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Title: Reseña de Daumer, La religión de la nueva era del mundo (1850)
Description: Reseña de Marx y Engels del libro de Georg Friedrich Daumer, que pretendía fundar una religión nueva tras la derrota de 1848: la filosofía alemana retorciéndose las manos junto al lecho de muerte del filisteísmo, y la tesis de que la revolución moderna, al descubrir el secreto de las transformaciones históricas, se desprende de toda religión.
Author: Karl Marx, Friedrich Engels
Date: 1850-02
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1850%20Rese%C3%B1a%20de%20Daumer%2C%20La%20religi%C3%B3n%20de%20la%20nueva%20era%20del%20mundo
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*Primera de las tres reseñas publicadas sin firma en el cuaderno 2 (febrero de 1850) de la* Neue Rheinische Zeitung. Politisch-ökonomische Revue*, que Marx dirigía desde Londres y se imprimía en Hamburgo; la MEW la recoge entre los escritos de Marx y Engels. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 7 (Berlín, 1960, pp. 198-203), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1850%20Rezension%20Daumer%2C%20Die%20Religion%20des%20neuen%20Weltalters).*

*G. Fr. Daumer,* Die Religion des neuen Weltalters. Versuch einer combinatorisch-aphoristischen Grundlegung *(La religión de la nueva era del mundo. Ensayo de una fundamentación combinatorio-aforística), 2 tomos, Hamburgo, 1850*[^1]

> «Un hombre de Núremberg, por lo demás muy liberal y en absoluto cerrado a lo nuevo, sentía un odio inmenso por los manejos democráticos. Veneraba a Ronge[^2] y tenía su retrato colgado en la habitación. Pero cuando oyó que este se había pasado a los demócratas, colgó el retrato en el retrete. Una vez dijo: ¡Ay, si viviéramos bajo el knut ruso, qué feliz me sentiría! Murió durante los disturbios, y sospecho que, aunque ya era viejo, lo llevaron a la tumba solo el disgusto y la pena por el rumbo de las cosas.» Tomo II, págs. 321-322.

Si este lamentable filisteo de Núremberg, en lugar de morirse, hubiera ido juntando sus virutas de pensamiento sacadas del *Correspondent von und für Deutschland*,[^3] de Schiller y de Goethe, de viejos libros de escuela y de nuevos materiales de biblioteca de préstamo, se habría ahorrado la muerte y le habría ahorrado al señor Daumer sus dos tomos de «fundamentación combinatorio-aforística», tan trabajosamente elaborados. Claro que entonces no habríamos tenido la edificante ocasión de conocer, a la vez que la «religión de la nueva era del mundo», a su primer mártir.

La obra del señor Daumer se divide en dos partes, una «preliminar» y otra «propiamente dicha». En la parte preliminar, el fiel Eckart[^4] de la filosofía alemana expresa su honda aflicción porque, desde hace dos años, incluso los alemanes que piensan y tienen cultura se han dejado arrastrar a abandonar las inestimables conquistas del pensamiento por la actividad revolucionaria meramente «exterior». Considera que el momento actual es oportuno para apelar una vez más a los mejores sentimientos de la nación; señala lo que significa dejar escapar tan a la ligera toda la cultura alemana, lo único por lo que el burgués alemán era todavía algo. Reúne todo el contenido de la cultura alemana en las sentencias más enjundiosas que le ofrece el cofrecillo de sus lecturas, y con ello compromete a esa cultura alemana no menos que a la filosofía alemana. Su florilegio de los productos más sublimes del espíritu alemán supera en chatura y trivialidad incluso al más ordinario libro de lecturas para señoritas de buena familia. Desde las salidas filisteas de Goethe y Schiller contra la primera Revolución francesa, desde el clásico «Peligroso es despertar al león»[^5] hasta la literatura más reciente, el sumo sacerdote de la nueva religión persigue con afán cada pasaje en el que la coleta alemana[^6] se pone rígida, con soñoliento desagrado, frente al movimiento histórico que le repugna. Autoridades del calibre de un Friedrich Raumer, Berthold Auerbach, Lochner, Moriz Carrière, Alfred Meißner, Krug, Dingelstedt, Ronge, el *Nürnberger Bote*, Max Waldau, Sternberg, German Mäurer, Louise Aston, Eckermann, Noack, las *Blätter für literarische Unterhaltung*, A. Kunze, Ghillany, Th. Mundt, Saphir, Gutzkow, una «nacida Gatterer», etc., son las columnas sobre las que descansa el templo de la nueva religión. El movimiento revolucionario, contra el que se pronuncia aquí un anatema a tantas voces, se reduce para el señor Daumer, por un lado, al politiqueo de taberna más banal, tal como se estila en Núremberg bajo los auspicios del *Correspondent von und für Deutschland*, y, por otro, a desmanes de la plebe de los que el señor Daumer tiene la idea más novelesca. Las fuentes de las que aquí se bebe están a la altura de las anteriores: junto al repetidamente mencionado *Correspondent* de Núremberg figuran la *Bamberger Zeitung*, la *Landbötin* de Múnich, la *Allgemeine Zeitung* de Augsburgo, etc. La misma vileza filistea que no conoce al proletario más que como un harapiento salvaje y degenerado, y que se frota satisfecha las manos ante las matanzas de junio de 1848 en París, donde fueron masacrados más de 3.000 de esos «harapientos», esa misma vileza se indigna por las burlas de que han sido víctimas las bonachonas sociedades protectoras de animales.

