---
Title: El debate sobre la guerra en el Parlamento (1854)
Description: Crónica de Marx para el New-York Daily Tribune sobre el debate parlamentario de la respuesta al mensaje real que declaraba la guerra a Rusia: la historia del memorándum secreto de 1844, guardado durante diez años por los ministros de Asuntos Exteriores, la denuncia de Layard sobre las filtraciones al Times y el doble juego de Palmerston.
Author: Karl Marx
Date: 1854-04-04
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1854%20El%20debate%20sobre%20la%20guerra%20en%20el%20Parlamento
---


*Escrito en inglés por Karl Marx en Londres el 4 de abril de 1854 y publicado en el* New-York Daily Tribune*, núm. 4055, del 17 de abril de 1854. El original inglés completo no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 10 (Berlín, 1961, pp. 177-188), sin su aparato editorial, cotejada con el texto inglés, abreviado y con resúmenes entre corchetes, de* The Eastern Question *(Londres, 1897), por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1854%20Die%20Kriegsdebatte%20im%20Parlament).*

Londres, martes 4 de abril de 1854

Una de las peculiaridades de la tragedia inglesa, que tanto repugna al sentimiento del francés que Voltaire llegó a llamar a Shakespeare un salvaje borracho, consiste en su singular mezcla de lo sublime y lo bajo, lo terrible y lo ridículo, lo heroico y lo burlesco. Pero en ninguna parte encarga Shakespeare al bufón la tarea de recitar el prólogo de un drama heroico. Esta invención estaba reservada al ministerio de coalición. Milord Aberdeen ha hecho, si no de bufón inglés, al menos de Pantalone italiano.[^1] Al observador superficial le parece que todos los grandes movimientos históricos acaban degenerando en farsa o, por lo menos, en lugar común. Pero haber empezado así es el rasgo propio de la tragedia que lleva por título *La guerra con Rusia*, cuyo prólogo se recitó el viernes por la noche en las dos Cámaras del Parlamento, donde la respuesta del ministerio al mensaje de la reina se discutió y se aprobó por unanimidad a la vez, de modo que ayer por la tarde pudo entregarse a la reina, sentada en su trono del palacio de Buckingham. Lo ocurrido en la Cámara de los Lores puede describirse muy brevemente. Lord Clarendon expuso el punto de vista del ministerio y lord Derby el de la oposición. El uno habló como el hombre que está en el poder; el otro, como el que está fuera. Lord Aberdeen, el noble conde que encabeza el gobierno, el «sagaz» confidente del zar, el «querido, bueno, excelente» Aberdeen de Luis Felipe, el «estimable caballero» de Pío IX, concluyó su sermón con los consabidos lloriqueos por la paz, pero durante la mayor parte de su discurso provocó tempestades de risa entre los lores, porque no declaró la guerra a Rusia, sino al *Press*, un semanario de Londres.[^2] Lord Malmesbury replicó al noble conde;[^3] lord Brougham, esa «vieja loca», como lo llamó William Cobbett,[^4] reveló que la lucha que iba a librarse no sería «fácil». El conde Grey, que en su espíritu cristiano ha conseguido hacer de las colonias británicas la morada más miserable del mundo,[^5] recordó al pueblo británico que el tono y el humor con que se hablaba de la guerra y el sentimiento de hostilidad contra el zar y sus cosacos no correspondían al espíritu con que una nación cristiana debe empezar una guerra. El conde de Hardwicke[^6] opinaba que los medios de que disponía Inglaterra eran demasiado débiles para combatir a la flota rusa. La fuerza naval inglesa en el Báltico no debía bajar de veinte navíos de línea bien armados y bien tripulados, con dotaciones bien disciplinadas; no se debía empezar, como se había hecho, con un montón de hombres recién reclutados, pues semejante chusma en un navío de línea durante un combate era la peor de todas las chusmas. El marqués de Lansdowne[^7] defendió al gobierno y expresó la esperanza de que la guerra fuera corta y victoriosa, porque (y esto caracteriza la capacidad de comprensión del noble lord) «no era una guerra dinástica, que suele traer las consecuencias más graves y es la más difícil de terminar».

