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Title: La situación comercial (1849)
Description: La crisis comercial inglesa de 1845-1847 y las cifras de la exportación británica desmienten que las revoluciones de 1848 arruinaran el comercio y que la contrarrevolución lo haga renacer: la crisis precedió a la revolución, y la recuperación se debe al ciclo de los negocios.
Author: Karl Marx, Friedrich Engels
Date: 1849-03-07
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1849%20La%20situaci%C3%B3n%20comercial
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*Publicado sin firma en la* Neue Rheinische Zeitung*, núm. 239, del 7 de marzo de 1849; la MEW lo recoge entre los escritos de Marx y Engels sin precisar el autor. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 6 (Berlín, 1959, pp. 326-331), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1849%20Die%20Handelslage).*

*Colonia*, 6 de marzo. *Un inglés nunca es más desdichado que cuando no sabe qué hacer con* su *dinero*. Este es el secreto de todas las especulaciones grandiosas, de todas las empresas lucrativas; pero también el secreto de todas las quiebras, de todas las crisis monetarias y de toda la miseria comercial.

En los años 1840, 1841, etc., fueron los nuevos mercados asiáticos los que, además del tráfico habitual con el continente europeo, ocuparon sobre todo al comercio de exportación inglés. Los fabricantes y los exportadores tenían todos los motivos para recibir con sonoros hurras a sir Henry Pottinger[^1] en la Bolsa de Manchester. Pero los buenos tiempos pasaron pronto. Cantón, Bombay y Calcuta quedaron pronto atestados de mercancías invendibles, y el capital, que ya no encontraba salida por ese lado, buscó para variar ocupación otra vez en el interior, lanzándose a la construcción de ferrocarriles y abriendo así a la especulación un campo en el que pronto pudo retozar hasta lo inaudito.

Según un cálculo moderado, la suma total de las empresas puede estimarse en 600 millones, y tal vez se habría ido todavía más lejos si la mala cosecha de patatas en Inglaterra, en Irlanda y en muchas comarcas del continente, el alto precio del algodón y la menor venta de manufacturas causada por ambas cosas, y finalmente la propia especulación ferroviaria desmedida, no hubieran llevado al Banco de Inglaterra a elevar el descuento en medio punto el 16 de octubre de 1845.

Dado el temor supersticioso que el británico tiene a la omnipotencia de su Banco, esta insignificante subida del descuento, o con otras palabras, esta desconfianza de los directores del Banco, provocó enseguida una reacción contra la actividad anterior, de modo que se produjo un desánimo general, y una restricción del crédito y numerosas quiebras siguieron de cerca a la prosperidad aparente. Una de esas grandes crisis comerciales como las de 1825 y 1836 se habría desarrollado por ello inmediatamente si la abolición de las leyes cerealistas,[^2] que se produjo poco después, no hubiera echado de pronto una mano a la confianza que se hundía y no hubiera vuelto a espolear el espíritu de empresa.

El mundo comercial, en efecto, se prometía demasiado de las consecuencias inmediatas de la gran medida como para que no le resultara fácil olvidar por ella la miseria que apenas acababa de irrumpir. El arreglo de la disputa de Oregón,[^3] que prometía la continuación de los negocios con América, hasta entonces sumamente florecientes, y las victorias británicas en el Punjab,[^4] que aseguraban la tranquilidad del Indostán, contribuyeron naturalmente a levantar de nuevo el ánimo, y aunque a la mala cosecha de 1845 se vio seguir otra parecida en 1846, aunque en todas partes se arrastraban todavía las existencias de tiempos pasados y el dinero para los negocios había que pagarlo al 12 o al 15 por ciento, no por ello se dejó de poner todas las hilaturas de Lancashire y Yorkshire en un movimiento tan imparable como si las malas cosechas, las especulaciones ferroviarias y los mercados atestados fueran de pronto meras pequeñeces por encima de las cuales se pudiera pasar en un abrir y cerrar de ojos.

Pero toda aquella gloria no iba a durar ya mucho, pues mientras en septiembre de 1847 el doctor Bowring[^5] exponía todavía en el Congreso librecambista de Bruselas, con un *pathos* de lo más cómico, las maravillosas consecuencias de la abolición de las leyes cerealistas, en Londres ya se advertía que tampoco «la omnipotente medida de sir Robert Peel»[^6] era capaz de salvar al país de la catástrofe largamente temida. Hubo que agachar la cabeza, y las casas de Londres que, como Read, Irving y Cía., tenían casi un millón de libras esterlinas en propiedades territoriales en Mauricio, abrieron, dado el estado de ruina de aquella parte de las colonias inglesas, el baile de las quiebras y cayeron arrastrando consigo a derecha e izquierda a varias casas menores de las Indias Orientales y Occidentales.

