la dominación de la burguesía en la idea. La revolución prusiana de marzo debía *crear* la monarquía constitucional en la idea y la dominación de la burguesía en la realidad. Lejos de ser una *revolución* europea, no fue más que el efecto tardío y raquítico de una revolución europea en un país atrasado. En lugar de ir por delante de su siglo, iba por detrás de él en más de medio siglo. Fue *secundaria* desde el principio, pero es sabido que las enfermedades secundarias son más difíciles de curar y a la vez devastan más el cuerpo que las primarias. No se trataba de establecer una nueva sociedad, sino del renacimiento berlinés de la sociedad fallecida en París. La revolución prusiana de marzo ni siquiera fue *nacional*, *alemana*; fue desde el principio *provincial prusiana*. Los vieneses, los de Kassel, los de Múnich, toda clase de levantamientos provinciales corrían a su lado y le disputaban el rango.

Mientras que 1648 y 1789 tuvieron la infinita conciencia de sí de estar en la cumbre de la creación, la ambición de los berlineses de 1848 consistió en constituir un anacronismo. Su luz se parecía a la luz de las estrellas, que no nos llega a los habitantes de la Tierra hasta que los cuerpos que la emitieron llevan ya 100.000 años extinguidos. La revolución prusiana de marzo fue en pequeño, como lo fue todo en pequeño, una de esas estrellas para Europa. Su luz era la luz de un cadáver social podrido desde hacía mucho tiempo.

La burguesía alemana se había desarrollado con tanta pereza, cobardía y lentitud que, en el momento en que se alzaba amenazadora frente al feudalismo y al absolutismo, vio alzarse amenazadores frente a ella al proletariado y a todas las fracciones de la población burguesa cuyos intereses e ideas son afines al proletariado. Y no solo veía una clase hostil *detrás* de ella; veía a toda Europa hostil *delante* de ella. La burguesía prusiana no era, como la francesa de 1789, la clase que representaba a *toda* la sociedad moderna frente a los representantes de la vieja sociedad, la monarquía y la nobleza. Había descendido a una especie de *estamento*, tan definido frente a la Corona como frente al pueblo, con ganas de hacer oposición a ambos, indecisa frente a cada uno de sus adversarios por separado, porque siempre veía a los dos delante o detrás de ella; inclinada desde el principio a la traición contra el pueblo y al compromiso con el representante coronado de la vieja sociedad, porque ella misma pertenecía ya a la vieja sociedad; representante no de los intereses de una sociedad nueva frente a una vieja, sino de intereses renovados dentro de una sociedad envejecida; al timón de la revolución, no porque el pueblo estuviera detrás de ella, sino porque el pueblo la empujaba por delante; a la cabeza, no porque representara la iniciativa de una época social nueva, sino solo porque representaba el rencor de una vieja; un estrato del viejo Estado que no había llegado a abrirse paso, arrojado por un terremoto a la superficie del nuevo Estado; sin fe en sí misma, sin fe en el pueblo, gruñendo contra los de arriba, temblando ante los de abajo, egoísta hacia ambos lados y consciente de su egoísmo, revolucionaria frente a los conservadores, conservadora frente a los revolucionarios, desconfiando de sus propias consignas, frases en lugar de ideas, intimidada por la tormenta mundial y explotando la tormenta mundial; sin energía en ninguna dirección, plagio en todas las direcciones, vulgar porque no era original, original en la vulgaridad; chalaneando con sus propios deseos, sin iniciativa, sin fe en sí misma, sin fe en el pueblo, sin vocación histórica universal; un viejo maldito, condenado a dirigir y desviar en su propio interés senil los primeros impulsos juveniles de un pueblo robusto; ¡sin ojos, sin oídos, sin dientes, sin nada![^17] Así se encontró la *burguesía prusiana*, después de la revolución de marzo, al timón del Estado prusiano.

## N.º 170, 16 de diciembre de 1848

\**Colonia*, 15 de diciembre. La *teoría del pacto*, que la burguesía llegada al gobierno con el ministerio *Camphausen* proclamó enseguida como la base «más amplia» del *contrat social*[^18] prusiano, no era en modo alguno una teoría hueca; al contrario, había crecido en el árbol de la vida *«dorada»*.[^19]

La revolución de marzo no ha sometido en absoluto el soberano por la gracia de Dios al soberano popular. Solo ha obligado a la Corona, al Estado absolutista, a entenderse con la burguesía, a *pactar* con su viejo rival.

La Corona sacrificará la nobleza a la burguesía; la burguesía sacrificará el pueblo a la Corona. Con esta condición, la monarquía se hará burguesa y la burguesía se hará monárquica.

Después de marzo ya solo existen estos dos poderes. Se sirven mutuamente de pararrayos contra la revolución. Todo, naturalmente, sobre la *«más amplia base democrática»*.

Ese *era* el *secreto de la teoría del pacto*.

Los comerciantes de aceite y de lana[^20] que formaron el primer ministerio después de la revolución de marzo se complacían en el papel de cubrir con sus alas plebeyas a la Corona comprometida. Se deleitaban en el sumo placer de ser admitidos en la corte y de cerrar, a regañadientes, renunciando por pura magnanimidad a su ruda romanidad, la romanidad de la Dieta Unida, el abismo que amenazaba con tragarse el trono, echando en él el cadáver de su antigua popularidad. ¡Cómo se pavoneaba el ministro *Camphausen* como *comadrona* del trono constitucional! El buen hombre estaba visiblemente conmovido de sí mismo, de su propia magnanimidad. La Corona y su séquito soportaban a regañadientes este humillante patrocinio; ponían al mal tiempo buena cara, a la espera de días mejores.

El ejército medio disuelto, la burocracia que temblaba por sus puestos y sus sueldos, el estamento feudal humillado, cuyo jefe se encontraba de viaje de estudios constitucionales, embaucaron fácilmente al *bourgeois gentilhomme*[^21] con unas cuantas palabras dulces y unas reverencias.

La burguesía prusiana era la poseedora *nominal* del poder; no dudó ni un momento de que los poderes del viejo Estado se habían puesto sin segundas intenciones a su disposición y se habían convertido en otros tantos devotos retoños de su propia omnipotencia.

No solo en el ministerio, sino en toda la extensión de la monarquía, la burguesía estaba embriagada por esta ilusión.