Tras esta agradable *conversazione*,[^8] en la que cada cual había recitado su cantinela, se aprobó la respuesta *nemine contradicente*.[^9]

Todo lo nuevo que se supo en esta *conversazione* se reduce a algunas declaraciones oficiales de lord Clarendon y a la historia del memorándum secreto de 1844.

Lord Clarendon declaró que «actualmente el *acuerdo con Francia* consiste única y exclusivamente en un *intercambio de notas* que contienen convenios sobre operaciones militares». Por consiguiente, en este momento *no existe tratado alguno* entre Inglaterra y Francia. De Austria y Prusia observó que la primera mantendría una neutralidad armada y la segunda una neutralidad simple, pero que

> «en una guerra como la que iba a librarse ahora en las fronteras de ambos países, sería imposible a las dos potencias mantener la neutralidad».

Por último, declaró que la paz que pusiera fin a la guerra inminente solo sería una paz gloriosa «si se aseguraban a los súbditos cristianos de Turquía derechos y libertades iguales».

Ahora bien, ya sabemos que el sheij ul-islam[^10] ha sido destituido por haberse negado a sancionar con una fetua el tratado que garantiza esa igualdad de derechos; que la población turca de la vieja escuela de Constantinopla está sumamente excitada; y hoy nos enteramos por un despacho telegráfico de que el zar ha declarado a Prusia que está dispuesto a retirar sus tropas de los Principados si las potencias occidentales consiguen imponer a la Puerta un tratado así. Todo lo que él quiere es derribar el dominio otomano. Si las potencias occidentales se proponen hacerlo en su lugar, no es, naturalmente, tan necio como para hacerles la guerra.

Pasemos ahora a la historia del memorándum secreto, tal como la reconstruyo a partir de los discursos de Derby, Aberdeen, Malmesbury y Granville.[^11] El memorándum

> «debía ser un acuerdo provisional, condicional y secreto entre Rusia, Austria e Inglaterra, para adoptar respecto de Turquía diversos convenios en los que Francia tendría que participar aun sin haber dado su consentimiento».

Este memorándum, descrito así con palabras de lord Malmesbury, fue el resultado de conversaciones secretas entre el zar, el conde de Aberdeen, el duque de Wellington y sir Robert Peel.[^12] Precisamente por consejo de Aberdeen se dirigió el zar al duque y a sir Robert Peel. Sigue siendo objeto de disputa entre lord Aberdeen y sus adversarios si el memorándum lo redactó el conde Nesselrode a la vuelta del zar a San Petersburgo, tras su visita a Inglaterra en 1844, o si lo redactaron los propios ministros ingleses como acta de las comunicaciones del emperador.

La relación del conde de Aberdeen con este documento difería de la relación habitual de un ministro con un documento oficial, como lo prueba, según afirma Malmesbury, *otro escrito que no se ha presentado a la Cámara*. El documento se consideraba de suma importancia y como un documento que no debía comunicarse a las demás potencias, aunque Aberdeen aseguró que había comunicado a Francia su «contenido esencial». En todo caso, el zar no sabía nada de que se hubiera hecho tal comunicación. El documento lo sancionaron y aprobaron el duque de Wellington y sir Robert Peel. Pero no se dio a conocer ni se sometió a dictamen del gabinete Peel, del que entonces era miembro lord Derby. No se guardó con los papeles ordinarios del Foreign Office, sino que se entregaba a cada nuevo ministro de Asuntos Exteriores para que lo custodiara en secreto, y en el Foreign Office no había copia alguna de él. Así, aunque lord Derby era él mismo miembro del gabinete Peel en 1844, al tomar posesión de su cargo no supo nada del documento. Cuando el conde de Aberdeen dejó el ministerio, lo entregó en una caja a lord Palmerston, que pasó la caja de Pandora a su sucesor, el conde Granville, quien a su vez, según cuenta él mismo, a petición del barón Brunnow,[^13] el embajador ruso, la entregó al conde de Malmesbury cuando este entró en el Foreign Office. Pero en el ínterin parece haberse hecho una modificación, o, mejor dicho, una falsificación, en el encabezamiento original del documento, pues el conde de Granville lo envió al conde de Malmesbury con la indicación de que era un memorándum redactado por el barón Brunnow como resultado de las conferencias entre el emperador de Rusia, sir Robert Peel y lord Aberdeen, sin mencionar para nada el nombre del duque de Wellington. No se puede suponer otro motivo para esta designación falsa que el afán de disimular la importancia del memorándum, presentándolo como un simple apunte del embajador y no como un documento oficial de la cancillería de la corte de San Petersburgo.

