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Title: Revista [mayo-octubre de 1850] (1850)
Description: La última revista política y económica de la Neue Rheinische Zeitung, donde Marx y Engels concluyen del estudio de la crisis de 1847 y de la nueva prosperidad que una nueva revolución solo es posible como consecuencia de una nueva crisis; con el oro de California, la Exposición de 1851, el cartismo, la abolición del sufragio universal en Francia, el sometimiento de Prusia a Austria y la crítica del manifiesto de Mazzini y Ledru-Rollin.
Author: Karl Marx, Friedrich Engels
Date: 1850-11-01
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1850%20Revista%20mayo-octubre%20de%201850
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*Escrita por Karl Marx y Friedrich Engels en Londres, fechada el 1 de noviembre de 1850, y publicada en el cuaderno doble 5-6 (mayo-octubre de 1850) de la* Neue Rheinische Zeitung. Politisch-ökonomische Revue *(Hamburgo), aparecido a finales de noviembre de 1850. Engels reprodujo en 1895 la parte sobre Francia, desde «Los mismos síntomas se manifestaron en Francia», como capítulo IV de [Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1850%20Las%20luchas%20de%20clases%20en%20Francia%20de%201848%20a%201850); para esa parte seguimos nuestra traducción de aquella obra, ajustada al texto de la* Revue*. Traducido de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 7 (Berlín, 1960, pp. 421-463), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1850%20Revue%20Mai%20bis%20Oktober%201850).*

Las agitaciones políticas de los últimos seis meses se distinguen esencialmente de las inmediatamente anteriores. El partido revolucionario ha sido desplazado de la escena en todas partes, y los vencedores se disputan los frutos de la victoria. Así ocurre en Francia entre las distintas fracciones de la burguesía y en Alemania entre los distintos príncipes. La disputa se libra con gran estruendo; la ruptura abierta, la decisión por las armas, parece inevitable; pero lo inevitable es que las armas sigan descansando en la vaina, que la indecisión se esconda una y otra vez tras tratados de paz para prepararse de nuevo para la guerra fingida.

Consideremos primero la base *real* sobre la que se desarrollan estas agitaciones superficiales.

Los años 1843-1845 fueron años de prosperidad industrial y comercial, consecuencias necesarias de la depresión casi ininterrumpida de la industria en el periodo 1837-1842. Como siempre, la prosperidad desarrolló con gran rapidez la especulación. La especulación aparece regularmente en los periodos en que la sobreproducción está ya en pleno curso. Proporciona a la sobreproducción sus canales de salida momentáneos, mientras que precisamente por ello acelera la irrupción de la crisis y aumenta su violencia. La crisis misma estalla primero en el terreno de la especulación y solo más tarde se apodera de la producción. Por eso, a la consideración superficial no le parece causa de la crisis la sobreproducción, sino la sobreespeculación, que no es a su vez más que un síntoma de la sobreproducción. La posterior desorganización de la producción no aparece como resultado necesario de su propia exuberancia anterior, sino como mero contragolpe de la especulación que se hunde. Pero como en este momento no podemos ofrecer una historia completa de la crisis posterior a 1843-1845, nos limitamos a reunir los más importantes de esos mismos *síntomas* de la sobreproducción.

La especulación de los años de prosperidad 1843-1845 se lanzó principalmente sobre los ferrocarriles, donde tenía como base una necesidad real; sobre el grano, a consecuencia de la carestía de 1845 y de la enfermedad de la patata; sobre el algodón, tras la mala cosecha de 1846, y sobre el comercio con las Indias Orientales y con China, donde siguió inmediatamente a la apertura del mercado chino por Inglaterra.[^1]

La expansión del sistema ferroviario inglés empezó ya en 1844, pero no se desarrolló plenamente hasta 1845. Solo en ese año, el número de proyectos de ley (*bills*) registrados para fundar compañías ferroviarias fue de 1.035. En febrero de 1846, cuando ya se había abandonado un sinfín de estos proyectos registrados, el dinero que había que depositar ante el gobierno para los proyectos mantenidos ascendía todavía a la enorme suma de 14.000.000 de libras esterlinas, y todavía en 1847 el total de los desembolsos exigidos en Inglaterra superaba los 42.000.000 de libras, de los cuales más de 36 millones correspondían a ferrocarriles ingleses y, más tarde, 5½ millones a ferrocarriles extranjeros. El apogeo de esta especulación cayó en el verano y el otoño de 1845. Los precios de las acciones subían sin cesar, y las ganancias de los especuladores arrastraron pronto al torbellino a todas las clases de la población. Duques y condes rivalizaban con comerciantes y fabricantes por el lucrativo honor de sentarse en los consejos de administración de las distintas líneas; los miembros de la Cámara de los Comunes, el foro y el clero estaban ampliamente representados en esos órganos. Todo el que había ahorrado un penique, todo el que disponía de una chispa de crédito, especulaba con acciones de ferrocarril. El número de periódicos ferroviarios pasó de 3 a más de 20. Algunos grandes diarios ganaban a menudo 14.000 libras en una semana con anuncios y prospectos de ferrocarriles. No había ingenieros en número suficiente y se les pagaba enormemente. Impresores, litógrafos, encuadernadores, papeleros, etc., etc., a los que se ponía en movimiento para confeccionar prospectos, planos, mapas, etc., etc., y fabricantes de muebles que amueblaban las oficinas de los innumerables nuevos consejos de administración, comités provisionales, etc., que brotaban como hongos, cobraban precios espléndidos. Sobre la base de la expansión real del sistema ferroviario inglés y continental y de la especulación ligada a ella, se fue levantando poco a poco durante este periodo una superestructura de estafa que recuerda los tiempos de Law y de la Compañía de los Mares del Sur.[^2] Se proyectaron cientos de líneas sin la menor posibilidad de éxito, en las que los promotores mismos nunca pensaron en una ejecución real, en las que se trataba solo de que los directores se comieran los depósitos y de las ganancias fraudulentas de la venta de las acciones.

En octubre de 1845 llegó la reacción, que pronto se convirtió en un pánico completo. Ya antes de febrero de 1846, cuando había que pagar al gobierno los depósitos, los proyectos más insostenibles habían quebrado. En abril de 1846 el contragolpe había alcanzado ya los mercados de acciones del continente. En París, Hamburgo, Fráncfort y Ámsterdam se produjeron ventas forzosas a precios muy hundidos, que arrastraron consigo las quiebras de banqueros y corredores. La crisis ferroviaria se prolongó hasta el otoño de 1848, alargada por las sucesivas quiebras también de los proyectos menos endebles, a medida que los iba alcanzando la presión general y se exigían los desembolsos, y agravada por la llegada de la crisis también a los demás terrenos de la especulación, del comercio y de la industria, que fue haciendo bajar los precios de las acciones más antiguas y más sólidas hasta que estas tocaron su nivel más bajo en octubre de 1848.

En agosto de 1845 la atención pública se dirigió por primera vez a la enfermedad de la patata, que se presentaba no solo en Inglaterra e Irlanda, sino también en el continente: el primer síntoma de que la raíz de la sociedad existente estaba podrida. Al mismo tiempo llegaron informes que no dejaban ya ninguna duda sobre la gran merma, ya esperada, también en la cosecha de grano. A consecuencia de estas dos circunstancias, los precios del grano subieron considerablemente en todos los mercados europeos; en Irlanda, hambre completa, que obligó al gobierno inglés a un empréstito de 8 millones de libras esterlinas para esa provincia: exactamente una libra por cada irlandés. En Francia, donde la calamidad se vio aumentada por las inundaciones, que causaron daños por unos 4 millones de libras, la mala cosecha fue extraordinariamente importante. No menos en Holanda y Bélgica. A la mala cosecha del año 1845 correspondió otra todavía peor en 1846, y también la enfermedad de la patata volvió a aparecer, aunque en menor medida. Así se le dio a la especulación con el grano una base real completa, y se desarrolló con tanta mayor violencia cuanto más la habían mantenido casi del todo sofocada durante mucho tiempo las abundantes cosechas de 1842-1844. En los años 1845-1847 Inglaterra importó más grano que nunca. Los precios del grano subieron sin cesar hasta la primavera de 1847, cuando, a consecuencia de las noticias cambiantes de los distintos países sobre la nueva cosecha y de las medidas adoptadas por distintos gobiernos (apertura de los puertos a la libre importación de grano, etc., etc.), se abrió un periodo de fluctuación, y finalmente, en mayo de 1847, los precios alcanzaron su punto más alto. En ese mes el precio medio del *quarter*[^3] de trigo subió en Inglaterra hasta 102½ chelines, y algunos días hasta 115 y 124 chelines. Pero pronto llegaron informes decididamente favorables sobre el tiempo y sobre la cosecha en crecimiento: los precios bajaron, y a mediados de julio el precio medio estaba solo en 74 chelines. El tiempo menos favorable en distintas regiones volvió a hacer subir algo los precios, hasta que por fin, hacia mediados de agosto, se tuvo la certeza de que la cosecha de 1847 rendiría por encima de la media. La caída ya no podía detenerse; los envíos a Inglaterra aumentaron por encima de toda expectativa, y ya el 18 de septiembre el precio medio se había reducido a 49½ chelines. En dieciséis semanas, pues, los precios medios habían oscilado nada menos que 53 chelines.

Durante todo este tiempo no solo había continuado la crisis ferroviaria, sino que precisamente en el momento en que los precios del grano estaban más altos, en abril y mayo de 1847, se sumaron la más completa desorganización del sistema de crédito y el más completo desbarajuste en el mercado de dinero. Pese a ello, los especuladores en grano resistieron la caída de los precios hasta el 2 de agosto. Ese día el Banco elevó su tipo de descuento mínimo al 5 por ciento, y al 6 por ciento para todas las letras a más de 2 meses. Siguió en el acto una serie de quiebras de lo más brillante en la Bolsa de granos, encabezada por la del señor Robinson, gobernador del Banco de Inglaterra. Solo en Londres quebraron ocho grandes casas de grano, cuyo pasivo sumaba en conjunto más de 1½ millones de libras esterlinas. Los mercados de grano de provincias quedaron totalmente paralizados; las bancarrotas se sucedieron allí, sobre todo en Liverpool, con la misma rapidez. Las quiebras correspondientes en el continente se produjeron antes o después, según la distancia de Londres. Con el 18 de septiembre, fecha de los precios más bajos del grano, puede darse sin embargo por terminada la crisis del grano en Inglaterra.

Pasamos ahora a la crisis propiamente comercial, a la crisis monetaria. En los cuatro primeros meses de 1847 la situación general del comercio y de la industria parecía todavía satisfactoria, salvo, sin embargo, la producción de hierro y la industria algodonera. La producción de hierro, llevada a una altura enorme con la estafa ferroviaria de 1845, sufrió naturalmente en la misma medida en que disminuía la salida para el exceso de hierro suministrado. En la industria algodonera, la principal rama industrial para el mercado de las Indias Orientales y de China, se había sobreproducido para ese mercado ya en 1845, y muy pronto se había producido un contragolpe proporcionado. La mala cosecha de algodón de 1846, la subida de los precios tanto del producto en bruto como de la mercancía acabada y la consiguiente disminución del consumo aumentaron la presión sobre esta industria. En los primeros meses de 1847 la producción se restringió considerablemente en todo Lancashire, y los obreros del algodón estaban ya alcanzados por la crisis.

El 15 de abril de 1847 el Banco de Inglaterra elevó al 5 por ciento su tipo de descuento mínimo para las letras a muy corto plazo; limitó el importe total de las letras que descontaría, y ello sin tener en cuenta la solvencia de las casas libradas; anunció por último perentoriamente a los comerciantes a los que había hecho anticipos que, a su vencimiento, ya no los renovaría como solía hacerlo hasta entonces, sino que exigiría su devolución. Dos días después, la publicación de su balance semanal mostró que el fondo de reserva del Departamento Bancario había bajado a 2½ millones de libras esterlinas.[^4] El Banco había tomado, pues, las medidas citadas para poner freno a la salida de oro de sus sótanos y volver a aumentar su reserva metálica.

La salida de oro y plata del Banco obedecía a diversas causas. En primer lugar, el consumo y los precios considerablemente más altos de casi todos los artículos exigían una circulación más amplia, sobre todo de oro y plata para el comercio al por menor. Además, los continuos desembolsos para la construcción de ferrocarriles, que solo en el mes de abril ascendieron a 4.314.000 libras, habían obligado a retirar del Banco una gran masa de depósitos. Una parte del dinero exigido, destinada a ferrocarriles extranjeros, salió directamente al extranjero. La importante sobreimportación de azúcar, café y demás productos coloniales, cuyo consumo y cuyos precios habían subido todavía más por la especulación, de algodón a consecuencia de las compras especulativas hechas desde que se tuvo la certeza de una cosecha escasa y, sobre todo, de grano a consecuencia de las repetidas malas cosechas, tuvo que pagarse en gran parte en dinero contante o en lingotes, y también así se provocó una salida considerable de oro y plata al extranjero. Por lo demás, esta salida de metales preciosos de Inglaterra continuó, pese a las medidas del Banco citadas, hasta finales de agosto.

Las decisiones del Banco y la noticia del bajo nivel de su fondo de reserva produjeron de inmediato una presión sobre el mercado de dinero y un pánico en todo el comercio inglés tan intensos como solo se habían visto en 1845. En las últimas semanas de abril y los cuatro primeros días de mayo quedaron paralizadas casi todas las transacciones de crédito. Sin embargo, no estallaron quiebras extraordinarias; las casas comerciales se sostuvieron mediante enormes pagos de intereses y ventas forzosas de sus existencias, títulos de la deuda pública, etc., a precios ruinosos. Toda una serie de casas, incluso de las más sólidas, con su salvación de este primer acto de la crisis no hizo más que sentar las bases de su caída posterior. Esta superación del primer peligro, el más amenazador, contribuyó mucho a restablecer la confianza; desde el 5 de mayo la presión sobre el mercado de dinero disminuyó visiblemente, y hacia finales de mayo la alarma había pasado en buena parte.

Unos meses más tarde, sin embargo, a comienzos de agosto, se produjeron las quiebras ya mencionadas en el comercio de grano, y apenas se habían agotado estas, que duraron hasta bien entrado septiembre, cuando la crisis estalló con fuerza concentrada en el tráfico general, sobre todo en el negocio con las Indias Orientales, las Indias Occidentales y la isla Mauricio, y ello a la vez en Londres, Liverpool, Manchester y Glasgow. Durante el mes de septiembre quebraron solo en Londres 20 casas, cuyo pasivo total sumaba entre 9 y 10 millones de libras esterlinas.

«Hemos visto entonces en Inglaterra desarraigos de dinastías comerciales no menos sorprendentes que la caída de aquellas firmas políticas del continente de las que tanto hemos oído hablar últimamente», decía Disraeli el 30 de agosto de 1848 en la Cámara de los Comunes.[^5]

Las quiebras de las casas de las Indias Orientales siguieron haciendo estragos sin interrupción hasta el final del año y se repitieron en los primeros meses de 1848, cuando llegaron las noticias de las bancarrotas de las casas correspondientes en Calcuta, Bombay, Madrás y Mauricio.

Esta serie de bancarrotas, inaudita en la historia del comercio, la causaron la sobreespeculación general y la sobreimportación de productos coloniales que esta provocó. Los precios de estas mercancías, mantenidos artificialmente altos durante mucho tiempo, bajaron en parte ya antes del pánico de abril de 1847, pero no bajaron de manera general y considerable hasta *después* de ese pánico, cuando se hundió todo el sistema de crédito y una casa tras otra se vio obligada a ventas forzosas en masa. Sobre todo desde junio y julio hasta noviembre, esta caída fue tan grande que incluso las casas más antiguas y más sólidas tuvieron que sucumbir a ella.

