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Title: Urquhart — Bem — La cuestión turca en la Cámara de los Lores (1853)
Description: Crónica de Marx para el New-York Daily Tribune: una carta del general Bem sobre el ejército turco, el asunto Koszta y el debate sobre la cuestión de Oriente en la Cámara de los Lores, donde Malmesbury psicoanaliza al zar, Clarendon calla y Aberdeen niega toda obligación de Inglaterra con Turquía.
Author: Karl Marx
Date: 1853-08-16
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1853%20Urquhart%20-%20Bem%20-%20La%20cuesti%C3%B3n%20turca%20en%20la%20C%C3%A1mara%20de%20los%20Lores
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*Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 16 de agosto de 1853 y publicado en el* New-York Daily Tribune*, núm. 3862, del 1 de septiembre de 1853. El original inglés completo no tiene hoy fuente libre (*The Eastern Question*, Londres, 1897, lo trae abreviado y resume la carta de Bem): se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 9 (Berlín, 1960, pp. 265-272), sin su aparato editorial, cotejada con ese texto inglés, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1853%20Urquhart%20-%20Bem%20-%20Die%20t%C3%BCrkische%20Frage%20im%20Oberhaus).*

Londres, martes 16 de agosto de 1853

David Urquhart[^1] ha publicado cuatro artículos sobre la cuestión de Oriente destinados a deshacer cuatro errores: el primero se refiere a la identidad de la Iglesia oriental y la rusa; el segundo, a la disputa diplomática entre Inglaterra y Rusia; el tercero, a la posibilidad de una guerra entre Inglaterra y Rusia, y el cuarto, por último, a la ilusión de que Inglaterra y Francia sean aliadas. Como tengo intención de volver próximamente con más detenimiento sobre ellos, me limito por ahora a comunicarles la siguiente carta de Bem[^2] a Reshid Bajá, una carta que el señor Urquhart ha publicado por primera vez.

> «¡Monseñor! Como aún no ha llegado la orden que dispone mi presencia en Constantinopla, considero un deber exponer a Vuestra Alteza algunas consideraciones que me parecen urgentes. Empiezo por declarar que las tropas turcas que he visto, caballería, infantería y artillería de campaña, son excelentes. Su porte, su instrucción y su espíritu militar no podrían ser mejores. La caballería supera a cualquier otra caballería europea. De un valor inestimable es el deseo de todos los oficiales y de todos los soldados de combatir contra Rusia. Con semejantes tropas me comprometería gustoso a atacar a una fuerza rusa del doble en número y a salir vencedor. Y como el Imperio otomano está en condiciones de oponer a Rusia más tropas de las que esta potencia puede enfrentarle, está claro que el sultán puede tener la satisfacción de ver devueltas a su cetro todas las provincias que los zares moscovitas arrebataron a traición a sus antepasados...

> *Bem*.»

El ministro austriaco de Asuntos Exteriores[^3] ha enviado a todas las cortes europeas una nota sobre la conducta de la fragata americana *Saint Louis* en el asunto Koszta,[^4] en la que denuncia públicamente la política americana en general. Austria sostiene que tiene derecho a apresar por la fuerza a extranjeros en el territorio de una potencia neutral, mientras que los Estados Unidos no tendrían derecho a tomar medidas bélicas para protegerlos.

En la Cámara de los Lores, el viernes, el conde de Malmesbury[^5] no indagó en los misterios de la Conferencia de Viena ni en las propuestas que esta ha hecho al zar, ni se informó con más detalle sobre el estado actual de las negociaciones. Su curiosidad era más bien *retrospectiva*, arqueológica, por así decir. No pidió más que «simples traducciones» de los dos manifiestos que el emperador dirigió en mayo y en junio a sus agentes diplomáticos y que se publicaron en la *Gaceta de San Petersburgo*; le interesaba también «la respuesta que el gobierno de Su Majestad pueda haber dado a las afirmaciones que contienen». El conde de Malmesbury no es un antiguo romano. Nada repugna más a sus sentimientos que la costumbre romana de oír abiertamente a los embajadores extranjeros ante los *patres conscripti* reunidos.[^6] Él mismo hizo constar, por otra parte, que

> «las dos circulares rusas las publicó abiertamente ante toda Europa el emperador de Rusia en su propia lengua, y aparecieron también en inglés y en francés en los periódicos».

