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Title: La nota de Viena — Estados Unidos y Europa — Cartas desde Shumla — La ley bancaria de Robert Peel (1853)
Description: Crónica de Marx para el New-York Daily Tribune: la nota de Viena vuelve al punto de partida, la reacción europea ante la actitud americana en el asunto Koszta, cartas del cuartel general turco y una crítica de la ley bancaria de Peel de 1844, cuyos supuestos sobre la circulación desmonta y que agravará la crisis que se avecina.
Author: Karl Marx
Date: 1853-09-09
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1853%20La%20nota%20de%20Viena%20-%20Estados%20Unidos%20y%20Europa%20-%20Cartas%20desde%20Shumla%20-%20La%20ley%20bancaria%20de%20Robert%20Peel
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*Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 9 de septiembre de 1853 y publicado en el* New-York Daily Tribune*, núm. 3881, del 24 de septiembre de 1853. El original inglés completo no tiene hoy fuente libre (*The Eastern Question*, Londres, 1897, lo trae abreviado y sin la parte sobre la ley bancaria): se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 9 (Berlín, 1960, pp. 302-311), sin su aparato editorial, cotejada en lo posible con ese texto inglés, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es de los editores de la MEW. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1853%20Die%20Wiener%20Note%20-%20USA%20und%20Europa%20-%20Briefe%20aus%20Schumla%20-%20Robert%20Peels%20Bank%20Act).*

Londres, viernes 9 de septiembre de 1853

Cuando les comuniqué en mi artículo del 30 de agosto que la Puerta había «rechazado» la nota de Viena, puesto que las modificaciones que exigía y la condición de una evacuación inmediata y previa no pueden entenderse sino como un rechazo de las pretensiones de Rusia, me encontré en contradicción con toda la prensa, que aseguraba que las modificaciones eran insignificantes, que no valía la pena hablar de ellas y que podía considerarse zanjado todo el asunto. Unos días más tarde el *Morning Chronicle* sobresaltó a los confiados agentes de bolsa anunciando que las modificaciones propuestas por la Puerta eran de naturaleza muy seria y no podían tomarse a la ligera. En este momento solo hay una opinión: que toda la cuestión de Oriente ha vuelto a su punto de partida. Esta impresión no puede atenuarla en modo alguno la publicación por la prensa de ayer del texto completo de la nota oficial de Reshid Bajá a los representantes de Austria, Francia, Gran Bretaña y Prusia, del 19 de agosto de 1853.

No cabe la menor duda de que el emperador ruso rechazará las «modificaciones» turcas. La *Assemblée nationale*, ese *Moniteur* parisino del emperador ruso,[^1] nos informa ya de que,

> «según la correspondencia llegada hoy a París, las primeras impresiones que las modificaciones propuestas por la Puerta produjeron en el gabinete de San Petersburgo no fueron en modo alguno favorables. Sea cual fuere la resolución que tome ese gabinete, debemos estar preparados para recibirla con calma y reprimir nuestros temores. Debemos tener en cuenta que, aun en el caso de que el gabinete ruso rechazara las modificaciones propuestas a la nota, queda la posibilidad de nuevas negociaciones en Constantinopla».

La insinuación que contiene esta última indicación, de que Rusia intentará obtener un nuevo aplazamiento de la decisión de esta disputa, la confirma la *Lithographische Correspondenz* de Berlín:

> «El gobierno austriaco ha presentado al emperador Nicolás un memorándum que contiene nuevas propuestas de modificación, y se ha encargado de poner fin a la crisis de un modo enteramente distinto de todos los intentos hechos hasta ahora.»

En un artículo de Odesa del 26 de agosto publicado por el *Wanderer* de Viena se declara que la solución de la cuestión de Oriente «no está tan a mano como algunos esperaban; los armamentos no se han suspendido ni un solo día, y el ejército de los Principados del Danubio recibe sin cesar nuevos refuerzos». El *Satellit* de Kronstadt[^2] afirma expresamente que las tropas rusas establecerán sus cuarteles de invierno en los Principados del Danubio.

