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Title: El tratado cuádruple — Inglaterra y la guerra (1853)
Description: Crónica de Marx para el New-York Daily Tribune sobre el protocolo de las cuatro potencias y la conferencia de Viena, que bajo capa de mediación sancionarían el protectorado ruso y todas las conquistas de la contrarrevolución desde 1830, el armisticio que Inglaterra quiere imponer a la Puerta y el escándalo de la fragata rusa Aurora, reparada en Portsmouth y fugada con sus desertores.
Author: Karl Marx
Date: 1853-12-09
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1853%20El%20tratado%20cu%C3%A1druple%20-%20Inglaterra%20y%20la%20guerra
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*Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 9 de diciembre de 1853 para el* New-York Daily Tribune*, que lo publicó en su número 3960, del 26 de diciembre de 1853. El original inglés completo no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 9 (Berlín, 1960, pp. 538-545), sin su aparato editorial, cotejada con el texto inglés, abreviado y con resúmenes entre corchetes, de* The Eastern Question *(Londres, 1897), por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1853%20Der%20Quadrupelvertrag%20-%20England%20und%20der%20Krieg).*

Londres, viernes 9 de diciembre de 1853

Sus lectores han seguido paso a paso las maniobras diplomáticas del gabinete de coalición, y por eso no les sorprenderá ningún nuevo intento de los Palmerston y los Aberdeen de apoyar al zar con el pretexto de proteger a Turquía y asegurar la paz de Europa. Están perfectamente preparados incluso para la resurrección de un congreso de Viena o de una conferencia de Londres. La Bolsa de la capital fue informada el viernes pasado, primero por el *Morning Chronicle*, de que Inglaterra había conseguido persuadir a Austria y a Prusia de que apoyaran a las potencias occidentales en su intento de una nueva mediación entre las partes beligerantes. Luego vino el *Morning Post* con la noticia de «este intento» y con el consolador anuncio de que

> «se había solicitado y obtenido la cooperación de Prusia y de Austria en este intento, y de que las cuatro potencias habían firmado un protocolo por el que se comprometían tácitamente a mantener la *actual distribución territorial de Europa* y a invitar a las potencias beligerantes a llegar a un arreglo pacífico de sus diferencias por medio de una conferencia europea. El primer paso que darán las cuatro potencias consistirá en averiguar sobre qué bases admitirá Turquía negociaciones para un acuerdo en la cuestión de Oriente. Cuando esto esté claramente establecido, las cuatro potencias invitarán a Rusia a manifestar sus opiniones sobre las bases del acuerdo propuesto. Después se invitará a ambas potencias a enviar plenipotenciarios a una conferencia de las grandes potencias en un lugar y una fecha por determinar... La *dignidad del zar* no se vería menoscabada y los intereses de Turquía quedarían plenamente salvaguardados, en primer lugar, por un *convenio de buena inteligencia, paz y comercio entre Turquía y Rusia* con la cláusula de proteger a los súbditos de cada Estado en los territorios del otro; en segundo lugar, por un tratado entre el sultán y las cinco potencias, *semejante al tratado de los Dardanelos de 1841*,[^1] en el que el sultán se comprometería a respetar las *constituciones y privilegios vigentes de los Principados del Danubio y de Serbia* y a asumir, como en *el tratado de Kainarji*[^2] —esta vez ante Europa y no ante Rusia—, la protección especial de la religión cristiana dentro de sus dominios».

Por último llegó el tonante de Printing House Square[^3] y anunció en una primera edición que la alianza entre las cuatro potencias estaba definitivamente concluida y que habían fijado unas condiciones que Rusia y la Puerta, en caso necesario, *«podrían ser obligadas a aceptar»*. Las acciones subieron al instante; pero la alegría de los bolsistas duró poco, porque el mismo *Times* anunció en su segunda edición que las cuatro potencias habían firmado, en efecto, un protocolo y presentado el proyecto de una nota colectiva, pero sin comprometerse a *imponer* su aceptación. Acto seguido las acciones volvieron a bajar. Al final, de la «noticia sensacional» no quedó más que la vieja historia de la resurrección del cadáver de la difunta conferencia de Viena —hablar de su espíritu sería absurdo—, y un despacho telegráfico confirmó la noticia de que

> «la conferencia de las cuatro potencias en Viena había enviado de nuevo a Constantinopla, el 6 de diciembre, una propuesta para el arreglo de las diferencias pendientes sobre la base de un nuevo proyecto, y de que las negociaciones de paz proseguirán aunque no se suspendan las hostilidades comenzadas».

