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Title: Debates parlamentarios (1854)
Description: Crónica de Marx para el New-York Daily Tribune sobre el gran debate de la Cámara de los Comunes acerca de la cuestión de Oriente en febrero de 1854: los discursos de Layard, Graham, Russell, Cobden, Drummond y Herbert, y la acusación de Disraeli contra la diplomacia del ministerio de coalición, culpable de credulidad o de connivencia con el zar.
Author: Karl Marx
Date: 1854-02-21
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1854%20Debates%20parlamentarios
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*Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 21 de febrero de 1854 y publicado en el* New-York Daily Tribune*, núm. 4022, del 9 de marzo de 1854. El original inglés completo no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 10 (Berlín, 1961, pp. 80-93), sin su aparato editorial, cotejada con el resumen inglés de* The Eastern Question *(Londres, 1897, pp. 256-261), por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1854%20Parlamentsdebatten).*

*Londres, martes 21 de febrero de 1854*

Se han presentado al Parlamento los presupuestos del ejército y de la flota. Para el ejército se pide para el año próximo un efectivo total de 112.977 hombres, un aumento de 10.694 hombres respecto al año pasado. Los gastos totales de las fuerzas de tierra en servicio dentro y fuera del país ascienden, para el año que termina el 31 de marzo de 1855, sin contar los costes de las colonias australianas y los costes transferidos a la Compañía de las Indias Orientales, a 3.923.288 libras esterlinas. La suma total asciende a 4.877.925 libras para 5.719 oficiales, 9.956 suboficiales y 126.925 soldados. Los gastos de la flota para el año que termina el 31 de marzo de 1855 se calculan para el servicio activo en un total de 5.979.866 libras, lo que supone un aumento de 1.172.446 libras respecto al año pasado. Los costes del transporte de las tropas y de la artillería ascienden a 225.050 libras, lo que supone un aumento de 72.100 libras. La suma total del año asciende a 7.447.948 libras. Las dotaciones constarán de 41.000 marineros, 2.000 grumetes y 15.500 soldados de infantería de marina; en total, 58.616 hombres, incluidos 116 auxiliares.

El señor Layard[^1] había anunciado el viernes pasado por la tarde que se proponía llamar la atención sobre la cuestión de Oriente; tomó la palabra justo en el momento en que el *speaker* iba a dejar su sitial para que la Cámara pudiera deliberar sobre los presupuestos de la flota. Poco después de las cuatro estaban abarrotadas todas las tribunas, y a las cinco la Cámara estaba reunida. Se mataron dos largas horas, para evidente fastidio de los diputados y del público, con discursos insustanciales sobre minucias. Tan excitada estaba la curiosidad de los honorables caballeros que aplazaron la cena hasta las ocho para asistir a la apertura del gran debate, cosa rara en la vida parlamentaria de los miembros de la Cámara de los Comunes.

El señor Layard, cuyo discurso fue interrumpido constantemente por aplausos, empezó declarando que el gobierno había puesto a los miembros del Parlamento en una situación tan extraordinaria que les resultaba difícil fijar su posición. Antes de que pudieran votar los créditos pedidos, era deber del gobierno declarar *qué pensaba hacer*. Pero antes de preguntarle esto, quería saber *qué había hecho ya*. Ya el año pasado había dicho que el gobierno no habría ido a parar a la guerra si hubiera adoptado un tono más digno de este país; y aun después de examinar con cuidado los voluminosos Libros Azules[^2] publicados recientemente, no tenía motivo para cambiar de opinión. De la comparación del contenido de varios despachos de diversa procedencia dedujo que el ministerio había pasado por alto hechos muy salientes, entendido mal tendencias del todo inequívocas y dado crédito a seguridades evidentemente engañosas. Declaró que la tragedia de Sinope[^3] había manchado el honor de Inglaterra y exigió una explicación satisfactoria, demostrando con los documentos publicados que los almirantes de las flotas combinadas habrían podido evitar la catástrofe, o que los propios turcos la habrían impedido, de no haber sido por las instrucciones medrosas e indecisas del gobierno británico. De sus últimas declaraciones deducía que el gobierno seguía queriendo negociar sobre la base del *statu quo ante bellum*; desaprobaba ese probable paso. Exhortó al gobierno a cumplir con su deber en la seguridad de que el pueblo inglés cumpliría con el suyo.

Sir James Graham[^4] le respondió, con la desfachatez que se le conoce, que o confiaban en los ministros o los destituían. Pero «entretanto, no *perdamos el tiempo en palabrería* sobre los Libros Azules». El gobierno había sido engañado por Rusia, vieja y fiel aliada de Gran Bretaña, pero «las sospechas sombrías y funestas no arraigan tan pronto en los espíritus generosos». Este viejo zorro, el «vil recadero» de sir Robert Peel, el asesino de los Bandiera,[^5] estuvo realmente encantador con su «espíritu generoso» y su «aversión a la sospecha».

