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Title: La batalla de Inkerman (1854)
Description: Editorial de Engels para el New-York Daily Tribune sobre la batalla de Inkerman (5 de noviembre de 1854): un buen plan ruso copiado de Napoleón en Jena que fracasa ante la firmeza británica y la intervención francesa, porque la táctica rusa de lanzar masas compactas contra el enemigo muestra que el Occidente se desarrolla más deprisa que Rusia.
Author: Friedrich Engels
Date: 1854-11-27
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1854%20La%20batalla%20de%20Inkerman
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*Escrito en inglés por Friedrich Engels el 27 de noviembre de 1854 y publicado como editorial en el* New-York Daily Tribune*, núm. 4261, del 14 de diciembre de 1854. El original inglés no tiene hoy fuente libre: se traduce de la versión alemana de Karl Marx/Friedrich Engels,* Werke*, tomo 10 (Berlín, 1961, pp. 563-568), sin su aparato editorial, por la Escuela de marxismo, 2026. El título es el de la MEW. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1854%20Die%20Schlacht%20bei%20Inkerman).*

Esta batalla sangrienta tuvo lugar el 5 de noviembre, pero los partes de los jefes aliados y de los corresponsales de los principales periódicos no llegaron a Londres antes del 23. Los dos vapores llegados recientemente nos trajeron relatos muy breves del combate, que no contenían detalles suficientes para permitirnos un juicio adecuado sobre su carácter. Con el correo del *Pacific*, en cambio, podemos dar hoy relatos completos de toda la batalla, incluidos los despachos de Raglan, Canrobert[^1] y Ménshikov,[^2] así como las excelentes e ingeniosas cartas de los corresponsales especiales del *Times* de Londres y del *Morning Herald*, dos periódicos informados por periodistas muy capaces que están sobre el terreno. Con estos y otros documentos continuamos el análisis del curso de la batalla, para que nuestros lectores puedan formarse sobre ella una opinión imparcial y razonable.

Como los prusianos en Jena,[^3] las tropas británicas estaban desplegadas, en dirección a Inkerman, sobre una cadena de alturas que por el frente solo era accesible por unos pocos desfiladeros. Como los prusianos, los británicos habían descuidado por completo ocupar una elevación en el extremo de su ala izquierda, sobre la que Ménshikov, como Napoleón en Jena, lanzó una parte de su ejército, y allí se estableció antes del amanecer, en el flanco del enemigo. Los rusos querían evidentemente aprovechar esta circunstancia para dirigir el grueso de sus tropas contra el flanco de los británicos, desplegarse en las alturas así aseguradas y aplastar a las divisiones británicas una tras otra, según fueran llegando durante la funesta pero inevitable maniobra del cambio de frente, o «arrollarlas», como se dice en el lenguaje técnico. A esta maniobra debió Napoleón su brillante éxito sobre un ejército que, aunque pesado, lento y mal dirigido, era en aquella época el mejor de los viejos ejércitos del continente. Sus movimientos rápidos, ejecutados por tropas familiarizadas con la nueva manera de hacer la guerra introducida por la guerra de la independencia norteamericana, por las guerras de la Revolución francesa y por el propio Napoleón, favorecieron aquel golpe audaz. Aquí, en Inkerman, Ménshikov intentó la misma sorpresa con tropas lentas y pesadas frente a las tropas ágiles y rápidas de los británicos y los franceses; el resultado fue, en consecuencia, el contrario del de Jena.