¿Qué se pretende entonces al traducirlos de nuevo de la lengua de los periodistas a la lengua de los escribientes del Foreign Office?

> «El gobierno francés respondió a las circulares inmediatamente y con habilidad... La respuesta inglesa, según se nos dice, se dio poco después de la francesa.»

El conde de Malmesbury está, por lo visto, muy deseoso de saber qué aspecto tiene la prosa corriente del señor Drouyn de Lhuys[^7] traducida a la noble prosa del conde de Clarendon.[^8]

Se vio obligado a recordar a «su noble amigo de enfrente» que John Bull, tras treinta años de paz, de hábitos comerciales tranquilos y de ocupaciones industriales, se había vuelto «algo nervioso» en lo tocante a la *guerra*, y que este nerviosismo había aumentado desde el pasado mes de marzo «por el continuado y prolongado misterio con que el gobierno envuelve sus actos y sus negociaciones». Así pues, en interés de la paz interpela lord Malmesbury, pero en interés de la paz también calla el gobierno.

Nadie se indignó más que el propio noble lord ante los primeros signos de agresión de Rusia contra la Turquía europea. Nunca había sospechado siquiera las intenciones de Rusia sobre Turquía. No podía creer lo que veían sus ojos. ¿Cómo se compaginaba aquello, sobre todo, con el «honor del emperador de Rusia»? Pero ¿ha menoscabado alguna vez el engrandecimiento de un imperio el honor de un emperador? ¿Y qué había sido de «la política conservadora que el zar había seguido con tanto empeño durante las revoluciones de 1848»? En efecto, el soberano de todas las Rusias no tuvo nada que ver con aquellas infames revoluciones. Especialmente en 1852, cuando el noble conde tenía la cartera de Asuntos Exteriores,

> «no había otro soberano que insistiera más a menudo en el mantenimiento de los tratados que obligan a Europa, ni que se interesara más sinceramente por ellos, ni que respetara más la observancia de los arreglos territoriales que han existido durante tantos años para la felicidad de Europa, que el zar».

Y sin duda el barón Brunnow, cuando indujo al conde de Malmesbury a firmar el tratado del 8 de mayo de 1852 sobre la sucesión danesa,[^9] lo atrapó con repetidas seguridades de que su augusto soberano sentía debilidad por todos los tratados existentes. Y cuando convenció al conde, que acababa de saludar con alegría el golpe de Estado de Bonaparte, de que concluyera con Rusia, Prusia y Austria una alianza secreta contra ese mismo Bonaparte, también hizo, naturalmente, gala de su sincero interés por la conservación de los arreglos territoriales existentes.

Para explicar el cambio súbito e inesperado que se ha operado en el emperador de Rusia, el conde de Malmesbury somete entonces a un análisis psicológico «las nuevas impresiones producidas en el *ánimo del emperador de Rusia*». Los «sentimientos» del emperador, asegura, «se habían irritado por la conducta de Francia en lo relativo a los Santos Lugares». Es verdad que Bonaparte, para apaciguar esa irritación, envió a Constantinopla al señor De Lacour,[^10] «hombre de carácter singularmente benévolo y conciliador». «Pero», prosigue el conde, «parece que en el ánimo del emperador de Rusia lo ocurrido no se había borrado», y que quedaba un resto de amargura contra Francia. Hay que reconocer que el señor De Lacour resolvió la cuestión de manera definitiva y satisfactoria antes aún de que el príncipe Ménshikov[^11] llegara a Constantinopla. «Pero, aun así, la impresión en el ánimo del emperador de Rusia siguió inalterada.» Tan fuerte era esa impresión, y la aberración mental que de ella resultaba, «que el emperador seguía sospechando que el gobierno turco quería imponer a Rusia condiciones que no tenía derecho a exigir». El conde de Malmesbury confiesa que no solo a ningún «ser humano», sino ni siquiera a un lord inglés, le es posible «leer en el alma humana»; no obstante, «se cree capaz de explicar esas extrañas impresiones en el ánimo del emperador de Rusia». Había llegado —dice— el momento que se había enseñado a esperar a la población rusa durante generaciones y generaciones «como la época predestinada para la conquista de Constantinopla y la restauración del Imperio bizantino». Ahora bien, supone que «el actual emperador» compartía «esos sentimientos». En un principio el sagaz conde se proponía explicar la obstinada sospecha del emperador, que se sentía menoscabado en sus derechos por el gobierno turco; ahora nos ilustra en el sentido de que el emperador sospechaba de Turquía solo porque creía llegado el momento oportuno de tragársela. Llegado a este punto, el noble lord tuvo forzosamente que cambiar de rumbo. En vez de dar cuenta de las nuevas impresiones en el ánimo del emperador de Rusia que alteraron las circunstancias antiguas, toma ahora en consideración las circunstancias que durante algún tiempo impidieron al ánimo ambicioso del zar y a sus sentimientos tradicionales «ceder a la tentación». Estas circunstancias se reducen al único hecho importante de que el conde de Malmesbury estaba una vez «en el gobierno» y otra vez «fuera».

