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Title: Los logros del ministerio (1853)
Description: Crónica de Marx para el New-York Daily Tribune sobre el primer trimestre del gabinete de coalición de Aberdeen: reformas aplazadas por sistema, la reforma de la enseñanza de Russell que conserva los abusos, la conversión de la deuda de Gladstone y una mayoría parlamentaria precaria.
Author: Karl Marx
Date: 1853-04-12
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1853%20Los%20logros%20del%20ministerio
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*Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 12 de abril de 1853 y publicado en el* New-York Daily Tribune*, núm. 3753, del 27 de abril de 1853. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 9 (Berlín, 1960, pp. 49-55), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. [Texto en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1853%20Errungenschaften%20des%20Ministeriums).*

Londres, martes 12 de abril de 1853

Lo mejor que quizá pueda decirse en favor del ministerio de coalición es que expresa la impotencia del poder gubernamental en un momento de transición, en un momento en que un gobierno solo es posible como apariencia y todavía no como realidad, en un momento en que los viejos partidos abandonan la escena y los nuevos aún no se han consolidado.

¿Qué logros tiene que registrar el «gobierno de todos los talentos»[^1] al cabo del primer trimestre de su periodo de prueba? Dos lecturas del proyecto de ley sobre la emancipación de los judíos (*Jewish Disabilities Bill*) y tres del proyecto sobre las reservas del clero en Canadá (*Canada Clergy Reserves Bill*). Este último da al cuerpo legislativo canadiense la facultad de disponer de cierta parte de los ingresos de las ventas de tierras que hasta ahora beneficiaba exclusivamente a las Iglesias privilegiadas de Inglaterra y de Escocia. Cuando lord John Russell[^2] presentó por primera vez este proyecto al Parlamento, constaba de tres cláusulas, la tercera de las cuales derogaba la ley por la que el fondo consolidado cargaba con el déficit si en algún año las ventas de tierras canadienses no alcanzaban la suma de 9285 libras esterlinas. El proyecto fue aprobado en segunda lectura, pero cuando la Cámara pasó a comisión (18 de marzo), lord John retiró de repente su propia tercera cláusula. En consecuencia, si el cuerpo legislativo canadiense secularizara el fondo de reservas eclesiásticas, se gastarían cada año 10 000 libras del bolsillo del pueblo británico en mantener a una secta que está a mil millas de él. El ministro de los radicales, sir W. Molesworth,[^3] que está en contra de todas las asignaciones a la Iglesia, parece haberse hecho él mismo partidario de la doctrina de lord John de «que las colonias británicas no pueden librarse de la pesadilla de la Iglesia oficial inglesa sino a costa y riesgo del pueblo británico de la metrópoli».

Durante el primer trimestre de prueba del ministerio de coalición se presentaron tres resoluciones de los radicales. El señor Collier propuso suprimir los tribunales eclesiásticos; el señor Williams, extender a la propiedad territorial el impuesto sobre las herencias y el impuesto del timbre sobre las herencias; y el señor Hume,[^4] abolir todos los «aranceles puramente proteccionistas». Naturalmente, el ministerio se opuso a todas estas reformas «radicales». Pero el ministerio de coalición se opone de una manera muy distinta de la de los tories. Los tories proclamaban resueltamente su decisión de resistir a las «intrusiones de la democracia». El ministerio de coalición hace en el fondo lo mismo, pero con el pretexto de aplicar las medidas de reforma con más cuidado. Viven de las reformas, como los otros vivían de los abusos. Fingen ocuparse mucho de reformas, pero han inventado todo un sistema para aplazarlas. Unas veces les parece «aconsejable esperar el resultado de una investigación en curso»; otras, «se acaba de nombrar una comisión y no se puede hacer nada antes de que dé a conocer sus decisiones». Otras veces «el gobierno está precisamente ocupándose del asunto» y espera que no se le moleste en su lucubración. Y luego: «el asunto requiere la atención de la Cámara y se discutirá cuando se presente una ocasión favorable»; o «todavía no ha llegado el momento oportuno». «No está lejos el momento en que habrá que hacer algo.» Hay que aplazar medidas concretas para poner en orden sistemas enteros, o hay que conservar sistemas enteros para llevar a cabo medidas concretas. La «política de abstención» proclamada en la cuestión de Oriente es también la política interior del ministerio.

Cuando lord John Russell anunció por primera vez el programa del ministerio de coalición y este fue recibido con consternación general, sus partidarios exclamaron: «Necesitamos algo que despierte entusiasmo. Será la enseñanza popular. Nuestro Russell está incubando un plan de educación maravilloso. Ya oirán ustedes hablar de él».

