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Title: La cuestión de la guerra turca — El New-York Tribune en la Cámara de los Comunes — El gobierno de la India (1853)
Description: Crónica de Marx para el New-York Daily Tribune: Rusia ocupa los Principados del Danubio, Bright exhibe el propio Tribune en el debate sobre el impuesto de los anuncios, y un análisis del doble gobierno de la India, repartido entre la Junta de Control del ministerio y los directores de la Compañía de las Indias Orientales, tras los que gobiernan los financieros de la City y la burocracia de Leadenhall Street.
Author: Karl Marx
Date: 1853-07-05
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1853%20La%20cuesti%C3%B3n%20de%20la%20guerra%20turca%20-%20El%20New-York%20Tribune%20en%20la%20C%C3%A1mara%20de%20los%20Comunes%20-%20El%20gobierno%20de%20la%20India
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*Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 5 de julio de 1853 y publicado en el* New-York Daily Tribune*, núm. 3824, del 20 de julio de 1853. El original inglés completo no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de la MEW (Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 9, Berlín, 1960, pp. 176-187), cotejada con las partes del texto inglés que recogen* The Eastern Question *(Londres, 1897) y, para la sección sobre la India, el Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1853%20Die%20Frage%20des%20t%C3%BCrkischen%20Krieges%20-%20Die%20New-York%20Tribune%20im%20Unterhaus%20-%20Die%20Regierung%20Indiens).*

Londres, martes 5 de julio de 1853

El correo con el rechazo del *ultimatísimo* ruso por Reshid Bajá llegó a San Petersburgo el 24 de junio, y tres días después se despachó un mensajero con órdenes para el príncipe Gorchakov de cruzar el Prut y ocupar los Principados del Danubio.[^1]

El gobierno austríaco ha enviado al conde Gyulai en misión extraordinaria ante el zar,[^2] sin duda con la intención de advertirle del peligro de la revolución que acecha detrás de toda guerra europea general. Podemos inferir la respuesta del gabinete ruso en este caso de la que dio a representaciones semejantes de la misma potencia en 1829. Decía así:

> «En esta ocasión, el gabinete austríaco ha expuesto todos los motivos de alarma creados por la fermentación que, según su opinión y la información de que dispone, reina en más de un país, así como los progresos que han hecho últimamente las tendencias revolucionarias. Estos temores se manifiestan muy en particular en la carta del emperador Francisco a Nicolás. Estamos lejos de negar los peligros que nos señala Austria. Puesto que, por obra de la influencia extranjera, la resistencia de la Puerta adopta un carácter de obstinación que prolonga más allá de nuestros deseos y nuestras esperanzas el término de esta crisis, y que exige incluso de nosotros redoblados esfuerzos y nuevos sacrificios, se verá a Rusia consagrar más que nunca toda su atención a los intereses que afectan tan de cerca al poder y al bienestar de sus súbditos; desde ese momento, los medios que podría oponer al estallido del espíritu revolucionario en el resto de Europa quedarán necesariamente paralizados. Ninguna potencia, pues, debería estar más interesada que Austria en la conclusión de la paz, pero de una paz gloriosa para el emperador y ventajosa para su imperio. Porque si el tratado que hubiéramos de firmar no tuviera este carácter, la consideración y la influencia políticas de Rusia sufrirían con él un golpe fatal, el *prestigio* de su fuerza se desvanecería, y el apoyo moral que quizá se le pidiera prestar en futuras eventualidades a potencias amigas y aliadas sería precario e ineficaz.» (Despacho secreto del conde Nesselrode al señor Tatíshchev, fechado en San Petersburgo el 12 de febrero de 1829.)[^3]

*The Press* del sábado pasado afirma que el zar, decepcionado por la conducta de Inglaterra y muy en especial por la de lord Aberdeen, ha dado instrucciones al barón Brunnow[^4] de no comunicarse más con ese «buen» anciano y de limitarse a sus relaciones oficiales con el ministro de Asuntos Exteriores.