Las únicas hazañas de la burguesía prusiana después de marzo, las vejaciones, a menudo sangrientas, de la milicia ciudadana contra el proletariado desarmado, ¿no encontraron en el ejército, en la burocracia e incluso en los señores feudales cómplices dócilmente sumisos? Los únicos esfuerzos de energía de que fueron capaces los representantes locales de la burguesía, los *concejos municipales* (cuya servil y entrometida vulgaridad recibió más tarde de un Windischgrätz, un Jellachich y un Weiden[^22] los puntapiés que merecía), las únicas hazañas de estos concejos municipales después de la revolución de marzo, sus palabras de advertencia patriarcalmente serias al pueblo, ¿no las contemplaban con asombro los presidentes de gobierno enmudecidos y los generales de división arrepentidos? ¿Y cómo iba a dudar la burguesía prusiana de que el viejo rencor del ejército, de la burocracia y de los feudales se había extinguido en respetuosa sumisión ante el magnánimo vencedor, la burguesía, que se refrenaba a sí misma y refrenaba la anarquía?

Estaba claro. La burguesía prusiana ya solo tenía una tarea: la de instalarse cómodamente en su dominación, quitar de en medio a los molestos anarquistas, restablecer «la tranquilidad y el orden» y recuperar los intereses que se habían perdido durante la tormenta de marzo. Ya solo podía tratarse de reducir al mínimo los *costes de producción* de su dominación y de la revolución de marzo que la había condicionado. Las armas que la burguesía prusiana se había visto obligada a reclamar en nombre del pueblo en su lucha contra la sociedad feudal y su Corona, el derecho de asociación, la libertad de prensa, etc., ¿no tenían que romperse en manos de un pueblo engañado que ya no necesitaba empuñarlas *a favor* de la burguesía y que manifestaba inquietantes deseos de empuñarlas *contra* ella?

Al *pacto* de la burguesía con la Corona, *de eso estaba convencida*, al regateo de la burguesía con el viejo Estado resignado a su suerte, ya solo se oponía evidentemente un obstáculo, un único obstáculo: el pueblo, *puer robustus sed malitiosus*,[^23] como dice Hobbes. ¡El *pueblo* y la *revolución*!

La *revolución* era *el título jurídico del pueblo*; en la revolución fundaba este sus impetuosas pretensiones. La revolución era la letra de cambio que había girado contra la burguesía. Gracias a la revolución la burguesía había llegado al poder. Con el día de su dominación había llegado el vencimiento de esta letra. La burguesía tenía que *protestar* la letra.

La *revolución*: eso significaba en boca del pueblo: vosotros, burgueses, sois el *Comité de salut public*, el comité de salvación pública, al que hemos puesto el poder en las manos, no para que *pactéis* vuestros intereses *con* la Corona, sino para que hagáis valer *contra* la Corona nuestros intereses, los intereses del pueblo.

La *revolución* era la protesta del pueblo contra el pacto de la burguesía con la Corona. La burguesía que pactaba con la Corona *tenía que protestar*, por tanto, contra… la *revolución*.

Y así ocurrió bajo el gran *Camphausen*. *No se reconoció la revolución de marzo*. La representación nacional de Berlín se constituyó como *representación de la burguesía prusiana*, como *Asamblea pactista*, al rechazar la propuesta de reconocer la revolución de marzo.[^24]

Deshizo lo hecho. Proclamó en voz alta ante el pueblo prusiano que no había pactado con la burguesía para hacer la revolución contra la Corona, sino que había hecho la revolución para que la Corona pactara con la burguesía contra él mismo. Así quedó aniquilado el *título jurídico* del pueblo revolucionario y ganado el *terreno del derecho* de la burguesía conservadora.

*¡El terreno del derecho!*

*Brüggemann*,[^25] y por medio de él la *Kölnische Zeitung*, tanto han parloteado, fabulado y gimoteado sobre el «terreno del derecho», tantas veces han perdido el «terreno del derecho» y lo han vuelto a ganar, han agujereado el terreno del derecho y lo han remendado, lo han lanzado de Berlín a Fráncfort y de Fráncfort a Berlín, lo han estrechado y ensanchado, lo han convertido de suelo sencillo en suelo entarimado, de suelo entarimado en doble fondo (como es sabido, uno de los principales instrumentos de los escamoteadores de teatro) y de doble fondo en trampa sin fondo, que el terreno del derecho se ha convertido por fin con razón, para nuestros lectores, en el terreno de la *Kölnische Zeitung*, que pueden confundir el *shibboleth* de la burguesía prusiana con el *shibboleth* privado del señor Joseph Dumont,[^26] una ocurrencia necesaria de la historia universal *prusiana* con una manía arbitraria de la *Kölnische Zeitung*, y que en el terreno del derecho ya solo ven el terreno en que crece la *Kölnische Zeitung*.

*¡El terreno del derecho*, y además el *terreno del derecho prusiano*!

El *terreno del derecho* sobre el que se mueven *después* de marzo el caballero del gran debate, Camphausen, el fantasma resucitado de la Dieta Unida y la Asamblea pactista, ¿es la ley constitucional de 1815, o la ley sobre las dietas de 1820, o la patente de 1847, o la ley electoral y del pacto del 8 de abril de 1848?[^27]

*Nada de todo eso*.

El «terreno del derecho» significaba sencillamente que la revolución no había ganado su terreno y que la vieja sociedad no había perdido el suyo; que la revolución de marzo no era más que un «acontecimiento» que había dado el «impulso» al «entendimiento» entre el trono y la burguesía, preparado desde hacía tiempo dentro del viejo Estado prusiano, cuya necesidad la propia Corona había expresado ya en anteriores decretos supremos y que solo antes de marzo no había considerado *«urgente»*. El «terreno del derecho» significaba, en una palabra, que la burguesía quería negociar con la Corona *después* de marzo en el mismo pie que *antes* de marzo, como si no hubiera habido ninguna revolución y la Dieta Unida hubiera alcanzado su objetivo sin revolución. El «terreno del derecho» significaba que el título jurídico del pueblo, la *revolución*, no existía en el *contrat social* entre el gobierno y la burguesía. *La burguesía derivaba sus pretensiones de la legislación de la vieja Prusia para que el pueblo no derivara ninguna pretensión de la revolución de la nueva Prusia.*

Se comprende que los *cretinos ideológicos* de la burguesía, sus plumíferos y gente por el estilo, tuvieran que hacer pasar este embellecimiento del interés burgués por el verdadero interés de la burguesía y creérselo ellos mismos y hacérselo creer a los demás. En la cabeza de un *Brüggemann*, la frase del terreno del derecho se convirtió en una sustancia real.