En la víspera misma de la guerra, la conferencia de Viena —esa pitia que mira al pasado— acababa de proponer a Turquía que aceptara el ultimátum del príncipe Ménshikov. Después de que Rusia sufriera la primera derrota, Inglaterra y Francia apoyaron la respuesta de Reshid Bajá al ultimátum del príncipe Ménshikov. Es imposible predecir a qué fase de las negociaciones pasadas han llegado ahora en su marcha atrás. La *Augsburger Zeitung* informa de que las *nuevas* propuestas de la conferencia expresan el deseo de las cuatro potencias de «evitar la guerra». ¡Una noticia verdaderamente sorprendente!

Por insulsa que pueda parecer toda esta charlatanería diplomática en un momento en que el *statu quo* ha sido desplazado por un *status belli*, no debemos olvidar que las intenciones secretas del gabinete británico se transparentan en los fantásticos planes de congresos y conferencias; que los periódicos ministeriales tantean el terreno para averiguar hasta dónde puede permitirse llegar el ministerio, y que más de una vez los rumores infundados de hoy han anunciado los acontecimientos de mañana. Lo cierto es que Inglaterra *propuso* la cuádruple alianza con la intención de imponer a Turquía las resoluciones que tomaran las cuatro potencias, aunque Austria se negara a entrar en la alianza. Aunque no se haya concluido ninguna alianza, las cuatro potencias han firmado al menos un «protocolo» que fija los principios según los cuales han de llevarse las negociaciones. No es menos cierto que la conferencia de Viena, que impidió actuar a Turquía hasta que el ejército ruso hubo ocupado los Principados del Danubio y alcanzado las fronteras de Bulgaria, ha reanudado su actividad y ha enviado ya una nueva nota al sultán. Que no hace falta un gran paso para ir de una conferencia de Viena a una conferencia europea en Londres quedó demostrado ya en tiempos de la sublevación de Mehmet Alí en 1839.[^4] Si la conferencia prosiguiera su obra de «pacificación» y Rusia, entretanto, la guerra contra Turquía, no sería más que una repetición de la conferencia de Londres de 1827-1829, cuyo resultado fue la destrucción de la flota turca en Navarino y la pérdida de la independencia turca por el tratado de Adrianópolis.[^5] Las bases de las negociaciones propuestas por el gabinete británico y aceptadas por las demás potencias las indican claramente los periódicos ministeriales: mantenimiento de la «actual distribución territorial de Europa». Sería un gran error ver en estas propuestas una simple vuelta a las condiciones de la paz de Viena.[^6] La extinción del reino de Polonia, la toma de posesión de las bocas del Danubio por Rusia, la anexión de Cracovia, la transformación de Hungría en una provincia austriaca: ninguno de estos «arreglos territoriales» ha sido sancionado nunca por ninguna conferencia europea. Así pues, una sanción de la «actual distribución territorial de Europa» significaría más bien una sanción de todas las violaciones del tratado de Viena cometidas por Rusia y Austria desde 1830, en lugar de, como se pretende, admitir simplemente a Turquía en el tratado de Viena. «Un tratado de buena inteligencia, paz y comercio entre Rusia y Turquía»: son las mismas palabras que se encuentran en el preámbulo de los tratados de Kainarji, de Adrianópolis y de Unkiar-Skelessi. «Un tratado como el de los Dardanelos de 1841», escribe un periódico de Palmerston. ¡Muy cierto! Un tratado como aquel que excluyó a Europa de los Dardanelos y convirtió el Ponto Euxino en un lago ruso.[^7] Pero, escribe el *Times*, ¿por qué no habríamos de estipular el libre acceso de los buques de guerra a los Dardanelos y la libre navegación del Danubio? Lean, sin embargo, la carta de lord Palmerston de septiembre de 1839 al señor Bulwer, entonces embajador en París, y verán que entonces se abrigaban esperanzas parecidas.