Rusia atribuía a este documento tal importancia que el barón Brunnow se presentó cuarenta y ocho horas después de que lord Malmesbury tomara posesión y le preguntó si ya lo había leído; pero Malmesbury no lo había leído aún, porque no se le entregó hasta unos días más tarde. El barón Brunnow le hizo ver con insistencia que era necesario leer aquel documento, que, según afirmaba, *era la clave de todas las negociaciones con Rusia*. Pero desde ese momento no volvió a mencionar el documento a los derbistas, pues evidentemente consideraba al gobierno tory demasiado impotente o demasiado efímero para llevar a cabo la política rusa. En diciembre de 1852 dimitió el gobierno Derby, y poco después de que la noticia de la formación del ministerio de coalición llegara a San Petersburgo, el 11 de enero, el zar volvió a sacar la cuestión: prueba suficiente de que confiaba en que el gabinete de todos los talentos obraría sobre la base de este memorándum.

Aquí tenemos, pues, las revelaciones más comprometedoras, hechas en la Cámara de los Lores por los testigos más irrefutables, cada uno de los cuales ha sido primer ministro o ministro de Asuntos Exteriores de la Gran Bretaña. Un «acuerdo eventual» —como dice el memorándum— lo concierta en secreto con Rusia un ministro inglés de Asuntos Exteriores, y no solo sin el consentimiento del Parlamento, sino a espaldas de sus propios colegas, de los que solo dos han sido iniciados en el secreto. Durante diez años el documento se sustrae al Foreign Office y cada ministro de Asuntos Exteriores lo guarda por turno en custodia secreta. Cada vez que un ministerio sale de escena, el embajador ruso se presenta en Downing Street y hace saber al recién llegado que tiene que examinar con atención el tratado, el tratado secreto, que no ha concertado con el zar la representación legal de la nación, sino un ministro cualquiera del gabinete, y que tiene que comportarse exactamente como le prescribe un memorándum ruso redactado en la cancillería de la corte de San Petersburgo.

Si esto no es violación abierta de la Constitución, conspiración y alta traición, y si no significa connivencia secreta con Rusia, entonces no sabemos qué hay que entender por tales expresiones.

Al mismo tiempo, estas revelaciones nos enseñan por qué los culpables, que se sienten completamente seguros, pueden seguir al timón del Estado, y precisamente en tiempos de una guerra declarada con Rusia, con la que, como se les ha demostrado, no han dejado de conspirar; y por qué la oposición parlamentaria es una simple patraña, montada solo para inquietar a los culpables, pero no para acusarlos. Todos los ministros de Asuntos Exteriores y, por consiguiente, todos los gobiernos que se han sucedido desde 1844 son cómplices; cada uno se hizo cómplice desde el momento en que omitió acusar a su predecesor y se hizo cargo en silencio de la misteriosa caja. Por el solo afán de ocultarla, cada uno de ellos se hizo culpable. Cada uno de ellos se hizo partícipe de la conspiración al ocultársela al Parlamento. La ley ve en el encubridor de lo robado un delincuente igual que el propio ladrón. Cualquier procedimiento judicial derribaría no solo a la coalición, sino también a sus rivales; y no solo a estos ministros, sino también a los partidos parlamentarios que representan; y no solo a estos partidos, sino también a las clases dominantes de Inglaterra.