Salieron luego a escena lord Jocelyn y lord Dudley Stuart,[^6] cuyos discursos llenaron los periódicos al día siguiente, pero vaciaron la Cámara aquella noche. Siguió el señor Roebuck,[^7] que empezó defendiendo la conducta de los ministros en una situación delicada, pero terminó declarando que era ya hora de que el ministerio *dijera abiertamente lo que pensaba hacer*. Con el pretexto de querer responder a esta pregunta se levantó lord John Russell[^8] y recapituló en tono apologético la historia de las últimas disputas, y al ver que eso no bastaba, hizo como que iba a contarles «lo que el ministerio pensaba hacer»; pero de eso no debía de tener él mismo una idea muy clara. Según sus palabras, el gobierno había contraído una especie de alianza con Francia, no mediante la conclusión de un tratado, sino mediante un canje de notas. Inglaterra y Francia proponían ahora también a Turquía algo así como un tratado, según el cual la Puerta no podría pedir la paz sin su consentimiento. La indescriptible vileza del zar había cogido cruelmente desprevenido al gobierno. Él (Russell) había perdido la esperanza de que pudiera conservarse la paz. Probablemente tendrían que entrar en la guerra. Por eso necesitaba unos 3 millones de libras más que el año pasado. El secreto era una condición del éxito en la guerra, y por eso no podía decirles enseguida lo que el gobierno emprendería en caso de guerra. Como la última parte, o mejor dicho la parte teatral, de su discurso la pronunció con gran estruendo y mucha indignación moral contra el zar, «el carnicero», hubo enormes aplausos, y la Cámara, en su entusiasmo, estuvo a punto de aprobar los presupuestos, cuando intervino el señor Disraeli y consiguió que el debate se aplazara al lunes por la noche.

Los debates se reanudaron anoche y no terminaron hasta las dos de la madrugada.

Se levantó primero el señor Cobden,[^9] prometiendo ceñirse estrictamente a las cuestiones prácticas planteadas. Se tomó mucho trabajo para demostrar con los Libros Azules lo que nadie discutía, a saber, que el gobierno francés había causado «esta lamentable disputa» con la misión del señor Lavalette[^10] relativa a los Santos Lugares y con las concesiones arrancadas a la Puerta. El presidente francés, que tenía entonces algunas perspectivas de llegar a emperador, deseaba probablemente sacar un poco de capital político de estas exigencias planteadas a Turquía en nombre de los cristianos católicos romanos. Por eso los primeros pasos de Rusia podían atribuirse a la actuación de Francia en esta cuestión. Que la Nota de Viena[^11] no se firmara había sido culpa de los aliados, no del gobierno turco, pues la Puerta la habría firmado enseguida si se la hubiera amenazado con retirar la flota de la bahía de Besika.[^12] Vamos a una guerra porque hemos exigido a Turquía que se niegue, en una nota a Rusia, a garantizarle lo que nosotros mismos queríamos exigirle para nosotros, a saber, la garantía de un mejor trato a los cristianos. La inmensa mayoría de la población del Imperio otomano esperaba con ansia el éxito de esa misma política que Rusia practica ahora (como ahora, por ejemplo, en Moldavia y Valaquia). Él podía demostrar precisamente con los Libros Azules que no podían tolerarse los agravios y las represalias a que estaba expuesta esa población cristiana; y se refería principalmente a despachos de lord Clarendon[^13] escritos evidentemente con la intención de complacer al zar. En uno de esos despachos lord Clarendon escribe:

> «La Puerta tiene que elegir entre el mantenimiento de un principio religioso erróneo o la pérdida de la simpatía y la ayuda de sus aliados».

Esto llevó al señor Cobden a preguntar:

> «¿Creía la Cámara posible que una población como la de los fanáticos musulmanes abandonara su religión? Y sin el abandono completo de los preceptos del Corán era absolutamente imposible igualar a los cristianos de Turquía con los turcos».

Igualmente podríamos preguntar al señor Cobden si, con la Iglesia oficial existente y las leyes vigentes en Inglaterra, sería posible igualar a los obreros ingleses con los Cobden y los Bright. El señor Cobden se esforzó además en demostrar, con las cartas de lord Stratford de Redcliffe[^14] y de los agentes consulares británicos, que entre la población cristiana de Turquía reinaba un descontento general que amenazaba con terminar en una insurrección general. Nos permitimos preguntar de nuevo al señor Cobden si no reina entre todos los pueblos de Europa un descontento general con los gobiernos y las clases dominantes, un descontento que amenaza con terminar pronto en una revolución general. Si, como en Turquía, hubiera invadido Alemania, Italia, Francia o incluso Gran Bretaña un ejército extranjero hostil a sus gobiernos y que desatara las ansias de rebelión, ¿se habría quedado cualquiera de estos países tranquilo tanto tiempo como la población cristiana de Turquía?