Una nota venida de Washington difícilmente habría causado en Europa mayor sensación que sus observaciones editoriales sobre el capitán Ingraham.[^3] Con comentarios o sin ellos, han encontrado cabida en casi toda la prensa semanal de Londres, en muchos periódicos franceses, en la *Nation* de Bruselas, el *Parlamento* de Turín, la *Basler Zeitung* y todos los periódicos liberales de Alemania. Como su artículo sobre la alianza suizo-americana se reprodujo al mismo tiempo en varios periódicos alemanes, pueden considerar el siguiente pasaje de un artículo de la *Lithographische Correspondenz* de Berlín como dirigido en parte a ustedes:

> «Desde hace algún tiempo la prensa ha tenido repetidas ocasiones de pronunciarse sobre la teoría de los Estados Unidos en materia de intervención. Hace muy poco el asunto Koszta, en Esmirna, ha renovado la discusión, y aún no está zanjado ese asunto cuando ya periódicos extranjeros y nacionales anuncian una intervención de los Estados Unidos en favor de Suiza si esta se viera amenazada por un ataque. Hoy sabemos que algunas potencias tienen la intención de hacer una declaración colectiva contra la doctrina del derecho de gentes sostenida por los Estados Unidos, y podemos esperar que esos gabinetes lleguen a un completo acuerdo. Si la teoría americana de la intervención no se *refuta* de manera tajante, *la extirpación del espíritu revolucionario en Europa tropezaría con un obstáculo insuperable*. Podemos añadir, como hecho importante, que Francia figura entre las potencias dispuestas a participar en esta reconvención.»

El *Constitutionnel* del martes pasado se esfuerza mucho por no dejar ninguna duda sobre este último punto cuando dice:

> «Hay que ser franco en todo. Los agentes de la república americana no defienden a Koszta frente a Austria como ciudadano de los Estados Unidos, sino como revolucionario. Pero ninguna potencia europea admitirá jamás como principio del derecho de gentes que el gobierno de los Estados Unidos tenga derecho a defender la revolución en Europa por la fuerza de las armas. En ningún caso se toleraría que se pusieran trabas a un gobierno en el ejercicio de su jurisdicción con el ridículo pretexto de que los infractores han renunciado a su nacionalidad, cuando en realidad es porque se han rebelado contra el orden político de su país. La marina de los Estados Unidos no siempre obtendría un triunfo tan fácil, y una conducta tan obstinada como la del capitán del *St. Louis* podría tener en otras ocasiones consecuencias muy funestas.»

El *Impartial* de Esmirna, llegado hoy, publica las siguientes interesantes cartas de Shumla:[^4]

> «Shumla, 8 de agosto de 1853

> »El comandante en jefe, Omer Bajá,[^5] ha dispuesto sus tropas con tanta habilidad que, a la primera necesidad, puede concentrar en 24 horas en cualquier punto del Danubio un ejército de 65.000 hombres de infantería y caballería con 180 cañones. Una carta que he recibido de Valaquia dice que el tifus hace terribles estragos en el ejército ruso y que desde el comienzo de la campaña ha perdido no menos de 13.000 hombres. Se procura enterrar a los muertos de noche. También entre los caballos la mortandad es muy grande. Nuestro ejército goza de excelente salud. De vez en cuando aparecen en la orilla opuesta del Danubio destacamentos rusos de 30 a 60 soldados vestidos con uniformes moldavos. Nuestro general está informado de todos sus movimientos. Ayer llegaron 1.000 albaneses católicos romanos. Forman la vanguardia de un cuerpo de 13.000 hombres que se espera de un momento a otro. Son tiradores. Ayer llegaron también 3.000 jinetes, todos ellos soldados veteranos, excelentemente armados y equipados. El número de nuestras tropas crece de día en día.

> »Ahmed Bajá salió ayer para Varna; allí piensa esperar a las fuerzas egipcias para indicarles los puntos que han de ocupar.»

> «Shumla, viernes 12 de agosto de 1853

> »El 9 de agosto partieron hacia Razgrad dos regimientos de infantería y una batería de artillería ligera pertenecientes a la guardia del sultán. El 10 de agosto recibimos la noticia de que 5.600 rusos habían acampado a orillas del Danubio cerca del puerto de Tutrakan, de modo que las avanzadas de los dos ejércitos solo distan entre sí un tiro de fusil. El valiente coronel Iskender Bey se ha dirigido a aquel lugar con varios oficiales. Omer Bajá ha establecido una comunicación telegráfica para poder transmitir al cuartel general, a cualquier hora del día o de la noche, lo que ocurra en cada punto del río.