El descuido que mostraron los británicos al ocupar sus posiciones es de lo más vergonzoso para su jefe. No hay excusa ni para no haber ocupado la colina del lado sur del Chernaya ni para la falta de obras de campaña en esa posición importante, para cuyo asalto, como él bien sabía, se estaban concentrando muchos miles de rusos. Como ya hemos dicho, los rusos aprovecharon en el acto este descuido; ocuparon la colina del extremo norte de la cadena y batieron la posición británica con artillería de campaña pesada. Los periódicos británicos dicen que los rusos emplearon piezas de 24 y de 32 libras, pero eso solo prueba su completa ignorancia en cuestiones de artillería. El transporte de su propia artillería desde Balaklava hasta las trincheras habría tenido que enseñarles que las piezas de 24 y de 32 no pueden llevarse al campo de batalla, y mucho menos en un ataque nocturno por sorpresa. Lo cierto es que las supuestas piezas de 24 y de 32 eran obuses que, aunque tienen un calibre parecido, son en realidad piezas ligeras de campaña, no más pesadas que los obuses de campaña británicos. El obús, que dispara un proyectil hueco con poca carga y alcanza su distancia sobre todo por la elevación, puede fabricarse con un ánima mayor que el cañón de bala maciza. El obús de 24 libras equivale en peso y efecto al cañón de 6, y el llamado obús de 32 (de unas 6 pulgadas), a las piezas de 12; en el ejército ruso estos obuses se agregan a las baterías de esos calibres. Eso muestra cómo se unen la ignorancia y la vanidad nacional para fabricar héroes y aumentar la gloria militar de una nación.

Hasta ese momento todo marchó en favor de los rusos. Su arte de mando se había mostrado muy superior al de lord Raglan. Su plan era excelente y estaba en el mejor camino para llevarse a cabo. Se había asegurado un pivote y se había rodeado el flanco enemigo. Una enorme superioridad numérica estaba lista para atacar la larga y débil línea británica en su punto más débil y parecía garantizar el éxito final. Pero los rusos no conocían todavía del todo a los soldados contra los que tenían que luchar. Los británicos, aunque sorprendidos, cambiaron a sangre fría su frente del este al norte y recibieron a las columnas atacantes con un fuego mortífero. Y entonces empezó una lucha como Europa no había visto desde la jornada de La Albuera,[^4] cuando las firmes y valerosas tropas británicas tuvieron que ganar con la sangre de tres cuartas partes de sus efectivos una batalla que la presuntuosa estupidez de su jefe ya había perdido. Es un hecho que en Inkerman hubo más combates a la bayoneta propiamente dichos que en toda la guerra de España, en la que los dos ejércitos más valientes de su tiempo lucharon el uno contra el otro durante seis años. De las seis y media a las nueve y media, unos 8.000 británicos resistieron la acometida de un ejército ruso que, según los datos de los propios rusos, llevó al combate por lo menos 30.000 hombres. La firmeza con que los británicos rechazaron una y otra vez los ataques rusos, emprendidos a menudo con tropas frescas, está por encima de todo elogio, y es dudoso que otras tropas de Europa, salvo los mejores batallones del ejército de Radetzky,[^5] hubieran podido hacer lo mismo. Hay que reconocer que esta valentía se vio favorecida por el carácter de la posición británica. El frente orientado al este estaba sobre alturas escarpadas y por eso inaccesibles. La cumbre del norte ocupada por los rusos estaba además separada de esas alturas por algunos barrancos que formaban numerosos desfiladeros que llevaban a la posición inglesa. Cada columna de ataque rusa quedaba, pues, expuesta al fuego aniquilador de la artillería británica y tenía que avanzar en orden cerrado hasta la cresta de las alturas antes de poder desplegarse. Debilitadas por el fuego de la artillería y, cuando ya se habían acercado más, por el de fusilería, las columnas rusas alcanzaban la cresta, y antes de que pudieran desplegarse en línea eran arrojadas de nuevo cuesta abajo por una granizada de fuego y una carga a la bayoneta. En este combate se vio que la bala Minié[^6] es enormemente superior a corta distancia a la bala de fusil corriente, cuya fuerza de penetración apenas basta para matar a un hombre, mientras que una bala Minié dejaba a menudo cuatro o cinco muertos y tenía un efecto demoledor sobre las profundas columnas rusas.

