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Title: La situación política de la República suiza (1853)
Description: Artículo de Engels para el New-York Daily Tribune sobre Suiza como «niño de los azotes» neutral de Europa: una sociedad estancada de pastores, campesinos y pequeña industria cuyo gobierno, tras la derrota de 1849, cede ante cada exigencia de Austria y de los demás vecinos y expulsa a los refugiados.
Author: Friedrich Engels
Date: 1853-04-26
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1853%20La%20situaci%C3%B3n%20pol%C3%ADtica%20de%20la%20Rep%C3%BAblica%20suiza
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*Escrito en inglés por Friedrich Engels hacia el 26 de abril de 1853 y publicado con la firma de Karl Marx en el* New-York Daily Tribune*, núm. 3770, del 17 de mayo de 1853. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 9 (Berlín, 1960, pp. 87-94), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1853%20Die%20politische%20Lage%20der%20schweizerischen%20Republik).*

Londres, 1 de mayo de 1853

Antiguamente era costumbre en las familias reales tomar a su servicio a unos niños de los azotes, que tenían el honor de recibir en sus espaldas profanas el castigo merecido cuando alguno de los vástagos de sangre real se permitía una falta contra las reglas de la buena educación. El sistema político moderno de Europa continúa en cierto grado esta práctica con la creación de pequeños Estados tapón, a los que se convierte en chivos expiatorios en las disputas internas que pueden turbar la armonía del «equilibrio de poderes». Para que estos pequeños Estados puedan desempeñar con la dignidad necesaria ese papel envidiable, se los declara *«neutrales»* con el consentimiento general de una Europa «reunida en congreso» y con toda la solemnidad debida. Uno de esos chivos expiatorios o niños de los azotes es Grecia; el mismo papel desempeñan Bélgica y Suiza. La única diferencia está en que estos chivos expiatorios políticos modernos, a consecuencia de sus anómalas condiciones de existencia, rara vez dejan de merecer los castigos con que se los honra.

El ejemplo más notable de esta clase de Estados ha sido en los últimos tiempos Suiza.

*Quidquid delirant reges, plectuntur…*

los suizos.[^1] Y dondequiera que el *pueblo* de un Estado europeo entraba en conflicto con sus gobernantes, los suizos podían esperar con seguridad llevarse también su parte de los sinsabores, hasta que a comienzos de este año, después de haber caído sin motivo en la mala fama de estar del lado del partido revolucionario, los gobernantes del continente europeo pusieron a Suiza en una especie de entredicho. Disputas con el emperador Napoleón por la cuestión de los refugiados, que una vez estuvieron a punto de arrastrar a Suiza a una guerra; disputas con Prusia por Neuchâtel;[^2] disputas con Austria por la insurrección del Tesino y la de Milán;[^3] disputas con Estados alemanes menores por cosas que no interesan a nadie; disputas por todas partes, notas diplomáticas amenazadoras, expulsiones, vejaciones con los pasaportes y bloqueos llovieron sobre la desdichada Suiza, tan espesos como el granizo en una tormenta. Y, sin embargo —así es la naturaleza humana—, los suizos se sienten a su manera orgullosos, felices y contentos, y bajo esa granizada de injurias y ofensas se encuentran más a sus anchas que si el horizonte político estuviese radiante y sin nubes.

Esta honrosa posición política de Suiza la expresa la opinión pública europea, de un modo bastante vago y torpe, con la frase hecha de que Suiza fue inventada por los gobernantes de Europa para desacreditar a los gobiernos republicanos. Y seguramente Metternich o Guizot habrán dicho más de una vez: si Suiza no existiera, habría que crearla. Para ellos, un país vecino como Suiza era un verdadero regalo del cielo.

No se puede esperar de nosotros que repitamos las múltiples acusaciones que últimamente han lanzado contra Suiza y sus instituciones revolucionarios verdaderos y aspirantes a serlo. Mucho antes de los movimientos de 1848, los órganos del Partido Comunista revolucionario de Alemania examinaron este asunto; mostraron por qué Suiza, como Estado independiente, tiene que ir siempre a la zaga del desarrollo de la civilización europea, y por qué este país, pese al republicanismo de que hace gala, será siempre reaccionario en su esencia. Por ello los atacaron entonces con furia los más diversos charlatanes y plumíferos demócratas, que componían en secreto declamaciones en las que celebraban a Suiza como su «república modelo», hasta que un día las instituciones modelo se probaron en ellos mismos. Este tema está hoy de lo más trillado; nadie discute el hecho, y bastarán pocas palabras para poner el asunto en su justa luz.