Las bancarrotas de septiembre se limitaban todavía exclusivamente a las *casas comerciales propiamente dichas*. El 1 de octubre el Banco elevó al 5½ por ciento su descuento mínimo para las letras a corto plazo y declaró al mismo tiempo que en adelante ya no concedería anticipos sobre títulos de la deuda pública, de la clase que fueran. Ahora tampoco los *bancos por acciones* ni los *banqueros privados* pudieron seguir resistiendo la presión. El Royal Bank of Liverpool, la Liverpool Banking Company, el North and South Wales Bank, el Newcastle Union Joint Stock Bank, etc., etc., sucumbieron uno tras otro en pocos días. Al mismo tiempo se declararon insolventes multitud de banqueros privados más pequeños en todas las provincias de Inglaterra.

A esta suspensión general de pagos de los bancos, que caracteriza sobre todo el mes de octubre, se suma en Liverpool, Manchester, Oldham, Halifax, Glasgow, etc., un número considerable de bancarrotas de negociantes en valores, de corredores de letras, de acciones, de fletes, de té y de algodón, de productores y comerciantes de hierro, de hilanderos de algodón y de lana, de estampadores de indianas, etc. Según el señor Tooke,[^6] estas bancarrotas no tenían precedente en la historia comercial inglesa, tanto por su número como por el capital que representaban, y superaron con mucho las de la crisis de 1825. La crisis había alcanzado su punto culminante del 23 al 25 de octubre, y todas las transacciones comerciales se habían detenido por completo. Entonces una diputación de la City obtuvo la suspensión de la ley bancaria de 1844,[^7] fruto de la sagacidad del difunto sir Robert Peel. Con esta suspensión cesó momentáneamente la separación del Banco en dos departamentos completamente independientes con dos reservas metálicas distintas; unos pocos días más del antiguo régimen, y uno de esos departamentos, el *banking department*, habría tenido que quebrar, mientras en el *issue department* había almacenados seis millones en oro.

Ya en octubre se produjo el primer contragolpe de la crisis en el *continente*. Estallaron importantes bancarrotas a la vez en Bruselas, Hamburgo, Bremen, Elberfeld, Génova, Livorno, Courtrai, San Petersburgo, Lisboa y Venecia. En la misma medida en que disminuía la intensidad de la crisis en Inglaterra, aumentaba en el continente y alcanzaba puntos a los que hasta entonces no había llegado. Durante el periodo peor, el tipo de cambio era favorable a Inglaterra, y así esta atrajo desde noviembre envíos de oro y plata cada vez mayores, no solo de Rusia y del continente, sino también de América. La consecuencia inmediata fue que, en la misma medida en que el mercado de dinero se aliviaba en Inglaterra, se contraía en el resto del mundo comercial, y la crisis se extendía allí en la misma medida. El número de bancarrotas fuera de Inglaterra aumentó, pues, en noviembre; ahora hubo también quiebras importantes en Nueva York, Rotterdam, Ámsterdam, El Havre, Bayona, Amberes, Mons, Trieste, Madrid y Estocolmo. En diciembre la crisis estalló también en Marsella y Argel y adquirió nueva violencia en Alemania.

Hemos llegado ahora al punto en que estalló la revolución francesa de febrero. Si se mira la lista de bancarrotas que el señor D. M. Evans añade a su *Commercial Crisis of 1847-48* (Londres, 1848),[^8] se ve que en Inglaterra *no quebró ni una sola casa importante* a consecuencia de esta revolución. Las únicas quiebras relacionadas con ella se produjeron en el comercio de valores, a consecuencia de la súbita depreciación de todos los títulos de la deuda pública continentales. Hubo naturalmente bancarrotas parecidas de negociantes en valores también en Ámsterdam, Hamburgo, etc. Los consolidados[^9] ingleses bajaron un 6 por ciento, mientras que tras la revolución de julio habían bajado un 3 por ciento. Para los *stockjobbers*,[^10] pues, la República de febrero no era más que el doble de peligrosa que la monarquía de julio.

El pánico que estalló en París después de febrero y que se extendió por todo el continente al mismo tiempo que las revoluciones se pareció mucho en su curso al pánico de Londres de abril de 1847. El crédito desapareció de golpe y las transacciones se detuvieron casi por completo; en París, Bruselas y Ámsterdam todo el mundo corrió al banco a cambiar los billetes por oro; en conjunto, sin embargo, hubo muy pocas bancarrotas fuera del comercio de valores, y ni siquiera de esas pocas puede demostrarse fácilmente que fueran resultados necesarios de la revolución de febrero. Las suspensiones de pagos de los banqueros parisinos, casi siempre solo momentáneas, se relacionan en parte con el comercio de valores; en parte fueron meras medidas de precaución y en modo alguno debidas a una insolvencia real; y en parte, por último, obedecieron a pura mala fe, para crear dificultades al Gobierno provisional y arrancarle concesiones. En cuanto a las quiebras de banqueros y comerciantes en otras plazas del continente, es imposible decidir en qué medida resultaron de la persistencia y la extensión gradual de la crisis comercial, en qué medida casas podridas desde hacía tiempo aprovecharon las circunstancias para una retirada sensata o en qué medida fueron realmente consecuencia de pérdidas causadas por el pánico revolucionario. Pero en todo caso es seguro que la crisis comercial contribuyó infinitamente más a las revoluciones de 1848 que la revolución a la crisis comercial. Entre marzo y mayo, Inglaterra sacaba ya provecho directo de la revolución, que le aportaba una masa de capital continental. A partir de ese momento hay que dar la crisis por cerrada aquí; en todos los ramos de los negocios se produjo una mejora, y el nuevo ciclo industrial empieza con una decidida tendencia a la prosperidad. Lo poco que la revolución continental frenó este auge de la industria y del comercio en Inglaterra lo demuestra el hecho de que la masa de algodón elaborado aquí pasó de 475 millones de libras de peso (1847) a 713 millones (1848).

Esta prosperidad renovada se desarrolló visiblemente en *Inglaterra* durante los tres años 1848, 1849 y 1850. Para los ocho meses de enero a agosto, la exportación total de Inglaterra fue en 1848 de 31.633.214 libras esterlinas; en 1849, de 39.263.322, y en 1850, de 43.851.568. A este auge considerable, que se manifestó en todos los ramos de los negocios salvo la producción de hierro, se sumaron además las cosechas abundantes en todas partes durante estos tres años. El precio medio del trigo para 1848-1850 bajó en Inglaterra a 36 chelines, y en Francia a 32 chelines por *quarter*. Lo que distingue esta época de prosperidad es que tres de los principales canales de salida de la especulación estaban atascados. La producción ferroviaria había quedado reducida al lento desarrollo de una rama industrial ordinaria; el grano no ofrecía ninguna oportunidad con una serie de cosechas abundantes; los títulos de la deuda pública habían perdido con las revoluciones el carácter de seguridad sin el cual no son posibles grandes operaciones especulativas con valores. Durante toda época de prosperidad el capital aumenta. Por una parte, el aumento de la producción engendra capital nuevo; por otra, el capital existente que dormía durante la crisis sale de su inactividad y se lanza al mercado. Este capital *adicional*, a falta de salidas para la especulación, se vio obligado en los años 1848-1850 a lanzarse a la industria propiamente dicha y a aumentar así todavía más rápidamente la producción. Hasta qué punto llama esto la atención en Inglaterra, sin que se sepa explicarlo, lo prueba la ingenua observación del *Economist*[^11] del 19 de octubre de 1850:

«Es notable que la prosperidad actual se distinga esencialmente de la de todos los periodos anteriores. En todos esos periodos, alguna especulación infundada despertaba esperanzas que no iban a cumplirse. Unas veces eran minas extranjeras; otras, más ferrocarriles de los que razonablemente podían construirse en medio siglo. Incluso cuando tales especulaciones estaban bien fundadas, se hacían siempre con la perspectiva de un rendimiento que solo podía realizarse al cabo de un periodo considerable, ya fuera por la producción de metales o por la creación de nuevas comunicaciones y mercados. No proporcionaban ninguna ganancia inmediata. Pero en la actualidad nuestra prosperidad se basa en la producción de cosas inmediatamente útiles, que pasan al consumo casi tan deprisa como se llevan al mercado, que dejan a los productores una ganancia adecuada y los estimulan a aumentar la producción.»

La prueba más contundente de cuánto ha aumentado la producción industrial en 1848 y 1849 la ofrece la principal rama de la industria, la elaboración del algodón. La cosecha de algodón de 1849 en los Estados Unidos fue más abundante que cualquiera anterior. Ascendió a 2¾ millones de balas, o unos 1.200 millones de libras de peso. La expansión de la industria algodonera siguió tan de cerca este aumento del suministro que a finales de 1849 las existencias eran menores que antes incluso después de años de malas cosechas. En el año 1849 se hilaron más de 775 millones de libras de algodón, mientras que en 1845, el año de mayor prosperidad hasta entonces, solo se habían elaborado 721 millones. La expansión de la industria algodonera se demuestra además por la gran subida de los precios del algodón (un 55 por ciento) a consecuencia de una merma relativamente insignificante en la cosecha de 1850. Por lo menos el mismo progreso se observa en todas las demás ramas, como el hilado y el tejido de la seda, la lana, los tejidos mixtos y el lino. La exportación de los productos de estas industrias aumentó sobre todo en 1850 de manera tan considerable que produjo el gran aumento de la exportación total de ese año (12 millones más que en 1848 y 4 millones más que en 1849 en los ocho primeros meses), aunque en 1850 la exportación de manufacturas de algodón disminuyó sensiblemente a consecuencia de la mala cosecha de algodón. A pesar de la considerable subida de los precios de la lana, que ya en 1849 parecía provocada por la especulación, pero que se ha mantenido hasta ahora, la industria lanera no ha dejado de ampliarse, y todos los días se ponen en marcha nuevos telares. La exportación de tejidos de lino fue en 1844, el año de mayor exportación de lienzos hasta entonces, de 91 millones de yardas por valor de 2.800.000 libras esterlinas, y en 1849 alcanzó los 107 millones de yardas por valor de más de 3.000.000 de libras.

Otra prueba del crecimiento de la industria inglesa la ofrece el consumo cada vez mayor de los principales productos coloniales, sobre todo del café, el azúcar y el té, con precios que no dejan de subir, por lo menos en los dos primeros artículos. Este aumento del consumo es una consecuencia tanto más directa de la expansión de la industria cuanto que el mercado excepcional creado desde 1845 por las extraordinarias obras ferroviarias hace tiempo que ha vuelto a su medida ordinaria, y cuanto que los bajos precios del grano de los últimos años no permiten un aumento del consumo en los distritos agrícolas.

La gran expansión de la industria algodonera en 1849 llevó en los últimos meses de ese año a un nuevo intento de saturar los mercados de las Indias Orientales y de China. Pero la masa de existencias antiguas, todavía sin vender en aquellas regiones, frenó muy pronto ese intento. Al mismo tiempo, con el creciente consumo de materias primas y de productos coloniales, se hizo también un intento de especulación con estos artículos, pero también este fue frenado muy pronto por el aumento momentáneo de los suministros y por el recuerdo de las heridas, todavía demasiado frescas, de 1847.

La prosperidad de la industria aumentará todavía con la reciente apertura de las colonias holandesas,[^12] con el próximo establecimiento de nuevas líneas de comunicación en el océano Pacífico, sobre las que volveremos, y con la gran exposición industrial de 1851.[^13] Esta exposición la convocó la burguesía inglesa ya en 1849, cuando todo el continente soñaba todavía con la revolución, con la más admirable sangre fría. En ella cita a todos sus vasallos, de Francia a China, a un gran examen en el que deberán demostrar cómo han empleado su tiempo; y ni siquiera el todopoderoso zar de Rusia puede dejar de ordenar a sus súbditos que se presenten en gran número a esta gran prueba. Este gran congreso mundial de productos y productores tiene una importancia muy distinta de la de los congresos absolutistas de Bregenz y de Varsovia,[^14] que tanto hacen sudar a nuestros filisteos demócratas del continente, o de la de los congresos democráticos europeos que los distintos gobiernos provisionales *in partibus*[^15] proyectan una y otra vez para salvar el mundo. Esta exposición es una prueba contundente de la fuerza concentrada con que la gran industria moderna derriba en todas partes las barreras nacionales y borra cada vez más las particularidades locales en la producción, en las relaciones sociales y en el carácter de cada pueblo. Al exhibir concentrada en un espacio reducido la masa total de las fuerzas productivas de la industria moderna, precisamente en un momento en que las relaciones burguesas modernas están ya socavadas por todas partes, pone a la vista al mismo tiempo el material que, en medio de esta situación minada, se ha producido y se sigue produciendo cada día para la construcción de una nueva sociedad. Con esta exposición, la burguesía del mundo levanta en la Roma moderna su panteón, en el que exhibe con orgullosa autocomplacencia a los dioses que ella misma se ha hecho. Demuestra así en la práctica que la «impotencia y el desaliento del burgués», que los ideólogos alemanes predican año tras año, no son más que la propia impotencia de estos señores para comprender el movimiento moderno y su propio desaliento ante esa impotencia. La burguesía celebra esta, su fiesta más grande, en un momento en que es inminente el derrumbe de toda su gloria, un derrumbe que le demostrará de manera más contundente que nunca cómo las fuerzas creadas por ella se le han ido de las manos. En una exposición futura, los burgueses tal vez ya no figuren como propietarios de estas fuerzas productivas, sino solo como sus cicerones.

Igual que en 1845 y 1846 la enfermedad de la patata, desde comienzos de este año la merma de la cosecha de algodón difunde un terror general entre la burguesía. Este terror ha aumentado todavía considerablemente desde que se sabe con certeza que tampoco la cosecha de algodón de 1851 será en ningún caso mucho más abundante que la de 1850. La merma, que en periodos anteriores habría sido insignificante, es muy grande para la expansión actual de la industria algodonera y ha frenado ya mucho su actividad. La burguesía, que apenas se había repuesto del descubrimiento abrumador de que uno de los pilares de todo su orden social, la patata, estaba en peligro, ve ahora amenazado además el segundo pilar, el algodón. Si ya una sola merma mediana de la cosecha de algodón y la perspectiva de una segunda pudieron provocar una alarma seria en pleno júbilo de la prosperidad, unos cuantos años seguidos de verdadera mala cosecha de algodón precipitarán necesariamente a toda la sociedad civilizada, por un momento, de vuelta a la barbarie. La edad de oro y la edad de hierro pasaron hace mucho; al siglo XIX, con su inteligencia, su mercado mundial y sus colosales fuerzas productivas, le estaba reservado dar vida a la *edad del algodón*. La burguesía inglesa sintió al mismo tiempo, con más peso que nunca, el dominio que los Estados Unidos ejercen sobre ella gracias a su monopolio, hasta ahora intacto, de la producción de algodón. Se ha puesto en movimiento en el acto para romper ese monopolio. No solo en las Indias Orientales, sino también en Natal y en las partes septentrionales de Australia, y en general en todas las partes del mundo donde el clima y las condiciones permitan el cultivo del algodón, debe fomentarse de todas las maneras. Al mismo tiempo, la burguesía inglesa amiga de los negros descubre que «la prosperidad de Manchester depende del trato que reciben los esclavos en Texas, Alabama y Luisiana, y que este es un hecho tan curioso como alarmante» (*Economist*, 21 de septiembre de 1850). Que la rama decisiva de la industria inglesa descanse en la existencia de la esclavitud en los estados del sur de la Unión norteamericana, que una revuelta de negros en aquellas tierras pueda arruinar todo el sistema de producción existente, es ciertamente un hecho muy abrumador para gentes que hace pocos años gastaron 20 millones de libras esterlinas en la emancipación de los negros en sus propias colonias.[^16] Pero este hecho conduce al mismo tiempo a la única solución de hecho posible de la cuestión de la esclavitud, que acaba de dar lugar de nuevo a debates tan largos y violentos en el Congreso norteamericano.[^17] La producción algodonera norteamericana descansa en la esclavitud. En cuanto la industria se haya desarrollado hasta el punto en que el monopolio algodonero de los Estados Unidos le resulte insoportable, el algodón se producirá con éxito y en masa en otros países, y eso ahora casi en todas partes solo puede hacerse con *obreros libres*. Pero en cuanto el trabajo libre de otros países suministre a la industria su algodón en cantidad suficiente y más barato que el trabajo esclavo de los Estados Unidos, con el monopolio algodonero norteamericano quedará rota también la esclavitud norteamericana, y los esclavos serán emancipados porque, como esclavos, se habrán vuelto inservibles. Exactamente del mismo modo se abolirá el trabajo asalariado en Europa en cuanto no solo deje de ser una forma necesaria de la producción, sino que se haya convertido incluso en una traba para ella.