El *Wiener Lloyd*, órgano de la bancocracia austríaca, se pronuncia muy resueltamente por que Austria se ponga del lado de Inglaterra y Francia para oponerse a la política agresiva de Rusia.

Recordará usted que el ministerio de coalición sufrió una derrota el 14 de abril con motivo de la propuesta de abolir el impuesto sobre los anuncios.[^5] Ahora, el 1 de julio, ha sufrido otras dos derrotas por el mismo motivo. El señor Gladstone propuso ese día reducir el impuesto sobre los anuncios de 1 chelín y 6 peniques a 6 peniques y extenderlo a los anuncios de todas las revistas, folletos y demás impresos. La enmienda del señor Milner Gibson[^6] para abolir todos los impuestos que se pagan actualmente por los anuncios fue rechazada por 109 votos contra 99. Los partidarios del señor Gladstone, que creían tener ya la victoria en el bolsillo, abandonaron la Cámara para ir a cenar y a un baile de la corte; entonces se levantó el señor Bright y pronunció un discurso muy eficaz contra los impuestos sobre el saber en general y contra el impuesto del timbre y el de los anuncios en particular. De este discurso quiero citar algunas frases que pueden ser de interés para usted:

> «Dijo (el señor Bright) que tenía en la mano un periódico del mismo tamaño que los diarios londinenses sin suplemento, y que se atrevía a afirmar que era tan buen periódico como cualquiera de los que se publicaban en Londres. La composición era mejor que la de cualquier diario de Londres. El papel, el material, eran extraordinariamente buenos, del todo suficientes para todos los fines a los que sirve un periódico. La impresión no podía superarse, y, para su formato, traía más contenido que cualquier diario impreso en Londres. Las páginas primera, segunda y tercera contenían anuncios. Había largos artículos sobre la investigación de la American Art Union, un editorial con un resumen de todas las últimas noticias de Europa, un editorial sobre la disputa de las pesquerías y un editorial con cuyo contenido estaba enteramente de acuerdo, a saber, que los banquetes oficiales eran una necedad oficial.» («¡Muy bien, muy bien!» y risas.) «Quizá había leído artículos de más estilo, pero ninguno de tono más elevado, y difícilmente más útiles. Luego venían “Tres días más tarde de Europa”, “La llegada del *Asia*” y un resumen de todas las noticias de Europa. De Gran Bretaña había un extenso estudio del presupuesto del muy honorable caballero, que en parte le hacía justicia y en parte no, y que no hacía la menor justicia a la escuela de Manchester.» (Risas.) «Luego había una crónica de la visita de la señora Stowe a Edimburgo,[^7] un largo artículo de *The Times* de Londres sobre las injusticias que se cometen con las costureras, artículos de Grecia, de España y de otros países del continente europeo, la elección de Athlone y la reelección del fiscal general de Su Majestad con exactamente 189 votos, ¡lo que para un americano debía de ser una lectura asombrosa!, varias columnas de noticias corrientes en forma de sueltos y cotizaciones mercantiles y de mercado muy detalladas. El periódico defendía constantemente la templanza y combatía la esclavitud, y él [Bright] se atrevía a afirmar que no había en este momento en Londres periódico mejor. El nombre de este periódico era *The New-York Tribune*, y se ponía con regularidad todas las mañanas en la mesa de todo obrero de Nueva York que estuviera dispuesto a comprarlo por un penique.» («¡Muy bien, muy bien!») «Su pregunta al gobierno era: ¿cómo es posible, y a qué buen fin sirve, y por qué artificio de opresión fiscal sucede, que un trabajador tenga que pagar aquí 5 peniques por un diario matutino de Londres, mientras que su competidor directo en Nueva York puede comprar un periódico por 1 penique? Estábamos, a la vista del mundo entero, en una carrera con los Estados Unidos; pero si nuestros artesanos se veían obligados o a no tener periódico alguno, o a pagar 5 peniques por él, o a verse empujados a las tabernas para leerlo, mientras que cualquier artesano de los Estados Unidos podía adquirirlo por 1 penique, ¿cómo se podía hablar de una competencia leal entre los artesanos de esos dos países? Lo mismo daría afirmar que un comerciante de Inglaterra que nunca viera una lista de precios podía llevar su negocio en las mismas condiciones que el comerciante que goza de esa ventaja *todos* los días.» («¡Muy bien, muy bien!») «... Si el ministro de Hacienda tenía algo que objetar a sus afirmaciones, él [Bright] le diría sin vacilar que se debía a que él [el ministro de Hacienda] temía en secreto la libertad de prensa; y si el muy honorable caballero hablaba de dificultades financieras, él [Bright] opinaba que lo hacía solo para ocultar su terror secreto de que la gente pudiera tener una prensa libre y mayores posibilidades de información política.» («¡Muy bien!») «Solo el miedo a que la prensa pudiera ser libre los había movido a conservar el impuesto de 6 peniques sobre los anuncios como sostén del timbre de los periódicos.»