> »Hemos tenido algunos días de lluvia persistente, pero los trabajos de fortificación han continuado a pesar de todo con gran actividad. Dos veces al día, al salir y al ponerse el sol, se dispara una salva de cañón. Nada semejante oímos desde la orilla opuesta del río.

> »Terminada su cuarentena en Constantinopla, las tropas egipcias se embarcarán para Varna, desde donde se las conducirá a Babadag. El general de brigada Izzet Bajá las espera allí. En la región de Dobrudja-Ovasi se han reunido 20.000 tártaros para tomar parte en la guerra contra los rusos. Son en su mayoría antiguos emigrados que abandonaron Crimea cuando la conquistaron los rusos. El ejército otomano, cuya fuerza aumenta de día en día con la llegada de nuevas tropas regulares e irregulares, está cansado de la inacción y arde en deseos de entrar en guerra. Es de temer que cualquier día de estos asistamos a un paso del Danubio sin orden superior, sobre todo ahora que la presencia de los rusos, que se dejan ver en la otra orilla, contribuye a la excitación. Hace algunos días partieron varios médicos, musulmanes y cristianos, para instalar hospitales militares a la europea en Pleven, Razgrad, Vidin y Silistra. El 11 llegaron de Varna dos oficiales superiores ingleses. Tuvieron una larga audiencia con Omer Bajá y, acompañados por varios oficiales turcos, inspeccionaron las fortificaciones. Las encontraron en excelente estado de defensa, provistas de suficientes polvorines, hornos de pan, depósitos de agua dulce, etc. Todas estas fortificaciones están construidas con gran solidez. Entre nuestras tropas reina la más estricta disciplina.»

> «Shumla, lunes 15 de agosto de 1853

> »El 13 llegó de Constantinopla el general inglés O'Donnell. Tuvo una entrevista de dos horas con Omer Bajá, y al día siguiente salió con un ayudante de campo del comandante en jefe a inspeccionar las fortificaciones. Ayer llegaron de Varna tres baterías y un enorme convoy de municiones. Mañana saldrá para el puerto de Rasova un refuerzo compuesto de una batería, dos batallones de infantería y 1.000 jinetes. Los zapadores trabajan con ahínco en aquel lugar para restaurar las fortificaciones que destruyeron los rusos en 1828. Turquía puede tener plena confianza en su ejército.»

El conde Fitzwilliam[^6] dirigió el jueves pasado una carta a la reunión de los cuchilleros de Sheffield en la que protestaba contra la monstruosa idea de que se «debe confiar en el honor y el carácter del emperador ruso», con la que el heroico Palmerston clausuró el Parlamento.

El señor Disraeli ha convocado a sus electores a una reunión en Aylesbury el 14 de septiembre. El *Daily News* de ayer intentaba combatir, en un artículo largo y aburrido, lo que a su juicio probablemente dirá el señor Disraeli a sus electores. Semejante empresa, creo yo, el *Daily News* habría hecho mejor en dejarla, con más razón, a su venerable antepasado, el *Punch* de Londres.

Es la cuarta vez desde enero que el Banco de Inglaterra eleva el tipo de interés. El 4 de septiembre lo fijó en el 4%.

> «Se ha hecho un nuevo intento de *reducir los medios de circulación del país*, un nuevo intento de contener la marea de la prosperidad nacional», exclama el *Sun* de Londres.

Por otra parte, se tranquiliza con la consideración de que el Banco de Inglaterra ha perdido mucho de su funesto poder con la ley bancaria de Peel de 1844.[^7]

El *Sun* se equivoca en sus temores y en sus esperanzas. El Banco de Inglaterra no tiene, como tampoco ningún otro banco, el poder de aumentar o disminuir la circulación monetaria del país. Los poderes realmente funestos que posee no los ha debilitado en modo alguno la ley bancaria de Peel de 1844; al contrario, los ha reforzado.

Como la ley bancaria de 1844 se entiende en general mal y como su efecto en la crisis que se avecina tendrá una importancia de primer orden no solo para Inglaterra, sino para todo el mundo de los negocios, me propongo explicar brevemente la tendencia de esta ley.