Si el nuevo ciclo de desarrollo industrial iniciado en 1848 sigue el mismo curso que el de 1843-1847, la crisis estallaría en el año 1852. Como síntoma de que la sobreespeculación que nace de la sobreproducción y que precede a toda crisis no puede tardar mucho, señalemos aquí que el descuento del Banco de Inglaterra no pasa desde hace dos años del 3 por ciento. Pero si el Banco de Inglaterra mantiene bajo su tipo de interés en tiempos de prosperidad, los demás comerciantes de dinero tienen que fijar el suyo todavía más bajo, igual que en tiempos de crisis, cuando el Banco eleva considerablemente el tipo de interés, lo mantienen por encima del del Banco. El capital adicional que, como hemos visto más arriba, se lanza regularmente al mercado de préstamos en tiempos de prosperidad basta por sí solo, según las leyes de la competencia, para hacer bajar considerablemente el tipo de interés; pero en medida todavía mucho mayor lo reduce el crédito, enormemente aumentado por la prosperidad general, al disminuir la demanda de capital. En estas épocas, el gobierno está en condiciones de rebajar el tipo de interés de su deuda consolidada, y el terrateniente, de renovar sus hipotecas en condiciones más favorables. Los capitalistas del mercado de préstamos ven así disminuir sus ingresos en un tercio o más, en un momento en que aumentan los de todas las demás clases. Cuanto más dura esta situación, más obligados se ven a buscar una inversión más ventajosa para su capital. La sobreproducción hace surgir numerosos proyectos nuevos, y el éxito de unos pocos basta para lanzar toda una serie de capitales en la misma dirección, hasta que poco a poco la estafa se generaliza. Pero la especulación, como hemos visto, solo tiene en este momento dos canales de salida principales posibles: el cultivo del algodón y las nuevas comunicaciones del mercado mundial que trae consigo el desarrollo de California y Australia. Se ve que esta vez su campo adquirirá dimensiones incomparablemente mayores que en cualquier periodo anterior de prosperidad.

Echemos todavía un vistazo a la situación de los distritos agrícolas ingleses. Aquí la presión general se ha hecho crónica por la abolición de los aranceles sobre el grano[^18] y por las abundantes cosechas simultáneas, aunque algo atenuada por el aumento considerable del consumo a consecuencia de la prosperidad. A esto se añade que, por lo menos, los jornaleros agrícolas siempre se encuentran en una situación relativamente mejor cuando los precios del grano son bajos, aunque esta mejora se dé en Inglaterra en menor medida que en los países en que predomina la parcelación de la propiedad de la tierra. En estas circunstancias, la agitación de los proteccionistas por el restablecimiento de los aranceles sobre el grano sigue adelante en los distritos agrícolas, aunque de una manera más sorda y encubierta que hasta ahora. Es evidente que seguirá sin ninguna importancia mientras duren la prosperidad industrial y la situación relativamente más soportable de los jornaleros del campo. Pero en cuanto estalle la crisis y repercuta en los distritos agrícolas, la depresión de la agricultura provocará en el campo una agitación extraordinaria. Por primera vez coincidirá esta vez la crisis industrial y comercial con una crisis agrícola, y en todas las cuestiones en que se enfrentan la ciudad y el campo, los fabricantes y los terratenientes, ambos partidos estarán apoyados por dos grandes ejércitos: los fabricantes, por la masa de los obreros industriales; los terratenientes, por la masa de los jornaleros agrícolas.

Pasamos ahora a los *Estados Unidos de Norteamérica*. La crisis de 1836, que estalló aquí antes que en ninguna parte y con más violencia, se prolongó casi sin interrupción hasta 1842 y trajo consigo una revolución completa del sistema de crédito norteamericano. El comercio de los Estados Unidos se recuperó sobre esta base más sólida, al principio desde luego muy lentamente, hasta que a partir de 1844 y 1845 también aquí la prosperidad aumentó considerablemente. Tanto la carestía como las revoluciones de Europa no fueron para América más que fuentes de ganancia. De 1845 a 1847 ganó con la enorme exportación de grano y con la subida de los precios del algodón de 1846. La crisis de 1847 apenas la rozó. En 1849 tuvo la mayor cosecha de algodón hasta entonces, y en 1850 ganó unos 20 millones de dólares con la merma de la cosecha de algodón, que coincidió con el nuevo auge de la industria algodonera europea. Las revoluciones de 1848 provocaron una gran emigración de capital europeo a los Estados Unidos, que en parte llegó con los propios inmigrantes y en parte se invirtió desde Europa en títulos de la deuda norteamericana. Esta mayor demanda de fondos norteamericanos ha hecho subir tanto sus precios que desde hace poco la especulación se ha lanzado sobre ellos en Nueva York con gran violencia. Seguimos sosteniendo, pues, a pesar de todas las afirmaciones en contrario de la prensa burguesa reaccionaria, que la única forma de Estado en la que confían nuestros capitalistas europeos es la *república burguesa*. Para la confianza burguesa en una forma de Estado cualquiera no hay, en general, más que una expresión: *su cotización* en *la Bolsa*.

Pero la prosperidad de los Estados Unidos se elevó todavía más por otras causas. El territorio habitado, el *mercado* de la Unión norteamericana, se extendió en dos direcciones con una rapidez sorprendente. El aumento de la población, tanto por la reproducción interna como por la inmigración cada vez mayor, llevó a poblar estados y territorios enteros.[^19] Wisconsin y Iowa quedaron en pocos años relativamente densamente poblados, y todos los estados de la cuenca alta del Misisipi recibieron un importante aumento de inmigrantes. La explotación de las minas del lago Superior y la creciente producción de grano de toda la región de los Lagos dieron un nuevo impulso al comercio y a la navegación en este sistema de grandes aguas interiores, impulso que aumentará todavía con una ley de la última sesión del Congreso que ofrece grandes facilidades al comercio con Canadá y Nueva Escocia. Mientras los estados del noroeste adquirían así una importancia completamente nueva, Oregón ha sido colonizado en pocos años, Texas y Nuevo México anexionados y California conquistada.[^20] El descubrimiento de las minas de oro de California coronó la prosperidad norteamericana. Ya en el segundo número de esta *Revue*, antes que ninguna otra revista europea, llamamos la atención sobre la importancia de este descubrimiento y de sus consecuencias necesarias para todo el comercio mundial.[^21] Esa importancia no está en el aumento del oro con las minas recién descubiertas, aunque tampoco este aumento de los medios de cambio podía dejar de tener una influencia favorable sobre el comercio en general. Está en el acicate que la riqueza mineral de California dio a los capitales en el mercado mundial, en la actividad en que se puso a toda la costa occidental americana y a la costa oriental asiática, en el nuevo mercado que se creó en California y en todos los países alcanzados por la influencia de California. El mercado californiano ya es por sí solo importante: hace un año había allí 100.000 personas y ahora hay por lo menos 300.000, que casi no producen otra cosa que oro y cambian ese oro por todo lo que necesitan para vivir en mercados extranjeros. Pero el mercado californiano es insignificante al lado de la expansión continua de todos los mercados del Pacífico, del llamativo auge del comercio en Chile y Perú, en el oeste de México y en las islas Sandwich,[^22] y del tráfico de Asia y Australia con California, surgido de repente. California ha hecho necesarias rutas mundiales completamente nuevas, rutas que en poco tiempo tendrán que superar en importancia a todas las demás. La principal ruta comercial hacia el océano Pacífico, que solo ahora queda propiamente abierto y se convierte en el océano más importante del mundo, pasa a partir de ahora por el istmo de Panamá. Establecer las comunicaciones en este istmo mediante carreteras, ferrocarriles y canales se ha convertido ahora en la necesidad más urgente del comercio mundial, y en algunos puntos ya se ha emprendido. El ferrocarril de Chagres a Panamá ya está en construcción. Una compañía norteamericana manda medir la cuenca del San Juan de Nicaragua para unir en ese lugar los dos mares, primero por una ruta terrestre y después por un canal. Otras rutas, la del istmo del Darién, la ruta del Atrato en Nueva Granada y la del istmo de Tehuantepec, se discuten en los periódicos ingleses y norteamericanos. Con la ignorancia, ahora revelada de pronto, en que se encuentra todo el mundo civilizado sobre el terreno de Centroamérica, es imposible determinar qué ruta es la más ventajosa para un gran canal; según los pocos datos conocidos, la ruta del Atrato y el camino por Panamá ofrecen las mejores posibilidades. En relación con las comunicaciones a través del istmo, se ha vuelto igualmente urgente una rápida expansión de la navegación oceánica a vapor. Ya navegan vapores entre Southampton y Chagres, Nueva York y Chagres, Valparaíso, Lima, Panamá, Acapulco y San Francisco; pero estas pocas líneas, con su escaso número de vapores, son del todo insuficientes. El aumento de la navegación a vapor entre Europa y Chagres se hace cada día más necesario, y el creciente tráfico entre Asia, Australia y América exige nuevas y grandiosas líneas de vapores de Panamá y San Francisco a Cantón, Singapur, Sídney, Nueva Zelanda y la estación más importante del Pacífico, las islas Sandwich. Australia y Nueva Zelanda, sobre todo, son de todas las regiones del Pacífico las que más se han desarrollado, tanto por el rápido progreso de la colonización como por la influencia de California, y no quieren seguir separadas ni un momento más del mundo civilizado por una travesía a vela de cuatro a seis meses. La población total de las colonias australianas (sin Nueva Zelanda) pasó de 170.676 habitantes (1839) a 333.764 en el año 1848; aumentó, pues, en nueve años un 95½ por ciento. La propia Inglaterra no puede dejar estas colonias sin comunicación a vapor; el gobierno negocia en este momento una línea que enlace con el correo terrestre de las Indias Orientales, y se llegue o no a un acuerdo, la necesidad de comunicación a vapor con América, y sobre todo con California, adonde el año pasado fueron 3.500 emigrantes de Australia, pronto encontrará remedio por sí misma. Puede decirse realmente que el mundo solo empieza a ser redondo desde que existe la necesidad de esta navegación oceánica universal a vapor.

Esta próxima expansión de la navegación a vapor aumentará todavía con la ya mencionada apertura de las colonias holandesas y con el aumento de los vapores de hélice, con los que, como se ve cada vez más, los emigrantes pueden transportarse más deprisa, relativamente más barato y con más ventaja que en los veleros. Además de los vapores de hélice que ya van de Glasgow y Liverpool a Nueva York, se van a poner otros nuevos en esa línea y se va a establecer una línea entre Rotterdam y Nueva York. Hasta qué punto tiende hoy en general el capital a lanzarse sobre la navegación oceánica a vapor lo demuestran el aumento continuo de los vapores que compiten entre Liverpool y Nueva York, el establecimiento de líneas completamente nuevas de Inglaterra al Cabo y de Nueva York a El Havre, y toda una serie de proyectos parecidos que circulan ahora en Nueva York.

En esta orientación del capital hacia la navegación transoceánica a vapor y hacia la canalización del istmo americano está ya puesta la base de la sobreespeculación en este terreno. El centro de esta especulación es necesariamente Nueva York, que recibe la mayor masa del oro californiano, que ya ha atraído hacia sí el comercio principal con California y que desempeña en general para toda América el mismo papel que Londres para Europa. Nueva York es ya el centro de toda la navegación transatlántica a vapor; todos los vapores del Pacífico pertenecen a compañías neoyorquinas, y casi todos los nuevos proyectos en este ramo parten de Nueva York. La especulación con líneas de vapores transoceánicas ha empezado ya en Nueva York; la compañía de Nicaragua, salida de Nueva York, es igualmente el comienzo de la especulación con los canales del istmo. La sobreespeculación se desarrollará muy pronto, y aunque el capital inglés entre en masa en todas las empresas de este tipo, aunque la Bolsa de Londres se vea atestada de proyectos parecidos de toda clase, esta vez Nueva York seguirá siendo el centro de toda la estafa y, como en 1836, será la primera en sufrir su derrumbe. Innumerables proyectos se irán a pique, pero, como en 1845 el sistema ferroviario inglés, esta vez saldrá de la sobreespeculación por lo menos el *esbozo* de una navegación universal a vapor. Por muchas sociedades que quiebren, los vapores que duplican el tráfico atlántico, que abren el Pacífico, que unen Australia, Nueva Zelanda, Singapur y China con América y que reducen el viaje alrededor del mundo a cuatro meses, permanecerán.

La prosperidad de Inglaterra y de América repercutió pronto en el continente europeo. Ya en el verano de 1849 las fábricas de *Alemania*, sobre todo las de la provincia del Rin, volvían a estar bastante ocupadas, y desde finales de 1849 la reanimación de los negocios era general. Esta prosperidad renovada, que nuestros burgueses alemanes atribuyen ingenuamente al restablecimiento de la tranquilidad y el orden, descansa en realidad únicamente en la prosperidad renovada de Inglaterra y en el aumento de la demanda de productos industriales en los mercados americanos y tropicales. En 1850 la industria y el comercio subieron todavía más; exactamente como en Inglaterra, se produjo una abundancia momentánea de capital y un alivio extraordinario en el mercado de dinero, y los informes sobre las ferias de otoño de Fráncfort y de Leipzig son de lo más satisfactorio para los burgueses interesados. Los conflictos de Schleswig-Holstein y de Hesse Electoral, las disputas de la Unión y las notas amenazadoras de Austria y Prusia no han podido detener ni un momento el desarrollo de todos estos síntomas de prosperidad, como observa también el *Economist* con burlona superioridad *cockney*.

Los mismos síntomas se manifestaron en *Francia* desde 1849, y sobre todo desde comienzos de 1850. Las industrias de París trabajan a pleno rendimiento, y también las fábricas de algodón de Ruán y de Mulhouse marchan bastante bien, aunque aquí, como en Inglaterra, los altos precios de la materia prima han ejercido una influencia desfavorable. El desarrollo de la prosperidad en Francia se vio favorecido además, en especial, por la amplia reforma arancelaria de España y por la rebaja de los aranceles sobre diversos artículos de lujo en México; la exportación de mercancías francesas a ambos mercados ha aumentado considerablemente. El aumento de los capitales llevó en Francia a una serie de especulaciones, a las que sirvió de pretexto la explotación en gran escala de las minas de oro de California. Surgió una multitud de sociedades cuyas acciones de bajo importe y cuyos prospectos de tinte socialista apelan directamente al bolsillo de los pequeños burgueses y de los obreros, pero que, todas sin excepción, se reducen a esa pura estafa que solo es propia de los franceses y de los chinos. Una de estas sociedades goza incluso de la protección directa del gobierno. Los derechos de importación en Francia ascendieron, en los nueve primeros meses, a 63 millones de francos en 1848, a 95 millones en 1849 y a 93 millones en 1850. Por lo demás, en el mes de septiembre de 1850 volvieron a subir en más de un millón respecto al mismo mes de 1849. También la exportación aumentó en 1849, y todavía más en 1850.

