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Title: Las hazañas de la casa de Hohenzollern (1849)
Description: Marx repasa la historia de la dinastía prusiana, del Gran Elector a Federico Guillermo III, como una cadena de traiciones, palabras rotas y servilismo ante Rusia, para concluir que el pueblo dará pronto a todos los Hohenzollern lo que merecen.
Author: Karl Marx
Date: 1849-05-09
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1849%20Las%20haza%C3%B1as%20de%20la%20casa%20de%20Hohenzollern
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*Escrito por Karl Marx en Colonia el 9 de mayo de 1849 y publicado sin firma en la* Neue Rheinische Zeitung*, n.º 294, del 10 de mayo de 1849. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 6 (Berlín, 1959, pp. 477-480), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1849%20Die%20Taten%20des%20Hauses%20Hohenzollern).*

\* *Colonia*, 9 de mayo. El gobierno del señor de Hohenzollern parece querer acreditar una vez más plenamente, en los últimos días de su existencia y de la existencia del Estado prusiano, la vieja fama del nombre prusiano y del nombre de Hohenzollern.

¿Quién no conoce la caracterización del poema de Heine?:

> Un niño con una gran cabeza de calabaza,  
> con largo bigote y coleta canosa,  
> con bracitos largos como de araña, pero fuertes,  
> con un estómago gigante, pero intestinos cortitos,  
> un niño cambiado…[^1]

¿Quién no conoce las palabras rotas, las perfidias, las captaciones de herencias por las que se ha engrandecido esa familia de cabos que lleva el nombre de Hohenzollern?

Se sabe cómo el llamado «Gran Elector» (¡como si un «elector» pudiera ser nunca «grande»!) cometió la primera traición contra Polonia cuando, aliado de Polonia contra Suecia, se pasó de repente a los suecos para poder saquear tanto mejor a Polonia en la paz de Oliva.[^2]

Se conoce la figura insulsa de Federico I y la brutal tosquedad de Federico Guillermo I.[^3]

Se sabe cómo Federico II, el inventor del despotismo patriarcal, el amigo de la Ilustración a fuerza de palos, subastó su país al mejor postor entre empresarios franceses;[^4] se sabe cómo se alió con Rusia y Austria para cometer contra Polonia un robo que todavía hoy, después de la revolución de 1848, sigue siendo una mancha sin lavar en la historia alemana.

Se sabe cómo Federico Guillermo II ayudó a consumar el robo de Polonia, cómo malbarató entre sus cortesanos los bienes nacionales y eclesiásticos polacos robados.

Se sabe cómo en 1792 formó con Austria e Inglaterra la coalición para aplastar la gloriosa Revolución francesa e invadió Francia; se sabe también cómo su «glorioso ejército» fue expulsado de Francia cubierto de oprobio y de vergüenza.

Se sabe cómo dejó luego en la estacada a sus aliados y se apresuró a hacer la paz con la República francesa.[^5]

Se sabe cómo él, que fingía entusiasmarse por el rey legítimo de Francia y de Navarra, compró barato a la República francesa los diamantes de la corona de ese mismo rey, y cómo así hizo usura con la desgracia de su «amado señor hermano».

Se sabe cómo él, cuya vida entera fue una mezcla auténticamente hohenzolleriana de lujo y misticismo, de lascivia senil y superstición infantil, pisoteó la libertad de expresión con los edictos de Bischoffwerder.[^6]

Se sabe cómo su sucesor, *Federico Guillermo III*, el «Justo», traicionó a sus antiguos aliados ante Napoleón a cambio de Hannover, que se le arrojó como cebo.[^7]

Se sabe cómo, poco después, traicionó a Napoleón ante esos mismos antiguos aliados, atacando, a sueldo de Inglaterra y de Rusia, la Revolución francesa encarnada en la persona de Napoleón.

Se sabe qué resultado tuvo este ataque: la inaudita derrota del «glorioso ejército» en Jena, el estallido repentino de la ftiriasis moral en todo el cuerpo del Estado prusiano, una serie de traiciones, vilezas y servilismos de los funcionarios prusianos de los que Napoleón y sus generales se apartaban con asco.

