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Title: Reseña de Guizot, ¿Por qué ha triunfado la revolución de Inglaterra? (1850)
Description: Reseña de Marx y Engels del folleto en que Guizot, caído en febrero de 1848, explicaba el éxito de la revolución inglesa por el buen sentido de los ingleses: el secreto del carácter conservador de 1688 es la alianza de la burguesía con los grandes terratenientes, y bajo la monarquía constitucional se gestaron en Inglaterra los elementos más radicales de una revolución social.
Author: Karl Marx, Friedrich Engels
Date: 1850-02
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1850%20Rese%C3%B1a%20de%20Guizot%2C%20Por%20qu%C3%A9%20ha%20triunfado%20la%20revoluci%C3%B3n%20de%20Inglaterra
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*Tercera de las tres reseñas publicadas sin firma en el cuaderno 2 (febrero de 1850) de la* Neue Rheinische Zeitung. Politisch-ökonomische Revue*, que Marx dirigía desde Londres y se imprimía en Hamburgo; la MEW la recoge entre los escritos de Marx y Engels. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 7 (Berlín, 1960, pp. 207-212), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1850%20Rezension%20Guizot%2C%20Pourquoi%20la%20r%C3%A9volution%20d%27Angleterre%20a-t-elle%20r%C3%A9ussi).*

*Guizot,* Pourquoi la révolution d'Angleterre a-t-elle réussi? Discours sur l'histoire de la révolution d'Angleterre *(¿Por qué ha triunfado la revolución de Inglaterra? Discurso sobre la historia de la revolución de Inglaterra), París, 1850*[^1]

El folleto del señor Guizot se propone demostrar por qué Luis Felipe y la política de Guizot no deberían en realidad haber sido derribados el 24 de febrero de 1848, y cómo el condenable carácter de los franceses tiene la culpa de que la monarquía de Julio de 1830, tras dieciocho años de penosa existencia, se derrumbara ignominiosamente y no alcanzara la duración de que goza la monarquía inglesa desde 1688.

Por este folleto se ve cómo incluso las personas más capaces del *ancien régime*, incluso personas a las que no se puede negar en absoluto, a su manera, talento histórico, han quedado tan completamente desconcertadas por el fatal acontecimiento de febrero que han perdido toda comprensión de la historia, e incluso la comprensión de su propia conducta anterior. En lugar de verse empujado por la revolución de Febrero a comprender las circunstancias históricas completamente distintas, la posición completamente distinta de las clases de la sociedad en la monarquía francesa de 1830 y en la inglesa de 1688, el señor Guizot disuelve toda la diferencia en unas cuantas frases morales y asegura al final que la política derribada el 24 de febrero, «así como conserva los Estados, es la única que domina las revoluciones».

Formulada con precisión, la pregunta que el señor Guizot quiere responder dice así: ¿por qué la sociedad burguesa se ha desarrollado en Inglaterra durante más tiempo que en Francia en la forma de la monarquía constitucional?

Para caracterizar lo que el señor Guizot sabe del curso del desarrollo burgués en Inglaterra puede servir el siguiente pasaje:

> «Bajo el reinado de Jorge I y de Jorge II, el espíritu público tomó otra dirección: la política exterior dejó de ser su asunto principal; la administración interior, el mantenimiento de la paz, las cuestiones de hacienda, de las colonias y del comercio, el desarrollo y las luchas del régimen parlamentario pasaron a ser la ocupación predominante del gobierno y del público.» Pág. 168.

El señor Guizot solo encuentra en el reinado de Guillermo III dos momentos dignos de mención: el mantenimiento del equilibrio entre el Parlamento y la Corona y el mantenimiento del equilibrio europeo mediante la lucha contra Luis XIV. Bajo la dinastía de Hannover, de pronto, «el espíritu público toma otra dirección», no se sabe cómo ni por qué. Se ve aquí cómo el señor Guizot traslada a la historia inglesa las frases más trilladas del debate parlamentario francés y cree haberla explicado con ellas. Del mismo modo se figuraba el señor Guizot, siendo ministro, que mantenía en equilibrio sobre sus hombros el equilibrio entre el Parlamento y la Corona y el equilibrio europeo, mientras que en realidad no hacía otra cosa que malvender pieza a pieza todo el Estado francés y toda la sociedad francesa a los judíos de las finanzas de la Bolsa de París.

