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Title: Pánico en la Bolsa de Londres — Huelgas (1853)
Description: Crónica de Marx para el New-York Daily Tribune: el pánico de la Bolsa de Londres ante la entrada de las flotas en los Dardanelos, la mala cosecha y la oleada de huelgas en los distritos industriales, con su crítica de la «eterna ley de la oferta y la demanda» y su previsión de que las nuevas organizaciones sindicales nacidas en las huelgas llevarán a los obreros al terreno político.
Author: Karl Marx
Date: 1853-09-27
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1853%20P%C3%A1nico%20en%20la%20Bolsa%20de%20Londres%20-%20Huelgas
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*Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 27 de septiembre de 1853 para el* New-York Daily Tribune*, que lo publicó en su número 3900, del 17 de octubre de 1853. El original inglés no tiene hoy fuente libre completa: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 9 (Berlín, 1960, pp. 341-346), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es de los editores de la MEW. La parte sobre las huelgas tiene una transcripción inglesa abreviada en el Marx-Engels Internet Archive (marxists.org), con la que se ha cotejado la traducción. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1853%20Panik%20an%20der%20Londoner%20B%C3%B6rse%20-%20Streiks).*

Londres, martes 27 de septiembre de 1853

La noticia de que las flotas unidas han entrado en los Dardanelos,[^1] junto con los rumores de un cambio de gobierno y de dificultades comerciales, provocó el sábado un verdadero pánico en la Bolsa:

> «No sería tarea fácil describir el estado de los fondos públicos ingleses y las escenas que se han vivido en la Bolsa. Rara vez se ha visto una agitación semejante, y es bueno que no ocurra a menudo... No es ninguna exageración afirmar que la *especulación a la baja* de estos momentos casi iguala a la de los tiempos de la Revolución Francesa... Los fondos públicos se negociaron esta semana al 91 ½ por ciento y no habían estado tan bajos desde 1849... Las acciones de los ferrocarriles no dejan de caer.»

Eso cuenta el *Observer*, periódico *ministerial*. Todas las acciones ferroviarias de primera clase se cotizaban entre 68 y 80 chelines por debajo de los precios de la semana anterior. La repentina inundación del mercado con acciones todavía no significa gran cosa, porque solo los especuladores son capaces de armar tumulto en la Bolsa en un momento fijado de antemano y de intimidar a los tenedores de acciones *de buena fe*. Pero como la fuerte fluctuación de los valores coincide con los rasgos generales de una crisis comercial, tendrá efectos funestos aunque sea de carácter puramente especulativo. En todo caso, este apuro del mercado de dinero repercutirá fatalmente en todos los empréstitos públicos que se esperan en adelante, y muy en especial en los austriacos. Además, a los capitalistas se les recuerda que en 1811 Austria pagó por sus obligaciones un dividendo de 1 chelín y 7 ¼ peniques por libra;[^2] que, aunque desde 1849 sus ingresos se han hecho subir artificialmente de 12 a 18 millones de libras esterlinas mediante una presión fiscal extrema sobre Hungría y Lombardía, el déficit anual asciende por término medio a más de la cuarta parte de los ingresos totales; que desde 1846 se han añadido a su deuda pública unos 50 millones de libras esterlinas, y que de una nueva bancarrota solo la ha librado la interesada paciencia de los hijos de Israel, que todavía esperan deshacerse de los montones de títulos austriacos acumulados en sus cajas.

> «El comercio se ha empujado algo más allá de sus límites regulares, y nuestros compromisos comerciales han excedido en parte nuestros medios», dice el *Observer*.

> «Es inútil», exclama el *Morning Post*, «querer esquivar la cuestión, pues aunque la crisis pendiente presenta algunos rasgos favorables que no se dieron en 1847, todo observador atento de los acontecimientos actuales tiene que percibir que la situación, por decirlo suavemente, se ha vuelto muy delicada.»

Las reservas metálicas del Banco de Inglaterra han disminuido de nuevo en 338.954 libras esterlinas, y su reserva de billetes —es decir, el fondo disponible para el descuento de letras— no pasa de siete millones, suma que apenas basta al ministro de Hacienda para reembolsar a los descontentos tenedores de títulos del Mar del Sur.[^3] Sobre la situación del mercado de granos nos informa el *Mark Lane Express* de ayer:

> «Con cosechas medias venimos consumiendo desde hace años varios millones de quarters de trigo importado al año. ¿Cuáles serán entonces, en las circunstancias actuales, nuestras necesidades probables? La cosecha de trigo de este año puede estimarse a lo sumo en tres cuartas partes del rendimiento medio, y ningún otro cultivo dará un rendimiento excesivo. Las patatas están gravemente atacadas por la enfermedad y, como no es posible almacenarlas, ha habido que llevarlas rápidamente al consumo, de modo que este alimento escaseará en breve. Nuestro consumo ha sido tan enorme que, pese a una importación de 3.304.025 quarters de trigo y 3.337.206 quintales de harina en los ocho meses que terminaron el 5 de septiembre, las existencias de los almacenes no son en modo alguno excesivas... Nos esforzamos, naturalmente, por no exagerar las dificultades en que puede verse el país, pero *sería necio negar que hay dificultades*... Los informes sobre la cosecha de trigo son *muy poco satisfactorios*; en muchos casos en que se ha comprobado el resultado al trillar, el rendimiento ha sido apenas algo más de la mitad de lo esperado.»

