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Title: Los cartistas (1852)
Description: Marx retrata a los librecambistas de la escuela de Manchester como el partido de la burguesía industrial, cuya última palabra es la república burguesa, y a los cartistas como la parte políticamente activa de la clase obrera, para la que el sufragio universal significaría en Inglaterra la supremacía política; y cuenta el triunfo de Ernest Jones a mano alzada en Halifax en las elecciones de 1852.
Author: Karl Marx
Date: 1852-08-10
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1852%20Los%20cartistas
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*Escrito por Karl Marx en inglés en Londres el 10 de agosto de 1852 y publicado en el* New-York Daily Tribune*, vol. 12, núm. 3543, del 25 de agosto de 1852, pp. 5-6. Traducido del texto del Tribune en la transcripción de Revolution's Newsstand para el Marxists Internet Archive, con unas pocas erratas evidentes de la transcripción corregidas tras cotejarlas con la versión alemana de los* Werke *(tomo 8, Berlín, 1960, pp. 342-350), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. [Texto original en inglés](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1852%20The%20Chartists).*

Londres, martes 10 de agosto de 1852

Mientras que los tories, los whigs, los peelitas, de hecho todos los partidos que hemos comentado hasta aquí, pertenecen más o menos al pasado, los librecambistas (los hombres de la escuela de Manchester, los reformadores parlamentarios y financieros) son los *representantes oficiales de la sociedad inglesa moderna*, los representantes de aquella Inglaterra que domina el mercado mundial. Representan el partido de la burguesía consciente de sí misma, del capital industrial que se esfuerza por hacer valer su poder social también como poder político y por extirpar los últimos restos arrogantes de la sociedad feudal. Este partido está dirigido por la parte más activa y enérgica de la burguesía inglesa: los *fabricantes*. Lo que exigen es la supremacía completa y sin disfraz de la burguesía, el sometimiento abierto y oficial de la sociedad entera a las leyes de la producción moderna, burguesa, y al gobierno de los hombres que dirigen esa producción. Por *librecambio* entienden el movimiento sin trabas del capital, liberado de todas las cadenas políticas, nacionales y religiosas. El suelo ha de ser una mercancía vendible, y la explotación del suelo ha de llevarse a cabo según las leyes comerciales comunes. Ha de haber fabricantes de alimentos lo mismo que fabricantes de hilo y de tejidos de algodón, pero ya no señores de la tierra. En suma, no han de tolerarse restricciones, reglamentaciones ni monopolios políticos o sociales, salvo los que procedan de «las leyes eternas de la economía política», es decir, de las condiciones en que el capital produce y distribuye. La lucha de este partido contra las viejas instituciones inglesas, productos de una fase del desarrollo social caduca y en vías de desaparición, se resume en la consigna: *produce lo más barato que puedas y suprime todos los faux frais de la producción* (todos los gastos superfluos e innecesarios de la producción). Y esta consigna no se dirige solo al individuo particular, sino *a la nación entera* sobre todo.

La realeza, con sus «bárbaros esplendores», su corte, su lista civil y sus lacayos, ¿a qué pertenece sino a los *faux frais* de la producción? La nación puede producir e intercambiar sin la realeza; fuera la corona. ¿Las sinecuras de la nobleza, la Cámara de los Lores? *Faux frais* de la producción. ¿El gran ejército permanente? *Faux frais* de la producción. ¿Las colonias? *Faux frais* de la producción. ¿La Iglesia del Estado, con sus riquezas, botín del saqueo o de la mendicidad? *Faux frais* de la producción. Que los curas compitan libremente entre sí y que cada cual les pague según sus propias necesidades. ¿Toda la prolija rutina del derecho inglés, con su Tribunal de la Cancillería? *Faux frais* de la producción. ¿Las guerras nacionales? *Faux frais* de la producción. Inglaterra puede explotar a las naciones extranjeras más barato estando en paz con ellas.