El señor Craufurd propuso entonces sustituir la cantidad de 6 peniques por la cifra de 0 peniques. El señor Cobden apoyó la propuesta y, en respuesta a la afirmación del señor Gladstone de que el impuesto sobre los anuncios no influiría especialmente en la venta de los periódicos baratos, llamó su atención sobre la declaración del señor Horace Greeley,[^8] interrogado sobre este asunto por la comisión que se reunió en 1851:

> «Este caballero era uno de los comisarios de la Gran Exposición, y era el propietario de ese mismo periódico que había citado su honorable amigo el señor Bright. Se le preguntó cuál sería el efecto del impuesto sobre los anuncios en América; su respuesta fue que su aplicación arruinaría a los nuevos periódicos americanos.»

Entonces se levantó lord John Russell y dijo, con voz bastante alterada, que no era muy leal deshacer, con las filas de la Cámara tan clareadas, decisiones ya tomadas. Naturalmente, lord John no recordaba que sus colegas habían sido derrotados en su día, en este mismo impuesto sobre los anuncios, por una mayoría de 40 votos, y que ahora solo habían tenido una mayoría de 10. Pese a la lección de lord John sobre la lealtad «constitucional», la propuesta del señor Gladstone de gravar cada anuncio con 6 peniques fue rechazada por 68 votos contra 63, y la enmienda del señor Craufurd aprobada por 70 contra 61. El señor Disraeli y sus amigos votaron con la escuela de Manchester.

La Cámara de los Comunes, para estar a la altura de la colosal magnitud del tema, ha estirado su debate sobre la India hasta una longitud y una anchura insólitas, aunque a ese debate le ha faltado del todo profundidad e interés vivo. La votación, que dejó al ministerio una mayoría de 322 contra 142, está en proporción inversa al debate. El debate estuvo lleno de cardos para el ministerio, y sir Charles Wood fue el asno al que oficialmente le tocó comérselos.[^9] En la votación todo fueron rosas, y sir Charles Wood queda coronado como un segundo Manu.[^10] Las mismas personas que rechazaron con sus argumentos el plan del gobierno lo aprobaron con sus votos. Ninguno de sus defensores se atrevió a justificar el proyecto mismo. ¡Al contrario! Todos se justificaron por apoyarlo: unos, porque era una parte diminuta de una medida acertada; otros, porque no era medida alguna. Los primeros pretenden mejorar ahora el proyecto en la comisión; los segundos dicen que lo despojarán de todos sus adornos de seudorreforma.

El ministerio se mantuvo en el campo porque más de la mitad de la oposición tory se fue de la sala y buena parte de los que quedaron desertaron al campo de Aberdeen con Herries e Inglis,[^11] mientras que de los 142 votos de la oposición, 100 eran de la fracción de Disraeli y 42 de la escuela de Manchester, apoyada por algunos irlandeses descontentos y algunos indefinibles. La oposición dentro de la oposición ha salvado una vez más al ministerio.

