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Title: España - Intervención (1854)
Description: El fragmento que se conserva de un artículo inédito de la serie de Marx «La España revolucionaria»: la segunda restauración de Fernando VII tras 1823 y las causas de la derrota de la revolución de 1820-1823, una revolución urbana que no supo ganarse al campesinado y quedó a merced del ejército.
Author: Karl Marx
Date: 1854-11-21
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1854%20Espa%C3%B1a%20-%20Intervenci%C3%B3n
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*Escrito en inglés por Karl Marx el 21 de noviembre de 1854 para el* New-York Daily Tribune*, como parte de la serie de artículos [La España revolucionaria](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1854%20La%20Espa%C3%B1a%20revolucionaria); el periódico no lo publicó, y del manuscrito solo queda este fragmento, al que le falta el comienzo. El texto inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de la MEW (Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 10, Berlín, 1961, pp. 631-634), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1854%20Spanien%20-%20Intervention).*

… bandera de la revolución el ejército de Ballesteros, que tras la capitulación de su estado mayor seguía concentrado cerca de Priego, diez millas marinas al norte de Málaga.[^1] En esta, su segunda expedición a Cádiz, fue hecho prisionero por un destacamento del general Molitor,[^2] entregado a la banda apostólica[^3] y llevado a Madrid para ser ejecutado allí el 7 de noviembre, cuatro días antes de que Fernando volviera a la capital.[^4]

> «Non por su culpa caía Riego:  
> por traición  
> de un vil Borbón».

Cuando, a su llegada a Madrid, los oficiales de las bandas de la Fe[^5] saludaron y felicitaron a Fernando, este exclamó en medio de su corte, una vez que se hubieron retirado: «Son los mismos perros con distintos collares».

El número de frailes, que en 1822 era de 16.310, ascendía en 1830 a 61.727, lo que supone un aumento de 45.417 en el curso de ocho años. Por la *Gaceta* de Madrid sabemos que solo en un mes, del 24 de agosto al 24 de septiembre de 1824, fueron fusiladas, ahorcadas y descuartizadas 1.200 personas; y entonces aún no se había publicado el bárbaro decreto contra los comuneros, los masones, etc.[^6] La Universidad de Sevilla se cerró durante años, pero en cambio se fundó una escuela oficial de tauromaquia.[^7]

Federico el Grande preguntó en una conversación a su ministro de la Guerra qué país de Europa le parecía más difícil de arruinar. Al notar que su ministro estaba bastante desconcertado, respondió por él:

> «Es España, pues su propio gobierno lleva muchos años esforzándose en arruinarla, y todo en vano».

Federico el Grande parece haber previsto el gobierno de Fernando VII.

La derrota de la revolución de 1820-1823 se explica fácilmente. Fue una revolución burguesa, más exactamente una revolución urbana, mientras que el campo —ignorante, indolente, entregado a las pomposas ceremonias de la Iglesia— permaneció como espectador pasivo de una lucha de partidos que apenas comprendía. En las pocas provincias en que, por excepción, tomó parte activa en la lucha, lo hizo más bien del lado de la contrarrevolución, hecho que no debe sorprender en España, «ese almacén de usos antiguos, ese depósito de todo lo que en otras partes está olvidado y pasado», un país en el que durante la guerra de la Independencia se vio a campesinos que usaban espuelas sacadas de la armería de la Alhambra y que iban armados con alabardas y picas de factura curiosa y antiquísima, empleadas en las guerras del siglo XV. Era además una peculiaridad española que todo campesino que tuviera sobre la puerta de su mísera choza un blasón labrado en piedra se tuviera por hidalgo, y que por eso la población del campo en general, aunque pobre y expoliada, nunca gimiera bajo aquella conciencia de vil degradación que la amargaba en el resto de la Europa feudal. Que el partido revolucionario no supo unir los intereses del campesinado con el movimiento urbano lo confirman dos hombres que desempeñaron ambos un papel importante en la revolución: el general Morillo y San Miguel. Morillo, al que no puede acusarse de simpatías revolucionarias, escribió desde Galicia al duque de Angulema:[^8]

> «Si las Cortes hubieran aprobado la ley sobre los derechos de los señores y despojado así a los grandes de sus bienes en favor de la plebe, Vuestra Alteza se habría encontrado con ejércitos numerosos, patrióticos y temibles, que se habrían organizado por sí mismos, como hicieron en Francia en circunstancias semejantes».[^9]

Por otra parte, San Miguel nos cuenta (véase su *De la guerra civil de España*, Madrid, 1836):[^10]

> «El mayor error de los liberales consistió en no tener en cuenta que la parte con mucho mayor de la nación era indiferente u hostil a las nuevas leyes. Los numerosos decretos dictados por las Cortes para mejorar la situación material del pueblo no podían producir resultados tan inmediatos como requerían las circunstancias. Ni la reducción de los diezmos a la mitad ni la venta de los bienes de los conventos contribuyeron a mejorar las condiciones materiales de las capas bajas de la población del campo. Al contrario, esta última medida, por la que la tierra pasó de manos de los frailes indulgentes a las de los capitalistas calculadores, empeoró la situación de los antiguos colonos al imponerles rentas más altas, de modo que la superstición de esta numerosa clase, herida ya por la enajenación de los bienes sagrados de la Iglesia, se vio aún acrecentada al tocarse sus intereses materiales».

