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Title: De qué se trata realmente en Turquía (1853)
Description: Editorial de Engels para el New-York Daily Tribune sobre lo que está en juego en la cuestión de Oriente: el comercio del mar Negro y de Asia central, el valor militar de los Dardanelos y el Bósforo, y por qué la democracia revolucionaria no puede permitir que el zar haga de Constantinopla una de sus capitales.
Author: Friedrich Engels
Date: 1853-03
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1853%20De%20qu%C3%A9%20se%20trata%20realmente%20en%20Turqu%C3%ADa
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*Escrito en inglés por Friedrich Engels entre el 23 y el 28 de marzo de 1853 y publicado sin firma como editorial en el* New-York Daily Tribune*, núm. 3740, del 12 de abril de 1853. Traducido del original inglés según la edición de Eleanor Marx Aveling y Edward Aveling,* The Eastern Question *(Londres, 1897, pp. 14-19, donde se atribuye a Marx), cotejada con la versión alemana de la MEW (Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 9, Berlín, 1960, pp. 13-17), por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW; el inglés de 1897 lo titula «The Real Issue in Turkey». Las notas son nuestras. [Texto original en inglés](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1853%20The%20Real%20Issue%20in%20Turkey).*

Nos asombra que, en la discusión actual de la cuestión de Oriente, los periódicos ingleses no hayan mostrado con más audacia los intereses vitales que deberían hacer de Gran Bretaña el adversario serio e inflexible de los proyectos rusos de anexión y engrandecimiento. Inglaterra no puede permitirse dejar que Rusia se haga dueña de los Dardanelos y del Bósforo. Tanto en lo comercial como en lo político, semejante acontecimiento sería un golpe profundo, si no mortal, para el poder británico. Así lo mostrará una simple exposición de los hechos relativos a su comercio con Turquía.

Antes del descubrimiento de la ruta directa a la India, Constantinopla era el mercado de un amplio comercio; y hoy, aunque los productos de la India llegan a Europa por la ruta terrestre a través de Persia, Teherán y Turquía, los puertos turcos mantienen un tráfico muy importante y en rápido aumento tanto con Europa como con el interior de Asia. Para entenderlo basta mirar el mapa. Desde la Selva Negra hasta las alturas arenosas de Nóvgorod Veliki, todo el interior del continente lo drenan ríos que desembocan en el mar Negro o en el Caspio. El Danubio y el Volga, los dos ríos gigantes de Europa, el Dniéster, el Dniéper y el Don, forman otros tantos cauces naturales para llevar los productos del interior hasta el mar Negro, pues al propio Caspio solo se llega a través del mar Negro. Dos tercios de Europa, es decir, parte de Alemania y de Polonia, toda Hungría y las regiones más fértiles de Rusia, además de la Turquía europea, dependen así por naturaleza del Ponto Euxino para la exportación y el intercambio de sus productos; tanto más cuanto que todos estos países son esencialmente agrícolas, y la gran masa de sus productos hará siempre del transporte por agua el medio predominante. El trigo de Hungría, de Polonia, de Rusia meridional, la lana y los cueros de esos mismos países aparecen en cantidades cada año mayores en nuestros mercados occidentales, y todos se embarcan en Galați, Odesa, Taganrog y otros puertos del Ponto Euxino. Hay además otra rama importante del comercio que se practica en el mar Negro. Constantinopla, y sobre todo Trebisonda, en la Turquía asiática, son los principales mercados del comercio de caravanas hacia el interior de Asia, hacia el valle del Éufrates y del Tigris, hacia Persia y el Turquestán. También este comercio crece rápidamente. Los comerciantes griegos y armenios de esas dos ciudades importan grandes cantidades de manufacturas inglesas, cuyo bajo precio está desplazando a toda prisa la industria doméstica de los harenes asiáticos. Trebisonda está mejor situada que ningún otro punto para ese comercio. Tiene a sus espaldas los montes de Armenia, mucho menos infranqueables que el desierto de Siria, y se encuentra a una distancia conveniente de Bagdad, Shiraz y Teherán, ciudad esta última que sirve de mercado intermedio para las caravanas de Jiva y Bujará. La importancia que van adquiriendo este comercio y el del mar Negro en general puede verse en la Bolsa de Manchester, donde los compradores griegos de tez morena crecen en número y en importancia, y donde se oyen dialectos griegos y eslavos del sur junto al alemán y al inglés.