El señor Halliday, uno de los funcionarios de la Compañía de las Indias Orientales, declaró al ser interrogado por una comisión de investigación:

> «A los ojos de la población india, la carta que concede a la Compañía de las Indias Orientales un arriendo de veinte años la convierte en objeto de arriendo.»[^12]

Esta vez, al menos, la carta no se ha renovado por un plazo determinado, sino que puede revocarla en cualquier momento el Parlamento si así lo desea. La Compañía, pues, descenderá de su respetable posición de arrendataria hereditaria a la precaria condición de *tenant-at-will*.[^13] Tanto mejor para la población india. El ministerio de coalición ha conseguido convertir el problema del gobierno de la India, como todas las demás cuestiones, en una cuestión abierta. La Cámara de los Comunes, por su parte, se ha extendido un nuevo certificado de pobreza al demostrar con una sola y misma votación su incapacidad para legislar y su aversión a aplazar la legislación.

Desde los tiempos de Aristóteles, el mundo se ha visto inundado por una espantosa cantidad de disertaciones, unas veces ingeniosas, otras absurdas, sobre la cuestión: ¿quién ha de ser el poder gobernante? Pero por primera vez en los anales de la historia, el Senado de un pueblo que domina sobre otro pueblo de 156 millones de seres humanos, extendido sobre una superficie de 1.368.113 millas cuadradas, ha juntado las cabezas en asamblea solemne y pública para responder a la insólita pregunta: ¿quién de nosotros es en realidad el poder gobernante sobre ese pueblo extranjero de 150 millones de almas? No hubo en el Senado británico ningún Edipo capaz de resolver este enigma. Todo el debate giró sin excepción en torno a él, pues, aunque hubo votación, no se llegó a ninguna definición del gobierno de la India.

Que en la India hay un déficit financiero permanente, un exceso de gastos militares y ningún gasto en obras públicas, un sistema de impuestos abominable y un estado no menos abominable de la justicia y de las leyes, que esas cinco partidas forman, por así decirlo, los cinco puntos de la carta de las Indias Orientales, todo eso quedó aclarado en los debates de 1853 hasta quedar fuera de toda duda, igual que en los debates de 1833 y en los de 1813, igual que en todos los debates anteriores sobre la India. Lo único que nunca se ha averiguado es a quién hay que hacer responsable de todo ello.

Existe sin duda un gobernador general de la India que tiene en sus manos el poder supremo, pero ese gobernador depende a su vez de un gobierno en Inglaterra. ¿Y quién es ese gobierno en Inglaterra? ¿Es el ministro de la India, que se oculta bajo el modesto título de presidente de la Junta de Control, o son los veinticuatro directores de la Compañía de las Indias Orientales? En el umbral de la religión india nos encontramos con una trinidad divina, y del mismo modo en el umbral del gobierno indio nos encontramos con una trinidad profana.

Dejando por el momento completamente de lado al gobernador general, la cuestión planteada se reduce al sistema del doble gobierno, y en esta forma le resulta familiar al inglés. El ministerio con su proyecto de ley y la Cámara con su votación se aferran a este dualismo.

Cuando la compañía de mercaderes aventureros ingleses que conquistó la India para sacar dinero de ella empezó a ensanchar sus factorías hasta convertirlas en un imperio, cuando su competencia con los comerciantes privados holandeses y franceses adquirió el carácter de una rivalidad entre naciones, el gobierno británico empezó, naturalmente, a inmiscuirse en los asuntos de la Compañía de las Indias Orientales, y el sistema del doble gobierno de la India nació *de facto*, aunque no de nombre. La ley de Pitt de 1784 aceptó, reguló y sancionó, no solo de nombre sino también de hecho, este sistema de doble gobierno nacido de las circunstancias, llegando a un compromiso con la Compañía de las Indias Orientales, sometiéndola a la vigilancia de la Junta de Control y haciendo a su vez de la Junta de Control un apéndice del ministerio.[^14]