Mientras el cielo despejado de la prosperidad comercial e industrial se ensombrece así con perspectivas sombrías, las *huelgas* siguen siendo un fenómeno importante de nuestra situación industrial y lo seguirán siendo durante algún tiempo; empiezan, no obstante, a cambiar de carácter, a la par de los cambios que se están produciendo en la situación general del país.

En Bury los hiladores han vuelto a pedir un aumento de dos peniques por cada mil madejas. Como los fabricantes se negaron, abandonaron el trabajo, y los tejedores harán lo mismo en cuanto hayan agotado el hilo disponible. En Preston, mientras los tejedores siguen reclamando un aumento del 10 por ciento con el apoyo de los obreros de los alrededores, seis fabricantes han cerrado ya sus fábricas y los demás probablemente los seguirán. Con ello dos mil obreros se han quedado sin trabajo. En Blackburn siguen en huelga los mecánicos de la fundición de hierro del señor Dickinson. En Wigan los devanadores de una hilatura se han declarado en huelga por un aumento de 1 penique por cada veintena de piezas, y los hiladores de las continuas de otra hilatura se negaron a volver al trabajo mientras no se les subiera el salario. Las dos hilaturas se cerraron. En la misma localidad continúa la huelga de los picadores de carbón, que abarca a unos 5.000 obreros. El conde de Crawford y otros grandes propietarios de minas de la vecindad despidieron a sus obreros el miércoles por la tarde. A continuación se celebró en Scales Orchard una concurrida asamblea de mineros. En Manchester están parados 5.000 telares, y continúan además huelgas menores, como la de los tintoreros de fustán, la de los tintoreros de hilo, la de los sombrereros de fieltro, etc. En Bolton se celebran asambleas de los obreros de las hilaturas de algodón para pedir un aumento de los salarios. Los zapateros están en huelga en Trentham, Bridgewater, etc.; los cocheros de punto de Glasgow están en huelga; los canteros de Kilmarnock, también; en Oldham amenaza una huelga de la policía, etc. Los fabricantes de clavos de Birmingham piden un aumento del 10 por ciento; los carpinteros de Wolverhampton, uno de seis peniques diarios; lo mismo los carpinteros de Londres, y así sucesivamente. Mientras los obreros de las principales ciudades industriales de Lancashire, Cheshire, Derbyshire, etc., celebran asambleas públicas para deliberar sobre medidas de ayuda a sus hermanos que sufren, los fabricantes, por su parte, están decididos a cerrar sus establecimientos por tiempo indefinido para obligar a sus obreros a someterse por hambre.

> «Vemos», dice el *Sunday Times*, «que en el fondo la demanda de aumento de salario no pasa de seis peniques diarios; y si miramos los precios actuales de los víveres, difícilmente puede decirse que esa demanda sea excesiva. Sabemos que se supone que uno de los objetivos de los actuales huelguistas es obtener una especie de *participación comunista* en los beneficios reales o supuestos del fabricante; pero la comparación entre los aumentos de salario que se piden en medida creciente y el *encarecimiento de los artículos de primera necesidad* refuta por completo esa acusación.»

Cuando los obreros piden algo más que «los artículos de primera necesidad», cuando pretenden «participar» en los beneficios que ha creado su propio trabajo, se los acusa de tendencias *comunistas*. ¿Qué tiene que ver el precio de los víveres con la «eterna y suprema ley de la oferta y la demanda»? Cuando en los años 1839, 1840, 1841 y 1842 los precios de los víveres subían sin cesar, los salarios bajaron hasta llegar al nivel del hambre. Entonces decían los mismos industriales: «Los salarios no dependen del precio de los víveres, sino de la eterna ley de la oferta y la demanda». El *Sunday Times* dice

> «que puede accederse a las demandas de los obreros cuando se presenten "en tono respetuoso"».

Pero ¿qué tiene que ver el *respeto* con la «eterna ley de la oferta y la demanda»? ¿Se ha oído alguna vez que el precio del café haya subido en Mincing Lane[^4] porque «se pidiera de forma *respetuosa*»? El comercio de carne y sangre humanas se lleva con los mismos métodos que el de las demás mercancías, y debería tener por lo menos las mismas oportunidades.

El movimiento salarial dura ya seis meses. ¿Vamos a juzgarlo con el criterio que también reconocen los fabricantes, con la «eterna ley de la oferta y la demanda», o se nos quiere hacer creer que las leyes eternas de la economía política deben interpretarse del mismo modo que los tratados de paz eterna que Rusia ha firmado con Turquía?

