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Title: Revolución y contrarrevolución en Alemania (1852)
Description: La serie de diecinueve artículos en que Engels, para el New-York Daily Tribune, hizo el primer balance materialista de la revolución alemana de 1848-1849: las clases en presencia, la traición de la burguesía liberal, la impotencia de la pequeña burguesía democrática y las causas sociales de la derrota.
Author: Friedrich Engels
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1852%20Revoluci%C3%B3n%20y%20contrarrevoluci%C3%B3n%20en%20Alemania
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*Diecinueve artículos escritos por Friedrich Engels en Mánchester entre agosto de 1851 y septiembre de 1852, a petición de Karl Marx, a quien había invitado a colaborar el* New-York Daily Tribune*; Marx los enviaba desde Londres, de ahí el «Londres» al pie de casi todos. Se publicaron en ese diario, con la firma de Marx, entre el 25 de octubre de 1851 y el 23 de octubre de 1852. Eleanor Marx Aveling los reunió en 1896 en un libro,* Revolution and Counter-Revolution, or Germany in 1848 *(Londres, Swan Sonnenschein), como obra de su padre; la publicación de la correspondencia entre Marx y Engels, en 1913, mostró que el autor era Engels. Traducido del texto del* Tribune *según la edición de Eleanor Marx de 1896, cotejado con la edición alemana (MEW, tomo 8), por la Escuela de marxismo, 2026. Los títulos de los artículos son los de la edición de 1896; la fecha bajo cada título es la del número del* Tribune*, y la del final, la de redacción. Se omiten las notas de Eleanor Marx y el artículo de Marx sobre el proceso de Colonia que ella añadió como capítulo XX. Las notas son nuestras. [Texto original en inglés](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1852%20Revolution%20and%20Counter-Revolution%20in%20Germany).*

## I. Alemania al estallar la revolución

*New-York Daily Tribune, 25 de octubre de 1851.*

El primer acto del drama revolucionario en el continente europeo ha terminado. Los «poderes que fueron» antes del huracán de 1848 vuelven a ser los «poderes que son», y los gobernantes de un día, más o menos populares, gobernadores provisionales, triunviros, dictadores, con su séquito de representantes, comisarios civiles, comisarios militares, prefectos, jueces, generales, oficiales y soldados, han sido arrojados a costas extranjeras y «deportados allende los mares», a Inglaterra o a América, para formar allí nuevos gobiernos *in partibus infidelium*,[^1] comités europeos, comités centrales, comités nacionales, y anunciar su advenimiento con proclamas no menos solemnes que las de cualquier potentado menos imaginario.

No cabe imaginar una derrota más señalada que la sufrida por el partido revolucionario del continente —o, mejor dicho, por los partidos— en todos los puntos de la línea de batalla. Pero ¿qué importa? ¿No abarcó la lucha de las clases medias británicas[^2] por su supremacía social y política cuarenta y ocho años, y la de las clases medias francesas cuarenta años de luchas sin precedentes? ¿Y estuvo alguna vez su triunfo más cerca que en el preciso momento en que la monarquía restaurada se creía más firmemente asentada que nunca? Hace mucho que pasaron los tiempos de aquella superstición que atribuía las revoluciones a la mala voluntad de unos cuantos agitadores. Hoy todo el mundo sabe que dondequiera que se produce una convulsión revolucionaria tiene que haber en el fondo alguna necesidad social cuya satisfacción impiden unas instituciones caducas. Puede que esa necesidad no se sienta todavía con la fuerza y la generalidad que asegurarían un éxito inmediato; pero cada intento de reprimirla por la fuerza solo hará que resurja cada vez más fuerte, hasta que rompa sus cadenas. Así pues, si nos han vencido, no nos queda otra cosa que hacer sino empezar de nuevo desde el principio. Y, por fortuna, el intervalo de descanso, probablemente muy breve, que se nos concede entre el final del primer acto del movimiento y el comienzo del segundo nos da tiempo para una tarea muy necesaria: el estudio de las causas que hicieron inevitables tanto el reciente estallido como su derrota; causas que no hay que buscar en los esfuerzos, talentos, faltas, errores o traiciones accidentales de algunos dirigentes, sino en el estado social general y en las condiciones de existencia de cada una de las naciones sacudidas por la convulsión. Que los movimientos repentinos de febrero y marzo de 1848[^3] no fueron obra de individuos aislados, sino manifestaciones espontáneas e irresistibles de necesidades y exigencias nacionales, comprendidas con mayor o menor claridad, pero sentidas con mucha nitidez por numerosas clases en todos los países, es un hecho reconocido en todas partes; pero cuando se indaga en las causas de los éxitos contrarrevolucionarios, por todas partes le salen a uno al paso con la respuesta fácil de que fue el señor Fulano o el ciudadano Mengano quien «traicionó» al pueblo. Respuesta que podrá ser muy cierta o no, según las circunstancias, pero que en ninguna circunstancia explica nada, ni siquiera cómo pudo suceder que el «pueblo» se dejara traicionar así. ¡Y qué pocas posibilidades tiene un partido político cuyo único capital consiste en saber el hecho aislado de que no hay que fiarse del ciudadano Zutano!

Indagar y exponer las causas tanto de la convulsión revolucionaria como de su represión tiene, además, una importancia capital desde el punto de vista histórico. Todas esas pequeñas disputas y recriminaciones personales, todas esas afirmaciones contradictorias de que fue Marrast, o Ledru-Rollin, o Louis Blanc,[^4] o cualquier otro miembro del Gobierno provisional, o todos juntos, quienes condujeron la revolución hacia los escollos en que naufragó, ¿qué interés pueden tener, qué luz pueden arrojar para el norteamericano o el inglés que observaron todos estos movimientos desde una distancia demasiado grande para distinguir ninguno de los detalles de las operaciones? Nadie en su sano juicio creerá jamás que once hombres, en su mayoría de capacidad muy mediocre tanto para el bien como para el mal, pudieran arruinar en tres meses a una nación de treinta y seis millones, a menos que esos treinta y seis millones vieran su camino tan poco claro como los once. Pero cómo sucedió que treinta y seis millones se vieran de pronto llamados a decidir por sí mismos qué camino tomar, aunque en parte anduvieran a tientas en la penumbra, y cómo luego se extraviaron y se permitió por un momento a sus antiguos dirigentes volver a dirigirlos, esa es precisamente la cuestión.

Así pues, si intentamos exponer a los lectores de *The Tribune* las causas que, al tiempo que hicieron inevitable la revolución alemana de 1848, condujeron no menos inevitablemente a su represión momentánea en 1849 y 1850, no se esperará de nosotros que ofrezcamos una historia completa de los acontecimientos tal como se desarrollaron en aquel país. Los acontecimientos posteriores y el juicio de las generaciones venideras decidirán qué parte de esa masa confusa de hechos en apariencia accidentales, inconexos e incongruentes ha de formar parte de la historia universal. Todavía no ha llegado el momento de semejante tarea; hemos de mantenernos dentro de los límites de lo posible y darnos por satisfechos si logramos hallar causas racionales, basadas en hechos innegables, que expliquen los acontecimientos principales, las vicisitudes más importantes de aquel movimiento, y que nos den una pista sobre la dirección que el próximo estallido, quizá no muy lejano, imprimirá al pueblo alemán.

Y, en primer lugar, ¿cuál era la situación de Alemania al estallar la revolución?

La composición de las distintas clases del pueblo que forman la base de toda organización política era en Alemania más complicada que en ningún otro país. Mientras que en Inglaterra y en Francia el feudalismo había sido destruido por completo, o al menos reducido, como en el primero de esos países, a unas pocas formas insignificantes, por una clase media poderosa y rica, concentrada en las grandes ciudades y en particular en la capital, la nobleza feudal de Alemania había conservado buena parte de sus antiguos privilegios. El régimen feudal de tenencia de la tierra predominaba casi en todas partes. Los señores de la tierra habían conservado incluso la jurisdicción sobre sus colonos. Privados de sus privilegios políticos, del derecho a controlar a los príncipes, habían mantenido casi toda su supremacía medieval sobre el campesinado de sus dominios, así como su exención de impuestos. El feudalismo era más floreciente en unas comarcas que en otras, pero en ninguna parte, salvo en la orilla izquierda del Rin, había sido destruido por completo. Esta nobleza feudal, entonces numerosísima y en parte muy rica, era considerada oficialmente el primer «estamento» del país. De ella salían los altos funcionarios del Gobierno y casi exclusivamente los oficiales del ejército.

La burguesía alemana distaba mucho de ser tan rica y estar tan concentrada como la de Francia o la de Inglaterra. Las antiguas manufacturas alemanas habían sido destruidas por la introducción del vapor y por la supremacía, rápidamente creciente, de la industria inglesa; las manufacturas más modernas, surgidas al amparo del sistema continental napoleónico[^5] y establecidas en otras partes del país, no compensaban la pérdida de las antiguas ni bastaban para crear un interés industrial lo bastante fuerte como para imponer sus necesidades a la atención de unos gobiernos celosos de toda ampliación de la riqueza y del poder no nobles. Si Francia sacó victoriosa su industria de la seda de cincuenta años de revoluciones y guerras, Alemania, en el mismo tiempo, casi perdió su antiguo comercio de lienzos. Los distritos industriales, además, eran pocos y muy distantes entre sí; situados muy tierra adentro y sirviéndose sobre todo de puertos extranjeros, holandeses o belgas, para sus importaciones y exportaciones, tenían pocos intereses comunes, o ninguno, con las grandes ciudades portuarias del mar del Norte y del Báltico; eran, sobre todo, incapaces de crear grandes centros industriales y comerciales como París y Lyon, Londres y Mánchester. Las causas de este atraso de la industria alemana eran múltiples, pero bastan dos para explicarlo: la desfavorable situación geográfica del país, alejado del Atlántico, que se había convertido en la gran vía del comercio mundial, y las continuas guerras en que Alemania se vio envuelta, y que se libraron en su suelo, desde el siglo XVI hasta nuestros días. Fue esta escasez numérica, y en particular la falta de algo parecido a una concentración, lo que impidió a las clases medias alemanas alcanzar la supremacía política de que goza la burguesía inglesa desde 1688[^6] y que la francesa conquistó en 1789. Y, sin embargo, desde 1815 la riqueza, y con la riqueza la importancia política, de la clase media alemana no dejó de crecer. Los gobiernos se vieron obligados, aunque a regañadientes, a plegarse al menos a sus intereses materiales más inmediatos. Hasta puede decirse con verdad que, de 1815 a 1830 y de 1832 a 1840, cada partícula de influencia política que se había concedido a la clase media en las constituciones de los Estados pequeños y que se le arrebató de nuevo durante esos dos periodos de reacción política se compensó con alguna ventaja más práctica que se le otorgó. Cada derrota política de la clase media trajo consigo una victoria en el terreno de la legislación comercial. Y, desde luego, el arancel proteccionista prusiano de 1818 y la formación del *Zollverein*[^7] valían bastante más para los comerciantes y fabricantes de Alemania que el equívoco derecho a expresar en las cámaras de algún ducado diminuto su desconfianza hacia unos ministros que se reían de sus votaciones. Así, con la riqueza en aumento y el comercio en expansión, la burguesía llegó pronto a un punto en que vio frenado el desarrollo de sus intereses más importantes por la constitución política del país: por su división arbitraria entre treinta y seis príncipes de tendencias y caprichos contrapuestos; por las trabas feudales que pesaban sobre la agricultura y el comercio ligado a ella; por la vigilancia fisgona a que una burocracia ignorante y presuntuosa sometía todas sus operaciones. Al mismo tiempo, la extensión y consolidación del *Zollverein*, la introducción general de las comunicaciones a vapor y la creciente competencia en el comercio interior acercaron entre sí a las clases comerciales de los distintos Estados y provincias, igualaron sus intereses y centralizaron su fuerza. La consecuencia natural fue el paso de toda su masa al campo de la oposición liberal y la victoria en la primera lucha seria de la clase media alemana por el poder político. Este cambio puede fecharse en 1840, en el momento en que la burguesía de Prusia tomó la dirección del movimiento de la clase media alemana. Más adelante volveremos sobre este movimiento de oposición liberal de 1840-1847.

La gran masa de la nación, que no pertenecía ni a la nobleza ni a la burguesía, estaba formada en las ciudades por la pequeña burguesía de comerciantes y tenderos[^8] y por los trabajadores, y en el campo por el campesinado.

La pequeña burguesía de comerciantes y tenderos es numerosísima en Alemania, a consecuencia del escaso desarrollo que los grandes capitalistas y fabricantes han tenido como clase en ese país. En las ciudades mayores forma casi la mayoría de los habitantes; en las más pequeñas predomina por completo, a falta de competidores o de influencias más ricos. Esta clase, importantísima en todo cuerpo político moderno y en todas las revoluciones modernas, lo es todavía más en Alemania, donde, en las luchas recientes, desempeñó por lo general el papel decisivo. Su posición intermedia entre la clase de los grandes capitalistas, comerciantes y fabricantes, la burguesía propiamente dicha, y la clase proletaria o industrial determina su carácter. Aspira a la posición de la primera, y el menor revés de la fortuna precipita a los individuos de esta clase a las filas de la segunda. En los países monárquicos y feudales, la clientela de la corte y de la aristocracia se vuelve necesaria para su existencia; perderla podría arruinar a buena parte de ella. En las ciudades pequeñas, una guarnición militar, un gobierno de distrito, un tribunal con su séquito constituyen muy a menudo la base de su prosperidad; si se suprimen, se hunden los tenderos, los sastres, los zapateros, los carpinteros. Zarandeada así eternamente entre la esperanza de entrar en las filas de la clase más rica y el temor de verse reducida a la condición de proletarios o incluso de indigentes; entre la esperanza de favorecer sus intereses conquistando una parte en la dirección de los asuntos públicos y el miedo a despertar, con una oposición inoportuna, la ira de un gobierno que dispone de su misma existencia, porque tiene en su mano retirarle sus mejores clientes; dueña de pequeños recursos, cuya posesión es tanto más insegura cuanto menor es su cuantía, esta clase es sumamente vacilante en sus opiniones. Humilde y servilmente sumisa bajo un gobierno feudal o monárquico poderoso, se pasa al liberalismo cuando la clase media está en ascenso; le dan violentos accesos democráticos en cuanto la clase media ha asegurado su propia supremacía, pero recae en el abyecto abatimiento del miedo en cuanto la clase que está por debajo de ella, los proletarios, intenta un movimiento independiente. Poco a poco veremos a esta clase, en Alemania, pasar alternativamente de una de estas fases a otra.

La clase obrera alemana está, en su desarrollo social y político, tan atrasada respecto de la de Inglaterra y Francia como la burguesía alemana respecto de la burguesía de esos países. De tal amo, tal criado. La evolución de las condiciones de existencia de una clase proletaria numerosa, fuerte, concentrada e inteligente va de la mano del desarrollo de las condiciones de existencia de una clase media numerosa, rica, concentrada y poderosa. El movimiento obrero mismo nunca es independiente, nunca tiene un carácter exclusivamente proletario, hasta que todas las distintas fracciones de la clase media, y en particular su fracción más progresista, los grandes fabricantes, han conquistado el poder político y remodelado el Estado según sus necesidades. Es entonces cuando el inevitable conflicto entre patronos y asalariados se vuelve inminente y ya no puede aplazarse; cuando a la clase obrera ya no se la puede entretener con esperanzas engañosas y promesas que nunca se cumplirán; cuando el gran problema del siglo XIX, la abolición del proletariado, se plantea por fin abiertamente y bajo su verdadera luz. Ahora bien, en Alemania la masa de la clase obrera no estaba empleada por esos modernos señores de la industria de los que Gran Bretaña ofrece tan espléndidos ejemplares, sino por pequeños artesanos cuyo sistema de producción entero no es más que una reliquia de la Edad Media. Y así como hay una diferencia enorme entre el gran señor del algodón y el humilde remendón o maestro sastre, hay una distancia correspondiente entre el despierto obrero fabril de las modernas Babilonias industriales y el tímido oficial de sastre o de ebanista de una pequeña ciudad de provincias, que vive en unas circunstancias y trabaja según un plan muy poco distintos de los de sus semejantes de hace unos quinientos años. Esta ausencia general de condiciones de vida modernas, de modos modernos de producción industrial, iba acompañada, naturalmente, de una ausencia casi tan general de ideas modernas, y por eso no es de extrañar que, al estallar la revolución, buena parte de las clases trabajadoras reclamara a gritos el restablecimiento inmediato de los gremios y de las corporaciones privilegiadas de oficio medievales. Sin embargo, en los distritos industriales, donde predominaba el sistema moderno de producción, y gracias a las facilidades de intercomunicación y de desarrollo intelectual que ofrecía la vida itinerante de un gran número de obreros, se formó un núcleo fuerte, cuyas ideas sobre la emancipación de su clase eran mucho más claras y más acordes con los hechos existentes y con las necesidades históricas; pero eran una simple minoría. Si el movimiento activo de la clase media puede fecharse en 1840, el de la clase obrera hace su aparición con las insurrecciones de los obreros fabriles de Silesia y de Bohemia en 1844,[^9] y pronto tendremos ocasión de pasar revista a las distintas fases por las que atravesó este movimiento.

Por último, estaba la gran clase de los pequeños agricultores, el campesinado, que con su apéndice de jornaleros del campo constituye una mayoría considerable de la nación entera. Pero esta clase se subdividía a su vez en distintas fracciones. Estaban, en primer lugar, los agricultores más ricos, lo que en Alemania se llama campesinos grandes y medianos,[^10] propietarios de explotaciones más o menos extensas, cada uno de los cuales disponía de los servicios de varios jornaleros agrícolas. Esta clase, situada entre los grandes terratenientes feudales exentos de impuestos y el pequeño campesinado y los jornaleros del campo, encontraba, por razones evidentes, en la alianza con la clase media antifeudal de las ciudades su camino político más natural. Estaban, en segundo lugar, los pequeños propietarios libres, predominantes en la región del Rin, donde el feudalismo había sucumbido ante los poderosos golpes de la gran Revolución francesa. Había también pequeños propietarios libres e independientes de este tipo aquí y allá en otras provincias, donde habían logrado redimir las cargas feudales que antes pesaban sobre sus tierras. Esta clase, sin embargo, era una clase de propietarios libres solo de nombre, pues por lo general su propiedad estaba hipotecada hasta tal punto, y en condiciones tan onerosas, que el verdadero dueño de la tierra no era el campesino, sino el usurero que había adelantado el dinero. En tercer lugar, los colonos feudales, a los que no se podía expulsar fácilmente de sus tenencias, pero que tenían que pagar una renta perpetua o prestar a perpetuidad cierta cantidad de trabajo en favor del señor. Por último, los jornaleros agrícolas, cuya condición, en muchas grandes explotaciones, era exactamente la de la misma clase en Inglaterra, y que en todos los casos vivían y morían pobres, mal alimentados y esclavos de sus patronos. Estas tres últimas clases de la población agrícola, los pequeños propietarios libres, los colonos feudales y los jornaleros agrícolas, nunca se habían calentado mucho la cabeza con la política antes de la revolución, pero es evidente que este acontecimiento debió de abrirles una nueva carrera, llena de brillantes perspectivas. A cada una de ellas la revolución le ofrecía ventajas, y una vez lanzado de veras el movimiento, era de esperar que cada una se sumara a él a su vez. Pero al mismo tiempo es igual de evidente, y lo confirma por igual la historia de todos los países modernos, que la población agrícola, a consecuencia de su dispersión por un gran espacio y de la dificultad de poner de acuerdo a una porción considerable de ella, nunca puede intentar con éxito un movimiento independiente; necesita el impulso inicial de la población de las ciudades, más concentrada, más ilustrada y más fácil de poner en movimiento.

El breve bosquejo que precede de las más importantes de las clases que, en su conjunto, formaban la nación alemana al estallar los movimientos recientes bastará ya para explicar buena parte de la incoherencia, la incongruencia y la aparente contradicción que reinaron en ese movimiento. Cuando intereses tan variados, tan contrapuestos, que se entrecruzan de manera tan extraña, entran en violenta colisión; cuando estos intereses en pugna se mezclan en proporciones distintas en cada distrito, en cada provincia; cuando, sobre todo, no hay en el país un gran centro, ni un Londres ni un París, cuyas decisiones puedan, por su peso, hacer innecesario dirimir una y otra vez la misma querella en cada localidad, ¿qué otra cosa cabe esperar sino que la contienda se disuelva en una masa de luchas inconexas, en las que se gasta una cantidad enorme de sangre, de energía y de capital, pero que, con todo, se quedan sin ningún resultado decisivo?

La desmembración política de Alemania en tres docenas de principados más o menos importantes se explica igualmente por esta confusión y multiplicidad de los elementos que componen la nación y que, a su vez, varían en cada localidad. Donde no hay intereses comunes no puede haber unidad de propósito, y mucho menos de acción. Es cierto que la Confederación Germánica se declaró eternamente indisoluble; pero la Confederación y su órgano, la Dieta, nunca representaron la unidad alemana. El grado más alto que alcanzó jamás la centralización en Alemania fue el establecimiento del *Zollverein*; con él, también los Estados del mar del Norte se vieron empujados a formar una unión aduanera propia,[^11] mientras Austria seguía encerrada en su arancel prohibitivo particular. Alemania tuvo la satisfacción de verse dividida, a todos los efectos prácticos, entre solo tres poderes independientes en lugar de treinta y seis. Naturalmente, la supremacía absoluta del zar ruso, tal como quedó establecida en 1814, no sufrió por ello cambio alguno.

Extraídas de nuestras premisas estas conclusiones preliminares, veremos en nuestro próximo artículo cómo las diversas clases del pueblo alemán antes mencionadas se pusieron en movimiento una tras otra y qué carácter tomó el movimiento al estallar la revolución francesa de 1848.

*Londres, septiembre de 1851.*

## II. El Estado prusiano

*New-York Daily Tribune, 28 de octubre de 1851.*

El movimiento político de la clase media o burguesía en Alemania puede fecharse en 1840. Lo habían precedido síntomas que mostraban que la clase adinerada e industrial de ese país estaba madurando hasta un punto en que ya no le permitiría seguir apática y pasiva bajo la presión de un monarquismo medio feudal, medio burocrático. Los príncipes alemanes menores, en parte para asegurarse una mayor independencia frente a la supremacía de Austria y de Prusia o frente a la influencia de la nobleza de sus propios Estados, en parte para soldar en un todo las provincias inconexas reunidas bajo su dominio por el Congreso de Viena, otorgaron uno tras otro constituciones de carácter más o menos liberal. Podían hacerlo sin ningún peligro para sí mismos, porque, si la Dieta de la Confederación, mera marioneta de Austria y de Prusia, pretendía invadir su independencia como soberanos, sabían que al resistir a sus dictados tendrían el respaldo de la opinión pública y de las Cámaras; y si, por el contrario, esas Cámaras se volvían demasiado fuertes, podían disponer sin dificultad del poder de la Dieta para aplastar toda oposición. En tales circunstancias, las instituciones constitucionales de Baviera, Wurtemberg, Baden o Hannover no podían dar lugar a ninguna lucha seria por el poder político, y por eso el grueso de la clase media alemana se mantuvo, en general, apartado de las mezquinas riñas que surgían en los órganos legislativos de los Estados pequeños, sabiendo muy bien que, sin un cambio fundamental en la política y la constitución de las dos grandes potencias de Alemania, de nada servirían esfuerzos ni victorias secundarios. Pero al mismo tiempo surgió en esas pequeñas asambleas una casta de abogados liberales, opositores de profesión: los Rotteck, los Welcker, los Römer, los Jordan, los Stüve, los Eisenmann,[^12] esos grandes «hombres populares» (*Volksmänner*) que, tras veinte años de una oposición más o menos ruidosa, pero siempre infructuosa, fueron llevados a la cumbre del poder por la marea viva revolucionaria de 1848 y que, después de mostrar allí su completa impotencia e insignificancia, fueron derribados de nuevo en un instante. Estos primeros ejemplares en suelo alemán del traficante en política y en oposición familiarizaron el oído alemán, con sus discursos y escritos, con el lenguaje del constitucionalismo, y con su sola existencia anunciaron la llegada de un tiempo en que la clase media se apoderaría de las frases políticas que esos charlatanes abogados y profesores solían usar sin saber gran cosa del sentido que originalmente se les daba, y les devolvería su verdadero significado.

También la literatura alemana sufría la influencia de la agitación política en que los acontecimientos de 1830 habían sumido a toda Europa. Casi todos los escritores de la época predicaban un constitucionalismo tosco o un republicanismo más tosco aún. Se fue haciendo cada vez más costumbre, sobre todo entre los literatos de baja estofa, suplir la falta de ingenio de sus producciones con alusiones políticas que estaban seguros de atraer la atención. La poesía, la novela, las revistas, el teatro, toda producción literaria rebosaba de lo que se llamaba «tendencia», es decir, de manifestaciones más o menos tímidas de un espíritu contrario al gobierno. Para completar la confusión de ideas que reinó en Alemania después de 1830, con estos elementos de oposición política se mezclaron recuerdos universitarios mal digeridos de la filosofía alemana y retazos mal entendidos del socialismo francés, en particular del sansimonismo; y la camarilla de escritores que se explayaba sobre este conglomerado heterogéneo de ideas se llamó presuntuosamente a sí misma «Joven Alemania» o «la Escuela Moderna».[^13] Desde entonces se han arrepentido de sus pecados de juventud, pero no han mejorado su estilo.

Por último, la filosofía alemana, ese termómetro tan complicado, pero a la vez tan seguro, del desarrollo del espíritu alemán, se había declarado a favor de la clase media cuando Hegel, en su *Filosofía del derecho*,[^14] proclamó la monarquía constitucional como la forma de gobierno definitiva y más perfecta. Dicho de otro modo, proclamó el advenimiento próximo de las clases medias del país al poder político. Su escuela, tras su muerte, no se detuvo ahí. Mientras la parte más avanzada de sus seguidores, por un lado, sometía toda creencia religiosa a la prueba de una crítica rigurosa y sacudía hasta los cimientos el viejo edificio del cristianismo, al mismo tiempo planteaba principios políticos más audaces que cuantos hasta entonces habían tenido ocasión de oír expuestos los oídos alemanes, e intentaba devolver la gloria a la memoria de los héroes de la primera Revolución francesa. El abstruso lenguaje filosófico con que se revestían estas ideas, si oscurecía el entendimiento tanto del escritor como del lector, cegaba igualmente los ojos del censor, y así fue como los escritores «jóvenes hegelianos» gozaron de una libertad de prensa desconocida en cualquier otra rama de la literatura.

Era evidente, pues, que la opinión pública estaba experimentando un gran cambio en Alemania. Poco a poco, la inmensa mayoría de las clases cuya educación o posición en la vida les permitía, bajo una monarquía absoluta, adquirir alguna información política y formarse algo parecido a una opinión política independiente se unió en una poderosa falange de oposición contra el sistema existente. Y al juzgar la lentitud del desarrollo político en Alemania, nadie debería dejar de tener en cuenta la dificultad de obtener información correcta sobre cualquier asunto en un país donde todas las fuentes de información estaban bajo el control del Gobierno, donde, desde la escuela de pobres y la escuela dominical[^15] hasta el periódico y la universidad, no se decía, enseñaba, imprimía ni publicaba nada que no hubiera obtenido antes su aprobación. Fijémonos en Viena, por ejemplo. El pueblo de Viena, que en industria y manufacturas quizá no tenía rival en Alemania y que en espíritu, valor y energía revolucionaria se mostró muy superior a todos, fue sin embargo el más ignorante de sus verdaderos intereses y el que cometió más desatinos durante la revolución, y esto se debió en muy gran medida a la ignorancia casi absoluta de las cuestiones políticas más corrientes en que el Gobierno de Metternich[^16] había logrado mantenerlo.

No hace falta explicar más por qué, bajo semejante sistema, la información política era un monopolio casi exclusivo de aquellas clases de la sociedad que podían permitirse pagar su introducción de contrabando en el país, y más en particular de aquellas cuyos intereses se veían más seriamente atacados por el estado de cosas existente, a saber, las clases industriales y comerciales. Fueron ellas, por tanto, las primeras en unirse en masa contra la continuación de un absolutismo más o menos disfrazado, y de su paso a las filas de la oposición hay que fechar el comienzo del verdadero movimiento revolucionario en Alemania.

El pronunciamiento opositor de la burguesía alemana puede fecharse en 1840, a partir de la muerte del anterior rey de Prusia, el último superviviente de los fundadores de la Santa Alianza de 1815.[^17] Se sabía que el nuevo rey no era partidario de la monarquía de su padre, predominantemente burocrática y militar. Lo que la clase media francesa había esperado del advenimiento de Luis XVI, la burguesía alemana lo esperaba en cierta medida de Federico Guillermo IV de Prusia. Todo el mundo coincidía en que el viejo sistema estaba desacreditado y gastado y había que abandonarlo; y lo que se había soportado en silencio bajo el viejo rey se proclamaba ahora a voz en grito que era intolerable.

Pero si Luis XVI, «Luis el Deseado»,[^18] había sido un simplón llano y sin pretensiones, medio consciente de su propia nulidad, sin opiniones fijas, gobernado sobre todo por los hábitos contraídos durante su educación, «Federico Guillermo el Deseado» era algo muy distinto. Si bien superaba sin duda a su original francés en debilidad de carácter, no carecía ni de pretensiones ni de opiniones. Se había familiarizado, a la manera de un aficionado, con los rudimentos de la mayoría de las ciencias, y por eso se creía lo bastante docto como para considerar inapelable su juicio sobre cualquier materia. Estaba convencido de ser un orador de primera, y desde luego no había en Berlín viajante de comercio que pudiera superarlo ni en la prolijidad de su supuesto ingenio ni en la fluidez de su elocución. Y, sobre todo, tenía sus opiniones. Odiaba y despreciaba el elemento burocrático de la monarquía prusiana, pero solo porque todas sus simpatías estaban con el elemento feudal. Siendo él mismo uno de los fundadores y principales colaboradores del *Semanario Político de Berlín*,[^19] de la llamada Escuela Histórica (una escuela que vivía de las ideas de Bonald, De Maistre[^20] y otros escritores de la primera generación de legitimistas franceses), aspiraba a restablecer, del modo más completo posible, la posición social predominante de la nobleza. El rey, primer noble de su reino, rodeado en primer término de una espléndida corte de poderosos vasallos, príncipes, duques y condes; en segundo término, de una nobleza inferior numerosa y rica; gobernando a su discreción a sus leales burgueses y campesinos, y siendo así él mismo la cabeza de una jerarquía completa de rangos o castas sociales, cada una de las cuales había de disfrutar de sus privilegios particulares y estar separada de las demás por la barrera casi infranqueable del nacimiento o de una posición social fija e inalterable; y todas esas castas o «estamentos del reino» equilibrándose a la vez tan finamente en poder e influencia que al rey le quedara una completa independencia de acción: tal era el ideal perfecto que Federico Guillermo IV se propuso realizar y que vuelve a intentar realizar en este mismo momento.

Pasó algún tiempo antes de que la burguesía prusiana, no muy versada en cuestiones teóricas, descubriera el verdadero alcance de las inclinaciones de su rey. Pero lo que descubrió muy pronto fue que estaba empeñado en cosas exactamente contrarias a las que ella quería. Apenas se vio el nuevo rey con su «labia» libre de trabas tras la muerte de su padre, se puso a proclamar sus intenciones en discursos sin número; y cada discurso, cada acto suyo contribuyó en gran medida a enajenarle las simpatías de la clase media. No le habría importado mucho, de no ser por algunas realidades duras y alarmantes que interrumpieron sus sueños poéticos. ¡Ay, el romanticismo no es muy rápido haciendo cuentas, y el feudalismo, desde Don Quijote, siempre hace la cuenta sin la huéspeda! Federico Guillermo IV participaba demasiado de ese desprecio del dinero contante que ha sido siempre la más noble herencia de los hijos de los cruzados. Al subir al trono encontró un sistema de gobierno costoso, aunque organizado con parsimonia, y un tesoro del Estado medianamente lleno. En dos años, todo rastro de superávit se gastó en fiestas de corte, viajes regios, larguezas, subvenciones a nobles necesitados, raídos y codiciosos, etc., y los impuestos ordinarios ya no bastaban para las exigencias ni de la corte ni del Gobierno. Y así Su Majestad se vio muy pronto entre un déficit flagrante, por un lado, y, por otro, una ley de 1820[^21] según la cual todo nuevo empréstito y todo aumento de los impuestos entonces existentes eran ilegales sin el consentimiento de la «futura representación del pueblo». Esa representación no existía; el nuevo rey estaba aún menos dispuesto que su padre a crearla; y, aunque lo hubiera estado, sabía que la opinión pública había cambiado asombrosamente desde su advenimiento.