La prueba más contundente de la prosperidad restablecida es la reanudación de los pagos en metálico del Banco mediante la ley del 6 de agosto de 1850. El 15 de marzo de 1848 se había autorizado al Banco a suspender sus pagos en metálico. Su circulación de billetes, incluidos los bancos de provincias, ascendía entonces a 373 millones de francos (14.920.000 libras esterlinas). El 2 de noviembre de 1849 esta circulación ascendía a 482 millones de francos, o 19.280.000 libras, un aumento de 4.360.000 libras, y el 2 de septiembre de 1850, a 496 millones de francos, o 19.840.000 libras, un aumento de unos 5 millones de libras. Con ello no se produjo ninguna depreciación de los billetes; al contrario, el aumento de la circulación de billetes fue acompañado de una acumulación cada vez mayor de oro y plata en los sótanos del Banco, de modo que en el verano de 1850 la reserva metálica ascendía a unos 14 millones de libras, una suma inaudita en Francia. Que el Banco se viera así en condiciones de aumentar su circulación, y con ella su capital activo, en 123 millones de francos, o 5 millones de libras, demuestra de manera contundente cuánta razón teníamos cuando afirmamos en un número anterior que la revolución no solo no había derribado a la aristocracia financiera, sino que incluso la había fortalecido. Este resultado se hace todavía más evidente con el siguiente resumen de la legislación bancaria francesa de los últimos años. El 10 de junio de 1847 se autorizó al Banco a emitir billetes de 200 francos; hasta entonces el billete más pequeño era de 500 francos. Un decreto del 15 de marzo de 1848 declaró los billetes del Banco de Francia moneda de curso legal y dispensó al Banco de la obligación de cambiarlos por metálico. Su emisión de billetes se limitó a 350 millones de francos. Al mismo tiempo se le autorizó a emitir billetes de 100 francos. Un decreto del 27 de abril dispuso la fusión de los bancos departamentales con el Banco de Francia; otro decreto, del 2 de mayo de 1848, elevó su emisión de billetes a 452 millones de francos. Un decreto del 22 de diciembre de 1849 elevó el máximo de la emisión de billetes a 525 millones de francos. Por último, la ley del 6 de agosto de 1850 restableció la convertibilidad de los billetes en dinero. Estos hechos, el aumento continuo de la circulación, la concentración de todo el crédito francés en manos del Banco y la acumulación de todo el oro y la plata de Francia en sus cámaras acorazadas, llevaron al señor Proudhon a la conclusión de que el Banco debía ahora mudar su vieja piel de serpiente y metamorfosearse en un banco del pueblo proudhoniano.[^23] No le hacía falta siquiera conocer la historia de la restricción bancaria inglesa de 1797-1819;[^24] le bastaba con dirigir la mirada al otro lado del canal para ver que este hecho, para él inaudito en la historia de la sociedad burguesa, no era más que un acontecimiento burgués perfectamente normal, que ahora se producía en Francia por primera vez. Se ve que los presuntos teóricos revolucionarios que, después del Gobierno provisional, llevaban la voz cantante en París ignoraban la naturaleza y los resultados de las medidas adoptadas tanto como los propios señores del Gobierno provisional.

A pesar de la prosperidad industrial y comercial de que disfruta Francia en este momento, la masa de la población, los 25 millones de campesinos, sufre una gran depresión. Las buenas cosechas de los últimos años han hecho bajar los precios del grano en Francia mucho más todavía que en Inglaterra, y la situación de unos campesinos endeudados, desangrados por la usura y agobiados por los impuestos no puede ser, en estas condiciones, nada brillante. Sin embargo, la historia de los tres últimos años ha demostrado de sobra que esta clase de la población es absolutamente incapaz de toda iniciativa revolucionaria.

Así como el periodo de crisis llega al continente más tarde que a Inglaterra, también llega más tarde el de prosperidad. Es en Inglaterra donde se produce siempre el proceso originario; Inglaterra es el demiurgo del cosmos burgués. En el continente, las distintas fases del ciclo que la sociedad burguesa recorre una y otra vez se presentan en forma secundaria y terciaria. En primer lugar, el continente exportaba a Inglaterra desproporcionadamente más que a cualquier otro país. Pero esta exportación a Inglaterra depende a su vez de la situación de Inglaterra, sobre todo respecto al mercado de ultramar. Además, Inglaterra exporta a los países de ultramar desproporcionadamente más que todo el continente junto, de modo que el volumen de la exportación continental a esos países depende siempre de la exportación inglesa a ultramar en cada momento. Por eso, aunque las crisis produzcan revoluciones primero en el continente, su causa se encuentra siempre en Inglaterra. Es natural que en las extremidades del cuerpo burgués se produzcan estallidos violentos antes que en su corazón, porque en este la posibilidad de compensación es mayor que en aquellas. Por otra parte, el grado en que las revoluciones continentales repercuten en Inglaterra es al mismo tiempo el termómetro que indica hasta qué punto esas revoluciones ponen realmente en cuestión las condiciones de vida burguesas, o hasta qué punto afectan solo a sus formaciones políticas.

Con esta prosperidad general, en la que las fuerzas productivas de la sociedad burguesa se desarrollan con toda la exuberancia que permiten las relaciones burguesas, no puede hablarse de una verdadera revolución. Semejante revolución solo es posible en los periodos en que estos *dos factores*, las fuerzas productivas *modernas* y las *formas burguesas de producción*, entran *en contradicción* entre sí. Las distintas riñas en que se enzarzan ahora los representantes de las diversas fracciones del partido del orden continental, y con las que se comprometen unos a otros, lejos de dar ocasión a nuevas revoluciones, solo son posibles, por el contrario, porque la base de las relaciones es de momento tan segura y, cosa que la reacción no sabe, tan *burguesa*. En ella se estrellarán todos los intentos de la reacción por frenar el desarrollo burgués, igual que toda la indignación moral y todas las entusiastas proclamas de los demócratas. *Una nueva revolución solo es posible como consecuencia de una nueva crisis. Pero es tan segura como esta.*

Pasamos ahora a los acontecimientos políticos de los últimos seis meses. Para Inglaterra, la época de prosperidad es siempre la época de florecimiento del *whiggismo*, que tiene su encarnación adecuada en el hombre más pequeño del reino, lord John Russell.[^25] El ministerio lleva al Parlamento pequeñas propuestas de reforma de tres al cuarto, de las que sabe que fracasarán en la Cámara de los Lores, o que él mismo retira al final de la sesión con el pretexto de la falta de tiempo. La falta de tiempo se debe siempre, claro está, a la abundancia previa de aburrimiento y de palabrería vacía, a la que el *Speaker* pone fin lo más tarde posible con la observación de que esa no es una cuestión que esté ante la Cámara. La lucha entre librecambistas y proteccionistas degenera en estas épocas en puro *humbug*. La masa de los librecambistas está demasiado ocupada en la explotación material del libre comercio para tener tiempo o ganas de seguir luchando por sus consecuencias políticas;[^26] los proteccionistas, frente al auge de la industria urbana, se ven reducidos a jeremiadas y amenazas burlescas. Los partidos siguen haciendo la guerra solo por guardar las formas, para recordarse siempre el uno al otro. Antes de la última sesión, los burgueses industriales armaron un ruido tremendo en favor de la reforma financiera; en el propio Parlamento se limitaron a protestas teóricas. Antes de la sesión, el señor Cobden,[^27] con motivo del empréstito ruso, repitió su declaración de guerra al zar y no se cansaba de acumular sarcasmos sobre el gran pobre de solemnidad de Petersburgo; seis meses después había descendido ya a la escandalosa farsa del Congreso de la Paz,[^28] que no tuvo otro resultado que el de que un indio ojibwa entregara al señor Jaup una pipa de la paz, para gran espanto del señor Haynau, presente en la tribuna, y el de que el charlatán yanqui de la templanza Elihu Burritt fuera a Schleswig-Holstein y a Copenhague para asegurar a los gobiernos respectivos sus buenas intenciones. ¡Como si toda la guerra de Schleswig-Holstein pudiera tomar alguna vez un giro serio mientras participe en ella el señor von Gagern y no Venedey![^29]

La verdadera gran cuestión política de la sesión pasada fue el *debate griego*.[^30] Toda la reacción absolutista del continente había formado con los *tories* ingleses una coalición para derribar a Palmerston. Luis Napoleón había llegado a retirar de Londres al embajador francés, tanto para halagar al zar Nicolás como a la vanidad nacional francesa. Toda la Asamblea Nacional aplaudió con fanatismo esta audaz ruptura con la tradicional alianza inglesa. El asunto dio al señor Palmerston ocasión de presentarse en la Cámara de los Comunes como el campeón de la libertad burguesa de toda Europa; obtuvo una mayoría de 46 votos, y el resultado de la coalición, tan impotente como necia, fue la no renovación de la *Alien Bill*.[^31]

Si Palmerston, con su manifestación contra Grecia y su discurso parlamentario, se enfrentó a la reacción europea en un sentido liberal burgués, el pueblo inglés aprovechó la presencia del señor *Haynau* en Londres para una contundente manifestación de *su* política exterior.[^32]

Si el representante militar de Austria fue perseguido por el pueblo por las calles de Londres, Prusia sufrió en la persona de su representante diplomático una desgracia igual de adecuada a su posición. Se recordará cómo la figura más cómica de Inglaterra, el locuaz literato Brougham, hizo salir de las galerías de la Cámara de los Lores, entre las risas generales de todas las *ladies*, al literato *Bunsen* por su conducta falta de tacto e impertinente.[^33] El señor Bunsen, muy en el espíritu de la gran potencia que representa, encajó tranquilamente esta humillación. Por lo demás, no se irá de Inglaterra pase lo que pase. Todos sus intereses privados lo atan a Inglaterra; seguirá explotando su puesto diplomático para especular con la religión inglesa y para colocar a sus hijos en la Iglesia inglesa y a sus hijas en algún escalón de la *gentry* inglesa.

La muerte de sir Robert *Peel*[^34] contribuyó mucho a acelerar la disolución de los antiguos partidos. El partido que desde 1845 constituía su principal apoyo, los llamados peelistas, se ha deshecho por completo desde entonces. El propio Peel, desde su muerte, ha sido glorificado por casi todos los partidos, de la manera más desmedida, como el mayor estadista de Inglaterra. Ciertamente tiene sobre los «estadistas» del continente la ventaja de no haber sido un mero cazador de cargos. Por lo demás, el arte de gobernar de este hijo de burgueses, encumbrado a jefe de la aristocracia terrateniente, consistió en comprender que hoy solo hay ya una aristocracia real, a saber, la burguesía. En este sentido utilizó constantemente su jefatura de la aristocracia terrateniente para arrancarle concesiones a la burguesía. Así en la emancipación de los católicos y en la reforma de la policía, con las que aumentó el poder político de la burguesía; en las leyes bancarias de 1818[^35] y de 1844, que fortalecieron a la aristocracia financiera; en la reforma arancelaria de 1842 y en las leyes librecambistas de 1846, con las que la aristocracia terrateniente fue lisa y llanamente sacrificada a la burguesía industrial. El segundo pilar de la aristocracia, el «duque de hierro», el héroe de Waterloo,[^36] estuvo fielmente al lado del caballero del algodón Peel como un Don Quijote desengañado. Desde 1845 el partido *tory* trató a Peel como un traidor. El poder de Peel sobre la Cámara de los Comunes se basaba en la extraordinaria *plausibilidad de su elocuencia*. Léanse sus discursos más famosos y se verá que consisten en una acumulación masiva de lugares comunes, entre los que se agrupa hábilmente cierto número de datos estadísticos. Casi todas las ciudades de Inglaterra quieren levantar monumentos al abolidor de las leyes sobre el grano. Un periódico cartista observaba, aludiendo a la policía organizada por Peel en 1829: ¿Para qué queremos todos estos monumentos a Peel? Cada policía de Inglaterra y de Irlanda es un monumento viviente a Peel.

El último acontecimiento que ha causado sensación en Inglaterra es el nombramiento del señor *Wiseman* como *cardenal arzobispo de Westminster* y la división de Inglaterra en trece obispados católicos por el papa.[^37] Este paso del vicario de Cristo, muy sorprendente para la Iglesia inglesa, es una prueba más de la ilusión a la que se entrega toda la reacción continental, como si con las victorias que ha obtenido últimamente al servicio de la burguesía tuviera que producirse ahora por sí solo el restablecimiento de todo el orden social feudal-absolutista con todos sus accesorios religiosos. El catolicismo solo tiene apoyo en Inglaterra en los dos extremos de la sociedad, la aristocracia y el lumpenproletariado. El lumpenproletariado, la plebe irlandesa o de origen irlandés, es católica por su origen. La aristocracia ha coqueteado tanto tiempo, por moda, con el puseísmo[^38] que al final incluso la conversión a la Iglesia católica empezó a estar de moda. En una época en que la aristocracia inglesa, en su lucha contra la burguesía en ascenso, se veía empujada cada vez más a sacar a relucir su carácter feudal, también los ideólogos religiosos de la aristocracia, los teólogos ortodoxos de la Iglesia alta, tenían naturalmente que verse obligados cada vez más, en su lucha con los teólogos de la religión burguesa de los disidentes, a reconocer las consecuencias de su dogma y de su rito semicatólicos, y hasta la conversión de algunos anglicanos reaccionarios a la Iglesia originaria, la única que salva, tenía que hacerse cada vez más frecuente. Estos fenómenos insignificantes despertaron en las cabezas de clérigos católicos ingleses las esperanzas más optimistas en la pronta conversión de toda Inglaterra. La nueva bula del papa, que trata ya otra vez a Inglaterra como provincia romana y que debía dar un nuevo impulso a esta tendencia a la conversión, produce sin embargo justamente el efecto contrario. Los puseístas, enfrentados de pronto a las consecuencias serias de sus juegos medievales, retroceden espantados, y el obispo puseísta de Londres ha publicado inmediatamente una declaración en la que se retracta de todos sus errores y declara al papado una guerra a vida o muerte. Para la burguesía, toda esta comedia solo tiene interés en la medida en que le da ocasión de nuevos ataques contra la Iglesia alta y sus universidades. La comisión de investigación que debe informar sobre la situación de las universidades provocará en la próxima sesión debates violentos. A la masa del pueblo, naturalmente, no le interesa el cardenal Wiseman, ni a favor ni en contra. En cambio, a los periódicos les proporciona, en la actual sequía de noticias, un material bienvenido para largos artículos y violentas diatribas contra Pío Nono.[^39] El *Times* llegó a pedir que el gobierno, para castigar sus extralimitaciones, suscitara una insurrección en los Estados Pontificios y soltara contra él al señor Mazzini y a la emigración italiana. El *Globe*, el órgano de Palmerston, trazó un paralelo de lo más ingenioso entre la bula del papa y el último manifiesto de Mazzini. El papa, decía, reclama una supremacía espiritual sobre Inglaterra y nombra obispos *in partibus infidelium*. Aquí en Londres tiene su sede un gobierno italiano *in partibus infidelium*, a cuya cabeza está el antipapa señor Mazzini. La supremacía que el señor Mazzini no solo reclama, sino que ejerce realmente en los Estados Pontificios, es por ahora igualmente de naturaleza puramente espiritual. Las bulas del papa tienen un contenido puramente religioso; los manifiestos de Mazzini, también. Predican una religión, apelan a la fe, tienen por lema: *Dio ed il popolo*, Dios y el pueblo. Preguntamos: ¿hay entre las pretensiones de ambos otra diferencia que la de que el señor Mazzini representa por lo menos la religión de la mayoría del pueblo al que habla (pues en Italia casi no hay ya otra religión que la de *Dio ed il popolo*), y el papa no? Por lo demás, Mazzini ha aprovechado esta ocasión para dar un paso más. En efecto, junto con los demás miembros del Comité Nacional Italiano, ha abierto ahora desde Londres la suscripción del empréstito de 10 millones de francos que había aprobado la Constituyente romana, en acciones de 100 francos, y ello directamente para comprar armas y pertrechos de guerra. No puede negarse que este empréstito tiene más posibilidades que el fracasado empréstito voluntario del gobierno austriaco en Lombardía.