El ministerio *Camphausen* había cumplido su tarea, la tarea de la *mediación* y de la *transición*. Formaba, en efecto, la *mediación* entre la burguesía elevada a hombros del pueblo y la burguesía que ya no necesitaba los hombros del pueblo; entre la burguesía que representaba aparentemente al pueblo frente a la Corona y la burguesía que representaba realmente a la Corona frente al pueblo; entre la burguesía que se desprendía de la revolución y la burguesía que había quedado como núcleo desprendido de la revolución.

Conforme a su papel, el ministerio Camphausen se limitó, con pudor virginal, a la *resistencia pasiva* contra la revolución.

La rechazaba, ciertamente, en la teoría, pero en la práctica solo se *resistía* a sus pretensiones y solo *toleraba* la reconstitución de los viejos poderes del Estado.

Entretanto, la burguesía creyó haber llegado al punto en que la *resistencia pasiva* tenía que convertirse en *ataque activo*. El ministerio Camphausen se retiró, no porque hubiera cometido este o aquel desacierto, sino por la sencilla razón de que era el *primer* ministerio después de la revolución de marzo, de que era el *ministerio de la revolución de marzo* y, conforme a su origen, todavía tenía que esconder al representante de la burguesía bajo el dictador popular. Este origen equívoco y este carácter ambiguo le imponían todavía ciertas conveniencias, reservas y consideraciones hacia el pueblo soberano que se le hacían molestas a la burguesía y que un segundo ministerio, salido directamente de la Asamblea pactista, ya no tendría que observar.

Por eso su retirada fue un enigma para los políticos de taberna. El ministerio *de la acción*, el ministerio Hansemann, le sucedió porque la burguesía pensaba pasar del período de la traición *pasiva* del pueblo a la Corona al período de la sumisión *activa* del pueblo a su dominación pactada con la Corona. El *ministerio de la acción* era el *segundo* ministerio *después* de la revolución de marzo. Ese era todo su secreto.

## N.º 183, 31 de diciembre de 1848

\**Colonia*, 29 de diciembre.

*«¡Señores, en cuestiones de dinero se acaba la cordialidad!»*[^28]

En estas palabras resumió Hansemann todo el liberalismo de la Dieta Unida. Este hombre era el jefe necesario del ministerio salido de la propia Asamblea pactista, del ministerio que había de convertir la *resistencia pasiva* contra el pueblo en *ataque activo* contra el pueblo, del *ministerio de la acción*.

¡En ningún ministerio prusiano tantos nombres *burgueses*! ¡Hansemann, Milde, Märker, Kühlwetter, Gierke![^29] Incluso la etiqueta presentable en la corte de este ministerio, *Von Auerswald*,[^30] pertenecía a la nobleza liberal de la oposición de Königsberg, es decir, a la que rendía homenaje a la burguesía. Solo *Roth von Schreckenstein*[^31] representaba entre la canalla a la vieja nobleza feudal prusiana burocratizada. ¡*Roth von Schreckenstein*! ¡Título superviviente de una novela de bandoleros y caballeros, perdida, del difunto *Hildebrandt*![^32] Pero *Roth von Schreckenstein* no era más que el engaste feudal de la joya burguesa. *Roth von Schreckenstein*, en medio del ministerio burgués, decía en letras gigantescas: la feudalidad, el ejército y la burocracia prusianos siguen a la estrella recién salida de la burguesía prusiana. Estos poderosos se han puesto a su disposición, y la burguesía los planta delante de su trono, como en los viejos emblemas heráldicos se plantaban osos delante de los soberanos de los pueblos. Roth von Schreckenstein no ha de ser más que el oso del ministerio burgués.

El 26 de *junio*, el ministerio Hansemann se presentó a la Asamblea Nacional. Su existencia seria no comienza hasta *julio*. La *revolución de junio* era *el* trasfondo del ministerio de la acción, como la *revolución de febrero* era el trasfondo del ministerio de la mediación.

La burguesía prusiana explotó contra el pueblo la sangrienta victoria de la burguesía de París sobre el proletariado de París, como la Corona prusiana explotó la sangrienta victoria de los croatas en Viena sobre la burguesía. Los dolores de la burguesía prusiana después del noviembre austriaco son el *ajuste de cuentas* por los dolores del pueblo prusiano después del junio francés. En su estrechez de miras, los filisteos alemanes se confundieron con la burguesía francesa. No habían derribado ningún trono, no habían eliminado la sociedad feudal, ni mucho menos sus últimos restos, no tenían que defender ninguna sociedad creada por ellos mismos. Creyeron que, después de junio como después de febrero, como desde comienzos del siglo XVI, como en el siglo XVIII, podrían sacar del trabajo ajeno, a su hereditaria manera astuta y ávida de ganancias, tres cuartas partes de beneficio. No sospechaban que detrás del junio francés acechaba el noviembre austriaco y detrás del noviembre austriaco el diciembre prusiano. No sospechaban que, si en Francia la burguesía que destrozaba tronos ya solo veía delante de sí un único enemigo, el proletariado, la burguesía prusiana, en lucha con la Corona, ya solo tenía un único aliado: el pueblo. No porque ambos no tuvieran intereses hostilmente opuestos, sino porque el *mismo* interés contra un tercer poder que los oprimía por igual seguía forjándolos juntos.

El ministerio Hansemann se consideraba un *ministerio de la revolución de junio*. Y en cada ciudad prusiana los filisteos se convirtieron, frente a los «bandidos rojos», en «republicanos honestos»,[^33] sin dejar por ello de ser honrados monárquicos y pasando por alto, de vez en cuando, que sus «rojos» llevaban escarapelas *blanquinegras*.[^34]

En su discurso del trono del 26 de junio, Hansemann despachó sin contemplaciones la misteriosa y nebulosa «monarquía sobre la *más amplia base democrática*» de Camphausen.

«*Monarquía constitucional sobre la base del sistema bicameral* y ejercicio conjunto del poder legislativo por ambas cámaras y la Corona»: a esta árida fórmula redujo la sentencia, cargada de presagios, de su entusiasta predecesor.

