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Title: Las nuevas autoridades. Progresos en Suiza (1848)
Description: Crónica de Engels desde Berna sobre los primeros Consejo Nacional y Consejo de los Estados de la Suiza federal, las elecciones de Ginebra y el despertar internacionalista de los obreros suizos.
Author: Friedrich Engels
Date: 1848-11-09
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1848%20Las%20nuevas%20autoridades.%20Progresos%20en%20Suiza
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*Escrito en Berna el 9 de noviembre de 1848. Publicado sin firma en la* Neue Rheinische Zeitung*, núm. 143, del 15 de noviembre de 1848; la MEW lo atribuye a Friedrich Engels. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 6 (Berlín, 1959, pp. 15-18), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1848%20Die%20neuen%20Beh%C3%B6rden.%20Fortschritte%20in%20der%20Schweiz).*

\*\**Berna*, 9 de noviembre. Desde anteayer están reunidos aquí los nuevos órganos legislativos federales,[^1] el Consejo Nacional suizo y el Consejo de los Estados. La ciudad de Berna ha hecho todo lo posible por recibirlos con el mayor brillo y del modo más seductor. Música, desfiles, salvas de cañón y repique de campanas, iluminaciones: no faltó nada. Las sesiones se abrieron ya anteayer. El Consejo Nacional, elegido por sufragio universal y en proporción a la población (Berna ha enviado veinte diputados; Zúrich, doce; los cantones más pequeños, dos o tres cada uno), está compuesto en su inmensa mayoría por liberales de tinte radical. El partido decididamente radical está muy bien representado; el conservador solo tiene seis o siete votos de más de cien. El Consejo de los Estados, formado por dos diputados por cada cantón entero y uno por cada semicantón, se parece bastante a la última Dieta[^2] en composición y carácter. Los cantoncillos primitivos[^3] han vuelto a mandar a unos cuantos auténticos partidarios del Sonderbund,[^4] y a consecuencia de la elección indirecta el elemento reaccionario, aunque en clara minoría, está ya más fuertemente representado en el Consejo de los Estados que en el Consejo Nacional. El Consejo de los Estados no es, en general, más que la Dieta, rejuvenecida por la abolición de los mandatos imperativos y de la nulidad de los medios votos, y relegada a segundo plano por la creación del Consejo Nacional. Desempeña el ingrato papel del Senado o de la Cámara de los Pares, el freno de las supuestas ansias de innovación desbocadas del Consejo Nacional, el heredero de la sabiduría madura y la reflexión cuidadosa de los padres. Esta digna y asentada autoridad comparte ya ahora la suerte de sus hermanas de Inglaterra y América y, en otro tiempo, de Francia: antes de haber dado señales de vida, la prensa la mira por encima del hombro y la olvida por el Consejo Nacional. Casi nadie habla de ella, y si alguna vez da que hablar, tanto peor para ella.

El Consejo Nacional, aunque debe representar a toda la «nación» suiza, dio ya en la primera sesión una muestra, no precisamente de espíritu cantonal, pero sí de desunión y de mezquindad genuinamente suizas. Para elegir presidente hubo que votar tres veces, aunque solo tres candidatos, y los tres además de Berna, entraban seriamente en consideración. Eran los señores Ochsenbein, Funk y Neuhaus;[^5] los dos primeros, representantes de los viejos radicales berneses; el tercero, de los viejos liberales, semiconservadores. Por fin el señor Ochsenbein fue elegido con 50 votos de 93, es decir, por una mayoría bien escasa. Que los zuriqueses y demás moderados opusieran al señor Ochsenbein el sabio y experimentado Neuhaus se comprende; pero que el señor Funk, que pertenece exactamente al mismo matiz que Ochsenbein, compitiera con él y se mantuviera en dos votaciones, eso demuestra lo poco que se han ordenado y disciplinado todavía los partidos. En todo caso, los radicales se llevaron la victoria en el primer torneo de los partidos con la elección de Ochsenbein. ¡En la elección del vicepresidente, que se hizo a continuación, solo a la quinta vez salió una mayoría absoluta! El asentado y experimentado Consejo de los Estados, en cambio, eligió casi por unanimidad, ya en la primera votación, al moderado zuriqués Furrer[^6] como presidente. Estas dos elecciones indican ya suficientemente lo distinto que es el espíritu de las dos cámaras y lo pronto que se distanciarán y entrarán en conflicto.