Un golpe realmente serio que Inglaterra ha asestado últimamente a Roma y a Austria es su tratado comercial con Cerdeña. Este tratado hace saltar el proyecto austriaco de una unión aduanera italiana y asegura al comercio inglés y a la política burguesa inglesa un terreno importante en la Alta Italia.

La organización que ha tenido hasta ahora el partido cartista está igualmente en vías de disolución. Los pequeños burgueses que siguen todavía en el partido, unidos a la aristocracia de los obreros, forman una fracción puramente democrática, cuyo programa se limita a la Carta del Pueblo[^40] y a algunas otras reformas pequeñoburguesas. La masa de los obreros que viven en condiciones realmente proletarias pertenece a la fracción cartista revolucionaria. A la cabeza de la primera está Feargus *O'Connor*; a la cabeza de la segunda, Julian *Harney* y Ernest *Jones*.[^41] El viejo O'Connor, un *squire* irlandés y supuesto descendiente de los antiguos reyes de Munster, es, a pesar de su origen y de su orientación política, un auténtico representante de la vieja Inglaterra. Es conservador por toda su naturaleza y tiene un odio de lo más resuelto tanto al progreso industrial como a la revolución. Todos sus ideales son patriarcales y pequeñoburgueses de pies a cabeza. Reúne en sí una cantidad indecible de contradicciones, que encuentran su solución y su armonía en cierto *common sense* chato y que precisamente lo capacitan para escribir año tras año sus kilométricas cartas semanales en el *Northern Star*,[^42] cada una de las cuales está en abierta disputa con la anterior. Precisamente por eso afirma también O'Connor ser el hombre más consecuente de los tres reinos y haber predicho todos los acontecimientos de los últimos veinte años. Sus espaldas, su voz tonante, su enorme habilidad en el boxeo, con la que una vez, según se cuenta, se mantuvo en el mercado de Nottingham frente a más de veinte mil personas: todo eso es esencial en el representante de la vieja Inglaterra. Está claro que un hombre como O'Connor tiene que ser un gran obstáculo en un movimiento revolucionario; pero esta clase de gente sirve precisamente para que con ella y en ella se desgasten multitud de prejuicios arraigados de antiguo, y para que el movimiento, cuando por fin supera a esa gente, se libre también de una vez para siempre de los prejuicios que representa. O'Connor se hundirá en el movimiento, pero no por eso podrá reclamar menos el título de «mártir de la buena causa» que los señores Lamartine y Marrast.

El principal punto de choque entre las dos fracciones cartistas es la cuestión de la tierra. O'Connor y su partido quieren utilizar la Carta para instalar a una parte de los obreros en pequeñas parcelas de tierra y, por último, generalizar la parcelación en Inglaterra. Ya se sabe cómo fracasó su intento de establecer esta parcelación en pequeño por medio de una sociedad por acciones.[^43] La tendencia de toda revolución burguesa a destrozar la gran propiedad territorial pudo hacer que esta parcelación pareciera durante algún tiempo a los obreros ingleses algo revolucionario, aunque se ve completada regularmente por la tendencia infalible de la pequeña propiedad a concentrarse y a sucumbir ante la gran agricultura. La fracción revolucionaria de los cartistas opone a esta reivindicación de la parcelación la reivindicación de la confiscación de toda la propiedad territorial y exige que no se reparta, sino que siga siendo propiedad nacional.

A pesar de esta escisión y de la formulación de reivindicaciones más extremas, a los cartistas les ha quedado, del recuerdo de las circunstancias en que se aprobó la abolición de las leyes sobre el grano, el presentimiento de que en la próxima crisis tendrán que volver a ir junto con los burgueses industriales, los reformadores financieros, y ayudarles a derribar a sus enemigos, pero arrancándoles a cambio concesiones. Esta será, desde luego, la posición de los cartistas en la crisis que se avecina. El movimiento verdaderamente revolucionario solo podrá empezar en Inglaterra cuando se haya impuesto la Carta, igual que en Francia la batalla de junio solo fue posible cuando se hubo conquistado la república.

Pasemos ahora a *Francia*.

La victoria que el pueblo, unido a los pequeños burgueses, había conseguido en las elecciones del 10 de marzo la anuló él mismo al provocar la nueva elección del 28 de abril. Vidal había sido elegido, además de en París, en el Bajo Rin. El comité de París, en el que la Montaña y la pequeña burguesía estaban fuertemente representadas, le indujo a aceptar el acta del Bajo Rin. La victoria del 10 de marzo dejó de ser decisiva; el plazo de la decisión volvió a aplazarse, la tensión del pueblo se aflojó y se le acostumbró a los triunfos legales en vez de a los revolucionarios. El sentido revolucionario del 10 de marzo, la rehabilitación de la insurrección de junio, quedó por fin completamente aniquilado con la candidatura de Eugène Sue,[^44] el fantasioso social y sentimental de la pequeña burguesía, que el proletariado podía aceptar a lo sumo como una broma para dar gusto a las modistillas. Frente a esta candidatura bienintencionada, el partido del orden, envalentonado por la política vacilante de sus adversarios, presentó un candidato que debía representar la victoria de junio. Este cómico candidato fue el espartano padre de familia Leclerc,[^45] a quien, sin embargo, la prensa arrancó pieza a pieza la heroica armadura y que sufrió además en la elección una brillante derrota. La nueva victoria electoral del 28 de abril[^46] envalentonó a la Montaña y a la pequeña burguesía. Se regocijaban ya con la idea de poder alcanzar la meta de sus deseos por la vía puramente legal y sin empujar de nuevo al proletariado a primer plano mediante una nueva revolución; contaban firmemente con llevar, en las nuevas elecciones de 1852, por medio del sufragio universal, al señor Ledru-Rollin al sillón presidencial y una mayoría de montañeses a la Asamblea. El partido del orden, plenamente seguro, por la repetición de la elección, por la candidatura de Sue y por el estado de ánimo de la Montaña y de la pequeña burguesía, de que estas estaban decididas a permanecer tranquilas en cualquier circunstancia, respondió a las dos victorias electorales con la *ley electoral* que abolía el sufragio universal.

El gobierno se guardó muy bien de presentar este proyecto de ley bajo su propia responsabilidad. Hizo a la mayoría una concesión aparente al encargar su elaboración a los grandes dignatarios de esa mayoría, los diecisiete burgraves.[^47] No fue, pues, el gobierno quien propuso a la Asamblea la abolición del sufragio universal: fue la mayoría de la Asamblea la que se la propuso a sí misma.

El 8 de mayo se presentó el proyecto en la Cámara. Toda la prensa socialdemócrata se alzó como un solo hombre para predicar al pueblo una actitud digna, *calme majestueux*,[^48] pasividad y confianza en sus representantes. Cada artículo de esos periódicos era una confesión de que una revolución tenía que aniquilar ante todo a la llamada prensa revolucionaria y de que, por tanto, se trataba ahora de su propia conservación. La presunta prensa revolucionaria revelaba todo su secreto. Firmaba su propia sentencia de muerte.

El 21 de mayo la Montaña puso a debate la cuestión previa y propuso rechazar todo el proyecto porque violaba la Constitución. El partido del orden respondió que se violaría la Constitución si fuera necesario, pero que de momento no hacía falta, porque la Constitución admitía cualquier interpretación y la mayoría era la única competente para decidir cuál era la interpretación correcta. A los ataques desenfrenados y feroces de Thiers y de Montalembert la Montaña opuso un humanismo decente y culto. Invocaba el terreno del derecho; el partido del orden la remitió al terreno en el que crece el derecho, a la propiedad burguesa. La Montaña gimoteaba: ¿es que se quería a toda costa provocar revoluciones? El partido del orden replicó: se las esperaría.

El 22 de mayo la cuestión previa quedó despachada por 462 votos contra 227. Los mismos hombres que habían demostrado con tan solemne minuciosidad que la Asamblea Nacional y cada diputado en particular abdicaban si abdicaban al pueblo, su mandante, se quedaron en sus escaños, pretendieron de pronto que en su lugar actuara el país, y además mediante peticiones, y seguían allí sentados, impasibles, cuando el 31 de mayo la ley se aprobó brillantemente. Intentaron vengarse con una protesta en la que hacían constar en acta su inocencia en la violación de la Constitución, una protesta que ni siquiera presentaron abiertamente, sino que deslizaron a escondidas en el bolsillo del presidente.

Un ejército de 150.000 hombres en París, el largo aplazamiento de la decisión, las llamadas a la calma de la prensa, la pusilanimidad de la Montaña y de los representantes recién elegidos, la majestuosa tranquilidad de los pequeños burgueses y, sobre todo, la prosperidad comercial e industrial impidieron todo intento revolucionario por parte del proletariado.

El sufragio universal había cumplido su misión. La mayoría del pueblo había pasado por la escuela de desarrollo, que es lo único para lo que puede servir el sufragio universal en una época revolucionaria. Tenía que ser eliminado, por una revolución o por la reacción.

Un despliegue de energía todavía mayor lo hizo la Montaña en una ocasión que se presentó poco después. El ministro de la Guerra, d'Hautpoul,[^49] había llamado desde la tribuna a la revolución de febrero una catástrofe funesta. A los oradores de la Montaña, que, como siempre, se distinguieron por su alboroto de indignación moral, el presidente Dupin no les concedió la palabra. Girardin propuso a la Montaña retirarse en el acto en bloque. Resultado: la Montaña se quedó sentada, pero a Girardin lo expulsaron de su seno por indigno.

La ley electoral necesitaba todavía un complemento: una nueva *ley de prensa*. No se hizo esperar mucho. Un proyecto del gobierno, endurecido de muchas maneras por enmiendas del partido del orden, elevó las fianzas, impuso un timbre especial a las novelas de folletín (respuesta a la elección de Eugène Sue), gravó con un impuesto todas las publicaciones que aparecían en entregas semanales o mensuales hasta un determinado número de pliegos y dispuso, por último, que todo artículo de periódico debía llevar la firma de su autor. Las disposiciones sobre la fianza mataron a la llamada prensa revolucionaria; el pueblo vio en su desaparición una satisfacción por la abolición del sufragio universal. Sin embargo, ni la tendencia ni el efecto de la nueva ley se limitaban a esta parte de la prensa. Mientras la prensa periódica era anónima, aparecía como el órgano de la opinión pública, sin número y sin nombre; era el tercer poder del Estado. Con la firma de cada artículo, un periódico se convertía en una mera colección de contribuciones literarias de individuos más o menos conocidos. Cada artículo descendía al nivel de un anuncio. Hasta entonces los periódicos habían circulado como el papel moneda de la opinión pública; ahora se disolvían en pagarés más o menos malos, cuyo valor y cuya circulación dependían del crédito no solo del librador, sino también del endosante. La prensa del partido del orden había incitado tanto a la abolición del sufragio universal como a las medidas más extremas contra la mala prensa. Pero la buena prensa misma, con su inquietante anonimato, resultaba molesta al partido del orden, y más todavía a cada uno de sus representantes de provincias. El partido del orden ya solo quería tener frente a sí al escritor a sueldo, con su nombre, su domicilio y sus señas personales. En vano se lamentó la buena prensa de la ingratitud con que se recompensaban sus servicios. La ley se aprobó, y la obligación de dar el nombre la alcanzó sobre todo a ella. Los nombres de los periodistas republicanos eran bastante conocidos; pero las respetables firmas del *Journal des Débats*, de *L'Assemblée Nationale*, del *Constitutionnel*, etc., etc., hicieron un papel lamentable con su sabiduría política tan solemnemente proclamada cuando la misteriosa compañía se descompuso de golpe en venales *penny-a-liners*[^50] con larga práctica, que por dinero contante habían defendido todas las causas posibles, como Granier de Cassagnac,[^51] o en viejos trapos que se llamaban a sí mismos hombres de Estado, como Capefigue,[^52] o en cascanueces coquetos, como el señor Lemoinne,[^53] del *Débats*.

En el debate sobre la ley de prensa, la Montaña había caído ya en tal grado de degradación moral que tuvo que limitarse a aplaudir las brillantes tiradas de una vieja notabilidad de la época de Luis Felipe, el señor Victor Hugo.

Con la ley electoral y la ley de prensa, el partido revolucionario y demócrata abandona el escenario oficial. Antes de marcharse a casa, poco después de clausurarse la sesión, las dos fracciones de la Montaña, los demócratas socialistas y los socialistas demócratas, publicaron dos manifiestos, dos *testimonia paupertatis*,[^54] en los que demostraban que, aunque la fuerza y el éxito nunca hubieran estado de su parte, ellos sí habían estado siempre de parte del derecho eterno y de todas las demás verdades eternas.

Veamos ahora el partido del orden. La *Neue Rheinische Zeitung* decía en el número 3, página 16:[^55] «Frente a las ansias de restauración de los orleanistas y los legitimistas unidos, Bonaparte defiende el título de su poder efectivo, la república; frente a las ansias de restauración de Bonaparte, el partido del orden defiende el título de su dominación común, la república; frente a los orleanistas, los legitimistas, y frente a los legitimistas, los orleanistas, defienden el *statu quo*, la república. Todas estas fracciones del partido del orden, cada una de las cuales tiene *in petto* su propio rey y su propia restauración, hacen valer recíprocamente, frente a las ansias de usurpación y de encumbramiento de sus rivales, la dominación común de la burguesía, la forma en que las pretensiones particulares quedan neutralizadas y en reserva: la república… Y Thiers decía más verdad de lo que sospechaba cuando afirmaba: “Nosotros, los realistas, somos los verdaderos pilares de la república constitucional”».

Esta comedia de los *républicains malgré eux*,[^56] la repugnancia por el *statu quo* y su constante consolidación; los incesantes roces entre Bonaparte y la Asamblea Nacional; la amenaza, siempre renovada, del partido del orden de descomponerse en sus distintos elementos, y la unión, siempre repetida, de sus fracciones; el intento de cada fracción de convertir cada victoria sobre el enemigo común en una derrota de sus aliados del momento; los celos mutuos, los rencores, las intrigas, el incansable desenvainar de espadas que termina siempre con un nuevo *baiser Lamourette*:[^57] toda esta enojosa comedia de enredos nunca se desarrolló de manera tan clásica como en los últimos seis meses.