De que las guerras contra Luis XIV fueron puras guerras de competencia para aniquilar el comercio francés y el poderío marítimo francés; de que bajo Guillermo III el dominio de la burguesía financiera recibió su primera sanción con la fundación del Banco y la introducción de la deuda pública; de que a la burguesía manufacturera se le dio un nuevo impulso con la aplicación consecuente del sistema de aranceles protectores, de todo eso el señor Guizot no considera que valga la pena hablar. Para él solo tienen importancia las frases políticas. Ni siquiera menciona que bajo la reina Ana los partidos dominantes solo pudieron conservarse a sí mismos y conservar la monarquía constitucional prolongando mediante un golpe de fuerza la duración de los parlamentos a siete años, con lo que anularon casi por completo la influencia del pueblo sobre el gobierno.[^2]

Bajo la dinastía de Hannover, Inglaterra estaba ya tan avanzada que podía librar la guerra de competencia contra Francia en la forma moderna. La propia Inglaterra solo combatía ya a Francia en América y en las Indias Orientales, mientras que en el continente se contentaba con pagar a príncipes extranjeros, como Federico II, para que hicieran la guerra a Francia. Y como la guerra exterior adopta así otra forma, el señor Guizot dice: «La política exterior deja de ser el asunto principal», y en su lugar aparece «el mantenimiento de la paz». Hasta qué punto «el desarrollo y las luchas del régimen parlamentario pasaron a ser la ocupación predominante del gobierno y del público», compruébese en las historias de sobornos del ministerio Walpole,[^3] que, eso sí, se parecen como dos gotas de agua a los escándalos que estuvieron a la orden del día bajo el señor Guizot.

Que la revolución inglesa tuviera un desarrollo más próspero que la francesa se lo explica el señor Guizot sobre todo por dos causas: primero, porque la revolución inglesa tuvo un carácter enteramente religioso y, por tanto, no rompió en modo alguno con todas las tradiciones del pasado, y segundo, porque desde el principio no se presentó como destructora sino como conservadora, porque el Parlamento defendía las viejas leyes existentes contra las usurpaciones de la Corona.

En cuanto al primer punto, el señor Guizot olvida que el librepensamiento que tanto le hace estremecerse en la Revolución francesa no se importó a Francia de ningún otro país sino precisamente de Inglaterra. Locke fue su padre, y en Shaftesbury y Bolingbroke[^4] adoptó ya aquella forma ingeniosa que luego tuvo en Francia un desarrollo tan brillante. Llegamos así al extraño resultado de que el mismo librepensamiento en el que, según el señor Guizot, naufragó la Revolución francesa fue uno de los productos más esenciales de la religiosa revolución inglesa.

En cuanto al segundo punto, el señor Guizot olvida por completo que la Revolución francesa empezó tan conservadora como la inglesa, e incluso mucho más. El absolutismo, sobre todo tal como se presentó al final en Francia, era también allí una novedad, y contra esta novedad se alzaron los parlamentos[^5] y defendieron las viejas leyes, los *us et coutumes*[^6] de la antigua monarquía estamental. Y si el primer paso de la Revolución francesa fue la resurrección de los Estados Generales, dormidos desde Enrique IV y Luis XIII, la revolución inglesa, en cambio, no tiene ningún hecho de un conservadurismo tan clásico que mostrar.