Cuando estaba «dentro», fue el primero no solo en reconocer a Boustrapa,[^12] sino incluso en disculpar sus perjurios, sus asesinatos y sus actos de violencia. Pero entonces

> «los periódicos de la época censuraban continuamente lo que llamaban una política servil y rastrera hacia el emperador francés».

Vino el ministerio de coalición, y con él sir J. Graham y sir Charles Wood,[^13]

> «que en reuniones públicas condenaron la política y el carácter del emperador francés y censuraron también al pueblo francés por haber elegido como soberano a semejante príncipe».

Siguió luego el asunto de Montenegro,[^14] y el ministerio de coalición

> «permitió a Austria exigir que el sultán renunciara a seguir sometiendo por la fuerza a los montenegrinos rebeldes, sin asegurar siquiera al ejército turco una retirada tranquila y sin estorbos, de modo que Turquía sufrió una pérdida de 1.500 a 2.000 hombres».

El posterior relevo del coronel Rose en Constantinopla[^15] y la negativa del gobierno inglés a enviar su escuadra a la bahía de Besika o a Esmirna al mismo tiempo que Francia produjeron en el emperador de Rusia la impresión de que el pueblo y el gobierno de Inglaterra eran hostiles al emperador francés y de que entre los dos países no era posible una verdadera alianza.

Después de describir así, con una delicadeza que haría honor a cualquier novelista que analice los sentimientos cambiantes de su heroína, la sucesión de circunstancias que obraron sobre el ánimo impresionable del emperador de Rusia y lo apartaron del camino de la virtud, el conde de Malmesbury se jacta de haber roto, mediante una estrecha alianza con el opresor del pueblo francés, los viejos prejuicios y antipatías que durante siglos habían distanciado al pueblo francés del inglés, y felicita al gobierno actual por haber heredado de él esa íntima alianza con el zar de Occidente y por cosechar lo que sembraron los tories. Olvida añadir que es precisamente bajo los auspicios de esa íntima alianza como se ha sacrificado el sultán a Rusia, con el emperador francés respaldando al gabinete de coalición; pues ese Soulouque francés[^16] no desea otra cosa que colarse, a hombros de los musulmanes, en una especie de Congreso de Viena y hacerse así respetable. Y al mismo tiempo que felicita al ministerio por su estrecha alianza con Bonaparte, denuncia la política que no ha sido sino el fruto de esa *mésalliance*.

Dejemos ahora al conde con sus expectoraciones sobre la importancia de la integridad turca, su negación de la decadencia de Turquía, su rechazo del protectorado religioso ruso y sus reproches al gobierno por no haber considerado la invasión de los Principados del Danubio un *casus belli* y no haber respondido al paso del Prut enviando su escuadra. No aporta nada nuevo, salvo la siguiente carta del príncipe Ménshikov a Reshid Bajá, anterior a su partida de Constantinopla, «cuya insolencia no hay nada que la supere».

> «Buyukdere,[^17] 9 (21) de mayo

> »En el momento de partir de Constantinopla, el embajador de Rusia abajo firmante se entera de que la Sublime Puerta ha manifestado su intención de proclamar una garantía del ejercicio de los derechos espirituales de que está investido el clero de la Iglesia oriental, lo que de hecho hace dudoso el mantenimiento de los demás privilegios de que goza esa Iglesia. Sea cual fuere el motivo de esta resolución, el abajo firmante se ve en la necesidad de informar a Su Excelencia el ministro de Asuntos Exteriores de que una declaración o cualquier otro acto que, aunque mantuviera la integridad de los derechos puramente espirituales de la Iglesia ortodoxa oriental, tendiera a debilitar los demás derechos, privilegios e inmunidades concedidos a su religión y a su clero desde los tiempos más antiguos, y de que gozan en el momento presente, sería considerado por el gabinete imperial como un acto de hostilidad contra Rusia y su religión.

