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Title: Política británica — Disraeli — Los refugiados — Mazzini en Londres — Turquía (1853)
Description: Crónica londinense para el New-York Daily Tribune: la caída de Disraeli como jefe tory, la policía inglesa al servicio de las potencias del Norte contra los refugiados, Mazzini en Londres y, con la misión de Ménshikov en Constantinopla, un primer cuadro de la cuestión de Oriente y de los pueblos de la Turquía europea.
Author: Karl Marx, Friedrich Engels
Date: 1853-03-22
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1853%20Pol%C3%ADtica%20brit%C3%A1nica%20-%20Disraeli%20-%20Los%20refugiados%20-%20Mazzini%20en%20Londres%20-%20Turqu%C3%ADa
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*Escrito en inglés en Londres el 22 de marzo de 1853 y publicado en el* New-York Daily Tribune*, núm. 3736, del 7 de abril de 1853, con la firma de Karl Marx; la MEW lo atribuye a Marx y Engels. El original inglés no tiene hoy fuente libre completa (la edición de Eleanor Marx Aveling y Edward Aveling,* The Eastern Question*, Londres, 1897, solo reproduce la parte sobre Turquía, con la que se ha cotejado): se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 9 (Berlín, 1960, pp. 3-12), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. [Texto en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1853%20Britische%20Politik%20-%20Disraeli%20-%20Die%20Fl%C3%BCchtlinge%20-%20Mazzini%20in%20London%20-%20T%C3%BCrkei).*

Londres, martes 22 de marzo de 1853

En la historia actual de los partidos, el acontecimiento más importante es la destitución de Disraeli como jefe de la «gran minoría conservadora».[^1] Según se ha filtrado, el propio Disraeli se había dispuesto a arrojar por la borda a sus antiguos aliados ocho o nueve semanas antes de la disolución del gabinete tory, y solo desistió de su firme propósito ante las apremiantes súplicas de lord Derby.[^2] Ahora, al revés, lo han despedido a él y lo ha sustituido en toda regla sir John Pakington,[^3] un personaje de fiar, prudente, no del todo carente de capacidad administrativa, pero, por lo demás, un hombre triste: la encarnación de los prejuicios seniles y de los sentimientos caducos de la vieja *squireocracy* inglesa, la aristocracia rural. Este cambio de jefatura equivale a una transformación completa, y probablemente definitiva, del partido tory. Disraeli puede felicitarse de haberse emancipado de esos fanfarrones terratenientes. Sea cual sea nuestra opinión sobre el hombre de quien se dice que desprecia a la aristocracia, odia a la burguesía y no ama al pueblo, es sin duda el miembro más capaz del Parlamento actual, y la flexibilidad de su carácter lo pone tanto mejor en condiciones de adaptarse a las necesidades cambiantes de la sociedad.

En cuanto a la cuestión de los refugiados, informé en mi último artículo de que, tras el discurso de lord Palmerston en la Cámara de los Comunes, los periódicos austriacos afirmaban que era inútil pedir remedio a un gabinete que había sucumbido a la funesta influencia de Palmerston.[^4] Pero apenas se telegrafiaron a Viena las palabras de Aberdeen en la Cámara de los Lores,[^5] la situación volvió a cambiar. Los mismos periódicos afirman ahora que «Austria tiene confianza en la magnanimidad del gabinete inglés», y la semioficial *Oesterreichische Correspondenz* publica la siguiente comunicación de su corresponsal en París:

> «Lord Cowley,[^6] con ocasión de su regreso a París, declaró al emperador de los franceses que los representantes diplomáticos de Inglaterra en las cortes de los países del Norte han recibido el encargo formal de hacer todos los esfuerzos posibles para disuadir a las potencias del Norte de dirigir una nota conjunta al gobierno británico y de alegar con insistencia, como razón de tal abstención, que el gobierno británico estaría tanto mejor en condiciones de *atender la exigencia de esas potencias* cuanto más pudiera guardar, a los ojos de toda Inglaterra, la apariencia de *actuar en el asunto con libertad e independencia*...

