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Title: El bulo de Sebastopol (1854)
Description: Editorial de Marx y Engels para el New-York Daily Tribune sobre el bulo de la caída de Sebastopol, nacido del relato de un correo tártaro, la credulidad de la prensa inglesa y las contradicciones del despacho oficial sobre la situación en Crimea.
Author: Karl Marx, Friedrich Engels
Date: 1854-10-05
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1854%20El%20bulo%20de%20Sebastopol
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*Escrito en inglés por Karl Marx y Friedrich Engels el 5 y el 6 de octubre de 1854 y publicado como editorial en el* New-York Daily Tribune*, núm. 4215, del 21 de octubre de 1854. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 10 (Berlín, 1961, pp. 522-526), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1854%20Der%20Schwindel%20von%20Sewastopol).*

*Catch a Tartar*,[^1] dice una expresión inglesa. Resulta que no solo los ingleses, sino también los franceses y los austriacos han caído en la trampa de un tártaro. Quizá se nos perdone si expresamos cierta satisfacción por que la *Tribune* y la parte de sus lectores que sigue atentamente el curso de la actual campaña de Crimea no hayan caído en ella como los demás.

Cuando recibimos por primera vez la inverosímil noticia de la caída de Sebastopol, procuramos mostrar, examinando las supuestas fuentes de la noticia y a la luz de consideraciones militares críticas, que a la victoria del Alma, por decisiva que haya podido ser, difícilmente podía haber seguido tan deprisa la capitulación de la fortaleza, objetivo de toda la campaña. Pero creemos haber dejado sentado al mismo tiempo que los aliados no habían obtenido en absoluto una victoria decisiva, puesto que los rusos se habían retirado en perfecto orden con todos sus cañones. Por último, procuramos señalar en especial que toda la noticia, en lo que iba más allá del parte oficial de la batalla del Alma, se basaba exclusivamente en el relato verbal de un tártaro enviado con despachos sellados a Omer Bajá. Por eso estábamos completamente preparados para recibir la noticia de que la monstruosa «caída de Sebastopol» no era más que una exageración imaginaria de la victoria del Alma, contada en Bucarest por un tártaro con ganas de broma, proclamada en Boulogne por el melodramático Luis Napoleón y creída a ciegas por ese eminente ejemplar del género humano que es el tendero inglés. En general, la prensa inglesa se ha mostrado digna representante de esta clase, y podría parecer que en Inglaterra basta la simple mención de Sebastopol para trasladar a todo el mundo a Jauja. Quizá recuerden nuestros lectores que al final de la última legislatura del Parlamento lord John Russell[^2] anunció que el Gobierno inglés proyectaba la destrucción de Sebastopol, anuncio que, aunque fue retirado en toda regla en la misma sesión, trasladó a los honorables miembros a Jauja durante cinco horas, por usar las palabras que pronunció en aquella ocasión el señor Disraeli.[^3] El *Times* de Londres ha escrito hasta ahora nada menos que nueve editoriales, todos inspirados *bona fide* o *mala fide*[^4] por esa misma idea, y todos, según parece, con el único propósito de inducir a sir Charles Napier a un ataque temerario contra Kronstadt o Sveaborg. Como si estuviera ebrio de gloria y embriagado de éxitos, ese periódico llegó incluso a bombardear las costas prusianas del Báltico, así como al rey Bomba en Nápoles y al gran duque de Toscana[^5] en Livorno, naturalmente solo en su imaginación. Estaba de hecho dispuesto a hacer la guerra a todo el mundo, sin exceptuar, claro está, «al resto de la humanidad».

El estado real de las fortificaciones de tierra de Sebastopol se conoce demasiado poco para permitir un pronóstico fiable de cuánto tiempo podría resistir esta fortaleza. El éxito del Alma es un indicio casi seguro de que la plaza será tomada, porque ha de haber elevado el ánimo y el espíritu combativo de las tropas aliadas y resultará una protección eficaz contra la enfermedad, el enemigo más peligroso con que tienen que vérselas en Crimea, y que según se dice ya está haciendo su obra. Pero es necio suponer que los aliados entrarían en Sebastopol como en un café.

Después del gran bulo sobre la conquista de la fortaleza con 30.000 muertos y heridos y 22.000 prisioneros —un bulo como no ha habido otro igual en toda la historia—, cabría suponer, naturalmente, que los verdaderos documentos oficiales tendrían al menos el mérito de ofrecer, hasta donde llegan, informaciones claras y fiables. Sin embargo, el parte publicado en Londres el 5 de octubre en un número extraordinario de la *Gazette* y reproducido esta mañana en nuestras columnas no está, con todo, libre de expresiones ambiguas. Da, de hecho, amplio motivo de crítica, circunstancia que se debe a que procede de lord Stratford de Redcliffe, representante de la escuela diplomática de Palmerston. En primer lugar, este despacho se habría enviado de Bucarest a Inglaterra el 30 de septiembre a las tres y media de la tarde, mientras que lord Redcliffe lo fecha en Constantinopla el 30 a las nueve y media de la noche, de modo que, según el despacho, llegó a Bucarest seis horas antes de enviarse desde Constantinopla. En segundo lugar, el despacho no menciona nada de lo ocurrido en Crimea entre el 20 y el 28 de septiembre; dice que

> «los ejércitos aliados establecieron su base de operaciones en Balaklava en la mañana del 28 y se preparaban para marchar sin demora sobre Sebastopol. El *Agamemnon* (con el almirante Lyons)[^6] y otros buques de guerra están en la bahía de Balaklava. Habría allí posibilidades de desembarcar el tren de sitio».