En efecto, las clases medias, que en parte habían esperado que el nuevo rey otorgara de inmediato una constitución, proclamara la libertad de prensa, el juicio por jurado, etc., etc., en una palabra, que se pusiera él mismo a la cabeza de aquella revolución pacífica que ellas querían para obtener la supremacía política, las clases medias se habían dado cuenta de su error y se habían vuelto ferozmente contra el rey. En las provincias renanas, y de manera más o menos general en toda Prusia, estaban tan exasperadas que, faltas ellas mismas de hombres capaces de representarlas en la prensa, llegaron a aliarse con el partido filosófico extremo del que hemos hablado más arriba. El fruto de esta alianza fue la *Gaceta Renana* de Colonia,[^22] un periódico que fue suprimido tras quince meses de existencia, pero del que puede fecharse la existencia de la prensa periódica en Alemania. Esto ocurría en 1842.

El pobre rey, cuyos apuros mercantiles eran la sátira más mordaz de sus inclinaciones medievales, descubrió muy pronto que no podía seguir reinando sin hacer alguna pequeña concesión al clamor popular por aquella «representación del pueblo» que, como último resto de las promesas de 1813 y 1815,[^23] olvidadas hacía mucho, se había incorporado a la ley de 1820. Halló que el modo menos objetable de satisfacer esta enojosa ley era convocar las comisiones permanentes de las Dietas provinciales. Las Dietas provinciales se habían instituido en 1823. Se componían, en cada una de las ocho provincias del reino: 1) de la alta nobleza, las familias antes soberanas del Imperio alemán, cuyos jefes eran miembros de la Dieta por derecho de nacimiento; 2) de los representantes de los caballeros o nobleza inferior; 3) de representantes de las ciudades; 4) de diputados del campesinado o clase de los pequeños agricultores. El conjunto estaba dispuesto de tal manera que en cada provincia los dos sectores de la nobleza tenían siempre la mayoría de la Dieta. Cada una de estas ocho Dietas provinciales elegía una comisión, y estas ocho comisiones fueron convocadas entonces a Berlín para formar una asamblea representativa con el fin de votar el tan deseado empréstito. Se dijo que el tesoro estaba lleno y que el empréstito no se necesitaba para las necesidades corrientes, sino para la construcción de un ferrocarril del Estado. Pero las comisiones reunidas dieron al rey una negativa rotunda, se declararon incompetentes para actuar como representantes del pueblo e instaron a Su Majestad a cumplir la promesa de una constitución representativa que su padre había hecho cuando necesitaba la ayuda del pueblo contra Napoleón.[^24]

La sesión de las comisiones reunidas demostró que el espíritu de oposición ya no se limitaba a la burguesía. Una parte del campesinado se le había unido, y muchos nobles, que eran ellos mismos grandes agricultores en sus propias tierras y comerciantes en grano, lana, aguardiente y lino, y necesitaban las mismas garantías frente al absolutismo, la burocracia y la restauración feudal, se habían pronunciado igualmente contra el Gobierno y a favor de una constitución representativa. El plan del rey había fracasado estrepitosamente: no había conseguido dinero y había aumentado el poder de la oposición. La sesión siguiente de las propias Dietas provinciales fue todavía más desafortunada para el rey. Todas pidieron reformas, el cumplimiento de las promesas de 1813 y 1815, una constitución y la libertad de prensa; las resoluciones de algunas de ellas en este sentido estaban redactadas en términos bastante irrespetuosos, y las malhumoradas respuestas del rey exasperado agravaron todavía más el mal.

Entretanto, las dificultades financieras del Gobierno no dejaban de aumentar. Durante un tiempo, los recortes en las sumas asignadas a los distintos servicios públicos y las operaciones fraudulentas con la *Seehandlung*,[^25] un establecimiento comercial que especulaba y comerciaba por cuenta y riesgo del Estado y que hacía tiempo que le servía de agente financiero, habían bastado para salvar las apariencias; las emisiones crecientes de papel moneda del Estado habían proporcionado algunos recursos, y el secreto, en conjunto, se había guardado bastante bien. Pero todos estos expedientes se agotaron pronto. Se probó otro plan: la creación de un banco cuyo capital aportarían en parte el Estado y en parte accionistas privados, y cuya dirección superior correspondería al Estado, de tal modo que el Gobierno pudiera disponer de los fondos de ese banco en gran cuantía y repetir así las mismas operaciones fraudulentas que ya no servían con la *Seehandlung*. Pero, como era de esperar, no hubo capitalistas dispuestos a entregar su dinero en tales condiciones; hubo que modificar los estatutos del banco y garantizar la propiedad de los accionistas contra las intromisiones del tesoro antes de que se suscribiera ninguna acción. Fracasado así este plan, no quedaba sino intentar un empréstito, si se encontraban capitalistas que prestaran su dinero sin exigir la autorización y la garantía de aquella misteriosa «futura representación del pueblo». Se acudió a Rothschild, y este declaró que, si el empréstito iba a estar garantizado por esa «representación del pueblo», se haría cargo del asunto en el acto; si no, no podía tener nada que ver con la operación.

Así se desvaneció toda esperanza de obtener dinero, y no hubo modo de escapar a la fatal «representación del pueblo». La negativa de Rothschild se conoció en el otoño de 1846, y en febrero del año siguiente el rey convocó en Berlín a las ocho Dietas provinciales, reuniéndolas en una sola «Dieta Unida».[^26] Esta Dieta había de hacer el trabajo que, en caso necesario, exigía la ley de 1820: votar empréstitos y aumentos de impuestos, pero más allá de eso no había de tener ningún derecho. Su voz en la legislación general sería meramente consultiva; se reuniría, no en fechas fijas, sino cuando el rey quisiera; no discutiría más que lo que el Gobierno tuviera a bien someterle. Naturalmente, los diputados quedaron muy poco satisfechos con el papel que se esperaba que desempeñasen. Repitieron los deseos que habían formulado cuando se reunieron en las asambleas provinciales; las relaciones entre ellos y el Gobierno se agriaron pronto, y cuando se les pidió el empréstito, que de nuevo se dijo necesario para la construcción de ferrocarriles, volvieron a negarse a concederlo.

Esta votación puso muy pronto fin a su sesión. El rey, cada vez más exasperado, los despidió con una reprimenda, pero siguió sin dinero. Y, en verdad, tenía sobrados motivos para alarmarse de su situación, viendo que la liga liberal, encabezada por las clases medias y que comprendía una gran parte de la nobleza inferior y todos los distintos sectores de las clases bajas, que esta liga liberal estaba resuelta a conseguir lo que quería. En vano había declarado el rey, en el discurso de apertura, que nunca, nunca otorgaría una constitución en el sentido moderno de la palabra; la liga liberal insistía en una constitución representativa de ese tipo, moderna y antifeudal, con todas sus secuelas: libertad de prensa, juicio por jurado, etc.; y hasta obtenerla no concedería ni un céntimo. Una cosa era evidente: que las cosas no podían seguir así mucho tiempo, y que o bien una de las partes cedía, o bien sobrevendría una ruptura, una lucha sangrienta. Y las clases medias sabían que estaban en vísperas de una revolución, y se prepararon para ella. Trataron de obtener por todos los medios posibles el apoyo de la clase obrera de las ciudades y del campesinado de los distritos agrícolas, y es bien sabido que a finales de 1847 apenas había un solo personaje político destacado de la burguesía que no se proclamara «socialista» para asegurarse la simpatía de la clase proletaria. Ya veremos a estos «socialistas» manos a la obra.

Este afán de la burguesía dirigente por adoptar, al menos, las apariencias del socialismo obedecía a un gran cambio que se había producido en las clases trabajadoras de Alemania. Desde 1840 había una fracción de obreros alemanes que, viajando por Francia y Suiza, se habían impregnado más o menos de las toscas nociones socialistas o comunistas que entonces corrían entre los obreros franceses. La creciente atención que se prestaba en Francia a ideas semejantes desde 1840 puso de moda el socialismo y el comunismo también en Alemania, y ya en 1843 todos los periódicos rebosaban de discusiones sobre cuestiones sociales. Muy pronto se formó en Alemania una escuela de socialistas que se distinguía más por la oscuridad que por la novedad de sus ideas; sus principales esfuerzos consistían en traducir las doctrinas francesas, fourieristas, sansimonianas y otras, al abstruso lenguaje de la filosofía alemana. La escuela comunista alemana, completamente distinta de esta secta, se formó por las mismas fechas.

En 1844 estallaron los motines de los tejedores de Silesia, seguidos de la insurrección de los estampadores de indianas de Praga. Estos motines, cruelmente reprimidos, motines de obreros no contra el Gobierno, sino contra sus patronos, causaron una honda impresión y dieron un nuevo impulso a la propaganda socialista y comunista entre los trabajadores. Lo mismo hicieron los motines del pan durante el año de hambre de 1847.[^27] En una palabra, del mismo modo que la oposición constitucional reunía en torno a su bandera al grueso de las clases poseedoras (con excepción de los grandes terratenientes feudales), las clases trabajadoras de las ciudades mayores esperaban su emancipación de las doctrinas socialistas y comunistas, aunque, con las leyes de prensa entonces vigentes, apenas podían llegar a conocerlas. No cabía esperar que tuvieran ideas muy precisas sobre lo que querían; solo sabían que el programa de la burguesía constitucional no contenía todo lo que querían, y que sus necesidades no cabían en modo alguno en el círculo de ideas constitucional.

No existía entonces en Alemania un partido republicano aparte. La gente era o monárquica constitucional o socialista o comunista, más o menos definida.

Con tales elementos, la menor colisión tenía que provocar una gran revolución. Mientras la alta nobleza y los funcionarios civiles y militares de más edad eran los únicos apoyos seguros del sistema existente; mientras la nobleza inferior, las clases medias comerciales, las universidades, los maestros de todos los grados e incluso parte de los escalones inferiores de la burocracia y de la oficialidad militar estaban todos coaligados contra el Gobierno; mientras detrás de ellos estaban las masas descontentas del campesinado y de los proletarios de las grandes ciudades, que apoyaban de momento a la oposición liberal, pero ya murmuraban palabras extrañas sobre tomar las cosas en sus propias manos; mientras la burguesía estaba dispuesta a derribar al Gobierno y los proletarios se preparaban para derribar a su vez a la burguesía, este Gobierno seguía obstinadamente un rumbo que tenía que provocar una colisión. A comienzos de 1848, Alemania estaba en vísperas de una revolución, y esa revolución habría llegado con toda seguridad aunque la revolución francesa de febrero no la hubiera precipitado.

Qué efectos tuvo sobre Alemania esta revolución parisiense lo veremos en nuestro próximo artículo.

*Londres, septiembre de 1851.*

## III. Los demás Estados alemanes

*New-York Daily Tribune, 6 de noviembre de 1851.*

En nuestro último artículo nos ocupamos casi exclusivamente del Estado que, entre 1840 y 1848, fue con mucho el más importante del movimiento alemán, es decir, de Prusia. Es hora, sin embargo, de echar una rápida ojeada a los demás Estados de Alemania durante el mismo periodo.

En cuanto a los pequeños Estados, desde los movimientos revolucionarios de 1830 habían caído por completo bajo la dictadura de la Dieta,[^28] es decir, de Austria y Prusia. Las diversas constituciones, implantadas tanto como medio de defensa frente a los dictados de los Estados mayores como para asegurar popularidad a sus autores principescos y unidad a unas asambleas heterogéneas de provincias formadas por el Congreso de Viena sin ningún principio rector, esas constituciones, por ilusorias que fueran, habían resultado peligrosas para la autoridad de los propios principillos durante la agitada época de 1830 y 1831. Quedaron casi destruidas; lo que se dejó subsistir de ellas era menos que una sombra, y hacía falta la locuaz autocomplacencia de un Welcker, un Rotteck o un Dahlmann[^29] para imaginar que pudiera salir algún resultado de la humilde oposición, mezclada con una adulación degradante, que se les permitía exhibir en las impotentes Cámaras de esos pequeños Estados.

La parte más enérgica de la clase media de esos Estados menores abandonó, muy poco después de 1840, todas las esperanzas que antes había puesto en el desarrollo del régimen parlamentario en aquellas dependencias de Austria y Prusia. En cuanto la burguesía prusiana y las clases aliadas con ella mostraron una resolución seria de luchar por el régimen parlamentario en Prusia, se les dejó tomar la dirección del movimiento constitucional en toda la Alemania no austriaca. Es un hecho que ya nadie discutirá: el núcleo de aquellos constitucionales de la Alemania central que más tarde se separaron de la Asamblea Nacional de Fráncfort[^30] y que, por el lugar de sus reuniones aparte, fueron llamados el partido de Gotha,[^31] acariciaba mucho antes de 1848 un plan que, con pocas modificaciones, propusieron en 1849 a los representantes de toda Alemania. Se proponían la exclusión completa de Austria de la Confederación Germánica, la creación de una nueva confederación con una nueva ley fundamental y un parlamento federal, bajo la protección de Prusia, y la incorporación de los Estados más insignificantes a los mayores. Todo esto había de llevarse a cabo en el momento en que Prusia entrara en las filas de la monarquía constitucional, estableciera la libertad de prensa, adoptara una política independiente de la de Rusia y Austria y permitiera así a los constitucionales de los Estados menores conseguir un control real sobre sus Gobiernos respectivos. El inventor de este proyecto era el profesor Gervinus,[^32] de Heidelberg (Baden). Así, la emancipación de la burguesía prusiana había de ser la señal de la emancipación de las clases medias de Alemania en general y de una alianza ofensiva y defensiva de ambas contra Rusia y Austria, pues a Austria, como veremos enseguida, se la consideraba un país completamente bárbaro, del que se sabía muy poco, y ese poco no hablaba en favor de su población; por tanto, Austria no se consideraba parte esencial de Alemania.

En cuanto a las demás clases de la sociedad, en los Estados menores siguieron, con mayor o menor rapidez, la estela de sus iguales de Prusia. La clase de los tenderos estaba cada vez más descontenta de sus Gobiernos respectivos, del aumento de los impuestos y de los recortes de aquellos falsos privilegios políticos de los que solía jactarse cuando se comparaba con los «esclavos del despotismo» de Austria y Prusia; pero en su oposición no había todavía nada definido que la distinguiera como partido independiente, separado del constitucionalismo de la alta burguesía. El descontento crecía igualmente entre el campesinado, pero es bien sabido que esta parte del pueblo, en tiempos tranquilos y pacíficos, no hace valer jamás sus intereses ni ocupa su lugar como clase independiente, salvo en los países donde rige el sufragio universal. Las clases trabajadoras de los oficios y manufacturas de las ciudades empezaban a contagiarse del «veneno» del socialismo y el comunismo, pero, como fuera de Prusia había pocas ciudades de alguna importancia y aún menos distritos fabriles, el movimiento de esta clase, por falta de centros de acción y de propaganda, avanzaba con suma lentitud en los Estados menores.

Tanto en Prusia como en los Estados menores, la dificultad de dar salida a la oposición política creó una especie de oposición religiosa en los movimientos paralelos del catolicismo alemán y de las comunidades libres.[^33] La historia nos ofrece numerosos ejemplos de que en los países que gozan de las bendiciones de una Iglesia de Estado y donde la discusión política está maniatada, la oposición profana y peligrosa contra el poder temporal se esconde bajo la lucha, más santificada y en apariencia más desinteresada, contra el despotismo espiritual. Más de un Gobierno que no consiente que se discuta ninguno de sus actos se lo piensa antes de crear mártires y excitar el fanatismo religioso de las masas. Así, en la Alemania de 1845, en todos los Estados la religión católica romana o la protestante, o ambas, se consideraban parte integrante de la ley del país. En todos los Estados, además, el clero de una de esas confesiones, o de las dos, formaba parte esencial del aparato burocrático del Gobierno. Atacar la ortodoxia protestante o católica, atacar el clericalismo, era entonces atacar solapadamente al propio Gobierno. En cuanto a los católicos alemanes, su sola existencia era un ataque contra los Gobiernos católicos de Alemania, sobre todo Austria y Baviera, y así lo entendieron esos Gobiernos. Las comunidades libres, disidentes protestantes algo parecidos a los unitarios ingleses y norteamericanos, profesaban abiertamente su oposición a la tendencia clerical y rígidamente ortodoxa del rey de Prusia y de su ministro favorito de Instrucción y Cultos, el señor Eichhorn.[^34] Las dos nuevas sectas, que se extendieron rápidamente por un momento, la primera en los países católicos y la segunda en los protestantes, no se distinguían más que por su distinto origen; en cuanto a sus doctrinas, coincidían plenamente en este punto capital: que todos los dogmas definidos eran vanos. Esta falta de toda definición era su esencia misma; pretendían levantar el gran templo bajo cuyo techo pudieran unirse todos los alemanes; representaban así, en forma religiosa, otra idea política de la época, la de la unidad alemana, y sin embargo nunca lograron ponerse de acuerdo entre sí.

La idea de la unidad alemana, que las sectas mencionadas trataban de realizar al menos en el terreno religioso inventando una religión común para todos los alemanes, fabricada expresamente para su uso, costumbres y gusto, esa idea estaba, en efecto, muy extendida, sobre todo en los Estados menores. Desde la disolución del Imperio alemán por Napoleón, el clamor por la unión de todos los miembros dispersos[^35] del cuerpo alemán había sido la expresión más general del descontento con el orden de cosas establecido, y más que en ninguna parte en los Estados menores, donde el coste de una corte, una administración y un ejército, en una palabra, el peso muerto de los impuestos, crecía en razón directa de la pequeñez y la impotencia del Estado. Pero qué había de ser esa unidad alemana una vez realizada era una cuestión en la que los partidos discrepaban. La burguesía, que no quería ninguna conmoción revolucionaria seria, se contentaba con lo que, como hemos visto, consideraba «practicable», es decir, una unión de toda Alemania, excluida Austria, bajo la supremacía de un Gobierno constitucional de Prusia; y lo cierto es que, sin desatar tormentas peligrosas, no se podía hacer más en aquel momento. La clase de los tenderos y el campesinado, en la medida en que este se preocupaba de tales cosas, nunca llegaron a definir esa unidad alemana que reclamaban a voz en grito; unos pocos soñadores, reaccionarios feudales en su mayoría, esperaban el restablecimiento del Imperio alemán; algunos ignorantes que se decían radicales, admiradores de las instituciones suizas, de las que aún no habían hecho la experiencia práctica que más tarde los desengañó del modo más ridículo, se pronunciaban por una república federal; y solo el partido más extremo se atrevía entonces a pronunciarse por una república alemana una e indivisible. Así pues, la unidad alemana era de por sí una cuestión preñada de desunión, discordia y, llegado el caso, hasta de guerra civil.

Resumamos, pues: esta era la situación de Prusia y de los Estados menores de Alemania a finales de 1847. La clase media, consciente de su fuerza y resuelta a no soportar mucho más las cadenas con que un despotismo feudal y burocrático aherrojaba sus transacciones comerciales, su productividad industrial y su acción común como clase; una parte de la nobleza terrateniente, convertida hasta tal punto en productora de simples mercancías para el mercado que tenía los mismos intereses que la clase media y hacía causa común con ella; la pequeña burguesía, descontenta, refunfuñando contra los impuestos y contra los obstáculos puestos a sus negocios, pero sin ningún plan definido de reformas que le asegurasen su posición en el cuerpo social y político; el campesinado, oprimido aquí por las exacciones feudales, allá por prestamistas, usureros y abogados; los trabajadores de las ciudades, contagiados del descontento general, que odiaban por igual al Gobierno y a los grandes capitalistas industriales y en quienes prendía el contagio de las ideas socialistas y comunistas; en una palabra, una masa heterogénea de oposición, surgida de intereses diversos, pero más o menos dirigida por la burguesía, en cuyas primeras filas marchaba a su vez la burguesía de Prusia, y en particular la de la provincia del Rin. Del otro lado, Gobiernos que discrepaban en muchos puntos, que desconfiaban unos de otros, y sobre todo del de Prusia, en cuya protección, sin embargo, tenían que apoyarse; en Prusia, un Gobierno abandonado por la opinión pública, abandonado incluso por una parte de la nobleza, apoyado en un ejército y una burocracia que cada día estaban más contagiados de las ideas de la burguesía opositora y más sometidos a su influencia; un Gobierno, además, sin un céntimo en el sentido más literal de la palabra, que no podía procurarse un solo cuarto para cubrir su creciente déficit sino rindiéndose sin condiciones a la oposición burguesa. ¿Hubo alguna vez una posición más espléndida para la clase media de un país en su lucha por el poder contra el Gobierno establecido?

*Londres, septiembre de 1851.*

## IV. Austria

*New-York Daily Tribune, 7 de noviembre de 1851.*

Tenemos que examinar ahora Austria, un país que, hasta marzo de 1848, estuvo cerrado a los ojos de las naciones extranjeras casi tanto como China antes de la reciente guerra con Inglaterra.[^36]

Como es natural, aquí no podemos tomar en consideración más que la Austria alemana. Los asuntos de los austriacos polacos, húngaros o italianos no pertenecen a nuestro tema, y en la medida en que, desde 1848, hayan influido en la suerte de los austriacos alemanes, habremos de tenerlos en cuenta más adelante.

El Gobierno del príncipe Metternich giraba sobre dos goznes: primero, mantener a raya a cada una de las diferentes naciones sometidas al dominio austriaco por medio de todas las demás naciones en situación semejante; segundo, y este ha sido siempre el principio fundamental de las monarquías absolutas, apoyarse en dos clases, los señores feudales y los grandes capitalistas especuladores de bolsa, contrapesando al mismo tiempo la influencia y el poder de cada una de estas clases con los de la otra, de modo que el Gobierno conservara plena independencia de acción. La nobleza terrateniente, cuyos ingresos consistían por entero en rentas feudales de toda clase, no podía sino apoyar a un Gobierno que resultaba su única protección frente a la clase oprimida de los siervos, de cuyo despojo vivía; y cada vez que su parte menos rica se alzaba en oposición contra el Gobierno, como en Galitzia en 1846, Metternich soltaba al instante contra ella a esos mismos siervos, que en todo caso aprovechaban la ocasión para tomar una venganza terrible de sus opresores más inmediatos.[^37] Por otro lado, los grandes capitalistas de la Bolsa estaban encadenados al Gobierno de Metternich por la enorme parte que tenían en la deuda pública del país. Austria, restablecida en todo su poder en 1815, que desde 1820 restauraba y mantenía la monarquía absoluta en Italia y que se había liberado de una parte de sus obligaciones con la bancarrota de 1810,[^38] había restablecido muy pronto, después de la paz, su crédito en los grandes mercados de dinero europeos; y a medida que crecía su crédito, había ido girando contra él. Así, todos los grandes financieros europeos habían comprometido partes considerables de su capital en los fondos austriacos; todos ellos estaban interesados en sostener el crédito de ese país, y como el crédito público austriaco, para sostenerse, exigía siempre nuevos empréstitos, se veían obligados a adelantar de vez en cuando nuevo capital para mantener el crédito de los títulos que respondían de lo que ya habían adelantado. La larga paz posterior a 1815 y la aparente imposibilidad de que se derrumbara un imperio milenario como Austria acrecentaron el crédito del Gobierno de Metternich en una proporción asombrosa y lo hicieron incluso independiente de la buena voluntad de los banqueros y especuladores de bolsa de Viena; pues mientras Metternich pudiera obtener dinero en abundancia en Fráncfort y Ámsterdam, tenía, por supuesto, la satisfacción de ver a sus pies a los capitalistas austriacos. Además, estaban en todos los demás aspectos a su merced: las grandes ganancias que los banqueros, los especuladores de bolsa y los contratistas del Estado se las arreglan siempre para sacar de una monarquía absoluta se compensaban con el poder casi ilimitado que el Gobierno tenía sobre sus personas y sus fortunas; por tanto, de ese lado no cabía esperar ni la más leve sombra de oposición. Así, Metternich tenía asegurado el apoyo de las dos clases más poderosas e influyentes del imperio, y disponía además de un ejército y una burocracia que, para todos los fines del absolutismo, no podían estar mejor constituidos. Los funcionarios civiles y militares al servicio de Austria forman una raza aparte; sus padres han estado al servicio del káiser, y lo estarán sus hijos; no pertenecen a ninguna de las múltiples nacionalidades reunidas bajo el ala del águila bicéfala; se los traslada, y se los ha trasladado siempre, de un extremo a otro del imperio, de Polonia a Italia, de Alemania a Transilvania; húngaros, polacos, alemanes, rumanos, italianos, croatas, todo individuo que no lleve el sello de la «autoridad imperial y real», etc., y tenga un carácter nacional propio, les merece el mismo desprecio; no tienen nacionalidad, o, mejor dicho, solo ellos forman la nación verdaderamente austriaca. Es evidente qué instrumento tan dócil y a la vez tan poderoso tiene que ser una jerarquía civil y militar así en manos de un jefe inteligente y enérgico.

En cuanto a las demás clases de la población, Metternich, con el verdadero espíritu de un estadista del Antiguo Régimen, se preocupaba poco de su apoyo. Con respecto a ellas no tenía más que una política: sacarles todo lo posible en forma de impuestos y, al mismo tiempo, mantenerlas tranquilas. La clase media comercial e industrial crecía en Austria muy lentamente. El comercio del Danubio era relativamente poco importante; el país no tenía más que un puerto, Trieste, y el comercio de este puerto era muy limitado. En cuanto a los fabricantes, gozaban de una protección considerable, que en la mayoría de los casos llegaba hasta la exclusión completa de toda competencia extranjera; pero esta ventaja se les había concedido principalmente con vistas a aumentar su capacidad contributiva, y estaba contrapesada en alto grado por las restricciones internas a las manufacturas, por los privilegios de los gremios y de otras corporaciones feudales, que se mantenían escrupulosamente mientras no estorbaran los fines y las miras del Gobierno. Los pequeños artesanos y comerciantes estaban encerrados en los estrechos límites de esos gremios medievales, que mantenían a los diferentes oficios en una perpetua guerra de privilegios entre sí y, al mismo tiempo, al excluir casi por completo a los individuos de la clase obrera de toda posibilidad de ascender en la escala social, daban una especie de estabilidad hereditaria a los miembros de aquellas asociaciones forzosas. Por último, al campesino y al obrero se los trataba como simple materia imponible, y el único cuidado que se tenía con ellos era mantenerlos en lo posible en las mismas condiciones de vida en que existían entonces y en que habían existido sus padres antes que ellos. Con este fin, toda autoridad antigua, establecida y hereditaria se sostenía del mismo modo que la del Estado: la autoridad del señor sobre el pequeño arrendatario, la del fabricante sobre el obrero, la del pequeño maestro sobre el oficial y el aprendiz, la del padre sobre el hijo, la mantenía el Gobierno rigurosamente en todas partes, y toda forma de desobediencia se castigaba igual que una infracción de la ley con ese instrumento universal de la justicia austriaca: el palo.

Por último, para reunir en un sistema completo todos estos intentos de crear una estabilidad artificial, el alimento intelectual que se permitía a la nación se seleccionaba con la más minuciosa cautela y se repartía con la mayor parsimonia posible. La enseñanza estaba en todas partes en manos del clero católico, cuyos jefes, igual que los grandes terratenientes feudales, tenían un profundo interés en la conservación del sistema existente. Las universidades estaban organizadas de modo que solo produjeran especialistas, que podían alcanzar o no gran competencia en determinadas ramas particulares del saber, y en todo caso de modo que quedara excluida esa educación liberal universal que se espera que impartan otras universidades. No había en absoluto prensa periódica, salvo en Hungría, y los periódicos húngaros estaban prohibidos en todas las demás partes de la monarquía. En cuanto a la literatura en general, su campo no se había ensanchado en un siglo; se había vuelto a estrechar tras la muerte de José II.[^39] Y a lo largo de toda la frontera, allí donde los Estados austriacos lindaban con un país civilizado, se había establecido un cordón de censores literarios unido al cordón de aduaneros, que impedía que ningún libro ni periódico extranjero entrara en Austria antes de que su contenido hubiera sido cribado a fondo dos o tres veces y se lo hubiera hallado libre hasta del más leve contagio del maligno espíritu de la época.

Durante unos treinta años después de 1815 este sistema funcionó con un éxito asombroso. Austria siguió siendo casi desconocida para Europa, y Europa no era menos desconocida en Austria. La situación social de cada clase de la población, y de la población en su conjunto, parecía no haber experimentado el menor cambio. Por mucho rencor que hubiera entre unas clases y otras (y la existencia de ese rencor era para Metternich una condición principal de gobierno, que incluso fomentaba haciendo a las clases altas instrumento de todas las exacciones del Gobierno y descargando así sobre ellas el odio), por mucho que el pueblo odiara a los funcionarios inferiores del Estado, en conjunto había poco o ningún descontento con el Gobierno central. El emperador era adorado, y el viejo Francisco I[^40] parecía tener a los hechos de su parte cuando, dudando de la duración de este sistema, añadía complacido: «Y, sin embargo, aguantará mientras yo viva, y Metternich».

Pero se estaba produciendo un lento movimiento subterráneo que burlaba todos los esfuerzos de Metternich. La riqueza y la influencia de la clase media industrial y comercial aumentaban. La introducción de la maquinaria y de la fuerza del vapor en las manufacturas trastornó en Austria, como lo había hecho en todas partes, las antiguas relaciones y las condiciones de vida de clases enteras de la sociedad: convirtió a siervos en hombres libres y a pequeños campesinos en obreros fabriles; minó las antiguas corporaciones feudales de oficios y destruyó los medios de existencia de muchas de ellas. La nueva población comercial e industrial chocó en todas partes con las viejas instituciones feudales. Las clases medias, a las que sus negocios inducían cada vez más a viajar al extranjero, trajeron algunas noticias fabulosas de los países civilizados situados más allá de la línea aduanera imperial; la introducción de los ferrocarriles, por último, aceleró el movimiento industrial y el intelectual. Había además una parte peligrosa en el edificio del Estado austriaco: la Constitución feudal húngara, con sus debates parlamentarios y las luchas de la masa empobrecida y opositora de la nobleza contra el Gobierno y sus aliados, los magnates. Presburgo, sede de la Dieta,[^41] estaba a las mismas puertas de Viena. Todos estos elementos contribuyeron a crear entre las clases medias de las ciudades un espíritu, no exactamente de oposición, pues la oposición era todavía imposible, pero sí de descontento; un deseo general de reformas, más de carácter administrativo que constitucional. Y, al igual que en Prusia, una parte de la burocracia se unió a la burguesía. En esa casta hereditaria de funcionarios no se habían olvidado las tradiciones de José II: los funcionarios más cultos del Gobierno, que a veces se entretenían ellos mismos con posibles reformas imaginarias, preferían con mucho el despotismo progresista e ilustrado de aquel emperador al despotismo «paternal» de Metternich. Una parte de la nobleza más pobre se puso igualmente del lado de la clase media, y en cuanto a las clases bajas de la población, que siempre habían encontrado motivos de sobra para quejarse de sus superiores, ya que no del Gobierno, en la mayoría de los casos no podían sino sumarse a los deseos reformistas de la burguesía.

