---
Title: Espartero (1854)
Description: Editorial de Marx para el New-York Daily Tribune sobre Baldomero Espartero, el hombre del pasado al que la revolución de 1854 volvió a poner al frente: sus dudosas hazañas militares, su regencia y su caída en 1843, el culto que le rindió Inglaterra y el asunto Olózaga como prueba de lo que vale la palabra de Isabel II. Contiene la observación de que los pueblos, al dar un gran salto adelante, se dejan dominar por las ilusiones del pasado.
Author: Karl Marx
Date: 1854-08-04
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1854%20Espartero
---


*Escrito en inglés por Karl Marx el 4 de agosto de 1854 y publicado como editorial en el* New-York Daily Tribune*, núm. 4161, del 19 de agosto de 1854. El original inglés no tiene hoy fuente libre (no figura en* The Eastern Question*, Londres, 1897): se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 10 (Berlín, 1961, pp. 381-387), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1854%20Espartero).*

Una de las peculiaridades de las revoluciones es que, precisamente cuando el pueblo se dispone a dar un gran salto adelante e inaugurar una nueva era, se deja siempre dominar por las ilusiones del pasado y entrega todo el poder y la influencia que tan caros le han costado a hombres que representan, o parecen representar, el movimiento popular de una época anterior. Uno de estos hombres de la tradición es Espartero, al que el pueblo se carga a hombros en tiempos de crisis social y del que luego le cuesta tanto librarse como a Simbad el Marino del malévolo viejo testarudo que se le aferraba obstinadamente al cuello con las piernas.[^1] Pregúntese a un español de la llamada escuela progresista en qué se basa la importancia política de Espartero, y responderá sin vacilar:

> «Espartero representa la unidad del gran partido liberal; Espartero es popular porque sale del pueblo; y su popularidad sirve exclusivamente a la causa de los progresistas.»

Es verdad que él, hijo de un artesano, se elevó a regente de España, y que, habiendo entrado en el ejército como soldado raso, salió de él como mariscal de campo. Pero si es el símbolo de la unidad del gran partido liberal, solo puede serlo de esa unidad indiferenciada en la que todos los extremos se neutralizan. Y en cuanto a la popularidad de los progresistas, apenas es exagerado afirmar que se perdió desde el momento en que pasó del conjunto de ese partido a este único individuo.

La grandeza de Espartero es de lo más ambigua y peculiar. Prueba de ello es que hasta ahora nadie ha sabido explicarla bien. Mientras sus amigos se refugian en lugares comunes alegóricos, sus enemigos, aludiendo a una curiosa peculiaridad de su vida privada, afirman que no es más que un jugador con suerte. Amigos y enemigos se ven, pues, igualmente en apuros para encontrar una conexión lógica entre el hombre mismo y la fama y el gran nombre del hombre.

Los méritos militares de Espartero son tan discutidos como indiscutibles sus defectos políticos. En una voluminosa biografía publicada por el señor Flórez[^2] se hace mucho ruido de la valentía militar y la pericia de caudillo que demostró en las provincias de Charcas, La Paz, Arequipa, Potosí y Cochabamba, donde combatió a las órdenes del general Morillo,[^3] encargado de devolver los Estados sudamericanos al poder de la corona española. Pero la impresión general que sus hazañas sudamericanas causaron en el ánimo excitable de su patria la caracteriza bastante el mote que le valió la desgraciada batalla de Ayacucho, en la que España perdió para siempre el Perú y Sudamérica. Desde entonces se le llamó el jefe del ayacuchismo, y a sus partidarios, los ayacuchos.[^4] En todo caso, es muy curioso que este héroe recibiera su bautismo histórico en una derrota y no en un triunfo. En los siete años de guerra contra los carlistas nunca se distinguió por uno de esos golpes de mano audaces que pronto valieron a su rival Narváez la fama de soldado de nervios de acero. Tenía, desde luego, el don de inflar a conciencia los pequeños éxitos, y fue pura casualidad que Maroto le entregara a traición las últimas fuerzas del pretendiente,[^5] pues el levantamiento de Cabrera en 1840 no fue ya más que un intento tardío de galvanizar los huesos secos del carlismo.[^6] Incluso el señor Marliani,[^7] uno de los admiradores de Espartero e historiador de la España moderna, tiene que reconocer que esta guerra de siete años no puede compararse más que con las contiendas que en el siglo X libraban los pequeños señores feudales de la Galia, en las que el éxito no era fruto de la victoria. Una segunda desgracia quiere que, de todas las hazañas españolas de Espartero, la que más viva impresión dejó en la memoria pública sea una que, sin ser propiamente una derrota, representa en todo caso una proeza de lo más extraña para un héroe de la libertad. Se hizo famoso como bombardeador de dos ciudades: Barcelona y Sevilla.[^8] Si los españoles quisieran alguna vez pintarlo como Marte, dice un escritor, tendrían que representar al dios como «rompemurallas».

