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Title: El ataque a Sebastopol (1854)
Description: Editorial de Engels para el New-York Daily Tribune sobre la expedición aliada a Crimea: los absurdos retrasos de la campaña en Turquía, el abandono de Silistra, el cólera y los motines del ejército francés en Varna, que precipitaron la expedición, y las posibilidades del sitio de Sebastopol.
Author: Friedrich Engels
Date: 1854-09-18
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1854%20El%20ataque%20a%20Sebastopol
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*Escrito en inglés por Friedrich Engels el 18 de septiembre de 1854 y publicado como editorial en el* New-York Daily Tribune*, núm. 4209, del 14 de octubre de 1854. Traducido del original inglés según* The Eastern Question *(Londres, 1897, pp. 474-481), que lo atribuye a Marx, cotejado con la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 10 (Berlín, 1961, pp. 507-515), que da la autoría, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. [Texto original en inglés](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1854%20The%20Attack%20on%20Sebastopol).*

Por fin parece posible que los franceses y los ingleses asesten un golpe serio al poder y al prestigio de Rusia, y por eso en este país seguimos con renovado interés el movimiento contra Sebastopol, cuyas últimas noticias damos en otra columna. Como era de esperar, los periódicos británicos y franceses hacen gran alarde de esta empresa y, si hemos de creerles, nunca se oyó nada más grandioso en la historia militar; pero quienes miren los hechos —los inexplicables retrasos y las insensatas excusas que acompañaron la partida de la expedición, y todas las circunstancias que la precedieron y la acompañaron— no se dejarán impresionar. El final de la empresa puede ser glorioso, pero su origen parecería más bien vergonzoso.

Veamos la historia de los ejércitos aliados en Turquía hasta ahora. Al principio, estos guerreros tan heroicos, pero también sumamente prudentes, pensaban desembarcar en Enos, a este lado de los Dardanelos, y no acercarse a aquella península hasta que todo resultara completamente seguro. Pero antes de que se llevara a cabo esta audaz hazaña, estiraron su valor hasta un punto inesperado y se arriesgaron a desembarcar en el Quersoneso tracio, en Galípoli. Esto, sin embargo, se hizo solo para terminar en menos tiempo las obras defensivas a través de la península, asegurándose así el más esencial de todos los requisitos, una base de operaciones. Mientras tanto, los turcos hacían frente en el Danubio a aquellos temibles adversarios cuya presencia en Valaquia era el pretexto de estas sabias maniobras de los aliados, y les hacían frente, además, con considerable éxito. Pero a medida que llegaban más barcos y más tropas, se descubrió que los Dardanelos y la península no podían albergarlos a todos. Con ello se abrió otro agujero en las disposiciones científicas convenidas entre París y Londres. ¡Una parte de las tropas tuvo que soportar de hecho los peligros y riesgos de un desembarco en aquel punto tan expuesto, Constantinopla! Para remediarlo, se emprendió en el acto la fortificación de esta ciudad. Por suerte, en todas estas operaciones se empleó mucho tiempo, y así se consiguió el objetivo principal: no ganar tiempo, sino perderlo. Luego se averiguó que se podía enviar sin mucho riesgo una división a Varna para guarnecer esa plaza importante, pues sin duda los turcos que tan gloriosamente la defendieron en 1828[^1] habían hecho desde entonces tales progresos en la disciplina europea que ya no se les podía confiar la defensa de semejante posición. La división se envió en consecuencia, y una o dos divisiones más. Cuando por fin se agotaron del todo los pretextos para mantener las tropas en el Bósforo, el gran ejército combinado se concentró con toda calma en Varna. Esto se hizo al mismo tiempo que un ejército austriaco aparecía como una amenazadora nube de tormenta en el flanco y la retaguardia de los rusos, y que, por combinaciones políticas, la base de las operaciones aliadas se trasladaba así de golpe, por el momento, de Constantinopla a Transilvania y Galitzia. Sin esto, hay todas las razones para creer que nunca habría habido un ejército aliado en Bulgaria. La prueba está en su conducta durante el sitio de Silistra. Todo el mundo sabe que allí estuvo el punto de inflexión de la campaña, y que en semejante trance, cuando ambas partes han forzado sus energías al máximo, el menor peso adicional puesto en un lado inclina, en nueve casos de cada diez, la balanza a su favor. Y sin embargo, durante este sitio decisivo hubo 20.000 soldados ingleses y 30.000 franceses, «la flor de los dos ejércitos», fumando su pipa y preparándose muy tranquilamente para el cólera a muy pocos días de marcha de la fortaleza. Y si no hubiera sido por los estragos que la enfermedad hizo entre los rusos y por la inexplicable bravura de un puñado de arnautes[^2] atrincherados en un foso surcado en todas direcciones por las bombas, Silistra habría caído en manos del enemigo. No hay ejemplo en la historia de la guerra de un ejército que, estando tan a mano, abandonara tan cobardemente a sus aliados a su suerte. Ninguna expedición a Crimea ni ninguna victoria borrarán jamás esa mancha del honor de los jefes franceses e ingleses. ¿Dónde habrían quedado los británicos en Waterloo si el viejo Blücher, tras su derrota en Ligny dos días antes, hubiera obrado tan concienzudamente a la manera de Raglan y Saint-Arnaud?[^3]