> El embajador británico, lord Cowley, instó al emperador de los franceses a depositar una confianza absoluta en el gabinete británico, tanto más cuanto que el emperador quedaría siempre libre, si esa confianza no se viera justificada, de dar los pasos que considerase oportunos... El emperador de los franceses, que se reserva plena libertad de acción para el futuro, se ha avenido a *poner a prueba la sinceridad del gabinete británico*, y se esfuerza ahora por persuadir a las demás potencias de que sigan su ejemplo.»

Ya ve usted qué se espera de *ce cher Aberdeen*, «ese querido Aberdeen», como solía llamarlo Luis Felipe, y qué promesas habrá tenido que hacer. A esas promesas ya han seguido, en efecto, los hechos. La semana pasada la policía inglesa elaboró una lista de los refugiados del continente europeo que residen en Londres. Varios agentes de la policía criminal vestidos de paisano fueron de plaza en plaza, de calle en calle y de casa en casa tomando notas sobre los datos personales de los refugiados; en la mayoría de los casos se dirigieron a los taberneros del vecindario, pero en algunos, con el pretexto de perseguir a delincuentes, entraron directamente en las viviendas de algunos emigrados y revolvieron sus papeles.

Mientras la policía del continente europeo persigue en vano a Mazzini, mientras en Núremberg las autoridades policiales han ordenado cerrar los accesos a la ciudad («Los de Núremberg no ahorcan a nadie sin haberlo atrapado antes», dice un viejo refrán alemán), mientras la prensa inglesa publica informe tras informe sobre su presunto paradero, Mazzini ha estado estos últimos días en Londres, sano y salvo.[^7]

Después de pasar revista a las tropas rusas estacionadas en los Principados del Danubio y de inspeccionar el ejército y la flota en Sebastopol, donde por orden suya y en su presencia se hicieron maniobras de embarco y desembarco de tropas, el príncipe Ménshikov[^8] entró el 28 de febrero en Constantinopla del modo más teatral; su séquito lo formaban doce personas, entre ellas el almirante de la escuadra rusa del mar Negro, un general de división, varios oficiales de estado mayor y el señor Nesselrode hijo como secretario de embajada. Los habitantes griegos y rusos le dispensaron un recibimiento como si fuera el mismísimo zar ortodoxo que llegaba para devolver «Zarigrado» a la verdadera fe.[^9] Causó aquí en Londres y en París la mayor sensación saber que el príncipe Ménshikov, no contento con la destitución de Fuad Efendi,[^10] había exigido además al sultán que reconociera al emperador ruso no solo el protectorado sobre todos los cristianos de Turquía, sino también el derecho a nombrar al patriarca griego; que el sultán había pedido la protección de Francia e Inglaterra; que el coronel Rose, encargado de negocios británico,[^11] había enviado a toda prisa el vapor *Wasp* a Malta para reclamar la presencia inmediata de la flota inglesa en el archipiélago; y que unos barcos rusos habían echado el ancla en Kilia, cerca de los Dardanelos.[^12] El *Moniteur* de París comunica que la escuadra francesa de Tolón ha recibido orden de dirigirse a aguas griegas. El almirante Dundas,[^13] sin embargo, sigue en Malta. De todo ello se desprende que la cuestión de Oriente vuelve a estar en el *ordre du jour*, el orden del día europeo, cosa que no puede sorprender a nadie que conozca la historia.