El próximo asunto interesante del debate será la elección de la ciudad federal. Interesante para los suizos, porque muchísimos de ellos tienen en ello intereses materiales; para el extranjero, porque precisamente este debate mostrará con la mayor claridad hasta qué punto se ha desgastado el viejo patriotismo local, la cerrazón de los cantoncillos. Berna, Zúrich y Lucerna son las que compiten con más violencia. Berna querría contentar a Zúrich con la universidad federal y a Lucerna con el tribunal federal, pero en vano. Berna es, en todo caso, la única ciudad adecuada: como punto de paso de la Suiza alemana a la francesa, como capital del mayor cantón, como centro naciente de todo el movimiento suizo. Ahora bien, para llegar a ser algo, Berna tiene que tener también la universidad y el tribunal federal. ¡Pero vaya usted a hacérselo entender a unos suizos fanatizados por su capital cantonal! Es muy posible que el Consejo Nacional, más radical, vote por la radical Berna, y el asentado Consejo de los Estados, por la asentada, docta y sabia Zúrich. Entonces sí que no habrá quien encuentre salida.

En Ginebra la situación está muy agitada desde hace tres semanas. En las elecciones al Consejo Nacional, los patricios y burgueses reaccionarios, que desde sus villas tienen a los pueblos de los alrededores de Ginebra en una dependencia casi feudal, sacaron adelante con sus campesinos a los tres candidatos. Pero la mesa anuló las elecciones porque se habían recogido más papeletas de las repartidas. Solo esa anulación calmó a los obreros revolucionarios de Saint-Gervais, que ya recorrían las calles en tropel gritando: «Aux armes!».[^7] La actitud de los obreros durante los ocho días siguientes fue tan amenazadora que los burgueses prefirieron no votar en absoluto antes que provocar una revolución con las obligadas escenas de terror, ya anunciadas. Tanto más cuanto que el gobierno amenazó con dimitir si los candidatos reaccionarios volvían a salir. Entretanto, los radicales cambiaron su lista de candidatos, pusieron en ella nombres menos ásperos, hicieron la agitación que habían descuidado y obtuvieron en la nueva elección entre 5.000 y 5.500 votos, casi mil más de los que habían tenido los reaccionarios en la anterior. Los tres candidatos reaccionarios apenas obtuvieron votos; el que más, el general Dufour,[^8] que llegó a 1.500. Ocho días después fueron las elecciones al Gran Consejo. La ciudad eligió a 44 radicales; el campo, que tiene que elegir a 46 consejeros, casi solo a reaccionarios. La *Revue de Genève* todavía discute con los periódicos burgueses si esos 46 son todos reaccionarios o si media docena votará por el gobierno radical. Pronto se verá. La confusión en Ginebra puede llegar a ser grande; pues si el gobierno, que aquí elige directamente el pueblo, tiene que dimitir, en la nueva elección podría ocurrir fácilmente lo mismo que en la segunda elección al Consejo Nacional, y a una mayoría reaccionaria en el Gran Consejo se le podría oponer un gobierno radical. Por lo demás, es seguro que los obreros ginebrinos solo esperan una ocasión para asegurar con una nueva revolución las conquistas amenazadas de 1847.