Se sabe cómo Federico Guillermo III, en 1813, con bellas palabras y espléndidas promesas, llevó al pueblo prusiano a creer de verdad que marchaba contra los franceses en una «guerra de liberación», cuando no se trataba de otra cosa que de aplastar la Revolución francesa y restablecer el viejo tinglado por la gracia de Dios.

Se sabe cómo las bellas promesas quedaron olvidadas en cuanto la Santa Alianza hizo su entrada en París el 30 de marzo de 1814.

Se sabe cómo, al regresar Napoleón de Elba, el entusiasmo del pueblo se había enfriado ya tanto que el Hohenzollern tuvo que reavivar el celo apagado con la promesa de una Constitución (edicto del 22 de mayo de 1815, cuatro semanas antes de la batalla de Waterloo).

Se recuerdan las promesas del Acta federal alemana y del Acta final de Viena:[^8] libertad de prensa, Constitución, etc.

Se sabe cómo cumplió su palabra el «justo» Hohenzollern: Santa Alianza y congresos para oprimir a los pueblos, decretos de Karlsbad,[^9] censura, despotismo policial, dominio de la nobleza, arbitrariedad burocrática, justicia de gabinete, persecución de demagogos, condenas en masa, despilfarro de las finanzas y… ninguna Constitución.

Se sabe cómo en 1820 se garantizó al pueblo que no se aumentarían los impuestos ni la deuda pública, y cómo cumplió su palabra el Hohenzollern: ampliando la Seehandlung[^10] hasta convertirla en un establecimiento secreto de préstamos para el Estado.

Se sabe cómo respondió el Hohenzollern al llamamiento del pueblo francés en la revolución de Julio: masas de tropas en la frontera, sujeción del propio pueblo, aplastamiento del movimiento en los Estados alemanes menores y, por último, sometimiento de esos Estados al knut de la Santa Alianza.

Se sabe cómo ese mismo Hohenzollern violó la neutralidad en la guerra ruso-polaca[^11] al permitir a los rusos pasar por su territorio y caer así por la espalda sobre los polacos, al poner a su disposición los arsenales y almacenes prusianos, al ofrecer un refugio seguro en Prusia a todo cuerpo ruso derrotado.

Se sabe cómo todo el empeño del subkniaz Hohenzollern, en consonancia con los fines de la Santa Alianza, se dirigió a consolidar el dominio de la nobleza, de la burocracia y del ejército, a aplastar con violencia brutal toda libertad de expresión, toda influencia del «limitado entendimiento de los súbditos»[^12] sobre el gobierno, y no solo en Prusia, sino también en el resto de Alemania.

Se sabe que rara vez ha transcurrido un reinado en que tan loables propósitos se impusieran con medidas de fuerza más brutales que en tiempos de Federico Guillermo III, en especial de 1815 a 1840. Nunca y en ninguna parte se ha detenido y condenado tanto, nunca estuvieron las fortalezas tan llenas de presos políticos como bajo este soberano «justo». Y no digamos si se piensa en qué inocentes zoquetes eran esos demagogos.

¿Hemos de hablar también del Hohenzollern que, según el monje de Lehnin, «será el último de su estirpe»?[^13] ¿Hemos de hablar del renacimiento de la magnificencia cristiano-germánica y de la resurrección de la pálida penuria financiera, de la Orden del Cisne y del Tribunal Superior de Censura, de la Dieta Unificada y del Sínodo General, del «trozo de papel»[^14] y de los vanos intentos de pedir dinero prestado, y de todas las demás conquistas de la gloriosa época de 1840-1848? ¿Hemos de demostrar con Hegel por qué tiene que ser precisamente un cómico quien cierre la serie de los Hohenzollern?