El comercio de Trebisonda se está convirtiendo también en un asunto político de la mayor gravedad, porque ha vuelto a poner en conflicto los intereses de Rusia y de Inglaterra en el interior de Asia. Hasta 1840 los rusos tenían un monopolio casi exclusivo del comercio de manufacturas extranjeras en aquella región. Se encontraban mercancías rusas que se habían abierto camino, y en algunos casos se preferían incluso a las inglesas, hasta las orillas del Indo. Hasta la guerra de Afganistán y la conquista del Sind y del Punjab,[^1] puede afirmarse con seguridad que el comercio de Inglaterra con el interior de Asia era casi nulo. Hoy las cosas han cambiado. La suprema necesidad de una expansión incesante del comercio —ese *fatum* que, como un espectro, persigue a la Inglaterra moderna y que, si no se lo aplaca enseguida, provoca esas terribles convulsiones que vibran de Nueva York a Cantón y de San Petersburgo a Sídney—, esa necesidad inflexible ha hecho que el comercio inglés ataque el interior de Asia por dos lados: desde el Indo y desde el mar Negro; y aunque sabemos muy poco de las exportaciones de Rusia a esa parte del mundo, podemos concluir con seguridad, por el aumento de las exportaciones inglesas a aquella región, que el comercio ruso en esa dirección ha debido de disminuir sensiblemente. El campo de batalla comercial entre Inglaterra y Rusia se ha desplazado del Indo a Trebisonda, y el comercio ruso, que antes se aventuraba hasta los límites del imperio oriental de Inglaterra, se ve reducido ahora a la defensiva en el borde mismo de su propia línea de aduanas. La importancia de este hecho para cualquier solución futura de la cuestión de Oriente, y para el papel que Inglaterra y Rusia puedan desempeñar en ella, es evidente. Son, y siempre serán, antagonistas en Oriente.

Pero hagamos una estimación más precisa de este comercio del mar Negro. Según el *Economist* de Londres, las exportaciones británicas a los dominios turcos, incluidos Egipto y los Principados del Danubio, fueron:[^2]

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| En 1840 | 1 440 592 £ |
| En 1842 | 2 068 342 £ |
| En 1844 | 3 271 333 £ |
| En 1846 | 2 707 571 £ |
| En 1848 | 3 626 241 £ |
| En 1850 | 3 762 480 £ |
| En 1851 | 3 548 595 £ |

De estas cantidades, por lo menos dos tercios han debido de ir a los puertos del mar Negro, Constantinopla incluida. Y todo este comercio en rápido aumento depende de la confianza que pueda inspirar la potencia que domine los Dardanelos y el Bósforo, las llaves del mar Negro. Quien las tenga puede abrir y cerrar a su antojo el paso a este último rincón del Mediterráneo. Si Rusia llegara a apoderarse de Constantinopla, ¿quién va a esperar que mantenga abierta la puerta por la que Inglaterra ha invadido su dominio comercial?

Esto en cuanto a la importancia comercial de Turquía, y en especial de los Dardanelos. Es evidente que no solo un comercio muy grande, sino el principal tráfico de Europa con Asia central y, por consiguiente, el principal medio de devolver la civilización a esa vasta región, dependen de la libertad ininterrumpida de comerciar por estas puertas del mar Negro.