La ley del Parlamento de 1833 reforzó la Junta de Control, convirtió a los accionistas de la Compañía de las Indias Orientales en simples acreedores hipotecarios de las rentas de las Indias Orientales, ordenó a la Compañía vender sus existencias de mercancías, disolvió su existencia comercial y la convirtió, en la medida en que aún existía políticamente, en un mero fideicomisario de la Corona; en suma, hizo con la Compañía de las Indias Orientales lo que esta solía hacer con los príncipes de las Indias Orientales. Tras haber sucedido a la Compañía de las Indias Orientales, la ley de 1833 siguió gobernando durante cierto tiempo en su nombre. Desde entonces, desde 1833, la Compañía de las Indias Orientales solo ha existido de nombre y por tolerancia. Así pues, si por un lado no parece nada difícil deshacerse del todo de la Compañía, por otro lado es completamente indiferente que la nación inglesa gobierne la India bajo el nombre personal de la reina Victoria o bajo la razón social tradicional de una sociedad anónima. Toda la cuestión parece girar, por tanto, en torno a meras formalidades de importancia muy dudosa. Y, sin embargo, el asunto no es tan sencillo.

Para empezar, hay que señalar que la Junta de Control ministerial, que tiene su sede en Cannon Row, lleva una existencia tan ficticia como la Compañía de las Indias Orientales, que supuestamente reside en Leadenhall Street. Los miembros que componen la Junta de Control no son más que la tapadera del dominio absoluto del presidente de la Junta. El presidente mismo no es más que un miembro subordinado, aunque independiente, del ministerio del Imperio. En la India parece admitirse que a un hombre que no sirve para nada lo mejor es hacerlo juez y librarse así de él. En Gran Bretaña, cuando un partido llega al gobierno y se encuentra cargado con un «estadista» de décima fila, se considera lo mejor hacerlo presidente de la Junta de Control, sucesor del Gran Mogol, y librarse de él de ese modo: *teste Carolo Wood*.[^15]

La letra de la ley confía a la Junta de Control, que no es más que otro nombre de su presidente,

> «pleno poder y autoridad para vigilar, dirigir y controlar todos los actos, operaciones y asuntos de la Compañía de las Indias Orientales que de algún modo se refieran al gobierno de los territorios de la India o a sus rentas».

A los directores se les prohíbe

> «emitir órdenes, instrucciones, despachos, cartas oficiales o comunicaciones de cualquier clase relativas a la India o a su gobierno que no hayan recibido la aprobación de la Junta de Control».

A los directores se les ordena

> «preparar instrucciones u órdenes sobre cualquier asunto en el plazo de catorce días desde que lo pida la Junta de Control, o bien transmitir las órdenes de la Junta relativas a la India».

La Junta está autorizada a inspeccionar toda la correspondencia y los despachos de y para la India, así como las actuaciones de la Junta de Propietarios y de la de Directores. Por último, la Junta de Directores ha de nombrar un comité secreto compuesto por su presidente, su vicepresidente y su miembro más antiguo, que prestan juramento de guardar secreto; por medio de ellos, el presidente de la Junta de Control puede transmitir a la India sus órdenes personales en todos los asuntos políticos y militares, y el comité actúa como simple conducto de sus comunicaciones. Las órdenes relativas a las guerras de Afganistán y de Birmania y a la ocupación del Sind se transmitieron por medio de este comité secreto, sin que la Junta de Directores recibiera sobre ellas más información que el público en general o el Parlamento.[^16] Hasta aquí, por tanto, el presidente de la Junta de Control parecería ser el verdadero Gran Mogol, y en cualquier caso conserva un poder ilimitado de hacer daño, por ejemplo, de provocar las guerras más ruinosas, ocultándose todo el tiempo tras el rótulo de la irresponsable Junta de Directores. Por otro lado, la Junta de Directores no carece de poder real. Como ejerce por lo general la iniciativa en las medidas administrativas, y como forma, comparada con la Junta de Control, un cuerpo más permanente y estable, con normas de actuación tradicionales y cierto conocimiento de los detalles, toda la administración interior ordinaria recae en ella. Nombra también, con la sanción de la Corona, el poder supremo de la India, el gobernador general y sus consejeros, y posee además el poder irrestricto de destituir a los más altos funcionarios, e incluso al gobernador general, como hizo bajo sir Robert Peel con lord Ellenborough.[^17] Pero ese no es todavía su privilegio más importante. Como los directores no reciben más que 300 libras al año, sus ingresos proceden en realidad del derecho de conceder puestos. A ellos les corresponde distribuir todas las plazas de funcionarios y de cadetes, de entre los cuales el gobernador general de la India y los gobernadores de provincias han de cubrir todos los cargos superiores, de los que está excluida la población india. Una vez fijado el número de nombramientos del año, el total se divide en 28 partes iguales, de las cuales dos se adjudican al presidente y al vicepresidente de la Junta de Directores, dos al presidente de la Junta de Control y una a cada uno de los directores. El valor anual de cada parte de este derecho de nombramiento rara vez baja de 14.000 libras.

