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Title: La situación (1849)
Description: Correspondencia de París del 29 de enero de 1849 en la Neue Rheinische Zeitung: en la víspera del choque entre la Asamblea y el gobierno de Barrot, la lucha ya no es por el presidente o la Asamblea, sino entre la monarquía blanca y la república roja.
Author: Karl Marx
Date: 1849-02-01
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1849%20La%20situaci%C3%B3n
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*Artículo publicado sin firma en la* Neue Rheinische Zeitung, *n.º 210, 1 de febrero de 1849 (Colonia), p. 3; atribuido a Karl Marx por la MEGA² (I/8). Traducido del original del periódico (colección digital de la USB Köln) por la Escuela de marxismo, 2026. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1849%20Die%20Situation).*

\* *París*, 29 de enero. Ha llegado la víspera de la lucha; los partidos están frente a frente, con el fusil al brazo. De un lado, los legitimistas, los orleanistas y los bonapartistas; del otro, los republicanos tricolores y los rojos. Los unos se atrincheran detrás del presidente, el «elegido de los 6 millones»; los otros, detrás de la Asamblea Nacional soberana y constituyente; los unos cuentan con el ejército y con las tres legiones realistas (1.ª, 2.ª y 10.ª); los otros, con la Guardia republicana y la Guardia Móvil, con las tres legiones republicanas (4.ª, 5.ª y 9.ª) y con el pueblo desarmado en junio.

Ya no se trata del cierre de los clubes, de la disolución de la Asamblea y de bagatelas por el estilo; se trata de la *monarquía blanca* o la *república roja*. La victoria —no hay duda de ello— puede caer del lado que caiga: los actuales poderes oficiales están perdidos.

El *presidente* se figura que el golpe de Estado se hará en *su* favor. Y sin embargo nadie piensa menos en un imperio bonapartista que la gente que empuja al golpe de Estado: los *legitimistas*. Si el golpe sale bien, Luis Napoleón será echado a un lado como un limón exprimido, y podrá darse por contento si se le permite seguir su camino. ¡Y el bobalicón se figura que todo el espectáculo se organiza para su diversión particular!

La *Asamblea Nacional* cree luchar por su derecho soberano, por su existencia, contra el golpe de Estado; y si alcanza su objetivo, si Napoleón, Barrot y las facciones borbónicas que están detrás de ellos caen ante la proscripción de la Asamblea y ante la ira del pueblo traicionado, la Asamblea caerá justo detrás de ellos. El golpe de Estado solo puede ser sofocado por la revolución, y la revolución tiene como primera condición que *los jefes de los rojos* se pongan a la cabeza. Si la revolución vence, los rojos disolverán la Asamblea igual que a la Cámara el 24 de febrero. ¡Y la Asamblea se figura que la revolución se hará en su provecho!

Presidente y Asamblea no son más que los *pretextos* de ambos partidos: una vez estallada la lucha, se los arroja a un lado y se despliega la bandera real, la propia. Aquí la blanca, allí la roja; ante estos sencillos símbolos de partido desaparece el abigarrado trapo tricolor de la «república honesta».

Que de un lado no se trata en absoluto del presidente, sino de nadie más que de Enrique V, lo prueba la desvergüenza con que la conspiración legitimista sale de pronto a la luz del día. Las glorias de la monarquía por la gracia de Dios bajo el «nieto de San Luis» se predican abiertamente en las calles de París, por no hablar del campo. En la misma plaza Maubert, en el barrio obrero de Saint-Jacques, que los insurrectos de junio defendieron con tanto heroísmo durante tres días contra los verdugos de Cavaignac, en esa misma plaza se celebran ahora a diario, pese a la ley contra las aglomeraciones, mítines legitimistas públicos. En este club improvisado intervienen oradores vestidos de obreros y con lenguaje de gente instruida, que pintan con los más bellos colores las virtudes de Enrique V. Tienen su claque, que aplaude los pasajes de efecto más brillantes. Las oficinas de beneficencia, una institución de curas, solo dan socorro a los obreros si se comprometen a acudir a estos «clubes» y a hacer propaganda por la buena causa.