Siempre que el vendaval revolucionario se calma por un momento, puede uno estar seguro de ver surgir una cuestión que vuelve una y otra vez: la eterna *«cuestión de Oriente»*. Así ocurrió cuando hubieron pasado las tormentas de la primera Revolución francesa y Napoleón y Alejandro de Rusia, tras la paz de Tilsit,[^14] se repartieron todo el continente europeo: Alejandro aprovechó la breve calma para hacer entrar un ejército en Turquía, a fin de «echar una mano» a los elementos que socavaban desde dentro aquel imperio en descomposición. Luego, apenas los congresos de Laibach y Verona habían sofocado los movimientos revolucionarios de la Europa occidental, Nicolás, el sucesor de Alejandro, asestó un nuevo golpe a Turquía.[^15] Unos años más tarde, cuando la revolución de Julio, con las insurrecciones que la acompañaron en Polonia, Italia y Bélgica, hubo pasado, y Europa, en la forma que había recibido en 1831, parecía no tener ya que contar con tormentas interiores, la cuestión de Oriente estuvo en 1840 a punto de arrastrar a las «grandes potencias» a una guerra general.[^16] Y ahora, cuando la miopía de los pigmeos gobernantes se jacta orgullosamente de haber librado felizmente a Europa de los peligros de la anarquía y de la revolución, ahí reaparece la cuestión siempre sin resolver, la dificultad que nunca cesa: ¿qué hacemos con Turquía?

Turquía es el punto llagado del legitimismo europeo. La impotencia del sistema de gobierno legitimista y monárquico se resume, desde la primera Revolución francesa, en una sola frase: mantenimiento del *statu quo*. En ese acuerdo general para dejar las cosas como han llegado a ser por sí solas o por azar hay un *testimonium paupertatis*, un certificado de pobreza, una confesión de la incapacidad total de los poderes gobernantes para hacer cualquier cosa por el progreso o la civilización. Napoleón podía disponer en un instante de un continente entero, y sabía de verdad disponer de él de un modo que delataba genio y firmeza de propósito. Toda la «sabiduría colectiva» de los representantes del legitimismo europeo, reunida en el Congreso de Viena, necesitó varios años para hacer lo mismo; se tiraron de los pelos por ello, armaron un lamentable embrollo y acabaron encontrándolo todo tan mortalmente aburrido que perdieron las ganas y desde entonces no han vuelto a intentar repartirse Europa. Mirmidones de la mediocridad, como los llama Béranger,[^17] sin conocimientos históricos ni comprensión de los hechos, sin ideas, sin iniciativa, idolatran el *statu quo* que ellos mismos han chapuceado, plenamente conscientes de la torpeza de su obra.

Pero Turquía no se queda quieta, como tampoco el resto del mundo; y precisamente cuando el partido reaccionario ha conseguido restablecer en la Europa civilizada lo que llama el *statu quo ante*, el estado anterior, se descubre que entretanto el *statu quo* ha cambiado mucho en Turquía, que han surgido nuevas cuestiones, nuevas relaciones, nuevos intereses, y que los pobres diplomáticos tienen que empezar de nuevo allí donde un terremoto general los interrumpió hace unos ocho o diez años. ¡Mantener el *statu quo* en Turquía! Lo mismo podría intentarse conservar el cadáver de un caballo muerto en el grado preciso de putrefacción en que se encuentra antes de que la descomposición sea completa. Turquía se pudre y se pudrirá cada vez más mientras duren el actual sistema del «equilibrio europeo» y el mantenimiento del *statu quo*. Y, a pesar de todos los congresos, protocolos y ultimátums, seguirá suministrando su cuota anual de dificultades diplomáticas y de embrollos internacionales, igual que cualquier otro cuerpo en descomposición provee abundantemente al vecindario de hidrógeno carburado y de otros gases igual de olorosos.

Veamos de qué se trata. Turquía se compone de tres partes enteramente distintas: los Estados vasallos de África, Egipto y Túnez, la Turquía asiática y la Turquía europea. Las posesiones africanas, de las que solo Egipto puede considerarse realmente sometido al sultán, las dejaremos por ahora a un lado. Egipto, sin embargo, pertenece a los ingleses más que a nadie; les tocará, y necesariamente ha de tocarles, en un futuro reparto de Turquía. En la Turquía asiática reside toda la fuerza que aún le queda a este imperio. Asia Menor y Armenia, donde durante cuatrocientos años vivieron principalmente los turcos, forman el depósito del que se han sacado los ejércitos turcos, desde los que amenazaron las murallas de Viena hasta los que las maniobras no precisamente hábiles de Diébich dispersaron en Kulevcha.[^18] La Turquía asiática, aunque poco poblada, es todavía una masa demasiado compacta de musulmanes fanáticos de nacionalidad turca para alentar por ahora ninguna tentativa de conquistar Turquía. Y, de hecho, en las discusiones sobre la «cuestión de Oriente» solo se toman en consideración, de esos territorios, dos comarcas: Palestina y los valles cristianos del Líbano.

