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Title: Reseña de Ludwig Simon, Una palabra de justicia para todos los combatientes por la Constitución del Imperio (1850)
Description: Reseña de Marx y Engels del alegato de Ludwig Simon, diputado de la extrema izquierda de Fráncfort: la Constitución del Imperio como expresión acabada del agotamiento y la indecisión, y la izquierda parlamentaria esperando a que los combatientes se cansen para ofrecerles la conciliación.
Author: Karl Marx, Friedrich Engels
Date: 1850-02
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1850%20Rese%C3%B1a%20de%20Ludwig%20Simon%2C%20Una%20palabra%20de%20justicia%20para%20todos%20los%20combatientes%20por%20la%20Constituci%C3%B3n%20del%20Imperio
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*Segunda de las tres reseñas publicadas sin firma en el cuaderno 2 (febrero de 1850) de la* Neue Rheinische Zeitung. Politisch-ökonomische Revue*, que Marx dirigía desde Londres y se imprimía en Hamburgo; la MEW la recoge entre los escritos de Marx y Engels. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 7 (Berlín, 1960, pp. 203-206), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1850%20Rezension%20Ludwig%20Simon%2C%20Ein%20Wort%20des%20Rechts%20f%C3%BCr%20alle%20Reichsverfassungsk%C3%A4mpfer).*

*Ludwig Simon von Trier,* Ein Wort des Rechts für alle Reichsverfassungskämpfer an die deutschen Geschwornen *(Una palabra de justicia para todos los combatientes por la Constitución del Imperio, dirigida a los jurados alemanes), Fráncfort del Meno, 1849*[^1]

> «Habíamos votado contra el carácter hereditario de la jefatura del Imperio; al día siguiente nos abstuvimos en la elección. Pero cuando toda la obra, surgida de la voluntad de la mayoría de una asamblea elegida por sufragio universal, estuvo terminada, declaramos que nos sometíamos. Si no lo hubiéramos hecho, habríamos demostrado que *no encajábamos en absoluto en una sociedad civil*.»[^2] Pág. 43.

Según el señor L. Simon «de Tréveris», ya los miembros más extremos de la Asamblea de Fráncfort no encajaban «en absoluto en una sociedad civil». El señor L. Simon «de Tréveris» parece, pues, imaginarse los límites de la sociedad civil en general todavía más estrechos que los límites de la Paulskirche.[^3]

Por lo demás, el señor Simon tuvo el tacto acertado de revelar, en su confesión del 11 de abril de 1849, el secreto tanto de su anterior oposición como de su posterior conversión.

> «De las aguas turbias de la diplomacia de antes de marzo se han levantado frías nieblas. Estas nieblas se juntarán en nubes y tendremos una tormenta preñada de desgracias, que amenaza con caer en primer lugar sobre la torre de la iglesia en que estamos sentados. ¡Velen ustedes y procúrense un pararrayos que *aparte* de ustedes el rayo!»

Es decir, señores míos: ¡ahora se trata de nuestro pellejo!

Las súplicas mendicantes, los míseros compromisos que la izquierda de Fráncfort ofreció a la mayoría en la cuestión del emperador y tras el bochornoso regreso de la diputación imperial,[^4] solo para retenerla en la Asamblea, los sucios intentos de pacto que hizo entonces en todas direcciones, reciben su consagración superior en las siguientes palabras del señor Simon:

> «La palabra pacto se ha convertido, por los acontecimientos del año pasado, en objeto de una burla muy preocupante. Casi no se puede hablar de ella sin que a uno se le rían en la cara. Y, sin embargo, de dos casos solo uno es posible: o los hombres pactan, o se lanzan unos contra otros como las fieras.» Pág. 43.

Es decir, o los partidos dirimen su lucha hasta el final, o la aplazan mediante un compromiso cualquiera. Esto último es, en todo caso, más «culto» y más humano. Con su teoría, por lo demás, el señor Simon se abre una serie infinita de pactos gracias a los cuales seguirá siendo posible en cualquier «sociedad civil».

La bienaventurada Constitución del Imperio se justifica en la siguiente deducción filosófica:

> «La Constitución del Imperio era propiamente la expresión de lo posible sin nuevos esfuerzos violentos [...]. Era la expresión viva (!) de la monarquía democrática, es decir, de una contradicción de principio. Pero muchas cosas que se contradecían en principio han existido de hecho, y precisamente de la existencia de hecho de contradicciones de principio se desarrolla la vida ulterior.» Pág. 44.

Se ve que la aplicación de la dialéctica hegeliana sigue siendo algo más difícil que citar versitos de Schiller. La Constitución del Imperio, si quería existir «de hecho» pese a su «contradicción de principio», tendría que haber expresado al menos «en principio» la contradicción que existía «de hecho». «De hecho» estaban de un lado Prusia y Austria, el absolutismo militar, y del otro el pueblo alemán, estafado en los frutos de sus levantamientos de marzo, estafado en gran parte por su necia confianza en la miserable Asamblea de Fráncfort, y a punto de atreverse por fin a una nueva lucha contra el absolutismo militar. Esta contradicción de hecho solo podía resolverse mediante una lucha de hecho. ¿Expresaba la Constitución del Imperio esta contradicción? Ni de lejos. Expresaba la contradicción tal como había existido en marzo de 1848, antes de que Prusia y Austria recobraran sus fuerzas, antes de que la oposición quedara dividida, debilitada y desarmada por derrotas parciales. No expresaba nada más que el pueril autoengaño de los señores de la Paulskirche, que se figuraban que en marzo de 1849 todavía podían dictar leyes a los gobiernos prusiano y austriaco y asegurarse para todo el porvenir la posición, tan lucrativa como libre de peligros, de unos Barrot[^5] del Imperio alemán.

