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Title: La revolución en China y en Europa (1853)
Description: Editorial de Marx para el New-York Daily Tribune sobre la revolución de los Taiping: el opio y el cañón inglés han roto el aislamiento de China, y la contracción del mercado chino puede encender la crisis comercial general que en Europa precede a las revoluciones.
Author: Karl Marx
Date: 1853-05-20
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1853%20La%20revoluci%C3%B3n%20en%20China%20y%20en%20Europa
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*Escrito en inglés por Karl Marx el 20 de mayo de 1853 y publicado como editorial en el* New-York Daily Tribune*, núm. 3794, del 14 de junio de 1853. Traducido del original inglés según la transcripción del Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), cotejada con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 9 (Berlín, 1960, pp. 95-102), que sirve también para completar una frase dañada de la transcripción, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. [Texto original en inglés](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1853%20Revolution%20in%20China%20and%20in%20Europe).*

Un pensador muy profundo, aunque fantasioso, que especuló sobre los principios que rigen los movimientos de la humanidad,[^1] solía ensalzar como uno de los secretos que gobiernan la naturaleza lo que él llamaba la ley del contacto de los extremos. El refrán casero de que «los extremos se tocan» era para él una verdad grandiosa y poderosa en todas las esferas de la vida; un axioma del que el filósofo podía prescindir tan poco como el astrónomo de las leyes de Kepler o del gran descubrimiento de Newton.

Sea o no el «contacto de los extremos» un principio tan universal, una ilustración palmaria de él puede verse en el efecto que la revolución china parece llamada a ejercer sobre el mundo civilizado. Puede parecer una afirmación muy extraña y paradójica que el próximo levantamiento de los pueblos de Europa y su próximo movimiento por la libertad republicana y por un gobierno barato dependan probablemente más de lo que ahora ocurre en el Celeste Imperio, el polo opuesto de Europa, que de ninguna otra causa política hoy existente; más incluso que de las amenazas de Rusia y de la consiguiente probabilidad de una guerra europea general. Y, sin embargo, no es una paradoja, como todos pueden comprender si consideran con atención las circunstancias del caso.

Sean cuales sean las causas sociales, y sea cual sea la forma religiosa, dinástica o nacional que adopten, que han provocado las rebeliones crónicas que subsisten en China desde hace unos diez años y que ahora se han reunido en una revolución formidable,[^2] la ocasión de este estallido la ha dado sin duda el cañón inglés, que impuso a China esa droga soporífera llamada opio. Ante las armas británicas, la autoridad de la dinastía manchú se hizo pedazos; la fe supersticiosa en la eternidad del Celeste Imperio se vino abajo; el aislamiento bárbaro y hermético respecto del mundo civilizado quedó roto; y se abrió paso a ese intercambio que desde entonces ha avanzado tan rápidamente bajo el atractivo dorado de California y de Australia. Al mismo tiempo, la moneda de plata del Imperio, su sangre vital, empezó a escurrirse hacia las Indias Orientales británicas.

Hasta 1830, como la balanza comercial era constantemente favorable a los chinos, existía una importación ininterrumpida de plata de la India, Gran Bretaña y los Estados Unidos a China. Desde 1833, y sobre todo desde 1840, la exportación de plata de China a la India ha llegado a ser casi agotadora para el Celeste Imperio. De ahí los severos decretos del emperador contra el comercio del opio, a los que se respondió con una resistencia todavía más enérgica a sus medidas. Además de esta consecuencia económica inmediata, el soborno ligado al contrabando de opio ha desmoralizado por completo a los funcionarios del Estado chino en las provincias del sur. Así como al emperador se le solía considerar el padre de toda China, a sus funcionarios se los tenía por depositarios de la relación paterna en sus respectivos distritos. Pero esta autoridad patriarcal, el único vínculo moral que abrazaba la vasta maquinaria del Estado, se ha ido corroyendo por la corrupción de esos funcionarios, que han obtenido grandes ganancias haciendo la vista gorda ante el contrabando de opio. Esto ha ocurrido principalmente en las mismas provincias del sur donde comenzó la rebelión. Casi no hace falta observar que, en la misma medida en que el opio ha conquistado la soberanía sobre los chinos, el emperador y su séquito de pedantes mandarines se han visto desposeídos de su propia soberanía. Parecería como si la historia tuviera que emborrachar primero a todo este pueblo antes de poder sacarlo de su estupidez hereditaria.

La importación de tejidos de algodón ingleses y, en pequeña escala, de tejidos de lana ingleses, casi inexistente en otros tiempos, ha crecido rápidamente desde 1833, época en que el monopolio del comercio con China pasó de la Compañía de las Indias Orientales al comercio privado, y en una escala mucho mayor desde 1840, época en que otras naciones, y en especial la nuestra, obtuvieron también una parte del comercio chino. Esta introducción de manufacturas extranjeras ha tenido sobre la industria nacional un efecto semejante al que tuvo en su día sobre Asia Menor, Persia y la India. En China, los hilanderos y los tejedores han sufrido mucho por esta competencia extranjera, y la sociedad se ha desquiciado en proporción.