Este es un ejemplo de cómo actúan los legitimistas a la luz del día. En secreto se intriga de otra manera todavía. Changarnier, el comandante de 300.000 hombres en París y sus alrededores, el brazo militar del presidente, es legitimista. Quisiera ser el *Monk* que derribe al impotente Richard Cromwell de 1848 y devuelva el trono al legítimo heredero. Que Bugeaud, Thiers, Odilon Barrot y todos los ministros están en el complot no admite duda. Falloux, el ministro de Instrucción, fue siempre legitimista; Thiers, que está detrás del ministerio, al parecer se ha hecho legitimista en los últimos tiempos. ¡Y el zoquete de Bonaparte cree que todos estos traidores actúan en su interés!

«¡La legalidad nos mata!», exclama ya Odilon Barrot. Sus amigos declaran abiertamente que hay que provocar un choque sangriento para poder declarar la patria (no la república, entiéndase bien) en peligro, proclamar el estado de sitio, suprimir los periódicos demócratas y detener a sus redactores. Así lo informa *La République*.

También Napoleón conspira. Existe una sociedad secreta: en cada distrito hay un jefe que tiene a sus órdenes 10 subjefes; cada uno de estos dispone de 10 jefes electorales, y cada jefe electoral tiene a su vez 10 subjefes electorales, cabecillas de 10 hombres cada uno. Si los cuadros estuvieran completos, Napoleón dispondría en cada distrito de diez mil conjurados y en todo París de 120.000. No se dice si los cuadros están completos ni cuántos legitimistas, rojos, etc., encubiertos hay entre ellos. *La République* se declara dispuesta a dar más detalles si el señor Léon Faucher lo desea.

Qué perspectivas tiene la restauración monárquica lo muestra el hecho de que también *Le Siècle* se pronuncia ahora abiertamente por ella, *Le Siècle*, que hasta anteayer era el mejor amigo del *National* y el que más se contenía, entre todos los republicanos del día siguiente, en sus apetitos monárquicos. *Le Siècle* declara que la Guardia Móvil ha conspirado contra Changarnier; y Guardia Móvil es hoy sinónimo de república, como Changarnier de restauración.

*La Liberté* predica igualmente la necesidad de una «persona sagrada» a la cabeza del Estado, con dos Cámaras legislativas.

¿Y la Asamblea? Sus esperanzas y sus temores se reflejan con la mayor fidelidad en el *National*.

Téngase en cuenta que todos los pasajes de periódicos aquí citados se escribieron el 28, la tarde *anterior* a la agitación general y a las demostraciones militares de hoy.

«¿Habremos vuelto a aquellos días aciagos de la monarquía en que un gobierno desacreditado ante la opinión pública, derrotado en la Cámara y sospechoso para el país intentaba imponer por la fuerza un sistema ya condenado? ¿Qué significan estas medidas de precaución que se toman contra una población pacífica? ¿A qué viene esta concentración de tropas en las calles y en las plazas de la ciudad? ¿Dónde se han visto los presagios de una batalla para que se convierta París en una plaza de armas? En vano interrogamos al horizonte; no encontramos en ninguna parte justificación de la actitud provocadora que el ministerio parece adoptar desde hace unos días. ¿Se esperaba acaso que los ciudadanos, justamente agitados por la tentativa anticonstitucional de los ministros, provocaran bajo el influjo de su indignación una lucha a mano armada? Este plan, si existía, ha fracasado».

Así empieza hoy el *National*. Se ve que sabe muy bien a qué atenerse. Más adelante dice:

«Se trata ahora de cosas muy distintas que de las leyes orgánicas; se trata de que la Asamblea se interponga entre la reacción, que tiene *el poder en sus manos*, y el *pueblo* inquieto, irritado, pero contenido por la confianza en sus diputados».