Cuando llegaron las divisiones británicas, el combate se hizo general y el frente se extendió. Los rusos, incapaces de hacer grandes progresos, atacaron el frente original de la posición británica con su ala izquierda, mientras la derecha trataba de abrirse paso hacia Sebastopol. En parte lograron establecerse en las alturas ocupadas por los británicos, pero sin poder formar una línea de batalla regular. Intentaron rodear los pequeños cuerpos sueltos de las tropas británicas y cortarlos uno tras otro. Aunque la lucha fue dura y los británicos combatieron magníficamente, en esta lucha desigual habrían sido batidos si no hubiera intervenido la división francesa de Bosquet. Los zuavos y la Legión Extranjera atacaron el flanco izquierdo ruso y lo arrollaron por completo, con lo que los *chasseurs d'Afrique* encontraron ocasión de cargar, y la infantería rusa tuvo que retirarse. Así, 14.000 aliados, con la pérdida de un tercio de sus efectivos, batieron a 30.000 rusos; con todo, hay que reconocer que cada ruso combatió con mucho valor y que, como hemos visto, su arte de mando, en lo que se refiere al plan de ataque, era muy superior al de los aliados.

¿Por qué fueron batidos entonces? Hay que decir que la mayoría de las tropas empleadas eran los restos batidos y desmoralizados de los sitiadores de Silistra, y seguramente el cuerpo de Dannenberg,[^7] junto con el que antes fue cuerpo de Osten-Sacken, es hoy el peor del ejército ruso. Pero esa no fue la razón decisiva. Dejando aparte la valentía de los ingleses, la batalla se perdió por la manera típicamente rusa en que se condujo. Es la manera rusa de hacer la guerra la que sucumbió ante la manera europea. Ese es el rasgo característico de esta batalla.

El jefe ruso empieza por trazar un plan de ataque muy bueno, que toma prestado de una de las batallas más famosas de Napoleón (porque ningún general ruso ha tenido nunca una idea original, ni siquiera Suvórov,[^8] cuya única originalidad era avanzar en línea recta). Persigue este plan empezando a ejecutarlo del mejor modo posible. Se establece en el flanco enemigo. El movimiento estratégico está terminado; empieza la acción táctica. Y aquí, de repente, se arroja a un lado la manera científica y docta de hacer la guerra, obra de la civilización occidental, y estalla la pura barbarie. Este brillante ejército con sus tropas veteranas, muchas de las cuales llevan veinticinco años de soldados, este modelo de instrucción de desfile, es tan pesado, tan poco apto para las escaramuzas y para el combate en pequeños grupos, que los oficiales no saben hacer con él otra cosa que lanzarlo entero, en una masa compacta, contra el enemigo. Se abandona toda idea de maniobra táctica; avanzar, avanzar, avanzar es lo único que se puede hacer. Esta densa masa de carne viva era, naturalmente, precisamente por su compacidad, el mejor blanco que podía desear un artillero; y mientras las delgadas líneas británicas, a cubierto tras la cresta de las colinas, estaban protegidas del fuego, los británicos araban las densas columnas con balas de cañón, mataban treinta o cuarenta hombres de una descarga y hacían llover sobre ellas una granizada de balas Minié, de las que apenas una podía fallar un blanco tan grande. Solo la presión brutal, el peso de estas masas, debía romper las líneas aliadas. Pero aquí encontraron un adversario acostumbrado a esa manera de hacer la guerra. En sus guerras de la India los británicos han aprendido a resistir la acometida de masas compactas, aun cuando fueran numéricamente superiores. Y aunque los rusos son muy superiores a los sijs y a los baluchis, las tropas acostumbradas a batir a un número de sijs o baluchis seis u ocho veces superior al suyo podían perfectamente resistir el ataque de un número de rusos tres veces superior, en cuanto estos empleaban la táctica de los sijs.[^9] Cuando las columnas rusas llegaban arriba de la colina, su fuerza ya estaba quebrantada y desordenada por el fuego; otra descarga a cincuenta yardas y una carga a la bayoneta bastaban para destrozarlas. Más tarde, cuando los rusos subieron en mayor número, los británicos se mantuvieron en medio de la masa de rusos que los rodeaba, como en su día los cuadros de Napoleón en medio de los mamelucos en las Pirámides.[^10] La firmeza de unas tropas que poseen esa plena confianza en sí mismas que solo pueden tener los hombres de una nación muy civilizada, y la superioridad de las armas y del fuego de los británicos, hicieron el resto. Los rusos son los peores tiradores de todas las tropas que conocemos, y aquí lo han demostrado; de lo contrario habrían tenido que abatir a todos los ingleses que había allí.

