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Title: Sobre los intentos de fundar un nuevo partido de oposición (1852)
Description: Artículo de Marx para el New-York Daily Tribune sobre la «democracia» de lord John Russell, el «partido popular» de Hume y el «partido nacional»: una política de retirada de la burguesía radical frente a los tories, mientras los cartistas reorganizan en silencio su partido.
Author: Karl Marx
Date: 1852-11-09
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1852%20Sobre%20los%20intentos%20de%20fundar%20un%20nuevo%20partido%20de%20oposici%C3%B3n
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*Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 9 de noviembre de 1852 para el* New-York Daily Tribune*, que lo publicó en su número 3622, del 25 de noviembre de 1852. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 8 (Berlín, 1960, pp. 387-391), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1852%20%C3%9Cber%20Versuche%2C%20eine%20neue%20Oppositionspartei%20zu%20gr%C3%BCnden).*

Londres, martes 9 de noviembre de 1852

A medida que los partidos dominantes hasta ahora se disuelven y se borran sus rasgos individuales, se hace sentir, como es natural, la falta de un nuevo partido de oposición. Esta falta se expresa de distintas maneras.

Lord John Russell abre la marcha en su discurso ya mencionado.[^1] Dice que la alarma que dio lord Derby se debió en parte a los rumores de que él, lord J. Russell, había hecho suyas «opiniones sumamente democráticas».

> «No necesito asegurar que estos rumores carecen por completo de fundamento y que no puede invocarse ningún hecho semejante.»

Con todo, se llama demócrata y expone luego el inofensivo significado de la palabra:

> «El pueblo de este país es, dicho de otro modo, la democracia del país. La democracia tiene tanto derecho a disfrutar de sus derechos como la monarquía y la nobleza. La democracia no tiene la intención de tocar ninguna prerrogativa de la Corona. La democracia tampoco intenta menoscabar los privilegios legales de la Cámara de los Lores. ¿Qué es, pues, esta democracia? El aumento de la riqueza, el aumento de la inteligencia, el nacimiento de opiniones más ilustradas, más apropiadas para gobernar el mundo de manera ilustrada. Pero quiero ir aún más allá. Digo que, ante este reforzamiento de la posición de la democracia, *ya no puede aplicarse el viejo sistema de coacción que en otro tiempo me fue demasiado familiar*. Al contrario, habría que conservar y alentar a la democracia, y habría que dar a este poder y a esta autoridad un órgano legítimo y legal.»

El *Morning Herald* comenta al respecto:

> «Lord John Russell tiene un principio cuando es ministro y otro cuando está en la oposición. Cuando está en el poder, su principio es no hacer nada; cuando está en la oposición, su principio es prometerlo todo.»

¡Qué diablos puede entender el *Morning Herald* por «nada», si llama «todo» a la cháchara de lord Russell que acabamos de citar, y amenaza al pequeño John Russell, por su «democracia» leal al rey, respetuosa con los lores y sostenedora de los obispos, con la suerte de Frost, Williams y compañía![^2] Pero lo gracioso de la historia es esto: cuando lord Derby se presenta en la Cámara de los Lores como el adversario destacado de la «democracia» y habla de la democracia como del único partido contra el que vale la pena luchar, aparece el inevitable John Russell y examina qué es en realidad esta democracia: precisamente ese aumento de la riqueza, el aumento de la inteligencia de esos ricos y de sus pretensiones de influir en el gobierno por medio de la opinión pública y de órganos legales. Según esto, la democracia no es más que la expresión de las pretensiones de la burguesía, de la clase media industrial y comercial. Lord Derby se presenta como adversario de esta democracia; lord John Russell se ofrece como su abanderado. Ambos coinciden en la confesión tácita de que la vieja contienda dentro de su propia clase, la aristocracia, ya no tiene interés para el país. Y Russell está muy dispuesto a abandonar el nombre de whig y llamarse demócrata, si esa ha de ser la *conditio sine qua non* para desplazar a sus adversarios. Los whigs seguirían entonces de hecho desempeñando su papel de siempre y aparecerían oficialmente como los servidores de la burguesía. Así, el plan de Russell para reorganizar el partido se reduce a darle un nombre nuevo.