Suponiendo que este despacho sea exacto, la prensa inglesa ha sacado naturalmente la conclusión de que los ejércitos aliados pasaron el Belbek y el lado norte, tomaron las alturas que hay detrás de la bahía de Sebastopol y avanzaron directamente hasta la bahía de Balaklava. Tenemos que observar aquí que, desde el punto de vista militar, es incomprensible que un ejército que está en posesión de las alturas que dominan Sebastopol vuelva a bajarlas tranquilamente por el otro lado para marchar a una bahía situada a once millas, solo con el fin de «establecer allí una base de operaciones». En cambio, es perfectamente concebible que el almirante Lyons, con una parte de la flota, doble el cabo Quersoneso para asegurarse un puerto de refugio que esté a la vez muy cerca de Sebastopol y sea apropiado para desembarcar la artillería de sitio, que —como hemos sostenido siempre— todavía no se había desembarcado. Naturalmente, los cañones no debían llevarse a tierra sin una protección militar, que podía o bien retirarse del grueso del ejército después de su desembarco en el Viejo Fuerte, o bien componerse de una parte de la reserva llegada de Constantinopla y de Varna.

El nuevo despacho informa además de que

> «el príncipe Ménshikov estaba en campaña a la cabeza de 20.000 hombres y esperaba refuerzos».

De ahí deducen los periódicos ingleses que los rusos deben de haber perdido de 25.000 a 30.000 hombres en los combates entre el 20 y el 28 de septiembre, porque suponen, como lord Raglan, que los rusos eran en la batalla del Alma de 45.000 a 50.000 hombres. Ya explicamos antes que no creíamos *prima facie*[^7] esas cifras, y nunca contamos para el príncipe Ménshikov más de unos 25.000 hombres disponibles para operaciones de campaña, y ahora resulta que nos acercamos mucho a las cifras rusas.

Luego el despacho informa de que «los rusos han incendiado la plaza fuerte de Anapa. Su guarnición estaría en marcha hacia el campo de batalla». No podemos creer que esta noticia sea cierta. Si el príncipe Ménshikov espera algún refuerzo a tiempo, le llegaría mucho mejor de Perekop que de Anapa, que está a casi doscientas millas; si no podía contar con refuerzos del primer lugar, habría sido una gran necedad llamar a la guarnición de Anapa, al otro lado del mar Negro, para sacrificar, además de Sebastopol, el último baluarte del Cáucaso. Vemos, pues, que con toda la «información» de este despacho oficial volvemos a la batalla del Alma como el acontecimiento principal cuya credibilidad hay que admitir. Pero también sobre este acontecimiento faltan todavía los detalles, y el duque de Newcastle[^8] ha comunicado ahora al público británico que no puede esperarlos antes del lunes 9 de octubre. Todo lo que hemos sabido aparte del parte telegráfico oficial de lord Raglan es esto: que el héroe de la casa de empeños de Londres, el mariscal Saint-Arnaud, estaba «indispuesto» el día de la batalla (¿quién ha oído nunca algo semejante de otros héroes?), que lord Raglan tenía el mando supremo, que las pérdidas inglesas no fueron de 1.400 hombres, sino de 2.000, incluidos 96 oficiales, y que a Constantinopla han llegado ya seis vapores con heridos.

Los movimientos del ejército de Omer Bajá, que desde Bucarest y Valaquia se dirigen por Ruse, Silistra y Oltenița hacia la costa del mar Negro, parecen confirmar el rumor de que los jefes aliados de Crimea han pedido refuerzos. Pero esta retirada de los turcos de Valaquia también puede deberse al deseo de Austria de mantenerlos alejados de todos los caminos hacia Besarabia, salvo el impracticable que pasa por la Dobrudja.

Dada la gran credulidad de la que el público inglés nos ha dado pruebas tan concluyentes, merece la pena mencionar que la Bolsa de Londres se contagió muy poco del entusiasmo general: los fondos públicos nunca subieron más de ⅝ por ciento. En París, en cambio, los títulos de la deuda pública subieron en el acto 1½ por ciento, subida que, por lo demás, es insignificante comparada con la del 10 por ciento tras la derrota de Waterloo. Así pues, si todo el bulo se inventó, como es muy posible, con fines comerciales, no ha logrado ni mucho menos los grandes resultados con que sus autores deben de haber contado.

[^1]: Literalmente, «coger a un tártaro»: dar con alguien más fuerte de lo que se creía, salir burlado. Los correos del Gobierno otomano se llamaban «tártaros».
[^2]: John Russell (1792-1878), político whig, presidente del Consejo Privado en el gabinete de Aberdeen.
[^3]: Benjamin Disraeli (1804-1881), jefe de la oposición tory en la Cámara de los Comunes.
[^4]: En latín en el original: «de buena fe o de mala fe».
[^5]: Leopoldo II (1797-1870), gran duque de Toscana.
[^6]: Edmund Lyons (1790-1858), contraalmirante británico, segundo jefe de la escuadra del mar Negro.
[^7]: En latín en el original: «a primera vista».
[^8]: Henry Pelham-Clinton, duque de Newcastle (1811-1864), ministro de la Guerra.