> «Modificación de las situaciones más necesarias que sean incompatibles con la nueva Constitución del Estado, liberación de la propiedad de las trabas que paralizan su *aprovechamiento ventajoso* en una gran parte de la monarquía, reorganización de la administración de justicia, reforma de la legislación fiscal, en particular *supresión de las exenciones fiscales*, etc.», y sobre todo «*fortalecimiento del poder del Estado*, necesario para proteger la *libertad* conquistada» (por los burgueses) «contra la reacción» (explotación de la libertad en interés de los feudales) «y la anarquía» (explotación de la libertad en interés del pueblo) «y para *restablecer la confianza perturbada*»:

ese era el programa ministerial, ese era el programa de la burguesía prusiana llegada al ministerio, cuyo representante clásico es *Hansemann*.

En la Dieta Unida, Hansemann era el adversario más encarnizado y cínico de la confianza, porque… *«¡Señores, en cuestiones de dinero se acaba la cordialidad!»* En el ministerio, Hansemann proclamó como primera necesidad el *«restablecimiento de la confianza perturbada»*, porque (esta vez se dirigía al *pueblo* como entonces al *trono*), porque

> *«¡Señores, en cuestiones de dinero se acaba la cordialidad!»*

Entonces se trataba de la confianza que *da* dinero; esta vez, de la confianza que *hace* dinero; allí, de la confianza *feudal*, la confianza fiel y sumisa en Dios, el rey y la patria; aquí, de la confianza *burguesa*, la confianza en el tráfico y el comercio, en el rendimiento del capital, en la solvencia de los socios de negocios, de la confianza comercial; no de la fe, el amor y la esperanza, sino del *crédito*.

*«¡Restablecimiento de la confianza perturbada!»* En estas palabras expresó Hansemann la idea fija de la burguesía prusiana.

El *crédito* se basa en la seguridad de que la explotación del trabajo asalariado por el capital, del proletariado por la burguesía, de los pequeños burgueses por los grandes burgueses, continuará de la manera acostumbrada. Todo movimiento político del proletariado, sea de la naturaleza que sea, a menos que lo mande directamente la burguesía, perturba, pues, la confianza, el crédito. «¡Restablecimiento de la confianza perturbada!» significaba, pues, en boca de Hansemann:

*Represión de todo movimiento político en el proletariado* y en todas las capas de la sociedad cuyo interés no coincida directamente con el interés de la clase que, a su juicio, se encuentra al timón del Estado.

Por eso Hansemann puso justo al lado del «restablecimiento de la confianza perturbada» el *«fortalecimiento del poder del Estado»*. Solo se equivocó sobre la naturaleza de este «poder del Estado». Creía fortalecer el poder del Estado al servicio del crédito, de la confianza burguesa, y solo fortaleció el poder del Estado que exige confianza y, en caso necesario, la arranca a cañonazos de metralla, porque no tiene crédito. Quiso escatimar en los costes de producción de la dominación burguesa y cargó a la burguesía con los millones exorbitantes que cuesta la restauración de la dominación feudal prusiana.

Ante los obreros, Hansemann se expresó con mucha concisión: tenía en el bolsillo un gran remedio para ellos. Pero, antes de poder sacarlo, había que restablecer ante todo la «confianza perturbada». Para restablecer la confianza, la clase obrera tenía que poner fin a su politiqueo y a su intromisión en los asuntos del Estado y volver a sus viejas costumbres. Si seguía su consejo y se restablecía la confianza, el misterioso gran remedio sería en todo caso eficaz, aunque solo fuera porque ya no sería necesario ni aplicable, pues en tal caso la enfermedad, la perturbación del orden burgués, habría quedado eliminada. ¿Y para qué remedios donde no hay enfermedad? Pero, si el pueblo se obstinaba, entonces muy bien, él «*fortalecería* el poder del Estado», la policía, el ejército, los tribunales, la burocracia; le echaría encima sus osos, porque la «confianza» se había convertido en una «cuestión de dinero», y:

> *«¡Señores, en cuestiones de dinero se acaba la cordialidad!»*

Por mucho que Hansemann se sonría de ello, su programa era un programa *honrado*, un programa bienintencionado.

Quería fortalecer el poder del Estado no solo contra la anarquía, es decir, contra el pueblo; quería fortalecerlo también contra la reacción, es decir, contra la Corona y los intereses feudales, en la medida en que intentaran imponerse frente a la bolsa y frente a las pretensiones políticas *«más necesarias»*, es decir, más modestas, de la burguesía.

El ministerio de la acción era ya, por toda su composición, una protesta contra esta «reacción».

Se distinguía, en efecto, de todos los ministerios prusianos anteriores en que su verdadero *presidente del Consejo* era el *ministro de Hacienda*. El Estado prusiano había ocultado durante siglos con el mayor cuidado que la guerra y el interior y los asuntos exteriores y los asuntos de la Iglesia y de la escuela, e incluso el ministerio de la Casa Real, y la fe, el amor y la esperanza, están subordinados a las profanas *finanzas*. El ministerio de la acción puso a su cabeza esta fastidiosa verdad burguesa poniendo a su cabeza al señor Hansemann, el hombre cuyo programa ministerial, como su programa de oposición, se resumía así:

> *«¡Señores, en cuestiones de dinero se acaba la cordialidad!»*

La monarquía se había convertido en Prusia en una «cuestión de dinero».

Pasemos ahora del programa del ministerio de la acción a sus actos.

La amenaza del *«poder del Estado fortalecido»* contra la *«anarquía»*, es decir, contra la clase obrera y todas las fracciones de la población burguesa que no se quedaban en el programa del señor Hansemann, se cumplió en serio. Se puede decir incluso que, con excepción del aumento del impuesto sobre el azúcar de remolacha y el aguardiente, esta *reacción* contra la llamada *anarquía*, es decir, contra el movimiento revolucionario, fue la única acción seria del ministerio de la acción.

Una multitud de procesos de prensa sobre la base del *Landrecht*[^35] o, a falta de él, del *Code pénal*, numerosas detenciones sobre la misma «base suficiente» (fórmula de Auerswald), la introducción en Berlín del cuerpo de *constables*,[^36] a razón de un *constable* por cada dos casas, las intromisiones policiales en la libertad de asociación, el soltar a la soldadesca contra burgueses que se habían vuelto arrogantes, el soltar a la milicia ciudadana contra proletarios que se habían vuelto arrogantes, el estado de sitio a título de ejemplo, todo esto sigue fresco en la memoria desde la olimpiada de Hansemann. No hacen falta detalles.