Ahora hemos oído hablar de él. Fue el 4 de abril cuando lord Russell expuso en líneas generales su proyectada reforma de la enseñanza. Sus rasgos principales consistían en dar a los consejos municipales la facultad de recaudar un impuesto local para sostener las escuelas *existentes*, en las que han de enseñarse las doctrinas de la Iglesia anglicana. En cuanto a las universidades, esas niñas mimadas de la Iglesia oficial, esas enemigas principales de toda reforma, lord John espera «que las universidades se reformen a sí mismas». El abuso de las fundaciones destinadas a instituciones de enseñanza es notorio. Su valor puede adivinarse por lo siguiente:

> «Hay 24 fundaciones de 2000 a 3000 libras al año cada una, 10 de 3000 a 4000 libras, 4 de 4000 a 5000 libras, 2 de 5000 a 6000 libras, 3 de 8000 a 9000 libras y algunas sueltas de 10 000, 15 000, 20 000, 25 000, 30 000 y 35 000 libras al año.»

No hace falta mucha perspicacia para descubrir por qué la oligarquía, que vive del abuso de estos fondos, los trata con suma prudencia. Russell propone:

> «Las fundaciones de menos de 30 libras anuales serán revisadas en los tribunales de condado, y las que pasen de esa cifra, por los magistrados de la Cancillería. Pero *no podrá abrirse ningún procedimiento* en ninguno de estos tribunales *sin permiso de la comisión del Consejo Privado nombrada para este fin*.»

Para presentar una demanda ante los tribunales reales a fin de que se ponga remedio al saqueo de fundaciones destinadas en su origen a la enseñanza popular, hace falta el *permiso* de una comisión. ¡Un permiso! Pero ni siquiera con esta restricción se siente lord Russell del todo seguro. Añade:

> «Si *resultara* que la administración de una escuela es corrupta, *nadie más que la comisión del Consejo Privado estará facultado para intervenir*.»

Esta es una verdadera reforma en el viejo sentido inglés de la palabra. Ni crea nada nuevo ni suprime nada viejo. Tiende a conservar el viejo sistema dándole una forma razonable y enseñándole, por así decir, nuevos modales. Ese es el secreto de la «sabiduría heredada» de la legislación oligárquica inglesa. Consiste sencillamente en hacer hereditarios los abusos refrescándolos de vez en cuando, como se ha hecho, con una transfusión de sangre fresca.

Si, como todo el mundo tiene que reconocer, el proyecto sobre la emancipación de los judíos fue un *pequeño* intento de alcanzar la tolerancia religiosa, el proyecto sobre las reservas de Canadá un *pequeño* intento de conceder el autogobierno colonial y el proyecto de enseñanza un *pequeño* intento de eludir la cuestión de la instrucción popular, el proyecto financiero de Gladstone es, en cambio, un intento *infinitamente pequeño* de acabar con el monstruo gigantesco llamado deuda pública de Gran Bretaña.

El 6 de abril, antes de anunciar el presupuesto, el señor Gladstone sometió a la Cámara de los Comunes varias propuestas sobre la deuda pública. Ya antes el *Morning Chronicle* había anunciado que se harían propuestas de la mayor importancia, que «según se dice, son de gran trascendencia y de un interés poco común». Ante este rumor subieron los fondos públicos; se tenía la impresión de que Gladstone quería cancelar la deuda pública. Pero el 8 de abril, en el momento en que la comisión se reunía para deliberar sobre estas resoluciones, el señor Gladstone las modificó de repente y de tal modo que les quitó «trascendencia e interés». Preguntamos, pues, con el señor Disraeli: «¿Qué significaba todo aquel alboroto?».

El fin último de las propuestas del señor Gladstone era, según él mismo dijo, la reducción de los intereses de la deuda al nivel normal del 2½%. En los años 1822-1825, 1830-1831 y 1844-1845 ya se habían hecho reducciones del 5 al 4½%, del 4½ al 4%, del 4 al 3½% y del 3½ al 3%. ¿Por qué no habría de hacerse ahora una nueva reducción del 3 al 2½%? Las propuestas del señor Gladstone son las siguientes:

Primera: reducir a un denominador común los diversos títulos, hasta un importe de 9 500 000 libras, relacionados sobre todo con la vieja estafa de los Mares del Sur, y rebajarlos obligatoriamente del 3 al 2¾%. Eso daría un ahorro anual corriente de unas 25 000 libras. Inventar una nueva denominación común para diversos títulos y ahorrar 25 000 libras en unos gastos de 30 000 000 de libras al año no es ciertamente motivo para presumir.