Inglaterra, al entrar en una guerra en defensa de Turquía, concluyó el señor Cobden, luchaba por la dominación de la población turca del Imperio otomano y contra los intereses de la mayoría del pueblo de aquel país. Entre el ejército ruso, por una parte, y el ejército turco, por otra, había una disputa puramente religiosa. Todos sus intereses unían a Inglaterra con Rusia. El volumen de su comercio con Rusia era enorme. Si el comercio de exportación a Rusia solo ascendía a 2 millones de libras, era solo el resultado pasajero de que Rusia seguía aferrada a las ilusiones proteccionistas. Aun así, la importación de Rusia ascendía a 13 millones de libras. Con excepción de los Estados Unidos, no había ningún otro país con el que tuviera un comercio tan importante como con Rusia. Si Inglaterra se armaba para la guerra, ¿por qué enviaba fuerzas de tierra a Turquía en lugar de emplear exclusivamente su flota? Si había llegado la hora de la lucha entre el cosaquismo y el republicanismo, ¿por qué permanecían neutrales Prusia, Austria, los demás Estados alemanes, Bélgica, Holanda, Suecia y Dinamarca, mientras Francia e Inglaterra tenían que luchar solas? Si se trataba de una cuestión de importancia europea, ¿no había que suponer que el que estaba más cerca del peligro sería el primero en entrar en la lucha? Para terminar, el señor Cobden declaró que «estaba en contra de la guerra con Rusia». En su opinión, «lo mejor sería volver a la Nota de Viena».

Lord John Manners[^15] opinaba que había que censurar al gobierno por su inactividad y su peligrosa despreocupación. Las comunicaciones iniciales de lord Clarendon a los gobiernos de Rusia, Francia y Turquía, en las que, en lugar de obrar de acuerdo con Francia, rechazaba obstinadamente tal colaboración y daba a entender al gobierno ruso que Inglaterra no iría con Francia, habían movido al emperador de Rusia a dar al príncipe Ménshikov[^16] instrucciones que habían conducido a toda la catástrofe. No era de extrañar que el gobierno francés, cuando Inglaterra dio por fin a conocer su intención de hacer efectivamente algo en Constantinopla, tuviera que abrigar algunas dudas sobre la sinceridad del gobierno de Su Majestad. No fue Inglaterra la que aconsejó a la Puerta rechazar el ultimátum del príncipe Ménshikov; al contrario, los ministros del sultán obraron por su cuenta y riesgo y sin esperanza alguna de ayuda de Inglaterra. Las prolongadas negociaciones diplomáticas del gobierno británico tras la ocupación de los Principados por los rusos habían sido muy perjudiciales para los intereses de Turquía y muy útiles para los de los rusos. Rusia había tomado posesión de los Principados sin declaración de guerra para evitar la anulación de aquellos tratados que le servían de instrumento efectivo para oprimir a Turquía. Por consiguiente, una vez que Turquía declaró la guerra, había sido imprudente insistir en la renovación de esos tratados como base de negociación. La cuestión más importante y realmente más candente era ahora qué fines perseguía el gobierno con su participación en esta terrible lucha. Se proclamaba en general que había que conservar el honor y la independencia de Turquía; pero era necesario declarar de forma más precisa qué se entendía por ello.

El señor Horsfall[^17] se esforzó en refutar los sofismas del señor Cobden. La verdadera cuestión no era qué es Turquía, sino en qué se convertiría Rusia si se anexionaba Turquía; es decir, si el emperador de Rusia había de ser también emperador de Turquía. Rusia solo aspiraba a un fin, y era el aumento de su poder político mediante la guerra. Su fin era la expansión territorial. Desde la monstruosa falsedad con que el autócrata ruso dio el primer paso en este asunto hasta la espantosa matanza de Sinope, su proceder había estado marcado por la crueldad y el engaño, por crímenes notables incluso en los anales de Rusia, un país cuya historia no se compone más que de crímenes, y tanto más terribles cuanto que el zar osaba invocar blasfemamente la fe cristiana, cuyos preceptos violaba tan desvergonzadamente. La actitud de la víctima elegida, en cambio, había sido admirable. Después, el señor Horsfall se tomó mucho trabajo para disculpar el rumbo vacilante del gobierno por la difícil situación en que se encontraba. De ahí su diplomacia titubeante. Ni siquiera la acción conjunta de todos los gabinetes de Europa y de los diplomáticos más experimentados contra el autócrata habría podido ponerlo en una situación más difícil y enrevesada, más desesperada y peligrosa, que aquella en que lo habían puesto o los errores de nuestros ministros o la propia astucia del autócrata. Hacía seis meses, el emperador Nicolás era el principal sostén del orden y la legitimidad en Europa; ahora se había quitado la máscara y aparecía como el mayor de los revolucionarios. Era realmente un placer ver con qué rapidez perdía el zar sus posiciones, después de fracasar sus intrigas políticas, de quedarse sin éxito militar en Asia y de recibir una buena paliza de los turcos en el Danubio. Ahora era deber del gobierno, en caso de que empezaran las hostilidades, cuidar de que la paz solo se concluyera en condiciones que ofrecieran garantías suficientes y seguras contra toda repetición futura de una agresión semejante. Creía que una de las condiciones para el restablecimiento de la paz debía ser que Rusia indemnizara a Turquía por los gastos que le había causado y que Turquía recuperara, como garantía material, los territorios que se le habían arrebatado.