> «Todos los nombramientos», dice el señor Campbell, «son hoy, por así decirlo, propiedad privada individual, que se reparte entre los directores, y cada uno dispone de su parte a su antojo.»

Ahora bien, es evidente que el espíritu de la Junta de Directores ha de impregnar toda la alta administración de la India, puesto que sus representantes se educan en las escuelas de Addiscombe y Haileybury y son nombrados por el favor de los directores.[^18] No es menos evidente que esta Junta de Directores, que tiene que repartir año tras año entre las clases altas de Gran Bretaña nombramientos por valor de cerca de 400.000 libras, está sometida poco o nada al control de la opinión pública, que precisamente esas clases determinan. Qué espíritu anima a la Junta de Directores lo mostraré en un artículo posterior sobre la situación actual de la India. Por el momento bastará señalar que el señor Macaulay,[^19] en el curso de los debates aún en marcha, hizo valer en especial a favor de la Junta de Directores que era incapaz de llevar a cabo todo el mal que quizá quisiera hacer todavía; que, al contrario, todas las mejoras se habían impuesto a su pesar y contra su voluntad por gobernadores individuales que habían actuado bajo su propia responsabilidad. Así había ocurrido con la supresión del *sati*,[^20] la abolición de los abominables derechos de tránsito y la introducción de la libertad de prensa en las Indias Orientales.

El presidente de la Junta de Control, por consiguiente, envuelve a la India en guerras desastrosas al amparo de la Junta de Directores, mientras que la Junta de Directores corrompe la administración india al abrigo de la Junta de Control.

Si penetramos más hondo en la armazón de este gobierno anómalo, descubrimos en su núcleo un tercer poder, más soberano que la Junta de Control o que la Junta de Directores, menos responsable y más oculto y protegido de los ojos de la opinión pública. El presidente transitorio de la Junta de Control depende de los funcionarios permanentes de su despacho de Cannon Row, y para esos funcionarios la India no está en la India, sino en Leadenhall Street. Y bien, ¿quién manda en Leadenhall Street?

Dos mil personas, señoras de edad y caballeros valetudinarios, poseedores de acciones de la Compañía de las Indias Orientales que no tienen en la India más interés que cobrar sus dividendos de las rentas indias, eligen a veinticuatro directores, cuya única cualificación consiste en poseer acciones por valor de 1.000 libras. Comerciantes, banqueros y directores de sociedades hacen grandes esfuerzos, por puro interés privado, para entrar en la Junta de Directores.

> «Un banquero de la City de Londres», dijo el señor Bright, «dispone de 300 votos en la Compañía de las Indias Orientales, y su palabra es ley casi absoluta en la elección de los directores.»