El verdadero punto en litigio es siempre la Turquía europea, la gran península al sur del Sava y del Danubio. Este magnífico territorio tiene la desgracia de estar habitado por un conglomerado de las razas y nacionalidades más diversas, de las que es difícil decir cuál es la menos capacitada para la civilización y el progreso. Doce millones de eslavos, griegos, valacos y arnautas están sometidos por un millón de turcos, y hasta hace poco cabía preguntarse si, entre todas esas razas, no serían los turcos los más aptos para mantener la supremacía que, en una población tan mezclada, solo podía corresponder a una de esas nacionalidades. Pero cuando vemos cuán lamentablemente han fracasado todos los intentos de civilización del gobierno turco; cómo el fanatismo del islam, que se apoya sobre todo en el populacho turco de algunas grandes ciudades, solo se ha valido de la ayuda de Austria y de Rusia para volver al poder y aniquilar cualquier progreso; cuando vemos cómo el gobierno central, es decir, el turco, se debilita año tras año con las insurrecciones de las provincias cristianas, ninguna de las cuales, gracias a la debilidad de la Puerta y a la intervención de los Estados vecinos, queda del todo sin fruto; cuando vemos, en fin, cómo Grecia conquista su independencia, Rusia se apodera de partes de Armenia, y Moldavia, Valaquia y Serbia pasan una tras otra bajo el protectorado ruso, tendremos que admitir que la presencia de los turcos en Europa es un obstáculo serio para el desarrollo de los recursos de la península tracio-ilírica.

Difícilmente podemos llamar a los turcos la *clase dominante* de Turquía, pues las relaciones entre las distintas clases sociales están allí tan embrolladas como las de las distintas razas. El turco es, según las circunstancias y el lugar, obrero, labrador, pequeño arrendatario, comerciante, señor feudal en el estadio más bajo y bárbaro del feudalismo, funcionario civil o soldado; pero, sea cual sea su posición social, pertenece a la religión y a la nación privilegiadas: solo él tiene derecho a llevar armas, y el cristiano de más alto rango ha de ceder el paso al musulmán más bajo cuando se cruza con él. En Bosnia y Herzegovina la nobleza, de origen eslavo, se ha pasado al islam, mientras que la masa del pueblo ha seguido siendo *raya*, es decir, cristiana.[^19] En esta provincia, pues, la fe dominante y la clase dominante son idénticas, igual que el musulmán bosnio está al mismo nivel que su correligionario de origen turco.

El principal sostén de la población turca en Europa es, aparte de la reserva siempre dispuesta en Asia, el populacho de Constantinopla y de algunas otras grandes ciudades. Es mayoritariamente de origen turco y, aunque se gana la vida sobre todo trabajando para capitalistas cristianos, se aferra celosamente a la superioridad imaginaria y a la impunidad efectiva para toda clase de excesos que el islam privilegiado le confiere frente a los cristianos. Es bien sabido que en cada golpe de Estado importante hay que ganarse a ese populacho con sobornos y halagos. Este populacho es el único que, aparte de algunos distritos colonizados, forma la masa principal de la población turca en Europa. Y sin duda, tarde o temprano, se impondrá la necesidad absoluta de librar una de las partes más hermosas del continente europeo del dominio de un populacho al lado del cual el de la Roma imperial era una asamblea de sabios y de héroes.