El señor Drummond[^18] suponía que nos estábamos metiendo en una guerra de religión y que estábamos a punto de emprender una nueva cruzada por el sepulcro de Godofredo de Bouillon, que estaba ya tan deteriorado que no se podía uno sentar en él. Al parecer, el culpable de la desgracia había sido desde el principio el papa. Inglaterra no tenía el menor interés en la cuestión turca, y una guerra entre ella y Rusia no podía llevarse a buen término, porque se harían la guerra eternamente sin hacerse nunca daño.

> «La guerra actual no les traerá a ustedes más que golpes duros».

El señor Cobden se había ofrecido hacía algún tiempo a domar a Rusia, y si lo hiciera ahora ahorraría a Inglaterra muchísimos disgustos. En realidad, en la disputa actual se trataba de si los modistos de París o los de San Petersburgo habían de engalanar los ídolos del Santo Sepulcro. Inglaterra había descubierto ahora que Turquía era su vieja aliada, que necesitaba con urgencia para el equilibrio europeo. Pero ¿cómo diablos había podido ocurrir que no lo descubriera antes de quitar a Turquía todo el reino de Grecia y antes de librar la batalla de Navarino,[^19] que lord St. Helens, según recordaba, había calificado de importante, solo que en ella los golpes de Inglaterra habían caído sobre quien no debían? ¿Por qué no pensó en ello cuando los rusos cruzaron los Balcanes[^20] y ella habría podido prestar a los turcos una ayuda eficaz con su flota? Pero ahora, después de haber llevado el Imperio otomano a una extrema fragilidad, creía poder apuntalar ese Estado tambaleante con el pretexto del equilibrio de fuerzas. Tras algunas observaciones sarcásticas sobre el súbito entusiasmo por Bonaparte, el señor Drummond preguntó quién iba a ser ministro de la Guerra. Todos habían visto lo bastante para saber que había una mano débil en el timón. No creía que en manos de la administración actual el honor de un general o de un almirante quedara sin mancha. Era capaz de sacrificar a cualquiera para complacer a cualquier partido de la Cámara. Si Inglaterra estaba decidida a la guerra, tenía que dirigir sus golpes al corazón de Rusia y no malgastar sus balas en el mar Negro. Tenía que proclamar desde el primer momento la restauración del reino de Polonia. Ante todo, quería saber qué se proponía el gobierno.

> «El jefe del gobierno», dijo el señor Drummond, «se jactaba de su capacidad para guardar un secreto y había declarado una vez que querría ver a quien fuera capaz de sacarle informaciones que no tuviera intención de dar. Esta frase le recordaba una anécdota que había oído una vez en Escocia: un montañés escocés que había viajado a la India trajo a su vuelta a Inglaterra, como regalo para su mujer, un loro que hablaba extraordinariamente bien. Un vecino, que no quería quedarse atrás, viajó a Edimburgo y trajo a su mujer una gran lechuza. Cuando le hicieron ver que la lechuza nunca aprendería a hablar, respondió: “Es verdad, pero piensen ustedes en la fuerza de pensamiento que encierra”».

El señor Butt[^21] declaró que era la primera vez desde la Revolución[^22] que un ministerio se presentaba ante la Cámara a pedir medios para hacer la guerra sin justificar con claridad y extensamente semejante petición. En el sentido jurídico de la palabra, todavía no estaban en guerra, y si la Cámara había de votar estos créditos, tenía derecho a saber qué había retrasado la declaración de guerra a Rusia. ¡Qué ambigua era la situación de la flota británica en el mar Negro! El almirante Dundas[^23] tenía orden de hacer volver a un puerto ruso a los barcos rusos; y si al ejecutar esta orden destruía un barco ruso estando en paz con Rusia, ¿estaban preparados los ministros para justificar semejante incidente? Esperaba una explicación sobre si había que apoyar a Turquía en esas condiciones humillantes según las cuales, para concluir la paz con Rusia, tenía que ponerse en manos de Inglaterra y Francia. Si esa era la política de Inglaterra, entonces lo que ahora se pedía al Parlamento era que concediera fuerzas adicionales no para la independencia de Turquía, sino para su sometimiento. El señor Butt abrigaba cierto temor de que los ministros solo hicieran alarde de estos preparativos de guerra para llegar a una paz vergonzosa.