El puñado de arnautes del foso de tiradores de Arab Tabia resultó estar a la altura de la destreza, la inteligencia y la fuerza militar de Rusia. Ningún ejército de socorro empujó a los rusos al otro lado del Danubio; su propia necedad, el valor de los defensores, la fiebre de los pantanos, el peso pasivo de los austriacos en el Dniéster y de los aliados en el Devna (¿quién podía pensar que actuarían como actuaron?) les hicieron por fin abandonar el sitio y renunciar a la campaña, a los Principados y a la Dobrudja. Tras este gran éxito, los generales aliados pensaron naturalmente en explotarlo, siempre conforme a las reglas de aquel sistema estratégico que hasta entonces habían aplicado con tanto efecto. En consecuencia, lord Cardigan[^4] llevó la caballería británica al Danubio en una expedición de reconocimiento en la que no vieron a ningún ruso, perdieron muchos caballos y no ganaron más que enfermedades y burlas, mientras que el general Espinasse,[^5] conocido sobre todo por su traición a la Asamblea Nacional el 2 de diciembre de 1851, llevó su división a la Dobrudja sin otro fin que dejar medio destruidos por el cólera un par de buenos regimientos y traer el germen de esa epidemia al campamento aliado. La gran invasión del cólera que siguió entre los aliados en Varna fue así el bien merecido resultado de sus excelentes combinaciones estratégicas. Los soldados caían por millares antes de haber visto siquiera al enemigo; morían como moscas en un campamento donde, sin ser atacados ni molestados, podían vivir con relativo lujo. Siguieron el desaliento, la desconfianza hacia los jefes y la desorganización, no tanto entre los ingleses, que sufrieron menos y tienen más capacidad de resistencia, como entre los franceses, cuyo carácter nacional es más propenso a ceder a tales influencias, sobre todo cuando sus jefes los tienen inactivos. Pero en los motines que estallaron efectivamente entre las tropas francesas se vio el efecto natural del estado anormal en que viven desde 1849. Al soldado francés le ha enseñado la burguesía, a la que salvó de los terrores de la revolución, a considerarse el salvador de su país y de la sociedad en general. Luis Bonaparte lo ha mimado como el instrumento que restauró el Imperio. Se le ha tratado todo el tiempo de una manera que le enseñaba a mandar y le hacía olvidar que tenía que obedecer. Instruido para considerarse superior a los civiles, muy pronto se le metió en la cabeza que era por lo menos igual a sus jefes. No se escatimó esfuerzo para hacer de él un pretoriano, y toda la historia demuestra que los pretorianos no son más que soldados degenerados. Empiezan por mandar a los civiles, pasan luego a dictar a sus generales y acaban recibiendo una buena paliza.

Mírese ahora lo que ocurrió en Varna. Cuando batallones enteros caían en la arena ardiente, retorciéndose en las agonías del cólera, los viejos soldados empezaron a comparar a los aventureros que ahora los mandan con los antiguos jefes que los llevaron con éxito a través de aquellas mismas campañas de África que los héroes del moderno Bajo Imperio[^6] fingen desdeñar tanto. África era un país más caluroso que Bulgaria, y el Sáhara es bastante menos agradable que hasta la Dobrudja; pero nunca señalaron los caminos de la conquista africana tantas muertes como las que acompañaron al reposo del Devna y a las cómodas marchas de reconocimiento alrededor de Constanța. Cavaignac, Bedeau, Changarnier y Lamoricière[^7] los llevaron a través de peligros mayores con muchas menos pérdidas, en un tiempo en que Espinasse y Leroy de Saint-Arnaud seguían enterrados en la oscuridad de la que solo las infamias políticas podían sacarlos. Por eso los zuavos, los hombres que más trabajo habían hecho y más pólvora habían olido, los mejores representantes del ejército de África, se alzaron en masa y gritaron: «*A bas les singes! Il nous faut Lamoricière!*» («¡Abajo los monos! ¡Queremos a Lamoricière!»). Su Majestad Imperial Napoleón III, cabeza y alma de esta actual imitación simiesca oficial de un gran pasado, debió de sentir, cuando lo supo, que el grito de los zuavos era para él «el principio del fin». En Varna tuvo un efecto mágico. Podemos decir que fue la causa principal de la expedición a Crimea.