> «Los horribles tormentos», exclama el señor Daumer en la pág. 293 del tomo I, «que el desdichado animal sufre bajo la cruel mano tiránica del hombre son para estos bárbaros una “porquería” de la que no hay que preocuparse».

Toda la lucha de clases moderna no le parece al señor Daumer más que una lucha de la «barbarie» contra la «cultura». En lugar de explicarla por las condiciones históricas de esas clases, encuentra su causa en los manejos agitadores de unos cuantos malintencionados que azuzan los bajos apetitos de la plebe contra los estamentos cultos.

> «Este reformismo democrático [...] excita la envidia, la rabia y la rapacidad de las clases bajas de la sociedad contra las altas; ¡bonito medio para hacer al hombre más noble y mejor y para fundar un grado superior de cultura!» Tomo I, págs. 288-289.

El señor Daumer ni siquiera conoce las luchas «de las clases bajas de la sociedad contra las altas» que costó producir siquiera un «grado de cultura» como el de Núremberg y hacer posible a un cazador de Molocs[^7] à la Daumer.

La segunda parte, la «propiamente dicha», contiene ahora el lado positivo de la nueva religión. Aquí se desahoga todo el despecho del filósofo alemán por el olvido en que han caído sus combates contra el cristianismo, por la indiferencia del pueblo hacia la religión, el único objeto digno de la contemplación del filósofo. Para volver a poner en honor su oficio, desplazado por la competencia, a nuestro sabio no le queda otro remedio, después de haber ladrado bastante contra la vieja religión, que inventar una religión nueva. Pero esta nueva religión se reduce, como corresponde a la primera parte, a seguir con el florilegio de sentencias, versos de álbum y *versus memoriales*[^8] de la cultura filistea alemana. Las suras del nuevo Corán no son más que una serie de frases en las que las relaciones alemanas existentes quedan moralmente embellecidas y poéticamente adornadas. Frases que no por haberse despojado de la forma inmediatamente religiosa están menos entrelazadas con la vieja religión.

> «Situaciones y relaciones del mundo completamente nuevas solo pueden surgir por medio de religiones nuevas. Como ejemplos y pruebas de lo que pueden las religiones sirven el cristianismo y el islam; como testimonio muy claro y palpable de la impotencia y la falta de resultados que aquejan a la política abstracta y exclusiva, sirven los movimientos emprendidos en el año 1848.» Tomo I, pág. 313.