*Kühlwetter* resumió este aspecto de los afanes del ministerio de la acción en su declaración:

> «Un Estado que quiera ser verdaderamente libre tiene que tener un personal de policía verdaderamente numeroso como poder ejecutivo»,

a lo que el propio Hansemann murmuró la glosa que en él se había vuelto fija:

> «Esto contribuirá también esencialmente a *restablecer la confianza*, a *reanimar* la *decaída actividad comercial*.»

Bajo el ministerio de la acción se *«fortalecieron»*, pues, la policía de la vieja Prusia, la fiscalía, la burocracia, el ejército, porque estaban a *sueldo* y, por tanto, también al *servicio* de la burguesía, se figuraba Hansemann. Basta: se *«fortalecieron»*.

En cambio, el estado de ánimo del proletariado y de la democracia burguesa queda caracterizado por *un* hecho. Porque unos reaccionarios maltrataron a unos demócratas en Charlottenburg, el pueblo asaltó en Berlín el palacio de la presidencia del Consejo de Ministros.[^37] Tan popular se había vuelto el ministerio de la acción. Al día siguiente, Hansemann propuso una ley contra las aglomeraciones y las reuniones públicas. Con tanta astucia intrigaba contra la reacción.

La actividad real, tangible, popular, del ministerio de la acción fue, pues, puramente *policial*. A los ojos del proletariado y de la democracia *urbana*, este ministerio y la Asamblea pactista, cuya mayoría estaba representada en el ministerio, y la burguesía prusiana, cuya mayoría formaba la mayoría de la Asamblea pactista, no representaban otra cosa que el *viejo Estado policial y burocrático* remozado. A ello se había añadido la exasperación contra la burguesía, porque la burguesía dominaba y, en la *milicia ciudadana*, se había convertido en parte integrante de la policía.

Esa era a los ojos del pueblo la «conquista de marzo»: que también los liberales señores de la burguesía asumían funciones… *policiales*. ¡Una policía, pues, por partida doble!

No es en los actos del ministerio de la acción, sino en sus proyectos de leyes orgánicas, donde aparece por fin que solo *«fortalecía»* a la *«policía»*, la última expresión del viejo Estado, y la espoleaba a actuar, en interés burgués.

En los proyectos presentados por el ministerio Hansemann sobre el *régimen municipal*, los *tribunales del jurado* y la *ley de la milicia ciudadana*,[^38] la *propiedad*, en una u otra forma, es siempre la frontera entre el país *legal* y el país *ilegal*. En todos estos proyectos de ley se hacen, es verdad, las concesiones más serviles al poder real, porque por ese lado el ministerio burgués creía tener un aliado que se había vuelto inofensivo; pero, como compensación, la dominación del capital sobre el trabajo aparece con tanta mayor desconsideración.

La ley de la milicia ciudadana, que la Asamblea pactista sancionó, se ha vuelto contra la propia burguesía y ha tenido que servir de pretexto legal para desarmarla. Es verdad que, en su imaginación, no debía entrar en vigor hasta después de la promulgación del régimen municipal y de la Constitución, es decir, después de consolidarse su dominación. Que las experiencias que la burguesía prusiana ha hecho con la ley de la milicia ciudadana contribuyan a ilustrarla; que vea en ellas que, por ahora, todo lo que cree hacer contra el pueblo solo lo hace contra sí misma.

Para el pueblo, pues, el ministerio Hansemann se resumía *en la práctica* en la vieja corchetería policial prusiana y, *en la teoría*, en distinciones ofensivas, a la *belga*,[^39] entre burgueses y no burgueses.

Pasemos a la otra parte del programa ministerial, a la *anarquía contra la reacción*.

En este aspecto, el ministerio tiene más buenos deseos que hechos que mostrar.

Entre los piadosos deseos *burgueses* figuran la venta por parcelas de los dominios del Estado a propietarios privados, el abandono del Banco a la libre competencia, la conversión de la *Seehandlung*[^40] en una institución privada, etc.

El ministerio de la acción tuvo la desgracia de que todos sus ataques económicos contra el partido feudal aparecieran bajo la égida del *empréstito forzoso*[^41] y de que sus intentos reformadores aparecieran en general a los ojos del pueblo como meros recursos financieros para llenar la caja del «poder del Estado» fortalecido. Así, Hansemann cosechó el odio de un partido sin cosechar el reconocimiento del otro. Y no se puede negar que solo se atrevió a un ataque más serio contra los privilegios feudales allí donde se imponía la «*cuestión de dinero*», la más cercana al ministro de Hacienda, la *cuestión de dinero en el sentido* del *ministerio de Hacienda*. En este sentido estrecho gritó a los feudales:

> *«¡Señores, en cuestiones de dinero se acaba la cordialidad!»*

Así, incluso sus aspiraciones positivamente burguesas contra los feudales tenían el mismo color policial que sus medidas negativas para la *«reanimación de la actividad comercial»*. La *policía*, en efecto, se llama en economía política *fisco*. El aumento del impuesto sobre el azúcar de remolacha y el aguardiente, que Hansemann sacó adelante en la Asamblea Nacional y elevó a ley, indignó a las bolsas de dinero «con Dios por el rey y la patria» de Silesia, de las Marcas, de Sajonia, de Prusia oriental y occidental, etc. Pero, mientras esta medida provocaba la cólera de los terratenientes industriales de las provincias de la vieja Prusia, despertó un descontento no menor entre los destiladores de aguardiente burgueses de la provincia del Rin, que se vieron con ella en condiciones de competencia todavía más desfavorables frente a las provincias de la vieja Prusia. Y, para colmo, exasperó a la clase obrera de las viejas provincias, para la cual no significaba ni podía significar otra cosa que el *encarecimiento de un medio de vida indispensable*. ¡De esta medida no quedó, pues, más que llenar la caja del «poder del Estado fortalecido»! Y este ejemplo basta, porque… es la única acción del ministerio de la acción contra los feudales que se convirtió *realmente* en acción, el único proyecto de ley en esta dirección que se convirtió realmente en ley.