Ya ven ustedes: a estos campeones de la burguesía británica, a los hombres de la escuela de Manchester, toda institución de la vieja Inglaterra se les aparece como una pieza de maquinaria tan costosa como inútil, que no cumple otro fin que impedir a la nación producir la mayor cantidad posible con el menor gasto posible e intercambiar libremente sus productos. Su última palabra es, necesariamente, la *república burguesa*, en la que la libre competencia reina soberana en todas las esferas de la vida; en la que solo queda en conjunto aquel *mínimo* de gobierno indispensable para administrar, en el interior y en el exterior, el interés de clase y los negocios comunes de la burguesía; y en la que ese mínimo de gobierno está organizado de la manera más sobria y económica posible. Un partido así, en otros países, se llamaría *democrático*. Pero es necesariamente revolucionario, y la aniquilación completa de la vieja Inglaterra como país aristocrático es el fin que persigue con mayor o menor conciencia. Su objetivo inmediato, sin embargo, es lograr una reforma parlamentaria que ponga en sus manos el poder legislativo necesario para semejante revolución.

Pero los burgueses británicos no son franceses excitables. Cuando se proponen sacar adelante una reforma parlamentaria, no hacen una revolución de Febrero. Al contrario. Tras haber obtenido en 1846 una gran victoria sobre la aristocracia terrateniente con la derogación de las Leyes de Cereales, se contentaron con aprovechar las ventajas materiales de esa victoria y descuidaron sacar de ella las conclusiones políticas y económicas necesarias, con lo que permitieron a los whigs reinstalarse en su monopolio hereditario del gobierno. Durante todo el tiempo transcurrido de 1846 a 1852 se pusieron en ridículo con su grito de guerra: principios amplios y medidas prácticas (léase *pequeñas*). ¿Y por qué todo esto? Porque en todo movimiento violento se ven obligados a apelar a la *clase obrera*. Y si la aristocracia es su adversario que se desvanece, la clase obrera es su enemigo que surge. Prefieren transigir con el adversario que se desvanece antes que fortalecer, con concesiones de una importancia más que aparente, al enemigo que surge, al que pertenece el futuro. Por eso se esfuerzan por evitar toda colisión violenta con la aristocracia; pero la necesidad histórica y los tories los empujan hacia delante. No pueden eludir el cumplimiento de su misión, que es hacer pedazos la vieja Inglaterra, la Inglaterra del pasado; y desde el momento mismo en que hayan conquistado el dominio político exclusivo, en que dominio político y supremacía económica estén unidos en las mismas manos, en que, por tanto, la lucha contra el capital ya no se distinga de la lucha contra el gobierno existente, desde ese mismo momento datará la *revolución social* de Inglaterra.

Llegamos ahora a los *cartistas*, la parte políticamente activa de la *clase obrera* británica. Los seis puntos de la Carta[^1] por los que luchan no contienen más que la reivindicación del sufragio universal y de las condiciones sin las que el *sufragio universal* sería ilusorio para la clase obrera, como el voto secreto, la retribución de los diputados y las elecciones generales anuales. Pero el sufragio universal es el equivalente del poder político para la clase obrera de Inglaterra, donde el proletariado forma la gran mayoría de la población, donde en una larga guerra civil, aunque subterránea, ha adquirido una clara conciencia de su posición como clase y donde incluso los distritos rurales ya no conocen campesinos, sino solo terratenientes, capitalistas industriales (arrendatarios) y jornaleros asalariados. La conquista del sufragio universal en Inglaterra sería, por tanto, una medida mucho más socialista que cualquier cosa que haya sido honrada con ese nombre en el continente.

Su resultado inevitable es, aquí, *la supremacía política de la clase obrera*.

En otra ocasión informaré sobre el resurgimiento y la reorganización del partido cartista. Por ahora solo tengo que tratar de las recientes elecciones.