Los matadores[^7] de los distritos fabriles comprendieron al mismo tiempo que se habían equivocado en cuanto a las consecuencias de la abolición de las leyes cerealistas. Los negocios se paralizaron con todas las partes del mundo, y el pánico se extendió en el mismo momento por la City de Londres y por las Bolsas de Liverpool, Manchester, Leeds, etc.

La crisis de octubre de 1845, frenada por toda clase de acontecimientos, estalló así por fin en septiembre de 1847. Se acabó la confianza. Se acabó el ánimo. El Banco de Inglaterra dejó caer a los bancos del interior del país; los bancos del interior retiraron el crédito a comerciantes y fabricantes. Los banqueros y los exportadores restringieron sus negocios con el continente, y el comerciante del continente apretó a su vez al fabricante que le pagaba tributo; el fabricante se resarció naturalmente con el mayorista, y el mayorista recayó sobre el tendero. Uno golpeaba al otro, y la penuria de la crisis comercial sacudió poco a poco el mundo, desde los gigantes de la City de Londres hasta el último tendero alemán.

¡Esto fue *antes* del 24 de febrero de 1848! Inglaterra había vivido los peores días en los cuatro últimos meses de 1847. Con los especuladores ferroviarios se había hecho *tabula rasa*; en el comercio de productos coloniales quebraron del 10 de agosto al 15 de octubre 20 de las primeras casas de Londres, con un pasivo de 5 millones y un dividendo de alrededor del 50 por ciento, y en los distritos fabriles la penuria llegó a su punto culminante cuando en Manchester, el 5 de noviembre, de 175 hilaturas solo 78 trabajaban la jornada completa y 11.000 obreros estaban en la calle.

Así terminó el año 1847. Al continente le estaba reservado sentir en el curso del año 1848 las secuelas de esta crisis inglesa, secuelas que esta vez fueron naturalmente tanto más dolorosas cuanto que las conmociones políticas no contribuyeron precisamente a reparar las consecuencias de la extravagancia inglesa.

Llegamos ahora al punto más interesante de la historia comercial reciente, a saber, a la influencia que tuvieron las revoluciones sobre el comercio.

Las listas de exportación del comercio inglés nos ofrecen para ello las mejores ilustraciones, pues el contenido de esas listas, dada la posición dominante que ocupa Inglaterra en el comercio mundial, no es otra cosa que la situación político-comercial expresada en cifras, o mejor dicho: la solvencia de las distintas naciones expresada en cifras.

Así pues, cuando vemos que la exportación cae en abril de 1848 en 1.467.117 libras esterlinas y en mayo en 1.122.009 libras esterlinas, y que la suma total de la exportación es de 51.005.798 libras esterlinas en 1847 y solo de 46.407.939 libras esterlinas en el año 1848, se podría desde luego sacar de ahí conclusiones muy perjudiciales para las revoluciones, y se podría llegar tanto más fácilmente a esa idea cuanto que la exportación de enero y febrero de 1848, es decir, inmediatamente antes del estallido de la revolución, fue realmente 294.763 libras esterlinas más favorable que en 1847.

No obstante, esta opinión sería del todo errónea; pues, en primer lugar, el aumento de la exportación de enero y febrero, precisamente los dos meses que median entre el punto culminante de la crisis y la revolución, se explica fácilmente porque los norteamericanos, como contrapartida de sus enormes envíos de grano a Inglaterra, compraron entonces más manufacturas británicas que nunca, cubriendo así, al menos momentáneamente, la merma que de otro modo se habría producido. Pero, además, encontramos en la historia comercial inglesa las pruebas más contundentes de que la exportación no disminuye inmediatamente después de la crisis, sino solo cuando la crisis ha tenido tiempo de extenderse también al continente.

El aumento de la exportación de los dos primeros meses del año 1848 no debe, pues, confundirnos en absoluto, y podemos volvernos tranquilamente hacia la merma total del año entero.

Esta ascendió, como ya hemos observado, en comparación con 1847, a 4.597.859 libras esterlinas: una disminución sin duda importante, que en manos de los reaccionarios, que en política se comportan como perros ladradores y en el comercio como viejas comadres, se ha convertido en un argumento contra la revolución del que se hace un uso demasiado eficaz ante todos los no iniciados.

Nada es más fácil, sin embargo, que echar por tierra los engañosos cálculos de ese partido, pues basta consultar las listas de exportación de los últimos 30 años para demostrar que la disminución de la exportación de 1848, nacida de las influencias combinadas de una crisis comercial y de una revolución, no guarda ninguna proporción con las caídas de la exportación de años anteriores.

Después de la crisis comercial de 1825, cuando la suma de la exportación fue de 38.870.851 libras esterlinas, la exportación cayó en el año 1826 a 31.536.724 libras esterlinas. Disminuyó, pues, en 7.334.127 libras esterlinas. Después de la crisis de 1836, cuando se exportó por valor de 53.368.572 libras esterlinas, la exportación bajó en el año 1837 a 42.070.744 libras esterlinas. Fue, pues, 11.297.828 libras esterlinas menor. ¡Nada puede ser más contundente!