Señalaré de pasada que el único discurso digno de mención en la Cámara de los Lores lo pronunció el conde de Derby. Sin embargo, su crítica del memorándum y de la correspondencia secreta —y lo mismo puedo decir del debate en la Cámara de los Comunes— no contiene nada que yo no haya dicho ya en la detallada exposición que les he dado de este fatídico memorándum y de esta extraordinaria correspondencia.

> «El derecho a declarar la guerra es prerrogativa de la Corona; y cuando Su Majestad convoca a su Parlamento y le comunica que ha considerado necesario entrar en guerra, no es ocasión para que la Cámara de los Comunes se pronuncie sobre la prudencia o imprudencia de la guerra. En tales circunstancias, su deber es cerrar filas en torno al trono y discutir en una ocasión posterior adecuada y constitucional la política que pueda haber conducido a la guerra».

Así habló el señor Disraeli[^14] en la sesión de la Cámara de los Comunes, y así hablaron todos los miembros de la Cámara de los Comunes, y sin embargo el *Times* llenó diecisiete columnas con declaraciones sobre aquella política. ¿Por qué? Precisamente porque no era la «ocasión» y su palabrería quedaría sin resultado. Hay que exceptuar, sin embargo, al señor Layard,[^15] que declaró sin rodeos:

> «Si, después de lo que iba a exponer, la Cámara opinaba que la conducta de los ministros daba pie a una interpelación parlamentaria, él no rehuiría el deber que con ello se le imponía y estaría dispuesto a pedir a los ministros que fijaran pronto un día en que pudiera plantearse el asunto».

Ahora se comprenderá por qué el *Times* empieza a dudar de la exactitud de los descubrimientos asirios del señor Layard.

Lord J. Russell, que presentó la respuesta en la Cámara de los Comunes, solo se distinguió de lord Clarendon por el énfasis que puso en las palabras integridad, libertad, independencia, civilización, con lo que se ganó los aplausos de su público más vulgar.

El señor Layard, que se levantó para replicarle, cometió dos grandes torpezas que desfiguraron su discurso, por lo demás notable. En primer lugar, quiso demostrar la existencia de elementos opuestos en el ministerio de coalición —el elemento ruso y el elemento inglés, la fracción de Aberdeen y la fracción de Palmerston—, cuando estas dos fracciones no se distinguen en nada más que en su lenguaje y en la forma de su sumisión a Rusia. El uno es partidario de Rusia porque no la entiende; el otro, aunque la entiende. El primero es, por tanto, un partidario declarado, y el segundo, un agente secreto. El primero le sirve gratis, y al segundo le pagan por ello. El primero es menos peligroso, porque está en abierta oposición a los sentimientos del pueblo inglés; el segundo es funesto, porque se hace pasar por la encarnación de la animosidad nacional contra Rusia. En el caso del señor Layard podemos suponer que no conoce al hombre al que contrapone a Aberdeen. Para el señor Disraeli, que construyó la misma contraposición, no hay disculpa. Nadie conoce a lord Palmerston mejor que este jefe de la oposición, que ya en 1844 declaró que la política exterior de ningún ministro había sido nunca tan funesta para los intereses británicos como la del noble lord. La segunda torpeza que cometió el señor Layard fue afirmar que el *Times* era el órgano directo del partido de Aberdeen, porque la correspondencia secreta y confidencial, dos o tres días después de llegar, proporcionaba ya el material para los editoriales de ese periódico. Con esos artículos, decía, se intentaba mover al país a aprobar el infame acuerdo que se buscaba en San Petersburgo, como ocurrió sobre todo en los artículos de febrero y marzo del año pasado. Layard habría hecho mejor en concluir, como lord Palmerston, que aquel material lo había proporcionado la embajada rusa en Londres; eso le habría permitido acusar tanto al *Times* como al Foreign Office de ser órganos del gabinete de San Petersburgo.