Y en un segundo artículo:

«Creemos, y no somos los únicos, en la existencia de un *complot* vasto y profundamente urdido que amenaza la tranquilidad de Francia y la república».

«El ministerio y los grandes estadistas que son sus tutores, rechazados por la Asamblea Nacional, sienten cómo el poder se les escapa de las manos por el juego regular de nuestras instituciones, y quisieran demostrar ahora a Francia que no puede prescindir de su impotencia. Un conflicto entre los dos poderes del Estado, un choque en las calles serviría magníficamente a sus planes».

«De ahí esa guerra de peticiones, de injurias, de calumnias contra la Asamblea Nacional y la república».

«De ahí ese desafío lanzado a la Asamblea de la manera más desvergonzada por el señor Barrot con ocasión de la proposición Rateau».

«De ahí el proyecto de ley que el señor Léon Faucher llevó anteayer a la tribuna y que la mayoría estigmatizó en el acto».

«De ahí las hazañas ministeriales del señor de Falloux, las destituciones que los señores Barrot y Faucher tuvieron a bien decretar».

«De ahí las tentativas de reabrir las clases de un profesor justamente odiado por nuestros estudiantes».

«De ahí todo este despliegue de maniobras estratégicas en la capital».

«De ahí el acuerdo anticonstitucional que licencia a la mitad de la Guardia Móvil y altera en lo esencial la organización profundamente democrática de este cuerpo tan adicto a la república».

«De ahí la situación incierta en que se deja a la Guardia republicana, que es igualmente culpable de haber derramado su sangre por el bien de la patria».

«De ahí las continuas provocaciones que se dirigen por todos los medios de publicidad, con la exposición de estampas y retratos, incluso desde el escenario de ciertos teatros, etc., etc., contra quienes son sinceramente adictos a la república».

«¡Sí, en verdad, en esto reconocemos la mano de aquellos partidos poco ha separados y ahora unidos que ya una vez organizaron, el uno las matanzas del Mediodía (1815), el otro las carnicerías de la calle Transnonain y de Lyon!».

¡Por fin se le abren los ojos al *National*, en el mismo momento en que empiezan a llenársele de lágrimas! Ayer todavía no quería ninguna acusación contra el ministerio; hoy redacta él mismo un acta de acusación y declara a los ministros legitimistas, orleanistas y traidores a la república. Ahora por fin, en la víspera de su propia caída, se le hace la luz sobre la marcha gradual e incontenible de la contrarrevolución: del Gobierno provisional a la Comisión Ejecutiva, de la Comisión Ejecutiva a Cavaignac, de Cavaignac a Bonaparte y Barrot, de Bonaparte y Barrot a Enrique V. Ahora por fin barrunta qué cosecha le ha traído su gloriosa victoria de junio: ¡la probabilidad de que los blancos o los rojos, de los que se sirve a ambos y a los que traiciona a ambos, le pongan la cabeza a los pies!

El *National* hace el papel del engañador engañado, y la Asamblea Nacional también. Y si todavía hoy puede creer que la victoria de la revolución será el triunfo de la Asamblea Nacional, será arrancada de esta ilusión en cuanto se queme el primer cartucho.

Por último, el pueblo. El pueblo no intriga, no fanfarronea, no se lamenta. El pueblo ha bajado a las calles y observa la situación. No tolerará que realistas o bonapartistas disuelvan la Asamblea Nacional; aún tiene que tomarse la revancha del 15 de mayo de 1848 y se la tomará él mismo, sin ayuda de las facciones.

Esta es la situación en la tarde del 29 de enero. Todavía no se conoce el resultado de la votación sobre la propuesta de Mathieu; caiga como caiga, una cosa es segura: estamos en la víspera de la tercera fase de la nueva revolución francesa, una fase que tendrá consecuencias muy distintas de la primera, la de febrero, y que dará satisfacción por la afrenta infligida a la revolución en junio y desde junio.