Así pues, después de dos crisis comerciales que, es cierto, nacieron más exclusivamente de la sobreproducción de manufacturas, pero que por su extensión no pueden compararse en absoluto con la última, la exportación disminuyó el doble de la caída de 1848, un año precedido por un atascamiento de los mercados asiáticos, por dos malas cosechas y por una especulación como el mundo no había visto nunca, ¡y que con sus revoluciones sacudió la vieja Europa hasta el último rincón!

¡En verdad, el año 1848 ha sido todavía muy clemente para el comercio! Las revoluciones contribuyeron a que de vez en cuando se paralizara el tráfico, a que la venta fuera difícil y peligrosa y a que más de uno se hundiera bajo el peso de sus obligaciones; pero en el curso del año pasado, bajo Luis Felipe, se habrían encontrado las mismas dificultades para descontar en París unos miserables 20.000 o 30.000 francos que bajo la República; en el sur de Alemania, en el Rin, en Hamburgo y en Berlín habríamos tenido nuestras quiebras igual sin revoluciones que con ellas; y el negocio italiano habría estado igual de deprimido bajo Pío que bajo los héroes de Milán, Roma y Palermo.

Es ridículo, por tanto, atribuir el nuevo florecimiento del comercio a la victoria momentánea de la contrarrevolución. Los franceses no pagan la lana en las subastas de lana de Londres un 25 por ciento más cara porque vuelvan a estar al timón algunos ministros de Luis Felipe; no, tienen que pagar más porque necesitan la lana, y la necesitan más, su demanda crece, precisamente porque en los últimos años bajo Luis Felipe había caído mucho. Este movimiento de la demanda se muestra en toda la historia del comercio.

Y los ingleses no vuelven a trabajar todo el día en todas las minas, en todas las forjas, en todas las hilaturas, en todos sus puertos porque un príncipe Windischgrätz haga fusilar a los vieneses por ley marcial; no, trabajan porque los mercados de Cantón, de Nueva York y de San Petersburgo quieren estar provistos de manufacturas, porque California abre un mercado nuevo, que a la especulación le parece inagotable, porque a las malas cosechas de 1845 y 1846 siguieron dos buenas cosechas en 1847 y 1848, porque colgaron las especulaciones ferroviarias, porque el dinero volvió a sus cauces regulares; y trabajarán hasta una nueva… crisis comercial.

Ante todo no debemos olvidar que no fueron en absoluto los países monárquicos los que dieron a la industria inglesa la ocupación principal en los últimos años. El país que acudió casi sin interrupción con los pedidos más colosales de artículos ingleses, y que también en este momento sabe vaciar con sus encargos los mercados de Manchester, de Leeds, de Halifax, de Nottingham, de Rochdale y de todos esos grandes emporios de la industria moderna y animar los mares con sus barcos, es un país republicano: son los Estados Unidos de Norteamérica. Y estos Estados florecen más que nunca precisamente ahora, cuando todos los Estados monárquicos del mundo se vienen abajo.

Pero si algunas ramas de la industria *alemana* se han levantado un poco en los últimos tiempos, solo se lo deben al periodo de *prosperity*[^8] *inglés*. Por toda la historia del comercio podrían saber los alemanes que no tienen una historia comercial propia, que tienen que pagar los platos rotos de las crisis inglesas, mientras que en los periodos ingleses de sobreproducción les caen unas cuantas virutas de porcentaje. A sus gobiernos cristiano-germánicos, en cambio, no les deben nada más que una bancarrota acelerada.

[^1]: Sir Henry Pottinger (1789-1856), diplomático británico que negoció en 1842 el Tratado de Nankín, por el que China abrió nuevos puertos al comercio inglés tras la Guerra del Opio.
[^2]: Las leyes cerealistas (*Corn Laws*), que gravaban la importación de grano en Inglaterra, se abolieron en junio de 1846.
[^3]: La disputa entre Gran Bretaña y los Estados Unidos por el territorio de Oregón, zanjada por el tratado de junio de 1846.
[^4]: La primera guerra anglo-sij (1845-1846).
[^5]: John Bowring (1792-1872), político y economista librecambista inglés. En el Congreso de economistas de Bruselas de septiembre de 1847, sobre el librecambio, Marx preparó un discurso que no llegó a pronunciar.
[^6]: Robert Peel (1788-1850), primer ministro conservador británico, que hizo aprobar la abolición de las leyes cerealistas.
[^7]: En el juego de naipes del hombre, los matadores son los triunfos principales; aquí, los magnates.
[^8]: «Prosperidad» (inglés).
