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Title: La National-Zeitung de Berlín a los electores primarios (1849)
Description: Marx contra el llamamiento electoral de la National-Zeitung de Berlín, órgano de la antigua izquierda de la Asamblea Nacional prusiana: la «voluntad de todo el pueblo», los «fundamentos de 1807-1814» y la tibieza de los Barrot berlineses bajo el estado de sitio.
Author: Karl Marx
Date: 1849-01-25
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1849%20La%20National-Zeitung%20de%20Berl%C3%ADn%20a%20los%20electores%20primarios
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*Dos artículos escritos en Colonia el 25 y el 27 de enero de 1849 y publicados en la* Neue Rheinische Zeitung*, núm. 205, del 26 de enero, y núm. 207 (segunda edición), del 28 de enero de 1849; la MEW los atribuye a Karl Marx. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 6 (Berlín, 1959, pp. 199-208), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1849%20Die%20Berliner%20National-Zeitung%20an%20die%20Urw%C3%A4hler).*

## I

*Neue Rheinische Zeitung, núm. 205, 26 de enero de 1849.*

\**Colonia*, 25 de enero. Rara vez, pero de tiempo en tiempo, se tiene el placer de ver asomar, del sedimento que ha dejado el doble diluvio de la revolución y la contrarrevolución, un poste indicador de los buenos viejos tiempos de antes de marzo. Se han desplazado montañas, se han rellenado valles, se han talado bosques, pero el poste indicador sigue en el mismo sitio, pintado con los mismos colores, y sigue llevando la misma inscripción: «¡A Schilda!».[^1]

Un poste indicador así nos tiende su brazo de madera desde el núm. 21 de la *National-Zeitung* de Berlín,[^2] con la inscripción: «*A los electores primarios*.[^3] ¡A Schilda!».

El bienintencionado consejo de la *National-Zeitung* a los electores primarios empieza por explicarles:

> «Ha llegado la hora en que por segunda vez el pueblo prusiano se dispone a ejercer el sufragio universal, conquistado con tanto esfuerzo» (¡como si el llamado sufragio universal otorgado, con su interpretación distinta en cada aldea, fuera todavía el mismo sufragio que el del 8 de abril!),[^4] «del que han de salir los hombres que tienen que expresar por segunda vez cuál es el sentido (!), la opinión (!!) y la voluntad (!!!) no de estamentos y clases particulares, sino de todo el pueblo.»

Callemos sobre el estilo panzudo y torpe de esta frase, que avanza jadeando lentamente de una palabra a otra. El sufragio universal, se dice, ha de revelarnos cuál es la voluntad no de estamentos y clases particulares, sino de todo el pueblo.

¡Muy bien! ¿Y de qué se compone «todo el pueblo»?

De «estamentos y clases particulares».

¿Y de qué se compone «la voluntad de todo el pueblo»?

De las «voluntades» particulares y contradictorias de los «estamentos y clases particulares», es decir, precisamente de la voluntad que la *National-Zeitung* presenta como lo directamente opuesto a la «voluntad de todo el pueblo».

¡Gran lógico el de la *National-Zeitung*!

Pero para la *National-Zeitung* existe *una* voluntad de todo el pueblo que no es una suma de voluntades contradictorias, sino una voluntad unida y determinada. ¿Cómo es eso?

Es… la voluntad de la mayoría.

¿Y qué es la voluntad de la mayoría?

Es la voluntad que nace de los intereses, de la posición en la vida, de las condiciones de existencia de la mayoría.

Para tener, pues, una y la misma voluntad, los miembros de la mayoría tienen que tener los mismos intereses, la misma posición en la vida, las mismas condiciones de existencia, o estar encadenados, por el momento, en sus intereses, su posición en la vida y sus condiciones de existencia.

Dicho en cristiano:[^5] la voluntad del pueblo, la voluntad de la mayoría, es la voluntad no de estamentos y clases particulares, sino de *una única clase* y de aquellas otras clases y fracciones de clase que están sometidas socialmente, es decir, industrial y comercialmente, a esta única clase dominante.

«¿Pero qué vamos a decir a esto?» ¿La voluntad de todo el pueblo es la voluntad de una clase dominante?

Desde luego, y precisamente el sufragio universal es la aguja imantada que, aunque sea después de diversas oscilaciones, acaba señalando la clase llamada a dominar.