El señor S. Herbert,[^24] el ministro de la Guerra, pronunció un discurso tan insulso y necio como difícilmente podía esperarse, ni siquiera de un ministro de la coalición, en una crisis tan seria. El gobierno estaba entre dos fuegos y no sabía cómo conocer la verdadera opinión de la Cámara sobre la cuestión planteada. Los honorables caballeros de enfrente tenían la ventaja de poder operar con hechos; criticaban el pasado; pero el gobierno no tenía que ver con hechos: solo podía especular sobre el futuro. No estaba tan inclinado a entrar en esta guerra para proteger a Turquía como para hacer frente a Rusia. Eso fue todo lo que la Cámara pudo saber del pobre señor Herbert «sobre el futuro». Pero no; aún les contó algo completamente nuevo. Según el señor Herbert, «el señor Cobden representa el sentir de la clase más numerosa de este pueblo». Cuando esta afirmación fue contradicha desde todos los lados de la Cámara, el señor Herbert añadió:

> «Si no la clase más numerosa, el honorable diputado representa en todo caso a *una gran parte de las clases trabajadoras* de este país».

¡Pobre señor Herbert! Fue realmente refrescante cuando después de él tomó la palabra el señor Disraeli y un verdadero orador ocupó el lugar del charlatán.

El señor Disraeli[^25] empezó con la siguiente declaración, aludiendo a las teatrales declamaciones con que lord John Russell había terminado su discurso el viernes por la noche:

> «Siempre he sido de la opinión de que toda nación, y en particular esta, estará mucho más dispuesta y resuelta a soportar la carga que una guerra le impone inevitablemente si sabe de verdad por qué hace la guerra, que si se la empuja a la lucha con llamamientos inflamados a sus pasiones y se la arrastra con una excitación que en el primer momento bien podría convenir a un ministro, pero a la que al cabo de algunos meses seguirían los efectos inevitables de la ignorancia, o quizá de la ignorancia unida a la catástrofe».

Así había ocurrido con la guerra de 1828-1829,[^26] en la que Inglaterra participó del lado de Rusia y no del de Turquía. La complicada situación actual y el estado de agotamiento de Turquía en los últimos tiempos había que atribuirlos por entero a lo ocurrido en aquella guerra, en la que Inglaterra y Francia se habían unido contra Turquía. En aquel tiempo no había un solo miembro de la Cámara que tuviera realmente idea de por qué había entrado Inglaterra en la guerra ni de qué fin perseguía con un golpe contra el Estado turco. Por eso había que poder entender con claridad la causa y el fin de la guerra actual. Eso solo podía saberse por los Libros Azules. Lo que había conducido al estado actual de las cosas podía verse exactamente en los despachos que estaban sobre esta mesa. La política que se desarrollaba en ellos había preparado ese futuro que, según los ministros, debía absorber por completo su atención. Por eso protestaba contra la doctrina de sir James Graham. El señor Herbert acababa de protestar contra la lectura de páginas sueltas de esos informes. Él no podía prometer leer a la Cámara los Libros Azules enteros; pero si se aceptaba la objeción del muy honorable caballero, no le quedaría otro camino. Según la opinión general de todos los buenos conocedores de la cuestión de Oriente, y según la suya propia, Rusia no se proponía en absoluto conquistar por la fuerza el Imperio otomano, sino ganar y ejercer, mediante una política hábil y con métodos perfeccionados, una influencia sobre la población cristiana del Imperio turco que le diera, en lo posible, el mismo poder que si poseyera el trono del sultán. Al comienzo de estas negociaciones, el propio conde Nesselrode[^27] había expuesto con toda claridad la política de Rusia en sus despachos de enero y junio de 1853. La preponderancia en el Imperio turco había de alcanzarse ejerciendo una influencia especial sobre 12 millones de personas, la gran mayoría de los súbditos del sultán. En los despachos rusos al gobierno británico no solo se explicaba esta política, sino que se comunicaba al gobierno británico, no menos abiertamente, cómo había de llevarse a cabo: no por la conquista, sino manteniendo los tratados existentes y ampliando su interpretación. Así, desde el comienzo de esta importante disputa, se había visto la base de la campaña diplomática en un tratado: el tratado de Kainardji.[^28] Este tratado ponía a los súbditos cristianos de la Puerta bajo la protección especial del sultán; pero según la interpretación que Rusia daba a este tratado, los súbditos cristianos del sultán quedaban puestos especialmente bajo la protección del zar. En virtud del mismo tratado, Rusia podía hacer gestiones para proteger su nueva iglesia, un edificio en la calle de Beyoğlu; según la interpretación rusa del artículo correspondiente del tratado, Rusia tenía derecho a intervenir para proteger toda iglesia de confesión ortodoxa griega y, naturalmente, todas las comunidades de esa fe en el territorio del sultán, que comprendían a la vez a la gran mayoría de sus súbditos. Tal era la interpretación abiertamente confesada del tratado de Kainardji por Rusia. Por otra parte, de un despacho de sir Hamilton Seymour[^29] del 8 de enero de 1853 se desprendía que el conde Nesselrode había comunicado a sir Hamilton, y este a su vez a lord Clarendon, que «era necesario apoyar la diplomacia de Rusia con una demostración de fuerza armada». Según el mismo despacho, la convicción del conde Nesselrode de que esta cuestión se llevaría a una conclusión satisfactoria se basaba en los «esfuerzos que harían los embajadores de Su Majestad en París y en Constantinopla». Rusia había declarado entonces enseguida que una demostración de fuerza armada no pasaría de ser una demostración, pero que el fin había de alcanzarse por vía pacífica mediante los esfuerzos de los embajadores ingleses en París y en Constantinopla.