Según el señor Guizot, el resultado principal de la revolución inglesa fue que el rey quedó en la imposibilidad de gobernar contra la voluntad del Parlamento y de la Cámara de los Comunes en el Parlamento. Toda la revolución consiste entonces en que al principio ambas partes, la Corona y el Parlamento, rebasan sus límites y van demasiado lejos, hasta que por fin, bajo Guillermo III, encuentran el equilibrio justo y se neutralizan. Que la sumisión de la monarquía al Parlamento es su sumisión al dominio de una clase, el señor Guizot considera superfluo mencionarlo. Por eso tampoco necesita entrar en cómo esa clase adquirió el poder necesario para hacer por fin de la Corona su servidora. En toda la lucha entre Carlos I y el Parlamento no se trata para él más que de prerrogativas puramente políticas. Para qué necesitaban esas prerrogativas el Parlamento y la clase representada en él, de eso no se dice una palabra. Tampoco habla el señor Guizot de las intromisiones directas de Carlos I en la libre competencia, que hacían cada vez más imposibles el comercio y la industria de Inglaterra, ni de la dependencia del Parlamento en que Carlos I caía tanto más hondo, por sus continuos apuros financieros, cuanto más intentaba desafiar al Parlamento. Por eso toda la revolución solo le resulta explicable por la mala voluntad y el fanatismo religioso de algunos perturbadores que no podían contentarse con una libertad moderada. Sobre la relación del movimiento religioso con el desarrollo de la sociedad burguesa, el señor Guizot tampoco sabe dar ninguna explicación. La república es también, naturalmente, la mera obra de unos cuantos ambiciosos, fanáticos y malintencionados. Que por la misma época se hicieran también en Lisboa, en Nápoles y en Mesina intentos de implantar la república, y además, como en Inglaterra, con la mirada puesta en Holanda, es un hecho que ni siquiera se menciona. Aunque el señor Guizot nunca pierde de vista la Revolución francesa, ni siquiera llega a la sencilla conclusión de que el paso de la monarquía absoluta a la constitucional solo se produce en todas partes tras violentas luchas y tras pasar por la república, y de que incluso entonces la vieja dinastía, por inservible, tiene que dejar su lugar a una rama lateral usurpadora. Por eso sobre la caída de la monarquía inglesa de la Restauración no sabe decir más que los lugares comunes más triviales. Ni siquiera aduce las causas más inmediatas: el miedo de los nuevos grandes terratenientes creados por la Reforma al restablecimiento del catolicismo, con el que naturalmente habrían tenido que devolver todos los antiguos bienes de la Iglesia que habían robado, es decir, con el que siete décimas partes de toda la superficie de Inglaterra habrían cambiado de dueño; la aversión de la burguesía comercial e industrial al catolicismo, que no encajaba en absoluto en sus negocios; la desenvoltura con que los Estuardo, en provecho propio y de su nobleza cortesana, vendían toda la industria inglesa, junto con el comercio, al gobierno de Francia, es decir, del único país que entonces hacía a los ingleses una competencia peligrosa y en muchos aspectos victoriosa, etc. Como el señor Guizot omite en todas partes los momentos más importantes, no le queda más que un relato sumamente insuficiente y banal de los acontecimientos meramente políticos.

El gran enigma para el señor Guizot, que solo sabe descifrar por la inteligencia superior de los ingleses, el enigma del carácter conservador de la revolución inglesa, es la alianza permanente en que se encuentra la burguesía con la mayor parte de los grandes terratenientes, una alianza que distingue esencialmente la revolución inglesa de la francesa, que aniquiló la gran propiedad territorial mediante la parcelación. Esta clase de grandes terratenientes aliada con la burguesía, que por lo demás había surgido ya bajo Enrique VIII, no se encontraba, como la propiedad territorial feudal francesa de 1789, en contradicción, sino más bien en completa armonía con las condiciones de vida de la burguesía. Su propiedad territorial no era, en efecto, propiedad feudal, sino burguesa. Por un lado, ponían a disposición de la burguesía industrial la población necesaria para el funcionamiento de la manufactura y, por otro, estaban en condiciones de dar a la agricultura el desarrollo que correspondía al estado de la industria y del comercio. De ahí sus intereses comunes con la burguesía, de ahí su alianza con ella.