¡Y esta buena *National-Zeitung* sigue desbarrando, como se hacía en el año 1847, sobre una imaginaria «voluntad de todo el pueblo»!

Sigamos. Tras este edificante exordio, nos asombra con la elocuente observación:

> «En enero de 1849 el estado de cosas es distinto del de los días de mayo del año 1848, tan ricos en esperanza y elevación (¿por qué no también en devoción?).»

> Entonces todo estaba adornado de flores,  
> y los rayos del sol reían,  
> y los pajarillos cantaban esperanzados,  
> y la gente esperaba y pensaba…  
> Pensaba:[^6]

> «Entonces todos parecían de acuerdo en que las grandes reformas que en Prusia se habrían debido emprender hace mucho, si se hubiera seguido construyendo sobre los fundamentos puestos en los años 1807-14, en el espíritu de entonces y de acuerdo con la cultura y el entendimiento acrecentados desde entonces, tenían que llevarse ahora a cabo completamente y sin demora.»

¡«Entonces todos parecían de acuerdo»! ¡Grande y divina ingenuidad de la *National-Zeitung*! Entonces, cuando la Guardia se retiraba de Berlín rechinando de rabia, cuando el príncipe de Prusia tuvo que salir huyendo a toda prisa con una chaqueta de postillón,[^7] cuando la alta nobleza y la alta burguesía se tragaban su cólera por la afrenta hecha al rey en el patio del palacio, cuando el pueblo lo obligó a quitarse la gorra ante los cadáveres de marzo: ¡«entonces todos parecían de acuerdo»!

Bien sabe el cielo que ya es fuerte haberse imaginado una cosa así; pero ahora, cuando uno tiene que reconocerse engañado, pregonar a los cuatro vientos su credulidad engañada… ¡de verdad, *c'est par trop bonhomme*![^8]

¿Y en qué «parecían todos de acuerdo»?

En «que las grandes reformas que… se *habrían debido* emprender si… se *hubiera* seguido construyendo, *tenían que* llevarse ahora… a cabo».

En eso estaban, no, en eso *parecían* estar todos de acuerdo.

¡Gran conquista de marzo, expresada en un lenguaje digno de ella!

¿Y qué «reformas» eran esas?

El desarrollo de los «fundamentos de 1807-1814, en el espíritu de entonces y de acuerdo con la cultura y el entendimiento acrecentados desde entonces».

Es decir, en el espíritu de 1807-14 y, al mismo tiempo, en un espíritu completamente distinto.

El «*espíritu* de entonces» consistía sencillamente en la presión sumamente *material* de los franceses de entonces sobre la monarquía de los hidalgos prusianos de entonces, así como en el déficit financiero, igualmente poco favorable, del reino de Prusia de entonces. Para hacer al burgués y al campesino capaces de pagar impuestos, para introducir, al menos en apariencia, entre los súbditos real-prusianos algunas de las reformas con que los franceses colmaban las partes conquistadas de Alemania; en una palabra, para remendar un poco la podrida monarquía de los Hohenzollern, que crujía por todas sus junturas, *para eso* se hicieron algunas mezquinas llamadas ordenanzas municipales, ordenanzas de redención,[^9] instituciones militares, etc. Todas estas reformas no se distinguían en nada, salvo en que se quedaban cien años enteros por detrás de la Revolución francesa de 1789, e incluso por detrás de la inglesa de 1640. ¿Y esos han de ser los fundamentos de la Prusia revolucionada?

Pero la presunción de la vieja Prusia ve siempre a Prusia en el centro de la historia universal, mientras que, en realidad, el Estado de la inteligencia[^10] siempre ha sido arrastrado por ella por el fango. Esta presunción de la vieja Prusia tiene que ignorar, naturalmente, que Prusia, mientras no recibía patadas de los franceses, se quedaba tranquilamente sentada sobre los fundamentos sin desarrollar de 1807 a 1814 sin mover un miembro. Tiene que ignorar que esos fundamentos estaban olvidados hacía mucho cuando la gloriosa monarquía real-prusiana, burocrática y de los hidalgos, recibió el pasado febrero de los franceses un nuevo empujón tan violento que se cayó gloriosísimamente de sus «fundamentos de 1807-1814». Tiene que ignorar que para la monarquía real-prusiana no se trataba en absoluto de esos fundamentos, sino únicamente de apartar las nuevas consecuencias del empujón recibido de Francia. Pero todo eso lo ignora la presunción prusiana, ¡y cuando recibe de repente el empujón, grita como un niño por su nodriza pidiendo los podridos fundamentos de 1807-1814!