Fue por esta época, hacia 1843 o 1844, cuando se estableció en Alemania una rama particular de la literatura acorde con este cambio. Unos cuantos escritores austriacos, novelistas, críticos literarios, malos poetas, todos ellos de muy escaso talento, pero dotados de esa peculiar industriosidad propia de la raza judía,[^42] se establecieron en Leipzig y en otras ciudades alemanas fuera de Austria, y allí, lejos del alcance de Metternich, publicaron una serie de libros y folletos sobre los asuntos austriacos. Ellos y sus editores hicieron con ello «un negocio redondo». Toda Alemania estaba ansiosa por iniciarse en los secretos de la política de la China europea, y los propios austriacos, que obtenían estas publicaciones gracias al contrabando en gran escala que se hacía por la frontera de Bohemia, eran todavía más curiosos. Por supuesto, los secretos que se revelaban en estas publicaciones no tenían gran importancia, y los planes de reforma tramados por sus bienintencionados autores llevaban el sello de una inocuidad que rayaba en la virginidad política. Una constitución y una prensa libre para Austria se consideraban cosas inalcanzables; reformas administrativas, ampliación de los derechos de las Dietas provinciales, admisión de libros y periódicos extranjeros y una censura menos severa: los leales y humildes deseos de estos buenos austriacos apenas iban más allá.

En todo caso, la creciente imposibilidad de impedir el comercio literario de Austria con el resto de Alemania, y a través de Alemania con el resto del mundo, contribuyó mucho a formar una opinión pública contraria al Gobierno y puso al menos un poco de información política al alcance de una parte de la población austriaca. Así, a finales de 1847 Austria fue presa, aunque en menor grado, de la agitación política y político-religiosa que reinaba entonces en toda Alemania; y si su avance en Austria fue más silencioso, no por ello dejó de encontrar elementos revolucionarios suficientes sobre los que actuar. Estaba el campesino, siervo o colono feudal, aplastado hasta el polvo por las exacciones de los señores o del Gobierno; estaba el obrero de fábrica, obligado por el palo del policía a trabajar en las condiciones que el fabricante quisiera concederle; estaba el oficial, privado por las leyes corporativas de toda posibilidad de independizarse en su oficio; estaba el comerciante, que en sus negocios tropezaba a cada paso con reglamentos absurdos; estaba el fabricante, en conflicto ininterrumpido con los gremios, celosos de sus privilegios, o con funcionarios codiciosos y entrometidos; estaban el maestro de escuela, el sabio, el funcionario más culto, que luchaban en vano contra un clero ignorante y presuntuoso o contra un superior estúpido y autoritario. En una palabra, no había una sola clase satisfecha, pues las pequeñas concesiones que el Gobierno se veía obligado a hacer de vez en cuando no las hacía a su propia costa, porque el tesoro no podía permitírselo, sino a costa de la alta aristocracia y del clero; y en cuanto a los grandes banqueros y tenedores de deuda pública, los recientes sucesos de Italia,[^43] la creciente oposición de la Dieta húngara y el insólito espíritu de descontento y el clamor por reformas que se manifestaban en todo el imperio no eran como para fortalecer su fe en la solidez y la solvencia del Imperio austriaco.

Así, también Austria marchaba lenta pero seguramente hacia un gran cambio cuando, de repente, estalló en Francia un acontecimiento que desencadenó de golpe la tormenta inminente y desmintió la afirmación del viejo Francisco de que el edificio aguantaría mientras vivieran él y Metternich.

*Londres, septiembre de 1851.*

## V. La insurrección de Viena

*New-York Daily Tribune, 12 de noviembre de 1851.*

El 24 de febrero de 1848 Luis Felipe fue expulsado de París y se proclamó la República francesa. El 13 de marzo siguiente, el pueblo de Viena quebró el poder del príncipe Metternich y lo obligó a huir vergonzosamente del país.[^44] El 18 de marzo el pueblo de Berlín se alzó en armas y, tras una lucha encarnizada de dieciocho horas, tuvo la satisfacción de ver al rey entregarse en sus manos.[^45] En las capitales de los Estados menores de Alemania se produjeron al mismo tiempo levantamientos de carácter más o menos violento, pero todos con el mismo éxito. El pueblo alemán, si no había llevado a cabo su primera revolución, se había lanzado al menos de lleno a la carrera revolucionaria.

En cuanto a los incidentes de estas diversas insurrecciones, no podemos entrar aquí en sus detalles: lo que tenemos que explicar es su carácter y la posición que adoptaron ante ellas las diferentes clases de la población.

Puede decirse que la revolución de Viena la hizo una población casi unánime. La burguesía (con excepción de los banqueros y especuladores de bolsa), la pequeña burguesía y los trabajadores se alzaron todos a una contra un Gobierno detestado por todos, un Gobierno tan universalmente odiado que la pequeña minoría de nobles y magnates del dinero que lo había sostenido se hizo invisible al primer ataque. Metternich había mantenido a las clases medias en tal grado de ignorancia política que las noticias de París sobre el reinado de la anarquía, el socialismo y el terror, y sobre las luchas inminentes entre la clase de los capitalistas y la clase de los trabajadores, les resultaron del todo ininteligibles. En su inocencia política, o no sabían dar ningún sentido a esas noticias, o las tenían por invenciones diabólicas de Metternich para asustarlas y reducirlas a la obediencia. Además, nunca habían visto a los obreros actuar como clase ni defender sus propios intereses de clase diferenciados. Por su experiencia pasada no tenían idea de que pudieran surgir diferencias entre clases que ahora estaban tan cordialmente unidas para derribar a un Gobierno odiado por todos. Veían que los trabajadores coincidían con ellas en todos los puntos: una constitución, el juicio por jurados, la libertad de prensa, etc. Así, en marzo de 1848 al menos, estaban en cuerpo y alma con el movimiento, y el movimiento, por su parte, las convirtió de inmediato en la clase predominante del Estado (al menos en teoría).

Pero el destino de todas las revoluciones es que esta unión de clases diferentes, que en cierta medida es siempre condición necesaria de toda revolución, no puede subsistir mucho tiempo. Apenas se ha obtenido la victoria sobre el enemigo común, los vencedores se dividen en campos diferentes y vuelven las armas unos contra otros. Es este desarrollo rápido y apasionado del antagonismo de clases lo que, en organismos sociales viejos y complejos, hace de una revolución un agente tan poderoso del progreso social y político; es este brotar incesante y rápido de nuevos partidos que se suceden en el poder lo que, durante esas violentas conmociones, hace a una nación recorrer en cinco años más camino del que habría recorrido en un siglo en circunstancias ordinarias.

La revolución de Viena hizo de la clase media la clase teóricamente predominante; es decir, las concesiones arrancadas al Gobierno eran tales que, una vez llevadas a la práctica y mantenidas durante algún tiempo, habrían asegurado inevitablemente la supremacía de la clase media. Pero en la práctica la supremacía de esa clase distaba mucho de estar establecida. Es cierto que con la creación de una Guardia Nacional, que daba armas a la burguesía y a los pequeños comerciantes, esa clase obtuvo fuerza e importancia; es cierto que con la instalación de un «Comité de Seguridad»,[^46] una especie de Gobierno revolucionario e irresponsable en el que predominaba la burguesía, quedó colocada a la cabeza del poder. Pero, al mismo tiempo, las clases trabajadoras también estaban armadas en parte; ellas y los estudiantes habían soportado el peso de la lucha, en la medida en que había habido lucha; y los estudiantes, unos 4.000, bien armados y mucho mejor disciplinados que la Guardia Nacional, formaban el núcleo, el verdadero poderío de las fuerzas revolucionarias, y no estaban en modo alguno dispuestos a servir de mero instrumento en manos del Comité de Seguridad. Aunque lo reconocían, e incluso eran sus partidarios más entusiastas, formaban una especie de cuerpo independiente y bastante turbulento, que deliberaba por su cuenta en el «Aula»,[^47] mantenía una posición intermedia entre la burguesía y las clases trabajadoras, impedía con una agitación constante que las cosas volvieran a asentarse en la vieja tranquilidad cotidiana y muy a menudo imponía sus resoluciones al Comité de Seguridad. Los obreros, por otra parte, casi todos sin trabajo, tuvieron que ser empleados en obras públicas a costa del Estado, y el dinero para ello, naturalmente, había que sacarlo del bolsillo de los contribuyentes o de la caja de la ciudad de Viena. Todo esto no podía sino resultar muy desagradable a los comerciantes vieneses. Las manufacturas de la ciudad, pensadas para el consumo de las cortes ricas y aristocráticas de un gran país, quedaron, como es natural, totalmente paralizadas por la revolución, con la huida de la aristocracia y de la corte; el comercio estaba estancado, y la continua agitación y efervescencia que mantenían los estudiantes y los trabajadores no era, desde luego, el medio de «restablecer la confianza», como se decía. Así, muy pronto surgió cierta frialdad entre las clases medias, por un lado, y los turbulentos estudiantes y trabajadores, por el otro; y si durante mucho tiempo esta frialdad no maduró hasta convertirse en hostilidad abierta, fue porque el ministerio, y sobre todo la corte, en su impaciencia por restablecer el viejo orden de cosas, justificaban constantemente las sospechas y la turbulenta actividad de los partidos más revolucionarios y hacían surgir constantemente, incluso ante los ojos de las clases medias, el espectro del viejo despotismo metternichiano. Así, el 15 de mayo, y de nuevo el 26, hubo en Viena nuevos levantamientos de todas las clases porque el Gobierno había intentado atacar o socavar algunas de las libertades recién conquistadas,[^48] y en cada ocasión la alianza entre la Guardia Nacional o clase media armada, los estudiantes y los obreros volvió a cimentarse por un tiempo.

En cuanto a las demás clases de la población, la aristocracia y los magnates del dinero habían desaparecido, y el campesinado se dedicaba afanosamente en todas partes a eliminar el feudalismo hasta sus últimos vestigios. Gracias a la guerra de Italia y a lo ocupada que tenían a la corte Viena y Hungría, los campesinos quedaron en plena libertad y llevaron a cabo su obra de liberación en Austria mejor que en ninguna otra parte de Alemania. Muy poco después, la Dieta austriaca no tuvo más que confirmar los pasos que el campesinado ya había dado en la práctica,[^49] y por mucho que otras cosas logre restaurar el Gobierno del príncipe Schwarzenberg,[^50] nunca tendrá poder para restablecer la servidumbre feudal del campesinado. Y si Austria está en este momento otra vez relativamente tranquila, e incluso fuerte, es sobre todo porque la gran mayoría del pueblo, los campesinos, han salido ganando de verdad con la revolución, y porque, por mucho que haya atacado el Gobierno restaurado, esas ventajas palpables y sustanciales conquistadas por el campesinado siguen todavía intactas.

*Londres, octubre de 1851.*

## VI. La insurrección de Berlín

*New-York Daily Tribune, 28 de noviembre de 1851.*

El segundo centro de la acción revolucionaria fue Berlín, y por lo expuesto en los artículos anteriores puede adivinarse que allí esa acción estuvo lejos de contar con el apoyo unánime de casi todas las clases que la acompañó en Viena. En Prusia la burguesía ya estaba envuelta en luchas efectivas con el Gobierno; la «Dieta Unida» había desembocado en una ruptura; una revolución burguesa era inminente, y esa revolución habría podido ser, en su primer estallido, tan unánime como la de Viena de no haber sido por la revolución de febrero en París. Ese acontecimiento lo precipitó todo, y al mismo tiempo se llevó a cabo bajo una bandera completamente distinta de aquella bajo la cual la burguesía prusiana se preparaba para desafiar a su Gobierno. La revolución de febrero derribó en Francia exactamente el mismo tipo de Gobierno que la burguesía prusiana iba a implantar en su propio país. La revolución de febrero se anunció como una revolución de las clases trabajadoras contra las clases medias; proclamó la caída del gobierno de la clase media y la emancipación del obrero. Ahora bien, la burguesía prusiana ya había tenido últimamente agitación obrera más que de sobra en su propio país. Pasado el primer terror de los motines de Silesia, había intentado incluso dar a esa agitación un giro a su favor; pero siempre había conservado un saludable horror al socialismo y al comunismo revolucionarios; por eso, cuando vio a la cabeza del Gobierno de París a hombres a los que consideraba los enemigos más peligrosos de la propiedad, el orden, la religión, la familia y los demás penates del burgués moderno, sintió de inmediato un considerable enfriamiento de su propio ardor revolucionario. Sabía que había que aprovechar el momento y que, sin la ayuda de las masas trabajadoras, sería derrotada; y, sin embargo, le faltó valor. Así, se puso del lado del Gobierno en los primeros levantamientos parciales y provinciales, trató de mantener tranquilo al pueblo de Berlín, que durante cinco días se reunió en masa ante el palacio real para comentar las noticias y pedir cambios en el Gobierno; y cuando por fin, tras la noticia de la caída de Metternich, el rey hizo algunas pequeñas concesiones, la burguesía dio la revolución por terminada y fue a agradecer a Su Majestad que hubiera colmado todos los deseos de su pueblo. Pero entonces vinieron el ataque de la tropa contra la multitud, las barricadas, la lucha y la derrota de la realeza. Entonces todo cambió: las mismas clases trabajadoras que la burguesía había procurado mantener en segundo plano habían sido empujadas al primero, habían luchado y vencido, y de pronto tenían conciencia de su fuerza. Las restricciones del sufragio, de la libertad de prensa, del derecho a formar parte de los jurados, del derecho de reunión, restricciones que habrían sido muy gratas a la burguesía porque solo habrían afectado a las clases situadas por debajo de ella, ya no eran posibles. El peligro de que se repitieran las escenas parisinas de «anarquía» era inminente. Ante este peligro desaparecieron todas las diferencias anteriores. Contra el obrero victorioso, aunque todavía no había formulado ninguna reivindicación propia, se unieron los amigos y los enemigos de muchos años, y la alianza entre la burguesía y los partidarios del sistema derribado se concluyó sobre las mismas barricadas de Berlín. Se harían las concesiones necesarias, pero no más de las inevitables; se formaría un ministerio con los dirigentes de la oposición de la Dieta Unida, y a cambio de sus servicios para salvar la corona tendría el apoyo de todos los puntales del viejo Gobierno: la aristocracia feudal, la burocracia, el ejército. Esas fueron las condiciones con las que los señores Camphausen y Hansemann emprendieron la formación de un gabinete.[^51]

Era tal el miedo que los nuevos ministros mostraban ante las masas sublevadas que a sus ojos todo medio era bueno con tal de que sirviera para afianzar los cimientos quebrantados de la autoridad. Ellos, pobres ilusos, creían que había pasado todo peligro de restauración del viejo sistema; y así se sirvieron de toda la vieja maquinaria del Estado para restablecer el «orden». No se destituyó a un solo burócrata ni a un solo oficial; no se hizo el menor cambio en el viejo sistema burocrático de administración. Estos preciosos ministros constitucionales y responsables llegaron a reponer en sus puestos a los funcionarios a quienes el pueblo, en el primer calor del ardor revolucionario, había expulsado por sus anteriores abusos burocráticos. En Prusia no cambió nada más que las personas de los ministros; ni siquiera se tocó al personal de los diferentes ministerios, y a todos los cazadores de cargos constitucionales que habían formado el coro de los nuevos gobernantes encumbrados y que esperaban su parte de poder y de puestos se les dijo que aguardaran a que la estabilidad restablecida permitiera hacer en el personal burocrático unos cambios que por el momento no estaban exentos de peligro.

El rey, abatido en grado sumo tras la insurrección del 18 de marzo, descubrió muy pronto que era tan necesario para estos ministros «liberales» como ellos lo eran para él. La insurrección había respetado el trono; el trono era el último obstáculo que quedaba frente a la «anarquía»; la clase media liberal y sus dirigentes, ahora en el ministerio, tenían por tanto todo el interés en mantener excelentes relaciones con la corona. El rey y la camarilla reaccionaria que lo rodeaba no tardaron en descubrirlo y aprovecharon la circunstancia para entorpecer la marcha del ministerio incluso en las pequeñas reformas que de vez en cuando se proponía.

La primera preocupación del ministerio fue dar una especie de apariencia legal a los recientes cambios violentos. Contra toda la oposición popular se convocó la Dieta Unida para que, como órgano legal y constitucional del pueblo, votara una nueva ley electoral para la elección de una Asamblea que debía acordar con la corona una nueva constitución.[^52] Las elecciones serían indirectas: la masa de los votantes elegiría a cierto número de compromisarios, que luego elegirían al diputado. Pese a toda la oposición, este sistema de elección en dos grados fue aprobado. Después se pidió a la Dieta Unida un empréstito de veinticinco millones de dólares,[^53] al que se opuso el partido popular, pero que igualmente se aprobó.

Estos actos del ministerio dieron un desarrollo rapidísimo al partido popular o, como ahora se hacía llamar, partido demócrata. Este partido, encabezado por la pequeña burguesía y los tenderos, y que al comienzo de la revolución reunía bajo su bandera a la gran mayoría de los trabajadores, exigía el sufragio directo y universal, igual que el establecido en Francia, una asamblea legislativa única y el reconocimiento pleno y abierto de la revolución del 18 de marzo como base del nuevo sistema de gobierno. La fracción más moderada se habría dado por satisfecha con una monarquía así «democratizada»; la más avanzada exigía el establecimiento final de la república. Ambas fracciones coincidían en reconocer a la Asamblea Nacional alemana de Fráncfort como la autoridad suprema del país, mientras que los constitucionales y los reaccionarios fingían un gran horror ante la soberanía de ese organismo, al que decían considerar completamente revolucionario.

El movimiento independiente de las clases trabajadoras había quedado interrumpido por un tiempo a causa de la revolución. Las necesidades y circunstancias inmediatas del movimiento eran tales que no permitían poner en primer plano ninguna de las reivindicaciones específicas del partido proletario. En efecto, mientras no estuviera despejado el terreno para la acción independiente de los obreros, mientras no se hubiera establecido todavía el sufragio directo y universal, mientras los treinta y seis Estados grandes y pequeños siguieran despedazando Alemania en innumerables trozos, ¿qué otra cosa podía hacer el partido proletario sino seguir atentamente el movimiento de París, para él de la mayor importancia, y luchar junto con los pequeños tenderos por la conquista de los derechos que le permitirían librar después su propia batalla?

Solo había, pues, tres puntos en los que el partido proletario se distinguía esencialmente en su acción política de la pequeña burguesía, o partido demócrata propiamente dicho: primero, en su distinto juicio sobre el movimiento francés, a propósito del cual los demócratas atacaban al partido extremo de París y los revolucionarios proletarios lo defendían; segundo, en proclamar la necesidad de establecer una república alemana una e indivisible, mientras que los más ultras de entre los demócratas solo se atrevían a suspirar por una república federal; y tercero, en mostrar en toda ocasión esa audacia revolucionaria y esa disposición a la acción de las que siempre carecerá todo partido encabezado por pequeños comerciantes y compuesto principalmente por ellos.

El partido proletario, o verdaderamente revolucionario, solo consiguió muy poco a poco sustraer a la masa de los trabajadores a la influencia de los demócratas, de los que al comienzo de la revolución eran la cola. Pero con el tiempo la indecisión, la debilidad y la cobardía de los dirigentes demócratas hicieron el resto, y hoy puede decirse que uno de los principales resultados de las conmociones de los últimos años es que, allí donde la clase obrera está concentrada en masas de cierta consideración, se ha liberado por completo de esa influencia demócrata que la llevó a una serie interminable de errores y desgracias durante 1848 y 1849. Pero más vale no adelantarnos; los acontecimientos de estos dos años nos darán ocasiones de sobra para mostrar a los señores demócratas manos a la obra.

El campesinado de Prusia, igual que el de Austria, aunque con menos energía, pues aquí, en conjunto, el feudalismo no pesaba tanto sobre él, había aprovechado la revolución para librarse de golpe de todas las cadenas feudales. Pero aquí, por las razones expuestas antes, las clases medias se volvieron enseguida contra él, su aliado más antiguo y más indispensable; los demócratas, tan asustados como la burguesía por lo que se llamaba ataques a la propiedad privada, tampoco lo apoyaron; y así, tras tres meses de emancipación, tras luchas sangrientas y ejecuciones militares, sobre todo en Silesia, el feudalismo fue restablecido por obra de la burguesía, antifeudal hasta la víspera. No hay hecho más condenatorio que pueda echársele en cara. Ningún partido de la historia cometió jamás una traición semejante contra sus mejores aliados, contra sí mismo, y por mucha humillación y mucho castigo que le esperen a este partido de la clase media, se los ha merecido hasta el último ápice por este solo acto.

*Octubre de 1851.*

## VII. La Asamblea Nacional de Fráncfort

*New-York Daily Tribune, 27 de febrero de 1852.*

Quizá recuerden nuestros lectores que en los seis artículos anteriores seguimos el movimiento revolucionario de Alemania hasta las dos grandes victorias populares del 13 de marzo en Viena y del 18 de marzo en Berlín. Vimos cómo, tanto en Austria como en Prusia, se establecían gobiernos constitucionales y se proclamaban, como normas rectoras de toda la política futura, los principios liberales, o de la clase media; y la única diferencia que podía observarse entre los dos grandes centros de acción era esta: en Prusia, la burguesía liberal, en la persona de dos ricos comerciantes, los señores Camphausen y Hansemann, se adueñó directamente de las riendas del poder, mientras que en Austria, donde la burguesía estaba políticamente mucho menos formada, fue la burocracia liberal la que ocupó los cargos y declaró que ejercía el poder en depósito, por cuenta de aquella. Hemos visto, además, cómo los partidos y las clases sociales que hasta entonces habían estado unidos en la oposición al antiguo gobierno se dividieron entre sí después de la victoria, o incluso durante la lucha; y cómo esa misma burguesía liberal, la única que sacó provecho de la victoria, se revolvió inmediatamente contra sus aliados de la víspera, adoptó una actitud hostil hacia toda clase o partido de carácter más avanzado y concertó una alianza con los intereses feudales y burocráticos vencidos. De hecho, ya desde el comienzo del drama revolucionario era evidente que la burguesía liberal no podía sostenerse frente a los partidos feudales y burocráticos, vencidos pero no destruidos, más que apoyándose en la ayuda de los partidos populares y más avanzados; y que, del mismo modo, necesitaba la ayuda de la nobleza feudal y de la burocracia contra el torrente de esas masas más avanzadas. Así pues, estaba bastante claro que la burguesía de Austria y de Prusia no tenía fuerza suficiente para mantenerse en el poder y adaptar las instituciones del país a sus propias necesidades e ideas. El ministerio burgués liberal no era más que un alto en el camino desde el cual, según el giro que tomasen las circunstancias, el país tendría que avanzar hacia la etapa superior del republicanismo unitario o recaer en el viejo régimen clerical-feudal y burocrático. En todo caso, la lucha verdadera y decisiva estaba aún por llegar; los acontecimientos de marzo no habían hecho más que entablar el combate.

Como Austria y Prusia eran los dos Estados dominantes de Alemania, toda victoria revolucionaria decisiva en Viena o en Berlín habría sido decisiva para toda Alemania. Y, en la medida en que llegaron, los acontecimientos de marzo de 1848 en esas dos ciudades decidieron el rumbo de los asuntos alemanes. Sería, pues, superfluo volver sobre los movimientos que se produjeron en los Estados menores; y podríamos, en efecto, limitarnos a examinar exclusivamente los asuntos de Austria y de Prusia si la existencia de esos Estados menores no hubiera dado lugar a una corporación que era, por su misma existencia, la prueba más palmaria de la situación anómala de Alemania y de lo incompleto de la reciente revolución: una corporación tan anómala, tan ridícula por su misma posición y, sin embargo, tan pagada de su propia importancia, que muy probablemente la historia no ofrecerá jamás nada que le haga pareja. Esa corporación fue la llamada *Asamblea Nacional Alemana* de Fráncfort del Meno.

Tras las victorias populares de Viena y Berlín, era natural que hubiese una asamblea representativa para toda Alemania. En consecuencia, se eligió esa asamblea, que se reunió en Fráncfort junto a la vieja Dieta Federal. El pueblo esperaba que la Asamblea Nacional Alemana resolviera todas las cuestiones en litigio y actuara como la suprema autoridad legislativa de toda la Confederación Germánica. Pero, al mismo tiempo, la Dieta que la había convocado no había fijado en modo alguno sus atribuciones. Nadie sabía si sus decretos tendrían fuerza de ley o si estarían sujetos a la sanción de la Dieta o de cada uno de los gobiernos. En semejante perplejidad, si la Asamblea hubiese tenido la menor energía, habría disuelto inmediatamente la Dieta —no había en Alemania corporación más impopular— y la habría mandado a casa, sustituyéndola por un gobierno federal elegido entre sus propios miembros. Se habría declarado la única expresión legal de la voluntad soberana del pueblo alemán y habría dado así validez legal a cada uno de sus decretos. Se habría asegurado, sobre todo, una fuerza organizada y armada en el país, suficiente para aplastar cualquier oposición por parte de los gobiernos. Y todo eso era fácil, muy fácil, en aquel primer periodo de la revolución. Pero habría sido esperar demasiado de una asamblea compuesta en su mayoría por abogados liberales y profesores doctrinarios, una asamblea que, aunque pretendía encarnar la esencia misma de la inteligencia y la ciencia alemanas, no era en realidad más que un escenario donde viejas figuras políticas, gastadas ya, exhibían ante los ojos de toda Alemania su involuntaria ridiculez y su impotencia tanto de pensamiento como de acción. Esta asamblea de viejas tenía, desde el primer día de su existencia, más miedo del menor movimiento popular que de todas las conspiraciones reaccionarias de todos los gobiernos alemanes juntos. Deliberaba bajo la mirada de la Dieta; más aún, casi mendigaba la sanción de la Dieta para sus decretos, pues sus primeras resoluciones tuvieron que ser promulgadas por aquella odiosa corporación. En lugar de afirmar su propia soberanía, evitó cuidadosamente discutir una cuestión tan peligrosa. En lugar de rodearse de una fuerza popular, pasó al orden del día sobre todas las violentas usurpaciones de los gobiernos; Maguncia fue declarada en estado de sitio ante sus mismos ojos, y desarmado su pueblo, y la Asamblea Nacional no se movió.[^54] Más tarde eligió al archiduque Juan de Austria regente de Alemania[^55] y declaró que todas sus resoluciones tendrían fuerza de ley; pero el archiduque Juan solo fue investido de su nueva dignidad después de obtenerse el consentimiento de todos los gobiernos, y no lo invistió la Asamblea, sino la Dieta; y en cuanto a la fuerza legal de los decretos de la Asamblea, ese punto nunca lo reconocieron los gobiernos mayores ni lo hizo valer la propia Asamblea; quedó, por tanto, en suspenso. Así tuvimos el extraño espectáculo de una asamblea que pretendía ser la única representante legal de una nación grande y soberana y que, sin embargo, nunca tuvo ni la voluntad ni la fuerza de hacer reconocer sus pretensiones. Los debates de aquella corporación, sin ningún resultado práctico, no tenían siquiera valor teórico alguno, pues no reproducían más que los lugares comunes más trillados de escuelas filosóficas y jurídicas caducas; cada frase que se pronunciaba, o más bien se balbucía, en aquella asamblea se había impreso mil veces antes, y mil veces mejor.

Así, el pretendido nuevo poder central de Alemania lo dejó todo tal como lo había encontrado. Lejos de realizar la unidad de Alemania, reclamada desde hacía tanto tiempo, no desposeyó ni al más insignificante de los príncipes que la gobernaban; no estrechó los lazos de unión entre sus provincias separadas; no dio ni un solo paso para derribar las barreras aduaneras que separaban Hannover de Prusia y Prusia de Austria; ni siquiera hizo el menor intento de suprimir los odiosos derechos que por todas partes entorpecen la navegación fluvial en Prusia. Pero cuanto menos hacía esta asamblea, más fanfarroneaba. Creó una flota alemana… sobre el papel; se anexionó Polonia y Schleswig; permitió que la Austria alemana hiciera la guerra a Italia y, sin embargo, prohibió a los italianos perseguir a los austriacos hasta su seguro refugio en Alemania; dio tres hurras, y uno más, por la República francesa, y recibió embajadas húngaras que, sin duda, volvieron a su país con ideas mucho más confusas sobre Alemania que las que traían.

Al comienzo de la revolución, esta asamblea había sido el coco de todos los gobiernos alemanes. Contaban con una actuación muy dictatorial y revolucionaria por su parte, a causa precisamente de la indefinición en que se había creído necesario dejar sus competencias. Por eso, aquellos gobiernos montaron un vastísimo sistema de intrigas para debilitar la influencia de aquella temida corporación; pero resultaron tener más suerte que juicio, pues la asamblea hizo el trabajo de los gobiernos mejor de lo que ellos mismos habrían podido hacerlo. El rasgo principal de aquellas intrigas fue la convocatoria de asambleas legislativas locales; y así, no solo los Estados menores convocaron sus parlamentos, sino que también Prusia y Austria reunieron asambleas constituyentes. En ellas, como en la cámara de representantes de Fráncfort, tenían la mayoría la clase media liberal o sus aliados, abogados liberales y burócratas, y el rumbo que tomaron los asuntos fue casi el mismo en todas. La única diferencia es esta: la Asamblea Nacional Alemana era el parlamento de un país imaginario, puesto que había declinado la tarea de crear lo que, sin embargo, era su propia condición primera de existencia, a saber, una Alemania unida; discutía las medidas imaginarias, y que nunca habrían de llevarse a cabo, de un gobierno imaginario creado por ella misma, y aprobaba resoluciones imaginarias que a nadie importaban; mientras que en Austria y en Prusia las corporaciones constituyentes eran al menos parlamentos reales, que derribaban y creaban ministerios reales e imponían, al menos durante un tiempo, sus resoluciones a los príncipes con los que tenían que habérselas. También ellas fueron cobardes y carecieron de amplitud de miras para tomar resoluciones revolucionarias; también ellas traicionaron al pueblo y devolvieron el poder al despotismo feudal, burocrático y militar. Pero al menos se vieron obligadas a discutir cuestiones prácticas de interés inmediato y a vivir en la tierra con los demás, mientras que los farsantes de Fráncfort nunca eran tan felices como cuando podían vagar por «el reino etéreo del sueño».[^56] Por eso las actuaciones de las constituyentes de Berlín y de Viena forman una parte importante de la historia revolucionaria alemana, mientras que las lucubraciones de la payasada colectiva de Fráncfort solo interesan al coleccionista de curiosidades literarias y anticuarias.

El pueblo alemán, que sentía profundamente la necesidad de acabar con la odiosa división territorial que dispersaba y anulaba la fuerza colectiva de la nación, esperó durante algún tiempo encontrar en la Asamblea Nacional de Fráncfort al menos el comienzo de una nueva era. Pero la conducta pueril de aquella pandilla de sabihondos no tardó en desengañar el entusiasmo nacional. Las vergonzosas actuaciones a que dio lugar el armisticio de Malmö (septiembre de 1848)[^57] hicieron estallar la indignación popular contra una corporación de la que se había esperado que ofreciese a la nación un buen campo de acción y que, en cambio, arrastrada por una cobardía sin igual, no hizo más que devolver su antigua solidez a los cimientos sobre los que se levanta el actual sistema contrarrevolucionario.

*Londres, enero de 1852.*

## VIII. Polacos, checos y alemanes

*New-York Daily Tribune, 5 de marzo de 1852.*

Por lo expuesto en los artículos anteriores, es ya evidente que, a menos que a la revolución de marzo de 1848 siguiera una nueva revolución, las cosas volverían inevitablemente en Alemania a como estaban antes de aquel acontecimiento. Pero es tan complejo el tema histórico que intentamos aclarar que los acontecimientos posteriores no pueden entenderse con claridad sin tener en cuenta lo que podríamos llamar las relaciones exteriores de la revolución alemana. Y esas relaciones exteriores eran tan intrincadas como los asuntos interiores.

Toda la mitad oriental de Alemania, hasta el Elba, el Saale y el Bosque de Bohemia, ha sido reconquistada, como es sabido, durante los últimos mil años a invasores de origen eslavo. La mayor parte de esos territorios están germanizados desde hace varios siglos, con la completa extinción de toda nacionalidad y lengua eslavas; y, si exceptuamos unos pocos restos totalmente aislados, que en conjunto suman menos de cien mil almas (casubios en Pomerania, vendos o sorabos en Lusacia),[^58] sus habitantes son alemanes a todos los efectos. Pero la situación es distinta a lo largo de toda la frontera de la antigua Polonia y en los países de lengua checa, en Bohemia y Moravia. Aquí las dos nacionalidades están mezcladas en todos los distritos: las ciudades son en general más o menos alemanas, mientras que el elemento eslavo predomina en las aldeas rurales, donde, sin embargo, también se va disgregando y retrocediendo poco a poco ante el avance constante de la influencia alemana.