Las «propuestas» de Hansemann para suprimir las exenciones del impuesto de clases y de la *contribución territorial*,[^42] así como su proyecto de impuesto sobre la renta, provocaron bailes de tarántula entre los señores terratenientes entusiastas de «Dios, rey y patria». Lo tacharon de… *comunista*, y todavía hoy la *Kreuzritterin*[^43] prusiana se santigua tres veces cuando se pronuncia el nombre de… Hansemann. Le suena como Fra Diavolo.[^44] La supresión de la exención de la contribución territorial, la única medida importante que propuso un ministro prusiano durante el esplendor de la Asamblea pactista, fracasó por la *estrechez de principios de la izquierda*. Y el propio Hansemann había justificado esta estrechez. ¿Debía la izquierda abrir nuevas fuentes financieras al ministerio del *«poder del Estado fortalecido»* antes de que la Constitución estuviera fabricada y jurada?

Tan desgraciado era el ministerio burgués por excelencia que su medida más radical tuvo que ser paralizada por los miembros radicales de la Asamblea pactista. Tan mezquino era que toda su cruzada contra la feudalidad acabó en *un aumento de impuestos*, igualmente odioso para todas las clases, y que toda su perspicacia financiera abortó en un *empréstito forzoso*. Dos medidas que, al final, solo proporcionaron *subsidios a la campaña de la contrarrevolución contra la propia burguesía*. Los *feudales*, en cambio, se habían convencido de las intenciones «malévolas» del ministerio *burgués*. Así se confirmó, incluso en la lucha financiera de la burguesía prusiana contra el feudalismo, que en su impopular impotencia solo sabía recaudar *dinero* incluso *contra sí misma*, y… *¡Señores, en cuestiones de dinero se acaba la cordialidad!*

Así como el ministerio burgués había logrado exasperar contra sí por igual al proletariado urbano, a la democracia burguesa y a los feudales, supo también enajenarse y enemistarse a la *clase campesina* sojuzgada por el feudalismo, con el apoyo más celoso de la *Asamblea pactista*. No hay que olvidar, en general, que durante la mitad de su vida esta Asamblea encontró en el ministerio Hansemann a su representante adecuado y que los mártires burgueses de hoy eran ayer los que llevaban la cola a Hansemann.

El proyecto de liberación de las cargas feudales presentado bajo Hansemann por Patow[^45] (véase nuestra crítica anterior) fue el más lamentable engendro del más impotente deseo burgués de abolir los privilegios feudales, estas «situaciones incompatibles con la nueva Constitución del Estado», y del miedo burgués a atentar revolucionariamente contra cualquier clase de propiedad. El egoísmo lamentable, medroso y mezquino cegó a la burguesía prusiana hasta el punto de rechazar a su *aliado necesario*: la *clase campesina*.

El *3 de junio*, el diputado *Hanow* presentó la propuesta

> «de que todos los procedimientos pendientes para la liquidación de las relaciones entre señores y campesinos y para la redención de las prestaciones se suspendieran inmediatamente, a petición de una de las partes, hasta la promulgación de una nueva ley sobre este asunto basada en principios equitativos».

Y solo *a finales de septiembre*, es decir, cuatro meses después, bajo el ministerio Pfuel,[^46] aprobó la Asamblea pactista el proyecto de ley sobre la suspensión de los procedimientos pendientes entre señores y campesinos, después de haber rechazado todas las enmiendas liberales y de haber mantenido la «reserva de fijaciones provisionales de las prestaciones corrientes» y el «cobro de los tributos litigiosos y de los atrasos».

En *agosto*, si no nos equivocamos, la Asamblea pactista declaró *no urgente* la propuesta de *Nenstiel* de *«supresión inmediata de las prestaciones personales»*;[^47] ¿y los campesinos tenían que considerar urgente batirse por esa misma Asamblea pactista que los arrojaba por detrás de la situación de hecho que habían conquistado después de marzo?

La burguesía francesa empezó por liberar a los campesinos. Con los campesinos conquistó Europa. La burguesía prusiana estaba tan atrapada en sus intereses más *estrechos* e inmediatos que perdió incluso a este aliado y lo convirtió en un instrumento en manos de la contrarrevolución feudal.

La historia *oficial* de la disolución del ministerio burgués es conocida.

Bajo sus alas el «poder del Estado» se había «fortalecido» tanto y la energía popular estaba tan abatida que los dioscuros Kühlwetter-Hansemann tuvieron que dirigir ya el 15 de julio a todos los presidentes de gobierno de la monarquía una advertencia contra las maquinaciones reaccionarias de los funcionarios de la administración, en especial de los *Landräte*;[^48] que más tarde se reunió en Berlín, al lado de la Asamblea pactista, una *«Asamblea de la nobleza y de los grandes terratenientes para la protección»* de sus privilegios;[^49] y que, por último, frente a la llamada Asamblea Nacional de Berlín, se convocó para el 4 de septiembre en la Alta Lusacia una «dieta comunal para la salvaguardia de los amenazados derechos de propiedad de la propiedad territorial», heredada de la Edad Media.

La energía que el gobierno y la llamada Asamblea Nacional desplegaron contra estos síntomas contrarrevolucionarios, cada vez más amenazadores, se manifestó, como correspondía, en advertencias de papel. Bayonetas, balas, cárceles y alguaciles, el ministerio burgués solo los tenía para el pueblo, *«para restablecer la confianza perturbada y reanimar la actividad comercial»*.

Los sucesos de *Schweidnitz*, donde la soldadesca asesinó directamente a la burguesía en la milicia ciudadana,[^50] despertaron por fin a la Asamblea Nacional de su apatía. El 9 de agosto se animó a una hazaña, la orden al ejército de Stein y Schultze,[^51] cuyo último medio coercitivo era la *delicadeza* de los oficiales prusianos. ¡Vaya medio coercitivo! ¿Y no les prohibía a los oficiales el honor monárquico escuchar al honor burgués?

Un mes después de que la Asamblea pactista adoptara la orden al ejército de Stein y Schultze, el *7 de septiembre*, decidió otra vez que su decisión era una decisión de verdad y que los ministros tenían que ejecutarla. Hansemann se negó y dimitió el 11 de septiembre, después de haberse nombrado a sí mismo director de banco con un sueldo anual de 6.000 táleros, porque… *¡Señores, en cuestiones de dinero se acaba la cordialidad!*

Por fin, el *25 de septiembre*, la Asamblea pactista recibió agradecida de boca de *Pfuel* la fórmula, completamente debilitada, de reconocimiento de la orden al ejército de Stein y Schultze, que entretanto, con la orden paralela de Wrangel al ejército[^52] y las masas de tropas concentradas en torno a Berlín, había quedado reducida a una *mala broma*.