> «Pues bien, señor», prosiguió el señor Disraeli, «quisiera saber cómo se comportaron esos embajadores, tras esta exposición del fin, esta enumeración de los medios y con esta diplomacia, ante semejante combinación».

No hacía falta tocar el problema de los Santos Lugares. En efecto, se resolvió pronto en Constantinopla. Hasta el conde Nesselrode, todavía al comienzo mismo de estas negociaciones, había expresado su sorpresa y su satisfacción ante la actitud conciliadora de Francia y se había pronunciado con elogio sobre ella. Durante todo ese tiempo, sin embargo, Rusia había concentrado sus fuerzas en las fronteras turcas, y el conde Nesselrode había contado a lord Clarendon que su gobierno exigiría una compensación equivalente por los privilegios que la Iglesia ortodoxa griega había perdido en Jerusalén y para cuyo arreglo no se había consultado a su gobierno. Hasta la misión del príncipe Ménshikov se había mencionado en aquel tiempo, como muestran diversos despachos de sir Hamilton Seymour. Lord John Russell les había dicho la última vez que la conducta del conde Nesselrode era la de un estafador. Por otro lado, lord John Russell confesaba que el conde Nesselrode declaraba sin cesar que su augusto señor exigiría una compensación equivalente para la Iglesia ortodoxa griega; pero al mismo tiempo se quejaba de que el conde Nesselrode nunca les había dicho lo que quería.

> «¡Malvado conde Nesselrode!» (Risas.) «¡Falsedad canallesca de los estadistas rusos!» (Risas.) «¿Por qué no pudo el noble lord saber lo que deseaba saber? ¿Para qué está sir Hamilton Seymour en San Petersburgo, si no puede pedir las informaciones necesarias?».

Si el conde Nesselrode nunca le decía lo que quería, era porque el noble lord nunca se atrevía a preguntárselo. En este estado de cosas, los ministros estaban obligados a hacer preguntas categóricas al gabinete de San Petersburgo. Si este no podía explicar qué quería en realidad, era hora de que el gobierno británico declarara que se habían acabado los buenos oficios en París y en Constantinopla. Cuando lord John Russell dejó su cargo y lo sustituyó lord Clarendon, el carácter de las gestiones diplomáticas había cambiado en favor de Rusia. Al llegar al ministerio de Asuntos Exteriores, lord Clarendon tuvo que redactar las instrucciones para lord Stratford de Redcliffe, el embajador de la reina, con las que este partió al escenario de los acontecimientos. Pero ¿cómo eran esas instrucciones? En un momento en que Turquía se encontraba en el mayor apuro y aprieto, se le predicaban reformas interiores y comerciales. Se le daba a entender que su conducta debía distinguirse por la mayor moderación y prudencia, lo que significaba que tenía que avenirse a las exigencias de Rusia. Entretanto, el gobierno seguía sin exigir una declaración inequívoca de lo que en realidad se proponía la parte rusa. El príncipe Ménshikov llegó a Constantinopla. Después de recibir del coronel Rose[^30] comunicaciones sumamente inquietantes y advertencias de sir Hamilton Seymour, lord Clarendon, en una carta a lord Cowley,[^31] el embajador británico en París, había censurado la orden del coronel Rose de que saliera la flota británica y lamentado la orden dada al almirante francés de navegar hacia aguas griegas, honrando a Francia con la desdeñosa lección de «que una política de desconfianza no era ni sabia ni segura», y declarando que confiaba plenamente en las solemnes seguridades del emperador de Rusia de mantener el Imperio turco. Luego lord Clarendon escribe a su embajador en Constantinopla que está completamente seguro de que los fines de la misión del príncipe Ménshikov, «fueran los que fuesen, no ponían en peligro ni el poder del sultán ni la integridad de sus dominios». Más aún, lord Clarendon llegó a acusar al único aliado de Inglaterra en Europa de que la razón por la que Inglaterra temía ahora complicaciones en Oriente era únicamente la actitud que Francia había adoptado durante algún tiempo respecto a los Santos Lugares. En consecuencia, el conde Nesselrode había felicitado a lord Aberdeen por el *beau rôle* (traducido en el Libro Azul por *important role*, «papel importante») que había desempeñado en que Francia quedara *isolée*, «aislada». El 1 de abril Inglaterra supo por el coronel Rose del convenio *secreto* que Rusia exigía a Turquía. Solo diez días después llegó lord Stratford a Constantinopla y confirmó las declaraciones del coronel Rose. Después de todo esto, lord Clarendon escribe el 16 de mayo a sir H. Seymour que

> «las declaraciones del emperador de Rusia», declaraciones que no figuraban en los Libros Azules, «quitaban todo fundamento a los temores que toda Europa había abrigado comprensiblemente por la actuación del príncipe Ménshikov en relación con los preparativos militares en el sur de Rusia».