La razón de este estado de cosas es la siguiente: desde la época de Carlomagno, los alemanes han dirigido sus esfuerzos más constantes y perseverantes a la conquista, la colonización o, al menos, la civilización del oriente de Europa. Las conquistas de la nobleza feudal entre el Elba y el Óder y las colonias feudales de las órdenes militares de caballería en Prusia y Livonia no hicieron más que preparar el terreno para un sistema de germanización mucho más amplio y eficaz, el de las clases medias comerciales e industriales, que en Alemania, como en el resto de Europa occidental, adquirieron importancia social y política a partir del siglo XV. Los eslavos, y en particular los eslavos occidentales (polacos y checos), son esencialmente un pueblo agrícola; el comercio y la industria nunca gozaron de gran favor entre ellos. La consecuencia fue que, al aumentar la población y surgir ciudades en esas regiones, la producción de todos los artículos manufacturados cayó en manos de inmigrantes alemanes, y el intercambio de esas mercancías por productos agrícolas se convirtió en monopolio exclusivo de los judíos, que, si pertenecen a alguna nacionalidad, en esos países son sin duda más alemanes que eslavos. Así ha ocurrido, aunque en menor grado, en todo el oriente de Europa. El artesano, el pequeño tendero, el pequeño fabricante, es todavía hoy alemán en San Petersburgo, en Pest, en Jassy y aun en Constantinopla; mientras que el prestamista, el tabernero, el buhonero —hombre muy importante en esos países poco poblados— es, por lo general, un judío cuya lengua materna es un alemán horriblemente corrompido. La importancia del elemento alemán en las localidades de la frontera eslava, que crecía así con el desarrollo de las ciudades, del comercio y de la industria, aumentó todavía más cuando se vio que era necesario importar de Alemania casi todos los elementos de la cultura intelectual; tras el comerciante y el artesano alemanes, vinieron a establecerse en suelo eslavo el clérigo alemán, el maestro de escuela alemán, el sabio alemán. Y, por último, el paso de hierro de los ejércitos conquistadores o el zarpazo cauteloso y bien premeditado de la diplomacia no solo siguieron, sino que muchas veces se adelantaron al avance lento pero seguro de la desnacionalización por obra del desarrollo social. Así, grandes partes de la Prusia occidental y de Posnania han sido germanizadas desde el primer reparto de Polonia[^59] mediante ventas y concesiones de dominios públicos a colonos alemanes, mediante estímulos a capitalistas alemanes para establecer fábricas, etc., en aquellas comarcas, y muy a menudo también mediante medidas extremadamente despóticas contra los habitantes polacos del país.

De esta manera, los últimos setenta años habían cambiado por completo la línea de demarcación entre la nacionalidad alemana y la polaca. Como la revolución de 1848 suscitó de inmediato la reivindicación de todas las naciones oprimidas a una existencia independiente y al derecho de resolver por sí mismas sus propios asuntos, era muy natural que los polacos exigieran enseguida la restauración de su país dentro de las fronteras de la antigua República de Polonia anteriores a 1772. Es cierto que esa frontera, ya entonces, había quedado anticuada si se tomaba como delimitación entre la nacionalidad alemana y la polaca, y desde entonces lo había quedado más cada año por el progreso de la germanización; pero los alemanes habían proclamado tal entusiasmo por la restauración de Polonia que debían esperar que se les pidiera, como primera prueba de la realidad de sus simpatías, que renunciaran a *su* parte del botín. Por otro lado, ¿debían entregarse comarcas enteras habitadas principalmente por alemanes, grandes ciudades enteramente alemanas, a un pueblo que hasta entonces no había dado ninguna prueba de ser capaz de progresar más allá de un estado de feudalismo basado en la servidumbre agraria? La cuestión era bastante intrincada. La única solución posible estaba en una guerra con Rusia. La cuestión de la delimitación entre las distintas naciones sublevadas habría quedado subordinada a la de establecer primero una frontera segura frente al enemigo común. Los polacos, al recibir territorios extensos en el este, se habrían vuelto más tratables y razonables en el oeste; y, a fin de cuentas, Riga y Mitau les habrían parecido tan importantes como Danzig y Elbing. Así, el partido avanzado de Alemania, que consideraba necesaria una guerra con Rusia para sostener el movimiento continental y pensaba que el restablecimiento nacional aunque fuera de una parte de Polonia conduciría inevitablemente a esa guerra, apoyó a los polacos; mientras que la clase media gobernante, en parte, preveía claramente su caída en cualquier guerra nacional contra Rusia, que habría llevado al timón a hombres más activos y enérgicos, y por eso, con un fingido entusiasmo por la extensión de la nacionalidad alemana, declaró la Polonia prusiana, principal foco de la agitación revolucionaria polaca, parte integrante del futuro Imperio alemán. Las promesas hechas a los polacos en los primeros días de exaltación fueron vergonzosamente incumplidas. Los armamentos polacos organizados con la autorización del gobierno fueron dispersados y masacrados por la artillería prusiana; y ya en el mes de abril de 1848, a las seis semanas de la revolución de Berlín, el movimiento polaco estaba aplastado y había revivido la vieja hostilidad nacional entre polacos y alemanes.[^60] Este inmenso e incalculable servicio al autócrata ruso lo prestaron los ministros comerciantes liberales Camphausen y Hansemann. Hay que añadir que esta campaña de Polonia fue el primer medio para reorganizar y devolver la confianza a ese mismo ejército prusiano que más tarde echó al partido liberal y aplastó el movimiento que los señores Camphausen y Hansemann tanto se habían esforzado por provocar. «Por donde pecaron, por ahí son castigados».[^61] Tal ha sido el destino de todos los advenedizos de 1848 y 1849, desde Ledru-Rollin hasta Changarnier y desde Camphausen hasta Haynau.[^62]

La cuestión de las nacionalidades dio lugar a otra lucha en Bohemia. Este país, habitado por dos millones de alemanes y tres millones de eslavos de lengua checa, tenía grandes recuerdos históricos, casi todos ligados a la antigua supremacía de los checos. Pero la fuerza de esta rama de la familia eslava estaba quebrantada desde las guerras husitas del siglo XV. La región de lengua checa estaba dividida: una parte formaba el reino de Bohemia; otra, el principado de Moravia; una tercera, la región montañosa de los Cárpatos habitada por los eslovacos, pertenecía a Hungría. Los moravos y los eslovacos habían perdido hacía mucho todo vestigio de sentimiento y vitalidad nacionales, aunque en su mayoría conservaban su lengua. Bohemia estaba rodeada en tres de sus cuatro lados por países enteramente alemanes. El elemento alemán había hecho grandes progresos en su propio territorio; incluso en la capital, Praga, las dos nacionalidades estaban bastante equilibradas; y en todas partes el capital, el comercio, la industria y la cultura intelectual estaban en manos de los alemanes. El principal paladín de la nacionalidad checa, el profesor Palacký,[^63] no es él mismo más que un alemán erudito al que se le ha trastornado el juicio, que todavía hoy no sabe hablar la lengua checa correctamente y sin acento extranjero. Pero, como ocurre a menudo, la nacionalidad checa moribunda —moribunda según todos los hechos conocidos de la historia de los últimos cuatrocientos años— hizo en 1848 un último esfuerzo por recobrar su antigua vitalidad, un esfuerzo cuyo fracaso, al margen de toda consideración revolucionaria, iba a demostrar que Bohemia ya solo podría existir como parte de Alemania, aunque una parte de sus habitantes pudiera seguir hablando aún durante algunos siglos una lengua no alemana.

*Londres, febrero de 1852.*

## IX. El paneslavismo — La guerra de Schleswig-Holstein

*New-York Daily Tribune, 15 de marzo de 1852.*

Bohemia y Croacia (otro miembro desgajado de la familia eslava, sobre el que actuaba el elemento húngaro como sobre Bohemia el alemán) fueron la cuna de lo que en el continente europeo se llama «paneslavismo». Ni Bohemia ni Croacia eran lo bastante fuertes para existir por sí solas como naciones. Sus respectivas nacionalidades, minadas poco a poco por la acción de causas históricas que inevitablemente las absorben en un tronco más enérgico, solo podían esperar recobrar algo parecido a la independencia mediante una alianza con otras naciones eslavas. Había veintidós millones de polacos, cuarenta y cinco millones de rusos, ocho millones de serbios y búlgaros: ¿por qué no formar una poderosa confederación de los ochenta millones de eslavos y rechazar o exterminar al intruso en el sagrado suelo eslavo, al turco, al húngaro y, sobre todo, al odiado pero indispensable *Niemetz*, el alemán?[^64] Así, en los gabinetes de estudio de unos cuantos *dilettanti* eslavos de la ciencia histórica, se urdió este movimiento ridículo y antihistórico, un movimiento que no se proponía nada menos que someter el Occidente civilizado al Oriente bárbaro, la ciudad al campo, el comercio, la industria y la inteligencia a la agricultura primitiva de los siervos eslavos. Pero detrás de esta teoría ridícula se alzaba la terrible realidad del Imperio ruso; ese imperio que con cada uno de sus movimientos proclama la pretensión de considerar a toda Europa como dominio de la raza eslava y, en especial, de la única parte enérgica de esa raza, los rusos; ese imperio que, con dos capitales como San Petersburgo y Moscú, no habrá encontrado su centro de gravedad mientras la «ciudad del zar» (Constantinopla, llamada en ruso Tsargrad, la ciudad del zar),[^65] considerada por todo campesino ruso como la verdadera metrópoli de su religión y de su nación, no sea efectivamente la residencia de su emperador; ese imperio que, en los últimos ciento cincuenta años, nunca ha perdido territorio en ninguna de las guerras que ha emprendido, sino que siempre lo ha ganado. Y en Europa central son bien conocidas las intrigas con que la política rusa apoyó el flamante sistema del paneslavismo, un sistema que no podía haberse inventado mejor para servir a sus fines. Así, los paneslavistas bohemios y croatas, unos a sabiendas y otros sin saberlo, trabajaron en interés directo de Rusia; traicionaron la causa revolucionaria a cambio de la sombra de una nacionalidad que, en el mejor de los casos, habría corrido la misma suerte que la nacionalidad polaca bajo el dominio ruso. Hay que decir, sin embargo, en honor de los polacos, que nunca llegaron a enredarse seriamente en estas trampas paneslavistas, y si unos pocos aristócratas se volvieron paneslavistas furibundos, sabían que con el sometimiento a Rusia tenían menos que perder que con una revuelta de sus propios siervos campesinos.

Los bohemios y los croatas convocaron, pues, en Praga un congreso eslavo general para preparar la alianza eslava universal.[^66] Ese congreso habría sido un fracaso rotundo aun sin la intervención de los militares austriacos. Las diversas lenguas eslavas difieren entre sí tanto como el inglés, el alemán y el sueco, y cuando se abrieron las sesiones no había ninguna lengua eslava común en la que los oradores pudieran hacerse entender. Se probó con el francés, pero resultó igualmente ininteligible para la mayoría, y los pobres entusiastas eslavos, cuyo único sentimiento común era un odio común a los alemanes, se vieron al fin obligados a expresarse en la odiada lengua alemana, ¡la única que entendían todos! Pero justo entonces se estaba reuniendo en Praga otro congreso eslavo, en forma de lanceros de Galitzia, granaderos croatas y eslovacos y artilleros y coraceros bohemios; y este congreso eslavo real y armado, al mando de Windischgrätz,[^67] expulsó de la ciudad en menos de veinticuatro horas a los fundadores de una supremacía eslava imaginaria y los dispersó a los cuatro vientos.

Los diputados bohemios, moravos, dálmatas y una parte de los polacos (la aristocracia) en la Dieta Constituyente austriaca[^68] hicieron en aquella asamblea una guerra sistemática al elemento alemán. Los alemanes y una parte de los polacos (la nobleza empobrecida) eran en ella los principales defensores del progreso revolucionario; la masa de los diputados eslavos, al oponerse a ellos, no se contentó con mostrar así claramente las tendencias reaccionarias de todo su movimiento, sino que se degradó hasta el punto de entrar en tratos y conspirar con el mismo gobierno austriaco que había dispersado su reunión de Praga. También ellos recibieron el pago por esta conducta infame: después de haber apoyado al gobierno durante la insurrección de octubre de 1848,[^69] acontecimiento que acabó por asegurarles la mayoría en la Dieta, esta Dieta, ahora casi exclusivamente eslava, fue dispersada por los soldados austriacos igual que el Congreso de Praga, y se amenazó a los paneslavistas con la cárcel si volvían a moverse. Y lo único que han conseguido es que la nacionalidad eslava se vea ahora minada en todas partes por la centralización austriaca, resultado que pueden agradecer a su propio fanatismo y a su ceguera.

Si las fronteras entre Hungría y Alemania hubiesen admitido alguna duda, sin duda habría habido también allí otra disputa. Pero, por fortuna, no había pretexto, y como los intereses de ambas naciones estaban estrechamente ligados, lucharon contra los mismos enemigos, a saber, el gobierno austriaco y el fanatismo paneslavista. El buen entendimiento no se turbó ni un momento. Pero la revolución italiana[^70] arrastró al menos a una parte de Alemania a una guerra fratricida, y hay que señalar aquí, como prueba de hasta qué punto el sistema de Metternich había conseguido frenar el desarrollo de la conciencia pública, que durante los seis primeros meses de 1848 los mismos hombres que en Viena habían subido a las barricadas fueron, llenos de entusiasmo, a unirse al ejército que combatía contra los patriotas italianos. Esta deplorable confusión de ideas, sin embargo, no duró mucho.

Por último, estaba la guerra con Dinamarca por Schleswig y Holstein.[^71] Estos países, indiscutiblemente alemanes por su nacionalidad, su lengua y sus preferencias, son además necesarios para Alemania por razones militares, navales y comerciales. Sus habitantes han luchado duramente durante los últimos tres años contra la intrusión danesa. El derecho de los tratados, además, estaba de su parte. La revolución de marzo los llevó a un choque abierto con los daneses, y Alemania los apoyó. Pero mientras que en Polonia, en Italia, en Bohemia y, más tarde, en Hungría, las operaciones militares se llevaron adelante con el máximo vigor, en esta guerra, la única popular, la única revolucionaria, al menos en parte, se adoptó un sistema de marchas y contramarchas sin resultado y se aceptó una intervención de la diplomacia extranjera que, tras más de un combate heroico, condujo a un final de lo más miserable. Durante la guerra, el gobierno alemán traicionó en todas las ocasiones al ejército revolucionario de Schleswig-Holstein y permitió deliberadamente que los daneses lo destrozaran cuando estaba disperso o dividido. Lo mismo se hizo con los cuerpos de voluntarios alemanes.

Pero mientras el nombre alemán no se ganaba así más que odio por todas partes, los gobiernos constitucionales y liberales alemanes se frotaban las manos de alegría. Habían logrado aplastar los movimientos polaco y bohemio. Habían reavivado en todas partes las viejas animosidades nacionales que hasta entonces habían impedido todo entendimiento y toda acción común entre el alemán, el polaco y el italiano. Habían acostumbrado al pueblo a escenas de guerra civil y de represión militar. El ejército prusiano había recobrado la confianza en Polonia, y el austriaco en Praga; y mientras el patriotismo desbordante («la sobrefuerza patriótica», como dice Heine)[^72] de una juventud revolucionaria pero corta de vista era conducido a Schleswig y a Lombardía para que la metralla enemiga lo aplastase, el ejército regular, el verdadero instrumento de acción, tanto de Prusia como de Austria, se veía en condiciones de recuperar el favor público con victorias sobre el extranjero. Pero lo repetimos: estos ejércitos, reforzados por los liberales como instrumento de acción contra el partido más avanzado, apenas recobraron en cierta medida su confianza en sí mismos y su disciplina, se volvieron contra los liberales y devolvieron el poder a los hombres del viejo sistema. Cuando Radetzky, en su campamento al otro lado del Adigio, recibió las primeras órdenes de los «ministros responsables» de Viena, exclamó: «¿Quiénes son esos ministros? ¡No son el gobierno de Austria! Austria ya no está en ninguna parte más que en mi campamento; yo y mi ejército somos Austria; ¡y cuando hayamos batido a los italianos, reconquistaremos el Imperio para el emperador!». Y el viejo Radetzky tenía razón, pero los imbéciles ministros «responsables» de Viena no le hicieron caso.

*Londres, febrero de 1852.*

## X. La insurrección de París — La Asamblea de Fráncfort

*New-York Daily Tribune, 18 de marzo de 1852.*

Ya a comienzos de abril de 1848 el torrente revolucionario se había visto contenido en todo el continente europeo por la liga que las clases de la sociedad que se habían beneficiado de la primera victoria formaron inmediatamente con los vencidos. En Francia, la pequeña burguesía y la fracción republicana de la burguesía se habían unido a la burguesía monárquica contra los proletarios; en Alemania y en Italia, la burguesía victoriosa había buscado con afán el apoyo de la nobleza feudal, de la burocracia oficial y del ejército contra la masa del pueblo y los pequeños burgueses. Muy pronto los partidos conservadores y contrarrevolucionarios, unidos, recuperaron la preponderancia. En Inglaterra, una manifestación popular inoportuna y mal preparada (el 10 de abril) acabó en una derrota completa y decisiva del partido popular.[^73] En Francia, dos movimientos semejantes (el 16 de abril y el 15 de mayo) fueron igualmente derrotados.[^74] En Italia, el rey Bomba recuperó su autoridad de un solo golpe el 15 de mayo.[^75] En Alemania, los diversos gobiernos burgueses nuevos y sus respectivas asambleas constituyentes se consolidaron, y si el agitado 15 de mayo dio lugar en Viena a una victoria popular, se trató de un acontecimiento de importancia meramente secundaria, que puede considerarse el último destello victorioso de la energía popular. En Hungría, el movimiento pareció encauzarse por la vía tranquila de la más perfecta legalidad, y el movimiento polaco, como vimos en nuestro último artículo, fue ahogado en germen por las bayonetas prusianas. Pero todavía no estaba decidido el giro que acabarían tomando las cosas, y cada palmo de terreno que perdían los partidos revolucionarios en los distintos países no hacía sino estrechar cada vez más sus filas para la acción decisiva.

La acción decisiva se acercaba. Solo podía librarse en Francia, porque Francia, mientras Inglaterra no tomase parte en la contienda revolucionaria y Alemania siguiese dividida, era, por su independencia nacional, su civilización y su centralización, el único país capaz de transmitir a los países que la rodeaban el impulso de una poderosa conmoción. Por eso, cuando el 23 de junio de 1848 comenzó en París la lucha sangrienta,[^76] cuando cada telegrama o cada correo que llegaba ponía más claramente ante los ojos de Europa el hecho de que esa lucha se libraba entre la masa del pueblo trabajador, por un lado, y todas las demás clases de la población parisina, apoyadas por el ejército, por otro; cuando los combates se prolongaron durante varios días con un encarnizamiento sin igual en la historia de las guerras civiles modernas, pero sin ventaja visible para ninguno de los dos bandos, entonces todo el mundo vio claro que aquella era la gran batalla decisiva que, si la insurrección triunfaba, inundaría todo el continente de nuevas revoluciones o, si era aplastada, traería consigo una restauración, al menos momentánea, del dominio contrarrevolucionario.

Los proletarios de París fueron derrotados, diezmados, aplastados de tal modo que todavía hoy no se han repuesto del golpe. E inmediatamente, en toda Europa, los conservadores y contrarrevolucionarios nuevos y viejos levantaron la cabeza con una desfachatez que mostraba lo bien que habían comprendido la importancia del acontecimiento. La prensa fue atacada en todas partes, se pusieron trabas al derecho de reunión y de asociación, se aprovechó cualquier pequeño incidente en cualquier pequeña ciudad de provincias para desarmar al pueblo, declarar el estado de sitio y adiestrar a las tropas en las nuevas maniobras y artimañas que les había enseñado Cavaignac. Además, por primera vez desde febrero, se había demostrado que la invencibilidad de una insurrección popular en una gran ciudad era una ilusión; el honor de los ejércitos había quedado restablecido; las tropas, derrotadas hasta entonces siempre en las batallas callejeras de importancia, recobraron la confianza en su eficacia también en este tipo de lucha. De esta derrota de los *ouvriers* de París pueden datarse los primeros pasos positivos y los planes precisos del viejo partido feudal y burocrático de Alemania para librarse incluso de sus aliados momentáneos, las clases medias, y devolver Alemania al estado en que se encontraba antes de los acontecimientos de marzo. El ejército volvía a ser el poder decisivo en el Estado, y el ejército no pertenecía a las clases medias, sino a ellos. Incluso en Prusia, donde antes de 1848 se había observado en una parte de la oficialidad subalterna una inclinación considerable hacia un gobierno constitucional, el desorden que la revolución había introducido en el ejército había devuelto a la obediencia a aquellos jóvenes razonadores; en cuanto el soldado raso se tomó algunas libertades con los oficiales, la necesidad de la disciplina y de la obediencia pasiva se les hizo evidente de golpe. Los nobles y burócratas vencidos empezaron a ver claro el camino; el ejército, más unido que nunca, envalentonado por sus victorias en insurrecciones menores y en la guerra exterior, celoso del gran éxito que acababan de alcanzar los soldados franceses, ese ejército solo tenía que mantenerse en continuos pequeños conflictos con el pueblo, y, llegado el momento decisivo, podría aplastar de un gran golpe a los revolucionarios y dejar de lado las pretensiones de los parlamentarios de la clase media. Y el momento oportuno para ese golpe decisivo llegó muy pronto.

Pasamos por alto las actuaciones parlamentarias y las luchas locales, a veces curiosas pero en su mayoría tediosas, que ocuparon en Alemania a los distintos partidos durante el verano. Baste decir que los defensores de los intereses de la clase media, a pesar de numerosos triunfos parlamentarios, ninguno de los cuales llevó a ningún resultado práctico, sentían en general que su posición entre los partidos extremos se hacía cada día más insostenible y que, por tanto, se veían obligados a buscar hoy la alianza de los reaccionarios y mañana el favor de las fracciones más populares. Esta vacilación constante acabó de hundir su reputación ante la opinión pública, y, por el giro que iban tomando los acontecimientos, el desprecio en que habían caído benefició de momento sobre todo a los burócratas y a los feudales.

A comienzos del otoño, la posición relativa de los distintos partidos se había vuelto lo bastante exasperada y crítica para que una batalla decisiva fuese inevitable. Los primeros combates de esta guerra entre las masas democráticas y revolucionarias y el ejército tuvieron lugar en Fráncfort. Aunque se trató de un combate meramente secundario, fue la primera ventaja de cierta importancia que obtuvieron las tropas sobre la insurrección, y tuvo un gran efecto moral. Prusia, por razones muy evidentes, había permitido al gobierno de fantasía establecido por la Asamblea Nacional de Fráncfort concluir con Dinamarca un armisticio que no solo entregaba a los alemanes de Schleswig a la venganza danesa, sino que renegaba por completo de los principios más o menos revolucionarios que en general se suponían en juego en la guerra danesa. La Asamblea de Fráncfort rechazó ese armisticio por una mayoría de dos o tres votos. A esta votación siguió una crisis ministerial de pacotilla, pero tres días después la Asamblea volvió a examinar su voto y se dejó efectivamente convencer para anularlo y reconocer el armisticio. Esta vergonzosa actuación levantó la indignación del pueblo. Se alzaron barricadas, pero ya se habían concentrado en Fráncfort tropas suficientes, y tras seis horas de combate la insurrección fue sofocada.[^77] Hubo en otras partes de Alemania (Baden, Colonia) movimientos semejantes, aunque menos importantes, relacionados con este acontecimiento, pero fueron igualmente derrotados.

Este combate preliminar dio al partido contrarrevolucionario una gran ventaja: el único gobierno que había nacido por entero —al menos en apariencia— de la elección popular, el gobierno del Imperio de Fráncfort, quedó arruinado a los ojos del pueblo, y con él la Asamblea Nacional. Ese gobierno y esa asamblea se habían visto obligados a apelar a las bayonetas de las tropas contra la manifestación de la voluntad popular. Estaban comprometidos, y, por poca consideración que hasta entonces hubiesen podido reclamar, esa renegación de su origen y su dependencia de los gobiernos antipopulares y de sus tropas hicieron en adelante del regente del Imperio, de sus ministros y de sus diputados unas nulidades completas. Pronto veremos cómo primero Austria, luego Prusia y más tarde también los Estados más pequeños trataron con desprecio cada orden, cada petición, cada delegación que recibían de aquella corporación de soñadores impotentes.

Llegamos ahora al gran contragolpe que dio en Alemania a la batalla francesa de junio, al acontecimiento que fue tan decisivo para Alemania como la lucha proletaria de París lo había sido para Francia; nos referimos a la revolución de Viena y al asalto posterior de la ciudad, en octubre de 1848. Pero la importancia de esta batalla es tal, y la explicación de las diversas circunstancias que contribuyeron más directamente a su desenlace ocupará tal espacio en las columnas de *The Tribune*, que es necesario tratarla en una carta aparte.

*Londres, febrero de 1852.*

## XI. La insurrección de Viena

*New-York Daily Tribune, 19 de marzo de 1852.*

Llegamos ahora al acontecimiento decisivo que constituyó en Alemania la contrapartida contrarrevolucionaria de la insurrección parisina de junio y que, de un solo golpe, inclinó la balanza a favor del partido contrarrevolucionario: la insurrección de octubre de 1848 en Viena.

Hemos visto cuál era la posición de las distintas clases en Viena después de la victoria del 12 de marzo. Hemos visto también cómo el movimiento de la Austria alemana se vio enredado y entorpecido por los acontecimientos de las provincias no alemanas de Austria. Solo nos queda, pues, examinar brevemente las causas que condujeron a este último y más formidable levantamiento de la Austria alemana.

La alta aristocracia y la burguesía especuladora de la Bolsa, que habían sido los principales apoyos no oficiales del gobierno de Metternich, consiguieron mantener, incluso después de los acontecimientos de marzo, una influencia predominante sobre el gobierno, no solo gracias a la corte, al ejército y a la burocracia, sino más aún gracias al horror a la «anarquía», que se extendió rápidamente entre las clases medias. Muy pronto se aventuraron a lanzar algunos globos sonda en forma de una ley de prensa, de una constitución aristocrática indefinible y de una ley electoral basada en la vieja división en «estamentos».[^78] El llamado ministerio constitucional, formado por burócratas medio liberales, tímidos e incapaces, se atrevió incluso, el 14 de mayo, a lanzar un ataque directo contra las organizaciones revolucionarias de las masas disolviendo el Comité Central de Delegados de la Guardia Nacional y de la Legión Académica, organismo formado con el propósito expreso de controlar al gobierno y de movilizar contra él, en caso necesario, las fuerzas populares. Pero este acto no hizo más que provocar la insurrección del 15 de mayo, que obligó al gobierno a reconocer el comité, a derogar la constitución y la ley electoral y a conceder el poder de elaborar una nueva ley fundamental a una dieta constitucional elegida por sufragio universal. Todo ello quedó confirmado al día siguiente por una proclama imperial. Pero el partido reaccionario, que también tenía sus representantes en el ministerio, no tardó en conseguir que sus colegas «liberales» emprendieran un nuevo ataque contra las conquistas populares. La Legión Académica, bastión del partido del movimiento, centro de agitación continua, se había hecho, precisamente por eso, odiosa a los burgueses más moderados de Viena; el día 26, un decreto ministerial la disolvió. Quizá este golpe habría tenido éxito si lo hubiese ejecutado solo una parte de la Guardia Nacional; pero el gobierno, que tampoco se fiaba de ella, hizo intervenir a los militares, y al instante la Guardia Nacional dio media vuelta, se unió a la Legión Académica y desbarató así el proyecto ministerial.[^79]

Entretanto, sin embargo, el emperador y su corte habían abandonado Viena el 16 de mayo y habían huido a Innsbruck. Allí, rodeada de los tiroleses beatos, cuya lealtad se había reavivado ante el peligro de una invasión de su país por el ejército sardo-lombardo, y apoyada por la proximidad de las tropas de Radetzky, que tenían Innsbruck al alcance de sus obuses, allí encontró asilo el partido contrarrevolucionario, desde donde, sin control, sin vigilancia y a salvo, pudo reagrupar sus fuerzas dispersas y reparar y extender de nuevo por todo el país la red de sus conspiraciones. Se reanudaron las comunicaciones con Radetzky, con Jelačić[^80] y con Windischgrätz, así como con los hombres de confianza de la jerarquía administrativa de las distintas provincias; se urdieron intrigas con los jefes eslavos, y así se formó una fuerza real a disposición de la camarilla contrarrevolucionaria, mientras se dejaba que los impotentes ministros de Viena desgastaran su breve y débil popularidad en continuas querellas con las masas revolucionarias y en los debates de la futura Asamblea Constituyente. Así, la política de abandonar durante un tiempo a su suerte el movimiento de la capital —una política que en un país centralizado y homogéneo como Francia habría conducido necesariamente a la omnipotencia del partido del movimiento— fue aquí, en Austria, en un conglomerado político heterogéneo, uno de los medios más seguros de reorganizar las fuerzas de los reaccionarios.

En Viena, la clase media, convencida de que después de tres derrotas sucesivas, y ante una asamblea constituyente basada en el sufragio universal, la corte ya no era un adversario temible, cayó cada vez más en ese cansancio y esa apatía, y en ese eterno clamor por el orden y la tranquilidad, que se han apoderado de esta clase en todas partes después de las conmociones violentas y de la consiguiente perturbación de los negocios. Las manufacturas de la capital austriaca se limitan casi exclusivamente a artículos de lujo, de los que, desde la revolución y la huida de la corte, había habido necesariamente poca demanda. El clamor por la vuelta a un sistema regular de gobierno y por el regreso de la corte, cosas ambas de las que se esperaba un renacimiento de la prosperidad comercial, se hizo entonces general entre las clases medias. La reunión de la Asamblea Constituyente en julio fue saludada con júbilo como el fin de la era revolucionaria; lo mismo ocurrió con el regreso de la corte, que, tras las victorias de Radetzky en Italia y la llegada del ministerio reaccionario de Doblhoff,[^81] se consideraba lo bastante fuerte para desafiar el torrente popular y que, al mismo tiempo, necesitaba estar en Viena para completar sus intrigas con la mayoría eslava de la Dieta. Mientras la Dieta Constituyente discutía las leyes sobre la emancipación del campesinado de la servidumbre feudal y de las prestaciones personales debidas a la nobleza, la corte dio un golpe maestro. El 19 de agosto se hizo que el emperador pasara revista a la Guardia Nacional; la familia imperial, los cortesanos y los generales rivalizaron en halagos a los burgueses armados, que ya estaban ebrios de orgullo al verse así reconocidos públicamente como uno de los cuerpos importantes del Estado; e inmediatamente después se publicó un decreto, firmado por el señor Schwarzer, el único ministro popular del gabinete, que retiraba la ayuda del gobierno concedida hasta entonces a los obreros sin trabajo.[^82] La artimaña dio resultado: las clases trabajadoras organizaron una manifestación; los guardias nacionales de la clase media se declararon a favor del decreto de su ministro; los lanzaron contra los «anarquistas», cayeron como tigres sobre los obreros desarmados, que no ofrecían resistencia, y el 23 de agosto mataron a un gran número de ellos. Así quedaron rotas la unidad y la fuerza del bando revolucionario; la lucha de clases entre burgueses y proletarios había llegado también en Viena a un estallido sangriento, y la camarilla contrarrevolucionaria vio acercarse el día en que podría asestar su gran golpe.