Así pues, la Junta de Directores no es más que una *sucursal* de la plutocracia inglesa. La Junta así elegida forma a su vez, además del comité secreto ya mencionado, otros tres comités, a saber: 1) el político y militar; 2) el de hacienda e interior; 3) el de rentas, justicia y legislación. Los miembros de estos comités se renuevan cada año por turno, de modo que un financiero está un año en el comité de justicia y al año siguiente en el militar, y nadie tiene ocasión de vigilar de forma continuada un departamento determinado. Después de que el modo de elección haya traído a hombres del todo incapaces para sus funciones, el sistema de turnos da el golpe de gracia a cualquier aptitud que por casualidad pudieran tener. ¿Quién gobierna entonces de hecho bajo el nombre de los directores? Un gran personal de secretarios, revisores y escribientes sin responsabilidad en la India House, de los cuales, como observa el señor Campbell en su *Scheme for the Government of India*, probablemente solo un individuo ha estado alguna vez en la India, y aun ese por casualidad. Fuera del tráfico de nombramientos, es pura ficción hablar de la política, los principios y el sistema de la Junta de Directores. La verdadera Junta de Directores, el verdadero gobierno de la India en Inglaterra, es la burocracia permanente y libre de toda responsabilidad, «las criaturas del pupitre y las criaturas del favor», que reside en Leadenhall Street. Tenemos, pues, una corporación que gobierna un inmenso imperio y que no está formada, como en Venecia, por patricios eminentes, sino por viejos escribientes obstinados y otros tipos raros por el estilo.

No es de extrañar, por tanto, que no haya otro gobierno que escriba tanto y haga tan poco como el gobierno de la India. Cuando la Compañía de las Indias Orientales no era más que una asociación mercantil, pedía naturalmente a los administradores de sus factorías indias informes detallados de cada pormenor, como hace toda empresa comercial. Cuando las factorías crecieron hasta ser un imperio y los informes comerciales hasta ser cargamentos enteros de correspondencia y documentos, los escribientes de Leadenhall Street mantuvieron su sistema, del que pasaron a depender los directores y la Junta de Control, y consiguieron convertir el gobierno de la India en un inmenso aparato de escribir. Lord Broughton declaró ante la comisión oficial de sueldos que con un solo despacho se habían enviado 45.000 páginas de documentos justificativos.[^21]

Para darle una idea de la manera en que se pierde el tiempo al despachar los asuntos en la India House, citaré un pasaje del señor Dickinson:[^22]

> «Cuando llega un despacho de la India, el asunto se remite en primera instancia al departamento de revisores al que corresponde; después, los presidentes se consultan con el funcionario encargado de ese departamento y acuerdan con él el tenor de una respuesta, y transmiten un borrador de esa respuesta al ministro de la India, lo que técnicamente se llama P.C., es decir, comunicación previa. Durante esta fase preliminar de la P.C., los presidentes dependen sobre todo de los empleados. Tal es esta dependencia que, incluso en un debate de la Junta de Propietarios, es lamentable ver al presidente volverse continuamente hacia un secretario sentado a su lado, que no deja de susurrarle al oído y de apuntarle como si fuera una simple marioneta; y el ministro, en el otro extremo del sistema, se encuentra en el mismo apuro. Si en esta fase de la P.C. hay una diferencia de opinión sobre el borrador, se discute, y casi siempre se resuelve en una comunicación amistosa entre el ministro y el presidente. Por último, el ministro devuelve el borrador, aprobado o modificado; entonces se somete al comité de directores que supervisa el departamento correspondiente, con todos los papeles relativos al caso, para que lo examine, lo discuta y lo apruebe o modifique. Después se somete al mismo procedimiento en la asamblea plenaria de la Junta de Directores, y solo entonces se envía por primera vez al ministro como comunicación oficial, tras lo cual recorre las mismas instancias en sentido inverso.»

El señor Campbell dice al respecto lo siguiente:

> «Cuando en la India se discute una medida, el anuncio de que se ha remitido a la Junta de Directores se entiende como su aplazamiento indefinido.»