Como opino que el *Times* es de hecho una potencia mayor que la coalición, no por sus opiniones, sino por los hechos que revelan el carácter traidor de esta correspondencia secreta, añado la declaración completa del señor Layard contra ese periódico:

> «El primero de estos despachos secretos llegó a Inglaterra el 23 de enero de 1853, y el 26 del mismo mes apareció en el *Times* el primero de los artículos a los que se había referido. El despacho siguiente llegó el 6 de febrero de 1853, y el 11 del mismo mes, cuatro días después, apareció en el *Times* un artículo extraordinario, del que ahora iba a citar. En una parte del artículo se declara: “No creemos que el objetivo de la política de Rusia sea precipitar una catástrofe en Oriente; una vez más se recurrirá a los buenos oficios de este país para reducir los peligros de una situación que empieza a ser crítica. Pero no debemos olvidar que el intento de prolongar el poder brutal y decrépito de los turcos en Europa se paga con la entrega de provincias fértiles y de una numerosa población cristiana a un mal gobierno bárbaro, y nos alegraremos si la civilización y el cristianismo son capaces de reparar la injusticia causada por la conquista otomana”.

> El *Times* declaraba de nuevo el 23 de febrero de 1853, tras diversas observaciones sobre el estado de agotamiento de Turquía:

> “Una extrema decrepitud política, la falta de toda capacidad y de toda honradez en los hombres que todavía gobiernan la Puerta, la disminución de la población musulmana y un tesoro exhausto se unen en la Puerta, como en irónico contraste, con el dominio sobre algunos de los territorios más fértiles, los mejores puertos y el pueblo más audaz y de más talento del sur de Europa… Es difícil comprender cómo un mal tan indudablemente grande ha podido ser defendido durante tanto tiempo por los políticos como un bien relativo; y aunque somos conscientes de las dificultades que acompañan a todo cambio en el territorio de un imperio tan enorme, nos inclinamos a ver acercarse con satisfacción, más que con inquietud, el tiempo” —¿cómo sabía el *Times* que ese tiempo se acercaba?— “en que será imposible prolongar el dominio de un gobierno como el de la Puerta sobre un país como el que ahora está sometido a su poder. Quizá ese tiempo esté menos lejos de lo que comúnmente se cree, y acaso sea asunto de estadistas sabios hacer preparativos para semejante desenlace, que no está en su poder seguir aplazando indefinidamente. No creemos, ni pretendemos insinuar, que existan en la actualidad, o que quizá se estén elaborando sin conocimiento de las demás potencias europeas, planes de Austria y de Rusia hostiles a las pretensiones territoriales del Imperio otomano. Tenemos razones suficientes para suponer” —cuando el *Times* dice eso, sabemos lo que significa— “que el príncipe Ménshikov ha sido enviado de San Petersburgo a Constantinopla como embajador extraordinario con el propósito expreso de declarar, en nombre del emperador Nicolás, que este, como jefe de la Iglesia ortodoxa, no puede conformarse con las condiciones del firmán obtenido recientemente por el embajador francés acerca de los Santos Lugares de Tierra Santa, ni permitir a las Iglesias de Oriente que se conformen con ellas”.

> Pues bien, la primera noticia de la misión del príncipe Ménshikov estaba contenida en los despachos de sir H. Seymour recibidos el 14 y el 21 de febrero. Era importante mencionar que el 6 de marzo de 1853 llegó el despacho que exponía el plan completo del emperador de Rusia para el reparto de Turquía. La respuesta, como ya se ha dicho, no se envió hasta el 23 de marzo, y hasta el 13 de marzo no hubo consejo de gabinete, aunque algunos miembros del gobierno habían recibido la propuesta del emperador siete días antes. A sus colegas no se les presentó esta propuesta hasta el 13 de marzo; pero antes se había comunicado al *Times*, pues el 7 de marzo, a la mañana siguiente de recibirse el despacho, que en ese momento no podía ser conocido por más de dos o tres miembros del gabinete ni podía haberlo visto un solo funcionario del Foreign Office, apareció en el *Times* un extenso artículo» («¡Oíd, oíd!») «en el que se decía, entre otras cosas:

> “El estado del Imperio turco y las relaciones de las potencias europeas con Oriente son cuestiones sobre las que podría ser útil que los políticos y la prensa independiente se formaran una opinión y la expresaran, aunque la realización de los planes a que apuntan esas opiniones sea todavía prematura y lejana. Los estadistas, obligados a despachar los asuntos del día y a reconocer en cada caso las obligaciones de la llamada razón de Estado, están confinados en un campo más estrecho, y probablemente no serían capaces de hacer valer ninguna idea nueva u original si esta no hubiera sido antes objeto de la atención y de la reflexión del público”.