¡Como si la Prusia de 1848 no fuera, por su territorio, su industria, su comercio, sus medios de comunicación, su cultura y sus relaciones de clase, un país completamente distinto de la Prusia de los «fundamentos de 1807-1814»!

¡Como si desde entonces no hubieran intervenido en su historia dos clases completamente nuevas, el proletariado industrial y la clase campesina libre; como si la burguesía prusiana de 1848 no fuera completamente distinta de la pequeña burguesía tímida, humilde y agradecida de la época de los «fundamentos»!

Pero todo eso no sirve de nada. Un buen prusiano no puede conocer nada más que sus «fundamentos de 1807-1814». Esos son los fundamentos, sobre ellos se sigue construyendo, y se acabó.

El comienzo de una de las transformaciones históricas más colosales queda reducido, reseco, al final de una de las más minúsculas estafas de reformas aparentes: ¡así se entiende la revolución en la vieja Prusia!

¡Y en esta exaltación, satisfecha de sí misma y estrecha, por la historia patria, «todos parecían de acuerdo»! Claro está que, gracias a Dios, solo en Berlín.

Sigamos.

> «Los estamentos y clases que tenían que renunciar a privilegios y prerrogativas…, a los que correspondía estar en el futuro únicamente en pie de igualdad de derechos con todos sus conciudadanos…, parecían dispuestos a ello, llenos de la convicción de que la antigua situación se había vuelto insostenible, de que estaba en su propio interés bien entendido…»

¡Ved al burgués manso y humilde de corazón escamotear una vez más la revolución! La nobleza, los curas, los burócratas, los oficiales «parecían dispuestos» a renunciar a sus privilegios, no porque el pueblo en armas los obligara a ello, porque la desmoralización y la desorganización que, en el primer susto ante la revolución europea, se habían extendido irresistiblemente en sus propias filas los dejaban sin capacidad de resistencia, ¡no! Las «transacciones» pacíficas, benévolas y ventajosas para ambas partes, por hablar con el señor Camphausen,[^11] del 24 de febrero y del 18 de marzo,[^12] ¡los habían «llenado de la convicción» de que eso «estaba en su propio interés bien entendido»!

¡La revolución de marzo, y no digamos el 24 de febrero, en interés bien entendido de los señores hidalgüelos, consejeros consistoriales, consejeros de gobierno y tenientes de la Guardia: eso sí que es una ocurrencia piramidal!

¡Pero, por desgracia!

> «Hoy ya no es así. Los usufructuarios y partidarios de la antigua situación, lejos de ayudar ellos mismos, *como es su deber* (!), a que se retiren los viejos escombros y se construya la nueva casa, solo quieren apuntalar las viejas ruinas, bajo las cuales el suelo ha vacilado de un modo tan inquietante, y adornarlas con algunas formas que aparentemente se adaptan a los nuevos tiempos.»

«Hoy ya no es así» como en mayo *parecía* ser, es decir, ya no es como en mayo no era, o es exactamente como era en mayo.

Ese alemán se escribe en la *National-Zeitung* de Berlín, y encima están orgullosos de él.

En una palabra: mayo de 1848 y enero de 1849 se distinguen por la *apariencia*. Antes los contrarrevolucionarios *parecían* comprender su deber; hoy no lo comprenden, real y abiertamente, y de eso se lamenta el burgués tranquilo. ¡Si es *deber* de los contrarrevolucionarios renunciar a sus intereses en su propio interés bien entendido! ¡Es su *deber* abrirse ellos mismos las venas, y sin embargo no lo hacen!, así se lamenta el hombre del interés bien entendido.

¿Y por qué vuestros enemigos no hacen ahora lo que, según decís, es su deber?

¡Porque vosotros mismos no cumplisteis en primavera *vuestro* «deber»; porque entonces, cuando erais fuertes, os portasteis como unos gallinas y temblasteis ante la revolución que había de haceros grandes y poderosos; porque vosotros mismos dejasteis los viejos escombros donde estaban y os contemplasteis complacidos en la aureola de un éxito a medias! Y ahora que la contrarrevolución se ha hecho fuerte de la noche a la mañana y os pone el pie en la nuca, ahora que bajo vuestros pies el suelo vacila de un modo inquietante, ahora pedís que la contrarrevolución se convierta en vuestra sirvienta, que retire los escombros que vosotros fuisteis demasiado débiles y demasiado cobardes para retirar, que ella, la poderosa, se sacrifique por vosotros, los débiles.