Vengamos ahora a las consideraciones militares. La importancia comercial de los Dardanelos y del Bósforo los convierte sin más en posiciones militares de primer orden, es decir, en posiciones de influencia decisiva en cualquier guerra. Un punto así es Gibraltar, y otro Helsingør, en el Sund. Pero los Dardanelos son, por la naturaleza del lugar, todavía más importantes. Los cañones de Gibraltar o de Helsingør no pueden dominar todo el estrecho en que se encuentran, y necesitan la ayuda de una flota para cerrarlo; en cambio, la estrechez de los Dardanelos y del Bósforo es tal que unas pocas fortificaciones bien levantadas y bien artilladas, que Rusia, una vez dueña del lugar, no tardaría ni una hora en levantar, podrían desafiar a las flotas unidas del mundo entero si intentaran el paso. En ese caso, el mar Negro sería con más propiedad un lago ruso que el mismo lago Ládoga, situado en el corazón del país. La resistencia de los caucasianos quedaría vencida por hambre de inmediato; Trebisonda sería un puerto ruso, y el Danubio, un río ruso. Además, tomada Constantinopla, el Imperio turco queda partido en dos. La Turquía asiática y la europea no tienen ya medio de comunicarse ni de sostenerse una a otra; y mientras la fuerza del ejército turco, rechazada a Asia, resulta del todo inofensiva, Macedonia, Tesalia y Albania, flanqueadas y separadas del grueso de las fuerzas, no darán al conquistador el trabajo de someterlas: no les quedará más que pedir clemencia y un ejército que mantenga el orden interior.

Pero, llegada tan lejos en el camino del imperio universal, ¿es probable que esta potencia gigantesca e hinchada se detenga en su carrera? Las circunstancias, si no su propia voluntad, se lo impiden. Con la anexión de Turquía y de Grecia tendría excelentes puertos, y los griegos le darían hábiles marinos para su armada. Con Constantinopla, estaría en el umbral del Mediterráneo; con Durazzo y la costa albanesa de Antivari a Arta, en el centro mismo del Adriático, a la vista de las islas Jónicas británicas[^3] y a treinta y seis horas de vapor de Malta. Flanqueando los dominios austriacos por el norte, el este y el sur, Rusia contaría ya a los Habsburgo entre sus vasallos. Y entonces es posible, y hasta probable, otra cuestión. La frontera occidental del Imperio, quebrada y sinuosa, mal definida en cuanto a límites naturales, pediría una rectificación; y resultaría que la frontera natural de Rusia va de Danzig, o tal vez de Stettin, a Trieste. Y tan cierto como que a una conquista sigue otra y a una anexión otra anexión, la conquista de Turquía por Rusia no sería más que el preludio de la anexión de Hungría, Prusia y Galitzia, y de la realización final del imperio eslavo con que han soñado ciertos filósofos paneslavistas fanáticos.

Rusia es decididamente una nación conquistadora, y lo fue durante un siglo, hasta que el gran movimiento de 1789 puso en enérgica actividad a un antagonista temible. Nos referimos a la revolución europea, a la fuerza explosiva de las ideas democráticas y a la sed de libertad innata en el hombre. Desde aquella época no ha habido en realidad más que dos poderes en el continente europeo: Rusia y el absolutismo, la revolución y la democracia. Por el momento la revolución parece sofocada, pero vive, y se la teme tanto como siempre. Testigo de ello, el terror de la reacción ante la noticia del reciente levantamiento de Milán.[^4] Pero si Rusia se apodera de Turquía, su fuerza aumenta casi en la mitad y se vuelve superior a todo el resto de Europa junto. Semejante acontecimiento sería una calamidad indecible para la causa revolucionaria. El mantenimiento de la independencia turca o, en caso de una posible disolución del Imperio otomano, la detención del plan ruso de anexión, es un asunto de la mayor importancia. En esto los intereses de la democracia revolucionaria y los de Inglaterra van de la mano. Ninguna de las dos puede permitir que el zar haga de Constantinopla una de sus capitales, y veremos que, cuando se las ponga contra la pared, una le resistirá con tanta decisión como la otra.

[^1]: La primera guerra anglo-afgana (1838-1842); el Sind fue anexionado en 1843 y el Punjab en 1849.

[^2]: La versión alemana de la MEW abrevia esta tabla.

[^3]: Las islas Jónicas estuvieron bajo protectorado británico de 1815 a 1864.

[^4]: La insurrección mazziniana del 6 de febrero de 1853 en Milán.
