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Title: El proceso de los comunistas en Colonia (1852)
Description: Artículo de Engels para el New-York Daily Tribune: qué era la Liga de los Comunistas, una organización que preparaba al partido proletario para la lucha decisiva contra el dominio del capital y no una conspiración, y cómo la policía prusiana fabricó las pruebas para condenar a sus miembros en Colonia.
Author: Friedrich Engels
Date: 1852-12-01
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1852%20El%20proceso%20de%20los%20comunistas%20en%20Colonia
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*Escrito en inglés por Friedrich Engels en Londres el 1 de diciembre de 1852 para el* New-York Daily Tribune*, que lo publicó en su número 3645, del 22 de diciembre de 1852, con la firma de Karl Marx, como los demás artículos de Engels para ese periódico; la MEW lo atribuye a Engels. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 8 (Berlín, 1960, pp. 398-404), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1852%20Der%20Kommunisten-Proze%C3%9F%20zu%20K%C3%B6ln).*

Londres, miércoles 1 de diciembre de 1852

Ya habrán recibido ustedes por los periódicos europeos numerosas informaciones sobre el monstruoso proceso contra los comunistas en Colonia, en Prusia, y sobre su resultado.[^1] Pero como ninguna de esas informaciones ofrece una exposición mínimamente fiel de los hechos, y como estos hechos arrojan una luz cruda sobre los métodos políticos con que se mantiene en la servidumbre al continente europeo, considero necesario volver sobre este proceso.

El partido comunista o proletario, igual que los demás partidos, había perdido con la supresión del derecho de asociación y de reunión la posibilidad de darse en el continente una organización *legal*. Sus dirigentes, además, estaban en el exilio. Pero ningún partido político puede existir sin organización; y si la burguesía liberal y la pequeña burguesía democrática estaban en condiciones de encontrar un sustituto más o menos adecuado de semejante organización gracias a su posición social, a su favorable situación económica y al trato personal, tradicional y cotidiano de sus miembros entre sí, al proletariado, que carecía de esa posición social y de esos medios económicos, no le quedaba otro recurso que la asociación secreta. Por eso surgieron, tanto en Francia como en Alemania, aquellas numerosas sociedades secretas que desde 1849 han sido descubiertas una tras otra por la policía y perseguidas por asociación ilícita; pero si muchas de ellas tenían realmente carácter conspirativo y se habían formado de hecho con el fin de derribar al gobierno existente —y solo un cobarde dejaría, en determinadas circunstancias, de recurrir a métodos conspirativos, del mismo modo que solo un necio se empeñaría en emplearlos en otras circunstancias—, había también otras sociedades, creadas con un fin más amplio y más elevado, que sabían que el derrocamiento de un gobierno existente no es más que un episodio de la gran lucha que se avecina, y que se proponían agruparse y preparar al partido cuyo núcleo formaban para la lucha última y decisiva en la que un día será destruido para siempre en Europa el dominio, no ya de «tiranos», «déspotas» y «usurpadores», sino de un poder mucho más formidable y mucho más terrible: el del capital sobre el trabajo.