Después de la experiencia de la campaña de este verano, o más bien del paseo de Galípoli a Escutari, de Escutari a Varna, de Varna al Devna y a Aladyn y vuelta, nadie esperará que tomemos en serio los pretextos con que los jefes aliados explican por qué la expedición, tras haberse aplazado tanto tiempo, se emprendió por fin con tanta precipitación. Un ejemplo bastará para mostrar lo que valen sus argumentos. El retraso se debía, se dijo, a que no había llegado la artillería de sitio francesa. Pues bien, cuando estallaron los motines del cólera y Leroy de Saint-Arnaud vio que tenía que jugar ya su mejor carta, y sin demora, pidió a Constantinopla artillería de sitio y municiones turcas, que se prepararon y embarcaron en muy poco tiempo; y si el tren de sitio francés no hubiera llegado entretanto, habrían zarpado sin él. Pero la artillería de sitio turca estaba lista desde hacía muchos meses, y así queda demostrado que todos los retrasos fueron innecesarios.

Vemos, pues, que esta grandilocuente expedición a Crimea, con seiscientos barcos y sesenta mil soldados, con tres trenes de sitio y quién sabe cuántas piezas de campaña, en lugar de ser el resultado deliberado de hábiles movimientos preparados científicamente con mucha antelación, no es más que un precipitado *coup de tête*[^8] emprendido para salvar a Leroy de Saint-Arnaud de que lo mataran sus propios soldados; el pobre, viejo y blando lord Raglan no era hombre para resistirse, sobre todo porque cualquier nuevo retraso llevaría a su ejército al mismo estado de indisciplina[^9] y desaliento que ya se había apoderado de las tropas francesas. La *ironía de los acontecimientos*, como dice un escritor alemán, sigue actuando tanto en la historia contemporánea como en la pasada, y el pobre lord Raglan es su víctima actual. En cuanto a Leroy de Saint-Arnaud, nadie lo ha tratado nunca como un jefe militar. Es un miembro demasiado antiguo del hampa elegante, ese notorio y viejo compañero de ladronas y estafadoras, ese digno acólito del hombre a quien «las deudas, no el destino», empujaron a la expedición de Boulogne.[^10] Pese a la censura, su carácter y sus antecedentes son bien conocidos en el París chismoso. El teniente dos veces expulsado del ejército, el capitán que robó la caja del regimiento cuando era pagador en África, es bien conocido, y haga lo que haga en Crimea, su principal título a la gloria militar seguirá siendo su feliz expedición a una casa de empeños de Londres con las mantas de su patrona, seguida de su bien ejecutada retirada a París. Pero el pobre Raglan, ayudante general del duque de Wellington,[^11] un hombre encanecido entre los trabajos teóricos y los minuciosos detalles de un mando de estado mayor, cree sin duda realmente en los motivos que da de sus actos. Y sobre él recae todo el peso del curioso hecho de que toda la campaña ha sido tan científicamente planeada y tan hábilmente ejecutada que diez mil hombres, o alrededor de uno de cada siete, murieron antes de ver al enemigo, y de que todos estos complicados preparativos solo han servido para producir una expedición atropellada a Crimea al final de la buena estación. No hay nada tan mordaz como esta «ironía de los acontecimientos».

Con todo, la expedición puede tener éxito. Los aliados casi se lo merecen, porque nada pondría más en ridículo la manera en que han llevado hasta ahora la campaña. Tanto alboroto, tal derroche de prudencia, tal profusión de ciencia contra un enemigo que sucumbe a una empresa cuyo fin no es su destrucción, sino la conservación del propio ejército: sería la peor condena que los aliados podrían pronunciar contra sí mismos. Pero todavía no están en Sebastopol. Han desembarcado en Eupatoria y en Staroye Ukreplenie. Desde allí tienen, respectivamente, cincuenta y veinte millas de marcha hasta Sebastopol. Su artillería pesada se desembarcará cerca de este último lugar, para ahorrarse la molestia del transporte por tierra; el desembarco, por tanto, dista mucho de estar terminado. Las fuerzas de los rusos no se conocen con exactitud, pero no hay duda de que son lo bastante grandes para permitirles ser más fuertes que los aliados en la mayoría de los puntos de las inmediaciones de Sebastopol. El terreno accidentado y la bahía, que se adentra unas diez millas en tierra, obligarán a los aliados a extenderse en una línea muy larga en cuanto intenten cercar la fortaleza. Romper su línea no puede ser cosa muy difícil para un jefe resuelto. Naturalmente, no sabemos cuáles son las defensas de tierra de la plaza; pero lo que sabemos del viejo Ménshikov[^12] nos hace suponer que no habrá perdido el tiempo.