«El sultán se compromete a respetar las constituciones vigentes de los Principados del Danubio y de Serbia». Pero esas constituciones vigentes reparten la soberanía sobre esas provincias entre el zar y el sultán, y hasta hoy no las ha reconocido ninguna conferencia europea. La nueva conferencia añadiría, por tanto, el consentimiento de Europa al protectorado de hecho de Rusia sobre territorios turcos. El sultán quedaría entonces obligado, no ante el zar, sino ante Europa, a «proteger la religión cristiana dentro de sus dominios». Esto significa que el derecho de toda potencia extranjera a inmiscuirse en los asuntos del sultán con sus súbditos cristianos se convertiría en un artículo del derecho internacional europeo, y que Europa, en caso de nuevos conflictos, quedaría obligada por tratado a apoyar las pretensiones de Rusia, que, como una de las partes contratantes, tendría derecho a interpretar a su manera la protección que reclaman los cristianos en los dominios del sultán. Por esta razón, el nuevo tratado, tal como lo ha propuesto el gabinete de coalición y como lo han interpretado sus propios órganos, es el plan más vasto de entrega de Europa a Rusia que jamás se haya tramado, un plan que sanciona todos los cambios producidos por la contrarrevolución desde 1830. No hay, pues, razón alguna para prorrumpir en júbilo o en asombro por el cambio en la política de Austria, un cambio que, según finge creer el *Morning Post*, «se ha producido de repente en los últimos diez días». En cuanto a Bonaparte, sean cuales sean sus otros planes, por el momento el emperador advenedizo está más que satisfecho de trepar, con Turquía como escalera, al cielo de las viejas potencias legítimas.

Las opiniones del gabinete de coalición las ha expresado sin disimulo el semanario ministerial *Guardian*:

> «Es sencillamente ridículo tratar a Rusia como a un enemigo vencido e imaginarse que la tenemos agarrada por el cuello solo porque las tropas rusas han sido rechazadas en las trincheras de Oltenița y han sido tomados algunos fuertes en el mar Negro. Estas pérdidas insignificantes no harían más que inflamar su orgullo y mantenerla alejada de las negociaciones hasta encontrarse en una posición más fuerte. Pero los soberanos, como los demás hombres, se guían por motivos diversos. El zar es un hombre orgulloso y apasionado, pero también prudente. Está metido en una disputa en la que puede perder, pero no ganar nada. Su política es la misma que la de sus predecesores, que siempre ganaron más con las amenazas de guerra que con las guerras mismas y cuyo sistema constante e invariable de usurpaciones encierra buena dosis de elástica capacidad de adaptación, que les ha permitido evitar grandes catástrofes e *incluso sacar provecho de pequeños reveses*. La resolución provisional de las cuatro potencias de no introducir ni permitir cambios en las relaciones territoriales de Europa parece partir de *esta razonable* opinión sobre la posición del zar y sobre su política. Quedarán decepcionados quienes se imaginan que Inglaterra lo ha vencido o quienes se dejan engañar por las fantásticas necedades de los periódicos *proteccionistas*. Pero lo que está a la orden del día no es la *humillación de Rusia*, sino la pacificación de Europa» (en el sentido ruso, naturalmente), «alcanzar en lo posible esa paz duradera por la que el enviado soldado francés empeñó ante el sultán la palabra de honor de su señor.[^8] El *próximo tratado*, de eso podemos estar seguros, no será un mero restablecimiento del *statu quo*, sino que intentará al menos regular sobre una base duradera las relaciones entre Turquía y Europa y entre el gobierno turco y sus súbditos cristianos. Sí, intentará, porque por duradero que logremos hacerlo, en el fondo *todo acuerdo que admita un Imperio turco en Europa será siempre provisional*. Pero un acuerdo provisional de esa clase es hoy posible y necesario».

Por tanto, el fin último que persiguen las potencias consiste en ayudar al zar a «sacar provecho de pequeños reveses» y en «no admitir un Imperio turco» en Europa. El acuerdo provisional contribuirá, naturalmente, a la realización del fin último en la medida en que «hoy sea posible».