Los asuntos de Hungría le dieron muy pronto ocasión de proclamar abiertamente los principios conforme a los que se proponía actuar. El 5 de octubre, un decreto imperial publicado en la *Gaceta de Viena* —un decreto que no refrendaba ninguno de los ministros responsables para Hungría— declaró disuelta la Dieta húngara[^83] y nombró al ban de Croacia, Jelačić, gobernador civil y militar de aquel país; Jelačić, el jefe de la reacción eslava del sur, un hombre que estaba de hecho en guerra con las autoridades legítimas de Hungría. Al mismo tiempo se ordenó a las tropas de Viena que salieran de la ciudad y se incorporaran al ejército que debía imponer la autoridad de Jelačić. Pero esto era enseñar demasiado abiertamente la oreja; todo el mundo en Viena comprendió que la guerra contra Hungría era la guerra contra el principio del gobierno constitucional, principio que el propio decreto pisoteaba al pretender el emperador dictar decretos con fuerza legal sin el refrendo de un ministro responsable. El pueblo, la Legión Académica y la Guardia Nacional de Viena se levantaron en masa el 6 de octubre y se opusieron a la partida de las tropas; algunos granaderos se pasaron al pueblo; hubo una breve lucha entre las fuerzas populares y las tropas; el ministro de la Guerra, Latour, fue muerto por el pueblo,[^84] y por la tarde el pueblo había vencido. Entretanto, el ban Jelačić, derrotado por Perczel en Stuhlweissenburg,[^85] se había refugiado cerca de Viena, en territorio de la Austria alemana; las tropas vienesas que debían marchar en su apoyo adoptaron ahora contra él una posición ostensiblemente hostil y defensiva; y el emperador y la corte habían vuelto a huir, esta vez a Olmütz, en territorio medio eslavo.

Pero en Olmütz la corte se encontraba en circunstancias muy distintas de las de Innsbruck. Estaba ahora en condiciones de abrir inmediatamente la campaña contra la revolución. La rodeaban los diputados eslavos de la Constituyente, que acudieron en masa a Olmütz, y los entusiastas eslavos de todas partes de la monarquía. La campaña debía ser, a sus ojos, una guerra de restauración eslava y de exterminio contra los dos intrusos en lo que se consideraba suelo eslavo, contra el alemán y el magiar. Windischgrätz, el vencedor de Praga, ahora comandante del ejército que se concentraba en torno a Viena, se convirtió de inmediato en el héroe de la nacionalidad eslava. Y su ejército se concentró rápidamente desde todas partes. Desde Bohemia, Moravia, Estiria, la Alta Austria e Italia marchaban regimiento tras regimiento por rutas que convergían en Viena, para unirse a las tropas de Jelačić y a la antigua guarnición de la capital. Así se reunieron a finales de octubre más de sesenta mil hombres, que pronto empezaron a cercar la ciudad imperial por todos los lados, hasta que el 30 de octubre habían avanzado lo bastante para aventurarse al ataque decisivo.

En Viena, entretanto, reinaban la confusión y la impotencia. La clase media, en cuanto se obtuvo la victoria, volvió a ser presa de su antigua desconfianza hacia las «anárquicas» clases trabajadoras; los obreros, que recordaban el trato recibido seis semanas antes a manos de los comerciantes armados, y la política inestable y vacilante de la clase media en general, no querían confiarle la defensa de la ciudad y exigían armas y organización militar para sí mismos. La Legión Académica, llena de celo por la lucha contra el despotismo imperial, era totalmente incapaz de comprender la naturaleza del distanciamiento entre las dos clases o de entender de cualquier otro modo las necesidades de la situación. Había confusión en la opinión pública y confusión en los consejos dirigentes. Lo que quedaba de los diputados alemanes de la Dieta, y unos pocos eslavos que hacían de espías para sus amigos de Olmütz, además de algunos de los diputados polacos más revolucionarios, celebraban sesión permanente; pero, en lugar de tomar partido resueltamente, perdían todo su tiempo en debates ociosos sobre la posibilidad de resistir al ejército imperial sin rebasar los límites de las conveniencias constitucionales. El Comité de Seguridad, compuesto por delegados de casi todas las corporaciones populares de Viena, aunque resuelto a resistir, estaba dominado por una mayoría de burgueses y pequeños comerciantes que nunca le permitieron seguir una línea de acción decidida y enérgica. El consejo de la Legión Académica aprobaba resoluciones heroicas, pero era del todo incapaz de ponerse a la cabeza. Las clases trabajadoras, desconfiadas, desarmadas, desorganizadas, apenas salidas de la servidumbre intelectual del antiguo régimen, que empezaban a despertar no ya al conocimiento, sino al mero instinto de su posición social y de la línea de acción política que les correspondía, solo podían hacerse oír con ruidosas manifestaciones, y no cabía esperar que estuvieran a la altura de las dificultades del momento. Pero estaban dispuestas —como lo estuvieron siempre en Alemania durante la revolución— a luchar hasta el final en cuanto consiguieran armas.

Esa era la situación en Viena. Fuera, el ejército austriaco reorganizado, envalentonado por las victorias de Radetzky en Italia; sesenta o setenta mil hombres bien armados, bien organizados y, si no bien mandados, al menos con mandos. Dentro, confusión, división de clases, desorganización; una guardia nacional de la que una parte estaba decidida a no combatir en absoluto, otra estaba indecisa y solo la parte más pequeña estaba dispuesta a actuar; una masa proletaria, poderosa por su número pero sin jefes, sin ninguna educación política, propensa tanto al pánico como a accesos de furia casi sin motivo, presa de cualquier rumor falso que corriera, muy dispuesta a combatir, pero desarmada, al menos al principio, e incompletamente armada y apenas organizada cuando al fin la llevaron a la batalla; una Dieta impotente, que discutía sutilezas teóricas mientras el tejado casi ardía sobre su cabeza; un comité dirigente sin impulso ni energía. Todo había cambiado desde los días de marzo y de mayo, cuando en el campo contrarrevolucionario todo era confusión y la única fuerza organizada era la creada por la revolución. Apenas podía haber dudas sobre el desenlace de semejante lucha, y la duda que pudiera quedar la zanjaron los acontecimientos del 30 y el 31 de octubre y el 1 de noviembre.

*Londres, marzo de 1852.*

## XII. El asalto de Viena — La traición a Viena

*New-York Daily Tribune, 9 de abril de 1852.*

Cuando por fin el ejército concentrado de Windischgrätz emprendió el ataque contra Viena, las fuerzas que podían oponérsele en defensa de la ciudad eran del todo insuficientes para ello.[^86] De la Guardia Nacional solo se pudo llevar a las trincheras una parte. Es cierto que al final se había formado a toda prisa una Guardia Proletaria, pero, por lo tardío del intento de aprovechar así la parte más numerosa, más audaz y más enérgica de la población, estaba demasiado poco habituada al manejo de las armas y a los rudimentos más elementales de la disciplina para oponer una resistencia eficaz. Así pues, la Legión Académica, de tres a cuatro mil hombres, bien adiestrados y disciplinados hasta cierto punto, valientes y entusiastas, era, militarmente hablando, la única fuerza en condiciones de cumplir con éxito su cometido. Pero ¿qué eran ellos, junto con los pocos guardias nacionales de fiar y la masa confusa de los proletarios armados, frente a las tropas regulares de Windischgrätz, mucho más numerosas, sin contar siquiera las hordas de bandidos de Jelačić, hordas que, por la naturaleza misma de sus costumbres, eran utilísimas en una guerra de casa en casa y de callejón en callejón? ¿Y qué podían oponer los insurrectos, aparte de unas pocas piezas de artillería viejas, gastadas, mal montadas y mal servidas, a aquella artillería numerosa y bien pertrechada de la que Windischgrätz hizo un uso tan falto de escrúpulos?

Cuanto más se acercaba el peligro, más crecía la confusión en Viena. La Dieta no fue capaz, hasta el último momento, de reunir energía suficiente para pedir la ayuda del ejército húngaro de Perczel, acampado a pocas leguas aguas abajo de la capital.[^87] El comité aprobaba resoluciones contradictorias, arrastrado él mismo, como las masas populares armadas, arriba y abajo por la marea, que subía y bajaba alternativamente, de rumores y contrarrumores. Solo en una cosa estaban todos de acuerdo: en respetar la propiedad; y se hizo en un grado casi ridículo para semejantes tiempos. En cuanto a fijar definitivamente un plan de defensa, se hizo muy poco. Bem, el único hombre presente que habría podido salvar Viena, si es que entonces alguien podía hacerlo en Viena, un extranjero casi desconocido, eslavo de nacimiento, renunció a la tarea, abrumado como estaba por la desconfianza general.[^88] De haber perseverado, quizá lo habrían linchado por traidor. Messenhauser, el comandante de las fuerzas insurrectas, más novelista que siquiera oficial subalterno, no estaba en absoluto a la altura de la tarea;[^89] y, sin embargo, tras ocho meses de luchas revolucionarias, el partido popular no había producido ni ganado para su causa a ningún militar más capaz que él. Así empezó la lucha. Con unos medios de defensa absolutamente insuficientes y sin ninguna pericia ni organización militar en sus filas, los vieneses opusieron una resistencia de lo más heroica. En muchos lugares, la orden dada por Bem cuando tenía el mando, «defender esa posición hasta el último hombre», se cumplió al pie de la letra. Pero se impuso la fuerza. La artillería imperial barrió una barricada tras otra en las largas y anchas avenidas que forman las calles principales de los arrabales; y al anochecer del segundo día de combate los croatas ocupaban la hilera de casas que da frente a la explanada de la Ciudad Vieja. Un ataque débil y desordenado del ejército húngaro había sido completamente derrotado; y durante un armisticio, mientras algunos grupos de la Ciudad Vieja capitulaban, mientras otros vacilaban y sembraban la confusión, mientras los restos de la Legión Académica preparaban nuevas trincheras, los imperiales penetraron en ella y, en medio del desorden general, la Ciudad Vieja fue tomada.

Las consecuencias inmediatas de esta victoria, las brutalidades y las ejecuciones por consejo de guerra, las crueldades e infamias inauditas que cometieron las hordas eslavas lanzadas sobre Viena, son demasiado conocidas para detallarlas aquí. Las consecuencias ulteriores, el giro completamente nuevo que la derrota de la revolución en Viena dio a los asuntos alemanes, tendremos ocasión de examinarlas más adelante. Quedan por considerar dos cuestiones relacionadas con el asalto de Viena. El pueblo de la capital tenía dos aliados: los húngaros y el pueblo alemán. ¿Dónde estaban en la hora de la prueba?

Hemos visto que los vieneses, con toda la generosidad de un pueblo recién liberado, se habían alzado por una causa que, aunque en último término era la suya, era en primer lugar, y por encima de todo, la de los húngaros. Antes que consentir que las tropas austriacas marcharan sobre Hungría, prefirieron atraer sobre sí mismos su primera y más terrible acometida. Y mientras ellos acudían así, con nobleza, en apoyo de sus aliados, los húngaros, victoriosos frente a Jelačić, lo empujaron hacia Viena y con su victoria reforzaron la fuerza que había de atacar la ciudad. En estas circunstancias, el deber evidente de Hungría era apoyar, sin demora y con todas las fuerzas disponibles, no a la Dieta de Viena, ni al Comité de Seguridad ni a ningún otro organismo oficial de Viena, sino a la revolución *vienesa*. Y aunque Hungría hubiera llegado a olvidar que Viena había librado la primera batalla de Hungría, debía, por su propia seguridad, no olvidar que Viena era la única avanzada de la independencia húngara y que, caída Viena, nada podría detener el avance de las tropas imperiales contra ella. Pues bien, sabemos muy bien todo lo que los húngaros pueden decir, y han dicho, en defensa de su inactividad durante el bloqueo y el asalto de Viena: lo insuficiente de sus propias fuerzas, la negativa de la Dieta o de cualquier otro organismo oficial de Viena a llamarlos, la necesidad de mantenerse en terreno constitucional y de evitar complicaciones con el poder central alemán. Pero lo cierto es, en cuanto a lo insuficiente del ejército húngaro, que en los primeros días después de la revolución vienesa y de la llegada de Jelačić no hacían falta tropas regulares, pues las tropas regulares austriacas estaban muy lejos de hallarse concentradas; y que una explotación valiente e implacable de la primera ventaja obtenida sobre Jelačić, aunque no se contara más que con el *Landsturm* que había combatido en Stuhlweissenburg, habría bastado para efectuar la unión con los vieneses y para aplazar seis meses cualquier concentración de un ejército austriaco.[^90] En la guerra, y sobre todo en la guerra revolucionaria, la rapidez de acción hasta obtener alguna ventaja decisiva es la primera regla, y no dudamos en afirmar que, por *razones puramente militares*, Perczel no debió detenerse hasta haber efectuado su unión con los vieneses. Había ciertamente algún riesgo, pero ¿quién ha ganado nunca una batalla sin arriesgar algo? ¿Y acaso no arriesgaba nada el pueblo de Viena cuando atraía sobre sí —una población de cuatrocientas mil almas— las fuerzas que habían de marchar a la conquista de doce millones de húngaros? El error militar cometido al esperar a que los austriacos se hubieran reunido y al hacer la débil demostración de Schwechat, que terminó, como merecía, en una derrota sin gloria,[^91] ese error militar entrañó, sin duda, más riesgos de los que habría entrañado una marcha resuelta sobre Viena contra los bandidos desbandados de Jelačić.

Pero, se dice, semejante avance de los húngaros, si no lo autorizaba algún organismo oficial, habría sido una violación del territorio alemán, habría provocado complicaciones con el poder central de Fráncfort y habría sido, sobre todo, un abandono de la política legal y constitucional que constituía la fuerza de la causa húngara. ¡Pero si los organismos oficiales de Viena eran nulidades! ¿Eran la Dieta, eran los comités populares los que se habían alzado por Hungría, o era el pueblo de Viena, y solo él, el que había empuñado el fusil para soportar el peso de la primera batalla por la independencia de Hungría? Lo que importaba sostener no era este o aquel organismo oficial de Viena; todos esos organismos podían ser derribados muy pronto en el curso del desarrollo revolucionario, y lo habrían sido; lo único que estaba en cuestión era el predominio del movimiento revolucionario, el avance ininterrumpido de la acción popular misma, y solo eso podía salvar a Hungría de la invasión. Qué formas pudiera adoptar después ese movimiento revolucionario era asunto de los vieneses, no de los húngaros, mientras Viena y la Austria alemana en su conjunto siguieran siendo sus aliados contra el enemigo común. Pero la cuestión es si en este empeño del Gobierno húngaro por obtener una autorización más o menos legal no hemos de ver el primer síntoma claro de esa pretensión de una legalidad de procedimiento bastante dudosa que, si no salvó a Hungría, sí causó muy buen efecto, más adelante, ante los auditorios de la clase media inglesa.[^92]

En cuanto al pretexto de posibles conflictos con el poder central de Alemania en Fráncfort, es completamente fútil. Las autoridades de Fráncfort quedaron *de facto* derribadas con la victoria de la contrarrevolución en Viena; habrían quedado igualmente derribadas si la revolución hubiera encontrado allí el apoyo necesario para derrotar a sus enemigos. Y por último, el gran argumento de que Hungría no podía abandonar el terreno legal y constitucional podrá valer para los librecambistas británicos, pero nunca se tendrá por suficiente a los ojos de la historia. Supongamos que el pueblo de Viena se hubiera atenido a los «medios legales y constitucionales» el 13 de marzo y el 6 de octubre: ¿qué habría sido entonces del movimiento «legal y constitucional» y de todas las gloriosas batallas que, por primera vez, atrajeron sobre Hungría la atención del mundo civilizado? El mismo terreno legal y constitucional en el que, según se afirma, se movieron los húngaros en 1848 y 1849 se lo conquistó el levantamiento sumamente ilegal y anticonstitucional del pueblo de Viena el 13 de marzo. No es nuestro propósito discutir aquí la historia revolucionaria de Hungría, pero quizá se juzgue oportuno que observemos que es completamente inútil emplear deliberadamente solo medios legales de resistencia contra un enemigo que desprecia tales escrúpulos; y que añadamos que, de no haber sido por esa eterna pretensión de legalidad de la que Görgey se apoderó y que volvió contra el Gobierno, la adhesión del ejército de Görgey a su general y la vergonzosa catástrofe de Világos habrían sido imposibles.[^93] Y cuando por fin, para salvar su honor, los húngaros cruzaron el Leitha a fines de octubre de 1848, ¿no fue eso tan ilegal como lo habría sido cualquier ataque inmediato y resuelto?

Es sabido que no abrigamos ningún sentimiento hostil hacia Hungría. Estuvimos a su lado durante la lucha; se nos permitirá decir que nuestro periódico, la *Neue Rheinische Zeitung*,[^94] hizo más que ningún otro por hacer popular en Alemania la causa húngara, explicando la naturaleza de la lucha entre las razas magiar y eslava y siguiendo la guerra de Hungría en una serie de artículos a los que se ha hecho el honor de plagiarlos en casi todos los libros publicados después sobre la materia, sin exceptuar las obras de húngaros de nacimiento y de «testigos presenciales». Todavía hoy consideramos a Hungría, ante cualquier futura convulsión en el continente, la aliada necesaria y natural de Alemania. Pero hemos sido lo bastante severos con nuestros propios compatriotas para tener derecho a hablar claro sobre nuestros vecinos; y, además, tenemos que dejar constancia aquí de los hechos con imparcialidad histórica, y hemos de decir que, en este caso concreto, la generosa valentía del pueblo de Viena no solo fue mucho más noble, sino también más clarividente que la cauta circunspección del Gobierno húngaro. Y, como alemanes, se nos permitirá decir además que no cambiaríamos por todas las brillantes victorias y gloriosas batallas de la campaña de Hungría aquel levantamiento espontáneo y solitario y aquella resistencia heroica del pueblo de Viena, nuestros compatriotas, que dieron a Hungría el tiempo de organizar el ejército capaz de tan grandes hazañas.

El segundo aliado de Viena era el pueblo alemán. Pero estaba empeñado en todas partes en la misma lucha que los vieneses. Fráncfort, Baden y Colonia acababan de ser vencidos y desarmados. En Berlín y en Breslau el pueblo estaba a matar con el ejército y esperaba llegar a las manos de un día para otro. Lo mismo ocurría en todos los centros locales de acción. En todas partes había cuestiones pendientes que solo podían zanjarse por la fuerza de las armas; y fue entonces cuando por primera vez se dejaron sentir con dureza las desastrosas consecuencias de la persistencia del viejo desmembramiento y la vieja descentralización de Alemania. Las distintas cuestiones de cada Estado, de cada provincia, de cada ciudad, eran en el fondo las mismas; pero en todas partes se planteaban bajo formas y pretextos distintos y habían alcanzado distintos grados de madurez. Así sucedió que, aunque en todas partes se sentía la gravedad decisiva de los acontecimientos de Viena, en ninguna se pudo asestar un golpe importante con alguna esperanza de socorrer a los vieneses o de hacer una diversión en su favor; y no quedaba para ayudarlos más que el Parlamento y el Poder Central de Fráncfort; de todas partes se apeló a ellos; pero ¿qué hicieron?

El Parlamento de Fráncfort y el hijo bastardo que había engendrado en incestuoso comercio con la vieja Dieta alemana, el llamado Poder Central, aprovecharon el movimiento vienés para poner de manifiesto su absoluta nulidad. Esta despreciable Asamblea, como hemos visto, había sacrificado hacía tiempo su virginidad y, joven como era, ya peinaba canas y era experta en todas las artes del afeite y de la prostitución seudodiplomática. De los sueños e ilusiones de poder, de regeneración y unidad alemanas, que al principio la habían impregnado, no quedaba más que una retahíla de frases teutónicas efectistas que se repetían en cada ocasión y la firme creencia de cada uno de sus miembros en su propia importancia, así como en la credulidad del público. La ingenuidad original se había desechado; los representantes del pueblo alemán se habían vuelto hombres prácticos, es decir, habían llegado a la conclusión de que cuanto menos hicieran y más charlaran, más segura sería su posición como árbitros del destino de Alemania. No es que consideraran superfluas sus deliberaciones; al contrario. Pero habían descubierto que todas las cuestiones verdaderamente grandes, terreno vedado para ellos, era mejor dejarlas en paz, y allí, como una cuadrilla de doctores bizantinos del Bajo Imperio, discutían, con una importancia y una asiduidad dignas de la suerte que finalmente les cupo, dogmas teóricos resueltos hacía tiempo en todo el mundo civilizado, o cuestiones prácticas microscópicas que nunca condujeron a ningún resultado práctico. Así, como la Asamblea era una especie de escuela lancasteriana para la instrucción mutua de sus miembros[^95] y, por tanto, muy importante para ellos mismos, estaban persuadidos de que hacía incluso más de lo que el pueblo alemán tenía derecho a esperar, y tenían por traidor a la patria a todo el que tuviera la desfachatez de pedirles que llegaran a algún resultado.

Cuando estalló la insurrección de Viena, hubo sobre ella una nube de interpelaciones, debates, mociones y enmiendas que, naturalmente, no condujeron a nada. El Poder Central debía intervenir. Envió a Viena a dos comisarios, Welcker, el antiguo liberal, y Mosle.[^96] Los viajes de don Quijote y Sancho Panza parecen una odisea comparados con las hazañas heroicas y las maravillosas aventuras de estos dos caballeros andantes de la unidad alemana. No se atrevieron a ir a Viena; Windischgrätz los intimidó, el emperador idiota los miró con asombro y el ministro Stadion se burló de ellos con desfachatez.[^97] Sus despachos e informes son quizá la única parte de las actas de Fráncfort que conservará un lugar en la literatura alemana; son una perfecta novela satírica, ya hecha y acabada, y un eterno monumento de oprobio para la Asamblea de Fráncfort y su Gobierno.

También la izquierda de la Asamblea había enviado a Viena dos comisarios, para sostener allí su autoridad: Fröbel y Robert Blum.[^98] Blum, cuando el peligro se acercó, juzgó con acierto que allí había de librarse la gran batalla de la revolución alemana, y resolvió sin vacilar jugarse la cabeza en el desenlace. Fröbel, por el contrario, opinaba que su deber era conservarse para las importantes funciones de su puesto en Fráncfort. Blum pasaba por uno de los oradores más elocuentes de la Asamblea de Fráncfort; sin duda era el más popular. Su elocuencia no habría resistido la prueba de ninguna asamblea parlamentaria experimentada; era demasiado aficionado a las declamaciones superficiales de un predicador disidente alemán, y a sus argumentos les faltaban tanto agudeza filosófica como conocimiento de los asuntos prácticos. En política pertenecía a la «democracia moderada», cosa bastante indefinida, apreciada precisamente por esa falta de definición de sus principios. Pero, con todo, Robert Blum era por naturaleza un plebeyo de pies a cabeza, aunque algo pulido, y en los momentos decisivos su instinto plebeyo y su energía plebeya se imponían a sus convicciones y conocimientos políticos, indefinidos y, por tanto, indecisos. En esos momentos se elevaba muy por encima del nivel habitual de sus facultades.

Así, en Viena, vio de un vistazo que era allí, y no en medio de los debates con pretensiones de elegancia de Fráncfort, donde habría de decidirse el destino de su país. Se decidió en el acto, renunció a toda idea de retirada, asumió un mando en las fuerzas revolucionarias y se condujo con extraordinaria sangre fría y resolución. Fue él quien retrasó durante bastante tiempo la toma de la ciudad y cubrió uno de sus flancos incendiando el puente del Tabor sobre el Danubio. Todo el mundo sabe cómo, después del asalto, fue detenido, juzgado por un consejo de guerra y fusilado. Murió como un héroe. Y la Asamblea de Fráncfort, aunque horrorizada, encajó la sangrienta afrenta con aparente buena cara. Se aprobó una resolución que, por la suavidad y el decoro diplomático de su lenguaje, era más un insulto a la tumba del mártir asesinado que una mancha infamante para Austria. Pero no cabía esperar que esta despreciable Asamblea se ofendiera por el asesinato de uno de sus miembros, sobre todo del jefe de la izquierda.

*Londres, marzo de 1852.*

## XIII. La Asamblea prusiana — La Asamblea Nacional

*New-York Daily Tribune, 17 de abril de 1852.*

El 1 de noviembre cayó Viena, y el 9 del mismo mes la disolución de la Asamblea Constituyente de Berlín mostró hasta qué punto este acontecimiento había elevado de golpe el ánimo y la fuerza del partido contrarrevolucionario en toda Alemania.[^99]

Los acontecimientos del verano de 1848 en Prusia se cuentan pronto. La Asamblea Constituyente, o más bien «la Asamblea elegida para acordar con la Corona una Constitución», y su mayoría de representantes de los intereses de la clase media habían perdido hacía tiempo toda estima pública al prestarse a todas las intrigas de la Corte por miedo a los elementos más enérgicos de la población. Habían confirmado, o más bien restablecido, los odiosos privilegios del feudalismo, y traicionado así la libertad y los intereses del campesinado. No habían sido capaces ni de redactar una Constitución ni de enmendar en modo alguno la legislación general. Se habían ocupado casi exclusivamente de sutiles distinciones teóricas, de meras formalidades y de cuestiones de etiqueta constitucional. La Asamblea era, de hecho, más una escuela de *savoir vivre* parlamentario para sus miembros que un cuerpo por el que el pueblo pudiera sentir algún interés. Las mayorías, además, estaban muy ajustadas y casi siempre las decidían los centros vacilantes, cuyas oscilaciones de derecha a izquierda, y viceversa, derribaron primero el ministerio de Camphausen y luego el de Auerswald y Hansemann.[^100] Pero mientras los liberales, aquí como en todas partes, dejaban escapar la ocasión de las manos, la Corte reorganizaba sus elementos de fuerza entre la nobleza y la parte más inculta de la población rural, así como en el ejército y la burocracia. Tras la caída de Hansemann se formó un ministerio de burócratas y militares, todos reaccionarios acérrimos, que, sin embargo, aparentaba ceder a las exigencias del Parlamento;[^101] y la Asamblea, que obraba según el cómodo principio de «medidas, no hombres», se dejó engañar hasta el punto de aplaudir a ese ministerio, mientras que, naturalmente, no tenía ojos para la concentración y organización de las fuerzas contrarrevolucionarias que ese mismo ministerio llevaba a cabo de forma bastante abierta. Por fin, dada la señal por la caída de Viena, el rey destituyó a sus ministros y los sustituyó por «hombres de acción», bajo la dirección del actual primer ministro, Manteuffel.[^102] Entonces la Asamblea soñadora despertó de golpe al peligro; votó la desconfianza al Gabinete, a lo que se respondió en el acto con un decreto que trasladaba la Asamblea de Berlín, donde en caso de conflicto podía contar con el apoyo de las masas, a Brandeburgo, una pequeña ciudad de provincias que dependía por completo del Gobierno. La Asamblea, sin embargo, declaró que no podía ser aplazada, trasladada ni disuelta sin su propio consentimiento. Entretanto, el general Wrangel entró en Berlín al frente de unos cuarenta mil soldados.[^103] En una reunión de los magistrados municipales y de los oficiales de la Guardia Nacional se resolvió no ofrecer ninguna resistencia. Y entonces, después de que la Asamblea y sus electores, la burguesía liberal, hubieran permitido al partido reaccionario coaligado ocupar todas las posiciones importantes y arrancarles de las manos casi todos los medios de defensa, empezó aquella gran comedia de la «resistencia pasiva y legal» que pretendían que fuera una gloriosa imitación del ejemplo de Hampden y de los primeros esfuerzos de los americanos en la guerra de Independencia.[^104] Berlín fue declarado en estado de sitio, y Berlín permaneció tranquilo; el Gobierno disolvió la Guardia Nacional, y sus armas fueron entregadas con la mayor puntualidad. Durante quince días se persiguió a la Asamblea de un lugar de reunión a otro y en todas partes la dispersaron los militares, y los miembros de la Asamblea rogaban a los ciudadanos que permanecieran tranquilos. Por fin, cuando el Gobierno hubo declarado disuelta la Asamblea, esta aprobó una resolución que declaraba ilegal la recaudación de impuestos, y luego sus miembros se dispersaron por el país para organizar la negativa a pagarlos.[^105] Pero descubrieron que se habían equivocado lamentablemente en la elección de los medios. Tras unas pocas semanas agitadas, seguidas de severas medidas del Gobierno contra la oposición, todo el mundo abandonó la idea de negarse a pagar los impuestos por complacer a una Asamblea difunta que ni siquiera había tenido el valor de defenderse.

Si a comienzos de noviembre de 1848 era ya demasiado tarde para intentar la resistencia armada, o si una parte del ejército, al encontrar una oposición seria, se habría pasado al lado de la Asamblea y habría decidido así la cuestión en su favor, es una pregunta que quizá nunca tenga respuesta. Pero en la revolución, como en la guerra, siempre es necesario presentar un frente firme, y quien ataca lleva la ventaja; y en la revolución, como en la guerra, es de todo punto necesario jugárselo todo en el momento decisivo, sean cuales sean las probabilidades. No hay una sola revolución victoriosa en la historia que no pruebe la verdad de estos axiomas. Pues bien, para la revolución prusiana el momento decisivo había llegado en noviembre de 1848; la Asamblea, que oficialmente estaba a la cabeza de todos los intereses revolucionarios, ni presentó un frente firme, pues retrocedía a cada avance del enemigo, ni mucho menos atacó, pues prefirió ni siquiera defenderse; y cuando llegó el momento decisivo, cuando Wrangel, al frente de cuarenta mil hombres, llamó a las puertas de Berlín, en lugar de encontrar, como él y todos sus oficiales esperaban plenamente, cada calle sembrada de barricadas y cada ventana convertida en aspillera, encontró las puertas abiertas y las calles obstruidas tan solo por pacíficos burgueses berlineses que disfrutaban de la broma que le habían gastado al entregarse, atados de pies y manos, a los asombrados soldados. Es cierto que la Asamblea y el pueblo, si hubieran resistido, podrían haber sido derrotados; Berlín podría haber sido bombardeado y muchos cientos de personas podrían haber muerto sin impedir la victoria final del partido realista. Pero esa no era razón para que entregaran las armas sin más. Una derrota reñida es un hecho de tanta importancia revolucionaria como una victoria fácil. Las derrotas de París en junio de 1848 y de Viena en octubre hicieron sin duda mucho más por revolucionar las mentes del pueblo de esas dos ciudades que las victorias de febrero y marzo. La Asamblea y el pueblo de Berlín probablemente habrían corrido la misma suerte que esas dos ciudades; pero habrían caído con gloria y habrían dejado tras de sí, en el ánimo de los supervivientes, un deseo de venganza que en tiempos revolucionarios es uno de los mayores estímulos de la acción enérgica y apasionada. Es cosa sabida que en toda lucha quien recoge el guante se arriesga a ser derrotado; pero ¿es esa una razón para darse por vencido y someterse al yugo sin desenvainar la espada?

En una revolución, quien tiene en su poder una posición decisiva y la entrega, en lugar de obligar al enemigo a probar suerte en un asalto, merece invariablemente que se le trate como a un traidor.

El mismo decreto del rey de Prusia que disolvió la Asamblea Constituyente promulgó también una nueva Constitución, basada en el proyecto elaborado por una comisión de esa Asamblea, pero que ampliaba en algunos puntos los poderes de la Corona y hacía dudosos en otros los del Parlamento.[^106] Esta Constitución establecía dos Cámaras, que debían reunirse pronto para confirmarla y revisarla.