La población revolucionaria de las ciudades, aislada así de la masa de la nación, se vio por eso obligada, en su lucha contra los grandes, el clero rural, el poder de los conventos y la corona, que representaba a todos estos elementos caducos de la sociedad, a confiar del todo en el ejército y en sus jefes. Precisamente esa posición que el ejército ocupaba en el campo revolucionario, junto con su aislamiento de las masas, lo convertía en un instrumento peligroso para quienes lo usaban, pero inofensivo para el enemigo al que debía batir. Por último, las capas altas de la burguesía, los llamados moderados, se volvieron pronto indiferentes a la revolución, para traicionarla más tarde, mecidos en la esperanza de poder establecer su poder mediante una intervención francesa y disfrutar así sin esfuerzo de los frutos de una sociedad nueva, sin dejar que los plebeyos participaran en ellos.

El resultado positivo de la revolución de 1820-1823 no se limitó a la gran fermentación que amplió el horizonte de algunas grandes clases de la nación y renovó su carácter. La segunda restauración, en la que los elementos caducos de la sociedad adoptaron formas tales que se hicieron insoportables e incompatibles con la existencia nacional de España, fue ella misma un producto de la revolución. Su obra principal consistió en llevar el antagonismo hasta un punto en que todo compromiso se hizo imposible y una guerra a cuchillo, inevitable. Según lord Liverpool, nunca se llevó a cabo un cambio político mayor con menos violencia ni derramamiento de sangre que la revolución española de 1820-1823.[^11] Por eso, al considerar la guerra civil de 1833-1843, que extirpó a sangre y fuego los elementos caducos de la sociedad española y se degradó con actos de canibalismo, no debemos atribuir la feroz inclemencia de esa época al carácter particular de la nación española, sino al mismo poder de las circunstancias que impuso a Francia el reinado del Terror. Mientras los franceses centralizaron y abreviaron así el reinado del Terror, los españoles, fieles a sus tradiciones, lo descentralizaron y con ello lo prolongaron. Conforme a la tradición española, el partido revolucionario difícilmente podía triunfar derribando el trono. Para tener éxito en España, la revolución misma tenía que presentarse como pretendiente al trono. La lucha de las dos sociedades tenía que adoptar la forma de una lucha de intereses dinásticos opuestos. La España del siglo XIX hizo su revolución con facilidad en cuanto pudo darle la forma de las guerras civiles del siglo XIV.[^12] Fue Fernando VII quien dio a la revolución un nombre real, el de Isabel, mientras él se aliaba con la contrarrevolución, con el don Quijote del auto de fe, don Carlos.[^13] Fernando VII se mantuvo fiel a su carácter hasta el final. Si durante toda su vida había engañado a los liberales con falsas promesas, ¿no iba a permitirse la broma de engañar a los serviles en su lecho de muerte? En materia religiosa siempre había sido un escéptico. Nada podía convencerle de que alguien —ni siquiera el Espíritu Santo— fuera tan simple como para decir la verdad.

[^1]: Francisco Ballesteros, general constitucional, capituló ante los franceses en agosto de 1823. El sujeto de la frase, cuyo comienzo falta, es Riego, que intentó sublevar contra la capitulación a las tropas de Ballesteros.

[^2]: Gabriel Jean Joseph Molitor, general del ejército francés de intervención («los Cien Mil Hijos de San Luis»).

[^3]: Los realistas exaltados o «apostólicos», el ala más intransigente del absolutismo.

[^4]: Riego fue apresado en septiembre de 1823 y ahorcado en la plaza de la Cebada de Madrid el 7 de noviembre de 1823.

[^5]: Las partidas realistas del llamado Ejército de la Fe, que lucharon contra el régimen constitucional en 1822-1823.

[^6]: Los comuneros eran los miembros de la sociedad secreta liberal de los Caballeros Comuneros, fundada en 1821.

[^7]: La Real Escuela de Tauromaquia de Sevilla, fundada en 1830, mientras las universidades estaban cerradas desde ese año.

[^8]: Pablo Morillo (1775-1837), general de la guerra de la Independencia y de las campañas de América, mandaba en 1823 el ejército constitucional de Galicia y se pasó a los franceses. Luis Antonio de Borbón, duque de Angulema, mandaba el ejército francés de intervención.

[^9]: La ley de señoríos de 1821, que debía aclarar el decreto de abolición de los señoríos jurisdiccionales de 1811; Fernando VII le negó la sanción.

[^10]: Evaristo San Miguel, *De la guerra civil de España* (Madrid, 1836).

[^11]: Robert Banks Jenkinson, conde de Liverpool, primer ministro británico de 1812 a 1827.

[^12]: Alusión a la guerra civil castellana entre Pedro I y Enrique de Trastámara (1366-1369).

[^13]: Por la Pragmática Sanción de 1830, que derogaba la ley sálica, Fernando VII dejó el trono a su hija Isabel; su hermano Carlos María Isidro se alzó a su muerte, en 1833, y empezó así la primera guerra carlista.