El tributo que hubo que pagar a Inglaterra después de la desgraciada guerra de 1840,[^3] el gran consumo improductivo de opio, la sangría de metales preciosos causada por este comercio, la influencia destructora de la competencia extranjera sobre las manufacturas del país y el estado de desmoralización de la administración pública produjeron dos cosas: los viejos impuestos se volvieron más gravosos y vejatorios, y a los viejos se añadieron otros nuevos. Así, en un decreto del emperador fechado en Pekín el 5 de enero de 1853, encontramos la orden dada a los virreyes y gobernadores de las provincias meridionales de Wuchang y Hanyang de perdonar y aplazar el pago de los impuestos y, sobre todo, de no exigir en ningún caso más de la cantidad debida; porque de lo contrario, dice el decreto, «¿cómo podrá soportarlo la pobre gente?». Y «así quizá», prosigue el emperador, «mi pueblo, en un tiempo de penuria y miseria generales, se librará del mal de verse perseguido y acosado por el recaudador». Un lenguaje como este y concesiones semejantes recordamos haberlos oído en 1848 de Austria, la China de Alemania.

Todos estos agentes disolventes, que actuaban a la vez sobre las finanzas, la moral, la industria y la estructura política de China, alcanzaron su pleno desarrollo bajo el cañón inglés en 1840, que quebrantó la autoridad del emperador y obligó al Celeste Imperio a entrar en contacto con el mundo terrestre. El aislamiento completo era la condición primera de la conservación de la vieja China. Una vez que ese aislamiento tuvo un final violento por mediación de Inglaterra, la disolución tiene que seguir con tanta seguridad como la de una momia cuidadosamente conservada en un ataúd herméticamente cerrado en cuanto se la pone en contacto con el aire libre. Ahora bien, puesto que Inglaterra ha provocado la revolución de China, la cuestión es cómo reaccionará esa revolución, con el tiempo, sobre Inglaterra y, a través de Inglaterra, sobre Europa. No es una cuestión difícil de resolver.

Muchas veces se ha llamado la atención de nuestros lectores sobre el crecimiento sin precedentes de las manufacturas británicas desde 1850. En medio de la prosperidad más sorprendente, no ha sido difícil señalar los síntomas claros de una crisis industrial que se acerca. Pese a California y Australia, pese a la emigración inmensa y sin precedentes, tiene que llegar siempre, sin necesidad de ningún accidente particular, a su debido tiempo, un momento en que la extensión de los mercados no pueda seguir el paso de la extensión de las manufacturas británicas, y esta desproporción tiene que provocar una nueva crisis con la misma seguridad con que lo ha hecho en el pasado. Pero si uno de los grandes mercados se contrae de repente, la llegada de la crisis se acelera necesariamente. Pues bien, la rebelión china tiene que producir, por el momento, precisamente este efecto sobre Inglaterra. La necesidad de abrir nuevos mercados o de ampliar los viejos fue una de las causas principales de la rebaja de los derechos británicos sobre el té, pues se esperaba que a una mayor importación de té siguiera una mayor exportación de manufacturas a China. Ahora bien, el valor de las exportaciones anuales del Reino Unido a China ascendía, antes de la abolición en 1834 del monopolio comercial de la Compañía de las Indias Orientales, a solo 600.000 libras esterlinas; en 1836 alcanzó la suma de 1.326.388 libras; en 1845 había subido a 2.394.827 libras; en 1852 llegó a unos 3.000.000 de libras. La cantidad de té importada de China no pasaba en 1793 de 16.167.331 libras de peso; pero en 1845 ascendió a 50.714.657 libras; en 1846, a 57.584.561 libras; ahora pasa de 60.000.000 de libras. La cosecha de té de la última temporada no resultará corta, como muestran ya las listas de exportación de Shanghái, con 2.000.000 de libras más que el año anterior. Este excedente se explica por dos circunstancias. Por una parte, el estado del mercado a finales de 1851 estaba muy deprimido, y las grandes existencias sobrantes se lanzaron a la exportación de 1852. Por otra parte, las recientes noticias de la modificación de la legislación británica sobre la importación de té, al llegar a China, han sacado al mercado, dispuesto a comprar, todo el té disponible a precios muy aumentados. Pero respecto de la próxima cosecha, el caso es muy distinto. Lo muestran los siguientes extractos de la correspondencia de una gran casa de té de Londres:

«En Shanghái, según se describe, el terror es extremo. El oro ha subido de valor más de un 25 por ciento, porque se busca con avidez para atesorarlo; la plata ha desaparecido hasta tal punto que no se encuentra la necesaria para pagar los derechos chinos de los barcos británicos que necesitan el despacho de salida del puerto; y a consecuencia de ello el cónsul, el señor Alcock, ha consentido en hacerse responsable ante las autoridades chinas del pago de esos derechos a cambio de letras de la Compañía de las Indias Orientales u otras garantías aceptables. La escasez de metales preciosos es uno de los rasgos más desfavorables, si se considera el futuro inmediato del comercio, pues esta sustracción se produce precisamente en el momento en que más se necesitan, para que los compradores de té y de seda puedan adentrarse en el interior y hacer sus compras, por las que se paga por adelantado una gran parte en metálico, con el fin de que los productores puedan llevar adelante sus operaciones.»

En esta época del año es costumbre empezar a tomar disposiciones para los tés nuevos, mientras que ahora no se habla de otra cosa que de los medios de proteger las personas y los bienes, y todas las transacciones están paralizadas.

«…si no se emplean los medios para asegurar la hoja en abril y mayo, la primera cosecha, que comprende todas las clases más finas, tanto de té negro como de té verde, se perderá igual que el trigo que siguiera sin segar en Navidad.»

Ahora bien, los medios para asegurar la hoja de té no los darán, desde luego, las escuadras inglesa, americana o francesa estacionadas en los mares de China; pero estas pueden fácilmente, con su intervención, provocar complicaciones tales que corten todas las transacciones entre el interior productor de té y los puertos de mar que lo exportan. Así pues, para la presente cosecha hay que esperar una subida de los precios (la especulación ha empezado ya en Londres), y para la cosecha venidera es casi seguro un gran déficit. Y eso no es todo. Los chinos, por dispuestos que estén, como lo están todos los pueblos en los periodos de convulsión revolucionaria, a vender al extranjero todas las mercancías voluminosas que tienen a mano, se pondrán a atesorar, como suelen hacer los orientales cuando temen grandes cambios, y no aceptarán gran cosa a cambio de su té y su seda salvo dinero contante. Inglaterra tiene que esperar, por consiguiente, una subida del precio de uno de sus principales artículos de consumo, una salida de metálico y una fuerte contracción de un mercado importante para sus tejidos de algodón y de lana. Hasta *The Economist*, ese conjurador optimista de todo lo que amenaza el ánimo tranquilo del mundo mercantil, se ve obligado a usar un lenguaje como este:

«No debemos hacernos la ilusión de encontrar para nuestras exportaciones a China un mercado tan extenso como antes… Es más probable, por tanto, que nuestro comercio de exportación con China sufra y que disminuya la demanda de los productos de Manchester y Glasgow.»

No hay que olvidar que la subida del precio de un artículo tan indispensable como el té y la contracción de un mercado tan importante como China coincidirán con una mala cosecha en Europa occidental y, por tanto, con la subida de los precios de la carne, del grano y de todos los demás productos agrícolas. De ahí la contracción de los mercados para los fabricantes, porque toda subida de los precios de los artículos de primera necesidad se compensa, dentro y fuera del país, con una reducción correspondiente de la demanda de manufacturas. De todas partes de Gran Bretaña llegan quejas sobre el estado atrasado de la mayoría de los cultivos. *The Economist* dice a este respecto:

En el sur de Inglaterra, «no solo quedará sin sembrar mucha tierra hasta que sea demasiado tarde para cualquier cosecha, sino que buena parte de la tierra sembrada resultará estar sucia o en mal estado por otras razones para el cultivo de cereales». En los suelos húmedos o pobres destinados al trigo se aprecian señales de que el daño avanza. «Puede decirse que ha pasado ya el tiempo de plantar la remolacha forrajera, y se ha plantado muy poca, mientras que el tiempo de preparar la tierra para los nabos pasa rápidamente sin que se haya hecho una preparación adecuada para esta importante cosecha… la siembra de la avena se ha visto muy entorpecida por la nieve y la lluvia. Se sembró poca avena temprana, y la avena sembrada tarde rara vez da una gran cosecha.»

En muchos distritos las pérdidas en los rebaños de cría han sido considerables. El precio de los productos agrícolas distintos del grano es entre un 20 y un 30, y hasta un 50 por ciento más alto que el año pasado. En el continente, el grano ha subido relativamente más que en Inglaterra. El centeno ha subido en Bélgica y en Holanda un 100 por ciento largo. El trigo y los demás granos siguen el mismo camino.