Apenas hace falta preguntar dónde estaba la Asamblea Nacional alemana durante la lucha «legal y pacífica» de los constitucionales prusianos. Estaba, como de costumbre, en Fráncfort, ocupada en aprobar resoluciones muy mansas contra la actuación del Gobierno prusiano y en admirar el «imponente espectáculo de la resistencia pasiva, legal y unánime de todo un pueblo contra la fuerza bruta». El Gobierno central envió comisarios a Berlín para mediar entre el ministerio y la Asamblea; pero corrieron la misma suerte que sus predecesores en Olmütz y se les enseñó cortésmente la puerta. La izquierda de la Asamblea Nacional, es decir, el llamado partido radical, envió también sus comisarios; pero, después de convencerse debidamente de la absoluta impotencia de la Asamblea de Berlín y de confesar su propia impotencia, no menor, regresaron a Fráncfort para informar de la situación y dar testimonio de la conducta admirablemente pacífica de la población de Berlín. Más aún: cuando el señor Bassermann, uno de los comisarios del Gobierno central, informó de que las recientes medidas rigurosas de los ministros prusianos no carecían de fundamento, por cuanto en los últimos tiempos se había visto merodear por las calles de Berlín a diversos individuos de aspecto feroz, como los que aparecen siempre antes de los movimientos anárquicos (y que desde entonces se han llamado «figuras bassermannianas»), estos dignos diputados de la izquierda y enérgicos representantes de los intereses revolucionarios ¡se levantaron nada menos que para jurar y testificar que no era así![^107] Así, en el plazo de dos meses, quedó demostrada de forma palmaria la impotencia total de la Asamblea de Fráncfort. No podía haber pruebas más flagrantes de que este cuerpo no estaba en absoluto a la altura de su tarea; más aún, de que ni siquiera tenía la más remota idea de cuál era realmente su tarea. El hecho de que tanto en Viena como en Berlín se decidiera la suerte de la revolución, de que en ambas capitales se resolvieran las cuestiones más importantes y vitales sin que se prestara la menor atención a la existencia de la Asamblea de Fráncfort, este solo hecho basta para establecer que el cuerpo en cuestión era un mero club de debate, compuesto por una cuadrilla de incautos que permitían a los Gobiernos utilizarlos como un títere parlamentario, exhibido para entretener a los tenderos y pequeños comerciantes de los pequeños Estados y las pequeñas ciudades mientras se considerase conveniente distraer la atención de esa gente. Cuánto tiempo se consideró conveniente, lo veremos pronto. Pero es un hecho digno de atención que entre todos los hombres «eminentes» de esta Asamblea no hubo uno solo que tuviera la menor noción del papel que se les hacía representar, y que aún hoy los antiguos miembros del club de Fráncfort tienen invariablemente unos órganos de percepción histórica muy peculiares.

*Londres, marzo de 1852.*

## XIV. El restablecimiento del orden — Dieta y Cámara

*New-York Daily Tribune, 24 de abril de 1852.*

Los Gobiernos austriaco y prusiano emplearon los primeros meses del año 1849 en explotar las ventajas obtenidas en octubre y noviembre de 1848. La Dieta austriaca, desde la toma de Viena, había llevado una existencia meramente nominal en una pequeña ciudad rural de Moravia llamada Kremsier. Allí los diputados eslavos, que con sus electores habían contribuido decisivamente a levantar al Gobierno austriaco de su postración, recibieron un castigo singular por su traición a la revolución europea. En cuanto el Gobierno hubo recobrado sus fuerzas, trató a la Dieta y a su mayoría eslava con el mayor desprecio, y cuando los primeros éxitos de las armas imperiales presagiaron un pronto final de la guerra de Hungría, la Dieta fue disuelta el 4 de marzo y los diputados dispersados por la fuerza militar.[^108] Entonces, por fin, vieron los eslavos que los habían engañado, y entonces gritaron: «¡Vámonos a Fráncfort y hagamos allí la oposición que aquí no podemos hacer!». Pero ya era demasiado tarde, y el mero hecho de que no les quedara otra alternativa que quedarse quietos o sumarse a la impotente Asamblea de Fráncfort bastaba por sí solo para mostrar su absoluta impotencia.

Así terminaron por ahora, y muy probablemente para siempre, los intentos de los eslavos de Alemania de recobrar una existencia nacional independiente. Restos dispersos de numerosas naciones cuya nacionalidad y vitalidad política se habían extinguido hacía mucho y que, en consecuencia, se habían visto obligadas durante casi mil años a ir a la zaga de una nación más poderosa, su conquistadora, igual que los galeses en Inglaterra, los vascos en España, los bajos bretones en Francia y, en una época más reciente, los criollos españoles y franceses en aquellas partes de Norteamérica ocupadas últimamente por la raza angloamericana, estas nacionalidades moribundas —los bohemios, los carintios, los dálmatas, etc.— habían intentado aprovechar la confusión general de 1848 para restaurar su *statu quo* político del año 800 de nuestra era. La historia de mil años debería haberles mostrado que semejante retroceso era imposible; que si todo el territorio al este del Elba y del Saale había estado en otro tiempo ocupado por eslavos emparentados entre sí, ese hecho no probaba más que la tendencia histórica y, al mismo tiempo, la fuerza física e intelectual de la nación alemana para someter, absorber y asimilar a sus antiguos vecinos orientales; que esa tendencia a la absorción por parte de los alemanes había sido siempre, y seguía siendo, uno de los medios más poderosos con que la civilización de la Europa occidental se había extendido por el este del continente; que solo podía cesar cuando el proceso de germanización llegara a la frontera de naciones grandes, compactas y sin fisuras, capaces de una vida nacional independiente, como los húngaros y, en cierta medida, los polacos; y que, por tanto, el destino natural e inevitable de esas naciones moribundas era dejar que este proceso de disolución y absorción por parte de sus vecinos más fuertes llegara a su término. No es, desde luego, una perspectiva muy halagüeña para la ambición nacional de los soñadores paneslavistas que consiguieron agitar a una parte del pueblo bohemio y de los eslavos del sur; pero ¿pueden esperar que la historia retroceda mil años para complacer a unos cuantos grupos humanos tísicos que, en cada parte del territorio que ocupan, están entremezclados con alemanes y rodeados de ellos, que desde tiempos casi inmemoriales no han tenido para todos los fines de la civilización más lengua que la alemana y que carecen de las primeras condiciones de la existencia nacional, el número y la compacidad del territorio? Así, el levantamiento paneslavista, que en todos los territorios eslavos alemanes y húngaros servía de capa para devolver la independencia a todas esas innumerables naciones pequeñas, chocó en todas partes con los movimientos revolucionarios europeos, y los eslavos, aunque pretendían luchar por la libertad, se encontraron invariablemente (con excepción de la parte democrática de los polacos) del lado del despotismo y de la reacción. Así ocurrió en Alemania, así en Hungría, así incluso aquí y allá en Turquía. Traidores a la causa popular, partidarios y principales puntales de la camarilla del Gobierno austriaco, se colocaron en la situación de proscritos a los ojos de todas las naciones revolucionarias. Y aunque en ninguna parte la masa del pueblo tomó parte en las mezquinas disputas sobre la nacionalidad suscitadas por los dirigentes paneslavistas, precisamente porque era demasiado ignorante, nunca se olvidará que en Praga, una ciudad medio alemana, multitudes de fanáticos eslavos aclamaron y repitieron el grito: «¡Antes el knut ruso que la libertad alemana!».[^109] Tras su primer esfuerzo de 1848, que se esfumó, y tras la lección que les dio el Gobierno austriaco, no es probable que hagan otro intento en una ocasión posterior. Pero si volvieran a intentar, con pretextos semejantes, aliarse con las fuerzas contrarrevolucionarias, el deber de Alemania está claro. Ningún país en estado de revolución y envuelto en una guerra exterior puede tolerar una Vendée en su mismo corazón.[^110]

En cuanto a la Constitución que promulgó el emperador al mismo tiempo que disolvía la Dieta, no hay por qué volver sobre ella, pues nunca tuvo existencia práctica y ahora ha sido abolida por completo.[^111] El absolutismo está restablecido en Austria a todos los efectos desde el 4 de marzo de 1849.

En Prusia, las Cámaras se reunieron en febrero para ratificar y revisar la nueva Carta promulgada por el rey. Estuvieron reunidas unas seis semanas, bastante humildes y mansas en su comportamiento con el Gobierno, pero no del todo dispuestas a llegar tan lejos como el rey y sus ministros deseaban. Por eso, en cuanto se presentó una ocasión adecuada, fueron disueltas.[^112]

Así, tanto Austria como Prusia se habían librado por el momento de las trabas del control parlamentario. Los Gobiernos concentraban ahora todo el poder en sí mismos y podían emplear ese poder allí donde hiciera falta: Austria contra Hungría e Italia, Prusia contra Alemania. Porque también Prusia se preparaba para una campaña con la que se había de restablecer el «orden» en los Estados pequeños.

Dominando ya la contrarrevolución en los dos grandes centros de acción de Alemania, Viena y Berlín, solo quedaban los Estados menores, en los que la lucha seguía indecisa, aunque también allí la balanza se inclinaba cada vez más en contra de los intereses revolucionarios. Esos Estados pequeños, lo hemos dicho, encontraron un centro común en la Asamblea Nacional de Fráncfort. Pues bien, esta llamada Asamblea Nacional, aunque su espíritu reaccionario era evidente desde hacía tiempo, hasta el punto de que el propio pueblo de Fráncfort se había alzado en armas contra ella, tenía un origen de naturaleza más o menos revolucionaria; ocupaba en enero una posición anómala, revolucionaria; su competencia nunca se había definido, y había llegado finalmente a la decisión, que sin embargo nunca reconocieron los Estados mayores, de que sus resoluciones tenían fuerza de ley. En estas circunstancias, y cuando el partido monárquico-constitucional vio sus posiciones desbordadas por los absolutistas, que se recuperaban, no es de extrañar que la burguesía liberal y monárquica de casi toda Alemania pusiera sus últimas esperanzas en la mayoría de esta Asamblea, igual que los pequeños tenderos del resto, el núcleo del partido demócrata, se agruparon, en su creciente apuro, en torno a la minoría de ese mismo cuerpo, que formaba en efecto la última falange parlamentaria compacta de la democracia. Por otra parte, los Gobiernos mayores, y en particular el ministerio prusiano, veían cada vez más la incompatibilidad de semejante cuerpo electivo irregular con el sistema monárquico restablecido en Alemania, y si no forzaron en el acto su disolución, fue solo porque aún no había llegado el momento y porque Prusia esperaba utilizarlo primero para promover sus propios fines ambiciosos.

Entretanto, aquella pobre Asamblea caía en una confusión cada vez mayor. Sus delegaciones y comisarios habían sido tratados con el mayor desprecio tanto en Viena como en Berlín; uno de sus miembros, a pesar de su inviolabilidad parlamentaria, había sido ejecutado en Viena como un vulgar rebelde. Sus decretos no se acataban en ninguna parte; si las grandes potencias los tomaban en consideración, era solo mediante notas de protesta que discutían la autoridad de la Asamblea para aprobar leyes y resoluciones que obligaran a sus Gobiernos. El representante de la Asamblea, el poder ejecutivo central, estaba enredado en disputas diplomáticas con casi todos los Gabinetes de Alemania y, pese a todos sus esfuerzos, ni la Asamblea ni el Gobierno central lograban que Austria y Prusia expusieran sus intenciones, planes y exigencias definitivos. La Asamblea, por fin, empezó a ver claro, al menos hasta el punto de comprender que había dejado escapar de sus manos todo el poder, que estaba a merced de Austria y Prusia y que, si pretendía hacer una Constitución federal para Alemania, tenía que ponerse a ello enseguida y en serio. Y muchos de los miembros vacilantes vieron también claramente que los Gobiernos los habían engañado de la manera más burda. Pero ¿qué podían hacer ya, en su impotente situación? Lo único que podría haberlos salvado habría sido pasarse pronta y decididamente al campo popular; pero el éxito, incluso de ese paso, era más que dudoso; y además, ¿dónde, en esa multitud desvalida de seres indecisos, cortos de miras y engreídos, que, cuando el eterno ruido de rumores contradictorios y notas diplomáticas los aturdía por completo, buscaban su único consuelo y apoyo en la seguridad, repetida hasta la saciedad, de que eran los mejores, los más grandes, los más sabios del país y de que solo ellos podían salvar a Alemania; dónde, decimos, entre estas pobres criaturas, a las que un solo año de vida parlamentaria había convertido en perfectos idiotas, estaban los hombres capaces de una resolución pronta y decidida, y no digamos de una acción enérgica y consecuente?

Por fin el Gobierno austriaco se quitó la máscara. En su Constitución del 4 de marzo proclamó a Austria monarquía indivisible, con hacienda, sistema aduanero e instituciones militares comunes, borrando así toda barrera y toda distinción entre las provincias alemanas y las no alemanas. Esta declaración se hizo frente a resoluciones y artículos de la proyectada Constitución federal que la Asamblea de Fráncfort ya había aprobado. Era el guante de guerra que Austria le arrojaba, y la pobre Asamblea no tenía más remedio que recogerlo. Lo hizo con gran fanfarronería, que Austria, consciente de su poder y de la absoluta nulidad de la Asamblea, bien podía permitirse dejar pasar. Y esta preciosa representación del pueblo alemán, como ella se llamaba, para vengarse de la afrenta de Austria, no vio nada mejor que arrojarse, atada de pies y manos, a los pies del Gobierno prusiano. Por increíble que parezca, dobló la rodilla ante los mismos ministros a los que había condenado como anticonstitucionales y antipopulares y cuya destitución había exigido en vano. Los pormenores de esta vergonzosa transacción y los acontecimientos tragicómicos que siguieron serán el tema de nuestro próximo artículo.

*Londres, abril de 1852.*

## XV. El triunfo de Prusia

*New-York Daily Tribune, 27 de julio de 1852.*

Llegamos ahora al último capítulo de la historia de la revolución alemana: el conflicto de la Asamblea Nacional con los Gobiernos de los distintos Estados, en especial con el de Prusia; la insurrección del sur y el oeste de Alemania, y su aplastamiento final por Prusia.

Ya hemos visto a la Asamblea Nacional de Fráncfort en acción. La hemos visto pateada por Austria, insultada por Prusia, desobedecida por los Estados menores, engañada por su propio e impotente «Gobierno» central, que a su vez era el juguete de todos y cada uno de los príncipes del país. Pero al fin las cosas empezaron a ponerse amenazadoras para este cuerpo legislativo débil, vacilante e insípido. Se vio obligado a concluir que «la sublime idea de la unidad alemana estaba amenazada en su realización», lo cual no significaba ni más ni menos que la Asamblea de Fráncfort, con todo lo que había hecho y todo lo que se disponía a hacer, tenía todas las trazas de quedarse en agua de borrajas. Así que se puso a trabajar muy en serio para dar a luz cuanto antes su gran obra, la «Constitución del Imperio».[^113] Había, sin embargo, una dificultad. ¿Qué poder ejecutivo iba a haber? ¿Un consejo ejecutivo? No; eso habría sido, pensaron en su sabiduría, hacer de Alemania una república. ¿Un «presidente»? Venía a ser lo mismo. Había, pues, que resucitar la vieja dignidad imperial. Pero, como el emperador tenía que ser, por supuesto, un príncipe, ¿quién iba a serlo? Desde luego, ninguno de los *dii minorum gentium*,[^114] desde Reuss-Schleiz-Greiz-Lobenstein-Ebersdorf hasta Baviera; ni Austria ni Prusia lo habrían tolerado. Solo podía ser Austria o Prusia. Pero ¿cuál de las dos? No cabe duda de que, si las demás circunstancias hubieran sido favorables, esta augusta Asamblea seguiría hoy reunida, discutiendo tan importante dilema sin llegar a ninguna conclusión, si el Gobierno austriaco no hubiera cortado el nudo gordiano y le hubiera ahorrado la molestia.

Austria sabía muy bien que, desde el momento en que pudiera presentarse de nuevo ante Europa con todas sus provincias sometidas, como una gran y fuerte potencia europea, la propia ley de la gravitación política atraería a su órbita al resto de Alemania, sin ayuda de la autoridad que pudiera darle una corona imperial conferida por la Asamblea de Fráncfort. Austria había sido mucho más fuerte, mucho más libre en sus movimientos, desde que se había quitado de encima la impotente corona del Imperio alemán, una corona que entorpecía su propia política independiente sin añadir ni una pizca a su fuerza, ni dentro ni fuera de Alemania. Y suponiendo que Austria no pudiera sostenerse en Italia y en Hungría, entonces quedaría disuelta, aniquilada también en Alemania, y jamás podría aspirar a recobrar una corona que se le había escapado de las manos cuando estaba en la plenitud de su fuerza. Así que Austria se declaró en el acto contra toda resurrección imperial y exigió sin rodeos el restablecimiento de la Dieta alemana, el único Gobierno central de Alemania conocido y reconocido por los tratados de 1815; y el 4 de marzo de 1849 promulgó aquella Constitución que no tenía otro sentido que declarar a Austria una monarquía indivisible, centralizada e independiente, distinta incluso de aquella Alemania que la Asamblea de Fráncfort se proponía reorganizar.

Esta abierta declaración de guerra no dejó, en efecto, a los sabihondos de Fráncfort otra salida que excluir a Austria de Alemania y crear con el resto del país una especie de Bajo Imperio, una «pequeña Alemania»,[^115] cuyo manto imperial, bastante raído, había de caer sobre los hombros de Su Majestad el rey de Prusia. Esto, como se recordará, era la renovación de un viejo proyecto acariciado ya hacía unos seis u ocho años por un grupo de *doctrinarios* liberales del sur y del centro de Alemania, que veían como un regalo del cielo las circunstancias degradantes que volvían a sacar a relucir su vieja manía como la última «nueva jugada» para la salvación de la patria.

En consecuencia, terminaron en febrero y marzo de 1849 el debate sobre la Constitución del Imperio, junto con la Declaración de Derechos y la ley electoral del Imperio; pero no sin verse obligados a hacer, en muchísimos puntos, las concesiones más contradictorias, unas veces al partido conservador, o más bien reaccionario, y otras a las fracciones más avanzadas de la Asamblea. De hecho, era evidente que la dirección de la Asamblea, que antes había correspondido a la derecha y al centro derecha (los conservadores y los reaccionarios), iba pasando gradualmente, aunque despacio, a la izquierda o lado demócrata de aquel cuerpo. La posición bastante dudosa de los diputados austriacos en una Asamblea que había excluido a su país de Alemania y en la que, sin embargo, seguían llamados a tomar asiento y votar, favoreció la ruptura de su equilibrio; y así, ya a finales de febrero, el centro izquierda y la izquierda se encontraron, con ayuda de los votos austriacos, casi siempre en mayoría, mientras que otros días la fracción conservadora de los austriacos, de repente y por pura diversión, votaba con la derecha y volvía a inclinar la balanza hacia el otro lado. Con estos súbitos *soubresauts*[^116] pretendían desacreditar a la Asamblea, cosa del todo innecesaria, pues la masa del pueblo estaba convencida desde hacía mucho de la completa vaciedad e inutilidad de todo lo que viniera de Fráncfort. Puede imaginarse fácilmente qué clase de Constitución se elaboró, entretanto, entre tantos saltos y contrasaltos.

La izquierda de la Asamblea, esa élite y orgullo de la Alemania revolucionaria, como ella misma se creía, estaba completamente embriagada por los pocos y mezquinos éxitos que obtenía gracias a la buena voluntad, o más bien a la mala voluntad, de un puñado de políticos austriacos que actuaban a instigación y en interés del despotismo austriaco. En cuanto la más leve aproximación a sus propios principios, no muy bien definidos, recibía de la Asamblea de Fráncfort, en una dilución homeopática, algo parecido a una sanción, estos demócratas proclamaban que habían salvado al país y al pueblo. Estos pobres hombres de cortos alcances estaban, en el curso de sus vidas por lo general muy oscuras, tan poco acostumbrados a nada que se pareciera al éxito, que creían de verdad que sus mezquinas enmiendas, aprobadas por dos o tres votos de mayoría, iban a cambiar la faz de Europa. Desde el comienzo de su carrera legislativa habían estado más imbuidos que ninguna otra fracción de la Asamblea de esa enfermedad incurable, el cretinismo parlamentario, un mal que inculca a sus desdichadas víctimas la solemne convicción de que el mundo entero, su historia y su futuro, se gobiernan y determinan por una mayoría de votos en ese cuerpo representativo concreto que tiene el honor de contarlas entre sus miembros, y de que todo cuanto sucede fuera de los muros de su cámara (guerras, revoluciones, construcción de ferrocarriles, colonización de continentes nuevos enteros, descubrimientos de oro en California, canales en Centroamérica, ejércitos rusos y cualquier otra cosa que pueda tener alguna pequeña pretensión de influir en los destinos de la humanidad) no es nada comparado con los inconmensurables acontecimientos que dependen de la importante cuestión, sea la que sea, que en ese preciso momento ocupa la atención de su honorable cámara. Así fue como el partido demócrata de la Asamblea, por haber colado con éxito unas cuantas de sus panaceas en la «Constitución del Imperio», se vio primero obligado a apoyarla, aunque en todos los puntos esenciales contradecía de plano sus propios principios tantas veces proclamados; y al final, cuando sus principales autores abandonaron esta obra híbrida y se la legaron, aceptó la herencia y se aferró a esta Constitución *monárquica*, incluso frente a todos los que *entonces* proclamaban los propios principios *republicanos* de esos demócratas.

Pero hay que reconocer que en esto la contradicción era solo aparente. El carácter indeterminado, contradictorio e inmaduro de la Constitución del Imperio era la viva imagen de las ideas políticas inmaduras, confusas y contradictorias de estos señores demócratas. Y si sus propios dichos y escritos (en la medida en que sabían escribir) no bastaran para probarlo, sus actos lo probarían; porque entre gente sensata es cosa sabida que a un hombre se le juzga no por lo que profesa, sino por sus actos; no por lo que pretende ser, sino por lo que hace y lo que realmente es; y los hechos de estos héroes de la democracia alemana hablan bien alto por sí mismos, como veremos más adelante. En todo caso, la Constitución del Imperio, con todos sus apéndices y aderezos, quedó definitivamente aprobada, y el 28 de marzo el rey de Prusia fue elegido emperador de Alemania *menos Austria* por 290 votos, frente a 248 diputados que se abstuvieron y 200 ausentes. La ironía histórica era completa: la farsa imperial que Federico Guillermo IV había representado en las calles de un Berlín atónito tres días después de la revolución del 18 de marzo de 1848, en un estado que en otros lugares caería bajo la ley seca de Maine,[^117] esa farsa repugnante, justo un año después había sido sancionada por la supuesta Asamblea representativa de toda Alemania. ¡Ese era, pues, el resultado de la revolución alemana!

*Londres, julio de 1852.*

## XVI. La Asamblea y los Gobiernos

*New-York Daily Tribune, 19 de agosto de 1852.*

La Asamblea Nacional de Fráncfort, tras elegir al rey de Prusia emperador de Alemania (*menos* Austria), envió una delegación a Berlín para ofrecerle la corona y luego suspendió sus sesiones. El 3 de abril, Federico Guillermo recibió a los diputados. Les dijo que, aunque aceptaba el derecho de precedencia sobre todos los demás príncipes de Alemania que le había dado aquel voto de los representantes del pueblo, no podía aceptar la corona imperial mientras no estuviera seguro de que los demás príncipes reconocían su supremacía y la Constitución del Imperio que le confería esos derechos. Correspondería, añadió, a los Gobiernos de Alemania ver si esa Constitución era de tal naturaleza que pudieran ratificarla. En todo caso, emperador o no, concluyó, siempre estaría dispuesto a desenvainar la espada contra el enemigo exterior o interior. Ya veremos cómo cumplió su promesa de una manera bastante sorprendente para la Asamblea Nacional.

Los sabihondos de Fráncfort, tras una profunda indagación diplomática, llegaron por fin a la conclusión de que aquella respuesta equivalía a rechazar la corona. Entonces (el 12 de abril) acordaron que la Constitución del Imperio era la ley del país y que debía mantenerse; y, sin ver en absoluto el camino que tenían por delante, eligieron una comisión de treinta miembros para que hiciera propuestas sobre los medios de llevar a efecto esa Constitución.

Esta resolución fue la señal del conflicto que entonces estalló entre la Asamblea de Fráncfort y los Gobiernos alemanes. Las clases medias, y en especial la pequeña burguesía, se habían declarado de golpe a favor de la nueva Constitución de Fráncfort. No podían esperar más el momento que había de «cerrar la revolución». En Austria y en Prusia la revolución había quedado cerrada por el momento con la intervención de la fuerza armada. Las clases en cuestión habrían preferido un modo menos violento de llevar a cabo esa operación, pero no habían tenido ocasión; la cosa estaba hecha y tenían que sacarle el mejor partido posible, resolución que tomaron en el acto y cumplieron con el mayor heroísmo. En los Estados pequeños, donde las cosas habían marchado con relativa tranquilidad, las clases medias habían vuelto hacía tiempo a aquella agitación parlamentaria vistosa, pero estéril por impotente, que era la que más se ajustaba a su carácter. Los distintos Estados de Alemania, considerados cada uno por separado, parecían haber alcanzado así esa forma nueva y definitiva que, se suponía, les permitiría entrar en adelante por la senda del desarrollo constitucional pacífico. Solo quedaba una cuestión abierta: la de la nueva organización política de la Confederación Germánica. Y esta cuestión, la única que aún parecía preñada de peligros, se consideró necesario resolverla de inmediato. De ahí la presión que ejercieron las clases medias sobre la Asamblea de Fráncfort para inducirla a tener lista la Constitución cuanto antes; de ahí la decisión de la alta y la baja burguesía de aceptar y apoyar esa Constitución, fuera cual fuera, para crear sin demora una situación estable. Así pues, desde el principio mismo, la agitación por la Constitución del Imperio nació de un sentimiento reaccionario y surgió entre aquellas clases que estaban hartas de la revolución desde hacía tiempo.

Pero había en ella otro rasgo. Los primeros principios fundamentales de la futura Constitución alemana se habían votado en los primeros meses de la primavera y el verano de 1848, en una época en que la agitación popular aún estaba viva. Las resoluciones aprobadas entonces, aunque *en aquel momento* eran completamente reaccionarias, ahora, tras los actos arbitrarios de los Gobiernos austriaco y prusiano, parecían sumamente liberales e incluso democráticas. La escala de comparación había cambiado. La Asamblea de Fráncfort no podía, sin suicidarse moralmente, suprimir esas disposiciones ya votadas y modelar la Constitución del Imperio sobre las que los Gobiernos austriaco y prusiano habían dictado espada en mano. Además, como hemos visto, la mayoría de aquella Asamblea había cambiado de bando, y el partido liberal y demócrata ganaba influencia. Así, la Constitución del Imperio no solo se distinguía por su origen aparentemente popular en exclusiva, sino que al mismo tiempo, por llena de contradicciones que estuviera, era la Constitución más liberal de toda Alemania. Su mayor defecto era que no pasaba de ser un pedazo de papel, sin ningún poder que respaldara sus disposiciones.

En estas circunstancias, era natural que el llamado partido demócrata, es decir, la masa de la pequeña burguesía, se aferrara a la Constitución del Imperio. Esta clase siempre había ido más lejos en sus exigencias que la burguesía liberal, monárquica y constitucional; había mostrado un semblante más audaz, había amenazado muy a menudo con la resistencia armada, era pródiga en promesas de sacrificar su sangre y su existencia en la lucha por la libertad; pero ya había dado pruebas de sobra de que el día del peligro no aparecía por ninguna parte y de que nunca se sentía más a gusto que al día siguiente de una derrota decisiva, cuando, perdido todo, le quedaba al menos el consuelo de saber que, de un modo u otro, el asunto estaba zanjado. Así pues, mientras que la adhesión de los grandes banqueros, fabricantes y comerciantes tuvo un carácter más reservado, más parecido a una simple manifestación a favor de la Constitución de Fráncfort, la clase situada justo debajo de ellos, nuestros valientes tenderos demócratas, salió a escena por todo lo alto y proclamó, como de costumbre, que preferían derramar hasta la última gota de su sangre antes que dejar caer la Constitución del Imperio.

Apoyada por estos dos partidos, los partidarios burgueses de la monarquía constitucional y los tenderos más o menos demócratas, la agitación por la implantación inmediata de la Constitución del Imperio ganó terreno con rapidez y encontró su expresión más poderosa en los Parlamentos de los distintos Estados. Las Cámaras de Prusia, de Hannover, de Sajonia, de Baden y de Wurtemberg se declararon a su favor. La lucha entre los Gobiernos y la Asamblea de Fráncfort tomó un cariz amenazador.

Los Gobiernos, sin embargo, actuaron con rapidez. Las Cámaras prusianas fueron disueltas, de forma anticonstitucional, cuando tenían que revisar y confirmar la Constitución; en Berlín estallaron disturbios, provocados intencionadamente por el Gobierno, y al día siguiente, el 28 de abril, el ministerio prusiano publicó una nota circular en la que presentaba la Constitución del Imperio como un documento de lo más anárquico y revolucionario, que correspondía a los Gobiernos de Alemania remodelar y depurar. Así, Prusia negaba en redondo aquel poder constituyente soberano del que los sabios de Fráncfort siempre habían presumido, pero que nunca habían establecido. Así, un congreso de príncipes, una renovación de la vieja Dieta Federal, era llamado a juzgar aquella Constitución que ya había sido promulgada como ley. Y al mismo tiempo Prusia concentró tropas en Kreuznach, a tres días de marcha de Fráncfort, e invitó a los Estados menores a seguir su ejemplo disolviendo también sus Cámaras en cuanto se adhirieran a la Asamblea de Fráncfort. Hannover y Sajonia siguieron enseguida este ejemplo.

Era evidente que no podía evitarse que la lucha se decidiera por la fuerza de las armas. La hostilidad de los Gobiernos y la agitación del pueblo se mostraban cada día con colores más vivos. En todas partes los ciudadanos demócratas hacían propaganda entre la tropa, y en el sur de Alemania con gran éxito. En todas partes se celebraban grandes mítines de masas que acordaban apoyar la Constitución del Imperio y la Asamblea Nacional, si era necesario, con la fuerza de las armas. En Colonia se reunió con el mismo fin una asamblea de delegados de todos los concejos municipales de la Prusia renana. En el Palatinado, en Bergen, en Fulda, en Núremberg y en el Odenwald, los campesinos se reunían por miríadas y se enardecían hasta el entusiasmo. Al mismo tiempo, la Asamblea Constituyente de Francia se disolvió y las nuevas elecciones se preparaban en medio de una violenta agitación, mientras que en la frontera oriental de Alemania los húngaros, en un mes y con una serie de brillantes victorias, habían hecho retroceder la marea de la invasión austriaca desde el Tisza hasta el Leitha, y cada día se esperaba que tomaran Viena por asalto. Así, con la imaginación popular exaltada al máximo por todas partes y con la política agresiva de los Gobiernos definiéndose cada día con más claridad, no podía evitarse un choque violento, y solo la imbecilidad cobarde podía convencerse de que la lucha iba a resolverse pacíficamente. Pero esta imbecilidad cobarde estaba ampliamente representada en la Asamblea de Fráncfort.

*Londres, julio de 1852.*

## XVII. La insurrección

*New-York Daily Tribune, 18 de septiembre de 1852.*

El inevitable conflicto entre la Asamblea Nacional de Fráncfort y los Gobiernos de los Estados alemanes estalló por fin en hostilidades abiertas en los primeros días de mayo de 1849.[^118] Los diputados austriacos, llamados por su Gobierno, ya habían abandonado la Asamblea y vuelto a casa, con excepción de unos pocos miembros de la izquierda o partido demócrata. El grueso de los diputados conservadores, consciente del giro que iban a tomar las cosas, se retiró incluso antes de que sus respectivos Gobiernos los llamaran. Así, aun prescindiendo de las causas que, como se ha mostrado en las cartas anteriores, reforzaron la influencia de la izquierda, bastó con que los miembros de la derecha desertaran de sus puestos para que la antigua minoría se convirtiera en mayoría de la Asamblea. La nueva mayoría, que en ningún momento anterior había soñado con llegar a tener semejante fortuna, había aprovechado sus escaños en los bancos de la oposición para perorar contra la debilidad, la indecisión y la indolencia de la antigua mayoría y de su regencia del Imperio. Ahora, de repente, eran *ellos* los llamados a sustituir a aquella antigua mayoría. Eran *ellos* los que ahora tenían que demostrar de lo que eran capaces. Naturalmente, su trayectoria iba a ser de energía, de determinación, de actividad. *Ellos*, la *élite* de Alemania, pronto serían capaces de empujar hacia delante al senil regente del Imperio y a sus vacilantes ministros, y, en caso de que eso fuera imposible, depondrían (no cabía la menor duda) en virtud del derecho soberano del pueblo a aquel Gobierno impotente y lo sustituirían por un poder ejecutivo enérgico e infatigable que aseguraría la salvación de Alemania. ¡Pobres diablos! *Su* gobierno, si puede llamarse gobierno a aquello en lo que nadie obedecía, fue un asunto todavía más ridículo que el de sus predecesores.