De esta clase era la organización del partido comunista de vanguardia en Alemania. De acuerdo con los principios de su «Manifiesto» (publicado en 1848)[^2] y con los principios expuestos en la serie de artículos «Revolución y contrarrevolución en Alemania» del *New-York Daily Tribune*,[^3] este partido nunca se imaginó que fuera capaz de provocar a su antojo, en cualquier momento, la revolución que ha de llevar a la práctica sus ideas. Estudió las causas que habían provocado los movimientos revolucionarios de 1848 y las causas de su fracaso. Como reduce todas las luchas políticas a antagonismos sociales de clase, se dedicó a examinar las condiciones en que una clase social puede y debe estar llamada a representar los intereses generales de una nación y, con ello, a dominarla políticamente. La historia ha enseñado al partido comunista cómo, tras la aristocracia terrateniente de la Edad Media, se elevó el poder del dinero de los primeros capitalistas y se apoderó del poder del Estado; cómo la influencia social y el dominio político de esta parte de los capitalistas, la aristocracia financiera, fueron desplazados desde la introducción de la fuerza del vapor por el poder creciente de los capitalistas *industriales*, y cómo en el momento actual otras dos clases presentan sus pretensiones al poder político: la clase de los pequeños burgueses y la clase de los obreros industriales. La experiencia revolucionaria práctica de 1848-1849 confirmó las consideraciones teóricas que llevaban a la conclusión de que primero ha de llegarle el turno a la democracia pequeñoburguesa, antes de que la clase obrera comunista pueda esperar instalarse de forma duradera en el poder y destruir el sistema de la esclavitud asalariada que la mantiene bajo el yugo de la burguesía. Así pues, la organización secreta de los comunistas no podía en modo alguno perseguir el fin inmediato de derribar a los gobiernos *actuales* de Alemania. No se creó para provocar su caída, sino la del gobierno que, salido de una insurrección, ocupará antes o después su lugar. Sus miembros podían —y sin duda lo harían— prestar personalmente, llegado el momento, apoyo activo a un movimiento dirigido contra el *statu quo*. Pero la *preparación* de un movimiento así por otra vía que la de la difusión secreta de las ideas comunistas entre las masas no podía ser tarea de la Liga de los Comunistas. Esta tarea fundamental la comprendía tan bien la mayoría de sus miembros que, cuando unos cuantos arribistas ambiciosos intentaron convertir la Liga en una sociedad de conspiradores para hacer una revolución improvisada, fueron expulsados a toda prisa.[^4]

Ahora bien, con arreglo a ninguna ley del mundo podía llamarse a semejante asociación complot ni sociedad secreta con fines de alta traición. Si era una sociedad secreta, no lo era contra el gobierno actual, sino contra su presunto sucesor. El gobierno prusiano lo sabía muy bien. Esa fue la razón por la que se mantuvo a los once acusados dieciocho meses en régimen de aislamiento, un tiempo que las autoridades aprovecharon para los artificios jurídicos más inauditos. Imagínese: ¡después de ocho meses de prisión preventiva, se mantuvo todavía a los inculpados durante meses en la cárcel «porque no se les podía probar ningún acto delictivo»! Y cuando por fin se les llevó ante el jurado, no se les pudo probar un solo acto de carácter manifiestamente de alta traición. Y sin embargo fueron condenados; enseguida se verá cómo.

Uno de los emisarios de la Liga fue detenido en mayo de 1851,[^5] y a raíz de los papeles que se le encontraron siguieron otras detenciones. Un funcionario de la policía prusiana, un tal *Stieber*,[^6] recibió enseguida la orden de trasladarse a Londres para seguir allí las ramificaciones de la supuesta conspiración. Logró hacerse con algunos papeles relativos a las personas que habían participado en la escisión de la Liga antes mencionada, las cuales, tras su expulsión, habían formado en París y en Londres una verdadera sociedad secreta. Estos papeles se los procuró mediante un doble delito. Se pagó a un hombre llamado Reuter para que forzara el escritorio del secretario de la sociedad[^7] y robara los papeles guardados en él. Pero eso no era nada todavía. Este robo condujo al descubrimiento y al juicio del llamado complot franco-alemán de París, pero no proporcionó ningún indicio sobre la gran Liga de los Comunistas. El complot de París estaba, dicho sea de paso, bajo la dirección de unos cuantos necios ambiciosos y caballeros de industria políticos de Londres y de un sujeto condenado anteriormente por falsificación de documentos, que actuaba entonces como confidente de la policía en París;[^8] los incautos que ellos cazaron se resarcían de la completa insignificancia de su existencia política con discursos rabiosos y una ampulosidad sanguinaria.