También Joseph Hume considera una necesidad la formación de un nuevo «partido popular». Pero, dice, no puede formarse sobre la base de un nuevo derecho de arrendamiento y propuestas parecidas.[^3] «Con eso nadie podría unir ni siquiera a 100 de los 654 miembros del Parlamento.» ¿En qué consiste, pues, la panacea de Hume?

> «La liga o partido o unión del pueblo tiene que estar de acuerdo en un punto, digamos en la exigencia del voto secreto. Una vez conseguido este único punto, debe pasar paso a paso a otros. Y el movimiento, que al principio tendrá que limitarse a unos pocos miembros de la Cámara de los Comunes, solo puede contar con el éxito cuando el pueblo de fuera y los electores comprendan la necesidad de colaborar y de apoyar al pequeño partido popular del Parlamento.»

Este mismo Hume fue uno de los hombres que redactaron la Carta del Pueblo.[^4] De la Carta del Pueblo, con sus seis puntos, se retiró a la «pequeña Carta» de los reformadores financieros y parlamentarios, con sus tres puntos,[^5] y ahora se limita al único punto del voto secreto. Qué éxito se promete él mismo de la nueva panacea lo dice al final de su carta al *Hull Advertiser*:

> «Dígame usted mismo cuántas redacciones se atreverán a apoyar a un partido que, con la composición actual del Parlamento, *no puede llegar nunca al poder*.»

Ahora bien, como este nuevo partido no tiene intención de cambiar por el momento nada en la composición del Parlamento, sino que se limita a exigir el voto secreto, no llegará nunca al poder, según su propia confesión. Pero ¿dónde está la utilidad de fundar un partido de la *impotencia*, de la impotencia abiertamente confesada?

Además de Joseph Hume, también otros intentan fundar un nuevo partido. Es el llamado *partido nacional*. En lugar de la Carta del Pueblo, este partido querría hacer del sufragio universal su santo y seña *exclusivo*, y con ello pasar por alto precisamente aquellas condiciones que son las únicas que pueden convertir el movimiento por el sufragio universal en un movimiento nacional y asegurarle el apoyo del pueblo. Volveré sobre este partido nacional. Se compone de antiguos cartistas que aspiran a que se los tenga por *respetables*, y de radicales, es decir, ideólogos burgueses, que quieren apoderarse del movimiento cartista. Detrás de ellos están —lo sepan o no los «nacionales»— los reformadores parlamentarios y financieros, la gente de la escuela de Manchester, que los empujan hacia delante y los utilizan como vanguardia.

Pero de todos estos míseros compromisos y de este deslizarse desde la posición firme, de toda esta búsqueda de maniobras débilmente oportunistas, de estas vacilaciones y curanderías, se desprende con demasiada claridad una cosa: Catilina está a las puertas de la ciudad,[^6] se prepara una lucha decisiva; la oposición sabe lo impopular que es y la poca resistencia que es capaz de oponer, de modo que todos los intentos de crear nuevos centros de defensa coinciden solo en un punto: en la «política de retirada». El «partido nacional» se retira de la Carta al sufragio universal; Joe Hume, del sufragio universal al voto secreto; un tercero, del voto secreto a un reparto más justo de los distritos electorales, y así sucesivamente, hasta que llegamos por fin a Johnny Russell, que no es capaz de lanzar otro grito de guerra que el simple nombre de la democracia. En la democracia de lord J. Russell deberían culminar en realidad el «partido nacional», el «partido popular» de Hume y todos los demás partidos aparentes, si tuvieran siquiera un rastro de vitalidad.