En estas circunstancias, como el comercio británico ha recorrido ya la mayor parte del ciclo comercial ordinario, puede vaticinarse con seguridad que la revolución china arrojará la chispa en la mina sobrecargada del sistema industrial actual y provocará la explosión de la crisis general largo tiempo preparada, a la que, al extenderse al exterior, seguirán de cerca revoluciones políticas en el continente. Sería un espectáculo curioso el de China sembrando el desorden en el mundo occidental mientras las potencias occidentales, con vapores de guerra ingleses, franceses y americanos, llevan el «orden» a Shanghái, Nankín y las bocas del Gran Canal. ¿Olvidan estas potencias traficantes de orden, que quisieran sostener a la vacilante dinastía manchú, que el odio a los extranjeros y su exclusión del Imperio, que en otro tiempo eran mero resultado de la situación geográfica y etnográfica de China, solo se han convertido en un sistema político desde la conquista del país por la raza de los tártaros manchúes? No cabe duda de que las turbulentas discordias entre las naciones europeas que a fines del siglo XVII rivalizaban entre sí en el comercio con China prestaron una ayuda poderosa a la política de exclusión adoptada por los manchúes. Pero más que eso hizo el temor de la nueva dinastía a que los extranjeros favorecieran el descontento que existía en buena parte de los chinos durante el primer medio siglo, más o menos, de su sometimiento a los tártaros. Por estas consideraciones se prohibió entonces a los extranjeros toda comunicación con los chinos, salvo a través de Cantón, ciudad muy alejada de Pekín y de los distritos del té, y su comercio se limitó al trato con los comerciantes del *hong*, autorizados por el gobierno expresamente para el comercio exterior, con el fin de apartar al resto de sus súbditos de toda relación con los odiosos extranjeros. En cualquier caso, una intervención de los gobiernos occidentales en este momento solo puede servir para hacer más violenta la revolución y prolongar el estancamiento del comercio.

Al mismo tiempo, hay que observar respecto de la India que el gobierno británico de ese país depende de la venta de opio a los chinos para una séptima parte larga de sus ingresos, mientras que una parte considerable de la demanda india de manufacturas británicas depende de la producción de ese opio en la India. Es cierto que no es más probable que los chinos renuncien al consumo del opio que los alemanes al tabaco. Pero como se cree que el nuevo emperador es favorable al cultivo de la adormidera y a la preparación del opio en la propia China, es evidente que muy probablemente se asestará de una vez un golpe mortal al negocio del cultivo del opio en la India, a los ingresos de la India y a los recursos comerciales del Indostán. Aunque los intereses afectados no sentirían este golpe de inmediato, obraría eficazmente con el tiempo y vendría a intensificar y prolongar la crisis financiera universal cuyo horóscopo hemos trazado más arriba.

Desde comienzos del siglo XVIII no ha habido en Europa ninguna revolución seria que no fuera precedida por una crisis comercial y financiera. Esto vale para la revolución de 1789 no menos que para la de 1848. No es solo que veamos cada día síntomas más amenazadores de conflicto entre los poderes gobernantes y sus súbditos, entre el Estado y la sociedad, entre las distintas clases; es que el conflicto de las potencias existentes entre sí llega a ese punto en que hay que desenvainar la espada y recurrir a la *ultima ratio* de los príncipes.[^4] En las capitales europeas cada día trae despachos preñados de guerra universal, que se desvanecen ante los despachos del día siguiente, portadores de la garantía de paz para una semana o así. Podemos estar seguros, no obstante, de que, por alto que suba el conflicto entre las potencias europeas, por amenazador que parezca el aspecto del horizonte diplomático, por más movimientos que intente alguna fracción entusiasta en este o aquel país, la cólera de los príncipes y la furia del pueblo se ven igualmente debilitadas por el soplo de la prosperidad. No es probable que ni las guerras ni las revoluciones lleguen a enzarzar a Europa si no es a consecuencia de una crisis general comercial e industrial, cuya señal ha de darla, como de costumbre, Inglaterra, la representante de la industria europea en el mercado mundial.

Es innecesario detenerse en las consecuencias políticas que una crisis así tiene que producir en estos tiempos, con la extensión sin precedentes de las fábricas en Inglaterra, con la disolución completa de sus partidos oficiales, con toda la maquinaria del Estado francés convertida en una inmensa empresa de estafa y agiotaje, con Austria en vísperas de la bancarrota, con agravios acumulados por todas partes que el pueblo ha de vengar, con los intereses enfrentados de las propias potencias reaccionarias y con el sueño ruso de conquista revelado una vez más al mundo.

[^1]: Hegel.
[^2]: La rebelión de los Taiping, que estalló en 1850 en el sur de China; en marzo de 1853 los insurrectos tomaron Nankín.
[^3]: La primera guerra del Opio (1839-1842), que terminó con el tratado de Nankín: China pagó una indemnización, cedió Hong Kong y abrió cinco puertos al comercio británico.
[^4]: «Último argumento» de los reyes, es decir, la guerra.