Algunas circunstancias, sin embargo, han desbaratado de manera singular los cálculos de los políticos de la coalición. Una son las noticias de las nuevas victorias de los turcos a orillas del mar Negro y en las fronteras de Georgia. Otra es la insistente afirmación de que todo el ejército estacionado en Polonia ha recibido orden de avanzar hacia el Prut, mientras que, por otra parte, nos informan desde las fronteras de Polonia de que

> «en la noche del 23 al 24 del mes pasado tuvo lugar la *branka*, o leva de reclutas para el ejército,[^9] y en lugares donde hasta ahora se tomaban uno o dos hombres se reclutaron ahora de ocho a diez».

Esto demuestra al menos que el zar tiene poca confianza en el genio pacificador de las cuatro potencias. La declaración oficial de Austria de «que no se ha concluido ninguna alianza entre las cuatro cortes» muestra que Austria, por mucho que desee imponer condiciones a Turquía, no se atreve siquiera a dar la impresión de querer obligar al zar a aceptar condiciones elaboradas en su propio interés. Por último, la respuesta del sultán al embajador francés, de que

> «por el momento es del todo inaceptable un acuerdo amistoso sin que Rusia abandone por completo las pretensiones planteadas y se retire inmediatamente de los Principados»,

ha dejado como fulminados a los entusiastas del congreso, y un órgano del astuto y experimentado Palmerston revela ahora abiertamente a los demás hermanos esta porción de verdad:

> «Rusia no puede consentir en la evacuación inmediata de los Principados y en la renuncia completa a todas sus pretensiones sin menoscabo de su dignidad y de su influencia. Sería necio suponer que una potencia tan fuerte lo permitiría sin una lucha desesperada.

> Por eso lamentamos que se intenten ahora negociaciones, porque solo podemos prever un fracaso».

Una Rusia derrotada no puede entrar en negociación alguna. Ahora se trata ante todo de cambiar el fiel de la balanza de la guerra. Pero ¿cómo conseguirlo si no es dejando que Rusia gane tiempo? Lo único que necesita es aplazamiento, ganar tiempo para reclutar nuevas tropas y repartirlas por todo el Imperio, concentrarlas y detener la guerra contra Turquía hasta que haya acabado con los montañeses del Cáucaso. Así puede mejorar la situación de Rusia, y el intento de negociar «puede tener éxito si Rusia, en lugar de vencida, está victoriosa». En consecuencia, Inglaterra, según declaran la *Ost-Deutsche Post* de Viena y el ministerial *Morning Chronicle*, ha intentado convencer a Turquía de que convenía aceptar un armisticio de tres meses. Lord Redcliffe[^10] tuvo con el sultán una audiencia de cinco horas para obtener de Su Alteza el consentimiento al armisticio propuesto, que sus ministros habían negado. El resultado fue que se convocó una sesión extraordinaria del consejo de ministros para deliberar sobre el asunto. La Puerta se negó en redondo a aceptar el armisticio propuesto, y no podía aceptarlo sin cometer una traición abierta al pueblo turco. El *Times* de hoy comenta:

> «En el estado de ánimo actual, no será fácil reducir las pretensiones de la Puerta a límites razonables».

La Puerta es lo bastante poco razonable como para comprender que es del todo incompatible con la dignidad del zar sufrir una derrota y que, por eso, debería concederle un armisticio de tres meses para anular sus propios éxitos y ayudarle a volver a ser victorioso y «magnánimo». Sin embargo, todavía no se han abandonado todas las esperanzas de concluir un armisticio de tres meses.

> «Es posible», opina el *Times*, «que un armisticio recomendado por las cuatro potencias encuentre mejor acogida».

El bonachón *Morning Advertiser*

> «no está dispuesto a aceptar como correcta esta versión», porque «ni la cabeza más astuta habría podido idear un intento más directo de traicionar la causa otomana en favor del zar, o uno más apropiado para ese fin».

La confianza del radical *Morning Advertiser* en «el honor y la rectitud» de Palmerston y su ignorancia de la historia de la diplomacia inglesa parecen igual de inconmensurables. Como este periódico es propiedad de la Licensed Victuallers' Association,[^11] sospecho que los editoriales los escriben de vez en cuando esos mismos taberneros.

Mientras Inglaterra se emplea así en Constantinopla y en Viena como avanzada de Rusia, veamos cómo los rusos, por su parte, despachan sus asuntos en Inglaterra.