La nueva mayoría declaró que, a pesar de todos los obstáculos, la Constitución del Imperio debía aplicarse, y de inmediato; que el 15 de julio siguiente el pueblo debía elegir a los diputados de la nueva Cámara de Representantes, y que esta Cámara se reuniría en Fráncfort el 15 de agosto. Ahora bien, esto era una abierta declaración de guerra a los Gobiernos que no habían reconocido la Constitución del Imperio, a la cabeza de los cuales estaban Prusia, Austria y Baviera, que abarcaban más de las tres cuartas partes de la población alemana; una declaración de guerra que estos se apresuraron a aceptar. También Prusia y Baviera retiraron a los diputados enviados a Fráncfort desde sus territorios y aceleraron sus preparativos militares contra la Asamblea Nacional, mientras que, por otro lado, las manifestaciones del partido demócrata (fuera del Parlamento) a favor de la Constitución del Imperio y de la Asamblea Nacional adquirían un carácter más turbulento y violento, y la masa del pueblo trabajador, dirigida por los hombres del partido más extremo, estaba dispuesta a tomar las armas por una causa que, aunque no fuera la suya, al menos le ofrecía la posibilidad de acercarse algo a sus objetivos librando a Alemania de sus viejos estorbos monárquicos. Así, en todas partes el pueblo y los Gobiernos estaban a matar por esta cuestión; el estallido era inevitable; la mina estaba cargada y solo faltaba una chispa para hacerla explotar. La disolución de las Cámaras en Sajonia, la llamada a filas de la *Landwehr* (reserva militar) en Prusia, la abierta resistencia del Gobierno a la Constitución del Imperio fueron esas chispas; cayeron, y de repente el país entero estaba en llamas. En Dresde, el 4 de mayo, el pueblo se adueñó victoriosamente de la ciudad y expulsó al rey, mientras que todos los distritos de los alrededores enviaban refuerzos a los insurrectos.[^119] En la Prusia renana y en Westfalia, la *Landwehr* se negó a marchar, se apoderó de los arsenales y se armó en defensa de la Constitución del Imperio. En el Palatinado, el pueblo detuvo a los funcionarios del Gobierno bávaro, se incautó de los fondos públicos e instituyó un Comité de Defensa, que puso la provincia bajo la protección de la Asamblea Nacional. En Wurtemberg, el pueblo obligó al rey a reconocer la Constitución del Imperio, y en Baden el ejército, unido al pueblo, hizo huir al gran duque y erigió un Gobierno provisional.[^120] En otras partes de Alemania, el pueblo solo esperaba una señal decisiva de la Asamblea Nacional para alzarse en armas y ponerse a su disposición.

La posición de la Asamblea Nacional era mucho más favorable de lo que cabía esperar tras su innoble trayectoria. La mitad occidental de Alemania había tomado las armas en su favor; en todas partes los militares vacilaban; en los Estados menores eran sin duda favorables al movimiento. Austria estaba postrada por el avance victorioso de los húngaros, y Rusia, esa fuerza de reserva de los Gobiernos alemanes, empleaba todas sus energías en apoyar a Austria contra los ejércitos magiares. Solo quedaba Prusia por someter, y, con las simpatías revolucionarias que existían en aquel país, había sin duda alguna posibilidad de lograrlo. Todo dependía, pues, de la conducta de la Asamblea.

Ahora bien, la insurrección es un arte, igual que la guerra o cualquier otro, y está sujeta a ciertas reglas de procedimiento que, si se descuidan, causan la ruina del partido que las descuida. Esas reglas, deducciones lógicas de la naturaleza de los partidos y de las circunstancias con que hay que vérselas en tal caso, son tan claras y sencillas que la breve experiencia de 1848 había familiarizado bastante con ellas a los alemanes. La primera: no juegues nunca con la insurrección si no estás plenamente dispuesto a afrontar las consecuencias de tu juego. La insurrección es un cálculo con magnitudes muy indeterminadas, cuyo valor puede cambiar de un día para otro; las fuerzas que se te oponen tienen todas las ventajas de la organización, la disciplina y la autoridad habitual; si no puedes oponerles una gran superioridad, estás derrotado y perdido. La segunda: una vez emprendida la vía insurreccional, actúa con la mayor determinación y a la ofensiva. La defensiva es la muerte de todo levantamiento armado; está perdido antes de medirse con sus enemigos. Sorprende a tus adversarios mientras sus fuerzas están dispersas, prepara nuevos éxitos, por pequeños que sean, pero diarios; mantén el ascendiente moral que te ha dado el primer levantamiento victorioso; atrae a tu lado a esos elementos vacilantes que siempre siguen el impulso más fuerte y siempre buscan el lado más seguro; obliga a tus enemigos a retirarse antes de que puedan reunir sus fuerzas contra ti; en palabras de Danton, el mayor maestro de la política revolucionaria conocido hasta ahora: ¡audacia, audacia y más audacia![^121]

¿Qué debía hacer, entonces, la Asamblea Nacional de Fráncfort si quería escapar de la ruina segura que la amenazaba? Ante todo, ver con claridad la situación y convencerse de que ya no había otra opción que someterse incondicionalmente a los Gobiernos o abrazar sin reservas ni vacilaciones la causa de la insurrección armada. En segundo lugar, reconocer públicamente todas las insurrecciones que ya habían estallado y llamar al pueblo a tomar las armas en todas partes en defensa de la representación nacional, declarando fuera de la ley a todos los príncipes, ministros y demás que se atrevieran a oponerse al pueblo soberano representado por sus mandatarios. En tercer lugar, deponer en el acto al regente del Imperio alemán, crear un poder ejecutivo fuerte, activo y sin escrúpulos, llamar a Fráncfort a las tropas insurrectas para su protección inmediata, ofreciendo así al mismo tiempo un pretexto legal para la extensión de la insurrección, organizar en un cuerpo compacto todas las fuerzas de que disponía y, en suma, aprovechar con rapidez y sin vacilar todos los medios a su alcance para reforzar su posición y debilitar la de sus adversarios.

De todo esto, los virtuosos demócratas de la Asamblea de Fráncfort hicieron justo lo contrario. No contentos con dejar que las cosas siguieran el curso que quisieran, estos dignos señores llegaron a sofocar con su oposición todos los movimientos insurreccionales que se estaban preparando. Así lo hizo, por ejemplo, el señor Karl Vogt en Núremberg.[^122] Dejaron que aplastaran las insurrecciones de Sajonia, de la Prusia renana y de Westfalia sin más ayuda que una protesta póstuma y sentimental contra la insensible violencia del Gobierno prusiano. Mantuvieron un trato diplomático bajo cuerda con las insurrecciones del sur de Alemania, pero nunca les dieron el apoyo de su reconocimiento público. Sabían que el regente del Imperio estaba del lado de los Gobiernos y, sin embargo, lo exhortaban a *él*, que nunca movió un dedo, a oponerse a las intrigas de esos Gobiernos. Los ministros del Imperio, viejos conservadores, ridiculizaban en cada sesión a esta Asamblea impotente, y ella lo consentía. Y cuando Wilhelm Wolff,[^123] diputado silesio y uno de los redactores de la *Nueva Gaceta Renana*, los instó a declarar fuera de la ley al regente del Imperio, que no era, dijo con razón, más que el primero y mayor traidor al Imperio, ¡lo acallaron a gritos con la unánime y virtuosa indignación de aquellos revolucionarios demócratas! En suma, siguieron hablando, protestando, proclamando, pronunciándose, pero nunca tuvieron el valor ni el sentido común de actuar, mientras las tropas hostiles de los Gobiernos se acercaban cada vez más y su propio poder ejecutivo, el regente del Imperio, conspiraba afanosamente con los príncipes alemanes para su pronta destrucción. Así, esta Asamblea despreciable perdió hasta el último vestigio de consideración; los insurrectos que se habían alzado para defenderla dejaron de preocuparse por ella, y cuando al fin tuvo un final vergonzoso, como veremos, murió sin que nadie prestara atención a su deshonrosa salida.

*Londres, agosto de 1852.*

## XVIII. Los pequeños burgueses

*New-York Daily Tribune, 2 de octubre de 1852.*

En nuestro último artículo mostramos que la lucha entre los Gobiernos alemanes, por un lado, y el Parlamento de Fráncfort, por otro, había alcanzado finalmente tal grado de violencia que en los primeros días de mayo una gran parte de Alemania estalló en insurrección abierta: primero Dresde, luego el Palatinado bávaro, partes de la Prusia renana y, por último, Baden.

En todos los casos, el cuerpo *combatiente real* de los insurrectos, el que primero tomó las armas y presentó batalla a las tropas, lo formaban las *clases trabajadoras de las ciudades*. Una parte de la población rural más pobre, jornaleros y pequeños campesinos, se les unía por lo general una vez estallado el conflicto. La mayoría de los jóvenes de todas las clases por debajo de la clase capitalista se encontraba, al menos durante algún tiempo, en las filas de los ejércitos insurrectos, pero esta aglomeración bastante heterogénea de jóvenes se fue aclarando muy pronto en cuanto el aspecto de las cosas tomó un giro algo serio. Los estudiantes en particular, esos «representantes de la inteligencia», como gustaban de llamarse a sí mismos, fueron los primeros en abandonar sus banderas, a menos que se los retuviera concediéndoles el grado de oficial, para el cual, por supuesto, rara vez tenían aptitud alguna.

La clase obrera entró en esta insurrección como habría entrado en cualquier otra que prometiera eliminar algunos obstáculos en su avance hacia el dominio político y la revolución social, o, al menos, arrastrar a las clases de la sociedad más influyentes pero menos valerosas a un rumbo más decidido y revolucionario que el que habían seguido hasta entonces. La clase obrera tomó las armas sabiendo muy bien que aquella no era, en lo que directamente estaba en juego, una pelea suya; pero siguió su única política verdadera: no permitir que ninguna clase que se haya encaramado sobre sus hombros (como había hecho la burguesía en 1848) consolide su gobierno de clase sin abrir al menos a las clases trabajadoras un campo libre para la lucha por sus propios intereses, y, en todo caso, llevar las cosas a una crisis en la que, o bien la nación quedara lanzada de lleno y de modo irresistible por la vía revolucionaria, o bien se restableciera en lo posible el *statu quo* anterior a la revolución, con lo que una nueva revolución se haría inevitable. En ambos casos, las clases trabajadoras representaban el interés real y bien entendido de la nación entera al acelerar cuanto fuera posible ese curso revolucionario que se ha convertido ya en una necesidad histórica para las viejas sociedades de la Europa civilizada antes de que ninguna de ellas pueda aspirar de nuevo a un desarrollo más tranquilo y regular de sus recursos.

En cuanto a la gente del campo que se sumó a la insurrección, lo que principalmente la arrojó en brazos del partido revolucionario fue, en parte, el peso relativamente enorme de los impuestos y, en parte, el de las cargas feudales que pesaban sobre ella.

Sin iniciativa propia, formaban la cola de las demás clases que tomaban parte en la insurrección, oscilando entre los obreros, por un lado, y la pequeña burguesía, por otro. Su propia situación social particular decidía casi siempre hacia qué lado se inclinaban: el jornalero del campo apoyaba por lo general al artesano de la ciudad; el pequeño campesino tendía a ir de la mano del pequeño tendero.

Esta clase de pequeños comerciantes, cuya gran importancia e influencia ya hemos señalado varias veces, puede considerarse la clase dirigente de la insurrección de mayo de 1849. Como esta vez ninguna de las grandes ciudades de Alemania figuraba entre los centros del movimiento, la pequeña burguesía, que siempre predomina en las ciudades medianas y pequeñas, encontró el modo de hacerse con la dirección del movimiento. Hemos visto, además, que en esta lucha por la Constitución del Imperio y por los derechos del Parlamento alemán estaban en juego los intereses de esta clase en particular. Los Gobiernos provisionales formados en todos los distritos insurrectos representaban, en su mayoría, a este sector del pueblo, y hasta dónde llegaron puede tomarse, pues, con justicia como la medida de lo que es capaz la pequeña burguesía alemana: capaz, como veremos, de nada más que de arruinar cualquier movimiento que se ponga en sus manos.

La pequeña burguesía, grande en fanfarronadas, es muy impotente para la acción y muy remisa a arriesgar nada. El carácter mezquino de sus transacciones comerciales y de sus operaciones de crédito es eminentemente apto para imprimir a su carácter una falta de energía y de espíritu de empresa; cabe esperar, pues, que cualidades semejantes marquen su trayectoria política. En consecuencia, la pequeña burguesía alentó la insurrección con grandes palabras y grandes bravatas sobre lo que iba a hacer; se apresuró a hacerse con el poder en cuanto la insurrección, muy a su pesar, estalló; y no empleó ese poder para otra cosa que para destruir los efectos de la insurrección. Allí donde un choque armado había llevado las cosas a una crisis seria, los tenderos se quedaron espantados ante la peligrosa situación que se les había creado; espantados ante el pueblo que se había tomado en serio sus fanfarronas llamadas a las armas; espantados ante el poder que de este modo se les ponía en las manos; espantados, sobre todo, ante las consecuencias que tendría para ellos mismos, para su posición social, para su fortuna, la política en la que se veían obligados a comprometerse. ¿No se esperaba de ellos que arriesgaran «vida y hacienda», como solían decir, por la causa de la insurrección? ¿No se veían obligados a ocupar cargos oficiales en la insurrección, con lo que, en caso de derrota, se arriesgaban a perder su capital? Y en caso de victoria, ¿no estaban seguros de verse inmediatamente expulsados de sus cargos y de ver toda su política echada por tierra por los proletarios victoriosos que formaban el grueso de su ejército combatiente? Situada así entre peligros opuestos que la rodeaban por todas partes, la pequeña burguesía no supo emplear su poder en otra cosa que en dejarlo todo al azar, con lo que, naturalmente, se perdieron las pocas posibilidades de éxito que pudiera haber, y en arruinar así por completo la insurrección. Su política, o más bien su falta de política, fue la misma en todas partes, y por eso las insurrecciones de mayo de 1849 en todas las regiones de Alemania están cortadas por el mismo patrón.

En Dresde, la lucha se mantuvo durante cuatro días en las calles de la ciudad. Los tenderos de Dresde, la «guardia comunal», no solo no combatieron, sino que en muchos casos favorecieron las operaciones de las tropas contra los insurrectos. Estos, a su vez, eran casi exclusivamente obreros de los distritos industriales de los alrededores. Encontraron un jefe capaz y de cabeza fría en el refugiado ruso Mijaíl Bakunin, que más tarde cayó prisionero y está ahora encerrado en las mazmorras de Munkács, en Hungría.[^124] La intervención de numerosas tropas prusianas aplastó esta insurrección.

En la Prusia renana, los combates propiamente dichos tuvieron poca importancia. Como todas las grandes ciudades eran fortalezas dominadas por ciudadelas, los insurrectos solo podían librar escaramuzas. En cuanto se hubo concentrado un número suficiente de tropas, se acabó la resistencia armada.

En el Palatinado y en Baden, en cambio, una provincia rica y fértil y un Estado entero cayeron en manos de la insurrección. Dinero, armas, soldados, pertrechos de guerra: todo estaba listo para usarse. Los propios soldados del ejército regular se unieron a los insurrectos; más aún, en Baden estaban entre los más destacados de ellos. Las insurrecciones de Sajonia y de la Prusia renana se sacrificaron para ganar tiempo para la organización del movimiento del sur de Alemania. Nunca hubo una posición tan favorable para una insurrección provincial y parcial como esta. Se esperaba una revolución en París; los húngaros estaban a las puertas de Viena; en todos los Estados del centro de Alemania, no solo el pueblo, sino incluso las tropas, eran resueltamente favorables a la insurrección y solo esperaban una oportunidad para unirse a ella abiertamente. Y, sin embargo, el movimiento, una vez caído en manos de la pequeña burguesía, estuvo arruinado desde el principio mismo. Los gobernantes pequeñoburgueses, sobre todo los de Baden, con el señor Brentano[^125] a la cabeza, nunca olvidaron que, al usurpar el puesto y las prerrogativas del soberano «legítimo», el gran duque, estaban cometiendo alta traición. Se sentaron en sus sillones ministeriales con la conciencia de su culpa en el corazón. ¿Qué se puede esperar de semejantes cobardes? No solo abandonaron la insurrección a su propia espontaneidad sin dirección central, y por tanto ineficaz, sino que hicieron de hecho todo lo que estuvo en su mano para quitarle el aguijón al movimiento, para castrarlo, para destruirlo. Y lo consiguieron, gracias al celoso apoyo de esa profunda clase de políticos, los héroes «demócratas» de la pequeña burguesía, que creían de verdad que estaban «salvando la patria» mientras se dejaban llevar de las narices por unos cuantos hombres más astutos, como Brentano.

En cuanto a la parte militar del asunto, nunca se llevaron las operaciones de un modo más chapucero y más torpe que bajo el general en jefe badense Sigel,[^126] un antiguo teniente del ejército regular. Todo se embrolló, se perdieron todas las buenas ocasiones, se malgastaron todos los momentos preciosos en planear proyectos colosales pero irrealizables, hasta que, cuando por fin tomó el mando el talentoso polaco Mierosławski,[^127] el ejército estaba desorganizado, batido, desmoralizado, mal abastecido y frente a un enemigo cuatro veces más numeroso; y, con todo eso, él no pudo hacer más que librar en Waghäusel una batalla gloriosa aunque fallida, llevar a cabo una hábil retirada, presentar un último combate sin esperanza bajo los muros de Rastatt y dimitir. Como en toda guerra insurreccional en la que los ejércitos mezclan soldados bien instruidos y reclutas bisoños, hubo en el ejército revolucionario mucho heroísmo y mucho pánico impropio de soldados, a menudo inconcebible; pero, imperfecto como no podía menos de ser, tuvo al menos la satisfacción de que cuatro veces su número no se consideró suficiente para ponerlo en fuga, y de que cien mil soldados regulares, en una campaña contra veinte mil insurrectos, lo trataron militarmente con tanto respeto como si tuvieran que combatir contra la Vieja Guardia de Napoleón.

En mayo había estallado la insurrección; a mediados de julio de 1849 estaba completamente sofocada, y la primera revolución alemana había terminado.

*Londres.*

## XIX. El fin de la insurrección

*New-York Daily Tribune, 23 de octubre de 1852.*

Mientras el sur y el oeste de Alemania estaban en insurrección abierta, y mientras los Gobiernos necesitaban, desde el comienzo de las hostilidades en Dresde hasta la capitulación de Rastatt, algo más de diez semanas para sofocar esta última llamarada de la primera revolución alemana, la Asamblea Nacional desapareció de la escena política sin que nadie se fijara en su salida.

Dejamos a este augusto cuerpo en Fráncfort, perplejo ante los insolentes ataques de los Gobiernos a su dignidad, ante la impotencia y la apatía traicionera del poder central que él mismo había creado, ante los levantamientos de la pequeña burguesía en su defensa y de la clase obrera por un fin último más revolucionario. La desolación y la desesperación reinaban sin rival entre sus miembros; los acontecimientos habían tomado de golpe una forma tan definida y decisiva que en pocos días se vinieron abajo por completo las ilusiones de estos doctos legisladores sobre su poder y su influencia reales. Los conservadores, a la señal dada por los Gobiernos, ya se habían retirado de un cuerpo que en adelante no podía seguir existiendo más que desafiando a las autoridades constituidas. Los liberales dieron el asunto por perdido, completamente desconcertados; también ellos renunciaron a sus mandatos de representantes. Los honorables señores se largaban por centenares. De ochocientos o novecientos miembros, el número se había reducido tan deprisa que ahora se fijó el quórum en ciento cincuenta y, pocos días después, en cien. E incluso estos eran difíciles de reunir, aunque se quedó todo el partido demócrata.

El camino que debían seguir los restos de un parlamento estaba bien claro. Bastaba con que se pusieran abierta y decididamente del lado de la insurrección, para darle así toda la fuerza que la legalidad pudiera conferirle, mientras ellos mismos adquirían de inmediato un ejército para su propia defensa. Tenían que intimar al poder central a cesar en el acto todas las hostilidades, y si, como era de prever, ese poder ni podía ni quería hacerlo, deponerlo de inmediato y poner en su lugar otro Gobierno más enérgico. Si no podían llevarse tropas insurrectas a Fráncfort (cosa que al principio, cuando los Gobiernos de los Estados estaban poco preparados y todavía vacilaban, habría sido fácil), la Asamblea podría haberse trasladado en el acto al centro mismo del territorio insurrecto. Todo esto, hecho de inmediato y con resolución, no más tarde de mediados o finales de mayo, podría haber abierto posibilidades tanto a la insurrección como a la Asamblea Nacional.

Pero no cabía esperar un rumbo tan resuelto de los representantes de la tenderocracia alemana. Estos aspirantes a hombres de Estado no se habían librado en absoluto de sus ilusiones. Los miembros que habían perdido su funesta fe en la fuerza y la inviolabilidad del Parlamento ya habían puesto pies en polvorosa; los demócratas que quedaban no se dejaban convencer tan fácilmente de renunciar a sueños de poder y de grandeza que habían acariciado durante un año. Fieles al rumbo que habían seguido hasta entonces, rehuyeron toda acción decisiva hasta que pasó toda posibilidad de éxito, más aún, toda posibilidad de sucumbir al menos con los honores de la guerra. Así pues, para desplegar una actividad ficticia y entrometida, cuya pura impotencia, unida a sus altas pretensiones, no podía sino suscitar lástima y risa, siguieron dirigiendo insinuantes resoluciones, mensajes y peticiones a un regente del Imperio que ni siquiera se dignaba fijarse en ellos, y a unos ministros que estaban abiertamente aliados con el enemigo. Y cuando por fin Wilhelm Wolff, diputado por Striegau,[^128] uno de los redactores de la *Nueva Gaceta Renana* y el único hombre realmente revolucionario de toda la Asamblea, les dijo que, si de verdad pensaban lo que decían, harían mejor en dejar de hablar y declarar en el acto fuera de la ley al regente del Imperio, el principal traidor a la patria, entonces toda la virtuosa indignación contenida de estos caballeros parlamentarios estalló con una energía que nunca encontraron cuando el Gobierno los cubría de un insulto tras otro.

Naturalmente, porque la propuesta de Wolff fue la palabra más sensata que se pronunció entre los muros de la iglesia de San Pablo; naturalmente, porque era justo lo que había que hacer, y un lenguaje tan llano, que iba tan derecho al grano, no podía menos de ofender a un hatajo de sentimentales que no eran resueltos en nada salvo en la irresolución y que, demasiado cobardes para actuar, se habían convencido de una vez por todas de que, no haciendo nada, hacían exactamente lo que había que hacer. Toda palabra que, como un relámpago, disipara la nebulosidad obcecada, pero deliberada, de sus mentes, toda indicación capaz de sacarlos del laberinto en el que se empeñaban en instalarse por el mayor tiempo posible, toda idea clara de las cosas tal como realmente estaban, era, naturalmente, un crimen de lesa majestad contra esta Asamblea soberana.

Poco después, cuando la posición de los honorables señores en Fráncfort se hizo insostenible, a pesar de resoluciones, llamamientos, interpelaciones y proclamas, se retiraron, pero no a los distritos insurrectos; eso habría sido un paso demasiado resuelto. Se fueron a Stuttgart, donde el Gobierno de Wurtemberg mantenía una especie de neutralidad expectante.[^129] Allí, por fin, declararon que el regente del Imperio había perdido su poder y eligieron de entre sus miembros una Regencia de cinco. Esta Regencia procedió enseguida a aprobar una ley de milicias, que efectivamente se envió con todas las formalidades a todos los Gobiernos de Alemania.

¡A ellos, los peores enemigos de la Asamblea, se les ordenaba levantar fuerzas en su defensa! Luego se creó (sobre el papel, por supuesto) un ejército para la defensa de la Asamblea Nacional. Divisiones, brigadas, regimientos, baterías: todo quedó regulado y ordenado. No faltaba nada más que la realidad, porque aquel ejército, por supuesto, nunca llegó a existir.

A la Asamblea General se le ofrecía aún una última salida. La población demócrata de todas las partes del país envió delegaciones para ponerse a disposición del Parlamento y apremiarlo a una acción decisiva. El pueblo, que sabía cuáles eran las intenciones del Gobierno de Wurtemberg, imploró a la Asamblea Nacional que obligara a ese Gobierno a participar abierta y activamente junto a sus vecinos insurrectos. Pero no. La Asamblea Nacional, al ir a Stuttgart, se había entregado a la tierna misericordia del Gobierno de Wurtemberg. Sus miembros lo sabían y reprimieron la agitación del pueblo. Perdieron así el último resto de influencia que aún pudieran haber conservado. Se ganaron el desprecio que merecían, y el regente del Imperio puso fin a la farsa demócrata cerrando, el 18 de junio de 1849, la sala donde se reunía el Parlamento y ordenando a los miembros de la Regencia que abandonaran el país.

A continuación se fueron a Baden, al campo de la insurrección; pero allí ya no servían para nada. Nadie se fijaba en ellos. La Regencia, sin embargo, en nombre del soberano pueblo alemán, siguió salvando la patria con sus esfuerzos. Intentó hacerse reconocer por las potencias extranjeras expidiendo *pasaportes* a cualquiera que quisiera aceptarlos. Publicó proclamas y envió comisarios a sublevar precisamente aquellos distritos de Wurtemberg cuya ayuda activa había rechazado cuando aún era tiempo; por supuesto, sin resultado. Tenemos ahora ante nuestros ojos un informe original enviado a la Regencia por uno de estos comisarios, el señor Roesler (diputado por Oels),[^130] cuyo contenido es bastante característico. Está fechado en Stuttgart, el 30 de junio de 1849. Tras describir las aventuras de media docena de estos comisarios en una búsqueda infructuosa de dinero, presenta una serie de excusas por no haber ido todavía a su puesto, y luego se despacha con una sesudísima argumentación sobre posibles diferencias entre Prusia, Austria, Baviera y Wurtemberg y sus posibles consecuencias. Después de considerarlo a fondo, llega, sin embargo, a la conclusión de que ya no hay ninguna posibilidad. A continuación propone establecer relevos de hombres de confianza para transmitir noticias y un sistema de espionaje sobre las intenciones del ministerio de Wurtemberg y los movimientos de las tropas. Esta carta nunca llegó a su destino, porque, cuando se escribió, la «Regencia» ya había pasado por entero al «departamento de asuntos extranjeros», es decir, a Suiza; y mientras el pobre señor Roesler se rompía la cabeza con las intenciones del formidable ministerio de un reino de sexta categoría, cien mil soldados prusianos, bávaros y hesianos ya habían liquidado todo el asunto en la última batalla bajo los muros de Rastatt.

Así se desvaneció el Parlamento alemán, y con él la primera y última creación de la revolución. Su convocatoria había sido la primera prueba de que realmente *había habido* una revolución en enero;[^131] y existió mientras esta, la primera revolución alemana moderna, no había llegado aún a su fin. Elegido bajo la influencia de la clase capitalista por una población rural desmembrada y dispersa, que en su mayor parte apenas despertaba del mutismo del feudalismo, este Parlamento sirvió para reunir en un solo cuerpo en la arena política a todos los grandes nombres populares de 1820-1848 y luego arruinarlos por completo. Allí se habían congregado todas las celebridades del liberalismo de clase media. La burguesía esperaba maravillas; cosechó vergüenza para sí misma y para sus representantes. La clase capitalista industrial y comercial sufrió en Alemania una derrota más dura que en ningún otro país: primero fue vencida, quebrantada y expulsada de los cargos en cada uno de los Estados de Alemania, y luego derrotada, deshonrada y abucheada en el Parlamento central alemán. El liberalismo político, el dominio de la burguesía, sea bajo una forma de gobierno monárquica o republicana, es para siempre imposible en Alemania.

En el último período de su existencia, el Parlamento alemán sirvió para deshonrar para siempre a aquel sector que desde marzo de 1848 había encabezado la oposición oficial: los demócratas, que representaban los intereses de la pequeña burguesía y, en parte, de los campesinos. Esta clase tuvo en mayo y junio de 1849 la ocasión de mostrar sus medios para formar un Gobierno estable en Alemania. Hemos visto cómo fracasó; no tanto por circunstancias adversas como por la cobardía efectiva y continua que mostró en todos los momentos críticos que se habían producido desde el estallido de la revolución; por mostrar en política el mismo espíritu corto de miras, pusilánime y vacilante que caracteriza sus operaciones comerciales. En mayo de 1849, con esa conducta, había perdido la confianza de la verdadera masa combatiente de todas las insurrecciones europeas, la clase obrera. Pero, aun así, tenía buenas posibilidades. El Parlamento alemán le pertenecía en exclusiva tras la retirada de los reaccionarios y los liberales. La población rural estaba a su favor. Dos tercios de los ejércitos de los Estados menores, un tercio del ejército prusiano y la mayoría de la *Landwehr* prusiana (reserva o milicia) estaban dispuestos a unirse a ella con tal de que actuara con resolución y con ese valor que nace de una visión clara del estado de las cosas. Pero los políticos que dirigían esta clase no eran más clarividentes que la hueste de pequeños comerciantes que los seguía. Resultaron incluso más obcecados, más ardientemente apegados a ilusiones mantenidas a sabiendas, más crédulos, más incapaces de enfrentarse con resolución a los hechos que los liberales. También su importancia política ha caído por debajo del punto de congelación. Pero, como no habían llevado realmente a la práctica sus principios vulgares, habrían podido, en circunstancias *muy* favorables, resucitar momentáneamente, si el golpe de Estado de Luis Bonaparte no les hubiera arrebatado esta última esperanza, igual que se la arrebató a sus colegas de la «democracia pura» de Francia.[^132]

La derrota de la insurrección del suroeste de Alemania y la dispersión del Parlamento alemán cierran la historia de la primera insurrección alemana. Ahora tenemos que echar una mirada de despedida a los miembros victoriosos de la alianza contrarrevolucionaria; lo haremos en nuestra próxima carta.[^133]

*Londres, 24 de septiembre de 1852.*

[^1]: [^1]: «En tierra de infieles»: se decía de los obispos titulares de diócesis situadas en países no cristianos, que no podían ocupar. Aquí, gobiernos sin territorio.

[^2]: Engels, que escribe en inglés, usa *middle class* («clase media») como sinónimo de burguesía. Respetamos en cada caso su palabra: «clase media» o «clases medias» cuando dice *middle class(es)*; «burguesía» cuando dice *bourgeoisie*.

[^3]: La revolución de febrero de 1848 en París (22-24 de febrero) derribó la monarquía de Luis Felipe y proclamó la Segunda República. En marzo estallaron las revoluciones de Viena y de Berlín.

[^4]: Miembros del Gobierno provisional francés de febrero de 1848, que tuvo once miembros: Armand Marrast (1801-1852), republicano moderado, director de *Le National* y luego alcalde de París y presidente de la Asamblea Constituyente; Alexandre Ledru-Rollin (1807-1874), demócrata, ministro del Interior; Louis Blanc (1811-1882), socialista, presidente de la Comisión del Luxemburgo.

[^5]: El bloqueo continental decretado por Napoleón en 1806, que cerró los puertos del continente al comercio británico y protegió de hecho la industria continental frente a la inglesa.

[^6]: La «Revolución Gloriosa» de 1688, que derrocó a Jacobo II y estableció en Inglaterra la monarquía parlamentaria.

[^7]: La ley arancelaria prusiana de 26 de mayo de 1818 suprimió las aduanas interiores de Prusia y estableció un arancel común en sus fronteras. Sobre esa base se formó, bajo dirección prusiana, la Unión Aduanera alemana (*Zollverein*), en vigor desde el 1 de enero de 1834, que agrupó a la mayoría de los Estados alemanes, sin Austria.