Aunque hace seis meses los obreros no hubieran encontrado aún reforzada su posición por la gran demanda de su fuerza de trabajo y por la emigración constante y enorme a los yacimientos de oro y a América, habrían tenido que deducir el aumento de los beneficios de los industriales del clamor general de prosperidad que levantaba la prensa burguesa, deshecha en alabanzas al librecambio. Como es natural, los obreros reclamaron su parte de esa prosperidad tan ruidosamente proclamada, pero los fabricantes la combatieron con dureza. Entonces los obreros se coaligan, amenazan con la huelga e insisten en sus demandas de manera más o menos pacífica. Dondequiera que estalla una huelga, el conjunto de los patronos y sus portavoces desde el púlpito, la tribuna y la prensa se desatan en injurias desmedidas contra «la insolencia y la estupidez de semejantes *intentos de dictarles condiciones*». Pero ¿qué han demostrado las huelgas sino que los obreros han preferido su propio método para examinar la proporción entre la oferta y la demanda, en lugar de dar crédito a las interesadas aseveraciones de sus patronos? En ciertas circunstancias, el obrero no tiene otro medio de averiguar si se le paga o no el verdadero valor de mercado de su trabajo que declararse en huelga o amenazar con ella. En 1852 el margen medio entre el coste de la materia prima y el precio de la mercancía acabada —por ejemplo, el margen entre el coste del algodón en rama y el del hilo, entre el precio del hilo y el de los tejidos de algodón— fue mayor, y por consiguiente los beneficios de los hilanderos y fabricantes fueron sin duda más altos que en 1853. Ni los hilos ni los tejidos han subido de precio, hasta hace muy poco, en la misma proporción que el algodón. ¿Por qué no subieron entonces los fabricantes los salarios ya en 1852? La relación entre la oferta y la demanda, dicen, no habría justificado en 1852 semejante subida de los salarios. ¿De verdad? Hace un año había más obreros sin ocupación que hoy, pero la diferencia no guarda proporción alguna con los aumentos de salario repentinos y repetidos que desde entonces se han arrancado a los fabricantes, como lo han demostrado las huelgas, en virtud de la ley de la oferta y la demanda. Es cierto que hay más fábricas en funcionamiento que el año pasado y que desde entonces han emigrado más obreros vigorosos; pero al mismo tiempo nunca había afluido a nuestras «colmenas de la industria» una oferta tan grande de obreros fabriles procedentes de la agricultura y de otras ramas como en los últimos doce meses.

El hecho es que los obreros, como de costumbre, se dieron cuenta demasiado tarde de que el valor de su trabajo había subido ya un 30 por ciento muchos meses atrás, y entonces, en el verano de este año —solo entonces—, empezaron a declararse en huelga, primero por un 10 por ciento de aumento, después por otro 10 por ciento, y así sucesivamente: naturalmente, por todo lo que pudieran conseguir. El éxito constante de estas huelgas contribuyó a extenderlas por todo el país y fue la mejor prueba de su legitimidad; y su rápida sucesión en la misma rama, protagonizada por los mismos obreros que pedían nuevos aumentos, había demostrado sobradamente que, conforme a la oferta y la demanda, los obreros tenían derecho desde hacía tiempo a aumentos de salario que solo se les habían escamoteado por su desconocimiento de la situación del mercado de trabajo. Cuando por fin llegaron a conocerla, los fabricantes, que durante todo ese tiempo habían predicado la «eterna ley de la oferta y la demanda», volvieron a la doctrina del «despotismo ilustrado», reivindicaron el derecho a disponer de su propiedad a su antojo y declararon enojados, en forma de *ultimátum*, que los obreros no entendían lo que les convenía.

El cambio de las perspectivas económicas generales tenía que traer también un cambio en la relación entre los obreros y sus patronos. Ese cambio, producido de repente, coincidió con muchas huelgas que ya habían empezado y con otras más que se estaban preparando. Sin duda continuarán pese a la depresión, y también por salarios más altos, pues al argumento de los fabricantes de que no están en condiciones de pagar aumentos los obreros responderán que los víveres se han encarecido, y ambos argumentos tienen el mismo peso. Pero si, como supongo, la depresión se prolonga, los obreros no tardarán en sentir todo su peso y tendrán que luchar —con muy pocas esperanzas— contra las *reducciones de salario*. Entonces, sin embargo, su actividad pasará pronto al *terreno político*, y *las nuevas organizaciones sindicales creadas en las huelgas tendrán para ellos un valor inestimable*.

*Karl Marx*

[^1]: Las flotas británica y francesa fondeaban desde junio de 1853 en la bahía de Besika, a la entrada de los Dardanelos; a finales de septiembre sus gobiernos decidieron hacerlas pasar el estrecho hacia Constantinopla.
[^2]: En 1811 el Estado austriaco se declaró en bancarrota y redujo su papel moneda a una quinta parte de su valor nominal.
[^3]: Alusión a la conversión de la deuda que propuso Gladstone en 1853: los tenedores de anualidades de la antigua Compañía del Mar del Sur que no aceptaran el canje debían ser reembolsados en efectivo.
[^4]: Calle de la City de Londres donde se negociaban los productos coloniales (té, café, especias).