El partido del orden consideró la ley electoral al mismo tiempo como una victoria sobre Bonaparte. ¿No había abdicado el gobierno al dejar en manos de la comisión de los Diecisiete la redacción y la responsabilidad de su propio proyecto? ¿Y no descansaba la fuerza principal de Bonaparte frente a la Asamblea en que era el elegido de seis millones? Bonaparte, por su parte, trató la ley electoral como una concesión a la Asamblea, con la que había comprado la armonía del poder legislativo con el ejecutivo. Como recompensa, el vulgar aventurero exigió un aumento de tres millones en su lista civil. ¿Podía la Asamblea Nacional entrar en conflicto con el ejecutivo en un momento en que había proscrito a la gran mayoría de los franceses? Montó en cólera, pareció dispuesta a llevar las cosas al extremo, su comisión rechazó la propuesta, la prensa bonapartista amenazó y señaló al pueblo desheredado, despojado de su derecho de voto, hubo una multitud de ruidosos intentos de transacción, y la Asamblea acabó cediendo en el fondo, pero vengándose a la vez en el principio. En lugar del aumento anual, por principio, de la lista civil en tres millones, le concedió una ayuda de 2.160.000 francos. No contenta con esto, solo hizo esta concesión después de que la apoyara Changarnier, el general del partido del orden y el protector impuesto a Bonaparte. Así pues, en realidad no concedió los dos millones a Bonaparte, sino a Changarnier.

Este regalo, arrojado *de mauvaise grâce*,[^58] Bonaparte lo acogió exactamente con el espíritu con que se lo hacían. La prensa bonapartista volvió a tronar contra la Asamblea Nacional. Cuando después, en el debate sobre la ley de prensa, se presentó la enmienda sobre la firma de los artículos, que iba dirigida a su vez especialmente contra los periódicos subalternos, los representantes de los intereses privados de Bonaparte, el principal periódico bonapartista, *Le Pouvoir*,[^59] publicó un ataque abierto y violento contra la Asamblea Nacional. Los ministros tuvieron que desautorizar el periódico ante la Asamblea; el gerente del *Pouvoir* fue citado ante la Asamblea Nacional y condenado a la multa más alta, 5.000 francos. Al día siguiente el *Pouvoir* publicó un artículo todavía mucho más insolente contra la Asamblea y, como desquite del gobierno, la fiscalía persiguió en el acto a varios periódicos legitimistas por violación de la Constitución.

Por fin se llegó a la cuestión del aplazamiento de la Cámara. Bonaparte lo deseaba para poder operar sin trabas por parte de la Asamblea. El partido del orden lo deseaba, en parte para llevar adelante sus intrigas de fracción, en parte para atender los intereses privados de cada diputado. Ambos lo necesitaban para consolidar y extender en las provincias las victorias de la reacción. Así pues, la Asamblea suspendió sus sesiones del 11 de agosto al 11 de noviembre. Pero como Bonaparte no ocultaba en absoluto que solo le importaba librarse de la molesta vigilancia de la Asamblea Nacional, la Asamblea imprimió al propio voto de confianza el sello de la desconfianza hacia el presidente. De la comisión permanente de 28 miembros que se quedaron durante las vacaciones como guardianes de la virtud de la república se mantuvo apartados a todos los bonapartistas. En su lugar se eligió incluso a algunos republicanos del *Siècle* y del *National*, para demostrar al presidente el apego de la mayoría a la república constitucional.

Poco antes y, sobre todo, inmediatamente después del aplazamiento de la Cámara, las dos grandes fracciones del partido del orden, los orleanistas y los legitimistas, parecieron querer reconciliarse, y precisamente mediante una fusión de las dos casas reales bajo cuyas banderas combaten. Los periódicos estaban llenos de propuestas de reconciliación que, al parecer, se habían discutido junto al lecho de enfermo de Luis Felipe en St. Leonards, cuando la muerte de Luis Felipe simplificó de pronto la situación.[^60] Luis Felipe era el usurpador; Enrique V, el despojado; el conde de París, en cambio, dado que Enrique V no tenía hijos, su legítimo heredero al trono. Ahora desaparecía todo pretexto contra la fusión de los dos intereses dinásticos. Pero justamente entonces descubrieron las dos fracciones de la burguesía que lo que las separaba no era el fervor por una determinada casa real, sino que eran más bien sus intereses de clase separados los que mantenían apartadas a las dos dinastías. Los legitimistas, que habían peregrinado a la corte de Enrique V en Wiesbaden, igual que sus competidores a St. Leonards, recibieron allí la noticia de la muerte de Luis Felipe. Formaron en el acto un ministerio *in partibus infidelium*,[^61] compuesto en su mayoría por miembros de aquella comisión de guardianes de la virtud de la república, que, con ocasión de una disputa surgida en el seno del partido, se presentó con la proclamación más desembozada del derecho divino. Los orleanistas se alegraron del escándalo comprometedor que este manifiesto provocó en la prensa y no ocultaron ni un instante su abierta hostilidad hacia los legitimistas.

Durante el aplazamiento de la Asamblea Nacional se reunieron los consejos generales de los departamentos. Su mayoría se pronunció por una revisión de la Constitución, con más o menos cláusulas y reservas; es decir, se pronunció por una restauración monárquica no determinada con más precisión, por una *«solución»*, y confesó al mismo tiempo que era demasiado incompetente y demasiado cobarde para encontrar esa solución. La fracción bonapartista interpretó en el acto este deseo de revisión en el sentido de una prórroga de la presidencia de Bonaparte.

La solución constitucional, la renuncia de Bonaparte en mayo de 1852, la elección simultánea de un nuevo presidente por todos los electores del país y la revisión de la Constitución por una cámara de revisión en los primeros meses de la nueva presidencia, es absolutamente inadmisible para la clase dominante. El día de la nueva elección presidencial sería el día de la cita de todos los partidos enemigos: legitimistas, orleanistas, republicanos burgueses, revolucionarios. Se llegaría necesariamente a una decisión violenta entre las diferentes fracciones. Aun en el caso de que el partido del orden consiguiera ponerse de acuerdo sobre la candidatura de un hombre neutral ajeno a las familias dinásticas, Bonaparte volvería a alzarse frente a él. En su lucha contra el pueblo, el partido del orden se ve obligado a aumentar constantemente el poder del ejecutivo. Todo aumento del poder del ejecutivo aumenta el poder de quien lo ejerce, Bonaparte. Por eso, en la misma medida en que el partido del orden refuerza su poder común, refuerza los medios de lucha de las pretensiones dinásticas de Bonaparte, refuerza sus probabilidades de frustrar por la fuerza la solución constitucional el día de la decisión. Frente al partido del orden, él no tropezará entonces con uno de los pilares de la Constitución, como tampoco tropezó el partido del orden con el otro frente al pueblo, al hacer la ley electoral. Incluso apelaría, en apariencia, al sufragio universal frente a la Asamblea. En una palabra, la solución constitucional pone en cuestión todo el *statu quo* político, y detrás de la amenaza al *statu quo* el burgués ve el caos, la anarquía, la guerra civil. Ve puestas en cuestión, para el primer domingo de mayo de 1852, sus compras y sus ventas, sus letras de cambio, sus matrimonios, sus contratos ante notario, sus hipotecas, sus rentas del suelo, sus alquileres, sus ganancias, todos sus contratos y todas sus fuentes de ingresos, y no puede exponerse a semejante riesgo. Detrás de la amenaza al *statu quo* político se esconde el peligro de que se derrumbe toda la sociedad burguesa. La única solución posible en el sentido de la burguesía es aplazar la solución. Solo puede salvar la república constitucional violando la Constitución, prorrogando el poder del presidente. Esta es también la última palabra de la prensa del orden tras los largos y profundos debates sobre las «soluciones» a los que se entregó después de la sesión de los consejos generales. El poderosísimo partido del orden se ve así obligado, para su vergüenza, a tomar en serio la ridícula, vulgar y odiada persona del pseudo-Bonaparte.

Este sucio personaje se equivocaba también sobre las causas que lo revestían cada vez más del carácter de hombre necesario. Mientras su partido tenía bastante perspicacia para atribuir a las circunstancias la creciente importancia de Bonaparte, él creía deberla únicamente al poder mágico de su nombre y a su ininterrumpida caricatura de Napoleón. Se volvía cada día más emprendedor. A las peregrinaciones a St. Leonards y a Wiesbaden opuso sus giras por Francia. Los bonapartistas tenían tan poca confianza en el efecto mágico de su personalidad que le enviaban a todas partes, como *claque*, a gente de la Sociedad del 10 de Diciembre, esa organización del lumpenproletariado de París, embalada en masa en trenes y en sillas de posta. Ponían en boca de su marioneta discursos que, según el recibimiento en cada ciudad, proclamaban como divisa de la política presidencial la resignación republicana o la tenacidad perseverante. A pesar de todas las maniobras, estos viajes fueron cualquier cosa menos marchas triunfales.

Cuando Bonaparte creyó haber entusiasmado así al pueblo, se puso en marcha para ganarse al ejército. Hizo celebrar en la llanura de Satory, cerca de Versalles, grandes revistas militares, en las que intentó comprar a los soldados con salchichón al ajo, champán y cigarros. Si el verdadero Napoleón, en las fatigas de sus campañas de conquista, sabía animar a sus soldados extenuados con una familiaridad patriarcal momentánea, el pseudo-Napoleón creía que las tropas le gritaban en agradecimiento: «¡Viva Napoleón, viva el salchichón!», es decir: «¡Viva el salchichón, viva el bufón!».[^62]

Estas revistas hicieron estallar la discordia, largo tiempo contenida, entre Bonaparte y su ministro de la Guerra, d'Hautpoul, por un lado, y Changarnier, por otro. En Changarnier el partido del orden había encontrado a su verdadero hombre neutral, en el que no cabía hablar de pretensiones dinásticas propias. Lo había destinado a suceder a Bonaparte. Además, por su actuación del 29 de enero y del 13 de junio de 1849, Changarnier se había convertido en el gran caudillo del partido del orden, en el moderno Alejandro cuya brutal intervención había cortado, a los ojos del burgués timorato, el nudo gordiano de la revolución. En el fondo tan ridículo como Bonaparte, se había convertido así, de la manera más barata, en una potencia, y la Asamblea Nacional lo había colocado frente al presidente para vigilarlo. Él mismo coqueteaba, por ejemplo en la cuestión de la dotación, con la protección que dispensaba a Bonaparte, y se mostraba cada vez más prepotente frente a él y a los ministros. Cuando, con ocasión de la ley electoral, se esperaba una insurrección, prohibió a sus oficiales aceptar órdenes de ninguna clase del ministro de la Guerra o del presidente. La prensa contribuyó además a agrandar la figura de Changarnier. Ante la total falta de grandes personalidades, el partido del orden se vio naturalmente impulsado a atribuir a un solo individuo la fuerza de que carecía toda su clase y a hincharlo así hasta lo monstruoso. Así nació el mito de Changarnier, el *«baluarte de la sociedad»*. La arrogante charlatanería, la misteriosa fanfarronería con que Changarnier se dignaba llevar el mundo sobre sus hombros, contrastan del modo más ridículo con los acontecimientos ocurridos durante la revista de Satory y después de ella, que demostraron irrefutablemente que bastaba un plumazo de Bonaparte, el infinitamente pequeño, para reducir a las dimensiones de la mediocridad esa fantástica criatura del miedo burgués, el coloso Changarnier, y para convertirlo a él, el héroe salvador de la sociedad, en un general retirado.

Bonaparte se venía vengando desde hacía tiempo de Changarnier incitando al ministro de la Guerra a provocar conflictos disciplinarios con el incómodo protector. La última revista de Satory hizo por fin estallar el viejo rencor. La indignación constitucional de Changarnier ya no conoció límites cuando vio desfilar a los regimientos de caballería al grito anticonstitucional de «¡Viva el emperador!». Para adelantarse a todos los debates desagradables sobre este grito en la inminente sesión de la Cámara, Bonaparte apartó al ministro de la Guerra, d'Hautpoul, nombrándolo gobernador de Argel. En su lugar puso a un viejo general de confianza de los tiempos del Imperio, que estaba en brutalidad a la altura de Changarnier.[^63] Pero, para que la destitución de d'Hautpoul no pareciera una concesión a Changarnier, trasladó al mismo tiempo de París a Nantes al brazo derecho del gran salvador de la sociedad, el general Neumayer. Había sido Neumayer quien, en la última revista, había movido a toda la infantería a desfilar en un silencio glacial ante el sucesor de Napoleón. Changarnier, herido en la persona de Neumayer, protestó y amenazó. En vano. Tras dos días de negociaciones apareció en el *Moniteur* el decreto de traslado de Neumayer, y al héroe del orden no le quedó más remedio que someterse a la disciplina o dimitir.

La lucha de Bonaparte con Changarnier es la continuación de su lucha con el partido del orden. La reapertura de la Asamblea Nacional el 11 de noviembre se produce, por tanto, bajo auspicios amenazadores. Será una tempestad en un vaso de agua. En lo esencial, el viejo juego tiene que continuar. Pese a los gritos de los caballeros de los principios de sus distintas fracciones, la mayoría del partido del orden se verá obligada, sin embargo, a prorrogar el poder del presidente. Del mismo modo, Bonaparte, pese a todas sus protestas provisionales, doblegado ya por la falta de dinero, aceptará esta prórroga del poder como simple delegación de manos de la Asamblea Nacional. Así se aplaza la solución, se mantiene el *statu quo*, una fracción del partido del orden compromete a la otra, la debilita, la hace imposible, y la represión contra el enemigo común, la masa de la nación, se extiende y se agota, hasta que las propias condiciones económicas hayan alcanzado de nuevo el punto de desarrollo en que una nueva explosión haga saltar por los aires a todos estos partidos en discordia junto con su república constitucional.

Para tranquilidad del burgués hay que decir, por lo demás, que el escándalo entre Bonaparte y el partido del orden tiene como resultado arruinar en la Bolsa a una multitud de pequeños capitalistas y hacer pasar sus fortunas a los bolsillos de los grandes lobos de la Bolsa.

En *Alemania*, los acontecimientos políticos de los últimos seis meses se resumen en el espectáculo de cómo Prusia engaña a los liberales y Austria engaña a Prusia.

En 1849 parecía tratarse de la hegemonía de Prusia en Alemania; en 1850 se trataba del reparto del poder entre Austria y Prusia; en 1851 solo se trata ya de la forma en que Prusia se somete a Austria y vuelve, como pecador arrepentido, al seno de la *Dieta federal* completamente restablecida.[^64] La Pequeña Alemania que el rey de Prusia esperaba conseguir a cambio de su malograda cabalgata imperial por Berlín del 21 de marzo de 1848[^65] se ha convertido en una Pequeña Prusia; Prusia ha tenido que soportar con paciencia todas las humillaciones y ha desaparecido de la fila de las grandes potencias. Incluso el modesto sueño de la Unión[^66] lo ha vuelto a reducir a nada la habitual estrechez pérfida de su política. Prusia atribuyó fraudulentamente a la Unión un carácter liberal y engañó así a los sabios de Gotha[^67] con fantasmagorías constitucionales que nunca se tomó en serio; y sin embargo ella misma, por todo su desarrollo industrial, su déficit permanente y su deuda pública, se había vuelto tan burguesa que, a pesar de todos sus forcejeos y resistencias, caía cada vez más irremediablemente en el constitucionalismo. Si los sabios de Gotha descubrieron al final con qué ignominia había tratado Prusia su dignidad y su prudencia, si hasta un Gagern y un Brüggemann[^68] se apartaron por fin con noble indignación de un gobierno que jugaba de manera tan vil con la unidad y la libertad de la patria, Prusia no tuvo mayor alegría con los polluelos que había reunido bajo sus alas protectoras, los pequeños príncipes. Los principillos de opereta solo se habían confiado a las garras del águila prusiana, ávida de mediatizaciones,[^69] en el momento de mayor apuro e indefensión; habían tenido que pagar caro el regreso de sus súbditos a la antigua obediencia gracias a intervenciones, amenazas y demostraciones prusianas, con convenios militares que los esclavizaban, con costosos alojamientos de tropas, con la perspectiva de una pronta mediatización por la Constitución de la Unión. Pero la propia Prusia se había encargado de que se libraran de este nuevo apuro. Prusia había devuelto en todas partes el poder a la reacción, y en la misma medida en que la reacción avanzaba, los principillos se apartaban de Prusia para echarse en brazos de *Austria*. Si podían volver a gobernar a la manera de antes de marzo, la Austria absolutista les quedaba más cerca que una potencia que no podía ser absolutista ni quería ser liberal. Además, la política austriaca no llevaba a la mediatización de los pequeños Estados, sino, al contrario, a su conservación como partes integrantes de la Dieta federal que había que restablecer. Así vio Prusia cómo se apartaba de ella Sajonia, salvada pocos meses antes por las tropas prusianas;[^70] cómo se apartaba Hannover, cómo se apartaba Hesse Electoral, y cómo ahora también Baden, a pesar de sus guarniciones prusianas, seguía a los demás. Que el apoyo prestado por Prusia a la reacción en Hamburgo, Mecklemburgo, Dessau, etc., etc., no redundó en su provecho, sino en el de Austria, lo ve ahora claramente en los sucesos de los dos Hesses. Así experimentó el malogrado emperador alemán que vive en una época de deslealtad, y si ahora tiene que tolerar que le quiten «su brazo derecho, la Unión», ese brazo estaba ya marchito desde hacía bastante tiempo. Así ha puesto ya Austria toda la Alemania del sur bajo su hegemonía, y también en la Alemania del norte los Estados más importantes son adversarios de Prusia.