La policía prusiana tuvo, pues, que buscar nuevos descubrimientos. Instaló una auténtica oficina de policía secreta en la embajada prusiana de Londres. Un agente de policía llamado Greif ejercía su turbio oficio con el título de agregado de la embajada, un procedimiento que bastaría para poner a todas las embajadas prusianas fuera del derecho de gentes y al que hasta ahora no se habían atrevido a llegar ni siquiera los austriacos. A sus órdenes trabajaba un tal Fleury, comerciante de la City de Londres, hombre con algún patrimonio y relaciones muy respetables, una de esas miserables criaturas que cometen los actos más viles por innata inclinación a la bajeza. Otro agente era un dependiente de comercio llamado Hirsch, que sin embargo había sido anunciado como espía ya a su llegada. Se había introducido en el círculo de algunos emigrados comunistas alemanes de Londres, que, para obtener pruebas de su verdadero carácter, lo toleraron entre ellos por breve tiempo. La prueba de su relación con la policía se obtuvo pronto, y a partir de ese momento el señor Hirsch no volvió a dejarse ver. Pero aunque con ello renunció a toda posibilidad de obtener las informaciones por cuya obtención se le pagaba, no se quedó inactivo. En su escondrijo de Kensington, donde nunca se encontró con ninguno de los comunistas en cuestión, fabricaba cada semana supuestos informes sobre supuestas sesiones de un supuesto Comité Central de aquella misma liga de conspiradores que la policía prusiana no conseguía atrapar. El contenido de esos informes era absurdo en grado sumo; ni un solo nombre de pila era correcto, ni un solo apellido estaba bien escrito, Hirsch no hacía hablar a una sola persona como habría hablado realmente. Su amo y señor Fleury le ayudaba en estas falsificaciones, y todavía no está claro si el «agregado» Greif puede lavarse las manos de este infame proceder. Por increíble que parezca, el gobierno prusiano tomó estos necios mamotretos por moneda de ley, y uno puede imaginarse la confusión que tales escritos provocaron en las pruebas que debían presentarse al jurado. Cuando se llegó a la vista, el señor Stieber, el funcionario de policía ya mencionado, compareció como testigo, juró todo aquel disparate y sostuvo con no poca autocomplacencia que uno de sus agentes secretos estaba en la más estrecha relación con aquellas personas de Londres a las que había que considerar las que movían los hilos de esa terrible conspiración. Este agente secreto era, en efecto, muy secreto, pues se había mantenido escondido ocho meses en Kensington por puro miedo a llegar a ver de verdad a alguna de las personas sobre cuyos pensamientos, palabras y actos más secretos presuntamente informaba semana tras semana.

Los señores Hirsch y Fleury tenían, con todo, otro invento en reserva. Elaboraron con todos los informes que habían fabricado un «libro original de actas» de las sesiones del Comité Central secreto cuya existencia afirmaba la policía prusiana; y como el señor Stieber encontró que este libro coincidía asombrosamente con los informes que ya había recibido de la misma fuente, lo presentó en el acto al jurado y declaró bajo juramento que, tras un examen a fondo, había llegado a la firme convicción de que el libro era auténtico. A continuación se publicó la mayor parte de las necedades referidas por Hirsch. Uno puede imaginarse la sorpresa de los supuestos miembros de aquella autoridad secreta cuando se encontraron con que se afirmaban de ellos cosas de las que hasta entonces no tenían ni idea. Hombres que se llamaban Wilhelm figuraban aquí con el nombre de Ludwig o de Karl; de otros se decía que habían pronunciado discursos en Londres en un momento en que se encontraban en el otro extremo de Inglaterra; otros más, según los informes, habían leído cartas que nunca habían recibido; se les hacía reunirse regularmente los jueves, cuando tenían la costumbre de celebrar su velada semanal los miércoles; un obrero que apenas sabía escribir figuraba como uno de los secretarios de actas y firmaba como tal; y a todos se les hacía hablar en una lengua que puede que sea la de las oficinas de la policía prusiana, pero desde luego no la de una reunión de personas en su mayoría escritores de nombre respetado en su patria. Y para coronarlo todo, se había falsificado un recibo de una suma de dinero que los falsificadores pretendían haber pagado por el libro de actas al supuesto secretario del inventado Comité Central; pero ese supuesto secretario no debía su existencia más que a una broma que un comunista malicioso le había gastado al desdichado Hirsch.

La burda falsificación era demasiado escandalosa para no producir el efecto contrario al que se buscaba. Aunque a los amigos londinenses de los acusados se les había privado de toda posibilidad de dar a conocer al jurado los hechos reales, aunque el correo sustrajo las cartas que enviaban a la defensa, aunque los documentos y declaraciones juradas que, pese a todo, supieron hacer llegar a manos de estos hombres de leyes no fueron admitidos como pruebas, la indignación general fue tal que hasta la fiscalía, e incluso el señor Stieber —que había respondido con su juramento de la autenticidad del libro de actas—, se vieron obligados a reconocerlo como falsificación.