Segunda: propone la emisión de un nuevo título llamado *bonos del Tesoro*, por un importe que no exceda de 30 000 000 de libras. Estos bonos del Tesoro serán transferibles por simple entrega, sin gasto alguno, y rentarán un 2¾% hasta el 1 de septiembre de 1864 y después, hasta el 1 de septiembre de 1894, un 2½%. No es, pues, más que la creación de un nuevo instrumento financiero, cuyo uso queda limitado por las necesidades de las clases acomodadas y comerciantes. Pero ¿cómo puede Gladstone mantener en circulación 18 000 000 de libras en letras del Tesoro al 1½% y al mismo tiempo bonos del Tesoro al 2½%? ¿Y no supone una pérdida para el país pagar por los bonos del Tesoro un 1% más que por las letras del Tesoro? Sea como fuere, esta segunda propuesta no tiene nada que ver, por lo menos, con la disminución de la deuda pública.

Tercera y última: llegamos a lo principal, al único punto importante de las propuestas de Gladstone, a los consolidados al tres por ciento y al tres por ciento reducido, que representan juntos un capital de casi 500 000 000 de libras. *Hic Rhodus, hic salta!*[^5] Una disposición parlamentaria prohíbe la reducción forzosa de estos títulos *si no es con un preaviso de doce meses*. El señor Gladstone elige, por tanto, un procedimiento de conversión voluntaria y ofrece a los tenedores del tres por ciento cambiar sus títulos, a su elección, por otros que se crearán según sus propuestas. Podrán elegir entre canjear 100 libras del tres por ciento de una de las maneras siguientes:

1. Pueden canjear cada 100 libras de efectos al tres por ciento por un bono del Tesoro del mismo importe, que rentará un 2¾% de interés hasta 1864 y después un 2½% hasta 1894. Si los 30 000 000 de libras de bonos del Tesoro al 2½% sustituyeran a 30 000 000 de libras de consolidados al 3%, resultaría un ahorro de 75 000 libras en los diez primeros años y de 150 000 libras después de los diez primeros años: 225 000 libras en total. El gobierno, sin embargo, estaría obligado a reembolsar los 30 000 000 de libras completos. En todo caso, no es una propuesta que acabe en gran medida con la deuda pública.

2. La segunda propuesta consiste en que los tenedores de títulos al tres por ciento reciban por cada 100 libras 82 libras y 10 chelines en nuevos títulos al 3½%, que se pagarán con un tipo de interés del 3½% hasta el 5 de enero de 1894. Si la gente acepta este canje, en lugar de las 3 libras de interés actuales cobrará solo 2 libras, 17 chelines y 9 peniques. Resulta, pues, una pérdida anual de 2 chelines y 3 peniques por cada 100 libras. Si los 500 000 000 de libras se convirtieran íntegramente según esta propuesta, la nación tendría que pagar al año, en lugar de los 15 000 000 de libras de ahora, solo 14 437 500 libras, lo que equivaldría a una ganancia de 562 500 libras anuales. Pero, por ese pequeño ahorro de 562 500 libras, el Parlamento se ataría las manos durante medio siglo y concedería un tipo de interés superior al 2⅘%; y eso en una época en que todo está en mudanza y reina la más absoluta incertidumbre sobre el tipo de interés medio futuro. Por otra parte, Gladstone habría ganado por lo menos una cosa: al cabo de los 40 años no le inquietarían los títulos al tres por ciento, protegidos hoy por un preaviso de doce meses. Solo tendría que vérselas con los efectos al 3½%, que el Parlamento podría rescatar a la par. Gladstone no propone limitación alguna para los títulos al 3½%.

3. La tercera propuesta dice así: los tenedores de cada 100 libras de títulos al tres por ciento recibirán 110 libras en nuevos títulos al 2½%, con vencimiento en 1894. Cuando Gladstone presentó su plan a la Cámara de los Comunes, el 6 de abril, todavía no había fijado el importe de los nuevos títulos (los del 2½%) que habían de emitirse. Pero cuando el señor Disraeli le hizo notar que cualquier persona sensata, al comparar esta propuesta con las otras dos modalidades propuestas, optaría sin duda por convertir sus 100 libras en títulos al 2½%, y que, además, con la conversión de los 500 000 000 de libras del tres por ciento en nuevos títulos, el país ganaría por un lado 1 250 000 libras al año, pero por otro la deuda pública aumentaría en 50 000 000 de libras, entonces el señor Gladstone modificó su propuesta al día siguiente y propuso limitar los nuevos títulos al 2½% a 30 000 000 de libras. Con esta modificación, sin embargo, toda la tercera propuesta pierde su importancia respecto de la deuda pública. El importe de esta deuda solo aumentaría en 3 000 000 de libras.