Austria había llegado por fin al punto en que, apoyada en Rusia, podía enfrentarse abiertamente a Prusia. Lo hizo en dos cuestiones: la de Schleswig-Holstein y la de Hesse Electoral.

En *Schleswig-Holstein*, la «espada de Alemania» había concluido una paz por separado genuinamente prusiana y había entregado a sus aliados en manos de la superioridad enemiga.[^71] Inglaterra, Rusia y Francia decidieron poner fin a la independencia de los ducados y expresaron este propósito en un protocolo al que se adhirió Austria.[^72] Mientras Austria y los gobiernos alemanes aliados con ella defendían en la Dieta federal restaurada, conforme al Protocolo de Londres, la intervención federal en Holstein en favor de Dinamarca, Prusia intentaba proseguir su política de nadar entre dos aguas, mover a las partes a someterse a un tribunal federal de arbitraje que ni siquiera existía, indefinible y rechazado por la mayoría de los gobiernos y los más importantes, y con todas sus maniobras no consiguió más que hacerse sospechosa de intrigas revolucionarias ante las grandes potencias y recibir una serie de notas amenazadoras que pronto le quitarán las ganas de una política exterior «independiente». A los de Schleswig-Holstein se les devolverá en breve a su padre de la patria, y un pueblo que se deja gobernar por los señores Beseler y Reventlow,[^73] aunque tiene a todo el ejército de su parte, demuestra que todavía necesita para su educación la vara danesa.

El movimiento de *Hesse Electoral*[^74] nos ofrece un ejemplo inimitable de adónde puede llegar un «levantamiento» en un pequeño Estado alemán. La resistencia virtuosa y burguesa contra el falsario Hassenpflug[^75] había realizado todo lo que puede pedirse a un espectáculo de este tipo: la Cámara era unánime, el país era unánime, los funcionarios y el ejército estaban del lado de los ciudadanos; todos los elementos contrarios habían sido apartados, el «¡fuera del país los príncipes!»[^76] se había realizado por sí solo, el falsario Hassenpflug había desaparecido con todo su ministerio; todo marchaba a pedir de boca, todos los partidos se mantenían estrictamente dentro de los límites legales, se evitaban todos los excesos, y la oposición había obtenido, sin mover un dedo, la victoria más hermosa de la que saben dar cuenta los anales de la resistencia constitucional. Y ahora, cuando los ciudadanos tenían todo el poder en sus manos, cuando su comisión permanente de los estados no encontraba en ninguna parte la menor resistencia, ahora era cuando resultaban de verdad necesarios.[^77] Ahora vieron que, en lugar de las tropas del príncipe elector, había tropas extranjeras en la frontera, dispuestas a entrar y a acabar en veinticuatro horas con toda la gloria burguesa. Solo ahora empezaron la perplejidad y el ridículo; si antes no habían podido retroceder, ahora no podían avanzar. La negativa a pagar los impuestos en Hesse Electoral demuestra de manera más contundente que cualquier acontecimiento anterior cómo todos los conflictos dentro de los pequeños Estados desembocan en puras farsas, cuyo único resultado final es la intervención extranjera y la eliminación del conflicto mediante la eliminación tanto del príncipe como de la Constitución. Demuestra lo ridículas que son todas esas luchas de altísima importancia en las que los pequeños burgueses de los pequeños Estados intentan salvar de la ruina inevitable, con patriótica fidelidad a sus convicciones, cada pequeña conquista de marzo.

En Hesse Electoral, un Estado de la Unión al que se trataba de arrancar del abrazo prusiano, Austria se enfrentó directamente a su rival. Fue Austria la que incitó lisa y llanamente al príncipe elector a su ataque contra la Constitución y lo puso enseguida bajo la protección de su Dieta federal. Para dar fuerza a esta protección, para quebrar en el asunto de Hesse Electoral la resistencia de Prusia al dominio de Austria, para hacer volver a Prusia a la Dieta federal a fuerza de amenazas, se apostaron ahora tropas austriacas y del sur de Alemania en Franconia y en Bohemia. Prusia se arma también. Los periódicos rebosan de informes sobre marchas y contramarchas de los cuerpos de ejército. Todo este ruido no llevará a nada, igual que las riñas del partido del orden francés con Bonaparte. Ni el rey de Prusia ni el emperador de Austria son soberanos, sino solo el zar ruso. Ante su orden se doblegará por fin la Prusia rebelde sin que se haya derramado una gota de sangre; las partes se reunirán pacíficamente en los sillones de la Dieta federal, sin que por ello sufran el menor menoscabo ni sus celos mutuos, ni sus disputas con sus súbditos, ni su despecho contra la soberanía rusa.

Pasamos ahora al país como tal, al pueblo europeo, al pueblo de la *emigración*. De las distintas secciones de la emigración, la alemana, la francesa, la húngara, etc., no hablaremos; su *haute politique*[^78] se reduce a pura *chronique scandaleuse*. Pero el pueblo europeo en su conjunto *in partibus infidelium* ha recibido últimamente un gobierno provisional en el *Comité Central Europeo*, compuesto por Giuseppe *Mazzini*, *Ledru-Rollin*, Albert *Darasz* (polaco) y... Arnold *Ruge*, que para justificar su existencia escribe modestamente detrás de su nombre: miembro de la Asamblea Nacional de Fráncfort.[^79] Aunque no podría decirse qué concilio democrático ha llamado a su cargo a estos cuatro evangelistas, no puede negarse que su manifiesto contiene la profesión de fe de la gran masa de la emigración y resume en forma adecuada las conquistas intelectuales que esa masa debe a las últimas revoluciones.

El manifiesto empieza con una pomposa enumeración de las fuerzas de la democracia.

«¿Qué le falta a la democracia para vencer?... La organización... Tenemos sectas, pero no Iglesia; filosofías incompletas y contradictorias, pero no religión, no una fe colectiva que reúna a los creyentes bajo un único signo y armonice sus trabajos... El día en que nos encontremos todos unidos, marchando juntos bajo la mirada de los mejores de entre nosotros... será la víspera del combate. Ese día nos habremos contado, sabremos quiénes somos, tendremos conciencia de nuestra fuerza.»

¿Por qué no ha vencido hasta ahora la revolución? Porque la organización de la fuerza revolucionaria era más débil. Ese es el primer decreto del gobierno provisional de la emigración.

Este mal debe remediarse ahora mediante la organización de un ejército de la fe y la fundación de una religión.

«Pero para ello hay que superar dos grandes obstáculos, destruir dos grandes errores: la exageración de los derechos de la individualidad y el exclusivismo mezquino de la teoría... No debemos decir: yo; debemos aprender a decir: nosotros... Quienes, siguiendo sus susceptibilidades individuales, rehúsan el pequeño sacrificio que exigen la organización y la disciplina, reniegan, por los hábitos del pasado, de la fe común que predican... El exclusivismo en la teoría es la negación de nuestro dogma fundamental. Quien dice: he encontrado la verdad política, y quien hace de la aceptación de su sistema la condición para aceptar la asociación fraternal, reniega del pueblo, el único intérprete progresivo de la ley del mundo, solo para afirmar su propio yo. Quien pretende descubrir hoy, por el trabajo aislado de su inteligencia, por poderosa que sea, una solución definitiva de los problemas que agitan a las masas, se condena a sí mismo al error por incompletud, al renunciar a una de las fuentes eternas de la verdad, la intuición colectiva del pueblo en acción. La solución definitiva es el secreto de la victoria... Nuestros sistemas no pueden ser en gran parte otra cosa que una disección de cadáveres, un descubrimiento del mal, un análisis de la muerte, impotentes para percibir o comprender la vida. La vida es el pueblo en movimiento, es el instinto de las masas, elevado a una potencia extraordinaria por el contacto mutuo, por el sentimiento profético de las grandes cosas que hay que realizar, por la asociación involuntaria, súbita, eléctrica, en la calle; es la acción, que excita hasta el más alto grado todas las facultades de esperanza, entrega, amor y entusiasmo que ahora dormitan, y que revela al hombre en la unidad de su naturaleza, en la plenitud de su fuerza generadora. El apretón de manos de un obrero en uno de esos momentos históricos que inician una época nos enseñará más sobre la organización del futuro de lo que hoy podría enseñarnos el trabajo frío y sin corazón del entendimiento o el conocimiento del ilustre muerto de los dos últimos milenios, la vieja sociedad.»

Todo este disparate altisonante desemboca, pues, en definitiva en la opinión filistea más vulgar de que la revolución fracasó por los celos ambiciosos de los distintos dirigentes y por las opiniones hostilmente enfrentadas de los distintos maestros del pueblo.

Las luchas de las distintas clases y fracciones de clase entre sí, cuyo curso a través de sus distintas fases de desarrollo es precisamente lo que constituye la revolución, no son para nuestros evangelistas más que la desgraciada consecuencia de la existencia de sistemas divergentes, mientras que en realidad, al contrario, la existencia de distintos sistemas es la consecuencia de la existencia de las luchas de clases. Ya de aquí se desprende que los autores del manifiesto niegan la existencia de las luchas de clases. Con el pretexto de combatir a los doctrinarios, eliminan todo contenido determinado, toda opinión de partido determinada, prohíben a cada clase formular sus intereses y reivindicaciones frente a las demás clases. Les exigen que olviden sus intereses en conflicto y se reconcilien bajo la bandera de una indeterminación tan chata como desvergonzada, que bajo la apariencia de la reconciliación de los intereses de todos los partidos no oculta más que el dominio del interés de un partido, el partido burgués. Después de las experiencias que estos señores tienen que haber hecho en Francia, Alemania e Italia durante los dos últimos años, ni siquiera puede decirse que sea inconsciente la hipocresía con que aquí se envuelve el interés burgués en frases de fraternidad a lo Lamartine. Por lo demás, qué conocimiento tienen estos señores de los «sistemas» se desprende ya de que se imaginan que cada uno de esos sistemas no es más que un fragmento de la sabiduría compilada en el manifiesto y que solo ha tomado unilateralmente como fundamento una sola de las frases aquí reunidas, libertad, igualdad, etc. Sus ideas sobre las organizaciones sociales están reflejadas de manera muy llamativa: una aglomeración en la calle, un tumulto, un apretón de manos, y todo está listo. La revolución consiste para ellos, en general, únicamente en el derrocamiento del gobierno existente; alcanzado este objetivo, se ha obtenido «*la* victoria». El movimiento, el desarrollo y la lucha cesan entonces, y bajo la égida del Comité Central Europeo, gobernante entonces, empieza la edad de oro de la república europea y del gorro de dormir declarado en permanencia. Lo mismo que el desarrollo y la lucha, estos señores odian el pensamiento, el pensamiento sin corazón, ¡como si algún pensador, sin exceptuar a Hegel ni a Ricardo, hubiera alcanzado nunca la falta de corazón con que se le vierte al público por la cabeza esta agua de fregar empalagosa! El pueblo no debe preocuparse por el día siguiente y debe quitarse de la cabeza todo pensamiento; cuando llegue el gran día de la decisión, el simple contacto lo electrizará y el enigma del futuro se le resolverá por milagro. Este llamamiento a no pensar es un intento directo de engañar precisamente a las clases más oprimidas del pueblo.

«¿Decimos con ello» (pregunta un miembro del Comité Central Europeo a otro) «que hemos de avanzar sin bandera, decimos que queremos escribir en nuestro estandarte una mera negación? Sobre nosotros no puede recaer semejante sospecha. Hombres del pueblo, que participamos desde hace mucho tiempo en sus luchas, no pensamos en conducirlo al *vacío*.»

Para demostrar, por el contrario, su *plenitud*, estos señores nos presentan un registro verdaderamente digno de Leporello[^80] de verdades eternas y conquistas de toda la historia anterior como terreno común actual de la «democracia». Este registro se resume en el siguiente edificante padrenuestro:

«Creemos en el desarrollo progresivo de las facultades y fuerzas humanas hacia la ley moral que nos ha sido impuesta. Creemos en la asociación como el único medio regular que puede alcanzar este fin. Creemos que la interpretación de la ley moral y de la regla del progreso no puede confiarse ni a una casta ni a un individuo, sino al pueblo, ilustrado por la educación nacional, guiado por aquellos de entre los suyos que la virtud y el genio le muestren como los mejores. Creemos en la santidad de ambas, la individualidad y la sociedad, que no deben excluirse ni combatirse, sino armonizar juntas para la mejora de todos por todos. Creemos en la libertad, sin la cual desaparece toda responsabilidad humana; en la igualdad, sin la cual la libertad no es más que un engaño; en la fraternidad, sin la cual la libertad y la igualdad serían medios sin fin; en la asociación, sin la cual la fraternidad no sería más que un programa irrealizable; en la *familia*, el *municipio*, el *Estado* y la *patria* como otras tantas esferas progresivas en las que el hombre debe crecer sucesivamente en el conocimiento y el ejercicio de la libertad, la igualdad, la fraternidad y la asociación. Creemos en la santidad del trabajo, en la *propiedad* que nace de él como su signo y su fruto, en el deber de la sociedad de proporcionar el elemento del trabajo material mediante el crédito, y del trabajo intelectual y moral mediante la educación... *Creemos, para resumir, en un estado social que tiene a Dios y su ley en su cúspide y al pueblo en su base...*»

Así pues: progreso – asociación – ley moral – libertad – igualdad – fraternidad – asociación – familia, municipio, Estado – santidad de la propiedad – crédito – educación – Dios y pueblo – *Dio e popolo*. Estas frases figuran en todos los manifiestos de las revoluciones de 1848, desde la francesa hasta la valaca, y precisamente por eso figuran aquí también como los fundamentos comunes de la *nueva revolución*. En ninguna de estas revoluciones faltó tampoco la santidad de la propiedad, que aquí se canoniza como resultado del trabajo. Hasta qué punto toda propiedad burguesa es «el fruto y el signo del trabajo» lo sabía ya Adam Smith mucho mejor que nuestros iniciadores revolucionarios ochenta años después de él. En cuanto a la concesión socialista de que la sociedad debe proporcionar a cada uno el material para su trabajo mediante el crédito, todo fabricante suele dar crédito a su obrero por tanto material como pueda elaborar en una semana; el sistema de crédito está hoy tan extendido como es compatible con la inviolabilidad de la propiedad, y el crédito mismo no es, al fin y al cabo, más que una forma de la propiedad burguesa.