Con la consolidación de la monarquía constitucional en Inglaterra se acaba para el señor Guizot la historia inglesa. Todo lo que sigue se reduce para él a un agradable juego alterno entre tories y whigs, es decir, para él, al gran debate entre el señor Guizot y el señor Thiers.[^7] En la realidad, en cambio, solo con la consolidación de la monarquía constitucional empieza el grandioso desarrollo y la transformación de la sociedad burguesa en Inglaterra. Donde el señor Guizot solo ve dulce calma y paz idílica, se desarrollaron en la realidad los conflictos más violentos, las revoluciones más profundas. Primero, bajo la monarquía constitucional, la manufactura alcanzó una extensión hasta entonces desconocida, para dejar luego su lugar a la gran industria, a la máquina de vapor y a las gigantescas fábricas. Desaparecen clases enteras de la población, otras nuevas ocupan su lugar, con nuevas condiciones de vida y nuevas necesidades. Surge una burguesía nueva, más colosal; mientras la vieja burguesía combate a la Revolución francesa, la nueva conquista el mercado mundial. Se vuelve tan omnipotente que, ya antes de que la ley de reforma[^8] le ponga directamente en las manos el poder político, obliga a sus adversarios a legislar casi solo en *su* interés y según *sus* necesidades. Conquista la representación directa en el Parlamento y la utiliza para aniquilar los últimos restos de poder real que le quedaban a la propiedad territorial. Y, por último, en este momento está ocupada en demoler de raíz el hermoso edificio de la Constitución inglesa ante el que el señor Guizot se detiene admirado.

Y mientras el señor Guizot felicita a los ingleses porque entre ellos las condenables excrecencias de la vida social francesa, el republicanismo y el socialismo, no han sacudido los pilares de la monarquía, fuera de la cual no hay salvación, en Inglaterra los antagonismos de clase se han desarrollado en la sociedad hasta una altura que no alcanzan en ningún otro país; aquí, frente a una burguesía de riqueza y fuerzas productivas sin igual, se alza un proletariado que no tiene igual tampoco en poder y concentración. El reconocimiento que el señor Guizot tributa a Inglaterra se reduce, pues, en definitiva a que aquí, bajo la protección de la monarquía constitucional, se han desarrollado muchos más elementos de una revolución social, y mucho más radicales, que en todos los demás países del mundo juntos.

Donde los hilos del desarrollo inglés convergen en un nudo que ya ni siquiera en apariencia puede cortar con la mera frase política, el señor Guizot se refugia en la frase religiosa, en la intervención armada de Dios. Así, por ejemplo, el espíritu de Dios desciende de pronto sobre el ejército e impide a Cromwell proclamarse rey, etc., etc. Ante su conciencia Guizot se salva por Dios; ante el público profano, por el estilo.

En efecto, no solo *les rois s'en vont*, sino que también *les capacités de la bourgeoisie s'en vont*.[^9]

[^1]: François Guizot (1787-1874), historiador de la revolución inglesa y jefe del gobierno de Luis Felipe hasta la revolución de febrero de 1848.

[^2]: La ley septenal, que alargó de tres a siete años la duración de las legislaturas, se aprobó en 1716, ya bajo Jorge I.

[^3]: Robert Walpole (1676-1745), primer ministro whig de 1721 a 1742, célebre por su sistema de corrupción parlamentaria.

[^4]: Anthony Ashley Cooper, tercer conde de Shaftesbury (1671-1713), y Henry St. John, vizconde de Bolingbroke (1678-1751), escritores y deístas ingleses.

[^5]: Los parlamentos del antiguo régimen francés eran tribunales superiores de justicia.

[^6]: Usos y costumbres.

[^7]: Adolphe Thiers (1797-1877), rival de Guizot en la jefatura del gobierno bajo Luis Felipe.

[^8]: La reforma electoral inglesa de 1832.

[^9]: «Los reyes se van […], también se van las capacidades de la burguesía». *Les capacités*: término de la época de Luis Felipe para los hombres ilustrados y competentes, las «capacidades».