A continuación el señor Simon se felicita a sí mismo y a sus colegas porque nada pudo hacerles vacilar en su interesada ceguera respecto a la Constitución del Imperio:

> «¡Confesad avergonzados, renegados de Gotha,[^6] que nosotros, en medio del ímpetu de las pasiones, resistimos a toda tentación, mantuvimos fielmente nuestra palabra y no cambiamos ni una jota de la obra común!» Pág. 67.

Después señala sus hazañas respecto a Wurtemberg y al Palatinado, y su acuerdo de Stuttgart del 8 de junio, por el que pusieron a Baden bajo la protección del Imperio, cuando ya entonces era esencialmente el Imperio el que estaba bajo la protección de Baden,[^7] y sus acuerdos solo demostraban que estaban decididos a no apartarse «ni una jota» de su cobardía y a aferrarse por la fuerza a una ilusión en la que ellos mismos ya no creían.

El reproche de que «la Constitución del Imperio no era más que la máscara de la república» lo rechaza el señor Simon con mucho ingenio, como sigue:

> «Solo si la lucha contra todos los gobiernos sin excepción hubiera tenido que llevarse hasta el final [...] ¿y quién os dice que la lucha contra todos los gobiernos sin excepción hubiera tenido que llevarse hasta el final? ¿Quién puede calcularlas todas, las posibles vicisitudes de la lucha y de la fortuna de las armas? Y si alguna vez los hermanos enemistados (gobiernos y pueblo), tras un sangriento forcejeo, se hubieran encontrado frente a frente, agotados y sin decisión, y el espíritu de la paz y de la reconciliación hubiera descendido sobre ellos, ¿habíamos dañado en lo más mínimo la bandera de la Constitución del Imperio, bajo la cual podrían haberse tendido las manos fraternas para reconciliarse? ¡Mirad a vuestro alrededor! ¡La mano en el corazón! Buscad sinceramente en lo hondo de vuestra conciencia y responderéis, tendréis que responder: ¡No, no y mil veces no!» Pág. 70.

¡Esta es la verdadera aljaba de la elocuencia de la que el señor Simon sacaba aquellas flechas que disparaba en la Paulskirche con tan asombroso efecto! Pese a su chatura, este conmovedor patetismo tiene, con todo, su interés. Demuestra cómo los señores de Fráncfort estaban tranquilamente sentados en Stuttgart, aguardando a que los partidos enemigos se hubieran cansado de luchar, para interponerse en el momento oportuno entre los agotados y ofrecerles la panacea de la reconciliación, la Constitución del Imperio. Y cuánto habla aquí el señor Simon desde el alma de sus colegas se ve en que esos señores siguen reuniéndose todavía hoy en Berna, en casa del posadero Benz, en la Keßlergasse,[^8] y solo esperan a que estalle una nueva lucha para poder, cuando los partidos «estén frente a frente, agotados y sin decisión», interponerse entre ellos y ofrecerles para que pacten la Constitución del Imperio, esa expresión acabada del agotamiento y la indecisión.

> «Pero os digo, a pesar de todo, y por mucho que duela caminar por las solitarias sendas del exilio lejos de la patria, lejos del hogar, lejos de unos padres ancianos, ¡que no cambio mi conciencia limpia por los remordimientos de los renegados y las noches en vela de los soberanos, aunque se me ofreciera la abundancia de todos los bienes de la tierra!» Pág. 71.

¡Ojalá fuera posible mandar a estos señores al exilio! Pero ¿no llevan consigo la patria en sus baúles, en forma de las actas taquigráficas de Fráncfort, de las que les sale al encuentro un torrente del más puro aire de la tierra natal y la plenitud de la más hermosa satisfacción de sí mismos?

Por lo demás, cuando el señor Simon afirma que alza la voz en favor de los *combatientes* por la Constitución del Imperio, comete un fraude piadoso. Los combatientes por la Constitución del Imperio no necesitaban su «palabra de justicia». Se defendieron mejor y con más energía. Pero el señor Simon tiene que ponerlos por delante para ocultar que considera indispensable pronunciar una *oratio pro domo*[^9] en interés de los de Fráncfort, comprometidos por todos lados, en interés de los fabricantes de la Constitución del Imperio, en interés de sí mismo.

[^1]: Ludwig Simon (1819-1872), abogado de Tréveris, diputado de la extrema izquierda en la Asamblea Nacional de Fráncfort; tras la campaña por la Constitución del Imperio de 1849 se exilió en Suiza.

[^2]: *Bürgerliche Gesellschaft*, que también puede entenderse como «sociedad burguesa».

[^3]: La iglesia de San Pablo de Fráncfort, sede de la Asamblea Nacional de 1848-1849.

[^4]: La diputación de la Asamblea de Fráncfort que en abril de 1849 ofreció la corona imperial a Federico Guillermo IV de Prusia, que la rechazó.

[^5]: Odilon Barrot (1791-1873), jefe de la oposición dinástica bajo Luis Felipe y presidente del consejo de ministros en 1848-1849.

[^6]: Los liberales de la Asamblea de Fráncfort que, tras abandonarla, se reunieron en Gotha en junio de 1849 y se pasaron a la política prusiana de unión.

[^7]: Tras su traslado a Stuttgart, el resto de la Asamblea Nacional (el llamado Parlamento residual) tomó acuerdos en favor de los levantamientos de Baden y del Palatinado, sin otro efecto; fue disuelto por las tropas de Wurtemberg el 18 de junio de 1849.

[^8]: Calle de Berna.

[^9]: Un discurso en causa propia.