El primer ataque, según nos hacen creer las informaciones de los periódicos británicos y la línea de operaciones elegida por los aliados, se dirigirá contra el fuerte que domina la ciudad desde una colina del lado norte. Los rusos lo llaman Sévernaya Krepost, el fuerte del Norte. Si este fuerte está construido con alguna solidez, es capaz de una larga resistencia. Es un gran reducto cuadrado, construido según el sistema poligonal o de caponeras de Montalembert,[^13] en el que la defensa de flanco la forma una obra baja acasamatada situada en el fondo del foso, en el centro de cada lado del cuadrado, que barre el foso a derecha e izquierda. Estas obras tienen la ventaja de no estar expuestas al fuego directo del enemigo hasta que este ha llegado con sus trabajos al borde mismo del foso. La proximidad de esta obra a la fortaleza principal permite utilizarla ofensivamente como apoyo y base de fuertes salidas, y en conjunto su presencia ha de obligar a los aliados a limitar sus operaciones principales a la orilla norte de la bahía.

Pero la experiencia de Bomarsund nos ha enseñado que no se puede decir nada seguro de las fortificaciones rusas hasta que se las pone realmente a prueba. Por eso no es posible determinar ahora con alguna probabilidad las perspectivas de éxito de la expedición de Crimea. Pero esto es bastante seguro: si las operaciones se prolongan, si la llegada del invierno provoca un nuevo brote de enfermedades, si las tropas se desgastan en ataques precipitados y sin preparar, como los de los rusos contra Silistra, el ejército francés, y muy probablemente el turco, volverán a caer en el estado de descomposición que sufrió el primero en Varna y que el segundo ha mostrado más de una vez en Asia. Los ingleses aguantarán seguramente más tiempo unidos; pero hay un punto en el que hasta las tropas mejor disciplinadas ceden. Este es el verdadero peligro para los aliados, y si la resistencia rusa lleva a esa situación, hará muy arriesgado un reembarco ante un enemigo victorioso. Es muy probable que la expedición tenga éxito; pero, por otra parte, puede resultar un segundo Walcheren.[^14]

[^1]: En la guerra ruso-turca de 1828-1829, Varna resistió el sitio ruso de julio a octubre de 1828 y solo capituló por la traición de uno de sus jefes.
[^2]: Albaneses.
[^3]: En Ligny, el 16 de junio de 1815, Napoleón derrotó a los prusianos de Blücher, que dos días después acudieron en ayuda de Wellington en Waterloo. FitzRoy Somerset, lord Raglan (1788-1855), general en jefe del ejército británico en Oriente; Armand-Jacques Leroy de Saint-Arnaud (1798-1854), mariscal de Francia, uno de los ejecutores del golpe de Estado de 1851, comandante en jefe del ejército francés de Oriente.
[^4]: James Thomas Brudenell, conde de Cardigan (1797-1868), general británico, jefe de la brigada de caballería ligera.
[^5]: Charles-Marie Esprit Espinasse (1815-1859), general francés; al frente de su regimiento ocupó el Palacio Borbón, sede de la Asamblea, la noche del golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851.
[^6]: Expresión con que la historiografía francesa designaba el Imperio bizantino como imagen de la decadencia; aquí, el Segundo Imperio de Napoleón III.
[^7]: Louis-Eugène Cavaignac (1802-1857), Marie-Alphonse Bedeau (1804-1863), Nicolas Changarnier (1793-1877) y Christophe-Louis-Léon Juchault de Lamoricière (1806-1865), generales que se distinguieron en la conquista de Argelia, adversarios de Luis Bonaparte y apartados del ejército tras el golpe de Estado.
[^8]: En francés en el original: «arrebato», acción irreflexiva.
[^9]: El texto de 1897 dice *state of discipline*; la versión alemana de la MEW entiende «indisciplina» (*Disziplinlosigkeit*), que es lo que pide el sentido.
[^10]: El intento de golpe de Luis Bonaparte en Boulogne, en agosto de 1840.
[^11]: Raglan fue durante muchos años secretario militar de Wellington.
[^12]: Alexandr Serguéievich Ménshikov (1787-1869), almirante y general ruso, comandante en jefe en Crimea.
[^13]: Marc-René de Montalembert (1714-1800), ingeniero militar francés, renovador de la fortificación.
[^14]: La expedición británica de 1809 contra la isla de Walcheren, en las bocas del Escalda, que fracasó y en la que murieron de fiebres miles de soldados.