¡Necios pueriles! Pero esperad un poco, y el pueblo se levantará y de un empujón poderoso os tirará por tierra junto con la contrarrevolución a la que ahora ladráis tan impotentes.

## II

*Neue Rheinische Zeitung, núm. 207, segunda edición, 28 de enero de 1849.*

\**Colonia*, 27 de enero. En nuestro primer artículo no tuvimos en cuenta una circunstancia que ciertamente podría servir en apariencia de excusa a la *Nat.-Ztg.*: la *Nat.-Ztg.* no escribe libremente, está bajo el *estado de sitio*.[^13] Y bajo el estado de sitio tiene que cantar, ciertamente:

> No me mandes hablar, mándame callar,  
> que mi secreto es para mí un deber;  
> quisiera mostrarte todo mi interior,  
> ¡¡¡pero el destino no lo quiere!!![^14]

Pero los periódicos no se publican, ni siquiera bajo el estado de sitio, para decir lo contrario de lo que piensan, y por tanto a la primera mitad del artículo en cuestión, la que hemos examinado hasta ahora, no se le aplica el estado de sitio.

El estado de sitio no tiene la culpa del estilo hinchado y confuso de la *N.-Z.*

El estado de sitio no tiene la culpa de que la *N.-Z.* se hiciera después de marzo toda clase de ilusiones de buena persona.

El estado de sitio no obliga en absoluto a la *N.-Z.* a convertir la revolución de 1848 en la que sostiene la cola de las reformas de 1807 a 1814.

El estado de sitio, en una palabra, no obliga en absoluto a la *N.-Z.* a tener ideas tan absurdas sobre el curso de la revolución y la contrarrevolución de 1848 como las que le demostramos hace dos días. No el pasado, solo el presente cae bajo el estado de sitio.

Por eso, en la crítica de la *primera* mitad del artículo en cuestión, no tuvimos en cuenta el estado de sitio, y precisamente por eso lo tendremos en cuenta hoy.

La *N.-Z.*, terminada su introducción histórica, se dirige a los electores primarios de este modo:

> «Se trata de asegurar el progreso emprendido, de mantener las conquistas.»

¿Qué «progreso»? ¿Qué «conquistas»? ¿El «progreso» de que «hoy ya no es así» como «parecía» en mayo? ¿La «conquista» de que «los usufructuarios de la antigua situación están lejos de ayudar ellos mismos, como es su deber, a que se retiren los viejos escombros»? ¿O las «conquistas» otorgadas, que «apuntalan las viejas ruinas y las adornan con algunas formas que aparentemente se adaptan a los nuevos tiempos»?

El estado de sitio, señores de la *National-Zeitung*, no es excusa para la irreflexión y la confusión.

El «progreso» que mejor «emprendido» está por ahora es el retroceso al viejo sistema, y por esta senda del progreso avanzamos cada día.

La única «conquista» que nos ha quedado, y que no es específicamente prusiana, no es una conquista de «marzo», sino el resultado de la revolución europea de 1848, es la contrarrevolución más general, más decidida, más sangrienta, más violenta, que, sin embargo, no es más que una fase de la revolución europea y, por tanto, solo la engendradora de un nuevo contragolpe revolucionario, general y victorioso.

¿Pero quizá la *National-Zeitung* sabe esto tan bien como nosotros y solo no puede decirlo a causa del estado de sitio? Escuchad:

> «No queremos una *continuación de la revolución*; somos enemigos de toda *anarquía*, de toda *violencia* y *arbitrariedad*; *queremos ley, tranquilidad* y *orden*.»

El estado de sitio, señores, los obliga a lo sumo a callar, nunca a *hablar*. Por eso levantamos acta de esta última frase citada: si habla *usted* por ella, tanto mejor; si habla por ella el estado de sitio, no necesita usted prestarse a ser su órgano. O es usted revolucionario, o no lo es. Si no lo es, somos adversarios de antemano; si lo es, tenía usted que *callar*.