De las otras nacionalidades, a los arnautas[^20] podemos despacharlos en pocas palabras: son un pueblo montañés recio y primitivo que habita la vertiente hacia el Adriático y habla una lengua propia que, sin embargo, parece pertenecer a la gran familia indoeuropea. Son en parte cristianos griegos y en parte musulmanes y, por todo lo que sabemos de ellos, todavía están muy poco preparados para la civilización. Sus costumbres de bandidaje obligarán a cualquier gobierno de un país vecino a mantenerlos en la más estricta sujeción militar, hasta que el progreso industrial de las regiones circundantes les dé ocupación como leñadores y aguadores, como ha ocurrido con los gallegos en España y con otros pueblos de montaña.

Los valacos o dacorrumanos, principales habitantes del país entre el bajo Danubio y el Dniéster, son una población muy mezclada que pertenece a la Iglesia ortodoxa griega y habla una lengua derivada del latín, en muchos aspectos parecida al italiano. De ellos, los habitantes de Transilvania y de Bucovina son súbditos austriacos; los de Besarabia son súbditos de Rusia; los de Moldavia y Valaquia, los dos únicos principados donde la raza dacorrumana ha conquistado una existencia política, tienen sus propios príncipes, sometidos a la soberanía nominal de la Puerta y, de hecho, a la supremacía de Rusia. Los valacos de Transilvania dieron mucho que hablar durante la guerra de Hungría. Hasta entonces habían estado bajo el yugo feudal de los magnates terratenientes húngaros, que, según el sistema austriaco, servían a la vez al gobierno como instrumentos de opresión y de saqueo. Los austriacos se habían ganado a esa masa embrutecida con promesas y sobornos, de modo parecido a como se ganaron en 1846 a los siervos rutenos de Galitzia;[^21] y así empezaron los valacos aquella guerra de exterminio que convirtió Transilvania en un desierto. Los dacorrumanos de los principados turcos tienen por lo menos una nobleza autóctona e instituciones políticas, y, pese a todos los esfuerzos de Rusia, el espíritu revolucionario ha penetrado entre ellos, como lo demostró sobradamente la insurrección de 1848. Sin duda las vejaciones y extorsiones que han sufrido durante la ocupación rusa desde 1848 habrán alimentado todavía más ese espíritu, a pesar del vínculo de la religión común y de la superstición zarista y clerical con que hasta ahora habían mirado al jefe imperial de la Iglesia griega como a su protector natural. Y si es así, la nacionalidad valaca puede desempeñar algún día un papel destacado en la decisión final sobre esos territorios.

Los griegos de Turquía son en su mayoría de origen eslavo, pero han adoptado la lengua griega moderna; de hecho, se admite generalmente que, salvo algunas familias nobles de Constantinopla y de Trebisonda, incluso en Grecia se encontraría muy poca sangre helénica pura. Los griegos forman, junto con los judíos, el grueso de los comerciantes en los puertos de mar y en muchas ciudades del interior. En algunas comarcas son también agricultores. Pero en ninguna parte, salvo en Tesalia y quizá en el Epiro, desempeñan como nación papel político alguno, ni por su número, ni por su densidad, ni por su conciencia nacional. La influencia que tuvieron en Constantinopla algunas familias nobles griegas como dragomanes (intérpretes) disminuye rápidamente desde que los turcos reciben educación europea y las embajadas europeas tienen agregados que hablan turco.