Basta con echar un vistazo a los datos que acabamos de dar y a la historia de la orden al ejército de Stein y Schultze para convencerse de que esa orden no fue la causa *real* de la dimisión de Hansemann. ¿Hansemann, que no se estremeció ante el reconocimiento de la revolución, iba a estremecerse ante aquella proclama de papel? ¿Hansemann, que volvía a recoger la cartera cada vez que se le caía, iba a dejarla esta vez en el banco ministerial para quien la quisiera, por una irritación de hombre de bien? ¡No, nuestro Hansemann no es un iluso! Hansemann fue sencillamente engañado, como representaba en general a la burguesía engañada. Le hicieron creer que la Corona no lo dejaría caer en ninguna circunstancia. Le hicieron perder la última apariencia de popularidad para poder sacrificarlo por fin a los rencores de los hidalgüelos de aldea y librarse de la tutela burguesa. Además, el plan de campaña acordado con Rusia y Austria exigía a la cabeza del gabinete a un general nombrado por la camarilla fuera de la Asamblea pactista. Bajo el ministerio burgués, el viejo «poder del Estado» se había «fortalecido» lo bastante para poder atreverse a este golpe.

Se equivocaron con Pfuel. La victoria de los croatas en Viena convirtió incluso a un Brandenburg en un instrumento útil.

Bajo el ministerio Brandenburg, la Asamblea pactista fue ignominiosamente dispersada, burlada, escarnecida, humillada, perseguida, y el *pueblo* permaneció *indiferente* en el momento decisivo. Su *derrota* fue la *derrota de la burguesía prusiana*, de los *constitucionales*, y por tanto una *victoria del partido demócrata*, por caro que este tuviera que pagar la victoria.

¿Pero la Constitución *otorgada*?

Antes se decía que nunca se interpondría un «trozo de papel» entre el rey y *su* pueblo.[^53] Ahora se dice: *solo un trozo de papel* ha de interponerse entre el rey y *su* pueblo. La Constitución *real* de Prusia es el… *estado de sitio*. La Constitución otorgada francesa solo contenía un artículo 14 que la anulaba.[^54] Cada artículo de la Constitución otorgada prusiana es un artículo 14.

Con esta Constitución, la Corona otorga nuevos privilegios… a *sí misma*.

Se da libertad a sí misma para disolver las cámaras *in indefinitum*. Da libertad a los ministros para promulgar entretanto las leyes que quieran (también sobre la propiedad y cosas parecidas). Da libertad a los diputados para acusar por ello a los ministros, con el riesgo de que se les declare en estado de sitio como «enemigos interiores». Se da libertad, por último, para, cuando en primavera las acciones de la contrarrevolución estén altas, sustituir este «trozo de papel» suspendido en el aire por una Carta Magna cristiano-germánica que brote *orgánicamente* de las diferencias estamentales medievales, o para renunciar del todo al juego constitucional. Incluso en este último caso, la parte conservadora de la burguesía juntaría las manos y rezaría:

> *¡El Señor lo dio, el Señor lo quitó, bendito sea el nombre del Señor!*[^55]

La historia de la burguesía prusiana, como en general de la burguesía alemana, de marzo a diciembre demuestra que en Alemania es imposible una revolución puramente *burguesa* y la fundación de la *dominación burguesa* bajo la forma de la *monarquía constitucional*, y que solo es posible la contrarrevolución feudal absolutista o la *revolución socialrepublicana*.

Pero de que también la parte viable de la burguesía tendrá que despertar de nuevo de su apatía nos responde ante todo la *factura monstruo* con que la contrarrevolución la sorprenderá en primavera, y, como dice con tanto tino nuestro Hansemann:

> *¡Señores, en cuestiones de dinero se acaba la cordialidad!*

[^1]: *Rechtsboden*: la legalidad existente, invocada por los liberales para negar que la revolución de marzo hubiera creado un derecho nuevo.

[^2]: Las dos leyes las aprobó la segunda Dieta Unida, convocada por el ministerio Camphausen: la del 6 de abril de 1848 sobre algunos fundamentos de la futura Constitución prusiana y la del 8 de abril sobre la elección de la Asamblea encargada de pactarla con la Corona.

[^3]: La *Jobsiade* (1784), de Karl Arnold Kortum, poema heroico-cómico sobre las desventuras del estudiante Hieronimus Jobs.

[^4]: Ludolf Camphausen (1803-1890), banquero de Colonia, presidente del Consejo de Ministros prusiano de marzo a junio de 1848 y después plenipotenciario de Prusia ante el poder central de Fráncfort.

[^5]: Friedrich Daniel Bassermann (1811-1855), librero de Mannheim, liberal, diputado de la Asamblea de Fráncfort y subsecretario de Estado del poder central del Imperio.

[^6]: «¡Demasiado tarde!», grito con que los parisinos recibieron el 24 de febrero de 1848 las concesiones de última hora de Luis Felipe.

[^7]: El príncipe Guillermo de Prusia (1797-1888), hermano del rey y futuro emperador Guillermo I, tenido por responsable del fuego contra el pueblo de Berlín, huyó a Inglaterra en marzo de 1848; el gobierno presentó su ausencia como un viaje de estudios, y Camphausen lo hizo volver en junio.

[^8]: En abril y mayo de 1848 las tropas prusianas aplastaron el movimiento nacional polaco en el gran ducado de Posen. La guerra con Dinamarca por Schleswig-Holstein, empezada en abril de 1848, terminó con el armisticio de Malmö (26 de agosto), que la Asamblea de Fráncfort aprobó en septiembre.

[^9]: Friedrich von Wrangel (1784-1877), general prusiano, mandó las tropas alemanas en la guerra contra Dinamarca; en septiembre de 1848 fue nombrado comandante en jefe de las Marcas y en noviembre ocupó Berlín.

[^10]: Isaac de Pinto (1717-1787), financiero y escritor holandés, apologista del crédito público y de la especulación con títulos de la deuda.

[^11]: El conde Friedrich Wilhelm von Brandenburg (1792-1850), general, presidente del Consejo de Ministros prusiano desde noviembre de 1848.