La masa de la población suiza se dedica a la ganadería o a la agricultura: a la ganadería en la alta montaña, y a la agricultura dondequiera que lo permite la naturaleza del suelo. Las tribus de pastores, pues tribus se las puede llamar, figuran entre los habitantes menos civilizados de Europa. Aunque no cortan cabezas y orejas como los turcos y los montenegrinos, cometen con sus asambleas judiciales actos apenas menos bárbaros, y los mercenarios suizos de Nápoles y de otras partes han demostrado de qué crueldad y de qué ferocidad bestial son capaces. La población campesina no está menos estancada que la de los pastores; no tiene nada en común con la población rural del Lejano Oeste americano, cuyo elemento vital es el cambio y que cada doce meses desbroza una superficie de tierra mucho mayor que toda Suiza. El campesino suizo labra el trozo de tierra que labraron antes que él su padre y su abuelo; lo labra con la misma desidia que ellos; gana más o menos lo mismo que ganaban ellos; vive aproximadamente como vivían ellos, y, por consiguiente, piensa también casi exactamente como ellos. De no haber sido por las cargas y tributos feudales que les impusieron en parte las familias aristocráticas y en parte los concejales patricios de las ciudades, el campesinado suizo seguiría estancado hasta el día de hoy en su existencia política igual que sus vecinos, los vaqueros. El tercer componente del pueblo suizo, la población industrial, aunque necesariamente muy adelantada en cultura respecto de las dos clases mencionadas, vive, sin embargo, en unas condiciones que la excluyen en gran medida de los gigantescos impulsos progresivos que el moderno sistema fabril ha dado a la Europa occidental. La fuerza del vapor apenas se conoce en Suiza; grandes fábricas solo las hay en pocos lugares; la baratura de la fuerza de trabajo, la escasa densidad de población, la abundancia de pequeños torrentes de montaña aptos para mover fábricas, todas estas y otras muchas circunstancias contribuyen a producir, como el sistema industrial más adecuado a Suiza, una industria pequeña y dispersa, mezclada con la actividad agrícola. Así, la relojería, la fabricación de cintas, el trenzado de paja, el bordado, etc., se practican en diversos cantones sin dar lugar jamás al nacimiento de ciudades nuevas, ni siquiera al crecimiento de una ciudad; Ginebra y Basilea, las ciudades más ricas, y Zúrich, la más desarrollada industrialmente, apenas han crecido desde hace siglos. Si, pues, en Suiza la producción manufacturera se lleva a cabo casi exclusivamente según el sistema que era habitual en toda Europa *antes* de la invención de la máquina de vapor, ¿cómo podemos esperar encontrar en las cabezas de los productores otras ideas que las que corresponden a ese estado? Si la fuerza del vapor no ha logrado revolucionar en Suiza la producción y las comunicaciones, ¿cómo iba a acabar con el modo de pensar heredado?

La Constitución de Hungría tiene cierta semejanza con la de Gran Bretaña, circunstancia de la que los políticos húngaros han sacado partido para inducirnos a la conclusión precipitada de que la nación húngara apenas se ha quedado atrás de la inglesa. Y, sin embargo, entre el pequeño artesano de Buda y el lord algodonero de Lancashire, o entre el calderero ambulante de la *puszta* y el obrero cartista de una metrópoli industrial inglesa, no median solo muchos cientos de millas, sino también muchos cientos de años. Del mismo modo, Suiza podía darse aires de una especie de Estados Unidos en pequeño; pero, aparte de la semejanza exterior de las instituciones políticas, apenas hay dos países que se parezcan tan poco como América, en constante movimiento y transformación, cuya enorme misión histórica empiezan apenas a vislumbrar los hombres de las dos orillas del Atlántico, y la Suiza estancada, cuyas incesantes y mezquinas querellas desembocarían en un eterno movimiento giratorio en el espacio más estrecho si el avance industrial de sus vecinos no la arrastrara hacia delante contra su propia voluntad.

Quien lo dude se convencerá tras un breve estudio de la historia de los ferrocarriles suizos. De no haber sido por el tráfico de tránsito que rodeaba Suiza de sur a norte por ambos lados del país, no se habría construido allí ni una sola línea de ferrocarril. En todo caso, se construyeron con veinte años de retraso.