Llegamos ahora a la raza que forma la gran masa de la población y cuya sangre predomina allí donde se han mezclado las razas. Puede decirse incluso que forma el tronco principal de la población cristiana desde Morea hasta el Danubio y desde el mar Negro hasta los montes de los arnautas. Esa raza es la eslava, y en particular la rama que se agrupa bajo el nombre de ilírica (*ilirski*) o eslava del sur (*jugoslavenski*). Después de los eslavos occidentales (polacos y bohemios) y de los orientales (rusos), constituyen la tercera rama de la numerosa familia eslava que ha habitado el este de Europa en los últimos doce siglos. Estos eslavos del sur no solo pueblan la mayor parte de Turquía, sino también Dalmacia, Croacia, Eslavonia y el sur de Hungría. Hablan todos la misma lengua, muy emparentada con el ruso y, para oídos occidentales, con mucho la más musical de las lenguas eslavas. Los croatas y parte de los dálmatas son católicos romanos; todos los demás pertenecen a la Iglesia ortodoxa griega. Los católicos romanos escriben con el alfabeto latino, pero los fieles de la Iglesia griega escriben con la escritura cirílica, que se usa también en el ruso y en el eslavo antiguo o lengua eclesiástica. Esta circunstancia, junto con la diferencia de confesiones, ha contribuido a retrasar todo desarrollo nacional en el conjunto del territorio eslavo del sur. Un vecino de Belgrado tal vez no sea capaz de leer un libro impreso en Agram[^22] o en Becse; es más, quizá se niegue incluso a tomarlo en la mano por su alfabeto y su ortografía «heréticos». Pero no le costará nada leer y entender un libro impreso en Moscú en lengua rusa, porque ambas lenguas, sobre todo en el sistema ortográfico etimológico del eslavo antiguo, se parecen mucho, y porque ese libro está impreso con el alfabeto «ortodoxo» (*pravoslavni*). La masa de los eslavos de fe ortodoxa griega ni siquiera quiere que sus Biblias, liturgias y libros de oraciones se impriman en su propio país, convencida de que todo lo impreso en la santa Moscú o en la imprenta imperial de San Petersburgo tiene una exactitud y una ortodoxia particulares y un olor de santidad. A pesar de todos los esfuerzos paneslavistas de los entusiastas de Agram o de Praga, el serbio, el búlgaro, el *raya* bosnio, el campesino eslavo de Macedonia y de Tracia sienten más simpatía nacional, tienen más puntos de contacto, más medios de intercambio intelectual con el ruso que con el eslavo del sur católico romano que habla su misma lengua. Pase lo que pase, espera de San Petersburgo al mesías que lo librará de todo mal; y si llama a Constantinopla su Zarigrado, su ciudad imperial, lo hace tanto en espera del zar ortodoxo que ha de venir del Norte y entrar en la ciudad para devolverla a la verdadera fe, como en recuerdo de otro zar ortodoxo que, según la tradición, reinaba en Constantinopla antes de que los turcos invadieran el país.

En la mayor parte de Turquía los eslavos están sometidos al dominio directo de los turcos, aunque eligen ellos mismos a sus autoridades locales; en algunos lugares (en Bosnia) se los ha convertido a la fe de sus conquistadores. Solo en dos territorios de Turquía ha conservado o conquistado la raza eslava su vida política. Uno es Serbia, el valle del Morava, una provincia de fronteras naturales bien marcadas que hace seiscientos años desempeñó un papel destacado en la historia de estas regiones. Sojuzgados durante mucho tiempo por los turcos, los serbios obtuvieron con la guerra rusa de 1806 la posibilidad de una existencia autónoma, aunque bajo la soberanía turca. Desde entonces Serbia ha permanecido siempre bajo el protectorado ruso inmediato. Pero, igual que en Moldavia y en Valaquia, esa autonomía política ha creado nuevas necesidades y ha impuesto a Serbia un trato mayor con la Europa occidental. La civilización empezó a echar raíces, el comercio se extendió, surgieron ideas nuevas, y así encontramos, en medio del baluarte de la esfera de poder rusa, en la Serbia eslava y ortodoxa, un partido progresista antirruso (muy modesto, naturalmente, en sus aspiraciones de reforma), encabezado por el exministro de Hacienda Garašanin.[^23]

Si la población grecoeslava llegara alguna vez a dominar el país que habita y en el que forma las tres cuartas partes de la población total (siete millones), no cabe duda de que las mismas necesidades llevarían poco a poco a que surgiera en su seno un partido progresista antirruso, como ha ocurrido siempre que una parte de esa población se ha hecho semiindependiente de Turquía.

Montenegro no es un valle fértil con ciudades relativamente grandes, sino un país montañoso, estéril y de difícil acceso. Allí se han hecho fuertes unas bandas de salteadores que saquean las llanuras y amontonan el botín en sus fortalezas de montaña. Estos caballeros románticos, aunque bastante toscos, son desde hace mucho una plaga para Europa; pero responde por completo a la política de Rusia y de Austria que defiendan el derecho de los habitantes de las Montañas Negras a incendiar aldeas, asesinar a sus habitantes y llevarse el ganado.