[^8]: Con esta expresión y otras semejantes (*petty trading class*, *small trading class*) Engels vierte al inglés el alemán *Kleinbürgertum*, la pequeña burguesía: maestros artesanos, pequeños comerciantes y tenderos. Las traducimos por «pequeña burguesía».

[^9]: En junio de 1844 se sublevaron los tejedores de Peterswaldau y Langenbielau, en Silesia; el ejército prusiano aplastó el levantamiento. Ese mismo año hubo motines de obreros textiles, sobre todo estampadores de indianas, en Praga y otras localidades de Bohemia.

[^10]: En alemán en el original: *Gross-* y *Mittel-Bauern*.

[^11]: La Unión Fiscal (*Steuerverein*), formada en 1834 por Hannover y Brunswick, a la que se sumó después Oldemburgo. Hannover no ingresó en el *Zollverein* hasta 1854.

[^12]: Diputados liberales de las cámaras de los Estados del sur y del centro de Alemania: Karl von Rotteck (1775-1840) y Karl Theodor Welcker (1790-1869), en Baden, editores del *Staats-Lexikon*; Friedrich Römer (1794-1864), en Wurtemberg; Sylvester Jordan (1792-1861), en Hesse-Kassel; Johann Carl Bertram Stüve (1798-1872), en Hannover; Gottfried Eisenmann (1795-1867), publicista bávaro. Römer y Stüve fueron ministros en 1848.

[^13]: Joven Alemania (*Junges Deutschland*): grupo de escritores liberales de la década de 1830 (Karl Gutzkow, Heinrich Laube, Theodor Mundt, Ludolf Wienbarg), cuyas obras prohibió la Dieta Federal en diciembre de 1835.

[^14]: *Grundlinien der Philosophie des Rechts* (*Principios de la filosofía del derecho*), publicada en Berlín en 1820 con fecha de 1821.

[^15]: En el original, *Ragged School*: escuelas gratuitas para niños pobres, creadas en Gran Bretaña en la primera mitad del siglo XIX. Engels usa términos ingleses pensando en sus lectores.

[^16]: Klemens von Metternich (1773-1859), canciller de Austria y principal artífice de la política de la Santa Alianza; dimitió y huyó de Viena con la revolución de marzo de 1848.

[^17]: Federico Guillermo III (1770-1840), rey de Prusia desde 1797, murió el 7 de junio de 1840. La Santa Alianza la firmaron en París, en septiembre de 1815, el zar Alejandro I, el emperador Francisco I de Austria y el rey de Prusia.

[^18]: En francés en el original: «Louis le Désiré». Este sobrenombre se dio sobre todo a Luis XVIII; Engels lo aplica a Luis XVI, en quien la opinión francesa puso grandes esperanzas al subir al trono en 1774.

[^19]: *Berliner Politisches Wochenblatt* (1831-1841), órgano del círculo conservador y feudal agrupado en torno al entonces príncipe heredero.

[^20]: Louis de Bonald (1754-1840) y Joseph de Maistre (1753-1821), teóricos católicos de la contrarrevolución y de la Restauración.

[^21]: El decreto de 17 de enero de 1820 sobre la deuda pública, que supeditaba los nuevos empréstitos del Estado a la garantía de la futura representación del reino (*Reichsstände*).

[^22]: *Rheinische Zeitung für Politik, Handel und Gewerbe*, diario publicado en Colonia del 1 de enero de 1842 al 31 de marzo de 1843, financiado por burgueses renanos y escrito por jóvenes hegelianos; Marx fue su redactor jefe desde octubre de 1842.

[^23]: Las promesas de una representación nacional hechas durante las guerras contra Napoleón, en particular en el decreto de 22 de mayo de 1815; nunca se cumplieron.

[^24]: Las comisiones reunidas (*Vereinigte Ausschüsse*) de las Dietas provinciales sesionaron en Berlín en octubre y noviembre de 1842.

[^25]: *Seehandlung* (Sociedad de Comercio Marítimo): compañía comercial fundada por el Estado prusiano en 1772, que funcionaba también como banco del Estado.

[^26]: La Dieta Unida (*Vereinigter Landtag*), convocada por la patente real de 3 de febrero de 1847, se reunió en Berlín del 11 de abril al 26 de junio de 1847.

[^27]: Durante la crisis de subsistencias de 1847 hubo motines del pan en muchas ciudades alemanas; el más conocido, la llamada «revolución de las patatas» de Berlín, en abril de 1847.

[^28]: La Dieta Federal (*Bundestag*), órgano de la Confederación Germánica creada en 1815 por el Congreso de Viena: una asamblea de representantes de los Gobiernos de los Estados alemanes, con sede en Fráncfort y presidida por Austria. Tras 1830, sobre todo con los acuerdos de 1832, reforzó la represión de los movimientos liberales.

[^29]: Friedrich Christoph Dahlmann (1785-1860), historiador, uno de los «Siete de Gotinga» destituidos en 1837 por protestar contra la abolición de la constitución de Hannover.

[^30]: La Asamblea Nacional de Fráncfort, elegida en abril y mayo de 1848 en todos los Estados de la Confederación, casi siempre por sufragio indirecto, para dar a Alemania una constitución común. Se abrió el 18 de mayo de 1848 en la iglesia de San Pablo de Fráncfort; la formaban sobre todo funcionarios, juristas y profesores, y su mayoría era liberal y constitucional.

[^31]: Diputados liberales (Dahlmann, Gagern, Bassermann, entre otros) que abandonaron la Asamblea de Fráncfort en mayo de 1849, después de que Federico Guillermo IV rechazara la corona imperial, y se reunieron en Gotha a finales de junio de 1849 para apoyar el proyecto prusiano de unión.

[^32]: Georg Gottfried Gervinus (1805-1871), historiador de la literatura, también uno de los «Siete de Gotinga», profesor en Heidelberg; fundó en 1847 la *Deutsche Zeitung*, órgano de los liberales constitucionales, y fue diputado en Fráncfort.

[^33]: El catolicismo alemán (*Deutschkatholizismus*), movimiento encabezado por Johannes Ronge que rompió con Roma en 1844-1845, a raíz de la peregrinación a la Santa Túnica de Tréveris; las comunidades libres (*freie Gemeinden*), congregaciones protestantes disidentes formadas desde 1846 a partir del movimiento de los «Amigos de la Luz» (*Lichtfreunde*).

[^34]: Johann Albrecht Friedrich Eichhorn (1779-1856), ministro prusiano de Cultos e Instrucción Pública de 1840 a 1848.

[^35]: En latín en el original: *disjecta membra*, expresión tomada de Horacio (*Sátiras*, I, 4, 62: *disiecti membra poetae*).

[^36]: La guerra del opio (1839-1842), que obligó a China, por el Tratado de Nankín, a abrir varios puertos al comercio británico y a ceder Hong Kong.

[^37]: En febrero de 1846, al estallar la insurrección nacional polaca de Cracovia, los campesinos de Galitzia occidental, alentados por las autoridades austriacas, se alzaron contra la nobleza polaca y mataron a más de un millar de nobles y administradores de fincas.

[^38]: La bancarrota del Estado austriaco se decretó en realidad por la patente financiera del 20 de febrero de 1811, que redujo el papel moneda a una quinta parte de su valor nominal.

[^39]: José II (1741-1790), emperador desde 1765 y soberano de los dominios de los Habsburgo desde 1780, representante del despotismo ilustrado: abolió la servidumbre personal, decretó la tolerancia religiosa y suavizó la censura.

[^40]: Francisco I (1768-1835), último emperador del Sacro Imperio Romano Germánico (como Francisco II) y emperador de Austria desde 1804.

[^41]: Presburgo (en húngaro, Pozsony; hoy Bratislava), a unos sesenta kilómetros de Viena, fue sede de la Dieta húngara hasta 1848.

[^42]: Engels reproduce aquí un tópico de su época sobre los judíos, corriente también en la izquierda alemana; lo mismo en el artículo VIII. Entre aquellos escritores austriacos instalados en Leipzig estaba Ignaz Kuranda, que publicaba allí desde 1842 la revista *Die Grenzboten*.

[^43]: Alusión a las reformas emprendidas desde 1846 por el papa Pío IX y otros príncipes italianos y a la agitación liberal y nacional que suscitaron; en 1847 Austria ocupó Ferrara.

[^44]: Las manifestaciones de estudiantes y obreros del 13 de marzo de 1848 ante la Dieta de la Baja Austria y los choques con la tropa forzaron esa misma noche la dimisión de Metternich, que huyó a Inglaterra. En los días siguientes el emperador concedió la creación de una Guardia Nacional, la abolición de la censura y la promesa de una constitución.

[^45]: El 18 de marzo de 1848, después de que Federico Guillermo IV anunciara la abolición de la censura y la convocatoria de la Dieta Unida, dos disparos de la tropa contra la multitud reunida ante el palacio real desencadenaron la lucha de barricadas; al día siguiente el rey retiró las tropas de Berlín y tuvo que descubrirse ante los cadáveres de los insurrectos caídos.

[^46]: El «Comité de ciudadanos, guardias nacionales y estudiantes para el mantenimiento de la tranquilidad, el orden y la seguridad», formado en Viena tras el levantamiento del 26 de mayo de 1848.

[^47]: El aula magna de la Universidad de Viena, lugar de reunión de los estudiantes organizados en la Legión Académica.

[^48]: El 15 y el 26 de mayo de 1848 (véase el artículo XI). La transcripción de la edición de 1896 dice «16th», errata que corregimos según la edición alemana (MEW, tomo 8).

[^49]: La Dieta austriaca, asamblea constituyente reunida en Viena desde julio de 1848, aprobó el 7 de septiembre de 1848 la ley que abolió la servidumbre y las cargas feudales de los campesinos, con indemnización a los señores.

[^50]: El príncipe Felix zu Schwarzenberg (1800-1852), presidente del Gobierno austriaco desde noviembre de 1848 y artífice de la restauración absolutista. El original escribe «Schwartzenberg».

[^51]: El ministerio Camphausen-Hansemann, formado el 29 de marzo de 1848 bajo la presidencia de Ludolf Camphausen (1803-1890), banquero de Colonia, con David Hansemann (1790-1864), comerciante de Aquisgrán, en Hacienda; ambos habían dirigido la oposición liberal en la Dieta Unida de 1847. Camphausen dimitió el 20 de junio de 1848; Hansemann siguió en el Gobierno hasta septiembre.

[^52]: La Asamblea Nacional prusiana o Asamblea de Berlín, elegida a comienzos de mayo de 1848 por sufragio universal masculino indirecto y reunida en Berlín desde el 22 de mayo para «acordar» con la corona una constitución.

[^53]: El empréstito, aprobado por la Dieta Unida en abril de 1848, era de 25 millones de táleros, que el texto inglés llama *dollars*.

[^54]: Maguncia era una fortaleza de la Confederación Germánica con guarnición prusiana y austriaca. A finales de mayo de 1848, tras unos choques entre soldados prusianos y la guardia cívica, el gobernador amenazó con bombardear la ciudad y la guardia cívica fue desarmada; la Asamblea de Fráncfort se limitó a enviar una comisión.

[^55]: El archiduque Juan de Austria (1782-1859), tío del emperador Fernando, con fama de liberal. La Asamblea lo eligió el 29 de junio de 1848 regente del Imperio (*Reichsverweser*), al frente de un «poder central provisional» con su propio ministerio; el 12 de julio la Dieta Federal le traspasó sus poderes y suspendió sus sesiones. Renunció a la regencia en diciembre de 1849.

[^56]: En el original, en alemán: *im Luftreich des Traums*. Es un verso de Heine, *Alemania. Un cuento de invierno* (1844), capítulo VII: el país es de franceses y rusos, el mar de los británicos, «pero nosotros poseemos en el reino etéreo del sueño / el dominio indiscutido».

[^57]: Armisticio firmado en Malmö el 26 de agosto de 1848 entre Prusia, que actuaba en nombre de la Confederación Germánica, y Dinamarca: por siete meses, retirada de las tropas de Schleswig y Holstein, gobierno común de los ducados y anulación de las medidas de su gobierno provisional. Véase el artículo X.

[^58]: Casubios: población eslava de la Pomerania oriental, junto al Báltico. Vendos o sorabos: población eslava de la Lusacia, en Sajonia y Prusia.

[^59]: Primer reparto de Polonia (1772), entre Rusia, Prusia y Austria; Prusia obtuvo entonces la Prusia occidental. Posnania pasó a Prusia en el segundo reparto (1793) y, tras el Congreso de Viena (1815), quedó como Gran Ducado de Posen.

[^60]: En marzo de 1848 se formó en Poznań un Comité Nacional polaco, y el gobierno prusiano prometió una «reorganización nacional» de Posnania y toleró la formación de cuerpos armados polacos. Tras el convenio de Jarosławiec (11 de abril) y los combates de Miłosław y Sokołowo (finales de abril y comienzos de mayo), los insurrectos capitularon el 9 de mayo de 1848.

[^61]: Sabiduría 11, 16 (en la Vulgata, 11, 17: *per quae peccat quis, per haec et torquetur*).

[^62]: Nicolas Changarnier (1793-1877), general francés, mandó la Guardia Nacional y las tropas de París entre 1848 y 1851, hasta que Luis Bonaparte lo destituyó en enero de 1851. Julius von Haynau (1786-1853), general austriaco, mandó en 1849 la represión en Italia y en Hungría; fue destituido en 1850.

[^63]: František Palacký (1798-1876), historiador checo, autor de una *Historia de Bohemia* cuyos primeros volúmenes publicó en alemán. En abril de 1848 rechazó la invitación a participar en los trabajos preparatorios del Parlamento de Fráncfort, defendió una Austria federal de pueblos iguales y presidió el Congreso eslavo de Praga.

[^64]: En ruso *nemets* (en checo *Němec*): alemán. La palabra se relaciona con el eslavo *nemoi*, «mudo»: el que no habla la lengua.

[^65]: Tsargrad o Tsarigrad, nombre eslavo antiguo de Constantinopla.

[^66]: El Congreso eslavo se reunió en Praga del 2 al 12 de junio de 1848, presidido por Palacký, con delegados sobre todo de los pueblos eslavos de Austria. La insurrección de Praga, que estalló el 12 de junio, fue aplastada el 17 por las tropas de Windischgrätz, que bombardearon la ciudad; el Congreso quedó disuelto.

[^67]: Alfred, príncipe de Windischgrätz (1787-1862), mariscal austriaco. Aplastó la insurrección de Praga en junio de 1848, tomó Viena a finales de octubre y mandó el ejército imperial contra Hungría hasta abril de 1849.

[^68]: La Dieta Constituyente austriaca (*Reichstag*), elegida por sufragio casi universal e indirecto, se abrió en Viena el 22 de julio de 1848; en ella los diputados eslavos eran mayoría.

[^69]: La insurrección de Viena del 6 de octubre de 1848, que Engels relata en el artículo XI.

[^70]: En marzo de 1848, Milán se sublevó (las «cinco jornadas», del 18 al 22 de marzo) y obligó a retirarse al ejército austriaco de Radetzky; Venecia se proclamó república, y el rey Carlos Alberto de Cerdeña-Piamonte declaró la guerra a Austria. Joseph Radetzky (1766-1858), mariscal austriaco, venció a los piamonteses en Custoza (25 de julio de 1848) y, tras reanudarse la guerra, en Novara (23 de marzo de 1849).

[^71]: Los ducados de Schleswig y Holstein estaban unidos a la corona danesa; Holstein, no Schleswig, formaba parte de la Confederación Germánica. Los alemanes de los ducados invocaban el tratado de Ribe (1460), que los declaraba inseparables. En marzo de 1848, ante el anuncio de la incorporación de Schleswig a Dinamarca, se formó en Kiel un gobierno provisional, apoyado por tropas prusianas y federales. Tras el armisticio de Malmö y la reanudación de la guerra en 1849, Prusia firmó la paz con Dinamarca en julio de 1850, y el ejército de Schleswig-Holstein, que siguió luchando solo, fue derrotado en Idstedt (25 de julio de 1850).

[^72]: En el original, en alemán: *die patriotische Überkraft*.

[^73]: El 10 de abril de 1848, los cartistas convocaron en Kennington Common, en Londres, una gran concentración para llevar en manifestación al Parlamento su tercera petición nacional en favor de la Carta del Pueblo. El gobierno movilizó tropas y miles de policías especiales, la marcha se prohibió y la petición se entregó sin manifestación.

[^74]: El 16 de abril de 1848, una manifestación obrera en París fue contenida por la Guardia Nacional. El 15 de mayo, una manifestación en favor de Polonia invadió la Asamblea Nacional; tras su fracaso fueron detenidos Barbès, Blanqui, Raspail y otros dirigentes revolucionarios.

[^75]: Fernando II (1810-1859), rey de las Dos Sicilias, apodado «rey Bomba» por los bombardeos de Palermo y Mesina en 1848. El 15 de mayo de 1848 sus tropas aplastaron en Nápoles las barricadas levantadas durante el conflicto sobre el juramento de la Constitución.

[^76]: La insurrección de junio de 1848 en París (del 23 al 26 de junio) estalló tras el cierre de los Talleres Nacionales, que daban trabajo a los parados. La aplastó el general Louis-Eugène Cavaignac (1802-1857), ministro de la Guerra, investido de poderes dictatoriales por la Asamblea Nacional y luego jefe del poder ejecutivo. Hubo miles de muertos y miles de detenidos y deportados.

[^77]: La Asamblea rechazó el armisticio de Malmö el 5 de septiembre de 1848, lo que provocó la dimisión del ministerio del Imperio, y lo aprobó el 16 de septiembre. El 18 se levantaron barricadas en Fráncfort, que tomaron tropas prusianas y austriacas traídas de Maguncia; en los disturbios murieron los diputados conservadores Lichnowsky y Auerswald.

[^78]: La Constitución otorgada el 25 de abril de 1848 (llamada de Pillersdorf, por el ministro del Interior) y la ley electoral del 9 de mayo, que establecían dos cámaras y un sufragio restringido e indirecto.

[^79]: El 15 de mayo de 1848, una manifestación armada de estudiantes, guardias nacionales y obreros arrancó al gobierno una asamblea constituyente de una sola cámara elegida por sufragio universal; el 26 de mayo, la orden de disolver la Legión Académica cubrió Viena de barricadas. La corte salió hacia Innsbruck la noche del 17 de mayo.

[^80]: Josip Jelačić (1801-1859), ban (gobernador) de Croacia desde marzo de 1848. Rompió con el gobierno húngaro y el 11 de septiembre de 1848 cruzó el Drava e invadió Hungría.

[^81]: Anton von Doblhoff-Dier (1800-1872), ministro del Interior en el gabinete austriaco formado en julio de 1848 y presidido por Wessenberg.

[^82]: Ernst von Schwarzer (1808-1860), periodista, ministro de Obras Públicas de julio a septiembre de 1848. Su decreto rebajaba los jornales pagados en las obras públicas abiertas para los parados. La represión del 23 de agosto se conoce como «batalla del Prater».

[^83]: Por las leyes de abril de 1848, Hungría obtuvo un gobierno responsable propio, presidido por Lajos Batthyány, y una Dieta elegida que se reunía en Pest. Ante la invasión de Jelačić, la defensa pasó a un Comité de Defensa Nacional presidido por Lajos Kossuth (1802-1894), que fue el dirigente de la revolución húngara; Hungría proclamó su independencia el 14 de abril de 1849, y su ejército capituló ante los rusos en Világos el 13 de agosto de 1849.

[^84]: Theodor Baillet von Latour (1780-1848), ministro austriaco de la Guerra, fue linchado por la multitud el 6 de octubre de 1848. Al día siguiente la corte huyó a Olmütz, en Moravia.

[^85]: Jelačić fue detenido el 29 de septiembre de 1848 en Pákozd, cerca de Stuhlweissenburg (Székesfehérvár), por el ejército húngaro del general János Móga, y se retiró hacia la frontera austriaca. Mór Perczel (1811-1899), político y general húngaro, cubría allí un ala y capturó con Görgey, el 7 de octubre, en Ozora, la reserva croata que seguía a Jelačić.

[^86]: Tras la insurrección del 6 de octubre de 1848, las tropas de Windischgrätz y de Jelačić cercaron Viena. El ataque empezó el 26 de octubre, y el 31 las tropas imperiales ocuparon la ciudad interior. Siguieron el estado de sitio y los consejos de guerra.

[^87]: El ejército húngaro acampado junto al Leitha, en la frontera, lo mandaba en realidad el general János Móga, no Perczel.

[^88]: Józef Bem (1794-1850), general polaco, veterano de la insurrección de 1830-1831; participó en la defensa de Viena en octubre de 1848 y después mandó el ejército húngaro de Transilvania. Murió en el exilio en Alepo.

[^89]: Wenzel Cäsar Messenhauser (1813-1848), oficial austriaco y escritor, comandante de la Guardia Nacional de Viena en octubre de 1848; fue fusilado el 16 de noviembre de 1848.

[^90]: *Landsturm*: levantamiento en masa, milicia popular. Sobre Stuhlweissenburg, véase la nota 85.

[^91]: En Schwechat, al sudeste de Viena, el ejército húngaro de Móga, que había cruzado el Leitha, fue derrotado por las tropas de Windischgrätz y Jelačić el 30 de octubre de 1848, la víspera de la caída de la ciudad.

[^92]: Alusión a la gira de Kossuth por Inglaterra en octubre y noviembre de 1851, donde fue recibido con entusiasmo en mítines de la burguesía liberal y librecambista.

[^93]: Artúr Görgey (1818-1916), general húngaro, comandante en jefe del ejército revolucionario en 1849, en conflicto permanente con Kossuth. El 13 de agosto de 1849 capituló con su ejército ante las tropas rusas en Világos, lo que puso fin a la revolución húngara.

[^94]: *Neue Rheinische Zeitung* (*Nueva Gaceta Renana*), diario dirigido por Marx y publicado en Colonia del 1 de junio de 1848 al 19 de mayo de 1849; Engels formaba parte de su redacción.

[^95]: El sistema de Joseph Lancaster (1778-1838), pedagogo inglés, de enseñanza mutua: los alumnos más adelantados instruían a los demás.

[^96]: Johann Ludwig Mosle (1794-1877), militar y diputado de Oldenburgo. Welcker y Mosle, enviados como comisarios del Imperio en octubre de 1848, se entrevistaron con Windischgrätz y con la corte, refugiada en Olmütz, sin conseguir nada.

[^97]: El emperador Fernando I (1793-1875), incapacitado por su enfermedad, había huido de Viena a Olmütz el 7 de octubre; abdicó el 2 de diciembre de 1848 en favor de su sobrino Francisco José. Franz von Stadion (1806-1853), ministro del Interior austriaco desde noviembre de 1848.

[^98]: Julius Fröbel (1805-1893), publicista y diputado demócrata, fue condenado a muerte en Viena junto con Blum, pero se le indultó. Robert Blum (1807-1848), publicista de Leipzig y jefe de la izquierda moderada en la Asamblea de Fráncfort, fue fusilado en Viena el 9 de noviembre de 1848, pese a su inmunidad de diputado.

[^99]: A comienzos de noviembre de 1848 Federico Guillermo IV encargó el Gobierno al conde de Brandenburg, con Otto von Manteuffel en Interior. El 9 de noviembre un decreto real aplazó la Asamblea y la trasladó a la ciudad de Brandeburgo; la disolución propiamente dicha llegó el 5 de diciembre de 1848.

[^100]: Rudolf von Auerswald (1795-1866) presidió, con Hansemann en Hacienda, el ministerio que sucedió al de Camphausen, de junio a septiembre de 1848.

[^101]: El ministerio del general Ernst von Pfuel (septiembre-noviembre de 1848).

[^102]: Otto von Manteuffel (1805-1882), ministro del Interior en el Gabinete Brandenburg (noviembre de 1848) y presidente del Consejo de Ministros de Prusia desde diciembre de 1850.

[^103]: Friedrich von Wrangel (1784-1877), general prusiano, comandante en jefe de las Marcas; entró en Berlín el 10 de noviembre de 1848.

[^104]: John Hampden (1594-1643), político inglés que en 1637 se negó a pagar el *ship money*, un impuesto exigido por Carlos I sin aprobación del Parlamento.

[^105]: El 11 de noviembre se disolvió la Guardia Nacional de Berlín y el 12 se declaró el estado de sitio; el 15 de noviembre los diputados que seguían reuniéndose votaron que el ministerio no tenía derecho a disponer de los fondos del Estado ni a recaudar impuestos mientras la Asamblea no pudiera deliberar libremente en Berlín.

[^106]: La Constitución otorgada (impuesta por el rey sin el acuerdo de la Asamblea) del 5 de diciembre de 1848, promulgada el mismo día en que se disolvió la Asamblea.

[^107]: Friedrich Daniel Bassermann (1811-1855), político liberal de Baden, subsecretario de Estado en el ministerio del Imperio. De su informe a la Asamblea de Fráncfort procede la expresión «figuras bassermannianas» (*Bassermannsche Gestalten*), aplicada con sorna a los tipos de aspecto patibulario.

[^108]: La Dieta austriaca se trasladó de Viena a Kremsier (Kroměříž, en Moravia) en noviembre de 1848. La patente de disolución y la nueva Constitución otorgada llevan fecha del 4 de marzo de 1849, pero se hicieron públicas el 7 de marzo, cuando las tropas ocuparon la sede de la Dieta.

[^109]: Grito atribuido a los paneslavistas checos de 1848. El knut, látigo de las penas corporales en Rusia, era el símbolo del poder zarista. La transcripción de la edición de 1896 trae «Prussian knout», errata que corregimos según la edición alemana (MEW, tomo 8: «russische Knute»).

[^110]: La Vendée, región del oeste de Francia que se alzó en 1793 contra la República; su nombre quedó como sinónimo de insurrección contrarrevolucionaria.

[^111]: La Constitución austriaca del 4 de marzo de 1849 nunca llegó a aplicarse y fue derogada por la patente de Nochevieja del 31 de diciembre de 1851.

[^112]: Las Cámaras prusianas se reunieron el 26 de febrero de 1849; la Segunda Cámara fue disuelta el 27 de abril de 1849.

[^113]: La Constitución del Imperio (*Reichsverfassung*) fue aprobada por la Asamblea de Fráncfort el 27 de marzo de 1849 y promulgada el 28, día en que la Asamblea eligió emperador a Federico Guillermo IV. El rey la rechazó definitivamente a finales de abril.

[^114]: «Dioses de las familias menores», es decir, dioses de segundo orden: expresión latina aplicada aquí a los príncipes menores. Reuss-Schleiz-Greiz-Lobenstein-Ebersdorf: Engels encadena con sorna los nombres de los minúsculos principados de la casa de Reuss, en Turingia.

[^115]: «Bajo Imperio»: alusión irónica al Imperio romano tardío. La «pequeña Alemania» es la solución «pequeñoalemana» (*kleindeutsch*): una Alemania unida sin Austria y bajo la hegemonía de Prusia, frente a la «granalemana» (*großdeutsch*), que incluía a Austria.

[^116]: En francés: «sobresaltos», «brincos».

[^117]: El 21 de marzo de 1848 Federico Guillermo IV recorrió a caballo las calles de Berlín con los colores negro, rojo y oro y proclamó que Prusia se fundía en Alemania. La Ley de Maine (1851) prohibía la fabricación y venta de bebidas alcohólicas en ese estado norteamericano; Engels insinúa que el rey estaba ebrio.

[^118]: Empieza la llamada campaña por la Constitución del Imperio (*Reichsverfassungskampagne*): los levantamientos de mayo a julio de 1849 en Sajonia, la Prusia renana, el Palatinado y Baden en defensa de la Constitución que Prusia, Austria, Baviera, Sajonia y Hannover se negaban a reconocer. Terminó con la capitulación de Rastatt, el 23 de julio de 1849.

[^119]: Insurrección de Dresde (3-9 de mayo de 1849): el rey Federico Augusto II de Sajonia, que había disuelto la Cámara y se negaba a reconocer la Constitución del Imperio, huyó a la fortaleza de Königstein y se formó un Gobierno provisional; tropas sajonas y prusianas aplastaron el levantamiento tras varios días de lucha en las calles. Tomaron parte en él, entre otros, Bakunin y Richard Wagner.

[^120]: En el Palatinado bávaro se formó a comienzos de mayo de 1849 un Comité de Defensa y después un Gobierno provisional; en Baden, tras sublevarse las tropas, el gran duque Leopoldo huyó el 13-14 de mayo y se formó un Gobierno provisional presidido por Lorenz Brentano.

[^121]: Georges Danton (1759-1794), en su discurso ante la Asamblea Legislativa del 2 de septiembre de 1792, con los prusianos en marcha sobre París. Engels cita en francés: «*de l'audace, de l'audace, encore de l'audace!*».

[^122]: Karl Vogt (1817-1895), naturalista, diputado de la izquierda en Fráncfort y uno de los cinco regentes elegidos por el Parlamento residual en Stuttgart en junio de 1849. Marx le dedicó en 1860 el panfleto *Herr Vogt*.

[^123]: Wilhelm Wolff (1809-1864), hijo de campesinos siervos de Silesia, maestro y periodista, miembro de la Liga de los Comunistas y redactor de la *Nueva Gaceta Renana*; diputado en la Asamblea de Fráncfort en 1849. Marx le dedicó el libro primero de *El capital*.

[^124]: Mijaíl Bakunin (1814-1876), revolucionario ruso, más tarde dirigente anarquista y adversario de Marx en la Internacional. Detenido tras la derrota de Dresde, fue condenado a muerte en Sajonia y en Austria (penas conmutadas) y entregado a Rusia en mayo de 1851: cuando Engels escribía no estaba en Munkács, sino en la fortaleza de Pedro y Pablo de San Petersburgo.

[^125]: Lorenz Brentano (1813-1891), abogado y diputado demócrata de Baden, presidente del Gobierno provisional badense en mayo-junio de 1849; emigró después a los Estados Unidos.

[^126]: Franz Sigel (1824-1902), antiguo teniente del ejército de Baden, jefe de las fuerzas insurrectas badenses en 1849; emigrado a los Estados Unidos, fue general de la Unión en la guerra de Secesión.

[^127]: Ludwik Mierosławski (1814-1878), revolucionario polaco, jefe de la insurrección de Posnania en 1848 y de las fuerzas revolucionarias de Sicilia en 1849; en junio de 1849 tomó el mando del ejército de Baden y el Palatinado, que fue derrotado por los prusianos en Waghäusel el 21 de junio.

[^128]: Striegau (hoy Strzegom, en Polonia), en Silesia.

[^129]: El llamado Parlamento residual (*Rumpfparlament*): poco más de un centenar de diputados, casi todos de la izquierda, se trasladaron de Fráncfort a Stuttgart a finales de mayo de 1849; el 6 de junio declararon depuesto al regente del Imperio y eligieron una Regencia de cinco miembros (Raveaux, Vogt, Heinrich Simon, Schüler y Becher). El 18 de junio el Gobierno de Wurtemberg hizo ocupar la sala de sesiones y dispersar a los diputados; la edición alemana (MEW) dice, en efecto, «el Gobierno de Wurtemberg» donde el texto inglés dice «el regente del Imperio».

[^130]: Gustav Adolph Rösler, diputado de la extrema izquierda por Oels, en Silesia.

[^131]: Así en el texto inglés de 1896 («in January»); la edición alemana (MEW, tomo 8) dice «en Alemania». La revolución alemana estalló en marzo de 1848.

[^132]: El golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851, con el que Luis Bonaparte disolvió la Asamblea Legislativa francesa. La «democracia pura» designa a los demócratas pequeñoburgueses franceses agrupados en la Montaña.

[^133]: Esa carta final nunca se publicó. Al reunir los artículos en libro en 1896, Eleanor Marx añadió como capítulo XX el artículo de Marx sobre el proceso de los comunistas de Colonia (*New-York Daily Tribune*, 22 de diciembre de 1852). En aquel proceso, celebrado en Colonia en octubre y noviembre de 1852, once miembros de la Liga de los Comunistas fueron juzgados con pruebas fabricadas en parte por la policía prusiana; siete fueron condenados a penas de tres a seis años de fortaleza.