Pero habla usted con tal convicción, tiene usted antecedentes tan honorables, que podemos suponer tranquilamente que el estado de sitio es completamente ajeno a esta declaración.

«No queremos una continuación de la revolución.» Es decir: queremos la continuación de la contrarrevolución. Porque de la contrarrevolución violenta, y esto es un hecho histórico, o no se sale nunca, o solo se sale por la revolución.

«No queremos una continuación de la revolución», es decir: reconocemos la revolución como concluida, como llegada a su meta. Y la meta a la que había llegado la revolución el 21 de enero de 1849, cuando se redactó el artículo en cuestión, esa meta era precisamente… la contrarrevolución.

«Somos enemigos de toda anarquía, de toda violencia y arbitrariedad.»

¡Así pues, enemigos también de la «anarquía» que se produce después de toda revolución hasta que se consolidan las nuevas relaciones; enemigos de las «violencias» del 24 de febrero y del 18 de marzo; enemigos de la «arbitrariedad» que destroza sin miramientos una situación podrida y sus carcomidos pilares legales!

¡«Queremos ley, tranquilidad y orden»!

En verdad, el momento está bien elegido para arrodillarse ante «la ley, la tranquilidad y el orden», para protestar contra la revolución y unirse al trivial clamor contra la anarquía, la violencia y la arbitrariedad. Bien elegido, justo en el momento en que la revolución, bajo la protección de las bayonetas y los cañones, ha sido convertida oficialmente en *delito común*; en que la «anarquía, la violencia y la arbitrariedad» se ponen abiertamente en práctica mediante ordenanzas reales refrendadas; en que la «ley» que la camarilla nos otorga se aplica siempre *contra* nosotros, nunca *a favor* nuestro; en que «la tranquilidad y el orden» consisten en dejar «tranquila» a la contrarrevolución para que pueda restablecer *su* «orden» de cosas de la vieja Prusia.

No, señores, por ustedes no habla ningún estado de sitio; por ustedes habla el más auténtico *Odilon Barrot*,[^15] traducido al berlinés, con toda su estrechez, toda su impotencia y todos sus deseos piadosos.

Ningún revolucionario tiene tan poco tacto, es tan infantil, tan cobarde, que reniegue de la revolución justamente cuando la contrarrevolución celebra sus triunfos más brillantes. Si no puede hablar, actúa, y si no puede actuar, prefiere callar del todo.

¿Pero no seguirán quizá los señores de la *National-Zeitung* una política astuta? ¿No se presentarán quizá tan mansos para ganar todavía para la oposición, en vísperas de las elecciones, a una parte de los llamados moderados?

Lo hemos dicho desde el primer día en que se nos echó encima la contrarrevolución: a partir de ahora solo hay dos partidos, los «revolucionarios» y los «contrarrevolucionarios»; solo dos consignas, «la república democrática» o «la monarquía absoluta». Todo lo que queda en medio ya no es un partido, es una mera fracción. La contrarrevolución ha hecho todo lo posible para dar la razón a nuestra afirmación. Las elecciones son su confirmación más brillante.

Y en un momento así, en que los partidos se enfrentan con tanta aspereza, en que la lucha se libra con el mayor encarnizamiento, en que solo la aplastante superioridad de la soldadesca organizada impide que la lucha se dirima con las armas en la mano, en un momento así se acaba toda política de mediación. Hay que ser el propio Odilon Barrot para poder hacer entonces de Odilon Barrot.

Pero nuestros Barrot berlineses tienen sus reservas, sus condiciones, sus interpretaciones. Son *Heuler*,[^16] pero de ningún modo *Heuler* sin más: son *Heuler* con un «es decir», *Heuler* de la oposición en voz baja:

> «*Pero* queremos leyes *nuevas*, como las exigen el espíritu libre del pueblo, que ha despertado, y el principio de la igualdad de derechos; queremos un *orden verdaderamente democrático-constitucional*» (es decir, un verdadero absurdo); «queremos una tranquilidad que se apoye en *algo más* que en bayonetas y estados de sitio; que sea un apaciguamiento de los ánimos fundado política y moralmente (!), suscitado por la convicción, garantizada por hechos e instituciones, de que cada clase del pueblo tiene su derecho», etc., etc.