La ley bancaria de Peel de 1844 parte de los supuestos de que la circulación metálica es la normal; de que la cantidad de medios de circulación regula los precios; de que, en el caso de una circulación puramente metálica, los medios de circulación aumentarían con un tipo de cambio favorable y una entrada de metales preciosos, mientras que disminuirían con un tipo de cambio desfavorable y una salida de metal precioso; de que una circulación de billetes tiene que corresponder exactamente a la circulación metálica; de que, por consiguiente, tiene que haber cierto grado de correspondencia entre las variaciones de las existencias de metal precioso en las cámaras del Banco de Inglaterra y las variaciones de la cantidad de billetes que circulan entre el público; de que la emisión de billetes tiene que aumentar con un tipo de cambio favorable y disminuir con uno desfavorable, y, por último, de que el Banco de Inglaterra tiene el control de la cantidad de sus billetes en circulación.

Pero todos estos supuestos son completamente engañosos y contrarios a los hechos. Aun suponiendo una circulación puramente metálica, la cantidad de medios de circulación no podría determinar los precios, como tampoco podría determinar el volumen de las transacciones comerciales e industriales; al contrario, serían los precios los que determinarían la cantidad del dinero en circulación. Un tipo de cambio desfavorable y una salida de metales preciosos no disminuirían ni siquiera una circulación puramente metálica, puesto que no afectarían a la cantidad de medios de pago que está en circulación, sino a la cantidad de medios de pago guardados en reserva, que duermen en los bancos como depósitos o en atesoramientos privados. Por otra parte, un tipo de cambio favorable y la consiguiente entrada de metales preciosos no aumentarían los medios de pago en circulación, sino los depositados en los banqueros o atesorados por particulares. Así pues, como la ley de Peel parte de la falsa concepción de una circulación puramente metálica, tiene que llegar naturalmente a una falsa imitación de ella mediante una circulación de papel. La sola idea de que un banco emisor tenga control sobre la cantidad de sus billetes en circulación es completamente absurda. Un banco que emite billetes convertibles, o que en general adelanta billetes contra garantías comerciales, no tiene ni el poder de elevar el nivel medio de la circulación ni el de reducirlo en un solo billete. Un banco puede ciertamente emitir billetes en la cantidad que sus clientes acepten, pero si no se necesitan para la circulación, los billetes volverán a él en forma de depósitos, o como pago de deudas, o a cambio de moneda metálica. Si, por otro lado, un banco quisiera restringir arbitrariamente su emisión de billetes, se le retirarían depósitos por la suma que hiciera falta para llenar el vacío creado en la circulación. Así pues, un banco no tiene el menor poder sobre el volumen de la circulación, por grande que sea su poder para abusar del capital ajeno. Aunque en Escocia la banca estuvo prácticamente libre de restricciones antes de 1845 y el número de bancos aumentó considerablemente desde 1825, la circulación disminuyó, y no había más que 1 libra esterlina (papel moneda) por habitante, mientras que en Inglaterra había 2 libras por cabeza, pese a que todo el dinero en circulación por debajo de 5 libras era en Inglaterra metálico y en Escocia de papel.

Es una ilusión suponer que la cantidad del dinero en circulación tiene que corresponder a la cantidad del tesoro metálico. Cuando el tesoro metálico aumenta en las cámaras de un banco, este banco intenta sin duda ampliar su circulación por todos los medios, pero, como enseña la experiencia, en vano. El tesoro metálico del Banco de Inglaterra aumentó en los años 1841 a 1843 de 3.965.000 libras a 11.054.000 libras, y sin embargo su circulación total bajó de 35.660.000 libras a 34.049.000 libras. Del mismo modo, el Banco de Francia tenía el 25 de marzo de 1845 una circulación extraordinaria de 256.000.000 de francos con una reserva metálica de 234.000.000 de francos, mientras que el 25 de marzo de 1846 la circulación era de 249.404.000 francos con una reserva metálica de solo 9.535.000 francos.

No es menos falso el supuesto de que la circulación interior tiene que disminuir en caso de salida de metales preciosos. Por ejemplo, precisamente ahora, cuando la salida de metales preciosos continúa, se han llevado a la Casa de la Moneda 3.000.000 de dólares, que se han añadido al dinero en circulación en el país.

