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Title: El bulo de Sebastopol — Noticias generales (1854)
Description: Crónica londinense para el New-York Daily Tribune sobre cómo nació el bulo de la caída de Sebastopol, los disturbios en España, la Dieta danesa, el anunciado cierre del comercio terrestre con Rusia y la liberación de Barbès, que con su carta de simpatía por las armas bonapartistas deja de ser jefe revolucionario.
Author: Karl Marx, Friedrich Engels
Date: 1854-10-06
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1854%20El%20bulo%20de%20Sebastopol%20-%20Noticias%20generales
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*Escrito en inglés por Karl Marx y Friedrich Engels en Londres el 5 y el 6 de octubre de 1854 y publicado en el* New-York Daily Tribune*, núm. 4215, del 21 de octubre de 1854. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 10 (Berlín, 1961, pp. 527-530), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1854%20Der%20Schwindel%20von%20Sewastopol%20-%20Allgemeine%20Nachrichten).*

Londres, viernes 6 de octubre de 1854

Es imposible describir la excitación y las dudas de los ingleses esta semana. El sábado pasado el lord mayor anunció ante la Bolsa, a toque de clarines, la noticia de la victoria del Alma; las noticias no confirmadas de la caída de Sebastopol, en cambio, se difundieron por todo el país. Todo el mundo se dejó engañar. Napoleón lo anunció a su ejército en Boulogne, los periódicos ingleses y franceses publicaron editoriales sobre el feliz acontecimiento, el emperador de Austria felicitó al emperador y a la reina por su victoria, aunque por precaución no mencionó Sebastopol; se encendieron hogueras de júbilo y tronaron los cañones. Pronto recibimos el despacho que había causado toda esta alegría y excitación; en efecto, resultó que procedía de una fuente muy sospechosa. Un tártaro —es decir, un correo turco— había llegado a Bucarest con noticias de Constantinopla para Omer Bajá, que, como el general estaba ausente, hubo que remitirle sin abrir; por eso no conocemos su contenido. Pero el correo contó que, cuando salió de Constantinopla, la ciudad estaba iluminada y se había dado orden de iluminarla otros diez días. De ahí dedujo luego que Sebastopol había sido tomada, y dio detalles como los que daría en una taberna un cartero turco o londinense. Mencionó 18.000 rusos muertos, pero solo 200 cañones conquistados, aunque los fuertes tienen más de 500; naturalmente, 22.000 rusos fueron hechos prisioneros, pues se sabía que la guarnición tenía unos 40.000 hombres. Primero se conquistó la flota, luego se destruyó una parte de ella, y el príncipe Ménshikov estaba a punto de volarse con el resto, etc., etc. Sin embargo, resultaba muy extraño que lord Redcliffe no hubiera comunicado un acontecimiento tan importante al cónsul de Bucarest y que el Gobierno francés no hubiera recibido noticia alguna. Pero la noticia era demasiado buena para no creerla, y por eso se creyó. Es cierto que al día siguiente llegó una información de San Petersburgo que mencionaba un despacho del príncipe Ménshikov del día 26, del que se desprendía que se había retirado a Simferópol tras la batalla del Alma. Pero los periódicos, en lugar de renunciar de entrada a la grata ilusión de la caída de Sebastopol, prefirieron suponer que era una errata y que la verdadera fecha de la información era el 20. Hoy, sin embargo, el público inglés ha vuelto a la razón; la maravillosa conquista de una gran fortaleza sin sitio resulta ser un burdo bulo, que en adelante hará más prudentes a los periódicos.

En España ha habido disturbios, no solo en Málaga, donde, como observé en mi última carta, el partido republicano es muy fuerte, sino también en Logroño, donde Espartero vivió muchos años; y en Jaén, añade el telégrafo, se ha descubierto una conspiración republicana, y el infante don Enrique,[^1] hermano del idiota marido de la reina, ha sido desterrado a las Baleares. Pero la excitación por Sebastopol es todavía tan grande que nadie presta atención a España.