Para ser elector al Parlamento británico, un hombre tiene que ocupar, en los burgos, una casa tasada en 10 libras para el impuesto de pobres, y, en los condados, tiene que ser propietario libre por un importe anual de 40 chelines o arrendatario por un importe de 50 libras. De esta sola indicación se desprende que los cartistas solo pudieron tomar oficialmente una parte escasa en la batalla electoral que acaba de terminar. Para explicar la parte que de hecho tomaron en ella, tengo que recordar una peculiaridad del sistema electoral británico:

¡Día de la nominación y día de la proclamación! ¡Votación a mano alzada y escrutinio!

Cuando los candidatos se han presentado el día de la elección y han arengado públicamente al pueblo, son elegidos, en primera instancia, a mano alzada, y toda mano tiene derecho a levantarse, la mano del que no es elector lo mismo que la del elector. Aquel por quien se levanta la mayoría de las manos es declarado por el *returning officer*[^2] elegido (provisionalmente) a mano alzada. Pero ahora la medalla muestra su reverso. La elección a mano alzada era una mera ceremonia, un acto de cortesía formal hacia el «pueblo soberano», y la cortesía cesa en cuanto el privilegio se ve amenazado. Pues si la mano alzada no da el triunfo a los candidatos de los electores privilegiados, esos candidatos piden un escrutinio; en el escrutinio solo pueden tomar parte los electores privilegiados, y quien obtiene en él la mayoría de los votos es declarado debidamente elegido. La primera elección, a mano alzada, es una satisfacción aparente concedida por un momento a la opinión pública, para convencerla al momento siguiente, de manera tanto más patente, de su impotencia.

Podría parecer que esta elección a mano alzada, esta peligrosa formalidad, se había inventado para burlarse del sufragio universal y divertirse aristocráticamente un poco a costa de la «chusma» (expresión del mayor Beresford, secretario de la Guerra).[^3] Pero sería un engaño; el viejo uso, común en su origen a todas las naciones germánicas, pudo arrastrarse por tradición hasta el siglo XIX porque daba al Parlamento de clase británico, barato y sin peligro, una apariencia de popularidad. Las clases dominantes sacaban de este uso la satisfacción de que la masa del pueblo tomara parte, con mayor o menor pasión, en sus intereses de fracción como si fueran sus intereses nacionales. Y solo desde que la burguesía ocupó una posición independiente al lado de los dos partidos oficiales, whigs y tories, las masas trabajadoras se alzaron en los días de nominación en su propio nombre. Pero en ningún año anterior el contraste entre mano alzada y escrutinio, entre día de la nominación y día de la proclamación, había sido tan serio, tan bien definido por principios opuestos, tan amenazador, tan general en toda la superficie del país como en estas últimas elecciones de 1852.

¡Y qué contraste! Bastaba ser designado a mano alzada para ser derrotado en el escrutinio. Bastaba haber tenido la mayoría en un escrutinio para ser saludado por el pueblo con manzanas podridas y cascotes. Los miembros del Parlamento debidamente elegidos tuvieron ante todo mucho que hacer para poner a salvo sus propias personas parlamentarias. De un lado, la mayoría del pueblo; del otro, la duodécima parte de la población total y la quinta parte de la suma de los habitantes varones adultos del país. De un lado, entusiasmo; del otro, soborno. De un lado, partidos que reniegan de sus propios signos distintivos, liberales que alegan el conservadurismo y conservadores que proclaman el liberalismo de sus opiniones; del otro, el pueblo, que proclama su presencia y defiende su propia causa. De un lado, una máquina gastada que, girando sin cesar en su círculo vicioso, nunca es capaz de avanzar un solo paso, y el impotente proceso de rozamiento con que todos los partidos oficiales se van moliendo unos a otros hasta reducirse a polvo; del otro, la masa de la nación que avanza y amenaza con hacer saltar el círculo vicioso y destruir la máquina oficial.