La invasión francesa de 1798 y la revolución francesa de 1830 permitieron al campesinado sacudirse sus cargas feudales, y a la población industrial y comercial librarse del yugo medieval de la tutela de los patricios y de los gremios. Con este avance quedó concluida la transformación del gobierno *cantonal*. Los cantones más adelantados habían obtenido constituciones conformes a sus intereses. Esta transformación cantonal repercutió en la Dieta Federal y en el Consejo Federal. El partido que había sido derrotado en cada uno de los cantones era todavía fuerte en ellos, y la lucha se encendió de nuevo. El movimiento político general de 1840 a 1847, que en toda Europa trajo escaramuzas de vanguardia o preparó el terreno para enfrentamientos decisivos, fue favorable, en todos los Estados de segundo y tercer orden, gracias a los celos de las grandes potencias, a la oposición, a la que se puede llamar partido de la burguesía. Así ocurrió también en Suiza; el apoyo moral de Inglaterra, la indecisión de Guizot, las dificultades que ataban las manos a Metternich en Italia, todo ello contribuyó a que los suizos salieran felizmente de la guerra del Sonderbund.[^4] El partido que en 1830 había vencido en los cantones liberales conquistó ahora el poder central. La revolución de 1848 permitió a los suizos reformar su Constitución feudal y ponerla de acuerdo con la nueva organización política de la mayoría de los cantones; y así puede decirse ahora que Suiza ha alcanzado el grado más alto de desarrollo político de que es capaz como Estado independiente. Las continuas reformas del sistema monetario, de los medios de comunicación y otras medidas legislativas que influyen en el desarrollo industrial del país prueban de modo convincente que la nueva Constitución federal responde por completo a las necesidades del país; pero, por desgracia, esas reformas son tales que cualquier otro Estado tendría que avergonzarse de ellas, porque ponen al descubierto el gran número de lacras tradicionales y el estado antediluviano de la sociedad, cosas todas que subsisten hasta el día de hoy.

Lo más que puede decirse todavía en favor de la Constitución suiza de 1848 es que, al ponerla en vigor, la parte más civilizada de los suizos se mostró dispuesta a pasar hasta cierto punto de la Edad Media a la sociedad moderna. Pero que algún día llegue a ser capaz de acabar con las corporaciones comerciales privilegiadas, los gremios y otras comodidades medievales semejantes tiene que parecerle muy dudoso a cualquiera que tenga el menor conocimiento del país y que haya visto una sola vez con qué tenacidad combaten los círculos respetables, poseedores de «intereses creados», hasta la medida de reforma más evidente.

Vemos, pues, a los suizos, fieles a su carácter, moverse apaciblemente en su estrecho círculo de costumbre mientras a su alrededor el año 1848 sacudía la existencia de todo el continente europeo. Redujeron las revoluciones de París, Viena, Berlín y Milán a otros tantos resortes de intrigas cantonales. El terremoto que hizo temblar a toda Europa no provocó, ni siquiera en los suizos radicales, otra reacción que la de pensar que podía quitar su tranquilidad acostumbrada a alguno de sus vecinos conservadores y ponerlo así de mal humor. En la lucha por la independencia de Italia, Cerdeña puso gran empeño en concluir una alianza con Suiza, y no cabe duda de que un refuerzo de 20.000 a 30.000 suizos para el ejército sardo habría expulsado muy pronto a los austriacos de Italia. Si 15.000 suizos combatían en Nápoles contra la libertad de Italia, se habría podido esperar con seguridad que Suiza enviara a la lucha un número igual en apoyo de los italianos, para mantener su celebrada *«neutralidad»*. Pero la alianza fue rechazada, y la independencia de Italia se perdió tanto por las bayonetas suizas como por las austriacas. Vino después la catástrofe del partido revolucionario, y un torrente de emigrantes de Italia, de Francia y de Alemania se derramó sobre la Suiza *neutral*. Pero ahí se acabó la neutralidad; el radicalismo suizo estaba satisfecho con lo que había conseguido, y los mismos insurrectos que habían tenido en jaque a los tutores y superiores naturales de Suiza, es decir, a los gobiernos absolutistas de Europa, y habían permitido así a los suizos llevar a cabo sin estorbos sus reformas de política interior, esos mismos insurrectos fueron entonces cubiertos de improperios en Suiza y, en cuanto sus perseguidores lo exigieron, expulsados del país. Siguió a esto aquella cadena de humillaciones y ofensas con que los gobiernos vecinos, uno tras otro, abrumaron a Suiza, y que habrían debido hacer hervir la sangre de todo suizo si el sentimiento nacional suizo y la independencia suiza hubieran existido de verdad y no solo en las fanfarronadas y en las leyendas.

Jamás ha recibido un pueblo un trato como el que los suizos han tenido que aguantar de Francia, Austria, Prusia y los Estados alemanes menores. Jamás se le han planteado a ningún otro país exigencias ni de lejos tan humillantes sin que respondiera con una lucha a vida o muerte. Los gobiernos de los países vecinos se arrogaron el derecho de ejercer por medio de sus agentes las funciones de policía en territorio suizo; y no solo frente a los refugiados, sino también frente a los funcionarios de policía suizos. Presentaron quejas contra funcionarios subalternos de policía y exigieron su destitución; llegaron incluso a hacer alusiones a la necesidad de cambiar las constituciones de algunos cantones. En cuanto al gobierno suizo, a cada exigencia más desvergonzada daba una respuesta aún más humilde. Y si alguna vez se notaba en sus palabras algo de espíritu de oposición, podía tenerse la seguridad de que trataría de compensarlo en los hechos con una sumisión redoblada. Se tragó una infamia tras otra, se ejecutó una orden tras otra, hasta que Suiza acabó cayendo en Europa al grado más bajo del desprecio, hasta ser más despreciada aún que sus dos rivales en «neutralidad», Bélgica y Grecia. Y ahora que las exigencias de su principal agresor, Austria, han alcanzado tal grado de desvergüenza que difícilmente podría aceptarlas sin una señal de protesta ni siquiera un estadista con el temperamento del señor Druey,[^5] ahora sus últimas y más enérgicas notas a Viena no hacen más que revelar lo bajo que ha caído.