En Dinamarca se abrió el día 2 la Dieta. El discurso de la Corona expresó desprecio por la asamblea. Fue recibido con silbidos y vigorosos vivas a la Constitución. El *Frankfurter Journal* repite la declaración de que las potencias aliadas han decidido revisar el famoso tratado del 8 de mayo de 1852, según el cual la sucesión del trono danés acabaría pasando al emperador de Rusia.[^2] Urquhart no dejó de sacar una y otra vez a la luz pública esta indigna pieza de la diplomacia europea, y sus esfuerzos parecen por fin coronados por el éxito. El fin de este movimiento, si hay algo de cierto en el rumor, consiste sencillamente en mover a Prusia, que se mantuvo apartada de este protocolo, a aliarse con las potencias occidentales reabriendo la cuestión. Es notable que Palmerston calificara el protocolo, lo mismo que el tratado de 1840,[^3] de medidas contra Rusia, mientras que su anulación ha de considerarse ahora un acto de hostilidad contra Rusia.

Se dice que Austria ha enviado a San Petersburgo una nota en la que vuelve a proponer las cuatro condiciones[^4] como base de paz y declara que Francisco José considerará su rechazo por el zar un *casus belli*. Es uno de los resultados de las victorias de Crimea.

Las siguientes consideraciones sobre un artículo aparecido hace poco en el *Economist* están tomadas de la circular comercial de los señores Smith y Charles:

> «De todos los anuncios e insinuaciones hechos desde el comienzo de la guerra, el que publicó el *Economist* el sábado pasado es, con mucho, el más importante desde el punto de vista del comercio ruso. *Hay que tener en cuenta que este semanario es propiedad de uno de los secretarios del Tesoro* (el señor Wilson),[^5] *y que, por tanto, las observaciones sobre las que queremos llamar la atención pueden considerarse semioficiales.* Después de explicar el tipo de cambio en San Petersburgo y de mostrar que, a consecuencia de nuestro comercio con Prusia, este país tiene que poner necesariamente oro británico a disposición de Rusia para sus fines bélicos; después de declarar que nuestro Gobierno lo había previsto todo, pero consideraba tal estado de cosas como el mal menor, el *Economist* prosigue diciendo que, tras la caída de Sebastopol, estaremos en posesión tranquila del mar Negro y sus costas y seremos dueños del Danubio. Pero entretanto Rusia, con la esperanza de poner a prueba la paciencia de Inglaterra, puede adoptar una posición que nunca podremos alcanzar con nuestras armas, porque en tal posición a Rusia solo se la puede atacar por su comercio. Puede plantearse la cuestión de si nuestros intereses nacionales no dictarán tarde o temprano una política distinta de la que hemos seguido hasta ahora. Veremos que bloqueamos los puertos en vano mientras nuestros productos encuentren rápida salida a través de los países vecinos y mientras permitamos a Prusia sacar tanto provecho como intermediaria por la que se puede eludir tan fácilmente nuestro bloqueo de las costas rusas, etc. … Si, por tanto, consideraciones de política general hicieran necesario examinar de nuevo la cuestión de hasta qué punto debe reforzarse el bloqueo y restringirse el comercio por mar y por tierra, etc., el *Economist* concluye con esta advertencia sumamente solemne: “Convendrá que quienes estén dispuestos a meterse en semejantes empresas arriesgadas” (abastecer a los rusos de capital para comprar en invierno mercancías que se entregarán el año próximo) “recuerden que podría resultar necesario seguir, en el segundo año de una campaña rusa, una política muy distinta de la que fue la más prudente y la mejor en el primero”.