Pero el error principal está en suponer que la demanda de facilidades monetarias, es decir, de préstamos de capital, tiene que ir a la par con la demanda de medios de circulación adicionales, como si la mayor parte de las transacciones comerciales no se efectuara mediante letras de cambio, cheques, créditos en cuenta, cámaras de compensación y otras formas de crédito que nada tienen que ver con la llamada circulación. No puede haber mejor prueba de las ventajas del crédito bancario que el tipo de interés del mercado, ni mejor medio de averiguar el volumen de los negocios que realmente hace un banco que el reembolso de las letras descontadas. Sigamos considerando las cosas desde dos lados. Entre marzo y septiembre de 1845, cuando el capital ficticio había alcanzado su punto culminante con la fiebre especulativa y el país estaba inundado de empresas de todo tipo y de proporciones gigantescas, y el tipo de interés era de casi el 2 1/2%, la circulación de billetes permaneció casi inalterada, mientras que más tarde, en 1847, cuando el tipo de interés era del 4 1/2%, el precio de las acciones llegó a su punto más bajo y el descrédito se extendía por todas partes, la circulación de billetes alcanzó su punto más alto.

La circulación de billetes del Banco de Inglaterra era de 21.152.853 libras el 17 de abril, de 19.998.227 libras el 15 de mayo y de 18.943.079 libras el 21 de agosto de 1847. Pero mientras se producía esta disminución de la circulación, el tipo de interés del mercado había bajado del 7 y el 8 al 5%. A partir del 21 de agosto de 1847 los medios de circulación subieron de 18.943.079 libras a 21.265.188 libras el 23 de octubre. Al mismo tiempo el tipo de interés del mercado subió del 5 al 8%. El 30 de octubre la circulación era de 21.764.085 libras, y el interés pagado en Lombard Street[^8] era del 10%. Tomemos otro ejemplo:

|  | *Banco de Inglaterra* |
|---|---|
|  | Letras descontadas | Billetes en circulación |
| 18 de septiembre de 1846 | 12.323.816 £ | 20.922.232 £ |
| 5 de abril de 1847 | 18.627.116 £ | 20.815.234 £ |

Así pues, el crédito bancario era en abril de 1847 6.000.000 de libras mayor que en septiembre de 1846, y se hizo con una cantidad menor de dinero en circulación.

Expuestos los principios generales de la ley bancaria de Peel, paso ahora a sus detalles prácticos. Supone que 14.000.000 de libras en billetes constituyen el mínimo necesario de la circulación. Todos los billetes emitidos por el Banco de Inglaterra por encima de esa suma tienen que estar cubiertos por metal. Sir Robert Peel creyó haber descubierto un principio automático de la emisión de billetes que determinaría con exactitud mecánica la cantidad de la circulación y la haría aumentar o disminuir exactamente en la misma proporción en que aumentara o disminuyera el tesoro metálico. Para llevar este principio a la práctica, el banco se dividió en dos departamentos, el departamento de emisión y el departamento bancario. El primero, una mera fábrica de billetes; el segundo, el banco propiamente dicho, que recibe los depósitos del Estado y del público, paga los dividendos, descuenta letras, concede préstamos y hace principalmente negocios con el público según los principios de cualquier otra empresa bancaria. El departamento de emisión entrega sus billetes al departamento bancario hasta la suma de 14.000.000 de libras más la suma del tesoro metálico que hay en las cámaras del banco. El departamento bancario pone esos billetes en manos del público. La cantidad de metal precioso necesaria para cubrir los billetes puestos en circulación por encima de los 14.000.000 de libras queda en el departamento de emisión, y el resto se entrega al departamento bancario. Cuando la suma del tesoro metálico cae por debajo de la suma del dinero que circula por encima de los 14.000.000 de libras, los billetes que vuelven al departamento bancario en reembolso de préstamos o en forma de depósitos no se emiten de nuevo ni se reponen, sino que se destruyen. Si una circulación ascendiera a 20.000.000 de libras con una reserva metálica de 7.000.000 de libras, y si además salieran del banco 1.000.000 de libras, el departamento de emisión reclamaría todo el metal precioso y no quedaría ni un soberano en el departamento bancario.

Ahora todo el mundo comprenderá que todo este mecanismo es, por un lado, de carácter ilusorio y, por otro, sumamente peligroso.