No será necesario. Los datos expuestos bastan para caracterizar por completo el nombre hohenzolleriano-prusiano. Es verdad que el brillo de este nombre se debilitó por un momento; pero desde que la constelación de las Pléyades de Manteuffel y consortes rodea la corona, ha vuelto la vieja magnificencia. De nuevo Prusia es, como antaño, un virreinato bajo soberanía rusa; de nuevo el Hohenzollern es un subkniaz del autócrata de todas las Rusias y superkniaz de todos los pequeños boyardos de Sajonia, Baviera, Hesse-Homburg, Waldeck, etc.; de nuevo el limitado entendimiento de los súbditos queda restablecido en su viejo derecho de obedecer órdenes. «Mi glorioso ejército», mientras el *pravoslavny* zar no lo necesite para sí, puede restablecer en Sajonia, Baden, Hesse y el Palatinado el orden que reina desde hace dieciocho años en Varsovia,[^15] puede pegar con sangre de súbditos las coronas reventadas en su propio país y en Austria. La palabra dada antes en la angustia y el apuro del corazón nos importa tan poco como a nuestros antepasados que descansan en Dios; y, en cuanto hayamos terminado en casa, marcharemos a son de música y con banderas desplegadas hacia Francia, conquistaremos el país donde crece el champán y destruiremos la gran Babilonia, ¡la madre de todo pecado!

Estos son los planes de nuestros altos gobernantes; este es el puerto seguro hacia el que pone rumbo nuestro noble Hohenzollern. De ahí las imposiciones otorgadas y los golpes de fuerza que se acumulan, de ahí los repetidos puntapiés a la cobarde Asamblea de Fráncfort; de ahí los estados de sitio, las detenciones y las persecuciones; de ahí la intervención de la soldadesca prusiana en Dresde y en el sur de Alemania.

Pero aún hay un poder al que los señores de Sanssouci tienen, desde luego, en poco, pero que tendrá sin embargo una palabra tonante que decir. El **pueblo**: el pueblo que en París como en el Rin, en Silesia como en Austria, aguarda rechinando de rabia el momento del levantamiento y que, quién sabe si muy pronto, dará a todos los Hohenzollern y a todos los superkniazes y subkniazes lo que se merecen.

[^1]: Heine, «El niño cambiado» (*Der Wechselbalg*), sátira de la monarquía prusiana. Un *Wechselbalg* es, en las leyendas populares, el niño deforme que los espíritus dejan en la cuna en lugar del verdadero.

[^2]: Federico Guillermo, el Gran Elector de Brandeburgo (1640-1688), cambió de bando varias veces en la guerra entre Suecia y Polonia de 1655-1660; la paz de Oliva (1660) le confirmó la plena soberanía sobre el ducado de Prusia, hasta entonces feudo polaco.

[^3]: Federico I, primer rey de Prusia (1701-1713); Federico Guillermo I, el «rey sargento» (1713-1740).

[^4]: Federico II (1740-1786) confió en 1766 la recaudación de los impuestos indirectos a una administración de arrendadores franceses, la *Régie*.

[^5]: La paz de Basilea, de 1795.

[^6]: Johann Rudolf von Bischoffwerder (1741-1803), favorito de Federico Guillermo II (1786-1797), que en 1788 restringió con los edictos de Wöllner la libertad religiosa y de imprenta.

[^7]: Por el tratado de Schönbrunn (1805), Prusia recibió de Napoleón Hannover a cambio de otros territorios; en 1806 entró en guerra contra él y fue derrotada en Jena el 14 de octubre.

[^8]: El Acta federal de 1815 y el Acta final de Viena de 1820, leyes fundamentales de la Confederación Germánica; la primera prometía constituciones de Estados.

[^9]: Los decretos de Karlsbad (1819) establecieron la censura previa y la persecución de los «demagogos» en toda la Confederación.

[^10]: Sociedad de comercio marítimo del Estado prusiano, que funcionaba como banco del Estado.

[^11]: La guerra de 1830-1831 entre la Polonia sublevada y Rusia.

[^12]: Expresión del ministro prusiano del Interior Von Rochow en 1838.

[^13]: La llamada profecía de Lehnin, poema latino atribuido a un monje del monasterio de Lehnin, vaticinaba el fin de la dinastía.

[^14]: En su discurso de apertura de la Dieta Unificada, el 11 de abril de 1847, Federico Guillermo IV declaró que no permitiría que entre Dios y su país se interpusiera una hoja de papel escrita, es decir, una Constitución.

[^15]: «El orden reina en Varsovia», palabras del ministro francés Sébastiani tras la toma de Varsovia por los rusos en septiembre de 1831.