Entonces el conde Nesselrode creyó poder comunicar descaradamente a lord Clarendon, el 20 de junio, que Rusia había ocupado los Principados. En ese documento el conde Nesselrode declara

> «que el emperador quería ocupar las provincias como prenda hasta que se le diera satisfacción; que con esta actuación había sido fiel a sus declaraciones al gobierno inglés; que, al intercambiar opiniones con el gabinete de Londres sobre los preparativos militares que coincidieron con la apertura de las negociaciones, no le había ocultado que aún podía llegar el momento en que se viera obligado a recurrir a la ayuda de Inglaterra; y felicitaba al gobierno inglés por las intenciones amistosas que había mostrado, oponía su actitud a la de Francia y echaba toda la culpa de los futuros fracasos del príncipe Ménshikov a lord Stratford».

Después de todo esto, lord Clarendon redacta el 4 de julio una circular en la que sigue esperando en la justicia y la moderación del emperador y se remite a la reiterada declaración del emperador de que respetaría la integridad del Imperio turco. El 18 de julio escribe a lord Stratford que

> «Francia e Inglaterra podrían sin duda doblegar a Rusia si de verdad quisieran, pero entretanto Turquía podría quedar completamente devastada, y por eso las negociaciones pacíficas eran el único camino acertado».

Pero lo que entonces había sido un buen argumento lo era también ahora. O el gobierno se dejaba guiar por una confianza tal que equivalía ya a una credulidad morbosa, o era culpable de connivencia. La causa de la guerra había que verla en el modo en que el gobierno de Su Majestad había llevado las negociaciones durante los últimos siete meses. Si era credulidad, Rusia podía haber precipitado con su conducta pérfida el estallido de una lucha que quizá habría sido inevitable, una lucha con la que podrían conquistarse la independencia de Europa, la seguridad de Inglaterra y la de la civilización. Si era connivencia, la guerra sería medrosa e indecisa, una guerra sin resultado o, mejor dicho, con exactamente los resultados que se pretendían al principio. El 25 de abril lord Clarendon había hecho ante la Cámara de los Lores la falsa declaración de que la misión de Ménshikov consistía en zanjar la disputa sobre los Santos Lugares, aunque sabía que eso no respondía a la verdad. A continuación el señor Disraeli expuso brevemente la historia de la Nota de Viena para demostrar o la completa estupidez del ministerio o su connivencia con la corte de San Petersburgo. Pasó luego al tercer período, la pausa entre el fracaso de la Nota de Viena y la batalla de Sinope. Entonces el canciller del Exchequer, el señor Gladstone,[^32] había hablado de Turquía en un mitin en el tono más despectivo. Lo mismo hicieron los periódicos semioficiales. Fue la energía de los propios turcos la que cambió la situación y la suerte de Turquía y movió al gabinete a adoptar otro tono. Pero apenas se había librado la batalla de Oltenița[^33] cuando la política de la credulidad o la política de la connivencia volvió a emprender su sucia obra. La matanza de Sinope, sin embargo, volvió a obrar en favor de los turcos. Las flotas recibieron la orden de entrar en el mar Negro. ¿Pero qué hicieron? ¡Volvieron al Bósforo! En cuanto al futuro, lord John Russell había explicado de manera muy vaga las condiciones de la alianza inglesa con Francia. El señor Disraeli advirtió que no había que confundir el mantenimiento del equilibrio de fuerzas con el mantenimiento de la actual división territorial de Europa. El futuro de Italia dependía principalmente del reconocimiento de esta verdad.

Tras el brillante discurso del señor Disraeli, que naturalmente solo he reproducido en sus rasgos principales, tomó la palabra lord Palmerston y sufrió un completo fiasco. Repitió en parte el discurso que había pronunciado al cierre de la última legislatura, defendió de manera poco convincente la política del ministerio y puso el mayor cuidado en no dejar caer una palabra que pudiera contener nuevas informaciones.

A propuesta de sir J. Graham se aprobaron luego sin discusión algunas partidas del presupuesto de la flota.

Lo más curioso de estos agitados debates es, al fin y al cabo, que la Cámara no logró en absoluto arrancar a los ministros una declaración formal de guerra a Rusia, ni siquiera una exposición de los fines por los que quieren lanzarse a la guerra. La Cámara y el público no saben ahora más que antes. No han recibido ninguna información nueva.

*Karl Marx*

[^1]: Austen Henry Layard (1817-1894), arqueólogo que excavó Nínive, diputado liberal y subsecretario de Asuntos Exteriores en 1852.

[^2]: Los volúmenes de correspondencia diplomática presentados al Parlamento, llamados así por el color de sus cubiertas; los publicados poco antes contenían la correspondencia sobre la cuestión de Oriente.

[^3]: El 30 de noviembre de 1853 la flota rusa destruyó la escuadra turca en la rada de Sinope, mientras las flotas inglesa y francesa estaban en el Bósforo.