En un artículo anterior ya informé a sus lectores de que, al mismo tiempo que el gobierno de coalición finge amenazar a Rusia en el mar Negro, se están reparando buques de guerra rusos —las dos fragatas *Aurora* y *Navarino*— en los astilleros de la reina en Portsmouth. El sábado pasado, el *Morning Herald* y el *Daily News* nos informaron de que seis marineros de la fragata rusa *Aurora* habían desertado y, cuando casi habían llegado a Guildford, fueron alcanzados por un oficial de la fragata rusa *Aurora* y un inspector de policía inglés y devueltos a Portsmouth, a bordo del *Victorious*, un buque inglés que la tripulación de la *Aurora* ocupaba mientras se reparaba esta. Se les sometió a un cruel castigo corporal y se les cargó de grilletes. Cuando esto se supo en Londres, algunos caballeros, por mediación de un abogado, el señor Charles Ronalds, obtuvieron en virtud de la ley de *habeas corpus*[^12] una orden judicial por la que se requería al contraalmirante Martin, a algunos otros oficiales de marina ingleses y al capitán ruso comandante de la fragata *Aurora* que presentaran a los seis marineros ante el lord Chief Justice de Inglaterra. Las autoridades inglesas del astillero se negaron a cumplir la orden; el capitán inglés se dirigió al vicealmirante, este al almirante, y el almirante, a su vez, se creyó obligado a ponerse en contacto con el primer lord del Almirantazgo, el famoso sir James Graham, que diez años antes, en el caso de los hermanos Bandiera, había puesto el correo británico a disposición de Metternich.[^13] En cuanto al capitán ruso, aunque la orden real le fue entregada a bordo del buque inglés *Victorious* y un intérprete le informó suficientemente de su significado, la arrojó con desprecio por la borda. Cuando le devolvieron el escrito por una porta de cañón, volvió a tirarlo. «Si de verdad viniera de Su Majestad», dijo el capitán ruso, «se lo habrían entregado a nuestro embajador o al cónsul». Como el cónsul estaba ausente, su sustituto se negó a intervenir. El 6 de diciembre se entregaron de nuevo a las autoridades navales de Portsmouth órdenes judiciales que les mandaban, en nombre de la reina, presentar ante el lord Chief Justice no solo a los seis hombres mencionados, sino también al capitán ruso. En lugar de cumplir la orden, el Almirantazgo hizo todo lo posible por sacar el buque del puerto a remolque y llevarlo a alta mar, y al día siguiente se vio a la *Aurora*, al mando del capitán Izylmétiev, poner rumbo al océano Pacífico, desafiando la orden judicial. Según nos comunica el *Daily News* de ayer, entretanto

> «la corbeta rusa *Navarino* sigue en dique para ser calafateada y reparada a fondo. Hay ocupado en ello un gran número de obreros del astillero».

Pero obsérvese cómo ha presentado este caso «sensacional» la prensa ministerial.

El *Morning Chronicle*, el órgano de los peelitas, prefirió callar, porque Graham, es decir, su hombre, es el más comprometido en todo el asunto. El primero en romper el silencio fue el *Morning Post* palmerstoniano, porque su amo y señor no podía dejar pasar semejante ocasión de demostrar su maestría en presentar como fáciles casos a todas luces difíciles. Según este periódico, se daba demasiada importancia a todo el caso y se había exagerado muchísimo. Afirmaba, sobre el testimonio del capitán ruso, que había ordenado los crueles azotes y el encarcelamiento de los seis desertores, que «estos marineros dicen que no desertaron por propia iniciativa, sino que los atrajeron unas personas que se les acercaron en la calle». Estos marineros, después de haber logrado bajar a tierra contra las órdenes del capitán ruso y contra su propia voluntad, fueron «emborrachados, llevados en un carruaje tierra adentro» y luego abandonados, «después de haberles dado indicaciones para llegar a Londres y direcciones de personas a las que debían dirigirse allí». El órgano palmerstoniano inventó esta absurda historia con la intención de hacer creer al público que los desertores «se habían entregado ellos mismos a la policía», una mentira demasiado descarada para que el *Times* la repitiera también. El *Post* insinúa, con gran despliegue de indignación moral, que todo el asunto lo habían tramado algunos refugiados polacos, que probablemente se proponían herir los sentimientos del magnánimo señor de lord Palmerston.