> Apenas necesitamos señalar que la conclusión que se desprende de esto (y recomendamos encarecidamente a nuestros amigos que presten atención a todo el artículo) es que las potencias aliadas han decidido —como único medio de poner fin a la guerra— prohibir el año próximo el comercio por tierra; y para impedir que los capitalistas se metan en un comercio que entonces estará prohibido, el Gobierno ha permitido deliberadamente a uno de los secretarios del Tesoro dar a conocer sus intenciones de manera adecuada, para ahorrar a nuestros comerciantes las graves consecuencias que de otro modo se producirían. El sábado el mercado del sebo estuvo apenas una pizca por debajo de los precios del viernes. Es probable que, sin el artículo del *Economist* que hemos mencionado, nuestros precios hubieran bajado hoy a consecuencia de las noticias de Sebastopol, pues predomina la opinión de que la caída de esa importante fortaleza obligará probablemente al emperador a ceder. Nosotros somos de la opinión exactamente contraria: que la catástrofe en cuestión solo sirve para atizar la exasperación del zar y llevarlo a buscar la revancha en otra dirección. Es completamente seguro que, mientras no se vea obligado a huir de sus propias grandes ciudades, no se considerará derrotado del todo, y tiene demasiado en juego para ceder antes de verse empujado al último extremo. Por eso consideramos esta guerra una guerra que puede prolongarse muchos años, a menos que se tome el rumbo que, en opinión del *Economist*, se proponen tomar los aliados».

El *Moniteur* del 5 de octubre comunica que *Barbès*,[^6] preso en Belle-Île desde hace tres años, ha sido puesto en libertad sin condiciones por orden de Bonaparte, a causa de una carta en la que expresaba vivos sentimientos de esperanza en el triunfo de la civilización decembrista sobre la civilización moscovita; la primera, dicho sea de paso, se ha manifestado hace poco en Atenas, recordando las jornadas de junio de 1849,[^7] cuando la *soldadesca* francesa apresó allí a un editor de periódico «sospechoso», quemó sus libros y sus cartas y lo metió en la cárcel. Desde ese momento Barbès ha dejado de ser uno de los jefes revolucionarios de Francia. Con su declaración de simpatía por las armas francesas, cualesquiera que sean la causa y el mando bajo los que se empleen, se ha puesto ineludiblemente al mismo nivel que los moscovitas, cuya indiferencia por el fin de sus campañas comparte. Barbès y Blanqui[^8] se han disputado durante mucho tiempo la primacía en la verdadera dirección de la Francia revolucionaria. Barbès, de acuerdo con el Gobierno, nunca dejó de calumniar a Blanqui y de hacerlo sospechoso. El hecho de su carta y de la orden de Bonaparte decide la cuestión de quién es el hombre de la revolución y quién no.

[^1]: Enrique de Borbón (1823-1870), duque de Sevilla, de ideas progresistas, hermano de Francisco de Asís, el marido de Isabel II.
[^2]: El Protocolo de Londres del 8 de mayo de 1852, firmado por las grandes potencias, Suecia y Dinamarca, garantizaba la integridad de la monarquía danesa con Schleswig y Holstein y la sucesión de Cristián de Glücksburg; el zar lo firmó también como jefe de la rama Holstein-Gottorp, con derechos eventuales a la sucesión.
[^3]: El convenio de Londres del 15 de julio de 1840, firmado por Inglaterra, Rusia, Austria y Prusia sin Francia, para defender al sultán contra Mehmet Alí de Egipto.
[^4]: Los «cuatro puntos» acordados en agosto de 1854 por Austria, Francia e Inglaterra: protectorado colectivo de los Principados del Danubio en lugar del ruso, libre navegación del Danubio, revisión del convenio de los Estrechos de 1841 y renuncia de Rusia al protectorado sobre los súbditos ortodoxos del sultán.
[^5]: James Wilson (1805-1860), fundador y director del *Economist*, secretario financiero del Tesoro.
[^6]: Armand Barbès (1809-1870), revolucionario francés, condenado en 1849 por el Alto Tribunal de Bourges a deportación por su papel en la jornada del 15 de mayo de 1848; Napoleón III lo indultó en octubre de 1854 después de que se conociera una carta privada suya en la que deseaba la victoria de las armas francesas en Crimea.
[^7]: La manifestación de la Montaña del 13 de junio de 1849 en París, disuelta por las tropas, tras la cual se procesó y se encarceló a muchos demócratas y se suprimieron periódicos.
[^8]: Louis-Auguste Blanqui (1805-1881), revolucionario francés, entonces preso en Belle-Île.