> Rogaba al noble lord que atendiera a las palabras que seguían, pues se referían a objeciones planteadas por él.

> “Por eso no nos sorprendería en absoluto que lord John Russell, aludiendo a las diferencias surgidas últimamente en Turquía, y en especial en sus fronteras europeas, hubiera expresado su rechazo a las opiniones que se han expuesto recientemente sobre este asunto y hubiera repetido por su parte en el Parlamento, con todo el peso de la responsabilidad oficial, la vieja historia de la integridad y la independencia del Imperio otomano. Nosotros, sin embargo, no estamos influidos por consideraciones semejantes”.

> ¿Cómo sabía el autor que el noble lord las rechazaba?» («¡Oíd!») «El artículo prosigue:

> “Por tanto, no compartimos la opinión de lord J. Russell de que actualmente no podría ocurrir en Europa desgracia mayor que la necesidad de considerar qué habría que hacer en un caso como el de la desmembración de ese imperio”.

> Que la Cámara atienda a las palabras siguientes, que son casi idénticas a las del emperador de Rusia:

> “Creemos que sería una desgracia mucho mayor que la desmembración empezara antes de que se hubiera hecho consideración alguna de esta clase”».

> («¡Oíd, oíd!») «Eran las mismas palabras. El autor prosigue:

> “Y permítasenos aquí expresar nuestro asombro de que un estadista pueda confundir por un momento la política que convendría seguir en caso de disolución del Imperio turco con la que condujo al reparto de Polonia. Sin duda, el argumento de la razón de Estado sigue en pie en apoyo de la integridad y la independencia del Imperio turco; pero este argumento está solo frente a una multitud de males y en realidad no significa otra cosa que el miedo a ocuparse de una cuestión grave e incierta. Los prejuicios sobre este asunto, alimentados sobre todo en años pasados, están en verdad tan arraigados que en ciertos círculos el intento de discutir esta cuestión según su verdadero alcance se considera un acto de depravación política y una violación de todas las leyes que unen a las naciones entre sí”.

> El artículo siguiente apareció el 10 de marzo. La Cámara podría opinar quizá que él no había demostrado todavía que el autor del *Times* empleara las mismas palabras que se usaban en los despachos; pero el artículo que iba a citar ahora disiparía toda duda al respecto. El 10 de marzo apareció en el *Times* un artículo que empezaba con estas palabras:

> “El príncipe Ménshikov llega con una misión diplomática más precisa, y tenemos razones para suponer que sus instrucciones tienen un carácter más conciliador que las del conde Leiningen”.[^16] Una semejanza de expresión se encuentra en el despacho de sir H. Seymour del 21 de febrero:

> “Su Excelencia (el conde Nesselrode) deseaba asegurarme que las instrucciones de que iba provisto el príncipe Ménshikov eran de naturaleza conciliadora”.

> El artículo prosigue:

> “Nos atrevemos a decir que los estadistas modernos muestran una pobreza de recursos cuando tienen que ocuparse de una cuestión que entraña la civilización de grandes provincias, la restauración del propio cristianismo a la supremacía de que gozó un día en todas las partes de Europa y el bienestar progresivo de millones de seres humanos. La única salida a que saben recurrir es adornar con un turbante una cabeza de turco y tratarla como si todavía fuera un símbolo de fuerza y de poder”.