Podemos ahorrarnos el trabajo de copiar hasta el final esta frase de estado de sitio. Basta: estos señores no «quieren» la revolución, sino solo una pequeña antología de los *resultados* de la revolución; un poco de democracia, pero también un poco de constitucionalismo, algunas leyes nuevas, la supresión de las instituciones feudales, la igualdad civil, etc., etc.

Con otras palabras, los señores de la *National-Zeitung* y los de la antigua izquierda berlinesa, de la que es órgano, quieren obtener de la contrarrevolución exactamente lo mismo por lo que la contrarrevolución los echó a la calle.

¡No han aprendido nada ni han olvidado nada![^17]

Estos señores «quieren» un montón de cosas que nunca obtendrán, salvo por una nueva revolución. Y una nueva revolución no la quieren.

Pero una nueva revolución les traería también cosas muy distintas de las que contienen las modestas reivindicaciones burguesas expuestas más arriba. Y por eso tienen toda la razón estos señores en no querer ninguna revolución.

Lo mejor, sin embargo, es que el desarrollo histórico se preocupa poco de lo que los Barrot «quieren» o «no quieren». El Barrot original de París también «quería» el 24 de febrero solo reformas muy modestas y, sobre todo, conseguir una cartera para sí; y apenas había atrapado ambas cosas, las olas se cerraron sobre él, y desapareció con todo su séquito virtuoso y pequeñoburgués en el diluvio revolucionario. También ahora, cuando por fin ha vuelto a atrapar un ministerio, «quiere» otra vez muchas cosas, pero no sucede nada de lo que quiere. Ese ha sido desde siempre el destino de los Barrot. Y lo mismo les pasará a los Barrot berlineses.

Seguirán, con o sin estado de sitio, aburriendo al público con sus deseos piadosos; a lo sumo conseguirán sobre el papel unos pocos de esos deseos, y al final serán jubilados por la Corona o por el pueblo. Pero jubilados lo serán en todo caso.

[^1]: Ciudad de los *Schildbürger*, los tontos de los cuentos populares alemanes, proverbial por sus disparates.

[^2]: Diario liberal de Berlín, órgano de la antigua izquierda moderada de la Asamblea Nacional prusiana.

[^3]: Las elecciones a la segunda Cámara prusiana eran indirectas: el 22 de enero de 1849 los electores primarios (*Urwähler*) elegían a los compromisarios, que a su vez elegían a los diputados.

[^4]: La ley electoral del 8 de abril de 1848 para la Asamblea Nacional prusiana; la Constitución otorgada del 5 de diciembre de 1848 mantenía el sufragio universal masculino indirecto, pero lo restringía con la exigencia de independencia económica, interpretada de modo distinto en cada lugar.

[^5]: Literalmente, «en alemán».

[^6]: Versos de *Alemania. Un cuento de invierno*, de Heine, capítulo VIII.

[^7]: El príncipe Guillermo de Prusia, hermano del rey y jefe del partido militar, huyó a Inglaterra disfrazado tras los combates de barricadas del 18 de marzo de 1848. El 19 de marzo el pueblo obligó al rey a descubrirse en el patio del palacio ante los cadáveres de los caídos.

[^8]: «¡Es demasiado bonachón!»

[^9]: Las reformas de Stein y Hardenberg tras la derrota de Prusia ante Napoleón en 1806: la ordenanza municipal de 1808, las leyes de redención de las cargas campesinas, la reforma militar de Scharnhorst.

[^10]: Prusia se presentaba a sí misma como «el Estado de la inteligencia».

[^11]: Ludolf Camphausen, presidente del gobierno prusiano de marzo a junio de 1848, que presentaba el nuevo régimen como un pacto entre la Corona y el pueblo.

[^12]: La revolución de febrero en París y los combates de barricadas de Berlín.

[^13]: Berlín estaba en estado de sitio desde el 12 de noviembre de 1848.

[^14]: Canción de Mignon, en *Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister*, de Goethe.

[^15]: Odilon Barrot, jefe de la oposición dinástica bajo Luis Felipe; nombrado ministro el 24 de febrero de 1848, la proclamación de la república lo barrió en el mismo día. Desde el 20 de diciembre de 1848 presidía el primer gobierno de Luis Napoleón.

[^16]: «Los que aúllan», «plañideros»: apodo de los liberales moderados y conservadores en 1848, frente a los *Wühler*, los demócratas «que escarban».

[^17]: Frase atribuida a Talleyrand sobre los Borbones restaurados.