[^12]: En «La caída del ministerio Camphausen», *Neue Rheinische Zeitung*, n.º 23, 23 de junio de 1848.

[^13]: La Dieta Unida (*Vereinigter Landtag*), reunión de todas las dietas provinciales prusianas, convocada por Federico Guillermo IV en abril de 1847 para obtener un empréstito, que le negó; el ministerio Camphausen la volvió a convocar en abril de 1848.

[^14]: «El dinero no tiene amo».

[^15]: August von der Heydt (1801-1874), banquero de Elberfeld, ministro de Comercio en el ministerio Brandenburg desde diciembre de 1848.

[^16]: Marx distingue aquí el *Bürgertum*, el conjunto de la población burguesa, que incluye a la pequeña burguesía, de la *Bourgeoisie*, la burguesía propiamente dicha.

[^17]: Final del discurso de Jaques sobre las edades del hombre en *Como gustéis*, de Shakespeare (acto II, escena 7), citado según la traducción alemana de Schlegel.

[^18]: «Contrato social», alusión a Rousseau.

[^19]: Alusión a las palabras de Mefistófeles en el *Fausto* de Goethe: «Gris es toda teoría, y verde el árbol dorado de la vida».

[^20]: Camphausen se había enriquecido en el comercio de aceite y de grano; Hansemann, en el de lana.

[^21]: *El burgués gentilhombre*, comedia de Molière.

[^22]: El príncipe Alfred zu Windischgrätz (1787-1862), mariscal austriaco, y Josip Jelačić (1801-1859), ban de Croacia, tomaron Viena a finales de octubre de 1848. «Weiden» es seguramente errata por Ludwig von Welden (1782-1853), gobernador militar de Viena después de su caída.

[^23]: «Un muchacho robusto pero malicioso»: imagen de Hobbes en el prefacio de *De cive*.

[^24]: El 9 de junio de 1848 la Asamblea Nacional prusiana rechazó la propuesta del diputado Berends de declarar que los combatientes de marzo habían merecido bien de la patria.

[^25]: Karl Heinrich Brüggemann (1810-1887), redactor jefe de la *Kölnische Zeitung*.

[^26]: Joseph DuMont (1811-1861), editor de la *Kölnische Zeitung*. *Shibboleth*: santo y seña (Jueces 12, 5-6).

[^27]: La promesa de una Constitución hecha por Federico Guillermo III en 1815, la ley de 1820 sobre la deuda del Estado, que subordinaba los nuevos empréstitos al consentimiento de unos estamentos del reino, la patente del 3 de febrero de 1847 que convocó la Dieta Unida y la ley electoral del 8 de abril de 1848.

[^28]: Frase de Hansemann en la Dieta Unida de 1847.

[^29]: Karl August Milde (1805-1861), fabricante de Breslau, ministro de Comercio; Friedrich August Märker, ministro de Justicia; Friedrich von Kühlwetter (1809-1882), ministro del Interior; Julius Gierke (1807-1855), ministro de Agricultura.

[^30]: Rudolf von Auerswald (1795-1866), terrateniente de Prusia oriental, presidente del Consejo de junio a septiembre de 1848.

[^31]: Ludwig Roth von Schreckenstein (1789-1858), general, ministro de la Guerra en el ministerio Auerswald-Hansemann.

[^32]: Christoph Hildebrandt, autor de populares novelas de caballeros y bandoleros.

[^33]: Los *républicains honnêtes*, nombre de los republicanos burgueses moderados del partido del *National* en Francia.

[^34]: Los colores de Prusia.

[^35]: El *Allgemeines Landrecht* (1794), código general prusiano, vigente en las provincias orientales; en la del Rin regía el código penal napoleónico.

[^36]: Policía uniformada a la inglesa creada en Berlín en el verano de 1848.

[^37]: El 21 de agosto de 1848, tras las agresiones sufridas la víspera por unos demócratas en Charlottenburg.

[^38]: Véanse los artículos de la *Neue Rheinische Zeitung* sobre el proyecto de ley de la milicia ciudadana (julio de 1848).

[^39]: En Bélgica los derechos políticos dependían de un censo elevado.

[^40]: Sociedad de Comercio Marítimo, banco comercial del Estado prusiano.

[^41]: El empréstito forzoso que Hansemann propuso en julio de 1848.

[^42]: El impuesto de clases (*Klassensteuer*) gravaba a las personas según categorías de ingresos; en las provincias orientales los señoríos estaban exentos de la contribución territorial.

[^43]: «La cruzada»: la *Neue Preußische Zeitung*, llamada *Kreuzzeitung* por la cruz de hierro de su cabecera, órgano de los junkers.

[^44]: Bandolero italiano, protagonista de la ópera cómica de Auber (1830).

[^45]: Erasmus Robert von Patow (1804-1890), ministro de Comercio; véase «La memoria de Patow sobre la redención de las cargas feudales».

[^46]: Ernst von Pfuel (1779-1866), general, presidente del Consejo de Ministros de septiembre a octubre de 1848.

[^47]: En el original, *Robotdienste*: las prestaciones de trabajo de los campesinos (*robot*, palabra eslava).

[^48]: El *Landrat* era el jefe de la administración de un distrito, por lo general un terrateniente noble del lugar.

[^49]: El llamado «Parlamento de los junkers», reunido en Berlín en agosto de 1848.

[^50]: El 31 de julio de 1848, en Schweidnitz (Silesia), la tropa disparó contra la milicia ciudadana y mató a catorce personas.

[^51]: Propuesta de los diputados Julius Stein y Schultze, aprobada el 9 de agosto de 1848: el ministro de la Guerra debía advertir a los oficiales que se abstuvieran de toda maniobra reaccionaria y que, si no podían conciliarlo con sus convicciones, dejaran el ejército como deber de honor.

[^52]: La orden del día que dio Wrangel el 17 de septiembre de 1848 al tomar el mando de las Marcas.

[^53]: Federico Guillermo IV, al abrir la Dieta Unida el 11 de abril de 1847, declaró que no permitiría que entre Dios y su país se interpusiera una hoja de papel escrita.

[^54]: El artículo 14 de la Carta francesa de 1814 permitía al rey dictar ordenanzas «para la seguridad del Estado»; en él se apoyaron las ordenanzas de julio de 1830 de Carlos X.

[^55]: Job 1, 21.