Ahí tienen ustedes «una de las propuestas financieras más importantes y formidables que jamás se hayan hecho». Probablemente no hay mayor patraña en el mundo que lo que se llama las finanzas. Las operaciones más sencillas relativas al presupuesto y a la deuda pública reciben de los discípulos de esta «ciencia oculta» los nombres más abstrusos; detrás de esa terminología se esconden las maniobras triviales de crear distintas denominaciones de títulos: el canje de títulos viejos por otros nuevos, la reducción del interés y el aumento del capital nominal, el aumento del interés y la reducción del capital, la introducción de primas, bonificaciones y acciones preferentes, la distinción entre anualidades amortizables y no amortizables, la graduación artificial de las posibilidades de transferencia de los distintos títulos, de un modo que confunde al público con esta escolástica bursátil abominable y con la espantosa multitud de detalles. A los usureros, en cambio, cada nuevo sistema de esta clase les ofrece una ocasión ávidamente esperada de desplegar su actividad funesta y rapaz. Por otra parte, el economista no ve en todo este embrollo de conversiones, permutaciones y combinaciones tanto un asunto de política financiera como una simple cuestión de aritmética o de mera fraseología.

El señor Gladstone es sin duda un maestro en esta clase de alquimia financiera, y su plan no puede caracterizarse mejor que con las palabras de Disraeli:

> «El ingenio y el genio de los casuistas más sutiles jamás idearon una maquinaria más complicada y enrevesada para conseguir un resultado tan insignificante. En los escritos de santo Tomás de Aquino hay un capítulo en el que se discute cuántos ángeles pueden bailar en la punta de una aguja. Fue una de las flores más delicadas del espíritu humano; y en las propuestas de Gladstone reconozco un llamativo parentesco con ese espíritu eminente.»

Recordarán ustedes mi observación de que el objetivo de los planes del señor Gladstone era establecer un fondo «normal» al 2½%. Pues bien, para alcanzar ese fin crea un fondo al 2½% muy limitado y un empréstito al 3½% ilimitado. Para crear el pequeño fondo al 2½% rebaja el tipo de interés en un ½% y concede, en cambio, una prima del 10% para poder llevar a cabo esa reducción. Para sortear la dificultad de los títulos al tres por ciento, «protegidos» por un plazo de preaviso de doce meses, hace una ley con 40 años de antelación. Si tuviera éxito, privaría a dos generaciones de todas las oportunidades imaginables en sus asuntos financieros.

La posición del ministerio de coalición en el Parlamento se desprende claramente de la estadística de las votaciones. En la cuestión de Maynooth[^6] obtuvo, con la Cámara llena, una mayoría escasa de solo 30 votos. En el proyecto sobre la emancipación de los judíos (que todavía no ha pasado la tercera lectura) obtuvo, con 439 miembros presentes, una mayoría de ni siquiera 30 votos. En el proyecto sobre las reservas de Canadá, cuando Russell retiró su tercera cláusula, fueron los tories quienes salvaron al ministerio de sus propios partidarios. Obtuvieron su mayoría casi exclusivamente con los votos de los conservadores.

No me detendré en las disputas internas del gabinete que aparecieron en los debates sobre el proyecto de Canadá, ni en la ardiente polémica de los periódicos gubernamentales sobre el impuesto sobre la renta y, sobre todo, sobre su política exterior. No hay una sola cuestión a la que el ministerio de coalición no respondiera como Géza, el rey magiar, que, tras convertirse al cristianismo, siguió observando los ritos de su vieja superstición. Cuando le preguntaron a cuál de las dos fes pertenecía realmente, respondió: «Soy lo bastante rico para pertenecer a las dos».[^7]

*Karl Marx*

[^1]: Apodo irónico tomado del gobierno de coalición de lord Grenville (1806-1807), llamado *Ministry of All the Talents*.

[^2]: Lord John Russell (1792-1878), jefe de los whigs, primer ministro de 1846 a 1852 y en el gobierno de coalición jefe de la Cámara de los Comunes.

[^3]: Sir William Molesworth (1810-1855), radical, ministro de Obras Públicas (*First Commissioner of Works*) en el gobierno de coalición.

[^4]: Joseph Hume (1777-1855), diputado radical.

[^5]: «¡Aquí está Rodas, salta aquí!»: de la fábula de Esopo del fanfarrón que presumía de un gran salto dado en Rodas.

[^6]: La subvención del Estado al seminario católico de Maynooth, en Irlanda.

[^7]: Géza (hacia 940-997), príncipe de los magiares, padre de san Esteban.