Otro órgano ministerial, el *Globe*, afirma que

> «la objeción de que un extranjero solo tiene que reconocer los procedimientos que emanen del ministro de su propio país es sencillamente insostenible; de lo contrario, cualquier extranjero podría violar nuestras leyes en un puerto británico sin que se le pudieran pedir cuentas, salvo por la intervención de un embajador».

El *Globe* llega en consecuencia a la mesurada conclusión de que la respuesta del capitán ruso al funcionario que le presentó la orden de *habeas corpus* «no fue del todo satisfactoria». Pero en los asuntos humanos sería vano aspirar a algo así como la perfección.

El *Times* exclama:

> «Si el capitán ruso los hubiera hecho ahorcar a todos» (es decir, a los seis marineros recapturados) «a la mañana siguiente en la verga de su fragata, habría estado completamente *fuera* del control de la legislación inglesa».

¿Y por qué lo habría estado? Porque en el tratado de navegación concluido entre Rusia y Gran Bretaña en 1840 (bajo la dirección de lord Palmerston) figura un pasaje a este respecto:

> «Los cónsules, vicecónsules y agentes comerciales de las altas partes contratantes que residan en los dominios de la otra recibirán de las autoridades locales toda la asistencia legal que necesiten para apoderarse de los marineros fugitivos de los buques mercantes o de guerra de sus respectivos países».

Pero, querido y buen *Times*, la cuestión es precisamente qué ayuda estaban obligadas por ley las autoridades inglesas a prestar al capitán ruso. En cuanto a las propias autoridades rusas, «que en estos tiempos de crisis política hacen reparar sus buques en puertos ingleses», el *Times* ve en ello «una gran falta de delicadeza y de buen tono», y cree «que los oficiales de esos buques han sido puestos en la situación de espías». Pero el gobierno británico, escribe, «no podría haber expresado con más fuerza su desprecio por semejante política» que con lo que ha hecho, a saber, admitir a los espías rusos en los propios astilleros de la reina, «aun cuando ello cause escándalo público», poniendo a su disposición buques de guerra británicos, haciendo trabajar para ellos a obreros de los astilleros pagados del bolsillo del contribuyente británico y despidiéndolos con salvas cuando se dan a la fuga después de haber violado las leyes de Inglaterra.

*Karl Marx*

[^1]: El convenio de los Estrechos firmado en Londres el 13 de julio de 1841 por las cinco grandes potencias y Turquía, que cerraba los Dardanelos y el Bósforo a los buques de guerra extranjeros mientras la Puerta estuviera en paz.

[^2]: El tratado de Küçük Kaynarca (1774), que puso fin a la guerra ruso-turca de 1768-1774.

[^3]: El *Times*, cuya redacción estaba en Printing House Square.

[^4]: Mehmet Alí (1769-1849), bajá de Egipto, en guerra con el sultán en 1831-1833 y en 1839-1841.

[^5]: En la batalla de Navarino (20 de octubre de 1827), las flotas de Inglaterra, Francia y Rusia destruyeron la flota turco-egipcia. El tratado de Adrianópolis (1829) puso fin a la guerra ruso-turca de 1828-1829.

[^6]: Los tratados del Congreso de Viena de 1815.

[^7]: El texto inglés de *The Eastern Question* (1897) dice aquí «lago ruso»; la versión alemana de la MEW, «mar ruso».

[^8]: El general Achille Baraguey d'Hilliers, embajador de Francia en Constantinopla.

[^9]: La *branka* (en polaco, «leva») era el reclutamiento forzoso en el reino de Polonia.

[^10]: Stratford Canning, lord Stratford de Redcliffe (1786-1880), embajador británico en Constantinopla.

[^11]: La asociación de taberneros con licencia.

[^12]: La ley inglesa de 1679 que garantiza que ningún detenido puede ser retenido sin ser llevado ante un juez.

[^13]: En 1844, siendo ministro del Interior, Graham hizo abrir la correspondencia de Mazzini y comunicó su contenido a los gobiernos de Austria y de Nápoles; los hermanos Attilio y Emilio Bandiera fueron capturados en Calabria y fusilados.