No seguiré por toda la superficie del país este contraste entre nominación y escrutinio, entre la amenazadora manifestación electoral de la clase obrera y las tímidas maniobras electorales de las clases dominantes. Tomo un burgo de entre la masa, en el que el contraste se concentra como en un foco: la elección de Halifax. Aquí los candidatos enfrentados eran: Edwards (tory); sir Charles Wood (hasta hace poco canciller whig del Exchequer, cuñado del conde Grey);[^4] Frank Crossley (hombre de Manchester), y por último Ernest Jones,[^5] el representante más talentoso, consecuente y enérgico del cartismo. Como Halifax es una ciudad manufacturera, el tory tenía pocas posibilidades. El hombre de Manchester, Crossley, se había coaligado con los whigs. La lucha seria, pues, solo se dio entre Wood y Jones, entre el whig y el cartista.

> «Sir Charles Wood pronunció un discurso de una media hora, completamente inaudible al principio y, durante su segunda mitad, a causa de la desaprobación de la inmensa multitud. Su discurso, según lo recogió el periodista que estaba sentado junto a él, no fue más que una recapitulación de las medidas librecambistas aprobadas, un ataque al gobierno de lord Derby y un elogio de “*la prosperidad sin precedentes del país y del pueblo*” (¡Muy bien, muy bien!). No propuso ni una sola medida nueva de reforma, y solo aludió vagamente, en muy pocas palabras, al proyecto de ley de lord John Russell sobre el derecho de voto.»

Doy un extracto más extenso del discurso de E. Jones, ya que no lo encontrarán ustedes en ninguno de los grandes periódicos londinenses de la clase dominante.