> El 19 de marzo hubo un consejo de gabinete en el que se discutió el despacho recibido el 6 de ese mes, y el 23 de marzo se envió una respuesta que contenía el pasaje siguiente:

> “Aunque el gobierno de Su Majestad se siente obligado a atenerse a los principios y a la política expuestos en el despacho de lord John Russell del 9 de febrero, accede con gusto al deseo del emperador de que el asunto se siga discutiendo con franqueza”.

> Ese mismo día apareció en el *Times* un artículo en el que podían encontrarse algunas de las frases empleadas en el despacho de lord Clarendon. El artículo empezaba así:

> “Nuestra opinión sobre la situación presente y las perspectivas futuras del Imperio otomano no coincide con el punto de vista que sostiene lord J. Russell y que ha comunicado a la Cámara de los Comunes. Se aparta considerablemente de la política que este país ha seguido en tiempos anteriores y en diversas ocasiones, y se aparta por completo del sistema que una parte numerosa de la prensa de Londres intenta defender de un modo ni muy brillante ni muy afortunado”.

> Honor a la prensa británica, que, aunque le faltara la pluma brillante y afilada que había hecho tambalearse a un ministro de Colonias y casi había derribado a un gabinete, no apoyó las opiniones del *Times*. El *Times* añadía además hacia el final de su artículo:

> “Él” (el emperador) “ha dicho que su aspiración es estar en buenos términos con este país y merecer su confianza. Su conducta en esta cuestión mostrará si su afirmación es sincera, y no puede darnos mayor prueba de moderación y de buena voluntad hacia Turquía y hacia el resto de Europa que la disposición a seguir colaborando con el gobierno británico en estas cuestiones”.

> El mismo día en que el *Times* anunciaba que sus esfuerzos por ganar al público británico para el reparto de Turquía habían fracasado, se envió a San Petersburgo la respuesta al despacho, que se había retrasado dieciséis días». («¡Oíd, oíd!») «No necesitaba molestar a la Cámara con más extractos del *Times*».

El señor Bright apoyó al señor Cobden[^17] para dar a lord Palmerston una nueva ocasión de hacerse popular con una diatriba contra Rusia y una defensa hipócritamente enérgica de la política de guerra. Entre otras cosas, Palmerston declaró:

> «Pues bien, creo que quienes siguen con atención desde hace bastante tiempo los asuntos europeos saben que las miras de Rusia sobre Turquía no datan de ayer, ni mucho menos de los últimos tiempos». («¡Oíd!») «Se sabe que Rusia sigue desde hace mucho, constante e incesantemente, la política de apoderarse por lo menos de la parte europea de Turquía y después de la Turquía asiática. Esta política se ha seguido con una perseverancia inquebrantable y sistemática. Rusia nunca la ha perdido de vista. Cuando las circunstancias eran favorables, se daba un paso adelante, y cuando surgían obstáculos, se retiraba ese paso, pero solo para sacar provecho de la siguiente ocasión que se presentara». («¡Oíd, oíd!») «La dilación nunca ha sido un medio de apaciguar a Rusia o de moverla a abandonar sus planes. Su política ha consistido en no perder de vista su objetivo, en no precipitarse, en no perder el objeto de sus aspiraciones por agarrarlo antes de tiempo, sino en observar el rumbo de los demás gobiernos de Europa y aprovechar toda ocasión posible que le permita el más mínimo avance hacia la meta final de sus aspiraciones».

Si se compara esta declaración de lord Palmerston con las de los años 1829, 1830, 1831, 1833, 1836, 1840, 1841, 1842, 1843, 1846, 1848 y 1849, se ve que lo anterior es menos una respuesta al señor Bright que a su propia política anterior. Pero mientras este pérfido enemigo trata de ganarse con tales ataques a Rusia las simpatías del público, por otro lado se asegura el favor del zar con la siguiente observación:

> «¿Censuro acaso al gobierno ruso por seguir semejante política? Una política de expansión, perseguida con medios legítimos, es una política que uno puede rechazar como peligrosa para sí mismo y a la que puede oponerse como funesta para la independencia y la libertad de otros Estados, pero que en modo alguno es motivo para condenar al gobierno que la sigue, con tal de que la siga con medios abiertos, sinceros y reconocidos por todos, sin secreto, sin pretextos y sin engaño. Pero el camino que, lamento tener que decirlo, ha seguido el gobierno ruso en el curso de los últimos acontecimientos no ha sido el camino abierto y recto que podría justificar su política abiertamente confesada y audazmente proclamada».