En esta frase tan sustanciosa se nos presenta de golpe toda la superficialidad y la ignorancia del «pensador» alemán, que toma las pequeñas «conquistas de marzo» alemanas, y en especial las bávaras, por el movimiento europeo de 1848 y 1849, y que exige a las primeras erupciones, todavía muy superficiales, de una gran revolución que se va abriendo paso y concentrando poco a poco, que produzcan ya «situaciones y relaciones del mundo completamente nuevas». Toda la intrincada lucha social que en los dos últimos años libró sus primeras escaramuzas de tiradores entre París y Debrecen, entre Berlín y Palermo, se reduce para el sabio Daumer a que «en enero de 1849 las esperanzas de las asociaciones constitucionales de Erlangen se han alejado hasta una distancia incalculable» (tomo I, pág. 312), y al miedo a una nueva lucha que pudiera volver a sobresaltar desagradablemente al señor Daumer en sus ocupaciones con Hafiz, Mahoma y Berthold Auerbach.[^9]

La misma desvergonzada superficialidad permite al señor Daumer ignorar por completo que al cristianismo lo precedió el derrumbe total de las «situaciones del mundo» antiguas, del que el cristianismo fue la mera expresión; que «situaciones del mundo completamente nuevas» no nacieron del cristianismo desde dentro, sino solo cuando los hunos y los germanos cayeron «exteriormente» sobre el cadáver del Imperio romano; que, tras la invasión germánica, no fueron las «nuevas situaciones del mundo» las que se ajustaron al cristianismo, sino el cristianismo el que cambió también con cada nueva fase de esas situaciones del mundo. Que el señor Daumer nos dé, por cierto, un solo ejemplo en que con una religión nueva cambiaran las viejas situaciones del mundo sin que se produjeran a la vez las más violentas convulsiones «exteriores» y abstractamente políticas.

Está claro que con cada gran transformación histórica de las condiciones sociales se transforman también las concepciones y representaciones de los hombres y, por tanto, sus representaciones religiosas. Pero la diferencia entre la transformación actual y todas las anteriores consiste precisamente en que por fin se ha descubierto el secreto de este proceso histórico de transformación y, por eso, en lugar de volver a divinizar este proceso práctico, «exterior», bajo la forma exaltada de una nueva religión, se despoja de toda religión.

Tras las suaves doctrinas morales de la nueva sabiduría, que en esto están incluso por encima de Knigge,[^10] pues no solo contienen lo necesario sobre el trato con los hombres, sino también sobre el trato con los animales, tras los Proverbios de Salomón viene el Cantar de los Cantares del nuevo Salomón.

> «La *naturaleza* y la *mujer* son lo verdaderamente divino, a diferencia del *ser humano* y del *varón* [...]. La entrega de lo humano a lo natural, de lo masculino a lo femenino, es la auténtica, la única verdadera humildad y abnegación, la más alta, más aún, la única virtud y piedad que existe.» Tomo II, pág. 257.

Vemos aquí cómo la superficial ignorancia del especulativo fundador de religiones se convierte en una cobardía muy pronunciada. El señor Daumer huye de la tragedia histórica, que se le acerca amenazadora, hacia la supuesta naturaleza, es decir, hacia el idilio campesino más bobo, y predica el culto de la mujer para encubrir su propia resignación mujeril.

El culto de la naturaleza del señor Daumer es, por lo demás, de una índole particular. Ha conseguido presentarse como reaccionario incluso frente al cristianismo. Intenta restablecer, en forma modernizada, la antigua religión precristiana de la naturaleza. Claro que no pasa de un desvarío naturista cristiano-germánico-patriarcal, que se expresa, por ejemplo, así:

> «Dulce y santa naturaleza,<br>déjame ir tras tu huella,<br>llévame de tu mano<br>como a un niño con andadores.»

> «Cosas así han pasado de moda, pero no en provecho de la cultura, del progreso y de la felicidad humana.» Tomo II, pág. 157.

El culto de la naturaleza se reduce, como vemos, a los paseos dominicales del pequeño provinciano que manifiesta su infantil asombro de que el cuco ponga sus huevos en nidos ajenos (tomo II, pág. 40) o de que las lágrimas tengan la función de mantener húmeda la superficie del ojo (tomo II, pág. 73), etc., y que acaba declamando a sus hijos, con santos estremecimientos, la oda de Klopstock a la primavera (tomo II, págs. 23 y ss.).[^11] De la ciencia natural moderna, que junto con la industria moderna revoluciona la naturaleza entera y, entre otras niñerías, acaba también con la actitud infantil de los hombres hacia la naturaleza, no se habla, naturalmente. En cambio, recibimos misteriosas alusiones y atónitos presentimientos de filisteo sobre las profecías de Nostradamus, la segunda vista de los escoceses y el magnetismo animal. Por lo demás, sería de desear que la indolente economía campesina de Baviera, el suelo en el que crecen por igual los curas y los Daumer, fuera por fin removida de arriba abajo por la agricultura moderna y las máquinas modernas.