El resumen de este evangelio es un estado social en el que Dios forma la cúspide y este pueblo o, como se dice más adelante, la *humanidad*, la base. Es decir, creen en la sociedad existente, en la que, como es sabido, Dios forma la cúspide y la plebe la base. Si el símbolo de Mazzini, Dios y el pueblo, *Dio e popolo*, puede tener sentido en Italia, donde se opone Dios al papa y el pueblo a los príncipes, ya es demasiado presentar este plagio de Johannes Ronge,[^81] el más insulso residuo de fregadero de la morralla ilustrada alemana,[^82] como la palabra que ha de resolver el enigma del siglo. Por lo demás, con qué facilidad se acostumbra uno en esta escuela a los pequeños sacrificios que exigen la organización y la disciplina, con qué complacencia se abandona el exclusivismo mezquino de las teorías, lo demuestra nuestro Arnold Winkelried Ruge, que esta vez, para gran alegría de Leo,[^83] sabe apreciar la diferencia entre la divinidad y la humanidad.

El manifiesto termina con estas palabras:

«Se trata de la constitución de la democracia europea, de la fundación de un presupuesto, de un tesoro del pueblo. Se trata de la organización del ejército de los iniciadores.»

Ruge, para ser el primer iniciador de este presupuesto del pueblo, se ha dirigido a *de demokratische Janties van Amsterdam*[^84] y les ha explicado su vocación particular de pagar. ¡Holanda en apuros!

*Londres*, 1 de noviembre de 1850

[^1]: El Tratado de Nankín (1842), que puso fin a la primera guerra del opio, abrió cinco puertos chinos al comercio británico y cedió Hong Kong a Inglaterra.

[^2]: John Law (1671-1729), financiero escocés cuyo sistema de papel moneda y de especulación con las acciones de la Compañía del Misisipi acabó en Francia en la bancarrota de 1720; ese mismo año estalló en Inglaterra la burbuja especulativa de la Compañía de los Mares del Sur (*South Sea Company*).

[^3]: Medida inglesa de capacidad para el grano, de unos 290 litros.

[^4]: La ley bancaria de 1844 dividió el Banco de Inglaterra en un departamento de emisión (*Issue Department*), encargado de los billetes, y un departamento bancario (*Banking Department*), encargado de los depósitos y del descuento, cada uno con su propia reserva.

[^5]: Benjamin Disraeli (1804-1881), escritor y político, entonces uno de los jefes del partido *tory* proteccionista.

[^6]: Thomas Tooke (1774-1858), economista inglés, autor de una *History of Prices* (1838-1857).

[^7]: La *Bank Charter Act* de 1844, obra de Peel. El gobierno autorizó al Banco a infringirla por una carta del 25 de octubre de 1847.

[^8]: David Morier Evans (1819-1874), periodista financiero inglés; su libro sobre la crisis de 1847-1848 se publicó en Londres en 1848.

[^9]: Los títulos de la deuda pública consolidada británica (*consols*).

[^10]: Especuladores de bolsa.

[^11]: *The Economist*, semanario londinense fundado en 1843, portavoz de la burguesía industrial librecambista.

[^12]: Alusión a la supresión en 1850 de las restricciones holandesas a la navegación y al comercio con sus colonias.

[^13]: La Gran Exposición de los productos de la industria de todas las naciones, celebrada en Londres, en el Crystal Palace, de mayo a octubre de 1851.

[^14]: En octubre de 1850 se reunieron en Bregenz el emperador Francisco José y los reyes de Baviera y de Wurtemberg, que se aliaron contra Prusia, y en Varsovia el zar Nicolás I con Francisco José y con el primer ministro prusiano, el conde de Brandeburgo, para zanjar las disputas alemanas bajo el arbitraje ruso.

[^15]: *In partibus infidelium*, «en tierra de infieles»: se decía de los obispos titulares de diócesis que solo existían de nombre. Aquí, los gobiernos que los emigrados formaban en Londres para el día de la revolución.

[^16]: La ley de 1833 que abolió la esclavitud en las colonias británicas concedió a los propietarios de esclavos una indemnización de 20 millones de libras.

[^17]: Los debates que desembocaron en el Compromiso de 1850, con la admisión de California como estado libre y una nueva ley sobre los esclavos fugitivos.

[^18]: Las leyes sobre el grano (*Corn Laws*), abolidas en 1846 con efecto pleno desde 1849.

[^19]: El texto de la MEW dice *Überwachung* («vigilancia»), que no tiene sentido aquí y debe de ser errata; traducimos por el sentido.

[^20]: Oregón quedó en manos de los Estados Unidos por el tratado de 1846 con Inglaterra; Texas fue anexionado en 1845; Nuevo México y California los cedió México por el Tratado de Guadalupe Hidalgo (1848), tras la guerra de 1846-1848.

[^21]: En la [revista del cuaderno 2](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1850%20Revista%20enero-febrero%20de%201850) de la *Revue* (enero-febrero de 1850).

[^22]: Las islas Hawái.

[^23]: Pierre-Joseph Proudhon (1809-1865) fundó a comienzos de 1849 un «Banco del Pueblo» que debía organizar el crédito gratuito entre los productores; fracasó a los pocos meses.

[^24]: En 1797 el gobierno británico autorizó al Banco de Inglaterra a suspender el cambio de sus billetes por oro; la convertibilidad se restableció por una ley de 1819.

[^25]: Lord John Russell (1792-1878), jefe de los *whigs*, primer ministro de 1846 a 1852; era de muy baja estatura.

[^26]: La MEW dice *weiser* («más sabiamente»); leemos *weiter* («seguir adelante»), que da mejor sentido.

[^27]: Richard Cobden (1804-1865), fabricante de Manchester, jefe de la Liga contra las leyes sobre el grano y del movimiento librecambista. A comienzos de 1850 había hecho campaña contra la suscripción en Londres de un empréstito ruso destinado a cubrir los gastos de la intervención en Hungría.

[^28]: El Congreso de los Amigos de la Paz, reunido en Fráncfort en agosto de 1850. Heinrich Karl Jaup (1781-1860), liberal de Hesse-Darmstadt, lo presidió; Julius von Haynau (1786-1853), general austriaco, se había hecho famoso por su crueldad en la represión de las revoluciones de Italia y de Hungría; Elihu Burritt (1810-1879), pacifista norteamericano.

[^29]: Heinrich von Gagern (1799-1880), presidente de la Asamblea Nacional de Fráncfort, se alistó en 1850 como oficial en el ejército de Schleswig-Holstein. Jakob Venedey (1805-1871), publicista demócrata y diputado en Fráncfort.

[^30]: El asunto Don Pacífico: en enero de 1850 Palmerston hizo bloquear el Pireo para apoyar las reclamaciones de un súbdito británico contra el gobierno griego. Francia, que había mediado, retiró en mayo a su embajador en Londres. Tras la censura de la Cámara de los Lores, la de los Comunes aprobó la política de Palmerston a finales de junio de 1850 por 46 votos de mayoría.

[^31]: La ley de extranjeros de 1848, que facultaba al gobierno para expulsar a los extranjeros; no se renovó en 1850.

[^32]: En septiembre de 1850, durante una visita a la cervecería Barclay & Perkins de Londres, Haynau fue atacado y perseguido por los obreros.

[^33]: Henry Brougham (1778-1868), jurista, político *whig* y escritor; Christian Karl Josias Bunsen (1791-1860), teólogo y erudito, embajador de Prusia en Londres.

[^34]: Robert Peel (1788-1850), jefe *tory*, primer ministro de 1841 a 1846, murió el 2 de julio de 1850 a consecuencia de una caída del caballo.

[^35]: La ley de Peel que restableció la convertibilidad de los billetes del Banco de Inglaterra es de 1819.

[^36]: El duque de Wellington (1769-1852), vencedor de Waterloo y jefe *tory*; apoyó a Peel en la emancipación de los católicos (1829) y en la abolición de las leyes sobre el grano (1846).

[^37]: Por la bula del 29 de septiembre de 1850, Pío IX restableció la jerarquía católica en Inglaterra; Nicholas Wiseman (1802-1865) fue nombrado cardenal y arzobispo de Westminster.

[^38]: El movimiento de Oxford, encabezado entre otros por el teólogo Edward Pusey (1800-1882), que acercaba la Iglesia anglicana a la doctrina y al rito católicos.

[^39]: Pío IX, papa de 1846 a 1878.

[^40]: La Carta del Pueblo (*People's Charter*, 1838), con sus seis puntos: sufragio universal masculino, voto secreto, distritos electorales iguales, supresión del requisito de propiedad para los diputados, dietas para los diputados y parlamentos anuales.

[^41]: Feargus O'Connor (1794-1855), jefe del ala derecha del cartismo; George Julian Harney (1817-1897) y Ernest Jones (1819-1869), jefes de su ala izquierda, próximos a Marx y Engels.

[^42]: El *Northern Star*, semanario cartista fundado por O'Connor en Leeds en 1837.

[^43]: La sociedad cooperativa de la tierra que O'Connor fundó en 1845 para comprar fincas y sortear parcelas entre sus accionistas obreros. Una comisión parlamentaria la declaró ilegal en 1848 y fue liquidada en 1851.

[^44]: Eugène Sue (1804-1857), autor de novelas por entregas de tinte social, como *Los misterios de París* (1842-1843); fue elegido diputado por París el 28 de abril de 1850.

[^45]: Leclerc, candidato del partido del orden en París, presentado por su prensa como un padre de familia que había combatido contra la insurrección de junio de 1848.

[^46]: La MEW, que sigue aquí el texto de la *Revue*, dice «25 de abril»; la elección fue el 28, como se lee en la edición de 1895.

[^47]: Los diecisiete jefes de la mayoría monárquica encargados de preparar la ley electoral, llamados así por *Les Burgraves* (1843), drama de Victor Hugo.

[^48]: «Calma majestuosa».

[^49]: Alphonse Henri d'Hautpoul (1789-1865), general, ministro de la Guerra de octubre de 1849 a octubre de 1850.

[^50]: «Plumíferos a tanto la línea», en inglés en el original.

[^51]: Adolphe Granier de Cassagnac (1806-1880), periodista sin escrúpulos, orleanista y después bonapartista.

[^52]: Jean-Baptiste Capefigue (1801-1872), historiador y periodista monárquico.

[^53]: John Lemoinne (1815-1892), periodista del *Journal des Débats*.

[^54]: «Certificados de pobreza», es decir, pruebas de su propia indigencia.

[^55]: En la tercera entrega de «1848 a 1849», recogida luego como capítulo III de *[Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1850%20Las%20luchas%20de%20clases%20en%20Francia%20de%201848%20a%201850)*.

[^56]: «Republicanos a su pesar», en francés en el original; eco del título de la comedia de Molière *Le Médecin malgré lui* («El médico a su pesar»).

[^57]: «Beso de Lamourette»: el 7 de julio de 1792 el diputado Adrien Lamourette, obispo constitucional de Lyon, propuso en la Asamblea Legislativa olvidar las disensiones, y los diputados de todas las tendencias se abrazaron; la reconciliación duró unos días.

[^58]: «De mala gana».

[^59]: *Le Pouvoir*: diario bonapartista de París.

[^60]: Luis Felipe murió el 26 de agosto de 1850 en Claremont, cerca de Londres, donde residía la familia de Orleans en el exilio.

[^61]: *In partibus infidelium*, «en tierra de infieles»: se decía de los obispos titulares de diócesis que solo existían de nombre.

[^62]: En el original: «Vive Napoléon, vive le saucisson!», y la glosa alemana de Marx, «Es lebe die Wurst, es lebe der Hanswurst!», juega con *Wurst* («salchicha») y *Hanswurst*, el bufón de la comedia popular alemana.

[^63]: El general Jean-Paul-Adam Schramm (1789-1884), ministro de la Guerra de octubre de 1850 a enero de 1851.

[^64]: La Dieta federal (*Bundestag*), órgano de la Confederación Germánica creada en 1815, desaparecida en 1848 y restablecida en Fráncfort por Austria en septiembre de 1850.

[^65]: El 21 de marzo de 1848 Federico Guillermo IV recorrió Berlín a caballo con un brazalete negro, rojo y oro y proclamó que en adelante Prusia se fundiría en Alemania.

[^66]: La «Unión restringida» que Prusia intentó formar desde la alianza de los tres reyes (Prusia, Sajonia, Hannover) del 26 de mayo de 1849, con su Parlamento de Erfurt (marzo-abril de 1850).

[^67]: Los liberales de la antigua Asamblea Nacional de Fráncfort (Gagern, Dahlmann, Bassermann…) que, reunidos en Gotha en junio de 1849, apoyaron la política prusiana de la Unión.

[^68]: Karl Heinrich Brüggemann (1810-1887), redactor jefe de la *Kölnische Zeitung*.

[^69]: La mediatización era la incorporación de un pequeño Estado soberano a otro mayor, con pérdida de su soberanía, como las que se hicieron en 1803-1806.

[^70]: Las tropas prusianas aplastaron en mayo de 1849 la insurrección de Dresde.

[^71]: La paz de Berlín entre Prusia y Dinamarca, del 2 de julio de 1850, que dejó solo al ejército de Schleswig-Holstein, derrotado por los daneses en Idstedt el 25 de julio.

[^72]: El Protocolo de Londres del 2 de agosto de 1850, que garantizaba la integridad de la monarquía danesa.

[^73]: Wilhelm Hartwig Beseler (1806-1884) y Friedrich von Reventlow (1797-1874), miembros de la lugartenencia (*Statthalterschaft*) que gobernaba Schleswig-Holstein.

[^74]: En 1850 la Cámara de Hesse Electoral negó el presupuesto al ministerio de Hassenpflug; el príncipe elector la disolvió y decretó el estado de guerra, pero los funcionarios, los tribunales y casi todo el cuerpo de oficiales se negaron a aplicarlo, y el príncipe abandonó Kassel y pidió ayuda a la Dieta federal, que en noviembre hizo entrar tropas bávaras y austriacas.

[^75]: Ludwig Hassenpflug (1794-1862), ministro del príncipe elector de Hesse, condenado en 1850 por un tribunal prusiano por falsificación.

[^76]: Estribillo de una canción revolucionaria de 1848.

[^77]: Así en el texto de la MEW (*notwendig*); el sentido parece irónico.

[^78]: *Haute politique*: «alta política»; *chronique scandaleuse*: «crónica de escándalos».

[^79]: El Comité Central Democrático Europeo, fundado en Londres en 1850 por Giuseppe Mazzini (1805-1872), Alexandre Ledru-Rollin (1807-1874), Albert Darasz (1808-1852) y Arnold Ruge (1802-1880). Su manifiesto «A los pueblos» apareció en el verano de 1850.

[^80]: Leporello, el criado de Don Giovanni en la ópera de Mozart, lleva un registro de las conquistas de su amo.

[^81]: Johannes Ronge (1813-1887), sacerdote católico excomulgado, fundador en 1844-1845 del «catolicismo alemán», un movimiento religioso racionalista; emigrado en Londres desde 1849.

[^82]: En alemán, *Aufkläricht*, juego de palabras con *Aufklärung* («Ilustración») y *Kehricht* («barreduras»).

[^83]: Heinrich Leo (1799-1878), historiador conservador y pietista, que en 1838 había acusado de ateísmo a los jóvenes hegelianos, Ruge entre ellos, en su folleto *Die Hegelingen*.

[^84]: «Los demócratas *Janties* de Ámsterdam», en un remedo de neerlandés; *Jantje*, de *Jan*, es apodo burlón de los holandeses.