Por un lado, la flojedad y la indiferencia políticas como consecuencia de un periodo de prosperidad material; por otro, la convicción de que los tories traman algo malo; por un lado, la segura expectativa de los jefes burgueses de que pronto necesitarán el apoyo del pueblo, y a la vez, por otro, la experiencia que enseña a algunos de los jefes populares que el pueblo es demasiado indolente para crear por sí mismo, en este momento, su propio movimiento: todas estas circunstancias producen el fenómeno de que los partidos hacen intentos de acercamiento mutuo y los distintos grupos de la oposición que no están representados en el Parlamento se esfuerzan por unirse, haciéndose concesiones unos a otros, desde la fracción más radical hasta la menos radical, para llegar al final otra vez a lo que lord J. Russell tiene a bien llamar democracia.

Sobre los intentos de fundar un «partido nacional», como él mismo se titula, observa con mucha razón Ernest Jones:[^7]

> «La Carta del Pueblo es la aspiración de reforma política más amplia que existe, y los cartistas son el único partido verdaderamente nacional de Gran Bretaña que lucha por reformas políticas y sociales.»

Y R. G. Gammage, uno de los miembros del ejecutivo cartista,[^8] se dirige al pueblo con las palabras siguientes:

> «¿Rechazaríais, pues, la colaboración de la burguesía? Seguro que no, si esa colaboración se os ofrece en condiciones decentes y honrosas. ¿Cuáles son esas condiciones? Son claras y sencillas. Aceptar la Carta y, una vez aceptada, unirse a sus amigos, que ya se han organizado para hacerla realidad. Si os negáis a hacerlo, o sois adversarios de la Carta misma, o hacéis valer vuestra superioridad de clase y os imagináis que esa superioridad os da derecho a dirigir. En el primer caso, ningún cartista honrado puede unirse a vosotros; en el segundo, ningún obrero debería perder hasta tal punto el respeto de sí mismo como para doblegarse ante vuestro prejuicio de clase. ¡Que los obreros confíen solo en su propia fuerza, aceptando, eso sí, la ayuda honrada venga de quien venga; pero que actúen siempre como si su meta dependiera únicamente de sus propios esfuerzos!»

También la masa de los cartistas está en este momento completamente absorbida por la producción material. Pero el núcleo del partido se está organizando en todas partes, y se restablecen las conexiones tanto en Inglaterra como en Escocia. Si llega una crisis comercial y política, se sentirá la importancia de la actual actividad silenciosa en los principales centros del cartismo en toda Gran Bretaña.

*Karl Marx*

[^1]: El discurso de Perth, tratado en [«Los partidos políticos y las perspectivas»](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1852%20Los%20partidos%20pol%C3%ADticos%20y%20las%20perspectivas). Lord John Russell (1792-1878), jefe de los whigs, primer ministro de 1846 a febrero de 1852.

[^2]: John Frost (1784-1877) y Zephaniah Williams (1795-1874), dirigentes cartistas del levantamiento de Newport (Gales) de noviembre de 1839; condenados a muerte, se les conmutó la pena por la deportación a Australia.

[^3]: Probable alusión a las reivindicaciones de los arrendatarios irlandeses (tenant right), que defendía en el Parlamento la Liga de los Arrendatarios.

[^4]: La Carta del Pueblo (People's Charter, 1838), con sus seis puntos: sufragio universal masculino, voto secreto, parlamentos anuales, distritos electorales iguales, supresión del requisito de propiedad para los diputados y dieta para los diputados. Hume figuró entre los diputados radicales que intervinieron en su redacción.

[^5]: La Asociación Nacional de la Reforma Parlamentaria y Financiera, fundada en 1849 por radicales como Hume y Joshua Walmsley.

[^6]: Lucio Sergio Catilina, conspirador romano contra la República en el año 63 a. C.: el peligro está a las puertas.

[^7]: Ernest Jones (1819-1869), dirigente del ala revolucionaria del cartismo y director del *People's Paper*, amigo de Marx y Engels.

[^8]: Robert George Gammage (1815-1888), cartista, miembro del ejecutivo de la Asociación Nacional de la Carta y más tarde historiador del movimiento.