El espíritu mezquino y rastrero de esta burocracia merece ser estigmatizado con las célebres palabras de Burke:[^23]

> «Esta tribu de políticos vulgares es lo más bajo de nuestra especie. No hay oficio tan vil y mecánico como el gobierno en sus manos. La virtud no es su costumbre. Se pierden en cualquier línea de conducta que solo recomienden la conciencia y la gloria. Una visión amplia, liberal y previsora de los intereses de los Estados pasa a sus ojos por novelería, y los principios que la recomiendan, por desvaríos de una imaginación trastornada. Los calculadores les hacen perder el juicio a fuerza de cuentas. Los bufones y payasos los avergüenzan de todo lo grande y elevado. La pequeñez en los fines y en los medios les parece cordura y sobriedad.»

Las oficinas de Leadenhall Street y de Cannon Row le cuestan al pueblo indio la bagatela de 160.000 libras al año. La oligarquía arrastra a la India a guerras para dar ocupación a sus hijos menores; la plutocracia la adjudica al mejor postor, y una burocracia subalterna paraliza su administración y perpetúa su ignominia como condición vital de su propia perpetuación.

La ley de sir Charles Wood no cambia nada del sistema existente. Amplía las atribuciones del ministerio sin aumentar su responsabilidad.

*Karl Marx*

[^1]: Mustafá Reshid Bajá (1800-1858), ministro de Asuntos Exteriores de la Puerta. El príncipe Mijaíl Gorchakov (1793-1861) mandaba las tropas rusas que ocuparon Moldavia y Valaquia a comienzos de julio de 1853.

[^2]: El general Ferenc Gyulai (1798-1868).

[^3]: Dmitri Tatíshchev (1767-1845), embajador de Rusia en Viena.

[^4]: Philipp von Brunnow (1797-1875), embajador de Rusia en Londres.

[^5]: El impuesto sobre los anuncios de los periódicos, uno de los llamados «impuestos sobre el saber» junto con el timbre de los periódicos y el impuesto sobre el papel. Lo abolió la ley de presupuestos de 1853.

[^6]: Thomas Milner Gibson (1806-1884), diputado librecambista, presidente de la asociación por la abolición de los impuestos sobre el saber.

[^7]: Harriet Beecher Stowe (1811-1896), autora de *La cabaña del tío Tom*, viajó a Gran Bretaña en la primavera de 1853.

[^8]: Horace Greeley (1811-1872), fundador y director del *New-York Daily Tribune*.

[^9]: Sir Charles Wood (1800-1885), presidente de la Junta de Control, había presentado la ley sobre el gobierno de la India.

[^10]: Legislador mítico de la India, al que se atribuye el código de leyes brahmánico (*Leyes de Manu*).

[^11]: John Charles Herries (1778-1855) y sir Robert Harry Inglis (1786-1855), diputados tories.

[^12]: Frederick James Halliday (1806-1901), alto funcionario de la Compañía en Bengala. La carta de la Compañía se había renovado en 1813 y 1833 por veinte años.

[^13]: Arrendatario a voluntad del propietario, que puede ser desahuciado en cualquier momento.

[^14]: La India Act de William Pitt el Joven (1784) creó la Junta de Control, dependiente del gobierno, para vigilar la administración de la Compañía.

[^15]: «Testigo, Carlos Wood».

[^16]: La guerra de Afganistán de 1838-1842 y la anexión del Sind en 1843.

[^17]: Edward Law, conde de Ellenborough (1790-1871), gobernador general de la India de 1842 a 1844, destituido por los directores de la Compañía en 1844.

[^18]: Colegios de la Compañía de las Indias Orientales: Addiscombe para los cadetes de su ejército, Haileybury para los funcionarios civiles.

[^19]: Thomas Babington Macaulay (1800-1859), historiador y diputado whig, miembro del Consejo Supremo de la India de 1834 a 1838.

[^20]: La inmolación de las viudas en la pira funeraria del marido, prohibida en Bengala en 1829 por el gobernador general lord William Bentinck.

[^21]: John Cam Hobhouse, lord Broughton (1786-1869), presidente de la Junta de Control de 1835 a 1841 y de 1846 a 1852.

[^22]: John Dickinson (1815-1876), uno de los fundadores de la India Reform Society.

[^23]: Edmund Burke (1729-1797), político y escritor whig.