Pero el único reproche que había que hacer al gobierno ruso era, como lo expresó el señor Disraeli, el de su *fatal franqueza*. Así pues, al censurar lo que Rusia no hizo, Palmerston justifica por completo lo que hizo de verdad.

La crítica del señor Disraeli a los documentos secretos fue hábil, como siempre, pero no surtió efecto por su declaración de que ahora no era momento de críticas y de que su única intención al dirigirse a la Cámara era apoyar la respuesta. Es lamentable ver a un hombre de tanto talento halagar a un Palmerston, no solo en el Parlamento, sino también en *The Press*, que pasa por ser su órgano, por mezquinos cálculos de cargos y de partido.

En la sesión de ayer de la Cámara, sir J. Graham[^18] anunció que había recibido noticias de que la flota había entrado en el mar Negro y se encontraba cerca de Varna.

En la Cámara de los Lores, lord Aberdeen comunicó que el martes 11 propondría el aplazamiento de la Cámara hasta el jueves 27 del corriente.

[^1]: Personaje de la *commedia dell'arte*, viejo avaro y crédulo.

[^2]: George Hamilton Gordon, conde de Aberdeen (1784-1860), primer ministro del gabinete de coalición. Lo de «querido, bueno, excelente» se atribuía al rey Luis Felipe de Francia, y lo de «estimable caballero», al papa Pío IX.
 *The Press*, semanario tory fundado en 1853, era el órgano de Disraeli.

[^3]: James Harris, conde de Malmesbury (1807-1889), tory, ministro de Asuntos Exteriores en el gobierno Derby de 1852.

[^4]: Henry Brougham (1778-1868), whig, lord canciller de 1830 a 1834. William Cobbett (1763-1835), publicista radical.

[^5]: Henry George Grey, conde Grey (1802-1894), ministro de Colonias de 1846 a 1852.

[^6]: Charles Philip Yorke, conde de Hardwicke (1799-1873), almirante y político tory.

[^7]: Henry Petty-Fitzmaurice, marqués de Lansdowne (1780-1863), whig, ministro sin cartera en el gabinete de Aberdeen.

[^8]: En italiano en el original: «tertulia».

[^9]: En latín: «sin que nadie se opusiera».

[^10]: La autoridad suprema de la jerarquía religiosa musulmana del Imperio otomano, el gran muftí.

[^11]: Granville George Leveson-Gower, conde Granville (1815-1891), whig, ministro de Asuntos Exteriores de diciembre de 1851 a febrero de 1852.

[^12]: Arthur Wellesley, duque de Wellington (1769-1852), y sir Robert Peel (1788-1850), primer ministro tory de 1841 a 1846, en cuyo gabinete Aberdeen era ministro de Asuntos Exteriores.

[^13]: El barón Philipp von Brunnow (1797-1875), embajador ruso en Londres.

[^14]: Benjamin Disraeli (1804-1881), ministro de Hacienda en el gobierno Derby de 1852 y jefe de los conservadores en la Cámara de los Comunes.

[^15]: Austen Henry Layard (1817-1894), arqueólogo que excavó Nínive, diputado liberal.

[^16]: El conde Christian Leiningen-Westerburg, enviado austriaco que a comienzos de 1853 exigió a la Puerta que pusiera fin a la campaña contra Montenegro.

[^17]: John Bright (1811-1889) y Richard Cobden (1804-1865), dirigentes de la escuela librecambista de Manchester, contrarios a la guerra. El texto inglés de *The Eastern Question* dice «supported the character of Mr. Cobden», es decir, hizo el papel del señor Cobden.

[^18]: Sir James Graham (1792-1861), primer lord del Almirantazgo en el gabinete de Aberdeen.