Pero esta falsificación no fue la única de su clase de que se hizo culpable la policía. En el curso del proceso salieron a la luz otros dos o tres casos parecidos. Los escritos robados por Reuter habían sido alterados por la policía con interpolaciones que desfiguraban su sentido. Un papel lleno de locos disparates estaba escrito con una letra que imitaba la del Dr. Marx, y durante un tiempo se sostuvo que era realmente suyo, hasta que la fiscalía se vio finalmente obligada a reconocer la falsificación. Pero por cada infamia policial que quedaba al descubierto, se presentaban cinco o seis nuevas que no podían aclararse en el acto, porque la defensa era tomada por sorpresa, las pruebas tenían que traerse de Londres, ¡y toda correspondencia de los abogados con los emigrados comunistas de Londres se trataba en audiencia pública como participación delictiva en el supuesto complot!

Que la caracterización que aquí se da de Greif y Fleury es exacta lo confirmó el propio señor Stieber en su declaración como testigo; en cuanto a Hirsch, ha confesado ante un magistrado de policía de Londres que falsificó el «libro de actas» por encargo y con la ayuda de Fleury y que luego huyó de Inglaterra para escapar a un proceso penal.

El gobierno no puede permitirse a menudo revelaciones tan demoledoras como las que salieron a la luz durante el proceso. Tenía, es cierto, un jurado como no se había oído en los anales de la provincia del Rin: seis nobles, reaccionarios de la más pura cepa, cuatro miembros de la aristocracia financiera y dos funcionarios del Estado. No eran hombres para examinar concienzudamente la confusa masa de pruebas que se había amontonado ante ellos en el curso de seis semanas, durante las cuales se les gritaba sin cesar al oído que los acusados eran los cabecillas de una terrible conspiración comunista, tramada para derribar los bienes más sagrados: ¡la propiedad, la familia, la religión, el orden, el gobierno y la ley! Y sin embargo, si el gobierno no hubiera dado a entender al mismo tiempo a las clases privilegiadas que una absolución en este proceso sería la señal para suprimir los jurados y se interpretaría como una manifestación política directa, como prueba de que la oposición liberal burguesa estaba dispuesta a hacer causa común incluso con los revolucionarios más extremos, el veredicto habría sido absolutorio. Pero así el gobierno logró, gracias a la fuerza retroactiva del nuevo código penal prusiano,[^9] la condena de siete acusados, mientras que solo cuatro fueron absueltos; a los condenados se les impusieron penas de tres a seis años de prisión en fortaleza, como sin duda habrán sabido ustedes ya por la noticia que se dio en su momento.

[^1]: El proceso contra once miembros de la Liga de los Comunistas se vio ante el tribunal de jurados de Colonia del 4 de octubre al 12 de noviembre de 1852. Marx lo analizó a fondo en las [*Revelaciones sobre el proceso de los comunistas en Colonia*](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1853%20Revelaciones%20sobre%20el%20proceso%20de%20los%20comunistas%20en%20Colonia).

[^2]: El [*Manifiesto del Partido Comunista*](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1848%20Manifiesto%20del%20Partido%20Comunista).

[^3]: La serie de Engels publicada en el *New-York Daily Tribune* en 1851-1852 con la firma de Marx: [*Revolución y contrarrevolución en Alemania*](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1852%20Revoluci%C3%B3n%20y%20contrarrevoluci%C3%B3n%20en%20Alemania).

[^4]: La fracción de Willich y Schapper, que rompió con la Liga en la sesión del Comité Central del 15 de septiembre de 1850.

[^5]: Peter Nothjung, sastre de Colonia, detenido en Leipzig en mayo de 1851; fue uno de los condenados de Colonia.

[^6]: Wilhelm Stieber (1818-1882), consejero de policía y jefe de la policía criminal de Berlín, principal testigo de cargo en el proceso.

[^7]: Oswald Dietz, secretario de la fracción de Willich y Schapper en Londres.

[^8]: Cherval, nombre adoptado por Joseph Crämer, agente provocador de la policía.

[^9]: El nuevo código penal prusiano de 1851.