[^4]: Sir James Graham (1792-1861), peelita, primer lord del Almirantazgo en el gabinete de coalición de Aberdeen.

[^5]: En 1844, siendo ministro del Interior en el gobierno de Peel, Graham hizo abrir la correspondencia de Mazzini y comunicó su contenido a los gobiernos de Austria y de Nápoles; los hermanos Attilio y Emilio Bandiera fueron capturados en Calabria y fusilados.

[^6]: Robert Jocelyn, vizconde Jocelyn (1816-1854), y lord Dudley Coutts Stuart (1803-1854), diputados; Stuart era un conocido defensor de la causa polaca.

[^7]: John Arthur Roebuck (1801-1879), diputado radical.

[^8]: John Russell (1792-1878), dirigente whig, ministro sin cartera y líder de la Cámara de los Comunes en el gabinete de Aberdeen.

[^9]: Richard Cobden (1804-1865), fabricante y, con John Bright, dirigente de la escuela de Manchester, librecambista y pacifista.

[^10]: Charles de La Valette (1806-1881), embajador de Francia en Constantinopla en 1851-1852, obtuvo de la Puerta concesiones en favor de los católicos en los Santos Lugares.

[^11]: La nota redactada en julio de 1853 por la conferencia de Viena de Austria, Francia, Inglaterra y Prusia como fórmula de arreglo entre Rusia y Turquía; Rusia la aceptó, pero la Puerta exigió modificaciones y el arreglo fracasó.

[^12]: Las flotas inglesa y francesa estaban fondeadas desde junio de 1853 en la bahía de Besika, a la entrada de los Dardanelos.

[^13]: George Villiers, conde de Clarendon (1800-1870), ministro de Asuntos Exteriores del gabinete de Aberdeen desde febrero de 1853.

[^14]: Stratford Canning, vizconde Stratford de Redcliffe (1786-1880), embajador británico en Constantinopla.

[^15]: Lord John Manners (1818-1906), diputado tory, uno de los dirigentes de la «Joven Inglaterra».

[^16]: El príncipe Alexandr Ménshikov (1787-1869), enviado en misión especial a Constantinopla en la primavera de 1853; su ultimátum a la Puerta abrió la crisis.

[^17]: Thomas Berry Horsfall (1805-1878), diputado conservador por Liverpool.

[^18]: Henry Drummond (1786-1860), banquero y diputado tory, uno de los fundadores de la Iglesia Católica Apostólica (irvingiana).

[^19]: En la batalla de Navarino (20 de octubre de 1827) las flotas inglesa, francesa y rusa destruyeron la flota turco-egipcia, lo que aseguró la independencia de Grecia.

[^20]: En la guerra ruso-turca de 1828-1829 el ejército ruso de Diebitsch cruzó los Balcanes y llegó a Adrianópolis, donde se firmó la paz en septiembre de 1829.

[^21]: Isaac Butt (1813-1879), abogado y diputado irlandés.

[^22]: La revolución inglesa de 1688.

[^23]: Sir James Dundas (1785-1862), almirante, comandante de la flota británica del Mediterráneo y del mar Negro.

[^24]: Sidney Herbert (1810-1861), peelita, secretario de la Guerra (*Secretary at War*) en el gabinete de Aberdeen.

[^25]: Benjamin Disraeli (1804-1881), ministro de Hacienda en el gobierno tory de lord Derby de 1852 y jefe de los conservadores en la Cámara de los Comunes.

[^26]: La guerra ruso-turca de 1828-1829, a la que siguió la paz de Adrianópolis, que dio a Rusia la desembocadura del Danubio y amplió su protectorado sobre los Principados.

[^27]: Karl Robert Nesselrode (1780-1862), ministro de Asuntos Exteriores ruso de 1816 a 1856.

[^28]: El tratado de Küçük Kaynarca (1774), que puso fin a la guerra ruso-turca de 1768-1774. En él la Puerta prometía proteger la religión cristiana y sus iglesias y permitía a Rusia hacer representaciones en favor de una iglesia que iba a construirse en Constantinopla.

[^29]: Sir George Hamilton Seymour (1797-1880), embajador británico en San Petersburgo de 1851 a 1854.

[^30]: El coronel Hugh Rose (1801-1885), encargado de negocios británico en Constantinopla a comienzos de 1853, en ausencia de lord Stratford; ante la misión de Ménshikov pidió al almirante Dundas que llevara la flota a Vurla, cerca de Esmirna, pero el almirante se negó.

[^31]: Henry Wellesley, lord Cowley (1804-1884), embajador británico en París.

[^32]: William Ewart Gladstone (1809-1898), peelita, ministro de Hacienda (canciller del Exchequer) del gabinete de coalición de Aberdeen.

[^33]: El 4 de noviembre de 1853 los turcos rechazaron en Oltenița un ataque ruso contra su cabeza de puente en la orilla izquierda del Danubio.