> «Ernest Jones, que fue recibido con un inmenso entusiasmo, habló entonces así: Electores y no electores, os habéis reunido en una fiesta grande y solemne. Hoy la Constitución reconoce el sufragio universal en teoría, para negarlo quizá en la práctica mañana. Hoy están ante vosotros los representantes de dos sistemas, y tenéis que decidir bajo cuál de ellos seréis gobernados durante siete años. Siete años: ¡una pequeña vida! Os emplazo a deteneros en el umbral de esos siete años: hoy pasarán despacio y con calma en revista ante vosotros; hoy decidid, vosotros, veinte mil hombres, para que quizá quinientos deshagan mañana vuestra voluntad. (¡Muy bien, muy bien!) Digo que ante vosotros están los representantes de dos sistemas. Whig, tory y traficantes de dinero están a mi izquierda, es verdad, pero todos son uno. El traficante de dinero dice: compra barato y vende caro. El tory dice: compra caro y vende más caro. Para el trabajo, ambos son lo mismo. Pero el primer sistema es el que prevalece, y el pauperismo se enquista en su raíz. Ese sistema se basa en la competencia extranjera. Ahora bien, yo afirmo que, con el principio de comprar barato y vender caro aplicado a la competencia extranjera, la ruina de las clases trabajadoras y de los pequeños comerciantes ha de seguir adelante. ¿Por qué? El trabajo es el creador de toda riqueza. Un hombre tiene que trabajar antes de que crezca un grano o se teja un hilo. Pero en este país no hay trabajo por cuenta propia para el trabajador. El trabajo es una mercancía alquilada; el trabajo es una cosa en el mercado que se compra y se vende; por consiguiente, como el trabajo crea toda riqueza, el trabajo es lo primero que se compra: “¡Compra barato! ¡Compra barato!”. El trabajo se compra en el mercado más barato. Pero ahora viene lo siguiente: “¡Vende caro! ¡Vende caro!”. ¿Vender qué? *El producto del trabajo*. ¿A quién? Al extranjero, ¡sí!, y *al* propio trabajador, pues, como el trabajo no está empleado por cuenta propia, el trabajador no participa de los primeros frutos de su esfuerzo. “Compra barato, vende caro.” ¿Qué os parece? “Compra barato, vende caro.” ¡Compra barato el trabajo del trabajador y vuelve a venderle caro a ese mismo trabajador el producto de su propio trabajo! El principio de la pérdida inherente está en el trato. El patrono compra barato el trabajo; vende, y en la venta tiene que obtener un beneficio; vende al trabajador mismo, y así todo trato entre patrono y empleado es un fraude deliberado por parte del patrono. Así el trabajo tiene que hundirse por una pérdida eterna para que el capital se eleve por un fraude duradero. Pero el sistema no se detiene aquí. *Se aplica a la competencia extranjera, lo que significa que tenemos que arruinar el comercio de otros países como hemos arruinado el trabajo del nuestro*. ¿Cómo funciona? El país de impuestos altos tiene que vender más barato que el de impuestos bajos. La competencia en el extranjero aumenta sin cesar; por consiguiente, la baratura tiene que aumentar también sin cesar. Por tanto, los salarios en Inglaterra tienen que seguir bajando sin cesar. ¿Y cómo consiguen la baja? Mediante el trabajo sobrante. ¿Cómo obtienen el trabajo sobrante? Mediante el monopolio de la tierra, que empuja a la fábrica más brazos de los que se necesitan. Mediante el monopolio de la maquinaria, que arroja esos brazos a la calle; mediante el trabajo de la mujer, que echa al hombre de la lanzadera; mediante el trabajo infantil, que echa a la mujer del telar. Luego, plantando el pie sobre esa base viva del sobrante, aplastan bajo el talón su corazón dolorido y gritan: “¡Hambre! ¿Quién quiere trabajar? Más vale media hogaza que nada de pan”, y la masa que se retuerce se agarra ávidamente a sus condiciones. (Grandes gritos de “¡Muy bien, muy bien!”.) Este es el sistema para el trabajador. Pero, ¡electores!, ¿cómo opera sobre vosotros? ¿Cómo afecta al comercio interior, al tendero, al impuesto de pobres y a los impuestos? Por cada aumento de la competencia en el extranjero tiene que haber un aumento de la baratura en el interior. Todo aumento de la baratura del trabajo se basa en un aumento del sobrante de trabajo, y ese sobrante se obtiene mediante un aumento de la maquinaria. Lo repito: ¡cómo opera esto sobre vosotros! El liberal de Manchester que está a mi izquierda establece una nueva patente y arroja a la calle a trescientos hombres como sobrantes. ¡Tenderos! Trescientos clientes menos. ¡Contribuyentes! Trescientos pobres más. (Grandes aplausos.) Pero, ¡atención! El mal no se detiene ahí. Esos trescientos hombres sirven primero para hacer bajar los salarios de los que siguen trabajando en su propio oficio. El patrono dice: “Ahora os rebajo el salario”. Los hombres ponen reparos. Entonces añade: “¿Veis a esos trescientos hombres que *acaban* de salir? *Podéis cambiar el puesto con ellos si queréis*; suspiran por entrar en cualquier condición, porque se mueren de hambre”. Los hombres lo sienten y quedan aplastados. ¡Ah, liberal de Manchester! ¡Fariseo de la política! Esos hombres están escuchando: ¿te he cogido ahora? Pero el mal todavía no se detiene. Esos hombres, expulsados de su propio oficio, buscan empleo en otros, donde engrosan el sobrante y hacen bajar los salarios. Los oficios mal pagados de hoy fueron una vez los bien pagados; los bien pagados de hoy pronto serán los mal pagados. Así el poder adquisitivo de las clases trabajadoras disminuye cada día, y con él muere el comercio interior. ¡Fijaos bien, tenderos! Vuestros clientes se empobrecen y vuestros beneficios menguan, mientras vuestros pobres se hacen más numerosos y suben vuestros impuestos de pobres y vuestros impuestos. Vuestros ingresos son menores, vuestros gastos mayores. Recibís menos y pagáis más. ¿Qué os parece el sistema? Sobre vosotros descargan el rico fabricante y el terrateniente el peso del impuesto de pobres y de los impuestos. ¡Hombres de la clase media! Sois la máquina de pagar impuestos de los ricos. Crean la pobreza que crea sus riquezas, y os hacen pagar la pobreza que han creado. El terrateniente lo elude por privilegio; el fabricante, resarciéndose con los salarios de sus hombres, y eso repercute sobre vosotros. ¿Qué os parece el sistema? Pues bien, ese es el sistema que sostienen los caballeros de mi izquierda. ¿Qué propongo yo entonces? He mostrado el mal. Eso ya es algo. Pero hago más: estoy aquí para mostrar el bien y probar que lo es.» (Grandes aplausos.)