Los paladines de la independencia de Italia, hombres que no solo están muy lejos de mostrar malvadas tendencias socialistas y comunistas, sino que ni siquiera llegarían a desear para Italia una Constitución como la que tiene Suiza, hombres que ni antes ni ahora aspiran a la celebridad demagógica de un Mazzini, son calumniados en las notas de Suiza como asesinos, incendiarios, bandidos y subversores de todo orden social. Respecto de Mazzini, el lenguaje es, naturalmente, mucho más duro; y, sin embargo, todo el mundo sabe que Mazzini, pese a todas sus conspiraciones e insurrecciones, es un guardián del orden social presente tanto como el señor Druey. Todo el intercambio de notas viene a parar, pues, en principio, en que los suizos ceden ante los austriacos. ¿Cómo esperar entonces que no vayan a ceder también en la práctica?

El hecho es que cualquier gobierno arrogante y tenaz puede conseguir de los suizos lo que quiera. La existencia aislada que lleva la mayoría de ellos les quita todo sentimiento de la comunidad de sus intereses nacionales. Naturalmente, los habitantes de una aldea, de un valle o de un cantón se mantienen unidos, y no es de extrañar. Pero alzarse como nación en una lucha común por una causa común, eso no lo harán nunca. En todas las invasiones, en cuanto la situación empezaba a ponerse peligrosa, como por ejemplo en 1798, un suizo traicionó al otro y un cantón abandonó al otro a su suerte. Los austriacos expulsaron de Lombardía sin el menor motivo a 18.000 tesineses. Los suizos arman un gran alboroto y hacen colectas para sus desdichados confederados. Pero si Austria se mantiene firme y prohíbe el regreso de esos tesineses, muy pronto se verá un cambio asombroso en la opinión de los suizos. Se cansarán de hacer colectas; dirán que los tesineses siempre se han entrometido en la política italiana y que se merecen su suerte; que en realidad *no son buenos confederados*. Los tesineses expulsados se establecerán entonces en los demás cantones de Suiza y «quitarán el trabajo a los naturales del lugar». Porque en Suiza no se es suizo, sino natural de este o aquel cantón. Y cuando eso ocurra, se verá cómo nuestros buenos confederados dan rienda suelta a su indignación; se verá cómo se urden intrigas de todo tipo contra las víctimas de la arbitrariedad austriaca; se verá cómo los suizos del Tesino son odiados, perseguidos y calumniados igual que en su día los refugiados extranjeros en Suiza, y entonces se dará a Austria todo lo que pida, y mucho más, si es que se toma siquiera la molestia de pedir más.

Cuando las naciones de Europa hayan recobrado la capacidad de actuar con libertad y normalidad, considerarán qué hay que hacer con estos pequeños Estados *«neutrales»* que se hacen siervos de una contrarrevolución en marcha y que, por otro lado, se muestran neutrales o incluso hostiles frente a todo movimiento revolucionario y, con todo, se hacen pasar por naciones libres e independientes. Pero para entonces quizá no quede ya rastro de estas excrecencias de un cuerpo enfermo.

*Karl Marx*

[^1]: «Cualquier locura que cometan los reyes, la pagan…» los suizos: variación del verso de Horacio (*Epístolas*, I, 2, 14), *quidquid delirant reges, plectuntur Achivi*, «cualquier locura que cometan los reyes, la pagan los aqueos».
[^2]: El principado de Neuchâtel, cantón suizo desde 1815, seguía bajo la soberanía nominal del rey de Prusia; la revolución de 1848 lo convirtió en república, y Prusia no renunció a sus pretensiones hasta 1857.
[^3]: La insurrección de Milán del 6 de febrero de 1853, preparada por los partidarios de Mazzini; Austria acusó al cantón del Tesino de haber servido de base a los conspiradores, expulsó de Lombardía a los tesineses y cerró la frontera.
[^4]: Guerra civil de noviembre de 1847 entre la Confederación y la liga separada (*Sonderbund*) de los siete cantones católicos conservadores, que terminó en pocas semanas con la victoria de los cantones liberales.
[^5]: Henri Druey (1799-1855), radical del cantón de Vaud, miembro del Consejo Federal desde 1848 y presidente de la Confederación en 1850.