Ese fue el carácter y ese es el significado de la batalla de Inkerman. Se ve que la gloria de la infantería rusa se desvanece. Se ve que, por grandes que sean los progresos de Rusia, el Occidente se desarrolla el doble de deprisa, y que Rusia no puede tener ninguna posibilidad en una lucha con tropas occidentales de igual fuerza, ni siquiera con una superioridad como la que tuvo en Inkerman. Si los transportes aliados no hubieran sufrido pérdidas tan terribles en el mar Negro, podríamos decir que esta batalla bastaría para poner fuera de duda el éxito final anglo-francés en Crimea, siempre que los generales ingleses y franceses no cometan burdos disparates. Hasta ahora no hemos recibido detalles de esta grave desgracia, salvo un despacho telegráfico de Londres que nos llegó por medio de nuestro agente en Liverpool poco antes de que zarpara el *Pacific*; no sabemos si los últimos barcos llevaban tropas o solo víveres y municiones, pero del silencio del telégrafo deducimos que no transportaban tropas. Pero si los grandes cuerpos destinados a Crimea se han perdido en esta tempestad,[^11] los aliados han recibido realmente de los elementos un golpe más duro que del enemigo, y sus fuerzas ante Sebastopol pueden quedar aniquiladas por las enfermedades y por ataques agotadores antes de que puedan enviárseles nuevos refuerzos. Otro peligro, no menos serio, los amenaza en la actitud de las potencias alemanas. Austria parece ahora por primera vez realmente inclinada a romper con las potencias occidentales y a unirse al zar, y toda Alemania irá con Austria. En todo caso, no puede caber duda de que ha llegado el momento en que la guerra adopta formas más gigantescas y terribles y envuelve en sus llamas a toda Europa.

[^1]: François Certain de Canrobert (1809-1895), general francés, comandante en jefe del ejército francés en Crimea desde la muerte de Saint-Arnaud (septiembre de 1854) hasta mayo de 1855.

[^2]: Alexandr Ménshikov (1787-1869), príncipe, almirante y general ruso, comandante en jefe de las fuerzas de tierra y mar en Crimea.

[^3]: En Jena (14 de octubre de 1806) Napoleón derrotó al ejército prusiano.

[^4]: En La Albuera, cerca de Badajoz, el ejército anglo-hispano-portugués de Beresford rechazó el 16 de mayo de 1811 a los franceses de Soult con enormes pérdidas.

[^5]: Joseph Radetzky (1766-1858), mariscal austriaco, mandaba el ejército de Italia, con el que aplastó la revolución italiana de 1848-1849.

[^6]: La bala cónica, de base hueca, ideada por el oficial francés Claude-Étienne Minié para los fusiles rayados.

[^7]: Piotr Dannenberg (1792-1872), general ruso, mandaba el 4.º cuerpo de infantería, que llevó el peso del ataque en Inkerman. Dmitri Osten-Sacken (muerto en 1881), general ruso.

[^8]: Alexandr Suvórov (1729-1800), mariscal ruso.

[^9]: Los británicos sometieron a los baluchis del Sind en 1843 y a los sijs del Panyab en las guerras de 1845-1846 y 1848-1849.

[^10]: En la batalla de las Pirámides (21 de julio de 1798) los cuadros de la infantería francesa rechazaron las cargas de la caballería mameluca.

[^11]: La tempestad del 14 de noviembre de 1854, que hundió o desarboló numerosos transportes aliados frente a las costas de Crimea.