Ernest Jones expuso luego sus propias ideas sobre la reforma política y económica, y continuó así:

> «Electores y no electores, os he presentado ahora algunas de las medidas sociales y políticas cuya adopción inmediata defiendo hoy, como lo hice en 1847. Pero porque intenté ampliar vuestras libertades, se recortaron las mías. (¡Muy bien, muy bien!) Porque intenté levantar el templo de la libertad para todos vosotros, me arrojaron a la celda de una cárcel de criminales; y ahí, a mi izquierda, está sentado uno de mis principales carceleros. (Fuertes y prolongados gruñidos, dirigidos hacia la izquierda.) Porque intenté dar voz a la verdad, me condenaron al silencio. Durante dos años y una semana me arrojó a una prisión en régimen de aislamiento y de silencio, sin pluma, ni tinta, ni papel, con la tarea de deshilar estopa[^6] como sustituto. ¡Ah! (volviéndose hacia sir Charles Wood), fue su turno durante dos años y una semana; hoy es el mío. Convoco al ángel del castigo desde el corazón de cada inglés aquí presente. (Una inmensa explosión de aplausos.) ¡Escuchad! ¡Sentís el batir de sus alas en el aliento de esta vasta multitud! (Nuevos aplausos, largamente prolongados.) Diréis que esta no es una cuestión pública. ¡Pero lo es! (¡Muy bien, muy bien!) Es una cuestión pública, pues el hombre que no es capaz de sentir por la mujer del preso no sentirá por la mujer del trabajador. Quien no sienta por los hijos del cautivo no sentirá por los hijos del esclavo del trabajo. (“¡Muy bien, muy bien!”, y aplausos.) Su vida pasada lo prueba; su promesa de hoy no lo contradice. ¿Quién votó por la coerción de Irlanda, por la ley mordaza y por la manipulación de la prensa irlandesa?[^7] ¡El whig! Ahí está sentado. ¡Echadlo! ¿Quién votó quince veces contra la moción de Hume sobre el derecho de voto; contra la de Locke King sobre los condados; contra la de Ewart sobre los Parlamentos cortos, y contra la de Berkeley sobre el voto secreto?[^8] El whig: ahí está sentado; ¡echadlo! ¿Quién votó contra la liberación de Frost, Williams y Jones?[^9] El whig: ahí está sentado; ¡echadlo! ¿Quién votó contra la investigación de los abusos coloniales y a favor de Ward y Torrington, los tiranos de las islas Jónicas y de Ceilán?[^10] El whig: ahí está sentado; ¡echadlo! ¿Quién votó contra la reducción del sueldo de 12.000 libras del duque de Cambridge, contra toda reducción del ejército y la marina, contra la derogación del impuesto sobre las ventanas y 48 veces contra cualquier otra reducción de impuestos, su propio sueldo incluido? El whig: ahí está sentado; ¡echadlo! ¿Quién votó contra la derogación del impuesto sobre el papel, del impuesto sobre los anuncios y de los impuestos sobre el saber?[^11] El whig: ahí está sentado; ¡echadlo! ¿Quién votó por las hornadas de nuevos obispos, por las tasas parroquiales, por la subvención a Maynooth,[^12] contra su reducción y contra eximir a los disidentes del pago de las tasas de la Iglesia? El whig: ahí está sentado; ¡echadlo! ¿Quién votó contra toda investigación de la adulteración de los alimentos? El whig: ahí está sentado; ¡echadlo! ¿Quién votó contra la rebaja de los derechos sobre el azúcar y contra la derogación del impuesto sobre la malta? El whig: ahí está sentado; ¡echadlo! ¿Quién votó contra acortar el trabajo nocturno de los panaderos, contra la investigación de la situación de los tejedores de medias en telar, contra los inspectores médicos de los asilos de pobres, contra impedir que los niños pequeños trabajaran antes de las seis de la mañana, contra el socorro parroquial a las mujeres embarazadas pobres y contra la ley de las diez horas? El whig: ahí está sentado; ¡echadlo! ¡Echadlo, en nombre de la humanidad y de Dios! ¡Hombres de Halifax! ¡Hombres de Inglaterra! Los dos sistemas están ante vosotros. ¡Juzgad ahora y elegid!» (Es imposible describir el entusiasmo que encendió este discurso, y especialmente su final; la voz de la vasta multitud, contenida en suspenso sin aliento durante cada párrafo, llegaba en cada pausa como el trueno de una ola que vuelve, en execración del representante del whiguismo y de la dominación de clase. En conjunto, fue una escena que no se olvidará en mucho tiempo. Al votarse a mano alzada, muy pocas manos, sobre todo de gente pagada o intimidada, se levantaron por sir C. Wood; pero casi todos los presentes levantaron las dos manos por Ernest Jones, en medio de aplausos y de un entusiasmo imposibles de describir.)