*Karl Marx*

[^1]: Benjamin Disraeli (1804-1881), ministro de Hacienda (canciller del Exchequer) en el gobierno tory de lord Derby de 1852 y jefe de los conservadores en la Cámara de los Comunes.

[^2]: Edward Stanley, conde de Derby (1799-1869), jefe del partido tory y primer ministro de febrero a diciembre de 1852.

[^3]: Sir John Pakington (1799-1880), ministro de Guerra y Colonias en el gobierno de Derby de 1852.

[^4]: Henry John Temple, vizconde de Palmerston (1784-1865), ministro del Interior en el gobierno de coalición de Aberdeen. El artículo anterior de Marx es el del 18 de marzo: [Kossuth y Mazzini — La policía prusiana — El tratado comercial entre Austria y Prusia — The Times y la emigración](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1853%20Kossuth%20y%20Mazzini%20-%20La%20polic%C3%ADa%20prusiana%20-%20El%20tratado%20comercial%20entre%20Austria%20y%20Prusia%20-%20The%20Times%20y%20la%20emigraci%C3%B3n).

[^5]: George Hamilton-Gordon, conde de Aberdeen (1784-1860), primer ministro del gobierno de coalición de whigs y peelitas (1852-1855).

[^6]: Henry Wellesley, lord Cowley (1804-1884), embajador británico en París.

[^7]: Giuseppe Mazzini (1805-1872), jefe de los republicanos italianos, refugiado en Londres; las potencias lo hacían responsable de la insurrección de Milán del 6 de febrero de 1853.

[^8]: Aleksandr Serguéievich Ménshikov (1787-1869), príncipe y almirante ruso, enviado en 1853 en misión extraordinaria a Constantinopla.

[^9]: Zarigrado (*Tsargrad*, «la ciudad del zar»): nombre eslavo de Constantinopla.

[^10]: Mehmed Fuad Efendi (1815-1869), ministro de Asuntos Exteriores otomano, apartado del cargo en 1853 por exigencia de Ménshikov.

[^11]: Hugh Rose (1801-1885), encargado de negocios británico en Constantinopla en ausencia del embajador, lord Stratford de Redcliffe.

[^12]: En el texto inglés de la edición de 1897 se lee «en Kili, cerca del Bósforo».

[^13]: James Whitley Deans Dundas (1785-1862), almirante, jefe de la flota británica del Mediterráneo.

[^14]: Paz de Tilsit (julio de 1807) entre Napoleón y Alejandro I. La guerra ruso-turca duró de 1806 a 1812.

[^15]: Los congresos de la Santa Alianza en Laibach (1821) y Verona (1822) decidieron las intervenciones contra las revoluciones de Nápoles, el Piamonte y España. Nicolás I hizo la guerra a Turquía en 1828-1829.

[^16]: En la crisis oriental de 1840, provocada por el conflicto entre el sultán y el bajá de Egipto, Mehmet Alí, Francia estuvo a punto de entrar en guerra con las demás grandes potencias.

[^17]: Pierre-Jean de Béranger (1780-1857), poeta y autor de canciones francés.

[^18]: Hans Karl von Diebitsch (Diébich) (1785-1831), mariscal ruso, que derrotó a los turcos en Kulevcha (junio de 1829) durante la guerra ruso-turca de 1828-1829.

[^19]: *Raya* (en turco, «rebaño»): los súbditos no musulmanes del Imperio otomano.

[^20]: Arnautas: nombre turco de los albaneses.

[^21]: Durante la insurrección polaca de 1846, las autoridades austriacas lanzaron a los campesinos de Galitzia contra la nobleza sublevada.

[^22]: Agram: nombre alemán de Zagreb.

[^23]: Ilija Garašanin (1812-1874), estadista serbio, jefe del partido antirruso; tuvo que dejar el gobierno en 1853 por presión de Rusia.