Cuando en 1840 Cristina se vio obligada a renunciar a la regencia y huir de España, Espartero, contra la voluntad de gran parte de los progresistas, se arrogó el poder supremo dentro de los límites del gobierno parlamentario. Se rodeó de una especie de camarilla y se comportó en todo como un dictador militar, sin elevarse en realidad por encima de la mediocridad de un rey constitucional. Favoreció más a los moderados que a los viejos progresistas, a los que, con pocas excepciones, apartó de los cargos. Sin ganarse a sus enemigos, fue enajenándose a sus amigos. No tuvo el valor de romper las ataduras del régimen parlamentario, pero tampoco supo aplicarlo, ni aprovecharlo, ni convertirlo en un instrumento eficaz. Durante sus tres años de dictadura, el espíritu revolucionario fue quebrantado paso a paso por compromisos sin fin, y se dejó que las desavenencias del partido progresista llegaran a tal punto que los moderados pudieron recuperar todo el poder mediante un *coup de main*.[^9] Espartero perdió así hasta tal punto toda autoridad que su propio embajador en París conspiraba contra él con Cristina y Narváez, y estaba tan desprovisto de recursos que no encontró modo de defenderse de las miserables intrigas y las mezquinas jugarretas de un Luis Felipe. Juzgaba tan mal su propia posición que se enfrentó del modo más irreflexivo a la opinión pública justo cuando esta no buscaba más que un pretexto para aplastarlo.

En mayo de 1843, cuando su popularidad se había esfumado hacía tiempo, seguía teniendo a su lado a Linaje, Zurbano y los demás miembros de su camarilla militar, aunque se pedía a gritos su destitución. Destituyó al ministerio López,[^10] que contaba con una gran mayoría en el Congreso de los Diputados, y negó obstinadamente la amnistía a los moderados desterrados, que entonces reclamaban todos, el Parlamento, el pueblo y hasta el ejército. En esta exigencia se expresaba abiertamente la repugnancia general por su régimen. Un huracán de pronunciamientos contra el «tirano Espartero» sacudió entonces de repente toda la península Ibérica. Por la rapidez con que se extendió, el movimiento solo puede compararse con el actual. Moderados y progresistas se unieron con el fin común de librarse del regente. La crisis le llegó de improviso; la hora fatal lo encontró desprevenido.