En conjunto, Suiza ha hecho progresos importantes respecto de los primeros años cuarenta. Pero en ninguna clase es tan llamativo este progreso como en los obreros. Mientras que en la burguesía, y sobre todo en las viejas familias patricias, sigue reinando con bastante generalidad el viejo espíritu de peluca, estrecho y localista, que a lo sumo ha adoptado formas más modernas, los obreros suizos se han desarrollado notablemente. Antes se mantenían separados de los alemanes, se pavoneaban con el más absurdo orgullo nacional de «suizos libres», despotricaban contra los «fremde Chaibe»[^9] y permanecían indiferentes a todo el movimiento de la época. Ahora las cosas han cambiado. Desde que el trabajo va peor, desde que Suiza se ha democratizado, pero sobre todo desde que las pequeñas asonadas han dado paso a revoluciones y batallas europeas como la batalla de junio en París y la de octubre en Viena, desde entonces los obreros suizos han tomado parte cada vez más en el movimiento político y socialista, han fraternizado con los obreros extranjeros, en particular con los alemanes, y han colgado su «fryes Schwyzerthum»[^10] en el clavo. En la Suiza francesa y en muchas comarcas de la alemana, alemanes y suizos alemanes están juntos, sin distinción alguna, en la misma asociación obrera, y asociaciones cuya mayoría es suiza han decidido adherirse a la organización, proyectada y en parte realizada, de las asociaciones democráticas alemanas. Mientras los radicales más radicales de la Suiza oficial sueñan, como mucho, con la república helvética una e indivisible, no es raro oír a obreros suizos la opinión de que toda la independencia de la pequeña Suiza se irá pronto al diablo en la tormenta europea que se prepara. ¡Y lo dicen con toda la sangre fría y la indiferencia del mundo, sin una palabra de pesar, estos proletarios traidores a la patria! La simpatía por los vieneses era grande entre todos los suizos que he visto, pero entre los obreros llegaba a verdadero fanatismo. Del Consejo Nacional, del Consejo de los Estados, de la asonada clerical de Friburgo[^11] no se oía una palabra; pero Viena, Viena estaba en boca de todos, de la mañana a la noche. Era como si los suizos tuvieran otra vez, como antes de los tiempos de Tell, a Viena por capital, como si volvieran a ser austriacos. Se difundían, discutían, ponían en duda, creían y volvían a desmentir cientos de rumores, se examinaban todos los casos posibles; y cuando por fin se confirmó definitivamente la noticia de la derrota de los heroicos obreros y estudiantes de Viena, de la superioridad y la barbarie de Windischgrätz, causó en estos obreros suizos una impresión como si en Viena se hubiera decidido su propia suerte, como si hubiera sucumbido la causa de su propio país. Este estado de ánimo, desde luego, todavía no es general, pero gana terreno cada día entre el proletariado suizo, y que exista ya en muchos lugares es, para un país como Suiza, un progreso enorme.

[^1]: En la MEW, «Bundesstaaten» («Estados federales»), seguramente errata por «Bundesbehörden», de acuerdo con el título.

[^2]: La Tagsatzung, asamblea de delegados de los cantones y único órgano común de la Confederación hasta la Constitución federal de septiembre de 1848.

[^3]: Los cantones primitivos de Uri, Schwyz y Unterwalden, núcleo católico y conservador de la Confederación.

[^4]: La liga separada de los siete cantones católicos y conservadores, vencida en la guerra civil de noviembre de 1847.

[^5]: Ulrich Ochsenbein (1811-1890), jefe de los radicales berneses y presidente de la Dieta durante la guerra del Sonderbund; Alexander Funk (1814-1871), radical bernés; Johann Karl Friedrich Neuhaus (1796-1849), liberal moderado, jefe del gobierno de Berna en los años treinta.

[^6]: Jonas Furrer (1805-1861), abogado de Winterthur, liberal moderado, poco después primer presidente de la Confederación.

[^7]: «¡A las armas!».

[^8]: Guillaume-Henri Dufour (1787-1875), general en jefe de las tropas federales en la guerra del Sonderbund.

[^9]: En dialecto suizo, insulto para los extranjeros: «malditos forasteros».

[^10]: «Libre helvetismo», en dialecto suizo.

[^11]: El intento de levantamiento contra el gobierno radical de Friburgo, en el otoño de 1848, en el que estuvo implicado el clero católico.