> »El abajo firmante ruega, etc.

> *Ménshikov*.»

El conde de Malmesbury «apenas puede creer que el emperador de Rusia apruebe la conducta del príncipe Ménshikov o su manera de actuar». Las notas de Nesselrode que siguieron a la partida de Ménshikov, y el ejército ruso que siguió a las notas de Nesselrode, confirmaron esta duda.

El «silencioso» Clarendon, «por penoso que le resultara», tuvo que «dar una y otra vez la misma respuesta», es decir, ninguna respuesta. Sentía que «era su deber público no decir una palabra» que no hubiera dicho ya antes, a saber, «que no tenía ninguna comunicación que presentar ni podía mostrar ningún despacho en particular». El noble conde no pudo, pues, añadir ni una jota a lo que ya sabíamos. Su principal ambición consistía en dejar sentado que durante todo el tiempo en que los gabinetes austriaco y ruso llevaban a cabo su política de agresión había estado en «comunicación constante» con ellos. Así, estaba en comunicación constante con el gobierno austriaco cuando este envió al príncipe Leiningen a Constantinopla y sus tropas a la frontera, porque «temía un levantamiento de sus propios súbditos en la frontera»; esa era al menos, según asegura el inocente Clarendon, «la razón aducida». Después de que el sultán cediera a Austria y retirara sus fuerzas, el enérgico Clarendon «estuvo de nuevo en comunicación con Austria para asegurar la plena ejecución del tratado».

> «*Creo*», dice el crédulo lord, «que se cumplió, pues el gobierno austriaco nos *aseguró* que así era.»

¡Muy bien, milord! ¡La *entente cordiale* con Francia existía ya desde 1815! Sobre la decisión que tomaron los gobiernos francés e inglés en cuanto al «envío de sus respectivas escuadras» tampoco hubo «ni sombra de desacuerdo». Bonaparte ordenó a su escuadra que fuera a Salamina,

> «creyendo que el peligro era inminente», y «aunque él» (Clarendon) «le dijo que el peligro no era por el momento tan inminente y que de momento no hacía falta que la escuadra francesa saliera de los puertos franceses», Bonaparte «ordenó no obstante su salida; *pero en el fondo eso no tenía la menor importancia*, pues era mucho más ventajoso y más cómodo tener una escuadra en Salamina y la otra en Malta que una en Malta y la otra en Tolón».

Lord Clarendon observa además que «era motivo de satisfacción» que, durante todo el tiempo en que Ménshikov ejercía una presión insolente sobre la Puerta,

> «no se hubiera ordenado salir a la escuadra, porque nadie podía decir ahora que el gobierno turco hubiera actuado a nuestro dictado».

Después de lo ocurrido, es en efecto probable que el sultán hubiera tenido que echarse atrás si se hubiera enviado entonces la escuadra. En cuanto a la «carta de despedida» de Ménshikov, Clarendon la califica, es cierto, de correcta,

> «pero espera que semejante lenguaje en las negociaciones diplomáticas con los gobiernos sea por fortuna raro y que siga siéndolo».

Por último, en cuanto a la invasión de los Principados del Danubio,

> «los gobiernos francés e inglés aconsejaron al sultán que renunciara por el momento a su indudable derecho a tratar la ocupación de los Principados como un *casus belli*».

Sobre las negociaciones aún pendientes solo podía decir una cosa:

> «Sir Hamilton Seymour[^18] había recibido esta mañana una comunicación oficial de que las propuestas acordadas por los embajadores en Viena serán aceptadas en Petersburgo si se *modifican ligeramente*.»

Pero antes moriría que dejar escapar una sola palabra sobre las condiciones del arreglo.

Respondieron al noble lord lord Beaumont, el conde de Hardwicke, el marqués de Clanricarde y el conde de Ellenborough. No se alzó ni una sola voz para felicitar al gobierno de Su Majestad por el camino seguido en estas negociaciones. Por todas partes se expresó vivamente que la política de los ministros había sido equivocada; que habían actuado como mediadores en favor de Rusia en lugar de como defensores de Turquía, y que, si Francia e Inglaterra hubieran mostrado firmeza a tiempo, estarían hoy en mejor posición. El viejo y testarudo Aberdeen les respondió que

> «era fácil especular después de los hechos sobre lo que debería haberse hecho y decir lo que habría podido ocurrir si se hubiera actuado de otro modo».