Narváez, acompañado de O'Donnell, Concha y Pezuela, desembarcó en Valencia con un puñado de hombres. De su lado estaban la rapidez y la energía, la audacia calculada y la resolución enérgica. Del lado de Espartero, la vacilación impotente, la lentitud fatal, la indecisión apática y la debilidad indolente. Mientras Narváez socorría Teruel, sitiada, y entraba en Aragón, Espartero se retiraba de Madrid y pasaba muchas semanas de inactividad irresponsable en Albacete. Cuando Narváez, después de ganarse en Torrejón los cuerpos de Seoane y Zurbano, marchaba sobre Madrid, Espartero se unió por fin a Van Halen para el inútil y vergonzoso bombardeo de Sevilla. Luego huyó de un lugar a otro, abandonado en cada nueva etapa de su huida por parte de sus tropas, hasta que llegó por fin a la costa. Cuando se embarcó en Cádiz, la última ciudad donde aún le quedaban partidarios, también estos se despidieron de su héroe declarándose contra él. Un inglés que vivía en España durante esta catástrofe[^11] nos da una descripción expresiva del ocaso de la grandeza de Espartero:

> «No fue el terrible derrumbe de un instante tras una batalla reñida, sino el descenso pequeño y gradual, sin combate previo, de Madrid a Ciudad Real, de Ciudad Real a Albacete, de Albacete a Córdoba, de Córdoba a Sevilla, de Sevilla al Puerto de Santa María y de allí a alta mar. Cayó de la idolatría al entusiasmo, del entusiasmo al afecto, del afecto al respeto, del respeto a la indiferencia, de la indiferencia al desprecio, del desprecio al odio, y el odio lo arrojó por fin al mar.»

¿Cómo ha podido Espartero volver a ser el salvador del país y la «espada de la revolución», como lo llaman? Sería sencillamente incomprensible si España no hubiera gemido diez años bajo la dictadura brutal de un Narváez y bajo el yugo opresivo de los favoritos de la reina que lo sucedieron. Pero los periodos de reacción largos y violentos son muy apropiados para devolver el prestigio a las grandezas caídas de las épocas de fracaso revolucionario. Cuanto mayor es la imaginación de un pueblo —¿y dónde es mayor que en el sur de Europa?—, más irresistible es su impulso a oponer a la encarnación personal del despotismo encarnaciones personales de la revolución. Como no se pueden improvisar de golpe, se desentierra a los muertos de movimientos pasados. ¿No estaba el propio Narváez a punto de hacerse popular a costa de Sartorius? El Espartero que el 29 de julio entró triunfalmente en Madrid no era un ser real: era un fantasma, un nombre, un recuerdo.

La justicia obliga a recordar que Espartero nunca pretendió ser otra cosa que un monárquico constitucional; y si hubiera habido alguna duda al respecto, habría tenido que disiparse ante la acogida entusiasta que durante su destierro le dispensaron el castillo de Windsor y las clases dominantes de Inglaterra. Cuando llegó a Londres, toda la aristocracia se agolpó en su casa, con el duque de Wellington y lord Palmerston a la cabeza. Aberdeen, en su calidad de ministro de Asuntos Exteriores, le envió una invitación para ser presentado a la reina. El lord mayor y el concejo de la ciudad le rindieron homenajes gastronómicos en la Mansion House.[^12] Y cuando se supo que el Cincinato español dedicaba sus ratos de ocio a la jardinería, no hubo sociedad botánica, hortícola o agrícola que no se apresurara a ofrecerle el título de socio. Pronto fue el león de la capital. A fines de 1847 una amnistía permitió volver a los desterrados españoles, y un decreto de la reina Isabel lo nombró senador. Pero no se le permitió dejar Inglaterra hasta que la reina Victoria lo invitó a comer con su duquesa y los honró además con la invitación a pasar una noche en el castillo de Windsor. Creemos, desde luego, que Espartero debía este halo que se tejió en torno a su persona, en mayor o menor medida, a la opinión de que había sido y seguía siendo el representante de los intereses británicos en España. Es igualmente cierto que la manifestación en favor de Espartero equivalía a una manifestación contra Luis Felipe. A su regreso a España recibió diputación tras diputación y felicitación tras felicitación, y la ciudad de Barcelona envió un mensajero especial para disculpar su mal comportamiento de 1843. Pero ¿alguien ha oído siquiera mencionar su nombre en el funesto periodo que va de enero de 1848 a los últimos acontecimientos? ¿Ha alzado alguna vez la voz en este tiempo, en que la España humillada estaba condenada al silencio más profundo?[^13] ¿Puede mostrar un solo acto de resistencia patriótica? Se retira tranquilamente a su finca de Logroño, cultiva allí sus hortalizas y sus flores y espera su hora. Tampoco buscó la revolución, sino que esperó a que la revolución lo llamara. Hizo más que Mahoma. Esperó a que la montaña viniera a él, y la montaña vino. Hay que mencionar, sin embargo, una diferencia: cuando estalló la revolución de Febrero,[^14] seguida del terremoto europeo general, hizo publicar por el señor Príncipe[^15] y algunos otros amigos un pequeño folleto titulado *Espartero, su pasado, su presente, su porvenir*, para recordar a España que todavía albergaba en su suelo al hombre del pasado, el presente y el porvenir. Cuando poco después el movimiento revolucionario decayó en Francia, el hombre del pasado, el presente y el porvenir volvió a hundirse también en el pasado.