Tomemos, por ejemplo, el estado de cuentas del banco en la *Gazette* del viernes pasado. En él se encuentra, bajo la rúbrica del departamento de emisión, la suma de los billetes en circulación, de 30.531.650 libras, es decir, 14.000.000 de libras + 16.531.650 libras, correspondiendo esta última suma a la reserva metálica de la semana pasada. Pero si pasamos a la rúbrica del departamento bancario, encontramos 7.755.345 libras en billetes en su activo. Esa es la parte de las 30.531.650 libras que el público no ha aceptado. Así pues, el principio automático solo determina que las 30.531.650 libras en billetes pasen del departamento de emisión al departamento bancario. Pero allí se quedan. En cuanto el departamento bancario entra en contacto con el público, la suma de la circulación no la regula la ley de Peel, sino las necesidades de los negocios. Por consiguiente, la eficacia del principio automático no va más allá de las cámaras del edificio del banco.

Por otra parte, hay momentos en que el Banco de Inglaterra, por su posición excepcional, ejerce una influencia real no solo sobre el comercio inglés, sino sobre el comercio mundial. Eso ocurre en épocas de descrédito general. En tales momentos el banco, de conformidad con la ley de Peel, puede, elevando su tipo de interés mínimo en proporción a la salida de metales preciosos y negando crédito, hacer bajar los fondos públicos, bajar los precios de todas las mercancías y agravar enormemente los peligros de una crisis comercial. Puede, para detener la salida del metal precioso y modificar los tipos de cambio, convertir cualquier paralización de los negocios en un peligro para la circulación monetaria. Y así ha obrado el Banco de Inglaterra, y en 1847 la ley de Peel le obligó a obrar así.

Pero eso no es todo. Para toda empresa bancaria las obligaciones más graves no las constituye la cantidad de billetes en circulación, sino la cantidad de billetes y de metal *in deposito*. Los bancos de Holanda, por ejemplo, tenían antes de 1845, según declaró el señor Anderson ante una comisión de la Cámara de los Comunes, 30.000.000 de libras *in deposito* y solo 3.000.000 de libras en circulación.

> «En todas las crisis comerciales», dijo el señor Alex. Baring,[^9] «por ejemplo en 1825, no fueron las reclamaciones de los tenedores de billetes, sino las de los depositantes, las más terribles.»

Ahora bien, mientras que la ley de Peel regula la cantidad de metal precioso que se guarda en reserva para la conversión de los billetes, deja a los directores el poder de disponer de los depósitos como les plazca. Más aún. Las mismas disposiciones de esta ley pueden, como he mostrado, obligar al departamento bancario a suspender el pago de los depósitos y de los dividendos mientras en las cámaras del departamento de emisión puede haber metal precioso en cualquier cantidad. Así ocurrió efectivamente en 1847. Aunque el departamento de emisión poseía aún 61.000.000 de libras en metales preciosos, el departamento bancario solo se salvó de la bancarrota por la intervención del gobierno, que suspendió bajo su responsabilidad la ley de Peel el 25 de octubre de 1847.

Así pues, el resultado de la ley de Peel fue que el Banco de Inglaterra cambió su tipo de interés trece veces durante la crisis de 1847, cuando en la crisis de 1825 solo lo había cambiado dos veces; que provocó en medio de la crisis real, en abril y en octubre de 1847, una serie de pánicos monetarios, y que el departamento bancario se habría visto obligado a rendirse si no se hubiera abandonado la propia ley. No cabe duda, por tanto, de que la ley de Peel agravará las circunstancias y la dureza de la crisis que se avecina.

[^1]: *L'Assemblée nationale*, diario legitimista de París; *Le Moniteur universel* era el periódico oficial del gobierno francés.
[^2]: Kronstadt: hoy Brașov, en Transilvania.
[^3]: Duncan Ingraham (1802-1891), comandante de la corbeta americana *St. Louis* en el asunto Koszta (véase más abajo).
[^4]: Hoy Shumen, en Bulgaria, entonces plaza fuerte y cuartel general del ejército otomano del Danubio.
[^5]: Omer Bajá (1806-1871), general otomano de origen croata, comandante en jefe del ejército del Danubio.
[^6]: Charles William Wentworth-Fitzwilliam, conde Fitzwilliam (1786-1857), par whig.
[^7]: La *Bank Charter Act* de 1844, obra del gobierno de sir Robert Peel, que separó en el Banco de Inglaterra el departamento de emisión del departamento bancario y ató la emisión de billetes, por encima de una suma fija, a la reserva metálica.
[^8]: La calle de los banqueros de la City de Londres.
[^9]: Alexander Baring, lord Ashburton (1774-1848), banquero y político.