Pero lo más sorprendente e importante fue la observación siguiente:

> «Sus señorías debían tener presente que no estaban obligados por ningún tratado. Negaba que Inglaterra estuviera obligada en virtud de tratado alguno a tomar parte en hostilidades en apoyo del Imperio turco.»

Cuando Inglaterra y Francia mostraron inclinación a inmiscuirse en la cuestión turca pendiente, el emperador de Rusia no quiso saber absolutamente nada de la fuerza obligatoria del tratado de 1841,[^19] es decir, en lo que tocaba a sus propias relaciones con la Puerta y al derecho de intervención de las potencias occidentales que de ahí resultaba. Pero al mismo tiempo insistía, apoyándose en ese mismo tratado de 1841, en la exclusión de los Dardanelos de los buques de guerra de las demás potencias. Y ahora lord Aberdeen, en sesión pública y solemne del Parlamento, ratifica esta arrogante interpretación de un tratado que el autócrata ruso solo respeta cuando excluye a Gran Bretaña del Ponto Euxino.

*Karl Marx*

[^1]: David Urquhart (1805-1877), diplomático y publicista británico, enemigo acérrimo de Rusia y de Palmerston, a quien tenía por agente ruso.
[^2]: Józef Bem (1794-1850), general polaco, jefe del ejército revolucionario húngaro en Transilvania en 1849; pasó después al servicio otomano con el nombre de Murad Bajá y murió en Alepo en 1850.
[^3]: Karl Ferdinand von Buol-Schauenstein (1797-1865).
[^4]: Martin Koszta, emigrado húngaro que había declarado su intención de hacerse ciudadano de los Estados Unidos, fue apresado por los austriacos en Esmirna en junio de 1853; el comandante del *Saint Louis*, Duncan Ingraham, amenazó con abrir fuego y obtuvo que quedara bajo custodia del cónsul francés.
[^5]: James Howard Harris, conde de Malmesbury (1807-1889), tory, ministro de Asuntos Exteriores en el gobierno de lord Derby de 1852.
[^6]: Los senadores romanos.
[^7]: Édouard Drouyn de Lhuys (1805-1881), ministro de Asuntos Exteriores de Francia.
[^8]: George Villiers, conde de Clarendon (1800-1870), ministro de Asuntos Exteriores británico en el gabinete Aberdeen.
[^9]: El tratado de Londres del 8 de mayo de 1852 garantizaba la integridad de la monarquía danesa y fijaba su sucesión.
[^10]: Edmond de Lacour, embajador de Francia en Constantinopla.
[^11]: Alexandr Ménshikov (1787-1869), almirante, enviado extraordinario del zar en Constantinopla de febrero a mayo de 1853.
[^12]: Apodo de Luis Bonaparte, formado con los nombres de Boulogne, Estrasburgo y París, escenarios de sus golpes de 1840, 1836 y 1851.
[^13]: Sir James Graham (1792-1861), primer lord del Almirantazgo, y sir Charles Wood (1800-1885), presidente de la Junta de Control para la India, ambos en el gabinete Aberdeen.
[^14]: La campaña turca de Omer Bajá contra Montenegro, a comienzos de 1853, interrumpida por las exigencias que llevó a Constantinopla Leiningen, enviado de Austria.
[^15]: Hugh Rose (1801-1885), encargado de negocios británico en Constantinopla, pidió en marzo de 1853 que la escuadra de Malta acudiera a los Dardanelos; ni el almirante ni el gobierno accedieron.
[^16]: Faustin Soulouque (1782-1867), presidente y luego emperador de Haití; en la prensa de la época su nombre servía de apodo burlesco de Napoleón III.
[^17]: Localidad a orillas del Bósforo, residencia de verano de las embajadas extranjeras.
[^18]: Sir George Hamilton Seymour (1797-1880), embajador británico en San Petersburgo.
[^19]: El Convenio de los Estrechos (Londres, 13 de julio de 1841), que cerraba en tiempo de paz el Bósforo y los Dardanelos a los buques de guerra extranjeros.