> «El alcalde declaró elegidos a mano alzada al señor Ernest Jones y al señor Henry Edwards. Sir C. Wood y el señor Crossley pidieron entonces un escrutinio.»

Ocurrió lo que Jones había predicho: fue designado por 20.000 votos, pero el whig sir Charles Wood y el hombre de Manchester Crossley fueron elegidos por 500 votos.

[^1]: La Carta del Pueblo (1838) reclamaba sufragio universal masculino, voto secreto, distritos electorales iguales, supresión del requisito de propiedad para ser diputado, retribución de los diputados y Parlamentos anuales.

[^2]: Funcionario encargado de dirigir la elección y proclamar su resultado.

[^3]: William Beresford (1797-1883), secretario de la Guerra en el gabinete Derby.

[^4]: Sir Charles Wood (1800-1885), canciller del Exchequer en el gabinete whig de Russell (1846-1852); Henry George Grey, tercer conde Grey (1802-1894), secretario de las Colonias en el mismo gabinete.

[^5]: Ernest Jones (1819-1869), poeta, abogado y dirigente del ala izquierda del cartismo, amigo de Marx y Engels; editaba entonces *Notes to the People* y *The People's Paper*.

[^6]: Deshacer cabos viejos de cuerda para obtener estopa con que calafatear: trabajo habitual de presos y asilados. Jones fue condenado en 1848 a dos años de prisión por sus discursos cartistas, siendo Wood ministro del gabinete whig.

[^7]: Leyes de excepción para Irlanda votadas por los gabinetes whigs, en particular durante la crisis de 1847-1848.

[^8]: Mociones de reforma presentadas por los radicales Joseph Hume, Peter John Locke King, William Ewart y Henry Berkeley.

[^9]: John Frost, Zephaniah Williams y William Jones, jefes del levantamiento cartista de Newport (1839), condenados a muerte y deportados a Australia.

[^10]: Henry George Ward, lord alto comisario de las islas Jónicas, protectorado británico, y George Byng, vizconde de Torrington, gobernador de Ceilán, reprimieron con dureza levantamientos en 1848-1849. El texto del *Tribune* dice «Ionia».

[^11]: Los impuestos sobre el papel, los anuncios y el timbre de los periódicos, llamados *taxes on knowledge*, «impuestos sobre el saber».

[^12]: Subvención del Estado al seminario católico de Maynooth, en Irlanda, aumentada en 1845.