Espartero nació en Granátula, en La Mancha, y, como su famoso paisano,[^16] tiene también su idea fija: la Constitución, y su Dulcinea del Toboso: la reina Isabel. El 8 de enero de 1848, a su regreso a Madrid del destierro inglés, la reina lo recibió, y él se despidió de ella con estas palabras:

> «Ruego a Vuestra Majestad que me llame siempre que necesite un brazo que la defienda y un corazón que la ame.»

Su Majestad ha llamado ahora, y el caballero andante acude, calma las olas de la revolución, enerva a las masas con apaciguamientos engañosos, permite a Cristina, a San Luis y a los demás esconderse en palacio y proclama a voces su fe inquebrantable en la palabra de la inocente Isabel.

Es sabido que esta reina digna de confianza, cuyos rasgos, según se dice, se parecen cada año más a los de Fernando VII, de ignominiosa memoria, fue declarada mayor de edad el 15 de noviembre de 1843.[^17] No cumplió los 13 años hasta el 21 de noviembre de ese mismo año. Olózaga,[^18] al que López había nombrado su preceptor durante tres meses, formó un ministerio que repugnaba a la camarilla y a las Cortes, elegidas de nuevo bajo la impresión del primer triunfo de Narváez. Quería disolver las Cortes y obtuvo un decreto firmado por la reina que lo autorizaba a ello, pero en el que se había dejado en blanco la fecha de su publicación. La tarde del 28 de noviembre Olózaga recibió el decreto de manos de la reina. La tarde del 29 tuvo todavía una entrevista con ella; pero apenas la había dejado cuando un subsecretario fue a buscarlo a su casa, le comunicó su destitución y le reclamó el decreto que, según se decía, había obligado a firmar a la reina. Olózaga, abogado de profesión, no devolvió el documento hasta el día siguiente, después de enseñárselo al menos a cien diputados para probar que la firma de la reina mostraba su letra normal y corriente. El 13 de diciembre González Bravo,[^19] nombrado presidente del gobierno, convocó ante la reina a los presidentes de las Cámaras, a los notables más destacados de Madrid, a Narváez, al marqués de Santa Cruz y a otros, para que ella les declarase lo que había ocurrido entre ella y Olózaga la tarde del 28 de noviembre. La inocente joven reina los llevó a la habitación donde había recibido a Olózaga y, para su información, les representó con mucha viveza, aunque un tanto exageradamente, un pequeño drama. Así había echado Olózaga el cerrojo a la puerta, así la había agarrado del vestido, así la había obligado a sentarse, así le había guiado la mano, así le había arrancado la firma del decreto y así, en una palabra, había violentado su dignidad real. Durante esta escena González Bravo ponía por escrito estas declaraciones, y los presentes examinaban el decreto en cuestión, que parecía firmado con letra borrosa y temblorosa. Y así, sobre la declaración solemne de la reina, Olózaga habría de ser condenado por el delito de *laesa majestas*,[^20] descuartizado por cuatro caballos o, en el mejor de los casos, desterrado de por vida a Filipinas. Pero, como hemos visto, había tomado sus precauciones. Siguió un debate de diecisiete días en las Cortes que causó más sensación que en su día el famoso proceso de la reina Carolina de Inglaterra.[^21] El discurso de defensa de Olózaga en las Cortes contenía, entre otras cosas, este pasaje:

> «Si se nos dice que hemos de creer sin réplica la palabra de la reina, yo digo que no. O hay acusación o no la hay. Si la hay, su palabra es un testimonio como cualquier otro, y a ese testimonio opongo el mío.»

En las deliberaciones de las Cortes, la palabra de Olózaga pesó más que la de la reina. Más tarde huyó a Portugal para escapar de los asesinos que habían mandado contra él. Este fue el primer *entrechat*[^22] de Isabel en la escena política de España y la primera prueba de su honradez. Y esta es la misma reinecita cuyas palabras el pueblo debe creer ahora por exhortación de Espartero, y a la que, tras once años de conducta escandalosa, se ofrecen el «brazo que la defienda» y el «corazón que la ame» de la «espada de la revolución».

[^1]: En el cuento de *Las mil y una noches*, el viejo del mar, que se sube a hombros de Simbad y no lo suelta.

[^2]: José Segundo Flórez, *Espartero. Historia de su vida militar y política* (Madrid, 1843-1845).

[^3]: Pablo Morillo (1775-1837), general español, jefe de la expedición enviada en 1815 contra la independencia de Venezuela y Nueva Granada. Espartero llegó a América con esa expedición, pero combatió en el Alto Perú (la actual Bolivia) y en el Perú, a las órdenes de los virreyes de Lima.

[^4]: Espartero no estuvo en Ayacucho (9 de diciembre de 1824): había vuelto a España ese año en misión ante el gobierno. «Ayacuchos» se llamó a los militares que habían servido en América y que formaron luego su círculo.

[^5]: Por el Convenio de Vergara (agosto de 1839), el general carlista Rafael Maroto se sometió con sus tropas a Espartero, lo que puso fin a la primera guerra carlista en el norte.

[^6]: Ramón Cabrera (1806-1877), jefe carlista del Maestrazgo, resistió hasta julio de 1840.

[^7]: Manuel Marliani (1795-1873), autor de una *Historia política de la España moderna* (1840).

[^8]: Espartero hizo bombardear Barcelona, sublevada, en diciembre de 1842, y Sevilla en julio de 1843.

[^9]: En francés en el original: «golpe de mano».

[^10]: Joaquín María López (1798-1855), progresista, jefe del gobierno en mayo de 1843.

[^11]: Según la MEW, Terence Mason Hughes, autor de *Revelations of Spain in 1845*.

[^12]: Residencia oficial del lord mayor de Londres.

[^13]: La MEW dice «Schwelgen» («regodeo»), evidente errata por «Schweigen» («silencio»).

[^14]: La revolución de febrero de 1848 en Francia.

[^15]: Miguel Agustín Príncipe (1811-1863), escritor y periodista progresista.

[^16]: Don Quijote.

[^17]: Isabel II nació el 10 de octubre de 1830; las Cortes la declararon mayor de edad el 8 de noviembre de 1843.

[^18]: Salustiano de Olózaga (1805-1873), jefe progresista, presidente del gobierno en noviembre de 1843.

[^19]: Luis González Bravo (1811-1871), antiguo progresista exaltado, pasado a los moderados, que presidió el gobierno de diciembre de 1843 a mayo de 1844.

[^20]: En latín en el original: «lesa majestad».

[^21]: En 1820 Jorge IV intentó divorciarse de su mujer, Carolina de Brunswick, con un proceso por adulterio ante la Cámara de los Lores, que conmovió a toda Inglaterra y fracasó.

[^22]: En francés en el original: cabriola, salto de danza.