Con el culto de la mujer pasa exactamente lo mismo que con el culto de la naturaleza. Ni que decir tiene que el señor Daumer no dice una palabra de la situación social actual de las mujeres; al contrario, solo se trata de la mujer como tal. Intenta consolar a las mujeres de su miseria burguesa dedicándoles un culto de frases tan vacío como misterioso. Así, las tranquiliza diciéndoles que su talento se acaba con el matrimonio, porque entonces tienen que ocuparse de los hijos (tomo II, pág. 237), que poseen la capacidad de amamantar hijos hasta los sesenta años (tomo II, pág. 251), etc. A esto el señor Daumer lo llama «entrega de lo masculino a lo femenino». Para encontrar en su patria las figuras femeninas ideales que necesita su entrega masculina, se ve obligado a recurrir a diversas damas aristocráticas del siglo pasado. El culto de la mujer se reduce, pues, una vez más a la relación sumisa del literato con sus veneradas protectoras: Wilhelm Meister.[^12]

La «cultura» cuya decadencia lamenta el señor Daumer en sus jeremiadas es la cultura de la época en que Núremberg florecía como ciudad libre del Imperio, en que la industria de Núremberg, ese híbrido entre el arte y el oficio, desempeñaba un papel importante; la cultura de la pequeña burguesía alemana, que se hunde con esta pequeña burguesía. Si el ocaso de clases anteriores, como la caballería, pudo dar materia a grandiosas obras de arte trágicas, el filisteísmo, como le corresponde, no llega más allá de impotentes manifestaciones de una maldad fanática y de una colección de sentencias y máximas de sabiduría a lo Sancho Panza. El señor Daumer es la continuación seca, desprovista de todo humor, de Hans Sachs.[^13] La filosofía alemana, retorciéndose las manos y gimiendo junto al lecho de muerte de su padre nutricio, el filisteísmo alemán: esa es la conmovedora imagen que nos despliega la «religión de la nueva era del mundo».

[^1]: Georg Friedrich Daumer (1800-1875), escritor y filósofo de la religión de Núremberg, autor de escritos contra el cristianismo y traductor de poesía persa; años después se convirtió al catolicismo.

[^2]: Johannes Ronge (1813-1887), sacerdote católico excomulgado, fundador del movimiento del «catolicismo alemán» en 1845; en 1848 se acercó a los demócratas.

[^3]: Periódico de Núremberg.

[^4]: El fiel Eckart, figura de la leyenda alemana que advierte a los demás de un peligro.

[^5]: Verso de Schiller, *La canción de la campana* (1799), en un pasaje dirigido contra la Revolución francesa.

[^6]: La coleta (*Zopf*), símbolo del atraso y la rutina del antiguo régimen alemán.

[^7]: Alusión a la obra de Daumer *Der Feuer- und Molochdienst der alten Hebräer* (El culto del fuego y de Moloc entre los antiguos hebreos, 1842).

[^8]: Versos para aprender de memoria.

[^9]: Hafiz, poeta persa del siglo XIV, del que Daumer publicó adaptaciones; Berthold Auerbach (1812-1882), autor de relatos de la vida aldeana.

[^10]: Adolph Freiherr Knigge (1752-1796), autor de *Über den Umgang mit Menschen* (Sobre el trato con los hombres, 1788).

[^11]: Friedrich Gottlieb Klopstock (1724-1803), poeta alemán; su oda *Die Frühlingsfeier* (La fiesta de la primavera).

[^12]: Alusión a la novela de Goethe *Los años de aprendizaje de Wilhelm Meister* (1795-1796).

[^13]: Hans Sachs (1494-1576), zapatero y poeta de Núremberg.
